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GA313 Dornach, 15 de abril de 1921 Patología de los efectos del «yo» y su manifestación en la desintegración epitelial y otros fenómenos

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Patología de los efectos del «yo» y su manifestación en la desintegración epitelial y otros fenómenos


Dornach, 15 de abril de 1921

La intención es que éstas reflexiones culminen en la descripción de la esencia, de aquellos remedios que hemos recopilado y que en nuestra opinión, deben difundirse. Sin embargo, no será posible hablar adecuadamente de lo que hay que saber y dominar, en cierto sentido, en relación con estos remedios, si no contamos con la preparación general necesaria para ello. Primero debe crearse esta preparación. Por eso, hoy queremos volver a examinar algunos aspectos que nos puedan introducir en todo el entramado del ser humano, que se configura allí mediante la interacción del yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. Ya se ha mencionado que, mediante un cierto efecto del arsénico, se consigue que el cuerpo astral, —que digamos arrastra consigo al yo—, penetre en los órganos más de lo que lo hace de forma natural en las personas en cuestión.

Pues bien, al integrar más el cuerpo astral en los órganos, se intensifica el proceso de mineralización de estos, de modo que también se puede decir lo siguiente: si se observa que los órganos, como tales, se vitalizan en exceso, que desarrollan en su interior fuerzas vitales demasiado intensas y, en cierto modo, proliferan de forma etérica, entonces el remedio que puede tener un efecto curativo será el aporte de arsénico. Pero también se puede, si se quiere, designar lo que ocurre internamente en el ser humano mediante un proceso externo que, en cierto modo, guarda una afinidad electiva con el proceso humano. Si se quiere expresar esta afinidad del cuerpo astral con el cuerpo etérico —y, por ende, con el cuerpo físico—, se puede denominar sin duda «arsenización». En el ser humano tiene lugar continuamente una leve «arsenización», que se manifiesta con especial intensidad en el momento del despertar. Debemos tener muy claro que el organismo humano contiene en sí mismo, como sistema de fuerzas, aquello que se encuentra en el metal. Existe, sin duda, esta afinidad electiva entre el ser humano y su entorno terrenal y cósmico, de tal manera que ciertos procesos que tienen lugar en el exterior —y que, por ejemplo, culminan en los metales— también se desarrollan en el propio ser humano. Por lo tanto, cuando se habla de la «arsenización» del ser humano, no hay que pensar que el arsénico actúe directamente, sino que el propio ser humano actúa en su interior de la misma manera que lo hace el arsénico en el exterior. Y así se llegará a comprender cómo hay que ayudar a que se produzcan tales efectos en el ser humano. Así pues, si se tiene en cuenta esta arsenización —también podría decirse «astralización»— del organismo humano, se podrá observar que, cuando su efecto es demasiado intenso, esto se manifiesta mediante un cierto calentamiento de la zona del estómago, que también se manifiesta en que incluso surgen ciertas facilidades digestivas, de modo que la alimentación y la digestión se vuelven más fáciles; pero, si se vuelve demasiado fácil, resulta en cierto sentido preocupante, porque entonces todas esas facilidades en el ser humano van seguidas a su vez de reacciones y dificultades; pues todo ello está relacionado con una cierta mineralización del ser humano. Y por ejemplo, existe sin duda una línea de investigación que debería explorarse. Solo hay que llevarla a cabo de la manera adecuada, es decir, teniendo en cuenta todos los demás factores, de modo que en el caso de las personas que se astralizan en gran medida —es decir, que presentan arsenización en sus procesos orgánicos y físicos—, los cadáveres tarden más en descomponerse que en el caso de aquellas personas, que por el contrario, conectan de forma demasiado débil el cuerpo astral con los órganos. Esto sin duda, es algo que habría que observar. De hecho, se aprecia en su forma más extrema en la tendencia que tienen los cadáveres intoxicados con arsénico a momificarse. Se momifican, se conservan con facilidad y se descomponen muy lentamente.

Ahora bien, la cuestión es la siguiente: ¿cómo se puede hacer frente a ello cuando este proceso de «arsenización» o «astralización» actúa con demasiada intensidad en el ser humano, es decir, cuando el ser humano, por así decirlo, se auto-momifica? Hay que asociar una observación, una mirada, a algo así. Si el ser humano se momifica en exceso, ¿cómo se puede hacer frente a ello, cómo se le puede contrarrestar? Y aquí me gustaría decir, por expresarme de forma radical: hay que convertir temporalmente al ser humano entero en un diente. Al fin y al cabo, será algo que pueda llevarnos a descubrir algunas pistas sobre la misteriosa actuación del organismo humano. Conviertan al ser humano en su totalidad en un diente. Intenten, de alguna manera —teniendo en cuenta el organismo en su conjunto—, aportarle la fuerza radiante del magnesio, administrándole magnesio en algún tipo de preparado. Esto es lo que se expresa de tal manera que la fuerza radiante del magnesio descrita por el profesor Römer se provoque entonces en todo el organismo, y esto es lo que, me gustaría decir, realmente nos adentra de forma bastante profunda, por un lado, en una relación que existe entre el cuerpo astral, que por tanto, incluye en sí mismo el yo, y por otro, los cuerpos etérico y físico.

Ahora intentemos pasar a lo contrario, a aquel estado en el ser humano en el que el cuerpo astral y el «yo» tienen poca inclinación a impregnar los órganos, en el que los órganos, en la medida en que reciben los efectos físicos y etéricos, comienzan a quedar abandonados a su suerte. Se trata de un estado que se manifiesta, por así decirlo, en la ausencia de una conexión adecuada entre lo que debería ser una interacción —la interacción nutritiva del ser humano con su entorno— y los procesos orgánicos internos. Los procesos orgánicos internos comienzan a desarrollar con energía su fuerza vital. No reciben ninguna influencia del exterior; la penetración que ejercen las fuerzas del «yo» en los nutrientes, disminuye. De este modo, el cuerpo astral también queda comprometido en una de las dos direcciones. No puede pasar adecuadamente al cuerpo etérico. Se produce —me atrevería a decir— una proliferación de la actividad física y etérica, lo que se manifiesta en un primer momento por la aparición de diarreas, que, en esencia, están relacionadas con fenómenos tales como la presencia de sangre en las heces, hasta el punto de que la actividad vital interna se intensifica tanto que se desprenden pequeños fragmentos de tejido orgánico de las paredes intestinales y aparecen en las heces, hasta el punto de que las heces presentan un líquido similar al agua de lavado de carne, lo que indica claramente que la fuerza vital está proliferando en su interior sin que la fuerza de astralización la obstaculice. Estas son las cosas. Por último, también se absorbe y se excreta la proteína sin que se procese de la manera adecuada. Estos son los estados que se provocan. Y en esencia, aquello que debe actuar en el ser físico y etérico del ser humano, para que se lleven a cabo estos movimientos semiconscientes —que, por supuesto, son necesarios en el organismo humano—, es precisamente el cuerpo astral y el Yo. Y así, imagínense ahora que el cuerpo astral y el Yo no intervienen aquí de la manera adecuada, y que el cuerpo etérico y las funciones físicas permanecen aislados; entonces surge precisamente la deposición nervioso-compulsiva, que es característica de tales fenómenos. Y cuanto más describan el asunto, cuanto más avancen desde los estados habituales de diarrea hasta la disentería y demás, es decir, cuanto más profundicen en la descripción de este cuadro clínico, más se darán cuenta de que deben describirlo de tal manera que, en todos estos fenómenos, evoquen la imagen opuesta a la arsenización o la astralización. En todas partes está presente la imagen opuesta a la astralización o la arsenización. Y dado que el cuerpo astral está muy implicado en ello, ahora se verán llevados, diría yo, de forma natural a la conclusión de que, como antídoto, hay que utilizar todo aquello que proviene del arsénico, es decir, que hay que contrarrestar estos estados precisamente mediante la arsenización.

Creo que en lo que respecta a estas cuestiones, puede enriquecerse e intensificarse la imaginación del ser humano extraordinariamente, si uno se da cuenta de que en el fondo, para todo lo que ocurre en el interior del ser humano, existen también procesos correspondientes fuera de él, en el mundo exterior. Y naturalmente, aunque para quien haya pasado por el sistema educativo actual,, esto deba sonar terriblemente chocante, no quiero evitar utilizar aquí ciertas expresiones que, para la ciencia espiritual, tienen un sentido muy serio y que, si se interpretan correctamente, pueden conducirnos a una comprensión muy profunda de las cosas.

Lo que se observa en el ser humano durante el proceso de arsenización, durante la astralización —eso que yo llamaría «desmoronamiento», la mumificación del organismo físico—, en el fondo, es exactamente el mismo proceso que tiene lugar cuando la tierra se vuelve rocosa. Allí donde la Tierra se presenta con características rocosas, está envenenada, en cierto sentido, por el arsénico o en los primeros estadios de ese envenenamiento. Por el contrario, imaginen ahora que la astralidad exterior —que, como ya insinué en el último ciclo de conferencias, rodea la Tierra por todas partes— logra, en cierto modo, eludir la superficie terrestre, eludiendo aquello que la astralidad exterior tiene que realizar en la producción de las flores, de las plantas, en la salida de las plantas de la tierra hacia el mundo superior; es decir, si la astralidad exterior lograra, en cierto modo, penetrar bajo el suelo, eludir la Tierra y adherirse al agua, entonces, en tales zonas, la Tierra contraería la disentería. Cuando la astralidad cósmica exterior actúa o puede actuar sobre las aguas subterráneas, en tales casos la Tierra contrae la disentería. Y, de hecho, el proceso que describo aquí tiene fundamentos reales, fundamentos muy reales, y es algo que se debería tener en cuenta. Porque arroja luz sobre la relación entre lo que ocurre bajo tierra y fenómenos como, por ejemplo, la disentería, que, en realidad, a menudo hay que estudiar de tal manera que se pueda observar en ella una especie de efecto de lo subterráneo —concretamente, de lo que se encuentra en el agua— sobre el ser humano. Lo esencial será ahora tener en cuenta que el cuerpo astral está muy implicado en el proceso y que, por lo tanto, será necesario aplicar dosis moderadas y potenciaciones moderadas en la curación, ya que el cuerpo astral depende para su eficacia, precisamente, del miembro medio del organismo humano.

Pues bien, los síntomas que se manifiestan de forma similar a la difteria son especialmente capaces de aportar información significativa sobre ciertos aspectos —me atrevería a decir que íntimos— del organismo humano. Y estos síntomas, que se manifiestan de forma similar a la difteria, deberían estudiarse con mayor detenimiento, aunque solo sea para buscar métodos terapéuticos. En mi opinión, sigue existiendo hoy en día una idea, derivada en gran medida de la visión materialista, de que la difteria debe tratarse de la forma más localizada posible, de que hay que abordar la difteria centrándose en su localización, aunque naturalmente, precisamente a este respecto, han surgido numerosas opiniones contrarias.

Pues bien, lo importante en el origen de la difteria y de todo lo relacionado con ella es que debemos añadir algunas precisiones a lo que hemos visto en el curso anterior, ya que entonces no pudimos profundizar con tanta exactitud en esta interacción entre los cuatro miembros espirituales del organismo humano. Ya he señalado en otro contexto que el aprendizaje del habla por parte del niño va acompañado de todo tipo de procesos orgánicos. El niño aprende a hablar. Mientras aprende a hablar, es decir, mientras tiene lugar algo especial en su organismo respiratorio, ocurre también algo totalmente opuesto en su organismo circulatorio, que, como es sabido, alberga los procesos del metabolismo.

Ahora bien, en un contexto totalmente distinto, he señalado que aquello que se manifiesta en la relación del ser humano con el mundo exterior, al alcanzar la madurez sexual, tiene lugar internamente durante el aprendizaje del habla; es decir, que en cierto modo, este impulso del cuerpo astral —que, al alcanzar la madurez sexual, se dirige desde el interior hacia el exterior— se produce de abajo hacia arriba en el proceso de astralización; pues la capacidad de aprender a hablar se desarrolla precisamente en la dirección de abajo hacia arriba. Así pues, también en este caso nos encontramos ante un proceso de astralización, y podremos ver claramente que, cuando tenemos aquí, en cierto sentido, el límite entre el sistema respiratorio y el sistema circulatorio, (véase lámina 1), se produce una interrelación entre lo que asciende de abajo hacia arriba como astralización (amarillo), y los órganos que, desde arriba, acuden al encuentro de esta astralización y se fortalecen precisamente en su capacidad del habla. Lo que debe interesarnos especialmente es entonces lo que ocurre simultáneamente en la parte inferior. Porque lo que ocurre al mismo tiempo ahí abajo tiene la tendencia a subir hacia arriba. Todo el proceso es de abajo hacia arriba. El conjunto tiene la tendencia a ir de abajo hacia arriba (flechas amarillas).

lámina 1

Si ahora el proceso, que discurre de abajo hacia arriba, se extiende con demasiada intensidad hacia arriba, si durante el aprendizaje del habla de los niños se produce una ascensión excesiva de la astralidad, entonces en esa ascensión excesiva de la astralidad reside la predisposición a desarrollar algo parecido a los síntomas diftéricos. De este modo se originan, pues, los síntomas diftéricos. Y es muy importante que se tenga debidamente en cuenta esta relación.

Ahora consideremos también el proceso externo de la Tierra, que guarda cierta afinidad con el proceso que acabo de describirles. Supongamos que esto es la superficie terrestre (véase lámina 2). En una planta que, digamos, se comporta de forma adecuada ante el cosmos, ocurre que la tierra participa en la formación de sus raíces, que luego la influencia terrestre va disminuyendo y la influencia extraterrena se hace cada vez más fuerte, pero esta influencia extraterrena se manifiesta especialmente en la flor (en rojo). Lo que se desarrolla aquí en la flor es, en realidad, una especie de astralización externa de la flor, que es lo que luego lleva a la formación del fruto. Cuando lo que aquí, (véase el dibujo de la lámina 2, en rojo arriba), debe suceder en el curso normal de los procesos cósmicos sucede precisamente ahí abajo, solo puede depositarse en el agua, y entonces tenemos lo que acabo de mencionar: la disentería de la Tierra.

lámina 2
Pero lo que realmente sucede allí —lo que, como se ha dicho, cuando la planta se desarrolla hasta convertirse en una planta normal, siempre tiene lugar un poco por encima de la superficie del suelo, donde se abre la flor— también puede desarrollarse precisamente allí donde se encuentra la superficie del suelo (véase el dibujo inferior de la lámina 2, en rojo abajo), y es entonces cuando surgen las setas. Esa es la razón de la formación de hongos.

Ahora bien, seguramente no le costará mucho pensar lo siguiente: si los hongos surgen a raíz de una astralización tan peculiar, entonces ese mismo proceso —y así es, de hecho— debe tener lugar de abajo hacia arriba, cuando esta extraña astralización se produce en el interior, en dirección a la cabeza, como ocurre en la difteria. Y de ahí que haya una tendencia a la formación de hongos en la difteria. Esta tendencia a la formación de hongos en la difteria es algo que hay que tener muy en cuenta. Esto también les indicará que, en el fondo, se produce un proceso verdaderamente oculto —todo lo externo no es, en realidad, más que un indicio de que en el interior del ser humano predominan corrientes astrales irregulares—, le dará una indicación de que, con una patología que solo se ocupe de los síntomas externos, solo se puede tener la manifestación externa de todo el proceso, que se considera local porque solo se observa lo externo, y que esa presión que viene desde dentro queda precisamente sin tener en cuenta en un caso así. Toda la actitud escéptica que se tiene ante este proceso resulta perfectamente explicable si se vuelve sobre estas cuestiones que acabamos de examinar.

Ahora bien, es cierto que, en el caso de los síntomas diftéricos, el riesgo de contagio es elevado. ¿Por qué es elevado? Lo es porque los síntomas diftéricos aparecen en estrecha relación con el aprendizaje del habla; por eso se manifiestan con mayor frecuencia en niños de entre dos y cuatro años. La probabilidad de que se presenten vuelve entonces a disminuir. Pero cualquier proceso en el organismo humano que, en un momento dado, se produzca en cierto modo de forma normal, también puede manifestarse de forma anómala. Así pues, este proceso, que es simplemente un proceso infantil, también puede presentarse en otra etapa de la vida, aunque sea con cierta modificación o metamorfosis. Cuando la difteria se presenta en una edad más avanzada, sigue siendo algo en lo que lo infantil actúa en el ser humano. Y el carácter fundamental de lo infantil es, como ustedes saben —en la exposición externa de los hechos de las ciencias espirituales solo es necesario hablar más de lo psíquico—, el proceso externo de lo infantil es la imitación, sin más que la imitación. Y se busca esa imitación. El propio organismo se ve impulsado a convertirse en imitador cuando contrae la difteria. Por eso, en realidad, el contagio se basa en este «convertirse en imitador» del ser humano. Ya en esta imitación hay algo de una suave sensibilidad. Se puede percibir sin duda una ligera sensibilidad en esta imitación. Si se analiza el asunto desde el punto de vista de la ciencia espiritual, se descubre que el «yo» desempeña, al fin y al cabo, un cierto papel en este contagio por difteria. Y por eso mismo, lo que se desarrolla como una especie de hongo, lo parasitario, resulta más contagioso en la difteria que en otras enfermedades, porque el organismo humano, debido a su instinto de imitación, se presta a ello. En cuanto —por decirlo de manera un tanto simplista— percibe de alguna forma la toxina de la difteria, se muestra receptivo a ella, imitándola. Por eso, una orientación psíquica —si es posible, cuando el estado está a punto de manifestarse— o un refuerzo mediante la disposición anímica tendrán, en cualquier caso, un efecto favorable.

Sin embargo, es evidente que, ante procesos que afectan tan profundamente al organismo, se podrá lograr mucho menos que si se intentara —por así decirlo— buscar el remedio específico que contrarreste el proceso que se está desarrollando. En este caso, al menos yo no tengo constancia de que se haya hecho ningún intento, ni siquiera de forma empírica y experimental, de buscar un remedio específico precisamente contra los síntomas diftéricos. Hay que buscarlo, por ejemplo, en el cinabrio potenciado hasta un grado medio. El cinabrio es aquello cuyos efectos habrá que buscar como antídotos para todos los síntomas que acabo de mencionar. El cinabrio, ya por su aspecto exterior, expresa el efecto antídoto. Pero una apariencia externa solo explica algo cuando se complementa con una visión interna. La antigua doctrina de las signaturas se basaba en la existencia de una visión interna instintiva; en realidad, esta doctrina ha desaparecido simplemente porque hoy en día las personas no tienen la capacidad de observación necesaria para algo así, ya que dicha capacidad se ha perdido. Pero es importante que uno pueda, en última instancia, percibir esa acción interior que, en el fondo, se manifiesta también en todas las manifestaciones externas del mundo. Y así, aquel que —¿verdad?— no se queda estancado en lo místico y luego introduce todo tipo de elementos místicos en el asunto, sino que mantiene su sentido común ante tales cosas, tendrá que decirse a sí mismo: El rojo cinabrio es algo que, en cierto modo, ya expresa su efecto contrario a la formación de hongos; lo que carece de color puede enmohecerse. Si en la formación de hongos interviene una astralización demasiado fuerte de la superficie terrestre, en el caso del cinabrio se produce precisamente un efecto de retroceso, una acción contraria a esa astralización, y de ahí el enrojecimiento. En todos los casos en que se produce un enrojecimiento en los procesos naturales, existe una fuerte acción contraria a la astralización. Me gustaría decir que, si se expresara esto en una fórmula moral, sería así: al enrojecerse, la rosa intenta defenderse contra la astralización. Se trata, pues, de ámbitos de la observación patológico-terapéutica que están claramente relacionados entre sí en un cierto contexto, y que nos conducen a este comportamiento peculiar del «yo» y del cuerpo astral respecto a los demás órganos: a la toma de control de los demás órganos, a la desconexión de los demás órganos o, por el contrario, a la manifestación de influencias astral en un flujo de abajo hacia arriba.

De esta manera, por así decirlo, se puede ir comprendiendo poco a poco todo el cuerpo humano. Se puede comprender si, a partir de estas reflexiones, se pasa a algo más. Y ahí tendrán que fijarse de nuevo en algo que ahora me gustaría añadir como complemento a lo que expuse el año pasado.

Es muy peculiar cómo el «yo» humano —si lo consideramos ahora como algo que actúa en el ser humano a nivel espiritual, psíquico, orgánico y también mineralizador— es una especie de, me atrevería a decir, portador de fósforo. Y este «yo» desarrolla su función de transportar fósforo de tal manera que llega con este transporte hasta la periferia del ser humano orgánico. El transporte de fósforo, la fosforización del organismo humano, es una actividad del «yo». Este transporte de fósforo hasta el límite más extremo, hasta la periferia del ser humano orgánico, se lleva a cabo, me gustaría decir que el «Yo» la lleva a cabo de una manera extraordinariamente ingeniosa, ya que, hasta un cierto límite —que, sin embargo, es necesario respetar—, el «Yo» solo puede transportar el fósforo a través del organismo uniéndolo a otras sustancias, combinándolo químicamente con ellas, y, en esencia, impide, durante este transporte del fósforo a través del organismo, que el fósforo se libere químicamente. Una de las funciones del «yo» es impedir esa liberación química del fósforo, hasta el punto de mantener solo las trazas de fósforo que son necesarias para que se produzca aquello que ocurriría a gran escala si el «yo» no lograra impedir que el fósforo introducido se liberara. Así pues, si el fósforo se liberara, por así decirlo, y provocara un efecto intenso en el organismo humano, se produciría entonces un proceso muy especial. A lo largo de estas conferencias les he dicho, que cuando el ser humano entra en el mundo —es decir, cuando aquello que antes solo existía en él a nivel anímico-espiritual, se encarna—, se crean en primer lugar las imágenes del cuerpo etérico, del cuerpo astral y del yo. También les he dicho que todo aquello que es imagen del «yo», se encuentra en realidad, en sistemas dinámicos, en sistemas de movimiento que alcanzan el equilibrio. Esto es algo que hay que tener muy en cuenta, especialmente en este punto de nuestras reflexiones. Debido a que el «yo» en el desarrollo de equilibrios a partir de desequilibrios, de situaciones de equilibrio alteradas, —y cuando doy un paso, la situación de equilibrio se altera, tengo que restablecerla, pero lo mismo ocurre también a través de procesos internos—, al trabajar así, el «yo» necesita el fósforo. Este trabajo se lleva a cabo esencialmente con el fósforo.

Si el «yo» no actúa de tal manera que agote su fosforización al convertir en estática la dinámica humana, entonces se acerca con el fósforo a aquello que, desde el principio, es una imagen del «yo»: esa conversión de lo dinámico en estático. Ahora bien, ya he señalado que también debemos tener en cuenta al ser humano líquido, al ser humano gaseoso y al ser humano térmico. Imagínese por un momento que tiene que ver con el ser humano líquido y con aquello que, desde la imagen del yo —el cuerpo astral, en el que a su vez se imprime el yo—, se adentra en el cuerpo etérico; se trata, pues, de que también en este cuerpo etérico deba producirse una transición continua de lo dinámico, de un desequilibrio hacia el equilibrio.

Ahora bien, lo que aquí entra en juego son efectos extraordinariamente sutiles, efectos realmente muy sutiles. Y estos efectos sutiles se regulan gracias a que en el cuerpo humano hay unas esferas que, en cierto modo, flotan libremente y, sin embargo, están relacionadas con todo el movimiento del organismo, incluido el movimiento interno. Se trata, en efecto, de los glóbulos sanguíneos. Lo que hace el «yo», al intervenir en la movilidad —por ejemplo, también en la movilidad térmica interna—, debe incidir sobre estas partículas sanguíneas. Estas partículas sanguíneas, estos glóbulos, no son, por tanto, simples esferas, sino que son de tal naturaleza que ya en su forma muestran que están diseñados para llevar los movimientos al equilibrio. Me gustaría decir: aquello que hace el «yo» al intervenir en la capacidad de movimiento del organismo humano, llega precisamente a su límite en los glóbulos sanguíneos; y ahí debe ser detenido, ahí debe tener lugar esa —me atrevería a decir— interacción más íntima entre el «yo» humano y todo el organismo humano. Y ahí es donde tiene lugar lo que yo llamaría la lucha más oculta entre la fosforización continua del ser humano y lo que subyace en los procesos formativos de la sangre. Y es que, cuando el fósforo se introduce libremente en el ser humano, los glóbulos sanguíneos se destruyen a causa de la fosforización. Esto es lo que nos permite adentrarnos de forma figurada en esta peculiar interacción del «yo», que es, sin duda, algo espiritual, algo espiritual hasta la médula, pero que, a través de los glóbulos sanguíneos, se encuentra en constante interacción con lo físico. La sangre es también, en este sentido, un fluido muy especial; como dice no Goethe, sino un antiguo refrán: la sangre es un fluido muy especial; es aquello en lo que lo físico externo del ser humano entra en interacción con lo más espiritual que lleva en sí mismo, con el «yo», y donde puede producirse lo más destructivo cuando precisamente el «yo» entra de manera errónea en esta interacción. Por eso, bajo una interacción errónea de este tipo, se puede arruinar tanto en lo físico: desintegración del epitelio, degeneración grasa que llega hasta las fibras musculares, especialmente en las fibras musculares estriadas, porque son aquellas sobre las que el «yo» ejerce una influencia especial; desintegración de los glóbulos sanguíneos, etcétera. Sí, este proceso de degradación puede llegar incluso hasta los huesos en el plano físico, si los efectos del fósforo no funcionan correctamente.

Me parece que, en esta interacción del «yo», —que queda muy claro, naturalmente, que el yo arrastra consigo al cuerpo astral—, y la interacción del cuerpo físico, que a su vez arrastra al cuerpo etérico, se pone de manifiesto con toda claridad cómo tiene lugar, diría yo, una búsqueda de lo normal y lo anormal, una normalización continua hasta alcanzar una cierta culminación, tras la cual se produce un reflujo, y cómo se manifiesta esto cuando nos enfrentamos, por ejemplo, a una intoxicación por fósforo. Cuando se trata de una intoxicación por fósforo, se observa que, en un primer momento, tanto el cuerpo astral como el cuerpo etérico se defienden de aquello que se impone en el cuerpo físico y en el «yo». Se defienden; y lo hacen con todas sus fuerzas, con la fuerza más poderosa de que dispone el cuerpo etérico. Quiere hacer frente a aquello que se manifiesta en el «yo» con una intensidad excesiva, quiere oponerse a ello y, para ello, refuerza sus propias fuerzas. Por eso, el proceso en la fase inicial de una intoxicación por fósforo guarda tanta similitud interna con otro proceso, a saber, con la aparición de una cierta retrospectiva del ser humano tras la muerte, que, como saben, puede durar varios días: un día y medio, dos días, tres días. En esta retrospectiva se produce una retención del cuerpo etérico en el cuerpo astral. Ambos se mantienen unidos, por así decirlo. Esto es lo que ocurre inicialmente también en el cuerpo humano cuando se produce una intoxicación por fósforo. Se desarrolla todo aquello que puede desarrollarse mediante la interacción entre el cuerpo astral y el cuerpo etérico, y lo que precisamente tiene lugar cuando se produce esta retrospectiva a través del cuerpo etérico tras la muerte. Por lo tanto, debido a esta fuerza empleada, en un primer momento se producirá una mejoría tras un periodo tan prolongado como el que duraría tal retrospectiva, seguida de un debilitamiento y un agotamiento. Luego, una vez que se haya producido este agotamiento, el efecto anómalo del «yo» se reanudará con mayor intensidad. Una verdadera intoxicación por fósforo es, en efecto, algo extraordinariamente difícil de combatir, algo que probablemente solo podría combatirse si se intentara, de la manera más enérgica, influir en todo el organismo de tal forma que en él se produjera una fuerte interacción entre lo astral y lo etérico, lo cual probablemente se lograría si se contrarrestara la intoxicación por fósforo, por ejemplo, mediante la aplicación intensiva de emplastos muy potentes en distintos puntos del cuerpo humano y medidas similares. Sin duda se obtendrían resultados. Hay que tener claro, entonces, que es necesario tener tacto para saber hasta dónde hay que llegar en un caso así.

Como ven, cuando el «yo» interviene en el organismo físico, este se ve profundamente involucrado en lo que podríamos llamar la «fosforización» del ser humano. Pero entonces, cuando el «yo» interviene con fuerza, es decir, cuando interviene de forma destructiva en el organismo físico, necesariamente tiene que producirse también el polo opuesto; entonces, aquello que el «yo» provocaría normalmente en el organismo humano, si no interviniera con demasiada fuerza, también tiene que sufrir. Por eso, en caso de una fosforización excesiva, se producirán estados de insomnio que se deben simplemente a que tiene lugar una tendencia demasiado fuerte por parte del cuerpo astral y del yo. Esto se deduce de todo lo que he dicho: encontrarán dolores de cabeza, delirios, necesidad de dormir. Y en la intoxicación por fósforo se producen todos estos síntomas y también —por lo general antes de la parálisis— estados anémicos, que surgen naturalmente según lo que he dicho sobre la interacción con la sangre. Y lo que ahora se encuentra en el centro, es decir, lo que ocurre durante la fosforización cuando, podría decir que este ataque a los glóbulos sanguíneos que parte del «yo» tiene lugar, y que a su vez se ve repelido cuando se produce ese vaivén, se manifiesta en síntomas similares a los de la ictericia; de hecho, en lo que son los síntomas de la ictericia hay que ver, en general, una interacción entre lo psíquico y lo físico.

De lo que les he expuesto se desprende que, en esencia, el proceso del ser humano consiste en realidad en una interacción del «yo» y del cuerpo astral con las fuerzas del mundo exterior, dentro del espacio que delimita la piel humana. Se trata de una interacción de este tipo, y hay que ser capaz de comprender correctamente cómo se puede regular esta interacción, cómo se puede llegar, en cierto modo, a una especie de dominio de la misma.

Bueno, me gustaría decir que, en un plano muy trivial, si se tiene esta perspectiva en mente, ciertas normas dietéticas surgen por sí solas, ya que se sabe que, cuando el «yo» del ser humano actúa con demasiada fuerza, se producen irregularidades en el estómago precisamente como consecuencia de ello, pero, al mismo tiempo, se produce una sobrevitalización que se manifiesta en diarreas anormales y fenómenos similares, es necesario, ¿no es así?, contrarrestar esto de manera adecuada mediante la dieta. Y es precisamente así: el proceso propiamente dicho del «yo» y el proceso del cuerpo astral en el ser humano constituyen una especie de análisis, una descomposición de aquello que en el mundo exterior se presenta de forma sintética. Mientras que, diría yo, tenemos una síntesis primaria en los fundamentos físicos y etéricos del organismo humano, tenemos un proceso de análisis en la actividad del yo y en la actividad astral, y este análisis forma parte sin duda de las actividades normales del ser humano y se expresa, precisamente por su peculiaridad, con tal intensidad que es necesario mantener un equilibrio adecuado en este proceso de análisis. Si el «yo» se convierte en un analizador demasiado intenso frente a las sales de fósforo, entonces analiza las sales de fósforo hasta llegar al fósforo mismo, y entonces el análisis comienza a causar estragos en el organismo humano. Es el punto en el que el análisis puede surtir mayor efecto, uno al que ya me referí en las conferencias del año pasado, en las que se analiza hasta el hierro.

Este análisis hasta llegar al hierro, que está relacionado con el contenido de hierro en la sangre, es lo que, en muchos aspectos, constituye el polo opuesto en lo que respecta al análisis de otros metales, en cuyo caso siempre hay que detenerse, en cierto sentido, a la hora de analizar.

Así pues, hoy quería mostrarles, en cierto modo, cómo en las manifestaciones externas se reflejan imágenes de lo que se desarrolla desde lo espiritual interior. Y por eso, la observación externa del ser humano, tanto en estado de salud como de enfermedad, deberá complementarse con lo que se puede saber sobre el ser humano interior, sobre el ser humano espiritual.

Partiendo de esta base, podremos formarnos una opinión sobre nuestros remedios y establecer las condiciones previas para responder a algunas de las preguntas que se han planteado. Todo ello se tratará, en la medida de lo posible, en las tres conferencias que tenemos por delante.

Traducido por J.Luelmo


GA316 Dornach, 23 de abril de 1924 Naturaleza de las fuerzas cósmicas de los metales

     ver ciclo

 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Naturaleza de las fuerzas cósmicas de los metales

Dornach, 23 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

Bueno, me gustaría decir unas palabras sobre esa frase que escribí ayer en la pizarra al final de la clase. Empieza con las siguientes palabras:

Observa lo que se articula cósmicamente,............................☾
y percibirás la forma humana.

Y se señala que al lado se ha colocado el signo de la Luna. Ahora bien, si queremos comprender al ser humano en profundidad, —en particular, si queremos comprenderlo con vistas a un tratamiento terapéutico—, debemos tener muy claro que no podemos limitarnos a fijarnos únicamente en lo que une al ser humano con la Tierra, pues en realidad, como han visto desde la primera sesión, eso es lo que solo entra en juego en los primerísimos años de la infancia, hasta el cambio de dientes, pero a partir de entonces ya no. Es entonces cuando entran en juego aquellas otras fuerzas que, en realidad, organizan al ser humano, alejándolo de la Tierra. Para ello cuenta con su cuerpo etérico, y el cuerpo etérico se diferencia esencialmente del cuerpo físico, en que el cuerpo físico está sometido a la fuerza de gravedad, el cuerpo etérico no lo está. El cuerpo físico tiende hacia la Tierra, mientras que el cuerpo etérico se expande en todas direcciones, hacia las inmensidades del universo. Cuando ustedes en su reflexión tienen en cuenta los cuerpos físico y etérico del ser humano, ya abarcan todo el universo. El cuerpo físico está íntimamente relacionado con la Tierra, y el cuerpo etérico, con todo lo que se encuentra en el ámbito de lo perceptible alrededor de la Tierra, de modo que pueden considerar todas las fuerzas que actúan sobre el cuerpo físico como fuerzas que atraen al ser humano hacia la Tierra, y todas aquellas fuerzas que actúan sobre el cuerpo etérico son las que alejan al ser humano de la Tierra. Estas fuerzas están presentes y actúan en el ser humano, por lo que no se puede considerar al ser humano como si absorbiera alguna sustancia que antes estuviera fuera y luego pasara a estar dentro. No es así. El hecho de que estas fuerzas centrífugas actúen en el ser humano lo integra inmediatamente en el ámbito de todo el universo, de todo el universo visible.

A continuación, cuando ustedes se adentren en el plano astral del ser humano, deben imaginar que, en realidad, este proviene de lo atemporal; solo adopta la forma de la acción espacial.

Y cuando se acerquen al «yo», ya no podrán hacer ningún dibujo. El yo, no actúa ni desde arriba ni desde abajo; no actúa en absoluto en el sentido de que se pueda hacer un dibujo de ello, sino que actúa únicamente a través del transcurrir del tiempo, a través de la continuidad temporal. Lo que emana de la organización del «yo» del ser humano, en el fondo, no se puede dibujar, sino que hay que tener claro que es real en cada punto; sin embargo, no actúa ni irradiando hacia dentro ni hacia fuera, sino que actúa de forma puramente cualitativa.

Si miramos hacia los mundos etéricos, podemos decir: es como si, con nuestro cuerpo etérico, nos perdiéramos siempre en los mundos etéricos; lo astral, que tampoco es espacial, nos irradia siempre, pero parece como si se nos acercara desde la inmensidad del universo. Bueno, fíjense, supongamos que se trata de la alimentación, por ejemplo, con proteínas vegetales. La proteína vegetal, en primer lugar, es pesada; en segundo lugar, como proteína, tiene también una tendencia hacia el cosmos. Cuando se introduce la proteína vegetal en el organismo humano, sobre ella actúan inmediatamente las otras dos fuerzas: las que inciden desde todos los lados y aquellas que, a su vez, actúan sobre esta proteína, —en realidad, sin ser espaciales—, fuerzas tales como las de la organización del yo. Ahora supongamos que todo aquello que pudiera actuar de esta manera sobre el ser humano, por grotesco que suene, solo pudiera convertirlo en un cuerpo redondo, esférico. En el huevo del pájaro en realidad encontrarán la forma que surge de la interacción de estas fuerzas, —las que irradian desde la Tierra y las que, a su vez, irradian hacia ella—; en esa forma encontrarán plasmadas dichas fuerzas. ¿De dónde proviene el hecho de que del huevo del pájaro no salga simplemente la forma del huevo, sino una forma con una configuración determinada? Vean, si solo existiera lo que les acabo de dibujar (se dibuja), entonces la formación del huevo nunca iría más allá de su finalización. El pájaro estaría completo cuando el huevo está ahí. La cuestión es que el pájaro es un ser con una configuración muy determinada, —lo que ahora expongo para el pájaro también se aplica al ser humano—, y lo es gracias a que, en primer lugar, la Luna gira alrededor de la Tierra. La Luna gira a su alrededor. Ahora bien, si solo girara la Luna, aún así no surgiría un pájaro, sino que ocurriría que, aunque la cáscara del huevo se ablandara y se desprendiera, se formaría un ser esférico, un ser esférico compuesto esencialmente de clara de huevo. Pero no es que únicamente la Luna gire alrededor de la Tierra, sino que en el espacio se encuentran constelaciones en las más diversas formas y la Luna pasa siempre junto a estas constelaciones, modificando así la fuerza que emana de ellas.

 Imagínese, pues, que la Luna pasa por aquí, junto a las Pléyades. El huevo está expuesto a las fuerzas que surgen como resultante de la radiación de las Pléyades, y la Luna, al ocultar parcialmente esa radiación, la modifica. Así pues, fluye desde las Pléyades una fuerza que es modificada por la Luna, que se interpone y ejerce su efecto; y de ahí que, si lo represento esquemáticamente, la formación del huevo se convierta, por un lado, en la formación de la cabeza del pájaro. Así pues, se puede decir que la formación de la cabeza del pájaro se debe a que se configura desde el cosmos mediante la interacción de la Luna, la estrella cambiante, con las estrellas fijas, que actúan únicamente a través de su disposición particular en las Pléyades. Ahora bien, la Luna sigue su curso y, digamos, se sitúa aquí en oposición a su anterior configuración de libra; entonces, las fuerzas de libra se ven modificadas de nuevo por la presencia de la Luna. Existe otra relación de fuerzas, y además, la Luna, que aquí estaba en fase de luna llena frente a las Pléyades, se ha convertido ahora en luna nueva aquí, en la constelación de Libra. La Luna, en relación con la constelación de Libra, actúa de forma diferente a cuando lo hace desde las Pléyades, y el efecto sobre el huevo es que se forma la cola. Los demás elementos se sitúan en medio, de modo que, si se quiere estudiar la forma del pájaro, hay que estudiar cómo pasa la Luna frente a lo que se distribuye cósmicamente por el universo. ¿Qué puede decir sobre la forma del ser humano o, en general, de un ser vivo, aquel que se limita a las circunstancias terrenales? —Solo puede decir: sí, claro, el águila tiene una forma determinada, el buitre tiene una forma determinada, el canguro tiene una forma determinada, y así sucesivamente. ¿Por qué tienen esa forma? Si uno se limita a lo terrenal, como hace la ciencia, solo encuentra una única respuesta: el animal ha heredado su forma de sus antepasados. No hay otra respuesta en el ámbito del pensar: el animal ha heredado su forma de sus antepasados. —Exactamente según el esquema: la pobreza proviene de la pauvrete. Pero eso no explica absolutamente nada. Hay que seguir subiendo cada vez más. Los antepasados lo aprendieron a su vez de sus antepasados, y al final se llega a lo mismo de lo que se partió. Hay que acercarse a las fuerzas cósmicas, a las constelaciones estelares, si se quiere comprender la estructura.

Pero bueno, eso todavía no es todo lo que les he dicho. Si solo fuera eso, sin duda surgirían seres maravillosos y muy bien formados, pero en realidad todos serían medusas, tal y como lo fue el ser humano incluso en períodos terrestres pasados. En la época atlante era una especie de medusa. Esto se debía a que solo podía absorber aquello que se encontraba en estado plástico-líquido, como materia, como sustancia, a partir de la cual podía formar su cuerpo físico. El hecho de que incorporara potasio, sodio y las demás sustancias se debe a que no solo la Luna orbita por Libra, Aries y Tauro, sino que también lo hacen los demás planetas de nuestro sistema planetario, y estos nos incorporan aquello que, por ejemplo, hace que adquiramos realmente la forma humana. Así, a la Luna, por ejemplo, —ya les he descrito el pájaro—, se le incorpora al mismo tiempo —solo les he señalado la Luna, el Sol y Saturno— para el ser humano, en la formación de la cabeza, aquello que emana también de la constelación de Mercurio hacia los planetas y de las constelaciones de Venus hacia los planetas. Si estas no interactuaran con las constelaciones lunares, todos naceríamos con hidrocefalia. De este modo, se nos incorpora la metalidad orgánica, de tal forma que la constelación de Mercurio y la de Venus interactúan con la constelación lunar. Y nos volveríamos espantosamente raquíticos, no solo tendríamos las piernas arqueadas, sino que estas se doblarían de forma elástica; nuestros brazos tendrían formas similares a las de una medusa, si por otro lado no interactuaran con la constelación lunar aquellos planetas que están más orientados hacia Saturno, y si el propio Saturno no interactuara con Júpiter y Marte. El Sol provoca el equilibrio rítmico entre estas dos partes.

Así pues, estas dos primeras líneas del dicho deben llevarle a comprender cómo se forma realmente el ser humano a partir del cosmos. Y mientras no se reintroduzca la astronomía en nuestra ciencia médica, —pero en el sentido que acabo de exponer—, no avanzaremos. En realidad, la mayoría de las cosas que allí se dicen tampoco dicen nada especial. Se va saltando de un tema a otro, ¿verdad?, al atribuir lo que ocurre en el ser humano bien a las circunstancias terrenales externas, bien a la herencia. Pero si lo analizan en detalle, no se llega a ninguna conclusión, porque se olvida que la configuración del ser humano debe derivarse necesariamente de lo que aporta el conocimiento del cielo estrellado, considerado cualitativamente, en su esencia interior. Pero lo más importante en esta configuración del ser humano es la Luna. Esta debe intervenir en todo, mientras que las demás modifican su influencia. Lo más importante en la configuración del ser humano es la Luna.

La segunda línea dice:

Observa lo que te conmueve con ligereza,...........................⊙
y experimentarás el alma humana.

Verán, todo aquello que actúa en el cuerpo etérico humano es lo que le confiere su forma al ser humano. Pero aunque el ser humano tuviera la forma que tiene hoy, se convertiría en un autómata animado, si sobre él solo actuara aquello que les he descrito hasta ahora. Sin embargo, no solo actúa eso sobre él, sino que también actúa el entorno, actúa aquello que se entreteje y vive en el elemento del aire que nos rodea. Y en el elemento del aire se entreteje también el éter, así como lo astral del universo. Y del mismo modo que somos conformados, es decir, que se nos da una forma espacial exterior bajo la influencia de la Luna en relación con el cielo, así incorporamos a esa conformación la animación interior gracias a que el Sol interactúa con el cielo de la misma manera que la Luna lo hace para la conformación, de modo que se puede decir: Cuando el Sol influye en las fuerzas cósmicas de tal manera que se sitúa frente al Leo, entonces actúa, —y aquí no hay que tener en cuenta sus propias fuerzas, fíjense bien en esto— en primer lugar, en el círculo del aire, sobre aquello que actúa sobre nosotros a través de nuestra respiración y de nuestra circulación sanguínea, lo cual cambia continuamente. A medida que el Sol avanza, el aire cambia. Esta acción en el entorno se interioriza en la forma para convertirse en alma, de modo que podemos afirmar realmente que las constelaciones solares del cosmos ejercen su efecto en el entorno de la Tierra, en el ámbito etéreo, y eso es lo que nos proporciona nuestra alma.

Esto es, pues, lo segundo. Lo tercero es lo siguiente:

Observa lo que se transforma terrenalmente,.......................れ
y comprenderás la espiritualización del ser humano.

Con esta transformación se refiere al hundimiento gradual del cuerpo físico humano en el cadáver. «Mira cómo se transforma esto, estás captando la espiritualización del ser humano». Pero hay que atribuirlo a Saturno. ¿Por qué? Verá, las fuerzas de Saturno no se encuentran únicamente allá arriba, donde está Saturno. En cuanto a sus proporciones espaciales, Saturno está lejos de la Tierra, y lo que realmente provoca desde el exterior no es gran cosa. Lo que ejerce desde fuera sobre el ser humano no es mucho; tampoco sus constelaciones con otras estrellas ejercen una influencia especialmente fuerte sobre el ser humano. Pero tiene fuerzas que se hunden con tremenda intensidad en la Tierra. Las fuerzas de Saturno se introducen con una fuerza tremenda en la Tierra, y cuando miramos hacia fuera, en realidad no encontramos gran cosa de esas fuerzas de Saturno. Pero cuando miramos a la propia Tierra, a aquello que en la superficie se dirige hacia el interior de la Tierra, descubrimos que, en realidad, es como, —me gustaría decir—, cuando se ve a un caracol arrastrándose por el suelo. En primer lugar, está el caracol, que pasa por allí, que se desplaza; hay que seguirlo con la mirada, pero deja tras de sí su rastro de baba. Ese rastro está ahí, se puede seguir a lo largo de todo el camino. Lo mismo ocurre con Saturno. Se desplaza, pero deja sus huellas en todos los lugares donde ha iluminado la Tierra. Son huellas muy, muy claras. Si estas huellas no se hubieran conservado en épocas mucho más remotas de la evolución de la Tierra como fuerzas que habitan en ella, no tendríamos plomo en toda la superficie terrestre. El plomo surge de la sustancia primigenia, de las fuerzas de Saturno que actúan en la propia Tierra y que se han absorbido. En épocas más antiguas, cuando las condiciones aún eran diferentes, surgieron en la Tierra las fuerzas del plomo. Hoy en día, las fuerzas de Saturno siguen actuando sin duda alguna en el ser humano, y tienen un efecto completamente diferente al de las otras dos fuerzas. Verán, no seríamos seres humanos con espíritu, sino seres con cuerpo y alma, si no existieran estas fuerzas de Saturno. Esto puede servirles de referencia, queridos amigos. En el universo, en realidad, nada ocurre sin motivo. Pregúntense: ¿en qué momento ha tenido Saturno la oportunidad de impregnar la Tierra por todos los lados con su esencia de fuerzas? Lo ha hecho a lo largo de los treinta años en los que orbita alrededor del Sol y, por tanto, de la Tierra. Esos treinta años son, al mismo tiempo, los treinta años que el ser humano recorre desde su nacimiento hasta el momento en que se completa una determinada etapa de su vida. Cuando el ser humano ha vivido treinta años en la Tierra, se encuentra precisamente en el punto en el que se encuentra sobre la Tierra, —lo cual, por supuesto, quizá no coincida exactamente con la línea recta que traza Saturno desde el cielo—, donde Saturno ha impregnado la Tierra; cuando el ser humano cumple treinta años, impregna ese lugar por segunda vez. Y así, toda la influencia de Saturno en la Tierra está relacionada con el ser humano, y eso es, en última instancia, lo que hace que tengamos un cuerpo que se desgasta, como siempre constatamos. En el organismo humano no solo existen fuerzas constructivas, pues entonces estaríamos indefensos; nuestra vitalidad debe disminuir de alguna manera. Las fuerzas de degradación deben estar siempre presentes. Nuestro organismo no solo se forma hacia adelante, sino que también se retrae, y en esa retracción encuentra cabida el desarrollo espiritual, que se integra en ella. El desarrollo espiritual no surge de la vitalidad, sino que, al disminuir esta en su despliegue, el desarrollo espiritual encuentra su lugar en el espacio que queda libre, por así decirlo. Esto proviene de las fuerzas que surgen en la Tierra mediante la impregnación de la Tierra con las fuerzas de Saturno. Por eso tuve que colocar el signo de Saturno en el tercer versículo.

Pero bueno, como seres humanos, a los treinta años seríamos, precisamente por esas fuerzas de Saturno, unas ancianas y unos ancianos. A los treinta años empezaríamos a andar con muletas. ¿No es cierto que a Fichte le gustaba reconocer al ser humano solo hasta los treinta años? Por eso dijo que habría que matar a todos los treintañeros, porque entonces ya no sirven para nada al mundo, se convierten en lisiados débiles. Lo que Fichte quería decir con eso es que ocurriría inevitablemente si Saturno pudiera desplegar sus fuerzas en la Tierra. Pero las fuerzas de Saturno también se ven modificadas por las de Júpiter y Marte. Estas hacen que no nos deterioremos tanto hasta los treinta años, sino que lo hagamos en una medida tal que aún quede algo más allá, y de hecho debemos agradecer a Marte y a Júpiter que no seamos ancianos a los treinta años. Si se quiere comprender que el ser humano, a los cuarenta y cinco años, sigue siendo un ser humano, hay que mirar hacia el universo cósmico. Y así son la Luna, el Sol y Saturno, los cuerpos celestes más cercanos a nosotros y los más lejanos del sistema planetario. Tal y como está estructurado hoy en día, su estructura es inorgánica, porque se ha desarrollado a partir de una unidad anterior hasta Saturno, mientras que Urano y Neptuno han llegado desde fuera y simplemente se han unido a ella. Lo cierto es que se puede decir que los antiguos no habían descubierto a Urano ni a Neptuno, por lo que consideraban a Saturno como el planeta más lejano. Sigue siendo válido llegar hasta Saturno. Los astrólogos siguen siendo conscientes de ello, ya que recurren a Urano y Neptuno propiamente dichos solo para aquellas cualidades humanas que trascienden lo personal, donde el ser humano se convierte en un genio, o que se elevan por encima de lo individual, donde se trata de cuestiones que ya no tienen que ver con su desarrollo personal. Todos los planteamientos en astrología se realizan así. Solo cuando el ser humano alcanza la genialidad o aspira a ir más allá de lo humano —digamos, cuando su organización se expande o se desintegra de forma desmesurada—, todo aquello que va más allá de lo humano entra en consideración. Son aquellos planetas que se han comportado como trotamundos y que luego fueron capturados por el sistema planetario al que pertenece nuestra Tierra. El cuerpo celeste más cercano a nosotros y el más lejano regulan lo que hay en el ser humano: la Luna, la forma; Saturno, desde la Tierra, lo espiritual sin forma, en el que desmantela la forma, disolviéndola siempre hacia el interior; y el Sol, que establece el ritmo entre ambos. Con ello ha expresado lo que realmente hay que saber. A partir de experiencias ancestrales se podía saber que las mismas fuerzas que corresponden a nuestra tercera línea: «Mira lo que cambia en lo terrenal, comprendes la espiritualización del ser humano», son el mismo complejo de fuerzas que se manifestó en su día en la formación del plomo, de modo que podemos decir: Lo que en nosotros se fractura como organismo físico, para que lo espiritual pueda tener cabida, también debe manifestarse en el plomo. Son fuerzas de fractura las que han dado origen al plomo. Si introducimos plomo en el organismo humano, se producen fracturas. Si necesitamos esa fractura porque el ser humano no elimina lo suficiente, debemos administrarle plomo de alguna forma. Si, por el contrario, ocurre lo contrario, es decir, que el ser humano no es capaz de dar forma a las cosas, que se vuelve, por así decirlo, difuso, entonces debe aplicarse la experiencia ancestral de que que actúe la fuerza que irradiaba la Luna en tiempos remotos, cuando se trataba únicamente de formaciones minerales; la sustancia de la plata, es decir, el complejo de fuerzas de la Luna, actúa allí, de modo que las fuerzas de la plata son las que introducen lo difuso en lo que da forma. La sustancia de la plata puede apoyar la fuerza lunar.

Todo el sistema planetario está relacionado con aquellos elementos que se consideran preferentemente como remedios: Saturno = plomo, Júpiter = estaño, Marte = hierro, Sol = oro, Venus = cobre, Mercurio = mercurio y la Luna = plata. Estas correspondencias se tratan de una manera increíblemente superficial, cuando en realidad se basan en los estudios más minuciosos que se llevaron a cabo en los antiguos misterios. De hecho, en aquella época se investigaba mucho mejor y de forma más concreta, pues estas conclusiones se basan en algo que se ha comprobado a fondo. Se comprobaba con gran precisión cómo era la constelación de Saturno cuando en cualquier persona se producía un estado de falta de autonomía en todo su organismo, de modo que las fuerzas de fragmentación actuaban de forma insuficiente; que la vitalidad y las fuerzas de cohesión se volvían demasiado fuertes, de modo que la persona quedaba aturdida desde el punto de vista orgánico y constitucional; no tenía por qué ser precisamente el sistema sensorial el que quedara aturdido. Se observaba entonces que esto le ocurría tras una constelación particular de Saturno, de modo que anteriormente Saturno había ejercido una fuerte influencia sobre la persona. Si se observaba que la persona caía precisamente en tal estado al declinar Saturno, cuando no había podido desplegar plenamente sus fuerzas, entonces se utilizaba el plomo como remedio. La información que aún hoy se puede encontrar al respecto en libros de aficionados es cierta precisamente porque las personas no han podido alterarla, ya que desconocen su origen; de lo contrario, especularían al respecto y entonces, sin duda, dispondríamos de datos erróneos. Se mantienen correctos porque las personas han perdido el conocimiento científico del que proceden. Se conservan gracias a la tradición. Las personas no pueden alterar esta verdad mediante el pensamiento. Incluso lo que actúa sobre el ser humano desde la Tierra es, en realidad, una influencia de Saturno, que simplemente es retenida y absorbida por la Tierra.

Piense tan solo en las magníficas consecuencias que tiene para el conocimiento humano todo esto. Con el ser humano tal y como lo contempla hoy la ciencia natural, no se puede establecer en absoluto ninguna conexión con lo moral; lo moral queda flotando en algún lugar allá arriba, en lo abstracto. De ahí que, precisamente en el protestantismo, —que es el que más ha perdido la conexión con lo espiritual, con el cosmos—, todo lo moral quede simplemente separado del contexto del mundo. Queda una mera fe. Y si nos acercamos a la realidad, el ser humano es una criatura plenamente provista y cuidada por el cosmos, y entonces, junto con su naturaleza astral, irradian también las fuerzas morales. Entonces tiene la posibilidad de concebir al ser humano realmente conectado, también en su interior, con el mundo moral. Así, si practica la verdadera medicina, vuelve a lo que convierte al ser humano en un ser moral, en un ser humano capaz de experimentar lo moral de forma verdaderamente orgánica, sin tener que limitarse ya a cumplirlo como si se tratara de mandamientos externos.

Esto es lo que quería decirles y lo que creo que pueden llevarse consigo, pues les servirá de guía en muchas cosas. Por supuesto, pueden obtener los detalles de otras fuentes. Pero cómo se comportan esos detalles en el organismo humano, eso es algo que solo pueden comprender a través de un análisis como el que acabamos de realizar. Así pues, pueden leer en algún manual médico que el plomo provoca tal o cual efecto. Por qué lo hace, eso lo sabrán si realmente asimilan aquí estas explicaciones. Todas estas explicaciones tienen la particularidad de que, al proceder del mundo espiritual, requieren mucho menos esfuerzo de la memoria que aquello que el ser humano asimila físicamente. Lo que aprende, —bueno, así es—, depende en cierta medida de su voluntad; pero lo que experimenta por otra parte y lo que se graba por sí solo en su memoria, eso es lo que asimila de esta manera. De ello notará algo peculiar: si no lo revive una y otra vez de forma meditativa, lo olvidará muy pronto. Las verdades espirituales tienen la particularidad de que no pueden convertirse en verdaderas verdades de la memoria. Así como tampoco pueden ustedes conservar en su propio organismo lo que comieron hace una semana. El rumiante sí puede conservarlo, aunque solo sea durante un breve periodo de tiempo. En el caso del rumiante se trata precisamente de una réplica orgánica, un rudimento en el cuerpo físico de lo que, por lo demás, solo existe como memoria en el cuerpo etérico. Pero lo que hay que hacer con respecto a las verdades espirituales es experimentarlas una y otra vez hasta que se conviertan en un hábito; no retenerlas como recuerdos o imágenes, sino que se conviertan en un hábito. Ese es el sentido, el sentido fundamental de la meditación: apelar a lo que, en el fondo, solo está presente en la primera infancia. En esa etapa tampoco se tiene memoria visual, por lo que el niño pequeño olvida lo que acaba de experimentar. Vive en la memoria habitual. A ella debemos volver si queremos asimilar las verdades espirituales en nuestro interior; de lo contrario, las perdemos muy rápidamente.

Por eso, dado que han sentido la necesidad de recibir aquí conocimientos esotéricos, hay que apelar a su capacidad meditativa, a su asimilación interior; de lo contrario, estas cosas no les servirán de nada. Entonces adquiriréis la sutil sensibilidad que os guiará, —ahora no de forma instintiva, sino intuitiva—, a volver a sentir algo similar a lo que aún se conserva de forma abstracta en la denominada «doctrina de las signaturas», es decir, a observar cómo la planta y la piedra pueden actuar en el organismo. También tienen esto: que no solo desarrollan su cuerpo físico, sino también su cuerpo etérico, y que la memoria habitual les proporcionará una capacidad de percepción más refinada de los contenidos del entorno físico y la capacidad de contemplar así el mundo desde la perspectiva de una persona que recibe la pregunta del propio organismo humano, —del pulmón enfermo, del corazón enfermo—, y las respuestas del entorno, de las plantas curativas, los minerales curativos, etcétera.

Pregunta: Doctor, para muchos de nosotros es importante llegar a una visión general orientativa y lo más amplia posible de toda la situación en la que, en el fondo, nos encontramos realmente. En lo más profundo de nuestro ser sentimos que las verdades antroposóficas son algo radical y que de su realización depende infinitamente mucho. En la carta circular que recibimos tras el encuentro de Navidad, me llamó la atención lo mucho que la meditación que allí se ofrecía contiene una indicación orientada hacia la pedagogía general. ¿Cómo podríamos hacer realidad aquello que sentimos como una llamada tan profunda en nuestro interior y cómo podemos llegar a un conocimiento orientador de nuestro propio destino y de nuestras tareas para el futuro? Uno siente que solo podrá actuar correctamente si aprende a reconocer su propio karma en el gran contexto y, al mismo tiempo, reúne el valor para no querer eludirlo, sino para hacerlo realidad de la manera adecuada.

Bueno, por lo que ha dicho, creo percibir un poco en qué dirección se orientan sus sentimientos. Pero tendrá que completar las preguntas si eso no da en el clavo. La pregunta que ha formulado, sin embargo, toca un tema que, en realidad, hoy en día debería ser de conocimiento general. Porque, ¿no es cierto que, sobre todo últimamente, en los círculos juveniles antroposóficos, entre los jóvenes, se ha hablado mucho, —más que entre los mayores—, del transcurso del Kali Yuga? Esto se debe a que, de hecho, con el fin del siglo XIX ya ha comenzado una nueva era para la humanidad. La vida de las personas sigue adelante, al menos por el momento. Si tienes una bola y la empujas con la mano, esta rueda; pero si retiras la mano, sigue rodando. Y así, lo que las personas han vivido hasta finales del siglo XIX sigue rodando, por el momento, aunque ya no cuente con las fuerzas que lo impulsaron, e incluso adopta formas mucho peores que las que tenía en el tiempo pasado. Pero, al mismo tiempo, junto al discurrir de la vieja época, ya se está abriendo en secreto en el mundo una era luminosa. Una era luminosa irradia su luz sobre el mundo y ya es necesario que la antroposofía capte los primeros rayos de esa era luminosa. Ahora bien, como ven, estoy hablando, naturalmente, de ciertos contextos de una manera mucho más radical de lo que lo hacía antes del Congreso de Navidad. También lo deducirán de las conferencias que suelo impartir. Aquellos que puedan quedarse esta noche verán que en las conferencias ya se abordan ciertos contextos humanos. Pero todavía no me es posible, partiendo de tales reflexiones, entrar en detalles concretos sobre aquellas cosas que, precisamente, más atraen al morbo. ¿No es cierto que en estos asuntos hay que respetar unas leyes muy estrictas? Y ya sé que cierto impulso no tiene por qué provenir únicamente de la sed de sensacionalismo que puede existir y que podría satisfacerse si se le revelara a cada uno sus vidas terrenales anteriores. La cuestión no puede llegar tan lejos. En cambio, sí que se pueden ofrecer ciertos puntos de vista que pueden resultar importantes.

Bueno, verá, la cuestión es que hoy en día, en la vida humana en general, —si se me permite expresarlo así—, tenemos dos tipos de personas. Estos dos tipos de seres humanos se deben a que, en determinados momentos, el desarrollo espiritual de la humanidad terrestre fue diferente al de otras épocas, en las que se produjo, por así decirlo, un movimiento ondulatorio. Pero las ondas no solo se sucedían una tras otra, sino que también discurrían en paralelo. Verá, por ejemplo, en una época determinada, el desarrollo occidental del cristianismo se había vuelto una vez más superficial y se había exteriorizado. Las personas no tenían la posibilidad de llegar a lo esencial a partir de lo que les ofrecía el cristianismo. Esto provocó una reacción entre los cátaros. Así, convivían personas que vivían muy centradas en lo exterior y personas que deseaban interiorizarse profundamente. Algo similar ocurrió cuando, bajo la influencia de Comenio y ya anteriormente, se fundaron las comunidades de los Hermanos Moravos hasta lo más profundo de Hungría y Polonia, de modo que en el mundo siempre convivieron personas que en su alma aspiraban intensamente a la espiritualidad y aquellas que, simplemente por el karma de la civilización, se veían obligadas a la exteriorización. El hecho de que unos se incorporen a un grupo y otros al otro está relacionado con estados kármicos anteriores. Ahora bien, para la humanidad actual es muy importante tener en cuenta en qué medida el ser humano, en su encarnación anterior, perteneció a uno u otro de estos grupos de personas. Vea, supongamos que hoy nace una persona que ha vivido en el marco de una evolución cristiana totalmente exteriorizada; esa persona presenta una configuración humana completamente diferente a la de alguien que, a mi parecer, ha pertenecido a los Hermanos de Bohemia y Moravia. ¿Y en qué consiste la diferencia? —Verá, la esencia del transcurso del Kali Yuga solo se descubre cuando se analizan las circunstancias concretas; de lo contrario, no pasa de ser una construcción histórica. La era oscura se extiende hasta el año 1899, y entonces comienza la luminosa. No se tiene mucha conciencia de ello. Hay que profundizar en lo espiritual concreto. Las personas que han nacido así, en el cambio de ciclo del Kali Yuga, aquellas que tienen en su interior un fuerte afán espiritual, —no deben por ello volverse presuntuosas, sino simplemente incorporarlo a su conocimiento vivo—, estas personas son, en gran medida, aquellas que en realidad han nacido de entre los herejes, de aquellos que querían interiorizarse. Alrededor del cambio de siglo entre los siglos XIX y XX, aparecieron personas que no vivían en la corriente general del cristianismo que se exteriorizaba, sino que vivían en sectas de este tipo que se introducían en el interior y se interiorizaban. ¿Cuál es la consecuencia de ello?

Verán, cuando se atraviesa el tiempo que media entre la muerte y el nuevo nacimiento, allí se aprende de forma espiritual con gran precisión, del mismo modo que aquí en la Tierra podemos conocer y estudiar el mundo extrahumano, el universo, así como conocer y estudiar el universo humano. Esto es igualmente amplio y detallado, pues el ser humano contiene en su interior tanto como el cosmos. Eso es lo que estudiamos con nuestras fuerzas de voluntad transformadas. Allí llegamos a conocer al ser humano con gran precisión. Ahora bien, existe una diferencia entre los dos grupos de personas de los que les acabo de hablar. Durante el período que va entre la muerte y el nuevo nacimiento, aquellos que se habían exteriorizado más no pudieron adentrarse correctamente en el mundo espiritual. Pasaron sin pensar por el mundo espiritual, sin prestar atención a la singularidad del ser humano, y renacieron; y, en particular, aquellas personas que nacieron en el segundo tercio del siglo XIX eran de ese tipo, que en su vida anterior se habían exteriorizado tanto. Por lo tanto, no trajeron consigo a la vida terrenal ningún sentido del ser humano. Se comportaban con el ser humano de tal manera que utilizaban el cuerpo para comer, beber, caminar, estar de pie, sentarse, pero no les interesaba, porque no habían desarrollado ese interés entre la muerte y el nuevo nacimiento. Esas eran las personas que se conformaban preferentemente con el materialismo, porque no sentían la necesidad de conocer al ser humano. El materialista, que solo quiere conocer la materia, es quien menos la conoce. Se puede afirmar con la conciencia tranquila que las personas que están aquí sentadas son todas almas herejes renacidas, —no tienen por qué atribuírselo como un mérito—, almas herejes que, sin duda, experimentaron entre la muerte y un nuevo nacimiento un fuerte impulso de infiltrarse en todas las personas y que, por ello, inconscientemente se convierten en un enigma inmenso para los demás. Esto se manifiesta precisamente en el impulso de querer saber más de lo que la medicina materialista puede ofrecer, y así ya existe una justificación interna del karma del que usted ha hablado. Lo que ocurre es que no debe tomarse las cosas a la ligera, porque, si lo hiciera, se desconocería a sí mismo. No alcanzaría aquello a lo que, en realidad, desea llegar, gracias a haber vivido ciertas experiencias entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y lo que ocurre cuando, en la vida terrenal, uno no encuentra aquello a lo que ha aspirado durante siglos, no es solo que eso haga que la persona se vuelva superficial. Hemos salido de la época en la que las personas que habían asimilado verdades sobre el ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento podían volverse superficiales sin sufrir consecuencias. En la actualidad, la juventud no está en absoluto en condiciones de permitirse volverse superficial impunemente, porque se arruina interiormente hasta lo más profundo de su ser orgánico. Lo grave no es que las personas de hoy sean materialistas en sus pensamientos, que parloteen sobre el monismo y cosas por el estilo; eso no es lo grave, de eso se podría salir fácilmente. Lo que el ser humano dice no tiene tanta importancia, pero lo que luego se refleja en su naturaleza emocional y volitiva, lo que se entreteje en sus órganos, hace que las personas, si no profundizan espiritualmente, no puedan dormir bien en absoluto. Eso es lo esencial. Si hoy en día se deja a las personas sin ese tipo de profundización, ¿cuál será la consecuencia? La consecuencia será que, apenas lleguemos a los años 1940 a 1950, serán testigos de epidemias de insomnio cada vez más extendidas y de mayor alcance. Esas personas ya no podrán contribuir en absoluto a la civilización humana. Así pues, debido a vuestro karma, no tenéis otra opción que tener en cuenta vuestro karma, algo que aún se podía hacer antes de que terminara el Kali Yuga y [hasta] ahora. Debéis considerar con toda seriedad lo que os acabo de decir sobre la configuración de vuestro karma. Por supuesto, esto se mantiene en el ámbito de las características generales, pero pueden encontrar útil para ustedes mismos ese karma general si se proponen reflexionar con mayor frecuencia sobre las circunstancias particulares de su vida. Podrían llegar, en mayor o menor medida, a descubrir algo curioso precisamente cuando reflexionaran sobre las circunstancias particulares de su vida. El movimiento juvenil teoriza demasiado, por lo que se oyen demasiado las mismas teorías. Si se detuvieran a observar realmente por sí mismos qué es lo que vive la juventud hoy en día de especial, qué es lo que realmente se diferencia de lo que vivió la generación anterior, entonces el movimiento juvenil adquiriría de golpe una forma completamente diferente. Eso es lo que pretendemos con nuestro movimiento juvenil: que adquiera una forma concreta y no se quede estancado en abstracciones.

Dr. Bort: En la reunión que mantuvimos ayer no solo nos planteamos la pregunta de cómo es posible que nuestro destino nos haya traído a Dornach precisamente en Navidad, sino que también nos dijimos que, con nuestra conciencia humana, no sabemos en absoluto por qué hemos venido aquí y que se nos ha dado la oportunidad de asimilar algo tan grande en nuestro interior, algo que, tal y como somos, no podemos comprender ni merecemos. Precisamente a partir de este hecho, muchos de nosotros tomamos conciencia de que tenemos ante nosotros una tarea muy concreta y de que se trata, precisamente, de estar preparados para afrontar este karma y esta tarea, tal y como se nos planteaba en el tema que se nos había indicado en la circular.

Bueno, si deja que le calen en el alma, sobre todo el debate —que, en mi opinión, ha sido serio— que acabamos de mantener, seguro que podrá sacar algo en claro de este encuentro, que ha sido demasiado breve.

Traducido por J.Luelmo