GA069b Munich, 11 de diciembre de 1910 - Zaratustra, su enseñanza y su misión

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Zaratustra, su enseñanza y su misión

Munich, 11 de diciembre de 1910


¡Estimados asistentes! En muchos sentidos, hoy en día resulta extraordinariamente difícil comprender [la vida y la obra] de personajes del pasado que no están tan lejos de nosotros. Pero las dificultades son aún mayores cuando se trata de profundizar en las profundidades del alma y en la forma de actuar de aquellas individualidades humanas que, en los tiempos más remotos, —se podría decir que en tiempos prehistóricos—, se integraron con su trabajo en la cultura y en el desarrollo de la humanidad. Y una de esas figuras, una de esas individualidades, se presenta hoy ante nuestra mirada espiritual en la forma, tan a menudo mencionada, del antiguo fundador de la religión y la cosmovisión persas, Zaratustra o, como también se le llama, Zoroastro.


Decía que para nuestro presente, ya es relativamente difícil, comprender de manera realmente objetiva el pensar y el sentir de épocas no tan lejanas. Precisamente hoy en día, cuando uno cree haber comprendido algo y considera su conocimiento como la verdad, tiene la fuerte sensación de que, en cierto modo, esa es la única verdad que conduce a la felicidad y que todo lo demás es falso, en resumen, un disparate. Hoy en día no se comprende muy bien que la verdad y los conocimientos humanos están en constante evolución, que cada época se ve obligada a contemplar a su manera los enigmas del mundo y a resolverlos hasta cierto punto, que cada época debe hablar, por así decirlo, un lenguaje diferente sobre estos enigmas del mundo. Solo nos queda la esperanza de que los descendientes de la humanidad actual no se comporten con ella como nosotros nos comportamos tan fácilmente con nuestros antepasados.

¿Quién no decretaría hoy desde su severo, digamos científico, trono que un espíritu como el de Paracelso, que actuó hace tan poco tiempo, estaba repleto de los prejuicios de una época ya pasada, con todo tipo de juicios que, naturalmente, hoy en día están totalmente superados? No se piensa en ello, —lo que sería natural—, que lo que hoy consideramos aparentemente irrefutable en relación con nuestra ciencia, sin duda, cuando haya transcurrido tanto tiempo después de nosotros como entre Paracelso y nosotros, será corregido y transformado en cierta medida, al igual que las ideas de Paracelso han sido transformadas por las nuestras. Solo cabe esperar que nuestros descendientes sean más justos que nosotros, que sepan que la verdad está en constante evolución y que, en el fondo, cada forma de expresar la verdad no es más que una forma de expresión de lo que podríamos llamar la verdad original o la sabiduría original. En resumen, lo que los seres humanos llamamos verdad está en constante transformación, por lo que debemos entender la búsqueda humana de la verdad como un proceso en desarrollo. Si nos impregnamos de esta visión y nos preguntamos: «¿Cómo pensaban nuestros antepasados? ¿Qué es lo que aún hoy puede causar una gran impresión en nuestras almas?», entonces podremos mirar hacia atrás sin prejuicios a espíritus tan lejanos como el grande y brillante Zaratustra.

Con respecto a la época en la que vivió Zaratustra, sin embargo, nunca hubo un consenso entre los estudiosos. Hoy en día hay incluso eruditos que afirman que Zaratustra probablemente vivió solo seis siglos antes de nuestra era; otros eruditos se refieren a un período de 1000 años antes de nuestra era, y otros se remontan aún más atrás. Lo que la ciencia espiritual tiene que decir al respecto a través de sus investigaciones solo se mencionará aquí de pasada, ya que para nosotros no se trata tanto de establecer hechos históricos como de iluminar el alma de esta gran personalidad. Por eso, solo mencionaremos brevemente que la ciencia espiritual debe remontarse al menos cinco milenios antes de nuestra era, incluso hasta el sexto milenio, si quiere encontrar, mirando hacia atrás, esta brillante figura de Zaratustra.

Ahora bien, aunque se pueda discutir sobre la época en la que vivió Zaratustra, en realidad no se debería discutir sobre ello, pues el curso del desarrollo cultural humano habla por sí solo con demasiada claridad, ya que aquello que se vincula al nombre de Zaratustra y lo que surgió como corriente cultural de Zaratustra ha ejercido una influencia profunda, significativa e incluso extraordinariamente duradera en el progreso de la humanidad. Sin embargo, si queremos adentrarnos en el alma de Zaratustra, si queremos reconocer la misión que esta singular individualidad tuvo en el progreso de la humanidad, entonces debemos intentar comprender la tarea de Zaratustra a mayor escala, debemos darnos cuenta de que solo podemos acercarnos a lo que él fue solo si le asignamos una tarea de primer orden en el desarrollo de la humanidad desde la gran catástrofe atlante, tal y como la ve la ciencia espiritual. Se han dicho muchas cosas sobre esta catástrofe; de ella hablan los documentos religiosos, las tradiciones religiosas de todos los pueblos de la Tierra; la tradición cristiana se refiere a ella como el gran diluvio.

No podemos entrar ahora en detalles sobre la época en la que esta catástrofe arrasó nuestra Tierra; pero incluso la ciencia geológica externa se ve cada vez más obligada a reconocer que tal catástrofe tuvo lugar en su día y que, a raíz de ella, el aspecto de la Tierra cambió radicalmente. Si la ciencia espiritual se ve obligada por sus investigaciones a reconocer que en el lugar donde hoy se encuentra el océano Atlántico hubo una vez tierra firme en la que vivieron seres humanos en una época en la que los continentes actuales de Asia, África y Europa aún se encontraban en gran parte bajo el agua, se puede decir que hoy en día la ciencia natural tampoco está muy lejos de admitir que la fauna y la flora de las regiones occidentales de Europa y las regiones orientales de América indican, después de todo, que entre el oeste de Europa y el este de América hubo una vez tierra que se convirtió en fondo marino debido al hundimiento que provocó aquella gran catástrofe. Y que nuestros continentes actuales se han elevado y hundido repetidamente es una verdad que ya se ha convertido en habitual incluso en los círculos geológicos.

Para las ciencias espirituales, tales grandes catástrofes, tales cambios en la faz de la Tierra, están relacionados con procesos significativos dentro del desarrollo de la humanidad. Hoy solo puedo insinuar lo que ya he explicado con más detalle a los oyentes de mis conferencias en ocasiones anteriores. Solo puedo insinuar que la humanidad que vivía en aquella época en el continente de la Atlántida tenía una disposición anímica muy diferente a la de los seres humanos actuales, que son los descendientes de aquellos antiguos atlantes. Si queremos esbozar brevemente qué tipo de cultura existía en aquella época primitiva de la humanidad, podemos llamar a esta cultura, en cierto sentido, si no abusamos de la palabra, una «cultura clarividente». Pero la palabra «clarividente» no debe utilizarse indebidamente en el sentido en que se utiliza muy, muy a menudo hoy en día. 

¿Qué nos quiere decir «cultura clarividente»?

Sí, cuando se pretende hablar desde el punto de vista de la ciencia espiritual, hay que creer sinceramente en la evolución humana, hay que estar sinceramente convencido de esta evolución humana, no basta con estar fascinado por la evolución de la que hablan hoy en día los darwinistas convencionales. Miramos hacia una humanidad anterior que tenía un tipo de conocimiento y capacidad espiritual completamente diferente. Podemos hacernos una breve idea de esta antigua condición anímica si recordamos lo que ha quedado como un vestigio heredado de aquella época en la conciencia onírica, donde el ser humano ve ecos de la vida cotidiana en imágenes oníricas. Estas imágenes oníricas ya no tienen realidad para nosotros hoy en día; son ecos de lo que se ha vivido durante el día, representaciones pictóricas de esto o aquello que ha sucedido.  Pero la conciencia onírica es como una antigua herencia, como un resto descolorido de una conciencia humana prehistórica, cuando los seres humanos no veían ni reconocían su entorno de forma tan inmediata como el ser humano actual, que solo reconoce todo con sus sentidos y con la mente, que está ligada al cerebro. Los seres humanos de aquella época veían lo que les daba explicaciones y soluciones a los enigmas en estados anímicos que, según nuestra concepción actual, son anormales, en estados anímicos que se encuentran entre nuestro estado actual de vigilia y sueño. Veían con una especie de conciencia pictórica, pero estas imágenes no eran fantasmas como nuestras imágenes oníricas, sino que tenían una relación clara con la realidad. En aquella época, el ser humano no especulaba sobre los enigmas del mundo en términos e ideas, sino que experimentaba estados, —anormales según nuestra concepción actual—, en los que aparecían imágenes que no eran imágenes oníricas, sino que representaban los fundamentos primordiales de la existencia.

Y esta humanidad, que tenía tal conciencia, también contaba con guías y maestros que habían elevado esta conciencia a un nivel muy especial y que, con su clarividencia, profundizaban de manera muy especial en los fundamentos espirituales de la existencia. Hoy solo puedo mencionarlo a modo de introducción. Esos maestros de entonces, que veían con clarividencia el mundo espiritual, se comportaban con la humanidad más o menos como se comportan hoy en día aquellos que, con una conciencia normal, llegan a intuiciones, ideas y conceptos geniales. Tal como estos se comportan con la humanidad en general, así se comportaban en el fondo también los antiguos y grandes clarividentes, porque tenían una idea de cómo mirar dentro del mundo espiritual, porque tenían una clarividencia natural. El desarrollo de la humanidad parte del hecho de que la humanidad realmente proviene de orígenes espirituales. En nuestra época actual ya no se tiene mucha conciencia de ello; en realidad, esta conciencia [del origen espiritual de los seres humanos] se ha perdido, a pesar de que en los primeros siglos de la era cristiana todavía existía una clara conciencia de una sabiduría antigua y heredada, que provenía de los antepasados de la humanidad y de la que no quedaba nada más que tradiciones tomadas de aquella antigua visión clarividente del mundo espiritual. Platón, por ejemplo, habla de los hombres del imperio de Cronos, de los que dice que podían ver el mundo espiritual y que eran los guardianes de la sabiduría del mundo primigenio. Platón era consciente de que gran parte de esa sabiduría se había transmitido simplemente de generación en generación. Y Platón, el filósofo que había llegado muy lejos en lo que él mismo podía investigar, era consciente de que esta sabiduría ancestral podía penetrar más profundamente en los fundamentos del mundo, mas de lo que él mismo podía transmitir a sus alumnos con las facultades normales del ser humano. También en otros pensadores encontramos el mayor respeto por la sabiduría del mundo primigenio. Debemos buscar esta sabiduría primigenia en su forma original antes de la catástrofe atlante que se ha caracterizado anteriormente.

El desarrollo de la humanidad consiste en que, en esta época postatlante en la que vivimos hoy, el ser humano vio desaparecer poco a poco, por así decirlo, esta sabiduría del mundo primigenio, que perdió la antigua clarividencia elemental, porque debía desarrollar el sentido de juzgar las cosas a través de percepciones sensoriales externas y penetrar en los misterios, en la medida de lo posible, con la mente ligada al cerebro. Las personas miopes de hoy en día creerán, naturalmente, que el conocimiento actual es el alcance de toda la sabiduría, que no puede existir otra sabiduría. Pero quien contemple el desarrollo de la humanidad en su conjunto, sabe que también el conocimiento ligado al intelecto, que la humanidad tuvo que adquirir en su edad adulta, —la anterior fue la infancia—, pertenece solo a una época transitoria, es solo un paso en el desarrollo de la humanidad.

Ustedes saben que los seres humanos volverán a elevarse hacia una futura clarividencia y que se llevarán consigo lo que han conquistado mediante el conocimiento del mundo físico. Este tipo de conocimiento es un paso necesario. Y así podemos decir: lo que hoy, como seres humanos normales, llamamos nuestro conocimiento, es más, lo que bajo la influencia de este conocimiento tenemos en cuanto a ideales morales y estéticos, en cuanto a juicios morales sobre el mundo, todo eso es algo que se ha adquirido. Todo lo que hemos reconocido como las características esenciales del ser humano actual se eleva sobre la base de la antigua clarividencia que el ser humano ha perdido durante un tiempo. Sin embargo, este modo de conocer actual es tan característico de nuestra época que debemos decir: La época postatlante, la época en la que la Tierra tiene su fisonomía actual, está llamada a desarrollar precisamente este modo de pensar y sentir y a cerrar, por así decirlo, la puerta de toda clarividencia al estado humano normal, de modo que el ser humano se vea obligado a fijar su mirada en lo sensorial-real para poder atravesar también esta época en su desarrollo cognitivo.

En esta época postatlante surgieron dos corrientes culturales que tenían como misión llevar a la humanidad de la sabiduría ancestral a la sabiduría intelectual y racional, tal y como acabo de describir. Había dos corrientes. Y, curiosamente, los creadores de estas dos corrientes se encontraban muy próximos entre sí, tanto geográfica como históricamente. La corriente principal de la época postatlante la encontramos en los asentamientos que se formaron tras la catástrofe atlante en la India, la venerable tierra de la cultura. La otra corriente principal la encontramos más al norte, en aquella zona que fue fecundada por el gran y brillante espíritu de Zaratustra. Y aunque estas dos corrientes del desarrollo espiritual humano son tan cercanas, aunque a simple vista parecen tan similares que a veces las palabras para referirse a esto o aquello en las lenguas antiguas de ambas corrientes culturales son idénticas, si miramos más profundamente, vemos que estas dos corrientes de las culturas postatlantes son tipos completamente opuestos que fundamentan nuestra cultura actual.

Verán, cuando el investigador espiritual echa la vista atrás hacia aquella cultura ancestral de la venerable India, que solo puede contemplarse con la mirada espiritual, —pues lo que contienen los grandes y maravillosos Vedas no es más que un eco tardío de la sabiduría primigenia de los indios—, entonces nos remite a algo que precedió a toda la cultura védica y que es de tal grandeza que el ser humano que tiene sensibilidad para la transformación y el desarrollo de la vida espiritual humana siente el más profundo respeto por esta antigua y sagrada cultura de la India. Y hay algo de verdad en lo que normalmente se considera solo una leyenda: que esta antigua cultura india se remonta a una serie de grandes sabios, a los siete rishis de la antigua India. Si examinamos esta antigua cultura india desde el punto de vista de las ciencias espirituales, ¿cómo nos parece?

No podemos describirlo con más precisión que diciendo: nos parece una especie de antiguo patrimonio genético que pudo ser heredado de aquella sabiduría que existía en la humanidad antes de la catástrofe atlante. Solo tenemos que imaginar de la manera correcta el tipo de herencia de un antiguo tesoro de sabiduría mundial. Tal y como aún existía en la humanidad atlante como sabiduría primigenia, esta sabiduría basada en la clarividencia no podía, naturalmente, transmitirse directamente a una humanidad cuyas disposiciones anímicas estaban constituidas de manera muy diferente. Como una tradición que debe adaptarse a una nueva capacidad del alma, la sabiduría ancestral fue incorporada a la cultura india. En el fondo, solo unas pocas personas podían desarrollar aún en sus almas algo que pudiera indicar ese ámbito que en la antigüedad se había contemplado en la clarividencia viva más allá del mundo sensorial. Quien quisiera elevarse con una interioridad viva hasta alcanzar la visión que en otro tiempo era en cierto modo normal para la humanidad, tenía que convertirse en lo que se denomina un iniciado. Tenía que desarrollar ciertas capacidades del alma que normalmente no están presentes; tenía que someterse a ciertos ejercicios, a un cierto entrenamiento del alma, para desarrollar una facultad que de otro modo permanecía latente en su alma. Entonces si que era capaz de conocer por su propia observación lo que los grandes maestros de la India, los siete rishis, tenían que proclamar. ¿A qué se le conducía entonces? Se le llevaba, por así decirlo, a un estado anterior de desarrollo; se le hacía capaz de contemplar algo que la humanidad ya no podía contemplar en su estado normal, pero que antes había podido contemplar.

 Así es como se debe entender, en esencia, esta antigua cultura india prevédica, que luego resuena en los Vedas. De ahí proviene también ese sentimiento fundamental en el que se extiende algo sobre esta cultura india sagrada y ancestral, como una mirada nostálgica al pasado que dice: hubo un tiempo en el que los seres humanos podían ver el mundo espiritual, en el que estaba al descubierto el origen de los seres humanos. Esa época ha pasado. Los sentidos solo tienen ahora la capacidad de ver la realidad física exterior. Y solo desarrollando una capacidad especial se puede volver a esa época antigua; entonces se puede volver a ver lo espiritual, que está oculto por la capacidad de conocimiento sensorial de los seres humanos, por la mente, que está ligada al cerebro. Así se sentía aquel que vivía según esta concepción del mundo de los antiguos indios, diciéndose a sí mismo: «El hombre ha sido expulsado de la visión de su origen espiritual y añora ese origen». El antiguo indio creía que la verdad solo se encontraba más allá de lo que la humanidad podía ver en ese momento. Creía que sobre todo lo que la humanidad podía ver se extendía la gran ilusión, «maha aja», el gran engaño, «maja», la gran no existencia. Y detrás de todo ello se encontraba la verdadera existencia, que los seres humanos habían contemplado en otro tiempo.

Una cosmovisión como la de los indios prevédicos no se comprende si solo se tiene en cuenta lo que parecen dogmas, sino que solo se comprende cuando uno se pone en el lugar de cómo se sentían las personas en aquella época, cómo se sentían expulsadas de su patria espiritual a un mundo de maya, de ilusión, y cómo anhelaban regresar desde esa realidad exterior, sensual y física, a aquel antiguo mundo primigenio. Y es maravillosamente conmovedor, en el sentido más elevado, ponerse en el lugar de esta alma india antigua con su pesimismo, que no es tan frívolo como a veces parece hoy en día, sino que es un pesimismo heroico que no quiere quedarse en este gran engaño y quejarse de él, sino que dice: El mundo sensorial simplemente no es la realidad, sino que la realidad se encuentra cuando uno se aleja de este mundo sensorial y regresa en su alma a épocas anteriores.

¿Qué se encuentra realmente cuando se vuelve a lo que los antiguos indios podían ver? Ya he señalado que toda la ciencia espiritual nos lleva al hecho de que el alma que ahora vive en nosotros entre el nacimiento y la muerte ya ha vivido muchas veces en la Tierra y volverá a vivir muchas más. La ciencia espiritual nos lleva, pues, a la constatación de las vidas terrenales repetidas, de modo que, cuando miramos atrás a tiempos pasados, no encontramos otras almas, sino nuestras propias almas, es decir, a nosotros mismos en encarnaciones anteriores. Y el alma de uno de esos antiguos indios podía decirse a sí misma: tal y como vivo ahora entre el nacimiento y la muerte, estoy atada a la ilusión. Ahora estoy más enredado en el cuerpo de los sentidos que en vidas anteriores, por ejemplo, cuando experimenté la sabiduría primigenia del mundo por mí mismo». En el fondo, un miembro de la antigua cultura india miraba hacia atrás, a sus propios estados anímicos anteriores. Su alma vivía antes de tal manera que podía mirar dentro del mundo espiritual. Ha descendido al mundo sensorial y ahora ya no puede ver el mundo espiritual. Cuando los seguidores de la antigua religión india querían recuperar su antigua visión, ascendían, en esencia, a su propia encarnación anterior; penetraban completamente en su interior. Así podríamos caracterizar el estado de ánimo de la antigua India.

En cierto modo, lo contrario fue lo que aportó el impacto cultural que tuvo Zaratustra en el norte de la antigua India, en Bactriana, Media y Persia. Si podemos llamar a la sabiduría de la antigua India una especie de herencia de la antigüedad, que también despertó el anhelo por esos tiempos pasados, entonces debemos decir: Por el contrario, lo que Zaratustra dio a la humanidad, lo que imprimió en el desarrollo de la humanidad, apunta tan fuertemente hacia el futuro como la antigua doctrina india apunta hacia la sabiduría del mundo primigenio. Existe una curiosa contradicción entre la doctrina de Zaratustra y la antigua doctrina india. Si dejamos que ante nuestra alma no se presenten dogmas ni enseñanzas, que en realidad tienen poca importancia para el desarrollo de la humanidad, sino estados de ánimo y sensaciones, entonces podemos decir: el estado de ánimo de la antigua cosmovisión india que acabamos de caracterizar es un estado de ánimo de redención: ¡salir de este cuerpo, que ya no puede ver la verdad, y entrar en la visión anterior! Ese era el estado de ánimo del antiguo indio: ser redimido de un cuerpo que depende de Maya. Por lo tanto, en el mejor sentido de la palabra, todo lo que surgió de la antigua cultura india, hasta el budismo, es una especie de religión de salvación.

En la visión de Zaratustra aparece primero aquello que no es una religión de salvación, una cosmovisión de salvación, sino una cosmovisión de resurrección, una cosmovisión de despertar. Y en este sentido, esta doctrina del norte es exactamente lo contrario de la doctrina que surgió en el sur. Zaratustra fue el primer gran guía de la humanidad que señaló radicalmente que [para ella] es necesario desarrollar los sentidos para lo que se extiende ante ellos y desarrollar el espíritu para lo que es el pensamiento lógico, lo que es la comprensión racional. Pero el gran Zaratustra no se detiene de manera materialista en el mundo sensorial exterior, sino que, como iniciado, dice a su manera: Ciertamente, la humanidad postatlante tiene la tarea de agudizar los sentidos para lo que se presenta a los ojos, a los oídos, a todo el ser sensorial. La humanidad postatlante tiene la tarea de comprender de manera intelectual y racional las manifestaciones del mundo sensorial, pero al crecer junto con el mundo sensorial, debemos ser capaces, al desarrollar ciertas fuerzas latentes en nuestra alma, de no quedarnos en lo que nos ofrecen los sentidos, sino de atravesar el velo sensorial para llegar a lo que hay detrás de este mundo sensorial.

Esta es la gran diferencia entre la cosmovisión india y la cosmovisión de Zaratustra. El antiguo indio dice: cuando miro el mundo que se extiende ante mí con sus colores, formas y todas sus propiedades sensoriales, no veo el mundo verdadero, sino maya. Solo alcanzo el mundo verdadero cuando me retiro de este mundo sensorial exterior; así que aparto mis ojos y oídos y el resto de mis sentidos, dejo que mi mente se detenga en lo que se refiere a la combinación de ideas y conceptos. No me preocupo en absoluto por este mundo sensorial si quiero alcanzar la verdad, sino que me sumerjo en el interior humano, me identifico con ese yo que existía en encarnaciones anteriores; subo por la escalera de las encarnaciones para adquirir la capacidad de ver la verdad. — En cierto modo, la condición anímica básica de los antiguos indios era huir del mundo sensorial y alcanzar la verdad mediante una profunda introspección en el propio interior, en lo que puede vivir en el alma cuando se abstrae del entorno. Era una inmersión mística en la vida interior del alma, distraída del mundo exterior, que no quiere saber nada del «maha aja», la gran ilusión: esa es la tendencia de la antigua India.

Por el contrario la condición anímica de Zaratustra, era la de recibir con alegría la renovación de nuestra capacidad espiritual, que el mundo nos muestra con todo lo que puede ofrecer a la mirada despierta, lo que puede ofrecer a todas las posibilidades humanas externas, lo que también puede ofrecer a la mente ligada al mundo sensorial, recibir con alegría todo lo que se extiende como un tapiz sensorial externo ante los sentidos:  Si los indios miraban la cubierta vegetal, los animales, las nubes, el aire, las montañas y las estrellas, se decían a sí mismos: todo esto no es más que una ilusión exterior. ¡Atrévete a mirar a aquel que ha exhalado esta gran Maja, a Brahma, a quien solo se puede encontrar en tu interior! Y Zaratustra dice: Dirigid vuestra mirada hacia lo que se extiende ante vuestros sentidos externos, utilizad precisamente esa facultad del alma que es la adecuada para la era actual de la humanidad. Pero no os detengáis ahí; creced junto con el mundo sensorial, penetradlo, atravesadlo y, cuando atraveséis este mundo sensorial y no os dejéis detener, encontraréis detrás de él, allá afuera, más allá de las estrellas, más allá del mundo mineral, vegetal y animal, un mundo espiritual. No solo cuando entráis en vosotros mismos, sino también cuando salís al mundo sensorial, crecéis junto con un mundo espiritual gracias a vuestras nuevas capacidades.

Lo que mejor expresa la individualidad de Zaratustra, —tómenlo como una comparación, por favor—, es lo que se dice de él: cuando nació, lo primero que hizo, como por arte de magia, fue sonreír al ver el mundo por primera vez: ¡la sonrisa de Zaratustra! Solo hay que ponerse en el lugar de quien dice algo así con una fórmula tan mágica y profunda para describir tal individualidad. Se insinúa que en Zaratustra nació una individualidad que contempla todo el tapiz del mundo sensorial, pero lo penetra con clarividencia y ve detrás de él lo espiritual, y que, consciente de la grandeza del ser humano sobre lo que se extiende a su alrededor, deja fluir ese júbilo por sí mismo, del que la sonrisa de Zaratustra es un símbolo.

Y así vemos que en el zaratustrismo sopla un viento muy diferente al del hinduismo. Por eso, este zaratustrismo pudo señalar lo que ahora debe absorber el alma humana, lo que ahora debe unir consigo misma. Al mirar hacia el mundo sensorial y, normalmente, ya no ver de forma pictórica lo que no se encuentra en el mundo sensorial, los seres humanos absorben algo que llevarán consigo al futuro y que será un nuevo componente del alma humana futura. A través de este nuevo componente, experimentará una resurrección: en el futuro, el alma humana no solo será como era en el pasado, sino que habrá asimilado este nuevo elemento, que solo puede adquirirse en el mundo sensorial. Por eso, en la doctrina de Zaratustra vive esta profunda idea de resurrección. Hoy no puedo entrar en detalles para justificar lo que tengo que decir a partir de tal o cual referencia, solo quiero caracterizarlo, y cada uno puede deducir de las comunicaciones habituales que lo que hoy se presenta como característica del zaratustrismo está bien fundamentado.

Zaratustra se dijo a sí mismo: En el fondo, no es compatible con el verdadero progreso de la humanidad que solo se alabe como lo más elevado el antiguo patrimonio heredado de la humanidad. ¿Por qué deben los hombres volver a encarnaciones anteriores y a la forma en que entonces veían el mundo? Deben aceptar lo nuevo que se les ofrece, deben enriquecer y ampliar su visión del mundo, darle mayor alcance. Así sabía decir Zaratustra a los hombres: mirad hacia el futuro, aceptad lo nuevo, contemplad ese mundo espiritual que se os ofrece cuando percibís el mundo sensorial como un velo transparente. Eso sabía decir al mundo, y al decirlo sentía un profundo respeto por lo que hay como mundo espiritual detrás de todo el mundo sensorial. Él lo sentía como el comienzo de un nuevo ascenso [al mundo espiritual] cuando nos esforzamos por penetrar en este mundo espiritual a través del mundo sensorial, al igual que el antiguo indio quería penetrar en un mundo espiritual descendiendo a su propio interior. En cambio, él sentía que la humanidad había caído realmente de un punto de vista espiritual superior a un punto de vista físico inferior y que, además, se sumaba a ello la conciencia de querer volver con nostalgia [a lo antiguo], aferrándose a una antigua sabiduría heredada.

Zaratustra estaba profundamente convencido de que algo había afectado al alma humana, algo que la había degradado y enredado en el mundo de los sentidos. Pero también tenía claro que ahora esa alma humana podía ser alcanzada por algo que la llevaría por el camino hacia el mundo espiritual. Zaratustra tenía ante sus ojos espirituales, por así decirlo, la oposición de dos fuerzas, una de las cuales arrastraba a la humanidad hacia el mundo sensorial y la otra la elevaba hacia el mundo espiritual. Esta oposición se nos presenta cuando oímos a Zaratustra hablar de un poder que eleva al ser humano, Ahura Mazdao, Auramazda, que más tarde se convirtió en Ormuzd, y lo contrapone a otro poder que arrastra al alma humana: Ahriman, Angra Mainyu.

Así que primero hay que percibir cómo funcionan estas dos fuerzas: una que lleva al alma humana al mundo sensual, y otra que la eleva al mundo espiritual. Pero Zaratustra es ahora completamente coherente en el sentido más profundo, ya que no acepta el mundo exterior y sensual de forma abstracta y dice que detrás de él hay algo espiritual, como dicen hoy los panteístas, sino que dice: Las distintas formas del mundo sensorial se diferencian entre sí; una aparece de una manera, otra de otra. Una aparece como poderosamente brillante y eficaz para el resto del mundo sensorial, la otra como pequeña e insignificante. Y todo lo que para nuestro mundo parece, por su forma exterior, un gran poder formidable, Zaratustra lo percibía, en el sentido de la cosmovisión también adoptada por su pueblo, como parte integrante del sol, ese sol que cada año vuelve a hacer aparecer la flora necesaria para el ser humano, ese sol sin el cual no puede haber vida en la Tierra.

Pero incluso frente al sol, que él consideraba como lo más poderoso, como lo que más influía en la Tierra, Zaratustra tenía claro que también formaba parte del mundo sensorial exterior, que lo que la ciencia exterior podía investigar sobre este sol era solo la expresión exterior de lo que vivía detrás de él. Y lo percibía de tal manera que decía: así como las plantas brotan en primavera en la Tierra por el poder de los rayos del sol, así también vive en lo que hay detrás del sol como poder espiritual aquello que saca al ser humano del mundo sensorial, aquello que puede crear en el ser humano las fuerzas con las que puede atravesar el mundo sensorial. Por eso, para Zaratustra, detrás del sol vive esa poderosa entidad espiritual a la que él llamaba Ahura Mazdao, Ormuzd. Pero, ¿qué es eso?

Solo podemos hacernos una idea de los pensamientos que vivían en Zaratustra si recordamos que, en la ciencia espiritual, tampoco consideramos el cuerpo físico del ser humano tal y como lo vemos ante nosotros como lo único, sino que nos decimos: este cuerpo físico es la expresión externa de su esencia espiritual. Y cuando el ojo se vuelve clarividente, ve esta esencia espiritual, y llamamos al contenido de la espiritualidad que ve el ojo clarividente el aura del ser humano. Percibimos el cuerpo físico como la expresión del aura humana, la pequeña aura. Ahora bien, Zaratustra decía: así como el ser humano tiene su aura, así como tiene su espiritualidad detrás de lo físico, el sol es el cuerpo externo de una entidad espiritual, es decir, la gran aura, el Gran Ahura, —la palabra siempre significa lo mismo—, el aura solar. - Así tenemos a Ahura Mazdao, la gran aura, en contraposición a la pequeña aura del ser humano.

De este modo, Zaratustra señaló a los seres humanos lo que existe ahí fuera, en el universo, como una poderosa entidad espiritual que tiene su cuerpo en el sol, del mismo modo que el ser humano tiene un cuerpo atravesado por una entidad espiritual y anímica, la pequeña aura. Eso es [también] Ormuzd, eso es lo que puede desatar todas las fuerzas del ser humano que se dirigen hacia lo espiritual. Para este espíritu que vivía en Zaratustra, ante la mirada clarividente de este Ahura Mazdao, esta gran aura era una verdad, una realidad. Y él les dijo a sus discípulos, a quienes pudo iniciar más íntimamente en sus secretos, más o menos lo siguiente: Mirad, si buscáis lo que impulsa y guía al ser humano hacia el bien, entonces debéis elevar la mirada hacia lo que hay espiritualmente detrás del sol.  El ser humano está llamado a elevarse cada vez más en el transcurso de su desarrollo terrenal. Ahura Mazdao le ayudará a ello. Pero, según Zaratustra, lo que es el espíritu del sol no siempre se verá solo allá arriba, detrás del cuerpo del sol, sino que se hará cada vez más grande, abarcará cada vez más la Tierra y finalmente se extenderá hasta ella. El espíritu del sol se convertirá algún día en un espíritu activo en la Tierra.

Si observamos la época [de Zaratustra] y la evolución de la humanidad, vemos que ambas están en armonía. Lo que Zaratustra veía detrás del sol físico, en su época solo podía buscarse en el sol del espacio cósmico; hoy, sin embargo, se ha ampliado tanto que lo encontramos dentro de la aura terrestre. Y el acontecimiento en el que Ahura Mazdao, la gran aura, descendió a la Tierra, lo vemos, si nos basamos en la verdadera ciencia espiritual, en lo que ocurrió a través del impulso crístico, que tuvo lugar en la Tierra en los acontecimientos de Palestina.

Desde el punto de vista de la ciencia espiritual, podemos comprender lo que Zaratustra dijo una vez a sus discípulos: «Quiero hablar; ahora venid y escuchadme, vosotros que desde lejos y desde cerca anheláis oírme; ahora quiero hablar y ya no podrá envenenar el desarrollo de la humanidad aquel que con su lengua malintencionada induce a error a los hombres». Quiero hablar de lo que Dios me ha revelado en el mundo, de lo que él mismo me ha revelado, él, el Gran Ahura. Y quien no quiera escuchar mis palabras tal y como yo las entiendo, sufrirá cosas terribles cuando las etapas del desarrollo de la Tierra se acerquen a su fin. Cuando Zaratustra hablaba así del espíritu del sol, nosotros, que nos basamos en la ciencia espiritual moderna, decimos:  Hablaba del mismo espíritu que, en su época, solo se encontraba en el vasto espacio celestial, y hoy lo encontramos, cuando estudiamos el misterio del origen del cristianismo en toda su verdad, tal y como surgió de la religión mosaica. Ahura Mazdao, como si hubiera descendido del sol, ha evolucionado hasta la época cristiana, y los cristianos lo llaman Cristo. Y aquel que se entromete en toda la evolución del mundo para detener el progreso de la humanidad, impulsado por el gran poder de Ahura Mazdao, es Ahriman.

Zaratustra no veía el desarrollo del mundo y de la humanidad de una manera tan unilateral que pudiera preguntarse, como hacen muchos hombres modernos: «Sí, ¿cómo puedo creer en un Dios omnisciente y grandioso cuando hay tanta maldad en el mundo?». Hoy en día, esto es algo que se expresa de manera generalizada; no se quiere creer en una sabiduría que impregna y atraviesa el mundo cuando hay que observar tantas cosas malas. Zaratustra no habla así, y tampoco enseña a sus discípulos a hablar así. Zaratustra tenía claro que debe existir lo que proviene de Ahriman, lo que se opone a toda vida, y que precisamente la sabiduría del mundo debe permitirlo, para que los seres humanos que deben experimentar un desarrollo ascendente se fortalezcan con la resistencia y puedan gradualmente convertir lo malo en bueno. De esta manera se alcanza un desarrollo más elevado que si el ser humano simplemente se encontrara cómodamente en todo lo bueno y no tuviera que superar nada malo.

Por lo tanto, Zarathustra y todos aquellos que se declaraban seguidores suyos consideraban a Ahriman como el enemigo de Ahura Mazdao, pero también como un componente necesario del desarrollo del mundo. Sin embargo, si queremos comprender la estructura interna de las enseñanzas de Zaratustra, debemos llamar la atención sobre algunos aspectos que hoy en día pueden resultar muy molestos para las personas inteligentes que creen estar firmemente ancladas en la cosmovisión más moderna. Pero ¿de qué sirve querer ocultar la verdad una y otra vez con cautela? Hay que sumergirse en la clarividencia de Zaratustra y explicar con más detalle cómo era toda la estructura del pensamiento que acabo de caracterizar externamente. Hay que tener claro que Zaratustra fue uno de esos pensadores que, a pesar de haber dirigido alegremente su mirada hacia el mundo sensual, buscaron la verdad en el mundo espiritual y, en el fondo, vieron [la esencia] de todo el contenido del mundo en lo espiritual. Poderes como Ormuzd y Ahriman son fuerzas espirituales; se nos presentan en el mundo como entidades espirituales.

Pero, ante estas fuerzas espirituales, ¿cómo concebían mentes tan elevadas como la de Zaratustra la estructura exterior del mundo? Tal como Zaratustra alza la vista hacia el sol y dice: «Este es el cuerpo exterior de un poder espiritual», así contemplaba el cielo estrellado y todo lo que la vista exterior y sensual podía captar, y él y sus discípulos percibían lo que se extendía en el espacio como una escritura, como símbolos, como imágenes que expresaban el tejido y la esencia de los poderes espirituales. Esto es extraordinariamente importante. Zarathustra y sus discípulos no miraban el mundo exterior de las estrellas como estamos acostumbrados hoy en día con nuestro sentido materialista, viendo solo esferas que se movían por el espacio, sino que veían en ese mundo de estrellas la expresión de entidades espirituales y procesos espirituales, y en la disposición de las estrellas veían los símbolos de lo que las entidades espirituales hacían detrás de ellas. El mundo estelar era para ellos una escritura estelar que les expresaba lo que sucedía detrás de él en forma de actos del mundo espiritual. Ni en el sentido materialista actual, ni en el sentido de la astrología materialista actual, que quiere ver en las estrellas la causa del destino de la humanidad, cuando en realidad solo son signos: el pensamiento de Zaratustra no iba ni en una dirección ni en la otra. Para él, lo que podía ver en la escritura estelar era algo así como para nosotros el significado de una frase que ponemos en papel con caracteres escritos. Las estrellas eran para él caracteres cósmicos. Y lo que le importaba eran las entidades espirituales que había detrás.

Zaratustra veía en Ormuzd y Ahriman a las entidades espirituales más elevadas. Para él, ambas formaban un todo, aunque una fuera enemiga de la otra. Ambas surgieron, por así decirlo, de una única y gran entidad espiritual. A esta entidad primordial se la puede llamar, en el sentido del idioma persa, Zaruana Akarana o, como se expresa a menudo, la «eternidad envuelta en gloria». Para el sentido humano actual es difícil alcanzar la altura a la que se elevaban los seguidores de Zaratustra y en la que comprendían lo que hay que comprender si se quiere ver a Ormuzd y Ahriman como uno solo. La mejor manera de llegar a ello es esforzarse por llegar poco a poco a la siguiente idea: si miro atrás en el tiempo, cada vez más atrás, llego a lo que existía en la antigüedad y donde se encuentran las causas del presente. Yo mismo provengo de lo que se ha desarrollado a partir de esta corriente del pasado. Pero en la dirección opuesta hay una corriente futura, y si uno es capaz de elevarse para ver que el futuro es algo que viene hacia nosotros desde el otro lado, hacia lo que nos dirigimos, entonces se llega gradualmente a una verdadera comprensión de lo que Zaratustra ve como unidad detrás de Ormuzd y Ahriman.

 Imagina una línea curva que se extiende hacia delante y hacia atrás formando un pequeño círculo. Si aumentas el tamaño del círculo, la línea se curva menos; si aumentas aún más el tamaño del círculo, la línea se aproxima cada vez más a una línea recta. Si aumentas el diámetro del círculo hasta el infinito, el arco del círculo se convierte gradualmente en una línea recta que se extiende hasta el infinito. Así, si seguimos cualquier línea recta hacia delante y hacia atrás, podemos considerarla como un círculo infinitamente grande. Y así también podemos decir: si retrocedemos en el pasado, llegamos a un punto en el que el pasado y el futuro se unen en un círculo. Esa es la corriente de la eternidad a la que se refería Zaratustra: Zaruana Akarana. El pasado y el futuro se han entrelazado en el círculo eterno del mundo, y de él descenden el dios del sol, de la luz, de todo lo bueno —Ormuzd, Ahura Mazdao— y también el dios contra cuya resistencia deben desarrollarse las fuerzas del bien —Ahriman—, ambos surgidos de la serpiente de la eternidad: Zaruana Akarana. Solo hay que sumergirse en estas ideas de eternidad para captar algo del estado de ánimo que prevalecía entre los seguidores de Zaratustra, para sentir algo de la grandeza de los sentimientos que emanan de las enseñanzas de Zaratustra, que siguen influyendo en la humanidad hasta hoy.

Y así decía Zaratustra a sus discípulos: Ahora bien, mira, ahora tienes en tu mente una idea del ciclo del mundo que se cierra, de una parte del ciclo del mundo como el poder superior de la luz, Ahura Mazdao, y de la otra parte como el poder oscuro, Ahriman. Lo que acabamos de decir está escrito con escritura estelar, y escrito con escritura estelar ves este círculo que se cierra sobre sí mismo como un símbolo de Zaruana Akarana: el zodíaco que se cierra alrededor de la bóveda celeste. Este es el símbolo del círculo exterior del mundo, y cuando estés en la Tierra y dirijas tu mirada hacia el zodíaco, imagina al sol como el gran Ormuzd, atravesando este círculo. Y lo que son las acciones del círculo de luz se te muestra como el reino creador de Ormuzd, y lo que yace en la noche, lo que está sumergido en la oscuridad para el ser humano y se encuentra en la otra mitad de la Tierra, es lo que simboliza Ahriman. Los siete signos del zodíaco, por un lado, en el curso diurno del sol, y por otro lado, los cinco signos en el curso nocturno del sol: estos son los símbolos de Ormuzd y Ahriman.

Así, las estrellas se percibían como una escritura en el cielo que representaba lo que eran Ormuzd y Ahriman. Se imaginaba que tales entidades, que están detrás del mundo sensorial, influyen en la naturaleza humana, pero se era consciente de que no eran algo uniforme, sino que había espíritus parciales, espíritus subordinados. Y en los distintos signos del zodíaco se percibían ahora los símbolos de siete o seis espíritus servidores de Ormuzd. Eran espíritus inferiores, llamados Amshaspands en la antigua lengua persa. La mejor traducción es la que eligió Goethe en su «Fausto», cuando dijo:

Pero vosotros, los auténticos hijos de los dioses,
¡disfrutad de la belleza viva y rica!

¡Hijos de los dioses! Seis —en el lado luminoso del zodíaco— estaban unidos a Ormuzd, mientras que los otros cinco espíritus, a los que Ahriman se oponía, se llamaban Devs. Esto suena extraño y muestra la contradicción con el hinduismo, con lo que los indios veneraban como sus poderes supremos, los Devas. Mientras que para Zaratustra las fuerzas espirituales supremas se encuentran en la penetración de la envoltura sensorial, —es decir, las fuerzas asúricas que actúan en el mundo exterior—, para los indios las fuerzas supremas son aquellas que se encuentran al adentrarse en el interior místico del ser humano. La explicación más sencilla de que el antiguo induismo viera en los devas lo más elevado, mientras que la religión persa lo consideraba algo peligroso, y de que, además, los indios vieran en los asuras algo de lo que no querían saber nada, mientras que los persas los veneraban, es la siguiente: En el sentido de Zaratustra, había que despedirse de ese mundo que se basa únicamente en el interior, que puede resultar seductor para el ser humano si no quiere captar el mundo sensorial exterior. Por eso, sumergirse en el interior, en el mundo de los devas, se convirtió en algo peligroso precisamente para los persas, mientras que para los indios era algo sublime.

De este modo, los cinco espíritus de Ahriman están simbolizados por las cinco oscuras constelaciones invernales del zodíaco. De manera que tenemos doce entidades espirituales: Ormuzd con sus siervos y Ahriman con sus siervos. Básicamente, debemos concebir los reinos de Ormuzd y Ahriman de tal manera que estos doce [espíritus] interactúan en el mundo espiritual: ¡Zaruana Akarana! ¿Cómo actúan? Comunicando al ser humano lo que para Zaratustra es la expresión del objetivo del mundo, vertiendo en el ser humano lo que dejan fluir a través del espacio cósmico. Zaratustra sentía que el ser humano, como un pequeño mundo, es una confluencia de lo que se extiende como grandes fuerzas cósmicas por todo el espacio cósmico. Así lo sentía.  Por lo tanto, debería resultarnos natural que Zaratustra no viera en el ser humano lo que hoy se encuentra en el cuerpo diseccionado mediante la anatomía, la fisiología, etc. La sabiduría de Zaratustra no necesitaba diseccionar al ser humano, sino que lo que tenía era una visión clarividente que le permitía ver cómo las fuerzas espirituales influían en la naturaleza humana y la conformaban. Zaratustra dice: «Por el espacio cósmico fluyen doce fuerzas que emanan de los doce espíritus de Ormuzd y Ahriman; estas conforman el cuerpo humano». En el cuerpo humano se expresa, como una huella de sello, en pequeño lo que se extiende en el gran mundo en los Amshaspands, los hijos de los dioses. Allí dentro sigue actuando como corrientes del exterior.

¿Qué quiere decir realmente el discípulo de Zaratustra con «lo que sigue actuando en su interior»? Lo que voy a decir ahora es algo molesto para la ciencia moderna. La ciencia más reciente ha redescubierto, a su manera, lo que fluye en forma de doce corrientes, lo que convierte al ser humano en un ser capaz de ascender al mundo espiritual, de tener un cerebro, una mente; lo ha reencontrado en los doce nervios principales de la cabeza. Pero es una molestia para la ciencia moderna, casi una locura, decir que estos doce nervios son las corrientes cristalizadas y condensadas que, según Zaratustra, los doce Amshaspands introdujeron en el organismo humano. Y así, en la investigación materialista sobre el ser humano, nos encontramos con lo que Zaratustra, la personalidad brillante y clarividente, reveló como misterio espiritual. En aquella época se veía lo importante en el espíritu. Y a nuestra época le corresponde ver en lo material lo que es, por así decirlo, lo espiritual condensado.

Zarathustra continuó diciendo a sus discípulos: «Sí, ved, así como hoy el ser humano, a través de su espiritualidad ligada al cerebro, aspira a alcanzar un mundo superior, un desarrollo superior, en tiempos pasados aspiraba a otra cosa. Así como hoy el ser humano está conectado con Ahura Mazdao, en otros tiempos estaba ligado al desarrollo lunar. Esto también es algo molesto para la ciencia moderna. Sin embargo, es una verdad de la ciencia espiritual. Este desarrollo lunar se expresa en un nivel más denso de espiritualidad. Allí actuaban espíritus inferiores. Así como los doce grandes Amshaspands actuaban en los seres humanos, antes otras entidades espirituales habían provocado una actividad espiritual inferior. Hoy diríamos: cuando el ser humano reflexiona, se trata de una actividad espiritual superior; cuando solo ahuyenta un mosquito de su cara de forma refleja, sin pensar, se trata de una actividad inferior. Estas actividades inferiores las vemos relacionadas con los nervios, que tienen su centro en la médula espinal. Zarathustra atribuyó a una influencia espiritual anterior lo que se introdujo en la organización humana como actividad inferior.

Él decía que a los doce grandes espíritus se oponían otros veintiocho, a los que llamaba Izeds. Estos actuaban sobre la corporeidad humana y la constituían. Añadía que esto implicaba cierta irregularidad, ya que el gobierno lunar había sido sustituido por el gobierno solar. A los 28 izeds, que corresponden a los 28 días lunares, se sumaban otros tres, que se insertaban debido al [más largo] recorrido solar, hasta tres días insertados de forma irregular. Así se pueden contar entre 28 y 31 izeds. Esto nos acerca a lo que la ciencia moderna entiende por izeds: son los 28 a 31 nervios que discurren por la médula espinal en el ser humano, que son los izeds cristalizados. Así se ve en la anatomía humana la sabiduría de Zaratustra cristalizada, por así decirlo. Nunca se habría pensado en dirigir el pensamiento humano de tal manera que pudiera investigar y buscar como lo hace hoy, si Zaratustra no hubiera dado el impulso para ello.

Él se refería a fuerzas espirituales superiores que irradiaban en el ser humano. Y en la medida en que eran Amshaspands, se convirtieron en los doce nervios craneales de la organización corporal del ser humano; en la medida en que eran Izeds, se convirtieron en nervios espinales. Esto es algo que ahora parece aún más retorcido que lo que dije ayer sobre la reencarnación. Pero es algo que poco a poco se irá reconociendo, a saber, que la humanidad partió de una cosmovisión espiritual y solo después descendió al materialismo. Poco a poco se comprenderá lo útil que es volver a dirigir la mirada hacia aquellos grandes genios que, en cierto modo, consideraron como su misión dotar al ser humano de un bien espiritual que, a su vez, pudiera sacarlo de este mundo sensorial. La humanidad ha descendido de lo que antes contemplaba en el espíritu a las cosas sensoriales.

Hoy en día, la gente no tiende a considerar esto como algo más que molesto, pero solo porque se olvidan fácilmente ciertas cosas. Por ejemplo, todo el mundo dirá: después de que Kepler descubriera sus leyes, ¿cómo podríamos imaginar la estructura del universo de otra manera que no sea como una suma de procesos puramente mecánicos? Bueno, solo hay que recordar que Kepler llegó a sus leyes precisamente a través de una cosmovisión espiritual y dijo: «Así que he traído los vasos sagrados de los misterios egipcios al norte y los he traducido al lenguaje del presente». —Los que fueron verdaderamente grandes portadores de la cultura supieron conectar con la época en la que aún se miraba hacia el mundo espiritual. Así, Zaratustra se presenta ante nosotros como aquel que, en su cosmovisión espiritual, siente la misión de señalar al ser humano, que tiene en el cuerpo físico la herramienta para su trabajo en el mundo, pero que aún así lo señala con medios espirituales. Por eso Zaratustra es tan tremendamente importante. Siempre se habla de él en relación con toda la vida exterior del pueblo en el que se encontraba.

Es muy significativo que la leyenda narre de manera tan maravillosa cómo este pueblo, en el que vivió Zaratustra, emigró desde el norte. La leyenda, más verdadera que la historia, nos cuenta lo siguiente: este pueblo vivió en otro tiempo en el extremo noroeste de aquellas tierras a las que más tarde se trasladó. Antes de que Zaratustra actuara allí, este pueblo vivía en esas tierras del noroeste, donde podía vivir porque las condiciones eran favorables. Pero entonces se produjeron cambios extraños, según cuenta la leyenda: llegaron inviernos que duraban diez meses; el pueblo ya no podía permanecer allí, y el rey Djemshid lo llevó [a zonas más meridionales]. Recibió [de Ahura Mazdao] una daga de oro, que clavó en la tierra en diferentes lugares. Gracias a ello, creció el grano en aquellas zonas y el pueblo se estableció allí.

Si traducimos lo que nos cuenta esta leyenda a la más sobria verdad, debemos decir: este pueblo al que Zarathustra fue introducido dependía, como pueblo, del cultivo de la tierra; dependía de realizar con sus manos el verdadero trabajo de la vida. La misión de Zaratustra para este pueblo es, en primer lugar, la difusión de una sabiduría espiritual, pero al mismo tiempo es una orientación hacia la realidad sensorial inmediata. De ahí su alejamiento de aquella cosmovisión que no quiere saber nada del trabajo que hay que realizar en el mundo sensorial y que considera maya aquello a lo que deben dirigirse las manos. No, para las personas que tuvieron a Zaratustra como maestro, la tierra no era maya. Era tal y como era, una realidad.

Y era una realidad que debía elevarse cada vez más, obteniendo los frutos de la tierra. Al trabajar, uno se unía a lo que Ormuzd quería. El trabajo era un servicio a Ormuzd. Y cada uno sentía el espíritu de Zaratustra en sus venas cuando trabajaba la tierra: no debo dejarme llevar por el sentimiento que me lleva a anhelar otro mundo; no, aquí quiero ser un servidor de Ormuzd. Al clavar la pala en la tierra, trabajo como siervo de Ormuzd. Y el ser humano tiene que vivir aquí, en la tierra. Por eso, los seguidores de Zaratustra vivían precisamente la más noble y hermosa fe en la verdad y la veracidad, en la pureza moral. Y eso es uno de los impactos más hermosos relacionados con la misión de Zaratustra, que se desarrollara el sentido de la verdad y la veracidad, debido a esta conexión con el mundo exterior, en el que se necesita el sentido de la verdad.

Y así vemos también que, entre todo lo que se consideraba malo y propio de Ahriman —el engaño, la mentira, la calumnia—, se consideraban los peores vicios en la doctrina de Zaratustra. En el fondo, gran parte de lo que la humanidad actual percibe como la virtud de la veracidad, como el rechazo al engaño, la mentira y la calumnia, es consecuencia de lo que sentían los discípulos de Zaratustra. «Engaño» es incluso una palabra que se acuñó en la lengua persa para designar a uno de los devas más malvados. Lo que la misión de Zaratustra infundió en los seres humanos, al propagarse como una sangre espiritual, sigue siendo hoy uno de los bienes más hermosos que se han derramado de Oriente a Occidente y que gradualmente se han convertido en parte integrante de la cultura occidental.

Así, la mirada de Zaratustra y su pueblo se dirigía hacia la realidad exterior, pero de tal manera que detrás de ella se buscaba el mundo espiritual. En este mundo espiritual, el hombre esperaba encontrar su resurrección, su futura unión con Ahura Mazdao, una vez que hubiera atravesado el mundo de la sensualidad. La doctrina de Zaratustra es una religión de resurrección, la primera religión de resurrección. Y así se convirtió en una cosmovisión que miraba con amabilidad, amor y benevolencia lo que más al sur solo se consideraba maya. Dentro de la religión de Zaratustra se desarrolló lo que eran los instintos para la realidad, para el trabajo en la realidad y para la conexión con la realidad. Por lo tanto, en esta religión no existía esa tendencia a mortificar el cuerpo para que el espíritu pudiera salir de él con la mayor facilidad posible, sino que en ella vivía ese instinto que quiere moldear el cuerpo de tal manera que los sentidos puedan ser lo más finos posible y el pensamiento lo más agudo posible. Y eso tenía que convertirse en instinto. Y así se ve desarrollar una maravillosa suma de reglas de vida saludables, reglas tan saludables que se extendían incluso a la alimentación, hasta tal punto que más tarde Platón admiró precisamente este aspecto de la religión de Zaratustra.

Sí, cuánto tiempo se apreció la misión de Zaratustra, —hasta que la época materialista lo hizo imposible—, lo podemos deducir de lo que se decía: Pitágoras aprendió la geometría de los egipcios, la astronomía de los caldeos y otras ciencias de los griegos, pero el culto a los dioses y las reglas de sabiduría sobre la naturaleza las aprendió de los magos de la religión de Zaratustra. Así pues, se veneraba a los seguidores de Zaratustra, llamados magos, a aquellas personas que sabían cómo ver a través del mundo sensorial hacia lo espiritual, que sabían que no se llega a lo espiritual mediante la mera inmersión mística en el propio interior, sino que hay que hacer transparente el tapiz sensorial exterior. En resumen, aquellos que decían que Pitágoras había aprendido de Zaratustra el culto a los dioses veían en los seguidores de la religión de Zaratustra —si se me permite expresarlo así—, «expertos» con la mirada correcta hacia el mundo espiritual, con el culto adecuado a los dioses. Así se pensaba sobre lo que Zaratustra había dado a la humanidad. Pero llegará el momento en que se volverá a mirar con veneración a Zaratustra, y será cuando, a través de la ciencia espiritual, se adquiera la capacidad de comprender una espiritualidad tan grande como la que se encuentra en Zaratustra.

Es útil y significativo volver la mirada hacia los orígenes de las culturas humanas. Cuando lo hacemos, entre las figuras luminosas a las que miramos para ver cómo hemos llegado a ser lo que somos y cómo ha surgido gradualmente nuestra cultura actual, siempre se encuentra aquel que fue la «estrella dorada» , Zoroastro, Zarathustra, ya que se puede traducir con bastante razón este nombre honorífico como «estrella dorada». El oro siempre se ha considerado un símbolo de sabiduría, y la sabiduría era para los seguidores de Zarathustra algo vivo y eficaz, no una ciencia abstracta y muerta. Por lo tanto, es un enorme error creer que los amshaspands eran ideas abstractas para Zaratustra y sus seguidores. Basta con echar un vistazo [a esta corriente cultural] para darse cuenta de que se trataba de espíritus vivos.

Los seguidores de Zaratustra sentían que en él vivía, como una huella indeleble, la verdad de la espiritualidad viva que impregna el espacio, cuando hablaba de los espíritus que había en él mismo, por ejemplo, de «Vahumano», de la actitud que eleva al ser humano al mundo espiritual que se encuentra detrás del telón del mundo sensorial. Entendían lo que Zaratustra tenía que dar a la humanidad desde la fuente de su alma cuando oían de él: todo lo que, como espíritu de luz, como fuerza de luz y fuego, impregna y anima el mundo, puede influir en el ser humano y encender en él [un fuego interior]. Lo que se extiende en el espacio puede concentrarse en un punto central, de modo que el ser humano se siente inmerso en el macrocosmos. Y al mirar hacia arriba, hacia el espíritu del macrocosmos, los discípulos de Zaratustra dicen: en nosotros resuena como un eco lo que nos llega como misterio [desde el macrocosmos].  Sentimos en nuestro interior lo que el poder de la luz, —el ser envuelto en gloria—, puede llegar a ser en nosotros cuando dejamos resonar en nuestro interior lo que nos llega desde todos los lados. Los discípulos llamaron «Ahuna Vairja» a lo que experimentaron en su interior, lo que más tarde se convirtió en «la palabra», «el Logos». Y eso se percibió como una oración que se desprendía del alma y regresaba humildemente a los misterios del mundo, como un eco vivo que el ser humano puede enviar como una oración a todos los espacios del mundo, como una imagen de la luz primigenia.

Solo cuando uno es capaz de comprender que Zaratustra, el espíritu luminoso, fue capaz de despertar sentimientos tan elevados en sus discípulos y, a través de ellos, en gran parte de la posteridad hasta nuestros días, es cuando se puede sentir algo de la misión de Zaratustra. No se puede sentir si solo se hace referencia a dogmas, a nombres, sino solo si se siente la fuerza viva de los sentimientos que se enciende en la interacción viva entre Ahura Mazdao y la luz que llena el espacio y el Logos, la palabra sagrada que fluye como un eco desde la luz primigenia. Cuando se siente esta interacción y se comprende la misión histórica mundial de Zaratustra, entonces se mira de la manera correcta a aquel ser que, unos 5000 años antes de Cristo, se encarnó en un cuerpo humano y se convirtió en algo esencial para toda la humanidad.

Hoy queremos explicar en pocas palabras lo que Zaratustra significó para la humanidad y cuál fue su misión. Hay que señalar que Zaratustra es uno de los grandes guías de la humanidad que, época tras época, proclama las verdades antiguas, actuales y futuras que dan consuelo, seguridad y fuerza al ser humano en todas las situaciones de la vida. Y esto lo podemos resumir en las siguientes palabras:


Hablan al sentido humano
Las cosas dentro de los límites del espacio.
Cambian con el paso del tiempo.
El alma humana vive
A través de las extensiones del espacio,
Ilimitada e intacta a través del paso del tiempo.
Encuentra en el ámbito espiritual
La razón más profunda de su propio ser.


Traducido por J.Luelmo marzo, 2026



GA069b Düsseldorf, 6 de febrero de 1911 - El desarrollo, los dones y el destino del ser humano a la luz de la ciencia espiritual

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

El desarrollo, los dones y el destino del ser humano a la luz de la ciencia espiritual

Düsseldorf, 6 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! La ciencia espiritual o teosofía es, por lo que nos aporta como seres humanos para el conocimiento, al mismo tiempo una base para la práctica de la vida. Al permitirnos ver más allá de lo perceptible por los sentidos, más allá de lo comprensible únicamente para el entendimiento exterior, hacia lo suprasensible, esta ciencia espiritual es una herramienta que nos permite sentirnos parte del mundo suprasensible. De este modo, la teosofía nos proporciona ese alimento de conocimiento que se derrama como sangre espiritual por toda nuestra organización espiritual, y obtenemos seguridad y fuerza vital al asimilar un conocimiento del mundo suprasensible. Pero solo lo somos en tal caso si intentamos incorporar lo suprasensible a nuestro conocimiento. Otra cosa muy distinta es cuando nos encontramos ante el ser humano en formación, tal y como entra en la existencia al nacer, tal y como se ve obligado, a lo largo del curso normal de la vida, a hacer valer, poco a poco a través de lo material del cuerpo, aquello que, como espíritu humano, tiene sus raíces en profundidades indefinidas y va aflorando cada vez más a medida que avanza el desarrollo. Nos encontramos entonces en un caso distinto al de cuando adquirimos conocimiento, pues no solo buscamos el espíritu mediante el conocimiento, sino que, a través de nuestra ayuda y nuestras acciones, debemos sacar al espíritu de su ocultamiento y llevarlo a la existencia real. Esta perspectiva, que va de lo físico exterior a lo espiritual, deberá presentarse ante nuestra alma ante una cuestión como la que constituye el objeto de nuestra reflexión de hoy.

Hay que destacar desde el principio que, para abordar esta cuestión, es necesario partir de un supuesto propio de la ciencia espiritual. La ciencia espiritual va más allá de lo que se nos presenta en la vida humana entre el nacimiento, —o incluso desde el desarrollo prenatal—, y la muerte, como vida individual. Penetra hasta el núcleo esencial del ser humano, hasta lo espiritual-anímico que existe antes del nacimiento y que permanece después de la muerte; hasta el núcleo que, mediante la investigación espiritual, puede seguirse de vida en vida, pues hablamos, como es sabido, de vidas terrenales repetidas. Distinguimos estrictamente entre estas vidas que el ser humano repite entre el nacimiento y la muerte en la Tierra, y aquellas vidas que se encuentran entre ellas en un mundo puramente espiritual. Cuando un ser humano, en su aspecto anímico-espiritual, entra en la existencia a través del nacimiento, lo hace trayendo a esta vida todos los efectos de aquellas causas que hay que buscar en vidas anteriores.  Cuando contemplamos al ser humano en formación, vemos cómo se va revelando, a la manera de un misterio sagrado, lo que ha adquirido en vidas anteriores y que trae consigo a esta vida. El ser humano entra en la vida actual y se realiza espiritualmente, pero se envuelve en las cualidades, rasgos y capacidades que le ha transmitido la línea hereditaria. Así, el ser humano trae a su vida el núcleo espiritual y anímico de su ser, y experimenta, en cierta medida, las fuerzas y capacidades que le pueden aportar los talentos, el carácter y otras cualidades de sus antepasados. Para el desarrollo del ser humano entra en juego la interacción entre lo que este trae consigo del mundo espiritual y lo que ha heredado de sus antepasados. Para dar una respuesta real a la cuestión de la educación en un sentido más íntimo, debemos poder comprender la relación entre las predisposiciones heredadas y el núcleo espiritual-anímico del ser humano.

Si consideramos estas vidas terrenales repetidas y los efectos de las vidas anteriores sobre las posteriores como un hecho de la ciencia espiritual, esto suscita la oposición de muchas personas que no desean informarse con precisión sobre las pruebas que la ciencia espiritual puede aportar. No hay otra forma [que no sea la práctica] de llegar a la convicción de que esta verdad existe realmente. Se puede discutir largo y tendido sobre si un trozo de hierro del que se afirma que es un imán lo es realmente. Se pueden aducir muchas razones en contra; alguien podría decir que la persona que lo afirma da una impresión creíble, y así sucesivamente, y se puede discutir sobre ello indefinidamente. Pero hay una prueba si se toma un pequeño trozo de hierro y se comprueba si es atraído. La práctica proporciona las pruebas. En un sentido similar, uno puede convencerse de las verdades de la ciencia espiritual.

El educador puede decir ahora: «Lo que encuentro en el niño me plantea un enigma; debo intentar averiguar si lo que afirman las ciencias espirituales es cierto, si realmente hay algo que llega al mundo como esencia espiritual y anímica». Entonces se verá que tal principio resulta fructífero para la educación, ya que nos capacita para enriquecer la vida del niño y para adivinar y sacar a la luz sus aptitudes. Debemos fijarnos precisamente en la naturaleza de las aptitudes si queremos distinguir entre el núcleo espiritual-anímico y lo que el niño ha heredado. Para ello, debemos dejar que la predisposición del ser humano —todo lo que se nos presenta gradualmente en forma de cualidades, capacidades, talentos, etc.— pase a primer plano ante nuestra mirada, y entonces descubriremos que es propio del alma humana hacer que las distintas fuerzas actúen conjuntamente, de modo que se apoyen y se sostengan mutuamente en un organismo global. Sin embargo, vemos que las facultades del alma humana, —por ejemplo, el pensar, el sentir y la voluntad, u otras facultades—, se manifiestan con una intensidad independiente unas de otras; tan independientes, de hecho, que encontramos personas en las que la facultad de pensar está tan desarrollada que pueden ser buenos pensadores, mientras que, por el contrario, la fuerza de voluntad queda en un segundo plano. Otros, en cambio, son personas de voluntad y están siempre dispuestos a pasar a la acción, pero no siempre son capaces de mantener los pensamientos de forma coherente y seguirlos de manera lógica. Actúan, pero no reflexionan mucho. Hay otras personas que se ven impulsadas por sus sentimientos a hacer esto o aquello sin pensarlo mucho. Así pues, vemos que las distintas capacidades pueden estar desarrolladas en mayor o menor medida. Una persona, por ejemplo, es muy musical, y las demás capacidades quedan en un segundo plano. Algunas personas, por su parte, carecen por completo de la capacidad de realizar cálculos matemáticos de forma exhaustiva, y así sucesivamente.

 Las facultades son, pues, independientes entre sí, pero se unen para formar un organismo completo. Si nos fijamos así en las fuerzas anímicas de una persona, se hace evidente que esta entra en la existencia con una tendencia y una disposición muy concretas para poner en relación y en conexión las fuerzas anímicas. Si dirigimos la mirada hacia lo que se hereda, es decir, hacia la línea hereditaria, y luego hacia lo que entra en la existencia desde una vida anterior, podemos ver qué es lo que conecta las fuerzas y las aptitudes. Y es que ocurre lo siguiente: lo que el ser humano trae consigo como resultado de vidas anteriores tiene la capacidad de ordenar las aptitudes y configurarlas en un organismo completo. Las predisposiciones anímicas, los rasgos de carácter, los talentos, etc., nos remiten a la línea hereditaria. No hay observación más interesante que ver, por un lado, cómo el núcleo del ser espiritual-anímico trabaja para conectar las fuerzas del alma y formar un organismo completo y, por otro lado, cómo las fuerzas individuales se heredan de los antepasados.

Las ciencias humanas son capaces de establecer leyes muy concretas sobre la relación entre estos dos elementos. Estas pueden entenderse como leyes naturales, pero en un ámbito superior. Cuando se enuncian tales leyes, no se puede pretender refutarlas con observaciones obtenidas a la ligera. Eso es pan comido, incluso en el ámbito químico-físico. Supongamos que un físico constata que la trayectoria que describe una piedra lanzada al aire es una parábola. Si alguien sigue esa trayectoria desde fuera, verá que no es exacta. La resistencia del aire y otras circunstancias externas hacen que la línea varíe, pero solo se llega a la verdad si se vuelve a la ley. Solo se llega a lo que subyace a la vida espiritual como ley si se penetra tras los bastidores de la existencia.

Ahora bien, en la vida anímica del ser humano se nos revelan dos tipos de fuerzas; a uno de ellos podemos denominarlo más bien el principio intelectual, o también el de la facultad imaginativa: todo lo que el ser humano posee como vida imaginativa, la forma en que se representa las cosas, si pasa lentamente de una idea a otra o si es capaz de establecer rápidas conexiones entre pensamientos, si puede seguir los pensamientos con agudeza y amplitud, y cosas por el estilo. A aquellas personas que desarrollan fácilmente representaciones pictóricas, que son capaces de revestir los hechos con imágenes de la imaginación, en definitiva, que tienen especialmente activo el elemento intelectual e imaginativo, que poseen inventiva y la capacidad de que se les ocurran muchas cosas, debemos considerarlas representantes de un lado de la vida anímica. El lado de los afectos, por el contrario, de las pasiones y los instintos, la forma en que alguien se siente rápidamente cautivado por esto o aquello, si tiene muchos intereses o es insensible, y así sucesivamente, ese es el otro lado.  Con este último se asocia más lo que llamamos el elemento del carácter, mientras que con el primero se asocia más lo reflexivo, la interiorización. Debemos distinguir claramente estos dos aspectos, pues, como observadores de la vida, las leyes del desarrollo solo se nos revelan cuando podemos seguir cómo el núcleo espiritual y anímico del ser humano, que pasa de una vida a otra, se apropia de uno u otro elemento.

En general, observamos que el niño hereda del padre la faceta relacionada con el interés, las pasiones y la atención; el núcleo espiritual y anímico del ser humano toma prestados estos elementos del padre, donde encuentra lo que son las pasiones, lo que se enfrenta a los acontecimientos de la vida, lo que interviene en la vida exterior. Cuando un ser humano desea encarnarse, se siente atraído como por un imán hacia el padre, quien puede transmitirle las cualidades del interés, la fortaleza de carácter y demás, adecuadas a su singularidad. Busca al padre que le brinde esa posibilidad. Las cualidades intelectuales y de la imaginación las hereda más bien de la madre. En general, si no se tienen en cuenta causas más específicas, se puede decir que el carácter espiritual del niño surge porque el núcleo del ser espiritual-anímico crea una especie de mezcla entre el intelecto y la imaginación de la madre y el temperamento y los instintos del padre. La forma en que se mezclan estas cualidades depende de la predisposición general del núcleo del ser espiritual-anímico. Podemos explicar cómo son los elementos que pertenecen a la naturaleza de la voluntad y de la naturaleza pasional fijándonos en el padre. Lo que el núcleo del ser tiene de imaginación y de intelecto debemos buscarlo en la madre. Los hijos de una misma pareja de padres son tan diferentes porque el núcleo espiritual y anímico del ser mezcla de diversas maneras los elementos paternos y maternos.

Pero debemos profundizar aún más en ello y distinguir entre descendientes masculinos y femeninos. La observación real de la vida también confirmará esta ley, —es decir, si la salvedad se hace de la misma manera que en las leyes físicas y no se elevan las circunstancias secundarias a la categoría de lo principal—. Porque lo que hay en el carácter anímico de la madre se hereda más fácilmente en los hijos, y de tal manera que en el hijo se transforma en cierto modo. Si la madre es imaginativa, pero solo actúa en su círculo más cercano, el alma de la madre actúa de tal manera que, por así decirlo, desciende un peldaño en el hijo y le dota de la predisposición orgánica externa, de modo que él expresa esa predisposición en mayor medida. La madre permanece en el elemento anímico dentro de su círculo más cercano; el hijo muestra lo que ella tiene en el alma, pero grabado en el cerebro como su instrumento. Él posee como capacidad para el mundo lo que ella vivió en su círculo más cercano. De este modo puede surgir un talento para el que la madre muestra la predisposición. Y lo que desciende a través de la madre hacia la predisposición física se mezcla y se impregna de lo heredado del padre. Así ocurre con los hijos.

En el caso de las hijas es diferente. Allí se manifiesta cómo lo que el padre vive en lo concreto, —en su profesión y demás—, se expresa más en la personalidad en su conjunto. Lo que en el padre es una predisposición orgánica, el ser humano exterior y físico, se manifiesta ascendiendo hacia el alma de la hija. Lo que el padre tenía en cuanto a cualidades externas se traduce en lo anímico. En la hija se nos presenta de forma espiritualizada lo que en el padre era más bien el ser físico. Es especialmente interesante, y se puede afirmar casi como una ley de la naturaleza, que la madre desciende en el hijo en lo que respecta a su alma y se manifiesta en lo físico, mientras que el padre, con lo que es en el ser físico, asciende en el alma de la hija.

Esto podría demostrarse en cientos y miles de casos, y la vida nos dará la razón en todos ellos. Aquí solo se explicará con un ejemplo especialmente característico: el de Goethe, en quien esta ley general se manifiesta con especial claridad: lo que en la madre se admiraba como cualidad espiritual en su círculo más cercano, se manifestó en el hijo «de forma más evidente» y fue admirado por el mundo. La señora Rat Goethe tenía el gusto por la fabulación, lo que en su círculo más cercano podía resultar estimulante. En Goethe se había convertido en una disposición cerebral, de modo que se convirtió en una personalidad de influencia mundial.

En él vemos también lo contrario de una manera maravillosa, concretamente en su hermana Cornelia. El consejero Goethe resultaba extraordinariamente simpático por su fuerte carácter y su porte serio. En la vida exterior se mostraba firme, como un hombre metódico y serio. Veamos cómo se comporta Goethe con respecto a su padre. Lo peculiar es que los rasgos de carácter externos, el temperamento, la rigurosidad y demás se heredan en el hijo. Cuando personas con las mismas predisposiciones conviven, a veces se repelen. Entre el padre y el hijo Goethe nunca hubo una relación íntima. La hermana, sin embargo, había elevado a lo anímico la minuciosidad del padre como profundidad anímica y seriedad, y la había mezclado con la intimidad, como suele ocurrir cuando los rasgos externos se nos presentan transformados en anímicos. Por eso los hermanos eran compañeros tan fieles, porque los rasgos que a Goethe no le resultaban simpáticos en el padre habían penetrado en lo anímico de la hermana.

¿No podemos ver en todas partes esta peculiar perdurabilidad de los rasgos del alma materna en las características físicas del hijo? A lo largo de toda la historia del mundo observamos las relaciones de los hijos con sus madres, por ejemplo, en el caso del poeta Hebbel. Era hijo de un albañil. Si se le conoce y se le ha tenido delante, se sabe que lo rudo y pedante que había en él ya se notaba en su aspecto exterior. Las manos eran demasiado largas, las piernas aún más, y la falda más aún, y los movimientos eran angulosos. Todo eso lo había heredado de su padre, pero no se llevaba bien con él. En cambio, era el carácter sencillo de su madre el que él sabe describirnos tan bellamente. Vemos cómo su mundo interior, descendido un peldaño, resurge en su personalidad de poeta. De ahí surgió el entendimiento entre ambos, y fue solo su madre quien le permitió escapar al destino de convertirse en albañil. Dondequiera que miremos, tanto en la vida cotidiana como en la historia, podemos ver que esta ley es válida de manera general.

Pero, ¿cómo debe actuar un educador cuando observa esta interacción entre los rasgos heredados y el núcleo espiritual y anímico del ser? Deberá, en la medida de lo posible, fijarse en la forma en que ciertos rasgos que observamos en los niños se encuentran, en otro nivel, en los padres. Pero no debemos considerar al niño como una copia [de los padres], pues entonces no tendríamos en cuenta la transformación, cómo los rasgos anímicos de la madre descienden hasta lo físico en el hijo y cómo, a la inversa, lo físico del padre se transforma en el alma de la hija. Hoy en día, el ser humano tiende a admitir las transformaciones de las fuerzas de la naturaleza; la ciencia natural muestra, por ejemplo, cómo las sustancias naturales se transforman en calor. Sin embargo, no se admite que estas leyes se apliquen también a lo espiritual. Solo entonces podrá surgir un verdadero arte de la educación, cuando las personas tomen conciencia de que la ciencia espiritual puede extenderse hasta ámbitos de la vida como la educación.

Siempre se habla de individualidad. ¿Qué es, en realidad, la individualidad? Hoy en día, solo se hace referencia a este término de forma muy abstracta. Sin embargo, cuando se sabe cómo surge la individualidad, —al absorber el núcleo espiritual y anímico del niño las cualidades del padre y la madre, y no solo eso, sino transformarlas—, se puede comprender de manera concreta. Entonces, la pedagogía pasa de lo abstracto a lo concreto, de la abstracción materialista a la verdadera realidad. Ahora bien, desde algún lado se podría objetar: nos dices que el núcleo espiritual-anímico se envuelve en lo que se le da en forma de fuerzas heredadas. Pero nosotros vemos al ser humano como un ser unitario, y ¿cómo podemos distinguir entonces entre lo heredado y el núcleo espiritual?

Si nos limitamos a observar el desarrollo de forma superficial y solo vemos al individuo en sí, no llegaremos a ninguna parte. Sin embargo, la vida nos ofrece pruebas, pruebas suficientes, para mostrar cómo el núcleo espiritual y anímico del ser envuelve y penetra lo que proviene de los padres y antepasados. Precisamente genios como Newton o Humboldt, que lograron grandes cosas, no progresaban especialmente bien en la escuela y eran considerados de escaso talento. Se podrían citar muchas otras personas de renombre que también se desarrollaron lentamente, mientras que los niños prodigio avanzan rápidamente. En el caso de Newton, Humboldt u otros, lo que ocurre es que trajeron a esta vida un núcleo de ser rico, que en el alma brota y florece mucho, y que esta integración en lo que les fue heredado por los padres tuvo que llevarse a cabo lentamente. El rico núcleo del ser necesita más tiempo, pues primero debe pulir las fuerzas heredadas, transformarlas, graduarlas con precisión, etc. Las naturalezas ricas, pues, que están llamadas a dar mucho, deben trabajar más tiempo en la adaptación del material heredado.

Esto se hará cada vez más evidente, pues hoy en día el ser humano que aporta fuertes fuerzas anímicas tiene que luchar contra todas las duras resistencias, ya que se heredan dotes genéticas muy rígidas, sobrias y bien definidas, que ofrecen poca flexibilidad, de modo que se necesita mucho tiempo para adaptarlas con precisión al núcleo individual del ser. Los niños prodigio se cansan rápidamente, ya que procesan con rapidez las capacidades que se encuentran en la línea hereditaria y las asimilan de manera unilateral. Pero pronto se hace evidente que sus dotes se agotan, se secan. Si observamos estos casos extremos, vemos cómo, tanto en el genio de desarrollo lento como en el niño prodigio de desarrollo rápido, y en todos los grados intermedios, la esencia espiritual y anímica se abre camino a través de los obstáculos.

Este lento proceso de maduración lo encontramos también en Goethe. Quien, como yo, se ha dedicado con humildad y en profundidad al estudio de Goethe durante tres décadas, puede afirmar sin temor a ser malinterpretado: al repasar la vida de Goethe, se aprecia un lento avance en el desarrollo de sus aptitudes y talentos. - Es cierto que ya encontramos en él la tendencia hacia lo que llegó a ser cuando, de niño, ofrecía sacrificios al gran Dios, pero ¡cuánto esfuerzo le costó a lo largo de su vida hacer aflorar lo que llevaba dentro a través de las numerosas resistencias de su naturaleza física! Lo reconocemos allí donde expone sus grandes pensamientos, por ejemplo en la segunda parte de «Fausto», como un hombre maduro junto al joven Goethe, quien, en comparación con el Goethe maduro, escribió muchas cosas inmaduras. Cómo contraviene lo que aquí se dice al juicio de nuestra época, en la que se elogian especialmente las ediciones de las obras de juventud —allí, se cree, es donde realizó su mayor logro. Se dice que del joven Goethe brotaban cosas grandiosas y poderosas. Se le ensalza hasta no se sabe a qué alturas. Y del Goethe maduro, algunos dicen que, ya en su vejez, «cometió» la segunda parte de «Fausto». Muy pocos comprenden que se desarrolló y profundizó de forma lenta y gradual, que el mundo italiano lo estimuló interiormente y que su esencia eliminó cada vez más los obstáculos externos. En resumen, no comprenden al Goethe anciano porque les resulta demasiado elevado. Ya en vida tuvo que sufrir que sus últimas obras fueran tachadas de productos de la vejez. Él mismo lo expresa en el siguiente verso:

Alaban a Fausto, 
y todo lo demás 
que bulle en mis escritos, 
a su favor; 
las viejas tonterías, 
eso les alegra mucho; 
la chusma cree que ya no existe.

En Goethe se hace especialmente patente que el núcleo de su esencia intelectual y espiritual alcanza su apogeo en la segunda mitad de su vida, y nadie lo comprende quien crea que todo el Goethe ya estaba presente en sus escritos de juventud. Es cierto que la gente entiende mejor al joven Goethe, pero no lo atribuyen al hecho de que no entiendan al viejo Goethe, sino a que este haya decaído. Así, también en este gran espíritu podemos comprobar cómo el núcleo espiritual y anímico se abre camino hacia las envolturas externas. 

Ahora bien, alguien podría objetar: «Habláis de un núcleo esencial que debe existir para agrupar y organizar las capacidades. Pero basta con señalar que las características más importantes residen, no obstante, en la línea hereditaria y deben explicarse a partir de ella. Por ejemplo, en la familia Bach ha habido entre 25 y 28 músicos en los últimos siglos». ¿Cómo podéis decir, pues, que lo esencial es lo principal? Del mismo modo, en la familia Bernoulli de Basilea hubo toda una serie de matemáticos destacados. En ellos se puede ver con especial claridad cómo parece actuar la mera herencia, pues algunos de ellos estaban destinados a algo completamente diferente, pero aun así la herencia los llevó a la matemática en su vida posterior.

Para comprender esto correctamente, hay que tener muy presente la relación entre el núcleo espiritual-anímico del ser y la predisposición y el talento heredados. Para ser músico se necesita oído musical; pero esto forma parte del organismo físico, es decir, de la envoltura. Del mismo modo que se hereda la forma de la nariz, de las manos, etc., también se heredan los órganos internos más sutiles que se ocultan bajo la superficie del cuerpo físico. Un núcleo del ser anímico-espiritual que aspira a obtener los instrumentos físicos para la musicalidad se sentirá atraído por aquellas familias que pueden transmitir órganos musicales. ¿En qué se basa el talento musical? No en el cerebro, que es el órgano de la lógica, sino en la conformación de los conductos auditivos. Hay que examinar con detenimiento las relaciones individuales. Esos huesecillos auditivos de una forma determinada se heredan de generación en generación. Algo similar ocurre con los Bernoulli.  Quien necesita predisposiciones para la geometría, elige una familia que se las proporcione. Así, lo que nos muestra la vida coincide una vez más con lo que afirma la ciencia espiritual. Podemos comprender y esclarecer mejor la vida si nos planteamos de este modo la relación entre la herencia y la predisposición, y la armonía o la desarmonía que de ello se deriva.

Si distinguimos entre el núcleo espiritual-anímico del ser y aquello en lo que este se integra, la vida significa una interacción de estos dos elementos. Fijémonos en un niño en las primeras semanas de su vida. Sus rasgos aún son indefinidos, los órganos aún no son plenamente funcionales; todavía no puede caminar, y así sucesivamente. Pero si pensamos con rigor, sabemos que allí donde aún hay rasgos y capacidades indefinidos, el núcleo del ser aún descansa y solo poco a poco va aflorando hacia la superficie para alcanzar la determinación. Lo que el ser humano llegará a ser más adelante va surgiendo de lo indefinido de los movimientos, los gestos y demás. Va aflorando desde profundidades indefinidas hacia la superficie, y cada vez más la envoltura exterior se convierte en una expresión de lo que vive en el interior del ser humano. En la edad madura, el exterior expresa mucho más cómo es realmente el ser humano. En el niño, fresco y juvenil, aún yacen latentes las fuerzas que un día se expresarán en sus rasgos, en sus gestos con las manos y demás. En la edad madura, el ser humano muestra la huella del carácter interior del alma en lo físico. Lo exterior, lo envolvent, se convierte cada vez más en [un espejo] de sí mismo; en lo físico se manifiesta lo que es como ser espiritual.

En los primeros años de vida, el ser humano se centra más en su aspecto físico. A este hecho se le asocia, a su vez, algo muy interesante, y ello con la misma regularidad que una ley física. En lo que respecta a las relaciones hereditarias, hay que distinguir entre lo que heredan los hijos nacidos en los primeros años del matrimonio y lo que heredan aquellos que nacen en años posteriores. En los primeros hijos se manifiesta de manera notable la capacidad de moldear los rasgos heredados con la mayor libertad; pueden hacerlo de una manera más individual, independiente de los padres. Los hijos posteriores se ven más obligados a ceder ante el fuerte elemento de la herencia; se convierten en una réplica más fiel de los padres. A los hijos que nacen en los primeros años de un matrimonio les resulta más fácil mezclar entre sí los rasgos heredados; la herencia se manifiesta en ellos de forma menos tiránica.  Los hijos nacidos en los últimos años del matrimonio deben emplear más fuerzas, ya que el poder de la herencia actúa con mayor intensidad en ellos. Por eso vemos cómo estos hijos se parecen cada vez más a sus padres. Por supuesto, esto puede verse alterado por las más diversas circunstancias, pero, según la investigación científica actual, se trata de una ley.

Si contemplamos estas leyes de la herencia, se pone de manifiesto la relación correcta entre predisposición, talento y educación del ser humano. Tales leyes solo pueden ser aprovechadas para la vida anímica cuando no se quedan meras teorías y conocimientos, sino que se transforman en sensaciones y sentimientos. Es curioso cómo esos sentimientos, avivados por el conocimiento, nos dotan del talento para adivinar con tacto qué cualidades luchan por manifestarse en una persona. Si tenemos buena voluntad y sensibilidad, nos encontramos ante el ser humano en formación como ante un misterio sagrado, y el secreto de la educación consiste en que, cuando nos acercamos a él con ese sentimiento, es él mismo quien nos desvela el misterio. Él mismo nos muestra qué capacidades pueden desarrollarse en él. Entonces no hace falta especular mucho, sino que el tacto nos da la orientación adecuada para no agobiar al niño con algo que no se le puede inculcar en absoluto. De este modo, el educador establece la relación correcta con el niño. Entonces nos encontramos ante el ser humano al que tenemos que educar como ante un misterio sagrado y no, —como suelen hacer muchos educadores—, como ante un recipiente sobre el que se puede debatir qué es lo mejor que se le puede verter. ¡Ese es un punto de vista totalmente superficial! No debemos olvidar que la vida a menudo nos obliga a orientar al niño hacia algo que, en nuestra opinión, no se ajusta a su individualidad, para que pueda progresar en la vida. Pero, en general, todo lo que se dice sobre la educación tiene que ver, en su mayor parte, no tanto con aquello para lo que el niño está más o menos dotado, sino con las relaciones familiares y con una educación acorde con el estatus social. Sin embargo, debemos comprender las exigencias de la vida y de la individualidad en un sentido concreto, armonizar la esencia psíquico-espiritual con las aptitudes heredadas y esforzarnos por resolver el enigma de las circunstancias de la vida. Un enigma puede resolverse de diversas maneras, pero hay que reconocerlo; solo así se puede permitir que el niño se convierta en algo diferente; de lo contrario, por mucho que se especule, a menudo no se dará en el clavo.

Precisamente en ámbitos como la educación se pone de manifiesto la utilidad de la ciencia espiritual para la vida. La ciencia espiritual no es mera teoría, sino algo que puede demostrar su validez en la vida cotidiana, a cada hora, y que lo hace, en beneficio del progreso de toda la humanidad y de cada persona. Nos introduce en la vida de tal manera que adquirimos la seguridad, la fuerza y la confianza que necesitamos para vivir. Así, este capítulo sobre la predisposición, el talento y la educación nos demuestra que, de hecho, el ser humano, al haber atravesado muchas vidas, lleva en lo más profundo de su ser un enigma, y que la vida, en su sentido más amplio, debe ser una solución a ese enigma.

Cuanto mejor encontremos una respuesta al enigma que hay en nosotros, más feliz, segura y plena será la vida de una persona; esto es lo que debemos adoptar como lema. El núcleo espiritual y anímico que atraviesa muchos nacimientos y muertes es un enigma, y la vida es la solución. Y dichoso aquel cuya esencia espiritual es un enigma bastante profundo y que tiene la oportunidad de resolverlo. Porque cuanto más profundo es el enigma, mayor es la oportunidad de enriquecer la vida, más plena será nuestra vida, más vigorosa y feliz será nuestra vida en su conjunto y mayor será nuestra capacidad de ayudar a nuestros semejantes.

Traducido por J.Luelmo -marzo, 2026

GA069b Elberfeld, 5 de febrero de 1911 - El conocimiento sobrenatural y la vida cotidiana

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CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

El conocimiento sobrenatural y la vida cotidiana

Elberfeld, 5 de febrero de 1911

¡Estimados asistentes! El tema de la conferencia de hoy puede parecer un tanto extraño, ya que se trata de combinar dos cosas: el conocimiento suprasensorial, la investigación espiritual, —o, como se suele decir, la teosofía—, y la vida cotidiana. Podría parecer que nada está más alejado entre sí que lo que experimentamos en la vida cotidiana y aquello a lo que el alma quiere elevarse cuando se habla de investigación suprasensorial, es decir, del conocimiento del mundo que se encuentra más allá de nuestro mundo físico-sensorial, más allá del mundo que nuestros sentidos pueden percibir y nuestra mente, ligada al instrumento del cerebro, puede comprender. Pero, por muy alejadas que parezcan a primera vista, estas cosas no lo están tanto si se examinan más detenidamente. Me gustaría recordar que incluso el filósofo del pesimismo, Arthur Schopenhauer, hizo una curiosa declaración que, en un primer momento, solo debe tenerse en cuenta en relación con su punto de vista sobre nuestro tema. Dijo: «La vida es algo incómodo, y he intentado hacerla soportable tratando de comprenderla».

Queremos dejar de lado por completo el hecho de que esta afirmación se basa en un pesimismo absoluto, en la convicción de que la vida no vale la pena, y centrarnos más bien en el otro lado de la moneda. A pesar de que Schopenhauer considera que la vida no merece la pena, a pesar de que ve la existencia como algo que solo abarca sufrimiento y dolor, y a pesar de que, según su punto de vista, en realidad no puede encontrar nada reconfortante en el mundo, supone, sin embargo, que, elevándose a la iluminación, puede encontrar algo que le permita afrontar la vida de la manera correcta y sobrellevarla. Así pues, incluso el pesimista habla de que, con una cosmovisión que nos lleve más allá del mundo perceptible por los sentidos, se puede encontrar algo que haga que esta vida sea posible en el sentido correcto.

La teosofía no nos lleva a una visión pesimista del mundo, sino a una vida espiritual que nos muestra que lo que se manifiesta como exterior material ha surgido de razones espirituales primordiales. Y además muestra que los seres humanos que pasan por el mundo sensorial, una vez que han sido formados por las experiencias de este mundo sensorial, tienen que ascender de nuevo a un mundo espiritual. Y eso significa que el origen y el objetivo de toda experiencia del mundo deben buscarse en lo espiritual. Esto ya demuestra por sí solo que, al contemplar el gran objetivo espiritual, gracias al cual la vida física adquiere su valor y su dignidad, el ser humano no puede caer en el pesimismo si es capaz de hacer suya esta cosmovisión.

Sin embargo, la teosofía sigue siendo hoy en día algo que, en los círculos más amplios de la humanidad actual, no solo suscita rechazo, sino incluso burla. O bien se considera que quienes se adhieren a ella no son más que soñadores. La teosofía sigue despertando, en la actualidad, odio y desprecio en amplios círculos. Una y otra vez se puede observar que algunas personas que creen pertenecer realmente a la humanidad actual se preguntan, cuando un buen día se enteran de que algún conocido suyo, al que hasta entonces consideraban una persona razonablemente sensata por su forma de actuar, se ha convertido en teósofo: ¿cómo puede una persona sensata dedicarse a semejantes tonterías?  Pues creen que quien se dedica a la teosofía ya no vive en el mundo real, que ya no sirve para nada sensato y que intenta hacer su vida lo más desagradable posible. Se piensa que una persona así ya no tiene verdadera alegría, que se dedica a todo tipo de pensamientos ociosos y se aísla de todo lo que hace felices a los demás. Quizás a esto se sume que no come carne ni bebe; entonces el desastre está completo, y uno solo se sorprende de que no baje la cabeza y contemple el mundo con tristeza. Este tipo de experiencias se pueden vivir a diario.

Pero también se ha vivido otra experiencia con bastante frecuencia y no es en absoluto una anécdota. Una señora oye que su amiga profesa la teosofía y piensa que eso la aleja de la vida, porque los teósofos no se divierten de la manera habitual, etc., y que hay que salvar a su amiga de un destino tan cruel. Así que se dirige a ella y le dice: «¿Cómo puedes profesar la teosofía? Eso te aleja de la vida, conlleva peligros; los teósofos no solo son soñadores, sino que se vuelven medio locos». Antes de que la amiga llegue siquiera a decir algo al respecto, la que la ha advertido se queda pensativa y pregunta: «¿Qué es realmente la teosofía?».

Es un hecho que, cuando se trata de temas como la teosofía, que en cierta medida deben integrarse en la cultura como algo nuevo, a menudo no nos permitimos formarnos una opinión sobre el fondo y el contenido, sino que juzgamos en función de circunstancias secundarias. Por eso, tal vez no sea inútil abordar cómo se relaciona la teosofía con lo que tenemos que vivir en la vida cotidiana. Es más, veremos incluso lo valioso que puede resultar para la vida hacer algunas reflexiones al respecto. La teosofía, sin embargo, no dirá nada sobre cómo alimentarse «teosóficamente», cómo preparar los alimentos ni cómo la teosofía debe ocuparse de la vida puramente exterior. Pero, dado que tiene que traernos el conocimiento de los mundos suprasensoriales, veremos cómo puede influir en nuestra vida anímica, en nuestro estado de ánimo, en la alegría y el sufrimiento, en el placer y el dolor, y cómo puede intervenir en nuestra práctica vital.

Entre lo más importante en este ámbito se encuentra aquella verdad que hoy en día es rechazada por muchas personas y considerada como si ninguna persona sensata pudiera creer tal cosa. Esta verdad ya se ha abordado en conferencias anteriores, pero, dado que es una de las verdades fundamentales, es necesario volver a ella una y otra vez. Es una verdad que, en un futuro no muy lejano, se integrará en la vida espiritual, tal y como lo hizo otra [verdad anteriormente]. En el siglo XVII, no solo entre los legos, sino también entre los naturalistas, existía la opinión de que a partir del lodo de los ríos podían desarrollarse animales inferiores, incluso peces. Fue Francesco Redi quien formuló por primera vez la frase: Lo vivo solo puede proceder de lo vivo. — Y por esta verdad, que se atrevió a expresar, casi lo queman en la hoguera. Hoy en día no hay ninguna persona sensata, —ya sea que haya adquirido su formación a partir de la obra de Haeckel o de sus oponentes más radicales—, que no reconozca que un ser viable no puede surgir de lo inerte.

La investigación espiritual demuestra ahora que en el ámbito espiritual y anímico se puede hablar de una verdad similar, a saber, que un ser humano no solo nos muestra las características que ha heredado de sus padres, abuelos, etc., sino que solo podemos comprenderlo plenamente cuando reconocemos en él un núcleo espiritual y anímico. La vida que el ser humano lleva ahora no es la primera, y es el punto de partida para muchas vidas en el futuro. Y el núcleo vital del ser humano absorbe y se impregna de lo que puede absorber de los rasgos heredados, al igual que el germen vital del gusano absorbe la materia que lo rodea. Debemos distinguir [una vida puramente espiritual] entre la muerte y el nuevo nacimiento de la vida entre el nacimiento y la muerte, donde volvemos a revestir al espíritu con materia. Así, la existencia en su conjunto es una cadena de vidas terrenales y de etapas de existencia puramente espirituales.

Si hoy se afirma esto, se tacha de fantasía. Se dice que [los teósofos] no saben nada de ciencias naturales y demás. Y, sin embargo, es un resultado tan sólido de la investigación espiritual como lo es la teoría darwiniana desde el punto de vista científico. Pero así ocurre con todas las verdades. Lo que hoy se considera realidad, fue considerado herejía hace años, cuando se afirmó por primera vez. Más tarde, uno no puede comprender cómo se pudo pensar de otra manera. Y tampoco se podrá comprender más adelante, en lo que respecta a la verdad de las vidas terrenales repetidas, cómo se pudo pensar de otra manera.

A esta verdad se une otra: la doctrina del karma. El karma significa la ley de nuestro destino humano y, si queremos caracterizarla en su esencia, encontramos esta ley no solo en el mundo humano, —donde se manifiesta de una forma especial—, sino en todas partes, allá donde miremos. Basta con pensar, por ejemplo, que la edelweiss solo puede crecer en la montaña. Cada ser es impulsado hacia el entorno al que pertenece. Cada ser se dirige, como atraído por fuerzas magnéticas, hacia ese entorno al que pertenece. Hay que aprender a comprender que el ser humano, dependiendo de cómo se haya desarrollado en vidas anteriores o de los defectos que haya adquirido, está constituido de tal manera que, en lo que respecta al entorno y al destino, es impulsado hacia donde encaja. Lo que vive no le es realmente ajeno, sino que, por las leyes generales de la naturaleza, encaja [por destino] precisamente allí.  En el caso de los seres no humanos, esa ley ya se reconoce. En el futuro, el ser humano aprenderá a comprender que, cuando me sobreviene la felicidad o la desgracia, era algo necesario para mí y, en cierto modo, lo he buscado, porque en vidas anteriores senté las bases que explican por qué encajo precisamente en este entorno. Esta afirmación será una ley evidente en un futuro no muy lejano.

Se podría decir que, cuando se habla de que las causas de la felicidad y la desgracia, de los talentos y las aptitudes, se encuentran en vidas pasadas, todo eso está muy por encima de la visión cotidiana de la vida y nos lleva a mundos lejanos. Pero la pregunta es: ¿se aplica esta ley realmente solo de una vida a otra, o no debería aplicarse también en círculos más cercanos, a nuestra vida cotidiana entre el nacimiento y la muerte? Gracias a la investigación esotérica nos acercamos a la comprensión de esta ley también en lo que respecta a nuestra vida actual. Las personas suelen ver solo períodos muy breves y tienen cierta reticencia a relacionar entre sí períodos más largos. Sin embargo, solo se puede reconocer la causa y el efecto si se intenta, por ejemplo, relacionar lo que ocurrió en la infancia con lo que sucede en la edad adulta, o de manera similar, relacionar entre sí las demás etapas de la vida; en resumen, si uno se esfuerza por investigar paso a paso, —al igual que lo hace el científico en su campo—, cómo [la idea del] karma se hace fructífera para la vida.

Para comprenderlo mejor, podemos partir de situaciones que nos resultan familiares y analizarlas desde la perspectiva del karma. Por supuesto, las circunstancias externas modificarán la ley del karma, pero si se contempla la vida con seriedad y dignidad, siempre se volverá a la ley subyacente. No hay que venir con todo tipo de objeciones y citar excepciones y demás; eso tampoco se aplica en las ciencias naturales. Existe una ley según la cual una piedra lanzada cae en una dirección determinada, pero puede surgir una ráfaga de viento y modificar esa dirección; pero no obstante, la ley sigue siendo válida. La vida solo puede ser verdadera y fructífera si reconocemos la ley del karma y si esta se convierte en una práctica de vida, tal y como lo son las leyes físicas en la física. La teosofía puede convertirse en algo que intervenga en la práctica de la vida, al igual que las leyes de la física intervienen en los procesos y actividades externos de la vida.

Pasemos directamente a algo muy concreto. Supongamos que una persona, en su juventud, —digamos hasta los 15 o 16 años—, nos demuestra que se enfada cuando ve injusticias a su alrededor. Precisamente cuando se es joven, esto ocurre con facilidad. Lo que agita el alma no debe considerarse algo sin valor, pues si una persona es capaz de enfadarse de verdad ante la injusticia en su juventud y más tarde llega a superar esa ira, a purificarse de ella y a refinarse mediante una autoeducación adecuada, se convertirá en algo muy distinto de, por ejemplo, un flemático. La ira es un afecto, algo de una pasión, y, cuando se transforma, se convierte en algo completamente distinto, y cuanto más tarde, tanto más si la ira se ha manifestado en la infancia. El verdadero observador de la vida lo reconocerá en todas partes. En un flemático, esta transformación nunca se producirá. Pero, ¿en qué se transforma la ira? Lo que [en la juventud] sentimos como ira ciega ante la injusticia, lo convertimos en la edad adulta en disposición a ayudar a nuestros semejantes: la ira en la juventud se transforma de esta manera.

Hoy en día se enseña en la escuela que el calor se transforma en energía cinética. Existe una ley similar, que actúa de la misma manera que la de la transformación de las fuerzas de la naturaleza en la vida exterior, para nuestra vida interior, para aquello que se puede experimentar y sentir en el alma. No en vano dijo alguien como Goethe: «Lo que uno desea en la juventud, lo tiene en abundancia en la vejez». - Con esto no se quiere decir que en la juventud solo haya que desear, sino que Goethe pensaba así: una persona irascible querría ayudar, pero no puede hacerlo en la juventud; ese deseo de ayudar se transforma, y ahora, en la vejez, se tiene en abundancia. Hoy en día todavía no se cree que algo así sea así. Se piensa que, en la vejez, tenemos abundantes oportunidades de desarrollar el amor y la benevolencia de forma espontánea. Pero si se observa con más detenimiento, se descubrirá que son precisamente los irascibles de la juventud los que se dedican a ayudar a sus semejantes.

También en otro ejemplo podemos ver cómo el karma se manifiesta en nuestra vida. Si se reflexiona lo suficiente, uno no puede estar lo suficientemente agradecido por haber tenido la oportunidad, de niño, de mirar a los familiares con verdadera admiración y tímido respeto. Y si además se ha tenido la posibilidad, no solo de venerar a las personas, sino de elevarse en recogimiento ante los grandes hechos de la vida, eso es algo a lo que se debería mirar atrás con la más profunda gratitud. Corresponde a un sentimiento instintivo que en el sentimiento de veneración, tal y como se puede experimentar en la juventud, se encuentran causas que tienen efectos en la vida adulta posterior. Se podría expresar lo que subyace a ello mediante una imagen, la imagen de las manos juntas y las rodillas flexionadas. Se podría decir, —y la vida lo confirma—, que quien en su juventud tuvo muchas ocasiones de juntar las manos, en sentido figurado, en la vejez podrá levantar la mano para bendecir y, de ese modo, convertirse en un benefactor para su entorno.  Hay personas que, al entrar en cualquier círculo, hacen que, sin necesidad de decir mucho, su mera presencia se perciba como un alivio. Bendicen con su mera existencia, pues han adquirido las fuerzas anímicas necesarias. Esas fuerzas se manifiestan en la vida adulta, cuando en la juventud se han sentado las causas kármicas mediante una mirada tímida hacia algo digno de veneración. La devoción se transforma en fuerzas de bendición.

Podemos ir mucho más allá en este análisis de las experiencias cotidianas hasta llegar a algo que la mayoría de las personas detestan profundamente y que les aterroriza, no solo en los niveles más bajos de la educación, sino incluso en las más altas esferas de la cultura: la mentira y la envidia. Sin embargo, nunca encontramos estos rasgos entretejidos en el carácter. Se pueden atribuir a experiencias pasadas, pero cuando los vemos manifestarse, podemos decir que la mentira y la envidia son las causas de algo que ya se vive entre el nacimiento y la muerte. Sabemos cómo una persona, por así decirlo, se desprecia a sí misma cuando tiene que decirse: «Soy envidioso» o «Tengo tendencia a mentir». Está convencido de antemano de que no son buenas cualidades. Goethe, por ejemplo, dice en su introspección que se alegra de que, entre sus vicios, la envidia no sea una cualidad suya, y Cellini dice que se siente especialmente feliz de no ser consciente de ninguna mentira. Las personas tratan de deshabituarse de estas cosas cuando las detectan en sí mismas. Supongamos que alguien se da cuenta de que es envidioso; querría deshabituarse de ello, pero no tiene la fuerza suficiente para arrancar la envidia de raíz. Al fin y al cabo, algo así no se puede arrancar sin más, sino que, —al igual que las fuerzas externas—, solo se puede transformar. La persona combate la envidia de tal manera que ya no piensa: «No quiero que esta persona tenga esto o aquello». Así pues, con la razón ha vencido la envidia, pero en lo más profundo de su carácter no puede hacerlo, y la envidia reaparece transformada.

Existe una relación inherente entre la envidia y su producto transformado, una especie de adicción a la crítica. Se critica todo lo que se puede criticar, y una persona así suele estar muy satisfecha de sí misma. Ya no se da cuenta de la envidia, y criticar, —eso es lo correcto y lo justo, ¡pues hay que llamar la atención de la gente sobre sus errores! Ciertamente hay que hacerlo, pero depende de si se hace para mejorar a la gente o solo para criticarla. En este último caso, se trata de envidia transformada. Esto es muy común en la vida. Muchas tertulias de té y café, y las copas de la mañana y de la tarde, no podrían existir si la envidia no se hubiera transformado en crítica. Así vemos cómo, bajo la influencia de la propia aspiración del alma humana, se transforma una cualidad. Sigamos ahora lo que ocurre más tarde en una persona cuando desarrolla envidia y crítica, sobre todo si estas han hecho estragos en su juventud. Se convertirá en lo que podríamos llamar un ser dependiente, una persona que necesita el consejo y la ayuda de los demás incluso en las cosas más insignificantes, que no sabe cómo desenvolverse en la vida. Uno puede poner en duda estas cosas, pero si se observa la vida, se verá que son tan válidas como las leyes físicas de las ciencias naturales.

De ello se pueden extraer buenos principios educativos para la vida. Debemos velar por que la envidia y la actitud crítica no se extiendan. No podemos erradicarlas, pero sí transformarlas adecuadamente. El educador debe procurar, mediante todo tipo de recursos propios de una pedagogía auténtica, que estos rasgos no se conviertan en inestabilidad, sino en lo que podríamos llamar un cierto anhelo de sumergirse en el alma, de modo que la persona tenga la sensación de que hay algo en mí que percibo como un leve presentimiento, algo que duerme en mi interior. Este es uno de los frutos más hermosos que pueden surgir de los malos rasgos correctamente transformados, cuando se guían de la manera adecuada.

En general, los peores rasgos de carácter, si se canalizan adecuadamente, pueden tener los efectos más positivos. Tomemos, por ejemplo, la mentira y la tendencia a mentir. Tal y como se manifiestan en la juventud, deberíamos prestarles mucha atención. No se trata aquí solo de decir falsedades, sino de recordar una y otra vez lo difícil que es ser siempre sincero. Es fácil establecer ideales de vida, pero ser siempre sincero no es nada fácil, y hasta la mejor intención y la actitud más noble pueden llevar a ser, en cierto sentido, falso. Un educador que le dice a un niño pequeño que está atormentando a un gusano [y lo corta en dos]: «No atormentes a este gusano, porque él siente el dolor igual que tú», dice una mentira y, sin embargo, puede estar animado por altos ideales. Porque, cuando se corta un gusano, una parte de él puede seguir viviendo. [Por lo tanto, si se le dice al niño algo así], que debe aplicar a sí mismo, se le llama la atención sobre algo que no es cierto, pues él, [si le ocurriera lo mismo], no podría seguir viviendo. Habría que decirle algo muy diferente para disuadirlo de matar o atormentar al gusano.

Es probable que el niño olvide cosas como «el gusano siente el dolor igual que tú». Pero, ¿dónde tiene lugar ese olvido? En su conciencia superficial. Sin embargo, el ser humano tiene un núcleo esencial más profundo, y aunque podamos haber olvidado algo hace tiempo con nuestra conciencia cotidiana, en el plano astral permanece y sigue actuando. Algo así, que no se corresponde exactamente con la realidad y no está controlado por la conciencia superior, tiene, no obstante, la misma consecuencia que una mentira más directa. [A través de esta falsedad] el niño desarrolla lo que podríamos llamar un carácter tímido. Un niño así se vuelve tímido y no se atreve a mirar a los ojos a las personas. Como una ley física, toda falsedad tiene sus efectos, incluso aquella implantada bajo la máscara de un gran ideal. En este ejemplo podemos ver cómo la ciencia espiritual puede resultar útil.

La ciencia espiritual nos enseña lo cuidadosos que debemos ser con cada palabra. Podemos ver cómo el estudio de la ciencia espiritual, en sí mismo, influye en la vida del ser humano en general. He aquí un ejemplo concreto: muchas personas sufren de mala memoria, con la que no están satisfechas y de la que afirman que cada vez empeora más. Es un resultado de la investigación suprasensorial que, para el ser humano actual, la memoria empeora cuanto más se limita a asimilar ideas materialistas, es decir, solo aquello que puede oír, ver y comprender con el entendimiento. Tales ideas llenan la vida de la mayoría de las personas hoy en día, pero son las menos adecuadas para generar las fuerzas que mantienen realmente despierta la memoria. A una persona a la que llenamos únicamente con un modo de pensar materialista, le estamos quitando también ciertas fuerzas del alma.

En cambio, lo que asimilamos como resultado de la investigación suprasensorial, lo que penetra en el alma como conocimiento de las ciencias espirituales, lo que nos obliga a formular pensamientos muy claros y muy entrelazados, eso aporta fuerzas al alma. Ciertamente, no es fácil formular tales pensamientos, en los que uno no se yace junto al otro, sino que uno surge del otro, como en una planta. La consecuencia de tales pensamientos, aparte de que nos transmiten verdades, es que la vida interior se concentra. A una persona que se ocupa de tales pensamientos, aunque no pueda ver por sí misma los mundos superiores, ciertos conceptos fundamentales se le presentan una y otra vez ante el alma, —si no le resultan aburridos—. De este modo se mantiene unido lo que llamamos la conciencia etérica, que la ciencia exterior no reconoce. Esto se fortalece, y la consecuencia es que el ser humano conserva su memoria en un estado mucho mejor de lo habitual.

Por supuesto, no es difícil refutar eso. Basta con que alguien diga: «Mira, este teósofo se ha dedicado toda su vida a las ideas esotéricas y ahora casi ha perdido la memoria». - Habría que fijarse en lo que habría sido de él sin la ciencia espiritual. Este tipo de cosas no se pueden comparar mediante estadísticas ni nada por el estilo, sino solo a través de lo que el ser humano puede experimentar en sí mismo. Cuando la memoria empieza a fallar y la persona comienza a ocuparse de lo suprasensible, le resultará más fácil recuperarla. La memoria adquirirá un carácter diferente. De ello podemos deducir cuánto gana nuestra vida cotidiana cuando la enriquecemos y la impregnamos de ideas suprasensoriales.

Y además: ¿qué necesitamos los seres humanos para llevar a cabo lo que se nos exige? Alegría de vivir y felicidad, interés por lo que nos rodea. Lo que nos impone el destino a menudo no puede ser fuente de alegría, sino de desánimo y dolor. En esos casos, la vida puede volverse fácilmente sombría. Pero para quien es capaz de aspirar verdaderamente a las verdades del mundo suprasensible, no puede haber un desolamiento total de la vida. Porque aunque el mundo exterior traiga desgracia tras desgracia, el conocimiento suprasensible evoca alegría y placer, y nos ilumina con la conciencia de que el ser humano, sea cual sea su posición, pertenece a toda la vida espiritual, tiene su destino, su tarea y su dignidad, y también su fuente de alegría de existir y de amor por la vida, que ningún destino exterior puede quitarle.

Una época materialista debería tener esto en cuenta, pues muchos solo encuentran alegría en lo que pueden tocar con las manos. Entonces surgen la saturación y la avidez por recibir constantemente nuevas impresiones. Y cuando estas no llegan y la vida se vuelve monótona, se produce la desolación, porque el ser humano solo conoce una fuente de felicidad en lo que proviene del exterior. Pero cuando ha comprendido los conceptos de un mundo suprasensible, estos actúan desde dentro, y así, aunque no tengamos ningún estímulo externo, podemos crear la alegría de vivir en nosotros mismos a partir de lo que evocamos desde dentro. Las cosas más pequeñas de la vida pueden convertirse en fuente de una alegría de vivir indescriptible y de gran felicidad. Esa es la diferencia entre los dos tipos de conceptos: los conceptos externos satisfacen únicamente nuestro entendimiento y, solo por un breve tiempo, también nuestros sentimientos; luego eso cesa. Los exploradores en el ámbito materialista pueden sentir el gozo de la investigación, pero pronto se sentirán desolados en su alma. Sin embargo, lo que obtenemos de las fuentes del conocimiento suprasensible ofrece una fuente inagotable de alegría y de fuerza vital.

Siempre me gustaría volver a señalar algo que Fichte, quien, aunque no se dedicaba a las ciencias espirituales, sí aspiraba a ello, dijo a su círculo de oyentes. En efecto, dijo una vez: «Lo que tengo que ofrecerles habla de los hechos del mundo suprasensible, para lo cual, sin embargo, se requiere un sentido diferente, uno nuevo». Subraya la relación del ser humano con este mundo suprasensible con palabras como estas: «Solo miramos en la medida adecuada y con la comprensión correcta lo que nos rodea en la vida como destino, como placer y sufrimiento, alegría y dolor, y solo entonces adquirimos una visión correcta de nuestro destino cuando vemos la relación del ser humano con lo divino». - Cuando el ser humano toma conciencia de esta relación, —opina Fichte—, entonces puede decir: «Nubes, precipitaos y derramáos en torrentes; montañas, caed sobre mi cuerpo y enterradme; truenos, retumbad; relámpagos, destrozadme. Desafío vuestro poder, pues he comprendido mi destino, y este es eterno, como eterno es el espíritu».

Quien se familiarice de alguna manera con la investigación esotérica puede hacerse una idea de esa sensación de seguridad. Es necesario para la naturaleza humana que estas cosas intervengan en nuestra vida cotidiana. ¿Cómo se manifiesta esto? Tomemos como ejemplo a una persona que vive en el campo, en una zona a la que aún llegan pocos periódicos y literatura divulgativa, y comparémosla con un urbanita que se encuentra en el centro de la educación moderna, lee periódicos, revistas de todo tipo, etc. Por su propia naturaleza, este habitante del campo no puede sentirse satisfecho con la conciencia que le proporcionan las antiguas tradiciones. Y como no tiene nada más que leer, se sumerge en la Biblia. Sucede con bastante frecuencia que las palabras de la Biblia tocan el alma de una persona así, pero al no solo afectar a la conciencia superior, sino también al subconsciente, se hunden en lo más profundo, y eso está relacionado con la necesidad de algo sobrehumano. De ahí surgen algunas supersticiones perjudiciales; por ejemplo, las personas en cuestión creen que son profetas, fundan sectas y cosas por el estilo. Como en lo más profundo del alma yace el impulso hacia lo sobrenatural, cuando no puede encontrar el camino correcto, busca cualquier otra cosa, y eso puede resultar perjudicial. Una persona así solo demuestra lo profundamente arraigado que está en la naturaleza humana el deseo de encontrar una conexión con el mundo sobrenatural.

 El habitante de la ciudad, por el contrario, no tiene oportunidad de dejarse llevar por lo sobrenatural. Sin embargo, el impulso existe, y el ser humano llena su conciencia cotidiana con todo tipo de cosas: con el espiritismo, con los «misterios del mundo», y así sucesivamente. Muchas personas acuden a reuniones de ideologías para «avanzados» y se adhieren a tales concepciones, sin saber que su alma, en el subconsciente, anhela algo completamente distinto. Allí sigue trabajando, y más tarde se manifiesta el efecto, no como sectarismo supersticioso como en el campo, sino como malestar, melancolía; esto o aquello, les asaltan todo tipo de ideas, se ponen nerviosas, pierden el equilibrio anímico y, si tienen dinero, van de sanatorio en sanatorio. Se preguntan: ¿qué es lo que me falta realmente? Sin saberlo, lo que les falta es la conexión con las verdades suprasensoriales.

A algunas personas, a quienes hoy se les ocultan las verdades suprasensoriales porque se consideran fantasías, se les priva de lo que les proporciona salud mental y equilibrio anímico. Y como lo físico es consecuencia de lo espiritual, se les priva al mismo tiempo de la salud física. Así vemos cómo los resultados de la investigación suprasensorial se trasladan a la vida cotidiana. A menudo tenemos ocasión de ver cómo se cometen los errores más graves porque las personas no saben cómo actúa lo suprasensible. Por ejemplo, los padres y los educadores creen que no pueden hacer nada mejor que aplicar el castigo inmediatamente después de la «falta»; no saben que el castigo que se aplica solo después de un tiempo puede ser, en primer lugar, mucho más suave y, en segundo lugar, mucho más fructífero. El niño nunca debe tener la impresión de que el castigo del maestro es una especie de venganza; nunca debe verlo enfadado. Una vez transcurrido un tiempo, esto ya casi no será así, y el educador también verá muchas cosas de otra manera cuando contemple el error con serenidad, con su sentido común cotidiano. Mientras que cree que no puede evitar el castigo físico si castiga de inmediato, más adelante podrá recurrir a medios más suaves. Además, la conciencia de su falta surte un efecto muy diferente en el interior del niño si no es castigado por ella de inmediato.

Solo se arroja una luz verdadera sobre este asunto cuando el ser humano se eleva por encima de su destino, —que a menudo le parece algo oscuro—, hasta alcanzar lo que le pueden revelar los conocimientos del mundo suprasensible. Y eso no es algo que se limite al pensamiento y al entendimiento, sino algo que, como la sangre, recorre todo nuestro cuerpo. Los pensamientos suprasensibles se derraman hasta llegar a nuestra destreza. Una persona torpe puede incluso llegar a ser hábil gracias a ellos. Se adquiere una agilidad física cuando lo que brota del mundo suprasensible se traslada a lo corporal. Por eso, lo que proviene de lo suprasensible se viste con frases tales que puedan ser examinadas por la lógica, para que el ser humano pueda recibir con el entendimiento las verdades del mundo suprasensible. Entonces pueden fluir en nuestra vida, la fecundan y nos dan seguridad en la vida que debemos llevar dentro de nuestro destino.

La aplicación de esta verdad nos muestra, más que cualquier especulación, que el ser humano está llamado a trasladar las fuerzas y los hechos espirituales del mundo espiritual al físico. Y cuando el ser humano se esfuerza por hacerlo, se asegurará aún más de su conexión con el mundo suprasensible, pues tomará conciencia de que es un ser espiritual y de que tiene raíces no solo en el mundo físico, sino también en el suprasensible, y de esta certeza sacará un sentimiento cada vez más seguro y una mayor esperanza de vida. Por mucho que la vida exterior nos atormente con su destino impenetrable, por muy incomprensibles que nos resulten las poderosas olas del destino o incluso las punzadas de la vida cotidiana, sabemos que existen fuerzas ocultas capaces de abrir nuestro ojo espiritual y arrojar luz sobre nuestro oscuro destino, para que podamos hacer frente con una fuerte energía interior a todo lo que se nos presente en la tormenta de la vida —en beneficio del mundo, para trabajar en nosotros mismos, para el desarrollo de toda la humanidad.

Traducido por J.Luelmo - marzo, 2026