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GA112 Kassel, 3 de julio de 1909 - ¿Qué ocurrió en el bautismo?

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¿QUÉ OCURRIÓ EN EL BAUTISMO?

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Kassel, 3 de julio de 1909
conferencia X

Entre los hechos que tuvieron lugar en Palestina a principios de nuestra era, hay un acontecimiento en particular que se ha mencionado en repetidas ocasiones y que se conoce como el bautismo de Juan en la persona de Jesús de Nazaret. También se ha destacado que, en lo esencial, los cuatro evangelios coinciden en lo que respecta a este bautismo de Juan. Hoy nos ocuparemos en primer lugar de volver a recordar este bautismo de Juan desde un determinado punto de vista.

Por la forma en que aparece el bautismo de Juan en los evangelios, ya hemos podido ver que se hace referencia a este acontecimiento de suma importancia, que también se explica en la Crónica Akáshica, aquel acontecimiento que debíamos caracterizar diciendo: Aproximadamente en el año treinta de la vida de Jesús de Nazaret, la entidad divina que se conoce como el Cristo se introdujo en las tres envolturas de este Jesús de Nazaret.

Por lo tanto, tenemos que distinguir dos partes, y esto es el resultado de la observación del Akasha en relación con la vida del fundador del cristianismo. En primer lugar, debemos considerar la vida del gran iniciado al que llamamos Jesús de Nazaret. En este Jesús de Nazaret vive un yo que, como hemos demostrado, ha pasado por muchas encarnaciones anteriores, ha vivido repetidamente en la Tierra, ha ascendido cada vez más en estas vidas y se ha desarrollado gradualmente hasta alcanzar la capacidad del gran sacrificio. Este sacrificio consistió en que, hacia los treinta años, el yo de Jesús de Nazaret pudo abandonar los cuerpos físico, etérico y astral, que hasta entonces había purificado, limpiado y ennoblecido, de modo que quedó una triple envoltura humana, una envoltura humana pura y óptima, compuesta por dichos tres cuerpos. Durante el bautismo de Juan, cuando por un lado el yo de Jesús de Nazaret abandonó aquellos cuerpos, estos acogieron a una entidad que antes no había estado en la Tierra, una entidad de la que no podemos decir que haya pasado por encarnaciones anteriores. La entidad de Cristo es aquella entidad de la que podemos decir que antes solo se podía encontrar en el mundo que está fuera de nuestra Tierra. Solo en ese momento del bautismo de Juan, esta individualidad se unió durante tres años a un cuerpo humano y caminó por la Tierra para llevar a cabo en esos tres años lo que tenemos que caracterizar cada vez más.

Lo que acabo de decir es el resultado de una observación clarividente. Los evangelistas recubren este hecho con lo que describen como el bautismo de Juan. Quieren decir con ello que, mientras que a las diferentes personas que recibieron el bautismo de Juan les sucedió esto o aquello, a Jesús de Nazaret le ocurrió que Cristo se introdujo en las tres envolturas de Jesús de Nazaret. Y ya les dije en la primera conferencia que este Cristo es la misma entidad de la que se habla en el Antiguo Testamento: «Y el Espíritu de Dios se movía, o «incubaba», sobre las aguas» (Génesis 1:2). Este mismo Espíritu, es decir, el Espíritu divino de nuestro sistema solar, se introdujo en la triple envoltura de Jesús de Nazaret.

Pasemos ahora a examinar lo que sucedió entonces. Y les ruego que tengan claro desde el principio que debe ser difícil comprender lo que realmente ocurrió en el bautismo de Juan, ya que fue el acontecimiento más importante de la evolución terrestre. ¿Y quién no creería que los pequeños acontecimientos de la evolución terrestre son más fáciles de comprender que los grandes? ¿Quién no creería que comprender el mayor acontecimiento de la evolución terrestre también presenta las mayores dificultades? Por eso, ahora les diré algunas palabras que pueden resultar chocantes en algunos aspectos para quienes aún no están preparados. Pero incluso alguien así debería decirse a sí mismo que el alma humana está en la Tierra para volverse cada vez más perfecta, también en lo que respecta al conocimiento, y que lo que al principio parece impactante, con el tiempo debe parecer algo perfectamente comprensible; porque de lo contrario habría que desesperar de la posibilidad de desarrollo del alma humana. Pero así podemos decirnos cada día: por mucho que ya haya comprendido, mi alma siempre puede perfeccionarse más y más, y comprenderá cada vez mejor las cosas.

Tenemos ante nosotros una triple envoltura humana, un cuerpo físico, un cuerpo etérico y un cuerpo astral, y en ellos entra, por así decirlo, el Cristo. Así lo indican las palabras que resuenan desde el universo: «Este es mi Hijo, lleno de mi amor, en quien me revelo a mí mismo» (Mateo 3, 17). Porque así es como deben traducirse las palabras a nuestro lenguaje. Como pueden imaginar, en la triple envoltura de Jesús de Nazaret tuvieron que producirse cambios enormes, ya que Dios entró en él. Ahora también comprenderán que en las antiguas iniciaciones se produjesen grandes cambios en relación con el ser humano en su totalidad.

Ya les he descrito cómo era el último acto de la antigua iniciación: Después de que el discípulo, iniciado en los misterios divinos, hubiera sido preparado durante mucho tiempo mediante el aprendizaje y los ejercicios, se le sumía durante tres días y medio en un estado similar a la muerte, de modo que su cuerpo etérico se separaba del cuerpo físico durante esos tres días y medio, y entonces, durante ese tiempo, los frutos de los ejercicios que se habían absorbido en el cuerpo astral podían expresarse en el cuerpo etérico. Es decir: el iniciado ascendía de un «purificado», como se dice, a un «iluminado» que ve dentro del mundo espiritual. Pero incluso en la antigüedad, precisamente cuando tales iniciaciones aún eran posibles, alguien así ya tenía cierto poder sobre toda su corporeidad.  Cuando regresaba al cuerpo físico, dominaba este cuerpo físico de una manera magnífica en lo que respecta a ciertos elementos más sutiles. Pero tal vez ustedes pudieran plantear aquí la siguiente pregunta: cuando uno se acercaba a un iniciado de este tipo, que había alcanzado un dominio muy especial sobre las diferentes envolturas, incluso sobre su cuerpo físico, ¿Eso se notaba, se veía en él? Sí, lo veía aquel que había adquirido la capacidad de ver así. Para los demás, por lo general, parecía una persona normal y corriente, y no notaban nada especial en él. ¿Por qué? Simplemente porque el cuerpo físico, tal y como se ve con los ojos físicos, es solo la expresión externa de lo que hay detrás; y los cambios se refieren a lo espiritual que hay detrás del cuerpo físico.

Ahora bien, gracias a los procedimientos especiales que se les aplicaban, todos los antiguos iniciados habían logrado, hasta cierto punto, dominar el cuerpo físico. Solo había una cosa que ninguna iniciación antigua había podido someter al dominio del espíritu del ser humano. Aquí tocamos, en cierto modo, el borde de un gran secreto o misterio. Había algo en la naturaleza humana que escapaba al poder de un iniciado precristiano. Y eso eran los delicados procesos físico-químicos del sistema óseo, por extraño que pueda parecerles. Pero así es.

Hasta el momento del bautismo de Cristo Jesús por Juan, nunca hubo en la evolución terrestre, ni entre los iniciados ni entre los no iniciados, una individualidad humana que tuviera poder sobre los procesos químico-físicos del sistema óseo. Mediante la entrada de Cristo en el cuerpo de Jesús de Nazaret, la actual individualidad de Cristo se convirtió en soberana hasta en el sistema óseo. Y la consecuencia de ello fue que una vez vivió en la Tierra un cuerpo que era capaz de dominar sus fuerzas de tal manera que pudo incorporar la forma del sistema óseo, la forma espiritual del sistema óseo del desarrollo terrestre. Nada de lo que el ser humano experimenta en el desarrollo terrestre quedaría atrás si el ser humano no pudiera incorporar la noble forma de su sistema óseo como ley del desarrollo terrestre, si no se fuera dominando poco a poco esta ley del sistema óseo.

Esto tiene algo que ver, —como suele ocurrir con las antiguas tradiciones relacionadas con lo oculto—, con lo que se puede deducir de una antigua superstición popular: ciertos círculos representan la muerte mediante la representación de un sistema óseo. Esta es la forma en que, cuando la Tierra estaba en los inicios de su desarrollo, todas las leyes relacionadas con los demás sistemas orgánicos del ser humano estaban tan avanzadas que, al final de la evolución terrestre, volverían a estar presentes, transformadas en una forma superior. Pero nada de la evolución terrestre se trasladaría al futuro si no se trasladara la forma del sistema óseo. La forma del sistema óseo vence a la muerte en el sentido físico. Por lo tanto, aquel que debía vencer a la muerte en la Tierra tenía que tener dominio sobre el sistema óseo, de la misma manera que les he indicado este dominio sobre ciertas características físicas también en relación con capacidades menores. El ser humano solo tiene un control muy limitado sobre su sistema sanguíneo. Por ejemplo, cuando siente vergüenza, impulsa la sangre desde el interior hacia el exterior; es decir, el alma actúa sobre el sistema sanguíneo. Cuando se asusta y palidece, impulsa la sangre hacia su centro, hacia el interior. Cuando siente tristeza, las lágrimas brotan de sus ojos. Todo ello son ejemplos del dominio del alma sobre lo físico. Quien ha alcanzado un cierto grado de iniciación obtiene un dominio aún mayor sobre lo físico: tiene la posibilidad de controlar de forma arbitraria y determinada los movimientos de las partes de su cerebro, etc.

Así pues, el ser humano que había sido la envoltura de Jesús de Nazaret quedó bajo el dominio de Cristo. Y la arbitrariedad de Cristo, su libre albedrío, penetró con su dominio hasta el sistema óseo, de modo que, por así decirlo, pudo actuar por primera vez en este sistema óseo. El significado de este hecho puede describirse así: El ser humano ha conquistado en la Tierra la forma que tiene hoy gracias a su sistema óseo, no en una encarnación anterior de nuestro planeta. Pero la perdería si no hubiera llegado ese poder espiritual que llamamos Cristo. El ser humano no llevaría consigo al futuro más que la cosecha y los frutos de la Tierra si no hubiera entrado en vigor ese dominio de Cristo sobre el sistema óseo. Así pues, fue algo de una fuerza tremenda lo que, en el momento del bautismo de Juan, penetró hasta lo más profundo de la triple envoltura de Jesús de Nazaret. Debemos imaginar este momento en nuestra alma. Porque eso es lo único que sucedió.

 Cuando se produce un nacimiento normal, aquello que proviene de las encarnaciones anteriores del ser humano, se une con lo que el ser humano obtiene mediante la herencia. La individualidad humana que existía en vidas anteriores se une con lo que recibe como su envoltura física y etérica. Así pues, algo que proviene del mundo espiritual se une con lo físico-sensorial. Aquellos que han asistido a menudo a mis conferencias saben que, en lo que respecta a la apariencia exterior en el mundo espiritual, tan pronto como entramos en él, todo está presente en forma de imagen refleja, todo está invertido. Por lo tanto, cuando alguien se vuelve clarividente mediante métodos racionales, cuando se le abre la vista al mundo espiritual, primero debe aprender lentamente a orientarse en el mundo espiritual, porque allí todo aparece al revés. Si se encuentra con un número, por ejemplo el 345, no debe leerlo como en el mundo físico, es decir, no 345, sino 543, debe leerlo al revés. Así que deben aprender a ver todo al revés, no solo los números, sino todo lo demás también.

Al unirse Cristo con la envoltura exterior de Jesús de Nazaret, este acontecimiento se manifiesta en su apariencia exterior, incluso en una manifestación contraria, a aquel que tiene los ojos espirituales abiertos. Mientras que en una encarnación física lo espiritual desciende de los mundos superiores y se une con lo físico, lo que en este caso fue sacrificado para acoger al espíritu de Cristo aparece sobre la cabeza de Jesús de Nazaret en forma de paloma blanca. ¡Aparece lo espiritual al separarse de lo físico! Se trata sin duda de una observación clarividente. Y no es muy acertado decir que se trata solo de una alegoría o un símbolo. Es un hecho espiritual clarividente real, que existe realmente para la capacidad clarividente en el plano astral. Así como un nacimiento físico es una atracción de lo espiritual, este nacimiento fue un sacrificio, una entrega. Con ello se dio la posibilidad de que el espíritu que «flotaba sobre las aguas» al comienzo de nuestra evolución terrenal se uniera con la triple envoltura de Jesús de Nazaret y la impregnara y la inflamara, tal y como hemos descrito.

Ahora comprenderán que, en el momento en que eso sucedió, no solo participó la pequeña parte del espacio en la que tuvo lugar el bautismo de Juan. Sería una miopía por parte de los seres humanos creer que algo que le sucede a un ser está limitado por los límites que ve el ojo. Esa es la fuerte ilusión a la que pueden entregarse los seres humanos si solo confían en sus sentidos externos. ¿Dónde está entonces el límite del ser humano para los sentidos externos? Si se hablara de manera superficial, se vería ese límite en su piel. Ahí es donde el ser humano termina en todas direcciones. Alguien podría incluso decir: si te corto la nariz, que te pertenece, ya no eres un ser humano completo; por eso sé que todo eso pertenece a tu esencia. Pero se trata de una consideración muy miope. Si nos limitamos a la consideración física, a unos pocos decímetros de la piel del ser humano ya no se busca lo que le es propio.  Pero tengan en cuenta que con cada respiración inhalan aire de todo el entorno que les rodea. Si les cortaran la nariz, ya no serían personas completas; pero si les cortaran el aire, ¡tampoco lo serían! Es solo una opinión arbitraria imaginar al ser humano limitado a su piel. Todo lo que le rodea forma parte del ser humano. Incluso en el sentido físico, forma parte del ser humano. De modo que, si le ocurre algo al ser humano en un lugar determinado, no es solo el espacio que ocupa el cuerpo humano el que se ve afectado. Si intentaran contaminar el aire en un radio de una milla alrededor de una persona de forma suficientemente intensa como para que los vapores llegaran hasta ella, muy pronto se darían cuenta de que todo el espacio en un radio de una milla participa en los procesos vitales de esa persona. Y toda la Tierra participa en cada proceso vital. Si esto ya es así en el proceso de la vida física, no le resultará incomprensible que, en un acontecimiento como el bautismo de Juan, el mundo espiritual participara en un radio muy amplio y que sucedieran muchas, muchas cosas para que esto pudiera ocurrir.

Pero cuando hay una persona a la que se le contamina el aire en un radio de una milla, de modo que sus procesos vitales se ven afectados, y se coloca a otra persona cerca de ella, esta otra persona también sufrirá un efecto. Quizás este efecto sea algo diferente, dependiendo de si la otra persona se encuentra más cerca o más lejos del radio de influencia de ese kilómetro. Si, por ejemplo, se encuentra lejos, el efecto será más débil, pero seguirá existiendo. Por lo tanto, no le resultará extraño que hoy se plantee la pregunta de si existen otros efectos relacionados con el bautismo de Juan. Y aquí tocamos el borde de otro profundo misterio que hoy solo se puede pronunciar con timidez y reverencia. Porque solo poco a poco la humanidad estará preparada para comprender tales cosas.

En el preciso momento en que el espíritu de Cristo se introdujo en el cuerpo de Jesús de Nazaret y se produjo la transformación que hemos descrito, también se produjo un efecto en la madre de Jesús de Nazaret. Y este efecto consistió en que, en ese momento del bautismo de Juan, recuperó su virginidad, es decir, su organización interna volvió a ser como la organización femenina antes de la madurez virginal. La madre de Jesús de Nazaret se convirtió en virgen con el nacimiento de Cristo.

Estos son los dos hechos más significativos, esos grandes y poderosos efectos que el autor del Evangelio de Juan nos insinúa, aunque de forma velada. Pero si sabemos leer correctamente el Evangelio de Juan, todo esto está ahí, en cierto modo. Para reconocerlo, debemos retomar algunas cosas que ya tocamos ayer desde diferentes perspectivas.

Dijimos que en la antigüedad las personas vivían bajo la influencia del «matrimonio cercano». Esto significa que el matrimonio se celebraba dentro del parentesco consanguíneo, dentro de la misma tribu. Solo con el paso del tiempo se empezó a casar fuera de la tribu con personas de otra tribu. Cuanto más nos remontamos a tiempos antiguos, más encontramos que las personas estaban bajo la influencia de este parentesco consanguíneo. Debido a que la sangre tribal fluía por las venas de las personas, en la antigüedad eran posibles esos poderes mágicos elevados. Una persona que vivía en la antigüedad y que podía remontarse a una larga línea de antepasados y ver siempre sangre tribal, tenía en su sangre poderes mágicos que actuaban, de modo que eran posibles los efectos de alma a alma, tal y como se han descrito ayer. Pero esto lo sabían las personas de antaño, lo sabían incluso las personas más sencillas. Ahora bien, sería totalmente erróneo concluir que, si hoy se contrajeran matrimonios entre parientes consanguíneos, se darían condiciones similares y aparecerían poderes mágicos. Volverían a caer en el error en el que caería el muguet si de repente dijera: «¡Ya no quiero florecer en mayo, a partir de ahora floreceré en octubre!». No puede florecer en octubre, porque entonces no se dan las condiciones necesarias para el muguete. Lo mismo ocurre con los poderes mágicos. No pueden desarrollarse poderes mágicos en una época en la que ya no se dan las condiciones para ello. Ahora, en nuestra época, los poderes mágicos deben desarrollarse de otra manera. Lo que se ha descrito solo es válido para los tiempos antiguos. Por supuesto, el erudito naturalista burdo no puede entender que las leyes hayan cambiado en el transcurso de la evolución; cree que lo que experimenta hoy en su gabinete físico debe haber sido siempre así. Pero eso es una tontería, porque las leyes cambian. Y aquellas personas que basan su fe en las ciencias naturales más recientes se habrían sorprendido de lo que ocurrió en Palestina, y acerca de lo cual se habla en el Evangelio de Juan, como si fuera algo fuera de lo corriente. Pero aquellos que vivieron en la época de Cristo Jesús, cuando aún existían las tradiciones vivas de tiempos en los que tales cosas eran perfectamente posibles, no se sorprendieron especialmente por ello. Por eso ayer pude insinuar que la gente en realidad no se sorprendió especialmente por lo que ocurrió como señal en las bodas de Caná. ¿Y por qué iban a sorprenderse? Externamente era una repetición de lo que sabían que se había observado una y otra vez. Léase en el segundo libro de los Reyes, capítulo 4, versículos 42-44:

«Pero vino un hombre de Baal-Salisa y trajo al hombre de Dios panes nuevos, veinte panes de cebada y grano nuevo en su manto. Entonces él ordenó: «¡Dáselo al pueblo para que coman!

Su criado le respondió: «¿Cómo voy a dar eso a cien hombres?». Pero él dijo: «Dáselo al pueblo para que coma, porque así dice el Señor: «Comerán y sobrará». Y se lo sirvió para que comieran, y sobró según la palabra del Señor».

 Aquí, en el Antiguo Testamento, se narra la situación de la alimentación de cinco mil personas en la antigüedad. ¿Cómo iban a sorprenderse de tal milagro aquellos cuyos documentos decían que no era la primera vez que ocurría? Es fundamental que comprendamos esto.

¿Pero qué sucedía con aquel que había sido iniciado en el sentido antiguo? Se le concedía la entrada al mundo espiritual, se le abrían los ojos a las fuerzas espirituales activas, es decir, veía la conexión entre la sangre y las fuerzas espirituales activas. Los demás tenían una vaga idea de ello. Pero el que estaba iniciado veía hasta el primer antepasado del que descendía la sangre. Uno así podía decirse: así desciende la sangre a través de las generaciones, y en esta sangre se expresa todo el yo de un pueblo, del mismo modo que en la sangre de cada individuo se expresa el yo individual. Así, un iniciado de este tipo veía hasta el principio del torrente sanguíneo que fluía a través de las generaciones y sentía que su alma era idéntica al espíritu de todo el pueblo, que tenía su fisonomía en toda la sangre del pueblo. Quien se sentía uno con toda la sangre del pueblo estaba, en cierta medida, iniciado y era, en cierta medida, dueño de ciertos poderes mágicos en el sentido antiguo.

Ahora debemos tener en cuenta otra cosa. Lo masculino y lo femenino colaboran en la reproducción de la humanidad de una manera que podemos caracterizar brevemente de la siguiente manera.

Si lo femenino tuviera el dominio exclusivo, los seres humanos se desarrollarían de tal manera que los rasgos similares aparecerían una y otra vez en ellos. Los hijos siempre se parecerían a sus padres, a sus abuelos, etc. Todas las fuerzas que provocan la semejanza están ligadas a lo femenino. Todo lo que cambia la similitud, todo lo que crea diferencias, está ligado a lo masculino. Si dentro de una comunidad hay una serie de rostros que se parecen entre sí, eso está ligado a lo femenino. Pero en estos rostros existen ciertas diferencias, de modo que se puede distinguir a cada persona. Esa es la influencia de lo masculino. Si solo influyera lo femenino, no se podría distinguir a cada persona. Y si, por el contrario, solo influyera lo masculino, nunca se podría reconocer a un grupo de personas como perteneciente a una misma tribu.Así interactúan lo masculino y lo femenino, de modo que podemos decir: lo masculino tiene un efecto individualizador, especializador, divisorio; lo femenino, por el contrario, tiene un efecto generalizador. ¿En qué fuerzas reside, pues, preferentemente lo que pertenece a todo el pueblo? Lo que pertenece a todo el pueblo se adhiere sobre todo a lo femenino. También podemos decir: a través del poder de la mujer se transmite de generación en generación aquello que se expresa de otra manera, que fluye a través de la sangre de generación en generación. Quien quisiera caracterizar con más detalle a qué se adhieren realmente los poderes mágicos que se encuentran en los lazos de sangre, tendría que decir: se adhieren a lo femenino que impregna a todo el pueblo y que vive en todos los miembros del pueblo. Así pues, si alguien se había elevado a través de la iniciación hasta convertirse en un ser humano que, por así decirlo, podía manejar los poderes que el elemento femenino del pueblo había inoculado en la sangre que fluía a través de las generaciones, ¿cuál era la esencia de tal ser humano?

En la antigua iniciación se distinguían, —si queremos utilizar expresiones de la iniciación persa—, ciertos grados en el ascenso hacia las alturas espirituales. A estos grados se les asignaban determinados nombres. Uno de estos nombres nos interesa especialmente. El primer grado de la iniciación persa se denominaba con el término «cuervo», el segundo con el término «oculto», el tercer grado se llamaba «guerrero» y el cuarto «león». El quinto grado se designaba en cada pueblo con el nombre del pueblo en cuestión, de modo que se decía de un persa que, al ascender al quinto grado de iniciación, era un «persa».

 En primer lugar, el iniciado se convertía en cuervo. Es decir, podía observar el mundo exterior; era un servidor de aquellos que estaban en el mundo espiritual y llevaba las noticias del mundo físico al mundo espiritual. De ahí el símbolo del cuervo como mediador entre el mundo físico y el mundo espiritual, desde los cuervos de Elías hasta los cuervos de Barbarroja. Quien ha alcanzado el segundo grado ya se encuentra en el mundo espiritual. El iniciado del tercer grado ha superado al del segundo, por lo que recibe la misión de defender las verdades del ocultismo: se convierte en un guerrero. A un iniciado del segundo grado no se le permitía luchar por las verdades del mundo espiritual. El cuarto grado de iniciación es aquel en el que el ser humano ya ha alcanzado una cierta consolidación en las verdades del mundo espiritual. Y el quinto grado es aquel del que he dicho que el ser humano aprendió a manejar todo lo que fluía a través de la sangre de las generaciones en las fuerzas que descienden con el elemento femenino de la reproducción en la sangre. ¿Cómo se debía llamar entonces a un iniciado que había experimentado su iniciación dentro del pueblo israelita? Se le llamaba «israelita», como en Persia se le llamaba «persa». Y ahora fíjese en lo siguiente.

 Uno de los primeros en ser llevado ante Cristo Jesús, según el Evangelio de Juan, fue Natanael. Los demás, que ya profesaban la fe en Cristo Jesús, le dicen a Natanael: «Hemos encontrado al Maestro, al que habita en Jesús de Nazaret», a lo que Natanael responde: «¿Qué puede venir de bueno de Nazaret?». Pero cuando le presentan a Natanael a Cristo, este le dice: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay falsedad».

¡Un verdadero israelita en quien habita la verdad! Lo dice porque sabe hasta qué punto Natanael está iniciado. Y entonces Natanael se da cuenta de que está ante alguien que sabe tanto como él, que lo supera, que sabe más que él. Y Cristo le dice, para insinuarle que realmente se trata de la iniciación: «No te vi cuando te acercaste a mí, sino antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, ¡te vi!» (1, 4 y ss.).

Y la palabra «higuera» se utiliza aquí con el mismo significado que en Buda: la higuera es el árbol Bodhi. Es el símbolo de la iniciación. Cristo le dice: «¡Te reconozco como un iniciado del quinto grado!». De ello se desprende, como insinúa el autor del Evangelio de Juan, que Cristo ve a alguien que ha sido iniciado hasta el quinto grado. El autor del Evangelio de Juan nos guía paso a paso, mostrando que en el cuerpo de Jesús de Nazaret habita alguien que ve a un iniciado del quinto grado.

Y más aún. Acabamos de ver que el iniciado del quinto grado domina los poderes mágicos ocultos que se transmiten a través de la sangre de las generaciones. Se ha convertido, por así decirlo, en uno con el alma del pueblo. Y arriba hemos visto que esta alma popular se expresa en las fuerzas de la mujer. Así pues, alguien que está iniciado en el quinto grado tendrá que ver, a la manera antigua, con las fuerzas de la mujer. Todo esto hay que imaginárselo espiritualmente.

Pero Cristo se relaciona con la mujer de una manera completamente nueva. Se relaciona con aquella mujer que, gracias al bautismo de Juan, ha recuperado su virginidad y vuelve a tener en sí misma las frescas fuerzas germinativas de la virginidad. Eso era lo nuevo que quería insinuar el autor del Evangelio de Juan al decir que una cierta corriente va del Hijo a la Madre. Que el Hijo, cuando solo estaba iniciado en el quinto grado, tenía la posibilidad de utilizar mágicamente las fuerzas del pueblo que se expresan en el elemento del pueblo de la Madre, era algo conocido por todos aquellos que en aquella época tenían conocimientos ocultos. Pero Cristo mostró de una manera espiritualmente superior las fuerzas de la mujer que ha vuelto a ser virgen.

Así vemos cómo se preparan las bodas de Caná. Vemos que lo que allí sucedió tenía que hacerlo un iniciado que supervisaba a los iniciados del quinto grado. Se nos muestra que esto también tiene que ver con las fuerzas del pueblo ligadas a la personalidad femenina. El autor del Evangelio de Juan prepara maravillosamente lo que allí se muestra. Como ya se ha dicho, volveremos a abordar el concepto de milagro de otra manera. Ahora bien, es fácil imaginar que el agua recién sacada es diferente del agua que lleva un tiempo reposada, al igual que una planta recién cortada es diferente de una que lleva tres días marchita. Por supuesto, una visión materialista no hace tales distinciones. El agua, que hasta hace un momento estaba conectada con las fuerzas de la tierra, es diferente de la que se utilizará más tarde. En conexión con las fuerzas que aún se encuentran en el agua recién recogida, quien ha sido iniciado de esta manera puede actuar a través de las fuerzas que ahora están vinculadas a la relación espiritual, como la de Cristo con la madre que acababa de convertirse en virgen. Él continúa lo que la Tierra puede hacer. La Tierra puede convertir el agua en vino en la vid. Cristo, que se ha acercado a la Tierra, que se ha convertido en el espíritu de la Tierra, es lo espiritual que de otro modo actúa en todo el cuerpo terrestre. Si es Cristo, debe poder hacer lo mismo que la Tierra, lo que la Tierra hace en la vid: convertir el agua en vino.

Así, el primer signo que realiza Cristo Jesús, según el Evangelio de Juan, es un signo que, por así decirlo, se vincula con el que acabamos de ver en el Libro de los Reyes, lo que pudo suceder en la antigüedad por parte de un iniciado que dominaba las fuerzas que se extendían a través de los lazos sanguíneos de las generaciones.

Pero ahora continúa el fortalecimiento de aquellas fuerzas que Cristo forma en el cuerpo de Jesús de Nazaret, ¡no las que Cristo tiene en sí mismo! Por eso, no pregunten: ¿Es necesario que Cristo se desarrolle primero? Por supuesto que no. Pero lo que Cristo tenía que desarrollar era, aunque ya purificado y ennoblecido, el cuerpo de Jesús de Nazaret. Tenía que guiarlo paso a paso. En este cuerpo debían verterse las fuerzas que iban a manifestarse en el futuro próximo. 

El siguiente signo es la curación del hijo del centurión real, y el siguiente es la curación del enfermo de treinta y ocho años en el estanque de Betesda. ¿Qué aumento hubo en los poderes con los que Cristo «actuaba» aquí en la Tierra? El aumento consistió en que Cristo ya no solo podía actuar sobre las personas que lo rodeaban, que estaban físicamente presentes a su alrededor. En las bodas de Caná, actuó de tal manera que, cuando bebieron el agua, era vino. Así, actuó sobre el cuerpo etérico de las personas que lo rodeaban. Al dejar que su fuerza fluyera hacia el cuerpo etérico de las personas que lo rodeaban, el agua se convirtió en vino en la boca de quienes bebían, es decir, el agua se disfrutó como vino. Pero el efecto no debía limitarse al cuerpo, sino llegar hasta lo más profundo del alma. Solo así podía actuar, a través de la mediación del padre, sobre el hijo del funcionario real. Y solo así pudo influir en el alma pecadora del enfermo de treinta y ocho años. Si solo hubiera dejado fluir las fuerzas hacia el cuerpo etérico, no habría sido suficiente. Había que actuar sobre el cuerpo astral, porque es el cuerpo astral el que comete el pecado. Se puede convertir el agua en vino actuando sobre el cuerpo etérico, pero hay que intervenir en lo más profundo si se quiere seguir actuando sobre la otra personalidad. Para ello era necesario que Cristo siguiera tratando la triple envoltura de Jesús de Nazaret.

Nótese bien: Cristo no se convierte en otro por ello, sino que trata la triple envoltura de Jesús de Nazaret. Y la trata en el tiempo siguiente de tal manera que el cuerpo etérico puede liberarse del cuerpo físico más de lo que lo estaba antes. 

Llegó un momento en que, en la triple envoltura de Jesús de Nazaret, el cuerpo etérico se hizo más libre y se separó del cuerpo físico. De este modo, obtuvo un mayor dominio sobre el cuerpo físico. Podía, por así decirlo, realizar obras aún más poderosas que antes en este cuerpo físico, es decir, podía utilizar fuerzas realmente poderosas incluso en el cuerpo físico. La predisposición para ello se había dado con el bautismo de Juan. Ahora esta predisposición debía desarrollarse de manera especial. Pero todo ello debía suceder desde lo espiritual. El cuerpo astral debía actuar con tanta fuerza en la triple envoltura de Jesús de Nazaret que el cuerpo etérico obtuviera tal poder sobre el cuerpo físico.

¿Cómo puede el cuerpo astral actuar con tanta fuerza? Adquiriendo sentimientos correctos, entregándose a sentimientos correctos en relación con lo que ocurre en nuestro entorno, y sobre todo, estableciendo una relación correcta con el egoísmo humano. ¿Hizo eso Cristo con el cuerpo de Jesús de Nazaret? ¿Actuó de tal manera que estableció una relación correcta con todo el egoísmo del entorno, que puso de manifiesto el rasgo egoísta fundamental de las almas? Sí, eso es lo que hizo Cristo. El autor del Evangelio de Juan nos cuenta cómo actuó como purificador del templo frente a aquellos que rendían culto al egoísmo y profanaban el templo vendiendo en él todo tipo de cosas. De este modo, obtiene la posibilidad de decir que ahora ha fortalecido tanto el cuerpo astral que, si el cuerpo físico se deteriorara, sería capaz de reconstruirlo en tres días. El autor del Evangelio de Juan también nos lo insinúa:

«Jesús les respondió diciendo: Derribad este templo, y yo lo levantaré en tres días.
Entonces los judíos le dijeron: Este templo se ha construido en cuarenta y seis años, ¿y tú lo levantarás en tres días?
Pero él hablaba del templo de su cuerpo» (2, 19-21).

Esto indica que ahora esta envoltura, que le ha sido ofrecida en sacrificio, tiene el poder de dirigir este cuerpo físico de tal manera que es la dueña de este cuerpo físico. Pero entonces este cuerpo, que ahora se ha liberado, puede moverse independientemente de las leyes del mundo físico a cualquier lugar, entonces este cuerpo, independientemente de las demás leyes del mundo espacial, puede provocar y dirigir acontecimientos en el mundo espiritual. ¿Lo hace? Sí. Esto se nos insinúa en el capítulo que sigue al capítulo sobre la purificación del templo.

«Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, un líder entre los judíos, que vino a Jesús de noche y le dijo...» (3, 1 y 2)

¿Por qué dice aquí «por la noche»? Por supuesto, la explicación más trivial es que el judío simplemente tenía miedo de acudir a Jesús a plena luz del día y se coló por la ventana durante la noche. Cualquiera puede dar esa explicación, por supuesto. «De noche» no significa aquí otra cosa que este encuentro entre Cristo y Nicodemo tuvo lugar en el mundo astral, en el mundo espiritual, y no en el entorno en el que se encuentra la conciencia diurna habitual. Es decir: Cristo podía ahora negociar con Nicodemo fuera del cuerpo físico, «por la noche», cuando el cuerpo físico no está presente, cuando el cuerpo astral está fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico.

Así, la triple envoltura de Jesús de Nazaret fue preparada por el Cristo que habitaba en ella para las próximas acciones, para influir en las almas. El alma en la triple envoltura de Jesús de Nazaret tenía que ser tan libre que pudiera influir en otros cuerpos. Pero influir en otra alma es algo completamente diferente a actuar como lo vimos ayer. Ese es el siguiente paso, la alimentación de los cinco mil hombres y el caminar sobre el mar. Había algo más en el hecho de que Cristo, sin estar físicamente presente, fuera visto en persona, y no solo por los discípulos, sino también, —tan fuerte era ya entonces el poder en el cuerpo de Jesús de Nazaret—, por aquellos que no eran sus discípulos. Pero también aquí debemos leer correctamente el Evangelio de Juan, porque alguien podría decir: «De los discípulos lo creo, pero no de los demás».

«Al día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había allí más barcos que el único en el que habían subido sus discípulos, y que Jesús no había subido con ellos, sino que sus discípulos se habían marchado solos. Pero otras barcas de Tiberíades se acercaron al lugar donde habían comido el pan, gracias a la elevación del Señor hacia Dios.

Al ver la gente que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, se subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús».

 Les pido encarecidamente que presten atención al hecho de que el pueblo busca a Jesús, y que luego se dice:

«Y cuando lo encontraron al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo has venido aquí?» (6, 22-26)

Significa exactamente lo mismo que significa para los discípulos. No dice que lo viera cualquier ojo común, sino que lo vieron aquellos que lo buscaban y lo encontraron mediante la elevación de su fuerza espiritual. Cuando se dice «alguien vio a otro», es algo diferente a cuando se dice «el otro estaba allí como una figura espacial, carnal, visible para los ojos físicos». Lo que en la vida exterior se suele llamar «tomar el Evangelio al pie de la letra» es lo menos literal que se puede tomar el Evangelio. Y si observan que aquí, en esencia, hay una intensificación en todas partes, comprenderán que algo más tuvo que preceder a esto.

Una vez más, tenía que haber algo previo que nos describiera cómo Cristo, en la triple envoltura de Jesús de Nazaret, había actuado de tal manera que el poder de esta triple envoltura se había vuelto cada vez más y más poderoso. Él había actuado sanando, es decir, había podido verter su poder en el alma ajena. Solo podía hacerlo si actuaba de la manera que él mismo describe en la conversación con la samaritana en el pozo: «Yo soy el agua viva». Antes, en las bodas de Caná, se describió a sí mismo como un iniciado del quinto grado, como alguien que tiene dominio sobre los elementos. Ahora se describe a sí mismo como alguien que está dentro de estos elementos, que vive en ellos. Y además muestra que es uno con las fuerzas que actúan en toda la Tierra, que es uno con las fuerzas que actúan en todo el mundo. Esto ocurre en el capítulo sobre «Jesús, que tiene poder sobre la vida y la muerte» (capítulo 9), sobre la vida y la muerte, al poder dominar las fuerzas que actúan en el cuerpo físico. Por lo tanto, este capítulo precede al signo en el que el poder debe ser aún más intenso.

Y entonces vemos cómo la fuerza se intensifica aún más. Ayer señalamos cómo, en el signo que se caracteriza como la curación del ciego de nacimiento, Cristo no solo interviene en lo que hay entre el nacimiento y la muerte, sino también en lo que pasa de vida en vida como la individualidad del alma humana. Al manifestarse la individualidad divina en sus obras, él nace ciego; debe recuperar la vista cuando Cristo derrama en él tal fuerza que se deshace lo que no ha sucedido a través de la personalidad entre el nacimiento y la muerte, ni tampoco a través de la herencia, sino lo que él ha causado como individualidad.

Ya he explicado en varias ocasiones que la hermosa frase de Goethe, fruto de un profundo conocimiento de la iniciación rosacruz, tiene un fundamento profundamente oculto: el ojo se forma en la luz para la luz. He señalado que Schopenhauer tiene razón cuando dice: sin el ojo no hay luz. Pero, ¿de dónde viene el ojo? Goethe dice con toda razón: si no hubiera luz, nunca habría surgido un órgano sensible a la luz, un ojo. El ojo ha sido creado por la luz. Esto se puede ver en el siguiente ejemplo: cuando los animales dotados de ojos se adentran en cuevas oscuras, pronto pierden la vista por falta de luz. La luz ha formado el ojo.

Si Cristo debe infundir una fuerza en la individualidad del ser humano, mediante la cual este pueda adquirir la capacidad de convertir el ojo en un órgano sensible a la luz, lo que antes no era, en Cristo debe, por tanto, estar presente la fuerza espiritual que hay en la luz. Esto debe estar insinuado en el Evangelio de Juan. Sin embargo, en el Evangelio de Juan, la curación del ciego de nacimiento va precedida del capítulo en el que se dice:

«Entonces Jesús les habló de nuevo y les dijo: Yo soy la luz del mundo» (8, 12).

 No se habla de la curación del ciego de nacimiento hasta que se ha dicho antes: «Yo soy la luz del mundo». Consideremos ahora el último capítulo antes de la resurrección de Lázaro e intentemos recordar algunas palabras de este capítulo. Basta con recordar el pasaje donde se dice:

«Por eso me ama mi Padre, porque yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo poder para darla...

Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis;...» (10, 17 y ss. y 37)

Todo lo que se dice allí sobre el «buen pastor» debe indicar que Cristo siente: «¡El Padre y yo somos uno!», que ya no quiere referirse a sí mismo como «yo», sino que absorbe en sí mismo el poder del Padre. Si antes había dicho: «Yo soy la luz del mundo», ahora dice: entrego mi fuerza del yo al acoger al Padre en mí, para que el Padre actúe en mí, para que el principio original fluya en mí y pueda fluir hacia otro ser humano. Entregaré mi vida para recibirla de nuevo. Esto precede a la resurrección de Lázaro.

Y ahora, después de todas estas consideraciones, traten ustedes de comprender el Evangelio de Juan en relación con su composición. Observen cómo hasta la resurrección de Lázaro no solo se insinúa un maravilloso aumento en el desarrollo de los poderes del cuerpo de Jesús de Nazaret, sino cómo antes de cada aumento se nos explica expresamente lo que actúa en relación con el cuerpo de Jesús de Nazaret. Oh, todo está tan firmemente unido en el Evangelio de Juan que no se podría sacar ninguna frase, si se entendiera. Y está tan maravillosamente compuesto porque fue escrito por alguien que, como hemos dicho, fue iniciado por el mismo Cristo Jesús.

 Hoy hemos partido de la pregunta: ¿qué sucedió en el bautismo de Juan? Y hemos visto que con el descenso de Cristo a la triple envoltura de Jesús de Nazaret, vino al mundo la disposición para vencer a la muerte. Hemos visto que la madre de Jesús de Nazaret se transformó al descender Cristo, que el efecto que tuvo sobre ella el bautismo de Juan fue tal que volvió a ser virgen. De modo que, en efecto, es cierta la palabra que debía salir de la confesión del Evangelio de Juan: cuando Cristo nació en el cuerpo de Jesús de Nazaret durante el bautismo de Juan, ¡la madre de Jesús de Nazaret se convirtió en virgen!

He ahí el punto de partida del Evangelio de Juan. Y si lo comprenden con la referencia a aquel enorme efecto cósmico que tuvo lugar entonces en el Jordán, entonces también comprenderán que solo aquel que había sido iniciado por el propio Cristo, el resucitado Lázaro, a quien «el Señor amaba», de quien desde entonces siempre se nos dice: «el discípulo al que el Señor amaba». El resucitado Lázaro nos trajo el Evangelio, y solo él fue capaz de encajar cada pasaje del Evangelio con tanta firmeza, porque había recibido el mayor impulso del mayor iniciador, es decir de Cristo. Solo él podía señalar lo que, en cierto modo, Pablo comprendió a través de su propia iniciación: que en aquel entonces se había incorporado al desarrollo de la Tierra la semilla para vencer a la muerte. De ahí la significativa frase sobre aquel que colgaba de la cruz: «¡No le rompáis las piernas!». ¿Por qué no? Porque no debían intervenir en la forma sobre la que Cristo debía mantener el poder. Si le hubieran roto las piernas, una fuerza humana inferior habría interferido en la fuerza que Cristo debía ejercer hasta los huesos de Jesús de Nazaret. ¡Nadie debía interferir en esta forma! Porque debía estar completamente sometida al dominio de Cristo.

Mañana podemos tomar esto como punto de partida para la contemplación de la muerte de Cristo. 

Traducido por J.Luelmo feb, 2026

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