CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 21

Siento una fuerza desconocida, fecunda, que afianzándose me da confianza en mi mismo. Ahí percibo el germen que madura y la intuición que en mi interior teje luminosa por el poder de mi Yo.

GA069a Stuttgart, 19 de fe brero de 1913 - El poder destructivo del error

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

El poder destructivo del error


Stuttgart, 19 de febrero de 1913

Nota previa: No existe ninguna transcripción de la conferencia sobre «Verdades de la investigación espiritual» que se dio el día anterior, el 18 de febrero de 1913 en Stuttgart.

¡Estimados asistentes! En el ámbito de la ciencia espiritual es casi tan importante tener claras las vías del error como las de la verdad, pues tanto en este campo como en la vida exterior, las verdades no solo deben buscarse sino que hay que conquistarlas. Y esas luchas internas del alma, a través de las cuales hay que conquistar las verdades en el ámbito de las ciencias espirituales, esas luchas nos llevan a menudo a atravesar errores que acechan a cada paso y que hay que superar, que ante todo, hay que reconocer en toda su naturaleza y significado. Tanto en la vida exterior como en la ciencia exterior, los errores se refutan; en el ámbito de la vida espiritual hay que combatirlos como fuerzas reales que se nos oponen en nuestro camino hacia la verdad. Y así, la conferencia de ayer sobre las verdades de la ciencia espiritual se completará y se desarrollará más a fondo mediante la reflexión sobre las fuentes del error. Tampoco en este caso es posible afirmar que tal o cual cosa sea un error de la investigación espiritual, sino que, una vez más, se trata de la cuestión de cómo el alma que investiga y busca puede caer en el error.

Ahora bien, no solo ayer, sino a lo largo de los años, se ha señalado una y otra vez que el investigador espiritual debe auto convertirse en el instrumento a través del cual penetra en los mundos espirituales. Lo que el investigador espiritual debe desarrollar son órganos espirituales. Así como nosotros, como personas de la vida cotidiana, tenemos órganos físicos para percibir físicamente el mundo exterior, también podemos adquirir órganos espirituales mediante lo que ya se esbozó ayer. A través de los órganos sensoriales espirituales, —si la expresión no resultara contradictoria—, accedemos al mundo espiritual para poder reconocer su naturaleza y sus misterios. Debemos además adquirir la capacidad de alcanzar, con plena conciencia, aquello que puede experimentarse a través de tales órganos espirituales. Ahora bien, aunque a muchos les parezca superfluo, hay que recordar una y otra vez que estos órganos espirituales no son en absoluto comparables a los órganos sensoriales. Son órganos suprasensoriales. Del mismo modo que el mundo al que accedemos a través de ellos es en sí mismo suprasensible, no visible ni perceptible desde el exterior, también los órganos que desarrollamos son órganos puramente anímico-espirituales. Y la conciencia es, en cierto sentido, una conciencia diferente, una conciencia superior a la de la vida cotidiana y de la ciencia convencional.

No obstante, si conocemos las fuentes de los errores en el ámbito espiritual, podemos entendernos. Partamos, a modo de comparación, de las diversas fuentes de error en el ámbito sensorial y físico. ¿Cómo podemos llegar a cometer errores en la percepción externa del mundo sensorial? Pongamos un ejemplo concreto. Si tenemos algún defecto en la vista, puede ocurrir que, debido a ese defecto, veamos las cosas constantemente de forma errónea. Citemos, entre los cientos de ejemplos que podrían mencionarse, a un naturalista muy conocido que padece tal defecto visual. Él mismo cuenta cómo, una y otra vez, al atardecer, creía siempre que tal o cual figura se alzaba ante él, y que la veía con claridad. Esto se debe únicamente a un defecto ocular. Una vez, al doblar una esquina en una ciudad desconocida y sintiendo desconfianza ante los peligros de aquel lugar, su vista le engañó y creyó que una persona que se le acercaba quería hacerle daño. Llegó incluso a sacar su arma de defensa para ahuyentar a aquella figura inexistente.

Los órganos defectuosos provocan una visión defectuosa del mundo sensible. Ahora bien, podemos decir, a modo de comparación, que también en la investigación espiritual los órganos defectuosos, —los «ojos del espíritu» defectuosos, por utilizar esta expresión de Goethe—, de los que nos dotamos mediante el autodesarrollo y la autoeducación esbozados ayer, provocan una visión errónea y errores en nuestra concepción del mundo espiritual.

¿Cómo llegamos a tener órganos tan defectuosos? Hay que destacar desde el principio que lo que el investigador espiritual alcanza mediante la autoformación y el autodesarrollo depende siempre del punto de partida que adopte su alma. El desarrollo personal se basa, en efecto, en que desarrollemos aún más las capacidades y las fuerzas anímicas que ya poseemos en la vida cotidiana, elevándolas a niveles superiores. Y todo depende de que partamos de una vida anímica sana, de un alma sana en todos los aspectos, y que, a partir de ahí, desarrollemos los órganos espirituales. Para que, a través de este desarrollo caracterizado, lleguemos a poseer órganos espirituales sanos que nos transmitan verdades y no errores en nuestras percepciones del mundo espiritual, es necesario que partamos de lo que en la vida cotidiana se denomina sentido común, es decir, un juicio sano. Sobre esta base hay que seguir construyendo. 

Resulta perjudicial para el desarrollo espiritual, para la correcta formación de los órganos espirituales, sobre todo cualquier tipo de entusiasmo exagerado, cualquier tipo de fantasía. Porque aquello que se adhiere al alma en forma de entusiasmo y fantasía, de juicio erróneo o falso sobre las cosas aquí en el mundo sensible, permanece adherido a ella de cierta manera a lo largo de su posterior desarrollo espiritual, y esto conduce finalmente a que se formen órganos espirituales que no funcionan correctamente, que pueden compararse con un ojo que ve de forma errónea.

Nos encontramos ante un punto, muy estimados asistentes, que es necesario abordar si queremos que los fundamentos de la investigación espiritual sean sólidos. Ya ayer se señaló desde otra perspectiva que los defensores de la ciencia espiritual, de la investigación espiritual, cometen un error cuando ven de antemano en una persona que sabe relatar cosas del mundo espiritual a alguien especial, por el mero hecho de que se le considere un vidente. En el fondo, el don de la visión no debería entenderse más que como algo que se ha desarrollado como una capacidad especial del ser humano para asomarse al mundo espiritual, —del mismo modo que uno se forma científicamente para convertirse en botánico, zoólogo o matemático. Y cuanto más tengan claro los seguidores de la ciencia espiritual que una persona no es especial por el mero hecho de ser un vidente o un investigador espiritual, mejor será. No debemos hacer que el valor de una persona dependa de su don de clarividencia, y ella misma tampoco debe hacerlo en absoluto. El valor de una persona, incluso como vidente, depende de que ya aquí, en el mundo físico, posea un juicio sano y sentido común. Esto conduce, cuando se aplican los métodos mencionados al desarrollo del alma, a unos órganos espirituales sanos. El sentido común erróneo conduce a una visión malsana del mundo espiritual, que presenta este mundo bajo una forma falsa y errónea. Eso es lo que hay que decir.

Lo otro que importa es que podamos formarnos un juicio correcto y consciente dentro del mundo espiritual, que podamos orientarnos de la manera adecuada, de modo que no nos dejemos llevar por ningún engaño ni por ninguna ceguera, ni a través de nuestros órganos sanos ni a través de la propia conciencia.

Ahora bien, al investigador esotérico le puede ocurrir algo comparable, —por poner otra vez un ejemplo—, a lo que sucede aquí, en el mundo sensible, cuando la conciencia del ser humano se encuentra como desmayada, adormecida, somnolienta o paralizada, de modo que la persona en cuestión, debido a su conciencia desmayada y adormecida, no logra orientarse correctamente en el mundo físico.

Al investigador espiritual puede afectarle un fenómeno similar, si este a su vez, no parte de un punto de partida adecuado. El punto de partida adecuado para tener una conciencia clara que ilumine correctamente el campo de visión espiritual es un estado de ánimo y una disposición anímica moralmente sanos. Del mismo modo que un juicio poco sano da lugar a órganos defectuosos y poco sanos, un sentido moral débil provoca una especie de desorientación, incluso se podría decir de aturdimiento, de embriaguez de la conciencia superior.

Así pues, vemos que, para reconocer las fuentes de los errores en el ámbito espiritual, es necesario que el investigador espiritual, en su desarrollo del alma, parta de un sentido común sano, de un juicio moral sano y firme, y de una disposición moral sana y firme. Pero esto no hace más que confirmar que el vidente no es una persona especial por el hecho de poseer el don de la visión, sino que debe ser juzgado en su valía humana al igual que el resto de las personas: según su sano criterio y su estado moral del alma. Solo que estas dos cosas revisten una importancia infinitamente mayor en el ámbito de la investigación espiritual que en la vida cotidiana, ya que son, en realidad, las condiciones fundamentales para el descubrimiento de verdades y para evitar errores.

Podemos señalar otras fuentes de error o, mejor dicho, describir de otra manera los caminos que conducen al error. Y para entendernos, lo mejor es que partamos de nuevo de la observación sensorial habitual de las cosas. Todos sabemos, muy estimados presentes, que existe una forma muy extendida de contemplar las cosas del mundo exterior que se denomina materialismo, una visión materialista del mundo exterior. Ahora bien, se trata de que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, tengamos claro cómo puede manifestarse en el ser humano esta actitud materialista en el mundo físico ordinario. La ciencia espiritual —como ha quedado claro a través de todas las reflexiones que he podido exponer aquí ante ustedes—, la ciencia espiritual nos lleva a reconocer que detrás de todo, incluso detrás de la existencia material, actúa lo espiritual, que la existencia material no es más que la expresión de las fuerzas espirituales que hay detrás. Así pues, también en el ámbito en el que actúa lo material, en realidad es el espíritu el que actúa.

¿Cómo es posible, entonces, que las personas sean, a pesar de todo, materialistas? ¿Cómo llegan a ignorar que, allí donde aparece la materia, esta no es más que una manifestación del espíritu? Si reconocemos el espíritu en todas partes, estimados presentes, también debemos buscar en el espíritu las causas por las que las personas pueden llegar a ser materialistas. Y de hecho, son razones espirituales en el alma humana, fuerzas que actúan desde el mundo espiritual sobre esa alma, las que llevan al ser humano a adoptar una mentalidad materialista. Entre esas fuerzas espirituales que nos da a conocer la investigación espiritual, encontramos, —por favor, tomen esta expresión como un término técnico—, las llamadas fuerzas ahrimánicas, fuerzas a las que denominamos «ahrimánicas» en referencia al espíritu persa Kahriman. Se trata de determinadas fuerzas espirituales que actúan sobre el alma humana de tal manera que, por así decirlo, ocultan ante ella todo aquello «que no se manifiesta en la materialidad densa». Es totalmente cierto lo que han dicho Goethe y otros, lo que han dicho todos aquellos que realmente entienden algo de estas cosas: la percepción externa de los sentidos no se equivoca; es el juicio el que se equivoca cuando se ve engañado por ciertas fuerzas presentes en el alma humana. Las manifestaciones materiales que se nos presentan no nos dicen que sean meramente materia. Las almas humanas juzgan lo que es revelación de lo espiritual como si fuera mera materia. Ciertas fuerzas actúan en estas almas humanas, adormeciéndolas de tal manera que no pueden ver que lo material no es más que la expresión de lo espiritual. Lo que Goethe expresó corresponde a un significado profundo, a una esencia real en el alma humana: Las fuerzas ahrimánicas o mefistofélicas han penetrado en el alma, actúan allí, y cuando se habla de estas cosas, uno querría llegar, de manera totalmente acertada, a la conclusión de que la mentalidad materialista, por su mera existencia, para el investigador espiritual  es una verdadera prueba de aquellas fuerzas que engañan al ser humano, que le ocultan lo espiritual; esas fuerzas son las mefistofélicas que hacen que el ser humano se aleje de lo espiritual.

Si queremos asomarnos al interior del alma misma para ver qué ocurre en ella, de modo que no pueda encontrar lo espiritual en lo material, podemos preguntarnos: ¿por qué, en realidad, el ser humano adopta una mentalidad materialista? Debemos tener claro que el contenido del alma humana no se limita a lo que ocurre en su conciencia habitual, sino que existen profundidades ocultas en el alma humana, que existe una vida anímica subconsciente. A menudo se denomina «vida anímica subconsciente» a esa incursión en las profundidades del alma que no llega a las regiones en las que el ser humano es consciente de sí mismo. Porque todo lo que puede surgir en la conciencia puede sumergirse en regiones inconscientes y actuar allí. Sería un prejuicio absurdo creer que lo que no se conoce no tiene efecto. Un ejemplo drástico de la acción [del subconsciente] en el alma, que se manifiesta de forma muy diferente, es el siguiente: Lutero dijo una vez: «Cuando estoy muy enfadado, es cuando mejor rezo y predico». - Él lo ha expresado así, y todo conocedor del alma lo comprende. Las fuerzas que actúan en el alma pueden transformarse de las formas más variadas. 

LA IRA

La ira no es más que una fuerza del alma; cuando se sumerge en las profundidades del alma, puede manifestarse en la conciencia de una manera totalmente diferente. Si dejamos que la ira se adentre en nosotros, si la llevamos a la región subconsciente del alma, puede manifestarse como algo que parece su contrario. Rezar y predicar no suele parecerse a un arrebato de ira; pero Lutero sabía que era entonces cuando mejor podía rezar y predicar, [cuando estaba enfadado]. Así ocurre con muchos impulsos del alma. No se pueden demostrar en el sentido habitual, pero se revelan mediante la observación del alma. Quien examina el alma, del mismo modo que se examinan las sustancias químicas en sus componentes y su descomposición, descubre qué caminos siguen las diversas fuerzas de la vida anímica, cómo se transforman, cómo cambian cuando están en la conciencia y cómo lo hacen de otra manera cuando se sumergen en las regiones inferiores de la vida anímica. 

EL MIEDO, EL ODIO

Hay algo a lo que debemos referirnos como una fuerza, una fuerza que todo el mundo conoce cuando se manifiesta en las regiones superiores de la conciencia: el miedo. Para quien conoce el alma, está emparentado con el odio. A menudo, en la región superior del alma, odiamos aquello a lo que tememos; pero el miedo ya lo hemos relegado al subconsciente. El odio y el miedo están íntimamente relacionados entre sí. Pero el miedo también está relacionado con otra cualidad humana muy extendida, con una cualidad que se manifiesta y actúa en todas partes del mundo: la comodidad. Y para quien conoce el alma, resulta evidente que se despierta la tendencia cómoda a mantener esto o aquello, a no cambiar esto o aquello, por miedo a la incertidumbre en la que uno se adentra cuando actúa de forma diferente [a como está acostumbrado]. Las personas se aferran tanto a lo tradicional porque tienen miedo al cambio. La comodidad es el miedo presente en la conciencia ordinaria, reprimido en el subconsciente.

Cuando uno se adentra en el ámbito espiritual, se encuentra con experiencias como las que ayer se pudieron describir aquí, experiencias de las que se puede decir que el ser humano pierde el suelo bajo sus pies, como si se encontrara ante la nada, para ganar algo nuevo. El alma siente a veces, en lo más profundo de su subconsciente, aquello que no logra llevar a la conciencia. Es el miedo, simplemente el miedo del alma ante todo lo que hay que experimentar al adentrarse en el mundo espiritual; ese miedo no llega a la conciencia, pero quien tiene una mentalidad materialista lo lleva en lo más profundo de su alma. Para quien conoce el alma, resulta evidente que uno adopta una mentalidad materialista porque, en lo más profundo del alma, siente miedo ante la incertidumbre en la que se adentra al sumergirse en lo espiritual. Sin embargo, resulta extraño que, al investigar el alma, haya que caracterizar al materialista como un temeroso en el ámbito espiritual; pero así es. No es más que el enmascaramiento del miedo a la vida espiritual, mediante el cual se reprime dicha vida espiritual, lo que lleva al alma a insensibilizarse frente al espíritu. De este modo, lo que actúa detrás de ello permanece oculto para el alma. Los demonios del miedo, los espíritus ahrimánicos, se desatan en el ánimo, en el alma del ser humano de mentalidad materialista. Y así, el ser humano de mentalidad materialista es una prueba viviente de la acción de lo espiritual. Es lo espiritual mismo lo que seduce al materialista para que sea materialista. Esto nos recuerda una frase del poeta, que resulta demasiado cierta cuando se ve cómo el materialista es seducido por los espíritus ahrimánicos para que sea materialista y cómo expresa su miedo enmascarado al querer aceptar únicamente lo material en todas partes:

«El pueblo nunca percibe al diablo, ni siquiera aunque lo tuviera agarrado por el cuello».

Nada recuerda más esta prueba que el hecho de que el materialista, en su miedo inconsciente, se resista a la incertidumbre inicial en la que uno se ve sumido. Ese es el verdadero proceso anímico que conduce al materialismo.

Pero para nosotros solo es importante aquí lo siguiente: ¿Qué provoca esta exposición a los demonios del miedo y la angustia, a las fuerzas que adormecen el alma? Para describir esta disposición del alma, hemos tomado como punto de partida el mundo exterior, físico y sensorial, donde esta disposición  anímica nos lleva a adoptar una mentalidad materialista.

Pero esa misma disposición anímica también puede darse en una persona que está atravesando un proceso de desarrollo espiritual o que, debido a circunstancias especiales, ha llegado a tener una especie de visión del mundo espiritual. Los demonios del miedo mencionados no solo actúan sobre las almas de mentalidad materialista, sino también sobre aquel que quizá ya sea capaz de vislumbrar el mundo espiritual. En ese caso, tienen un efecto diferente. Pero ese efecto puede describirse, a su vez, comparando las profundas experiencias que allí vivimos con lo que nos hemos encontrado. Así como al materialista todo le aparece en una densa condensación material, estos demonios actúan sobre el alma de una persona que tiene la misma disposición que el materialista, de tal manera que solo le permiten ver lo que no es espiritual, sino lo que es denso y surge como un fantasma. Lo espiritual, en su sutileza, se le escapa. Ni siquiera busca lo espiritual, pues le resulta demasiado fugaz, demasiado enigmático. No se refiere a lo espiritual como tal; debe mostrarse tan densificado, tan burdo, que sea, por así decirlo, solo una apariencia material transformada en algo espiritual. Busca esas visiones, esas imaginaciones que no son espirituales, sino fantasmales.

Ahora bien, esto no quiere decir que estas impresiones, que surgen con tanta intensidad, no sean impresiones verdaderas. Si se han producido tal y como se describieron aquí ayer, son, por supuesto, totalmente verdaderas. Pero la interpretación suele ser errónea. Una persona así ve en esas cosas que se le presentan desde el mundo espiritual, —y que anhela como si fueran fantasmas, porque no acepta lo verdaderamente espiritual—, lo único real. Busca solo fantasmas, en lugar de espíritus. De este modo, aunque llega a percepciones espirituales, a hechos del mundo espiritual, les da una valoración errónea. Pongamos un ejemplo. Una persona con esta capacidad de visión espiritual llega, mediante los métodos de los que ya se ha hablado aquí, a mirar retrospectivamente hacia sus vidas terrenales anteriores. Cuando mira retrospectivamente , pueden aparecer ante él imágenes, hechos que le muestran la apariencia de sus vidas terrenales anteriores. Pero, en realidad, no es así. En realidad, no ve lo que realmente fue, sino lo que se ha desprendido de él como cáscaras, lo que muere, lo que se desvanece. Ve lo que no debería ver si quiere contemplar la realidad verdadera, en constante evolución. Y así, por ejemplo, cuando una persona así contempla un alma que ha atravesado la muerte, ve, en lugar del mundo espiritual real, una especie de mundo fantasmal. Percibe una realidad [y la considera] la realidad verdadera del difunto, pero lo que percibe no es la realidad verdadera, sino aquello de lo que el difunto acaba de despojarse, lo que se está desmoronando, lo que está muriendo, —mientras que la realidad continua, la que sigue desarrollándose, no se ve. Porque, debido a esa disposición del alma, el vidente considera como algo difuso aquello que no le interesa. Esa disposición del alma que, en realidad, no nos conduce hacia lo espiritual, sino que, precisamente, siempre nos induce a interpretar erróneamente lo que vemos. Creemos ver un alma viva, algo que se desarrolla, pero confundimos lo que se destruye, lo que se desintegra, lo que está condenado a la muerte, con algo que se desarrolla.

Vemos, pues, que en el ámbito espiritual la cuestión del error es algo diferente. El error en el mundo ordinario suele ser refutable; en el mundo espiritual, lo que podemos buscar para que ese mundo tenga sentido para nosotros es lo que da vida, lo que surge, lo que brota y florece, y confundimos ese brotar y florecer con lo que está condenado a la muerte, lo enfermizo, lo que se autodestruye. La oposición es diferente en el ámbito espiritual que en el ámbito exterior. Los conceptos de verdadero y falso se transforman en el mundo espiritual, de modo que, en lugar de lo que se desarrolla en el mundo espiritual, —lo fructífero, lo que brota, lo que germina, lo luminoso, lo que ilumina—, vemos lo que se destruye, lo que se desintegra. Y el hecho de que en el mundo físico-sensorial confundamos la verdad con el error, en el mundo espiritual, se corresponde con el de que confundamos lo consagrado a la vida con lo consagrado a la muerte. Las relaciones son, pues, completamente diferentes. Al entrar en el mundo espiritual, hay que acostumbrarse a sentir este mundo de manera muy distinta y a desarrollar conceptos e ideas completamente nuevos. De ello se desprende, a su vez, cuál es la naturaleza del error. Si se considera que los conceptos e ideas que uno ha adquirido en el mundo cotidiano son suficientes para el ámbito espiritual, esto ya constituye un grave error. 

Me gustaría recurrir a otra comparación que caracterice un error muy frecuente en este campo. Supongamos que nos enfrentamos a lo que se ha formado en el fondo de una mina gracias a las fuerzas que actúan y operan en el interior de la Tierra. Supongamos que se abriera una grieta hasta la superficie terrestre. La luz del sol penetra a través de esa grieta; puede iluminar de la manera más maravillosa todo lo que se ha formado allí abajo, en la oscuridad. Podemos percibir como algo hermoso y maravilloso el modo en que la luz del sol incide sobre todo aquello que no podría surgir en la superficie de la Tierra. Lo que la luz del sol crea en la superficie de la Tierra no puede crearse de la misma manera en las profundidades; y, a su vez, lo que se ha formado en las profundidades puede mostrarse ante nosotros como un deleite para la vista cuando la luz del sol penetra a través de una grieta.

Es totalmente cierto lo que se ha descrito anteriormente: si el investigador espiritual traduce lo que ha visto en el mundo espiritual a conceptos del sentido común y lo interpreta, cualquiera puede comprender estas cosas. El mundo espiritual no solo se puede comprender si uno mismo es investigador espiritual, sino también a partir del sentido común. Sin embargo, este mundo espiritual solo puede ser explorado por quien sea capaz de adentrarse en él con el alma de un investigador espiritual. Pero cuando las descripciones de los mundos suprasensoriales se expresan en conceptos e ideas, uno se siente impulsado a comparar tal descripción con la luz del sol que penetra en la mina a través de una grieta en la tierra, y entonces también las personas comunes, que no pueden acceder a esas regiones de la verdad espiritual con los conceptos del mundo sensible, [pueden comprenderlas].

También debemos tener claro que es la propia alma la que debe dar el paso hacia el mundo espiritual, si queremos que, desde ese mundo espiritual, se revelen los hechos y las entidades. Ese es el escollo: que ciertas fuerzas espirituales actúan sobre el alma y, por miedo, la llevan por caminos erróneos... [espacio en blanco en la transcripción].

Otro escollo se presenta cuando el alma se ve atrapada precisamente por aquello de lo que se acaba de decir que debe ser vencido. Para que se entienda, —sin pretender recomendar la figura del médium—, hemos dicho que todo lo propio del médium debe ser eliminado para que este pueda integrarse [en el ser del mundo]. Sin embargo, cuando el investigador espiritual que investiga conscientemente, se enfrenta al mundo espiritual, también debe eliminar conscientemente su individualidad. Pero cuando el ser humano se enfrenta a sí mismo en este punto como si fuera un ser ajeno, como una figura extraña, en la que, por así decirlo, se sitúa fuera de sí mismo y mira hacia atrás, cuando experimenta todo eso, solo entonces se da cuenta de cómo actúa realmente en el ser humano, aquello que se podría denominar amor propio. Cuando se habla así, es fácil que alguien venga y diga: «Sí, ahí nos está hablando de la superación del yo y cosas por el estilo; pero eso son cosas fáciles». Quien habla así, solo habla de lo que conoce como amor propio, como amor a uno mismo. El investigador espiritual llega a conocer algo muy distinto del amor propio; en el momento en que se ha separado de sí mismo, ese amor propio se convierte en una fuerza de la naturaleza; llega a tal punto que, en un primer momento, parece invencible. Y resulta invencible en un caso concreto: cuando el investigador o el buscador espiritual no llega a ese punto en el que pueda realmente separar de sí mismo todo lo que constituye su propio yo. Si realmente se reconoce el amor propio de tal manera que se supera y se vence, entonces se desarrolla en el alma algo que normalmente no se reconoce de forma adecuada. Queda en su alma algo del amor propio, que habita en ella de forma tan sutil y refinada que el investigador del alma, el propio investigador espiritual, interpreta de manera totalmente errónea y equivocada aquello que vive en su interior. Y aquí se produce un fenómeno muy peculiar:

Debido a que el investigador espiritual cree que ha conseguido arrancar de sí mismo el amor propio, se dice a sí mismo: «Has desterrado el amor propio; lo que ahora encuentras en tu interior es algo distinto de ti mismo». - A eso lo llama entonces lo divino en sí mismo. Pero como no ha logrado arrancar por completo el amor propio de su interior, se convierte en un falso místico. Él mira en su interior y cree reconocer su yo divino, pero solo adora lo que le queda de amor propio de su propio yo. Muchos de los dioses adorados por la mística falsa, la mística que se encuentra en caminos erróneos, no son más que el propio ser adorado, no son más que el propio yo adorado. A menudo el amor a Dios en los místicos, no es más que amor propio enmascarado.

Allí uno se encuentra ante un terreno peligroso de errores en la ciencia espiritual. Y en la historia del desarrollo de la mística, a menudo resulta muy difícil distinguir en qué momentos el místico ha avanzado realmente hacia un conocimiento espiritual objetivo, y en cuáles se limita a venerar como algo superior en su interior esa parte de sí mismo que ya no reconoce como parte de su propio yo.

Podemos volver a encontrar, en el ámbito sensorial habitual, en el mundo físico exterior, algo que nos permita comprender lo que le ocurre al místico que se encuentra en el camino equivocado. Para ello, «solo tenemos que señalar una determinada corriente científica que surgió, concretamente, a mediados del siglo XIX. Esta corriente científica no se presenta como materialista; ni siquiera cree que lo sea, pues habla de ideas en la historia, de efectos y pensamientos en la historia. Así, hay muchos investigadores que, en el sentido más estricto de la palabra, rechazarían hablar de la existencia de almas -(espíritus)- nacionales o almas -(espíritus)- de la época como realidades, de que existan en absoluto entidades que se revelen realmente como tales a lo largo del proceso de desarrollo de la humanidad. En el siglo XIX se consideraba más correcto, más libre de prejuicios, hablar únicamente de ideas a lo largo de la historia. Esto ha resultado especialmente grotesco en el debate reciente sobre la cuestión de la vida de Jesús. Surgió entonces una corriente que afirmaba que: «El Jesús histórico no existió en absoluto; que la idea de Cristo surgió precisamente dentro de la comunidad, en el desarrollo de la Iglesia». - Se ha alegado que es una visión más elevada no reconocer la realidad de Cristo Jesús, sino solo la idea que se ha introducido en la historia. ¿Cómo se le presentan esas ideas en la historia a quien ve las cosas con claridad? Se le presentan como si quisiera afirmar que un pintor que solo está pintado en un cuadro, pudiese pintar un cuadro; del mismo modo, una idea puede actuar en la historia. Solo pueden actuar las entidades, pero no las ideas ni los pensamientos. Y este llamado «idealismo de la historia» se refuta simplemente demostrando cómo desde el punto de vista del conocimiento, procede de forma errónea al caer en el error que salta a la vista de inmediato cuando uno se pregunta si un pintor que solo está pintado puede pintar un cuadro. Las entidades que se manifiestan de alguna manera encarnadas como personas pueden actuar, pero no las ideas ni los pensamientos; estos se desvanecen hasta convertirse en meras sombras cuando se prescinde de la entidad y de lo esencial. Del mismo modo que la realidad, para esas personas, la verdad se desvanece hasta convertirse en meras sombras mentales, aquello que debería ser una realidad espiritual, una verdad espiritual para las personas que se han convertido en místicos a partir de un amor propio desconocido y enmascarado, se convierte en algo que no puede existir fuera de su alma, algo que solo actúa en su propia alma. Y la consecuencia de ello es que esas almas no pueden llegar hasta aquellas entidades espirituales que tienen su propia existencia independientemente de ellas. Solo pueden llegar hasta aquello que pueden introducir en su propio ser, aquello que, por así decirlo, pueden consumir espiritualmente.

Si quisiéramos hacer una comparación bastante burda, —les pido disculpas, pero puede servir para aclarar el concepto—, podríamos decir lo siguiente: quien quiera convertirse en un vidente espiritual debe ser capaz de ver entidades espirituales que sean independientes de sí mismo, del mismo modo que con los ojos físicos se pueden ver entidades físicas; debe ser capaz de ver, por poner un ejemplo comparativo, un lechón que esté separado de él. Pero supongamos que alguien no pudiera ver un lechón, sino que solo pudiera comerlo y disfrutarlo una vez que hubiera sido sacrificado y troceado. Un tal hedonista espiritual es precisamente ese tipo de místico. El sibarita espiritual no dirige su mirada hacia entidades que estén objetivamente separadas de él, sino hacia el mundo espiritual en general; no absorbe entidades, sino únicamente sustancias espirituales, que consume y absorbe, pero nunca alcanza lo que es un yo enriquecido interiormente, sino más bien un yo vaciado, de modo que, al final, su yo se hincha hasta convertirse en una especie de universo espiritual. Y precisamente porque impregna así su yo con aquello que encaja en él, se oculta el camino hacia las auténticas entidades espirituales y verdades, y solo contempla aquello que se teje y actúa en su propio interior. La historia de la mística es tan difícil de estudiar precisamente porque hay que distinguir con precisión entre aquellos místicos que realmente han logrado separarse de su propio yo y contemplan lo esencial, y aquellos místicos que, en realidad, solo confunden el amor propio con el amor a Dios y perciben todo aquello que llena a su propio yo; en el fondo, solo viven de su propio yo.

Por un lado, [la contemplación de lo espiritual] en una condensación material burda, a modo de visión fantasmal; y, por otro lado, la adoración mística del propio yo: estos son los dos caminos principales del error en el ámbito espiritual.

Todo depende de que el alma encuentre los caminos hacia la verdad sacando de sí misma y contemplando objetivamente lo que realmente es el ser humano; de ahí que sea tan necesario iniciarse en la investigación espiritual y también en el estudio de la ciencia espiritual, para llegar a la verdad y no al error en aquellas cuestiones que más pueden protegernos del amor propio.

Si un investigador espiritual, que quisiera explorar las intimidades de la vida y al principio se esforzara por visitar en el mundo espiritual, a personas que han fallecido recientemente, es decir, si una persona se convirtiera en buscador espiritual por amor al prójimo, sería muy fácil para él desviarse hacia un lado u otro. El interés debería enfocarse primero en lo que nos lleva al gran cosmos, lo que nos lleva al escenario de los acontecimientos históricos y de las grandes apariciones cósmicas, que no nos afectan tanto personalmente, porque frente a lo que no nos toca personalmente podemos liberarnos más fácilmente de nuestra personalidad que frente a lo que nos afecta personalmente. Al visitar el espíritu de alguien que acaba de fallecer, estamos expuestos a todo tipo de errores personales. Si investigamos qué cambios ha experimentado el alma a lo largo de su desarrollo, tendemos fácilmente a mirar la cuestión de manera subjetiva desde nuestras propias intenciones.

En mi «Ciencia Oculta» he intentado partir de lo que no solo interesa al individuo, sino a todos los seres humanos. Porque eso es lo importante si queremos convertirnos en investigadores del espíritu y liberarnos cada vez más del error, aprendiendo a reconocernos a nosotros mismos como un producto del mundo entero. Así como reconocemos a otros seres y cosas como productos del mundo entero, por ejemplo, cuando miramos y contemplamos una planta, no solo observamos la planta en sí externamente, sino también el suelo, el sol, el viento, las condiciones geográficas en las que vive; así, por así decirlo, tomamos en cuenta todo el entorno para explicar el detalle, la individualidad de la planta. De la misma manera, también podemos explicarnos a nosotros mismos como seres humanos a partir del universo en su totalidad, especialmente considerando nuestro ser anímico-espiritual. De hecho, como se dice con frecuencia, somos un microcosmos en el macrocosmos. Somos una imagen, una impresión del gran universo, y comparar lo que el ser humano posee en su alma, en su esencia espiritual, con todo el universo, encierra una profunda verdad espiritual. Pero no podemos hacer esto mientras permanezcamos atrapados en nosotros mismos. Solo cuando realmente salgamos de nosotros mismos, cuando podamos observarnos como seres humanos separados de nosotros, podremos comparar lo que ahora tenemos como un objeto objetivo con el mundo.

¿No resulta sorprendente que aquello que ha surgido en las ciencias espirituales, le parezca a muchos como una fantasía tonta? En física, por ejemplo, se perdona que se distingan siete colores; en teoría musical, que haya siete tonos y que el octavo tono sea la octava. Pero no se le perdona al científico espiritual que conciba la naturaleza humana como algo con siete partes y que la relacione con siete mundos interconectados. Y, sin embargo, es el mismo pensamiento el que encuentra siete colores en física, siete tonos en la octava y siete miembros de la naturaleza humana en las ciencias del espíritu. Es la misma idea, lo uno no es más que lo otro.

Pero solo se puede reconocer la relación de la naturaleza humana con el gran universo si uno ve esa naturaleza humana de manera que se considere en su totalidad. El ser humano es un ser anímico-espiritual. La mente solo puede observar sensorialmente. Para llegar a verdades espirituales, y no a errores espirituales, uno debe ser capaz de reconocer al ser humano fuera de sí mismo como un producto de todo el universo. Esto es extraordinariamente importante. Hay que poder observar el universo en su efecto sobre el ser humano. Mientras uno solo considere los efectos sobre su propia esencia, no se llegará a la verdad, solo al error. El ser humano debe situarse fuera de sí mismo y luego observarse en relación con el universo; debe haberse desprendido de sí mismo. Esa es la primera condición para que el ser humano esté en posición de que todo lo que desarrolla en sí, lo que ha formado en sí, no quede atrapado en la esfera del amor propio. ¿Qué significa eso? Bueno, ¿Qué hace que nos desarrollemos animico-espiritualmente? Hacemos ciertos ejercicios para el desarrollo del alma: meditación, concentración y demás, que ya se esbozaron ayer y con frecuencia aquí. A través de esto surgen ciertos procesos del alma en nosotros mismos. Mientras los practiquemos de manera que incluso tengamos la más mínima sensación de que somos nosotros mismos los que se están desarrollando, no podremos protegernos del error.

Ese es un lado de la cosa. Ese es el lado que el místico tiene tanta dificultad en superar, el que se pierde en su propio yo, solo de manera refinada. Lo que ocurre en nosotros para levantarnos hacia mundos más elevados, debe ser un proceso del universo, no un proceso individual. Tenemos que reconocer al ser humano fuera de nosotros, tenemos que sentir y experimentar el universo dentro de nosotros. Esos son los dos grandes secretos que conducen al camino hacia la verdad y a evitar los errores. Reconocer la esencia del ser humano fuera de nosotros, no en nosotros, y experimentar el universo no solo fuera de nosotros, sino en nosotros como mundo objetivo, eso es lo segundo.

Quien toma estas dos importantes directrices como metas para alcanzar el mundo espiritual, llega poco a poco a un punto en que puede alcanzar el conocimiento de la verdad a través de la experiencia. Si uno posee la verdad en el ámbito espiritual, entonces se convierte en aquello que ha reconocido como verdad, porque se proyecta en esos seres. Experimentamos el mundo y lo sentimos al vivirlo como una antorcha que nos ilumina el mundo espiritual. Lo sentimos como un elemento vivificante que se demuestra fructífero, que nos ayuda al guiarnos de nivel en nivel, paso a paso en nuestro camino. Sentimos el mundo al manifestarse en nosotros y para nosotros los humanos como aquello que germina y brota y se muestra eficaz. Si uno puede sentir así, puede estar seguro de que vive en la verdad espiritual. El error, en cambio, es frío, gélido, es lo que oscurece la verdad espiritual. El error en el mundo espiritual es una fuerza; los errores son fuerzas, son entidades, pero fuerzas que apagan y oscurecen. Cuanto más nos adentramos en el error, más podemos sentir: al pretender usarlo para aclarar el mundo, lo oscurece todo. Cuando uno se acerca con el error, se encuentra que en todas partes la vida parece paralizarse por una fuerza de muerte, como si se convirtiera en putrefacción,. El error se muestra como algo real, que actúa como algo destructivo, devastador. Tenemos que vencerlo, eliminarlo, tenemos que hacer que crezcan fuerzas, -no solo juicios u opiniones-, para refutarlo y que se aleje de nosotros. Entonces llegamos a la verdad. Por eso, buscar la verdad en el ámbito espiritual es justamente luchar contra el error, y por eso es importante saber cuáles son los caminos del error. Por eso también había que señalar con atención los caminos del error, al igual que los caminos de la verdad.

Quizás, muy estimados presentes, estos dos conferencias han podido transmitir una sensación de lo real, de lo verdadero que es el camino del alma que conduce a las regiones espirituales, una sensación que, sin embargo, solo puede experimentar quien contempla sin prejuicios lo que aquí se ha presentado de manera esquemática, y que es difícil de transmitir a quien solo se acerca con prejuicios. Pero aún así, tras tales reflexiones, uno podría decirse: mucha gente juzga a estos investigadores del espíritu, pero se ve por lo que dicen cuánto saben realmente al respecto. - Se puede incluso descubrir si las objeciones son justificadas o injustificadas, si frente a lo que se dice uno se plantea la pregunta: ¿Sabe acaso la persona en cuestión algo de lo que la investigación espiritual busca? ¿Sabe algo de las arduas luchas, de la superación y la redención, de los sufrimientos que deben atravesarse? - Para ello debería surgir un sentimiento de que estas cosas no deben tomarse a la ligera por quienes necesitan familiarizarse primero con lo que el alma debe experimentar para llegar a verdades de la investigación espiritual.

Después, sin embargo, se puede tener una experiencia peculiar: aquellos que se acercan a los resultados de la investigación espiritual con seriedad y dignidad ya no son enemigos. Quizás en ningún otro campo tanto como en el de la investigación espiritual se puede decir con toda razón: los enemigos, en el fondo, son solo aquellos que no conocen la materia. En el área donde se conoce, ya no hay enemigos. Los enemigos, por lo general, se convierten en reconocedores cuando llegan a conocer la materia. Esto puede dejarse al criterio de cada uno para convencerse. Se puede reconocer, a partir de muchas cosas hostiles que se dicen, que toda esa enemistad se basa precisamente en el desconocimiento de la materia en el ámbito de la ciencia espiritual. Los conocedores ya no son enemigos.

En este sentimiento podemos resumir, tal vez no tanto lo que se habló anteayer y hoy, sino cómo se ha intentado presentar las cosas. Esta vez he intentado deliberadamente representar las cosas totalmente según la experiencia del alma, tal como el alma es guiada paso a paso y lo que experimenta. Así, quizá se pueda captar la sensación de la seriedad de la investigación espiritual. Primero hay que tener esta sensación, luego surge que en el campo de la ciencia espiritual, más que en cualquier otro, aplica una frase maravillosamente bella de Goethe, que él dijo y vivió profundamente a partir de una experiencia vital profunda. Como Goethe defendió varias cosas que tocan de cerca el campo de la ciencia espiritual, encontró oposiciones, lo cual se comprende especialmente si uno es un investigador del espíritu. Y frente a estos adversarios, él comprimió sus sentimientos en la breve frase que, al ser una sabiduría de vida, una verdad lograda, es justamente en su simplicidad tan hermosa que también nosotros podemos expresar lo que sentimos frente a los oponentes de la ciencia espiritual en esta frase, al decir con Goethe:

Una enseñanza falsa no se puede refutar, porque se basa en la convicción de que lo falso es verdadero. Pero lo contrario se puede, se debe y se tiene que repetir.

Entonces, cuando esto también ocurre con respecto a las ciencias del espíritu, entonces las ciencias del espíritu se convertirán en parte de nuestra cultura intelectual, como debe ser. Y aunque errores opuestos intenten imponerse, la verdad encontrará su camino en el mundo en todas partes, aunque tenga que abrirse paso entre estrechas grietas en la orilla rocosa: la verdad encontrará su camino. Sobre lo que es verdad, por eso no necesitamos preocuparnos. Si representamos la falsedad debido a un error personal, estamos convencidos de que esta falsedad no hará daño. Pero si defendemos la verdad, entonces encontrará su camino a través de las grietas más estrechas de la roca, tal como siempre ha tenido que forzarse para poder integrarse en el desarrollo de la humanidad. Porque así está concebido el nacimiento de la humanidad: la humanidad solo encuentra su desarrollo en la verdad. Y con esta conciencia se puede mirar a las ciencias del espíritu, especialmente cuando se considera la verdad y el error a través de ellas.

Los errores se eliminan precisamente por el hecho de que el investigador espiritual los reconoce, y la verdad triunfará porque debe triunfar por su propia fuerza.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-

GA069a Munchen, 27 de noviembre de 1912 - Errores de la investigación espiritual

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

Errores de la investigación espiritual


Munchen, 27 de noviembre de 1912

¡Muy estimados presentes! En cada ámbito del pensamiento y de la vida, no solo es deseable, sino necesario, conocer además de las cualidades de la verdad, también las cualidades y orígenes del error. Porque, sin duda, a menudo solo mediante el conocer adonde se origina el error, es posible protegerse de todos los obstáculos que se interponen en la búsqueda de la verdad. Pero en el campo de la investigación del espíritu, es de especial necesidad la comprensión del origen del error ya que, a diferencia de otros campos de la búsqueda de la verdad, en la investigación del espíritu el error acecha casi en cada esquina. Pero no acecha solo como algo que es fácil de reconocer, sino como algo que en la mayoría de los casos aparece disfrazado, enmascarado, sí, se puede decir que de una forma bastante difícil de identificar. El error acecha allí como un oponente que no solo quiere ser refutado, como sucede en la investigación de la verdad física externa, sino que realmente desea ser vencido por el alma del investigador espiritual. Y en muchos casos, sucede que en los caminos de la investigación espiritual, solo se puede llegar a la verdad si realmente se logra vencer al error como a un oponente.

Hace un par de días expliqué aquí que cuando el ser humano, intenta seguir los caminos de la investigación espiritual, no tiene otro remedio que hacer de su propia alma un instrumento que pueda mediar entre el conocimiento humano y los mundos suprasensoriales. La ciencia común utiliza instrumentos externos con los que realiza sus experimentos y observaciones. El investigador espiritual solo tiene como instrumento lo que puede hacer de su propia alma, sacando de ella las fuerzas de conocimiento que no son necesarias para la vida y el conocimiento físico ordinario, pero que yacen dormidas en el alma, y a través de estas fuerzas de conocimiento entra en el mundo suprasensorial.

Además, anteayer se mostró que el alma, al autoaplicarse los medios caracterizados, primero llega a lo que se llama conocimiento imaginativo y que ya ahí acecha un error. Cuando el alma alcanza este conocimiento imaginativo, a través del cual se siente capaz de hacer que surjan desde sus profundidades imágenes e imaginaciones, ya está presente el error contra el cual el investigador espiritual debe luchar: el error de tomar ese mundo de imágenes como si fuera algo objetivo, algo que existe fuera de él mismo en el mundo. Ya se ha dicho que toda la autoformación del investigador espiritual debe ir dirigida a emplear una fuerte fuerza de voluntad interna para que el prejuicio ni siquiera surja, para no tomar estas imágenes que surgen en el alma como otra cosa que no sea simplemente un reflejo, por así decirlo, una sombra proyectada de las propias experiencias del alma. En el momento en que las imágenes que primero surgen mediante la meditación o la concentración se toman por algo distinto a una expresión de la propia alma, surge inmediatamente el error. También se ha dicho que debe ser eliminado del alma, aquello que aparece como mundo imaginativo, que debe ser superado, descendiendo de nuevo a profundidades insondables, y solo entonces el alma se vuelve capaz de percibir las realidades y entidades suprasensibles de manera objetiva ante sí.

Así pudimos caracterizar la primera etapa del conocimiento sobrenatural, el conocimiento imaginativo. Y como una imagen contrapuesta del conocimiento imaginativo se presentó la naturaleza mediúmnica del ser humano. Por supuesto, no es posible repetir hoy todo lo que se dijo anteayer; solo se debe recordar que se ha llamado la atención sobre varios aspectos preocupantes de lo mediúmnico, y que la omisión hoy de estos aspectos preocupantes, no debe llevar a la conclusión de que estos aspectos se estén teniendo en cuenta de manera insuficiente. También se ha dicho ya en qué consiste la naturaleza mediúmnica. Mientras que en el conocimiento imaginativo se fortalecen las fuerzas vitales internas del alma, se hace más fuerte la conciencia, se sacan a relucir más fuerzas internas del yo que las que normalmente existen en la vida cotidiana, en la naturaleza mediúmnica, en cambio, el yo, la conciencia ordinaria, debe ser atenuado, de manera que en el médium la vida normal de las ideas y las sensaciones se detiene y entra en un estado más o menos inconsciente. Al hacer que la conciencia quede como expulsada del medium, las fuerzas que existen en la naturaleza humana fuera de la conciencia, se podría decir que se conectan con el ser universal del mundo, y este ser universal del mundo con sus fundamentos y procesos espirituales actúa directamente sobre lo que vive en el medium. Y así, el medium es capaz de revelarse, pero no se revela la individualidad humana, sino las fuerzas y procesos del mundo que intervienen. El medium se convierte como en el revelador de la acción y los hechos espirituales de los seres del mundo. El conocimiento imaginativo se enfrenta así con la elevación, fortalecimiento y concentración de la conciencia, y el ser mediúmnico con más o menos desaparición de la conciencia.

Abordemos en primer lugar, las fuentes del error del ser mediúmnico. Aquellas personas, que a través de las revelaciones de los seres mediúmnicos, aman obtener conocimientos de los mundos, conocimientos que luego cuando la conciencia está apagada, influyen en la naturaleza humana, tales personas por lo general, rechazan que la personalidad mediúmnica introduzca en su conciencia cualquier enseñanza de la ciencia espiritual, cualquier concepto, idea o noción de la ciencia espiritual. Es decir, a esos investigadores que quieren reconocer una verdad objetiva a través del ser mediúmnico que actúa a través de las fuerzas del médium, no les gusta que el médium haya aprendido ideas sobre el mundo espiritual. Y desde su punto de vista, estas personas tienen totalmente razón. Tienen razón en esto, porque los conocimientos de las ciencias del espíritu, con sus conceptos e ideas que se inscriben con fuerza en el alma, también requieren mucho de la conciencia, se imponen en la conciencia humana; y por eso es realmente difícil, cuando se intenta suprimir esta conciencia, silenciar estas fuerzas tan fuertes en la personalidad mediúmnica,. Y entonces se puede experimentar que la personalidad mediúmnica, en lugar de dar a conocer aquello que es independiente de su propia alma y de su propia individualidad, en su lugar solo revela lo que previamente ha influido en el alma como ciencia del espíritu. Y quienes investigan en este campo normalmente están muy preocupados por mantener a sus médiums libres de las influencias de la investigación espiritual, que de otro modo se manifestarían a través del médium, en lugar de permitir que se hagan presentes las fuerzas espirituales no afectadas por la individualidad humana, que normalmente aparecerían en la manifestación del médium, cuando la conciencia está suprimida.

Tampoco sería bueno para las investigaciones de la personalidad mediúmnica si esta tiene una imaginación muy fuerte, por la cual puede representar cosas diversas en el mundo. Porque toda imaginación fuerte influye considerablemente en la individualidad y cuando la conciencia está atenuada, se impone. Así que se puede decir: todo aquello que es un contenido activo, muy consciente y creativo de la conciencia, afecta negativamente las manifestaciones de la personalidad mediúmnica. Sí, todo el que tenga experiencia en este campo sabe que, en cuanto a la imaginación y al pensar, las personalidades muy dotadas son justamente malas personalidades mediúmnicas. Por ejemplo, si una personalidad ha asimilado lo que pone en mi «Ciencia Oculta» sobre el desarrollo del sistema planetario, y luego se consigue que esta personalidad mediúmnica haga sus propias manifestaciones, se verá que lo que el medium ha aprendido, se mezcla en sus manifestaciones; mientras que, si no es así, a través del medium, sin ser influenciado por nada aprendido, se pueden obtener resultados sorprendentes que, aunque a veces expresados de forma grotesca, resultan extraños. Pero si uno se adentra en esto, si se sobrepone a la expresión grotesca, se puede ver, especialmente en las personalidades mediúmnicas de cierto tipo, cómo, a lo largo de la evolución, se manifiestan las conexiones cósmicas mediante cosas a veces grotescas que provienen de la personalidad. Para quien quiera hacer investigaciones con la ayuda de una personalidad mediúmnica, es sobre todo necesario adquirir cierta práctica para poder distinguir entre el contenido de conciencia subjetivo e individual del medium y lo que el medium no puede saber y aun así se revela a través de él. Por eso, en investigaciones más triviales, se considerarán especialmente aquellas manifestaciones de personalidades mediúmnicas en las que se sabe con exactitud que el medium comunica algo que sería imposible que comunicara estando completamente consciente.

Solo menciono cosas, mis muy estimados presentes, que han sido revisadas cuidadosamente, que son tan conocidas por cualquiera que tenga experiencia en este campo como cualquier hecho científico. Cuando se recibe un mensaje a través de una personalidad mediúmnica, si habla desde un estado de conciencia confuso, por ejemplo, en un idioma que se sabe que el médium no ha aprendido a lo largo de su vida, entonces uno sabe que es algo que surge de la personalidad mediúmnica y que no puede estar relacionado con la individualidad misma, por lo que se entiende que a través del médium se está expresando un contenido objetivo del mundo.

Así, gracias a la peculiaridad de la personalidad mediúmica, vemos al mismo tiempo en todas partes el origen del error que el profesional de este campo debe evitar. En particular, hay que tener en cuenta esa fuente de error incluso cuando, en este ámbito, se trata de la mera observación de personalidades sonámbulas que, a través de esos métodos y esas manifestaciones de las que son capaces, transmiten algo procedente del mundo espiritual. Siempre se comprobará que la subjetividad se entremezcla en gran medida con la comunicación. Quien tenga experiencia en este ámbito sabe que una personalidad mediúmica que, por ejemplo, sea protestante, recibe sus manifestaciones de una manera muy diferente a como lo hace una personalidad mediúmica que sea católica. Se puede comprobar que una personalidad mediúmica católica, cuya vida emocional está impregnada de las creencias católicas, ve en el mundo espiritual ciertas entidades que, sin embargo, se muestran tal y como esa personalidad se imagina a, digamos, los seres angelicales.

Eso que puede darse en el caso de una personalidad mediúmica católica de este tipo, no se dará en el caso de una personalidad mediúmica cuyos sentimientos tengan, digamos, un matiz protestante. Por ello, resulta de nuevo urgente, además de observar lo que se manifiesta a través de la personalidad mediúmica, examinar con detenimiento la individualidad de esa misma personalidad. Y aquí llegamos a un ámbito que resulta sumamente adecuado para poner de relieve donde se origina el error.

Quien sea escéptico en este ámbito o considere toda esta historia una tontería, dirá: «Bueno, ahí lo tenéis: a través de una personalidad así se manifiesta lo que ella misma cree, lo que ella misma tiene en su conciencia». - Ciertamente, si se observa ante todo, en su conjunto, lo que se manifiesta a través de la personalidad mediúmica, casi nunca se podrá evitar caer en errores; pero para el observador objetivo de estas cosas, el contenido de lo revelado cobra cada vez menos importancia, mientras que lo que más cuenta es que se produzca tal revelación, que algo así pueda vivirse con la conciencia atenuada. Lo que cuenta es la experiencia. Y cuando uno se acostumbra a pasar por alto el contenido de la revelación y se fija en los procesos que tienen lugar en el alma humana como resultado de esta relación entre la naturaleza humana y las fuerzas del mundo, entonces se comprende por qué es perfectamente posible que, en una ocasión, la manifestación tenga un matiz católico y, en otra, protestante. Porque lo que realmente importa es la experiencia, la forma en que se manifiestan las fuerzas y entidades espirituales, que solo se revisten de la manera descrita. El error surge cuando se considera que el revestimiento es lo esencial. La verdad se descubre cuando se es capaz de abstraerse de la forma de manifestación y se presta atención a que, en realidad, se produzca tal proceso, independientemente de si la experiencia está matizada de una u otra forma por la individualidad. Porque lo que se experimenta no es una aparición angelical con forma humana ni nada por el estilo, sino fuerzas espirituales que, en su verdad, solo pueden contemplarse mediante investigaciones minuciosas, pero de las que se puede demostrar que existen y que se manifiestan a través de la personalidad mediúmnica, matizadas según la configuración interior de dicha personalidad.

Establecer dónde termina el error y dónde comienza la verdad en el ámbito aquí descrito, no será fácil  ya que, de hecho, uno se funde con el otro. Más bien habrá que caracterizar el asunto de tal manera que uno se adentre en un camino en el que encuentra cada vez más aproximaciones a la verdad, a medida que adquiere la práctica necesaria para descartar las fuentes de error; de modo que es probable que quien busque concienzudamente la verdad en este ámbito pueda ser muy malinterpretado en nuestra época, en la que no se aprecian este tipo de cosas. Se cree que lo que quiere relatar como experiencias es, de alguna manera, cuestionable. Pero eso no es en absoluto lo que pretenden los investigadores concienzudos en este ámbito; lo que pretenden es simplemente la descripción de algo «que se ha manifestado», y, si son concienzudos, incluso indican ellos mismos dónde se encuentran las fuentes de error. Pero basta con poder señalar un camino hacia la existencia de un mundo espiritual, un camino en el que, aunque el error acecha a cada paso que se da, uno es capaz, a medida que avanza, de dejar ese error a un lado. Así pues, no se trata de responder a la pregunta: «¿Qué es la verdad, qué es el error?», sino de que existe un camino por el que, superando poco a poco el error que acecha por todas partes, se llega al ámbito de la verdad, de modo que la verdad es, por así decirlo, algo a lo que uno se va acercando como a una meta lejana. Eso es lo esencial en este ámbito.

Lo que importa entonces a la hora de avanzar por este camino es llegar cada vez más a ese tipo de experimentos, —si queremos llamarlos así—, en los que se elimine por completo lo individual de la conciencia, y que lo que quede esté, en la medida de lo posible, integrado únicamente en los procesos objetivos del mundo. Así pues, lo que importa en este ámbito mediúmnico es la atenuación, la capacidad de sintonizar la conciencia a un nivel inferior. Y cuanto más se consiga sintonizar esta conciencia a un nivel inferior y convertir a la personalidad mediúmnica, por así decirlo, en un mero instrumento para los procesos del mundo suprasensorial que se encuentran fuera de ella, tanto más se alcanzará la verdad en este ámbito. Sin embargo, hay que llamar la atención sobre un aspecto que ya conoce quien está familiarizado con estas cuestiones: cuando se esté tratando con una personalidad sonámbula de este tipo, que o bien entra en tal estado en determinados momentos por su propia naturaleza, o bien es llevada a él mediante ciertos medios, —aunque a menudo bastante cuestionables—, lo primero que se obtiene en sus revelaciones son leyes del mundo suprasensible; se expresan las leyes del mundo; esto se pondrá claramente de manifiesto en las revelaciones de la personalidad en cuestión. Si las entidades del mundo suprasensible han de manifestarse por esta vía, dichas entidades deben, en cierto modo, apoderarse primero de la personalidad mediúmnica, y uno debe tener la posibilidad de ver más allá de la personalidad para percibir el ser auténtico que se manifiesta. Para ello es necesaria una visión entrenada de este tipo de cosas, que solo puede adquirirse, por un lado, mediante la práctica y, por otro, mediante la comprensión de lo que la ciencia espiritual en general puede aportar.

El conocimiento imaginativo es, pues, la antítesis absoluta de lo que acabamos de describir. Hoy, estimados asistentes, he intentado señalar con estas palabras a modo de esbozo lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre la esencia del mediumismo, aunque, por lo general, no considero que sea mi tarea difundir la ciencia espiritual de esta manera ante el público; más bien, lo que aquí se expone debe provenir de lo que es precisamente la antítesis del mediumismo, debe proceder, en efecto, de lo que puede explorar el alma humana, que, mediante el desarrollo de las fuerzas que yacen latentes en su interior, se convierte en un instrumento para asomarse al mundo imaginativo. En qué medida este mundo imaginativo es radicalmente diferente del mundo patológico y fantástico de las alucinaciones, las visiones, los delirios y demás, ya se habló de ello anteayer. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿acechan también en este ámbito los errores al que conoce, por así decirlo, como si fueran adversarios? ¿Existen también aquí fuentes de error? —Así es, sin duda. Ya antes de adentrarse en el mundo suprasensible, uno puede hacerse una idea de hasta qué punto pueden surgir errores cuando el alma, tal y como se describió anteayer, se deja llevar por sí misma y emprende el camino hacia los mundos espirituales.

En el mundo cotidiano tenemos todo tipo de cosmovisiones o puntos de vista, todo tipo de perspectivas. Está el materialismo, el positivismo, el individualismo, el espiritualismo, etcétera, etcétera. Basta con que, sin sentirse fanático de ninguno de estos puntos de vista, uno intente escuchar a otra persona que, por toda su educación y toda su vida, se ve impulsada a esgrimir todas las razones lógicas y de otro tipo, digamos, a favor del materialismo o del espiritualismo, etcétera; intentemos escuchar objetivamente a esas personas que, desde su punto de vista, exponen todo lo que razonablemente se puede esgrimir para fundamentar una de estas cosmovisiones, y nos convenceremos de que, en realidad, nunca está del todo justificado sentirse opositor del materialismo, del espiritualismo, etcétera; se descubrirá que, para todos estos puntos de vista, se pueden aportar infinidad de argumentos razonables y probatorios. Si se mantiene una actitud imparcial, en la mayoría de los casos se podrá estar totalmente de acuerdo incluso con un defensor del punto de vista en cuestión, siempre que sea razonable. Incluso si uno no comparte en absoluto el punto de vista materialista, al escuchar a un materialista razonable podrá decir: «Sí, en realidad lo que expone como su punto de vista está bastante bien fundamentado». Lo desagradable comienza cuando la gente se aferra de forma unilateral a un punto de vista cualquiera y, a veces, se obstina hasta lo insoportable, atacando y rechazando cualquier otro punto de vista que no se parezca al suyo. Sería perfectamente concebible que alguien con experiencia en este ámbito dijera: «Sí, puedo ser materialista cuando el materialismo está justificado, y espiritualista cuando el espiritualismo lo está, y así sucesivamente». Esta posibilidad existe sin lugar a dudas.

Se suponía que yo debía ofrecer, por así decirlo, una muestra en dos conferencias que impartí aquí el invierno pasado sobre los temas: «¿Cómo se refuta la teosofía?» y «¿Cómo se fundamenta la teosofía?», una muestra de cómo se pueden presentar, de hecho, argumentos positivos que merezcan reconocimiento para puntos de vista opuestos. Este fenómeno de la vida cotidiana puede, de hecho, indicarnos lo que las personas sensatas siempre han señalado: que, si se toma de forma fanática y se considera de manera unilateral, ninguno de esos puntos de vista representa realmente la verdad. Las personas que adquieren cierta sensibilidad hacia este hecho suelen decir a menudo: «La verdad se encuentra en el centro, entre los puntos de vista opuestos». - Sin embargo, a quien profundiza en este asunto, esta afirmación le parece exactamente como si alguien dijera: «Si tengo dos sillas delante de mí, no me siento en una ni en la otra, sino que lo mejor es sentarse entre ambas sillas». - Goethe, que tenía una buena experiencia en este ámbito, dijo con razón que entre dos opiniones opuestas no se encuentra la verdad, sino que entre ellas se encuentra la tarea que debe llevarnos primero a los hechos. -Y la verdad, por regla general, no se revelará como ninguna de esas dos visiones parciales. Esto ya se pone de manifiesto en muchos aspectos, incluso cuando aún nos encontramos en el mundo físico y ni siquiera hemos entrado aún en el mundo suprasensible. Este hecho podría resultar ya de por sí desconcertante, y debe resultarlo para quien sea capaz de tomarse en serio el conocimiento, para quien conocer sea realmente una cuestión vital. Porque se puede describir cualquier asunto desde un lado, desde un punto de vista, y aportar buenas razones para ello, y se puede argumentar a favor del mismo asunto desde el otro lado con razones quizá igualmente válidas. Esto puede conducir, en muchos casos, a una especie de duda sobre la verdad. Sin embargo, para quien sea lo suficientemente fuerte, esto no le llevará a dudar de la verdad, sino a algo completamente distinto: le llevará a investigar cómo llega el ser humano, en primer lugar, a adoptar un punto de vista.

Estimados asistentes, si alguien no solo está comprometido con el materialismo, sino que se ha conservado la libertad suficiente para apartarse de su forma de ver las cosas y hacer acopio de cierto autoconocimiento, entonces puede plantearse la siguiente pregunta: ¿Cómo ha transcurrido, en realidad, mi vida hasta ahora? ¿Cómo se han desarrollado mis hábitos de pensamiento, que me llevan, por ejemplo, a prestar más atención a los aspectos materiales? Así puede preguntarse un partidario del materialismo. Del mismo modo puede hacerlo el partidario de una visión más espiritual. Y así, ya en la vida cotidiana, a través del autoconocimiento, uno descubre cómo se forma realmente el propio punto de vista, cómo este es algo subjetivo, algo que depende de la individualidad. Y de este modo se aprende a reconocer el valor de verdad de un punto de vista, al saber cómo se ha llegado a él, cómo una determinada trayectoria vital ha llevado a pensar precisamente así. No es buscando la verdad en el punto medio entre los distintos puntos de vista, como se actúa con justicia hacia los demás, sino comprendiendo cómo se ha llegado a ese punto de vista y por qué se juzga así; y así se llega también a reconocer y valorar el otro punto de vista, así como a comprender cómo, a su vez, el otro ser, en su trayectoria vital, ha llegado a ver las cosas precisamente desde otra perspectiva. Nada equilibra tanto los distintos puntos de vista de las personas como el hecho de que quienes los defienden practiquen el autoconocimiento de la manera descrita.

Imaginemos por un momento que un grupo de personas con puntos de vista opuestos se reúnen, como en un coloquio, y discuten acaloradamente sobre sus diferentes opiniones. Quien haya vivido algo así sabe que, por lo general, no se llega a ninguna conclusión. Cuando la gente se levanta tras muchas horas de debate, normalmente cada uno se mantiene aún más fanáticamente aferrado a su postura que antes. Si se intentara que ese grupo permaneciera en silencio durante una hora y cada uno dedicara solo una hora a analizar cómo ha llegado a su punto de vista, y si solo entonces volvieran a hablar, se discutirían menos. Esta posibilidad es perfectamente concebible. Porque la comprensión del punto de vista ajeno se encontraría a través del autoconocimiento, mediante el análisis del camino recorrido para llegar a ese punto de vista. Ya en la vida cotidiana, incluso antes de adentrarse en los mundos suprasensoriales, se pone de manifiesto que el autoconocimiento es el camino para acercarse poco a poco a la verdad, y que entonces lo verdadero se sitúa por sí mismo como un hecho en el centro, sin que sea necesario interponer la propia opinión entre los puntos de vista opuestos.

Este autoconocimiento debe alcanzarse en un grado mucho mayor por parte de quien quiera evitar las fuentes de error en el ámbito suprasensible. Y aquí hay que señalar que el investigador espiritual solo tiene la posibilidad de acercarse a la verdad si comienza por llevar al extremo el autoconocimiento en el ámbito suprasensible. Tiene oportunidades más que suficientes para ello si no se deja dominar por lo que, en un primer momento, se presenta en su alma en forma de imágenes, sino si es capaz de decirse a sí mismo con libertad y seguridad: «Lo que aparece ahí en tu alma eres tú mismo; tal y como ves las imágenes, aunque quizá sean maravillosas, no se trata de un mundo suprasensible; todo eso eres tú mismo, proyectado y reflejado en el espacio». - Así, ya el primer paso en el camino hacia la investigación espiritual le brinda la posibilidad del autoconocimiento. Y al conocerse uno a si mismo de este modo, se aprende por primera vez a distanciarse de lo que entonces puede considerarse objetivo. En el ámbito de la investigación espiritual no hay otro camino para descartar lo que es falso, lo que es un error, que llegar primero al pleno autoconocimiento, de modo que uno pueda, por así decirlo, separar lo que uno mismo es de lo que queda después. Y aquí el investigador esotérico puede reconocer, a través de un paso muy concreto que debe dar, que ha avanzado lo suficiente en el autoconocimiento. Si no fuera así, quizá sería mejor no aventurarse en absoluto en el ámbito de lo sobrenatural. Porque no hay nada tan difícil para el ser humano como el autoconocimiento, como la contemplación objetiva de lo que uno mismo es. Nada es tan difícil, pues todos los intereses, todas las inclinaciones, todas las simpatías que sentimos por nuestro propio yo se interponen en el camino y, en cierto modo, nos engañan haciéndonos creer que representan algo real, cuando en realidad no son más que reflejos de nuestra propia esencia.

EL GUARDIÁN DEL UMBRAL

El paso que permite al investigador espiritual saber que posee el autoconocimiento necesario se denomina en la investigación espiritual con un término que, sin duda, hoy aquí no puede tratarse en toda su amplitud debido a la brevedad del tiempo; se denomina con la expresión «encuentro con el guardián del umbral». ¿Qué es este llamado guardián del umbral? Únicamente poco a poco puede ir formándose una idea de lo que es. Supongamos que, a una determinada edad, echamos una mirada muy intensa hacia atrás, a toda la forma en que nos hemos convertido en lo que somos, a todas aquellas opiniones que hemos adoptado como favoritas, a todo lo que hemos aprendido, a toda la forma en que hasta ahora hemos estructurado nuestras afirmaciones, a toda la forma en que hasta ahora hemos sentido en relación con lo sensible y lo suprasensible. Aunque estas cosas resulten muy difíciles, es importante saber que hay que plantearse precisamente este tipo de preguntas y, junto a los demás ejercicios de meditación y concentración, considerarlas en sí mismas como meditaciones. Esto despierta en el alma fuerzas latentes, esas fuerzas latentes de las que se puede decir que, en cierto modo, permiten desprenderse de la propia esencia y que ofrecen la posibilidad de enfrentarse uno a si mismo.

Esto, en un primer momento, se manifiesta en el mundo imaginativo de forma muy concreta a través de síntomas aislados. Cuando se realizan esos ejercicios de autoconocimiento, cuando uno se plantea preguntas como: ¿Cómo se han ido formando hasta ahora, las opiniones? ¿Qué es lo que más se ha amado en el ámbito religioso, moral y de otro tipo? —cuando uno se plantea estas preguntas, entonces se percibe un cierto cambio en el alma que, al principio, resulta bastante incómodo. Consiste en que, en muchos aspectos, uno se cansa de su propio ser. Y, en realidad, no es un verdadero investigador del espíritu quien no haya podido sentir con intensidad este cansancio hacia su propio ser. Porque, en el fondo, uno es precisamente todo aquello que hasta ahora se ha ido forjando como opiniones, sentimientos y sensaciones; en su propia conciencia, uno apenas es otra cosa. Ahora, todo eso se ha convertido para uno «en algo externo». Uno se aleja de sí mismo. Lo que antes se consideraba como la propia esencia, se convierte en algo externo; uno se siente vacío, como una nada frente a lo que realmente es y que ahora ya no le parece tan valioso como antes.

Estos sentimientos que se han descrito pueden, si se busca el camino hacia el mundo espiritual con la cautela indicada en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», vivirse de forma tan sutil que la vida del alma quede muy lejos de correr ningún peligro.

En aquel que desea alcanzar niveles superiores de conocimiento espiritual, las sensaciones descritas deben manifestarse con tal intensidad que su ser anímico se transforme de manera muy significativa y se sienta, con un contenido sensorial tal, como si todo lo que había tenido en su interior se encontrara ahora fuera de él, un contenido sensorial que le resulta nuevo y ajeno y que, por ello, le da la impresión de estar ante un abismo. Lo que había tenido hasta entonces, ahora le parece algo de lo que ya no debería servirse. Cuando se ha vivido una experiencia de este tipo con la suficiente intensidad, muy pronto se percibirá en el conocimiento imaginativo otra experiencia, que consiste en conocerse a si mismo de una nueva manera. Aquello que uno ha separado, por así decirlo, de sí mismo como su propia esencia, lo va conociendo con todo tipo de características, en su mayoría desagradables. Y junto a ello surgen imágenes de entidades que ahora se convierten en críticos o jueces de lo que uno es en realidad. Uno se ve, por así decirlo, rodeado de imágenes de otras entidades que lo acechan y que juzgan todo lo que hay de bueno o malo en uno. En resumen, el autoconocimiento se manifiesta en el hecho de que uno siente que su propia esencia se distribuye, por así decirlo, entre otras entidades. Es algo que realmente encaja bien con la imagen de Dioniso, cuya esencia se fragmenta y se divide. Todo el entrenamiento, tal y como se describe en «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», tiene como objetivo que uno sepa comportarse de la manera correcta en el momento en que se produce lo que acabamos de describir, cuando, por así decirlo, no es la propia individualidad la que percibe, sino que es el mundo el que nos percibe y nos juzga. Sin embargo, para esta visión hay que estar primero preparado, para que no nos perturbe, para que no nos resulte impactante. El hecho de que el ser humano de la vida cotidiana no vea y de que, en realidad, se encuentre en una casa de cristal, rodeada por todas partes de fuerzas y seres cósmicos que lo traspasan hasta sus profundidades más secretas, este hecho resultaría perturbador e irritante en la vida cotidiana. El hecho de que no se vean, de que estemos protegidos de ellas, se describe en la investigación espiritual diciendo que, junto al ser humano, se encuentra el guardián en ese umbral que, al cruzarlo, nos lleva al mundo suprasensible.

Esto traté de plasmarlo de forma detallada en mi drama misterio «El guardián del umbral», donde traté de trasladar a la trama la verdad que aquí se ha descrito de manera más teórica. Solo cuando uno ha pasado por este encuentro con el Guardián del Umbral llega a comprender cómo, en todas partes, acecha no solo el error de conocimiento, sino también el error real; cómo hay que estar siempre alerta y encontrar la forma correcta de contemplar las cosas tal y como son en realidad.

Dado que el autoconocimiento es difícil, dado que el autoconocimiento se oculta, surge el peligro de un error considerable: que el investigador del espíritu no llegue precisamente hasta el punto en el que pueda observarse a sí mismo, en el que sea capaz, por así decirlo, de situarse al lado de sí mismo. Ahora bien, tampoco se puede decir: «Aquí está la verdad, aquí está el error», —como se pone de manifiesto también en este punto—, sino solo que uno puede emprender el camino hacia la verdad. Cuanto más se logre contemplarse uno a si mismo como un ser objetivo y, de ese modo, separarse por completo de aquello a lo que hay que prestar atención, de modo que nada de lo que hay en uno mismo influya en los hechos del mundo suprasensible, cuanto más se consiga esto, más cerca se estará de la verdad. Si en el caso de la personalidad mediúmica es necesario atenuar la conciencia, en la investigación espiritual, que pretende penetrar en el mundo suprasensible, es preciso reforzarla precisamente de tal manera que el ser humano no se engañe a sí mismo ni sobre lo que hay en su interior. El hecho de tener ante uno mismo el propio yo de forma concentrada, —precisamente lo que debe eliminarse en el caso de la personalidad mediúmnica—, debe plantearse ante el alma con la mayor claridad posible al adentrarse en el mundo suprasensible. De este modo, se excluye de la percepción suprasensible todo lo que es personal.

Supongamos que una persona emprende con honestidad y conciencia el camino que se ha esbozado anteriormente; tal vez pueda llegar hasta cierto punto, pero luego le falla el valor o le falla el ánimo, y no sigue adelante. Por supuesto, uno puede volver a reprimir todo lo que ha vivido hasta entonces. El investigador espiritual no es todo el tiempo investigador espiritual, sino solo en determinados momentos. Si se encontrara siempre en tal estado anímico, «parecería una persona desquiciada». Quien ya haya transformado su alma hasta cierto punto y luego, por así decirlo, vuelva a dejarlo todo de lado, puede experimentar que ahora mezcla caóticamente lo que hasta entonces había conocido al asomarse al mundo espiritual con lo que le ofrece el mundo sensible. Las cosas se entremezclan y entonces uno ya no sabe dónde está. Los oídos oyen, pero también se entremezclan elementos sobrenaturales, y uno se siente confundido. Por supuesto, esto solo puede suceder si no se ha tenido en cuenta lo indicado en el libro mencionado «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?». La aplicación incorrecta de los métodos puede darse, claro está, en cualquier ciencia. Pero quien haya llegado hasta el final por este camino, —aunque no es fácil llegar hasta el final del todo, sí que se obtiene una posibilidad de aproximación y una cierta seguridad en el camino respecto a cómo deben ser las cosas—, quien haya llegado a algo, experimentará lo siguiente:

No solo es que analice sus rasgos de carácter, sus prejuicios y demás, y no los incluya en lo que él denomina «conocimiento objetivo», sino que tampoco mezclará jamás en dicho conocimiento las imágenes de lo que perciben los sentidos o de lo que concibe la mente ligada a lo físico. Y es que no está en condiciones de dejar de lado toda su personalidad, todo su ser. Y aquí podemos llegar a una especie de definición del error en el mundo suprasensible. Este error consiste, en efecto, en que aún no se ha avanzado lo suficiente en el despojamiento de la propia subjetividad, y si no se ha hecho así, siempre se mezclará la propia individualidad en la imagen de la realidad objetiva. Cuando a menudo se dice que lo que perciben los videntes lo describe cada uno de forma ligeramente diferente y que, por lo tanto, no se puede confiar en nada, esto es, por un lado, algo totalmente natural. Se puede admitir este hecho, pero hacer hincapié en él es una trivialidad, porque se trata precisamente de algo que se da por supuesto. Es natural que el ideal del investigador espiritual casi nunca pueda alcanzarse por completo y que, por lo tanto, en todo lo que describe el investigador espiritual se mezcle un elemento subjetivo e individual. Sin embargo, quien sea capaz de comparar, comprobará, —sobre todo si tiene en cuenta lo que se ha dicho sobre la personalidad mediúmnica—, que, si no se fijan únicamente en las imágenes, sino en la experiencia en sí misma, se presenta más o menos lo mismo.

También en lo que respecta a las cualidades morales necesarias para el vidente, cabe destacar que debe ser concienzudo y que debe desarrollar todas aquellas cualidades que ya se mencionaron anteayer. Es totalmente cierto lo que anteayer se destacó con tanta importancia: que, si bien solo a través de los procesos descritos se puede vislumbrar el mundo espiritual, una vez que se ha logrado trasladar los resultados de la investigación del mundo espiritual a los conceptos del entendimiento humano físico, estos resultan accesibles para cualquier persona. Hay que buscarlos en el mundo suprasensible, pero pueden ser comprendidos por el sentido común sano y corriente. Igualmente cierto es que quien sabe pensar bien, quien aquí, en el mundo físico, tiene una mente lógica, también es capaz de valorar correctamente lo que experimenta en el mundo espiritual. Y quien en el mundo sensorial es un necio y no sabe pensar con lógica, por mucho que vea, describirá todo de forma errónea y caricaturesca. Toda la forma de pensar, ya sea correcta o incorrecta, se refleja en la percepción del mundo suprasensible. Lo mismo ocurre con las cualidades morales del ser humano. Quien quiera ascender al mundo espiritual con una disposición anímica inmoral, se encontrará en ese mundo, —pues en él son precisamente las cualidades internas las que allanan el camino—, precisamente con aquellas cosas y entidades que perturban y obstaculizan el mundo, y las percibirá, debido a su condición inmoral de alma, de forma distorsionada y caricaturizada. Sin embargo, quien se adentre en él con una disposición moral del alma, en concreto con una disposición altruista, encontrará las entidades del mundo espiritual que le mostrarán las cosas en su correcto orden e importancia relativos.

Así pues, en lo que respecta a la visión espiritual, lo determinante para la verdad o el error no es algo que uno adquiera como vidente, sino algo que ya se ha adquirido previamente, tanto en el plano intelectual como en el moral. En concreto, los aspectos morales y emocionales influyen en gran medida en la forma en que se interpretan los fenómenos suprasensoriales. Quien está preso de una creencia determinada, quien tiene simpatías y prejuicios a favor de que algo concreto sea precisamente cierto, lleva esa actitud, ese prejuicio, al mundo suprasensible; interpreta los fenómenos en función de ello. Y todo lo que descubre y proclama desde el mundo espiritual puede ser un error, porque está teñido por su creencia subjetiva.

Y aquí es donde hay que señalar, —una vez analizadas las fuentes de error propias de la investigación espiritual—, las fuentes de error en la difusión de la ciencia espiritual, de la investigación espiritual. En cierto modo, la difusión de la investigación espiritual es similar a la de cualquier otra investigación. Del mismo modo que, por ejemplo, no todo el mundo puede ser químico, pero todo el mundo puede asimilar y comprender lo que los químicos han investigado sobre las sustancias en el laboratorio, así también todo el mundo, aunque no sea investigador de lo espiritual, puede valorar lo que proclama el investigador de lo espiritual, y no solo hasta cierto punto, sino en su totalidad, en toda su amplitud. En este sentido, las cosas son similares; sin embargo, en otros aspectos son diferentes. Son diferentes porque la química, las matemáticas u otras ciencias son materias ante las que, cuando son expuestas por los investigadores, uno puede mostrarse sereno y objetivo, aunque sea con verdadera curiosidad intelectual. En el caso de la investigación espiritual no es así. La investigación espiritual toca lo más íntimo de nuestros corazones, las grandes cuestiones y los enigmas de la vida. Y del mismo modo que el investigador lleva consigo al mundo espiritual sus prejuicios, sus creencias, sus simpatías y antipatías, y con ello distorsiona la realidad y la ve de forma errónea, también el público, —utilicemos esta expresión— —los seguidores— abordan al investigador espiritual con determinadas creencias, simpatías o antipatías. Se crea así una situación que no conduce a una valoración objetiva, sino que está relacionada con todo tipo de factores que varían de persona a persona. Por muy necesario que sea conocer estas cosas, por mucho que el alma anhele conocerlas, el alma humana es a veces demasiado indiferente a la hora de emplear el entendimiento imparcial para juzgar lo que expone el investigador espiritual, aunque pudiera juzgarse de forma exhaustiva. A menudo, la fe sustituye a un juicio imparcial, porque lo que dice uno u otro nos resulta atractivo quizá simplemente porque lo expone de forma agradable o convincente, o porque, por otras razones, nos cae bien. La fe sustituye al examen objetivo y concienzudo, y se aceptan las cosas por autoridad. 

Y lo peor, muy estimados presentes, es cuando la obsesión por la autoridad se interpone entre el investigador espiritual y su público. Y así como, a través de todas aquellas cosas que hoy hemos oído y que el investigador espiritual debe tener en cuenta, este vigila, por así decirlo, su propio yo, del mismo modo el creyente, aquel que escucha al investigador espiritual, mantener vigilante su sentido común y realizar una y otra vez una especie de autoexamen para darse cuenta de cuánto de mera fe, de mero prejuicio, de simpatía, de todo aquello que se puede llamar «delirio de autoridad», se entremezcla con los hechos al aceptar los mensajes del investigador espiritual.

Y es que, en dos aspectos, aceptar las cosas por mera fe resulta muy perjudicial; en dos aspectos, esto constituye una fuente de error precisamente en la difusión de la ciencia espiritual. Por un lado, en quien profesa esa fe, —y los hechos lo demuestran sobradamente—, no se desarrolla lo que más necesario es que se desarrolle en toda persona: el buen juicio y el mantenimiento del sentido común. Y dado que el sentido común se entrena mejor cuando se reflexiona sobre los resultados de la investigación espiritual, uno se priva de la mejor oportunidad para ello si acepta dichos resultados basándose en la mera fe. Y lo segundo: dado que lo que el investigador espiritual tiene que decir es importante, esto le permitirá, —si el oyente no mantiene alerta su sentido común—, ejercer una cierta influencia, que no es correcta, sobre sus seguidores, porque se le cree, porque, por prejuicio, se acepta lo que en realidad debería examinarse. De este modo, el investigador espiritual, —en lugar de ejercer una influencia legítima convenciendo al oyente y haciéndole comprender lo que dice—, intentará convencerlo, por el contrario, sofocando de alguna manera el sentido común, abrumándolo. Mientras que, mediante el análisis y el sentido común, debería potenciarse precisamente la formación de un juicio crítico, lamentablemente ocurre con demasiada frecuencia que este se ve reprimido, en parte por la dejadez de quienes quieren convertirse en adeptos de forma rápida, porque les gusta lo que dice el investigador esotérico, o incluso porque les gusta él mismo, y, por otra parte, porque el propio investigador esotérico cae, por así decirlo, en la tentación de suscitar esa fe. Cuanto más fácil es creerle, más fácil es que caiga en la tentación.

Aunque hoy en día, debido precisamente a los numerosos prejuicios que aún se oponen a la ciencia espiritual, no se pueda alcanzar en absoluto una situación ideal, hay que decir que, si se quiere que prevalezca la verdad, los seguidores de esta ciencia debería poner todas las dificultades posibles al investigador espiritual a la hora de difundir sus verdades y exigirle el máximo rigor a la hora de integrar los conocimientos de la ciencia espiritual en los conceptos e ideas del sentido común. De este modo se contrarrestará lo que, lamentablemente, también es un hecho y una fuente de error que se repite constantemente en la difusión de las verdades espirituales: que, junto a la investigación espiritual concienzuda, junto a la veracidad y la honestidad en este ámbito, se mezcle con tanta facilidad la charlatanería y todo tipo de cosas similares. Si no se mantiene la vigilancia sobre el sentido común, ya no se sabe distinguir entre la investigación esotérica concienzuda y la charlatanería y las tonterías, y todo acaba mezclándose.

Dos corrientes espirituales opuestas se verán unidas: el charlatanismo y la investigación espiritual concienzuda. Una de estas corrientes es la de los creyentes atrapados en la manía de la autoridad, que, con ligereza de corazón y movidos por sus simpatías y prejuicios, se convierten en defensores de la ciencia espiritual; estos mezclan todo sin distinción y, a menudo, aceptan una cosa tan fácilmente como la otra. Para este tipo de almas, con esta orientación, apenas existe otro remedio que el hecho de que se encuentren investigadores espirituales concienzudos que, —aunque les resultaría fácil difundir el error—, lo rechacen y se mantengan firmemente en el terreno de la verdad. Si este es el caso, solo la experiencia y la realidad pueden demostrarlo en cada caso concreto. Las almas de otra índole, a las que también les cuesta distinguir entre la charlatanería y la seriedad en este ámbito y que también lo mezclan todo, son aquellas que no quieren entrar en el tema en absoluto, que juzgan superficialmente el asunto con los pocos conceptos que se han inventado y que, como a menudo logran descubrir estafas, no solo lo califican todo con ese nombre, sino que lo meten todo en el mismo saco. Son tan incapaces de distinguir entre el charlatanismo y la seriedad como los demás; son, además, los que propician que tanto el charlatanismo como la investigación espiritual seria puedan difundirse por igual, ya que lo meten todo en el mismo saco. Una corriente, la de los creyentes convencidos, suele considerar la mayor charlatanería como una verdad suprema e irrefutable; la otra clase de personas, las prejuiciosas, las ignorantes, a veces también consideran que lo que es una investigación espiritual concienzuda es charlatanería y error, y a veces no se les puede culpar por ello, ya que, en realidad, no se les puede culpar en absoluto, pues no comprenden mejor lo que dicen.

Así pues, para que la verdad, —y no el error—, pueda prevalecer en la difusión de la investigación espiritual, será necesario ante todo —y quien tenga experiencia en estos asuntos lo sabe muy bien— que, sobre todo entre los seguidores de la investigación espiritual, se forme un espíritu crítico, un juicio crítico y un sentido común, y no un fanatismo por la autoridad. Este culto a la autoridad se desvanecerá cuando se difunda entre quienes aprecian y necesitan la investigación espiritual una idea —que, lamentablemente, hoy en día aún está poco extendida precisamente entre los seguidores de la ciencia espiritual—: que un vidente, un investigador espiritual práctico, capaz de penetrar en el mundo espiritual, por el mero hecho de poder hacerlo, no es por ello un animal superior, ni nada especial, ni se diferencia en absoluto de los demás seres humanos, del mismo modo que nadie se diferencia de los demás por ser químico, botánico, maquinista o sastre. El valor del ser humano no viene determinado por su capacidad de conocimiento intelectual, sino únicamente por el hecho de que pueda explorar precisamente este ámbito y darlo a conocer a los demás. El valor del ser humano viene determinado únicamente por su sentido común, su capacidad de juicio y sus cualidades morales. Y precisamente la investigación esotérica podría demostrar que el valor del ser humano ya queda determinado por sus cualidades intelectuales y morales antes de que entre en el mundo espiritual, y que, si allí es inferior, también lo son los resultados de su investigación. Es sumamente necesario comprender esto. Y aún más que los detractores de la ciencia espiritual, sus defensores deberían hacer un examen de conciencia en este ámbito y buscar la actitud adecuada para vencer la manía de la autoridad. Así pues, estimados presentes, hoy he intentado no solo describir las posibilidades de error en el descubrimiento de las verdades espirituales, sino también la posibilidad de error en lo que respecta a la difusión de las verdades espirituales y a su integración en la cultura espiritual general de una época. Y he intentado suscitar la sensación de cómo la investigación espiritual concienzuda reconoce que sus oponentes a menudo pueden tener razón al objetar esto o aquello, y que la investigación espiritual concienzuda puede plantearse por sí misma las objeciones de cualquier tipo, —es más, debe hacerlo—, porque precisamente en este ámbito es importante mirar de frente al error para reconocer la verdad.

Para quienes profesan la ciencia espiritual, quien quiera ser concienzudo solo tiene, por regla general, un consuelo, que además debe existir, —y con esto queremos concluir lo que hemos analizado hoy, pues, al fin y al cabo, lo más importante no es qué conceptos e ideas se hunden en el alma, sino qué estado de ánimo provocan en ella—, para los seguidores de la ciencia espiritual existe ese único consuelo: que la verdad tiene una fuerza poderosa y que, aunque el error se cuele a través de la ceguera ante la autoridad, por regla general, gracias a la autocorrección de la verdad, se cura a aquellos que, durante un tiempo, se han adherido a tal o cual idea basándose únicamente en esa ceguera ante la autoridad. En la mayoría de los casos, dicha curación se produce, en cierto modo, porque se paga el precio de haber tenido una fe ciega en la autoridad. Y a menudo ha sucedido que, al no haber examinado con detenimiento los detalles, sino haber creído al pie de la letra lo que se había dicho, en un caso flagrante y radical se pone de manifiesto lo poco concienzudo que se ha actuado. Si entonces el dolor y la decepción son aún más intensos, es que la cura ha tenido éxito.

Sin embargo, para aquellos que equiparan toda la investigación espiritual con la charlatanería y el engaño, ya sea que lo hagan de buena fe, —lo cual, por supuesto, ocurre—, ya sea que lo hagan por mala voluntad, para ellos la reflexión de hoy puede desembocar en otro consuelo, un consuelo del que el alma humana siempre puede disponer cuando anhela enfrentarse a la verdad, cuando ansía la verdad. Las verdades de la investigación espiritual, cuando surgen por primera vez, están mucho más expuestas al destino, al que también están expuestas las demás verdades que van apareciendo poco a poco en el desarrollo de la humanidad. ¡Cómo fue recibida, por ejemplo, la cosmovisión copernicana! ¡Cómo se trató a Galileo! ¡Cómo se resistió el mundo entero cuando Francesco Redi difundió la verdad que hoy damos por sentada: que las lombrices de tierra no pueden surgir del lodo de los ríos ni de otros seres inanimados, sino que todo lo vivo procede de un germen vivo preexistente! ¡Cómo se rebelaron incluso los organismos académicos cuando se expresó la verdad, hoy tan evidente, de que pueden caer piedras de hierro del aire a la Tierra: los meteoritos! ¡Cómo se resistieron las personas cuando se quiso introducir por primera vez algo aparentemente tan insignificante como el sello postal! En aquella época, una personalidad influyente dijo: «Sí, si realmente el volumen de correspondencia aumentara tal y como suponen quienes quieren introducir los sellos, ¡las oficinas de correos que tenemos ahora en nuestras ciudades ya no serían suficientes!». Se podrían citar muchos otros ejemplos de que la verdad, cuando sale a la luz, se considera paradójica y, por lo tanto, se rechaza. La visión de estos destinos de la verdad puede darnos consuelo y confianza frente a todos aquellos que rechazan la ciencia espiritual y la equiparan con cualquier tipo de charlatanería, el consuelo que, precisamente, se ha tenido ante la verdad en todas las épocas y que se puede expresar con las palabras de alguien que, aunque se equivocó en muchas ocasiones, buscó la verdad de manera seria y enérgica.

Y precisamente estas dos conferencias, que trataban de la interrelación entre la verdad y el error en la investigación espiritual, y lo que, por así decirlo, constituía el hilo conductor de todas las exposiciones concretas de estas conferencias, pueden resumirse en las palabras del enérgico investigador de la verdad Schopenhauer, quien, al referirse al destino de la verdad, pronunció estas palabras reconfortantes en su obra «Los fundamentos de la moral» —y con ello queremos concluir—:

A lo largo de todos los siglos, la pobre verdad ha tenido que sonrojarse por ser paradójica, y sin embargo no es culpa suya. No puede adoptar la forma del error general entronizado y, por ello, no puede hacer otra cosa que mirar suspirando hacia arriba, hacia su dios protector, el tiempo. Pero el batir de sus alas es tan lento que, a pesar del tiempo victorioso, el individuo humano muere antes de que las alas terminen de batir. —Pero la verdad vencerá, aunque los individuos mueran y tengan que sufrir por mucho que sea los dolores del error.

Respuestas a preguntas

Pregunta: A algunas personas les ocurre, a veces, —sobre todo tras un largo y agotador esfuerzo mental—, que tienen una sensación extraña, como si estuvieran fuera de sí mismas, al lado de sí mismas, rodeadas de un vacío terrible, y el cuerpo les parece entonces algo completamente ajeno. Entonces hay que obligarse a volver a sentirse como un cuerpo, de forma similar a lo que le ocurría a E.T.A. Hoffmann. ¿Qué se puede hacer en ese caso?

Rudolf Steiner: Ante todo, hay que tener en cuenta que todo lo que se da en el mundo de esta índole presenta distintos grados. Lo que se ha descrito hoy en la conferencia solo representa un grado más significativo de los fenómenos que siempre pueden estar presentes en el ser humano en otros grados menores. El camino para, por así decirlo, desprenderse del instrumento que es su cuerpo, es precisamente el camino de la meditación y la concentración. Y cuando en la pregunta se dice «especialmente tras un esfuerzo mental intenso», hay que tener en cuenta que la meditación y la concentración constituyen un grado muy intenso de esfuerzo mental, de sentir y, tal vez, también de querer. Por eso, son perfectamente posibles esos fenómenos que se producen de manera extraordinaria durante la meditación y la concentración, cuando los distintos elementos de la naturaleza humana se encuentran en un equilibrio más flexible, —por cierto, en cada persona se dan en un equilibrio diferente—. Esto se ha descrito, por ejemplo, de forma muy acertada en la literatura. Quien suponga que una descripción literaria de tales cosas se basa siempre y únicamente en la fantasía, se equivoca. El artista serio describe, incluso cuando toma como tema lo anormal, a partir de la experiencia vivida. Esto ocurre en gran medida en E.T.A. Hoffmann. Muchas personas lo experimentarían, si siempre prestaran atención a sí mismas, pero el nivel de atención no siempre alcanza los acontecimientos, y por eso muchos de estos hechos pasan desapercibidos. En el fondo, la investigación del espíritu no es algo completamente especial, sino solo un aumento de lo que también ocurre en la vida cotidiana en todas partes y siempre.

Pregunta: ¿En qué sentido es deseable el conocimiento de mundos superiores -aparte de la curiosidad-, dado que depende del sentido común?

Rudolf Steiner: Para quien no ansíe encontrar respuesta a las cuestiones más elevadas de la existencia, la ciencia espiritual puede resultar prescindible. Pero para quien ansía encontrar respuesta a tales preguntas, hay que decir lo siguiente: así como el cuerpo tiene hambre de alimento, el alma tiene hambre de respuestas a las grandes preguntas existenciales de la vida. Y, como ya se ha dicho en la conferencia, se le pueden privar al alma de las verdades, pero no de su hambre de verdades. Esto se manifiesta con mayor intensidad en sus efectos: el alma cae en un principio en todo tipo de estados de desorden, incluso de desesperación; de modo que lo que en un primer momento es una cuestión de conocimiento se traduce en problemas de salud. Basta con señalar aquí la estrecha relación que existe entre el nerviosismo y el desinterés por las verdades espirituales. Estas son, sencillamente, una necesidad de la naturaleza humana. En la cuestión se puede ver de nuevo lo que ya se ha mencionado varias veces, que en el fondo, con estas cosas que son tan difíciles de exponer, —y que por eso intento presentar de manera consciente y precisa en estas conferencias—, no se escucha con suficiente atención. Si se hubiera escuchado atentamente lo que se dijo en la conferencia misma, no habría sido necesario hacer tal pregunta. Por ejemplo, también se habría escuchado que el valor del ser humano depende de la condición de su alma, de sus cualidades morales e intelectuales, y no del contenido de las verdades, porque estas deben primero ser descubiertas mediante la investigación suprasensible. Uno encontrará en el conocimiento superior lo intelectual, si tiene inclinación hacia lo intelectual, y lo moral, si tiene inclinación hacia lo moral, pero esto hay que introducirlo en el mundo suprasensible, hay que tenerlo en la constitución intelectual y moral que uno debe traer consigo.

Pregunta: Es un hecho que a través del trabajo mental se puede dar una dirección diferente a las funciones de la psique. Pero, ¿dónde están las garantías de la validez absoluta de la inmutabilidad de nuestra psique?

Rudolf Steiner: En dos ocasiones se dijo en las conferencias que no se puede decir: aquí termina la verdad y aquí comienza el error, aunque sí existe la posibilidad de entrar en los caminos de la verdad. Lo ideal sería poder escribir todas las verdades en un pequeño papel; entonces podrías guardarlo en el bolsillo y consultarlo cuando fuera necesario. Pero la verdad no es así. Poco a poco hay que ir trabajando para llegar a ella. ¿Es incluso razonable la pregunta de exigir garantías de que algo tenga validez objetiva?

Pregunta: En la teosofía, ¿el alma racioal y el alma sensible son lo mismo?

Rudolf Steiner: No, pero son dos aspectos den una misma entidad, de modo que un componente del alma, cuando se dirige hacia el exterior y juzga las cosas, se llama alma racional, y la misma entidad, cuando experimenta su propio interior, se llama alma sensible.

Pregunta: ¿Existe una moralidad específica del investigador espiritual?

Rudolf Steiner: Ninguna otra que la moralidad humana general, aunque puede refinarse, como se describe también en «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Pero así como la moral en general no tiene contabilidad doble, hay que decir que el investigador espiritual tampoco puede tener una contabilidad moral doble. Pero, como dije, debe desarrollar ciertas cualidades morales internas de manera más íntima.

Pregunta: ¿Tiene la ciencia espiritual el derecho de revelar leyes sagradas?

Rudolf Steiner: Esas son precisamente las leyes de la naturaleza.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-