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GA101 Köln, 29 de diciembre de 1907 - El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

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RUDOLF STEINER

  El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

XVª conferencia
Köln, 29 de diciembre de 1907

Hoy me gustaría comentar algunos símbolos y signos característicos, para que tengamos cada vez más claro cuál es el tema fundamental de nuestras conferencias, que consiste precisamente en mostrar cómo se relacionan los signos y los símbolos con el mundo astral y el mundo espiritual, también conocido como el mundo devacánico.

Hemos visto que los símbolos y las imágenes, así como las relaciones numéricas y formales extraídas realmente de la naturaleza y la esencia de los mundos superiores, una vez que el alma las ha asimilado, suscitan en ella auténticas fuerzas anímicas en forma de representaciones, pensamientos, ideas y sensaciones que tienen un efecto configurador. Sí, incluso hemos podido ver que el Arca de Noé tuvo un efecto formador sobre el cuerpo físico actual del ser humano, y que el Templo de Salomón, cuando sus formas actúen sobre los seres humanos de la actualidad, tendrá una gran importancia para la formación del ser humano en la sexta raza. A partir de estos datos ya pueden ver que, a través de los guías de la humanidad, que actúan continuamente en el proceso de evolución de la humanidad, se sigue en realidad un camino similar al que sigue cada persona en las escuelas ocultas elementales. También en ese caso nos encontramos ante una concentración de sensaciones, pensamientos, ideas, etc., —a lo que se suman muchas otras cosas—, que resultan eficaces y formativas para el ser humano.

En las diversas corrientes ocultistas actuales prevalece, en muchos casos, la opinión de que en nuestra época también podría darse un ascenso a los mundos superiores por otros medios distintos al uso de representaciones imaginativas y simbólicas. Y entre la gente de hoy en día existe cierto temor, incluso aversión, a ascender al mundo astral con la ayuda de signos simbólicos u otros medios de formación ocultista. Si nos planteamos la pregunta: «¿Están justificados esos temores?», podemos responder: «Sí y no». - En cierto sentido, están justificados; en otro sentido, no tienen ningún sentido, porque nadie puede ascender realmente a los mundos superiores sin atravesar el mundo astral. Es una suposición errónea pensar que se puede atravesar el mundo astral con los ojos vendados. Solo hay que tener claro que el mundo espiritual, como tal, tiene diferentes ámbitos. El ser humano descendió al mundo físico a través del mundo astral, y debe ascender de nuevo al mundo espiritual a través del mundo astral. Lo que hay que evitar es que el ser humano, en su evolución, retroceda a estados anteriores. El ser humano nunca debe retroceder a estados anteriores. Todo estado mediúmico supone un retroceso a un estado anterior, mientras que la verdadera formación esotérica es un ascenso hacia estados superiores. El ser humano debe ascender a través del mundo astral con plena y lúcida conciencia diurna para llegar a los ámbitos superiores del mundo espiritual. Todo lo que el ser humano actual lleva en su interior en forma de deseos, pasiones e instintos está anclado en el cuerpo astral; es el cuerpo astral el que los alberga. Sin embargo, si el ser humano quiere ascender a mundos superiores, debe trabajar de nuevo con sensaciones y sentimientos; no hay otro camino. Pero se trata de que nunca intente ascender a los mundos superiores sin mantener plenamente los logros de nuestro mundo físico, es decir, nunca atenuando la conciencia. Cuando observamos a los médiums, siempre constatamos que se ven arrojados a un estado de conciencia anterior. Su lúcida conciencia diurna se atenúa, se debilita, y se evoca un estado de conciencia anterior que el ser humano ya ha superado. Quien quiera convertirse en clarividente en el sentido moderno del término debe conservar y llevar consigo su actual conciencia diurna lúcida. Solo puede hacerlo atravesando el punto del «pensar libre de sensorialidad», y nunca puede suceder nada cuando el ser humano atraviesa el pensar libre de sensorialidad. Aclaremos bien qué significa esto.

El pensar y el imaginar llenos de sensorialidad es todo aquello que parte de la percepción sensorial de los objetos que nos rodean. Si ustedes forman sus ideas de tal manera que, en primer lugar, observan un objeto, lo perciben y luego lo retienen en la memoria, y su vida mental discurre de tal forma que se sienten estimulados por tales ideas, entonces tienen un pensar lleno de sensorialidad. Esto constituye, con mucho, la mayor parte de las experiencias espirituales del ser humano actual. Y cuando el ser humano se pregunta cuánto le queda si expulsa de su alma todas las ideas provocadas por la percepción sensorial, entonces se da cuenta por primera vez del contenido que aún queda en su alma. Cuando se han eliminado las ideas estimuladas por lo exterior, entonces comprende lo que quiso decir el filósofo griego Platón cuando escribió en la puerta de su escuela: «Que no entre quien no conozca la geometría». Lo que esto significa es que no debe entrar quien no haya sido capaz de elevarse a un pensar libre de lo sensorial. No exigía geometría común. Tampoco se exige eso hoy en día a quienes desean ascender a mundos superiores. Tampoco hoy sería necesario por razones objetivas internas. Pero a partir de las representaciones geométricas uno puede formarse una idea de lo que es el pensar libre de lo sensorial. Si colocan aquí tres judías, añaden otras tres y luego otras tres más, entonces pueden aprender, a partir de esta impresión sensorial, que 3 por 3 es igual a 9. El niño o el hombre primitivo lo aprende con los dedos. Eso es un pensar lleno de sensorialidad. Cuando ya no se necesitan los dedos ni las judías, sino que se aprende lo mismo a través de una contemplación puramente intelectual, entonces se trata de un pensar libre de sensorialidad. En su proceso de aprendizaje, el niño parte, de un punto de apoyo [judías o dedos], y solo más adelante alcanza un pensar libre de la experiencia sensorial. Cuando dibujamos un círculo en la pizarra, en realidad no se forma ningún círculo; lo que dibujamos allí es una acumulación de pequeños montículos de tiza. Con la percepción sensorial por sí sola no se puede comprender qué es un círculo real. Solo cuando el círculo es contemplado mentalmente y construido en nuestro propio interior es cuando está libre de sensorialidad.

Hoy en día, el mejor medio para que un grupo más amplio de personas alcance un pensar libre de sensorialidad, es la teosofía, siempre que se entienda de tal manera que el ser humano aprenda a separar las ideas, de la sensorialidad. Especialmente en los ámbitos que van un poco más allá de lo más elemental, la teosofía conduce al ser humano hacia un pensar libre de sensorialidad. Por ejemplo, si se quiere comprender claramente qué es el cuerpo etérico o qué es el cuerpo astral, es evidente que no pueden verlos externamente. Precisamente eso es lo que le aporta la teosofía: que describe cosas que no pueden verse externamente. O cuando en la teosofía describimos la antigua Luna, esbozamos una imagen de ella, —incluso lo más drástica posible—, en la que combinamos representaciones sensoriales y suprasensoriales, de modo que una persona de mentalidad materialista diría: «Ahí está pintando algo que no es en absoluto posible». - Sí, en la teosofía hay que enseñar algo que, para los estándares actuales, resulta prácticamente imposible, y describir la antigua Luna de tal manera que en ella no hubiera rocas, minerales ni piedras como las que hay hoy en nuestra Tierra. Toda la antigua Luna estaba compuesta por una sustancia viva, cuya densidad podría compararse con la de una especie de puré de espinacas o ensalada cocida; es decir, un cuerpo a medio camino entre los minerales y las plantas, un cuerpo mitad vegetal, mitad mineral. En la antigua Luna encontramos algo parecido a una vida semivegetal. En aquella época aún no existían minerales como los actuales. Si observaran las turberas actuales, donde también hay una especie de sustancia semivegetal, obtendrían una imagen exterior similar a la que tenía la sustancia de la antigua Luna. En lugar de rocas y montañas, en la antigua Luna habría encontrado, como mucho, algo parecido a lo que hoy es la corteza de nuestros árboles. Ahora bien, cualquier naturalista le objetará hoy que algo así no podría existir como planeta. —Pero eso es precisamente lo importante, —y es una necesidad para comprender otras épocas evolutivas—: que el ser humano libere su pensar de lo que hoy se adhiere a las representaciones del pensar y la percepción sensoriales habituales, y llegue a un pensar libre de sensorialidad. El pensar libre de sensorialidad no es un pensar abstracto, sino un pensar muy, muy real. Si nos imaginamos la antigua Luna como una especie de gran lechuga con su corteza encerrada y demás, eso es pensar de forma «sensorial-suprasensorial», como dice Goethe. Al separar el color y la forma de lo sensorial y proyectarlos libremente en el espacio, habrán adquirido representaciones gracias al pensar libre de lo sensorial. Quien considere esto como una base sólida, nunca tropezará al ascender a mundos superiores.

Hagamos un esquema. Hay cosas que se vuelven confusas cuando se representan con símbolos incorrectos.

Así pues, aunque para comprender ciertas relaciones basta con dibujar el plano físico, el plano astral y el plano devacánico superpuestos, es más correcto imaginar el mundo físico como una esfera cerrada en sí misma, rodeada por el plano astral y, a su vez, rodeada por el plano devacánico. En lugar de dibujar capas horizontales, es recomendable representarlo así (véase el dibujo), ya que esto permite distinguir entre dos zonas del plano astral.

Si observamos dos zonas muy concretas del plano astral, que aquí señalamos con la flecha 1, vemos que en el mundo astral existen, para lo que aquí en la Tierra llamamos lo masculino y lo femenino, los dos opuestos «forma» y «vida». La forma y la vida son opuestos en el plano astral. Ahora bien, si quisiéramos encontrar la forma y la vida en el plano astral, solo las encontraríamos si fuéramos en esta dirección (desde el centro hacia arriba, véase la flecha 2). Si nos dirigimos hacia el otro lado (del centro hacia abajo, véase la flecha 3), no nos encontramos en absoluto con el opuesto beneficioso de «forma» y «vida», sino con el opuesto «descomposición» y «enfermedad». Así pues, si partimos del mundo físico, en el plano astral, al dirigirnos hacia arriba, nos encontramos con el opuesto «forma» y «vida»; a lo que corresponde, en el mundo astral hacia abajo —es decir, descendiendo, por así decirlo, por debajo de lo físico—, la oposición entre «descomposición» y «enfermedad». Siempre que nos dirigimos hacia un lado, donde observamos cualidades beneficiosas para el mundo físico, a estas les corresponden, en el otro lado, influencias destructivas y nocivas para el mundo físico. Ahora tenemos la posibilidad de distinguir entre las distintas partes del plano astral. De hecho, sobre el alma humana actúan dos ámbitos del plano astral totalmente diferentes entre sí.

Si queremos hacernos una idea de cómo actúan estas dos esferas tan diferentes sobre el alma, debemos pensar que en el ser humano tenemos: el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral; y, según su desarrollo, —que ya se ha descrito en numerosas ocasiones—: Manas o yo espiritual, Budhi o espíritu vital, y Atma o hombre espíritu; y en medio de todo ello, impregnado por el yo, se encuentra lo anímico. De modo que, en cierta medida, podemos distinguir entre: el cuerpo, —que en realidad abarca los tres cuerpos—, el alma y el espíritu. Ahora bien, en el alma se reflejan los tres miembros inferiores: el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. En la medida en que los cuerpos físico, etérico y astral se reflejan en su forma original, infunden en el alma del ser humano cualidades inferiores y depresivas. Pero en el ser humano también se refleja lo que es superior: Manas, Budhi, Atma, y gracias a ello contamos en el alma con elementos igualmente elevadores y purificadores. En el cristianismo estricto también se conocía esta doble forma de reflejo en el alma humana. Se observaba que en el alma se refleja la naturaleza humana superior, o bien se refleja la naturaleza inferior. Algunos lo intuían, aunque no fueran esoteristas. Por eso se decía: cuando el ser humano llega a la muerte, percibe el reflejo del mundo espiritual como el conjunto de leyes de Moisés; y cuando lo inferior se refleja en el alma, el diablo le lee a esta, en la muerte, el registro de los pecados.

Esto significa que ante los ojos del alma se le presentan todas las cualidades que le son propias: lo que se refleja desde lo alto se le muestra como las tablas de la ley de Moisés; y lo inferior, que se refleja en el alma, se ha descrito diciendo: «El diablo le lee al alma el registro de los pecados». Si el alma no toma el camino correcto, puede, sin embargo, hundirse en sus pasiones más bajas; eso puede suceder. Pero eso no debe presentarse ante las personas como un elemento disuasorio.

Todas las representaciones que se orientan hacia la imaginación y lo figurativo educan al ser humano para llevarlo gradualmente a ese punto del desarrollo vital en el que aprende a contemplar cada vez más los mundos superiores. Las representaciones figurativas, como por ejemplo la idea de la antigua luna, son un poderoso medio educativo en esta dirección. A través de tales representaciones se transmite al ser humano la idea de la evolución de una manera esotérica correcta. Si ante el ser humano solo se le presentan conceptos áridos y abstractos, su pensar permanece en el plano físico, pues el pensar ordinario, como tal, nunca se aleja del plano físico. Es cierto que se trata de un reflejo del plano del Devachán; pero el pensar que el ser humano alberga dentro, es algo que pertenece al plano físico, no es más que una sombra de los procesos superiores. Por muy sutiles que sean las ideas que se formen sobre cómo se desarrolla el proceso, sobre cómo se diferencia, desciende y se envuelve un ser en el primer nivel de la existencia, todo ello no son más que ideas que le proporcionan conceptos del plano físico, pero que no le hacen avanzar en su desarrollo. Solo las ideas y los conceptos sensorial-suprasensoriales pueden hacernos avanzar realmente, poco a poco, un nivel más allá. En primer lugar, hay que transformar los conceptos en imágenes, en imaginaciones, y repetir este proceso una y otra vez.

Si se plasmara este procedimiento —que, por ejemplo, se enseñaba en las escuelas rosacruces— en un diálogo entre maestro y alumno, se podría expresar así: - En realidad, un diálogo así nunca tuvo lugar tal cual, pero podemos representarlo de esta manera para mostrar lo que el alumno tuvo que ir experimentando poco a poco a lo largo de una experiencia muy, muy prolongada. - El profesor le decía al alumno: Fíjate en la planta, en cómo clava su raíz en la tierra, cómo crece hacia el sol con el tallo y la flor, y cómo desarrolla sus órganos reproductores. Y ahora imagina, por el contrario, al ser humano. —El ser humano queda mal comparado con la planta si se compara su cabeza con la flor y sus órganos reproductores con la raíz de la planta. Incluso Darwin, el gran naturalista, utilizó correctamente esta comparación al comparar la cabeza del ser humano con la raíz de la planta, de modo que, incluso para Darwin, la planta es el ser humano puesto boca abajo. Lo que la planta ofrece castamente al rayo de sol —sus órganos reproductores—, el ser humano lo dirige hacia el centro de la Tierra, de modo que debemos concebir al ser humano como una inversión de la planta, en la que todas las fuerzas que en la planta se dirigen hacia el centro de la Tierra, él las orienta libremente hacia el cosmos inundado de sol, y aquellos órganos que la planta extiende castamente hacia el rayo de sol, él los dirige tímidamente hacia la Tierra. El animal se encuentra en medio de todo ello.

Por lo tanto, si queremos representar las direcciones reales de las fuerzas que existen en el mundo, podemos hacerlo así:

El verdadero significado esotérico del signo de la cruz es una suma de fuerzas. Una de estas fuerzas se dirige hacia abajo: el ser vegetal está guiado por esta fuerza. En el ser humano, se dirige hacia el lado opuesto. El animal tiene la columna vertebral orientada horizontalmente; en él, la fuerza se manifiesta horizontalmente, rodeando la Tierra. El principio anímico asciende desde la existencia vegetal hacia la existencia animal y, de ahí, hacia la existencia humana. Y Platón, que tan a menudo expresó ideas procedentes de la iniciación, pronunció esta hermosa frase: «El alma del mundo está crucificada en el cuerpo del mundo». - Es decir, el alma del mundo atraviesa la planta, el animal y el ser humano; está crucificada en las fuerzas de los tres reinos: el reino vegetal, el reino animal y el reino humano. Y si inscribimos así la cruz en los tres reinos de la naturaleza, la cruz se convierte para nosotros en un signo de la dirección del desarrollo. 

Después, el maestro le decía al alumno: «Debes imaginar cómo extiende la planta su cáliz hacia el rayo de sol, cómo maduran los órganos reproductores cuando la planta es besada por el rayo de sol». —El proceso de desarrollo que va hacia el ser humano, se produce cuando la sustancia vegetal, pura y casta, se ve impregnada de deseos, instintos y pasiones. De este modo, el ser humano conquista su conciencia; de este modo se convierte en ser humano, al atravesar la naturaleza animal. Debido a que el ser humano ha introducido  la naturaleza inferior de los deseos, en la naturaleza vegetal pura, ha ascendido, por otro lado, de la conciencia vegetativa, más bien torpe, a la conciencia diurna, más luminosa.

Desde esta etapa del ser humano actual, el maestro señalaba al alumno una etapa superior. Del mismo modo que el ser humano ha evolucionado desde un estado similar al de la planta, también purificará sus instintos y deseos para alcanzar una etapa superior y casta. El maestro mostraba al alumno las aptitudes presentes en el cuerpo físico del ser humano, gracias a las cuales se pueden alcanzar los niveles superiores de conciencia y la sustancia humana puede transformarse a su vez en una sustancia similar a la de las plantas. Todo ser debe utilizar un cuerpo físico si quiere manifestarse en la Tierra. Pero, en el futuro, el cuerpo del ser humano se irá transformando cada vez más. 

En lo que respecta a los órganos humanos, hemos de distinguir entre una evolución descendente y otra ascendente. Una parte de los órganos humanos se encuentra en evolución descendente; con el paso del tiempo —que, sin embargo, se cuenta en milenios—, el ser humano se despojará de ellos. Otros órganos están en proceso de formación y, en el futuro, alcanzarán un mayor grado de desarrollo; por ejemplo, la laringe humana, que se encuentra aún en los inicios de su evolución. El corazón humano experimentará otro tipo de evolución superior y, en el futuro, se convertirá en un órgano completamente diferente. Mientras que otros órganos ya han superado su punto álgido, se están separando de la naturaleza humana y se están marchitando, en el corazón tenemos un órgano que apenas se encuentra en los inicios de su evolución.

En los músculos humanos podemos distinguir entre los estriados transversalmente y los estriados longitudinalmente; se trata de los músculos voluntarios e involuntarios. Los músculos voluntarios de la mano, por ejemplo, son estriados transversalmente. Los músculos de los intestinos, en cambio, que impulsan el alimento de forma involuntaria, son estriados longitudinalmente. El corazón constituye una excepción en este sentido, y eso supone un punto crucial para los científicos actuales especializados en fisiología y anatomía. Aunque el corazón pertenece a los músculos involuntarios, su musculatura es estriada. Por eso, nuestros anatomistas tampoco logran comprender el corazón. Y es que consideran que todos los órganos son iguales. Si se contemplan los órganos desde un punto de vista espiritual, pueden estar compuestos químicamente por los mismos elementos, pero, aun así, uno puede encontrarse en una evolución descendente y el otro en una ascendente. El corazón está en camino de convertirse en el futuro en un músculo voluntario; ya presenta en su estructura anatómica los rasgos característicos de ello. Hoy en día apenas se nota nada de ello. Hoy contribuye a que las experiencias anímicas actúen sobre la sangre. Podéis observar cómo, cuando os invade un sentimiento de miedo, la masa sanguínea se retira de la periferia del cuerpo hacia el interior, o cómo, al surgir un sentimiento de vergüenza, la sangre es impulsada desde el interior del cuerpo hacia la periferia. En el futuro, además de la transformación del corazón, también se producirá una transformación de nuestra laringe. Hoy en día, la laringe sirve para convertir mis pensamientos en palabras, haciendo vibrar el aire. Podéis captar y escuchar mis palabras con vuestros oídos; esto se debe a las vibraciones del aire. La laringe humana actual es capaz de traducir en vibraciones de aire lo que ocurre en el alma. El cuerpo humano del futuro transformará su laringe en un órgano reproductor, y la palabra, que él hoy solo crea en el aire, en el futuro creará a nuestro alrededor. La reproducción se llevará a cabo entonces a través de la laringe, que creará la raza del futuro.

Del mismo modo que el maestro señalaba al alumno el cáliz casto de la planta, y cómo señalaba al ser humano que, en su descenso, ha impregnado su sustancia vegetal con la naturaleza inferior de las pasiones, los deseos y los instintos, a cambio de lo cual ha adquirido su actual y luminosa conciencia diurna; así, el maestro mostraba cómo el ser humano actual ascenderá a estados de conciencia superiores, y cómo el ser humano del futuro transformará a su vez la sustancia llena de deseos en órganos puros y castos. Al alumno se le señalaba el pasado, el presente y el futuro. Así como el cáliz de la planta se extiende castamente hacia el sol y sus órganos reproductores crecen hacia él, esto volverá a darse en un nivel superior, donde el ser humano ofrecerá su laringe como cáliz al rayo del sol espiritual. A este cáliz espiritual que es el órgano del habla transformado, se le llamaba el Santo Grial. Se trata de un ideal real. Principio, medio y fin de la evolución de la humanidad: aquí ven ustedes la idea de la evolución de la humanidad transformada en una imagen.

A través de las sensaciones que nos despiertan estas imágenes, nos llegan las fuerzas que realmente nos abren el acceso a los mundos superiores. Todo ocurre sin magia alguna. Las imágenes despiertan las sensaciones que conducen al ser humano hacia los mundos superiores. Los sentimientos y las sensaciones conducen al ser humano al mundo astral, del mismo modo que la voluntad lo conduce al mundo devacánico o espiritual. El pensar corresponde al mundo físico, el sentir al mundo astral y la voluntad purificada al mundo del devacán.
Si observamos la planta en su sustancia original y pura, encontramos el verde como color en la vida de la planta. La planta, en aquellas partes en las que el cuerpo etérico está vivo y activo, está impregnada del verde de las hojas, de lo que se denomina clorofila. El cuerpo etérico tiene una ley fundamental: la ley de la repetición. Si en la planta solo actuara el cuerpo etérico, se repetiría una y otra vez la misma forma; brotaría hoja tras hoja. Pero cuando el cuerpo astral de la Tierra comienza a influir en la planta, esta concluye su crecimiento y da lugar a la floración. El efecto del cuerpo etérico se manifiesta en la repetición. Este principio también se hace valer en el crecimiento humano. El cuerpo etérico muestra su influencia en la formación de las vértebras, que, sin embargo, llega a su fin allí donde el cuerpo astral comienza a actuar arqueando la bóveda craneal. Por lo tanto, solo podemos influir en el cuerpo etérico a través del principio de la repetición. Cuando ustedes piensan y comprenden, el efecto de dicha acción se limita al cuerpo astral. Pero cuando ustedes rezan o meditan, por ejemplo, y repiten a diario la misma oración o la misma meditación, su acción llega hasta el cuerpo etérico. En el cosmos las cosas son de la siguiente manera: el principio de la repetición primero se manifiesta en las acciones del cuerpo etérico, y después el principio de la conclusión a través del cuerpo astral. Allí donde el cuerpo astral se retira, reaparece de forma natural el principio de la repetición. Ahí está la causa de que crezcan el pelo y las uñas, porque el cuerpo astral se ha retirado de allí. De hecho, tampoco les duele cuando se cortan el pelo, ya que el dolor es una manifestación del cuerpo astral. En un primer momento tenemos la sustancia vegetal pura y casta, en la que la planta, sometida únicamente a la ley del cuerpo etérico, desarrolla hoja tras hoja. Ahora bien, esta sustancia vegetal pura y casta impregna cada vez más aquello que en teosofía se denomina «kama»: lo instintivo y lo sensorial, lo rico en deseos, hasta llegar a las representaciones mentales. Y ahora, en el ser humano, debe superarse a su vez aquello que se ha desarrollado en él desde que tenía una naturaleza vegetal. A medida que el ser humano se ha ido desarrollando, ha incorporado en sí mismo la sangre roja. La sangre roja es la que provoca en el ser humano aquello que le hace consciente de sí mismo. La clorofila de la planta, impregnada de sustancia astral y del «yo», es la que se ha transformado en sangre roja. Si ustedes pudieran impregnar la sustancia verde de la planta con el «yo» y la sustancia astral, obtendrían la sangre roja. Piensen ahora en la imagen de la cruz. En la imagen de la cruz también hay algo que apunta hacia el futuro del ser humano. ¿Dónde está el futuro del ser humano? Él debe recuperar la naturaleza vegetal, pero unida al nivel superior de conciencia que el ser humano actual ya ha alcanzado. Las rosas rojas de la Rosa Cruz simbolizan lo que se ha alcanzado a través de la sangre, pero también lo que él tenía como naturaleza vegetal y debe volver a recuperar. Esto se refleja en la rosa. Ella tiene naturaleza vegetal y también tiene el color rojo de la sangre. En las hojas verdes actúa el cuerpo etérico; en la flor roja, que es el punto culminante, actúa el cuerpo astral; la flor de la rosa debe su color rojo a las influencias más intensas del cuerpo astral de la Tierra.

En el futuro el cuerpo astral del ser humano se liberará y actuará conscientemente desde fuera, desde fuera del cuerpo físico, al igual que ahora lo hace el cuerpo astral de la Tierra sobre la rosa. Entonces, lo que ahora existe como rosa vegetal en un nivel inferior aparecerá en un nivel superior como la rosa humana. Así, en la corona de rosas que rodea la madera negra de la cruz tenemos, de hecho, un símbolo de la evolución del ser humano. En la madera negra contemplamos lo que muere; es una imagen de lo que también morirá en el ser humano. Y en la rosa roja contemplamos aquello que seguirá desarrollándose hasta alcanzar ese cáliz que, —al igual que el cáliz vegetal del Sol—, se yergue para recibir los rayos espirituales del Sol. Y la Cruz de las Rosas, donde las rosas rojas rodean la cruz negra, nos representa este proceso de forma figurada.

Lo esencial de los símbolos es que no nos limitemos a pensarlos, sino que los sintamos y los experimentemos. Porque solo cuando sentimos que la rosa roja nos dice: «Esto es lo que seréis algún día, esto es lo que representa para vosotros la meta de la evolución humana», y cuando al hacerlo se nos abre el corazón y nuestros sentimientos se purifican, entonces se activan en nuestro interior las fuerzas que nos elevan hacia un mundo superior. Así, estos símbolos son artífices de nuestra alma. Impregnan y penetran nuestra alma; son los educadores más grandes y eficaces de nuestra especie humana.

Del mismo modo que aquí presentamos imágenes e ideas ante el alma, en ámbitos aún más elevados se presentan ante el ser humano las fuerzas internas de los números. El ser humano debe aprender a percibir las relaciones internas de los números como una música espiritual. Se pueden describir las relaciones entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, si se intenta ofrecer imágenes que ilustren cómo se relacionan entre sí estos cuatro miembros de la naturaleza humana. De este modo, el ser humano experimenta una especie de imaginación. Así, se puede describir la relación entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico diciendo: El cuerpo físico surge porque todas las fuerzas y sustancias que abundan en el mineral están unidas por el cuerpo etérico, el cual se desintegraría si el cuerpo etérico no lo impregnara; el cuerpo etérico es un luchador interno contra la desintegración del cuerpo físico. De esta manera, vamos avanzando hacia una concepción del cuerpo etérico.

Y si intentamos formarnos una visualización del cuerpo astral, nos lo imaginamos saliendo por la noche y actuando desde fuera sobre los cuerpos etérico y físico, eliminando las sustancias que provocan el cansancio. Aclaremos esto visualmente. Ahora bien, existe una forma aún más elevada de imaginar esta relación; para ello hay que tener en cuenta el valor intrínseco de ciertos números. Hay que reconocer que la relación de 1:3 es algo completamente distinto a la relación de 1:7. Esto no es indiferente. En el caso de la relación de 1:3, hay que imaginar que el 3 está diferenciado en sí mismo, y hay que imaginar las interrelaciones de cada una de las magnitudes con respecto a las demás.

Pero lo que importa es la relación 1 : 3 : 7 : 12. Si ustedes interpretan la relación entre estos números como una relación tonal, imaginando que un sonido realiza tres oscilaciones en un tiempo determinado, otro realiza siete oscilaciones en el mismo tiempo y otro más realiza doce oscilaciones, entonces habrán expresado en estos números aquella relación que, en la música espiritual, indica la relación entre el yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico.

Yo                        =         1
Cuerpo astral     =         3
Cuerpo etérico   =         7
Cuerpo físico      =       12

Esto tiene su razón de ser en la existencia cósmica. Si siguiéramos la evolución desde la existencia de antiguo Saturno hasta la actual existencia terrestre, pronto podríamos descubrir cómo se fundamenta esto en la existencia humana. La Tierra, en su primera encarnación, la de Saturno, estaba rodeada por los doce signos del zodíaco. Estos le proporcionaron la primera semilla del cuerpo físico. Mediante la influencia de los signos correspondientes sobre el cuerpo, surgió esta relación del número doce con cada uno de los miembros del cuerpo físico. Los siete planetas actuaban sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra era un sol, los demás planetas giraban a su alrededor, y así el número siete actuaba sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra se encontraba en su encarnación lunar, actuaba sobre ella, en un primer momento, el Sol. Pero luego, al separarse primero el Sol y después la Luna de la Tierra, de un cuerpo surgieron tres, y de ahí que el número tres actuara en la formación del cuerpo astral. Y cuando el «yo» descendió de los mundos superiores, esto se expresó en el número uno. La relación de 1:3 les indica la relación del «yo» con el cuerpo astral; la de 7, la relación con el cuerpo etérico; y la de 12, la relación con el cuerpo físico.

1 : 3 : 7 : 12 indica, por tanto, la proporción entre los cuatro elementos constitutivos del ser humano, que deben ustedes sentir en su interior. No es fácil despertar la sensación de que hay que imaginarse el cuerpo físico como la más perfecta de las cuatro partes, el cuerpo etérico como la menos perfecta, el cuerpo astral como aún menos perfecta, y el «yo» como el «bebé» entre los cuatro elementos de la naturaleza humana. Hay que considerar el cuerpo físico doce veces más perfecto que el «yo», el cuerpo etérico siete veces más perfecto y el cuerpo astral tres veces más perfecto. Estos números indican los grados de perfección de los cuatro elementos de la naturaleza humana. Así pues, estos números nos ofrecen símbolos profundos de las relaciones reales.

En las escuelas ocultistas existían instrucciones para ir conociendo poco a poco los valores numéricos. Así, se enseñaba el significado del número tres diciendo: «Imaginemos el desarrollo de una planta; en él hay tres aspectos que debemos tener en cuenta. Empecemos, en primer lugar, por la semilla. Tenemos una semilla pequeña y discreta, de la que se desarrolla poco a poco la planta». Podemos representarlo gráficamente haciendo que el germen de la planta se expanda en forma de rayos hasta convertirse en hojas, flores y frutos. Ahora, la semilla se ha convertido en planta y, a su vez, la planta se ha transformado de nuevo en semilla. Todo lo que en la planta se ha desplegado para convertirse en hojas, flores y frutos, todo eso está enrollado en la semilla; por así decirlo, se ha deslizado dentro de ella. En una planta desarrollada, todo se manifiesta en lo sensible. Entonces, lo sensible se introduce en algo muy pequeño: una semilla. Así, en la semilla tenemos lo sensible lo más pequeño posible y lo espiritual lo más grande posible.

Pero ocurre aún una tercera cosa. Mientras se forma la semilla a partir de la planta y de ella surge a su vez la nueva planta, las fuerzas elementales del entorno actúan continuamente sobre la planta desde el exterior. El germen está ahí, el que surgió de la planta, y de él surge a su vez la nueva planta; pero el tercer elemento proviene de todo el mundo que la rodea; y es este tercer elemento el que vuelve a transformar ligeramente cada planta. Cuanto más elevado es un ser, mayor es el efecto transformador de la influencia de este tercer elemento.

Volvamos ahora a considerar el alma humana, tal y como vive entre el nacimiento y la muerte. Allí ha desplegado lo que trajo consigo como frutos de una encarnación anterior. Del mismo modo que la vida vegetal inconsciente se ve afectada por influencias externas, el ser humano experimenta conscientemente, en la vida entre el nacimiento y la muerte, las más variadas influencias del exterior. Y todo lo que experimenta allí no estaba aún predispuesto en su germen; es algo completamente nuevo, un enriquecimiento cuyos frutos el ser humano se lleva consigo a una vida posterior, a una encarnación siguiente. Lo que estaba predispuesto en la planta antigua sigue actuando en la nueva; pero en la configuración de la nueva planta se manifiesta algo más que no estaba presente en la antigua.

Así pues, en todo proceso de formación debemos tener en cuenta tres aspectos: en primer lugar, el desarrollo a partir de un estado, por así decirlo, «envuelto»; a esto lo llamamos desarrollo o evolución. A continuación, lo que se encuentra en estado embrionario debe surgir mediante el proceso inverso, la «envuelta» o involución. Sin embargo, estos dos procesos por sí solos aún no suponen ningún progreso. Solo y exclusivamente gracias a que un ser es capaz de asimilar influencias del exterior y transformarlas en experiencias internas puede surgir algo nuevo, un progreso en el mundo. Eso es lo tercero; se denomina creación de la nada. Ustedes están continuamente desarrollando lo que llevan dentro desde tiempos remotos; continuamente están asimilando algo del propio entorno que ustedes transforman en experiencias, y eso lo llevan luego a una nueva encarnación. En toda la vida actúa la trinidad de evolución, involución y creación de la nada. En el ser humano, esta creación de la nada se manifiesta en el trabajo de su conciencia. Él vive los procesos de su entorno y los transforma en ideas, pensamientos y conceptos. Las predisposiciones provienen de encarnaciones anteriores, pero todo progreso en la vida se basa en la producción de nuevos pensamientos y nuevas ideas. Las circunstancias del entorno se «consumen», y las experiencias internas dan lugar a nuevos pensamientos e ideas. Por eso, el tres es el número de la vida; se le llama el número de la creación o de la acción.

Por el contrario, a otro número se le denomina el número de la revelación. Es fácil imaginar qué número se designa como el de la revelación. Cuando observamos cualquier cosa en el mundo, esta siempre debe manifestarse en una dualidad. Del mismo modo que no podemos percibir la luz sin la oscuridad, ante cada concepto real se nos presenta siempre algo atenuado u opuesto. Luz y oscuridad, bien y mal, y así sucesivamente. En todo el mundo manifestado reina la dualidad. Por eso, el dos es el número de la revelación. Los opuestos solo se unen en el ámbito de lo oculto, que subyace a lo manifestado. Por eso, el número uno es el número de la unidad. La evolución y la involución no son opuestos, porque siempre se desarrollarían de la misma manera sin el tercero: del germen a la planta y de la planta al germen. Solo en conexión con el tercero, la creación de la nada, surge lo nuevo, que se expresa mediante el número tres.

Así pues, en los tres primeros números tienen símbolos importantes del mundo espiritual. Se les debería explicar, mediante ejemplos concretos, cómo se relaciona lo que se denomina «símbolos» con los mundos superiores y cómo, por ejemplo, símbolos como el Santo Grial o la Rosa Cruz expresan en la imagen el desarrollo superior.

Tienen otro bonito símbolo en la imagen del espejo. A menudo se dice que lo que nos rodea es un espejo de lo espiritual, porque, en realidad, nada de lo exterior nos muestra otra cosa que no sea el reflejo del ser espiritual. Ustedes mismos pueden observarlo en la vida física. Cuando perciben un objeto físico, ¿qué es lo que ve su ojo? Su ojo no vería el objeto en absoluto si los rayos del sol no incidieran sobre él y fueran reflejados desde el objeto hacia su ojo. En realidad, su ojo no ve los objetos comunes, sino la luz solar reflejada por los objetos, y por eso le parece que hay un objeto con una forma determinada. En realidad, tampoco se ve a sí mismo cuando se mira en el espejo, pues su parte espiritual se encuentra fuera de su entidad física. Lo que ven en el espejo es el reflejo de los rayos que les llegan desde el mundo espiritual. Lo que ven refleja la luz espiritual del mismo modo que los objetos comunes reflejan la luz del sol. El cuerpo exterior del ser humano es, de hecho, el espejo en el que se refleja su verdadera esencia.

En la era atlante, el ser humano no veía en absoluto los objetos del exterior. Sabía que se encontraba inmerso en una sustancia espiritual y, por eso, podía ver lo espiritual en su interior. No fue hasta aproximadamente el último tercio de la era atlante cuando se le apagó la luz espiritual, y el ser humano solo veía ya los rayos reflejados de esa luz. Imagínense que miran a través de un cristal y se conciencian de sus propias cualidades espirituales. Ahora, alguien aplica una sustancia reflectante en la parte posterior del cristal; de este modo, ya no ve en el cristal su propio ser, sino solo la imagen reflejada por el espejo. El ser humano ve ahora su imagen; y entonces surge en él la ilusión de que lo que ve allí es su yo. Esta ilusión queda maravillosamente expresada en la Biblia. El ser humano perdió el paraíso cuando quedó tan absorto en la sensorialidad que se vio a sí mismo. Antes, Adán y Eva no habían «visto»; ahora «se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos». Y como en realidad se produjo aquí un engaño, la leyenda atribuye el hecho de que los objetos se hicieran visibles exteriormente al principio luciférico.

En Europa del Este hay una leyenda popular que cuenta lo siguiente: Érase una vez un monje que quería comprobar si se basaba en la verdad la siguiente frase bíblica: «Los que buscan, encontrarán, y a los que piden, se les dará». —Quería comprobar si eso era realmente cierto, así que rezó por lo que deseaba obtener. No quería nada más ni nada menos que a la propia princesa. Le pidió la mano a la princesa. Esta le dijo: sí, se convertiría en su esposa con una condición: él debía traerle un instrumento en el que pudiera verse de pies a cabeza. Era una época en la que aún no existían los espejos. Así que se puso a buscar; en su camino se encontró con el diablo, quien le reveló el secreto del principio del espejo. Cuando regresó con él, la princesa le dio su consentimiento; sin embargo, él renunció a ella más tarde. Para conseguir el espejo, tuvo que recurrir al diablo.

En los múltiples signos y símbolos con los que nos hemos encontrado en estas conferencias, hemos podido ver el significado real de estas imágenes. La percepción sensorial es el contenido del mundo físico. Las imágenes y las imaginaciones son la expresión del mundo astral. La armonía de las esferas, el sonido de las esferas, es la expresión del mundo espiritual. Quien asciende a este mundo espiritual percibe su riqueza sonora interior, que penetra en su ser. La inspiración es el elemento vital del mundo espiritual, del mismo modo que la imaginación es el elemento vital del mundo astral. Un mundo verdaderamente inspirado se crea a partir del espíritu.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Berlín, 21 de octubre de 1907 La Magia negra y la Magia blanca

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RUDOLF STEINER

 La Magia negra y la Magia blanca

séptima conferencia
Berlín, 21 de octubre de 1907

Se  nos ha expresado el deseo de que hablemos también de lo que habitualmente se denomina «magia blanca y magia negra», y de que esto se relacione con algunos otros conceptos que conocen los teósofos.

Ahora bien, lo que hay que abordar aquí es un ámbito muy amplio y ramificado de la visión ocultista y de las ciencias espirituales, de modo que solo se podrán abordar, por así decirlo, algunos aspectos elementales de este campo. Pero incluso estas ya exigen como requisito previo que lo que ahora vamos a examinar se entienda como si estuviera destinado exclusivamente a los alumnos de las ciencias espirituales y no a cualquier otra persona que no esté dotada de una condición y forma de pensar, propias de las ciencias espirituales. Cuando se pretende hablar de un tema de estas características, hay que partir de ciertos supuestos. 

Los términos «magia blanca y magia negra» se utilizan a menudo, precisamente dentro del ámbito teosófico, y en infinidad de ocasiones nos encontramos con que la expresión «mago negro», se emplea a modo de acusación, incluso por parte de quienes actúan dentro de la corriente teosófica. Algunos de ustedes ya habrán oído por si mismos, que se ha calificado con ligereza como «magia negra» esto o aquello. Sí, incluso ocurrió una vez que, tras la lectura de nuestras «Comunicaciones», —creo recordar que fue el primer número—, en cierto lugar la gente dijo: lo que había sucedido en aquella Asamblea General y se había relatado en las «Comunicaciones» encierra magia negra. En aquel entonces, algunas personas llegaron incluso a afirmar que en la dirección de aquella Asamblea General debía de haber un hechizo maligno. Esto no es más que un ejemplo de algo que ocurre con frecuencia y que se deriva de una concepción bastante trivial no solo del concepto de «magia negra», sino del concepto de «magia» en general.

En primer lugar, debemos tener claro qué se entiende por «magia» para poder comprender qué se entiende por «magia negra» después. Mucha gente cree lo siguiente: dicen que se pueden adquirir fuerzas ocultas y, al hacerlo, suelen pensar en fuerzas ocultas bastante inferiores y elementales. Porque, por lo general, quienes hablan de tales cosas no saben nada de las fuerzas ocultas superiores; normalmente no tienen ni idea de qué deben entender realmente por «fuerzas ocultas». Por lo general, la gente añade además que quien practica la magia negra es aquel que utiliza tales poderes al servicio del egoísmo personal. Una afirmación como esa es de las que ni siquiera se puede decir que sean falsas. Pero tampoco importa mucho que se diga que es cierta, pues no aporta nada especial. Es el resultado de una forma de pensar totalmente abstracta. Quien quiera hablar de estas cosas debe, ante todo, tener los pies firmemente plantados en el suelo de la realidad, ya sea la realidad física o la espiritual; debe saber qué es real, y entonces dejará de divagar sobre todo tipo de cosas que no guardan relación alguna con la realidad.

¿No supone acaso una exigencia imposible para los seres humanos de hoy, en cierto sentido, una afirmación como esa de que no se deben emplear las fuerzas ocultas al servicio del egoísmo personal? Esa es la pregunta que debemos responder en primer lugar. Es cierto que quienes afirman esto establecen como primer mandamiento: «¡No serás egoísta!». Sin duda, se trata de un mandamiento supremo. Pero para quien piensa con sensatez, la cuestión no radica en que se establezcan tales mandamientos, sino en si estos pueden cumplirse en absoluto. Y quien crea que el mandamiento de no ser egoísta puede ser cumplido sin más por las personas de hoy en día, se está engañando a sí mismo. Quien reconozca que es su deber disipar las ilusiones, deberá disipar también la ilusión de que un mandamiento así pueda cumplirse fácilmente.

Puede que aparezca alguien y diga: «¡Quiero actuar en el mundo de una manera totalmente desinteresada!». En un primer momento, no puede saber que, entre las fuerzas con las que actúa, hay toda una serie de fuerzas ocultas. De cada persona emanan fuerzas ocultas. Si alguien dice que quiere actuar de manera desinteresada en el mundo, ese es un ideal muy, muy hermoso. Pero si se intenta indagar más allá y preguntar: «¿Por qué quieres ser desinteresado? ¿Por qué te impones este precepto de ser desinteresado?», se obtendrán respuestas curiosas, por ejemplo: «A través del desinterés voy ascendiendo poco a poco a niveles más elevados de perfección»; «No soporto ser una persona sin valor»; «Quiero ser una persona que tenga valor en el mundo». —Si se analizara este sentimiento, se descubriría que, tras las razones que justifican el altruismo, se esconde a menudo el egoísmo más increíble, a menudo un egoísmo mucho mayor que el que se encuentra en aquellas personas que no quieren ser altruistas en absoluto, sino que simplemente se entregan a sus instintos egoístas. Reflexionen sobre esta idea y verán cuánto egoísmo se esconde en el impulso hacia el altruismo.

¿Y cómo podría ser de otra manera? El egoísmo es una fuerza que los dioses no han implantado en la naturaleza humana para que el ser humano la reniegue o la niegue sin más. De hecho, el egoísmo es uno de los elementos más esenciales a través de los cuales actúa el ser humano. Si investigamos las razones del egoísmo, si nos preguntamos: «¿Por qué los dioses, esos dioses bondadosos, han inculcado el egoísmo en el ser humano?», dado que es algo tan abominable a juicio de tanta gente, obtenemos, a partir del ocultismo auténtico, la respuesta de que el egoísmo es una protección formidable frente a lo que le sucedería al ser humano en el mundo si no lo tuviera. ¿Saben qué es lo que mejor protege al ser humano de recurrir a ciertas fuerzas bastante perversas, de las que hablaremos enseguida? Hoy en día, para alguien que quisiera practicar la magia negra, sería muy fácil atraer a una persona como discípulo y enseñarle ciertos gestos y artimañas de la verdadera magia negra; podría actuar de la forma más espantosa del mundo. Sin embargo, la mayoría no lo hará sin más. ¿Y saben por qué? Por la sencilla razón de que tienen miedo, porque temen por su personalidad. Intuyen un poco las consecuencias en su mente y, de forma egoísta, las temen. Y está muy bien que tengan miedo y, por eso, dejen de hacerlo. Si al comienzo de la evolución de la Tierra los seres humanos hubieran recibido de igual a igual todas las fuerzas existentes para actuar sobre el cuerpo astral, el etérico y el físico, entonces esos seres humanos habrían cometido cosas terribles en el mundo. Pero así, se les ha concedido el egoísmo, y este lleva al ser humano a que, en un primer momento, solo se preocupe por sí mismo, y a que esa preocupación por sí mismo lo ocupe por completo. Por eso, los dioses han erigido alrededor de los seres humanos, como una especie de muro protector, y esa protección se la brinda el egoísmo. Es el egoísmo el que oculta al ser humano la visión de las cosas que se encuentran más allá del mundo de las apariencias. Es sumamente importante tener esto en cuenta. Se trata de uno de los sabios mecanismos de frenado que los dioses han establecido para que el ser humano no penetre demasiado rápido en los reinos espirituales. Eso es, pues, el egoísmo; es un buen medio de protección.

Así pues, no hay que ir por ahí lanzando palabras como esas, porque aún queda un largo camino por recorrer hasta que el ser humano sea capaz de actuar de forma altruista, hasta que alcance la madurez necesaria para el altruismo. Ni siquiera hace falta recordar lo ridículo que resulta todo ese sermón sobre el altruismo, precisamente en nuestra época, la era del egoísmo en su máxima expresión, en la que cada uno quiere hacerse con todo lo que le corresponde conforme a su estatus social. Así, este «altruismo» lleva a rodearse por completo de un torbellino de ilusiones. Si ustedes no reflexionaran a fondo sobre cómo la gente, hoy en día, se envuelve en un torbellino de ilusiones, no creerían cómo, sobre todo a través de las teorías, nuestros contemporáneos se dejan envolver en un torbellino de ilusiones. Se forjan y se predican teorías sociales, tanto por parte de profesores como de quienes no lo son. Pero precisamente una gran parte de las teorías sobre los remedios sociales para el cuerpo social no son más que un desbordamiento de la «Psychopathia professoralis». Pueden comprobarlo en la práctica, viendo cómo piensa y actúa la gente de forma errónea. ¿En qué sociedad o comunidad no se puede observar que la gente reflexiona sobre tal o cual remedio, por ejemplo, contra el desempleo? Cuando hay desempleo, hay hambre. Pero, ¿cómo podemos remediarlo? Entonces se toma la decisión: hay que dar trabajo a la gente. - Y entonces se inventa algo para dar trabajo y empleo a la gente, para que ganen dinero y puedan comprarse lo que quieran. Parece un remedio muy eficaz para evitar los males sociales: dar empleo a la gente. Pero es una medida muy peligrosa dar empleo a la gente a cualquier precio, siempre que no se distinga entre empleo productivo y no productivo. Mientras no se haga esta distinción entre empleo productivo y no productivo, se trata incluso de una medida con efectos terribles para la sociedad. Imaginemos un caso extremo: alguien, ante la situación de que en una zona determinada varias personas se han quedado sin trabajo debido a la invención de una nueva máquina, quisiera proporcionarles rápidamente trabajo y sustento. Para ello, inventa un producto en el que utiliza residuos sin valor para fabricar artículos de aseo. De este modo, la gente puede ganar algo de dinero y comprarse el pan. - Pero eso no es más que una forma de trasladar la pobreza de un lado a otro, pues de esta manera no se produce nada en absoluto, no se genera nada. Cualquiera puede reflexionar por sí mismo sobre ello con el siguiente ejemplo: alguien se sienta en un restaurante en el campo y dice: «¡Camarero, póngame diez postales!», y las envía sin pararse a pensar en cuántos carteros tienen que subir cuatro o cinco plantas, y sin pensar en que con ello no se pone en movimiento ninguna fuerza real en el mundo. Ni siquiera se tiene en cuenta que con ello no se logra nada real que favorezca al espíritu y al cuerpo. Si se lo dice a la persona en cuestión, esta, naturalmente, tendrá una excusa. Podría decir, por ejemplo, que se podrían contratar nuevos carteros, con lo que más gente tendría trabajo. Pero no se tiene en cuenta que, si se contrata a gente nueva, su trabajo no crea nada nuevo, sino que solo se ha redistribuido la pobreza. Esto demuestra que las personas primero deben saber algo sobre la distribución del trabajo en la Tierra antes de poder siquiera plantearse la más mínima idea de reforma. La ignorancia que pretende reformar es algo temible en el contexto mundial. Es terrible que, a menudo, las personas no tengan la paciencia de esperar hasta haber aprendido a tener una visión general de cómo se puede ayudar, sino que se dediquen a hacer de todo un poco, con esto o aquello. Todo eso son ilusiones con las que las personas se envuelven. Y también es una ilusión de este tipo cuando, en la teosofía trivial, la gente habla de altruismo. Si queremos informarnos sobre la magia blanca y la magia negra, primero debemos tener presente en nuestra alma algo del concepto de «magia», sobre el que ya saben algo aquellos que han asistido a las últimas conferencias. También en público ya he abordado brevemente la esencia de la magia.

¿Qué es, pues, la magia? 

En todas las antiguas escuelas ocultistas existían tres formas de ascender a los ámbitos más elevados del conocimiento. La primera era la del iniciado, la segunda, la del clarividente, y la tercera, la del mago. Se trata de tres cosas fundamentalmente distintas entre sí: la iniciación, la clarividencia y la magia. Aclaremos primero, mediante una sencilla comparación, qué es un iniciado, qué es un clarividente y qué es un mago. Imagínese cualquier región en la que no se conozcan los trenes, los barcos de vapor y demás, donde la gente viva sin trenes ni barcos de vapor. En una región así, el hecho de que existan trenes y barcos de vapor es puro ocultismo. «Oculto» significa algo secreto, algo de lo que la gente no sabe nada. Ahora bien, si alguien de una zona donde no hay trenes ni nada por el estilo viaja a otra zona donde ve trenes y barcos de vapor, y luego regresa a su tierra natal, les cuenta a los suyos que existen los trenes y los barcos de vapor. Lo sabe por experiencia propia, pues ha vislumbrado un mundo que para los demás sigue siendo un misterio.

Quien, a través de la formación ocultista, es iniciado en los mundos superiores, es, en este sentido, un clarividente. Sabe por propia experiencia que existen mundos espirituales, seres espirituales y fuerzas espirituales. Los mundos espirituales tienen distintos niveles. Una persona puede ser clarividente en un nivel determinado, ver algunos fenómenos, pero no ver otros. Ahora deben recordar algo que se ha dicho aquí con frecuencia: para descubrir y explorar por sí mismos las verdades ocultas es necesaria la clarividencia. Pero la clarividencia no es necesaria para comprender estas verdades. Para ello basta con el entendimiento humano común, siempre que se aplique de manera correcta y lo suficientemente exhaustiva. Quien diga que solo podría comprender lo que se comunica en los informes ocultistas si fuera clarividente, simplemente no utiliza su razón lo suficiente. El ser humano no puede descubrir las verdades ocultistas con la razón, pero sí puede comprenderlas. Todo lo que se deduce de la investigación espiritual puede comprenderse si uno está dispuesto a reflexionar a fondo. Sin embargo, no es posible descubrir las verdades ocultas sin clarividencia; para ello se necesita la clarividencia. Por lo tanto, lo que se proclama a través de la teosofía también podría ser comprendido por quienes reflexionen a fondo sobre ello.

Incluso en los ámbitos más elevados, se pueden recibir relatos de los hechos de las experiencias ocultas, y luego se pueden comprender. Así, en las escuelas ocultistas siempre ha habido clarividentes que, mediante los métodos que se aplicaban, aprendían a penetrar en los mundos espirituales. A menudo se trataba de métodos muy laboriosos. Pero, además de estos clarividentes, siempre hubo también iniciados. Se trataba de aquellos que, gracias a sus amplias facultades intelectuales y a su disposición para aplicarlas, habían comprendido los hechos y las leyes de los mundos superiores. Esos eran los iniciados. Hoy en día, esta relación entre iniciados y clarividentes ya casi no es posible, porque hoy en día todo el mundo está afectado por el gran egoísmo de querer ver por sí mismo. Hoy en día, la gente apenas tiene idea del amor y la confianza que reinaban en las escuelas ocultistas de la antigüedad. Allí estaba el clarividente que, tal vez a lo largo de varias encarnaciones, aplicaba los métodos con abnegación y se había ejercitado para contemplar los mundos superiores, en los que podía ver muchas cosas, absteniéndose de conocer las leyes de dichos mundos, no para no verse frenado por ellas, sino para prestar un mayor servicio a la humanidad mediante un desarrollo más rápido de las capacidades clarividentes. Esta renuncia no es fácil de aceptar sin más. Es algo grandioso y formidable que alguien decida convertirse en clarividente sin conocer al mismo tiempo todo el orden de las leyes que rigen los mundos superiores; y si espera, —quizá miles de años—, hasta lograrlo, solo podrá hacerlo con la condición de ponerse bajo la estricta tutela de un gurú o maestro elegido. Porque si se acercara a las cosas del mundo espiritual como un mero clarividente, sin conocer sus leyes, pronto se desviaría por caminos erróneos y caería en los errores más graves, a menos que aceptara el consejo del gurú en todos los asuntos importantes.

Hubo otros que renunciaron por completo al desarrollo de los dones clarividentes superiores, porque deseaban ser iniciados en las leyes de los mundos superiores. Con amor y entrega, confiaban en lo que les decían los videntes, pero conocían las leyes. Para explicarlo, se puede poner un ejemplo del mundo cotidiano. Imagínese a una persona que ve extraordinariamente bien, que puede percibir con sus ojos todo tipo de fenómenos, pero que no entiende nada de las leyes de los fenómenos luminosos. E imagínese a otra persona que es muy miope y apenas ve a unos pocos centímetros de sus ojos, pero que conoce bien las leyes físicas de los fenómenos luminosos. Ambos pueden colaborar y trabajar bien juntos: uno conoce las leyes, el otro no las conoce en absoluto, pero a cambio ve los fenómenos. Y esto es aún más cierto en los ámbitos superiores. Es posible que alguien alcance un grado elevado de iniciación sin pretender poseer poderes clarividentes. En las antiguas escuelas ocultistas era muy habitual que estas dos clases coexistieran. Los clarividentes aceptaban de buen grado los consejos de los iniciados que no poseían en absoluto la clarividencia. Esto resultaba especialmente necesario en aquellos casos en los que se requería un alto grado de clarividencia y un alto grado de iniciación, como, por ejemplo, en todo lo relacionado con el ámbito astrológico. Lo que ocurría era que aquellos que deseaban asimilar en profundidad las complejas leyes de la astrología tenían que renunciar, por regla general, a esa clarividencia superior que los clarividentes astrales debían adquirir. Se complementaban mutuamente. Solo en los tiempos modernos, en los que el ser humano piensa y siente de forma materialista, hay que tener claro que es imposible separar estrictamente estos dos ámbitos y, por ello, desde el siglo XIV ya no se hace distinción alguna entre ambas clases, de modo que el maestro ya no concede una iniciación a nadie sin otorgar al mismo tiempo un cierto grado de clarividencia. No puede ser de otra manera, porque no sería en absoluto compatible con el egoísmo y la desconfianza que imperan hoy en día. Por eso ya no se hace distinción entre ambas, pues hoy en día las personas son incapaces de actuar de forma altruista.

Ahora bien, el mago se diferencia tanto del clarividente como del iniciado. El hecho de que alguien pueda vislumbrar por sí mismo los mundos superiores no implica, ni mucho menos, que ya sea capaz de dominar las fuerzas que actúan en el mundo sensorial y aplicarlas. ¿O acaso creen ustedes que una persona que poseyera el conocimiento de la locomotora, el barco de vapor y la máquina de vapor, se trasladara a una región donde se desconocen, podría construir inmediatamente allí una máquina de ese tipo? Él podrá describirles cómo son esas cosas, pero no sabrá construirlas de inmediato. El hecho de que el clarividente pueda ver por sí mismo en los mundos superiores no implica que también sepa dominar las fuerzas que actúan en el mundo sensible y aplicarlas. Solo es mago o adepto aquel que sabe aplicar en este mundo las fuerzas superiores, de las que todo lo físico no es mas que una expresión; es decir, aquel que es capaz no solo de recurrir a las fuerzas y poderes físicos cuando se trata de cualquier asunto relacionado con su actuar, sino que también sabe dejar que actúen las fuerzas superiores. En nuestra época, ser mago o adepto no es, en realidad, cosa de poca monta. No hay ningún momento en la evolución de la humanidad que se haya opuesto tan rotundamente a la magia o al adoctrinamiento como lo hace el nuestro hoy en día. Y hoy en día, en determinadas circunstancias, la mejor forma de servir a la humanidad es limitarse a difundir los conocimientos de los mundos superiores y, uno mismo, —quizá con el corazón encogido—, renunciar a ellos incluso en casos en los que tal vez sería oportuno recurrir a los poderes mágicos. Y es que la vida pública actual es tan ajena al concepto de la magia que, en determinadas circunstancias, la influencia de los mundos superiores sobre nuestro mundo supondría un revés si se aplicaran directamente los poderes mágicos. Quien tenga cierta práctica en el uso de los poderes y, además de los conocimientos, se haya familiarizado con su mecanismo, debe abstenerse en determinados casos de aplicar esos poderes, por la sencilla razón de que hoy en día es imposible ir a contracorriente de los tiempos que corren en el mundo. Ser mago no solo implica clarividencia e iniciación, sino también práctica. De eso se trata. El mago debe, con gran dedicación y a lo largo de largos períodos de tiempo, adquirir ciertas habilidades; debe practicar. Piensen solo por un momento en cuánto pueden saber, —ya en el mundo físico—, sin que ustedes mismos sean capaces de llevar a cabo realmente aquello de lo que pueden hablar, aquello de lo que saben algo. Se puede estar iniciado en muchas cosas. Se puede saber con total exactitud cómo está construida una locomotora, pero sin que nadie le encargue inmediatamente la construcción de una, ya que con ello se arriesgaría a tirar el dinero por la ventana. Lo mismo ocurre en los ámbitos superiores. La práctica hace al mago; la percepción en los mundos superiores hace al clarividente; el conocimiento y la comprensión de las leyes en los mundos superiores hacen al iniciado.

En tiempos pasados era absolutamente inadmisible llevar a cabo cualquier acto mágico sin estar en armonía con los regentes del mundo, el «Gobierno de la Tierra», a quienes también se conoce como los grandes maestros de la llamada Logia Blanca. Todas las escuelas ocultistas, todas las escuelas que existen y todo lo que se enseña no pueden ser más que el nivel más bajo hacia un desarrollo superior; sobre él deben erigirse niveles cada vez más elevados, hasta llegar a los verdaderos guías de la evolución de la Tierra. En el nivel más elevado se encuentran aquellos que no solo conocen la sabiduría, sino que «gobiernan» la Tierra en su evolución, que hacen fluir la sabiduría en la evolución terrestre. Solo ellos son capaces de determinar, en cada acción concreta en la que intervienen las fuerzas espirituales, si esta acción perturba o no el conjunto del proceso. Si construyes una casa y estableces el plano de la misma, cada uno de los trabajadores que participan en la obra debe trabajar en armonía con ese plano. Y si alguien llega y se le ocurre hacer una ventana de forma diferente a como está prevista en el plano, por muy bonita y magnífica que sea esa ventana, toda la casa queda alterada. Si alguien en el mundo quiere lograr algo mediante fuerzas espirituales, por muy significativo y grandioso que sea, si no encaja en el plan original de la evolución de la Tierra, perturba dicho desarrollo y, en ocasiones, lo retrasa durante mucho tiempo. Es imposible que el ser humano que no utiliza fuerzas espirituales pueda perturbar este plan del desarrollo de la Tierra. ¿Y por qué no? Porque, en lo que respecta a las fuerzas espirituales, lo que hacen las personas que carecen de un conocimiento de los mundos superiores, se comporta como un fenómeno natural respecto a una casa. Lo que el clima, a través de las condiciones de calor y sol, destruye en una casa, tiene que ser destruido; eso es, en cierto modo, algo evidente. Así se comportan también las intenciones de quienes no tienen relación alguna con el mundo superior. En cambio, las acciones de quienes tienen alguna relación con los mundos superiores, cuando hacen algo que no está en armonía con el mundo espiritual, se comportan como si alguien golpeara un objeto con un martillo. ¿Qué es, pues, necesario para que se produzca el progreso de la humanidad? Cuando se emplean fuerzas ocultas, es absolutamente necesario que se mantenga la conexión con las fuerzas espirituales centrales del mundo, y es absolutamente necesario que no se entreguen las fuerzas espirituales a nadie que no desee buscar esa conexión. De ahí se deriva que en todas las escuelas ocultistas auténticas reine el secreto en torno a la transmisión de las fuerzas espirituales, y que no se revelen tales secretos a nadie que no se comprometa a mantener la conexión con los seres espirituales rectores. Solo el «gobierno central» de la Tierra tiene la capacidad de saber de qué se trata. Y eso es algo que hay que saber si se quieren emplear fuerzas espirituales. Cuando se le revela algo a otra persona de forma no autorizada, cosa que puede llevar a esa persona a oponerse al gran plan de la evolución de la Tierra, se comete el primer tipo de acto de magia negra. Por eso se aplica el principio siguiente: el primer acto de magia negra es la traición de los secretos ocultos. Hablar sin sentido y revelar secretos ocultos constituye el primer caso de magia negra, pues con ello se entregan los secretos ocultos a aquellos que se oponen a la dirección central del desarrollo de la Tierra, porque no conocen el contexto. ¿Dónde ocurre esto, dónde se hace realidad? Se hace realidad allí donde los secretos ocultos se ponen en práctica no al servicio de toda la dirección de la Tierra, sino al servicio de alguna entidad limitada que no quiere tener relación alguna con la dirección de la Tierra al servicio de la humanidad. Así pues, si, por ejemplo, al ser humano se le revelan aquellas cosas que solo debe aplicar cuando haya superado todos los prejuicios nacionales y raciales, pero las aplica antes de haber superado dichos prejuicios y antes de tener la más mínima idea de lo que significa ser un «ser humano sin patria», entonces exactamente lo mismo que, en otras circunstancias, es magia blanca, pasa a estar al servicio de la magia negra. Exactamente lo mismo. Si aquello que debería servir a la humanidad se utiliza al servicio de una raza concreta, por ejemplo, para otorgar a esa raza el dominio sobre la Tierra, entonces eso es, a gran escala, magia negra, pues no se lleva a cabo en armonía con la guía de la Tierra. Ese es el primer requisito: ir más allá de lo que nos une únicamente a una parte de la humanidad. Para un mago blanco de hoy en día, esto constituye el primer principio. El ser humano no puede aspirar a la abnegación, sino al amor por toda la humanidad. Puede ampliar el ámbito de su amor. Puede hacerlo, y de eso se trata precisamente.

Sin embargo, ocurre con mucha frecuencia que las personas intentan, mediante todo tipo de maquinaciones, obtener algo que, de otro modo, nunca se les revelaría. Ahora pasamos a los métodos propiamente dichos, a las maquinaciones que es necesario llevar a cabo para adquirir poderes de magia negra. Esto es algo que se puede describir con todo detalle. Ya han visto el primer medio, la primera vía para adquirir poderes de magia negra; consiste precisamente en que las fuerzas y entidades invocadas nos revelen esos medios. Sí, ¿qué son, en realidad, estos medios mágicos? Son aquello mediante lo cual podemos utilizar las fuerzas espirituales para actuar aquí, en el mundo sensible, y para lograr resultados y éxitos. Esos son los medios. Pero, en realidad, no hay en el mundo sensible más efectos que aquellos que proceden de los mundos espirituales. Todos los efectos, logros y acciones en el mundo sensible proceden de los mundos espirituales. Por lo tanto, quien no quiera llegar a estas cosas por la vía legítima del estudio pausado, —a través de aquellos que son iniciados, clarividentes, adeptos o incluso magos—, solo puede elegir otro camino, y esta consiste en que, en lugar de dirigirse a las personas, —que son las encarnaciones de entidades espirituales superiores—, se dirija a la propia naturaleza e intente discernir en ella la forma en que las fuerzas espirituales han fluido hacia su interior.

Porque todo lo que hay en la naturaleza proviene de los mundos espirituales, y mediante ciertas artimañas y acciones podemos volver a extraer de la naturaleza esas fuerzas espirituales. Ahora bien, en el momento en que, respecto a aquello que desconocemos, no dejamos que la naturaleza actúe por sí misma, sino que llevamos a cabo nosotros mismos lo que queremos, —es decir, cuando actuamos por nuestra cuenta allí donde no sabemos nada—, en ese momento también somos capaces de obtener fuerzas del ámbito de la magia negra. Si no queremos llegar a las fuerzas internas de la naturaleza por el camino indirecto de la sabiduría y la perspicacia, y si evitamos todo lo que ocurre mediante la sabiduría y la perspicacia en el camino del desarrollo de las fuerzas internas, sino que elegimos otros medios, entonces, a través de esos otros medios, nos encaminamos siempre hacia los rituales de magia negra, hacia la magia negra.

Fíjense: quien hoy quisiera convertirse en mago negro dispondría desde el principio de un gran capital para las prácticas de magia negra, aunque fuera un cobarde terrible y sintiera un miedo espantoso ante todo lo que pudiera sucederle. Ese miedo que habita en el interior del ser humano es un punto de partida muy bueno para el mago negro, pues ese miedo no es más que egoísmo comprimido. Imaginemos, por un momento, que alguien se propusiera practicar las artes de la magia negra a gran escala. En primer lugar, buscaría en el mundo a los individuos más cobardes posibles. Porque ese fondo de miedo es un buen medio que se puede remodelar y transformar de tal manera que las personas cobardes en cuestión adquieran ciertos poderes y fuerzas, sin saberlo ni comprenderlo, en una medida mucho mayor de lo que el ser humano puede tener normalmente. ¿Qué tendría que hacer un mago de este tipo que quisiera poseer tales artes? En primer lugar, tendría que montar un laboratorio en el que adiestrara a esos cobardes, —hablo de forma radical, pero así se lo entenderá mejor—, para que se endurecieran por completo, mediante el método de hacer que les cortaran la carne viva y vieran cómo brotaba la sangre. Lo que en los sentimientos de miedo, que el cobarde tiene en gran medida, actúa como una cierta fuerza hacia el exterior, puede transformarse en algo opuesto si se enseña a las personas a endurecerse mediante cortes en carne viva. En el caso de una persona que no tiene miedo, este procedimiento no serviría de nada.

Es, por así decirlo, el abecedario, lo primero que se hace en la magia negra. Y si se llevara a cabo, lo que antes era miedo en el ser humano se transformaría en fuerzas gracias a las cuales podría, de hecho, ejercer cierta influencia sobre su entorno; y quien se valiera de tales ayudantes podría cometer las atrocidades más increíbles del mundo. Pero quien quiera convertirse por sí mismo en un gran mago negro, sin ayuda de otros, a veces hace algo completamente diferente. Uno de esos magos negros quiso serlo en su día un hombre del siglo XV, Gilles de Rais, a quien el mundo profano llamó «el Caballero Barba Azul». Este hombre buscaba hacerse con enormes poderes ocultos, no por la vía legítima del aprendizaje, sino transformando ciertos sentimientos egoístas que yacían en lo más profundo de su ser. Al mismo tiempo, era un excelente observador de sí mismo. Perdóneme si pronuncio una palabra que sonará quizás un tanto extraña. Este hombre era lo que se podría llamar «el egoísta cristiano más radical» o «el cristiano egoísta». De hecho, ha habido y sigue habiendo personas así. Son aquellos que consideran el cristianismo, ante todo, como un puente para obtener lo máximo posible para sí mismos, porque tienen claro que un buen cristiano puede llegar muy lejos en la bienaventuranza. Gracias a su autoconocimiento, se dio cuenta de ello en su propia naturaleza y, en cuanto lo percibió, ya sabía cuál era el mejor medio para transformarlo en increíbles poderes mágicos. Sin embargo, pronto se le puso fin a sus actividades. Se le juzgó, y allí se reveló que el hombre había comenzado en 1432 a asesinar a un niño tras otro para desarrollar sus especiales poderes ocultos. Consideraba que destruir vidas era un medio especial para sonsacar a la naturaleza aquello que él mismo no podía conocer. Tal y como se puso de manifiesto en el juicio, el hombre asesinó a 800 niños en poco tiempo. Ahora, algunos de ustedes que hayan leído la novela de Mabel Collins «Flita. Historia real de una maga negra» comprenderán por qué al principio hay un asesinato. Forma parte de la historia. La novela «Flita» ya la ha escrito alguien que sabe de lo que habla. Lo que la maga negra quería solo pudo desarrollarse bajo la influencia de ese asesinato, que se sitúa al principio de la narración.

Y ahora analicen esta historia con toda seriedad y pregúntense qué podría proteger a la mayoría de las personas de esos procedimientos que les he mencionado y a través de los cuales el ser humano podría verse conducido, sin lugar a dudas, al dominio de los poderes de la magia negra. El egoísmo es un medio muy eficaz para protegerse de ello. No todo el mundo será capaz de superar el miedo a cortarse la carne viva; de hecho, la mayoría de las personas se desmayarían, y el desmayo no es más que una expresión del egoísmo. Así pues, ya solo por su efecto físico, es un buen medio para evitar que uno practique la magia negra. También es difícil convertirse en un caballero Barba Azul; su sano egoísmo protege a la mayoría de las personas de ello; actúa como una barrera contra el hecho de recurrir a medios para obtener poderes de magia negra.

Bueno, verán, solo quería mencionar eso para no hablar con frases hechas. Ese no es mi estilo. Prefiero hablar de hechos reales. Quería mostrarles, mediante ejemplos, en qué consiste el dominio de las maquinaciones en el ámbito de la magia negra. La revelación de secretos ocultos a los profanos es la forma primera y más sencilla. Pero tales actos, tal y como los acabo de describir, forman parte de los métodos de enseñanza de la magia negra; son, por así decirlo, el abecedario. Y lo que viene después de ese abecedario, aquello en lo que se instruye a los alumnos de magia negra en el «arte de la lectura»… si se lo contara, probablemente varios de ustedes aquí presentes se desmayarían. Por eso preferimos detenernos en este primer nivel. Estas cosas no son en absoluto algo con lo que se pueda bromear, ni siquiera con palabras; son algo sumamente serio; y son algo que la gente desconoce, —por desgracia, por desgracia, demasiado extendido en el mundo—. La mayoría de las personas ni siquiera tienen la voluntad de abordar cómo se extienden estas cosas en el mundo.

Ahora bien, el desarrollo de tales cosas está íntimamente relacionado, en estrecha conexión con toda la evolución de la Tierra, y en general con la evolución de un planeta, y solo comprendemos adecuadamente este asunto cuando tenemos una idea de cómo un planeta ejerce una influencia espiritual sobre su sucesor, sobre el planeta siguiente; es decir, cómo, por ejemplo, la Luna ejerció su influencia sobre la Tierra y cómo, a su vez, la Tierra ejerce su influencia sobre su sucesor, Júpiter. Todos ustedes saben que la Tierra está guiada, en cierto modo, por la llamada «Logia Blanca», en la que se unen ciertas individualidades humanas altamente desarrolladas con individualidades de un orden aún superior. ¿Qué hacen allí? Trabajan, dirigen la evolución de la Tierra. Mientras dirigen esa evolución, elaboran un plan muy concreto. De hecho, es cierto que, durante cada evolución planetaria, las fuerzas rectoras elaboran un plan determinado. A medida que la Tierra evoluciona, en la llamada «Logia Blanca» de la Tierra se establece el plan detallado de cómo debe ser Júpiter, el que sustituirá a la Tierra. Todo el plan se desarrolla con todo detalle. Y ahí radica la bendición y la salvación de la posterior evolución: que se actúe en armonía con este plan. Cuando una evolución planetaria llegue a su fin, es decir, cuando nuestra Tierra haya llegado al final de su evolución planetaria, entonces también los Maestros de la Sabiduría y de la Armonía de los Sentimientos habrán terminado el plan que han elaborado para Júpiter.

Y ahora, al final de ese proceso de evolución de un planeta, ocurre algo sumamente peculiar. Este plan se reduce y se multiplica al mismo tiempo de forma infinita mediante un procedimiento, de modo que existen infinitas copias del plan completo de Júpiter, aunque en miniatura. Así ocurrió también en la Luna. El plan de la evolución de la Tierra estaba allí, multiplicado y reducido infinitamente. ¿Y saben qué es lo que elaboraron en aquel entonces en la Luna los Maestros de la Sabiduría? Son los átomos, los átomos de la Tierra. Y son los átomos de la evolución de Júpiter cuyo plan está siendo elaborado por los líderes de la «Logia Blanca» en nuestro planeta. Ese es el verdadero átomo, y todo lo demás que se diga sobre un átomo no es nada. Solo reconoce el átomo de un planeta quien ve en él el plan reducido del desarrollo de dicho planeta. Si quieren ir conociendo poco a poco este átomo que constituye la base de la Tierra, se encontrarán, precisamente para llegar a conocerlo, con aquellas medidas que emanan de los grandes magos del mundo. Ahora bien, por supuesto, solo podemos hablar de estas cosas de forma simbólica, pero al menos podemos conocer algo que nos dé una idea de lo que aquí se trata. La Tierra está compuesta, en cierto modo, por estos átomos suyos, y cada ser, —ustedes mismos, todos ustedes—, está compuesto, en cierto modo, por tales átomos; y, por ello, están en armonía con toda la evolución de la Tierra, ya que llevan en su interior, en número infinito, el plano a escala reducida del planeta Tierra, que se elaboró anteriormente. Este plan terrestre solo pudo elaborarse en el estado planetario anterior de nuestra Tierra, en la Luna, —es decir, en el planeta que precedió a la evolución de nuestra Tierra—, gracias a la acción de entidades rectoras que actuaron en armonía con toda la evolución planetaria de Saturno, el Sol, la Luna, etc. Ahora bien, se trata de dotar a los infinitos átomos de aquello que los sitúe en las proporciones correctas, que los ordene de la manera adecuada. Dotarles de ello solo fue posible para los espíritus rectores de la Luna si dirigían la evolución de la Tierra por trayectorias muy concretas. Ya he descrito en numerosas ocasiones las trayectorias por las que dirigieron la evolución de la Tierra. Cuando la Tierra volvió a aparecer tras la evolución lunar, en realidad aún no era nuestra Tierra actual. Era la Tierra más el Sol más la Luna. Estos formaban un solo cuerpo. Así pues, si mezclaran la Tierra actual con la Luna y el Sol y formaran un único cuerpo con ellos, obtendrían lo que era la Tierra al comienzo de su evolución. En primer lugar, el Sol se separó de la Tierra, y con ello se separaron también todas aquellas fuerzas que resultaban demasiado sutiles, demasiado espirituales para el ser humano, bajo cuya influencia se habría espiritualizado demasiado rápido. Si el ser humano hubiera estado sometido únicamente a la influencia de las fuerzas que se encontraban reunidas en ese cuerpo compuesto por Sol, Luna y Tierra, se habría espiritualizado muy rápidamente, no se habría desarrollado hasta alcanzar la materialidad física y, por lo tanto, no habría podido alcanzar una conciencia propia, una conciencia del «yo», que era imprescindible que alcanzara.

Todos ustedes saben que existe un conocimiento imaginativo y que hay símbolos ocultos [en los que se expresa ese conocimiento imaginativo]. Ahora solo puedo indicarles dos símbolos ocultos. Hablar de más nos llevaría demasiado lejos. El símbolo oculto de aquellas fuerzas que habrían actuado y marcado el rumbo de toda la evolución de la Tierra si el Sol hubiera permanecido unido a ella —es decir, el símbolo oculto de aquellas fuerzas que habrían espiritualizado la Tierra demasiado pronto— es este:

                                            נכיאל  Nakhiel

En este símbolo, quien sea discípulo de las ciencias ocultas puede reconocer las fuerzas que conducen rápidamente a la humanidad hacia lo espiritual. Por el contrario, si la humanidad se hubiera separado del Sol junto con toda la Tierra, pero hubiera permanecido unida a la Luna, habría caído muy rápidamente en la rigidez y el endurecimiento. Si la Tierra hubiera conservado la Luna en su interior, los seres humanos se habrían convertido muy pronto en una especie de muñecos, en marionetas. Habrían descendido demasiado profundamente en la materia, del mismo modo que, por el contrario, se habrían espiritualizado demasiado rápido si el Sol hubiera permanecido unido a la Tierra. Por eso, la Luna tuvo que separarse de la Tierra. 
Y todas aquellas otras fuerzas que han sido expulsadas y que hoy gobiernan desde la Luna y actúan desde el exterior sobre la Tierra, todas estas fuerzas se representan de forma resumida en este símbolo, que tiene la forma de un gancho doble. Ese es el símbolo de la bestia o del cordero con dos cuernos del Apocalipsis.

Sorat
Uno de los signos se llama Nachiel y el otro, Sorat. A este segundo signo también se le conoce como el signo del demonio de la Tierra. Todas aquellas fuerzas que el mago negro desarrolla mediante la aplicación de métodos tan atroces conducen, de manera oculta, a la multiplicación en la Tierra de las fuerzas propias de la naturaleza demoníaca de la Tierra, lo que a su vez provoca el endurecimiento de la Tierra. Si muchas personas se convirtieran en magos negros, esto tendría como consecuencia que la Tierra se pareciera cada vez más a la Luna, mientras que, por el contrario, gracias a las fuerzas de la magia blanca, la Tierra se parecerá cada vez más a las fuerzas solares, a las fuerzas que se encuentran en los rayos del sol.

¿A qué conduciría, pues, un predominio de la magia negra en nuestra Tierra? Conduciría al endurecimiento del globo terráqueo, a que este se convirtiera en una luna. Las mismas fuerzas que se separaron con la Luna, las que se habían desarrollado a partir de la sustancia de la Tierra, siguen estando presentes como potencial en las capas de la Tierra. Junto a todas las fuerzas que tienen la predisposición a convertirse en fuerzas solares, también siguen existiendo aquellas que tienen la predisposición a convertirse en fuerzas lunares. Mediante la magia blanca, la Tierra se acerca cada vez más a la naturaleza solar; mediante las fuerzas de la magia negra, se acerca a la naturaleza lunar. Mediante la magia blanca debe vencerse todo aquello que no conduzca, por el camino de la iluminación y la sabiduría, al dominio de las fuerzas espirituales. 

Pues todos esos procedimientos, esas actividades, tal y como se han denominado, no conducen por el camino de la sabiduría, del discernimiento, ni a través de una visión profunda real hacia el dominio de las fuerzas espirituales, sino que se han sustraído de la naturaleza, al llevar a cabo con ella maquinaciones y procedimientos mediante los cuales se pretende obtener fuerzas sin iluminación. Así pues, el símbolo apocalíptico es, de hecho, al mismo tiempo el signo de la superación de la magia negra por parte de la magia blanca. A través de las fuerzas humanas que se transforman, nacen fuerzas solares del propio ser humano, de modo que las fuerzas lunares yacen a sus pies.

Ese es el camino que debe seguir el mago en nuestra Tierra. Entonces, las fuerzas atraviesan los nueve niveles, —de los que podrá hacerse una idea si leen mi obra «Teosofía»— hasta llegar a las nueve estrellas. ¿Qué debe decir, pues, el verdadero mago negro a su discípulo? Muy sencillo:

Desprecia la razón y la ciencia,
la fuerza más elevada del ser humano,
deja que, solo a través de ilusiones y hechizos,
el espíritu de la mentira te fortalezca,
¡y ya te tendré en mis manos!
El destino le ha dado un espíritu
que avanza sin límites
y cuya prisa por alcanzar sus metas
sobresalta los placeres de la tierra.
A ese lo arrastro por la vida salvaje,
A través de la insignificancia superficial,
Que se retuerza, que se quede clavado, que se pegue a mí,
Y ante su insaciabilidad
Que el alimento y la bebida floten ante sus labios codiciosos:
Suplicará en vano por un respiro,
Y aunque no se hubiera entregado al diablo,
¡Aun así tendría que perecer!

De eso se trata: de si se llega al dominio de las fuerzas espirituales por la vía de la sabiduría o de otra manera. Pero alcanzar los niveles más elevados de las fuerzas espirituales no es nada fácil. Sería fácil, tremendamente fácil, —y aquí llegamos a un capítulo muy sutil, por un lado, de la evolución de la humanidad y, por otro, de la magia—, sería fácil limitarse a esperar hasta que todas las personas fueran capaces de comprender correctamente las cosas que primero deben comprender antes de poder avanzar en el camino del desarrollo mágico. En determinadas circunstancias, eso sería muy fácil. Pero entonces se retrasaría el curso de la evolución humana. De alguna manera tiene que ser posible poner en manos de las personas, de forma autónoma, la difusión de las verdades ocultas, —y esto, en cierto sentido, siempre implica también en parte la difusión de fuerzas ocultas—, y utilizarlas de tal manera que surtan el efecto adecuado en el mundo. Las personas deben tener acceso a las verdades y enseñanzas ocultas en mayor medida, para que, en cierto sentido, puedan convertirse en maestros ocultos.

Ahora bien, cabría preguntarse: ¿Acaso no es, en cierto sentido, un mago negro todo aquel que difunde enseñanzas ocultistas? Es totalmente cierto que alguien que hoy en día difunde enseñanzas ocultistas puede convertirse fácilmente en un mago negro. Esto ocurre, concretamente, cuando es incapaz de comprender el alcance total de los efectos de sus enseñanzas ocultistas. Por ello, las escuelas ocultistas deben velar por que nadie difunda realmente enseñanzas ocultistas si no es capaz, a través de su propio desarrollo, de comprender el alcance y el efecto de las verdades ocultistas. Hoy en día, las enseñanzas ocultistas pueden difundirse cuando un alumno repite lo que dice otro o lo transcribe de él. Si el en cuestión quiere ser alumno o discípulo, eso está muy bien, pues de ese modo difunde lo original que ha oído. Pero hablemos del caso en que alguien difundiera enseñanzas ocultistas por su cuenta e incluso mezclara en ellas su propio juicio. Si alguien desea difundir verdades ocultas de manera autónoma, lo primero que hay que garantizar es que esa persona tenga la madurez necesaria para hacerlo, y eso no depende de una formación intelectual, sino que las escuelas ocultistas lo hacen depender de algo muy distinto, a saber, de cómo se desarrollan poco a poco los distintos elementos de la naturaleza humana.

Saben, por el ensayo sobre la «Educación del niño», que al nacer el ser humano, nace el cuerpo físico, que el cuerpo etérico no surge hasta los siete años, a partir de los catorce lo hace el cuerpo astral y que el «yo» no lo hace hasta los veintiún años. Podemos seguir analizando esto y veríamos que, a los treinta y cinco años de edad, o mejor dicho, entre los treinta y cinco y los cuarenta años, el cuerpo etérico y el cuerpo astral del ser humano se liberan hasta tal punto que solo entonces el ser humano puede tener el sentido de la responsabilidad necesario para difundir las verdades ocultas. Por eso, todas las escuelas ocultistas tienen la estricta ley de que nadie puede actuar como maestro de verdades ocultas antes de haber alcanzado esa edad. Y es precisamente esta ley la que estableció el gran poeta Dante al decir, justo al comienzo de su obra «La Divina Comedia»: «Estaba en la mitad del camino de la vida cuando me extravié en el bosque...», etc., etc. Si lo calculan: en el año 1300, Dante tenía treinta y cinco años. Fue entonces cuando todas esas grandes cosas pasaron por su alma.

Es una ley estricta. Si ustedes examinan esta ley estricta y tienen en cuenta algunas de las cosas que están sucediendo en la actualidad (1907), entonces, desde este punto de vista, sabrán sencillamente que gran parte de lo que se difunde no procede de fuentes ocultistas. Ninguna escuela ocultista permite que personas que no hayan alcanzado esta edad difundan por su cuenta verdades ocultistas. Con esto no se quiere decir, por supuesto, que no se pueda empezar a aprender algo lo suficientemente pronto. Pero para presentarse como maestro del ocultismo, nunca es demasiado tarde para empezar. Se evitarían muchos, muchos males si la gente conociera realmente el ocultismo y las estrictas leyes que en él rigen.

Estas son cuestiones que hay que tener en cuenta en relación con el tema de la «magia blanca y negra», que no es tan fácil de abordar, y sobre el que, en realidad, solo he dicho algunas pinceladas. Si profundizan en su meditación y en un estudio serio en algunos de los aspectos que aquí solo se han podido esbozar, verán que ya con estas indicaciones imperfectas se dan los primeros pasos para diversos caminos que permiten avanzar en el conocimiento. Sobre todo, se habrán convencido de que no se puede hablar en absoluto de cosas como la magia blanca y la magia negra con los conceptos triviales habituales, de que incluso hay que formular nuevos conceptos si se quiere hablar de cosas tan elevadas o tan abominables. Hoy en día es importante saber estas cosas, pues hay muchas cosas en el mundo de las que el hombre común no sabe nada, pero que debería saber para poder protegerse de las influencias de las artes mágicas. Hay cosas que la gente conoce, pero las considera inofensivas. Sin embargo, no son en absoluto inofensivas.

Al abordar un tema como este, solo podemos dar un primer paso para luego seguir avanzando cada vez más en este ámbito. El mejor momento para dar ese primer paso es cuando se ha logrado despertar en ustedes una sensación de la gravedad y la importancia de este asunto. Aunque, dada la brevedad del tiempo, las explicaciones hayan podido ser imperfectas, espero que, al haber hablado con franqueza, algo de ello haya calado en ustedes y les haya llevado a considerar el asunto con la máxima seriedad.

Traducido por J.Luelmo