RUDOLF STEINER
Sobre la naturaleza de los misterios de Hybernia a habido que contar varias cosas, y ayer pudieron ustedes comprobar, que ese peculiar proceso de desarrollo que tuvieron que experimentar las personas en la isla de
Ya les he mostrado cómo llegaba el alumno a contemplar el tiempo anterior a la existencia terrenal y el tiempo posterior a ella, el tiempo tras la muerte hasta el punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento, y, al mirar hacia adelante, el tiempo que precedió inmediatamente al descenso, hasta volver de nuevo al punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero surgió algo más. A medida que se guiaba al alumno para que se sumergiera de verdad en lo que había vivido, su alma se fortalecía al contemplar la vida preterrenal y la posterrenal, y había adquirido una visión de la naturaleza que muere y renace, y entonces podía profundizar, con una fuerza y una energía interiores aún mayores, en cómo era el momento de la rigidez, de ser acogido por la inmensidad del universo, en cierto modo al flotar hacia las azules lejanías del éter, y, de nuevo, cómo era entonces sentirse únicamente como personalidad inmersa en los sentidos, cuando, por así decirlo, no se percibía nada del resto del ser humano, sino que solo se percibía algo de la existencia en el ojo, de la existencia en todo el tracto del oído, del tacto y así sucesivamente; es decir, cuando uno era por completo un órgano sensorial.
El alumno había aprendido a revivir en sí mismo esos estados con una fuerte energía interior y, a partir de ellos, a dejar que llegara hasta él aquello que ahora seguía más allá. Cuando se le indicaba, de forma totalmente voluntaria y desde lo más profundo de su ser, tras haber pasado por todo lo que he descrito, que restableciera de nuevo el estado de rigidez interior, de modo que, en cierto sentido, sintiera su propio organismo como una especie de mineral, es decir, en el fondo como algo bastante ajeno; cuando sentía su exterior, su cuerpo, como algo ajeno, y el alma, en cierto modo, solo como algo que flotaba alrededor y envolvía a ese mineral, entonces, en el estado de conciencia que se derivaba de ello, obtenía una visión clara de la existencia lunar que precedió a la terrestre.
LUNA
Y recordarán, queridos amigos, en este momento, tal y como lo he descrito en mi «Ciencia Oculta» y en las más diversas conferencias, esa existencia lunar. Lo que allí se describe cobraba vida en la conciencia del alumno; simplemente estaba ahí para él. A él le parecía que aquella antigua existencia lunar era una existencia planetaria que, en realidad, al principio solo tenía el estado acuoso, el estado líquido, pero no como el agua actual, sino, diría yo, más bien gelatinosa, como algo coagulado, por así decirlo. Y él se sentía a sí mismo en medio de ello. Pero se sentía organizado dentro de esa masa semiblanda. Y sentía que de su organismo fluía todo el organismo del planeta.
Solo hay que tener clara la diferencia entre cómo se vivía en aquella época y cómo se vive hoy en día. Hoy en día, en cierto sentido, nos sentimos limitados por nuestra piel, y no decimos otra cosa que no sea afirmar que como seres humanos, somos lo que hay dentro de la piel. Por supuesto, se trata de una afirmación errónea enorme, pues en cuanto llegamos a lo que hay en el ser humano en forma de aire, se hace evidente lo absurdo de sentirnos limitados dentro de nuestra piel. Ya lo he dicho muchas veces: la masa de aire que ahora tengo en mi interior hace poco aún no estaba en mí, y la masa de aire que dentro de poco tiempo estará en mí, aún sigue fuera. De modo que, incluso hoy, solo nos sentimos de manera correcta como seres humanos cuando, en lo que respecta a la «naturaleza aérea», no nos consideramos aislados del mundo exterior. Estamos en todas partes donde está el aire exterior. En el fondo, no hay ninguna diferencia entre que ahora tenga un terrón de azúcar en la boca, que al instante siguiente estará en el estómago y habrá recorrido un cierto trayecto, o que en este momento haya una masa de aire ahí fuera y al instante siguiente esté en sus pulmones. El terrón de azúcar recorre este camino (se dibuja); el aire recorre precisamente ese otro camino a través del aire y de los órganos respiratorios. Y quien no se considere parte de esto, que tampoco se considere parte de su boca, sino que haga que su cuerpo comience en el estómago. Así pues, para el ser humano actual es, en realidad, un disparate considerarse a sí mismo como algo encerrado dentro de la piel humana.
Pero en la existencia lunar, la posibilidad de considerarse encerrado dentro de la piel, no existía en absoluto. En aquella época no existían muebles como los que hay por ahí, a los que uno se acerca y toca, sino que todo lo que había era simplemente un producto de la naturaleza. Y si extendía el órgano que tenía entonces, —que, por cierto, era tal que se puede hablar de algo similar a lo que hoy llamamos dedos—, podía retraerlo hasta que desapareciera por completo, y podía retraer el brazo, podía hacerse muy delgado y cosas por el estilo. Pues bien, hoy, cuando se agarra la pizarra, no se siente que esa pizarra le pertenezca. Si en aquel entonces se extendía la mano hacia algo, simplemente se sentía que eso le pertenecía, igual que ahora la masa de aire todavía nos pertenece. De modo que, de hecho, el propio organismo se percibía como una mera parte de toda el organismo planetario y lunar.
Y todo esto
Y aquellas entidades que en aquel entonces ya habían vivido en parte su humanidad, a las que solo les quedaba por completar una parte de esa humanidad durante su existencia terrenal, son precisamente aquellas individualidades de las que he hablado como los grandes y sabios maestros primigenios de la humanidad en la Tierra, que hoy se encuentran en la colonia lunar.
Todo esto le era revelado al discípulo de hibernia durante ese estado de letargo. Y cuando hubo completado todo ello de la manera adecuada, —es decir, de la forma que a sus iniciadores les pareció plausible—, se le indicaba que debía avanzar de nuevo, avanzar repetidamente, para dejar que su estado de rigidez fluyera y se derramara hasta las lejanías del éter, hasta allí donde pudiera sentir que: los caminos de las alturas me llevan hacia las lejanías del éter azul, hasta los límites de la existencia espacial.
SOL
Y entonces, al pasar por esto una y otra vez, sentía todo lo que allí se podía sentir, moviéndose, por así decirlo, desde la Tierra hacia las lejanías etéricas. Pero al desplazarse hacia las lejanías etéricas, después de que las alturas lo hubieran acogido y lo hubieran llevado hacia las azules lejanías etéricas, allí fuera sentía, en cierto modo, que al final del mundo espacial penetraba aquello que lo atravesaba de nuevo, lo que hoy llamaríamos lo astral, algo que se experimentaba interiormente y que se unía al ser humano, de forma mucho más significativa, mucho más enérgica; aunque, sin embargo, no se podía percibir con tanta intensidad como hoy se percibe algo similar, pero que se unía así al alma humana, solo que de una manera más enérgica, más potente y más viva, como, por ejemplo, hoy se uniría el sentimiento al interior humano si el ser humano se expusiera a la luz solar que fluye, que fluye de forma refrescante, hasta el punto de que le penetre interiormente con un elemento vivificante que le haga sentir su organismo con todo detalle. Porque si presta un poco de atención, podrá sentirlo: cuando te expones al sol con total libertad, cuando dejas que el sol te inunde, pero no de tal manera que el sol te resulte desagradable, que te resulte desagradable en tu sentir interior; cuando te expones al sol de tal manera que dejas que su luz y su calor fluyan con cierto bienestar hacia tu cuerpo, hacia tu organismo, entonces sentirás: le sucederá como si ahora sintiera cada uno de sus órganos de forma ligeramente diferente a como lo hacía antes. Entrará literalmente en un estado en el que podrá describirse a sí mismo interiormente.
Que se sepa tan poco sobre estas cosas no es más que una carencia en la capacidad de atención del ser humano actual. Si hoy no existiera esta carencia de capacidad de atención, las personas podrían, de hecho, ofrecer al menos indicios oníricos de lo que se les ha revelado en su percepción interior, bajo la luz del sol que inunda su ser. Y, de hecho, antes se enseñaba al alumno sobre el interior del organismo humano de una manera diferente a como se hace hoy en día. Hoy en día se disecciona el cadáver y, para ello, se elaboran los atlas anatómicos. Esto no requiere mucha atención, aunque hay que admitir que algunos estudiantes tampoco prestan esa atención; pero no requiere mucha atención. Pero antiguamente se le enseñaba al alumno de tal manera, que se le colocaba al sol y se le guiaba para que sintiera su interior en respuesta a la agradable luz solar que le inundaba, y a partir de ahí ya podía dibujar el hígado, el estómago y demás. Existe esta afinidad interior del ser humano con el macrocosmos, siempre que se den las condiciones para ello. Por supuesto, se puede ser ciego y, aun así, percibir la forma de cualquier objeto mediante el tacto. De este modo, incluso cuando un órgano de su organismo se vuelve sensible al otro gracias a la atención prestada a la luz, podrá describir los órganos internos, de modo que al menos pueda captar siluetas de los mismos en su conciencia. Pero precisamente a los discípulos de los misterios de hybernia se les inculcaba en gran medida que, al fluir hacia la lejanía azul del éter, al fluir hacia dentro de la luz astral, ante todas las cosas, no se sintieran a sí mismos; sino que sintieran en su conciencia un mundo poderoso, un mundo del que ahora se dijeran lo siguiente: Vivo por completo en un elemento junto con otras entidades. Este elemento es, en el fondo, pura bondad de la naturaleza. Pues desde todas partes siento cómo fluye hacia mí desde este elemento, —y perdónenme por emplear una expresión que solo será posible más adelante—, en el cual me muevo nadando, como el pez en el agua, pero yo mismo, compuesto únicamente de elementos ligeros y volátiles, en todos los elementos planetarios siento cómo llega desde todos los lados esa agradable corriente. En realidad, el alumno sentía cómo fluía por todo su ser la luz astral, dándole forma y configurándolo. Este elemento es pura bondad natural, podría haber dicho, pues me aporta algo en todas partes. En realidad, estoy rodeado de pura bondad. Bondad, bondad por todas partes, pero una bondad natural que me rodea. Pero esta bondad natural no es solo bondad, es bondad creadora, pues es ella la que, con sus fuerzas, hace que yo sea y me da la forma que me sostiene, en la medida en que nado, floto y me muevo en este elemento. Y así, en el fondo, las impresiones que surgían allí eran de carácter moral y natural.
Si quisiéramos establecer una comparación con algo de la actualidad, solo podríamos decir: Si una persona pudiera tener una rosa ante sí, olerla y, desde la sinceridad y la honestidad más profundas, decir: «La bondad divina, que se extiende por todo el planeta Tierra, fluye también hacia la rosa, y al transmitir la rosa su esencia a mi sentido del olfato, percibo la bondad divina que habita en el planeta», —si hoy un ser humano pudiera decirse a sí mismo con honestidad interior algo así al oler el aroma de la rosa, entonces reviviría algo así como una débil sombra de lo que en aquel entonces se experimentaba interiormente como el elemento vital completo de cada ser humano. Y eso, queridos amigos míos, fue la experiencia de la existencia solar que precedió a nuestra Tierra. De modo que el alumno pudo experimentar la existencia solar y la existencia lunar, tal y como precedieron a nuestra Tierra.
SATURNO
Y además, cuando se había guiado al alumno a sentirse únicamente en sus sentidos, cuando había experimentado algo parecido a despojarse de todo su organismo, de modo que, en realidad, solo vivía en su ojo, en su conducto auditivo, en toda su sensibilidad, entonces percibía aquello que he descrito en mi «Ciencia Oculta» como el ser de Saturno, como el estado en el que uno flotaba y tejía en el elemento del calor, en los elementos de calor diferenciados en su interior. Allí uno se encontraba de tal manera que no se sentía a sí mismo como carne y sangre, ni como huesos y nervios, sino que se sentía simplemente como un organismo de calor, pero este calor dentro de otro calor, como el calor planetario de Saturno. Se percibía el calor cuando el calor exterior tenía un grado diferente al del calor interior. Un tejer en el calor, una vida a través del calor, una sensación de calor sobre calor: eso era, en definitiva, la existencia saturnal.
Y eso era lo que experimentaba el alumno cuando se sumergía en sus sentidos. Y esos sentidos aún no estaban tan diferenciados como hoy en día. Esa percepción del calor a través del calor, la vida a través del calor, la vida en el calor, eso era lo más importante. Pero había momentos en los que, al acercarse uno mismo, —en cierto modo, como un organismo de calor—, a otro proceso de calor o a otro cuanto de calor, al entrar en contacto con él se sentía algo en el interior, como un resplandor de llamas, y uno se encontraba entonces en un elemento, —no solo calor que fluye, que se entreteje y se ondula—, sino que, en cierto momento, uno era algo así como una llama, o también algo que se asemejaba a una sensación gustativa que se entretejía, —un sabor no solo en la lengua, que por supuesto entonces no existía, sino un sabor que uno mismo sentía, pero que se encendía en otro, que también cedía algo de sí mismo a otro, y así sucesivamente—. En el alumno se despertaba la existencia saturnal.
Como pueden ver, en estos misterios de hibernia se iniciaba al alumno en lo que constituye el pasado de su propia existencia planetaria en la Tierra. Conocía la existencia saturnal, la solar y la lunar como las sucesivas metamorfosis de la existencia terrestre.
JÚPITER
Y luego se le animaba una y otra vez a revivir aquello que ahora le conducía a su interior; en primer lugar, a revivir de nuevo lo que les he descrito como la sensación de una presión interna, como si uno se viera presionado por la sensación de tener un centro propio, como si el aire se condensara en su interior, de modo que, si se quisiera comparar ese estado con algo propio del ser humano actual, solo se podría comparar con la sensación de no poder expulsar el aire, de que este se comprime y se empuja hacia todos los lados. Ese era, en efecto, el primer estado, y el alumno debía ahora evocarlo de nuevo en su alma mediante la voluntad externa. Y cuando lo hacía, cuando realmente experimentaba ese estado que se asemeja a un sueño, —gracias al cual ya antes había sido capaz incluso de soñar, estando despierto, la existencia natural como un paisaje veraniego—, cuando había llegado a ese estado, entonces, en algún momento, tenía de repente una experiencia muy peculiar. Me gustaría decir que, para poder caracterizar esta experiencia, debo hacerlo desde el punto de vista opuesto; debo caracterizarla de la siguiente manera. Piénsenlo: hoy, como ser humano terrenal, entran en una habitación cálida y sienten el calor; salen cuando hay 5 o 10 grados bajo cero y sienten allí el frío; sienten la diferencia entre el calor y el frío, pero lo perciben como algo físico. Eso no se une con su mundo anímico. Y, como ser humano terrenal, no se le ocurre a uno que, al entrar en una habitación cálida, tengas siempre la sensación de que allí, en esa habitación, se extiende algo como un gran espíritu que te envuelve con amor. Percibes ese calor como algo físicamente agradable, pero no lo percibes como algo anímico. Lo mismo ocurre con el frío. Tienes frío, tienes frío físicamente, pero no tienes la sensación de que, ahí fuera, debido a las condiciones climáticas particulares, se te acerquen demonios que te susurren algo tan gélido que te enfríe también el alma. El calor físico no es al mismo tiempo algo espiritual para vosotros, porque, como seres humanos terrenales con una conciencia ordinaria, no percibís lo espiritual natural en toda su intensidad. Como ser humano terrenal, uno puede enternecerse ante la calidez de otras personas, ante su amistad, ante su amor; puede enfriarse ante su frialdad, quizá también ante su estrechez de miras, pero con ello se refiere a algo espiritual. Pero piénsese solo en lo poco que el ser humano terrenal de hoy en día se siente inclinado, cuando sale al aire cálido y bochornoso del verano, a decir: «¡Los dioses me aman mucho ahora!». O qué poco se inclina el hombre de hoy, al salir al frío invernal, a decir: «Pero ahora solo vuelan por el aire aquellas silfas que son filisteos gélidos en el mundo de las silfas». Son expresiones que hoy en día ya no se oyen en absoluto.
Bueno, verán, esa sensación a la que quiero aludir, —por eso dije que tenía que explicar el asunto por el camino contrario—, era algo que, precisamente para el alumno, cuando experimentaba esa sensación de presión interior, se le presentaba como algo evidente. Todo lo que sentía como calor, lo sentía al mismo tiempo como algo anímico, pero, a su vez, también como calor físico, y podía sentirlo porque su conciencia se había trasladado al ser de Júpiter, que habrá de surgir de la Tierra. Porque solo nos convertiremos en seres de Júpiter uniendo lo físico-calórico con lo anímico-calórico, de modo que, como seres de Júpiter, cuando acariciemos con amor a una persona o a un niño por el simple hecho de hacerlo, seremos al mismo tiempo una verdadera fuente de calor para el niño. El amor y la emisión de calor no estarán en absoluto separados. De hecho, llegaremos a irradiar anímicamente en nuestro entorno el calor que experimentamos.
El discípulo de los misterios de hibernia era llevado a experimentar esto, —aunque no en el mundo terrenal, sino transportado a otro mundo—, y, de este modo, se le presentaba la existencia de Júpiter, naturalmente no en la realidad física terrenal, sino en forma de imagen.
VENUS
Y el siguiente paso fue que el alumno sintiera de verdad esa angustia interior de la que les hablé ayer, cuando llegaba a comprender realmente la necesidad de superar su propio yo, ya que, de lo contrario, este yo puede devenir en fuente del mal. Cuando el alumno hacía presente en sí mismo ese estado interior del alma, experimentaba algo tal que no solo sentía el calor anímico y el calor físico como uno solo, sino que lo que allí sentía como uno solo, ese calor anímico-físico, comenzaba a resplandecer, se manifestaba tal y como empieza a resplandecer. El secreto del resplandor de la luz, del resplandor anímico de la luz, se revelaba al alumno. De este modo, era transportado hacia aquel futuro en el que la Tierra se transformará en el planeta Venus, en el futuro planeta Venus.
VULCANO
Y entonces, cuando el alumno sentía en su corazón cómo todo lo que había vivido anteriormente convergía, tal y como se lo describí ayer, se le revelaba que todo lo que experimentaba en su alma se manifestaba al mismo tiempo como una experiencia del planeta. Uno tiene un pensamiento; el pensamiento no permanece dentro de la piel del ser humano, sino que comienza a resonar; el pensamiento se convierte en palabra. Aquello que el ser humano vive se configura en palabra. La palabra se expande por el planeta vulcano. Todo en el planeta vulcano es un ser vivo que habla. La palabra resuena en la palabra, la palabra se aclara en la palabra, la palabra habla a la palabra, la palabra aprende a comprender a la palabra. El propio ser humano se siente como la palabra que comprende el mundo, como la palabra que comprende el mundo de las palabras. Al presentarse esto en forma de imagen ante el iniciando de hibernia, este sabía que se encontraba en el planeta vulcano, en el estado metamórfico más avanzado del planeta Tierra.
Como pueden ver, los misterios de hibernia formaban parte, en efecto, de lo que en la ciencia espiritual se denomina con razón los grandes misterios. Y es que aquello en lo que se iniciaba a los alumnos les proporcionaba una visión general, una perspectiva de la vida humana antes de la vida terrenal y después de ella. Al mismo tiempo, les proporcionaba una visión general de la vida cósmica en la que el ser humano está entretejido y de la que, a lo largo de los tiempos, nace. Así pues, el ser humano llegaba a conocer el microcosmos, es decir, a sí mismo como ser espiritual, anímico y corporal, en relación con el macrocosmos. Pero también llegaba a conocer el devenir, el entretejido, el surgimiento y la desaparición, así como la transformación metamórfica del macrocosmos. Estos misterios de hibernia eran grandes misterios.
Y alcanzaron su verdadero apogeo en la época que precedió al misterio del Gólgota. Pero una característica propia de los grandes misterios, era precisamente que en ellos se hablara de Cristo como de alguien que aún habría de venir, del mismo modo que más tarde se hablaría de Cristo como alguien que había atravesado los acontecimientos del pasado. Y, en realidad, tras la primera iniciación, se quería mostrar al discípulo, presentándole al salir la imagen de Cristo, que todo el curso de los mundos en la Tierra tiende hacia el acontecimiento del Gólgota. En aquella época, esto aún se representaba como algo futuro.
En esta isla, que más tarde pasó por tantas pruebas, existía, de hecho, un lugar de los grandes misterios, un lugar de los misterios cristianos anteriores al Misterio del Gólgota, en el que, de manera legítima, también se dirigía la mirada espiritual del ser humano, —que existía antes del Misterio del Gólgota—, hacia el Misterio del Gólgota.
Y cuando se produjo el misterio del Gólgota, mientras en Palestina tenían lugar los singulares acontecimientos que acabamos de describir al exponer la experiencia de Cristo Jesús en el Gólgota y sus alrededores, en el seno de los misterios de hibernia y su comunidad, —es decir, el pueblo que pertenecía a los misterios de hibernia—, se celebraban grandes fiestas. Y lo que realmente ocurrió en Palestina era representado de forma pictórica, multiplicado por cien, en la isla de Hybern, sin que la imagen fuera un recuerdo del pasado. En la isla de Hybern se vivió el misterio del Gólgota a través de imágenes al mismo tiempo que el misterio del Gólgota estaba teníendo lugar históricamente en Palestina. Cuando más tarde, en los templos y las iglesias, se vivía el misterio del Gólgota a través de imágenes, se mostraba al pueblo mediante imágenes, se trataba de imágenes que recordaban algo que había pasado en la Tierra, algo que, por tanto, se había extraído de la conciencia ordinaria como un recuerdo histórico. En la isla de Hybern , estas imágenes ya existían cuando aún no podían extraerse del pasado a través de la memoria histórica, sino que solo podían extraerse del propio espíritu. En la isla Hybern se contempló espiritualmente aquello que, para el ojo físico, tuvo lugar en Palestina a principios de nuestra era. Y así, en realidad, en la isla de Hybernia la humanidad vivió espiritualmente el misterio del Gólgota. Y eso es lo que significa la grandeza de todo aquello que más tarde partió precisamente de esta isla de Hybernia hacia el resto de la civilización, pero que desapareció en épocas posteriores.
Y ahora les pido que presten atención a una cosa. Quien se limite a estudiar la historia exterior puede encontrar muchas cosas grandiosas, bellas, inspiradoras y reveladoras de sentido cuando mira retrospectivamente, desde una perspectiva histórica, hacia el antiguo mundo oriental, a la antigua Grecia o a la antigua Roma; y, a su vez, puede descubrir muchas cosas cuando se adentra, digamos, en la época de Carlomagno, por ejemplo, y recorre la Edad Media. Pero fíjense tan solo en lo escasas que se vuelven las noticias históricas externas en el periodo que comienza unos siglos después del surgimiento del cristianismo y termina aproximadamente en los siglos IX y X d. C. Eche un vistazo a las obras históricas; en todas las obras históricas más antiguas y fidedignas encontrará, en realidad, en todas partes solo descripciones muy breves, muy poca información sobre esos siglos. Solo entonces las cosas vuelven a empezar a ser más detalladas.
Sin embargo, los historiadores más recientes, que en cierto modo se avergüenzan, con un aire un tanto profesoral, de distribuir tan mal el material, —al no describir lo que no saben—, inventan todo tipo de construcciones fantásticas que ahora se sitúan en esos siglos. Pero todo eso son tonterías. Si se presenta el tema con honestidad histórica, la descripción histórica de aquella época en la que la antigua Roma se derrumba y llegan las devastadoras oleadas de las migraciones de los pueblos, —que, por cierto, ni siquiera fueron tan terriblemente llamativas en apariencia como se imaginan las personas de hoy en día, sino que solo lo fueron en comparación con la calma que reinaba antes y después—, resulta bastante escasa. Pero si simplemente calculara hoy, o si lo hubiera hecho en la época anterior a la guerra, cuántas personas, digamos, se trasladan cada año de Rusia a Suiza, obtendría una cifra mayor que la de personas que recorrieron esa misma distancia en Europa durante la época de las migraciones de los pueblos. Todas estas cosas son relativas. De modo que, en realidad, si se quisiera seguir hablando en el mismo estilo que se aplica a la descripción de las migraciones de los pueblos, habría que haber dicho: «Hasta la época anterior a la guerra, todo en Europa se encontraba en una migración continua de pueblos, incluso hacia América». Y las oleadas migratorias hacia América eran más numerosas que los flujos de las migraciones de los pueblos. Pero esto es algo de lo que no nos damos cuenta del todo.
Pero, a pesar de todo, lo cierto es que, a medida que transcurre este periodo —descrito como la época de las migraciones y como el periodo posterior a las migraciones—, las noticias históricas se vuelven escasas. No se sabe mucho de él. Se describirá poco de lo que ocurrió, por ejemplo, aquí en esta región, de lo que ocurrió en Francia, en Alemania, etcétera; se describirá poco de ello. Pero fue precisamente allí donde aún se dejaban sentir los ecos de lo que se había contemplado en los misterios de Hybernia, que aún se extendían por Europa, aunque solo fuera como un débil eco, donde por todas partes los efectos y los impulsos de los grandes misterios de Hybernia ya se estaban infiltrando en la civilización.
Pero entonces se encontraron dos grandes corrientes. Verán, todo lo que voy a decir ahora es, en realidad, solo una cuestión de terminología, no para dar a entender ni la más mínima sombra de simpatía o antipatía hacia nada, sino para describir la necesidad histórica. Se encontraron dos corrientes. Una, que llegó desde Oriente dando un rodeo por Grecia y Roma, y que contaba con la capacidad que se imponía cada vez más a la humanidad, orientada exclusivamente hacia el entendimiento y los sentidos, donde se trabajaba con lo que existía como recuerdo histórico de acontecimientos visibles desde fuera y vividos exteriormente. Desde Palestina, pasando por Grecia y Roma, se difundió la noticia, —que luego fue acogida por las personas en su vida religiosa—, sobre algo que había tenido lugar en el mundo físico-sensorial a través del Dios Cristo en Palestina. Esto estaba adaptado a la comprensión de las personas, que ya solo se basaba en lo que hoy llamamos la conciencia ordinaria, dependiente del entendimiento y de los sentidos. Y, de hecho, se difundió de la manera más grandiosa. Pero eso acabó por desplazar lo que llegó desde Occidente, desde Hybernia, y que, como último eco de la antigua sabiduría instintiva de la Tierra, se basaba en las antiguas sabidurías espirituales de la humanidad, que solo ahora se revelaban en la nueva conciencia. Desde Hybernia se extendió por Europa algo que, en lo que respecta a la iluminación, no se basaba en la sabiduría derivada de la percepción sensorial, ni en la demostración de algo mediante la evidencia de que eso había ocurrido históricamente. Más bien se extendieron cultos, enseñanzas de sabiduría como cultos hibernios, como enseñanzas de sabiduría hibernias, que contaban con algo que ilumina al ser humano desde el mundo espiritual, incluso cuando, como el misterio del Gólgota, tiene lugar al mismo tiempo en la realidad física en otro rincón de la Tierra. En Hybernia se contemplaba de manera espiritual la realidad física de Palestina.
Pero aquello que solo podía vincularse a la realidad física eclipsaba a aquello otro que apostaba por la elevación espiritual del ser humano, por su interiorización espiritual, por su impregnación espiritual. Y poco a poco, por una necesidad que ya se ha comentado con frecuencia en relación con otros puntos de vista, lo que se vinculaba a la existencia sensorial y física fue ganando terreno sobre aquello que se vinculaba a la visión espiritual. Y las noticias sobre el Redentor que habitaba en la Tierra en un cuerpo físico se impusieron a las maravillosas imágenes imaginativas que llegaban desde Hybernia y que podían representarse en los cultos, sobre las grandiosas imágenes imaginativas que anunciaban al Redentor como una entidad espiritual y que, en la representación de su culto y en sus descripciones, no tenían en cuenta que se trataba también de un acontecimiento histórico. Menos aún se podía tener esto en cuenta en la época en que aún no era un acontecimiento histórico, pues los cultos ya estaban establecidos antes del misterio del Gólgota,
Y llegó la época en la que las personas se volvían cada vez más receptivas únicamente a lo que se podía observar físicamente, en la que, por así decirlo, llegaron a dejar de considerar como verdad aquellas cosas que no guardaban relación con lo que se podía observar físicamente. Y así, la sabiduría que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su sustancialidad. Y así, el arte que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su verdad cósmica. Así fue surgiendo, cada vez más, no una ciencia hiberniana, sino una ciencia que se basaba únicamente en lo externo y sensorial; y no un arte hiberniano, sino un arte, —el de Rafael no es otro—, que necesitaba lo sensorial y visible como modelo, mientras que el arte hiberniano tenía como objetivo realizar lo anímico-espiritual de manera inmediata a través de los medios artísticos.
Así llegó entonces una época en la que, en cierto sentido, se cernió un eclipse sobre la vida espiritual, en la que solo se hacía hincapié en la razón y los sentidos, y se fundamentaban filosofías que pretendían demostrar cómo la razón y los sentidos podrían, de alguna manera, llegar al ser o alcanzar la verdad.
Y entonces ocurrió precisamente aquello tan curioso: que las personas ya no eran receptivas a las influencias espirituales. Y ¿dónde se podría ver con mayor precisión, diría yo, cómo las personas, con su conciencia, ya no eran accesibles a las influencias espirituales, que en lo que se les dio, —ya lo expuse en la revista «Das Reich»—, como por ejemplo la forma en que se les entregó la «Boda Química de Christian Rosencreutz» En su momento llamé la atención sobre lo extraño que resultó todo lo relacionado con estas «Bodas Químicas». Valentín Andrea es el autor material de estas «Bodas Químicas»; en el año inmediatamente anterior al estallido de la Guerra de los Treinta Años, Valentín Andrea escribió estas «Bodas Químicas». Pero nadie que conozca la biografía de Valentín Andrea tendrá la menor duda de que Valentín Andrea, —que más tarde se convirtió en un pastor filisteo y escribió otros libros untuosos—, no escribió las «Bodas Químicas». Es una auténtica tontería creer que Valentín Andrea escribió las «Bodas Químicas». Basta con comparar «Las bodas químicas», «La reforma del mundo entero» o los demás escritos de Valentín Andrea, —físicamente se trataba de la misma persona—, con el estilo empalagoso, untuoso y grasiento que el pastor Valentín Andrea, que solo comparte el mismo nombre, escribió en su etapa posterior.
¡Es un fenómeno de lo más curioso! Tenemos a un joven que apenas ha terminado la escuela y que escribe cosas como «La Reforma del mundo entero» o «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz», y nosotros tenemos que esforzarnos por desentrañar el sentido oculto de estos escritos. Él mismo no entiende nada de ello, como demostrará más tarde: se convertirá en un pastor untuoso y adulador. ¡Es la misma persona! Y basta con tener en cuenta este hecho para que resulte plausible lo que en su momento expuse al respecto: que, precisamente, las «Bodas Químicas» no fueron escritas por un ser humano, o solo lo fueron en la medida en que, bueno, el secretario secreto de Napoleón, siempre lleno de miedo, escribía sus cartas. Pero Napoleón era, al fin y al cabo, un ser humano que tenía los pies y las piernas firmemente plantados en el suelo, es decir, era una personalidad física. Quien escribió «Las bodas químicas» no era una personalidad física, y se sirvió de este «secretario», que más tarde se convirtió en el pastor untuoso Valentín Andrea.
Imagínese este maravilloso acontecimiento que precedió a la Guerra de los Treinta Años: ¡un joven, un joven muy joven, da la mano a un ser espiritual que escribe algo así como las «Bodas Químicas»! Y lo que en este caso solo se manifiesta en un ejemplo concreto, ocurrió a menudo en aquella época. Pero es que las cosas no se han reconocido ni conservado tan bien. Lo que en aquella época se entregó a la humanidad como algo importante se le entregó de tal manera que las personas no eran capaces de comprenderlo con su entendimiento. Esa era la espiritualidad que seguía actuando, que aún se les revelaba abiertamente, que las propias personas representaban, pero que ya no podían experimentar en su interior.
Y así es como, en esta época en la que, en realidad, si los libros tuvieran el grosor correspondiente, los libros de historia estarían llenos de páginas en blanco, la humanidad vive como en dos corrientes: en aquella corriente que discurre abajo, en el mundo físico, donde las personas creen cada vez más y más solo en lo que les dice su razón y lo que les dicen los sentidos; pero por encima de ello tiene lugar continuamente una revelación espiritual que se produce a través del ser humano, pero que este no comprende. Y precisamente entre los ejemplos más característicos de esta revelación espiritual se encuentran obras como «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz».
Pero todo aquello que allí se revelaba pasaba, a pesar de todo, por las mentes de las personas, aunque estas no lo entendieran; pasaba por las mentes de las personas, se atenuaba, se distorsionaba. Esos susurros y balbuceos se convirtieron en algo grandiosamente poético, en algo inmensamente poético, como lo son a veces los versos de la «Boda química de Christian Rosencreutz». Y, sin embargo, son revelaciones de algo grandioso: imágenes macrocósmicas imponentes, experiencias inmensas entre el ser humano y el macrocosmos, que se presentan de forma majestuosa. Cuando se lee la «Boda Química» con la mirada actual, se aprenden a comprender estas imágenes de la «Boda Química»; se disuelven, pues, en el fondo, siguen estando teñidas por las mentes por las que han pasado, y tras ellas aparece lo grandioso.
Este tipo de cosas son precisamente una prueba de que, en el subconsciente, lo que en su día vivió la humanidad ha perdurado en realidad. Y se desvaneció por completo en los primeros tiempos de la devastadora Guerra de los Treinta Años. En la primera mitad del siglo XVII se va desvaneciendo aquello que en su día fue una gran y majestuosa verdad espiritual. Y solo los místicos conservan la huella emocional de ello. Pero la sustancia propiamente dicha, la sustancia espiritual, se pierde por completo. El intelecto triunfa en un primer momento y allana el camino para la era de la libertad.
Y hoy echamos la vista atrás a estas cosas y contemplamos precisamente los misterios hybernia , diría que con una vida interior bastante profunda, pues son, en el fondo, los últimos grandes misterios, esos últimos grandes misterios a través de los cuales pudieron expresarse los secretos humanos y cósmicos. Y cuando hoy se vuelven a indagar estos misterios, es entonces cuando los misterios de hybernia nos parecen verdaderamente grandiosos. Pero, en realidad, no se pueden comprender del todo si antes no se han indagado las cosas de forma autónoma. E incluso cuando se han indagado de forma autónoma, ocurre entonces algo especial.
Cuando, en la evolución akáshica, uno se acerca a las imágenes de estos misterios de hybernia , siente algo que le repele. Es como si una fuerza le frenara, como si no pudiera acercarse con el alma. Y cuanto más se acerca uno, más se oscurece aquello a lo que se quiere llegar con el alma, y se experimenta una especie de entumecimiento anímico. Hay que abrirse camino a través de ese entumecimiento anímico. No hay otra forma de hacerlo que dejando que resurja en uno todo lo que ya se sabe sobre temas similares, sobre lo que uno mismo ha descubierto y lo que ha contemplado por sí mismo. Y entonces uno se da cuenta de por qué es así. Entonces uno se da cuenta de que, con estos misterios de hybernia, las fuerzas divinas y espirituales de la humanidad dieron sin duda el último resquicio de lo antiguo; pero que, en el momento en que los misterios de hybernia se sumieron en la penumbra, quedaron al mismo tiempo rodeados espiritualmente por un muro impenetrable, de modo que el ser humano no puede desentrañarlos de manera pasiva, ni contemplarlos, y que no puede acercarse a ellos más que despertando en sí mismo su actividad espiritual, es decir, convirtiéndose en un verdadero ser humano de la época moderna. Me gustaría decir: el acceso a los misterios de hybernia se ha cerrado al mismo tiempo para que los seres humanos no puedan acercarse a los misterios a la antigua usanza, sino que se vean impulsados a que aquello que, en la época de la libertad, los seres humanos deben encontrar en su interior, se experimente realmente también en la actividad de la conciencia, y no a través de una visión histórica, —ni tampoco de una visión clarividente e histórica—, de antiguos, maravillosos y grandes misterios, antes de haber emprendido el camino para llegar a esos misterios a partir de la propia actividad interior.
De este modo, los grandes misterios de Hybernia insinúan de la forma más intensa cómo comienza una nueva era en la época en la que los misterios de hybernia se hunden en la tierra de las sombras. Pero también hoy pueden ser contemplados de nuevo, en toda su gloria y majestad, por el ser anímico sostenido por la libertad interior, pues a través de una verdadera actividad interior es posible acercarse a ellos, se puede superar lo que se nos opone, lo que pretende adormecernos, aquello que para el alma representa lo que hasta los tiempos más tardíos se revelaba aún a los iniciados de entre los grandes y antiguos misterios de la sabiduría espiritual de antaño, —instintiva, sí, pero no por ello menos elevada—, que en su día se derramó sobre la humanidad de la Tierra como una fuerza primigenia del alma. Los monumentos más bellos y significativos de la época posterior a la sabiduría primigenia de los seres humanos, a la gracia primigenia de las entidades divinas y espirituales, tal y como se revelaban en los estados primigenios de la humanidad; los monumentos espirituales y anímicos más bellos de esta época son aquellas imágenes que pueden revelarse ante nosotros al dirigir nuestra mirada hacia los misterios de Hybernia.
Traducido por J.Luelmo
