CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 24

GA232 Dornach, 9 de diciembre de 1923 -Los grandes misterios de Hibernia -

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los grandes misterios de Hibernia

Dornach, 9 de diciembre de 1923

Sobre la naturaleza de los misterios de Hybernia a habido que contar varias cosas, y ayer pudieron ustedes comprobar, que ese peculiar proceso de desarrollo que tuvieron que experimentar las personas en la isla de Irlanda, les llevó a comprender en primer lugar, lo que es capaz de experimentar el alma humana en general, a través de su propia actividad interior. Solo tienen que pensar que, gracias a todos los preparativos que eran llevados a cabo para los futuros iniciados, hicieron posible que, como por arte de magia, se hicieran aparecer ante sus sentidos paisajes que, por lo general, solo se despliegan ante los sentidos humanos; no se trataba de impresiones religiosas, fantasiosas ni alucinatorias, sino que aquello a lo que ya estaban acostumbrados a ver, era presentado ante sus almas como un velo, un velo que ocultara aquello de lo que sabían muy bien que había algo detrás. Y lo mismo ocurría con la mirada hacia el propio interior humano, al contemplar, como por arte de magia, el onírico paisaje veraniego. Así pues, el alumno estaba preparado para tener imaginaciones, imaginaciones que, en un primer momento, se vinculaban con lo que el alumno solía ver con los sentidos externos. Pero, al tener estas imaginaciones ante sí, ya sabía que si las atravesaba, penetraría más allá, hacia algo completamente diferente.

Ya les he mostrado cómo llegaba el alumno a contemplar el tiempo anterior a la existencia terrenal y el tiempo posterior a ella, el tiempo tras la muerte hasta el punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento, y, al mirar hacia adelante, el tiempo que precedió inmediatamente al descenso, hasta volver de nuevo al punto medio entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero surgió algo más. A medida que se guiaba al alumno para que se sumergiera de verdad en lo que había vivido, su alma se fortalecía al contemplar la vida preterrenal y la posterrenal, y había adquirido una visión de la naturaleza que muere y renace, y entonces podía profundizar, con una fuerza y una energía interiores aún mayores, en cómo era el momento de la rigidez, de ser acogido por la inmensidad del universo, en cierto modo al flotar hacia las azules lejanías del éter, y, de nuevo, cómo era entonces sentirse únicamente como personalidad inmersa en los sentidos, cuando, por así decirlo, no se percibía nada del resto del ser humano, sino que solo se percibía algo de la existencia en el ojo, de la existencia en todo el tracto del oído, del tacto y así sucesivamente; es decir, cuando uno era por completo un órgano sensorial.

El alumno había aprendido a revivir en sí mismo esos estados con una fuerte energía interior y, a partir de ellos, a dejar que llegara hasta él aquello que ahora seguía más allá. Cuando se le indicaba, de forma totalmente voluntaria y desde lo más profundo de su ser, tras haber pasado por todo lo que he descrito, que restableciera de nuevo el estado de rigidez interior, de modo que, en cierto sentido, sintiera su propio organismo como una especie de mineral, es decir, en el fondo como algo bastante ajeno; cuando sentía su exterior, su cuerpo, como algo ajeno, y el alma, en cierto modo, solo como algo que flotaba alrededor y envolvía a ese mineral, entonces, en el estado de conciencia que se derivaba de ello, obtenía una visión clara de la existencia lunar que precedió a la terrestre.

LUNA

Y recordarán, queridos amigos, en este momento, tal y como lo he descrito en mi «Ciencia Oculta» y en las más diversas conferencias, esa existencia lunar. Lo que allí se describe cobraba vida en la conciencia del alumno; simplemente estaba ahí para él. A él le parecía que aquella antigua existencia lunar era una existencia planetaria que, en realidad, al principio solo tenía el estado acuoso, el estado líquido, pero no como el agua actual, sino, diría yo, más bien gelatinosa, como algo coagulado, por así decirlo. Y él se sentía a sí mismo en medio de ello. Pero se sentía organizado dentro de esa masa semiblanda. Y sentía que de su organismo fluía todo el organismo del planeta.

Solo hay que tener clara la diferencia entre cómo se vivía en aquella época y cómo se vive hoy en día. Hoy en día, en cierto sentido, nos sentimos limitados por nuestra piel, y no decimos otra cosa que no sea afirmar que como seres humanos, somos lo que hay dentro de la piel. Por supuesto, se trata de una afirmación errónea enorme, pues en cuanto llegamos a lo que hay en el ser humano en forma de aire, se hace evidente lo absurdo de sentirnos limitados dentro de nuestra piel. Ya lo he dicho muchas veces: la masa de aire que ahora tengo en mi interior hace poco aún no estaba en mí, y la masa de aire que dentro de poco tiempo estará en mí, aún sigue fuera. De modo que, incluso hoy, solo nos sentimos de manera correcta como seres humanos cuando, en lo que respecta a la «naturaleza aérea», no nos consideramos aislados del mundo exterior. Estamos en todas partes donde está el aire exterior. En el fondo, no hay ninguna diferencia entre que ahora tenga un terrón de azúcar en la boca, que al instante siguiente estará en el estómago y habrá recorrido un cierto trayecto, o que en este momento haya una masa de aire ahí fuera y al instante siguiente esté en sus pulmones. El terrón de azúcar recorre este camino (se dibuja); el aire recorre precisamente ese otro camino a través del aire y de los órganos respiratorios. Y quien no se considere parte de esto, que tampoco se considere parte de su boca, sino que haga que su cuerpo comience en el estómago. Así pues, para el ser humano actual es, en realidad, un disparate considerarse a sí mismo como algo encerrado dentro de la piel humana.

Pero en la existencia lunar, la posibilidad de considerarse encerrado dentro de la piel, no existía en absoluto. En aquella época no existían muebles como los que hay por ahí, a los que uno se acerca y toca, sino que todo lo que había era simplemente un producto de la naturaleza. Y si extendía el órgano que tenía entonces, —que, por cierto, era tal que se puede hablar de algo similar a lo que hoy llamamos dedos—, podía retraerlo hasta que desapareciera por completo, y podía retraer el brazo, podía hacerse muy delgado y cosas por el estilo. Pues bien, hoy, cuando se agarra la pizarra, no se siente que esa pizarra le pertenezca. Si en aquel entonces se extendía la mano hacia algo, simplemente se sentía que eso le pertenecía, igual que ahora la masa de aire todavía nos pertenece. De modo que, de hecho, el propio organismo se percibía como una mera parte de toda el organismo planetario y lunar.

Y todo esto era presentado ante la conciencia del alumno de hibernia. Y entonces tenía la impresión de que esa sustancia gelatinosa y fluida no era más que un estado del organismo lunar de aquella época; de que en aquel antiguo organismo lunar, hubo ciertas épocas en las que, dentro de esa sustancia gelatinosa, aparecía algo que era físicamente mucho más duro que nuestros objetos duros de hoy en día. Sin embargo, no era mineral en el sentido en que lo son hoy la esmeralda, el corindón o el diamante, sino que se trataba precisamente de algo duro, de naturaleza córnea. No había nada mineral en el sentido actual de cristalizado y similares, sino que lo que había de similar a un mineral, de duro y córneo, tenía sin duda formas en las que se apreciaba que estaba separado de lo orgánicamente activo, del mismo modo que hoy en día no se habla de la forma cristalina de un cuerno de vaca, sino que se sabe que el cuerno de vaca solo existe porque ha surgido de un organismo, o la cornamenta de ciervo o similares. Por cierto, con los huesos ocurre lo mismo; pero estos son de naturaleza mineral. Así pues, en aquella época existía ese material de naturaleza similar a la mineral que se había formado a partir de lo orgánico.

Y aquellas entidades que en aquel entonces ya habían vivido en parte su humanidad, a las que solo les quedaba por completar una parte de esa humanidad durante su existencia terrenal, son precisamente aquellas individualidades de las que he hablado como los grandes y sabios maestros primigenios de la humanidad en la Tierra, que hoy se encuentran en la colonia lunar.

Todo esto le era revelado al discípulo de hibernia durante ese estado de letargo. Y cuando hubo completado todo ello de la manera adecuada, —es decir, de la forma que a sus iniciadores les pareció plausible—, se le indicaba que debía avanzar de nuevo, avanzar repetidamente, para dejar que su estado de rigidez fluyera y se derramara hasta las lejanías del éter, hasta allí donde pudiera sentir que: los caminos de las alturas me llevan hacia las lejanías del éter azul, hasta los límites de la existencia espacial.

SOL

Y entonces, al pasar por esto una y otra vez, sentía todo lo que allí se podía sentir, moviéndose, por así decirlo, desde la Tierra hacia las lejanías etéricas. Pero al desplazarse hacia las lejanías etéricas, después de que las alturas lo hubieran acogido y lo hubieran llevado hacia las azules lejanías etéricas, allí fuera sentía, en cierto modo, que al final del mundo espacial penetraba aquello que lo atravesaba de nuevo, lo que hoy llamaríamos lo astral, algo que se experimentaba interiormente y que se unía al ser humano, de forma mucho más significativa, mucho más enérgica; aunque, sin embargo, no se podía percibir con tanta intensidad como hoy se percibe algo similar, pero que se unía así al alma humana, solo que de una manera más enérgica, más potente y más viva, como, por ejemplo, hoy se uniría el sentimiento al interior humano si el ser humano se expusiera a la luz solar que fluye, que fluye de forma refrescante, hasta el punto de que le penetre interiormente con un elemento vivificante que le haga sentir su organismo con todo detalle. Porque si presta un poco de atención, podrá sentirlo: cuando te expones al sol con total libertad, cuando dejas que el sol te inunde, pero no de tal manera que el sol te resulte desagradable, que te resulte desagradable en tu sentir interior; cuando te expones al sol de tal manera que dejas que su luz y su calor fluyan con cierto bienestar hacia tu cuerpo, hacia tu organismo, entonces sentirás: le sucederá como si ahora sintiera cada uno de sus órganos de forma ligeramente diferente a como lo hacía antes. Entrará literalmente en un estado en el que podrá describirse a sí mismo interiormente.

Que se sepa tan poco sobre estas cosas no es más que una carencia en la capacidad de atención del ser humano actual. Si hoy no existiera esta carencia de capacidad de atención, las personas podrían, de hecho, ofrecer al menos indicios oníricos de lo que se les ha revelado en su percepción interior, bajo la luz del sol que inunda su ser. Y, de hecho, antes se enseñaba al alumno sobre el interior del organismo humano de una manera diferente a como se hace hoy en día. Hoy en día se disecciona el cadáver y, para ello, se elaboran los atlas anatómicos. Esto no requiere mucha atención, aunque hay que admitir que algunos estudiantes tampoco prestan esa atención; pero no requiere mucha atención. Pero antiguamente se le enseñaba al alumno de tal manera, que se le colocaba al sol y se le guiaba para que sintiera su interior en respuesta a la agradable luz solar que le inundaba, y a partir de ahí ya podía dibujar el hígado, el estómago y demás. Existe esta afinidad interior del ser humano con el macrocosmos, siempre que se den las condiciones para ello. Por supuesto, se puede ser ciego y, aun así, percibir la forma de cualquier objeto mediante el tacto. De este modo, incluso cuando un órgano de su organismo se vuelve sensible al otro gracias a la atención prestada a la luz, podrá describir los órganos internos, de modo que al menos pueda captar siluetas de los mismos en su conciencia. Pero precisamente a los discípulos de los misterios de hybernia se les inculcaba en gran medida que, al fluir hacia la lejanía azul del éter, al fluir hacia dentro de la luz astral, ante todas las cosas, no se sintieran a sí mismos; sino que sintieran en su conciencia un mundo poderoso, un mundo del que ahora se dijeran lo siguiente: Vivo por completo en un elemento junto con otras entidades. Este elemento es, en el fondo, pura bondad de la naturaleza. Pues desde todas partes siento cómo fluye hacia mí desde este elemento, —y perdónenme por emplear una expresión que solo será posible más adelante—, en el cual me muevo nadando, como el pez en el agua, pero yo mismo, compuesto únicamente de elementos ligeros y volátiles, en todos los elementos planetarios siento cómo llega desde todos los lados esa agradable corriente. En realidad, el alumno sentía cómo fluía por todo su ser la luz astral, dándole forma y configurándolo. Este elemento es pura bondad natural, podría haber dicho, pues me aporta algo en todas partes. En realidad, estoy rodeado de pura bondad. Bondad, bondad por todas partes, pero una bondad natural que me rodea. Pero esta bondad natural no es solo bondad, es bondad creadora, pues es ella la que, con sus fuerzas, hace que yo sea y me da la forma que me sostiene, en la medida en que nado, floto y me muevo en este elemento. Y así, en el fondo, las impresiones que surgían allí eran de carácter moral y natural.

Si quisiéramos establecer una comparación con algo de la actualidad, solo podríamos decir: Si una persona pudiera tener una rosa ante sí, olerla y, desde la sinceridad y la honestidad más profundas, decir: «La bondad divina, que se extiende por todo el planeta Tierra, fluye también hacia la rosa, y al transmitir la rosa su esencia a mi sentido del olfato, percibo la bondad divina que habita en el planeta», —si hoy un ser humano pudiera decirse a sí mismo con honestidad interior algo así al oler el aroma de la rosa, entonces reviviría algo así como una débil sombra de lo que en aquel entonces se experimentaba interiormente como el elemento vital completo de cada ser humano. Y eso, queridos amigos míos, fue la experiencia de la existencia solar que precedió a nuestra Tierra. De modo que el alumno pudo experimentar la existencia solar y la existencia lunar, tal y como precedieron a nuestra Tierra.

SATURNO

Y además, cuando se había guiado al alumno a sentirse únicamente en sus sentidos, cuando había experimentado algo parecido a despojarse de todo su organismo, de modo que, en realidad, solo vivía en su ojo, en su conducto auditivo, en toda su sensibilidad, entonces percibía aquello que he descrito en mi «Ciencia Oculta» como el ser de Saturno, como el estado en el que uno flotaba y tejía en el elemento del calor, en los elementos de calor diferenciados en su interior. Allí uno se encontraba de tal manera que no se sentía a sí mismo como carne y sangre, ni como huesos y nervios, sino que se sentía simplemente como un organismo de calor, pero este calor dentro de otro calor, como el calor planetario de Saturno. Se percibía el calor cuando el calor exterior tenía un grado diferente al del calor interior. Un tejer en el calor, una vida a través del calor, una sensación de calor sobre calor: eso era, en definitiva, la existencia saturnal.

Y eso era lo que experimentaba el alumno cuando se sumergía en sus sentidos. Y esos sentidos aún no estaban tan diferenciados como hoy en día. Esa percepción del calor a través del calor, la vida a través del calor, la vida en el calor, eso era lo más importante. Pero había momentos en los que, al acercarse uno mismo, —en cierto modo, como un organismo de calor—, a otro proceso de calor o a otro cuanto de calor, al entrar en contacto con él se sentía algo en el interior, como un resplandor de llamas, y uno se encontraba entonces en un elemento, —no solo calor que fluye, que se entreteje y se ondula—, sino que, en cierto momento, uno era algo así como una llama, o también algo que se asemejaba a una sensación gustativa que se entretejía, —un sabor no solo en la lengua, que por supuesto entonces no existía, sino un sabor que uno mismo sentía, pero que se encendía en otro, que también cedía algo de sí mismo a otro, y así sucesivamente—. En el alumno se despertaba la existencia saturnal.

Como pueden ver, en estos misterios de hibernia se iniciaba al alumno en lo que constituye el pasado de su propia existencia planetaria en la Tierra. Conocía la existencia saturnal, la solar y la lunar como las sucesivas metamorfosis de la existencia terrestre.

JÚPITER

Y luego se le animaba una y otra vez a revivir aquello que ahora le conducía a su interior; en primer lugar, a revivir de nuevo lo que les he descrito como la sensación de una presión interna, como si uno se viera presionado por la sensación de tener un centro propio, como si el aire se condensara en su interior, de modo que, si se quisiera comparar ese estado con algo propio del ser humano actual, solo se podría comparar con la sensación de no poder expulsar el aire, de que este se comprime y se empuja hacia todos los lados. Ese era, en efecto, el primer estado, y el alumno debía ahora evocarlo de nuevo en su alma mediante la voluntad externa. Y cuando lo hacía, cuando realmente experimentaba ese estado que se asemeja a un sueño, —gracias al cual ya antes había sido capaz incluso de soñar, estando despierto, la existencia natural como un paisaje veraniego—, cuando había llegado a ese estado, entonces, en algún momento, tenía de repente una experiencia muy peculiar. Me gustaría decir que, para poder caracterizar esta experiencia, debo hacerlo desde el punto de vista opuesto; debo caracterizarla de la siguiente manera. Piénsenlo: hoy, como ser humano terrenal, entran en una habitación cálida y sienten el calor; salen cuando hay 5 o 10 grados bajo cero y sienten allí el frío; sienten la diferencia entre el calor y el frío, pero lo perciben como algo físico. Eso no se une con su mundo anímico. Y, como ser humano terrenal, no se le ocurre a uno que, al entrar en una habitación cálida, tengas siempre la sensación de que allí, en esa habitación, se extiende algo como un gran espíritu que te envuelve con amor. Percibes ese calor como algo físicamente agradable, pero no lo percibes como algo anímico. Lo mismo ocurre con el frío. Tienes frío, tienes frío físicamente, pero no tienes la sensación de que, ahí fuera, debido a las condiciones climáticas particulares, se te acerquen demonios que te susurren algo tan gélido que te enfríe también el alma. El calor físico no es al mismo tiempo algo espiritual para vosotros, porque, como seres humanos terrenales con una conciencia ordinaria, no percibís lo espiritual natural en toda su intensidad. Como ser humano terrenal, uno puede enternecerse ante la calidez de otras personas, ante su amistad, ante su amor; puede enfriarse ante su frialdad, quizá también ante su estrechez de miras, pero con ello se refiere a algo espiritual. Pero piénsese solo en lo poco que el ser humano terrenal de hoy en día se siente inclinado, cuando sale al aire cálido y bochornoso del verano, a decir: «¡Los dioses me aman mucho ahora!». O qué poco se inclina el hombre de hoy, al salir al frío invernal, a decir: «Pero ahora solo vuelan por el aire aquellas silfas que son filisteos gélidos en el mundo de las silfas». Son expresiones que hoy en día ya no se oyen en absoluto.

Bueno, verán, esa sensación a la que quiero aludir, —por eso dije que tenía que explicar el asunto por el camino contrario—, era algo que, precisamente para el alumno, cuando experimentaba esa sensación de presión interior, se le presentaba como algo evidente. Todo lo que sentía como calor, lo sentía al mismo tiempo como algo anímico, pero, a su vez, también como calor físico, y podía sentirlo porque su conciencia se había trasladado al ser de Júpiter, que habrá de surgir de la Tierra. Porque solo nos convertiremos en seres de Júpiter uniendo lo físico-calórico con lo anímico-calórico, de modo que, como seres de Júpiter, cuando acariciemos con amor a una persona o a un niño por el simple hecho de hacerlo, seremos al mismo tiempo una verdadera fuente de calor para el niño. El amor y la emisión de calor no estarán en absoluto separados. De hecho, llegaremos a irradiar anímicamente en nuestro entorno el calor que experimentamos.

El discípulo de los misterios de hibernia era llevado a experimentar esto, —aunque no en el mundo terrenal, sino transportado a otro mundo—, y, de este modo, se le presentaba la existencia de Júpiter, naturalmente no en la realidad física terrenal, sino en forma de imagen.

VENUS

Y el siguiente paso fue que el alumno sintiera de verdad esa angustia interior de la que les hablé ayer, cuando llegaba a comprender realmente la necesidad de superar su propio yo, ya que, de lo contrario, este yo puede devenir en fuente del mal. Cuando el alumno hacía presente en sí mismo ese estado interior del alma, experimentaba algo tal que no solo sentía el calor anímico y el calor físico como uno solo, sino que lo que allí sentía como uno solo, ese calor anímico-físico, comenzaba a resplandecer, se manifestaba tal y como empieza a resplandecer. El secreto del resplandor de la luz, del resplandor anímico de la luz, se revelaba al alumno. De este modo, era transportado hacia aquel futuro en el que la Tierra se transformará en el planeta Venus, en el futuro planeta Venus.

VULCANO

Y entonces, cuando el alumno sentía en su corazón cómo todo lo que había vivido anteriormente convergía, tal y como se lo describí ayer, se le revelaba que todo lo que experimentaba en su alma se manifestaba al mismo tiempo como una experiencia del planeta. Uno tiene un pensamiento; el pensamiento no permanece dentro de la piel del ser humano, sino que comienza a resonar; el pensamiento se convierte en palabra. Aquello que el ser humano vive se configura en palabra. La palabra se expande por el planeta vulcano. Todo en el planeta vulcano es un ser vivo que habla. La palabra resuena en la palabra, la palabra se aclara en la palabra, la palabra habla a la palabra, la palabra aprende a comprender a la palabra. El propio ser humano se siente como la palabra que comprende el mundo, como la palabra que comprende el mundo de las palabras. Al presentarse esto en forma de imagen ante el iniciando de hibernia, este sabía que se encontraba en el planeta vulcano, en el estado metamórfico más avanzado del planeta Tierra.

Como pueden ver, los misterios de hibernia formaban parte, en efecto, de lo que en la ciencia espiritual se denomina con razón los grandes misterios. Y es que aquello en lo que se iniciaba a los alumnos les proporcionaba una visión general, una perspectiva de la vida humana antes de la vida terrenal y después de ella. Al mismo tiempo, les proporcionaba una visión general de la vida cósmica en la que el ser humano está entretejido y de la que, a lo largo de los tiempos, nace. Así pues, el ser humano llegaba a conocer el microcosmos, es decir, a sí mismo como ser espiritual, anímico y corporal, en relación con el macrocosmos. Pero también llegaba a conocer el devenir, el entretejido, el surgimiento y la desaparición, así como la transformación metamórfica del macrocosmos. Estos misterios de hibernia eran grandes misterios.

Y alcanzaron su verdadero apogeo en la época que precedió al misterio del Gólgota. Pero una característica propia de los grandes misterios, era precisamente que en ellos se hablara de Cristo como de alguien que aún habría de venir, del mismo modo que más tarde se hablaría de Cristo como alguien que había atravesado los acontecimientos del pasado. Y, en realidad, tras la primera iniciación, se quería mostrar al discípulo, presentándole al salir la imagen de Cristo, que todo el curso de los mundos en la Tierra tiende hacia el acontecimiento del Gólgota. En aquella época, esto aún se representaba como algo futuro.

En esta isla, que más tarde pasó por tantas pruebas, existía, de hecho, un lugar de los grandes misterios, un lugar de los misterios cristianos anteriores al Misterio del Gólgota, en el que, de manera legítima, también se dirigía la mirada espiritual del ser humano, —que existía antes del Misterio del Gólgota—, hacia el Misterio del Gólgota.

Y cuando se produjo el misterio del Gólgota, mientras en Palestina tenían lugar los singulares acontecimientos que acabamos de describir al exponer la experiencia de Cristo Jesús en el Gólgota y sus alrededores, en el seno de los misterios de hibernia y su comunidad, —es decir, el pueblo que pertenecía a los misterios de hibernia—, se celebraban grandes fiestas. Y lo que realmente ocurrió en Palestina era representado de forma pictórica, multiplicado por cien, en la isla de Hybern, sin que la imagen fuera un recuerdo del pasado. En la isla de Hybern se vivió el misterio del Gólgota a través de imágenes al mismo tiempo que el misterio del Gólgota estaba teníendo lugar históricamente en Palestina. Cuando más tarde, en los templos y las iglesias, se vivía el misterio del Gólgota a través de imágenes, se mostraba al pueblo mediante imágenes, se trataba de imágenes que recordaban algo que había pasado en la Tierra, algo que, por tanto, se había extraído de la conciencia ordinaria como un recuerdo histórico. En la isla de Hybern , estas imágenes ya existían cuando aún no podían extraerse del pasado a través de la memoria histórica, sino que solo podían extraerse del propio espíritu. En la isla Hybern se contempló espiritualmente aquello que, para el ojo físico, tuvo lugar en Palestina a principios de nuestra era. Y así, en realidad, en la isla de Hybernia la humanidad vivió espiritualmente el misterio del Gólgota. Y eso es lo que significa la grandeza de todo aquello que más tarde partió precisamente de esta isla de Hybernia hacia el resto de la civilización, pero que desapareció en épocas posteriores.

Y ahora les pido que presten atención a una cosa. Quien se limite a estudiar la historia exterior puede encontrar muchas cosas grandiosas, bellas, inspiradoras y reveladoras de sentido cuando mira retrospectivamente, desde una perspectiva histórica, hacia el antiguo mundo oriental, a la antigua Grecia o a la antigua Roma; y, a su vez, puede descubrir muchas cosas cuando se adentra, digamos, en la época de Carlomagno, por ejemplo, y recorre la Edad Media. Pero fíjense tan solo en lo escasas que se vuelven las noticias históricas externas en el periodo que comienza unos siglos después del surgimiento del cristianismo y termina aproximadamente en los siglos IX y X d. C. Eche un vistazo a las obras históricas; en todas las obras históricas más antiguas y fidedignas encontrará, en realidad, en todas partes solo descripciones muy breves, muy poca información sobre esos siglos. Solo entonces las cosas vuelven a empezar a ser más detalladas.

Sin embargo, los historiadores más recientes, que en cierto modo se avergüenzan, con un aire un tanto profesoral, de distribuir tan mal el material, —al no describir lo que no saben—, inventan todo tipo de construcciones fantásticas que ahora se sitúan en esos siglos. Pero todo eso son tonterías. Si se presenta el tema con honestidad histórica, la descripción histórica de aquella época en la que la antigua Roma se derrumba y llegan las devastadoras oleadas de las migraciones de los pueblos, —que, por cierto, ni siquiera fueron tan terriblemente llamativas en apariencia como se imaginan las personas de hoy en día, sino que solo lo fueron en comparación con la calma que reinaba antes y después—, resulta bastante escasa. Pero si simplemente calculara hoy, o si lo hubiera hecho en la época anterior a la guerra, cuántas personas, digamos, se trasladan cada año de Rusia a Suiza, obtendría una cifra mayor que la de personas que recorrieron esa misma distancia en Europa durante la época de las migraciones de los pueblos. Todas estas cosas son relativas. De modo que, en realidad, si se quisiera seguir hablando en el mismo estilo que se aplica a la descripción de las migraciones de los pueblos, habría que haber dicho: «Hasta la época anterior a la guerra, todo en Europa se encontraba en una migración continua de pueblos, incluso hacia América». Y las oleadas migratorias hacia América eran más numerosas que los flujos de las migraciones de los pueblos. Pero esto es algo de lo que no nos damos cuenta del todo.

Pero, a pesar de todo, lo cierto es que, a medida que transcurre este periodo —descrito como la época de las migraciones y como el periodo posterior a las migraciones—, las noticias históricas se vuelven escasas. No se sabe mucho de él. Se describirá poco de lo que ocurrió, por ejemplo, aquí en esta región, de lo que ocurrió en Francia, en Alemania, etcétera; se describirá poco de ello. Pero fue precisamente allí donde aún se dejaban sentir los ecos de lo que se había contemplado en los misterios de Hybernia, que aún se extendían por Europa, aunque solo fuera como un débil eco, donde por todas partes los efectos y los impulsos de los grandes misterios de Hybernia ya se estaban infiltrando en la civilización.

Pero entonces se encontraron dos grandes corrientes. Verán, todo lo que voy a decir ahora es, en realidad, solo una cuestión de terminología, no para dar a entender ni la más mínima sombra de simpatía o antipatía hacia nada, sino para describir la necesidad histórica. Se encontraron dos corrientes. Una, que llegó desde Oriente dando un rodeo por Grecia y Roma, y que contaba con la capacidad que se imponía cada vez más a la humanidad, orientada exclusivamente hacia el entendimiento y los sentidos, donde se trabajaba con lo que existía como recuerdo histórico de acontecimientos visibles desde fuera y vividos exteriormente. Desde Palestina, pasando por Grecia y Roma, se difundió la noticia, —que luego fue acogida por las personas en su vida religiosa—, sobre algo que había tenido lugar en el mundo físico-sensorial a través del Dios Cristo en Palestina. Esto estaba adaptado a la comprensión de las personas, que ya solo se basaba en lo que hoy llamamos la conciencia ordinaria, dependiente del entendimiento y de los sentidos. Y, de hecho, se difundió de la manera más grandiosa. Pero eso acabó por desplazar lo que llegó desde Occidente, desde Hybernia, y que, como último eco de la antigua sabiduría instintiva de la Tierra, se basaba en las antiguas sabidurías espirituales de la humanidad, que solo ahora se revelaban en la nueva conciencia. Desde Hybernia se extendió por Europa algo que, en lo que respecta a la iluminación, no se basaba en la sabiduría derivada de la percepción sensorial, ni en la demostración de algo mediante la evidencia de que eso había ocurrido históricamente. Más bien se extendieron cultos, enseñanzas de sabiduría como cultos hibernios, como enseñanzas de sabiduría hibernias, que contaban con algo que ilumina al ser humano desde el mundo espiritual, incluso cuando, como el misterio del Gólgota, tiene lugar al mismo tiempo en la realidad física en otro rincón de la Tierra. En Hybernia se contemplaba de manera espiritual la realidad física de Palestina.

Pero aquello que solo podía vincularse a la realidad física eclipsaba a aquello otro que apostaba por la elevación espiritual del ser humano, por su interiorización espiritual, por su impregnación espiritual. Y poco a poco, por una necesidad que ya se ha comentado con frecuencia en relación con otros puntos de vista, lo que se vinculaba a la existencia sensorial y física fue ganando terreno sobre aquello que se vinculaba a la visión espiritual. Y las noticias sobre el Redentor que habitaba en la Tierra en un cuerpo físico se impusieron a las maravillosas imágenes imaginativas que llegaban desde Hybernia y que podían representarse en los cultos, sobre las grandiosas imágenes imaginativas que anunciaban al Redentor como una entidad espiritual y que, en la representación de su culto y en sus descripciones, no tenían en cuenta que se trataba también de un acontecimiento histórico. Menos aún se podía tener esto en cuenta en la época en que aún no era un acontecimiento histórico, pues los cultos ya estaban establecidos antes del misterio del Gólgota,

Y llegó la época en la que las personas se volvían cada vez más receptivas únicamente a lo que se podía observar físicamente, en la que, por así decirlo, llegaron a dejar de considerar como verdad aquellas cosas que no guardaban relación con lo que se podía observar físicamente. Y así, la sabiduría que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su sustancialidad. Y así, el arte que llegó desde Hybernia dejó de percibirse en su verdad cósmica. Así fue surgiendo, cada vez más, no una ciencia hiberniana, sino una ciencia que se basaba únicamente en lo externo y sensorial; y no un arte hiberniano, sino un arte, —el de Rafael no es otro—, que necesitaba lo sensorial y visible como modelo, mientras que el arte hiberniano tenía como objetivo realizar lo anímico-espiritual de manera inmediata a través de los medios artísticos.

Así llegó entonces una época en la que, en cierto sentido, se cernió un eclipse sobre la vida espiritual, en la que solo se hacía hincapié en la razón y los sentidos, y se fundamentaban filosofías que pretendían demostrar cómo la razón y los sentidos podrían, de alguna manera, llegar al ser o alcanzar la verdad.

Y entonces ocurrió precisamente aquello tan curioso: que las personas ya no eran receptivas a las influencias espirituales. Y ¿dónde se podría ver con mayor precisión, diría yo, cómo las personas, con su conciencia, ya no eran accesibles a las influencias espirituales, que en lo que se les dio, —ya lo expuse en la revista «Das Reich»—, como por ejemplo la forma en que se les entregó la «Boda Química de Christian Rosencreutz» En su momento llamé la atención sobre lo extraño que resultó todo lo relacionado con estas «Bodas Químicas». Valentín Andrea es el autor material de estas «Bodas Químicas»; en el año inmediatamente anterior al estallido de la Guerra de los Treinta Años, Valentín Andrea escribió estas «Bodas Químicas». Pero nadie que conozca la biografía de Valentín Andrea tendrá la menor duda de que Valentín Andrea, —que más tarde se convirtió en un pastor filisteo y escribió otros libros untuosos—, no escribió las «Bodas Químicas». Es una auténtica tontería creer que Valentín Andrea escribió las «Bodas Químicas». Basta con comparar «Las bodas químicas», «La reforma del mundo entero» o los demás escritos de Valentín Andrea, —físicamente se trataba de la misma persona—, con el estilo empalagoso, untuoso y grasiento que el pastor Valentín Andrea, que solo comparte el mismo nombre, escribió en su etapa posterior.

¡Es un fenómeno de lo más curioso! Tenemos a un joven que apenas ha terminado la escuela y que escribe cosas como «La Reforma del mundo entero» o «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz», y nosotros tenemos que esforzarnos por desentrañar el sentido oculto de estos escritos. Él mismo no entiende nada de ello, como demostrará más tarde: se convertirá en un pastor untuoso y adulador. ¡Es la misma persona! Y basta con tener en cuenta este hecho para que resulte plausible lo que en su momento expuse al respecto: que, precisamente, las «Bodas Químicas» no fueron escritas por un ser humano, o solo lo fueron en la medida en que, bueno, el secretario secreto de Napoleón, siempre lleno de miedo, escribía sus cartas. Pero Napoleón era, al fin y al cabo, un ser humano que tenía los pies y las piernas firmemente plantados en el suelo, es decir, era una personalidad física. Quien escribió «Las bodas químicas» no era una personalidad física, y se sirvió de este «secretario», que más tarde se convirtió en el pastor untuoso Valentín Andrea.

Imagínese este maravilloso acontecimiento que precedió a la Guerra de los Treinta Años: ¡un joven, un joven muy joven, da la mano a un ser espiritual que escribe algo así como las «Bodas Químicas»! Y lo que en este caso solo se manifiesta en un ejemplo concreto, ocurrió a menudo en aquella época. Pero es que las cosas no se han reconocido ni conservado tan bien. Lo que en aquella época se entregó a la humanidad como algo importante se le entregó de tal manera que las personas no eran capaces de comprenderlo con su entendimiento. Esa era la espiritualidad que seguía actuando, que aún se les revelaba abiertamente, que las propias personas representaban, pero que ya no podían experimentar en su interior.

Y así es como, en esta época en la que, en realidad, si los libros tuvieran el grosor correspondiente, los libros de historia estarían llenos de páginas en blanco, la humanidad vive como en dos corrientes: en aquella corriente que discurre abajo, en el mundo físico, donde las personas creen cada vez más y más solo en lo que les dice su razón y lo que les dicen los sentidos; pero por encima de ello tiene lugar continuamente una revelación espiritual que se produce a través del ser humano, pero que este no comprende. Y precisamente entre los ejemplos más característicos de esta revelación espiritual se encuentran obras como «Las bodas químicas de Christian Rosencreutz».

Pero todo aquello que allí se revelaba pasaba, a pesar de todo, por las mentes de las personas, aunque estas no lo entendieran; pasaba por las mentes de las personas, se atenuaba, se distorsionaba. Esos susurros y balbuceos se convirtieron en algo grandiosamente poético, en algo inmensamente poético, como lo son a veces los versos de la «Boda química de Christian Rosencreutz». Y, sin embargo, son revelaciones de algo grandioso: imágenes macrocósmicas imponentes, experiencias inmensas entre el ser humano y el macrocosmos, que se presentan de forma majestuosa. Cuando se lee la «Boda Química» con la mirada actual, se aprenden a comprender estas imágenes de la «Boda Química»; se disuelven, pues, en el fondo, siguen estando teñidas por las mentes por las que han pasado, y tras ellas aparece lo grandioso.

Este tipo de cosas son precisamente una prueba de que, en el subconsciente, lo que en su día vivió la humanidad ha perdurado en realidad. Y se desvaneció por completo en los primeros tiempos de la devastadora Guerra de los Treinta Años. En la primera mitad del siglo XVII se va desvaneciendo aquello que en su día fue una gran y majestuosa verdad espiritual. Y solo los místicos conservan la huella emocional de ello. Pero la sustancia propiamente dicha, la sustancia espiritual, se pierde por completo. El intelecto triunfa en un primer momento y allana el camino para la era de la libertad.

Y hoy echamos la vista atrás a estas cosas y contemplamos precisamente los misterios hybernia , diría que con una vida interior bastante profunda, pues son, en el fondo, los últimos grandes misterios, esos últimos grandes misterios a través de los cuales pudieron expresarse los secretos humanos y cósmicos. Y cuando hoy se vuelven a indagar estos misterios, es entonces cuando los misterios de hybernia nos parecen verdaderamente grandiosos. Pero, en realidad, no se pueden comprender del todo si antes no se han indagado las cosas de forma autónoma. E incluso cuando se han indagado de forma autónoma, ocurre entonces algo especial.

Cuando, en la evolución akáshica, uno se acerca a las imágenes de estos misterios de hybernia , siente algo que le repele. Es como si una fuerza le frenara, como si no pudiera acercarse con el alma. Y cuanto más se acerca uno, más se oscurece aquello a lo que se quiere llegar con el alma, y se experimenta una especie de entumecimiento anímico. Hay que abrirse camino a través de ese entumecimiento anímico. No hay otra forma de hacerlo que dejando que resurja en uno todo lo que ya se sabe sobre temas similares, sobre lo que uno mismo ha descubierto y lo que ha contemplado por sí mismo. Y entonces uno se da cuenta de por qué es así. Entonces uno se da cuenta de que, con estos misterios de hybernia, las fuerzas divinas y espirituales de la humanidad dieron sin duda el último resquicio de lo antiguo; pero que, en el momento en que los misterios de hybernia se sumieron en la penumbra, quedaron al mismo tiempo rodeados espiritualmente por un muro impenetrable, de modo que el ser humano no puede desentrañarlos de manera pasiva, ni contemplarlos, y que no puede acercarse a ellos más que despertando en sí mismo su actividad espiritual, es decir, convirtiéndose en un verdadero ser humano de la época moderna. Me gustaría decir: el acceso a los misterios de hybernia se ha cerrado al mismo tiempo para que los seres humanos no puedan acercarse a los misterios a la antigua usanza, sino que se vean impulsados a que aquello que, en la época de la libertad, los seres humanos deben encontrar en su interior, se experimente realmente también en la actividad de la conciencia, y no a través de una visión histórica, —ni tampoco de una visión clarividente e histórica—, de antiguos, maravillosos y grandes misterios, antes de haber emprendido el camino para llegar a esos misterios a partir de la propia actividad interior.

De este modo, los grandes misterios de Hybernia insinúan de la forma más intensa cómo comienza una nueva era en la época en la que los misterios de hybernia se hunden en la tierra de las sombras. Pero también hoy pueden ser contemplados de nuevo, en toda su gloria y majestad, por el ser anímico sostenido por la libertad interior, pues a través de una verdadera actividad interior es posible acercarse a ellos, se puede superar lo que se nos opone, lo que pretende adormecernos, aquello que para el alma representa lo que hasta los tiempos más tardíos se revelaba aún a los iniciados de entre los grandes y antiguos misterios de la sabiduría espiritual de antaño, —instintiva, sí, pero no por ello menos elevada—, que en su día se derramó sobre la humanidad de la Tierra como una fuerza primigenia del alma. Los monumentos más bellos y significativos de la época posterior a la sabiduría primigenia de los seres humanos, a la gracia primigenia de las entidades divinas y espirituales, tal y como se revelaban en los estados primigenios de la humanidad; los monumentos espirituales y anímicos más bellos de esta época son aquellas imágenes que pueden revelarse ante nosotros al dirigir nuestra mirada hacia los misterios de Hybernia.

Traducido por J.Luelmo 



GA232 Dornach, 14 de diciembre de 1923 Los misterios ctónicos y eleusinos. La transición de Platón a Aristóteles

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los misterios ctónicos y eleusinos. La transición de Platón a Aristóteles

Dornach, 14 de diciembre de 1923

Volvamos a imaginar, frente a nuestra alma, el significado que tuvo que esas verdades y conocimientos, que estaban encerrados en los misterios de Hibernia, en cierto sentido se hayan embotado, es decir, que no hayan tenido más efecto en su camino del oeste a Europa Central - hacia el este, y que en lugar de lo espiritual, incluso en cuestiones religiosas, haya surgido la percepción sensorial externa, al menos la tradición, la transmisión de esa percepción sensorial. Queremos volver a colocar frente a nuestra alma, la imagen que se nos presentó al final de la última exposición. Hemos señalado la esencia de Cristo en los misterios de Hibernia; también la hemos señalado en la época en la que se desarrolló este misterio de Gólgota. Allí fueron los iniciadores y sus discípulos en Hibernia quienes, sin que en su medio se hubiera realizado sensorialmente este misterio de Gólgota ni pudieran recibir ninguna noticia sobre él, al mismo tiempo realizaron este misterio como una festividad universal, porque comprendían claramente a través de su visión que este misterio de Gólgota se desarrolla externamente de manera simultánea.

Así que para los iniciadores y sus alumnos en Hibernia surgió la necesidad de experimentar un evento realmente sensible solo de manera anímica, de manera espiritual. Y no era necesario para aquellas actitudes y orientaciones de conocimiento, que eran habituales en Hibernia, tener más que lo espiritual en el mundo físico.
Pero esto muestra claramente que en Hibernia en general se observaba sobre todo lo espiritual, lo anímico. Sin embargo, en todas las corrientes ocultas posibles de la vida espiritual, lo que se había inaugurado en Hibernia se trasplantó a través de las islas británicas, Bretaña, la actual Holanda y Bélgica hacia Europa Central, y también a través de la actual Alsacia hacia Europa Central. Y aunque no en la civilización general, en los primeros siglos del desarrollo cristiano encontramos por todas esas regiones mencionadas anteriormente, aquí y allá, personas individuales capaces de entender lo que venía de los misterios de Hibernia. Pero, como dije, eso no llegó a ser una civilización común. Y uno tiene que acercarse a estas cosas con un deseo íntimo de conocimiento para, en los primeros siglos cristianos, aún encontrar muchas personalidades, mientras que en los siglos posteriores, especialmente desde el octavo y noveno hasta el quince y dieciséis, cada vez es más escaso encontrar a estas personas, personas que, aunque solo con un pequeño número de discípulos a su alrededor, lograron transmitir en silencio, al margen del gran mundo y de su civilización, lo que se había iniciado en el occidente europeo en la isla de Irlanda.

En general, se difundió en Europa aquello para lo cual no se necesitaba una contemplación espiritual inmediata, a lo que se podía aferrar simplemente la tradición histórica, que contaba de manera simple lo que había sucedido como acontecimientos físicos en Palestina al comienzo de los tiempos. Y justamente de esta corriente surge aquello que se fue formando más y más de tal manera que se aceptaba únicamente lo que ocurría en la vida física. Cada vez menos se intuía realmente el colosal contraste que existe en tener aquello que, como el misterio de Gólgota, solo puede comprenderse a través de la vida espiritual más profunda, solamente tenerlo en cuenta en una forma externa, que se conecta con lo sensible. Pero, aun así, se convirtió en el camino necesario del desarrollo cultural en Europa.

Básicamente, todo esto ya se había estado preparando desde hacía mucho tiempo, y solo pudo suceder porque del antiguo ser de los misterios, incluso tal como era en Grecia, se había olvidado mucho, mucho. Porque estos misterios de Grecia, en realidad se dividían en dos tipos: unos, que se ocupaban principalmente de dirigir la mente del ser humano hacia los mundos espirituales, hacia la verdadera dirección de los mundos y la orientación de los mundos en el espíritu; y los que se ocupaban de los secretos de la naturaleza, de las fuerzas y entidades que operan en la naturaleza, es decir, las fuerzas y seres que existen en los poderes terrenales. Los que iban a iniciarse pasaban por ambos tipos de misterios. Y luego se decía de ellos que habían absorbido tanto los secretos del padre, los misterios de Zeus, como los secretos de la madre, los misterios de Deméter. Y si miramos hacia esos tiempos, encontramos allí, además de una visión espiritual que alcanzaba las regiones más altas, aunque ya con cierta abstracción, una visión de la naturaleza que iba hacia las profundidades y, sobre todo, lo que es especialmente importante, la conexión de ambas.

Esta conexión de ambos, eso que hoy se presta poca atención, que el ser humano lleva ciertos elementos externos de la naturaleza dentro de sí, y no lleva otros elementos de la naturaleza dentro de sí, eso era justamente considerado en los misterios cthónicos de Grecia en el sentido más profundo. Ya saben, el ser humano lleva organizado dentro de sí el hierro. También lleva otros metales dentro de sí; lleva calcio, sodio, magnesio, y así sucesivamente, ciertos metales dentro de sí. Pero hay ciertos metales que no lleva dentro de sí, si uno solo se fija en encontrarlos analizando al ser humano con los métodos científicos habituales en relación con su composición material. Por ejemplo, desde el punto de vista de este examen externo, el ser humano no lleva plomo, ni cobre, ni mercurio, ni estaño, ni plata, ni oro dentro de sí.

Ese era el gran misterio de quienes iban a ser iniciados en los misterios griegos, que culminaba en la pregunta: ¿Cómo es que el hombre, por ejemplo, lleva hierro dentro de sí, lleva calcio, lleva sodio dentro de sí, lleva otras sustancias que también se encuentran en la naturaleza exterior, pero que, por ejemplo, no lleva plomo ni estaño? Se estaba profundamente convencido de que el hombre era un pequeño mundo, un microcosmos. Y, sin embargo, parecía como si el hombre no llevara dentro de sí estos metales: plomo, estaño, mercurio, plata, oro.

Para los iniciados mayores en Grecia, realmente se puede decir que pensaban: parece que es así. Porque, de hecho, estaban profundamente convencidos de que el ser humano es un verdadero microcosmos, es decir, que lleva dentro de sí todo lo que se manifiesta en el mundo.

Veamos un poco la mente de alguien que está siendo iniciado en Grecia. Por ejemplo, se le enseñaba, —tengo que resumir algo que se extendió durante mucho tiempo de enseñanza en unas pocas frases, pero seguro que me entenderán—, así que le decían: Mira, exactamente como hoy la Tierra contiene hierro en todas partes, y el hierro también está en el ser humano, así hubo un tiempo, cuando la Tierra aún no era Tierra, sino que estaba en un estado planetario anterior, en que esta Tierra, que aún era Luna o incluso Sol, contenía en sí misma también plomo, estaño y demás, y todos los seres que participaban en esta forma anterior de la Tierra también participaban en estos metales y sus fuerzas, así como el ser humano de hoy participa de la fuerza del hierro. Pero en aquellas transformaciones por las que pasó la forma más antigua de la Tierra, solo el hierro quedó como algo que aún existe con tal fuerza y densidad que el ser humano puede penetrarlo. Los otros metales mencionados, aunque están contenidos en la Tierra, ya no están en ella de tal manera que el ser humano los pudiera penetrar directamente. Pero están presentes en una enorme finura en todo el espacio universal que concierne al ser humano.

Cuando miro un trocito de plomo, es el conocido metal gris-blanco. Tiene una densidad determinada. Se puede tocar. Pero ese mismo plomo, que se encuentra en los minerales de plomo de la Tierra, está presente en todo el espacio cósmico al que pertenece el ser humano en una dilución infinitamente fina y tiene allí su significado. En el espacio cósmico significa que emite sus fuerzas en todas partes, incluso donde aparentemente no hay plomo, y el ser humano aún entra en contacto con estas fuerzas del plomo, pero ahora no a través de su cuerpo físico, sino solo a través de su cuerpo etérico. Porque fuera de los tipos de minerales de plomo de la Tierra, el plomo está presente precisamente en tal dilución que solo puede actuar sobre el cuerpo etérico del ser humano. Pero incluso sobre él actúa en este estado, extendido por todo el espacio cósmico en una dilución infinita.

Y entonces el alumno de los misterios ctónicos griegos aprendía que, así como la Tierra, que en realidad es infinitamente rica en hierro, es un planeta del que un habitante de otro planeta podría decir que es rico en hierro, —solo Marte sería su pariente en esa riqueza de hierro—, del mismo modo, como la Tierra es rica en hierro, Saturno es rico en plomo. Lo que para la Tierra es el hierro, para Saturno es el plomo. Y hay que suponer —así lo aprendía el discípulo de los misterios ctónicos en Grecia— que, hace mucho tiempo, cuando se produjo aquella separación de Saturno de la forma planetaria general que la Tierra tuvo en su día, tal y como se describe en mi obra «Ciencia Oculta», esa distribución particular en relación con el plomo también tuvo lugar en aquel momento, cuando Saturno se separó de esa forma general. Saturno, por así decirlo, se llevó el plomo consigo y lo mantiene mediante su propia fuerza vital planetaria y su propio calor planetario en un estado tal que puede impregnar todo el sistema planetario, al que también pertenece nuestra Tierra, con estas fuerzas de plomo finamente distribuidas.

Así que uno debe imaginarse lo siguiente: La Tierra, en las vastedades de Saturno, que sin embargo llena todo el sistema planetario con el plomo fino, con la sustancia fina de plomo. Esta sustancia fina de plomo actúa sobre el ser humano. Y aún de esto podemos encontrar rastros, de que aquel que se iniciaba en Grecia recibía noticia de ello, de que este discípulo aprendía a comprender cómo actúa este plomo. Él sabía: Nuestros sentidos, especialmente el sentido de la vista, ocuparían completamente al ser humano, impidiéndole llegar a ser autónomo. El ser humano solo vería, no podría reflexionar sobre lo que ve, no podría alejarse de lo que ha visto y decir: Yo veo. Se vería completamente abrumado por la visión, si no existiera este efecto del plomo. Este efecto del plomo es lo que hace que el ser humano sea autónomo en sí mismo, que lo enfrenta como Yo ante la receptividad hacia el mundo exterior que vive en él. Y son estas fuerzas del plomo las que primero entran en el cuerpo etérico del ser humano, y luego, desde el cuerpo etérico, impregnan de cierta manera el cuerpo físico del ser humano. Debido a esto, el ser humano obtiene la capacidad de la memoria, de recordar.

Y siempre fue un gran momento cuando un alumno, como el alumno griego de los misterios ctónicos, después de haber aprendido a entender tales cosas, era llevado a lo siguiente. Se le mostraba la sustancia del plomo con la mayor solemnidad posible. Luego su mente era elevada hacia Saturno. Después se le mostraba la relación de Saturno con el plomo terrestre. Entonces se le decía: Así como ves este plomo, así lo contiene la Tierra. Pero la Tierra en su estado actual no es capaz de darle al plomo directamente una forma que pueda actuar en el ser humano. Pero Saturno, con su estado de calor completamente diferente, con sus fuerzas vitales internas, dispersa el plomo en el espacio planetario, y así te conviertes en un ser humano independiente, en un ser humano que puede recordar. Recuerda que eres humano solo porque hoy todavía sabes lo que supiste hace diez, hace veinte años. Piensa solo en cómo tu humanidad sufre si no llevas dentro lo que llevaste hace diez, veinte años. Tu fuerza del yo se fragmentaría si la fuerza de la memoria no estuviera completamente presente. Esto se lo debes a lo que irradia hacia ti desde el lejano Saturno. Es la fuerza que en el plomo de la Tierra ha llegado a reposo y en este estado de reposo ya no puede actuar sobre el ser humano. Así, el plomo de Saturno hace que en ti los pensamientos se fijen, que después de cierto tiempo vuelvan a surgir desde las profundidades del alma, que puedas vivir con el mundo exterior de forma continua, no solo temporalmente. Se lo debes a la fuerza Plomo-Saturno, que no solo ves hoy los objetos a tu alrededor y los olvidas mañana, sino que puedes conservarlos, puedes hacer que lo que experimentaste años atrás vuelva a ser activo en tu alma; puedes organizar tu vida interior de acuerdo a lo que experimentaste en tu entorno durante tu vida terrenal.

Al principio, eso causaba una impresión tremenda en el estudiante, porque se le había presentado algo de manera muy solemne, pero con una solemnidad seria y no sentimental. Pero luego también aprendía a entender: Sí, si solamente pudiera actuar esta fuerza de plomo-Saturno, si solo esta fuerza de plomo-Saturno le diera al hombre la capacidad del yo, la capacidad de recordar, entonces el hombre se alejaría completamente del cosmos. Si solo existiera esta fuerza de Saturno, el hombre podría captar con su memoria lo que ha visto con sus ojos físicos y conservarlo para la vida terrenal, pero al mismo tiempo se alejaría del cosmos. Sería, por así decirlo, un ermitaño en la existencia terrenal, inspirado por Saturno para la capacidad de recordar.

Allí el estudiante aprendía a reconocer que a esta fuerza de Saturno debe oponerse otra fuerza: la fuerza de la Luna. Supongamos que los dos estuvieran situados de tal manera que la fuerza de Saturno y la fuerza lunar vinieran de lados opuestos, pero fluyendo una en la otra, hacia la Tierra, es decir, hacia el ser humano. Lo que Saturno le quita al ser humano, la Luna se lo da; lo que Saturno le da al ser humano, la Luna se lo quita. Y así como la Tierra tiene en el hierro una fuerza que el ser humano puede procesar internamente en sí mismo, fuerza que Saturno tiene en el plomo y que la Luna tiene esa misma fuerza en la plata.

También la plata, tal como está en la tierra, ya ha alcanzado un estado por el cual no puede entrar en el ser humano. Pero toda la esfera que ocupa la Luna está, de hecho, atravesada por plata finamente distribuida. La Luna actúa, especialmente cuando su luz viene desde la dirección del Leo, de manera que el ser humano, gracias a esta fuerza de plata de la Luna, tiene el efecto opuesto de la fuerza del plomo de Saturno, de modo que no se desapega del macrocosmos, aunque sea inspirado graciosamente desde el universo con la fuerza de la memoria.



Y entonces era un momento especialmente solemne cuando el estudiante griego era guiado, cuando Saturno y la Luna se situaban frente a frente de esta manera y podían verse, y entonces, en la solemnidad de la noche, se le hacía claro al estudiante: Mira hacia Saturno rodeado de anillos. A él le debes lo que eres como ser humano completo en ti mismo. Y mira hacia el otro lado, hacia la Luna que brilla con luz plateada. A ella le debes poder soportar la fuerza de Saturno sin desprenderte del cosmos.

Verán, de esta manera, —en estrecha conexión con la relación del ser humano con el cosmos—, se practicaba en Grecia lo que más tarde, en caricatura, se llamaría astrología. Entonces era una verdadera sabiduría, porque no se veía la estrella solo como un punto o mancha de luz en el cielo, sino que en la estrella se veía la esencia espiritualmente viva y la existencia humana en la Tierra en conexión con esa esencia espiritualmente viva. Se tenía una ciencia de la naturaleza que llegaba hasta lo celestial, que se extendía hasta los confines del universo. Y luego, cuando el discípulo había recibido esos destellos de luz, esas vistas luminosas, cuando eso se había grabado profundamente en su alma, entonces se le llevaba, por ejemplo, en los verdaderos misterios de Eleusis, como era habitual, —ustedes lo han visto en mis descripciones de otros misterios, incluidos los misterios irlandeses—, frente a dos estatuas. Y una de esas estatuas representaba una divinidad paternal, aquella divinidad paternal rodeada de los signos planetarios y solares; aquella estatua paternal que, por ejemplo, le mostraba al radiante Saturno, pero tan radiante que el discípulo recordaba: Sí, esa es la radiación de plomo del cosmos; así como recordaba con la Luna: Sí, esa es la radiación plateada de la Luna, y lo mismo con cada planeta. De modo que en la estatua que representaba lo paternal aparecía lo que llegaba como secretos desde el entorno planetario de la Tierra, lo que estaba relacionado con los distintos metales de la Tierra, que sin embargo, dentro de la Tierra, ya se habían vuelto inútiles para el interior humano.

Mira, así se le decía al alumno, ahí está el padre del mundo frente a ti. El padre del mundo lleva en Saturno el plomo, en Júpiter el estaño, en Marte el hierro relacionado con los seres de la Tierra -pero en un estado completamente diferente-, en el Sol el dorado radiante, en Venus el cobre brillante y fluyente, en Mercurio el mercurio radiante, en la Luna la plata resplandeciente. Tú llevas dentro de ti solo aquello de lo metálico que has podido apropiarte de los estados planetarios que la Tierra tuvo en otro tiempo. Del estado actual solo puedes apropiarte del hierro. Pero como ser humano en la Tierra no eres un todo. Lo que el padre, que está frente a ti, te muestra en los metales, que hoy no pueden existir en ti mismo de manera terrestre y que hoy debes tomar del cosmos, en el padre tienes tu otra parte, si te consideras un humano que ha pasado por las transformaciones planetarias de la Tierra. Entonces eres verdaderamente un ser completo. Aquí en la Tierra estás como una parte del humano. La otra parte la lleva el padre sobre su cabeza y en su brazo frente a ti. Lo que está aquí frente a ti, junto con lo que él lleva, eso eres tú verdaderamente. Estás en la Tierra. Pero esta Tierra no siempre fue como es hoy. Si siempre hubiera sido así, no podrías estar en ella como humano. Porque ella lleva dentro de sí, aunque en un estado muerto, también el plomo de Saturno, el estaño de Júpiter, el hierro de Marte, —en otro estado, claro—, el oro del Sol, la plata de la Luna, el cobre de Venus, el mercurio de Mercurio; lo lleva dentro de sí. Pero así como lo lleva dentro, esos metales son solo recuerdos de la manera en que alguna vez la plata, durante la existencia lunar, vivió en la Tierra, el oro durante la existencia solar, el plomo durante la existencia de Saturno. Y lo que hoy te aparece en las densas masas metálicas de plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio, plata, —excepto el hierro que realmente conoces, que no es el hierro subterráneo, porque ese es marino—, lo que hoy te aparece en estos metales compactos y densos, se derramó una vez desde el cosmos hacia la Tierra en un estado completamente diferente. Estos metales, tal como los conoces hoy en la Tierra, son los cadáveres de antiguos seres metálicos. El plomo es el cadáver de aquel ser metálico que durante la época de Saturno y más tarde, nuevamente en otro grado durante la época lunar, intervino en la Tierra en su antigua forma. El estaño intervino junto con el oro durante el tiempo del sol de la Tierra en un estado totalmente diferente; si lo miras con la mente, entonces esta estatua en lo que te transmite de lo actual se vuelve para ti una estatua verdaderamente paternal. Y en la mente, como en una visión real, la estatua de los verdaderos misterios en Eleusis cobraba vida y entregaba a la figura femenina que estaba al lado aquello que en ese tiempo eran los metales. Y la figura femenina aceptaba esta antigua forma de los metales en la visión del alumno y la rodeaba con aquello que la Tierra podía dar de sí misma cuando se volvió Tierra.

Así veía el alumno este maravilloso proceso, este maravilloso acontecimiento: de repente resplandecía, como ahora simbólicamente de nuevo, desde la mano de la estatua paterna, resplandecía la masa metálica, y aquello que era tierra, digamos por ejemplo con su cal u otras rocas, se encontraba con lo que resplandecía, y rodeaba lo que fluía metálicamente con sustancia terrestre, así como la mano cariñosamente extendida de la estatua materna recibía aquello que la estatua paterna le otorgaba a la estatua materna en forma de fuerza metálica. Era una impresión grande, poderosa, porque en ello se veía la interacción de lo cósmico con lo terrestre a lo largo de las eras. Y se aprendía a sentir correctamente aquello que la tierra ofrecía.

Echa un vistazo a algunas cosas que son metálicas en la tierra. Las han cristalizado. Las han rodeado con una especie de corteza, con lo que viene de la tierra. Lo metálico viene del cosmos; lo que viene de la tierra como que acoge con cariño lo que viene del cosmos. Lo ves por todas partes afuera, donde caminas por los yacimientos de metales y te ocupas de los metales. Y lo que se enfrentaba al metal, se llamaba la madre. Y las sustancias terrestres más importantes, que se oponían a lo celestial-metálico para recibirlo, se llamaban las madres.


Ese también es un aspecto para aquellas «madres» a quienes Fausto desciende. Al mismo tiempo desciende a tiempos preterrenales de la Tierra, para ver cómo la madre Tierra acoge en sí lo que, desde el cosmos, se le ha dado de manera paternal.

Por todo esto, en el discípulo de los misterios eleusinos se despertaba internamente una empatía con el cosmos, un conocimiento interior del corazón sobre lo que en realidad son los productos y procesos naturales en la Tierra.

Mis queridos amigos, cuando el hombre de hoy observa estos procesos naturales, observa estos productos de la naturaleza, todo está muerto, todo es un cadáver. Y cuando manipulamos la física o la química, ¿qué hacemos sino lo mismo que hace finalmente el anatomista cuando en la sala de autopsias corta el cadáver, donde él tiene lo muerto de aquello cuya función es la vida? Así, con nuestra química, con nuestra física, cortamos en la naturaleza viva. Pero al estudiante griego se le daba una ciencia natural diferente: la ciencia natural de lo viviente, que le permitía mirar el plomo de hoy como el cadáver del plomo. Hay que retroceder a los tiempos en que el plomo estuvo vivo. Allí se le hacía clara la misteriosa relación del hombre con el universo, la misteriosa relación del hombre con lo que lo rodea en lo terrenal.

Y entonces, cuando el alumno había pasado por algo así, cuando esto se había profundizado en su alma frente a la estatua paterna y materna, que representaba en su alma las dos fuerzas opuestas, las fuerzas del cosmos, las fuerzas de lo terrenal, entonces, por así decirlo, era llevado al lugar más sagrado, incluso en Grecia. Allí tenía ante sí la imagen: la figura femenina, amamantando al niño en su pecho. Luego era introducido en la comprensión de las palabras: Y este es el dios Jakchos, que algún día vendrá. Así, el alumno griego aprendía de antemano a entender el misterio de Cristo.

De nuevo, de manera espiritual, Cristo también había sido presentado ante los que iban a ser iniciados en Eleusis. Pero en aquel tiempo, la gente solo podía conocer a este Cristo primero como el Futuro, como aquel que todavía era niño, Niño del mundo, que debía crecer finalmente en el cosmos. A los iniciados se les llamaba telestes: aquellos que debían mirar hacia el final, hacia la meta del desarrollo de la Tierra.

Y entonces se produjo un gran cambio. Llegó un cambio que, con toda claridad, también se expresa históricamente en la transición de Platón a Aristóteles.

Verán, es algo peculiar, mis queridos amigos. Cuando llegó el siglo cuarto en el desarrollo de la cultura griega, se produjo el primer giro hacia lo abstracto. Y ocurrió de tal manera que entre Platón y Aristóteles, cuando Platón ya estaba en la vejez, cuando Platón realmente estaba en el final de su trayectoria, tuvo lugar la siguiente escena entre Platón y Aristóteles. Platón dijo, -tengo que poner en palabras lo que, naturalmente, ocurrió de una manera mucho más complicada-, aproximadamente lo siguiente a Aristóteles:

Algunas cosas no te parecieron del todo claras, como te las he presentado a ti y a los demás alumnos. Pero lo que les he presentado a ti y a los otros alumnos es, al fin y al cabo, el extracto de la antigua sabiduría de los misterios sagrados. Sin embargo, los seres humanos, a medida que se desarrollen, adoptarán una forma, una figura, una organización interna que, poco a poco, los llevará a algo más elevado que lo que tenemos actualmente en los seres humanos, aunque esto hace imposible que el hombre reciba aquello que la ciencia natural, del modo en que yo lo he descrito hoy, era entre los griegos. - Esto lo dejó claro Platón a Aristóteles. - Y por eso quiero retirarme por un tiempo, dijo Platón, y dejarte a ti mismo. Intenta, en el mundo de los pensamientos para el que estás especialmente dotado, y que debería ser el mundo de los pensamientos de la humanidad durante muchos siglos, intenta formar con tus pensamientos lo que has recibido aquí en mi escuela.

Aristóteles y Platón permanecieron separados, y con ello Platón cumplió una elevada misión intelectual precisamente a través de Aristóteles.

Vean, mis queridos amigos, debo describirles la escena tal y como se la acabo de contar. Pero si miran en los libros de historia, también encontrarán esta escena descrita, y ahora se la voy a contar tal y como aparece en los libros de historia de los que la gente aprende. Allí se describe así: Aristóteles fue siempre un estudiante algo rebelde de Platón, tanto que Platón habría dicho una vez que Aristóteles era un alumno talentoso, pero que era como un caballo que ha sido domado por alguien y luego le pega con la pezuña a su maestro. Y lo que ocurrió entre Aristóteles y Platón hizo que Platón se alejara cada vez más de Aristóteles, se enojara y dejara de ir a la Academia a enseñar. Eso está en los libros de historia.

Una cosa está en los libros de historia; la otra, lo que les he contado, es la verdad y lleva en sí el impulso para algo muy importante. Porque vean, había dos tipos de escritos de Aristóteles. Unos contenían una ciencia natural significativa, esa ciencia natural que era la ciencia natural de Eleusis, y que llegó a Aristóteles a través de Platón; y el otro tipo de escritos contiene los pensamientos, los pensamientos abstractos, que eran encargos de Platón, sí, encargos de lo que Platón a su vez tenía como tarea de los misterios eleusinos, que Aristóteles debía presentar.

Y también tomó un camino doble lo que Aristóteles realmente tenía para ofrecer. Una fueron los llamados escritos lógicos, esos textos lógicos que extrajeron los pensamientos más sólidos de la antigua sabiduría eleusina. Aristóteles entregó estos escritos, con poca ciencia natural, a su alumno Teofrasto. Y a través de Teofrasto y por otros caminos, llegaron hasta Grecia y Roma, y formaron durante la Edad Media la sabiduría docente para aquellos que trabajaban en la civilización, para los maestros de las cosmovisiones en Europa Central.

Y lo que surgió de la manera en que se lo conté la última vez, lo que surgió porque se tuvo que rechazar la sabiduría de los misterios de Hibernia y solo se podía vincular con aquello que nuevamente era tradición de lo que se desarrollaba sensorialmente al inicio de la cronología, eso se combinó con lo que fue separado de la sabiduría de Platón aún presente en Aristóteles, o la sabiduría de los misterios eleusinos. Pero para lo que era realmente científico en naturaleza, que aún llevaba en sí el espíritu de los misterios ctónicos, que luego solo fluyeron hacia los eleusinos, que era una ciencia de la naturaleza que se extendía hacia el cielo, que exploraba las vastedades del cosmos para explicar lo terrenal, para esa ciencia de la naturaleza en Grecia el tiempo se había acabado. Y todo lo que se debía salvar de esta ciencia de la naturaleza solo se podía salvar de tal manera: que Aristóteles se convirtió en el maestro de Alejandro, quien llevó sus expediciones hacia Asia, e introdujo todo lo posible de la ciencia natural aristotélica en Oriente, que luego pasó a las escuelas judías, árabes, de ahí a África y finalmente a España, y que de manera filtrada influyó en parte en lo que se vivía en Europa Central, como les mostré, surgido de los misterios de hybernia en individuos solitarios. Teofrasto le dio a los teólogos de la Edad Media su Aristóteles. Alejandro Magno llevó al otro Aristóteles hacia Asia: esa sabiduría eleusina, que después llegó a España a través de África de manera muy atenuada y que resplandece en la Edad Media, a pesar de la civilización general, incluso fue cuidada en algunos monasterios, por ejemplo por aquel, quisiera decir, que llegó a la posteridad en forma mítica, Basilio Valentín. Eso vive por dentro, eso vive, quisiera decir, bajo la superficie, mientras que en la superficie vive justamente esa cultura de la que ya les hablé la última vez. Porque en todo lo que era la civilización general, no vive lo que aún se podía enseñar en tiempos de Aristóteles: Cristo realmente debe ser reconocido.

La tercera imagen, la figura femenina que lleva al niño en el pecho, el niño Jaccho, también debe ser comprendida. Pero lo que debe aportar la comprensión de esta tercera figura aún tiene que venir en el desarrollo de la humanidad; así, muchas veces, sin poder escribirlo, a través de relaciones, como las que les acabo de mostrar, Aristóteles se lo había dicho a su alumno, Alejandro Magno.

Y así vemos cómo en el seno de los tiempos se encuentra la invitación a comprender, en su realidad original, lo que luego fue tan bellamente representado por los pintores cristianos: la madre con el niño en el pecho, lo cual, sin embargo, no se ha comprendido completamente, ni en la Madonna de Rafael ni en el ícono oriental, y aún espera ser entendido.

Algunas de las cosas necesarias para lograr tal comprensión se tratarán en el curso del próximo tiempo aquí en estas conferencias. Mañana dibujaré el camino que ha llevado algunos profundos misterios ocultos sobre Arabia a Europa, para así fijar ante sus almas cierta manifestación histórica. Y en las conferencias, que deben mostrar la base oculta del devenir histórico de la humanidad, y que se darán en Navidad ante los delegados, también tendré que exponer en el momento correspondiente todo el significado de las campañas de Alejandro en relación con el aristotelismo.

Traducido por J.Luelmo

GA232 Dornach, 8 de diciembre de 1923 -La esencia de los misterios de Hybernia-

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La esencia de los misterios de Hybernia

Dornach, 8 de diciembre de 1923

Habrán observado que la iniciación en los misterios de Hibernia que describí ayer, tiene como objetivo una comprensión auténtica de los misterios del mundo y del ser humano, pues las experiencias internas del alma de las que he tenido que hablar, fueron decisivas para la vida del alma y del espíritu humanos. Y en realidad, todo lo que debe conducir hacia el camino del mundo espiritual, se basa en que el ser humano, a partir de experiencias internas especiales y decisivas, logre superar ciertos obstáculos, refuerce considerablemente su fuerza en esa superación, y de este modo, penetre de una u otra forma en el mundo espiritual.

Ahora bien, en la iniciación en Hybernia ya hemos visto que, el iniciado se encuentra frente a dos estatuas simbólicas, —no hay que malinterpretar la palabra—. Y en primer lugar les describí cómo eran esas estatuas, y en segundo lugar, a través de qué sentimientos y experiencias espirituales internas se guiaba al discípulo, al contemplar dichas estatuas.

Ahora bien, deben tener claro lo siguiente: la impresión que uno tiene de esas majestuosas estatuas en las circunstancias que les he descrito, obviamente no es en absoluto la misma que la que se tiene al escuchar una descripción de ellas, sino que es una impresión interior extraordinariamente poderosa. Y por eso era posible que los iniciadores, después de que el alumno hubiera pasado por todo lo que describí ayer, estuvieran en condiciones de hacer que lo vivido ante cada una de las estatuas, resonara durante un largo tiempo en el alumno. Simplemente se instaba al alumno a que lo que había experimentado ante la estatua masculina y ante la femenina resonara en su interior.

A los alumnos se les instaba durante semanas, —esto varía en función del karma de cada persona, a veces incluso más tiempo, en algunos casos menos—, a sentir primero en su interior la resonancia de la estatua masculina. Las pruebas de las que hablé ayer se realizaron primero con ambas estatuas, pues se pretendía que, también en la vida espiritual más profunda del alumno, confluyera aquello que emanaba de ambas estatuas en conjunto. No obstante, se instaba al alumno a que, en un primer momento, dejara resonar en su interior, de forma muy intensa, la impresión que le había causado la estatua masculina. Y ahora les describiré cómo resonaba esa impresión. Por supuesto, para ello hay que utilizar palabras que no están concebidas para este tipo de experiencias iniciáticas; por eso, mucho de lo que se expresa con estas palabras deberá, en realidad, sentirse en su verdadero significado interior.

Lo que el alumno experimentaba en un primer momento, al dejarse llevar por la impresión que le causaba la estatua masculina que describí ayer, era una especie de entumecimiento anímico, un auténtico entumecimiento anímico que se iba intensificando cada vez más a medida que el alumno se veía transportado a aquellos momentos en los que debía dejar que las cosas resonaran así: un entumecimiento anímico que se percibía también como un entumecimiento físico. El alumno podía, sin duda, ocuparse entretanto de lo necesario para la vida, pero una y otra vez se veía transportado en su alma a ese retardo y experimentaba entonces ese entumecimiento. Ese entumecimiento, —se trataba sin duda de una iniciación que aún recordaba muy intensamente, aunque ya no del todo, al antiguo estilo de los misterios primigenios—; ese entumecimiento le llevaba a un cambio en su conciencia. No se podía decir que su conciencia se viera atenuada, pero se producía tal cambio que el alumno sentía: «El estado de conciencia al que estoy entrando me resulta totalmente desconocido». En realidad, al principio no sé cómo manejarlo, no sé qué hacer con él. Y por eso el alumno solo sentía que todo ese estado de conciencia estaba impregnado de una sensación de entumecimiento. Pero después era como si el alumno sintiera que aquello que se había paralizado en su interior, —es decir, él mismo—, fuera acogido por el universo; se sentía como transportado a las inmensidades del universo. Y podía decirse a sí mismo: «El universo me acoge».

Pero entonces ocurría —no era una pérdida de conciencia, sino más bien un cambio en ella—; entonces ocurría algo muy especial. Cuando el alumno había pasado suficiente tiempo, —y los iniciadores se encargaban de que fuera precisamente el tiempo suficiente—, sumido en ese tipo de rigidez, en esa absorción por parte del universo, se decía más o menos lo siguiente: «Los rayos del sol, los rayos de las estrellas me atraen, me empujan hacia todo el universo, pero, en realidad, sigo manteniéndome unido en mi interior». Cuando el alumno había pasado por ello el tiempo suficiente, entonces tenía una visión extraordinaria. Solo entonces sabía realmente para qué servía esa conciencia que ya había surgido durante el estado de rigidez, pues ahora recibía, según sus experiencias, resonando en esto o aquello, las más variadas impresiones de paisajes invernales. Los paisajes invernales se presentaban ante él en su mente: paisajes en los que contemplaba copos de nieve arremolinándose y llenando el aire, —todo ello, como ya se ha dicho, visto en su mente—, o paisajes en los que contemplaba bosques donde la nieve yacía pesadamente sobre los árboles o algo similar; cosas que, como ya se ha dicho, le recordaban lo que había visto aquí y allá en la vida, pero que siempre le daban la impresión de ser reales. De modo que, tras haber sido absorbido por el universo entero, se sentía como si su propia conciencia le evocara largos viajes en el tiempo a través de paisajes invernales. Y al mismo tiempo sentía como si en realidad, no estuviera en su cuerpo, sino en sus órganos sensoriales; sentía su esencia en sus ojos, sentía su esencia en sus oídos, sentía su esencia también en la superficie de su piel. Allí, precisamente, cuando sentía todo su sentido del tacto, todo su sentido del tacto extendido por su piel, allí percibía también: me he vuelto semejante a la estatua elástica, pero hueca. Y sentía una íntima comunión, por ejemplo, entre sus ojos y esos paisajes. Sentía como si en cada ojo estuviera presente todo ese paisaje que contemplaba, como si este actuara por todas partes en el ojo, como si el ojo fuera un espejo interior de lo que aparecía ahí fuera.

Pero lo que aún sentía era lo siguiente: no se sentía como una unidad, sino que, en el fondo, sentía que su yo se multiplicaba tantas veces como sentidos tenía. Sentía que su yo se multiplicaba por doce. Y del hecho de que sintiera ese yo multiplicado por doce, se derivaba para él esa experiencia tan extraña, que se decía a sí mismo: «Hay un yo que ve a través de mis ojos». Hay un «yo» que actúa en mi sentido del pensar, en mi sentido del habla, en mi sentido del tacto, en mi sentido de la vida. En realidad, estoy dividido en el mundo. - De ahí surgía un anhelo vivo de unión con un ser de la jerarquía de los Ángeles, para, con esa unión, poder obtener la fuerza y el poder necesarios para dominar la fragmentación del yo en las distintas experiencias sensoriales. Y de ahí, de todo ello surgía en el yo la experiencia siguiente: ¿Para qué tengo mis sentidos?

En mi mágico deambular invernal por los misterios, he vivido aquello que realmente ha pasado en el universo. Las masas de nieve y hielo de mis inviernos mágicos me han mostrado qué tipo de fuerzas destructoras actúan en el universo. He conocido los impulsos de destrucción en el universo. Y mi entumecimiento, cuando me dirigía a mi paseo invernal de los misterios, era precisamente el presagio de que debía asomarme a las fuerzas presentes en el universo, que llegan desde el pasado al presente, pero que en el presente se manifiestan como fuerzas cósmicas muertas.

Esto se transmitía inicialmente al alumno a través del eco de sus experiencias junto a la estatua masculina.

Luego sentía el impulso de guardar en su interior el eco de sus experiencias con la estatua plástica, no elástica. Y entonces le parecía como si ahora no cayera en un entumecimiento interior, sino en un ardor interior, como en un estado febril del alma, un estado febril que surtía tal efecto que las cosas que pueden influir tan intensamente en el alma, —precisamente porque son así en su interior—, comenzaban a manifestarse en forma de complejos de síntomas físicos. El alumno lo percibía como si se sintiera oprimido interiormente, como si todo le oprimiera con demasiada fuerza: la respiración le oprimía con demasiada fuerza, la sangre le oprimía con demasiada fuerza por todas partes. El alumno caía en una gran angustia, prácticamente en una profunda aflicción interior del alma. Y en esa profunda angustia interior se le revelaba entonces lo segundo que debía experimentar. Y eso consistía en que de esa angustia interior surgía para él, algo que podría expresarse más o menos con las siguientes palabras:

Hay algo en mi interior que se ve exigido por mi naturaleza física en la vida terrenal cotidiana. Hay que superarlo. Hay que superar mi yo terrenal. —Esto estaba muy presente en la conciencia del alumno.

Entonces, cuando hubo soportado durante un tiempo suficientemente largo ese ardor interior, esa angustia interior, esa sensación de tener que superar el yo terrenal, surgía en él algo que sabía que no era el estado de conciencia de antes, sino un estado de conciencia que le resultaba muy familiar: el estado de conciencia del sueño. Mientras que en la primera experiencia, que surgió de su estado de entumecimiento, tenía claramente la sensación de encontrarse en un estado de conciencia que no conocía en la vida cotidiana, ahora reconocía su estado de conciencia: una especie de sueño. Soñaba; pero, a diferencia de lo que había soñado antes, volvía a soñar, en consonancia con lo que había vivido, los paisajes veraniegos más maravillosos. Pero sabía que eran sueños, sueños que le conmovían interiormente con una alegría intensa o con un sufrimiento intenso, según si lo que le llegaba desde la esencia veraniega era doloroso o alegre, pero precisamente con esa conmoción con la que nos conmueven los sueños. Solo tienen que recordar lo que es capaz de hacer un sueño que, en un primer momento, se presenta en imágenes, del que se despiertan con el corazón palpitante, acalorados, con miedo. Esa conmoción interior se la interpretaba el alumno de una manera muy elemental y natural, de tal forma que se decía a sí mismo: «Mi esencia interior me ha traído el verano a la conciencia en forma de sueño: el verano como sueño».

Al mismo tiempo, el alumno sabía ahora que aquello que, como un verano mágico, se encontraba o se presentaba ante su conciencia en una transformación continua, es algo así como los impulsos que se dirigen hacia el lejano futuro del universo. Pero ahora no se sentía como antes, como si estuviera fragmentado y multiplicado en sus sentidos; no, ahora se sentía, precisamente, reunido interiormente en una unidad; se sentía reunido en su corazón. Y esa es la culminación, la máxima intensificación de lo que estaba viviendo: ese estar reunido en su corazón, ese abarcarse interiormente y sentirse en comunión, en lo más íntimo de la naturaleza humana, no con el verano tal y como se ve exteriormente, sino con el sueño de ese verano. Y, con toda razón, el alumno se decía a sí mismo: «En lo que me ofrece el sueño del verano, en lo que experimento interiormente en mi ser humano, ahí reside el futuro».

Y cuando el alumno había pasado por esto, se daba cuenta de que ambos estados se sucedían. Contemplaba, por ejemplo, un paisaje formado por prados, estanques y pequeños lagos. Contemplaba el hielo y la nieve, que se transformaban en copos de nieve que giraban y caían, como una niebla de copos de nieve, que se diluían cada vez más hasta desvanecerse en la nada. En el instante en que se desvanecía en la nada, cuando se sentía, por así decirlo, en el espacio vacío del universo, en ese mismo instante surgían en su lugar los sueños de verano. Y el alumno tenía la conciencia de que, en ese momento, el pasado y el futuro se tocaban en su propia vida anímica.

Y a partir de ese momento, el alumno había aprendido a observar el mundo exterior y a extraer de él una verdad que le acompañaría para siempre: en este mundo que nos rodea, en este mundo del que proviene nuestra corporeidad exterior, en este mundo, algo muere continuamente. Y en los cristales de nieve del invierno tenemos los signos externos del espíritu que se va muriendo continuamente en la materia. Como seres humanos, aún no estamos preparados para sentir plenamente este espíritu que va muriendo, —simbolizado acertadamente en la nieve y el hielo de la naturaleza exterior—, a menos que nos haya precedido la iniciación. Pero si esta nos precede, entonces sabemos que el espíritu muere continuamente en la materia, y se manifiesta en la naturaleza que se solidifica y en la ya solidificada. Allí está siempre la nada. Y de esa nada surge, en un primer momento, algo parecido a los sueños de la naturaleza. Y esos sueños de la naturaleza contienen las semillas del futuro del mundo. Pero la muerte y el nacimiento del mundo no se tocarían si el ser humano no se encontrara en medio. Porque si el ser humano no se encontrara en medio, —como ya he dicho, simplemente les describo las experiencias que vivía interiormente el discípulo de la iniciación de hybernia—, si el ser humano no se encontrara en medio, entonces los procesos reales en los que el discípulo se adentraba a través de la nueva conciencia nacida del estado de rigidez, serían una verdadera muerte de los mundos, y el sueño no seguiría a la muerte de los mundos. No habría futuro frente al pasado. Estarían allí Saturno, el Sol, la Luna y la Tierra; no habría Júpiter, ni Venus, ni Vulcano. Para que este futuro del cosmos se uniera al pasado, el ser humano tenía que situarse entre el pasado y el futuro. El discípulo lo sabía simplemente por lo que había vivido.

Y lo que hasta entonces había vivido el alumno, ahora sus iniciadores se lo resumían. Concretamente, el primer estado por el que había pasado, en el que se sentía como absorbido por el universo, le era resumido por sus iniciadores en unas palabras que puedo transmitirles, más o menos, de la siguiente manera:

En las inmensidades aprenderás,
cómo, en el azul de las lejanías etéreas,
primero se desvanece la existencia del mundo
y vuelve a encontrarse en ti.

En estas palabras se resumían, de hecho, las sensaciones que había experimentado.

A continuación, se le resumían las sensaciones del segundo estado bajo el efecto residual de la segunda estatua:

En las profundidades deberás liberarte
del mal ardiente y febril,
mientras la verdad se enciende
y, a través de ti, se adentra en el ser.

Queridos amigos, piensen que en la etapa de la que hablé ayer al final de la exposición, el alumno era despedido con las palabras que ocupaban el lugar de las dos estatuas: «Ciencia» y «Arte». Y la Ciencia ocupaba el lugar de la estatua que en realidad decía: «Yo soy el conocimiento, pero me falta el ser». Y el Arte se situaba en el lugar de la estatua que decía: «Soy la imaginación, pero me falta la verdad». Y el alumno había atravesado toda esa pesadez, esa terrible pesadez interior, hasta el punto de que, en realidad, con un anhelo interior y anímico, ya había elegido otra cosa en lugar del conocimiento. Porque le había quedado muy claro que al conocimiento que se adquiere en la Tierra solo le son propias las ideas, solo las imágenes; le falta el ser. Ahora había vivido a fondo las repercusiones. Y a partir de ellas había comprendido que el ser humano debe encontrar el ser para aquello que tiene en el conocimiento, perdiéndose en la inmensidad del mundo:

En las inmensidades aprenderás,
cómo, en el azul de las lejanías etéreas,
primero se desvanece la existencia del mundo
y vuelve a encontrarse en ti.

Porque esa era, en efecto, la sensación: uno se lanza, por así decirlo, hacia las lejanías etéreas, delimitadas por el azul de las inmensidades; uno se funde, al fin, con ese azul de las vastas lejanías. Pero lo que antes era la Tierra se ha dispersado tanto en las inmensidades que parece haberse transformado en la nada. Y uno ha aprendido a sentir la nada al contemplar el mágico paisaje invernal. Y ahora sabe que solo el ser humano puede mantenerse erguido, en estas extensiones que se extienden hasta las lejanías azules del éter.

Y en el segundo, el ser humano indaga cómo encontrar en lo más profundo de sí mismo aquello que debe superar, aquello que debe contemplar como el mal que precisamente tiene su raíz y su origen en el ser humano, y que debe ser superado mediante los impulsos del bien en la naturaleza humana, para que el mundo tenga un futuro:

En las profundidades deberás liberarte
del mal ardiente y febril,
mientras la verdad se enciende
y, a través de ti, se adentra en el ser.

La tendencia de la imaginación a no tener la verdad, incluso la tendencia a conformarse con una relación con el mundo que no abarca la verdad, sino que discurre por imágenes arbitrarias de la subjetividad: el alumno había pasado por esa tendencia. Pero ahora, a partir de aquella experiencia veraniega onírica y mágica, había llegado a la siguiente conclusión: puedo llevar al mundo lo que surge en mi interior, como la fantasía que crea en mí. De mi interior, al igual que las imágenes de la fantasía, brotan las imaginaciones, las imaginaciones de las plantas. Si solo tengo las imágenes de la fantasía, entonces estoy alejado de lo que me rodea. Si tengo las imaginaciones, entonces de mi propio interior brota aquello que luego encuentro en esta planta, en aquella planta, en este animal, en aquel animal, en esta persona, en aquella persona. Todo lo que encuentro en mi interior coincide con algo que hay en el exterior. Y para todo lo que encuentro en el exterior, también puedo hacer surgir de lo más profundo de mi propia vida anímica algo que esté relacionado con ello, que coincida con ello.

Esa doble conexión con el mundo era precisamente lo que, como eco de las dos estatuas, se presentaba ante el alumno con una sensación interior grandiosa. Y el alumno había aprendido realmente de esta manera a expandir su alma, por un lado, hacia los confines del mundo, me atrevería a decir que espiritualmente, y había aprendido a adentrarse profundamente en su interior, allí donde ese interior no actúa con esa apatía con la que actúa en la conciencia ordinaria, sino donde actúa como si estuviera estremecido, sacudido y encantado por una realidad a medias, es decir, por los sueños. El alumno había aprendido a poner en relación toda esta intensidad de impulsos internos con toda la intensidad de los impulsos externos. A partir de su afinidad con el paisaje invernal y con el paisaje veraniego, había obtenido conocimientos sobre la naturaleza exterior y sobre su propio yo. Y había llegado a sentir una profunda afinidad con la naturaleza exterior y con su propio yo.

Entonces estaba bien preparado para pasar, por así decirlo, por una especie de repetición. En esa repetición, sus iniciadores le hicieron ver con toda claridad en su alma: «Debes detenerte interiormente, con el alma en estado de rigidez». Debes detenerte en este salir hacia lo lejano del mundo. Y, en tercer lugar, debes detenerte sintiéndote como derramado y multiplicado en tus sentidos. Debes tener claro interiormente cómo es cada uno de estos estados. Debes ser capaz de distinguir con precisión cada uno de estos tres estados de los demás. Debes tener una experiencia interior etérea de cada uno de estos tres estados. —Y cuando el alumno volvía a evocar ante su alma, desde la plena conciencia, el estado de rigidez interior, entonces se presentaba ante su alma todo lo que había vivido antes de descender de los mundos espirituales a la Tierra, antes de la concepción terrenal de su cuerpo, cuando había reunido desde las inmensidades de los mundos los impulsos y las fuerzas etéricas para rodearse de un cuerpo etérico. Así, el discípulo de los misterios de Hybernia era iniciado en la contemplación del último estado anterior al descenso a un cuerpo físico.

Y entonces debía tener muy claro cómo se desarrolla esa experiencia interior cuando se adentra en la inmensidad del universo. En esta segunda ocasión, en esta repetición, ya no sentía como si fuera absorbido por los rayos del sol y de las estrellas, sino que sentía, en esta repetición, como si algo viniera hacia él, como si desde todas las direcciones de las inmensidades le vinieran al encuentro las jerarquías, como si le vinieran al encuentro también otras experiencias. Y sentía  aquello que se remontaba más atrás en su vida preterrenal. Y entonces debía hacerse una idea muy clara del estado en el que se encontraba cuando se derramaba hacia los sentidos y se veía como dividido en el mundo sensorial. Porque allí había llegado al centro de la existencia, entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Como ven, aquello que permite al iniciado adentrarse en esos mundos ocultos, —a los que, sin embargo, el ser humano pertenece por su propia naturaleza—, puede alcanzarse de las formas más diversas. Y si observamos la situación tal y como la he insinuado ayer y en otras ocasiones, ya podrán decirse a sí mismos: En los distintos centros de misterios, la contemplación de este mundo suprasensible se alcanzaba de las formas más variadas. Por qué se buscaba tal diversidad, por qué no se había establecido un camino espiritual único para todos los misterios, de eso hablaremos ya en conferencias posteriores. Hoy solo quiero mencionar este hecho. Pero todos estos diversos caminos de los misterios estaban destinados a desvelar los aspectos ocultos de la existencia del mundo y del ser humano, a los que nos hemos referido una y otra vez desde los más diversos puntos de vista en estas reflexiones, aquí y en otras conferencias y otros escritos.

Y entonces se le explicaba al alumno que ahora debía revivir interiormente, por separado, los demás estados que había experimentado tras la experiencia con la otra estatua, de modo que tuviera siempre, para cada uno de ellos, un conocimiento interior claro y basado en la sensación de cómo los atravesaba, y que luego lo evocara con plena conciencia. Y así lo hacía. Y en lo que he descrito como una especie de angustia del alma, sentía de forma inmediata lo que seguía a la muerte en la experiencia del alma.

Luego llegaba la visión a través de lo que experimentó a continuación, donde la naturaleza exterior se mostraba como un paisaje veraniego, pero como el sueño de un paisaje veraniego. Entonces se le revelaba, al revivirlo repetidamente y al separar ahora, con plena conciencia, este estado del otro estado de conciencia, lo que constituía el curso posterior de su vida postterrenal. Y cuando se hacía muy claro y vivo para él lo que era la reunión en la esencia del corazón, entonces, al mantenerlo vivo y presente en su conciencia, podía llegar hasta el centro de la existencia, entre la muerte y un nuevo nacimiento. Y el iniciador podía decirle:

Aprende a contemplar espiritualmente el invierno
y se te revelará la visión de lo preterrenal.
Aprende a soñar espiritualmente con el verano
y se te revelará la experiencia de lo posterrenal.

Por favor, presten mucha atención a las palabras que utilizo, pues en esta relación entre la visión de lo preterrenal y la experiencia de lo posterrenal, y entre soñar y ver, se basa la enorme diferencia que existía entre estas dos experiencias para los iniciandos en los Misterios de Hybernia.

Mañana expondré cómo se inscribía esta iniciación en todo el contexto histórico de la humanidad, en toda la evolución humana; qué importancia tuvo para dicha evolución y en qué medida tenía un sentido más profundo el hecho de que, precisamente en la etapa en la que concluí ayer, surgiera en el discípulo de Hybernia algo así como una visión de Cristo.

Traducido por J.Luelmo sep.2026