CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 23

GA232 Dornach, 24 de noviembre de 1923 - Lo luciférico y lo Ahrimánico en el ser humano -

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Lo luciférico y lo Ahrimánico en el ser humano

Dornach, 24 de noviembre de 1923

Ahora, queridos amigos, 

Si buscamos la transición a la actividad espiritual sobre el ser humano físico, desde el ámbito espiritual, al que dedicamos cierta atención ayer, y mas específicamente a esa actividad espiritual, en relación con los temas también tratados ayer, somos dirigidos en dos direcciones. La memoria inicialmente dirige el alma hacia experiencias anteriores; el pensar, como mostré ayer, dirige el alma hacia la existencia etérica. Pero aquello que se apodera del ser humano con aún más fuerza que la memoria, aquello que lo atrapa con tal fuerza que los impulsos internos se manifiestan en su fisicalidad, es lo que yo ayer llamé gesto, lo gestual. Y al considerar lo gestual, ya hemos avanzado hacia la manifestación de lo anímico-espiritual en lo físico.

Ahora bien, todo el proceso de entrada de una persona a la vida terrenal implica la comprensión de lo físico por parte de lo anímico-espiritual. Y si consideramos primero la memoria, esta consiste en que las experiencias de una existencia terrenal anterior se trasladan a una etapa posterior de la vida. 

Surge entonces la pregunta:  Así como la memoria solo remite a sucesos ocurridos dentro del transcurso de la vida terrenal, ¿Podemos nosotros, -desde la perspectiva de la vida humana-, remontarnos aún más atrás? ¿Podemos rememorar aquello que existía antes de la entrada de una persona a la vida terrenal?

Ahora llegamos a dos aspectos: por un lado, a lo que el ser humano ha experimentado a nivel espiritual y anímico en su existencia preterrenal. Dejemos eso, por el momento, para una reflexión posterior. Pero hay algo más, algo relacionado con la corporeidad física, que el ser humano, como ser individual, trae consigo al entrar en la corporeidad física. Ese algo es todo aquello que, partiendo de las concepciones habituales de las ciencias naturales, denominamos herencia. El ser humano lleva en su interior, hasta en sus predisposiciones temperamentales, —que, por tanto, ya influyen fuertemente en lo anímico—, peculiaridades e impulsos que se vinculan a lo que era propio de sus antepasados físicos.

Sin embargo, la humanidad actual trata estas cosas de manera algo superficial, se podría incluso decir, algo despreocupada. Esta misma mañana, leyendo un libro durante un viaje, leí sobre un gobernante de una familia gobernante conocida, ahora pasada, y que trataba la cuestión de la herencia en esa familia gobernante. Allí se mencionan características que se transmitieron de generación en generación hasta el siglo VII. Pero en este libro hay una frase bastante curiosa sobre esa herencia. Dice algo así: En esta familia gobernante hay personas que muestran de manera notable que tienden a extravagancias, a paradojas de la vida, a excesos y demás, pero también hay miembros de esta familia que no tienen nada de eso. Vean ustedes, una manera peculiar de ver las cosas. Porque en realidad uno debería asumir que alguien que nota algo así debería decirse: De tales premisas no se puede sacar ninguna conclusión. Pero si revisan ustedes muchas de las cosas que hoy en día llevan a lo que se llaman opiniones seguras, encontrarán muchas cosas similares.

Pero aunque las ideas que prevalecen hoy en día sobre la herencia parezcan bastante superficiales, hay que decir que el ser humano lleva en sí mismo los rasgos heredados. Esa es una cara de la moneda. De hecho, el ser humano a menudo tiene que luchar contra esos rasgos heredados. Debe, por así decirlo, liberarse de ellos para alcanzar aquello para lo que está predestinado por su vida, antes de haber entrado en la existencia terrenal.

Lo segundo a lo que se nos remite es aquello que el ser humano adquiere a través de la educación, del trato con sus semejantes, pero también del contacto con la naturaleza exterior. A partir de los hábitos de observación de los reinos de la naturaleza subordinados, a esto se le denomina la adaptación del ser humano a las circunstancias que le rodean. Y ya saben que la ciencia natural moderna considera que, para cualquier ser vivo, estos dos impulsos, —la herencia y la adaptación—, son lo más importante.

Pero precisamente cuando uno se adentra en estas cuestiones, si se entrega a ellas con imparcialidad, siente que, sin el camino hacia el mundo espiritual, no puede obtener ninguna aclaración sobre ellas. Por eso precisamente, hoy queremos abordar estas cuestiones, con las que nos encontramos a cada paso en la vida, a la luz del conocimiento espiritual.

Para ello debemos recurrir a algo que nos ha ocupado repetidamente en las reflexiones anteriores. Ya hemos tenido que señalar, también en estas reflexiones, la separación de la Luna del planeta Tierra. Se puede señalar que la Luna estuvo en su día unida al planeta Tierra y que, en un momento determinado, se separó de él para influir en este desde la distancia. Pero también he señalado qué aspecto espiritual subyace a esta salida de la Luna. He señalado cómo en otro tiempo vivieron en la Tierra seres verdaderamente sobrehumanos, que fueron los primeros grandes maestros de la humanidad, y de los cuales proviene aquello que, en el fondo de nuestro pensamiento humano en la Tierra, puede denominarse «sabiduría primigenia», aquello que se encuentra por doquier como una impronta original, que es profundamente significativo, que inspira reverencia y que, incluso entre las ruinas en las que se encuentra, suscita reverencia, y que en su día constituyó el contenido mismo de la enseñanza de los grandes maestros sobrehumanos en los albores del desarrollo de la humanidad en la Tierra.

Estas entidades han encontrado su camino hacia la existencia lunar y hoy en día están vinculadas a ella. Pertenecen, en cierto modo, a la población de la Luna. Ahora bien, se trata de que el ser humano, una vez que ha atravesado la puerta de la muerte, recorra por etapas aquello que está vinculado al mundo planetario que pertenece a nuestra Tierra. Ya hemos visto que el ser humano, una vez que ha atravesado la existencia terrenal, entra primero en el ámbito de las influencias lunares, y luego pasa al ámbito de las influencias de Venus, Mercurio, el Sol, y así sucesivamente. Hoy nos interesará, en primer lugar, cómo llega el ser humano a ese ámbito de las influencias lunares.

Desde este mismo lugar ya he señalado, que la vida del ser humano puede ser seguida con la percepción imaginativa más allá de la puerta de la muerte, y que de hecho, aquello que permanece del ser humano, aparece en lo espiritual después de que éste haya dejado el cuerpo físico y lo haya entregado a los elementos de la tierra. Después de que su cuerpo etérico ha sido recibido por la esfera etérica, que está conectada con nuestro planeta, lo que permanece del ser humano es lo anímico-espiritual, el Yo, el cuerpo astral, lo que luego se une al Yo y al cuerpo astral. Pero si uno contempla con percepción imaginativa lo que ha pasado por la puerta de la muerte, aún se presenta en una forma. Es la forma que da a la verdadera forma la materia física que el ser humano lleva en sí. Esta forma permanece frente a la robusta corporalidad física como una sombra, pero frente a la percepción y sensación del alma se siente con una impresión fuerte e intensa. La cabeza del ser humano en esta forma ha desvanecido su impresión sobre el alma; lo demás es fuerte, y durante el paso por la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, se transforma gradualmente en la cabeza de la siguiente encarnación. Pero algo hay que decir sobre esta forma, que puede ser observada mediante la percepción imaginativa. Después de que el ser humano ha pasado por la puerta de la muerte: tiene una cierta expresión fisiognómica. Es, por así decirlo, un retrato fiel de la manera en que el ser humano fue bueno o malo aquí en la vida terrenal física. En la vida terrenal física, el ser humano puede ocultar si en su alma obra el mal o el bien. Después de la muerte, no puede ocultarlo. Si se observa la figura espiritual que queda tras la muerte, esta lleva la expresión fisiognómica de lo que el ser humano fue en la tierra.

Aquél que lleva en el alma un mal moral a través de la puerta de la muerte, lleva una expresión fisionómica, a través de la cual se vuelve exteriormente, por así decirlo, similar a las formas ahrimaníacas. Y es así durante el primer tiempo después de la muerte, que toda sensación y percepción del ser humano está vinculada a lo que el ser humano puede recrear dentro de sí mismo. Si el ser humano lleva en sí mismo la fisionomía de Ahrimán porque ha llevado el mal moral en su alma a través de la puerta de la muerte, entonces sólo puede recrear lo que es similar a Ahrimán, es decir, percibirlo, y en cierto modo, es espiritualmente ciego ante aquellas almas humanas que han pasado por la puerta de la muerte con buen ánimo, con buena disposición moral. Esto incluso pertenece al juicio más severo al que se introduce al ser humano después de encontrar el paso por la puerta de la muerte, que mientras sea malvado, solo puede ver a los de su misma clase, porque sólo puede recrear en sí mismo lo que es la fisionomía de otros seres humanos malvados.

Ahora el ser humano, al haber atravesado la puerta de la muerte, llega al ámbito de la luna. Allí, quien lleva el mal a través de la puerta de la muerte se encuentra con seres suprasensoriales, suprafísicos, pero siempre también con aquellos que se parecen a él fisonómicamente, es decir, cerca de figuras ahrimanicas. Este atravesar un mundo ahrimanico por ciertos seres humanos tiene un significado muy específico en todo el contexto del acontecer del mundo. Y vamos a comprender lo que realmente sucede allí, si ahora consideramos el sentido verdadero de la migración de los antiguos maestros hacia la colonia lunar del cosmos.

Verán, además de con las entidades de las jerarquías superiores, a las que comúnmente llamamos ángeles, arcángeles y demás, también están conectadas con todo ese desarrollo universal aquellas otras entidades que pertenecen al reino ahrimánico y al luciférico; estas entidades actúan en todo el contexto del mundo de la misma manera que las que se desarrollan normalmente. Las entidades luciféricas actúan continuamente tratando de desviar aquello que tiende a avanzar hacia la materialidad física. En el ámbito humano, las entidades luciféricas actúan de manera que aprovechan cualquier oportunidad para alejar al ser humano de su corporeidad física. Las entidades luciféricas tienen el objetivo de hacer del ser humano un ser puramente espiritual, y etérico. Las formas ahrimánicas buscan separar del ser humano todo aquello que lo lleva a lo anímico-espiritual, tal como debe desarrollarse en el reino humano. Ellas quieren transformar lo subhumano, -aquello que está en los instintos, impulsos, y demás-, es decir transformar en espiritual aquello que se expresa en la corporeidad. Transformar al ser humano hacia lo espiritual, ese es el impulso de las entidades tanto luciféricas como ahrimánicas.

Solo que los seres luciféricos quieren extraer del ser humano lo anímico-espiritualo, de manera que la persona ya no se preocuparía por sus encarnaciones terrenales, sino que querría vivir como un ser anímico-espiritual. Las entidades ahrimánicas, en cambio, preferirían no ocuparse en absoluto de lo anímico-espiritual del ser humano, sino de aquello que le fue dado como envoltura, como vestimenta, como herramienta en lo físico y etérico; eso es lo que quieren separar y llevar a su mundo.

Así, por un lado, el ser humano se encuentra frente a las entidades de las jerarquías que se desarrollan normalmente, pero al estar entrelazado con todo, con la existencia total, también se encuentra frente a las figuras luciféricas y ahrimánicas.

Y ahora bien, se trata de que, cada vez que las figuras luciféricas se esfuerzan por acercarse al ser humano, ello va acompañado de la intención de que el ser humano se vuelva, en realidad, ajeno a la Tierra y cada vez más alejado de ella; por el contrario, cuando las figuras ahrimánicas se esfuerzan por apoderarse del ser humano, pretenden hacerlo cada vez más terrenal, aunque también quieran espiritualizar la Tierra mediante una sustancia espiritual densa y con fuerzas espirituales densas.

Cuando se tratan asuntos espirituales, hay que recurrir, en cierto modo, a expresiones que quizá parezcan grotescas en comparación con dichos asuntos espirituales. Pero, al fin y al cabo, primero debemos valernos del lenguaje humano. Por eso, queridos amigos, permítanme que utilice palabras humanas comunes para referirme a algo que tiene lugar en lo puramente espiritual. Ya me entenderán. Ustedes mismos elevarán hacia lo espiritual aquello que yo exprese de esta manera.

Precisamente aquellas entidades que, en los albores de la existencia terrenal, transmitieron al ser humano la sabiduría primigenia en calidad de grandes maestros, se retiraron del mundo para, en la medida en que les era posible dentro de su ámbito, restablecer la relación correcta entre lo luciférico y lo ahrimánico por una parte y el ser humano por otra. ¿Por qué era necesario? ¿Por qué tuvieron que optar estos seres tan sublimes, como lo eran estos Maestros Primordiales, por abandonar lo terrenal, —en cuyo ámbito habían actuado durante un tiempo—, y dirigirse hacia la Luna, fuera de la Tierra, para restablecer, en la medida de lo posible, el equilibrio adecuado entre lo luciférico y lo ahrimánico en relación con el ser humano?

Verán, cuando el ser humano desciende de la existencia preterrenal al mundo terrenal, —como entidad anímico-espiritual—, recorre un camino que he descrito en el curso sobre «Cosmología, religión y filosofía». Tiene una determinada existencia anímico-espiritual; esta existencia la une con lo que le es transmitido a través de la línea hereditaria pura por parte de su padre y su madre, es decir, con la existencia física embrionaria. Ambas, la física-embrionaria y la espiritual, se entrelazan, se unen entre sí, y de este modo el ser humano entra en la existencia terrenal. Pero en lo que ahora se encuentra en la línea hereditaria, en lo que pasa de los antepasados a los descendientes en forma de rasgos hereditarios, ahí está contenido precisamente aquello que proporciona a las entidades ahrimánicas los puntos de ataque contra la naturaleza humana. En las fuerzas hereditarias residen las fuerzas ahrimánicas. Y al llevar el ser humano en su interior gran parte de estos impulsos hereditarios, tiene una corporalidad a la que el yo no puede acceder fácilmente. De hecho, ese es el secreto de algunas entidades humanas: que llevan en sí demasiados impulsos hereditarios. Hoy en día se denomina «tener una carga hereditaria». Esto tiene como consecuencia que el «yo» no pueda penetrar plenamente en la corporeidad, que el «yo» no pueda llenar por completo todos y cada uno de los órganos de la corporeidad, y que el cuerpo desarrolle, en cierto modo, una acción propia junto a la impulsividad del «yo», que en realidad forma parte de esa corporeidad. De modo que las fuerzas ahrimánicas, al esforzarse por introducir lo máximo posible en la herencia genética, logran que el «yo» quede solo vagamente asentado en el ser humano. Eso es lo primero.

Pero el ser humano también está sujeto a la adaptación a las circunstancias externas. Basta con pensar en hasta qué punto el ser humano está sujeto a la adaptación a las circunstancias externas al observar qué influencia tienen el clima y otras condiciones geográficas sobre él. Esta influencia del entorno natural puro reviste, sin duda, una importancia extraordinaria para el ser humano. Hubo incluso épocas en las que esta influencia del entorno natural fue aprovechada de manera especial por los sabios guías de la humanidad.

Si nos fijamos, por ejemplo, en algo muy curioso de la antigua Grecia, en la diferencia entre espartanos y atenienses, debemos decir: esta diferencia entre espartanos y atenienses, que en realidad se describe de manera bastante superficial en nuestros manuales de historia habituales, se basa en algo que se remonta a prácticas de antiguos misterios, que surtieron efectos distintos en los espartanos y en los atenienses.

En Grecia se daba mucha importancia a la gimnasia. La gimnasia era el elemento principal en la educación del niño, porque, de forma indirecta a través de la actividad física, —al orientar y dirigir esta actividad de una manera determinada—, se influía también en lo espiritual y lo anímico, precisamente al estilo griego. Pero entre los espartanos esto se hacía de manera diferente que entre los atenienses. En el caso de los espartanos, lo más importante era permitir que los muchachos se desarrollaran de tal manera que, a través de sus ejercicios gimnásticos, lograran, en la medida de lo posible, desarrollar plenamente, —y únicamente a través del cuerpo—, aquello que el cuerpo trabaja internamente. Por eso se exigía al muchacho espartano que realizara sus ejercicios gimnásticos independientemente de las condiciones meteorológicas.

En el caso de los atenienses, la situación era diferente. Los atenienses daban mucha importancia a que los ejercicios gimnásticos se adaptaran a las condiciones meteorológicas; también consideraban muy importante que el niño que realizaba sus ejercicios gimnásticos estuviera expuesto a la luz del sol de manera adecuada. A los espartanos les daba igual que los ejercicios se realizaran bajo la lluvia o bajo el sol. Los atenienses exigían que el ser humano recibiera estímulos, en particular los que proporcionaban los efectos del sol.

Al niño espartano se le trataba de tal manera que se le endurecía la piel, para que todo lo que desarrollara procediera de su constitución física interna. Al niño ateniense no solo se le aplicaba arena y aceite en la piel, sino que además se le exponía a la acción del sol.

De este modo, en los muchachos atenienses se transmitía aquello que puede penetrar en el ser humano desde el exterior, a través de los efectos del sol. Se estimulaba al muchacho ateniense a ser locuaz; se le estimulaba a expresarse con palabras bellas. Al niño espartano se le aislaba por completo mediante todo tipo de fricciones con aceites, e incluso mediante el tratamiento de la piel con arena y aceite, para que desarrollara todo en su interior, de forma independiente de la naturaleza exterior. De este modo, se incitaba al niño espartano a canalizar hacia su interior todas las fuerzas que la naturaleza humana puede desarrollar, en lugar de manifestarlas exteriormente.

Esto no le hacía ser tan locuaz como el muchacho ateniense; al contrario, le llevaba precisamente a ser parco en palabras, a hablar poco, a permanecer en silencio. Y cuando decía algo, tenía que ser significativo, tenía que tener contenido. Las expresiones espartanas, —que se pronunciaban en contadas ocasiones—, se caracterizaban por su riqueza de contenido, mientras que las expresiones atenienses se distinguían por la belleza de sus formulaciones lingüísticas. Esto estaba relacionado con la adaptación del ser humano a su entorno a través del sistema educativo correspondiente.

Esto también se puede observar en la relación que se establece entre el ser humano y su entorno. Las personas del sur, que están expuestas a la acción del sol, se vuelven muy gesticulantes y también habladoras; en ellas se desarrolla un lenguaje melodioso, porque su desarrollo térmico está relacionado con el desarrollo térmico exterior.

Las personas del norte, por su parte, se desarrollan de tal manera que no se vuelven locuaces, porque deben conservar en su interior el calor corporal como impulsos. Fíjense en las personas del norte. Son conocidas por su silencio; pasan tardes enteras sentadas juntas sin sentir la necesidad de decir muchas palabras. Uno pregunta; el otro le responde con un «no» o un «sí» al cabo de dos horas o incluso a la noche siguiente. Esto tiene que ver, sin duda, con que estas personas del norte se ven obligadas a tener impulsos internos más fuertes para generar calor en su interior, ya que el calor no les llega desde el exterior.

Ahí tenemos lo que ya se puede llamar, en el ámbito natural, la adaptación del ser humano a las circunstancias externas. Observen entonces cómo todo esto actúa en la educación y en el resto de la vida espiritual y anímica. Del mismo modo que las entidades ahrimánicas ejercen su influencia esencial sobre lo que reside en la herencia, las entidades Luciféricas ejercen su influencia esencial sobre lo que es la adaptación. Así pueden acercarse al ser humano cuando este establece sus relaciones con el mundo exterior. Enredan el yo humano en el mundo exterior. Pero con ello, a menudo sumen a este yo en una confusión respecto al karma.

Así pues, mientras que las entidades ahrimánicas sumen al ser humano en una confusión respecto a su yo frente a sus impulsos físicos, las entidades Luciféricas lo sumen en una confusión respecto a su karma. Porque lo que proviene del mundo exterior no siempre forma parte del karma, sino que primero debe integrarse en él a través de diversos hilos y conexiones, para que en el futuro pueda formar parte del karma.

Así pues, lo ahrimánico y lo luciférico están íntimamente relacionados con la vida humana. Esto debe regularse; debe regularse en el desarrollo global del ser humano. Por eso se había hecho necesario que estos sabios primigenios de la humanidad se marcharan de la Tierra, donde no habrían podido llevar a cabo esta regulación, ya que no puede realizarse durante la vida humana en la Tierra, y el ser humano, fuera de la vida terrenal, simplemente no se encuentra en la Tierra; por eso era necesario que estos sabios primigenios de la humanidad tuvieran que marcharse de la Tierra y continuaran su existencia en la Luna. Porque ahora, después de que se hubieran trasladado a la Luna, —y aquí llego al punto de tener que utilizar precisamente el lenguaje humano para algo que, en realidad, uno preferiría expresar con otras imágenes—, estas entidades, es decir, estos maestros primigenios, llegaron a buscar, durante su existencia lunar, acuerdos con las fuerzas ahrimánicas y con las luciféricas. Y para el ser humano resultaría especialmente perjudicial la intervención de las fuerzas ahrimánicas en su existencia tras la muerte, si estas entidades ahrimánicas pudieran realmente ejercer influencia sobre él. Porque, verán, cuando el ser humano atraviesa la puerta de la muerte y lleva consigo algo malo en las secuelas de su alma, se encuentra, como ya les he dicho, completamente inmerso en un entorno ahrimánico, incluso en concepciones ahrimánicas. Él mismo tiene una fisonomía ahrimánica. Solo es capaz de percibir a aquellas entidades humanas que también presentan una fisonomía ahrimánica. Esto debe seguir siendo así, de modo que sea únicamente una experiencia anímica del ser humano. Si Ahriman pudiera intervenir ahora, si pudiera influir en el cuerpo astral, esto se convertiría en una fuerza que Ahriman podría impulsar en el ser humano, una fuerza que no solo se equilibraría poco a poco a través del karma, sino que haría que el ser humano se sintiera muy cercano a la Tierra, que lo llevaría a una relación demasiado estrecha con lo terrenal. Eso es también lo que persiguen las fuerzas ahrimánicas. Quieren, en aquellos seres humanos en los que sea posible, establecer tras la muerte, —cuando el ser humano, en su forma espiritual, aún se asemeja a la forma terrenal— aquello que llevan consigo en forma de impulsos malignos a través de la puerta de la muerte. De este modo, pretenden penetrar con sus fuerzas en esa forma espiritual, atraer al mayor número posible de esas entidades hacia la existencia terrenal y, por así decirlo, fundar una humanidad terrenal ahrimánica.

Por eso, los sabios maestros de la humanidad, los actuales habitantes de la Luna, han celebrado un pacto con las fuerzas ahrimánicas, —un pacto que estas últimas se vieron obligadas a aceptar por razones que explicaré más adelante—, un pacto por el que, en el sentido más estricto de la palabra, en la medida de lo posible, a las fuerzas ahrimánicas ejercer influencia sobre la vida humana antes de que el ser humano descienda a la existencia terrenal. Así pues, cuando el ser humano, en su descenso a la existencia terrenal, atraviesa de nuevo la esfera lunar, entonces, según los acuerdos entre los sabios maestros primigenios de la humanidad y las fuerzas ahrimánicas, estas últimas pueden ejercer una determinada influencia sobre el ser humano. Y esta influencia se manifiesta precisamente en que la herencia se ha hecho posible. En cambio, una vez que se les había asignado, en cierto modo, este ámbito de la herencia gracias a los esfuerzos de los antiguos maestros de la humanidad, las entidades ahrimánicas tuvieron que renunciar a aquello que perdura en el desarrollo humano tras la muerte.

Por el contrario, con las entidades luciféricas se ha establecido un pacto según el cual estas solo podrán ejercer influencia sobre el ser humano una vez que haya atravesado la Puerta de la Muerte, y no antes de que descienda a la existencia terrenal.

De este modo, se estableció una regulación de las influencias extraterrestres de lo ahrimánico y lo luciférico precisamente a través de los grandes maestros primigenios de la humanidad. Pero ya lo hemos visto y, si lo reflexionamos un poco, queda claro de inmediato: así es como el ser humano se acerca a la naturaleza. Al poder actuar sobre él las entidades ahrimánicas antes de su descenso a la Tierra, el ser humano queda expuesto a los efectos de los impulsos hereditarios. Al poder actuar sobre él las entidades luciféricas, el ser humano queda expuesto a aquellos impulsos que se encuentran en el entorno físico, —en el clima y similares—, así como en el entorno espiritual, anímico y social, a través de la educación, la vida y demás. El ser humano entra, pues, en relación con su entorno natural, y en este entorno natural pueden actuar tanto lo ahrimánico como lo luciferico.

Ahora me gustaría hablar, desde una perspectiva totalmente diferente, sobre la existencia de las entidades ahrimánicas y luciféricas, precisamente en el entorno natural. Ya señalé esas cuestiones durante la reunión en la que se trató el problema de Michael. Ahora quiero profundizar aún más en ello. Imagínense por un momento ese cambio que se produce en la naturaleza que nos rodea, cuando nos encontramos ante las nieblas ascendentes. Los vapores acuosos de la Tierra se elevan. Quizá vivamos incluso dentro de la atmósfera, que está llena de este ascenso de los vapores acuosos de la Tierra. En este ascenso de los vapores acuosos de la Tierra, quien haya alcanzado la visión espiritual descubre que en este fenómeno natural puede vivir algo que eleva lo terrenal en dirección centrífuga, hacia arriba.

Verán, no en vano cuando las personas viven en la niebla tienden a volverse melancólicas, pues hay algo en la experiencia de lo brumoso que agobia nuestra voluntad. En lo brumoso experimentamos una carga sobre la voluntad.

Ahora bien, entre otros ejercicios, uno puede entrenar su imaginación de tal manera que ejerza presión sobre su propia voluntad. Esto se puede lograr mediante ejercicios que consisten en provocar, a través de la concentración interior en determinados órganos del cuerpo, —concretamente, en los músculos—, una especie de sensación muscular interna, una percepción de los músculos. Cuando se somete a esfuerzo la voluntad provocando esta sensación muscular interna, —es diferente sentir los músculos al caminar que tensarlos mediante la concentración mientras se está de pie—, si esto se convierte en un ejercicio constante, si se realiza tal y como he descrito en otros ejercicios que he expuesto en «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores? », entonces se somete a la voluntad a una carga mediante la propia actividad. Y entonces uno se percata de lo que hay en la niebla ascendente, de lo que puede hacer que uno se sienta abatido y melancólico en la niebla ascendente; entonces uno se percata, a nivel espiritual y anímico, de cómo ciertos espíritus ahrimánicos viven en la niebla ascendente. De modo que, con conocimiento espiritual, hay que decir: en la niebla ascendente se elevan desde la Tierra hacia el espacio cósmico espíritus ahrimánicos, que de esta manera amplían su existencia en relación con lo terrenal.

Otra cosa muy distinta es cuando, —algo para lo que aquí, precisamente en el Goetheanum, se tienen tantas y maravillosas oportunidades—, se dirige la mirada al atardecer o al amanecer hacia las inmensidades y se ven en ellas las nubes, pero con la luz del sol posada sobre esas nubes. Hace unos días pudieron ver aquí, a última hora de la tarde, cómo una especie de oro rojo del sol se materializaba en las nubes y daba lugar a las más diversas formas de una manera maravillosa. Fue la misma tarde en la que la luna brillaba con una intensidad especial. Pero también en otras ocasiones se puede ver cómo se alzan las nubes y, sobre ellas, se posa, —casi se diría—, el resplandor en un juego de colores maravillosamente resplandeciente. Por supuesto, se puede ver en todas partes, pero yo me refiero precisamente a lo que aquí, en Dornach, se puede contemplar de forma especialmente bella.

En esa luz que se extiende sobre las nubes en la atmósfera habitan los espíritus luciféricos, del mismo modo que en la niebla ascendente habitan los espíritus ahrimánicos. Y, en el fondo, para quien sea capaz de contemplar algo así de forma consciente y adecuada mediante la imaginación, ocurre lo siguiente: si consigue que su pensar habitual se deje llevar por las nubes que transforman las formas y los colores, si, por así decirlo, da a sus pensamientos la posibilidad de metamorfosearse y transformarse en lugar de tener contornos nítidos, cuando los propios pensamientos se ensanchan y se estrechan de nuevo, cuando se dejan llevar por las formaciones nubosas, cuando participan de la forma y los colores de las formaciones nubosas: entonces ocurre que el ser humano comienza realmente a contemplar este juego de colores sobre las nubes, especialmente en el cielo del atardecer y del amanecer, como un mar de colores en el que se mueven figuras Luciféricas. Y cuando en el ser humano la niebla ascendente despierta estados de ánimo melancólicos, entonces ocurre que sus pensamientos, —y con ellos también su ánimo—, aprenden, en cierto modo, a respirar en una libertad sobrehumana ante la visión de este mar de luz que fluye con carácter luciférico. Se trata de una relación especial que el ser humano puede establecer con su entorno, pues allí puede elevarse realmente hasta sentir que su pensamiento es como una respiración en la luz. El ser humano siente el pensamiento como una respiración, pero como una respiración en la luz. Precisamente si desean experimentar esto, comprenderán mejor aquel pasaje de mis «Misterios» en el que se habla de los seres que pueden respirar luz. El ser humano ya puede tener una idea previa de lo que son esos seres, como seres que respiran la luz, cuando experimenta algo como lo que he descrito.

Así, vemos cómo lo ahrimánico y lo luciférico también están integrados en los fenómenos de la naturaleza exterior. Y cuando observamos la herencia y los fenómenos de adaptación en el ser humano, vemos que, a través de ellos, el ser humano acerca su naturaleza espiritual y anímica a la naturaleza. Cuando contemplamos fenómenos naturales como la niebla ascendente y las nubes, bañadas por una luz fluida, vemos cómo las entidades ahrimánicas y luciferinas se unen a lo natural. Pero el acercamiento de lo espiritual y anímico del ser humano, a través de la herencia y la adaptación a la naturaleza, no es más que un acercamiento a lo luciférico y lo ahrimánico, tal y como les he mostrado hoy. Y así, cuando observamos lo natural en el ser humano, encontramos lo luciférico y lo ahrimánico; y en aquellos fenómenos naturales que encierran algo que no tiene por qué ser asunto del físico, encontramos de nuevo lo luciférico y lo ahrimánico, Y vean, ese es el punto al que podemos llegar: a un efecto de lo natural sobre el ser humano que trasciende la existencia terrenal.

Fijémonos primero hoy en esto: encontramos a Ahriman y a Lucifer en la herencia humana y en la adaptación humana. Encontramos a Ahriman y a Lucifer en la niebla ascendente y en la luz que desciende sobre las nubes y que estas detienen y captan. Y encontramos en el ser humano un afán por crear equilibrio y ritmo entre la herencia y la adaptación. Pero también encontramos en la naturaleza exterior el afán por crear un ritmo entre las dos fuerzas que acabo de señalar en lo natural como las ahrimánicas y las luciféricas.

Si observan todo el proceso en la naturaleza, al aire libre, se encontrarán, en el fondo, ante un espectáculo maravilloso. Observen la niebla que se eleva y, en su interior, cómo los espíritus ahrimánicos se lanzan desde esa niebla ascendente hacia la inmensidad del universo. En el instante en que la niebla ascendente se condensa en lo alto formando una nube, deben abandonar sus aspiraciones y regresar de nuevo a la Tierra. En la nube, la presuntuosa aspiración ascendente de Ahriman encuentra sus límites. En la nube, lo nebuloso cesa, pero con ello también cesa lo propio de Ahriman en lo nebuloso. Sin embargo, en la nube comienza la posibilidad de que lo luminoso se asiente por encima de ella: Lucifer, asentado por encima de las nubes.

Comprendan esto en toda su profundidad. Imaginen la niebla que se eleva con las figuras amarillentas de Ahriman, aglutinadas en su interior formando nubes; y en aquello que se forma como luz desbordante sobre la nube, las figuras Luciféricas que se precipitan hacia abajo; entonces habrán plasmado en la naturaleza lo ahrimánico y lo luciférico, y entonces comprenderán también que, en aquellos tiempos en los que se tenía una sensibilidad por lo que se esconde más allá del umbral, por lo que se teje y vive en la nube luminosa, por lo que vive y se teje en la niebla que se agolpa, que en aquellos tiempos, por ejemplo, los pintores se encontraban en una situación muy diferente a la de épocas posteriores. Entonces, lo que ellos conocían como lo espiritual también contribuía a que el color llegara a su lugar adecuado en el lienzo. El poeta podía decir, consciente de que lo divino, lo espiritual hablaba en su interior: «Canta, oh musa, de la ira de Aquiles, el Peleida» o: «Cántame, oh musa, del hombre que tanto viajó»; así comienzan los poemas homéricos. Klopstock, en una época en la que ya no estaba tan vivo el sentido de lo divino y lo espiritual, lo sustituyó por: «Canta, alma inmortal, la redención de los hombres pecadores»; ya he hablado de ello en otras ocasiones. Del mismo modo que lo había expresado el poeta en la antigüedad, —él podía plasmarlo en palabras y comenzar así sus poemas—, también los pintores antiguos, incluso los de la escuela de Leonardo da Vinci y Rafael, podrían haberlo dicho y, de hecho, lo sintieron a su manera: Píntame, oh musa, píntame, oh fuerza divina, ponme las manos, ponme el alma en las manos, para que puedas guiar el pincel en mis manos.

Se trata, en realidad, de comprender esta conexión del ser humano con lo espiritual en todas las situaciones de la vida, y sobre todo en las más importantes.

Así pues, dejemos claro que, por un lado, a través de la herencia y la adaptación, acercamos lo humano a lo ahrimánico y lo luciférico; pero que, por otro lado, al comprender la naturaleza, también podemos acercar lo luciférico y lo ahrimánico a la naturaleza exterior. Mañana continuaremos nuestras reflexiones partiendo de este punto de vista.

Traducido por J.Luelmo 



GA232 Dornach, 23 de noviembre de 1923. -La experiencia del pensar, la experiencia de la memoria-

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La experiencia del pensar, la experiencia de la memoria

Dornach, 23 de noviembre de 1923

Ahora, queridos amigos, queremos aprovechar el tiempo que nos queda aquí en el Goetheanum, para las conferencias antes de las semanas de Navidad, de tal manera que aquellos de ustedes que pueden vivir aquí en Dornach con la esperanza de que llegue la semana de Navidad, puedan asimilar en sí mismos, en la medida de lo posible, todo lo que el movimiento antroposófico puede aportar a los corazones de las personas. De modo que, precisamente aquellos que permanecerán aquí sentados hasta Navidad tengan realmente algo que decir en sus pensamientos sobre aquello que ahora, —me atrevería a decir—, aún puede suceder en el último momento. No es que vaya a hablar, por ejemplo, de la Sociedad Antroposófica Internacional; eso se tratará en unas horas en la propia asamblea, pero voy a intentar ahora estructurar estas reflexiones de tal manera que también puedan contribuir al estado de ánimo que entonces debe reinar. Y así, queridos amigos, intentaré abordar lo que ya he expuesto aquí en las últimas semanas desde un punto de partida diferente; hoy comenzaré por llegar ante ustedes, partiendo de la propia vida anímica del ser humano, a una comprensión de los secretos del mundo.

Partamos hoy, en primer lugar, de algo lo más sencillo posible. Consideremos la vida anímica del ser humano tal y como se presenta cuando este profundiza en la introspección un poco más allá del punto que tenía preferentemente en mente cuando escribí los artículos sobre «La vida anímica» en el «Goetheanum». Así pues, profundicemos ahora en nuestras reflexiones sobre la vida anímica un poco más allá de lo que se hizo en el «Goetheanum». Para ello, lo que figura en el «Goetheanum» en esos cuatro artículos sobre la vida anímica constituye precisamente una especie de introducción, una preparación para lo que ahora queremos examinar.

Si practicamos la introspección de una manera amplia y global en un primer momento, llegamos a comprender cómo puede intensificarse, en cierto sentido, esta vida anímica. Todo comienza, en efecto, cuando dejamos que el mundo exterior actúe sobre nosotros, —lo hacemos desde la infancia—, y a continuación, cuando experimentamos lo que el mundo interior produce en nosotros, es decir, el pensamiento. De hecho, lo que nos convierte en seres humanos es precisamente que dejamos que lo que el mundo exterior produce en nosotros siga viviendo en nuestros pensamientos, que lo visualicemos interiormente en nuestros pensamientos, creando un mundo de representaciones que, en cierto modo, refleja aquello que nos impresiona desde el exterior. Quizá no le hagamos ningún bien a la vida del alma si nos dedicamos precisamente a reflexionar mucho sobre cómo se refleja el mundo exterior en nuestra alma. Al fin y al cabo, no llegamos a nada más que, diría yo, a una imagen atenuada del mundo de las representaciones que hay en nuestro interior. Practicamos una mejor introspección cuando nos centramos más, —me atrevería a decir—, en el momento de la fuerza, de modo que intentamos, por una vez, expresarnos plenamente a través de los elementos del pensamiento, sin fijarnos en el mundo exterior; de modo que seguimos explorando mentalmente aquello que se nos ha presentado como impresiones del mundo exterior. Una persona, según su predisposición, se adentra más en pensamientos abstractos. Crea sistemas cósmicos o no, elabora esquemas sobre todo lo posible en el mundo y cosas por el estilo. La otra persona, al reflexionar sobre las cosas que le han causado impresión y luego desarrollar esos pensamientos, sigue quizá más bien ciertas representaciones imaginarias. No vamos a profundizar más en cómo, este pensamiento, dependiendo del tipo de temperamento, el carácter y demás predisposiciones del ser humano, se desarrolla en nuestro interior sin impresiones externas, pero sí queremos ser conscientes de que, para nosotros, resulta algo especial cuando nos alejamos del mundo exterior en lo que respecta a nuestros sentidos y vivimos por una vez en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, desarrollándolas, quizá a veces solo en la dirección de las posibilidades.

Hay quien considera innecesario explorar mentalmente, por ejemplo, las posibilidades de la existencia. De hecho, incluso hoy en día, en estos tiempos difíciles, es frecuente encontrarse con personas que se han pasado todo el día ocupadas en sus quehaceres, realizando todo tipo de tareas que, por supuesto, son necesarias para el mundo, y que luego se reúnen en pequeños grupos para jugar a las cartas, al dominó o a cualquier otra actividad similar, con el fin de, como se suele decir, pasar el rato. Sin embargo, no es muy frecuente que la gente se reúna en grupos similares y, por ejemplo, intercambie sus ideas sobre todo lo que podría haber resultado de esas mismas cosas que han sucedido durante el día, en las que se han visto envueltos, si esto o aquello hubiera sido un poco diferente. En ese caso, la gente no se divertiría tanto como jugando a las cartas; pero sería una reflexión en profundidad. Y si al hacerlo uno conserva el sentido común suficiente respecto a la realidad, entonces ese dar rienda suelta a la imaginación no tiene por qué convertirse en algo fantástico.

Esta vida en el pensar es, en última instancia, lo que se le presenta cuando quiere leer de la manera correcta la «Filosofía de la libertad». Si quiere leer de la manera correcta la «Filosofía de la libertad», debe conocer precisamente este sentimiento: vivir en el pensar. La «Filosofía de la libertad» es algo que se vive a partir de la realidad; pero, al mismo tiempo, es algo que ha surgido por completo del pensar real. Y por eso se percibe un sentimiento fundamental precisamente en esta «Filosofía de la libertad». Esta «Filosofía de la libertad», la concebí en los años ochenta, la escribí a principios de los noventa, y puedo decir sin temor a equivocarme: entre aquellas personas que en aquel entonces habrían tenido, en realidad, la tarea de captar de alguna manera, al menos, la esencia de esta «Filosofía de la libertad», encontré por todas partes incomprensión hacia esta «Filosofía de la libertad». Y eso se debe a un punto concreto. Se debe a lo siguiente: las personas, incluso las llamadas personas pensantes de la actualidad,  en realidad con su pensar, solo llegan a experimentar en él un reflejo del mundo exterior sensible. Y entonces dicen: quizá en el pensar también pudiera llegar algo de un mundo suprafísico; pero tendría que ser así: del mismo modo que la silla y la mesa están ahí fuera, y el pensar da por sentado que están ahí dentro, este pensar que está ahí dentro también tendría que poder experimentar de alguna manera lo suprasensible que se puede percibir fuera del ser humano, tal y como la mesa y la silla están ahí fuera. - Así es más o menos como Eduard von Hartmann concebía la función del pensar.

Entonces se encontró con este libro, la «Filosofía de la libertad». En él, el pensar se vive de tal manera que, en el seno de la experiencia del pensar, se llega a la conclusión de que no se puede concebir de otra forma: si vives plenamente inmerso en el pensar, vives, —aunque al principio de manera indeterminada—, en el universo. El nervio central de la «Filosofía de la libertad es, en la experiencia más íntima del pensar, precisamente esta conexión con los misterios del mundo». Y por eso figura en esta «Filosofía de la libertad» la frase: «En el pensar se toma por un extremo el secreto del mundo».

Quizá esté expresado de forma sencilla, pero lo que quiere decir es que, cuando el pensar se vive realmente, no se puede hacer otra cosa que sentirse ya no fuera del misterio del mundo, sino dentro de él; ni sentirse tampoco fuera de lo divino, sino dentro de lo divino. Cuando uno capta en sí mismo el pensar, está captando lo divino en sí.

Este punto no se podía comprender. Porque si realmente se comprende, si uno se ha esforzado por tener esa experiencia del pensar, entonces ya no se está dentro del mundo en el que antes se estaba, sino que se está dentro del mundo etérico. Uno se encuentra en un mundo del que sabe que no está condicionado por este o aquel lugar del espacio físico terrestre, sino que está condicionado por toda la esfera cósmica. Uno se encuentra en la esfera etérica cósmica. Cuando el pensar se ha comprendido tal y como se expone en la «Filosofía de la libertad», ya no se puede dudar de la regularidad de la esfera etérica del mundo. De modo que se alcanza aquello que se puede llamar experiencia etérica. Por eso, cuando uno entra en esta experiencia, da un paso peculiar en toda su vida.

Me gustaría caracterizar este paso de la siguiente manera: cuando se piensa en el estado de conciencia habitual, si uno está aquí, en esta sala, piensa en mesas, sillas, por supuesto en personas, y así sucesivamente; quizá también piense en algo más, pero piensa en las cosas que están fuera. Así pues, digamos que hay diversas cosas ahí fuera y que, en cierto modo, con el pensar, partiendo del centro de nuestro ser, abarcamos esas cosas. De ello es consciente todo ser humano: quiere abarcar con su pensar las cosas del mundo.

Pero cuando uno llega a tener esta experiencia del pensar que acabamos de describir, no se aprecia el mundo, ni tampoco se queda uno, diría yo, simplemente encerrado en su punto del yo, sino que ocurre algo muy distinto. Se tiene la sensación, la experiencia emocional totalmente acertada, de que con el pensar, —que en realidad no se encuentra en ningún lugar concreto—, se abarca todo desde lo más profundo. Uno siente: palpa al ser interior. Del mismo modo que con el pensar habitual, diría yo, se extienden hilos sensoriales espirituales hacia el exterior, con este pensar, —que se experimenta a sí mismo en sí mismo—, uno se adentra continuamente en su propio interior. Uno se convierte en objeto, se convierte en objeto de sí mismo.

Se trata precisamente de una experiencia muy importante que se puede vivir, al darse cuenta de que antes siempre captabas el mundo; ahora, al tener la experiencia del pensar, debes captarte a ti mismo. En el transcurso de esta intensa experiencia de captarse a sí mismo, se acaba por rebasar los límites de la propia piel. Y del mismo modo que uno se comprende a sí mismo interiormente, así comprende desde dentro todo el éter cósmico, no en sus detalles, por supuesto, pero llega a la certeza de que este éter se extiende por toda la esfera cósmica en la que uno se encuentra, en la que uno está a la vez junto a las estrellas, el Sol, la Luna, etcétera.

Pues bien, una segunda cosa que el ser humano puede desarrollar en su vida interior es no seguir hilando y tejiendo inicialmente los pensamientos que le llegan del exterior, sino dejarse llevar por sus recuerdos. Cuando el ser humano se deja llevar por sus recuerdos y lo hace de verdad, desde lo más profundo de su ser, esto da lugar, a su vez, a una experiencia muy concreta. La experiencia del pensar que acabo de describir nos lleva, en realidad, en un primer momento hacia uno mismo; nos comprendemos a nosotros mismos. Y se obtiene una cierta satisfacción al comprenderse a uno a sí mismo. Cuando se pasa a la experiencia del recuerdo, si se aborda de forma verdaderamente íntima, acaba sucediendo que la experiencia emocional más importante no es llegar a uno mismo. Eso es lo que ocurre al pensar; por eso, en el transcurso de este pensar, se encuentra la libertad, que depende por completo de la personalidad del ser humano. Y por eso una filosofía de la libertad debe partir de la experiencia del pensar, pues a través de ella el ser humano se acerca a sí mismo y se descubre como personalidad libre. Con la experiencia del recuerdo no es así. Lo que ocurre con la experiencia del recuerdo es que, al final, si uno es capaz de tomársela muy en serio, si es capaz de sumergirse por completo en dicha experiencia, llega a tener la sensación de liberarse, de alejarse de sí mismo. Por eso, los recuerdos que nos hacen olvidar el presente son los más satisfactorios. No quiero decir que sean siempre los mejores, pero en muchos casos son los más satisfactorios.

Uno se hace una idea clara del valor del recuerdo cuando es capaz de tener recuerdos que le transportan al mundo, a pesar de que podría estar totalmente insatisfecho con el presente y, de hecho, quisiera escapar de él. Si uno es capaz de desarrollar recuerdos tales que le hagan sentir una mayor intensidad en su forma de vivir al entregarse a ellos, eso le proporciona, diría yo, una preparación emocional para lo que el recuerdo puede llegar a ser cuando se vuelve aún más real.

Verán, el recuerdo puede volverse más real si uno se acerca, con la mayor realidad posible, a algo que realmente vivió hace años o décadas. Solo quiero expresarlo tal y como es. Supongamos que revisan sus viejas pertenencias e intentan, digamos, buscar cartas que hayan escrito de forma continuada en alguna ocasión. Colocan esas cartas ante ustedes y, a partir de ellas, se sumergen en el pasado. O, mejor aún, no utilicen cartas que hayan escrito ustedes mismos o que les hayan escrito otros, porque ahí siempre interviene demasiado lo subjetivo; sería aún mejor si pudieran, por ejemplo, coger sus viejos libros de texto y hojearlos tal y como lo hacían en aquella época, cuando aún eran un escolar sentado frente a esos libros; es decir, si realmente sacan a relucir en su vida algo que ya fue. Y es que resulta muy curioso: cuando uno hace algo así, cambia por completo el estado de ánimo de uno, tal y como es en ese momento. Es muy curioso. Y verán, solo tiene uno que ser un poquito ingenioso en este sentido; cualquier cosa puede servir para ello. Quizá una señora encuentre en algún rincón un vestido que se puso hace veinte años, o algo parecido, y se lo ponga y, de ese modo, se transporte por completo a la situación en la que se encontraba entonces; es decir, cualquier cosa que traiga el pasado al presente con la mayor realidad posible. De este modo, consigue uno separarse claramente de la experiencia actual.

Cuando se vive con la conciencia habitual, en realidad uno está demasiado cerca de la experiencia como para sacarle partido, diría yo. Hay que poder distanciarse de ella. Pues bien, el ser humano se encuentra más alejado de sí mismo cuando duerme que cuando está despierto; pues entonces su yo y su cuerpo astral se encuentran fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico. A ese cuerpo astral, que mientras dormimos se encuentra fuera del cuerpo físico, es al que se acercan cuando evocan en el presente experiencias pasadas de una forma tan real como la que he descrito. Ahora bien, al principio no lo creerán, porque no atribuirán un efecto tan fuerte a algo tan insignificante como evocar experiencias pasadas, —por poner un ejemplo, con una ropa vieja—. Pero de lo que se trata realmente es de que uno haga una prueba con estas cosas. Y si hace la prueba y realmente evoca experiencias pasadas al presente, de modo que pueda vivir en ellas y olvidarse por completo del presente, verá que se está acercando a su cuerpo astral, a su cuerpo astral dormido.

Pero si espera que baste con mirar a derecha o izquierda y ver allí una figura difusa como su cuerpo astral, se equivocará; las cosas no suceden así. Sin embargo, debe prestar atención a lo que realmente ocurre. Algo que realmente ocurre en un caso así es, por ejemplo, que, poco a poco, a través de esas experiencias, veáis el amanecer de una forma muy diferente a como lo veíais antes, que percibáis un amanecer de una forma muy diferente a como lo percibíais antes. Poco a poco, por este camino, llegarás a percibir el calor del amanecer como algo que anuncia algo, que encierra, en cierto sentido, una fuerza profética, una fuerza profética propia de la naturaleza. Empezarán a percibir el amanecer como algo espiritualmente poderoso, y podrán asociar un significado interior a esta fuerza profética, al tener la sensación, —que al principio quizá consideren una ilusión—, de que el amanecer tiene algo que les es propio. Precisamente gracias a experiencias como las que he descrito, podrán llegar a sentir, al contemplar el amanecer: sí, este amanecer no me deja solo. No está simplemente allí, y yo no estoy simplemente aquí. Estoy íntimamente unido a este amanecer. Es una cualidad de mi alma; en este momento, yo mismo soy el amanecer. - Y cuando se hayan unido de tal manera al amanecer que, en cierto sentido, experimenten ustedes mismos el resplandor y el brillo de colores, el desarrollo progresivo del sol a partir de ese resplandor y brillo de colores, de tal forma que en su corazón surja un sol hecho de amanecer en una sensación viva, entonces también tendrá la sensación de que recorre la bóveda celeste junto con el sol, de que el sol no le deja solo, de que el sol no está allí y usted aquí, sino de que su existencia se extiende, en cierto modo, hasta la existencia del sol; de que camina con la luz a lo largo del día.

Pero si desarrollan esa sensación que, —como ya he dicho—, no surge del pensar, pues es así como se llega a las personas—, pero que sí se puede desarrollar a partir del recuerdo de la manera indicada; si desarrolla estas experiencias a partir del recuerdo, o mejor dicho, a partir de la fuerza del recuerdo, entonces las cosas que antes percibía con sus sentidos físicos comienzan a adquirir un aspecto diferente: las cosas empiezan a volverse transparentes desde el punto de vista espiritual y anímico. Es como cuando, una vez que se ha alcanzado la sensación de caminar con el sol, de haber adquirido en el amanecer la fuerza para caminar con el sol, se ven entonces de otra manera todas las flores del prado. Las flores no se limitan a mostrarnos sus colores amarillos o rojos, que se encuentran en su superficie, sino que comienzan a hablar, a dirigirse de manera espiritual a nuestra alma. La flor se vuelve transparente. En su interior se despierta lo espiritual de la planta, y la floración se convierte en algo así como un habla; y de este modo, de hecho, uno conecta entonces su alma con la existencia natural exterior. De este modo, se tiene la impresión de que detrás de esta realidad natural hay algo más, de que la luz con la que uno se ha unido está sostenida por entidades espirituales. Y, poco a poco, se reconocen en estas entidades espirituales los rasgos de lo que describe la antroposofía.

Reunamos ahora las dos etapas de sensaciones que acabo de describir. Tomemos la primera sensación, aquella que se puede experimentar internamente a través del pensar; entonces, gracias a esta experiencia, se amplía; desaparece por completo la sensación de estar encerrado en un espacio reducido. La experiencia del ser humano se amplía; se siente con toda certeza que, en nuestro interior hay un punto que se extiende hacia todo el mundo, que es de la misma sustancia que el mundo entero. Uno se siente uno con el mundo entero, con lo etérico del mundo. Pero también se siente que, al estar aquí en la Tierra, la gravedad terrestre tira hacia abajo del pie y de la pierna; se siente que todo nuestro ser está atado a esta Tierra. En el momento en que se tiene esta experiencia del pensar, ya no se siente la conexión con la Tierra, sino que uno se siente dependiente de las inmensidades de la esfera cósmica. Todo llega desde las inmensidades (dibujo: flechas); no desde abajo hacia arriba, en cierto modo desde el centro de la Tierra hacia arriba, sino que todo llega desde las inmensidades. Y ya se percibe en el ser humano: precisamente cuando se quiere comprender al ser humano, también debe estar presente esta sensación de que todo llega desde las inmensidades. (Véase la parte sup. izda. del dibujo)

Esto se extiende precisamente hasta la representación de la figura humana. Si quiero representar la figura humana mediante la escultura o la pintura, en realidad solo puedo representar esta parte inferior de la cabeza de tal manera que la conciba como si surgiera del interior espacial, del interior corporal del ser humano. No lograré infundir el espíritu adecuado a la obra si no soy capaz de plasmar la parte superior de tal manera que la conciba como algo que viene del exterior. Todo esto va de dentro hacia fuera (véanse las flechas); pero aquello (la parte superior de la cabeza) se forma de fuera hacia dentro.

Nuestra frente, la parte superior de nuestra cabeza, está en realidad siempre colocada sobre ello. Quien haya contemplado con sensibilidad artística las pinturas de la pequeña cúpula del Goetheanum, ahora en ruinas, habrá observado siempre cómo esto se aplicaba en todas partes: la parte inferior del rostro, en cierto sentido, como algo que ha surgido del ser humano; la parte superior de la cabeza, como algo que el cosmos le ha otorgado. En épocas en las que se percibían estas cosas, esto era especialmente intenso. Nunca comprenderán una forma plástica griega de cabeza que surta efecto si no saben imbuirla de esta percepción, pues los griegos creaban a partir de tales percepciones.

Y así es como uno se siente, precisamente, conectado con el entorno en la experiencia del pensar.

experiencia de pensar 3ª jerarquía

Y ahora se podría creer que esto simplemente continuara así, que si uno siguiera avanzando desde el pensar, desde la experiencia del pensar, hasta la experiencia del recuerdo, llegara aún más lejos. Pero no es así, sino que es diferente. Si realmente desarrollan en su interior esta experiencia del pensar, a través de ella tendrán finalmente la impresión de la tercera jerarquía: Ángeles, Arcángeles, Arcais. Del mismo modo que puede imaginarse la experiencia física humana aquí en la Tierra en lo que respecta a la pesadez, a la transformación de los alimentos mediante la digestión, etc., así puede imaginarse las condiciones en las que viven los seres de la tercera jerarquía cuando, a través de esta experiencia del pensar, en lugar de moverse por la Tierra, se siente sostenido por fuerzas que le llegan desde los confines del mundo.

Ahora bien, cuando se pasa de la experiencia del pensar a la experiencia del recuerdo, no es como si, por ejemplo, cuando esto fuera el fin de la esfera del mundo (véase el dibujo, arco superior), se pudiera experimentar hasta ese punto. Se puede alcanzar ese confin del mundo si uno se adentra en la realidad de esa experiencia del pensar; entonces no se llega más allá, sino que la cosa se presenta de otra manera. Entonces hay, por ejemplo, algún objeto aquí: un cristal, una flor, un animal. Si se pasa de la experiencia del pensar a todo lo que la experiencia del recuerdo puede aportar, entonces se mira dentro de esa cosa.

experiencia de recuerdo : 2ª jerarquía
experiencia gestual 1ª jerarquía

La mirada que ha llegado hasta los confines del universo, cuando se prolonga a través de la experiencia del recuerdo, penetra en las cosas. Es decir, no se trata de que uno se adentre aún más en extensiones abstractas e indefinidas, sino de que esa mirada prolongada penetra en las cosas; ve lo espiritual en todas las cosas. En la luz, ve por ejemplo, a las entidades espirituales que actúan en ella, y así sucesivamente; en la oscuridad ve a las entidades espirituales que actúan en ella. De modo que podemos decir: la experiencia del recuerdo nos conduce a la segunda jerarquía.

Y ahora bien, hay algo en la vida anímica del ser humano que va más allá del recuerdo. Aclaremos de una vez qué es lo que va más allá de los recuerdos. Verán, el recuerdo es lo que da color a nuestra alma. Cuando uno se encuentra con una persona que juzga todo de forma despectiva, puede saber con total certeza, que verte su atmósfera agria sobre todo lo que se le diga, que, cuando se le cuenta algo realmente bonito, él a su vez cuenta algo realmente feo, y así sucesivamente; uno puede saber con total certeza: en su caso, eso está relacionado con su recuerdo. El recuerdo da color al alma.

Pero, fíjense: hay algo más aparte de ese matiz emocional. Nos encontramos con una persona. Esta siempre nos muestra las comisuras de los labios irónicamente curvadas hacia abajo, sobre todo cuando le decimos algo, o frunce el ceño formando arrugas, o pone una expresión trágica. O bien nos mira con amabilidad, de modo que nos sentimos elevados no solo por lo que nos dice, sino también por su mirada. Sí, verán, resulta interesante observar, con una sola mirada, todas las caras durante algún momento importante de una conferencia: fijarse en las comisuras de los labios ante cualquier cosa, observar las frentes, la rigidez de algunos rostros, la expresividad de otros, y así sucesivamente. Allí no solo se expresa aquello que ha quedado grabado en el alma y que le ha conferido un matiz concreto, sino que también se expresa aquello que, partiendo del recuerdo, se ha trasladado a la fisonomía, a los gestos y modales, y a toda la actitud de la persona. Pues bien, también ocurre lo mismo cuando en una persona no se transmite nada, cuando muestra un rostro que no ha asimilado nada de lo que ha atravesado a lo largo de su vida en cuanto a sufrimientos, dolores y alegrías: eso también es característico. Si su rostro ha permanecido liso como una losa, resulta tan característico como cuando su rostro expresa, en sus profundos surcos, la tragedia de la vida, la seriedad de la vida o, quizá, también algunas satisfacciones de la vida. Ahí es donde lo que, por lo general, permanece en el ámbito anímico y espiritual como resultado de la capacidad de recuerdo, se traslada a la configuración de lo físico. Y se traslada con tanta fuerza que, de hecho, más adelante el ser humano adquiere, hacia el exterior, sus gestos y su fisonomía, y, hacia el interior, su temperamento. Porque en la vejez no siempre tenemos el mismo temperamento que teníamos de niños. El temperamento de la vejez es, en muchos casos, el resultado de lo que hemos vivido y de lo que se ha convertido en recuerdo interior y anímico.

Lo que se va acumulando en el interior de las personas puede trasladarse ahora a la realidad, aunque esto resulte más difícil. Todavía es relativamente fácil traer a la luz de nuestra alma algo que hayamos vivido en la infancia o hace años, para, en cierto modo, hacer realidad el recuerdo. Sin embargo, ya resulta más difícil, por ejemplo, ponernos en la piel del temperamento que teníamos en la infancia o, en general, de nuestro temperamento anterior. Pero la realización de un ejercicio de este tipo, puede precisamente aportar algo inmensamente significativo para el ser humano. Y, en realidad, se consigue más si somos capaces de profundizar en ello interiormente, en el alma, que si lo hacemos de forma externa.

Ya se logra algo en el ser humano cuando, digamos, a los cuarenta o cincuenta años, —por supuesto, dentro de los límites que estas cosas requieren—, se dedica exteriormente a sus juegos infantiles; salta como saltaba de niño y cosas por el estilo, cuando intenta volver a poner la misma cara que ponía cuando su tía le daba un caramelo cuando tenía ocho años y cosas así. Este «transportarse al pasado», que llega hasta el gesto y la actitud, aporta a su vez algo a nuestra vida que nos lleva por completo a la sensación de que el mundo exterior es el mundo interior, y el mundo interior es el mundo exterior.

Entonces nos adentramos, por ejemplo, con todo nuestro ser en la flor y experimentamos aquello que, además de la experiencia del pensar y la experiencia del recuerdo, me gustaría denominar «experiencia gestual» en el mejor sentido de la palabra. Y a través de ello llegamos a una idea de cómo actúa lo espiritual de forma inmediata en todo lo físico.

No pueden ustedes llegar a comprender interiormente, con plena conciencia, cómo se comportaron, —por poner un ejemplo—, hace veinte años en un gesto ante cualquier ocasión externa, sin que, si se toman el asunto realmente de forma profunda, seria y enérgica en su interior, lleguen también a comprender la unión entre lo espiritual y lo físico en todas las cosas. Entonces habrán llegado a la experiencia de la primera jerarquía.

La experiencia del recuerdo nos convierte a nosotros mismos en el amanecer cuando nos encontramos frente a él. Nos permite sentir toda la calidez del amanecer, vivirla en nuestro interior. Pero cuando ascendemos a la experiencia del gesto, aquello que se nos presenta en el amanecer se unirá con todo lo que, en lo objetivo, nos permite experimentar el color y el sonido.

Si nos limitamos a observar los objetos que están iluminados por el sol y que nos rodean, los vemos tal y como se presentan a la luz. Así no vemos el amanecer, sobre todo cuando pasamos gradualmente de la experiencia del recuerdo a la experiencia del gesto: ahí se desprende de todo ser material aquello que es la experiencia del color. La experiencia del color cobra vida, se vuelve anímica, se vuelve espiritual, abandona el espacio en el que se nos presenta el amanecer físico exterior, y el amanecer comienza a hablarnos del misterio de la relación entre el Sol y la Tierra. Y experimentamos cómo actúan los seres de la primera jerarquía.

Aprendemos a reconocer, cuando aún dirigimos la mirada hacia el amanecer, cuando aún nos parece casi igual que antes, en el mero recuerdo, cómo son los tronos. Y entonces el amanecer se desvanece. Lo colorido se convierte en ser, cobra vida, se vuelve anímico, se vuelve espiritual, se convierte en ser, nos habla de cómo es la relación del Sol con la Tierra, de cómo era antaño en la antigua era solar, nos habla de tal manera que experimentamos lo que son los querubines. Y entonces, cuando, entusiasmados y llenos de reverencia, cautivados por esta doble revelación del amanecer, —la revelación de los tronos y la revelación de los querubines—, seguimos viviendo en el alma, entonces penetra en nuestro propio interior, desde este amanecer que se ha vuelto vivo y esencial, aquello que constituye la esencia de los serafines.

Experiencia de pensar. 3.ª jerarquía
Experiencia de recordar. 2.ª jerarquía
Experiencia de gesticular.1.ª jerarquía

Pues bien, todo lo que les he expuesto hoy se lo he contado para darles una idea de cómo, mediante el simple seguimiento de lo anímico, —desde el pensar hasta el gesto reflexivo e impregnado de alma—, el ser humano puede adquirir en su interior sensaciones, —que, en un primer momento, son solo sensaciones—, sobre los fundamentos espirituales del mundo, hasta llegar a la esfera de los serafines.

Eso es lo que quería plantear hoy a modo de introducción a las reflexiones que nos llevarán desde la vida anímica hacia las inmensidades del cosmos espiritual.

Traducido por J.Luelmo


GA232 Dornach, 25 de noviembre de 1923 Penetrar en el el interior de la naturaleza mediante la imaginación y la voluntad

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Penetrar en el interior de la naturaleza mediante la imaginación y la voluntad

Dornach, 25 de noviembre de 1923

Ayer les hablé de que a lo largo de su vidael ser humano está sometido, desde el punto de vista de las ciencias naturales, a lo que se suele denominar «herencia». Les hablé además de que el ser humano está sujeto a los efectos del mundo exterior, a la adaptación al mundo exterior, y de que todo lo que está determinado por la herencia, está a su vez relacionado con lo ahrimánico, y lo que es adaptación al mundo exterior en el sentido más amplio, está relacionado con lo luciférico. Pero también les dije que en el universo, es decir, en el seno de las entidades espirituales que subyacen al universo, se ha dispuesto para que lo luciférico y lo ahrimánico puedan integrarse de manera adecuada en la vida humana. Añadamos hoy algo más a lo que se ha dicho, volviendo a examinar lo expuesto anteayer.

Hemos reflexionado sobre que la memoria, todo lo relacionado con ella, moldea al ser humano como algo intrínsecamente anímico. De hecho, como seres anímicos, estamos moldeados por nuestros recuerdos mucho más de lo que pensamos. La forma en que nuestras experiencias se han convertido en recuerdo, es lo que ha moldeado nuestra alma más de lo que solemos creer.  En realidad somos el resultado de nuestra vida de recuerdos. Y quien sea capaz de practicar la introspección hasta tal punto que pueda adentrarse en la vida de los recuerdos, verá el gran papel que desempeñan, a lo largo de toda la vida terrenal, las impresiones de la infancia en particular. La forma en que hemos vivido precisamente esa infancia que luego no desempeña un papel tan importante en la vida consciente, —el tiempo durante el cual aprendimos a hablar, a caminar, durante el cual nos salieron los primeros dientes, los dientes hereditarios—, las impresiones de todos esos momentos de desarrollo desempeñan un papel muy importante en la vida del alma humana a lo largo de toda la vida terrenal. Y algunas de las cosas que, —diría yo—, nos surgen interiormente con un matiz caracterológico, como pensamientos relacionados con los recuerdos, —y, según todo lo que no captamos en nuestros pensamientos a través de impresiones externas está relacionado con los recuerdos—, todo lo que surge de esta manera, que nos conmueve interiormente con alegría o con dolor, —por lo general son sutiles matices de alegría y dolor los que acompañan a los pensamientos que surgen libremente—; todo lo que hay en nosotros de vida recordativa, lo lleva consigo nuestro cuerpo astral, cuando pasamos al estado dormido. Y, si con la visión imaginativa, ahora contemplamos al ser humano como un ser anímico-espiritual mientras duerme, la cuestión se presenta de la siguiente manera. En este sentido, se podría decir: Si, representándolo esquemáticamente, se considera eso como la piel humana y se imagina que mientras dormimos, dentro de la piel humana, permanecen el cuerpo etérico y el cuerpo físico, y que, en primer lugar, fuera de ella se encuentra el cuerpo astral, —el «yo» lo dibujaré más adelante—, y si se observa esto, por así decirlo, situándose frente a él, entonces se ve que el cuerpo astral está compuesto, en realidad, por los recuerdos. Pero se ve cómo estos recuerdos, que viven en el cuerpo astral fuera del ser humano, se mezclan, por así decirlo. Se ve cómo, experiencias que están muy separadas entre sí en el tiempo, y que están muy alejadas unas de otras en el espacio, se agrupan; de ciertas experiencias se excluye alguna cosa, de modo que mientras dormimos, toda la vida de los recuerdos se transforma. Y cuando el ser humano sueña, lo hace precisamente porque se presenta ante su conciencia, esta vida de recuerdos transformada. Precisamente en la naturaleza del sueño es donde se puede percibir esa agitación, percibirla interiormente, Y eso es lo que, visto desde fuera, puede contemplar la clarividencia imaginativa.

Pero hay algo más que interviene. Aquello que aparece en los recuerdos desde que nos dormimos hasta que nos despertamos, —que constituye, por tanto, el contenido principal de la vida astral del alma humana—, se une con las fuerzas que se encuentran detrás de los fenómenos naturales. De modo que se puede decir: todo aquello que vive en los recuerdos como cuerpo astral, entra en conexión con las fuerzas que se encuentran detrás de los minerales, —en realidad, en el interior de los minerales—, en el interior de las plantas, detrás de los fenómenos nubosos, etcétera.

Para quien comprende este hecho, resulta realmente, —me atrevería a decir espantoso—, que ahora la gente venga y diga: «Detrás de los fenómenos naturales hay átomos materiales». En verdad, durante el periodo que dormimos, nuestros recuerdos no se unen a esos átomos materiales; pero sí se unen a lo que realmente hay detrás de los fenómenos naturales, a las fuerzas que actúan espiritualmente; ahí es donde descansan nuestros recuerdos mientras dormimos.

De modo que podemos afirmar con toda certeza: nuestra alma se sumerge en lo más profundo de la naturaleza con sus recuerdos mientras dormimos. Y no dicen nada falso, nada irreal, queridos amigos míos, cuando expresan lo siguiente, cuando dicen: «Cuando me duermo, entrego mis recuerdos a las fuerzas que rigen espiritualmente en el cristal, en las plantas y en todos los fenómenos de la naturaleza».

Sí, pueden dar un paseo; ven a lo largo del camino las flores amarillas, las flores azules, la hierba verde, la espiga brillante y prometedora, y dicen: «Al pasar junto a vosotros así durante el día, os veo desde fuera; mientras que cuando duerma,  sumergiré mis recuerdos en vuestro propio interior espiritual». Vosotros captáis aquello que, a lo largo de la vida, he transformado en recuerdos a partir de mis experiencias; captáis esos recuerdos cuando duermo. —Y quizá sea, después de todo, la sensación más hermosa que nos ofrece la naturaleza: no tener solo una relación externa con el rosal, sino decirse a uno mismo: Amo el rosal especialmente porque tiene la particularidad, —la distancia no importa en absoluto; por muy lejos que esté la rosa, ya en el sueño encontramos el camino hacia ella—, de que el rosal tiene la particularidad especial de albergar precisamente nuestros primeros recuerdos de la infancia. La gente ama la rosa precisamente porque, —aunque no lo sepa—, las rosas albergan los primeros recuerdos de la infancia.

Cuando éramos niños, otras personas se mostraban cariñosas con nosotros; a menudo nos hacían sonreír. Lo hemos olvidado. Pero lo llevamos dentro, en nuestra condición anímica. Y mientras nosotros dormimos por la noche, el rosal absorbe en su interior ese recuerdo que nosotros mismos hemos olvidado. El ser humano está, en realidad, más conectado de lo que cree con el mundo exterior natural, es decir, con el espíritu que impera en el mundo exterior natural. Y este recuerdo de los primeros años de la infancia resulta especialmente notable en relación con el dormir humano, porque desde los primeros años de la infancia y hasta la etapa del cambio de dientes, aproximadamente hasta los siete años, en realidad solo durante el estado dormido se asimila lo anímico. En el fondo, realmente tenemos en nuestro interior, como seres humanos, la capacidad de que lo espiritual, lo íntimo de la naturaleza, absorba desde nuestra infancia, precisamente lo anímico. Por supuesto, también ocurre lo contrario: aquello anímico que hemos desarrollado durante la primera infancia, por ejemplo, al ser crueles, también permanece en nosotros; pero eso lo absorbe el cardo. Naturalmente, todo esto es, en términos comparativos. Pero apunta sin duda a una realidad significativa. Lo que la naturaleza no absorbe del interior del niño, eso lo veremos a continuación.

Verán ustedes, durante los primeros siete años de vida, en realidad todo lo físico se hereda. Los primeros dientes son, sin duda, dientes heredados, porque todo lo material que llevamos dentro durante los primeros siete años de vida es, en esencia, heredado. Pero, al cabo de unos siete años, toda la sustancia material se expulsa, se desprende y se regenera. El ser humano permanece como forma, como entidad espiritual. Expulsa lo material; al cabo de siete u ocho años, todo lo que había hace siete u ocho años ha desaparecido. Y así es como, cuando cumplimos nueve años, hemos renovado todo nuestro ser. Entonces conformamos nuestro ser a partir de las impresiones externas.

Y, de hecho, es muy importante, sobre todo para el niño en las primeras etapas de la vida, que sea capaz de formar su nuevo cuerpo, —no el cuerpo heredado, sino el que se forma desde dentro—, a partir de buenas impresiones del entorno y de una buena adaptación. Mientras que el cuerpo que tiene el niño al nacer depende de si los impulsos hereditarios le han sido transmitidos de forma positiva o menos positiva, el cuerpo posterior que llevará consigo desde los siete hasta los catorce años depende en gran medida de las impresiones que el niño capte de su entorno. Cada siete años, reconfiguramos nuestro cuerpo.

Sí, pero verán, es el «yo» el que da forma a eso. Aunque en el niño de siete años el «yo» ni siquiera haya nacido aún para el mundo exterior, —pues nace más tarde—, de todos modos actúa, ya que está naturalmente unido al cuerpo, y es el «yo» el que da forma a eso. Y es lo que da forma a aquello de lo que he hablado; es lo que luego se manifiesta como fisonomía y como gesto, a modo de revelación material exterior, de lo anímico-espiritual en el ser humano. De hecho, ocurre que aquella persona que participa activamente en el mundo, que se interesa por muchas cosas y que procesa interiormente con igual dinamismo aquello en lo que participa activamente, esa persona revela materialmente, en sus expresiones faciales y en sus gestos, lo que capta con interés y lo que procesa interiormente con interés. En el ser humano que muestra un interés más vivo por el mundo exterior, que procesa interiormente ese interés de forma más activa, en su vejez se podrá ver, en cada arruga de su rostro, cómo él mismo se la ha forjado, y se podrá leer mucho en ella, porque el yo se manifiesta en los gestos, en la fisonomía y en la expresión. En el caso de una persona que pasa por el mundo exterior con indiferencia o desinterés, su rostro mantiene la misma expresión a lo largo de toda su vida. Las experiencias más sutiles no quedan grabadas en su fisonomía ni en sus gestos. En algunos rostros se puede leer toda una biografía; en otros, no se puede leer mucho más que el hecho de que esa persona fue una vez un niño, lo cual, en realidad, no es nada especial.

Sin embargo, el hecho de que el ser humano, mediante el intercambio de lo material cada siete u ocho años, vaya forjando su aspecto a partir de su forma, tiene un significado extraordinario. Este trabajo del ser humano en su aspecto exterior, en su fisonomía y en sus gestos, tiene un gran significado; y es, a su vez, algo que el ser humano lleva consigo mientras duerme al interior de la naturaleza.

Y, de nuevo, si observamos al ser humano con clarividencia imaginativa y nos fijamos en el «yo», tal y como se encuentra dormido en el exterior, vemos que este «yo» está compuesto, en realidad, por la fisonomía y los gestos. Por eso, precisamente en aquellas personas que son capaces de plasmar gran parte de su interior en su expresión facial o en sus gestos, se manifiesta un «yo» brillante y radiante. Y este trabajo sobre los gestos y la fisonomía se vincula, a su vez, con ciertas fuerzas en el interior de la naturaleza. Y es cierto que, si hemos sido capaces de mostrarnos amables y afables a menudo a lo largo de la vida, la naturaleza tiende, en cuanto esa amabilidad se ha plasmado en la expresión facial, a incorporarla a su esencia mientras dormimos. La naturaleza incorpora nuestros recuerdos a sus fuerzas, y nuestra formación gestual la incorpora a su esencia, a los propios seres de la naturaleza. El ser humano está tan íntimamente ligado a la naturaleza exterior que para esta última tiene una importancia enorme lo que él vive anímicamente en su interior como recuerdos, así como la forma en que expresa su mundo anímico interior a través de los gestos y la fisonomía. Porque eso sigue viviendo en el interior de la naturaleza.

Como ven, a menudo he citado en el ámbito abstracto la frase de Goethe, que en realidad es una crítica a una frase de Haller. Haller acuñó la siguiente frase: «Ningún espíritu creado penetra en el interior de la naturaleza. Dichoso aquel a quien ella solo le muestra la cáscara exterior». Goethe responde a esto: «¡Oh, filisteo! En cada lugar estamos en el interior. Nada está dentro, nada está fuera; lo que está dentro está fuera, lo que está fuera está dentro», dice Goethe. «Pregúntate sobre todo si tú mismo eres el núcleo o la cáscara». Goethe dice que lleva unos sesenta años oyendo esta expresión y que la maldice, aunque a escondidas, porque Goethe sentía, —por supuesto, aún no conocía la ciencia del espíritu—, pero sentía: cuando alguien decía algo que él solo podía considerar propio de un filisteo:

«En lo más profundo de la naturaleza...
No penetra ningún espíritu creado».....Haller

Así pues, él (Haller), no sabe que el ser humano, por el mero hecho de ser un ser dotado de memoria, de gestos y de fisonomía, penetra continuamente en lo más profundo de la naturaleza. No somos seres que nos limitamos a permanecer a las puertas de la naturaleza y a llamar en vano. Precisamente a través de lo más íntimo que hay en nosotros, mantenemos una relación íntimísima con el interior de la naturaleza. Pero como el niño, hasta los siete años, tiene un cuerpo totalmente heredado, nada de lo que pertenece al yo, al gesto y a la fisonomía, traspasa el interior de la naturaleza. No es hasta el cambio de dentición cuando empezamos a penetrar en lo esencial de la naturaleza. Por eso, solo después del cambio de dentición maduramos para reflexionar, poco a poco, sobre algo de la naturaleza. Antes, lo que surgen en el niño son pensamientos arbitrarios que no tienen mucho que ver con la naturaleza, y que resultan atractivos precisamente porque no tienen mucho que ver con ella. La mejor manera de acercarnos al niño es cuando creamos poesía junto a él, cuando convertimos las estrellas en los ojos del cielo y cosas por el estilo, cuando los temas que tratamos con el niño están lo más alejados posible de la realidad física exterior.

Solo a partir del cambio de dientes, el niño va integrándose poco a poco en la naturaleza, de modo que sus pensamientos pueden ir coincidiendo gradualmente con los de la naturaleza; y, en el fondo, toda la vida desde los siete hasta los catorce años es un proceso en el que el niño se integra en la naturaleza; pues en esa etapa, además de los recuerdos de su alma, lleva a la naturaleza también sus gestos y su fisonomía. Y esto continúa así a lo largo de toda la vida. Como individualidades humanas, solo nacemos para el interior de la naturaleza con el cambio de dentición.

Por eso, a esos seres a los que me he referido como seres elementales, —gnomos y ondinas—, les encanta escuchar cuando el ser humano les cuenta algo sobre la vida de un niño hasta los siete años. Y es que, para estos seres de la naturaleza, el ser humano no nace realmente hasta que le cambian los dientes. Se trata de un fenómeno extraordinariamente interesante. Antes de eso, el ser humano es para los gnomos y las ondinas un ser unidimensional. Por eso les resulta bastante enigmático que el ser humano se presente ya con cierta plenitud. Pero resultaría tremendamente estimulante para la imaginación pedagógica o con vocación pedagógica que el ser humano, al asimilar el conocimiento espiritual, pudiera realmente sumergirse en estos diálogos con los espíritus de la naturaleza; que pudiera meterse en el alma de los espíritus de la naturaleza para comprender sus puntos de vista respecto a lo que él mismo puede contarles sobre los niños. Porque es precisamente así como se forma la más bella imaginación de los cuentos de hadas. Y si en tiempos antiguos los cuentos de hadas se volvieron tan maravillosamente concretos y llenos de contenido, es porque los cuentos de hadas podían hablar más íntimamente con los gnomos y las ondinas, y no solo podían oír algo de ellos. Estos espíritus de la naturaleza son a veces muy egoístas. Se quedan callados si no les cuentas también algo que les despierte la curiosidad. Y lo mejor para ellos es que les cuentes las hazañas de los bebés. Así también se descubre muchas cosas sobre ellos, lo que puede dar lugar a un ambiente de cuento de hadas. Sí, verán, precisamente para la vida espiritual práctica puede resultar extraordinariamente importante aquello que hoy en día le parece al ser humano algo totalmente fantástico. Pero lo cierto es que, de hecho, estos diálogos con los seres espirituales de la naturaleza, debido a las circunstancias que he expuesto, tienen un carácter extraordinariamente instructivo para ambas partes.

Por otro lado, sin embargo, lo que he dicho resulta, naturalmente, inquietante en cierto sentido, pues el ser humano, cuando duerme, crea continuamente imágenes de su esencia más íntima. Detrás de las manifestaciones de la naturaleza, detrás de las flores del campo, hay huellas de nuestros recuerdos buenos y inútiles que se adentran hasta el mundo etérico. La Tierra está repleta por todas partes de lo que vive en las almas humanas. Y es cierto que, en realidad, la vida humana está muy relacionada con esas cosas.   


Así pues, encontramos allí, en primer lugar, a los espíritus de la naturaleza como entidades en las que nos adentramos con nuestro mundo gestual. Pero también encontramos el mundo de los ángeles, los arcángeles y los Archai. En él también nos vamos integrando, en él nos sumergimos. Nos sumergimos en las acciones del mundo de los ángeles a través de nuestros recuerdos. Nos sumergimos en las esencias del mundo de los ángeles a través de nuestra fisonomía y gestualidad, moldeadas por nosotros mismos. Y esta inmersión en el estado dormido es tal que podemos decir: cuando nos adentramos en la naturaleza, la inmersión en ella se nos presenta así: esta es de nuevo la piel de nuestro cuerpo (se dibuja); cuanto más nos adentramos, más nos adentramos en las regiones de los ángeles, de los arcángeles y de los Arcai en dirección radial. Así entramos en la tercera jerarquía. Y cuando nos sumergimos allí, dormidos, con nuestros recuerdos y nuestros gestos, como en el mar desbordante de las entidades tejedoras de los Ángeles, Arcángeles y Arcai, cuando nos sumergimos allí, entonces llega desde un lado una corriente de entidades espirituales (véase el dibujo). Esa es la segunda jerarquía: Exusiai, Kyriotetes, Dynamis. Y si queremos hacer referencia a lo que se encuentra exteriormente en el mundo, a lo que acabamos de representar, entonces esta corriente se manifiesta de tal manera que la trayectoria del sol de este a oeste durante el día nos expresa el camino por el que la segunda jerarquía cruza la tercera jerarquía. La tercera jerarquía: Ángeles, Arcángeles, Arcai, parece flotar hacia arriba y hacia abajo, pasándose «los cubos de oro» unos a otros —flotando hacia arriba y hacia abajo. En esta representación, la segunda jerarquía parece entonces desplazarse con el sol de este a oeste; ahora bien, no se trata de una apariencia, pues aquí no se aplica la cosmovisión copernicana, sino que la corriente que recorre el sol durante el día se desplaza realmente de este a oeste. De modo que el ser humano, al mirar, —es decir, si es capaz de mirar—, se adentra mientras duerme en esta tercera jerarquía. Pero esta tercera jerarquía está constantemente impregnada de gracia procedente de la segunda jerarquía. Y esta segunda jerarquía también ejerce una influencia clara en nuestra vida anímica.

Anteayer les di una idea de lo que significa volver a reflexionar sobre lo vivido en la juventud. En este sentido, pueden experimentar una profunda sensación si vuelven a tomar en sus manos los Misterios y leen allí, —quizás ahora con una mayor comprensión que la que tenían en su momento—, lo que se describe sobre la aparición de Juan en su juventud. Es cierto que el ser humano puede hacer que su mundo interior sea especialmente activo e intensamente perceptible para sí mismo cuando vuelve activamente a su juventud. Ya les he dicho: cojan de nuevo los viejos libros de texto con los que en su día aprendieron algo —o, por lo que a mí respecta, con los que no aprendieron nada—, y transpónganse a ese aprendizaje o a ese no aprendizaje; al fin y al cabo, lo importante no es si aprendieron algo o no, sino que se transpongan a lo que hicieron con ellos: ahí ya pueden tener sus propias experiencias. Para mí, hace unos años, fue de una importancia enorme ponerme en una situación así de la juventud, cuando necesitaba reforzar mis capacidades de comprensión intelectual. Tenía justo once años y me dieron un libro de texto. Lo primero que ocurrió, —me pasó por casualidad—, fue que, por un descuido, se volcó el tintero y me estropeó dos páginas de tal manera que ya no podía leerlas. Eso también es un hecho. He revivido ese hecho muchas veces a lo largo de los años: aquel libro de texto con las páginas emborronadas y todo lo que tuve que soportar, porque en una familia humilde había que volver a comprar el libro de texto. ¡Era algo espantoso todo lo que se podía experimentar con aquel libro de texto y su enorme mancha de tinta, —en aquella época se llamaba de otra manera—! Pues bien, revivir algo así. Como ya he dicho, no se trata de que uno haya sido precisamente «bueno» en lo que vuelve a traer a la memoria, sino de que precisamente se trata de algo que se ha vivido intensamente. Si intenta revivirlo realmente con toda su intensidad interior, entonces experimentará algo más. Experimentará una situación, más que en un sueño, en una visión real, cuando descanse en su cama, alejado de las impresiones del día. Mientras que durante el día ha evocado en su mente una escena que ha vivido interiormente, cuando llega la noche, cuando todo está a oscuras a su alrededor, cuando está a solas consigo mismo, contemplará, como si estuviera en una habitación, la situación en la que se encontraba antes o después. Digamos, por ejemplo, que ha evocado en su mente una escena que, por poner un ejemplo, vivió una vez a las once de la noche. Después te has ido a algún sitio donde te has sentado frente a otras personas. Estás allí sentado y las personas están sentadas a tu alrededor. Has evocado algo que has vivido interiormente. Lo que externamente te rodeaba en ese momento se te presenta entonces como una visión espacial. Solo hay que fijarse en esas relaciones. Así se pueden hacer descubrimientos muy significativos. Por poner un ejemplo, digamos que, cuando tenía diecisiete años, almorzaba todos los días en una pensión donde la gente iba cambiando. Ahora evoque de alguna manera una escena que haya vivido interiormente. Revívala con intensidad. Por la noche, experimenta lo siguiente: está sentado a la mesa, rodeado de aquellas personas a las que, precisamente porque van cambiando en una pensión, rara vez ha visto. Al ver un rostro, te das cuenta: «Esto es exactamente lo mismo que viví en aquella época». Cuando activas los recuerdos de esta manera, lo espacial, lo exterior, se une a lo interior, a lo anímico.

Verán, eso significa, de hecho, vivir de acuerdo con esa corriente que va de este a oeste. Porque cada vez se va adentrando más en la sensación de que, en ese mundo espiritual al que accede cuando duerme, no solo vive de tal manera que se funde con lo espiritual; sino que, en ese mundo espiritual, tiene lugar aquello que se refleja externamente en el momento en que vuelve a ver a las personas sentadas alrededor de la mesa de la pensión. Hace tiempo que lo han olvidado, pero está ahí. Miran de la misma forma en que miran aquellas cosas que a menudo se registran en la Crónica Akáshica. En el momento en que tienen eso ante sí, han captado esa corriente de este a oeste: la corriente de la segunda jerarquía. En esta corriente de la segunda jerarquía vive algo que se refleja exteriormente en el día.

Ahora bien, a lo largo de todo el año varía la duración del día. En primavera se alarga, en otoño se acorta; en verano es más largo y en invierno, más corto. El día sufre una metamorfosis a lo largo del año. Esto se debe a una corriente que se opone a la corriente este-oeste y que discurre de oeste a este. Y esa es la corriente de la primera jerarquía, la de los serafines, los querubines y los tronos. Observad, pues, cómo cambia el día a lo largo del año; pasad del día al año y entonces, queridos amigos, llegaréis a aquello con lo que os encontráis mientras dormis como la corriente opuesta.

De hecho, es cierto que, mientras dormimos, nos adentramos en el mundo espiritual en dirección radial, tanto en la dirección que va de oeste a este como en la que va de este a oeste. Como ya les he dicho, se presentan imágenes espaciales ante nuestra alma, en un recuerdo muy vívido, cuando [dejamos que algo se presente] ante nuestra alma.

Pues lo mismo ocurre cuando tomamos conciencia de nuestra voluntad. Eso es precisamente lo que se plasma en el gesto, en la fisonomía: cuando tomamos conciencia de nuestra voluntad. Especialmente para quienes practican la euritmia, lo que voy a decir ahora debería tener cierta importancia, aunque, naturalmente, la euritmia no tiene la intención de poner de relieve lo que voy a decir. Lo que ocurre es que, cuando el ser humano, partiendo realmente de su interior, va configurando cada vez más su exterior, cuando su «yo» se expresa cada vez más en la fisonomía y en los gestos, entonces no solo recibe una impresión del día. Porque eso es una impresión del día: pasar de la vivencia interior, de la activa vida interior de la memoria, a la contemplación de las cosas espaciales y externas. Se vuelve a vivir lo que se aprendió a los diecisiete años, y entonces se ve a las personas que se sentaban a tu alrededor en la pensión, en una imagen residual como en la Crónica Akáshica. ¡Eso es la experiencia del día!

Pero también se puede vivir el año. Y esto es posible cuando uno presta atención a cómo le afecta la voluntad; cuando uno se da cuenta de lo relativamente fácil que resulta hacer valer la voluntad cuando se tiene calor, mientras que, cuando se tiene frío, —algo que se hace evidente al observarse a uno mismo con mayor atención—, resulta difícil dejar que la voluntad fluya a través del cuerpo. Quien sea capaz de experimentar interiormente esta conexión entre la voluntad y la sensación de calor o de frío, tendrá poco a poco, una vez que haya desarrollado esta capacidad, la posibilidad de hablar en su interior de una «voluntad de invierno» y una «voluntad de verano».

De hecho, se considera que la mejor forma de definir esta voluntad es a partir de las estaciones del año. Fijémonos, por ejemplo, en una voluntad que, en cierto modo, transporta los pensamientos hacia el universo, que facilita el control del cuerpo, de modo que, en ese control, en el gesto del cuerpo, los pensamientos parecen ser llevados hacia el universo... se nos escapan de las yemas de los dedos: sentimos literalmente lo fácil que resulta desplegar la voluntad. Uno se encuentra frente a un árbol, algo nos gusta especialmente allá arriba: cuando la voluntad se aviva en nuestro interior, los pensamientos se elevan hasta la copa del árbol; sí, a veces llegan hasta las estrellas, cuando en las noches de verano uno se siente dotado de una voluntad cálida.

Cuando la voluntad se enfría interiormente, es como si todos los pensamientos permanecieran solo en nuestra cabeza, como si no pudieran llegar a los brazos ni a las piernas. Todo se concentra en la cabeza. La cabeza soporta la frialdad de la voluntad, y si esta frialdad no resulta abrumadora hasta el punto de provocar una sensación gélida, entonces la cabeza se calienta gracias a su reacción interna y da rienda suelta a los pensamientos.

De modo que se puede decir: la voluntad del verano nos lleva hacia las inmensidades del mundo. La voluntad del verano, esa voluntad cálida, lleva nuestros pensamientos a todas partes. La voluntad del invierno, en cambio, lleva los pensamientos hacia nuestra cabeza, hacia nuestro interior. Así se puede distinguir la voluntad. Y entonces se sentirá que aquella voluntad que nos lleva a todas partes, al universo, está relacionada con el transcurso del verano; y que la voluntad que lleva los pensamientos al interior de nuestra cabeza está relacionada con el invierno. De este modo, se vive el año a través de la voluntad, del mismo modo que se vive el día.

Y verán, hay una forma de percibir como algo real lo que ahora voy a escribir en la pizarra. Si se vive el invierno desde la experiencia de la voluntad humana, se puede vivir de tal manera que uno diga:

Oh, imágenes del universo, 
os acercáis flotando 
desde las inmensidades 
del espacio. 
Os dirigís hacia mí, 
os adentráis en las facultades pensantes 
de mi mente.

Verán, esto no es solo algo abstracto, sino que el ser humano puede llegar a sentir, cuando siente que su propia voluntad está unida a la naturaleza, que, al llegar el invierno, es como si le llegara de nuevo desde el espacio aquello que en él mismo son experiencias que él mismo ha entregado primero a la naturaleza. Y uno puede, en las ondas que aquí se insinúan:

Oh, imágenes del universo, 
os acercáis flotando 
desde las inmensidades 
del espacio. 
Os dirigís hacia mí, 
os adentráis en las facultades pensantes 
de mi mente.

Allí se pueden sentir que las propias experiencias ya se han fundido con la naturaleza. Esa es la sensación de la voluntad invernal.

Pero también se puede sentir que la voluntad veraniega, expande nuestros pensamientos hacia el universo:

Vos, fuerzas formadoras de mi alma,
que se manifiestan en mi mente,
vos llenáis mi ser,

es decir, los pensamientos que primero se experimentan en la mente se extienden por todo el cuerpo, lo llenan en un primer momento, pero luego traspasan los límites del cuerpo

Vos os expandís desde mi ser
hacia la inmensidad del mundo,
y me unís a las fuerzas
creadoras del mundo.

Eso es precisamente lo que la voluntad del verano, —esa voluntad en nosotros emparentada con el verano—, nos permite expresar como su esencia, de modo que podemos decir: cuando sentimos que hemos sacado de nuestro interior el recuerdo activo de algo vivido hace mucho tiempo, el día, con su noche, nos lo devuelve, complementándolo con la percepción espacial exterior. Y eso se corresponde con la corriente de este a oeste. Así, podemos decir: en nuestro interior, la voluntad invernal se transforma en voluntad veraniega, y la voluntad veraniega en voluntad invernal. Ya no estamos relacionados con el día y su alternancia de luz y oscuridad, sino con el año y nuestra voluntad; de ahí la corriente de oeste a este de la primera jerarquía: los serafines, los querubines y los tronos.

A continuación veremos cómo la herencia y la adaptación al entorno pueden obstaculizar o favorecer al ser humano en lo que respecta a esta unión con el interior de la naturaleza. Porque lo que les he expuesto hasta ahora se refiere a que el ser humano, cuando se ve lo menos posible obstaculizado por las fuerzas luciféricas y ahrimánicas, crece de esta manera, con la imaginación y la voluntad, hacia el interior de la naturaleza, y es acogido por las fuerzas del tiempo, las fuerzas del día y las fuerzas del año: tercera jerarquía, segunda jerarquía, primera jerarquía. Pero las fuerzas ahrimánicas, tal y como se manifiestan en la herencia, y las fuerzas luciferinas, tal y como se manifiestan en la adaptación, ejercen una influencia esencial sobre todo ello. Este gran enigma será el tema que abordaremos la próxima vez.


Traducido por J.Luelmo