CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 21

Siento una fuerza desconocida, fecunda, que afianzándose me da confianza en mi mismo. Ahí percibo el germen que madura y la intuición que en mi interior teje luminosa por el poder de mi Yo.

GA069a Stuttgart, 19 de fe brero de 1913 - El poder destructivo del error

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

El poder destructivo del error


Stuttgart, 19 de febrero de 1913

Nota previa: No existe ninguna transcripción de la conferencia sobre «Verdades de la investigación espiritual» que se dio el día anterior, el 18 de febrero de 1913 en Stuttgart.

¡Estimados asistentes! En el ámbito de la ciencia espiritual es casi tan importante tener claras las vías del error como las de la verdad, pues tanto en este campo como en la vida exterior, las verdades no solo deben buscarse sino que hay que conquistarlas. Y esas luchas internas del alma, a través de las cuales hay que conquistar las verdades en el ámbito de las ciencias espirituales, esas luchas nos llevan a menudo a atravesar errores que acechan a cada paso y que hay que superar, que ante todo, hay que reconocer en toda su naturaleza y significado. Tanto en la vida exterior como en la ciencia exterior, los errores se refutan; en el ámbito de la vida espiritual hay que combatirlos como fuerzas reales que se nos oponen en nuestro camino hacia la verdad. Y así, la conferencia de ayer sobre las verdades de la ciencia espiritual se completará y se desarrollará más a fondo mediante la reflexión sobre las fuentes del error. Tampoco en este caso es posible afirmar que tal o cual cosa sea un error de la investigación espiritual, sino que, una vez más, se trata de la cuestión de cómo el alma que investiga y busca puede caer en el error.

Ahora bien, no solo ayer, sino a lo largo de los años, se ha señalado una y otra vez que el investigador espiritual debe auto convertirse en el instrumento a través del cual penetra en los mundos espirituales. Lo que el investigador espiritual debe desarrollar son órganos espirituales. Así como nosotros, como personas de la vida cotidiana, tenemos órganos físicos para percibir físicamente el mundo exterior, también podemos adquirir órganos espirituales mediante lo que ya se esbozó ayer. A través de los órganos sensoriales espirituales, —si la expresión no resultara contradictoria—, accedemos al mundo espiritual para poder reconocer su naturaleza y sus misterios. Debemos además adquirir la capacidad de alcanzar, con plena conciencia, aquello que puede experimentarse a través de tales órganos espirituales. Ahora bien, aunque a muchos les parezca superfluo, hay que recordar una y otra vez que estos órganos espirituales no son en absoluto comparables a los órganos sensoriales. Son órganos suprasensoriales. Del mismo modo que el mundo al que accedemos a través de ellos es en sí mismo suprasensible, no visible ni perceptible desde el exterior, también los órganos que desarrollamos son órganos puramente anímico-espirituales. Y la conciencia es, en cierto sentido, una conciencia diferente, una conciencia superior a la de la vida cotidiana y de la ciencia convencional.

No obstante, si conocemos las fuentes de los errores en el ámbito espiritual, podemos entendernos. Partamos, a modo de comparación, de las diversas fuentes de error en el ámbito sensorial y físico. ¿Cómo podemos llegar a cometer errores en la percepción externa del mundo sensorial? Pongamos un ejemplo concreto. Si tenemos algún defecto en la vista, puede ocurrir que, debido a ese defecto, veamos las cosas constantemente de forma errónea. Citemos, entre los cientos de ejemplos que podrían mencionarse, a un naturalista muy conocido que padece tal defecto visual. Él mismo cuenta cómo, una y otra vez, al atardecer, creía siempre que tal o cual figura se alzaba ante él, y que la veía con claridad. Esto se debe únicamente a un defecto ocular. Una vez, al doblar una esquina en una ciudad desconocida y sintiendo desconfianza ante los peligros de aquel lugar, su vista le engañó y creyó que una persona que se le acercaba quería hacerle daño. Llegó incluso a sacar su arma de defensa para ahuyentar a aquella figura inexistente.

Los órganos defectuosos provocan una visión defectuosa del mundo sensible. Ahora bien, podemos decir, a modo de comparación, que también en la investigación espiritual los órganos defectuosos, —los «ojos del espíritu» defectuosos, por utilizar esta expresión de Goethe—, de los que nos dotamos mediante el autodesarrollo y la autoeducación esbozados ayer, provocan una visión errónea y errores en nuestra concepción del mundo espiritual.

¿Cómo llegamos a tener órganos tan defectuosos? Hay que destacar desde el principio que lo que el investigador espiritual alcanza mediante la autoformación y el autodesarrollo depende siempre del punto de partida que adopte su alma. El desarrollo personal se basa, en efecto, en que desarrollemos aún más las capacidades y las fuerzas anímicas que ya poseemos en la vida cotidiana, elevándolas a niveles superiores. Y todo depende de que partamos de una vida anímica sana, de un alma sana en todos los aspectos, y que, a partir de ahí, desarrollemos los órganos espirituales. Para que, a través de este desarrollo caracterizado, lleguemos a poseer órganos espirituales sanos que nos transmitan verdades y no errores en nuestras percepciones del mundo espiritual, es necesario que partamos de lo que en la vida cotidiana se denomina sentido común, es decir, un juicio sano. Sobre esta base hay que seguir construyendo. 

Resulta perjudicial para el desarrollo espiritual, para la correcta formación de los órganos espirituales, sobre todo cualquier tipo de entusiasmo exagerado, cualquier tipo de fantasía. Porque aquello que se adhiere al alma en forma de entusiasmo y fantasía, de juicio erróneo o falso sobre las cosas aquí en el mundo sensible, permanece adherido a ella de cierta manera a lo largo de su posterior desarrollo espiritual, y esto conduce finalmente a que se formen órganos espirituales que no funcionan correctamente, que pueden compararse con un ojo que ve de forma errónea.

Nos encontramos ante un punto, muy estimados asistentes, que es necesario abordar si queremos que los fundamentos de la investigación espiritual sean sólidos. Ya ayer se señaló desde otra perspectiva que los defensores de la ciencia espiritual, de la investigación espiritual, cometen un error cuando ven de antemano en una persona que sabe relatar cosas del mundo espiritual a alguien especial, por el mero hecho de que se le considere un vidente. En el fondo, el don de la visión no debería entenderse más que como algo que se ha desarrollado como una capacidad especial del ser humano para asomarse al mundo espiritual, —del mismo modo que uno se forma científicamente para convertirse en botánico, zoólogo o matemático. Y cuanto más tengan claro los seguidores de la ciencia espiritual que una persona no es especial por el mero hecho de ser un vidente o un investigador espiritual, mejor será. No debemos hacer que el valor de una persona dependa de su don de clarividencia, y ella misma tampoco debe hacerlo en absoluto. El valor de una persona, incluso como vidente, depende de que ya aquí, en el mundo físico, posea un juicio sano y sentido común. Esto conduce, cuando se aplican los métodos mencionados al desarrollo del alma, a unos órganos espirituales sanos. El sentido común erróneo conduce a una visión malsana del mundo espiritual, que presenta este mundo bajo una forma falsa y errónea. Eso es lo que hay que decir.

Lo otro que importa es que podamos formarnos un juicio correcto y consciente dentro del mundo espiritual, que podamos orientarnos de la manera adecuada, de modo que no nos dejemos llevar por ningún engaño ni por ninguna ceguera, ni a través de nuestros órganos sanos ni a través de la propia conciencia.

Ahora bien, al investigador esotérico le puede ocurrir algo comparable, —por poner otra vez un ejemplo—, a lo que sucede aquí, en el mundo sensible, cuando la conciencia del ser humano se encuentra como desmayada, adormecida, somnolienta o paralizada, de modo que la persona en cuestión, debido a su conciencia desmayada y adormecida, no logra orientarse correctamente en el mundo físico.

Al investigador espiritual puede afectarle un fenómeno similar, si este a su vez, no parte de un punto de partida adecuado. El punto de partida adecuado para tener una conciencia clara que ilumine correctamente el campo de visión espiritual es un estado de ánimo y una disposición anímica moralmente sanos. Del mismo modo que un juicio poco sano da lugar a órganos defectuosos y poco sanos, un sentido moral débil provoca una especie de desorientación, incluso se podría decir de aturdimiento, de embriaguez de la conciencia superior.

Así pues, vemos que, para reconocer las fuentes de los errores en el ámbito espiritual, es necesario que el investigador espiritual, en su desarrollo del alma, parta de un sentido común sano, de un juicio moral sano y firme, y de una disposición moral sana y firme. Pero esto no hace más que confirmar que el vidente no es una persona especial por el hecho de poseer el don de la visión, sino que debe ser juzgado en su valía humana al igual que el resto de las personas: según su sano criterio y su estado moral del alma. Solo que estas dos cosas revisten una importancia infinitamente mayor en el ámbito de la investigación espiritual que en la vida cotidiana, ya que son, en realidad, las condiciones fundamentales para el descubrimiento de verdades y para evitar errores.

Podemos señalar otras fuentes de error o, mejor dicho, describir de otra manera los caminos que conducen al error. Y para entendernos, lo mejor es que partamos de nuevo de la observación sensorial habitual de las cosas. Todos sabemos, muy estimados presentes, que existe una forma muy extendida de contemplar las cosas del mundo exterior que se denomina materialismo, una visión materialista del mundo exterior. Ahora bien, se trata de que, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, tengamos claro cómo puede manifestarse en el ser humano esta actitud materialista en el mundo físico ordinario. La ciencia espiritual —como ha quedado claro a través de todas las reflexiones que he podido exponer aquí ante ustedes—, la ciencia espiritual nos lleva a reconocer que detrás de todo, incluso detrás de la existencia material, actúa lo espiritual, que la existencia material no es más que la expresión de las fuerzas espirituales que hay detrás. Así pues, también en el ámbito en el que actúa lo material, en realidad es el espíritu el que actúa.

¿Cómo es posible, entonces, que las personas sean, a pesar de todo, materialistas? ¿Cómo llegan a ignorar que, allí donde aparece la materia, esta no es más que una manifestación del espíritu? Si reconocemos el espíritu en todas partes, estimados presentes, también debemos buscar en el espíritu las causas por las que las personas pueden llegar a ser materialistas. Y de hecho, son razones espirituales en el alma humana, fuerzas que actúan desde el mundo espiritual sobre esa alma, las que llevan al ser humano a adoptar una mentalidad materialista. Entre esas fuerzas espirituales que nos da a conocer la investigación espiritual, encontramos, —por favor, tomen esta expresión como un término técnico—, las llamadas fuerzas ahrimánicas, fuerzas a las que denominamos «ahrimánicas» en referencia al espíritu persa Kahriman. Se trata de determinadas fuerzas espirituales que actúan sobre el alma humana de tal manera que, por así decirlo, ocultan ante ella todo aquello «que no se manifiesta en la materialidad densa». Es totalmente cierto lo que han dicho Goethe y otros, lo que han dicho todos aquellos que realmente entienden algo de estas cosas: la percepción externa de los sentidos no se equivoca; es el juicio el que se equivoca cuando se ve engañado por ciertas fuerzas presentes en el alma humana. Las manifestaciones materiales que se nos presentan no nos dicen que sean meramente materia. Las almas humanas juzgan lo que es revelación de lo espiritual como si fuera mera materia. Ciertas fuerzas actúan en estas almas humanas, adormeciéndolas de tal manera que no pueden ver que lo material no es más que la expresión de lo espiritual. Lo que Goethe expresó corresponde a un significado profundo, a una esencia real en el alma humana: Las fuerzas ahrimánicas o mefistofélicas han penetrado en el alma, actúan allí, y cuando se habla de estas cosas, uno querría llegar, de manera totalmente acertada, a la conclusión de que la mentalidad materialista, por su mera existencia, para el investigador espiritual  es una verdadera prueba de aquellas fuerzas que engañan al ser humano, que le ocultan lo espiritual; esas fuerzas son las mefistofélicas que hacen que el ser humano se aleje de lo espiritual.

Si queremos asomarnos al interior del alma misma para ver qué ocurre en ella, de modo que no pueda encontrar lo espiritual en lo material, podemos preguntarnos: ¿por qué, en realidad, el ser humano adopta una mentalidad materialista? Debemos tener claro que el contenido del alma humana no se limita a lo que ocurre en su conciencia habitual, sino que existen profundidades ocultas en el alma humana, que existe una vida anímica subconsciente. A menudo se denomina «vida anímica subconsciente» a esa incursión en las profundidades del alma que no llega a las regiones en las que el ser humano es consciente de sí mismo. Porque todo lo que puede surgir en la conciencia puede sumergirse en regiones inconscientes y actuar allí. Sería un prejuicio absurdo creer que lo que no se conoce no tiene efecto. Un ejemplo drástico de la acción [del subconsciente] en el alma, que se manifiesta de forma muy diferente, es el siguiente: Lutero dijo una vez: «Cuando estoy muy enfadado, es cuando mejor rezo y predico». - Él lo ha expresado así, y todo conocedor del alma lo comprende. Las fuerzas que actúan en el alma pueden transformarse de las formas más variadas. 

LA IRA

La ira no es más que una fuerza del alma; cuando se sumerge en las profundidades del alma, puede manifestarse en la conciencia de una manera totalmente diferente. Si dejamos que la ira se adentre en nosotros, si la llevamos a la región subconsciente del alma, puede manifestarse como algo que parece su contrario. Rezar y predicar no suele parecerse a un arrebato de ira; pero Lutero sabía que era entonces cuando mejor podía rezar y predicar, [cuando estaba enfadado]. Así ocurre con muchos impulsos del alma. No se pueden demostrar en el sentido habitual, pero se revelan mediante la observación del alma. Quien examina el alma, del mismo modo que se examinan las sustancias químicas en sus componentes y su descomposición, descubre qué caminos siguen las diversas fuerzas de la vida anímica, cómo se transforman, cómo cambian cuando están en la conciencia y cómo lo hacen de otra manera cuando se sumergen en las regiones inferiores de la vida anímica. 

EL MIEDO, EL ODIO

Hay algo a lo que debemos referirnos como una fuerza, una fuerza que todo el mundo conoce cuando se manifiesta en las regiones superiores de la conciencia: el miedo. Para quien conoce el alma, está emparentado con el odio. A menudo, en la región superior del alma, odiamos aquello a lo que tememos; pero el miedo ya lo hemos relegado al subconsciente. El odio y el miedo están íntimamente relacionados entre sí. Pero el miedo también está relacionado con otra cualidad humana muy extendida, con una cualidad que se manifiesta y actúa en todas partes del mundo: la comodidad. Y para quien conoce el alma, resulta evidente que se despierta la tendencia cómoda a mantener esto o aquello, a no cambiar esto o aquello, por miedo a la incertidumbre en la que uno se adentra cuando actúa de forma diferente [a como está acostumbrado]. Las personas se aferran tanto a lo tradicional porque tienen miedo al cambio. La comodidad es el miedo presente en la conciencia ordinaria, reprimido en el subconsciente.

Cuando uno se adentra en el ámbito espiritual, se encuentra con experiencias como las que ayer se pudieron describir aquí, experiencias de las que se puede decir que el ser humano pierde el suelo bajo sus pies, como si se encontrara ante la nada, para ganar algo nuevo. El alma siente a veces, en lo más profundo de su subconsciente, aquello que no logra llevar a la conciencia. Es el miedo, simplemente el miedo del alma ante todo lo que hay que experimentar al adentrarse en el mundo espiritual; ese miedo no llega a la conciencia, pero quien tiene una mentalidad materialista lo lleva en lo más profundo de su alma. Para quien conoce el alma, resulta evidente que uno adopta una mentalidad materialista porque, en lo más profundo del alma, siente miedo ante la incertidumbre en la que se adentra al sumergirse en lo espiritual. Sin embargo, resulta extraño que, al investigar el alma, haya que caracterizar al materialista como un temeroso en el ámbito espiritual; pero así es. No es más que el enmascaramiento del miedo a la vida espiritual, mediante el cual se reprime dicha vida espiritual, lo que lleva al alma a insensibilizarse frente al espíritu. De este modo, lo que actúa detrás de ello permanece oculto para el alma. Los demonios del miedo, los espíritus ahrimánicos, se desatan en el ánimo, en el alma del ser humano de mentalidad materialista. Y así, el ser humano de mentalidad materialista es una prueba viviente de la acción de lo espiritual. Es lo espiritual mismo lo que seduce al materialista para que sea materialista. Esto nos recuerda una frase del poeta, que resulta demasiado cierta cuando se ve cómo el materialista es seducido por los espíritus ahrimánicos para que sea materialista y cómo expresa su miedo enmascarado al querer aceptar únicamente lo material en todas partes:

«El pueblo nunca percibe al diablo, ni siquiera aunque lo tuviera agarrado por el cuello».

Nada recuerda más esta prueba que el hecho de que el materialista, en su miedo inconsciente, se resista a la incertidumbre inicial en la que uno se ve sumido. Ese es el verdadero proceso anímico que conduce al materialismo.

Pero para nosotros solo es importante aquí lo siguiente: ¿Qué provoca esta exposición a los demonios del miedo y la angustia, a las fuerzas que adormecen el alma? Para describir esta disposición del alma, hemos tomado como punto de partida el mundo exterior, físico y sensorial, donde esta disposición  anímica nos lleva a adoptar una mentalidad materialista.

Pero esa misma disposición anímica también puede darse en una persona que está atravesando un proceso de desarrollo espiritual o que, debido a circunstancias especiales, ha llegado a tener una especie de visión del mundo espiritual. Los demonios del miedo mencionados no solo actúan sobre las almas de mentalidad materialista, sino también sobre aquel que quizá ya sea capaz de vislumbrar el mundo espiritual. En ese caso, tienen un efecto diferente. Pero ese efecto puede describirse, a su vez, comparando las profundas experiencias que allí vivimos con lo que nos hemos encontrado. Así como al materialista todo le aparece en una densa condensación material, estos demonios actúan sobre el alma de una persona que tiene la misma disposición que el materialista, de tal manera que solo le permiten ver lo que no es espiritual, sino lo que es denso y surge como un fantasma. Lo espiritual, en su sutileza, se le escapa. Ni siquiera busca lo espiritual, pues le resulta demasiado fugaz, demasiado enigmático. No se refiere a lo espiritual como tal; debe mostrarse tan densificado, tan burdo, que sea, por así decirlo, solo una apariencia material transformada en algo espiritual. Busca esas visiones, esas imaginaciones que no son espirituales, sino fantasmales.

Ahora bien, esto no quiere decir que estas impresiones, que surgen con tanta intensidad, no sean impresiones verdaderas. Si se han producido tal y como se describieron aquí ayer, son, por supuesto, totalmente verdaderas. Pero la interpretación suele ser errónea. Una persona así ve en esas cosas que se le presentan desde el mundo espiritual, —y que anhela como si fueran fantasmas, porque no acepta lo verdaderamente espiritual—, lo único real. Busca solo fantasmas, en lugar de espíritus. De este modo, aunque llega a percepciones espirituales, a hechos del mundo espiritual, les da una valoración errónea. Pongamos un ejemplo. Una persona con esta capacidad de visión espiritual llega, mediante los métodos de los que ya se ha hablado aquí, a mirar retrospectivamente hacia sus vidas terrenales anteriores. Cuando mira retrospectivamente , pueden aparecer ante él imágenes, hechos que le muestran la apariencia de sus vidas terrenales anteriores. Pero, en realidad, no es así. En realidad, no ve lo que realmente fue, sino lo que se ha desprendido de él como cáscaras, lo que muere, lo que se desvanece. Ve lo que no debería ver si quiere contemplar la realidad verdadera, en constante evolución. Y así, por ejemplo, cuando una persona así contempla un alma que ha atravesado la muerte, ve, en lugar del mundo espiritual real, una especie de mundo fantasmal. Percibe una realidad [y la considera] la realidad verdadera del difunto, pero lo que percibe no es la realidad verdadera, sino aquello de lo que el difunto acaba de despojarse, lo que se está desmoronando, lo que está muriendo, —mientras que la realidad continua, la que sigue desarrollándose, no se ve. Porque, debido a esa disposición del alma, el vidente considera como algo difuso aquello que no le interesa. Esa disposición del alma que, en realidad, no nos conduce hacia lo espiritual, sino que, precisamente, siempre nos induce a interpretar erróneamente lo que vemos. Creemos ver un alma viva, algo que se desarrolla, pero confundimos lo que se destruye, lo que se desintegra, lo que está condenado a la muerte, con algo que se desarrolla.

Vemos, pues, que en el ámbito espiritual la cuestión del error es algo diferente. El error en el mundo ordinario suele ser refutable; en el mundo espiritual, lo que podemos buscar para que ese mundo tenga sentido para nosotros es lo que da vida, lo que surge, lo que brota y florece, y confundimos ese brotar y florecer con lo que está condenado a la muerte, lo enfermizo, lo que se autodestruye. La oposición es diferente en el ámbito espiritual que en el ámbito exterior. Los conceptos de verdadero y falso se transforman en el mundo espiritual, de modo que, en lugar de lo que se desarrolla en el mundo espiritual, —lo fructífero, lo que brota, lo que germina, lo luminoso, lo que ilumina—, vemos lo que se destruye, lo que se desintegra. Y el hecho de que en el mundo físico-sensorial confundamos la verdad con el error, en el mundo espiritual, se corresponde con el de que confundamos lo consagrado a la vida con lo consagrado a la muerte. Las relaciones son, pues, completamente diferentes. Al entrar en el mundo espiritual, hay que acostumbrarse a sentir este mundo de manera muy distinta y a desarrollar conceptos e ideas completamente nuevos. De ello se desprende, a su vez, cuál es la naturaleza del error. Si se considera que los conceptos e ideas que uno ha adquirido en el mundo cotidiano son suficientes para el ámbito espiritual, esto ya constituye un grave error. 

Me gustaría recurrir a otra comparación que caracterice un error muy frecuente en este campo. Supongamos que nos enfrentamos a lo que se ha formado en el fondo de una mina gracias a las fuerzas que actúan y operan en el interior de la Tierra. Supongamos que se abriera una grieta hasta la superficie terrestre. La luz del sol penetra a través de esa grieta; puede iluminar de la manera más maravillosa todo lo que se ha formado allí abajo, en la oscuridad. Podemos percibir como algo hermoso y maravilloso el modo en que la luz del sol incide sobre todo aquello que no podría surgir en la superficie de la Tierra. Lo que la luz del sol crea en la superficie de la Tierra no puede crearse de la misma manera en las profundidades; y, a su vez, lo que se ha formado en las profundidades puede mostrarse ante nosotros como un deleite para la vista cuando la luz del sol penetra a través de una grieta.

Es totalmente cierto lo que se ha descrito anteriormente: si el investigador espiritual traduce lo que ha visto en el mundo espiritual a conceptos del sentido común y lo interpreta, cualquiera puede comprender estas cosas. El mundo espiritual no solo se puede comprender si uno mismo es investigador espiritual, sino también a partir del sentido común. Sin embargo, este mundo espiritual solo puede ser explorado por quien sea capaz de adentrarse en él con el alma de un investigador espiritual. Pero cuando las descripciones de los mundos suprasensoriales se expresan en conceptos e ideas, uno se siente impulsado a comparar tal descripción con la luz del sol que penetra en la mina a través de una grieta en la tierra, y entonces también las personas comunes, que no pueden acceder a esas regiones de la verdad espiritual con los conceptos del mundo sensible, [pueden comprenderlas].

También debemos tener claro que es la propia alma la que debe dar el paso hacia el mundo espiritual, si queremos que, desde ese mundo espiritual, se revelen los hechos y las entidades. Ese es el escollo: que ciertas fuerzas espirituales actúan sobre el alma y, por miedo, la llevan por caminos erróneos... [espacio en blanco en la transcripción].

Otro escollo se presenta cuando el alma se ve atrapada precisamente por aquello de lo que se acaba de decir que debe ser vencido. Para que se entienda, —sin pretender recomendar la figura del médium—, hemos dicho que todo lo propio del médium debe ser eliminado para que este pueda integrarse [en el ser del mundo]. Sin embargo, cuando el investigador espiritual que investiga conscientemente, se enfrenta al mundo espiritual, también debe eliminar conscientemente su individualidad. Pero cuando el ser humano se enfrenta a sí mismo en este punto como si fuera un ser ajeno, como una figura extraña, en la que, por así decirlo, se sitúa fuera de sí mismo y mira hacia atrás, cuando experimenta todo eso, solo entonces se da cuenta de cómo actúa realmente en el ser humano, aquello que se podría denominar amor propio. Cuando se habla así, es fácil que alguien venga y diga: «Sí, ahí nos está hablando de la superación del yo y cosas por el estilo; pero eso son cosas fáciles». Quien habla así, solo habla de lo que conoce como amor propio, como amor a uno mismo. El investigador espiritual llega a conocer algo muy distinto del amor propio; en el momento en que se ha separado de sí mismo, ese amor propio se convierte en una fuerza de la naturaleza; llega a tal punto que, en un primer momento, parece invencible. Y resulta invencible en un caso concreto: cuando el investigador o el buscador espiritual no llega a ese punto en el que pueda realmente separar de sí mismo todo lo que constituye su propio yo. Si realmente se reconoce el amor propio de tal manera que se supera y se vence, entonces se desarrolla en el alma algo que normalmente no se reconoce de forma adecuada. Queda en su alma algo del amor propio, que habita en ella de forma tan sutil y refinada que el investigador del alma, el propio investigador espiritual, interpreta de manera totalmente errónea y equivocada aquello que vive en su interior. Y aquí se produce un fenómeno muy peculiar:

Debido a que el investigador espiritual cree que ha conseguido arrancar de sí mismo el amor propio, se dice a sí mismo: «Has desterrado el amor propio; lo que ahora encuentras en tu interior es algo distinto de ti mismo». - A eso lo llama entonces lo divino en sí mismo. Pero como no ha logrado arrancar por completo el amor propio de su interior, se convierte en un falso místico. Él mira en su interior y cree reconocer su yo divino, pero solo adora lo que le queda de amor propio de su propio yo. Muchos de los dioses adorados por la mística falsa, la mística que se encuentra en caminos erróneos, no son más que el propio ser adorado, no son más que el propio yo adorado. A menudo el amor a Dios en los místicos, no es más que amor propio enmascarado.

Allí uno se encuentra ante un terreno peligroso de errores en la ciencia espiritual. Y en la historia del desarrollo de la mística, a menudo resulta muy difícil distinguir en qué momentos el místico ha avanzado realmente hacia un conocimiento espiritual objetivo, y en cuáles se limita a venerar como algo superior en su interior esa parte de sí mismo que ya no reconoce como parte de su propio yo.

Podemos volver a encontrar, en el ámbito sensorial habitual, en el mundo físico exterior, algo que nos permita comprender lo que le ocurre al místico que se encuentra en el camino equivocado. Para ello, «solo tenemos que señalar una determinada corriente científica que surgió, concretamente, a mediados del siglo XIX. Esta corriente científica no se presenta como materialista; ni siquiera cree que lo sea, pues habla de ideas en la historia, de efectos y pensamientos en la historia. Así, hay muchos investigadores que, en el sentido más estricto de la palabra, rechazarían hablar de la existencia de almas -(espíritus)- nacionales o almas -(espíritus)- de la época como realidades, de que existan en absoluto entidades que se revelen realmente como tales a lo largo del proceso de desarrollo de la humanidad. En el siglo XIX se consideraba más correcto, más libre de prejuicios, hablar únicamente de ideas a lo largo de la historia. Esto ha resultado especialmente grotesco en el debate reciente sobre la cuestión de la vida de Jesús. Surgió entonces una corriente que afirmaba que: «El Jesús histórico no existió en absoluto; que la idea de Cristo surgió precisamente dentro de la comunidad, en el desarrollo de la Iglesia». - Se ha alegado que es una visión más elevada no reconocer la realidad de Cristo Jesús, sino solo la idea que se ha introducido en la historia. ¿Cómo se le presentan esas ideas en la historia a quien ve las cosas con claridad? Se le presentan como si quisiera afirmar que un pintor que solo está pintado en un cuadro, pudiese pintar un cuadro; del mismo modo, una idea puede actuar en la historia. Solo pueden actuar las entidades, pero no las ideas ni los pensamientos. Y este llamado «idealismo de la historia» se refuta simplemente demostrando cómo desde el punto de vista del conocimiento, procede de forma errónea al caer en el error que salta a la vista de inmediato cuando uno se pregunta si un pintor que solo está pintado puede pintar un cuadro. Las entidades que se manifiestan de alguna manera encarnadas como personas pueden actuar, pero no las ideas ni los pensamientos; estos se desvanecen hasta convertirse en meras sombras cuando se prescinde de la entidad y de lo esencial. Del mismo modo que la realidad, para esas personas, la verdad se desvanece hasta convertirse en meras sombras mentales, aquello que debería ser una realidad espiritual, una verdad espiritual para las personas que se han convertido en místicos a partir de un amor propio desconocido y enmascarado, se convierte en algo que no puede existir fuera de su alma, algo que solo actúa en su propia alma. Y la consecuencia de ello es que esas almas no pueden llegar hasta aquellas entidades espirituales que tienen su propia existencia independientemente de ellas. Solo pueden llegar hasta aquello que pueden introducir en su propio ser, aquello que, por así decirlo, pueden consumir espiritualmente.

Si quisiéramos hacer una comparación bastante burda, —les pido disculpas, pero puede servir para aclarar el concepto—, podríamos decir lo siguiente: quien quiera convertirse en un vidente espiritual debe ser capaz de ver entidades espirituales que sean independientes de sí mismo, del mismo modo que con los ojos físicos se pueden ver entidades físicas; debe ser capaz de ver, por poner un ejemplo comparativo, un lechón que esté separado de él. Pero supongamos que alguien no pudiera ver un lechón, sino que solo pudiera comerlo y disfrutarlo una vez que hubiera sido sacrificado y troceado. Un tal hedonista espiritual es precisamente ese tipo de místico. El sibarita espiritual no dirige su mirada hacia entidades que estén objetivamente separadas de él, sino hacia el mundo espiritual en general; no absorbe entidades, sino únicamente sustancias espirituales, que consume y absorbe, pero nunca alcanza lo que es un yo enriquecido interiormente, sino más bien un yo vaciado, de modo que, al final, su yo se hincha hasta convertirse en una especie de universo espiritual. Y precisamente porque impregna así su yo con aquello que encaja en él, se oculta el camino hacia las auténticas entidades espirituales y verdades, y solo contempla aquello que se teje y actúa en su propio interior. La historia de la mística es tan difícil de estudiar precisamente porque hay que distinguir con precisión entre aquellos místicos que realmente han logrado separarse de su propio yo y contemplan lo esencial, y aquellos místicos que, en realidad, solo confunden el amor propio con el amor a Dios y perciben todo aquello que llena a su propio yo; en el fondo, solo viven de su propio yo.

Por un lado, [la contemplación de lo espiritual] en una condensación material burda, a modo de visión fantasmal; y, por otro lado, la adoración mística del propio yo: estos son los dos caminos principales del error en el ámbito espiritual.

Todo depende de que el alma encuentre los caminos hacia la verdad sacando de sí misma y contemplando objetivamente lo que realmente es el ser humano; de ahí que sea tan necesario iniciarse en la investigación espiritual y también en el estudio de la ciencia espiritual, para llegar a la verdad y no al error en aquellas cuestiones que más pueden protegernos del amor propio.

Si un investigador espiritual, que quisiera explorar las intimidades de la vida y al principio se esforzara por visitar en el mundo espiritual, a personas que han fallecido recientemente, es decir, si una persona se convirtiera en buscador espiritual por amor al prójimo, sería muy fácil para él desviarse hacia un lado u otro. El interés debería enfocarse primero en lo que nos lleva al gran cosmos, lo que nos lleva al escenario de los acontecimientos históricos y de las grandes apariciones cósmicas, que no nos afectan tanto personalmente, porque frente a lo que no nos toca personalmente podemos liberarnos más fácilmente de nuestra personalidad que frente a lo que nos afecta personalmente. Al visitar el espíritu de alguien que acaba de fallecer, estamos expuestos a todo tipo de errores personales. Si investigamos qué cambios ha experimentado el alma a lo largo de su desarrollo, tendemos fácilmente a mirar la cuestión de manera subjetiva desde nuestras propias intenciones.

En mi «Ciencia Oculta» he intentado partir de lo que no solo interesa al individuo, sino a todos los seres humanos. Porque eso es lo importante si queremos convertirnos en investigadores del espíritu y liberarnos cada vez más del error, aprendiendo a reconocernos a nosotros mismos como un producto del mundo entero. Así como reconocemos a otros seres y cosas como productos del mundo entero, por ejemplo, cuando miramos y contemplamos una planta, no solo observamos la planta en sí externamente, sino también el suelo, el sol, el viento, las condiciones geográficas en las que vive; así, por así decirlo, tomamos en cuenta todo el entorno para explicar el detalle, la individualidad de la planta. De la misma manera, también podemos explicarnos a nosotros mismos como seres humanos a partir del universo en su totalidad, especialmente considerando nuestro ser anímico-espiritual. De hecho, como se dice con frecuencia, somos un microcosmos en el macrocosmos. Somos una imagen, una impresión del gran universo, y comparar lo que el ser humano posee en su alma, en su esencia espiritual, con todo el universo, encierra una profunda verdad espiritual. Pero no podemos hacer esto mientras permanezcamos atrapados en nosotros mismos. Solo cuando realmente salgamos de nosotros mismos, cuando podamos observarnos como seres humanos separados de nosotros, podremos comparar lo que ahora tenemos como un objeto objetivo con el mundo.

¿No resulta sorprendente que aquello que ha surgido en las ciencias espirituales, le parezca a muchos como una fantasía tonta? En física, por ejemplo, se perdona que se distingan siete colores; en teoría musical, que haya siete tonos y que el octavo tono sea la octava. Pero no se le perdona al científico espiritual que conciba la naturaleza humana como algo con siete partes y que la relacione con siete mundos interconectados. Y, sin embargo, es el mismo pensamiento el que encuentra siete colores en física, siete tonos en la octava y siete miembros de la naturaleza humana en las ciencias del espíritu. Es la misma idea, lo uno no es más que lo otro.

Pero solo se puede reconocer la relación de la naturaleza humana con el gran universo si uno ve esa naturaleza humana de manera que se considere en su totalidad. El ser humano es un ser anímico-espiritual. La mente solo puede observar sensorialmente. Para llegar a verdades espirituales, y no a errores espirituales, uno debe ser capaz de reconocer al ser humano fuera de sí mismo como un producto de todo el universo. Esto es extraordinariamente importante. Hay que poder observar el universo en su efecto sobre el ser humano. Mientras uno solo considere los efectos sobre su propia esencia, no se llegará a la verdad, solo al error. El ser humano debe situarse fuera de sí mismo y luego observarse en relación con el universo; debe haberse desprendido de sí mismo. Esa es la primera condición para que el ser humano esté en posición de que todo lo que desarrolla en sí, lo que ha formado en sí, no quede atrapado en la esfera del amor propio. ¿Qué significa eso? Bueno, ¿Qué hace que nos desarrollemos animico-espiritualmente? Hacemos ciertos ejercicios para el desarrollo del alma: meditación, concentración y demás, que ya se esbozaron ayer y con frecuencia aquí. A través de esto surgen ciertos procesos del alma en nosotros mismos. Mientras los practiquemos de manera que incluso tengamos la más mínima sensación de que somos nosotros mismos los que se están desarrollando, no podremos protegernos del error.

Ese es un lado de la cosa. Ese es el lado que el místico tiene tanta dificultad en superar, el que se pierde en su propio yo, solo de manera refinada. Lo que ocurre en nosotros para levantarnos hacia mundos más elevados, debe ser un proceso del universo, no un proceso individual. Tenemos que reconocer al ser humano fuera de nosotros, tenemos que sentir y experimentar el universo dentro de nosotros. Esos son los dos grandes secretos que conducen al camino hacia la verdad y a evitar los errores. Reconocer la esencia del ser humano fuera de nosotros, no en nosotros, y experimentar el universo no solo fuera de nosotros, sino en nosotros como mundo objetivo, eso es lo segundo.

Quien toma estas dos importantes directrices como metas para alcanzar el mundo espiritual, llega poco a poco a un punto en que puede alcanzar el conocimiento de la verdad a través de la experiencia. Si uno posee la verdad en el ámbito espiritual, entonces se convierte en aquello que ha reconocido como verdad, porque se proyecta en esos seres. Experimentamos el mundo y lo sentimos al vivirlo como una antorcha que nos ilumina el mundo espiritual. Lo sentimos como un elemento vivificante que se demuestra fructífero, que nos ayuda al guiarnos de nivel en nivel, paso a paso en nuestro camino. Sentimos el mundo al manifestarse en nosotros y para nosotros los humanos como aquello que germina y brota y se muestra eficaz. Si uno puede sentir así, puede estar seguro de que vive en la verdad espiritual. El error, en cambio, es frío, gélido, es lo que oscurece la verdad espiritual. El error en el mundo espiritual es una fuerza; los errores son fuerzas, son entidades, pero fuerzas que apagan y oscurecen. Cuanto más nos adentramos en el error, más podemos sentir: al pretender usarlo para aclarar el mundo, lo oscurece todo. Cuando uno se acerca con el error, se encuentra que en todas partes la vida parece paralizarse por una fuerza de muerte, como si se convirtiera en putrefacción,. El error se muestra como algo real, que actúa como algo destructivo, devastador. Tenemos que vencerlo, eliminarlo, tenemos que hacer que crezcan fuerzas, -no solo juicios u opiniones-, para refutarlo y que se aleje de nosotros. Entonces llegamos a la verdad. Por eso, buscar la verdad en el ámbito espiritual es justamente luchar contra el error, y por eso es importante saber cuáles son los caminos del error. Por eso también había que señalar con atención los caminos del error, al igual que los caminos de la verdad.

Quizás, muy estimados presentes, estos dos conferencias han podido transmitir una sensación de lo real, de lo verdadero que es el camino del alma que conduce a las regiones espirituales, una sensación que, sin embargo, solo puede experimentar quien contempla sin prejuicios lo que aquí se ha presentado de manera esquemática, y que es difícil de transmitir a quien solo se acerca con prejuicios. Pero aún así, tras tales reflexiones, uno podría decirse: mucha gente juzga a estos investigadores del espíritu, pero se ve por lo que dicen cuánto saben realmente al respecto. - Se puede incluso descubrir si las objeciones son justificadas o injustificadas, si frente a lo que se dice uno se plantea la pregunta: ¿Sabe acaso la persona en cuestión algo de lo que la investigación espiritual busca? ¿Sabe algo de las arduas luchas, de la superación y la redención, de los sufrimientos que deben atravesarse? - Para ello debería surgir un sentimiento de que estas cosas no deben tomarse a la ligera por quienes necesitan familiarizarse primero con lo que el alma debe experimentar para llegar a verdades de la investigación espiritual.

Después, sin embargo, se puede tener una experiencia peculiar: aquellos que se acercan a los resultados de la investigación espiritual con seriedad y dignidad ya no son enemigos. Quizás en ningún otro campo tanto como en el de la investigación espiritual se puede decir con toda razón: los enemigos, en el fondo, son solo aquellos que no conocen la materia. En el área donde se conoce, ya no hay enemigos. Los enemigos, por lo general, se convierten en reconocedores cuando llegan a conocer la materia. Esto puede dejarse al criterio de cada uno para convencerse. Se puede reconocer, a partir de muchas cosas hostiles que se dicen, que toda esa enemistad se basa precisamente en el desconocimiento de la materia en el ámbito de la ciencia espiritual. Los conocedores ya no son enemigos.

En este sentimiento podemos resumir, tal vez no tanto lo que se habló anteayer y hoy, sino cómo se ha intentado presentar las cosas. Esta vez he intentado deliberadamente representar las cosas totalmente según la experiencia del alma, tal como el alma es guiada paso a paso y lo que experimenta. Así, quizá se pueda captar la sensación de la seriedad de la investigación espiritual. Primero hay que tener esta sensación, luego surge que en el campo de la ciencia espiritual, más que en cualquier otro, aplica una frase maravillosamente bella de Goethe, que él dijo y vivió profundamente a partir de una experiencia vital profunda. Como Goethe defendió varias cosas que tocan de cerca el campo de la ciencia espiritual, encontró oposiciones, lo cual se comprende especialmente si uno es un investigador del espíritu. Y frente a estos adversarios, él comprimió sus sentimientos en la breve frase que, al ser una sabiduría de vida, una verdad lograda, es justamente en su simplicidad tan hermosa que también nosotros podemos expresar lo que sentimos frente a los oponentes de la ciencia espiritual en esta frase, al decir con Goethe:

Una enseñanza falsa no se puede refutar, porque se basa en la convicción de que lo falso es verdadero. Pero lo contrario se puede, se debe y se tiene que repetir.

Entonces, cuando esto también ocurre con respecto a las ciencias del espíritu, entonces las ciencias del espíritu se convertirán en parte de nuestra cultura intelectual, como debe ser. Y aunque errores opuestos intenten imponerse, la verdad encontrará su camino en el mundo en todas partes, aunque tenga que abrirse paso entre estrechas grietas en la orilla rocosa: la verdad encontrará su camino. Sobre lo que es verdad, por eso no necesitamos preocuparnos. Si representamos la falsedad debido a un error personal, estamos convencidos de que esta falsedad no hará daño. Pero si defendemos la verdad, entonces encontrará su camino a través de las grietas más estrechas de la roca, tal como siempre ha tenido que forzarse para poder integrarse en el desarrollo de la humanidad. Porque así está concebido el nacimiento de la humanidad: la humanidad solo encuentra su desarrollo en la verdad. Y con esta conciencia se puede mirar a las ciencias del espíritu, especialmente cuando se considera la verdad y el error a través de ellas.

Los errores se eliminan precisamente por el hecho de que el investigador espiritual los reconoce, y la verdad triunfará porque debe triunfar por su propia fuerza.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-

GA069a Stuttgart, 17 de mayo de 1913 - + Resultados de la investigación espiritual en relación con las cuestiones de la vida y el enigma de la muerte

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

+ Resultados de la investigación espiritual en relación con las cuestiones de la vida y el enigma de la muerte

Stuttgart, 17 de mayo de 1913


¡Muy estimados presentes! Durante varios años he tenido el placer de hablar aquí sobre temas de ciencias del espíritu ante este público, y muchos de los estimados oyentes, que ya han participado en estas reflexiones en varias ocasiones, encontrarán en la observación resumida de hoy ciertos conocimientos que no les son nuevos. Sin embargo, lo que este año he podido decir sobre ciencias del espíritu ya da suficiente motivo para considerar los temas tratados aquí desde los más variados puntos de vista. Porque se puede decir: la ciencia del espíritu, como se entiende aquí, que –con cierto derecho– en círculos más amplios se mezcla con todo aquello que se llama más o menos exactamente «Teosofía»; la ciencia del espíritu o la teosofía no son hoy en día tan conocidas ni, en particular, tan generalmente reconocidas.

El llamado azar juega en este sentido muchas veces a nuestro favor. Cuando, hace muy poco, llegué a cierta ciudad en uno de mis viajes de conferencias, encontré en una librería, en la que en realidad buscaba otra cosa, sobre la mesa también dos folletos. Uno de ellos contenía una exposición popular de las concepciones filosóficas del mundo y de la vida del siglo XIX. Si uno mira este escrito más de cerca, se tiene la impresión de que está trabajado con cierto grado de seriedad; los distintos capítulos reflejan un conocimiento no superficial de lo que se trata, con la única excepción de la teosofía, o como se entiende aquí en un sentido más restringido, la ciencia espiritual.

Puedo intentar unir esta ciencia espiritual con lo que se dice en este mismo capítulo, y aquí hay que decir: Tan bueno, no, hasta cierto punto concienzudo como los otros capítulos, igual de grotescamente superficial es el capítulo sobre ciencia espiritual. No me corresponde aquí entrar en detalle en este capítulo, solo quiero señalar que, además de muchas cosas inexactas, también está el hecho de que la ciencia espiritual se deja seducir por las imágenes más salvajes de este o aquel mundo de hechos. - Pensé que quizá se podría aludir a mi "ciencia oculta", y que alguien —lo cual sería comprensible hoy en día— podría negar lo bien documentado, sin prestar atención al asunto. Pero seguí leyendo de inmediato, y entonces llegué a la conclusión de que en los círculos de los confesores de esta investigación espiritual las profecías sobre catástrofes bélicas y terremotos jugaban un papel importante en todas partes. - Bueno, habiendo oído eso, me gustaría pedirle que considere si tales profecías influyen o han jugado un papel importante en lo que he dicho.

Uno podría pensar que no se leen mucho esos escritos. Pero me topé con un librito que lleva el título: «Siete sectas de la perdición. Una advertencia para los cristianos evangélicos». No se lo voy a leer. Si uno mira este librito según su título, se encuentran enumeradas como las siete sectas de la perdición:

Primero: adventistas o sabatistas, sobre eso cuatro páginas. Segundo: los de la aurora del día -también cuatro páginas. Tercero: los neoapostólicos - tres páginas. Cuarto: los mormones - nuevamente cuatro páginas. Quinto: los cientistas - tres páginas. Sexto: los espiritistas - bueno, ahí el autor ya sabía algo menos, un poco más de dos páginas. Séptimo: teosofía - sobre eso solo sabe media página. Pero tampoco quiero leérselas completas, sólo la mitad. «En particular, enseña ella [la teosofía] en lugar de la salvación por Cristo la auto-salvación, por lo que se puede comparar con el paganismo», y se hace referencia a la historia de la iglesia. También es tal vez interesante que este pequeño librito, publicado en Elberfeld en la librería de la Comunidad Evangélica, contiene la nota de que el librito está disponible a todos los precios y en todos los tamaños, incluso en hojas sueltas. Así que uno puede formarse un juicio sobre lo que hoy se va a tratar por una cierta cantidad de monedas, y luego, para tenerlo siempre a la vista, se puede clavar la hoja correspondiente en la pared.

Esto explica de dónde provienen los juicios que a veces se nos presentan cuando se quiere condenar nuestro asunto hasta los cimientos. También es característico que el autor de este escrito solo tenga media página que decir sobre la «séptima secta». Ahora bien, a partir de este ejemplo externo se desprende, estimados presentes, cómo en verdad en nuestro tiempo hay prejuicios tras prejuicios contra lo que aquí se entiende por ciencia del espíritu, y cuán poca disposición hay para realmente profundizar en el nervio central de esta ciencia del espíritu. Porque uno podría pensar que quien quiere emitir un juicio sobre algo debería conocerlo de verdad primero. Con respecto a la ciencia del espíritu, claramente esto no es así en amplios círculos. De aquellas personas que no quieren saber nada de ella, no se puede exigir que se involucren con ella, pero sí de aquellos que emiten un juicio público. Para algunas personas de hoy, que se sienten llamadas a juzgar la ciencia del espíritu, probablemente sería bastante desconcertante tener que dedicarse por un tiempo a las cosas sobre las que quieren juzgar «concienzudamente».

Una y otra vez hay que preguntarse: ¿Cómo pretende situarse en la vida inmediata del presente la ciencia del espíritu? ¿Cómo y con qué derecho se posiciona con sus métodos respecto a las grandes cuestiones de la vida y a lo que se puede decir sobre la muerte?

Cada vez más se muestra cómo, desde las profundidades inconscientes de la vida del alma, estas preguntas cardinales se convierten en anhelos en las almas de las personas de hoy. El campo de las ciencias del espíritu es, sin embargo, tan amplio como el mundo, y se necesitaría mucho hablar si solo se quisiera apuntar a todo lo que las ciencias del espíritu abarcan. Pero, aunque las ciencias del espíritu deban extender su investigación hasta un horizonte infinito, sus estudios culminan en los dos enigmas de la vida que se condensan en las palabras destino y muerte. Y siempre también debe profundizarse el reconocimiento de que frente a la gran cuestión del destino de la vida y frente a la llamada cuestión de la inmortalidad, la ciencia externa es impotente si es consciente de sus límites. Sin embargo, esta ciencia externa en nuestros tiempos intenta generar las más diversas concepciones del mundo con las más diversas denominaciones, y justamente aquellas concepciones del mundo que creen estar sobre la base de la ciencia natural, y estas creen necesitar decir que sus resultados están en contradicción directa con lo que las ciencias del espíritu tienen que decir.

Ahora sería un esfuerzo totalmente inútil hablar de que los fundamentos de las ciencias del espíritu entrarían en algún verdadero conflicto con la ciencia natural. Esta ciencia natural ha producido durante tres o cuatro siglos muchas cosas que han transformado nuestra vida por completo hasta en sus ramificaciones más lejanas. Y si es cierto lo que dice Goethe, que una corriente de pensamiento se demuestra por su fertilidad, entonces la ciencia natural ha demostrado su fertilidad, aunque solo en la solución de enigmas materiales de la vida. Pero hay algo más a tener en cuenta. La ciencia natural también ha educado a la humanidad de una manera muy particular. Ha sido un medio maravilloso de educación para las almas humanas, de modo que estas planteen las preguntas sobre la vida y también sobre la muerte de una manera distinta a como se planteaban antes de que la ciencia moderna enseñara a las personas a preguntar de cierta manera. Hoy las almas preguntan de forma distinta sobre los misterios de la vida que hace siglos. Y eso también se refleja, muy estimados presentes, en que las ciencias del espíritu, en esencia, en su método, en toda su perspectiva, trabajan siguiendo el modelo de las ciencias naturales. Pero mientras que las preguntas se han profundizado, las almas también han sido inducidas a aceptar únicamente aquello que puede ser mostrado ante sus ojos en una mirada física.

La ciencia espiritual no puede llegar con cosas físicas. No puede ponerse en un laboratorio y allí crear conocimientos sobre el espíritu. Incluso el espíritu, que vive en nosotros entre el nacimiento y la muerte, siempre es sólo accesible por un tiempo determinado y para nuestra conciencia solo a través de procesos internos del alma. Todo el mundo sabe que la vida espiritual está dentro de él desde que nació; todo el mundo debería saber que lo que experimentó, por ejemplo, hace veinte años, solo puede ser alcanzado por la memoria, y que no se puede forzar este proceso de memoria con aparatos experimentales externos. Y así también se debería reconocer que, a través de una intensificación de tales experiencias internas, como es la memoria, la ciencia espiritual debe buscar sus fuentes. Pero todavía tomará mucho tiempo hasta que la humanidad vea que el método de la ciencia espiritual es ciertamente muy interior, pero está animado por el mismo espíritu que la ciencia natural externa. Eso se puede ver inmediatamente si se observa lo que dicen algunos críticos de la ciencia espiritual que niegan que se pueda alcanzar lo que está detrás de las percepciones sensoriales. Aunque admiten que existe algo suprasensible, dicen que el conocimiento humano no es capaz de penetrarlo.

Con tales espíritus se puede medir con qué dificultades lucha la ciencia del espíritu. Porque para un alma que realmente examina, tal objeción no tiene otro valor que si alguien, por ejemplo, dijera: ¿Qué les pasa a los botánicos de hoy? Dicen —y esto se supone que es un logro fundamental del siglo XIX— que las plantas están formadas por células individuales, y que los animales también están formados por tales células. Supongamos que otra persona demuestra ahora cuánto puede ver un ser humano con sus ojos. Las células, en todo caso, no puede verlas, por lo que eso supera los límites del conocimiento físico. - Los que hablan así demuestran, por lo tanto, que el ojo no puede ver lo que sí han visto los naturalistas. Sí, vean, queridos presentes, tal prueba puede ser absolutamente correcta; entonces se demostraría que es imposible alcanzar la composición celular del organismo vegetal y animal con los ojos humanos e introducirse en estos procesos más finos. Sería un tonto quien quisiera demostrar que tal prueba es incorrecta. - En la misma línea están hoy numerosos testimonios que parten de la base de que la capacidad de conocimiento humana, tal como es directamente, no puede saber nada sobre lo suprasensible. Tales pruebas pueden ser perfectamente correctas, y sería un tonto quien intentase refutarlas.

Pero más allá de los límites del ojo físico, debe tenerse en cuenta que los ojos se han equipado con medios de conocimiento como el microscopio, el telescopio, el espectroscopio y, gracias a ellos, se ha adquirido la capacidad de ver procesos y sustancias que antes eran invisibles, por ejemplo, mediante el análisis espectral. Que esto se haya hecho es correcto, y es tan correcto como cuando antiguas cosmovisiones hablaban de los límites del conocimiento humano. Así como la ciencia natural ha agudizado y fortalecido el ojo, de la misma manera las ciencias del espíritu agudizan y fortalecen aquello que, en su estado natural, con razón se puede decir: tiene sus límites. De esto vemos que la prueba de los límites del conocimiento tiene tan poca justificación como la prueba de los límites del ojo. El ojo se arma con microscopio, telescopio y espectroscopio; el espíritu humano se fortalece mediante medios internos e íntimos que se describen con las palabras: meditación, concentración y contemplación. Esto ya se ha mencionado y aquí solo se alude brevemente. Pero pueden aprender con más detalle en mi escrito «¿Cómo se obtiene conocimiento de los mundos superiores?» qué se entiende por las palabras meditación, concentración y contemplación.

La actividad del alma, tal como es en la vida normal de las personas, tal como se ejerce dentro del mundo físico-sensorial, esta actividad depende completamente del cuerpo, de ciertas actividades de los nervios o del cerebro. Sin embargo, la ciencia espiritual no opone nada a esto. Pero la ciencia espiritual aplica métodos mediante los cuales la fuerza del pensar se transforma, así como la capacidad de ver ha cambiado gracias al uso del microscopio y del telescopio.

Hablemos primero de la fuerza del pensar. En la vida cotidiana, se ocupa del mundo de las cosas. ¿Cómo actúa esta fuerza del pensar? Bueno, estamos justo en uno de esos puntos donde tal vez pronto se mostrará cómo la ciencia natural, si se entiende correctamente, está en completa armonía con lo que la ciencia espiritual tiene para ofrecer. La ciencia natural ya está tocando eso. Cuando desarrollamos un pensamiento que en la vida cotidiana se dirige al ámbito de nuestra existencia sensorial, la fuerza del pensar interviene en nuestro cerebro. Ese es precisamente un resultado común de la ciencia espiritual y la ciencia natural, solo que la ciencia espiritual lo sabe, mientras que la ciencia natural lo presenta como hipótesis. Pero la vida cotidiana ya enseña cómo interviene el pensar en el cerebro, y se sabe que la fuerza del pensar actúa provocando procesos de destrucción en el cerebro, procesos de destrucción de las estructuras más pequeñas y finas del cerebro. La fuerza del pensar está activa, y lo que hace es destruir continuamente el cerebro. Si nuestra fuerza del pensar se utilizara de otra manera podría evitar causar esta destrucción.

Así como se comporta una persona que se mira en el espejo, así también se comportan los procesos de pensar que intervienen en el cerebro: reflejan el trabajo del pensar en nuestra alma de manera que este proceso de pensar se vuelve consciente para nosotros. Así funciona la fuerza de pensar común. Y la vida cotidiana lo demuestra, ya que este pensar provoca cansancio, que se equilibra nuevamente cuando dormimos. Ese es el curso regular: el de evitar el desequilibrio de estos procesos destructivos mediante el dormir. La ciencia natural ya tiene palabras para esto como asimilación y disimilación, y para quien sabe observar estas cosas, queda claro que lo que la ciencia natural descubrirá también llegará a lo que enseña la ciencia espiritual. Ahora bien, este proceso de pensar es tan natural como la visión del ojo. Y así como se puede fortalecer el ojo con instrumentos, también se puede fortalecer la fuerza del pensar, solo que no mediante medios externos, sino mediante los medios internos de concentración, meditación y contemplación. ¿En qué consisten estos? En que la persona, si quiere convertirse en un investigador espiritual, llegue a darse por propia voluntad un contenido de pensamiento que no dependa de estímulos externos. El pensamiento común se desarrolla de manera que avanzamos de las impresiones externas a las experiencias internas. El pensamiento espiritual se desarrolla de manera que este trabajo interno se desvía del tipo común de pensamiento. Los pensamientos deben centrarse durante un tiempo prolongado en una experiencia interna del alma, que el alma ha creado y que tiene el carácter de no trabajar en respuesta a un estímulo externo. Por ejemplo, el alma se entrega a la frase siguiente:

En la luz radiante vive la sabiduría que fluye.

Eso, por supuesto, para el pensar común es una tontería. Pero lo importante es que [en la meditación] no tengamos imágenes del mundo exterior. Más bien, estas ideas tienen el propósito de profundizar internamente las fuerzas del alma. Y eso sucede cuando el alma intenta invocar sus capacidades internas, sus habilidades internas desde lo más profundo del alma, para hacer algo que en la vida cotidiana no se hace: concentrarse en tal idea. Este trabajo se puede comparar con fortalecer nuestros músculos mediante ejercicio muscular. Las fuerzas del alma, que se activan en la meditación, en la vida diaria permanecen prácticamente inactivas, como mucho apenas se perciben. Se activan de manera muy diferente en esta meditación. Las fuerzas se activan de otra forma que no es externa. Surgen desde lo profundo del alma fuerzas de pensar latentes, y entonces se demuestra que estas fuerzas de pensar son independientes de aquello de lo que depende la fuerza común de pensar. Mientras que el pensar común depende del cerebro físico y genera procesos destructivos, ese pensar crea una fuerza interna que le da al alma la experiencia: Soy independiente de mi corporalidad.

Ahora queremos caracterizar un poco más este proceso del pensamiento independiente. Estamos entrando en un área a la que también la ciencia puede asentir. Ya se ha tocado un capítulo. Du Bois-Reymond llamó la atención [en su conferencia] en la reunión de ciencias naturales de Leipzig sobre los límites del conocimiento y consideró explicable sólo al ser humano dormido, porque está libre de afectos, deseos e ideas. ¿Qué tenemos aquí? Tenemos algo que justamente tales pensadores científicos, que toman los hechos tal como son, cada vez reconocen más y más. Supongamos que alguien dice: el aire nos rodea, el ser humano lo respira, entonces hay un cierto volumen de aire dentro de él; ahora quiero investigar el aire. Investigo los pulmones, cómo se alimentan, cómo realizan sus procesos orgánicos, y así sucesivamente. - Sería el peor método para investigar el aire. Se aprendería algo sobre los pulmones. Pero el aire se estudia mejor en la atmósfera, porque el aire sólo es absorbido por los pulmones, pero su existencia está en la atmósfera. Si alguien quisiera conocer el aire a través de estudios de los pulmones, lo llamarían tonto.

Todavía estamos lejos de conocer los afectos y pasiones de la vida del alma si solo examinamos la corporalidad. Y no se conoce el pensar investigando el cerebro. Eso sería tan tonto como investigar el aire en los pulmones. Así como los pulmones durante la respiración absorben el aire que envuelve la Tierra como atmósfera, el cuerpo inhala la vida del alma con cada despertar. Y así como el aire inhalado se relaciona con los pulmones, la vida del alma se relaciona con el cerebro. Y al dormir, el cuerpo exhala la vida del alma. Mientras estamos despiertos, tenemos la vida del alma en nosotros, que pertenece igual de realmente a la vida anímico-espiritual en la que vivimos, a semejanza de como nosotros vivimos físicamente en la atmósfera.

Aquí tenemos un área donde se muestra claramente cómo la ciencia natural y la ciencia espiritual se entrelazan, como Du Bois-Reymond ya estaba empezando a comprender. La vida espiritual pertenece en su conjunto al mundo espiritual, así como el aire pertenece a la atmósfera física. Así que podemos decir: cuando el ser humano duerme, ha exhalado su parte espiritual y anímica. Su parte espiritual y anímica está entonces en la parte espiritual y anímica del universo; solo que no puede percibirla allí, porque para él ha entrado la inconsciencia.

Quien ha desarrollado su capacidad de pensar mediante la meditación, separa su fuerza del pensar de las fuerzas corporales materiales, se vuelve consciente de sí mismo, como si estuviera fuera del cuerpo, es decir, desarrolla procesos de pensar que no surgen de la aplicación a las cosas del mundo material, sino que con su pensar, camina hacia el mundo espiritual. Sabe por experiencia directa que desarrolla el proceso de pensar fuera de la corporalidad y experimenta entidades que se le presentan puramente de manera espiritual. Esto se basa en la independencia del pensar respecto a la corporalidad y es lo que puede considerarse la primera fuente de la investigación espiritual. También se puede experimentar internamente que el pensar es completamente diferente al que se adquiere de este modo; pues éste no nos lleva al cansancio. Es un fenómeno importante que, cuando liberamos nuestro pensar gracias a la meditación, concentración o contemplación, experimentamos procesos que no nos fatigan. Aunque algunos meditadores creen al principio notar que se duermen inmediatamente durante la meditación. Esto se debe a que el proceso aún no ha avanzado lo suficiente, porque es difícil separar el proceso de pensar de lo puramente exterior. Se necesitan años y años.

¿Pero qué se experimenta entonces? Entonces se experimenta algo que no puede describirse de manera abstracta, se experimentan cosas internas conmovedoras. Cuando uno ha separado su pensar, por así decirlo, de la corporalidad, experimenta, que lo que hasta ahora se consideraba como su yo, ahora se tiene como algo fuera de sí, que lo que uno ha experimentado en sí mismo ahora se ve desde afuera.

El modo en que uno se siente delimitado en su propia piel en la conciencia diaria, eso ahora se experimenta como un objeto externo. Este exterior no nos deja indiferentes; de este exterior uno se siente atraído como por cientos y cientos de fuerzas magnéticas; no se quiere separar de este exterior. Se siente, por así decirlo, que uno pertenece a ello. Pero estas son fuerzas de sentimiento y sensación, que precisamente por eso pertenecen a la realidad de la experiencia superior, y uno aprende a reconocer estas fuerzas, con las cuales uno se siente atraído hacia la corporeidad externa. Ahora se aprende a conocer la razón por la que uno despierta por la mañana, se aprende a reconocer cómo el cuerpo nos dice: tú me perteneces, debes unirte conmigo de la manera en que lo que es exhalado por la corporeidad externa [mientras se duerme] se conecta conmigo, cuando se corrige en relación con lo que ha sido destruido por la vida externa. Se aprende a reconocer por qué el ser espiritual desciende de nuevo en esta corporeidad externa.

Uno también llega a reconocer algo más: las fuerzas que existían antes de nuestro nacimiento, antes de nuestra concepción, antes de que hubiera algo sustancial. Uno llega a conocer lo espiritual tal como es hoy, pero también se aprende a reconocer que son las mismas fuerzas del alma que estaban presentes antes del nacimiento, por las cuales fuimos atraídos hacia los padres que podían dar el cuerpo físico. Se llega a conocer las fuerzas que condujeron a la vida terrenal actual, así como las fuerzas que condujeron a nuestro destino. Y cuando las personas desarrollan fuerzas para liberarse del cuerpo a través del pensar, cuando el alma aprende a pensar libre del cuerpo a través de la concentración, la meditación o la contemplación, entonces llega a reconocer, a través de símbolos, las fuerzas que guían su destino. Incluso la investigación materialista de los sueños ya ha podido llegar a decir que en el sueño se viven imágenes y reminiscencias. No es fácil imaginar que en la vida cotidiana, un infortunio que el alma experimentó hace veinte años no sea algo que anhele en lo más profundo. Cuando nos hemos alejado del cuerpo a través del pensar, experimentamos respecto a lo que nos era antipático entonces que ahora nos sentimos atraídos por ello. ¿Por qué? Porque el alma reconoce que tiene imperfecciones, las cuales están tan profundamente arraigadas que no se perciben con la conciencia cotidiana. Este sentimiento interno de atracción para equilibrar las imperfecciones, actúa en las profundidades del alma, incluso aunque en la conciencia superior no sepa nada de ello. Se siente atraída por algo que en esta vida le causa infortunio; solo cuando ha sido puesta a prueba por ese infortunio, la imperfección anterior del alma puede convertirse en perfección.

Con la fuerza del pensar liberada, la vida se ve de tal manera que las fuerzas se nos muestran en la propia alma, y hacia las cuales nos sentimos atraídos. La cuestión del destino se convierte en una cuestión de imaginación. Empezamos a entender la desgracia porque sabemos que el alma debe buscar la desgracia para equilibrar ciertas imperfecciones. Y debe saber que antes de nuestro nacimiento estábamos equipados con fuerzas que nos atrajeron hacia la semilla correspondiente en lo físico, así como la semilla de una planta es atraída por el suelo madre que le corresponde. La ciencia espiritual también está en esta relación en armonía con la ciencia natural, que no puede negar que, por ejemplo, una planta alpina crezca en un entorno cuyas condiciones corresponden a su crecimiento. De igual manera, el alma es guiada hacia un destino en el que puede transformar la imperfección en perfección. Avanzamos por la puerta de la muerte. Si el alma ha causado sufrimiento a alguien, y ahora, independiente del cuerpo, atraviesa la puerta de la muerte, siente: Solo puedo sentirme completamente en el futuro si busco equilibrar lo que he hecho mal. El crimen cometido se transforma en un sentimiento: Mi alma es impotente frente a lo ocurrido, pero puedo aprender a desarrollar fuerzas que yacen en mí como semillas y que hacen que reciba un destino en el que puedo transformarme.

De manera similar, el ser humano va más allá de la vida del alma hasta ahora existente cuando adquiere otra fuerza del alma. Así como podemos liberar la fuerza del pensar para que fluya internamente en el alma, también podemos liberar otra fuerza que en la vida cotidiana tiene un uso diferente, y esa es la fuerza del lenguaje: la fuerza que se conecta con la palabra. ¿Qué sucede con esta fuerza del lenguaje? En el lenguaje desarrollamos algo anímico-espiritual, pero tampoco permanece en la vida común como algo solo anímico-espiritual. Interviene en los procesos del cerebro, incluso hasta la laringe: la fuerza del lenguaje interviene en lo material-corpóreo. Así como detenemos la fuerza del pensar antes de que intervenga en el cerebro, también podemos detener la fuerza del lenguaje antes de que intervenga en el cerebro y en la laringe.

La ciencia natural busca los órganos del lenguaje en el tercer giro del cerebro, en el órgano de Broca; en los monos esto no se encuentra. Quien sigue los hechos solo con la observación de la ciencia natural dice: a través del órgano de Broca se produce el lenguaje. - Pero en contra de esto está el hecho de que alguien que crece solo en una isla desierta no adquiere el lenguaje, a pesar del órgano de Broca. Más bien la cuestión es que la capacidad del lenguaje estructura el cerebro, de modo que el órgano de Broca se [estructura] y desde allí las actividades de la voluntad se desarrollan de manera que surge el lenguaje. Así tenemos en la capacidad del lenguaje algo espiritual que interviene en lo orgánico. Ahora bien, podemos transformar la capacidad del lenguaje que actúa en la laringe y en el órgano de Broca, haciendo que no llegue hasta lo físico. Logramos esto al hacer nuestra meditación, concentración y contemplación de forma un poco diferente. Para la liberación de la capacidad del lenguaje no basta con entregarnos solo a contenidos imaginativos, sino que se trata de que penetremos el objeto de nuestra representación mental con sensación y sentimiento. Podemos meditar en nuestros pensamientos, en la frase siguiente: 'En la luz radiante vive la sabiduría que fluye'. Pero también podemos impregnar nuestros pensamientos con sentimientos, podemos sentir nuestra vida del alma a la luz, que se convierte en un símbolo de la sabiduría que fluye. Entonces sentiremos que estamos reteniendo las fuerzas que normalmente expresamos con palabras. Esto conduce a la inspiración, así como la fuerza del pensar, cuando se retiene, conduce a la imaginación. Y cuando la persona emancipa su poder de palabra de tal manera que aplica esas mismas fuerzas internamente pero las mantiene dentro del alma, cuando desarrolla el silencio, entonces la contemplación del mundo espiritual se expande, y así podemos llegar a incorporar más resultados de la ciencia espiritual en nosotros mismos. Porque entonces, de hecho, la vida interior del alma no solo se expande hasta estar fuera del cuerpo, sino que aprendemos a mirar hacia atrás en vidas terrenales anteriores. El hablar consigo mismo, detener la fuerza del habla, eso nos hace capaces de experimentar vidas terrenales previas, nos permite experimentar cómo entra en nuestra vida presente, el recuerdo de nuestra vida anterior. El silencio siempre ha sido mencionado como algo especial. Por eso no es necesario restringir el habla externa, solo es necesario aplicar las fuerzas internas.

No solo quiero mostrar resultados de las ciencias del espíritu, sino también los medios que llevan a ellos. Uno podría pensar: ¿Cuánto tiempo dura en realidad el intervalo entre dos vidas terrenales? Para el investigador del espíritu, se concluye que nuestra vida terrenal anterior se remonta a un tiempo en el que aún no existía el lenguaje individual. El lenguaje individual ha necesitado tanto tiempo para desarrollarse como el que ha pasado desde nuestra última vida terrenal. - Esto como un ejemplo de que, de hecho, solo se pueden investigar hechos del mundo espiritual si se desarrollan las fuerzas señaladas del alma. Pero para entender lo que dice el investigador del espíritu, sin prejuicios, solo hace falta pensar lógicamente. Así como la imagen de un pintor puede ser entendida por quien no entiende la técnica de la pintura, también lo que dice el investigador del espíritu puede ser entendido por cualquier persona. Hay que ser investigador del espíritu para adentrarse en el mundo espiritual, pero cuando lo investigado se pone en palabras, si uno no lo entiende, es solo porque no quiere aplicar el sentido común. Cualquiera puede entenderlo si no pone obstáculos en el camino de su vida.

De lo que es la ciencia, no se puede esperar respuesta a preguntas sobre el mundo espiritual. Pero el sentido común sabe lo que es correcto. Numerosos filósofos dicen que el ser humano plantea preguntas que van más allá de la percepción sensorial común, por ejemplo, la pregunta sobre el destino humano. La vida exterior no las responde. El pensamiento, del que se ha hablado hoy aquí, las responde al transformar la pregunta de una cuestión simpática o antipática en una cuestión de imaginación. Las grandes preguntas se responden de manera que la vida confirma la ciencia espiritual en todas partes.

Además de la fuerza del pensar y la fuerza del lenguaje, se puede desarrollar una tercera fuerza. El ser humano sabe que a través de ella ya interviene en la vida cotidiana de tal manera que su circulación sanguínea puede ser afectada. La vergüenza nos hace sonrojar, el miedo nos hace palidecer. Nuestra vida emocional interviene incluso en la actividad del corazón. También esta fuerza puede ser retenida en lo emocional si la persona practica la concentración, la meditación y la contemplación de manera adecuada, de modo que lo que se manifiesta en la circulación sanguínea permanezca en el plano mental-emocional. Si conecta sus impulsos de voluntad con esas fuerzas, por ejemplo, cuando medita en la frase:

En la brillante luz vive la sabiduría que fluye, y quien la siente así: quiero moverme a través del tiempo de manera que participe en el proceso de luz que fluye -, entonces desprende una parte de esa fuerza que en la vida material diaria se expresa en el movimiento de la sangre, en el movimiento de la mano, en el gesto, en el caminar y la dirige hacia lo espiritual. Exteriormente, la meditación debe realizarse con la inmovilidad de los miembros como ocurre generalmente solo cuando dormimos. Cuando uno se desprende de estas fuerzas, entonces se vuelve capaz de captar lo que funciona fuera de la Tierra como vida anímico-espiritual. Se llega a conocer la Tierra como una reencarnación de un ser espiritual, así como se reconocía el alma humana como reencarnada de vidas anteriores.

Así es como el ser humano se eleva en el cosmos, así es como experimenta su conexión con lo anímico-espiritual que nos rodea, al igual que el aire nos rodea físicamente. Así crecemos en el mundo espiritual, no solo resolviendo teóricamente las cuestiones de la vida, sino viviendo la solución. - Entonces lo que la ciencia espiritual ofrece no es teoría, se convierte en el elixir de la vida, entonces fluye en nuestra vida interior, como la fuerza de vapor fluye en una máquina. Lo mismo que la ciencia natural interviene en la vida exterior y celebra triunfo tras triunfo, así la ciencia espiritual intervendrá en la vida interior del ser humano, dándonos fuerza y seguridad vital. Esto no permanecerá como teoría, sino que acercará la solución de las preguntas de la vida a cada paso, mientras el ser humano toma conciencia de lo que tiene en su interior, tal como tiene el aire en sus pulmones. Entonces sabrá que tiene un alma dentro de sí, algo que va de vida en vida. No se aprende sobre la inmortalidad solo en teoría, sino viviéndola en uno mismo, así como se puede experimentar la futura planta en la semilla que la genera. Sí, la ciencia espiritual nos muestra el núcleo espiritual vivo ya ahora, aprendemos a experimentarlo, y es ese núcleo quien construye la siguiente vida. La inmortalidad se comprende al poder experimentarla de tal manera que garantiza la continuación de la vida. Reconoceremos que hay algo después de esta vida y algo antes de esta vida. Aprenderemos a reconocer un estado originalmente espiritual del que hemos surgido. Aprenderemos a reconocer que, mientras tengamos en nosotros el nivel actual de imperfección, debemos seguir desarrollándonos y que pasaremos con la Tierra a un estado anímico-espiritual al que ella también llegará al final de nuestras vidas terrenales. Sabremos que debemos experimentar nuestras culpas en esta vida y en vidas futuras como imperfecciones, hasta que aprendamos a reconocer que nuestras vidas se enlazan entre sí, como los eslabones de una cadena que se conectan uno con otro. Aprenderemos a reconocer la inmortalidad en nuestra propia alma. Y así, la ciencia espiritual introduce en nosotros lo que el ser humano necesita en el presente para resolver las preguntas de la vida y el misterio de la muerte.

Si se echa un vistazo al tiempo presente, ve uno claramente que, aunque por un lado existe la necesidad de todo lo que las ciencias del espíritu pueden ofrecer, por otro lado se le presentan los prejuicios más amargos, justo cuando surgen preguntas sobre todo lo que las ciencias del espíritu deben ser.

Tomemos solo un ejemplo. Hoy en día, normalmente se juzga según razones externas. Hay un profesor de filosofía muy famoso. Cuando habla del alma, se encuentran en él las siguientes palabras, y innumerables estudiantes llevan esas palabras al mundo como la máxima sabiduría. Frente a este hecho, no debería sorprendernos los prejuicios contra las ciencias del espíritu. Se dice que la suma de nuestras experiencias, de nuestra imaginación, sentimientos y voluntades, tal como se unen en la conciencia hasta formar una unidad, es el alma, que en un nivel de perfección se eleva a una voluntad moral. - Por supuesto, quien da tales definiciones del alma no puede llegar a otro resultado que no sea que el alma se disuelve al morir. El niño ya debe aprender en la escuela que no se pueden sumar manzanas, peras y ciruelas; y: «Si el primero y el segundo no existieron, el tercero y el cuarto nunca existirán». - Pero, ¿qué piensa el filósofo? Para él, se habla de una suma de imaginación, sentimientos y voluntad, y - ¡curiosamente! - esta suma puede convertirse en lo que llaman sentimientos y voluntad morales. - Un milagro así se presenta sin reflexión: las experiencias individuales se unen en una suma, en una unidad, y después de haberse formado en la suma, [se convierten en sentimientos y voluntad morales]. Ya el niño aprende en la escuela que no se puede formar una suma a partir de diferentes unidades.

De ahí es de donde provienen las objeciones contra las ciencias del espíritu. Pero allí donde se mide por la vida, se encuentran soluciones en la misma vida, que se pueden comprender y cuya comprensibilidad puede sanar el alma. La ciencia del espíritu se puede medir por su desarrollo en relación con la propia vida. La vida responde a las preguntas así como, finalmente, también se responden las preguntas de la ciencia natural. Un invento científico es un mero producto de la imaginación mientras la vida no lo demuestre como correcto. Se prueba a sí mismo diciendo: Sí, si los hechos resultan ser correctos en la vida, entonces puedo revelarme a ti. Y esto también se aplica a la ciencia del espíritu.

Cuando el ser humano pase por la puerta de la muerte, allá
se alcanza, en un mundo puramente espiritual, lo que aquí ya se ha preparado, es decir: la semilla para una nueva vida. Entonces, en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, se muestra la vida entre el nacimiento y la muerte, como una forma de transformación de una nueva vida del alma.

Vayamos a un investigador del alma profundamente moderno para leer algo sobre la muerte, esa muerte que para la ciencia del espíritu es solo otro estado de conciencia. Escuchemos a Bartholomäus von Carneri hablar de la muerte; al querer describirla, dice: La vida fue una lucha, el hombre se ha cansado de esta lucha, y la muerte es más benéfica cuando, después del duro trabajo de la vida, se manifiesta como un sueño que ningún dios puede perturbar. - Sí, aquí se puede atrapar, por así decirlo como en un lazo, esta descripción, que ha quedado inconscientemente atrapada en ideas imposibles. Alguien que justamente quiere demostrar la finalización de la vida del alma humana, habla de que es más benéfico cuando tiene un sueño que ningún dios puede perturbar. Me gustaría saber qué mecánico dice, cuando su máquina está agotada: la dejo a dormir. Ahí se nota cómo se enredan los que todavía no quieren adentrarse en la investigación espiritual.

Otros reconocen [la existencia de un alma], como aquel estadounidense, que en realidad era químico, dijo en un discurso que dio en 1909: Cada persona debe sentirse como un alma independiente. - Sí, hasta ese punto han llegado los naturalistas, los que no se ponen palos en las ruedas de su propio carro, los que se rodean de un juicio imparcial: Detrás de lo corporal hay algo espiritual. Hoy ya se permite hablar en general de alma, de espíritu, que están más allá del mundo sensorial. Pero uno es considerado un soñador, un fantasioso, o incluso algo peor, -si no se limita a decir: Espíritu, espíritu, espíritu es todo. En efecto, si uno dice, así como en el mundo animal y vegetal se encuentran entidades, también existen jerarquías espirituales que están por encima del ser humano -, entonces eso se considera fantasioso. Es algo así como si en el ámbito de la ciencia natural solo se pudiera decir: Estás en un jardín lleno de rosas y en un campo hay lirios, y todo es naturaleza, naturaleza, naturaleza -, y no se permitiera conocer las plantas individuales. Así, en la ciencia espiritual solo se permite hablar de espíritu; pero no se puede hablar de entidades individuales. Siempre se debe decir: Espíritu, espíritu, espíritu.

Pero cuando la humanidad poco a poco entienda y se dé cuenta de cómo la investigación espiritual realmente se integra en la vida espiritual del presente, entonces sabrá: esto es como pasó con la ciencia natural cuando aparecieron Galileo, Copérnico y Kepler. En ese entonces la gente decía: la percepción humana ha demostrado con seguridad que la Tierra está quieta y el Sol gira a su alrededor, y en contra de todo parecer, ellos afirman que la Tierra se mueve alrededor del Sol - así que un disparate. - Pero aunque Copérnico fue atacado por sus enemigos y llamado fraude, su enseñanza fue aceptada más tarde.

Hoy el mundo no ha cambiado mucho en cuanto a lo que se dice en contra de las ciencias del espíritu, que ponen la realidad espiritual en lugar del materialismo científico. Hoy la investigación espiritual muestra lo que se puede ofrecer a través de sus conocimientos. Resuelve preguntas sobre la vida y también sobre la muerte. Sin embargo, se le contrapone lo que se leyó al comienzo de esta conferencia [de los dos escritos]. Quienes hoy se enfrentan a las ciencias del espíritu de la misma manera que en su tiempo aquellos que consideraban la cosmovisión de Copérnico-Galileo-Kepler como herejía, pasarán mucho tiempo "demostrando" que la comprensión de la vida humana solo puede ir de la cuna a la tumba. Pero el curso de los tiempos es diferente, y el curso del espíritu que recorre el mundo será tal que la humanidad tendrá que reconocer que experimentará lo mismo que experimentó con Giordano Bruno en relación con los límites exteriores del espacio. La gente consideraba [el firmamento visible] como el límite del espacio que delimitaba el mundo.

Giordano Bruno demostró que este límite solo existía debido a la capacidad de conocimiento humano [limitada] de la época. Hoy, las ciencias del espíritu muestran que el firmamento temporal, [el límite de la vida humana entre el nacimiento y la muerte], debe ser barrido. Y así como Giordano Bruno amplió los límites del firmamento, las ciencias del espíritu mostrarán la temporalidad infinita [de la vida humana], la posibilidad infinita de transformación de la vida, [de modo que las personas] a través del autoconocimiento reconocerán verdaderamente la acción en su eternidad.

Puede que en escritos populares se hable de fábulas y profecías, pero quien reconozca el desarrollo dirá: Que la gente diga lo que quiera, por más que condenen la investigación espiritual y la ciencia espiritual. El curso del tiempo mostrará que en la investigación espiritual no se trata de una secta, así como en la investigación de la naturaleza no se trata de una secta. Y sobre aquellos que no quieren en absoluto conectarse con los avances en el campo de la verdad, se puede decir: sobre ellos pasará el genio de la humanidad, y se reconocerá que la ciencia espiritual no es una secta, sino que desde la ciencia espiritual se habla de los verdaderos enigmas de la vida a partir de un conocimiento profundo, y que sus conocimientos —al igual que los conocimientos de Copérnico, Galileo, Kepler— deben ser entregados a la humanidad para el bienestar del desarrollo humano.

Traducido por J.Luelmo - ago 2026-