GA069b Munich, 13 de febrero de 1911 - Moisés, su enseñanza y su misión

  Índice


CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Moisés, su enseñanza y su misión

Munich, 13 de febrero de 1911


¡Estimados asistentes! Cuando hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar aquí sobre la figura de Zaratustra, se trataba de mostrar la importancia que tiene una personalidad tan destacada para la vida espiritual general de la humanidad. Podemos decir que sentimos esta importancia de manera especial en una figura cuyos efectos siguen teniendo tanta relevancia en el presente inmediato, como es el caso de Moisés. Porque ¿quién negaría que gran parte de nuestra vida emocional y mental, gran parte también de lo que nuestros pensamientos influyen en las instituciones y las condiciones de nuestro entorno, sigue estando profundamente influenciada por las repercusiones de aquellos hechos en la evolución de la humanidad que se asocian al nombre de Moisés? Aunque nos remontemos casi mil quinientos años antes del inicio del cristianismo, podemos decir que las repercusiones de este hecho se sienten hasta en lo más profundo de nuestra alma. Por lo tanto, debe ser de gran interés para nosotros comprender lo que significa precisamente esta misión, esta enseñanza de Moisés, en la evolución de toda la humanidad. 

Ahora bien, no es fácil hablar precisamente de la figura de Moisés. Por un lado, no es como la figura de Zaratustra o Zoroastro, cuyos contornos históricos se nos escapan y de los que apenas podemos indicar rasgos característicos a partir de documentos externos; más bien, la personalidad de Moisés se perfila con nitidez y viveza ante el hombre moderno a partir de los documentos bíblicos del Antiguo Testamento. Por otro lado, sin embargo, tampoco se puede negar que, en el círculo más amplio, precisamente entre aquellos que se dedican a la llamada investigación bíblica crítica, surgen todo tipo de dudas sobre esta descripción de la personalidad de Moisés , dudas que, en algunos casos, no solo cuestionan lo que nos cuenta la Biblia sobre la figura de Moisés, sino que llegan incluso a poner en duda la propia existencia de Moisés.

Ahora bien, otras descripciones nos han mostrado en numerosas ocasiones que con un enfoque verdaderamente científico-espiritual de los documentos religiosos, se demuestra que no debemos descartar tan fácilmente lo que dicen estos documentos, ya que precisamente la investigación más detallada ha demostrado a menudo que la información de los antiguos documentos religiosos es mucho más correcta de lo que a veces se cree. Pero precisamente cuando nos atenemos a la imagen que nos da la Biblia de la figura de Moisés, resulta difícil elaborar esta figura desde el punto de vista científico-espiritual, difícil porque hay que comprender la forma en que se habla precisamente en aquellas partes de la Biblia en las que se menciona a Moisés. Estas descripciones son muy peculiares; son tales que podemos caracterizarlas en pocas palabras de la siguiente manera.

En las partes del Antiguo Testamento, la Biblia entrelaza continuamente acontecimientos externos y físicos, hechos externos que alguna vez tuvieron lugar históricamente ante los ojos de los hombres, con descripciones simbólicas; sin que se pueda reconocer de manera inmediata y fácil la transición, los hechos históricos externos se transforman en descripciones simbólicas de procesos internos del alma. En la Biblia, por ejemplo, se nos puede presentar a algún personaje que emprende tal o cual viaje, hace esto o aquello, y cuando la descripción continúa, parece como si lo que se describe a continuación fueran también procesos externos, mientras que en realidad las descripciones de estos procesos se utilizan ahora para representar conflictos internos del alma, desarrollos internos del alma, etapas del alma. La descripción de los acontecimientos externos solo sirve, en ciertas partes, para ilustrar los procesos internos del alma. Como ya se ha dicho, en la descripción bíblica no siempre es fácil reconocer la transición de uno a otro. Solo el ritmo de comprensión que se puede obtener a partir de los fundamentos de las ciencias espirituales nos da la posibilidad de reconocerlo: Aquí, en una descripción bíblica, la voluntad deja de describir acontecimientos puramente externos y físicos, y comienza una secuencia de acciones simbólicas que nos indican que la personalidad, que hasta entonces había hecho esto o aquello externamente, ahora está experimentando un desarrollo del alma; asciende de un nivel a otro y se apropia de esto o aquello en la vida del alma. Sin embargo, no se describe la vida del alma, sino que se dan símbolos.

Esto llevó incluso a que un gran escritor teológico-filosófico que vivió en la época de los orígenes del cristianismo, Filón de Alejandría, considerara, basándose en su opinión, que todos los acontecimientos que se describen en las partes más antiguas del Antiguo Testamento no eran más que símbolos de los procesos espirituales [del pueblo hebreo]. Sin embargo, esta opinión va demasiado lejos, ya que no tiene en cuenta que en la descripción bíblica se mezclan acontecimientos externos con procesos internos del alma. Hoy nos esforzaremos por presentar la imagen de Moisés que se desprende de la Biblia, de tal manera que se puedan distinguir cada vez más los dos tipos de descripciones.

Para conocer la personalidad de Moisés, hay que tener en cuenta toda la cultura de la que surgió la acción de Moisés. Y aquí me corresponde caracterizar primero, con unos pocos trazos, la cultura del antiguo Egipto desde el punto de vista de las ciencias espirituales, esa cultura de la que, en lo que respecta a los acontecimientos externos, surgió lo que podemos llamar la misión de Moisés. Ahora bien, solo se puede comprender la evolución de esta cultura del antiguo Egipto y el surgimiento de la acción de Moisés [a partir de esta cultura] si se conocen dos importantes leyes espirituales, y estas dos leyes espirituales deben ser, ante todo, la base de nuestra reflexión. Una de estas leyes ya se ha mencionado aquí en varias ocasiones.  Es un hecho que toda la forma, toda la configuración de la conciencia humana y del estado del alma humana no siempre ha sido como es ahora, sino que a lo largo de los milenios de desarrollo humano, ha cambiado considerablemente. Ya sabemos, —y aquí solo lo mencionaremos brevemente—, que cuanto más retrocedemos en la evolución humana, más encontramos en el ser humano un estado anímico diferente, un tipo de conciencia diferente al que hoy consideramos normal.

Allí donde lo prehistórico da paso a lo histórico, es decir, en aquellos tiempos de los que tenemos documentos de carácter histórico, es allí donde el antiguo estado de ánimo da paso al nuevo. De ahí que los seres humanos de hoy en día sean tan incapaces de concebir que la palabra «desarrollo», que hoy en día ejerce tal poder mágico sobre las personas en lo que respecta a su forma externa, debe aplicarse sobre todo al curso de la vida del alma humana en su devenir. Y cuanto más retrocedemos, más encontramos que la forma en que hoy vemos las cosas, que captamos con nuestros sentidos y relacionamos con la mente ordinaria ligada al cerebro físico, que esta forma de ver las cosas, en la que solo podemos alternar nuestra conciencia despierta con la conciencia dormida, interrumpida como mucho por sueños irregulares, no siempre ha existido, sino que esta forma de conciencia se ha desarrollado gradualmente.

Cuanto más retrocedemos en el tiempo, más nos acercamos a otra forma de conciencia humana. Es cierto que, a lo largo de los milenios de los que hablamos hoy, ya se había ido preparando lo que hoy llamamos nuestra conciencia despierta y dormida; pero en aquellos tiempos antiguos, que se remontan a los orígenes más remotos de la cultura egipcia y de los que la historia externa no sabe mucho, existía una especie de antigua conciencia clarividente, una especie de conciencia pictórica. Era una conciencia que se imponía como un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, como un tercer estado de conciencia. La conciencia despierta, tal y como es hoy en día y tal y como subyace a nuestra visión actual del mundo, se preparó en sus inicios, y también nuestra «inconsciencia dormida» ya existía en esencia.  Pero los seres humanos tenían aún una tercera forma de conciencia, que no estaba impregnada de aquellos pensamientos, conceptos e ideas con los que hoy nos informamos sobre el entorno. Estaba llena de imágenes, de las cuales los símbolos de los sueños actuales son un atavismo. Pero en estas imágenes, que surgían y desaparecían, no había nada arbitrario, sino que estas imágenes se referían claramente a hechos y entidades suprasensibles que se encuentran detrás de nuestro mundo sensorial, de modo que el ser humano, en este estado de antigua clarividencia, alcanzaba el mundo espiritual, el mundo suprasensible, y a partir de la experiencia inmediata, de la antigua conciencia clarividente onírica, tenía conocimiento de lo que ocurre en el mundo espiritual.

El desarrollo de la humanidad consiste en que una fuerza del alma se desarrolla siempre a expensas de otra. Nuestra intelectualidad actual, la forma en que conectamos los objetos externos que nos proporcionan nuestros sentidos a través de nuestros conceptos e ideas, solo pudo desarrollarse cuando la conciencia clarividente se oscureció, descendiendo a un subconsciente indefinido del ser humano y transformándose en el estado actual del alma. Este se volverá a conectar más adelante con un cierto tipo de conciencia clarividente, que entonces estará impregnada de nuestra intelectualidad, mientras que en la antigua conciencia clarividente faltaba precisamente el elemento intelectual.

Ahora debemos familiarizarnos además con el hecho de que esta antigua conciencia tenía que adoptar las formas más diversas. Y para que esto fuera posible, cada uno de los pueblos antiguos, de acuerdo con su disposición natural, estaba llamado a desarrollar esta antigua conciencia de una manera muy concreta. Se puede decir formalmente que cada pueblo tenía la misión de desarrollar la conciencia de una manera muy concreta. El pueblo egipcio, por ejemplo, cuya antigua sabiduría sagrada, que constituye la base de la escritura egipcia antigua y que aún hoy podemos admirar, fue el que recibió su sabiduría en tiempos inmemoriales de sus guías a través de una conciencia clarividente, es decir, mediante la contemplación directa de los mundos espirituales. Y desde los tiempos más antiguos, la tradición se transmitió hasta los tiempos posteriores del pueblo egipcio. Lo que encontramos de estos tiempos posteriores como representaciones históricas es, en esencia, el eco de lo que los guías del pueblo egipcio vieron clarividentemente en los mundos espirituales en tiempos antiguos.

Ahora bien, debemos tener claro, —y este es el otro hecho que se va a exponer hoy desde los fundamentos de las ciencias espirituales—, que para cada estado del alma humano, para cada forma de ver las cosas en el entorno, existe una época determinada, y cuando esta ha pasado, otro estado del alma debe sustituir al antiguo. Un pueblo que, más allá de ese momento concreto en el que un antiguo estado de ánimo debe ser sustituido por uno nuevo, mantuviera el antiguo, ese pueblo tendría que enfrentarse a la decadencia de sus fuerzas espirituales, a la decadencia. Y lo vemos, porque ¿por qué se encaminan los pueblos hacia la decadencia? Porque, por así decirlo, desde sus orígenes han recibido una determinada disposición anímica y ahora, por un cierto elemento conservador, quieren mantenerla. Pero la evolución del mundo dice: ¡Hasta aquí [con la antigua disposición anímica], y ahora debe entrar una nueva! Los pueblos pueden conservar la antigua, pero entonces decaen, porque ha llegado el tiempo de una nueva disposición anímica.

Sin embargo, mientras Egipto seguía su curso, llegó una nueva era. El reloj de la antigua cultura clarividente se había detenido y, dentro de esta cultura de los pueblos antiguos, debía surgir una cultura intelectual orientada al entendimiento, a la razón en el sentido común, a la combinación intelectual y a la comprensión de las cosas del mundo exterior. Esta cultura intelectual, este tipo de disposición del alma, se extiende hasta nuestros días. Nosotros mismos tenemos la peculiaridad de llevar aún en nuestra alma lo que entonces tuvo que introducirse en el curso de la cultura egipcia, es decir, lo que tenemos como nuestra intelectualidad, como nuestra forma de ver las cosas. Lo que en aquel entonces tuvo que sustituir a la antigua cultura egipcia llega hasta nosotros. Para llevar [al ser humano] la comprensión intelectual del entorno, en contraposición a la antigua cultura clarividente, fue elegida la personalidad de Moisés. Por eso no es de extrañar que la obra de Moisés llegue hasta nosotros, que sus ramificaciones se adentren en nuestras almas. Debido a que con ello se hizo fructífera precisamente aquella disposición del alma humana a la que nosotros mismos aún pertenecemos, todavía nos sentimos de alguna manera emparentados con la hazaña de Moisés. Moisés fue introducido en el pueblo egipcio y debía fundar, a partir de la cultura egipcia, la cultura moderna del entendimiento en su base más elemental. Él fundó lo nuevo, a lo que se ajustaba el reloj del mundo, y la antigua cultura egipcia quedó superada y tuvo que decaer. Pero él llevó lo que tenía que dar al pueblo al que pertenecía, al que sacó del contexto de la cultura egipcia y en el que debía desarrollarse la semilla de la cultura intelectual de la humanidad.

 A las personas llamadas a reconocer cómo actua el reloj del mundo se las describe siempre con algún acontecimiento relacionado con su nacimiento que tiene un significado simbólico para el desarrollo de su alma. La historia bíblica cuenta que Moisés fue encontrado por la hija del faraón en la famosa cesta en la que había sido depositado. [Que realmente sucediese así], no es necesario discutirlo aquí. Esta descripción simplemente nos indica que Moisés poseía unas facultades innatas que le permitían aportar al mundo algo completamente nuevo, un tipo de constitución del alma totalmente novedoso. Por eso había que mostrar simbólicamente que esta alma, en la que estaba el germen de algo nuevo, debía permanecer primero durante un tiempo sin ninguna influencia del entorno, encerrada en sí misma, y luego ser colocada en aquel entorno del que debía surgir lo nuevo. Y aquí se nos describen hechos que pertenecen al ámbito que he caracterizado, en el que la historia bíblica nos cuenta lo que realmente sucedió físicamente en el mundo exterior, [ese ámbito] en el que se pueden ver [los acontecimientos] con los ojos y seguir históricamente.

Se nos llama la atención sobre cómo Moisés, debido a un acto que ha cometido, se ve obligado a huir. Huye a Madián, donde se encuentra con un sacerdote, el sacerdote Jethro. Y en esta transición de los acontecimientos puramente externos que se nos presentan, —el asesinato del egipcio y la huida de Moisés—, se nos lleva suavemente a un acontecimiento que parece una continuación física de los hechos, pero que no es más que una representación simbólica de los procesos que Moisés [internamente] y que solo puede superar acercándose a un sacerdote, portador de la sabiduría cósmica más completa. Esto se nos insinúa y resulta bastante claro para aquellos que saben leer las imágenes, que se utilizan una y otra vez de la misma manera.

Se nos dice que Moisés, cuando se refugió con el sacerdote Jetro, se encontró primero con un pozo. El pozo siempre simboliza la fuente de la sabiduría, la fuente de la cultura humana, de los elementos de formación espiritual que uno encuentra. Y luego se nos lleva por un camino muy extraño. Se nos muestra cómo Moisés encuentra a las siete hijas de Jetro, quien también es llamado Reguel con otro nombre. Se nos indica que era un sacerdote de la deidad que estaba por encima de todos los demás dioses en aquella antigüedad, al decirnos, a través de su nombre, que pertenecía a esta deidad suprema. Esto siempre se insinúa mediante la terminación «-el», como en Gabri-el, Micha-el, que «pertenecen al Dios supremo». Jetro-Reguel era, pues, un sacerdote del Dios supremo. Y se nos dice, al insinuarse los procesos del alma mediante símbolos, que Moisés debía entrar en contacto con un sacerdote que pudiera infundir una sabiduría poderosa en el alma de Moisés. Fue tal sabiduría la que hizo que su alma se llenara de luz y fuerza, para que pudiera cumplir su misión de introducir un nuevo estado de ánimo en la humanidad.

Ahora bien, en la antigua enseñanza sobre el alma se pensaba de manera algo diferente a como se piensa hoy en día, y debemos tener claro cómo se pensaba realmente en la antigua ciencia del alma. Hoy en día hablamos del alma del ser humano más o menos como de algo unitario, y eso es correcto para nuestra época. Hablamos de que el pensar, el sentir y la voluntad son fuerzas que viven en nuestra alma, y sabemos incluso que, si estas tres fuerzas no están en armonía en nuestra alma, la salud de esta se ve afectada. Y esto se debe a que nuestra alma ha evolucionado de lo que era antes a lo que es hoy. En la antigüedad, los sabios decían que en el alma del ser humano vivían diferentes ámbitos, y enumeraban siete de ellos. Al igual que hoy enumeramos los tres ámbitos del pensar, el sentir y la voluntad, ellos enumeraban siete ámbitos diferentes del alma, pero no se imaginaban el alma como una unidad.

Podemos imaginar las ideas de aquellos antiguos sabios más o menos así. Supongamos que el alma del ser humano no se sintiera hoy como una unidad, sino que se dijera: en mí viven el pensar, el sentir y la voluntad, pero en el pensar se introduce desde el cosmos una corriente espiritual especial que solo está relacionada con el pensar del ser humano; en el sentir se interpone otra corriente y en la voluntad, otra diferente. Y estas fuerzas no se mantendrían unidas por el poder del yo actual, sino por la intervención, por así decirlo, de entidades espirituales divinas externas que armonizan nuestra vida anímica. Por lo tanto, no seríamos nosotros mismos quienes uniríamos armoniosamente los miembros de la vida anímica, sino que serían fuerzas externas las que se irrumpirían desde las vastedades cósmicas. Los antiguos sabios asumieron siete fuerzas de este tipo, y estas siete fuerzas se irrumpían, por así decirlo, de forma independiente en el alma. Lo que se captaba con esta sabiduría era el fluir de siete fuerzas que, por así decirlo, atravesaban el mundo y se derramaban en las siete esferas del alma del ser humano. Y lo que fluía como fuerzas del alma se representaba en la imagen de las siete hijas del portador de la sabiduría universal.

Esto es algo que aún resuena en todas las concepciones místicas posteriores, que imaginaban lo que fluía hacia el alma como sabiduría, luz del alma o impulsos de la voluntad, como algo femenino: esto también resuena en el Fausto de Goethe, donde se dice: «Lo eternamente femenino nos atrae hacia arriba», lo cual no debe interpretarse de manera frívola. Y cuando se nos dice que Moisés se encontró con las siete hijas de Jethro junto al pozo, eso significa que de Jethro emanaban los siete rayos de la sabiduría y se derramaban en el alma de Moisés, separados entre sí, tal y como se concebía en la antigua ciencia del alma. En aquellos tiempos antiguos, se concebía la sabiduría, las fuerzas espirituales inspiradoras del mundo, de forma personal, concreta, no abstracta, como ocurre hoy en día.

Cuando analizamos a Zaratustra, vimos cómo lo que fluye hacia el ser humano es concebido por Zaratustra como fuerzas del universo concretas, como los Amshaspands y los Izeds o Izards. Y ahí vemos el progreso en el pensamiento de la humanidad: lo que se imaginaba en la espiritualidad viva como algo que influía en el alma humana con carácter personal, ya se desvanece, por ejemplo, en las ideas platónicas. Las siete fuerzas inspiradoras diferentes del alma se nos representan gráficamente en las siete hijas del sumo sacerdote, a las que Moisés encuentra junto al pozo. Y el hecho de que esté llamado a desarrollar una de estas fuerzas para cumplir su misión especial en la humanidad se insinúa con el hecho de que se casa con una de las siete hijas de Jethro. Y veremos cuál de las siete fuerzas fundamentales corresponde precisamente a la misión de Moisés. Podemos seguir rastreando estas siete fuerzas del alma a lo largo de toda la Edad Media, porque lo que encontramos en las llamadas siete artes liberales como animadoras del alma humana son las abstracciones descoloridas de las siete antiguas fuentes espirituales.

Estas siete fuentes espirituales, que debían fluir en el alma de cada individuo, estaban concebidas de tal manera que una se refería más a lo que era la comprensión sabia del mundo, —por supuesto, a la sabiduría clarividente—, otra fuerza espiritual se refería más a lo que es la comprensión amorosa de los hechos y las entidades, una tercera se refería más a los impulsos de la voluntad, una cuarta a la memoria, y así sucesivamente. A Moisés le correspondía ahora incorporar una de estas siete fuerzas espirituales a su misión especial y sustituir con ella lo que antes había dominado a la humanidad proveniente de la fuente total de la sabiduría que impregnaba el mundo. Esta fuerza espiritual es la intelectualidad, es la comprensión y el conocimiento del mundo que ya no depende de la clarividencia, sino de las fuerzas del entendimiento externo.

Ahora hay que crear una transición en todas partes. Lo antiguo no puede transformarse sin más en lo nuevo. Moisés fue llamado a sustituir la antigua sabiduría clarividente, que aún estaba muy presente en Egipto y que en su época ya había caído en decadencia, por la nueva intelectualidad, la visión racional de las cosas. Sin embargo, él mismo tuvo que desarrollar la nueva forma a partir de una cierta clarividencia que aún le había sido concedida como por gracia. Al ver las cosas según la antigua forma de clarividencia, pero viéndolas como las ve la nueva intelectualidad, Moisés creó, por así decirlo, un puente entre la antigua clarividencia y la nueva intelectualidad de la humanidad, libre de clarividencia.

¿A qué está ligada esta nueva intelectualidad? Está ligada al centro de nuestro ser espiritual, al que nos referimos con la simple palabra «yo». Al atribuir conscientemente el ser al centro de nuestro ser espiritual, delimitamos el ámbito de nuestra conciencia como el ámbito de la intelectualidad, ese ámbito en el que se crean la razón y el entendimiento, el concepto y la idea. Si se quiere delimitar este ámbito, hay que tener claro que solo se mantiene unido en sí mismo porque lo mantiene unido el yo unitario.

¿Cuál fue entonces la tarea encomendada a Moisés? Pues bien, Moisés tenía ante sí una tarea infinitamente importante, así se podría expresar si se quisiera describir con palabras la experiencia de Moisés. Moisés podía decirse a sí mismo: los dioses han influido en el alma humana a través de sus diversos poderes, y cuando los hombres de la antigüedad veían esto o aquello en su clarividencia, cuando sentían esto o aquello en el mundo exterior, siempre hablaban de los dioses que vivían fuera, en el cosmos. Pero para la intelectualidad, para esa comprensión del mundo exterior que está ligada al centro humano más profundo, el dios debe entrar en lo más íntimo del centro humano, debe conectarse con este yo. Y hay que reconocer a un dios que no solo se ve en las nubes, en las estrellas, sino del que hay que decir: actúa en las nubes, esa es la fuerza de las nubes; pero cuando entra en el alma, provoca lo que esta alma humana experimenta en sí misma.

No solo se podía decir esto de los dioses externos, sino también lo siguiente: A partir de ahora debe desarrollarse en la humanidad una fuerza espiritual que solo puede desarrollarse mediante el poder de un Dios que tiene su ser en el yo del ser humano. Este Dios, que debía entrar en el ser más íntimo del ser humano, en su yo, se apareció a la conciencia clarividente de Moisés por inspiración del sacerdote. Y a través de la clarividencia, Moisés vio al Dios, es decir, a través de lo que aún podía despertarse en él en cuanto a fuerza clarividente, lo que se nos sugiere mediante la imagen de la zarza ardiente. Tal y como se describe, cualquiera que comprenda estas cosas reconoce que se trata de una visión astral-clarividente de una realidad. El nuevo Dios, que debía tener su ser en el yo, apareció en la zarza ardiente. Y Moisés le preguntó a este Dios: Si ahora debo guiar a mi pueblo en tu nombre, ¿qué debo decir, quién me ha enviado? Pueden leerlo ustedes mismos en la Biblia, aunque las traducciones de la Biblia sean por lo demás muy deficientes, en este caso son correctas. A la pregunta: ¿Quién te ha enviado? Moisés recibe la respuesta: «Di a tu pueblo que te ha enviado el «Yo soy»». Y eso significa: te ha enviado aquel poder divino que en el centro más íntimo del ser humano aviva la posibilidad de que el ser humano pueda decir «Yo soy» en ese centro más íntimo, es decir, que se atribuya a sí mismo su existencia, que experimente su propia existencia: «Yo soy el que soy».

Eso fue lo que Moisés presintió con clarividencia: la intelectualidad de la humanidad. Con ello se encontraba en un punto en el que la antigua cultura debía dar paso a una cultura completamente nueva en lo que respecta a la condición del alma humana. Era una transición sobre un abismo de la cultura humana, como si las fuerzas cósmicas hubieran dicho: en el futuro debe reinar la intelectualidad, y aquellos que quieran continuar con lo antiguo se encaminarán hacia la decadencia. Debemos cruzar este abismo. Así se lo habría dicho Moisés a su alma. Y así lo sintieron los sucesores de Moisés, que la transición sobre un abismo cósmico había sido superada. Por eso, los seguidores de Moisés celebraron la Pascua, la fiesta de la transición sobre un abismo cósmico, en memoria de este acto de Moisés. Oh, estas antiguas fiestas, que hoy en día se suelen celebrar de forma tan trivial, se refieren a los grandes misterios de la existencia del mundo. Cuando Moisés, dotado del poder para milenios, llegó a la corte del faraón, ¿qué extraña que este faraón, surgido de la antigua cultura helénica de Egipto, no pudiera comprender los signos que Moisés desplegó ante él?

No podemos entrar ahora en los detalles de los malentendidos que se produjeron entre Moisés y el faraón. Son todas imágenes que nos muestran lo siguiente: el faraón hablaba desde una antigua cultura clarividente y desde una condición del alma que aún provenía de esa cultura clarividente. De ahí surgió también la antigua escritura pictográfica. Todo lo que los egipcios podían comprender del curso de los fenómenos naturales surgió de ahí. Moisés, sin embargo, desarrolló una comprensión de los fenómenos del mundo, una combinación de hechos, tal y como surgió de la intelectualidad moderna. Por supuesto, esto les parecía un milagro, un acontecimiento maravilloso a aquellos que aún permanecían en la antigua conciencia clarividente, porque, al igual que el ser humano de hoy en día no puede imaginar que las cosas sucedan de otra manera que como él se las imagina, los antiguos civilizados no podían imaginar que las cosas sucedieran como las concibe el ser humano moderno. Así, el concepto de milagro simplemente se invirtió.

Y sabemos, tal y como nos lo presenta la Biblia, que Moisés realmente logró, gracias a su gran fuerza, que provenía de una inspiración del alma, sacar de Egipto a este pueblo que, por así decirlo, le pertenecía por sangre, pero de tal manera que después, separado de la cultura egipcia, pudiera desarrollar la cultura intelectualista. Por eso, de esta misión de Moisés surge todo lo que podemos llamar el pensar, que se basa en una unidad, —la unidad de Yahvé—, y que puede penetrar el mundo con la razón, con conceptos e ideas. Esa fue la misión del antiguo pueblo hebreo: impregnar la cultura humana con la razón, con el intelectualismo, con conceptos e ideas. Y quien quiera ver las cosas tal como son, comprenderá que hasta hoy ha surtido efecto esta peculiar misión del antiguo pueblo hebreo y que esta singular cultura intelectual solo podía surgir de una fuente así.

¿Cómo se comportaban aquellos para quienes Moisés era una fuente de inspiración frente a los que aún procedían de la antigua cultura clarividente? ¿Cómo se comportaban los seguidores de Moisés, a quienes él sacó de Egipto, frente a los egipcios? Para ello debemos familiarizarnos con algunas peculiaridades de la disposición anímica que tenían las personas que estaban bajo la influencia de la antigua cultura clarividente y que quizá aún hoy siguen estándolo. Siempre hay rezagados, y son aquellos cuya intelectualidad se ha quedado atrás. Para que nos quedemos claras ciertas fuerzas del alma, me gustaría recordarles primero, —aunque no quiero comparar lo humano con lo animal—, ciertas cosas de los animales. Se habla de actividad instintiva en los animales. No vamos a criticar más la palabra instinto; todo el mundo sabe lo que significa, es decir, esa acción y ese hacer elementales e inmediatos que encontramos en el reino animal y que se oponen a la acción humana [orientada a un objetivo]. En los seres humanos tenemos una acción reflexiva, en los animales las actividades provienen de los instintos. Cuanto más retrocedemos a la antigua condición clarividente, más instintiva se vuelve la acción para los seres humanos. Son guiados, impulsados a sus acciones; no se dan cuenta a priori en términos e ideas. En cada antigua condición del alma encontramos también una cierta acción instintiva.

Ahora les recuerdo algo que es más cierto de lo que se cree. Habrán oído relatos de que, por ejemplo, cuando se avecinan erupciones volcánicas, los animales se marchan antes y así evitan la catástrofe. Hay algo de verdad en estas descripciones: al igual que las aves siguen su instinto en lo que respecta al vuelo, los animales siguen un impulso misterioso cuando se producen erupciones volcánicas. Las personas, que ya han ascendido a la capacidad de razonar en términos e ideas, ya no pueden actuar de forma tan instintiva, sino que permanecen [y sucumben] a la catástrofe. Aunque estos relatos suelen ser exagerados, tienen algo de verdad, porque donde hay instinto, existe un vínculo más íntimo entre los fenómenos naturales y lo que se siente en el alma humana que cuando se actúa basándose en conceptos e ideas. Así cambió también el estado de ánimo de los pueblos antiguos; se volvió diferente en aquellos que pensaban intelectualmente.

Y así, los seguidores de Moisés se enfrentaban ahora a los antiguos egipcios: los egipcios, un pueblo antiguo, y los seguidores de Moisés, el nuevo pueblo. Y este último, por su propia naturaleza sanguínea, estaba predispuesto a combinar intelectualmente y racionalmente los fenómenos naturales, a pensar de forma racional. Sí, ahora hay que tener en cuenta que el tiempo de lo antiguo e instintivo en la constitución del alma había expirado. [Y cuando este tiempo expira], las [antiguas] fuerzas caen en decadencia, ya no sirven. En tiempos antiguos servían; entonces los seres humanos sentían instintivamente el curso de los fenómenos naturales y se adaptaban a ellos. Pero eso decayó en la época en que Moisés fue llamado para traer una cultura completamente nueva, y ya no era el tiempo para las antiguas fuerzas instintivas del alma. Y ahora pensemos que, frente a los fenómenos naturales, están, por un lado, Moisés y, por otro, los antiguos egipcios. Los antiguos egipcios no podían combinar racionalmente los fenómenos naturales.  

En la antigüedad, sentían instintivamente en su alma cuando el nivel del mar volvía a subir; existía un vínculo íntimo entre la vida del alma y los fenómenos naturales externos. El alma nunca habría dejado de sentir, de percibir, cuándo bajaba el nivel del mar, de modo que se podía cruzar por el suelo seco. Pero los viejos tiempos habían pasado. Los egipcios ya no tenían esos antiguos poderes instintivos, porque había llegado el momento de comprender intelectualmente la relación entre las cosas. Moisés fue llamado para ello. Ahora se encontraba frente al mar y, basándose en el curso de los fenómenos naturales, sabía cuándo bajaría el nivel del mar para poder cruzar con su pueblo. Gracias a su recién desarrollada intelectualidad, fue capaz de interpretar este momento de la naturaleza. En la antigüedad, los egipcios habrían sentido que ya no podían cruzar, pero aún no estaban maduros para el nuevo tipo de conocimiento; sucumbieron porque las fuerzas de su alma habían caído en la decadencia, en la ruina, en las olas. Así vemos a Moisés, que con su capacidad de combinación intelectual condujo a sus seguidores a través del mar retrocedido, y vemos a los egipcios sucumbir a las olas, porque solo con su antigua fuerza instintiva habrían podido sentir que el mar volvía a subir, pero ya no tenían esa fuerza instintiva.

Nos encontramos en la frontera entre la antigua y la nueva era, en el punto en el que la misión de Moisés se distingue claramente de la que tuvo el antiguo pueblo egipcio. En un momento así sentimos lo profundas y significativas que son las descripciones de los documentos religiosos, pero se necesita la ciencia espiritual para descifrar los documentos religiosos; esta quiere ser una servidora para la comprensión de estos documentos. Hoy solo puedo esbozar, pero intenten ustedes mismos comparar todo lo que encuentran en la Biblia o en otros documentos con lo que se ha dicho hoy, y verán que cuanto más se tomen en serio lo que dice la ciencia espiritual, más encontrarán que se cumple lo que hoy solo se puede esbozar con unos pocos trazos, porque corresponde en todas partes a la realidad.

Veamos ahora más allá: vemos cómo la predisposición especial que Moisés tiene que transmitir a su pueblo como misión está vinculada, en particular, a la protección de la pureza de la sangre. Precisamente en este pueblo no debe mezclarse, debe mantenerse separado de los demás pueblos, de modo que la misma sangre fluya a través de generaciones y generaciones. ¿Por qué es así? También podemos entenderlo si tenemos en cuenta los cambios en el estado del alma. La clarividencia, ya sea la antigua, pictórica, o la que aquí se describe con frecuencia, a la que el hombre moderno puede elevarse si realiza los ejercicios correspondientes, la clarividencia siempre está ligada a que el ser humano pueda independizarse con su parte espiritual de su corporeidad física, es decir, que pueda, en cierto modo, sacar su parte espiritual de la corporeidad física. Lo que experimenta el clarividente, lo experimenta únicamente a través del instrumento del alma, que se libera, que sale, por así decirlo, de la corporeidad física. El materialista moderno considerará esto una tontería desde el principio; no puede creer otra cosa que no sea que toda la actividad de su alma está ligada al cerebro físico. Pero la clarividencia no está ligada al cerebro, sino que se desarrolla en la vida del alma sin el cerebro. Solo la experiencia puede confirmarlo, y quien no tiene esa experiencia puede refutarlo con mil razones aparentemente suficientes, del mismo modo que un ciego puede refutar que existen los colores. Pero eso no importa. Según los principios de la investigación actual, hay que admitir que solo la experiencia puede decidir. Por lo tanto, la clarividencia está ligada al hecho de que la parte espiritual del ser humano se libera de los instrumentos del cuerpo físico.

 Debemos considerar todas las culturas antiguas como basadas, en cierto modo, en los caminos de la imaginación, la inspiración y la intuición que fluían hacia el alma. Estas culturas tenían, por tanto, algo que era independiente del cuerpo físico y que simplemente descendía al mundo físico. Por eso es tan difícil interpretar los restos de las culturas antiguas, porque en el momento en que la conciencia se independiza del cuerpo físico, solo se puede vivir en formas más plásticas que el cuerpo físico. En la clarividencia no se tienen contornos tan nítidos como en lo físico; se tiene algo pictórico que no se refiere tan directamente al mundo físico como suele ser el caso en la comprensión intelectual; se tiene algo que se refiere de manera más simbólica a las cosas externas. Así pues, podemos decir que las culturas clarividentes, —entre las que se incluye la egipcia en toda su grandeza—, deben presentarse en todas las tradiciones de tal manera que, en cierto modo, utilicen imágenes en lugar de conceptos externos y nítidos. Los mitos, las antiguas leyendas en las que se sumergen los secretos del mundo, son representaciones pictóricas de los secretos del mundo; son ecos de la antigua clarividencia pictórica. En aquel entonces, la transmisión de la cultura estaba, en cierto modo, aún ligada a procesos espirituales.

Pero ahora, precisamente en la misión de Moisés, se trataba de dotar a las almas de una constitución que se basara en la intelectualidad, pero también en el instrumento externo del cuerpo. Porque eso es lo peculiar del pensamiento [intelectual]: resume las cosas como lo hace nuestra conciencia normal y despierta, y esta conciencia está totalmente ligada a la herramienta del cerebro y del resto del cuerpo. La intelectualidad está ligada precisamente a la herramienta del cuerpo físico. No es de extrañar que este talento intelectual especial estuviera ligado a una configuración especial, a unas disposiciones orgánicas especiales de un pueblo, y que tuviera que transmitirse de generación en generación a través de la sangre física hasta que se cumpliera la misión del antiguo pueblo hebreo. Por lo tanto, la herramienta física para la intelectualidad tenía que estar vinculada a la peculiaridad física de este pueblo precisamente a través de esta sangre que fluía de generación en generación, y tenía que ser refinada cada vez más hasta que estuviera tan refinada que de este pueblo pudiera surgir el portador físico de ese poder espiritual, que entonces se derramó en él en un grado mucho mayor que el poder divino en el «Yo soy», en un grado mucho mayor que el que había tenido lugar a través del antiguo poder de Yahvé. Y en este sentido, la misión de Moisés fue, de hecho, la preparación para la obra de Cristo. Pero primero había que formar los instrumentos externos de la manera adecuada. Y así comprendemos también que esta obra de Moisés estaba ligada a un pueblo muy concreto, cuya sangre debía mantenerse pura, porque esta fuerza especial, ligada al instrumento de la corporeidad externa, debía fluir en el desarrollo de la cultura humana.

Así pues, la acción de Moisés se inscribe de manera totalmente coherente y armoniosa en el desarrollo global de la humanidad. Lo consideramos el gran abanderado de la intelectualidad, con toda la singularidad que ello conlleva, incluso en el misticismo, es decir, en la actividad espiritual humana, que por lo demás es lo más ajeno al entendimiento y la razón. Incluso en el misticismo, por ejemplo en la cábala hebrea, se nos muestra claramente que en esta cultura existe la misión de introducir en la cultura humana el entendimiento y la razón, la combinación de los acontecimientos externos.

Y si echamos la vista atrás a la cultura de Hermes del antiguo Egipto, con su maravillosa y antigua cultura clarividente, vemos cómo, aunque está llamada a llevar en su seno la cultura de Moisés, que ya no es clarividente, ella misma debe desaparecer porque el reloj del desarrollo mundial se ha puesto ahora en la intelectualidad. Y ese es el significado del acontecimiento de Cristo, que con él y el misterio del Gólgota se produjo de nuevo un impulso espiritual tan poderoso en el desarrollo intelectual , un impulso espiritual tan poderoso , que poco a poco, a medida que la humanidad, que se ha vuelto intelectual, se va acostumbrando cada vez más al acontecimiento de Cristo, también lo intelectual puede ser absorbido por este poderoso impulso espiritual, puede ser captado por lo que a su vez conduce al ámbito espiritual, al ámbito clarividente, y lleva la intelectualidad a este ámbito. Nos sentimos, —por señalarlo una vez más—, todavía hoy tan conmovidos por el significado del acontecimiento de Moisés porque nosotros mismos nos encontramos todavía en la era de la cultura intelectualista y solo vislumbramos, como en una perspectiva lejana, una nueva espiritualidad y una nueva misión.

Así, estimados presentes, he podido esbozarles con unos pocos trazos esta imagen de Moisés, tal y como se presenta en la investigación espiritual, en la conciencia clarividente, que tiene un efecto esclarecedor sobre la representación histórica externa. Solo así se puede distinguir entre lo que es histórico y lo que es una representación simbólica de los procesos internos del propio Moisés. Y así, Moisés se presenta vivo ante nuestra alma y sentimos lo injustificado que es decir que tal impulso se haya formado por sí solo. Hoy en día hay personas que no comprenden que los efectos también deben tener causas y que los efectos que se remontan a lo personal también presuponen una personalidad.

Sin embargo, hay personas que hoy en día dudan de la existencia de una personalidad como la de Moisés. Esto es sin duda un signo de nuestro tiempo. Hay que decir que la investigación bíblica crítica tiene dificultades con estas cuestiones. Quien la conoce, siente un profundo respeto por ella, sobre todo porque quizá en ningún otro campo de la ciencia, ni siquiera en las ciencias naturales, se haya dedicado tanto esfuerzo y dedicación como en el campo de la investigación bíblica crítica. Y, sin embargo, vemos que, en muchos aspectos, ha llegado a un punto en el que ya no sabe qué hacer con las grandes figuras e impulsos de la humanidad, y solo sabe negarlos, como ya se niega hoy en día la existencia histórica de Jesús. Pero, sin embargo, hay que respetar la tragedia de esta investigación, que en nuestra era materialista quiere encontrar, a partir de ideas materialistas, el valor intrínseco de las representaciones de la Biblia u otros documentos.  Sin embargo, si abordamos una figura como Moisés desde el punto de vista de la ciencia espiritual y mostramos, a partir de los misterios del desarrollo de la humanidad, lo que tuvo que penetrar en el alma de Moisés, lo que tuvo que estar allí para que la humanidad pudiera alcanzar el nivel que tenemos hoy, entonces parece absurdo suponer un efecto sin causa, es decir, una creación personal sin personalidad.

Por el contrario, podemos decir que solo a través de la representación espiritual se iluminan de manera maravillosa los detalles de la Biblia y esta adquiere un nuevo valor. Porque ahora nos acercamos a la Biblia como lo haría un conocedor de las leyes matemáticas a un problema matemático. Quien no conoce las leyes matemáticas no ve en ellas más que signos incomprensibles, es decir, problemas. Quien no conoce el lenguaje de la Biblia, también hoy solo ve en ella cosas incomprensibles, quizás imágenes infantiles que se hizo el mundo anterior. Pero quien conoce los fundamentos que proporciona la ciencia espiritual y, con su ayuda, descifra los documentos religiosos, siente algo de lo que atraviesa los tiempos de manera tan grandiosa, siente el lenguaje de los pueblos, de las personas en cuyas almas viven los impulsos espirituales para el progreso de la humanidad, ese coro de espíritus líderes de la humanidad que se comunican a lo largo de los milenios. Es un fenómeno maravilloso cuando el investigador espiritual mira dentro de los mundos espirituales y luego mira en la Biblia y llega a la conclusión, a partir de la Biblia, de que allí se nos cuenta algo que también podemos encontrar nosotros mismos a través de la investigación espiritual. Así que no podemos sino decir: quien escribió esto tenía que saber lo que ocurre en los mundos espirituales y lo que tiene que haber allí para que pudiera producirse un progreso de la humanidad como el que ahora tenemos ante nosotros.

Y así, gracias a la investigación espiritual, contemplamos a Moisés como un gran guía de la humanidad. Estos guías de la humanidad se vuelven cada vez más valiosos para nosotros cuando penetramos en las profundidades de su espíritu a través de la investigación espiritual. Y nos sentimos cada vez más felices cuando miramos con una mente y un corazón tan agudos a estos guías de la humanidad, de los que se puede decir con razón: iluminan nuestras almas con su luz espiritual para fortalecerlas con su poderoso poder espiritual.

Traducio por J.Luelmo, marzo , 2026


GA069b Nuremberg, 14 de noviembre de 1910 - La naturaleza, los dones y la educación del niño

  Índice


CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

La naturaleza, los dones y la educación del niño

Nuremberg, 14 de noviembre de 1910


¡Estimados asistentes! Si hoy en día, alguien que aún sea un profano, observa la mentalidad y el modo de pensar de la ciencia espiritual, —o, como se suele llamarla, la teosofía-, e intentara formarse una opinión sobre lo que es la peculiaridad de esta ciencia espiritual o teosofía, basándose en las ideas habituales de nuestro tiempo, es muy fácil llegar a la conclusión, en cierto sentido justificada, de que la ciencia espiritual es algo que evoca altos ideales ante el alma humana: ideales que tienden a ciertos conocimientos, —quizás el profano dirá a supuestos conocimientos—, sobre el alma humana, sobre la naturaleza y el espíritu. Y como persona ajena a ello, ese alguien dirá: «Bueno, estas ideas, estos conocimientos son muy bonitos, satisfacen el alma humana que anhela la certeza interior, y por eso es comprensible que muchos, impulsados por esta sed, se declaren partidarios de la teosofía». Y cuando aquellos que tienen algo que decir en la ciencia espiritual expresan lo que saben sobre el mundo de las apariencias y más allá de lo que nuestra ciencia natural, —admirada por la ciencia espiritual—, tiene que decir, el observador externo puede decirse: Sí, lo que el científico espiritual tiene que decir sobre los fenómenos naturales suena fantástico. - El elemento fantástico es algo que al principio debe llamar la atención del profano. Quien se dedica a la ciencia espiritual encontrará tremendamente comprensible que el profano encuentre tanta fantasía en la ciencia espiritual. Quien quiera mantenerse fiel a los fundamentos de la ciencia natural, solo puede decir: «No sé qué hacer con eso». Es algo perfectamente comprensible. Comparémoslo ahora con una persona que se ha adentrado un poco más en la teosofía, que se ha familiarizado con lo que realmente se le ofrece al alma aspirante, que se ha informado sobre lo que son el alma y el espíritu humanos. Si la comparamos con la otra persona, podemos ver en ella surgir sentimientos de naturaleza muy diferente. Una persona así puede dirigir su mirada hacia lo que nuestro presente tiene que decir, desde sus puntos de vista científicos, sobre la tarea, el objetivo y el valor de la vida espiritual y su intervención en el trabajo práctico. Y entonces, a quien se dedica a la ciencia espiritual, a veces le parece realmente fantástico lo que la mentalidad materialista tiene que decir sobre determinadas ramas de la vida espiritual. Basta con escuchar lo que se ofrece en el ámbito de la educación y la pedagogía. Al investigador espiritual le parece una suma de frases, de palabras huecas; si se echa un vistazo al amplio espectro de lo que son los esfuerzos pedagógicos culturales, se encontrará que figuran todo tipo de palabras bonitas. ¿Quién no ha oído ya la frase de que hay que evitar todo lo que se implante en el alma humana, ya que se trata de la formación de la individualidad humana? Pero ¿quién puede decir algo más que palabras fantásticas y vacías si no es capaz de comprender correctamente lo que es la individualidad humana? La ciencia materialista se presenta frente a la ciencia espiritual como una suma de abstracciones; parece algo irreal. Y si no pueden convencerse de que la ciencia espiritual no solo tiene que cultivar la práctica de la vida, sino que es capaz de ver de forma realista el fondo de las cosas, [están subestimando la importancia de un conocimiento realista para la práctica de la vida].

Cuando reflexionamos sobre el niño en crecimiento, al que tenemos la tarea de educar, con las ideas de la ciencia espiritual, nos invade la sensación de que este niño, tal y como se encuentra en la vida, es un misterio sagrado que solo podemos resolver con profundo respeto. Intuimos que en cada alma en crecimiento hay algo que se diferencia de todo lo que vemos. Intuimos algo desconocido en el ser humano en formación, y tenemos razón. Nuestra timidez y nuestro respeto no pueden ser lo suficientemente grandes cuando nos enfrentamos a la educación del niño, y la humildad ante cada ser, que siempre se nos presenta como un nuevo misterio, tampoco puede ser lo suficientemente grande. No me atrevería a hablar de ello si me hubiera dedicado exclusivamente a las ciencias espirituales. Pero me atrevo a hablar de ello porque durante quince años como educador he sentido yo mismo los sagrados misterios.

Desde el punto de vista del hombre moderno, es muy fácil no solo burlarse, sino también refutar con apariencia de razón la fantástica idea de la reencarnación del ser humano, la idea de la reaparición del alma humana en una nueva vida. Hoy solo se hablará de esta idea de la reencarnación, señalando que nuestra alma, que hoy vive en nuestro cuerpo el período comprendido entre el nacimiento y la muerte, ya ha pasado por la vida muchas veces y que vivimos la vida actual como causa para experimentar más tarde los efectos y los frutos. En teoría, es fácil refutar esta idea. La cosa cambia cuando uno se dedica a la educación práctica y ve crecer el alma del niño con los sentimientos adecuados, cómo se desarrolla semana tras semana, año tras año. Si se parte de la premisa de que se quiere educar correctamente, hay que decirse a uno mismo: «Debes intervenir en lo que se ha ido creando durante milenios». Y si se considera cada expresión del niño y se toma cada medida desde este punto de vista, se ve lo fructífera que es la educación. Quien conoce las leyes de la llamada refutación lógica sabe lo poco que significa una refutación teórica. Pero cuando se actúa según esta visión, se percibe su verdad.

Ahora bien, si se quiere comprender lo que crece en el alma del niño en desarrollo, se enfrenta uno a una tarea realmente difícil. Todo el mundo conoce los hechos puramente externos. Pero ¿quién no ha experimentado en la vida la impotencia que siente a menudo el educador, cuando se le imponen ciertas tareas desde fuera, ya sea por ley o por exigencia de los padres, y la impotencia que siente cuando las tareas impuestas contradicen las aptitudes y el talento innatos del niño?  ¿Quién no ha sentido y visto en la vida que, a menudo, por mucho que nos esforcemos, no podemos lograr nada si el niño no tiene el talento necesario? Cuántas veces nos muestra la vida lo impotentes que somos, no solo por la falta de talento del niño, sino también por la falta de conocimiento.

Hemos intentado educar al niño, pero si lo hemos educado mal no se nota inmediatamente. Cuando seguimos la trayectoria de un alumno en su vida posterior, a menudo observamos algo peculiar, a saber, que más tarde tiene que sacar a la luz su talento y sus aptitudes de su alma tras difíciles luchas. Y nos damos cuenta de que, si los hubiéramos reconocido, le habríamos ayudado y le habríamos ahorrado muchos esfuerzos en lo que solo ha podido lograr más tarde. Y nos damos cuenta de lo necesario que es centrar la atención en esta difícil cuestión: 

¿Qué hay de las aptitudes y el talento del niño, y cómo debemos afrontar las tareas educativas?

Es comprensible que hoy en día exista confusión incluso con respecto a estas cuestiones fundamentales, ya que actualmente existen ideas y conceptos sugestivos de gran repercusión que, como es lógico, tienen un efecto adormecedor en las personas, y estos conceptos guían toda la mentalidad humana. Uno de estos conceptos es el de la herencia. ¿Quién no pensaría primero, al hablar de las aptitudes y el talento de un niño, en qué parte de ello ha heredado de sus padres y antepasados? Ya he señalado aquí que Goethe, con una modestia muy comprensible, pronunció unas palabras que, sin embargo, proceden de un conocimiento más profundo:

De mi padre heredé la estatura, 

la seriedad en la vida, 

de mi madre, el carácter alegre 

y la afición a fabular.

Y después de expresar algunas otras características hereditarias, concluye con las siguientes palabras:

¿Qué hay entonces en todo esto
que pueda llamarse original?

La posteridad ya ha respondido en parte a esta pregunta, y la posteridad futura seguirá respondiéndola.

Quien haya estudiado a Goethe durante algo más de veinte años tiene derecho a hablar de él con imparcialidad. ¡Con todo el respeto hacia el concejal de Fráncfort, de quien Goethe heredó «la estatura y la seriedad en la vida»! Y cuando se observa la forma ágil y cariñosa en que su madre veía la vida y trataba a las personas, se comprende lo que Goethe quiere decir con lo que heredó de ella, «el carácter alegre y la afición a fabular». Intente sumar todo esto y vea qué resultado obtiene. Si se suma y se reflexiona sobre todo lo heredado, se descubrirá que precisamente lo que Goethe no pudo heredar fue lo más eficaz: eso era el verdadero Goethe, eso era lo que permitía fluir a las fuerzas rectoras. Estas utilizaron lo heredado que se les ofrecía para expresar [lo especial que había en él].

Y lo mismo que pasa con las personas importantes, pasa con cada uno de nosotros. No se puede entender nada si se pretende achacar todo a la herencia sin tener en cuenta la individualidad, que se desarrolla según sus propias reglas. Para quien observa esta vida con imparcialidad, la cuestión de cómo se relaciona lo que podemos atribuir a los antepasados, aquello que es visible, con lo individual, no resulta en absoluto más fácil. La ciencia espiritual no niega lo heredado. Pero, ¿qué postura adopta la ciencia espiritual ante lo que se introduce en lo heredado? Al fin y al cabo, la herencia se puede ver en todas partes. Hay personas que dicen que cuando aparecen nuevas características que no encontramos en los antepasados, todavía se puede pensar en la herencia, porque las predisposiciones que se han heredado tal vez estuvieran presentes en otros antepasados, pero estos no tuvieron la oportunidad de desarrollarlas. Esto es algo que se dice a menudo. Cuando se habla así, se tiene realmente un concepto bastante vago de las predisposiciones. No es realista; se pueden soñar conceptos en todas partes. Esas personas me parecen como si alguien dijera: «Cada ladrillo tiene la predisposición de caer sobre la cabeza de una persona». Solo que tiene que haber una persona allí [sobre la que pueda caer el ladrillo]. Quien piensa de forma realista no puede hablar de predisposiciones de esa manera.

La tarea de la verdadera pedagogía es separar lo que es hereditario de lo que no lo es. En el fondo, ya que hoy en día está de moda adentrarse en el reino animal, podríamos hacernos una idea de la herencia. El huevo de gallina contiene lo que es hereditario, pero debe recibir calor del exterior. Vemos pues, que una condición básica esencial es el calor, que no se encuentra en el germen mismo. Sin embargo, una observación superficial muestra que en los animales las cosas son hereditarias, mientras que en los seres humanos hay que hablar sin duda también de cosas no hereditarias. Piensen cómo, en los animales, lo que llamamos instinto está sin duda presente desde el principio, y de tal manera que debe estar en la línea hereditaria; y el animal es un ser genérico porque hereda todas las características que le son propias, por ejemplo, en lo que respecta a la destreza, en mayor medida que el ser humano. En este sentido, el ser humano está en peor situación que el animal. Cuando el ser humano es humilde, tiende a interpretar los conceptos desde la humildad, y cuando es arrogante, tiende a interpretarlos desde la arrogancia. Y cuando es arrogante, tiende a decir que los animales están muy por debajo del ser humano. En un sentido absoluto, esto no es cierto. Cualquiera puede leer cómo se ha desarrollado la cultura, cuánto tiempo ha tardado la inteligencia humana en llegar, por ejemplo, a la fabricación del papel. Las avispas llevan mucho tiempo fabricando papel. Así, cuando nos adentramos en el reino animal, podemos ver cómo la inteligencia se manifiesta de forma inmediata a partir de los instintos. Se podría llegar a la conclusión de que el ser humano no es realmente más inteligente que los animales.

Hay ciertas cosas que el ser humano no puede heredar. Todo el mundo admitirá que el arte de construir un nido de avispas es hereditario. Pero nadie debería dudar de que una persona que se encuentra en un lugar desolado nunca llegará a desarrollar el lenguaje ni la autoconciencia. El lenguaje y la autoconciencia humana no se pueden heredar; ni se transmiten a través de los genes, sino que siempre hay que aprenderlos de nuevo. Así, la apariencia externa nos enseña que las cosas más importantes no se pueden juzgar como en el reino animal. Sin embargo, ¿quién negaría que hay cosas que se heredan? ¿Quién podría negarlo? Cuando Schopenhauer dice que heredó de su madre gran parte de su naturaleza pensante y de su padre su naturaleza volitiva, ¿quién podría negar que hay algo importante y verdadero en ello, aunque esté mal expresado?  Vemos pues al ser humano tal y como es, con los rasgos heredados con los que viene al mundo, y nuestra tarea consiste ahora en distinguir entre esos rasgos heredados y aquellos que no lo son. Así lo demuestra la experiencia. Ahora bien, alguien podría decir: estamos de acuerdo en que el lenguaje y la autoconciencia no se pueden heredar, pero no es necesario hacer una distinción tan sutil, porque eso se regula por sí solo; si el ser humano nace en una determinada zona lingüística, simplemente acabará hablando ese idioma.

¿Existen acaso rasgos no hereditarios que primero debemos extraer de las fuentes más profundas de la individualidad humana? No es tan fácil distinguir entre las aptitudes y talentos inherentes al ser humano, que no se basan en la herencia, y los rasgos heredados. Sin duda, es herencia que de la familia Bach salgan siete músicos. Pero, sin embargo, quien aborda la educación de manera práctica no podrá evitar separar el núcleo interno del ser de lo que se hereda. Hay que tener muy claro cómo se manifiestan las relaciones hereditarias en la vida. Cuando un niño viene al mundo, vemos que se parece más al padre o más a la madre, que tiene ciertas características que apuntan a la madre y otras que apuntan al padre. Quien observe la vida con imparcialidad pronto se dará cuenta de que, efectivamente, hay una diferencia entre lo que se transmite de padre a hijo y lo que se transmite de madre a hijo.  Por supuesto, las proporciones se mezclan, pero aún así se puede distinguir cuál es la parte materna y cuál la paterna. Y si se analiza más profundamente, se ve claramente cómo se distribuyen ambas partes: se observa que todo lo que vemos en cuanto a rasgos heredados y que se refiere a la calidad de la inteligencia o la capacidad de juicio, a la agilidad de la inteligencia o la capacidad de juicio, a cualquier característica de la madre, se puede atribuir a ella. Y aquellas características que se pueden resumir diciendo: la firmeza de carácter, la fuerza y el poder de enfrentarse a la vida, todo lo que es de naturaleza volitiva en el hijo y la hija, se remonta a las características del padre. No digo que la inteligencia del niño se remonte a la inteligencia de la madre, sino que la inteligencia del niño se remonta a las cualidades de la inteligencia de la madre, y la firmeza de carácter del niño se remonta a las cualidades del carácter del padre.

Si se analizan estas cuestiones con más detalle, pronto se hace evidente que existen grandes diferencias en cuanto al transcurso de la vida de los padres y a las características de la vida de los hijos, especialmente en lo que respecta a si un niño es, por así decirlo, fruto de un matrimonio precoz o tardío. Si nace más tarde, muestra al educador una relación con los padres muy diferente a la que muestra si nace en la adolescencia de los padres. La observación muestra que en los hijos que nacen tarde en el matrimonio se manifiestan con mayor intensidad aquellas características de la madre o del padre que, en cierta medida, ya se han desarrollado en la profesión, y en estos hijos se ve mucho más claramente la huella de los padres. Tienen una inteligencia mucho más ágil y un carácter mucho menos definido. Es interesante tener en cuenta estos hechos en el niño, porque debemos tenerlos en cuenta y preguntarnos: 

¿Qué es lo que transmite la herencia?

La herencia es un proceso que tiene lugar en el mundo físico. ¿Qué se hereda? Se hereda lo que realmente ha entrado en la corporeidad. Cuando decimos que se heredan las cualidades de la inteligencia, debemos saber que en el niño aparece [como heredado] lo que está ligado a la corporeidad física, por ejemplo, al cerebro. Puesto que lo recibimos, por así decirlo, como un instrumento, es natural que mostremos rasgos hereditarios. Heredamos la configuración más íntima de los órganos y debemos adaptarnos a ella. Así se explica que, puesto que los órganos nos son heredados, dependamos de ellos. He aquí una comparación un tanto burda: si uno nace sin mano, se ve lo dependiente que es de ella. En el fondo, cuando se habla de herencia, siempre se tiene en cuenta lo físico, como he hecho yo ahora. Y a partir de ahí se cristaliza lo que la observación práctica de la vida muestra como núcleo individual, que no entendemos cuando lo atribuimos a las condiciones hereditarias.

El niño se presenta con cierta agilidad en su inteligencia y su capacidad de juicio. Miramos a la madre y tenemos que decir: ahí están los orígenes. Estudiamos el carácter del niño mirando al padre y así obtenemos información sobre el carácter infantil. Pero entonces queda algo extraño como resto, y para el educador eso es lo más importante. Solo si lo concilia con la herencia, entonces todo [lo que ocurre en la educación] puede tener éxito. Lo que se forma en el juicio tiene características que nos remiten a la madre. Pero dentro de este tipo de capacidad de juicio hay indicios de esferas de la vida muy concretas que no se pueden atribuir a la madre. Dentro de las características de la madre, uno nos muestra, por ejemplo, la inclinación por la música, y otro, la inclinación por las matemáticas.  Y resulta ser un gran error pretender dirigir la inteligencia hacia todas partes. El tipo de inteligencia es hereditario, pero la orientación concreta, el talento para esto o aquello, se revela a partir del tipo de inteligencia, pero no es hereditario. A nosotros, como educadores, nos queda la tarea de observar a la madre y comprender la movilidad de la inteligencia, por ejemplo, por qué el niño tiene que pensar lento o rápido. Pero aún nos queda por comprender la inclinación hacia esto o aquello, hacia lo específicamente individual.

En otro sentido, la firmeza de carácter y la seguridad de voluntad se nos presentan claramente como rasgos heredados del padre, y lo comprendemos en el niño cuando miramos al padre. Pero hay algo que no podemos comprender así. Se nos presenta, como un núcleo que se cristaliza, algo: es la dirección del interés hacia el que se orienta este carácter. Vemos en un niño esta orientación de intereses, en otro aquella orientación de intereses, que son específicamente individuales.

Y si actuamos con inteligencia como educadores, nos preguntaremos: ¿cómo son las dotes de juicio de la madre y cómo son los rasgos de carácter del padre? Pero si queremos educar correctamente, debemos conocer la orientación de los intereses del carácter y la orientación de la inteligencia. Es muy fácil confundir esto. Por eso, en una familia en la que un niño se parece especialmente al padre, este tiene dificultades para educarlo. Y a la inversa, cuando el niño se parece especialmente a la madre, es ella quien tiene dificultades. Los niños que se parecen especialmente al padre son más fáciles de educar por la madre. Los niños que se parecen especialmente a la madre son más fáciles de educar por el padre. Si un niño se parece al padre, tiene los impulsos volitivos del padre; el padre no puede transmitir la orientación de los intereses, pero los talentos se manifiestan en el ámbito de la madre. Una consecuencia es que él comprenderá poco al niño en este ámbito; el niño se amoldará al carácter del padre y serán los talentos los que mejor cultivará la madre. Por el contrario, si el niño se parece a la madre, a ella le resultará difícil orientar su interés; eso lo podrá hacer el padre:

El talento se forma en la tranquilidad,
el carácter, en la corriente del mundo.

Los talentos se forman en la dulzura del cuidado materno; los caracteres se forman en la firmeza del cuidado paterno. Este es un principio de oro. 

Por lo general, las personas no se nos presentan como una mezcla clara de los rasgos heredados del padre y la madre; lo habitual es que predomine la influencia paterna o la materna. De ello se derivan principios sumamente importantes para el educador. Supongamos que predomina el elemento materno, entonces podemos ver con frecuencia que el niño parece tener un carácter muy parecido al de la madre; y será fácil adivinar el talento específico en esta abundancia de inteligencia. Pero si el elemento paterno está reprimido, entonces nos resultará realmente difícil encontrar la orientación particular de los intereses en el tesoro hereditario paterno reprimido. Como educadores, debemos fijarnos en lo que la herencia no ha aportado, debemos fijarnos especialmente en el padre, si es indiferente o firme, y luego debemos sustituir lo que ha quedado atrás en la herencia. Podemos hacerlo dirigiendo nuestra mirada hacia el lado opuesto. Encontraremos pronto los talentos y habilidades, pero lo que no está presente en la herencia debemos sustituirlo mediante la educación.

¿Qué debe hacer el educador? 

Aquí entra en juego algo infinitamente importante: cuando el educador ve que lo que puede heredarse del padre no está lo suficientemente marcado, debe esforzarse por no dejar que los talentos y las aptitudes queden sin orientar. Debe esforzarse por dirigir la atención del niño hacia aquellas actividades y maniobras que se correspondan con sus talentos. Los talentos deben vincularse a objetos externos. Hay que despertar los intereses. A un niño que se parece a su madre debemos acostumbrarlo especialmente a tener a su alrededor objetos que se correspondan con sus talentos, hacia los cuales dirigimos su atención. Pero no debemos regirnos por el principio de que el niño tiene sus aptitudes, y por consiguiente dejar que las siga.

Supongamos ahora que un niño se pareciera especialmente a su padre, entonces nos resultaría difícil adivinar sus talentos, habilidades y aptitudes. Por el contrario, nos encontraríamos con una orientación de intereses con un impulso volitivo extraordinariamente fuerte. El interés se manifestaría con la fuerza del deseo. Y hay que tener especial cuidado en no deducir siempre la aptitud correcta a partir de la orientación de los intereses. En tal caso, debemos prestar especial atención a estudiar los intereses de la manera correcta. Pero si dejamos madurar intereses para los que no hay talento, perjudicamos al niño. Lo que se manifiesta como una cualidad del alma y no corresponde a ningún talento, se refleja en el alma. Se trata de un agente patógeno permanente que perturba el sistema nervioso físico. Muchas de estas perturbaciones se deben a que no se ha sabido conciliar los intereses con el talento y las aptitudes. Entonces se verá, —lo cual es extraordinariamente instructivo—, cómo ciertos intereses se expresan de forma impulsiva, pero conducen a la torpeza, mientras que otros conducen a la destreza. Se presta muy poca atención a esto. Pero hay que distinguir cuidadosamente entre los intereses. Y entonces, como educador, uno tiene la tarea de mantener alejado aquello que llevaría al interés a la torpeza.

 La mejor manera de hacerlo es preguntarse: ¿cómo es el padre y cómo es la madre? Y luego examinar cuidadosamente lo que se revela como núcleo cristalino dentro del tesoro hereditario paterno y materno. En este sentido, podemos decir que la educación debe basarse realmente en un tipo de conocimiento y no en frases como: «¡Debes educar de forma armoniosa!» o «¡Ten en cuenta la individualidad!». Sí, ¿cómo se puede educar de forma armoniosa si no se sabe hacia dónde se dirigen los intereses? ¿Cómo se puede enfatizar la individualidad si no se sabe encontrar lo específicamente individual?

Ahora bien, esto es solo una faceta de la educación. El ser humano no viene al mundo solo por sí mismo, sino por el bien de la humanidad. No podemos tener en cuenta únicamente lo que parece heredado en el niño. El educador pronto se dará cuenta de que la ley del karma expresa una gran relación de armonía desde el punto de vista de la ciencia espiritual. En el exterior [en la naturaleza] se puede observar fácilmente cómo un ser es colocado donde pertenece. La flor Edelweiß no crece en las llanuras, sino en las alturas de las montañas. Cada ser crece en su entorno y allí donde no encaja no puede prosperar. Lo mismo ocurre con el núcleo humano, que se coloca en el «entorno» al que pertenece. Las cosas encajan mejor de lo que se cree. Así pues, los talentos coinciden bastante bien con los de la madre, y los intereses, con los del padre. Sin embargo, debemos fijarnos en otra cosa. El ser humano no tiene una predisposición a hablar su propio idioma, sino el de la comunidad en la que nace. Es algo inherente a la especie. De este modo, a través del lenguaje común, toda la forma de pensar y sentir se graba en el alma.

Esto se puede observar a grandes rasgos. Traten ustedes de comparar el alma de una persona de Franconia con la de una persona de Prusia Occidental, y traten de comprender cómo le influye la forma de pensar y sentir de cada una. Así ocurre con todo aquello en lo que el ser humano se ve inmerso por su naturaleza y su especie. Si educamos conscientemente, debemos saber que no solo educamos al ser humano de forma individual. Del mismo modo que no podemos darle su propio idioma, tampoco podemos, como educadores, hacer algo especial por cada niño. La naturaleza humana está diseñada para que el ser humano se integre en lo que existe en el proceso cultural. El ser humano debe ser educado en aquello que pertenece a la humanidad; debe echar raíces en ello. Si tenemos esto en cuenta, nos diremos: ante estos elementos, parecemos completamente impotentes. Si observamos el talento y las exigencias de la vida, nos puede parecer imposible lograr la armonía.

[Solo la observación íntima del ser humano puede ayudarnos]. Quiero describirles a dos niños, [presentárselos como ejemplos]. Uno de ellos ha nacido en un entorno en el que se encuentra con un idioma determinado. Ha crecido con él; se ha convertido en propiedad de su alma, en parte de todo su ser interior. Quien haya reflexionado sobre la relación entre el lenguaje y el ser humano sabrá que, a través del lenguaje, el ser humano no solo aprende a juzgar de forma lógica, sino también a juzgar con sensibilidad. Por ejemplo, el efecto que tiene el sonido A o U en cualquier idioma tiene un impacto enorme en la capacidad sensitiva del alma. El lenguaje proporciona un armazón para los sentimientos y las sensaciones.  Pongamos junto a este niño, que está tan entrelazado con su idioma que no solo ha aprendido a pensar en él, sino también a «ser», a otro niño que, por azares del destino, se ha visto obligado, tras apenas haber aprendido su lengua materna, a aprender otro idioma y hacerlo suyo. Observaremos cómo su vida interior es mucho más flexible, mucho menos consolidada. Me gustaría decir que un idioma que actúa como un «armazón» del alma da lugar a naturalezas más robustas. Un idioma que reviste nuestra alma como de un «ropaje» la hace más fluida, menos consolidada. La consecuencia es que el alma de un niño así es mucho más susceptible de ser afectada; no puede enfrentarse con tanta robustez a las influencias externas de la vida.

Dejando a un lado el idioma, esto nos enseña que es muy importante para la educación que lo que más tarde se convertirá en principio educativo y sentido de la vida se vincule con lo anterior. Todo cambio brusco en la educación destruye enormemente la vida anímica. No vincular lo nuevo con lo anterior es uno de los mayores daños que se pueden causar a la vida anímica. Por el contrario, la conexión consciente tiene un efecto maravilloso. Cuando se tiene un niño con un carácter débil y uno se sienta a menudo con él y empieza a hablarle, de forma muy sutil, de lo que hizo hace tres años, se le puede reprender mucho más fácilmente que en el presente, ya que al dirigir sus pensamientos hacia el pasado se refuerza el presente. Cuando se reprende al niño con castigos y medidas disciplinarias impulsados por la ira, se pueden cometer grandes errores . Cuando el hecho es reciente, es fácil cometer errores. La vida no está exenta de contradicciones, es inevitable cometer errores, pero se pueden corregir. Si se ve uno obligado a castigar, es mejor sentarse con el niño y hablarle de una mala conducta anterior; el niño lo habrá superado y ya no lo sentirá con tanta intensidad. Los sentimientos se atenúan, siguen un camino muy diferente al de los pensamientos y la memoria. Se demuestra que podemos hablar objetivamente de lo sucedido y, cuanto más lo hagamos, refrescando la memoria y volviendo la mirada hacia el pasado, más podremos contribuir a la formación del carácter.

 Son reglas individuales que se le presentan al observador imparcial. Sin embargo, se necesita la mirada de las ciencias espirituales para agrupar correctamente los detalles. Pero entonces se puede comprender y extraer principios importantes. Uno se ve obligado a mirar no solo lo individual, sino también el conjunto. Entonces hay que buscar la armonía entre la naturaleza individual y la naturaleza humana en general. Al volver al pasado, se puede generar cierta simpatía. Será muy difícil conciliar el egoísmo del niño con las exigencias del entorno, pero si se vuelve a las experiencias del pasado, se nota cómo el niño responde a ellas. El educador debe conciliar lo anterior con lo posterior. Debe asegurarse de que lo que debe conciliar al individuo con las exigencias de toda la humanidad se logre recurriendo al pasado. Cuanto más recurran a las experiencias pasadas del niño, mejor educarán.

Por eso hay que reunir aquellas cosas que son buenas para la educación de los niños. En particular, es injusto dejar sin desarrollar los talentos evidentes y poner así al niño en constante contradicción con su entorno. Todo ello son causas de enfermedad. Los talentos y los intereses reprimidos se infiltran en el interior del ser humano y pueden manifestarse más tarde en forma de enfermedades psíquicas. Cometemos un pecado contra la salud del ser humano cuando dejamos sin desarrollar sus aptitudes y sin aprovechar sus intereses. Y del mismo modo, cometemos una injusticia cuando no tenemos en cuenta la adaptación al entorno. Si no lo hacemos, lo que se presenta como una contradicción entre el alma del niño y las exigencias de la vida se refleja en el alma y se percibe como una profunda insatisfacción en la vida.  Y ante todas aquellas personas que transitan por la vida quejándose constantemente: «Mi alma está tan afligida...», el conocedor del alma debe decirse: Sí, hay intereses que deberían haberse cultivado legítimamente, hay talentos que deberían haberse desarrollado, y eso no se ha hecho. Y por eso el ser humano no logra encajar en la vida y se siente insatisfecho.

Se podría decir muy fácilmente: lo que cuentas se refiere a características más íntimas del alma, que se descubren dentro de la inteligencia y la orientación de la voluntad. Pero esas son precisamente las cosas más importantes para el educador; en ellas se manifiesta el núcleo del alma y en ellas puede causar el mayor daño. ¿Por qué? Lo que cultivamos en cuanto a intereses y talentos conduce primero a una cierta agilidad de juicio, y a los treinta años se convierte en destreza de los dedos y las manos. Si alguien de treinta años es un poco torpe, eso nos remite a la época en que tenía unos siete años, cuando aún no había aprendido la agilidad del pensamiento. Y la apatía que se instala cuando no desarrollamos intereses se manifiesta como descuido en todas las tareas prácticas. Sobre todo hay que tener en cuenta que en estas características se expresa precisamente la esencia individual del niño.

El científico espiritual recomendará que se mantenga ocupado al niño, pero de tal manera que lo haga jugando. ¿Por qué juega el niño y por qué debe jugar? Quiero mencionar algo de la vida posterior. Ustedes conocen un fenómeno de la vida, el cansancio. ¿De dónde viene el cansancio? A menudo obtendrán la respuesta de que se manifiesta por la noche, cuando los músculos están agotados. ¿Es cierto que los músculos pueden llegar a fatigarse por su propia naturaleza? Si fuera así, los músculos que mueven el corazón deberían detenerse por fatiga. No está en la naturaleza del músculo cansarse. El músculo hace lo que debe hacer; no se cansa. El músculo cardíaco no se ve afectado por la actividad externa. La fatiga solo se produce cuando se exige al músculo algo relacionado con el mundo exterior, algo que tiene que ver con una acción consciente. Se puede decir que la falta de armonía entre nuestros músculos y las exigencias del mundo exterior provoca fatiga. Es cierto: la fatiga se debe a que la organización interna no está en armonía con el mundo exterior. Esto demuestra que existe una cierta contradicción entre el mundo exterior y la organización interna.

Solo quiero llamar la atención sobre una cosa: hay que tener claro que el proceso cultural humano no puede desarrollarse únicamente según las leyes implantadas, de modo que solo se corresponda con la organización interna [corporal]. La esencia de la vida anímica humana no está orientada a la conservación de la especie, sino al desarrollo de lo anímico-espiritual. Aquí se manifiestan dos corrientes: el progreso [de lo anímico-espiritual] y lo que es la organización interna [corporal]. Está escrito en las leyes eternas de la existencia que el ser humano debe sacrificar las leyes puramente orgánicas en aras de las leyes espirituales. Quien comprenda estas cosas no se quejará de ello. Sin embargo, comprenderá que, por otro lado, es necesario un equilibrio. Debemos prepararnos de forma saludable para la vida, de modo que podamos agarrar las cosas externas con las manos y pensar en ellas con el cerebro. Es necesario crear un equilibrio, y este solo se creará si en determinados momentos somos capaces de realizar una actividad que no se oriente hacia el mundo exterior, sino que se contente con la actividad en sí misma.

En el juego, la naturaleza humana interior sigue lo que aquí se exige. Lo mejor que podemos hacer por el niño es diseñar el juego de forma individualizada, ya que así fortalecemos su interior. Si se diseña el juego de forma estereotipada, la gente ya verá lo que pasa. Hoy en día se quiere estereotiparlo todo, ni siquiera en la ropa se quiere admitir que se adapte a la individualidad. Es una característica fundamental de la cultura actual que, por ejemplo, incluso aquellos que son los más fervientes seguidores de Nietzsche [es decir, los más fervientes individualistas] se sientan a comer juntos en una «table d’hôte». No debemos permitir que esto se refleje en la educación, especialmente en el juego. Debemos organizar el juego de tal manera que individualicemos, que prestemos mucha atención a los talentos y los intereses de cada niño, de lo contrario cometeremos un pecado.

Esto puede llevarnos a comprender que, como educadores prácticos, es necesario creer en lo espiritual del niño y no en los músculos, que deben tener la fuerza para contrarrestar su desgaste. Lo espiritual y lo anímico deben ser independientes en el juego, lo material no debe intervenir, de modo que el niño pueda estar libre en el juego de la influencia «agotadora» del mundo exterior. Si no creemos en un ser anímico que se libera interiormente, entonces no podemos educar de manera práctica. Pero si se aborda de esta manera realmente práctica, entonces se puede comprender algo más importante; también se podrá reconocer que es necesario estar libre en la infancia de las leyes groseramente materiales del mundo exterior. Cuanto antes lleguen estas al niño, más impedirán que se produzca lo que no permite una actividad libre en el juego. La infancia necesita verdades que no se ciñan servilmente a lo que hay en el mundo exterior, necesita verdades que pueda abarcar con el corazón y el alma. Por eso hay que dar cuentos y mitos al alma infantil; así se libera el alma mediante verdades internas. La humanidad lo ha hecho antes por instinto seguro, y en nuestra época será necesario tenerlo más en cuenta.

Ahora cabe preguntarse: ¿cómo adquiere el educador estos talentos especiales? No es tan difícil, porque en realidad lo que ya he mencionado anteriormente es lo que caracteriza principalmente al educador, y ello en un sentido muy amplio: el temor reverencial ante lo que quiere liberarse como esencia individual del ser humano. Si sentimos un temor reverencial por lo que se ha estado preparando durante milenios y en cuyo desarrollo debemos ayudar, entonces surge un sentido de la responsabilidad que nos llena de felicidad, es decir, que tiene una cualidad especial: nos hace «geniales» como educadores. El educador a menudo no tiene ni idea de por qué hace lo correcto. El niño mismo le dice lo que necesita. Lo necesario en la profesión de educador es el amor, que se caracteriza por el hecho de que aprendemos a amar el florecimiento de las aptitudes del niño; y veremos lo que el amor es capaz de hacer en el espíritu. En la vida exterior, el amor puede ser a menudo ciego.  Cuando el amor se refiere al devenir interior, tiene un efecto liberador para el alma, porque detrás de ese amor siempre hay una fe poderosa, la fe que realmente nos capacita para contemplar la vida en su verdadero sentido y que nos muestra al ser humano inmerso en un mundo tanto de vida espiritual como de vida sensual, entre los que debemos establecer una conexión. Vemos en el niño el descenso del espíritu, la unión del espíritu con la corporeidad. Y cuando vemos en el niño cómo el espíritu se une con la corporeidad, entonces nuestra actividad educativa puede convertirse en la expresión de lo que podemos llamar la verdadera fe en la vida, que puede expresarse en las palabras:

Desde las profundidades del mundo, 
enigmática, se impone a los sentidos humanos,
la rica abundancia de la materia;
 
 
Desde las alturas del mundo, llena de significado, 
fluye hacia lo más profundo del alma, 
la luz clarificadora del espíritu.
 
Para encontrarse en el interior del ser humano, 
en una realidad llena de sabiduría.

Traducido por J.Luelmo marzo, 2026

GA069d Kassel, 8 de mayo de 1914 - ¿Cómo encuentra el alma su verdadera esencia?

  Índice


MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

¿Cómo encuentra el alma su verdadera esencia?

 Kassel, 8 de mayo de 1914

¡Estimados asistentes! ¿Cómo encuentra el alma su verdadera esencia? Es una pregunta que, en el fondo, se plantea constantemente cada alma. No es necesario plantearse esta pregunta con palabras tan explícitas como las que se han utilizado ahora. En lo más profundo de los sentimientos, en los subterráneos del alma, sin duda existe en cada ser humano la sensación de que el destino más profundo de su alma tiene algo que ver con esta pregunta. Y tampoco es necesario, estimados asistentes, preguntarse: ¿de qué sirve una respuesta a esta pregunta? ¿Qué significa una respuesta a esta pregunta? ¿Qué valor científico tiene? Y cosas por el estilo, sino que se puede sentir que la paz interior, el equilibrio interior del ser humano depende de si puede desarrollar al menos la sensación de que se puede encontrar alguna respuesta a esta pregunta. Desde el punto de vista de la ciencia espiritual, tal y como la puede entender el alma investigadora del ser humano en la actualidad, hoy se debatirá esta pregunta.

Lo que las ciencias espirituales tienen que decir sobre esta cuestión es, en el sentido más literal de la palabra, un producto, un resultado del esfuerzo humano en nuestra época, y esperemos que lo sea cada vez más en el desarrollo futuro de la humanidad. La humanidad atraviesa diferentes etapas en su desarrollo, a través de los distintos pueblos y épocas, y al igual que lo que hoy se valora con razón como ciencia natural entró en un momento determinado en el desarrollo humano y antes no formaba parte de él, lo mismo ocurre con la ciencia espiritual a la que nos referimos aquí. Se puede decir que las condiciones que existían hace tres o cuatro milenios para el desarrollo de la ciencia natural están presentes, según la opinión y el «conocimiento» del investigador espiritual, para la ciencia espiritual en nuestra época.

Pero si desde el punto de vista de esta ciencia espiritual se va a debatir esta noche la pregunta planteada, ello no significa, estimados asistentes, que lo que la ciencia espiritual tiene que decir sea algo completamente nuevo. Al contrario, se puede decir que lo que la ciencia espiritual tiene que decir siempre ha vivido en las almas humanas, vive de forma oscura en todas las almas humanas, con mayor o menor claridad, precisamente en las almas más primarias. Citemos la frase de un destacado pensador del desarrollo espiritual más reciente, una frase que, en cierto modo, nos puede llevar al centro de nuestra cuestión. Johann Gottlieb Fichte, el gran filósofo, dijo una vez, cuando hablaba precisamente de la esencia del erudito:

 Fichte decía: no solo después de haber sido arrancado del contexto del mundo terrenal obtendré la entrada en el mundo sobrenatural; ya estoy y vivo en él, mucho más verdaderamente que en el terrenal; ya es mi único punto de apoyo firme, y la vida eterna, de la que ya hace tiempo que he tomado posesión, es la única razón por la que aún quiero continuar con la terrenal. Lo que llaman cielo no está más allá de la tumba; ya se extiende aquí alrededor de nuestra naturaleza, y su luz brilla en cada corazón puro.

Estimados presentes, aunque esta afirmación fue hecha por un espíritu profundo, fue hecha en una época en la que no se podía hablar desde el punto de vista de la ciencia espiritual como se puede hacer hoy en día, y en la que el alma humana aún no tenía, en un sentido pronunciado, las necesidades que tiene hoy en día en relación con la vida sobrenatural. Se puede decir que ya ha llegado el momento para toda alma pensante, y que este momento seguirá llegando cada vez más, —solo los miopes pueden opinar lo contrario sobre este punto—: ha llegado el momento, y seguirá llegando cada vez más, en el que las almas se sentirán inquietas cuando tengan que percibir: Sí, el verdadero hogar del alma, aquello que debemos llamar el mundo espiritual, es algo que debe surgir en la imaginación de todo corazón amoroso, pero aquello que valoramos como ciencia, aquello que los mejores de nuestros contemporáneos dicen que es lo único que tiene derecho a fundamentar la verdad, o bien se aleja de cualquier investigación de los mundos suprasensibles, o bien quiere arrogarse al menos el derecho de decir que la capacidad cognitiva humana es tan limitada, tan restringida, que no puede penetrar en el mundo suprasensible y que, por lo tanto, hay que dejar de lado todo conocimiento, todo saber sobre este mundo.

Han pasado aquellos tiempos, estimados presentes, en los que las almas no sentían esta discordia, que se manifestaba en que el corazón tenía la certeza interior de un hogar suprasensible, pero la razón afirmaba que no era posible alcanzar ese hogar. Precisamente por esta razón, la investigación espiritual de nuestro tiempo siente que debe integrarse en la cultura general aquello que realmente, con las fuerzas que se han desarrollado dentro de la humanidad a través del trabajo sobre los fenómenos naturales durante siglos, es posible que estas fuerzas, si se utilizan de la manera correcta, penetren realmente en los mundos espirituales, del mismo modo que el conocimiento externo, ligado a los sentidos y al cerebro, puede penetrar en la naturaleza del mundo. Sin embargo, esta afirmación sigue encontrando hoy en día detractores. Uno se encuentra con malentendidos. Sí, se puede decir, se debe decir, que si se quiere hablar de las ciencias espirituales en el sentido en que aquí se entienden, hay que hacerlo en términos tan poco habituales que, precisamente cuando uno mismo se encuentra en ellas, resulta comprensible que innumerables personas que hoy creen estar firmemente asentadas en el terreno científico tengan que oponerse aún a estas ciencias espirituales. Pero, al igual que hace tres o cuatro siglos se produjo un cambio radical en los hábitos de pensamiento cuando las ciencias naturales introdujeron una forma de pensar completamente diferente sobre el mundo espacial, así se producirá en las almas humanas ese cambio en los hábitos de pensamiento que es necesario para que se difunda cada vez más la comprensión de las verdades que me permitiré esbozar en esta conferencia. Sin embargo, estimados asistentes, tan cierto como es que las ciencias humanas son hijas legítimas de las ciencias naturales, hay que admitir que hoy en día se puede creer que uno ha perdido el juicio científico si se apoya en las ciencias espirituales. Porque el estado de ánimo del investigador espiritual es radicalmente diferente al del investigador naturalista. Veamos, estimados asistentes, cómo se siente el investigador natural con respecto a la naturaleza exterior. Dirige sus sentidos, ya sea sin armas o armado con las herramientas adecuadas, hacia las cosas externas; utiliza el pensar para reconocer las leyes de los hechos de la naturaleza. Tal como es el ser humano, tal como está, por así decirlo, colocado en este mundo, así se enfrenta al mundo cuando quiere conocer la naturaleza. Aplica su pensar, su capacidad de juicio, sus sentidos, tal como le han sido dados, al estudio de los hechos de la existencia.

Quien quiera adentrarse en el mundo espiritual debe proceder de manera muy diferente. Por eso quiero comenzar describiendo un poco la disposición de ánimo que debe tener el investigador espiritual. Lo que el naturalista utiliza para abordar directamente las cosas externas y al ser humano mismo, sus sentidos, su capacidad de juicio, sus facultades cognitivas habituales, el investigador espiritual no lo utiliza directamente en un primer momento. Todo lo que le es propio, con lo que normalmente se enfrenta directamente al mundo, el investigador espiritual lo utiliza primero para prepararse para la investigación propiamente dicha. Todo lo que puede aportar en cuanto a pensamiento en este trabajo del alma, la agudeza de su pensamiento, la fuerza de sus sentimientos y sensaciones, lo utiliza para desarrollar su alma, para convertirla poco a poco interiormente en otro ser, para madurarla primero para lo que quiere emprender. Y al abordar el desarrollo del alma de la manera que se describirá más adelante, uno siente algo muy diferente a lo que siente hacia la vida exterior. Uno siente que, cuando se practica honestamente la investigación espiritual, surge en el alma un temor reverencial hacia la verdad; se siente algo así como si la verdad flotara en la lejanía y uno tuviera que acercarse primero a ella. Sí, esta disposición de ánimo se intensifica cada vez más, de modo que, cuanto más se avanza en la investigación espiritual, más se desarrolla la sensación de que hay que esperar. Tal y como está ahora tu alma, es mejor que no te acerques todavía a la exploración de ciertas cuestiones de la vida espiritual. Sigue trabajando en tu alma y llegarás a un punto en el que estarás más maduro y encontrarás respuesta a las preguntas que hoy deseas responder.

Esperar con reverencia sagrada a ver adónde puede llegar el alma, sí, abstenerse, por así decirlo, de abordar ciertas cuestiones sobre los fundamentos de la existencia, ese será el estado de ánimo del investigador espiritual. Entonces vivirá de tal manera que se entregará con confianza a la corriente de la existencia, confiando en que la sabiduría reina en la existencia y que la sabiduría que fluye lo hará cada vez más maduro. Con estas palabras quiero indicar en primer lugar el estado de ánimo que debe tener el investigador espiritual. Depende mucho de que tenga un temor reverencial hacia la verdad, de que sienta que primero debe madurar más y más para poder acercarse a ella.  Y para él resulta como una necesidad interior sumergir todo lo que tiene que llevar a cabo con su alma en un estado de ánimo como el que acabo de describir. No quiero decir, estimados presentes, que tal estado de ánimo deba crearse artificialmente, que deba imponerse a quien quiera convertirse en investigador espiritual, no, se produce por sí solo cuando se lleva a cabo lo que el alma necesita para encontrar su verdadera esencia. ¿Cómo se lleva a cabo? Solo puedo esbozar el principio en pocas palabras; los detalles los encontrarán en mi libro «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?» y «Ciencia oculta en esbozo» en la segunda parte, o en relación con detalles muy concretos en uno de los últimos escritos: «El umbral del mundo espiritual». 

Es fácil creer que hay que realizar actos maravillosos y muy especiales para penetrar en el mundo espiritual. No es así. En el fondo, lo que el alma necesita para penetrar en el mundo espiritual está presente en la vida anímica de todo ser humano. Se lleva a cabo entre las demás experiencias de la existencia cotidiana. Y lo que, por así decirlo, solo se lleva a cabo entre las líneas de la vida, debe ser desarrollado por el investigador espiritual con una fuerza ilimitada. Y hay algo que, en un primer momento, nos parece insignificante en la vida del alma, lo que en la vida cotidiana llamamos atención.

Como bien saben, estimados asistentes, debemos desarrollar la atención en nuestra vida cotidiana, debemos interesarnos por las cosas que se nos presentan; no podemos dejar que la vida pase de largo, tal y como se presenta a los sentidos y al entendimiento, sino que debemos seleccionar hechos y entidades concretos y prestarles especial atención. Solo así podemos ordenar nuestra vida anímica. Desarrollamos esta atención de forma totalmente involuntaria. Antes de entrar en su aplicación a la investigación espiritual, me gustaría mostrar en dos puntos cómo esta atención interior ya es importante en la vida cotidiana. Con razón, un filósofo dijo: en el fondo, la cuestión de la capacidad de recordar, de la memoria, es en realidad la cuestión de la atención del alma humana. Y se ganaría infinitamente mucho para las cuestiones y máximas educativas si se quisiera reconocer realmente lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre la relación entre la atención y la memoria.

¿Cuántas personas, casi se podría decir que todas, se quejan de tener mala memoria, de que a cierta edad la memoria empieza a fallar? Si se comprendiera a tiempo la relación entre la atención y la memoria, la situación mejoraría. Se puede decir lo siguiente a todas las personas: cuanto más se esfuerza el ser humano por desarrollar la fuerza de la atención, es decir, por concentrar una y otra vez su interés en hechos concretos de la vida, cuanto más se esfuerza interiormente por concentrar su alma en la atención, más fuertes se vuelven su memoria y su capacidad de recordar. No solo recordamos más fácilmente aquello a lo que hemos prestado atención, sino que la fuerza del recuerdo, la fuerza de la memoria, se vuelve más fuerte cuanto más nos educan o nos educamos a nosotros mismos para desarrollar una y otra vez la actividad de la atención. La actividad y la capacidad están relacionadas en este caso. No solo es fácil constatar en la vida que recordamos más fácilmente aquello en lo que hemos prestado atención, sino que, al desarrollar la actividad de la atención, se refuerza la capacidad de recordar. Eso es lo primero.

Otra cosa es, diría yo, algo que puede llevarnos a un capítulo triste de la vida espiritual humana. Muchos de ustedes habrán oído hablar ya de cómo, en casos extremos, la vida espiritual humana puede verse perturbada por una interrupción en el recuerdo de las propias experiencias. En casos muy especiales, ocurre que una persona se siente repentinamente arrancada de su actividad; ya no sabe lo que hace; ha olvidado parcial o totalmente su vida anímica anterior; vive como en otro estado de conciencia. Puede viajar, puede emprender todo tipo de actividades, pero solo más tarde reaparece el recuerdo continuo e inalterado de sus experiencias. Entonces, de repente, se da cuenta de quién es, mientras que antes había olvidado su yo. Si esto también representa, de manera tan radical, un caso de enfermedad en el ser humano, la alteración de la memoria se produce en el alma humana de forma más o menos leve, y estas cosas podrían entrar mucho menos en la vida si se tuviera en cuenta que también esta continuidad de la conciencia, esta visión global de la propia experiencia, de modo que uno realmente esté siempre muy presente en sí mismo, depende de que se desarrolle al máximo la actividad de la atención. Y se hace un gran bien a los niños para su edad adulta si se les anima a concentrar su interés en procesos y entidades individuales. Se fortalece su fuerza de voluntad, en la medida en que se deriva de las experiencias interrelacionadas de la vida, y también su capacidad de juicio a través de la atención. Pero cuando se observa la vida anímica habitual, hay que decir que la atención se desarrolla entre las líneas de la vida.

De manera ilimitada, la actividad debe aumentar la atención de los investigadores espirituales, o de aquellos que desean convertirse en investigadores espirituales. Mientras que normalmente desarrollamos nuestro interés por esto o aquello debido a estímulos externos, el investigador espiritual debe desarrollar la concentración de manera interna y adecuada. De manera arbitraria, mediante una fuerte actividad interna de la fuerza del alma, el investigador espiritual debe reunir todo lo que hay en su alma y dirigirlo, en la medida de lo posible, hacia algo que no le impulse desde fuera, ya sean ideas que se forman en el alma misma o aquellas que le aconsejan investigadores espirituales expertos. Se deja que estas ideas surjan arbitrariamente en el alma en determinados momentos; por lo demás, se intenta ponerse en un estado en el que los sentidos externos no perciban nada, como en el sueño, en el que el pensamiento habitual se detenga, como en el sueño, con la excepción de que toda el alma se concentre con todas sus fuerzas en la única idea que se mantiene mientras se puede. A eso se le llama concentración. Pueden leer más detalles al respecto en los libros mencionados anteriormente. Cuanto más se utilicen este tipo de ideas, que en cierto modo no tienen ningún modelo en el mundo exterior, y cuanto más se pongan las ideas simbólicas en el centro de la conciencia, mejor será el resultado. Y ahora se trata de que el investigador espiritual realice este ejercicio una y otra vez; unos, según sus capacidades, lo consiguen en poco tiempo, otros solo después de años, pero tal y como se nos ha propuesto, alcanzamos, por así decirlo —el desarrollo actual de la humanidad lo hace posible—, la capacidad de elevar algo en el alma al comportarnos así. Las fuerzas que de otro modo permanecen latentes en las profundidades del alma salen a la superficie cuando realizamos una y otra vez, con esfuerzo paciente y perseverante, estos ejercicios de concentración. No se llega a ser investigador espiritual de forma externa y tumultuosa, sino a través de procesos en el alma, como los descritos en el aumento de la atención hasta el infinito.

 Entonces, en un momento adecuado, ocurre algo que ahora se puede llamar, —quiero señalar expresamente que no se le da ningún valor especial a la expresión en sí, que no pretende demostrar nada—, se alcanza algo que se puede llamar un «proceso de química espiritual». Y al discutir este proceso de química espiritual, verán que, sin embargo, la ciencia espiritual moderna, tal y como se entiende aquí, busca la verdadera esencia del alma de una manera similar —pero solo similar— a como la ciencia natural intenta desentrañar los misterios de la naturaleza. Solo porque la ciencia espiritual se adentra en el ámbito espiritual, sus métodos y trabajos preparatorios deben ser diferentes a los de la ciencia natural.

¡Química espiritual! Bueno, si queremos utilizar la expresión como tal, para que nos ayude a comprender el asunto: cuando miramos el agua, no vemos que el químico pueda separar el hidrógeno de ella, porque el hidrógeno no se ve en el agua. El agua apaga el fuego, el hidrógeno arde. Así como no se puede ver la esencia del hidrógeno cuando se tiene el agua delante, tampoco se puede ver la esencia del alma en el ser humano que está delante de nosotros con su cuerpo. Pero, al igual que el químico separa el hidrógeno del agua como algo que tiene propiedades completamente diferentes a las del agua, el investigador espiritual, utilizando su propia alma como herramienta de investigación, separa su alma del cuerpo mediante la concentración, separando lo espiritual y lo anímico de lo físico y lo corporal. Si una ciencia natural o una cosmovisión monista abstracta, que no tiene en cuenta los hechos, llama a esto dualismo, se puede soportar tranquilamente tal reproche.  También se podría decir que en el agua hay dualismo; el agua no es solo una unidad, un monos, sino que para conocerla hay que extraer el hidrógeno. Así como el hidrógeno puede extraerse del agua mediante la química física, lo espiritual-anímico se separa de lo físico-corporal mediante procesos como el descrito, y otros similares que encontramos en los libros mencionados. Y el investigador espiritual experimenta entonces el momento significativo, el gran momento, en el que realmente puede asociar un significado a las palabras que, si no se conoce nada de los hechos de la experiencia espiritual, no tienen ningún sentido: me experimento como un ser espiritual y anímico independiente de mi cuerpo, fuera de mi cuerpo. Y como no quiero hablar en abstracto, sino de los hechos de la experiencia espiritual, de los hechos del descubrimiento de la verdadera esencia del alma, tampoco quiero dejar de describir las experiencias individuales que vive el investigador espiritual.

Si en la vida cotidiana estamos inmersos en un entorno en el que, al igual que el hidrógeno se une al oxígeno, lo espiritual y lo anímico están ligados a lo físico, entonces, estimados presentes, vemos el mundo de tal manera que sabemos que desarrollamos la fuerza de nuestra alma gracias a las herramientas de nuestro cuerpo; utilizamos nuestros sentidos, nuestro cerebro; vivimos en nuestro cuerpo. Lo primero que uno detecta, sabiendo que vive con su alma y su espíritu fuera de su cuerpo según los ejercicios indicados, es lo que se puede llamar el poder del pensar. En la vida cotidiana, sabemos que este poder del pensar se puede utilizar porque estamos vinculados al cerebro mediante el pensar. Pero ahora uno se experimenta a sí mismo tejiendo pensamientos y existiendo fuera de su cerebro. Lo que les cuento no es un cuento de hadas, ni una hipótesis, sino algo que puede experimentar quien quiera que realice los ejercicios correspondientes; llega a saber: ahora vives en tu vida mental como si flotaras alrededor de tu propio cerebro; fuera del cuerpo se desarrolla la fuerza de tu pensamiento. Ese momento se vive como algo especialmente intenso, incluso conmovedor. Si uno se esfuerza durante un tiempo en hacer los ejercicios, llega un momento en el que aún no se puede experimentar del todo el pensamiento fuera del cerebro. Es algo que se extiende como un crepúsculo onírico, como resultado de la concentración; pero el momento en el que uno se sumerge de nuevo en el cerebro, en el que el pensamiento que se produce fuera del cuerpo se transforma en pensamiento dentro del cuerpo, es lo que se nota primero con toda claridad. Se siente cómo se sumerge de nuevo con el ser que se ha experimentado fuera del cuerpo, como algo que se penetra con dificultad, y como en corrientes agradables se siente cómo el ser pensante se introduce en el cuerpo y atraviesa el cerebro para volver a utilizarlo para el pensamiento exterior. Estos hechos son tales que resulta comprensible que hoy en día muchas personas tengan que decir: «El que dice eso habla sin sentido, son fantasías de un semiloco». - Pero estos son los hechos que permitirán a las personas reconocer cómo aprender a conocer la verdadera esencia del alma. Son hechos que se difundirán en la cultura del futuro, porque las almas los anhelan, aunque aún no sean conscientes de ello. Estos hechos se difundirán del mismo modo que se difundió en su día la visión copernicana del mundo, según la cual la Tierra se mueve a gran velocidad por el espacio.

Así pues, lo primero que se puede separar del cuerpo físico es la facultad de pensar y, en el fondo, si se tiene perseverancia para continuar con los ejercicios descritos durante más tiempo, se puede tener esta emancipación del órgano físico del pensar como primera experiencia suprasensorial. Se trata simplemente de que, en cierto modo, hay que superar obstáculos individuales para poder tener ese tipo de experiencias. Las personas, por ejemplo, cuyo interés se limita a lo que constituye la existencia física, que no pueden desarrollar intereses más amplios, verán sin embargo que se enfrentan a graves obstáculos cuando hagan el intento que acabamos de describir. La amplitud de miras en los intereses, la capacidad de entrar en contacto con lo que cada ser ofrece en el mundo físico en cuanto a belleza y grandeza, debe ser propia del alma. Quien solo se interesa por sí mismo, se dará cuenta de que, en la misma medida en que realiza los ejercicios, —cualquiera puede hacerlos, lo importante es hacerlos correctamente—, quien se sumerge en su pensamiento habitual en el egoísmo, notará que, a medida que avanza, a través de los ejercicios caracterizados, algo llega a su alma que se puede llamar un cierto temor interior al mundo al que hay que entrar, que se experimenta fuera del cuerpo. Este temor, en el fondo, siempre está presente en el alma, solo que no se sabe nada de él. En la ciencia espiritual se habla del umbral que separa el mundo sensorial del espiritual, el terrenal del sobrenatural. Se habla de que hay que cruzar este umbral, incluso se dice que este umbral está custodiado por un guardián, con lo que, por supuesto, se refiere a una fuerza espiritual. Es decir: es cierto, y la ciencia espiritual lo confirma, que, como dice Fichte, el mundo espiritual siempre nos rodea y que también podemos encontrar el camino hacia él. ¿Por qué este mundo espiritual no se presenta siempre ante el alma humana al igual que lo hace el mundo físico? Porque lo que el aspirante a investigador espiritual puede experimentar a través de vivencias como las que acabamos de describir provoca la aparición del miedo en el alma, porque este miedo está en el alma; y este miedo es un buen remedio contra una incursión inmadura en el mundo espiritual. Este miedo siempre está ahí, en las almas, pero no se manifiesta como miedo, sino en el hecho de que las personas se debilitan en los esfuerzos que podrían hacer para entrar en el mundo espiritual. Aparentemente se vuelven indiferentes, ya no les interesa seguir haciendo los ejercicios; pero en realidad es el miedo lo que no sienten, porque no lo perciben como tal. Incluso se puede decir que la investigación espiritual demuestra con certeza de dónde proviene realmente la mentalidad materialista de la humanidad. En nuestra época hay personas de mentalidad materialista que dicen que no se puede hablar de un mundo espiritual o que no hay que preocuparse por él, porque la capacidad cognitiva humana solo se dirige al mundo sensible. También dicen que no es científico hablar de una vida en el espíritu. Sí, estas personas, —hoy en día se les llama elegantemente «monistas», antes se les llamaba «materialistas»—, se consideran especialmente científicas cuando rechazan por completo el mundo espiritual, cuando dicen que la ciencia no tiene nada que ver con el mundo espiritual. Ciertamente, no es precisamente adecuado encontrar adeptos entre estas personas, que son, diría yo, monistas acérrimos, cuando se dice la verdad sobre estos hechos, pero esta verdad es precisamente eso, verdad. No son razones lógicas, ni nada que se pueda demostrar, lo que mantiene al alma cautiva en el materialismo o el monismo, sino el miedo, que las personas no reconocen como tal, que no se atreven a admitir. Este miedo genera ideas como que no es científico creer en el mundo espiritual. Quien ve las cosas con claridad sabe que en las reuniones de materialistas se reúnen las almas porque en todas ellas reina el miedo al mundo espiritual. No es agradable decirle a la gente que, en el fondo, son almas temerosas, que revisten ese miedo con una lógica aparente, como si pudieran demostrar que solo los hechos del mundo físico tienen validez.

Con ello habríamos señalado los obstáculos que impiden al alma penetrar en el mundo espiritual, al que pertenece con su verdadera esencia.

A los ejercicios descritos deben añadirse ahora otros, pero no de manera que el alma los combine entre sí, sino de forma alterna. Al igual que el péndulo de un reloj se mueve alternativamente hacia un lado y hacia otro, y no hacia ambos lados a la vez, el alma no puede realizar diferentes ejercicios al mismo tiempo, sino que debe realizarlos de forma alterna, para que se complementen entre sí.

Oh, lo que también está presente entre las líneas de la vida, podemos aumentarlo hasta el infinito; eso es lo que llamamos entrega, la entrega que experimentamos cuando algo nos absorbe por completo, cuando olvidamos todo lo demás que nos rodea y vivimos únicamente con aquello que nos exige esa entrega. Debemos entregarnos pasivamente, mientras que debemos estar activos en nuestra atención. Pero esta entrega debe convertirse, en cierto modo, en universal si queremos convertirnos en investigadores espirituales. Esto debe llevarse a cabo de tal manera que volvamos a desarrollar un estado de ánimo similar al sueño, pero opuesto a él. Toda voluntad descansa, incluso aquella que se expresa en la más mínima actividad de los miembros.  Todo pensamiento arbitrario descansa, la percepción descansa, pero el alma está despierta y tan despierta que se entrega por completo a la corriente de la existencia, que desarrolla ese estado de ánimo en absoluta tranquilidad que tal vez conoce el religioso cuando está profundamente devoto en la oración, pero en la investigación espiritual no se entrega uno al contenido de una oración, —pondría al alma en un estado de ánimo determinado—, sino, diría yo, simplemente entregarse con todo su ser al poder eterno de la existencia, que provoca en el alma que otras fuerzas, distintas de las meras fuerzas del pensar, sean elevadas desde el alma. Así, quiero caracterizar ahora una segunda fuerza que podemos extraer del ámbito de la experiencia anímica. Cuando les hablo así, desarrollo mis palabras haciendo que mis pensamientos dirijan mi cerebro, que se apoderen del órgano del habla. Con los órganos físicos expreso lo que quiero decirles. Del mismo modo que mediante la concentración se puede emancipar la capacidad de pensar del órgano físico del cerebro, también se puede separar del órgano del habla, e incluso del cerebro, la fuerza que en la vida cotidiana se vierte en los órganos del habla, y desarrollarla únicamente en el alma, en un completo silencio exterior, por así decirlo. Si se retiene en el alma lo que de otro modo fluye hacia el habla, desarrollándolo solo interiormente, se activa la palabra interior no pronunciada, la palabra que no se puede oír con un órgano físico, la palabra que se oye interiormente, escuchando interiormente al propio yo. Y esta palabra, esta palabra muda, pero por ello tanto más clara espiritualmente, a la que se llega mediante la emancipación de la facultad del habla del órgano físico del habla, esta palabra interior, en ella se derrama lo que se puede llamar «mundo exterior espiritual». Así como en el mundo físico estamos rodeados de seres del reino mineral, vegetal, animal y humano, cuando separamos la fuerza del pensar y la fuerza del lenguaje del cuerpo, entramos en una experiencia interior espiritual y anímica en un mundo en el que estamos rodeados de seres espirituales, fuerzas espirituales y procesos espirituales.

Hoy en día, hablar de este mundo todavía no está del todo bien visto; algunos filósofos ya permiten hablar de un mundo espiritual en general, porque comprenden lo absurdo que es negar su existencia, pero dicen: detrás del mundo sensorial hay un mundo espiritual. Y ciertos espíritus se consideran ya muy elevados cuando rinden culto al llamado «panteísmo». Para quien ve las cosas con claridad, eso no tiene más valor que el pannaturalista que, al pasear por un prado, diría: «¿Qué me importan las flores amarillas o rojas, estos bosques, aquellas montañas, valles y ríos? Todo es naturaleza, naturaleza, naturaleza. No me interesa que haya procesos físicos individuales que se puedan observar». Del mismo modo que una persona así solo quería llamar «naturaleza» a todo en el pannaturalismo, quien solo quiere permitir que se hable del espíritu en sentido panteísta, de manera panteísta, se enfrenta al mundo espiritual. Frente a ello se encuentra la verdadera investigación espiritual, que realmente separa lo anímico-espiritual de lo físico-corporal, del mismo modo que el hidrógeno es diferente del agua. Esta ciencia espiritual llega al mundo espiritual de tal manera que distingue los procesos y entidades concretos individuales del mundo espiritual, de los que debemos decir: Así como aquí, en el mundo físico, estamos como seres humanos y contemplamos a los seres del reino mineral, vegetal, animal y humano, así nos enfrentamos al mundo espiritual a través de la investigación espiritual; pero ahora ya no estamos en el nivel más alto, sino en el más bajo, y por encima de nosotros comienza, a medida que nuestra propia alma se integra en el mundo espiritual como ser espiritual, la jerarquía de los espíritus superiores. Ascendemos a la escala de los seres espirituales a los que pertenecemos con lo espiritual-anímico, del mismo modo que pertenecemos al reino físico-mineral a través del cuerpo físico.

Y, sobre todo, se llega a ello, muy estimados presentes, cuando se emancipa la fuerza del lenguaje, cuando se conserva interiormente aquello que de otro modo se derrama en los órganos físicos del habla y se conecta así con el cuerpo, entonces se llega a ampliar lo que en la vida cotidiana se puede llamar «memoria». Tal y como se manifiesta en el alma, de modo que miramos atrás a las experiencias de la existencia hasta el momento en que podemos recordar, cómo las experiencias surgen en forma de imágenes y pensamientos del pasado desde los fondos del alma, así, cuando el alma avanza como se ha descrito, llega también el momento en que surgen de los fondos indeterminados del alma imágenes que no son las que expresan lo que hemos vivido en esta vida, sino las que nos llevan fuera de este mundo a un mundo puramente espiritual, y la fuerza del alma del recuerdo se amplía de tal manera que nuestra alma realmente conecta un significado con las palabras: Antes de nacer o ser concebido por mis padres a partir de la materia física, yo estaba en un mundo espiritual; allí viví experiencias y retrocedí a vidas terrenales anteriores, y cuando atraviese la puerta de la muerte, atravesaré un mundo espiritual; y lo que desarrollo en esta vida es el germen de las siguientes vidas terrenales, que viviré con la misma seguridad con la que vivo esta vida terrenal. Como un hecho de la experiencia interior, como resultado de la búsqueda de su verdadera esencia, el alma encuentra las repetidas vidas terrenales y las formas de existencia intermedias entre la muerte y el nuevo nacimiento. Como un hecho interior, el alma encuentra esto.

La experiencia interior que se tiene cuando se libera la fuerza del pensar puede compararse con una expresión facial interna, puramente espiritual. Porque no podemos enfrentarnos al mundo espiritual con la misma pasividad con la que nos enfrentamos al mundo exterior con nuestros sentidos. En el momento en que nos experimentamos fuera del cuerpo con la fuerza del pensar, esta debe mantenerse siempre activa. Esa es la diferencia entre la percepción espiritual y la percepción física. En la percepción física podemos pensar y entregarnos al pensamiento; en cuanto entramos en el mundo espiritual con la fuerza del pensar emancipada, debemos estar siempre activos; debemos deslizarnos hacia las entidades espirituales que queremos percibir. Debemos estar siempre activos. Si dejamos de estar activos, la percepción espiritual también cesa. Se puede llamar a esta percepción un juego de expresiones faciales internas. Hay que expresar siempre, de forma arbitraria, lo que es la percepción, lo que se puede saber del otro ser, adaptando el propio pensar emancipado a los procesos y seres que se perciben.

Así, el habla emancipada, la vida en la palabra interior, puede denominarse un gesto interior, un ademán interior. Del mismo modo que en la vida exterior, cuando uno se encuentra inmerso en una actividad, se necesitan gestos, —a veces demasiados, como en mi caso durante la conferencia—, entonces se expresa en la acción lo que se experimenta; así como en la vida física se está en movimiento en el gesto y se expresa lo que hay en uno, así, al emancipar la fuerza del lenguaje, al pasar al mundo espiritual y a los procesos del mundo espiritual, hay que expresar lo que pertenece a los otros seres mediante un gesto interior. De ello se desprende la gran diferencia entre el conocimiento espiritual real y el conocimiento sensorial. El conocimiento sensorial es pasivo, el conocimiento espiritual es activo.

Si continuamos con los ejercicios, llegamos a otra conclusión. Para expresar lo que quiero aclarar, me refiero al desarrollo del niño. El ser humano llega a la vida física, —lo cual también se puede demostrar científicamente—, de tal manera que primero debe adquirir la capacidad de erguirse y de orientarse en la vida exterior. El animal entra en la vida física de otra manera; las razones en contra son solo aparentes. El ser humano entra en la vida de tal manera que al principio es un ser reptante e indefenso y primero debe adquirir la capacidad de orientarse. Y los espíritus importantes siempre han señalado lo que significa para el ser humano estar erguido y poder mirar hacia las alturas del cielo. El ser humano adquiere esto en la infancia. Entonces se despiertan en él las fuerzas que le permiten convertirse en un ser erguido. Le da a todo su cuerpo la fisonomía exterior; lo que él es como espíritu lo introduce en su cuerpo, que le ha sido dado por herencia; el espíritu endereza este cuerpo mediante fuerzas que en el ser humano son propias del espíritu, —esto también se puede demostrar científicamente, pero hoy nos llevaría demasiado lejos—, que no son meras fuerzas del cuerpo, sino que residen en lo espiritual-anímico, impregnan el cuerpo y le dan la dirección correcta. Lo que ponemos en el cuerpo en la primera infancia, lo que vertemos en el cuerpo para convertirnos en un ser erguido, también podemos emanciparlo del cuerpo, al igual que emancipamos la fuerza del pensar y del hablar. Sin embargo, esto es lo más difícil de lograr, pero poco a poco se adquiere la capacidad de extraer del cuerpo aquello que da dirección al ser humano en la infancia, de modo que fuera del cuerpo se puede tomar cualquier dirección que se desee.  Concretamente, se puede conocer la gran diferencia entre subir y bajar; no se trata de direcciones espaciales, sino que la dirección hacia arriba es una experiencia interior. Una vez que se ha emancipado la fuerza de elevación del cuerpo, algo se eleva en el alma, fuera de su cuerpo, algo que el alma experimenta profundamente desde el punto de vista moral, algo de lo que puede decir: es como contrarrestar la fuerza de la gravedad. Pero no se trata de una dirección, no se refiere al espacio, sino que lo que experimenta el alma se puede expresar más o menos así: al experimentar este «ascenso», el alma se siente cada vez más sola. Y entonces, al experimentar esto realmente en el alma, se atraviesan todos esos estados de ánimo que se pueden atravesar bajo la impresión de estar cada vez más y más solo. Estar tan solo que sabes: fuera de ti hay un mundo, pero ahora tampoco percibes espiritualmente nada de este mundo. Desapareces, por así decirlo, de este mundo y te sumerges cada vez más en ti mismo. Esto llega tan lejos que, si el alma no está preparada para esta soledad, tal y como se puede leer en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?», esta soledad se apodera del ser humano de tal manera que siente todo un mundo en su interior, que cada vez se siente más y más solo en su ascenso, por así decirlo, y el mundo se le escapa. Este estado de ánimo, en el que el alma siente un mundo en su interior, puede estar asociado con el miedo a uno mismo, con el hecho de que ahora se atraviesan todos los conflictos trágicos y felices, de que se toma conciencia de todo lo que hay en el fondo del alma humana.

La investigación espiritual puede determinar que, entre la muerte y un nuevo nacimiento, el alma vive repetidamente en el mundo puramente espiritual en tales estados de ánimo, alternando con los otros estados de ánimo que describiré a continuación. Y el momento que se produce inmediatamente en medio entre la muerte y el nuevo nacimiento, —me he tomado la libertad de llamarlo en el drama misterio «El despertar de las almas» «la medianoche espiritual de la existencia», porque allí el alma, en medio de las bienaventuranzas de la vida espiritual antes del siguiente nacimiento, atraviesa un momento en el que está completamente sola consigo misma, solo se experimenta a sí misma, pero puede sentirse bastante angustiada al ser consciente de que a su alrededor hay un mundo, pero está fuera de su conciencia, no sabe nada de él; un mundo, sí, mundos surgen de nuestro interior. Con estos mundos está solo en soledad.

El investigador espiritual aprende a reconocer este estado de ánimo. Y aprende a reconocer otro que se puede describir como «descenso», el estado de ánimo en el que el alma siente como si irradiara su propia luz espiritual. Así como en la vida física vemos y percibimos las cosas gracias a que el sol las ilumina, en el mundo espiritual debemos dejar que la luz espiritual fluya sobre las cosas. Y los momentos de soledad nos invaden cuando dejamos de hacer brillar el sol interior. Cuando la luz del sol interior brilla, nos extendemos, por así decirlo, sobre el mundo de los demás seres. Lo que se podría llamar «convivencia espiritual», «unión espiritual» con las almas que han fallecido antes o después que nosotros, con las que hemos convivido o con las que están en la Tierra, ya que desde el mundo espiritual percibimos las almas que aún están encarnadas en la Tierra, este estado, percibir espiritualmente , de vivir en él, alterna entre la muerte y un nuevo nacimiento con el estado de soledad.  Los dos estados se alternan con la misma regularidad con la que se alternan el día y la noche en nuestra vida física. Así se adquiere la capacidad de sentirse, por así decirlo, aislado, pero con un mundo interior, de sentirse derramado sobre el mundo espiritual y sus seres y procesos. Pero también se aprenden a conocer otras fuerzas que pueden compararse con la derecha y la izquierda, delante y detrás. Pero al familiarizarse con estas fuerzas, al desarrollar todas estas fuerzas, entre las que se encuentra la fuerza de la rectitud, el alma adquiere la capacidad de seguir adentrándose en el mundo espiritual, en el mundo de los seres espirituales que nos rodean, y entonces salimos completamente de nosotros mismos. Miramos nuestro cuerpo fuera de nosotros y podemos entrar en otras entidades espirituales, podemos adoptar su fisonomía. Porque mientras aquí desarrollamos nuestra primera fisonomía, nuestra forma de andar erguida, en el mundo espiritual debemos adoptar la constitución interna de los seres espirituales. Así, el alma se conecta, por así decirlo, con el mundo en el que realmente tiene sus raíces su entidad espiritual.

Todo lo que he intentado describir es realmente, —debo expresarlo de forma un tanto trivial—, una especie de química espiritual. El alma se libera de lo físico-corporal y establece una nueva conexión, como el hidrógeno cuando se extrae del agua. Esta nueva conexión es la conexión con el mundo en el que el alma tiene sus verdaderas raíces, su verdadero hogar. Por supuesto, alguien podría decir ahora: Bueno, entonces solo el investigador espiritual puede saber algo del mundo espiritual. Entonces habría que convertirse en investigador espiritual para poder realmente integrarse en ese mundo espiritual. No es así, estimados presentes. Del mismo modo que no es necesario ser pintor para comprender un cuadro pintado por un pintor, tampoco es necesario ser investigador espiritual para comprender y entender lo que investiga el investigador espiritual. Aunque, como pueden deducir de mis libros, en nuestra época todo el mundo puede convertirse en investigador espiritual hasta cierto punto, no es necesario serlo. Hay que ser pintor para pintar cuadros; hay que ser investigador espiritual para penetrar en el mundo espiritual; pero si se describe lo que se investiga en ese mundo espiritual, si se logran encontrar las palabras adecuadas en el mundo físico para describir ese mundo espiritual, entonces lo que el investigador espiritual tiene que decir puede ser comprendido por todas las almas. Y entonces, lo que el investigador espiritual tiene que decir no es, en realidad, una teoría como cualquier otra, sino que se relaciona de manera muy diferente con la vida. Se puede decir: no solo es cierto que hay que ser químico para investigar los procesos químicos, sino también para comprender lo que el químico ha investigado; pero, al igual que no es necesario cultivar uno mismo el campo para vivir de él, ni saber todo lo que hay que hacer para obtener los alimentos, ni realizar el trabajo en sí, y, sin embargo, disfrutar de los alimentos, lo que el investigador espiritual tiene que decir, —si lo que dice el investigador espiritual se basa en la verdad—, llega a un lenguaje misterioso presente en cada alma, realmente presente en cada alma. Este lenguaje está presente en cada alma. Y si hoy en día muchas personas siguen creyendo que lo que dice el investigador espiritual es absurdo, es una locura, es solo porque estas personas no han adquirido capacidad de juicio, sino prejuicios. Una vez que se reconozca realmente el significado de la ciencia externa, estos prejuicios desaparecerán y entonces surgirán esas misteriosas facultades de comprensión que ya existen hoy en las almas, y se comprenderá la ciencia espiritual, porque toca fibras secretas del alma humana que deben resonar, tan verdaderamente como nuestras papilas gustativas desarrollan el sabor cuando se les lleva comida.

Llegará el momento, estimados presentes, en el que ya no se hablará de la ciencia espiritual como hoy, sino que las palabras de los maestros espirituales resonarán de tal manera que las almas las absorberán, aunque no sean investigadores espirituales. Así como se disfruta de los frutos del campo sin cultivarlo uno mismo, así como se disfruta del grano sin molerlo uno mismo, así se «absorberá» espiritualmente, se «saboreará» espiritualmente lo que pertenece al alma a través de la ciencia espiritual. Llegará el momento, aunque hoy todavía estemos muy lejos de él, en que el lenguaje misterioso que vive en cada alma se activará en el alma, de modo que el investigador espiritual ya no será un predicador en el desierto, sino que podrá hablar a la gente de tal manera que la gente dirá: lo que dice el investigador espiritual solo evoca lo que ya está presente en todas las almas.  Pero entonces llegará el momento en que se sabrá que existe un conocimiento sobre el mundo espiritual que no solo es tan seguro como la ciencia natural, sino mucho, mucho más seguro; y se confirmará científicamente lo que Fichte intuía: no solo se puede vivir después de la muerte en un mundo espiritual, sino que ya aquí, en el mundo físico, se puede vivir en el mundo espiritual y comprenderlo, es más, se puede vivir más verdaderamente en el mundo espiritual que en el mundo físico. Se comprenderá que la existencia física obtiene su valor, su seguridad y su veracidad precisamente por el hecho de comprender cómo el alma encuentra su verdadera esencia en el mundo espiritual.

Solo como comentario al margen, me gustaría mencionar, —sin pretender dar importancia al asunto, sino porque ya se puede mencionar como un hecho—, que ya existe cierta comprensión de este mundo, que debe revelarse a los seres humanos como ciencia del espíritu, como un mundo realmente divino y espiritual en el que el alma tiene sus raíces en la verdad. El hecho de que en un lugar de Suiza, en Dornach, cerca de Basilea, se esté construyendo con medios relativamente importantes un centro para esta ciencia, lo que llamamos una «Escuela Superior de Ciencias Espirituales», un lugar que debe construirse, más que por cualquier otra razón, para que también en lo que se refiere al estilo, a lo artístico, se disponga por fin de un edificio que exprese también en sus formas exteriores lo que fluye en el alma de la vida divina-espiritual cuando ella profundiza en su verdadera esencia. La construcción ya está en pie, solo falta terminar el exterior y el interior, como una estructura de madera con dos cúpulas, y expresará exteriormente, de forma artística, lo que pretende la ciencia espiritual. Varios amigos de la ciencia espiritual se han unido para recaudar los fondos, que no son pocos, necesarios para esta construcción. Sería deseable que esta construcción no se entendiera como la describe un artículo periodístico publicado recientemente en París y difundido por todo el mundo, sino que se entendiera como un primer lugar dedicado a la ciencia del espíritu, la ciencia del origen divino del alma, la ciencia del alma de la verdadera esencia, tal y como el investigador espiritual, según su conocimiento, debe creer que esta ciencia ya es anhelada hoy en día por las almas, por numerosas almas que aún no lo saben, pero que sin embargo la anhelan, tal y como cada vez más debe ser anhelada y será anhelada en el futuro por el alma humana. También se puede señalar con cierta satisfacción este símbolo externo, el imponente edificio que hemos podido erigir, por la impresión que la ciencia espiritual ya ha podido causar en algunas almas, aunque hoy en día todavía se encuentren malentendidos cuando se habla de esta ciencia espiritual.

Pero también hoy puedo hacer una comparación con respecto a la actitud que anima al investigador espiritual, aunque vea cómo se levanta un mundo de prejuicios contra la ciencia espiritual. El investigador espiritual debe pensar: hubo un tiempo en que los seres humanos miraban hacia arriba, tan lejos como alcanzaban sus ojos; veían la bóveda celeste azul y decían, confiando en sus sentidos: «Allí arriba está la bóveda celeste, allí está la luna, las estrellas, el sol, que se mueven de un lado a otro por esta bóveda celeste». Luego llegaron Copérnico y Giordano Bruno, que se mantuvieron solitarios ante sus contemporáneos y les anunciaron: Lo que creéis ver con vuestros ojos no está en el espacio. Esa bóveda celeste azul es producto de vuestra limitada capacidad visual; no hay ningún límite; el mundo se expande hacia la infinidad del espacio y mundos infinitos están incrustados en esas extensiones. Solo vosotros creáis el firmamento con la limitación de vuestro conocimiento.

El investigador espiritual sabe hoy que, al igual que antaño para las personas que solo confiaban en los sentidos, el firmamento existía como un límite real del mundo, no porque estuviera ahí, sino porque la capacidad de conocimiento lo situaba ahí, del mismo modo que el encerramiento entre el nacimiento o la concepción y la muerte es un firmamento temporal que el ser humano se crea a sí mismo. Y la investigación espiritual debe hoy situarse ante este firmamento temporal del nacimiento o la concepción y la muerte, como Giordano Bruno se situó ante el firmamento espacial, y decir: Detrás del nacimiento y la muerte se encuentra el mundo espiritual, se encuentra derramada en el tiempo la vida, que está incrustada en infinitas repeticiones de la vida terrenal, hacia adelante y hacia atrás, como los mundos infinitos a los que Giordano Bruno se refirió en su día. Y así como los seres humanos se han acostumbrado a no ver más el firmamento espacial como un límite, también se acostumbrarán a ver la entrada en el cuerpo y la salida del cuerpo como un firmamento temporal, más allá del cual se encuentra el mundo espiritual, en el que vivimos con fuerzas que nos revela la ciencia espiritual. 

Estimados asistentes, he señalado que cuando el ser humano libera su alma del cuerpo mediante la concentración y la meditación, experimenta algo que se puede denominar: expresión facial interior, gestos interiores, fisonomía interior. Al experimentar esto, el ser humano ya experimenta en esta existencia lo que rodea por completo al alma en el mundo espiritual después de la muerte. El conocimiento del mundo espiritual se adentra en este mundo y el alma se reconoce a sí misma al encontrarse en su verdadera esencia, arraigada en el mundo espiritual. Se puede decir que es comprensible que haya poca comprensión para estas discusiones en nuestro presente; si miramos nuestro presente, lo entendemos. Sí, ¿qué es lo que más ve la gente hoy en día? Quiero utilizar una comparación trivial: en una columna publicitaria se anuncia «Una conferencia con diapositivas». Además, se muestra una conferencia sin diapositivas. ¿Qué conferencia atrae más a la gente? Pues aquella en la que pueden entregarse pasivamente, en la que no tienen que participar activamente, en la que todo se presenta de forma tan bonita en imágenes. La ciencia espiritual no puede proceder así. Aunque lo que se ve en el espíritu también podría presentarse en imágenes, solo he intentado actuar mediante la mera palabra, que puede influir en el pensar y en el sentir. La ciencia espiritual solo puede contar con la colaboración activa del alma. En nuestra época hemos tenido que presenciar cómo aparecía un artículo en una importante revista semanal en el que se decía más o menos lo siguiente: cuando se lee a Spinoza y Kant, sí, los conceptos se confunden.  No se puede entender. Esto es válido para muchas personas de la actualidad. Pero el filósofo hace ahora una propuesta: ¿por qué no aprovechar también aquí un nuevo logro técnico? ¡Se hace una película! Uno se sienta frente a una película y puede ver cómo Spinoza empieza a pulir lentes, cómo surgen en él los pensamientos, cómo nace su filosofía, etcétera, etcétera. Solo hay que dejarse llevar pasivamente, los pensamientos ya no dan vueltas en la cabeza. ¡Eso es lo que gusta en nuestra época! En una conferencia con diapositivas se vería cómo surge la «Ética» de Spinoza, cómo surge la «Crítica de la razón pura» de Kant. La gente iría a ver una conferencia así. 

Así pues, se puede decir que, por un lado, en nuestra época prevalece la comodidad de dejarse llevar pasivamente por todo. Sin embargo, las ciencias espirituales deben exigir lo contrario. El alma debe trabajarla activamente. De este modo, se infunde en las almas del presente lo que más necesitan para su salud espiritual y anímica: actividad, fortalecimiento de la voluntad, fortalecimiento de las facultades del pensar y del sentir. Y necesitan el fortalecimiento interior de algo más. Cuando uno se sumerge en el mundo de la soledad, se encuentra con grandes obstáculos. Cada sentimiento de falta de amor que se haya cometido alguna vez contra personas y animales es como una barrera. Una persona totalmente desprovista de amor, cuando desarrolla las fuerzas que yo llamé fuerzas de juicio, se tropieza con esta falta de amor que encuentra por todas partes, como un mundo exterior que la rodea. Así, la ciencia espiritual le sugerirá al ser humano la necesidad de desarrollar cada vez más la fuerza del amor más profunda y llena de vida. Y quien sabe que lo que más necesitará la vida del futuro es amor, también sabe lo que la ciencia espiritual debe significar para toda la vida del futuro y del presente, sabe que en el fortalecimiento de las fuerzas del amor reside lo que permite al alma encontrar su verdadera esencia, porque la falta de amor levanta una barrera en el mundo espiritual.

 Por todas partes se puede ver cómo, por un lado, las almas aún se resisten a la ciencia espiritual porque esta exige hábitos de pensamiento que el alma aún no conoce, pero, por otro lado, las almas anhelan más o menos inconscientemente la ciencia espiritual. Aquí nos encontramos con algo que se dice a menudo, pero que hay que entender correctamente. Se ha llamado a nuestra época una época de transición. Pero lo importante no es cómo se le llame, sino en qué consiste realmente la transición de nuestra época. ¿En qué consiste? Consiste en pasar de la entrega pasiva a la ciencia puramente sensorial, donde el alma no puede encontrar su verdadera esencia, a la ciencia espiritual, donde sí puede encontrarla. Cabe destacar que al comienzo de nuestro documento religioso occidental hay una imagen; no vamos a discutir aquí esa imagen, cada uno puede interpretarla como quiera, pero una cosa está clara para todos: que está relacionada con el bien y el mal. Allí están las palabras:

Seréis como dioses y distinguiréis el bien del mal.

Se puede considerar esto como un símbolo o lo que sea, pero sin duda se refiere a lo que tiene que ver con la libertad humana, con la soberbia y la arrogancia y la caída del hombre en el mal —no quiero profundizar hoy en ello—, pero vivimos hoy, si lo que digo caracteriza de forma radical la vida actual, vivimos hoy en una época en la que se oye murmurar una palabra tentadora similar. Si se piensa en lo que produce la ciencia sensual —no cuando se entiende correctamente, sino cuando se malinterpreta—, basta con caracterizar cómo algunas personas creen hoy en día que el ser humano, con todas sus características espirituales y mentales, no es más que un producto superior de la serie evolutiva animal; y algunas personas se enorgullecen de decir: Los elementos que están presentes en el ser humano también están presentes en los animales. Los elementos morales no son más que instintos animales más desarrollados. - Entonces tendría que ocurrir algo como consecuencia de esta visión del mundo, que las personas no sacan, pero deberían hacerlo, pero como no sacan la consecuencia, no se dan cuenta de que, si fuera así, si la ciencia realmente enseñara lo que se acaba de insinuar, que el ser humano proviene de la serie evolutiva animal, que el ser humano no tiene en su moral, en su vida interior, algo que proviene de un mundo completamente diferente, entonces tendría que ser cierta la palabra que se puede oír murmurar como de un nuevo tentador, si se sabe escuchar las voces del tiempo. Se puede rechazar al tentador, porque

El diablo nunca es percibido por el pueblo,
ni siquiera cuando los tiene agarrados por el cuello.

Se oye murmurar la palabra:

Seréis como los animales, y el bien y el mal como leyes de la naturaleza. Como el sol brilla sobre el bien y el mal, así también las leyes de la naturaleza. ¡Ya no distinguiréis el bien del mal!



La palabra no se pronuncia porque no se saca la conclusión que se debería sacar. Así vemos la tentación opuesta asomarse a nuestro tiempo de transición. El tentador ya no dice: «¡Seréis como dioses y distinguiréis el bien del mal!», sino: «¡Seréis como los animales y, como los animales, haréis el bien y el mal sin distinción!».

Que el alma reconozca su verdadera esencia, que los seres humanos no caigan en la trampa de esta palabra, ni en su mente ni en sus sentimientos, aunque no se atrevan a pronunciarla, para ello trabajará la ciencia espiritual, por muchos detractores que tenga hoy en día. Aunque hoy en día todavía existan muchos prejuicios contra la ciencia espiritual, por otro lado es cierto que lo que puede dar seguridad y paz interior en relación con la continuidad de la ciencia espiritual, en relación con el «hallazgo del alma de su propia esencia», en palabras de esta seguridad, de esta paz frente a los objetivos de la ciencia espiritual, se plasma en lo que tengo que decir al final, al querer resumir en un sentimiento todo el significado de lo que he intentado exponerles esta noche.

La ciencia espiritual, tal y como se ha descrito aquí, es un producto de la época actual. Las almas de los seres humanos tuvieron que pasar por sus vidas terrenales anteriores; ahora están madurando cada vez más para desarrollar las fuerzas que conducen a la investigación espiritual. Pero cuando se vive esta investigación espiritual, uno se siente en armonía con lo que los seres humanos siempre han expresado, incluso antes de su existencia, lo que los espíritus líderes del desarrollo de la humanidad han expresado desde lo más profundo de sus intuiciones, desde lo más maduro de su alma. Citaré dos frases que están en armonía con lo que se ha dicho aquí hoy. El médico e investigador del alma Feuchtersleben, a quien debemos el libro «Die Diätetik der Seele» (La dietética del alma), acuñó una hermosa frase que concuerda plenamente con lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre el descubrimiento del alma frente a su verdadera esencia:

El alma humana no puede ocultarse a sí misma que, en última instancia, su felicidad solo reside en la ampliación de su ser y sus posesiones más íntimas.

La ciencia espiritual busca señalar al alma esta ampliación y estas posesiones de su experiencia más íntima, en su hogar espiritual, en el mundo espiritual mismo.

Cuando el tentador susurra hoy: «Seréis como los animales a partir de los cuales vosotros os habéis desarrollado, y ya no distinguiréis entre el bien y el mal, sino que solo creeréis en las leyes de la naturaleza», entonces, como investigadores del espíritu, podemos consolarnos y elevarnos, sintiéndonos de nuevo en armonía con uno de los espíritus que, basándose en sus intuiciones, siempre han expresado su armonía, su unanimidad con lo que la ciencia espiritual tiene que ofrecer. En las siguientes palabras de Schiller se resumen, para concluir, los pensamientos que pueden surgir en el alma a partir de la ciencia espiritual frente a las nuevas palabras del tentador: «Seréis como los animales, que no distinguen entre el bien y el mal». Por el contrario, la ciencia espiritual, llenando el alma con la palabra como con un sentimiento que la impregna por completo, reafirma lo que dijo Schiller, y en ello puede resonar lo que me he permitido decirles esta noche:

Entonces cayó la barrera sorda de la animalidad,
Y la humanidad se alzó sobre la frente despejada,
Y el sublime forastero, el pensar,
Saltó del cerebro asombrado.

Fueron palabras proféticas las que pronunció Schiller. Y la ciencia espiritual añade a ello el hecho de que el pensar no solo brota del alma intuitiva, sino que realmente puede salir del alma, puede experimentarse fuera del cuerpo y puede conducir al alma a su verdadera esencia.

El pensar saltó del cerebro asombrado y le dio al ser humano su verdadera esencia y dignidad; así lo dijo Schiller; así debe reconocerlo la ciencia espiritual que se entiende correctamente, el alma humana que se entiende correctamente.

Traducido por J.Luelmo , marzo, 2026