RUDOLF STEINER
¡Queridos amigos! Ya que al fin y al cabo vamos a aprovechar esas ocho horas, puedo ir un poco más despacio de lo que habría sido posible si hubiéramos tenido que darnos prisa. Sin duda, eso redundará en beneficio del asunto.
Hoy me gustaría, en cierto modo, continuar con el tema de ayer hablándoles de las particularidades de cada uno de los miembros del ser humano. Como saben, ayer les señalé que solo podemos considerar al ser humano en su totalidad, distinguiendo en él, el cuerpo físico, pero relacionando este cuerpo físico de forma directa con todo aquello que en el ser humano puede representarse con contornos definidos. Luego tenemos lo que me gustaría llamar el organismo líquido. Este organismo líquido está impregnado, atravesado por las fuerzas del cuerpo etérico, las cuales, sin embargo, se unen al cuerpo físico como componentes originarios. Por tanto, este ser humano líquido, está impregnado de las fuerzas
Y con mayor razón debemos tenerlo en cuenta en el caso de la organización del «yo». Ahora bien, la cuestión resultará más clara si partimos directamente de la organización del «yo». ¿En qué consiste esta organización del «yo»? En el mundo físico, esta organización del «yo» se percibe en la forma del cuerpo físico. Por supuesto, en el mundo físico solo puede percibirse en la forma interna y externa del cuerpo físico. Pero si observamos el cuerpo físico del ser humano, debemos tener claro que, tal y como se presenta como cuerpo físico en el mundo físico, no tiene nada en común con las fuerzas que actúan en el mundo físico. Porque en el instante en que el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, —es decir, cuando la organización del «yo» abandona el cuerpo físico—, se produce para el cuerpo físico el hecho de que comienza a sucumbir a las fuerzas del mundo exterior, lo que significa que se destruye, no que se construye. Si tienen en cuenta que el cuerpo físico es destruido por las fuerzas que se encuentran en la naturaleza exterior, comprenderán sin lugar a dudas que, en su configuración, el cuerpo humano no puede sucumbir de ningún modo a las fuerzas del mundo físico. Así pues, cuando la organización del «yo» configura y da
En otras palabras, la organización del «yo» es algo completamente distinto de lo que encontramos en el mundo físico. Ahora bien, esta organización del «yo» está sin duda relacionada, verdaderamente relacionada con la muerte. Es decir, aquello que ocurre cuando de repente se produce la muerte, también está teniendo lugar de forma
¿Qué hace realmente la organización del «yo» con el cuerpo físico? Lo destruye continuamente; hace lo mismo que hace la muerte, solo que debido al hecho de que el cuerpo físico es capaz de absorber sustancias externas como alimento, esto se compensa siempre de modo que entre la organización del «yo» y la alimentación se da una polaridad opuesta. Pero para el ser humano, la organización del «yo» significa exactamente lo mismo, en cierto modo resumido, que lo que significa la muerte definitiva, solo que en una actividad continua y constante. Debido a su organización del «yo», uno se va muriendo de modo constante; es decir, va destruyendo su cuerpo físico desde dentro, mientras que, por el contrario, cuando pasa por la muerte, la naturaleza exterior destruye su cuerpo físico desde fuera. El cuerpo físico es susceptible de destrucción en dos direcciones diferentes, y la organización del yo es simplemente la suma de las fuerzas destructoras hacia el interior. Se podría decir que la organización del yo tiene la tarea de provocar la muerte, —ya veremos más adelante por qué es así—, pero, en un primer momento, nos parece realmente que esta organización del yo no tiene otra función que provocar continuamente la muerte en el ser humano, lo cual solo se evita gracias a que se produce un nuevo aporte, y esta actividad de provocar la muerte siempre acaba de comenzar, de modo que tenemos: la organización del «yo» es, en realidad, cualitativamente idéntica a la muerte, y la organización física es, en realidad, idéntica a la alimentación. Esto es lo que hay que esbozar en un primer momento; lo discutiremos con más detalle más adelante.
Estos dos procesos, que actúan en el ser humano como procesos polares, tienen entre sí el cuerpo etérico y el cuerpo astral. Entre la organización del «yo» y el organismo físico se encuentran los cuerpos astral y etérico. Verán, el cuerpo astral solo actúa directamente sobre la parte gaseosa del organismo humano y, desde allí, de forma indirecta a través del cuerpo etérico, sobre el organismo líquido y el organismo nutritivo o físico. En cada órgano humano concreto se produce una interacción entre el organismo etérico y el astral. Si se observa la acción del organismo etérico sobre cualquier órgano, se aprecia que dicha acción consiste en que el órgano recibe de este organismo etérico una vida que brota y florece. Todo lo que existe como fuerza vital en un órgano concreto o en el organismo proviene del organismo etérico.
Si se observa el organismo astral, en todo momento se aprecia que este organismo astral tiene la tendencia constante de paralizar el crecimiento, la vida que brota y florece; paralizarla pero no matarla. La organización del «yo» tiene la tendencia a matar el organismo y los órganos individuales continuamente, y a ello debe oponerse aquello que, al igual que la sustancia nutritiva absorbida del exterior, actúa como un estímulo que, en realidad, vivifica continuamente los órganos, algo que es especialmente activo en la infancia y la juventud del ser humano.
A los impulsos etéricos se opone la actividad del cuerpo astral, que, en realidad, inhibe continuamente la actividad etérica. Imaginen que en su organismo solo hubiera actividad etérica, vida que brota y germina: nunca llegaría a tener una vida anímica, nunca podría desarrollar una conciencia. Tendrían que vegetar en una existencia vegetal. Todo quiere crecer, brotar, florecer, pero la conciencia no se desarrolla con el mero hecho de crecer, brotar y florecer. Para que se desarrolle la conciencia, es necesario que se paralice la vida etérica, el brotar y florecer. Y con ello, en un órgano que se ve frenado, ya tenemos, en la vida humana normal, en realidad, el comienzo continuo de la enfermedad. Uno no puede desarrollar una conciencia en su interior sin desarrollar al mismo tiempo, de forma continua, la tendencia a la enfermedad. Porque si uno solo pretendiera estar sano, podría estarlo, pero a costa de vegetar. Si quieren desarrollar una vida anímica, si quieren alcanzar la conciencia, primero deben pasar por la fase de vegetación, pero eso si, luego deben ustedes atenuarla. Y así es como se contraponen de forma polar, -aunque no con tanta intensidad como el organismo físico y la organización del yo, sino en un sentido atenuado-, el organismo etérico y el astral, debiendo el organismo astral atenuar continuamente aquello que es provocado por el organismo etérico. Por eso, lo que el organismo astral hace día tras día en la vida del ser humano es, en realidad, una tendencia constante hacia la enfermedad. Lo que hace el organismo etérico es rebosar salud. Y por eso se puede decir, del mismo modo que se puede afirmar de manera abstracta que el ser humano está compuesto por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y la organización del yo, que el ser humano está compuesto por los procesos de nutrición, por los procesos de curación que brotan y florecen, por los procesos de enfermedad que actúan continuamente en su interior, y de lo que es una muerte continua, que se frena una y otra vez, hasta que, por así decirlo, los procesos de muerte se suman, formándose una especie de integral de ellos y se produce la muerte.
Tomemos este organismo astral, que tiene la tendencia constante a provocar de alguna manera la enfermedad en el ser humano, ya sea en un órgano concreto o en su conjunto. Sí, basta, por supuesto, con que practiquen una introspección verdaderamente sana para darse cuenta de que así es, pues no podría surgir ningún sentimiento en ustedes si no existiera este organismo astral. Imagínense esto: el organismo etérico está ahí, desarrolla la vida; el organismo astral está ahí, la paraliza. Ahora bien, en la vida despierta, —ya hablaré más adelante del dormir—, debe producirse un vaivén continuo, en un equilibrio inestable, entre lo etérico y lo astral. Gracias a ello, el ser humano siente. Si ese vaivén no existiera no sentiría nada. Pero imaginen ahora que la actividad astral no es contrarrestada de inmediato por la actividad etérica. Cuando se contrarresta, es decir, cuando en el status nascendi lo astral es rechazado de inmediato por la actividad etérica, surge el sentimiento normal. Veremos en el plano físico cómo se relacionado esto con la actividad glandular. Pero si la organización astral se vuelve más poderosa, de modo que el órgano no puede contrarrestarla suficientemente mediante su actividad etérica, entonces el órgano queda demasiado dominado por la actividad astral y, en lugar de que se produzca un vaivén, se produce una deformación del órgano, y, simplemente por el hecho de que el cuerpo astral inhibe más allá de lo que le corresponde, —es decir, de lo que se reequilibra en el status nascendi—, la causa de la enfermedad se encuentra en el cuerpo astral. De hecho, la enfermedad está tan relacionada con los sentimientos que podemos afirmar que la vida emocional del ser humano no es más que el reflejo anímico de la vida de la enfermedad. Si se produce un vaivén a lo largo del tiempo, la vida emocional se basa siempre, en su inicio, en su estado naciente, en el momento de su surgimiento, en el mismo proceso que, cuando lo astral toma el predominio, indica un proceso patológico. Ahora bien, también puede ocurrir que lo astral quede rezagado y lo etérico se imponga, en cuyo caso surge una proliferación, es decir, una enfermedad que se inclina hacia el otro lado. Si ven el predominio de lo astral en la aparición de estados inflamatorios, verán el predominio de lo etérico en la aparición de proliferaciones. Y hay que decir que, en la vida emocional totalmente normal, existe un equilibrio continuamente inestable entre los crecimientos anómalos y los procesos inflamatorios. La vida normal del ser humano necesita la posibilidad de enfermar. Pero debe producirse un equilibrio continuo. Verán, esto hace posible que, en la vida emocional del ser humano, se pueda percibir una cantidad extraordinaria de cosas, si se es capaz de ver correctamente lo que representan los procesos patológicos. Si se observan estas cosas, se puede constatar la llegada de la enfermedad en el mal funcionamiento de la vida emocional mucho antes de que la enfermedad sea diagnosticable físicamente. La enfermedad no es más que una vida emocional anómala del ser humano.
La vida emocional permanece en el plano anímico, porque en el plano etérico sigue existiendo un equilibrio. En cuanto deja de existir ese equilibrio, la vida emocional desciende hacia el cuerpo físico y se une a él. Así pues, en cuanto la vida emocional se precipita hacia un órgano, aparece la enfermedad. Por lo tanto, si el ser humano es capaz de mantener normalmente el sentimiento en el alma, goza de buena salud; si no puede hacerlo y el sentimiento se precipita hacia algún órgano, surge la enfermedad.
Digo esto a modo de introducción porque así podrán ver lo necesario que es que el médico tenga realmente un buen ojo también para la vida anímica del ser humano. Y, en el fondo, no se puede desarrollar el sentido del diagnóstico si no se tiene una mirada aguda para la vida anímica del ser humano. Hablaremos más adelante de los detalles, y entonces esto quedará más claro.
Pero, ¿qué ocurre si se tienen en cuenta la organización del yo y el organismo físico? Fíjense, en primer lugar, en el proceso de alimentación. Este proceso de alimentación destruye continuamente lo que constituyen las sustancias del mundo exterior. El organismo astral paraliza aquello que es el ser humano internamente debido a su organismo etérico; se trata de establecer un equilibrio interno entre el organismo astral y el etérico. Se establece un equilibrio entre el «yo» y el organismo físico, entre el mundo exterior y el mundo interior, de modo que se puede decir: la sal, tal y como la conocemos, pertenece al mundo exterior. Si la sal es absorbida por la alimentación y la organización del «yo», esta última debe ser capaz de no dejar nada de lo que la sal es en el exterior, sino de transformarlo todo. Si deja algo, eso significa que hay un cuerpo extraño en el organismo humano. Pero no deben concebir este cuerpo extraño en el organismo humano simplemente como un cuerpo extraño de contornos nítidos; ese es, en la mayoría de los casos, el último de los casos. Sino que ese cuerpo extraño también puede ser el calor externo. En el organismo no debe haber calor en absoluto, a menos que este calor sea procesado por ustedes mismos mediante la organización del yo. Imagínense que tienen a una persona y que debe observar en ella que se ve afectada en algún punto por un estado de calor externo que no genera por sí misma, del mismo modo que un trozo de madera se ve afectado por un estado de calor externo. Supongamos que el estado de calor externo no fuera para el ser humano solo un estímulo para generar, como reacción o efecto, un calor propio, sino que el calor externo, —o el frío—, se acercara directamente al ser humano, y que este percibiera ese frío o calor externo también como un cuerpo extraño en su interior, de modo que se pueda decir: El equilibrio interno entre la enfermedad y la salud viene determinado por el organismo astral y el etérico; el equilibrio entre el ser humano y el mundo, por la oposición polar entre el cuerpo físico y la organización del yo. Se trata de adquirir realmente una visión de la eficacia de estos cuatro miembros del organismo humano. Porque, como ven, desde el organismo físico externo no se puede reconocer en absoluto la enfermedad. Lo que es la enfermedad se desarrolla íntegramente en lo suprasensible. Es necesario tener una idea del organismo astral si se quiere abordar la enfermedad enteramente.
Y ustedes también lo comprenderán, si hoy, a modo de introducción, nos permitimos abordar conceptos tan triviales, partiendo de un hecho diferente. En un órgano se produce dolor. Sí, cuando el cuerpo astral es demasiado poderoso, el órgano se deforma y se produce dolor. Cuando el órgano compensa inmediatamente la influencia del cuerpo astral, en el «status nascendi», entonces surge la sensación. Pero el dolor es, en el fondo, una sensación, solo que una sensación intensificada, derivada de la deformación, de modo que se comprende por qué la enfermedad va acompañada de dolor. De lo contrario, es muy fácil llegar a preguntarse: ¿por qué surge el dolor en los síntomas de la enfermedad? Es muy fácil comprender por qué surge el dolor cuando se sabe que esta enfermedad se nutre únicamente de una manifestación tan intensa de la sensación que esta vida sensorial ejerce un efecto deformador sobre el órgano. Comprenderán que todas las manifestaciones sensoriales pueden evaluarse realmente a partir de una observación profunda de la vida anímica humana. Ahora bien, solo podemos ver estas cosas bajo la luz adecuada si nos decimos a nosotros mismos: Por supuesto, varía de una persona a otra si un órgano u otro se ve afectado de alguna manera por una actividad desmesurada del cuerpo astral. —Supongamos, por ejemplo, como ocurre en un caso concreto, que el cuerpo astral afecta al hígado. El hígado se comporta de manera diferente, muy diferente a la de otros órganos. Puede verse deformado en gran medida por el cuerpo astral sin provocar dolor, sin que se produzca dolor directamente en el propio órgano. Por eso las enfermedades hepáticas son tan ocultas, tan insidiosas, porque no se anuncian mediante el dolor. Esto se debe a que el hígado es el órgano que, en realidad, por toda su constitución, constituye un enclave dentro de la organización humana. En el hígado tienen lugar procesos que, de entre todos los que se producen en el organismo humano, son los más similares a los del mundo exterior, de modo que, de hecho, en el hígado es donde el ser humano deja de serlo en mayor medida. En el hígado deja de ser humano. Se convierte en mundo exterior; tiene en su interior un pedazo del mundo exterior. Esto es muy interesante. Tenemos el mundo exterior (véase el dibujo), tenemos al ser humano y, a su vez, en el ser humano hay algo que es como un fragmento del mundo exterior. Es como si, en cierta medida, se hubiera abierto una especie de agujero en el organismo humano. Y del mismo modo que no dolería si el cuerpo astral se hundiera en este paño, tampoco dolería si el cuerpo astral se hundiera en el hígado. El cuerpo astral puede destruir, pero no puede causar dolor, en lo que respecta al hígado, porque el hígado es el órgano que está exento, en el que, internamente, como en un enclave, aparece una parte del mundo exterior dentro del organismo humano.
Nunca se comprenderá el organismo humano sin abordar estas cuestiones. En la literatura habitual sobre fisiología y anatomía encontrarán los datos más variados sobre el hígado. Los comprenderán si saben que el hígado es lo que, en el interior del ser humano, le resulta más ajeno a ese mismo ser humano. ¿Y por qué es el hígado, en el interior del ser humano, lo que más ajeno le resulta? Si observan un ojo humano, —o cualquier órgano sensorial—, es como una cavidad que se adentra desde el mundo exterior hacia el interior del ser humano. En el ojo tienen lugar procesos que casi podemos comprender mediante la física. En el caso del ojo, en realidad resulta fácil ser, ante el ser humano, un mero físico. ¿No es así? Uno dibuja una imagen, traza unas líneas que, en realidad, son un terrible disparate, pero que le permiten visualizar el proceso de refracción de la luz y formación de la imagen en una lente común. La gente hace exactamente el mismo dibujo cuando se trata del ojo. Dibujan un rayo de luz cualquiera que atraviesa una lente, se refracta, forma una imagen en el fondo del ojo, etcétera. La gente se ha convertido por completo en físicos en lo que respecta al ojo y, al fin y al cabo, desde la época de Helmholtz, el oído también se ha convertido casi en un piano. Así pues, en los órganos sensoriales se está extendiendo bastante esa visión que, desde un punto de vista externo, es aplicable a la naturaleza. Allí, algo del exterior se prolonga hacia el interior. Una parte del mundo exterior se prolonga hacia el interior. Esto incluso se ajusta a la historia del desarrollo. En ciertos animales inferiores se observa cómo mediante un invaginado y un relleno desde el exterior, se forma el ojo de modo que el ojo se forma, por así decirlo, dentro del organismo, no crece desde él, de modo que en los órganos sensoriales tenemos una parte del mundo exterior dentro del organismo. Pero están abiertos hacia el exterior; el mundo exterior penetra en el organismo como en oleadas a través de los órganos sensoriales. Ahora bien, el hígado está cerrado inicialmente por todos los lados, pero es como un órgano sensorial, aquel órgano sensorial que, de hecho, en el inconsciente muestra una gran sensibilidad hacia el valor nutricional de las distintas sustancias que ingerimos. Y hay que decir que solo entonces se comprende lo que ocurre en la digestión y en la nutrición, cuando no se atribuyen al hígado únicamente esos procesos físicos que hoy en día se le suelen atribuir. Estos no son más que la expresión de lo espiritual y lo anímico. Debemos considerar que el hígado es un órgano sensorial interno para los procesos alimentarios. Y, piénsenlo, está mucho más cerca de las sustancias terrestres que nuestros órganos sensoriales habituales. Con el ojo estamos expuestos, en primer lugar, al éter como efecto; con el oído, al aire; el hígado, en cambio, está expuesto directamente a las cualidades materiales del mundo exterior y debe percibirlas.
Otro órgano sensorial es el corazón. Pero mientras que el hígado está expuesto, con su capacidad de percepción, a las sustancias externas que penetran en el ser humano, el corazón es un órgano sensorial destinado a percibir enteramente el interior del ser humano. Es absurdo, —como quizá hayan podido deducir de algunas explicaciones que he dado—, que el corazón sea una especie de bomba que impulsa la sangre a través de las venas. El movimiento de la sangre se produce a través del «yo» y del cuerpo astral. Y en el corazón tenemos simplemente un órgano sensorial que percibe la circulación, concretamente la circulación que va desde la parte inferior hacia la parte superior del ser humano.
Sí, verán, el hígado tiene que determinar, por así decirlo, en el proceso digestivo, cuál es el valor de, digamos, cualquier hidrato de carbono en el ser humano. El corazón tiene que determinar cómo actúan el cuerpo astral y el Yo en el ser humano. El corazón es, por tanto, un órgano sensorial totalmente espiritual, mientras que el hígado es un órgano sensorial totalmente material. Y debemos establecer esta distinción. Debemos llegar a un conocimiento de los órganos que sea cualitativo. ¿Cómo procede hoy en día la ciencia natural en la que se basa la medicina? Se extrae, con gran indiferencia, un tejido de una parte del organismo, digamos del corazón o del hígado. Este tejido se examina en cuanto a su estructura y constitución físicas externas. Pero con eso no se ha dicho absolutamente nada sobre el órgano en cuestión dentro del organismo humano. Tengo aquí un cuchillo y aquí otro, y los examino. Este es un cuchillo y este es un cuchillo. Si los examino por su forma, es decir, por cómo se ve un cuchillo, —que tiene un filo en la parte trasera, un filo en la parte delantera, que va encajado en un mango, etcétera—, solo saco una conclusión: esto es un cuchillo y esto es un cuchillo. Tengo que salir de este tipo de análisis, tengo que referirlo a un todo y solo entonces puedo encontrar la diferencia entre un cuchillo de mesa y una navaja de afeitar. Desde un punto de vista externo, una navaja de afeitar también podría ser un cuchillo de mesa. Por lo tanto, no puedo reconocerla únicamente por su forma exterior. Así pues, no puedo saber nada sobre la importancia de un órgano a partir de la mera observación del mismo, tal y como se hace hoy en día; debo considerarlo siempre en su contexto global. El mero estudio de la estructura y las características de un órgano no aporta absolutamente nada. En primer lugar, hay que partir de una visión del ser humano totalmente diferente a la que proviene de la química y que solo analiza las afinidades químicas y las fuerzas químicas.
En este sentido, la gente de hoy en día es realmente terriblemente ingenua. En cierto instituto de fisiología se han realizado experimentos para ver cómo se puede alimentar a los ratones con leche. Se les puede alimentar muy bien. Crecen de maravilla. Engordan y se vuelven gordos. Sí, pues bien, al mismo tiempo, para demostrar que, después de todo, en la leche hay algo más que sus componentes, se tomaron dichos componentes y se los administraron a los ratones. Se llevaron a cabo estos experimentos. Los ratones murieron en tres o cuatro días; no se les pudo mantener con vida. ¿Qué hicieron las personas? Dijeron: «Así pues, la leche no solo contiene los componentes que conocemos, sino que además tiene una sustancia más: la vitamina». Tuvieron que constatar la existencia de una sustancia muy sutil: la vitamina. Se inventó una sustancia de ese tipo. Pero no se trata de eso, sino de que, cuando se tienen los componentes de la leche, se tienen tal y como si alguien dijera: «Aquí hay un reloj con cadena; ahora voy a conocer el oro, la plata, los demás metales que hay en el reloj, el cristal y así sucesivamente». Sí, cristal, oro, plata, los demás metales: eso todavía no es un reloj. El reloj reside, al fin y al cabo, en lo que el pensamiento del mecánico hace con ello. Y el pensamiento del mecánico, en este caso, cuando contemplo la leche y sus componentes, es que en los componentes se encuentran las cualidades terrestres, las cualidades que los componentes individuales tienen procedentes de la Tierra. Junto a estos componentes, hasta cierto momento, siguen estando presentes las fuerzas periféricas que provienen del cuerpo etérico.
Hay que decidirse a aceptar de una vez por todas estas cosas como algo más que su mera existencia. En realidad, no es por el hecho de que algo esté oculto por lo que se inventa, sino que cosas como las vitaminas son inventos mediante los cuales simplemente se constata lo que ya existe. Debe imponerse una forma de ver las cosas completamente diferente.
Si come demasiadas patatas, no servirá de nada intentar determinar el efecto de las patatas en el organismo humano a través de la cantidad de hidratos de carbono; eso no servirá de nada. Los demás hidratos de carbono, que se encuentran, por ejemplo, en las hojas, —y no en el tubérculo—, o si se quiere, en las frutas, se procesan en el tracto digestivo. La patata es algo extraordinariamente curioso. Sus propiedades penetran tan profundamente en el organismo humano que lo que, por ejemplo, en el caso de la alubia aún ocurre dentro del tracto digestivo, en el caso de la patata ocurre, en realidad, en el cerebro. En el cerebro también tienen lugar continuamente procesos nutricionales. Quiero insinuar estas cosas para desarrollarlas más adelante. Así pues, quien come demasiadas patatas puede, en determinadas circunstancias, exigir demasiado a su cerebro. Traslada al cerebro procesos que deberían tener lugar fuera de él. Esto nos brinda la oportunidad de recuperar algo de la medicina para nuestra higiene y, en general, para toda la vida social, al aprender de este modo a conocer las relaciones del ser humano con la materia que le rodea, no a partir de la composición química, sino desde el contexto del mundo.
Hay una diferencia fundamental entre que una sustancia se encuentre en la hoja o en el rizoma. Mucho más importante que saber si contiene hidratos de carbono es saber de qué parte de la planta procede. Los rizomas están más relacionados con la organización de la cabeza del ser humano, mientras que las flores y las hojas están más vinculadas a la parte inferior del ser humano. Y, en realidad, la composición química no desempeña en absoluto un papel decisivo. Hay que conocer las relaciones del ser humano con el entorno a partir de aspectos totalmente distintos si se quiere evaluar realmente lo que cura y lo que enferma, es decir, el verdadero agente patógeno y el remedio. Prestar atención a los indicios que proporciona la química abstracta es algo que, poco a poco, ha socavado en realidad todos los conocimientos del ser humano, porque, en realidad, el hecho de conocer la composición química de algo no permite saber qué relación tiene realmente el ser humano con el entorno.
Tomemos otro ejemplo. El enfoque basado únicamente en la química muestra que el oxígeno es necesario en el aire, pero el nitrógeno no lo es en la misma medida. Y, a juzgar por lo que la gente piensa hoy en día sobre el oxígeno y el nitrógeno, se podría creer, —así se podría pensar—, que, en lo que respecta a la respiración, no sería tan importante que un aire cualquiera tuviera poco nitrógeno, siempre y cuando tuviera suficiente oxígeno. Sin embargo, se ha demostrado que, cuando hay muy poco nitrógeno en el aire, el ser humano libera nitrógeno para reponerlo en el aire circundante.
El ser humano depende de que exista una cierta proporción entre su contenido de nitrógeno y el del aire que le rodea, al margen de la respiración.
Todas estas cuestiones revisten una importancia capital para el conocimiento del ser humano. Pero todas ellas, aunque sean investigadas o comprendidas por unos u otros, carecerán de utilidad para el mundo científico actual si no se dispone de los fundamentos necesarios para integrar al ser humano en todo su entorno. Eso es lo que queremos hacer en nuestras reflexiones, con el fin de arrojar luz tanto sobre el ser humano sano como sobre el enfermo.