GA112 Kassel, 4 de julio de 1909 - Armonización de las fuerzas del ser humano, gracias al impulso Crístico

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ARMONIZACIÓN DE LAS FUERZAS DEL SER HUMANO,

 GRACIAS AL IMPULSO CRÍSTICO

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Kassel, 4 de julio de 1909
conferencia XI

De las conferencias que se han impartido hasta ahora en este ciclo, habrán deducido que la investigación científica espiritual considera el acontecimiento de Cristo como lo más esencial en toda la evolución de la humanidad, que en el acontecimiento de Cristo tenemos algo que supuso un impacto completamente nuevo para la evolución global de la Tierra. Por lo tanto, debemos decir: a través del misterio del Gólgota, a través del hecho de Palestina y todo lo que está relacionado con él antes y después, entró en la evolución de la humanidad algo completamente nuevo, y si el acontecimiento crístico no hubiera tenido lugar, la evolución de la humanidad habría sido muy diferente. Si queremos comprender el misterio del Gólgota, debemos echar aún algunas miradas a los detalles íntimos del desarrollo de Cristo.

Por supuesto, ni siquiera en catorce conferencias sobre lo que abarcaría todo un mundo se puede decir todo. Esto ya lo insinúa el autor del Evangelio de Juan: que habría mucho más que decir, pero el mundo no podría producir suficientes libros para decir todo lo que hay que decir. Por lo tanto, tampoco pueden exigir que en catorce conferencias se diga todo lo relacionado con el acontecimiento de Cristo y su descripción en el Evangelio de Juan y los demás evangelios relacionados con él.

Ayer y anteayer vimos que, gracias a la presencia del espíritu de Cristo, de la individualidad de Cristo en la triple envoltura de Jesús de Nazaret, se pudo ir realizando poco a poco lo que se nos describe en el Evangelio de Juan, hasta el capítulo sobre la resurrección de Lázaro. Así, hemos visto que Cristo tuvo que formar poco a poco la triple corporeidad, el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral, que le habían sido ofrecidos en sacrificio por el gran iniciado Jesús de Nazaret. Pero solo podremos comprender lo que realmente hizo Cristo en la triple envoltura de Jesús de Nazaret si antes nos hacemos una idea de la relación que existe en el ser humano entre los distintos miembros de su entidad.

Hasta ahora solo hemos esbozado a grandes rasgos que, en estado de vigilia, el ser humano se muestra a la conciencia clarividente de tal manera que el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral y el yo se interpenetran mutuamente, formando un todo interpenetrante, que por la noche, cuando permanecemos en la cama, el cuerpo físico y el cuerpo etérico permanecen en él, y que el cuerpo astral y el yo se elevan. Ahora, para poder describir con más precisión el misterio del Gólgota, tendremos que preguntarnos: ¿cuál es la penetración más precisa de los cuatro miembros del ser humano en el estado de vigilia? Es decir, ¿cómo penetran realmente el yo y el cuerpo astral en el cuerpo etérico y en el cuerpo físico por la mañana, al despertar? Lo mejor será que se lo aclare con un dibujo esquemático.

Supongamos, esquemáticamente, que en este dibujo tenemos abajo el cuerpo físico del ser humano y arriba el cuerpo etérico. Por la mañana, cuando el cuerpo astral y el yo penetran desde el mundo espiritual en este cuerpo físico y etérico, lo que ocurre es que, en esencia, —¡por favor, presten atención a esta palabra!—, el cuerpo astral penetra en el cuerpo etérico y el yo penetra en el cuerpo físico. De modo que aquí, en el dibujo, las líneas horizontales significan el cuerpo astral y el cuerpo etérico, y las líneas verticales significan el yo y el cuerpo físico.

He dicho «esencialmente» porque, naturalmente, en el ser humano todo se interpenetra, de modo que también se puede decir que el yo está presente en el cuerpo etérico, etc. Tal y como se entiende aquí, es indirectamente cierto, esencialmente. Si tomamos la interpenetración más fuerte, se aplica lo que les he esbozado aquí esquemáticamente.

Ahora nos preguntamos: ¿qué sucedió realmente en el bautismo de Juan? En el bautismo de Juan, dijimos que el yo de Jesús de Nazaret salió de los cuerpos físico, etérico y astral, y dejó esta triple envoltura para la entidad crística. De modo que podemos esquematizar lo que quedaba entonces de Jesús de Nazaret como el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral. El yo abandonó el cuerpo físico. En lugar del yo de Jesús de Nazaret, entró en esta triple envoltura, —es decir, esencialmente, y principalmente en el cuerpo físico—, la entidad crística. Con ello, sin embargo, hemos rozado el borde de un profundo misterio. Porque si ahora consideramos lo que realmente ocurrió, debemos decir: lo que ocurrió allí afecta a todas esas grandes circunstancias humanas que hemos esbozado en los últimos días.

En los últimos días les he indicado que todo lo que es genérico en el ser humano, lo que iguala, por así decirlo a los miembros de un determinado grupo, reside en el elemento femenino de la herencia. Les he dicho que, a lo largo de las generaciones, la mujer transmite aquello que, si nos fijamos en lo externo, haría que los rostros de un pueblo se parecieran entre sí. El elemento masculino transmite de generación en generación aquello que distingue a un ser humano de otro, lo que lo convierte en un ser individual aquí en la Tierra, lo que sitúa su yo en un terreno propio. Los espíritus que están en contacto con el mundo espiritual siempre lo han sentido de la manera correcta. Y el ser humano aprende a conocer y apreciar lo que han dicho los grandes hombres que tenían relación con el mundo espiritual, sobre todo cuando penetra en estas profundidades de los hechos del mundo.

Volvamos a mirar la primera figura esquemática. El ser humano se dice a sí mismo: en mí vive un cuerpo etérico, y en este cuerpo etérico se encuentra el cuerpo astral. El cuerpo astral es el portador de las representaciones, las ideas, los pensamientos, las sensaciones, los sentimientos, él vive en el cuerpo etérico. Pero ahora hemos visto que el cuerpo etérico es lo que, por así decirlo, trabaja al máximo en el cuerpo físico, lo que contiene las fuerzas que dan forma al cuerpo físico. Por lo tanto, debemos decir: en este cuerpo etérico, cuando está impregnado por el cuerpo astral, se encuentra todo lo que configura al ser humano como tal, lo que le imprime una forma determinada, por así decirlo, desde dentro, desde las partes espirituales. Lo que hace que un ser humano sea igual a otro ser humano lo obtiene de lo que actúa en su interior, de lo que no es meramente externo, de lo que no depende del cuerpo físico, sino del cuerpo etérico y del cuerpo astral. Porque esos son los miembros internos. Por eso, el ser humano que observa estas cosas sentirá que lo que impregna su cuerpo etérico y astral proviene del elemento materno. Pero lo que le da a su cuerpo físico esa forma determinada, que le es impuesta por el yo, por el yo en el cuerpo físico, el ser humano debe considerarlo como herencia paterna.


«Del padre heredé la estatura,
la seriedad en la vida,
de la madre, la alegría de vivir
y el gusto por fabular».

 dice Goethe. Y ustedes ven que esto es una interpretación de lo que les he esbozado como una figura esquemática. «Del padre he heredado la estatura», es decir, lo que se desarrolla a partir del yo; de la madre, las ideas, el don de la fabulación, que se encuentra en el cuerpo etérico y en el cuerpo astral. Las palabras de los grandes espíritus no se comprenden del todo cuando se cree haberlas comprendido a través de las ideas triviales de la humanidad.

Pero ahora debemos aplicar lo que hemos ilustrado al acontecimiento de Cristo. Desde este punto de vista, debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿qué habría sido de la humanidad si no hubiera ocurrido el acontecimiento de Cristo?

Si el acontecimiento de Cristo no hubiera tenido lugar, el curso de la evolución humana habría continuado tal y como lo hemos visto comenzar con la era postatlante. Hemos visto que en los tiempos antiguos, en la base de la cultura humana reinaba ese amor que estaba estrechamente ligado al vínculo de la afinidad tribal, al parentesco consanguíneo. Se amaba a los parientes consanguíneos. Y hemos visto cómo, a medida que avanzaba la humanidad, este vínculo de sangre se fue rompiendo cada vez más. Ahora subamos desde los tiempos más antiguos del desarrollo humano hasta la época en que apareció Cristo Jesús.

Mientras que desde tiempos inmemoriales se celebraban matrimonios dentro de la misma tribu, verán cómo en la época del Imperio romano , —y ese es el tiempo en el que tuvo lugar el acontecimiento de Cristo—, los matrimonios cercanos se rompían cada vez más, ya que los pueblos más diversos se mezclaban precisamente por las campañas romanas, y los matrimonios lejanos tenían que sustituir en gran medida a los matrimonios cercanos. Los lazos de sangre tuvieron que romperse cada vez más en el desarrollo de la humanidad, porque los seres humanos estaban destinados a centrarse en su propio yo.

Supongamos que Cristo no hubiera venido a infundir nuevas fuerzas, a sustituir el antiguo amor carnal por un nuevo amor espiritual. ¿Qué habría ocurrido entonces? Entonces, lo que une a los seres humanos, el amor, habría desaparecido cada vez más del mundo; lo que une a los seres humanos en el amor habría muerto en la naturaleza humana. Sin Cristo, la raza humana habría llegado a ver cómo el amor entre ellos se extinguía poco a poco. Los seres humanos se habrían visto empujados a la individualidad aislada. Si solo se observan las cosas con la ciencia exterior, naturalmente no se ve que hay verdades profundas en el fondo. Si examinaran, —no con medios químicos, sino con los medios de que dispone la investigación espiritual—, la sangre de los seres humanos de hoy y la de los seres humanos de hace unos milenios, antes de la aparición de Cristo, encontrarían que esta sangre ha cambiado, que ha adquirido un carácter que la hace cada vez menos portadora del amor.

¿Cómo debía verse el curso del desarrollo futuro a los ojos de un sabio de la antigüedad, capaz de penetrar profundamente en el curso de la evolución humana, que sabía predecir proféticamente cómo serían las cosas si hubiera continuado la tendencia que se había desarrollado desde tiempos inmemoriales sin el acontecimiento de Cristo? ¿Qué imágenes debía pintar ante el alma humana si quería insinuar lo que sucedería en el futuro, si no era en la misma medida en que se perdiera el amor sanguíneo, ocupando ese lugar el amor espiritual, el amor cristiano? Él tuvo que decir: si los seres humanos se aíslan cada vez más unos de otros, si cada uno se endurece cada vez más en su propio yo, si las líneas divisorias que separan un alma de otra se hacen cada vez más fuertes, de modo que las almas se comprenden cada vez menos entre sí, entonces los seres humanos en el mundo exterior entrarán cada vez más en disputas y contiendas, y la lucha de todos contra todos en la Tierra sustituirá al amor. Ese habría sido el resultado si la evolución de la sangre humana hubiera tenido lugar sin el acontecimiento de Cristo. Todos los seres humanos habrían estado expuestos irremediablemente a la lucha de todos contra todos, que también llegará, pero solo para aquellos que no se han impregnado de la manera correcta del principio crístico. Así veía un vidente profético el fin de la evolución de la Tierra, que podía llenar su alma de terror. Veía que, como el alma ya no puede comprender al alma, ¡el alma debe luchar contra el alma!

En los últimos días les he dicho que solo poco a poco se puede unir a las personas mediante el principio cristiano. Les he mostrado con un ejemplo cómo dos espíritus nobles se enfrentan en sus opiniones, de tal manera que uno cree proclamar al verdadero Cristo, Tolstói, y el otro cree proclamar al verdadero Cristo, Soloviov, y que uno considera al otro como el Anticristo. Porque Soloviov considera a Tolstói como el anticristo. Lo que inicialmente se debate entre alma y alma en las opiniones, se expresaría poco a poco en el mundo exterior, es decir, el hombre contra el hombre se enfurecería. Así lo exige el desarrollo de la sangre.

No objeten que, a pesar del acontecimiento de Cristo, hoy en día seguimos viendo disputas y contiendas, que estamos muy lejos de alcanzar el amor cristiano. Ya les he dicho que solo estamos al comienzo del desarrollo cristiano. Se dio el gran impulso para que, en el transcurso del desarrollo terrestre, Cristo se integrara en las almas humanas y las uniera espiritualmente. Lo que hoy todavía existe en forma de disputas y contiendas, y lo que también conducirá a excesos aún mayores, se debe precisamente a que la humanidad aún no se ha impregnado en lo más mínimo del verdadero principio crístico. Sigue prevaleciendo lo que ha existido en la humanidad desde tiempos inmemoriales. Esto solo puede superarse de forma lenta y gradual. Vemos cómo, de forma lenta y gradual, el impulso crístico fluye hacia la humanidad.

Esto es lo que habría previsto aquel que, en la época precristiana, hubiera visto con clarividencia el curso del desarrollo de la humanidad. Habría podido decir: «He recibido los últimos restos del antiguo poder clarividente. Vosotros, los seres humanos, tuvisteis en tiempos remotos la posibilidad de ver el mundo espiritual con una clarividencia turbia y difusa. Esto ha ido desapareciendo poco a poco. Pero aún existe, como reliquias de aquellos tiempos antiguos, la posibilidad de ver el mundo espiritual en estados mentales anormales, en estados similares a los sueños. Allí el ser humano aún puede ver algo de lo que se encuentra detrás de la superficie exterior de las cosas. Todas las antiguas leyendas, cuentos de hadas y mitos, que contienen una sabiduría verdaderamente más profunda que la ciencia moderna, hablan del alto grado en que existía antaño el don de entrar en estados especiales. Llámese sueño, pero en ese sueño se anunciaban acontecimientos. Pero no de tal manera que el ser humano estuviera suficientemente protegido por la antigua sabiduría contra la lucha de todos contra todos. El viejo sabio lo negó, y lo negó de la manera más contundente posible. Dijo: «Hemos recibido una sabiduría ancestral. En aquella época, en la era atlante, los seres humanos la percibían en estados anormales. Incluso ahora, algunas personas pueden percibirlos cuando se ven sometidas a condiciones anormales. Eso anuncia lo que sucederá en un futuro próximo. Pero lo que se anunciaba en el sueño no daba seguridad a la gente; era engañoso y se volvería cada vez más engañoso. Así enseñaba el maestro de la época precristiana, y así se lo presentaba al pueblo.

Por eso es importante que, al comprender toda la intensidad y fuerza del impulso crístico, lleguemos al reconocimiento de una gran verdad. Hay que comprender que, sin el impulso crístico, el aislamiento y la separación de los seres humanos, la oposición entre ellos, provocarían algo parecido a una lucha por la existencia, —lo que hoy se le presenta al ser humano como una teoría materialista-darwinista—, una lucha por la existencia tal y como impera en el mundo animal, pero que no debería imperar en el mundo humano. Se podría hablar de forma grotesca y decir: al final de los días terrestres, la Tierra ofrecerá la imagen que ciertos materialistas, en el sentido de una teoría darwinista, dibujan de la humanidad, tomándola del mundo animal. Pero hoy en día, esta teoría, aplicada a la humanidad, es errónea. Es correcta para el mundo animal, precisamente porque en él no existe ese impulso que transforma la lucha en amor. ¡Cristo, a través de la acción, como fuerza espiritual en la humanidad, refutará todo darwinismo materialista!

Pero para comprenderlo, hay que tener claro que los seres humanos solo pueden evitar enfrentarse externamente en el mundo exterior sensorial por sus diferentes opiniones, sentimientos y acciones si combaten en su interior, si resuelven en su interior aquello que de lo contrario se manifestaría en el mundo exterior. Quien primero combate lo que hay que combatir en sí mismo, quien establece la armonía en su interior entre los diferentes miembros de su ser, no combatirá la otra opinión en el alma ajena. Se enfrentará al mundo exterior no como un litigante, sino como un amante. Se trata de derivar la disputa del exterior al interior del ser humano. Las fuerzas que rigen la naturaleza humana deben combatirse internamente. Debemos considerar dos opiniones opuestas de tal manera que digamos: así es una opinión, se puede tener. Así es la otra opinión, se puede tener. Pero si solo reconozco como válida una opinión, si solo considero válido lo que yo quiero y combato la otra opinión, entonces entro en conflicto en el plano físico. Reforzar solo mi opinión es ser egoísta. Considerar mi acción como la única válida es ser egoísta.

Supongamos que acepto la opinión del otro, que busco la armonía en mi interior, entonces mi relación con el otro será completamente diferente. Entonces empezaré a comprenderlo. La derivación de la disputa en el mundo exterior hacia una armonización de las fuerzas internas del ser humano, así podríamos expresar también el progreso en la evolución de la humanidad. A través de Cristo, al ser humano se le tuvo que dar la oportunidad de armonizarse consigo mismo, de encontrar en sí mismo la posibilidad de armonizar las fuerzas opuestas en su propio interior. Cristo le da al ser humano la fuerza para eliminar primero la lucha en sí mismo. Sin Cristo, esto nunca sería posible. Y los antiguos, los seres humanos precristianos, consideraban con razón que lo más terrible en relación con la lucha exterior era la lucha del niño contra el padre y la madre. Y en los tiempos en que se sabía cómo se desarrollarían las cosas sin el impulso crístico, el crimen más terrible y abominable era considerado el parricidio. Así lo dejaron claro aquellos antiguos sabios que previeron la llegada del Cristo. Pero también sabían a qué conduciría en el mundo exterior si la lucha no se librara primero en el interior de cada uno.

Miremos nuestro interior. Hemos visto que en el interior del ser humano, donde se entrecruzan el cuerpo etérico y el cuerpo astral, reina la madre, y que donde está el yo en el cuerpo físico se expresa el padre. Esto significa que en lo general, en lo propio de nuestra especie, en lo que es nuestra vida interior de sabiduría y de imaginación, reina la Madre, reina el elemento femenino; en lo que surge de la unión del yo y el cuerpo físico, en la forma exterior diferenciada, en lo que hace al ser humano un «yo», reina el Padre, el elemento masculino. Entonces, ante todo los antiguos sabios que pensaban en este sentido ¿qué tenían que exigir a los seres humanos? Tenían que exigir que el ser humano alcanzara en sí mismo la claridad sobre la relación entre el cuerpo físico y el yo con el cuerpo etérico y el cuerpo astral, que alcanzara en sí mismo la claridad sobre lo maternal y lo paternal que reinaba en él. Al tener el ser humano en sí mismo el cuerpo etérico y el cuerpo astral, tiene en sí mismo lo maternal. Tiene, por así decirlo, además de la madre exterior, que se encuentra en el plano físico, en sí mismo el elemento maternal, la madre. Y tiene, además del padre, que se encuentra en el plano físico, en sí mismo el elemento paterno, el padre. Establecer la relación correcta entre el padre y la madre en uno mismo tenía que parecer un ideal, un gran ideal. Si el ser humano no logra armonizar al padre y a la madre en sí mismo, la discordia entre el elemento paterno y el materno se propagará desde el ser humano al plano físico y causará estragos en el exterior. Por eso, el antiguo sabio decía: el ser humano tiene la tarea de crear en sí mismo una armonía entre el elemento paterno y el materno. Si no lo consigue, se manifestará en el mundo lo que nos parece más terrible.

¿Cómo presentaban los antiguos sabios a los seres humanos lo que ahora hemos expresado, por así decirlo, en términos antroposóficos? Decían: «En tiempos inmemoriales heredamos una sabiduría ancestral. En ella, el ser humano aún hoy puede ser transportado en condiciones anormales. Pero la posibilidad de llegar a este estado es cada vez más débil, e incluso la antigua iniciación no puede transportar al ser humano más allá de un cierto punto del desarrollo de la humanidad. — Consideremos una vez más esta antigua iniciación, tal y como la hemos descrito en los últimos días. ¿Qué sucedía en una iniciación de este tipo?

 En una iniciación de este tipo, el cuerpo etérico y el cuerpo astral se separaban de la estructura compuesta por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, pero el yo permanecía atrás. Por eso, durante los tres días y medio que duraba la iniciación, el ser humano no podía tener conciencia de sí mismo. La conciencia de sí mismo se había extinguido. El ser humano obtenía una conciencia del mundo espiritual superior, que le era infundida por el sacerdote iniciador, quien lo guiaba por completo y ponía su yo a su disposición. ¿Qué sucedía realmente con ello? Sucedía algo que se expresaba mediante una fórmula que les parecerá extraña. Pero cuando comprendan esta fórmula, ya no les parecerá extraña. Se expresaba así: cuando un ser humano era iniciado en el sentido antiguo, el elemento materno salía al exterior y el elemento paterno permanecía en el interior. Es decir, el ser humano mataba en sí mismo el elemento paterno y se unía con su madre interior; en otras palabras: mataba al padre en sí mismo y se casaba con su madre. Así, cuando el antiguo iniciado permanecía en estado letárgico durante tres días y medio, se había unido con la madre y había matado al padre en sí mismo. Se había quedado sin padre. Tenía que ser así, porque tenía que renunciar a su individualidad, tenía que vivir en un mundo espiritual superior. Se fusionaba con su pueblo. Pero lo que vivía en su pueblo estaba precisamente en el elemento maternal. Se fusionaba con todo el organismo de su pueblo. Se convertía en lo que era Natanael y en lo que se denominaba con el nombre del pueblo en cuestión, en el caso de los judíos un «israelita», en el de los persas un «persa».

En el mundo solo puede existir la sabiduría que brota de los misterios, ninguna otra. Aquellos que aprenden lo correspondiente en los misterios se convierten en mensajeros para el mundo exterior, y el mundo exterior aprende lo que se ve en los misterios. Pero esto se aprendía en el sentido de la sabiduría antigua, que se conquistaba uniéndose con la madre interior y matando al padre interior. Pero esta sabiduría heredada no puede llevar al ser humano más allá de un cierto punto de desarrollo. En lugar de esta sabiduría antigua tenía que surgir algo diferente, algo completamente nuevo. Si la humanidad solo recibiera siempre esta antigua sabiduría, obtenida de esta manera, entonces, como ya hemos dicho, la humanidad se vería empujada a la lucha de todos contra todos. Se rebelarían las opiniones contra las opiniones, los sentimientos contra los sentimientos, las voluntades contra las voluntades; y se llegaría a la espantosa y horrible imagen del futuro en la que el ser humano se une con la madre y mata al padre. Pero los antiguos iniciados, que aunque habían recibido la iniciación esperaban al Cristo, lo pintaron en imágenes significativas, en imágenes grandes y poderosas. Y la huella de esta visión de los antiguos sabios precristianos se ha conservado en las leyendas y los mitos. Basta con recordar el nombre de Edipo; ahí podemos enlazar con algo en lo que los antiguos sabios expresaron lo que tenían que decir al respecto. Así reza aquella antigua leyenda griega que los trágicos griegos representan de una manera tan grandiosa y poderosa:

 Había un rey en Tebas. Se llamaba Layo. Yocasta era su esposa. Durante mucho tiempo no tuvieron descendencia. Entonces Layo consultó al oráculo de Delfos para saber si podría tener un hijo. Y el oráculo le dio la siguiente respuesta: «Si quieres tener un hijo, será uno que te matará a ti mismo». Y en estado de embriaguez, es decir, en un estado de conciencia alterado, Layo hizo lo que le permitió tener un hijo. Nació Edipo. Layo sabía que ese sería el hijo que lo mataría, y decidió abandonarlo. Y para que muriera, le perforó los pies y luego lo abandonó. Un pastor encontró al niño y se compadeció de él. Lo llevó a Corinto, donde Edipo fue criado en la casa real. Cuando creció, se enteró del oráculo: que mataría a su padre y se uniría a su madre. Pero no se pudo evitar. Debía marcharse del lugar donde estaba, porque allí lo consideraban el hijo del rey. En su camino se encontró con su verdadero padre y, sin reconocerlo, lo mató. Llegó a Tebas. Y como respondió a las preguntas de la esfinge, como resolvió el enigma del horrible monstruo que había causado la muerte de tantos, la esfinge tuvo que suicidarse. Por lo tanto, al principio fue un benefactor de su patria. Fue nombrado rey y recibió la mano de la reina, que era la mano de su madre. Sin saberlo, había matado a su padre y se había unido a su madre. Ahora reinaba como rey. Pero al haber llegado al poder de esta manera, al estar marcado por este terrible hecho, trajo una desgracia indescriptible a su país, de modo que al final, en el drama de Sófocles, se nos presenta como el ciego que se ha quitado la vista a sí mismo.

Es una imagen que proviene de los antiguos centros de sabiduría. Y con ello se quería decir que Edipo, en cierto sentido, todavía podía relacionarse con el mundo espiritual en el sentido antiguo. ¿Cómo se relacionaba con el mundo espiritual? Su padre había consultado al oráculo. Estos oráculos eran los últimos vestigios de la antigua clarividencia. Pero estos últimos vestigios no bastaban para traer la paz al mundo exterior. No podían dar al ser humano lo que debía lograrse: la armonía entre el elemento materno y el paterno.

Que con Edipo se refiere a alguien que, simplemente por herencia, ha llegado a una cierta visión clarividente en el sentido antiguo, nos lo indica el hecho de que resolvió el enigma de la esfinge, es decir, que reconoció la naturaleza humana en la medida en que los últimos restos de la antigua sabiduría primigenia podían proporcionar tal conocimiento. Esta sabiduría nunca pudo impedir la furia entre los seres humanos, lo que se representaba en el parricidio y en la unión con la madre. Edipo, a pesar de estar en contacto con la antigua sabiduría primigenia, no puede comprender las conexiones a través de ella. Esta antigua sabiduría ya no permite ver. Eso es lo que querían representar los antiguos sabios. Si hubiera hecho ver en el antiguo sentido de la sangre, la sangre habría hablado cuando Edipo se enfrentó a su padre, y habría hablado cuando se enfrentó a su madre. ¡La sangre ya no hablaba! Así se nos muestra claramente la descomposición de la antigua sabiduría primigenia.

¿Qué tenía que suceder para que fuera posible, de una vez por todas, encontrar en uno mismo el equilibrio armonioso entre lo maternal y lo paterno, entre el propio yo, que tiene lo paterno, y lo maternal? ¡Tenía que llegar el impulso crístico! Y ahora contemplamos desde otro punto de vista ciertas profundidades de las bodas de Caná en Galilea.

Dice así: «La madre de Jesús estaba allí. Pero Jesús y sus discípulos también fueron invitados a la boda». Jesús, —mejor dicho, el Cristo—, debía representar para los seres humanos el gran ejemplo de un ser que había encontrado en sí mismo la unión entre sí mismo, entre el yo y el principio maternal. En la boda de Caná, en Galilea, se lo señaló a su madre: « Algo de mí va hacia ti». Era una nueva forma de ir de mí hacia ti. Ya no era en el sentido antiguo, sino que significaba una renovación de toda la relación. Era, de una vez por todas, el gran ideal del equilibrio en uno mismo, sin matar primero al padre, es decir, sin salir primero del cuerpo físico, encontrar el equilibrio con el principio maternal en el yo. Ahora había llegado el momento en que el ser humano aprendía a combatir en sí mismo la fuerza excesiva del egoísmo, del principio del yo, en que aprendía a ponerlo en la relación correcta con lo que reina en el cuerpo etérico y en el cuerpo astral como principio maternal. Por lo tanto, en las bodas de Caná se nos debería presentar una bella imagen de esta relación entre el yo propio, que es el principio paterno, y el principio materno, como la armonía interior, como el amor que reina en el mundo exterior entre Cristo Jesús y su madre. Eso debería ser una imagen del equilibrio armonioso entre el yo y el elemento materno en uno mismo. Esto no existía antes, sino que surgió a través de la acción de Cristo Jesús. Pero como había surgido a través de la acción de Cristo, con ello llegó la única refutación posible, la refutación a través de la acción, de todo lo que habría tenido que suceder bajo la influencia de aquellas antiguas reliquias de sabiduría que habrían llevado a matar al padre y a unirse con la madre. Entonces, ¿qué es lo que combate el principio crístico?

Si el antiguo sabio, que contemplaba a Cristo, comparaba lo antiguo con lo nuevo, podía decir: si en el sentido antiguo se busca la unión con la madre, nunca podrá venir nada bueno sobre la humanidad. Pero si, en el nuevo sentido, tal y como se muestra en las bodas de Caná, se busca la unión con la madre, si el ser humano se une así con el cuerpo astral y el cuerpo etérico que viven en él, entonces, con el paso del tiempo, la salvación, la paz y la fraternidad se extenderán cada vez más entre los seres humanos, y se combatirá así el antiguo principio de matar al padre y unirse a la madre. — Entonces, ¿cuál era realmente el elemento hostil que Cristo tenía que eliminar? No era la antigua sabiduría, que no necesitaba ser combatida. Esta perdió su fuerza y se agotó poco a poco por sí sola.  Y vemos cómo aquellos que confían en ella, como Edipo, caen precisamente por su culpa en la discordia. Pero la desgracia no desaparecería por sí sola si se quisiera apartarse de la nueva sabiduría, es decir, de la forma en que actúa el impulso crístico, si se permaneciera rígidamente en el antiguo principio. Se consideró como el mayor progreso no permanecer en el antiguo principio, no aferrarse rígidamente a la antigua línea, sino reconocer lo que ha venido al mundo a través de Cristo. ¿Se nos insinúa esto también? ¡Sí! Los dichos y los mitos contienen la sabiduría más profunda. Hay una leyenda, —que no aparece en el Evangelio, pero que no por ello es menos cristiana y también una verdad cristiana—, que dice así:

Había una vez un matrimonio. Este matrimonio no había tenido hijos durante mucho tiempo. Entonces, en un sueño, se le reveló a la madre, —¡presten mucha atención!—, que tendría un hijo, pero que este hijo primero mataría al padre, luego se uniría a la madre y traería una terrible desgracia sobre toda su tribu.

Una vez más, tenemos un sueño, como el oráculo de Edipo, es decir, tenemos aquí una reliquia de la clarividencia ancestral. A la madre se le reveló lo que sucedería a la manera antigua. ¿Es suficiente para comprender las circunstancias del mundo y evitar la desgracia que se le reveló? Preguntemos a la leyenda. La leyenda nos enseña más:

Impresionada por esta sabiduría que le había sido revelada en sueños, la madre llevó al niño que había dado a luz a la isla de Kariot. Allí fue abandonado, pero lo encontró una reina vecina. Ella acogió al niño y lo crió ella misma, ya que la pareja no tenía hijos. Más tarde, esta pareja tuvo un hijo propio, y el niño abandonado pronto se sintió desplazado y, debido a su temperamento apasionado, mató al hijo de la pareja real. Pero ya no podía quedarse allí, tuvo que huir y llegó a la corte del gobernador Pilato. Allí pronto se convirtió en supervisor de su casa. Pero entonces tuvo una disputa con su vecino, del que solo sabía que era su vecino: en la disputa lo mató, sin saber que era su propio padre. ¡Y entonces se casó con la esposa de ese vecino, su madre! Este niño abandonado era Judas de Kariot. Y cuando se dio cuenta de su terrible situación, volvió a huir. Y solo encontró compasión en su situación en aquel que tenía compasión por todos los que se acercaban a él, que no solo se sentaba a la mesa con publicanos y pecadores, sino que, a pesar de su profunda mirada, también acogía a este gran pecador en su entorno; pues su tarea era actuar no solo por los buenos, sino por todos los hombres, y guiarlos del pecado a la salvación. Así fue como Judas de Kariot llegó al entorno de Cristo Jesús. Y ahora trajo la desgracia que se había predicho y que, según el dicho de Schiller: «Esa es precisamente la maldición de la mala acción, que, al perpetuarse, siempre debe engendrar el mal», tenía que surtir efecto en el círculo de Cristo Jesús. Se convirtió en el traidor de Cristo Jesús. En el fondo, lo que debía cumplirse en él ya se había cumplido con el parricidio y el matrimonio con su madre. Pero él quedó, por así decirlo, como una herramienta, porque debía ser una herramienta, la herramienta malvada que debía traer el bien, para cometer, por así decirlo, un acto más allá del cumplimiento. 

El que se nos presenta en Edipo pierde la vista como consecuencia del mal que ha causado, desde el momento en que se da cuenta de ese mal. Pero el que tiene el mismo destino por su conexión con la antigua herencia de la sabiduría primordial no se queda ciego, sino que está destinado a cumplir el destino y a hacer lo que el misterio del Gólgota provoca, lo que causa la muerte física de aquel que es la «luz del mundo» y que provoca la luz del mundo en la curación del ciego de nacimiento. Edipo tuvo que perder la vista; Cristo le devolvió la vista al ciego de nacimiento. Pero murió a manos de aquel que tenía el carácter de Edipo, en quien se nos muestra cómo la antigua sabiduría se agota gradualmente en la humanidad, cómo ya no es suficiente para traer salvación, paz y amor a los seres humanos. Para ello era necesario el impulso crístico con el acontecimiento del Gólgota. Para ello era necesario que se produjera primero lo que nos parece una imagen exterior de la relación del yo de Jesucristo con su madre en las bodas de Caná, en Galilea. Para ello era necesario además que se produjera otra cosa, que el autor del Evangelio de Juan describe así:

Allí abajo, junto a la cruz, estaba la madre, allí abajo estaba el discípulo «a quien el Señor amaba», Lázaro-Juan, a quien él mismo había iniciado y a través del cual la sabiduría del cristianismo llegaría a la posteridad, quien influiría en el cuerpo astral de los seres humanos de tal manera que el principio crístico pudiera vivir en ellos. El principio crístico debía vivir en el cuerpo astral humano, y Juan debía infundirlo en él. Pero para ello, este principio crístico debía unirse desde la cruz con el principio etérico, con la Madre. Por eso Cristo grita desde la cruz las palabras: «Desde esta hora, esta es tu madre, y este es tu hijo». Es decir, ¡él une su sabiduría con el principio maternal!

 Así vemos lo profundos que son no solo los Evangelios, sino también todos los contextos relacionados con los misterios. Sí, las antiguas leyendas están relacionadas con los anuncios y los Evangelios de la nueva era, ¡como una profecía y su cumplimiento! Las antiguas leyendas, como la de Edipo y la de Judas, nos muestran claramente una cosa: en otro tiempo existió una sabiduría divina y ancestral. Pero se agotó. Y debe llegar una nueva sabiduría. Y esta nueva sabiduría llevará a los seres humanos a lo que la antigua sabiduría nunca habría podido llevarles. Lo que habría tenido que ser sin el impulso crístico, nos lo dice la leyenda de Edipo. Lo que fue la oposición a Cristo, el rígido apego a la antigua sabiduría, nos lo enseña la leyenda de Judas. Pero lo que las antiguas leyendas y mitos ya explicaban que no era suficiente, nos lo dice bajo una nueva luz el nuevo mensaje, el Evangelio. El Evangelio nos responde a lo que las antiguas leyendas expresaron como imágenes de la antigua sabiduría. Ellas dijeron: de la antigua sabiduría nunca podrá surgir lo que la humanidad necesita para el futuro. Pero el Evangelio, como nueva sabiduría, nos dice: Yo os anuncio lo que la humanidad necesita y lo que nunca habría podido llegar sin la influencia del principio crístico, sin el acontecimiento del Gólgota.

Traducido por J.Luelmo feb, 2026

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