CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 22

GA069c Strasburg, 18 de febrero de 1911 - El núcleo esencial del cristianismo -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 El núcleo esencial del cristianismo

Strasburg, 18 de febrero de 1911


¡Estimados presentes!

Cuando hoy se habla de teosofía o de ciencia espiritual, muchos de nuestros contemporáneos siguen pensando que esta corriente de pensamiento tiene sus raíces o puntos de partida en ciertas ideas o experiencias espirituales orientales, ajenas a nuestra cultura occidental. Y a este prejuicio se adhieren sobre todo aquellos que creen que deben ver en la teosofía o en la ciencia espiritual algo que repugna al cristianismo, incluso al cristianismo más profundamente comprendido, en la medida en que este impregna toda nuestra cultura espiritual occidental. Cuando se alberga tal opinión, esta se basa, en particular, en que, dentro de la cosmovisión teosófica, se presenta como un hecho fundamental lo que se puede denominar la doctrina de las vidas terrenales repetidas o, como también se dice, la doctrina de la reencarnación. Y se considera que una idea como esa —que el ser humano tenga que pasar por vidas terrenales repetidas— solo puede provenir del budismo o de otra cosmovisión oriental. Ahora bien, si se parte de tal premisa, se malinterpreta por completo la posición de la ciencia espiritual o la teosofía respecto a la vida espiritual de nuestro tiempo, pues ¿qué significa para el ser humano moderno —o, mejor dicho, qué puede significar en las circunstancias actuales— esta idea de las vidas terrenales repetidas?

Hoy en día existe una palabra que, aunque por lo general solo se utiliza en relación con los hechos de las ciencias naturales, ejerce un efecto fascinante sobre las personas cultas de nuestro tiempo —sobre aquellas personas de la actualidad que creen situarse en la cúspide de nuestra vida espiritual—, y esa palabra es «desarrollo». Sin embargo, hoy en día se suele emplear esta palabra únicamente en el sentido de un desarrollo de las formas externas, es decir, de las formas de los seres vivos inferiores hasta llegar al ser humano. Todavía se piensa muy poco en la aplicación de esta idea de desarrollo a la vida humana, abarcando toda la vida del ser humano, incluida su vida anímica y espiritual; pues si uno se adentrara en la elaboración de la idea de desarrollo para la vida humana en su totalidad, tendría que comprender poco a poco que lo mismo que en el reino animal llamamos desarrollo de la especie o del género, en el ser humano debe manifestarse como el desarrollo del individuo concreto, de la individualidad concreta.

Pero eso no significa otra cosa que: si en el mundo animal observamos cómo las distintas especies evolucionan por separado, en el caso del ser humano debemos abordar al individuo con el mismo interés con el que abordamos al género en el reino animal; por lo tanto, en el caso del ser humano debemos hablar de una evolución de la individualidad propia de cada uno. Grabémonos esto en el alma: en el caso de los seres humanos, si tenemos sentido común, debemos mostrar hacia la individualidad concreta, hacia cada persona, el mismo interés que mostramos hacia la especie o el género en el mundo animal. El mismo interés que sentimos por la especie del león —ya sea el abuelo león, el padre león, el hijo león, etc.—, lo sentimos en el caso de los seres humanos por cada ser humano individual. Por eso, debemos concebir la misma ley que consideramos como ley de desarrollo en los géneros animales, en el caso de los seres humanos para la individualidad concreta.

Como ven, en el ámbito de las ciencias espirituales hablamos del desarrollo de la individualidad de cada persona. Y debemos llegar a decir lo siguiente: lo que surge en el ser humano con el nacimiento, lo que se va configurando poco a poco de forma misteriosa a partir de los rasgos faciales, las expresiones y los gestos aún indefinidos de la primera infancia, eso es lo anímico-espiritual del ser humano, que se nos presenta en cada individuo como algo especial, algo individual. No podemos atribuirlo únicamente a los rasgos heredados de los antepasados inmediatos, sino que debemos concebir esta relación de la vida humana con sus causas de manera diferente a la relación del animal con sus antepasados. En el caso de los animales, comprendemos todo lo que vive en cada individuo —la forma, la fisonomía— cuando comprendemos la especie. En el caso del ser humano, sin embargo, es diferente.

Lo que vive en el ser humano lo encontramos en cada persona de una manera particular y específica. Lo que se ha manifestado en el ser humano como rasgos genéricos lo atribuimos a la herencia física; pero lo que se nos presenta como su esencia específica debemos atribuirlo a aquello que el ser humano ha vivido en vidas anteriores, en etapas de existencia anteriores, como causa de su vida actual. Y aquello que se nos presenta en el marco actual de su personalidad constituye, a su vez, la causa, la base de su actuar en una vida posterior. Así, tenemos una cadena de desarrollo viva que se extiende de vida en vida, de encarnación en encarnación. Y consideramos todo lo que nos parece característico en el ser humano de tal manera que vemos la necesidad de atribuirlo a estados psíquicos y espirituales anteriores.

De este modo, la teosofía o ciencia espiritual está en condiciones de introducir una ley en los ámbitos más elevados de la vida humana, del mismo modo que, hace relativamente poco tiempo, se incorporó al ámbito de la vida natural de la formación de la humanidad. Sí, la humanidad actual tiene poca memoria. De lo contrario, no sería necesario señalar que, aún en el siglo XVII, no solo los legos, sino también los eruditos de las ciencias naturales, asumían que los animales inferiores podían desarrollarse a partir del lodo fluvial en descomposición, sin que se hubieran introducido en él gérmenes de vida. Y fue precisamente el gran naturalista italiano Francesco Redi quien provocó la enorme revolución en el pensamiento científico al formular la tesis de que lo vivo solo puede proceder de lo vivo.

Del mismo modo que esta afirmación es válida, dentro de ciertos límites, para la vida natural, también es válida, dentro de ciertos límites de la vida humana, la otra afirmación: lo anímico-espiritual solo puede tener su origen en lo anímico-espiritual. - Y pretender atribuir a la mera línea hereditaria física de los antepasados, aquello que día tras día, semana tras semana, año tras año, va surgiendo de los fondos indeterminados de la conciencia de un ser humano en fase de crecimiento como algo anímico-espiritual, es una observación inexacta - Es una observación igualmente imprecisa, al igual que lo es querer atribuir lo que vive en los animales, incluso en las lombrices de tierra, a las meras leyes de las sustancias que componen el lodo del río, solo porque no se ha tenido en cuenta el germen vivo. Es una observación imprecisa hablar hoy en día únicamente de la herencia de las capacidades anímicas y morales, porque no se tiene en cuenta el núcleo anímico-espiritual, que incorpora precisamente aquello que puede asimilar de los rasgos heredados —del mismo modo que el germen vivo del ser vivo se apropia de la materia en la que está incrustado ese germen—.

A estas verdades les ocurre siempre, a lo largo de la evolución de la humanidad, más o menos lo mismo. En aquella época, Francesco Redi apenas logró escapar del destino de Giordano Bruno. Hoy en día, todo el mundo, desde los seguidores de Haeckel hasta sus oponentes más radicales, reconocerá esta frase como algo evidente, aunque solo dentro de los límites de la naturaleza exterior, en la medida en que se refiere a la corporeidad. En aquella época, sin embargo, la frase «lo vivo solo puede proceder de lo vivo» constituía una herejía tremenda. Hoy en día, sin embargo, ya no se quema a los herejes. Pero si uno se apoya en el terreno firme de los hechos científicos actuales, —mientras que, en realidad, solo se apoya en el terreno de sus opiniones preconcebidas y de los prejuicios de la época—, hoy se considera la ley de las vidas terrenales repetidas, —cosa que, para los ámbitos superiores de la existencia espiritual, es lo mismo que la frase de Redis de que «lo vivo solo puede proceder de lo vivo»—, como una herejía, como una fantasía, como una clara locura. Pero no está lejos el momento en que se dirá de esta ley lo mismo: «En realidad, es incomprensible que alguien haya podido pensar alguna vez de otra manera».

¿De dónde proviene, pues, esta ley de las vidas terrenales sucesivas? ¿Es necesario recurrir a alguna cosmovisión oriental para explicarla? ¿Debe esta ley haberse tomado prestada del budismo? —No, para integrar la ley de las vidas terrenales sucesivas en la cultura europea moderna, solo se necesita una mirada investigadora e imparcial que abarque los hechos. Y lo que esta mirada percibe no tiene nada que ver con ninguna tradición. Al igual que cualquier otra ley científica, también esta será acogida por la formación intelectual moderna, porque la propia idea de la evolución la impulsa necesariamente hacia esta ley.

Pero quien quisiera afirmar que, de este modo, se podría introducir en nuestro desarrollo intelectual occidental algo que fuera contrario al cristianismo, no tiene en cuenta cómo toda esta vida intelectual occidental está impregnada del tejido vivo y la esencia del sentimiento cristiano, de la sensibilidad cristiana. Es más, esto llega tan lejos —si se sabe observar desde el punto de vista anímico— que la forma de pensar y las formas de representación, incluso de aquellos que hoy se presentan como los peores adversarios del cristianismo, solo han sido posibles gracias a la educación de la humanidad occidental que esta ha recibido a través del cristianismo. Quien sea capaz y esté dispuesto a observar con imparcialidad, descubrirá que incluso los adversarios más radicales combaten el cristianismo con ideas que han tomado prestadas del propio cristianismo.

Pero existe una diferencia radical entre la esencia cristiana y aquello que podríamos denominar la esencia precristiana, una diferencia que no se percibe de inmediato porque todo en el desarrollo humano ocurre de forma lenta y gradual, y lo anterior siempre se superpone a lo posterior. En la cosmovisión precristiana hay algo radicalmente distinto de lo cristiano, algo que se puede encontrar y observar en las cosmovisiones orientales, incluso en su forma más moderna, como por ejemplo en el budismo. Podemos vislumbrar esta diferencia fundamental entre la esencia del cristianismo y esa forma de expresión que el sentir y el pensar orientales han encontrado en el budismo, si tan solo nos fijamos en algunos de sus aspectos.

Para ello, basta con que pongamos ante nuestra alma un diálogo que se encuentra en la literatura budista y que surge de lo más profundo del sentir y el pensamiento budistas. Al examinar este tipo de descripciones, se puede reconocer la esencia de cualquier cosmovisión, con mucha mayor precisión que al considerar sus principios y dogmas más elevados. Y es que, en el fondo, se puede discutir largo y tendido sobre si esto o aquello debe entenderse como el nirvana o como la bienaventuranza cristiana. Pero la forma en que lo que vive en la concepción budista y cristiana se integra en los sentimientos de las personas y cómo, a través de ello, estos sentimientos se relacionan con el mundo en su conjunto, —el mundo físico y el mundo espiritual—, eso es lo determinante para el valor, el significado y la esencia de una cosmovisión, así como para su efecto en las almas humanas.

En la literatura budista se conserva esa curiosa conversación entre el legendario rey Milinda y el sabio Nagasena. En ella se dice lo siguiente: el rey Milinda acudió en carruaje a ver al sabio Nagasena y deseaba que este le instruyera sobre la naturaleza del alma humana. Entonces el sabio preguntó al rey: «Dime, ¿has venido en carro o a pie?». —«En carro», respondió el rey. —«Pues dime, si tienes el carro delante de ti, ¿qué es lo que tienes ahí delante? Tienes la barra de tiro, la carrocería y las ruedas delante de ti. ¿Es acaso la barra de tiro el carro? ¿Es la carrocería el carro? ¿Son las ruedas el carro? ¡No! ¿Es eso todo lo que tienes delante? ¡Bueno, también el asiento del carro! ¿Y qué más tienes delante? ¡Nada! El carro no es, pues, más que un nombre o una forma, pues las realidades que están ahí delante son la carrocería, la barra de tiro, las ruedas y el asiento. Lo que queda además de eso no es más que nombre y forma. —Del mismo modo que ahora solo un nombre o una forma mantiene unidas [las distintas partes] —las ruedas, la barra de tracción, la carrocería y el asiento—, tampoco hay nada que mantenga unidas las distintas capacidades, sentimientos, pensamientos y sensaciones del alma del ser humano que pueda denominarse una realidad concreta, sino solo un nombre o una forma. Así pues, se puede decir —en el sentido budista auténtico— que no se puede encontrar en el ser humano una esencia central que mantenga unidas las distintas capacidades del alma, del mismo modo que, aparte de la barra de tracción, la carrocería, el asiento y las ruedas del carro, no se puede encontrar nada más que nombre y forma.

Y mediante otra parábola, el sabio le explicó [al rey] la esencia del alma, diciendo: «Fíjate en el mango: procede del mango. Ya sabes que el mango solo existe porque antes había otro mango del que surgió. Así pues, el mango proviene del mango, que, sin embargo, se pudrió en la tierra». ¿Qué puedes decir del mango? Proviene de la semilla podrida. Sigue ahora el camino desde el fruto antiguo hasta la nueva planta de mango. ¿Qué tiene en común la nueva planta con la antigua, aparte del nombre o la forma? — De igual modo —dijo el sabio Nagasena al rey Milinda—, ocurre lo mismo con la existencia del alma. [¡También estaba ahí solo de nombre!] Era una ley empírica, también del budismo, que el ser humano pasa por repetidas vidas terrenales. Pero esta ley no llevó a la concepción budista propiamente dicha y central a buscar y ver en lo que pasa de una vida a otra algo más que el nombre y la forma, al igual que ocurre con el mango, en el que de uno a otro no pasa nada más que el nombre y la forma. Así, según la concepción budista, en lo que en una vida llamamos nuestro destino, —nuestras capacidades, talentos, etc.—, podemos ver los efectos de vidas anteriores. Pero ningún ser central del alma pasa de la vida anterior a la nueva, sino que solo se manifiestan las causas en sus efectos, y lo que compartimos en una vida con una vida anterior, —aparte de lo que percibimos como nuestro destino en la nueva vida—, no es más que nombre y forma. Hay que comprender en profundidad lo que realmente se plantea en el budismo.

Y ahora, para ser precisos, podríamos traducir lo que en este relato se nos presenta como un auténtico sentimiento budista, trasladándolo todo al ámbito cristiano. ¿Cómo deberían ser ambos relatos en un contexto cristiano? No existen, pero intentemos traducirlos y, de este modo, dejar bien clara la diferencia.

Un sabio cristiano diría algo así: fíjate en el carro; cuando lo miras, ves la barra de tiro, la carrocería, las ruedas y todo lo demás que se aprecia exteriormente. El carro te parece que no es más que un nombre y una forma, pero intenta ver si puedes viajar sobre un nombre o una forma; con eso no se puede recorrer el mundo. —A pesar de que lo visible no es más que nombre y forma, hay, además de la carrocería, la barra de tracción, las ruedas y demás, algo más que constituye una realidad cuando tenemos un carro ante nosotros y no solo sus partes. Como ya se ha dicho, no existe tal leyenda cristiana, pero así lo sintió una persona de sensibilidad cristiana cuando acuñó la expresión sobre las partes que el pensador científico suele tener a su alcance, pero de las que le falta el contexto, al decir:

Entonces tiene las partes en la mano,
¡pero, por desgracia!, solo falta el vínculo espiritual.

Goethe, quien acuñó la expresión, sabía que ese vínculo espiritual era una realidad.

Y ahora, la segunda parábola: imagina el mango que cuelga ahí arriba del árbol y aquel que se ha podrido abajo. No solo comparten nombre y forma. Es cierto que el nombre y la forma perduran de la misma manera tanto en el mango viejo como en el nuevo, pero lo que hace que este mango sea, en realidad, el mismo que el otro que se ha podrido abajo, reside en fuerzas y elementos que son suprasensoriales y que pasan del primer mango al segundo.

Así, vemos en lo que el ser humano vive espiritualmente de una vida a otra un «yo» central en acción, un ser anímico central. Y cuando tenemos ante nosotros al ser humano en una vida posterior, lo que experimenta como destino, las capacidades y talentos que posee, etc., no es únicamente el efecto de las causas de vidas anteriores, sino que existe un ser central y unificador que pasa de la encarnación anterior a la nueva.

Así vemos cómo la idea de las vidas terrenales repetidas —la reencarnación— debe ser revitalizada por el principio fundamental del cristianismo. Quien se toma en serio el cristianismo no teme que los cimientos de este puedan tambalearse cuando surgen nuevas verdades en el horizonte de la humanidad. El cristianismo es tan fuerte, al poder suscitar sentimientos como los que acabamos de describir, que —al igual que todas las demás verdades— también puede tolerar la verdad de las vidas terrenales repetidas, e incluso aceptarla de buen grado, cuando el pensamiento humano haya alcanzado el nivel necesario para que esta ley pueda grabarse en él. Pero entonces se impondrá el impulso fundamental del cristianismo: la realidad de lo anímico-espiritual, que atraviesa las distintas vidas terrenales como un núcleo central.

Con ello hemos puesto de manifiesto una contradicción que nos permite comprender la diferencia fundamental entre el budismo y el cristianismo. Para ello, debemos abordar ambas cosmovisiones desde sus sentimientos fundamentales [y no desde sus dogmas], pues sobre las concepciones e ideas dogmáticas no se podría discutir durante días, sino durante meses o incluso años. Si, por ejemplo, el nirvana es lo mismo que la bienaventuranza cristiana, sobre ello se podría discutir sin fin y perderse en sutilezas lógicas y dialécticas. Pero nunca se trata de entrar en discusiones sobre los conceptos más elevados, sino de cómo se integran en las almas, en los corazones, en las esperanzas y certezas de la vida los impulsos religiosos o de cualquier otra cosmovisión. De otra manera, [aún más clara], nos encontramos con lo mismo cuando dejamos que actúe sobre nosotros el impulso fundamental que animó al gran Buda. Digo deliberadamente «el gran Buda», pues este Buda se presenta como una figura grandiosa y sublime ante aquel que es capaz de penetrar en lo que, como el último resplandor crepuscular de todo el pensamiento precristiano, el Buda ha dado a luz como cosmovisión.

Nos parece totalmente acertado que el mayor impulso que influyó en el Gran Buda sea lo que la leyenda expresa con las siguientes palabras: se nos dice —y la leyenda nos lo cuenta con más veracidad que cualquier relato histórico externo— que, gracias al cuidado de sus padres, el Buda habría pasado sus primeros años de vida de tal manera que solo conoció las alegrías, pero no los sufrimientos de la vida. Pero un día lo sacaron del palacio de sus padres y allí vio la vida en toda su realidad. Allí vio a un enfermo. Solo entonces comprendió que la vida no se manifiesta únicamente como salud desbordante; solo entonces comprendió que lo mismo que da vida a la salud desbordante también da lugar a la enfermedad. Así aprendió el significado del sufrimiento para la vida. Y aprendió, a través de otros ejemplos con los que se topó en la vida, el significado del sufrimiento. Vio a un anciano y se dijo a sí mismo: «La vejez es sufrimiento», igual que al principio se había dicho: «La enfermedad es sufrimiento». Y, por fin, cuando le mostraron un cadáver, ante el final de la vida se dijo: «La muerte es sufrimiento».

Y al profundizar en este impulso, vemos cómo Buda reconoció el sufrimiento en el hecho de venir al mundo. Dijo: «El nacimiento es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la muerte es sufrimiento. La separación de lo que se ama es sufrimiento, la unión con lo que no se ama es sufrimiento, no poder alcanzar lo que se desea es sufrimiento». - Y de ahí surgió, para el gran Buda, la esencia de su doctrina de la salvación.

El budismo es una doctrina de la salvación, ya que afirma: es el impulso hacia la existencia, la sed de existencia, lo que conduce a lo que es mejor que este mundo hacia el mundo mismo. Solo a través de la salvación de este mundo puede el ser humano acceder a estados de existencia superiores y reales. Pero solo puede lograrlo luchando contra esa sed de existencia que le conduce a la encarnación terrenal. No abordemos estas cuestiones solo de forma teórica, sino a través de las sensaciones; veamos al gran Buda con ese corazón tan grande y amplio, lleno de amor, que poseía; imaginémoslo frente a un cadáver, que para él representa el fin de la vida, y cómo se dice a sí mismo: «La muerte es sufrimiento». Para el gran Buda, en el ocaso del antiguo desarrollo de la cosmovisión precristiana, un cadáver se convierte en el símbolo del sufrimiento, el símbolo de que hay que combatir esa sed de vida terrenal. Él enseña al ser humano a apartar su mente de esta vida terrenal; le enseña a elevarse hacia lo que entonces le espera como Nirvana.

Y ahora avancemos 600 años y, de nuevo, otros 600 años más, para volver a examinar la concepción que la humanidad tiene de la vida. 600 años antes de nuestra era, tenemos la obra del gran Buda en la India. Luego, 600 años después de nuestra era, ya no nos encontramos ante el Buda, sino ante mentes sencillas e ingenuas. Al igual que el Buda, dirigen su mirada hacia un cadáver: el cadáver de Jesucristo, que murió en la cruz y que para ellos representa el misterio del Gólgota. ¿Qué es este cadáver, 600 años después de la fundación del cristianismo, para estas personas sencillas? Lo mismo que en su día fue para el Buda el símbolo de una religión de salvación, es para estas mentes sencillas —que habían recibido el impulso cristiano 1200 años después del Buda— no es ahora el símbolo de una religión de salvación que se aleja de todo lo terrenal, sino el símbolo de una religión de resurrección; pues al contemplar este cadáver, se infunde en los corazones y las almas de las personas la certeza de que todo sufrimiento y toda muerte son el paso hacia la victoria del espíritu sobre todo lo físico, hacia la liberación de la muerte.

No hubo ningún impulso mayor ni más decisivo que precisamente el impulso crístico, que se introdujo en la evolución de la humanidad entre dos épocas: entre aquella época en la que incluso el gran Buda podía contemplar un cadáver y solo encontrar en ello el pensamiento de la redención del cuerpo, y aquella en la que, de nuevo, se podía contemplar un cadáver, pero ahora se veía en él un símbolo de que lo más elevado y lo mejor, lo más valioso que vive en el interior del ser humano, siempre vencerá a lo físico, siempre se mantendrá firme y se elevará por encima de lo físico. Así hay que caracterizar el impulso, pues solo así nos acercamos al impulso del cristianismo de acuerdo con lo que debe ser, y no a través de ideas teóricas. Y si ahora queremos comprender este impulso del cristianismo en su sentido correcto, podemos hacerlo también de otra manera.

En el fondo, las religiones precristianas desconocen algo que solo con el cristianismo ha entrado con todo su esplendor en la cosmovisión de la humanidad. También en este caso podemos fijarnos de nuevo en el budismo. Si lo examinamos y lo comprendemos, descubrimos que, como uno de los conceptos más elevados del ser humano, ha cristalizado el concepto del bodhisattva. ¿Qué es eso, un bodhisattva? Pues bien, si queremos comprender este concepto del bodhisattva —en el que el budismo ve a uno de los guías más elevados de la vida espiritual de la humanidad—, debemos, sin duda, echar la vista atrás a la historia del desarrollo de la vida espiritual y anímica del ser humano. Hay que tener claro que, tal y como vivimos hoy en día en lo que respecta a nuestra constitución anímica, este estado que llevamos dentro también está sujeto a un proceso de desarrollo. La forma en que hoy vemos las cosas de nuestro entorno y cómo combinamos con nuestro entendimiento las impresiones sensoriales —ese es nuestro estado anímico actual—: este tipo de alma se ha desarrollado poco a poco, de forma gradual. Y quien, sin recurrir a los medios de la ciencia espiritual, sino solo con el conocimiento propio, eche la vista atrás al desarrollo cultural de la humanidad, se dará cuenta de que en épocas anteriores existía un estado de la constitución anímica humana completamente diferente.

Bueno, en primer lugar me gustaría describir cómo debe entenderse este estado anterior desde el punto de vista de la investigación espiritual. Para ello, echamos la vista atrás a tiempos [muy] antiguos, a las épocas del desarrollo prehistórico de la humanidad, a épocas de las que no se conservan documentos históricos. En aquella época, el ser humano no veía el mundo como lo ve hoy, por ejemplo, en la ciencia; en aquellos tiempos aún existía una especie de estado anímico clarividente. A la gente de hoy le molesta que se hable de estados anímicos clarividentes, y quizá con razón, pues hoy en día se abusa mucho de ese término y a menudo se entiende por ello algo sumamente supersticioso. Pero lo que realmente hay que entender por ello es algo muy distinto del estado anímico que tenemos hoy en día desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, y del estado de inconsciencia durante el sueño. Además de estos dos estados de conciencia, en la antigüedad existía aún un tercero, un estado intermedio entre la vigilia y el dormir.

De este tercer estado no le ha quedado a la humanidad actual nada más que lo que debemos denominar una especie de atavismo: el estado onírico. Lo único que la antigua clarividencia tenía en común con la conciencia onírica actual era lo pictórico, lo simbólico; pero mientras que hoy en día las imágenes oníricas suelen aparecer fragmentadas y caóticas, [en épocas remotas] el contenido de lo percibido clarividentemente podía relacionarse con realidades espirituales que se encuentran más allá de nuestro mundo sensorial, de modo que podemos decir: En un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, el mundo espiritual era para el ser humano de la antigüedad una visión directa, una experiencia inmediata. El ser humano contemplaba la realidad espiritual. Y ahí radica el sentido de la evolución humana: que el ser humano haya descendido de aquel estado a nuestra conciencia actual, en la que, al renunciar a la antigua clarividencia, hemos ganado la posibilidad de aprehender el mundo con nuestros conceptos intelectuales y nuestras ideas.

Sin embargo, la evolución continúa, y en el futuro esta conciencia actual se unirá de nuevo con la antigua conciencia clarividente. Así como hoy en día algunas personas ya experimentan un desarrollo del alma a través del cual desarrollan, además de la conciencia de los objetos externos, una conciencia clarividente, así también más adelante toda la humanidad alcanzará un intelecto que actuará al mismo tiempo como conciencia clarividente. Así pues, se puede decir que las personas que vivían en culturas antiguas, muy antiguas, aún podían echar la vista atrás a una época de la evolución humana en la que sus antepasados poseían un conocimiento que procedía de la observación directa del mundo divino-espiritual. Y en aquellos tiempos más remotos, los guías en lo que respecta a dicho conocimiento eran aquellas personas a las que, en el sentido del budismo, se denomina los primeros bodhisattvas. Posteriormente, las facultades clarividentes de los seres humanos fueron disminuyendo cada vez más. Y aquellos pueblos que percibieron especialmente la disminución de estas capacidades, como fue el caso de los habitantes de la antigua India, incorporaron a su sentir esta mirada retrospectiva hacia el origen del ser humano desde lo espiritual, y dijeron: «De la forma en que ahora contemplamos el mundo con nuestra conciencia cotidiana habitual, en el fondo no vivimos de manera acorde con la esencia más íntima de nuestro ser».

El ser humano de épocas pasadas podía contemplar el mundo espiritual al que, en realidad, pertenecemos; hoy, sin embargo, solo puede hacerlo quien esté experimentando un desarrollo espiritual especial. Los miembros del pueblo de la India primitiva veían, más allá del mundo físico, la antigua patria espiritual del ser humano, que antes seguramente se podía contemplar, pero que ahora ya no es posible ver. Ellos lo percibían de tal manera que decían: todo lo que la conciencia actual percibe es mayá, la gran ilusión, el gran engaño; detrás de ello se encuentra lo que vieron los antepasados, lo que nuestras propias almas vieron en cuerpos anteriores. Y lo que nuestros padres nos han transmitido en las enseñanzas de tiempos inmemoriales contiene la verdad sobre la patria espiritual del ser humano. - Y así, el antiguo indio se esforzaba por salir de Maya, el gran engaño, para ascender a la patria espiritual, hacia el espíritu con el que el ser humano se sentía unido cuando se decía en su alma: «Lo espiritual que vive en mí es uno con lo espiritual que atraviesa y entreteje el mundo como Brahman».

Ese era el ambiente que reinaba en la antigua India, pero para la humanidad siempre ha quedado un eco de la antigua sabiduría primigenia, y eso hay que tenerlo en cuenta. Si nos fijamos únicamente en los datos externos, llegamos a la conclusión de que lo que las personas tenían como religiones en la época precristiana se remonta a lo que poseían como sabiduría primigenia, procedente de la [antigua] clarividencia. Y también se observa que, desde aquellos tiempos, de era en era, deben surgir siempre nuevos y grandes guías de la humanidad, que posean en su interior, en su alma, el contenido de la antigua sabiduría y verdad, y que las dominen. Así, la sabiduría antigua perdura en los líderes y maestros de la humanidad, los bodhisattvas. Y, según el budismo, habría que considerar al propio Buda, a Zaratustra, a Hermes, a Orfeo y a otros como tales bodhisattvas. Estaban iniciados en la sabiduría primigenia, que poseían en su interior como verdad, y eso significaba que sus almas estaban en conexión con los mundos espirituales. Así, el budismo mira hacia arriba, hacia los grandes guías que, de época en época, transmitieron la sabiduría ancestral, pues «sabiduría» y «verdad» es más o menos lo que significa la palabra «bodhisattva».

La dignidad de bodhisattva se alcanza cuando el ser humano evoluciona poco a poco hasta tal punto que su alma es capaz de asimilar la sabiduría que caracteriza a la patria espiritual del ser humano. Cuando, entonces, el ser humano, de encarnación en encarnación, ha llegado tan lejos que se ha convertido en un bodhisattva, su siguiente etapa —el rango superior, por así decirlo, que puede alcanzar— es la etapa de Buda; se pasa de ser bodhisattva a ser Buda. Pero el Buda ya no está llamado a descender de nuevo a la Tierra, sino que, tras haberse convertido en Buda, ha llegado al punto en el que se extingue la sed de la vida en el cuerpo, donde se produce la redención, donde ya no permanece vinculado al mundo físico, donde ya no sigue viviendo en él. Así, la que podríamos llamar la última manifestación de la cosmovisión precristiana reconoce en el bodhisattva a aquel ser humano que se encuentra en la frontera de lo que aún permanece vinculado a la existencia terrenal. En el momento en que el ser humano asciende un escalón más, ya no necesita permanecer vinculado a la Tierra. Sin embargo, esta cosmovisión aún no conoce, en el sentido verdadero, el concepto de Cristo. ¿En qué consiste, pues, el concepto de Cristo?

El concepto de Cristo se sitúa por encima del de bodhisattva y del de Buda. Solo llegamos al concepto de Cristo si, en primer lugar, dirigimos nuestra mirada espiritual hacia una experiencia interior del alma humana, una experiencia que se nos insinúa en los Evangelios cristianos y a la que podemos llamar resurrección interior o también renacimiento. Por lo general, se entiende por este renacimiento interior algo totalmente abstracto. Sin embargo, basta con que tengamos presente algunos aspectos de la vida anímica humana para poder comprender que, bajo este «nacer interior», hay que entender algo muy concreto. Solo tenemos que fijarnos en lo que constituye el elemento fundamental de la vida anímica humana. Allí se nos presenta el ser humano, en primer lugar, en su vida exterior, con sus sensaciones, sentimientos, afectos e impulsos volitivos; vemos cómo, a partir de esa alma que vive de instintos, pasiones y otros impulsos, se forma sus ideas sobre el entorno, cómo es capaz de elevarse cada vez más hacia conceptos más purificados y verdaderos, cada vez más y más allá. ¿Quién no admitiría que el ser humano siente en su interior el instinto y el impulso hacia un perfeccionamiento cada vez mayor? Basta con imaginar las exigencias de todos los nobles idealistas de la humanidad para decirse a uno mismo: estas exigencias plantean altos ideales, y los seres humanos también los ponen en práctica mediante actos metódicos de noble compasión humana, etcétera. Por eso hay que decir: el ser humano puede, en cierto sentido, superarse a sí mismo.

Se trata de un hecho de la vida anímica humana que, desde un punto de vista humano, no siempre puede calificarse únicamente de «abstracto». Esto también se reconoce cuando se dice: en nuestro interior vive algo así como un segundo yo, un yo superior, al que podemos elevarnos más allá del yo cotidiano e inferior. A veces se admite, de forma abstracta, que la frase de Goethe es cierta:

De la fuerza que ata a todos los seres,
se libera el hombre que se supera a sí mismo.

Pero, por lo general, cuando pensamos en ese «yo superior», nos imaginamos algo exento de vida, sin color, algo que para la mayoría de las personas no tiene, de forma inmediata, la misma realidad que aquellas manifestaciones de la esencia humana que están vinculadas al ser humano tal y como se nos presenta directamente en la vida. Allí se nos presenta con todos sus afectos, impulsos, con todo lo que hace como ser natural, con su sangre, con todo lo que, como fuerza, recorre su cuerpo, con todo lo que la naturaleza ha depositado en él como personalidad. Si queremos resumir todo esto, podemos decir: tal y como el ser humano se nos presenta como ser natural, así está dotado de las fuerzas que impregnan el mundo entero. Tal y como se nos presenta como personalidad, así ha llegado a ser gracias a las fuerzas del mundo.

Qué insulso, qué abstracto resulta, en cambio, aquello que las personas suelen considerar el contenido de los impulsos superiores. Y qué concreto resulta cuando el ser humano, en un arrebato de ira, actúa impulsado por su propia sangre. En cambio, cuando se plantea un ideal del yo superior, este suele quedarse bastante abstracto, tan insulso y exento de vida que nos parece totalmente anémico. Como ideal anémico se podría calificar, por ejemplo, lo que Kant denomina el «imperativo categórico». ¡Un idealismo exento de vida! Ahora bien, frente a lo que tan a menudo se nos presenta como abstracciones exentas de vida, solo necesitamos recordarnos una palabra procedente del desarrollo de los impulsos cristianos, una palabra eficaz: la palabra de Pablo:

No soy yo, sino el Cristo que hay en mí.

Con ello hemos mencionado aquello que, en el sentido más profundo, es capaz de definir la esencia misma del cristianismo.

Tenemos ante nosotros al ser humano como personalidad natural; vemos cómo, con sus afectos y sus pasiones, se presenta como una confluencia de todas las fuerzas que impregnan y entrelazan el mundo entero. Ahí se encuentra, conformado como un pequeño mundo, a modo de microcosmos en el gran mundo, en el macrocosmos. Y ahora vemos cómo este ser humano se impregna del anhelo de perfección, cómo quiere experimentar en su interior algo tal y como se expresa en la citada frase de Goethe:

De la fuerza que ata a todos los seres,
se libera el hombre que se supera a sí mismo.

Lo que en un primer momento se nos presenta como una personalidad natural, constituida como un microcosmos a partir de las fuerzas del mundo, se eleva ahora más allá de sí misma hacia conceptos e ideas que, en un primer momento, pueden aparecer como ideales abstractos que representan el yo superior del ser humano. Pero entonces podemos imaginar que estos ideales abstractos, estas sabidurías superiores, los ideales más elevados —que el ser humano solo puede alcanzar elevándose por encima de su existencia natural—, impregnan ahora igualmente a este yo superior, se convierten igualmente en una expresión de lo que el mundo vive y entreteje espiritualmente, como algo espiritual, como moral universal, del mismo modo que lo físico-sensorial de la personalidad es una expresión de todo el macrocosmos.

Cuando, por así decirlo, irrumpe como un rayo en los ideales más elevados del ser humano una realidad cósmica, un ser cósmico que se concibe en lo espiritual y suprasensible con la misma realidad con la que se conciben las fuerzas cósmicas externas —las cuales, actuando desde el macrocosmos, han conformado la personalidad natural humana como un microcosmos—, entonces tenemos al ser humano que se libera: el ser humano que, de este modo, se eleva por encima de sí mismo y vive ahora en su yo superior, que de otro modo [no es más que] una abstracción, que consiste en conceptos vacíos y exentos de vida, que no actúan con inmediatez, con fuerza inmediata. Ahora actúa el impulso superior que se ha arraigado en este ser humano; en él [vive] algo espiritual que se convierte en [se convierte en su personalidad superior. Ahora no solo tiene en su interior ideales abstractos, ideas morales supremas, sino que ahora alberga en su interior una segunda personalidad, una personalidad espiritual. Ahora, aquello a lo que puede elevarse como a lo más elevado está igualmente impregnado de personalidad espiritual, del mismo modo que antes el ser humano natural estaba impregnado de ideales abstractos.

Cuando sentimos que eso puede ocurrir en el ser humano, entonces comprendemos las palabras de Pablo: «No soy yo, sino Cristo en mí». Este Cristo en mí puede imponerse y penetrar en todo aquello que, de otro modo, es y sigue siendo una abstracción de un yo superior. Así, a través de Cristo, ascendemos a una personalidad superior. Mientras que los bodhisattvas son aquellos guías doctrinales del ser humano que lo conducen hacia la sabiduría superior impersonal, hacia conceptos e ideas abstractas, el impulso de Cristo no solo guía al ser humano hacia una sabiduría impersonal, sino hacia una personalidad superior en su propio interior. Este concepto, sin embargo, no llegó al mundo hasta que se fundó el cristianismo. Todo lo que ocurre en el mundo tiene sus causas. Y cuando el ser humano, a través de un desarrollo como el que se insinúa en el escrito «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», se eleva hoy a una visión espiritual, a la clarividencia espiritual, entonces tiene ante sí esta personalidad superior de forma inmediata como una realidad, como un nuevo ser humano dentro del ser humano: el Cristo en nosotros mismos.

Pero llega entonces, para el verdadero clarividente, un momento en el que se cumple espiritualmente una frase que Goethe utilizó para referirse a los hechos naturales externos y físicos, y que luego aplicó también a la esencia más elevada del ser humano, a saber:

Si el ojo no fuera como el sol,
¿cómo podríamos contemplar la luz?

Goethe quiere decir, en relación con lo exterior: ahí está mi ojo, que ve el sol; si no tuviera en sí mismo la fuerza para ver la luz, no podríamos contemplarla. —Pero también dice:

El ojo está formado en la luz para la luz.

No podríamos tener ojos si la luz no atravesara y entretejiera el mundo: el ojo está formado por la luz. —La verdad schopenhaueriana «El mundo es mi representación», es decir, que el mundo de la luz y el color sea la representación del ojo, es solo una verdad a medias. La verdad completa solo se descubre cuando añadimos: «Mi representación se crea a través del mundo», de modo que, cuando utilizamos el ojo formado por el sol, miramos hacia el mundo en el que se encuentra el sol. — Y del mismo modo podemos decir: así como no hay ojo sin sol, tampoco hay conocimiento ni sensación divinos en nosotros sin Dios como Dios objetivo en el mundo exterior.

De este modo, también se puede experimentar objetivamente al Cristo que hay en nosotros como una personalidad. Y este acontecimiento, en el que experimentamos nuestro yo superior de tal manera que podemos decir: «No somos nosotros, sino el Cristo que hay en nosotros», se convierte para nosotros en una experiencia concreta. Entonces se transforma nuestro ser anímico interior; nos hemos convertido en otra persona, en un ser renacido, y a través de esta experiencia se nos ha abierto un nuevo ojo, un ojo espiritual. Y entonces también comprendemos que es necesario que, junto a este «Cristo en nosotros», exista el Cristo fuera de nosotros; que, junto al Cristo espiritual que experimentamos subjetivamente en nuestro interior, exista el Cristo objetivo e histórico. Negar a ese Cristo, el que atravesó el misterio del Gólgota, significa lógicamente lo mismo que negar al sol, que ha formado el ojo a partir de un organismo que, como decía Goethe, de otro modo sería indiferente.

El hecho de que podamos experimentar al Cristo en nuestro interior es una experiencia interior que se forma en nosotros, a partir de nuestro organismo anímico, del mismo modo que nuestro ojo físico se forma a partir de la luz del sol. Así, lo que es nuestro ojo interior, espiritual, se forma a partir del Cristo verdadero y real, y quien lo experimenta de verdad, no solo en el sentimiento, sino a través de la conciencia clarividente, lo vive como su conocimiento más inmediato, lo que se podría caracterizar como la mirada clarividente que se eleva desde la personalidad espiritual de Cristo en nosotros hacia el Cristo real, objetivo e histórico. No necesitamos ningún evangelio, ningún documento histórico; solo necesitamos la mirada verdadera y auténtica del clarividente, y sabemos que, a lo largo de la evolución de la humanidad, ha vivido la encarnación de aquella entidad de la que ha surgido el impulso hacia el «Cristo en nosotros». Esa es la experiencia objetiva, y no meramente subjetiva y mística, de Cristo.

Pero sabemos algo más. Sabemos que, cuando, poco a poco, bajo la influencia del pensamiento lógico, la doctrina de las vidas terrenales repetidas se va integrando en el proceso de desarrollo humano y, con ello, en toda la vida terrenal, entonces tenemos ante nosotros, de forma clarividente, al Cristo como Cristo histórico, quien despierta en nosotros la mirada interior, de modo que podamos contemplar las encarnaciones futuras. Y ahora bien, no decimos, como el budismo: «Cuantas menos encarnaciones terrenales, mejor para el ser humano, pues así se liberará antes de la existencia», sino que decimos: mientras la Tierra tenga que cumplir su misión, al encarnarnos en la Tierra absorbemos cada vez más el impulso crístico, y este se vuelve cada vez más fuerte y más amplio en nuestro interior; cada vez lo elevamos más y más en cada nueva encarnación. Y así contemplamos un futuro en el que, cada vez más, pueda cumplirse en nosotros la palabra: «No yo, sino el Cristo en mí». Por eso contemplamos las futuras encarnaciones, nuestras futuras vidas terrenales, como vidas cada vez más impregnadas de Cristo, y comprendemos por qué en la cosmovisión precristiana, incluso en el budismo, solo pudo surgir una idea de salvación: es que aún no había llegado el impulso crístico, que aporta una fecundidad siempre nueva a cada vida terrenal. Al contrario, había llegado incluso el momento en que ya no tenía sentido seguir perfeccionando las vidas terrenales. Con el impulso crístico, las encarnaciones terrenales, las vidas terrenales de los seres humanos, adquieren su sentido, un sentido que el budismo ya no podía mostrarles.

Y si ahora echamos un vistazo a la historia del desarrollo del cristianismo, se nos plantea la siguiente pregunta: ¿cómo llegó al mundo el cristianismo —no Cristo, sino el cristianismo—? - Cualquiera que quiera analizar la historia de forma objetiva tendrá que admitir que quien más ha contribuido al desarrollo del cristianismo es Pablo. — Veámoslo, pues. ¿Se convenció por lo que ocurrió en el mundo como hecho físico o por lo que le contaron al respecto? Como contemporáneo de los acontecimientos que tuvieron lugar en el mundo físico, pudo oírlo todo —le llegaron directamente—, pero lo que pudo asimilar en su alma de aquellas ideas cristianas no era suficiente para que esos acontecimientos externos se le presentaran bajo una luz tal que le permitiera reconvertir su alma al cristianismo. Pero entonces se produjo aquel acontecimiento que la teología científica aún no ha podido interpretar. ¿Qué tipo de acontecimiento fue ese? Desde un punto de vista externo, aquello en lo que Pablo no había podido creer mediante ninguna percepción ni observación en el mundo físico se convirtió para él en una certeza inmediata gracias a lo que contempló de forma suprasensorial, en el espíritu. Ningún mensaje del mundo físico podía ser determinante para él; en cambio, sí lo fue una experiencia suprasensorial, un acontecimiento suprafísico. Y esto le convenció, no solo de la existencia de un Cristo cualquiera, sino de que el Cristo había encarnado aquel acontecimiento que, trasladado a la vida humana, significa lo siguiente: en cada ser humano, el núcleo espiritual vencerá la muerte del envoltorio exterior del hombre inferior, pues «si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana y vana sería nuestra predicación». Pablo apeló al Cristo resucitado porque había comprendido que, en el misterio del Gólgota, había aparecido aquel sol espiritual que hace posible, en primer lugar, el Cristo interior en el ser humano. Para Pablo, el punto de partida del desarrollo cristiano fue un acontecimiento suprasensible que le dio el impulso para trabajar por el cristianismo.

Así pues, en lo que respecta a su primer gran maestro, el cristianismo surgió de un impulso suprasensible, y solo más tarde los Evangelios pudieron aportar aquello que las personas necesitaban para visualizar claramente en su alma el acontecimiento de Cristo. Este acontecimiento puede renovarse siempre, incluso hoy en día; si el ser humano respeta las leyes del desarrollo humano interior, se brinda la posibilidad de revivir en su interior el acontecimiento de Damasco. Entonces podrá experimentar espiritualmente al Cristo objetivo como verdad; entonces comenzará a poder creer en los Evangelios sin verse obligado a disponer de pruebas históricas, pues lo que contempla en el espíritu, lo que le proporciona la conciencia clarividente, lo encuentra luego confirmado en los textos evangélicos.

Así pues, la esencia del cristianismo hay que buscarla en el interior del alma humana. Y el impulso más fuerte para la difusión del cristianismo se encuentra en un acontecimiento de conocimiento suprasensorial. A través de este acontecimiento, cada ser humano percibe, por así decirlo, de forma inmediata la necesidad de que el propio Cristo haya aparecido como el impulso más importante en el desarrollo histórico de la humanidad. Y entonces se comprende, de hecho, que en la persona de Jesús vivió el Cristo como un ser que no se puede comparar con ningún otro. Así pues, mientras que los bodhisattvas pasan de encarnación en encarnación, como el resto de los seres humanos, hasta que han cumplido su misión y se han convertido en Buda, en el caso de esta entidad que vivió en el cuerpo de Jesús de Nazaret como el Cristo, solo registramos una única vida terrenal. Y [al igual que, en lo que respecta a las generaciones sucesivas, la misma sangre pasa del padre al hijo], del único Cristo que vivió el acontecimiento del Gólgota —esto es un hecho que se revela a la conciencia superior— emana un impulso espiritual hacia todos aquellos que encuentran el camino hacia este Cristo.

Esta idea de que Cristo está unido por un vínculo espiritual con aquel que encuentra el camino hacia él —del mismo modo que el descendiente está unido al antepasado por el vínculo de la sangre—, esta idea no solo fundamenta una mística del cristianismo, sino un cristianismo que se puede calificar de «realidad mística». No solo existe una mística cristiana, una experiencia mística interior en el sentido del cristianismo, sino que lo que ocurrió en Palestina a principios de nuestra era es un hecho que solo puede comprenderse a través de la mística. Del mismo modo que el fluir de la sangre a lo largo de las generaciones puede comprenderse mediante la ciencia natural, lo que ocurrió a través de Cristo solo puede comprenderse mediante el conocimiento espiritual, mediante la sabiduría de la mística. A través del conocimiento espiritual se puede comprender que la «sangre espiritual» de Cristo Jesús fluye hacia las almas de aquellos que encuentran el camino hacia él.

El cristianismo solo puede comprenderse si se concibe como un hecho místico. Por eso he titulado mi libro «El cristianismo como hecho místico», pues cuando en la ciencia espiritual se habla y se escribe con plena responsabilidad, cada palabra se elige y se acuña de acuerdo con los hechos. Y si tenemos presente esta idea de la esencia del cristianismo, que se revela en el propio Cristo y que es la causa de que un ser espiritual —nuestro yo superior—, un Cristo interior, resucite en todos nosotros, esta idea se irá arraigando cada vez más en la existencia terrenal, precisamente en las futuras encarnaciones que los seres humanos experimentarán en la Tierra. Así, aunque Cristo solo se encarnó una vez en un cuerpo, puede decir —mirando a aquellos en quienes ahora puede fluir su sangre espiritual—:

Estaré con vosotros todos los días hasta el final de los ciclos terrestres.

Reconocer y observar cómo, en el desarrollo de la Tierra, fluye el impulso de Cristo y, con él, el propio Cristo; esto hay que transformarlo a su vez en sensaciones, y así se sentirá cómo contradicciones como la siguiente nos permiten asomarnos a las profundidades del desarrollo de la visión del mundo.

Tenemos un pasaje transmitido por Buda que puede compararse con la frase que acabamos de citar: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Buda dijo a sus discípulos: «Cuando contemplo mis vidas terrenales anteriores, sé que mi alma ha pasado por muchas vidas terrenales y ha vivido tales o cuales experiencias. Ha adquirido capacidades y ahora ha construido mi cuerpo, este cuerpo exterior y físico. Este se ha convertido en mi destino, porque el alma lo ha construido así y lo ha llevado a aquellos lugares donde pudiera experimentar todo ello». Así, contemplo en mi cuerpo físico actual los resultados de las fuerzas espirituales que he acumulado. —Y llamó al cuerpo un templo construido a partir de las fuerzas divinas, a través del rodeo de la individualidad humana. Y Buda añadió: El templo de mi cuerpo es el resultado de las vidas anteriores que he vivido. Pero sé con certeza que, desde que me convertí en Buda, este templo está ahí, y es la última vez que mis fuerzas internas han erigido un templo así. Siento claramente cómo ya se rompen las vigas y se resquebrajan las columnas; este es el último cuerpo que habita mi alma —el último cuerpo, pues me he convertido en Buda.

La liberación del cuerpo: eso es lo que enseña el Buda. Intentemos interiorizarlo y comparémoslo con otra frase, concretamente aquella en la que Jesucristo también habló a sus discípulos del templo de su cuerpo. Pero, ¿cómo habló? ¿Dijo también, como el Buda, que esta es la última existencia, que todo lo que ha conducido a este cuerpo se disolverá? No, Cristo dijo, previendo que aquello en lo que se había convertido en este cuerpo daría el impulso para seguir actuando a través de toda la existencia terrenal: «Derribad este templo, y yo lo reconstruiré en tres días». - Esa es la gran contraposición: por un lado, la destrucción del templo y el deseo de destruirlo para despedirse de la Tierra; y por otro, [la visión] de considerar la estructura del templo como punto de partida para toda la salvación humana posterior. Y eso es lo que expresa la frase: «Derribad este templo», pues el impulso que sigue actuando ya está ahí.

Así pues, no debemos considerar en términos abstractos los impulsos que emanan de Cristo Jesús y que constituyen la esencia del cristianismo, sino que debemos transformar esos conceptos de tal manera que se conviertan en sensaciones y sentimientos. Entonces, precisamente al comprender las vidas terrenales repetidas, percibiremos todo el significado de este impulso de Cristo. Entonces contemplaremos las vidas terrenales humanas del futuro y veremos en Cristo el punto de partida para un cumplimiento cada vez más elevado del destino de la humanidad en el futuro.

Y así podemos decir: echamos la vista atrás, a los antiguos tiempos precristianos, a la sabiduría que se encuentra en el origen de la humanidad, pero que se fue diluyendo poco a poco, hasta que a los seres humanos solo les quedaron los últimos vestigios de ella. Luego llegó una época en la que la humanidad recibió el mayor impulso, el impulso crístico, que constituye un nuevo punto de partida y que conduce al ser humano hacia el mundo espiritual, que pone ante el alma la posibilidad de ascender cada vez más alto, hacia una vida cada vez más elevada, hasta que el ser humano, en lo que respecta a la existencia terrenal, alcance un nivel tal que pueda elevarse en espíritu hasta la cima de todo lo terrenal. Así pues, nada nos llena de forma tan significativa, tan profunda y tan poderosa como aquello que podemos entender como una característica de la verdadera misión de la humanidad en el marco de nuestra existencia terrenal. Ahí se encuentra el ser humano; se ve rodeado por el mundo físico-sensorial, aspira a la perfección, ve ideales por encima de sí mismo, sabe que, de este modo, alcanza un mundo espiritual. Y sabe que desde ese mundo espiritual se proyectan en su existencia las fuerzas y entidades espirituales. Pero el ser humano no puede elevarse a los mundos espirituales únicamente con conceptos abstractos e ideales, pues tal y como es como personalidad aquí en el mundo físico, así debe formarse también como personalidad en el mundo espiritual. Por eso, solo una personalidad ejemplar puede guiarle hasta allí: ¡esa es la personalidad de Cristo!

Así, el ser humano alza la mirada hacia Cristo como el portador del mundo espiritual y dice: al elevar mi propio yo hacia ti, al cumplir cada vez más con la frase de Pablo «Cristo en mí», atraigo desde los mundos espirituales los impulsos más íntimos y poderosos, los revisto con mi ser humano y los transmito a nuestro mundo físico, a nuestro mundo sensorial. Soy el mediador entre el mundo espiritual y el mundo sensorial. Traigo lo espiritual al mundo físico. Imprimo y estructuro lo físico con lo que proviene del mundo espiritual. Cristo es mi ayudante, mi modelo para ello, el verdadero Cristo, que es tan necesario para el ser interior como lo es el sol exterior para el ojo sensible, y que, como entidad histórica, caminó en el plano físico exterior al comienzo de nuestra era.

Entonces, como seres humanos en el mundo, sentimos que podemos insinuar nuestra misión en la Tierra diciendo que hay que impregnar por completo de sentido cristiano aquellas palabras en las que quiero resumir lo que la reflexión de hoy debería haber puesto de manifiesto sobre la relación del ser humano con el mundo físico, por un lado, y con el mundo espiritual, por otro:

Se impone al sentido humano
Desde las profundidades del mundo, enigmática,
la rica abundancia de la materia.
Fluye hacia lo más profundo del alma,
desde las alturas del mundo, llena de significado,
la luz clarificadora del espíritu.
Ambas se unen en el interior del ser humano
para formar una realidad llena de sabiduría.

Traducido por J.Luelmo

GA069c Hamburg, 16 de noviembre de 1912 - Cristo en el siglo XX -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 Cristo en el siglo XX

Hamburg, 16 de noviembre de 1912


¡Estimados presentes!

El tema de esta noche, sin duda es uno de los que, en muchos aspectos, ocupa un lugar central en los intereses intelectuales de la actualidad. Por ello, fácilmente podría parecer que se ha elegido, teniendo en cuenta las diversas opiniones partidistas y corrientes de pensamiento, que hoy en día prevalecen en relación con este tema. Sin embargo, aquellos de entre el estimado público, ante el cual ya he tenido ocasión de hablar en varias ocasiones sobre temas relacionados con las ciencias espirituales, habrán podido percibir, por la actitud y el espíritu que impregnan estas reflexiones, que la cosmovisión expuesta en estas conferencias, no interviene directamente en los pros y los contras que surgen hoy en día precisamente en relación con tales cuestiones. No obstante, no deja de ser interesante escuchar también una reflexión sobre el tema «Cristo en el siglo XX» desde aquel punto de vista que se propone precisamente, desde la perspectiva de la ciencia espiritual objetiva, observar el curso del desarrollo espiritual de la humanidad y toda la vida cultural.

 Quizás se podría pensar que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual objetiva, la propia expresión «Cristo en el siglo XX» ya es cuestionable, ya que el corazón y el alma humanos ya se imaginan, bajo el nombre de «Cristo», algo que precisamente no puede estar sujeto a las opiniones cambiantes de los siglos. Sin embargo, si dirigimos la mirada hacia el pasado del cristianismo, al recordar las diversas actividades espirituales de la humanidad podremos convencernos de que, a lo largo de los siglos, se ha producido efectivamente un cambio notable en las concepciones sobre Cristo. Y si en nuestra época podemos hablar, en cierto sentido, de una especie de revisión de todas las cuestiones espirituales, lo que está relacionado con las tareas del presente, en lo que respecta a los asuntos espirituales, tendrá que arrojar también su luz sobre la cuestión de Cristo. Y si no es en otro lugar, son sobre todo los debates actuales, —en parte bastante animados—, los que muestran que en los corazones de la humanidad de hoy, existe el deseo de abordar este problema, que no solo ocupa el centro de la actualidad espiritual, sino también de la historia de la evolución de la humanidad en su conjunto.

Cuando hoy en día se habla de evolución en todos los ámbitos del conocimiento, también hay que situar  bajo esa luz de la evolución, todo aquello que existe en forma de ideas, sensaciones y sentimientos relacionados con el problema de Cristo. La ciencia espiritual pretende ser una investigación de todo aquello que se encuentra más allá de la existencia sensorial, más allá de lo que puede comprenderse con el intelecto ligado al cerebro. Ya he insinuado en varias ocasiones, cuáles son, en este ámbito, las fuentes y cuál es el método de investigación. En la ciencia espiritual no se investiga ni se contempla el mundo como se hace en la ciencia exterior ni como se hace en la vida exterior. Esta noche apenas puedo esbozar estas cuestiones. Los detalles se pueden encontrar en mi libro «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?». La ciencia espiritual parte de la base de que el ser humano es capaz de despertar ciertas facultades cognitivas que yacen latentes en su alma. Allí se ndican los métodos mediante los cuales se pueden despertar estas facultades. El alma que se aplica a sí misma estos métodos, llega a desarrollar, de hecho, una vida interior independiente de los sentidos y de todas las funciones corporales, así como del intelecto ligado al cerebro. Es posible llevar una vida interior a través de la cual poder asomarse a un mundo espiritual y observar lo que es suprasensible y lo que se esconde tras los acontecimientos que han tenido lugar a lo largo de la evolución de la humanidad. ¿Cómo se puede observar sin órganos físicos? Esa es la pregunta metodológica de la ciencia espiritual. Los resultados de este método son, pues, lo que se transmite como ciencia espiritual.

Esta ciencia espiritual se dirige al público de la misma manera que lo hacen las demás ciencias, que investigan los fenómenos del mundo mediante experimentos en laboratorios y observatorios y los observan con aparatos, y luego los contemporáneos examinan las cosas con el sentido común. También la ciencia espiritual recurre al experimento, —en este caso experimento espiritual—, y al aparato, —en este caso el componente anímico—. Todo cuanto el alma es capaz de hacer por sí misma, cuando se ha desprendido de la corporeidad exterior y lleva una vida interior en sí misma, aquello que entonces puede explorar en el ser espiritual, se comunica de la misma manera que se comunican los resultados de la astronomía y de la investigación biológica. El sentido común podrá juzgar sobre ello, siempre que esté dispuesto a abrirse a ello, aunque en nuestra época aún no sienta mucha inclinación a ello. Es evidente que en una sola conferencia no se pueden mostrar todos los caminos que conducen al Cristo, al alma liberada del cuerpo de esta manera, ni se pueden aportar ahora todas las pruebas de este camino. Mi única tarea esta noche será esbozar el punto de vista de la investigación espiritual sobre esta entidad de Cristo y evocar una idea de cómo poder integrar esta concepción científico-espiritual del tema de Cristo, en lo que el resto de nuestra cultura espiritual tiene que decir sobre Cristo.

Antes de que esto sea posible, debemos echar un vistazo a la evolución de la cuestión de Cristo a lo largo de los siglos, desde los orígenes del cristianismo. No se trata en absoluto de analizar todo lo que los hombres han planteado en materia de disputas teológicas y otras controversias religiosas, sino únicamente de señalar las líneas generales y las corrientes principales.

Un investigador muy liberal de la actualidad, William Benjamin Smith, ha señalado un hecho muy curioso que puede servir para rectificar algunos juicios actuales sobre la época en la que se fundó el cristianismo. Así pues, no se pueden comprender las concepciones sobre Cristo que se fueron difundiendo gradualmente en los primeros siglos, si no se echa un vistazo a lo que en aquellos tiempos se denominaba «cristianismo gnóstico». La ciencia espiritual no es una gnosis reciclada, sino que debemos ocuparnos de la gnosis porque queremos orientarnos respecto a las concepciones que el pasado ha generado sobre Cristo. Cabe destacar, en particular, el siguiente hecho señalado por Smith. Él dice: «Desde unos cincuenta años antes de la fundación del cristianismo hasta ciento cincuenta años después de la misma —¡y esto no lo dice un investigador de las ciencias espirituales ni un teólogo ortodoxo, sino un investigador liberal! —vivieron los mayores genios teosóficos, aquellas personas que más se esforzaron por desentrañar, mediante su sabiduría y su ciencia, lo que Cristo es realmente en el contexto evolutivo de toda la humanidad.

La época actual no se muestra muy dispuesta a escuchar algo así; solo le gusta oír que la entidad de Cristo es un ser al que incluso la mente más sencilla puede llegar a comprender plenamente. Entonces, ¿Para qué recurrir a una sabiduría y un conocimiento exhaustivos para acercarse a Cristo, si se supone que debe ser accesible incluso para la mente más sencilla? No se puede decir que quien plantea tal objeción esté equivocado en todas las circunstancias; la grandeza del impulso de Cristo radica precisamente en que es accesible incluso para la mente más sencilla. Pero tal objeción debe considerarse también desde otra perspectiva. Se puede afirmar sin duda: «El niño, aún totalmente inexperto, puede alegrarse con la flor y comprenderla con su alma», pero también se puede añadir: «El sabio admitirá que su sabiduría más elevada no basta para comprender realmente esa flor». - Así también, se necesita la sabiduría más elevada para penetrar verdaderamente en la esencia de Cristo. Los gnósticos teosóficos, dice Smith, eran esos genios que, a principios del cristianismo, movidos por el valor audaz de su alma, intentaron comprender verdaderamente la esencia de Cristo. Lo que hoy en día sigue siendo útil para el alma verdaderamente imparcial de esta gnosis, que se presente por una vez ante nuestra alma.

Para la gnosis, el impulso crístico fue sin duda un impulso que se inserta como necesario en toda la evolución de la humanidad terrestre y del planeta. Fueron sobre todo Basílides, Marción y Valentín quienes defendieron esta idea central de la evolución propia de la gnosis. Es cierto que lo que hoy se denomina «teoría monista de la evolución», quizá rechace con vehemencia la teoría del desarrollo espiritual de la gnosis, pero esta supuesta teoría monista del desarrollo se diferencia de la gnóstica en que, al mirar hacia estados anteriores, solo quiere admitir lo material, mientras que la doctrina gnóstica de la evolución se remonta a aquellos tiempos en los que solo existía lo espiritual como origen del ser, a raiz del cual se desarrolló no solo lo humano-anímico, sino también lo material, como dependiente de lo espiritual.

Ya he señalado en varias ocasiones la contradicción puramente lógica de la teoría materialista de la evolución. Esta sostiene que retrocediendo cada vez más en la secuencia temporal, llegamos a épocas en las que reinaban condiciones humanas primitivas, suponemos entonces que los seres humanos se desarrollaron a partir de los animales y, finalmente, llegamos a épocas en las que solo existía la vida animal en la Tierra. Y retrocediendo aún más, se llega hasta una época en la que la vida ni siquiera existía en la Tierra. Podemos decir que esta teoría materialista se remonta a estados hipotéticos en los que la Tierra, dentro del sistema solar, formaba parte de la nebulosa cósmica de la que, según esta teoría, se habría desarrollado el Sol con sus planetas. El error lógico que subyace en toda esta doctrina materialista se puede apreciar mediante una comparación que se suele hacer con frecuencia cuando se quiere explicar esta doctrina a los alumnos. Esto se ilustra tomando una gota de aceite que flota sobre el agua. A continuación, se recorta un trocito de papel, se clava en un alfiler, se introduce en la gota de aceite y se gira. Al separarse entonces gotitas más pequeñas, se puede mostrar al alumno la formación de un sistema planetario en miniatura. Se dice que lo mismo ocurrió ahí fuera con la gran nebulosa cósmica. En ello se encuentra el esquema básico de la teoría monista de la evolución. Sin embargo,  aquí se comete un gran error; el profesor se ha olvidado de algo. Se ha olvidado de que el conjunto solo gira cuando él mismo lo hace girar. Por eso, la comparación solo es válida si se supone la existencia de un gran profesor en el espacio cósmico que hace girar el conjunto. Por supuesto, no es necesario suponerlo si se adopta el punto de vista del monismo.

Las ciencias del espíritu, sin embargo, parten de que, si retrocedemos en la evolución temporal de época en época, no llegamos a lo material, sino a que el origen de la Tierra y también de un sistema planetario se deben a la acción de ciertas entidades espirituales. El espíritu es el origen del ser; esto era precisamente también un pensamiento fundamental gnóstico. Y este espíritu, que es el origen de todo ser, se puede reconocer hoy en día cuando el alma está liberada del cuerpo. Si uno quiere negar el espíritu detrás de todo ser, tal negación se podría comparar con lo que alguien podría decir al mirar un recipiente con agua, donde flotan trozos de hielo, y luego quisiera decir: esto es solo hielo. - De la misma manera, quien sólo dirige su mirada hacia el ser material, solo puede ver materia y no el espíritu. Pero la existencia material está arraigada en el espíritu; se ha desarrollado de forma natural a partir del espíritu; es una condensación de lo espiritual, y todos los seres materiales han surgido del espíritu. Quien solo quiera reconocer la materia, pasa por alto lo espiritual únicamente porque no ha abierto los ojos espirituales, como dice Goethe. En los tiempos primigenios, —según la concepción de los gnósticos—, aún no existía nada material. Esto se ha desarrollado a partir de lo espiritual mediante la condensación; es consecuencia de lo espiritual, es la condensación de lo espiritual: todos los seres materiales, desde las piedras hasta los seres humanos, son productos de lo espiritual.

Se puede seguir cómo a partir de lo espiritual, poco a poco surgieron, lo planetario y los reinos de la naturaleza, y cómo, en un momento determinado de la evolución de la Tierra, el ser humano también entró en ella procedente del espíritu. Esta era la idea de los gnósticos, que la verdadera ciencia espiritual aún hoy considera correcta: los gnósticos, que con audaz sabiduría humana intentaron desentrañar el ser de Cristo. Suponían que, en un momento determinado de la evolución de la Tierra, el ser humano surgió de tal manera que, si bien una cierta suma de lo que en el mundo espiritual estaba predeterminado para el ser humano, —una cierta suma de lo humano-espiritual que existía en el mundo espiritual y estaba destinada al ser humano físico—, hubiera encontrado cabida en el ser humano terrestre, de modo que, a partir de un momento determinado de la evolución de la Tierra, este estuviera dotado de ese elemento anímico-espiritual que se hizo humano. Pero también partían de la base de que, al destinarse hacia la evolución de la humanidad, parte de ese elemento espiritual-humano se había quedado preservado en el mundo espiritual, de modo que en las generaciones de la Tierra, solo perduró una parte de la totalidad del ser humano. Así, los seres humanos se desarrollaron aquí abajo, en la Tierra, pero no poseían la totalidad del elemento anímico-espiritual; sino que más bien, una parte se había quedado preservado en el mundo espiritual donde continuó desarrollándose, por encima del ser humano.

Así pues, si consideramos la evolución de la Tierra desde el punto de vista de la gnosis, podemos decir lo siguiente: desde el momento en que el ser humano apareció en la Tierra, se ha producido una doble corriente evolutiva. En primer lugar, las almas de los seres humanos se desarrollan en la Tierra de generación en generación, pero no se desarrolla plenamente lo [espiritual] que la humanidad debería haber recibido del mundo espiritual. Y una segunda corriente evolutiva se extiende más allá de la existencia material, se extiende por el cosmos, por el reino espiritual. Entonces, según la visión gnóstica, se produjo en la evolución de la humanidad algo que [no antes, sino] solo podía producirse en un momento posterior.

¿Por qué tuvo que seguir evolucionando la humanidad durante un tiempo sin su miembro espiritual más elevado? Esto tuvo que suceder porque los seres humanos debían completar, dentro de lo material, una especie de descenso en su evolución, debían integrarse plenamente en lo material; tenían que tomar conciencia de sí mismos en lo material, para que, cuando ese aspecto espiritual que se había quedado atrás se les acercara en un momento posterior, pudieran percibirlo y acogerlo con mayor libertad e independencia. El ser humano tuvo que enredarse en lo material para que, al distinguir lo espiritual de lo material, pudiera sentir ese aspecto espiritual en su significado más puro cuando descendiera.

¿Cuándo descendió, pues, lo espiritual? A esto, la gnosis respondía: El descenso de lo espiritual, aquello que había seguido desarrollándose en el cosmos, se insinúa a través de lo que en los Evangelios se indica simbólicamente como el bautismo de Juan en el Jordán. - Si queremos comprender esto, podemos decir lo siguiente: todo el mundo sabe que el ser humano no solo se desarrolla de forma sucesiva, sino que, para muchas almas, hay momentos en su existencia en los que sienten como si algo completamente nuevo hubiera entrado en ellas, como si algo se hubiera despertado en su interior. En el caso del desarrollo de Goethe, por ejemplo, es fácil señalar cuándo hay que establecer un punto de inflexión en los años noventa, cuando algo completamente nuevo entró en el alma de Goethe. Hay muchas almas que saben que no solo avanzan poco a poco, sino que el alma experimenta momentos de cambio y desarrollo trascendentales, en los que siente como si un mundo fluyera hacia su interior, en los que asimila algo completamente nuevo.

Esto, para las almas individuales, es a pequeña escala, lo que la Gnosis vio a gran escala en el acontecimiento del bautismo de Juan en el Jordán. Allí, lo espiritual se acercó a la personalidad humana de Jesús de Nazaret. Hasta ese momento, el desarrollo de Jesús había transcurrido de tal manera que estaba preparado para experimentar, a través de ese bautismo de Juan, el cambio más grande que se pueda imaginar. Entonces, no solo se produjo un gran cambio en esa alma, sino que entró en ella aquello que, en el origen de la evolución de la humanidad, se había quedado atrás en las regiones espirituales y cósmicas; aquello que se había separado y se había desarrollado por sí mismo en las regiones de lo suprasensible, entró en el alma de Jesús de Nazaret. Esto se apoderó de él y desde entonces, durante tres años, permaneció en su alma hasta el Misterio del Gólgota.

Quien quiera aplicar a tales cosas la secuencia habitual de causa y efecto de la historia, no lo podrá comprender, pero quien considere un poco los factores indicados en mi libro «El cristianismo como hecho místico», encontrará que dentro del devenir histórico hay factores que son de naturaleza suprasensible, y que no se puede rechazar lo que la Gnosis asume como algo exageradamente místico.

¿Qué decía entonces la gnosis? Asumía que existen dos corrientes de desarrollo que llevan al ser humano hasta el punto en que la primera lo atrapa con lo material; sobre esta corriente material se encuentra una corriente espiritual-sobrenatural. La segunda llega al momento del bautismo en el Jordán a la persona de Jesús de Nazaret, de modo que la humanidad es fecundada por este evento con aquellos aspectos de lo comúnmente humano-cósmico, que al comienzo de la evolución de la Tierra, aún no había podido recibir. Se trata de una fecundación espiritual: la fecundación de la humanidad con ese impulso que tuvo que ser preservado para desarrollarse más, hasta que la humanidad estuviera lo suficientemente madura materialmente para poderlo recibir. Así como no hay contradicción en que cualquier semilla en la naturaleza primero se desarrolle y luego sea fecundado para alcanzar su pleno desarrollo, igualmente no hay contradicción en que la humanidad primero se desarrolle materialmente y luego en un momento determinado pueda ser fecundada por el espíritu.

Esta es una [de las ideas], concretamente la idea principal del pensamiento gnóstico. Hoy en día, todo el mundo cree que puede pasar por alto a los gnósticos y seguir con la rutina diaria, desestimándolos como fantasiosos y místicos apasionados, aunque los teólogos, por ejemplo Harnack en su «Historia de los Dogmas», dicen que hay que volverse atrás, porque en la Gnosis se encuentra de hecho el punto de partida real para todas las consideraciones religiosas y teológicas posteriores; y Smith ha admitido que precisamente estos gnósticos fueron los más grandes genios teosóficos. Y si queremos caracterizar cuál es el carácter básico, la postura personal de un gnóstico frente al tema de Cristo, encontramos que los gnósticos tuvieron el audaz valor de decir: El alma humana, a través de sus propios esfuerzos, es capaz de desarrollar verdaderamente esas facultades de conocimiento formando lo que duerme en ella, de tal manera que pueda abarcar los impulsos de desarrollo espiritual de la humanidad. - Si queremos decirlo de manera más simple, podemos decir: Estos gnósticos se atrevieron a obtener, desde sus almas, conocimientos sobre el curso suprasensible de la evolución de la humanidad. Una idea de Cristo como la que tenían estos gnósticos nos aparece, por lo tanto, al inicio de la era cristiana. Si luego seguimos observando el desarrollo de la cuestión de Cristo dentro de la evolución de la humanidad, entonces entendemos el curso necesario que se puede reconocer hasta el siglo XX en relación con el tema de Cristo.

Podemos dar un pequeño salto desde los gnósticos hasta la Edad Media. ¿Se aplica allí todavía el mismo hecho? Para unos pocos, sí, pero no de manera que en la vida intelectual general existiera una confianza tan audaz, [una fe así] en las capacidades de conocimiento para lo suprasensible. La visión medieval dice: En lo que se refiere a la presencia de Cristo, aquello que en general hace referencia a lo suprasensible, eso ha sido revelado al hombre en las Escrituras. Esta revelación de las Escrituras se acepta tal cual. Lo esencial de la perspectiva medieval es que dice: El ser humano, con sus propias capacidades de conocimiento, solo puede llegar hasta cierto límite; pero después, todo conocimiento humano debe detenerse y esperar lo que aporten la tradición y la revelación, para complementar lo que el hombre puede investigar por sí mismo. El hombre solo puede conocer con sus capacidades de conocimiento la naturaleza y lo que emerge de ella, pero respecto a la profundidad de lo suprasensible, debe confiar en lo que las Escrituras le han transmitido. A lo que se le ha revelado a la humanidad, a eso no puede el hombre [con sus capacidades de conocimiento] acceder.

- Aquí la audacia y la confianza de la gnosis ya han desaparecido. Ya no se admite ni se reconoce que el hombre pueda penetrar en los mundos suprasensibles con sus fuerzas espirituales. Así prosiguió la evolución.

En tiempos recientes llega ahora la época que ha traído lo que siempre reconocerá el investigador del espíritu: es decir, los grandes logros de la ciencia natural, el conocimiento de la existencia material y sus leyes, los grandes logros de la vida industrial, comercial y social. Pero en cuanto a lo espiritual, necesariamente se ha dado una consecuencia de este progreso material. Esto solo se pudo lograr porque el ser humano se inclinó hacia lo sensorial, hacia lo material. Ahí se introdujo en sus hábitos de pensamiento algo que le hizo perder la inclinación hacia lo suprasensible: mientras en la Edad Media aún se aceptaba la revelación divina, la época más reciente solo estuvo de acuerdo en que el ser humano no alcanzase lo suprasensible. Pero luego se reformuló este juicio y se dijo: Entonces dejemos este mundo suprasensible por completo y limitémonos solo a lo exterior-material. Así fue [desde la Edad Media] hasta el siglo XIX.

También la concepción de las cosas religiosas, especialmente del tema de Cristo, estaba así marcada. ¿Cuál fue la consecuencia? Ya no se quería saber nada de un ser así, ni de que se hubiera desarrollado de manera suprasensible y luego hubiera entrado en la existencia humana,. Cristo como ser suprasensible, cósmico, que toma posesión del alma de Jesús de Nazaret, el Cristo suprasensible en el humano físico-sensible Jesús, hasta lo suprasensible la nueva época ya no quería llegar. La consecuencia de ello fue que: se perdió a Cristo y solo se aferró a Jesús. Y toda la corriente evolutiva se formó de manera que ahora la vemos, al final del siglo XIX y al comienzo del siglo XX, como la llamada «concepción de Jesús».

Verdaderamente, esta concepción ha producido muchas cosas bellas y maravillosas. Quiero llamar la atención sobre algo de los últimos días, sobre el libro del teólogo de Núremberg Rittelmeyer; se titula «Jesús». Y cuando uno lee este pequeño libro, da la impresión de que el autor ha obtenido de la concepción de Jesús, algo que corresponde a una personalidad ideal, que le conforta el alma y el espíritu, a la que se entrega, que le da seguridad de que todo lo grande y verdaderamente significativo de lo humano es real, que todos los grandes impulsos de la humanidad no son una quimera, sino la realidad. Rittelmeyer tiene en su alma lo que uno desearía para toda alma; con respecto a Jesús tiene la certeza de que en él tiene un consejero fiel. Su descripción es tan viva, como si pudiera mirar al Jesús vivo como a un hermano, que al mismo tiempo le da esperanza y salvación. Tales manifestaciones ha producido la concepción de Jesús, pero también ha dado lugar a otras cosas que han llevado a discusiones significativas.

Surgió la investigación puramente materialista, ¿Y por qué no debería esta también abordar este problema? Lo que quiero decir se puede señalar rápidamente. Los historiadores se han acostumbrado a indicar solo aquello que puede demostrarse realmente a partir de fuentes históricas, para lo cual se pueden presentar documentos históricos. Con la cultura de Occidente, esto es muy curioso. Quiero mostrarlo con un ejemplo. Del gran historiador, Ranke, se cuenta que cuando ya era mayor, le dijo a un amigo: No se puede simplemente omitir de la historia la figura de Jesús, — y sin embargo, si miramos la consideración histórica de Ranke, deja de lado el impulso de Jesús. Entonces Ranke mismo se sorprendió y dijo: Solo hay que comprobar que, al considerar los hechos históricos, el impulso de Jesús interviene en la historia en todas partes. — Esto no le surgió de las fuentes históricas, pero desde su conciencia instintiva sentía que no se podía simplemente omitir a Jesús de la historia.

Pero ahora uno se pregunta: ¿Existió realmente un Jesús de Nazaret? — Esta pregunta habría sido totalmente imposible para los gnósticos. Sabían que el ser humano puede evolucionar hasta alcanzar el conocimiento de lo suprasensible y que, al contemplar lo suprasensible en el curso de la evolución de la humanidad, se encuentra entonces con el Cristo. Se podría incluso decir que existe un parentesco primigenio entre Pablo y el gnosticismo. Pablo, aunque contemporáneo de Cristo Jesús, no se dejó convencer por lo que había sucedido en Jerusalén. Sin duda, todo le era accesible, pero eso no logró convencerlo; siguió sin creer. ¿Qué fue lo que le llevó no solo a creer, sino también a convertirse en el representante y fundador más importante del cristianismo? ¡Una experiencia sobrenatural! Desde lo suprasensible se le reveló, en el llamado «evento de Damasco», la verdad sobre Cristo. Y al ver el evento de Cristo desde el mundo suprasensible, supo que no se trataba de nada nebuloso. Entonces también supo que aquello que ahora vive de nuevo en lo suprasensible, —el Cristo—, había vivido en su día en un cuerpo humano sobre la Tierra. Desde lo suprasensible le fue concedida la convicción de la historicidad de Jesús. Así pues, para los gnósticos también era algo totalmente natural que el Cristo hubiera vivido en Jesús. Esta concepción se mantuvo hasta bien entrado el Medievo. Por eso, en aquella época, la cuestión del Jesús histórico aún no revestía importancia.

Solo cobró importancia cuando se perdió al Cristo y uno se aferró únicamente a lo material, al Jesús. Entonces intervino el historiador y exigió documentos, y ahora surge la crítica histórica radical y demuestra que, en el sentido en que hoy se entiende el término «documento» desde el punto de vista histórico, los Evangelios no son documentos. No existen otros documentos. No deben malinterpretarlo. Los Evangelios gozan de pleno reconocimiento por parte de la investigación espiritual, pero en un sentido distinto al meramente histórico. A través de la investigación espiritual se vuelve a experimentar lo que vivieron los autores de los Evangelios; no es que los Evangelios sean pruebas del Jesús histórico. Harnack dijo: «Todas las tradiciones históricas sobre Jesús caben cómodamente en una página». - Todo es cuestionable, y cuando el método de investigación puramente histórico y externo aborda los Evangelios, solo podía suceder lo que ha sucedido, a saber, que Drews haya demostrado de manera brillante que no hay pruebas históricas de la existencia de Jesús. Esa es la corriente que ha surgido últimamente. Drews no es el único que sostiene esta opinión; Smith comparte su punto de vista. Todos ellos han hecho un descubrimiento que les ha resultado sumamente sorprendente. En primer lugar, se han dado cuenta de que no es posible demostrar la existencia del Jesús histórico. Dicen: «No tenemos documentos, y por eso se puede negar la existencia de Jesús con la misma facilidad». - Pero hicieron un descubrimiento: llegaron a la conclusión de que existe un Cristo, de que Jesús era un dios. Drews, Smith y otros admiten que Jesús, en la época que nos ocupa, no era simplemente un ser humano, sino un dios, y que todas las descripciones de los Evangelios son descripciones de un ser sobrehumano y divino. ¿Qué hacen entonces? Dirigen la atención hacia la idea de Cristo; vuelven de nuevo a Cristo. Y lo que se deduce de ello lo pueden encontrar en Drews o en «Ecce Deus» de Smith, publicado por Diederichs en Jena.

Estas personas dicen lo siguiente: Lo que creían los gnósticos, lo que se creía en la Edad Media, lo que creía Orígenes, no es aplicable a un ser humano. Y eso nos demuestra que, cuando se habla de Cristo, se hace referencia a un ser sobrehumano, a un ser divino. Así pues, en esa entidad que se encuentra en el origen del cristianismo no tenemos ante nosotros a un ser humano, sino a un Dios: un ser al que solo se le pueden atribuir cualidades espirituales y suprasensibles, que tiene un significado suprasensible para la humanidad. Pero tal entidad no existe, —dicen estas personas—, y por lo tanto no se puede hablar de ella; ¡no existió en Jesús! —Así, esta corriente espiritual más reciente ha descubierto a Cristo, ha reconocido que es un Dios y, por eso, rompe con la concepción de Jesús; pues ahora que es un Dios, con mayor razón no puede haber existido. Smith dice: si Cristo es un Dios, entonces sería infantil y simplista seguir creyendo en la existencia de Jesús. - De esta manera se redescubrió a Cristo a principios del siglo XX, pero con ello se anuló al mismo tiempo toda la esencia de Cristo. ¡Así están las cosas ahora!

Fíjense, ¿Qué nos ofrece, por ejemplo, Drews, en lugar del Cristo vivo, en lugar del impulso vivo que intervino en el curso de la evolución de la humanidad, como algo espiritual y vivo? Drews no es materialista, ni monista, —es un hombre profundamente creyente—, pero parte de la base de una evolución de la humanidad en general; opina que todo el mundo puede experimentar un desarrollo interior, que todo el mundo puede alcanzar en su alma una cierta elevación interior y una experiencia religiosa, de modo que cada uno encuentre entonces en sí mismo algo, algo así como un yo superior, como un ser humano superior. Este sufre en el ser humano común y desea ser liberado de él. —Y añade: en la época en que se fundó el cristianismo, esta necesidad de dar forma al ser humano superior era especialmente intensa, y fue entonces cuando se gestó en una comunidad cristiana primitiva la idea común de un ser crístico sobrehumano. Esta idea del ser humano es el verdadero impulso crístico. Dado que Cristo es un dios, no puede haber existido como ser humano, sino solo como idea. - Drews es, en cierto modo, un idealista espiritualista. No niega la existencia de Cristo, pero para él no es más que una idea. No hubo un ser humano llamado Jesús en el que se hubiera encarnado una entidad cósmica especial, sino que, en un momento dado, una comunidad humana abrazó la idea de que en el ser humano vivía algo superior, un Dios humano, y que ese era el Dios sufriente que quería redimirse dentro de la humanidad.

Así, a partir de todo lo que el desarrollo de la vida espiritual del presente ha podido lograr hasta ahora, tenemos una idea en lugar del Cristo vivo. Del mismo modo que en los tiempos modernos se habla, quizá desde la conciencia de esta época, de «ideas de la historia», de tal forma que se da a entender que solo existen seres humanos naturales y no fuerzas espirituales que intervienen en la historia, así también el propio Cristo no sería más que una idea. Esta idea de Drews es una idea profunda, pero, si se profundiza más, se puede decir: aunque se pueda encontrar una idea como ley característica del desarrollo del mundo, una idea no crea nada, del mismo modo que un pintor pintado no creará un cuadro. En relación con lo que Cristo es realmente, lo que se ha concebido como una idea general por parte de alguna comunidad se compara con un pintor pintado frente a un pintor real que crea un cuadro. La [mera] idea de Cristo nunca habría podido generar un impulso como el que el acontecimiento de Cristo ha generado en el ser humano.

Pero esa entidad verdadera, real, que descendió en el momento del bautismo de Juan, la que Pablo experimentó en ese momento del acontecimiento de Damasco, —eso es precisamente lo que el presente necesita, ya que no puede tener relación con una idea abstracta. Y eso es justamente lo que hace que la contemplación de Jesús sea tan aceptable para muchas personas; porque ¿Cómo podría alguien, que está angustiado en su alma, que está en dolor y sufrimiento, jamás encontrar gran esperanza, consuelo y confianza, y creer en la redención de la humanidad mirando una idea fría? Eso es lo esencial que hace que la comprensión de Jesús sea tan aceptable, que se trata de un ser como cualquier persona común. Pero se está tratando con un ser suprasensible cuando se enfoca a Cristo como una entidad verdadera y viva. Y así lo contempla la ciencia espiritual. No quiere recalentar la antigua doctrina gnóstica, sino que se acerca a Cristo como a otros hechos del mundo material y espiritual. Y cuando hoy la investigación espiritual se acerca a Cristo, también encuentra la evolución de la humanidad, tal como puede entenderse desde la antigua Gnosis. Y encuentra que aquello que el ser humano puede encontrar como camino hacia Cristo, en realidad debe tener su punto de partida en el interior del ser humano. Toda investigación espiritual parte del ser humano interior; dice: El alma puede desarrollarse, puede llevar a la revelación las fuerzas dormidas que tiene, de modo que pueda mirar dentro del mundo espiritual.

Ahora bien, basándose en sus investigaciones, esta ciencia añade algo más a las concepciones actuales, algo que solo poco a poco vuelve a introducirse en nuestra educación actual, pero que antes estaba bastante extendido. Lo encontramos por primera vez en Lessing, en su obra «La educación del género humano»; en dicha obra él habla del hecho de las vidas terrenales repetidas. Al igual que vivimos ahora entre el nacimiento y la muerte, tampoco es la primera vez que vivimos aquí; nuestra alma ya se ha encarnado muchas veces en cuerpos físicos y lo seguirá haciendo muchas más veces. ¿Cuál es el sentido de toda esta reencarnación? Su sentido es que nuestra alma, al pasar de una vida a otra, desarrolla siempre otras fuerzas, siempre otros matices de su esencia, siempre otras cualidades. No es que siempre regresemos de la misma manera. Todas las almas que hoy están encarnadas, ya lo estuvieron, —por así decirlo—, en la época de los antiguos persas o de los antiguos egipcios, y a través de estas vidas terrenales repetidas tiene lugar un avance [en el desarrollo] de las almas. Si se tiene en cuenta este progreso, entonces lo que decían los gnósticos cobra sentido: a nuestra época le precedió una época en la que el ser humano primero tuvo que madurar para después poder recibir el impulso crístico. - De vida en vida, cada alma estuvo presente en la época precristiana, y de vida en vida se fue sumergiendo cada vez más en la existencia física, de tal manera que en cada nueva existencia se fue madurando. Entonces llegó el impulso crístico, y las almas continuaron su evolución.

Hoy podemos afirmar lo siguiente: solo podemos comprendernos a nosotros mismos como seres humanos si echamos la vista atrás a tiempos remotos. Nuestro estado actual de conciencia, —tal y como pensamos hoy y tenemos una visión del mundo—, se ha ido configurando a lo largo de los tiempos; en épocas anteriores de la evolución de la Tierra, la conciencia era más onírica, pero en contrapartida los seres humanos eran clarividentes. En los mitos y leyendas se encuentra el reflejo de lo que el alma clarividente había contemplado; no son inventos. El ser humano de entonces aún no poseía libertad ni claridad de conciencia, pero a cambio aún conservaba en su interior algo instintivo y divino. El ser humano de aquella época no habría podido deducir la existencia de un principio divino a partir de la finalidad del mundo mediante razonamientos lógicos, sino que el alma aún estaba en conexión con el espíritu divino. A través de la clarividencia, el ser humano aún mantenía una conexión con su Dios. En ciertos estados intermedios, el alma era, por así decirlo, extraída de su cuerpo, y entonces se le revelaba lo divino-espiritual.

Pero ese era el sentido del desarrollo ulterior: que el ser humano tenía que ir introduciéndose cada vez más en lo material. A través de esto, aprendió a conocer la naturaleza física, pero perdió su conciencia interiormente divina. El dios interior, que el ser humano experimentaba dentro de sí, se desvanecía; pero quedaba claro para el hombre lo que se puede ver con ojos humanos y comprender con la mente humana. Por eso la ciencia no comenzó en tiempos primitivos, sino solo cuando los humanos dirigieron su mirada a su entorno físico, mientras que de tiempos antiguos tenemos mitos y leyendas en los que el hombre captaba lo divino-espiritual mediante una visión onírica. Así fue el descenso del alma humana. Si consideramos esto, una frase del Bautista se nos aparece con una profundidad muy especial. Él enfocó la característica de su tiempo. Antes, el alma tenía conexión con su dios, pero ahora ya no existe esa conexión. El Bautista pudo decir: El sentido de los humanos ha cambiado, los humanos han perdido la conexión con su dios. - Pero también pudo decir: El desarrollo humano no es solo un descenso, sino también un ascenso. - En un momento determinado se recibió el impulso de Cristo; aquello que se le había preservado a la humanidad en el mundo espiritual, descendió sobre Jesús como Cristo y, a través de él, fecundó a la humanidad. El cuerpo de Jesús tuvo que pasar entonces por la muerte. Quien quiera comprender que la muerte fue necesaria para todo el impulso de Cristo, que la muerte sacrificial es algo realmente tangible, puede pensar en que la semilla también debe pudrirse primero antes de que pueda dar lugar a una nueva planta y florecer. Lo originalmente divino-espiritual, que precedía a las dos corrientes de desarrollo [de las cuales habla la gnosis, —la que permanece en lo espiritual y la que conduce a la materia—, descendió, atravesó la muerte y se convirtió en la semilla en la Tierra para fecundar el alma desde entonces, de manera que pueda volver a ascender desde lo material y encontrar el camino de regreso a lo espiritual.

Quien lo encuentre repugnante y místico, que lo haga, también debe encontrar místico que en el sol se concentren efectos químicos y físicos infinitos y se extiendan por todo el cosmos y nuestra Tierra. Así como la vida material se concentra en el sol, toda la vida espiritual de nuestra Tierra se concentra en esa entidad que entró en Jesús, como la entidad de Cristo, mediante lo que se indica en el Bautismo de Juan, vivió en él durante tres años y luego tuvo que ir a la muerte para desde allí irradiar y manifestar sus efectos en toda la evolución de la humanidad, de modo que con el impulso que llegó a la evolución de la humanidad a través del Misterio de Gólgota está vinculada la entidad de Cristo. A raiz de ello la Tierra se vió transformada. Si hoy miramos hacia atrás a las encarnaciones de los seres humanos antes del Misterio de Gólgota, debemos decir: Entonces los seres humanos no eran capaces de que en sus almas se hubiera vivido lo que entró en el desarrollo espiritual de la Tierra a través del Misterio de Gólgota.

La ciencia espiritual señala que, detrás de lo que el ser humano experimenta en su vida anímica cotidiana, se encuentran las profundidades del alma: las profundidades subconscientes del alma. En lo que el ser humano percibe conscientemente, en lo que vive en su alma superior, en muchos de ellos Cristo aún no habita de forma inmediata. Solo en casos excepcionales se ha revelado, como por ejemplo al apóstol Pablo. Este pudo percibir la verdad sobre Cristo a través de lo que vivía en las profundidades de su alma. Pero así como el alma ha descendido, también vuelve a ascender. Y quien tenga sensibilidad y perspicacia para ello, —no solo el investigador espiritual, que puede llegar a la certeza sobre estas cosas—, puede decirse a sí mismo: nos encontramos ahora en un punto de partida importante del desarrollo del alma humana. Si se es capaz de mirar en el presente, todos los indicios apuntan a que las cosas se dan de la siguiente manera.

En la actualidad, donde más se ha avanzado es en la pérdida de Cristo, es en la negación del Cristo histórico, donde se ha perdido la conexión con el misterio de Gólgota, donde vemos cómo las almas son educadas a través del pensamiento científico de la nueva era, también vemos cómo este pensamiento, cuando se aplica correctamente, hace que las almas maduren hacia un nuevo conocimiento de Cristo, que es el conocimiento de Cristo de la ciencia espiritual. En relación con el camino hacia Cristo, el investigador espiritual ha de partir del interior de su alma. Cuando el investigador espiritual hace esto, entonces llega realmente a encontrar algo, no en la conciencia superficial, sino en lo que vive en el inconsciente de su alma y que puede percibir como algo que no siempre estuvo en la Tierra, sino que entró en el desarrollo de la Tierra, en el tiempo del misterio de Gólgota. Hoy, cuando el investigador del alma es capaz de mirar dentro de sí mismo y extraer las fuerzas más profundas de su conocimiento, entonces percibe algo diferente a lo que había en tiempos precristianos.

Él contempla en el mundo espiritual a Cristo; lo que en tiempos precristianos no podía contemplar. Podemos encontrarlo en nosotros, pero las personas de los tiempos precristianos no podían encontrarlo en sí mismos. Cristo histórico es la causa del Cristo místico que podemos encontrar en nosotros, tan cierto como que el sol físico exterior es la causa de nuestros ojos. Si el sol nunca hubiera derramado su luz, los ojos no podrían haberse desarrollado. Es cierto que el alma humana de hoy, al aplicar sobre sí misma los métodos de la investigación espiritual, encuentra a Cristo en el interior, porque en los cimientos del alma, Cristo está presente. En los cimientos del alma, Cristo está ahí y se nos muestra de manera que, a través de este Cristo interior, comprendemos claramente: Él está en nosotros precisamente porque una vez estuvo históricamente y, a través del misterio de Gólgota, ingresó en el desarrollo de la Tierra.

Este Cristo no es solo una idea del yo superior, sino que él es el yo superior; es aquello con lo que estamos conectados en nuestra conciencia más profunda. Esta es la relación íntima que podemos desarrollar con la entidad que descendió a un cuerpo humano y sufrió todo lo humano; pero como lo sufrió de manera divina, pudo ser un ayudante para todos los seres humanos, de modo que al mismo tiempo se convirtió en lo más íntimo para el alma. Hoy el ser humano puede decir: lo que encuentro en mí, lo más humano en mí, vivió como Cristo en Jesús de Nazaret. Se ha convertido en mi hermano, está más cercano a mi humanidad. - Solo se entiende lo íntimo del Dios Cristo cuando uno hace claro para sí mismo su efecto en el alma humana siguiendo esta palabra de Cristo: «Si dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» El ser humano solo se siente íntimamente cercano al Cristo cuando la entidad espiritual [como el Cristo] que participó como divina en todo lo humano facilita la comprensión entre él y otro ser humano, cuando el alma humana dice: en mí vive el Cristo y también en ti vive -; cuando en un alma la esencia de Cristo puede buscar con amor la esencia de Cristo en otra alma. Así habla la ciencia espiritual del Cristo. Y al mismo tiempo descubre que el alma humana no avanza sin sentido de encarnación en encarnación, de vida en vida, sino que se desarrolla más.

Si uno compara las almas de las personas de hoy, por ejemplo, con las del siglo VIII, se encuentra que las fuerzas del alma humana eran completamente diferentes de las de hoy. Si se analiza cómo están configuradas las almas actuales en comparación con antes, se descubre que las almas humanas están en el camino de buscar dentro de sí mismas; y cuanto más buscan, más encuentran en sí mismas a Cristo. Por eso la ciencia espiritual puede decir: Las almas humanas están en el camino hacia Cristo. - En el tiempo en que Cristo se perdió como Dios, en el tiempo en que mediante una crítica radical el Jesús histórico se va perdiendo cada vez más, el hombre, -según dice la ciencia espiritual-, se ve empujado cada vez más hacia su interior por el desarrollo de su alma humana. Hoy en día esto todavía se disfraza o se oculta, pero el desarrollo del alma tiene lugar porque una cosa se transforma en su opuesto y así surge la otra.

El materialismo, cuando las personas lo toman completamente en serio, cuando haya alcanzado su punto máximo, conducirá por sí mismo a su contrario. Cuando el ser humano se cierre a lo suprasensible, entonces surgirán fuerzas opuestas, y estamos en el siglo veinte en la época del despertar de estas fuerzas opuestas. Pero cuando estas fuerzas más profundas del alma humana despierten, entonces aparece en las almas el Cristo, y estas almas experimentarán el acontecimiento de Pablo de Damasco. Cada alma espera esto en nuestro tiempo, y así como convenció a Pablo del Jesús histórico, este acontecimiento despertará cada vez más en la humanidad la convicción viva de que en algún momento en Jesús vivió el Cristo. Esto es una fantasía audaz, dirán algunos, pero no puedo callar sobre ello, aunque suene audaz: ¡es la verdad! Estas cosas no son absorbidas inmediatamente por el tiempo; habrá muchos obstáculos antes de que alguien se decida a aceptar tal convicción, pero aún así se puede dar como una inspiración. La persona que está verdaderamente convencida es aquella que lo ha entendido todo. Quien mire sin prejuicios a las almas de nuestro tiempo, puede ciertamente decir que estas almas están en el camino hacia el conocimiento del Cristo indicado.

Las almas se volverán cada vez más maduras para ver al Cristo en el espíritu. Y esta visión en el espíritu, esa es la verdadera reaparición de Cristo, eso es lo que se podría llamar el «regreso» de Cristo. Aquello que entró en la Tierra a través del misterio de Gólgota, como entidad divino-espiritual, no se verá de ninguna manera física, sino que al avanzar la evolución de la humanidad, las almas serán cada vez más maduras, [cada vez más capaces de] ver también lo suprasensible. Lo que la humanidad tiene por delante, consistirá en una participación inmediata en la esencia de Cristo, experimentar junto a la esencia de Cristo, estar íntimamente junto a Cristo Jesús. Al expresar estas cosas la ciencia espiritual, penetra directamente en los corazones; no trae teorías grises, sino que conduce a la vida en muchos ámbitos cotidianos, y también a la vida allí donde se trata de algo importante para la humanidad.

Si uno considera a Cristo correctamente, si lo ve como un asunto de la humanidad, no solo como un asunto personal, entonces también puede encontrar a través de él el camino hacia el Jesús histórico. El reconocimiento de vidas terrenales repetidas es, sin embargo, una condición fundamental para comprender verdaderamente el principio de Cristo. Si uno pregunta: ¿No fue injusto para las personas precristianas que no pudieran tener relación con Cristo? — entonces es que no se reconocen las vidas terrenales repetidas. Pero nosotros respondemos: En los tiempos precristianos, las personas aún no estaban maduras para la experiencia de Cristo, morían y luego regresaban a la Tierra y maduraban para poder recibir a Cristo en sí mismas. — Así es como Cristo llega a toda la evolución de la humanidad — poco a poco en cada alma —, así Cristo se convierte en un impulso importante para la evolución humana, al mismo tiempo que se vuelve un impulso importante para cada persona individual. Pero quien solo admita que el alma este allí por una única vez, solo puede elevarse en el alma a una idea de Cristo. Es justo por eso, por lo que la filosofía teórica del presente solo pueda llegar a una idea de Cristo. El alma humana viviente, que pasa de vida en vida, es la que logra una relación con el Cristo viviente.

¡Y cómo se expande esta idea de Cristo, que será la experiencia del Cristo del siglo veinte, hacia algo de belleza maravillosa, que hoy aún se comprende poco! Si esta idea de Cristo será la prevista del siglo veinte, si se integra en las almas, entonces vendrá algo más. Esta idea será tan viva como un ser humano de carne y hueso. Lleva consigo la marca de que Cristo es realmente histórico, tal como lo reconoció Pablo en su tiempo. Pero hay algo más que está asociado con esta idea de Cristo.

Esta idea de Cristo no se puede concebir de otra manera, salvo que el ser humano amplíe su mirada, de modo que abarque desde el alma individual hacia todas las almas humanas. Así, por un lado, el ser humano mira hacia Cristo, a quien puede acudir en los momentos más íntimos, como a aquel que es más afín al alma humana; lo que es poder inmediato en el ser humano, eso lo experimentarán las personas, pero también experimentarán que Él es el impulso que se ha derramado sobre toda la Tierra y toda la humanidad, y esto último será algo muy bonito si realmente es comprendido por las personas. ¡Sin embargo, solo se entenderá despacio! Pero una vez entendido, la gente dirá: Cristo es una realidad, y en la medida en que es una realidad, no lo es únicamente para quienes lo reconocen, sino para toda la humanidad. - Entonces podremos presentarnos ante cualquier persona de otra fe, ya sea un hindú o un chino, tenga esta o aquella creencia, y podremos considerarlo como cristiano, porque es un ser humano. Si los cristianos llegaran a entender que en verdad todos los humanos son cristianos, si realmente se comprende el problema de Cristo, entonces no se dependería de confesiones para llamar a alguien cristiano o no. No importa si la gente lo sabe o no: ¡Cristo es lo que abarca todo, lo que cumple a toda la humanidad! Y esta comprensión correcta de Cristo reforzará las palabras que Cristo dijo: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Algunas frases atribuidas a Cristo pueden malinterpretarse fácilmente, como esta: «El que no deje a su padre y a su madre por mí, no puede ser mi discípulo». Con ello no se pretendía infringir la antigua ley, ni romper los lazos de sangre que antes constituían la base exclusiva del amor, sino que a lo íntimo y humano se sumara lo universal y humano. Y ser discípulo de Cristo significa encontrar en uno mismo aquello que concierne a toda la humanidad, aquello que, en cada ser humano, es a la vez global e íntimo en relación con la Tierra y la humanidad. Por muy sencillo que sea expresarlo, hoy en día se comprende muy poco. Pero cuando el problema de Cristo se comprenda espiritualmente, entonces Cristo resplandecerá y se derramará en las almas y los corazones de los seres humanos. Hoy en día, esto yace como una semilla en el desarrollo de la humanidad. Así, hay investigadores espirituales de la actualidad que trabajan hoy con la más profunda seriedad científica, como, por ejemplo, Smith, a quien cito como ejemplo típico. Descubrieron que lo que se narra en los Evangelios no trata de un ser humano, sino de un Dios. Ahora bien, afirman —y no se les puede reprochar por ello— que sería infantil y simplista creer en una existencia terrenal de este Dios. Por lo tanto, Cristo no sería más que una invención simbólica, y con ello ya se demostraría que Cristo no pudo haber vivido en una encarnación física.

Ahora bien, la ciencia espiritual debe aceptar hoy que los científicos más eruditos la tachen de infantil y simplista, pues ha descubierto que Cristo no era solo un dios, un ser espiritual, sino que también se encarnó realmente en una vida humana. Y para ese ser humano en concreto se convirtió en lo que siempre ha sido para innumerables personas y en lo que cada vez más será. Y la ciencia espiritual sabe perfectamente que lo que Cristo es debe encontrarse en lo más profundo del alma, del mismo modo que el sol solo puede contemplarse con los ojos. La ciencia espiritual dice, con Goethe:

Si el ojo no fuera como el sol,
la propia luz del sol nunca podría verlo;
si no tuviera en nosotros la fuerza propia de Dios,
¿cómo podría deleitarnos lo divino?

Pero ella no solo dice que tenemos que tener un ojo para ver el sol, sino que también dice: si solo hubiéramos vivido en la oscuridad, no tendríamos ojos en absoluto. De los estados primitivos del ser humano, el sol sacó los ojos; a través del sol, a través de la luz, el ser humano obtuvo ojos. Es cierto, el ser humano no puede encontrar a Cristo si no lo encuentra en su interior. Pero también es cierto que Cristo solo puede ser encontrado en nuestro interior porque una vez estuvo en la Tierra y vivió. Históricamente correcto es que Cristo es el sol del desarrollo espiritual de la Tierra y que de él emanan rayos que se han insertado en nosotros. Cuando la ciencia espiritual reafirma lo que se ha perdido, devuelve a Cristo al siglo XX como ser viviente, reconociendo tanto al Cristo histórico como al Cristo [vivo], que uno puede encontrar como el sol espiritual si se profundiza en sí mismo. Si es cierto lo que Goethe dijo sobre la relación del interior y el exterior, sobre el sol y lo divino, entonces también es cierto algo más, sobre lo que Goethe sin duda habría dado su aprobación. Así que, resumamos la frase de Goethe completamente en el sentido de nuestra reflexión actual y descarguémosla en palabras que podrían leerse como una expansión de la frase de Goethe:

Si el mundo no estuviera bendecido por el sol,
¿cómo podrían florecer los ojos de los seres?
Si la existencia no fuera una revelación de Dios,
¿cómo podrían los seres humanos alcanzar la plenitud divina?

Traducido por J.Luelmo