CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA315 Stuttgart, 28 de octubre de 1922 - Efecto de la euritmia vocal sobre los órganos del sistema rítmico. Escucha de la euritmia consonántica.

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Euritmia curativa
RUDOLF STEINER

 Efecto de la euritmia vocal sobre los órganos del sistema rítmico. Escucha de la euritmia consonántica. 

Stuttgart, 28 de octubre de 1922

8ª conferencia, 

Se me ha pedido que diga algo más sobre nuestra euritmia terapéutica. En el fondo, el material empírico para esta euritmia terapéutica ya lo desarrollé y expuse yo mismo en el último curso para médicos celebrado en Dornach, por lo que apenas es necesario ir más allá de lo que se expuso en aquella ocasión. Porque, si se aprovecha de manera adecuada, puede tener realmente una importancia muy trascendental. Hoy me gustaría hablarles más bien sobre el sentido y la importancia generales de la euritmia terapéutica.

Al fin y al cabo, digamos que surge de una actividad puramente artística, que además se desarrolló inicialmente como tal, y que, en cierta medida, incluso la euritmia artística debe servir de base para la comprensión correcta de la euritmia terapéutica. Ahora bien, quizá me exprese con mayor claridad si, en primer lugar, intento señalar la diferencia entre la euritmia artística y la euritmia terapéutica. En general, la euritmia se basa en que aquello que ocurre en el organismo humano al hablar, se puede en cierto sentido transformar. Por eso, desde un punto de vista artístico, la euritmia es realmente una especie de lenguaje visible. Debemos tener claro que en el habla humana, realmente interactúan dos componentes. Uno de ellos parte de un cierto uso del aparato plástico, —puedo hablar de este aparato plástico en el ser humano según las conferencias anteriores—, de una capa más interna, por así decirlo, del sistema nervioso. Ahí entra en juego lo imaginativo. Sin embargo, en esencia el proceso de las representaciones, se prolonga a través del instrumento del habla, de una manera algo compleja, hasta la estructura del sistema nervioso, lo que da lugar, digamos, en la irradiación posterior, a que intervenga en el habla uno de esos componentes. El otro componente proviene, en realidad, del sistema metabólico del ser humano. Y en cierto modo, asistimos a un encuentro entre una dinámica que surge del sistema metabólico del ser humano y otra que proviene del sistema neuro-sensorial del ser humano. Ambas se encuentran de tal manera que el sistema metabólico se metamorfosea en primer lugar en los procesos circulatorios, y el proceso imaginativo, que procede del sistema nervioso-sensorial, se metamorfosea en el sistema respiratorio. Estas dos dinámicas se unen en el sistema respiratorio y en el circulatorio, y cuando ese conjunto se transmite al aire mediante el organismo del habla, el organismo astral humano es también capaz de derramarse en aquello que allí se genera como movimientos de aire. Y cuando observamos, por así decirlo, la periferia más externa del organismo humano, es cuando por medio de una encarnación de lo imaginativo por un lado, y de lo metabólico por otro, surge el lenguaje, lo que, expresado en términos anímicos, es en realidad lo volitivo. Así pues, tenemos todo aquello que encuentra su expresión anímica en la voluntad y su expresión física en el sistema metabólico, en la medida en que el sistema nervioso participa en la voluntad: y de hecho participa, en la medida en que el metabolismo tiene lugar en el sistema nervioso, no como función sensorial nerviosa. Así pues, lo volitivo, que encuentra su expresión física en el sistema metabólico, y lo imaginativo, que encuentra su expresión física —me gustaría decir— en una sección, en una capa del sistema nervioso-sensorial, se articulan, en cierto modo, en una resultante. Encuentran entonces su expresión física en lo que se manifiesta como el lenguaje oral habitual o el canto. En el canto es algo distinto, pero, en definitiva, es algo similar. Ahora bien, en la euritmia se trata de eliminar, en la mayor medida posible, lo propiamente imaginativo y de hacer que lo volitivo surta efecto. De este modo, el lenguaje oral habitual se metamorfosea en movimientos de todo el organismo humano, de tal forma que se refuerza un componente —el volitivo o el metabólico— y se atenúa el imaginativo o el nervioso-sensorial, con lo que se consigue la euritmia. De este modo, se es capaz de crear correlatos en los movimientos humanos para cada uno de los sonidos, ya sean vocales o consonantes. Y del mismo modo que una determinada configuración y movimiento del aire se corresponde con una «A» o una «L», una forma de movimiento visible externamente puede corresponderse con una «A» o una «L». Se trata de un movimiento —yo diría que una estructura de movimiento— extraída del organismo humano mediante una visión sensorial-suprasensorial, que surge realmente del organismo humano con la misma regularidad que el lenguaje fonético, y que no es más que una metamorfosis de este, orientada en mayor medida hacia lo volitivo. De modo que también se puede componer todo el alfabeto mediante este lenguaje; de modo que todo lo lingüístico puede expresarse a través de esta euritmia. Cuando la euritmia se ejecuta artísticamente, la atención humana —y con ella todos los procesos del organismo físico, etérico y astral del ser humano, que son los portadores de la atención— se dirige hacia el sonido correspondiente, es decir, hacia la estructura de la palabra o la estructura de la frase artística, la estructura métrica, la estructura poética, etcétera. En cierto modo, cuando el ser humano se dedica a la euritmia artística, se entrega por completo a todo lo que es posible en cuanto a la configuración artística de lo sonoro. Dado que, como es lógico, en la euritmia artística se sigue la misma configuración que tiene el lenguaje, el ser humano, al dedicarse a la euritmia artística, se entrega al mundo exterior. Y del mismo modo que en la palabra no nos detenemos en la «A» ni en la «L», sino que las cosas van pasando, en esta euritmia artística nos encontramos ante algo que puede desarrollarse por completo dentro del organismo humano que funciona con normalidad. Por lo tanto, la euritmia artística habitual no tiene para el organismo humano ninguna otra consecuencia fisiológica que la de provocar, de manera enérgica, la armonización interna de las funciones humanas —funciones que, en la medida en que forman una totalidad, constituyen el organismo humano—.

Por lo tanto, se puede decir que, si se pone freno de la manera adecuada a los excesos en la actividad artística eurítmica, esta actividad artística eurítmica resulta, en general, saludable. Pero, al igual que todo lo que puede ser saludable puede resultar perjudicial si se exagera, también la euritmia, como actividad artística, puede llevarse al extremo. El profesor Benedikt, el famoso psicólogo forense, como no soportaba el movimiento antialcohólico, subrayaba una y otra vez que mueren muchas más personas a causa del agua que a causa del alcohol. Las estadísticas también deben reconocerlo, ya que un consumo excesivo e inadecuado de agua provoca numerosos síntomas de enfermedad. Así pues, la euritmia, naturalmente, en la medida en que debe practicarse —desde el punto de vista artístico, esto ya de por sí provocará un cierto estado de satisfacción o insatisfacción en el organismo humano—, solo puede ser, en general, beneficiosa para la salud.

En cuanto a la euritmia terapéutica, se trata, en cierto sentido, de la reflexión interior de aquello que en la euritmia artística se vive en la entrega a la configuración del sonido, la palabra y la frase. Ya se refleja hacia el interior por el mero hecho de que, en la euritmia terapéutica, digamos que un sonido «A» debe repetirse muchas veces seguidas. De este modo ocurre algo muy distinto a cuando, en la representación artística, paso del sonido «A» a una «I» o algo similar. Ahora bien, se trata de observar el proceso terapéutico propiamente dicho que puede tener lugar en la euritmia. No quiero dejar de expresar cierta preocupación, que en realidad resulta obvia ante este tipo de cosas. Los legos y los diletantes se apropian muy fácilmente de este tipo de cosas. Sin embargo, he subrayado desde el principio que la euritmia terapéutica debe ser practicada propiamente por el propio médico o la propia médica, o al menos solo debe llevarse a cabo en la más íntima armonía con el médico. Y ello porque también esas ramificaciones —por así decirlo— de lo que la ciencia espiritual pretende en relación con la medicina deben considerarse, al igual que la postura global de la ciencia espiritual respecto a la medicina.

La verdad es que la ciencia espiritual no trabaja en el ámbito médico en la línea de algo como lo que me encontré hace veinte años. En aquellas reuniones antroposóficas también había presentes —sí, se autodenominaban naturópatas— y en una ocasión me entregaron un tratado en el que, en realidad, solo se repetía una y otra vez lo siguiente: «Toda curación se basa en armonizar de nuevo lo que en el organismo está desarmonizado». - A lo largo de seis páginas, esta frase se variaba de las formas más diversas, insistiendo en que hay que armonizar lo desarmónico. No hay la más mínima objeción contra esta frase; la cuestión es solo que se pueda hacer en cada caso concreto, de manera totalmente específica. Y ahí es donde la cosa se vuelve incómoda para las personas que tienen una mentalidad como la que se expresaba en la frase final: Todo lo que se ha escrito hasta ahora demuestra que se puede abandonar la medicina tremendamente complicada y limitarse a armonizar lo disarmónico, y eso sería —así decía textualmente— de una «simplicidad embriagadora». —No puedo ofrecerles nada de esa «simplicidad embriagadora». Más bien es cierto que, a través de la ciencia espiritual, la medicina no debe conducirse hacia tal simplicidad embriagadora, sino, en realidad, hacia una mayor complejidad, como ya habrán deducido de lo expuesto. De modo que ahora no tendrán menos que aprender gracias a la ciencia espiritual, sino que tendrán que aprender más; sin embargo, lo de «aprender menos» resultará bastante complicado, aunque todo se vuelva más claro y manejable y, por ello, el aprendizaje resulte más interesante. Quien reflexione sobre la idea de que la ciencia espiritual debería facilitar la curación, habrá visto ya, a partir de los argumentos que he expuesto aquí, que no es así.

Y debo decir, que lo mismo ocurre con lo que es la euritmia terapéutica. Es cierto que, en realidad, la euritmia terapéutica no debería aplicarse sin un diagnóstico adecuado, y de lo que se trata es, sin duda, que solo se practique en consonancia con la ciencia médica especializada. Porque, en realidad, se trata de la aplicación de un conocimiento tremendamente preciso del organismo humano.

Debido a que, en el organismo humano, ya en el lenguaje habitual, se producen interacciones entre la actividad metabólica y la actividad plástica del sistema nervioso y sensorial, pero esta interacción se descarga en la resultante del movimiento del aire —que se desarrolla de forma relativamente aislada del organismo humano—, de modo que el lenguaje se desprende del organismo, todo aquello que se plasma mediante la euritmia terapéutica se refleja de nuevo en el organismo, y nos encontramos ante lo siguiente: imagínense, por ejemplo, que combinan un movimiento "A" con un movimiento "L". En primer lugar, dejen que los movimientos se repitan, de modo que la energía no se descargue hacia el exterior, sino que la repetición se canalice hacia los procesos internos del organismo humano. Sin embargo, al hacer que la vocalización o la consonantización, —digamos—, interactúen en el movimiento "A" o en el movimiento "L", siempre han logrado que el organismo humano funcione de una manera que implica la interacción entre el sistema metabólico y el sistema neuro-sensorial. Ciertamente, la actividad del sistema neuro-sensorial en la euritmia está, en general, atenuada, pero también en esta relación particular entre ambos componentes —en la actividad atenuada del sistema neuro-sensorial junto con la actividad metabólica intensificada que se produce mediante el movimiento eurítmico—, ambos componentes actúan de manera conjunta. Y basta con, por ejemplo, hacer que se repita un movimiento en forma de "L" para que el ser metabólico se acerque al ser neuro-sensorial, si se asocia el movimiento en forma de "L" con una forma en "A". De modo que se puede decir: en esta estimulación de formas o movimientos necesarios reside una implicación del funcionamiento global del organismo humano. Si, por ejemplo, hacen que se produzca un movimiento consonántico, este actúa en un primer momento de tal manera que descarga esencialmente toda su fuerza, descarga su dinámica interna sobre el proceso de inspiración, de modo que, de este modo, ustedes acaban controlando realmente todo el proceso de inspiración. Dependiendo de la consonante que ustedes activen, podrán controlar el proceso de inhalación. Con cada acción consonántica refuerzan ustedes el proceso de inhalación.

Quizá ustedes ya sepan, por lo que se ha comentado anteriormente sobre la euritmia terapéutica, cómo se modifican ligeramente los movimientos para la euritmia terapéutica, que por otra parte, se expresan en la euritmia artística. Y así se puede decir: cuando se realiza un movimiento 'A' o 'L', este siempre va acompañado de un refuerzo o una atenuación del impulso que se lleva a cabo durante la inspiración. Ahora bien, deben tener en cuenta que la inspiración debe considerarse en su totalidad. De hecho, cuando observamos la inhalación, debemos seguir en primer lugar el recorrido de la misma en su expansión, primero en la parte media del organismo humano, pero luego a través del canal medial, el canal medular, hacia el cerebro; y la actividad cerebral es, en esencia, una resonancia conjunta de la actividad respiratoria, refinada al llegar al cerebro, con la actividad neuro-sensorial. No existe ninguna actividad cerebral que pueda considerarse de forma aislada, sino que siempre se trata de una resultante de la actividad neuro-sensoria propiamente dicha y de la actividad respiratoria. Todos los procesos cerebrales deben estudiarse teniendo en cuenta la actividad respiratoria. Ahora bien, mediante la excitación de ciertas consonantes, —las distintas consonantes—, tienen de hecho en sus manos la posibilidad de influir, de una manera muy evidente, a través de la respiración, en la actividad plástica del ser humano, en la actividad plastificadora del ser humano. Por ejemplo, partiendo de una cierta comprensión artística del organismo humano, basta con saber, digamos, en el caso de un niño al que le están saliendo los dientes definitivos, los superiores: ¿cómo se forman a partir de la actividad plástica que va de arriba hacia abajo? Se forman de tal manera que, en los dientes superiores, la actividad plástica actúa preferentemente de delante hacia atrás. ¿Cómo se forman los dientes inferiores? En los dientes de la mandíbula inferior, la actividad plástica actúa de atrás hacia delante; de modo que, en realidad, si quiero expresar esquemáticamente la actividad que se ejerce durante la dentición, es esta: los dientes superiores se forman de delante hacia atrás, y así se forman las superficies posteriores, mientras que las anteriores quedan separadas. Los dientes inferiores se forman de atrás hacia delante. Así es como actúan conjuntamente las fuerzas.

Si observa que el niño tiene dificultades con la dentición, puede facilitarla en la mandíbula superior simplemente haciéndole realizar, por ejemplo, un movimiento en forma de «A»; en la mandíbula inferior, puede facilitarla haciéndole realizar un movimiento en forma de «O». De hecho, las fuerzas plastificantes se obtienen mediante ciertas acciones con la mano. Sin embargo, para alimentar en absoluto esta actividad plastificante, debe, por así decirlo, centrar su atención principalmente en favorecer primero la inhalación; por lo tanto, debe añadir a la actividad plastificante, —que se lleva a cabo de esta manera mediante los movimientos «A» y «O»—, aquello que se deriva de la constitución general del ser humano. Supongamos que tienen a una persona con una peristalsis débil, propensa a ligeros estreñimientos. En la etapa de la vida en la que tiene lugar la dentición, la actividad intestinal está estrechamente relacionada con la formación de los dientes, y hay que prestar atención a dónde residen las causas de las irregularidades en la dentición. Ayude a la corriente respiratoria que atraviesa el canal medular hasta llegar al cerebro y que, desde allí, estimula aquellas fuerzas plásticas que se obtienen mediante los movimientos vocales; puede hacerlo, precisamente en este caso, haciendo que el niño realice un movimiento en forma de «L». Si se estudia la euritmia terapéutica, el diagnóstico nos indica cómo debe aplicarse. En realidad, no debería aplicarse sin un diagnóstico, ya que, en determinadas circunstancias, se podría hacer todo lo contrario. Pero es cierto que hay que, diría yo, despertar una sensibilidad por lo artístico en la dinámica del ser humano en su totalidad. Hay que adquirir una mirada intuitiva hacia lo artístico. Supongamos, por ejemplo, que el niño presenta dificultades en la etapa en la que empieza a salirle la dentición; muestra malestar o síntomas similares que no deberían estar presentes. Se observa entonces que se producen movimientos intestinales irregulares e insuficientes. En ese momento se recurre a los movimientos en forma de L para preparar al niño. Después de haber realizado estos movimientos en «L» durante un tiempo, se contrarresta lo que se ha dirigido hacia el centro plastificante, haciendo que el niño realice movimientos en «A» u «O». Y es que los movimientos vocálicos actúan sobre la espiración. De hecho, las vocales comienzan a actuar ya en el cerebro. El flujo respiratorio actúa en el cerebro. Y todo aquello que, en un sentido amplio y total, está relacionado con la inspiración, se expresa a través de las consonantes. Esto puede apoyarse y fomentarse mediante la euritmia consonántica. Todo aquello que está relacionado con la espiración puede apoyarse mediante la euritmia vocal. Pero al practicar la euritmia vocal —las repeticiones que deben tener lugar en el sonido deben valorarse en función de la aplicación de la fuerza necesaria—, el elemento plastificante actúa directamente junto con el elemento radiante. Digamos, por ejemplo, que se trata de alguna afección renal; en ese caso, puede pensar que la afección renal se encuentra en una determinada fase, digamos en una fase temprana. En el momento en que realizo ciertos movimientos, por ejemplo, movimientos «A*», favorezco la evolución de la afección renal en una fase temprana. Pero si la afección renal lleva mucho tiempo presente y el mal funcionamiento ya ha provocado una deformación, primero debo preparar el terreno con la euritmia consonántica y, a continuación, aplicar la euritmia vocálica, para poder actuar, a través de esta última, sobre la formación frente a la deformación que se ha producido. En resumen, hay que hacerlo de la forma menos teórica posible, sino partiendo del conocimiento del organismo humano, tanto en estado sano como enfermo, para descubrir lo que he indicado en las normas que expuse en su momento en Dornach y que se les han transmitido.

Ahora bien, si se trata, por ejemplo, de una función cardiopulmonar reprimida que, a su vez, afecta a los riñones, se avanza mucho si se hacen realizar movimientos B o P, sobre todo en las fases iniciales. De ello pueden deducir que, en realidad, se tiene bajo control todo el funcionamiento, y que todo depende de que se comprenda cómo en cada órgano humano existe una especie de dinámica centrífuga, que se redondea plásticamente mediante una dinámica —que actúa de fuera hacia dentro, es decir, no del todo centrípeta, pero que podría calificarse de similar a la centrípeta, que actúa en el interior de cada órgano humano. Solo se podrá practicar una fisiología correcta cuando se pueda considerar cada órgano humano en su polaridad. Porque son estas polaridades las que existen en su interior: una dinámica centrífuga y otra centrípeta en cada órgano humano. Y ahí desempeña un papel fundamental, para todo lo que tiene carácter plastificante, la distribución y la diferenciación de las condiciones térmicas en el organismo humano, así como la organización de las condiciones atmosféricas. Para todo aquello que es centrífugo, que irradia, desempeña un papel fundamental, en primer lugar, aquello que en el organismo humano proviene de la dinámica propia de las sustancias del mundo, y, en segundo lugar, aquello que se desarrolla en el organismo humano al superar la vitalidad propia de la entidad exterior. Estas dos dinámicas deben regularse mutuamente, y cabe esperar que se formen euritmistas terapéuticos que desarrollen una sensibilidad muy fina para lo que puede suceder en cada caso concreto. Por supuesto, precisamente ahí dependerá en gran medida de una disposición artística del alma.

Pues bien, si además se tiene en cuenta que todo el sistema de la euritmia terapéutica puede complementarse con lo propiamente terapéutico, se dispone de dos factores que actúan de forma conjunta. Uno puede decirse a sí mismo que hay algo que actúa de tal o cual manera especialmente sobre el corazón, y que uno lo refuerza aún más mediante un ejercicio de euritmia terapéutica: entonces, estas dos cosas se potencian mutuamente, y eso es algo que realmente abre perspectivas muy amplias, que puede tener un futuro extraordinariamente prometedor. Piense, por ejemplo, en el efecto que ya ha tenido, en muchos aspectos, el hecho de dar masajes. Pero ese «revolver» externo sobre el ser humano, eso es, en realidad —no quiero decir nada en contra, no lo critico, reconozco su importancia—, pero es algo muy insignificante en comparación con aquel masaje que ustedes aplican cuando, simplemente a través de los factores de la euritmia terapéutica, logran que todos los sistemas orgánicos que interactúan allí se muevan desde dentro. Se trata, en efecto, de un amasamiento muy profundo de todo el organismo, que va acompañado de un efecto en los organismos etérico, astral y del yo. De modo que se puede decir: aquello que se puede reconocer como correcto en el masaje, se interioriza allí de una manera infinitamente más intensa a través de esta euritmia terapéutica. - Y, de hecho, solo se podrá llegar a una conclusión sobre los efectos terapéuticos de la gimnasia si se presta atención a la similitud que existe entre los ejercicios libres y los ejercicios eurítmicos. Porque lo que resulta curativo en la gimnasia no es más que un análogo secundario de lo que tiene su importancia en la euritmia terapéutica. En su momento dije en Dornach: si se hacen realizar movimientos E en secuencia rítmica de una determinada manera, tal y como se demostró entonces, se puede hacer muchísimo para ayudar a los niños de aspecto débil —esos niños que realizan las funciones corporales de forma débil— a recuperar la salud y a alcanzar el deseable fortalecimiento; pero en estos casos también es absolutamente necesario tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Sin embargo, ocurre una y otra vez que esto no se hace lo suficiente, que no se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad. Sé que les estoy diciendo una obviedad, porque dirán: «Eso ya lo sabemos». —Ciertamente, pero en la práctica ocurre una y otra vez que no se tiene en cuenta. Cuántas veces nos dice alguien: «Esta persona tiene un corazón que funciona de forma irregular; hay que ayudarla». —Sí, pero si se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad, hay que decir: «Gracias a Dios que tiene ese corazón, porque su organismo no soporta uno normal». Del mismo modo que, por ejemplo, en determinadas circunstancias, hay que decir de alguien que se ha roto el tabique nasal en un caso concreto que ha tenido un golpe de suerte, ya que, si respirara el aire a través de conductos completamente desarrollados, su organismo tendría que procesar una cantidad excesiva de aire. En todos los casos hay que tener en cuenta con el mayor cuidado lo que está fundamentado en la organización global.

Si se realizan los movimientos «I» de una determinada manera, estos tienen un efecto armonizador sobre la asociación entre los lados izquierdo y derecho del organismo humano. Los movimientos «I» pueden ayudar a tratar todas las asimetrías que se producen en el organismo humano. Incluso en casos de estrabismo, se pueden lograr muy buenos resultados terapéuticos con la euritmia mediante movimientos en «I» aplicados con cuidado. Sin embargo, en caso de estrabismo, yo recomendaría no proceder igual que, por ejemplo, cuando alguien camina de forma asimétrica o utiliza los brazos derecho e izquierdo de manera demasiado asimétrica. En el caso del estrabismo, no recomendaría realizar los movimientos «I» habituales, sino solo los movimientos «I» con el dedo índice, y hacer que el paciente los repita tantas veces como sea posible a lo largo del día. En la edad de crecimiento, esto puede dar buenos resultados, sobre todo si además se hace que el paciente realice estos movimientos «I» con el dedo gordo del pie. Y se obtendrá el mayor éxito si se consigue que el paciente los realice con el dedo meñique del pie. Precisamente para las asimetrías relacionadas con la visión, estos ejercicios eurítmicos que se realizan en la periferia también darán muy buenos resultados. Por el contrario, cuando se trata de compensar cualquier torpeza al caminar, puede resultar incluso muy eficaz hacer que el paciente —pero, por supuesto, sin causarle daño alguno— realice los movimientos en forma de «I» con la mirada, de modo que se realicen dichos movimientos con la línea de visión, con la línea de mira. Lo que ocurre es que realmente se puede establecer una especie de ley: todo aquello que es anómalo en el ser humano inferior se ve normalizado por aquello que se crea en el ser humano superior a modo de contrapeso, y viceversa.

U

Si tiene dificultades para mantenerse de pie —que, a su vez, pueden deberse a las causas más diversas—, las formas en U revisten especial importancia; sin embargo, debe asegurarse de que la forma en U se complete por completo, de modo que se produzca realmente un contacto entre las extremidades en cuestión; un contacto real, en el que una extremidad perciba a la otra, lo cual es de especial importancia. Solo así la forma de U queda completa. En la euritmia artística basta con insinuarlo; en la euritmia terapéutica, en cambio, hay que llevar a cabo el contacto entre las extremidades, de modo que, si se realiza correctamente, se logre la llamada «postura firme», en la que las piernas se aprietan una contra otra. Se trata de un ejercicio de euritmia terapéutica extraordinario para personas que padecen espasmos en la cabeza.

Si resulta adecuado tratar mediante euritmia terapéutica, en particular, a los niños con sobrepeso, las formas en «O» resultan especialmente adecuadas para ello. Pero todas estas formas, para que tengan éxito en la euritmia terapéutica, deben ir acompañadas de una percepción clara del sistema muscular correspondiente. Si realiza la forma «O» tal y como lo hacen muchos euritmistas, eso puede bastar para la indicación externa; pero solo tendrá éxito terapéutico si, al realizar el ejercicio, realmente siente los músculos a lo largo de todo el brazo. La forma suelta y floja no surte efecto; es la percepción de todo el sistema muscular hasta en sus detalles lo que produce el efecto terapéutico correspondiente. Es especialmente importante que tenga en cuenta que el ejercicio de euritmia terapéutica se ve reforzado en su prolongación hacia la conciencia. Ahora bien, cuando realiza el movimiento «O», tal y como acabo de demostrarlo, esto conlleva una fuerte proyección hacia la conciencia. Así pues, dígale a una persona con sobrepeso a la que quiera tratar con formas de «O»: «Mientras realizas la forma de “O”, piensa en tu sobrepeso, en tu corpulencia», de modo que haga que la conciencia se concentre precisamente en aquello que se pretende remediar. De este modo, refuerza esencialmente lo que se pretende: que no se debe subestimar en absoluto el factor de la conciencia en la curación.

En este sentido, creo que, en cuanto se preste atención a estas cuestiones, se producirá cierta controversia con los ortopedistas. Hoy en día, a pesar de que han logrado grandes éxitos en el ámbito en el que trabajan, siguen empeñados en tratar el organismo humano como una especie de mecanismo y en adaptarse a ello. Mientras que, por ejemplo, aquellos aparatos que se colocan con la intención de que el paciente los sienta continuamente, es decir, que penetren en su conciencia —digamos que, si considero conveniente que alguien eche los hombros hacia atrás y le coloco vendajes que le hagan tomar conciencia de ello—, debe mantenerse, para que no quede relegado al inconsciente—, esta conciencia de lo que ocurre constituye un excelente factor curativo. Esto es precisamente lo que tiene como consecuencia para la euritmia terapéutica que, como ya he dicho, las cosas se lleven plenamente a la conciencia, de modo que esta concentración supone un apoyo esencial para la euritmia terapéutica.

Me gustaría destacar especialmente que todo lo que son «formas E» tiene, en esencia, un efecto regulador cuando el organismo astral influye de forma excesiva o insuficiente en el organismo etérico. Así pues, en todos aquellos casos en los que se pueda decir que existe o bien una actividad excesiva del organismo astral o bien una actividad insuficiente, en determinadas circunstancias se puede lograr mucho con las formas «E», con la repetición de las formas «E». En los dos complejos de síntomas que he expuesto antes en la otra clase, las formas «E» podrán tener un efecto curativo. Lo que acabo de decir es especialmente cierto cuando el organismo astral está influenciado por el etérico, es decir, cuando es demasiado débil, cuando se deja influir por el etérico, cuando es demasiado fuerte debido a una irregularidad en el organismo astral de la cabeza. Por el contrario, puede darse el caso inverso, cuando lo etérico se ve influido en exceso por lo astral; esto ocurre cuando lo astral se manifiesta con mucha intensidad en la organización intestinal, es decir, cuando, ante cualquier situación que provoque un poco de miedo, se sufre inmediatamente diarrea. En ese caso, las formas «U» tendrán un efecto especialmente beneficioso.

E

Ayer surgió una cuestión que quiero comentar brevemente para terminar: si se puede hacer que las personas que están embarazadas o que padecen enfermedades abdominales realicen ciertos movimientos de euritmia terapéutica. Pero si revisa lo que se ha establecido como norma en Dornach, podrá cumplir sin problemas con ello, aunque deba tener en cuenta que, en el caso de las mujeres embarazadas o de las personas con enfermedades abdominales, hay que dejar en reposo la zona abdominal —de hecho, hay que dejarla en reposo—, no debe ser irritada por la euritmia terapéutica—, a pesar de que se mantenga en reposo, se pueden realizar ejercicios con los brazos, incluso estando sentada o tumbada, con el área que debe descansar en reposo total, y con la cabeza. Y seguirá encontrando suficiente información en las indicaciones que se han dado para poder intervenir con la euritmia en todos los casos. Por supuesto, si la persona en cuestión no puede moverse en absoluto, la euritmia sería lo más beneficioso para ella: por ejemplo, en caso de síntomas de parálisis; pero, en determinadas circunstancias, es posible que no pueda practicarla. Aun así, sería lo más beneficioso. ¿No es cierto que esos síntomas de parálisis son, en esencia, un funcionamiento anómalo del cuerpo astral, que no interviene en la organización etérica y física, y que con los movimientos E se puede lograr mucho en esos casos? En concreto, un movimiento «E» muy beneficioso —para las alteraciones de la parte inferior del abdomen— es el estrabismo artificial, realizado sin exagerar, pero con cuidado. Así pues, es totalmente cierto que esos yoguis algo decadentes que realizan ciertos ejercicios concentrando la mirada en la punta de la nariz, en realidad tienen la intención de provocar una actividad lo más armoniosa posible de su abdomen, porque saben muy bien lo que significa la actividad del abdomen también para lo que estas personas denominan actividad espiritual. De modo que se puede decir: estas cosas son tales que muchas de las acciones que, en el caso de una persona con una parte inferior del abdomen sana, hay que realizar incluso con saltos, pueden sustituirse simplemente por una euritmia terapéutica más suave de los brazos, los dedos e incluso los ojos, cuando sea necesario. Y bajo ninguna circunstancia se debe incitar a una mujer embarazada a realizar ejercicios de saltos de euritmia terapéutica. Eso, por supuesto, no es posible.

Como ven, tampoco se trata en absoluto de haber querido crear una especie de remedio universal que se pueda aprender en medio día; sino que se trata de que la euritmia terapéutica también debe adquirirse mediante un trabajo serio, e incluso es necesario que se adquiera a través de la práctica. Porque casi cada vez que, movido por sus instintos curativos, uno haya practicado un poco los ejercicios de euritmia terapéutica, será capaz de hacerlo mejor. Es así: practicando se progresará especialmente bien precisamente en la euritmia terapéutica.

Bueno, quería ofrecerles esta exposición —diría yo— más teórica sobre la euritmia terapéutica, porque todo lo demás, tal y como se conoce hoy la euritmia terapéutica, ya se impartió en su día en Dornach y lo transmiten nuestros amigos médicos, de modo que siempre pueden disponer de ello; y porque quería precisamente que pudieran comprender también todo el sentido fisiológico y terapéutico de la euritmia terapéutica. Por supuesto, no se debe volver a sobrevalorar algo como la euritmia terapéutica. En muchos casos será un recurso extraordinariamente importante, pero no hay que sobrevaluarla. Y hay que tener muy claro que, en realidad, con la «sencillez embriagadora» no se consigue nada, y que, al igual que no se puede curar un carcinoma mediante esa «sencillez embriagadora» —según la cual hay que «armonizar lo disarmónico»—, tampoco se puede curar una pierna o un brazo fracturados mediante ejercicios de euritmia terapéutica. Hay que tenerlo claro: lo que se pretende alcanzar a través de la ciencia espiritual no es un aumento del diletantismo y del analfabetismo médico, sino, sin duda alguna, un enriquecimiento de los conocimientos médicos especializados. - Disculpen que insista tanto en ello; pero, precisamente para evitar malentendidos, quiero destacar una y otra vez de manera especial que estos métodos no se presentan, como suele ocurrir en los movimientos fanáticos, como una oposición profana a la medicina oficial, sino que tienen plenamente en cuenta el estado actual de la medicina, y solo pretenden seguirla por el camino por el que debe seguir, por la sencilla razón de que no es cierto que el ser humano sea únicamente lo que dicen la fisiología y la anatomía actuales. Es eso, pero también es algo más; debe ser reconocido también en su faceta anímico-espiritual. Y entonces desaparecerán esas ideas extrañas que hoy en día se repiten una y otra vez, como, por ejemplo, la de que el cerebro es una especie de centro telegráfico hacia el que confluyen los llamados nervios sensoriales y desde el que parten los nervios volitivos. Sin embargo, todo ello no se ajusta en absoluto a la realidad, como han podido comprobar en la conferencia de hoy; sino que se trata del sistema nervioso-sensorial como una dinámica plastificante, a la que, en cierto modo, se le arranca algo, a lo que luego se adapta la actividad anímica. Es que hay mucho que hacer para devolver a una fisiología sana aquello que se le ha arrebatado al considerar, de forma errónea, que en el organismo físico existía un correlato de las funciones psíquicas. Es cierto que, durante la vida física del ser humano en la Tierra, existe un aspecto físico para cada función psíquica; pero nada se utiliza para el alma que no tenga, por otra parte, una importancia mucho mayor en la interacción con otros órganos para la organización corporal. Nada se utiliza para el alma únicamente como órgano psíquico. Todo nuestro mundo anímico y espiritual se arranca de lo físico, se extrae de lo físico. Y no debemos reconocer órganos anímicos específicos. Solo podemos decir: las funciones anímicas son aquellas que se separan de las acciones orgánicas y se adaptan especialmente a la actividad anímica. Solo cuando nos tomemos en serio la comprensión de lo que realmente actúa en el organismo físico del ser humano, cuando no procedamos de una manera tan superficial como para considerar todo el sistema nervioso únicamente como un depósito al servicio de la vida anímica, solo entonces podremos esperar comprender a fondo la organización humana. Pero solo una organización humana entendida de esta manera puede servir de base para una fisiología y una terapia que trabajen a la luz y no se limiten a hacer meras pruebas en la oscuridad. Esto es precisamente lo que quería decirles para terminar, para que no se vayan con un malentendido y para que puedan contrarrestar los malentendidos que surgen una y otra vez.

Por ejemplo, se ha lanzado al mundo una crítica contra nuestro medicamento contra el cáncer, calificando su «simplicidad embriagadora», y esto se ha conseguido precisamente porque no se sabe en absoluto a partir de qué conocimientos se ha obtenido dicho medicamento; sino que se han construido analogías superficiales y se cree que, al descartar estas analogías superficiales, se descarta el asunto en su totalidad. Esto es precisamente lo que constituye una condición indispensable para que prospere la medicina desde el punto de vista de las ciencias espirituales: que se pongan un poco de freno a los malentendidos. Porque la gente ya se dará cuenta de que, si ya no pueden difundir malentendidos, entonces ya no podrán decir gran cosa, ya que lo principal de la oposición es precisamente la difusión de malentendidos sobre toda la antroposofía. Intenten solo por una vez averiguar cuántos detractores dicen algo más que meros malentendidos. Debo decir que a menudo leo artículos o escritos de la oposición, y si allí no figurara mi nombre, podría referirlos a algo completamente distinto. Y es que no se refieren en absoluto a lo que aquí se cultiva, sino que tratan de algo totalmente distinto. A veces me sorprende mucho y me gustaría averiguar dónde está lo que se pretende refutar; en cualquier caso, aquí no está. En medicina se procede igual que en teología: allí nos encontramos con lo mismo. Por ejemplo, se le puede decir a un teólogo que está a la vanguardia de la ciencia: «Lo que dices sobre Cristo, nosotros también lo decimos, ¡pero añadimos algo más!». Sin embargo, no le basta con que se diga lo mismo que él y se añada algo más; dice: «No se debe añadir nada». No critica aquello que contradice sus afirmaciones, sino aquello sobre lo que él no dice nada en absoluto. Lo critica simplemente porque se habla de aquello de lo que él no sabe nada. Considera un error saber algo sobre algo de lo que él no sabe nada. La medicina no debe caer en este error. Debemos examinar las cosas con detenimiento y no contradecir, pero también debemos añadir todo tipo de aportaciones a partir de un conocimiento ya bastante bien fundamentado sobre el ser humano sano y enfermo.

Traducido por J.Luelmo 




*En otra nota añadida aquí se indica S en lugar de A.

GA069e Basilea, 26 de septiembre de 1912 -La Ciencia Espiritual y la vida humana

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

La Ciencia Espiritual y la vida humana

Basilea, 26 de septiembre de 1912

¡Estimados asistentes! En la conferencia de ayer intenté demostrar que los [objetivos] y la esencia de la investigación espiritual, tal y como se entiende aquí, responden al impulso y al anhelo de la época actual, y que, en esencia, satisfacen las necesidades de las almas humanas que se han venido preparando desde hace mucho tiempo hasta nuestros días y que para todo aquel que quiera ver, hoy son claramente perceptibles para todo aquel que simplemente quiera comprenderse a sí mismo correctamente. Ahora bien, precisamente cuando se considera la cuestión de qué importancia tiene para la vida inmediata, esta investigación espiritual o ciencia espiritual, se diría, plenamente activa del ser humano, retomar la observación de ayer, ya que la mejor manera de comprender la importancia de algo para la vida es ver primero cómo surgen de la vida ciertos impulsos y necesidades que exigen precisamente eso. Hoy en día, muchas personas esperan una cosmovisión [satisfactoria]. La investigación espiritual o la ciencia espiritual se la proporcionará.

Lo que el alma necesita cuando su «yo» quiere dar forma al carácter es precisamente lo que mucha gente espera hoy en día de una serie de conclusiones que pueden extraerse de las ciencias naturales de nuestro tiempo, tan verdaderamente avanzadas. En ciertos aspectos, esto está sin duda justificado; sin embargo, una observación atenta de lo que ocurre en nuestra época nos muestra claramente que, por esta vía, hay muchas cosas que no se pueden alcanzar, y que precisamente la vida actual anhela con tanta intensidad una investigación, un espíritu.

Se podrían citar muchos hechos; aquí solo se expondrá uno de los más recientes. El 18 de septiembre, en el congreso de naturalistas celebrado en Münster, el profesor von Wettstein pronunció una conferencia sobre la importancia de la biología, la ciencia de la vida, para la cultura y la vida; es decir, [él] señaló con total razón cómo, a lo largo del siglo XIX, se ha podido observar que debía ofrecerse, de forma accesible, una visión del mundo basada en los logros de las ciencias naturales. Y subraya cómo las ciencias naturales han avanzado con serenidad, cómo, en el fondo, la ciencia tuvo que romper con lo que en la era materialista se quiso demostrar acerca del alma humana; y, con toda razón, se esforzó por mantener la serenidad al observar los hechos y por no sacar conclusiones precipitadas sobre aquellas cuestiones de cosmovisión que pueden adentrarse en gran medida en el ámbito en el que el pensamiento humano se extravía hacia lo que, sin duda, carece de fundamento.

En realidad, las ciencias espirituales no pretenden otra cosa que seguir ese consejo, a su manera y en su ámbito; no llegar a la verdad de la vida a través de la cosmovisión, a partir de hechos sensoriales externos mediante todo tipo de conclusiones e indicios, sino despertando las fuerzas latentes del alma —lo que Goethe denomina con las palabras «ojos espirituales»— para observar lo que hay más allá del mundo sensorial, más allá del ser sensorial en sí mismo, y con lo que el alma humana se siente unida.

Así lo exige la época y también la vida. Y si en la ciencia espiritual se trata de indagar la verdad, la forma en que [esta] pueda situarse frente a lo que es fecundante y sanador para la vida deberá ser tal que cada alma encuentre satisfacción. Por lo tanto, cabe plantear esta exigencia como respuesta. Y en este sentido se puede afirmar una cosa: la ciencia de los espíritus debe cumplir un requisito si quiere satisfacer las necesidades de la vida; debe tener la capacidad, independientemente de un cierto nivel de formación superior, independientemente del desarrollo de tal o cual hecho científico, e incluso independientemente de un cierto nivel de visión filosófica del mundo, de integrarse también en la mente más sencilla, la que debe realizar su trabajo diario como ser humano y no tiene tiempo para ocuparse en profundidad de tal o cual ciencia concreta. La investigación espiritual debe ser accesible a todos. Para que no se me malinterprete, quisiera añadir que la investigación espiritual debe estar en total armonía con la ciencia de nuestro tiempo, que no debe contradecir sus justas exigencias. Que venga el investigador más riguroso con sus exigencias más estrictas, y la ciencia espiritual debe, sin duda, poder responderle. Y quien se adentre en la literatura seria de la ciencia espiritual verá cómo esto es posible.

Pero otra cosa es que debe sacar a la luz cosas que, independientemente de cualquier formación, cualquier alma pueda comprender. Y en este sentido me gustaría responder, no con una teoría, sino con una especie de hecho, y no quiero citar un hecho extraído en primer lugar de la propia ciencia espiritual, sino uno que, en realidad, apunta a algo que ya ocurrió antes de que la ciencia espiritual cobrara mayor relevancia, pero que muestra cómo las almas que anhelaban inclinarse hacia el mundo espiritual se comprenden entre sí de una manera singular, independientemente de su nivel de formación. Quiero citar algo que da testimonio de tal comprensión y que se manifestará en mayor medida a medida que la ciencia espiritual se vaya arraigando cada vez más en las almas que la necesitan.

Moriz Carriere, uno de los filósofos más amables y prudentes de la actualidad —aquí solo cabe señalar que fue uno de los que siempre defendió el idealismo filosófico en una época en la que el materialismo se imponía sobre las grandes cuestiones ideológicas—, imbuido de la pureza del pensamiento filosófico, no solo expuso en su obra sobre el desarrollo cultural de la humanidad cómo actúa lo espiritual en la evolución de la humanidad, sino también cómo la verdadera ciencia es compatible con la auténtica necesidad del alma de abordar las grandes cuestiones de la existencia y las relaciones entre la cosmovisión y la religión; todo ello brotó de su pluma. Ahora, el propio Moriz Carrière nos cuenta una experiencia curiosa que vivió precisamente cuando intentaba mostrar cómo actúa lo espiritual en el curso del desarrollo humano y cómo, en particular, la gran figura de Cristo Jesús se inscribe en el desarrollo de la humanidad. En ese momento recibió por correo una serie de hojas manuscritas. Procedían de un hombre sencillo. Su nombre tampoco se dio a conocer jamás. Se llamaba Karl Zeuner. En la época en que la vida revolucionaria estaba en pleno apogeo, había infringido de alguna manera la ley y acabó en prisión. Acabó en la cárcel. Y ahora cuenta cómo se desesperó por los amigos con los que había luchado por objetivos externos, por los restos de lo que le quedaban de las clases de religión del colegio, y lo solo que se sentía. Cuenta cómo, una vez, en su prisión, oyó de lejos una canción que le resultaba familiar. Cuenta cómo eso enriqueció su alma, cómo se despertaron en ella fuerzas especiales. Anotó los pensamientos que, poco a poco, surgían en su alma, que volvía a florecer en la cárcel.

Nada más empezar a leer estas páginas, uno se encuentra con frases curiosas, sobre todo al principio. Allí dice algo así: «Cuando contemplo mi propia alma y luego lo que me rodea, siento en mi alma la misma esencia que vive ahí fuera en todas las cosas, y me siento en mi propia alma como una parte del alma del mundo entero». Y partiendo de ahí, se forma sus propias ideas sobre el curso de la historia del mundo y describe cómo actúa el espíritu en los seres humanos, que se han ido desarrollando poco a poco.

¿Por qué sorprendió tanto esto a Moriz Carriere? Resulta sorprendente cuando se comparan estos escritos del hombre sencillo con lo que Moriz Carriere escribió basándose en los conocimientos de la ciencia actual y en los estudios sobre la evolución cultural del mundo. Si se analizan sus ideas principales, se observa que coinciden casi al pie de la letra entre ambos: el hombre sencillo y el filósofo altamente culto. El hombre sencillo, en su soledad, que solo recurre a las fuerzas más íntimas de su alma, escribe algo que es igual a lo que el filósofo extrae de los pozos del saber. Es decir, cuando se trata de cuestiones relacionadas con la visión del mundo, si el ser humano simplemente quiere buscar, existe un entendimiento entre quien busca en su alma y quien recorre ese camino basándose en una erudición exhaustiva.

Esto nos muestra cómo, a través del espíritu, es posible la comunicación entre lo más perfecto del universo y el alma más sencilla y primitiva. Y si en aquel entonces, en un caso concreto, eso fue posible solo sobre la base de ciertos conceptos e ideas, incluso sin la ciencia espiritual, entonces podemos decir: en primer lugar, fomentar tal disposición corresponde a una necesidad de nuestra vida actual. Se ajusta al sentido y al espíritu de nuestra época que las almas se comuniquen más allá de las necesidades más profundas, más allá de todas las clases sociales y a través de todos los niveles de formación; y, en segundo lugar, tal entendimiento será aún más necesario cuando las almas no solo tengan que llegar al espíritu a través de conceptos e ideas que extraen de su interior —que son como sombras en comparación con lo que la ciencia espiritual tiene que ofrecer—, sino que, gracias a la ciencia espiritual, se alcance aún más este entendimiento universal.

Con ello se plantea, precisamente en nuestra época, una exigencia vital de comprensión general sobre las cuestiones fundamentales de la existencia, y hemos llegado a las puertas de su solución práctica a través de la ciencia espiritual.

Esto significa que la ciencia espiritual es capaz de intervenir directamente en la vida. Sin embargo, existe —y así lo subrayan algunos— una objeción contra esta ciencia espiritual, precisamente cuando se trata de situar en su justa perspectiva lo que es comprensible para todos. Se dice: «Sí, pero allí se enseña que quien se adentra en el mundo espiritual despierta el alma adormecida». Y lo que se dice en mi obra «El conocimiento de los mundos superiores» exige recorrer un largo camino hasta que uno mismo pueda tener una visión de esta vida espiritual. ¿Cómo se puede hablar entonces —cabría preguntarse— de comprensibilidad general, si solo quien ha transformado su alma puede penetrar en ella?

Esta objeción es comprensible, pero no del todo justificada; pues esta exigencia es necesaria para el investigador espiritual, para que pueda constatar por sí mismo los hechos del mundo espiritual. El investigador espiritual puede investigar los hechos espirituales que son importantes para la vida. Puede entonces formularlos, expresarlos en palabras, conceptos e ideas, y comunicárselos al público en general. Para investigar es necesario un entrenamiento intelectual; pero cuando estos hechos están ahí y se nos presentan formulados en conceptos, palabras e ideas, entonces incluso la mente más sencilla puede comprenderlos, entonces cualquiera puede comprenderlos. No hace falta nada más que entregarse con imparcialidad a estas ideas, conceptos y palabras; pues lo que ocurre con estos hechos espirituales es que, si dejamos que estas ideas surtan efecto en nosotros, se demuestran por sí mismas. Pueden darnos todo lo que necesitamos de ellas para los fines de la vida práctica —lo que necesitamos de ellas en cuanto a elevación, fortalecimiento y sanación de la vida. ¡Lo que los fieles investigadores espirituales pueden aportar al mundo puede ser comprobado en cualquier momento por la ciencia! Es cierto que estas cosas quizá no resistan una crítica superficial y frívola, pero sí pueden resistir una crítica verdadera. Sin embargo, lo que muchos dicen o sienten, de forma más o menos explícita, es que deben admitir una orientación general del conocimiento humano hacia el mundo superior, pero en cuanto se entra en los detalles de la investigación espiritual, en cuanto se empieza a describir, a partir de las observaciones del mundo espiritual, lo que hay entre la muerte y el nuevo nacimiento, lo que se denomina el desarrollo de la humanidad, según los impulsos que proporciona la ciencia espiritual; en resumen, cuando se citan detalles, nuestros contemporáneos siguen retrocediendo en muchos casos. Buscan una orientación general, sin la cual —admiten— la vida humana, esa vida fortalecedora y sana, no podría existir. Pero cuando se entra en detalles, cuando se describen los seres y las cosas del mundo espiritual, surge inmediatamente la objeción: «Nadie puede llegar hasta allí, no podemos saber nada al respecto». Aquí nos encontramos, estimados asistentes, en el punto en el que la ciencia espiritual tendrá que hacerse comprensible ante lo que, aunque son necesidades vitales evidentes, solo se quiere tener en términos generales.

Una vez más, cabe citar un ejemplo concreto de cómo, por así decirlo, la humanidad busca una nueva respuesta a las necesidades del alma. El expresidente de la Universidad de Harvard, en EE. UU., lo expresó así y lo denominó «la necesidad de una nueva religión». La ciencia espiritual no pretende fundar una nueva religión, ni tiene nada que ver con la formación de sectas; su objetivo es comprender las antiguas y explorar en lo espiritual lo que necesita el alma humana. Nuestros contemporáneos creen que este impulso que conduce a la investigación espiritual es un impulso hacia una nueva religión. El Dr. Eliot ha señalado cómo sus necesidades vitales les empujan hacia la ciencia espiritual. El Dr. Eliot, que durante mucho tiempo estuvo al frente de la ciencia y fue rector de una universidad, expresó en esencia lo siguiente: los seres humanos siempre han asumido la existencia de un alma distinta del cuerpo, aunque inherente a él. Todo el mundo cree que en el ser humano hay un ser vivo, dominante y singular, o un espíritu, que es él mismo. Este es, en el fondo, algo tan real como el cuerpo. Es la parte más activa del ser humano y, como tal, se le reconoce: y así ha sido siempre y así seguirá siendo.

Cuando se oyen palabras como esas, se puede deducir que incluso las personas con una amplia formación sienten esa necesidad y ese afán.

Se podrían citar muchos ejemplos; se observará en todas partes que se alude al espíritu a partir de una necesidad vital, no a partir del conocimiento, sino de una manera peculiar que pone de manifiesto la aversión que aún existe hacia los detalles tal y como los expone la ciencia espiritual.

Cuando alguien, como el Dr. Eliot, señala las necesidades de la época, esa indicación es más o menos como si, en relación con las ciencias naturales, se dijera: nadie puede negar que existe una naturaleza, una naturaleza que engendra seres en el espacio exterior, una naturaleza que provoca acontecimientos en el tiempo que tienen un principio y un final, etcétera. Alguien que señalara así la naturaleza puede compararse con alguien que, como el Dr. Eliot, señale así el espíritu. Pero ¿puede alguien dar una respuesta satisfactoria limitándose a decir: «Existe una naturaleza con diversos seres vivos y acontecimientos»?

Lo satisfactorio radica en que el ser humano puede salir al exterior y percibir las entidades concretas individuales. Al ser humano no le basta con lo abstracto, sino con los detalles; los hechos deben presentarse ante nuestra alma. Lo que a nadie podría satisfacer en relación con la naturaleza es precisamente lo que aún se supone que debe satisfacer a muchos en relación con lo espiritual: una generalidad vacía, algo abstracto.

Pero aún se rechaza profundizar en las partes, en los detalles, en los detalles y hechos del mundo espiritual, que resplandecen en la ciencia espiritual del mismo modo que en las ciencias naturales resplandecen los hechos concretos de la naturaleza.

Las ciencias humanas se encuentran hoy en el mismo punto en el que se encontraban las ciencias naturales hace cuatro siglos, cuando comenzaron a observar la naturaleza con sus propios medios. Si ayer se señaló que, en las ciencias naturales, se entra en los detalles, hoy hay que señalar cómo hay que acostumbrarse a pensar sobre los detalles de la vida intelectual del mismo modo que sobre los detalles de los fenómenos naturales; y cómo no basta con saber que existen productos naturales generales —al igual que el naturalista debe distinguir, por ejemplo, entre la avena y el trigo—, sino que el ser humano necesitará cada vez más los detalles de los hechos espirituales. Del mismo modo que no se puede abordar las necesidades naturales de la misma manera con el trigo y la avena, tampoco se pueden abordar las necesidades espirituales con referencias generales al mundo espiritual. Cuando se necesita tal o cual consuelo, o cuando tal o cual rasgo de carácter debe impregnar el alma, entonces deben proporcionarse detalles y hechos. Ese es el camino que debe seguir la ciencia espiritual. Y como esta tendencia hacia lo general domina hoy en día el mundo, se observa también en las cosas concretas que se exigen cómo, aunque desde la vida actual se reconoce el anhelo por lo espiritual —que tiene un efecto enriquecedor sobre el alma y la colma cuando se satisface—, nadie tiene que decir nada concreto sobre las cosas más esenciales, porque se rehúye de manera general lo particular.

De este discurso de Eliot también podemos destacar otra frase en la que habla de cómo la visión espiritual del mundo que se está forjando parece que abarcará todos los logros científicos de la nueva era y se ocupará de la alegría y la vida.

De este modo, se opone a la vejez, a la muerte, etcétera. Tenemos ante nosotros un alejamiento de la muerte y el duelo, de la muerte y el pecado, por parte de quienes le dicen al ser humano cómo debe ser la vida del alma una vez que ha cruzado la puerta de la muerte. El Dr. Eliot exige que la nueva cosmovisión afirme que todo eso es innecesario y que en ella hay que ocuparse de la vida y la alegría. Esto se ajusta plenamente a la mentalidad de nuestra época, que dirige la mirada hacia la acción viva y ve motivos para hacer que la vida sea intensa y alegre. Esto está plenamente justificado. También está plenamente justificado afirmar que la nueva visión de la vida debe ocuparse de la vida y la alegría; y, en contraposición a ello, suena maravilloso que la nueva visión del mundo deba pasar por alto la muerte y el duelo. Sin embargo, existe una objeción de peso: por mucho que el pensamiento humano se resista a ocuparse de ello, la muerte y el duelo se ocuparán de las personas y les mostrarán su existencia; y la vida siempre exigirá, para que podamos comprenderla, que sepamos algo sobre la muerte y sus enigmas; y la alegría exigirá fuerzas que nos levanten de nuevo cuando el duelo nos abrume.

Pero ese es precisamente el objetivo de la ciencia espiritual: despertar en lo más profundo del alma aquello que lleva al ser humano a la convicción legítima y segura de que su verdadero ser no forma parte de lo sensible exterior, sino que es de naturaleza eterna y pasa de una vida a otra. Y esta toma de conciencia de lo más profundamente vivo en cada una de sus vidas individuales es lo que, en última instancia, traerá el conocimiento de la verdadera vida que exigía Eliot, porque, como conocimiento, sabe cómo lo verdaderamente vivo siempre triunfa sobre la muerte. Y este conocimiento sabrá extraer de las profundidades del alma fuerzas que brotan de lo espiritual y que saben levantarnos de nuevo cuando la vida exterior nos abate por el duelo o por cualquier otra cosa.

Podemos extraer un hecho de la vida humana, un hecho del espíritu de nuestro tiempo, y luego sacar nuestras conclusiones sobre lo que la vida del individuo puede obtener gracias a los resultados de la investigación espiritual.

Todo el mundo experimenta que su vida tiene una juventud, que avanza y que, finalmente, alcanza un punto culminante, tras lo cual vuelve a entrar en declive. Experimenta cómo, poco a poco, se marchita y se desvanece aquello que él llama lo físico, lo corporal. Una ciencia superficial ha deducido precisamente de este hecho la dependencia de lo espiritual respecto a lo físico. Dado que el cerebro se marchita, de modo que ya no es posible una actividad exterior del intelecto, se llega a la conclusión de que lo anímico-espiritual se marchita junto con lo físico. Es como si, a partir de la inutilidad de un piano, se dedujera que el pianista ya no está.

Cuando la ciencia espiritual incorpore lo que sabe del mundo espiritual, el alma dispondrá, al acercarse a la vejez, de fuerzas que intervendrán en la vida de forma sanadora. En mi pequeño escrito sobre la educación del niño pueden ver cómo la ciencia espiritual interviene también en los detalles concretos de la educación práctica. Cuántas veces se oye a la gente dar todo tipo de normas pedagógicas. A quien conoce la vida, a menudo le inquietan esas frases y reglas generales, y quien siga atentamente la literatura verá lo insuficientes que son para la vida del ser humano en crecimiento estas ideas reformistas de hoy en día. Pero cuando, gracias a la investigación espiritual, se sabe cómo crece el ser humano en condiciones totalmente diferentes a lo largo de los distintos años y períodos de su vida; cómo se desarrolla el cuerpo físico hasta los siete años; cómo actúan entonces de manera muy diferente las normas educativas entre los siete y los catorce años, cuando se forma el cuerpo etérico, y entre los catorce y los veintiún años, cuando se desarrolla el cuerpo astral; solo cuando se sabe cómo se diferencian estas épocas en la vida humana, cómo el ser humano avanza en etapas claramente diferenciadas, solo entonces se está en condiciones de establecer, partiendo de la naturaleza del ser humano, principios que realmente saquen a la luz lo que yace en el alma. El futuro demostrará cómo puede enriquecer la vida esta pedagogía, extraída de la ciencia espiritual, pues quien afronta la vida de tal manera que se nos brinden las condiciones para que, en determinados momentos, se puedan otorgar al alma las fuerzas que despiertan la vida, tendrá entonces que ver por sí mismo lo que la ciencia espiritual puede llegar a ser para todos los seres humanos. Sea cual sea la situación en la que se encuentre el ser humano, no solo puede adquirir conocimientos teóricos, sino que la ciencia espiritual proporciona al alma humana una sustancia verdaderamente espiritual, un alimento espiritual que actúa en el alma y es asimilado —si se me permite utilizar esta expresión un tanto trivial—, y que mantiene al alma siempre flexible, activa interiormente, llena de contenido y consciente de sí misma. Este es un conocimiento que la vida necesita y que necesitará cada vez más.

Entonces, cuando la vida comience su declive, cuando las arrugas se graben en nuestro rostro, cuando nuestro cabello empiece a encanecer, entonces no solo tendremos conocimiento teosófico, sino que, gracias a una concepción de la vida basada en las ciencias espirituales, llevaremos en nuestro interior un núcleo vivo, lleno de significado, [que] se hace más palpable cuanto más se desvanece lo exterior, y el ser humano lo siente en su interior: Te despojás de la envoltura y del cuerpo, de lo físico, pero en tu interior llevás las fuerzas para atravesar el mundo espiritual y obtener allí nuevas fuerzas para la construcción de una nueva vida. Este sentido interior te da seguridad.

Esto se aplica, en general, a todas las personas. En cierto modo, la ciencia espiritual ayudará cada vez más al ser humano a superar lo que, por naturaleza, tiene que suceder cuando no se siente el espíritu vivo.

Otro hecho que reviste especial importancia en nuestra época es el de la nerviosidad. En cierto modo, hoy en día todo el mundo percibe lo que se entiende por la «era de la nerviosidad», pues esto está íntimamente relacionado con ciertos conceptos que uno se ha formado. Con qué frecuencia el ser humano siente tal o cual impotencia, tal o cual error, tal o cual vicio, totalmente en consonancia con la visión materialista del mundo, de tal manera que el ser humano mira hacia sus antepasados, hacia su linaje hereditario.

En la poesía se describe a menudo cómo el ser humano, que se siente agobiado por el peso de sus antepasados, se dice a sí mismo: «Es una predisposición heredada, no se puede cambiar». El resultado de ese estado de ánimo es la debilidad y la desolación; a ningún observador debería pasarle por alto cómo esto, de hecho, debilita a las personas.

Hoy en día se viven experiencias curiosas. Precisamente entre los investigadores materialistas se observa cómo hablan de ese nerviosismo de nuestra época y cómo ofrecen explicaciones materialistas. Acaba de publicarse un libro de un erudito austriaco que, curiosamente, resume toda esta predisposición con una sola expresión: que todo en el ser humano se basa en la composición físico-química de su organismo, incluso su carácter. Y al seguir leyendo el libro, se observa algo extraño: el autor ofrece consejos. Sin embargo, cabría pensar que se esperaría que se utilizara algún tipo de remedio, algo que se ingiriera, para corregir esa composición físico-química desequilibrada; pero este señor no recomienda, al menos en muchos casos, ningún polvito, sino que aconseja fortalecer el carácter mediante medios morales, ¡mediante todo tipo de cuestiones del alma!

No queremos entrar en discusiones sobre este tema en este momento. Queremos centrar nuestra atención en la siguiente pregunta: ¿De dónde deben obtenerse los recursos que permitan a una persona, que se encuentra desamparada ante tal o cual dolencia —condiciones físico-químicas que conforman su carácter—, de dónde deben obtenerse los medios que la conviertan en luchadora contra su nerviosismo y su neurastenia?

La ciencia espiritual responderá: cuando el ser humano sepa que fue un error afirmar que el conjunto de características del niño se deriva únicamente de la herencia de los padres —si se llega a esa conclusión—, eso es un error de observación, al igual que lo fue en su día, cuando en el siglo XVI, e incluso en el XVII, se decía —y no solo los legos, sino también los investigadores eruditos lo creían— que los animales superiores, incluso los peces, podían surgir de la materia inerte.

Y se produjo una gran revolución cuando el naturalista italiano Francesco Redi formuló la siguiente afirmación: «De lo inerte nunca puede surgir lo vivo. Lo vivo solo puede surgir de lo vivo». Francesco Redi escapó por los pelos al destino de Giordano Bruno.

Lo mismo debe decirse de lo espiritual y anímico: lo espiritual y anímico solo surge de lo espiritual y anímico; miramos hacia atrás, hacia lo espiritual y anímico que fue, en tiempos pasados, el germen de nuestra vida actual. Sentimos la injusticia de que aquello que llevamos en nuestro interior como destino, como aptitudes, como patrimonio espiritual y anímico, se considere únicamente una herencia de nuestros antepasados, y reconocemos que tiene su fundamento en lo espiritual tal y como lo hemos adquirido anteriormente, en épocas pasadas. Así, el ser humano toma conciencia de que hay algo más en él, además de los rasgos heredados. Y en la medida en que lo reconoce, ya no necesita fijarse en sus rasgos heredados ni decirse a sí mismo: «Tengo que cargarlos»; no, el investigador espiritual, una vez que ha reconocido el núcleo de su alma, debe procurar fortalecer sus fuerzas y contribuir a su desarrollo.

Así, la ciencia espiritual influirá en la vida, la saneará, y cada individuo se integrará con fuerza en ella. 

Con ello se alude, en el fondo, al otro resultado de la investigación espiritual: lo social. Nuestra época tiene, en un primer momento —aunque con razón—, la tendencia a estudiar únicamente la organización externa, es decir, cómo se debe configurar tal o cual institución para que las personas encuentren su lugar en la vida. La tendencia interior que aporta la ciencia espiritual muestra cómo las personas deben manifestar su mundo interior para, estando a la altura de la vida, integrarse en ella.

Todo ello implicará que esta época debe tomar conciencia de que, en la investigación espiritual, no se trata de una teoría muerta, sino de despertar las propias fuerzas vitales. De este modo, la época reconocerá la realidad de lo que emana de la ciencia espiritual y la vivirá, porque la ciencia espiritual se comprenderá a sí misma a través de la vida. Así, el ser humano que lleva en sí la ciencia espiritual se enfrentará a la vida de otra manera, lo cual es imposible sin la ciencia espiritual, pero que, sin embargo, fomentará cada vez más la vida. Cuando el espíritu, el alma, la realidad, sean comprendidos por todos; cuando se comprenda que el alma es la realidad, entonces ya no se mostrará incomprensión ante el hecho vital y serio de que, de la percepción sana y vigorosa de la esencia del alma, también emanan fuerzas capaces de proteger lo físico exterior de daños, debilidades e incluso de la enfermedad.

En este sentido, la concepción de nuestra época revela su carácter en el uso habitual de un refrán que, sin embargo, está cayendo cada vez más en desuso: «En un cuerpo sano habita un alma sana», con lo que se quiere decir que, si se consigue que el cuerpo esté sano, entonces en él habitará un alma sana. En la ciencia espiritual se interpretará esto de manera muy diferente: que un alma sana habita en un cuerpo sano, porque el alma más íntima, en su estado de salud, da forma a la vida física en el cuerpo. Las personas reconocerán las fuerzas curativas que la ciencia espiritual infunde en el alma. Por supuesto, no con los medios que hoy se quieren emplear para reconocerlo, pues hoy se mirará y se dirá: «Ahí hay una persona que se ha dedicado a la ciencia espiritual y, sin embargo, ha enfermado». — A esto se puede responder: la ciencia espiritual o la investigación espiritual aún no ha avanzado mucho en cuanto a su difusión; y, en segundo lugar, es evidente que no se puede hacer nada directamente contra los daños externos del cuerpo físico si estos provienen únicamente de lo físico, del mismo modo que no se puede curar una pierna rota desde lo anímico.

Sin embargo, hay también algo que reconocemos, a través de la peculiar forma en que surten efecto los conocimientos de la investigación espiritual, y es que el alma vuelve a transformarse para alcanzar una convivencia externa con la existencia, tal y como la tenía antes de la alienación de la naturaleza. Vemos en el niño, y también en el animal, una unión instintiva con la existencia del mundo espiritual. Vemos cómo el animal no come en exceso, cómo su instinto es sano; pero también vemos cómo, en el ser humano civilizado, ciertas cosas vienen determinadas por su alejamiento de la naturaleza. A veces uno puede observar con escalofrío cómo la humanidad se aleja de esta experiencia directa y de esta convivencia con el ser. Hace poco vi a una persona que se pesaba una determinada cantidad de comida para cada comida. Con la actual transformación en ciencia puramente mecánica, llegamos incluso a tratar el estómago humano y los órganos digestivos como si fueran retortas. Lo mecánico no se limita únicamente a la ciencia, sino que se extiende al tratamiento de la vida humana. Frente a ello se encuentra la corriente de la investigación espiritual. Con este conocimiento, el ser humano vuelve a conectar con el ser, de modo que, en un sentido superior, se protege instintivamente de lo que no debe ser. Y entonces, sin duda, habrá que valorar el efecto sanador de la investigación espiritual de una manera algo diferente a como se hace hoy en día.

Si ahora surgen preguntas como: «¿De cuántas enfermedades nos protege realmente el poder curativo de la ciencia espiritual?», es difícil responder, porque las enfermedades no llegan; sin embargo, es más razonable que el ser humano, al integrarse en la vida instintiva, se vea protegido de las enfermedades gracias a la ciencia espiritual, que tener que curarse después. Gracias a Dios, no se puede demostrar, pues el éxito radica precisamente en que esos daños ya no se producen.

Así vemos cómo la ciencia espiritual propicia el retorno a la naturaleza, en un sentido totalmente moderno, para la vida. Se podrían citar muchos otros ejemplos; todos ellos apuntarían claramente a que, a través de la ciencia espiritual, se logra la recuperación, el fomento de la vida y una correcta integración en la vida, en el contexto natural de la misma.

Así, la ciencia espiritual no solo aporta el conocimiento, el bien más preciado, sino que también genera consecuencias significativas para la vida, consecuencias de las que solo se puede tener una idea si se contemplan tal y como se ha podido esbozar hoy, aunque solo sea de forma superficial. Pero todo esto se hará realidad gracias a que el ser humano penetrará en los mundos espirituales, no solo de manera general, sino al reconocer los hechos espirituales concretos. Del mismo modo que en la naturaleza no se limita a hablar de la naturaleza en general, sino que reconoce los detalles, los minerales concretos, las plantas concretas y los animales concretos, así también reconocerá el mundo espiritual en sus detalles. Entonces, la naturaleza espiritual estará a su alrededor, del mismo modo que la propia naturaleza está destinada a fomentar, fertilizar e incluso mantener la vida física.

Entonces, el ser humano se sentirá integrado en el espíritu, igual que en lo físico se siente integrado en las materias de la naturaleza. Se aprenderá a sentir que se vive en el espíritu igual que en lo físico. Del mismo modo que en el organismo físico se perciben los procesos que tienen lugar en el exterior, en el universo, así se percibirán las relaciones espirituales con el dolor y la alegría, con el sufrimiento y el placer, con el deseo y la contemplación en su propio mundo, y la vida encontrará aquello que, desde el espíritu, la nutre y la sana.

Eso es lo que cabe esperar de las ciencias espirituales, pues estas deben satisfacer la necesidad del alma de sentirse una con todo lo que ocurre en el ámbito espiritual universal. Cuando el ser humano deje de pensar que todo lo que ocurre en su interior no es más que un acontecimiento, una vida, y que su voluntad es una fuerza sin importancia para el entorno; cuando comprenda que lo que ocurre en su interior está tan interrelacionado con lo espiritual como lo está el cuerpo físico con lo físico, entonces, gracias a esa ciencia, el ser humano obtendrá fuerza, vigor y salud vital; entonces el ser humano encontrará lo que intenté insinuar en mi drama «La prueba del alma»: cómo un alma expresa esa sensación de seguridad en lo espiritual, que el ser humano se sabe a sí mismo en el espíritu, se experimenta a sí mismo en el espíritu, piensa en el espíritu y respira realmente en él, y en ese verdadero aliento vital alcanza una existencia llena de vitalidad.

Esta salud del alma surgirá de la ciencia espiritual cuando se cumpla lo expresado en aquellas palabras en las que se describe lo que puede suceder en un alma que busca, y cuando la ciencia espiritual ofrezca lo que en ellas se transmite. Lo que se ha dicho hoy puede resumirse en lo que un alma que se siente en el espíritu puede decirse a sí misma:

En tu pensar viven los pensamientos cósmicos

—no solo residen temporalmente en el ser humano, sino que son pensamientos eternos del mundo—

En tus sentimientos se entrelazan las fuerzas cósmicas,

en tu voluntad actúan los seres cósmicos.

Piérdete en los pensamientos cósmicos,

Experimenta a través de las fuerzas cósmicas,

crea tu ser a partir de los seres de la voluntad.

No te pierdas en la lejanía cósmicas,

mediante el juego onírico del pensar. —;

Comienza en las vastedades del espíritu,

y termina en las profundidades de tu propia alma: —

Encontrarás metas divinas,

reconociéndote a ti mismo en tu interior.

Traducido por J.Luelmo

GA069e Basilea, 25 de septiembre de 1912 -Tareas de la investigación espiritual para el futuro

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

Tareas de la investigación espiritual para el futuro

Basilea, 25 de septiembre de 1912

Cuando hoy se habla de «ciencias espirituales» en el sentido en que [se] entiende aquí, a menudo se observa que las personas no solo expresan tal o cual opinión conceptual contraria, sino que se oponen a ellas de forma casi apasionada, como si se tratara de algo que surgiera de la arbitrariedad de tal o cual persona y que solo se hubiera puesto en el mundo por esa arbitrariedad. Quien contemple un poco la vida espiritual, tal y como se ha ido configurando hasta nuestros días y tal y como se ha ido preparando a lo largo de largos períodos de tiempo, podrá darse cuenta muy pronto de que esta ciencia espiritual o investigación espiritual, no es solo algo que tenga que surgir meramente de las intenciones arbitrarias de cualquier mente, sino algo que pretende responder al impulso, el anhelo de la época. Y quien sea capaz de profundizar un poco más en esa necesidad, en ese anhelo de la época, podrá darse cuenta, con un poco de atención, de que esos impulsos que conducen, de forma indeterminada y hoy todavía casi instintiva, hacia una investigación espiritual de este tipo, que esos impulsos deberán volverse en el futuro cada vez más definidos, cada vez más significativos, cada vez más intensos; de modo que la investigación espiritual, tal y como aquí se entiende, responde a una exigencia de la época. Exponer esto será el objetivo de la conferencia de hoy y de la de mañana, que tengo el honor de impartir ante ustedes.

Es igual de fácil burlarse, así como construir aparentes refutaciones a partir de conceptos populares contra tal conocimiento; y si a esto se suma además que la investigación en ciencias espirituales, con sus métodos, pretende explorar las condiciones de vida y de existencia de la naturaleza humana, pretende demostrar que quiere ir más allá del nacimiento y la muerte, más allá de lo que los sentidos y la ciencia convencional pueden investigar, entonces una afirmación así parece contradecir todo lo que hoy en día estamos acostumbrados a leer u oír.

Y sin embargo, a través de esta investigación espiritual, hay que prestar atención a lo que ya Lessing introdujo, de forma más o menos superficial, en nuestra vida espiritual; y esto debe ser revitalizado por la investigación espiritual.

Esta investigación espiritual debe mostrar al ser humano que en sus miembros suprasensoriales se encuentran fuerzas que trascienden esta vida terrenal; de modo que no se habla solo de una, sino de repetidas vidas terrenales, de modo que el ser humano, a lo largo de toda su existencia, debe poder, gracias a la ciencia espiritual, prolongar su esencia: hacia adelante, más allá del nacimiento, en primer lugar hacia su existencia espiritual; luego, hacia vidas terrenales anteriores, y también hacia el futuro, hacia vidas terrenales posteriores.

Para la ciencia espiritual, la existencia completa del ser humano se divide en vidas terrenales sucesivas, separadas entre sí por lo que se encuentra entre la muerte y un nuevo nacimiento: una existencia puramente espiritual en mundos suprasensoriales.

En un primer momento, esta incursión en el mundo espiritual le parece al ser humano moderno algo contra lo que tiene muchas objeciones; le parece algo totalmente fantástico. Y precisamente quien conoce las condiciones y los fundamentos de la ciencia espiritual comprenderá que, en un primer momento, pueda surgir mucha resistencia en el alma moderna frente a tales afirmaciones. Y entre las objeciones se encuentra, en primer lugar, la afirmación: «Si observamos la existencia, y lo que se extiende ante nuestros sentidos nos muestra que, en la existencia sensorial, estamos ante un mundo cerrado que podemos conocer a partir de nosotros mismos».

Ese fue, precisamente, el empeño de varios grandes y serios pensadores de la segunda mitad del siglo XIX: ¡esforzarse con todas las fuerzas del pensar para explicar, a partir de sí mismo, aquello que se extiende ante el intelecto humano! A lo largo del siglo XIX se hizo mucho por fundamentar tal cosmovisión, para dotarla de pilares y objetivos morales, y también para que sirviera de consuelo para el alma humana. Y no son precisamente las peores almas las que han aspirado a una cosmovisión materialista y positivista.

Este tipo de resistencia es con el que uno se encuentra cuando se habla de investigación espiritual o de ciencias espirituales.

Lo segundo es algo que se encuentra en personas que tienen una convicción diferente, a saber, que detrás de este mundo sensible existe un mundo suprasensible; personas que reconocen la existencia de ese mundo suprasensible, pero que no pueden admitir que las facultades cognitivas del ser humano, que sus posibilidades de investigación, sean adecuadas para penetrar en la realidad suprasensible.

Ya se trate de dudas o de objeciones de carácter filosófico, muy estimados asistentes, en el fondo, hace muchos años, hace un siglo, el gran filósofo Johann Gottlieb Fichte ya dijo todo lo necesario, cuando, tal y como se podía expresar en aquella época, impartió conferencias en los años 1811 y 1813 en la recién fundada Universidad de Berlín y plasmó en palabras lo que se puede contemplar sobre el espíritu. Justo al principio, Johann Gottlieb Fichte dijo a sus oyentes: «Imaginad un grupo de personas que hubieran nacido ciegas y siguieran siendo ciegas, y que entre ellas hubiera una que, al ver, hablara de la luz y los colores. Entonces, esas personas dirían: “Habla de algo fantástico que no existe en absoluto”».

Desde su punto de vista tienen razón, pues lo que se puede saber de un mundo depende de que el ser humano posea el órgano necesario para percibirlo. Un mundo suprasensible solo puede ser reconocido por aquel que —como lo llamaba Goethe— tiene el «ojo del espíritu» para tener ese mundo ante sí como una realidad.

Ahora bien, tal y como se presenta esta ciencia espiritual o investigación espiritual en la literatura más reciente, no solo ofrece resultados, no solo aquello que se acaba de esbozar en pocas palabras; la literatura no solo recoge los resultados de la investigación, sino que, por ejemplo, en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», también en la segunda parte de mi obra «La ciencia Oculta en líneas generales», cómo el alma humana llega a desarrollar realmente en su interior el órgano necesario para asomarse al mundo espiritual. Y lo que ocurre con este órgano es que está al alcance de todos, siempre que se siga el camino correcto.

Si alguien nace ciego, se puede decir que quizá se le niegue para siempre el conocimiento de la luz y los colores. En cuanto al ojo espiritual, este puede despertarse en cualquier persona; en cada uno de nosotros existen fuerzas que yacen latentes.

Puesto que hoy vamos a hablar de la «tarea de la ciencia espiritual para el futuro», solo podemos esbozar brevemente cuáles son los objetivos y la esencia de esta ciencia espiritual en sí misma. Algo de lo que impulsa esta ciencia espiritual se encuentra, por así decirlo, en todas partes, allá donde se mire, precisamente en las mentes más brillantes de la nueva era que se avecina, del futuro espiritual que se perfila.

Entre las muchas cosas que podrían recordarse, basta con mencionar esa frase tan conocida de Goethe, en la que, basándose, por así decirlo, en una larga experiencia vital y a través de una contemplación profunda de la realidad de la existencia, —pueden encontrar el pasaje en las «Conversaciones con Eckermann»—, dijo: «Por muchas cosas que uno haya pasado en la vida, por muchas formas diferentes que haya afrontado la existencia, en la vejez uno se convertirá en místico».

Y como Goethe compartía esta opinión, hizo que su Fausto terminara, al final de la segunda parte de «Fausto», como un místico, a pesar de que al mismo tiempo lo había presentado como un alma práctica.

¿Qué quiere decir realmente Goethe cuando afirma que, al llegar a la vejez, uno se convierte en místico? En el fondo, cualquier persona puede experimentarlo si compara, mediante una fiel introspección, todo el estado de ánimo, toda la disposición de la vida anímica en la juventud y, luego, al alcanzar cierta edad: uno ha atravesado la vida, se ha formado una cierta visión, ciertas concepciones internas, con respecto a las cuales adquiere una relación muy concreta, una postura anímica y sentimental.

En la juventud, los [objetivos e] ideales, las visiones del mundo pueden brotar con fuerza; uno puede tener la sensación de que están ahí, surgidas de uno mismo. Y cuando uno echa la vista atrás, especialmente a la infancia, puede ver cómo allí aún no se puede hablar de que la vivacidad y la capacidad de expresión provengan del alma y lo demás, del cuerpo. Que, desde los fondos indefinidos de la vida anímica, brota aquello que el ser humano puede observar en sí mismo en la juventud.

Más adelante se puede ver que lo que el ser humano logra brota de su alma. Pero luego llega el momento en que, cada vez más, lo que se extiende en el mundo que le rodea se refleja conscientemente en el alma, y uno sabe: ahora, en tu alma, se condensa interiormente aquello que has experimentado, de tal manera que puede arrojar luz sobre otras cosas. Uno se enriquece interiormente.

La frescura interior con la que uno se siente en la vejez da una idea de las concepciones que uno proyectó desde su interior en la juventud. En la vejez, uno se vuelve mucho más independiente de lo físico. Se vive una experiencia interior que todo ser humano puede experimentar, incluso sin conocer la ciencia espiritual: la experiencia de la independencia anímica respecto a uno mismo, a lo físico, a lo corporal, a lo personal. Y esta dimensión interior es lo que Goethe percibió cuando dijo que, en la vejez, uno se convierte en místico. Lo que quería decir es que uno posee una forma espiritual desde la que puede arrojar luz sobre el mundo exterior.

Y cuando se analiza, digamos, la intención de esta alma de Goethe, precisamente en este punto, se puede afirmar: él lo sintió, tal y como ocurre en la juventud, por así decirlo, en las primeras etapas de la vida humana, en las que se vive en armonía con lo que uno es también exteriormente, físicamente. El cuerpo crece, se vuelve cada vez más fuerte; todas y cada una de sus funciones se fortalecen. Esto ocurre en toda vida. A cada persona le llega lo que podríamos llamar un momento álgido de la vida, y a cada persona le llega también algo así como un declive. Todos sentimos el declive de la vida. Pero precisamente durante el declive de la vida física sentimos cada vez más ese interior que se ha enriquecido, que podemos atribuirnos un juicio más interno sobre el mundo; sentimos que el interior se vuelve independiente del declive exterior.

Si nos hemos desarrollado de forma sana, sentimos que nos volvemos más plenos y ricos en contenido interior a medida que describimos el declive de la vida. De ahí surge, independientemente de todas las demás cosas, la pregunta: ¿qué viene después de la muerte, una vez que hayamos atravesado la puerta de la muerte —una vez que hayamos salido por la puerta de la muerte hacia el mundo espiritual?

Lo objetivo, lo independiente de lo personal, es precisamente que uno se dice a sí mismo: a lo largo de toda tu vida vas acumulando una riqueza que no deja de crecer. Y cuando la vida se ha vuelto cada vez más rica, cada vez más plena, entonces pierde el cuerpo. ¿Acaso lo que uno ha acumulado a lo largo de toda la vida se desvanece en la nada? Esa es la pregunta, —no cuando la pregunta surge del miedo a la muerte o de cualquier sensación subjetiva—, sino que, cuando esas fuerzas se generan cada vez con mayor riqueza, surge la pregunta: ¿deben desaparecer en la nada cuando el ser humano cruza la puerta de la muerte? No, pues podemos percibir en nosotros mismos que, en el fondo, a lo largo de toda la vida hay algo que actúa en nosotros, —ese algo constituye el núcleo interior de nuestra alma—, y que influye en nuestra existencia exterior y corporal. Podemos reconocerlo mejor si observamos, —siempre que se haya establecido una comparación con la muerte— los estados cambiantes entre el despertar y el dormir, y nos preguntamos qué ocurre allí.

A esto no puede responder una ciencia experimental externa. Pero, ¿cómo responde la ciencia espiritual? Observamos que el ser humano se adentra en el sueño y, al hacerlo, siente cómo se va alejando cada vez más de las fuerzas mediante las cuales mueve sus miembros; siente que se aleja de lo terrenal y lo físico. Pero en el momento en que eso ocurre, la conciencia se apaga. La investigación espiritual afirma ahora: allí ocurre algo muy especial: en la cama permanecen el cuerpo físico y el cuerpo etérico; pero, desde el momento en que nos dormimos hasta que nos despertamos, se retira aquello que llamamos cuerpo astral y portador del yo. Solo que las fuerzas internas de este no están despiertas; de ahí que la oscuridad de la inconsciencia se extienda entonces alrededor del ser humano.

La investigación espiritual demuestra, —pueden leer más detalles al respecto en mis escritos—, que las fuerzas que en la vida cotidiana son tan débiles en este cuerpo astral y en este portador del yo del ser humano, que este no puede ser consciente de ellas cuando duerme, pero que no obstante pueden avivarse.

Esto se consigue mediante los auténticos métodos de las ciencias espirituales. Se consigue mediante lo que se denomina meditación y concentración. Si el ser humano es capaz de convertirse en un instrumento para las verdades del mundo espiritual, puede lograrlo mediante la meditación y la concentración.

Para ello se necesitan muchas cosas. Solo citaré aquí un ejemplo. Que alguien se imagine que tiene un vaso de agua vacío y otro lleno hasta un cuarto de su capacidad, y que vierta el agua de este último en el vaso vacío, y que ahora se imagine que, al hacerlo, no ocurra lo que suele suceder, —que el vaso del que vierte se vacíe—, sino que, al verter el agua en el otro vaso, el vaso del que vierte se llene cada vez más. ¡Gracias al exceso que vierte, el vaso del que vierte se llenaría cada vez más y más!

Es necesario formarse este tipo de representaciones simbólicas, que no pretenden en absoluto ser algo real. Porque si el ser humano se mantiene siempre fiel a su razón y es consciente de que su representación es simbólica, puede experimentar una cierta sensación al hacerlo. Esto puede expresar entonces una verdad superior, por ejemplo, sobre el amor entre las personas.

El amor es un concepto en el que resulta prácticamente imposible penetrar. Pero se pueden expresar algunas de sus características mediante símbolos.

Quien derrame las suaves fuerzas de su amor en un corazón que necesita amor, se dará cuenta de que no pierde nada de su fuerza amorosa, sino que, al compartirla, su fuerza se hace cada vez mayor. Podrá utilizar como símbolo de este amor el vaso que, al verter su contenido en otro, no se vacía, sino que se llena aún más.

Y cuando el ser humano reúna todos sus pensamientos, concentrándolos en un símbolo así; cuando tenga la paciencia de concentrar una y otra vez sus fuerzas anímicas en una vida interior de pensamientos como esa, entonces despertará las fuerzas latentes de su alma y alcanzará un estado en el que se convertirá en un verdadero instrumento para la contemplación del mundo más allá de lo sensible.

El ser humano llega entonces a experimentar realmente, fuera de su cuerpo, ese estado, esa esencia en la que, por lo general, solo se encuentra mientras duerme; y puede provocar estados que, aunque no sean dormir, se asemejan a él en el sentido de que está fuera de sí, se ha separado de sí mismo con el cuerpo astral y el «yo». Entonces se encuentra en el mundo espiritual. El mundo espiritual se le revela entonces. La autoexperimentación es pues, también una prueba de que vive en la realidad suprasensible. Y entonces el ser humano toma conciencia de que él es aquello que no depende del instrumento que es el cuerpo, sino que es él mismo quien da forma a esa figura corporal.

Y cuando se le abre este ojo espiritual, percibe, cuando el niño viene al mundo al nacer, esa labor y esa configuración suprasensibles que tienen lugar en el ser humano.

Solo entonces se aclaran aquellas cosas que la investigación externa pone de manifiesto, cuando somos capaces de percibir cómo, a partir de la fisonomía indefinida del niño, se va configurando una más definida y cada vez más precisa, cómo se desarrolla el lenguaje, cómo se forma cada vez más el cerebro y cómo consigue erguirse.

Ahí es donde el investigador de la ciencia espiritual muestra quién es, en realidad, el verdadero artífice de toda la configuración del ser humano.

Lo espiritual no se configura a partir de lo físico, [ni a partir de un único germen] en el momento del nacimiento o la concepción, sino que el investigador de la ciencia espiritual puede observar cómo lo espiritual emerge del mundo espiritual y cómo se crea primero el cuerpo físico.

Así se sigue el rastro del ser humano más allá de la vida, tal y como se hace en la naturaleza, tal y como se hace con las plantas, donde se sigue el germen de un año a otro; se sigue el final y se lo vincula con el principio. Se sigue el germen, que no solo brota en la planta. El investigador espiritual no solo sigue lo suprasensible-humano en su vida entre el nacimiento y la muerte, sino que lo sigue más allá de la puerta de la muerte. Lo que Goethe llama «lo místico», eso es lo que persigue el ser humano que sabe que lo que se reproduce es lo espiritual. Y ve cómo se vuelve cada vez más independiente a medida que el cuerpo se va deteriorando.

Del mismo modo que la semilla, cuando todo lo demás se marchita, permanece y luego se desarrolla hasta convertirse en una nueva planta, así ocurre con el espíritu. Y mientras que con la vejez se va desvaneciendo cada vez más lo que constituye nuestro envoltorio corporal, lo espiritual se vuelve cada vez más fuerte, hasta tal punto que se ha enriquecido, se ha formado a través de todas sus experiencias y, por ello, es ahora capaz de hacer aquello que al comienzo de la vida aún no podía.

Al comienzo de la vida, se ha construido un cuerpo [determinado]. A lo largo de la vida, uno descubre que ya no podrá utilizarlo tras la muerte. Pero en lo más profundo del alma se encuentran las semillas para la construcción de una nueva vida. Y al cruzar la puerta de la muerte, podemos ver cómo las fuerzas para construir una nueva vida se han fortalecido.

Y así, gracias a la investigación espiritual, podemos ver cómo el ser humano madura para construir un nuevo cuerpo, reuniendo entre el nacimiento y la muerte las fuerzas necesarias para creárselo.

El investigador espiritual aplica exactamente los mismos métodos con los que nos hemos acostumbrado a observar la naturaleza desde fuera; solo que los aplica de tal manera que quien quiera utilizarlos debe desarrollar los órganos necesarios para la visión suprasensible. Entonces, lo que explica resulta comprensible incluso para quien aún no puede penetrar en el mundo espiritual, comprensible a partir de todo aquello que está en armonía con los fenómenos de la vida exterior.

Así se hace comprensible esta enseñanza, que en un primer momento puede parecer fantástica, sobre el «yo interior» del ser humano, sobre el alma creadora que vive en él y que no está limitada por el nacimiento, ni por la muerte. Entonces, el ser humano de hoy llega a un cierto punto en su visión del mundo, a ese punto que es como el amanecer en el que se situó Giordano Bruno.

¿Cómo se plantó allí —Giordano Bruno— cuando independizó su conocimiento de la ciencia natural? Si hoy en día la ciencia natural tiene que basarse en aquello que se fundamenta en lo externo, basta con decir: incluso antes de Copérnico, antes de Kepler, antes de Galileo, los seres humanos dirigían su mirada hacia el espacio cósmico y encontraban allí la ley del universo tal y como se manifestaba ante sus sentidos externos; y él —Giordano Bruno— sustituye la ley exterior por su visión interior. [Los hombres anteriores a Copérnico] se quedaron en la contemplación sensorial, observando la extensión de las amplias esferas celestes y viendo la bóveda celeste azul como si descansara sobre un disco.

¿Qué dijo Giordano Bruno en contra de esta visión? Dijo: Lo que vosotros consideráis como la bóveda celeste azul no es más que una limitación de vuestro ojo. ¡Desde cualquier punto, el ojo contempla un mundo infinito! Esto lo dijo basándose en Copérnico. Y Copérnico no había elaborado un sistema basándose en la experiencia sensorial, sino que lo que Copérnico aportó en su sistema lo había obtenido a través del pensar, a través de la fuerza interior de la vida anímica humana.

Así pues, el alma no debe confiar en lo que la ciencia natural considera conocimiento. Y, basándose en las fuerzas internas, Giordano Bruno pudo decir: «Lo que percibís con los sentidos, esa bóveda celeste exterior, ¡no es más que el límite de vuestra visión!».

Del mismo modo, el investigador espiritual afirma: «El límite entre el nacimiento y la muerte, y el hecho de que se crea que el ser humano está encerrado dentro de esos límites, es perfectamente comparable a los “límites” del espacio celeste que, antes de la cosmovisión copernicana, se suponían basándose en la percepción sensorial». Y al igual que Giordano Bruno, la ciencia espiritual nos lleva hacia la infinita amplitud de la vida anímica humana. Y así como la bóveda celeste azul se debe a que la visión sensorial no alcanza más allá, la creencia de que la vida está limitada por la muerte se debe a que una visión limitada no ve más allá de la muerte física.

Hoy en día, muchos se encuentran con las ciencias espirituales en el mismo punto en el que se encontraban las ciencias naturales hace tres siglos; y frente a estos procesos se impone el anhelo de la época actual, de nuestra época. Quien siga la evolución intelectual de los últimos tiempos, verá cómo las ciencias naturales y el pensamiento han avanzado de triunfo en triunfo —ese pensamiento vinculado a las ciencias naturales y a la percepción exterior—. Quien siga esta trayectoria será, sin duda, un admirador de las ciencias naturales en lo que respecta a la configuración de lo científico, y en ningún caso las ciencias espirituales suponen una lucha contra los maravillosos logros de las ciencias naturales. Pero cuando estas ciencias naturales se presentan ante el alma, entonces surge ante el ser humano algo más que se contrapone a la vida humana.

No quiero teorizar aquí; consideremos un caso concreto. —Fue en febrero de 1901 cuando, de repente, una estrella brilló en lo alto del cielo y desapareció ya al día siguiente: tras aparecer antes con un brillo intenso, al día siguiente apenas emitía una luz perceptible.

Por mucho que la hipótesis científica pueda tener más o menos razón, ¿cómo se enfrenta el espíritu científico a esta estrella? Se inclina a creer que se trata de un sistema estelar doble, que una de las estrellas choca contra la otra, se desintegra y se disuelve en una nebulosa. Un destello brillante provocado por la colisión, seguido de un resplandor y un atenuarse progresivo debido a la desintegración.

¿Y cómo aborda ahora el pensamiento científico este curioso misterio? Pensemos siguiendo la corriente de pensamiento que se ha entretejido a través de Giordano Bruno y Copérnico: allí chocan dos cuerpos celestes. Giordano Bruno describe la visión de las infinitas extensiones, el Sol con sus planetas, en los que viven seres. Allí chocan los mundos. Quizá millones de seres perezcan en una colisión de este tipo. En lo que es un destello y en la dispersión se fundamenta y se destruye toda esta vida. ¿Qué nos puede contar la ciencia, en su caso, sobre lo que ocurre allá arriba en esa colisión mecánica exterior? Allí, los cuerpos celestes se desintegran en una nebulosa, y de esa nebulosa se formará un nuevo sistema solar; surgirán plantas, más tarde animales y formas humanas, hasta que vuelva a producirse una colisión semejante.

El pensar vinculado a las ciencias naturales sabe algo así. —No hay nada que objetar a la grandeza de este pensar. ¿Cómo no admirar este pensar, aquel que en el siglo XIX se logró gracias al análisis espectral y a los avances de la biología? Pero, además de esto que acabamos de presentar ante nuestra alma, actúa otra cosa que nos puede mostrar cuán impotente es todo pensamiento que se ha formado precisamente a partir de este acontecimiento estelar que destella y se desintegra.

Cuando vemos a una madre criar a su hijo, la vemos ser testigo de cómo se va forjando lo que es el alma del niño; la vemos unida a los primeros pasos hacia la madurez, a los intentos de hablar y caminar; la vemos unida al niño por el amor; y luego la vemos junto al lecho de muerte, viendo cómo el niño se va apagando. Vemos el duelo de la madre y sentimos que surge en nuestro interior la pregunta: ¿Por qué ha nacido? ¿Y qué ha sido de la alma que entró en el nacimiento, en la que encontré mi más íntima alegría y que ahora se ha desvanecido en la nada?

Ahí tenemos la cuestión de la vida. Y sabemos, estimados presentes, que a cada paso nos encontramos con preguntas de este tipo, que no se pueden responder desde la percepción sensorial exterior, sino que se pueden vislumbrar en un rincón del alma.

Y ahora miramos más allá de lo que la ciencia natural puede ofrecernos sobre todo un sistema cósmico, y sentimos la impotencia de todo ello frente a las preguntas que conmueven al alma humana. Estas cosas no se pueden superar con una mirada indiferente; la vida nos las presenta una y otra vez ante el alma.

Cuando millones de seres vivos mueren, perecen a causa de una colisión… lo que la ciencia natural puede decirnos sobre todo este proceso de desaparición y surgimiento de seres y seres no se acerca ni remotamente a lo que se pregunta el corazón humano cuando se sienta junto al lecho de muerte de un ser querido y reflexiona sobre el destino de la vida.

Si observamos el pensamiento y el ajetreo de la época actual ante estas cuestiones, se nos presenta ante los ojos un gran cambio con respecto al pasado. Basta con remontarnos a la época de Goethe para ver cómo incluso los investigadores más ilustrados —salvo los moralistas franceses— afirmaban algo similar a la historia de la Creación y decían: «Era precisamente la vida de lo que hoy se presenta como conocimiento». ¿Qué había, pues, en la historia de la Creación mosaica?

El ser humano se encuentra en el mundo espiritual, y a ello se añade, en primer lugar, lo material. Esta visión del mundo proporcionó al ser humano una imagen del universo en la que él ya estaba incluido, y lo hizo de tal manera que le decía a su alma: «Lo que entra de forma tan maravillosa en la vida pertenece a la primera sustancia de la Tierra, y tú mismo formas parte de ella».

Y, en su lugar, se va configurando cada vez más una visión del mundo que solo percibe los acontecimientos mecánicos del universo. Se ve cómo se desintegra una constelación y se imagina que se está formando un nuevo mundo, del mismo modo que se imagina que se forma un nuevo sistema solar. Ya he utilizado en otras ocasiones la imagen de lo que ocurre cuando se toma una determinada sustancia, una sustancia aceitosa que forma gotas, se corta una hoja de papel y, como si fuera el plano ecuatorial, se la introduce en la gota grande clavando una aguja en la hoja, se empieza a girar y entonces se ve cómo, efectivamente, se separan pequeñas gotas. Y de esta manera se ve, de hecho, cómo se despliega a pequeña escala algo parecido a un sistema cósmico, tal y como se despliega a gran escala ahí fuera. Y además: ¿quién no creería en ello?

Solo tiene un fallo: cuando se muestra algo, no se deben olvidar los aspectos más importantes; no hay que olvidar que nada surgiría si el profesor no estuviera ahí y no dirigiera. De modo que no se representa el todo si se olvida el factor principal: ¡la fuerza motriz! Así pues, ya desde el punto de vista teórico, este «sistema mundial» tiene una laguna.

Pero entonces resulta totalmente inexplicable cómo puede esta alma del mundo vincularse a lo que allí se desarrolla, para que, en algún momento, salga de su nada y entre en este escenario.

Y cada vez se ha ido afianzando más la idea de que solo se recurre a lo mecánico para explicar el mundo. Desde tiempos antiguos hasta nuestros días, se ha ido forjando cada vez más una especie de creencia de que todos los fenómenos solo deben explicarse de forma mecánica. La vida humana en su conjunto se ha vuelto, poco a poco, mecánica.

Y así ha sucedido que ha llegado el momento en que el alma, con sus preguntas, se enfrenta sin comprender a lo que, según el pensamiento moderno, es capaz de observar en el exterior, y no sabe encontrar ningún puente hacia lo que dice la ciencia. Y mientras el alma se pregunta… ¡la ciencia espiritual tiene una respuesta para ello!

Hubo una época en el siglo XIX en la que se creía firmemente que los pensamientos surgían del cerebro, en la que se hablaba de los pensamientos como si fueran oscilaciones cerebrales. ¿De dónde pudo surgir, en primer lugar, la idea de que se pudieran establecer relaciones directas entre los movimientos del cerebro y los pensamientos? ¿De dónde pudo surgir, en realidad, toda esta ciencia mecánica?

De ahí que, en los tiempos modernos, debido a las condiciones impuestas por la época, se haya perdido la capacidad que tenía la antigüedad para penetrar en lo espiritual. No se reconocía la esencia de los pensamientos; no se sabía cómo contemplar un pensamiento. Y así se llegó a creer que la esencia del ser humano residía únicamente en el cuerpo físico, donde se encuentra alojada el alma. Pero aunque se intente refutar la existencia de esta alma, ella sigue ahí y se inserta en el progreso moderno del mundo. —Por eso, con el paso del tiempo, se había impuesto la necesidad de recurrir a otra esencia activa además de la mera acción mecánica.

¿Cómo afrontaba la vida, en su época, un destacado historiador y experto en arte como Herman Grimm? Él aún no sabía nada de las ciencias espirituales, pero se había propuesto una gran tarea, que compartía con quienes quisieran escucharle. Una vez me explicó este plan; todo lo que nos proporcionó en detalle no debía ser más que partes de un gran proyecto. Quería trabajar en una gran obra en la que expusiera que lo que actúa en toda la existencia del mundo no son fuerzas mecánicas, sino la «imaginación creadora». Lo que es la imaginación creadora en el ser humano, eso, en el exterior, es la fuerza creadora —así lo decía él.

Y hubo un filósofo en el siglo XIX: Jakob Frohschammer, en Múnich, que trató de presentar esta imaginación humana como lo más esencial. Cuando muestra que en el embrión no solo se forman aquellas fuerzas en las que hoy cree el microscopista, sino que supone que la imaginación creadora es una fuerza formadora, esto se corresponde, en aquella época, con el impulso de encontrar también algo espiritual, de dirigir la mirada, en medio de los triunfos de las ciencias naturales, hacia el espíritu conocedor y creador, que se manifiesta como algo que trasciende el surgir y el perecer. Porque el surgir y el perecer están ligados a la manifestación de la naturaleza, mientras que el espíritu creador es lo perdurable.

Y en nuestra época vemos que las personas serias sienten que, aunque es cierto que, cuando se habla de fenómenos naturales, hay que proceder según los criterios de la ciencia actual, el alma no puede evitar elevarse hacia lo espiritual que impregna y atraviesa el mundo.

Hoy en día se puede observar un fenómeno interesante. En todas las librerías de las estaciones de tren se puede adquirir ahora un libro curioso: este libro, a pesar de que contiene algunas ideas erróneas, es una obra significativa de nuestra época; se titula: «Zur Kritik der Zeit» (Crítica de la época), de Walter Rathenau. Este libro lo ha escrito un «práctico de la vida», que percibe a simple vista todo ese carácter mecánico de la vida científica e intelectual y que, precisamente en los primeros capítulos de esta obra, describe magníficamente que los conceptos humanos se han vuelto mecánicos y que la vida social se ha vuelto mecánica.

Todo ello lo describe con la pluma del hombre sensato, del hombre que mira a la realidad. Pero precisamente ese hombre de la vida, cautivado por la esencia viva del alma, nos muestra el impulso y el anhelo por lo espiritual en nuestra época. Allí encontrarán, por ejemplo, pasajes significativos. El alma clama por lo que es lo espiritual:

Anhela un sentido que trascienda lo demostrable [...]. El tiempo busca [...] su alma.

El tiempo busca su alma —así lo cree él— y la encontrará; aunque sea en contra de la voluntad de la mecanización. A esta época

—la nuestra—

no le importaba desarrollar lo espiritual en el ser humano; su objetivo era hacer que el mundo fuera útil y, por tanto, racional, desplazar los límites de lo maravilloso y ocultar lo sobrenatural —

comprender las verdades.

Sin embargo, seguimos, como siempre, rodeados de misterio. Brota a la luz bajo cada superficie lisa del pensamiento, y desde cada experiencia cotidiana basta un solo paso,

para adentrarse en él

hasta el centro del mundo. La mecanización no pudo arrebatarle al individuo las tres emanaciones del alma: el amor a la criatura, a la naturaleza y a la divinidad; pero, para la vida en su conjunto, estas se desvanecieron hasta perder todo significado. El amor al prójimo se redujo a una fría compasión y al deber de asistencia, y, sin embargo, sigue representando la cúspide ética de toda la época; el amor a la naturaleza se convirtió en un pasatiempo sentimental de domingo; el amor a Dios, oculto tras la maquinaria de rituales mitológico-dogmáticos, se puso al servicio de intereses de este mundo y del más allá, y así no solo fue objeto de sospecha por parte de naturalezas poco nobles.

Probablemente no existe ni un solo camino en el que al ser humano no le sea posible encontrar su alma […]. Pero la humanidad no tomará atajos. No vendrán profetas ni fundadores de religiones, […]. Ningún arte unificador del mundo le aportará su alma, pues el arte es [ya] un espejo […] del alma, no su creadora.

Así habla, pues, un «practicante de la vida» sobre el impulso y el anhelo del alma. — Hay muchas cosas erróneas en ese libro; pero una cosa es cierta: quien siente así, siente que ya no se habla de lo auténtico del alma en nuestra época. Se rechaza a los fundadores de religiones. Siente que ya nadie quiere aceptar ni siquiera una doctrina exotérica.

Pero la propia aspiración de la época tiende a volver a vincular el alma con lo espiritual.

Y a este anhelo responde lo que la ciencia espiritual tiene que ofrecer; la investigación espiritual demuestra que el ser humano puede encontrar en su interior un desarrollo tal de las fuerzas que yacen latentes en su alma, de modo que pueda sumergirse directamente en lo que nos rodea de forma suprasensible. Y entonces, la mirada que se adentra en esas inmensidades conquista lo material.

Miramos hacia fuera y sentimos no solo el cuerpo humano integrado en la existencia física, sino, a través de él, el alma integrada en la existencia espiritual; [nosotros] ampliamos la mirada más allá del nacimiento y la muerte.

Del mismo modo que la ciencia natural ha ampliado la mirada más allá de la bóveda azul del cielo —tal y como afirma la ciencia natural: «Este límite que el ser humano se ha impuesto a sí mismo debe ampliarse», así dice la ciencia espiritual: Lo que la ciencia mecánica, lo que la cosmovisión mecánica cree acerca del límite impuesto a la vida temporal del ser humano —que proviene únicamente del propio conocimiento humano limitado—, ese conocimiento humano ampliado irá más allá, traspasará ese límite, al igual que la ciencia natural traspasó el límite de la bóveda celeste azul.

Tal y como se presenta la ciencia espiritual en nuestra época, con su impulso y su anhelo por su alma, tal y como «la época busca su alma», así seguirá desarrollando la vida de esa alma y aspirará a un mayor perfeccionamiento de la misma.

Una cosmovisión basada en la imaginación no puede perdurar; este problema de Herman Grimm nunca habría podido resolverse. Pero vemos cómo, en aquellos que han conservado la frescura de este anhelo del alma, se despierta el deseo de mirar hacia lo espiritual y anímico que se encuentra ahí fuera, en el mundo. Y sabemos que formamos parte de ello, del mismo modo que nuestro cuerpo forma parte de lo material.

La ciencia espiritual quiere dar al ser humano aquello que el alma anhela. Y si nos preguntamos: ¿qué papel desempeñará la ciencia espiritual en el futuro? Cuando todas aquellas personas que sienten en su interior el anhelo por el origen y el destino del alma se lo pregunten, entonces no señalaremos conceptos abstractos, sino a las almas hambrientas, y trataremos de dar a esas almas hambrientas aquello que ellas mismas muestran claramente que anhelan.

La ciencia espiritual no quiere hablar de un amor fraternal indefinido, sino situarse ante las personas de tal manera que quiera darles lo que el alma humana anhela. Entonces, aunque se escuchen objeciones de uno u otro tipo, burlas y cosas peores, precisamente como investigador espiritual lo encontrará comprensible; podrá comprender a aquellas personas que, desde su punto de vista, hoy en día no pueden actuar de otra manera que como lo hicieron los adversarios de las ciencias naturales hace siglos: celebrar juicios de herejía. Es cierto que ya no se levantan hogueras, pero se actúa según la moda de la época: se trata a las personas que buscan la verdad como si fueran fantasmas y se intenta denigrarlas mediante la burla y la blasfemia.

Pero eso no afecta en nada a esas personas; pues para ellas lo único que importa de la verdad es que —la verdad— se revele al alma como justificada por su propia esencia, y que, de hecho, impulse, fecunde y eleve esta vida, y pueda resistir a la prueba de la vida.

Demostrar que esto último puede suceder será el objetivo de la conferencia de mañana, que, en cierto modo, constituirá la continuación de la de hoy.

En lo que respecta a la verdad, se puede decir lo siguiente: quien plantea la verdad tal y como se acaba de comentar, puede decirse a sí mismo: sin duda, todo esfuerzo humano está siempre sujeto al error, y muchas cosas podrán colarse fácilmente, incluso para el investigador espiritual, como un error en aquello que busca. Es muy consciente de que el error puede colarse aún más fácilmente que en el mundo sensorial exterior. Pero da igual: si existe la voluntad de buscar la verdad, entonces incluso lo más insignificante que ocurra en este ámbito puede compararse con lo grandioso que se ha logrado al servicio de la ciencia. Que se ridiculice la verdad o no, eso no importa. Porque solo hay dos posibilidades: o bien lo que se difunde es un error —en cuyo caso ya será erradicado por el espíritu que se esfuerza por buscar la verdad, por el espíritu humano que busca la verdad—, pues el alma humana que busca la verdad no tolera el error—, o bien es verdad; en ese caso, ni la burla, ni las objeciones personales injustificadas, ni nada en absoluto podrá detener el poder victorioso que esta verdad encierra en sí misma.

En la historia del mundo ocurre, pues, que [a veces sucede que] las cosas [y] los seres pueden ser revelados. Pero en lo que respecta a la verdad, cabe decir: por mucho que se le haya dado la espalda, por mucho que la gente se resista aquí o allá, y por muy enterrada que esté la verdad en los pozos más profundos, ¡todo eso será superado! Porque, en todas partes, la verdad ha encontrado el camino para volver a abrirse paso entre la humanidad, para ser útil y beneficiosa, y para mantener su marcha triunfal a través del desarrollo del espíritu humano.

Traducido por J.Luelmo 

meditación de la piedra de fundación