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GA316 Dornach, 4 de enero de 1924 - Las fuerzas materiales terrenales y las periféricas hallan equilibrio en los distintos sistemas orgánicos.

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Las fuerzas materiales terrenales y las periféricas hallan equilibrio en los distintos sistemas orgánicos.

Dornach, 4 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Tengo que comunicarles que, a partir de mañana, lo haremos de la siguiente manera: piensen en las preguntas que les gustaría plantear por iniciativa propia y a continuación, háganmelas llegar o anótenlas, para que durante las charlas, yo pueda tener en cuenta todas las inquietudes que surjan de ustedes de modo que salga a la luz todo aquello que deseen que salga a la luz.

Bueno, hoy me gustaría decirles algo más que se enlaza directamente con las reflexiones que hicimos ayer y anteayer sobre el ser humano en sí mismo y sus relaciones con el mundo. De nada sirve que, al realizar aquí una reflexión antroposófica sobre el ser humano, intentemos, por así decirlo, complacer a aquellos que, desde la perspectiva científica actual, tienen todo tipo de opiniones sobre el ser humano, —en realidad, más bien la ausencia de opiniones sobre el ser humano—, y que intentemos apartarnos lo menos posible de lo que es habitual en general. Porque lo que ocurre es que, en hechos grandes y significativos, la verdad se aleja considerablemente de lo que hoy en día es habitual. La verdad se aleja de manera extraordinariamente marcada de lo que hoy en día es habitual. Y por eso, quien hoy aspire a la verdad deberá tener también el valor de comprender muchas cosas que, desde el punto de vista de la ciencia actual, se consideran directamente como algo extraordinariamente absurdo. Sin embargo, es necesario que —no aquí, sino en otros ámbitos—, si realmente quieren curar, es decir, si quieren mezclarse, por así decirlo, entre quienes hoy en día curan desde el mundo exterior, es necesario que se ocupen de esta ciencia exterior actual de una manera que aún voy a explicar. De lo contrario, tendrán que deambular bastante a tientas con la verdad entre los errores actuales.

Hoy en día se considera el asunto en cuestión como si se tratara de las setenta u ochenta sustancias que hay en la Tierra, con ciertas fuerzas que actúan entre ellas —fuerzas de atracción y repulsión, etc.—, fuerzas que actúan a través de ciertos valores de equivalencia, como los pesos atómicos, etc. De ahí se llega a ciertas denominadas «leyes de la naturaleza», mediante las cuales se intenta obtener una visión general de cómo se configuran las sustancias, cómo dan lugar a las leyes de la naturaleza, y luego se construye una figura imaginaria que se supone que es el ser humano, formada a partir de las diversas fuerzas cuyo origen se busca en las sustancias, y así sucesivamente. Pero no es así. El ser humano, ni en su estructura completa ni en las fuerzas que sustentan sus procesos de nutrición y crecimiento, se encuentra en absoluto sometido únicamente a las influencias que emanan de las sustancias terrestres. Ya hemos visto, al examinar el cuerpo etérico, que este se encuentra totalmente bajo la influencia de fuerzas que fluyen desde la periferia, desde el cosmos. Si ahora se fijan en estos dos tipos de fuerzas —las que proceden de las sustancias de la Tierra y las que proceden de la periferia—, ya se habrán dado cuenta de que, para cada órgano, es necesario un equilibrio, una armonización entre estos dos tipos de fuerzas. La forma en que se establece este equilibrio marca una diferencia realmente considerable

Y consideremos, desde este punto de vista, la cabeza humana. En primer lugar, hay que llamar la atención sobre —ya lo he señalado en varias ocasiones a lo largo de las conferencias, cuando ha surgido el tema— en cómo la fuerza de gravedad, el peso, que sin duda hay que tener en cuenta en primer lugar en cualquier cuerpo terrenal, y cuya relación hay que considerar, como es el peso del cerebro humano, es decir, la masa principal de la cabeza humana, queda en realidad eliminado en gran parte, ya que el cerebro, de contornos bien definidos, flota en el líquido cefalorraquídeo, de modo que se puede decir: En el líquido cefalorraquídeo, que en realidad circula hacia abajo a través del canal medular, en ese líquido cefalorraquídeo flota el cerebro. Si se pesa el cerebro, pues bien, tiene un peso de entre 1300 y 1500 gramos. Pero en el ser humano no pesa tanto, como mucho 20 gramos. ¿Por qué es así? Porque flota en el agua del cerebro y, según la ley de Arquímedes, el cuerpo pierde tanto peso como pesa el líquido que desplaza. El cerebro experimenta una flotabilidad en el líquido, de modo que, en realidad, de su peso solo quedan entre 20 y 25 gramos. Con eso, el cerebro ejerce presión hacia abajo. Si ejerciera presión hacia abajo con todo su peso, no podría haber ningún sistema vascular debajo del cerebro, ya que todo quedaría aplastado, por lo que se puede decir que, en realidad, se le priva de su cualidad terrenal de la gravedad. Vivimos con nuestro cerebro no gracias a la propiedad terrenal de la gravedad, sino gracias a aquello que quiere alejarse de la Tierra, gracias a la flotabilidad que se opone a la gravedad terrestre. El cerebro está sujeto a la gravedad terrestre, con un máximo de 20 gramos. La Tierra nos atrae con una fuerza muy pequeña en relación con nuestra cabeza.

Eso es lo primero. De ello podemos deducir que lo terrenal del cerebro desaparece, en gran medida, gracias a la organización humana. La organización humana está concebida de tal manera que las fuerzas terrestres simplemente desaparecen. Pero esto ocurre aún en un grado mucho mayor. La humanidad conoce la flotabilidad a partir del principio de Arquímedes, aunque en el ámbito técnico no siempre se tenga en cuenta. De lo contrario, no habrían ocurrido cosas como la devastación del embalse en Italia, donde, simplemente por desconocimiento del principio de Arquímedes, se produjo un fallo técnico en toda su totalidad. No sé si la humanidad se da cuenta de ello, pero se podía deducir con mucha precisión de las descripciones que se hicieron. Se consideran correctas aquellas leyes que nos convienen. Se ignoran aquellas leyes que no nos convienen.

Ahora bien, en lo que respecta a la cabeza humana, no solo ocurre que toda la estructura interna de la cabeza humana, es decir, la gravedad, se pierde, sino que, debido a la particular organización del proceso respiratorio humano y a ciertas relaciones estáticas que se dan entre la inspiración y la espiración, ocurre además algo más. Lo que ocurre es que el impulso respiratorio que se ejerce al inhalar se interrumpe, en cierto modo, al inhalar, y que el impulso contrario que le sigue al exhalar se comporta de manera similar. Ambos se comportan de manera similar a la gravedad y la flotabilidad, de modo que lo curioso es que, cuando caminamos, en realidad, en lo que respecta a las relaciones estáticas de nuestra cabeza, dejamos la cabeza y el cerebro en reposo. Del mismo modo que no dejamos que el agua nos haga sentir pesadez gracias a su flotabilidad, lo mismo ocurre con respecto a su relación interna cuando caminamos. Y esto no solo se aplica a nuestra marcha, sino que, curiosamente, también se aplica especialmente al movimiento que realizamos junto con la Tierra. Este movimiento lo realizamos únicamente con el resto del cuerpo, no con el cerebro; para el cerebro se compensa continuamente, de modo que, con un peso de 1.500 gramos, al cerebro solo le quedan 20 gramos. Además, ocurre que, aunque movamos la cabeza con la misma rapidez que el resto del cuerpo, en realidad éste permanece en reposo. Te cuesta más imaginar que algo que, a simple vista, está en movimiento, en realidad esté en reposo, que imaginar que algo que está sujeto a la gravedad, en realidad no sea pesado. Pero, sin embargo, es así. Para la organización interna del ser humano, la cabeza se comporta exactamente como si estuviera en reposo permanente: todas las fuerzas se compensan entre sí, solo que hacia abajo existe una ligera gravedad, que se comporta como 20 frente a 1500, y hacia delante existe una fuerza de movimiento muy leve. Pero lo esencial del movimiento se compensa, de modo que se puede decir que la cabeza humana se encuentra, en el resto del organismo —en lo que respecta a su experiencia interna—, como una persona que está sentada tranquilamente en un coche, sin moverse en absoluto; el coche se mueve y, sin embargo, ella avanza. La cabeza humana experimenta así como lo haría si no tuviera peso. Anula su movilidad cuando la persona se mueve, e incluso cuando, junto con la persona, se mueve la Tierra.

Así pues, el órgano humano de la cabeza tiene algo muy especial, ya que se excluye, se exilia de todo lo que ocurre en la Tierra. La Tierra apenas participa en lo que sea que constituya la actividad de la cabeza. En cambio, toda esta cabeza humana es una réplica del cosmos. De hecho, la cabeza humana es una réplica del cosmos, es realmente una imagen del cosmos, y en su esencia no tiene nada que ver con las fuerzas de la Tierra. Así pues, la estructura interna del cerebro está modelada a imagen de las fuerzas del cosmos, y tenemos una configuración interna del cerebro cuya forma no podemos explicar a partir de nada terrenal, sino que debemos explicarla partiendo del cosmos. La Tierra actúa únicamente —lo diré de forma un tanto simplista, pero me entenderán— irrumpiendo hacia abajo en la estructura cósmica e insertando en el ser humano todo aquello que tiende únicamente hacia la Tierra. Esto se puede percibir muy fácilmente en un esqueleto. Si se le quita el cráneo al ser humano, se le ha quitado lo que es una réplica cósmica y, en un primer momento, queda lo que es solo a medias cósmico, en la disposición de las costillas; pero ahí ya está bajo la influencia de lo terrenal. Fíjense, sobre todo, en los huesos tubulares de las piernas y de los brazos del esqueleto: ahí tienen formaciones puramente terrenales. Fíjense en el esqueleto, en las vértebras de la médula espinal, esas vértebras rugosas de la columna vertebral a las que se unen las costillas. Ahí se evidencia que esto ha surgido del equilibrio entre lo cósmico y lo terrenal. Y vean la cabeza: allí, en la bóveda craneal, también tienen una forma en la que el cosmos arrebata a lo terrenal la posibilidad de formarse a sí mismo, una forma que es una réplica de lo cósmico. Así es como hay que estudiar realmente las formas humanas.

Solo si se estudian así las formas humanas y, además, se sabe que, en realidad, la cabeza, en lo que respecta a su experiencia interior, precisamente en relación con sus formaciones blandas y sus formaciones líquidas, se encuentra en reposo —es decir, reproduce el cosmos en reposo—, entonces habrá que admitir que, en realidad, toda la anatomía y la fisiología, tal y como aparecen hoy en día en las descripciones, es algo de lo que no se puede hablar en absoluto como de verdad, porque carecen de la conciencia de que se trata de algo que está bajo la influencia cósmica.

He dicho que hay fuerzas que llegan desde la periferia; es como si entraran por todos los lados en esta cabeza humana. Pero hay una gran diferencia entre que estas fuerzas lleguen y que sea la Luna la que las detenga, o que sea el Sol, o que sea Saturno. La presencia de ciertas estrellas modifica estas fuerzas periféricas. Por lo tanto, no es indiferente desde qué direcciones procedan estas fuerzas. El efecto se ve modificado de manera esencial por el lugar en el que observamos cualquier constelación. Se trata de una idea que hoy en día solo se aborda de forma diletante, pero que en tiempos muy antiguos constituía la base de la sabiduría intuitiva de la antigua astronomía. Hoy en día, a partir de los hechos que se dan, nadie se hace una idea de cómo son las cosas en realidad. Lo que he dicho es fundamental para comprender cómo es en realidad esta formación humana. Porque el hecho de que el ser humano, en su cabeza, esté totalmente sometido al cosmos, y de que, en lo que son los huesos tubulares de las piernas, esté sometido únicamente a lo terrenal, expresa al mismo tiempo, hasta lo sustancial, lo que reside en las fuerzas formadoras. Si tienen una estructura ósea humana: ya saben que en ella se encuentra lo que luego se manifiesta como carbonato cálcico. Pero también existe el fosfato cálcico; ambos tienen una gran importancia para la estructura ósea. Gracias al carbonato cálcico, el hueso adquiere la propiedad de estar sujeto a la tierra. Si la sustancia ósea no estuviera impregnada en absoluto de carbonato cálcico, la Tierra no podría actuar sobre el hueso. El carbonato cálcico constituye para la Tierra el punto de ataque sustancial que le permite moldear el hueso según sus fuerzas formativas. El fosfato cálcico constituye para el cosmos el punto de ataque que le permite moldear el hueso. Así pues, si, por ejemplo, se tiene un hueso tubular como el fémur humano, este fémur no podría tener su extensión de arriba abajo si no fuera por la cal carbónica. Sin embargo, no tendría el cuello del fémur si esto no fuera mediado por la cal fosfórica. Esto no cambia por el hecho, —que objetan los anatomistas—, de que la cantidad de calcio fosfórico y de calcio carbónico para un hueso tubular y un cuello femoral no difiera sustancialmente. En primer lugar, para un análisis más detallado, no es del todo correcto afirmar que no difieren, pero en estos casos hay que tener en cuenta otro factor. Todo el organismo humano está diseñado para llevar a cabo procesos de construcción y de degradación. Procesos a partir de los cuales se forma algo, y procesos mediante los cuales se separa aquello que no puede utilizarse en la formación. En las propias sustancias se puede observar, como por ejemplo ocurre con el flúor, una diferencia muy significativa entre esas fuerzas constructivas y destructivas. El anatomista común diría: el flúor desempeña un papel en la formación de los dientes, también se encuentra en la orina, es decir, hay flúor aquí y allá. Pero no se trata de eso. En la formación de los dientes, el flúor desempeña un papel positivo; los dientes no pueden formarse sin flúor. En la orina se encuentra el flúor que se ha eliminado, el que debe ser degradado. Lo esencial es distinguir si algo se ha depositado en un lugar y, por lo tanto, se forma, o si es absolutamente necesario para la formación. Y así es. Si se tiene una parte ósea que se ha formado esencialmente a partir del cosmos, la cal fosfórica tiene una función formadora. En otra parte ósea, la cal fosfórica se encuentra como depósito —y a la inversa: En los huesos tubulares, la cal carbónica es constructiva y se encuentra como depósito; se deposita hacia la parte que se ha formado a partir del cosmos. Hay que decir que en ningún caso importa si está presente tal o cual sustancia, sino lo que importa es qué recorrido siguen estas sustancias, qué significado tienen en cualquier lugar del organismo.

Una vez intenté explicar estas cosas a nuestros amigos de forma gráfica diciendo: «Supongamos que salgo a dar un paseo a las nueve de la mañana y me encuentro en un banco a dos personas que están sentadas allí tranquilamente juntas». Por la tarde, a las tres, vuelvo al mismo sitio. Las personas siguen sentadas juntas tranquilamente. Al constatar estos dos hechos, no he hecho nada, porque puede ser que una de ellas se haya llevado un bocadillo y se haya quedado allí sentada desde las nueve hasta las tres, mientras que la otra se ha ido, ha dado un paseo y no ha vuelto a sentarse hasta las tres. Uno está descansado, el otro está terriblemente cansado. La constitución interior difiere de manera muy significativa en ambos. Por lo tanto, lo importante no es si está presente esta o aquella persona, sino lo siguiente: ¿qué ha hecho?, ¿cuál es su camino en la vida para llegar a este lugar? - Y así, en el fondo, para comprender al ser humano es indiferente si en un órgano hay tal o cual sustancia. Hay que saber cómo está presente en él, si se trata de una sustancia constructiva o de una sustancia de eliminación; solo entonces se puede comprender al ser humano. Nunca se podrá encontrar la transición entre la cualidad de una sustancia necesaria para el organismo humano y un remedio si no se es capaz de comprender adecuadamente este proceso. Solo cuando se es capaz de ello, se llega a la conclusión de que, de hecho, la distribución de las sustancias en el cosmos es muy diferente de lo que se suele creer.

Es un hecho llamativo, sobre el que ya no se reflexiona desde hace solo cinco o seis siglos, que, según se cree, mediante ciertos procesos analíticos se puede detectar hierro en el organismo humano. Todos estos procesos son tales que se puede afirmar: en el organismo humano, en la sangre, hay hierro. Pero será en vano intentar detectar plomo en el ser humano si el organismo está sano. Ahora bien, el plomo solo se conoce, en realidad, en los minerales de plomo y allí donde se encuentra en forma de trozos gruesos. Pero todos los metales que se encuentran en forma de trozos gruesos en la sustancia de nuestra Tierra existieron en su día, en sus formas primigenias en Saturno, el Sol y demás, en estados muy volátiles, incluso térmicos-etéricos, como estados disueltos, volátiles y térmicos-etéricos. Ahora bien, el ser humano ya existía, aunque naturalmente en otra forma, en su esencia en el antiguo Saturno. Ha pasado por todos estos procesos, en los que, por ejemplo, el hierro ha pasado de ser un estado totalmente volátil, finamente distribuido y térmico-etérico a convertirse en lo que es hoy en día. Ha contribuido a que el mundo sea como es, y así sucesivamente. Lo curioso es que el ser humano se ha comportado ante el hierro y ante el magnesio de tal manera que ha incorporado estas sustancias a su propia formación. Ha superado el plomo. Así pues, ante el magnesio se ha comportado de tal manera que ha unido el proceso del magnesio a su propio proceso. Frente al plomo, se ha comportado de tal manera que ha huido del proceso del plomo, que lo ha eliminado, de modo que, en lo que respecta al magnesio, vemos cómo en el ser humano actúan las mismas fuerzas que actúan precisamente ahí fuera, en el magnesio. El ser humano debe superarlas interiormente. Pero antes de que el ser humano quedara encerrado en su piel, cuando aún era una forma en metamorfosis que formaba unidad con el cosmos, superó el proceso del plomo, de modo que aún hoy conserva en su interior esa superación, esa eliminación del proceso del plomo. Tiene en su interior las fuerzas constructivas del magnesio y las fuerzas de eliminación del proceso del plomo.

¿Qué significa eso en realidad? Solo hay que estudiar qué le ocurre al organismo humano cuando sufre una intoxicación por plomo. Se vuelve frágil y esclerótico. Debido a ello se podría decir que el organismo humano no tolera el plomo en su interior. Cuando se produce una intoxicación por plomo, significa que hay plomo en el organismo humano. Sin embargo, el organismo comienza a combatir el proceso inherente a la sustancia del plomo —las sustancias son siempre procesos—. El plomo se propaga por los procesos orgánicos; el organismo se rebela contra ello y trata de expulsarlo. Si lo consigue, se recupera. Si el plomo es más fuerte, no se recupera. Se produce el conocido proceso de deterioro propio de la intoxicación por plomo en el organismo humano, porque este solo tolera los procesos que superan al proceso del plomo. No puede albergar en su interior las fuerzas que conforman la sustancia del plomo.

Si ahora nos preguntamos qué beneficia al ser humano el hecho de no tolerar el plomo en su interior, llegamos a la siguiente conclusión. Verán, el ser humano es, ante todo, un ser sensorial. Percibe las cosas que le rodean y, a continuación, reflexiona sobre ellas. Necesita ambas cosas. Debe percibir las cosas para poder conectar con el mundo. También debe reflexionar, debe tomar distancia respecto a su percepción y, al hacerlo, desarrollar su autonomía. Si solo percibimos, nos perderíamos siempre en la contemplación exterior. En cambio, al tomar distancia de las cosas y reflexionar sobre ellas, es cuando nos convertimos en una personalidad, en una individualidad. De este modo, no nos perdemos en las cosas. Y si se estudia el cuerpo etérico humano, este tiene en su interior un centro de fuerzas que repelen el plomo. Este centro se encuentra aproximadamente donde el pelo forma su remolino. Desde allí irradian las fuerzas que vencen al plomo. Irradian hacia todo el organismo para que las fuerzas que forman el plomo no puedan penetrar en él. Las fuerzas que el cuerpo ha desarrollado para superar el plomo tienen una gran importancia, ya que son precisamente esas mismas fuerzas las que hacen que, cuando miro esta tiza, no me quede atrapado en la simple contemplación de la tiza. De lo contrario, yo mismo me identificaría con lo que estoy contemplando. Me hago independiente, desligo la observación, pero lo hago con las mismas fuerzas que son las que vencen al plomo, de modo que el ser humano debe a estas fuerzas el poder ser una personalidad internamente coherente. El hecho de que el ser humano pueda separarse del mundo se lo debe a las fuerzas que vencen al plomo. Es cierto que estas fuerzas, que residen en el ser humano y cuya existencia puede resultar bastante evidente si se tiene en cuenta cierta relación que mencionaré enseguida, no solo tienen un significado físico-etérico, sino también, sin duda alguna, un significado psíquico-moral. Lo que quiero decir es lo siguiente: el ser humano absorbe ciertos cuerpos metálicos que integra en su propio organismo físico, mientras que a otros cuerpos metálicos los supera; los tiene en su interior únicamente como procesos de rechazo y de superación. Ahora bien, ¿a qué se debe que, a lo largo de su dilatada evolución desde la era de Saturno, la era del Sol y así sucesivamente, el ser humano haya eliminado ciertas sustancias que se formaron en el exterior y solo haya absorbido otras? En esta eliminación reside, al mismo tiempo, la capacidad del ser humano para asimilar en sí mismo fuerzas morales autónomas. Es cierto que, si el ser humano estuviera, por ejemplo, predispuesto a poseer en su interior fuerzas formadoras de plomo —se podría pensar que, aunque el organismo actual no pueda necesitar plomo ahora, pero que tuviera alguna fuerza formadora de plomo, que tuviera plomo en sí mismo en el mismo sentido en que ahora tiene hierro—, entonces el ser humano —en el caso del plomo es así— tendría en sí mismo cualidades semimorales, las portaría en sí mismo a partir del plomo; entonces el ser humano tendría, por así decirlo, una afinidad patológica —hoy la llamaríamos patológica— con las impurezas externas del mundo. Al ser humano le encantaría buscar sustancias olorosas y malolientes y olerlas para fundirse en ellas. Y cuando se tiene un hijo y se puede observar en él cómo ocurre que los niños tienen esas características perversas —hay niños que buscan con predilección todo lo que huele mal, que, por ejemplo, husmean el queroseno—, siempre falta esa propiedad de la sangre que repele el plomo. En esos casos hay que intentar activar esa capacidad de repeler el plomo mediante intervenciones clínicas o incluso farmacológicas. Es posible activar esa capacidad de repeler el plomo mediante tipos de tratamiento que aún están por debatir.

Centrémonos por un momento en una sustancia que desempeña un papel importante en el organismo humano: el magnesio. En este caso podemos estudiar un aspecto especialmente interesante. Precisamente en el ámbito pedagógico he señalado en repetidas ocasiones que la primera etapa de la vida, que debemos diferenciar claramente de todas las siguientes, es aquella que se extiende hasta el cambio de dentición. A continuación, la siguiente etapa es la que se extiende hasta la madurez sexual. Ahora bien, la cuestión es que, al igual que el flúor es necesario para la formación de los dientes, también lo es el magnesio. Pero la formación de los dientes no solo tiene lugar en la boca, en el maxilar superior y en la mandíbula, sino que todo el organismo participa en ella; el proceso del magnesio se desarrolla en todo el organismo humano. Y eso es lo más esencial para el ser humano hasta la caída de los dientes de leche. Posteriormente, tras el cambio de dentición, el magnesio ya no tiene la gran importancia que tenía antes, pues las fuerzas del magnesio en el ser humano endurecen su organismo. Estas fuerzas y sustancias se integran en su propio organismo, y me atrevería a decir que el punto culminante de esta consolidación del organismo humano, de esta integración de fuerzas y sustancias en sí mismo, tiene su culminación en el cambio de dentición, con la aparición de los dientes definitivos. Hasta ese momento, el aporte de magnesio reviste una importancia capital para el organismo humano.

Ahora bien, el organismo humano constituye un todo en lo que respecta a su desarrollo temporal. Debe desarrollar magnesio en su interior, debe tenerlo en sí mismo. No dispondría de las fuerzas de consolidación adecuadas si no contara con estos procesos relacionados con el magnesio en su interior. Sin embargo, no puede dejar de generar las fuerzas del magnesio. Esto ocurre tanto después del cambio de dientes como antes de él. Estas deben ser procesadas en el organismo, por lo que, tras el cambio de dentición, lo esencial será que el magnesio se supere, que se elimine. Se secreta especialmente a través de la leche materna; se elimina sobre todo con la leche. Dado que la secreción de leche está relacionada con la madurez sexual, se observa un proceso curioso y coherente, un proceso periódico. Tomemos el magnesio: hasta la caída de los dientes de leche, el organismo humano lo consume, por así decirlo; a partir de entonces, desde la caída de los dientes de leche hasta la madurez sexual, se excreta, y entre las fuerzas que conforman las fuerzas lácteas, el magnesio se encuentra sin duda como excreción. Posteriormente se produce un retroceso hasta los veinte años. Entonces, la fuerza del magnesio encuentra su aplicación en la consolidación más fina de los músculos. Las sustancias no son, en realidad, más que una composición de procesos; el plomo, por ejemplo, solo es aparentemente esa sustancia tosca y de aspecto grisáceo. Es una tontería decir que se trata de un trozo de sustancia burda; el plomo es ese proceso que transcurre dentro de los límites trazados para la expansión del plomo; ¡todo es proceso! ¿No es así? Se puede decir que los procesos sustanciales no solo se dan así en el ser humano, sino que ciertos procesos sustanciales en el ser humano pueden procesarse, mientras que otros pueden rechazarse, como el proceso del plomo, del que nunca podemos necesitar y en el que siempre debemos tener la fuerza de eliminación; sino que hay otros, como el proceso del magnesio, que es tal que cambia rítmicamente, de modo que, de hecho, en períodos rítmicos de nuestra vida desarrollamos los procesos de consumo para las fuerzas del magnesio y, a continuación, los procesos de eliminación.

Eso es precisamente lo que demuestra que, en realidad, no se llega a ninguna parte si uno se limita a analizar y decir que el organismo humano contiene magnesio. Eso no significa nada, porque en el duodécimo año estas sustancias tienen un significado completamente diferente al que tienen en el quinto o en el cuarto año. Y solo entonces se llega a conocer al ser humano, cuando se sabe cuándo ciertos procesos sustanciales —es decir, las sustancias— tienen tal o cual significado en el organismo humano. Si se quiere comprender cómo las sustancias que se encuentran en la naturaleza pueden seguir actuando en el organismo humano, entonces resulta realmente de muy poca importancia estudiar la composición química de las sustancias. Hay que estudiar algo que hoy en día apenas se estudia. Si se remonta el estudio de las sustancias hasta los siglos XIII o XIV, es allí donde se encuentran los pilares de la química actual. Estos pilares están presentes en los procesos alquímicos de aquella época, que a menudo nos parecen absurdos. Pero hay algo más. En aquella época existía algo que no tuvo ninguna continuación: lo que hoy podríamos llamar la doctrina de las signaturas, una doctrina que se aplicaba especialmente a las plantas, pero también a los minerales, y que ya no ha tenido un desarrollo posterior.

Fíjense en un mineral como el antimonio, el mineral de antimonio gris: lo peculiar de este antimonio es que adquiere la conocida forma de púa, esa configuración en forma de pelo.

Si se le somete a un tratamiento metalúrgico determinado, se obtiene el espejo de antimonio, es decir, cuando el antimonio que se evapora se deposita sobre una superficie fría. En todo el mineral de antimonio gris hay una tendencia a formar figuras que, en realidad, se manifiestan muy claramente como formas del cuerpo etérico. Lo que se forma allí se parece mucho a las formas de ciertas plantas sencillas que se acurrucan contra el cuerpo etérico. Al observar la sustancia de antimonio, se tiene inmediatamente la sensación de que este antimonio es muy receptivo a las fuerzas etéricas. Se acurruca en ellas. Cualquiera puede constatarlo sometiendo el antimonio a un tratamiento electrolítico y, en determinadas circunstancias, llevándolo al cátodo: se produce una serie de explosiones que revelan la relación del antimonio con las fuerzas etéricas. Se trata de un caso llamativo, pero antes se tenía una gran capacidad de comprensión para estas cosas; hoy en día, esa capacidad ya no existe; ya no se respetan en absoluto consideraciones como las que he expuesto. Por eso se ha llegado a una situación en la que uno se queda perplejo ante percepciones tan significativas. Verán, tenemos el diamante, el grafito, la antracita o el carbón mineral: todo es carbón, pero sin embargo tan diferente. ¿Por qué es así? Si las personas pudieran realmente comprender aquello que no es solo la composición química, sino lo que, en el sentido antiguo, se denomina «signatura», empezarían a entender qué diferencia hay entre el carbón mineral y el grafito. El carbón se formó durante el proceso terrestre. El grafito, durante el proceso lunar, el proceso planetario que precedió al de la Tierra, y el diamante, durante el proceso solar. Y si se observan las cosas desde una perspectiva cósmica, se comprende también que, una vez más, lo importante no es la sustancia en sí, sino las circunstancias y los tiempos en los que una sustancia ha adoptado una forma determinada, es decir, una forma sólida. Pues bien, ¿no es cierto que, si lo sustancial, lo físicamente real, está sujeto al tiempo, entonces el tiempo tiene precisamente un significado determinado? Porque piénsenlo: si toman lo que he dicho, pueden afirmar que el carbón es un niño, aún no es muy mayor; el grafito es un joven, ya es mayor; y el diamante, si no es un anciano, al menos es muy varonil. Si quieres encomendar una tarea que, digamos, requiera una edad madura, no vas a poner a un niño a hacerlo; depende de la edad. Así, podrán ver que, simplemente en función de la edad cósmica, el carbón, allá donde se encuentre, tiene una función diferente a la del grafito, que tiene una edad más madura. Por eso es necesario profundizar en los procesos cósmicos si se quiere conocer la relación del ser humano con lo que hay ahí fuera, en el cosmos. Si el antimonio tiene una acción especial sobre el cuerpo etérico humano y se introduce antimonio como medicamento en el organismo humano, hay que reconocer qué relación tiene ya fuera del ser humano si se quiere comprender qué es lo que el antimonio estimula en el cuerpo etérico humano. Es imprescindible profundizar en los procesos sutiles de la naturaleza si se quiere comprender cuál debe ser la función de cualquier remedio en el ser humano.

Traducido por J.Luelmo


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