CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA316 Dornach, 24 de abril de 1924 la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

Dornach, 24 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En un primer momento pensé que podríamos continuar con lo que habíamos empezado completando algunos de los puntos que planteé ayer desde otra perspectiva; quizá así se puedan formular adecuadamente las preguntas que usted ha planteado y de las que me ha hablado la Dra. Wegman.

Verán, ustedes se van incorporando, a través de su condición humana general, al ámbito de la medicina, a la profesión de sanador. Se encuentran ante una cierta corriente que impera hoy en día en la profesión médica y en la que, en realidad, se van integrando de tal manera que frente a ella sienten, con todo derecho, una oposición interna. Ahora bien, tengan en cuenta que esto suele tener razones objetivas, y estas se les revelarán a medida que comprendan cada vez mejor que la corriente médica actual es, en cierto sentido, incluso un elemento ajeno a gran parte de lo que conforma la civilización europea y occidental en su conjunto. Esta cuestión se comprende plenamente, solo cuando se sabe que nuestras ciencias naturales y gran parte de la aspiración en el desarrollo intelectual más reciente, han surgido gracias a que las personalidades más influyentes para el avance médico y científico de nuestra vida intelectual, fueron individualidades encarnadas procedentes de la cultura árabe-musulmana. Estos temas se han tratado mucho últimamente aquí, en el Goetheanum, y están relacionados, por otra parte, con lo que está ocurriendo actualmente en el movimiento antroposófico, pero también revisten una gran importancia para los médicos. Ya he dicho en diversas ocasiones que nos vemos obligados a dirigir nuestra mirada hacia aquel centro espiritual que floreció en la misma época en que, en Europa, bajo el reinado de Carlomagno, predominaba, por así decirlo, una vida espiritual primitiva. Allí, en Oriente, florecía la cultura espiritual, unida por Harún al-Rashid. De hecho, había reunido en su corte a muchos de los sabios de la época, entre los que se encontraban numerosos médicos de aquel tiempo. Y, como se darán cuenta, al analizar algo así, ya estamos tocando la época en la que el cristianismo ha actuado a lo largo de los siglos. Ahora bien, el cristianismo mismo se presentó en el mundo como algo que solo puede comprenderse de forma lenta y gradual, y resulta realmente muy curioso, desde un punto de vista externo —no interno—, que los aspectos más profundos del cristianismo no hayan sido comprendidos hasta ahora por las personas. El cristianismo llegó al mundo como un hecho objetivo, y las capacidades humanas, la capacidad de asimilación, no eran lo suficientemente fuertes como para desarrollar en todas sus facetas lo que realmente encierra el cristianismo. Por eso, lo que ocurre objetivamente es que el cristianismo vive en todas partes en el subconsciente, pero el ser humano lleva tres o cuatro siglos corrompiendo por completo este cristianismo. Los seres humanos han corrompido el cristianismo a través de lo que saben, de lo que reside en el intelecto, en la conciencia. Además, ahora contamos con las instituciones terriblemente diletantes que se han creado últimamente en torno a las universidades. Antiguamente existían tradicionalmente cuatro facultades: Filosofía, Teología, Jurisprudencia y Medicina. Lo que se ha añadido posteriormente se ha hecho, en realidad, solo sobre la base del malentendido más extremo y oscuro. Porque una facultad de Ciencias Políticas y una de Economía se derivan de ideas que ya no sabían nada de lo que realmente se trataba. Lo que no se ha comprendido, y cuya comprensión se ha oscurecido por completo hoy en día, es que Cristo envió en un primer momento a cuatro personas para anunciar el cristianismo al mundo: el teólogo Mateo, el jurista Marcos, el médico Lucas y el filósofo Juan. En este contexto, que es algo muy profundo, tiene sus raíces lo que algún día deberá surgir. Las cosas solo están presentes en estado embrionario; aún deben florecer y dar fruto. Lo que está profundamente arraigado en la vida espiritual es que los Evangelios no pueden coincidir en su letra, porque uno está escrito desde el punto de vista del teólogo, otro desde el del filósofo, un tercero desde el del jurista y un cuarto desde el del médico. Esto es algo que hay que comprender a la perfección; y como el Evangelio de Lucas aún no se ha tomado en realidad como una guía interior para la voluntad de sanar —no se ha comprendido la cuestión—, por eso ha sucedido que, en realidad, en nuestra forma de pensar actual no vive en absoluto una voluntad cristiana de sanar, sino aquella voluntad de sanar que se ha hundido en la cultura espiritual a través del arabismo, que, de hecho, ha abrazado al cristianismo como con unas tenazas. Es muy interesante, ¿verdad? El cristianismo, que surgió en Asia, se abre camino hacia Europa y se extiende por ella. Pero fíjense ahora en la corte de Harún al-Rashid, donde perduraba la medicina antigua; allí, en la concepción antropológica, vivía en realidad la antigua esencia de los misterios; esto aún estaba presente en la tradición. Allí vivían dos personas: el propio Harún al-Rashid, que organizaba todo el asunto, esa enorme academia intelectual que crecía bajo su influencia; y otro que, en tiempos pasados, había sido un iniciado; en aquella época, la iniciación no salió a la luz. Harun al-Rashid regresó como lord Bacon, Bacon de Verulam. Con una forma de pensar profundamente arraigada en el arabismo, renovó el pensamiento científico desde Occidente. Durante el tiempo transcurrido entre la muerte y el nuevo nacimiento, el alma siguió este camino (tal y como se representa en la lámina 14). Si estudiasen a Baco de Verulam, verían cuánto llegó a la medicina precisamente a través de él, y se quedarían asombrados. Por otro lado, el otro, el iniciado, se encarnó en el alma de Arnos Comenius. Vemos que en Comenio había una vida que aspiraba a lo espiritual, pero lo llevó todo según concepciones intelectuales. Así vemos también cómo el arabismo reaparece en otra personalidad, —que no vivió exactamente en la misma época que Harún al-Rashid, pero que desempeñó un papel en la batalla de Jerez de la Frontera—, esa personalidad renace como Darwin. Y así, todos los que se dedican a las ciencias naturales, y en especial a la medicina, son reencarnaciones de aquello que llegó a Europa en las antiguas concepciones, —pero excluyendo el cristianismo, no en el desarrollo posterior del cristianismo, sino excluyéndolo—, en ese abrazo que el arabismo le dio al cristianismo. Y así, precisamente la medicina se vive como algo que se ha incorporado en mayor medida de esta manera; mientras que ese impulso que el Evangelio de Lucas contiene para la medicina sigue estando ahí, de tal forma que hay que decir que aún debe ser asimilado. Para ello, deben tomarse con la mayor seriedad posible cuestiones como las que comenté ayer sobre la comprensión cósmica del ser humano, sobre la comprensión del ser humano desde el cosmos, y entonces se sentirán integrados de la manera correcta en la tarea que hoy les impone su karma. Porque, verán, la cuestión es la siguiente: consideremos, por ejemplo, la medicina tal y como se practicaba en la corte de Harún al-Rashid. En ella convivía, por un lado, lo bueno de la forma de pensar hipocrática. Quienes quizá hayan leído el primer curso de medicina que impartí aquí habrán visto que, en principio, abordé allí el hecho de que Hipócrates fue el último en curar basándose en los antiguos misterios. Ahora bien, al trasplantarse la medicina hipocrática a Asia, lo que era se integró en una fuerte corriente de la medicina mongola, procedente del noreste de Asia. En ello se han incorporado muchos elementos contra los que no solo se ha tenido que rebelar la forma de pensar en Europa, sino también la propia organización interior del ser humano, pues esta no encajaba con lo que allí se introdujo en el pensamiento médico como influencia mongol-tártara. Esto puede salir a la luz si se logra llegar a una forma de pensar cósmica original sobre el ser humano.

Ahora bien, por un lado, podrán recordar la visión de la evolución que encontrarán en mi «Ciencia Oculta en esbozo», donde se describe la corriente evolutiva a través de las etapas de Saturno, el Sol y la Luna, a las que sigue la evolución de la Tierra. En realidad, el ser humano ha pasado por todas estas etapas evolutivas; y, de lo que ya se ha dicho estos días, habrán podido deducir que en el ser humano se encuentra, en primer lugar, la corriente hereditaria, que actúa en el modelo, y la corriente individual, que proviene de vidas terrenales anteriores. Lo que actúa en la herencia se remonta a tiempos pasados, pero se ha quedado atrasado en lo ahrimánico, se ha marchitado. Esto es, pues, lo que subyace en la herencia. En el fondo, la medicina oficial actual trabaja únicamente con esto y no tiene en cuenta en absoluto lo que constituye la otra faceta, la que se desarrolla en la segunda etapa de la vida humana, entre el cambio de dientes y la madurez sexual, aquella época de la vida humana que ya puede considerarse estadísticamente como la más saludable, porque es entonces cuando el ser humano es menos propenso a enfermar; la capacidad de enfermar queda ahí inhabilitada. Se podría decir que la medicina actual es la que menos desea vincularse con la salud, sino que prefiere hurgar en la enfermedad. Es una afirmación radical, pero es así. Sin embargo, para relacionarlo con la salud, es necesario llevar realmente hasta el extremo esta comprensión del cosmos entero en el ser humano, hasta el punto de ver también el cosmos en el ser humano. Para ello se necesitan los detalles que puedan transmitir realmente esta percepción de la evolución cósmica en el ser humano. En el ser humano aún se encuentra la evolución del antiguo Saturno, evolución del antiguo Sol y la evolución de la antigua Luna. Y solo cuando se comprenden estas tres etapas previas a la evolución terrestre, solo entonces se entiende lo que realmente tenemos ante nosotros en el ser humano terrestre. Pero hoy en día tenemos tantas ciencias… no tenemos una verdadera ciencia de Saturno, una verdadera ciencia del Sol, una verdadera ciencia de la Luna, porque en la vida natural común ya no somos capaces de recordar lo que había en la sabiduría instintiva primigenia. Así pues, ya no podemos acercarnos a lo que Hipócrates vivió de la manera más intensa, porque se ha convertido en una frase hecha. Eso debe volver a cobrar vida. De este modo, tendrán una palabra importante que resuena desde tiempos antiguos, pero, en general, no le prestarán ninguna atención, y menos aún a su maravillosa capacidad orientadora, a cómo puede influir en la medicina. Se trata de lo siguiente.

Las fuerzas divinas del mundo han ordenado la vida según medida, número y peso. Lo encontráis en un versículo de la Biblia. Pero ¿quién presta hoy atención a esas palabras más allá de tomarlas como una frase general, como si en algún momento hubiera existido un antiguo arquitecto del mundo que lo hubiera ordenado todo según medida, número y peso? Para el médico, sin embargo, se trata de encontrar realmente la medida, el número y el peso en el ser humano. ¡Fijémonos en el ser de Saturno! Verán, el ser humano lleva en sí la evolución de Saturno, pero, naturalmente, no encontramos esta evolución de Saturno en el ser humano actual tal y como es, pues en él todas las etapas evolutivas están unidas sintéticamente, están conectadas, de modo que las individuales desaparecen en la unión, en la armonía. Pero la enfermedad provoca una u otra manifestación en su forma particular. Y ahora debe ocurrir que lo que he indicado en la «Ciencia Oculta» no se comprenda realmente solo con el entendimiento, sino que se comprenda tal y como se describe allí: que se sienta en todas partes cómo, durante la evolución de Saturno, actúa de manera penetrante un calor cósmico. Al estudiar la evolución de Saturno, hay que recurrir en todo momento al elemento calorífico, hay que conducir hacia el elemento calorífico. Saturno actúa en el ser humano, y lo que se ha descrito sobre la evolución de Saturno actúa en el ser humano, pero no se manifiesta en el ser humano terrenal cuando este armoniza en su interior todas estas cosas y las integra entre sí. Sin embargo, actúa cuando el ser humano está enfermo. Entonces se separan las cosas que, en otras circunstancias, se unen armoniosamente; entonces, el elemento de Saturno actúa por sí mismo y se manifiesta en la fiebre. Solo tendremos una ciencia de la fiebre cuando le demos un carácter cósmico, cuando podamos profundizar en cómo actúa el antiguo Saturno en el ser humano, de modo que se comprenda realmente cómo, en la manifestación de la fiebre, lo cósmico actúa a través de las fuerzas de Saturno, que hemos encontrado absorbidas espiritualmente en el interior de la Tierra. Cuando encontremos las fuerzas de Saturno en toda la superficie terrestre, —sobre todo en las fuerzas del plomo y distribuidas por todas partes—, alcanzaremos una comprensión íntima de la fiebre, y deberemos ver en ella aquello mediante lo cual el orden divino-espiritual de los mundos ordena el mundo según la medida. En la intensidad de la fiebre se expresa esa medida que vive en el orden del mundo, al fluir el calor hacia ese orden; esa medida que se funde con los demás y se armoniza con ellos. Pero, ante todo, debemos ver esa medida en los síntomas febriles. Por eso debemos dejarnos impresionar profundamente por:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

En realidad, es el espíritu del ser humano el que se manifiesta durante la fiebre, un espíritu que, por lo demás, permanece oculto entre los demás elementos. Durante la fiebre, el espíritu del ser humano, que se ha polarizado, se hace valer. El componente más antiguo de la naturaleza humana aparece durante la fiebre en la superficie de la existencia.

Ahora bien, como ven, tras la evolución de Saturno viene la evolución del Sol. En ella, por un lado, el mero elemento calorífico se condensa en aire, pero, por otro lado, se diluye en luz. La luz y el aire interactúan entre sí, van de la mano. Absorbemos el ritmo del aire al respirar, absorbemos la luz; y la luz, en sentido oculto, no es solo aquello que actúa en el ojo, sino que es una expresión general de lo que actúa a través del Sol. El ojo es simplemente el representante más destacado de lo que actúa a través del Sol. En la Edad Media se denominaba «tintura espiritual» a aquello que actúa en la luz. Llegamos ahora a la evolución solar; esta evolución solar también está presente en el ser humano actual y, de hecho, la percibimos de inmediato como algo que no actúa ahora en la Tierra, sino que es el efecto residual de la antigua acción solar, cuando colocamos los dedos sobre el pulso del ser humano, con la sensibilidad adecuada. El número de pulsaciones expresa la antigua evolución solar que hay en nosotros. Y por eso tenemos, en segundo lugar:

Siente, en el latido del pulso, 
la fuerza del alma del sol

No es indiferente, queridos amigos, que sigamos realmente este camino o no. Uno puede tomarse en serio o no algo así. Pero hay una diferencia enorme entre que reflexionen realmente, cuando se dedican a leer el termómetro, —solo hay que interiorizarlo en la práctica interior—, sobre qué imagen representa la evolución en la era de Saturno: Allí se os aparece el mundo entero, porque todo está sometido a la corriente de calor, como un don espiritual en el que, a través del calor, el amor fluye hacia cada cosa por separado. Y si reconocéis, en este estado de ánimo de entrega religiosa, cómo fluye el amor hacia el mundo a través de lo saturnal con la ayuda del calor; si reconocéis, en esta entrega agradecida a la creación cósmica cálida y amorosa, y en el momento en que examinan la fiebre, desde ese estado de ánimo, reconocen lo que está presente, entonces se les ilumina una intuición sobre lo que deben hacer en ese preciso instante.

Del mismo modo, no se debe tomar el pulso de la forma rudimentaria y chapucera en que se suele hacer, sino que, al tomar el pulso, se debe poder sumergirse realmente en aquello que emana del Sol como «ritmo cósmico». Al tomar el pulso, uno debería poder percibir cómo se encuentra el ser humano inmerso en la luz, que difunde luz y aire y que irradia por todo el mundo. Entonces, a su vez, todo el ser humano se ve involucrado en su voluntad de sanación. La voluntad de sanación no puede alcanzarse mediante un imperativo interno, sino que solo puede lograrse a través de una actitud de entrega del alma en el mundo.

Y siga adelante, así llegará a examinar ahora los demás síntomas, que consisten en observar en todas partes en qué medida aquello que actúa en el ser humano no adopta una forma humana, sino su propia forma. Tomemos, por ejemplo, la diabetes, los estados diabéticos. ¿En qué se basan? En el hecho de que [a diferencia de lo que ocurre] en el ser humano armonizado, donde el azúcar está plenamente humanizado, de modo que no actúa por su propia fuerza; sino que, hasta en su más íntima atomicidad, el ser humano se vuelve demasiado débil para impregnar por completo el azúcar. En la organización de su yo, el ser humano sigue a las fuerzas del azúcar, a las fuerzas extra-humanas. Fíjese en todas las fuerzas que se manifiestan en el ser humano en la cistitis azucarada, que aparecen en los residuos de la orina, que se depositan en el cuerpo en la migraña y en otros estados. Fíjese en todo lo que aparece en el cuerpo como sustancias que siguen sus propias leyes y no las leyes humanas; ahí podrá plantearse dos preguntas.

En primer lugar, ¿por qué es posible, en la naturaleza humana, que exista una tendencia a llevar la materia a su propia actividad dentro del ser humano? Si no fuera así, la evolución lunar nunca habría podido intervenir. Interviene precisamente cuando lo material que hay en el ser humano quiere seguir su propio curso. Entonces, las fuerzas lunares se apoderan de esas fuerzas materiales y, precisamente como fuerzas lunares, dan forma al ser humano. Todo lo que se manifiesta en el ser humano a través de la forma está impregnado de las fuerzas lunares. Así como Saturno es el que calienta, y el Sol el que imparte ritmo, la Luna es la que da forma al ser humano. Pues bien, como ven, así ocurre en todo el ser humano. Piensen solo por un momento en lo que siempre destaco. Nuestro cerebro no tiene peso propio. Si lo extraemos, pesa unos 1500 gramos; dentro del cuerpo, solo pesa unos 20 gramos, porque, según el principio de Arquímedes, todo cuerpo pierde tanto peso como pesa la masa de agua desplazada. Pues bien, el cerebro, al flotar en el líquido cefalorraquídeo, desplaza una parte de este líquido; experimenta una fuerza de empuje y ya solo ejerce una presión de unos 20 gramos sobre la superficie en la que se apoya. Así ocurre con todo. Se trata precisamente de que en el cosmos deben existir fuerzas que alivien el peso del ser humano en la medida necesaria para las sustancias que lleva en su interior. El peso debe regularse, y en el propio peso de la materia y en su regulación por parte del cosmos reside el tercero. Así pues, tanto si investiga lo que actúa en el metabolismo, como si se produce algún fenómeno material bajo la influencia de su propio peso, o si el peso se integra en el peso del cosmos, está investigando el orden del mundo divino-espiritual según el peso, y así llega a lo tercero:

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Eso es lo que debe impregnar de nuevo nuestro ser como un estado de ánimo. Cuando hablamos de reumatismo, gota, estreñimiento, diabetes, migraña y todas aquellas afecciones relacionadas de alguna manera con esos depósitos que hacen que las sustancias parezcan tener peso propio, debemos ser capaces de sentir cómo se introduce en nuestras sensaciones algo que se puede expresar con las palabras: «La gravedad terrestre se ha apoderado del ser humano». Hay mucho en palabras como esas. Imbujan sus investigaciones con esas sensaciones. Piensen solo en lo abstractas y superficiales que son hoy en día las investigaciones sobre estas cuestiones, ¡qué irreflexivas! Entonces obtendrán lo que hoy falta, lo que, a pesar de toda la maravillosa conservación de la antigua sabiduría, la antigua virtud y el antiguo saber en el arabismo, ha sido aniquilado precisamente por el hecho de que aquello que existía como Trinidad, —la Luna, el Sol y Saturno—, apareciera ocultada, enmascarada como Padre, Hijo y Espíritu, y que esta Trinidad haya desaparecido, y que el arabismo, en el mahometismo, simplemente lo haya rechazado todo con las palabras, —me refiero a la frase inicial que Mahoma no pronunció, pero que sí pronunció sin duda el ángel que le inspiró, que no era precisamente un ángel excelente, a pesar de ser muy sabio—: ¡Bah, qué Trinidad! - Solo hay un Dios, y Mahoma es quien debía anunciarlo. Se nos remite a ello, a la desaparición de todas las diferencias en el mundo. De este modo, las cosas que en realidad deberían saberse se han oscurecido y nuestra medicina se ha convertido, en realidad, en una medicina árabe-mahometana. La humanidad europea se había vuelto demasiado débil para encontrar lo correcto. Hoy en día es necesario conocer estas cosas; de lo contrario, la humanidad perecerá, por lo que ya deben decirse a sí mismos:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Verá, si se observa el mundo desde esta perspectiva, hay que tomar estas cosas con verdadera serenidad. Así se comprende que, en el transcurso de la vida humana aquí en la Tierra, se da una tendencia según la cual la individualidad, que proviene de vidas terrestres anteriores, asimila lo que, procedente de la corriente hereditaria, se presenta ahora como un modelo. Ya les he hablado de la lucha que existe entre lo que se forma según el modelo, —el segundo cuerpo humano—, y el primer cuerpo humano, que sirve de modelo. Si uno sabe que tiene ante sí a una persona que, en realidad, está abriéndose camino hacia la superficie, entonces sabe que en esa persona está actuando lo que proviene de encarnaciones anteriores. Y es realmente así: el ser humano que penetra estas cosas con su corazón, con su alma, es quien tiene más oportunidades de percibir en el enfermo aquello que proviene de encarnaciones anteriores, o al menos de intuirlo. Porque, ¿en qué se basa realmente lo que sale a la luz en la enfermedad? En el caso de la persona sana, ocurre lo siguiente: existe la organización de la cabeza, que, en su conformación, ya está separada externamente del resto de la organización. La cabeza es una cavidad ósea en la que está encerrado el cerebro. Lo que es la continuación de la cabeza también está encerrado en los huesos. Está ahí por sí mismo, y luego se une lo demás, lo que pertenece al ser humano. Pero en la organización más sutil del ser humano hay algo que separa estas dos partes entre sí. Verá, no es fácil demostrarlo a través de la anatomía externa ni de la fisiología externa, pero hay muchísimo que tener en cuenta en lo que consiste, por ejemplo, la transformación de los nutrientes, en el sentido de que estos nutrientes, en su estructura interna, no entran tal cual en la organización de la cabeza, ni siquiera en la organización nerviosa. Existe un límite claramente fijado que no puede traspasarse. ¿Quién no debe traspasarlo? Bueno, verá, en la organización de la cabeza, desde el inicio de la evolución del ser humano, lo que más influye es aquello que, procedente de vidas terrestres anteriores, ha conservado su fuerza a lo largo del tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento. De la cabeza emana lo que actúa como fuerza de individualidad del niño. Pero no debe descender sin ser filtrado al resto de la organización corporal. Debe haber un filtro, una capa intermedia. No es visible desde el exterior, pero está presente en la organización. Nada sin filtrar desciende. Ni el pulmón como órgano ni el hígado como órgano deben verse afectados directamente por las fuerzas procedentes de encarnaciones anteriores; estos órganos no lo soportan. Y, en realidad, surge algo terrible en el ser humano cuando uno tiene que admitir que la fuerza procedente de vidas terrenales anteriores llega directamente al hígado sin ningún tipo de filtrado. Lo que constituye la individualidad humana transforma, en el período que transcurre entre la muerte y el nuevo nacimiento, las fuerzas que se encuentran en los pulmones y el hígado, en el sistema metabólico de las extremidades y, en parte, también en el sistema rítmico, para convertirlas en la organización de la cabeza. La organización metabólica de las extremidades solo vuelve a conectarse desde el exterior. La individualidad humana, que es eterna, solo puede volver a entrar cuando el ser humano ha atravesado la puerta de la muerte, cuando lo físico-material se desprende de ella y solo las fuerzas de los pulmones y el hígado han atravesado la puerta de la muerte, de modo que se producen daños en el ser humano durante la vida terrenal cuando la individualidad penetra en ciertos órganos a los que no debería acceder.

Por eso, ante ciertos estados patológicos, uno se dice con tal entrega interior: «Ah, como no existe una separación verdadera, la individualidad de la vida terrenal anterior influye en el órgano que ahora solo debería estar influenciado por esta vida terrenal». Por eso ven en la persona enferma la influencia de la individualidad de vidas terrenales anteriores. Esta individualidad, que solo debería manifestarse en lo moral y en lo relacionado con el destino, que debería limitarse a lo que el ser humano hace y experimenta, y que no debería afectar a la organización de la parte principalmente terrenal del ser humano, actúa en parte en su sistema metabólico y de las extremidades, en parte en su sistema rítmico y en parte en su sistema neuro-sensorial, porque la frontera se ha vuelto defectuosa. Verá, surge una actitud hacia el ser humano al saber que, en el pulmón enfermo, actúa la individualidad del ser humano. Cuando observo a un enfermo de tisis, siento una compasión muy concreta, debido a que nuestra época es tan materialista que distrae al ser humano en el mundo exterior de cómo debería vivir su karma según el destino, y lo empuja moralmente, con toda nuestra vida carente de espiritualidad, hacia su propia corporeidad. La individualidad, en lugar de fundirse con lo moral, es rechazada por nuestra época; se vuelve orgánica, se apodera de los órganos, y sobre todo de los pulmones, que son la parte del sistema metabólico orientada hacia el interior, mientras que este, por su parte, está orientado hacia el exterior. La corporalidad se apodera directamente de la individualidad que llega de encarnaciones anteriores. Estas cosas no son tan importantes por el hecho de que se teorice sobre ellas, sino porque uno puede sumergirse en ellas con todo su ser, y entonces surge precisamente lo que es la voluntad de sanar y lo que, de manera adecuada, se une entonces a la necesidad de sanación del ser humano. En realidad, según nuestra cultura materialista actual, el sanador está extraordinariamente separado del ser humano que busca la sanación. No se le acerca, porque se necesita algo más para acercarse, porque hay que tener sensibilidad hacia aquello que vive en el ser humano como algo eterno. Y a partir de esa sensibilidad se desarrolla la relación correcta entre el sanador y el que debe ser sanado, y entonces se comprende cómo hay que individualizar realmente; pues cada persona tiene su propio karma. Hay que individualizar en el proceso de sanación.

Esas son las cosas, verá, que debemos dejar que nos influyan sobre todo de forma íntima. Las cosas adquieren un carácter esotérico cuando se deja que nos influyan de forma íntima; y algo como el Evangelio de Lucas encierra todo el estado de ánimo que se necesita para avanzar en este sentimiento. Por eso es cierto que las cosas han surgido objetivamente, han surgido cuatro facultades: una facultad de Lucas, una de Mateo, una de Marcos y una de Juan, pero hoy en día no se percibe nada de ello, porque el arabismo sigue vivo, especialmente en la medicina. Se producirá una «cristianización» cuando las cosas se aborden de tal manera que se vuelva a lo cósmico. Para ello, hay que ser consciente de la propia posición cósmica como médico. Habrán podido comprobar, a partir de todo lo anterior, hasta qué punto influyen en la forma humana las fuerzas que dirigen desde la Luna. Si las fuerzas lunares que dirigen la forma humana actúan de manera demasiado irregular, entonces hay que poder dirigir la atención hacia ello, hay que tener claro que se cura eliminando esa parte de irregularidad que habita en el interior de la forma; y eso ocurre cuando se trata al enfermo de tal manera que la conciencia cósmica intervenga. Pero entonces, como ven, lo otro debe hacerse, en cierto modo, visible. Hay que adoptar un punto de vista. Hay que observar algo desde fuera. Al fin y al cabo, no se puede observar el ojo desde fuera. Aquello que nos permite observar todo desde fuera, lo que actúa desde ahí, es lo que, por otro lado, nos proporciona conceptos claros de todo, pero sin introducir de inmediato la abstracción en esos conceptos claros, sino dejando que nuestro corazón participe en el pensamiento. No debemos enredarnos en nuestros conceptos, pero tampoco debemos excluir al corazón de nuestro pensamiento abstracto. Debemos ser humanos precisamente porque somos personas íntegras, porque el corazón siempre participa en el pensamiento. Por eso debemos aspirar a no limitarnos a pensar sobre el mundo de forma abstracta, y eso es, en el fondo, lo que hace hoy en día todo pensamiento. Debemos tener claro que tenemos que sumergirnos con nuestro pensamiento; debemos llevar el corazón a todas las cosas. También debemos conocer aquello que se entrelaza con los pensamientos desde el corazón; debemos aprender de nuevo a manejar la vara de Mercurio, y no lo conseguiremos de otra manera que pasando de la Luna a Mercurio. A eso es a lo que me refería en las conferencias que también trataban sobre Rafael, pues Rafael es precisamente el Mercurio cristiano, a la vida cultural general de aquella época. Si se impregnan de esa conciencia, desarrollarán los sentimientos adecuados hacia aquello por lo que realmente deben trabajar, ahora que, como jóvenes, se adentran en el mundo de la medicina. En todo el mundo brota, en efecto, lo contrario de lo que en realidad debería suceder, y precisamente en lo que respecta a la esencia de la medicina ha surgido últimamente algo terrible, en el fondo. Se trata, —perdóneme por recurrir a algo tan cotidiano, pero así se ve cómo actúa lo contrario—, del sistema médico de los seguros de enfermedad. En él, el médico queda, ante todo, marginado. En Alemania hay una expresión para ello que pone de manifiesto la marginación de lo humano en el médico, que demuestra que se cree que aquí actúan las cosas abstractas y no el ser humano. En realidad, es el médico quien cura y no la ciencia médica. Pero se cree que la ciencia médica es algo que flota en el aire, al margen del ser humano. No se tiene en cuenta al ser humano; se le da, por así decirlo, una bofetada en toda la cara al karma. Porque el karma actúa de tal manera que no une ciegamente a las personas entre sí, sino que, de hecho, cuando existe la posibilidad, en la libre elección del médico sale a la luz un elemento kármico. Pero en la estructura puramente ahrimánica de los médicos de la Seguridad Social, el karma se elimina por completo, y el ser humano queda expuesto a las fuerzas ahrimánicas que combaten exclusivamente el karma. Cuando volvamos a reunirnos, les contaré cómo las fuerzas ahrimánicas se empeñan en aniquilar el karma del ser humano para alcanzar su objetivo. Pero eso es algo que se deriva directamente del sistema de seguros médicos y de la estructura que impide la libre elección del médico, y con ello solo se pone de manifiesto lo que, ¿no es así?, se ha expresado en el lenguaje al elegir la expresión «profesión médica». Creo que incluso figura en la ley sobre los seguros médicos. En ella se refleja todo el ambiente que se respira en torno al sistema de seguros médicos y a la concepción de la medicina como «negocio de la salud». Es algo tan propio de nuestra época que en ello se manifiesta de forma sintomática esa enfermedad cultural que hoy en día aparece en numerosas otras cosas y que atestigua cómo precisamente el médico debe contribuir de manera imprescindible a la curación de estas enfermedades culturales. Pero cuando él mismo se ve en la situación en la que está más expuesto a esta enfermedad cultural, entonces el médico queda completamente paralizado. Y piensen que este terrible hecho se manifiesta en la estructura de las aseguradoras médicas. Estas también tienen su lado positivo, al igual que todo lo que surge en el mundo y que, al tentar y querer desviar a las personas, se presenta de forma deslumbrante, sin que por ello resulte necesariamente desagradable. El diablo siempre adopta la forma de un ángel cuando se manifiesta. Quien ve al diablo con forma de diablo en una visión puede estar convencido de que no es el diablo, pues este se presenta con forma de ángel. Cuando el médico se ve expuesto al impulso más intenso de una enfermedad cultural, entonces, en el fondo, nuestra cultura debe transformarse en una cultura enferma. Por eso es necesario que presten atención a su karma, tal y como les presenta, para colaborar no solo en el ámbito de la medicina, sino también en la esencia enferma del organismo social.

Bueno, por favor, formulen sus preguntas en ese sentido. Mañana volveremos a reunirnos. También he oído que tienen cierta necesidad de que se analice cómo pueden integrarse en el movimiento juvenil general. Podremos complementar algunas de las cosas que acabo de decir hoy. Pero lo que he expuesto hoy ya quería exponerlo, porque pensé que podría ser necesario que lo supierais y lo asimilaseis.

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Traducido por J.Luelmo


GA316 Dornach, 23 de abril de 1924 Naturaleza de las fuerzas cósmicas de los metales

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Naturaleza de las fuerzas cósmicas de los metales

Dornach, 23 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

Bueno, me gustaría decir unas palabras sobre esa frase que escribí ayer en la pizarra al final de la clase. Empieza con las siguientes palabras:

Observa lo que se articula cósmicamente,............................☾
y percibirás la forma humana.

Y se señala que al lado se ha colocado el signo de la Luna. Ahora bien, si queremos comprender al ser humano en profundidad, —en particular, si queremos comprenderlo con vistas a un tratamiento terapéutico—, debemos tener muy claro que no podemos limitarnos a fijarnos únicamente en lo que une al ser humano con la Tierra, pues en realidad, como han visto desde la primera sesión, eso es lo que solo entra en juego en los primerísimos años de la infancia, hasta el cambio de dientes, pero a partir de entonces ya no. Es entonces cuando entran en juego aquellas otras fuerzas que, en realidad, organizan al ser humano, alejándolo de la Tierra. Para ello cuenta con su cuerpo etérico, y el cuerpo etérico se diferencia esencialmente del cuerpo físico, en que el cuerpo físico está sometido a la fuerza de gravedad, el cuerpo etérico no lo está. El cuerpo físico tiende hacia la Tierra, mientras que el cuerpo etérico se expande en todas direcciones, hacia las inmensidades del universo. Cuando ustedes en su reflexión tienen en cuenta los cuerpos físico y etérico del ser humano, ya abarcan todo el universo. El cuerpo físico está íntimamente relacionado con la Tierra, y el cuerpo etérico, con todo lo que se encuentra en el ámbito de lo perceptible alrededor de la Tierra, de modo que pueden considerar todas las fuerzas que actúan sobre el cuerpo físico como fuerzas que atraen al ser humano hacia la Tierra, y todas aquellas fuerzas que actúan sobre el cuerpo etérico son las que alejan al ser humano de la Tierra. Estas fuerzas están presentes y actúan en el ser humano, por lo que no se puede considerar al ser humano como si absorbiera alguna sustancia que antes estuviera fuera y luego pasara a estar dentro. No es así. El hecho de que estas fuerzas centrífugas actúen en el ser humano lo integra inmediatamente en el ámbito de todo el universo, de todo el universo visible.

A continuación, cuando ustedes se adentren en el plano astral del ser humano, deben imaginar que, en realidad, este proviene de lo atemporal; solo adopta la forma de la acción espacial.

Y cuando se acerquen al «yo», ya no podrán hacer ningún dibujo. El yo, no actúa ni desde arriba ni desde abajo; no actúa en absoluto en el sentido de que se pueda hacer un dibujo de ello, sino que actúa únicamente a través del transcurrir del tiempo, a través de la continuidad temporal. Lo que emana de la organización del «yo» del ser humano, en el fondo, no se puede dibujar, sino que hay que tener claro que es real en cada punto; sin embargo, no actúa ni irradiando hacia dentro ni hacia fuera, sino que actúa de forma puramente cualitativa.

Si miramos hacia los mundos etéricos, podemos decir: es como si, con nuestro cuerpo etérico, nos perdiéramos siempre en los mundos etéricos; lo astral, que tampoco es espacial, nos irradia siempre, pero parece como si se nos acercara desde la inmensidad del universo. Bueno, fíjense, supongamos que se trata de la alimentación, por ejemplo, con proteínas vegetales. La proteína vegetal, en primer lugar, es pesada; en segundo lugar, como proteína, tiene también una tendencia hacia el cosmos. Cuando se introduce la proteína vegetal en el organismo humano, sobre ella actúan inmediatamente las otras dos fuerzas: las que inciden desde todos los lados y aquellas que, a su vez, actúan sobre esta proteína, —en realidad, sin ser espaciales—, fuerzas tales como las de la organización del yo. Ahora supongamos que todo aquello que pudiera actuar de esta manera sobre el ser humano, por grotesco que suene, solo pudiera convertirlo en un cuerpo redondo, esférico. En el huevo del pájaro en realidad encontrarán la forma que surge de la interacción de estas fuerzas, —las que irradian desde la Tierra y las que, a su vez, irradian hacia ella—; en esa forma encontrarán plasmadas dichas fuerzas. ¿De dónde proviene el hecho de que del huevo del pájaro no salga simplemente la forma del huevo, sino una forma con una configuración determinada? Vean, si solo existiera lo que les acabo de dibujar (se dibuja), entonces la formación del huevo nunca iría más allá de su finalización. El pájaro estaría completo cuando el huevo está ahí. La cuestión es que el pájaro es un ser con una configuración muy determinada, —lo que ahora expongo para el pájaro también se aplica al ser humano—, y lo es gracias a que, en primer lugar, la Luna gira alrededor de la Tierra. La Luna gira a su alrededor. Ahora bien, si solo girara la Luna, aún así no surgiría un pájaro, sino que ocurriría que, aunque la cáscara del huevo se ablandara y se desprendiera, se formaría un ser esférico, un ser esférico compuesto esencialmente de clara de huevo. Pero no es que únicamente la Luna gire alrededor de la Tierra, sino que en el espacio se encuentran constelaciones en las más diversas formas y la Luna pasa siempre junto a estas constelaciones, modificando así la fuerza que emana de ellas.

 Imagínese, pues, que la Luna pasa por aquí, junto a las Pléyades. El huevo está expuesto a las fuerzas que surgen como resultante de la radiación de las Pléyades, y la Luna, al ocultar parcialmente esa radiación, la modifica. Así pues, fluye desde las Pléyades una fuerza que es modificada por la Luna, que se interpone y ejerce su efecto; y de ahí que, si lo represento esquemáticamente, la formación del huevo se convierta, por un lado, en la formación de la cabeza del pájaro. Así pues, se puede decir que la formación de la cabeza del pájaro se debe a que se configura desde el cosmos mediante la interacción de la Luna, la estrella cambiante, con las estrellas fijas, que actúan únicamente a través de su disposición particular en las Pléyades. Ahora bien, la Luna sigue su curso y, digamos, se sitúa aquí en oposición a su anterior configuración de libra; entonces, las fuerzas de libra se ven modificadas de nuevo por la presencia de la Luna. Existe otra relación de fuerzas, y además, la Luna, que aquí estaba en fase de luna llena frente a las Pléyades, se ha convertido ahora en luna nueva aquí, en la constelación de Libra. La Luna, en relación con la constelación de Libra, actúa de forma diferente a cuando lo hace desde las Pléyades, y el efecto sobre el huevo es que se forma la cola. Los demás elementos se sitúan en medio, de modo que, si se quiere estudiar la forma del pájaro, hay que estudiar cómo pasa la Luna frente a lo que se distribuye cósmicamente por el universo. ¿Qué puede decir sobre la forma del ser humano o, en general, de un ser vivo, aquel que se limita a las circunstancias terrenales? —Solo puede decir: sí, claro, el águila tiene una forma determinada, el buitre tiene una forma determinada, el canguro tiene una forma determinada, y así sucesivamente. ¿Por qué tienen esa forma? Si uno se limita a lo terrenal, como hace la ciencia, solo encuentra una única respuesta: el animal ha heredado su forma de sus antepasados. No hay otra respuesta en el ámbito del pensar: el animal ha heredado su forma de sus antepasados. —Exactamente según el esquema: la pobreza proviene de la pauvrete. Pero eso no explica absolutamente nada. Hay que seguir subiendo cada vez más. Los antepasados lo aprendieron a su vez de sus antepasados, y al final se llega a lo mismo de lo que se partió. Hay que acercarse a las fuerzas cósmicas, a las constelaciones estelares, si se quiere comprender la estructura.

Pero bueno, eso todavía no es todo lo que les he dicho. Si solo fuera eso, sin duda surgirían seres maravillosos y muy bien formados, pero en realidad todos serían medusas, tal y como lo fue el ser humano incluso en períodos terrestres pasados. En la época atlante era una especie de medusa. Esto se debía a que solo podía absorber aquello que se encontraba en estado plástico-líquido, como materia, como sustancia, a partir de la cual podía formar su cuerpo físico. El hecho de que incorporara potasio, sodio y las demás sustancias se debe a que no solo la Luna orbita por Libra, Aries y Tauro, sino que también lo hacen los demás planetas de nuestro sistema planetario, y estos nos incorporan aquello que, por ejemplo, hace que adquiramos realmente la forma humana. Así, a la Luna, por ejemplo, —ya les he descrito el pájaro—, se le incorpora al mismo tiempo —solo les he señalado la Luna, el Sol y Saturno— para el ser humano, en la formación de la cabeza, aquello que emana también de la constelación de Mercurio hacia los planetas y de las constelaciones de Venus hacia los planetas. Si estas no interactuaran con las constelaciones lunares, todos naceríamos con hidrocefalia. De este modo, se nos incorpora la metalidad orgánica, de tal forma que la constelación de Mercurio y la de Venus interactúan con la constelación lunar. Y nos volveríamos espantosamente raquíticos, no solo tendríamos las piernas arqueadas, sino que estas se doblarían de forma elástica; nuestros brazos tendrían formas similares a las de una medusa, si por otro lado no interactuaran con la constelación lunar aquellos planetas que están más orientados hacia Saturno, y si el propio Saturno no interactuara con Júpiter y Marte. El Sol provoca el equilibrio rítmico entre estas dos partes.

Así pues, estas dos primeras líneas del dicho deben llevarle a comprender cómo se forma realmente el ser humano a partir del cosmos. Y mientras no se reintroduzca la astronomía en nuestra ciencia médica, —pero en el sentido que acabo de exponer—, no avanzaremos. En realidad, la mayoría de las cosas que allí se dicen tampoco dicen nada especial. Se va saltando de un tema a otro, ¿verdad?, al atribuir lo que ocurre en el ser humano bien a las circunstancias terrenales externas, bien a la herencia. Pero si lo analizan en detalle, no se llega a ninguna conclusión, porque se olvida que la configuración del ser humano debe derivarse necesariamente de lo que aporta el conocimiento del cielo estrellado, considerado cualitativamente, en su esencia interior. Pero lo más importante en esta configuración del ser humano es la Luna. Esta debe intervenir en todo, mientras que las demás modifican su influencia. Lo más importante en la configuración del ser humano es la Luna.

La segunda línea dice:

Observa lo que te conmueve con ligereza,...........................⊙
y experimentarás el alma humana.

Verán, todo aquello que actúa en el cuerpo etérico humano es lo que le confiere su forma al ser humano. Pero aunque el ser humano tuviera la forma que tiene hoy, se convertiría en un autómata animado, si sobre él solo actuara aquello que les he descrito hasta ahora. Sin embargo, no solo actúa eso sobre él, sino que también actúa el entorno, actúa aquello que se entreteje y vive en el elemento del aire que nos rodea. Y en el elemento del aire se entreteje también el éter, así como lo astral del universo. Y del mismo modo que somos conformados, es decir, que se nos da una forma espacial exterior bajo la influencia de la Luna en relación con el cielo, así incorporamos a esa conformación la animación interior gracias a que el Sol interactúa con el cielo de la misma manera que la Luna lo hace para la conformación, de modo que se puede decir: Cuando el Sol influye en las fuerzas cósmicas de tal manera que se sitúa frente al Leo, entonces actúa, —y aquí no hay que tener en cuenta sus propias fuerzas, fíjense bien en esto— en primer lugar, en el círculo del aire, sobre aquello que actúa sobre nosotros a través de nuestra respiración y de nuestra circulación sanguínea, lo cual cambia continuamente. A medida que el Sol avanza, el aire cambia. Esta acción en el entorno se interioriza en la forma para convertirse en alma, de modo que podemos afirmar realmente que las constelaciones solares del cosmos ejercen su efecto en el entorno de la Tierra, en el ámbito etéreo, y eso es lo que nos proporciona nuestra alma.

Esto es, pues, lo segundo. Lo tercero es lo siguiente:

Observa lo que se transforma terrenalmente,.......................れ
y comprenderás la espiritualización del ser humano.

Con esta transformación se refiere al hundimiento gradual del cuerpo físico humano en el cadáver. «Mira cómo se transforma esto, estás captando la espiritualización del ser humano». Pero hay que atribuirlo a Saturno. ¿Por qué? Verá, las fuerzas de Saturno no se encuentran únicamente allá arriba, donde está Saturno. En cuanto a sus proporciones espaciales, Saturno está lejos de la Tierra, y lo que realmente provoca desde el exterior no es gran cosa. Lo que ejerce desde fuera sobre el ser humano no es mucho; tampoco sus constelaciones con otras estrellas ejercen una influencia especialmente fuerte sobre el ser humano. Pero tiene fuerzas que se hunden con tremenda intensidad en la Tierra. Las fuerzas de Saturno se introducen con una fuerza tremenda en la Tierra, y cuando miramos hacia fuera, en realidad no encontramos gran cosa de esas fuerzas de Saturno. Pero cuando miramos a la propia Tierra, a aquello que en la superficie se dirige hacia el interior de la Tierra, descubrimos que, en realidad, es como, —me gustaría decir—, cuando se ve a un caracol arrastrándose por el suelo. En primer lugar, está el caracol, que pasa por allí, que se desplaza; hay que seguirlo con la mirada, pero deja tras de sí su rastro de baba. Ese rastro está ahí, se puede seguir a lo largo de todo el camino. Lo mismo ocurre con Saturno. Se desplaza, pero deja sus huellas en todos los lugares donde ha iluminado la Tierra. Son huellas muy, muy claras. Si estas huellas no se hubieran conservado en épocas mucho más remotas de la evolución de la Tierra como fuerzas que habitan en ella, no tendríamos plomo en toda la superficie terrestre. El plomo surge de la sustancia primigenia, de las fuerzas de Saturno que actúan en la propia Tierra y que se han absorbido. En épocas más antiguas, cuando las condiciones aún eran diferentes, surgieron en la Tierra las fuerzas del plomo. Hoy en día, las fuerzas de Saturno siguen actuando sin duda alguna en el ser humano, y tienen un efecto completamente diferente al de las otras dos fuerzas. Verán, no seríamos seres humanos con espíritu, sino seres con cuerpo y alma, si no existieran estas fuerzas de Saturno. Esto puede servirles de referencia, queridos amigos. En el universo, en realidad, nada ocurre sin motivo. Pregúntense: ¿en qué momento ha tenido Saturno la oportunidad de impregnar la Tierra por todos los lados con su esencia de fuerzas? Lo ha hecho a lo largo de los treinta años en los que orbita alrededor del Sol y, por tanto, de la Tierra. Esos treinta años son, al mismo tiempo, los treinta años que el ser humano recorre desde su nacimiento hasta el momento en que se completa una determinada etapa de su vida. Cuando el ser humano ha vivido treinta años en la Tierra, se encuentra precisamente en el punto en el que se encuentra sobre la Tierra, —lo cual, por supuesto, quizá no coincida exactamente con la línea recta que traza Saturno desde el cielo—, donde Saturno ha impregnado la Tierra; cuando el ser humano cumple treinta años, impregna ese lugar por segunda vez. Y así, toda la influencia de Saturno en la Tierra está relacionada con el ser humano, y eso es, en última instancia, lo que hace que tengamos un cuerpo que se desgasta, como siempre constatamos. En el organismo humano no solo existen fuerzas constructivas, pues entonces estaríamos indefensos; nuestra vitalidad debe disminuir de alguna manera. Las fuerzas de degradación deben estar siempre presentes. Nuestro organismo no solo se forma hacia adelante, sino que también se retrae, y en esa retracción encuentra cabida el desarrollo espiritual, que se integra en ella. El desarrollo espiritual no surge de la vitalidad, sino que, al disminuir esta en su despliegue, el desarrollo espiritual encuentra su lugar en el espacio que queda libre, por así decirlo. Esto proviene de las fuerzas que surgen en la Tierra mediante la impregnación de la Tierra con las fuerzas de Saturno. Por eso tuve que colocar el signo de Saturno en el tercer versículo.

Pero bueno, como seres humanos, a los treinta años seríamos, precisamente por esas fuerzas de Saturno, unas ancianas y unos ancianos. A los treinta años empezaríamos a andar con muletas. ¿No es cierto que a Fichte le gustaba reconocer al ser humano solo hasta los treinta años? Por eso dijo que habría que matar a todos los treintañeros, porque entonces ya no sirven para nada al mundo, se convierten en lisiados débiles. Lo que Fichte quería decir con eso es que ocurriría inevitablemente si Saturno pudiera desplegar sus fuerzas en la Tierra. Pero las fuerzas de Saturno también se ven modificadas por las de Júpiter y Marte. Estas hacen que no nos deterioremos tanto hasta los treinta años, sino que lo hagamos en una medida tal que aún quede algo más allá, y de hecho debemos agradecer a Marte y a Júpiter que no seamos ancianos a los treinta años. Si se quiere comprender que el ser humano, a los cuarenta y cinco años, sigue siendo un ser humano, hay que mirar hacia el universo cósmico. Y así son la Luna, el Sol y Saturno, los cuerpos celestes más cercanos a nosotros y los más lejanos del sistema planetario. Tal y como está estructurado hoy en día, su estructura es inorgánica, porque se ha desarrollado a partir de una unidad anterior hasta Saturno, mientras que Urano y Neptuno han llegado desde fuera y simplemente se han unido a ella. Lo cierto es que se puede decir que los antiguos no habían descubierto a Urano ni a Neptuno, por lo que consideraban a Saturno como el planeta más lejano. Sigue siendo válido llegar hasta Saturno. Los astrólogos siguen siendo conscientes de ello, ya que recurren a Urano y Neptuno propiamente dichos solo para aquellas cualidades humanas que trascienden lo personal, donde el ser humano se convierte en un genio, o que se elevan por encima de lo individual, donde se trata de cuestiones que ya no tienen que ver con su desarrollo personal. Todos los planteamientos en astrología se realizan así. Solo cuando el ser humano alcanza la genialidad o aspira a ir más allá de lo humano —digamos, cuando su organización se expande o se desintegra de forma desmesurada—, todo aquello que va más allá de lo humano entra en consideración. Son aquellos planetas que se han comportado como trotamundos y que luego fueron capturados por el sistema planetario al que pertenece nuestra Tierra. El cuerpo celeste más cercano a nosotros y el más lejano regulan lo que hay en el ser humano: la Luna, la forma; Saturno, desde la Tierra, lo espiritual sin forma, en el que desmantela la forma, disolviéndola siempre hacia el interior; y el Sol, que establece el ritmo entre ambos. Con ello ha expresado lo que realmente hay que saber. A partir de experiencias ancestrales se podía saber que las mismas fuerzas que corresponden a nuestra tercera línea: «Mira lo que cambia en lo terrenal, comprendes la espiritualización del ser humano», son el mismo complejo de fuerzas que se manifestó en su día en la formación del plomo, de modo que podemos decir: Lo que en nosotros se fractura como organismo físico, para que lo espiritual pueda tener cabida, también debe manifestarse en el plomo. Son fuerzas de fractura las que han dado origen al plomo. Si introducimos plomo en el organismo humano, se producen fracturas. Si necesitamos esa fractura porque el ser humano no elimina lo suficiente, debemos administrarle plomo de alguna forma. Si, por el contrario, ocurre lo contrario, es decir, que el ser humano no es capaz de dar forma a las cosas, que se vuelve, por así decirlo, difuso, entonces debe aplicarse la experiencia ancestral de que que actúe la fuerza que irradiaba la Luna en tiempos remotos, cuando se trataba únicamente de formaciones minerales; la sustancia de la plata, es decir, el complejo de fuerzas de la Luna, actúa allí, de modo que las fuerzas de la plata son las que introducen lo difuso en lo que da forma. La sustancia de la plata puede apoyar la fuerza lunar.

Todo el sistema planetario está relacionado con aquellos elementos que se consideran preferentemente como remedios: Saturno = plomo, Júpiter = estaño, Marte = hierro, Sol = oro, Venus = cobre, Mercurio = mercurio y la Luna = plata. Estas correspondencias se tratan de una manera increíblemente superficial, cuando en realidad se basan en los estudios más minuciosos que se llevaron a cabo en los antiguos misterios. De hecho, en aquella época se investigaba mucho mejor y de forma más concreta, pues estas conclusiones se basan en algo que se ha comprobado a fondo. Se comprobaba con gran precisión cómo era la constelación de Saturno cuando en cualquier persona se producía un estado de falta de autonomía en todo su organismo, de modo que las fuerzas de fragmentación actuaban de forma insuficiente; que la vitalidad y las fuerzas de cohesión se volvían demasiado fuertes, de modo que la persona quedaba aturdida desde el punto de vista orgánico y constitucional; no tenía por qué ser precisamente el sistema sensorial el que quedara aturdido. Se observaba entonces que esto le ocurría tras una constelación particular de Saturno, de modo que anteriormente Saturno había ejercido una fuerte influencia sobre la persona. Si se observaba que la persona caía precisamente en tal estado al declinar Saturno, cuando no había podido desplegar plenamente sus fuerzas, entonces se utilizaba el plomo como remedio. La información que aún hoy se puede encontrar al respecto en libros de aficionados es cierta precisamente porque las personas no han podido alterarla, ya que desconocen su origen; de lo contrario, especularían al respecto y entonces, sin duda, dispondríamos de datos erróneos. Se mantienen correctos porque las personas han perdido el conocimiento científico del que proceden. Se conservan gracias a la tradición. Las personas no pueden alterar esta verdad mediante el pensamiento. Incluso lo que actúa sobre el ser humano desde la Tierra es, en realidad, una influencia de Saturno, que simplemente es retenida y absorbida por la Tierra.

Piense tan solo en las magníficas consecuencias que tiene para el conocimiento humano todo esto. Con el ser humano tal y como lo contempla hoy la ciencia natural, no se puede establecer en absoluto ninguna conexión con lo moral; lo moral queda flotando en algún lugar allá arriba, en lo abstracto. De ahí que, precisamente en el protestantismo, —que es el que más ha perdido la conexión con lo espiritual, con el cosmos—, todo lo moral quede simplemente separado del contexto del mundo. Queda una mera fe. Y si nos acercamos a la realidad, el ser humano es una criatura plenamente provista y cuidada por el cosmos, y entonces, junto con su naturaleza astral, irradian también las fuerzas morales. Entonces tiene la posibilidad de concebir al ser humano realmente conectado, también en su interior, con el mundo moral. Así, si practica la verdadera medicina, vuelve a lo que convierte al ser humano en un ser moral, en un ser humano capaz de experimentar lo moral de forma verdaderamente orgánica, sin tener que limitarse ya a cumplirlo como si se tratara de mandamientos externos.

Esto es lo que quería decirles y lo que creo que pueden llevarse consigo, pues les servirá de guía en muchas cosas. Por supuesto, pueden obtener los detalles de otras fuentes. Pero cómo se comportan esos detalles en el organismo humano, eso es algo que solo pueden comprender a través de un análisis como el que acabamos de realizar. Así pues, pueden leer en algún manual médico que el plomo provoca tal o cual efecto. Por qué lo hace, eso lo sabrán si realmente asimilan aquí estas explicaciones. Todas estas explicaciones tienen la particularidad de que, al proceder del mundo espiritual, requieren mucho menos esfuerzo de la memoria que aquello que el ser humano asimila físicamente. Lo que aprende, —bueno, así es—, depende en cierta medida de su voluntad; pero lo que experimenta por otra parte y lo que se graba por sí solo en su memoria, eso es lo que asimila de esta manera. De ello notará algo peculiar: si no lo revive una y otra vez de forma meditativa, lo olvidará muy pronto. Las verdades espirituales tienen la particularidad de que no pueden convertirse en verdaderas verdades de la memoria. Así como tampoco pueden ustedes conservar en su propio organismo lo que comieron hace una semana. El rumiante sí puede conservarlo, aunque solo sea durante un breve periodo de tiempo. En el caso del rumiante se trata precisamente de una réplica orgánica, un rudimento en el cuerpo físico de lo que, por lo demás, solo existe como memoria en el cuerpo etérico. Pero lo que hay que hacer con respecto a las verdades espirituales es experimentarlas una y otra vez hasta que se conviertan en un hábito; no retenerlas como recuerdos o imágenes, sino que se conviertan en un hábito. Ese es el sentido, el sentido fundamental de la meditación: apelar a lo que, en el fondo, solo está presente en la primera infancia. En esa etapa tampoco se tiene memoria visual, por lo que el niño pequeño olvida lo que acaba de experimentar. Vive en la memoria habitual. A ella debemos volver si queremos asimilar las verdades espirituales en nuestro interior; de lo contrario, las perdemos muy rápidamente.

Por eso, dado que han sentido la necesidad de recibir aquí conocimientos esotéricos, hay que apelar a su capacidad meditativa, a su asimilación interior; de lo contrario, estas cosas no les servirán de nada. Entonces adquiriréis la sutil sensibilidad que os guiará, —ahora no de forma instintiva, sino intuitiva—, a volver a sentir algo similar a lo que aún se conserva de forma abstracta en la denominada «doctrina de las signaturas», es decir, a observar cómo la planta y la piedra pueden actuar en el organismo. También tienen esto: que no solo desarrollan su cuerpo físico, sino también su cuerpo etérico, y que la memoria habitual les proporcionará una capacidad de percepción más refinada de los contenidos del entorno físico y la capacidad de contemplar así el mundo desde la perspectiva de una persona que recibe la pregunta del propio organismo humano, —del pulmón enfermo, del corazón enfermo—, y las respuestas del entorno, de las plantas curativas, los minerales curativos, etcétera.

Pregunta: Doctor, para muchos de nosotros es importante llegar a una visión general orientativa y lo más amplia posible de toda la situación en la que, en el fondo, nos encontramos realmente. En lo más profundo de nuestro ser sentimos que las verdades antroposóficas son algo radical y que de su realización depende infinitamente mucho. En la carta circular que recibimos tras el encuentro de Navidad, me llamó la atención lo mucho que la meditación que allí se ofrecía contiene una indicación orientada hacia la pedagogía general. ¿Cómo podríamos hacer realidad aquello que sentimos como una llamada tan profunda en nuestro interior y cómo podemos llegar a un conocimiento orientador de nuestro propio destino y de nuestras tareas para el futuro? Uno siente que solo podrá actuar correctamente si aprende a reconocer su propio karma en el gran contexto y, al mismo tiempo, reúne el valor para no querer eludirlo, sino para hacerlo realidad de la manera adecuada.

Bueno, por lo que ha dicho, creo percibir un poco en qué dirección se orientan sus sentimientos. Pero tendrá que completar las preguntas si eso no da en el clavo. La pregunta que ha formulado, sin embargo, toca un tema que, en realidad, hoy en día debería ser de conocimiento general. Porque, ¿no es cierto que, sobre todo últimamente, en los círculos juveniles antroposóficos, entre los jóvenes, se ha hablado mucho, —más que entre los mayores—, del transcurso del Kali Yuga? Esto se debe a que, de hecho, con el fin del siglo XIX ya ha comenzado una nueva era para la humanidad. La vida de las personas sigue adelante, al menos por el momento. Si tienes una bola y la empujas con la mano, esta rueda; pero si retiras la mano, sigue rodando. Y así, lo que las personas han vivido hasta finales del siglo XIX sigue rodando, por el momento, aunque ya no cuente con las fuerzas que lo impulsaron, e incluso adopta formas mucho peores que las que tenía en el tiempo pasado. Pero, al mismo tiempo, junto al discurrir de la vieja época, ya se está abriendo en secreto en el mundo una era luminosa. Una era luminosa irradia su luz sobre el mundo y ya es necesario que la antroposofía capte los primeros rayos de esa era luminosa. Ahora bien, como ven, estoy hablando, naturalmente, de ciertos contextos de una manera mucho más radical de lo que lo hacía antes del Congreso de Navidad. También lo deducirán de las conferencias que suelo impartir. Aquellos que puedan quedarse esta noche verán que en las conferencias ya se abordan ciertos contextos humanos. Pero todavía no me es posible, partiendo de tales reflexiones, entrar en detalles concretos sobre aquellas cosas que, precisamente, más atraen al morbo. ¿No es cierto que en estos asuntos hay que respetar unas leyes muy estrictas? Y ya sé que cierto impulso no tiene por qué provenir únicamente de la sed de sensacionalismo que puede existir y que podría satisfacerse si se le revelara a cada uno sus vidas terrenales anteriores. La cuestión no puede llegar tan lejos. En cambio, sí que se pueden ofrecer ciertos puntos de vista que pueden resultar importantes.

Bueno, verá, la cuestión es que hoy en día, en la vida humana en general, —si se me permite expresarlo así—, tenemos dos tipos de personas. Estos dos tipos de seres humanos se deben a que, en determinados momentos, el desarrollo espiritual de la humanidad terrestre fue diferente al de otras épocas, en las que se produjo, por así decirlo, un movimiento ondulatorio. Pero las ondas no solo se sucedían una tras otra, sino que también discurrían en paralelo. Verá, por ejemplo, en una época determinada, el desarrollo occidental del cristianismo se había vuelto una vez más superficial y se había exteriorizado. Las personas no tenían la posibilidad de llegar a lo esencial a partir de lo que les ofrecía el cristianismo. Esto provocó una reacción entre los cátaros. Así, convivían personas que vivían muy centradas en lo exterior y personas que deseaban interiorizarse profundamente. Algo similar ocurrió cuando, bajo la influencia de Comenio y ya anteriormente, se fundaron las comunidades de los Hermanos Moravos hasta lo más profundo de Hungría y Polonia, de modo que en el mundo siempre convivieron personas que en su alma aspiraban intensamente a la espiritualidad y aquellas que, simplemente por el karma de la civilización, se veían obligadas a la exteriorización. El hecho de que unos se incorporen a un grupo y otros al otro está relacionado con estados kármicos anteriores. Ahora bien, para la humanidad actual es muy importante tener en cuenta en qué medida el ser humano, en su encarnación anterior, perteneció a uno u otro de estos grupos de personas. Vea, supongamos que hoy nace una persona que ha vivido en el marco de una evolución cristiana totalmente exteriorizada; esa persona presenta una configuración humana completamente diferente a la de alguien que, a mi parecer, ha pertenecido a los Hermanos de Bohemia y Moravia. ¿Y en qué consiste la diferencia? —Verá, la esencia del transcurso del Kali Yuga solo se descubre cuando se analizan las circunstancias concretas; de lo contrario, no pasa de ser una construcción histórica. La era oscura se extiende hasta el año 1899, y entonces comienza la luminosa. No se tiene mucha conciencia de ello. Hay que profundizar en lo espiritual concreto. Las personas que han nacido así, en el cambio de ciclo del Kali Yuga, aquellas que tienen en su interior un fuerte afán espiritual, —no deben por ello volverse presuntuosas, sino simplemente incorporarlo a su conocimiento vivo—, estas personas son, en gran medida, aquellas que en realidad han nacido de entre los herejes, de aquellos que querían interiorizarse. Alrededor del cambio de siglo entre los siglos XIX y XX, aparecieron personas que no vivían en la corriente general del cristianismo que se exteriorizaba, sino que vivían en sectas de este tipo que se introducían en el interior y se interiorizaban. ¿Cuál es la consecuencia de ello?

Verán, cuando se atraviesa el tiempo que media entre la muerte y el nuevo nacimiento, allí se aprende de forma espiritual con gran precisión, del mismo modo que aquí en la Tierra podemos conocer y estudiar el mundo extrahumano, el universo, así como conocer y estudiar el universo humano. Esto es igualmente amplio y detallado, pues el ser humano contiene en su interior tanto como el cosmos. Eso es lo que estudiamos con nuestras fuerzas de voluntad transformadas. Allí llegamos a conocer al ser humano con gran precisión. Ahora bien, existe una diferencia entre los dos grupos de personas de los que les acabo de hablar. Durante el período que va entre la muerte y el nuevo nacimiento, aquellos que se habían exteriorizado más no pudieron adentrarse correctamente en el mundo espiritual. Pasaron sin pensar por el mundo espiritual, sin prestar atención a la singularidad del ser humano, y renacieron; y, en particular, aquellas personas que nacieron en el segundo tercio del siglo XIX eran de ese tipo, que en su vida anterior se habían exteriorizado tanto. Por lo tanto, no trajeron consigo a la vida terrenal ningún sentido del ser humano. Se comportaban con el ser humano de tal manera que utilizaban el cuerpo para comer, beber, caminar, estar de pie, sentarse, pero no les interesaba, porque no habían desarrollado ese interés entre la muerte y el nuevo nacimiento. Esas eran las personas que se conformaban preferentemente con el materialismo, porque no sentían la necesidad de conocer al ser humano. El materialista, que solo quiere conocer la materia, es quien menos la conoce. Se puede afirmar con la conciencia tranquila que las personas que están aquí sentadas son todas almas herejes renacidas, —no tienen por qué atribuírselo como un mérito—, almas herejes que, sin duda, experimentaron entre la muerte y un nuevo nacimiento un fuerte impulso de infiltrarse en todas las personas y que, por ello, inconscientemente se convierten en un enigma inmenso para los demás. Esto se manifiesta precisamente en el impulso de querer saber más de lo que la medicina materialista puede ofrecer, y así ya existe una justificación interna del karma del que usted ha hablado. Lo que ocurre es que no debe tomarse las cosas a la ligera, porque, si lo hiciera, se desconocería a sí mismo. No alcanzaría aquello a lo que, en realidad, desea llegar, gracias a haber vivido ciertas experiencias entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y lo que ocurre cuando, en la vida terrenal, uno no encuentra aquello a lo que ha aspirado durante siglos, no es solo que eso haga que la persona se vuelva superficial. Hemos salido de la época en la que las personas que habían asimilado verdades sobre el ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento podían volverse superficiales sin sufrir consecuencias. En la actualidad, la juventud no está en absoluto en condiciones de permitirse volverse superficial impunemente, porque se arruina interiormente hasta lo más profundo de su ser orgánico. Lo grave no es que las personas de hoy sean materialistas en sus pensamientos, que parloteen sobre el monismo y cosas por el estilo; eso no es lo grave, de eso se podría salir fácilmente. Lo que el ser humano dice no tiene tanta importancia, pero lo que luego se refleja en su naturaleza emocional y volitiva, lo que se entreteje en sus órganos, hace que las personas, si no profundizan espiritualmente, no puedan dormir bien en absoluto. Eso es lo esencial. Si hoy en día se deja a las personas sin ese tipo de profundización, ¿cuál será la consecuencia? La consecuencia será que, apenas lleguemos a los años 1940 a 1950, serán testigos de epidemias de insomnio cada vez más extendidas y de mayor alcance. Esas personas ya no podrán contribuir en absoluto a la civilización humana. Así pues, debido a vuestro karma, no tenéis otra opción que tener en cuenta vuestro karma, algo que aún se podía hacer antes de que terminara el Kali Yuga y [hasta] ahora. Debéis considerar con toda seriedad lo que os acabo de decir sobre la configuración de vuestro karma. Por supuesto, esto se mantiene en el ámbito de las características generales, pero pueden encontrar útil para ustedes mismos ese karma general si se proponen reflexionar con mayor frecuencia sobre las circunstancias particulares de su vida. Podrían llegar, en mayor o menor medida, a descubrir algo curioso precisamente cuando reflexionaran sobre las circunstancias particulares de su vida. El movimiento juvenil teoriza demasiado, por lo que se oyen demasiado las mismas teorías. Si se detuvieran a observar realmente por sí mismos qué es lo que vive la juventud hoy en día de especial, qué es lo que realmente se diferencia de lo que vivió la generación anterior, entonces el movimiento juvenil adquiriría de golpe una forma completamente diferente. Eso es lo que pretendemos con nuestro movimiento juvenil: que adquiera una forma concreta y no se quede estancado en abstracciones.

Dr. Bort: En la reunión que mantuvimos ayer no solo nos planteamos la pregunta de cómo es posible que nuestro destino nos haya traído a Dornach precisamente en Navidad, sino que también nos dijimos que, con nuestra conciencia humana, no sabemos en absoluto por qué hemos venido aquí y que se nos ha dado la oportunidad de asimilar algo tan grande en nuestro interior, algo que, tal y como somos, no podemos comprender ni merecemos. Precisamente a partir de este hecho, muchos de nosotros tomamos conciencia de que tenemos ante nosotros una tarea muy concreta y de que se trata, precisamente, de estar preparados para afrontar este karma y esta tarea, tal y como se nos planteaba en el tema que se nos había indicado en la circular.

Bueno, si deja que le calen en el alma, sobre todo el debate —que, en mi opinión, ha sido serio— que acabamos de mantener, seguro que podrá sacar algo en claro de este encuentro, que ha sido demasiado breve.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 9 de enero de 1924 -La orientación del médico según el karma: la voluntad kármica y la voluntad curativa

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

La orientación del médico según el karma: la voluntad kármica y la voluntad curativa

Dornach, 9 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Por supuesto, aquí solo es posible insinuar algunas cosas de forma aforística, lo cual, con el paso del tiempo, deberá llegar a ustedes de manera detallada de una forma u otra, si lo que ha tenido lugar aquí  encuentra para ustedes una continuación adecuada en su relación con el movimiento médico del Goetheanum.

Ante todo hay que destacar que, como es lógico, no se puede curar en contra del karma. El hecho de que no se pueda curar en contra del karma debe ser, en esencia, la actitud del médico. De hecho, la actitud del médico debe orientarse en dos direcciones, ya desde la primera cuestión sobre la voluntad de curar. Una de ellas es la voluntad de karma invencible. El médico necesita esta voluntad de karma, ante todo, para sí mismo, pues, como habéis visto, queridos amigos, aquello que aplica a sus pacientes pierde, en cierta medida, su efecto sobre él mismo. Ciertamente, puede transformarse de nuevo en un efecto para él. Pero, por el momento, basta con lo que he dicho al respecto. Por supuesto, también el médico, en lo que respecta a su salud y a su enfermedad, sigue estando sometido al karma. Pero precisamente cuando existe esa actitud de la que he hablado, cuando el conocimiento terapéutico penetra tan profundamente en el alma humana como he dicho, entonces se puede afirmar que la conciencia del karma se va transformando cada vez más en la pura revelación del karma. El karma tiene sus dos caras. En primer lugar, debéis considerar el karma de tal manera que lo que se presenta ante vuestro destino, lo relacionéis con lo inmediatamente anterior en la sucesión de vidas terrenales. En este sentido, el karma es la expresión de lo que han aportado las vidas terrenales anteriores. Pero hay algo que se presenta de forma directa: también debéis tener en cuenta el karma en la quinta y sexta vidas terrenales siguientes, es decir, en la vida terrenal que, tras la actual, es la quinta y la sexta. Entonces, lo que ocurre ahora será un acontecimiento, y al final obtendréis el resultado. Si lleváis esta idea hasta sus últimas consecuencias, os daréis cuenta de que el karma también es algo en devenir, de que lo que ocurre ahora añade una cosa u otra al karma. Se puede decir que, en cierto modo, el karma se orienta en una u otra dirección a través de nuestras acciones. Quien comprende el karma nunca puede convertirse en fatalista.

Una de las direcciones es la del karma. Aporta firmeza y seguridad en la vida, proporciona un punto de vista firme. La otra dirección, sin embargo, es que debe existir sin falta la voluntad de curar. Esta voluntad nunca debe verse mermada. Debe actuar terapéuticamente sin reservas, hasta tal punto que se pueda decir: se hace todo lo posible, aunque se piense que el enfermo es incurable. —Debéis reprimir esa opinión, debéis hacer todo lo posible por su curación. Esto solo se insinúa de forma aforística.

Hoy lo más importante es, que en cierto sentido, consideremos desde una perspectiva esotérica aquello que puede influir en el despertar de las fuerzas del alma para los estudios de medicina. Y debéis tener en cuenta que, de hecho, para el médico, el contenido de lo esotérico también debe adoptar una actividad específica, una forma particular. El médico no se limitará, sencillamente, a contemplar las cosas tal y como se contemplan en la vida cotidiana y como se hace hoy en día también en la ciencia convencional. La ciencia no recurre a fuerzas anímicas especiales que el ser humano no posea en la vida cotidiana, sino que, por el contrario, concede gran importancia a no recurrir en absoluto a tales fuerzas anímicas. Pero con las concepciones generales no se llega a comprender que alguna sustancia o proceso del mundo revele los poderes curativos. Los poderes curativos solo se revelan a través de las cosas cuando uno se acerca a ellas con ciertas facultades del alma despiertas. Ahora dependerá de vosotros despertar, paso a paso, estas facultades del alma, para que las cosas os hablen a su manera, de modo que a través de vosotros y de vuestra labor médica, puedan ayudar a las personas. Pero para ello es fundamental que aquello de lo que he hablado estos días sobre la actitud del médico se arraigue aún mucho, mucho más profundamente en vuestra alma.

Para empezar, quiero hacer una simple reflexión, tal y como debería hacerse en los estudios de medicina. Aquí la cuestión parece un aforismo, pero cuando se tenga tiempo para profundizar en ella, no parecerá un aforismo, sino que se revelará como algo evidente ante el espíritu del estudiante de medicina.


Fíjense en lo que se les revela, en cuanto a la forma, en la bóveda craneal ósea. Podemos dibujar esquemáticamente esta bóveda craneal ósea. Fíjense en lo que se revela en cuanto a su forma en la bóveda craneal ósea y compárenlo con lo que se les revela cuando observan un hueso tubular, por ejemplo, el fémur, —que voy a esbozar esquemáticamente de amarillo—. Ahora bien, estas cosas no están aisladas, sino que la bóveda craneal ósea tiene las múltiples fuerzas físicas que la rodean. Del mismo modo, el hueso tubular tiene las múltiples fuerzas que lo rodean; pero cuando ustedes miran este hueso tubular, nunca les revelará su esencia de otra manera que no sea al contemplarlo en relación con el universo entero. Ahora imaginen: aquí está el hueso tubular; sus fuerzas son tales que atraviesan toda su longitud y, en realidad, cuando el ser humano alcanza la posición terrenal que le corresponde, se dirigen hacia el centro de la Tierra. Pero eso no es lo esencial. Lo esencial es que él integra estas fuerzas en la conexión entre el centro de la Tierra y la Luna. Así pues, aquello que se encuentra en la misma posición que el hueso tubular del muslo o del brazo, así como un músculo que ocupa una posición análoga, está en realidad integrado en las fuerzas que conectan la Tierra con la Luna. Y podéis imaginaros esto así: aquí tenéis la Tierra, desde la cual se elevan fuerzas hacia la Luna, y en estas fuerzas está integrado todo aquello que tiene la posición, digamos, del fémur cuando el ser humano está erguido o camina. 

Por el contrario, todo aquello que tiene una posición similar a la de la bóveda craneal está integrado con el movimiento de Saturno. En ella reinan las fuerzas de rotación de Saturno, de modo que se puede decir: el ser humano se forma de abajo hacia arriba a través de la relación entre la Tierra y la Luna, y se completa mediante lo que reside en la fuerza de rotación de Saturno, pero ambos tipos de fuerzas son opuestas entre sí. Si observáis las primeras fuerzas, aquellas que se encuentran en la relación entre la Tierra y la Luna, veréis que en ellas reside todo aquello que da al ser humano su forma plástica, lo que lo construye plásticamente. Se podría decir que en estas fuerzas hay un escultor secreto que construye al ser humano de forma plástica, mientras que en las otras fuerzas, que actúan de ese modo, hay una desintegración continua. Allí se desintegra continuamente, lo material que construye al ser humano de forma plástica. Así pues, cuando os cortáis una uña, con las tijeras os adentráis en las fuerzas de Saturno. Cuando coméis, el componente, —la dirección que se aleja de la Tierra aporta este componente—, va en dirección a la Luna. Todas las fuerzas se construyen en la dirección de la Luna. Todas las fuerzas en la dirección de Saturno desintegran al ser humano, y en esta interacción entre la desintegración y la construcción plástica reside el alma del ser humano, reside su espíritu. En ello se revelan.

Ahora bien, lo que está en el exterior y lo que el ser humano tiene en su interior, lo que está vinculado al cuerpo etérico, está relacionado con estas fuerzas periféricas. La plata se muestra, en cierto sentido, vinculada a las fuerzas constructivas, de modo que, si observáis en el ser humano que las fuerzas constructivas se ven abrumadas por las fuerzas destructivas, por lo general podéis corregir esta situación con algún medicamento derivado de la plata. Pero si observáis que las fuerzas constructivas proliferan, que mantienen unida la forma del ser humano, impidiendo, por así decirlo, su desintegración, veréis siempre que hay que recurrir a los remedios que provienen de Saturno, a los remedios que provienen del plomo, de modo que, al reconocer cómo está constituido el ser humano, se obtiene una idea de cómo hay que actuar.

Ahora se trata de adentrarse en esa forma de ver las cosas. Veréis, queridos amigos míos, el mundo verdadero, el mundo del espíritu, se encuentra, en realidad, de tal manera que siempre se ha dicho con razón, que está más allá de un umbral, mientras que el ser humano se encuentra a este lado del umbral. Para alcanzar el verdadero conocimiento, para llegar a la verdadera comprensión de la constitución del mundo, es imprescindible que el ser humano cruce ese umbral. Ahora bien, en general para el ser humano resulta peligroso cruzar ese umbral sin más. Porque cuando el ser humano entremezcla con sus pensamientos la percepción sensorial habitual que tiene en la vida cotidiana y la lleva consigo al mundo espiritual más allá del umbral, entonces, al juzgar las cosas más allá del umbral tal y como se contemplan y juzgan aquí, provoca ante su ojo espiritual una ilusión, una auténtica ilusión. Y por eso existe esa entidad espiritual en el umbral, de la que podemos aprender que cuando cruzamos el umbral necesitamos conceptos totalmente diferentes, que precisamente esa ilusión nos paraliza para la vida cuando nos adentramos en el mundo espiritual con nuestros conceptos habituales, extraídos del mundo sensorial. Este guardián del umbral es, en realidad, quien nos advierte de que primero debemos adquirir las ideas que necesitamos en el mundo espiritual. Por lo general, no se cree que los conceptos que sirven de algo en el mundo espiritual sean, de hecho, extraordinariamente diferentes de los conceptos que sirven de algo aquí, en el mundo físico. En el mundo físico, por ejemplo, la parte es siempre menor que el todo. Esto se considera un axioma. En el mundo espiritual no es así. Allí, la parte es siempre mayor que el todo. Esto se puede aprender con el ejemplo del ser humano. Si se toma una fuerza que posee el ser humano, —por ejemplo, cuando construye su cuerpo a partir de elementos minerales—, y se considera la combinación de fuerzas que posee una parte de él, entonces, en relación con el cosmos, aquello que da forma a los órganos, es decir, la parte del ser humano, es esencialmente mayor que el ser humano en su totalidad. No podéis imaginaros fácilmente la frase «la parte es mayor que el todo», porque estáis acostumbrados al mundo sensorial, pero en relación con el mundo suprasensorial es así sin lugar a dudas. Por eso hay que llegar a comprender la posibilidad de que, en el mundo espiritual, la parte pueda ser mayor que el todo. Toda nuestra mecánica y física no se aplica al mundo suprasensible, sino precisamente a lo contrario. Aquí, en el mundo sensible, la línea recta es el camino más corto entre dos puntos. En el mundo espiritual es el más largo, porque, si se avanza en línea recta, hay que superar la mayor cantidad de obstáculos. Cualquier otra dirección es más corta que la línea recta. Hay que tener muy claro que, si se quiere entrar en el mundo espiritual, se necesitan conceptos opuestos a los que son habituales en el mundo físico, para no caer en la confusión al adentrarse en el mundo espiritual. Para ello se necesita valor. Hay que tener el valor de cruzar el umbral espiritual, de atravesar, por así decirlo, el abismo. Si se atraviesa todo este proceso, —este paso al mundo espiritual, este encuentro con el guardián del umbral y esta llegada al otro lado—, si se atraviesa conscientemente con el alma y el espíritu, con el cuerpo astral y el yo, entonces todo irá bien. Pero si no se atraviesa este proceso de forma pura, tanto en el yo como en el cuerpo astral, surge una ilusión; y cuando esta ilusión se vuelve contra el ser humano, se convierte en enfermedad. Y siempre que el ser humano padece alguna enfermedad, en realidad tiene en su interior al guardián del umbral, solo que en una especie de imagen demoníaca.

Vuelvo aquí a lo demoníaco, de lo que ya he tenido que hablar. ¿Y en qué se basa eso? Se basa en lo siguiente: cuando se observa al ser humano con puntos de vista comunes, todo se confunde entre sí. Por un lado está el «yo» y el cuerpo astral del ser humano; por otro, el cuerpo etérico y el cuerpo físico; y todo ello se entremezcla de forma confusa cuando se observa al ser humano de este modo. Y, sobre todo, lo importante es aprender a distinguir lo que hay de anímico en el ser humano de lo que hay de físico en él. Cuando el alma está en el cuerpo y observáis al ser humano, el alma no se manifiesta como lo que es en realidad. El alma es, en realidad, luz. Y tendréis que daros cuenta cada vez más de cómo el alma humana, cuando se la contempla separada del cuerpo, es luz. Entre las cosas que la rodean como elemento, como elemento etérico, pertenece precisamente a la luz. El alma humana pertenece sin duda al reino de la luz. Se ve correctamente cuando se la contempla dentro de la luz.

Por el contrario, el cuerpo pertenece a la gravedad. Ahora bien, he explicado cómo se supera la gravedad, cómo el cerebro se vuelve terriblemente más ligero de lo que se percibe desde fuera. Pero el cuerpo físico, en su forma tal y como lo percibimos en su esencia, pertenece a la gravedad. Del mismo modo que, mediante un análisis químico, se extraen del agua el hidrógeno y el oxígeno, si queréis contemplar al ser humano según su esencia, debéis dividirlo en el alma, con su fuerza luminosa, y en el cuerpo, con su fuerza gravitatoria.

Estas dos entidades, —el alma con su fuerza luminosa y el cuerpo con su fuerza gravitatoria—, se entremezclan de forma confusa cuando se observan con visión ordinaria. Debido a que están entremezclados de forma confusa, no se puede deducir por el aspecto del cuerpo, —ni, en general, por el aspecto de la persona—, en qué consiste la esencia de la enfermedad. Si preparáis vuestra alma de tal manera que pueda observar al ser humano de forma que la esencia de la enfermedad pueda revelarse, y si gracias a ello llegáis a comprender cómo puede revelarse la esencia de la enfermedad, entonces, poco a poco, al observar el plomo, al observar la plata, os daréis cuenta de qué poderes curativos contienen estas cosas. Pero debéis tomaros la vida médica con enorme seriedad y configurar la vida meditativa en vuestra alma con tal fuerza que, a través de ella, aprendáis a ver de otra manera, a percibir el mundo de otra forma. Y por eso quiero transmitiros aquí ahora aquello que, meditado correctamente, queridos amigos míos, sumado a lo demás, os llevará también a adquirir, respecto a sustancias específicas, la misma relación que estas sustancias tienen a su vez con el ser humano sano y enfermo. Solo tenéis que contemplar lo que ahora escribo con palabras en la pizarra como algo que despierta vuestra alma, de tal manera que lo que veis del ser humano en la vida cotidiana no sea la realidad, sino lo que veréis cuando animéis vuestra alma con lo que encierran estas palabras; entonces veréis la verdad del ser humano en su relación de uno con otro.

Hasta ahora he hablado de tal manera que podáis comprender al ser humano en general en su relación con el cosmos. Hoy quisiera grabar en vuestras almas aquello que os permite tomar un pequeño trozo de oro y contemplarlo meditativamente. Lo convierto en una lámina delgada y, al mirarlo así, percibo un tono verdoso. Tiene un aspecto verdoso. Al presentar ese aspecto verdoso, despierta, —no solo mediante una analogía confusa, sino precisamente cuando me acerco a esa laminita de oro con las fuerzas más profundas del alma—, la misma experiencia interior que despierta el prado verde, el manto vegetal verde de la Tierra. Pero al sumergirme profundamente con mis fuerzas anímicas en esa pequeña lámina de oro que brilla a través de ella, se despierta también la fuerza anímica opuesta. Y al tener aquí esta plaquita de oro con un brillo verdoso, cuando miro a mi alrededor, cuando dirijo la mirada hacia cualquier parte, cuando aparto la vista, tengo, —no como dice el físico fisiológico, solo un efecto de contraste, sino que en todo ello, en el efecto de contraste, se encuentra todo un mundo—, la impresión de todo un mundo que brilla en sí mismo, todo un mundo que brilla en sí mismo, que resplandece a mi alrededor y por todas partes como en una luz rojiza mate, rojiza azulada. Y sé que, en ese instante, en ese trocito de oro, que es tan pequeño, se encuentra allí todo el mundo. Y este pequeño trocito de oro que tengo en la mano, que brilla aquí con un tono verdoso, es en realidad una esfera completa. En este pequeño trocito atomístico, ahí es donde se condensa. No puedo tener un trocito de oro sin que sea una esfera completa, sin que sea un punto de unión de una esfera, de una esfera completa, de modo que, en cierto sentido, aprendo a vivir en el azul-rojo, en el azul-violeta de una esfera. Y cuando conozcáis otras propiedades del oro, entonces podréis relacionar de forma viva esas otras propiedades del oro con lo que recibís en una especie de visión espiritual. Por ejemplo, la propiedad que ya conocéis de que el oro no tolera la unión con el oxígeno, la experimentaréis de una manera profunda, fundamental y de principio, pues os diréis: El ser humano vive gracias al oxígeno. Vive gracias al oxígeno, gracias a que lo procesa continuamente. —En el cuerpo etérico—, como habéis visto, todo es diferente; está relacionado con aquello que no está anclado en el cuerpo físico. El oro está relacionado con el cuerpo etérico en el sentido de que no admite en sí mismo una unión con el oxígeno, de modo que, precisamente por esta propiedad suya, el oro actúa en el cuerpo etérico de forma curativa sobre todo aquello que el oxígeno puede causar, por ejemplo, en el cuerpo físico. Por eso, el oro es, en cierto sentido, un remedio que puede actuar correctamente desde el centro del ser humano. A través de esta impresión luminosa en una luz azul mate y roja, captáis en realidad la verdad interior de la frase: «El oro es sol. Es todo sol». —Pues bien, ahí tenéis este nudo que simplemente indica que, en el espacio cósmico, el oro es sol y que el oro-sol está relacionado con el cuerpo etérico.

Veréis, a través de estas reflexiones llegáis a aquellas propiedades de una sustancia que son necesarias para la terapia. Pero solo llegaréis a ellas si queréis tomarlas en serio, no como una palabra externa, sino como una invocación interior constante del alma:

Observa en tu alma
La fuerza de la luz
Siente en tu cuerpo
La fuerza de la gravedad

Pero eso hay que practicarlo de verdad. Debéis practicar como si vuestra alma se convirtiera en algo que fluye realmente hacia la inmensidad, luz que fluye, fuerza luminosa, y como si vuestro cuerpo pudiera convertirse en algo que, a través de su propio anhelo interior de gravedad, se uniera con el interior de la Tierra. Debéis experimentar realmente en vuestro interior este enorme contraste; entonces separaréis el alma y el cuerpo, que deben separarse. Entonces se sigue adelante

En la fuerza luminosa
Resplandece el yo espiritual

Solo así comprenderéis el todo. Porque el yo humano se funde en el alma como experiencia interior. Por eso debéis comprender también la imagen de que, en el alma que irradia hacia el universo, en el alma que resplandece hacia el exterior, el yo crece resplandeciente. Lo otro es ahora aquello que debéis añadir:

En la fuerza de la gravedad
actúa el Espíritu de Dios.

En verdad, no solo como una imagen trivial, queridos amigos míos, sino como algo que se corresponde profundamente con la verdad, los hombres de épocas pasadas siempre han hablado de que el ser humano, el cuerpo humano, es un templo de la divinidad. Y tan cierto como que en el alma el «yo» es lo que domina, cuando el alma está consciente, también es cierto que en el cuerpo la divinidad es la que domina. No debéis referiros a vuestro cuerpo como si fuera vuestro, pues el cuerpo no pertenece al hombre, sino a Dios. Es cierto que el cuerpo del hombre surge de las fuerzas divinas, pero lo único que le pertenece es el alma que se encuentra en él, de modo que debéis ver realmente en vuestros instrumentos corporales el templo de Dios.

Y es de una importancia enorme saber esto:

En la fuerza luminosa —el alma—
resplandece el «yo» espiritual;
en la fuerza de la gravedad
actúa el Espíritu de Dios.

- actúa en el cuerpo humano de la misma manera que el «yo» en el alma humana.

Pero ahora viene lo importante:

Sin embargo, no debe
la fuerza luminosa
apoderarse
de la fuerza de gravedad

Cuando el ser humano duerme, os resultará evidente que ha separado lo anímico de lo físico-corporal. Los ha separado. En ese momento, el alma no se apodera del cuerpo. Pero incluso cuando el ser humano está despierto, debe darse el caso de que, si bien el «yo» y el cuerpo astral se sumergen en el cuerpo físico y el cuerpo etérico, exista, no obstante, una separación interna, una distinción interna entre la fuerza luminosa y la fuerza de gravedad. No debe darse el caso de que, químicamente, se forme un componente a partir de la fuerza luminosa y la fuerza de gravedad; estas deben estar separadas interiormente. Mecánicamente, no deben mezclarse entre sí ni, mucho menos, unirse interiormente. Deben actuar una junto a otra en el mismo espacio: la fuerza de gravedad del cuerpo hacia abajo, la fuerza luminosa del alma hacia arriba. Por eso es importante la frase:

Pero no debe
la fuerza luminosa
apoderarse
de la fuerza de gravedad
ni tampoco
la fuerza de gravedad
penetrar
la fuerza luminosa

Eso es solo la antítesis. Así pues, en la realidad, queridos amigos, debe existir en el ser humano —y de forma separada— aquello que nuestro conocimiento sensorial externo mezcla continuamente. Si observáis al ser humano desde fuera, a través del conocimiento sensorial, todo está revuelto. Y si el ser humano fuera tal y como lo ve la percepción habitual, estaría siempre enfermo. El ser humano puede estar sano, pero nuestra percepción, nuestra percepción sensorial del ser humano, es siempre la enfermedad. Siempre se ve al ser humano enfermo, pero eso es, naturalmente, siempre maya, ilusión. Porque, en su verdadera esencia, el ser humano nunca debe ser tal y como se le ve. En su verdadera esencia, la fuerza luminosa y la fuerza pesada no deben estar mezcladas. Deben estar separadas internamente la una de la otra. Por lo tanto, no debe ser como en el caso del agua, donde el hidrógeno y el oxígeno forman un compuesto químico entre sí y, en realidad, desaparecen por sí mismos. En el ser humano, eso lo hace únicamente la percepción sensorial; esta ha dado lugar a la insensatez de incorporar en sí misma ideas químicas y de contemplar al ser humano como si fuera una unión de fuerza luminosa y fuerza pesada —que están separadas y deben permanecer separadas—, como si el agua fuera así, como si el hidrógeno y el oxígeno permanecieran siempre separados en ella, a pesar de que están entre sí.

Dado que la fuerza luminosa
abarca la fuerza gravitatoria ,

es decir, la fuerza luminosa se funde realmente con la fuerza gravitatoria.

Dado que la fuerza luminosa
abarca la fuerza gravitatoria,
y la fuerza gravitatoria
se adentra en la fuerza luminosa,
así, en l
a confusión del mundo,
el alma y el cuerpo
se unen en la descomposición,
la descomposición es la enfermedad
.

Como ya he dicho, debéis tomaros algo así con toda seriedad, pero con tal seriedad que se convierta en parte de vuestro ser, de modo que podáis observar realmente a las personas según su fuerza luminosa y su fuerza pesada, y que tengáis la sensación de que, cuando se tocan entre sí, son enemigas. En la enfermedad se tocan entre sí. Y cuando la fuerza luminosa se apodera de la fuerza pesada, surgen las enfermedades del cuerpo; cuando la fuerza pesada penetra en la fuerza luminosa, surgen las llamadas enfermedades del alma. Porque pensad en lo que hay ahí. Pensad que en el cuerpo vive el Espíritu de Dios. Ahora bien, cuando la fuerza luminosa se apodera de la fuerza pesada, el ser humano se apropia ilegítimamente de Dios, de Dios en sí mismo.

Pues bien, conocer todas estas cosas con el impulso moral necesario, sentirlas en lo más profundo y, a partir de lo que hayáis sentido, querer, es así como poco a poco aprenderéis realmente a contemplar las cosas y los procesos del mundo de tal manera que lleguéis a comprender cómo, cuando la fuerza luminosa se ha apoderado de la fuerza de la gravedad, se puede apartar la fuerza luminosa de la fuerza de la gravedad mediante algo que sostenga el cuerpo etérico desde el cuerpo astral, ya sea a través de alguna sustancia externa o de un proceso que tenga lugar en el ser humano. Veréis, si sentís algo así profundamente en vuestra alma, entonces también podréis percibir el poder curativo de la euritmia terapéutica. Porque el poder curativo de la euritmia terapéutica es, en el fondo, diría yo, aquello que, en la curación, cuenta especialmente con las fuerzas cósmicas. Cuando realizáis ejercicios de euritmia terapéutica consonánticos, os adentráis en las fuerzas lunares. Cuando desarrolláis fuerzas de euritmia terapéutica vocálicas, os adentráis en las fuerzas saturninas. Y, al practicar la euritmia terapéutica, el ser humano se integra directamente en el cosmos a través de estos dos tipos de fuerzas. Y ocurre, por ejemplo, lo siguiente: Supongamos que se pudiera constatar —pues lo esencial en la medicina es, por supuesto, la terapia, pero no existe terapia alguna si no se dispone de un diagnóstico absolutamente válido—, supongamos que se pudiera constatar que en el ser humano existe una formación excesiva, es decir, que en su interior tiene, digamos, la formación de sales o hidratos de carbono que no puede superar; hay demasiada «gestalt» (forma) en su interior. Si se tienen en cuenta realmente los efectos más sutiles sobre el organismo —los síntomas pueden manifestarse solo de forma leve—, la euritmia vocal terapéutica, que contrarresta lo formado, podrá tener un efecto extraordinariamente beneficioso. O supongamos, por ejemplo, que un niño pequeño muestra una leve tendencia a tartamudear. Bueno, ¿verdad? No quiero, desde luego, hablar de manera diletante sobre si el tartamudeo es esto o aquello; naturalmente, pueden existir las más diversas alteraciones. Pero, en cualquier caso, estas alteraciones en la tartamudez actúan de tal manera que existe una fuerza formadora predominante, y precisamente por eso, en la tartamudez, se realizarán ejercicios de euritmia terapéutica vocal, y precisamente en el orden en que lo vocal se manifiesta de forma natural en el ser humano, me gustaría decir, a su correcta manifestación humana, y aplicarlos precisamente de tal forma que, de hecho, en el caso de los niños con predisposición a la tartamudez, se pueda lograr muchísimo con la euritmia terapéutica, simplemente utilizando la secuencia vocal habitual a, e, i, o, u, siempre que se tenga la perseverancia y el amor necesarios.

Si pensáis en todo esto, queridos amigos míos, entonces podréis decir que precisamente eso debe ser importante para vosotros: que consideréis los fundamentos esotéricos que os he proporcionado hace unos días y ahora como una especie de moraleja de los estudios de medicina. Por «moraleja» entiendo el sentirse comprometido con una obligación, el sentirse realmente capaz de llevar el alma, mediante esas fuerzas meditativas, al estado de ánimo necesario y duradero para afrontar el mundo de la manera correcta. ¿No es así? Si se os pudiera dar una conferencia de un año de duración, se podría decir ya mucho sobre aspectos concretos que luego os servirían de ayuda práctica. Pero dado que en estas conferencias solo hemos podido, en cierto modo, sentar las bases, queridos amigos, es de especial importancia hablar, en primer lugar, del desarrollo de las fuerzas médicas en el ser humano, para daros precisamente estas orientaciones médicas. Porque si ahora abordáis vuestros estudios de medicina con estas ideas esotéricas, veréis que será diferente. Sin embargo, quizá incluso resulte más difícil. Si una persona de hoy en día con una mente algo embotada —a los hombres ya se les embota el pensamiento hoy en día en la escuela primaria, y aún más en el instituto—, y llega a la universidad; si una persona así, con el pensamiento embotado, se matricula en la carrera de Medicina, superará el primer y el segundo curso con cierta rebeldía interior, sobre todo si, por proceder de cualquier entorno social, siente a sus espaldas algún tipo de látigo moral. Pero no se convertirá en médico. Se convertirá en alguien a quien la sociedad contrata para que haga de médico, pero no será médico. Ahora bien, naturalmente obtendréis una fuerza anímica más refinada al permitir que tales cosas actúen sobre vuestras fuerzas anímicas. Y a veces la forma en que la psicología, la fisiología y la ciencia patológica —en las que se basa la ciencia médica— actúan sobre vosotros mismos os causará cierto dolor. Será realmente como si a veces os dieran piedras en lugar de pan. Pero vosotros mismos podréis sacar algo de estas piedras que hay ahí. Y lo que se os ofrezca os resultará, en cierta medida, útil para alcanzar vuestros objetivos. Podréis aprender algo en un camino que no es fácil. Y así tiene que ser, ¿no? Por el momento, el mundo, con su materialismo, sigue siendo poderoso, y primero tenemos que integrarnos en él de alguna manera. Tenemos que salir de la situación en la que nos encontramos al integrarnos en él.

Y así, tal y como exige el mundo, debéis convertiros en médicos e impregnar vuestros estudios de medicina con aquello que podáis obtener aquí. Y por eso quiero repetir una vez más: vosotros, queridos amigos míos, tenéis sin duda la oportunidad de uniros aquí de la manera correcta, de uniros tal y como os he dicho. Debéis tener plena confianza en la forma en que la Dra. Wegman y yo gestionamos el departamento médico del Goetheanum. Precisamente esta medicina, tal y como se puede investigar aquí, puede mostraros cómo se puede experimentar aquí —perdonad la palabra paradójica— realmente en la vida humana. Podréis recibirla y, por eso, hacedlo de tal manera que, cuando volváis a estar fuera, en el mundo, cuando se os presente una u otra situación, escribáis vuestros deseos, las necesidades de vuestro corazón. Y aquello que cada uno escriba recibirá entonces una respuesta, que se comunicará a todos en el boletín mensual. De esta manera, tal y como solo podemos hacerlo por el momento, el estudio externo de la medicina podrá impregnarse de aquello que precisamente hoy se puede ofrecer.

Porque, veréis, en el fondo son aún muy pocas personas —en realidad, solo pueden ser jóvenes—, solo unas pocas personas las que pueden tender un puente entre lo que se persigue espiritualmente en Dornach y aquello que, ahí fuera, en el mundo, ejerce el poder de forma materialista. Por el momento solo pueden ser unas pocas personas, y en realidad solo aquellas que se encuentran inmersas en sus estudios. ¿Por qué? Lo que se oye inicialmente sobre Dornach en los ámbitos más diversos, si fuera cierto, sería una locura. Una vez, cuando tuve que dar una conferencia ante un grupo de estudiantes sobre un capítulo concreto de la terapia, los estudiantes procedían de toda la facultad y había incluso un profesor, un auténtico profesor. Sí, vean ustedes, queridos amigos, pude darme cuenta por la mirada de aquel hombre que entró en la sala de la conferencia, porque quería confirmar lo que creía: que allí solo se estaba exponiendo una charla totalmente trivial, como las que suelen dar los diletantes de la medicina. Y ahí pude realmente estudiar la metamorfosis, ya que, por un lado, se sentía cada vez más reacio interiormente y, por otro, se llevaba una sorpresa. Y es que tuvo que llegar a creer que no se trataba de simples habladurías, pero, naturalmente, no podía dar su consentimiento, pues eso contradecía por completo lo que ya llevaba décadas considerando como lo verdadero y lo correcto. ¿No es así? Lo máximo que se le podía exigir a este señor era —hablé con él después y así resultó ser— que se dijera a sí mismo: «¡Prefiero mantenerme al margen de esto!» ¿No es así? No habría tenido que mantenerse al margen si hubiera comprendido que era una tontería. Entonces habría podido dar fácilmente las patadas de siempre. Él también creía que podría hacerlo fácilmente, pero no pudo, y ahí estaba lo máximo que se le puede exigir por parte de un profesor: que se dijera a sí mismo: «Prefiero mantenerme al margen de esto». - No se puede exigir nada más de ellos. Pero el joven debe adoptar una actitud muy diferente al respecto. Él aún no tiene antecedentes. Por lo tanto, puede asimilar las cosas realmente en beneficio de la humanidad. Y cuando eso suceda, queridos amigos, se llegará a que, poco a poco —quizá más rápido de lo que se piensa—, la espiritualidad de Goethe se introduzca en la medicina.

Pero, por supuesto, lo primero es que esto continúe con toda seriedad, tal y como —como ha dicho la Dra. Wegman— lo habéis abordado, para iniciar realmente, con plena confianza, la conexión con lo que en realidad debería ser un estudio de medicina, que debe integrarse en la medicina materialista general de hoy en día. Podéis hacer mucho por vosotros mismos en este sentido, pero también mucho por el mundo y por la humanidad enferma, si no consideráis lo que acabáis de escuchar como algo meramente pasajero, sino como punto de partida para aquello en lo que, de hecho, habéis tenido un comienzo extraordinariamente bueno.

En este sentido, queridos amigos, permanezcamos unidos, permanezcamos tan unidos que conservéis aquí, en Dornach, en el Goethe, vuestro centro y os aferréis verdaderamente a él, de modo que este centro pueda manifestarse en el mundo a través de vosotros. Esto es lo que, como una especie de advertencia, diría yo, quiero dejaros; entonces todo irá bien, y muchas cosas se sumarán a lo que hemos debatido y vivido aquí, de lo que podéis tener un ideal emocional tan hermoso, pero que puede convertirse en una verdadera forma de vida.

Pues bien, queridos amigos, hagámoslo así.

Mira en tu alma
la fuerza luminosa
Siente en tu cuerpo
la fuerza gravitatoria
En la fuerza luminosa
resplandece el yo espiritual
En la fuerza gravitatoria
actúa el Espíritu de Dios
Pero no debe
la fuerza luminosa
apoderarse
de la fuerza gravitatoria
Ni tampoco
la fuerza gravitatoria
penetrar
en la fuerza luminosa
Porque si se apodera la fuerza luminosa
de la fuerza gravitatoria,
y si la fuerza gravitatoria
penetra en la fuerza luminosa,
entonces, en la confusión del mundo,
el alma y el cuerpo
se atarán en la perdición.
Traducido por J.Luelmo