CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA316 Dornach, 24 de abril de 1924 la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

Dornach, 24 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En un primer momento pensé que podríamos continuar con lo que habíamos empezado completando algunos de los puntos que planteé ayer desde otra perspectiva; quizá así se puedan formular adecuadamente las preguntas que usted ha planteado y de las que me ha hablado la Dra. Wegman.

Verán, ustedes se van incorporando, a través de su condición humana general, al ámbito de la medicina, a la profesión de sanador. Se encuentran ante una cierta corriente que impera hoy en día en la profesión médica y en la que, en realidad, se van integrando de tal manera que frente a ella sienten, con todo derecho, una oposición interna. Ahora bien, tengan en cuenta que esto suele tener razones objetivas, y estas se les revelarán a medida que comprendan cada vez mejor que la corriente médica actual es, en cierto sentido, incluso un elemento ajeno a gran parte de lo que conforma la civilización europea y occidental en su conjunto. Esta cuestión se comprende plenamente, solo cuando se sabe que nuestras ciencias naturales y gran parte de la aspiración en el desarrollo intelectual más reciente, han surgido gracias a que las personalidades más influyentes para el avance médico y científico de nuestra vida intelectual, fueron individualidades encarnadas procedentes de la cultura árabe-musulmana. Estos temas se han tratado mucho últimamente aquí, en el Goetheanum, y están relacionados, por otra parte, con lo que está ocurriendo actualmente en el movimiento antroposófico, pero también revisten una gran importancia para los médicos. Ya he dicho en diversas ocasiones que nos vemos obligados a dirigir nuestra mirada hacia aquel centro espiritual que floreció en la misma época en que, en Europa, bajo el reinado de Carlomagno, predominaba, por así decirlo, una vida espiritual primitiva. Allí, en Oriente, florecía la cultura espiritual, unida por Harún al-Rashid. De hecho, había reunido en su corte a muchos de los sabios de la época, entre los que se encontraban numerosos médicos de aquel tiempo. Y, como se darán cuenta, al analizar algo así, ya estamos tocando la época en la que el cristianismo ha actuado a lo largo de los siglos. Ahora bien, el cristianismo mismo se presentó en el mundo como algo que solo puede comprenderse de forma lenta y gradual, y resulta realmente muy curioso, desde un punto de vista externo —no interno—, que los aspectos más profundos del cristianismo no hayan sido comprendidos hasta ahora por las personas. El cristianismo llegó al mundo como un hecho objetivo, y las capacidades humanas, la capacidad de asimilación, no eran lo suficientemente fuertes como para desarrollar en todas sus facetas lo que realmente encierra el cristianismo. Por eso, lo que ocurre objetivamente es que el cristianismo vive en todas partes en el subconsciente, pero el ser humano lleva tres o cuatro siglos corrompiendo por completo este cristianismo. Los seres humanos han corrompido el cristianismo a través de lo que saben, de lo que reside en el intelecto, en la conciencia. Además, ahora contamos con las instituciones terriblemente diletantes que se han creado últimamente en torno a las universidades. Antiguamente existían tradicionalmente cuatro facultades: Filosofía, Teología, Jurisprudencia y Medicina. Lo que se ha añadido posteriormente se ha hecho, en realidad, solo sobre la base del malentendido más extremo y oscuro. Porque una facultad de Ciencias Políticas y una de Economía se derivan de ideas que ya no sabían nada de lo que realmente se trataba. Lo que no se ha comprendido, y cuya comprensión se ha oscurecido por completo hoy en día, es que Cristo envió en un primer momento a cuatro personas para anunciar el cristianismo al mundo: el teólogo Mateo, el jurista Marcos, el médico Lucas y el filósofo Juan. En este contexto, que es algo muy profundo, tiene sus raíces lo que algún día deberá surgir. Las cosas solo están presentes en estado embrionario; aún deben florecer y dar fruto. Lo que está profundamente arraigado en la vida espiritual es que los Evangelios no pueden coincidir en su letra, porque uno está escrito desde el punto de vista del teólogo, otro desde el del filósofo, un tercero desde el del jurista y un cuarto desde el del médico. Esto es algo que hay que comprender a la perfección; y como el Evangelio de Lucas aún no se ha tomado en realidad como una guía interior para la voluntad de sanar —no se ha comprendido la cuestión—, por eso ha sucedido que, en realidad, en nuestra forma de pensar actual no vive en absoluto una voluntad cristiana de sanar, sino aquella voluntad de sanar que se ha hundido en la cultura espiritual a través del arabismo, que, de hecho, ha abrazado al cristianismo como con unas tenazas. Es muy interesante, ¿verdad? El cristianismo, que surgió en Asia, se abre camino hacia Europa y se extiende por ella. Pero fíjense ahora en la corte de Harún al-Rashid, donde perduraba la medicina antigua; allí, en la concepción antropológica, vivía en realidad la antigua esencia de los misterios; esto aún estaba presente en la tradición. Allí vivían dos personas: el propio Harún al-Rashid, que organizaba todo el asunto, esa enorme academia intelectual que crecía bajo su influencia; y otro que, en tiempos pasados, había sido un iniciado; en aquella época, la iniciación no salió a la luz. Harun al-Rashid regresó como lord Bacon, Bacon de Verulam. Con una forma de pensar profundamente arraigada en el arabismo, renovó el pensamiento científico desde Occidente. Durante el tiempo transcurrido entre la muerte y el nuevo nacimiento, el alma siguió este camino (tal y como se representa en la lámina 14). Si estudiasen a Baco de Verulam, verían cuánto llegó a la medicina precisamente a través de él, y se quedarían asombrados. Por otro lado, el otro, el iniciado, se encarnó en el alma de Arnos Comenius. Vemos que en Comenio había una vida que aspiraba a lo espiritual, pero lo llevó todo según concepciones intelectuales. Así vemos también cómo el arabismo reaparece en otra personalidad, —que no vivió exactamente en la misma época que Harún al-Rashid, pero que desempeñó un papel en la batalla de Jerez de la Frontera—, esa personalidad renace como Darwin. Y así, todos los que se dedican a las ciencias naturales, y en especial a la medicina, son reencarnaciones de aquello que llegó a Europa en las antiguas concepciones, —pero excluyendo el cristianismo, no en el desarrollo posterior del cristianismo, sino excluyéndolo—, en ese abrazo que el arabismo le dio al cristianismo. Y así, precisamente la medicina se vive como algo que se ha incorporado en mayor medida de esta manera; mientras que ese impulso que el Evangelio de Lucas contiene para la medicina sigue estando ahí, de tal forma que hay que decir que aún debe ser asimilado. Para ello, deben tomarse con la mayor seriedad posible cuestiones como las que comenté ayer sobre la comprensión cósmica del ser humano, sobre la comprensión del ser humano desde el cosmos, y entonces se sentirán integrados de la manera correcta en la tarea que hoy les impone su karma. Porque, verán, la cuestión es la siguiente: consideremos, por ejemplo, la medicina tal y como se practicaba en la corte de Harún al-Rashid. En ella convivía, por un lado, lo bueno de la forma de pensar hipocrática. Quienes quizá hayan leído el primer curso de medicina que impartí aquí habrán visto que, en principio, abordé allí el hecho de que Hipócrates fue el último en curar basándose en los antiguos misterios. Ahora bien, al trasplantarse la medicina hipocrática a Asia, lo que era se integró en una fuerte corriente de la medicina mongola, procedente del noreste de Asia. En ello se han incorporado muchos elementos contra los que no solo se ha tenido que rebelar la forma de pensar en Europa, sino también la propia organización interior del ser humano, pues esta no encajaba con lo que allí se introdujo en el pensamiento médico como influencia mongol-tártara. Esto puede salir a la luz si se logra llegar a una forma de pensar cósmica original sobre el ser humano.

Ahora bien, por un lado, podrán recordar la visión de la evolución que encontrarán en mi «Ciencia Oculta en esbozo», donde se describe la corriente evolutiva a través de las etapas de Saturno, el Sol y la Luna, a las que sigue la evolución de la Tierra. En realidad, el ser humano ha pasado por todas estas etapas evolutivas; y, de lo que ya se ha dicho estos días, habrán podido deducir que en el ser humano se encuentra, en primer lugar, la corriente hereditaria, que actúa en el modelo, y la corriente individual, que proviene de vidas terrenales anteriores. Lo que actúa en la herencia se remonta a tiempos pasados, pero se ha quedado atrasado en lo ahrimánico, se ha marchitado. Esto es, pues, lo que subyace en la herencia. En el fondo, la medicina oficial actual trabaja únicamente con esto y no tiene en cuenta en absoluto lo que constituye la otra faceta, la que se desarrolla en la segunda etapa de la vida humana, entre el cambio de dientes y la madurez sexual, aquella época de la vida humana que ya puede considerarse estadísticamente como la más saludable, porque es entonces cuando el ser humano es menos propenso a enfermar; la capacidad de enfermar queda ahí inhabilitada. Se podría decir que la medicina actual es la que menos desea vincularse con la salud, sino que prefiere hurgar en la enfermedad. Es una afirmación radical, pero es así. Sin embargo, para relacionarlo con la salud, es necesario llevar realmente hasta el extremo esta comprensión del cosmos entero en el ser humano, hasta el punto de ver también el cosmos en el ser humano. Para ello se necesitan los detalles que puedan transmitir realmente esta percepción de la evolución cósmica en el ser humano. En el ser humano aún se encuentra la evolución del antiguo Saturno, evolución del antiguo Sol y la evolución de la antigua Luna. Y solo cuando se comprenden estas tres etapas previas a la evolución terrestre, solo entonces se entiende lo que realmente tenemos ante nosotros en el ser humano terrestre. Pero hoy en día tenemos tantas ciencias… no tenemos una verdadera ciencia de Saturno, una verdadera ciencia del Sol, una verdadera ciencia de la Luna, porque en la vida natural común ya no somos capaces de recordar lo que había en la sabiduría instintiva primigenia. Así pues, ya no podemos acercarnos a lo que Hipócrates vivió de la manera más intensa, porque se ha convertido en una frase hecha. Eso debe volver a cobrar vida. De este modo, tendrán una palabra importante que resuena desde tiempos antiguos, pero, en general, no le prestarán ninguna atención, y menos aún a su maravillosa capacidad orientadora, a cómo puede influir en la medicina. Se trata de lo siguiente.

Las fuerzas divinas del mundo han ordenado la vida según medida, número y peso. Lo encontráis en un versículo de la Biblia. Pero ¿quién presta hoy atención a esas palabras más allá de tomarlas como una frase general, como si en algún momento hubiera existido un antiguo arquitecto del mundo que lo hubiera ordenado todo según medida, número y peso? Para el médico, sin embargo, se trata de encontrar realmente la medida, el número y el peso en el ser humano. ¡Fijémonos en el ser de Saturno! Verán, el ser humano lleva en sí la evolución de Saturno, pero, naturalmente, no encontramos esta evolución de Saturno en el ser humano actual tal y como es, pues en él todas las etapas evolutivas están unidas sintéticamente, están conectadas, de modo que las individuales desaparecen en la unión, en la armonía. Pero la enfermedad provoca una u otra manifestación en su forma particular. Y ahora debe ocurrir que lo que he indicado en la «Ciencia Oculta» no se comprenda realmente solo con el entendimiento, sino que se comprenda tal y como se describe allí: que se sienta en todas partes cómo, durante la evolución de Saturno, actúa de manera penetrante un calor cósmico. Al estudiar la evolución de Saturno, hay que recurrir en todo momento al elemento calorífico, hay que conducir hacia el elemento calorífico. Saturno actúa en el ser humano, y lo que se ha descrito sobre la evolución de Saturno actúa en el ser humano, pero no se manifiesta en el ser humano terrenal cuando este armoniza en su interior todas estas cosas y las integra entre sí. Sin embargo, actúa cuando el ser humano está enfermo. Entonces se separan las cosas que, en otras circunstancias, se unen armoniosamente; entonces, el elemento de Saturno actúa por sí mismo y se manifiesta en la fiebre. Solo tendremos una ciencia de la fiebre cuando le demos un carácter cósmico, cuando podamos profundizar en cómo actúa el antiguo Saturno en el ser humano, de modo que se comprenda realmente cómo, en la manifestación de la fiebre, lo cósmico actúa a través de las fuerzas de Saturno, que hemos encontrado absorbidas espiritualmente en el interior de la Tierra. Cuando encontremos las fuerzas de Saturno en toda la superficie terrestre, —sobre todo en las fuerzas del plomo y distribuidas por todas partes—, alcanzaremos una comprensión íntima de la fiebre, y deberemos ver en ella aquello mediante lo cual el orden divino-espiritual de los mundos ordena el mundo según la medida. En la intensidad de la fiebre se expresa esa medida que vive en el orden del mundo, al fluir el calor hacia ese orden; esa medida que se funde con los demás y se armoniza con ellos. Pero, ante todo, debemos ver esa medida en los síntomas febriles. Por eso debemos dejarnos impresionar profundamente por:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

En realidad, es el espíritu del ser humano el que se manifiesta durante la fiebre, un espíritu que, por lo demás, permanece oculto entre los demás elementos. Durante la fiebre, el espíritu del ser humano, que se ha polarizado, se hace valer. El componente más antiguo de la naturaleza humana aparece durante la fiebre en la superficie de la existencia.

Ahora bien, como ven, tras la evolución de Saturno viene la evolución del Sol. En ella, por un lado, el mero elemento calorífico se condensa en aire, pero, por otro lado, se diluye en luz. La luz y el aire interactúan entre sí, van de la mano. Absorbemos el ritmo del aire al respirar, absorbemos la luz; y la luz, en sentido oculto, no es solo aquello que actúa en el ojo, sino que es una expresión general de lo que actúa a través del Sol. El ojo es simplemente el representante más destacado de lo que actúa a través del Sol. En la Edad Media se denominaba «tintura espiritual» a aquello que actúa en la luz. Llegamos ahora a la evolución solar; esta evolución solar también está presente en el ser humano actual y, de hecho, la percibimos de inmediato como algo que no actúa ahora en la Tierra, sino que es el efecto residual de la antigua acción solar, cuando colocamos los dedos sobre el pulso del ser humano, con la sensibilidad adecuada. El número de pulsaciones expresa la antigua evolución solar que hay en nosotros. Y por eso tenemos, en segundo lugar:

Siente, en el latido del pulso, 
la fuerza del alma del sol

No es indiferente, queridos amigos, que sigamos realmente este camino o no. Uno puede tomarse en serio o no algo así. Pero hay una diferencia enorme entre que reflexionen realmente, cuando se dedican a leer el termómetro, —solo hay que interiorizarlo en la práctica interior—, sobre qué imagen representa la evolución en la era de Saturno: Allí se os aparece el mundo entero, porque todo está sometido a la corriente de calor, como un don espiritual en el que, a través del calor, el amor fluye hacia cada cosa por separado. Y si reconocéis, en este estado de ánimo de entrega religiosa, cómo fluye el amor hacia el mundo a través de lo saturnal con la ayuda del calor; si reconocéis, en esta entrega agradecida a la creación cósmica cálida y amorosa, y en el momento en que examinan la fiebre, desde ese estado de ánimo, reconocen lo que está presente, entonces se les ilumina una intuición sobre lo que deben hacer en ese preciso instante.

Del mismo modo, no se debe tomar el pulso de la forma rudimentaria y chapucera en que se suele hacer, sino que, al tomar el pulso, se debe poder sumergirse realmente en aquello que emana del Sol como «ritmo cósmico». Al tomar el pulso, uno debería poder percibir cómo se encuentra el ser humano inmerso en la luz, que difunde luz y aire y que irradia por todo el mundo. Entonces, a su vez, todo el ser humano se ve involucrado en su voluntad de sanación. La voluntad de sanación no puede alcanzarse mediante un imperativo interno, sino que solo puede lograrse a través de una actitud de entrega del alma en el mundo.

Y siga adelante, así llegará a examinar ahora los demás síntomas, que consisten en observar en todas partes en qué medida aquello que actúa en el ser humano no adopta una forma humana, sino su propia forma. Tomemos, por ejemplo, la diabetes, los estados diabéticos. ¿En qué se basan? En el hecho de que [a diferencia de lo que ocurre] en el ser humano armonizado, donde el azúcar está plenamente humanizado, de modo que no actúa por su propia fuerza; sino que, hasta en su más íntima atomicidad, el ser humano se vuelve demasiado débil para impregnar por completo el azúcar. En la organización de su yo, el ser humano sigue a las fuerzas del azúcar, a las fuerzas extra-humanas. Fíjese en todas las fuerzas que se manifiestan en el ser humano en la cistitis azucarada, que aparecen en los residuos de la orina, que se depositan en el cuerpo en la migraña y en otros estados. Fíjese en todo lo que aparece en el cuerpo como sustancias que siguen sus propias leyes y no las leyes humanas; ahí podrá plantearse dos preguntas.

En primer lugar, ¿por qué es posible, en la naturaleza humana, que exista una tendencia a llevar la materia a su propia actividad dentro del ser humano? Si no fuera así, la evolución lunar nunca habría podido intervenir. Interviene precisamente cuando lo material que hay en el ser humano quiere seguir su propio curso. Entonces, las fuerzas lunares se apoderan de esas fuerzas materiales y, precisamente como fuerzas lunares, dan forma al ser humano. Todo lo que se manifiesta en el ser humano a través de la forma está impregnado de las fuerzas lunares. Así como Saturno es el que calienta, y el Sol el que imparte ritmo, la Luna es la que da forma al ser humano. Pues bien, como ven, así ocurre en todo el ser humano. Piensen solo por un momento en lo que siempre destaco. Nuestro cerebro no tiene peso propio. Si lo extraemos, pesa unos 1500 gramos; dentro del cuerpo, solo pesa unos 20 gramos, porque, según el principio de Arquímedes, todo cuerpo pierde tanto peso como pesa la masa de agua desplazada. Pues bien, el cerebro, al flotar en el líquido cefalorraquídeo, desplaza una parte de este líquido; experimenta una fuerza de empuje y ya solo ejerce una presión de unos 20 gramos sobre la superficie en la que se apoya. Así ocurre con todo. Se trata precisamente de que en el cosmos deben existir fuerzas que alivien el peso del ser humano en la medida necesaria para las sustancias que lleva en su interior. El peso debe regularse, y en el propio peso de la materia y en su regulación por parte del cosmos reside el tercero. Así pues, tanto si investiga lo que actúa en el metabolismo, como si se produce algún fenómeno material bajo la influencia de su propio peso, o si el peso se integra en el peso del cosmos, está investigando el orden del mundo divino-espiritual según el peso, y así llega a lo tercero:

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Eso es lo que debe impregnar de nuevo nuestro ser como un estado de ánimo. Cuando hablamos de reumatismo, gota, estreñimiento, diabetes, migraña y todas aquellas afecciones relacionadas de alguna manera con esos depósitos que hacen que las sustancias parezcan tener peso propio, debemos ser capaces de sentir cómo se introduce en nuestras sensaciones algo que se puede expresar con las palabras: «La gravedad terrestre se ha apoderado del ser humano». Hay mucho en palabras como esas. Imbujan sus investigaciones con esas sensaciones. Piensen solo en lo abstractas y superficiales que son hoy en día las investigaciones sobre estas cuestiones, ¡qué irreflexivas! Entonces obtendrán lo que hoy falta, lo que, a pesar de toda la maravillosa conservación de la antigua sabiduría, la antigua virtud y el antiguo saber en el arabismo, ha sido aniquilado precisamente por el hecho de que aquello que existía como Trinidad, —la Luna, el Sol y Saturno—, apareciera ocultada, enmascarada como Padre, Hijo y Espíritu, y que esta Trinidad haya desaparecido, y que el arabismo, en el mahometismo, simplemente lo haya rechazado todo con las palabras, —me refiero a la frase inicial que Mahoma no pronunció, pero que sí pronunció sin duda el ángel que le inspiró, que no era precisamente un ángel excelente, a pesar de ser muy sabio—: ¡Bah, qué Trinidad! - Solo hay un Dios, y Mahoma es quien debía anunciarlo. Se nos remite a ello, a la desaparición de todas las diferencias en el mundo. De este modo, las cosas que en realidad deberían saberse se han oscurecido y nuestra medicina se ha convertido, en realidad, en una medicina árabe-mahometana. La humanidad europea se había vuelto demasiado débil para encontrar lo correcto. Hoy en día es necesario conocer estas cosas; de lo contrario, la humanidad perecerá, por lo que ya deben decirse a sí mismos:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Verá, si se observa el mundo desde esta perspectiva, hay que tomar estas cosas con verdadera serenidad. Así se comprende que, en el transcurso de la vida humana aquí en la Tierra, se da una tendencia según la cual la individualidad, que proviene de vidas terrestres anteriores, asimila lo que, procedente de la corriente hereditaria, se presenta ahora como un modelo. Ya les he hablado de la lucha que existe entre lo que se forma según el modelo, —el segundo cuerpo humano—, y el primer cuerpo humano, que sirve de modelo. Si uno sabe que tiene ante sí a una persona que, en realidad, está abriéndose camino hacia la superficie, entonces sabe que en esa persona está actuando lo que proviene de encarnaciones anteriores. Y es realmente así: el ser humano que penetra estas cosas con su corazón, con su alma, es quien tiene más oportunidades de percibir en el enfermo aquello que proviene de encarnaciones anteriores, o al menos de intuirlo. Porque, ¿en qué se basa realmente lo que sale a la luz en la enfermedad? En el caso de la persona sana, ocurre lo siguiente: existe la organización de la cabeza, que, en su conformación, ya está separada externamente del resto de la organización. La cabeza es una cavidad ósea en la que está encerrado el cerebro. Lo que es la continuación de la cabeza también está encerrado en los huesos. Está ahí por sí mismo, y luego se une lo demás, lo que pertenece al ser humano. Pero en la organización más sutil del ser humano hay algo que separa estas dos partes entre sí. Verá, no es fácil demostrarlo a través de la anatomía externa ni de la fisiología externa, pero hay muchísimo que tener en cuenta en lo que consiste, por ejemplo, la transformación de los nutrientes, en el sentido de que estos nutrientes, en su estructura interna, no entran tal cual en la organización de la cabeza, ni siquiera en la organización nerviosa. Existe un límite claramente fijado que no puede traspasarse. ¿Quién no debe traspasarlo? Bueno, verá, en la organización de la cabeza, desde el inicio de la evolución del ser humano, lo que más influye es aquello que, procedente de vidas terrestres anteriores, ha conservado su fuerza a lo largo del tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento. De la cabeza emana lo que actúa como fuerza de individualidad del niño. Pero no debe descender sin ser filtrado al resto de la organización corporal. Debe haber un filtro, una capa intermedia. No es visible desde el exterior, pero está presente en la organización. Nada sin filtrar desciende. Ni el pulmón como órgano ni el hígado como órgano deben verse afectados directamente por las fuerzas procedentes de encarnaciones anteriores; estos órganos no lo soportan. Y, en realidad, surge algo terrible en el ser humano cuando uno tiene que admitir que la fuerza procedente de vidas terrenales anteriores llega directamente al hígado sin ningún tipo de filtrado. Lo que constituye la individualidad humana transforma, en el período que transcurre entre la muerte y el nuevo nacimiento, las fuerzas que se encuentran en los pulmones y el hígado, en el sistema metabólico de las extremidades y, en parte, también en el sistema rítmico, para convertirlas en la organización de la cabeza. La organización metabólica de las extremidades solo vuelve a conectarse desde el exterior. La individualidad humana, que es eterna, solo puede volver a entrar cuando el ser humano ha atravesado la puerta de la muerte, cuando lo físico-material se desprende de ella y solo las fuerzas de los pulmones y el hígado han atravesado la puerta de la muerte, de modo que se producen daños en el ser humano durante la vida terrenal cuando la individualidad penetra en ciertos órganos a los que no debería acceder.

Por eso, ante ciertos estados patológicos, uno se dice con tal entrega interior: «Ah, como no existe una separación verdadera, la individualidad de la vida terrenal anterior influye en el órgano que ahora solo debería estar influenciado por esta vida terrenal». Por eso ven en la persona enferma la influencia de la individualidad de vidas terrenales anteriores. Esta individualidad, que solo debería manifestarse en lo moral y en lo relacionado con el destino, que debería limitarse a lo que el ser humano hace y experimenta, y que no debería afectar a la organización de la parte principalmente terrenal del ser humano, actúa en parte en su sistema metabólico y de las extremidades, en parte en su sistema rítmico y en parte en su sistema neuro-sensorial, porque la frontera se ha vuelto defectuosa. Verá, surge una actitud hacia el ser humano al saber que, en el pulmón enfermo, actúa la individualidad del ser humano. Cuando observo a un enfermo de tisis, siento una compasión muy concreta, debido a que nuestra época es tan materialista que distrae al ser humano en el mundo exterior de cómo debería vivir su karma según el destino, y lo empuja moralmente, con toda nuestra vida carente de espiritualidad, hacia su propia corporeidad. La individualidad, en lugar de fundirse con lo moral, es rechazada por nuestra época; se vuelve orgánica, se apodera de los órganos, y sobre todo de los pulmones, que son la parte del sistema metabólico orientada hacia el interior, mientras que este, por su parte, está orientado hacia el exterior. La corporalidad se apodera directamente de la individualidad que llega de encarnaciones anteriores. Estas cosas no son tan importantes por el hecho de que se teorice sobre ellas, sino porque uno puede sumergirse en ellas con todo su ser, y entonces surge precisamente lo que es la voluntad de sanar y lo que, de manera adecuada, se une entonces a la necesidad de sanación del ser humano. En realidad, según nuestra cultura materialista actual, el sanador está extraordinariamente separado del ser humano que busca la sanación. No se le acerca, porque se necesita algo más para acercarse, porque hay que tener sensibilidad hacia aquello que vive en el ser humano como algo eterno. Y a partir de esa sensibilidad se desarrolla la relación correcta entre el sanador y el que debe ser sanado, y entonces se comprende cómo hay que individualizar realmente; pues cada persona tiene su propio karma. Hay que individualizar en el proceso de sanación.

Esas son las cosas, verá, que debemos dejar que nos influyan sobre todo de forma íntima. Las cosas adquieren un carácter esotérico cuando se deja que nos influyan de forma íntima; y algo como el Evangelio de Lucas encierra todo el estado de ánimo que se necesita para avanzar en este sentimiento. Por eso es cierto que las cosas han surgido objetivamente, han surgido cuatro facultades: una facultad de Lucas, una de Mateo, una de Marcos y una de Juan, pero hoy en día no se percibe nada de ello, porque el arabismo sigue vivo, especialmente en la medicina. Se producirá una «cristianización» cuando las cosas se aborden de tal manera que se vuelva a lo cósmico. Para ello, hay que ser consciente de la propia posición cósmica como médico. Habrán podido comprobar, a partir de todo lo anterior, hasta qué punto influyen en la forma humana las fuerzas que dirigen desde la Luna. Si las fuerzas lunares que dirigen la forma humana actúan de manera demasiado irregular, entonces hay que poder dirigir la atención hacia ello, hay que tener claro que se cura eliminando esa parte de irregularidad que habita en el interior de la forma; y eso ocurre cuando se trata al enfermo de tal manera que la conciencia cósmica intervenga. Pero entonces, como ven, lo otro debe hacerse, en cierto modo, visible. Hay que adoptar un punto de vista. Hay que observar algo desde fuera. Al fin y al cabo, no se puede observar el ojo desde fuera. Aquello que nos permite observar todo desde fuera, lo que actúa desde ahí, es lo que, por otro lado, nos proporciona conceptos claros de todo, pero sin introducir de inmediato la abstracción en esos conceptos claros, sino dejando que nuestro corazón participe en el pensamiento. No debemos enredarnos en nuestros conceptos, pero tampoco debemos excluir al corazón de nuestro pensamiento abstracto. Debemos ser humanos precisamente porque somos personas íntegras, porque el corazón siempre participa en el pensamiento. Por eso debemos aspirar a no limitarnos a pensar sobre el mundo de forma abstracta, y eso es, en el fondo, lo que hace hoy en día todo pensamiento. Debemos tener claro que tenemos que sumergirnos con nuestro pensamiento; debemos llevar el corazón a todas las cosas. También debemos conocer aquello que se entrelaza con los pensamientos desde el corazón; debemos aprender de nuevo a manejar la vara de Mercurio, y no lo conseguiremos de otra manera que pasando de la Luna a Mercurio. A eso es a lo que me refería en las conferencias que también trataban sobre Rafael, pues Rafael es precisamente el Mercurio cristiano, a la vida cultural general de aquella época. Si se impregnan de esa conciencia, desarrollarán los sentimientos adecuados hacia aquello por lo que realmente deben trabajar, ahora que, como jóvenes, se adentran en el mundo de la medicina. En todo el mundo brota, en efecto, lo contrario de lo que en realidad debería suceder, y precisamente en lo que respecta a la esencia de la medicina ha surgido últimamente algo terrible, en el fondo. Se trata, —perdóneme por recurrir a algo tan cotidiano, pero así se ve cómo actúa lo contrario—, del sistema médico de los seguros de enfermedad. En él, el médico queda, ante todo, marginado. En Alemania hay una expresión para ello que pone de manifiesto la marginación de lo humano en el médico, que demuestra que se cree que aquí actúan las cosas abstractas y no el ser humano. En realidad, es el médico quien cura y no la ciencia médica. Pero se cree que la ciencia médica es algo que flota en el aire, al margen del ser humano. No se tiene en cuenta al ser humano; se le da, por así decirlo, una bofetada en toda la cara al karma. Porque el karma actúa de tal manera que no une ciegamente a las personas entre sí, sino que, de hecho, cuando existe la posibilidad, en la libre elección del médico sale a la luz un elemento kármico. Pero en la estructura puramente ahrimánica de los médicos de la Seguridad Social, el karma se elimina por completo, y el ser humano queda expuesto a las fuerzas ahrimánicas que combaten exclusivamente el karma. Cuando volvamos a reunirnos, les contaré cómo las fuerzas ahrimánicas se empeñan en aniquilar el karma del ser humano para alcanzar su objetivo. Pero eso es algo que se deriva directamente del sistema de seguros médicos y de la estructura que impide la libre elección del médico, y con ello solo se pone de manifiesto lo que, ¿no es así?, se ha expresado en el lenguaje al elegir la expresión «profesión médica». Creo que incluso figura en la ley sobre los seguros médicos. En ella se refleja todo el ambiente que se respira en torno al sistema de seguros médicos y a la concepción de la medicina como «negocio de la salud». Es algo tan propio de nuestra época que en ello se manifiesta de forma sintomática esa enfermedad cultural que hoy en día aparece en numerosas otras cosas y que atestigua cómo precisamente el médico debe contribuir de manera imprescindible a la curación de estas enfermedades culturales. Pero cuando él mismo se ve en la situación en la que está más expuesto a esta enfermedad cultural, entonces el médico queda completamente paralizado. Y piensen que este terrible hecho se manifiesta en la estructura de las aseguradoras médicas. Estas también tienen su lado positivo, al igual que todo lo que surge en el mundo y que, al tentar y querer desviar a las personas, se presenta de forma deslumbrante, sin que por ello resulte necesariamente desagradable. El diablo siempre adopta la forma de un ángel cuando se manifiesta. Quien ve al diablo con forma de diablo en una visión puede estar convencido de que no es el diablo, pues este se presenta con forma de ángel. Cuando el médico se ve expuesto al impulso más intenso de una enfermedad cultural, entonces, en el fondo, nuestra cultura debe transformarse en una cultura enferma. Por eso es necesario que presten atención a su karma, tal y como les presenta, para colaborar no solo en el ámbito de la medicina, sino también en la esencia enferma del organismo social.

Bueno, por favor, formulen sus preguntas en ese sentido. Mañana volveremos a reunirnos. También he oído que tienen cierta necesidad de que se analice cómo pueden integrarse en el movimiento juvenil general. Podremos complementar algunas de las cosas que acabo de decir hoy. Pero lo que he expuesto hoy ya quería exponerlo, porque pensé que podría ser necesario que lo supierais y lo asimilaseis.

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Traducido por J.Luelmo


GA316 Dornach, 23 de abril de 1924 Naturaleza de las fuerzas cósmicas de los metales

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Naturaleza de las fuerzas cósmicas de los metales

Dornach, 23 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

Bueno, me gustaría decir unas palabras sobre esa frase que escribí ayer en la pizarra al final de la clase. Empieza con las siguientes palabras:

Observa lo que se articula cósmicamente,............................☾
y percibirás la forma humana.

Y se señala que al lado se ha colocado el signo de la Luna. Ahora bien, si queremos comprender al ser humano en profundidad, —en particular, si queremos comprenderlo con vistas a un tratamiento terapéutico—, debemos tener muy claro que no podemos limitarnos a fijarnos únicamente en lo que une al ser humano con la Tierra, pues en realidad, como han visto desde la primera sesión, eso es lo que solo entra en juego en los primerísimos años de la infancia, hasta el cambio de dientes, pero a partir de entonces ya no. Es entonces cuando entran en juego aquellas otras fuerzas que, en realidad, organizan al ser humano, alejándolo de la Tierra. Para ello cuenta con su cuerpo etérico, y el cuerpo etérico se diferencia esencialmente del cuerpo físico, en que el cuerpo físico está sometido a la fuerza de gravedad, el cuerpo etérico no lo está. El cuerpo físico tiende hacia la Tierra, mientras que el cuerpo etérico se expande en todas direcciones, hacia las inmensidades del universo. Cuando ustedes en su reflexión tienen en cuenta los cuerpos físico y etérico del ser humano, ya abarcan todo el universo. El cuerpo físico está íntimamente relacionado con la Tierra, y el cuerpo etérico, con todo lo que se encuentra en el ámbito de lo perceptible alrededor de la Tierra, de modo que pueden considerar todas las fuerzas que actúan sobre el cuerpo físico como fuerzas que atraen al ser humano hacia la Tierra, y todas aquellas fuerzas que actúan sobre el cuerpo etérico son las que alejan al ser humano de la Tierra. Estas fuerzas están presentes y actúan en el ser humano, por lo que no se puede considerar al ser humano como si absorbiera alguna sustancia que antes estuviera fuera y luego pasara a estar dentro. No es así. El hecho de que estas fuerzas centrífugas actúen en el ser humano lo integra inmediatamente en el ámbito de todo el universo, de todo el universo visible.

A continuación, cuando ustedes se adentren en el plano astral del ser humano, deben imaginar que, en realidad, este proviene de lo atemporal; solo adopta la forma de la acción espacial.

Y cuando se acerquen al «yo», ya no podrán hacer ningún dibujo. El yo, no actúa ni desde arriba ni desde abajo; no actúa en absoluto en el sentido de que se pueda hacer un dibujo de ello, sino que actúa únicamente a través del transcurrir del tiempo, a través de la continuidad temporal. Lo que emana de la organización del «yo» del ser humano, en el fondo, no se puede dibujar, sino que hay que tener claro que es real en cada punto; sin embargo, no actúa ni irradiando hacia dentro ni hacia fuera, sino que actúa de forma puramente cualitativa.

Si miramos hacia los mundos etéricos, podemos decir: es como si, con nuestro cuerpo etérico, nos perdiéramos siempre en los mundos etéricos; lo astral, que tampoco es espacial, nos irradia siempre, pero parece como si se nos acercara desde la inmensidad del universo. Bueno, fíjense, supongamos que se trata de la alimentación, por ejemplo, con proteínas vegetales. La proteína vegetal, en primer lugar, es pesada; en segundo lugar, como proteína, tiene también una tendencia hacia el cosmos. Cuando se introduce la proteína vegetal en el organismo humano, sobre ella actúan inmediatamente las otras dos fuerzas: las que inciden desde todos los lados y aquellas que, a su vez, actúan sobre esta proteína, —en realidad, sin ser espaciales—, fuerzas tales como las de la organización del yo. Ahora supongamos que todo aquello que pudiera actuar de esta manera sobre el ser humano, por grotesco que suene, solo pudiera convertirlo en un cuerpo redondo, esférico. En el huevo del pájaro en realidad encontrarán la forma que surge de la interacción de estas fuerzas, —las que irradian desde la Tierra y las que, a su vez, irradian hacia ella—; en esa forma encontrarán plasmadas dichas fuerzas. ¿De dónde proviene el hecho de que del huevo del pájaro no salga simplemente la forma del huevo, sino una forma con una configuración determinada? Vean, si solo existiera lo que les acabo de dibujar (se dibuja), entonces la formación del huevo nunca iría más allá de su finalización. El pájaro estaría completo cuando el huevo está ahí. La cuestión es que el pájaro es un ser con una configuración muy determinada, —lo que ahora expongo para el pájaro también se aplica al ser humano—, y lo es gracias a que, en primer lugar, la Luna gira alrededor de la Tierra. La Luna gira a su alrededor. Ahora bien, si solo girara la Luna, aún así no surgiría un pájaro, sino que ocurriría que, aunque la cáscara del huevo se ablandara y se desprendiera, se formaría un ser esférico, un ser esférico compuesto esencialmente de clara de huevo. Pero no es que únicamente la Luna gire alrededor de la Tierra, sino que en el espacio se encuentran constelaciones en las más diversas formas y la Luna pasa siempre junto a estas constelaciones, modificando así la fuerza que emana de ellas.

 Imagínese, pues, que la Luna pasa por aquí, junto a las Pléyades. El huevo está expuesto a las fuerzas que surgen como resultante de la radiación de las Pléyades, y la Luna, al ocultar parcialmente esa radiación, la modifica. Así pues, fluye desde las Pléyades una fuerza que es modificada por la Luna, que se interpone y ejerce su efecto; y de ahí que, si lo represento esquemáticamente, la formación del huevo se convierta, por un lado, en la formación de la cabeza del pájaro. Así pues, se puede decir que la formación de la cabeza del pájaro se debe a que se configura desde el cosmos mediante la interacción de la Luna, la estrella cambiante, con las estrellas fijas, que actúan únicamente a través de su disposición particular en las Pléyades. Ahora bien, la Luna sigue su curso y, digamos, se sitúa aquí en oposición a su anterior configuración de libra; entonces, las fuerzas de libra se ven modificadas de nuevo por la presencia de la Luna. Existe otra relación de fuerzas, y además, la Luna, que aquí estaba en fase de luna llena frente a las Pléyades, se ha convertido ahora en luna nueva aquí, en la constelación de Libra. La Luna, en relación con la constelación de Libra, actúa de forma diferente a cuando lo hace desde las Pléyades, y el efecto sobre el huevo es que se forma la cola. Los demás elementos se sitúan en medio, de modo que, si se quiere estudiar la forma del pájaro, hay que estudiar cómo pasa la Luna frente a lo que se distribuye cósmicamente por el universo. ¿Qué puede decir sobre la forma del ser humano o, en general, de un ser vivo, aquel que se limita a las circunstancias terrenales? —Solo puede decir: sí, claro, el águila tiene una forma determinada, el buitre tiene una forma determinada, el canguro tiene una forma determinada, y así sucesivamente. ¿Por qué tienen esa forma? Si uno se limita a lo terrenal, como hace la ciencia, solo encuentra una única respuesta: el animal ha heredado su forma de sus antepasados. No hay otra respuesta en el ámbito del pensar: el animal ha heredado su forma de sus antepasados. —Exactamente según el esquema: la pobreza proviene de la pauvrete. Pero eso no explica absolutamente nada. Hay que seguir subiendo cada vez más. Los antepasados lo aprendieron a su vez de sus antepasados, y al final se llega a lo mismo de lo que se partió. Hay que acercarse a las fuerzas cósmicas, a las constelaciones estelares, si se quiere comprender la estructura.

Pero bueno, eso todavía no es todo lo que les he dicho. Si solo fuera eso, sin duda surgirían seres maravillosos y muy bien formados, pero en realidad todos serían medusas, tal y como lo fue el ser humano incluso en períodos terrestres pasados. En la época atlante era una especie de medusa. Esto se debía a que solo podía absorber aquello que se encontraba en estado plástico-líquido, como materia, como sustancia, a partir de la cual podía formar su cuerpo físico. El hecho de que incorporara potasio, sodio y las demás sustancias se debe a que no solo la Luna orbita por Libra, Aries y Tauro, sino que también lo hacen los demás planetas de nuestro sistema planetario, y estos nos incorporan aquello que, por ejemplo, hace que adquiramos realmente la forma humana. Así, a la Luna, por ejemplo, —ya les he descrito el pájaro—, se le incorpora al mismo tiempo —solo les he señalado la Luna, el Sol y Saturno— para el ser humano, en la formación de la cabeza, aquello que emana también de la constelación de Mercurio hacia los planetas y de las constelaciones de Venus hacia los planetas. Si estas no interactuaran con las constelaciones lunares, todos naceríamos con hidrocefalia. De este modo, se nos incorpora la metalidad orgánica, de tal forma que la constelación de Mercurio y la de Venus interactúan con la constelación lunar. Y nos volveríamos espantosamente raquíticos, no solo tendríamos las piernas arqueadas, sino que estas se doblarían de forma elástica; nuestros brazos tendrían formas similares a las de una medusa, si por otro lado no interactuaran con la constelación lunar aquellos planetas que están más orientados hacia Saturno, y si el propio Saturno no interactuara con Júpiter y Marte. El Sol provoca el equilibrio rítmico entre estas dos partes.

Así pues, estas dos primeras líneas del dicho deben llevarle a comprender cómo se forma realmente el ser humano a partir del cosmos. Y mientras no se reintroduzca la astronomía en nuestra ciencia médica, —pero en el sentido que acabo de exponer—, no avanzaremos. En realidad, la mayoría de las cosas que allí se dicen tampoco dicen nada especial. Se va saltando de un tema a otro, ¿verdad?, al atribuir lo que ocurre en el ser humano bien a las circunstancias terrenales externas, bien a la herencia. Pero si lo analizan en detalle, no se llega a ninguna conclusión, porque se olvida que la configuración del ser humano debe derivarse necesariamente de lo que aporta el conocimiento del cielo estrellado, considerado cualitativamente, en su esencia interior. Pero lo más importante en esta configuración del ser humano es la Luna. Esta debe intervenir en todo, mientras que las demás modifican su influencia. Lo más importante en la configuración del ser humano es la Luna.

La segunda línea dice:

Observa lo que te conmueve con ligereza,...........................⊙
y experimentarás el alma humana.

Verán, todo aquello que actúa en el cuerpo etérico humano es lo que le confiere su forma al ser humano. Pero aunque el ser humano tuviera la forma que tiene hoy, se convertiría en un autómata animado, si sobre él solo actuara aquello que les he descrito hasta ahora. Sin embargo, no solo actúa eso sobre él, sino que también actúa el entorno, actúa aquello que se entreteje y vive en el elemento del aire que nos rodea. Y en el elemento del aire se entreteje también el éter, así como lo astral del universo. Y del mismo modo que somos conformados, es decir, que se nos da una forma espacial exterior bajo la influencia de la Luna en relación con el cielo, así incorporamos a esa conformación la animación interior gracias a que el Sol interactúa con el cielo de la misma manera que la Luna lo hace para la conformación, de modo que se puede decir: Cuando el Sol influye en las fuerzas cósmicas de tal manera que se sitúa frente al Leo, entonces actúa, —y aquí no hay que tener en cuenta sus propias fuerzas, fíjense bien en esto— en primer lugar, en el círculo del aire, sobre aquello que actúa sobre nosotros a través de nuestra respiración y de nuestra circulación sanguínea, lo cual cambia continuamente. A medida que el Sol avanza, el aire cambia. Esta acción en el entorno se interioriza en la forma para convertirse en alma, de modo que podemos afirmar realmente que las constelaciones solares del cosmos ejercen su efecto en el entorno de la Tierra, en el ámbito etéreo, y eso es lo que nos proporciona nuestra alma.

Esto es, pues, lo segundo. Lo tercero es lo siguiente:

Observa lo que se transforma terrenalmente,.......................れ
y comprenderás la espiritualización del ser humano.

Con esta transformación se refiere al hundimiento gradual del cuerpo físico humano en el cadáver. «Mira cómo se transforma esto, estás captando la espiritualización del ser humano». Pero hay que atribuirlo a Saturno. ¿Por qué? Verá, las fuerzas de Saturno no se encuentran únicamente allá arriba, donde está Saturno. En cuanto a sus proporciones espaciales, Saturno está lejos de la Tierra, y lo que realmente provoca desde el exterior no es gran cosa. Lo que ejerce desde fuera sobre el ser humano no es mucho; tampoco sus constelaciones con otras estrellas ejercen una influencia especialmente fuerte sobre el ser humano. Pero tiene fuerzas que se hunden con tremenda intensidad en la Tierra. Las fuerzas de Saturno se introducen con una fuerza tremenda en la Tierra, y cuando miramos hacia fuera, en realidad no encontramos gran cosa de esas fuerzas de Saturno. Pero cuando miramos a la propia Tierra, a aquello que en la superficie se dirige hacia el interior de la Tierra, descubrimos que, en realidad, es como, —me gustaría decir—, cuando se ve a un caracol arrastrándose por el suelo. En primer lugar, está el caracol, que pasa por allí, que se desplaza; hay que seguirlo con la mirada, pero deja tras de sí su rastro de baba. Ese rastro está ahí, se puede seguir a lo largo de todo el camino. Lo mismo ocurre con Saturno. Se desplaza, pero deja sus huellas en todos los lugares donde ha iluminado la Tierra. Son huellas muy, muy claras. Si estas huellas no se hubieran conservado en épocas mucho más remotas de la evolución de la Tierra como fuerzas que habitan en ella, no tendríamos plomo en toda la superficie terrestre. El plomo surge de la sustancia primigenia, de las fuerzas de Saturno que actúan en la propia Tierra y que se han absorbido. En épocas más antiguas, cuando las condiciones aún eran diferentes, surgieron en la Tierra las fuerzas del plomo. Hoy en día, las fuerzas de Saturno siguen actuando sin duda alguna en el ser humano, y tienen un efecto completamente diferente al de las otras dos fuerzas. Verán, no seríamos seres humanos con espíritu, sino seres con cuerpo y alma, si no existieran estas fuerzas de Saturno. Esto puede servirles de referencia, queridos amigos. En el universo, en realidad, nada ocurre sin motivo. Pregúntense: ¿en qué momento ha tenido Saturno la oportunidad de impregnar la Tierra por todos los lados con su esencia de fuerzas? Lo ha hecho a lo largo de los treinta años en los que orbita alrededor del Sol y, por tanto, de la Tierra. Esos treinta años son, al mismo tiempo, los treinta años que el ser humano recorre desde su nacimiento hasta el momento en que se completa una determinada etapa de su vida. Cuando el ser humano ha vivido treinta años en la Tierra, se encuentra precisamente en el punto en el que se encuentra sobre la Tierra, —lo cual, por supuesto, quizá no coincida exactamente con la línea recta que traza Saturno desde el cielo—, donde Saturno ha impregnado la Tierra; cuando el ser humano cumple treinta años, impregna ese lugar por segunda vez. Y así, toda la influencia de Saturno en la Tierra está relacionada con el ser humano, y eso es, en última instancia, lo que hace que tengamos un cuerpo que se desgasta, como siempre constatamos. En el organismo humano no solo existen fuerzas constructivas, pues entonces estaríamos indefensos; nuestra vitalidad debe disminuir de alguna manera. Las fuerzas de degradación deben estar siempre presentes. Nuestro organismo no solo se forma hacia adelante, sino que también se retrae, y en esa retracción encuentra cabida el desarrollo espiritual, que se integra en ella. El desarrollo espiritual no surge de la vitalidad, sino que, al disminuir esta en su despliegue, el desarrollo espiritual encuentra su lugar en el espacio que queda libre, por así decirlo. Esto proviene de las fuerzas que surgen en la Tierra mediante la impregnación de la Tierra con las fuerzas de Saturno. Por eso tuve que colocar el signo de Saturno en el tercer versículo.

Pero bueno, como seres humanos, a los treinta años seríamos, precisamente por esas fuerzas de Saturno, unas ancianas y unos ancianos. A los treinta años empezaríamos a andar con muletas. ¿No es cierto que a Fichte le gustaba reconocer al ser humano solo hasta los treinta años? Por eso dijo que habría que matar a todos los treintañeros, porque entonces ya no sirven para nada al mundo, se convierten en lisiados débiles. Lo que Fichte quería decir con eso es que ocurriría inevitablemente si Saturno pudiera desplegar sus fuerzas en la Tierra. Pero las fuerzas de Saturno también se ven modificadas por las de Júpiter y Marte. Estas hacen que no nos deterioremos tanto hasta los treinta años, sino que lo hagamos en una medida tal que aún quede algo más allá, y de hecho debemos agradecer a Marte y a Júpiter que no seamos ancianos a los treinta años. Si se quiere comprender que el ser humano, a los cuarenta y cinco años, sigue siendo un ser humano, hay que mirar hacia el universo cósmico. Y así son la Luna, el Sol y Saturno, los cuerpos celestes más cercanos a nosotros y los más lejanos del sistema planetario. Tal y como está estructurado hoy en día, su estructura es inorgánica, porque se ha desarrollado a partir de una unidad anterior hasta Saturno, mientras que Urano y Neptuno han llegado desde fuera y simplemente se han unido a ella. Lo cierto es que se puede decir que los antiguos no habían descubierto a Urano ni a Neptuno, por lo que consideraban a Saturno como el planeta más lejano. Sigue siendo válido llegar hasta Saturno. Los astrólogos siguen siendo conscientes de ello, ya que recurren a Urano y Neptuno propiamente dichos solo para aquellas cualidades humanas que trascienden lo personal, donde el ser humano se convierte en un genio, o que se elevan por encima de lo individual, donde se trata de cuestiones que ya no tienen que ver con su desarrollo personal. Todos los planteamientos en astrología se realizan así. Solo cuando el ser humano alcanza la genialidad o aspira a ir más allá de lo humano —digamos, cuando su organización se expande o se desintegra de forma desmesurada—, todo aquello que va más allá de lo humano entra en consideración. Son aquellos planetas que se han comportado como trotamundos y que luego fueron capturados por el sistema planetario al que pertenece nuestra Tierra. El cuerpo celeste más cercano a nosotros y el más lejano regulan lo que hay en el ser humano: la Luna, la forma; Saturno, desde la Tierra, lo espiritual sin forma, en el que desmantela la forma, disolviéndola siempre hacia el interior; y el Sol, que establece el ritmo entre ambos. Con ello ha expresado lo que realmente hay que saber. A partir de experiencias ancestrales se podía saber que las mismas fuerzas que corresponden a nuestra tercera línea: «Mira lo que cambia en lo terrenal, comprendes la espiritualización del ser humano», son el mismo complejo de fuerzas que se manifestó en su día en la formación del plomo, de modo que podemos decir: Lo que en nosotros se fractura como organismo físico, para que lo espiritual pueda tener cabida, también debe manifestarse en el plomo. Son fuerzas de fractura las que han dado origen al plomo. Si introducimos plomo en el organismo humano, se producen fracturas. Si necesitamos esa fractura porque el ser humano no elimina lo suficiente, debemos administrarle plomo de alguna forma. Si, por el contrario, ocurre lo contrario, es decir, que el ser humano no es capaz de dar forma a las cosas, que se vuelve, por así decirlo, difuso, entonces debe aplicarse la experiencia ancestral de que que actúe la fuerza que irradiaba la Luna en tiempos remotos, cuando se trataba únicamente de formaciones minerales; la sustancia de la plata, es decir, el complejo de fuerzas de la Luna, actúa allí, de modo que las fuerzas de la plata son las que introducen lo difuso en lo que da forma. La sustancia de la plata puede apoyar la fuerza lunar.

Todo el sistema planetario está relacionado con aquellos elementos que se consideran preferentemente como remedios: Saturno = plomo, Júpiter = estaño, Marte = hierro, Sol = oro, Venus = cobre, Mercurio = mercurio y la Luna = plata. Estas correspondencias se tratan de una manera increíblemente superficial, cuando en realidad se basan en los estudios más minuciosos que se llevaron a cabo en los antiguos misterios. De hecho, en aquella época se investigaba mucho mejor y de forma más concreta, pues estas conclusiones se basan en algo que se ha comprobado a fondo. Se comprobaba con gran precisión cómo era la constelación de Saturno cuando en cualquier persona se producía un estado de falta de autonomía en todo su organismo, de modo que las fuerzas de fragmentación actuaban de forma insuficiente; que la vitalidad y las fuerzas de cohesión se volvían demasiado fuertes, de modo que la persona quedaba aturdida desde el punto de vista orgánico y constitucional; no tenía por qué ser precisamente el sistema sensorial el que quedara aturdido. Se observaba entonces que esto le ocurría tras una constelación particular de Saturno, de modo que anteriormente Saturno había ejercido una fuerte influencia sobre la persona. Si se observaba que la persona caía precisamente en tal estado al declinar Saturno, cuando no había podido desplegar plenamente sus fuerzas, entonces se utilizaba el plomo como remedio. La información que aún hoy se puede encontrar al respecto en libros de aficionados es cierta precisamente porque las personas no han podido alterarla, ya que desconocen su origen; de lo contrario, especularían al respecto y entonces, sin duda, dispondríamos de datos erróneos. Se mantienen correctos porque las personas han perdido el conocimiento científico del que proceden. Se conservan gracias a la tradición. Las personas no pueden alterar esta verdad mediante el pensamiento. Incluso lo que actúa sobre el ser humano desde la Tierra es, en realidad, una influencia de Saturno, que simplemente es retenida y absorbida por la Tierra.

Piense tan solo en las magníficas consecuencias que tiene para el conocimiento humano todo esto. Con el ser humano tal y como lo contempla hoy la ciencia natural, no se puede establecer en absoluto ninguna conexión con lo moral; lo moral queda flotando en algún lugar allá arriba, en lo abstracto. De ahí que, precisamente en el protestantismo, —que es el que más ha perdido la conexión con lo espiritual, con el cosmos—, todo lo moral quede simplemente separado del contexto del mundo. Queda una mera fe. Y si nos acercamos a la realidad, el ser humano es una criatura plenamente provista y cuidada por el cosmos, y entonces, junto con su naturaleza astral, irradian también las fuerzas morales. Entonces tiene la posibilidad de concebir al ser humano realmente conectado, también en su interior, con el mundo moral. Así, si practica la verdadera medicina, vuelve a lo que convierte al ser humano en un ser moral, en un ser humano capaz de experimentar lo moral de forma verdaderamente orgánica, sin tener que limitarse ya a cumplirlo como si se tratara de mandamientos externos.

Esto es lo que quería decirles y lo que creo que pueden llevarse consigo, pues les servirá de guía en muchas cosas. Por supuesto, pueden obtener los detalles de otras fuentes. Pero cómo se comportan esos detalles en el organismo humano, eso es algo que solo pueden comprender a través de un análisis como el que acabamos de realizar. Así pues, pueden leer en algún manual médico que el plomo provoca tal o cual efecto. Por qué lo hace, eso lo sabrán si realmente asimilan aquí estas explicaciones. Todas estas explicaciones tienen la particularidad de que, al proceder del mundo espiritual, requieren mucho menos esfuerzo de la memoria que aquello que el ser humano asimila físicamente. Lo que aprende, —bueno, así es—, depende en cierta medida de su voluntad; pero lo que experimenta por otra parte y lo que se graba por sí solo en su memoria, eso es lo que asimila de esta manera. De ello notará algo peculiar: si no lo revive una y otra vez de forma meditativa, lo olvidará muy pronto. Las verdades espirituales tienen la particularidad de que no pueden convertirse en verdaderas verdades de la memoria. Así como tampoco pueden ustedes conservar en su propio organismo lo que comieron hace una semana. El rumiante sí puede conservarlo, aunque solo sea durante un breve periodo de tiempo. En el caso del rumiante se trata precisamente de una réplica orgánica, un rudimento en el cuerpo físico de lo que, por lo demás, solo existe como memoria en el cuerpo etérico. Pero lo que hay que hacer con respecto a las verdades espirituales es experimentarlas una y otra vez hasta que se conviertan en un hábito; no retenerlas como recuerdos o imágenes, sino que se conviertan en un hábito. Ese es el sentido, el sentido fundamental de la meditación: apelar a lo que, en el fondo, solo está presente en la primera infancia. En esa etapa tampoco se tiene memoria visual, por lo que el niño pequeño olvida lo que acaba de experimentar. Vive en la memoria habitual. A ella debemos volver si queremos asimilar las verdades espirituales en nuestro interior; de lo contrario, las perdemos muy rápidamente.

Por eso, dado que han sentido la necesidad de recibir aquí conocimientos esotéricos, hay que apelar a su capacidad meditativa, a su asimilación interior; de lo contrario, estas cosas no les servirán de nada. Entonces adquiriréis la sutil sensibilidad que os guiará, —ahora no de forma instintiva, sino intuitiva—, a volver a sentir algo similar a lo que aún se conserva de forma abstracta en la denominada «doctrina de las signaturas», es decir, a observar cómo la planta y la piedra pueden actuar en el organismo. También tienen esto: que no solo desarrollan su cuerpo físico, sino también su cuerpo etérico, y que la memoria habitual les proporcionará una capacidad de percepción más refinada de los contenidos del entorno físico y la capacidad de contemplar así el mundo desde la perspectiva de una persona que recibe la pregunta del propio organismo humano, —del pulmón enfermo, del corazón enfermo—, y las respuestas del entorno, de las plantas curativas, los minerales curativos, etcétera.

Pregunta: Doctor, para muchos de nosotros es importante llegar a una visión general orientativa y lo más amplia posible de toda la situación en la que, en el fondo, nos encontramos realmente. En lo más profundo de nuestro ser sentimos que las verdades antroposóficas son algo radical y que de su realización depende infinitamente mucho. En la carta circular que recibimos tras el encuentro de Navidad, me llamó la atención lo mucho que la meditación que allí se ofrecía contiene una indicación orientada hacia la pedagogía general. ¿Cómo podríamos hacer realidad aquello que sentimos como una llamada tan profunda en nuestro interior y cómo podemos llegar a un conocimiento orientador de nuestro propio destino y de nuestras tareas para el futuro? Uno siente que solo podrá actuar correctamente si aprende a reconocer su propio karma en el gran contexto y, al mismo tiempo, reúne el valor para no querer eludirlo, sino para hacerlo realidad de la manera adecuada.

Bueno, por lo que ha dicho, creo percibir un poco en qué dirección se orientan sus sentimientos. Pero tendrá que completar las preguntas si eso no da en el clavo. La pregunta que ha formulado, sin embargo, toca un tema que, en realidad, hoy en día debería ser de conocimiento general. Porque, ¿no es cierto que, sobre todo últimamente, en los círculos juveniles antroposóficos, entre los jóvenes, se ha hablado mucho, —más que entre los mayores—, del transcurso del Kali Yuga? Esto se debe a que, de hecho, con el fin del siglo XIX ya ha comenzado una nueva era para la humanidad. La vida de las personas sigue adelante, al menos por el momento. Si tienes una bola y la empujas con la mano, esta rueda; pero si retiras la mano, sigue rodando. Y así, lo que las personas han vivido hasta finales del siglo XIX sigue rodando, por el momento, aunque ya no cuente con las fuerzas que lo impulsaron, e incluso adopta formas mucho peores que las que tenía en el tiempo pasado. Pero, al mismo tiempo, junto al discurrir de la vieja época, ya se está abriendo en secreto en el mundo una era luminosa. Una era luminosa irradia su luz sobre el mundo y ya es necesario que la antroposofía capte los primeros rayos de esa era luminosa. Ahora bien, como ven, estoy hablando, naturalmente, de ciertos contextos de una manera mucho más radical de lo que lo hacía antes del Congreso de Navidad. También lo deducirán de las conferencias que suelo impartir. Aquellos que puedan quedarse esta noche verán que en las conferencias ya se abordan ciertos contextos humanos. Pero todavía no me es posible, partiendo de tales reflexiones, entrar en detalles concretos sobre aquellas cosas que, precisamente, más atraen al morbo. ¿No es cierto que en estos asuntos hay que respetar unas leyes muy estrictas? Y ya sé que cierto impulso no tiene por qué provenir únicamente de la sed de sensacionalismo que puede existir y que podría satisfacerse si se le revelara a cada uno sus vidas terrenales anteriores. La cuestión no puede llegar tan lejos. En cambio, sí que se pueden ofrecer ciertos puntos de vista que pueden resultar importantes.

Bueno, verá, la cuestión es que hoy en día, en la vida humana en general, —si se me permite expresarlo así—, tenemos dos tipos de personas. Estos dos tipos de seres humanos se deben a que, en determinados momentos, el desarrollo espiritual de la humanidad terrestre fue diferente al de otras épocas, en las que se produjo, por así decirlo, un movimiento ondulatorio. Pero las ondas no solo se sucedían una tras otra, sino que también discurrían en paralelo. Verá, por ejemplo, en una época determinada, el desarrollo occidental del cristianismo se había vuelto una vez más superficial y se había exteriorizado. Las personas no tenían la posibilidad de llegar a lo esencial a partir de lo que les ofrecía el cristianismo. Esto provocó una reacción entre los cátaros. Así, convivían personas que vivían muy centradas en lo exterior y personas que deseaban interiorizarse profundamente. Algo similar ocurrió cuando, bajo la influencia de Comenio y ya anteriormente, se fundaron las comunidades de los Hermanos Moravos hasta lo más profundo de Hungría y Polonia, de modo que en el mundo siempre convivieron personas que en su alma aspiraban intensamente a la espiritualidad y aquellas que, simplemente por el karma de la civilización, se veían obligadas a la exteriorización. El hecho de que unos se incorporen a un grupo y otros al otro está relacionado con estados kármicos anteriores. Ahora bien, para la humanidad actual es muy importante tener en cuenta en qué medida el ser humano, en su encarnación anterior, perteneció a uno u otro de estos grupos de personas. Vea, supongamos que hoy nace una persona que ha vivido en el marco de una evolución cristiana totalmente exteriorizada; esa persona presenta una configuración humana completamente diferente a la de alguien que, a mi parecer, ha pertenecido a los Hermanos de Bohemia y Moravia. ¿Y en qué consiste la diferencia? —Verá, la esencia del transcurso del Kali Yuga solo se descubre cuando se analizan las circunstancias concretas; de lo contrario, no pasa de ser una construcción histórica. La era oscura se extiende hasta el año 1899, y entonces comienza la luminosa. No se tiene mucha conciencia de ello. Hay que profundizar en lo espiritual concreto. Las personas que han nacido así, en el cambio de ciclo del Kali Yuga, aquellas que tienen en su interior un fuerte afán espiritual, —no deben por ello volverse presuntuosas, sino simplemente incorporarlo a su conocimiento vivo—, estas personas son, en gran medida, aquellas que en realidad han nacido de entre los herejes, de aquellos que querían interiorizarse. Alrededor del cambio de siglo entre los siglos XIX y XX, aparecieron personas que no vivían en la corriente general del cristianismo que se exteriorizaba, sino que vivían en sectas de este tipo que se introducían en el interior y se interiorizaban. ¿Cuál es la consecuencia de ello?

Verán, cuando se atraviesa el tiempo que media entre la muerte y el nuevo nacimiento, allí se aprende de forma espiritual con gran precisión, del mismo modo que aquí en la Tierra podemos conocer y estudiar el mundo extrahumano, el universo, así como conocer y estudiar el universo humano. Esto es igualmente amplio y detallado, pues el ser humano contiene en su interior tanto como el cosmos. Eso es lo que estudiamos con nuestras fuerzas de voluntad transformadas. Allí llegamos a conocer al ser humano con gran precisión. Ahora bien, existe una diferencia entre los dos grupos de personas de los que les acabo de hablar. Durante el período que va entre la muerte y el nuevo nacimiento, aquellos que se habían exteriorizado más no pudieron adentrarse correctamente en el mundo espiritual. Pasaron sin pensar por el mundo espiritual, sin prestar atención a la singularidad del ser humano, y renacieron; y, en particular, aquellas personas que nacieron en el segundo tercio del siglo XIX eran de ese tipo, que en su vida anterior se habían exteriorizado tanto. Por lo tanto, no trajeron consigo a la vida terrenal ningún sentido del ser humano. Se comportaban con el ser humano de tal manera que utilizaban el cuerpo para comer, beber, caminar, estar de pie, sentarse, pero no les interesaba, porque no habían desarrollado ese interés entre la muerte y el nuevo nacimiento. Esas eran las personas que se conformaban preferentemente con el materialismo, porque no sentían la necesidad de conocer al ser humano. El materialista, que solo quiere conocer la materia, es quien menos la conoce. Se puede afirmar con la conciencia tranquila que las personas que están aquí sentadas son todas almas herejes renacidas, —no tienen por qué atribuírselo como un mérito—, almas herejes que, sin duda, experimentaron entre la muerte y un nuevo nacimiento un fuerte impulso de infiltrarse en todas las personas y que, por ello, inconscientemente se convierten en un enigma inmenso para los demás. Esto se manifiesta precisamente en el impulso de querer saber más de lo que la medicina materialista puede ofrecer, y así ya existe una justificación interna del karma del que usted ha hablado. Lo que ocurre es que no debe tomarse las cosas a la ligera, porque, si lo hiciera, se desconocería a sí mismo. No alcanzaría aquello a lo que, en realidad, desea llegar, gracias a haber vivido ciertas experiencias entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y lo que ocurre cuando, en la vida terrenal, uno no encuentra aquello a lo que ha aspirado durante siglos, no es solo que eso haga que la persona se vuelva superficial. Hemos salido de la época en la que las personas que habían asimilado verdades sobre el ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento podían volverse superficiales sin sufrir consecuencias. En la actualidad, la juventud no está en absoluto en condiciones de permitirse volverse superficial impunemente, porque se arruina interiormente hasta lo más profundo de su ser orgánico. Lo grave no es que las personas de hoy sean materialistas en sus pensamientos, que parloteen sobre el monismo y cosas por el estilo; eso no es lo grave, de eso se podría salir fácilmente. Lo que el ser humano dice no tiene tanta importancia, pero lo que luego se refleja en su naturaleza emocional y volitiva, lo que se entreteje en sus órganos, hace que las personas, si no profundizan espiritualmente, no puedan dormir bien en absoluto. Eso es lo esencial. Si hoy en día se deja a las personas sin ese tipo de profundización, ¿cuál será la consecuencia? La consecuencia será que, apenas lleguemos a los años 1940 a 1950, serán testigos de epidemias de insomnio cada vez más extendidas y de mayor alcance. Esas personas ya no podrán contribuir en absoluto a la civilización humana. Así pues, debido a vuestro karma, no tenéis otra opción que tener en cuenta vuestro karma, algo que aún se podía hacer antes de que terminara el Kali Yuga y [hasta] ahora. Debéis considerar con toda seriedad lo que os acabo de decir sobre la configuración de vuestro karma. Por supuesto, esto se mantiene en el ámbito de las características generales, pero pueden encontrar útil para ustedes mismos ese karma general si se proponen reflexionar con mayor frecuencia sobre las circunstancias particulares de su vida. Podrían llegar, en mayor o menor medida, a descubrir algo curioso precisamente cuando reflexionaran sobre las circunstancias particulares de su vida. El movimiento juvenil teoriza demasiado, por lo que se oyen demasiado las mismas teorías. Si se detuvieran a observar realmente por sí mismos qué es lo que vive la juventud hoy en día de especial, qué es lo que realmente se diferencia de lo que vivió la generación anterior, entonces el movimiento juvenil adquiriría de golpe una forma completamente diferente. Eso es lo que pretendemos con nuestro movimiento juvenil: que adquiera una forma concreta y no se quede estancado en abstracciones.

Dr. Bort: En la reunión que mantuvimos ayer no solo nos planteamos la pregunta de cómo es posible que nuestro destino nos haya traído a Dornach precisamente en Navidad, sino que también nos dijimos que, con nuestra conciencia humana, no sabemos en absoluto por qué hemos venido aquí y que se nos ha dado la oportunidad de asimilar algo tan grande en nuestro interior, algo que, tal y como somos, no podemos comprender ni merecemos. Precisamente a partir de este hecho, muchos de nosotros tomamos conciencia de que tenemos ante nosotros una tarea muy concreta y de que se trata, precisamente, de estar preparados para afrontar este karma y esta tarea, tal y como se nos planteaba en el tema que se nos había indicado en la circular.

Bueno, si deja que le calen en el alma, sobre todo el debate —que, en mi opinión, ha sido serio— que acabamos de mantener, seguro que podrá sacar algo en claro de este encuentro, que ha sido demasiado breve.

Traducido por J.Luelmo

GA313 Dornach, 12 de abril de 1921 - Los cuatro tipos de éter y su relación con el organismo humano y entre sí

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Los cuatro tipos de éter y su relación con el organismo humano y entre sí


Dornach, 12 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

Como dije ayer, vamos a considerar al ser humano en relación con su esencia suprasensible, para abordar esta vez, desde este punto de vista, los fenómenos patológicos y terapéuticos. Ayer tuvimos que caracterizar el cuerpo físico diciendo que, en el fondo, una acción propiamente física en el ser humano solo se da en la cabeza. Si queremos contemplar correctamente este cuerpo físico, entonces, naturalmente, también debemos elevarnos para contemplar de forma concreta y correcta el cuerpo etérico. Porque, si se analiza al ser humano en profundidad, se descubre que una acción independiente del cuerpo físico solo existe en la cabeza. En el resto de los miembros del organismo humano existe una interacción más indiferenciada del cuerpo físico con los miembros superiores, con los miembros suprasensibles del ser. Por eso, en la cabeza, los miembros suprasensibles del ser pueden funcionar como tales en el pensar, el sentir y la voluntad o a través de ellos, porque es en la cabeza donde primero tienen sus huellas, me refiero a su huella etérica, su huella astral y también la huella del yo. Estas están ahí. Están presentes como huellas, en cierto modo como imágenes de los miembros suprasensibles. Solo el cuerpo físico aún no tiene ninguna huella en la cabeza; se la crea a lo largo de la vida. Por eso, el cuerpo físico tiene, diría yo, una acción puramente física en la cabeza. En los demás miembros no existe, dentro de la naturaleza humana, ninguna acción puramente física. Pues bien, ayer algunos de ustedes no entendieron que dije que el «yo» se crea una huella. El «yo» se crea una huella: esa es una frase que se entenderá correctamente si no se interpreta de forma demasiado física, en el sentido habitual. Ciertamente, lo que el yo crea como huella, cuando aún es libre, como ocurre en el ser humano metabólico y de las extremidades, no se puede examinar, por ejemplo, comparándolo con un molde de yeso, sino que la huella que crea el yo es muy móvil. De hecho, se percibe mejor cuando caminan que cuando están de pie. La huella que crea el «yo» es una huella en un sistema de fuerzas que se manifiesta al caminar, en un conjunto completo de fuerzas, incluido el acto de mantenerse erguido. Ahí reside la huella física del «yo». Por lo tanto, no deben buscar la huella del «yo» en algo que se pueda comparar con un molde de yeso, sino que se trata de una huella en un sistema de fuerzas. Y eso es, en definitiva, lo que ocurre también en la cabeza humana, solo que en un sistema de fuerzas diferente. Ayer incluso señalé que el «yo» deja su huella en las condiciones térmicas de la cabeza, es decir, en la forma en que la cabeza se calienta de manera diferenciada en sus distintos órganos. Esa es la huella del «yo». Esta huella del «yo» es también una huella en un sistema de fuerzas, solo que en un sistema de fuerzas térmicas. Así pues, el «yo» se crea esas huellas de las formas más diversas. Allí donde aún no intervienen otras fuerzas en el organismo humano, se crea una huella de fuerzas pura, diría yo, mecánica. Se trata de una huella de fuerzas de equilibrio y dinámicas que el «yo» se crea en relación con la materia de las extremidades de los seres humanos. Pero hay que tener esto en cuenta, pues el ser humano es, de hecho, también una persona diferente según cómo se mantenga de pie, según cómo camine o, por ejemplo, según cómo nade. Lamentablemente, esto se tiene muy poco en cuenta. Y de algunas cosas, de las que se ve que se tienen muy poco en cuenta desde el punto de vista de las ciencias espirituales, hay que decir simplemente: En las barreras que establece la ciencia actual se aprecia muy claramente hasta dónde no puede llegar, aunque sigan existiendo hechos. —Por ejemplo, en este sentido me ha interesado algo que ahora solo quiero insinuar, que quiero plantear ante ustedes, en cierto modo, como una pregunta, pero que, a lo largo de las conferencias se resolverá. He seguido un poco la literatura habitual en este tema, y resulta muy curioso cómo en casi todas partes se afirma que la cantidad de monóxido de carbono inhalado y exhalado no difiere especialmente entre sí. Esta afirmación se puede encontrar en casi todas partes. Sin embargo, no es cierta. Las cifras indicadas demuestran de inmediato que no es cierto que se exhale más nitrógeno del que se inhala. Y como el materialismo no sabe qué hacer con esta diferencia, la elimina. La pasa por alto con un simple gesto de la mano. Y cosas así se pueden encontrar en abundancia en el ámbito científico actual. Como ya he dicho, por ahora quiero plantear esto como una pregunta; volveré sobre el tema más adelante.

Ahora quiero centrarme precisamente en aquello que se encuentra en el ser humano como cuerpo etérico. Bueno, es muy natural que una ciencia meramente física no contemple este cuerpo etérico en su diferenciación. Sin embargo, si logran convencerse de que este cuerpo etérico existe, entonces también tendrán que decirse: Sí, ¿qué pasaría si se considerara el cuerpo físico de tal manera que se dijera: «Bah, el estómago, el corazón, el hígado, todo eso es lo mismo, todo es una masa difusa en sí misma»? ¿Qué sería eso? Pero así es como se actúa también con respecto al cuerpo etérico, cuando se lo presenta simplemente como una nube de niebla general, un poco diferenciada. Hay que estudiarlo de verdad, y hoy veremos cómo su estudio está relacionado con una noción muy esencial que ya hemos abordado en el último curso desde otro punto de vista, pero a la que hoy queremos aludir desde esta perspectiva más propia de las ciencias espirituales.

Si consideramos el éter en general —del que, por cierto, el cuerpo etérico humano forma parte, es decir, es una secreción especial—, tal y como ya saben por la literatura general sobre ciencia espiritual, no se presenta como algo indiferenciado, sino que, en primer lugar, se manifiesta como compuesto por cuatro tipos de éter: el éter térmico, el éter lumínico, el éter químico y el éter vital. «Éter lumínico» es un término que, naturalmente, se ha acuñado desde el punto de vista de quienes ven. Lo que está relacionado con la luz es precisamente el efecto más destacado de este éter para quienes ven, pero hay otros efectos que simplemente dejamos de lado porque, en su mayoría, somos personas videntes. Si la mayoría de la humanidad fuera ciega, naturalmente tendría que dar a este éter otro nombre, porque las demás entidades se harían más evidentes; y así ocurre también en el caso de los ciegos.

El tercer tipo de éter es, pues, el éter químico. El éter químico es aquel que actúa preferentemente en la denominada parte química del espectro, y cuando hablamos del éter químico, no debemos pensar en las fuerzas que actúan en las síntesis químicas, sino en aquellas fuerzas que son polarmente opuestas a ellas en su interior. Las fuerzas etéricas son siempre polarmente opuestas a las que actúan en las sustancias físicas. Así pues, cuando se produce una síntesis química, las fuerzas etéricas actúan de forma analítica. Es decir, en todas las fuerzas sintetizadoras hay fuerzas analíticas. Y cuando llevamos a cabo un análisis químico, para el observador espiritual la situación es siempre la siguiente: Realizamos un análisis químico —voy a representarlo ahora esquemáticamente—, es decir, descomponemos químicamente una sustancia; entonces nos queda algo aún más denso, al sintetizarse las fuerzas etéricas, nos queda el cuerpo etérico, del mismo modo que, cuando el ser humano muere, queda lo anímico-espiritual. A quien, si se me permite decirlo así, realiza un análisis químico con mirada espiritual, se le aparece entonces, tras haber separado las sustancias, en una forma cada vez más densa y condensada, un espectro de la sustancia química que queda. Bueno, esto lo digo solo para llevarles a comprender que, entre las fuerzas etéricas químicas, no deben tener en cuenta únicamente las fuerzas químicas —las fuerzas sintetizadoras y analizadoras—, sino siempre su polo opuesto. Y luego hay que considerar como un tipo especial de éter el éter vital, que es el elemento propiamente vivificante en todas las entidades orgánicas.

Ahora bien, este éter es una entidad presente de forma generalizada en el universo y, como tal, naturalmente no es accesible a la percepción física directa. En este sentido, la ciencia se ha vuelto hoy algo más honesta de lo que era antes, porque se ha dado cuenta de que, al fin y al cabo, las teorías sobre el éter no pueden formularse partiendo únicamente de la observación física. Tras haber formulado innumerables teorías al respecto, ha llegado, en el marco del relativismo, a afirmar: «No existe ningún éter; hay que explicar el mundo sin él». Es decir, se ha vuelto honesta y ha reconocido, siguiendo a Einstein, que a partir de las observaciones físicas no se llega a ningún éter, pero tampoco a otro método de análisis. Dado que el éter se ha perdido de vista, simplemente se le ha descartado.

Ahora bien, se trata de que, cuando algo suprasensible ha dejado una huella en lo físico-sensorial, aquello que ha aparecido allí como huella se vuelve permeable a lo suprasensible en cuestión. Así pues, como ven, el éter, el éter general, deja una huella en el miembro acuoso de la cabeza humana. Lo que debemos considerar como el contenido acuoso del cerebro no debe verse como agua indiferenciada, sino que está tan organizado internamente como lo están los miembros sólidos. De hecho, es una forma muy peculiar de contemplar al ser humano el hecho de que, en realidad, se le mire tal y como se le representa. Cuando lo representamos con el hígado y el estómago, ese dibujo no es en realidad más que una silueta de lo que está firmemente entretejido en las partes líquidas y en las partes gaseosas, y, en realidad, solo dibujamos siempre aquello que se encuentra allí en forma de pequeños gránulos. Eso no llega ni al diez por ciento del ser humano en su totalidad. En realidad, desde el punto de vista físico, el ser humano es, por supuesto, un conjunto de agua, aire y calor. El agua —me refiero a la líquida— está, por supuesto, tan bien organizada en su interior como la parte sólida. Eso nunca lo dibujamos cuando realizamos dibujos anatómicos o fisiológicos. Pero lo que es sustancial, naturalmente, es el contenido acuoso del ser humano, de tal manera que se encuentra en un proceso continuo de disolución y renovación. Por así decirlo, solo se mantiene en forma durante un instante, pero está configurado. En esta parte acuosa de la cabeza humana encontramos precisamente la huella de lo etérico, de modo que, si dibujara esquemáticamente, tendría que representar, por ejemplo, la acción física que se manifiesta de manera muy especial en la parte posterior de la cabeza (véase el dibujo, en color claro).

Todo está organizado, minuciosamente organizado, de modo que esta sustancia acuosa es una impresión de aquello que es de naturaleza etérica. Ahora bien, aquello que es una impronta siempre se vuelve permeable de esta manera. Puesto que el ojo, en el sentido verdaderamente goethiano y considerado en su esencia, es una creación de la luz, por eso es permeable a la luz. Esto no es solo una imagen, sino una profunda sabiduría: que el ojo ha surgido de la luz. De hecho, también se puede observar embriológicamente que el ojo se organiza, en realidad, desde el exterior hacia el interior, y es precisamente porque está organizado a partir de la luz por lo que es permeable a ella. Pero, en general, gracias a su organización acuosa, la cabeza del ser humano es permeable a lo etérico, ya que es una impronta procedente del éter, de modo que se puede decir: Aquí, lo etérico puede atravesar la cabeza (véase el dibujo de la pág. 31, flecha roja), sin que nada lo detenga, sin que nada perturbe su paso, y puede penetrar en el resto del organismo humano.

Esto es precisamente lo que también se observa claramente en las ciencias humanas. Pero hay que introducir aquí una matización. Y es que esta parte de la cabeza humana solo es permeable, en realidad, al éter térmico y al éter luminoso. Por lo tanto, desde el exterior solo el éter térmico y el éter luminoso pueden actuar sobre la cabeza humana. El éter térmico no actúa mediante una radiación directa de calor, sino que actúa sobre la cabeza humana por el hecho de que nos encontramos en un determinado territorio climático. Por lo tanto, el efecto del éter térmico sobre la cabeza humana no hay que buscarlo en si se suda o no, sino en función de si se vive en la zona ecuatorial, en la zona templada o en la zona fría. Por lo tanto, existe una relación mucho más profunda entre el éter térmico y la cabeza humana que la meramente externa de recibir irradiación desde el exterior. De manera similar, si nos ceñimos a la fisiología —en psicología sería diferente, pero eso no nos incumbe ahora—, hay que considerar la influencia del éter luminoso sobre el organismo humano, pero mucho más duradera que la del mero efecto de la luz, de modo que el efecto de este éter luminoso atraviesa la huella etérica de la cabeza humana y organiza todo el ser humano. Pues bien, como ya he dicho, la organización principal de la cabeza humana es permeable al éter térmico y al éter luminoso. No es del todo correcto, pero sí aproximadamente correcto, decir que la cabeza humana es algo permeable al éter químico y al éter vital. Pero podemos pasar esto por alto, porque, de todos modos, el resultado es el que voy a indicar ahora mismo. Ahora bien, lo que se da como éter químico y éter vital es tal que, como pueden deducir de lo que acabo de indicar, es rechazado por la organización craneal. Es rechazado. En cambio, atraviesa el organismo humano. Por el mero hecho de que el ser humano, como tal, viva en la Tierra, se llena interiormente de lo que es el éter vital y el éter químico.

Así pues, si se me permite decirlo así: el efecto del éter térmico y del éter lumínico irradia desde todos los lados (véase el dibujo, flechas desde arriba). El efecto del éter químico y del éter vital se irradia a través del sistema metabólico y de los miembros hacia el éter térmico y el éter lumínico que inciden sobre él (véase el dibujo, flechas desde abajo). Del mismo modo que la cabeza del ser humano está organizada —diría yo, con cierto temor— para dejar entrar, en la medida de lo posible, solo trazas de éter vital y de éter químico, así también el organismo metabólico de las extremidades absorbe, por así decirlo, el éter vital y el éter químico directamente de los elementos de la Tierra. Estos dos tipos de éter se encuentran en el ser humano, y este está organizado de tal manera que su estructura culmina en una separación ordenada de estos dos tipos de éter: el éter vital y el éter químico, por un lado, que fluyen de abajo hacia arriba; y el éter térmico y el éter luminoso, por otro lado, que fluyen de arriba hacia abajo.

Es propio del organismo humano que aquello que irradia desde arriba —el éter de la luz y el éter del calor— no sea, por así decirlo, incorporado orgánicamente en la organización inferior, sino que simplemente fluya hacia ella por esa vía. Y tampoco debe fluir de ninguna manera desde abajo hacia otra cosa. Así pues, desde el exterior deben fluir el éter de la luz y el éter del calor; desde abajo, el éter de la vida y el éter químico; y estos dos son impulsados a interactuar en el ser humano por la organización, que debe mantenerse absolutamente intacta para que el ser humano pueda permanecer en su organización normal. Llegamos a comprender cómo es esta interacción cuando, por un lado, nos sumergimos en la observación de personas claramente desnutridas. Cuando nos sumergimos en la observación de personas claramente desnutridas, se nos presenta la situación de tal manera que recibimos una impresión, una impresión totalmente imaginativa, a la que, sin embargo, el ser humano puede elevarse fácilmente si tan solo se le ha hecho notar, aunque sea muy sutilmente, que existe algo llamado imaginación. Porque nada despierta tan fácilmente la imaginación como los estados patológicos del ser humano cuando se observan. Ahora bien, cuando uno tiene ante sí a una persona desnutrida, ve que su organización metabólica —es decir, lo que ocurre en el interior del metabolismo— retiene el éter, no lo deja escapar. Si observamos, por ejemplo, el estómago o el hígado de una persona desnutrida, vemos que retienen el éter vital y el éter químico; los fijan a sí mismos, no los dejan escapar, de modo que en la persona desnutrida existe una carencia de éter vital y éter químico ascendentes. Como consecuencia, el éter de luz y el éter de calor ejercen presión sobre él desde arriba, y el resultado es que su organismo adquiere una forma similar a la que antes provocaban el éter de luz y el éter de calor en la cabeza. Transforman todo el organismo de tal manera que, en cierto sentido, se asemeja demasiado a la organización de la cabeza. El ser humano se convierte casi por completo en cabeza debido a la desnutrición. Por así decirlo, solo se convierte en un ser «de cabeza» al sufrir desnutrición, y eso es precisamente lo que reviste especial importancia al estudiar la desnutrición. Se puede observar a una persona que padece lo contrario de la desnutrición. Estas cosas solo salen a la luz en circunstancias muy concretas; hay que saber observarlas siempre con precisión. Naturalmente, se preguntarán: ¿qué es lo contrario de la desnutrición? Pues bien, para el investigador de lo espiritual, lo contrario de la desnutrición es, en un caso por ejemplo, lo que se denomina «reblandecimiento cerebral». Del mismo modo que la desnutrición se debe a que el ser humano, en realidad, se impregna de lo que solo debería tener en la cabeza, de lo que solo llega al organismo superior, así, en el caso de la atrofia cerebral, se impregna en la cabeza de lo que solo debería tener en el estómago, de lo que no pertenece al cerebro, de lo que solo pertenece al estómago, de lo que solo allí ejerce una acción organizadora. Por lo tanto, el organismo procesa con demasiada intensidad aquello que absorbe en el proceso digestivo. Lo procesa en exceso, no lo retiene lo suficiente antes de que atraviese la puerta por la que penetra en la cabeza. La consecuencia de ello es, naturalmente, que, al verterse, por así decirlo, demasiado en la cabeza, el organismo humano en cuestión acaba comiendo también en exceso. Estas cosas también se pueden observar con toda claridad en su desarrollo. Porque eso es precisamente lo importante: que, para llegar a alguna conclusión en el ámbito del que estamos hablando ahora, hay que hacerse una idea de cómo se desarrollan esos procesos. ¿Qué ocurre entonces cuando estos procesos —que, en realidad, en sus puntos de partida son procesos totalmente normales, como comer, digerir, procesar en el abdomen, expulsar hacia la cabeza, etcétera— continúan, cuando se desbordan más allá del objetivo que les asigna normalmente la organización? Entonces, precisamente en el ser humano desnutrido, debido a la irregularidad que se produce ahí abajo, se genera una interacción anómala entre estos dos tipos de éter; o también en el ser humano sobrealimentado, debido a las irregularidades de arriba; los tipos de éter no interactúan como deben hacerlo en el organismo humano. Y al interactuar de forma errónea el éter que actúa desde el exterior con el éter que asciende desde el interior, se produce lo siguiente:

Cualquier éter que actúe desde el exterior y no se detenga en el lugar adecuado, sino que penetre en el ser humano con mayor intensidad de la que debería, es un veneno para el organismo humano, tiene un efecto tóxico, de modo que se puede decir que, si no se detiene en el lugar adecuado, el éter es un veneno para la organización humana. Debe unirse de la manera adecuada con el éter que asciende desde el interior.

Y, de nuevo, si se considera el éter interior, ese otro tipo de éter que actúa desde dentro, la acción de este éter, que va más allá de lo normal, tiene en general un efecto ablandador sobre el ser humano; mientras que, por el contrario, el efecto tóxico consiste en que el ser humano se solidifica, por así decirlo, de forma etérica, y se desintegra debido a ese otro efecto. Se derrama sobre él demasiada vida y demasiada polaridad química. Entonces no puede resistir. Se ablanda. Se trata también de dos efectos polares: el efecto tóxico y el efecto de ablandamiento. Cuando se observa al ser humano de este modo, uno se pregunta: ¿qué es, en realidad, este ser humano? —En la medida en que es un ser humano físico, es un ser orgánico que distingue correctamente los dos tipos de éter y, a su vez, permite que interactúen de la manera adecuada. Toda el organismo humano está, en realidad, predispuesto para permitir que los dos tipos de éter interactúen en su interior de la manera adecuada.

Ahora nos acercamos más a lo que dije: el ser humano está completamente organizado. Es evidente que también está diferenciado internamente en lo que respecta al agua, al aire y al calor, es decir, que está organizado. Pero también está diferenciado en lo que respecta al éter. Solo que esta diferenciación es fluctuante. Se trata de un proceso continuo, una interacción constante en su interior entre el éter de la luz y el calor, por un lado —que empuja de arriba hacia abajo y de forma periférica—, y el éter vital y el éter químico, por otro —que empujan de abajo hacia arriba, en cierto modo de forma centrífuga y hacia el exterior—. Y de ahí surge entonces esta estructura etérica que es el ser humano, que en realidad es una transformación del vórtice, el cual se forma precisamente por el choque de los dos tipos de éter. La figura que se presenta ante ustedes debe entenderse precisamente a través de la interacción de los dos tipos de éter. Es de cierta importancia formarse una idea de lo que es una persona enferma y lo que es una persona sana precisamente a partir de los procesos menos evidentes, como son la desnutrición y la sobrealimentación. Pero la sobrealimentación orgánica —uno aún no está sobrealimentado por el mero hecho de atiborrarse; si además se ha adquirido una digestión excesivamente buena, se necesita mucho menos para llegar a la sobrealimentación que si se ha alterado el proceso digestivo y los alimentos no se procesan adecuadamente—. Por lo tanto, hay que intentar partir de lo que se nos presenta al observar estos procesos iniciales, que aún forman parte de lo normal en el ser humano. También hay que decir lo siguiente: si no pudiéramos enfermarnos, no podríamos ser humanos en absoluto, pues la enfermedad no es más que la prolongación, más allá de su medida, de procesos que necesitamos, que debemos tener sin falta. La salud es, en realidad, aquel estado del ser humano en el que los procesos que provocan la enfermedad y los procesos curativos se encuentran en un equilibrio adecuado. Y es que el ser humano no solo corre peligro cuando se manifiestan los procesos patógenos, sino también cuando los procesos curativos van más allá de sus objetivos. En ese caso, el ser humano también se ve amenazado. Por eso es importante no actuar con demasiada intensidad al iniciar el proceso curativo; de lo contrario, se sobrepasa el otro objetivo, se expulsa la enfermedad y, cuando esta llega a su punto cero, da un salto en la otra dirección.

Esto resulta especialmente evidente cuando uno ve que en las antiguas concepciones humanas aún existían concepciones terapéuticas instintivas. Creo que cualquiera que se haya ocupado del tema admitirá que en las culturas antiguas existían, surgidas de los instintos humanos, maravillosas concepciones terapéuticas que, aunque no podían ser comprendidas por la conciencia, estaban sin duda presentes y que, incluso cuando se nos presentan en su estado de decadencia —como ocurre con los pueblos primitivos actuales—, en el fondo siguen siendo impresionantes. Hace no mucho tiempo, el indagar de forma un tanto diletante en este asunto por parte de señores que, en otros ámbitos, en su especialidad, eran extraordinariamente eruditos, causó cierto revuelo. Verá, cuando estalló la controversia entre los eruditos de Jena y los de Berlín sobre el Pithecanthropus erectus, como es sabido, Virchow le objetó a Haeckel que el Pithecanthropus, descubierto por Dubois, presentaba claras señales de cicatrización ósea, que el médico moderno puede interpretar como que se había inducido artificialmente un proceso de curación. Era una de las principales objeciones de Virchow, y por eso concluyó que este Pithecanthropus erectus había sido curado por un médico, es decir, que ya en aquella época debía de haber médicos, como Virchow en la universidad, ¿no es así?, que iniciaron el tratamiento externo, y que el Pithecanthropus no debía de ser un eslabón intermedio, porque el ser humano aún no existía; simplemente debía de ser un ser humano. También podría ser que un médico de verdad hubiera podido curar a un simio, pero eso no se aceptó. La otra parte, que en el fondo también ha hurgado en el asunto de forma igual de diletante, porque solo expresaba una sensación general, decía: «Bueno, en los animales también se producen curaciones naturales, sin que intervenga el ser humano, que se parecen a la curación que se produjo en el Pithecanthropus».

Bueno, solo quiero señalar lo confusos que son hoy en día los conceptos. Sobre este asunto se escribió y publicó mucho a principios de la década de los noventa del siglo XIX, de modo que, a partir de una controversia académica como esta, se puede ver cómo pueden darse este tipo de cosas hoy en día.

Así pues, ya en las concepciones instintivas de una humanidad más primitiva encontramos sin duda aquello que también se podría denominar una terapia instintiva. Y esta terapia instintiva ha dado lugar a una frase muy significativa: «No se debe revelar el arte de curar a cualquier persona poco fiable, porque al hacerlo se le estaría revelando al mismo tiempo el arte de causar enfermedades». Se trata de una máxima de la medicina ancestral, que se ha respetado con gran rigor moral, y una de las que explican por qué en los centros de enseñanza se ha mantenido cierto secretismo al respecto.

Se trata, pues, de que en los procesos patológicos no hacemos más que continuar lo que, en una persona sana, es absolutamente imprescindible. Si no pudiéramos enfermar, no podríamos pensar ni sentir. Todo aquello que, en última instancia, se manifiesta psíquicamente en el pensamiento y el sentimiento es, desde el punto de vista orgánico, un sistema de fuerzas que, cuando se excede de su medida, resulta patógeno. Y lo otro es que un proceso propiamente físico solo tiene lugar en una parte de la cabeza humana. Este proceso físico, que tiene lugar en la cabeza humana, es un fenómeno acompañante necesario de la experiencia del «yo» humano. Si este proceso se ve alterado, es decir, si un proceso vital se impone sobre este proceso físico puro en el ser humano, entonces el «yo» queda, en cierta medida, paralizado también en la conciencia. Y todo desequilibrio del ser humano, todo caso en el que las personas se vuelven débiles mentales o similares, se basa en parte en ello y debe entenderse a partir de lo que ha tenido lugar en el ser humano como procesos puramente físicos. Por supuesto, también pueden existir otras causas orgánicas.

Así pues, aquello que se inicia en la cabeza del ser humano y se irradia desde allí a todo el organismo es el proceso puramente físico que, en el momento en que se produce la muerte, se derrama por todo el organismo. Ese momento está siempre presente en la cabeza humana, o al menos parte de ella de forma centralizada. Solo queda paralizado por el proceso de vitalización procedente del resto del organismo. De hecho, el ser humano lleva continuamente en su interior las fuerzas que también le llevan a la muerte, y no sería un «yo» si no llevara en sí las fuerzas de la muerte. El ser humano solo podría desear ser inmortal, como ser humano que camina físicamente por la Tierra, como ser humano físico, si renunciara a tener una conciencia del «yo». Quiero señalar que es necesario adquirir ciertas habilidades de observación íntima para la verificación externa de este asunto, pero que, no obstante, resultará muy fructífero que se escriban numerosas tesis sobre el efecto que tienen las curas de rejuvenecimiento —que, por tanto, actúan en sentido contrario— en el estado mental y anímico de una persona; sin que, por supuesto, se quiera decir nada en contra de tales curas de rejuvenecimiento, pues el ser humano puede seguir considerándolas satisfactorias para su anhelo si consigue retrasar su vejez unos cuantos años, aunque ello se produzca a costa de intercambiar un poco de cordura por ello. Pero estas cuestiones, que de hecho existen y que se pasan por alto al igual que, por ejemplo, la mayor cantidad de nitrógeno que se exhala en comparación con la que se inhala, deben tenerse muy en cuenta por quien quiera abordar adecuadamente los procesos de enfermedad y curación. Porque, en la medida en que se profundiza en estas sutilezas de la organización humana, es cuando uno se acerca al conocimiento de aquellos procesos que se manifiestan como procesos patológicos, los cuales no son más que una transformación de estos procesos más sutiles en otros más burdos. Lo que he dicho no es más que una transformación en procesos más burdos de estos procesos más sutiles. Pero hay que decir que a aquello que actúa en el ser humano como proceso físico, a lo que lo impregna como proceso físico, se le opone, mientras sea posible, el «yo», que, sin embargo, está ligado a esa oposición, a ese efecto reactivo. Se le opone resistencia mientras este proceso físico no se vuelva demasiado intenso. Este proceso físico es lo que la muerte siempre conlleva en el organismo humano, lo que, en última instancia, constituye la muerte. En efecto, cuando el proceso físico se hipertrofia, por así decirlo, de tal manera que el yo ya no puede controlarlo, entonces el yo debe separarse del cuerpo físico, lo cual, naturalmente, también puede producirse cuando surge un efecto físico excesivo en cualquier parte del cuerpo y arrastra consigo a las demás partes de edades anteriores, de modo que se puede decir: Lo que constituye el yo humano está íntimamente relacionado con lo que es la muerte:

YO - MUERTE

Y la mejor forma de llegar al estudio más acertado del yo es estudiar la muerte, pero no de esa manera tan vaga y general con la que se suele imaginar la muerte, lo cual, de hecho, permite pensar en cosas muy diversas. ¿No es cierto que, tal y como la gente se imagina hoy en día la muerte, también puede imaginarse la destrucción de una máquina, ya que, al hablar de la muerte, solo se imaginan que algo deja de existir? No se imaginan el proceso real. Por eso, la gente también se imagina la destrucción de una máquina cuando piensa en la muerte. Pero eso no significa nada, imaginarse las cosas así; hay que llegar a los hechos concretos. El cese de la vida no es la muerte; para el ser humano, la muerte es lo que acabo de exponer aquí, y para el animal, la muerte es algo completamente distinto. Aquellas personas que consideran la muerte en el ser humano y en el animal como algo totalmente equivalente son las mismas que, al encontrar una navaja de afeitar —y como «cuchillo es cuchillo»—, empiezan a cortarse la carne con la navaja de afeitar, porque «cuchillo es cuchillo». Para los demás, la muerte es la muerte. La muerte es, precisamente, algo muy distinto en el ser humano que en el animal, como acabo de demostrar. En el caso de los animales, en los que no se trata en absoluto de un «yo», sino únicamente de un cuerpo astral, la muerte es algo completamente diferente; allí, la muerte se basa en un efecto del cuerpo astral, que es de naturaleza totalmente distinta.

Aquello en lo que las fuerzas mortíferas se ven debilitadas, paralizadas, por así decirlo, en el organismo normal, eso es la enfermedad. Del mismo modo que la muerte está unida al «yo», la enfermedad está unida al cuerpo astral del ser humano:

CUERPO ASTRAL  -  ENFERMEDAD

En realidad, en el cuerpo astral se encuentra lo que tiene que ver con los procesos de la enfermedad. Y lo que el cuerpo astral provoca se refleja, a su vez, en el cuerpo etérico. Por eso, la enfermedad aparece entonces en su huella real en el cuerpo etérico. Pero el cuerpo etérico no es lo que tiene que ver directamente con la enfermedad.

Hace un momento les he descrito la imagen de esta interrelación irregular, de esta interacción entre los dos tipos de éter. Pero lo que allí ocurre de forma irregular no es más que, a su vez, una acción del cuerpo astral que se plasma en el cuerpo etérico. Si lo observamos más de cerca, entramos precisamente en el cuerpo astral. Vamos a profundizar aún más en esto. Pero entonces tenemos aquello que contrarresta a la enfermedad desde el punto de vista polar, y eso es la salud:

CUERPO ETÉRICO  -  SALUD

En cuanto a la salud, preferimos no definirla por el momento, pero ya a partir de la analogía pueden ver aquí lo que también resulta cada vez más claro para la investigación espiritual: que la salud está tan ligada al cuerpo etérico como la enfermedad al cuerpo astral, y como la muerte al yo, de modo que curar, recuperar la salud significa: tener la posibilidad de generar en el cuerpo etérico las reacciones contrarias a los efectos patógenos que emanan del cuerpo astral. Hay que actuar desde el cuerpo etérico para paralizar las fuerzas del cuerpo astral, que son precisamente los procesos que provocan la enfermedad.

Luego hay una cuarta. Es aquella que, en cierto modo, es polar opuesta a la muerte. Ahora bien, debo decir en primer lugar que, desde un punto de vista concreto, la muerte del ser humano se produce cuando toda su organización interna ha pasado al plano físico de tal manera que ya no puede iniciarse ningún proceso de nutrición, ningún proceso de nutrición profundo. Esa es la muerte por vejez. La muerte por vejez es, en realidad, la incapacidad de asimilar las sustancias en el organismo. En el fondo, este fenómeno —que apenas se puede observar porque, por lo general, el ser humano muere antes debido a otras causas, antes de que el marasmo propiamente dicho alcance su pleno apogeo o, mejor dicho, su falta de apogeo— aún no se ha observado del todo. Pero se trata, de hecho, de un fallo de la nutrición. El cuerpo ya no puede llevar a cabo plenamente la nutrición; se ha vuelto demasiado físico para ello, de modo que el polo opuesto de la muerte es la nutrición, y en el ser humano la nutrición está precisamente asignada al cuerpo físico:

CUERPO FÍSICO  -  NUTRICIÓN

Las cosas, a su vez, tienen un efecto inverso. La alimentación, que tiene lugar en el cuerpo físico, repercute en el cuerpo etérico y, por lo tanto, también tiene que ver con el efecto curativo. Y esto es, de nuevo, algo que reacciona y repercute en aquello que emana del cuerpo astral.

Si, en cierto sentido, se observa en la vida cotidiana lo que acabo de exponer, también se puede verificar desde el otro lado. Si se toma lo que se conoce desde hace tiempo en nuestra ciencia espiritual, habrá que trazar aquí una línea:

YO - MUERTE
   CUERPO ASTRAL  -  ENFERMEDAD
CUERPO ETÉRICO  -  SALUD
     CUERPO FÍSICO  -  NUTRICIÓN

Porque, en parte —al menos en lo que respecta a la organización mental y respiratoria—, el «yo» y el cuerpo astral se separan por completo del cuerpo físico y del cuerpo etérico durante el sueño; no ocurre lo mismo con el ser metabólico y el ser circulatorio, que permanecen en el interior. No es del todo exacto decir que el «yo» y el cuerpo astral «salen». En realidad, es correcto expresarlo así —y, de hecho, ya lo he insinuado muchas veces anteriormente, hace ya muchos años—: se dice que, durante el sueño, en lo que respecta a la organización de la cabeza, el «yo» y el cuerpo astral salen del cuerpo físico y del cuerpo etérico, pero en la organización del metabolismo y la circulación, por el contrario, los impregnan mucho más. Se trata, de hecho, de una redistribución. Es el fenómeno paralelo a lo que ocurre cuando en la Tierra se alternan el día y la noche. En ese caso tampoco es que en toda la Tierra sea de día y en toda la Tierra sea de noche, sino que el día y la noche se reordenan según las circunstancias. Exactamente lo mismo ocurre con la réplica realmente precisa del día y la noche en el sueño y la vigilia del ser humano. Durante la vigilia, el cuerpo físico y el cuerpo etérico del organismo de la cabeza y la respiración están íntimamente unidos al yo y al cuerpo astral; y durante el sueño, el cuerpo físico y el cuerpo etérico del organismo del metabolismo y la circulación están unidos al yo y al cuerpo astral de una manera mucho más íntima que durante la vigilia. Se trata de una reorganización, un proceso verdaderamente rítmico que tiene lugar con el dormir y el estar despierto.

Ahora bien, se puede decir que, al dormir, lo que ocurre —al menos en lo que respecta a la organización superior del ser humano— es que el cuerpo astral junto con el «yo» salen del cuerpo. Ahora bien, puede ocurrir que se observe que, en una persona, en lo que respecta a la organización craneal o, muy fácilmente, también a la organización respiratoria, el cuerpo astral y el «yo» se apoderen con demasiada fuerza de la organización craneal y de la respiratoria. Si se apoderan de ellas con demasiada fuerza, si las atacan con demasiada intensidad, entonces el cuerpo astral actúa precisamente a partir de sus fuerzas patógenas. Y entonces uno puede verse en la situación de tener que trabajar con la persona de tal manera que ese cuerpo astral sea expulsado de nuevo de la organización de la cabeza y de la organización respiratoria, de modo que se separen entre sí de cierta manera, para que se restablezca la relación normal. Y que esto puede suceder se observa con la administración de cantidades muy pequeñas de fósforo y también de azufre. Las pequeñas cantidades de fósforo y azufre tienen, en realidad, el efecto de expulsar el cuerpo astral que se ha anidado con demasiada fuerza en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico; el azufre actúa más sobre el cuerpo astral, mientras que el fósforo actúa más sobre el «yo», que, sin embargo, al organizar por completo el cuerpo astral, actúa en realidad en unidad con él. Así se puede ver directamente cómo es el ser humano cuando se presenta con un estado patológico que, además, se caracteriza por el síntoma de que la persona se ve impulsada con demasiada fuerza hacia el sueño. Así pues, si simplemente se padece un complejo patológico que, entre otros síntomas, presenta también este: que la persona se ve abocada a estados de semisueño, entonces se da la necesidad de trabajar, tal y como he dicho, con fósforo y azufre.

Si se presenta el otro estado, que tiene su origen en el organismo metabólico y circulatorio y que consiste en que el cuerpo astral, junto con el yo, no interviene lo suficiente en el cuerpo físico, de modo que hay que decirles: «Por favor, adentraos más, señores, debéis ser más activos, más participativos en el ser humano»; entonces se trata de que no se necesiten efectos de arsénico demasiado diluidos. En ese caso se actúa precisamente para atraer al cuerpo astral hacia el organismo físico.

Y ahora les voy a explicar esto de una manera que se deriva precisamente de la visión concreta del ser humano. Así pues, si el cuerpo astral se vuelve demasiado activo interiormente, de modo que actúa con demasiada fuerza sobre el cuerpo físico, se interviene con azufre y fósforo; si, por el contrario, actúa demasiado poco, es decir, si se vuelve demasiado inerte, de modo que el cuerpo etérico predomina —predomina porque no tiene suficiente resistencia frente a lo que actúa desde abajo—, entonces se puede intervenir con arsénico.

Ahora bien, se dan, por así decirlo, dos polos opuestos en la acción del fósforo y el azufre, y en la del arsénico. Así pues, uno puede llegar a encontrarse en la situación de tener que decirse: Sí, no basta con regular simplemente desde uno u otro polo, pues una irregularidad en una parte del ser humano tiene inmediatamente un efecto contrario y se prolonga en una irregularidad opuesta en la otra parte; la irregularidad en el ser humano superior se manifiesta también muy pronto en una irregularidad en el ser humano inferior. Y esta resonancia entre ambas irregularidades es algo que —perdóneme, no es ahora una expresión de la vida, sino una expresión de lo que, me gustaría decir, es una visión clínica—, es una de las cosas más fascinantes: esta resonancia irregular, en la que ambas actividades no llegan a converger y una fuerza demasiado débil en la parte superior provoca una demasiado fuerte en la inferior, o una demasiado fuerte en la inferior provoca una demasiado débil en la superior. Las cosas no solo son polarmente opuestas en cuanto a ubicación y dirección, sino también, naturalmente, en cuanto a intensidad. Lo más complejo del ser humano es precisamente esta interacción. Y, cuando se comprende a fondo, esto lleva a reconocer la necesidad de restablecer el equilibrio, de recurrir, en cierto modo, a las fuerzas que posee el ser humano para crear un equilibrio entre ambas. Y a ello se llega mediante la acción antimonial. Los efectos del antimonio, que en realidad hoy en día, creo yo, son más o menos ignorados por la medicina externa convencional, pero que —como se sabía en épocas pasadas— actúan de una forma que hoy en día ya no resulta del todo comprensible para el ser humano, se basan esencialmente en que trasladan sus efectos de manera muy intensa al interior del ser humano y crean una especie de punto de equilibrio. De hecho, resulta extraordinariamente interesante observar el comportamiento opuesto del fósforo, el arsénico y el antimonio en relación con lo que estos provocan en el ser humano. También aquello que en el mundo exterior alcanza una cierta quietud en la materia manifiesta su verdadera naturaleza cuando se activa en el ser humano. Porque es ahí donde realmente se ve por primera vez lo que aún vive, mientras que desde fuera solo se ve aquello que, por así decirlo, se ha acumulado a partir del proceso de formación. Cuando se ve externamente el arsénico, en realidad se ve el final de un proceso en el mundo exterior, del que se ve el comienzo en el interior del ser humano, de modo que, en realidad, nunca se reconoce como materia algo que se observa en el mundo exterior si no se sabe al mismo tiempo qué efecto tiene en el interior del organismo humano. - Y es que existe una «química», pero también existe una «antiquímica». Y por «química» se entiende únicamente aquello que supone observar un ser que tiene un «delante» y un «detrás» solo desde un lado, desde atrás. Hay que observar también desde delante a un ser que tiene un «detrás»; solo entonces, al unir estos dos aspectos, se obtiene una impresión del ser en su totalidad. Si primero se ha observado desde atrás aquello que vive en una sustancia, al haber visto la sustancia, entonces también hay que observarlo desde delante, para ver cómo actúa en el organismo humano. No solo hay que practicar la química, sino también la «antroquímica». Y solo de la interacción entre la química y la «antroquímica» surge el conocimiento de aquello que realmente subyace. Bueno, mañana seguiremos hablando de esto.

Traducido por J.Luelmo