CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 26

GA316 Dornach, 3 de enero de 1924 El «yo» y la forma terrenal. El «yo» y la muerte

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

El «yo» y la forma terrenal. El «yo» y la muerte

Dornach, 3 de enero de 1924

¡Queridos amigos! Ya que al fin y al cabo vamos a aprovechar esas ocho horas, puedo ir un poco más despacio de lo que habría sido posible si hubiéramos tenido que darnos prisa. Sin duda, eso redundará en beneficio del asunto.

Hoy me gustaría, en cierto modo, continuar con el tema de ayer hablándoles de las particularidades de cada uno de los miembros del ser humano. Como saben, ayer les señalé que solo podemos considerar al ser humano en su totalidad, distinguiendo en él, el cuerpo físico, pero relacionando este cuerpo físico de forma directa con todo aquello que en el ser humano puede representarse con contornos definidos. Luego tenemos lo que me gustaría llamar el organismo líquido. Este organismo líquido está impregnado, atravesado por las fuerzas del cuerpo etérico, las cuales, sin embargo, se unen al cuerpo físico como componentes originarios. Por tanto, este ser humano líquido, está impregnado de las fuerzas etéricas. Esas son las fuerzas que actúan de forma periférica, las fuerzas que actúan desde todas partes. Luego tenemos el cuerpo astral, al que debemos considerar de tal manera que no podemos limitarnos a una visión espacial, sino que debemos tener claro que debemos considerar el cuerpo astral de forma puramente cualitativa, ya que una visión cuantitativa no nos aporta absolutamente nada. Debemos imaginárnoslo realmente situado en un mundo que no es el mundo espacial tal y como lo conocemos a primera vista, sino que se encuentra fuera de ese mundo espacial.

Y con mayor razón debemos tenerlo en cuenta en el caso de la organización del «yo». Ahora bien, la cuestión resultará más clara si partimos directamente de la organización del «yo». ¿En qué consiste esta organización del «yo»? En el mundo físico, esta organización del «yo» se percibe en la forma del cuerpo físico. Por supuesto, en el mundo físico solo puede percibirse en la forma interna y externa del cuerpo físico. Pero si observamos el cuerpo físico del ser humano, debemos tener claro que, tal y como se presenta como cuerpo físico en el mundo físico, no tiene nada en común con las fuerzas que actúan en el mundo físico. Porque en el instante en que el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, —es decir, cuando la organización del «yo» abandona el cuerpo físico—, se produce para el cuerpo físico el hecho de que comienza a sucumbir a las fuerzas del mundo exterior, lo que significa que se destruye, no que se construye. Si tienen en cuenta que el cuerpo físico es destruido por las fuerzas que se encuentran en la naturaleza exterior, comprenderán sin lugar a dudas que, en su configuración, el cuerpo humano no puede sucumbir de ningún modo a las fuerzas del mundo físico. Así pues, cuando la organización del «yo» configura y da forma al cuerpo físico, esto significa que lo arranca de las fuerzas que, de otro modo, se encontrarían en el entorno terrenal del ser humano.

En otras palabras, la organización del «yo» es algo completamente distinto de lo que encontramos en el mundo físico. Ahora bien, esta organización del «yo» está sin duda relacionada, verdaderamente relacionada con la muerte. Es decir, aquello que ocurre cuando de repente se produce la muerte, también está teniendo lugar de forma continua y constante a lo largo de la vida terrenal por medio de la organización del «yo». En realidad, el ser humano muere continuamente, solo que esta muerte se compensa. Para que se hagan una idea del asunto, imagínense, por ejemplo, que se enfrentan a un problema inverso al de Penélope. Imagínense que cada día se dedican a retirar un montón de tierra que hay cerca de su casa y que, por la noche, cuando ustedes no están, alguien vuelve a amontonarlo allí; y mientras se pueda amontonar ese montón de tierra, ustedes no tendrán mas remedio que seguir retirándolo. Pero, en cuanto ese montón de tierra empiece a hacerse cada vez más pequeño gracias a la acción de quien lo amontona, hasta que finalmente desaparezca por completo, ya no tendrán nada que ver con él. Así es, más o menos, la organización del «yo» en su relación con el cuerpo físico. Piénsenlo: cuando alimentan el cuerpo físico, le aportan sustancias procedentes del entorno terrenal. Estas sustancias que le aportan tienen sus propias fuerzas internas, tienen una determinada configuración de fuerzas, y así, por ejemplo, cuando ingieren sal de cocina como complemento de la alimentación, esta sal, al proceder del exterior, posee inicialmente el mismo impulso de actividad interna que tiene en el exterior como sal de cocina, Sin embargo, ya desde la boca se la empiezan privar de esas propiedades y luego se las van quitando cada vez más, de modo que, al final, cuando la organización del yo actúa lo suficiente, en el interior del ser, ya no queda nada de la sal de cocina tal y como es en el exterior. La sal de cocina se ha convertido en algo completamente distinto. La actividad de la organización del «yo» consiste precisamente en transformar los alimentos que uno ingiere. Cuando en el cuerpo físico, ya no tenga la posibilidad de ingerir alimentos, el «yo» ya no tendrá ninguna función, del mismo modo que ustedes ya no tienen ninguna función cuando nadie vuelve a amontonar tierra con la pala. Entonces, precisamente debido a la incapacidad de ingerir alimento, se produce para el yo la imposibilidad de actuar en el cuerpo físico a partir de las condiciones térmicas. Se puede decir que aquello que provoca la imposibilidad de transformar las sustancias externas de tal manera que ya no tengan nada de lo que tienen dichas sustancias externas, sino que estén por completo al servicio de la organización del yo, provoca la muerte.

¿Qué hace realmente la organización del «yo» con el cuerpo físico? Lo destruye continuamente; hace lo mismo que hace la muerte, solo que debido al hecho de que el cuerpo físico es capaz de absorber sustancias externas como alimento, esto se compensa siempre de modo que entre la organización del «yo» y la alimentación se da una polaridad opuesta. Pero para el ser humano, la organización del «yo» significa exactamente lo mismo, en cierto modo resumido, que lo que significa la muerte definitiva, solo que en una actividad continua y constante. Debido a su organización del «yo», uno se va muriendo de modo constante; es decir, va destruyendo su cuerpo físico desde dentro, mientras que, por el contrario, cuando pasa por la muerte, la naturaleza exterior destruye su cuerpo físico desde fuera. El cuerpo físico es susceptible de destrucción en dos direcciones diferentes, y la organización del yo es simplemente la suma de las fuerzas destructoras hacia el interior. Se podría decir que la organización del yo tiene la tarea de provocar la muerte, —ya veremos más adelante por qué es así—, pero, en un primer momento, nos parece realmente que esta organización del yo no tiene otra función que provocar continuamente la muerte en el ser humano, lo cual solo se evita gracias a que se produce un nuevo aporte, y esta actividad de provocar la muerte siempre acaba de comenzar, de modo que tenemos: la organización del «yo» es, en realidad, cualitativamente idéntica a la muerte, y la organización física es, en realidad, idéntica a la alimentación. Esto es lo que hay que esbozar en un primer momento; lo discutiremos con más detalle más adelante.


Estos dos procesos, que actúan en el ser humano como procesos polares, tienen entre sí el cuerpo etérico y el cuerpo astral. Entre la organización del «yo» y el organismo físico se encuentran los cuerpos astral y etérico. Verán, el cuerpo astral solo actúa directamente sobre la parte gaseosa del organismo humano y, desde allí, de forma indirecta a través del cuerpo etérico, sobre el organismo líquido y el organismo nutritivo o físico. En cada órgano humano concreto se produce una interacción entre el organismo etérico y el astral. Si se observa la acción del organismo etérico sobre cualquier órgano, se aprecia que dicha acción consiste en que el órgano recibe de este organismo etérico una vida que brota y florece. Todo lo que existe como fuerza vital en un órgano concreto o en el organismo proviene del organismo etérico.

Si se observa el organismo astral, en todo momento se aprecia que este organismo astral tiene la tendencia constante de paralizar el crecimiento, la vida que brota y florece; paralizarla pero no matarla. La organización del «yo» tiene la tendencia a matar el organismo y los órganos individuales continuamente, y a ello debe oponerse aquello que, al igual que la sustancia nutritiva absorbida del exterior, actúa como un estímulo que, en realidad, vivifica continuamente los órganos, algo que es especialmente activo en la infancia y la juventud del ser humano.

A los impulsos etéricos se opone la actividad del cuerpo astral, que, en realidad, inhibe continuamente la actividad etérica. Imaginen que en su organismo solo hubiera actividad etérica, vida que brota y germina: nunca llegaría a tener una vida anímica, nunca podría desarrollar una conciencia. Tendrían que vegetar en una existencia vegetal. Todo quiere crecer, brotar, florecer, pero la conciencia no se desarrolla con el mero hecho de crecer, brotar y florecer. Para que se desarrolle la conciencia, es necesario que se paralice la vida etérica, el brotar y florecer. Y con ello, en un órgano que se ve frenado, ya tenemos, en la vida humana normal, en realidad, el comienzo continuo de la enfermedad. Uno no puede desarrollar una conciencia en su interior sin desarrollar al mismo tiempo, de forma continua, la tendencia a la enfermedad. Porque si uno solo pretendiera estar sano, podría estarlo, pero a costa de vegetar. Si quieren desarrollar una vida anímica, si quieren alcanzar la conciencia, primero deben pasar por la fase de vegetación, pero eso si, luego deben ustedes atenuarla. Y así es como se contraponen de forma polar, -aunque no con tanta intensidad como el organismo físico y la organización del yo, sino en un sentido atenuado-, el organismo etérico y el astral, debiendo el organismo astral atenuar continuamente aquello que es provocado por el organismo etérico. Por eso, lo que el organismo astral hace día tras día en la vida del ser humano es, en realidad, una tendencia constante hacia la enfermedad. Lo que hace el organismo etérico es rebosar salud. Y por eso se puede decir, del mismo modo que se puede afirmar de manera abstracta que el ser humano está compuesto por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y la organización del yo, que el ser humano está compuesto por los procesos de nutrición, por los procesos de curación que brotan y florecen, por los procesos de enfermedad que actúan continuamente en su interior, y de lo que es una muerte continua, que se frena una y otra vez, hasta que, por así decirlo, los procesos de muerte se suman, formándose una especie de integral de ellos y se produce la muerte.

Tomemos este organismo astral, que tiene la tendencia constante a provocar de alguna manera la enfermedad en el ser humano, ya sea en un órgano concreto o en su conjunto. Sí, basta, por supuesto, con que practiquen una introspección verdaderamente sana para darse cuenta de que así es, pues no podría surgir ningún sentimiento en ustedes si no existiera este organismo astral. Imagínense esto: el organismo etérico está ahí, desarrolla la vida; el organismo astral está ahí, la paraliza. Ahora bien, en la vida despierta, —ya hablaré más adelante del dormir—, debe producirse un vaivén continuo, en un equilibrio inestable, entre lo etérico y lo astral. Gracias a ello, el ser humano siente. Si ese vaivén no existiera no sentiría nada. Pero imaginen ahora que la actividad astral no es contrarrestada de inmediato por la actividad etérica. Cuando se contrarresta, es decir, cuando en el status nascendi lo astral es rechazado de inmediato por la actividad etérica, surge el sentimiento normal. Veremos en el plano físico cómo se relacionado esto con la actividad glandular. Pero si la organización astral se vuelve más poderosa, de modo que el órgano no puede contrarrestarla suficientemente mediante su actividad etérica, entonces el órgano queda demasiado dominado por la actividad astral y, en lugar de que se produzca un vaivén, se produce una deformación del órgano, y, simplemente por el hecho de que el cuerpo astral inhibe más allá de lo que le corresponde, —es decir, de lo que se reequilibra en el status nascendi—, la causa de la enfermedad se encuentra en el cuerpo astral. De hecho, la enfermedad está tan relacionada con los sentimientos que podemos afirmar que la vida emocional del ser humano no es más que el reflejo anímico de la vida de la enfermedad. Si se produce un vaivén a lo largo del tiempo, la vida emocional se basa siempre, en su inicio, en su estado naciente, en el momento de su surgimiento, en el mismo proceso que, cuando lo astral toma el predominio, indica un proceso patológico. Ahora bien, también puede ocurrir que lo astral quede rezagado y lo etérico se imponga, en cuyo caso surge una proliferación, es decir, una enfermedad que se inclina hacia el otro lado. Si ven el predominio de lo astral en la aparición de estados inflamatorios, verán el predominio de lo etérico en la aparición de proliferaciones. Y hay que decir que, en la vida emocional totalmente normal, existe un equilibrio continuamente inestable entre los crecimientos anómalos y los procesos inflamatorios. La vida normal del ser humano necesita la posibilidad de enfermar. Pero debe producirse un equilibrio continuo. Verán, esto hace posible que, en la vida emocional del ser humano, se pueda percibir una cantidad extraordinaria de cosas, si se es capaz de ver correctamente lo que representan los procesos patológicos. Si se observan estas cosas, se puede constatar la llegada de la enfermedad en el mal funcionamiento de la vida emocional mucho antes de que la enfermedad sea diagnosticable físicamente. La enfermedad no es más que una vida emocional anómala del ser humano.

La vida emocional permanece en el plano anímico, porque en el plano etérico sigue existiendo un equilibrio. En cuanto deja de existir ese equilibrio, la vida emocional desciende hacia el cuerpo físico y se une a él. Así pues, en cuanto la vida emocional se precipita hacia un órgano, aparece la enfermedad. Por lo tanto, si el ser humano es capaz de mantener normalmente el sentimiento en el alma, goza de buena salud; si no puede hacerlo y el sentimiento se precipita hacia algún órgano, surge la enfermedad.

Digo esto a modo de introducción porque así podrán ver lo necesario que es que el médico tenga realmente un buen ojo también para la vida anímica del ser humano. Y, en el fondo, no se puede desarrollar el sentido del diagnóstico si no se tiene una mirada aguda para la vida anímica del ser humano. Hablaremos más adelante de los detalles, y entonces esto quedará más claro.

Pero, ¿qué ocurre si se tienen en cuenta la organización del yo y el organismo físico? Fíjense, en primer lugar, en el proceso de alimentación. Este proceso de alimentación destruye continuamente lo que constituyen las sustancias del mundo exterior. El organismo astral paraliza aquello que es el ser humano internamente debido a su organismo etérico; se trata de establecer un equilibrio interno entre el organismo astral y el etérico. Se establece un equilibrio entre el «yo» y el organismo físico, entre el mundo exterior y el mundo interior, de modo que se puede decir: la sal, tal y como la conocemos, pertenece al mundo exterior. Si la sal es absorbida por la alimentación y la organización del «yo», esta última debe ser capaz de no dejar nada de lo que la sal es en el exterior, sino de transformarlo todo. Si deja algo, eso significa que hay un cuerpo extraño en el organismo humano. Pero no deben concebir este cuerpo extraño en el organismo humano simplemente como un cuerpo extraño de contornos nítidos; ese es, en la mayoría de los casos, el último de los casos. Sino que ese cuerpo extraño también puede ser el calor externo. En el organismo no debe haber calor en absoluto, a menos que este calor sea procesado  por ustedes mismos mediante la organización del yo. Imagínense que tienen a una persona y que debe observar en ella que se ve afectada en algún punto por un estado de calor externo que no genera por sí misma, del mismo modo que un trozo de madera se ve afectado por un estado de calor externo. Supongamos que el estado de calor externo no fuera para el ser humano solo un estímulo para generar, como reacción o efecto, un calor propio, sino que el calor externo, —o el frío—, se acercara directamente al ser humano, y que este percibiera ese frío o calor externo también como un cuerpo extraño en su interior, de modo que se pueda decir: El equilibrio interno entre la enfermedad y la salud viene determinado por el organismo astral y el etérico; el equilibrio entre el ser humano y el mundo, por la oposición polar entre el cuerpo físico y la organización del yo. Se trata de adquirir realmente una visión de la eficacia de estos cuatro miembros del organismo humano. Porque, como ven, desde el organismo físico externo no se puede reconocer en absoluto la enfermedad. Lo que es la enfermedad se desarrolla íntegramente en lo suprasensible. Es necesario tener una idea del organismo astral si se quiere abordar la enfermedad enteramente. 

Y ustedes también lo comprenderán, si hoy, a modo de introducción, nos permitimos abordar conceptos tan triviales, partiendo de un hecho diferente. En un órgano se produce dolor. Sí, cuando el cuerpo astral es demasiado poderoso, el órgano se deforma y se produce dolor. Cuando el órgano compensa inmediatamente la influencia del cuerpo astral, en el «status nascendi», entonces surge la sensación. Pero el dolor es, en el fondo, una sensación, solo que una sensación intensificada, derivada de la deformación, de modo que se comprende por qué la enfermedad va acompañada de dolor. De lo contrario, es muy fácil llegar a preguntarse: ¿por qué surge el dolor en los síntomas de la enfermedad? Es muy fácil comprender por qué surge el dolor cuando se sabe que esta enfermedad se nutre únicamente de una manifestación tan intensa de la sensación que esta vida sensorial ejerce un efecto deformador sobre el órgano. Comprenderán que todas las manifestaciones sensoriales pueden evaluarse realmente a partir de una observación profunda de la vida anímica humana. Ahora bien, solo podemos ver estas cosas bajo la luz adecuada si nos decimos a nosotros mismos: Por supuesto, varía de una persona a otra si un órgano u otro se ve afectado de alguna manera por una actividad desmesurada del cuerpo astral. —Supongamos, por ejemplo, como ocurre en un caso concreto, que el cuerpo astral afecta al hígado. El hígado se comporta de manera diferente, muy diferente a la de otros órganos. Puede verse deformado en gran medida por el cuerpo astral sin provocar dolor, sin que se produzca dolor directamente en el propio órgano. Por eso las enfermedades hepáticas son tan ocultas, tan insidiosas, porque no se anuncian mediante el dolor. Esto se debe a que el hígado es el órgano que, en realidad, por toda su constitución, constituye un enclave dentro de la organización humana. En el hígado tienen lugar procesos que, de entre todos los que se producen en el organismo humano, son los más similares a los del mundo exterior, de modo que, de hecho, en el hígado es donde el ser humano deja de serlo en mayor medida. En el hígado deja de ser humano. Se convierte en mundo exterior; tiene en su interior un pedazo del mundo exterior. Esto es muy interesante. Tenemos el mundo exterior (véase el dibujo), tenemos al ser humano y, a su vez, en el ser humano hay algo que es como un fragmento del mundo exterior. Es como si, en cierta medida, se hubiera abierto una especie de agujero en el organismo humano. Y del mismo modo que no dolería si el cuerpo astral se hundiera en este paño, tampoco dolería si el cuerpo astral se hundiera en el hígado. El cuerpo astral puede destruir, pero no puede causar dolor, en lo que respecta al hígado, porque el hígado es el órgano que está exento, en el que, internamente, como en un enclave, aparece una parte del mundo exterior dentro del organismo humano.


Nunca se comprenderá el organismo humano sin abordar estas cuestiones. En la literatura habitual sobre fisiología y anatomía encontrarán los datos más variados sobre el hígado. Los comprenderán si saben que el hígado es lo que, en el interior del ser humano, le resulta más ajeno a ese mismo ser humano. ¿Y por qué es el hígado, en el interior del ser humano, lo que más ajeno le resulta? Si observan un ojo humano, —o cualquier órgano sensorial—, es como una cavidad que se adentra desde el mundo exterior hacia el interior del ser humano. En el ojo tienen lugar procesos que casi podemos comprender mediante la física. En el caso del ojo, en realidad resulta fácil ser, ante el ser humano, un mero físico. ¿No es así? Uno dibuja una imagen, traza unas líneas que, en realidad, son un terrible disparate, pero que le permiten visualizar el proceso de refracción de la luz y formación de la imagen en una lente común. La gente hace exactamente el mismo dibujo cuando se trata del ojo. Dibujan un rayo de luz cualquiera que atraviesa una lente, se refracta, forma una imagen en el fondo del ojo, etcétera. La gente se ha convertido por completo en físicos en lo que respecta al ojo y, al fin y al cabo, desde la época de Helmholtz, el oído también se ha convertido casi en un piano. Así pues, en los órganos sensoriales se está extendiendo bastante esa visión que, desde un punto de vista externo, es aplicable a la naturaleza. Allí, algo del exterior se prolonga hacia el interior. Una parte del mundo exterior se prolonga hacia el interior. Esto incluso se ajusta a la historia del desarrollo. En ciertos animales inferiores se observa cómo mediante un invaginado y un relleno desde el exterior, se forma el ojo de modo que el ojo se forma, por así decirlo, dentro del organismo, no crece desde él, de modo que en los órganos sensoriales tenemos una parte del mundo exterior dentro del organismo. Pero están abiertos hacia el exterior; el mundo exterior penetra en el organismo como en oleadas a través de los órganos sensoriales. Ahora bien, el hígado está cerrado inicialmente por todos los lados, pero es como un órgano sensorial, aquel órgano sensorial que, de hecho, en el inconsciente muestra una gran sensibilidad hacia el valor nutricional de las distintas sustancias que ingerimos. Y hay que decir que solo entonces se comprende lo que ocurre en la digestión y en la nutrición, cuando no se atribuyen al hígado únicamente esos procesos físicos que hoy en día se le suelen atribuir. Estos no son más que la expresión de lo espiritual y lo anímico. Debemos considerar que el hígado es un órgano sensorial interno para los procesos alimentarios. Y, piénsenlo, está mucho más cerca de las sustancias terrestres que nuestros órganos sensoriales habituales. Con el ojo estamos expuestos, en primer lugar, al éter como efecto; con el oído, al aire; el hígado, en cambio, está expuesto directamente a las cualidades materiales del mundo exterior y debe percibirlas.

Otro órgano sensorial es el corazón. Pero mientras que el hígado está expuesto, con su capacidad de percepción, a las sustancias externas que penetran en el ser humano, el corazón es un órgano sensorial destinado a percibir enteramente el interior del ser humano. Es absurdo, —como quizá hayan podido deducir de algunas explicaciones que he dado—, que el corazón sea una especie de bomba que impulsa la sangre a través de las venas. El movimiento de la sangre se produce a través del «yo» y del cuerpo astral. Y en el corazón tenemos simplemente un órgano sensorial que percibe la circulación, concretamente la circulación que va desde la parte inferior hacia la parte superior del ser humano.

Sí, verán, el hígado tiene que determinar, por así decirlo, en el proceso digestivo, cuál es el valor de, digamos, cualquier hidrato de carbono en el ser humano. El corazón tiene que determinar cómo actúan el cuerpo astral y el Yo en el ser humano. El corazón es, por tanto, un órgano sensorial totalmente espiritual, mientras que el hígado es un órgano sensorial totalmente material. Y debemos establecer esta distinción. Debemos llegar a un conocimiento de los órganos que sea cualitativo. ¿Cómo procede hoy en día la ciencia natural en la que se basa la medicina? Se extrae, con gran indiferencia, un tejido de una parte del organismo, digamos del corazón o del hígado. Este tejido se examina en cuanto a su estructura y constitución físicas externas. Pero con eso no se ha dicho absolutamente nada sobre el órgano en cuestión dentro del organismo humano. Tengo aquí un cuchillo y aquí otro, y los examino. Este es un cuchillo y este es un cuchillo. Si los examino por su forma, es decir, por cómo se ve un cuchillo, —que tiene un filo en la parte trasera, un filo en la parte delantera, que va encajado en un mango, etcétera—, solo saco una conclusión: esto es un cuchillo y esto es un cuchillo. Tengo que salir de este tipo de análisis, tengo que referirlo a un todo y solo entonces puedo encontrar la diferencia entre un cuchillo de mesa y una navaja de afeitar. Desde un punto de vista externo, una navaja de afeitar también podría ser un cuchillo de mesa. Por lo tanto, no puedo reconocerla únicamente por su forma exterior. Así pues, no puedo saber nada sobre la importancia de un órgano a partir de la mera observación del mismo, tal y como se hace hoy en día; debo considerarlo siempre en su contexto global. El mero estudio de la estructura y las características de un órgano no aporta absolutamente nada. En primer lugar, hay que partir de una visión del ser humano totalmente diferente a la que proviene de la química y que solo analiza las afinidades químicas y las fuerzas químicas.

En este sentido, la gente de hoy en día es realmente terriblemente ingenua. En cierto instituto de fisiología se han realizado experimentos para ver cómo se puede alimentar a los ratones con leche. Se les puede alimentar muy bien. Crecen de maravilla. Engordan y se vuelven gordos. Sí, pues bien, al mismo tiempo, para demostrar que, después de todo, en la leche hay algo más que sus componentes, se tomaron dichos componentes y se los administraron a los ratones. Se llevaron a cabo estos experimentos. Los ratones murieron en tres o cuatro días; no se les pudo mantener con vida. ¿Qué hicieron las personas? Dijeron: «Así pues, la leche no solo contiene los componentes que conocemos, sino que además tiene una sustancia más: la vitamina». Tuvieron que constatar la existencia de una sustancia muy sutil: la vitamina. Se inventó una sustancia de ese tipo. Pero no se trata de eso, sino de que, cuando se tienen los componentes de la leche, se tienen tal y como si alguien dijera: «Aquí hay un reloj con cadena; ahora voy a conocer el oro, la plata, los demás metales que hay en el reloj, el cristal y así sucesivamente». Sí, cristal, oro, plata, los demás metales: eso todavía no es un reloj. El reloj reside, al fin y al cabo, en lo que el pensamiento del mecánico hace con ello. Y el pensamiento del mecánico, en este caso, cuando contemplo la leche y sus componentes, es que en los componentes se encuentran las cualidades terrestres, las cualidades que los componentes individuales tienen procedentes de la Tierra. Junto a estos componentes, hasta cierto momento, siguen estando presentes las fuerzas periféricas que provienen del cuerpo etérico.

Hay que decidirse a aceptar de una vez por todas estas cosas como algo más que su mera existencia. En realidad, no es por el hecho de que algo esté oculto por lo que se inventa, sino que cosas como las vitaminas son inventos mediante los cuales simplemente se constata lo que ya existe. Debe imponerse una forma de ver las cosas completamente diferente.

Si come demasiadas patatas, no servirá de nada intentar determinar el efecto de las patatas en el organismo humano a través de la cantidad de hidratos de carbono; eso no servirá de nada. Los demás hidratos de carbono, que se encuentran, por ejemplo, en las hojas, —y no en el tubérculo—, o si se quiere, en las frutas, se procesan en el tracto digestivo. La patata es algo extraordinariamente curioso. Sus propiedades penetran tan profundamente en el organismo humano que lo que, por ejemplo, en el caso de la alubia aún ocurre dentro del tracto digestivo, en el caso de la patata ocurre, en realidad, en el cerebro. En el cerebro también tienen lugar continuamente procesos nutricionales. Quiero insinuar estas cosas para desarrollarlas más adelante. Así pues, quien come demasiadas patatas puede, en determinadas circunstancias, exigir demasiado a su cerebro. Traslada al cerebro procesos que deberían tener lugar fuera de él. Esto nos brinda la oportunidad de recuperar algo de la medicina para nuestra higiene y, en general, para toda la vida social, al aprender de este modo a conocer las relaciones del ser humano con la materia que le rodea, no a partir de la composición química, sino desde el contexto del mundo.

Hay una diferencia fundamental entre que una sustancia se encuentre en la hoja o en el rizoma. Mucho más importante que saber si contiene hidratos de carbono es saber de qué parte de la planta procede. Los rizomas están más relacionados con la organización de la cabeza del ser humano, mientras que las flores y las hojas están más vinculadas a la parte inferior del ser humano. Y, en realidad, la composición química no desempeña en absoluto un papel decisivo. Hay que conocer las relaciones del ser humano con el entorno a partir de aspectos totalmente distintos si se quiere evaluar realmente lo que cura y lo que enferma, es decir, el verdadero agente patógeno y el remedio. Prestar atención a los indicios que proporciona la química abstracta es algo que, poco a poco, ha socavado en realidad todos los conocimientos del ser humano, porque, en realidad, el hecho de conocer la composición química de algo no permite saber qué relación tiene realmente el ser humano con el entorno.

Tomemos otro ejemplo. El enfoque basado únicamente en la química muestra que el oxígeno es necesario en el aire, pero el nitrógeno no lo es en la misma medida. Y, a juzgar por lo que la gente piensa hoy en día sobre el oxígeno y el nitrógeno, se podría creer, —así se podría pensar—, que, en lo que respecta a la respiración, no sería tan importante que un aire cualquiera tuviera poco nitrógeno, siempre y cuando tuviera suficiente oxígeno. Sin embargo, se ha demostrado que, cuando hay muy poco nitrógeno en el aire, el ser humano libera nitrógeno para reponerlo en el aire circundante.

El ser humano depende de que exista una cierta proporción entre su contenido de nitrógeno y el del aire que le rodea, al margen de la respiración.

Todas estas cuestiones revisten una importancia capital para el conocimiento del ser humano. Pero todas ellas, aunque sean investigadas o comprendidas por unos u otros, carecerán de utilidad para el mundo científico actual si no se dispone de los fundamentos necesarios para integrar al ser humano en todo su entorno. Eso es lo que queremos hacer en nuestras reflexiones, con el fin de arrojar luz tanto sobre el ser humano sano como sobre el enfermo.


Traducido por J.Luelmo


GA316 Dornach, 2 de enero de 1924 - Ilusión de la imagen humana presentada de manera contorneada

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Ilusión de la imagen humana presentada de manera contorneada

Dornach, 2 de enero de 1924

¡Queridos amigos! Lo primero de lo que me gustaría hablarles, es de lo referente a los propios estudios de medicina. Hoy en día, los estudios de medicina se cursan de tal manera que se basan en una cosmovisión de las ciencias naturales, —o, mejor dicho, en una interpretación de las ciencias naturales—, que no llega hasta el ser humano y que, en la actualidad, no es en absoluto adecuada para decir nada sobre el ser humano. Y en realidad, así es como los jóvenes médicos se acercan al enfermo, y llegan hasta él sin poder tener una idea real del ser humano sano. Porque, verán, cuando se aprende en un primer momento la anatomía y la fisiología de tal manera que se tiene la idea de que lo esencial del organismo humano son los órganos y los sistemas orgánicos que se presentan con contornos fijos, como el sistema óseo, el sistema muscular, y si uno se ha acostumbrado a ver estos sistemas precisamente con esos contornos definidos con los que se suelen dibujar, se acaba adquiriendo una visión totalmente errónea del ser humano. Porque aquello que se dibuja de esta manera y que también se imagina dibujado, lo que en realidad se obtiene como contenido de su conocimiento, se encuentra en un proceso continuo de devenir, en una construcción y desintegración continuas, en un devenir constante, en un surgimiento y una desaparición continuos. Y cuando empezamos a considerar este surgir y desaparecer, nos damos cuenta de inmediato de que, en lo que respecta al organismo humano, debemos pasar de lo contorneado a lo fluido, lo no contorneado, que necesitamos imaginarnos al ser humano como el resultado, por así decirlo, de una corriente que perdura en determinados puntos, y debemos añadir a lo que, en realidad, es la parte más insignificante del ser humano, al «ser humano líquido», si se me permite expresarlo así, al ser humano que ya no está sujeto a aquellas leyes a las que están sujetos los cuerpos nítidamente contorneados. Hoy en día, basándose en conceptos anatómico-fisiológicos, se suele pensar que, cuando se ingiere líquido para saciar la sed, y luego se sigue ingiriendo cada vez más de ese mismo líquido, dicho líquido, —que, digamos, tras haber bebido un vaso de agua, viene a continuación como cuarto o quinto vaso—, pasa por el organismo el mismo proceso que el primero. Pero eso no es cierto. El primer vaso de agua recorre un proceso complejo hasta saciar la sed; el segundo vaso de agua, cuando la sed ya no es tan intensa, atraviesa el organismo mucho más rápido que el primero, sin pasar por ese proceso. No recorre en absoluto los complicados caminos que ha recorrido el primer vaso, y en el caso del segundo vaso de agua se trata más bien de una especie de simple flujo continuo en el ser humano como ser líquido, si se me permite expresarlo de forma un tanto simplista.

Y así, debemos decir que un verdadero conocimiento del ser humano debe tener en cuenta, en primer lugar, los órganos de contornos bien definidos, pero también aquello que está en constante movimiento dentro del organismo. Ciertamente, también se hace referencia a eso, a lo que está en movimiento, pero de tal manera que se pretende comprender más a fondo los fluidos que se encuentran en movimiento, —y, en general, la configuración líquida del organismo humano—, únicamente según las leyes de la dinámica o de la mecánica. Pero no es cierto que estas leyes sean aplicables; más bien, en el momento en que se tiene en cuenta al ser humano como ser líquido, interviene en él el llamado cuerpo etérico del ser humano.

El cuerpo físico del ser humano es simplemente aquello que se corresponde con los dibujos anatómicos que se pueden ver en los atlas y libros de anatomía. Sin embargo, hay que dejar de lado lo que constituye la circulación de fluidos en el organismo humano. La circulación de fluidos en el organismo humano no depende de fuerzas terrenales; las fuerzas terrestres también intervienen, pero en su esencia no depende de ellas, sino de aquellas fuerzas planetarias de las que he hablado en la conferencia, por lo que debemos decir lo siguiente: mientras tengamos que ver con órganos y sistemas orgánicos claramente definidos, solo entran en juego las fuerzas terrestres. En el momento en que nos ocupamos de lo que circula, ya sea la circulación del jugo alimenticio o del jugo alimenticio ya transformado en sangre, las fuerzas que lo dirigen no son terrestres, sino planetarias. Profundizaremos en el tema con más detalle. Por ahora, solo se trata del principio.

Así, hemos asignado esencialmente al ser humano sólido el cuerpo físico, y al ser humano líquido el cuerpo etérico. Ahora bien, en el organismo humano también interviene lo aéreo, lo gaseoso, y más de lo que muchos creen. En la medida en que lo gaseoso está presente en nuestro organismo de forma constitutiva y vivificante, depende totalmente del cuerpo astral, de modo que, por ejemplo, la respiración del ser humano, en su manifestación física, debe entenderse como una función del cuerpo astral.

Y precisamente en el caso del cuarto ser humano, el ser térmico, —me refiero, pues, al ser físico, que está asociado al cuerpo físico; al ser líquido, que está asociado al cuerpo etérico; al ser gaseoso, es decir, de la actividad de todo lo gaseoso o aéreo, que está asignado al cuerpo astral—, en lo que respecta al ser térmico, no cabe duda alguna de que en el espacio que el ser humano ocupa físicamente, e incluso más allá de él, existe un calor diferenciado. Si miden detrás de la oreja o bajo la axila, encontrarán un organismo térmico muy diferenciado. Los grados de calor varían en cada lugar. Del mismo modo que se puede decir que en un lugar determinado del ser humano se encuentra el hígado, también se puede afirmar que los órganos intestinales se encuentran en un lugar muy concreto; ambos tienen temperaturas muy diferentes. La temperatura del hígado es muy distinta, ya que el hígado tiene una organización térmica muy especial. Esta organización térmica está asignada originalmente a la organización del «yo». Pero ahora es cuando, en realidad, tienen la posibilidad de imaginarse al ser humano, en la medida en que este lleva en su interior las sustancias que, por lo demás, se encuentran en la Tierra en estado sólido, líquido, gaseoso y térmico. Lo térmico está dirigido desde la organización del «yo». Ahora bien, cuando algo presenta un determinado estado térmico, dicho estado actúa sobre aquello que ese calor en cuestión impregna, y aquí es donde se entra en el estado real de la organización del yo. Por lo general, lo que hace la organización del yo en el organismo humano, lo hace de forma indirecta a través de la organización térmica. Supongamos, pues, que camino, que simplemente camino. Al caminar, intervengo desde mi organización del «yo» en la organización térmica de mi organismo. Lo que hace el calor, —en la medida en que las piernas están llenas de líquidos que rellenan los componentes sólidos de las piernas—, aunque es indirectamente una consecuencia de la organización del «yo», la organización del «yo» solo interviene directamente en el organismo térmico. Así pues, en todo el organismo, —en la organización sólida, líquida, gaseosa y térmica—, observamos en todas partes la intervención de la organización del «yo», pero solo de forma indirecta, a través de la organización térmica. Por otra parte, en todo el organismo observamos la intervención del cuerpo astral, pero el cuerpo astral solo interviene directamente en la organización del aire que tenemos, y así sucesivamente. Ya pueden imaginarse el resto.

Bueno verán, de esta manera, sin embargo, se le abre la posibilidad de algo completamente distinto. Si toman lo que hoy se les ofrece en fisiología y anatomía, lo que allí se dibuja tan bien y se considera que representa al ser humano en su totalidad, si toman eso, nunca tendrán la oportunidad de pasar de ese ser humano, —que en realidad no puede existir—, a lo anímico, y mucho menos a lo espiritual. ¿Qué relación podría tener, por Dios, algo anímico o espiritual con ese ser humano que hoy describen la fisiología o la anatomía? De ahí que hayan surgido todo tipo de teorías, aparentemente bien elaboradas, sobre la interrelación entre lo anímico-espiritual y lo corporal. La más ingeniosa, porque es la más absurda, —algo que en nuestra época suele ir de la mano—, es la del paralelismo psicofísico. Se dice que ambas cosas discurren al mismo tiempo y van en paralelo, sin que se busque en absoluto un puente entre ellas. Pero en el momento en que se llega a la diferenciación térmica organizada y se observa la intervención de la organización del «yo» en dicha diferenciación, uno se ve llevado a decirse: Sí, en el éter térmico es perfectamente concebible que la organización del «yo» intervenga y, de este modo, a través del camino indirecto de la organización térmica, llegue a todo el ser humano hasta la organización física, de contornos bien definidos. - La razón por la que no se podía encontrar el puente entre lo físico y lo anímico en el ser humano era simplemente que no se tenía en cuenta que el ser humano posee esta organización sucesiva, en la que interviene la organización espiritual-anímica. De hecho, es cierto que, si por ejemplo tiene miedo, el simple hecho anímico puede actuar en un primer momento sobre su naturaleza térmica. Por supuesto, no puede imaginar que el hecho anímico de experimentar el miedo haga que le tiemblen las extremidades; eso es inconcebible, por lo que debe recurrir a algo así como el paralelismo psicofísico. Pero sí puede imaginar que, a través del miedo, la organización anímica, que está anclada en el éter térmico, se ve afectada, y que el miedo se manifiesta en el cambio correspondiente del estado térmico. De este modo, el organismo del calor se transmite a la respiración, al cuerpo líquido y, desde allí, hasta el cuerpo sólido del ser humano. Solo así encuentran la posibilidad de tender un puente entre lo físico y lo anímico.

Sin embargo, nunca se podrá pasar de la comprensión del ser humano sano a la comprensión del ser humano enfermo si no se adquiere primero esta visión del ser humano. Porque, verán, si tomamos cualquier órgano de la organización humana, digamos el hígado o el riñón, que en la denominada organización normal reciben de una manera determinada los impulsos de la organización del yo, —puesto que estos impulsos de la organización del yo intervienen primero en el organismo térmico y luego descienden hasta el hígado o el riñón, de contornos bien definidos, y así sucesivamente—, si consideramos esto, entonces, naturalmente, existe la posibilidad de que esta intervención de la organización del yo, a través del rodeo de la organización térmica, intensifique el comportamiento cotidiano o se desvíe de él; es decir, que la organización del yo del hígado o del riñón actúe con demasiada intensidad sobre la organización térmica, de una forma en la que no debería hacerlo, y en el mecanismo que debe existir en el organismo humano para que la organización del «yo» pueda actuar en él, cuando este mecanismo se manifiesta de una manera errónea, —por así decirlo, desplazada—, existe precisamente la posibilidad de que este organismo humano enferme. De hecho, si uno se imagina el organismo humano tal y como lo conciben hoy en día la anatomía o la fisiología, este no puede enfermar. ¿De dónde vendría entonces el estado de enfermedad? Debe existir de alguna manera en el organismo la posibilidad de que surja la enfermedad. Ahora bien, la organización del «yo» debe actuar de una manera bastante intensa, por ejemplo, sobre el corazón, es decir, sobre el corazón a través de la organización del calor. Si ahora, por cualquier circunstancia, —también en el mundo exterior se puede desviar lo que es estado térmico hacia otro lugar de forma indeseada y desarmónica—, lo que debería ocurrir en el corazón a través de la organización térmica ocurre en el riñón o en el hígado, entonces sucede en el organismo algo que tiene que suceder. Simplemente se desvía, se desvía, y ahí está la posibilidad de enfermar.

Solo teniendo en cuenta algo así se llega a comprender la posibilidad de que surja una enfermedad; de otro modo, no. Debe decirse a sí mismo: todo lo que ocurre en el organismo humano es un proceso natural. —Pero la enfermedad también es un proceso natural. ¿Dónde termina el proceso sano? ¿Dónde empieza el proceso patológico? ¿Cómo se transforma el proceso sano en patológico? Estas preguntas son absolutamente imposibles de responder si uno se limita a lo que ofrecen la fisiología y la anatomía convencionales. Solo cuando se sepa que lo que está enfermo en el hígado es sano en el corazón y debe estar allí para que el ser humano esté completo, podrá uno hacerse una idea de la posibilidad de la enfermedad. Porque si el organismo humano, partiendo de la organización del yo, no pudiera, por ejemplo, generar la organización del calor, que debe estar en la zona del corazón, este organismo humano no podría, por ejemplo, pensar ni sentir. Pero si interviene en la organización del hígado o de los riñones, surge la necesidad de expulsarlo de allí, es decir, de devolverlo, por así decirlo, a sus límites originales. Y vean, queridos amigos, para eso existen precisamente en la naturaleza sustancias y actividades sustanciales que pueden asumir, órgano por órgano, la actividad del cuerpo etérico, la actividad del cuerpo astral y la actividad de la organización del yo. Digamos, pues, que la organización del yo interviene de forma incorrecta en el riñón, —todo esto solo pretende servir hoy como introducción, en los próximos días trataremos el tema con mayor profundidad—, supongamos que la organización del «yo» interviene de forma demasiado intensa en los riñones; entonces, al administrar Equisetum arvense de una manera determinada, se le da al riñón la posibilidad de hacer lo que, en ese estado anormal y enfermo, haría normalmente la organización del «yo». Así pues, lo que ocurre es que, en el estado de enfermedad, la organización del «yo» interviene en la organización renal, pero de una forma en la que solo debería intervenir en el corazón, no en el riñón. Se trata de una actividad que no debería estar presente allí y que se ejerce porque el organismo del «yo» ejerce su actividad de forma demasiado intensa. Solo se consigue eliminarla si se introduce en el riñón, de forma artificial, una actividad que equivalga a esta actividad del organismo del yo. Eso es precisamente lo que se puede aportar al riñón si se consigue administrar el Equisetum arvense de la forma adecuada, en su función y en su actividad sobre el riñón. El riñón tiene una gran afinidad con el Equisetum arvense. En ese mismo instante, la actividad se refleja en el riñón y se recupera la organización del «yo». Pero entonces, cuando el órgano enfermo puede llevar a cabo su actividad patológica de otra manera y se le devuelve, por así decirlo, la organización del «yo» a su función propia, esta organización del «yo» actúa a partir de ese momento de forma curativa. Se pueden invocar los llamados cuerpos superiores para que desarrollen una actividad curativa si se los expulsa del órgano enfermo y se los vuelve a asignar a su función. Entonces, este cuerpo, mediante una fuerza reactiva que surge, actúa de hecho de forma curativa sobre el órgano enfermo. Pero si se quiere penetrar en tales fuerzas, tal y como son, si se quiere conocer la organización humana en su relación con la estructura del cosmos, con la estructura de los tres reinos de la naturaleza que rodean al ser humano en la Tierra, entonces hay que practicar una ciencia natural diferente a la que se practica con frecuencia hoy en día.

Quiero ponerles un ejemplo. Todos conocen un hormiguero; ustedes saben que de las hormigas se extrae el ácido fórmico. Hoy en día se habla del ácido fórmico como lo haría un químico, —incluso un químico farmacéutico, si se quiere—, pero hay algo que se desconoce. No se sabe, por ejemplo, que un bosque en el que no hay hormigas que realicen su labor sufre un daño terrible debido a lo que se descompone en los rizomas y demás. Esto supone un daño terrible para el desarrollo de la Tierra. La Tierra se está pudriendo, por así decirlo, a causa de sus restos orgánicos en descomposición. Pero imagínese, —esto es solo a modo de introducción, en términos generales—: la madera de la que procede la vegetación, que, por así decirlo, ha pasado a una especie de estado mineral, pulverizada, en descomposición. Debido a la actividad de las hormigas, siempre hay una concentración extraordinariamente elevada de ácido fórmico en el suelo y en el aire de la zona del bosque. Este ácido fórmico penetra en la materia en descomposición, y de lo que surge de la interacción entre la acción del ácido fórmico y la materia en descomposición, se salva de nuevo el desarrollo posterior, de modo que el polvo no se dispersa en el espacio cósmico, sino que puede aportar material para el desarrollo de la Tierra; así, esas sustancias que aparentemente no son más que secreciones de insectos u otros animales, si se reconocen correctamente sus funciones, son en realidad las salvadoras del desarrollo de lo terrenal.

Verán, el hecho de analizar las sustancias tal y como lo hace hoy en día el químico nunca conduce a reconocer las funciones cósmicas de las sustancias. Pero sin reconocer las funciones cósmicas de las sustancias, tampoco se pueden reconocer las funciones de las sustancias que se introducen en el interior del ser humano. Lo que ocurre de forma totalmente imperceptible con el ácido fórmico en la naturaleza, ocurre continuamente en el organismo humano con el ácido fórmico. Así, como ya pude destacar en otra conferencia, el organismo humano depende de mantener siempre en su interior una determinada cantidad de ácido fórmico, ya que este restaura las sustancias humanas que, de otro modo, se deteriorarían debido al proceso de envejecimiento. Ahora bien, en determinados casos puede tratarse de constatar que el ser humano tiene muy poco ácido fórmico en su organismo. Lo que hay que saber es que los distintos órganos contienen cantidades diferentes de ácido fórmico. Ahora bien, se trata de averiguar en qué órgano el ser humano tiene muy poco ácido fórmico. A continuación, se trata de aportar ese ácido fórmico al organismo. Se encontrarán casos en los que, al administrar ácido fórmico, este no surta efecto, y otros en los que resulte de gran ayuda. Se da el caso de que el organismo se defiende directamente contra la ingesta directa de ácido fórmico, pero que, cuando aumenta su contenido de ácido triptico, tiende en gran medida a producir ácido fórmico a partir del propio ácido triptico. En los casos en los que no se logra controlar la situación con ácido fórmico, a menudo es necesario iniciar un tratamiento con ácido oxálico, ya que en el organismo humano, el ácido oxálico se transforma en ácido fórmico. Esto no es más que una indicación de lo necesario que es conocer no solo los órganos bien definidos, sino también los procesos de los jugos y los fluidos, tanto en el cosmos como en el interior del organismo humano, y ello en todos sus detalles.

Verán, hay ciertos procesos que tienen lugar en la naturaleza y que el ser humano provoca: se pueden observar, pero su significado completo no puede comprenderse mediante la interpretación de las ciencias naturales.

Quiero mostrarles un fenómeno muy sencillo. En las regiones del sur hay higueras. Hay higueras que producen higos silvestres y otras que producen higos cultivados, higos dulces. La gente es bastante ingeniosa a la hora de obtener higos dulces. Hacen lo siguiente: inducen a una determinada especie de avispa a que ponga sus huevos en un higo, en un higo que haya crecido de forma natural. De este modo, del embrión de la avispa surge una larva que se transforma en crisálida. Los agricultores interrumpen este proceso y hacen que la joven generación de avispas ponga huevos por segunda vez al año. De este modo, al producirse una segunda puesta de huevos por parte de la generación de avispas generada ese mismo año, se consigue que el higo en el que la segunda generación deposita sus huevos adquiera un dulzor notable. La gente del sur lo hace así: primero cogen higos que ya están casi maduros, los atan de dos en dos con fibra de líber y los cuelgan de la rama. Así, se deja que las avispas piquen los higos; al estar ya cortados, la maduración del fruto se acelera considerablemente. De este modo, la primera generación de avispas se desarrolla muy rápidamente, pasa al otro higo, que no se ha recogido, y este se endulza considerablemente gracias a ello.

Este proceso es muy importante, queridos amigos, porque en el seno de la propia naturaleza, en la sustancia continua de la higuera, ocurre lo mismo: lo que se separa se vuelve a unir cuando la avispa, —o, por qué no, la abeja—, extrae el néctar de las flores, lo lleva a la colmena y produce la miel. De hecho, lo que en la abeja se desarrolla en el proceso que va desde las flores, de las que las abejas absorben el néctar, hasta la producción de miel en la colmena, tiene lugar dentro de la propia higuera. Al provocar este proceso, el habitante del sur desencadena en el higo, —que hace que la joven generación de avispas pique—, un proceso de producción de miel. Este higo, picado por la joven generación, inicia en su interior un proceso de producción de miel. Aquí tenemos la metamorfosis de dos procesos naturales, uno de los cuales se desarrolla de forma separada, ya que las abejas recogen el néctar de flores lejanas y lo transforman en miel dentro de la colmena. El otro se desarrolla en el mismo árbol en el que se colgaron los dos higos: los que maduran más rápido dan lugar a una generación de avispas más rápida, que a su vez pican a otro higo. Al picar a los demás higos, aparecen higos dulces por todas partes. En realidad, habría que estudiar estos procesos, pues son los fenómenos naturales que hay que tener en cuenta. En el ser humano tienen lugar procesos de los que la fisiología y la anatomía actuales simplemente no tienen ni idea, porque no amplían su análisis a procesos naturales como los que acabo de describir. Se trata precisamente de observar los procesos más sutiles de la naturaleza; solo así se llegará a un verdadero conocimiento del ser humano.

Pero todo ello requiere un sentido de la naturaleza verdaderamente innato, la capacidad de observar en su conjunto el calor, las corrientes de aire, el calentamiento y el enfriamiento del aire, la participación de los rayos del sol en el calentamiento y el enfriamiento del aire, el vapor de agua en la atmósfera, el maravilloso efecto del rocío matutino sobre las flores y en todas las plantas, los maravillosos procesos que tienen lugar, digamos, en una manzana de gallo, que, al fin y al cabo, también surge de una picadura de avispa y de la deposición de un huevo. Pero hay que ser capaz de observar todo eso con la vista macroscópica. Para ello se necesita un sentido de la naturaleza. Y ese sentido de la naturaleza ciertamente no existe cuando se hace que todo dependa, como ocurre en la observación actual, del encierro en el preparado que se obtiene mediante la microscopía. Así se le quita el objeto a la naturaleza. Verán, ahí hay una terrible ilusión. ¿Qué se busca realmente al observar con el microscopio? Se busca ver lo que no se ve a simple vista. Al ampliar el objeto hasta dimensiones gigantescas, se cree que tendrá el mismo efecto que tiene en su forma más pequeña. Pero lo que se observa es un objeto totalmente falso, se observa un objeto irreal. La microscopía solo tiene sentido si uno mismo posee tal sentido de la naturaleza que, tras haberlo observado en el microscopio, sea capaz de modificar interiormente el objeto en cuestión hasta alcanzar la minúscula dimensión correspondiente. Entonces la cosa cambia por completo; ya se ve una cosa totalmente diferente. Cuando se ve algo ampliado, hay que ser capaz de reducirlo de nuevo en tu interior, simplemente mediante tu interioridad. Normalmente no se hace eso. En la mayoría de los casos, no se tiene ni idea de que las proporciones de los objetos naturales no son en absoluto relativas. La teoría de la relatividad es algo realmente hermoso y grandioso, sencillamente incuestionable en la mayoría de los ámbitos. ¡Pero el organismo humano! Hace tres años participé en un debate entre profesores. La gente no entendía lo más mínimo cuando se les decía que el organismo humano no puede, por ejemplo, ser el doble de grande de lo que es, ya que no podría sobrevivir; el tamaño que tiene no está condicionado de forma relativa por el cosmos, sino de forma absoluta. Y ante un tamaño superior a la norma, como en el caso de un gigante, o inferior a la norma, como en el de un enano, ya entramos en el ámbito de las enfermedades. Y por eso hay que decir que, cuando se observa algo bajo el microscopio, lo primero que se ve es una mentira y hay que ser capaz de reducirla a la verdad. Pero solo se puede reducir a la verdad si se tiene un sentido innato de lo que ocurre ahí fuera, en la naturaleza.

Por eso es importante fijarse en algo como la colmena y aprender que la abeja por separado no es sabia sino mas bien estúpida. Tiene instintos, pero es estúpida; sin embargo, la colmena en su conjunto es extraordinariamente sabia. Verán, hace poco tuvimos unas charlas muy interesantes con los trabajadores de arriba, a quienes, cuando hay horarios fijos, imparto dos charlas a la semana. Estábamos hablando del reino de las abejas cuando surgió una pregunta muy interesante. El apicultor conoce muy bien su importancia. Cuando hay un «padre de las abejas» muy querido por la colonia y este enferma o muere, toda la colonia se desorganiza de hecho. Así es. Entonces, alguien que pensaba muy en la línea de la visión actual dijo: «Pero la abeja no ve con tanta claridad, no tiene ninguna idea del apicultor, del padre de la colmena, ¿cómo va a surgir de alguna manera un sentimiento de pertenencia?». Pero hay mucho más. Supongamos que el apicultor se ocupa de la colmena este año; al año siguiente hay una colonia completamente diferente en su interior, se ha renovado por completo salvo por la reina, y solo hay abejas jóvenes. ¿Cómo va a surgir entonces el sentimiento de pertenencia? —Respondí lo siguiente: quien conoce el organismo humano sabe que, en determinados períodos, este renueva todas sus sustancias. Supongamos que alguien conoce hoy a una persona que se va a América y regresa al cabo de diez años. Se encuentra con una persona completamente diferente a la que conoció hace diez años. Se encuentra con que todas las sustancias se han renovado, se encuentra con una composición totalmente diferente. Pues en la colmena no ocurre nada diferente a lo que sucede donde las abejas se han renovado, pero se mantiene la unión entre la colmena y el zángano. Esta unión se basa en que en la colmena habita una sabiduría inmensa; no es solo ese pequeño grupo de abejas individuales, sino que la colmena tiene realmente un alma propia y concreta.


Eso es precisamente lo que hay que asimilar en nuestro sentido de la naturaleza: esta idea de que la colmena tiene un alma. Así podremos extender a muchos otros ámbitos esas ideas, que se basan en un sentido de la naturaleza verdadero y real. Y solo con ese tipo de conocimiento, sustentado por un sentido de la naturaleza capaz no solo de observar al microscopio, sino también a simple vista, —si se me permite la expresión—, podremos acercarnos tanto a las personas sanas como a las enfermas. Eso es lo que haremos en los próximos días, prestando especial atención a lo que me gustaría denominar la moral de los estudios de medicina y de la ciencia médica. Eso es lo que haremos en los próximos días.

Traducido por J.Luelmo

GA232 Dornach, 15 de diciembre de 1923. El secreto de los seres vegetales, los metales y los humanos. La enseñanza de Aristóteles a Alejandro

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

El secreto de los seres vegetales, los metales y los humanos. La enseñanza de Aristóteles a Alejandro

Dornach, 15 de diciembre de 1923

Alejandro Magno

A partir de lo que expuse ayer al hablar de Aristóteles, —el sintetizador de todo el conocimiento y toda la sabiduría de la Antigüedad en el siglo IV a. C.—, quizá resulte comprensible que diga, que a pesar de que en realidad solo difundió una especie de sistema lógico por Europa Central, se asentaba, no obstante, en el terreno de la esencia de los misterios griegos y, en realidad, de todos los misterios de aquella época. Sí, incluso habrá que decir que quien sea capaz de asimilar cosas como las cosmovisiones no solo con la razón, sino también con el corazón, podrá intuir, a partir de las exposiciones lógicas de Aristóteles, que en la base de la lógica y la filosofía aristotélicas subyace también una cierta conexión íntima con los misterios de la naturaleza. El destino de Aristóteles fue, más que su propio proceso de desarrollo, —si se me permite expresarlo así—, difundir un sistema lógico por toda Europa. Porque, al fin y al cabo, para ilustrar este hecho peculiar que nos ocupa, se puede decir que tal vez habría sido impensable que Platón pudiera convertirse en el maestro de Alejandro, mientras que Aristóteles sí pudo hacerlo.

Sin duda, Platón, a su manera, no hizo más que dar continuidad a los antiguos misterios en una forma más ideal. Pero precisamente por su carácter ideal se convirtió en la figura que se alejó más de los misterios de la naturaleza, mientras que Aristóteles, por su parte, volvió a acercarnos a ellos, como ya se puede deducir de mis breves exposiciones en mis «Enigmas de la filosofía». Pero solo se llega a conocer el panorama completo cuando uno puede hacerse una idea de cuál fue, en realidad, el contenido de los siete años de enseñanza que Aristóteles impartió a Alejandro. Resumiré brevemente cuál fue el contenido de esa enseñanza, extraído del sistema de misterios de la Antigüedad.

De hecho, si es que en aquellos tiempos antiguos se hablaba de la naturaleza de manera válida, era de tal forma que por «naturaleza» no se entendía lo que entiende hoy la ciencia natural, basada en los meros fenómenos terrenales, a partir de los cuales se deduce de manera superficial la existencia de fenómenos celestes extraterrenales; sino que se vinculaba al ser humano con la naturaleza en su sentido más amplio, y eso solo era posible si también se buscaba el espíritu en la naturaleza, pues en aquellos tiempos antiguos no se aceptaba en absoluto considerar al ser humano como un ser desprovisto de alma y de espíritu. Y así, en realidad, la enseñanza de los misterios sobre la naturaleza siempre consistía en extenderla mucho más allá, hacia lo cósmico, hasta donde el cosmos pudiera ser accesible al ser humano gracias a su afinidad con él.

Bueno, en aquellos tiempos antiguos, toda enseñanza que pudiera ser considerada seria, no era ni una invocación a la razón humana ni a la capacidad de observación externa del hombre. Lo que hoy consideramos conocimiento, en realidad en aquellos tiempos antiguos, incluso en la época de Aristóteles, no tenía un papel importante. Y si hoy los historiadores de las distintas ciencias quieren presentar su propio pensamiento científico, en realidad deberían empezar con Copérnico o Galileo; porque intentar retroceder más atrás no es realmente correcto. Y si incluso se fijan en el conocimiento griego, lo que presentan es pura fantasía: es una especie de continuación del presente hacia épocas anteriores, que nunca fue real. Porque también en los tiempos de Aristóteles, y por el propio Aristóteles, toda enseñanza tomada en serio se daba de manera que estaba ligada a una transformación de toda la naturaleza humana, no solo recurriendo al pensamiento y la observación humanos, sino a toda la vida humana. Mediante el conocimiento, el ser humano debía convertirse en un ser diferente de cómo es sin dicho conocimiento. Eso era lo esencial en los misterios, que el ser humano se transformara mediante el conocimiento en un ser totalmente distinto de lo que era antes. Y precisamente en los tiempos de Aristóteles, se intentaba lograr esta transformación del ser humano ante todo haciendo que dos sentimientos opuestos actuaran sobre el alma humana.

A la persona que debía ser instruida, se la exhortaba a que poco a poco debía llegar al conocimiento y al entendimiento, a que se identificara de manera verdaderamente humana con su entorno natural. Por ejemplo, —se le decía—, Observa, respiras el aire, pero respiras un aire que en verano es cálido y en invierno, frío. Respiras el aire de tal manera que, en invierno, puedes percibir tu propio aliento en forma de vapor, en forma de neblina. Se vuelve invisible cuando respiras aire cálido en verano.

Y se conectaba con tal aparición. No se conectaba inicialmente con la naturaleza diciendo algo como: Mira, aquí un cuerpo tiene tal o cual temperatura; lo caliento en un matraz, y sufre tal o cual cambio. No, se conectaba con el ser humano, con el ser humano tal como se siente internamente en aquella relación que representa el proceso de la respiración. Y poco a poco se dejaba que el ser humano, por un lado, sintiera, percibiera el aire calentado: Imagina bien lo que significa aire calentado. Quiere ascender, y tú debes sentir, mientras el aire calentado se acerca a ti, que algo en realidad quiere llevarte hacia las alturas. Y siente, en contraste, el agua fría, el agua fría de alguna forma; solo siéntela. En ella realmente no te sientes a gusto. En el aire cálido te sientes a gusto, tan a gusto que el aire cálido quiere llevarte a las vastedades del cosmos. En el agua fría te sientes extraño, no a gusto. Pero cuando te alejas del agua fría, y dejas que el agua fría haga fuera de ti lo que quiere hacer: entonces este hecho se vuelve algo para ti; entonces, cuando dejas que el agua fría haga fuera de ti lo que quiere hacer, por ejemplo, ella misma forma los cristales de nieve que caen sobre la tierra. Observando fuera de ti los cristales de nieve, te sientes en tu lugar correcto. El aire cálido realmente solo puedes sentirlo dentro de ti, y quieres dejarte llevar con el aire cálido que asciende a las vastedades del mundo. El agua fría solo realmente puedes sentirla fuera de ti, y quieres que, para tener una relación con ella, la observes a través de tus sentidos, en sus resultados.

Esos eran los dos polos opuestos a los que se nos acercaba en aquella época: sentir que, en realidad, «fuera y dentro del ser humano» es una expresión vacía. «Fuera» y «dentro» no quieren decir, en realidad, nada en particular. Lo que sí significa mucho es: calidez y ligereza, frialdad y humedad. Son contraposiciones a través de las cuales el ser humano se sitúa en el mundo según su esencia más íntima. Porque el «fuera» es tal solo por ser frío y húmedo, y el «dentro» es tal solo por ser cálido y aireado. Se percibía cualitativamente esta contraposición y, de igual modo, se percibía cualitativamente la forma en que el ser humano se situaba en el mundo.

Hoy en día, el químico estudia el hidrógeno y, tras sus investigaciones, le atribuye ciertas propiedades. A continuación, observa el espacio cósmico, ve allí algo que revela las mismas propiedades que el hidrógeno en el laboratorio y afirma que el hidrógeno también se encuentra en las inmensidades del espacio. Una explicación así habría sido una locura incluso en tiempos de Aristóteles. Pero en aquella época se procedía de otra manera.

Cuando la experiencia interior se había profundizado gracias a lo que acabo de insinuar, se guiaba al alumno hacia la observación de lo que realmente vive en la flor que se abre y se expande hacia las inmensidades del mundo. El conocimiento de las plantas, hacia eso era a lo que se guiaba al alumno, el conocimiento de las plantas: mira en el interior de la corola que se abre, observa cómo te impresiona aquello que irradia hacia las inmensidades del mundo.

Y mientras el alumno, con esas profundas sensaciones de las que les he hablado, contemplaba las flores que se abrían, se le revelaba un conocimiento interior, una iluminación interior. Las flores allá fuera, en la Tierra, se convertían para él en heraldos de los misterios del mundo en las inmensidades. Las flores le hablaban de las inmensidades del mundo. Y de una manera intensa, aunque solo insinuante, el maestro guiaba al alumno para que descubriera por sí mismo ese misterio que, desde las inmensidades del mundo, fluye hacia el ser de la flor. Y así, poco a poco, el alumno era llevado a responder a la pregunta del maestro: «¿Qué es lo que realmente percibes cuando miras dentro del cáliz de la flor que se abre, en la corola que se abre, de donde surgen los estambres y te irradian, ¿qué es lo que realmente percibes?». Entonces, el alumno era llevado a decir: Las plantas me cuentan que, en realidad, se ven obligadas por la tierra pesada y fría a ocupar su lugar en la Tierra, pero que, en realidad, no han surgido de la tierra firme, sino que solo se han afianzado en ella; que, en verdad, son seres nacidos del agua, y que en esta vitalidad suya como seres nacidos del agua, en el estado anterior de la existencia terrenal, —me refiero al estado descrito en mi «Ciencia Oculta», como estado lunar—, tuvieron su verdadera y auténtica existencia. Verán, para ello se le hacía decir al alumno: «Lo que en realidad son los misterios de la Luna, que surgió de la Tierra y aún conserva algo de su estado lunar preterrenal, eso es lo que me reflejan las flores». Porque las flores no le decían lo mismo al alumno todas las noches. Cuando la Luna se encontraba frente a Leo, las flores decían algo diferente a cuando la Luna se encontraba frente a Virgo o frente a Escorpio. Porque lo que la Luna experimentaba en su recorrido por el zodíaco, eso era lo que contaban las flores en la Tierra. Las flores en la Tierra hablaban de los misterios del universo exterior. Y era así cómo, gracias a lo que se le había transmitido, el discípulo decía desde lo más profundo de su corazón:

Contemplo las flores;
revelan su parentesco con la esencia lunar;
ahora están sujetas a la tierra, pues nacieron del agua.

El alumno podía sentirlo, porque ya había sido iniciado en lo que le proporcionaba el agua que se enfriaba. Tenía la certeza de que estaba vivo y, a través de esa experiencia, llegaba a ese conocimiento al contemplar la flor.

Y cuando el alumno se había familiarizado lo suficiente con el misterio lunar que revelaban las plantas que brotaban de la tierra, se le introducía a continuación en los metales de la tierra, en los metales principales: plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio y plata, tal y como se los mostré ayer en otro contexto. Y cuando poseía una vida sensorial tan profunda como la que acabo de esbozar, entonces descubría precisamente a través de los metales, —al familiarizarse con lo que estos le revelaban misteriosamente—, los secretos de todo el sistema planetario. Pues el plomo le revelaba lo relativo a Saturno, el estaño lo relativo a Júpiter, el hierro lo relativo a Marte, el oro lo relativo al Sol, el cobre lo relativo a Venus, el mercurio lo relativo a Mercurio y, a su vez, la plata lo relativo a la Luna, en la medida en que la Luna no mantiene una relación más estrecha con la Tierra, sino que también forma parte del universo entero. Y así como el discípulo se reveló a sí mismo el secreto de las flores, también se reveló el secreto de los metales. Así pues, lo primero fue el secreto de las plantas y lo segundo, el secreto de los metales.

Este secreto del metal, que en los misterios de Eleusis se revelaba a través del imponente planiglobium de la estatua masculina que les describí ayer, este secreto del metal se entretejía en las enseñanzas incluso en la época de Aristóteles, y a través de este secreto del metal se revelaba el secreto de los planetas. No se percibía de forma tan burda como hoy en día; al acercarse al plomo, se percibía que este no solo se presentaba a la vista con su color gris plomo, sino que ese gris plomo causaba una impresión peculiar en el ojo interior. En cierto sentido, ese gris plomo del metal fresco de plomo borraba los demás colores, y se sentía una fusión con la metalicidad gris plomo. Se entraba en un cierto estado de conciencia y se accedía a la experiencia de algo completamente distinto de lo que es el presente. Realmente se entraba en un estado de ánimo como si toda la prehistoria de la Tierra se alzara ante uno, al verse el presente ofuscado por el gris plomizo. La naturaleza de Saturno se revelaba.

En cuanto al oro, a juzgar por las analogías externas, se supone que los antiguos veían en él un símbolo del sol. En realidad, no se trataba solo de un juego de analogías externas el hecho de que se considerara al sol como algo valioso en el cielo y al oro como algo valioso en la tierra. En el fondo, al hombre moderno no le parece nada absurdo considerar a los antiguos como estúpidos. Al contemplar el oro en su color amarillo brillante, cerrado en sí mismo, con esa sencillez y ese orgullo hacia el exterior, se sentía, de hecho, algo que en un primer momento se percibía como emparentado con toda la circulación sanguínea del ser humano. Frente a la cualidad del oro se sentía lo siguiente: ahí estás dentro, ahí te sientes integrado. Y a través de esta sensación se llegaba a comprender la naturaleza de lo solar. Se sentía la afinidad de la cualidad del oro con lo que el sol actuaba en la sangre del ser humano.

Y así, a través de cada uno de los metales, se percibía todo el sistema planetario. Y el alumno llegaba a aplicar el pensamiento sobre las cosas, —que no es tan abstracto como el pensamiento actual—, de la siguiente manera:

Pienso en los metales;
ellos revelan su parentesco con los planetas;
están ligados a la Tierra, pues nacen del aire.

De hecho, los metales, tal y como se encuentran hoy en la Tierra, procedían del cosmos en forma gaseosa y se fueron volviendo líquidos poco a poco durante la etapa lunar. Llegaron en forma gaseosa cuando la Tierra se encontraba en su antiguo estado solar, adquirieron la forma líquida durante la etapa lunar y, al someterse a la influencia de la Tierra, adoptaron la forma sólida precisamente durante la etapa terrestre. Ese era el segundo secreto que se le revelaba al discípulo.

El tercer secreto debía revelarse al alumno al aprender a observar cómo varían los seres humanos y los pueblos a lo largo de la Tierra. Si nos dirigimos a la cálida África, con su clima peculiar, encontraremos allí a personas que, ya solo por el color de la piel, se diferencian de los griegos. Si nos dirigimos a Asia, volveremos a encontrar personas diferentes. Y es que los griegos tenían una gran sensibilidad hacia las diferencias externas de las personas.

Uno de los tratados más interesantes que nos ha legado Aristóteles es el tratado sobre la fisonomía, en el que, sin embargo, no se entendía únicamente la fisonomía facial, sino que se estudiaba la fisonomía del ser humano en su totalidad, con la pretensión de que, de este modo, se pudiera conocer la verdadera naturaleza del ser humano, según si este tenía el pelo rizado o liso, en función de los distintos climas en los que se encontraba, y cómo cambiaba no solo el tono de su piel, sino también la expresión general de su ser, según hubiera nacido en uno u otro clima.

Si en las flores se aprendía a reconocer el reflejo del misterio de la Luna, y en los metales el reflejo de los planetas, ahora, a través de esta tercera enseñanza, se llegaba a conocer el verdadero misterio del ser humano en la Tierra. Y en este sentido, las ciencias naturales de la época contribuyeron enormemente a asimilar la diversidad de la naturaleza humana en la Tierra y a dar respuesta a la pregunta: ¿qué forma primigenia del ser humano subyace realmente a los designios de los dioses?

Y fue a través de las formas, de la fisonomía de los seres humanos repartidos por toda la Tierra, tal y como se presentaban, tal y como se mostraban de forma viva, cuando el alumno comprendía por primera vez en su interior el misterio del zodíaco. Porque, del mismo modo que este zodíaco actúa sobre los elementos de la Tierra, y de cómo, en relación con el sistema planetario y con la Luna, el zodíaco impulsa los vientos en una dirección determinada en una estación del año y en otra dirección en otra estación, trayendo a veces aire cálido a una región y otras veces barriendo una zona con frías ráfagas, lo que influye profundamente en la vida humana, por ello, los naturalistas de la época buscaban el origen de estos fenómenos en las influencias que irradiaban hacia la Tierra las estrellas del zodíaco, modificadas por los planetas, el Sol y la Luna.

Y resultaba de especial interés para la historia natural de aquella época decir: He aquí un ser humano: cabello negro y rizado, tez enrojecida, nariz de tal o cual forma, etcétera; se trata de un ser humano que me remite al signo de leo,♌ pues el león irradiaba sus fuerzas, atenuadas o potenciadas por los demás planetas, según la posición que estos ocuparan. Se trata de un ser humano que, interiormente, según su karma, porta en su hígado tal o cual cualidad. Una cualidad de este tipo en el hígado, que, por ejemplo, introduce un atisbo de melancolía en la vida anímica, se producía porque, en un momento determinado, Venus se situaba en una relación concreta con Júpiter, lo que confería un carácter determinado a la radiación del Leo. Contemplo en la constitución particular del temperamento, en relación con la constitución del hígado, esta determinación cósmica, este destino cósmico del ser humano. Extiendo esto a las cualidades de los pueblos de la Tierra. Contemplo, en aquello que el ser humano experimenta conjuntamente con el entorno atmosférico, el misterio del zodíaco.

En la diversidad de los seres humanos.
Experimento los misterios del zodíaco;
En esta diversidad se presenta ante mi alma 
el parentesco con las estrellas fijas;
Pues los seres humanos viven con esta diversidad
sometidos a la Tierra; son seres nacidos del calor.

Los nacidos del éter térmico bajo la influencia de los signos del zodíaco: son los nacidos del calor. Así se sentía el ser humano en su fisonomía como el «nacido del calor», que solo ha sufrido transformaciones durante la existencia lunar y la existencia terrestre, pero que, sin embargo, adquirió su disposición original en la antigua etapa de Saturno, del mismo modo que percibía la metalicidad de la Tierra como «nacido del sol y del aire», y lo floral y lo vegetal como «nacido de la Luna y del agua». Podía percibirlo así porque estaba preparado para ello, al «tocar», por así decirlo, las cosas con las sensaciones que se habían despertado en él para lo cálido-aéreo y para lo frío-acuoso.

Se observaba al ser humano de tal manera que se tenía la sensación de que este actúa sobre lo cálido-aéreo en una cierta mezcla con lo frío-acuoso; en la época de Aristóteles se observaba al ser humano fijándose en su fisonomía, de tal forma que uno se respondía a la pregunta: ¿Cuánto aporta esta persona de lo cálido-aéreo, y cuánto de lo frío-acuoso? Se contemplaba al ser humano con lo que así se había desarrollado en el alma, y poco a poco se aprendía a contemplar así toda la naturaleza. Eso fue la preparación para aquello que, desde África luego llegó a España y se extendió por algunas partes de Europa Central como la antigua alquimia, la verdadera alquimia: contemplar todo lo que hay en la naturaleza, en el mundo, —cada flor, cada animal, pero también cada nube, cada formación de neblina, la arena y las piedras, el mar y los ríos, los bosques y los prados—, tal y como causan la impresión de lo cálido y lo frío-húmedo.

Y así se desarrolló, en relación con la naturaleza, una capacidad de percepción sutil para cuatro cualidades. Se formó al percibir lo cálido y aireado, la sensación de calor, pero al mismo tiempo, en el aire, tal y como el calor se correspondía precisamente con lo aireado. Y se formó, a partir de lo frío, la sensación de lo húmedo y lo seco. Para estas distinciones, para estas diferenciaciones, se adquirió una capacidad sensorial muy fina, pues, gracias a estas capacidades sensoriales, el ser humano se sumergía con todo su ser en lo que el mundo le ofrecía.

Desde el punto de vista que ahora adoptaba el discípulo de Aristóteles, Alejandro Magno, resultaba natural, en realidad, entender en un primer momento toda la región en la que ambos vivían desde esa perspectiva. Y cuando Alejandro se vio imbuido de lo que surgía precisamente de esa capacidad de percepción, percibió, en realidad, toda la esencia griega, tal y como se manifestaba en Macedonia, bajo las dos cualidades de lo húmedo y lo aéreo, y eso configuró su estado de ánimo durante una determinada etapa de su vida. Y lo que él percibía, —me atrevería a decir que a través de una forma especial de iniciación que había recibido de Aristóteles—, como el carácter fundamental de su mundo inmediato, tal y como lo experimentaba, lo consideraba solo como una mitad. «Esto solo puede ser la mitad del mundo», se decía a sí mismo. —Como ven, en aquella época todo lo natural se acercaba por completo al ser humano, de modo que este experimentaba realmente lo natural, y a partir de lo natural se podía extraer la siguiente enseñanza:


Aquí el viento soplaba del noroeste; si estuviéramos, por ejemplo, en Macedonia, el viento soplaría del suroeste, del noreste o del sureste.

Pues bien, por sí mismo, el discípulo de Aristóteles, Alejandro, había aprendido a percibir, concretamente, lo que traían consigo las influencias climáticas y los vientos del gráfico: del noroeste, lo húmedo y frío; del suroeste, lo cálido y húmedo. Eso constituía para él la mitad de la percepción del mundo. En clase se le completaba esta visión, y comprendía también en su interior que a ello se sumaba lo siguiente: lo que soplaba desde el noreste irradiaba frío seco, y lo que fluía desde el sureste, calor seco. Así, a partir de los cuatro puntos cardinales, había aprendido a percibir el frío seco, el calor seco, el calor húmedo y el frío húmedo. Como auténtico hombre de su época, quería reconciliar los opuestos: aquí, en Macedonia, solo se experimenta lo húmedo y frío, lo húmedo y cálido; esto debe combinarse con lo seco y frío, con lo seco y ardiente, con lo que sopla desde el norte de Asia, con lo que sopla desde el sur de Asia a través de Asia.

De ahí surgió entonces ese irresistible impulso hacia los rasgos asiáticos. Y con este ejemplo podrán ver que en aquella época las cosas eran diferentes a como lo fueron más tarde. Piensen en la educación de un príncipe hoy en día, en lo que allí se enseña; imagínense a un príncipe así, educado para las campañas militares. Intenten hacerse una idea de cuánta relación hay entre la enseñanza de la física que cualquier tutor de príncipes imparte a alguien y lo que luego se vive en la campaña militar: ¡qué relación hay! Por regla general, lo que se hace en las campañas militares no surge de los laboratorios. —En ejemplos como estos se puede ver de manera muy especial lo lejos que está hoy en día lo que es el conocimiento, —lo que debe transmitirse al ser humano para formar su yo interior— ,de lo que el ser humano es en la vida exterior. Aquí tienen aún una época en la que, precisamente a partir del conocimiento, se podía aspirar a una unidad completa entre lo que forma y configura al ser humano interiormente y aquello que determina cómo situarse él mismo en el mundo y cómo actúa y se comporta en él. La historia antigua ya surge de la aula. Pero el aula estaba precisamente relacionada con los misterios, era mistérica, y lo mistérico significaba el mundo, y el mundo se manifestaba como el resultado de las fuerzas que había en los misterios.

Esto sirvió de impulso para llevar a Asia lo que era la ciencia natural antigua. Tras pasar por múltiples filtros, llegó a Europa a través de España. Aún se aprecia en lo que expresaron Paracelso, Jakob Böhme, Gichtel y otras personas que, a su vez, se inspiraron en figuras como Basilius Valentinus. Pero, en un primer momento, prevaleció lo que se había sumergido en la mera forma del pensamiento, lo que se había sumergido en la mera lógica, y lo demás tuvo que esperar.

Pero hoy ha llegado el tiempo en que ese «otro» ha cumplido su misión de espera, en que debe ser redescubierto como la suma de los conocimientos sobre la naturaleza. Alejandro tuvo que enterrar, en el fondo, esos misterios de la naturaleza allá en Asia, pues solo sus nombres fueron traídos a Europa. Pero no son esos nombres los que deben revitalizarse, sino que hoy hay que redescubrir lo vivo que les es propio. El entusiasmo necesario para ello, sin duda, solo podrá surgir en esencia si existe también un cálido sentimiento por lo que una vez existió en el cambio de era, y si se desarrolla una sensación viva de que aquellas expediciones de Alejandro, que en apariencia parecían campañas de conquista, no eran más que un viaje desde un lado de la rosa de los vientos hacia el otro, que se dirigían a desentrañar, en lo que solo podía ser la mitad de la Tierra, la otra mitad. Y era, sin duda, también la búsqueda de una experiencia personal. La experiencia personal consistía precisamente en que existía una cierta insatisfacción y malestar internos en el entorno de lo meramente frío-húmedo y húmedo-cálido, y en que la otra sensación debía venir a completarlo.

En qué medida esto tuvo, en el sentido más elevado, una gran importancia histórica en el desarrollo de todo Occidente, es algo que analizaré en las conferencias que se celebrarán próximamente, durante la Asamblea de Delegados, sobre los fundamentos ocultos de la vida histórica de los seres humanos en la Tierra.

I. El misterio de las plantas

Contemplo las flores;
revelan su parentesco con la naturaleza lunar;
ahora están sometidas a la tierra, pues nacen del agua.


II. El misterio de los metales

Reflexiono sobre los metales;
revelan su parentesco con los planetas;
están sometidos a la tierra, pues nacen del aire.


III. El misterio del ser humano

Experimento los misterios del zodíaco
en la diversidad de los seres humanos;
La relación de esta diversidad de los seres humanos
con las estrellas fijas se presenta ante mi alma;
Pues los seres humanos viven con esta diversidad
sometidos a la tierra; son seres nacidos del calor.

Traducido por J.Luelmo