RUDOLF STEINER
La Magia negra y la Magia blanca
Los términos «magia blanca y magia negra» se utilizan a menudo, precisamente dentro del ámbito teosófico, y en infinidad de ocasiones nos encontramos con que la expresión «mago negro», se emplea a modo de acusación, incluso por parte de quienes actúan dentro de la corriente teosófica. Algunos de ustedes ya habrán oído por si mismos, que se ha calificado con ligereza como «magia negra» esto o aquello. Sí, incluso ocurrió una vez que, tras la lectura de nuestras «Comunicaciones», —creo recordar que fue el primer número—, en cierto lugar la gente dijo: lo que había sucedido en aquella Asamblea General y se había relatado en las «Comunicaciones» encierra magia negra. En aquel entonces, algunas personas llegaron incluso a afirmar que en la dirección de aquella Asamblea General debía de haber un hechizo maligno. Esto no es más que un ejemplo de algo que ocurre con frecuencia y que se deriva de una concepción bastante trivial no solo del concepto de «magia negra», sino del concepto de «magia» en general.
En primer lugar, debemos tener claro qué se entiende por «magia» para poder comprender qué se entiende por «magia negra» después. Mucha gente cree lo siguiente: dicen que se pueden adquirir fuerzas ocultas y, al hacerlo, suelen pensar en fuerzas ocultas bastante inferiores y elementales. Porque, por lo general, quienes hablan de tales cosas no saben nada de las fuerzas ocultas superiores; normalmente no tienen ni idea de qué deben entender realmente por «fuerzas ocultas». Por lo general, la gente añade además que quien practica la magia negra es aquel que utiliza tales poderes al servicio del egoísmo personal. Una afirmación como esa es de las que ni siquiera se puede decir que sean falsas. Pero tampoco importa mucho que se diga que es cierta, pues no aporta nada especial. Es el resultado de una forma de pensar totalmente abstracta. Quien quiera hablar de estas cosas debe, ante todo, tener los pies firmemente plantados en el suelo de la realidad, ya sea la realidad física o la espiritual; debe saber qué es real, y entonces dejará de divagar sobre todo tipo de cosas que no guardan relación alguna con la realidad.
¿No supone acaso una exigencia imposible para los seres humanos de hoy, en cierto sentido, una afirmación como esa de que no se deben emplear las fuerzas ocultas al servicio del egoísmo personal? Esa es la pregunta que debemos responder en primer lugar. Es cierto que quienes afirman esto establecen como primer mandamiento: «¡No serás egoísta!». Sin duda, se trata de un mandamiento supremo. Pero para quien piensa con sensatez, la cuestión no radica en que se establezcan tales mandamientos, sino en si estos pueden cumplirse en absoluto. Y quien crea que el mandamiento de no ser egoísta puede ser cumplido sin más por las personas de hoy en día, se está engañando a sí mismo. Quien reconozca que es su deber disipar las ilusiones, deberá disipar también la ilusión de que un mandamiento así pueda cumplirse fácilmente.
Puede que aparezca alguien y diga: «¡Quiero actuar en el mundo de una manera totalmente desinteresada!». En un primer momento, no puede saber que, entre las fuerzas con las que actúa, hay toda una serie de fuerzas ocultas. De cada persona emanan fuerzas ocultas. Si alguien dice que quiere actuar de manera desinteresada en el mundo, ese es un ideal muy, muy hermoso. Pero si se intenta indagar más allá y preguntar: «¿Por qué quieres ser desinteresado? ¿Por qué te impones este precepto de ser desinteresado?», se obtendrán respuestas curiosas, por ejemplo: «A través del desinterés voy ascendiendo poco a poco a niveles más elevados de perfección»; «No soporto ser una persona sin valor»; «Quiero ser una persona que tenga valor en el mundo». —Si se analizara este sentimiento, se descubriría que, tras las razones que justifican el altruismo, se esconde a menudo el egoísmo más increíble, a menudo un egoísmo mucho mayor que el que se encuentra en aquellas personas que no quieren ser altruistas en absoluto, sino que simplemente se entregan a sus instintos egoístas. Reflexionen sobre esta idea y verán cuánto egoísmo se esconde en el impulso hacia el altruismo.
¿Y cómo podría ser de otra manera? El egoísmo es una fuerza que los dioses no han implantado en la naturaleza humana para que el ser humano la reniegue o la niegue sin más. De hecho, el egoísmo es uno de los elementos más esenciales a través de los cuales actúa el ser humano. Si investigamos las razones del egoísmo, si nos preguntamos: «¿Por qué los dioses, esos dioses bondadosos, han inculcado el egoísmo en el ser humano?», dado que es algo tan abominable a juicio de tanta gente, obtenemos, a partir del ocultismo auténtico, la respuesta de que el egoísmo es una protección formidable frente a lo que le sucedería al ser humano en el mundo si no lo tuviera. ¿Saben qué es lo que mejor protege al ser humano de recurrir a ciertas fuerzas bastante perversas, de las que hablaremos enseguida? Hoy en día, para alguien que quisiera practicar la magia negra, sería muy fácil atraer a una persona como discípulo y enseñarle ciertos gestos y artimañas de la verdadera magia negra; podría actuar de la forma más espantosa del mundo. Sin embargo, la mayoría no lo hará sin más. ¿Y saben por qué? Por la sencilla razón de que tienen miedo, porque temen por su personalidad. Intuyen un poco las consecuencias en su mente y, de forma egoísta, las temen. Y está muy bien que tengan miedo y, por eso, dejen de hacerlo. Si al comienzo de la evolución de la Tierra los seres humanos hubieran recibido de igual a igual todas las fuerzas existentes para actuar sobre el cuerpo astral, el etérico y el físico, entonces esos seres humanos habrían cometido cosas terribles en el mundo. Pero así, se les ha concedido el egoísmo, y este lleva al ser humano a que, en un primer momento, solo se preocupe por sí mismo, y a que esa preocupación por sí mismo lo ocupe por completo. Por eso, los dioses han erigido alrededor de los seres humanos, como una especie de muro protector, y esa protección se la brinda el egoísmo. Es el egoísmo el que oculta al ser humano la visión de las cosas que se encuentran más allá del mundo de las apariencias. Es sumamente importante tener esto en cuenta. Se trata de uno de los sabios mecanismos de frenado que los dioses han establecido para que el ser humano no penetre demasiado rápido en los reinos espirituales. Eso es, pues, el egoísmo; es un buen medio de protección.
Así pues, no hay que ir por ahí lanzando palabras como esas, porque aún queda un largo camino por recorrer hasta que el ser humano sea capaz de actuar de forma altruista, hasta que alcance la madurez necesaria para el altruismo. Ni siquiera hace falta recordar lo ridículo que resulta todo ese sermón sobre el altruismo, precisamente en nuestra época, la era del egoísmo en su máxima expresión, en la que cada uno quiere hacerse con todo lo que le corresponde conforme a su estatus social. Así, este «altruismo» lleva a rodearse por completo de un torbellino de ilusiones. Si ustedes no reflexionaran a fondo
¿Qué es, pues, la magia?
En todas las antiguas escuelas ocultistas existían tres formas de ascender a los ámbitos más elevados del conocimiento. La primera era la del iniciado, la segunda, la del clarividente, y la tercera, la del mago. Se trata de tres cosas fundamentalmente distintas entre sí: la iniciación, la clarividencia y la magia. Aclaremos primero, mediante una sencilla comparación, qué es un iniciado, qué es un clarividente y qué es un mago. Imagínese cualquier región en la que no se conozcan los trenes, los barcos de vapor y demás, donde la gente viva sin trenes ni barcos de vapor. En una región así, el hecho de que existan trenes y barcos de vapor es puro ocultismo. «Oculto» significa algo secreto, algo de lo que la gente no sabe nada. Ahora bien, si alguien de una zona donde no hay trenes ni nada por el estilo viaja a otra zona donde ve trenes y barcos de vapor, y luego regresa a su tierra natal, les cuenta a los suyos que existen los trenes y los barcos de vapor. Lo sabe por experiencia propia, pues ha vislumbrado un mundo que para los demás sigue siendo un misterio.
Quien, a través de la formación ocultista, es iniciado en los mundos superiores, es, en este sentido, un clarividente. Sabe por propia experiencia que existen mundos espirituales, seres espirituales y fuerzas espirituales. Los mundos espirituales tienen distintos niveles. Una persona puede ser clarividente en un nivel determinado, ver algunos fenómenos, pero no ver otros. Ahora deben recordar algo que se ha dicho aquí con frecuencia: para descubrir y explorar por sí mismos las verdades ocultas es necesaria la clarividencia. Pero la clarividencia no es necesaria para comprender estas verdades. Para ello basta con el entendimiento humano común, siempre que se aplique de manera correcta y lo suficientemente exhaustiva. Quien diga que solo podría comprender lo que se comunica en los informes ocultistas si fuera clarividente, simplemente no utiliza su razón lo suficiente. El ser humano no puede descubrir las verdades ocultistas con la razón, pero sí puede comprenderlas. Todo lo que se deduce de la investigación espiritual puede comprenderse si uno está dispuesto a reflexionar a fondo. Sin embargo, no es posible descubrir las verdades ocultas sin clarividencia; para ello se necesita la clarividencia. Por lo tanto, lo que se proclama a través de la teosofía también podría ser comprendido por quienes reflexionen a fondo sobre ello.
Incluso en los ámbitos más elevados, se pueden recibir relatos de los hechos de las experiencias ocultas, y luego se pueden comprender. Así, en las escuelas ocultistas siempre ha habido clarividentes que, mediante los métodos que se aplicaban, aprendían a penetrar en los mundos espirituales. A menudo se trataba de métodos muy laboriosos. Pero, además de estos clarividentes, siempre hubo también iniciados. Se trataba de aquellos que, gracias a sus amplias facultades intelectuales y a su disposición para aplicarlas, habían comprendido los hechos y las leyes de los mundos superiores. Esos eran los iniciados. Hoy en día, esta relación entre iniciados y clarividentes ya casi no es posible, porque hoy en día todo el mundo está afectado por el gran egoísmo de querer ver por sí mismo. Hoy en día, la gente apenas tiene idea del amor y la confianza que reinaban en las escuelas ocultistas de la antigüedad. Allí estaba el clarividente que, tal vez a lo largo de varias encarnaciones, aplicaba los métodos con abnegación y se había ejercitado para contemplar los mundos superiores, en los que podía ver muchas cosas, absteniéndose de conocer las leyes de dichos mundos, no para no verse frenado por ellas, sino para prestar un mayor servicio a la humanidad mediante un desarrollo más rápido de las capacidades clarividentes. Esta renuncia no es fácil de aceptar sin más. Es algo grandioso y formidable que alguien decida convertirse en clarividente sin conocer al mismo tiempo todo el orden de las leyes que rigen los mundos superiores; y si espera, —quizá miles de años—, hasta lograrlo, solo podrá hacerlo con la condición de ponerse bajo la estricta tutela de un gurú o maestro elegido. Porque si se acercara a las cosas del mundo espiritual como un mero clarividente, sin conocer sus leyes, pronto se desviaría por caminos erróneos y caería en los errores más graves, a menos que aceptara el consejo del gurú en todos los asuntos importantes.
Hubo otros que renunciaron por completo al desarrollo de los dones clarividentes superiores, porque deseaban ser iniciados en las leyes de los mundos superiores. Con amor y entrega, confiaban en lo que les decían los videntes, pero conocían las leyes. Para explicarlo, se puede poner un ejemplo del mundo cotidiano. Imagínese a una persona que ve extraordinariamente bien, que puede percibir con sus ojos todo tipo de fenómenos, pero que no entiende nada de las leyes de los fenómenos luminosos. E imagínese a otra persona que es muy miope y apenas ve a unos pocos centímetros de sus ojos, pero que conoce bien las leyes físicas de los fenómenos luminosos. Ambos pueden colaborar y trabajar bien juntos: uno conoce las leyes, el otro no las conoce en absoluto, pero a cambio ve los fenómenos. Y esto es aún más cierto en los ámbitos superiores. Es posible que alguien alcance un grado elevado de iniciación sin pretender poseer poderes clarividentes. En las antiguas escuelas ocultistas era muy habitual que estas dos clases coexistieran. Los clarividentes aceptaban de buen grado los consejos de los iniciados que no poseían en absoluto la clarividencia. Esto resultaba especialmente necesario en aquellos casos en los que se requería un alto grado de clarividencia y un alto grado de iniciación, como, por ejemplo, en todo lo relacionado con el ámbito astrológico. Lo que ocurría era que aquellos que deseaban asimilar en profundidad las complejas leyes de la astrología tenían que renunciar, por regla general, a esa clarividencia superior que los clarividentes astrales debían adquirir. Se complementaban mutuamente. Solo en los tiempos modernos, en los que el ser humano piensa y siente de forma materialista, hay que tener claro que es imposible separar estrictamente estos dos ámbitos y, por ello, desde el siglo XIV ya no se hace distinción alguna entre ambas clases, de modo que el maestro ya no concede una iniciación a nadie sin otorgar al mismo tiempo un cierto grado de clarividencia. No puede ser de otra manera, porque no sería en absoluto compatible con el egoísmo y la desconfianza que imperan hoy en día. Por eso ya no se hace distinción entre ambas, pues hoy en día las personas son incapaces de actuar de forma altruista.Ahora bien, el mago se diferencia tanto del clarividente como del iniciado. El hecho de que alguien pueda vislumbrar por sí mismo los mundos superiores no implica, ni mucho menos, que ya sea capaz de dominar las fuerzas que actúan en el mundo sensorial y aplicarlas. ¿O acaso creen ustedes que una persona que poseyera el conocimiento de la locomotora, el barco de vapor y la máquina de vapor, se trasladara a una región donde se desconocen, podría construir inmediatamente allí una máquina de ese tipo? Él podrá describirles cómo son esas cosas, pero no sabrá construirlas de inmediato. El hecho de que el clarividente pueda ver por sí mismo en los mundos superiores no implica que también sepa dominar las fuerzas que actúan en el mundo sensible y aplicarlas. Solo es mago o adepto aquel que sabe aplicar en este mundo las fuerzas superiores, de las que todo lo físico no es mas que una expresión; es decir, aquel que es capaz no solo de recurrir a las fuerzas y poderes físicos cuando se trata de cualquier asunto relacionado con su actuar, sino que también sabe dejar que actúen las fuerzas superiores. En nuestra época, ser mago o adepto no es, en realidad, cosa de poca monta. No hay ningún momento en la evolución de la humanidad que se haya opuesto tan rotundamente a la magia o al adoctrinamiento como lo hace el nuestro hoy en día. Y hoy en día, en determinadas circunstancias, la mejor forma de servir a la humanidad es limitarse a difundir los conocimientos de los mundos superiores y, uno mismo, —quizá con el corazón encogido—, renunciar a ellos incluso en casos en los que tal vez sería oportuno recurrir a los poderes mágicos. Y es que la vida pública actual es tan ajena al concepto de la magia que, en determinadas circunstancias, la influencia de los mundos superiores sobre nuestro mundo supondría un revés si se aplicaran directamente los poderes mágicos. Quien tenga cierta práctica en el uso de los poderes y, además de los conocimientos, se haya familiarizado con su mecanismo, debe abstenerse en determinados casos de aplicar esos poderes, por la sencilla razón de que hoy en día es imposible ir a contracorriente de los tiempos que corren en el mundo. Ser mago no solo implica clarividencia e iniciación, sino también práctica. De eso se trata. El mago debe, con gran dedicación y a lo largo de largos períodos de tiempo, adquirir ciertas habilidades; debe practicar. Piensen solo por un momento en cuánto pueden saber, —ya en el mundo físico—, sin que ustedes mismos sean capaces de llevar a cabo realmente aquello de lo que pueden hablar, aquello de lo que saben algo. Se puede estar iniciado en muchas cosas. Se puede saber con total exactitud cómo está construida una locomotora, pero sin que nadie le encargue inmediatamente la construcción de una, ya que con ello se arriesgaría a tirar el dinero por la ventana. Lo mismo ocurre en los ámbitos superiores. La práctica hace al mago; la percepción en los mundos superiores hace al clarividente; el conocimiento y la comprensión de las leyes en los mundos superiores hacen al iniciado.
En tiempos pasados era absolutamente inadmisible llevar a cabo cualquier acto mágico sin estar en armonía con los regentes del mundo, el «Gobierno de la Tierra», a quienes también se conoce como los grandes maestros de la llamada Logia Blanca. Todas las escuelas ocultistas, todas las escuelas que existen y todo lo que se enseña no pueden ser más que el nivel más bajo hacia un desarrollo superior; sobre él deben erigirse niveles cada vez más elevados, hasta llegar a los verdaderos guías de la evolución de la Tierra. En el nivel más elevado se encuentran aquellos que no solo conocen la sabiduría, sino que «gobiernan» la Tierra en su evolución, que hacen fluir la sabiduría en la evolución terrestre. Solo ellos son capaces de determinar, en cada acción concreta en la que intervienen las fuerzas espirituales, si esta acción perturba o no el conjunto del proceso. Si construyes una casa y estableces el plano de la misma, cada uno de los trabajadores que participan en la obra debe trabajar en armonía con ese plano. Y si alguien llega y se le ocurre hacer una ventana de forma diferente a como está prevista en el plano, por muy bonita y magnífica que sea esa ventana, toda la casa queda alterada. Si alguien en el mundo quiere lograr algo mediante fuerzas espirituales, por muy significativo y grandioso que sea, si no encaja en el plan original de la evolución de la Tierra, perturba dicho desarrollo y, en ocasiones, lo retrasa durante mucho tiempo. Es imposible que el ser humano que no utiliza fuerzas espirituales pueda perturbar este plan del desarrollo de la Tierra. ¿Y por qué no? Porque, en lo que respecta a las fuerzas espirituales, lo que hacen las personas que carecen de un conocimiento de los mundos superiores, se comporta como un fenómeno natural respecto a una casa. Lo que el clima, a través de las condiciones de calor y sol, destruye en una casa, tiene que ser destruido; eso es, en cierto modo, algo evidente. Así se comportan también las intenciones de quienes no tienen relación alguna con el mundo superior. En cambio, las acciones de quienes tienen alguna relación con los mundos superiores, cuando hacen algo que no está en armonía con el mundo espiritual, se comportan como si alguien golpeara un objeto con un martillo. ¿Qué es, pues, necesario para que se produzca el progreso de la humanidad? Cuando se emplean fuerzas ocultas, es absolutamente necesario que se mantenga la conexión con las fuerzas espirituales centrales del mundo, y es absolutamente necesario que no se entreguen las fuerzas espirituales a nadie que no desee buscar esa conexión. De ahí se deriva que en todas las escuelas ocultistas auténticas reine el secreto en torno a la transmisión de las fuerzas espirituales, y que no se revelen tales secretos a nadie que no se comprometa a mantener la conexión con los seres espirituales rectores. Solo el «gobierno central» de la Tierra tiene la capacidad de saber de qué se trata. Y eso es algo que hay que saber si se quieren emplear fuerzas espirituales. Cuando se le revela algo a otra persona de forma no autorizada, cosa que puede llevar a esa persona a oponerse al gran plan de la evolución de la Tierra, se comete el primer tipo de acto de magia negra. Por eso se aplica el principio siguiente: el primer acto de magia negra es la traición de los secretos ocultos. Hablar sin sentido y revelar secretos ocultos constituye el primer caso de magia negra, pues con ello se entregan los secretos ocultos a aquellos que se oponen a la dirección central del desarrollo de la Tierra, porque no conocen el contexto. ¿Dónde ocurre esto, dónde se hace realidad? Se hace realidad allí donde los secretos ocultos se ponen en práctica no al servicio de toda la dirección de la Tierra, sino al servicio de alguna entidad limitada que no quiere tener relación alguna con la dirección de la Tierra al servicio de la humanidad. Así pues, si, por ejemplo, al ser humano se le revelan aquellas cosas que solo debe aplicar cuando haya superado todos los prejuicios nacionales y raciales, pero las aplica antes de haber superado dichos prejuicios y antes de tener la más mínima idea de lo que significa ser un «ser humano sin patria», entonces exactamente lo mismo que, en otras circunstancias, es magia blanca, pasa a estar al servicio de la magia negra. Exactamente lo mismo. Si aquello que debería servir a la humanidad se utiliza al servicio de una raza concreta, por ejemplo, para otorgar a esa raza el dominio sobre la Tierra, entonces eso es, a gran escala, magia negra, pues no se lleva a cabo en armonía con la guía de la Tierra. Ese es el primer requisito: ir más allá de lo que nos une únicamente a una parte de la humanidad. Para un mago blanco de hoy en día, esto constituye el primer principio. El ser humano no puede aspirar a la abnegación, sino al amor por toda la humanidad. Puede ampliar el ámbito de su amor. Puede hacerlo, y de eso se trata precisamente.
Sin embargo, ocurre con mucha frecuencia que las personas intentan, mediante todo tipo de maquinaciones, obtener algo que, de otro modo, nunca se les revelaría. Ahora pasamos a los métodos propiamente dichos, a las maquinaciones que es necesario llevar a cabo para adquirir poderes de magia negra. Esto es algo que se puede describir con todo detalle. Ya han visto el primer medio, la primera vía para adquirir poderes de magia negra; consiste precisamente en que las fuerzas y entidades invocadas nos revelen esos medios. Sí, ¿qué son, en realidad, estos medios mágicos? Son aquello mediante lo cual podemos utilizar las fuerzas espirituales para actuar aquí, en el mundo sensible, y para lograr resultados y éxitos. Esos son los medios. Pero, en realidad, no hay en el mundo sensible más efectos que aquellos que proceden de los mundos espirituales. Todos los efectos, logros y acciones en el mundo sensible proceden de los mundos espirituales. Por lo tanto, quien no quiera llegar a estas cosas por la vía legítima del estudio pausado, —a través de aquellos que son iniciados, clarividentes, adeptos o incluso magos—, solo puede elegir otro camino, y esta consiste en que, en lugar de dirigirse a las personas, —que son las encarnaciones de entidades espirituales superiores—, se dirija a la propia naturaleza e intente discernir en ella la forma en que las fuerzas espirituales han fluido hacia su interior.
Porque todo lo que hay en la naturaleza proviene de los mundos espirituales, y mediante ciertas artimañas y acciones podemos volver a extraer de la naturaleza esas fuerzas espirituales. Ahora bien, en el momento en que, respecto a aquello que desconocemos, no dejamos que la naturaleza actúe por sí misma, sino que llevamos a cabo nosotros mismos lo que queremos, —es decir, cuando actuamos por nuestra cuenta allí donde no sabemos nada—, en ese momento también somos capaces de obtener fuerzas del ámbito de la magia negra. Si no queremos llegar a las fuerzas internas de la naturaleza por el camino indirecto de la sabiduría y la perspicacia, y si evitamos todo lo que ocurre mediante la sabiduría y la perspicacia en el camino del desarrollo de las fuerzas internas, sino que elegimos otros medios, entonces, a través de esos otros medios, nos encaminamos siempre hacia los rituales de magia negra, hacia la magia negra.
Fíjense: quien hoy quisiera convertirse en mago negro dispondría desde el principio de un gran capital para las prácticas de magia negra, aunque fuera un cobarde terrible y sintiera un miedo espantoso ante todo lo que pudiera sucederle. Ese miedo que habita en el interior del ser humano es un punto de partida muy bueno para el mago negro, pues ese miedo no es más que egoísmo comprimido. Imaginemos, por un momento, que alguien se propusiera practicar las artes de la magia negra a gran escala. En primer lugar, buscaría en el mundo a los individuos más cobardes posibles. Porque ese fondo de miedo es un buen medio que se puede remodelar y transformar de tal manera que las personas cobardes en cuestión adquieran ciertos poderes y fuerzas, sin saberlo ni comprenderlo, en una medida mucho mayor de lo que el ser humano puede tener normalmente. ¿Qué tendría que hacer un mago de este tipo que quisiera poseer tales artes? En primer lugar, tendría que montar un laboratorio en el que adiestrara a esos cobardes, —hablo de forma radical, pero así se lo entenderá mejor—, para que se endurecieran por completo, mediante el método de hacer que les cortaran la carne viva y vieran cómo brotaba la sangre. Lo que en los sentimientos de miedo, que el cobarde tiene en gran medida, actúa como una cierta fuerza hacia el exterior, puede transformarse en algo opuesto si se enseña a las personas a endurecerse mediante cortes en carne viva. En el caso de una persona que no tiene miedo, este procedimiento no serviría de nada.
Es, por así decirlo, el abecedario, lo primero que se hace en la magia negra. Y si se llevara a cabo, lo que antes era miedo en el ser humano se transformaría en fuerzas gracias a las cuales podría, de hecho, ejercer cierta influencia sobre su entorno; y quien se valiera de tales ayudantes podría cometer las atrocidades más increíbles del mundo. Pero quien quiera convertirse por sí mismo en un gran mago negro, sin ayuda de otros, a veces hace algo completamente diferente. Uno de esos magos negros quiso serlo en su día un hombre del siglo XV, Gilles de Rais, a quien el mundo profano llamó «el Caballero Barba Azul». Este hombre buscaba hacerse con enormes poderes ocultos, no por la vía legítima del aprendizaje, sino transformando ciertos sentimientos egoístas que yacían en lo más profundo de su ser. Al mismo tiempo, era un excelente observador de sí mismo. Perdóneme si pronuncio una palabra que sonará quizás un tanto extraña. Este hombre era lo que se podría llamar «el egoísta cristiano más radical» o «el cristiano egoísta». De hecho, ha habido y sigue habiendo personas así. Son aquellos que consideran el cristianismo, ante todo, como un puente para obtener lo máximo posible para sí mismos, porque tienen claro que un buen cristiano puede llegar muy lejos en la bienaventuranza. Gracias a su autoconocimiento, se dio cuenta de ello en su propia naturaleza y, en cuanto lo percibió, ya sabía cuál era el mejor medio para transformarlo en increíbles poderes mágicos. Sin embargo, pronto se le puso fin a sus actividades. Se le juzgó, y allí se reveló que el hombre había comenzado en 1432 a asesinar a un niño tras otro para desarrollar sus especiales poderes ocultos. Consideraba que destruir vidas era un medio especial para sonsacar a la naturaleza aquello que él mismo no podía conocer. Tal y como se puso de manifiesto en el juicio, el hombre asesinó a 800 niños en poco tiempo. Ahora, algunos de ustedes que hayan leído la novela de Mabel Collins «Flita. Historia real de una maga negra» comprenderán por qué al principio hay un asesinato. Forma parte de la historia. La novela «Flita» ya la ha escrito alguien que sabe de lo que habla. Lo que la maga negra quería solo pudo desarrollarse bajo la influencia de ese asesinato, que se sitúa al principio de la narración.
Y ahora analicen esta historia con toda seriedad y pregúntense qué podría proteger a la mayoría de las personas de esos procedimientos que les he mencionado y a través de los cuales el ser humano podría verse conducido, sin lugar a dudas, al dominio de los poderes de la magia negra. El egoísmo es un medio muy eficaz para protegerse de ello. No todo el mundo será capaz de superar el miedo a cortarse la carne viva; de hecho, la mayoría de las personas se desmayarían, y el desmayo no es más que una expresión del egoísmo. Así pues, ya solo por su efecto físico, es un buen medio para evitar que uno practique la magia negra. También es difícil convertirse en un caballero Barba Azul; su sano egoísmo protege a la mayoría de las personas de ello; actúa como una barrera contra el hecho de recurrir a medios para obtener poderes de magia negra.
Bueno, verán, solo quería mencionar eso para no hablar con frases hechas. Ese no es mi estilo. Prefiero hablar de hechos reales. Quería mostrarles, mediante ejemplos, en qué consiste el dominio de las maquinaciones en el ámbito de la magia negra. La revelación de secretos ocultos a los profanos es la forma primera y más sencilla. Pero tales actos, tal y como los acabo de describir, forman parte de los métodos de enseñanza de la magia negra; son, por así decirlo, el abecedario. Y lo que viene después de ese abecedario, aquello en lo que se instruye a los alumnos de magia negra en el «arte de la lectura»… si se lo contara, probablemente varios de ustedes aquí presentes se desmayarían. Por eso preferimos detenernos en este primer nivel. Estas cosas no son en absoluto algo con lo que se pueda bromear, ni siquiera con palabras; son algo sumamente serio; y son algo que la gente desconoce, —por desgracia, por desgracia, demasiado extendido en el mundo—. La mayoría de las personas ni siquiera tienen la voluntad de abordar cómo se extienden estas cosas en el mundo.
Ahora bien, el desarrollo de tales cosas está íntimamente relacionado, en estrecha conexión con toda la evolución de la Tierra, y en general con la evolución de un planeta, y solo comprendemos adecuadamente este asunto cuando tenemos una idea de cómo un planeta ejerce una influencia espiritual sobre su sucesor, sobre el planeta siguiente; es decir, cómo, por ejemplo, la Luna ejerció su influencia sobre la Tierra y cómo, a su vez, la Tierra ejerce su influencia sobre su sucesor, Júpiter. Todos ustedes saben que la Tierra está guiada, en cierto modo, por la llamada «Logia Blanca», en la que se unen ciertas individualidades humanas altamente desarrolladas con individualidades de un orden aún superior. ¿Qué hacen allí? Trabajan, dirigen la evolución de la Tierra. Mientras dirigen esa evolución, elaboran un plan muy concreto. De hecho, es cierto que, durante cada evolución planetaria, las fuerzas rectoras elaboran un plan determinado. A medida que la Tierra evoluciona, en la llamada «Logia Blanca» de la Tierra se establece el plan detallado de cómo debe ser Júpiter, el que sustituirá a la Tierra. Todo el plan se desarrolla con todo detalle. Y ahí radica la bendición y la salvación de la posterior evolución: que se actúe en armonía con este plan. Cuando una evolución planetaria llegue a su fin, es decir, cuando nuestra Tierra haya llegado al final de su evolución planetaria, entonces también los Maestros de la Sabiduría y de la Armonía de los Sentimientos habrán terminado el plan que han elaborado para Júpiter.
Y ahora, al final de ese proceso de evolución de un planeta, ocurre algo sumamente peculiar. Este plan se reduce y se multiplica al mismo tiempo de forma infinita mediante un procedimiento, de modo que existen infinitas copias del plan completo de Júpiter, aunque en miniatura. Así ocurrió también en la Luna. El plan de la evolución de la Tierra estaba allí, multiplicado y reducido infinitamente. ¿Y saben qué es lo que elaboraron en aquel entonces en la Luna los Maestros de la Sabiduría? Son los átomos, los átomos de la Tierra. Y son los átomos de la evolución de Júpiter cuyo plan está siendo elaborado por los líderes de la «Logia Blanca» en nuestro planeta. Ese es el verdadero átomo, y todo lo demás que se diga sobre un átomo no es nada. Solo reconoce el átomo de un planeta quien ve en él el plan reducido del desarrollo de dicho planeta. Si quieren ir conociendo poco a poco este átomo que constituye la base de la Tierra, se encontrarán, precisamente para llegar a conocerlo, con aquellas medidas que emanan de los grandes magos del mundo. Ahora bien, por supuesto, solo podemos hablar de estas cosas de forma simbólica, pero al menos podemos conocer algo que nos dé una idea de lo que aquí se trata. La Tierra está compuesta, en cierto modo, por estos átomos suyos, y cada ser, —ustedes mismos, todos ustedes—, está compuesto, en cierto modo, por tales átomos; y, por ello, están en armonía con toda la evolución de la Tierra, ya que llevan en su interior, en número infinito, el plano a escala reducida del planeta Tierra, que se elaboró anteriormente. Este plan terrestre solo pudo elaborarse en el estado planetario anterior de nuestra Tierra, en la Luna, —es decir, en el planeta que precedió a la evolución de nuestra Tierra—, gracias a la acción de entidades rectoras que actuaron en armonía con toda la evolución planetaria de Saturno, el Sol, la Luna, etc. Ahora bien, se trata de dotar a los infinitos átomos de aquello que los sitúe en las proporciones correctas, que los ordene de la manera adecuada. Dotarles de ello solo fue posible para los espíritus rectores de la Luna si dirigían la evolución de la Tierra por trayectorias muy concretas. Ya he descrito en numerosas ocasiones las trayectorias por las que dirigieron la evolución de la Tierra. Cuando la Tierra volvió a aparecer tras la evolución lunar, en realidad aún no era nuestra Tierra actual. Era la Tierra más el Sol más la Luna. Estos formaban un solo cuerpo. Así pues, si mezclaran la Tierra actual con la Luna y el Sol y formaran un único cuerpo con ellos, obtendrían lo que era la Tierra al comienzo de su evolución. En primer lugar, el Sol se separó de la Tierra, y con ello se separaron también todas aquellas fuerzas que resultaban demasiado sutiles, demasiado espirituales para el ser humano, bajo cuya influencia se habría espiritualizado demasiado rápido. Si el ser humano hubiera estado sometido únicamente a la influencia de las fuerzas que se encontraban reunidas en ese cuerpo compuesto por Sol, Luna y Tierra, se habría espiritualizado muy rápidamente, no se habría desarrollado hasta alcanzar la materialidad física y, por lo tanto, no habría podido alcanzar una conciencia propia, una conciencia del «yo», que era imprescindible que alcanzara.
Todos ustedes saben que existe un conocimiento imaginativo y que hay símbolos ocultos [en los que se expresa ese conocimiento imaginativo]. Ahora solo puedo indicarles dos símbolos ocultos. Hablar de más nos llevaría demasiado lejos. El símbolo oculto de aquellas fuerzas que habrían actuado y marcado el rumbo de toda la evolución de la Tierra si el Sol hubiera permanecido unido a ella —es decir, el símbolo oculto de aquellas fuerzas que habrían espiritualizado la Tierra demasiado pronto— es este:
נכיאל Nakhiel
En este símbolo, quien sea discípulo de las ciencias ocultas puede reconocer las fuerzas que conducen rápidamente a la humanidad hacia lo espiritual. Por el contrario, si la humanidad se hubiera separado del Sol junto con toda la Tierra, pero hubiera permanecido unida a la Luna, habría caído muy rápidamente en la rigidez y el endurecimiento. Si la Tierra hubiera conservado la Luna en su interior, los seres humanos se habrían convertido muy pronto en una especie de muñecos, en marionetas. Habrían descendido demasiado profundamente en la materia, del mismo modo que, por el contrario, se habrían espiritualizado demasiado rápido si el Sol hubiera permanecido unido a la Tierra. Por eso, la Luna tuvo que separarse de la Tierra.
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| Sorat |
¿A qué conduciría, pues, un predominio de la magia negra en nuestra Tierra? Conduciría al endurecimiento del globo terráqueo, a que este se convirtiera en una luna. Las mismas fuerzas que se separaron con la Luna, las que se habían desarrollado a partir de la sustancia de la Tierra, siguen estando presentes como potencial en las capas de la Tierra. Junto a todas las fuerzas que tienen la predisposición a convertirse en fuerzas solares, también siguen existiendo aquellas que tienen la predisposición a convertirse en fuerzas lunares. Mediante la magia blanca, la Tierra se acerca cada vez más a la naturaleza solar; mediante las fuerzas de la magia negra, se acerca a la naturaleza lunar. Mediante la magia blanca debe vencerse todo aquello que no conduzca, por el camino de la iluminación y la sabiduría, al dominio de las fuerzas espirituales.
Pues todos esos procedimientos, esas actividades, tal y como se han denominado, no conducen por el camino de la sabiduría, del discernimiento, ni a través de una visión profunda real hacia el dominio de las fuerzas espirituales, sino que se han sustraído de la naturaleza, al llevar a cabo con ella maquinaciones y procedimientos mediante los cuales se pretende obtener fuerzas sin iluminación. Así pues, el símbolo apocalíptico es, de hecho, al mismo tiempo el signo de la superación de la magia negra por parte de la magia blanca. A través de las fuerzas humanas que se transforman, nacen fuerzas solares del propio ser humano, de modo que las fuerzas lunares yacen a sus pies.
Ese es el camino que debe seguir el mago en nuestra Tierra. Entonces, las fuerzas atraviesan los nueve niveles, —de los que podrá hacerse una idea si leen mi obra «Teosofía»— hasta llegar a las nueve estrellas. ¿Qué debe decir, pues, el verdadero mago negro a su discípulo? Muy sencillo:
la fuerza más elevada del ser humano,
deja que, solo a través de ilusiones y hechizos,
el espíritu de la mentira te fortalezca,
¡y ya te tendré en mis manos!
El destino le ha dado un espíritu
que avanza sin límites
y cuya prisa por alcanzar sus metas
sobresalta los placeres de la tierra.
A ese lo arrastro por la vida salvaje,
A través de la insignificancia superficial,
Que se retuerza, que se quede clavado, que se pegue a mí,
Y ante su insaciabilidad
Que el alimento y la bebida floten ante sus labios codiciosos:
Suplicará en vano por un respiro,
Y aunque no se hubiera entregado al diablo,
¡Aun así tendría que perecer!
De eso se trata: de si se llega al dominio de las fuerzas espirituales por la vía de la sabiduría o de otra manera. Pero alcanzar los niveles más elevados de las fuerzas espirituales no es nada fácil. Sería fácil, tremendamente fácil, —y aquí llegamos a un capítulo muy sutil, por un lado, de la evolución de la humanidad y, por otro, de la magia—, sería fácil limitarse a esperar hasta que todas las personas fueran capaces de comprender correctamente las cosas que primero deben comprender antes de poder avanzar en el camino del desarrollo mágico. En determinadas circunstancias, eso sería muy fácil. Pero entonces se retrasaría el curso de la evolución humana. De alguna manera tiene que ser posible poner en manos de las personas, de forma autónoma, la difusión de las verdades ocultas, —y esto, en cierto sentido, siempre implica también en parte la difusión de fuerzas ocultas—, y utilizarlas de tal manera que surtan el efecto adecuado en el mundo. Las personas deben tener acceso a las verdades y enseñanzas ocultas en mayor medida, para que, en cierto sentido, puedan convertirse en maestros ocultos.
Ahora bien, cabría preguntarse: ¿Acaso no es, en cierto sentido, un mago negro todo aquel que difunde enseñanzas ocultistas? Es totalmente cierto que alguien que hoy en día difunde enseñanzas ocultistas puede convertirse fácilmente en un mago negro. Esto ocurre, concretamente, cuando es incapaz de comprender el alcance total de los efectos de sus enseñanzas ocultistas. Por ello, las escuelas ocultistas deben velar por que nadie difunda realmente enseñanzas ocultistas si no es capaz, a través de su propio desarrollo, de comprender el alcance y el efecto de las verdades ocultistas. Hoy en día, las enseñanzas ocultistas pueden difundirse cuando un alumno repite lo que dice otro o lo transcribe de él. Si el en cuestión quiere ser alumno o discípulo, eso está muy bien, pues de ese modo difunde lo original que ha oído. Pero hablemos del caso en que alguien difundiera enseñanzas ocultistas por su cuenta e incluso mezclara en ellas su propio juicio. Si alguien desea difundir verdades ocultas de manera autónoma, lo primero que hay que garantizar es que esa persona tenga la madurez necesaria para hacerlo, y eso no depende de una formación intelectual, sino que las escuelas ocultistas lo hacen depender de algo muy distinto, a saber, de cómo se desarrollan poco a poco los distintos elementos de la naturaleza humana.
Saben, por el ensayo sobre la «Educación del niño», que al nacer el ser humano, nace el cuerpo físico, que el cuerpo etérico no surge hasta los siete años, a partir de los catorce lo hace el cuerpo astral y que el «yo» no lo hace hasta los veintiún años. Podemos seguir analizando esto y veríamos que, a los treinta y cinco años de edad, o mejor dicho, entre los treinta y cinco y los cuarenta años, el cuerpo etérico y el cuerpo astral del ser humano se liberan hasta tal punto que solo entonces el ser humano puede tener el sentido de la responsabilidad necesario para difundir las verdades ocultas. Por eso, todas las escuelas ocultistas tienen la estricta ley de que nadie puede actuar como maestro de verdades ocultas antes de haber alcanzado esa edad. Y es precisamente esta ley la que estableció el gran poeta Dante al decir, justo al comienzo de su obra «La Divina Comedia»: «Estaba en la mitad del camino de la vida cuando me extravié en el bosque...», etc., etc. Si lo calculan: en el año 1300, Dante tenía treinta y cinco años. Fue entonces cuando todas esas grandes cosas pasaron por su alma.
Es una ley estricta. Si ustedes examinan esta ley estricta y tienen en cuenta algunas de las cosas que están sucediendo en la actualidad (1907), entonces, desde este punto de vista, sabrán sencillamente que gran parte de lo que se difunde no procede de fuentes ocultistas. Ninguna escuela ocultista permite que personas que no hayan alcanzado esta edad difundan por su cuenta verdades ocultistas. Con esto no se quiere decir, por supuesto, que no se pueda empezar a aprender algo lo suficientemente pronto. Pero para presentarse como maestro del ocultismo, nunca es demasiado tarde para empezar. Se evitarían muchos, muchos males si la gente conociera realmente el ocultismo y las estrictas leyes que en él rigen.
Estas son cuestiones que hay que tener en cuenta en relación con el tema de la «magia blanca y negra», que no es tan fácil de abordar, y sobre el que, en realidad, solo he dicho algunas pinceladas. Si profundizan en su meditación y en un estudio serio en algunos de los aspectos que aquí solo se han podido esbozar, verán que ya con estas indicaciones imperfectas se dan los primeros pasos para diversos caminos que permiten avanzar en el conocimiento. Sobre todo, se habrán convencido de que no se puede hablar en absoluto de cosas como la magia blanca y la magia negra con los conceptos triviales habituales, de que incluso hay que formular nuevos conceptos si se quiere hablar de cosas tan elevadas o tan abominables. Hoy en día es importante saber estas cosas, pues hay muchas cosas en el mundo de las que el hombre común no sabe nada, pero que debería saber para poder protegerse de las influencias de las artes mágicas. Hay cosas que la gente conoce, pero las considera inofensivas. Sin embargo, no son en absoluto inofensivas.
Al abordar un tema como este, solo podemos dar un primer paso para luego seguir avanzando cada vez más en este ámbito. El mejor momento para dar ese primer paso es cuando se ha logrado despertar en ustedes una sensación de la gravedad y la importancia de este asunto. Aunque, dada la brevedad del tiempo, las explicaciones hayan podido ser imperfectas, espero que, al haber hablado con franqueza, algo de ello haya calado en ustedes y les haya llevado a considerar el asunto con la máxima seriedad.
Traducido por J.Luelmo







