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GA316 Dornach, 21 de abril de 1924 Guía para la meditación; sobre la esencia de la meditación

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Guía para la meditación; sobre la esencia de la meditación

Dornach, 21 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En aquella reunión que celebramos aquí tras el curso de Navidad, nos dejamos impregnar, por así decirlo, por aquello que la medicina puede profundizar desde el punto de vista esotérico. Y tratamos de obtener, naturalmente dentro de las posibilidades que ofrece una reunión tan breve, una introducción lo más sólida posible al esoterismo de la medicina, tal y como parece adecuado hoy en día, especialmente para los jóvenes que se dedican a la medicina. También hemos ido asimilando, en forma de fórmulas concretas, aquello que puede suscitar en nosotros una mentalidad médica para seguir trabajándolo, subrayando lo necesario que es tener esa mentalidad médica. Ahora imagino, queridos amigos, que habéis reflexionado interiormente sobre estas cosas durante un tiempo. Por supuesto, no me imagino este trabajo como algo en lo que uno se sienta a analizar estas cosas de forma teórica, sino que, de vez en cuando, cuando surge la necesidad interior, se deja que las cosas surtan efecto en el alma y se permita que esta siga desarrollándose. Pues bien, precisamente por la forma en que estas cosas se nos presentaron en aquel entonces, tuvo que ponerse de manifiesto un hecho muy concreto que, en mi opinión, ahora reviste importancia para esta reunión. Debido a la intensa concentración de los temas esotéricos que se nos presentaron en aquel entonces, en cierto sentido tuvo que surgir, en mayor o menor medida, en unos u otros, la necesidad de abordar ciertas dificultades internas. Las cosas que se nos transmiten de forma esotérica no siempre están ahí para hacernos la vida lo más fácil posible, sino que, en cierto modo, ocurre más bien lo contrario. También están ahí para complicarnos la vida, para sumirnos en dificultades a la hora de comprender el mundo, de percibirlo y de percibir a las personas, de modo que, cuando nos damos cuenta de esas dificultades, tomemos el camino opuesto al que hoy en día se sigue con tanta frecuencia en nuestra civilización, es decir, el camino opuesto a uno superficial. Solo cuando uno toma conciencia de las dificultades existentes entre el mundo exterior y el ser humano puede profundizar en el alma, y por eso creo que, en esta ocasión, el mejor camino que podemos recorrer será que reflexionéis sobre estas dificultades internas, las planteéis en forma de preguntas y que, a continuación, tomemos como objeto de debate aquello que realmente favorece el desarrollo ulterior de nuestra causa. En primer lugar, os pediría que me dijerais, desde vuestro propio círculo, qué dificultades internas o externas han surgido. Al profesional le habrán surgido dificultades, al estudiante le habrán surgido dificultades. Hay algunos entre nosotros que se encuentran ahora a punto de concluir sus estudios, a los que les habrán surgido dificultades muy particulares. Lo resolveremos precisamente porque es posible buscar esa solución. Todos habéis recibido ya el primer boletín y habréis visto que, a raíz de cuestiones muy concretas, hay mucho que decir al respecto. Me gustaría preguntaros si surge alguna pregunta, ya sea concreta o general; a partir de ella, ya llegaremos a más cosas. Pero, cuando surgen este tipo de preguntas, pasamos de un enfoque más teórico a una experiencia más viva.

Ernst Harmstorf: Pregunta por el transcurso del año, el calendario de las almas y determinadas constelaciones de las estrellas.

Eso no es necesario. ¿Se refiere a las observaciones de las constelaciones de las estrellas? —Sí.— Bueno, ¿no es cierto que resulta de ayuda poder incorporar a la conciencia la constelación observable de las estrellas? Pero, si le he entendido bien, usted se refiere a cómo funciona realmente la cosa cuando dejamos que lo que hemos recibido en forma de fórmulas actúe sobre el alma. Esto actúa gracias a su propio poder mantrico, y orientarse en el mundo exterior de las estrellas puede ser, sin duda, una ayuda, pero debe tener en cuenta lo siguiente. ¿No es así? Tome el ejemplo más evidente de una relación entre lo humano y lo cósmico que aún hoy se puede observar. Se trata del ciclo menstrual. Este se desarrolla de tal manera que muestra claramente que está condicionado cósmicamente, pero no en la época actual, sino que lo estuvo en una etapa mucho más antigua de la evolución cósmica, en la que también participó nuestra Tierra. Luego, con el paso del tiempo, se han cerrado en sí mismas, emancipándose del cosmos exterior, de modo que ahora no existe una dependencia inmediata, por lo que ya no se puede decir: fases lunares = menstruación. No se puede afirmar eso. En cambio, sí se puede decir lo siguiente: hubo un tiempo en el que una cosa era idéntica a la otra, pero luego se separaron. Las fases lunares son una cosa, y la menstruación es otra. Esa es una forma de clasificarlas. La otra se basa no en las fases lunares más amplias, sino en las fases lunares diarias. La marea baja y la marea alta eran idénticas a lo que ocurre por influencia de la Luna. De nuevo, se han separado. La Luna sigue su curso, la marea baja y la marea alta siguen el suyo. Estas cosas también son determinantes para el efecto de lo mántrico. Lo mántrico existe de tal manera que lo que ocurre en el ser humano a través de él fue en su día idéntico al proceso que tiene lugar en el cosmos, y la separación se ha producido precisamente así, de modo que primero hay que tener la orientación correcta. Si ahora se quiere contar con este apoyo desde el exterior, primero hay que decirse a uno mismo: lo que debe ocurrir en el interior está escrito en el cosmos. - Pero, al reflexionar sobre ello, hay que alcanzar la independencia interior y ser capaz de experimentar ese mismo proceso en el interior de uno mismo, emancipado del curso cósmico. Por eso no es absolutamente necesario que, al actuar un mantra, se tengan en cuenta las constelaciones estelares, del mismo modo que no cabe en absoluto que la menstruación pueda regularse según la posición exterior de la Luna, ya que se ha convertido en un proceso natural. Del mismo modo, hoy en día ya ocurre que todo nuestro proceso interior, condicionado por los mantras, debe desarrollarse emancipado del cosmos exterior. Esto es lo que ya he tenido que explicar en numerosas ocasiones, en otros ámbitos, como la diferencia entre el esoterismo oriental y el occidental. El oriental parte totalmente del punto de vista de que el ser humano ha salido del cosmos, debe volver a él y debe volver a unirse a él. Adopta la postura de Buda. Es un retorno a condiciones anteriores. Esto se pone de manifiesto en toda la postura de Buda, en el cruce de las piernas, en la exclusión de las extremidades. La posición de los brazos también es tal que se paraliza toda la relación con la tierra. Lo que se emancipa del cosmos queda paralizado. Se ve cómo el ser humano se reincorpora al cosmos. Retrocede. Y en realidad, así es todo el esoterismo oriental. Es un retroceso. Nuestro esoterismo occidental solo puede ser un avance, una emancipación cada vez mayor. Por eso no resulta tan cómodo interiormente y, sobre todo, cuando debe aplicarse a determinados ámbitos, no resulta tan cómodo interiormente. Por supuesto, si usted, digamos, padece una patología concreta y observa la constelación de estrellas, y ve que el caso se ha manifestado de forma clara cuando, por ejemplo, Saturno está en oposición a la Luna, eso, naturalmente, ya tiene un cierto significado. Porque si ahora te acercas con una actitud curativa con Saturno-Luna —es decir, en términos terrenales: plomo-plata —¿verdad? Saturno = plomo, Luna = plata— y te dices a ti mismo: «Utilizo el plomo de forma cósmica, tal y como se ha convertido en cósmico en la Tierra, y utilizo la plata de forma terrenal, intentando pulverizarla, intentando disolverla; es decir, la transformo en algo terrenal y, con ello, provoqué la misma constelación que, expresada de forma celestial, se manifiesta a través de la oposición a la Luna», entonces podrá curar en el sentido de las fuerzas cósmicas. Pero, al mismo tiempo, sitúan al ser humano en una situación que lo hace retroceder a etapas anteriores de su desarrollo, mientras que, si parten directamente de lo que se da en lo terrenal —la relación del ser humano con el plomo y con la plata—, ya se encuentran inmersos en un proceso de emancipación del ser humano y no miran hacia el pasado, sino hacia el futuro. En este caso, haréis algo muy similar, pero lo conseguiréis desde dentro, al conocer la naturaleza del plomo y de la plata, al saber que el plomo actúa de forma sustancial, y la plata a través de lo que realmente se convierte cuando se tritura, se disuelve, es decir, cuando se descompone en átomos. Pero usted lo compara con la naturaleza humana ya emancipada, no con el cosmos. Es así como hay que encontrar la actitud adecuada; por eso puede resultar de ayuda reflexionar sobre las constelaciones estelares reales, pero, en primer lugar, habrá que dedicar todas las fuerzas a dejar que actúe en uno el impulso interior del alma de aquello que hemos tenido como fórmulas mántricas, y buscar más bien todo desde el interior.

Ilse Knauer: ¿Qué debo hacer desde el «yo» cuando practico la meditación?

¿Se refiere a desde el «yo»? Bueno, ¿no es cierto que la meditación consiste en lo siguiente? Como persona moderna, cada vez que oye una frase tiene la sensación de que debe entenderla. Esa es una actividad manifiesta del «yo» en la encarnación actual. Todo el quehacer intelectual es una actividad manifiesta del yo. El intelecto es predominante en la encarnación actual, y todo lo demás queda oculto por el yo, es inconsciente y como mucho actúa de forma onírica. Por el contrario, meditar significa ahora: desactivar esa búsqueda intelectual y aceptar el contenido de la meditación, en un primer momento, tal y como se presenta, en su estado puro; diría que, en un primer momento, según su letra, de modo que, si aborda el contenido de la meditación de forma intelectual antes de asimilarlo en su interior, pone en movimiento su yo, pues reflexiona sobre el contenido de la meditación y lo tiene fuera de sí. Si deja que el contenido de la meditación esté presente en su conciencia tal y como se le presenta, sin reflexionar sobre él en absoluto, sino simplemente dejándolo estar presente en la conciencia, entonces no es su «yo» de la encarnación actual el que actúa en su interior, sino el de la encarnación pasada.

Silencias el intelecto; simplemente te sumerges en el contenido de las palabras, que escuchas interiormente, no exteriormente, como contenido de las palabras. Se sumergen en ello y, al hacerlo, en el contenido de la meditación actúa su ser interior, que no es el de la encarnación actual. De este modo, el contenido de la meditación no se convierte en algo que deban comprender, sino en algo que actúa realmente en su interior y lo hace con tal intensidad que, al final, se dan cuenta de que acaban de experimentar algo que antes no podían experimentar. Toma un contenido de meditación sencillo, que he dado muchas veces: «La sabiduría vive en la luz». Bueno, ¿verdad? Si lo piensas, puedes sacar de ello muchísimas cosas sensatas, pero también otras tantas que son una auténtica tontería. Está ahí para ser escuchado interiormente: «La sabiduría vive en la luz». Cuando lo escuchas así en tu interior, se despierta en ti aquello que está ahí, no de la encarnación actual, sino lo que has traído contigo de vidas terrenales anteriores. Y eso piensa y siente, y al cabo de un tiempo se ilumina en tu interior algo que antes no sabías, algo que tampoco puedes concebir a partir de tu propio intelecto. Interiormente estás mucho más allá de lo que alcanza tu intelecto. Este solo contiene una pequeña parte de lo que hay. Hay que tomar las cosas que, por lo general, se dan en la antroposofía de forma bastante concreta, bastante objetiva. Piense, por ejemplo, en lo siguiente: con el cambio de dientes, el ser humano renueva, en realidad, todo su cuerpo físico. Este hecho debe considerarse como un hecho fundamental. Que el ser humano tenga una segunda dentición no es más que el síntoma más evidente, solo una parte de lo que está ocurriendo. Del mismo modo que se sustituyen los llamados dientes de leche, se renueva todo el organismo humano, de modo que, tras el cambio de dentición, el ser humano es, en cuanto a su sustancia física, una persona completamente nueva en comparación con la que era cuando nació. La visión actual, que lo mezcla todo, piensa que el ser humano nace, pasa por el cambio de dentición como una metamorfosis y luego sigue desarrollándose. No es así. La cuestión es la siguiente: el ser humano, incluyendo los llamados dientes de leche, cuando nace físicamente, tiene un cuerpo que es el resultado del desarrollo hereditario. Ha recibido un cuerpo que es el resultado de lo que se encuentra en toda la línea de sus antepasados. De ahí proviene el cuerpo físico de los primeros siete años, si lo expresamos en cifras. Desde los siete hasta los catorce años, el ser humano también tiene un cuerpo, pero este no ha surgido de una transformación del primero, sino que aquí ha intervenido aquello que el ser humano ha traído consigo a la Tierra. Ahora bien, deben imaginarse el asunto de la siguiente manera. El ser humano ha tenido su cuerpo. Este cuerpo, que proviene de la línea hereditaria, es un modelo, lo tiene como modelo. Ahora bien, incorpora la sustancia terrenal en ese cuerpo. Esa sustancia terrenal que el ser humano incorpora a su cuerpo durante los primeros siete años la transformaría en una forma completamente diferente si trabajara únicamente según las fuerzas que trae consigo de su existencia preterrenal. Crearía una forma de ser completamente diferente. Al nacer, no viene con la tendencia a configurar a un ser humano con ojos, oídos y nariz tal y como es el que se encuentra en la Tierra. Llega con la tendencia a configurar al ser humano de tal manera que, en el fondo, su esencia preterrenal influye muy poco en la formación de su cabeza. En cambio, se dedica el mayor esmero al resto. Lo que se atrofia en la vida embrionaria se desarrolla en el plano astral, en la organización del «yo», de modo que, cuando se tiene el embrión físico, hay que decir: «Esta parte física del embrión está, sin duda, maravillosamente desarrollada, pero el ser humano preterrenal tiene, en un primer momento, la mínima participación en ella». —En cambio, el ser humano, el ser humano preterrenal, tiene la mayor participación en todo lo que lo rodea. Allí vive el ser humano preterrenal, en aquello que, en realidad, se degrada en lo físico y, una vez degradado —el corion, el amnios, etc.—, se elimina. Ahí vive el ser humano preterrenal. Ahora bien, si se lo imaginan de forma esquemática, pueden imaginárselo así: en un primer momento se reproduce lo cósmico. Eso es, en realidad, lo que el ser humano quiere hacer cuando desciende de la existencia preterrenal a la terrenal. ¿Por qué no lo hace? Porque ya existe un modelo. Y, siguiendo este modelo, durante los primeros siete años transforma lo preterrenal con las sustancias que ha asimilado. En realidad, le gustaría dar forma a algo más esférico y crear un ser humano organizado de manera esférica. Esto se transforma según el modelo. Y así es como lo preterrenal da forma a este segundo ser humano físico, que está presente desde los siete hasta los catorce años, a partir de las fuerzas preterrenales, aunque en un primer momento siguiéndose el modelo que proviene de las fuerzas hereditarias.

Ahora verá que en el ser humano hay dos entidades de fuerza realmente diferenciables. ¿Cómo puede comprender estas entidades de fuerza? Tome ahora, con la mirada y la sensibilidad del médico, la «Ciencia Oculta en líneas generales» y lea en ella, allí donde se habla de la evolución de la Tierra, cómo primero hubo una evolución de saturno, luego una evolución solar, después una evolución lunar, una evolución terrestre y así sucesivamente. Si sigue allí la descripción de esta evolución, tendrá que decirse a sí mismo: hasta la evolución Solar, todo es uno; allí, el Sol, la Luna y la Tierra son un mismo cuerpo, están unidos en uno. La separación entre la Tierra y el Sol, y entre la Tierra y la Luna, no se produce hasta ese momento, de modo que, hasta la mitad de esta evolución, el ser humano vive en el cosmos. Vive en el Sol y en la Luna, así como también en la Tierra. Tras la separación del Sol, vive fuera del Sol; tras la separación de la Luna, vive fuera de la Luna. Pues bien, hasta la separación del Sol, las fuerzas cósmicas —incluidas aquellas que hoy se encuentran fuera de la Tierra, tanto en la Luna como en el Sol— actuaban sobre la naturaleza humana. Actuaban en el ser humano porque este pertenecía a ese mundo en el que aún se encontraban el Sol y la Luna. Luego se produjo una evolución para el ser humano que discurrió de tal manera que el Sol y la Luna quedaron fuera.

Pero la cuestión es la siguiente: supongamos que hay una evolución que contiene en sí misma todo lo que hoy es terrenal, así como también lo que es solar y lunar; más adelante, lo que no es terrenal se emancipa de lo que es terrenal. Lo terrenal siguió entonces su propio camino; se secó, se endureció, se fijó, y eso es lo que se encuentra hoy en la corriente hereditaria, que se ha vuelto burda en dicha corriente. Tras la separación del Sol y la Luna, lo que el ser humano ha asumido, lo encontrarán en aquello que proviene de la acción de las fuerzas procedentes del cosmos, —esa es la cuestión—, de modo que así obtienen un modelo para desarrollar su segundo ser humano, un modelo que, en realidad, representa algo artístico ancestral, lo que les dan el padre y la madre, y que pudo surgir cuando el Sol y la Luna aún estaban unidos a la Tierra. Allí se formaron las fuerzas que, en realidad, dan al ser humano su configuración terrenal, pues comprenderán fácilmente que esta configuración humana es terrenal. Imagínese por un momento alejado de la Tierra con el ser humano. ¿Qué haría entonces con él? Sería sumamente infeliz si, tras la muerte, tuviera que utilizar algo como las piernas. Las piernas solo tienen sentido si a través de ellas fluyen las fuerzas de atracción de la Tierra, si las introducimos en las fuerzas de atracción de la Tierra; las piernas solo tienen significado para la Tierra, al igual que los brazos y las manos. Así pues, toda una parte de la organización solo tiene sentido, tal y como se configura, si somos seres terrestres. Lo que somos como seres terrestres no tiene sentido frente al cosmos. Por eso, al llegar a la Tierra como seres anímico-espirituales queremos formar precisamente una organización completamente diferente. Queremos formar un círculo, queremos provocar en ese círculo todo tipo de configuraciones, pero no queremos a ese ser humano con el que no se podría hacer nada en el cosmos. Ese ser nos es dado ahora como modelo y conforme a ese modelo configuramos al segundo ser humano.

Por eso, en esta primera etapa de la vida del ser humano nos encontramos ante una lucha constante entre aquello que nos viene de la vida anterior y aquello que proviene del desarrollo hereditario. Ambos luchan entre sí. Las enfermedades infantiles son la manifestación de esta lucha. Y piensen solo en lo íntimamente vinculado que está todo el ser interior, anímico-espiritual del ser humano durante la primera infancia con su organización física. Tal y como se ve cuando salen los dientes definitivos, cómo el segundo diente aún empuja al primero, cómo interactúan entre sí, así interactúa todo el segundo ser humano con el primero. Solo en el segundo ser humano se encuentra el ser sobrenatural; en el primero, un modelo terrenal ajeno. Ambos interactúan entre sí. Y si observan esta interacción de la manera correcta, verán entonces cómo el ser interior, que existía como ser espiritual y anímico en la existencia preterrenal, cuando durante un tiempo tiene una ventaja demasiado grande, cómo interviene con especial fuerza en lo físico, cómo debe orientarse fuertemente según el modelo y cómo acaba por perderlo, al atacar por todas partes y decir: «Quiero liberarme de esta forma»; entonces, la lucha se manifiesta como escarlatina. Si el ser humano es tan delicado que retrocede constantemente, que quiere moldear a su antojo las sustancias que absorbe, y si lucha contra el modelo, esa lucha se manifiesta en forma de sarampión. Y así, precisamente lo que es una lucha recíproca se expresa en las enfermedades infantiles. Y solo se comprende de manera adecuada lo que ocurre más adelante si se tienen en cuenta estas cuestiones como corresponde.

Por supuesto, para el materialista es tremendamente fácil decir: «Bah, todo eso son tonterías». Porque se ve claramente que los niños no solo se parecen a sus padres y antepasados hasta el cambio de dientes, sino que más adelante también siguen pareciéndose. Eso es una tontería. Uno es simplemente más débil, se rige más por las fuerzas hereditarias, hace que su «segunda persona» se parezca más al modelo, y por eso, naturalmente, se ve así; pero él mismo lo ha provocado al guiarse más por el modelo. Por el contrario, también hay personas que, tras el cambio de dientes, se vuelven muy diferentes de lo que eran antes. En ese caso, lo que proviene de la vida anímico-espiritual preterrenal es más fuerte, y se ciñen menos al modelo. Por eso se trata simplemente de considerar estas cosas en su contexto adecuado. Se llega a esta conclusión porque todo lo que debe asimilarse tiene que ser, en un primer momento, asimilado y procesado interiormente por el niño de tal manera que el yo y el cuerpo astral entren en un contacto íntimo con los alimentos. Más adelante, esto ya no tiene por qué ser así. El ser humano nunca vuelve a encontrarse en la situación de poder elaborar algo independiente a partir de un modelo con tanta intensidad como durante los primeros siete años de vida. En esa etapa, debe asimilar todo lo que capta en su yo y en su cuerpo astral, de tal manera que pueda reproducir el modelo. Por eso hay que facilitarle esta tarea, y el cosmos lo ha dispuesto así, de modo que la leche pueda acercarse lo más posible a la formación etérica. Se trata de una sustancia que, en realidad, aún posee un cuerpo etérico, y dado que la sustancia, al ser asimilada por el niño, sigue ejerciendo un efecto organizador hasta el nivel etérico, el cuerpo astral puede captar la leche de inmediato, de modo que surge un contacto íntimo entre lo que se asimila y lo que constituye la organización astral y del yo. Por eso existe una relación muy íntima entre los alimentos externos y la organización interior, anímico-espiritual del niño. Y vea, ahora usted, como médico, debe lograr asimilar todo lo que acabo de decir, esta particularidad. Se aprecia, de hecho, en toda la forma en que el niño bebe la leche, se ve cómo su cuerpo astral y su yo la captan. Esto se puede ver realmente. Por un lado, medite con mantras, dejando que el mantra surta efecto en usted y liberando sus fuerzas anímicas; por otro lado, simplemente medite sobre el niño. Imagínese cómo lo que desciende desde lo anímico-espiritual, al formarse el modelo, se aproxima primero a los alimentos físicos y, a continuación, lo que ocurre allí entre lo anímico-espiritual y los alimentos se orienta ahora según las formas del modelo. Si se lo imagina bien, el trabajo excesivo de lo anímico-espiritual se contrae en usted en forma de erupciones escarlatinas. La actividad demasiado débil de loanímico-espiritual, que retrocede ante el modelo, se condensa en la formación del sarampión. Si se lo imaginan de forma meditativa, traspasarán la meditación habitual hacia la meditación médica. Lo más espantoso es que hoy en día la gente quiera comprenderlo todo con el intelecto. En medicina no se puede comprender absolutamente nada con la razón. Con la razón solo se podrían comprender, como mucho, las enfermedades de los minerales, y estas, como es sabido, no se curan. Todo lo que es médico hay que captarlo con la percepción directa, para lo cual esta debe estar primero entrenada.

En una persona adulta esto no se percibe. El tracto digestivo se encarga de los alimentos, —se trata de un proceso que tiene lugar en el interior—, mientras que en el niño son el cuerpo astral y el yo los que se encargan de ellos; aún hay que moldear y formar personas que están por completar según el modelo. Si meditan sobre el niño, verán cómo se produce una poderosa metamorfosis. Verán allí cómo, en cierto sentido, se ilumina lo anímico-espiritual y cómo lo que entra en forma de alimento lo oscurece y lo ensombrece cada vez más; verán cómo, a partir de la luz y la oscuridad, se forma, por así decirlo, como en colores, lo que constituye el segundo ser humano. De hecho, ves cómo en la luminosidad se manifiesta lo preterrenal en el ser humano, y cómo en la oscuridad se manifiesta lo que se ingiere como alimento externo. En el niño, una luminosidad procedente de lo preterrenal se impone sobre la oscuridad; la leche entra como oscuridad: esto forma los colores más diversos entre sí. Lo que en lo físico es blanco, en lo espiritual es negro. Siempre ocurre lo contrario. Esto le brinda la posibilidad de poner en acción su «yo» de una manera totalmente diferente a como lo hace habitualmente en la vida. ¡Qué actividad tan débil es la que llevamos a cabo en el acto intelectual habitual! Esa es la mayor debilidad del ser humano: actuar intelectualmente. Allí solo va encadenando un concepto tras otro. Sin embargo, si observas al niño tal y como acabo de explicar, meditarás de tal manera que tu «yo» colabore plenamente. Esto es lo que también debe tenerse en cuenta en nuestra pedagogía a medida que avancemos. En un colegio como el Waldorf, los niños tienen entre siete y catorce años: ahí es donde se produce el cambio, ahí es donde el ser humano ha desarrollado su «segundo yo». Tengo ante mí a un niño que ha sido moldeado a partir de la existencia preterrenal según el modelo que se ha descartado, y ahora, naturalmente, en ese niño han permanecido fuerzas hereditarias. Estas se han incorporado al modelo, a la imitación del modelo. Ahora el niño es demasiado sobrenatural. Porque ahora lo sobrenatural ha actuado con especial intensidad en el niño; ahora, en realidad, la oscilación se inclina hacia el lado opuesto. Antes eso también era visible exteriormente en el ser humano, era totalmente producto de la herencia; ahora, lo que es visible exteriormente ha surgido, en realidad, por completo desde dentro. Ahora hay que adquirir el mundo exterior. Ahora, aquello que ha trabajado sin miramientos para el mundo terrenal, teniendo en cuenta únicamente el propio modelo humano, debe orientarse hacia el mundo exterior. Ahora entre los siete y los catorce años, entra en juego que el cuerpo astral y la organización del yo, deban trabajar de tal manera que este ser sobrenatural se adapte de nuevo a las condiciones terrenales externas. Esto culmina con la madurez sexual.

Allí el ser humano se integra plenamente en las condiciones terrenales, allí establece sus relaciones con ellas, allí lo terrenal se integra en el ser humano, y así, en realidad, lo principal en el desarrollo del segundo ser humano, entre los siete y los catorce años, es lo que trae consigo de su existencia preterrenal; después, lo terrenal comienza a actuar. Esto llega a su culminación con la madurez sexual y es entonces cuando se forma el tercer ser humano. Por eso, el karma propio no comienza a actuar hasta después de la madurez sexual.

El segundo ser humano es descartado sustancialmente y se forma el tercer ser humano. Este no llega hasta la forma, sino solo hasta la vida. Si llegara hasta la forma, tendríamos una tercera dentición, porque ahora el ser humano se rige por las circunstancias externas. En las circunstancias externas ocurre que el ser humano vuelve a asimilar lo extrahumano. Al orientarse según el modelo, se ha orientado por completo según el ser humano. Mientras el ser humano se oriente según el modelo, se orienta según algo heredado. Pero en su interior descansa, en realidad, aquello que se ha marchitado. Desde la separación del Sol está fuera, en realidad separado de la raíz de su existencia; se ha marchitado, se ha desolado. Por eso, en las fuerzas hereditarias residen la mayoría de las fuerzas patológicas, de modo que al orientarse según el modelo, el ser humano absorbe de hecho, una cantidad enorme de causas internas de enfermedad. Sin embargo, absorbe poco en el periodo anterior a la madurez sexual, porque se orienta hacia el mundo exterior; el clima y demás, todo lo que se encuentra en el aire exterior, es menos nocivo. El ser humano goza de buena salud entre los siete y los catorce años; después vuelve a comenzar el periodo en el que se vuelve vulnerable. Todas estas circunstancias deben observarse teniendo presente la imagen del ser humano. Si tiene presente la imagen del ser humano, entonces también meditará correctamente. Así podrá unir lo que aprende con lo que medita. De este modo, lo aprendido no se queda en teoría, sino que se convierte en práctica, porque pone de manifiesto la fuerza que se lo hace comprender. Eso es precisamente lo que tanto se necesita hoy en día. No se puede llegar a ninguna parte en medicina si se piensa una y otra vez que existe un avance tan lineal en el desarrollo. El ser humano está compuesto, en realidad, por corrientes de desarrollo discontinuas que transcurren de siete en siete años, y lo posterior siempre se vincula con lo anterior; no se trata de una continuación unidireccional, sino que siempre intervienen otras circunstancias. Una verdadera continuidad del desarrollo de este tipo, en la que lo anterior es siempre la causa de lo posterior, solo se encuentra en el reino mineral, en menor medida en el reino vegetal y, sobre todo, no en el reino humano.

Empiece por imaginarse las plantas correctamente. ¿Qué hace hoy en día el ser humano cuando se imagina las plantas correctamente? Ahí está el suelo. Ahora el ser humano se imagina que allí se planta la semilla y que de ahí crece la planta. Tiene la ingenuidad de limitarse a pensar: «Bueno, el hidrógeno es una molécula muy sencilla, formada por dos átomos». Se inventa todo tipo de cosas. El alcohol ya es una molécula más compleja. Ahí el carbono está unido al hidrógeno y al oxígeno, ahí ya tenemos algo más complejo. Ahora llegan, pues, las sustancias más complejas con las moléculas más complejas. Hubo una época, en los años ochenta y noventa, en la que se hacían tesis doctorales con títulos tan complicados que ocupaban dos o tres líneas. Ahí la molécula es increíblemente complicada. Ahora se vuelve aún más complicada. Luego se convierte en una semilla, un compuesto muy complicado. A continuación, de la semilla brota la planta. —Eso es una tontería. La formación de la semilla se basa en que la materia terrenal se desprende de toda estructura en el interior de la semilla y pasa al caos, se vuelve caótica, de modo que ya no encierra en sí misma las fuerzas de la materia. Entonces, cuando ya no existe ninguna estructura terrenal, desde el cosmos puede manifestarse plenamente lo que actúa. Se muestra dispuesto a reflejar lo cósmico, la estructura cósmica, en lo minúsculo, de modo que, en la formación de la semilla, la nada se impone frente a lo terrenal y lo cósmico actúa en la nada. Verán, la doctora Kolisko podría contarles una anécdota muy interesante que confirma precisamente esto. Durante los estudios sobre la función del bazo, tuvimos que utilizar conejos y extirparles el bazo. A pesar de ello, los conejos se encontraban perfectamente bien. Tampoco murieron a causa de la operación, sino mucho tiempo después, a causa de un resfriado. Se pudo observar claramente cómo se desenvolvían los conejos sin bazo. Cuando uno de los conejos murió, pudimos comprobar qué había sucedido con el bazo. Y he aquí que, en el lugar donde estaba el bazo, se pudo encontrar un tejido verdaderamente esférico. ¿Qué había sucedido allí? Habíamos extirpado el bazo físico del conejo; con ello, habíamos empujado artificialmente lo terrenal-sustancial hacia el caos, lo habíamos hecho accesible a las fuerzas cósmicas y surgió algo similar a la formación de la semilla. Surgió algo que se asemeja a la forma más primitiva de la formación de la semilla: es una imagen del cosmos. A través de esta vivisección tan inocente se ha confirmado algo importante, pues así se deduce de la observación de la ciencia espiritual.

Coge un cristal de cuarzo. Sí, es algo terrenal. Sí, ¿por qué es algo terrenal? El cristal de cuarzo es algo que mantiene su forma de manera pedante. El cuarzo debe su forma a una fuerza interna; y si lo rompe con un martillo, las distintas partes siguen teniendo la tendencia a ser pirámides hexagonales prismáticas, cerradas, pero hexagonales. Esa tendencia está ahí. No se puede eliminar esa tendencia del cuarzo, del mismo modo que no se puede eliminar la pedantería de algunas personas que son pedantes. Aunque atomices a una persona pedante, seguirá siendo pedante. El cuarzo no se deja llevar hasta el punto de que el cosmos pueda hacer algo con sus fuerzas. Por eso no está vivo. Si se pulverizara el cuarzo hasta tal punto que sus partículas ya no tuvieran la tendencia a orientarse según sus propias fuerzas, surgiría del cuarzo algo vivo y cósmico. Así ocurre en la formación de las semillas. Allí, la materia se expulsa hasta tal punto que el cosmos puede intervenir con sus fuerzas etéricas. Hay que contemplar el mundo como un entrar y salir continuo del caos. Lo que hay en el cuarzo también surgió en su día del cosmos, pero se ha quedado ahí, se ha vuelto ahrimánico. Ya no se expone a las fuerzas cósmicas. En cuanto entra en lo vivo, hay que atravesar el caos una y otra vez.

Así volverás a tener un punto de referencia para meditar desde el punto de vista médico. Obtendrás un punto de referencia que te permitirá imaginar la planta desarrollada, cómo crece allí, hoja a hoja, y así sucesivamente. Ahora llega el momento de la formación de semillas en el fruto; imagínate que, mientras normalmente te imaginas las plantas con semillas de forma luminosa, aquí todo se vuelve muy oscuro, muy tenebroso. Luego vuelve la luminosidad, al ser captada de nuevo desde el exterior. Así podrá volver a formarse una imagen imaginativa a partir de la vida vegetal; si tiene la conciencia de que «esto es la planta», entonces se trata de una meditación imaginativa. No debe hacerlo de forma intelectual, sino que debe permanecer en lo concreto y lo imaginativo. Lo intelectual solo sirve para representar en el pensamiento lo que uno sabe.

¿No es así? Puede, por ejemplo, escribir la palabra «niño». - Bueno, eso es una representación de una imagen mental. Bien. Cuando oye la palabra «niño», le viene a la mente la imagen de un niño. Pero si ahora te pones a decir: «Me gusta la I, la pongo al principio; me gusta la N, la pongo aquí; me gusta la Ñ, y así sucesivamente», puedes recomponer la palabra de otra manera, pero no saldrá nada diferente con lo que puedas hacer algo. Sin embargo, eso es lo que la gente hace constantemente con los conceptos. El concepto no es más que la palabra intelectual que designa la percepción. Las personas separan y combinan conceptos y piensan dentro del pensamiento. Lo hacen también cuando observan el mundo exterior. Superponen al pensamiento sobre la observación, y así es como el ser humano vive hoy al margen de la realidad. Esto es posible mientras se trabaje con la ciencia, que se sitúa al margen de la realidad, con la geometría y la aritmética. Pero si se quiere ejercer la medicina, no se puede estar fuera de la realidad; de lo contrario, también la práctica médica se sitúa fuera de la realidad.

Traducido por J.Luelmo