RUDOLF STEINER
Pues bien, queridos amigos, en las tres clases anteriores hemos intentado esbozar una especie de conocimiento que el médico debe adquirir como base, un conocimiento que solo ha podido esbozarse a grandes rasgos, tal y como ha sido posible en el poco tiempo disponible. Pero habrán podido comprobar que, si ahora quisiéramos ofrecer una exposición detallada de estas tres clases, se necesitaría mucho tiempo. Ese tiempo, por supuesto, estaría disponible en los estudios de medicina.
Los verdaderos estudios de medicina deberían estar estructurados de tal manera que los estudiantes dispusieran de un primer curso, —que durara al menos un año y, a ser posible, más tiempo—, en el que se adquiriesen esos conocimientos como base de la esencia de la medicina. No puedo ofrecerles más que una especie de descripción de cómo debería ser eso. Y por eso me gustaría que consideraran lo que hasta ahora les he impartido en tres clases, como una especie de boceto a carboncillo de lo que el médico debe asimilar. Me gustaría denominarlo la parte exotérica del conocimiento médico. A continuación, en los estudios de medicina debería seguir la parte esotérica del conocimiento médico, de la que ahora queremos hablar. Esta parte esotérica debe construirse sobre la base de la parte exotérica. Pero no deben desdeñar, en los estudios de medicina, el hecho de apropiarse primero, con toda seriedad, de la parte exotérica, en la medida en que sea posible conocerla. En la actualidad esto resulta difícil. Pero, como veremos en las siguientes clases, se puede lograr mucho precisamente en esta dirección, gracias a la creación en nuestra Escuela Superior de Dornach, de la Sección Médica. Y hoy ya existe la posibilidad de que lo que se insinúa en un breve esbozo se desarrolle a partir de numerosos detalles que se recogen en mis ciclos y escritos. Esto hasta ahora solo se ha llevado a cabo en una mínima parte y solo encontrará una ampliación acorde con la medicina antroposófica, cuando este trabajo que estoy preparando con la ayuda de la Dra. Wegman, se haga público en un futuro próximo. Entonces se verá que la antroposofía puede servir de inspiración para la medicina y los estudios médicos en general.
Pero deben tener claro que la carrera de Medicina es una carrera muy peculiar, que tiene unos requisitos muy especiales, una carrera en la que no se puede prescindir en absoluto de los resultados de las ciencias espirituales. No puede haber Medicina sin que en ella estén presentes los resultados de las ciencias espirituales. La situación caótica que aún nos encontramos en este ámbito se debe precisamente a que predominan una orientación académica y una línea de conocimiento que no son en absoluto adecuadas para el saber médico. La realidad actual es que disponemos de un conocimiento de las ciencias naturales, —también dentro del campo de la teología—, que solo es adecuado para fines técnicos, pero en modo alguno para el conocimiento relacionado con el ser humano. Para proporcionar conocimientos sobre el ser humano, no es adecuado. Porque, verán, el verdadero conocimiento médico requiere precisamente algo peculiar, y esto les quedará claro cuando hable de cómo surge realmente el ser humano.
Ayer ya hice hincapié sobre esto desde un punto de vista exotérico, y hoy, y en las siguientes clases, quiero dar el salto hacia lo esotérico: las sustancias externas son, en realidad, procesos. La sal no es más que el precipitado de procesos; los procesos del magnesio y del hierro son procesos que tienen lugar en la naturaleza. Los procesos del plomo y del mercurio son procesos que el ser humano no debe albergar en su interior, sino que tienen lugar en la naturaleza. Pero eso de que el ser humano no porta en su interior estos procesos, es solo aparente. ¿Cómo se forma el ser humano? En primer lugar, la estructura física se crea mediante la fecundación; esta estructura física debe unirse al cuerpo etérico del ser humano. Pero el cuerpo etérico del ser humano no surge inicialmente por medio de la fecundación, sino que se forma en torno a aquello que más tarde se convertirá en la organización del yo y la organización astral, en torno a lo espiritual-anímico que desciende de los mundos espirituales y que ya existía en la vida preterrenal. Nos encontramos, pues, ante el núcleo auténtico del ser humano, es decir, lo espiritual-anímico, que está presente, en primer lugar desde encarnaciones anteriores y que, en segundo lugar, sigue estando presente desde el periodo comprendido entre la muerte y el nuevo nacimiento, mucho antes de que se produzca la fecundación. Este núcleo espiritual-anímico del ser humano, antes de establecer una conexión con lo que surge como célula germinal física a raíz de la fecundación, forma en primer lugar el cuerpo etérico. Y aquello que se une a lo que está predispuesto en el embrión físico, —el yo, la organización astral, la organización etérica—, esta tríada se une a lo que surge de la fecundación física. Deben considerar el cuerpo etérico como algo que se forma a partir del cosmos. Ahora bien, este cuerpo etérico, que se forma a partir del cosmos, en el momento en que se une por primera vez a la organización física, contiene en sí mismo, las fuerzas que luego no se aplican a la organización física: las fuerzas del plomo y las del estaño. Solo es aparente que el ser humano no sea un microcosmos por el hecho de no contener ciertas sustancias. Las sustancias que el ser humano no posee en su cuerpo físico son las más importantes para la constitución del cuerpo etérico, de modo que en el cuerpo etérico, antes de que se una al cuerpo físico, tienen lugar, de hecho, procesos relacionados con el plomo, el estaño, el mercurio, etc.
Luego, el cuerpo etérico se une al cuerpo físico. Las demás partes, por supuesto, también. Y, en menor medida durante la etapa embrionaria, pero en mayor medida cuando comienza la respiración, es decir, en el momento del nacimiento, cuando se inicia la verdadera respiración externa, ocurre lo siguiente: Entonces, todas las fuerzas que el cuerpo etérico obtenía de las sustancias no ancladas en el cuerpo físico, pasan al cuerpo astral, y el cuerpo etérico adopta aquellas formas de fuerza que el cuerpo físico procesa en su interior. Así pues, el cuerpo etérico experimenta una metamorfosis muy significativa: la metamorfosis por la cual asume el contenido y la constitución del cuerpo físico, y cede su propia constitución, —su relación con el entorno del ser humano—, al cuerpo astral. El cuerpo astral está ahora íntimamente relacionado con lo que el ser humano puede conocer. Y en el momento, queridos amigos, en que empiecen a asimilar no solo conocimientos médicos teóricos, sino también reales y asimilados interiormente, en ese momento darán vida en su interior a aquellos contenidos que el cuerpo astral ya posee, que simplemente permanecen en el inconsciente y que representan las relaciones con el entorno.
Quiero poner un caso concreto. Tomemos, por ejemplo, una zona geográfica que se caracteriza por su melancolía, y ello se debe a que el sustrato, según la constitución actual de la Tierra, es de gneis, y en el gneis hay mica, un mineral que ustedes conocen. En primer lugar, la mica ejerce una influencia muy fuerte sobre la constitución física local que tiene una persona en una zona determinada. El cuerpo físico de una persona cambia si nace en una zona donde hay mucha mica. Lo que actúa sobre el cuerpo físico desde el suelo, desde la tierra, es la mica. Ahora bien, observarán que precisamente en las zonas donde hay mucha mica crece mucho rododendro. La planta se encuentra con frecuencia en los Alpes y en Siberia, entre otros lugares. La sustancia del rododendro es aquello que está íntimamente relacionado con el cuerpo etérico antes de que este se incorpore al cuerpo físico en tales zonas. El cuerpo etérico transmite esta afinidad con el rododendro al cuerpo astral. Y cuando en una zona de este tipo surgen enfermedades que se deben precisamente a un efecto preponderante de la mica a través de las aguas subterráneas entre los habitantes, el cuerpo etérico ha transmitido al cuerpo astral aquello que ha recibido del rododendro. Esto se encuentra ahora en el exterior, en la planta del rododendro. De ahí se deduce que en la planta del rododendro hay una savia que es curativa para esta enfermedad. De ello se deriva que, en muchos casos, —aunque no en todos—, el remedio se encuentre en las zonas en las que se producen enfermedades específicas, como remedio específico.
Ahora bien, deben ustedes tener en cuenta lo siguiente: cada noche, cuando se duermen, si son ustedes médicos, se sumergen con su cuerpo astral en el entorno que antes estaba relacionado con el cuerpo etérico y que ahora está relacionado con el cuerpo astral. Si ustedes adquieren conocimientos médicos y saben cuáles son las fuerzas curativas en el entorno humano, experimentarán continuamente el poder curativo mientras duermen. Aún estando dormidos, siguen experimentando la confirmación de aquello que pueden aprender en el exterior a través de la dialéctica. Y esto hay que tenerlo en cuenta en los estudios de medicina, porque todo aprendizaje dialéctico externo de la medicina no sirve de nada, nunca sirve. Se produce una disociación, se genera desorden, si no puede tener lugar cada vez durante el estado dormido la confirmación necesaria dentro del cuerpo astral y del entorno. Porque, si los estudios de medicina no se adquieren de tal manera que el cuerpo astral, en su diálogo con el entorno, pueda dar el «sí» al médico respecto a lo que ha aprendido, es exactamente como si escuchara algo que no puede comprender, que solo le confunde, de modo que, de hecho, el conocimiento médico está íntimamente relacionado con aquello que, en la vida del ser humano, le conduce al estado dormido. Y verán, es realmente así: precisamente de estas cosas debe surgir la convicción de que los estudios de medicina deben adquirirse a través del ser humano en su totalidad, y concretamente a través del ser humano vivo y sensible. Porque en este contacto nocturno con los ingredientes curativos, surge algo más que nunca puede adquirirse mediante la dialéctica: el impulso de prestar una ayuda real. Sin ese impulso, sin el sentimiento del médico, sin esa conexión con la persona a la que debe curar, sin ese impulso de ayudar personalmente, en el fondo no hay curación.
Verán, tengo que decirles algo que quizá les resulte muy extraño y paradójico, pero, dado que quieren aprender qué es lo que falta hoy en día y qué es lo que debe venir, también tengo que decir esto, pues desde Dornach trabajamos a partir de impulsos esotéricos. Verán, a menudo me han dicho que podría ocurrir que los medicamentos que fabricamos, —les parecerá paradójico, pero hay cosas que deben aceptar como paradójicas—; que habría que custodiar cuidadosamente los medicamentos que producimos en el laboratorio farmacéutico para que no puedan ser imitados. Una vez respondí a eso diciendo que, en realidad, no tengo tanto miedo a las imitaciones si logramos introducir impulsos verdaderamente esotéricos en nuestra corriente. Entonces se comprenderá que los productos se fabrican con un trasfondo esotérico, que no es lo mismo que se fabriquen aquí con todo lo que hay detrás de lo esotérico, con lo que se aporta, o que los imite cualquier fábrica. Puede que esto les parezca paradójico, pero es así. Precisamente es necesario, —mucho más que el hecho de que algo se consiga mediante elementos externos o artimañas comerciales—, que surja un cierto ambiente que realmente apunte a lo siguiente: hay algo detrás que hace que las cosas tengan propiedades curativas procedentes de lo espiritual. Esto no es superstición, es algo que, como verán más adelante, puede fundamentarse de manera estrictamente científica desde el punto de vista de las ciencias humanas. Por eso, las personas sensatas llegarán a la conclusión de que, al tomar los remedios que aquí se elaboran, ya se está dando el primer paso hacia lo que realmente hay que hacer.
Las objeciones de este tipo que ya se me han planteado pueden deberse a que hoy en día la gente no tiene ni idea de que, precisamente en el ámbito de la medicina, hay que tomarse mucho más en serio lo que es la vida esotérica y espiritual. Si, ante todo, comprenden esto, verán ya cómo debería crearse aquí, de forma realmente real —y no solo formal, como suele ocurrir—, una escuela superior, un centro de formación para los estudios de medicina. Ahora bien, también comprenderán que al primer curso exotérico de medicina debe seguir, ante todo, un segundo curso que se acerque al ser humano de la manera más eminentemente esotérica, que integre el conocimiento médico en aquello que en el ser humano se convierte en actitud, en actitud médica.
Sin duda, instintivamente siempre ha habido algunas personalidades que han buscado esa mentalidad médica. Y en el último tercio del siglo XIX, cuando en realidad había tan poco de lo que pudiera generar esa mentalidad médica, solo se podía observar, en algunas personalidades que entonces se consideraban excéntricas, cómo se había generado, de forma esporádica, esa mentalidad médica. En el fondo, la reputación de la escuela médica vienesa, con la que, en realidad, crecí, se había fortalecido tanto que esta escuela médica vienesa se basó esencialmente en aquella parte de la medicina en la que la terapia tiene menor importancia, a saber, la neumonía, donde menos se puede atender la enfermedad central, lo terapéutico. De ahí surgió lo que seguramente ya habrán oído mencionar: el llamado «nihilismo». Precisamente los médicos vieneses más destacados defendieron de forma totalmente consciente el nihilismo médico, es decir, partían del punto de vista de que «¡ningún remedio cura en absoluto!». En cierto sentido, Virchow también compartía este punto de vista. Su postura era la siguiente: de cada cien pacientes supuestamente curados, cabe suponer que, en el 50 % de los casos, habría sido totalmente irrelevante si se les hubiera administrado el medicamento, ya que se habrían recuperado incluso sin él. Y en el 30 % de los casos, se puede afirmar que el medicamento les causó un daño directo. En cuanto al resto, a veces puede haber sido el azar lo que hizo que precisamente los remedios que se eligieron y seleccionaron resultaran eficaces. —No lo digo yo, sino Virchow, que fue una figura destacada de la medicina del siglo pasado, quien lo afirmó. Aún hoy conozco a personalidades ilustres que defienden esta opinión con firmeza, a pesar de que quizá sean precisamente defensores de la terapia. En ello no hay precisamente una actitud médica, pero esta tampoco puede ser algo de lo que se hable meramente como una formalidad. Debe generarse en la realidad, y para ello se requiere precisamente ese aspecto humano, en el segundo curso, que debe construirse sobre lo exotérico. Para ello se necesita ese aspecto humano que actúa tal y como, aunque de forma degenerada, pero aún así, —diría yo—, a veces de manera magnífica y encantadora, estaba presente en una personalidad como la de Paracelso. Es cierto que se le pueden reprochar muchas cosas en uno u otro aspecto. Pero esta mentalidad médica estaba presente en él de manera magnífica. Siempre sabía que, cuando llegaba a una zona donde el «Rotliegende» resultaba repulsivo al salir a la superficie como tierra, una serie de enfermedades se debían simplemente a ello, —en concreto, enfermedades derivadas de afecciones de la sangre—, a que el suelo contenía «Rotliegende». La evolución del proceso patológico es muy característica. Cuando se llega a una zona con abundante «Rotliegendes», se observa que la población local se ha acostumbrado a él y, simplemente por su temperamento, muestra ciertas peculiaridades. Se observa que estas personas tienen una actividad del bazo muy intensa. Y cuando uno llega como forastero a esta zona, encuentra muy poco afecto; la gente es terriblemente testaruda, dogmática, ingenua; te consideran tonto si consideras que algunas de las cosas que hacen son una tontería. Sí, así es, la gente se acostumbra al Rotliegende. Pero cuando llega un forastero que quiere montar un negocio, no tolera el Rotliegende, sobre todo el agua. Empieza a presentar ciertos síntomas de enfermedad. Paracelso afirma que esas enfermedades que se originan allí se transmiten también a las personas que las padecen. Paracelso dijo: «Seguramente debe haber algo en el ámbito del cuerpo etérico; él lo llamó “Archeo”. Seguramente el Archeo debió de pasar por algo antes de entrar en el embrión». Ahora bien, siempre se observa que en esas zonas crece maravillosamente la acacia. Es muy fácil encontrar en la acacia, en las flores, en las hojas y, en determinadas circunstancias, también en las raíces, un jugo que puede constituir un remedio muy eficaz, dependiendo de la constitución de cada persona.
Se trata de que, gracias a esta mentalidad médica, se adquiere una visión de la naturaleza completamente diferente. Y así fue como —por aquel entonces yo aún era un niño— conocí a un médico. A menudo se le veía en los prados, en los campos y en las labranzas, donde se dedicaba a observar las plantas, las flores, los insectos y demás. En la zona donde ejercía como médico sin pretensiones vivían tres o cuatro eminencias. Se puede decir que la labor de este médico sin pretensiones, que tanto amaba las flores de los prados, resultaba mucho más fructífera para los enfermos que la de los médicos del Estado y las demás eminencias. Porque ellos obtenían su sabiduría de la escuela y de todo lo que se relacionaba con ella. Él, en cambio, obtenía realmente su sabiduría sobre los remedios del contacto directo con la naturaleza, lo cual, sin embargo, solo conduce al conocimiento médico si se es capaz de amar la naturaleza también en sus detalles. Ya no se la ama cuando se la observa bajo el microscopio. Hay que amarla, hay que ser capaz de observarla a simple vista. Verán, ahí se les señala lo necesario que es llevar a la vida consciente del cuerpo astral, precisamente para el conocimiento médico, y hacerlo de forma adecuada. Ahora bien, no pretendo en absoluto resucitar ante ustedes viejos temas médicos que ya han quedado obsoletos, sino solo decir aquello que se desprende de la observación directa del presente. Pero, dado que el lenguaje actual —incluida la terminología médica— carece de expresiones adecuadas, no queda más remedio que recurrir a una terminología que se ha transmitido de generación en generación. De lo contrario, habría que inventar una terminología. Quizá sería más conveniente para la difusión de nuestras ideas inventar una. Pero entonces tendríamos que dedicar años al estudio de esa terminología. Y como ustedes ya quieren escucharla, utilizaré las expresiones antiguas con algunas variaciones.
Por eso es bueno que, en primer lugar, nos fijemos en el mundo vegetal, no tanto porque yo pretenda recomendar los remedios a base de plantas de forma universal, sino porque se puede aprender mucho de ellos y, sobre todo, se puede obtener un beneficio inmenso para la profundización esotérica. Ahora bien, para la tradición médica es de fundamental importancia que se tengan en cuenta tres aspectos, pero no tal y como los consideramos hoy en día con nuestros conocimientos y habilidades comunes, sino de una manera diferente.
Si hoy un estudiante ha aprendido algo, lo sabe, y entonces piensa: «Qué bien, lo sé y puedo aplicarlo». - Sin embargo, la persona que es piadosa y religiosa aprende el «Padre Nuestro», también lo sabe, pero no piensa que basta con saberlo, sino que lo reza cada día; lo que sabe, lo reza a diario. Deja que lo que sabe recorra su alma cada día. Esa es una concepción totalmente diferente del asunto, es algo completamente distinto. O tomemos como ejemplo a un iniciado. De él se da por sentado, sin duda, que conoce los elementos del conocimiento oculto. A él no le importa en absoluto que los conozca, que los haya asimilado en su momento; para él es mucho más importante que, de vez en cuando, deje que los elementos más básicos y los siguientes fluyan con fe a través de su alma, de modo que pueda recibir en ella fuerzas impulsoras siempre nuevas. La persona con inclinación religiosa tiene experiencias muy diferentes a las de quien solo ve en la naturaleza algo que se asimila en el mundo físico. Debemos reencontrarnos una y otra vez en el ritmo de la naturaleza si queremos adquirir un conocimiento vivo y no muerto. El conocimiento, la actividad cognitiva, debe repetirse una y otra vez de forma rítmica. A eso me refiero cuando digo que la actitud médica debe servir de base para el conocimiento médico. Adquirir conocimiento médico a partir de la naturaleza del ser humano y de su entorno es especialmente importante en la relación terapéutica. Por eso es de suma importancia que se den cuenta de cómo hacen que la planta renazca una y otra vez en su alma.
Hay tres aspectos de la planta que revisten especial importancia. Uno de ellos —que destaca de manera muy particular en ciertas plantas— es el aroma de la planta, relacionado con los aceites esenciales que contiene. El aroma de la planta es lo que atrae a ciertos espíritus elementales que desean descenderse a las plantas. Y dado que lo que subyace al aroma —en la actividad, no en la sustancia— se encuentra en su forma más concentrada en el ámbito mineral, concretamente en el azufre, se puede decir, siguiendo la medicina antigua, que ese extracto espiritual de la planta, activo en su aroma, que despierta una especie de anhelo en los espíritus elementales que descienden atraídos por el aroma, a eso se le puede llamar el «azufrado» de la planta. Se puede decir que, ya solo al observar el «azufrado» de las plantas, se adquiere una comprensión correcta del aroma de las plantas, cuando se reconoce que allí tiene lugar un proceso espiritual, tanto en lo alto como en lo bajo, a través del cual la planta desprende su aroma. Esto es lo primero.
Una segunda cosa, que se adquiere, es una sensibilidad interior hacia lo que crece en la hoja. Se tienen tantas oportunidades de relacionar las flores con el aroma de las plantas, y las hojas con la forma de las plantas. Las hojas tienen formas muy variadas: dentadas, suaves, puntiagudas, romas, articuladas, etcétera. ¿No es así? Para ello hay que adquirir una sensibilidad sutil hacia ese carácter foliar de la planta, pues con ello cobran vida aquellas entidades espirituales que descienden a través del aroma. Y en ello resplandece desde la periferia del cosmos, por todas partes, el afán de dar forma de gota. Verán, hay algo que les permite adquirir un maravilloso sentimiento por aquello que, en realidad, forma parte del cosmos y está contenido en las hojas: si simplemente desarrollan amor por contemplar las hojas, cuando por la mañana las plantas están salpicadas de brillantes gotas de rocío. Porque estas gotas de rocío, en su esencia, reflejan sencillamente el afán de la periferia, del cosmos, por generar en lo vegetal lo esférico, lo que tiene forma de gota. Es la gota la que subyace por completo a todo lo frondoso de la planta. Y si en la planta solo actuara espiritualmente lo periférico, lo cósmico, la planta siempre adoptaría esta forma esférica. Se observa que en las plantas lo esférico aparece especialmente cuando lo cósmico toma la delantera, en la formación de algunas bayas y demás, también en la formación de algunas hojas, pero esta formación de gotas es inmediatamente aprovechada por las fuerzas terrestres.
La gota se extiende en todas las direcciones posibles, dando lugar a las formas más variadas. Esta tendencia a adoptar la forma de gota se encuentra concentrada, en su forma mineral, en el mercurio. Por eso, en la medicina antigua se denominaba «mercurial» a esta tendencia a adoptar la forma de gota. En la medicina antigua, Mercurio no era el mercurio, sino la tendencia a adoptar la forma de gota, la tendencia dinámica hacia la gota. Allí donde existe la tendencia a adoptar la forma de gota, allí está lo «mercurial». El mercurio es el metal que en la Tierra tiene forma de gota, porque allí se dan las condiciones para ello. El mercurio tiene en la Tierra la forma que tiene la plata en la Luna, donde también debería presentarse en forma de gota. Se trata de que la medicina antigua denominaba «mercurio» a todo lo que tenía forma de gota. Para los médicos de la antigüedad, todos los metales eran también mercurio. Esto es precisamente lo que hay que tener en cuenta: que la medicina antigua se basaba en lo móvil, en lo vivo. Tendremos que volver a ese carácter móvil y vivo. Entonces deberá llegar a comprender que se siente tan atraído por lo móvil, lo vivo, que se dice a sí mismo: «Cuando por la mañana recorro los pasillos y veo las perlas plateadas del rocío sobre las hojas, esas perlas plateadas del rocío me revelan lo que vive en el espíritu de las propias hojas: la aspiración hacia la forma esférica cósmica». - Pero esto hay que sentirlo para poder comprender la planta. Deben aprender a comprenderla en su forma esférica. Aprendan entonces a comprender la planta de tal manera que establezcan una relación con su aspiración hacia la forma de gota, y luego, ascendiendo a través de lo perfumado, alcanzarán poco a poco una comprensión sutil de todo aquello que actúa de forma centrífuga en el ser humano. Actúan fuerzas centrífugas cuando el ser humano puede cortarse las uñas. Han vuelto a crecer: se trata de fuerzas centrífugas que atraviesan al ser humano. Durante los primeros siete años, las fuerzas que culminan con la aparición de los dientes definitivos fluyen continuamente de forma centrífuga a través del ser humano. Se manifiestan sobre todo en la sudoración. Aquello que en el aroma de las plantas se eleva hacia arriba y atrae allí a los espíritus de la naturaleza, también vive en el aroma del sudor, que tiene una dirección centrífuga, de modo que, de hecho, si quieren buscar lo vegetal en el ser humano, deben dirigir la mirada hacia allí y suponerlo en su profundo anhelo de ascender. De este modo, se obtiene una comprensión profunda e íntima de la relación entre lo que hay en el exterior y lo que hay en el ser humano. Porque, verán, cuando el cuerpo etérico cede sus características al cuerpo astral, todo el proceso se invierte. El cuerpo etérico desea desarrollar hacia arriba aquello que toma del entorno. Al cederlo al cuerpo astral, se desarrolla de forma centrífuga hacia el exterior [¿hacia abajo?], de modo que el ser humano, de hecho, lleva en su interior, en esa dirección, lo que se convertirá en vegetal.
Observen cómo la planta se hunde en el suelo con su raíz, cómo establece con ella una conexión íntima con las sales del suelo en el sentido más amplio. Allí tiene lugar un proceso que es exactamente opuesto al fenómeno que acompaña a los procesos sensoriales, que son los procesos salinos. Tomen sal de cocina, que en solución tiene sabor salado, e imaginen este proceso invertido polarmente, es decir, que se anula la disolución, se produce una aglutinación y el olor y el sabor se vuelven latentes. Entonces tendrá el proceso que tiene lugar entre el suelo y la raíz de la planta. Eso es lo que en la medicina antigua se denomina «proceso salino». La medicina tradicional no se refería a la sal tal y como se la conoce hoy en día —es decir, la sal de carbonato de sodio y demás—, sino a aquella sal que, en la planta y en la raíz que se estrecha hacia abajo, establece una unión con las sustancias de la tierra. Eso es lo salino.
Al dirigir de forma rítmica y continuada su atención hacia estos maravillosos misterios de la naturaleza, usted da vida, en la práctica, a sus conocimientos médicos. Es decir, si intenta de esta manera dar vida a sus conocimientos médicos, comenzará a observar la naturaleza y al ser humano de tal forma que la curación surja del fuerte impulso de ayudar del que les he hablado anteriormente. En verdad, solo puede surgir de una base así, incluso de forma muy concreta. Esto debe estimularse de manera concreta mediante un aprendizaje exotérico, diligente, ambicioso y activo; de lo contrario, solo se harán cosas confusas. Pero es necesario saber que, de hecho, la verdadera base del conocimiento médico reside precisamente en esta inmersión rítmica en el entorno natural del ser humano, no en el aprendizaje médico teórico, sino en lo que acabo de intentar caracterizar y que ustedes pueden vivir rítmicamente.
Lo que ahora escribo en la pizarra «1» no es para que lo sepáis, sino para que estimule en vosotros, una y otra vez, esa revitalización de vuestro sentido médico. Es algo así:
Vosotros os unís
A la bendición del azufre
Del aroma del éter;
Vosotros os revitalizáis
En el ascenso del Mercurio
hacia la gota de rocío
de lo que crece,
de lo que se está formando.
Vosotros os detenéis
en la sal de la tierra
que nutre la raíz
en el suelo.
Esto es, en cierto modo, lo que el alma adquiere al contemplar el entorno, despertando el sentido interior para lo que la rodea. El ser humano puede entonces responder:
al fuego
del aroma de las flores;
con la gota centelleante
de la mañana entre las hojas;
con la sal que endurece,
con la que la tierra
cuida con esmero la raíz.
Pues bien, queridos amigos, lo que se puede adquirir al interiorizar esto una y otra, tal y como hacen los piadosos con la oración, es precisamente lo que despierta en el alma aquellas fuerzas que pueden actuar de forma curativa. Porque las fuerzas habituales que hoy en día se utilizan en la escuela no pueden despertar el conocimiento médico. Este debe extraerse primero del alma. Por eso siempre pongo al principio de las reflexiones esotéricas que queremos cultivar lo siguiente: cómo hay que pensar que las fuerzas del alma deben avivarse primero para que se active en el alma aquello que puede conducir al conocimiento médico.
Traducido por J.Luelmo