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GA069b Basel, 23 de febrero de 1911 - Disposición, talento y educación del ser humano a la luz de la Ciencia Espiritual

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Disposición, talento y educación del ser humano a la luz de la Ciencia Espiritual

Basel, 23 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! Cuando, en relación con los objetivos generales de la humanidad, la ciencia espiritual se propone la tarea de adentrarse en el mundo espiritual que se encuentra más allá de nuestro mundo sensible, —el mundo que podemos percibir con los sentidos y comprender con el entendimiento ligado a nuestro cerebro—, entonces esta ciencia espiritual busca obtener del mundo espiritual, mundo en el cual se halla el origen mismo del ser humano, la fuerza y la confianza para la vida de las personas. Y, al hacerlo, busca fomentar al ser humano individual mediante el conocimiento de lo que yace en las profundidades de las cosas.

Nos enfrentamos al mundo espiritual de una manera totalmente diferente cuando no buscamos, en general, las fuentes de la vida espiritual solo para nuestro propio conocimiento, sino cuando nos ocupamos, por así decirlo, de la redención del espíritu, del espíritu real que se esconde tras la existencia material, y cuando frente a este espíritu real puede surgir la tarea de ayudarle, por así decirlo, a que logre abrirse paso a través de lo físico-material. En cuántos casos nos encontramos ante el ser humano en formación —el ser humano al que vemos cómo, desde la primera infancia, tiene que sacar a la luz, por así decirlo, el espíritu desde las profundidades ocultas de su ser, el espíritu que se apodera cada vez más de los miembros físicos y de las capacidades espirituales y anímicas ligadas al instrumento exterior del cuerpo. Cuando, como educadores, nos enfrentamos a este espíritu real, que descansa en el misterio mismo del ser humano y que debe ser extraído, nos encontramos, en un sentido aún más elevado, ante una búsqueda del espíritu que va más allá del mero conocimiento que buscamos, por así decirlo, como satisfacción del anhelo de nuestra alma.

Hoy en día, el investigador del mundo espiritual se encuentra en una situación especial cuando desea observar al ser humano en formación —ese ser humano en formación que, poco a poco, va revelando sus aptitudes y capacidades y que exige que nos dediquemos a su educación—. El investigador espiritual se encuentra, por tanto, en una situación especial frente al ser humano en formación, porque ante esta vida real del espíritu debe señalar de inmediato uno de los grandes hechos de la ciencia espiritual, que hoy en día no goza en absoluto del favor especial del mundo culto. Este hecho debería saltar a la vista del observador atento de la vida cuando ve cómo, desde el primer instante de la existencia humana, lo espiritual descansa, por así decirlo, en las capas profundas del ser humano, pero que luego se va perfilando luego día a día, de semana en semana, de año en año, de tal manera que no puede sino ver este desarrollo en la cada vez mayor definición de la fisonomía, los gestos, los movimientos de las distintas extremidades y las capacidades que yacen latentes en lo más profundo del ser humano. Allí observamos lo que, desde las profundidades ocultas del ser humano en formación, va aflorando a la superficie, y debemos preguntarnos: ¿Dónde debemos buscar el origen de esas predisposiciones, de esas capacidades que poco a poco van manifestándose? — Y en lo que respecta a esa búsqueda, el ser humano de nuestra época no se muestra en absoluto dispuesto a abordar aquellos hechos a los que la investigación espiritual debe señalar. Hemos señalado este hecho en diversas ocasiones; hoy solo lo tomaremos como base para nuestra reflexión propiamente dicha. En un nivel superior, este hecho es una repetición de otro hecho que tampoco se conoce desde hace mucho tiempo en la evolución de la humanidad.

Ya he señalado en más de una ocasión, —oh, la memoria humana suele ser muy corta en este sentido—, que en el siglo XVII no solo los legos, sino también los naturalistas eruditos estaban convencidos de que la materia, el lodo por ejemplo, podía generar animales por sí misma, peces y similares, sin que se hubiera introducido ningún germen de vida en ese lodo, sino por sí misma. Supuso un cambio radical para la ciencia cuando, en el siglo XVII —¡piensen, nada menos que en el siglo XVII!—, el gran naturalista Francesco Redi defendió por primera vez aquella tesis que abrió nuevas perspectivas a escala mundial para el conocimiento científico: lo vivo solo puede proceder de lo vivo. —Si creéis —dijo—, que de la arcilla de los ríos pueden surgir seres vivos, es que no la habéis examinado con detenimiento; de lo contrario, habríais descubierto que en el germen reside la fuente de la vida y que este germen solo atrae la materia para manifestarse. A menudo ocurre con las verdades lo mismo que le sucedió a Francesco Redi. Escapó por los pelos del destino de Giordano Bruno, ya que también él fue considerado hereje. Hoy podemos abarcar desde los haeckelianos más radicales hasta los detractores de Haeckel: dentro de ciertos límites, la frase «lo vivo solo puede proceder de lo vivo» es reconocida por todos. Se da por sentada. Ese es el destino de las grandes verdades. Primero se consideran herejías y, después de un tiempo, se dan por sentadas. Entonces, la gente no puede comprender cómo se pudo creer alguna vez otra cosa.

 Las ciencias espirituales tienen hoy la tarea de defender esta idea desde un nivel superior. Es una observación imprecisa afirmar que aquello que, como algo misterioso, lucha por manifestarse en el ser humano en formación y se expresa cada vez con mayor claridad en los gestos y los rasgos faciales, proviene únicamente de los rasgos heredados del padre y la madre, y así sucesivamente. Si se procede científicamente, esto es tan poco explicable a partir de esos rasgos heredados como se puede suponer el surgimiento de la lombriz de tierra a partir de la materia del lodo del río sin un germen de lombriz. La ciencia espiritual demuestra hoy que, en lo que respecta a la vida humana, aquello que entra en la existencia al nacer como núcleo esencial del ser humano debe remontarse a otra existencia, una existencia totalmente anímica, en la que reside su germen espiritual-anímico. Y del mismo modo que el germen de la lombriz de tierra atrae la sustancia física exterior para crecer, también en el ser humano este germen espiritual-anímico atrae únicamente las cualidades y las fuerzas de los padres y los antepasados para formarse con su ayuda.

Lo anímico-espiritual debemos atribuirlo a lo anímico-espiritual. Del mismo modo que debemos remontarnos a un germen anímico para explicar lo anímico presente en el ser humano, también debemos remontarnos a un germen espiritual para explicar lo espiritual en su desarrollo posterior. Y al aceptar esto, llegamos al hecho de las vidas terrenales repetidas, que hoy en día no solo molesta a tanta gente, sino que muchas personas perciben como un ensueño o una fantasía, como algo totalmente abominable. La concepción de las vidas terrenales repetidas nos dice que la vida que vivimos ahora, y en la que se desarrollan las capacidades y cualidades, es la repetición de vidas terrenales anteriores y la base de vidas posteriores. Las etapas de la vida en las que estamos envueltos en el cuerpo físico se alternan con otras formas de existencia, para llevar a la vida espiritual aquello que hemos asimilado en la vida actual, lo que hemos experimentado en la escuela de la vida, para luego, una vez hecho esto, volver a entrar en una nueva existencia física, en la que un nuevo germen vital extrae de la sustancia aquello que necesita en cuanto a cualidades y capacidades para encarnarse en un cuerpo.

Podemos decir, pues, que adoptamos una perspectiva científico-espiritual cuando vemos al ser humano, partiendo de los fundamentos misteriosos de su existencia, como un núcleo espiritual y anímico que se despliega de acuerdo con su vida anterior y que se desarrolla en la existencia actual, al incorporar los rasgos heredados de su padre y su madre y de sus antepasados. Esta es otra de esas verdades que poco a poco se irá arraigando en la educación humana. Hoy en día ya no se quema a los herejes, pero se dice que quienes afirman algo así no saben nada de ciencia exacta, cuando precisamente [las investigaciones de la ciencia espiritual] se basan en la ciencia más exacta. Se les tacha de herejes de la forma en que se tacha de herejes hoy en día. Pero la verdad de la reencarnación se irá arraigando, y a todas las personas con capacidad de juicio ya no les parecerá una locura, sino algo natural.

Así, a partir de lo que se manifiesta en el niño como capacidades en desarrollo, debemos mirar hacia atrás, a lo que el ser humano ha adquirido en vidas terrenales anteriores y expresa en esta vida. Si se observa la ciencia actual, hay que decir que reina una cierta confusión en todas partes, en todos los ámbitos. La ciencia cree que solo tiene que señalar lo que proviene del padre y la madre, de los abuelos y así sucesivamente, lo que se ha heredado, y se da por satisfecha cuando puede demostrar que las características que se manifiestan aquí o allá también estaban presentes, de una u otra forma, en el padre o el abuelo.

Observemos todas las relaciones de aquello que se cristaliza desde el centro del ser humano, traído de existencias anteriores; observemos la relación de este núcleo con los rasgos heredados. Si contemplamos todo lo que el ser humano aporta a la existencia en cuanto a cualidades y talentos, podemos discernir dos hechos que guardan una relación lógica en el alma humana. El primero es lo que se manifiesta en un ser humano tanto en cuanto a cualidades anímicas como a capacidades: la mayoría de las cuales son, en cierta medida, independientes entre sí, de modo que unas no dependen de otras. Esto lo demuestra el simple hecho de que alguien pueda ser muy musical y, sin embargo, no tener la más mínima aptitud para las matemáticas o cualquier otra disciplina científica. Una capacidad puede brillar en nuestra alma sin que podamos afirmar que ello implique la presencia de otras capacidades. En este sentido, las capacidades individuales son independientes entre sí. Pero lo mismo ocurre con respecto a las cualidades [anímicas].  En una persona puede coexistir cierta arrogancia junto con otras cualidades del alma bastante simpáticas. Y, a su vez, la arrogancia no depende de las demás cualidades. Esto es lo primero que debemos tener en cuenta si queremos echar un vistazo a la vida del alma humana.

El segundo hecho es que las capacidades y los rasgos que el ser humano tiene en su alma están unidos por un cierto centro, que denominamos «yo», y que se encuentran en armonía o en desarmonía entre sí. Todos ellos, que interactúan a través del yo, son en cierto modo independientes entre sí y actúan conjuntamente porque el ser humano tiene en su interior un núcleo esencial especial. Si nos atenemos a estos dos hechos, mediante una observación sana de la vida podemos obtener una visión clara de cómo se transmiten las cualidades y capacidades de los padres y antepasados a los hijos y descendientes. Ahí se ven realmente cómo las distintas cualidades y aptitudes pasan rápidamente de los progenitores a los descendientes. Por un lado, observamos que, si un niño es altivo, ha heredado esa altivez de su madre; otro tiene talento musical, y encontramos esa misma predisposición en su padre o en su madre. Sin embargo, la forma en que procesa esos rasgos, cómo los relaciona, vemos claramente que depende de su propia esencia. Y cuanto más detenidamente, cuanto más exactamente observamos esta vida humana, más se nos revela la naturaleza de esta dependencia. Lo mejor que podemos hacer es decir: El ser humano hereda de sus antepasados las cualidades individuales, —la altivez, la humildad, el corazón compasivo, etc.—, así como los talentos, pero la forma en que las integra en su alma nos remite a su existencia anterior, a su esencia espiritual y anímica con todo lo que su alma ha logrado en vidas pasadas. Si observamos este peculiar funcionamiento de las predisposiciones hereditarias, podremos describir la situación con mucha mayor precisión. Al referirme a las leyes de la herencia, quiero señalar que se trata de leyes que la ciencia espiritual no debe investigar en el mismo sentido que las leyes físicas y químicas. Por eso pido que se tenga en cuenta que no es una objeción cuando se dice contra una ley de la ciencia espiritual: «Sí, si se observa la vida, se ve que la herencia no ocurre de la manera como se ha dicho aquí». Pero debemos tomar las leyes como se toman las leyes físicas. Por ejemplo, la física enseña que la trayectoria que recorre una piedra lanzada es una parábola; la piedra cae siguiendo una parábola. Pero la resistencia del aire hace que la trayectoria de la piedra lanzada no sea una parábola exacta. Si ahora alguien viene y dice que la trayectoria de la piedra lanzada no forma una parábola, eso no es correcto. La ley física sigue siendo válida, y solo podemos llegar a comprender la trayectoria de la piedra si aceptamos una ley general. Y si alguien dice: «Sí, pero la piedra se desvía hacia un lado, una ráfaga de viento la ha desviado», la presencia del viento no contradice en modo alguno la ley física como tal. En este sentido deben entenderse también las leyes de la ciencia espiritual; pueden verse modificadas por las circunstancias, pero siguen siendo válidas de tal manera que solo a través de estas leyes, cuando las conocemos, comprendemos los procesos. Consideremos ahora al ser humano en relación con sus características, dividiendo el alma humana en dos ámbitos, que, por supuesto, pueden distinguirse claramente entre sí en la vida humana. Dondequiera que mire en la vida humana, encontrará claramente diferenciado un ámbito que puede denominarse el ámbito de los intereses que tiene el ser humano, hacia donde se dirigen su atención, su simpatía y antipatía, sus afectos, impulsos y pasiones; este ámbito de la naturaleza volitiva y afectiva es el primer ámbito. El otro es el ámbito que podríamos denominar «intelectual» o «racional», es decir, la forma en que el ser humano forma sus ideas: si es rico o pobre en conceptos e imágenes, si estos son flexibles, si es capaz de crear símbolos o carece de imaginación, si posee los elementos intelectuales necesarios para uno u otro ámbito. En primer lugar, hay que distinguir estos dos ámbitos en el ser humano en desarrollo. Con la misma precisión con la que obtenemos las leyes físicas a través de una observación sana de la vida, podemos encontrar para estos dos ámbitos leyes que revelen la relación entre los progenitores y los descendientes.

Vemos así que todo lo que atañe al ámbito de los intereses, los afectos, la simpatía y la antipatía, las pasiones, es decir, a la vertiente instintiva del ser humano, se debe siempre y exclusivamente a la herencia paterna, mientras que lo que se refiere al desarrollo de los elementos del intelecto, de lo racional, se debe a la herencia materna. Tales leyes se derivan de una observación fiel de la vida. Por supuesto, no es posible entrar en detalle sobre los cientos de casos que podrían citarse fácilmente a partir de una observación atenta de la vida. Solo cabe señalar que la vida confirma en todas partes que lo intelectual y lo imaginativo provienen del lado materno, y que el elemento temperamental, el interés, ya sea que seamos vivaces, indiferentes o apáticos, proviene más del lado paterno.

No puedo entrar ahora en consideraciones generales de carácter afirmativo, sino que, por el momento, solo puedo ilustrar lo dicho con ejemplos. Basta con señalar un gran ejemplo, el de Goethe, quien se describió a sí mismo de manera tan hermosa con estas palabras:

De mi padre heredé la estatura,
La seriedad con que vivo la vida,
De mi madre, el carácter alegre
Y el gusto por la fantasía.

Esto lo podemos encontrar en cientos de casos si observamos la historia del mundo o la vida. Y como una fiel observación de la vida nos confirma estas palabras por doquier, nos hacen ver la vida con tanta luminosidad.

Sin embargo, nuestro enfoque sigue siendo demasiado abstracto cuando consideramos la vida solo en términos generales. Dije que, en general, el elemento intelectual se debe a la herencia materna. Pero no es tan sencillo, sino que las características, al transmitirse, sufren una transformación: se metamorfosean. La ciencia espiritual aún no se toma en serio hoy en día; de lo contrario, ya se podría comprender hasta qué punto puede resultar enriquecedora para la ciencia natural. Si se observa cómo una fuerza de la naturaleza se transforma en otra, por ejemplo, el calor en electricidad, eso ya es lo suficientemente instructivo; pero la ciencia espiritual traslada este modo de observar [también a otros ámbitos], y dirá que, por ejemplo, en el ámbito de la herencia solo se llega a algo si se tiene en cuenta la transformación de las características.

Y ahí se pone de manifiesto cómo los rasgos maternos y paternos se entrelazan al transmitirse a los hijos. Vemos cómo los rasgos maternos, al transmitirse, tienden a pasar preferentemente a los hijos varones. Si observamos los rasgos anímicos de la madre, podemos decir: estos rasgos anímicos tienden preferentemente a transmitirse a los hijos varones, pero tienden a transformarse en el proceso. Lo que en la madre es un rasgo anímico fundamental, quizá la madre no pueda desarrollarlo en habilidades especiales, porque le faltan los órganos necesarios. Para ello se necesitan, claro está, las predisposiciones correspondientes. Mientras que la madre debe permanecer en el círculo más íntimo con sus impulsos anímicos, vemos cómo en los hijos las predisposiciones de la madre se proyectan, por así decirlo, un paso más allá hacia lo físico, de modo que esas mismas predisposiciones reaparecen en el hijo. Y el hijo nos muestra entonces, a través de sus capacidades, con las que puede actuar en el mundo, lo que estaba predispuesto en el alma de la madre. La madre lo tiene como predisposición anímica; el hijo lo tiene de tal manera que puede dejarlo fluir hacia los órganos físicos para llevarlo al mundo, para ofrecerlo al mundo en forma de logros. Vemos en los hijos, hasta en lo físico, las cualidades anímicas de la madre transformadas.

Tenemos, pues, la siguiente afirmación: las cualidades anímicas de la madre tienden a penetrar en los órganos físicos de los hijos y a manifestarse a su vez en las fuerzas del alma vinculadas a dichos órganos. Basta con una mirada lúcida a la vida y al desarrollo general de la humanidad para encontrar confirmación de ello. Podemos volver a fijarnos en Goethe o también en otras personalidades, por ejemplo, en Hebbel. Este peculiar dramaturgo de la naturaleza, Hebbel, que nunca se entendió con su padre, tenía un gran talento poético; nos muestra este talento de tal manera que heredó la sencilla y primitiva predisposición para ello de su madre, que no era más que la esposa de un albañil. Esto se puede seguir en las anotaciones de su diario. Y este talento se manifiesta en él de tal manera que la naturaleza anímica de la madre se ha transformado en una predisposición orgánica, ha descendido a la predisposición física del hijo, donde se manifiesta de esta manera.

Lo curioso, sin embargo, es que la observación fiel de la vida revela una tendencia opuesta en el caso de los rasgos paternos, que se han arraigado más en lo físico, que residen en mayor medida en la personalidad en su conjunto, incluidas las dotes físicas. Las cualidades que posee el padre tienden a elevarse un nivel en la hija y a manifestarse en el alma de esta como una transformación en lo espiritual-anímico. De este modo, lo que en el padre resulta sobrio y pedante, se presenta como algo amable en el alma de la hija.

Me gustaría citar brevemente un ejemplo de cómo se manifestaba esta relación en Goethe. Se puede señalar que, de hecho, la anciana señora Rat Goethe poseía en su alma el arte de la fabulación; tenía toda la agilidad y el talento imaginativo, y vemos cómo este tipo de talento se manifestaba plenamente en ella en los círculos de amigos. Vemos cómo en el hijo este tipo de talento se tradujo en su máxima expresión en una predisposición innata, de modo que condujo a hechos trascendentales. Por otro lado, vemos al padre, el anciano consejero Goethe. Quien, como yo, se haya ocupado durante más de treinta años de Goethe y de todo lo que le rodea, no será malinterpretado de manera superficial si dice, a modo de caracterización, que Goethe tiene razón cuando escribe: «De mi padre heredé la estatura, la forma seria de llevar la vida». El hijo hereda esta base de carácter del padre sin transformarla.

El viejo Goethe es una persona absolutamente sensata, despierta, honesta y, dentro de ciertos límites, incluso digna; pero es una persona que, diría yo, por su forma de ser y por cómo se manifiesta su personalidad, no logra desenvolverse en la vida, no consigue llevar nada a buen término; no alcanza una posición sólida en el Consejo de Fráncfort, se queda a medio camino. Su temperamento influye incluso en sus capacidades físicas. Imaginemos ahora esto trasladado al ámbito anímico: ¿cómo se nos presentaría en lo anímico este quedarse a medio camino, este no llegar nunca al final? Podría manifestarse en el alma de tal manera que, por un lado, sintiera la necesidad de unirse a los demás, pero sin querer decidirse nunca a ello y retrocediendo una y otra vez ante la decisión. Ahí tenemos, como cualidades anímicas, lo que se nos presenta en el Consejo de Goethe como sobriedad intelectual. Pero también podemos tener ante nosotros esa sobriedad transformada en algo anímico, en sentimentalismo. Es fácil descubrir dónde, —traducido al plano anímico—, perduran los rasgos externos del viejo consejero Goethe: en Cornelia, la hermana de Goethe, que, sin embargo, murió joven. En ella vemos todos los rasgos anímicos como una transformación de los rasgos del viejo consejero Goethe. Y ahora comprendemos también por qué Goethe, que heredó de su padre los rasgos externos, pero de su madre aquello que le definía, aquello en lo que se basaba su grandeza, no se llevaba bien con su padre, y cómo ambos se repelían. En la hermana, sin embargo, estos rasgo,s —transformados en amabilidad, en pasión, en una ligera vanidad—, actuaron de tal manera que ella se convirtió en una querida compañera para él, en la que [los rasgos del padre], transformados en el alma, estaban a su lado. Toda la forma en que se nos presenta la vida de Goethe en el hogar paterno muestra cómo precisamente las capacidades ligadas a las aptitudes orgánicas activas pasan del padre a la hija. 

También se podría señalar que no solo hay que tener en cuenta al padre, sino a toda la estirpe paterna, y lo mismo por parte de la madre. Vemos cómo en Goethe se repiten la imaginación radiante y la predisposición mística de los antepasados maternos, transformadas en dotes superiores. Y en el carácter de su hermana, a quien Goethe apreciaba tanto y de quien tuvo que decir que, en el fondo, carecía de fe, esperanza y amor, pues era un ser problemático que además se marchitó prematuramente, vemos la ascendencia paterna. Pero ahí debemos pensar que esas cualidades, que se manifestaban en la hermana, se transformaron de lo físico a lo anímico. Sabemos, en efecto, que uno de los tíos de Goethe se convirtió en un holgazán. Era un hombre tal que hay que decir de él que no tenía cabeza y que, por lo tanto, no pudo llegar a nada. Todo el carácter diletante de esta ascendencia, que solo alcanzó cierta grandeza en el padre de Goethe, lo vemos transformado en lo anímico en el carácter problemático de la hermana de Goethe.

Si se quisiera, se podrían encontrar en toda la historia madres que transmiten lo que llevan en el alma a las características físicas de sus hijos. Por eso se representa tan a menudo a las madres, para que podamos comprender a los hijos. Así, también en el cuarto libro de los Macabeos se nos presenta a la madre de los siete hijos asesinados precisamente en su peculiar estado anímico, que se manifiesta en los hijos como una predisposición que ha descendido un peldaño y se ha materializado en lo físico. Para apreciar este hecho hay que remontarse a las leyes, del mismo modo que cuando se quiere investigar la fuerza dinámica de una ráfaga de viento. Y ahí puede resultar a menudo que el talento de un hijo, con toda su intimidad, se remonte a la peculiaridad de las luchas anímicas de la madre. Quizás haya pocos casos tan interesantes como la relación que el alma de la madre de Conrad Ferdinand Meyer, —por su disposición de carácter, por su triste destino—, tenía con toda la forma y el estilo poético de su hijo. Y cuando visualizamos en nuestra mente cuán profundamente vinculado estaba Conrad Ferdinand Meyer a la personalidad de su madre, vemos en esa religiosidad maravillosamente distinguida y tan discreta, en la delicada forma de afrontar la vida y en la plena comprensión de las situaciones trágicas, lo que ha quedado del alma de la madre.

Así, podríamos citar a cientos de grandes figuras de la historia y de la vida espiritual-cultural, así como a personas que conocemos en nuestra vida cotidiana, y encontraríamos en todos los casos una confirmación de esta ley. Así pues, se puede decir que lo que constituye al padre tiende a manifestarse en el alma de la hija, y lo que constituye el alma de la madre, en la constitución orgánica de los hijos. Al contemplar esta ley, se nos abre una perspectiva sobre numerosas circunstancias de la vida; y muchas cosas nos resultan comprensibles en cuanto a la relación y las motivaciones de diversas personas.

¿Qué nos dice, pues, la investigación espiritual sobre la herencia? Nos dice que sería un error limitar nuestra búsqueda a las características heredadas del ser humano. Más bien debemos remontarnos, más allá de todas las características heredadas, al núcleo central del ser humano, de naturaleza espiritual y anímica, que proviene de vidas anteriores y que integra y asimila las características que encuentra, del mismo modo que el germen del gusano de tierra integra la sustancia exterior, la absorbe en sí mismo y crece de acuerdo con su propia esencia. Así vemos en el núcleo del ser humano aquello que, como por fuerzas magnéticas, es atraído hacia una familia en la que el padre y los demás antepasados poseen las cualidades adecuadas para ese núcleo anímico, de modo que el alma, mediante la combinación adecuada de esas cualidades y su transformación, pueda expresar lo que es su propia esencia interior.  Un alma que en vidas anteriores ha adquirido la capacidad de, digamos por ejemplo, crear algo poético, —para lo cual necesita el don de la imaginación—, se siente atraída por una madre que posea el don de la fabulación: el don de pensar en imágenes y de transformar esas imágenes con una agilidad del alma. Pero al transmitirse esta capacidad de la madre al hijo, existe la tendencia a trasladar estas características hasta el plano físico, y el núcleo espiritual y anímico debe mezclar lo que encuentra en las predisposiciones del alma. Los rasgos de carácter del padre se elevan al ámbito anímico, a las almas de las hijas, donde se transforman; pero cuando aparecen directamente en los hijos, no se transforman. 

Si queremos explicar el vínculo que hace que el verdadero núcleo del ser humano se sienta atraído por las cualidades de ciertas personas que luego se convertirán en sus padres, y cómo ese núcleo mezcla y armoniza esas cualidades de tal manera que pueda manifestar su propia esencia en ellos, debemos fijarnos en relaciones más complejas. La ciencia espiritual, sin embargo, no solo ve lo que se ha mezclado y transformado a partir de los rasgos y aptitudes de los antepasados, sino que también dirige la mirada hacia el núcleo espiritual del ser, al que vemos entrar en la existencia y al que debemos remontarnos hasta formas de existencia anteriores, en las que se ha apropiado de lo que le capacita para mezclar aquellos rasgos y aptitudes que puede recibir en la línea hereditaria.

Ahora bien, se podría decir que la ciencia espiritual es tremendamente fácil de refutar; basta con recurrir a los conceptos más cotidianos y triviales para refutarla con suma facilidad. Yo mismo señalé, en un epílogo al pequeño escrito «Teosofía y cristianismo», lo fácil que resulta refutar ciertas interpretaciones de la teosofía si se parte exclusivamente de los prejuicios de la época actual. Se podrían multiplicar los ejemplos allí citados de fácil refutabilidad. Frente a lo que se considera rasgos hereditarios, la teosofía debe señalar la individualidad humana. Debe decir: el sentido humano sano tiene en cada individualidad humana, en cada núcleo espiritual y anímico del ser humano, el mismo interés que tiene en el animal por la especie, por una especie animal. - Sentimos el mismo interés por cada ser humano individual que, por ejemplo, por el género de los leones. Nos interesa la individualidad humana con el mismo interés que nos interesa un género animal. Basta con malinterpretar esta frase o, si está escrita, no leerla con atención, para refutarla con enorme facilidad.

Alguien podría decir: «Pero, ¿qué es lo que afirman estos investigadores del mundo espiritual? Parecen ignorar que se puede escribir la biografía de un perro o de un gato, con todas sus características individuales, igual que se hace con un ser humano; también en ese caso se pueden enumerar todas las diferencias entre los distintos animales». —Es tremendamente fácil esgrimir algo así contra la ciencia espiritual. Pero esta ciencia espiritual nunca ha afirmado que eso no se pueda hacer. Yo mismo estuve en una clase en la que un profesor se esforzó por escribir la biografía de una pluma de acero. Todo se puede trasladar. Pero sí se puede afirmar que el interés que sentimos por un gato concreto, y así sucesivamente, no es el mismo interés que sentimos por un ser humano. El interés que sentimos por un individuo concreto de una especie animal puede ser incluso mayor que el que sentimos por un ser humano concreto. Pero se trata de un interés diferente, no es el mismo; surge de otras raíces anímicas. La ciencia espiritual exige que los conceptos se definan con precisión. Si alguien no lo hace, entonces puede esgrimir esas refutaciones que se encuentran en la calle. En el ser humano nos encontramos ante un núcleo espiritual-anímico, y la ciencia espiritual no solo lo remonta hasta los padres y antepasados, sino que afirma: este núcleo atrae hacia sí las cualidades de esos padres, del mismo modo que la semilla del gusano de tierra atrae la materia que necesita para su crecimiento. Ahora bien, se puede preguntar a la ciencia espiritual: ¿hay algo que demuestre, a partir del curso de la vida humana, que realmente existe tal núcleo espiritual y anímico? A partir de la observación de la vida individual de cada persona, será difícil distinguir entre lo que es naturaleza envolvente y lo que es núcleo esencial.  En lo que respecta al ser humano individual, partimos de la idea de que la interacción entre los envolventes y el núcleo del ser se va desarrollando poco a poco. En el caso de un individuo concreto, no nos resulta fácil distinguir esto, pero si dirigimos nuestra mirada hacia una base más amplia y general, hacia el ser humano en general, se nos revela la particularidad de que las personas son muy diferentes entre sí en lo que respecta a su desarrollo. Supongamos que esta afirmación de la ciencia espiritual es correcta. Entonces, por ejemplo, en un ser humano vive un núcleo del ser que se remonta a una vida en la que este ser humano adquirió una fuerte individualidad. A un núcleo del ser así le costará mucho superar las resistencias que se le oponen en los rasgos heredados. Le costará mucho moldear estos rasgos de manera que se correspondan con sus capacidades espirituales. Un núcleo de ser fuerte tarda mucho tiempo en integrar y moldear las capacidades que provienen de la herencia. Por el contrario, un núcleo de ser espiritual que aún ha adquirido pocas capacidades propias se integrará fácilmente en los rasgos de la herencia.

Esto se manifiesta en que las personas que poseen una personalidad más fuerte, que tienen un núcleo interior sólido y que llegan con un rico bagaje de vidas anteriores, solo son capaces de superar lentamente la resistencia que proviene de la herencia genética. Y aquí recordamos el hecho de que precisamente los grandes espíritus no son los llamados niños prodigio, sino que a menudo los maestros los consideran lo contrario. Recordemos solo a Alexander von Humboldt, a quien en su juventud se le consideraba tonto. Su núcleo esencial tardó mucho tiempo en sacar a la luz las capacidades que en él reposaban. En él había llegado un rico núcleo de ser, y este tuvo mucho que hacer hasta que transformó los rasgos de la herencia, de acuerdo con el contenido de su alma. Pero a través de este contenido del alma, que ha trabajado durante mucho tiempo en los rasgos de la herencia, también se produce algo que puede tener un gran impacto en la humanidad. Por el contrario, si observamos almas que, por así decirlo, traen consigo poco de vidas anteriores, estas se adaptarán rápidamente a los nuevos envolventes y desarrollarán con facilidad los rasgos de la herencia. Estos son los niños prodigio, que en los primeros años de vida parecen ser los más talentosos, pero que muy pronto dejan de serlo.

Supongamos que el núcleo espiritual del ser debe abrirse camino a través de lo que se le presenta desde el exterior. Basta con una observación clara y correcta de la vida para reconocer que precisamente los rasgos físicos se basan en la herencia. En la forma de los dedos podemos constatar la forma de la herencia. Por el contrario, lo que se encuentra como germen en el alma será tanto menos explicable mediante la superación externa de los rasgos heredados, cuanto más las propiedades en cuestión tengan su sede en el interior del alma. De ahí que lo que pertenece a lo subjetivo del alma, —los talentos para la música, las matemáticas, etc.—, se manifieste en los primeros años, como lo demuestran los numerosos casos de niños prodigio. Por el contrario, los talentos cuyo desarrollo requiere superar más de lo heredado aparecerán más tarde. En resumen, todo lo que se nos presenta al observar la vida con atención demuestra que en el ser humano se va forjando un núcleo esencial a partir de todo aquello que, en forma de rasgos hereditarios, pretende envolvernos. Si observamos a las personas con atención, podemos ver cómo las individualidades más grandes superan muy lentamente la resistencia de la naturaleza volitiva humana exterior. Hoy no queremos centrarnos más en estos hechos, pero entre las individualidades más grandes se puede observar esto.

Solo quiero recordar una vez más a Goethe. En él podemos ver, si realmente lo comprendemos en toda su grandeza, cómo se nos presenta el Goethe anciano en la plenitud de su vida, en la cima del arte y la sabiduría; podemos ver que ha necesitado toda su vida para forjar su individualidad frente a las capas que se le resistían. Y solo alguien miope podría decir [sobre las últimas obras de Goethe]: Goethe se ha hecho viejo. Hoy en día, al juzgar a las grandes personalidades, podemos observar la tendencia a exagerar su juventud y a menospreciar su vejez. Incluso se oye decir que las obras de la vejez son cosas viejas y apagadas, mientras que las de la juventud son frescas. Hoy se pone a la venta un libro en el que se presentan a los lectores los verdaderos poetas, las verdaderas individualidades, a partir de sus obras de juventud.

No se suele tener en cuenta que quizá sea precisamente gracias a nuestra propia singularidad como somos capaces de comprender mejor a los jóvenes. Sería mejor seguir el ritmo de esa individualidad en cuestión y no dar por sentado que, con la edad, la individualidad se ha vuelto más torpe. Eso es lo que ya ocurrió con Goethe en vida. La gente leyó la primera parte de su «Fausto» y dijo: «Hay una fuerza juvenil desbordante en ella»; pero lo que Goethe escribió en la vejez es tal que hay que ser indulgente con el anciano. Sin embargo, quien contemple lo que Goethe representa desde esta perspectiva dirá: «Ahí, en la primera parte del «Fausto», aún no ha surgido plenamente la individualidad de Goethe; vemos cómo se abre camino a través de ella, y vemos cómo esta fuerte individualidad, que se educa a sí misma a lo largo de toda su vida, se abre paso a través de la resistencia de sus envolturas. Por eso dice Goethe de los críticos de su «Fausto»:

Alaban a Fausto, 
y todo lo demás 
que bulle en mis escritos, 
a su favor; 
las viejas tonterías, 
eso les alegra mucho; 
la chusma cree que ya no existe.

Quien conoce la evolución de la naturaleza humana sabe que la individualidad, cuanto más fuerte es, más tiempo tarda en abrirse camino.

Ya vemos aquí una diferencia entre lo que constituye el núcleo más íntimo del ser, cuyo origen debemos buscar en otro lugar, y lo que es la envoltura exterior, que se une a ese núcleo. Esta diferencia se hace especialmente patente cuando observamos la relación entre padres e hijos. El ser humano se encuentra inmerso en una especie de desarrollo a lo largo de toda su vida. Este desarrollo es ascendente y descendente. Al primero se le atribuye el periodo hasta los treinta, cuarenta o cincuenta años, en el que el núcleo del ser actúa desde dentro, de modo que lo que experimenta en forma de dolor y sufrimiento se convierte en experiencia vital y se expresa en la corporalidad, en los gestos y en las expresiones faciales. En estas edades vemos siempre cómo el núcleo interior del ser actúa sobre las envolturas externas y finalmente las moldea, de modo que podemos decir que, en la línea ascendente, el ser humano se va pareciendo cada vez más a su núcleo interior.  Si observamos al ser humano a los cuarenta años, si observamos su fisonomía, en la que ha trabajado durante cuarenta años, podemos decir: aquí el exterior se asemeja más al interior que a los veinte años, cuando aún estaba latente en su interior, era solo una capacidad y se esforzaba por salir de dentro hacia fuera. Así, el ser humano, en su cuerpo físico y según su propia esencia, se parece más a sí mismo en la vida posterior que en la anterior; a los cuarenta años se parece más a sí mismo que a los veinte. Esto explica un hecho importante de la vida, que a su vez parece importante para muchas cosas en los hechos externos. ¿Cuál es este hecho y por qué existe tal diferencia [entre las diferentes edades]?

Para quien observa la vida, se aprecia una diferencia entre los hijos de parejas de padres jóvenes y los nacidos en una etapa posterior del matrimonio. Solo quien no es un observador de la vida no percibe esta diferencia. El núcleo esencial de un niño que se ha instalado en una pareja de padres jóvenes encontrará poca resistencia en sus envolturas, porque los padres aún no han incorporado mucho en su físico. Así, la individualidad podrá integrarse aún más en sus envolturas; en ellas aún no encuentra una configuración tan plástica de las características que se transmiten en la línea hereditaria. Por eso podemos decir que los niños concebidos por padres aún jóvenes pueden configurar mejor al ser humano en su totalidad a partir de su propia individualidad. Los niños que nacen en una etapa más tardía del matrimonio son aquellos cuyo núcleo esencial es más débil y, por lo tanto, se ven atraídos por rasgos muy concretos que el padre o la madre han impreso en ellos.  Por eso vemos que los hijos que nacen más tarde suelen heredar más rasgos de su padre y su madre que los nacidos antes, ya que en el cuerpo de los padres ya se han desarrollado las características que pasan a la herencia. Así vemos cómo el trabajo de los padres sobre sí mismos se manifiesta de diversas maneras en los hijos. Las personalidades fuertes, menos parecidas a los padres, son las de los hijos nacidos en los primeros años de un matrimonio joven. Las personalidades menos fuertes, más parecidas a los padres, son las de los hijos nacidos de parejas de mayor edad.

La ciencia espiritual arroja luz sobre estos hechos, del mismo modo que la ciencia natural lo hace sobre los hechos naturales. Y cuando contamos con esta ley, disponemos del medio para influir en el ser humano de manera educativa, por así decirlo, en la vida cotidiana. Entonces adoptamos una actitud muy concreta. Quien, como educador de niños, adopta esta actitud que emana de la ciencia espiritual, siempre se dice a sí mismo: Lo que ha entrado en la existencia con el nacimiento y se va revelando cada vez más, debes considerarlo como un misterio sagrado que hay que resolver; es algo que proviene de vidas anteriores. Para ello, debes dirigir la mirada hacia los antepasados, de donde proceden esos rasgos.  De ello se deriva, para la mirada educativa, esa armonía entre el querer y el poder, ese sentido de la responsabilidad hacia el ser humano en formación como un enigma sagrado que hay que desentrañar. Cuando asimilamos esa sabiduría, que nos sitúa así ante el alumno, se nos graba en la mente esa seriedad que —sin teorizar— encuentra el ritmo educativo para resolver realmente el enigma en cada caso concreto. De ese sentido del ritmo se deriva, en cada caso individual, lo que debemos hacer para fertilizar el espíritu de la manera correcta. Nos despedimos entonces de las frases tan populares hoy en día en la pedagogía.

¿Qué frase se oye hoy en día con más frecuencia que esta: «Debéis educar la individualidad del ser humano»? De forma individual, no según un patrón [es como debéis educar], sin hacer nada que contradiga la individualidad. Pero quien se sitúa ante la vida como un verdadero observador de la misma se pregunta: ¿qué es eso en realidad, la educación individual? Esta palabra seguirá siendo una frase hecha mientras no se sepa cómo se relaciona la esencia con lo que la envuelve. Por eso es una frase hecha lo que se dice allí sobre la educación individual. En la mayoría de los casos no somos capaces de sacarle mucho partido. Debemos educar según se presenten las exigencias de la vida práctica. Debemos comprender que no podemos salir adelante con esta frase, sino que debemos decir: debemos educar a partir de lo que está innato. Estamos llamados, ante todo, a dar al ser humano aquello que lo convierte en un miembro útil de la sociedad humana. Debe ser capaz de hacer lo que se exige en ciertos círculos, lo que su época y las circunstancias le exigen. —La individualidad no debe poner en entredicho esta exigencia. Quien ve cómo la ciencia espiritual capta la relación del ser humano con el mundo entero, no se encuentra en absoluto impotente ante las exigencias de la vida. Puede ser necesario, por ejemplo, que un hijo que tiene tal o cual cualidad ocupe tal o cual posición en la vida; las relaciones familiares así lo exigen. Quien realmente comprende la ley de las cosas sabe que las personas no son tan unidimensionales como para que se pueda decir que solo sirven para esto o aquello. Se las convierte en personas útiles cuando no se desarrolla solo un aspecto. Las personas son más polifacéticas de lo que se suele suponer.  Y quien realmente ve más allá de la combinación de los rasgos hereditarios y se fija en el núcleo espiritual y anímico del ser, es capaz de relacionar los diversos procesos, extraordinariamente instructivos, con lo que se presenta como un proceso real ante la mirada del investigador del espíritu. Cuando se busca lo que constituye la individualidad en el alumno, surge precisamente de las exigencias prácticas de la vida la necesidad de considerar la individualidad de otra manera, distinta a como se suele considerar de forma retórica. Hay que decir que quien se deja inspirar por los conocimientos de las ciencias espirituales adquiere, como algo que fluye hacia todo su ser, un fino sentido del ritmo y no solo el sentido de la responsabilidad, sino también toda la capacidad que necesita para hacer lo correcto en el momento adecuado. Es muy curioso que, siempre que se dan esas condiciones, uno sepa en el momento adecuado qué hay que hacer. Por poner un ejemplo: me confiaron la educación de un niño al que se le negaban todos los talentos, porque se había desarrollado de una manera extraña hasta los once años, de modo que se podía decir: «De este granuja no va a salir nada; ¡ni siquiera ha aprendido a leer y escribir correctamente!». Cuando me confiaron a este niño y empecé a ejercer cierta influencia sobre él, pude decir: «Todo eso no es más que una apariencia engañosa». Solo existía la dificultad de romper la coraza exterior para revelar el núcleo interior del niño. Había que descubrir el núcleo de su ser. Han pasado veinte años desde entonces, y se ha demostrado que era tal y como yo había dicho. En poco tiempo fue posible ayudar a que el núcleo espiritual de su ser saliera a la luz y demostrar lo que aquí se ha dicho.

Así, la observación del ser humano en formación nos muestra lo necesario que es no limitarse únicamente al cuerpo físico exterior, sino mirar más allá, hacia lo espiritual, que subyace en todas partes tras lo sensible y que podemos percibir si adquirimos la capacidad para ello. Para nuestro conocimiento también en esta dirección, es importante que podamos adquirir conceptos e ideas como los que ofrece la ciencia espiritual.

Para la vida práctica es importante que creamos en el espíritu y lo busquemos detrás de la materia física; esto se nos revela cuando nos encontramos ante el ser humano en formación y tenemos que resolver, en la educación, el verdadero enigma de cómo el espíritu se derrama en la materia física. La ciencia espiritual está ahí no solo para hablar de manera teórica sobre los tres conceptos de cuerpo, alma y espíritu, sino para enriquecer la vida práctica de tal manera que, mediante una educación adecuada, se pueda lograr un resultado inmediato.

Si contemplamos al ser humano de este modo, al participar en su desarrollo a través de la educación, el alma humana se impregna de esa elevada verdad sobre la misión del ser humano en su existencia terrenal. Entonces intuimos que, aunque los seres humanos nos encontramos plenamente inmersos en el mundo físico-sensorial, estamos llamados a introducir en este mundo físico-sensorial aquello que podemos crear a partir del espíritu. A partir de este reconocimiento podemos decir: estamos rodeados de manifestaciones físico-sensoriales; pero detrás de ellas se encuentra el espíritu actuante. En el ser humano en formación se nos presenta el ser físico con talentos indeterminados, con una fisonomía indeterminada, pero al mismo tiempo, en él, el espíritu que debe abrirse paso a través de la materia física y al que debemos ayudar a pasar de lo misterioso a la existencia en el mundo físico. Allí donde contemplamos nuestra tarea práctica en la vida, el ser humano está llamado a imprimir el espíritu en la materia. En todas partes se cumplen las palabras con las que podemos resumir la reflexión de hoy: también el espíritu que lucha por existir nos muestra la verdad que puede expresarse con estas palabras:

Desde las profundidades del mundo, 
enigmática, se impone a los sentidos humanos,
la rica abundancia de la materia;
 
 
Desde las alturas del mundo, llena de significado, 
fluye hacia lo más profundo del alma, 
la luz clarificadora del espíritu.
 
Para encontrarse en el interior del ser humano, 
en una realidad llena de sabiduría.

 Traducido por J.Luelmo - marzo, 2026

GA069d Munich, 12 de febrero de 1911 - Disposición, talento y educación del ser humano

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Disposición, talento y educación del ser humano

Munich, 12 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! Cuando buscamos el conocimiento a través de la ciencia espiritual, eso significa que sentimos en nuestro interior el impulso de asomarnos al mundo espiritual que se encuentra más allá de nuestro mundo sensible, mundo en el cual podemos alcanzar mejor la solución a los enigmas de la existencia que en el entorno sensible. Cuando dejamos que los resultados de la ciencia espiritual actúen sobre nuestra alma, entonces, —como hemos visto en las diversas conferencias que he tenido el honor de impartir aquí—, no son solo conocimientos abstractos y teóricos, sino que son alimento para nuestra alma y fuerzas que nos sostienen, que nos revelan nuestro destino, nos dan esperanza y seguridad en la vida, y nos hacen comprender que los seres humanos necesitamos estos resultados de la ciencia espiritual para nuestra vida. A través de todo lo que el ser humano ve a su alrededor y reconoce, en mayor o menor medida, en su propio ser, llega al espíritu que debe integrarse en su conocimiento.

Nuestra relación con el mundo es de una naturaleza completamente diferente si nuestra tarea no consiste únicamente en penetrar en el espíritu mediante el conocimiento, sino cuando tenemos la misión de sacar a la luz el espíritu vivo, real y activo de su ocultamiento, o al menos allanar el camino desde ese ocultamiento hasta su revelación. Nos relacionamos con el mundo y con la vida de esta manera cuando tenemos ante nosotros el espíritu en formación en el ser humano en desarrollo: esa espiritualidad indeterminada con la que el ser humano entra en la existencia al nacer y que, al principio, tan indistinta como si procediera de una oscuridad impenetrable, se nos presenta en los rasgos aún indeterminados del rostro humano al comienzo de su vida terrenal. Tenemos ante nosotros el espíritu humano, que yace como oculto en las profundidades y se impone semana tras semana, mes tras mes, año tras año, al impregnar la existencia material que se nos presenta desde el principio en el niño que crece, y que poco a poco transforma esta existencia material en una imagen de sí mismo.

Como educadores que aspiran al conocimiento, estamos llamados a buscar el espíritu que descansa en lo más profundo, no solo para satisfacer nuestra propia alma, sino que, precisamente como educadores, estamos llamados a plasmar en la realidad todo aquello que en el proceso de conocimiento es aún más o menos intelectual, a introducir el espíritu mismo en la vida como algo que se desarrolla de manera real. Desde este punto de vista, la ciencia espiritual se convierte, en un sentido muy diferente, en la base de una práctica vital inmediata, en lugar de limitarse a ayudarnos a conocer los misterios de la existencia.

Ahora bien, de las conferencias que tuve ocasión de impartir aquí anteriormente ya ha quedado claro, —y esto nos servirá hoy, dado que nos ocupamos de un tema muy concreto, por así decirlo, como punto de partida—, que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, partimos de la existencia de un núcleo espiritual , al que no solo seguimos en su recorrido entre el nacimiento y la muerte, sino que vemos entrar, en la existencia físico-sensorial, a través del nacimiento, desde otro mundo, un mundo suprasensible, y volver a pasar a otro mundo cuando atraviesa la puerta de la muerte para vivir nuevas etapas de desarrollo en ese otro mundo. Sí, no solo hablamos de que atribuimos a este núcleo espiritual y anímico de la esencia una existencia antes del nacimiento y una existencia después de la muerte, sino que también le atribuimos vidas terrenales repetidas, de modo que, desde nuestra vida actual, miramos hacia atrás a muchas vidas terrenales que hemos vivido anteriormente y miramos hacia adelante a muchas vidas terrenales que tendremos que vivir en el futuro.  Por lo tanto, a lo largo de toda la vida del ser humano debemos distinguir entre los períodos que se pasan en el cuerpo físico, entre el nacimiento y la muerte, y los períodos intermedios, es decir, los intervalos entre la muerte y un nuevo nacimiento, en los que el núcleo espiritual-anímico del ser humano tiene su morada y sus condiciones de existencia en mundos puramente espirituales-anímicos. Si consideramos las cosas así, entonces también tenemos claro que, en el mundo físico, debemos adoptar una postura diferente frente al ser humano en formación, que si viéramos que lo espiritual-anímico, en sus fases de desarrollo entre el nacimiento y la muerte, solo se viera influido por lo físico-material. Cuando contemplamos así las sucesivas vidas terrenales y las etapas de desarrollo espiritual intermedias del ser humano, vemos en el ser humano que llega a la existencia mediante el nacimiento algo así como un misterio sagrado. Vemos cómo lo espiritual se abre paso hacia la existencia a través de lo indeterminado del gesto, de la fisonomía, a través de lo indeterminado de las capacidades y aptitudes, cómo se va infiltrando cada vez con mayor fuerza en el gesto, la fisonomía, los talentos, los movimientos, haciéndose cada vez más dueño de todo lo que son los medios de expresión y las herramientas externas de este ser humano, de modo que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, vemos en el ser humano, —aunque en última instancia reconozcamos la unidad de su naturaleza—, una dualidad.

En primer lugar, tenemos aquello que ha heredado de sus padres y antepasados en cuanto a las características de su cuerpo y su alma; en resumen, de las generaciones anteriores de las que desciende. Pero luego nos fijamos en el verdadero centro espiritual y anímico del ser humano, en su esencia anímico-espiritual , que en un principio no tiene nada que ver con las características y los hechos que nos presentan los antepasados, sino que proviene de una vida anterior del ser humano y ahora solo se apropia de las características y rasgos que se heredan, se envuelve en ellos, por así decirlo, para expresarse a través de ellos. Por lo tanto, debemos distinguir entre lo que el ser humano trae consigo como lo más profundo de su ser de vidas anteriores y lo que adquiere a través de la línea hereditaria. Y solo alcanzaremos la perspectiva correcta sobre el ser humano en formación si buscamos esa interacción entre las fuerzas que pasan de una vida a otra y las fuerzas heredadas directamente de los padres y los antepasados. Si queremos comprender esto correctamente, debemos familiarizarnos primero con dos características fundamentales de nuestra vida anímica, que deben presentarse con toda claridad ante nuestro ojo interior si queremos captar la esencia completa del ser humano.

En primer lugar, tenemos el hecho importante de que, cuando el ser humano se nos presenta en el mundo como una personalidad, todas las fuerzas que posee, —las facultades del alma, el temperamento, los rasgos de carácter, los impulsos de la voluntad, los afectos, etc.—, interactúan formando un todo. Pero, además, debemos reconocer otro hecho importante, a saber, que estas facultades y fuerzas ya formadas que se nos presentan en la personalidad del ser humano, aunque interactúen entre sí, son, en cierta medida, independientes unas de otras en lo que respecta a su predisposición, de modo que una no es necesariamente la condición de la otra.

 Esto nos queda claro de inmediato cuando observamos la vida y vemos, por ejemplo, que una persona tiene un tipo de aptitudes muy particular, ya que tal vez sea musical, pero no tenga el más mínimo talento para las matemáticas o para la vida práctica. Otro, por su parte, no tiene ninguna aptitud musical, pero sí cierta predisposición para la vida práctica o para las matemáticas. Es decir, las aptitudes y capacidades de las personas pueden darse de forma totalmente independiente unas de otras, pero también pueden interactuar entre sí. Ahora bien, ya a simple vista queda claro que todo lo que el ser humano posee en cuanto a capacidades, talentos, aptitudes, destrezas o características físicas remite a sus padres y antepasados. Y enseguida veremos de qué manera tan precisa las características del niño son atribuibles a sus padres y antepasados.

Pero con el nacimiento surge también aquello que no tiene nada que ver con la herencia genética, es algo que se trae de vidas anteriores como el verdadero núcleo espiritual y anímico del ser humano. Este núcleo esencial, que se sustrae a la observación inmediata, se nos presenta cuando, como verdaderos educadores, observamos el desarrollo del ser humano y lo vemos, por así decirlo, surgir de la oscuridad indefinida, como un matiz fundamental, como un tono básico de toda la personalidad en formación. Lo que entra así en la existencia, de tal manera que resume y agrupa las capacidades del ser humano, sus aptitudes, sus impulsos, y, por así decirlo, juega con ellos y forma un todo a partir de ellos, no podemos atribuirlo únicamente a los padres y antepasados. Mientras que las características individuales del ser humano, digamos sus aptitudes para tal o cual ciencia o habilidad, pueden atribuirse por regla general a tales o cuales características de los antepasados, admitamos desde el principio que la forma en que estas capacidades, estas diversas fuerzas de los antepasados, se mezclan entre sí en la personalidad, depende de algo distinto de la herencia: depende del núcleo espiritual y anímico del ser humano.

Podemos decir que, por ejemplo, alguien hereda de su padre tal o cual temperamento, y de su madre tal o cual capacidad, tal vez el don de la imaginación. Y ahora se nos presenta como una persona con un temperamento especial y con el don de la imaginación, que de alguna manera se han entremezclado. El temperamento concreto que tiene y el don de la imaginación podemos atribuirlos al padre o a la madre. Pero la forma en que estos dones se entremezclan, cómo se agrupan, debemos atribuirla al núcleo espiritual-anímico del ser. Y ahora se nos revela que este núcleo espiritual-anímico, antes del nacimiento, se siente atraído como por un imán precisamente por una pareja de padres determinada, para, por así decirlo, tomar de un progenitor unas cualidades y del otro otras, las que necesita para obtener precisamente la mezcla que corresponde a lo que trae consigo de vidas anteriores. Podemos indicar aquí leyes muy concretas sobre cómo el núcleo espiritual-anímico del ser humano mezcla entre sí los rasgos heredados, cómo toma unos del lado paterno y otros del lado materno, y cómo la proporción de la mezcla es obra propia del ser humano que entra en la vida.

Si ahora se quiere hacer referencia a leyes muy concretas en este sentido, es necesario ponerse de acuerdo en que dichas leyes deben entenderse como leyes físicas. Si el físico nos enseña, por ejemplo, que una piedra lanzada al aire cae siguiendo una trayectoria parabólica, podemos comprenderlo a partir de las condiciones físicas correspondientes. Si entonces alguien viene y no tiene en cuenta que esta trayectoria general de lanzamiento puede variar, digamos por la fricción del aire o por otras circunstancias, podría decirnos: «Has establecido una ley errónea, porque la piedra no vuela siguiendo una parábola». - Sin embargo, al físico no le importa incluir en la ley las circunstancias externas que la modifican, sino descubrir la ley a partir de las condiciones esenciales. Lo mismo debemos aplicar a las leyes que rigen la vida espiritual. Debemos decirnos: las leyes que se presentan ante nuestro ojo espiritual tienen el mismo significado que las leyes físicas; por lo tanto, se podrían refutar con la misma facilidad que las leyes físicas, pero con tal refutación no se consigue nada especial.

Así pues, si ahora se elaboran unas leyes hereditarias muy concretas, es evidente que podrían darse mil y una circunstancias que influyeran en dichas leyes, del mismo modo que la trayectoria de una piedra que vuela se ve influida por la resistencia del aire. Pero estas condiciones modificadoras de carácter secundario no alteran en nada la validez de la ley. Y solo podemos comprender los acontecimientos del mundo si sabemos expresar en leyes lo esencial de las cosas, tanto en el ámbito físico como en el espiritual. Nuestra observación del mundo espiritual puede ser tan fiel como lo es respecto al mundo físico. Se puede observar en cientos y miles de casos que, en los descendientes directos, ciertas fuerzas y dotes se remontan a la línea hereditaria paterna y ciertos rasgos a la línea materna; es decir, que el núcleo espiritual y anímico del ser humano toma ciertas fuerzas y dotes de la línea materna y ciertos rasgos de la línea paterna, que luego se manifiestan mezclados en los hijos.

Por lo tanto, podemos dividir el ámbito de nuestra vida anímica en dos subámbitos claramente diferenciados. En nuestra alma tenemos, en primer lugar, lo que podemos llamar el ámbito de nuestro interés, de nuestra atención, de nuestra simpatía por esto o aquello. Las personas se diferencian, en efecto, en cuanto a aquello hacia lo que se dirige su interés, la simpatía de su alma: uno es de una manera, otro de otra, según el color fundamental de su interés, según los rasgos característicos fundamentales de su alma. De este ámbito del alma que acabamos de caracterizar se distingue claramente lo que podemos llamar el ámbito intelectual, al que también queremos incluir la imaginación, que nos da la capacidad de representarnos el entorno y la vida humana en imágenes. El talento imaginativo, el talento intelectual, es el otro ámbito.

Si analizamos así la vida anímica del ser humano en su conjunto, se nos revela que, en general, el ámbito de interés y el carácter general de la personalidad se remontan a la línea hereditaria paterna; es decir, que el núcleo espiritual y anímico del ser humano extrae principalmente de la línea hereditaria paterna lo que constituyen el temperamento, los afectos y las pasiones. Lo que se refiere a nuestra intelectualidad, es decir, la agilidad de nuestras representaciones, la capacidad de plasmar el mundo exterior en determinadas imágenes y de visualizarlas mediante ideas, se obtiene, en general, de la línea hereditaria materna. De la forma en que el núcleo espiritual y anímico del ser humano mezcla estos dos ámbitos depende el carácter y la peculiaridad de nuestra personalidad. Pero no debemos limitarnos a considerar este carácter tan general de la herencia, sino que debemos profundizar en él con mayor precisión.  Y ahí se pone de manifiesto que las características del ser humano no solo se transmiten de forma general, sino que se transforman en el proceso de herencia, que sufren cambios muy concretos, y además esenciales. Se pone de manifiesto —y esto se puede comprobar en cientos y miles de casos— que lo que vive en la madre como intelectualidad, como agilidad del alma, como inclinación del alma hacia el procesamiento de ideas, de imágenes, de conceptos y similares, tiene más tendencia a pasar al hijo que a la hija y, por lo general, al pasar al hijo, desciende, por así decirlo, un peldaño [hacia lo físico]. Así ocurre, por ejemplo, que una cierta agilidad de las ideas, una capacidad especial para concebir esto o aquello, tal vez para plasmarlo artísticamente, por ejemplo en el ámbito de la poesía, está bien presente en el alma de la madre, pero que ella solo se mueve en el círculo más cercano de sus conocidos y de su entorno más cercano y no posee ni desarrolla los medios adecuados para poner en práctica estas capacidades también hacia el exterior. Así pues, podemos decir que, aunque la Madre posee estas cualidades, no dispone de los instrumentos vinculados a la corporeidad exterior que le permitan aprovechar plenamente lo que hay y hacer que surta efecto en la humanidad.

Si ese es el caso de la madre, entonces esa predisposición puede manifestarse en el hijo, por así decirlo, plasmada en sus propias predisposiciones orgánicas, —integrada en sus instrumentos físicos—. La madre puede, pues, tener tal o cual predisposición anímica, pero no la predisposición orgánica, es decir, no el cerebro o los complejos orgánicos correspondientemente desarrollados, para poder vivir realmente en mayor medida aquello para lo que está predispuesta y hacerlo visible para el mundo. En el hijo, la predisposición de la madre se integra en la estructura orgánica, en el cerebro y en otros complejos orgánicos, para que ciertas capacidades puedan dar fruto en círculos más amplios de la humanidad. Por el contrario, las cualidades paternas, que residen más en la personalidad exterior y tienen su origen en la estructura orgánica, tienden a ascender en las hijas hacia lo anímico y se nos presentan allí transformadas anímicamente, transformadas en su naturaleza anímica. Y, por lo tanto, podemos afirmar que una hermosa ley del progreso de la vida generacional humana es que el alma de la madre tiende a perdurar en las aptitudes y capacidades personales de los hijos varones, mientras que las predisposiciones orgánicas del padre, toda la configuración de su personalidad, ascienden y perduran en el alma de las hijas, o al menos tienden a hacerlo. El padre, pues, se perpetuará, —hasta en la disposición de su personalidad física en la vida exterior—, en el alma de las hijas. Lo anímico de la madre, —que permanece en el círculo más cercano y tiene pocas posibilidades de desarrollar plenamente sus capacidades anímicas—, perdurará en las disposiciones orgánicas de los hijos, en aquellas que se manifiestan en el mundo exterior.

Esta ley, que arroja una luz extraordinaria sobre la comprensión de la vida, no puede, por supuesto, demostrarse aquí en una breve hora con cientos de ejemplos. Solo se puede explicar, tal y como se hace también en física. Y me gustaría explicarla, en primer lugar, a través del caso de Goethe, que todos conocemos. ¿Quién no sabe que todo lo que estaba presente en Goethe como predisposición orgánica, de modo que pudiera manifestarlo a través del cerebro y otros instrumentos del organismo, fue atribuido por él mismo al «gusto por fabular» de su madre, quien, en su círculo íntimo, con la agilidad de su espíritu y con todo su gusto por fabular, ya lo tenía todo, salvo precisamente las predisposiciones orgánicas? Pero lo que fluía en el alma de la anciana consejera se filtró hacia abajo y formó las predisposiciones orgánicas del hijo. De Goethe no solo podemos remontarnos a su madre, sino también a su padre, el anciano concejal de Fráncfort Caspar Goethe. Cuando conocemos en él al hombre capaz y ambicioso, sentimos ante todo una especie de respeto por su meticulosidad y, a veces, también por su silenciosa resignación. Pero, por otro lado, debemos tener claro que, aunque todas las cualidades que poseía le permitieron ascender un poco en la escala social, no fueron ni mucho menos suficientes para proporcionarle en Fráncfort la influencia y el ámbito de acción a los que aspiraba, de modo que, en cierto modo, estaba condenado a una vida ociosa.

En la constitución del anciano Goethe hay algo de fuerza y obstinación, también algo de sobriedad, pero una minuciosidad en esa sobriedad, e incluso una cierta armonía entre estos rasgos. Si comparamos estos rasgos del padre de Goethe con los del hijo, comprenderemos fácilmente que ambos se repelían en cierta medida. Y así fue, como es bien sabido. Pero imaginemos por un momento este rasgo del padre «espiritualizado», —si se nos permite acuñar el término—, elevado al ámbito del alma; imaginemos que una cierta minuciosidad del alma, combinada a su vez con esa timidez que tenía el viejo Goethe y que le impedía llegar a nada en serio, revive en el alma de su hija Cornelia: Entonces podemos encontrar fácilmente en el alma de la hija Cornelia una cierta suavidad de carácter, mezclada en lo anímico con una cierta obstinación, una mente aguda, mezclada con una cierta indulgencia sentimental, la necesidad de entregarse, de acurrucarse contra el mundo, y sin embargo la incapacidad de entregarse realmente a alguien.  Toda la situación vital del viejo Goethe, —que aspiraba a ocupar un puesto destacado y, sin embargo, no pudo lograrlo—, puede reflejarse en el alma de su hija de tal manera que ella sintiera la necesidad de refugiarse en un marido y, sin embargo, no pudiera encontrar satisfacción en el matrimonio. Solo tenemos que trasladar al ámbito del alma los rasgos de carácter que se remontan a la estructura orgánica del viejo Goethe, y tendremos por completo el alma de Cornelia, la hermana de Goethe. Y todo aquello que Goethe rechazaba, que por así decirlo le repugnaba de su padre, le resultaba profundamente atractivo en su hermana, que durante su corta vida se complementó tan bellamente con él, a quien tanto amaba. Todo lo paterno surtió un efecto tan beneficioso en el joven Goethe a través de esta «anima gemina» que era su hermana.

Traten ustedes de hacer lo mismo con Hebbel. Lean sus diarios. Intenten comprender a partir de ellos, —que, por lo demás, son un tesoro de la literatura alemana—, cómo Hebbel heredó de su padre toda la exterioridad del carácter, es decir, la forma de interesarse por el mundo, pero aquello que le llevó desde su más temprana juventud a aspirar a ser comprendido nos lleva al alma de su madre, aunque esta no fuera más que una simple mujer de albañil. En la observación histórica podemos constatar en todas partes que todo lo que nos encontramos en la constitución de los hombres se debe a sus madres. Fíjense en la madre de Alejandro Magno, en la madre de los macabeos, en la madre de los Gracos, —donde quieran—; lo verán en todas partes. Quien tenga sensibilidad para profundizar realmente en los caracteres humanos, lo encontrará confirmado en todas partes como una ley, tal y como ocurre con las leyes físicas.

En la ciencia espiritual interpretamos este hecho de tal manera que el núcleo espiritual y anímico del ser humano asume las cualidades paternas y maternas, no solo las mezcla, sino que también las transforma, las eleva o las rebaja un nivel; es decir: las cualidades que en el padre están ligadas a las predisposiciones orgánicas se «espiritualizan» en las hijas, y las cualidades anímicas que en las madres aún no tienen predisposiciones orgánicas se transforman en predisposiciones orgánicas en los hijos. Así pues, la herencia no se produce de forma inmediata, sino de tal manera que a veces la vemos encubierta, oculta, y solo nos queda deducir cómo, en realidad, el núcleo espiritual y anímico del ser humano utiliza los rasgos que encuentra en la línea paterna y materna para modelarlos plásticamente de acuerdo con su individualidad y hacerlos valer en el mundo.

Ahora bien, podría ocurrir fácilmente que, si alguien estableciera su convicción basándose únicamente en unas pocas observaciones de la vida o en prejuicios, pudiera refutar con gran facilidad algunos datos concretos de la ciencia espiritual. Por eso hay que señalar que solo el conjunto completo de una verdadera observación de la vida puede confirmar lo que la ciencia espiritual presenta como ley universal para la vida espiritual. Y ahí se nos muestra también en la vida cómo este núcleo espiritual-anímico se envuelve, por así decirlo, con las cualidades heredadas, a las que se une y con las que se mezcla. Alguien podría decir: Sí, muéstranos cómo funciona ahora este núcleo espiritual-anímico, cómo se envuelve con los rasgos heredados. — Se trata de que, al realizar tal demostración, sigamos el camino correcto. En el ser humano individual, al que tenemos ante nosotros desde el nacimiento como una personalidad cerrada en sí misma, vemos crecer las capacidades.  Vemos una unidad armoniosa, —por supuesto, no hace falta que nos lo recuerden—, vemos una unidad en lo que se va configurando poco a poco en tal o cual capacidad. Y no es fácil distinguir en cada persona qué y hasta qué punto actúa el núcleo espiritual y anímico de su ser, y qué es lo que ha adquirido del exterior en forma de aptitudes físicas heredadas.

Pero si ampliamos un poco la base de la observación de la vida, si miramos a nuestro alrededor, entonces sí que vemos cuán diferentes se muestran las personas, dependiendo de si su núcleo espiritual-anímico, tal y como entra en la existencia al nacer, es más rico en contenido, está dotado de una disposición más significativa y profunda o menos profunda y significativa, o si, a partir de encarnaciones anteriores, tiene un contenido más rico, por el cual está llamado a realizar mucho por el mundo en la nueva encarnación. ¿Cómo le irá a un núcleo de este tipo?

Le llevará mucho tiempo abrirse paso a través de todas las resistencias que le llegan desde el exterior a través de la línea hereditaria; tendrá que esculpir durante más tiempo, ya que los rasgos hereditarios externos no encajarán de inmediato con el núcleo de su ser. Esto se nos confirma de manera maravillosa cuando vemos cómo precisamente los grandes espíritus de la humanidad, Newton, Humboldt o Leibniz, eran en realidad malos alumnos, porque su rica esencia espiritual y anímica necesitó mucho tiempo para abrirse camino y dar forma a aquello con lo que se envuelve y a lo que se une. Por eso, alguien que solo ve la vida con prejuicios puede considerar precisamente a los grandes hombres como tipos sin talento o personas incapaces, porque al principio tal vez incluso se muestren torpes, ya que necesitan mucho tiempo para desarrollar su rico núcleo espiritual y anímico.  Pero lo que opine alguien que no conoce la vida no es lo que importa, sino que lo que importa es la verdad. Hebbel hizo en sus diarios una bonita observación sobre cómo sería si, en una clase de instituto, el profesor estuviera repasando a Platón con sus alumnos y el propio Platón, reencarnado, se encontrara entre ellos y fuera el que peor entendiera lo que el profesor presentara como su correcta concepción e interpretación de Platón, de modo que el Platón reencarnado tuviera que quedarse continuamente castigado.

Así vemos cómo el núcleo espiritual y anímico del ser humano se va integrando en los rasgos heredados del exterior; y vemos que, precisamente cuando es rico, encuentra las mayores resistencias, a través de las cuales debe abrirse camino. A veces, estas personas tardan bastante en integrar correctamente el material heredado del exterior. Los niños prodigio rara vez tienen un núcleo espiritual y anímico rico y, por lo tanto, les cuesta menos integrar el material heredado externamente. Se desarrollan rápidamente, pero también sabemos que estas capacidades, que al principio parecen sorprendentes, se desvanecen y desaparecen rápidamente. Si se observa la vida desde una perspectiva más amplia, se ve cómo, en cada persona, lo que se manifiesta como su personalidad completa integra los rasgos heredados en el núcleo del ser de una manera diferente a como lo hace en otra persona. Sí, podemos corroborar y comprobar esto de nuevo en Goethe.

Sin embargo, debo decir algo que quizá pueda malinterpretarse. Pero quien, como yo, se haya dedicado a Goethe de forma intensa y apasionada durante más de treinta años, puede permitirse decir tal herejía. La comprensión de Goethe y la devoción por su grandeza no tienen por qué verse afectadas si admitimos que la esencia de Goethe solo se abrió paso muy lentamente hacia la existencia a través de los obstáculos físicos externos. De hecho, si queremos profundizar en lo que Goethe tuvo que lograr, —siempre que no estemos contaminados por los prejuicios de algunos estudiosos de Goethe—, vemos que sus obras de juventud aún no alcanzan su plena altura; y podemos admitir, al referirnos a las primeras obras de Goethe: «Este es aún el Goethe en formación, que aún no ha superado los obstáculos externos de su esencia; allí aún permanece oculto lo que Goethe realmente debía llegar a ser». No se menoscaba la grandeza de la primera parte de la obra «Fausto» cuando se señala que ese es aún el Goethe en formación, que su rica esencia aún yace en las profundidades y debe abrirse camino.

Sin embargo, hoy en día se considera casi un rasgo característico de las mentes verdaderamente elevadas el hecho de que, en cierto modo, tiendan a preferir en la literatura las obras de juventud de los poetas. Se observa esta tendencia: sí, debemos acudir a los poetas en su primera etapa, pues ahí se encuentra lo que brota directamente del alma, ahí está lo esencial que, en realidad, constituye su grandeza. - Y, en el caso de Goethe, también ha surgido un público que dice: Bueno, el viejo Goethe ya se ha debilitado un poco, en la segunda parte de «Fausto» ya no está a la altura, no se le entiende; la primera parte de «Fausto», sí, esa tiene una fuerza original. - Quienes opinan así seguramente no se plantean si tal vez el problema radica en ellos mismos, si no harían mejor en esforzarse por comprender una obra de este tipo, como la segunda parte de «Fausto», que Goethe compuso en el apogeo de su creatividad.

Goethe tenía una opinión diferente al respecto. Señalaba que la primera parte de «Fausto» era una obra de juventud en la que aún no había aflorado la esencia de su ser espiritual y anímico. Goethe dejó algunas líneas en las que se pronuncia con claridad sobre este asunto, refiriéndose a la primera parte de «Fausto»:

Alaban a Fausto, 
y todo lo demás 
que bulle en mis escritos, 
a su favor; 
las viejas tonterías, 
eso les alegra mucho; 
la chusma cree que ya no existe.

Así se expresaba el propio Goethe al respecto. En Goethe vemos cómo, a lo largo de casi toda una vida, el rico núcleo del alma —que no podemos deducir de los rasgos hereditarios— lucha contra los elementos contrarios de la herencia y contra las resistencias que le asaltan desde el exterior. Podemos seguir, año tras año, cómo su rico núcleo anímico se manifiesta armoniosamente; vemos cómo, durante su viaje por Italia, se vuelve cada vez más maduro y cómo se funde por completo con las cualidades de su núcleo espiritual y anímico.

Los rasgos [de carácter] del ser humano se van definiendo a lo largo del desarrollo de su ser en sus envolturas; en cambio, las capacidades, que están vinculadas principalmente al interior, pueden manifestarse con fuerza ya en la juventud. Dado que aún no hay mucha envoltura, el talento existente para la música, las matemáticas o la poesía debe manifestarse ya en esa etapa. Pero si nos fijamos en la destreza para la vida práctica, sabemos que esta y todo lo demás que se necesita para hacer frente al mundo exterior deben adquirirse a lo largo del transcurso de la vida. Y solo al final llega el verdadero elemento [espiritual], la mística, la mirada hacia el mundo espiritual. Entonces lo importante no es solo estar entusiasmado por los hechos espirituales, sino haber desarrollado las capacidades y haber formado los órganos para la visión espiritual, a fin de lograr así la armonía entre el conocimiento de lo que se manifiesta en lo exterior y lo que el mundo vive y sacude en lo más íntimo.

Ya en la juventud madura se puede ser seguidor de un místico, se le puede interpretar, pero solo es posible aportar algo propio en este ámbito cuando hemos alcanzado la mediana edad. Por lo tanto, si uno quiere encontrar en sí mismo la posibilidad de entrar en armonía con el espíritu universal del mundo, debe tener ya unos cuarenta años, ya que antes no es posible. Hay que darse tiempo, hay que ocuparse antes de otras cosas, con la tendencia de convertirse en seguidor de una corriente espiritual mundial y, al mismo tiempo, crear la armonía entre el propio núcleo interior del ser y los órganos que se están formando. Quien no transgreda tales leyes, tal y como aquí solo se han podido esbozar, se integrará mejor en la vida y se separará cada vez más de las fuerzas que le obstaculizan en la línea hereditaria natural, hasta superarlas. Al examinar más detenidamente las relaciones hereditarias naturales, podemos ver que debe existir una diferencia entre los hijos de cónyuges jóvenes y los hijos de una unión que ya existe desde hace tiempo o que se ha contraído a una edad avanzada. Dado que el ser humano se encuentra en un proceso de desarrollo ascendente hasta cierta etapa de su vida, en la madurez se hacen cada vez más evidentes, en los gestos, en la fisonomía, —es decir, en la personalidad exterior—, las consecuencias del trabajo realizado por el núcleo interior del ser. Hacia los veinte años de edad ya se ha desarrollado una parte, pero se puede percibir que aún no se ejerce toda la influencia del núcleo espiritual-anímico, sino que una parte de ella sigue anclada en lo profundo. Solo poco a poco se va configurando completamente el verdadero ser humano y sale así a la superficie. Solo entonces tendrá una fuerza mayor para transmitir sus rasgos hereditarios a su descendencia, porque ahora se ha vuelto mucho más maduro. Un núcleo espiritual-anímico que, por su propia fuerza interior, quiera desarrollarse de la forma más independiente posible, se sentirá por tanto atraído como por un imán hacia un padre joven que le ofrezca menos resistencia; en cambio, una individualidad más débil se verá atraída por un padre mayor con un carácter ya plenamente desarrollado. Desde estos puntos de vista se aclaran ya enormes enigmas de la vida. Tales relaciones se pueden demostrar, naturalmente, con mayor claridad en los casos típicos, aunque a menudo se dan las variaciones más diversas.

Ahora veamos cómo las distintas características del alma pueden ser independientes entre sí y cómo se heredan, pero también cómo todas las cualidades se fusionan en un tono fundamental y son procesadas por el núcleo espiritual y anímico del ser. Así, por ejemplo, a través de este núcleo se puede heredar la soberbia de la madre y la torpeza del padre, y agruparlas. Las cualidades anímicas dejan de lado algunas de las cosas que los padres pueden ofrecer y, a su vez, dan preferencia a otras. Algunas teorías enrevesadas de la ciencia externa son a menudo muy ilógicas. Así, por ejemplo, esta ciencia afirma que el genio puede demostrarse en sus raíces a través de los rasgos de las generaciones anteriores; lo que ya existía en forma de rasgos notables en los antepasados individuales, se ve en el genio surgido de esta línea ancestral como si se hubiera reunido y potenciado en un punto focal. Con ello se pretende demostrar que no existe ningún núcleo espiritual y anímico. Sin embargo, es un error suponer que las cualidades favorables puedan sumarse y potenciarse tan fácilmente solo a través de los mecanismos de la herencia natural. Al contrario, si se habla de herencia en este contexto, las circunstancias son tales que el genio se encuentra al principio, y no al final, de una línea hereditaria. El genio, en sus peculiaridades personales externas, solo se ve teñido al atravesar la línea de herencia física, del mismo modo que alguien se moja al caer al agua.

Podemos aplicar en la práctica todo lo dicho si lo tomamos como base para una tarea educativa que se nos presenta y la convertimos en una especie de problema de comprensión de la vida. Ya hemos dicho que tenemos que resolver un misterio sagrado en el ser humano que se esfuerza por alcanzar la existencia, y debemos tratar de reconocer todo lo que encierra en sí mismo aquello que se abre camino hacia arriba. Debemos tratar de adquirir una sensibilidad fina para observar correctamente cómo el núcleo del ser espiritual y anímico se libera de los oscuros fondos; debemos prestar mucha atención a qué características del joven en desarrollo se refieren al padre y cuáles a la madre —en las predisposiciones orgánicas, en las cualidades anímicas y en su interacción, bajo la influencia de la individualidad, con las envolturas externas.

 Aunque hoy en día se clama en muchas ocasiones por la individualidad, todo ello no pasa de ser una simple frase mientras no se pueda profundizar en los detalles y su origen. Si no se hace esto y, partiendo de esa frase, se quiere juzgar y afirmar que el niño al que se educa debe hacer ahora esto o aquello, se seguirá siendo muy teórico. A veces, es cierto, el educador no estará a la altura de la esencia individual a la que debe ayudar a existir. Tampoco tiene por qué estar a la altura del alumno, pero sí debe estar a la altura de la educación. Es necesario educar al ser humano de tal manera que pueda entrar en la vida de forma autónoma y sea capaz de afrontar todo con destreza. No siempre es posible, ni depende del educador, transmitirle al alumno todo poco a poco y siempre a su debido tiempo, de acuerdo con observaciones y reflexiones teóricas; a menudo intervienen circunstancias que surgen de la propia familia o del exterior y que suponen un obstáculo. Además, a veces la individualidad en desarrollo se ve incluso mejor servida cuando esto y aquello viene dictado por circunstancias externas ineludibles, pues entonces, —incluso en tales circunstancias—, no se intenta resolver el enigma individual mediante la educación teórica, sino que todo lo que proviene de oscuros fondos del pasado, de trayectorias vitales anteriores, se lleva a una interacción armoniosa con las circunstancias actuales.

En la ciencia espiritual no solo podemos encontrar lo espiritual para nuestra propia satisfacción, sino que la ciencia espiritual también puede servir de guía para ayudar a que lo espiritual —que desea revelarse en el niño en crecimiento— llegue a existir, de modo que pueda integrarse bien en la interacción viva entre las personas. De este modo, podemos convertirnos, en nuestra modesta medida, en salvadores de los seres humanos, es decir, de su núcleo espiritual, que se esconde tras la apariencia exterior. Así, con esta concepción, la ciencia espiritual se introducirá cada vez más profundamente en la vida humana, porque llega a impregnar la vida con objetivos prácticos. Encontramos esto en Goethe, en su firmeza al mantenerse sobre una base vital segura e interior, en quien percibimos un espíritu que nunca se detiene en lo ya alcanzado, sino que también se revela en nosotros, actuando y reproduciéndose en el futuro, si dejamos que su palabra surta efecto en nosotros de manera correcta:

Si tienes claro y a la vista el ayer,
hoy actuarás con fuerza y libertad,
y podrás esperar un mañana
que no sea menos feliz.

Y eso es lo que podemos esperar para nosotros mismos, pero también para las personas cuyo desarrollo intelectual y espiritual se nos ha confiado como educadores.

Traducido por J.Luelmo - marzo, 2026

GA069b Düsseldorf, 6 de febrero de 1911 - El desarrollo, los dones y el destino del ser humano a la luz de la ciencia espiritual

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

El desarrollo, los dones y el destino del ser humano a la luz de la ciencia espiritual

Düsseldorf, 6 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! La ciencia espiritual o teosofía es, por lo que nos aporta como seres humanos para el conocimiento, al mismo tiempo una base para la práctica de la vida. Al permitirnos ver más allá de lo perceptible por los sentidos, más allá de lo comprensible únicamente para el entendimiento exterior, hacia lo suprasensible, esta ciencia espiritual es una herramienta que nos permite sentirnos parte del mundo suprasensible. De este modo, la teosofía nos proporciona ese alimento de conocimiento que se derrama como sangre espiritual por toda nuestra organización espiritual, y obtenemos seguridad y fuerza vital al asimilar un conocimiento del mundo suprasensible. Pero solo lo somos en tal caso si intentamos incorporar lo suprasensible a nuestro conocimiento. Otra cosa muy distinta es cuando nos encontramos ante el ser humano en formación, tal y como entra en la existencia al nacer, tal y como se ve obligado, a lo largo del curso normal de la vida, a hacer valer, poco a poco a través de lo material del cuerpo, aquello que, como espíritu humano, tiene sus raíces en profundidades indefinidas y va aflorando cada vez más a medida que avanza el desarrollo. Nos encontramos entonces en un caso distinto al de cuando adquirimos conocimiento, pues no solo buscamos el espíritu mediante el conocimiento, sino que, a través de nuestra ayuda y nuestras acciones, debemos sacar al espíritu de su ocultamiento y llevarlo a la existencia real. Esta perspectiva, que va de lo físico exterior a lo espiritual, deberá presentarse ante nuestra alma ante una cuestión como la que constituye el objeto de nuestra reflexión de hoy.

Hay que destacar desde el principio que, para abordar esta cuestión, es necesario partir de un supuesto propio de la ciencia espiritual. La ciencia espiritual va más allá de lo que se nos presenta en la vida humana entre el nacimiento, —o incluso desde el desarrollo prenatal—, y la muerte, como vida individual. Penetra hasta el núcleo esencial del ser humano, hasta lo espiritual-anímico que existe antes del nacimiento y que permanece después de la muerte; hasta el núcleo que, mediante la investigación espiritual, puede seguirse de vida en vida, pues hablamos, como es sabido, de vidas terrenales repetidas. Distinguimos estrictamente entre estas vidas que el ser humano repite entre el nacimiento y la muerte en la Tierra, y aquellas vidas que se encuentran entre ellas en un mundo puramente espiritual. Cuando un ser humano, en su aspecto anímico-espiritual, entra en la existencia a través del nacimiento, lo hace trayendo a esta vida todos los efectos de aquellas causas que hay que buscar en vidas anteriores.  Cuando contemplamos al ser humano en formación, vemos cómo se va revelando, a la manera de un misterio sagrado, lo que ha adquirido en vidas anteriores y que trae consigo a esta vida. El ser humano entra en la vida actual y se realiza espiritualmente, pero se envuelve en las cualidades, rasgos y capacidades que le ha transmitido la línea hereditaria. Así, el ser humano trae a su vida el núcleo espiritual y anímico de su ser, y experimenta, en cierta medida, las fuerzas y capacidades que le pueden aportar los talentos, el carácter y otras cualidades de sus antepasados. Para el desarrollo del ser humano entra en juego la interacción entre lo que este trae consigo del mundo espiritual y lo que ha heredado de sus antepasados. Para dar una respuesta real a la cuestión de la educación en un sentido más íntimo, debemos poder comprender la relación entre las predisposiciones heredadas y el núcleo espiritual-anímico del ser humano.

Si consideramos estas vidas terrenales repetidas y los efectos de las vidas anteriores sobre las posteriores como un hecho de la ciencia espiritual, esto suscita la oposición de muchas personas que no desean informarse con precisión sobre las pruebas que la ciencia espiritual puede aportar. No hay otra forma [que no sea la práctica] de llegar a la convicción de que esta verdad existe realmente. Se puede discutir largo y tendido sobre si un trozo de hierro del que se afirma que es un imán lo es realmente. Se pueden aducir muchas razones en contra; alguien podría decir que la persona que lo afirma da una impresión creíble, y así sucesivamente, y se puede discutir sobre ello indefinidamente. Pero hay una prueba si se toma un pequeño trozo de hierro y se comprueba si es atraído. La práctica proporciona las pruebas. En un sentido similar, uno puede convencerse de las verdades de la ciencia espiritual.

El educador puede decir ahora: «Lo que encuentro en el niño me plantea un enigma; debo intentar averiguar si lo que afirman las ciencias espirituales es cierto, si realmente hay algo que llega al mundo como esencia espiritual y anímica». Entonces se verá que tal principio resulta fructífero para la educación, ya que nos capacita para enriquecer la vida del niño y para adivinar y sacar a la luz sus aptitudes. Debemos fijarnos precisamente en la naturaleza de las aptitudes si queremos distinguir entre el núcleo espiritual-anímico y lo que el niño ha heredado. Para ello, debemos dejar que la predisposición del ser humano —todo lo que se nos presenta gradualmente en forma de cualidades, capacidades, talentos, etc.— pase a primer plano ante nuestra mirada, y entonces descubriremos que es propio del alma humana hacer que las distintas fuerzas actúen conjuntamente, de modo que se apoyen y se sostengan mutuamente en un organismo global. Sin embargo, vemos que las facultades del alma humana, —por ejemplo, el pensar, el sentir y la voluntad, u otras facultades—, se manifiestan con una intensidad independiente unas de otras; tan independientes, de hecho, que encontramos personas en las que la facultad de pensar está tan desarrollada que pueden ser buenos pensadores, mientras que, por el contrario, la fuerza de voluntad queda en un segundo plano. Otros, en cambio, son personas de voluntad y están siempre dispuestos a pasar a la acción, pero no siempre son capaces de mantener los pensamientos de forma coherente y seguirlos de manera lógica. Actúan, pero no reflexionan mucho. Hay otras personas que se ven impulsadas por sus sentimientos a hacer esto o aquello sin pensarlo mucho. Así pues, vemos que las distintas capacidades pueden estar desarrolladas en mayor o menor medida. Una persona, por ejemplo, es muy musical, y las demás capacidades quedan en un segundo plano. Algunas personas, por su parte, carecen por completo de la capacidad de realizar cálculos matemáticos de forma exhaustiva, y así sucesivamente.

 Las facultades son, pues, independientes entre sí, pero se unen para formar un organismo completo. Si nos fijamos así en las fuerzas anímicas de una persona, se hace evidente que esta entra en la existencia con una tendencia y una disposición muy concretas para poner en relación y en conexión las fuerzas anímicas. Si dirigimos la mirada hacia lo que se hereda, es decir, hacia la línea hereditaria, y luego hacia lo que entra en la existencia desde una vida anterior, podemos ver qué es lo que conecta las fuerzas y las aptitudes. Y es que ocurre lo siguiente: lo que el ser humano trae consigo como resultado de vidas anteriores tiene la capacidad de ordenar las aptitudes y configurarlas en un organismo completo. Las predisposiciones anímicas, los rasgos de carácter, los talentos, etc., nos remiten a la línea hereditaria. No hay observación más interesante que ver, por un lado, cómo el núcleo del ser espiritual-anímico trabaja para conectar las fuerzas del alma y formar un organismo completo y, por otro lado, cómo las fuerzas individuales se heredan de los antepasados.

Las ciencias humanas son capaces de establecer leyes muy concretas sobre la relación entre estos dos elementos. Estas pueden entenderse como leyes naturales, pero en un ámbito superior. Cuando se enuncian tales leyes, no se puede pretender refutarlas con observaciones obtenidas a la ligera. Eso es pan comido, incluso en el ámbito químico-físico. Supongamos que un físico constata que la trayectoria que describe una piedra lanzada al aire es una parábola. Si alguien sigue esa trayectoria desde fuera, verá que no es exacta. La resistencia del aire y otras circunstancias externas hacen que la línea varíe, pero solo se llega a la verdad si se vuelve a la ley. Solo se llega a lo que subyace a la vida espiritual como ley si se penetra tras los bastidores de la existencia.

Ahora bien, en la vida anímica del ser humano se nos revelan dos tipos de fuerzas; a uno de ellos podemos denominarlo más bien el principio intelectual, o también el de la facultad imaginativa: todo lo que el ser humano posee como vida imaginativa, la forma en que se representa las cosas, si pasa lentamente de una idea a otra o si es capaz de establecer rápidas conexiones entre pensamientos, si puede seguir los pensamientos con agudeza y amplitud, y cosas por el estilo. A aquellas personas que desarrollan fácilmente representaciones pictóricas, que son capaces de revestir los hechos con imágenes de la imaginación, en definitiva, que tienen especialmente activo el elemento intelectual e imaginativo, que poseen inventiva y la capacidad de que se les ocurran muchas cosas, debemos considerarlas representantes de un lado de la vida anímica. El lado de los afectos, por el contrario, de las pasiones y los instintos, la forma en que alguien se siente rápidamente cautivado por esto o aquello, si tiene muchos intereses o es insensible, y así sucesivamente, ese es el otro lado.  Con este último se asocia más lo que llamamos el elemento del carácter, mientras que con el primero se asocia más lo reflexivo, la interiorización. Debemos distinguir claramente estos dos aspectos, pues, como observadores de la vida, las leyes del desarrollo solo se nos revelan cuando podemos seguir cómo el núcleo espiritual y anímico del ser humano, que pasa de una vida a otra, se apropia de uno u otro elemento.

En general, observamos que el niño hereda del padre la faceta relacionada con el interés, las pasiones y la atención; el núcleo espiritual y anímico del ser humano toma prestados estos elementos del padre, donde encuentra lo que son las pasiones, lo que se enfrenta a los acontecimientos de la vida, lo que interviene en la vida exterior. Cuando un ser humano desea encarnarse, se siente atraído como por un imán hacia el padre, quien puede transmitirle las cualidades del interés, la fortaleza de carácter y demás, adecuadas a su singularidad. Busca al padre que le brinde esa posibilidad. Las cualidades intelectuales y de la imaginación las hereda más bien de la madre. En general, si no se tienen en cuenta causas más específicas, se puede decir que el carácter espiritual del niño surge porque el núcleo del ser espiritual-anímico crea una especie de mezcla entre el intelecto y la imaginación de la madre y el temperamento y los instintos del padre. La forma en que se mezclan estas cualidades depende de la predisposición general del núcleo del ser espiritual-anímico. Podemos explicar cómo son los elementos que pertenecen a la naturaleza de la voluntad y de la naturaleza pasional fijándonos en el padre. Lo que el núcleo del ser tiene de imaginación y de intelecto debemos buscarlo en la madre. Los hijos de una misma pareja de padres son tan diferentes porque el núcleo espiritual y anímico del ser mezcla de diversas maneras los elementos paternos y maternos.

Pero debemos profundizar aún más en ello y distinguir entre descendientes masculinos y femeninos. La observación real de la vida también confirmará esta ley, —es decir, si la salvedad se hace de la misma manera que en las leyes físicas y no se elevan las circunstancias secundarias a la categoría de lo principal—. Porque lo que hay en el carácter anímico de la madre se hereda más fácilmente en los hijos, y de tal manera que en el hijo se transforma en cierto modo. Si la madre es imaginativa, pero solo actúa en su círculo más cercano, el alma de la madre actúa de tal manera que, por así decirlo, desciende un peldaño en el hijo y le dota de la predisposición orgánica externa, de modo que él expresa esa predisposición en mayor medida. La madre permanece en el elemento anímico dentro de su círculo más cercano; el hijo muestra lo que ella tiene en el alma, pero grabado en el cerebro como su instrumento. Él posee como capacidad para el mundo lo que ella vivió en su círculo más cercano. De este modo puede surgir un talento para el que la madre muestra la predisposición. Y lo que desciende a través de la madre hacia la predisposición física se mezcla y se impregna de lo heredado del padre. Así ocurre con los hijos.

En el caso de las hijas es diferente. Allí se manifiesta cómo lo que el padre vive en lo concreto, —en su profesión y demás—, se expresa más en la personalidad en su conjunto. Lo que en el padre es una predisposición orgánica, el ser humano exterior y físico, se manifiesta ascendiendo hacia el alma de la hija. Lo que el padre tenía en cuanto a cualidades externas se traduce en lo anímico. En la hija se nos presenta de forma espiritualizada lo que en el padre era más bien el ser físico. Es especialmente interesante, y se puede afirmar casi como una ley de la naturaleza, que la madre desciende en el hijo en lo que respecta a su alma y se manifiesta en lo físico, mientras que el padre, con lo que es en el ser físico, asciende en el alma de la hija.

Esto podría demostrarse en cientos y miles de casos, y la vida nos dará la razón en todos ellos. Aquí solo se explicará con un ejemplo especialmente característico: el de Goethe, en quien esta ley general se manifiesta con especial claridad: lo que en la madre se admiraba como cualidad espiritual en su círculo más cercano, se manifestó en el hijo «de forma más evidente» y fue admirado por el mundo. La señora Rat Goethe tenía el gusto por la fabulación, lo que en su círculo más cercano podía resultar estimulante. En Goethe se había convertido en una disposición cerebral, de modo que se convirtió en una personalidad de influencia mundial.

En él vemos también lo contrario de una manera maravillosa, concretamente en su hermana Cornelia. El consejero Goethe resultaba extraordinariamente simpático por su fuerte carácter y su porte serio. En la vida exterior se mostraba firme, como un hombre metódico y serio. Veamos cómo se comporta Goethe con respecto a su padre. Lo peculiar es que los rasgos de carácter externos, el temperamento, la rigurosidad y demás se heredan en el hijo. Cuando personas con las mismas predisposiciones conviven, a veces se repelen. Entre el padre y el hijo Goethe nunca hubo una relación íntima. La hermana, sin embargo, había elevado a lo anímico la minuciosidad del padre como profundidad anímica y seriedad, y la había mezclado con la intimidad, como suele ocurrir cuando los rasgos externos se nos presentan transformados en anímicos. Por eso los hermanos eran compañeros tan fieles, porque los rasgos que a Goethe no le resultaban simpáticos en el padre habían penetrado en lo anímico de la hermana.

¿No podemos ver en todas partes esta peculiar perdurabilidad de los rasgos del alma materna en las características físicas del hijo? A lo largo de toda la historia del mundo observamos las relaciones de los hijos con sus madres, por ejemplo, en el caso del poeta Hebbel. Era hijo de un albañil. Si se le conoce y se le ha tenido delante, se sabe que lo rudo y pedante que había en él ya se notaba en su aspecto exterior. Las manos eran demasiado largas, las piernas aún más, y la falda más aún, y los movimientos eran angulosos. Todo eso lo había heredado de su padre, pero no se llevaba bien con él. En cambio, era el carácter sencillo de su madre el que él sabe describirnos tan bellamente. Vemos cómo su mundo interior, descendido un peldaño, resurge en su personalidad de poeta. De ahí surgió el entendimiento entre ambos, y fue solo su madre quien le permitió escapar al destino de convertirse en albañil. Dondequiera que miremos, tanto en la vida cotidiana como en la historia, podemos ver que esta ley es válida de manera general.

Pero, ¿cómo debe actuar un educador cuando observa esta interacción entre los rasgos heredados y el núcleo espiritual y anímico del ser? Deberá, en la medida de lo posible, fijarse en la forma en que ciertos rasgos que observamos en los niños se encuentran, en otro nivel, en los padres. Pero no debemos considerar al niño como una copia [de los padres], pues entonces no tendríamos en cuenta la transformación, cómo los rasgos anímicos de la madre descienden hasta lo físico en el hijo y cómo, a la inversa, lo físico del padre se transforma en el alma de la hija. Hoy en día, el ser humano tiende a admitir las transformaciones de las fuerzas de la naturaleza; la ciencia natural muestra, por ejemplo, cómo las sustancias naturales se transforman en calor. Sin embargo, no se admite que estas leyes se apliquen también a lo espiritual. Solo entonces podrá surgir un verdadero arte de la educación, cuando las personas tomen conciencia de que la ciencia espiritual puede extenderse hasta ámbitos de la vida como la educación.

Siempre se habla de individualidad. ¿Qué es, en realidad, la individualidad? Hoy en día, solo se hace referencia a este término de forma muy abstracta. Sin embargo, cuando se sabe cómo surge la individualidad, —al absorber el núcleo espiritual y anímico del niño las cualidades del padre y la madre, y no solo eso, sino transformarlas—, se puede comprender de manera concreta. Entonces, la pedagogía pasa de lo abstracto a lo concreto, de la abstracción materialista a la verdadera realidad. Ahora bien, desde algún lado se podría objetar: nos dices que el núcleo espiritual-anímico se envuelve en lo que se le da en forma de fuerzas heredadas. Pero nosotros vemos al ser humano como un ser unitario, y ¿cómo podemos distinguir entonces entre lo heredado y el núcleo espiritual?

Si nos limitamos a observar el desarrollo de forma superficial y solo vemos al individuo en sí, no llegaremos a ninguna parte. Sin embargo, la vida nos ofrece pruebas, pruebas suficientes, para mostrar cómo el núcleo espiritual y anímico del ser envuelve y penetra lo que proviene de los padres y antepasados. Precisamente genios como Newton o Humboldt, que lograron grandes cosas, no progresaban especialmente bien en la escuela y eran considerados de escaso talento. Se podrían citar muchas otras personas de renombre que también se desarrollaron lentamente, mientras que los niños prodigio avanzan rápidamente. En el caso de Newton, Humboldt u otros, lo que ocurre es que trajeron a esta vida un núcleo de ser rico, que en el alma brota y florece mucho, y que esta integración en lo que les fue heredado por los padres tuvo que llevarse a cabo lentamente. El rico núcleo del ser necesita más tiempo, pues primero debe pulir las fuerzas heredadas, transformarlas, graduarlas con precisión, etc. Las naturalezas ricas, pues, que están llamadas a dar mucho, deben trabajar más tiempo en la adaptación del material heredado.

Esto se hará cada vez más evidente, pues hoy en día el ser humano que aporta fuertes fuerzas anímicas tiene que luchar contra todas las duras resistencias, ya que se heredan dotes genéticas muy rígidas, sobrias y bien definidas, que ofrecen poca flexibilidad, de modo que se necesita mucho tiempo para adaptarlas con precisión al núcleo individual del ser. Los niños prodigio se cansan rápidamente, ya que procesan con rapidez las capacidades que se encuentran en la línea hereditaria y las asimilan de manera unilateral. Pero pronto se hace evidente que sus dotes se agotan, se secan. Si observamos estos casos extremos, vemos cómo, tanto en el genio de desarrollo lento como en el niño prodigio de desarrollo rápido, y en todos los grados intermedios, la esencia espiritual y anímica se abre camino a través de los obstáculos.

Este lento proceso de maduración lo encontramos también en Goethe. Quien, como yo, se ha dedicado con humildad y en profundidad al estudio de Goethe durante tres décadas, puede afirmar sin temor a ser malinterpretado: al repasar la vida de Goethe, se aprecia un lento avance en el desarrollo de sus aptitudes y talentos. - Es cierto que ya encontramos en él la tendencia hacia lo que llegó a ser cuando, de niño, ofrecía sacrificios al gran Dios, pero ¡cuánto esfuerzo le costó a lo largo de su vida hacer aflorar lo que llevaba dentro a través de las numerosas resistencias de su naturaleza física! Lo reconocemos allí donde expone sus grandes pensamientos, por ejemplo en la segunda parte de «Fausto», como un hombre maduro junto al joven Goethe, quien, en comparación con el Goethe maduro, escribió muchas cosas inmaduras. Cómo contraviene lo que aquí se dice al juicio de nuestra época, en la que se elogian especialmente las ediciones de las obras de juventud —allí, se cree, es donde realizó su mayor logro. Se dice que del joven Goethe brotaban cosas grandiosas y poderosas. Se le ensalza hasta no se sabe a qué alturas. Y del Goethe maduro, algunos dicen que, ya en su vejez, «cometió» la segunda parte de «Fausto». Muy pocos comprenden que se desarrolló y profundizó de forma lenta y gradual, que el mundo italiano lo estimuló interiormente y que su esencia eliminó cada vez más los obstáculos externos. En resumen, no comprenden al Goethe anciano porque les resulta demasiado elevado. Ya en vida tuvo que sufrir que sus últimas obras fueran tachadas de productos de la vejez. Él mismo lo expresa en el siguiente verso:

Alaban a Fausto, 
y todo lo demás 
que bulle en mis escritos, 
a su favor; 
las viejas tonterías, 
eso les alegra mucho; 
la chusma cree que ya no existe.

En Goethe se hace especialmente patente que el núcleo de su esencia intelectual y espiritual alcanza su apogeo en la segunda mitad de su vida, y nadie lo comprende quien crea que todo el Goethe ya estaba presente en sus escritos de juventud. Es cierto que la gente entiende mejor al joven Goethe, pero no lo atribuyen al hecho de que no entiendan al viejo Goethe, sino a que este haya decaído. Así, también en este gran espíritu podemos comprobar cómo el núcleo espiritual y anímico se abre camino hacia las envolturas externas. 

Ahora bien, alguien podría objetar: «Habláis de un núcleo esencial que debe existir para agrupar y organizar las capacidades. Pero basta con señalar que las características más importantes residen, no obstante, en la línea hereditaria y deben explicarse a partir de ella. Por ejemplo, en la familia Bach ha habido entre 25 y 28 músicos en los últimos siglos». ¿Cómo podéis decir, pues, que lo esencial es lo principal? Del mismo modo, en la familia Bernoulli de Basilea hubo toda una serie de matemáticos destacados. En ellos se puede ver con especial claridad cómo parece actuar la mera herencia, pues algunos de ellos estaban destinados a algo completamente diferente, pero aun así la herencia los llevó a la matemática en su vida posterior.

Para comprender esto correctamente, hay que tener muy presente la relación entre el núcleo espiritual-anímico del ser y la predisposición y el talento heredados. Para ser músico se necesita oído musical; pero esto forma parte del organismo físico, es decir, de la envoltura. Del mismo modo que se hereda la forma de la nariz, de las manos, etc., también se heredan los órganos internos más sutiles que se ocultan bajo la superficie del cuerpo físico. Un núcleo del ser anímico-espiritual que aspira a obtener los instrumentos físicos para la musicalidad se sentirá atraído por aquellas familias que pueden transmitir órganos musicales. ¿En qué se basa el talento musical? No en el cerebro, que es el órgano de la lógica, sino en la conformación de los conductos auditivos. Hay que examinar con detenimiento las relaciones individuales. Esos huesecillos auditivos de una forma determinada se heredan de generación en generación. Algo similar ocurre con los Bernoulli.  Quien necesita predisposiciones para la geometría, elige una familia que se las proporcione. Así, lo que nos muestra la vida coincide una vez más con lo que afirma la ciencia espiritual. Podemos comprender y esclarecer mejor la vida si nos planteamos de este modo la relación entre la herencia y la predisposición, y la armonía o la desarmonía que de ello se deriva.

Si distinguimos entre el núcleo espiritual-anímico del ser y aquello en lo que este se integra, la vida significa una interacción de estos dos elementos. Fijémonos en un niño en las primeras semanas de su vida. Sus rasgos aún son indefinidos, los órganos aún no son plenamente funcionales; todavía no puede caminar, y así sucesivamente. Pero si pensamos con rigor, sabemos que allí donde aún hay rasgos y capacidades indefinidos, el núcleo del ser aún descansa y solo poco a poco va aflorando hacia la superficie para alcanzar la determinación. Lo que el ser humano llegará a ser más adelante va surgiendo de lo indefinido de los movimientos, los gestos y demás. Va aflorando desde profundidades indefinidas hacia la superficie, y cada vez más la envoltura exterior se convierte en una expresión de lo que vive en el interior del ser humano. En la edad madura, el exterior expresa mucho más cómo es realmente el ser humano. En el niño, fresco y juvenil, aún yacen latentes las fuerzas que un día se expresarán en sus rasgos, en sus gestos con las manos y demás. En la edad madura, el ser humano muestra la huella del carácter interior del alma en lo físico. Lo exterior, lo envolvent, se convierte cada vez más en [un espejo] de sí mismo; en lo físico se manifiesta lo que es como ser espiritual.

En los primeros años de vida, el ser humano se centra más en su aspecto físico. A este hecho se le asocia, a su vez, algo muy interesante, y ello con la misma regularidad que una ley física. En lo que respecta a las relaciones hereditarias, hay que distinguir entre lo que heredan los hijos nacidos en los primeros años del matrimonio y lo que heredan aquellos que nacen en años posteriores. En los primeros hijos se manifiesta de manera notable la capacidad de moldear los rasgos heredados con la mayor libertad; pueden hacerlo de una manera más individual, independiente de los padres. Los hijos posteriores se ven más obligados a ceder ante el fuerte elemento de la herencia; se convierten en una réplica más fiel de los padres. A los hijos que nacen en los primeros años de un matrimonio les resulta más fácil mezclar entre sí los rasgos heredados; la herencia se manifiesta en ellos de forma menos tiránica.  Los hijos nacidos en los últimos años del matrimonio deben emplear más fuerzas, ya que el poder de la herencia actúa con mayor intensidad en ellos. Por eso vemos cómo estos hijos se parecen cada vez más a sus padres. Por supuesto, esto puede verse alterado por las más diversas circunstancias, pero, según la investigación científica actual, se trata de una ley.

Si contemplamos estas leyes de la herencia, se pone de manifiesto la relación correcta entre predisposición, talento y educación del ser humano. Tales leyes solo pueden ser aprovechadas para la vida anímica cuando no se quedan meras teorías y conocimientos, sino que se transforman en sensaciones y sentimientos. Es curioso cómo esos sentimientos, avivados por el conocimiento, nos dotan del talento para adivinar con tacto qué cualidades luchan por manifestarse en una persona. Si tenemos buena voluntad y sensibilidad, nos encontramos ante el ser humano en formación como ante un misterio sagrado, y el secreto de la educación consiste en que, cuando nos acercamos a él con ese sentimiento, es él mismo quien nos desvela el misterio. Él mismo nos muestra qué capacidades pueden desarrollarse en él. Entonces no hace falta especular mucho, sino que el tacto nos da la orientación adecuada para no agobiar al niño con algo que no se le puede inculcar en absoluto. De este modo, el educador establece la relación correcta con el niño. Entonces nos encontramos ante el ser humano al que tenemos que educar como ante un misterio sagrado y no, —como suelen hacer muchos educadores—, como ante un recipiente sobre el que se puede debatir qué es lo mejor que se le puede verter. ¡Ese es un punto de vista totalmente superficial! No debemos olvidar que la vida a menudo nos obliga a orientar al niño hacia algo que, en nuestra opinión, no se ajusta a su individualidad, para que pueda progresar en la vida. Pero, en general, todo lo que se dice sobre la educación tiene que ver, en su mayor parte, no tanto con aquello para lo que el niño está más o menos dotado, sino con las relaciones familiares y con una educación acorde con el estatus social. Sin embargo, debemos comprender las exigencias de la vida y de la individualidad en un sentido concreto, armonizar la esencia psíquico-espiritual con las aptitudes heredadas y esforzarnos por resolver el enigma de las circunstancias de la vida. Un enigma puede resolverse de diversas maneras, pero hay que reconocerlo; solo así se puede permitir que el niño se convierta en algo diferente; de lo contrario, por mucho que se especule, a menudo no se dará en el clavo.

Precisamente en ámbitos como la educación se pone de manifiesto la utilidad de la ciencia espiritual para la vida. La ciencia espiritual no es mera teoría, sino algo que puede demostrar su validez en la vida cotidiana, a cada hora, y que lo hace, en beneficio del progreso de toda la humanidad y de cada persona. Nos introduce en la vida de tal manera que adquirimos la seguridad, la fuerza y la confianza que necesitamos para vivir. Así, este capítulo sobre la predisposición, el talento y la educación nos demuestra que, de hecho, el ser humano, al haber atravesado muchas vidas, lleva en lo más profundo de su ser un enigma, y que la vida, en su sentido más amplio, debe ser una solución a ese enigma.

Cuanto mejor encontremos una respuesta al enigma que hay en nosotros, más feliz, segura y plena será la vida de una persona; esto es lo que debemos adoptar como lema. El núcleo espiritual y anímico que atraviesa muchos nacimientos y muertes es un enigma, y la vida es la solución. Y dichoso aquel cuya esencia espiritual es un enigma bastante profundo y que tiene la oportunidad de resolverlo. Porque cuanto más profundo es el enigma, mayor es la oportunidad de enriquecer la vida, más plena será nuestra vida, más vigorosa y feliz será nuestra vida en su conjunto y mayor será nuestra capacidad de ayudar a nuestros semejantes.

Traducido por J.Luelmo -marzo, 2026