CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA315 Stuttgart, 28 de octubre de 1922 - Efecto de la euritmia vocal sobre los órganos del sistema rítmico. Escucha de la euritmia consonántica.

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Euritmia curativa
RUDOLF STEINER

 Efecto de la euritmia vocal sobre los órganos del sistema rítmico. Escucha de la euritmia consonántica. 

Stuttgart, 28 de octubre de 1922

8ª conferencia, 

Se me ha pedido que diga algo más sobre nuestra euritmia terapéutica. En el fondo, el material empírico para esta euritmia terapéutica ya lo desarrollé y expuse yo mismo en el último curso para médicos celebrado en Dornach, por lo que apenas es necesario ir más allá de lo que se expuso en aquella ocasión. Porque, si se aprovecha de manera adecuada, puede tener realmente una importancia muy trascendental. Hoy me gustaría hablarles más bien sobre el sentido y la importancia generales de la euritmia terapéutica.

Al fin y al cabo, digamos que surge de una actividad puramente artística, que además se desarrolló inicialmente como tal, y que, en cierta medida, incluso la euritmia artística debe servir de base para la comprensión correcta de la euritmia terapéutica. Ahora bien, quizá me exprese con mayor claridad si, en primer lugar, intento señalar la diferencia entre la euritmia artística y la euritmia terapéutica. En general, la euritmia se basa en que aquello que ocurre en el organismo humano al hablar, se puede en cierto sentido transformar. Por eso, desde un punto de vista artístico, la euritmia es realmente una especie de lenguaje visible. Debemos tener claro que en el habla humana, realmente interactúan dos componentes. Uno de ellos parte de un cierto uso del aparato plástico, —puedo hablar de este aparato plástico en el ser humano según las conferencias anteriores—, de una capa más interna, por así decirlo, del sistema nervioso. Ahí entra en juego lo imaginativo. Sin embargo, en esencia el proceso de las representaciones, se prolonga a través del instrumento del habla, de una manera algo compleja, hasta la estructura del sistema nervioso, lo que da lugar, digamos, en la irradiación posterior, a que intervenga en el habla uno de esos componentes. El otro componente proviene, en realidad, del sistema metabólico del ser humano. Y en cierto modo, asistimos a un encuentro entre una dinámica que surge del sistema metabólico del ser humano y otra que proviene del sistema neuro-sensorial del ser humano. Ambas se encuentran de tal manera que el sistema metabólico se metamorfosea en primer lugar en los procesos circulatorios, y el proceso imaginativo, que procede del sistema nervioso-sensorial, se metamorfosea en el sistema respiratorio. Estas dos dinámicas se unen en el sistema respiratorio y en el circulatorio, y cuando ese conjunto se transmite al aire mediante el organismo del habla, el organismo astral humano es también capaz de derramarse en aquello que allí se genera como movimientos de aire. Y cuando observamos, por así decirlo, la periferia más externa del organismo humano, es cuando por medio de una encarnación de lo imaginativo por un lado, y de lo metabólico por otro, surge el lenguaje, lo que, expresado en términos anímicos, es en realidad lo volitivo. Así pues, tenemos todo aquello que encuentra su expresión anímica en la voluntad y su expresión física en el sistema metabólico, en la medida en que el sistema nervioso participa en la voluntad: y de hecho participa, en la medida en que el metabolismo tiene lugar en el sistema nervioso, no como función sensorial nerviosa. Así pues, lo volitivo, que encuentra su expresión física en el sistema metabólico, y lo imaginativo, que encuentra su expresión física —me gustaría decir— en una sección, en una capa del sistema nervioso-sensorial, se articulan, en cierto modo, en una resultante. Encuentran entonces su expresión física en lo que se manifiesta como el lenguaje oral habitual o el canto. En el canto es algo distinto, pero, en definitiva, es algo similar. Ahora bien, en la euritmia se trata de eliminar, en la mayor medida posible, lo propiamente imaginativo y de hacer que lo volitivo surta efecto. De este modo, el lenguaje oral habitual se metamorfosea en movimientos de todo el organismo humano, de tal forma que se refuerza un componente —el volitivo o el metabólico— y se atenúa el imaginativo o el nervioso-sensorial, con lo que se consigue la euritmia. De este modo, se es capaz de crear correlatos en los movimientos humanos para cada uno de los sonidos, ya sean vocales o consonantes. Y del mismo modo que una determinada configuración y movimiento del aire se corresponde con una «A» o una «L», una forma de movimiento visible externamente puede corresponderse con una «A» o una «L». Se trata de un movimiento —yo diría que una estructura de movimiento— extraída del organismo humano mediante una visión sensorial-suprasensorial, que surge realmente del organismo humano con la misma regularidad que el lenguaje fonético, y que no es más que una metamorfosis de este, orientada en mayor medida hacia lo volitivo. De modo que también se puede componer todo el alfabeto mediante este lenguaje; de modo que todo lo lingüístico puede expresarse a través de esta euritmia. Cuando la euritmia se ejecuta artísticamente, la atención humana —y con ella todos los procesos del organismo físico, etérico y astral del ser humano, que son los portadores de la atención— se dirige hacia el sonido correspondiente, es decir, hacia la estructura de la palabra o la estructura de la frase artística, la estructura métrica, la estructura poética, etcétera. En cierto modo, cuando el ser humano se dedica a la euritmia artística, se entrega por completo a todo lo que es posible en cuanto a la configuración artística de lo sonoro. Dado que, como es lógico, en la euritmia artística se sigue la misma configuración que tiene el lenguaje, el ser humano, al dedicarse a la euritmia artística, se entrega al mundo exterior. Y del mismo modo que en la palabra no nos detenemos en la «A» ni en la «L», sino que las cosas van pasando, en esta euritmia artística nos encontramos ante algo que puede desarrollarse por completo dentro del organismo humano que funciona con normalidad. Por lo tanto, la euritmia artística habitual no tiene para el organismo humano ninguna otra consecuencia fisiológica que la de provocar, de manera enérgica, la armonización interna de las funciones humanas —funciones que, en la medida en que forman una totalidad, constituyen el organismo humano—.

Por lo tanto, se puede decir que, si se pone freno de la manera adecuada a los excesos en la actividad artística eurítmica, esta actividad artística eurítmica resulta, en general, saludable. Pero, al igual que todo lo que puede ser saludable puede resultar perjudicial si se exagera, también la euritmia, como actividad artística, puede llevarse al extremo. El profesor Benedikt, el famoso psicólogo forense, como no soportaba el movimiento antialcohólico, subrayaba una y otra vez que mueren muchas más personas a causa del agua que a causa del alcohol. Las estadísticas también deben reconocerlo, ya que un consumo excesivo e inadecuado de agua provoca numerosos síntomas de enfermedad. Así pues, la euritmia, naturalmente, en la medida en que debe practicarse —desde el punto de vista artístico, esto ya de por sí provocará un cierto estado de satisfacción o insatisfacción en el organismo humano—, solo puede ser, en general, beneficiosa para la salud.

En cuanto a la euritmia terapéutica, se trata, en cierto sentido, de la reflexión interior de aquello que en la euritmia artística se vive en la entrega a la configuración del sonido, la palabra y la frase. Ya se refleja hacia el interior por el mero hecho de que, en la euritmia terapéutica, digamos que un sonido «A» debe repetirse muchas veces seguidas. De este modo ocurre algo muy distinto a cuando, en la representación artística, paso del sonido «A» a una «I» o algo similar. Ahora bien, se trata de observar el proceso terapéutico propiamente dicho que puede tener lugar en la euritmia. No quiero dejar de expresar cierta preocupación, que en realidad resulta obvia ante este tipo de cosas. Los legos y los diletantes se apropian muy fácilmente de este tipo de cosas. Sin embargo, he subrayado desde el principio que la euritmia terapéutica debe ser practicada propiamente por el propio médico o la propia médica, o al menos solo debe llevarse a cabo en la más íntima armonía con el médico. Y ello porque también esas ramificaciones —por así decirlo— de lo que la ciencia espiritual pretende en relación con la medicina deben considerarse, al igual que la postura global de la ciencia espiritual respecto a la medicina.

La verdad es que la ciencia espiritual no trabaja en el ámbito médico en la línea de algo como lo que me encontré hace veinte años. En aquellas reuniones antroposóficas también había presentes —sí, se autodenominaban naturópatas— y en una ocasión me entregaron un tratado en el que, en realidad, solo se repetía una y otra vez lo siguiente: «Toda curación se basa en armonizar de nuevo lo que en el organismo está desarmonizado». - A lo largo de seis páginas, esta frase se variaba de las formas más diversas, insistiendo en que hay que armonizar lo desarmónico. No hay la más mínima objeción contra esta frase; la cuestión es solo que se pueda hacer en cada caso concreto, de manera totalmente específica. Y ahí es donde la cosa se vuelve incómoda para las personas que tienen una mentalidad como la que se expresaba en la frase final: Todo lo que se ha escrito hasta ahora demuestra que se puede abandonar la medicina tremendamente complicada y limitarse a armonizar lo disarmónico, y eso sería —así decía textualmente— de una «simplicidad embriagadora». —No puedo ofrecerles nada de esa «simplicidad embriagadora». Más bien es cierto que, a través de la ciencia espiritual, la medicina no debe conducirse hacia tal simplicidad embriagadora, sino, en realidad, hacia una mayor complejidad, como ya habrán deducido de lo expuesto. De modo que ahora no tendrán menos que aprender gracias a la ciencia espiritual, sino que tendrán que aprender más; sin embargo, lo de «aprender menos» resultará bastante complicado, aunque todo se vuelva más claro y manejable y, por ello, el aprendizaje resulte más interesante. Quien reflexione sobre la idea de que la ciencia espiritual debería facilitar la curación, habrá visto ya, a partir de los argumentos que he expuesto aquí, que no es así.

Y debo decir, que lo mismo ocurre con lo que es la euritmia terapéutica. Es cierto que, en realidad, la euritmia terapéutica no debería aplicarse sin un diagnóstico adecuado, y de lo que se trata es, sin duda, que solo se practique en consonancia con la ciencia médica especializada. Porque, en realidad, se trata de la aplicación de un conocimiento tremendamente preciso del organismo humano.

Debido a que, en el organismo humano, ya en el lenguaje habitual, se producen interacciones entre la actividad metabólica y la actividad plástica del sistema nervioso y sensorial, pero esta interacción se descarga en la resultante del movimiento del aire —que se desarrolla de forma relativamente aislada del organismo humano—, de modo que el lenguaje se desprende del organismo, todo aquello que se plasma mediante la euritmia terapéutica se refleja de nuevo en el organismo, y nos encontramos ante lo siguiente: imagínense, por ejemplo, que combinan un movimiento "A" con un movimiento "L". En primer lugar, dejen que los movimientos se repitan, de modo que la energía no se descargue hacia el exterior, sino que la repetición se canalice hacia los procesos internos del organismo humano. Sin embargo, al hacer que la vocalización o la consonantización, —digamos—, interactúen en el movimiento "A" o en el movimiento "L", siempre han logrado que el organismo humano funcione de una manera que implica la interacción entre el sistema metabólico y el sistema neuro-sensorial. Ciertamente, la actividad del sistema neuro-sensorial en la euritmia está, en general, atenuada, pero también en esta relación particular entre ambos componentes —en la actividad atenuada del sistema neuro-sensorial junto con la actividad metabólica intensificada que se produce mediante el movimiento eurítmico—, ambos componentes actúan de manera conjunta. Y basta con, por ejemplo, hacer que se repita un movimiento en forma de "L" para que el ser metabólico se acerque al ser neuro-sensorial, si se asocia el movimiento en forma de "L" con una forma en "A". De modo que se puede decir: en esta estimulación de formas o movimientos necesarios reside una implicación del funcionamiento global del organismo humano. Si, por ejemplo, hacen que se produzca un movimiento consonántico, este actúa en un primer momento de tal manera que descarga esencialmente toda su fuerza, descarga su dinámica interna sobre el proceso de inspiración, de modo que, de este modo, ustedes acaban controlando realmente todo el proceso de inspiración. Dependiendo de la consonante que ustedes activen, podrán controlar el proceso de inhalación. Con cada acción consonántica refuerzan ustedes el proceso de inhalación.

Quizá ustedes ya sepan, por lo que se ha comentado anteriormente sobre la euritmia terapéutica, cómo se modifican ligeramente los movimientos para la euritmia terapéutica, que por otra parte, se expresan en la euritmia artística. Y así se puede decir: cuando se realiza un movimiento 'A' o 'L', este siempre va acompañado de un refuerzo o una atenuación del impulso que se lleva a cabo durante la inspiración. Ahora bien, deben tener en cuenta que la inspiración debe considerarse en su totalidad. De hecho, cuando observamos la inhalación, debemos seguir en primer lugar el recorrido de la misma en su expansión, primero en la parte media del organismo humano, pero luego a través del canal medial, el canal medular, hacia el cerebro; y la actividad cerebral es, en esencia, una resonancia conjunta de la actividad respiratoria, refinada al llegar al cerebro, con la actividad neuro-sensorial. No existe ninguna actividad cerebral que pueda considerarse de forma aislada, sino que siempre se trata de una resultante de la actividad neuro-sensoria propiamente dicha y de la actividad respiratoria. Todos los procesos cerebrales deben estudiarse teniendo en cuenta la actividad respiratoria. Ahora bien, mediante la excitación de ciertas consonantes, —las distintas consonantes—, tienen de hecho en sus manos la posibilidad de influir, de una manera muy evidente, a través de la respiración, en la actividad plástica del ser humano, en la actividad plastificadora del ser humano. Por ejemplo, partiendo de una cierta comprensión artística del organismo humano, basta con saber, digamos, en el caso de un niño al que le están saliendo los dientes definitivos, los superiores: ¿cómo se forman a partir de la actividad plástica que va de arriba hacia abajo? Se forman de tal manera que, en los dientes superiores, la actividad plástica actúa preferentemente de delante hacia atrás. ¿Cómo se forman los dientes inferiores? En los dientes de la mandíbula inferior, la actividad plástica actúa de atrás hacia delante; de modo que, en realidad, si quiero expresar esquemáticamente la actividad que se ejerce durante la dentición, es esta: los dientes superiores se forman de delante hacia atrás, y así se forman las superficies posteriores, mientras que las anteriores quedan separadas. Los dientes inferiores se forman de atrás hacia delante. Así es como actúan conjuntamente las fuerzas.

Si observa que el niño tiene dificultades con la dentición, puede facilitarla en la mandíbula superior simplemente haciéndole realizar, por ejemplo, un movimiento en forma de «A»; en la mandíbula inferior, puede facilitarla haciéndole realizar un movimiento en forma de «O». De hecho, las fuerzas plastificantes se obtienen mediante ciertas acciones con la mano. Sin embargo, para alimentar en absoluto esta actividad plastificante, debe, por así decirlo, centrar su atención principalmente en favorecer primero la inhalación; por lo tanto, debe añadir a la actividad plastificante, —que se lleva a cabo de esta manera mediante los movimientos «A» y «O»—, aquello que se deriva de la constitución general del ser humano. Supongamos que tienen a una persona con una peristalsis débil, propensa a ligeros estreñimientos. En la etapa de la vida en la que tiene lugar la dentición, la actividad intestinal está estrechamente relacionada con la formación de los dientes, y hay que prestar atención a dónde residen las causas de las irregularidades en la dentición. Ayude a la corriente respiratoria que atraviesa el canal medular hasta llegar al cerebro y que, desde allí, estimula aquellas fuerzas plásticas que se obtienen mediante los movimientos vocales; puede hacerlo, precisamente en este caso, haciendo que el niño realice un movimiento en forma de «L». Si se estudia la euritmia terapéutica, el diagnóstico nos indica cómo debe aplicarse. En realidad, no debería aplicarse sin un diagnóstico, ya que, en determinadas circunstancias, se podría hacer todo lo contrario. Pero es cierto que hay que, diría yo, despertar una sensibilidad por lo artístico en la dinámica del ser humano en su totalidad. Hay que adquirir una mirada intuitiva hacia lo artístico. Supongamos, por ejemplo, que el niño presenta dificultades en la etapa en la que empieza a salirle la dentición; muestra malestar o síntomas similares que no deberían estar presentes. Se observa entonces que se producen movimientos intestinales irregulares e insuficientes. En ese momento se recurre a los movimientos en forma de L para preparar al niño. Después de haber realizado estos movimientos en «L» durante un tiempo, se contrarresta lo que se ha dirigido hacia el centro plastificante, haciendo que el niño realice movimientos en «A» u «O». Y es que los movimientos vocálicos actúan sobre la espiración. De hecho, las vocales comienzan a actuar ya en el cerebro. El flujo respiratorio actúa en el cerebro. Y todo aquello que, en un sentido amplio y total, está relacionado con la inspiración, se expresa a través de las consonantes. Esto puede apoyarse y fomentarse mediante la euritmia consonántica. Todo aquello que está relacionado con la espiración puede apoyarse mediante la euritmia vocal. Pero al practicar la euritmia vocal —las repeticiones que deben tener lugar en el sonido deben valorarse en función de la aplicación de la fuerza necesaria—, el elemento plastificante actúa directamente junto con el elemento radiante. Digamos, por ejemplo, que se trata de alguna afección renal; en ese caso, puede pensar que la afección renal se encuentra en una determinada fase, digamos en una fase temprana. En el momento en que realizo ciertos movimientos, por ejemplo, movimientos «A*», favorezco la evolución de la afección renal en una fase temprana. Pero si la afección renal lleva mucho tiempo presente y el mal funcionamiento ya ha provocado una deformación, primero debo preparar el terreno con la euritmia consonántica y, a continuación, aplicar la euritmia vocálica, para poder actuar, a través de esta última, sobre la formación frente a la deformación que se ha producido. En resumen, hay que hacerlo de la forma menos teórica posible, sino partiendo del conocimiento del organismo humano, tanto en estado sano como enfermo, para descubrir lo que he indicado en las normas que expuse en su momento en Dornach y que se les han transmitido.

Ahora bien, si se trata, por ejemplo, de una función cardiopulmonar reprimida que, a su vez, afecta a los riñones, se avanza mucho si se hacen realizar movimientos B o P, sobre todo en las fases iniciales. De ello pueden deducir que, en realidad, se tiene bajo control todo el funcionamiento, y que todo depende de que se comprenda cómo en cada órgano humano existe una especie de dinámica centrífuga, que se redondea plásticamente mediante una dinámica —que actúa de fuera hacia dentro, es decir, no del todo centrípeta, pero que podría calificarse de similar a la centrípeta, que actúa en el interior de cada órgano humano. Solo se podrá practicar una fisiología correcta cuando se pueda considerar cada órgano humano en su polaridad. Porque son estas polaridades las que existen en su interior: una dinámica centrífuga y otra centrípeta en cada órgano humano. Y ahí desempeña un papel fundamental, para todo lo que tiene carácter plastificante, la distribución y la diferenciación de las condiciones térmicas en el organismo humano, así como la organización de las condiciones atmosféricas. Para todo aquello que es centrífugo, que irradia, desempeña un papel fundamental, en primer lugar, aquello que en el organismo humano proviene de la dinámica propia de las sustancias del mundo, y, en segundo lugar, aquello que se desarrolla en el organismo humano al superar la vitalidad propia de la entidad exterior. Estas dos dinámicas deben regularse mutuamente, y cabe esperar que se formen euritmistas terapéuticos que desarrollen una sensibilidad muy fina para lo que puede suceder en cada caso concreto. Por supuesto, precisamente ahí dependerá en gran medida de una disposición artística del alma.

Pues bien, si además se tiene en cuenta que todo el sistema de la euritmia terapéutica puede complementarse con lo propiamente terapéutico, se dispone de dos factores que actúan de forma conjunta. Uno puede decirse a sí mismo que hay algo que actúa de tal o cual manera especialmente sobre el corazón, y que uno lo refuerza aún más mediante un ejercicio de euritmia terapéutica: entonces, estas dos cosas se potencian mutuamente, y eso es algo que realmente abre perspectivas muy amplias, que puede tener un futuro extraordinariamente prometedor. Piense, por ejemplo, en el efecto que ya ha tenido, en muchos aspectos, el hecho de dar masajes. Pero ese «revolver» externo sobre el ser humano, eso es, en realidad —no quiero decir nada en contra, no lo critico, reconozco su importancia—, pero es algo muy insignificante en comparación con aquel masaje que ustedes aplican cuando, simplemente a través de los factores de la euritmia terapéutica, logran que todos los sistemas orgánicos que interactúan allí se muevan desde dentro. Se trata, en efecto, de un amasamiento muy profundo de todo el organismo, que va acompañado de un efecto en los organismos etérico, astral y del yo. De modo que se puede decir: aquello que se puede reconocer como correcto en el masaje, se interioriza allí de una manera infinitamente más intensa a través de esta euritmia terapéutica. - Y, de hecho, solo se podrá llegar a una conclusión sobre los efectos terapéuticos de la gimnasia si se presta atención a la similitud que existe entre los ejercicios libres y los ejercicios eurítmicos. Porque lo que resulta curativo en la gimnasia no es más que un análogo secundario de lo que tiene su importancia en la euritmia terapéutica. En su momento dije en Dornach: si se hacen realizar movimientos E en secuencia rítmica de una determinada manera, tal y como se demostró entonces, se puede hacer muchísimo para ayudar a los niños de aspecto débil —esos niños que realizan las funciones corporales de forma débil— a recuperar la salud y a alcanzar el deseable fortalecimiento; pero en estos casos también es absolutamente necesario tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Sin embargo, ocurre una y otra vez que esto no se hace lo suficiente, que no se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad. Sé que les estoy diciendo una obviedad, porque dirán: «Eso ya lo sabemos». —Ciertamente, pero en la práctica ocurre una y otra vez que no se tiene en cuenta. Cuántas veces nos dice alguien: «Esta persona tiene un corazón que funciona de forma irregular; hay que ayudarla». —Sí, pero si se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad, hay que decir: «Gracias a Dios que tiene ese corazón, porque su organismo no soporta uno normal». Del mismo modo que, por ejemplo, en determinadas circunstancias, hay que decir de alguien que se ha roto el tabique nasal en un caso concreto que ha tenido un golpe de suerte, ya que, si respirara el aire a través de conductos completamente desarrollados, su organismo tendría que procesar una cantidad excesiva de aire. En todos los casos hay que tener en cuenta con el mayor cuidado lo que está fundamentado en la organización global.

Si se realizan los movimientos «I» de una determinada manera, estos tienen un efecto armonizador sobre la asociación entre los lados izquierdo y derecho del organismo humano. Los movimientos «I» pueden ayudar a tratar todas las asimetrías que se producen en el organismo humano. Incluso en casos de estrabismo, se pueden lograr muy buenos resultados terapéuticos con la euritmia mediante movimientos en «I» aplicados con cuidado. Sin embargo, en caso de estrabismo, yo recomendaría no proceder igual que, por ejemplo, cuando alguien camina de forma asimétrica o utiliza los brazos derecho e izquierdo de manera demasiado asimétrica. En el caso del estrabismo, no recomendaría realizar los movimientos «I» habituales, sino solo los movimientos «I» con el dedo índice, y hacer que el paciente los repita tantas veces como sea posible a lo largo del día. En la edad de crecimiento, esto puede dar buenos resultados, sobre todo si además se hace que el paciente realice estos movimientos «I» con el dedo gordo del pie. Y se obtendrá el mayor éxito si se consigue que el paciente los realice con el dedo meñique del pie. Precisamente para las asimetrías relacionadas con la visión, estos ejercicios eurítmicos que se realizan en la periferia también darán muy buenos resultados. Por el contrario, cuando se trata de compensar cualquier torpeza al caminar, puede resultar incluso muy eficaz hacer que el paciente —pero, por supuesto, sin causarle daño alguno— realice los movimientos en forma de «I» con la mirada, de modo que se realicen dichos movimientos con la línea de visión, con la línea de mira. Lo que ocurre es que realmente se puede establecer una especie de ley: todo aquello que es anómalo en el ser humano inferior se ve normalizado por aquello que se crea en el ser humano superior a modo de contrapeso, y viceversa.

U

Si tiene dificultades para mantenerse de pie —que, a su vez, pueden deberse a las causas más diversas—, las formas en U revisten especial importancia; sin embargo, debe asegurarse de que la forma en U se complete por completo, de modo que se produzca realmente un contacto entre las extremidades en cuestión; un contacto real, en el que una extremidad perciba a la otra, lo cual es de especial importancia. Solo así la forma de U queda completa. En la euritmia artística basta con insinuarlo; en la euritmia terapéutica, en cambio, hay que llevar a cabo el contacto entre las extremidades, de modo que, si se realiza correctamente, se logre la llamada «postura firme», en la que las piernas se aprietan una contra otra. Se trata de un ejercicio de euritmia terapéutica extraordinario para personas que padecen espasmos en la cabeza.

Si resulta adecuado tratar mediante euritmia terapéutica, en particular, a los niños con sobrepeso, las formas en «O» resultan especialmente adecuadas para ello. Pero todas estas formas, para que tengan éxito en la euritmia terapéutica, deben ir acompañadas de una percepción clara del sistema muscular correspondiente. Si realiza la forma «O» tal y como lo hacen muchos euritmistas, eso puede bastar para la indicación externa; pero solo tendrá éxito terapéutico si, al realizar el ejercicio, realmente siente los músculos a lo largo de todo el brazo. La forma suelta y floja no surte efecto; es la percepción de todo el sistema muscular hasta en sus detalles lo que produce el efecto terapéutico correspondiente. Es especialmente importante que tenga en cuenta que el ejercicio de euritmia terapéutica se ve reforzado en su prolongación hacia la conciencia. Ahora bien, cuando realiza el movimiento «O», tal y como acabo de demostrarlo, esto conlleva una fuerte proyección hacia la conciencia. Así pues, dígale a una persona con sobrepeso a la que quiera tratar con formas de «O»: «Mientras realizas la forma de “O”, piensa en tu sobrepeso, en tu corpulencia», de modo que haga que la conciencia se concentre precisamente en aquello que se pretende remediar. De este modo, refuerza esencialmente lo que se pretende: que no se debe subestimar en absoluto el factor de la conciencia en la curación.

En este sentido, creo que, en cuanto se preste atención a estas cuestiones, se producirá cierta controversia con los ortopedistas. Hoy en día, a pesar de que han logrado grandes éxitos en el ámbito en el que trabajan, siguen empeñados en tratar el organismo humano como una especie de mecanismo y en adaptarse a ello. Mientras que, por ejemplo, aquellos aparatos que se colocan con la intención de que el paciente los sienta continuamente, es decir, que penetren en su conciencia —digamos que, si considero conveniente que alguien eche los hombros hacia atrás y le coloco vendajes que le hagan tomar conciencia de ello—, debe mantenerse, para que no quede relegado al inconsciente—, esta conciencia de lo que ocurre constituye un excelente factor curativo. Esto es precisamente lo que tiene como consecuencia para la euritmia terapéutica que, como ya he dicho, las cosas se lleven plenamente a la conciencia, de modo que esta concentración supone un apoyo esencial para la euritmia terapéutica.

Me gustaría destacar especialmente que todo lo que son «formas E» tiene, en esencia, un efecto regulador cuando el organismo astral influye de forma excesiva o insuficiente en el organismo etérico. Así pues, en todos aquellos casos en los que se pueda decir que existe o bien una actividad excesiva del organismo astral o bien una actividad insuficiente, en determinadas circunstancias se puede lograr mucho con las formas «E», con la repetición de las formas «E». En los dos complejos de síntomas que he expuesto antes en la otra clase, las formas «E» podrán tener un efecto curativo. Lo que acabo de decir es especialmente cierto cuando el organismo astral está influenciado por el etérico, es decir, cuando es demasiado débil, cuando se deja influir por el etérico, cuando es demasiado fuerte debido a una irregularidad en el organismo astral de la cabeza. Por el contrario, puede darse el caso inverso, cuando lo etérico se ve influido en exceso por lo astral; esto ocurre cuando lo astral se manifiesta con mucha intensidad en la organización intestinal, es decir, cuando, ante cualquier situación que provoque un poco de miedo, se sufre inmediatamente diarrea. En ese caso, las formas «U» tendrán un efecto especialmente beneficioso.

E

Ayer surgió una cuestión que quiero comentar brevemente para terminar: si se puede hacer que las personas que están embarazadas o que padecen enfermedades abdominales realicen ciertos movimientos de euritmia terapéutica. Pero si revisa lo que se ha establecido como norma en Dornach, podrá cumplir sin problemas con ello, aunque deba tener en cuenta que, en el caso de las mujeres embarazadas o de las personas con enfermedades abdominales, hay que dejar en reposo la zona abdominal —de hecho, hay que dejarla en reposo—, no debe ser irritada por la euritmia terapéutica—, a pesar de que se mantenga en reposo, se pueden realizar ejercicios con los brazos, incluso estando sentada o tumbada, con el área que debe descansar en reposo total, y con la cabeza. Y seguirá encontrando suficiente información en las indicaciones que se han dado para poder intervenir con la euritmia en todos los casos. Por supuesto, si la persona en cuestión no puede moverse en absoluto, la euritmia sería lo más beneficioso para ella: por ejemplo, en caso de síntomas de parálisis; pero, en determinadas circunstancias, es posible que no pueda practicarla. Aun así, sería lo más beneficioso. ¿No es cierto que esos síntomas de parálisis son, en esencia, un funcionamiento anómalo del cuerpo astral, que no interviene en la organización etérica y física, y que con los movimientos E se puede lograr mucho en esos casos? En concreto, un movimiento «E» muy beneficioso —para las alteraciones de la parte inferior del abdomen— es el estrabismo artificial, realizado sin exagerar, pero con cuidado. Así pues, es totalmente cierto que esos yoguis algo decadentes que realizan ciertos ejercicios concentrando la mirada en la punta de la nariz, en realidad tienen la intención de provocar una actividad lo más armoniosa posible de su abdomen, porque saben muy bien lo que significa la actividad del abdomen también para lo que estas personas denominan actividad espiritual. De modo que se puede decir: estas cosas son tales que muchas de las acciones que, en el caso de una persona con una parte inferior del abdomen sana, hay que realizar incluso con saltos, pueden sustituirse simplemente por una euritmia terapéutica más suave de los brazos, los dedos e incluso los ojos, cuando sea necesario. Y bajo ninguna circunstancia se debe incitar a una mujer embarazada a realizar ejercicios de saltos de euritmia terapéutica. Eso, por supuesto, no es posible.

Como ven, tampoco se trata en absoluto de haber querido crear una especie de remedio universal que se pueda aprender en medio día; sino que se trata de que la euritmia terapéutica también debe adquirirse mediante un trabajo serio, e incluso es necesario que se adquiera a través de la práctica. Porque casi cada vez que, movido por sus instintos curativos, uno haya practicado un poco los ejercicios de euritmia terapéutica, será capaz de hacerlo mejor. Es así: practicando se progresará especialmente bien precisamente en la euritmia terapéutica.

Bueno, quería ofrecerles esta exposición —diría yo— más teórica sobre la euritmia terapéutica, porque todo lo demás, tal y como se conoce hoy la euritmia terapéutica, ya se impartió en su día en Dornach y lo transmiten nuestros amigos médicos, de modo que siempre pueden disponer de ello; y porque quería precisamente que pudieran comprender también todo el sentido fisiológico y terapéutico de la euritmia terapéutica. Por supuesto, no se debe volver a sobrevalorar algo como la euritmia terapéutica. En muchos casos será un recurso extraordinariamente importante, pero no hay que sobrevaluarla. Y hay que tener muy claro que, en realidad, con la «sencillez embriagadora» no se consigue nada, y que, al igual que no se puede curar un carcinoma mediante esa «sencillez embriagadora» —según la cual hay que «armonizar lo disarmónico»—, tampoco se puede curar una pierna o un brazo fracturados mediante ejercicios de euritmia terapéutica. Hay que tenerlo claro: lo que se pretende alcanzar a través de la ciencia espiritual no es un aumento del diletantismo y del analfabetismo médico, sino, sin duda alguna, un enriquecimiento de los conocimientos médicos especializados. - Disculpen que insista tanto en ello; pero, precisamente para evitar malentendidos, quiero destacar una y otra vez de manera especial que estos métodos no se presentan, como suele ocurrir en los movimientos fanáticos, como una oposición profana a la medicina oficial, sino que tienen plenamente en cuenta el estado actual de la medicina, y solo pretenden seguirla por el camino por el que debe seguir, por la sencilla razón de que no es cierto que el ser humano sea únicamente lo que dicen la fisiología y la anatomía actuales. Es eso, pero también es algo más; debe ser reconocido también en su faceta anímico-espiritual. Y entonces desaparecerán esas ideas extrañas que hoy en día se repiten una y otra vez, como, por ejemplo, la de que el cerebro es una especie de centro telegráfico hacia el que confluyen los llamados nervios sensoriales y desde el que parten los nervios volitivos. Sin embargo, todo ello no se ajusta en absoluto a la realidad, como han podido comprobar en la conferencia de hoy; sino que se trata del sistema nervioso-sensorial como una dinámica plastificante, a la que, en cierto modo, se le arranca algo, a lo que luego se adapta la actividad anímica. Es que hay mucho que hacer para devolver a una fisiología sana aquello que se le ha arrebatado al considerar, de forma errónea, que en el organismo físico existía un correlato de las funciones psíquicas. Es cierto que, durante la vida física del ser humano en la Tierra, existe un aspecto físico para cada función psíquica; pero nada se utiliza para el alma que no tenga, por otra parte, una importancia mucho mayor en la interacción con otros órganos para la organización corporal. Nada se utiliza para el alma únicamente como órgano psíquico. Todo nuestro mundo anímico y espiritual se arranca de lo físico, se extrae de lo físico. Y no debemos reconocer órganos anímicos específicos. Solo podemos decir: las funciones anímicas son aquellas que se separan de las acciones orgánicas y se adaptan especialmente a la actividad anímica. Solo cuando nos tomemos en serio la comprensión de lo que realmente actúa en el organismo físico del ser humano, cuando no procedamos de una manera tan superficial como para considerar todo el sistema nervioso únicamente como un depósito al servicio de la vida anímica, solo entonces podremos esperar comprender a fondo la organización humana. Pero solo una organización humana entendida de esta manera puede servir de base para una fisiología y una terapia que trabajen a la luz y no se limiten a hacer meras pruebas en la oscuridad. Esto es precisamente lo que quería decirles para terminar, para que no se vayan con un malentendido y para que puedan contrarrestar los malentendidos que surgen una y otra vez.

Por ejemplo, se ha lanzado al mundo una crítica contra nuestro medicamento contra el cáncer, calificando su «simplicidad embriagadora», y esto se ha conseguido precisamente porque no se sabe en absoluto a partir de qué conocimientos se ha obtenido dicho medicamento; sino que se han construido analogías superficiales y se cree que, al descartar estas analogías superficiales, se descarta el asunto en su totalidad. Esto es precisamente lo que constituye una condición indispensable para que prospere la medicina desde el punto de vista de las ciencias espirituales: que se pongan un poco de freno a los malentendidos. Porque la gente ya se dará cuenta de que, si ya no pueden difundir malentendidos, entonces ya no podrán decir gran cosa, ya que lo principal de la oposición es precisamente la difusión de malentendidos sobre toda la antroposofía. Intenten solo por una vez averiguar cuántos detractores dicen algo más que meros malentendidos. Debo decir que a menudo leo artículos o escritos de la oposición, y si allí no figurara mi nombre, podría referirlos a algo completamente distinto. Y es que no se refieren en absoluto a lo que aquí se cultiva, sino que tratan de algo totalmente distinto. A veces me sorprende mucho y me gustaría averiguar dónde está lo que se pretende refutar; en cualquier caso, aquí no está. En medicina se procede igual que en teología: allí nos encontramos con lo mismo. Por ejemplo, se le puede decir a un teólogo que está a la vanguardia de la ciencia: «Lo que dices sobre Cristo, nosotros también lo decimos, ¡pero añadimos algo más!». Sin embargo, no le basta con que se diga lo mismo que él y se añada algo más; dice: «No se debe añadir nada». No critica aquello que contradice sus afirmaciones, sino aquello sobre lo que él no dice nada en absoluto. Lo critica simplemente porque se habla de aquello de lo que él no sabe nada. Considera un error saber algo sobre algo de lo que él no sabe nada. La medicina no debe caer en este error. Debemos examinar las cosas con detenimiento y no contradecir, pero también debemos añadir todo tipo de aportaciones a partir de un conocimiento ya bastante bien fundamentado sobre el ser humano sano y enfermo.

Traducido por J.Luelmo 




*En otra nota añadida aquí se indica S en lugar de A.

GA070a Stuttgart, 16 de febrero de 1915 - ¿Qué hay en el ser humano que es inmortal?

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 RUDOLF STEINER


¿Qué hay en el ser humano que es inmortal?




Stuttgart, 16 de febrero  de 1915

¡Estimados asistentes! Sin duda, siempre es importante para el ser humano, dedicarse a las reflexiones necesarias sobre la gran cuestión de la esencia espiritual y el destino humano. Y precisamente estas cuestiones son en el fondo, las que deben servir de base a la reflexión de esta noche. Pero parece especialmente natural que, en estos tiempos tan difíciles, en los que la muerte y el propio destino se ciernen de forma tan imponente y trágica sobre el mundo, el corazón humano se incline hacia los sentimientos, las ideas y las reflexiones sobre este enigma tan trascendental para la vida del alma humana.

Ahora bien, en las ocasiones en que he tenido oportunidad de exponer aquí reflexiones de este tipo en el ámbito de las ciencias espirituales, se ha señalado con frecuencia que la naturaleza y los puntos de vista de las ciencias espirituales siguen chocando en gran medida con lo que en nuestra época, debido a una costumbre de pensar y sentir arraigada desde hace siglos, se reconoce y se considera posible. La ciencia exterior tal y como la conocemos hoy, y en particular aquello que se ha desarrollado a partir de ella —como una especie de credo— en los círculos más amplios, no ofrece aún ningún apoyo a la ciencia espiritual. Y es que todos los hábitos de pensamiento, todas las [prácticas de investigación] que se han desarrollado de la manera indicada, parecen —y digo expresamente «parecen»— oponerse directamente a lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre los grandes enigmas de la existencia humana.

Sin embargo, como ya se ha mencionado aquí en varias ocasiones, estimados asistentes, el cambio que debe producirse en la forma de pensar humana, —desde la visión actual hacia la de la ciencia espiritual— no será mayor —en términos relativos—, que aquel que tuvo que producirse cuando amaneció la forma de pensar de las ciencias naturales; cuando, en cierto sentido, todos los conceptos, todas las ideas y representaciones que se tenían sobre la estructura del mundo y su interrelación, así como sobre el ser anímico humano y el entramado del destino humano, cuando todas estas representaciones quedaron sometidas a una transformación. Así como en aquel entonces a muchas personas les pareció, sin duda, que se tambaleaba el suelo firme de su vida imaginativa sobre el que se apoyaban, así puede ser también para muchos en nuestra época actual frente a las concepciones de las ciencias espirituales. Pero el alma humana es cambiante, el alma humana ha nacido para el progreso. Y del mismo modo que la visión de las ciencias naturales se ha entretejido en la evolución de la humanidad, también se entretejerá en ella la cosmovisión cientifico-espiritual.

Ahora bien, conviene señalar que, precisamente cuando surge la pregunta: «¿Qué hay de inmortal en el ser humano?», los hábitos de pensamiento actuales se resisten de las formas más diversas a reconocer aquellas verdades que la ciencia espiritual debe transmitir partiendo de sus fundamentos. Ante todo —lo veremos confirmado a lo largo de la conferencia de hoy—, ante todo, el carácter mismo de aquellas verdades que se refieren al ser humano inmortal es completamente distinto del carácter de aquellas verdades que se refieren a las cosas externas y sensoriales y a la síntesis científica de esas cosas sensoriales. El ser humano se ha acostumbrado tanto a atribuir la realidad y la veracidad a aquello de lo que puede decir: «La cosa se me ha confirmado a través de algo que se encuentra fuera de mi vida anímica». Pero las verdades de la ciencia espiritual no pueden presentarse así. Es imposible que se basen, al igual que las verdades de las ciencias naturales, en algo que proporcione la confirmación desde fuera y a lo que solo tengamos que someternos, de modo que se pueda decir: «La cosa es verdadera porque se nos presenta de tal o cual manera en la observación, independientemente de nuestra vida anímica». Lo que se presenta como verdades de la ciencia espiritual, en particular también como verdades sobre el alma humana inmortal, debe ser aprehendido interiormente. Y para esta aprehensión no hay puntos de referencia externos, no hay referencia alguna a algo que se confirme independientemente del alma humana.

Por eso, como ya se señaló ayer, la ciencia espiritual debe afirmar sin ninguna arrogancia: debe ser una especie de ciencia valiente; una ciencia que se atreva con valentía a experimentar los impulsos de la verdad no a través de la contemplación, sino a través de la vivencia interior. Por eso, la ciencia espiritual no puede dedicarse pasivamente a la contemplación del mundo, sino que debe surgir cuando el alma desarrolla activamente las fuerzas ocultas en su interior, sacando a la luz aquello que yace oculto en sus profundidades, aquello que encierra dentro de sí la fuerza de la verdad. Esa es una de las razones por las que la verdad de la ciencia espiritual se opone tanto a los hábitos de pensamiento actuales.

El otro, estimado público aquí presente, está aún más relacionado precisamente con la reflexión que hoy vamos a realizar. Veremos que la ciencia espiritual revela, como algo inmortal en el alma humana, algo que, en cierto sentido, se presenta de forma tan radicalmente diferente de todo lo que nos transmiten los sentidos, de todo lo que pensamos, sentimos y queremos en la vida cotidiana, tan radicalmente diferente de todo ello que el ser humano, en esta vida cotidiana, pasa por alto sin prestar atención precisamente aquello que hay en él de eterno e inmortal. Y lo pasa por alto con aún mayor descuido precisamente porque tiende a no atribuir la realidad a aquello que se le presenta como el ser en su propio interior, que encuentra el camino a través de las eternidades y de los nacimientos y las muertes. En cierto modo, lo que hay de inmortal en nosotros es algo tan liviano y fugaz para la vida cotidiana, que no nos resulta nada fácil atribuir precisamente a esa liviandad y fugacidad, la realidad más intensa de la vida.

Ya he hablado aquí en varias ocasiones de cómo hacer para encontrar este elemento inmortal en el alma humana; sin embargo, es necesario volver a abordar una y otra vez, desde distintos puntos de vista, esta búsqueda de lo inmortal en el ser humano, por la sencilla razón de que las investigaciones en el ámbito de la ciencia espiritual son de naturaleza compleja y variada. Y solo cuando se los describa desde los puntos de vista más diversos, será posible formarse una idea verdadera de ellos.

Si ahora se dice que lo que es inmortal en el ser humano debe entenderse a través del desarrollo de aquellas fuerzas anímicas que, en un primer momento, permanecen ocultas en lo más profundo del ser humano y que deben ser sacadas a la luz en la [experiencia] anímica interior; cuando se dice esto, el ser humano de hoy en día tiende a creer que, en el fondo, con ello solo se puede alcanzar algo subjetivo, algo que tiene un valor personal.

El inicio de la investigación espiritual es, en efecto, algo subjetivo; es una experiencia interior y un desarrollo interno de fuerzas que, de otro modo, permanecerían ocultas en el alma. Es una superación, algo íntimo, un esfuerzo por ascender de la oscuridad a la luz, que, por lo tanto, debe ser vivido de las más diversas maneras por las distintas almas de los seres humanos; algo que en un primer momento, sin duda, es subjetivo. Pero esta creencia solo puede perdurar porque la mayoría de las personas no tienen la paciencia necesaria para acompañar al investigador espiritual lo suficientemente lejos. Porque, aunque todo comienzo de la investigación espiritual esté sumergido en lo subjetivo, de modo que se desarrolle a partir de lo más personal de lo personal, precisamente a través de la superación interior, de la lucha interior, es como es impulsada el alma, de modo que en su interior supere lo interior mismo. Y al forjar interiormente un elemento objetivo —que yace en su interior—, puede abrirse paso hacia un mundo nuevo que se le revela de tal manera, como si, por ejemplo, en nuestra corporalidad se despertara un nuevo sentido, lo que nos abriría un ámbito completamente nuevo también en el mundo sensorial exterior. Pero el impulso que va de lo subjetivo a lo objetivo en la lucha espiritual, en la investigación espiritual, ese impulso es íntimo; es de tal naturaleza que hace necesario que el ser humano adquiera en su interior hábitos anímicos que, en realidad, no suelen darse en la vida cotidiana. También he destacado ya esa actividad interior del alma que la transforma y reconvierte de tal manera que puede adentrarse en los mundos espirituales que siempre nos rodean y que solo permanecen ocultos al alma que no está preparada.

Lo primero que debe practicar el alma para conocer su propia esencia de forma real —y, de hecho, científica—, y no solo a través de la fe, es lo que se podría denominar una concentración mental técnicamente precisa, aquella concentración mental que no solo recurre a la fuerza interna del pensar, sino que también recurre al empleo de la fuerza de voluntad interna, tanto en el pensar como en el imaginar. Aquellos pensamientos que surgen en nosotros porque el mundo exterior nos causa una impresión, y que se afianzan en nosotros al penetrar a través de los sentidos, al provocar un proceso sensorial en nuestro cuerpo y al llenarnos interiormente con ese proceso sensorial, garantizan la realidad; estos pensamientos, que se sostienen como realidad en nuestro propio cuerpo a través de los efectos del mundo sensorial exterior, de modo que creemos en su realidad, esos pensamientos no pueden ayudarnos cuando buscamos la esencia inmortal del alma humana.

Deben de ser otros pensamientos, pensamientos que, en el fondo, son bastante similares —al menos en apariencia— a esas construcciones mentales, a esas experiencias internas, experiencias, muy estimados asistentes, que sucumben con demasiada facilidad a un destino interior muy particular: el destino de llegar tan rápido como los sueños y desaparecer igual de rápido, que sucumben fácilmente al destino del olvido. Conocemos, en efecto, este destino de caer en el olvido a través de una experiencia humana general, la experiencia del sueño. Sabemos que aquello que se desliza por nuestra alma como experiencia onírica se olvida rápidamente. ¿Por qué? Porque el sueño se apodera de toda nuestra corporalidad de una manera mucho menos intensa y, por ello, crea dentro de esa corporalidad muchas menos condiciones que nos permitan sentir interiormente —sentir, precisamente, en la encarnación de los pensamientos— la realidad y, por tanto, conservarla de forma duradera. En cierto modo, la experiencia del pensar no se traslada así a lo físico y, por eso, pasa de largo.

Lo mismo ocurre con los pensamientos que, en cierto modo, dejamos que atraviesen nuestra alma como si fueran pensamientos que se forman por sí mismos, independientemente de nosotros. A menudo las contemplamos y las llamamos «ensueños»; se olvidan rápidamente y vuelven a desvanecerse con la misma rapidez. Y, sin embargo, cuanto más se avanza, cuanto más a fondo se entrena uno para desarrollar precisamente aquellas fuerzas que [pueden] conservar en el alma las experiencias de pensamiento formadas —tal y como, de otro modo, solo se conservan las apariencias basadas en impresiones sensoriales externas—, cuanto [más] se avance en este desarrollo de la actividad anímica que permanece en el interior del alma, mejor se prepara uno para la investigación espiritual. En ello se basa lo que, en el sentido verdaderamente investigador-espiritual, se denomina concentración del pensar.

Lo menos adecuado para esta concentración del pensar es la entrega a aquellos pensamientos que son imágenes de la realidad exterior y sensorial. Las imágenes simbólicas que nos creamos, que no representan nada de forma inmediata, sino que las formamos libremente en nuestro espíritu y a las que luego nos entregamos, son las más adecuadas. He descrito tales [actividades internas del alma aptas para la meditación] en el libro «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», [por ejemplo]. Si se quiere retener tales construcciones mentales, generadas libremente de forma espiritual, hay que emplear una voluntad interna más fuerte y poderosa para retenerlas de la que se suele tener habitualmente en la vida exterior.

En el plano exterior, contamos precisamente con un apoyo firme en la experiencia anímica, ya que los pensamientos provocan un proceso material real, causan una impresión, [provocan cambios reales en el cuerpo]. Apoyada en estos cambios, la experiencia es, por así decirlo, tan burda que apenas necesitamos emplear voluntad, apenas necesitamos emplear la voluntad anímica interior, para retener tales pensamientos. Sin embargo, en el caso de los pensamientos que formamos libremente, a los que nada nos obliga, y que consideramos desde el punto de vista de que simplemente nos entregamos a ellos para fortalecer nuestra fuerza interior del alma, para mantener tales construcciones mentales, sensaciones o incluso impulsos de voluntad se requiere una fuerte tensión de la fuerza interior del alma, se requiere una voluntad mucho más fuerte que la necesaria para el pensamiento cotidiano. Pero precisamente en eso se basa ese entrenamiento espiritual que es necesario para [la exploración de los mundos espirituales], en que se liberan, por así decirlo, la fuerza interior y la energía interior que, de otro modo, permanecerían sin utilizar en el pensamiento cotidiano.

De ahí que las personas que necesitan ese apoyo para su pensamiento, se agotan con demasiada rapidez en este esfuerzo de concentración y caen demasiado pronto en un estado que no difiere mucho del dormir. Pero solo al tensar las fuerzas de la voluntad internas —que se refieren exclusivamente al movimiento interno de los pensamientos— alcanzamos aquellas fuerzas más poderosas que necesitamos en el alma para aprehender no solo lo efímero, sino también lo perdurable, lo inmortal del alma humana.

Y ahora se pone de manifiesto que, cuando el ser humano, durante un tiempo prolongado, por así decirlo, desarrolla el pensar y el sentir, unidos a la voluntad, mediante un fiel entrenamiento interior, llega a estar en condiciones de tener [una] experiencia imaginativa verdaderamente interior, de sumergirse por completo en ella, de que todas sus fuerzas se concentren en esa experiencia imaginativa y el resto de su vida anímica, por así decirlo, se hunda. Para ello, el investigador espiritual debe lograr que, en cierto modo, el mundo quede desviado en todas direcciones y que el alma se una por completo a aquello que ella misma ha situado en el centro de la vida anímica de la manera más sana [como quiero subrayar expresamente]. Todas las fuerzas de la voluntad deben dirigirse hacia lo que se encuentra así en lo más profundo de la vida anímica. Solo entonces el ser humano se da cuenta de lo que es la fuerza del pensar, y de cómo el pensar debe estar respaldado por fuertes fuerzas de voluntad, si ha de actuar libremente en la vida anímica del ser humano.

Y entonces, [estimados presentes], el investigador de la vida anímica tiene una experiencia muy concreta, una experiencia que hay que tener muy en cuenta. La experiencia se produce en un momento muy concreto. Ese ejercicio del que acabo de hablar debe realizarse durante largos meses, incluso años. Una y otra vez debemos volver a ello, es decir, evocar en nuestra conciencia [pensamientos e ideas] provocados únicamente por la fuerza de voluntad interior del alma. Y una y otra vez debemos desarrollar esta vida mental directa. Entonces, al cabo de un tiempo, a partir de esta vivencia, hacemos una experiencia concreta. En un primer momento, el investigador de la mente logra, por así decirlo, concentrar el pensamiento [cada vez con mayor claridad y luminosidad], cada vez más intensamente, y sumergirse en la experiencia del pensamiento. Y se da cuenta de que la experiencia del pensamiento se intensifica, se vuelve cada vez más poderosa. Sí, siente cómo toda su conciencia del ser se ve cada vez más sacudida y conmovida al unirse, al integrarse en general y al identificarse con el pensamiento concentrado.

Pero entonces llega un punto crítico muy concreto, que consiste en que, precisamente cuando hemos llegado a experimentar la fuerza del pensamiento, este pensamiento se fragmenta en sí mismo dentro de nuestra alma, como si se disolviera en ella. Se podría decir que el punto crítico se produce cuando el pensamiento, al alcanzar su máxima energía, se oscurece, se ensombrece y deja de estar presente para nosotros. Y nosotros, que, por así decirlo, hemos seguido el hilo del pensamiento, nos hemos identificado con él, sentimos cómo algo, cómo todo nuestro ser, se deja llevar por el pensamiento. Y esa es una experiencia significativa, una experiencia inmensamente significativa.

Si se expresa así, podría parecer sencillo; pero no lo es, la experiencia a la que me refiero ahora. Es una experiencia que sacude profundamente todas las fuerzas del alma humana, que, en cierto modo, pone en tela de juicio todo lo que uno ha sentido hasta entonces, todo lo que ha asimilado hasta ese momento como valioso para el alma en uno u otro sentido. Y lo que se resiste especialmente a acercarse a esta experiencia, lo que se interpone ante nosotros una y otra vez como un obstáculo, lo que nos hace quedarnos estancados antes, lo que nos impide llegar tan lejos como para que esta experiencia se produzca —lo que, por así decirlo, no nos deja acercarnos a esta última experiencia—, son las fuerzas del egoísmo humano ligadas a las profundidades del alma.

Esto es lo que quiero decir, muy estimados presentes: que, si no movilizamos todas las energías, todas las energías de la voluntad interior, simplemente nos quedamos estancados antes, no llegamos hasta allí donde el pensamiento, por así decirlo, se fragmenta. No lo llevamos a cabo en la conciencia, sino que se produce por completo en la voluntad inconsciente. No nos deja avanzar porque tenemos miedo, un miedo interior —que tampoco llega a la conciencia— de que ahora nos pueda pasar algo mucho peor que la propia muerte física.

Cuando hablo de este temor, es, por supuesto, una nimiedad que alguien que quiera aferrarse a las ideas materialistas diga: «Bueno, comparado con la muerte física, la experiencia no será tan terrible». Pero, de hecho, se trata de una experiencia que no llega a penetrar en la conciencia habitual, pero que, sin embargo, se apodera de la vida del alma como una fuerza, como un impulso, un impulso que actúa como un miedo inconsciente: no solo ante la destrucción del cuerpo, sino ante la disolución, ante la dispersión de todo el propio ser en el cosmos, en todo el entorno. Uno no quiere derramarse así. [Aunque no se haya sentido conscientemente en el alma, uno no quiere acercarse a esa experiencia.]

Si se superan todas esas sensaciones indescriptibles, pero que, sin embargo, hay que llamar «sentimientos de miedo», si se supera todo eso, entonces, muy estimados presentes, llega un momento en el que se sabe con total certeza, se sabe por experiencia interior: «Ahora, mediante esas fuerzas que has desarrollado de esta manera a través de la concentración del pensar, extraes algo de tu cuerpo». Pero precisamente esta extracción de un ser espiritual que, como ahora sabemos, impregna el cuerpo, esta extracción parece siempre especialmente peligrosa: pues esta extracción va unida precisamente a la sensación de que uno tendría que disolverse y de que algo quedaría atrapado en nuestro interior, algo que no podemos extraer de esta manera y que, sin embargo, debe ser extraído de nosotros para que no caiga en la nada que todo lo disuelve, lo cual debe ser extraído de la forma descrita. Tenemos la clara conciencia de que, bueno, hay que extraer algo más de nuestro interior, [si queremos extraer de nosotros todo el ser interior]. Con la concentración del pensamiento por sí sola no basta. Esta extrae solo una parte de nosotros. Tenemos la clara conciencia de ello.

Pues bien, estimados asistentes, si queremos comprender por qué al ser humano le resulta tan difícil llegar a experiencias como las que he descrito, podemos partir de vivencias bastante cotidianas que, sin embargo, en un primer momento pasan desapercibidas. Lo que se ha expuesto consiste, en definitiva, en una relación de atracción en la que el ser humano debe entrar en contacto consigo mismo. Esto presupone que el ser humano posea la fuerza interior para, en cierto sentido, acercarse a su propio ser. Pero nada es tan cuestionable en la vida cotidiana, estimados presentes, como la relación del ser humano consigo mismo. En el autoconocimiento habitual, esta relación del ser humano consigo mismo solo se manifiesta de forma muy, muy deficiente, incluso en la vida cotidiana.

Me gustaría citar un ejemplo que, en apariencia, parece proceder de un ámbito totalmente distinto al de las cuestiones de las que acabo de hablar. Un importante filósofo de la actualidad ha escrito un libro sobre el «Análisis de las sensaciones». En él, ya en la tercera página, habla de una experiencia curiosa que ha vivido en dos ocasiones. Se trata de un filósofo que fue catedrático universitario. A su manera, él mismo luchó por forjarse una cosmovisión: el Dr. Ernst Mach.

Allí dice:

Cuando yo era muy joven, iba una vez por la calle y vi venir hacia mí a una persona con un rostro que me resultaba sumamente antipático, incluso repugnante. Me sobresalté bastante al darme cuenta de que se trataba de mi propio rostro de perfil, que se me había reflejado al pasar junto a una serie de espejos colocados uno frente al otro de tal manera que me permitían ver mi propio rostro.

¡Así de poco conoce su propia apariencia no solo el ser humano, sino incluso el filósofo! Pero cuenta también una segunda experiencia similar, que le ocurrió no cuando era muy joven, sino ya en una edad muy madura. Dice:

No hace mucho tiempo —en los años noventa del siglo XIX—, tras un viaje en tren muy agotador, subí muy cansado a un autobús y me di cuenta de que, por el otro lado, también subía un hombre, y pensé: «¿Qué profesor de escuela tan desaliñado es ese que está subiendo?». ¡Fue entonces cuando me di cuenta de que en la pared trasera había un gran espejo que me mostraba mi propia imagen!

Después añade: «Así pues, me resultaba más familiar el comportamiento propio de su clase social que mi propio comportamiento personal».

Se conocía tan poco a sí mismo que se quedó muy sorprendido por su propio aspecto. [Es decir, sabía cómo era un maestro de escuela en decadencia, pero no sabía exactamente cómo era él mismo.]

[Sí, estimados presentes], es evidente que es muy fácil reírse de este tipo de cosas, pero tienen un significado muy, muy profundo si queremos hacernos una idea de lo cuestionable que es la relación que el ser humano mantiene consigo mismo en la vida cotidiana. Pero lo que nos impide, muy estimados presentes, llegar en la vida cotidiana a una relación con nosotros mismos que nos conduzca al autoconocimiento, todo ello es, al mismo tiempo, un conjunto de fuerzas que impiden al ser humano orientar su concentración mental hacia ese desarrollo que se ha descrito anteriormente, hasta el punto de sacar a la luz a un segundo ser humano que se encuentra en su interior. Se ve que, precisamente en el ser humano, están almacenadas las fuerzas que le impiden desprenderse de su interioridad, de aquello a lo que esta interioridad está ligada desde el nacimiento hasta la muerte. Pero este desprendimiento se logra mediante lo descrito. Sin embargo, de tal manera que, en un primer momento, debido a este obstáculo, no llegamos a sacar todo nuestro ser de nuestro interior. A la concentración del pensamiento debe sumarse algo más. No solo debemos establecer una relación más enérgica con nuestros pensamientos que la que existe en la vida cotidiana, sino que también debemos establecer una relación totalmente diferente con aquello que constituye nuestro destino —el destino en el que vivimos— que la que tenemos en lo cotidiano.

¿Cómo nos enfrentamos a nuestro destino en la vida cotidiana? Aquello que llamamos «experiencias del destino»: las vemos acercarse a nosotros, ya sean agradables o desagradables. Nos llegan como «casualidades de la vida», como solemos decir. En cierta medida, consideramos lo que nos sobreviene como destino como algo externo, como algo ajeno a nuestra esencia, y crecemos y nos desarrollamos, desde el nacimiento hasta la muerte, con la idea de que el destino nos sobreviene de tal manera que es algo ajeno a nosotros. Pero basta con una reflexión sencilla, que abarque únicamente la vida entre el nacimiento y la muerte, para que nos demos cuenta de que lo que debemos llamar destino no es en absoluto algo tan ajeno al ser humano.

Si nos observamos en cualquier momento de la vida, en una etapa, digamos, más avanzada y madura, y echamos un vistazo a lo que somos, a lo que sabemos hacer y a lo que somos capaces de lograr en la vida, entonces, si no queremos cerrarnos a un verdadero conocimiento de la naturaleza humana, llegaremos a decirnos, muy estimados presentes: Sí, ahora no sería capaz de hacer esto o aquello si no hubiera ocurrido esto o aquello en mi vida hace dieciocho, veinte, treinta o treinta y cinco años, [si no] si el hecho de haber vivido esto o aquello no me hubiera llevado a realizar estas o aquellas acciones. Soy el resultado de lo que en su momento entró en mi vida como una experiencia del destino, y si eso no hubiera ocurrido, no sería el yo que soy hoy.

Y si tomamos todo este conjunto de lo que tenemos en cuanto a talentos, fuerzas, hábitos y forma de vida interior, ya vemos cómo se va desarrollando entre el nacimiento y la muerte a partir de las experiencias del destino que nos han marcado, y cómo seríamos completamente diferentes si el destino no nos hubiera convertido en lo que somos. De hecho, ya en la vida cotidiana somos nuestro destino, enrollado y entretejido. Uno no se contempla de forma abstracta, sino concreta, en todo aquello en lo que se ha convertido como persona de cincuenta años; y se pregunta qué es capaz de hacer, qué es lo que es, resultado de las experiencias del destino, y si no podría seguir todo ese ovillo [que está allí enredado] hasta las propias experiencias del destino.

[Pero, ¿qué ocurre cuando uno se toma en serio una reflexión de este tipo, con esa seriedad que, en la vida cotidiana, no es precisamente muy frecuente, pero que, cuando se cultiva, se convierte en un segundo medio para la investigación espiritual? Si uno se toma en serio esta reflexión], llega a decirse a sí mismo: sí, el destino no es en absoluto algo externo para mí; yo estoy inmerso en él. La experiencia que se me ha acercado se ha convertido ahora en mi yo. Y cuando contemplo mi destino en su totalidad, ahí se encuentra mi yo. Salgo, por así decirlo, de mí mismo con mi conciencia y me derramo en toda la corriente de mi destino. Pero esto debe contemplarse con profunda seriedad, debe convertirse, en cierto modo, en algo metódico. Entonces, a través de tal actividad anímica, se produce, por así decirlo, lo contrario de lo que ha ocurrido mediante la concentración del pensar. Con nuestro pensar, por lo general, estamos dentro de nosotros mismos. Normalmente tenemos aquellos pensamientos que se basan en impresiones externas y que, por lo tanto, tienen su fundamento y su fuerza en relaciones internas complicadas. Pero, al pasar a la concentración del pensar, salimos con los pensamientos con tanta fuerza que nuestro ser interior nos acompaña y creemos perdernos allí. Cuando nos sumergimos en nuestro destino, experimentamos el proceso inverso. Entonces salimos de nosotros mismos, pero nos adentramos en algo que [por lo general] creemos que es externo, algo que creemos que nos llega desde la corriente exterior de la vida. Salimos de nosotros mismos y nos adentramos en algo de lo que ahora nos damos cuenta: [eso es lo que nos genera y nos constituye; crecemos junto con algo que creíamos que era externo].

Si lo hacemos con gran seriedad, si salimos de nosotros mismos con nuestra voluntad y somos capaces de decirnos: «Aquello que he vivido como destino, ya formo parte de ello, yo mismo lo he provocado, pues estoy unido a ello con mi yo». [Si convertimos esto en una actividad interior habitual], entonces volvemos a salir de nosotros mismos, pero de tal manera que lo otro de nuestro ser interior, que está, por así decirlo, arrancado, aquello que no ha sido sacado a la luz mediante la concentración del pensar, lo recuperamos y lo unimos a lo que ya se ha extraído, y ahora surge de nosotros un ser interior completo, antes oculto, un ser interior en el que entonces nos sabemos vivos, en el que nos sabemos tan vivos que ahora miramos a este ser exterior, a este ser físico, como lo hacemos cuando miramos al entorno exterior, a las mesas y las sillas.

Con ello les he señalado dos medios que son, en la investigación espiritual auténtica, medios igualmente técnicos, del mismo modo que las actividades del laboratorio, del gabinete de física o de la clínica son medios para la investigación de la naturaleza exterior, de los que hay que distinguir estrictamente. Solo que, cuando se quiere investigar lo espiritual, no se pueden realizar [experimentos] externos, sino experiencias anímicas internas que provocan una transformación, de modo que el alma, en su esencia, se separa de su cuerpo.

Hoy en día, la ciencia espiritual ni siquiera tiene que hablar, en términos abstractos, de que el ser espiritual del ser humano es algo real que se separa del cuerpo; sino que, se podría decir, la ciencia espiritual sabe hoy, de forma experimental-espiritual, cómo se hace para separar lo corporal de lo anímico, del mismo modo que se separa el oxígeno del hidrógeno, para demostrar que el oxígeno está presente en el [agua]. Y lo espiritual-anímico está ahí dentro y puede extraerse mediante procedimientos que deben observarse rigurosamente. Sin embargo, mientras experimentamos en el laboratorio, nos enfrentamos a las cosas desde fuera con cierta indiferencia.

Las pruebas por las que debe pasar el investigador espiritual son aquellas que representan, por así decirlo, tragedias anímicas internas, superaciones y una lucha interior; la felicidad interior, la decepción interior, el sentirse en terreno firme y, a su vez, la sensación de estar frente al abismo; todo ello con una concreción, a menudo espeluznante y otras veces también dichosa, de la experiencia anímica interior. Pero entonces, cuando el investigador espiritual ha logrado separar ese verdadero yo interior de su aspecto físico, sabe que lo físico —que ahora contempla junto con el ser que se encuentra fuera del cuerpo— contiene todas las fuerzas que comienzan con el nacimiento, o mejor dicho, con la concepción, y que con la muerte se entregan al elemento terrenal, y se dice a sí mismo: en este cuerpo terrenal y físico actúa aquello que él ha extraído; de modo que en lo que ha extraído del ser humano capta el núcleo eterno del alma, y lo capta al mismo tiempo junto con su destino. Ahora sabe que aquello que cada noche, al dormirse, se separa del cuerpo físico que permanece en la cama, es al mismo tiempo ese núcleo eterno del ser, que desde el momento de dormirse hasta [hasta] el despertar se encuentra en [el] mundo espiritual y, por lo tanto, no puede percibirse únicamente porque el ser humano, en la vida cotidiana, carece de la fuerza interior necesaria para penetrar y entrelazar este ser espiritual que se encuentra fuera del cuerpo, para hacerlo brillar y resonar —en sentido espiritual—, [de modo que] uno lo perciba por sí mismo y vuelva a tener la fuerza [para] volver a mirar hacia abajo [hacia lo externo y corporal].

[Pero entonces, al haber explorado lo que vive en el cuerpo, se ha comprendido al mismo tiempo aquello que atraviesa los nacimientos y las muertes.] Y al comprender que el alma está unida a su destino, se ha comprendido aquello que existía en el mundo espiritual antes de que el ser humano naciera o fuera concebido, lo que representa la suma de las fuerzas que se descenden a lo que el padre y la madre proporcionan como cuerpo físico, y se integran en él, [para] utilizar el cuerpo como instrumento, [para] [ser una fuerza creadora interior a lo largo de la vida], para actuar en el mundo sensible y, al mismo tiempo, desgastar el cuerpo a lo largo de la vida y [para] fortalecerse interiormente cada vez más, para luego atravesar la puerta de la muerte y regresar al mundo espiritual, a fin de prepararse allí para una nueva vida corporal.

Hay algo más que cobra vida de forma concreta ante el investigador de lo espiritual: que es capaz de comprender por qué, en realidad, en la vida cotidiana no se percibe este ser eterno e inmortal, por qué no se sabe nada de él. Cuando se vive entre el nacimiento y la muerte, se incorporan, sin duda, todas las experiencias de la vida —[todas las sensaciones, sentimientos y pensamientos]—, todo lo que la vida ofrece, en el núcleo de este ser inmortal. Pero, al estar acostumbrado en la vida cotidiana a percibir y actuar únicamente con los dos ojos del cuerpo, las fuerzas activas del cuerpo físico oscurecen continuamente estas fuerzas formativas internas, que se sumergen en el cuerpo y, al actuar en él, no pueden convertirse en conocimiento, sino que, en lugar de [que] puedan convertirse en fuerzas de conocimiento, son fuerzas formativas eternas del cuerpo, se consumen en otra cosa, de manera similar a lo que representa la elaboración de la existencia física exterior. Pero se llega a conocer esta fuerza, de modo que el cuerpo actual, que llevamos entre el nacimiento y la muerte, no es su causa, como cree el materialismo, sino, por el contrario, su efecto: [Tal y como se presenta en la vida, es el efecto de aquello que ha descendido del mundo espiritual, es más, de aquello que lleva en sí el fruto de vidas terrenales anteriores.] Aquello que emana de él, lo que ha descendido del mundo espiritual, sí, lo que lleva en sí mismo las características de vidas terrenales anteriores. Porque en cuanto se llega a observar aquello que vive en el cuerpo y que puede extraerse de él de la manera descrita, en cuanto se sabe que lo que vive allí en el cuerpo es como es ahora, precisamente porque no es la primera vez que vive en el cuerpo; se ve espiritualmente que lleva consigo los frutos que se ha ganado en vidas terrenales anteriores. Y, en una contemplación directa, toda la vida se presenta ante el investigador espiritual de tal manera que se compone de lo que se ha alcanzado en el espíritu, [lo cual] se transforma de tal modo que puede volver a formar una nueva vida.

Así pues, estimados asistentes, la investigación espiritual no llega a su objetivo mediante fantasías, ni mediante vagas reflexiones filosóficas y abstractas [que se planteen], sino mediante un método experimental espiritual, imitado en realidad por completo de las ciencias naturales, para rastrear el núcleo esencial eterno e imperturbable del ser humano, tal y como pasa de una vida terrenal a otra y da forma al destino, de modo que uno pueda decirse: Aquello que ahora experimentas, aquello que ahora te invade, se convierte en fuerza en tu ser humano inmortal, atraviesa la puerta de la muerte, se transforma, de modo que en tu próxima vida enriquece tu yo, tu yo que actúa en tu destino. Eres tú mismo quien, en tu destino, ha traído eso de una vida anterior y lo lleva al presente; eres tú mismo en el núcleo inmortal de tu ser.

Sin duda, estimados presentes, pasará mucho, mucho tiempo en el desarrollo cultural humano y espiritual hasta que un mayor número de personas participe en la ciencia espiritual que aquí se ha descrito como algo positivo. Pero esta ciencia espiritual se convertirá, al igual que la química o la física, como cualquier otra rama de las ciencias naturales externas, en un componente verdaderamente real de la cultura espiritual de la humanidad. Y así como las ciencias naturales externas han aportado al ser humano progreso en el ámbito material externo y, en cierto sentido, han transformado radicalmente la vida terrenal en lo que respecta al ser humano y a sus circunstancias, así también la investigación espiritual intervendrá en la vida humana. Y aquello que son los impulsos morales, la conciencia del ser humano de su propia esencia, la vida en su esencia propiamente dicha, en todo ello intervendrá la ciencia espiritual de forma transformadora, siempre y cuando se superen esos prejuicios que, de manera totalmente comprensible, aún hoy se oponen a esta ciencia espiritual. Estos prejuicios se superarán de la misma manera que en su día se superaron los prejuicios contra las ciencias naturales.

Cualquiera que crea que la ciencia espiritual, tal y como se ha descrito aquí en una pequeña parte, es algo totalmente imaginario y fantasioso, sabe —quien sea capaz de comprender la esencia íntima de esta ciencia espiritual— que vive en el mismo error que aquel que, en su momento, formaba parte de quienes decían que ese loco, ese Copérnico, se imaginaba que la Tierra giraba alrededor del Sol, ¡cuando cualquiera con los cinco sentidos sanos podía ver que la Tierra estaba quieta y que el Sol se movía a su alrededor! Así lo decían la gente de aquella época: quien tenga los sentidos sanos no puede creer al loco de Copérnico, que afirma que ambos aspectos del mundo cósmico exterior contradicen lo que perciben los cinco sentidos sanos. Así pues, es evidente que también la gente de hoy debe decir: «Quien tenga sus cinco sentidos en su sitio no puede creer, en verdad, que se pueda elevar el pensamiento hasta tal punto que primero se extraiga de uno mismo algo así como una parte del ser interior y luego se haga seguir a lo demás sumergiéndose en el destino». Pero la historia de la humanidad va más allá de tales prejuicios. Y si la humanidad ya ha aprendido a no confiar más en las apariencias sensoriales en lo que respecta al curso de los astros, tendrá que aprender a no confiar más en ellas en lo que respecta a lo que atraviesa el alma humana precisamente a través de los nacimientos y las muertes, y que se sustrae de nuevo a las apariencias sensoriales cuando, al atravesar la puerta de la muerte, sale de nuevo de ellas.

Estimados asistentes, existe una fuerza más poderosa para creer en la verdad que aquella a la que muchos aún hoy —y con razón, si se tienen en cuenta la historia contemporánea y las circunstancias actuales— recurren, más que aquella a la que apelan quienes se basan en los llamados cinco sentidos sanos y en la investigación reconocida hoy como válida. Existe una fuerza más poderosa. Pero esta fuerza está ligada al impulso más profundo de todo avance de la verdad humana. Y eso es algo que hay que cultivar un poco en uno mismo si hoy se quiere profesar la ciencia espiritual: esa confianza en el avance de la verdad de la humanidad. Pero esta confianza es también algo que infunde en nuestra alma una gran fuerza moral. Y ya en eso mismo consiste la ganancia de la vida: en que el ser humano sea capaz de ponerse en condiciones de recurrir a las facultades cognitivas de su interior, que debe hacer surgir valientemente [por sí mismo] mediante la propia fuerza del alma y que llevan consigo la verdad, sobre sus propias alas, a través del mundo, sin necesidad de limitarse a tomarla prestada de lo que se presenta a los sentidos externos. Sin embargo, son las intensas experiencias internas del destino las que debe atravesar el alma humana cuando quiere ocuparse de lo que —cabría decir— queda, como es natural, desatendido en la vida cotidiana, cuando quiere ocuparse del núcleo inmortal de su ser. Por ello, se puede afirmar que hoy nos encontramos en un punto del desarrollo de la humanidad en el que debe convertirse en ciencia lo que antes no podía serlo.

Ciertamente, estimados presentes, aquello que el investigador espiritual, por así decirlo, [extrae] del ser humano para situarlo ante el conocimiento, eso está siempre dentro del ser humano; eso es lo inmortal del ser humano. El investigador espiritual no lo capta, sino que simplemente lo trae al horizonte del conocimiento.

Y, sin duda, aquí se puede plantear una objeción, una objeción obvia, que resulta obvia sobre todo porque está cercana a lo que está tan íntimamente ligado a nuestra vida anímica, cercana a la comodidad anímica interior del ser humano. Se puede decir: ¿por qué esforzarse por alcanzar ese núcleo eterno del ser? Ya llegaremos a él en la vida eterna, cuando hayamos dejado atrás nuestro cuerpo. ¿Para qué esforzarnos entonces? [¡Al fin y al cabo, es eterno; ya lo veremos después de la muerte!] ¡Podemos entregarnos tranquilamente a la vida y, por lo demás, dejar en manos de los espíritus del mundo aquello que quieran hacer con nuestro núcleo esencial inmortal! Hay que decir dos cosas contra una objeción tan simplista.

En primer lugar, se trata de que el ser humano tenga algo que hacer, no solo de que sepa esto o aquello, de que contemple esto o aquello, sino de que su tarea consista en que el proceso general de evolución y desarrollo de la humanidad en la Tierra siga avanzando. Del mismo modo que las leyes e ideas de las ciencias naturales eran en su día desconocidas y fueron sacadas de la oscuridad [desconocida] para convertirse en conocimiento, la mayoría de las verdades son inicialmente desconocidas y deben ser sacadas de lo desconocido para llevarlas a lo conocido. Todo el progreso de la humanidad se basa precisamente en este proceso de sacar a la luz lo que antes era desconocido. Y aquel que no quiera participar en este progreso de la humanidad —de modo que las verdades espirituales se incorporen igualmente a dicho progreso en el futuro, al igual que en el pasado tuvieron que incorporarse las ciencias naturales—, que admita simplemente que, en el fondo, le es indiferente todo el progreso de la humanidad, en el que, sin embargo, está inmerso. Este es el camino más abstracto, aunque también [es de gran importancia].

Pero la otra es que en el proceso de evolución de la humanidad no solo se produce un progreso así de abstracto, sino que se produce un progreso muy, muy concreto.  Creer que, desde que existen los seres humanos en la Tierra, han sido esencialmente iguales supone una visión meramente superficial de la evolución de la humanidad en nuestro planeta. Y es que, en esencia, no eran en absoluto iguales. Hoy nos permitimos juzgar un alma griega, una romana o una procedente de la antigua historia persa, porque no tenemos ni idea de hasta qué punto las almas de los seres humanos de la antigüedad eran diferentes de las de los seres humanos del presente. Si echamos la vista atrás a tiempos antiguos, encontramos [por doquier en lo más profundo de las almas] una conciencia clarividente interior, procedente de tiempos primigenios y de regiones antiguas, gracias a la cual las almas mantenían en su interior una conexión con las fuerzas divinas y espirituales del mundo. Pero precisamente en eso consiste toda la autonomía del ser humano: en que, a lo largo de la historia de su evolución, se aleja de la libertad, se libera, en un primer momento, de esa clarividencia onírica original. En ello se basa también la posibilidad del conocimiento puramente externo actual; y ahora, sin embargo —una vez que el ser humano ha alcanzado el nivel de separación de la vida espiritual—, debe volver a ser abarcado por la vida espiritual, debe volver a [llenar su alma] con la vida espiritual sustancial a través de la ciencia espiritual.

Hoy en día, sin embargo, la mayoría de nosotros, como seres humanos, nos encontramos todavía en un nivel en el que podemos decir: «Tenemos aún tantas fuerzas heredadas que nuestra alma no se oscurece ni se [atenúa] cuando atraviesa la puerta de la muerte». Pero el ser humano, a medida que avanza de vida en vida, atraviesa un proceso de evolución. Las fuerzas espirituales internas se van atenuando y amortiguando. Y el ser humano, al pasar de las vidas actuales a las futuras, depende de que desarrolle en su interior, de forma consciente y desde la libertad interior, aquello que le llena de una conexión consciente con el mundo astral, con aquellas fuerzas que solo pueden liberarse en el seno del alma misma, de modo que atraviese la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento no en la torpeza, sino en una clara sensación y experiencia interior.

El hecho de que la ciencia espiritual se esté incorporando actualmente al desarrollo de la humanidad está relacionado con el sentido global de la evolución de la Tierra; está relacionado con el hecho de que el ser humano solo pudo alcanzar la libertad rompiendo, en cierto modo, el hilo que lo unía a los mundos espirituales. Pero ahora debe volver a establecer, desde la libertad y desde una conciencia libre, ese vínculo que lo une a los mundos espirituales. Es imposible que, poco a poco, a partir de la época actual, cada vez más personas no reconozcan la necesidad de incorporar a su conciencia los conocimientos del mundo espiritual, el conocimiento de la esencia eterna del ser humano.

Por eso, allí donde la vida espiritual se ha intensificado en los últimos tiempos, donde se ha sentido más necesitada de obtener, desde lo más profundo de sí misma, la certeza sobre la vida y el destino, allí surge la idea de las vidas terrenales repetidas. Esta idea se nos presenta, por ejemplo, en el siglo XVIII, en una de las figuras más destacadas de la vida intelectual alemana: Lessing. Ya lo he mencionado aquí: Lessing dejó como legado a la humanidad su obra más madura, «La educación del género humano». Y la idea fundamental de esta obra tan madura de Lessing, de este testamento de Lessing, es la idea de las vidas terrenales repetidas y de las vidas puramente espirituales que las separan. Ya lo he mencionado: hay personas muy inteligentes que hoy en día siguen abordando la ciencia espiritual de tal manera que dicen: «Un ser humano con sus cinco sentidos sanos no puede entender nada de eso»; esas personas dicen, por ejemplo: «Bueno, Lessing fue un gran hombre; a lo largo de toda su vida escribió de forma realmente sensata o genial; en la vejez, simplemente se debilitó un poco y entonces se le ocurrió esa idea enrevesada de las vidas terrenales repetidas».

Puede que estas personas tan inteligentes sigan sintiendo hoy en día el derecho a rebelarse contra un buscador como lo fue Lessing, quien intuía que nuestra época necesita una fuerza de alma más poderosa que la meramente pasiva de las ciencias naturales. Lo que, pues, se ha establecido en la historia intelectual alemana a través de un espíritu como el de Lessing, constituye a su vez una especie de germen que debe desarrollarse; y debe percibirse, en particular, en todo aquello que se encuentra en el ámbito del alma del pueblo alemán —[se percibirá]— y que conducirá a que, precisamente desde el ámbito del alma del pueblo alemán, [no] a partir de ninguna cultura centroeuropea, se desarrolle aquello que también ha sido desarrollado por un espíritu tan lúcido como el de Lessing, para incorporarse poco a poco a la corriente de la investigación en ciencias espirituales, que arroja luz sobre la esencia, sobre la verdadera esencia del alma humana inmortal, tal y como se ha insinuado hoy.

Sin embargo, esta tendencia tenía su origen muy, muy arraigado en aquello de lo que ayer se habló, y que Johann Gottlieb Fichte consideraba la verdadera fuente de la identidad alemana. Hoy conviene volver a señalar algo que Fichte [ha] destacado una y otra vez de forma concisa, una y otra vez. Se trata de una idea maravillosamente bella de Fichte, una idea cuyo sentido es más o menos el siguiente [no literalmente]: Fichte dice: «No solo cuando hayamos pasado por la muerte, es cuando nos convertimos en seres inmortales en el mundo espiritual. No, ya aquí, en este cuerpo, podemos tomar conciencia de aquello que en nosotros es inmortal, de aquello que, como lo inmortal de nuestro cuerpo mortal, crea y actúa por sí mismo, y que luego traspasa la muerte. Y yo —dice Fichte— por mi parte debo decir que solo en la comprensión de ese inmortal que triunfa sobre todo lo mortal en el ser humano reconozco el verdadero sentido de la vida, reconozco aquello por lo que, en realidad, uno puede querer vivir en este cuerpo mortal.

En Fichte se nos revela claramente, como base previa al conocimiento, aquello que hoy debe profundizarse mediante la ciencia del espíritu, y que deberá profundizarse cada vez más en el futuro. ¿De qué habla Fichte? Fichte habla de que en este cuerpo humano mortal, que [crece] y se desarrolla precisamente gracias al alma inmortal entre el nacimiento y la muerte, en este cuerpo humano mortal se puede alcanzar —siempre que se libere de la alma la fuerza interior adecuada y apta— ya se pueda aprehender lo inmortal, de modo que el ser humano, en su mortalidad, ya pueda tomar conciencia de lo inmortal y no tenga que esperar a reconocer la inmortalidad en la muerte, sino que pueda encontrar en su interior, con las facultades cognitivas adecuadas, aquello que atraviesa nacimientos y muertes, que atraviesa eternidades.

Esta ciencia espiritual está especialmente destinada a aquellas personalidades de búsqueda espiritual cuya época aún debía caracterizarse un poco, y así es como está predestinada —y esto es lo esencial, pues, por naturaleza, las cosas se nos presentan en los lugares más diversos en esa dirección—, pero se da así que, en cierto sentido, podemos trazar una línea recta entre lo que allí comienza, lo que empieza a dar frutos espirituales, y lo que ahora debe desarrollarse. Y uno querría decir, muy estimados presentes, que nunca más, en la corriente precisamente de la vida intelectual alemana y centroeuropea, se ha perdido esta conciencia de la comprensión de ese núcleo humano inmortal en el ámbito científico. Siempre ha estado ahí, una y otra vez. Podría enumerar muchas, muchas cosas que han surgido a lo largo del siglo XIX hasta nuestros días. Solo quiero llamar la atención sobre un aspecto que pretende mostrar cómo, de hecho, existía una conciencia —aunque fuera una conciencia delicada, o mejor dicho, que solo quería manifestarse con delicadeza— precisamente de lo que hoy se ha desarrollado aquí.

Uno de esos espíritus propios de la segunda mitad del siglo XIX, que se asienta también en la cosmovisión de Goethe, Schiller y Fichte, y que a lo largo de su vida ha desarrollado esta cosmovisión de forma ininterrumpida, es el destacado investigador artístico Herman Grimm, fallecido en 1901 y al que ya he mencionado aquí en varias ocasiones.

Sin embargo, este investigador del arte, Herman Grimm, también escribió novelas cortas. En su colección de novelas cortas, una de las primeras es precisamente esta, que se titula: «La cantante». En ella describe cómo se teje una cierta relación vital entre dos personas, una cantante y un hombre; me limitaré a resumir el argumento a grandes rasgos. Describe cómo, posteriormente, el carácter y las circunstancias de ambos los separan en la vida. Y describe cómo el hombre, abrumado por el dolor, se suicida, cómo se entera la cantante de ello y cómo le afecta. Y ahora, en la década de 1860, Herman Grimm describe de forma muy vívida en su novela corta «La cantante» cómo la figura etérea desprendida —una parte de aquello que, cuando el ser humano ha atravesado la puerta de la muerte, pasa al mundo espiritual— se presenta ante la cantante, de modo que esta, tras la muerte de aquel a quien había rechazado en vida, se podría decir que tiene ante sí la encarnación de su esencia inmortal. Si pudiera describírselo con detalle, también podría justificar por qué recurro precisamente a esta novela. Por supuesto, se podría objetar que el poeta es capaz de exagerarlo y adaptarlo todo a su antojo. Eso no es lo importante, sino que el investigador espiritual tiene la impresión inmediata de que aquí un poeta [refleja] fielmente, tal y como se sabe que suceden las cosas, [nos da] noticia de la vida después de la muerte.

Y Herman Grimm escribió una novela que también merece ser leída con detenimiento por otras razones: «Fuerzas insuperables». La historia de la novela se desarrolla precisamente durante la guerra, en 1866. En esta novela se describe, con la misma maestría, la interacción entre las realidades culturales europeas y americanas. Y sobre este trasfondo se desarrolla el destino de diferentes personas; hacia el final, la descripción de la muerte de la protagonista. En cierto modo, al final de la novela se observa que aquel poeta, Herman Grimm, vuelve a describirnos algo muy singular. Describe la muerte de forma muy vívida, y lo hace de tal manera que vemos cómo se destaca aquello de lo que he hablado hoy, diría yo, a través del arte experimental de la investigación espiritual que surge del cuerpo en la muerte. [Laguna en el texto]. En los años sesenta aún no había llegado el momento de dedicarse a la ciencia espiritual, pero aquellas personas que, por la estructura particular de su vida anímica, tenían una conexión con lo espiritual, se encontraban precisamente inmersas en ese mundo espiritual y sentían la necesidad, incluso cuando describían fuerzas, de no limitarse a mostrar el mundo sensorial exterior, sino aquello que constituye la parte eterna de ese mundo sensorial.

Los seres humanos surgieron de aquel inicio cultural espiritual; eran personas que sabían que, si se quiere describir la verdadera realidad, hay que describir algo más que la apariencia física exterior percibida por los sentidos; sabían que quien niega esto habla como alguien que, ante una herradura fuertemente imantada que tiene delante, dice: «Eres un tonto fantasioso. No tiene fuerzas invisibles en su interior». Tal y como ocurre aquí a grandes rasgos, así ocurre con todo el mundo sensorial en lo que respecta a la parte espiritual [laguna en el texto]. Pero eso lo sabían las personas que, sobre todo a partir de la profundización en el idealismo alemán, habían aprendido a percibir la realidad espiritual. Ese es el camino de la evolución de la humanidad, muy estimados presentes, a partir del mero idealismo —que constituye la grandeza de una época pasada y, en particular, alemana— para desarrollar una auténtica cosmovisión acorde con el espíritu. Esto es —y se puede percibir claramente precisamente a través de una contemplación objetiva e imparcial de la vida espiritual alemana—, esto es realmente una misión del idealismo alemán: concretarse, realizarse interiormente, para que, partiendo del reconocimiento ideal de la vida espiritual, tal y como lo encontramos en Fichte, en Schelling y en Hegel, [pueda avanzar] hacia la visión real de la experiencia espiritual con ojos y oídos espirituales, de los que habló Goethe.

Y, de nuevo, resulta muy curioso, estimados presentes, que las mentes ilustradas del siglo XIX, precisamente cuando dirigen su mirada hacia la vida intelectual alemana —[en particular, Goethe]—, lleguen a la conclusión de que una especie de esperanza para la humanidad está ligada al desarrollo precisamente de esa vida intelectual. Casi se podría decir que, si hoy, en estos tiempos tan decisivos para nuestro destino, tal vez precisamente en lo que se insinúa entre las líneas de la vida —perdonen la expresión un tanto tonta, pero quizá concisa —, cuando se examina [con las fuerzas del alma agudizadas], se intuye cómo, precisamente a través del desarrollo de la vida intelectual a partir de las raíces del idealismo alemán, el mundo puede llegar a comprender lo espiritual. Uno siente eso sin necesidad de estar imbuido de una especial arrogancia respecto a la propia vida intelectual alemana. No hace falta estar lleno de altivez; hoy en día se puede sentir realmente, a través de algunos fenómenos, cómo aquello que se erigió como algo grandioso en el mundo en la época de Goethe, Schiller y Fichte fue el comienzo de un gran desarrollo espiritual que hay que defender [en Europa Central].

No quiero sino, si se me permite decirlo, movido por un sentimiento «trágico», presentar dos imágenes que se han grabado en mi alma; de verdad que no es por ninguna subjetividad nacional por lo que quiero presentar estas dos imágenes, sino porque están relacionadas con ciertos sentimientos propios de nuestra época tan marcada por el destino.

Hemos vivido los primeros días de agosto del [último] año —el año 1914—, y los hemos vivido de tal manera que hemos recibido noticias de cómo se vivieron en los distintos países de Europa. Solo quiero presentar dos imágenes. La primera: ¡Nos encontramos ante un gran acontecimiento cuya magnitud ni siquiera podemos aún calibrar! El Reichstag alemán se reúne. No quiero entrar en detalles, porque, siguiendo la famosa frase de Bismarck, no quiero mezclar lo que debe quedarse en palabras con lo que debe decidirse con hechos; no quiero entrar en la política cotidiana inmediata, en lo que de esta política cotidiana está relacionado con los acontecimientos políticos, pero hay una imagen que se presenta vívida ante el alma: Ahí están, los representantes de las distintas corrientes partidistas, y callan, ¡callan! Y este silencio causa una impresión formidable; una impresión, muy estimados presentes, como si fuera el heraldo de lo que está por suceder. Y en este silencio reside la palabra de una gran verdad que resuena a través de la historia del mundo.

Uno puede apartar la mirada, aunque en realidad debería dirigirla hacia ese otro lugar, más al este. Me gustaría decir, de verdad, no, tengo que decirlo con una especie de llanto interior: la imagen que se presentó entonces, más o menos por esas mismas fechas, en la asamblea de la Duma del Estado. Allí no había silencio, todos hablaban. La gente de las distintas formaciones políticas. Y hablaban de tal manera que daban la impresión de que se trataba de una representación teatral montada, de alcance histórico-mundial —que se me perdone la expresión allí donde no se quiera perdonar, pues, como he dicho, solo se podía mirar aquello con un llanto interior—. El éxtasis de un entusiasmo falso contribuía a todo lo que allí se decía, y se decía mucho, en la Duma Estatal, en contraste con el silencio que reinaba más al oeste.

Cuando uno quiera investigar una historia —ya no solo desde lo externo, sino sumergiéndose en los estados de ánimo internos de la historia universal—, cuando quiera, por así decirlo, captar espiritualmente lo que susurra la evolución de la humanidad, deberá fijarse en esos estados de ánimo. Hay algo en este silencio que, a su vez, infunde confianza en una fuerza interior, que nos hace intuir que la verdad espiritual y la fuerza espiritual están en buenas manos en el seno de la cultura centroeuropea y que, tal y como reposan allí, deben ser defendidas.

Eso es lo que aún nos eleva anímicamente por encima de la que se apodera de nosotros, traída por la muerte y el destino adverso, cuando contemplamos Europa y el mundo actual. Y entonces uno comprende que aún hoy vive en el ser alemán aquello que, a su vez, llamó la atención de un espíritu no alemán, Emerson, el gran estadounidense, cuando quiso describir a Goethe y, partiendo de él, señalar la misión que precisamente la cultura goethiana tiene para el futuro de la humanidad.

El estadounidense Emerson lo dice refiriéndose a su época, la del siglo XIX, una época que, sin embargo, también es la nuestra:

El mundo es joven; los grandes hombres [de épocas pasadas] nos llaman con voces amables.

Y estas son las propias palabras de Emerson:

Debemos escribir escrituras [sagradas],

—que anuncien lo eterno—,

para volver a unir el cielo y el mundo terrenal. El secreto del genio consiste en no tolerar que una mentira perdure para nosotros

—Emerson se refiere a la mentira según la cual, detrás de lo sensible, no existiría nada espiritual—,

convertir todo aquello de lo que somos conscientes en una verdad, en el refinamiento de la vida moderna, en el arte y la ciencia, en los libros y en las personas, para despertar la fe, la certeza y la confianza, y tanto al principio como al final, en medio del camino y durante [interminables] tiempos, honrar cada verdad no solo reconociéndola, sino convirtiéndola en una guía para nuestra actuación.

Cuando la ciencia espiritual aborda la reflexión sobre lo que hay de inmortal en el ser humano, no cree en otra cosa que en hacer realidad aquello que los genios que guían a la humanidad han considerado como la tarea propia de nuestra época y de las venideras.

Y en estos días decisivos para nuestro destino, ¿no lo intuimos acaso en las voces de la muerte y del destino que cada día se nos acercan tanto? ¿No sentimos que, de entre el crepúsculo de los acontecimientos que nos rodean, surge un sol resplandeciente que debe desarrollarse, que de esa terrible guerra debe surgir una paz que redunde en el bien de la humanidad? ¿Acaso no sentimos también que todo lo que padecen aquellos que deben entregar su vida y su cuerpo por el gran destino de nuestro tiempo, que estos, al ofrecer su sacrificio de muerte, son un recordatorio de la vida para quienes vivirán más adelante? ¿Acaso no podemos sentir hoy, quizás más que nunca, lo significativo que es aquello que abarca la vida terrenal y espiritual, cuando contemplamos la esencia inmortal del ser humano, cuando vemos, por así decirlo, un desprendimiento espiritual, tal y como en la muerte se desprende de lo físico y corporal? Entonces nos decimos: ahí van, muchos de esos seres humanos que aún llevan en su interior fuerzas humanas sin agotar, que aún podrían haber actuado, vivido, trabajado, conocido y percibido aquí en la Tierra durante largas décadas de su vida. Esto ocurre cuando, al atravesar la puerta de la muerte, salen sin agotarse [hacia el mundo espiritual]. La humanidad se dará cuenta de que en el mundo espiritual rige, al igual que en el mundo físico, la ley de la conservación, de la perdurabilidad de las fuerzas.

La humanidad sabrá que aquello que aparentemente no se ha agotado no desaparece, cuando tantas personas, en pleno florecimiento de su vitalidad, deben atravesar la puerta de la muerte. En el futuro no solo se creerá, sino que se sabrá. Este mundo está interrelacionado con un mundo espiritual; y en ese mundo espiritual se encuentran realmente todas aquellas fuerzas que ahora han tenido que abandonar el cuerpo físico sin haberse agotado. En tiempos venideros, esas fuerzas irradiarán sobre el horizonte de la actividad terrenal; serán fuerzas reales para aquellas personas que tengan conciencia de la conexión entre el mundo físico y el mundo espiritual. Desaparecerá la brecha que, en realidad, hace que se olvide aquello que solo aparentemente se ha perdido. En la vida física, uno se sentirá impregnado por aquellos que han ofrecido su vida en sacrificio por los objetivos de la humanidad y el progreso humano.

Las viudas, las madres, los padres, los hermanos y las hermanas, y todos aquellos que están vinculados a los difuntos, sabrán que están unidos de forma real y concreta; y en el futuro se convertirá en uno solo aquel mundo en el que vive el cuerpo mortal del ser humano, pero también aquel mundo en el que vive la esencia inmortal del ser humano. Y, en verdad, el ser humano no se debilitará al pasar del mundo físico al espiritual. Del mismo modo que solo descubrimos las fuerzas que habitan en el hierro cuando sabemos que es magnético, así también solo encontraremos la verdadera fuerza humana, la elevación, el crecimiento y el enriquecimiento de la vida cuando llevemos en nuestro interior la otra parte de la verdadera realidad, la parte espiritual de la realidad.

La ciencia espiritual pretende ir incorporando poco a poco a la cultura de la humanidad la esencia inmortal del ser humano. De este modo, pretende actuar de forma concreta en la vida. Así que ahora, en estas palabras finales, podemos resumir lo que se ha desarrollado. Me gustaría resumirlo, adaptando ligeramente una frase de un poeta alemán que, precisamente, intentó expresar su esperanza en la visión del mundo humano del futuro con estas palabras: La ciencia espiritual [pretende] profundizar en un conocimiento del ser humano que no se limite únicamente al breve presente entre el nacimiento y la muerte, que abarque aquello que se prolonga de vida en vida a lo largo de la eternidad y que eleve lo que, por tanto, se ha explorado desde la eternidad espiritual, al trono de la verdad, donde debe reinar para la verdadera liberación de los seres humanos, de las almas que hay en ellos.

Traducido por J.Luelmo

meditación de la piedra de fundación