CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 24

GA232 Dornach, 15 de diciembre de 1923. El secreto de los seres vegetales, los metales y los humanos. La enseñanza de Aristóteles a Alejandro

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

El secreto de los seres vegetales, los metales y los humanos. La enseñanza de Aristóteles a Alejandro

Dornach, 15 de diciembre de 1923

Alejandro Magno

A partir de lo que expuse ayer al hablar de Aristóteles, —el sintetizador de todo el conocimiento y toda la sabiduría de la Antigüedad en el siglo IV a. C.—, quizá resulte comprensible que diga, que a pesar de que en realidad solo difundió una especie de sistema lógico por Europa Central, se asentaba, no obstante, en el terreno de la esencia de los misterios griegos y, en realidad, de todos los misterios de aquella época. Sí, incluso habrá que decir que quien sea capaz de asimilar cosas como las cosmovisiones no solo con la razón, sino también con el corazón, podrá intuir, a partir de las exposiciones lógicas de Aristóteles, que en la base de la lógica y la filosofía aristotélicas subyace también una cierta conexión íntima con los misterios de la naturaleza. El destino de Aristóteles fue, más que su propio proceso de desarrollo, —si se me permite expresarlo así—, difundir un sistema lógico por toda Europa. Porque, al fin y al cabo, para ilustrar este hecho peculiar que nos ocupa, se puede decir que tal vez habría sido impensable que Platón pudiera convertirse en el maestro de Alejandro, mientras que Aristóteles sí pudo hacerlo.

Sin duda, Platón, a su manera, no hizo más que dar continuidad a los antiguos misterios en una forma más ideal. Pero precisamente por su carácter ideal se convirtió en la figura que se alejó más de los misterios de la naturaleza, mientras que Aristóteles, por su parte, volvió a acercarnos a ellos, como ya se puede deducir de mis breves exposiciones en mis «Enigmas de la filosofía». Pero solo se llega a conocer el panorama completo cuando uno puede hacerse una idea de cuál fue, en realidad, el contenido de los siete años de enseñanza que Aristóteles impartió a Alejandro. Resumiré brevemente cuál fue el contenido de esa enseñanza, extraído del sistema de misterios de la Antigüedad.

De hecho, si es que en aquellos tiempos antiguos se hablaba de la naturaleza de manera válida, era de tal forma que por «naturaleza» no se entendía lo que entiende hoy la ciencia natural, basada en los meros fenómenos terrenales, a partir de los cuales se deduce de manera superficial la existencia de fenómenos celestes extraterrenales; sino que se vinculaba al ser humano con la naturaleza en su sentido más amplio, y eso solo era posible si también se buscaba el espíritu en la naturaleza, pues en aquellos tiempos antiguos no se aceptaba en absoluto considerar al ser humano como un ser desprovisto de alma y de espíritu. Y así, en realidad, la enseñanza de los misterios sobre la naturaleza siempre consistía en extenderla mucho más allá, hacia lo cósmico, hasta donde el cosmos pudiera ser accesible al ser humano gracias a su afinidad con él.

Bueno, en aquellos tiempos antiguos, toda enseñanza que pudiera ser considerada seria, no era ni una invocación a la razón humana ni a la capacidad de observación externa del hombre. Lo que hoy consideramos conocimiento, en realidad en aquellos tiempos antiguos, incluso en la época de Aristóteles, no tenía un papel importante. Y si hoy los historiadores de las distintas ciencias quieren presentar su propio pensamiento científico, en realidad deberían empezar con Copérnico o Galileo; porque intentar retroceder más atrás no es realmente correcto. Y si incluso se fijan en el conocimiento griego, lo que presentan es pura fantasía: es una especie de continuación del presente hacia épocas anteriores, que nunca fue real. Porque también en los tiempos de Aristóteles, y por el propio Aristóteles, toda enseñanza tomada en serio se daba de manera que estaba ligada a una transformación de toda la naturaleza humana, no solo recurriendo al pensamiento y la observación humanos, sino a toda la vida humana. Mediante el conocimiento, el ser humano debía convertirse en un ser diferente de cómo es sin dicho conocimiento. Eso era lo esencial en los misterios, que el ser humano se transformara mediante el conocimiento en un ser totalmente distinto de lo que era antes. Y precisamente en los tiempos de Aristóteles, se intentaba lograr esta transformación del ser humano ante todo haciendo que dos sentimientos opuestos actuaran sobre el alma humana.

A la persona que debía ser instruida, se la exhortaba a que poco a poco debía llegar al conocimiento y al entendimiento, a que se identificara de manera verdaderamente humana con su entorno natural. Por ejemplo, —se le decía—, Observa, respiras el aire, pero respiras un aire que en verano es cálido y en invierno, frío. Respiras el aire de tal manera que, en invierno, puedes percibir tu propio aliento en forma de vapor, en forma de neblina. Se vuelve invisible cuando respiras aire cálido en verano.

Y se conectaba con tal aparición. No se conectaba inicialmente con la naturaleza diciendo algo como: Mira, aquí un cuerpo tiene tal o cual temperatura; lo caliento en un matraz, y sufre tal o cual cambio. No, se conectaba con el ser humano, con el ser humano tal como se siente internamente en aquella relación que representa el proceso de la respiración. Y poco a poco se dejaba que el ser humano, por un lado, sintiera, percibiera el aire calentado: Imagina bien lo que significa aire calentado. Quiere ascender, y tú debes sentir, mientras el aire calentado se acerca a ti, que algo en realidad quiere llevarte hacia las alturas. Y siente, en contraste, el agua fría, el agua fría de alguna forma; solo siéntela. En ella realmente no te sientes a gusto. En el aire cálido te sientes a gusto, tan a gusto que el aire cálido quiere llevarte a las vastedades del cosmos. En el agua fría te sientes extraño, no a gusto. Pero cuando te alejas del agua fría, y dejas que el agua fría haga fuera de ti lo que quiere hacer: entonces este hecho se vuelve algo para ti; entonces, cuando dejas que el agua fría haga fuera de ti lo que quiere hacer, por ejemplo, ella misma forma los cristales de nieve que caen sobre la tierra. Observando fuera de ti los cristales de nieve, te sientes en tu lugar correcto. El aire cálido realmente solo puedes sentirlo dentro de ti, y quieres dejarte llevar con el aire cálido que asciende a las vastedades del mundo. El agua fría solo realmente puedes sentirla fuera de ti, y quieres que, para tener una relación con ella, la observes a través de tus sentidos, en sus resultados.

Esos eran los dos polos opuestos a los que se nos acercaba en aquella época: sentir que, en realidad, «fuera y dentro del ser humano» es una expresión vacía. «Fuera» y «dentro» no quieren decir, en realidad, nada en particular. Lo que sí significa mucho es: calidez y ligereza, frialdad y humedad. Son contraposiciones a través de las cuales el ser humano se sitúa en el mundo según su esencia más íntima. Porque el «fuera» es tal solo por ser frío y húmedo, y el «dentro» es tal solo por ser cálido y aireado. Se percibía cualitativamente esta contraposición y, de igual modo, se percibía cualitativamente la forma en que el ser humano se situaba en el mundo.

Hoy en día, el químico estudia el hidrógeno y, tras sus investigaciones, le atribuye ciertas propiedades. A continuación, observa el espacio cósmico, ve allí algo que revela las mismas propiedades que el hidrógeno en el laboratorio y afirma que el hidrógeno también se encuentra en las inmensidades del espacio. Una explicación así habría sido una locura incluso en tiempos de Aristóteles. Pero en aquella época se procedía de otra manera.

Cuando la experiencia interior se había profundizado gracias a lo que acabo de insinuar, se guiaba al alumno hacia la observación de lo que realmente vive en la flor que se abre y se expande hacia las inmensidades del mundo. El conocimiento de las plantas, hacia eso era a lo que se guiaba al alumno, el conocimiento de las plantas: mira en el interior de la corola que se abre, observa cómo te impresiona aquello que irradia hacia las inmensidades del mundo.

Y mientras el alumno, con esas profundas sensaciones de las que les he hablado, contemplaba las flores que se abrían, se le revelaba un conocimiento interior, una iluminación interior. Las flores allá fuera, en la Tierra, se convertían para él en heraldos de los misterios del mundo en las inmensidades. Las flores le hablaban de las inmensidades del mundo. Y de una manera intensa, aunque solo insinuante, el maestro guiaba al alumno para que descubriera por sí mismo ese misterio que, desde las inmensidades del mundo, fluye hacia el ser de la flor. Y así, poco a poco, el alumno era llevado a responder a la pregunta del maestro: «¿Qué es lo que realmente percibes cuando miras dentro del cáliz de la flor que se abre, en la corola que se abre, de donde surgen los estambres y te irradian, ¿qué es lo que realmente percibes?». Entonces, el alumno era llevado a decir: Las plantas me cuentan que, en realidad, se ven obligadas por la tierra pesada y fría a ocupar su lugar en la Tierra, pero que, en realidad, no han surgido de la tierra firme, sino que solo se han afianzado en ella; que, en verdad, son seres nacidos del agua, y que en esta vitalidad suya como seres nacidos del agua, en el estado anterior de la existencia terrenal, —me refiero al estado descrito en mi «Ciencia Oculta», como estado lunar—, tuvieron su verdadera y auténtica existencia. Verán, para ello se le hacía decir al alumno: «Lo que en realidad son los misterios de la Luna, que surgió de la Tierra y aún conserva algo de su estado lunar preterrenal, eso es lo que me reflejan las flores». Porque las flores no le decían lo mismo al alumno todas las noches. Cuando la Luna se encontraba frente a Leo, las flores decían algo diferente a cuando la Luna se encontraba frente a Virgo o frente a Escorpio. Porque lo que la Luna experimentaba en su recorrido por el zodíaco, eso era lo que contaban las flores en la Tierra. Las flores en la Tierra hablaban de los misterios del universo exterior. Y era así cómo, gracias a lo que se le había transmitido, el discípulo decía desde lo más profundo de su corazón:

Contemplo las flores;
revelan su parentesco con la esencia lunar;
ahora están sujetas a la tierra, pues nacieron del agua.

El alumno podía sentirlo, porque ya había sido iniciado en lo que le proporcionaba el agua que se enfriaba. Tenía la certeza de que estaba vivo y, a través de esa experiencia, llegaba a ese conocimiento al contemplar la flor.

Y cuando el alumno se había familiarizado lo suficiente con el misterio lunar que revelaban las plantas que brotaban de la tierra, se le introducía a continuación en los metales de la tierra, en los metales principales: plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio y plata, tal y como se los mostré ayer en otro contexto. Y cuando poseía una vida sensorial tan profunda como la que acabo de esbozar, entonces descubría precisamente a través de los metales, —al familiarizarse con lo que estos le revelaban misteriosamente—, los secretos de todo el sistema planetario. Pues el plomo le revelaba lo relativo a Saturno, el estaño lo relativo a Júpiter, el hierro lo relativo a Marte, el oro lo relativo al Sol, el cobre lo relativo a Venus, el mercurio lo relativo a Mercurio y, a su vez, la plata lo relativo a la Luna, en la medida en que la Luna no mantiene una relación más estrecha con la Tierra, sino que también forma parte del universo entero. Y así como el discípulo se reveló a sí mismo el secreto de las flores, también se reveló el secreto de los metales. Así pues, lo primero fue el secreto de las plantas y lo segundo, el secreto de los metales.

Este secreto del metal, que en los misterios de Eleusis se revelaba a través del imponente planiglobium de la estatua masculina que les describí ayer, este secreto del metal se entretejía en las enseñanzas incluso en la época de Aristóteles, y a través de este secreto del metal se revelaba el secreto de los planetas. No se percibía de forma tan burda como hoy en día; al acercarse al plomo, se percibía que este no solo se presentaba a la vista con su color gris plomo, sino que ese gris plomo causaba una impresión peculiar en el ojo interior. En cierto sentido, ese gris plomo del metal fresco de plomo borraba los demás colores, y se sentía una fusión con la metalicidad gris plomo. Se entraba en un cierto estado de conciencia y se accedía a la experiencia de algo completamente distinto de lo que es el presente. Realmente se entraba en un estado de ánimo como si toda la prehistoria de la Tierra se alzara ante uno, al verse el presente ofuscado por el gris plomizo. La naturaleza de Saturno se revelaba.

En cuanto al oro, a juzgar por las analogías externas, se supone que los antiguos veían en él un símbolo del sol. En realidad, no se trataba solo de un juego de analogías externas el hecho de que se considerara al sol como algo valioso en el cielo y al oro como algo valioso en la tierra. En el fondo, al hombre moderno no le parece nada absurdo considerar a los antiguos como estúpidos. Al contemplar el oro en su color amarillo brillante, cerrado en sí mismo, con esa sencillez y ese orgullo hacia el exterior, se sentía, de hecho, algo que en un primer momento se percibía como emparentado con toda la circulación sanguínea del ser humano. Frente a la cualidad del oro se sentía lo siguiente: ahí estás dentro, ahí te sientes integrado. Y a través de esta sensación se llegaba a comprender la naturaleza de lo solar. Se sentía la afinidad de la cualidad del oro con lo que el sol actuaba en la sangre del ser humano.

Y así, a través de cada uno de los metales, se percibía todo el sistema planetario. Y el alumno llegaba a aplicar el pensamiento sobre las cosas, —que no es tan abstracto como el pensamiento actual—, de la siguiente manera:

Pienso en los metales;
ellos revelan su parentesco con los planetas;
están ligados a la Tierra, pues nacen del aire.

De hecho, los metales, tal y como se encuentran hoy en la Tierra, procedían del cosmos en forma gaseosa y se fueron volviendo líquidos poco a poco durante la etapa lunar. Llegaron en forma gaseosa cuando la Tierra se encontraba en su antiguo estado solar, adquirieron la forma líquida durante la etapa lunar y, al someterse a la influencia de la Tierra, adoptaron la forma sólida precisamente durante la etapa terrestre. Ese era el segundo secreto que se le revelaba al discípulo.

El tercer secreto debía revelarse al alumno al aprender a observar cómo varían los seres humanos y los pueblos a lo largo de la Tierra. Si nos dirigimos a la cálida África, con su clima peculiar, encontraremos allí a personas que, ya solo por el color de la piel, se diferencian de los griegos. Si nos dirigimos a Asia, volveremos a encontrar personas diferentes. Y es que los griegos tenían una gran sensibilidad hacia las diferencias externas de las personas.

Uno de los tratados más interesantes que nos ha legado Aristóteles es el tratado sobre la fisonomía, en el que, sin embargo, no se entendía únicamente la fisonomía facial, sino que se estudiaba la fisonomía del ser humano en su totalidad, con la pretensión de que, de este modo, se pudiera conocer la verdadera naturaleza del ser humano, según si este tenía el pelo rizado o liso, en función de los distintos climas en los que se encontraba, y cómo cambiaba no solo el tono de su piel, sino también la expresión general de su ser, según hubiera nacido en uno u otro clima.

Si en las flores se aprendía a reconocer el reflejo del misterio de la Luna, y en los metales el reflejo de los planetas, ahora, a través de esta tercera enseñanza, se llegaba a conocer el verdadero misterio del ser humano en la Tierra. Y en este sentido, las ciencias naturales de la época contribuyeron enormemente a asimilar la diversidad de la naturaleza humana en la Tierra y a dar respuesta a la pregunta: ¿qué forma primigenia del ser humano subyace realmente a los designios de los dioses?

Y fue a través de las formas, de la fisonomía de los seres humanos repartidos por toda la Tierra, tal y como se presentaban, tal y como se mostraban de forma viva, cuando el alumno comprendía por primera vez en su interior el misterio del zodíaco. Porque, del mismo modo que este zodíaco actúa sobre los elementos de la Tierra, y de cómo, en relación con el sistema planetario y con la Luna, el zodíaco impulsa los vientos en una dirección determinada en una estación del año y en otra dirección en otra estación, trayendo a veces aire cálido a una región y otras veces barriendo una zona con frías ráfagas, lo que influye profundamente en la vida humana, por ello, los naturalistas de la época buscaban el origen de estos fenómenos en las influencias que irradiaban hacia la Tierra las estrellas del zodíaco, modificadas por los planetas, el Sol y la Luna.

Y resultaba de especial interés para la historia natural de aquella época decir: He aquí un ser humano: cabello negro y rizado, tez enrojecida, nariz de tal o cual forma, etcétera; se trata de un ser humano que me remite al signo de leo, pues el león irradiaba sus fuerzas, atenuadas o potenciadas por los demás planetas, según la posición que estos ocuparan. Se trata de un ser humano que, interiormente, según su karma, porta en su hígado tal o cual cualidad. Una cualidad de este tipo en el hígado, que, por ejemplo, introduce un atisbo de melancolía en la vida anímica, se producía porque, en un momento determinado, Venus se situaba en una relación concreta con Júpiter, lo que confería un carácter determinado a la radiación del Leo. Contemplo en la constitución particular del temperamento, en relación con la constitución del hígado, esta determinación cósmica, este destino cósmico del ser humano. Extiendo esto a las cualidades de los pueblos de la Tierra. Contemplo, en aquello que el ser humano experimenta conjuntamente con el entorno atmosférico, el misterio del zodíaco.

En la diversidad de los seres humanos.
Experimento los misterios del zodíaco;
En esta diversidad se presenta ante mi alma 
el parentesco con las estrellas fijas;
Pues los seres humanos viven con esta diversidad
sometidos a la Tierra; son seres nacidos del calor.

Los nacidos del éter térmico bajo la influencia de los signos del zodíaco: son los nacidos del calor. Así se sentía el ser humano en su fisonomía como el «nacido del calor», que solo ha sufrido transformaciones durante la existencia lunar y la existencia terrestre, pero que, sin embargo, adquirió su disposición original en la antigua etapa de Saturno, del mismo modo que percibía la metalicidad de la Tierra como «nacido del sol y del aire», y lo floral y lo vegetal como «nacido de la Luna y del agua». Podía percibirlo así porque estaba preparado para ello, al «tocar», por así decirlo, las cosas con las sensaciones que se habían despertado en él para lo cálido-aéreo y para lo frío-acuoso.

Se observaba al ser humano de tal manera que se tenía la sensación de que este actúa sobre lo cálido-aéreo en una cierta mezcla con lo frío-acuoso; en la época de Aristóteles se observaba al ser humano fijándose en su fisonomía, de tal forma que uno se respondía a la pregunta: ¿Cuánto aporta esta persona de lo cálido-aéreo, y cuánto de lo frío-acuoso? Se contemplaba al ser humano con lo que así se había desarrollado en el alma, y poco a poco se aprendía a contemplar así toda la naturaleza. Eso fue la preparación para aquello que, desde África luego llegó a España y se extendió por algunas partes de Europa Central como la antigua alquimia, la verdadera alquimia: contemplar todo lo que hay en la naturaleza, en el mundo, —cada flor, cada animal, pero también cada nube, cada formación de neblina, la arena y las piedras, el mar y los ríos, los bosques y los prados—, tal y como causan la impresión de lo cálido y lo frío-húmedo.

Y así se desarrolló, en relación con la naturaleza, una capacidad de percepción sutil para cuatro cualidades. Se formó al percibir lo cálido y aireado, la sensación de calor, pero al mismo tiempo, en el aire, tal y como el calor se correspondía precisamente con lo aireado. Y se formó, a partir de lo frío, la sensación de lo húmedo y lo seco. Para estas distinciones, para estas diferenciaciones, se adquirió una capacidad sensorial muy fina, pues, gracias a estas capacidades sensoriales, el ser humano se sumergía con todo su ser en lo que el mundo le ofrecía.

Desde el punto de vista que ahora adoptaba el discípulo de Aristóteles, Alejandro Magno, resultaba natural, en realidad, entender en un primer momento toda la región en la que ambos vivían desde esa perspectiva. Y cuando Alejandro se vio imbuido de lo que surgía precisamente de esa capacidad de percepción, percibió, en realidad, toda la esencia griega, tal y como se manifestaba en Macedonia, bajo las dos cualidades de lo húmedo y lo aéreo, y eso configuró su estado de ánimo durante una determinada etapa de su vida. Y lo que él percibía, —me atrevería a decir que a través de una forma especial de iniciación que había recibido de Aristóteles—, como el carácter fundamental de su mundo inmediato, tal y como lo experimentaba, lo consideraba solo como una mitad. «Esto solo puede ser la mitad del mundo», se decía a sí mismo. —Como ven, en aquella época todo lo natural se acercaba por completo al ser humano, de modo que este experimentaba realmente lo natural, y a partir de lo natural se podía extraer la siguiente enseñanza:


Aquí el viento soplaba del noroeste; si estuviéramos, por ejemplo, en Macedonia, el viento soplaría del suroeste, del noreste o del sureste.

Pues bien, por sí mismo, el discípulo de Aristóteles, Alejandro, había aprendido a percibir, concretamente, lo que traían consigo las influencias climáticas y los vientos del gráfico: del noroeste, lo húmedo y frío; del suroeste, lo cálido y húmedo. Eso constituía para él la mitad de la percepción del mundo. En clase se le completaba esta visión, y comprendía también en su interior que a ello se sumaba lo siguiente: lo que soplaba desde el noreste irradiaba frío seco, y lo que fluía desde el sureste, calor seco. Así, a partir de los cuatro puntos cardinales, había aprendido a percibir el frío seco, el calor seco, el calor húmedo y el frío húmedo. Como auténtico hombre de su época, quería reconciliar los opuestos: aquí, en Macedonia, solo se experimenta lo húmedo y frío, lo húmedo y cálido; esto debe combinarse con lo seco y frío, con lo seco y ardiente, con lo que sopla desde el norte de Asia, con lo que sopla desde el sur de Asia a través de Asia.

De ahí surgió entonces ese irresistible impulso hacia los rasgos asiáticos. Y con este ejemplo podrán ver que en aquella época las cosas eran diferentes a como lo fueron más tarde. Piensen en la educación de un príncipe hoy en día, en lo que allí se enseña; imagínense a un príncipe así, educado para las campañas militares. Intenten hacerse una idea de cuánta relación hay entre la enseñanza de la física que cualquier tutor de príncipes imparte a alguien y lo que luego se vive en la campaña militar: ¡qué relación hay! Por regla general, lo que se hace en las campañas militares no surge de los laboratorios. —En ejemplos como estos se puede ver de manera muy especial lo lejos que está hoy en día lo que es el conocimiento, —lo que debe transmitirse al ser humano para formar su yo interior— ,de lo que el ser humano es en la vida exterior. Aquí tienen aún una época en la que, precisamente a partir del conocimiento, se podía aspirar a una unidad completa entre lo que forma y configura al ser humano interiormente y aquello que determina cómo situarse él mismo en el mundo y cómo actúa y se comporta en él. La historia antigua ya surge de la aula. Pero el aula estaba precisamente relacionada con los misterios, era mistérica, y lo mistérico significaba el mundo, y el mundo se manifestaba como el resultado de las fuerzas que había en los misterios.

Esto sirvió de impulso para llevar a Asia lo que era la ciencia natural antigua. Tras pasar por múltiples filtros, llegó a Europa a través de España. Aún se aprecia en lo que expresaron Paracelso, Jakob Böhme, Gichtel y otras personas que, a su vez, se inspiraron en figuras como Basilius Valentinus. Pero, en un primer momento, prevaleció lo que se había sumergido en la mera forma del pensamiento, lo que se había sumergido en la mera lógica, y lo demás tuvo que esperar.

Pero hoy ha llegado el tiempo en que ese «otro» ha cumplido su misión de espera, en que debe ser redescubierto como la suma de los conocimientos sobre la naturaleza. Alejandro tuvo que enterrar, en el fondo, esos misterios de la naturaleza allá en Asia, pues solo sus nombres fueron traídos a Europa. Pero no son esos nombres los que deben revitalizarse, sino que hoy hay que redescubrir lo vivo que les es propio. El entusiasmo necesario para ello, sin duda, solo podrá surgir en esencia si existe también un cálido sentimiento por lo que una vez existió en el cambio de era, y si se desarrolla una sensación viva de que aquellas expediciones de Alejandro, que en apariencia parecían campañas de conquista, no eran más que un viaje desde un lado de la rosa de los vientos hacia el otro, que se dirigían a desentrañar, en lo que solo podía ser la mitad de la Tierra, la otra mitad. Y era, sin duda, también la búsqueda de una experiencia personal. La experiencia personal consistía precisamente en que existía una cierta insatisfacción y malestar internos en el entorno de lo meramente frío-húmedo y húmedo-cálido, y en que la otra sensación debía venir a completarlo.

En qué medida esto tuvo, en el sentido más elevado, una gran importancia histórica en el desarrollo de todo Occidente, es algo que analizaré en las conferencias que se celebrarán próximamente, durante la Asamblea de Delegados, sobre los fundamentos ocultos de la vida histórica de los seres humanos en la Tierra.

I. El misterio de las plantas

Contemplo las flores;
revelan su parentesco con la naturaleza lunar;
ahora están sometidas a la tierra, pues nacen del agua.


II. El misterio de los metales

Reflexiono sobre los metales;
revelan su parentesco con los planetas;
están sometidos a la tierra, pues nacen del aire.


III. El misterio del ser humano

Experimento los misterios del zodíaco
en la diversidad de los seres humanos;
La relación de esta diversidad de los seres humanos
con las estrellas fijas se presenta ante mi alma;
Pues los seres humanos viven con esta diversidad
sometidos a la tierra; son seres nacidos del calor.

Traducido por J.Luelmo

GA232 Dornach, 9 de diciembre de 1923 -Los grandes misterios de Hibernia -

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los grandes misterios de Hibernia

Dornach, 9 de diciembre de 1923

Sobre la naturaleza de los misterios de Hybernia a habido que contar varias cosas, y ayer pudieron ustedes comprobar, que ese peculiar proceso de desarrollo que tuvieron que experimentar las personas en la isla de Irlanda, les llevó a comprender en primer lugar, lo que es capaz de experimentar el alma humana en general, a través de su propia actividad interior. Solo tienen que pensar que, gracias a todos los preparativos que eran llevados a cabo para los futuros iniciados, hicieron posible que, como por arte de magia, se hicieran aparecer ante sus sentidos paisajes que, por lo general, solo se despliegan ante los sentidos humanos; no se trataba de impresiones religiosas, fantasiosas ni alucinatorias, sino que aquello a lo que ya estaban acostumbrados a ver, era presentado ante sus almas como un velo, un velo que ocultara aquello de lo que sabían muy bien que había algo detrás. Y lo mismo ocurría con la mirada hacia el propio interior humano, al contemplar, como por arte de magia, el onírico paisaje veraniego. Así pues, el alumno estaba preparado para tener imaginaciones, imaginaciones que, en un primer momento, se vinculaban con lo que el alumno solía ver con los sentidos externos. Pero, al tener estas imaginaciones ante sí, ya sabía que si las atravesaba, penetraría más allá, hacia algo completamente diferente.

Ya les he mostrado cómo llegaba el alumno a contemplar el tiempo anterior a la existencia terrenal y el tiempo posterior a ella, el tiempo tras la muerte hasta el punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento, y, al mirar hacia adelante, el tiempo que precedió inmediatamente al descenso, hasta volver de nuevo al punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero surgió algo más. A medida que se guiaba al alumno para que se sumergiera de verdad en lo que había vivido, su alma se fortalecía al contemplar la vida preterrenal y la posterrenal, y había adquirido una visión de la naturaleza que muere y renace, y entonces podía profundizar, con una fuerza y una energía interiores aún mayores, en cómo era el momento de la rigidez, de ser acogido por la inmensidad del universo, en cierto modo al flotar hacia las azules lejanías del éter, y, de nuevo, cómo era entonces sentirse únicamente como personalidad inmersa en los sentidos, cuando, por así decirlo, no se percibía nada del resto del ser humano, sino que solo se percibía algo de la existencia en el ojo, de la existencia en todo el tracto del oído, del tacto y así sucesivamente; es decir, cuando uno era por completo un órgano sensorial.

El alumno había aprendido a revivir en sí mismo esos estados con una fuerte energía interior y, a partir de ellos, a dejar que llegara hasta él aquello que ahora seguía más allá. Cuando se le indicaba, de forma totalmente voluntaria y desde lo más profundo de su ser, tras haber pasado por todo lo que he descrito, que restableciera de nuevo el estado de rigidez interior, de modo que, en cierto sentido, sintiera su propio organismo como una especie de mineral, es decir, en el fondo como algo bastante ajeno; cuando sentía su exterior, su cuerpo, como algo ajeno, y el alma, en cierto modo, solo como algo que flotaba alrededor y envolvía a ese mineral, entonces, en el estado de conciencia que se derivaba de ello, obtenía una visión clara de la existencia lunar que precedió a la terrestre.

LUNA

Y recordarán, queridos amigos, en este momento, tal y como lo he descrito en mi «Ciencia Oculta» y en las más diversas conferencias, esa existencia lunar. Lo que allí se describe cobraba vida en la conciencia del alumno; simplemente estaba ahí para él. A él le parecía que aquella antigua existencia lunar era una existencia planetaria que, en realidad, al principio solo tenía el estado acuoso, el estado líquido, pero no como el agua actual, sino, diría yo, más bien gelatinosa, como algo coagulado, por así decirlo. Y él se sentía a sí mismo en medio de ello. Pero se sentía organizado dentro de esa masa semiblanda. Y sentía que de su organismo fluía todo el organismo del planeta.

Solo hay que tener clara la diferencia entre cómo se vivía en aquella época y cómo se vive hoy en día. Hoy en día, en cierto sentido, nos sentimos limitados por nuestra piel, y no decimos otra cosa que no sea afirmar que como seres humanos, somos lo que hay dentro de la piel. Por supuesto, se trata de una afirmación errónea enorme, pues en cuanto llegamos a lo que hay en el ser humano en forma de aire, se hace evidente lo absurdo de sentirnos limitados dentro de nuestra piel. Ya lo he dicho muchas veces: la masa de aire que ahora tengo en mi interior hace poco aún no estaba en mí, y la masa de aire que dentro de poco tiempo estará en mí, aún sigue fuera. De modo que, incluso hoy, solo nos sentimos de manera correcta como seres humanos cuando, en lo que respecta a la «naturaleza aérea», no nos consideramos aislados del mundo exterior. Estamos en todas partes donde está el aire exterior. En el fondo, no hay ninguna diferencia entre que ahora tenga un terrón de azúcar en la boca, que al instante siguiente estará en el estómago y habrá recorrido un cierto trayecto, o que en este momento haya una masa de aire ahí fuera y al instante siguiente esté en sus pulmones. El terrón de azúcar recorre este camino (se dibuja); el aire recorre precisamente ese otro camino a través del aire y de los órganos respiratorios. Y quien no se considere parte de esto, que tampoco se considere parte de su boca, sino que haga que su cuerpo comience en el estómago. Así pues, para el ser humano actual es, en realidad, un disparate considerarse a sí mismo como algo encerrado dentro de la piel humana.

Pero en la existencia lunar, la posibilidad de considerarse encerrado dentro de la piel, no existía en absoluto. En aquella época no existían muebles como los que hay por ahí, a los que uno se acerca y toca, sino que todo lo que había era simplemente un producto de la naturaleza. Y si extendía el órgano que tenía entonces, —que, por cierto, era tal que se puede hablar de algo similar a lo que hoy llamamos dedos—, podía retraerlo hasta que desapareciera por completo, y podía retraer el brazo, podía hacerse muy delgado y cosas por el estilo. Pues bien, hoy, cuando se agarra la pizarra, no se siente que esa pizarra le pertenezca. Si en aquel entonces se extendía la mano hacia algo, simplemente se sentía que eso le pertenecía, igual que ahora la masa de aire todavía nos pertenece. De modo que, de hecho, el propio organismo se percibía como una mera parte de toda el organismo planetario y lunar.

Y todo esto era presentado ante la conciencia del alumno de hibernia. Y entonces tenía la impresión de que esa sustancia gelatinosa y fluida no era más que un estado del organismo lunar de aquella época; de que en aquel antiguo organismo lunar, hubo ciertas épocas en las que, dentro de esa sustancia gelatinosa, aparecía algo que era físicamente mucho más duro que nuestros objetos duros de hoy en día. Sin embargo, no era mineral en el sentido en que lo son hoy la esmeralda, el corindón o el diamante, sino que se trataba precisamente de algo duro, de naturaleza córnea. No había nada mineral en el sentido actual de cristalizado y similares, sino que lo que había de similar a un mineral, de duro y córneo, tenía sin duda formas en las que se apreciaba que estaba separado de lo orgánicamente activo, del mismo modo que hoy en día no se habla de la forma cristalina de un cuerno de vaca, sino que se sabe que el cuerno de vaca solo existe porque ha surgido de un organismo, o la cornamenta de ciervo o similares. Por cierto, con los huesos ocurre lo mismo; pero estos son de naturaleza mineral. Así pues, en aquella época existía ese material de naturaleza similar a la mineral que se había formado a partir de lo orgánico.

Y aquellas entidades que en aquel entonces ya habían vivido en parte su humanidad, a las que solo les quedaba por completar una parte de esa humanidad durante su existencia terrenal, son precisamente aquellas individualidades de las que he hablado como los grandes y sabios maestros primigenios de la humanidad en la Tierra, que hoy se encuentran en la colonia lunar.

Todo esto le era revelado al discípulo de hibernia durante ese estado de letargo. Y cuando hubo completado todo ello de la manera adecuada, —es decir, de la forma que a sus iniciadores les pareció plausible—, se le indicaba que debía avanzar de nuevo, avanzar repetidamente, para dejar que su estado de rigidez fluyera y se derramara hasta las lejanías del éter, hasta allí donde pudiera sentir que: los caminos de las alturas me llevan hacia las lejanías del éter azul, hasta los límites de la existencia espacial.

SOL

Y entonces, al pasar por esto una y otra vez, sentía todo lo que allí se podía sentir, moviéndose, por así decirlo, desde la Tierra hacia las lejanías etéricas. Pero al desplazarse hacia las lejanías etéricas, después de que las alturas lo hubieran acogido y lo hubieran llevado hacia las azules lejanías etéricas, allí fuera sentía, en cierto modo, que al final del mundo espacial penetraba aquello que lo atravesaba de nuevo, lo que hoy llamaríamos lo astral, algo que se experimentaba interiormente y que se unía al ser humano, de forma mucho más significativa, mucho más enérgica; aunque, sin embargo, no se podía percibir con tanta intensidad como hoy se percibe algo similar, pero que se unía así al alma humana, solo que de una manera más enérgica, más potente y más viva, como, por ejemplo, hoy se uniría el sentimiento al interior humano si el ser humano se expusiera a la luz solar que fluye, que fluye de forma refrescante, hasta el punto de que le penetre interiormente con un elemento vivificante que le haga sentir su organismo con todo detalle. Porque si presta un poco de atención, podrá sentirlo: cuando te expones al sol con total libertad, cuando dejas que el sol te inunde, pero no de tal manera que el sol te resulte desagradable, que te resulte desagradable en tu sentir interior; cuando te expones al sol de tal manera que dejas que su luz y su calor fluyan con cierto bienestar hacia tu cuerpo, hacia tu organismo, entonces sentirás: le sucederá como si ahora sintiera cada uno de sus órganos de forma ligeramente diferente a como lo hacía antes. Entrará literalmente en un estado en el que podrá describirse a sí mismo interiormente.

Que se sepa tan poco sobre estas cosas no es más que una carencia en la capacidad de atención del ser humano actual. Si hoy no existiera esta carencia de capacidad de atención, las personas podrían, de hecho, ofrecer al menos indicios oníricos de lo que se les ha revelado en su percepción interior, bajo la luz del sol que inunda su ser. Y, de hecho, antes se enseñaba al alumno sobre el interior del organismo humano de una manera diferente a como se hace hoy en día. Hoy en día se disecciona el cadáver y, para ello, se elaboran los atlas anatómicos. Esto no requiere mucha atención, aunque hay que admitir que algunos estudiantes tampoco prestan esa atención; pero no requiere mucha atención. Pero antiguamente se le enseñaba al alumno de tal manera, que se le colocaba al sol y se le guiaba para que sintiera su interior en respuesta a la agradable luz solar que le inundaba, y a partir de ahí ya podía dibujar el hígado, el estómago y demás. Existe esta afinidad interior del ser humano con el macrocosmos, siempre que se den las condiciones para ello. Por supuesto, se puede ser ciego y, aun así, percibir la forma de cualquier objeto mediante el tacto. De este modo, incluso cuando un órgano de su organismo se vuelve sensible al otro gracias a la atención prestada a la luz, podrá describir los órganos internos, de modo que al menos pueda captar siluetas de los mismos en su conciencia. Pero precisamente a los discípulos de los misterios de hybernia se les inculcaba en gran medida que, al fluir hacia la lejanía azul del éter, al fluir hacia dentro de la luz astral, ante todas las cosas, no se sintieran a sí mismos; sino que sintieran en su conciencia un mundo poderoso, un mundo del que ahora se dijeran lo siguiente: Vivo por completo en un elemento junto con otras entidades. Este elemento es, en el fondo, pura bondad de la naturaleza. Pues desde todas partes siento cómo fluye hacia mí desde este elemento, —y perdónenme por emplear una expresión que solo será posible más adelante—, en el cual me muevo nadando, como el pez en el agua, pero yo mismo, compuesto únicamente de elementos ligeros y volátiles, en todos los elementos planetarios siento cómo llega desde todos los lados esa agradable corriente. En realidad, el alumno sentía cómo fluía por todo su ser la luz astral, dándole forma y configurándolo. Este elemento es pura bondad natural, podría haber dicho, pues me aporta algo en todas partes. En realidad, estoy rodeado de pura bondad. Bondad, bondad por todas partes, pero una bondad natural que me rodea. Pero esta bondad natural no es solo bondad, es bondad creadora, pues es ella la que, con sus fuerzas, hace que yo sea y me da la forma que me sostiene, en la medida en que nado, floto y me muevo en este elemento. Y así, en el fondo, las impresiones que surgían allí eran de carácter moral y natural.

Si quisiéramos establecer una comparación con algo de la actualidad, solo podríamos decir: Si una persona pudiera tener una rosa ante sí, olerla y, desde la sinceridad y la honestidad más profundas, decir: «La bondad divina, que se extiende por todo el planeta Tierra, fluye también hacia la rosa, y al transmitir la rosa su esencia a mi sentido del olfato, percibo la bondad divina que habita en el planeta», —si hoy un ser humano pudiera decirse a sí mismo con honestidad interior algo así al oler el aroma de la rosa, entonces reviviría algo así como una débil sombra de lo que en aquel entonces se experimentaba interiormente como el elemento vital completo de cada ser humano. Y eso, queridos amigos míos, fue la experiencia de la existencia solar que precedió a nuestra Tierra. De modo que el alumno pudo experimentar la existencia solar y la existencia lunar, tal y como precedieron a nuestra Tierra.

SATURNO

Y además, cuando se había guiado al alumno a sentirse únicamente en sus sentidos, cuando había experimentado algo parecido a despojarse de todo su organismo, de modo que, en realidad, solo vivía en su ojo, en su conducto auditivo, en toda su sensibilidad, entonces percibía aquello que he descrito en mi «Ciencia Oculta» como el ser de Saturno, como el estado en el que uno flotaba y tejía en el elemento del calor, en los elementos de calor diferenciados en su interior. Allí uno se encontraba de tal manera que no se sentía a sí mismo como carne y sangre, ni como huesos y nervios, sino que se sentía simplemente como un organismo de calor, pero este calor dentro de otro calor, como el calor planetario de Saturno. Se percibía el calor cuando el calor exterior tenía un grado diferente al del calor interior. Un tejer en el calor, una vida a través del calor, una sensación de calor sobre calor: eso era, en definitiva, la existencia saturnal.

Y eso era lo que experimentaba el alumno cuando se sumergía en sus sentidos. Y esos sentidos aún no estaban tan diferenciados como hoy en día. Esa percepción del calor a través del calor, la vida a través del calor, la vida en el calor, eso era lo más importante. Pero había momentos en los que, al acercarse uno mismo, —en cierto modo, como un organismo de calor—, a otro proceso de calor o a otro cuanto de calor, al entrar en contacto con él se sentía algo en el interior, como un resplandor de llamas, y uno se encontraba entonces en un elemento, —no solo calor que fluye, que se entreteje y se ondula—, sino que, en cierto momento, uno era algo así como una llama, o también algo que se asemejaba a una sensación gustativa que se entretejía, —un sabor no solo en la lengua, que por supuesto entonces no existía, sino un sabor que uno mismo sentía, pero que se encendía en otro, que también cedía algo de sí mismo a otro, y así sucesivamente—. En el alumno se despertaba la existencia saturnal.

Como pueden ver, en estos misterios de hibernia se iniciaba al alumno en lo que constituye el pasado de su propia existencia planetaria en la Tierra. Conocía la existencia saturnal, la solar y la lunar como las sucesivas metamorfosis de la existencia terrestre.

JÚPITER

Y luego se le animaba una y otra vez a revivir aquello que ahora le conducía a su interior; en primer lugar, a revivir de nuevo lo que les he descrito como la sensación de una presión interna, como si uno se viera presionado por la sensación de tener un centro propio, como si el aire se condensara en su interior, de modo que, si se quisiera comparar ese estado con algo propio del ser humano actual, solo se podría comparar con la sensación de no poder expulsar el aire, de que este se comprime y se empuja hacia todos los lados. Ese era, en efecto, el primer estado, y el alumno debía ahora evocarlo de nuevo en su alma mediante la voluntad externa. Y cuando lo hacía, cuando realmente experimentaba ese estado que se asemeja a un sueño, —gracias al cual ya antes había sido capaz incluso de soñar, estando despierto, la existencia natural como un paisaje veraniego—, cuando había llegado a ese estado, entonces, en algún momento, tenía de repente una experiencia muy peculiar. Me gustaría decir que, para poder caracterizar esta experiencia, debo hacerlo desde el punto de vista opuesto; debo caracterizarla de la siguiente manera. Piénsenlo: hoy, como ser humano terrenal, entran en una habitación cálida y sienten el calor; salen cuando hay 5 o 10 grados bajo cero y sienten allí el frío; sienten la diferencia entre el calor y el frío, pero lo perciben como algo físico. Eso no se une con su mundo anímico. Y, como ser humano terrenal, no se le ocurre a uno que, al entrar en una habitación cálida, tengas siempre la sensación de que allí, en esa habitación, se extiende algo como un gran espíritu que te envuelve con amor. Percibes ese calor como algo físicamente agradable, pero no lo percibes como algo anímico. Lo mismo ocurre con el frío. Tienes frío, tienes frío físicamente, pero no tienes la sensación de que, ahí fuera, debido a las condiciones climáticas particulares, se te acerquen demonios que te susurren algo tan gélido que te enfríe también el alma. El calor físico no es al mismo tiempo algo espiritual para vosotros, porque, como seres humanos terrenales con una conciencia ordinaria, no percibís lo espiritual natural en toda su intensidad. Como ser humano terrenal, uno puede enternecerse ante la calidez de otras personas, ante su amistad, ante su amor; puede enfriarse ante su frialdad, quizá también ante su estrechez de miras, pero con ello se refiere a algo espiritual. Pero piénsese solo en lo poco que el ser humano terrenal de hoy en día se siente inclinado, cuando sale al aire cálido y bochornoso del verano, a decir: «¡Los dioses me aman mucho ahora!». O qué poco se inclina el hombre de hoy, al salir al frío invernal, a decir: «Pero ahora solo vuelan por el aire aquellas silfas que son filisteos gélidos en el mundo de las silfas». Son expresiones que hoy en día ya no se oyen en absoluto.

Bueno, verán, esa sensación a la que quiero aludir, —por eso dije que tenía que explicar el asunto por el camino contrario—, era algo que, precisamente para el alumno, cuando experimentaba esa sensación de presión interior, se le presentaba como algo evidente. Todo lo que sentía como calor, lo sentía al mismo tiempo como algo anímico, pero, a su vez, también como calor físico, y podía sentirlo porque su conciencia se había trasladado al ser de Júpiter, que habrá de surgir de la Tierra. Porque solo nos convertiremos en seres de Júpiter uniendo lo físico-calórico con lo anímico-calórico, de modo que, como seres de Júpiter, cuando acariciemos con amor a una persona o a un niño por el simple hecho de hacerlo, seremos al mismo tiempo una verdadera fuente de calor para el niño. El amor y la emisión de calor no estarán en absoluto separados. De hecho, llegaremos a irradiar anímicamente en nuestro entorno el calor que experimentamos.

El discípulo de los misterios de hibernia era llevado a experimentar esto, —aunque no en el mundo terrenal, sino transportado a otro mundo—, y, de este modo, se le presentaba la existencia de Júpiter, naturalmente no en la realidad física terrenal, sino en forma de imagen.

VENUS

Y el siguiente paso fue que el alumno sintiera de verdad esa angustia interior de la que les hablé ayer, cuando llegaba a comprender realmente la necesidad de superar su propio yo, ya que, de lo contrario, este yo puede devenir en fuente del mal. Cuando el alumno hacía presente en sí mismo ese estado interior del alma, experimentaba algo tal que no solo sentía el calor anímico y el calor físico como uno solo, sino que lo que allí sentía como uno solo, ese calor anímico-físico, comenzaba a resplandecer, se manifestaba tal y como empieza a resplandecer. El secreto del resplandor de la luz, del resplandor anímico de la luz, se revelaba al alumno. De este modo, era transportado hacia aquel futuro en el que la Tierra se transformará en el planeta Venus, en el futuro planeta Venus.

VULCANO

Y entonces, cuando el alumno sentía en su corazón cómo todo lo que había vivido anteriormente convergía, tal y como se lo describí ayer, se le revelaba que todo lo que experimentaba en su alma se manifestaba al mismo tiempo como una experiencia del planeta. Uno tiene un pensamiento; el pensamiento no permanece dentro de la piel del ser humano, sino que comienza a resonar; el pensamiento se convierte en palabra. Aquello que el ser humano vive se configura en palabra. La palabra se expande por el planeta vulcano. Todo en el planeta vulcano es un ser vivo que habla. La palabra resuena en la palabra, la palabra se aclara en la palabra, la palabra habla a la palabra, la palabra aprende a comprender a la palabra. El propio ser humano se siente como la palabra que comprende el mundo, como la palabra que comprende el mundo de las palabras. Al presentarse esto en forma de imagen ante el iniciando de hibernia, este sabía que se encontraba en el planeta vulcano, en el estado metamórfico más avanzado del planeta Tierra.

Como pueden ver, los misterios de hibernia formaban parte, en efecto, de lo que en la ciencia espiritual se denomina con razón los grandes misterios. Y es que aquello en lo que se iniciaba a los alumnos les proporcionaba una visión general, una perspectiva de la vida humana antes de la vida terrenal y después de ella. Al mismo tiempo, les proporcionaba una visión general de la vida cósmica en la que el ser humano está entretejido y de la que, a lo largo de los tiempos, nace. Así pues, el ser humano llegaba a conocer el microcosmos, es decir, a sí mismo como ser espiritual, anímico y corporal, en relación con el macrocosmos. Pero también llegaba a conocer el devenir, el entretejido, el surgimiento y la desaparición, así como la transformación metamórfica del macrocosmos. Estos misterios de hibernia eran grandes misterios.

Y alcanzaron su verdadero apogeo en la época que precedió al misterio del Gólgota. Pero una característica propia de los grandes misterios, era precisamente que en ellos se hablara de Cristo como de alguien que aún habría de venir, del mismo modo que más tarde se hablaría de Cristo como alguien que había atravesado los acontecimientos del pasado. Y, en realidad, tras la primera iniciación, se quería mostrar al discípulo, presentándole al salir la imagen de Cristo, que todo el curso de los mundos en la Tierra tiende hacia el acontecimiento del Gólgota. En aquella época, esto aún se representaba como algo futuro.

En esta isla, que más tarde pasó por tantas pruebas, existía, de hecho, un lugar de los grandes misterios, un lugar de los misterios cristianos anteriores al Misterio del Gólgota, en el que, de manera legítima, también se dirigía la mirada espiritual del ser humano, —que existía antes del Misterio del Gólgota—, hacia el Misterio del Gólgota.

Y cuando se produjo el misterio del Gólgota, mientras en Palestina tenían lugar los singulares acontecimientos que acabamos de describir al exponer la experiencia de Cristo Jesús en el Gólgota y sus alrededores, en el seno de los misterios de hibernia y su comunidad, —es decir, el pueblo que pertenecía a los misterios de hibernia—, se celebraban grandes fiestas. Y lo que realmente ocurrió en Palestina era representado de forma pictórica, multiplicado por cien, en la isla de Hybern, sin que la imagen fuera un recuerdo del pasado. En la isla de Hybern se vivió el misterio del Gólgota a través de imágenes al mismo tiempo que el misterio del Gólgota estaba teníendo lugar históricamente en Palestina. Cuando más tarde, en los templos y las iglesias, se vivía el misterio del Gólgota a través de imágenes, se mostraba al pueblo mediante imágenes, se trataba de imágenes que recordaban algo que había pasado en la Tierra, algo que, por tanto, se había extraído de la conciencia ordinaria como un recuerdo histórico. En la isla de Hybern , estas imágenes ya existían cuando aún no podían extraerse del pasado a través de la memoria histórica, sino que solo podían extraerse del propio espíritu. En la isla Hybern se contempló espiritualmente aquello que, para el ojo físico, tuvo lugar en Palestina a principios de nuestra era. Y así, en realidad, en la isla de Hybernia la humanidad vivió espiritualmente el misterio del Gólgota. Y eso es lo que significa la grandeza de todo aquello que más tarde partió precisamente de esta isla de Hybernia hacia el resto de la civilización, pero que desapareció en épocas posteriores.

Y ahora les pido que presten atención a una cosa. Quien se limite a estudiar la historia exterior puede encontrar muchas cosas grandiosas, bellas, inspiradoras y reveladoras de sentido cuando mira retrospectivamente, desde una perspectiva histórica, hacia el antiguo mundo oriental, a la antigua Grecia o a la antigua Roma; y, a su vez, puede descubrir muchas cosas cuando se adentra, digamos, en la época de Carlomagno, por ejemplo, y recorre la Edad Media. Pero fíjense tan solo en lo escasas que se vuelven las noticias históricas externas en el periodo que comienza unos siglos después del surgimiento del cristianismo y termina aproximadamente en los siglos IX y X d. C. Eche un vistazo a las obras históricas; en todas las obras históricas más antiguas y fidedignas encontrará, en realidad, en todas partes solo descripciones muy breves, muy poca información sobre esos siglos. Solo entonces las cosas vuelven a empezar a ser más detalladas.

Sin embargo, los historiadores más recientes, que en cierto modo se avergüenzan, con un aire un tanto profesoral, de distribuir tan mal el material, —al no describir lo que no saben—, inventan todo tipo de construcciones fantásticas que ahora se sitúan en esos siglos. Pero todo eso son tonterías. Si se presenta el tema con honestidad histórica, la descripción histórica de aquella época en la que la antigua Roma se derrumba y llegan las devastadoras oleadas de las migraciones de los pueblos, —que, por cierto, ni siquiera fueron tan terriblemente llamativas en apariencia como se imaginan las personas de hoy en día, sino que solo lo fueron en comparación con la calma que reinaba antes y después—, resulta bastante escasa. Pero si simplemente calculara hoy, o si lo hubiera hecho en la época anterior a la guerra, cuántas personas, digamos, se trasladan cada año de Rusia a Suiza, obtendría una cifra mayor que la de personas que recorrieron esa misma distancia en Europa durante la época de las migraciones de los pueblos. Todas estas cosas son relativas. De modo que, en realidad, si se quisiera seguir hablando en el mismo estilo que se aplica a la descripción de las migraciones de los pueblos, habría que haber dicho: «Hasta la época anterior a la guerra, todo en Europa se encontraba en una migración continua de pueblos, incluso hacia América». Y las oleadas migratorias hacia América eran más numerosas que los flujos de las migraciones de los pueblos. Pero esto es algo de lo que no nos damos cuenta del todo.

Pero, a pesar de todo, lo cierto es que, a medida que transcurre este periodo —descrito como la época de las migraciones y como el periodo posterior a las migraciones—, las noticias históricas se vuelven escasas. No se sabe mucho de él. Se describirá poco de lo que ocurrió, por ejemplo, aquí en esta región, de lo que ocurrió en Francia, en Alemania, etcétera; se describirá poco de ello. Pero fue precisamente allí donde aún se dejaban sentir los ecos de lo que se había contemplado en los misterios de Hybernia, que aún se extendían por Europa, aunque solo fuera como un débil eco, donde por todas partes los efectos y los impulsos de los grandes misterios de Hybernia ya se estaban infiltrando en la civilización.

Pero entonces se encontraron dos grandes corrientes. Verán, todo lo que voy a decir ahora es, en realidad, solo una cuestión de terminología, no para dar a entender ni la más mínima sombra de simpatía o antipatía hacia nada, sino para describir la necesidad histórica. Se encontraron dos corrientes. Una, que llegó desde Oriente dando un rodeo por Grecia y Roma, y que contaba con la capacidad que se imponía cada vez más a la humanidad, orientada exclusivamente hacia el entendimiento y los sentidos, donde se trabajaba con lo que existía como recuerdo histórico de acontecimientos visibles desde fuera y vividos exteriormente. Desde Palestina, pasando por Grecia y Roma, se difundió la noticia, —que luego fue acogida por las personas en su vida religiosa—, sobre algo que había tenido lugar en el mundo físico-sensorial a través del Dios Cristo en Palestina. Esto estaba adaptado a la comprensión de las personas, que ya solo se basaba en lo que hoy llamamos la conciencia ordinaria, dependiente del entendimiento y de los sentidos. Y, de hecho, se difundió de la manera más grandiosa. Pero eso acabó por desplazar lo que llegó desde Occidente, desde Hybernia, y que, como último eco de la antigua sabiduría instintiva de la Tierra, se basaba en las antiguas sabidurías espirituales de la humanidad, que solo ahora se revelaban en la nueva conciencia. Desde Hybernia se extendió por Europa algo que, en lo que respecta a la iluminación, no se basaba en la sabiduría derivada de la percepción sensorial, ni en la demostración de algo mediante la evidencia de que eso había ocurrido históricamente. Más bien se extendieron cultos, enseñanzas de sabiduría como cultos hibernios, como enseñanzas de sabiduría hibernias, que contaban con algo que ilumina al ser humano desde el mundo espiritual, incluso cuando, como el misterio del Gólgota, tiene lugar al mismo tiempo en la realidad física en otro rincón de la Tierra. En Hybernia se contemplaba de manera espiritual la realidad física de Palestina.

Pero aquello que solo podía vincularse a la realidad física eclipsaba a aquello otro que apostaba por la elevación espiritual del ser humano, por su interiorización espiritual, por su impregnación espiritual. Y poco a poco, por una necesidad que ya se ha comentado con frecuencia en relación con otros puntos de vista, lo que se vinculaba a la existencia sensorial y física fue ganando terreno sobre aquello que se vinculaba a la visión espiritual. Y las noticias sobre el Redentor que habitaba en la Tierra en un cuerpo físico se impusieron a las maravillosas imágenes imaginativas que llegaban desde Hybernia y que podían representarse en los cultos, sobre las grandiosas imágenes imaginativas que anunciaban al Redentor como una entidad espiritual y que, en la representación de su culto y en sus descripciones, no tenían en cuenta que se trataba también de un acontecimiento histórico. Menos aún se podía tener esto en cuenta en la época en que aún no era un acontecimiento histórico, pues los cultos ya estaban establecidos antes del misterio del Gólgota,

Y llegó la época en la que las personas se volvían cada vez más receptivas únicamente a lo que se podía observar físicamente, en la que, por así decirlo, llegaron a dejar de considerar como verdad aquellas cosas que no guardaban relación con lo que se podía observar físicamente. Y así, la sabiduría que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su sustancialidad. Y así, el arte que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su verdad cósmica. Así fue surgiendo, cada vez más, no una ciencia hiberniana, sino una ciencia que se basaba únicamente en lo externo y sensorial; y no un arte hiberniano, sino un arte, —el de Rafael no es otro—, que necesitaba lo sensorial y visible como modelo, mientras que el arte hiberniano tenía como objetivo realizar lo anímico-espiritual de manera inmediata a través de los medios artísticos.

Así llegó entonces una época en la que, en cierto sentido, se cernió un eclipse sobre la vida espiritual, en la que solo se hacía hincapié en la razón y los sentidos, y se fundamentaban filosofías que pretendían demostrar cómo la razón y los sentidos podrían, de alguna manera, llegar al ser o alcanzar la verdad.

Y entonces ocurrió precisamente aquello tan curioso: que las personas ya no eran receptivas a las influencias espirituales. Y ¿dónde se podría ver con mayor precisión, diría yo, cómo las personas, con su conciencia, ya no eran accesibles a las influencias espirituales, que en lo que se les dio, —ya lo expuse en la revista «Das Reich»—, como por ejemplo la forma en que se les entregó la «Boda Química de Christian Rosencreutz» En su momento llamé la atención sobre lo extraño que resultó todo lo relacionado con estas «Bodas Químicas». Valentín Andrea es el autor material de estas «Bodas Químicas»; en el año inmediatamente anterior al estallido de la Guerra de los Treinta Años, Valentín Andrea escribió estas «Bodas Químicas». Pero nadie que conozca la biografía de Valentín Andrea tendrá la menor duda de que Valentín Andrea, —que más tarde se convirtió en un pastor filisteo y escribió otros libros untuosos—, no escribió las «Bodas Químicas». Es una auténtica tontería creer que Valentín Andrea escribió las «Bodas Químicas». Basta con comparar «Las bodas químicas», «La reforma del mundo entero» o los demás escritos de Valentín Andrea, —físicamente se trataba de la misma persona—, con el estilo empalagoso, untuoso y grasiento que el pastor Valentín Andrea, que solo comparte el mismo nombre, escribió en su etapa posterior.

¡Es un fenómeno de lo más curioso! Tenemos a un joven que apenas ha terminado la escuela y que escribe cosas como «La Reforma del mundo entero» o «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz», y nosotros tenemos que esforzarnos por desentrañar el sentido oculto de estos escritos. Él mismo no entiende nada de ello, como demostrará más tarde: se convertirá en un pastor untuoso y adulador. ¡Es la misma persona! Y basta con tener en cuenta este hecho para que resulte plausible lo que en su momento expuse al respecto: que, precisamente, las «Bodas Químicas» no fueron escritas por un ser humano, o solo lo fueron en la medida en que, bueno, el secretario secreto de Napoleón, siempre lleno de miedo, escribía sus cartas. Pero Napoleón era, al fin y al cabo, un ser humano que tenía los pies y las piernas firmemente plantados en el suelo, es decir, era una personalidad física. Quien escribió «Las bodas químicas» no era una personalidad física, y se sirvió de este «secretario», que más tarde se convirtió en el pastor untuoso Valentín Andrea.

Imagínese este maravilloso acontecimiento que precedió a la Guerra de los Treinta Años: ¡un joven, un joven muy joven, da la mano a un ser espiritual que escribe algo así como las «Bodas Químicas»! Y lo que en este caso solo se manifiesta en un ejemplo concreto, ocurrió a menudo en aquella época. Pero es que las cosas no se han reconocido ni conservado tan bien. Lo que en aquella época se entregó a la humanidad como algo importante se le entregó de tal manera que las personas no eran capaces de comprenderlo con su entendimiento. Esa era la espiritualidad que seguía actuando, que aún se les revelaba abiertamente, que las propias personas representaban, pero que ya no podían experimentar en su interior.

Y así es como, en esta época en la que, en realidad, si los libros tuvieran el grosor correspondiente, los libros de historia estarían llenos de páginas en blanco, la humanidad vive como en dos corrientes: en aquella corriente que discurre abajo, en el mundo físico, donde las personas creen cada vez más y más solo en lo que les dice su razón y lo que les dicen los sentidos; pero por encima de ello tiene lugar continuamente una revelación espiritual que se produce a través del ser humano, pero que este no comprende. Y precisamente entre los ejemplos más característicos de esta revelación espiritual se encuentran obras como «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz».

Pero todo aquello que allí se revelaba pasaba, a pesar de todo, por las mentes de las personas, aunque estas no lo entendieran; pasaba por las mentes de las personas, se atenuaba, se distorsionaba. Esos susurros y balbuceos se convirtieron en algo grandiosamente poético, en algo inmensamente poético, como lo son a veces los versos de la «Boda química de Christian Rosencreutz». Y, sin embargo, son revelaciones de algo grandioso: imágenes macrocósmicas imponentes, experiencias inmensas entre el ser humano y el macrocosmos, que se presentan de forma majestuosa. Cuando se lee la «Boda Química» con la mirada actual, se aprenden a comprender estas imágenes de la «Boda Química»; se disuelven, pues, en el fondo, siguen estando teñidas por las mentes por las que han pasado, y tras ellas aparece lo grandioso.

Este tipo de cosas son precisamente una prueba de que, en el subconsciente, lo que en su día vivió la humanidad ha perdurado en realidad. Y se desvaneció por completo en los primeros tiempos de la devastadora Guerra de los Treinta Años. En la primera mitad del siglo XVII se va desvaneciendo aquello que en su día fue una gran y majestuosa verdad espiritual. Y solo los místicos conservan la huella emocional de ello. Pero la sustancia propiamente dicha, la sustancia espiritual, se pierde por completo. El intelecto triunfa en un primer momento y allana el camino para la era de la libertad.

Y hoy echamos la vista atrás a estas cosas y contemplamos precisamente los misterios hybernia , diría que con una vida interior bastante profunda, pues son, en el fondo, los últimos grandes misterios, esos últimos grandes misterios a través de los cuales pudieron expresarse los secretos humanos y cósmicos. Y cuando hoy se vuelven a indagar estos misterios, es entonces cuando los misterios de hybernia nos parecen verdaderamente grandiosos. Pero, en realidad, no se pueden comprender del todo si antes no se han indagado las cosas de forma autónoma. E incluso cuando se han indagado de forma autónoma, ocurre entonces algo especial.

Cuando, en la evolución akáshica, uno se acerca a las imágenes de estos misterios de hybernia , siente algo que le repele. Es como si una fuerza le frenara, como si no pudiera acercarse con el alma. Y cuanto más se acerca uno, más se oscurece aquello a lo que se quiere llegar con el alma, y se experimenta una especie de entumecimiento anímico. Hay que abrirse camino a través de ese entumecimiento anímico. No hay otra forma de hacerlo que dejando que resurja en uno todo lo que ya se sabe sobre temas similares, sobre lo que uno mismo ha descubierto y lo que ha contemplado por sí mismo. Y entonces uno se da cuenta de por qué es así. Entonces uno se da cuenta de que, con estos misterios de hybernia, las fuerzas divinas y espirituales de la humanidad dieron sin duda el último resquicio de lo antiguo; pero que, en el momento en que los misterios de hybernia se sumieron en la penumbra, quedaron al mismo tiempo rodeados espiritualmente por un muro impenetrable, de modo que el ser humano no puede desentrañarlos de manera pasiva, ni contemplarlos, y que no puede acercarse a ellos más que despertando en sí mismo su actividad espiritual, es decir, convirtiéndose en un verdadero ser humano de la época moderna. Me gustaría decir: el acceso a los misterios de hybernia se ha cerrado al mismo tiempo para que los seres humanos no puedan acercarse a los misterios a la antigua usanza, sino que se vean impulsados a que aquello que, en la época de la libertad, los seres humanos deben encontrar en su interior, se experimente realmente también en la actividad de la conciencia, y no a través de una visión histórica, —ni tampoco de una visión clarividente e histórica—, de antiguos, maravillosos y grandes misterios, antes de haber emprendido el camino para llegar a esos misterios a partir de la propia actividad interior.

De este modo, los grandes misterios de Hybernia insinúan de la forma más intensa cómo comienza una nueva era en la época en la que los misterios de hybernia se hunden en la tierra de las sombras. Pero también hoy pueden ser contemplados de nuevo, en toda su gloria y majestad, por el ser anímico sostenido por la libertad interior, pues a través de una verdadera actividad interior es posible acercarse a ellos, se puede superar lo que se nos opone, lo que pretende adormecernos, aquello que para el alma representa lo que hasta los tiempos más tardíos se revelaba aún a los iniciados de entre los grandes y antiguos misterios de la sabiduría espiritual de antaño, —instintiva, sí, pero no por ello menos elevada—, que en su día se derramó sobre la humanidad de la Tierra como una fuerza primigenia del alma. Los monumentos más bellos y significativos de la época posterior a la sabiduría primigenia de los seres humanos, a la gracia primigenia de las entidades divinas y espirituales, tal y como se revelaban en los estados primigenios de la humanidad; los monumentos espirituales y anímicos más bellos de esta época son aquellas imágenes que pueden revelarse ante nosotros al dirigir nuestra mirada hacia los misterios de Hybernia.

Traducido por J.Luelmo 



GA069e Munich, 9 de diciembre de 1910. -La ciencia espiritual y el futuro de la humanidad-

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

La ciencia espiritual y el futuro de la humanidad

Munich, 9 de diciembre de 1910

El autor de la obra sobre el príncipe danés Hamlet, hace que al referirse este a una gran y significativa figura de la historia, salga de su melancólica cavilación en la escena del sepulturero, para hablar del valor del difunto César:

El gran César, muerto y convertido en arcilla,
tapa bien un agujero frente al crudo norte.
¡Ojalá esa arcilla, ante la cual temblaba el mundo,
formara un muro contra el viento y las inclemencias del tiempo!

No es de extrañar que a Hamlet le vengan a la mente estas ideas al recordar al gran César, si en su sombrío ánimo podía concebir la idea de que de todo ese cuerpo, del ser humano, de todo aquello que ejercía la fuerza de la voluntad, no quedara más que un puñado de materia exterior que, desintegrada en sus átomos y disuelta, pudiera utilizarse para «taponar aquí o allá una pared»; pero ese mismo razonamiento es bastante revelador del estado de ánimo general de nuestra época. Existe un excelente manual de Huxley sobre fisiología, en el sentido de nuestra concepción científica actual, que también se ha traducido al alemán. Ya en una de las primeras páginas encontrarán una referencia a las palabras de Hamlet que acabo de citarles, pero de tal manera que, con toda seriedad, al final de la «Primera lectura» se dice lo siguiente:

Es imposible seguir con algún grado de certeza estas migraciones, que son más variables y extensas que las que imaginaron los antiguos sabios que creían en la doctrina de la transmigración de las almas; pero es probable que, tarde o temprano, algunos, —si no todos—, de los átomos dispersos se reúnan para formar nuevas formas de vida. Los rayos del sol, que penetran en el mundo vegetal, unen algunos de los átomos errantes de dióxido de carbono, agua, amoníaco y sales para dar lugar a las plantas. Las plantas son devoradas por los animales, los animales se devoran entre sí, el ser humano devora tanto plantas como animales; y así es muy posible que los átomos que en su día formaron parte esencial del activo cerebro de Julio César formen ahora parte de la composición de César, el negro de Alabama, o de César, el perro doméstico de cualquier hogar inglés.

No queremos pensar de forma tan dogmática ni discutir con argumentos lógicos, sino reflexionar sobre cómo, a partir de sus sentimientos más íntimos, un naturalista tan destacado del siglo XIX como Huxley pudo llegar a plasmar por escrito tales ideas. No queremos seguir preguntándonos: ¿Qué ocurre con los componentes físicos cuando el cuerpo del ser humano se desintegra en polvo? —, sino que queremos centrar nuestra atención en la voluntad encarnada en el ser humano, en su yo auto consciente, y observar qué caminos recorre este aspecto anímico-espiritual, aunque por lo demás el ser humano se sienta impulsado, no ya a preguntarse qué camino toma el espíritu, sino el camino que toma la materia exterior.

Enseguida veremos, que el hecho de ganarse la aceptación y el corazón de las personas, está íntimamente relacionado con el espíritu de la época, cuando se les dice que pueden ser felices o al menos estar sanas, si siguen ciertas normas: comer solo esto o aquello, bañarse de una manera concreta, vestirse según las normas de la reforma, etcétera; pero se muestran mucho más reacios cuando se les habla de que el contenido espiritual de las ideas, las verdades y los conocimientos con los que llenamos nuestra alma, se convierte en fuerzas vivas que armonizan y fortalecen nuestro interior y toda nuestra vida, nos hacen resistentes frente a todo tipo de ataques y nos dan fuerzas para cumplir con las tareas de nuestra vida.

A modo de explicación, me gustaría señalar simplemente, cómo palidecen las personas, ante el miedo y la angustia, y cómo se sonrojan ante la vergüenza; es decir, que lo anímico influye en lo físico e incluso va más allá de lo que se suele creer. Pero si además se señala que los pensamientos propios de una cosmovisión espiritual nos elevan a alturas espirituales, que una forma de pensar correcta de este tipo tiene un efecto sanador en el ser humano tanto espiritual como físicamente, nos encontramos con una fuerte duda o una incredulidad manifiesta en la gran mayoría de nuestros contemporáneos, y en muchos casos solo porque las personas de nuestro tiempo se han vuelto demasiado perezosas intelectualmente como para dedicar el esfuerzo espiritual y anímico necesario para profundizar en tales concepciones. Tanto el libro de Huxley como las experiencias que se pueden vivir en todos los ámbitos de la vida, muestran de manera característica que nuestra época ha pasado a creer únicamente en lo material externo, en lo perceptible por los sentidos. El siglo XIX nos ha traído esta situación.

Sin embargo, la ciencia espiritual está muy lejos de desdeñar los enormes logros de las ciencias naturales, que este siglo nos ha legado junto con una abundancia de datos casi inabarcable. No obstante, es necesario señalar que ciertos conceptos se han infiltrado y arraigado en el corazón de las personas, se han convertido, por así decirlo en una moda, de una manera tal, que a éstas les resulta difícil decidirse a creer en lo espiritual sin intentar imaginárselo de forma material. Pero esto supone una amenaza para la humanidad, ya en un futuro próximo, de un caos espiritual, de un extravío en relación con las cosas más importantes, de las cuales solo quiero destacar una y, por ello, volver a hacer referencia a la «Fisiología» de Huxley: me refiero al concepto de la vida, en la medida en que este es evidente y, en cierto modo, se da por supuesto. Así se dice [allí]:

Pero, en realidad, la causa inmediata de la muerte es siempre el cese de la actividad de uno de estos tres órganos: el centro nervioso del cerebro y la médula espinal, los pulmones o el corazón.

Así pues, una persona puede morir instantáneamente a causa de una lesión en una parte del cerebro denominada «médula alargada» [...], tal y como puede producirse mediante el ahorcamiento o la fractura de la mandíbula. O bien, la muerte puede ser la consecuencia inmediata de la asfixia por estrangulamiento, ahorcamiento o ahogamiento; en otras palabras, por la interrupción de los procesos respiratorios. O, por último, la muerte se produce de inmediato cuando el corazón deja de bombear la sangre por el cuerpo. A estos tres órganos, —el cerebro, los pulmones y el corazón—, se les denomina, de forma un tanto fantástica, el «trípode de la vida».

En última instancia, sin embargo, la vida solo se sustenta sobre dos pilares: los pulmones y el corazón; pues la muerte por causa del cerebro es siempre, en primer lugar, la consecuencia indirecta del efecto que la lesión de este órgano ejerce sobre los pulmones o el corazón. Las funciones del cerebro cesan cuando se interrumpe la respiración o la circulación. Pero si la circulación sanguínea y la respiración se mantienen de forma artificial, se puede extirpar el cerebro sin que ello provoque la muerte.

Así pues, si Huxley cree que puede mantener la vida con estos medios, no hay nada que objetar a ello, salvo ciertas salvedades; pero me gustaría plantear especialmente la cuestión de si eso se puede seguir llamando realmente «vida». Probablemente, todos los aquí presentes rechazarían una vida así. Por eso, una afirmación de este tipo en una obra científica que profundiza en los conceptos más esenciales, demuestra que la época actual ha perdido la capacidad de reflexionar de manera adecuada sobre conceptos como «la vida» en general.

Pero quien considere, como es lógico, que los pensamientos y sentimientos que predominan en nosotros pueden hacer que el cuerpo esté sano o enfermo, pronto se dará cuenta, además, de lo difícil que resulta proyectar conceptos claros hacia el futuro. Con conceptos insuficientes en nuestra alma sobre la vida y la muerte, sobre el espíritu y el alma, nos vemos sumidos en un estado de ánimo que pronto nos hace dudar de todo lo posible en nuestro interior, que paraliza nuestras fuerzas anímicas y nos impide cumplir adecuadamente con nuestros deberes en la vida; el alma y el espíritu del ser humano se irán volviendo cada vez más áridos, hasta que, al final, tal persona se verá sumida en la impotencia y la desesperación. El observador atento prevé que, por este camino, la humanidad puede verse abocada a una situación grave; puede constatar que ya se han dado los primeros pasos en esa dirección en algunos ámbitos, especialmente cuando la ciencia más avanzada se alía con conceptos que tienen un efecto verdaderamente devastador sobre nuestro mundo anímico y espiritual y, por ende, también sobre nuestro cuerpo.

Además, hay otra cosa: una necesidad que sin embargo, queda reprimida por un caos de conceptos, pero que, a pesar de todo, esa necesidad se despierta una y otra vez en el alma y ocupa la mente: tanto que se habla de la evolución partiendo de estados de vida imperfectos hacia otros más perfectos, pero cuando se trata del alma humana, justo donde más necesario sería hablar de estas cosas, no se quiere creer en ello. Sin embargo, esta alma humana tiene, de época en época, necesidades siempre nuevas, quiere vivir siempre en condiciones cada vez más avanzadas; el alma del siglo XII es aún diferente a la del siglo XIX. Lo que importa no son las cosas externas, la educación escolar y la erudición, sino la otra forma y concepción de la vida que se desarrolla para el alma de época en época.

Esta noche solo podemos hacer una breve alusión a la vida; en el alma de casi todas las personas se manifiesta de forma significativa la necesidad de desarrollar en su interior, de acuerdo con los sentimientos y el entendimiento, ciertas cosas que en épocas culturales anteriores se aceptaban de buena fe. Antiguamente, épocas enteras estaban mucho más dominadas por ciertos juicios generales, y todas las almas se regían, en general, por las mismas concepciones. Hoy, en cambio, se impone cada vez más en el alma el impulso de ser autónomo, de encontrar de forma individual en uno mismo los puntos de referencia sobre los mandamientos morales y los juicios de todo tipo, y de descubrir en uno mismo el fundamento y la fuente de la existencia.

Sin embargo, en nuestra época, muchas personas adolecen de que, en algunos aspectos o por completo, dejan que esa necesidad quede relegada al fondo del alma. No puede aflorar porque queda ahogada por el caos del ajetreo de la vida; y esas personas se hunden entonces en la fe en la autoridad, —que resulta aún más temible porque se basa en lo que no es tangible desde el punto de vista material—, repitiendo una y otra vez que «la ciencia» ha constatado o demostrado tal o cual cosa. La gran mayoría de las personas no puede profundizar en ello ni investigar por sí misma cómo se ha determinado, y por eso la autoridad de la ciencia se ha convertido en una fuerza generalizada y aterradora.

Ambas corrientes espirituales se encuentran en conflicto. Si la ciencia espiritual quiere establecer una relación adecuada con estas dos fuerzas, debe perseguir el objetivo riguroso de hacer posible que el ser humano satisfaga, en el sentido más auténtico, las profundas necesidades que despiertan en su interior. En este sentido, quiero señalar en primer lugar que, en décadas pasadas, las cuestiones sobre el destino del alma, el origen del ser humano y las fuentes de toda vida espiritual se planteaban de una manera muy diferente a como se hace hoy en día, y para ello dirijo su atención hacia una personalidad destacada en la que esto se manifiesta en su peculiar constitución espiritual, en sus sentimientos y en su sensibilidad. Goethe, a quien me refiero aquí, se pronunció poco al respecto sin ningún motivo externo concreto, pero con motivo del funeral de Wieland, a quien admiraba profundamente, se sinceró con una persona cercana a él sobre lo que pensaba acerca del destino del alma tras la muerte. Goethe respondió a la pregunta que se le formuló:

[Wieland no emprenderá ahora] nada insignificante, nada indigno, nada incompatible con la grandeza moral que defendió durante toda su vida. [...] En la naturaleza nunca, bajo ninguna circunstancia, puede hablarse de la desaparición de unas fuerzas anímicas tan elevadas; nunca trata sus recursos con tanta prodigalidad [...] En cuanto a la perdurabilidad personal de nuestra alma tras la muerte, así es como la concibo yo. No entra en contradicción alguna con las observaciones que he realizado durante muchos años sobre la naturaleza de nuestro ser y de todos los seres de la naturaleza; al contrario, surge de ellas con nueva fuerza probatoria. Sin embargo, cuánto —o cuán poco— de esta personalidad merece, por cierto, que perdure, es otra cuestión y un punto que debemos dejar en manos de Dios.

Goethe desarrolla a continuación una cierta jerarquía de las almas, a las que aquí denomina «mónadas», que las hace aptas para las distintas actividades; considera que estas mónadas son inmortales y que, en su desarrollo superior, participan activamente en el desarrollo del sistema cósmico, y prosigue diciendo:

Estoy seguro de que, como me ven aquí, ya he estado aquí miles de veces y espero volver otras mil veces más. [...] Pero esto de ninguna manera significa que, debido a la limitación de nuestras observaciones de la naturaleza, también se impongan límites a la fe. Al contrario, dado lo inmediatas que son las emociones divinas en nosotros, puede suceder fácilmente que el conocimiento aparezca como incompleto, especialmente en un planeta que, separado de toda su conexión con el sol, hace que toda y cualquier observación sea imperfecta, y por eso solo la fe puede darle su complemento completo. [...] Tan pronto como uno parte del principio de que el conocimiento y la fe no existen para contradecirse, sino para complementarse, entonces en todas partes se encontrará lo correcto.

Goethe realmente dominó la ciencia natural de su tiempo; además, la enriqueció con una forma de pensar que vivía en lo espiritual. Por eso resulta aún más interesante ver cómo todas estas cosas se reflejan en la concepción de Goethe, cómo, a partir de todas sus largas experiencias personales y científicas, la vida del alma después de la muerte podría desarrollarse según su necesidad, y observar cómo Goethe, debido a su visión espiritual del mundo, se mantenía alejado de la visión materialista moderna en constante desarrollo. Así que también es importante para cualquiera formarse una idea de la cosmovisión espiritual a partir de toda su configuración mental.

Por aquel entonces aún no se conocía la cosmovisión del «monismo», que hoy está muy extendida y respaldada científicamente; todavía no se tenía tanta preocupación por que se abriera una brecha entre el ser humano y los animales superiores [...], sino que se creía en este sentido físico en esa separación, y si se quería establecerla, se pensaba de manera profundamente materialista [...]. Las personas querían algo materialmente distinguible, ya que no podían concebir que algo espiritual pudiera ser lo que los diferenciara. Por eso buscaban en todo el cuerpo, en los tejidos blandos y en el esqueleto, y encontraban en los animales en el maxilar superior un hueso intermaxilar especial que aparentemente el ser humano no tenía. Con esto creían haber descubierto la diferencia elevada y largamente buscada entre el ser humano y los animales, y las personas bien intencionadas y de pensamiento materialista tendían a aceptarlo sin más. Goethe estudió estas relaciones y descubrió que el hueso intermaxilar estaba presente antes del nacimiento, es decir, en el ser humano en gestación, pero que hasta el nacimiento se fusionaba completamente con las partes adyacentes. Encontramos más detalles sobre esto en los escritos científicos de Goethe, donde dedica un tratado especial con ilustraciones detalladas al estudio del «ossis intermaxillaris» y defiende su descubrimiento frente a Soemmerring en 1785 y a Camper en cartas específicas, aunque además enfatiza que la diferencia entre el ser humano y los animales superiores no reside en algo material concreto, sino en lo espiritual, que supera con creces al animal. Si tenemos en cuenta lo que Goethe dijo, —según Johannes Falk—, en el día del funeral de Wieland sobre el alma y el espíritu, sus transformaciones y destinos después de la muerte: cómo reflexionó durante su larga vida, y si ahora compara lo que cree haber encontrado con lo que es observable sensorial y científicamente, se concluye que ambas cosas se unen sin contradicción. — Eso se podía decir en ese tiempo como erudito, como fiel investigador de la naturaleza, sin entrar en conflicto con las ideas sobre la vida del alma en su ámbito particular y con la parte material de la vida. Incluso a mediados del siglo XIX, esto todavía era así con un investigador de la naturaleza particularmente destacado y pionero, que hizo mucho por el conocimiento de la transformación de las formas de vida animal, pero que, al mostrar su desarrollo, llegó a la conclusión de decir:

Considero que todos los seres orgánicos que alguna vez han vivido en esta Tierra descienden de una forma original a la que el Creador infundió la vida.

Ese era Charles Darwin. Él también podía dirigir su mirada hacia el mundo espiritual sin obstáculos, sin que entrara en conflicto con los resultados de sus investigaciones. Cabe señalar que probablemente es el original inglés el que contiene estas palabras, pero no la primera traducción al alemán ni sus ediciones posteriores; en tan poco tiempo ya no se podía combinar la mirada hacia el mundo espiritual con el darwinismo, que se había entendido de manera mucho más rígida. Así que en todas las representaciones llamadas populares, hoy escuchamos y leemos que cualquiera que aún sostenga la influencia de un mundo espiritual, o es un soñador o un tonto, después de que el propio Darwin demostrase, que todo lo espiritual no es mas que una función de lo físico. Por supuesto, no hay nada más fácil que refutar así la ciencia espiritual, si se lleva esto a la percepción. Si esta o aquella parte del cerebro se enferma, en cierta relación analógica el alma también se enferma; si el cerebro se desgasta gradualmente, también el alma se desgasta, por lo que se debe pensar que el alma está inseparablemente unida a la materia como forma de expresión. Darwin ya había acabado con el mundo espiritual de todos modos, aunque esto no es así.

Hoy vivimos en una época en la que ya es un verdadero empeño por la verdad, hacer una confesión como lo hizo Goethe, y aun así conformarse con la ciencia, como Goethe, que pudo mantener el alma como algo completamente legítimo. Hoy parece imposible unir la ciencia externa y material con la adhesión al mundo espiritual. Hoy vivimos en una era que ha acumulado casi una cantidad inabarcable de resultados de la experiencia, donde es imposible que un individuo se oriente en las disciplinas científicas cada vez más divididas y extendidas, donde le resulta completamente confuso situarse con precisión sobre lo que la ciencia ha «establecido», así como es difícil incluso determinar por sí mismo lo que le otorga un juicio acertado o una visión general sana sobre las ciencias del espíritu.

Entonces viene esta ciencia del espíritu y afirma que posee y aplica la misma manera de pensar y lógica que cualquier otra ciencia de hoy, que no solo parte de la idea de que en el alma reside la capacidad normal de conocimiento de la vida cotidiana y científica, que prácticamente cualquier persona normal podría usar, sino que sostiene con firmeza la convicción de que en el alma humana hay fuerzas dormidas que pueden desarrollarse, de modo que, para la persona en cuestión, la vida en el mundo espiritual se hará evidente, como lo es para un observador dotado de ojos y los demás sentidos del entorno exterior y material.

No todos en la vida pueden desarrollar sus ojos y oídos espirituales y convertirse en investigadores del espíritu, pero tampoco todos pueden trabajar en un laboratorio, ser astrónomos y cosas así; no todos necesitan trabajar como investigadores de esa manera. Solo unos pocos pueden lograrlo en suficiente medida, pero pueden comunicarlo a los demás, y cada persona tiene en su alma algo que lo protege de entregarse a todo lo que se comparte con fe ciega; eso es: lógica y sentido común de la verdad. Las informaciones que recibe pueden iluminar a la persona; puede medirlas con la vida, ponerlas a prueba y aprender de ellas si tienen un efecto saludable y beneficioso en sí mismo y en la naturaleza.

Así es como la ciencia espiritual se enfrenta a la vida. El ser humano, a través de su fuerza interior, se convierte él mismo en el instrumento de la investigación de la ciencia espiritual. Sin embargo, la exigencia de que todos los resultados puedan demostrarse con precisión y en cualquier momento para cada uno no es posible de cumplir por la ciencia espiritual, al igual que no lo es para la ciencia material externa y sus investigadores. Estos últimos dicen que su ciencia requiere objetividad absoluta, no cosas ni experiencias internas del alma; pero quien habla así no conoce la investigación de la ciencia espiritual en su verdadera esencia.

Si alguien, aparte de las impresiones externas, se adentra en la vida interior del alma, primero encontrará sus propias experiencias internas del alma, que son diferentes para cada individuo, pero en realidad el alma gradualmente sigue otros caminos. El investigador espiritual principiante inicialmente no podrá ofrecer nada a sus semejantes que le concierna solo a él; primero debe desarrollarse hasta el punto en que sienta que ha llegado con su yo a un territorio completamente nuevo y que no tiene nada que ver con su personalidad como tal. Entonces, sus conocimientos espirituales mostrarán la misma objetividad que, por ejemplo, nuestro ojo físico nos muestra que la rosa frente a nosotros no es verde, sino roja, como pueden verla también otros ojos sanos. Así, la experiencia interna del alma se transforma en objetividad total; entonces el investigador espiritual siente que sus experiencias son independientes de sus sentimientos subjetivos, y ha alcanzado una seguridad en la visión espiritual desde la cual ya se han proclamado aquí varias veces los resultados de la investigación espiritual.

Nuestro tiempo exige objetividad. Eso debe respetarse, pero primero hay que prestar atención a su efecto en cuanto al sentido saludable de la verdad. También habla claramente todo el conjunto de la ciencia externa; esta, de hecho, exige para nuestro tiempo el reconocimiento de aquellos resultados que se obtienen mediante métodos de investigación, como los que Ludwig Deinhard expone en «El misterio del ser humano», donde se muestra que la ciencia, al acercarse más o menos con sus métodos a la ciencia del espíritu, también logra una armonía entre la investigación externa con sus recursos y la investigación interna mediante el método de la ciencia del espíritu. El libro nos muestra la necesidad del presente de tomar del campo de la ciencia del espíritu lo necesario, lo que permite al ser humano colocarse con seguridad en el lugar que debe ocupar en la vida.

Hemos sugerido que es el espíritu el que da fuerza al ser humano, y no un lugar especial ni un remedio particular, sino a la larga solo aquella visión del mundo que conduce al centro del espíritu. La ciencia que mencionamos brevemente antes se siente impulsada a asumir el papel que antes la ciencia natural tenía para la humanidad.

La mayoría de los presentes saben cómo las ciencias espirituales muestran que un concepto es verdadero, aunque gran parte del mundo educado se encoge de hombros con conmiseración, es decir, la reencarnación. Cabe recordar que hablar despectivamente de ello tendrá el mismo destino que la afirmación de la antigua ciencia natural de que de un cadáver de caballo se desarrollaban avispas, sin sus huevos, como se mostraba en los libros eruditos del siglo XVII y, parcialmente, del XVIII, en los que se exhibían sistemáticamente tales afirmaciones, por ejemplo, que de cadáveres de burros salían avispas y así sucesivamente, de lodo de ríos surgían gusanos e incluso peces directamente, hasta que Francesco Redi se opuso enérgicamente y estableció el principio: lo vivo solo puede provenir de algo vivo de la misma especie; una visión que hoy se considera evidente, no solo para Du Bois-Reymond y Virchow, mientras que Francesco Redi en el siglo XVII apenas logró escapar del destino de Giordano Bruno, pues se le consideraba un gran hereje.

Hoy en día se piensa científicamente que: cuando nace una persona, está solamente bajo la influencia de la herencia de su línea ancestral; pero esto es una observación inexacta. La ciencia espiritual establece la idea de que aquello que es espiritual y anímico, al unirse con lo que el padre y la madre pueden ofrecerle en cuanto a corporalidad física, es lo que se va desarrollando más y, además, durante el desarrollo posterior, adquiere medios del entorno. Pero lo espiritual y anímico se remonta a encarnaciones anteriores; y así como lo vivo solo puede venir de lo vivo, lo espiritual y anímico solo puede surgir de lo espiritual y anímico. Con esto, la vida terrenal presente de cada uno es también el punto de partida para vidas terrenales posteriores, y de esta manera se defiende la autonomía del alma humana. Llegará un tiempo, y no está lejos, en que las habilidades de una persona genial ya no se atribuirán únicamente a sus antepasados corporales, como lo dice Goethe cuando afirma:

De mi padre heredé la complexión, La seriedad con la que afronto la vida, De mi madre, el carácter alegre Y el gusto por inventar historias. Mi antepasado más lejano era amante de las más bellas, algo que de vez en cuando se deja entrever en mí; mi antepasada amaba las joyas y el oro, algo que sin duda recorre mis miembros. Ahora bien, si los elementos no pueden separarse de ese conjunto, ¿qué hay en todo este ser que pueda llamarse original?

Hoy en día a menudo se hace referencia a la frase de que el genio no se encuentra al principio, sino al final de una serie de desarrollos, y eso sirve como prueba de que se hereda. ¡Para mí eso es una bonita demostración! Debería ser al revés, porque las circunstancias no se dan de esa manera. Por supuesto, el ser humano adquiere las características físicas, así como es obvio que se moja si cae al agua. Entonces se dice que, por ejemplo, las características del padre permanecieron latentes porque no se manifestaron como ahora en el hijo, para que esta extraña teoría pueda salvarse. Un ladrillo que cae del techo también tiene el potencial latente de matar a alguien; con suposiciones tan extrañas se puede probar cualquier cosa, y lo mismo ocurre con aquella característica que no estaba presente en el antepasado, pero que se manifestó en el descendiente.

Hay una investigación más saludable en el campo de los seres inferiores. Allí, un pobre maestro de escuela [monje] en Austria-Estiria [Brno en Moravia] llamado Mendel, en sus experimentos para lograr hibridaciones de plantas, descubrió que las características esperadas no aparecían en la generación inmediatamente siguiente, sino en la segunda generación después de ella. Así que antes se era igual de paciente con respecto a las verdaderas herencias, como ahora se ha pasado por alto de manera igualmente general.

El materialismo científico llama a los teósofos soñadores y dualistas, que no entienden nada del monismo, cuando sostienen la creencia de que el alma utiliza las fuerzas adquiridas en la vida anterior para formarse un cuerpo adecuado con los medios materiales a su disposición, una idea que también se podría llamar monista, pero desde el lado espiritual. Aunque hoy en día ya no se queman más estas cabezas torcidas de los científicos del espíritu, porque nos hemos vuelto demasiado humanos para eso, sí se intenta ridiculizarlos y destruirlos. Se suele poner un obstáculo contra la reencarnación del alma, diciendo que no se puede recordar una vida pasada; que en realidad no se sabe nada de eso. Pero un niño de cuatro años tampoco sabe sumar; se le deja desarrollarse, y después de diez años podrá hacerlo.

Así es también con nuestra mirada a una vida anterior, también estamos allí apenas al comienzo de nuestro desarrollo, también allí, como en muchos otros ámbitos, es al menos imaginable algún progreso, hasta que cada alma llegue a una comprensión cada vez más profunda de vidas pasadas en la Tierra. En la vida presente hay breves períodos de la infancia que uno no puede recordar, sin embargo, el yo actual ya existía en ese entonces. Esto no querrá ni podrá negarlo, aunque sea incapaz de recordarlo. Así, la posibilidad o imposibilidad de su recuerdo no tiene en el sentido decisivo nada que ver con su existencia real anterior y con la vida previa de su alma.

Pero, ¿por qué no podemos recordar nuestras vidas anteriores en la Tierra? Nuestra memoria en el cuerpo actual llega hasta el punto del desarrollo en el que el propio yo se experimenta a sí mismo. Al principio de nuestra vida terrestre, aún no se ha elevado a la conciencia, pero en el momento en que esto ocurre, coincide también con el comienzo de la posibilidad de recordar. Así, de cierto modo, el yo forma la pared exterior; hasta donde existe la conciencia del yo, llega también la conciencia y la memoria. De esto se desprende también la posibilidad de tratar a este yo de manera que se transforme desde su estado normal en el ser humano hacia estados superiores. Así que debemos superar nuestra conciencia del yo actual; no es fácil, y solo quiero señalar uno como una indicación.

Podemos liberar la mirada hacia atrás si somos capaces de liberarla hacia el futuro. Para ello, debemos recibir todo lo que nos llega desde el presente con calma y tranquilidad, con ecuanimidad, y venerar sin preocupaciones la providencia del mundo. Nos debe tocar por igual el elogio y la crítica, la alegría y el dolor; el alma debe permanecer tranquila, esperando con serenidad todo, ya sea que indique vida o muerte, dolor o placer, venerando la sabiduría del orden del mundo. Si logramos realmente mirar tal perspectiva en el futuro, entonces el resultado será una mirada hacia el pasado; la visión se ampliará primero hacia lo inmediatamente anterior y luego hacia vidas terrenales más tempranas.

Aunque un conocedor hoy puede confirmar el efecto sugerido de tales ejercicios junto con el mucho trabajo más difícil que también es necesario, por otro lado fácilmente se juzgará esto solo desde la teoría. Pero el conocedor, que habla desde su propia experiencia, no se dejará desconcertar por si lo escuchan y evalúan correctamente sus comunicaciones, al igual que a Francesco Redi no lo desconcertó que lo llamaran hereje, y así como tampoco molesta a aquellos que se dedican a la ciencia espiritual de manera profunda que los llamen soñadores o cabezas vueltas.

Al profundizar en la peculiaridad del desarrollo cultural, uno también llega al punto de preguntarse: ¿Cuál es mi relación con el gran progreso de la humanidad, especialmente con el cristianismo? Antes de Cristo, ya habían vivido personas durante muchos milenios; ¿en qué podrían fundamentar aquellos que vivieron con y después de él la ventaja de poder recibir el impulso de Cristo, y no también aquellos que vivieron antes de Cristo? Hoy la humanidad ha avanzado lo suficiente como para plantearse tales preguntas con toda profundidad emocional; precisamente en nuestra época, en la que cada vez se aprende más a pensar científicamente e históricamente, es necesario plantearse este tipo de cuestiones. Ahí es donde llega la ciencia espiritual y dice: la misma alma ha vivido los acontecimientos antes y después de la aparición de Cristo; tal objeción no existe para la cosmovisión de la ciencia espiritual. Son las mismas almas las que van a la escuela de la vida tanto antes como después. Estas ideas, que en parte también nos muestran retrocesos, nos darán siempre valor y fuerza para volver a enfrentarnos a la vida, en la cual, en períodos de tiempo suficientemente largos, también podemos reconocer avances nuevamente.

Aquellos que me han escuchado con más frecuencia sabrán en qué sentido la ciencia espiritual puede permitirse hablar sobre todas las ramas de las ciencias externas y evaluar sus caminos, objetivos y progresos. Goethe podía decir de sí mismo que, cuando elevaba su mirada científica a elevadas regiones espirituales, aun así podía reconocer siempre las ciencias naturales. La ciencia espiritual debe sentirse siempre como un fermento y trabajar en ese sentido, para que la brecha entre la concepción espiritual y la concepción externa-materialista de la ciencia no se haga demasiado grande, y para que, más bien, puedan ir entrando gradualmente la armonía capaz de dar al alma alegría y fuerza, fuerzas que ofrecen perspectivas de éxito y progreso.

Cuando se enfatiza: En un cuerpo sano solo puede habitar un alma sana -, se debe entender que solo el alma sana podía preparar un cuerpo sano como su morada, y no al revés. Así, la ciencia espiritual no solo elimina contradicciones en la teoría, sino que también expulsa toda debilidad y flaqueza del alma, de manera que la humanidad pueda crecer sana y fuerte para cumplir sus tareas. Partiendo de la cooperación social, entonces puede iniciarse un ascenso saludable hacia la altura del desarrollo material y, especialmente, espiritual, tal como le está destinado a la humanidad. El ser humano será cada vez más capaz de extraer los secretos espirituales de los mundos espirituales y trasladarlos al mundo físico, fertilizando con ellos la vida allí. El alma, sin embargo, es el lugar donde ambos mundos se tocan. Entonces la humanidad podrá volverse y mantenerse fuerte y sana, si deja fluir por sus venas espirituales y físicas lo que podemos resumir en palabras: Se impone en la mente humana desde mundos lejanos y enigmáticos.

Desde las alturas del universo,
Fluye hacia lo más profundo del alma,
una gran abundancia de sustancia.
llenándose de significado, gracias a la luz purificadora del espíritu.
Ambas se unen en el ser humano
para formar una realidad llena de sabiduría.

Traducido por J.Luelmo