GA069a Munchen, 27 de noviembre de 1912 - Errores de la investigación espiritual

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

Errores de la investigación espiritual


Munchen, 27 de noviembre de 1912

¡Muy estimados presentes! En cada ámbito del pensamiento y de la vida, no solo es deseable, sino necesario, conocer además de las cualidades de la verdad, también las cualidades y orígenes del error. Porque, sin duda, a menudo solo mediante el conocer adonde se origina el error, es posible protegerse de todos los obstáculos que se interponen en la búsqueda de la verdad. Pero en el campo de la investigación del espíritu, es de especial necesidad la comprensión del origen del error ya que, a diferencia de otros campos de la búsqueda de la verdad, en la investigación del espíritu el error acecha casi en cada esquina. Pero no acecha solo como algo que es fácil de reconocer, sino como algo que en la mayoría de los casos aparece disfrazado, enmascarado, sí, se puede decir que de una forma bastante difícil de identificar. El error acecha allí como un oponente que no solo quiere ser refutado, como sucede en la investigación de la verdad física externa, sino que realmente desea ser vencido por el alma del investigador espiritual. Y en muchos casos, sucede que en los caminos de la investigación espiritual, solo se puede llegar a la verdad si realmente se logra vencer al error como a un oponente.

Hace un par de días expliqué aquí que cuando el ser humano, intenta seguir los caminos de la investigación espiritual, no tiene otro remedio que hacer de su propia alma un instrumento que pueda mediar entre el conocimiento humano y los mundos suprasensoriales. La ciencia común utiliza instrumentos externos con los que realiza sus experimentos y observaciones. El investigador espiritual solo tiene como instrumento lo que puede hacer de su propia alma, sacando de ella las fuerzas de conocimiento que no son necesarias para la vida y el conocimiento físico ordinario, pero que yacen dormidas en el alma, y a través de estas fuerzas de conocimiento entra en el mundo suprasensorial.

Además, anteayer se mostró que el alma, al autoaplicarse los medios caracterizados, primero llega a lo que se llama conocimiento imaginativo y que ya ahí acecha un error. Cuando el alma alcanza este conocimiento imaginativo, a través del cual se siente capaz de hacer que surjan desde sus profundidades imágenes e imaginaciones, ya está presente el error contra el cual el investigador espiritual debe luchar: el error de tomar ese mundo de imágenes como si fuera algo objetivo, algo que existe fuera de él mismo en el mundo. Ya se ha dicho que toda la autoformación del investigador espiritual debe ir dirigida a emplear una fuerte fuerza de voluntad interna para que el prejuicio ni siquiera surja, para no tomar estas imágenes que surgen en el alma como otra cosa que no sea simplemente un reflejo, por así decirlo, una sombra proyectada de las propias experiencias del alma. En el momento en que las imágenes que primero surgen mediante la meditación o la concentración se toman por algo distinto a una expresión de la propia alma, surge inmediatamente el error. También se ha dicho que debe ser eliminado del alma, aquello que aparece como mundo imaginativo, que debe ser superado, descendiendo de nuevo a profundidades insondables, y solo entonces el alma se vuelve capaz de percibir las realidades y entidades suprasensibles de manera objetiva ante sí.

Así pudimos caracterizar la primera etapa del conocimiento sobrenatural, el conocimiento imaginativo. Y como una imagen contrapuesta del conocimiento imaginativo se presentó la naturaleza mediúmnica del ser humano. Por supuesto, no es posible repetir hoy todo lo que se dijo anteayer; solo se debe recordar que se ha llamado la atención sobre varios aspectos preocupantes de lo mediúmnico, y que la omisión hoy de estos aspectos preocupantes, no debe llevar a la conclusión de que estos aspectos se estén teniendo en cuenta de manera insuficiente. También se ha dicho ya en qué consiste la naturaleza mediúmnica. Mientras que en el conocimiento imaginativo se fortalecen las fuerzas vitales internas del alma, se hace más fuerte la conciencia, se sacan a relucir más fuerzas internas del yo que las que normalmente existen en la vida cotidiana, en la naturaleza mediúmnica, en cambio, el yo, la conciencia ordinaria, debe ser atenuado, de manera que en el médium la vida normal de las ideas y las sensaciones se detiene y entra en un estado más o menos inconsciente. Al hacer que la conciencia quede como expulsada del medium, las fuerzas que existen en la naturaleza humana fuera de la conciencia, se podría decir que se conectan con el ser universal del mundo, y este ser universal del mundo con sus fundamentos y procesos espirituales actúa directamente sobre lo que vive en el medium. Y así, el medium es capaz de revelarse, pero no se revela la individualidad humana, sino las fuerzas y procesos del mundo que intervienen. El medium se convierte como en el revelador de la acción y los hechos espirituales de los seres del mundo. El conocimiento imaginativo se enfrenta así con la elevación, fortalecimiento y concentración de la conciencia, y el ser mediúmnico con más o menos desaparición de la conciencia.

Abordemos en primer lugar, las fuentes del error del ser mediúmnico. Aquellas personas, que a través de las revelaciones de los seres mediúmnicos, aman obtener conocimientos de los mundos, conocimientos que luego cuando la conciencia está apagada, influyen en la naturaleza humana, tales personas por lo general, rechazan que la personalidad mediúmnica introduzca en su conciencia cualquier enseñanza de la ciencia espiritual, cualquier concepto, idea o noción de la ciencia espiritual. Es decir, a esos investigadores que quieren reconocer una verdad objetiva a través del ser mediúmnico que actúa a través de las fuerzas del médium, no les gusta que el médium haya aprendido ideas sobre el mundo espiritual. Y desde su punto de vista, estas personas tienen totalmente razón. Tienen razón en esto, porque los conocimientos de las ciencias del espíritu, con sus conceptos e ideas que se inscriben con fuerza en el alma, también requieren mucho de la conciencia, se imponen en la conciencia humana; y por eso es realmente difícil, cuando se intenta suprimir esta conciencia, silenciar estas fuerzas tan fuertes en la personalidad mediúmnica,. Y entonces se puede experimentar que la personalidad mediúmnica, en lugar de dar a conocer aquello que es independiente de su propia alma y de su propia individualidad, en su lugar solo revela lo que previamente ha influido en el alma como ciencia del espíritu. Y quienes investigan en este campo normalmente están muy preocupados por mantener a sus médiums libres de las influencias de la investigación espiritual, que de otro modo se manifestarían a través del médium, en lugar de permitir que se hagan presentes las fuerzas espirituales no afectadas por la individualidad humana, que normalmente aparecerían en la manifestación del médium, cuando la conciencia está suprimida.

Tampoco sería bueno para las investigaciones de la personalidad mediúmnica si esta tiene una imaginación muy fuerte, por la cual puede representar cosas diversas en el mundo. Porque toda imaginación fuerte influye considerablemente en la individualidad y cuando la conciencia está atenuada, se impone. Así que se puede decir: todo aquello que es un contenido activo, muy consciente y creativo de la conciencia, afecta negativamente las manifestaciones de la personalidad mediúmnica. Sí, todo el que tenga experiencia en este campo sabe que, en cuanto a la imaginación y al pensar, las personalidades muy dotadas son justamente malas personalidades mediúmnicas. Por ejemplo, si una personalidad ha asimilado lo que pone en mi «Ciencia Oculta» sobre el desarrollo del sistema planetario, y luego se consigue que esta personalidad mediúmnica haga sus propias manifestaciones, se verá que lo que el medium ha aprendido, se mezcla en sus manifestaciones; mientras que, si no es así, a través del medium, sin ser influenciado por nada aprendido, se pueden obtener resultados sorprendentes que, aunque a veces expresados de forma grotesca, resultan extraños. Pero si uno se adentra en esto, si se sobrepone a la expresión grotesca, se puede ver, especialmente en las personalidades mediúmnicas de cierto tipo, cómo, a lo largo de la evolución, se manifiestan las conexiones cósmicas mediante cosas a veces grotescas que provienen de la personalidad. Para quien quiera hacer investigaciones con la ayuda de una personalidad mediúmnica, es sobre todo necesario adquirir cierta práctica para poder distinguir entre el contenido de conciencia subjetivo e individual del medium y lo que el medium no puede saber y aun así se revela a través de él. Por eso, en investigaciones más triviales, se considerarán especialmente aquellas manifestaciones de personalidades mediúmnicas en las que se sabe con exactitud que el medium comunica algo que sería imposible que comunicara estando completamente consciente.

Solo menciono cosas, mis muy estimados presentes, que han sido revisadas cuidadosamente, que son tan conocidas por cualquiera que tenga experiencia en este campo como cualquier hecho científico. Cuando se recibe un mensaje a través de una personalidad mediúmnica, si habla desde un estado de conciencia confuso, por ejemplo, en un idioma que se sabe que el médium no ha aprendido a lo largo de su vida, entonces uno sabe que es algo que surge de la personalidad mediúmnica y que no puede estar relacionado con la individualidad misma, por lo que se entiende que a través del médium se está expresando un contenido objetivo del mundo.

Así, gracias a la peculiaridad de la personalidad mediúmica, vemos al mismo tiempo en todas partes el origen del error que el profesional de este campo debe evitar. En particular, hay que tener en cuenta esa fuente de error incluso cuando, en este ámbito, se trata de la mera observación de personalidades sonámbulas que, a través de esos métodos y esas manifestaciones de las que son capaces, transmiten algo procedente del mundo espiritual. Siempre se comprobará que la subjetividad se entremezcla en gran medida con la comunicación. Quien tenga experiencia en este ámbito sabe que una personalidad mediúmica que, por ejemplo, sea protestante, recibe sus manifestaciones de una manera muy diferente a como lo hace una personalidad mediúmica que sea católica. Se puede comprobar que una personalidad mediúmica católica, cuya vida emocional está impregnada de las creencias católicas, ve en el mundo espiritual ciertas entidades que, sin embargo, se muestran tal y como esa personalidad se imagina a, digamos, los seres angelicales.

Eso que puede darse en el caso de una personalidad mediúmica católica de este tipo, no se dará en el caso de una personalidad mediúmica cuyos sentimientos tengan, digamos, un matiz protestante. Por ello, resulta de nuevo urgente, además de observar lo que se manifiesta a través de la personalidad mediúmica, examinar con detenimiento la individualidad de esa misma personalidad. Y aquí llegamos a un ámbito que resulta sumamente adecuado para poner de relieve donde se origina el error.

Quien sea escéptico en este ámbito o considere toda esta historia una tontería, dirá: «Bueno, ahí lo tenéis: a través de una personalidad así se manifiesta lo que ella misma cree, lo que ella misma tiene en su conciencia». - Ciertamente, si se observa ante todo, en su conjunto, lo que se manifiesta a través de la personalidad mediúmica, casi nunca se podrá evitar caer en errores; pero para el observador objetivo de estas cosas, el contenido de lo revelado cobra cada vez menos importancia, mientras que lo que más cuenta es que se produzca tal revelación, que algo así pueda vivirse con la conciencia atenuada. Lo que cuenta es la experiencia. Y cuando uno se acostumbra a pasar por alto el contenido de la revelación y se fija en los procesos que tienen lugar en el alma humana como resultado de esta relación entre la naturaleza humana y las fuerzas del mundo, entonces se comprende por qué es perfectamente posible que, en una ocasión, la manifestación tenga un matiz católico y, en otra, protestante. Porque lo que realmente importa es la experiencia, la forma en que se manifiestan las fuerzas y entidades espirituales, que solo se revisten de la manera descrita. El error surge cuando se considera que el revestimiento es lo esencial. La verdad se descubre cuando se es capaz de abstraerse de la forma de manifestación y se presta atención a que, en realidad, se produzca tal proceso, independientemente de si la experiencia está matizada de una u otra forma por la individualidad. Porque lo que se experimenta no es una aparición angelical con forma humana ni nada por el estilo, sino fuerzas espirituales que, en su verdad, solo pueden contemplarse mediante investigaciones minuciosas, pero de las que se puede demostrar que existen y que se manifiestan a través de la personalidad mediúmnica, matizadas según la configuración interior de dicha personalidad.

Establecer dónde termina el error y dónde comienza la verdad en el ámbito aquí descrito, no será fácil  ya que, de hecho, uno se funde con el otro. Más bien habrá que caracterizar el asunto de tal manera que uno se adentre en un camino en el que encuentra cada vez más aproximaciones a la verdad, a medida que adquiere la práctica necesaria para descartar las fuentes de error; de modo que es probable que quien busque concienzudamente la verdad en este ámbito pueda ser muy malinterpretado en nuestra época, en la que no se aprecian este tipo de cosas. Se cree que lo que quiere relatar como experiencias es, de alguna manera, cuestionable. Pero eso no es en absoluto lo que pretenden los investigadores concienzudos en este ámbito; lo que pretenden es simplemente la descripción de algo «que se ha manifestado», y, si son concienzudos, incluso indican ellos mismos dónde se encuentran las fuentes de error. Pero basta con poder señalar un camino hacia la existencia de un mundo espiritual, un camino en el que, aunque el error acecha a cada paso que se da, uno es capaz, a medida que avanza, de dejar ese error a un lado. Así pues, no se trata de responder a la pregunta: «¿Qué es la verdad, qué es el error?», sino de que existe un camino por el que, superando poco a poco el error que acecha por todas partes, se llega al ámbito de la verdad, de modo que la verdad es, por así decirlo, algo a lo que uno se va acercando como a una meta lejana. Eso es lo esencial en este ámbito.

Lo que importa entonces a la hora de avanzar por este camino es llegar cada vez más a ese tipo de experimentos, —si queremos llamarlos así—, en los que se elimine por completo lo individual de la conciencia, y que lo que quede esté, en la medida de lo posible, integrado únicamente en los procesos objetivos del mundo. Así pues, lo que importa en este ámbito mediúmnico es la atenuación, la capacidad de sintonizar la conciencia a un nivel inferior. Y cuanto más se consiga sintonizar esta conciencia a un nivel inferior y convertir a la personalidad mediúmnica, por así decirlo, en un mero instrumento para los procesos del mundo suprasensorial que se encuentran fuera de ella, tanto más se alcanzará la verdad en este ámbito. Sin embargo, hay que llamar la atención sobre un aspecto que ya conoce quien está familiarizado con estas cuestiones: cuando se esté tratando con una personalidad sonámbula de este tipo, que o bien entra en tal estado en determinados momentos por su propia naturaleza, o bien es llevada a él mediante ciertos medios, —aunque a menudo bastante cuestionables—, lo primero que se obtiene en sus revelaciones son leyes del mundo suprasensible; se expresan las leyes del mundo; esto se pondrá claramente de manifiesto en las revelaciones de la personalidad en cuestión. Si las entidades del mundo suprasensible han de manifestarse por esta vía, dichas entidades deben, en cierto modo, apoderarse primero de la personalidad mediúmnica, y uno debe tener la posibilidad de ver más allá de la personalidad para percibir el ser auténtico que se manifiesta. Para ello es necesaria una visión entrenada de este tipo de cosas, que solo puede adquirirse, por un lado, mediante la práctica y, por otro, mediante la comprensión de lo que la ciencia espiritual en general puede aportar.

El conocimiento imaginativo es, pues, la antítesis absoluta de lo que acabamos de describir. Hoy, estimados asistentes, he intentado señalar con estas palabras a modo de esbozo lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre la esencia del mediumismo, aunque, por lo general, no considero que sea mi tarea difundir la ciencia espiritual de esta manera ante el público; más bien, lo que aquí se expone debe provenir de lo que es precisamente la antítesis del mediumismo, debe proceder, en efecto, de lo que puede explorar el alma humana, que, mediante el desarrollo de las fuerzas que yacen latentes en su interior, se convierte en un instrumento para asomarse al mundo imaginativo. En qué medida este mundo imaginativo es radicalmente diferente del mundo patológico y fantástico de las alucinaciones, las visiones, los delirios y demás, ya se habló de ello anteayer. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿acechan también en este ámbito los errores al que conoce, por así decirlo, como si fueran adversarios? ¿Existen también aquí fuentes de error? —Así es, sin duda. Ya antes de adentrarse en el mundo suprasensible, uno puede hacerse una idea de hasta qué punto pueden surgir errores cuando el alma, tal y como se describió anteayer, se deja llevar por sí misma y emprende el camino hacia los mundos espirituales.

En el mundo cotidiano tenemos todo tipo de cosmovisiones o puntos de vista, todo tipo de perspectivas. Está el materialismo, el positivismo, el individualismo, el espiritualismo, etcétera, etcétera. Basta con que, sin sentirse fanático de ninguno de estos puntos de vista, uno intente escuchar a otra persona que, por toda su educación y toda su vida, se ve impulsada a esgrimir todas las razones lógicas y de otro tipo, digamos, a favor del materialismo o del espiritualismo, etcétera; intentemos escuchar objetivamente a esas personas que, desde su punto de vista, exponen todo lo que razonablemente se puede esgrimir para fundamentar una de estas cosmovisiones, y nos convenceremos de que, en realidad, nunca está del todo justificado sentirse opositor del materialismo, del espiritualismo, etcétera; se descubrirá que, para todos estos puntos de vista, se pueden aportar infinidad de argumentos razonables y probatorios. Si se mantiene una actitud imparcial, en la mayoría de los casos se podrá estar totalmente de acuerdo incluso con un defensor del punto de vista en cuestión, siempre que sea razonable. Incluso si uno no comparte en absoluto el punto de vista materialista, al escuchar a un materialista razonable podrá decir: «Sí, en realidad lo que expone como su punto de vista está bastante bien fundamentado». Lo desagradable comienza cuando la gente se aferra de forma unilateral a un punto de vista cualquiera y, a veces, se obstina hasta lo insoportable, atacando y rechazando cualquier otro punto de vista que no se parezca al suyo. Sería perfectamente concebible que alguien con experiencia en este ámbito dijera: «Sí, puedo ser materialista cuando el materialismo está justificado, y espiritualista cuando el espiritualismo lo está, y así sucesivamente». Esta posibilidad existe sin lugar a dudas.

Se suponía que yo debía ofrecer, por así decirlo, una muestra en dos conferencias que impartí aquí el invierno pasado sobre los temas: «¿Cómo se refuta la teosofía?» y «¿Cómo se fundamenta la teosofía?», una muestra de cómo se pueden presentar, de hecho, argumentos positivos que merezcan reconocimiento para puntos de vista opuestos. Este fenómeno de la vida cotidiana puede, de hecho, indicarnos lo que las personas sensatas siempre han señalado: que, si se toma de forma fanática y se considera de manera unilateral, ninguno de esos puntos de vista representa realmente la verdad. Las personas que adquieren cierta sensibilidad hacia este hecho suelen decir a menudo: «La verdad se encuentra en el centro, entre los puntos de vista opuestos». - Sin embargo, a quien profundiza en este asunto, esta afirmación le parece exactamente como si alguien dijera: «Si tengo dos sillas delante de mí, no me siento en una ni en la otra, sino que lo mejor es sentarse entre ambas sillas». - Goethe, que tenía una buena experiencia en este ámbito, dijo con razón que entre dos opiniones opuestas no se encuentra la verdad, sino que entre ellas se encuentra la tarea que debe llevarnos primero a los hechos. -Y la verdad, por regla general, no se revelará como ninguna de esas dos visiones parciales. Esto ya se pone de manifiesto en muchos aspectos, incluso cuando aún nos encontramos en el mundo físico y ni siquiera hemos entrado aún en el mundo suprasensible. Este hecho podría resultar ya de por sí desconcertante, y debe resultarlo para quien sea capaz de tomarse en serio el conocimiento, para quien conocer sea realmente una cuestión vital. Porque se puede describir cualquier asunto desde un lado, desde un punto de vista, y aportar buenas razones para ello, y se puede argumentar a favor del mismo asunto desde el otro lado con razones quizá igualmente válidas. Esto puede conducir, en muchos casos, a una especie de duda sobre la verdad. Sin embargo, para quien sea lo suficientemente fuerte, esto no le llevará a dudar de la verdad, sino a algo completamente distinto: le llevará a investigar cómo llega el ser humano, en primer lugar, a adoptar un punto de vista.

Estimados asistentes, si alguien no solo está comprometido con el materialismo, sino que se ha conservado la libertad suficiente para apartarse de su forma de ver las cosas y hacer acopio de cierto autoconocimiento, entonces puede plantearse la siguiente pregunta: ¿Cómo ha transcurrido, en realidad, mi vida hasta ahora? ¿Cómo se han desarrollado mis hábitos de pensamiento, que me llevan, por ejemplo, a prestar más atención a los aspectos materiales? Así puede preguntarse un partidario del materialismo. Del mismo modo puede hacerlo el partidario de una visión más espiritual. Y así, ya en la vida cotidiana, a través del autoconocimiento, uno descubre cómo se forma realmente el propio punto de vista, cómo este es algo subjetivo, algo que depende de la individualidad. Y de este modo se aprende a reconocer el valor de verdad de un punto de vista, al saber cómo se ha llegado a él, cómo una determinada trayectoria vital ha llevado a pensar precisamente así. No es buscando la verdad en el punto medio entre los distintos puntos de vista, como se actúa con justicia hacia los demás, sino comprendiendo cómo se ha llegado a ese punto de vista y por qué se juzga así; y así se llega también a reconocer y valorar el otro punto de vista, así como a comprender cómo, a su vez, el otro ser, en su trayectoria vital, ha llegado a ver las cosas precisamente desde otra perspectiva. Nada equilibra tanto los distintos puntos de vista de las personas como el hecho de que quienes los defienden practiquen el autoconocimiento de la manera descrita.

Imaginemos por un momento que un grupo de personas con puntos de vista opuestos se reúnen, como en un coloquio, y discuten acaloradamente sobre sus diferentes opiniones. Quien haya vivido algo así sabe que, por lo general, no se llega a ninguna conclusión. Cuando la gente se levanta tras muchas horas de debate, normalmente cada uno se mantiene aún más fanáticamente aferrado a su postura que antes. Si se intentara que ese grupo permaneciera en silencio durante una hora y cada uno dedicara solo una hora a analizar cómo ha llegado a su punto de vista, y si solo entonces volvieran a hablar, se discutirían menos. Esta posibilidad es perfectamente concebible. Porque la comprensión del punto de vista ajeno se encontraría a través del autoconocimiento, mediante el análisis del camino recorrido para llegar a ese punto de vista. Ya en la vida cotidiana, incluso antes de adentrarse en los mundos suprasensoriales, se pone de manifiesto que el autoconocimiento es el camino para acercarse poco a poco a la verdad, y que entonces lo verdadero se sitúa por sí mismo como un hecho en el centro, sin que sea necesario interponer la propia opinión entre los puntos de vista opuestos.

Este autoconocimiento debe alcanzarse en un grado mucho mayor por parte de quien quiera evitar las fuentes de error en el ámbito suprasensible. Y aquí hay que señalar que el investigador espiritual solo tiene la posibilidad de acercarse a la verdad si comienza por llevar al extremo el autoconocimiento en el ámbito suprasensible. Tiene oportunidades más que suficientes para ello si no se deja dominar por lo que, en un primer momento, se presenta en su alma en forma de imágenes, sino si es capaz de decirse a sí mismo con libertad y seguridad: «Lo que aparece ahí en tu alma eres tú mismo; tal y como ves las imágenes, aunque quizá sean maravillosas, no se trata de un mundo suprasensible; todo eso eres tú mismo, proyectado y reflejado en el espacio». - Así, ya el primer paso en el camino hacia la investigación espiritual le brinda la posibilidad del autoconocimiento. Y al conocerse uno a si mismo de este modo, se aprende por primera vez a distanciarse de lo que entonces puede considerarse objetivo. En el ámbito de la investigación espiritual no hay otro camino para descartar lo que es falso, lo que es un error, que llegar primero al pleno autoconocimiento, de modo que uno pueda, por así decirlo, separar lo que uno mismo es de lo que queda después. Y aquí el investigador esotérico puede reconocer, a través de un paso muy concreto que debe dar, que ha avanzado lo suficiente en el autoconocimiento. Si no fuera así, quizá sería mejor no aventurarse en absoluto en el ámbito de lo sobrenatural. Porque no hay nada tan difícil para el ser humano como el autoconocimiento, como la contemplación objetiva de lo que uno mismo es. Nada es tan difícil, pues todos los intereses, todas las inclinaciones, todas las simpatías que sentimos por nuestro propio yo se interponen en el camino y, en cierto modo, nos engañan haciéndonos creer que representan algo real, cuando en realidad no son más que reflejos de nuestra propia esencia.

EL GUARDIÁN DEL UMBRAL

El paso que permite al investigador espiritual saber que posee el autoconocimiento necesario se denomina en la investigación espiritual con un término que, sin duda, hoy aquí no puede tratarse en toda su amplitud debido a la brevedad del tiempo; se denomina con la expresión «encuentro con el guardián del umbral». ¿Qué es este llamado guardián del umbral? Únicamente poco a poco puede ir formándose una idea de lo que es. Supongamos que, a una determinada edad, echamos una mirada muy intensa hacia atrás, a toda la forma en que nos hemos convertido en lo que somos, a todas aquellas opiniones que hemos adoptado como favoritas, a todo lo que hemos aprendido, a toda la forma en que hasta ahora hemos estructurado nuestras afirmaciones, a toda la forma en que hasta ahora hemos sentido en relación con lo sensible y lo suprasensible. Aunque estas cosas resulten muy difíciles, es importante saber que hay que plantearse precisamente este tipo de preguntas y, junto a los demás ejercicios de meditación y concentración, considerarlas en sí mismas como meditaciones. Esto despierta en el alma fuerzas latentes, esas fuerzas latentes de las que se puede decir que, en cierto modo, permiten desprenderse de la propia esencia y que ofrecen la posibilidad de enfrentarse uno a si mismo.

Esto, en un primer momento, se manifiesta en el mundo imaginativo de forma muy concreta a través de síntomas aislados. Cuando se realizan esos ejercicios de autoconocimiento, cuando uno se plantea preguntas como: ¿Cómo se han ido formando hasta ahora, las opiniones? ¿Qué es lo que más se ha amado en el ámbito religioso, moral y de otro tipo? —cuando uno se plantea estas preguntas, entonces se percibe un cierto cambio en el alma que, al principio, resulta bastante incómodo. Consiste en que, en muchos aspectos, uno se cansa de su propio ser. Y, en realidad, no es un verdadero investigador del espíritu quien no haya podido sentir con intensidad este cansancio hacia su propio ser. Porque, en el fondo, uno es precisamente todo aquello que hasta ahora se ha ido forjando como opiniones, sentimientos y sensaciones; en su propia conciencia, uno apenas es otra cosa. Ahora, todo eso se ha convertido para uno «en algo externo». Uno se aleja de sí mismo. Lo que antes se consideraba como la propia esencia, se convierte en algo externo; uno se siente vacío, como una nada frente a lo que realmente es y que ahora ya no le parece tan valioso como antes.

Estos sentimientos que se han descrito pueden, si se busca el camino hacia el mundo espiritual con la cautela indicada en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», vivirse de forma tan sutil que la vida del alma quede muy lejos de correr ningún peligro.

En aquel que desea alcanzar niveles superiores de conocimiento espiritual, las sensaciones descritas deben manifestarse con tal intensidad que su ser anímico se transforme de manera muy significativa y se sienta, con un contenido sensorial tal, como si todo lo que había tenido en su interior se encontrara ahora fuera de él, un contenido sensorial que le resulta nuevo y ajeno y que, por ello, le da la impresión de estar ante un abismo. Lo que había tenido hasta entonces, ahora le parece algo de lo que ya no debería servirse. Cuando se ha vivido una experiencia de este tipo con la suficiente intensidad, muy pronto se percibirá en el conocimiento imaginativo otra experiencia, que consiste en conocerse a si mismo de una nueva manera. Aquello que uno ha separado, por así decirlo, de sí mismo como su propia esencia, lo va conociendo con todo tipo de características, en su mayoría desagradables. Y junto a ello surgen imágenes de entidades que ahora se convierten en críticos o jueces de lo que uno es en realidad. Uno se ve, por así decirlo, rodeado de imágenes de otras entidades que lo acechan y que juzgan todo lo que hay de bueno o malo en uno. En resumen, el autoconocimiento se manifiesta en el hecho de que uno siente que su propia esencia se distribuye, por así decirlo, entre otras entidades. Es algo que realmente encaja bien con la imagen de Dioniso, cuya esencia se fragmenta y se divide. Todo el entrenamiento, tal y como se describe en «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», tiene como objetivo que uno sepa comportarse de la manera correcta en el momento en que se produce lo que acabamos de describir, cuando, por así decirlo, no es la propia individualidad la que percibe, sino que es el mundo el que nos percibe y nos juzga. Sin embargo, para esta visión hay que estar primero preparado, para que no nos perturbe, para que no nos resulte impactante. El hecho de que el ser humano de la vida cotidiana no vea y de que, en realidad, se encuentre en una casa de cristal, rodeada por todas partes de fuerzas y seres cósmicos que lo traspasan hasta sus profundidades más secretas, este hecho resultaría perturbador e irritante en la vida cotidiana. El hecho de que no se vean, de que estemos protegidos de ellas, se describe en la investigación espiritual diciendo que, junto al ser humano, se encuentra el guardián en ese umbral que, al cruzarlo, nos lleva al mundo suprasensible.

Esto traté de plasmarlo de forma detallada en mi drama misterio «El guardián del umbral», donde traté de trasladar a la trama la verdad que aquí se ha descrito de manera más teórica. Solo cuando uno ha pasado por este encuentro con el Guardián del Umbral llega a comprender cómo, en todas partes, acecha no solo el error de conocimiento, sino también el error real; cómo hay que estar siempre alerta y encontrar la forma correcta de contemplar las cosas tal y como son en realidad.

Dado que el autoconocimiento es difícil, dado que el autoconocimiento se oculta, surge el peligro de un error considerable: que el investigador del espíritu no llegue precisamente hasta el punto en el que pueda observarse a sí mismo, en el que sea capaz, por así decirlo, de situarse al lado de sí mismo. Ahora bien, tampoco se puede decir: «Aquí está la verdad, aquí está el error», —como se pone de manifiesto también en este punto—, sino solo que uno puede emprender el camino hacia la verdad. Cuanto más se logre contemplarse uno a si mismo como un ser objetivo y, de ese modo, separarse por completo de aquello a lo que hay que prestar atención, de modo que nada de lo que hay en uno mismo influya en los hechos del mundo suprasensible, cuanto más se consiga esto, más cerca se estará de la verdad. Si en el caso de la personalidad mediúmica es necesario atenuar la conciencia, en la investigación espiritual, que pretende penetrar en el mundo suprasensible, es preciso reforzarla precisamente de tal manera que el ser humano no se engañe a sí mismo ni sobre lo que hay en su interior. El hecho de tener ante uno mismo el propio yo de forma concentrada, —precisamente lo que debe eliminarse en el caso de la personalidad mediúmnica—, debe plantearse ante el alma con la mayor claridad posible al adentrarse en el mundo suprasensible. De este modo, se excluye de la percepción suprasensible todo lo que es personal.

Supongamos que una persona emprende con honestidad y conciencia el camino que se ha esbozado anteriormente; tal vez pueda llegar hasta cierto punto, pero luego le falla el valor o le falla el ánimo, y no sigue adelante. Por supuesto, uno puede volver a reprimir todo lo que ha vivido hasta entonces. El investigador espiritual no es todo el tiempo investigador espiritual, sino solo en determinados momentos. Si se encontrara siempre en tal estado anímico, «parecería una persona desquiciada». Quien ya haya transformado su alma hasta cierto punto y luego, por así decirlo, vuelva a dejarlo todo de lado, puede experimentar que ahora mezcla caóticamente lo que hasta entonces había conocido al asomarse al mundo espiritual con lo que le ofrece el mundo sensible. Las cosas se entremezclan y entonces uno ya no sabe dónde está. Los oídos oyen, pero también se entremezclan elementos sobrenaturales, y uno se siente confundido. Por supuesto, esto solo puede suceder si no se ha tenido en cuenta lo indicado en el libro mencionado «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?». La aplicación incorrecta de los métodos puede darse, claro está, en cualquier ciencia. Pero quien haya llegado hasta el final por este camino, —aunque no es fácil llegar hasta el final del todo, sí que se obtiene una posibilidad de aproximación y una cierta seguridad en el camino respecto a cómo deben ser las cosas—, quien haya llegado a algo, experimentará lo siguiente:

No solo es que analice sus rasgos de carácter, sus prejuicios y demás, y no los incluya en lo que él denomina «conocimiento objetivo», sino que tampoco mezclará jamás en dicho conocimiento las imágenes de lo que perciben los sentidos o de lo que concibe la mente ligada a lo físico. Y es que no está en condiciones de dejar de lado toda su personalidad, todo su ser. Y aquí podemos llegar a una especie de definición del error en el mundo suprasensible. Este error consiste, en efecto, en que aún no se ha avanzado lo suficiente en el despojamiento de la propia subjetividad, y si no se ha hecho así, siempre se mezclará la propia individualidad en la imagen de la realidad objetiva. Cuando a menudo se dice que lo que perciben los videntes lo describe cada uno de forma ligeramente diferente y que, por lo tanto, no se puede confiar en nada, esto es, por un lado, algo totalmente natural. Se puede admitir este hecho, pero hacer hincapié en él es una trivialidad, porque se trata precisamente de algo que se da por supuesto. Es natural que el ideal del investigador espiritual casi nunca pueda alcanzarse por completo y que, por lo tanto, en todo lo que describe el investigador espiritual se mezcle un elemento subjetivo e individual. Sin embargo, quien sea capaz de comparar, comprobará, —sobre todo si tiene en cuenta lo que se ha dicho sobre la personalidad mediúmnica—, que, si no se fijan únicamente en las imágenes, sino en la experiencia en sí misma, se presenta más o menos lo mismo.

También en lo que respecta a las cualidades morales necesarias para el vidente, cabe destacar que debe ser concienzudo y que debe desarrollar todas aquellas cualidades que ya se mencionaron anteayer. Es totalmente cierto lo que anteayer se destacó con tanta importancia: que, si bien solo a través de los procesos descritos se puede vislumbrar el mundo espiritual, una vez que se ha logrado trasladar los resultados de la investigación del mundo espiritual a los conceptos del entendimiento humano físico, estos resultan accesibles para cualquier persona. Hay que buscarlos en el mundo suprasensible, pero pueden ser comprendidos por el sentido común sano y corriente. Igualmente cierto es que quien sabe pensar bien, quien aquí, en el mundo físico, tiene una mente lógica, también es capaz de valorar correctamente lo que experimenta en el mundo espiritual. Y quien en el mundo sensorial es un necio y no sabe pensar con lógica, por mucho que vea, describirá todo de forma errónea y caricaturesca. Toda la forma de pensar, ya sea correcta o incorrecta, se refleja en la percepción del mundo suprasensible. Lo mismo ocurre con las cualidades morales del ser humano. Quien quiera ascender al mundo espiritual con una disposición anímica inmoral, se encontrará en ese mundo, —pues en él son precisamente las cualidades internas las que allanan el camino—, precisamente con aquellas cosas y entidades que perturban y obstaculizan el mundo, y las percibirá, debido a su condición inmoral de alma, de forma distorsionada y caricaturizada. Sin embargo, quien se adentre en él con una disposición moral del alma, en concreto con una disposición altruista, encontrará las entidades del mundo espiritual que le mostrarán las cosas en su correcto orden e importancia relativos.

Así pues, en lo que respecta a la visión espiritual, lo determinante para la verdad o el error no es algo que uno adquiera como vidente, sino algo que ya se ha adquirido previamente, tanto en el plano intelectual como en el moral. En concreto, los aspectos morales y emocionales influyen en gran medida en la forma en que se interpretan los fenómenos suprasensoriales. Quien está preso de una creencia determinada, quien tiene simpatías y prejuicios a favor de que algo concreto sea precisamente cierto, lleva esa actitud, ese prejuicio, al mundo suprasensible; interpreta los fenómenos en función de ello. Y todo lo que descubre y proclama desde el mundo espiritual puede ser un error, porque está teñido por su creencia subjetiva.

Y aquí es donde hay que señalar, —una vez analizadas las fuentes de error propias de la investigación espiritual—, las fuentes de error en la difusión de la ciencia espiritual, de la investigación espiritual. En cierto modo, la difusión de la investigación espiritual es similar a la de cualquier otra investigación. Del mismo modo que, por ejemplo, no todo el mundo puede ser químico, pero todo el mundo puede asimilar y comprender lo que los químicos han investigado sobre las sustancias en el laboratorio, así también todo el mundo, aunque no sea investigador de lo espiritual, puede valorar lo que proclama el investigador de lo espiritual, y no solo hasta cierto punto, sino en su totalidad, en toda su amplitud. En este sentido, las cosas son similares; sin embargo, en otros aspectos son diferentes. Son diferentes porque la química, las matemáticas u otras ciencias son materias ante las que, cuando son expuestas por los investigadores, uno puede mostrarse sereno y objetivo, aunque sea con verdadera curiosidad intelectual. En el caso de la investigación espiritual no es así. La investigación espiritual toca lo más íntimo de nuestros corazones, las grandes cuestiones y los enigmas de la vida. Y del mismo modo que el investigador lleva consigo al mundo espiritual sus prejuicios, sus creencias, sus simpatías y antipatías, y con ello distorsiona la realidad y la ve de forma errónea, también el público, —utilicemos esta expresión— —los seguidores— abordan al investigador espiritual con determinadas creencias, simpatías o antipatías. Se crea así una situación que no conduce a una valoración objetiva, sino que está relacionada con todo tipo de factores que varían de persona a persona. Por muy necesario que sea conocer estas cosas, por mucho que el alma anhele conocerlas, el alma humana es a veces demasiado indiferente a la hora de emplear el entendimiento imparcial para juzgar lo que expone el investigador espiritual, aunque pudiera juzgarse de forma exhaustiva. A menudo, la fe sustituye a un juicio imparcial, porque lo que dice uno u otro nos resulta atractivo quizá simplemente porque lo expone de forma agradable o convincente, o porque, por otras razones, nos cae bien. La fe sustituye al examen objetivo y concienzudo, y se aceptan las cosas por autoridad. 

Y lo peor, muy estimados presentes, es cuando la obsesión por la autoridad se interpone entre el investigador espiritual y su público. Y así como, a través de todas aquellas cosas que hoy hemos oído y que el investigador espiritual debe tener en cuenta, este vigila, por así decirlo, su propio yo, del mismo modo el creyente, aquel que escucha al investigador espiritual, mantener vigilante su sentido común y realizar una y otra vez una especie de autoexamen para darse cuenta de cuánto de mera fe, de mero prejuicio, de simpatía, de todo aquello que se puede llamar «delirio de autoridad», se entremezcla con los hechos al aceptar los mensajes del investigador espiritual.

Y es que, en dos aspectos, aceptar las cosas por mera fe resulta muy perjudicial; en dos aspectos, esto constituye una fuente de error precisamente en la difusión de la ciencia espiritual. Por un lado, en quien profesa esa fe, —y los hechos lo demuestran sobradamente—, no se desarrolla lo que más necesario es que se desarrolle en toda persona: el buen juicio y el mantenimiento del sentido común. Y dado que el sentido común se entrena mejor cuando se reflexiona sobre los resultados de la investigación espiritual, uno se priva de la mejor oportunidad para ello si acepta dichos resultados basándose en la mera fe. Y lo segundo: dado que lo que el investigador espiritual tiene que decir es importante, esto le permitirá, —si el oyente no mantiene alerta su sentido común—, ejercer una cierta influencia, que no es correcta, sobre sus seguidores, porque se le cree, porque, por prejuicio, se acepta lo que en realidad debería examinarse. De este modo, el investigador espiritual, —en lugar de ejercer una influencia legítima convenciendo al oyente y haciéndole comprender lo que dice—, intentará convencerlo, por el contrario, sofocando de alguna manera el sentido común, abrumándolo. Mientras que, mediante el análisis y el sentido común, debería potenciarse precisamente la formación de un juicio crítico, lamentablemente ocurre con demasiada frecuencia que este se ve reprimido, en parte por la dejadez de quienes quieren convertirse en adeptos de forma rápida, porque les gusta lo que dice el investigador esotérico, o incluso porque les gusta él mismo, y, por otra parte, porque el propio investigador esotérico cae, por así decirlo, en la tentación de suscitar esa fe. Cuanto más fácil es creerle, más fácil es que caiga en la tentación.

Aunque hoy en día, debido precisamente a los numerosos prejuicios que aún se oponen a la ciencia espiritual, no se pueda alcanzar en absoluto una situación ideal, hay que decir que, si se quiere que prevalezca la verdad, los seguidores de esta ciencia debería poner todas las dificultades posibles al investigador espiritual a la hora de difundir sus verdades y exigirle el máximo rigor a la hora de integrar los conocimientos de la ciencia espiritual en los conceptos e ideas del sentido común. De este modo se contrarrestará lo que, lamentablemente, también es un hecho y una fuente de error que se repite constantemente en la difusión de las verdades espirituales: que, junto a la investigación espiritual concienzuda, junto a la veracidad y la honestidad en este ámbito, se mezcle con tanta facilidad la charlatanería y todo tipo de cosas similares. Si no se mantiene la vigilancia sobre el sentido común, ya no se sabe distinguir entre la investigación esotérica concienzuda y la charlatanería y las tonterías, y todo acaba mezclándose.

Dos corrientes espirituales opuestas se verán unidas: el charlatanismo y la investigación espiritual concienzuda. Una de estas corrientes es la de los creyentes atrapados en la manía de la autoridad, que, con ligereza de corazón y movidos por sus simpatías y prejuicios, se convierten en defensores de la ciencia espiritual; estos mezclan todo sin distinción y, a menudo, aceptan una cosa tan fácilmente como la otra. Para este tipo de almas, con esta orientación, apenas existe otro remedio que el hecho de que se encuentren investigadores espirituales concienzudos que, —aunque les resultaría fácil difundir el error—, lo rechacen y se mantengan firmemente en el terreno de la verdad. Si este es el caso, solo la experiencia y la realidad pueden demostrarlo en cada caso concreto. Las almas de otra índole, a las que también les cuesta distinguir entre la charlatanería y la seriedad en este ámbito y que también lo mezclan todo, son aquellas que no quieren entrar en el tema en absoluto, que juzgan superficialmente el asunto con los pocos conceptos que se han inventado y que, como a menudo logran descubrir estafas, no solo lo califican todo con ese nombre, sino que lo meten todo en el mismo saco. Son tan incapaces de distinguir entre el charlatanismo y la seriedad como los demás; son, además, los que propician que tanto el charlatanismo como la investigación espiritual seria puedan difundirse por igual, ya que lo meten todo en el mismo saco. Una corriente, la de los creyentes convencidos, suele considerar la mayor charlatanería como una verdad suprema e irrefutable; la otra clase de personas, las prejuiciosas, las ignorantes, a veces también consideran que lo que es una investigación espiritual concienzuda es charlatanería y error, y a veces no se les puede culpar por ello, ya que, en realidad, no se les puede culpar en absoluto, pues no comprenden mejor lo que dicen.

Así pues, para que la verdad, —y no el error—, pueda prevalecer en la difusión de la investigación espiritual, será necesario ante todo —y quien tenga experiencia en estos asuntos lo sabe muy bien— que, sobre todo entre los seguidores de la investigación espiritual, se forme un espíritu crítico, un juicio crítico y un sentido común, y no un fanatismo por la autoridad. Este culto a la autoridad se desvanecerá cuando se difunda entre quienes aprecian y necesitan la investigación espiritual una idea —que, lamentablemente, hoy en día aún está poco extendida precisamente entre los seguidores de la ciencia espiritual—: que un vidente, un investigador espiritual práctico, capaz de penetrar en el mundo espiritual, por el mero hecho de poder hacerlo, no es por ello un animal superior, ni nada especial, ni se diferencia en absoluto de los demás seres humanos, del mismo modo que nadie se diferencia de los demás por ser químico, botánico, maquinista o sastre. El valor del ser humano no viene determinado por su capacidad de conocimiento intelectual, sino únicamente por el hecho de que pueda explorar precisamente este ámbito y darlo a conocer a los demás. El valor del ser humano viene determinado únicamente por su sentido común, su capacidad de juicio y sus cualidades morales. Y precisamente la investigación esotérica podría demostrar que el valor del ser humano ya queda determinado por sus cualidades intelectuales y morales antes de que entre en el mundo espiritual, y que, si allí es inferior, también lo son los resultados de su investigación. Es sumamente necesario comprender esto. Y aún más que los detractores de la ciencia espiritual, sus defensores deberían hacer un examen de conciencia en este ámbito y buscar la actitud adecuada para vencer la manía de la autoridad. Así pues, estimados presentes, hoy he intentado no solo describir las posibilidades de error en el descubrimiento de las verdades espirituales, sino también la posibilidad de error en lo que respecta a la difusión de las verdades espirituales y a su integración en la cultura espiritual general de una época. Y he intentado suscitar la sensación de cómo la investigación espiritual concienzuda reconoce que sus oponentes a menudo pueden tener razón al objetar esto o aquello, y que la investigación espiritual concienzuda puede plantearse por sí misma las objeciones de cualquier tipo, —es más, debe hacerlo—, porque precisamente en este ámbito es importante mirar de frente al error para reconocer la verdad.

Para quienes profesan la ciencia espiritual, quien quiera ser concienzudo solo tiene, por regla general, un consuelo, que además debe existir, —y con esto queremos concluir lo que hemos analizado hoy, pues, al fin y al cabo, lo más importante no es qué conceptos e ideas se hunden en el alma, sino qué estado de ánimo provocan en ella—, para los seguidores de la ciencia espiritual existe ese único consuelo: que la verdad tiene una fuerza poderosa y que, aunque el error se cuele a través de la ceguera ante la autoridad, por regla general, gracias a la autocorrección de la verdad, se cura a aquellos que, durante un tiempo, se han adherido a tal o cual idea basándose únicamente en esa ceguera ante la autoridad. En la mayoría de los casos, dicha curación se produce, en cierto modo, porque se paga el precio de haber tenido una fe ciega en la autoridad. Y a menudo ha sucedido que, al no haber examinado con detenimiento los detalles, sino haber creído al pie de la letra lo que se había dicho, en un caso flagrante y radical se pone de manifiesto lo poco concienzudo que se ha actuado. Si entonces el dolor y la decepción son aún más intensos, es que la cura ha tenido éxito.

Sin embargo, para aquellos que equiparan toda la investigación espiritual con la charlatanería y el engaño, ya sea que lo hagan de buena fe, —lo cual, por supuesto, ocurre—, ya sea que lo hagan por mala voluntad, para ellos la reflexión de hoy puede desembocar en otro consuelo, un consuelo del que el alma humana siempre puede disponer cuando anhela enfrentarse a la verdad, cuando ansía la verdad. Las verdades de la investigación espiritual, cuando surgen por primera vez, están mucho más expuestas al destino, al que también están expuestas las demás verdades que van apareciendo poco a poco en el desarrollo de la humanidad. ¡Cómo fue recibida, por ejemplo, la cosmovisión copernicana! ¡Cómo se trató a Galileo! ¡Cómo se resistió el mundo entero cuando Francesco Redi difundió la verdad que hoy damos por sentada: que las lombrices de tierra no pueden surgir del lodo de los ríos ni de otros seres inanimados, sino que todo lo vivo procede de un germen vivo preexistente! ¡Cómo se rebelaron incluso los organismos académicos cuando se expresó la verdad, hoy tan evidente, de que pueden caer piedras de hierro del aire a la Tierra: los meteoritos! ¡Cómo se resistieron las personas cuando se quiso introducir por primera vez algo aparentemente tan insignificante como el sello postal! En aquella época, una personalidad influyente dijo: «Sí, si realmente el volumen de correspondencia aumentara tal y como suponen quienes quieren introducir los sellos, ¡las oficinas de correos que tenemos ahora en nuestras ciudades ya no serían suficientes!». Se podrían citar muchos otros ejemplos de que la verdad, cuando sale a la luz, se considera paradójica y, por lo tanto, se rechaza. La visión de estos destinos de la verdad puede darnos consuelo y confianza frente a todos aquellos que rechazan la ciencia espiritual y la equiparan con cualquier tipo de charlatanería, el consuelo que, precisamente, se ha tenido ante la verdad en todas las épocas y que se puede expresar con las palabras de alguien que, aunque se equivocó en muchas ocasiones, buscó la verdad de manera seria y enérgica.

Y precisamente estas dos conferencias, que trataban de la interrelación entre la verdad y el error en la investigación espiritual, y lo que, por así decirlo, constituía el hilo conductor de todas las exposiciones concretas de estas conferencias, pueden resumirse en las palabras del enérgico investigador de la verdad Schopenhauer, quien, al referirse al destino de la verdad, pronunció estas palabras reconfortantes en su obra «Los fundamentos de la moral» —y con ello queremos concluir—:

A lo largo de todos los siglos, la pobre verdad ha tenido que sonrojarse por ser paradójica, y sin embargo no es culpa suya. No puede adoptar la forma del error general entronizado y, por ello, no puede hacer otra cosa que mirar suspirando hacia arriba, hacia su dios protector, el tiempo. Pero el batir de sus alas es tan lento que, a pesar del tiempo victorioso, el individuo humano muere antes de que las alas terminen de batir. —Pero la verdad vencerá, aunque los individuos mueran y tengan que sufrir por mucho que sea los dolores del error.

Respuestas a preguntas

Pregunta: A algunas personas les ocurre, a veces, —sobre todo tras un largo y agotador esfuerzo mental—, que tienen una sensación extraña, como si estuvieran fuera de sí mismas, al lado de sí mismas, rodeadas de un vacío terrible, y el cuerpo les parece entonces algo completamente ajeno. Entonces hay que obligarse a volver a sentirse como un cuerpo, de forma similar a lo que le ocurría a E.T.A. Hoffmann. ¿Qué se puede hacer en ese caso?

Rudolf Steiner: Ante todo, hay que tener en cuenta que todo lo que se da en el mundo de esta índole presenta distintos grados. Lo que se ha descrito hoy en la conferencia solo representa un grado más significativo de los fenómenos que siempre pueden estar presentes en el ser humano en otros grados menores. El camino para, por así decirlo, desprenderse del instrumento que es su cuerpo, es precisamente el camino de la meditación y la concentración. Y cuando en la pregunta se dice «especialmente tras un esfuerzo mental intenso», hay que tener en cuenta que la meditación y la concentración constituyen un grado muy intenso de esfuerzo mental, de sentir y, tal vez, también de querer. Por eso, son perfectamente posibles esos fenómenos que se producen de manera extraordinaria durante la meditación y la concentración, cuando los distintos elementos de la naturaleza humana se encuentran en un equilibrio más flexible, —por cierto, en cada persona se dan en un equilibrio diferente—. Esto se ha descrito, por ejemplo, de forma muy acertada en la literatura. Quien suponga que una descripción literaria de tales cosas se basa siempre y únicamente en la fantasía, se equivoca. El artista serio describe, incluso cuando toma como tema lo anormal, a partir de la experiencia vivida. Esto ocurre en gran medida en E.T.A. Hoffmann. Muchas personas lo experimentarían, si siempre prestaran atención a sí mismas, pero el nivel de atención no siempre alcanza los acontecimientos, y por eso muchos de estos hechos pasan desapercibidos. En el fondo, la investigación del espíritu no es algo completamente especial, sino solo un aumento de lo que también ocurre en la vida cotidiana en todas partes y siempre.

Pregunta: ¿En qué sentido es deseable el conocimiento de mundos superiores -aparte de la curiosidad-, dado que depende del sentido común?

Rudolf Steiner: Para quien no ansíe encontrar respuesta a las cuestiones más elevadas de la existencia, la ciencia espiritual puede resultar prescindible. Pero para quien ansía encontrar respuesta a tales preguntas, hay que decir lo siguiente: así como el cuerpo tiene hambre de alimento, el alma tiene hambre de respuestas a las grandes preguntas existenciales de la vida. Y, como ya se ha dicho en la conferencia, se le pueden privar al alma de las verdades, pero no de su hambre de verdades. Esto se manifiesta con mayor intensidad en sus efectos: el alma cae en un principio en todo tipo de estados de desorden, incluso de desesperación; de modo que lo que en un primer momento es una cuestión de conocimiento se traduce en problemas de salud. Basta con señalar aquí la estrecha relación que existe entre el nerviosismo y el desinterés por las verdades espirituales. Estas son, sencillamente, una necesidad de la naturaleza humana. En la cuestión se puede ver de nuevo lo que ya se ha mencionado varias veces, que en el fondo, con estas cosas que son tan difíciles de exponer, —y que por eso intento presentar de manera consciente y precisa en estas conferencias—, no se escucha con suficiente atención. Si se hubiera escuchado atentamente lo que se dijo en la conferencia misma, no habría sido necesario hacer tal pregunta. Por ejemplo, también se habría escuchado que el valor del ser humano depende de la condición de su alma, de sus cualidades morales e intelectuales, y no del contenido de las verdades, porque estas deben primero ser descubiertas mediante la investigación suprasensible. Uno encontrará en el conocimiento superior lo intelectual, si tiene inclinación hacia lo intelectual, y lo moral, si tiene inclinación hacia lo moral, pero esto hay que introducirlo en el mundo suprasensible, hay que tenerlo en la constitución intelectual y moral que uno debe traer consigo.

Pregunta: Es un hecho que a través del trabajo mental se puede dar una dirección diferente a las funciones de la psique. Pero, ¿dónde están las garantías de la validez absoluta de la inmutabilidad de nuestra psique?

Rudolf Steiner: En dos ocasiones se dijo en las conferencias que no se puede decir: aquí termina la verdad y aquí comienza el error, aunque sí existe la posibilidad de entrar en los caminos de la verdad. Lo ideal sería poder escribir todas las verdades en un pequeño papel; entonces podrías guardarlo en el bolsillo y consultarlo cuando fuera necesario. Pero la verdad no es así. Poco a poco hay que ir trabajando para llegar a ella. ¿Es incluso razonable la pregunta de exigir garantías de que algo tenga validez objetiva?

Pregunta: En la teosofía, ¿el alma racioal y el alma sensible son lo mismo?

Rudolf Steiner: No, pero son dos aspectos den una misma entidad, de modo que un componente del alma, cuando se dirige hacia el exterior y juzga las cosas, se llama alma racional, y la misma entidad, cuando experimenta su propio interior, se llama alma sensible.

Pregunta: ¿Existe una moralidad específica del investigador espiritual?

Rudolf Steiner: Ninguna otra que la moralidad humana general, aunque puede refinarse, como se describe también en «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Pero así como la moral en general no tiene contabilidad doble, hay que decir que el investigador espiritual tampoco puede tener una contabilidad moral doble. Pero, como dije, debe desarrollar ciertas cualidades morales internas de manera más íntima.

Pregunta: ¿Tiene la ciencia espiritual el derecho de revelar leyes sagradas?

Rudolf Steiner: Esas son precisamente las leyes de la naturaleza.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-

GA069a Zurich, 24 de febrero de 1911 -La Ciencia espiritual y el futuro de la humanidad-

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

La Ciencia espiritual y el futuro de la humanidad


Zurich, 24 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! La ciencia esotérica, o como se ha acostumbrado a llamarla en las últimas décadas, «teosofía», es impopular en los círculos más amplios, o bien, se podría decir, desconocida. Salvo en un pequeño círculo de nuestros contemporáneos, —y hay que calificar de pequeño a este círculo que hoy en día se dedica intensamente a esta ciencia espiritual—, se pueden escuchar todo tipo de opiniones y críticas sobre ella, pero, en el fondo, poco se aprecia de una verdadera y seria inmersión en la misma.

En los círculos de nuestros educados contemporáneos se sabe muy poco de que este pequeño grupo se ocupa de manera seria y completamente científica de las cuestiones de la vida espiritual, de preguntas que se derivan de las manifestaciones más elementales de esta vida espiritual y que luego ascienden hasta las cuestiones más elevadas que el alma humana puede plantearse: preguntas sobre la muerte y la vida, sobre el desarrollo de toda la humanidad, incluso preguntas sobre el desarrollo de nuestro planeta o del sistema planetario.

Y ya, cuando en nuestra época se oye hablar de ocuparse de tales cuestiones, en muchos ámbitos se forma un prejuicio contra estos esfuerzos, un prejuicio por el cual incluso se cree uno con derecho a no involucrarse más en esas corrientes de pensamiento actuales. Porque, se piensa, ¿qué se puede sospechar de todo esto? Alguna secta basada en su mayor parte en ideas amateurs.

— Se sabe muy poco de que las personas que pertenecen a esta supuesta secta, es decir, a los círculos mencionados, estudian con seriedad científica y con rigor científico estas enormes preguntas siguiendo métodos y fuentes totalmente desconocidos para la mayoría de los educados de hoy. Y no se sospecha que hablar de teosofía o de ciencia espiritual como algo sectario, tiene tanto sentido como si se llamara sectaria a la química o a la botánica de hoy en día. Porque se cree, claro, que para estas preguntas no son posibles métodos científicos auténticos, pero también se cree que se puede juzgar fácilmente tales esfuerzos, por así decirlo, basándose en un conocimiento popular. Hoy en día, aunque se admite que uno, digamos, en química o botánica, debe hacer estudios preliminares, debe ir a las fuentes [para entender algo de esto], no se admite que sea necesario o siquiera posible hacer lo mismo en relación con las preguntas más elevadas de la vida espiritual de la humanidad. Sin embargo, en el caso de las ciencias del espíritu, la situación es aún diferente de la química o la botánica. Estas ciencias tratan cosas y preguntas que afectan especialidades de la vida, y uno puede usar lo que ellas ofrecen dentro de estas circunstancias específicas de la vida. Pero de lo que se hace hoy en las ciencias del espíritu con rigor científico, y de lo cual aquellos que lo practican no solo esperan, sino que también están seguros de que tendrá una gran importancia para el futuro de la humanidad, de eso se debe decir que tiene una relevancia decisiva para toda nuestra práctica de vida, para la seguridad, firmeza y confianza de toda nuestra existencia.

Ahora bien, si se aborda la cuestión del significado de estas ciencias del espíritu para el futuro, naturalmente es necesario comenzar señalando, aunque sea con pocas palabras, la esencia completa de estas ciencias del espíritu. Esto es necesario, a pesar de que ya he tenido varias veces el honor de hablar en esta ciudad precisamente sobre estas cuestiones y sobre el método de las ciencias del espíritu. Cuando hoy se habla de ciencia, en el fondo se tiene en mente la ciencia basada en la observación de nuestros sentidos y en todo lo que puede ser obtenido con la ayuda de la inteligencia, que está ligada al instrumento externo del cerebro. Y siempre surge la pregunta respecto a los ámbitos más elevados de la existencia, en qué medida se puede penetrar en estos ámbitos con tal ciencia, que nos dicen algo sobre las cuestiones: ¿Cuál es la esencia de la vida? ¿Cuál es la esencia de la muerte? ¿Cuál es la esencia de la humanidad en general y de su desarrollo?

Las ciencias del espíritu ahora afirman, —y no simplemente porque lo digan, sino porque presentan investigaciones detalladas que luego se unen para formar un conocimiento completo—, que no solo existe una ciencia externa, dependiente de un nivel específico de la capacidad cognitiva humana, sino que esta capacidad de conocimiento del ser humano es desarrollable, de modo que, si queremos, podemos desplegar una capacidad de conocimiento más alta que la que se percibe con los sentidos en el mundo físico y que puede comprender el entendimiento ligado al cerebro.

Así como la ciencia actual se centra en lo experimentable, en pruebas con medios externos y mecánicos, las ciencias del espíritu nos apuntan a un intento que solo puede hacerse con los medios de nuestra propia alma. En el mundo, nuestra alma se comporta en la vida cotidiana, de una manera muy determinada. Pero esta forma puede cambiar, y este cambio da lugar a la posibilidad de que podamos plantear preguntas al mundo espiritual, de la misma manera que a través del experimento, planteamos preguntas sobre los fenómenos de la naturaleza y su curso. No podemos adentrarnos en el mundo espiritual con experimentos y herramientas externas, sino mediante el hecho de despertar en nuestra alma fuerzas que normalmente duermen, que de lo contrario están latentes en esta alma, si queremos decirlo científicamente. Existen ciertos ejercicios del alma muy concretos, -aquí solo se pueden mencionar y que en mi escrito «¿Cómo se alcanzan conocimientos de los mundos superiores?»-, se explican detalladamente, realizaciones íntimas de nuestra alma, que son adecuadas para fortalecer en gran medida nuestra voluntad interior, de manera que podamos llegar a percibir un contenido en nuestra alma o a través de ella que en la vida normal no percibimos. A través de estos ejercicios del alma experimentamos momentos que, aunque se pueden comparar con quedarse dormido, en realidad son algo completamente distinto. ¿Qué experimentamos al principio, solo para la observación, cuando la persona pasa del estado de vigilia al estado dormido? Allí experimentamos, si solo nos guiamos por la observación externa, la oscuridad de las impresiones externas; las impresiones externas finalmente cesan por completo, se debilitan cada vez más, y finalmente, después de que todo placer y todo sufrimiento, todas las pasiones, impulsos y deseos se han silenciado, se extiende en el alma lo que comúnmente llamamos inconsciencia. Ahí la metodología en la que se basa la ciencia del espíritu muestra que en el caso del quedarse dormido solo debemos hablar de inconsciencia porque, al cesar todas las impresiones externas, ya no somos capaces de desarrollar dentro de nuestra alma fuerzas tan fuertes que esta alma sienta su propia esencia y así también pueda relacionarse con su entorno, que entonces es espiritual. A partir de ese momento, si la persona permite que actúe en su alma un contenido de pensamiento muy específico, un mundo de sensaciones muy concreto, entonces será capaz de seguir sintiéndose a sí misma como un ser, aunque todos los estímulos externos hayan desaparecido. Entonces será capaz, como quien está quedándose dormido y al mismo tiempo es totalmente diferente de ello. Será capaz, de manera consciente y por voluntad propia, de eliminar todos los estímulos externos y también todo aquello que, normalmente en estado de vigilia nos habla mediante los sentidos y la mente, y aun así no estar inconsciente, sino hacer brillar en el alma todo el contenido de la vida del alma.

Aquí solo se pueden esbozar los ejercicios del alma. En la vida cotidiana nunca lograríamos desarrollar fuerzas tan poderosas, con lo que tenemos como ideas comunes. Todas las ideas que tenemos en estado de vigilia sobre nuestro mundo, ya sea de la vida cotidiana o de la ciencia más sublime, no sirven para despertar las fuerzas que dormitan en el alma. Se necesita un tipo de imaginación completamente diferente para poner en movimiento y dar vida a esas fuerzas en nuestra alma; podemos llamarlas imaginaciones simbólicas, o podemos, digamos, dejar que una imagen nos afecte de tal manera que no permitamos que impresiones externas entren en nuestra alma, hacer silencio en nuestra memoria, liberar el alma, por así decirlo, y pensar en una rosa o en cualquier otra cosa, y este símbolo lo hago cobrar vida en mi alma como la única imaginación a la que me entrego. Esto no es adecuado para transmitirnos verdades físicas habituales, a las que la mayoría de las personas hoy en día da más valor, pero sí es adecuado para actuar como un germen en nuestra alma. Al igual que un germen de planta que se hunde en la tierra y envía sus raíces en todas direcciones, así esta representación mental envía sus distintas ramificaciones a toda nuestra vida interior, y esta idea crece dentro de nosotros.

Sin embargo, si queremos hacer este tipo de ejercicios íntimos para el alma, nuestra vida interior debe tener un soporte firme; no podemos ser de naturaleza soñadora, fantasiosa o confusa. Debemos saber exactamente lo que hacemos y ser conscientes de que tenemos una representación de este tipo en nuestra alma.

Por ejemplo, intentemos imaginar tres casos de actos que en la vida se llaman actos de compasión, y tratemos de no formar una idea completa a partir de la comparación de estos actos, sino una sensación completa sobre la compasión; intentemos ahora olvidar todo lo que los actos de compasión son en nuestro mundo, y dejar que únicamente este impulso actúe en nuestra alma, entonces tendremos una sensación de este tipo, de la cual a su vez surgen las raíces hacia un contenido rico y completo del alma. Así, poco a poco llegamos a ese momento que se puede comparar con quedarse dormido, y que sin embargo es radicalmente diferente. Las impresiones cotidianas deben hundirse, todas las experiencias del día, el placer y el dolor, la alegría y el sufrimiento, también todos los pensamientos e ideas del día.

Quien quiera convertirse en investigador espiritual debe ser capaz, mediante el entrenamiento de su voluntad como ocurre con experiencias puramente internas, de excluir todas las impresiones externas y de crear lo que el alma experimenta cuando el cuerpo está en estado de inconsciencia. Entonces se generan estados del alma en los que existen estados de conciencia completamente diferentes, donde el alma se relaciona con el mundo exterior de manera distinta, donde para el alma es como para un ciego de nacimiento que nunca ha visto colores y luego, tras una operación, ve colores y formas. En este estado clarividente, ve algo diferente de lo que lo rodea en el mundo físico; recibe nuevas impresiones, impresiones del mundo espiritual que subyace a nuestro mundo físico-sensorial.

Entonces llegamos a decirnos: Cuando la persona se duerme por la noche, no es que toda la persona se limite a lo que queda en la cama, sino que el núcleo esencial del ser humano, lo anímico-espiritual, abandona esta envoltura externa, y precisamente este núcleo esencial es el que en la conciencia normal no tiene órganos, pero que mediante los ejercicios del alma descritos, antes ha obtenido órganos anímico-espirituales, a través de los cuales se siente trasladado a un mundo nuevo. Así se alcanza la verdadera experiencia en lo anímico-espiritual; se da un nuevo mundo de observación, y a partir de estos hechos elementales de la experiencia espiritual ascendemos mas tarde hasta los hechos más elevados. Ahora bien, hay personas individuales que hacen ejercicios de renuncia para formar su alma como un instrumento. Cuando luego se presentan ante un pequeño círculo de personas interesadas en estas cosas y les cuentan lo que han experimentado en otros estados de conciencia, entonces estas personas lo creen. Para quien solo se acerca superficialmente a la corriente espiritual de la Teosofía, es bastante comprensible que crea esto, porque si uno solo conoce lo que está en la superficie de la vida, es sumamente difícil formarse una idea de cómo se practica realmente esta corriente espiritual. Por eso es totalmente comprensible que en los círculos más amplios se malinterprete. Hay que insistir en ello. Es comprensible que esas personas solo crean en las revelaciones del mundo espiritual que se obtienen de la manera descrita.

Que tales personas sean fantasiosas, soñadoras, idealistas o sectarias es algo tremendamente obvio, y se podría decir que, para la mayoría de los educados de hoy, es algo casi evidente por sí mismo. Solo se pasa por alto un hecho muy específico: investigar en el mundo espiritual, buscar las verdades espirituales requiere un alma desarrollada, otra conciencia desarrollada. Aunque hoy en día todavía sean pocas las personas que, mediante el desarrollo de su alma, como describo detalladamente en mi libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?», logran convertir su alma en una herramienta para mirar dentro del mundo espiritual y luego compartir lo que han captado, esto es suficiente para aquellos que se acercan al tema con cierto sentido de la verdad y sin prejuicios. Para investigar, para descubrir los hechos, se necesita el alma entrenada del investigador espiritual; para captar una verdad así, solo se necesita una lógica realmente imparcial. Cuando se comunican cosas así, son coherentes para cualquiera que quiera reflexionar, en un grado mucho mayor con toda la vida, que cualquier otra filosofía que hoy se presente.

Por lo tanto, es posible para todos, por así decirlo, la investigación, el examen de la fuerza probatoria de lo comunicado por el investigador del espíritu. Pero no basta con familiarizarse con los resultados tan fácilmente, porque la lógica y todo el sistema de conceptos del desarrollo del alma, para ascender a los mundos superiores, es sutil y estricto. Se puede decir que se exigen requisitos mucho más estrictos de lógica y capacidad conceptual que en la ciencia común de hoy en cualquier campo. Pero si uno no quiere juzgar las cosas de inmediato, sino que con todo el alma se esfuerza por acostumbrarse a este tipo de nuevo mundo de ideas, para comprender lo que surge sobre las cuestiones más altas de la existencia, entonces esta inmersión no actúa como sugestión, sino que el alma puede seguirla con plena conciencia. Cada alma puede encontrarse en esos ámbitos donde se tratan las cuestiones más altas de la existencia humana, preguntas de tiempo y eternidad.

¿Tiene este mensaje de las ciencias del espíritu o de la teosofía alguna importancia para la cultura humana actual y en evolución? Esta pregunta hay que plantearla. Porque podría surgir la objeción de que pueden existir personas que, impulsadas por ciertos anhelos, se interesen en tales temas, pero que sean solitarios, que prefieren reflexionar en sus habitaciones, sin tener nada que ver con los grandes acontecimientos de la cultura humana. — Ya no se puede decir eso si se observa el curso del desarrollo humano con suficiente comprensión, de manera que justo el momento en que vivimos se presente a nuestra alma en su esencia. Este momento en que vivimos se ha desarrollado a partir de lo que la humanidad experimentó en épocas pasadas hasta nuestros días. Y de la actual etapa de desarrollo surgirán a su vez las experiencias de los humanos del futuro. Si miramos hacia la evolución humana en tiempos antiguos, si se cree que toda la constitución del alma humana, la forma en que el ser humano piensa, cómo construye ideas y conceptos sobre su entorno, todos los estados de conciencia humanos en todas las épocas son aproximadamente los mismos, se evidencia que se está bajo un enorme prejuicio. De eso no se puede hablar. La palabra desarrollo se aplica a menudo a la transformación de las formas externas, pero rara vez a lo que es la vida del alma humana misma, y justamente en relación con la vida del alma humana, el concepto de desarrollo es algo que nos señala profundamente las preguntas más importantes de la humanidad.

Ahí nos muestra la investigación del alma humana desde la perspectiva del investigador espiritual y las conclusiones que se pueden extraer de ello, que la conciencia humana en los tiempos antiguos del desarrollo de la humanidad, que se encuentran muy por detrás de lo históricamente alcanzable, era diferente de la de hoy, que podemos hablar de épocas del desarrollo de la humanidad en las que el alma humana vivía incluso en un estado de conciencia clarividente, aunque no como lo hace el investigador espiritual entrenado de hoy.

El estado clarividente, que el investigador espiritual entrenado alcanza hoy, es un estado que se produce con plena conciencia, con la plena y despierta presencia de sí mismo que uno tiene en la vida normal. Así no era el caso del antiguo clarividente de la humanidad primitiva. Él tenía una clarividencia más soñadora, una conciencia de existencia como en un sueño. Es por lo que podemos decir: Lo que el ser humano experimenta hoy en sus sueños, lo que se mezcla de manera tan caótica en su vida del sueño, es un antiguo vestigio atávico, una especie de herencia del antiguo estado de conciencia. Mientras que hoy en día las ilusiones de sueños en su mayoría no dicen nada especial sobre la realidad del mundo exterior, aquellos antiguos estados de conciencia eran imágenes mentales que, aunque se pueden comparar con nuestras ilusiones oníricas, eran muy diferentes de ellas. Las imágenes mentales, que a menudo eran simbólicas, eran el contenido de una antigua conciencia clarividente, que aún no estaba imbuida de esa intelectualidad que tenemos hoy en la conciencia normal del día a día. En el alma de las personas de tiempos antiguos, estas imágenes fluctuaban constantemente.

La gente de la antigüedad no siempre tenía tal conciencia de imágenes; ellos también alternaban estados de vigilia y de sueño, pero mientras que en nosotros estos se entrelazan y dejan un estado de sueño esencialmente sin sentido entre ambos, en los tiempos antiguos existía un tercer estado de conciencia, el estado de tal conciencia de imágenes, en el que nuestras percepciones sensoriales no flotaban en el alma, sino imágenes simbólicas, como las que apenas hoy el arte puede reproducir de manera atenuada. Estas imágenes simbólicas flotaban con plena vivacidad en estos tres estados de conciencia, y no eran como nuestras imágenes oníricas, que no podemos relacionar con la realidad, sino que estaban claramente dirigidas a una realidad, de modo que a través de ellas se reconocía la realidad externa, aunque solo en símbolos. Se experimentaba una amplitud espiritual que estaba detrás del mundo sensorial. Así, la gente de la antigüedad tenía una conciencia de imágenes que les hacía prescindir de nuestra intelectualidad moderna y nuestra sabiduría del estado de vigilia. A cambio, miraban hacia un mundo espiritual, pero un mundo espiritual que se contemplaba en las imágenes de una clarividencia onírica.

Ahora uno puede preguntarse: ¿Acaso no hay absolutamente nada en el mundo exterior que nos respalde un poco en lo que ustedes, investigadores del espíritu, ven cuando miran hacia la antigüedad? ¿Acaso no hay nada que pueda proporcionar evidencia de que alguna vez la humanidad haya contemplado los mundos espirituales? - ¡Oh, sí que hay algo! Solo que los seres humanos deben aprender a interpretar correctamente esa cosa. ¿Qué nos ha llegado de la remota antigüedad de la humanidad sobre los intentos de penetrar en la esencia interior de las cosas? En la humanidad primitiva buscamos en vano una ciencia como la que tenemos hoy, pero lo que sí nos han quedado son las leyendas y los mitos. Ahora, el hombre ilustrado del presente dice: eso corresponde a las fantasías infantiles de la prehumanidad; ahora hemos entrado en la madurez de la ciencia. - Pero quien se adentra en los mitos de los diferentes pueblos experimenta algo completamente distinto a un juicio superficial: experimenta que estas representaciones imaginarias están maravillosamente conectadas en todas partes [con la vida espiritual de la humanidad]. Y cuando uno se adentra en estas concepciones, se nos abren indicios de las profundas conexiones con esta vida espiritual de la humanidad y su cultura, y uno va adquiriendo cada vez más respeto, cada vez más admiración por la maravillosa elaboración de las imágenes en los antiguos mitos y leyendas, tanto respeto que uno a menudo se dice: ¿Qué son todas las filosofías contemporáneas comparadas con las maravillosas imágenes que se nos han conservado en los mitos? Coinciden en toda la Tierra y coinciden también con lo que el investigador espiritual puede encontrar en el mundo espiritual mediante su método, de modo que debemos preguntarnos: sí, ¿de dónde vienen entonces estas antiguas concepciones que se encuentran por todo el mundo, de dónde provienen? Una investigación realmente seria solo encuentra la explicación si puede decirse a sí misma que estas cosas son vestigios de una antigua clarividencia. Y decir que los mitos de los pueblos antiguos surgieron de una fantasía infantil, es un juicio absolutamente incorrecto, hecho de manera superficial. No, solo podemos entenderlos si nos decimos que nuestros antepasados miraron en ello con su conciencia de imágenes clarividentes [en el mundo espiritual]. Todavía alrededor del cambio del siglo XVIII al XIX hubo muchas personas que tenían conciencia de que existía una sabiduría primordial en forma de imágenes y de que las maravillosas voces del espíritu de los mitos del más remoto pasado de los diversos pueblos daban testimonio de una sabiduría original de la humanidad. En aquel entonces aún se tenía claro que los pueblos que hoy llamamos culturas individuales con ideas decadentes simplemente habían descendido desde un plano más alto, pero que todo lo que la humanidad tiene hoy en cuanto a cultura se remonta a tiempos remotos, cuando aún se vivía el conocimiento del mundo espiritual, que era sabiduría primordial y no una irracionalidad infantil lo que estaba al inicio de la humanidad.

Hubo investigadores bastante serios que estaban conscientes de este hecho. Si preguntamos a los grandes filósofos Aristóteles y Platón, si preguntamos a otros filósofos que pertenecían a la cultura de la antigua Grecia y nos han transmitido sus filosofías, encontramos numerosos pasajes donde estos filósofos dicen que toda ciencia se remonta a la sabiduría primordial, que fue transmitida a los humanos por los propios dioses. Platón habla de personas del reino de Cronos, que recibieron la sabiduría primordial directamente del mundo espiritual. Los investigadores del espíritu no solo nos dicen que esto fue así, sino también por qué esta antigua clarividencia desapareció gradualmente de la humanidad, que había llevado a las personas al mundo espiritual.

Llegamos a la gran ley, que también puede observarse en la naturaleza, pero que es especialmente evidente en la vida espiritual de la humanidad: para desarrollar una determinada fuerza, primero debe retroceder otra. Estas personas antiguas, que en ciertos estados de su conciencia tenían la posibilidad de mirar dentro de un mundo espiritual, todavía no tenían nuestro entendimiento intelectual actual; no habrían podido fundar la ciencia ni la cultura como las conocemos hoy. Primero tuvo que desarrollarse todo lo intelectual. El desarrollo es algo que nos lleva a preguntas muy profundas sobre la vida del alma. Nuestra inteligencia, nuestra manera de entender el mundo con la razón, la disposición del alma que tenemos hoy, donde dependemos totalmente de nuestros sentidos y combinamos la percepción sensorial con la razón ligada al cerebro, todo lo que imaginamos en la vida diaria y lo que hacemos en la ciencia, solo pudo entrar en la conciencia humana general debido a que, por un tiempo, la antigua visión espiritual retrocedió, siendo silenciada por la conciencia intelectual. La antigua conciencia clarividente tuvo que ceder para que la cultura intelectual pudiera desarrollarse dentro de la humanidad. Quien apenas comprenda un poco el carácter fundamental de la Edad Media, sabrá que el fenómeno particular del desarrollo intelectual de la Edad Media se explica si se sabe que esta Edad Media es el tiempo en el que, poco a poco, desaparece la posibilidad de la antigua clarividencia. El mayor impulso en el desarrollo de la humanidad, el impulso de Cristo, que una vez elevará a la humanidad hacia la clarividencia plena, tenía la tarea de hacer retroceder la antigua clarividencia. Y así vemos que, con el amanecer de la nueva era, se muestra un fenómeno peculiar: la antigua clarividencia se retira, solo queda la transmisión de aquellas verdades que se habían obtenido a través de la antigua clarividencia. Así, en la Edad Media se continuaron los ramos del conocimiento que se habían obtenido sobre la base de una antigua clarividencia, pero ya no se sabía eso; solo se comprendían las ideas que se habían encontrado en la antigüedad, e incluso se aplicaban de manera completamente equivocada al final de la Edad Media. Un ejemplo: Aristóteles, el antiguo filósofo griego de la época precristiana, ya se encontraba en el punto de inflexión hacia la era en la que había empezado la educación intelectual de la humanidad, pero todavía miraba hacia atrás, aunque casi solo de manera vaga, hacia la época en la que la naturaleza humana solo sabía algo a través de la clarividencia, recordando los procesos de la concepción y sentimientos humanos, en general sobre el origen humano, y esto lo describe. Ya no podía verlo directamente, porque ya no pertenecía a la época en la que se podía penetrar en el mundo espiritual mediante la antigua clarividencia, solo tenía la tradición. Entonces decía: Cuando el ser humano está en su actividad psíquica, en su estado de vigilia, primero nos enfrentamos en el ser humano a lo que se puede llamar cuerpo físico, y este tiene sus órganos.Pero Aristóteles todavía habría estado bastante reacio a ver de manera material en este cuerpo físico lo único que constituye la esencia humana. Señalaba un eslabón un poco más alto, que tiene su centro donde está, por ejemplo, el corazón humano, y de este eslabón suprasensible surgen ciertas corrientes que van especialmente hacia el cerebro y se distribuyen como corrientes suprasensibles en el cuerpo humano. Estas corrientes aún se llamaban en la Edad Media «luz fría», que se derramaba principalmente en el cerebro para animar allí los órganos físicos del cerebro. Todavía en la Edad Media la gente hablaba de esta luz fría, que se expandía desde donde se encuentra el corazón físico.

Sólo se puede entender a Aristóteles si uno sabe que lo que él hace surgir del corazón está pensado de manera suprasensible, que no se refiere a cuerdas, órganos u otras cosas físicas. Luego llegó la Edad Media. La gente perdió la comprensión de cómo mirar al mundo antiguo. Leían a Aristóteles, y durante toda la Edad Media la fe en Aristóteles era como la fe en la Biblia. Aristóteles era la base para la ciencia natural, para la medicina, para todo. Todo se construía sobre los fundamentos de Aristóteles. Pero la gente ya no tenía idea de lo que Aristóteles realmente quería decir. Así que podía surgir una idea extraña justamente entre los más fieles seguidores de Aristóteles, entre aquellos que creían firmemente en él, pero ya no lo entendían. Porque, como es sabido, no es necesario entender todo aquello en lo que uno cree. Podrían haberse desarrollado ideas de que con lo que sale del corazón no se referían a corrientes sobrenaturales, sino a fibras sensoriales. Y así, los creyentes en Aristóteles creían que los nervios salían del corazón.

Así, al final de la Edad Media llegaron los grandes investigadores y pensadores, un Giordano Bruno, un Galileo, que sobre la base de la nueva visión del mundo de Copérnico idearon una nueva concepción del universo. Pero los seguidores de Aristóteles no estaban dispuestos a aceptar simplemente esta nueva visión del mundo. Galileo y Giordano Bruno señalaban hacia el mundo real de los sentidos, porque ahora comenzaba la época en la que la gente debía desarrollar su conocimiento a través de la observación sensorial y el intelecto. Sucedió que Galileo llevó a un amigo, que era un buen seguidor de Aristóteles, ante un cadáver y le mostró cómo los nervios no salen del corazón, sino del cerebro. Él lo miró y dijo: Sí, parece casi como si los nervios salieran del cerebro, pero según Aristóteles es diferente, ¡y si hay una contradicción, yo le creo a Aristóteles! - Esa fue la respuesta que Galileo recibió.

Ese tiempo estaba maduro para desechar lo que de la antigua clarividencia había llegado como tradición, porque estaba completamente entregado al malentendido. En aquel entonces hubo un impulso particular de la educación intelectual, que vemos especialmente en Galileo sobresalir de manera tan grande y poderosa. Gran parte de los conceptos físicos con los que trabajamos hoy se remontan a la forma de pensar de Galileo. Su pensamiento material, mecánico, estaba directamente dirigido hacia el mundo sensorial exterior y hacia su comprensión a través de la razón. El amanecer de la era de la inteligencia también había llegado al campo científico, y desde entonces hasta nuestros días podemos observar una y otra vez cómo el hombre quiere conquistar esta área de la vida del alma humana, cuyo aspecto más importante era la conquista intelectual de la realidad exterior mediante la razón. Una expresión especialmente clara de cómo en la Edad Media uno prácticamente solo podía pensar materialmente, pero aún conservaba la antigua tradición, se nos presenta en lo siguiente.

A ninguno de los antiguos sabios clarividentes se le habría ocurrido decir que el mundo espiritual está «arriba», que hay un cielo azul que incluye nuestro mundo. Así no pensaban los antiguos clarividentes; esa mala interpretación se produjo en tiempos posteriores. Entonces se señalaba hacia el cielo estrellado como una especie de cúpula que rodeaba nuestro mundo. Fue un gran momento cuando Copérnico prácticamente quitó la Tierra de debajo de los pies de los humanos. Fue un gran momento cuando Giordano Bruno envió esa «cúpula» hacia la infinitud del espacio físico. Pero Giordano Bruno, además de la imagen sensorial, añadió algo más. Solo necesitamos recordar algunas palabras de Giordano Bruno y veremos que realizó la gran hazaña de colocar junto a esa imagen sensorial una imagen espiritual. Él expresó que todo lo que nos rodea en el mundo sensible tiene su raíz en los pensamientos del espíritu del mundo, y que lo que tiene su raíz en los pensamientos del espíritu del mundo, se revela en la forma externa, en aquello que contemplamos con los sentidos. Por consiguiente, cuando Giordano Bruno señala hacia el espacio infinito y percibe sensorialmente la esencia de las cosas, para él esto no era otra cosa que la encarnación de los pensamientos del espíritu del mundo. Giordano Bruno llama a las ideas humanas sombras de los pensamientos de los dioses, y no sombras de las cosas externas. Así que, cuando Giordano Bruno dirige la mirada física hacia el mundo exterior, en su alma entra misteriosamente el pensamiento del espíritu del mundo, y los conceptos humanos no son sombras de las cosas sensoriales externas, sino de los pensamientos del espíritu del mundo. Es de una importancia infinita que tengamos frente a nosotros a un gran espíritu como Giordano Bruno, que señala hacia las lejanas regiones del espacio, pero que igualmente se enfoca con fuerza en lo que une el alma humana con el espíritu primordial de la existencia del mundo. Si examinamos lo que subyace en el alma de Giordano Bruno, emerge claramente que existía en él una inteligencia, una mentalidad que ya se puede comparar con la inteligencia y la mentalidad de la ciencia actual, pero que todavía estaba fertilizada por las tradiciones de la antigua clarividencia. Se puede decir que en el alma de Giordano Bruno, todavía vivía un sombra incluso de la antigua clarividencia y de la sensación de conexión con el mundo divino-espiritual. Pero solo nos quedó la imagen que él hizo del mundo sensorial externo, y no más lo que en él todavía estaba vivo en aquel entonces. La imagen de la antigua clarividencia que vivía en él desapareció. Solo hay que seguir el desarrollo sin prejuicios hasta nuestros días, y se verá que cada vez más el mero intelecto, esta simple observación externa del mundo sensorial, se ha difundido en la conciencia normal general de la humanidad.

¿Qué se puede decir entonces de nuestra época? Hay que decir que vivimos plenamente en la época del intelecto, de la razón y de su aplicación al mundo sensorial. Ahora bien, en el sentido de la ciencia espiritual, hay que investigar el efecto peculiar del intelecto mismo, de la mera percepción racional del alma humana frente al conocimiento clarividente. Este se diferencia esencialmente de un conocimiento basado en el intelecto o la observación sensorial. La diferencia consiste en que todo conocimiento clarividente, que de alguna manera establece la conexión del ser humano con el mundo espiritual, impacta en nuestro ánimo, y de ello surge un sentimiento, una sensación sobre la posición y situación del ser humano en todo el universo. El conocimiento clarividente es poderoso, infunde en nuestra alma sensación y sentimiento, satisface nuestros anhelos, fortalece nuestra esperanza, enciende nuestro amor. Es impensable que el ser humano participe del conocimiento suprasensorial sin que se transforme en sentimiento y sensación. Por ello vemos cómo las leyendas y mitos pictóricos en las ideas de los antiguos no fueron recibidos de manera indiferente, sino de tal manera que el alma entera podía estar extasiada y entregada a un mundo suprasensorial o, por el contrario, arrepentida por su propia pequeñez. Esto también forma parte de la esencia de la inteligencia: que de alguna manera oscurece todo aquello que es conocimiento suprasensorial. Podemos observarlo en nuestra vida mental cotidiana. En el momento en que alguna idea visual, que se dice que surge de manera intuitiva o por inspiración, se encuadra en conceptos abstractos, desaparece la profunda sensación que proporcionaba a toda la personalidad y a toda la vida interior. El intelecto es muy esclarecedor, pero anula cualquier efecto directo del conocimiento suprasensorial en el alma.

No les presento nada inventado, nada que no puedan leer en numerosos libros. Allí los representantes de la inteligencia señalan a Buda, a Cristo, a Zaratustra, a Pitágoras, y así sucesivamente, y dicen: Ahí se enfrenta el alma humana con el gran mundo, lo comprende de diferentes maneras. La incorporación del conocimiento suprasensible en el alma estaba ligada a un fuerte valor para existir, que desde el alma provocó la conciencia de nuestra relación con lo espiritual del mundo. La inteligencia puede llevar a la comprensión en la superficie de las cosas, pero no es adecuada para despertar un sentimiento de valor interior y del alma. Así, vemos falta de ánimo, debilidad frente a la penetración del conocimiento como un rasgo característico de nuestro tiempo. Nuestro tiempo elogia y destaca justo lo que la ciencia puede lograr. Y con razón. Pero en todos los lugares donde la gente cree pensar más profundo, dicen que allí, donde habla el porqué de las cosas, el ser humano no llega. Ni Pitágoras, ni Cristo, ni Zaratustra habrían sabido decir nada sobre ese porqué. Esto prueba suficientemente que en lugar del antiguo conocimiento y confianza ha surgido un conocimiento de la falta de ánimo.

Básicamente, hay dos formas de resignación en el sentimiento humano. El viejo vidente podía decir: Tal como se han desarrollado las capacidades humanas en mis circunstancias, en mi época, todavía no son suficientes para mirar en los fundamentos de las cosas; uno tiene que resignarse. - Esa era una resignación diferente de la que mostramos hoy. ¿Por qué se resigna el viejo vidente? Porque ve: Tal como estoy, aún no estoy preparado para llegar a conclusiones. - Él se resigna por modestia, por la conciencia de que, aunque posee las máximas fuerzas, debido a su imperfección no puede desplegarlas. Esa es una resignación heroica, llena de confianza, ese es el hombre a quien las puertas de los misterios del mundo no están cerradas.

Hoy en día, en cambio, se dice: El ser humano no puede penetrar en absoluto [en el conocimiento de mundos superiores]; tal como es, su capacidad de conocimiento nunca podrá desarrollarse tan alto. - Esta es una resignación radical - se diferencia completamente de la resignación heroica -, tiene algo de arrogante, al declarar el punto de vista de conocimiento actual como absoluto. Lo que este no puede conocer, está completamente fuera del alcance del conocimiento humano.

La era de la inteligencia está llena de otras sensaciones, sensaciones de carácter negativo, porque ella misma no puede ser productiva, a diferencia de los tiempos de la antigua clarividencia. La humanidad tuvo que llegar a esto si quería perder todas las antiguas ideas, incluso las de la fe, y para eso se necesitaba esta cultura de la inteligencia. Pero la vida interior se volvería árida si solo la inteligencia estuviera llamada a iluminar la vida interior del ser humano. Por eso, hoy en día surge la ciencia espiritual o teosofía y muestra que nuevamente es posible sacar de lo profundo del alma humana fuerzas que atraviesen la inteligencia con un poder de conocimiento superior, que a su vez guiará a las personas hacia los mundos espirituales. Así, el nuevo conocimiento clarividente será un incentivo y una ayuda para el conocimiento intelectual, y le devuelve a la humanidad lo que necesita para no solo poseer la luz de la inteligencia, que deja el alma vacía, sino que le da la posibilidad de poseer un conocimiento que vuelva a traer fuerza, confianza y esperanza a nuestra vida. Numerosas personas anhelan alcanzar un conocimiento así, que pueda transformarse en valentía y fuerza en nuestra alma. Quien comprenda todo el espíritu del nuevo desarrollo, desde el amanecer de la era intelectual hasta su punto culminante actual, también captará que para el futuro de la humanidad es necesario llenar el alma con un contenido. Porque solo la inteligencia podría extinguir el alma, pero no lograría darle un nuevo contenido espiritual. Las ideas antiguas son criticadas por los círculos avanzados de la actualidad o como máximo registradas como historia. Se podría decir que uno se adentra en el pasado para registrar las ideas antiguas. La ciencia espiritual, aunque sea ciencia real, siempre será una ciencia que infunda en nuestra alma la sensación de fuerza para la conexión con los mundos espirituales. Quiere dar un contenido al alma y, con ese contenido, nutrir las almas humanas.

Con ello, las ciencias del espíritu señalan su misión para el futuro. Es una ciencia que permitirá nuevamente la sensación y el sentimiento de la manera más natural del dolor. La inteligencia construirá el puente de los tiempos antiguos a los tiempos futuros, pero la misión de las ciencias del espíritu es impregnar esa inteligencia con el valor vivo de la vida espiritual como alimento para el alma. Como en nuestra época la inteligencia ha alcanzado en cierto grado su desarrollo máximo, justo este momento ha sido elegido por aquellos que saben interpretar el espíritu de la época, para intentar, a través de las ciencias del espíritu, intervenir y, poco a poco, conquistar [nuevamente contenidos vivos para] el alma.

Así, las ciencias del espíritu no se presentan como algo arbitrario o inventado al azar en nuestra época, sino como algo que intenta conocer el verdadero sentido, las tareas y los enigmas más profundos de nuestro tiempo. Y si el alma humana permite que estas ciencias del espíritu actúen sobre ella con total ausencia de prejuicios, entonces sentirá que estas ciencias del espíritu, en cuanto a lógica e intelecto, están a la altura de cualquier ciencia externa, pero que construyen la lógica de tal manera que entra en nuestra alma como fuerza del amor, la compasión y la seguridad vital. Y cada alma sentirá y entenderá el alto sentido de las ciencias del espíritu, cuyo núcleo queremos resumir en las palabras:

Hablan a los sentidos humanos
Las cosas en las vastedades del espacio
Se transforman en el curso del tiempo
El alma humana vive reconociendo
Desde vastedades del espacio ilimitadas
Y sin desviarse del curso del tiempo
En el reino de la eternidad del espíritu.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-