GA069b Munich, 11 de diciembre de 1910 - Zaratustra, su enseñanza y su misión

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Zaratustra, su enseñanza y su misión

Munich, 11 de diciembre de 1910


¡Estimados asistentes! En muchos sentidos, hoy en día resulta extraordinariamente difícil comprender [la vida y la obra] de personajes del pasado que no están tan lejos de nosotros. Pero las dificultades son aún mayores cuando se trata de profundizar en las profundidades del alma y en la forma de actuar de aquellas individualidades humanas que, en los tiempos más remotos, —se podría decir que en tiempos prehistóricos—, se integraron con su trabajo en la cultura y en el desarrollo de la humanidad. Y una de esas figuras, una de esas individualidades, se presenta hoy ante nuestra mirada espiritual en la forma, tan a menudo mencionada, del antiguo fundador de la religión y la cosmovisión persas, Zaratustra o, como también se le llama, Zoroastro.


Decía que para nuestro presente, ya es relativamente difícil, comprender de manera realmente objetiva el pensar y el sentir de épocas no tan lejanas. Precisamente hoy en día, cuando uno cree haber comprendido algo y considera su conocimiento como la verdad, tiene la fuerte sensación de que, en cierto modo, esa es la única verdad que conduce a la felicidad y que todo lo demás es falso, en resumen, un disparate. Hoy en día no se comprende muy bien que la verdad y los conocimientos humanos están en constante evolución, que cada época se ve obligada a contemplar a su manera los enigmas del mundo y a resolverlos hasta cierto punto, que cada época debe hablar, por así decirlo, un lenguaje diferente sobre estos enigmas del mundo. Solo nos queda la esperanza de que los descendientes de la humanidad actual no se comporten con ella como nosotros nos comportamos tan fácilmente con nuestros antepasados.

¿Quién no decretaría hoy desde su severo, digamos científico, trono que un espíritu como el de Paracelso, que actuó hace tan poco tiempo, estaba repleto de los prejuicios de una época ya pasada, con todo tipo de juicios que, naturalmente, hoy en día están totalmente superados? No se piensa en ello, —lo que sería natural—, que lo que hoy consideramos aparentemente irrefutable en relación con nuestra ciencia, sin duda, cuando haya transcurrido tanto tiempo después de nosotros como entre Paracelso y nosotros, será corregido y transformado en cierta medida, al igual que las ideas de Paracelso han sido transformadas por las nuestras. Solo cabe esperar que nuestros descendientes sean más justos que nosotros, que sepan que la verdad está en constante evolución y que, en el fondo, cada forma de expresar la verdad no es más que una forma de expresión de lo que podríamos llamar la verdad original o la sabiduría original. En resumen, lo que los seres humanos llamamos verdad está en constante transformación, por lo que debemos entender la búsqueda humana de la verdad como un proceso en desarrollo. Si nos impregnamos de esta visión y nos preguntamos: «¿Cómo pensaban nuestros antepasados? ¿Qué es lo que aún hoy puede causar una gran impresión en nuestras almas?», entonces podremos mirar hacia atrás sin prejuicios a espíritus tan lejanos como el grande y brillante Zaratustra.

Con respecto a la época en la que vivió Zaratustra, sin embargo, nunca hubo un consenso entre los estudiosos. Hoy en día hay incluso eruditos que afirman que Zaratustra probablemente vivió solo seis siglos antes de nuestra era; otros eruditos se refieren a un período de 1000 años antes de nuestra era, y otros se remontan aún más atrás. Lo que la ciencia espiritual tiene que decir al respecto a través de sus investigaciones solo se mencionará aquí de pasada, ya que para nosotros no se trata tanto de establecer hechos históricos como de iluminar el alma de esta gran personalidad. Por eso, solo mencionaremos brevemente que la ciencia espiritual debe remontarse al menos cinco milenios antes de nuestra era, incluso hasta el sexto milenio, si quiere encontrar, mirando hacia atrás, esta brillante figura de Zaratustra.

Ahora bien, aunque se pueda discutir sobre la época en la que vivió Zaratustra, en realidad no se debería discutir sobre ello, pues el curso del desarrollo cultural humano habla por sí solo con demasiada claridad, ya que aquello que se vincula al nombre de Zaratustra y lo que surgió como corriente cultural de Zaratustra ha ejercido una influencia profunda, significativa e incluso extraordinariamente duradera en el progreso de la humanidad. Sin embargo, si queremos adentrarnos en el alma de Zaratustra, si queremos reconocer la misión que esta singular individualidad tuvo en el progreso de la humanidad, entonces debemos intentar comprender la tarea de Zaratustra a mayor escala, debemos darnos cuenta de que solo podemos acercarnos a lo que él fue solo si le asignamos una tarea de primer orden en el desarrollo de la humanidad desde la gran catástrofe atlante, tal y como la ve la ciencia espiritual. Se han dicho muchas cosas sobre esta catástrofe; de ella hablan los documentos religiosos, las tradiciones religiosas de todos los pueblos de la Tierra; la tradición cristiana se refiere a ella como el gran diluvio.

No podemos entrar ahora en detalles sobre la época en la que esta catástrofe arrasó nuestra Tierra; pero incluso la ciencia geológica externa se ve cada vez más obligada a reconocer que tal catástrofe tuvo lugar en su día y que, a raíz de ella, el aspecto de la Tierra cambió radicalmente. Si la ciencia espiritual se ve obligada por sus investigaciones a reconocer que en el lugar donde hoy se encuentra el océano Atlántico hubo una vez tierra firme en la que vivieron seres humanos en una época en la que los continentes actuales de Asia, África y Europa aún se encontraban en gran parte bajo el agua, se puede decir que hoy en día la ciencia natural tampoco está muy lejos de admitir que la fauna y la flora de las regiones occidentales de Europa y las regiones orientales de América indican, después de todo, que entre el oeste de Europa y el este de América hubo una vez tierra que se convirtió en fondo marino debido al hundimiento que provocó aquella gran catástrofe. Y que nuestros continentes actuales se han elevado y hundido repetidamente es una verdad que ya se ha convertido en habitual incluso en los círculos geológicos.

Para las ciencias espirituales, tales grandes catástrofes, tales cambios en la faz de la Tierra, están relacionados con procesos significativos dentro del desarrollo de la humanidad. Hoy solo puedo insinuar lo que ya he explicado con más detalle a los oyentes de mis conferencias en ocasiones anteriores. Solo puedo insinuar que la humanidad que vivía en aquella época en el continente de la Atlántida tenía una disposición anímica muy diferente a la de los seres humanos actuales, que son los descendientes de aquellos antiguos atlantes. Si queremos esbozar brevemente qué tipo de cultura existía en aquella época primitiva de la humanidad, podemos llamar a esta cultura, en cierto sentido, si no abusamos de la palabra, una «cultura clarividente». Pero la palabra «clarividente» no debe utilizarse indebidamente en el sentido en que se utiliza muy, muy a menudo hoy en día. 

¿Qué nos quiere decir «cultura clarividente»?

Sí, cuando se pretende hablar desde el punto de vista de la ciencia espiritual, hay que creer sinceramente en la evolución humana, hay que estar sinceramente convencido de esta evolución humana, no basta con estar fascinado por la evolución de la que hablan hoy en día los darwinistas convencionales. Miramos hacia una humanidad anterior que tenía un tipo de conocimiento y capacidad espiritual completamente diferente. Podemos hacernos una breve idea de esta antigua condición anímica si recordamos lo que ha quedado como un vestigio heredado de aquella época en la conciencia onírica, donde el ser humano ve ecos de la vida cotidiana en imágenes oníricas. Estas imágenes oníricas ya no tienen realidad para nosotros hoy en día; son ecos de lo que se ha vivido durante el día, representaciones pictóricas de esto o aquello que ha sucedido.  Pero la conciencia onírica es como una antigua herencia, como un resto descolorido de una conciencia humana prehistórica, cuando los seres humanos no veían ni reconocían su entorno de forma tan inmediata como el ser humano actual, que solo reconoce todo con sus sentidos y con la mente, que está ligada al cerebro. Los seres humanos de aquella época veían lo que les daba explicaciones y soluciones a los enigmas en estados anímicos que, según nuestra concepción actual, son anormales, en estados anímicos que se encuentran entre nuestro estado actual de vigilia y sueño. Veían con una especie de conciencia pictórica, pero estas imágenes no eran fantasmas como nuestras imágenes oníricas, sino que tenían una relación clara con la realidad. En aquella época, el ser humano no especulaba sobre los enigmas del mundo en términos e ideas, sino que experimentaba estados, —anormales según nuestra concepción actual—, en los que aparecían imágenes que no eran imágenes oníricas, sino que representaban los fundamentos primordiales de la existencia.

Y esta humanidad, que tenía tal conciencia, también contaba con guías y maestros que habían elevado esta conciencia a un nivel muy especial y que, con su clarividencia, profundizaban de manera muy especial en los fundamentos espirituales de la existencia. Hoy solo puedo mencionarlo a modo de introducción. Esos maestros de entonces, que veían con clarividencia el mundo espiritual, se comportaban con la humanidad más o menos como se comportan hoy en día aquellos que, con una conciencia normal, llegan a intuiciones, ideas y conceptos geniales. Tal como estos se comportan con la humanidad en general, así se comportaban en el fondo también los antiguos y grandes clarividentes, porque tenían una idea de cómo mirar dentro del mundo espiritual, porque tenían una clarividencia natural. El desarrollo de la humanidad parte del hecho de que la humanidad realmente proviene de orígenes espirituales. En nuestra época actual ya no se tiene mucha conciencia de ello; en realidad, esta conciencia [del origen espiritual de los seres humanos] se ha perdido, a pesar de que en los primeros siglos de la era cristiana todavía existía una clara conciencia de una sabiduría antigua y heredada, que provenía de los antepasados de la humanidad y de la que no quedaba nada más que tradiciones tomadas de aquella antigua visión clarividente del mundo espiritual. Platón, por ejemplo, habla de los hombres del imperio de Cronos, de los que dice que podían ver el mundo espiritual y que eran los guardianes de la sabiduría del mundo primigenio. Platón era consciente de que gran parte de esa sabiduría se había transmitido simplemente de generación en generación. Y Platón, el filósofo que había llegado muy lejos en lo que él mismo podía investigar, era consciente de que esta sabiduría ancestral podía penetrar más profundamente en los fundamentos del mundo, mas de lo que él mismo podía transmitir a sus alumnos con las facultades normales del ser humano. También en otros pensadores encontramos el mayor respeto por la sabiduría del mundo primigenio. Debemos buscar esta sabiduría primigenia en su forma original antes de la catástrofe atlante que se ha caracterizado anteriormente.

El desarrollo de la humanidad consiste en que, en esta época postatlante en la que vivimos hoy, el ser humano vio desaparecer poco a poco, por así decirlo, esta sabiduría del mundo primigenio, que perdió la antigua clarividencia elemental, porque debía desarrollar el sentido de juzgar las cosas a través de percepciones sensoriales externas y penetrar en los misterios, en la medida de lo posible, con la mente ligada al cerebro. Las personas miopes de hoy en día creerán, naturalmente, que el conocimiento actual es el alcance de toda la sabiduría, que no puede existir otra sabiduría. Pero quien contemple el desarrollo de la humanidad en su conjunto, sabe que también el conocimiento ligado al intelecto, que la humanidad tuvo que adquirir en su edad adulta, —la anterior fue la infancia—, pertenece solo a una época transitoria, es solo un paso en el desarrollo de la humanidad.

Ustedes saben que los seres humanos volverán a elevarse hacia una futura clarividencia y que se llevarán consigo lo que han conquistado mediante el conocimiento del mundo físico. Este tipo de conocimiento es un paso necesario. Y así podemos decir: lo que hoy, como seres humanos normales, llamamos nuestro conocimiento, es más, lo que bajo la influencia de este conocimiento tenemos en cuanto a ideales morales y estéticos, en cuanto a juicios morales sobre el mundo, todo eso es algo que se ha adquirido. Todo lo que hemos reconocido como las características esenciales del ser humano actual se eleva sobre la base de la antigua clarividencia que el ser humano ha perdido durante un tiempo. Sin embargo, este modo de conocer actual es tan característico de nuestra época que debemos decir: La época postatlante, la época en la que la Tierra tiene su fisonomía actual, está llamada a desarrollar precisamente este modo de pensar y sentir y a cerrar, por así decirlo, la puerta de toda clarividencia al estado humano normal, de modo que el ser humano se vea obligado a fijar su mirada en lo sensorial-real para poder atravesar también esta época en su desarrollo cognitivo.

En esta época postatlante surgieron dos corrientes culturales que tenían como misión llevar a la humanidad de la sabiduría ancestral a la sabiduría intelectual y racional, tal y como acabo de describir. Había dos corrientes. Y, curiosamente, los creadores de estas dos corrientes se encontraban muy próximos entre sí, tanto geográfica como históricamente. La corriente principal de la época postatlante la encontramos en los asentamientos que se formaron tras la catástrofe atlante en la India, la venerable tierra de la cultura. La otra corriente principal la encontramos más al norte, en aquella zona que fue fecundada por el gran y brillante espíritu de Zaratustra. Y aunque estas dos corrientes del desarrollo espiritual humano son tan cercanas, aunque a simple vista parecen tan similares que a veces las palabras para referirse a esto o aquello en las lenguas antiguas de ambas corrientes culturales son idénticas, si miramos más profundamente, vemos que estas dos corrientes de las culturas postatlantes son tipos completamente opuestos que fundamentan nuestra cultura actual.

Verán, cuando el investigador espiritual echa la vista atrás hacia aquella cultura ancestral de la venerable India, que solo puede contemplarse con la mirada espiritual, —pues lo que contienen los grandes y maravillosos Vedas no es más que un eco tardío de la sabiduría primigenia de los indios—, entonces nos remite a algo que precedió a toda la cultura védica y que es de tal grandeza que el ser humano que tiene sensibilidad para la transformación y el desarrollo de la vida espiritual humana siente el más profundo respeto por esta antigua y sagrada cultura de la India. Y hay algo de verdad en lo que normalmente se considera solo una leyenda: que esta antigua cultura india se remonta a una serie de grandes sabios, a los siete rishis de la antigua India. Si examinamos esta antigua cultura india desde el punto de vista de las ciencias espirituales, ¿cómo nos parece?

No podemos describirlo con más precisión que diciendo: nos parece una especie de antiguo patrimonio genético que pudo ser heredado de aquella sabiduría que existía en la humanidad antes de la catástrofe atlante. Solo tenemos que imaginar de la manera correcta el tipo de herencia de un antiguo tesoro de sabiduría mundial. Tal y como aún existía en la humanidad atlante como sabiduría primigenia, esta sabiduría basada en la clarividencia no podía, naturalmente, transmitirse directamente a una humanidad cuyas disposiciones anímicas estaban constituidas de manera muy diferente. Como una tradición que debe adaptarse a una nueva capacidad del alma, la sabiduría ancestral fue incorporada a la cultura india. En el fondo, solo unas pocas personas podían desarrollar aún en sus almas algo que pudiera indicar ese ámbito que en la antigüedad se había contemplado en la clarividencia viva más allá del mundo sensorial. Quien quisiera elevarse con una interioridad viva hasta alcanzar la visión que en otro tiempo era en cierto modo normal para la humanidad, tenía que convertirse en lo que se denomina un iniciado. Tenía que desarrollar ciertas capacidades del alma que normalmente no están presentes; tenía que someterse a ciertos ejercicios, a un cierto entrenamiento del alma, para desarrollar una facultad que de otro modo permanecía latente en su alma. Entonces si que era capaz de conocer por su propia observación lo que los grandes maestros de la India, los siete rishis, tenían que proclamar. ¿A qué se le conducía entonces? Se le llevaba, por así decirlo, a un estado anterior de desarrollo; se le hacía capaz de contemplar algo que la humanidad ya no podía contemplar en su estado normal, pero que antes había podido contemplar.

 Así es como se debe entender, en esencia, esta antigua cultura india prevédica, que luego resuena en los Vedas. De ahí proviene también ese sentimiento fundamental en el que se extiende algo sobre esta cultura india sagrada y ancestral, como una mirada nostálgica al pasado que dice: hubo un tiempo en el que los seres humanos podían ver el mundo espiritual, en el que estaba al descubierto el origen de los seres humanos. Esa época ha pasado. Los sentidos solo tienen ahora la capacidad de ver la realidad física exterior. Y solo desarrollando una capacidad especial se puede volver a esa época antigua; entonces se puede volver a ver lo espiritual, que está oculto por la capacidad de conocimiento sensorial de los seres humanos, por la mente, que está ligada al cerebro. Así se sentía aquel que vivía según esta concepción del mundo de los antiguos indios, diciéndose a sí mismo: «El hombre ha sido expulsado de la visión de su origen espiritual y añora ese origen». El antiguo indio creía que la verdad solo se encontraba más allá de lo que la humanidad podía ver en ese momento. Creía que sobre todo lo que la humanidad podía ver se extendía la gran ilusión, «maha aja», el gran engaño, «maja», la gran no existencia. Y detrás de todo ello se encontraba la verdadera existencia, que los seres humanos habían contemplado en otro tiempo.

Una cosmovisión como la de los indios prevédicos no se comprende si solo se tiene en cuenta lo que parecen dogmas, sino que solo se comprende cuando uno se pone en el lugar de cómo se sentían las personas en aquella época, cómo se sentían expulsadas de su patria espiritual a un mundo de maya, de ilusión, y cómo anhelaban regresar desde esa realidad exterior, sensual y física, a aquel antiguo mundo primigenio. Y es maravillosamente conmovedor, en el sentido más elevado, ponerse en el lugar de esta alma india antigua con su pesimismo, que no es tan frívolo como a veces parece hoy en día, sino que es un pesimismo heroico que no quiere quedarse en este gran engaño y quejarse de él, sino que dice: El mundo sensorial simplemente no es la realidad, sino que la realidad se encuentra cuando uno se aleja de este mundo sensorial y regresa en su alma a épocas anteriores.

¿Qué se encuentra realmente cuando se vuelve a lo que los antiguos indios podían ver? Ya he señalado que toda la ciencia espiritual nos lleva al hecho de que el alma que ahora vive en nosotros entre el nacimiento y la muerte ya ha vivido muchas veces en la Tierra y volverá a vivir muchas más. La ciencia espiritual nos lleva, pues, a la constatación de las vidas terrenales repetidas, de modo que, cuando miramos atrás a tiempos pasados, no encontramos otras almas, sino nuestras propias almas, es decir, a nosotros mismos en encarnaciones anteriores. Y el alma de uno de esos antiguos indios podía decirse a sí misma: tal y como vivo ahora entre el nacimiento y la muerte, estoy atada a la ilusión. Ahora estoy más enredado en el cuerpo de los sentidos que en vidas anteriores, por ejemplo, cuando experimenté la sabiduría primigenia del mundo por mí mismo». En el fondo, un miembro de la antigua cultura india miraba hacia atrás, a sus propios estados anímicos anteriores. Su alma vivía antes de tal manera que podía mirar dentro del mundo espiritual. Ha descendido al mundo sensorial y ahora ya no puede ver el mundo espiritual. Cuando los seguidores de la antigua religión india querían recuperar su antigua visión, ascendían, en esencia, a su propia encarnación anterior; penetraban completamente en su interior. Así podríamos caracterizar el estado de ánimo de la antigua India.

En cierto modo, lo contrario fue lo que aportó el impacto cultural que tuvo Zaratustra en el norte de la antigua India, en Bactriana, Media y Persia. Si podemos llamar a la sabiduría de la antigua India una especie de herencia de la antigüedad, que también despertó el anhelo por esos tiempos pasados, entonces debemos decir: Por el contrario, lo que Zaratustra dio a la humanidad, lo que imprimió en el desarrollo de la humanidad, apunta tan fuertemente hacia el futuro como la antigua doctrina india apunta hacia la sabiduría del mundo primigenio. Existe una curiosa contradicción entre la doctrina de Zaratustra y la antigua doctrina india. Si dejamos que ante nuestra alma no se presenten dogmas ni enseñanzas, que en realidad tienen poca importancia para el desarrollo de la humanidad, sino estados de ánimo y sensaciones, entonces podemos decir: el estado de ánimo de la antigua cosmovisión india que acabamos de caracterizar es un estado de ánimo de redención: ¡salir de este cuerpo, que ya no puede ver la verdad, y entrar en la visión anterior! Ese era el estado de ánimo del antiguo indio: ser redimido de un cuerpo que depende de Maya. Por lo tanto, en el mejor sentido de la palabra, todo lo que surgió de la antigua cultura india, hasta el budismo, es una especie de religión de salvación.

En la visión de Zaratustra aparece primero aquello que no es una religión de salvación, una cosmovisión de salvación, sino una cosmovisión de resurrección, una cosmovisión de despertar. Y en este sentido, esta doctrina del norte es exactamente lo contrario de la doctrina que surgió en el sur. Zaratustra fue el primer gran guía de la humanidad que señaló radicalmente que [para ella] es necesario desarrollar los sentidos para lo que se extiende ante ellos y desarrollar el espíritu para lo que es el pensamiento lógico, lo que es la comprensión racional. Pero el gran Zaratustra no se detiene de manera materialista en el mundo sensorial exterior, sino que, como iniciado, dice a su manera: Ciertamente, la humanidad postatlante tiene la tarea de agudizar los sentidos para lo que se presenta a los ojos, a los oídos, a todo el ser sensorial. La humanidad postatlante tiene la tarea de comprender de manera intelectual y racional las manifestaciones del mundo sensorial, pero al crecer junto con el mundo sensorial, debemos ser capaces, al desarrollar ciertas fuerzas latentes en nuestra alma, de no quedarnos en lo que nos ofrecen los sentidos, sino de atravesar el velo sensorial para llegar a lo que hay detrás de este mundo sensorial.

Esta es la gran diferencia entre la cosmovisión india y la cosmovisión de Zaratustra. El antiguo indio dice: cuando miro el mundo que se extiende ante mí con sus colores, formas y todas sus propiedades sensoriales, no veo el mundo verdadero, sino maya. Solo alcanzo el mundo verdadero cuando me retiro de este mundo sensorial exterior; así que aparto mis ojos y oídos y el resto de mis sentidos, dejo que mi mente se detenga en lo que se refiere a la combinación de ideas y conceptos. No me preocupo en absoluto por este mundo sensorial si quiero alcanzar la verdad, sino que me sumerjo en el interior humano, me identifico con ese yo que existía en encarnaciones anteriores; subo por la escalera de las encarnaciones para adquirir la capacidad de ver la verdad. — En cierto modo, la condición anímica básica de los antiguos indios era huir del mundo sensorial y alcanzar la verdad mediante una profunda introspección en el propio interior, en lo que puede vivir en el alma cuando se abstrae del entorno. Era una inmersión mística en la vida interior del alma, distraída del mundo exterior, que no quiere saber nada del «maha aja», la gran ilusión: esa es la tendencia de la antigua India.

Por el contrario la condición anímica de Zaratustra, era la de recibir con alegría la renovación de nuestra capacidad espiritual, que el mundo nos muestra con todo lo que puede ofrecer a la mirada despierta, lo que puede ofrecer a todas las posibilidades humanas externas, lo que también puede ofrecer a la mente ligada al mundo sensorial, recibir con alegría todo lo que se extiende como un tapiz sensorial externo ante los sentidos:  Si los indios miraban la cubierta vegetal, los animales, las nubes, el aire, las montañas y las estrellas, se decían a sí mismos: todo esto no es más que una ilusión exterior. ¡Atrévete a mirar a aquel que ha exhalado esta gran Maja, a Brahma, a quien solo se puede encontrar en tu interior! Y Zaratustra dice: Dirigid vuestra mirada hacia lo que se extiende ante vuestros sentidos externos, utilizad precisamente esa facultad del alma que es la adecuada para la era actual de la humanidad. Pero no os detengáis ahí; creced junto con el mundo sensorial, penetradlo, atravesadlo y, cuando atraveséis este mundo sensorial y no os dejéis detener, encontraréis detrás de él, allá afuera, más allá de las estrellas, más allá del mundo mineral, vegetal y animal, un mundo espiritual. No solo cuando entráis en vosotros mismos, sino también cuando salís al mundo sensorial, crecéis junto con un mundo espiritual gracias a vuestras nuevas capacidades.

Lo que mejor expresa la individualidad de Zaratustra, —tómenlo como una comparación, por favor—, es lo que se dice de él: cuando nació, lo primero que hizo, como por arte de magia, fue sonreír al ver el mundo por primera vez: ¡la sonrisa de Zaratustra! Solo hay que ponerse en el lugar de quien dice algo así con una fórmula tan mágica y profunda para describir tal individualidad. Se insinúa que en Zaratustra nació una individualidad que contempla todo el tapiz del mundo sensorial, pero lo penetra con clarividencia y ve detrás de él lo espiritual, y que, consciente de la grandeza del ser humano sobre lo que se extiende a su alrededor, deja fluir ese júbilo por sí mismo, del que la sonrisa de Zaratustra es un símbolo.

Y así vemos que en el zaratustrismo sopla un viento muy diferente al del hinduismo. Por eso, este zaratustrismo pudo señalar lo que ahora debe absorber el alma humana, lo que ahora debe unir consigo misma. Al mirar hacia el mundo sensorial y, normalmente, ya no ver de forma pictórica lo que no se encuentra en el mundo sensorial, los seres humanos absorben algo que llevarán consigo al futuro y que será un nuevo componente del alma humana futura. A través de este nuevo componente, experimentará una resurrección: en el futuro, el alma humana no solo será como era en el pasado, sino que habrá asimilado este nuevo elemento, que solo puede adquirirse en el mundo sensorial. Por eso, en la doctrina de Zaratustra vive esta profunda idea de resurrección. Hoy no puedo entrar en detalles para justificar lo que tengo que decir a partir de tal o cual referencia, solo quiero caracterizarlo, y cada uno puede deducir de las comunicaciones habituales que lo que hoy se presenta como característica del zaratustrismo está bien fundamentado.

Zaratustra se dijo a sí mismo: En el fondo, no es compatible con el verdadero progreso de la humanidad que solo se alabe como lo más elevado el antiguo patrimonio heredado de la humanidad. ¿Por qué deben los hombres volver a encarnaciones anteriores y a la forma en que entonces veían el mundo? Deben aceptar lo nuevo que se les ofrece, deben enriquecer y ampliar su visión del mundo, darle mayor alcance. Así sabía decir Zaratustra a los hombres: mirad hacia el futuro, aceptad lo nuevo, contemplad ese mundo espiritual que se os ofrece cuando percibís el mundo sensorial como un velo transparente. Eso sabía decir al mundo, y al decirlo sentía un profundo respeto por lo que hay como mundo espiritual detrás de todo el mundo sensorial. Él lo sentía como el comienzo de un nuevo ascenso [al mundo espiritual] cuando nos esforzamos por penetrar en este mundo espiritual a través del mundo sensorial, al igual que el antiguo indio quería penetrar en un mundo espiritual descendiendo a su propio interior. En cambio, él sentía que la humanidad había caído realmente de un punto de vista espiritual superior a un punto de vista físico inferior y que, además, se sumaba a ello la conciencia de querer volver con nostalgia [a lo antiguo], aferrándose a una antigua sabiduría heredada.

Zaratustra estaba profundamente convencido de que algo había afectado al alma humana, algo que la había degradado y enredado en el mundo de los sentidos. Pero también tenía claro que ahora esa alma humana podía ser alcanzada por algo que la llevaría por el camino hacia el mundo espiritual. Zaratustra tenía ante sus ojos espirituales, por así decirlo, la oposición de dos fuerzas, una de las cuales arrastraba a la humanidad hacia el mundo sensorial y la otra la elevaba hacia el mundo espiritual. Esta oposición se nos presenta cuando oímos a Zaratustra hablar de un poder que eleva al ser humano, Ahura Mazdao, Auramazda, que más tarde se convirtió en Ormuzd, y lo contrapone a otro poder que arrastra al alma humana: Ahriman, Angra Mainyu.

Así que primero hay que percibir cómo funcionan estas dos fuerzas: una que lleva al alma humana al mundo sensual, y otra que la eleva al mundo espiritual. Pero Zaratustra es ahora completamente coherente en el sentido más profundo, ya que no acepta el mundo exterior y sensual de forma abstracta y dice que detrás de él hay algo espiritual, como dicen hoy los panteístas, sino que dice: Las distintas formas del mundo sensorial se diferencian entre sí; una aparece de una manera, otra de otra. Una aparece como poderosamente brillante y eficaz para el resto del mundo sensorial, la otra como pequeña e insignificante. Y todo lo que para nuestro mundo parece, por su forma exterior, un gran poder formidable, Zaratustra lo percibía, en el sentido de la cosmovisión también adoptada por su pueblo, como parte integrante del sol, ese sol que cada año vuelve a hacer aparecer la flora necesaria para el ser humano, ese sol sin el cual no puede haber vida en la Tierra.

Pero incluso frente al sol, que él consideraba como lo más poderoso, como lo que más influía en la Tierra, Zaratustra tenía claro que también formaba parte del mundo sensorial exterior, que lo que la ciencia exterior podía investigar sobre este sol era solo la expresión exterior de lo que vivía detrás de él. Y lo percibía de tal manera que decía: así como las plantas brotan en primavera en la Tierra por el poder de los rayos del sol, así también vive en lo que hay detrás del sol como poder espiritual aquello que saca al ser humano del mundo sensorial, aquello que puede crear en el ser humano las fuerzas con las que puede atravesar el mundo sensorial. Por eso, para Zaratustra, detrás del sol vive esa poderosa entidad espiritual a la que él llamaba Ahura Mazdao, Ormuzd. Pero, ¿qué es eso?

Solo podemos hacernos una idea de los pensamientos que vivían en Zaratustra si recordamos que, en la ciencia espiritual, tampoco consideramos el cuerpo físico del ser humano tal y como lo vemos ante nosotros como lo único, sino que nos decimos: este cuerpo físico es la expresión externa de su esencia espiritual. Y cuando el ojo se vuelve clarividente, ve esta esencia espiritual, y llamamos al contenido de la espiritualidad que ve el ojo clarividente el aura del ser humano. Percibimos el cuerpo físico como la expresión del aura humana, la pequeña aura. Ahora bien, Zaratustra decía: así como el ser humano tiene su aura, así como tiene su espiritualidad detrás de lo físico, el sol es el cuerpo externo de una entidad espiritual, es decir, la gran aura, el Gran Ahura, —la palabra siempre significa lo mismo—, el aura solar. - Así tenemos a Ahura Mazdao, la gran aura, en contraposición a la pequeña aura del ser humano.

De este modo, Zaratustra señaló a los seres humanos lo que existe ahí fuera, en el universo, como una poderosa entidad espiritual que tiene su cuerpo en el sol, del mismo modo que el ser humano tiene un cuerpo atravesado por una entidad espiritual y anímica, la pequeña aura. Eso es [también] Ormuzd, eso es lo que puede desatar todas las fuerzas del ser humano que se dirigen hacia lo espiritual. Para este espíritu que vivía en Zaratustra, ante la mirada clarividente de este Ahura Mazdao, esta gran aura era una verdad, una realidad. Y él les dijo a sus discípulos, a quienes pudo iniciar más íntimamente en sus secretos, más o menos lo siguiente: Mirad, si buscáis lo que impulsa y guía al ser humano hacia el bien, entonces debéis elevar la mirada hacia lo que hay espiritualmente detrás del sol.  El ser humano está llamado a elevarse cada vez más en el transcurso de su desarrollo terrenal. Ahura Mazdao le ayudará a ello. Pero, según Zaratustra, lo que es el espíritu del sol no siempre se verá solo allá arriba, detrás del cuerpo del sol, sino que se hará cada vez más grande, abarcará cada vez más la Tierra y finalmente se extenderá hasta ella. El espíritu del sol se convertirá algún día en un espíritu activo en la Tierra.

Si observamos la época [de Zaratustra] y la evolución de la humanidad, vemos que ambas están en armonía. Lo que Zaratustra veía detrás del sol físico, en su época solo podía buscarse en el sol del espacio cósmico; hoy, sin embargo, se ha ampliado tanto que lo encontramos dentro de la aura terrestre. Y el acontecimiento en el que Ahura Mazdao, la gran aura, descendió a la Tierra, lo vemos, si nos basamos en la verdadera ciencia espiritual, en lo que ocurrió a través del impulso crístico, que tuvo lugar en la Tierra en los acontecimientos de Palestina.

Desde el punto de vista de la ciencia espiritual, podemos comprender lo que Zaratustra dijo una vez a sus discípulos: «Quiero hablar; ahora venid y escuchadme, vosotros que desde lejos y desde cerca anheláis oírme; ahora quiero hablar y ya no podrá envenenar el desarrollo de la humanidad aquel que con su lengua malintencionada induce a error a los hombres». Quiero hablar de lo que Dios me ha revelado en el mundo, de lo que él mismo me ha revelado, él, el Gran Ahura. Y quien no quiera escuchar mis palabras tal y como yo las entiendo, sufrirá cosas terribles cuando las etapas del desarrollo de la Tierra se acerquen a su fin. Cuando Zaratustra hablaba así del espíritu del sol, nosotros, que nos basamos en la ciencia espiritual moderna, decimos:  Hablaba del mismo espíritu que, en su época, solo se encontraba en el vasto espacio celestial, y hoy lo encontramos, cuando estudiamos el misterio del origen del cristianismo en toda su verdad, tal y como surgió de la religión mosaica. Ahura Mazdao, como si hubiera descendido del sol, ha evolucionado hasta la época cristiana, y los cristianos lo llaman Cristo. Y aquel que se entromete en toda la evolución del mundo para detener el progreso de la humanidad, impulsado por el gran poder de Ahura Mazdao, es Ahriman.

Zaratustra no veía el desarrollo del mundo y de la humanidad de una manera tan unilateral que pudiera preguntarse, como hacen muchos hombres modernos: «Sí, ¿cómo puedo creer en un Dios omnisciente y grandioso cuando hay tanta maldad en el mundo?». Hoy en día, esto es algo que se expresa de manera generalizada; no se quiere creer en una sabiduría que impregna y atraviesa el mundo cuando hay que observar tantas cosas malas. Zaratustra no habla así, y tampoco enseña a sus discípulos a hablar así. Zaratustra tenía claro que debe existir lo que proviene de Ahriman, lo que se opone a toda vida, y que precisamente la sabiduría del mundo debe permitirlo, para que los seres humanos que deben experimentar un desarrollo ascendente se fortalezcan con la resistencia y puedan gradualmente convertir lo malo en bueno. De esta manera se alcanza un desarrollo más elevado que si el ser humano simplemente se encontrara cómodamente en todo lo bueno y no tuviera que superar nada malo.

Por lo tanto, Zarathustra y todos aquellos que se declaraban seguidores suyos consideraban a Ahriman como el enemigo de Ahura Mazdao, pero también como un componente necesario del desarrollo del mundo. Sin embargo, si queremos comprender la estructura interna de las enseñanzas de Zaratustra, debemos llamar la atención sobre algunos aspectos que hoy en día pueden resultar muy molestos para las personas inteligentes que creen estar firmemente ancladas en la cosmovisión más moderna. Pero ¿de qué sirve querer ocultar la verdad una y otra vez con cautela? Hay que sumergirse en la clarividencia de Zaratustra y explicar con más detalle cómo era toda la estructura del pensamiento que acabo de caracterizar externamente. Hay que tener claro que Zaratustra fue uno de esos pensadores que, a pesar de haber dirigido alegremente su mirada hacia el mundo sensual, buscaron la verdad en el mundo espiritual y, en el fondo, vieron [la esencia] de todo el contenido del mundo en lo espiritual. Poderes como Ormuzd y Ahriman son fuerzas espirituales; se nos presentan en el mundo como entidades espirituales.

Pero, ante estas fuerzas espirituales, ¿cómo concebían mentes tan elevadas como la de Zaratustra la estructura exterior del mundo? Tal como Zaratustra alza la vista hacia el sol y dice: «Este es el cuerpo exterior de un poder espiritual», así contemplaba el cielo estrellado y todo lo que la vista exterior y sensual podía captar, y él y sus discípulos percibían lo que se extendía en el espacio como una escritura, como símbolos, como imágenes que expresaban el tejido y la esencia de los poderes espirituales. Esto es extraordinariamente importante. Zarathustra y sus discípulos no miraban el mundo exterior de las estrellas como estamos acostumbrados hoy en día con nuestro sentido materialista, viendo solo esferas que se movían por el espacio, sino que veían en ese mundo de estrellas la expresión de entidades espirituales y procesos espirituales, y en la disposición de las estrellas veían los símbolos de lo que las entidades espirituales hacían detrás de ellas. El mundo estelar era para ellos una escritura estelar que les expresaba lo que sucedía detrás de él en forma de actos del mundo espiritual. Ni en el sentido materialista actual, ni en el sentido de la astrología materialista actual, que quiere ver en las estrellas la causa del destino de la humanidad, cuando en realidad solo son signos: el pensamiento de Zaratustra no iba ni en una dirección ni en la otra. Para él, lo que podía ver en la escritura estelar era algo así como para nosotros el significado de una frase que ponemos en papel con caracteres escritos. Las estrellas eran para él caracteres cósmicos. Y lo que le importaba eran las entidades espirituales que había detrás.

Zaratustra veía en Ormuzd y Ahriman a las entidades espirituales más elevadas. Para él, ambas formaban un todo, aunque una fuera enemiga de la otra. Ambas surgieron, por así decirlo, de una única y gran entidad espiritual. A esta entidad primordial se la puede llamar, en el sentido del idioma persa, Zaruana Akarana o, como se expresa a menudo, la «eternidad envuelta en gloria». Para el sentido humano actual es difícil alcanzar la altura a la que se elevaban los seguidores de Zaratustra y en la que comprendían lo que hay que comprender si se quiere ver a Ormuzd y Ahriman como uno solo. La mejor manera de llegar a ello es esforzarse por llegar poco a poco a la siguiente idea: si miro atrás en el tiempo, cada vez más atrás, llego a lo que existía en la antigüedad y donde se encuentran las causas del presente. Yo mismo provengo de lo que se ha desarrollado a partir de esta corriente del pasado. Pero en la dirección opuesta hay una corriente futura, y si uno es capaz de elevarse para ver que el futuro es algo que viene hacia nosotros desde el otro lado, hacia lo que nos dirigimos, entonces se llega gradualmente a una verdadera comprensión de lo que Zaratustra ve como unidad detrás de Ormuzd y Ahriman.

 Imagina una línea curva que se extiende hacia delante y hacia atrás formando un pequeño círculo. Si aumentas el tamaño del círculo, la línea se curva menos; si aumentas aún más el tamaño del círculo, la línea se aproxima cada vez más a una línea recta. Si aumentas el diámetro del círculo hasta el infinito, el arco del círculo se convierte gradualmente en una línea recta que se extiende hasta el infinito. Así, si seguimos cualquier línea recta hacia delante y hacia atrás, podemos considerarla como un círculo infinitamente grande. Y así también podemos decir: si retrocedemos en el pasado, llegamos a un punto en el que el pasado y el futuro se unen en un círculo. Esa es la corriente de la eternidad a la que se refería Zaratustra: Zaruana Akarana. El pasado y el futuro se han entrelazado en el círculo eterno del mundo, y de él descenden el dios del sol, de la luz, de todo lo bueno —Ormuzd, Ahura Mazdao— y también el dios contra cuya resistencia deben desarrollarse las fuerzas del bien —Ahriman—, ambos surgidos de la serpiente de la eternidad: Zaruana Akarana. Solo hay que sumergirse en estas ideas de eternidad para captar algo del estado de ánimo que prevalecía entre los seguidores de Zaratustra, para sentir algo de la grandeza de los sentimientos que emanan de las enseñanzas de Zaratustra, que siguen influyendo en la humanidad hasta hoy.

Y así decía Zaratustra a sus discípulos: Ahora bien, mira, ahora tienes en tu mente una idea del ciclo del mundo que se cierra, de una parte del ciclo del mundo como el poder superior de la luz, Ahura Mazdao, y de la otra parte como el poder oscuro, Ahriman. Lo que acabamos de decir está escrito con escritura estelar, y escrito con escritura estelar ves este círculo que se cierra sobre sí mismo como un símbolo de Zaruana Akarana: el zodíaco que se cierra alrededor de la bóveda celeste. Este es el símbolo del círculo exterior del mundo, y cuando estés en la Tierra y dirijas tu mirada hacia el zodíaco, imagina al sol como el gran Ormuzd, atravesando este círculo. Y lo que son las acciones del círculo de luz se te muestra como el reino creador de Ormuzd, y lo que yace en la noche, lo que está sumergido en la oscuridad para el ser humano y se encuentra en la otra mitad de la Tierra, es lo que simboliza Ahriman. Los siete signos del zodíaco, por un lado, en el curso diurno del sol, y por otro lado, los cinco signos en el curso nocturno del sol: estos son los símbolos de Ormuzd y Ahriman.

Así, las estrellas se percibían como una escritura en el cielo que representaba lo que eran Ormuzd y Ahriman. Se imaginaba que tales entidades, que están detrás del mundo sensorial, influyen en la naturaleza humana, pero se era consciente de que no eran algo uniforme, sino que había espíritus parciales, espíritus subordinados. Y en los distintos signos del zodíaco se percibían ahora los símbolos de siete o seis espíritus servidores de Ormuzd. Eran espíritus inferiores, llamados Amshaspands en la antigua lengua persa. La mejor traducción es la que eligió Goethe en su «Fausto», cuando dijo:

Pero vosotros, los auténticos hijos de los dioses,
¡disfrutad de la belleza viva y rica!

¡Hijos de los dioses! Seis —en el lado luminoso del zodíaco— estaban unidos a Ormuzd, mientras que los otros cinco espíritus, a los que Ahriman se oponía, se llamaban Devs. Esto suena extraño y muestra la contradicción con el hinduismo, con lo que los indios veneraban como sus poderes supremos, los Devas. Mientras que para Zaratustra las fuerzas espirituales supremas se encuentran en la penetración de la envoltura sensorial, —es decir, las fuerzas asúricas que actúan en el mundo exterior—, para los indios las fuerzas supremas son aquellas que se encuentran al adentrarse en el interior místico del ser humano. La explicación más sencilla de que el antiguo induismo viera en los devas lo más elevado, mientras que la religión persa lo consideraba algo peligroso, y de que, además, los indios vieran en los asuras algo de lo que no querían saber nada, mientras que los persas los veneraban, es la siguiente: En el sentido de Zaratustra, había que despedirse de ese mundo que se basa únicamente en el interior, que puede resultar seductor para el ser humano si no quiere captar el mundo sensorial exterior. Por eso, sumergirse en el interior, en el mundo de los devas, se convirtió en algo peligroso precisamente para los persas, mientras que para los indios era algo sublime.

De este modo, los cinco espíritus de Ahriman están simbolizados por las cinco oscuras constelaciones invernales del zodíaco. De manera que tenemos doce entidades espirituales: Ormuzd con sus siervos y Ahriman con sus siervos. Básicamente, debemos concebir los reinos de Ormuzd y Ahriman de tal manera que estos doce [espíritus] interactúan en el mundo espiritual: ¡Zaruana Akarana! ¿Cómo actúan? Comunicando al ser humano lo que para Zaratustra es la expresión del objetivo del mundo, vertiendo en el ser humano lo que dejan fluir a través del espacio cósmico. Zaratustra sentía que el ser humano, como un pequeño mundo, es una confluencia de lo que se extiende como grandes fuerzas cósmicas por todo el espacio cósmico. Así lo sentía.  Por lo tanto, debería resultarnos natural que Zaratustra no viera en el ser humano lo que hoy se encuentra en el cuerpo diseccionado mediante la anatomía, la fisiología, etc. La sabiduría de Zaratustra no necesitaba diseccionar al ser humano, sino que lo que tenía era una visión clarividente que le permitía ver cómo las fuerzas espirituales influían en la naturaleza humana y la conformaban. Zaratustra dice: «Por el espacio cósmico fluyen doce fuerzas que emanan de los doce espíritus de Ormuzd y Ahriman; estas conforman el cuerpo humano». En el cuerpo humano se expresa, como una huella de sello, en pequeño lo que se extiende en el gran mundo en los Amshaspands, los hijos de los dioses. Allí dentro sigue actuando como corrientes del exterior.

¿Qué quiere decir realmente el discípulo de Zaratustra con «lo que sigue actuando en su interior»? Lo que voy a decir ahora es algo molesto para la ciencia moderna. La ciencia más reciente ha redescubierto, a su manera, lo que fluye en forma de doce corrientes, lo que convierte al ser humano en un ser capaz de ascender al mundo espiritual, de tener un cerebro, una mente; lo ha reencontrado en los doce nervios principales de la cabeza. Pero es una molestia para la ciencia moderna, casi una locura, decir que estos doce nervios son las corrientes cristalizadas y condensadas que, según Zaratustra, los doce Amshaspands introdujeron en el organismo humano. Y así, en la investigación materialista sobre el ser humano, nos encontramos con lo que Zaratustra, la personalidad brillante y clarividente, reveló como misterio espiritual. En aquella época se veía lo importante en el espíritu. Y a nuestra época le corresponde ver en lo material lo que es, por así decirlo, lo espiritual condensado.

Zarathustra continuó diciendo a sus discípulos: «Sí, ved, así como hoy el ser humano, a través de su espiritualidad ligada al cerebro, aspira a alcanzar un mundo superior, un desarrollo superior, en tiempos pasados aspiraba a otra cosa. Así como hoy el ser humano está conectado con Ahura Mazdao, en otros tiempos estaba ligado al desarrollo lunar. Esto también es algo molesto para la ciencia moderna. Sin embargo, es una verdad de la ciencia espiritual. Este desarrollo lunar se expresa en un nivel más denso de espiritualidad. Allí actuaban espíritus inferiores. Así como los doce grandes Amshaspands actuaban en los seres humanos, antes otras entidades espirituales habían provocado una actividad espiritual inferior. Hoy diríamos: cuando el ser humano reflexiona, se trata de una actividad espiritual superior; cuando solo ahuyenta un mosquito de su cara de forma refleja, sin pensar, se trata de una actividad inferior. Estas actividades inferiores las vemos relacionadas con los nervios, que tienen su centro en la médula espinal. Zarathustra atribuyó a una influencia espiritual anterior lo que se introdujo en la organización humana como actividad inferior.

Él decía que a los doce grandes espíritus se oponían otros veintiocho, a los que llamaba Izeds. Estos actuaban sobre la corporeidad humana y la constituían. Añadía que esto implicaba cierta irregularidad, ya que el gobierno lunar había sido sustituido por el gobierno solar. A los 28 izeds, que corresponden a los 28 días lunares, se sumaban otros tres, que se insertaban debido al [más largo] recorrido solar, hasta tres días insertados de forma irregular. Así se pueden contar entre 28 y 31 izeds. Esto nos acerca a lo que la ciencia moderna entiende por izeds: son los 28 a 31 nervios que discurren por la médula espinal en el ser humano, que son los izeds cristalizados. Así se ve en la anatomía humana la sabiduría de Zaratustra cristalizada, por así decirlo. Nunca se habría pensado en dirigir el pensamiento humano de tal manera que pudiera investigar y buscar como lo hace hoy, si Zaratustra no hubiera dado el impulso para ello.

Él se refería a fuerzas espirituales superiores que irradiaban en el ser humano. Y en la medida en que eran Amshaspands, se convirtieron en los doce nervios craneales de la organización corporal del ser humano; en la medida en que eran Izeds, se convirtieron en nervios espinales. Esto es algo que ahora parece aún más retorcido que lo que dije ayer sobre la reencarnación. Pero es algo que poco a poco se irá reconociendo, a saber, que la humanidad partió de una cosmovisión espiritual y solo después descendió al materialismo. Poco a poco se comprenderá lo útil que es volver a dirigir la mirada hacia aquellos grandes genios que, en cierto modo, consideraron como su misión dotar al ser humano de un bien espiritual que, a su vez, pudiera sacarlo de este mundo sensorial. La humanidad ha descendido de lo que antes contemplaba en el espíritu a las cosas sensoriales.

Hoy en día, la gente no tiende a considerar esto como algo más que molesto, pero solo porque se olvidan fácilmente ciertas cosas. Por ejemplo, todo el mundo dirá: después de que Kepler descubriera sus leyes, ¿cómo podríamos imaginar la estructura del universo de otra manera que no sea como una suma de procesos puramente mecánicos? Bueno, solo hay que recordar que Kepler llegó a sus leyes precisamente a través de una cosmovisión espiritual y dijo: «Así que he traído los vasos sagrados de los misterios egipcios al norte y los he traducido al lenguaje del presente». —Los que fueron verdaderamente grandes portadores de la cultura supieron conectar con la época en la que aún se miraba hacia el mundo espiritual. Así, Zaratustra se presenta ante nosotros como aquel que, en su cosmovisión espiritual, siente la misión de señalar al ser humano, que tiene en el cuerpo físico la herramienta para su trabajo en el mundo, pero que aún así lo señala con medios espirituales. Por eso Zaratustra es tan tremendamente importante. Siempre se habla de él en relación con toda la vida exterior del pueblo en el que se encontraba.

Es muy significativo que la leyenda narre de manera tan maravillosa cómo este pueblo, en el que vivió Zaratustra, emigró desde el norte. La leyenda, más verdadera que la historia, nos cuenta lo siguiente: este pueblo vivió en otro tiempo en el extremo noroeste de aquellas tierras a las que más tarde se trasladó. Antes de que Zaratustra actuara allí, este pueblo vivía en esas tierras del noroeste, donde podía vivir porque las condiciones eran favorables. Pero entonces se produjeron cambios extraños, según cuenta la leyenda: llegaron inviernos que duraban diez meses; el pueblo ya no podía permanecer allí, y el rey Djemshid lo llevó [a zonas más meridionales]. Recibió [de Ahura Mazdao] una daga de oro, que clavó en la tierra en diferentes lugares. Gracias a ello, creció el grano en aquellas zonas y el pueblo se estableció allí.

Si traducimos lo que nos cuenta esta leyenda a la más sobria verdad, debemos decir: este pueblo al que Zarathustra fue introducido dependía, como pueblo, del cultivo de la tierra; dependía de realizar con sus manos el verdadero trabajo de la vida. La misión de Zaratustra para este pueblo es, en primer lugar, la difusión de una sabiduría espiritual, pero al mismo tiempo es una orientación hacia la realidad sensorial inmediata. De ahí su alejamiento de aquella cosmovisión que no quiere saber nada del trabajo que hay que realizar en el mundo sensorial y que considera maya aquello a lo que deben dirigirse las manos. No, para las personas que tuvieron a Zaratustra como maestro, la tierra no era maya. Era tal y como era, una realidad.

Y era una realidad que debía elevarse cada vez más, obteniendo los frutos de la tierra. Al trabajar, uno se unía a lo que Ormuzd quería. El trabajo era un servicio a Ormuzd. Y cada uno sentía el espíritu de Zaratustra en sus venas cuando trabajaba la tierra: no debo dejarme llevar por el sentimiento que me lleva a anhelar otro mundo; no, aquí quiero ser un servidor de Ormuzd. Al clavar la pala en la tierra, trabajo como siervo de Ormuzd. Y el ser humano tiene que vivir aquí, en la tierra. Por eso, los seguidores de Zaratustra vivían precisamente la más noble y hermosa fe en la verdad y la veracidad, en la pureza moral. Y eso es uno de los impactos más hermosos relacionados con la misión de Zaratustra, que se desarrollara el sentido de la verdad y la veracidad, debido a esta conexión con el mundo exterior, en el que se necesita el sentido de la verdad.

Y así vemos también que, entre todo lo que se consideraba malo y propio de Ahriman —el engaño, la mentira, la calumnia—, se consideraban los peores vicios en la doctrina de Zaratustra. En el fondo, gran parte de lo que la humanidad actual percibe como la virtud de la veracidad, como el rechazo al engaño, la mentira y la calumnia, es consecuencia de lo que sentían los discípulos de Zaratustra. «Engaño» es incluso una palabra que se acuñó en la lengua persa para designar a uno de los devas más malvados. Lo que la misión de Zaratustra infundió en los seres humanos, al propagarse como una sangre espiritual, sigue siendo hoy uno de los bienes más hermosos que se han derramado de Oriente a Occidente y que gradualmente se han convertido en parte integrante de la cultura occidental.

Así, la mirada de Zaratustra y su pueblo se dirigía hacia la realidad exterior, pero de tal manera que detrás de ella se buscaba el mundo espiritual. En este mundo espiritual, el hombre esperaba encontrar su resurrección, su futura unión con Ahura Mazdao, una vez que hubiera atravesado el mundo de la sensualidad. La doctrina de Zaratustra es una religión de resurrección, la primera religión de resurrección. Y así se convirtió en una cosmovisión que miraba con amabilidad, amor y benevolencia lo que más al sur solo se consideraba maya. Dentro de la religión de Zaratustra se desarrolló lo que eran los instintos para la realidad, para el trabajo en la realidad y para la conexión con la realidad. Por lo tanto, en esta religión no existía esa tendencia a mortificar el cuerpo para que el espíritu pudiera salir de él con la mayor facilidad posible, sino que en ella vivía ese instinto que quiere moldear el cuerpo de tal manera que los sentidos puedan ser lo más finos posible y el pensamiento lo más agudo posible. Y eso tenía que convertirse en instinto. Y así se ve desarrollar una maravillosa suma de reglas de vida saludables, reglas tan saludables que se extendían incluso a la alimentación, hasta tal punto que más tarde Platón admiró precisamente este aspecto de la religión de Zaratustra.

Sí, cuánto tiempo se apreció la misión de Zaratustra, —hasta que la época materialista lo hizo imposible—, lo podemos deducir de lo que se decía: Pitágoras aprendió la geometría de los egipcios, la astronomía de los caldeos y otras ciencias de los griegos, pero el culto a los dioses y las reglas de sabiduría sobre la naturaleza las aprendió de los magos de la religión de Zaratustra. Así pues, se veneraba a los seguidores de Zaratustra, llamados magos, a aquellas personas que sabían cómo ver a través del mundo sensorial hacia lo espiritual, que sabían que no se llega a lo espiritual mediante la mera inmersión mística en el propio interior, sino que hay que hacer transparente el tapiz sensorial exterior. En resumen, aquellos que decían que Pitágoras había aprendido de Zaratustra el culto a los dioses veían en los seguidores de la religión de Zaratustra —si se me permite expresarlo así—, «expertos» con la mirada correcta hacia el mundo espiritual, con el culto adecuado a los dioses. Así se pensaba sobre lo que Zaratustra había dado a la humanidad. Pero llegará el momento en que se volverá a mirar con veneración a Zaratustra, y será cuando, a través de la ciencia espiritual, se adquiera la capacidad de comprender una espiritualidad tan grande como la que se encuentra en Zaratustra.

Es útil y significativo volver la mirada hacia los orígenes de las culturas humanas. Cuando lo hacemos, entre las figuras luminosas a las que miramos para ver cómo hemos llegado a ser lo que somos y cómo ha surgido gradualmente nuestra cultura actual, siempre se encuentra aquel que fue la «estrella dorada» , Zoroastro, Zarathustra, ya que se puede traducir con bastante razón este nombre honorífico como «estrella dorada». El oro siempre se ha considerado un símbolo de sabiduría, y la sabiduría era para los seguidores de Zarathustra algo vivo y eficaz, no una ciencia abstracta y muerta. Por lo tanto, es un enorme error creer que los amshaspands eran ideas abstractas para Zaratustra y sus seguidores. Basta con echar un vistazo [a esta corriente cultural] para darse cuenta de que se trataba de espíritus vivos.

Los seguidores de Zaratustra sentían que en él vivía, como una huella indeleble, la verdad de la espiritualidad viva que impregna el espacio, cuando hablaba de los espíritus que había en él mismo, por ejemplo, de «Vahumano», de la actitud que eleva al ser humano al mundo espiritual que se encuentra detrás del telón del mundo sensorial. Entendían lo que Zaratustra tenía que dar a la humanidad desde la fuente de su alma cuando oían de él: todo lo que, como espíritu de luz, como fuerza de luz y fuego, impregna y anima el mundo, puede influir en el ser humano y encender en él [un fuego interior]. Lo que se extiende en el espacio puede concentrarse en un punto central, de modo que el ser humano se siente inmerso en el macrocosmos. Y al mirar hacia arriba, hacia el espíritu del macrocosmos, los discípulos de Zaratustra dicen: en nosotros resuena como un eco lo que nos llega como misterio [desde el macrocosmos].  Sentimos en nuestro interior lo que el poder de la luz, —el ser envuelto en gloria—, puede llegar a ser en nosotros cuando dejamos resonar en nuestro interior lo que nos llega desde todos los lados. Los discípulos llamaron «Ahuna Vairja» a lo que experimentaron en su interior, lo que más tarde se convirtió en «la palabra», «el Logos». Y eso se percibió como una oración que se desprendía del alma y regresaba humildemente a los misterios del mundo, como un eco vivo que el ser humano puede enviar como una oración a todos los espacios del mundo, como una imagen de la luz primigenia.

Solo cuando uno es capaz de comprender que Zaratustra, el espíritu luminoso, fue capaz de despertar sentimientos tan elevados en sus discípulos y, a través de ellos, en gran parte de la posteridad hasta nuestros días, es cuando se puede sentir algo de la misión de Zaratustra. No se puede sentir si solo se hace referencia a dogmas, a nombres, sino solo si se siente la fuerza viva de los sentimientos que se enciende en la interacción viva entre Ahura Mazdao y la luz que llena el espacio y el Logos, la palabra sagrada que fluye como un eco desde la luz primigenia. Cuando se siente esta interacción y se comprende la misión histórica mundial de Zaratustra, entonces se mira de la manera correcta a aquel ser que, unos 5000 años antes de Cristo, se encarnó en un cuerpo humano y se convirtió en algo esencial para toda la humanidad.

Hoy queremos explicar en pocas palabras lo que Zaratustra significó para la humanidad y cuál fue su misión. Hay que señalar que Zaratustra es uno de los grandes guías de la humanidad que, época tras época, proclama las verdades antiguas, actuales y futuras que dan consuelo, seguridad y fuerza al ser humano en todas las situaciones de la vida. Y esto lo podemos resumir en las siguientes palabras:


Hablan al sentido humano
Las cosas dentro de los límites del espacio.
Cambian con el paso del tiempo.
El alma humana vive
A través de las extensiones del espacio,
Ilimitada e intacta a través del paso del tiempo.
Encuentra en el ámbito espiritual
La razón más profunda de su propio ser.


Traducido por J.Luelmo marzo, 2026



GA069b Munich, 13 de febrero de 1911 - Moisés, su enseñanza y su misión

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Moisés, su enseñanza y su misión

Munich, 13 de febrero de 1911


¡Estimados asistentes! Cuando hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar aquí sobre la figura de Zaratustra, se trataba de mostrar la importancia que tiene una personalidad tan destacada para la vida espiritual general de la humanidad. Podemos decir que sentimos esta importancia de manera especial en una figura cuyos efectos siguen teniendo tanta relevancia en el presente inmediato, como es el caso de Moisés. Porque ¿quién negaría que gran parte de nuestra vida emocional y mental, gran parte también de lo que nuestros pensamientos influyen en las instituciones y las condiciones de nuestro entorno, sigue estando profundamente influenciada por las repercusiones de aquellos hechos en la evolución de la humanidad que se asocian al nombre de Moisés? Aunque nos remontemos casi mil quinientos años antes del inicio del cristianismo, podemos decir que las repercusiones de este hecho se sienten hasta en lo más profundo de nuestra alma. Por lo tanto, debe ser de gran interés para nosotros comprender lo que significa precisamente esta misión, esta enseñanza de Moisés, en la evolución de toda la humanidad. 

Ahora bien, no es fácil hablar precisamente de la figura de Moisés. Por un lado, no es como la figura de Zaratustra o Zoroastro, cuyos contornos históricos se nos escapan y de los que apenas podemos indicar rasgos característicos a partir de documentos externos; más bien, la personalidad de Moisés se perfila con nitidez y viveza ante el hombre moderno a partir de los documentos bíblicos del Antiguo Testamento. Por otro lado, sin embargo, tampoco se puede negar que, en el círculo más amplio, precisamente entre aquellos que se dedican a la llamada investigación bíblica crítica, surgen todo tipo de dudas sobre esta descripción de la personalidad de Moisés , dudas que, en algunos casos, no solo cuestionan lo que nos cuenta la Biblia sobre la figura de Moisés, sino que llegan incluso a poner en duda la propia existencia de Moisés.

Ahora bien, otras descripciones nos han mostrado en numerosas ocasiones que con un enfoque verdaderamente científico-espiritual de los documentos religiosos, se demuestra que no debemos descartar tan fácilmente lo que dicen estos documentos, ya que precisamente la investigación más detallada ha demostrado a menudo que la información de los antiguos documentos religiosos es mucho más correcta de lo que a veces se cree. Pero precisamente cuando nos atenemos a la imagen que nos da la Biblia de la figura de Moisés, resulta difícil elaborar esta figura desde el punto de vista científico-espiritual, difícil porque hay que comprender la forma en que se habla precisamente en aquellas partes de la Biblia en las que se menciona a Moisés. Estas descripciones son muy peculiares; son tales que podemos caracterizarlas en pocas palabras de la siguiente manera.

En las partes del Antiguo Testamento, la Biblia entrelaza continuamente acontecimientos externos y físicos, hechos externos que alguna vez tuvieron lugar históricamente ante los ojos de los hombres, con descripciones simbólicas; sin que se pueda reconocer de manera inmediata y fácil la transición, los hechos históricos externos se transforman en descripciones simbólicas de procesos internos del alma. En la Biblia, por ejemplo, se nos puede presentar a algún personaje que emprende tal o cual viaje, hace esto o aquello, y cuando la descripción continúa, parece como si lo que se describe a continuación fueran también procesos externos, mientras que en realidad las descripciones de estos procesos se utilizan ahora para representar conflictos internos del alma, desarrollos internos del alma, etapas del alma. La descripción de los acontecimientos externos solo sirve, en ciertas partes, para ilustrar los procesos internos del alma. Como ya se ha dicho, en la descripción bíblica no siempre es fácil reconocer la transición de uno a otro. Solo el ritmo de comprensión que se puede obtener a partir de los fundamentos de las ciencias espirituales nos da la posibilidad de reconocerlo: Aquí, en una descripción bíblica, la voluntad deja de describir acontecimientos puramente externos y físicos, y comienza una secuencia de acciones simbólicas que nos indican que la personalidad, que hasta entonces había hecho esto o aquello externamente, ahora está experimentando un desarrollo del alma; asciende de un nivel a otro y se apropia de esto o aquello en la vida del alma. Sin embargo, no se describe la vida del alma, sino que se dan símbolos.

Esto llevó incluso a que un gran escritor teológico-filosófico que vivió en la época de los orígenes del cristianismo, Filón de Alejandría, considerara, basándose en su opinión, que todos los acontecimientos que se describen en las partes más antiguas del Antiguo Testamento no eran más que símbolos de los procesos espirituales [del pueblo hebreo]. Sin embargo, esta opinión va demasiado lejos, ya que no tiene en cuenta que en la descripción bíblica se mezclan acontecimientos externos con procesos internos del alma. Hoy nos esforzaremos por presentar la imagen de Moisés que se desprende de la Biblia, de tal manera que se puedan distinguir cada vez más los dos tipos de descripciones.

Para conocer la personalidad de Moisés, hay que tener en cuenta toda la cultura de la que surgió la acción de Moisés. Y aquí me corresponde caracterizar primero, con unos pocos trazos, la cultura del antiguo Egipto desde el punto de vista de las ciencias espirituales, esa cultura de la que, en lo que respecta a los acontecimientos externos, surgió lo que podemos llamar la misión de Moisés. Ahora bien, solo se puede comprender la evolución de esta cultura del antiguo Egipto y el surgimiento de la acción de Moisés [a partir de esta cultura] si se conocen dos importantes leyes espirituales, y estas dos leyes espirituales deben ser, ante todo, la base de nuestra reflexión. Una de estas leyes ya se ha mencionado aquí en varias ocasiones.  Es un hecho que toda la forma, toda la configuración de la conciencia humana y del estado del alma humana no siempre ha sido como es ahora, sino que a lo largo de los milenios de desarrollo humano, ha cambiado considerablemente. Ya sabemos, —y aquí solo lo mencionaremos brevemente—, que cuanto más retrocedemos en la evolución humana, más encontramos en el ser humano un estado anímico diferente, un tipo de conciencia diferente al que hoy consideramos normal.

Allí donde lo prehistórico da paso a lo histórico, es decir, en aquellos tiempos de los que tenemos documentos de carácter histórico, es allí donde el antiguo estado de ánimo da paso al nuevo. De ahí que los seres humanos de hoy en día sean tan incapaces de concebir que la palabra «desarrollo», que hoy en día ejerce tal poder mágico sobre las personas en lo que respecta a su forma externa, debe aplicarse sobre todo al curso de la vida del alma humana en su devenir. Y cuanto más retrocedemos, más encontramos que la forma en que hoy vemos las cosas, que captamos con nuestros sentidos y relacionamos con la mente ordinaria ligada al cerebro físico, que esta forma de ver las cosas, en la que solo podemos alternar nuestra conciencia despierta con la conciencia dormida, interrumpida como mucho por sueños irregulares, no siempre ha existido, sino que esta forma de conciencia se ha desarrollado gradualmente.

Cuanto más retrocedemos en el tiempo, más nos acercamos a otra forma de conciencia humana. Es cierto que, a lo largo de los milenios de los que hablamos hoy, ya se había ido preparando lo que hoy llamamos nuestra conciencia despierta y dormida; pero en aquellos tiempos antiguos, que se remontan a los orígenes más remotos de la cultura egipcia y de los que la historia externa no sabe mucho, existía una especie de antigua conciencia clarividente, una especie de conciencia pictórica. Era una conciencia que se imponía como un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, como un tercer estado de conciencia. La conciencia despierta, tal y como es hoy en día y tal y como subyace a nuestra visión actual del mundo, se preparó en sus inicios, y también nuestra «inconsciencia dormida» ya existía en esencia.  Pero los seres humanos tenían aún una tercera forma de conciencia, que no estaba impregnada de aquellos pensamientos, conceptos e ideas con los que hoy nos informamos sobre el entorno. Estaba llena de imágenes, de las cuales los símbolos de los sueños actuales son un atavismo. Pero en estas imágenes, que surgían y desaparecían, no había nada arbitrario, sino que estas imágenes se referían claramente a hechos y entidades suprasensibles que se encuentran detrás de nuestro mundo sensorial, de modo que el ser humano, en este estado de antigua clarividencia, alcanzaba el mundo espiritual, el mundo suprasensible, y a partir de la experiencia inmediata, de la antigua conciencia clarividente onírica, tenía conocimiento de lo que ocurre en el mundo espiritual.

El desarrollo de la humanidad consiste en que una fuerza del alma se desarrolla siempre a expensas de otra. Nuestra intelectualidad actual, la forma en que conectamos los objetos externos que nos proporcionan nuestros sentidos a través de nuestros conceptos e ideas, solo pudo desarrollarse cuando la conciencia clarividente se oscureció, descendiendo a un subconsciente indefinido del ser humano y transformándose en el estado actual del alma. Este se volverá a conectar más adelante con un cierto tipo de conciencia clarividente, que entonces estará impregnada de nuestra intelectualidad, mientras que en la antigua conciencia clarividente faltaba precisamente el elemento intelectual.

Ahora debemos familiarizarnos además con el hecho de que esta antigua conciencia tenía que adoptar las formas más diversas. Y para que esto fuera posible, cada uno de los pueblos antiguos, de acuerdo con su disposición natural, estaba llamado a desarrollar esta antigua conciencia de una manera muy concreta. Se puede decir formalmente que cada pueblo tenía la misión de desarrollar la conciencia de una manera muy concreta. El pueblo egipcio, por ejemplo, cuya antigua sabiduría sagrada, que constituye la base de la escritura egipcia antigua y que aún hoy podemos admirar, fue el que recibió su sabiduría en tiempos inmemoriales de sus guías a través de una conciencia clarividente, es decir, mediante la contemplación directa de los mundos espirituales. Y desde los tiempos más antiguos, la tradición se transmitió hasta los tiempos posteriores del pueblo egipcio. Lo que encontramos de estos tiempos posteriores como representaciones históricas es, en esencia, el eco de lo que los guías del pueblo egipcio vieron clarividentemente en los mundos espirituales en tiempos antiguos.

Ahora bien, debemos tener claro, —y este es el otro hecho que se va a exponer hoy desde los fundamentos de las ciencias espirituales—, que para cada estado del alma humano, para cada forma de ver las cosas en el entorno, existe una época determinada, y cuando esta ha pasado, otro estado del alma debe sustituir al antiguo. Un pueblo que, más allá de ese momento concreto en el que un antiguo estado de ánimo debe ser sustituido por uno nuevo, mantuviera el antiguo, ese pueblo tendría que enfrentarse a la decadencia de sus fuerzas espirituales, a la decadencia. Y lo vemos, porque ¿por qué se encaminan los pueblos hacia la decadencia? Porque, por así decirlo, desde sus orígenes han recibido una determinada disposición anímica y ahora, por un cierto elemento conservador, quieren mantenerla. Pero la evolución del mundo dice: ¡Hasta aquí [con la antigua disposición anímica], y ahora debe entrar una nueva! Los pueblos pueden conservar la antigua, pero entonces decaen, porque ha llegado el tiempo de una nueva disposición anímica.

Sin embargo, mientras Egipto seguía su curso, llegó una nueva era. El reloj de la antigua cultura clarividente se había detenido y, dentro de esta cultura de los pueblos antiguos, debía surgir una cultura intelectual orientada al entendimiento, a la razón en el sentido común, a la combinación intelectual y a la comprensión de las cosas del mundo exterior. Esta cultura intelectual, este tipo de disposición del alma, se extiende hasta nuestros días. Nosotros mismos tenemos la peculiaridad de llevar aún en nuestra alma lo que entonces tuvo que introducirse en el curso de la cultura egipcia, es decir, lo que tenemos como nuestra intelectualidad, como nuestra forma de ver las cosas. Lo que en aquel entonces tuvo que sustituir a la antigua cultura egipcia llega hasta nosotros. Para llevar [al ser humano] la comprensión intelectual del entorno, en contraposición a la antigua cultura clarividente, fue elegida la personalidad de Moisés. Por eso no es de extrañar que la obra de Moisés llegue hasta nosotros, que sus ramificaciones se adentren en nuestras almas. Debido a que con ello se hizo fructífera precisamente aquella disposición del alma humana a la que nosotros mismos aún pertenecemos, todavía nos sentimos de alguna manera emparentados con la hazaña de Moisés. Moisés fue introducido en el pueblo egipcio y debía fundar, a partir de la cultura egipcia, la cultura moderna del entendimiento en su base más elemental. Él fundó lo nuevo, a lo que se ajustaba el reloj del mundo, y la antigua cultura egipcia quedó superada y tuvo que decaer. Pero él llevó lo que tenía que dar al pueblo al que pertenecía, al que sacó del contexto de la cultura egipcia y en el que debía desarrollarse la semilla de la cultura intelectual de la humanidad.

 A las personas llamadas a reconocer cómo actua el reloj del mundo se las describe siempre con algún acontecimiento relacionado con su nacimiento que tiene un significado simbólico para el desarrollo de su alma. La historia bíblica cuenta que Moisés fue encontrado por la hija del faraón en la famosa cesta en la que había sido depositado. [Que realmente sucediese así], no es necesario discutirlo aquí. Esta descripción simplemente nos indica que Moisés poseía unas facultades innatas que le permitían aportar al mundo algo completamente nuevo, un tipo de constitución del alma totalmente novedoso. Por eso había que mostrar simbólicamente que esta alma, en la que estaba el germen de algo nuevo, debía permanecer primero durante un tiempo sin ninguna influencia del entorno, encerrada en sí misma, y luego ser colocada en aquel entorno del que debía surgir lo nuevo. Y aquí se nos describen hechos que pertenecen al ámbito que he caracterizado, en el que la historia bíblica nos cuenta lo que realmente sucedió físicamente en el mundo exterior, [ese ámbito] en el que se pueden ver [los acontecimientos] con los ojos y seguir históricamente.

Se nos llama la atención sobre cómo Moisés, debido a un acto que ha cometido, se ve obligado a huir. Huye a Madián, donde se encuentra con un sacerdote, el sacerdote Jethro. Y en esta transición de los acontecimientos puramente externos que se nos presentan, —el asesinato del egipcio y la huida de Moisés—, se nos lleva suavemente a un acontecimiento que parece una continuación física de los hechos, pero que no es más que una representación simbólica de los procesos que Moisés [internamente] y que solo puede superar acercándose a un sacerdote, portador de la sabiduría cósmica más completa. Esto se nos insinúa y resulta bastante claro para aquellos que saben leer las imágenes, que se utilizan una y otra vez de la misma manera.

Se nos dice que Moisés, cuando se refugió con el sacerdote Jetro, se encontró primero con un pozo. El pozo siempre simboliza la fuente de la sabiduría, la fuente de la cultura humana, de los elementos de formación espiritual que uno encuentra. Y luego se nos lleva por un camino muy extraño. Se nos muestra cómo Moisés encuentra a las siete hijas de Jetro, quien también es llamado Reguel con otro nombre. Se nos indica que era un sacerdote de la deidad que estaba por encima de todos los demás dioses en aquella antigüedad, al decirnos, a través de su nombre, que pertenecía a esta deidad suprema. Esto siempre se insinúa mediante la terminación «-el», como en Gabri-el, Micha-el, que «pertenecen al Dios supremo». Jetro-Reguel era, pues, un sacerdote del Dios supremo. Y se nos dice, al insinuarse los procesos del alma mediante símbolos, que Moisés debía entrar en contacto con un sacerdote que pudiera infundir una sabiduría poderosa en el alma de Moisés. Fue tal sabiduría la que hizo que su alma se llenara de luz y fuerza, para que pudiera cumplir su misión de introducir un nuevo estado de ánimo en la humanidad.

Ahora bien, en la antigua enseñanza sobre el alma se pensaba de manera algo diferente a como se piensa hoy en día, y debemos tener claro cómo se pensaba realmente en la antigua ciencia del alma. Hoy en día hablamos del alma del ser humano más o menos como de algo unitario, y eso es correcto para nuestra época. Hablamos de que el pensar, el sentir y la voluntad son fuerzas que viven en nuestra alma, y sabemos incluso que, si estas tres fuerzas no están en armonía en nuestra alma, la salud de esta se ve afectada. Y esto se debe a que nuestra alma ha evolucionado de lo que era antes a lo que es hoy. En la antigüedad, los sabios decían que en el alma del ser humano vivían diferentes ámbitos, y enumeraban siete de ellos. Al igual que hoy enumeramos los tres ámbitos del pensar, el sentir y la voluntad, ellos enumeraban siete ámbitos diferentes del alma, pero no se imaginaban el alma como una unidad.

Podemos imaginar las ideas de aquellos antiguos sabios más o menos así. Supongamos que el alma del ser humano no se sintiera hoy como una unidad, sino que se dijera: en mí viven el pensar, el sentir y la voluntad, pero en el pensar se introduce desde el cosmos una corriente espiritual especial que solo está relacionada con el pensar del ser humano; en el sentir se interpone otra corriente y en la voluntad, otra diferente. Y estas fuerzas no se mantendrían unidas por el poder del yo actual, sino por la intervención, por así decirlo, de entidades espirituales divinas externas que armonizan nuestra vida anímica. Por lo tanto, no seríamos nosotros mismos quienes uniríamos armoniosamente los miembros de la vida anímica, sino que serían fuerzas externas las que se irrumpirían desde las vastedades cósmicas. Los antiguos sabios asumieron siete fuerzas de este tipo, y estas siete fuerzas se irrumpían, por así decirlo, de forma independiente en el alma. Lo que se captaba con esta sabiduría era el fluir de siete fuerzas que, por así decirlo, atravesaban el mundo y se derramaban en las siete esferas del alma del ser humano. Y lo que fluía como fuerzas del alma se representaba en la imagen de las siete hijas del portador de la sabiduría universal.

Esto es algo que aún resuena en todas las concepciones místicas posteriores, que imaginaban lo que fluía hacia el alma como sabiduría, luz del alma o impulsos de la voluntad, como algo femenino: esto también resuena en el Fausto de Goethe, donde se dice: «Lo eternamente femenino nos atrae hacia arriba», lo cual no debe interpretarse de manera frívola. Y cuando se nos dice que Moisés se encontró con las siete hijas de Jethro junto al pozo, eso significa que de Jethro emanaban los siete rayos de la sabiduría y se derramaban en el alma de Moisés, separados entre sí, tal y como se concebía en la antigua ciencia del alma. En aquellos tiempos antiguos, se concebía la sabiduría, las fuerzas espirituales inspiradoras del mundo, de forma personal, concreta, no abstracta, como ocurre hoy en día.

Cuando analizamos a Zaratustra, vimos cómo lo que fluye hacia el ser humano es concebido por Zaratustra como fuerzas del universo concretas, como los Amshaspands y los Izeds o Izards. Y ahí vemos el progreso en el pensamiento de la humanidad: lo que se imaginaba en la espiritualidad viva como algo que influía en el alma humana con carácter personal, ya se desvanece, por ejemplo, en las ideas platónicas. Las siete fuerzas inspiradoras diferentes del alma se nos representan gráficamente en las siete hijas del sumo sacerdote, a las que Moisés encuentra junto al pozo. Y el hecho de que esté llamado a desarrollar una de estas fuerzas para cumplir su misión especial en la humanidad se insinúa con el hecho de que se casa con una de las siete hijas de Jethro. Y veremos cuál de las siete fuerzas fundamentales corresponde precisamente a la misión de Moisés. Podemos seguir rastreando estas siete fuerzas del alma a lo largo de toda la Edad Media, porque lo que encontramos en las llamadas siete artes liberales como animadoras del alma humana son las abstracciones descoloridas de las siete antiguas fuentes espirituales.

Estas siete fuentes espirituales, que debían fluir en el alma de cada individuo, estaban concebidas de tal manera que una se refería más a lo que era la comprensión sabia del mundo, —por supuesto, a la sabiduría clarividente—, otra fuerza espiritual se refería más a lo que es la comprensión amorosa de los hechos y las entidades, una tercera se refería más a los impulsos de la voluntad, una cuarta a la memoria, y así sucesivamente. A Moisés le correspondía ahora incorporar una de estas siete fuerzas espirituales a su misión especial y sustituir con ella lo que antes había dominado a la humanidad proveniente de la fuente total de la sabiduría que impregnaba el mundo. Esta fuerza espiritual es la intelectualidad, es la comprensión y el conocimiento del mundo que ya no depende de la clarividencia, sino de las fuerzas del entendimiento externo.

Ahora hay que crear una transición en todas partes. Lo antiguo no puede transformarse sin más en lo nuevo. Moisés fue llamado a sustituir la antigua sabiduría clarividente, que aún estaba muy presente en Egipto y que en su época ya había caído en decadencia, por la nueva intelectualidad, la visión racional de las cosas. Sin embargo, él mismo tuvo que desarrollar la nueva forma a partir de una cierta clarividencia que aún le había sido concedida como por gracia. Al ver las cosas según la antigua forma de clarividencia, pero viéndolas como las ve la nueva intelectualidad, Moisés creó, por así decirlo, un puente entre la antigua clarividencia y la nueva intelectualidad de la humanidad, libre de clarividencia.

¿A qué está ligada esta nueva intelectualidad? Está ligada al centro de nuestro ser espiritual, al que nos referimos con la simple palabra «yo». Al atribuir conscientemente el ser al centro de nuestro ser espiritual, delimitamos el ámbito de nuestra conciencia como el ámbito de la intelectualidad, ese ámbito en el que se crean la razón y el entendimiento, el concepto y la idea. Si se quiere delimitar este ámbito, hay que tener claro que solo se mantiene unido en sí mismo porque lo mantiene unido el yo unitario.

¿Cuál fue entonces la tarea encomendada a Moisés? Pues bien, Moisés tenía ante sí una tarea infinitamente importante, así se podría expresar si se quisiera describir con palabras la experiencia de Moisés. Moisés podía decirse a sí mismo: los dioses han influido en el alma humana a través de sus diversos poderes, y cuando los hombres de la antigüedad veían esto o aquello en su clarividencia, cuando sentían esto o aquello en el mundo exterior, siempre hablaban de los dioses que vivían fuera, en el cosmos. Pero para la intelectualidad, para esa comprensión del mundo exterior que está ligada al centro humano más profundo, el dios debe entrar en lo más íntimo del centro humano, debe conectarse con este yo. Y hay que reconocer a un dios que no solo se ve en las nubes, en las estrellas, sino del que hay que decir: actúa en las nubes, esa es la fuerza de las nubes; pero cuando entra en el alma, provoca lo que esta alma humana experimenta en sí misma.

No solo se podía decir esto de los dioses externos, sino también lo siguiente: A partir de ahora debe desarrollarse en la humanidad una fuerza espiritual que solo puede desarrollarse mediante el poder de un Dios que tiene su ser en el yo del ser humano. Este Dios, que debía entrar en el ser más íntimo del ser humano, en su yo, se apareció a la conciencia clarividente de Moisés por inspiración del sacerdote. Y a través de la clarividencia, Moisés vio al Dios, es decir, a través de lo que aún podía despertarse en él en cuanto a fuerza clarividente, lo que se nos sugiere mediante la imagen de la zarza ardiente. Tal y como se describe, cualquiera que comprenda estas cosas reconoce que se trata de una visión astral-clarividente de una realidad. El nuevo Dios, que debía tener su ser en el yo, apareció en la zarza ardiente. Y Moisés le preguntó a este Dios: Si ahora debo guiar a mi pueblo en tu nombre, ¿qué debo decir, quién me ha enviado? Pueden leerlo ustedes mismos en la Biblia, aunque las traducciones de la Biblia sean por lo demás muy deficientes, en este caso son correctas. A la pregunta: ¿Quién te ha enviado? Moisés recibe la respuesta: «Di a tu pueblo que te ha enviado el «Yo soy»». Y eso significa: te ha enviado aquel poder divino que en el centro más íntimo del ser humano aviva la posibilidad de que el ser humano pueda decir «Yo soy» en ese centro más íntimo, es decir, que se atribuya a sí mismo su existencia, que experimente su propia existencia: «Yo soy el que soy».

Eso fue lo que Moisés presintió con clarividencia: la intelectualidad de la humanidad. Con ello se encontraba en un punto en el que la antigua cultura debía dar paso a una cultura completamente nueva en lo que respecta a la condición del alma humana. Era una transición sobre un abismo de la cultura humana, como si las fuerzas cósmicas hubieran dicho: en el futuro debe reinar la intelectualidad, y aquellos que quieran continuar con lo antiguo se encaminarán hacia la decadencia. Debemos cruzar este abismo. Así se lo habría dicho Moisés a su alma. Y así lo sintieron los sucesores de Moisés, que la transición sobre un abismo cósmico había sido superada. Por eso, los seguidores de Moisés celebraron la Pascua, la fiesta de la transición sobre un abismo cósmico, en memoria de este acto de Moisés. Oh, estas antiguas fiestas, que hoy en día se suelen celebrar de forma tan trivial, se refieren a los grandes misterios de la existencia del mundo. Cuando Moisés, dotado del poder para milenios, llegó a la corte del faraón, ¿qué extraña que este faraón, surgido de la antigua cultura helénica de Egipto, no pudiera comprender los signos que Moisés desplegó ante él?

No podemos entrar ahora en los detalles de los malentendidos que se produjeron entre Moisés y el faraón. Son todas imágenes que nos muestran lo siguiente: el faraón hablaba desde una antigua cultura clarividente y desde una condición del alma que aún provenía de esa cultura clarividente. De ahí surgió también la antigua escritura pictográfica. Todo lo que los egipcios podían comprender del curso de los fenómenos naturales surgió de ahí. Moisés, sin embargo, desarrolló una comprensión de los fenómenos del mundo, una combinación de hechos, tal y como surgió de la intelectualidad moderna. Por supuesto, esto les parecía un milagro, un acontecimiento maravilloso a aquellos que aún permanecían en la antigua conciencia clarividente, porque, al igual que el ser humano de hoy en día no puede imaginar que las cosas sucedan de otra manera que como él se las imagina, los antiguos civilizados no podían imaginar que las cosas sucedieran como las concibe el ser humano moderno. Así, el concepto de milagro simplemente se invirtió.

Y sabemos, tal y como nos lo presenta la Biblia, que Moisés realmente logró, gracias a su gran fuerza, que provenía de una inspiración del alma, sacar de Egipto a este pueblo que, por así decirlo, le pertenecía por sangre, pero de tal manera que después, separado de la cultura egipcia, pudiera desarrollar la cultura intelectualista. Por eso, de esta misión de Moisés surge todo lo que podemos llamar el pensar, que se basa en una unidad, —la unidad de Yahvé—, y que puede penetrar el mundo con la razón, con conceptos e ideas. Esa fue la misión del antiguo pueblo hebreo: impregnar la cultura humana con la razón, con el intelectualismo, con conceptos e ideas. Y quien quiera ver las cosas tal como son, comprenderá que hasta hoy ha surtido efecto esta peculiar misión del antiguo pueblo hebreo y que esta singular cultura intelectual solo podía surgir de una fuente así.

¿Cómo se comportaban aquellos para quienes Moisés era una fuente de inspiración frente a los que aún procedían de la antigua cultura clarividente? ¿Cómo se comportaban los seguidores de Moisés, a quienes él sacó de Egipto, frente a los egipcios? Para ello debemos familiarizarnos con algunas peculiaridades de la disposición anímica que tenían las personas que estaban bajo la influencia de la antigua cultura clarividente y que quizá aún hoy siguen estándolo. Siempre hay rezagados, y son aquellos cuya intelectualidad se ha quedado atrás. Para que nos quedemos claras ciertas fuerzas del alma, me gustaría recordarles primero, —aunque no quiero comparar lo humano con lo animal—, ciertas cosas de los animales. Se habla de actividad instintiva en los animales. No vamos a criticar más la palabra instinto; todo el mundo sabe lo que significa, es decir, esa acción y ese hacer elementales e inmediatos que encontramos en el reino animal y que se oponen a la acción humana [orientada a un objetivo]. En los seres humanos tenemos una acción reflexiva, en los animales las actividades provienen de los instintos. Cuanto más retrocedemos a la antigua condición clarividente, más instintiva se vuelve la acción para los seres humanos. Son guiados, impulsados a sus acciones; no se dan cuenta a priori en términos e ideas. En cada antigua condición del alma encontramos también una cierta acción instintiva.

Ahora les recuerdo algo que es más cierto de lo que se cree. Habrán oído relatos de que, por ejemplo, cuando se avecinan erupciones volcánicas, los animales se marchan antes y así evitan la catástrofe. Hay algo de verdad en estas descripciones: al igual que las aves siguen su instinto en lo que respecta al vuelo, los animales siguen un impulso misterioso cuando se producen erupciones volcánicas. Las personas, que ya han ascendido a la capacidad de razonar en términos e ideas, ya no pueden actuar de forma tan instintiva, sino que permanecen [y sucumben] a la catástrofe. Aunque estos relatos suelen ser exagerados, tienen algo de verdad, porque donde hay instinto, existe un vínculo más íntimo entre los fenómenos naturales y lo que se siente en el alma humana que cuando se actúa basándose en conceptos e ideas. Así cambió también el estado de ánimo de los pueblos antiguos; se volvió diferente en aquellos que pensaban intelectualmente.

Y así, los seguidores de Moisés se enfrentaban ahora a los antiguos egipcios: los egipcios, un pueblo antiguo, y los seguidores de Moisés, el nuevo pueblo. Y este último, por su propia naturaleza sanguínea, estaba predispuesto a combinar intelectualmente y racionalmente los fenómenos naturales, a pensar de forma racional. Sí, ahora hay que tener en cuenta que el tiempo de lo antiguo e instintivo en la constitución del alma había expirado. [Y cuando este tiempo expira], las [antiguas] fuerzas caen en decadencia, ya no sirven. En tiempos antiguos servían; entonces los seres humanos sentían instintivamente el curso de los fenómenos naturales y se adaptaban a ellos. Pero eso decayó en la época en que Moisés fue llamado para traer una cultura completamente nueva, y ya no era el tiempo para las antiguas fuerzas instintivas del alma. Y ahora pensemos que, frente a los fenómenos naturales, están, por un lado, Moisés y, por otro, los antiguos egipcios. Los antiguos egipcios no podían combinar racionalmente los fenómenos naturales.  

En la antigüedad, sentían instintivamente en su alma cuando el nivel del mar volvía a subir; existía un vínculo íntimo entre la vida del alma y los fenómenos naturales externos. El alma nunca habría dejado de sentir, de percibir, cuándo bajaba el nivel del mar, de modo que se podía cruzar por el suelo seco. Pero los viejos tiempos habían pasado. Los egipcios ya no tenían esos antiguos poderes instintivos, porque había llegado el momento de comprender intelectualmente la relación entre las cosas. Moisés fue llamado para ello. Ahora se encontraba frente al mar y, basándose en el curso de los fenómenos naturales, sabía cuándo bajaría el nivel del mar para poder cruzar con su pueblo. Gracias a su recién desarrollada intelectualidad, fue capaz de interpretar este momento de la naturaleza. En la antigüedad, los egipcios habrían sentido que ya no podían cruzar, pero aún no estaban maduros para el nuevo tipo de conocimiento; sucumbieron porque las fuerzas de su alma habían caído en la decadencia, en la ruina, en las olas. Así vemos a Moisés, que con su capacidad de combinación intelectual condujo a sus seguidores a través del mar retrocedido, y vemos a los egipcios sucumbir a las olas, porque solo con su antigua fuerza instintiva habrían podido sentir que el mar volvía a subir, pero ya no tenían esa fuerza instintiva.

Nos encontramos en la frontera entre la antigua y la nueva era, en el punto en el que la misión de Moisés se distingue claramente de la que tuvo el antiguo pueblo egipcio. En un momento así sentimos lo profundas y significativas que son las descripciones de los documentos religiosos, pero se necesita la ciencia espiritual para descifrar los documentos religiosos; esta quiere ser una servidora para la comprensión de estos documentos. Hoy solo puedo esbozar, pero intenten ustedes mismos comparar todo lo que encuentran en la Biblia o en otros documentos con lo que se ha dicho hoy, y verán que cuanto más se tomen en serio lo que dice la ciencia espiritual, más encontrarán que se cumple lo que hoy solo se puede esbozar con unos pocos trazos, porque corresponde en todas partes a la realidad.

Veamos ahora más allá: vemos cómo la predisposición especial que Moisés tiene que transmitir a su pueblo como misión está vinculada, en particular, a la protección de la pureza de la sangre. Precisamente en este pueblo no debe mezclarse, debe mantenerse separado de los demás pueblos, de modo que la misma sangre fluya a través de generaciones y generaciones. ¿Por qué es así? También podemos entenderlo si tenemos en cuenta los cambios en el estado del alma. La clarividencia, ya sea la antigua, pictórica, o la que aquí se describe con frecuencia, a la que el hombre moderno puede elevarse si realiza los ejercicios correspondientes, la clarividencia siempre está ligada a que el ser humano pueda independizarse con su parte espiritual de su corporeidad física, es decir, que pueda, en cierto modo, sacar su parte espiritual de la corporeidad física. Lo que experimenta el clarividente, lo experimenta únicamente a través del instrumento del alma, que se libera, que sale, por así decirlo, de la corporeidad física. El materialista moderno considerará esto una tontería desde el principio; no puede creer otra cosa que no sea que toda la actividad de su alma está ligada al cerebro físico. Pero la clarividencia no está ligada al cerebro, sino que se desarrolla en la vida del alma sin el cerebro. Solo la experiencia puede confirmarlo, y quien no tiene esa experiencia puede refutarlo con mil razones aparentemente suficientes, del mismo modo que un ciego puede refutar que existen los colores. Pero eso no importa. Según los principios de la investigación actual, hay que admitir que solo la experiencia puede decidir. Por lo tanto, la clarividencia está ligada al hecho de que la parte espiritual del ser humano se libera de los instrumentos del cuerpo físico.

 Debemos considerar todas las culturas antiguas como basadas, en cierto modo, en los caminos de la imaginación, la inspiración y la intuición que fluían hacia el alma. Estas culturas tenían, por tanto, algo que era independiente del cuerpo físico y que simplemente descendía al mundo físico. Por eso es tan difícil interpretar los restos de las culturas antiguas, porque en el momento en que la conciencia se independiza del cuerpo físico, solo se puede vivir en formas más plásticas que el cuerpo físico. En la clarividencia no se tienen contornos tan nítidos como en lo físico; se tiene algo pictórico que no se refiere tan directamente al mundo físico como suele ser el caso en la comprensión intelectual; se tiene algo que se refiere de manera más simbólica a las cosas externas. Así pues, podemos decir que las culturas clarividentes, —entre las que se incluye la egipcia en toda su grandeza—, deben presentarse en todas las tradiciones de tal manera que, en cierto modo, utilicen imágenes en lugar de conceptos externos y nítidos. Los mitos, las antiguas leyendas en las que se sumergen los secretos del mundo, son representaciones pictóricas de los secretos del mundo; son ecos de la antigua clarividencia pictórica. En aquel entonces, la transmisión de la cultura estaba, en cierto modo, aún ligada a procesos espirituales.

Pero ahora, precisamente en la misión de Moisés, se trataba de dotar a las almas de una constitución que se basara en la intelectualidad, pero también en el instrumento externo del cuerpo. Porque eso es lo peculiar del pensamiento [intelectual]: resume las cosas como lo hace nuestra conciencia normal y despierta, y esta conciencia está totalmente ligada a la herramienta del cerebro y del resto del cuerpo. La intelectualidad está ligada precisamente a la herramienta del cuerpo físico. No es de extrañar que este talento intelectual especial estuviera ligado a una configuración especial, a unas disposiciones orgánicas especiales de un pueblo, y que tuviera que transmitirse de generación en generación a través de la sangre física hasta que se cumpliera la misión del antiguo pueblo hebreo. Por lo tanto, la herramienta física para la intelectualidad tenía que estar vinculada a la peculiaridad física de este pueblo precisamente a través de esta sangre que fluía de generación en generación, y tenía que ser refinada cada vez más hasta que estuviera tan refinada que de este pueblo pudiera surgir el portador físico de ese poder espiritual, que entonces se derramó en él en un grado mucho mayor que el poder divino en el «Yo soy», en un grado mucho mayor que el que había tenido lugar a través del antiguo poder de Yahvé. Y en este sentido, la misión de Moisés fue, de hecho, la preparación para la obra de Cristo. Pero primero había que formar los instrumentos externos de la manera adecuada. Y así comprendemos también que esta obra de Moisés estaba ligada a un pueblo muy concreto, cuya sangre debía mantenerse pura, porque esta fuerza especial, ligada al instrumento de la corporeidad externa, debía fluir en el desarrollo de la cultura humana.

Así pues, la acción de Moisés se inscribe de manera totalmente coherente y armoniosa en el desarrollo global de la humanidad. Lo consideramos el gran abanderado de la intelectualidad, con toda la singularidad que ello conlleva, incluso en el misticismo, es decir, en la actividad espiritual humana, que por lo demás es lo más ajeno al entendimiento y la razón. Incluso en el misticismo, por ejemplo en la cábala hebrea, se nos muestra claramente que en esta cultura existe la misión de introducir en la cultura humana el entendimiento y la razón, la combinación de los acontecimientos externos.

Y si echamos la vista atrás a la cultura de Hermes del antiguo Egipto, con su maravillosa y antigua cultura clarividente, vemos cómo, aunque está llamada a llevar en su seno la cultura de Moisés, que ya no es clarividente, ella misma debe desaparecer porque el reloj del desarrollo mundial se ha puesto ahora en la intelectualidad. Y ese es el significado del acontecimiento de Cristo, que con él y el misterio del Gólgota se produjo de nuevo un impulso espiritual tan poderoso en el desarrollo intelectual , un impulso espiritual tan poderoso , que poco a poco, a medida que la humanidad, que se ha vuelto intelectual, se va acostumbrando cada vez más al acontecimiento de Cristo, también lo intelectual puede ser absorbido por este poderoso impulso espiritual, puede ser captado por lo que a su vez conduce al ámbito espiritual, al ámbito clarividente, y lleva la intelectualidad a este ámbito. Nos sentimos, —por señalarlo una vez más—, todavía hoy tan conmovidos por el significado del acontecimiento de Moisés porque nosotros mismos nos encontramos todavía en la era de la cultura intelectualista y solo vislumbramos, como en una perspectiva lejana, una nueva espiritualidad y una nueva misión.

Así, estimados presentes, he podido esbozarles con unos pocos trazos esta imagen de Moisés, tal y como se presenta en la investigación espiritual, en la conciencia clarividente, que tiene un efecto esclarecedor sobre la representación histórica externa. Solo así se puede distinguir entre lo que es histórico y lo que es una representación simbólica de los procesos internos del propio Moisés. Y así, Moisés se presenta vivo ante nuestra alma y sentimos lo injustificado que es decir que tal impulso se haya formado por sí solo. Hoy en día hay personas que no comprenden que los efectos también deben tener causas y que los efectos que se remontan a lo personal también presuponen una personalidad.

Sin embargo, hay personas que hoy en día dudan de la existencia de una personalidad como la de Moisés. Esto es sin duda un signo de nuestro tiempo. Hay que decir que la investigación bíblica crítica tiene dificultades con estas cuestiones. Quien la conoce, siente un profundo respeto por ella, sobre todo porque quizá en ningún otro campo de la ciencia, ni siquiera en las ciencias naturales, se haya dedicado tanto esfuerzo y dedicación como en el campo de la investigación bíblica crítica. Y, sin embargo, vemos que, en muchos aspectos, ha llegado a un punto en el que ya no sabe qué hacer con las grandes figuras e impulsos de la humanidad, y solo sabe negarlos, como ya se niega hoy en día la existencia histórica de Jesús. Pero, sin embargo, hay que respetar la tragedia de esta investigación, que en nuestra era materialista quiere encontrar, a partir de ideas materialistas, el valor intrínseco de las representaciones de la Biblia u otros documentos.  Sin embargo, si abordamos una figura como Moisés desde el punto de vista de la ciencia espiritual y mostramos, a partir de los misterios del desarrollo de la humanidad, lo que tuvo que penetrar en el alma de Moisés, lo que tuvo que estar allí para que la humanidad pudiera alcanzar el nivel que tenemos hoy, entonces parece absurdo suponer un efecto sin causa, es decir, una creación personal sin personalidad.

Por el contrario, podemos decir que solo a través de la representación espiritual se iluminan de manera maravillosa los detalles de la Biblia y esta adquiere un nuevo valor. Porque ahora nos acercamos a la Biblia como lo haría un conocedor de las leyes matemáticas a un problema matemático. Quien no conoce las leyes matemáticas no ve en ellas más que signos incomprensibles, es decir, problemas. Quien no conoce el lenguaje de la Biblia, también hoy solo ve en ella cosas incomprensibles, quizás imágenes infantiles que se hizo el mundo anterior. Pero quien conoce los fundamentos que proporciona la ciencia espiritual y, con su ayuda, descifra los documentos religiosos, siente algo de lo que atraviesa los tiempos de manera tan grandiosa, siente el lenguaje de los pueblos, de las personas en cuyas almas viven los impulsos espirituales para el progreso de la humanidad, ese coro de espíritus líderes de la humanidad que se comunican a lo largo de los milenios. Es un fenómeno maravilloso cuando el investigador espiritual mira dentro de los mundos espirituales y luego mira en la Biblia y llega a la conclusión, a partir de la Biblia, de que allí se nos cuenta algo que también podemos encontrar nosotros mismos a través de la investigación espiritual. Así que no podemos sino decir: quien escribió esto tenía que saber lo que ocurre en los mundos espirituales y lo que tiene que haber allí para que pudiera producirse un progreso de la humanidad como el que ahora tenemos ante nosotros.

Y así, gracias a la investigación espiritual, contemplamos a Moisés como un gran guía de la humanidad. Estos guías de la humanidad se vuelven cada vez más valiosos para nosotros cuando penetramos en las profundidades de su espíritu a través de la investigación espiritual. Y nos sentimos cada vez más felices cuando miramos con una mente y un corazón tan agudos a estos guías de la humanidad, de los que se puede decir con razón: iluminan nuestras almas con su luz espiritual para fortalecerlas con su poderoso poder espiritual.

Traducio por J.Luelmo, marzo , 2026