RUDOLF STEINER
Queremos dedicar la última de estas conferencias de hoy a que yo, a modo de resumen, les muestre la esencia de los misterios, —que he expuesto ante ustedes en relación con tal o cual región de la Tierra—, al menos desde un punto de vista, tal y como se configuró durante la Edad Media, aproximadamente desde el siglo X hasta el XV.
Me refiero a este periodo, no porque sea especialmente autónomo en sí mismo, sino porque, en cierto modo, puede servir para mostrar el nivel que había alcanzado entonces la búsqueda espiritual del ser humano en las regiones más civilizadas. A menudo se califica precisamente lo que en aquella época era la búsqueda espiritual como «misterios rosacruces». La denominación está, sin duda, justificada en cierto sentido, pero no hay que buscar detrás de esa denominación el carácter a menudo charlatán del que se habla en la literatura, —a menudo sin que se llame la atención sobre lo charlatanescas que son las cosas de las que allí se informa—, sino que hay que centrar la atención en la búsqueda de conocimiento más profunda que existía precisamente en esos siglos en casi todas las regiones de Europa: Europa Central, Occidental y Meridional. Hay que tener claro que el Fausto que Goethe describió, con todas esas profundas aspiraciones del alma, con toda esa búsqueda seria, es, en el fondo, una figura tardía que ya no estaba tan arraigada en el alma como muchos de los investigadores que trabajaban en los laboratorios medievales —de los que se tiene poca información histórica— entre los siglos X y XV. Y ya mencioné ayer que, precisamente entre los investigadores más profundos de aquella época, predominaba un rasgo trágico. Porque lo peculiar era la sensación de que, en realidad, había que aspirar a lo más elevado que actúa de forma creativa en el ser humano, pero que, en cierto sentido, no solo no se puede aspirar a ese máximo, sino que, desde un determinado punto de vista, resulta incluso preocupante aspirar a él.
Ya lo dije ayer: en los laboratorios alquímicos de entre los siglos X y XV no se encontró en estos investigadores un conocimiento teórico y superficial, sino algo que estaba profundamente relacionado con el ser humano en su totalidad, con la experiencia emocional más íntima del ser humano, impulsada por el ansia de conocimiento: un conocimiento del corazón y del alma.
¿Y de dónde procedía esto? Pues bien, se lo explicaré mejor si les ilustro este escepticismo trágico de la investigación medieval señalando una vez más la forma que el conocimiento humano tuvo en su día en la Tierra, la forma más antigua.
Esta forma más antigua de conocimiento humano, que, por supuesto, estaba estrechamente ligada a la vida de cada persona, no consistía, sin embargo, en que los seres humanos miraran hacia los planetas y vieran en ellos esa magnitud matemática, esos movimientos matemáticos que hoy se calculan y se conciben. Sino que cada planeta, al igual que todo lo que se extiende en el campo del cielo, era un ser vivo, no solo un ser vivo, era un ser animado, no solo un ser animado, era un ser espiritualizado. Y una y otra vez se hablaba de las familias de los planetas, de las familias de los cuerpos celestes. Ya se sabía que, al igual que existe un parentesco de sangre entre los miembros de una familia, existe un parentesco interno entre los miembros de un sistema planetario. Entre lo humano y aquello que se manifestaba en el cosmos exterior existía, sin duda, un paralelismo en el conocimiento.
Ahora me gustaría explicarles, en un ámbito concreto, cómo se percibía en los misterios más antiguos al mirar hacia el sol. Existían, en efecto, centros de misterios que estaban dispuestos de tal manera que contaban con una especie de claraboya especialmente preparada, de modo que, en determinados momentos del día, se podía contemplar el sol bajo una luz atenuada. Así pues, deben imaginarse que la sala más importante en algunos de los misterios solares más antiguos era aquella en la que se había instalado una claraboya en el techo. La ventana estaba cubierta con un material —que no era cristal en el sentido actual del término— que permitía contemplar el disco solar ante uno mismo, en una luz muy tenue y atenuada, a una hora determinada del día. El alumno era preparado para asimilar esta visión del disco solar con el estado interior adecuado del alma. Tenía que hacer que su ánimo fuera tan receptivo, tan capaz de percibir interiormente, que, cuando, por así decirlo, exponía su alma a través de sus ojos al disco solar bajo esa luz tenue, esto le causara una impresión que realmente pudiera imaginar.
Es cierto que, incluso hoy en día, hay quienes miran al sol a través de un cristal ahumado, pero su capacidad de percepción no está preparada para imaginar realmente la impresión que causa el sol de tal manera que el alma la perciba como una impresión especial. Para los discípulos de estos misterios, esta impresión del disco solar atenuado, esta impresión que se obtenía tras largos ejercicios previos, era muy concreta. Y quien, como discípulo de los iniciadores de los misterios, pudiera tener esta impresión, no podía, en verdad, volver a olvidarla. Pero con esta impresión, el alumno también había ganado algo que le permitía comprender ciertas cosas mejor de lo que lo hacía habitualmente. Y así, una vez preparado mediante la majestuosa y grandiosa impresión del sol, se guiaba al alumno para que dejara que la cualidad especial de la sustancia del oro actuara sobre él. Y gracias a esta preparación, a esta preparación solar, el alumno llegaba realmente a una comprensión profunda de la cualidad del oro.
Cuando uno se adentra en estas cuestiones, se da cuenta con verdadera pena de la trivialidad con la que, a menudo, se explica hoy en día en las obras históricas por qué tal o cual pensador de la antigüedad asignó el oro al sol, o por qué otorgó el mismo símbolo tanto al sol como al oro. Hoy en día ya no se sabe que lo que en su momento se sabía de esta manera surgió realmente de largos ejercicios y preparativos. Me gustaría decir: el hecho de sumergir la mirada imbuida de espíritu en la luz solar directa y atenuada preparaba al alumno para comprender el oro de la Tierra. ¿Y cómo lo comprendía? Una vez realizada esta preparación, lo primero en lo que se fijaba era que el oro es insensible a aquello que, por lo demás, es el aire vital para los organismos, y a lo que muchos metales —la mayoría de los demás metales— son, por el contrario, muy sensibles: el oxígeno. El oxígeno no altera el oro. Esta insensibilidad, esta tenacidad del oro frente a aquello de lo que, al fin y al cabo, el ser humano obtiene su vida, causó una profunda impresión en el antiguo discípulo de los misterios. Y así, el oro le transmitió la impresión de que, en un primer momento, el oro no puede acercarse a la vida. Pero tampoco el sol puede acercarse directamente a la vida. Y es bueno que ni el oro ni el sol puedan acercarse directamente a la vida. Porque entonces se guiaba al alumno más allá, y poco a poco iba llegando a la conclusión de que el oro, precisamente por no tener ninguna relación con el aire vital, con el oxígeno, cuando se introduce en el organismo humano en una determinada dosis, ejerce un efecto muy especial sobre el organismo humano. Este oro tiene una relación muy especial con el organismo humano, siempre y cuando, como ya se ha dicho, se introduzca en la dosis adecuada. No tiene ninguna relación directa con el cuerpo etérico ni con el cuerpo astral, sino una relación directa con lo que reside en el pensar humano.
¡Fíjense tan solo por un momento en lo lejos que está el pensamiento de la vida humana, precisamente en nuestra época actual! Uno puede estar sentado como un tronco, como un trozo de madera, y puede pensar de forma abstracta, pensar de forma abstracta con gran vitalidad. Pero, por otro lado, con el mero hecho de pensar no se puede provocar nada en el organismo; el pensamiento se ha vuelto cada vez más impotente para las personas. Sin embargo, el pensamiento es puesto en movimiento por la organización del yo. Y el oro, introducido en el organismo humano en la dosis adecuada, ese oro, devuelve a su vez el poder al pensamiento. Le devuelve al pensamiento ese poder que le permite actuar en el cuerpo astral, e incluso en el cuerpo etérico. A partir del pensamiento, el ser humano es revitalizado por el oro.
Ese era uno de los secretos de los misterios más antiguos: el secreto del oro en relación con el sol. La relación entre la sustancia del oro y el efecto cósmico del sol llamaba la atención del discípulo precisamente en aquellos tiempos antiguos de los que les he hablado.
Y del mismo modo, de forma similar, el discípulo de los antiguos misterios descubría cómo actúa, por así decirlo, el polo opuesto del oro. El oro es un impulso para la vitalización del pensar humano, de modo que el pensar humano pueda actuar hasta en el cuerpo etérico. ¿Y cuál sería el polo opuesto?
Verán, si consideramos que el organismo humano está compuesto por sus miembros, —la organización del «yo», el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico—, podemos decir que, gracias al oro, la organización del «yo» es capaz de actuar hasta lo más profundo del cuerpo etérico. El cuerpo etérico puede entonces seguir actuando sobre el cuerpo físico. Pero el oro hace que, de hecho, podamos mantener los pensamientos con fuerza hasta en el cuerpo etérico.
¿Cuál es el polo opuesto? Pues bien, si provocamos un efecto opuesto al de esta flecha… Pero este efecto es precisamente el que se nos presenta cuando el aire vital, el oxígeno, es atraído por algo en el ser humano o por algo en la naturaleza. Y así como el oro se resiste tenazmente al oxígeno, lo repele, no lo acepta y, por lo tanto, en un primer momento no ejerce ninguna influencia sobre el cuerpo etérico ni sobre el cuerpo astral, sino solo sobre el mundo de los pensamientos de la organización del yo, así, en el ser humano, lo que es el carbono tiene una relación directa con el aire vital. Al fin y al cabo, exhalamos ácido carbónico, producimos ácido carbónico, unimos el carbono con el oxígeno. La planta necesita ácido carbónico para su vida. El carbono tiene precisamente la propiedad opuesta a la del oro.
Pues bien, en los misterios más antiguos, este carbono desempeñaba un papel muy importante. Por un lado, se hablaba del oro como una sustancia especialmente importante cuando se trataba del ser humano; por otro lado, se hablaba del carbono. Y en los misterios más antiguos se hablaba del carbono de tal manera que se le llamaba la piedra filosofal. Y el oro y la piedra filosofal eran elementos muy importantes en aquellos tiempos antiguos: el oro y la piedra filosofal. El carbono era la piedra filosofal.
En la Tierra, el carbono se presenta en diversas formas. El diamante es carbono, carbono duro. El grafito es carbono. El carbón mineral es carbono. El antracita es carbono. Así pues, en la Tierra el carbono se presenta de las formas más variadas. Pero ahora, gracias a los métodos que se utilizaban en los antiguos misterios, se ha llegado a comprender que existen otras formas de carbono además de las que se encuentran en la Tierra. Y verán, existía otra preparación para los alumnos de los misterios distinta de aquella de la que ya he hablado, la preparación solar: existía la preparación lunar.
Se trataba precisamente de los misterios solares; diría que era una especie de observatorio en el que el ser humano podía exponer tanto su alma como su ojo físico a las fases de la Luna. Allí no solo había que contemplar el Sol en una luz tenue a una hora determinada, sino que, de hecho, durante semanas había que exponer el ojo imbuido de alma a las diferentes fases que adopta el disco lunar por la noche. De este modo, se obtenía a su vez una impresión determinada en el alma, a través de la cual se alcanzaban ahora por primera vez los conocimientos. Del mismo modo que se adquiría el alma capaz de recibir la luz solar mediante la exposición al sol, se adquiría el alma capaz de recibir la luz lunar mediante la exposición a las fases de la luna.
Ahora se aprendió a reconocer las metamorfosis que puede sufrir el carbono. En la Tierra, el carbono es carbón, grafito, diamante o antracita. En la Luna, aquello que en la Tierra es diamante, antracita o carbón, es plata. Ese era el secreto de los antiguos misterios: el carbono es plata en la Luna. El carbono es la piedra filosofal, y en la Luna es plata. Lo que en los antiguos misterios se transmitía a los hombres como un conocimiento tan profundo era que cualquier sustancia es, tal y como se presenta exteriormente, solo así en ese lugar y en ese momento: se era simplemente ignorante si no se sabía que el carbono es carbón, diamante o grafito solo en la Tierra; lo mismo que en la Tierra es diamante y grafito, en la Luna es plata; y si en este momento se pudiera transportar un trozo de nuestro carbón negro habitual a la Luna, allí se convertiría en plata. Esta visión, diría yo, de la metamorfosis radical era la que adquiría el discípulo en aquellos tiempos antiguos. Y eso, en realidad, no es la base de esa alquimia charlatana de la que hoy se habla tanto, sino que es la base de la verdadera alquimia antigua. Pero algo como esta alquimia antigua no puede alcanzarse mediante un tipo de conocimiento tan abstracto como el que se tiene hoy en día.
Hoy en día se observan las cosas o se reflexiona sobre ellas. Así no se podía alcanzar la alquimia. Hoy se apunta el telescopio hacia una estrella, se determinan paralajes y cosas por el estilo, y se calculan y recalculan; o, para conocer su composición, se utiliza el espectroscopio, y así sucesivamente. Pero todo lo que se llega a conocer de ese modo es infinitamente abstracto en comparación con lo que antes se podía conocer de las estrellas. Sin embargo, solo se podía llegar a conocer la antigua sabiduría, la verdadera astrología, si, como ya dije ayer, se mantenía una relación viva con las inteligencias del cosmos. Eso era precisamente la adquisición de un conocimiento que permitía hablar en el alma, en el espíritu, con las inteligencias del cosmos. Lo que el aurum significa para el organismo humano está relacionado con el misterio del Sol. Al exponer el alma al ser solar de la manera que he descrito, se entraba en relación con las propias inteligencias del Sol. Estas podían decirnos cómo funcionaba el Aurum. Y del mismo modo se entraba en contacto con las inteligencias de la Luna, tal y como se lo he descrito.
Sin embargo, se llegó a saber que estas inteligencias de la Luna eran las mismas que, en tiempos antiguos, habían sido los grandes maestros de la humanidad terrestre, cuando se enseñaba la sabiduría primigenia en la Tierra. Eran los mismos maestros que hoy, diría yo, hacen actuar sus fuerzas y sus impulsos desde la Luna. En un momento determinado se retiraron de la Tierra a la Luna, fundando, por así decirlo, una colonia lunar a partir de la Tierra con la separación de la Luna de la Tierra.
Así pues, lo que aquí (véase el esquema) era lo segundo, el misterio del carbón y la plata, tiene que ver con aquellas inteligencias que en su día estuvieron incluso en la Tierra y que hoy son inteligencias lunares. Como ven, así se sabía en tiempos antiguos.
Quiero dar otro ejemplo más. Al igual que con el Sol y la Luna, durante la preparación del alma también se obtenían impresiones de los demás planetas. Y así, uno de los misterios de la antigüedad se refiere a Venus. Hoy en día, cuando se observa Venus a través del telescopio, se le considera igual que a otras estrellas u otros planetas. Del mismo modo que con el organismo humano se procede examinando un trozo de hígado y luego otro de cerebro, y en realidad solo se analiza la estructura celular, como si no se tratara de dos sustancias radicalmente diferentes —la sustancia cerebral y la hepática—, así también se apunta el telescopio y se piensa que Mercurio, Venus, Marte y demás son todas sustancias de la misma naturaleza. En aquellos tiempos antiguos se sabía que, al contemplar la Luna y el Sol, uno aún se limita a lo que guarda relación directa con la Tierra física, con lo terrenal, con lo acuoso, con lo aéreo y con lo ígneo. Al extender las observaciones de forma espiritual hasta la Luna, se llega al éter. Pero al extenderlas hasta Venus, se entra en un mundo espiritual, en un mundo puramente astral. Lo que aparece como Venus físico es, en cierto sentido, solo el signo externo de algo que vive y existe en lo astral, o mejor dicho, en la luz astral. La luz física de Venus es algo muy distinto de, por ejemplo, la luz física del Sol. La luz física del Sol tiene aún cierta afinidad con lo que en la Tierra puede vivir como una luz que surge en ella. Lo que es la luz de Venus —es infantil considerarla simplemente como una luz solar reflejada— resplandece ya desde el mundo espiritual. Y si exponemos nuestro propio ser anímico a esta luz, aprendemos a reconocer qué inteligencias están vinculadas a Venus.
Se trata de inteligencias que viven en un contraste permanente —me atrevería a decir que en una oposición permanente— con las inteligencias del Sol. Y este contraste entre las inteligencias de Venus y las del Sol desempeñó un papel importante en los antiguos misterios. Se hablaba, con cierto fundamento, de una lucha constante de la inteligencia de Venus contra la inteligencia del Sol. Hubo momentos iniciales de tales luchas en los que las inteligencias de Venus comenzaron a luchar contra las inteligencias del Sol. Hubo intensificaciones, culminaciones, hubo catástrofes, crisis, y se tenía, por así decirlo, en lo que se situaba entre una exposición y una catástrofe o crisis, un tramo de esa gran lucha de oposición que tiene lugar en el mundo espiritual y que, en el signo exterior, solo se manifiesta en la relación astrológica y astronómica entre Venus y el Sol. En lo que allí tiene lugar, se sucedieron fases sucesivas. Y nadie puede comprender lo que vive en la Tierra como los impulsos internos de la historia si no sabe cómo es la lucha entre Venus y el Sol. Porque lo que aquí en la Tierra se manifiesta como luchas, lo que de otro modo tiene lugar en el desarrollo de la civilización, es una imagen terrenal de esa lucha entre Venus y el Sol.
Eso ya se sabía en los antiguos misterios. Ese conocimiento existía porque había una relación entre los seres humanos y las inteligencias del cosmos.
Llegó entonces la época de la que les he hablado, desde el siglo X hasta el XV. Esos investigadores de los laboratorios alquímicos medievales, debido al desarrollo de la humanidad, ya no podían ascender hasta las inteligencias cósmicas; pero aún podían llegar hasta los espíritus de la naturaleza. Al realizar estos investigadores alquimistas numerosos experimentos químicos —como el que les mostré ayer a modo de ejemplo con la transformación del ácido oxálico en ácido fórmico—, que tenían por objeto revelarles el dominio y la acción divinos en los procesos y elementos de la naturaleza, solo podían lograrlo si, en el momento oportuno, —como dije ayer, si se habían preparado adecuadamente mediante la piedad— les hablaran los espíritus de la naturaleza. Analicemos ahora con todo detalle en qué situación se encontraba un investigador de este tipo.
Un investigador así se encontraba en su laboratorio. Podía decirse a sí mismo: «Aquí traigo a mi laboratorio las sustancias, los matraces y los hornos». Realizo los distintos experimentos. Al plantear preguntas a la naturaleza a través de mis experimentos, los espíritus de la naturaleza entran en mi laboratorio para que yo los contemple, con sus revelaciones. —Porque hasta el siglo XV aún ocurría que los espíritus de la naturaleza se acercaban a los investigadores rosacruces debidamente preparados; ¡eso ocurría! Pero él sabía, aunque solo de forma superficial, que en tiempos antiguos no solo se había llegado a los espíritus de la naturaleza, sino también a las inteligencias cósmicas superiores, a aquellas inteligencias que hablaban del misterio del oro en relación con el Sol, del misterio de la plata y del misterio del carbono en relación con la Luna, del misterio de Venus, de gran importancia histórica, y así sucesivamente. Sin duda, gracias a los datos que habían perdurado de la tradición, este investigador alquimista medieval también lo sabía. Pero eso no era lo más importante. Para quien alguna vez ha entrado en contacto con lo espiritual, los documentos históricos no son tan terriblemente importantes como lo son en la época materialista actual. Siempre sorprende, una vez más, lo infinitamente importante que resulta para algunas personas el hallazgo de algo como el dinosaurio que se encontró hace poco en el desierto de Gobi. Se trataba, sin duda, de un hallazgo importante, pero al fin y al cabo no son más que fragmentos aislados; mientras que, de manera espiritual, sí es posible adentrarse realmente en los misterios del mundo. Así pues, los documentos históricos seguramente no habrían conmovido especialmente a este investigador medieval. Pero de otra manera llegó a comprender que, en tiempos pasados, se había alcanzado un conocimiento cósmico, y que ahora solo se puede llegar a los espíritus de la naturaleza que se encuentran detrás de los elementos: lo aéreo, lo ígneo y lo acuoso. Y es que sucedía lo siguiente: en determinados momentos, cuando se realizaban ciertas observaciones de la naturaleza o se llevaban a cabo experimentos sobre ella, es decir, cuando uno se acercaba a la esfera de los espíritus de la naturaleza, entonces había ciertos espíritus de la naturaleza que le decían: «Hubo una vez personas que estaban en relación con las inteligencias cósmicas». - Lo que resultaba angustioso, lo que resultaba insoportable, lo que resultaba doloroso para esos investigadores medievales era que los espíritus de la naturaleza les hablaban de una época remota en la que los seres humanos estaban en conexión con las inteligencias del cosmos. Y los seres humanos tenían que decirse a sí mismos: «Los espíritus de la naturaleza aún hablan de una época antigua que se ha hundido en el abismo del conocimiento humano y del ser humano». - Y así, el don de los alquimistas medievales de entrar en contacto con los espíritus de la naturaleza era, en realidad, dudoso. Por un lado, se llegaba a lo espiritual de la naturaleza, a lo espiritual del aire, a lo espiritual del agua, a los gnomos, silfos y ondinas en su realidad viva. Pero, por otro lado, entre ellos había espíritus que les hablaban de cosas que los abatían, porque les mostraban cómo la humanidad, en otro tiempo, no solo estaba en relación con estos espíritus de la naturaleza, sino también con aquellas inteligencias con las que estos espíritus de la naturaleza siguen manteniendo hoy en día una relación viva, y con las que los seres humanos ya no están en contacto. Ese era el sentimiento de aquellos alquimistas de la Edad Media, que a menudo se ha expresado de una manera mucho más grandiosa, trágicamente grandiosa, que en el Fausto de Goethe, donde ya es de por sí tan bello y grandioso.
Pero la expresión: «hacia la luna, hacia la brillante luz plateada de la luna, en la que Fausto quiere bañarse», esa expresión fue utilizada con aún mayor profundidad por algunos investigadores entre los siglos X y XV, cuando se hablaba de los espíritus de la naturaleza y del misterio del carbono y la plata, que, sin embargo, está íntimamente relacionado con el ser humano. ¿Qué era lo que se descubría al mismo tiempo en aquellos tiempos antiguos? No solo se descubría cómo el oro está relacionado con el sol, sino cómo actúa el oro en el ser humano, cómo actúan el argento, la plata y el carbono en el ser humano, y cómo actúan en él los demás metales relacionados con los planetas. Pero esto se percibía en aquellos tiempos antiguos en el circular de la sangre; se percibía de manera consciente el fluir y el circular de la sangre por la cabeza, al sentir toda la Tierra en la imagen mental, cuando realmente se percibía el fluir de la sangre por la cabeza. Y en la esfera en la que la cabeza humana no está cerrada por huesos, sino que está abierta hacia abajo, en esa apertura hacia abajo, hacia el corazón, hacia el pecho, se percibía un reflejo de lo que asciende directamente desde la Tierra hacia la atmósfera. Y así, en lo que se aprendía del cosmos, se percibía precisamente aquello que se transformaba interiormente en el ser humano. Y se seguía al planeta en su recorrido por todos los órganos. Allí se afianzaba aquello que luego aparece de manera tan contundente en el verso de Mefistófeles de Goethe: «La sangre es un jugo muy especial». Porque esta sangre, en su metamorfosis, refleja esas metamorfosis, por grandiosas que sean, desde el carbono hasta la plata. Todo eso vive también en la sangre humana.
Y así, este investigador medieval consideraba la pérdida del conocimiento de las inteligencias cósmicas como una pérdida de su propia humanidad. Y, en el fondo, no es más que un débil resplandor cuando Fausto abre por primera vez el libro del macrocosmos y quiere ascender hacia las inteligencias cósmicas, pero lo vuelve a cerrar porque no puede hacerlo y se limita a aferrarse al espíritu de la Tierra; en el fondo, es un débil eco de lo que, de una manera terriblemente trágica, vivieron en su interior precisamente los mejores investigadores medievales —cuyos nombres no han llegado a la posteridad—, al tener que escuchar de los espíritus de la naturaleza, en cuya esfera penetraban mediante sus investigaciones alquímicas, que en otro tiempo había existido una conexión entre el ser humano y las inteligencias cósmicas.
Y, de nuevo, todo esto está profundamente relacionado con lo que tuvo que desarrollarse ya en la antigua Grecia, cuando se hizo necesario que algo como los misterios de Samotracia —los misterios de los Cabiros— mencionados ayer o anteayer se fueran atenuando hasta llegar a la filosofía de Aristóteles, que luego desempeñó un papel tan importante precisamente en la Edad Media, mientras que, bajo la superficie de lo que fue el aristotelismo, precisamente hasta bien entrado el siglo XV, pero de manera trágica, siguió actuando aquello que he podido esbozarles aquí en un pequeño fragmento. De hecho, tras la época macedónica se extendía hasta Grecia una entidad de los misterios —los detalles se expondrán en las próximas conferencias históricas—, un sistema de misterios que penetraba profundamente en los secretos de las sustancias del mundo, tal y como se relacionan con las inteligencias cósmicas, un sistema de misterios en el que primero se descendía desde las inteligencias cósmicas hasta los espíritus de la naturaleza. Era una mirada como hipnotizada, apartada de esas inteligencias cósmicas, pero dirigida hacia los espíritus de la naturaleza. Esa fue la crisis que se produjo en la época de Aristóteles y Alejandro. En todo lo que allí ocurrió, aún se puede ver, discernir en el aristotelismo, que las abstracciones de Aristóteles se basan en el antiguo sistema de misterios. Me gustaría decir: quien conozca el misterio del carbono y la plata y luego lea los comentarios de Aristóteles que han llegado hasta nosotros, —pues los más importantes no han llegado—, quien lea lo que allí se dice sobre el misterio lunar, comprenderá de inmediato cuál es la relación con aquellos tiempos antiguos.
Pero, en fin, estos son temas que se analizarán con mayor detalle en las próximas conferencias que me gustaría impartir sobre la evolución histórica de la humanidad desde el punto de vista de la antroposofía.
Traducido por J.Luelmo
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