CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA315 Stuttgart, 28 de octubre de 1922 - Efecto de la euritmia vocal sobre los órganos del sistema rítmico. Escucha de la euritmia consonántica.

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Euritmia curativa
RUDOLF STEINER

 Efecto de la euritmia vocal sobre los órganos del sistema rítmico. Escucha de la euritmia consonántica. 

Stuttgart, 28 de octubre de 1922

8ª conferencia, 

Se me ha pedido que diga algo más sobre nuestra euritmia terapéutica. En el fondo, el material empírico para esta euritmia terapéutica ya lo desarrollé y expuse yo mismo en el último curso para médicos celebrado en Dornach, por lo que apenas es necesario ir más allá de lo que se expuso en aquella ocasión. Porque, si se aprovecha de manera adecuada, puede tener realmente una importancia muy trascendental. Hoy me gustaría hablarles más bien sobre el sentido y la importancia generales de la euritmia terapéutica.

Al fin y al cabo, digamos que surge de una actividad puramente artística, que además se desarrolló inicialmente como tal, y que, en cierta medida, incluso la euritmia artística debe servir de base para la comprensión correcta de la euritmia terapéutica. Ahora bien, quizá me exprese con mayor claridad si, en primer lugar, intento señalar la diferencia entre la euritmia artística y la euritmia terapéutica. En general, la euritmia se basa en que aquello que ocurre en el organismo humano al hablar, se puede en cierto sentido transformar. Por eso, desde un punto de vista artístico, la euritmia es realmente una especie de lenguaje visible. Debemos tener claro que en el habla humana, realmente interactúan dos componentes. Uno de ellos parte de un cierto uso del aparato plástico, —puedo hablar de este aparato plástico en el ser humano según las conferencias anteriores—, de una capa más interna, por así decirlo, del sistema nervioso. Ahí entra en juego lo imaginativo. Sin embargo, en esencia el proceso de las representaciones, se prolonga a través del instrumento del habla, de una manera algo compleja, hasta la estructura del sistema nervioso, lo que da lugar, digamos, en la irradiación posterior, a que intervenga en el habla uno de esos componentes. El otro componente proviene, en realidad, del sistema metabólico del ser humano. Y en cierto modo, asistimos a un encuentro entre una dinámica que surge del sistema metabólico del ser humano y otra que proviene del sistema neuro-sensorial del ser humano. Ambas se encuentran de tal manera que el sistema metabólico se metamorfosea en primer lugar en los procesos circulatorios, y el proceso imaginativo, que procede del sistema nervioso-sensorial, se metamorfosea en el sistema respiratorio. Estas dos dinámicas se unen en el sistema respiratorio y en el circulatorio, y cuando ese conjunto se transmite al aire mediante el organismo del habla, el organismo astral humano es también capaz de derramarse en aquello que allí se genera como movimientos de aire. Y cuando observamos, por así decirlo, la periferia más externa del organismo humano, es cuando por medio de una encarnación de lo imaginativo por un lado, y de lo metabólico por otro, surge el lenguaje, lo que, expresado en términos anímicos, es en realidad lo volitivo. Así pues, tenemos todo aquello que encuentra su expresión anímica en la voluntad y su expresión física en el sistema metabólico, en la medida en que el sistema nervioso participa en la voluntad: y de hecho participa, en la medida en que el metabolismo tiene lugar en el sistema nervioso, no como función sensorial nerviosa. Así pues, lo volitivo, que encuentra su expresión física en el sistema metabólico, y lo imaginativo, que encuentra su expresión física —me gustaría decir— en una sección, en una capa del sistema nervioso-sensorial, se articulan, en cierto modo, en una resultante. Encuentran entonces su expresión física en lo que se manifiesta como el lenguaje oral habitual o el canto. En el canto es algo distinto, pero, en definitiva, es algo similar. Ahora bien, en la euritmia se trata de eliminar, en la mayor medida posible, lo propiamente imaginativo y de hacer que lo volitivo surta efecto. De este modo, el lenguaje oral habitual se metamorfosea en movimientos de todo el organismo humano, de tal forma que se refuerza un componente —el volitivo o el metabólico— y se atenúa el imaginativo o el nervioso-sensorial, con lo que se consigue la euritmia. De este modo, se es capaz de crear correlatos en los movimientos humanos para cada uno de los sonidos, ya sean vocales o consonantes. Y del mismo modo que una determinada configuración y movimiento del aire se corresponde con una «A» o una «L», una forma de movimiento visible externamente puede corresponderse con una «A» o una «L». Se trata de un movimiento —yo diría que una estructura de movimiento— extraída del organismo humano mediante una visión sensorial-suprasensorial, que surge realmente del organismo humano con la misma regularidad que el lenguaje fonético, y que no es más que una metamorfosis de este, orientada en mayor medida hacia lo volitivo. De modo que también se puede componer todo el alfabeto mediante este lenguaje; de modo que todo lo lingüístico puede expresarse a través de esta euritmia. Cuando la euritmia se ejecuta artísticamente, la atención humana —y con ella todos los procesos del organismo físico, etérico y astral del ser humano, que son los portadores de la atención— se dirige hacia el sonido correspondiente, es decir, hacia la estructura de la palabra o la estructura de la frase artística, la estructura métrica, la estructura poética, etcétera. En cierto modo, cuando el ser humano se dedica a la euritmia artística, se entrega por completo a todo lo que es posible en cuanto a la configuración artística de lo sonoro. Dado que, como es lógico, en la euritmia artística se sigue la misma configuración que tiene el lenguaje, el ser humano, al dedicarse a la euritmia artística, se entrega al mundo exterior. Y del mismo modo que en la palabra no nos detenemos en la «A» ni en la «L», sino que las cosas van pasando, en esta euritmia artística nos encontramos ante algo que puede desarrollarse por completo dentro del organismo humano que funciona con normalidad. Por lo tanto, la euritmia artística habitual no tiene para el organismo humano ninguna otra consecuencia fisiológica que la de provocar, de manera enérgica, la armonización interna de las funciones humanas —funciones que, en la medida en que forman una totalidad, constituyen el organismo humano—.

Por lo tanto, se puede decir que, si se pone freno de la manera adecuada a los excesos en la actividad artística eurítmica, esta actividad artística eurítmica resulta, en general, saludable. Pero, al igual que todo lo que puede ser saludable puede resultar perjudicial si se exagera, también la euritmia, como actividad artística, puede llevarse al extremo. El profesor Benedikt, el famoso psicólogo forense, como no soportaba el movimiento antialcohólico, subrayaba una y otra vez que mueren muchas más personas a causa del agua que a causa del alcohol. Las estadísticas también deben reconocerlo, ya que un consumo excesivo e inadecuado de agua provoca numerosos síntomas de enfermedad. Así pues, la euritmia, naturalmente, en la medida en que debe practicarse —desde el punto de vista artístico, esto ya de por sí provocará un cierto estado de satisfacción o insatisfacción en el organismo humano—, solo puede ser, en general, beneficiosa para la salud.

En cuanto a la euritmia terapéutica, se trata, en cierto sentido, de la reflexión interior de aquello que en la euritmia artística se vive en la entrega a la configuración del sonido, la palabra y la frase. Ya se refleja hacia el interior por el mero hecho de que, en la euritmia terapéutica, digamos que un sonido «A» debe repetirse muchas veces seguidas. De este modo ocurre algo muy distinto a cuando, en la representación artística, paso del sonido «A» a una «I» o algo similar. Ahora bien, se trata de observar el proceso terapéutico propiamente dicho que puede tener lugar en la euritmia. No quiero dejar de expresar cierta preocupación, que en realidad resulta obvia ante este tipo de cosas. Los legos y los diletantes se apropian muy fácilmente de este tipo de cosas. Sin embargo, he subrayado desde el principio que la euritmia terapéutica debe ser practicada propiamente por el propio médico o la propia médica, o al menos solo debe llevarse a cabo en la más íntima armonía con el médico. Y ello porque también esas ramificaciones —por así decirlo— de lo que la ciencia espiritual pretende en relación con la medicina deben considerarse, al igual que la postura global de la ciencia espiritual respecto a la medicina.

La verdad es que la ciencia espiritual no trabaja en el ámbito médico en la línea de algo como lo que me encontré hace veinte años. En aquellas reuniones antroposóficas también había presentes —sí, se autodenominaban naturópatas— y en una ocasión me entregaron un tratado en el que, en realidad, solo se repetía una y otra vez lo siguiente: «Toda curación se basa en armonizar de nuevo lo que en el organismo está desarmonizado». - A lo largo de seis páginas, esta frase se variaba de las formas más diversas, insistiendo en que hay que armonizar lo desarmónico. No hay la más mínima objeción contra esta frase; la cuestión es solo que se pueda hacer en cada caso concreto, de manera totalmente específica. Y ahí es donde la cosa se vuelve incómoda para las personas que tienen una mentalidad como la que se expresaba en la frase final: Todo lo que se ha escrito hasta ahora demuestra que se puede abandonar la medicina tremendamente complicada y limitarse a armonizar lo disarmónico, y eso sería —así decía textualmente— de una «simplicidad embriagadora». —No puedo ofrecerles nada de esa «simplicidad embriagadora». Más bien es cierto que, a través de la ciencia espiritual, la medicina no debe conducirse hacia tal simplicidad embriagadora, sino, en realidad, hacia una mayor complejidad, como ya habrán deducido de lo expuesto. De modo que ahora no tendrán menos que aprender gracias a la ciencia espiritual, sino que tendrán que aprender más; sin embargo, lo de «aprender menos» resultará bastante complicado, aunque todo se vuelva más claro y manejable y, por ello, el aprendizaje resulte más interesante. Quien reflexione sobre la idea de que la ciencia espiritual debería facilitar la curación, habrá visto ya, a partir de los argumentos que he expuesto aquí, que no es así.

Y debo decir, que lo mismo ocurre con lo que es la euritmia terapéutica. Es cierto que, en realidad, la euritmia terapéutica no debería aplicarse sin un diagnóstico adecuado, y de lo que se trata es, sin duda, que solo se practique en consonancia con la ciencia médica especializada. Porque, en realidad, se trata de la aplicación de un conocimiento tremendamente preciso del organismo humano.

Debido a que, en el organismo humano, ya en el lenguaje habitual, se producen interacciones entre la actividad metabólica y la actividad plástica del sistema nervioso y sensorial, pero esta interacción se descarga en la resultante del movimiento del aire —que se desarrolla de forma relativamente aislada del organismo humano—, de modo que el lenguaje se desprende del organismo, todo aquello que se plasma mediante la euritmia terapéutica se refleja de nuevo en el organismo, y nos encontramos ante lo siguiente: imagínense, por ejemplo, que combinan un movimiento "A" con un movimiento "L". En primer lugar, dejen que los movimientos se repitan, de modo que la energía no se descargue hacia el exterior, sino que la repetición se canalice hacia los procesos internos del organismo humano. Sin embargo, al hacer que la vocalización o la consonantización, —digamos—, interactúen en el movimiento "A" o en el movimiento "L", siempre han logrado que el organismo humano funcione de una manera que implica la interacción entre el sistema metabólico y el sistema neuro-sensorial. Ciertamente, la actividad del sistema neuro-sensorial en la euritmia está, en general, atenuada, pero también en esta relación particular entre ambos componentes —en la actividad atenuada del sistema neuro-sensorial junto con la actividad metabólica intensificada que se produce mediante el movimiento eurítmico—, ambos componentes actúan de manera conjunta. Y basta con, por ejemplo, hacer que se repita un movimiento en forma de "L" para que el ser metabólico se acerque al ser neuro-sensorial, si se asocia el movimiento en forma de "L" con una forma en "A". De modo que se puede decir: en esta estimulación de formas o movimientos necesarios reside una implicación del funcionamiento global del organismo humano. Si, por ejemplo, hacen que se produzca un movimiento consonántico, este actúa en un primer momento de tal manera que descarga esencialmente toda su fuerza, descarga su dinámica interna sobre el proceso de inspiración, de modo que, de este modo, ustedes acaban controlando realmente todo el proceso de inspiración. Dependiendo de la consonante que ustedes activen, podrán controlar el proceso de inhalación. Con cada acción consonántica refuerzan ustedes el proceso de inhalación.

Quizá ustedes ya sepan, por lo que se ha comentado anteriormente sobre la euritmia terapéutica, cómo se modifican ligeramente los movimientos para la euritmia terapéutica, que por otra parte, se expresan en la euritmia artística. Y así se puede decir: cuando se realiza un movimiento 'A' o 'L', este siempre va acompañado de un refuerzo o una atenuación del impulso que se lleva a cabo durante la inspiración. Ahora bien, deben tener en cuenta que la inspiración debe considerarse en su totalidad. De hecho, cuando observamos la inhalación, debemos seguir en primer lugar el recorrido de la misma en su expansión, primero en la parte media del organismo humano, pero luego a través del canal medial, el canal medular, hacia el cerebro; y la actividad cerebral es, en esencia, una resonancia conjunta de la actividad respiratoria, refinada al llegar al cerebro, con la actividad neuro-sensorial. No existe ninguna actividad cerebral que pueda considerarse de forma aislada, sino que siempre se trata de una resultante de la actividad neuro-sensoria propiamente dicha y de la actividad respiratoria. Todos los procesos cerebrales deben estudiarse teniendo en cuenta la actividad respiratoria. Ahora bien, mediante la excitación de ciertas consonantes, —las distintas consonantes—, tienen de hecho en sus manos la posibilidad de influir, de una manera muy evidente, a través de la respiración, en la actividad plástica del ser humano, en la actividad plastificadora del ser humano. Por ejemplo, partiendo de una cierta comprensión artística del organismo humano, basta con saber, digamos, en el caso de un niño al que le están saliendo los dientes definitivos, los superiores: ¿cómo se forman a partir de la actividad plástica que va de arriba hacia abajo? Se forman de tal manera que, en los dientes superiores, la actividad plástica actúa preferentemente de delante hacia atrás. ¿Cómo se forman los dientes inferiores? En los dientes de la mandíbula inferior, la actividad plástica actúa de atrás hacia delante; de modo que, en realidad, si quiero expresar esquemáticamente la actividad que se ejerce durante la dentición, es esta: los dientes superiores se forman de delante hacia atrás, y así se forman las superficies posteriores, mientras que las anteriores quedan separadas. Los dientes inferiores se forman de atrás hacia delante. Así es como actúan conjuntamente las fuerzas.

Si observa que el niño tiene dificultades con la dentición, puede facilitarla en la mandíbula superior simplemente haciéndole realizar, por ejemplo, un movimiento en forma de «A»; en la mandíbula inferior, puede facilitarla haciéndole realizar un movimiento en forma de «O». De hecho, las fuerzas plastificantes se obtienen mediante ciertas acciones con la mano. Sin embargo, para alimentar en absoluto esta actividad plastificante, debe, por así decirlo, centrar su atención principalmente en favorecer primero la inhalación; por lo tanto, debe añadir a la actividad plastificante, —que se lleva a cabo de esta manera mediante los movimientos «A» y «O»—, aquello que se deriva de la constitución general del ser humano. Supongamos que tienen a una persona con una peristalsis débil, propensa a ligeros estreñimientos. En la etapa de la vida en la que tiene lugar la dentición, la actividad intestinal está estrechamente relacionada con la formación de los dientes, y hay que prestar atención a dónde residen las causas de las irregularidades en la dentición. Ayude a la corriente respiratoria que atraviesa el canal medular hasta llegar al cerebro y que, desde allí, estimula aquellas fuerzas plásticas que se obtienen mediante los movimientos vocales; puede hacerlo, precisamente en este caso, haciendo que el niño realice un movimiento en forma de «L». Si se estudia la euritmia terapéutica, el diagnóstico nos indica cómo debe aplicarse. En realidad, no debería aplicarse sin un diagnóstico, ya que, en determinadas circunstancias, se podría hacer todo lo contrario. Pero es cierto que hay que, diría yo, despertar una sensibilidad por lo artístico en la dinámica del ser humano en su totalidad. Hay que adquirir una mirada intuitiva hacia lo artístico. Supongamos, por ejemplo, que el niño presenta dificultades en la etapa en la que empieza a salirle la dentición; muestra malestar o síntomas similares que no deberían estar presentes. Se observa entonces que se producen movimientos intestinales irregulares e insuficientes. En ese momento se recurre a los movimientos en forma de L para preparar al niño. Después de haber realizado estos movimientos en «L» durante un tiempo, se contrarresta lo que se ha dirigido hacia el centro plastificante, haciendo que el niño realice movimientos en «A» u «O». Y es que los movimientos vocálicos actúan sobre la espiración. De hecho, las vocales comienzan a actuar ya en el cerebro. El flujo respiratorio actúa en el cerebro. Y todo aquello que, en un sentido amplio y total, está relacionado con la inspiración, se expresa a través de las consonantes. Esto puede apoyarse y fomentarse mediante la euritmia consonántica. Todo aquello que está relacionado con la espiración puede apoyarse mediante la euritmia vocal. Pero al practicar la euritmia vocal —las repeticiones que deben tener lugar en el sonido deben valorarse en función de la aplicación de la fuerza necesaria—, el elemento plastificante actúa directamente junto con el elemento radiante. Digamos, por ejemplo, que se trata de alguna afección renal; en ese caso, puede pensar que la afección renal se encuentra en una determinada fase, digamos en una fase temprana. En el momento en que realizo ciertos movimientos, por ejemplo, movimientos «A*», favorezco la evolución de la afección renal en una fase temprana. Pero si la afección renal lleva mucho tiempo presente y el mal funcionamiento ya ha provocado una deformación, primero debo preparar el terreno con la euritmia consonántica y, a continuación, aplicar la euritmia vocálica, para poder actuar, a través de esta última, sobre la formación frente a la deformación que se ha producido. En resumen, hay que hacerlo de la forma menos teórica posible, sino partiendo del conocimiento del organismo humano, tanto en estado sano como enfermo, para descubrir lo que he indicado en las normas que expuse en su momento en Dornach y que se les han transmitido.

Ahora bien, si se trata, por ejemplo, de una función cardiopulmonar reprimida que, a su vez, afecta a los riñones, se avanza mucho si se hacen realizar movimientos B o P, sobre todo en las fases iniciales. De ello pueden deducir que, en realidad, se tiene bajo control todo el funcionamiento, y que todo depende de que se comprenda cómo en cada órgano humano existe una especie de dinámica centrífuga, que se redondea plásticamente mediante una dinámica —que actúa de fuera hacia dentro, es decir, no del todo centrípeta, pero que podría calificarse de similar a la centrípeta, que actúa en el interior de cada órgano humano. Solo se podrá practicar una fisiología correcta cuando se pueda considerar cada órgano humano en su polaridad. Porque son estas polaridades las que existen en su interior: una dinámica centrífuga y otra centrípeta en cada órgano humano. Y ahí desempeña un papel fundamental, para todo lo que tiene carácter plastificante, la distribución y la diferenciación de las condiciones térmicas en el organismo humano, así como la organización de las condiciones atmosféricas. Para todo aquello que es centrífugo, que irradia, desempeña un papel fundamental, en primer lugar, aquello que en el organismo humano proviene de la dinámica propia de las sustancias del mundo, y, en segundo lugar, aquello que se desarrolla en el organismo humano al superar la vitalidad propia de la entidad exterior. Estas dos dinámicas deben regularse mutuamente, y cabe esperar que se formen euritmistas terapéuticos que desarrollen una sensibilidad muy fina para lo que puede suceder en cada caso concreto. Por supuesto, precisamente ahí dependerá en gran medida de una disposición artística del alma.

Pues bien, si además se tiene en cuenta que todo el sistema de la euritmia terapéutica puede complementarse con lo propiamente terapéutico, se dispone de dos factores que actúan de forma conjunta. Uno puede decirse a sí mismo que hay algo que actúa de tal o cual manera especialmente sobre el corazón, y que uno lo refuerza aún más mediante un ejercicio de euritmia terapéutica: entonces, estas dos cosas se potencian mutuamente, y eso es algo que realmente abre perspectivas muy amplias, que puede tener un futuro extraordinariamente prometedor. Piense, por ejemplo, en el efecto que ya ha tenido, en muchos aspectos, el hecho de dar masajes. Pero ese «revolver» externo sobre el ser humano, eso es, en realidad —no quiero decir nada en contra, no lo critico, reconozco su importancia—, pero es algo muy insignificante en comparación con aquel masaje que ustedes aplican cuando, simplemente a través de los factores de la euritmia terapéutica, logran que todos los sistemas orgánicos que interactúan allí se muevan desde dentro. Se trata, en efecto, de un amasamiento muy profundo de todo el organismo, que va acompañado de un efecto en los organismos etérico, astral y del yo. De modo que se puede decir: aquello que se puede reconocer como correcto en el masaje, se interioriza allí de una manera infinitamente más intensa a través de esta euritmia terapéutica. - Y, de hecho, solo se podrá llegar a una conclusión sobre los efectos terapéuticos de la gimnasia si se presta atención a la similitud que existe entre los ejercicios libres y los ejercicios eurítmicos. Porque lo que resulta curativo en la gimnasia no es más que un análogo secundario de lo que tiene su importancia en la euritmia terapéutica. En su momento dije en Dornach: si se hacen realizar movimientos E en secuencia rítmica de una determinada manera, tal y como se demostró entonces, se puede hacer muchísimo para ayudar a los niños de aspecto débil —esos niños que realizan las funciones corporales de forma débil— a recuperar la salud y a alcanzar el deseable fortalecimiento; pero en estos casos también es absolutamente necesario tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Sin embargo, ocurre una y otra vez que esto no se hace lo suficiente, que no se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad. Sé que les estoy diciendo una obviedad, porque dirán: «Eso ya lo sabemos». —Ciertamente, pero en la práctica ocurre una y otra vez que no se tiene en cuenta. Cuántas veces nos dice alguien: «Esta persona tiene un corazón que funciona de forma irregular; hay que ayudarla». —Sí, pero si se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad, hay que decir: «Gracias a Dios que tiene ese corazón, porque su organismo no soporta uno normal». Del mismo modo que, por ejemplo, en determinadas circunstancias, hay que decir de alguien que se ha roto el tabique nasal en un caso concreto que ha tenido un golpe de suerte, ya que, si respirara el aire a través de conductos completamente desarrollados, su organismo tendría que procesar una cantidad excesiva de aire. En todos los casos hay que tener en cuenta con el mayor cuidado lo que está fundamentado en la organización global.

Si se realizan los movimientos «I» de una determinada manera, estos tienen un efecto armonizador sobre la asociación entre los lados izquierdo y derecho del organismo humano. Los movimientos «I» pueden ayudar a tratar todas las asimetrías que se producen en el organismo humano. Incluso en casos de estrabismo, se pueden lograr muy buenos resultados terapéuticos con la euritmia mediante movimientos en «I» aplicados con cuidado. Sin embargo, en caso de estrabismo, yo recomendaría no proceder igual que, por ejemplo, cuando alguien camina de forma asimétrica o utiliza los brazos derecho e izquierdo de manera demasiado asimétrica. En el caso del estrabismo, no recomendaría realizar los movimientos «I» habituales, sino solo los movimientos «I» con el dedo índice, y hacer que el paciente los repita tantas veces como sea posible a lo largo del día. En la edad de crecimiento, esto puede dar buenos resultados, sobre todo si además se hace que el paciente realice estos movimientos «I» con el dedo gordo del pie. Y se obtendrá el mayor éxito si se consigue que el paciente los realice con el dedo meñique del pie. Precisamente para las asimetrías relacionadas con la visión, estos ejercicios eurítmicos que se realizan en la periferia también darán muy buenos resultados. Por el contrario, cuando se trata de compensar cualquier torpeza al caminar, puede resultar incluso muy eficaz hacer que el paciente —pero, por supuesto, sin causarle daño alguno— realice los movimientos en forma de «I» con la mirada, de modo que se realicen dichos movimientos con la línea de visión, con la línea de mira. Lo que ocurre es que realmente se puede establecer una especie de ley: todo aquello que es anómalo en el ser humano inferior se ve normalizado por aquello que se crea en el ser humano superior a modo de contrapeso, y viceversa.

U

Si tiene dificultades para mantenerse de pie —que, a su vez, pueden deberse a las causas más diversas—, las formas en U revisten especial importancia; sin embargo, debe asegurarse de que la forma en U se complete por completo, de modo que se produzca realmente un contacto entre las extremidades en cuestión; un contacto real, en el que una extremidad perciba a la otra, lo cual es de especial importancia. Solo así la forma de U queda completa. En la euritmia artística basta con insinuarlo; en la euritmia terapéutica, en cambio, hay que llevar a cabo el contacto entre las extremidades, de modo que, si se realiza correctamente, se logre la llamada «postura firme», en la que las piernas se aprietan una contra otra. Se trata de un ejercicio de euritmia terapéutica extraordinario para personas que padecen espasmos en la cabeza.

Si resulta adecuado tratar mediante euritmia terapéutica, en particular, a los niños con sobrepeso, las formas en «O» resultan especialmente adecuadas para ello. Pero todas estas formas, para que tengan éxito en la euritmia terapéutica, deben ir acompañadas de una percepción clara del sistema muscular correspondiente. Si realiza la forma «O» tal y como lo hacen muchos euritmistas, eso puede bastar para la indicación externa; pero solo tendrá éxito terapéutico si, al realizar el ejercicio, realmente siente los músculos a lo largo de todo el brazo. La forma suelta y floja no surte efecto; es la percepción de todo el sistema muscular hasta en sus detalles lo que produce el efecto terapéutico correspondiente. Es especialmente importante que tenga en cuenta que el ejercicio de euritmia terapéutica se ve reforzado en su prolongación hacia la conciencia. Ahora bien, cuando realiza el movimiento «O», tal y como acabo de demostrarlo, esto conlleva una fuerte proyección hacia la conciencia. Así pues, dígale a una persona con sobrepeso a la que quiera tratar con formas de «O»: «Mientras realizas la forma de “O”, piensa en tu sobrepeso, en tu corpulencia», de modo que haga que la conciencia se concentre precisamente en aquello que se pretende remediar. De este modo, refuerza esencialmente lo que se pretende: que no se debe subestimar en absoluto el factor de la conciencia en la curación.

En este sentido, creo que, en cuanto se preste atención a estas cuestiones, se producirá cierta controversia con los ortopedistas. Hoy en día, a pesar de que han logrado grandes éxitos en el ámbito en el que trabajan, siguen empeñados en tratar el organismo humano como una especie de mecanismo y en adaptarse a ello. Mientras que, por ejemplo, aquellos aparatos que se colocan con la intención de que el paciente los sienta continuamente, es decir, que penetren en su conciencia —digamos que, si considero conveniente que alguien eche los hombros hacia atrás y le coloco vendajes que le hagan tomar conciencia de ello—, debe mantenerse, para que no quede relegado al inconsciente—, esta conciencia de lo que ocurre constituye un excelente factor curativo. Esto es precisamente lo que tiene como consecuencia para la euritmia terapéutica que, como ya he dicho, las cosas se lleven plenamente a la conciencia, de modo que esta concentración supone un apoyo esencial para la euritmia terapéutica.

Me gustaría destacar especialmente que todo lo que son «formas E» tiene, en esencia, un efecto regulador cuando el organismo astral influye de forma excesiva o insuficiente en el organismo etérico. Así pues, en todos aquellos casos en los que se pueda decir que existe o bien una actividad excesiva del organismo astral o bien una actividad insuficiente, en determinadas circunstancias se puede lograr mucho con las formas «E», con la repetición de las formas «E». En los dos complejos de síntomas que he expuesto antes en la otra clase, las formas «E» podrán tener un efecto curativo. Lo que acabo de decir es especialmente cierto cuando el organismo astral está influenciado por el etérico, es decir, cuando es demasiado débil, cuando se deja influir por el etérico, cuando es demasiado fuerte debido a una irregularidad en el organismo astral de la cabeza. Por el contrario, puede darse el caso inverso, cuando lo etérico se ve influido en exceso por lo astral; esto ocurre cuando lo astral se manifiesta con mucha intensidad en la organización intestinal, es decir, cuando, ante cualquier situación que provoque un poco de miedo, se sufre inmediatamente diarrea. En ese caso, las formas «U» tendrán un efecto especialmente beneficioso.

E

Ayer surgió una cuestión que quiero comentar brevemente para terminar: si se puede hacer que las personas que están embarazadas o que padecen enfermedades abdominales realicen ciertos movimientos de euritmia terapéutica. Pero si revisa lo que se ha establecido como norma en Dornach, podrá cumplir sin problemas con ello, aunque deba tener en cuenta que, en el caso de las mujeres embarazadas o de las personas con enfermedades abdominales, hay que dejar en reposo la zona abdominal —de hecho, hay que dejarla en reposo—, no debe ser irritada por la euritmia terapéutica—, a pesar de que se mantenga en reposo, se pueden realizar ejercicios con los brazos, incluso estando sentada o tumbada, con el área que debe descansar en reposo total, y con la cabeza. Y seguirá encontrando suficiente información en las indicaciones que se han dado para poder intervenir con la euritmia en todos los casos. Por supuesto, si la persona en cuestión no puede moverse en absoluto, la euritmia sería lo más beneficioso para ella: por ejemplo, en caso de síntomas de parálisis; pero, en determinadas circunstancias, es posible que no pueda practicarla. Aun así, sería lo más beneficioso. ¿No es cierto que esos síntomas de parálisis son, en esencia, un funcionamiento anómalo del cuerpo astral, que no interviene en la organización etérica y física, y que con los movimientos E se puede lograr mucho en esos casos? En concreto, un movimiento «E» muy beneficioso —para las alteraciones de la parte inferior del abdomen— es el estrabismo artificial, realizado sin exagerar, pero con cuidado. Así pues, es totalmente cierto que esos yoguis algo decadentes que realizan ciertos ejercicios concentrando la mirada en la punta de la nariz, en realidad tienen la intención de provocar una actividad lo más armoniosa posible de su abdomen, porque saben muy bien lo que significa la actividad del abdomen también para lo que estas personas denominan actividad espiritual. De modo que se puede decir: estas cosas son tales que muchas de las acciones que, en el caso de una persona con una parte inferior del abdomen sana, hay que realizar incluso con saltos, pueden sustituirse simplemente por una euritmia terapéutica más suave de los brazos, los dedos e incluso los ojos, cuando sea necesario. Y bajo ninguna circunstancia se debe incitar a una mujer embarazada a realizar ejercicios de saltos de euritmia terapéutica. Eso, por supuesto, no es posible.

Como ven, tampoco se trata en absoluto de haber querido crear una especie de remedio universal que se pueda aprender en medio día; sino que se trata de que la euritmia terapéutica también debe adquirirse mediante un trabajo serio, e incluso es necesario que se adquiera a través de la práctica. Porque casi cada vez que, movido por sus instintos curativos, uno haya practicado un poco los ejercicios de euritmia terapéutica, será capaz de hacerlo mejor. Es así: practicando se progresará especialmente bien precisamente en la euritmia terapéutica.

Bueno, quería ofrecerles esta exposición —diría yo— más teórica sobre la euritmia terapéutica, porque todo lo demás, tal y como se conoce hoy la euritmia terapéutica, ya se impartió en su día en Dornach y lo transmiten nuestros amigos médicos, de modo que siempre pueden disponer de ello; y porque quería precisamente que pudieran comprender también todo el sentido fisiológico y terapéutico de la euritmia terapéutica. Por supuesto, no se debe volver a sobrevalorar algo como la euritmia terapéutica. En muchos casos será un recurso extraordinariamente importante, pero no hay que sobrevaluarla. Y hay que tener muy claro que, en realidad, con la «sencillez embriagadora» no se consigue nada, y que, al igual que no se puede curar un carcinoma mediante esa «sencillez embriagadora» —según la cual hay que «armonizar lo disarmónico»—, tampoco se puede curar una pierna o un brazo fracturados mediante ejercicios de euritmia terapéutica. Hay que tenerlo claro: lo que se pretende alcanzar a través de la ciencia espiritual no es un aumento del diletantismo y del analfabetismo médico, sino, sin duda alguna, un enriquecimiento de los conocimientos médicos especializados. - Disculpen que insista tanto en ello; pero, precisamente para evitar malentendidos, quiero destacar una y otra vez de manera especial que estos métodos no se presentan, como suele ocurrir en los movimientos fanáticos, como una oposición profana a la medicina oficial, sino que tienen plenamente en cuenta el estado actual de la medicina, y solo pretenden seguirla por el camino por el que debe seguir, por la sencilla razón de que no es cierto que el ser humano sea únicamente lo que dicen la fisiología y la anatomía actuales. Es eso, pero también es algo más; debe ser reconocido también en su faceta anímico-espiritual. Y entonces desaparecerán esas ideas extrañas que hoy en día se repiten una y otra vez, como, por ejemplo, la de que el cerebro es una especie de centro telegráfico hacia el que confluyen los llamados nervios sensoriales y desde el que parten los nervios volitivos. Sin embargo, todo ello no se ajusta en absoluto a la realidad, como han podido comprobar en la conferencia de hoy; sino que se trata del sistema nervioso-sensorial como una dinámica plastificante, a la que, en cierto modo, se le arranca algo, a lo que luego se adapta la actividad anímica. Es que hay mucho que hacer para devolver a una fisiología sana aquello que se le ha arrebatado al considerar, de forma errónea, que en el organismo físico existía un correlato de las funciones psíquicas. Es cierto que, durante la vida física del ser humano en la Tierra, existe un aspecto físico para cada función psíquica; pero nada se utiliza para el alma que no tenga, por otra parte, una importancia mucho mayor en la interacción con otros órganos para la organización corporal. Nada se utiliza para el alma únicamente como órgano psíquico. Todo nuestro mundo anímico y espiritual se arranca de lo físico, se extrae de lo físico. Y no debemos reconocer órganos anímicos específicos. Solo podemos decir: las funciones anímicas son aquellas que se separan de las acciones orgánicas y se adaptan especialmente a la actividad anímica. Solo cuando nos tomemos en serio la comprensión de lo que realmente actúa en el organismo físico del ser humano, cuando no procedamos de una manera tan superficial como para considerar todo el sistema nervioso únicamente como un depósito al servicio de la vida anímica, solo entonces podremos esperar comprender a fondo la organización humana. Pero solo una organización humana entendida de esta manera puede servir de base para una fisiología y una terapia que trabajen a la luz y no se limiten a hacer meras pruebas en la oscuridad. Esto es precisamente lo que quería decirles para terminar, para que no se vayan con un malentendido y para que puedan contrarrestar los malentendidos que surgen una y otra vez.

Por ejemplo, se ha lanzado al mundo una crítica contra nuestro medicamento contra el cáncer, calificando su «simplicidad embriagadora», y esto se ha conseguido precisamente porque no se sabe en absoluto a partir de qué conocimientos se ha obtenido dicho medicamento; sino que se han construido analogías superficiales y se cree que, al descartar estas analogías superficiales, se descarta el asunto en su totalidad. Esto es precisamente lo que constituye una condición indispensable para que prospere la medicina desde el punto de vista de las ciencias espirituales: que se pongan un poco de freno a los malentendidos. Porque la gente ya se dará cuenta de que, si ya no pueden difundir malentendidos, entonces ya no podrán decir gran cosa, ya que lo principal de la oposición es precisamente la difusión de malentendidos sobre toda la antroposofía. Intenten solo por una vez averiguar cuántos detractores dicen algo más que meros malentendidos. Debo decir que a menudo leo artículos o escritos de la oposición, y si allí no figurara mi nombre, podría referirlos a algo completamente distinto. Y es que no se refieren en absoluto a lo que aquí se cultiva, sino que tratan de algo totalmente distinto. A veces me sorprende mucho y me gustaría averiguar dónde está lo que se pretende refutar; en cualquier caso, aquí no está. En medicina se procede igual que en teología: allí nos encontramos con lo mismo. Por ejemplo, se le puede decir a un teólogo que está a la vanguardia de la ciencia: «Lo que dices sobre Cristo, nosotros también lo decimos, ¡pero añadimos algo más!». Sin embargo, no le basta con que se diga lo mismo que él y se añada algo más; dice: «No se debe añadir nada». No critica aquello que contradice sus afirmaciones, sino aquello sobre lo que él no dice nada en absoluto. Lo critica simplemente porque se habla de aquello de lo que él no sabe nada. Considera un error saber algo sobre algo de lo que él no sabe nada. La medicina no debe caer en este error. Debemos examinar las cosas con detenimiento y no contradecir, pero también debemos añadir todo tipo de aportaciones a partir de un conocimiento ya bastante bien fundamentado sobre el ser humano sano y enfermo.

Traducido por J.Luelmo 




*En otra nota añadida aquí se indica S en lugar de A.

GA101 Köln, 28 de diciembre de 1907 - Formas y números en su significado espiritual

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RUDOLF STEINER

 - Formas y números en su significado espiritual  -

XIV conferencia
Köln, 28 de diciembre de 1907

Lo que aquí se puede ofrecer son, en esencia, solo ejemplos de entre la gran variedad de símbolos y signos ocultos. No se trata tanto de ofrecer un tratado exhaustivo que explique tal o cual signo oculto, sino más bien de desarrollar el significado de los signos ocultos en general y su relación con el mundo astral y espiritual. Si tales signos no fueran más que una especie de ilustración esquemática, su objetivo y su significado no serían, en verdad, muy importantes, y más de uno podría creer que se trata únicamente de una forma de simbolizar ciertos hechos de los mundos superiores. Pero no es así. Esos símbolos y signos, tomados de la cosmovisión oculta, tienen una gran importancia para el desarrollo del ser humano, para su perfeccionamiento; es más, se puede decir que los signos y sellos ocultos, si los entendemos en el sentido más amplio de la palabra, han desempeñado un papel fundamental en la educación y el desarrollo de toda la humanidad. Solo hay que tener claro que los pensamientos, las sensaciones y las ideas que el ser humano concibe constituyen una fuerza real que actúa sobre él transformándolo, configurándolo y cambiándolo.

Basta con que tengamos muy presente el hecho de que lo físico y lo etérico del ser humano, tal y como se nos presenta hoy, son condensaciones de lo astral. El ser humano era antes un ser meramente astral, antes de convertirse en un ser etérico y en un ser físico. En realidad, todas las sustancias más densas —es decir, la sustancia etérica y la sustancia física— se separan de la sustancia astral, del mismo modo que el hielo se separa del agua. Así como el agua se condensa y se convierte en hielo, la sustancia astral se condensa para convertirse en sustancia etérica y, posteriormente, en sustancia física. En la época en que el ser humano era aún un ser como el que ustedes son hoy, cuando duermen y se encuentran fuera de sus cuerpos físico y etérico, las fuerzas que conformaban su sustancia astral eran puras fuerzas de sensación e imaginación. La sustancia astral actúa, en efecto, de manera muy diferente a la etérica o a la física. La sustancia astral está en continuo movimiento. Cada pasión, cada instinto, cada deseo se manifiesta inmediatamente en la sustancia astral, de modo que al instante siguiente adopta una forma completamente diferente cuando es la expresión de otra pasión. Hoy en día, lo mental ya no influye con tanta facilidad en el cuerpo físico denso del ser humano. No obstante, también hoy en día lo mental y lo sensorial siguen ejerciendo su efecto sobre el cuerpo físico humano. Basta con observar que, cuando el ser humano se asusta o siente miedo de algo, palidece. Esto no significa otra cosa que el hecho de que toda su masa sanguínea realiza movimientos en el cuerpo distintos a los que realiza en estado normal. Empuja la masa sanguínea desde el exterior hacia el interior. O tomemos como ejemplo el rubor provocado por la vergüenza: en ese caso, la sangre es impulsada desde el interior hacia la periferia, hacia el exterior. Estos son solo efectos insignificantes que lo anímico sigue ejerciendo hoy en día sobre lo físico. Pero si se tienen en cuenta períodos de tiempo prolongados, se observan efectos mucho más significativos de lo anímico y lo mental sobre lo físico. Si pudiera seguir la evolución de la forma humana a lo largo de milenios, vería que la figura, toda la fisonomía, todo en el ser humano cambia. Esto ocurre de tal manera que, en primer lugar, están los procesos anímicos y espirituales. El ser humano tiene ciertas ideas, y según cómo las forma, así se va configurando, a lo largo de milenios, su forma corporal y su fisonomía, aunque esto no sea perceptible de inmediato desde un punto de vista biológico externo. Todo se forma de dentro hacia fuera. Nuestra ciencia materialista exterior aún está muy lejos de comprender cómo se relacionan entre sí estos efectos a lo largo de milenios. Pero están ahí.
Para comprender cómo son esas relaciones, recordemos por un momento la primera aparición del estilo arquitectónico gótico, cuando ciertos procesos del desarrollo de la humanidad se expresaron por primera vez en las formas arquitectónicas del gótico. Aquellas personas que se entregaban a la contemplación en espacios construidos según el estilo arquitectónico gótico experimentaban los pensamientos que inspiraron las obras arquitectónicas góticas. Estos pensamientos, que actuaban en el alma de las personas, moldeaban las almas y las fuerzas internas del ser humano hasta llegar al cuerpo etérico, y transformaban las fuerzas del ser humano. Y, tras siglos, como consecuencia de esas impresiones que habían captado los sentidos y de las ideas que se formaron a partir de ellas, surgió aquel movimiento místico que encontramos en Meister Eckhart, Johannes Tauler y otros. En lo que ellos concibieron, encontramos las repercusiones de lo que sus antepasados habían recibido como impresiones a través de las construcciones góticas. Y aquellas individualidades superiores que van por delante de la humanidad en su evolución dirigen conscientemente este devenir de la evolución humana. Contemplan conscientemente los siglos y milenios por venir, y en un momento determinado se le concede a la humanidad algo que debe desarrollar en tal o cual cualidad. Así vemos cómo, a lo largo de unos cuantos siglos, a través de la contemplación de las formas externas del estilo arquitectónico gótico, el estilo del arco apuntado, se expresa esa mística que se eleva hacia el cielo en Maestro Eckhart, Tauler y otros. Si consideráramos milenios en lugar de siglos, veríamos cómo incluso las formas corporales humanas se configuran según los pensamientos, las sensaciones y las ideas que tenían las personas hace milenios; y los grandes guías de la humanidad proporcionan a las personas, en el momento adecuado de su evolución, las ideas correctas para que incluso la forma humana se transforme.

Ahora trasladémonos a la época de la transición de la era atlante a la era postatlante. Sabemos que nuestros antepasados, e incluso nuestras propias almas en otros cuerpos, vivieron en la antigua Atlántida. En los últimos tiempos de la Atlántida, este continente, —y en especial sus zonas septentrionales—, estaba cubierto en gran parte por masas de niebla, y todo lo que vivía en la Tierra, en este continente, estaba envuelto en densas nieblas. Y si retrocedemos aún más en el tiempo, nos encontramos con épocas en las que no solo había masas de niebla, sino que, donde hoy se encuentra nuestra atmósfera, había masas de agua que caían en forma de llovizna. El primer ser humano atlante era aún más un ser acuático. Solo poco a poco, durante la época atlante, se fue transformando en un ser aéreo. En aquella época, el ser humano tenía una distribución completamente diferente de su cuerpo etérico y su cuerpo físico. Hoy en día, el cuerpo etérico y el cuerpo físico están distribuidos de tal manera que, en las partes superiores, son casi iguales entre sí en forma y tamaño. Esto no ocurre en absoluto en otros seres. Si observaran el cuerpo etérico de un caballo, verían que la cabeza etérica del animal resplandece muy por encima de la cabeza física. También en el ser humano, antiguamente, el cuerpo etérico de la cabeza se elevaba mucho por encima de la cabeza física, y no fue hasta finales de la era atlante cuando ambas partes se fusionaron. Un punto que hoy se encuentra dentro de la cabeza, antes estaba fuera de ella y fue entrando poco a poco. Estos dos puntos se fueron acercando cada vez más, y en el último tercio de la época atlante se fusionaron. Esa fue la época en la que, desde el noreste de la Atlántida, de la zona de la actual Irlanda, descendió la raza semítica primitiva. En aquel entonces, el ser humano adquirió la capacidad gracias a la cual ambos puntos se fusionaron y llegaron a coincidir. Debido a que el cuerpo etérico de su cabeza se encontraba en el exterior, el ser humano atlante poseía una especie de clarividencia nebulosa. El ser humano atlante no sabía calcular ni contar, ni desarrollar ningún tipo de lógica en el pensamiento. Eso es solo un resultado de la época postatlante. Pero poseía una especie de clarividencia primitiva, porque con la parte etérica de la cabeza se encontraba mucho más fuera de ella que dentro. En aquella época, cuando esta parte etérica de la cabeza se encontraba fuera de la cabeza física, los pensamientos y las sensaciones del cuerpo astral también ejercían una influencia mucho mayor sobre esta parte del cuerpo etérico y, por tanto, sobre la formación del cuerpo físico. Aquello que en un principio vivía en el cuerpo astral en forma de sentimientos, sensaciones e ideas, se prolongó como un proceso de movimiento en el cuerpo etérico confiriendo al cuerpo físico su forma actual.

¿De dónde proceden, en realidad, la longitud, la anchura y la altura actuales del cuerpo físico? 

Son el resultado de lo que existía inicialmente en el cuerpo astral y en el cuerpo etérico. Al principio estaban los pensamientos, las imágenes, las sensaciones, etcétera. Podrán comprenderlo mejor si recuerdan el proceso que tiene lugar inmediatamente después de la muerte física; en ese momento, el cuerpo físico es abandonado primero por el cuerpo etérico y luego por el cuerpo astral. Durante el período en que duerme, en cambio, solo se alejan el yo y el cuerpo astral, mientras que el cuerpo etérico y el cuerpo físico permanecen en la cama. La muerte se diferencia del sueño en que también el cuerpo etérico se aleja junto con el cuerpo astral y el «yo». Entonces se produce un fenómeno peculiar, algo que se podría describir como una sensación, pero que está vinculada a una cierta idea. El ser humano siente como si estuviera creciendo, como si se expandiera en todas las direcciones; adquiere dimensiones en todas las direcciones. Esta ampliación del cuerpo etérico, que adquiere inmediatamente después de la muerte, esta visión del cuerpo etérico en grandes dimensiones, es una idea muy importante. En el antiguo ser atlante era necesario despertar esta idea, cuando el cuerpo etérico aún no estaba tan estrechamente unido al cuerpo físico como lo está hoy en día. El hecho de que se despertara, el hecho de que al ser humano se le presentara esa grandeza que hoy percibe cuando crece tras la muerte, fue lo que dio lugar a la causa, a la forma-pensamiento, para dar al cuerpo físico la forma que tiene hoy. Al presentarse al ser humano, en aquella época, —cuando el cuerpo físico y el cuerpo etérico aún estaban más separados—, esas formas y esas proporciones, se estimuló al cuerpo físico a adoptar la forma que tiene hoy. Y esas formas fueron inspiradas por aquellos que son los guías de la evolución de la humanidad. En las diversas leyendas del diluvio, sobre todo en la leyenda bíblica del diluvio, se encuentran indicios de datos precisos al respecto. Si se imaginan al ser humano rodeado por aquellas formas que debe tener su cuerpo etérico para que la forma del cuerpo físico se configure de manera correcta, entonces tendrán la dimensión del arca de Noé. 

¿Por qué en la Biblia se indican las dimensiones del arca de Noé como 50 codos de ancho, 30 codos de alto y 300 codos de largo? Porque esta es la proporción de medidas que el ser humano debe tener a su alrededor en la transición de la era atlante a la era postatlante, ya que con ella se forma la forma de pensamiento correcta, que es la causa de que el cuerpo del ser humano postatlante se haya formado de manera adecuada en cuanto a longitud, altura y anchura. En el arca de Noé tienen un símbolo de las proporciones de su cuerpo actual. Estas medidas son el resultado de aquellas formas de pensamiento que Noé experimentó y que hizo incorporar en el arca de tal manera que, al contemplarlas, surgiera el mundo de pensamientos según el cual debía construirse el organismo del ser humano postatlante. La humanidad fue educada mediante símbolos eficaces. Hoy en día, en las medidas de su cuerpo físico, llevan en su interior las medidas del Arca de Noé. Cuando el ser humano extiende las manos hacia arriba, en las medidas del Arca de Noé se encuentran las medidas del cuerpo humano actual.

Así, el ser humano pasó de la época atlante a la postatlante. En la época que seguirá a la nuestra, en la sexta época cultural, el cuerpo humano volverá a tener una configuración totalmente diferente. También hoy, el ser humano debe experimentar aquellas formas de pensamiento que puedan sentar las bases para que el cuerpo humano adquiera las proporciones adecuadas en la próxima época cultural; esto debe mostrársele al ser humano. Hoy en día, el ser humano está formado según las proporciones de 50 : 30 : 300. En el futuro, su constitución será muy diferente. ¿Cómo se le transmite hoy al ser humano la forma de pensamiento a través de la cual se configurará la forma futura del ser humano en la próxima raza? Ya se ha dicho que esto se encuentra en las proporciones del Templo de Salomón. En las proporciones del Templo de Salomón se representa, con un profundo simbolismo, toda la organización de la forma del ser humano tal y como será en la próxima raza, la sexta.

Todo lo que influye en la humanidad surge desde dentro, no desde fuera. Lo que en un momento dado es pensamiento y sensación, se convierte en forma exterior en el momento siguiente. Y las individualidades que dirigen el desarrollo de la humanidad deben implantar en ella, muchos milenios antes, las formas de pensamiento que posteriormente se convertirán en realidad física exterior. Ahí tienen la función de las formas de pensamiento, que se ven estimuladas por imágenes simbólicas como el Arca de Noé, el Templo de Salomón, hasta llegar a las cuatro figuras apocalípticas: el hombre, el león, el toro y el águila. Tienen un significado muy real. Con ello hemos expuesto algunas ideas sobre las imágenes que guían al ser humano cuando se entrega a ellas. También fueron imágenes las que mencionamos ayer en las cuatro figuras: el hombre, el león, el toro y el águila; y son imágenes de las que hablamos hoy. Las imágenes conducen al ser humano a participar en el mundo que linda directamente con el suyo.

Cuando ascendemos a un mundo aún más elevado, ya no nos enfrentamos a meras imágenes, sino a las relaciones internas de las cosas, a lo que se denomina con las palabras «sonido de las esferas», «música de las esferas» o «mundo de los sonidos». Cuando recorremos el plano astral, nos encontramos esencialmente con un mundo de imágenes que son los arquetipos de nuestras cosas aquí. Cuanto más nos elevamos, más nos adentramos en un mundo de sonidos y tonos, aunque no deben imaginarse que el mundo de los tonos sea un mundo sonoro en el sentido externo. El mundo del Devacán no se oye con el oído externo. La esencia del mundo espiritual sonoro, no es equiparable con nuestros tonos físicos, que no son más que una manifestación externa del mundo sonoro del Devacán. Los sonidos espirituales son sustancias del mundo del Devacán, el mundo espiritual que comienza allí donde el mundo de las imágenes da paso al mundo de los sonidos. Estos mundos se entrelazan por completo. 

Aquí, alrededor del mundo físico, se encuentran al mismo tiempo el mundo astral y el mundo del Devacán; uno impregna al otro. Es como si llevaran a un ciego de nacimiento a esta habitación iluminada; a su alrededor están los colores y las velas encendidas, pero él no puede percibirlos; solo cuando, gracias a una afortunada operación, recupera la vista, puede percibir lo que ya estaba a su alrededor desde antes. Así, el mundo astral y el mundo espiritual que nos rodea solo se perciben cuando los sentidos se abren a ellos; entonces también se percibe que estos mundos no son contiguos, sino que se interpenetran. Todo lo que hay en un mundo se puede percibir en los demás mundos.

Lo que en el mundo del Devacán es música espiritual, se refleja en el mundo astral expresándose por medio de números y figuras. Lo que se denomina «música de las esferas pitagórica» suele ser considerado por los filósofos abstractos como una imagen. Sin embargo, es una realidad verdadera y auténtica. El sonido de las esferas está ahí, y aquel que entrena su oído, —la expresión no es del todo correcta, pero debemos utilizarla—, para percibir en los mundos superiores, no solo percibe a su alrededor las imágenes y los colores del mundo astral, sino también los sonidos y las armonías del mundo espiritual. Del mismo modo que las cosas que nos rodean en el plano físico son manifestaciones del mundo astral, también son manifestaciones del mundo espiritual, que se expresan en lo físico a través de lo astral. El mundo espiritual se expresa en todas nuestras cosas físicas, y cuanto más elevadas y significativas son las cosas sensoriales, más claras, bellas y grandiosas se muestran también como expresión del mundo espiritual. Si tomamos una cosa insignificante de nuestro plano físico, por lo general resulta muy difícil remontarse a su arquetipo espiritual. Por el contrario, los arquetipos espirituales se manifiestan con gran belleza cuando dirigimos nuestra mirada hacia los aspectos más significativos y elevadores del mundo físico. Así, por ejemplo, hemos plasmado una expresión del mundo espiritual en la interacción de los planetas de nuestro sistema solar. Lo que existe en nuestro sistema solar de las formas más diversas puede atribuirse, para quien es capaz de percibir estas cosas, a lo que se denomina «armonía de las esferas». Los movimientos de nuestros planetas son tales que quien es capaz de percibirlos en el mundo espiritual «oye» las relaciones recíprocas entre los movimientos de nuestros planetas. Por ejemplo, desde el punto de vista de los mundos superiores, Saturno se mueve 2,5 veces más rápido que Júpiter. Este movimiento de Saturno se percibe en el mundo espiritual como un tono correspondientemente más agudo, «con los oídos del espíritu», como dice Goethe.

Intentemos representarnos las relaciones entre los movimientos de los planetas en nuestro sistema solar. Si tomamos la velocidad de movimiento de Saturno respecto a Júpiter, Saturno se mueve 2,5 veces más rápido que Júpiter, es decir, en una proporción de 2,5:1, y la velocidad de movimiento de Júpiter respecto a Marte es de 5:1. Por lo tanto, para el oído espiritual, el movimiento de Júpiter, en comparación con el de Marte, se percibe como un tono mucho más agudo. Si tomamos la velocidad de los movimientos del Sol, Mercurio y Venus, que es aproximadamente la misma, esta guarda una relación de 2:1 con respecto al movimiento de Marte; es decir, es exactamente el doble. Si se compara el movimiento del Sol, Mercurio y Venus con respecto a la Luna, esta relación es de 12:1, por lo que la velocidad es doce veces mayor. Quien contemple, desde un punto de vista espiritual, el movimiento de todas las estrellas visibles para nosotros en relación con su fondo, verá que el cielo estrellado avanza un grado en un siglo. Y la velocidad del movimiento de Saturno respecto al cielo estrellado es de 1200 a 1.

Así pues, tenemos:

Saturno : Júpiter                          =    2 1/2    :   1
Júpiter : Marte                             =    5          :   1
Sol, Mercurio, Venus : Marte      =    2           :    1
Sol, Mercurio, Venus : Luna       =    12         :    1
Saturno : cielo estrellado           =    1200     :    1

Estas proporciones se expresan, en la percepción espiritual, mediante sonidos que, en el mundo espiritual, son perceptibles para los oídos espirituales. Estos son los fundamentos reales de lo que se denomina «música de las esferas». De hecho, estas cifras indican armonías que existen realmente en el mundo espiritual. Así pues, del mismo modo que el clarividente ve imágenes y colores en el mundo astral, el clariaudiente oye en el mundo espiritual o devacán las armonías espirituales de las cosas. Para aquel cuyo oído espiritual está entrenado para ello, todo lo que se manifiesta aquí en el mundo físico se traduce en sonidos como trasfondo espiritual. Así, para el ocultista, los cuatro elementos, —tierra, agua, aire y fuego—, dan lugar a diversas relaciones tonales que están completamente fuera del alcance de la percepción del ser humano común. Los iniciados han reproducido en el mundo físico las relaciones tonales que podían oír en el trasfondo espiritual de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Y el resultado de estas vibraciones sonoras ha quedado plasmado en la afinación original de un instrumento musical, la lira. En la lira, la relación de vibración de sus cuerdas reproduce los sonidos que los iniciados asociaban a los cuatro elementos.

Correspondía

la cuerda del bajo     a la tierra
la cuerda Re             al agua
la cuerda La             al aire
la cuerda Sol            al fuego.

Así, podríamos investigar muchas cosas si pudiéramos remontarnos a épocas muy lejanas, y entonces podríamos ver cómo muchas de las cosas que hoy al ser humano le parecen evidentes en el ámbito cultural se han desarrollado a partir de las observaciones realizadas en el mundo espiritual. Los sonidos físicos de la lira imitan lo que inicialmente existía en el plano espiritual como la relación entre los cuatro elementos.

Esto se basa en una gran idea, según la cual, todo lo que ocurre en el ser humano, en el microcosmos, debe ser un reflejo de lo que vive en el macrocosmos. Si en el microcosmos que es el ser humano, todo  resuena con lo que ocurre espiritualmente en el macrocosmos, entonces el mundo y el ser humano están en armonía; y, al no existir ninguna desarmonía, el ser humano puede unirse verdaderamente a la evolución del mundo y sentirse uno con él. Pero si el ser humano se aleja de esta armonía, si no se une a los sonidos del mundo, entonces su estado exterior también se vuelve desarmónico, y le resulta imposible seguir avanzando al compás del mundo.

Todo esto pretende darnos una idea de cómo, desde los mundos superiores, se crearon los símbolos que allí son realidades. Muchas de las cosas de nuestra cultura son símbolos, símbolos que deben hacerse realidad, a través de los cuales se garantiza que el ser humano pueda prepararse para plasmar en el futuro, aquí en el plano físico, aquello que hoy solo existe en los planos superiores. El devenir de la evolución hace que todo lo que hoy se encuentra en los mundos superiores descienda al mundo físico; puesto que el ser humano está llamado a participar en la creación del mundo exterior, debe descender al mundo físico con su pensar. Él configura el mundo que le rodea, y también configura lo que hay en su propia corporeidad. Precisamente a través de la teosofía, el ser humano debe adquirir la conciencia de que todo lo que hace, siente y piensa en un momento dado tendrá repercusiones en otro momento, en el futuro. Cuando el ser humano construye templos, obras de belleza, o cuando crea obras de arte político para la convivencia social de los seres humanos, todas estas son cosas que tienen importancia para el futuro. Lo que el ser humano construye hoy con la ayuda de las fuerzas de la naturaleza, con ello da forma a los productos naturales del futuro. Cuando el ser humano construye, por ejemplo, una catedral gótica, la erige siguiendo leyes minerales. Es cierto que la sustancia, la materia, los ladrillos y las piedras con los que está compuesta la catedral, se desintegran. Pero el hecho de que la forma haya existido alguna vez no carece de significado. La forma que los seres humanos han imprimido en la materia permanece; se integra en el éter y en el cuerpo astral de la Tierra y sigue desarrollándose como una fuerza junto con ella. Y cuando la Tierra haya atravesado la etapa actual de desarrollo y el pralaya, y vuelva a aparecer como Júpiter, entonces esta forma brotará de la Tierra como una especie de ser vegetal. Hoy en día creamos obras de arte y belleza, y damos forma a las obras de la sabiduría en nuestra Tierra, y no lo hacemos en vano. Las creamos para que más adelante broten como productos naturales de la Tierra. Y así como hoy construimos cúpulas y edificios cuyas formas son perdurables, que se entrelazan con la Tierra y que en el futuro resurgirán como una especie de plantas, del mismo modo nuestras plantas y cristales actuales se han moldeado según lo que los dioses y espíritus que nos precedieron habían erigido en el mundo anterior. Todo lo que el ser humano incorpora a la Tierra desde el punto de vista del conocimiento, la sabiduría, la belleza y la verdadera vida social; todo lo que proyecta en forma de símbolos al mundo exterior, aunque solo lo cree en sus pensamientos, se convierte en una gran fuerza evolutiva y gratificante para el desarrollo de la Tierra; serán fuerzas y formas reales del futuro. Sin embargo, nuestras máquinas y nuestras fábricas, todo aquello que hacemos únicamente para satisfacer la utilidad exterior, el principio de utilidad, será un elemento nocivo en la próxima encarnación de nuestra Tierra. Si imprimimos en la materia símbolos que sean expresión de mundos superiores, estos tendrán un efecto evolutivo; nuestras máquinas y fábricas, en cambio, que solo sirven a la utilidad exterior, se convertirán en una especie de fuerza demoníaca y corruptora en la próxima encarnación de nuestra Tierra. Así pues, nosotros mismos moldeamos nuestras propias fuerzas positivas y, del mismo modo, las fuerzas demoníacas para la próxima era de la humanidad.

Hoy, en la quinta época cultural postatlante, nos encontramos sumidos en lo más profundo de la materia y estamos creando para la próxima época las peores fuerzas demoníacas. Cuando transformamos lo sagrado ancestral en cosas físico-mecánicas, estamos actuando por debajo del plano físico. El inframundo será lo que el ser humano cree de este modo. Hay que tener claro que también las fuerzas malignas deben integrarse en la evolución de la Tierra. En el momento en que haya que superarlas, el ser humano tendrá que emplear una fuerza colosal para transformar de nuevo lo malo y lo demoníaco en lo bueno. Pero su fuerza crecerá gracias a ello, pues lo malo está ahí para templar la fuerza del ser humano mediante su superación. Todo lo malo debe ser fundido de nuevo en lo bueno, y está precisamente en los designios de la Providencia desarrollar en el ser humano efectos fuertes y enérgicos, mucho más elevados que si nunca tuviera que transformar lo malo en bueno.

Todas las cosas que concebimos en el mundo físico con nuestra mente tienen un trasfondo espiritual, y podemos verlas en el mundo espiritual. Me gustaría poner ahora un ejemplo de cómo algo que se concibe en el plano físico se expresa en el plano espiritual como una figura: el caduceo, el bastón de Mercurio.

La conciencia que tenemos hoy en día es la denominada «conciencia diurna lúcida», en la que percibimos a través de los sentidos y combinamos las percepciones mediante el entendimiento. Esta conciencia diurna solo ha alcanzado ahora su nivel actual. La precedió otra conciencia, una conciencia onírica basada en imágenes. Al comienzo de la época atlante, el ser humano aún percibía el mundo y sus entidades espirituales y anímicas de forma clarividente, a través de imágenes astrales y etéricas. El sueño actual es aún un último vestigio de esa conciencia atávica basada en imágenes. Anotémoslo. En primer lugar, tenemos la conciencia diurna lúcida. A esta le precedió la conciencia que hoy en día solo tienen las plantas, y que en el ser humano podemos denominar «conciencia del sueño». Luego existe una conciencia aún más turbia, como la que tienen hoy en día nuestros minerales físicos; podemos llamarla «conciencia de trance profundo». (Durante estas explicaciones se escribió en la pizarra, de abajo hacia arriba: conciencia diurna, conciencia de imágenes, conciencia del sueño, conciencia de trance profundo. Véase el dibujo siguiente.) Podemos unir estos cuatro tipos de conciencia mediante una línea (se dibuja: una línea recta de arriba abajo). Sin embargo, el ser humano no se desarrolla siguiendo esta línea. Si el ser humano se desarrollara siguiendo el trazado de la línea recta, partiría de una conciencia de trance profundo, descendería luego a la conciencia del sueño, después a la conciencia de imágenes y, por último, a la conciencia diurna actual. Pero al ser humano no se le pone tan fácil; más bien, debe atravesar diversas etapas intermedias. El ser humano tuvo una conciencia de trance profundo en su primera encarnación terrestre que podemos rastrear, en Saturno; allí desarrolló esta conciencia en distintos grados. Lo representamos aquí de tal manera que dejamos que la conciencia se desarrolle a lo largo de esta línea.

El ser humano se separa de la línea recta y vuelve a unirse a ella en el Sol, donde atraviesa la conciencia del sueño; a continuación, sigue su camino, tal y como muestra esta línea en espiral, para alcanzar en la Luna la conciencia de las imágenes. Y hoy, tras diversas transformaciones, el ser humano se encuentra en el nivel de la conciencia diurna lúcida. El ser humano conserva ahora esta conciencia diurna lúcida para siempre y va conquistando conscientemente aquellos estados de conciencia que en etapas anteriores había tenido de forma atenuada. Así, vuelve a alcanzar la conciencia de imágenes en el estado de Júpiter de la Tierra; esto le permitirá percibir lo anímico que le rodea. Pero este desarrollo se produce de tal manera que su conciencia diurna luminosa no se debilita ni se vuelve opaca, sino que, en el estado de Júpiter, tendrá la conciencia de imágenes además de su conciencia diurna. Se podría decir: la conciencia diurna se ilumina hasta convertirse en conciencia de imágenes (véase el dibujo: línea discontinua). Luego, en el estado de venus de la Tierra, recupera la conciencia del sueño que tenía en el Sol; esto le permitirá penetrar profundamente en los seres, como hoy solo puede hacerlo el iniciado. El iniciado recorre el camino recto, se desarrolla en línea recta, mientras que el desarrollo normal del ser humano es aquel que discurre en espiral. Y, al ascender por vulcano, el ser humano recupera también la primera conciencia, la conciencia de trance, aunque conserva todos los demás estados de conciencia. Así, el ser humano recorre una evolución en línea descendente y otra en línea ascendente. Esta línea se puede observar una y otra vez. Este camino de descenso y ascenso es una línea real que ha encontrado su expresión en el caduceo, el bastón de Mercurio.

[El siguiente fragmento aparece solo de forma incompleta en todas las transcripciones.] Así vemos cómo los símbolos que obtenemos de esta manera están profundamente arraigados en la esencia misma de lo que ocurre en nuestro mundo. Y una figura como el caduceo tiene también un significado educativo para el ser humano cuando se entrega a ella de forma meditativa. Nadie puede asimilar esta figura sin que ejerza sobre él un profundo efecto educativo interior. El vidente ha extraído esta línea de los mundos espirituales para otorgar a las personas algo que las convierta en futuros videntes. Lo que hay que desarrollar al meditar sobre esta línea son ciertas sensaciones. Al principio percibirá una oscuridad densa. Fije la mirada en esa oscuridad; poco a poco, esta comenzará a aclararse y adquirirá un color violeta, luego índigo, azul, verde, amarillo, naranja, rojo, y ahora de vuelta, produciéndose un cierto reflejo de la evolución, hasta que haya ascendido de nuevo al violeta. Al seguir esta línea matizada, sus sensaciones pasarán de lo cualitativo de los matices de color a sensaciones morales. Si no percibe esta línea simplemente como una línea de tiza o de lápiz, sino que, al mirar en el negro, intenta evocar lo sombrío en su alma; al ver el violeta, imagina lo abnegado; y así sucesivamente a lo largo de los demás colores —el azul, el verde, amarillo, naranja, y luego, ante el rojo, evocar en tu alma lo alegre, entonces tu alma atravesará toda una gama de sensaciones que, en un primer momento, son sensaciones de color y luego se convierten en sensaciones morales. Al reflejarse en el alma la forma del bastón de Mercurio en forma de sensaciones, se imprime en ella algo que la capacita para desarrollar los órganos superiores. A través del símbolo real, se transforma de tal manera que puede acoger en su interior los órganos superiores.

Así como en su día la acción de la luz exterior hizo surgir los ojos a partir de órganos indiferenciados, del mismo modo la entrega a los símbolos del mundo espiritual hace surgir los órganos para el mundo espiritual. Es totalmente imposible decir: «Aún no veo lo que va a surgir». Eso sería como si una persona que aún no tuviera ojos dijera: «No quiero dejar que la luz actúe sobre mí». Primero debemos aprender qué es lo que puede conducir al desarrollo de los órganos internos; solo entonces podremos percibir los misterios del mundo espiritual que nos rodea.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Köln, 29 de diciembre de 1907 - El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

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RUDOLF STEINER

  El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

XVª conferencia
Köln, 29 de diciembre de 1907

Hoy me gustaría comentar algunos símbolos y signos característicos, para que tengamos cada vez más claro cuál es el tema fundamental de nuestras conferencias, que consiste precisamente en mostrar cómo se relacionan los signos y los símbolos con el mundo astral y el mundo espiritual, también conocido como el mundo devacánico.

Hemos visto que los símbolos y las imágenes, así como las relaciones numéricas y formales extraídas realmente de la naturaleza y la esencia de los mundos superiores, una vez que el alma las ha asimilado, suscitan en ella auténticas fuerzas anímicas en forma de representaciones, pensamientos, ideas y sensaciones que tienen un efecto configurador. Sí, incluso hemos podido ver que el Arca de Noé tuvo un efecto formador sobre el cuerpo físico actual del ser humano, y que el Templo de Salomón, cuando sus formas actúen sobre los seres humanos de la actualidad, tendrá una gran importancia para la formación del ser humano en la sexta raza. A partir de estos datos ya pueden ver que, a través de los guías de la humanidad, que actúan continuamente en el proceso de evolución de la humanidad, se sigue en realidad un camino similar al que sigue cada persona en las escuelas ocultas elementales. También en ese caso nos encontramos ante una concentración de sensaciones, pensamientos, ideas, etc., —a lo que se suman muchas otras cosas—, que resultan eficaces y formativas para el ser humano.

En las diversas corrientes ocultistas actuales prevalece, en muchos casos, la opinión de que en nuestra época también podría darse un ascenso a los mundos superiores por otros medios distintos al uso de representaciones imaginativas y simbólicas. Y entre la gente de hoy en día existe cierto temor, incluso aversión, a ascender al mundo astral con la ayuda de signos simbólicos u otros medios de formación ocultista. Si nos planteamos la pregunta: «¿Están justificados esos temores?», podemos responder: «Sí y no». - En cierto sentido, están justificados; en otro sentido, no tienen ningún sentido, porque nadie puede ascender realmente a los mundos superiores sin atravesar el mundo astral. Es una suposición errónea pensar que se puede atravesar el mundo astral con los ojos vendados. Solo hay que tener claro que el mundo espiritual, como tal, tiene diferentes ámbitos. El ser humano descendió al mundo físico a través del mundo astral, y debe ascender de nuevo al mundo espiritual a través del mundo astral. Lo que hay que evitar es que el ser humano, en su evolución, retroceda a estados anteriores. El ser humano nunca debe retroceder a estados anteriores. Todo estado mediúmico supone un retroceso a un estado anterior, mientras que la verdadera formación esotérica es un ascenso hacia estados superiores. El ser humano debe ascender a través del mundo astral con plena y lúcida conciencia diurna para llegar a los ámbitos superiores del mundo espiritual. Todo lo que el ser humano actual lleva en su interior en forma de deseos, pasiones e instintos está anclado en el cuerpo astral; es el cuerpo astral el que los alberga. Sin embargo, si el ser humano quiere ascender a mundos superiores, debe trabajar de nuevo con sensaciones y sentimientos; no hay otro camino. Pero se trata de que nunca intente ascender a los mundos superiores sin mantener plenamente los logros de nuestro mundo físico, es decir, nunca atenuando la conciencia. Cuando observamos a los médiums, siempre constatamos que se ven arrojados a un estado de conciencia anterior. Su lúcida conciencia diurna se atenúa, se debilita, y se evoca un estado de conciencia anterior que el ser humano ya ha superado. Quien quiera convertirse en clarividente en el sentido moderno del término debe conservar y llevar consigo su actual conciencia diurna lúcida. Solo puede hacerlo atravesando el punto del «pensar libre de sensorialidad», y nunca puede suceder nada cuando el ser humano atraviesa el pensar libre de sensorialidad. Aclaremos bien qué significa esto.

El pensar y el imaginar llenos de sensorialidad es todo aquello que parte de la percepción sensorial de los objetos que nos rodean. Si ustedes forman sus ideas de tal manera que, en primer lugar, observan un objeto, lo perciben y luego lo retienen en la memoria, y su vida mental discurre de tal forma que se sienten estimulados por tales ideas, entonces tienen un pensar lleno de sensorialidad. Esto constituye, con mucho, la mayor parte de las experiencias espirituales del ser humano actual. Y cuando el ser humano se pregunta cuánto le queda si expulsa de su alma todas las ideas provocadas por la percepción sensorial, entonces se da cuenta por primera vez del contenido que aún queda en su alma. Cuando se han eliminado las ideas estimuladas por lo exterior, entonces comprende lo que quiso decir el filósofo griego Platón cuando escribió en la puerta de su escuela: «Que no entre quien no conozca la geometría». Lo que esto significa es que no debe entrar quien no haya sido capaz de elevarse a un pensar libre de lo sensorial. No exigía geometría común. Tampoco se exige eso hoy en día a quienes desean ascender a mundos superiores. Tampoco hoy sería necesario por razones objetivas internas. Pero a partir de las representaciones geométricas uno puede formarse una idea de lo que es el pensar libre de lo sensorial. Si colocan aquí tres judías, añaden otras tres y luego otras tres más, entonces pueden aprender, a partir de esta impresión sensorial, que 3 por 3 es igual a 9. El niño o el hombre primitivo lo aprende con los dedos. Eso es un pensar lleno de sensorialidad. Cuando ya no se necesitan los dedos ni las judías, sino que se aprende lo mismo a través de una contemplación puramente intelectual, entonces se trata de un pensar libre de sensorialidad. En su proceso de aprendizaje, el niño parte, de un punto de apoyo [judías o dedos], y solo más adelante alcanza un pensar libre de la experiencia sensorial. Cuando dibujamos un círculo en la pizarra, en realidad no se forma ningún círculo; lo que dibujamos allí es una acumulación de pequeños montículos de tiza. Con la percepción sensorial por sí sola no se puede comprender qué es un círculo real. Solo cuando el círculo es contemplado mentalmente y construido en nuestro propio interior es cuando está libre de sensorialidad.

Hoy en día, el mejor medio para que un grupo más amplio de personas alcance un pensar libre de sensorialidad, es la teosofía, siempre que se entienda de tal manera que el ser humano aprenda a separar las ideas, de la sensorialidad. Especialmente en los ámbitos que van un poco más allá de lo más elemental, la teosofía conduce al ser humano hacia un pensar libre de sensorialidad. Por ejemplo, si se quiere comprender claramente qué es el cuerpo etérico o qué es el cuerpo astral, es evidente que no pueden verlos externamente. Precisamente eso es lo que le aporta la teosofía: que describe cosas que no pueden verse externamente. O cuando en la teosofía describimos la antigua Luna, esbozamos una imagen de ella, —incluso lo más drástica posible—, en la que combinamos representaciones sensoriales y suprasensoriales, de modo que una persona de mentalidad materialista diría: «Ahí está pintando algo que no es en absoluto posible». - Sí, en la teosofía hay que enseñar algo que, para los estándares actuales, resulta prácticamente imposible, y describir la antigua Luna de tal manera que en ella no hubiera rocas, minerales ni piedras como las que hay hoy en nuestra Tierra. Toda la antigua Luna estaba compuesta por una sustancia viva, cuya densidad podría compararse con la de una especie de puré de espinacas o ensalada cocida; es decir, un cuerpo a medio camino entre los minerales y las plantas, un cuerpo mitad vegetal, mitad mineral. En la antigua Luna encontramos algo parecido a una vida semivegetal. En aquella época aún no existían minerales como los actuales. Si observaran las turberas actuales, donde también hay una especie de sustancia semivegetal, obtendrían una imagen exterior similar a la que tenía la sustancia de la antigua Luna. En lugar de rocas y montañas, en la antigua Luna habría encontrado, como mucho, algo parecido a lo que hoy es la corteza de nuestros árboles. Ahora bien, cualquier naturalista le objetará hoy que algo así no podría existir como planeta. —Pero eso es precisamente lo importante, —y es una necesidad para comprender otras épocas evolutivas—: que el ser humano libere su pensar de lo que hoy se adhiere a las representaciones del pensar y la percepción sensoriales habituales, y llegue a un pensar libre de sensorialidad. El pensar libre de sensorialidad no es un pensar abstracto, sino un pensar muy, muy real. Si nos imaginamos la antigua Luna como una especie de gran lechuga con su corteza encerrada y demás, eso es pensar de forma «sensorial-suprasensorial», como dice Goethe. Al separar el color y la forma de lo sensorial y proyectarlos libremente en el espacio, habrán adquirido representaciones gracias al pensar libre de lo sensorial. Quien considere esto como una base sólida, nunca tropezará al ascender a mundos superiores.

Hagamos un esquema. Hay cosas que se vuelven confusas cuando se representan con símbolos incorrectos.

Así pues, aunque para comprender ciertas relaciones basta con dibujar el plano físico, el plano astral y el plano devacánico superpuestos, es más correcto imaginar el mundo físico como una esfera cerrada en sí misma, rodeada por el plano astral y, a su vez, rodeada por el plano devacánico. En lugar de dibujar capas horizontales, es recomendable representarlo así (véase el dibujo), ya que esto permite distinguir entre dos zonas del plano astral.

Si observamos dos zonas muy concretas del plano astral, que aquí señalamos con la flecha 1, vemos que en el mundo astral existen, para lo que aquí en la Tierra llamamos lo masculino y lo femenino, los dos opuestos «forma» y «vida». La forma y la vida son opuestos en el plano astral. Ahora bien, si quisiéramos encontrar la forma y la vida en el plano astral, solo las encontraríamos si fuéramos en esta dirección (desde el centro hacia arriba, véase la flecha 2). Si nos dirigimos hacia el otro lado (del centro hacia abajo, véase la flecha 3), no nos encontramos en absoluto con el opuesto beneficioso de «forma» y «vida», sino con el opuesto «descomposición» y «enfermedad». Así pues, si partimos del mundo físico, en el plano astral, al dirigirnos hacia arriba, nos encontramos con el opuesto «forma» y «vida»; a lo que corresponde, en el mundo astral hacia abajo —es decir, descendiendo, por así decirlo, por debajo de lo físico—, la oposición entre «descomposición» y «enfermedad». Siempre que nos dirigimos hacia un lado, donde observamos cualidades beneficiosas para el mundo físico, a estas les corresponden, en el otro lado, influencias destructivas y nocivas para el mundo físico. Ahora tenemos la posibilidad de distinguir entre las distintas partes del plano astral. De hecho, sobre el alma humana actúan dos ámbitos del plano astral totalmente diferentes entre sí.

Si queremos hacernos una idea de cómo actúan estas dos esferas tan diferentes sobre el alma, debemos pensar que en el ser humano tenemos: el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral; y, según su desarrollo, —que ya se ha descrito en numerosas ocasiones—: Manas o yo espiritual, Budhi o espíritu vital, y Atma o hombre espíritu; y en medio de todo ello, impregnado por el yo, se encuentra lo anímico. De modo que, en cierta medida, podemos distinguir entre: el cuerpo, —que en realidad abarca los tres cuerpos—, el alma y el espíritu. Ahora bien, en el alma se reflejan los tres miembros inferiores: el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. En la medida en que los cuerpos físico, etérico y astral se reflejan en su forma original, infunden en el alma del ser humano cualidades inferiores y depresivas. Pero en el ser humano también se refleja lo que es superior: Manas, Budhi, Atma, y gracias a ello contamos en el alma con elementos igualmente elevadores y purificadores. En el cristianismo estricto también se conocía esta doble forma de reflejo en el alma humana. Se observaba que en el alma se refleja la naturaleza humana superior, o bien se refleja la naturaleza inferior. Algunos lo intuían, aunque no fueran esoteristas. Por eso se decía: cuando el ser humano llega a la muerte, percibe el reflejo del mundo espiritual como el conjunto de leyes de Moisés; y cuando lo inferior se refleja en el alma, el diablo le lee a esta, en la muerte, el registro de los pecados.

Esto significa que ante los ojos del alma se le presentan todas las cualidades que le son propias: lo que se refleja desde lo alto se le muestra como las tablas de la ley de Moisés; y lo inferior, que se refleja en el alma, se ha descrito diciendo: «El diablo le lee al alma el registro de los pecados». Si el alma no toma el camino correcto, puede, sin embargo, hundirse en sus pasiones más bajas; eso puede suceder. Pero eso no debe presentarse ante las personas como un elemento disuasorio.

Todas las representaciones que se orientan hacia la imaginación y lo figurativo educan al ser humano para llevarlo gradualmente a ese punto del desarrollo vital en el que aprende a contemplar cada vez más los mundos superiores. Las representaciones figurativas, como por ejemplo la idea de la antigua luna, son un poderoso medio educativo en esta dirección. A través de tales representaciones se transmite al ser humano la idea de la evolución de una manera esotérica correcta. Si ante el ser humano solo se le presentan conceptos áridos y abstractos, su pensar permanece en el plano físico, pues el pensar ordinario, como tal, nunca se aleja del plano físico. Es cierto que se trata de un reflejo del plano del Devachán; pero el pensar que el ser humano alberga dentro, es algo que pertenece al plano físico, no es más que una sombra de los procesos superiores. Por muy sutiles que sean las ideas que se formen sobre cómo se desarrolla el proceso, sobre cómo se diferencia, desciende y se envuelve un ser en el primer nivel de la existencia, todo ello no son más que ideas que le proporcionan conceptos del plano físico, pero que no le hacen avanzar en su desarrollo. Solo las ideas y los conceptos sensorial-suprasensoriales pueden hacernos avanzar realmente, poco a poco, un nivel más allá. En primer lugar, hay que transformar los conceptos en imágenes, en imaginaciones, y repetir este proceso una y otra vez.

Si se plasmara este procedimiento —que, por ejemplo, se enseñaba en las escuelas rosacruces— en un diálogo entre maestro y alumno, se podría expresar así: - En realidad, un diálogo así nunca tuvo lugar tal cual, pero podemos representarlo de esta manera para mostrar lo que el alumno tuvo que ir experimentando poco a poco a lo largo de una experiencia muy, muy prolongada. - El profesor le decía al alumno: Fíjate en la planta, en cómo clava su raíz en la tierra, cómo crece hacia el sol con el tallo y la flor, y cómo desarrolla sus órganos reproductores. Y ahora imagina, por el contrario, al ser humano. —El ser humano queda mal comparado con la planta si se compara su cabeza con la flor y sus órganos reproductores con la raíz de la planta. Incluso Darwin, el gran naturalista, utilizó correctamente esta comparación al comparar la cabeza del ser humano con la raíz de la planta, de modo que, incluso para Darwin, la planta es el ser humano puesto boca abajo. Lo que la planta ofrece castamente al rayo de sol —sus órganos reproductores—, el ser humano lo dirige hacia el centro de la Tierra, de modo que debemos concebir al ser humano como una inversión de la planta, en la que todas las fuerzas que en la planta se dirigen hacia el centro de la Tierra, él las orienta libremente hacia el cosmos inundado de sol, y aquellos órganos que la planta extiende castamente hacia el rayo de sol, él los dirige tímidamente hacia la Tierra. El animal se encuentra en medio de todo ello.

Por lo tanto, si queremos representar las direcciones reales de las fuerzas que existen en el mundo, podemos hacerlo así:

El verdadero significado esotérico del signo de la cruz es una suma de fuerzas. Una de estas fuerzas se dirige hacia abajo: el ser vegetal está guiado por esta fuerza. En el ser humano, se dirige hacia el lado opuesto. El animal tiene la columna vertebral orientada horizontalmente; en él, la fuerza se manifiesta horizontalmente, rodeando la Tierra. El principio anímico asciende desde la existencia vegetal hacia la existencia animal y, de ahí, hacia la existencia humana. Y Platón, que tan a menudo expresó ideas procedentes de la iniciación, pronunció esta hermosa frase: «El alma del mundo está crucificada en el cuerpo del mundo». - Es decir, el alma del mundo atraviesa la planta, el animal y el ser humano; está crucificada en las fuerzas de los tres reinos: el reino vegetal, el reino animal y el reino humano. Y si inscribimos así la cruz en los tres reinos de la naturaleza, la cruz se convierte para nosotros en un signo de la dirección del desarrollo. 

Después, el maestro le decía al alumno: «Debes imaginar cómo extiende la planta su cáliz hacia el rayo de sol, cómo maduran los órganos reproductores cuando la planta es besada por el rayo de sol». —El proceso de desarrollo que va hacia el ser humano, se produce cuando la sustancia vegetal, pura y casta, se ve impregnada de deseos, instintos y pasiones. De este modo, el ser humano conquista su conciencia; de este modo se convierte en ser humano, al atravesar la naturaleza animal. Debido a que el ser humano ha introducido  la naturaleza inferior de los deseos, en la naturaleza vegetal pura, ha ascendido, por otro lado, de la conciencia vegetativa, más bien torpe, a la conciencia diurna, más luminosa.

Desde esta etapa del ser humano actual, el maestro señalaba al alumno una etapa superior. Del mismo modo que el ser humano ha evolucionado desde un estado similar al de la planta, también purificará sus instintos y deseos para alcanzar una etapa superior y casta. El maestro mostraba al alumno las aptitudes presentes en el cuerpo físico del ser humano, gracias a las cuales se pueden alcanzar los niveles superiores de conciencia y la sustancia humana puede transformarse a su vez en una sustancia similar a la de las plantas. Todo ser debe utilizar un cuerpo físico si quiere manifestarse en la Tierra. Pero, en el futuro, el cuerpo del ser humano se irá transformando cada vez más. 

En lo que respecta a los órganos humanos, hemos de distinguir entre una evolución descendente y otra ascendente. Una parte de los órganos humanos se encuentra en evolución descendente; con el paso del tiempo —que, sin embargo, se cuenta en milenios—, el ser humano se despojará de ellos. Otros órganos están en proceso de formación y, en el futuro, alcanzarán un mayor grado de desarrollo; por ejemplo, la laringe humana, que se encuentra aún en los inicios de su evolución. El corazón humano experimentará otro tipo de evolución superior y, en el futuro, se convertirá en un órgano completamente diferente. Mientras que otros órganos ya han superado su punto álgido, se están separando de la naturaleza humana y se están marchitando, en el corazón tenemos un órgano que apenas se encuentra en los inicios de su evolución.

En los músculos humanos podemos distinguir entre los estriados transversalmente y los estriados longitudinalmente; se trata de los músculos voluntarios e involuntarios. Los músculos voluntarios de la mano, por ejemplo, son estriados transversalmente. Los músculos de los intestinos, en cambio, que impulsan el alimento de forma involuntaria, son estriados longitudinalmente. El corazón constituye una excepción en este sentido, y eso supone un punto crucial para los científicos actuales especializados en fisiología y anatomía. Aunque el corazón pertenece a los músculos involuntarios, su musculatura es estriada. Por eso, nuestros anatomistas tampoco logran comprender el corazón. Y es que consideran que todos los órganos son iguales. Si se contemplan los órganos desde un punto de vista espiritual, pueden estar compuestos químicamente por los mismos elementos, pero, aun así, uno puede encontrarse en una evolución descendente y el otro en una ascendente. El corazón está en camino de convertirse en el futuro en un músculo voluntario; ya presenta en su estructura anatómica los rasgos característicos de ello. Hoy en día apenas se nota nada de ello. Hoy contribuye a que las experiencias anímicas actúen sobre la sangre. Podéis observar cómo, cuando os invade un sentimiento de miedo, la masa sanguínea se retira de la periferia del cuerpo hacia el interior, o cómo, al surgir un sentimiento de vergüenza, la sangre es impulsada desde el interior del cuerpo hacia la periferia. En el futuro, además de la transformación del corazón, también se producirá una transformación de nuestra laringe. Hoy en día, la laringe sirve para convertir mis pensamientos en palabras, haciendo vibrar el aire. Podéis captar y escuchar mis palabras con vuestros oídos; esto se debe a las vibraciones del aire. La laringe humana actual es capaz de traducir en vibraciones de aire lo que ocurre en el alma. El cuerpo humano del futuro transformará su laringe en un órgano reproductor, y la palabra, que él hoy solo crea en el aire, en el futuro creará a nuestro alrededor. La reproducción se llevará a cabo entonces a través de la laringe, que creará la raza del futuro.

Del mismo modo que el maestro señalaba al alumno el cáliz casto de la planta, y cómo señalaba al ser humano que, en su descenso, ha impregnado su sustancia vegetal con la naturaleza inferior de las pasiones, los deseos y los instintos, a cambio de lo cual ha adquirido su actual y luminosa conciencia diurna; así, el maestro mostraba cómo el ser humano actual ascenderá a estados de conciencia superiores, y cómo el ser humano del futuro transformará a su vez la sustancia llena de deseos en órganos puros y castos. Al alumno se le señalaba el pasado, el presente y el futuro. Así como el cáliz de la planta se extiende castamente hacia el sol y sus órganos reproductores crecen hacia él, esto volverá a darse en un nivel superior, donde el ser humano ofrecerá su laringe como cáliz al rayo del sol espiritual. A este cáliz espiritual que es el órgano del habla transformado, se le llamaba el Santo Grial. Se trata de un ideal real. Principio, medio y fin de la evolución de la humanidad: aquí ven ustedes la idea de la evolución de la humanidad transformada en una imagen.

A través de las sensaciones que nos despiertan estas imágenes, nos llegan las fuerzas que realmente nos abren el acceso a los mundos superiores. Todo ocurre sin magia alguna. Las imágenes despiertan las sensaciones que conducen al ser humano hacia los mundos superiores. Los sentimientos y las sensaciones conducen al ser humano al mundo astral, del mismo modo que la voluntad lo conduce al mundo devacánico o espiritual. El pensar corresponde al mundo físico, el sentir al mundo astral y la voluntad purificada al mundo del devacán.
Si observamos la planta en su sustancia original y pura, encontramos el verde como color en la vida de la planta. La planta, en aquellas partes en las que el cuerpo etérico está vivo y activo, está impregnada del verde de las hojas, de lo que se denomina clorofila. El cuerpo etérico tiene una ley fundamental: la ley de la repetición. Si en la planta solo actuara el cuerpo etérico, se repetiría una y otra vez la misma forma; brotaría hoja tras hoja. Pero cuando el cuerpo astral de la Tierra comienza a influir en la planta, esta concluye su crecimiento y da lugar a la floración. El efecto del cuerpo etérico se manifiesta en la repetición. Este principio también se hace valer en el crecimiento humano. El cuerpo etérico muestra su influencia en la formación de las vértebras, que, sin embargo, llega a su fin allí donde el cuerpo astral comienza a actuar arqueando la bóveda craneal. Por lo tanto, solo podemos influir en el cuerpo etérico a través del principio de la repetición. Cuando ustedes piensan y comprenden, el efecto de dicha acción se limita al cuerpo astral. Pero cuando ustedes rezan o meditan, por ejemplo, y repiten a diario la misma oración o la misma meditación, su acción llega hasta el cuerpo etérico. En el cosmos las cosas son de la siguiente manera: el principio de la repetición primero se manifiesta en las acciones del cuerpo etérico, y después el principio de la conclusión a través del cuerpo astral. Allí donde el cuerpo astral se retira, reaparece de forma natural el principio de la repetición. Ahí está la causa de que crezcan el pelo y las uñas, porque el cuerpo astral se ha retirado de allí. De hecho, tampoco les duele cuando se cortan el pelo, ya que el dolor es una manifestación del cuerpo astral. En un primer momento tenemos la sustancia vegetal pura y casta, en la que la planta, sometida únicamente a la ley del cuerpo etérico, desarrolla hoja tras hoja. Ahora bien, esta sustancia vegetal pura y casta impregna cada vez más aquello que en teosofía se denomina «kama»: lo instintivo y lo sensorial, lo rico en deseos, hasta llegar a las representaciones mentales. Y ahora, en el ser humano, debe superarse a su vez aquello que se ha desarrollado en él desde que tenía una naturaleza vegetal. A medida que el ser humano se ha ido desarrollando, ha incorporado en sí mismo la sangre roja. La sangre roja es la que provoca en el ser humano aquello que le hace consciente de sí mismo. La clorofila de la planta, impregnada de sustancia astral y del «yo», es la que se ha transformado en sangre roja. Si ustedes pudieran impregnar la sustancia verde de la planta con el «yo» y la sustancia astral, obtendrían la sangre roja. Piensen ahora en la imagen de la cruz. En la imagen de la cruz también hay algo que apunta hacia el futuro del ser humano. ¿Dónde está el futuro del ser humano? Él debe recuperar la naturaleza vegetal, pero unida al nivel superior de conciencia que el ser humano actual ya ha alcanzado. Las rosas rojas de la Rosa Cruz simbolizan lo que se ha alcanzado a través de la sangre, pero también lo que él tenía como naturaleza vegetal y debe volver a recuperar. Esto se refleja en la rosa. Ella tiene naturaleza vegetal y también tiene el color rojo de la sangre. En las hojas verdes actúa el cuerpo etérico; en la flor roja, que es el punto culminante, actúa el cuerpo astral; la flor de la rosa debe su color rojo a las influencias más intensas del cuerpo astral de la Tierra.

En el futuro el cuerpo astral del ser humano se liberará y actuará conscientemente desde fuera, desde fuera del cuerpo físico, al igual que ahora lo hace el cuerpo astral de la Tierra sobre la rosa. Entonces, lo que ahora existe como rosa vegetal en un nivel inferior aparecerá en un nivel superior como la rosa humana. Así, en la corona de rosas que rodea la madera negra de la cruz tenemos, de hecho, un símbolo de la evolución del ser humano. En la madera negra contemplamos lo que muere; es una imagen de lo que también morirá en el ser humano. Y en la rosa roja contemplamos aquello que seguirá desarrollándose hasta alcanzar ese cáliz que, —al igual que el cáliz vegetal del Sol—, se yergue para recibir los rayos espirituales del Sol. Y la Cruz de las Rosas, donde las rosas rojas rodean la cruz negra, nos representa este proceso de forma figurada.

Lo esencial de los símbolos es que no nos limitemos a pensarlos, sino que los sintamos y los experimentemos. Porque solo cuando sentimos que la rosa roja nos dice: «Esto es lo que seréis algún día, esto es lo que representa para vosotros la meta de la evolución humana», y cuando al hacerlo se nos abre el corazón y nuestros sentimientos se purifican, entonces se activan en nuestro interior las fuerzas que nos elevan hacia un mundo superior. Así, estos símbolos son artífices de nuestra alma. Impregnan y penetran nuestra alma; son los educadores más grandes y eficaces de nuestra especie humana.

Del mismo modo que aquí presentamos imágenes e ideas ante el alma, en ámbitos aún más elevados se presentan ante el ser humano las fuerzas internas de los números. El ser humano debe aprender a percibir las relaciones internas de los números como una música espiritual. Se pueden describir las relaciones entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, si se intenta ofrecer imágenes que ilustren cómo se relacionan entre sí estos cuatro miembros de la naturaleza humana. De este modo, el ser humano experimenta una especie de imaginación. Así, se puede describir la relación entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico diciendo: El cuerpo físico surge porque todas las fuerzas y sustancias que abundan en el mineral están unidas por el cuerpo etérico, el cual se desintegraría si el cuerpo etérico no lo impregnara; el cuerpo etérico es un luchador interno contra la desintegración del cuerpo físico. De esta manera, vamos avanzando hacia una concepción del cuerpo etérico.

Y si intentamos formarnos una visualización del cuerpo astral, nos lo imaginamos saliendo por la noche y actuando desde fuera sobre los cuerpos etérico y físico, eliminando las sustancias que provocan el cansancio. Aclaremos esto visualmente. Ahora bien, existe una forma aún más elevada de imaginar esta relación; para ello hay que tener en cuenta el valor intrínseco de ciertos números. Hay que reconocer que la relación de 1:3 es algo completamente distinto a la relación de 1:7. Esto no es indiferente. En el caso de la relación de 1:3, hay que imaginar que el 3 está diferenciado en sí mismo, y hay que imaginar las interrelaciones de cada una de las magnitudes con respecto a las demás.

Pero lo que importa es la relación 1 : 3 : 7 : 12. Si ustedes interpretan la relación entre estos números como una relación tonal, imaginando que un sonido realiza tres oscilaciones en un tiempo determinado, otro realiza siete oscilaciones en el mismo tiempo y otro más realiza doce oscilaciones, entonces habrán expresado en estos números aquella relación que, en la música espiritual, indica la relación entre el yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico.

Yo                        =         1
Cuerpo astral     =         3
Cuerpo etérico   =         7
Cuerpo físico      =       12

Esto tiene su razón de ser en la existencia cósmica. Si siguiéramos la evolución desde la existencia de antiguo Saturno hasta la actual existencia terrestre, pronto podríamos descubrir cómo se fundamenta esto en la existencia humana. La Tierra, en su primera encarnación, la de Saturno, estaba rodeada por los doce signos del zodíaco. Estos le proporcionaron la primera semilla del cuerpo físico. Mediante la influencia de los signos correspondientes sobre el cuerpo, surgió esta relación del número doce con cada uno de los miembros del cuerpo físico. Los siete planetas actuaban sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra era un sol, los demás planetas giraban a su alrededor, y así el número siete actuaba sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra se encontraba en su encarnación lunar, actuaba sobre ella, en un primer momento, el Sol. Pero luego, al separarse primero el Sol y después la Luna de la Tierra, de un cuerpo surgieron tres, y de ahí que el número tres actuara en la formación del cuerpo astral. Y cuando el «yo» descendió de los mundos superiores, esto se expresó en el número uno. La relación de 1:3 les indica la relación del «yo» con el cuerpo astral; la de 7, la relación con el cuerpo etérico; y la de 12, la relación con el cuerpo físico.

1 : 3 : 7 : 12 indica, por tanto, la proporción entre los cuatro elementos constitutivos del ser humano, que deben ustedes sentir en su interior. No es fácil despertar la sensación de que hay que imaginarse el cuerpo físico como la más perfecta de las cuatro partes, el cuerpo etérico como la menos perfecta, el cuerpo astral como aún menos perfecta, y el «yo» como el «bebé» entre los cuatro elementos de la naturaleza humana. Hay que considerar el cuerpo físico doce veces más perfecto que el «yo», el cuerpo etérico siete veces más perfecto y el cuerpo astral tres veces más perfecto. Estos números indican los grados de perfección de los cuatro elementos de la naturaleza humana. Así pues, estos números nos ofrecen símbolos profundos de las relaciones reales.

En las escuelas ocultistas existían instrucciones para ir conociendo poco a poco los valores numéricos. Así, se enseñaba el significado del número tres diciendo: «Imaginemos el desarrollo de una planta; en él hay tres aspectos que debemos tener en cuenta. Empecemos, en primer lugar, por la semilla. Tenemos una semilla pequeña y discreta, de la que se desarrolla poco a poco la planta». Podemos representarlo gráficamente haciendo que el germen de la planta se expanda en forma de rayos hasta convertirse en hojas, flores y frutos. Ahora, la semilla se ha convertido en planta y, a su vez, la planta se ha transformado de nuevo en semilla. Todo lo que en la planta se ha desplegado para convertirse en hojas, flores y frutos, todo eso está enrollado en la semilla; por así decirlo, se ha deslizado dentro de ella. En una planta desarrollada, todo se manifiesta en lo sensible. Entonces, lo sensible se introduce en algo muy pequeño: una semilla. Así, en la semilla tenemos lo sensible lo más pequeño posible y lo espiritual lo más grande posible.

Pero ocurre aún una tercera cosa. Mientras se forma la semilla a partir de la planta y de ella surge a su vez la nueva planta, las fuerzas elementales del entorno actúan continuamente sobre la planta desde el exterior. El germen está ahí, el que surgió de la planta, y de él surge a su vez la nueva planta; pero el tercer elemento proviene de todo el mundo que la rodea; y es este tercer elemento el que vuelve a transformar ligeramente cada planta. Cuanto más elevado es un ser, mayor es el efecto transformador de la influencia de este tercer elemento.

Volvamos ahora a considerar el alma humana, tal y como vive entre el nacimiento y la muerte. Allí ha desplegado lo que trajo consigo como frutos de una encarnación anterior. Del mismo modo que la vida vegetal inconsciente se ve afectada por influencias externas, el ser humano experimenta conscientemente, en la vida entre el nacimiento y la muerte, las más variadas influencias del exterior. Y todo lo que experimenta allí no estaba aún predispuesto en su germen; es algo completamente nuevo, un enriquecimiento cuyos frutos el ser humano se lleva consigo a una vida posterior, a una encarnación siguiente. Lo que estaba predispuesto en la planta antigua sigue actuando en la nueva; pero en la configuración de la nueva planta se manifiesta algo más que no estaba presente en la antigua.

Así pues, en todo proceso de formación debemos tener en cuenta tres aspectos: en primer lugar, el desarrollo a partir de un estado, por así decirlo, «envuelto»; a esto lo llamamos desarrollo o evolución. A continuación, lo que se encuentra en estado embrionario debe surgir mediante el proceso inverso, la «envuelta» o involución. Sin embargo, estos dos procesos por sí solos aún no suponen ningún progreso. Solo y exclusivamente gracias a que un ser es capaz de asimilar influencias del exterior y transformarlas en experiencias internas puede surgir algo nuevo, un progreso en el mundo. Eso es lo tercero; se denomina creación de la nada. Ustedes están continuamente desarrollando lo que llevan dentro desde tiempos remotos; continuamente están asimilando algo del propio entorno que ustedes transforman en experiencias, y eso lo llevan luego a una nueva encarnación. En toda la vida actúa la trinidad de evolución, involución y creación de la nada. En el ser humano, esta creación de la nada se manifiesta en el trabajo de su conciencia. Él vive los procesos de su entorno y los transforma en ideas, pensamientos y conceptos. Las predisposiciones provienen de encarnaciones anteriores, pero todo progreso en la vida se basa en la producción de nuevos pensamientos y nuevas ideas. Las circunstancias del entorno se «consumen», y las experiencias internas dan lugar a nuevos pensamientos e ideas. Por eso, el tres es el número de la vida; se le llama el número de la creación o de la acción.

Por el contrario, a otro número se le denomina el número de la revelación. Es fácil imaginar qué número se designa como el de la revelación. Cuando observamos cualquier cosa en el mundo, esta siempre debe manifestarse en una dualidad. Del mismo modo que no podemos percibir la luz sin la oscuridad, ante cada concepto real se nos presenta siempre algo atenuado u opuesto. Luz y oscuridad, bien y mal, y así sucesivamente. En todo el mundo manifestado reina la dualidad. Por eso, el dos es el número de la revelación. Los opuestos solo se unen en el ámbito de lo oculto, que subyace a lo manifestado. Por eso, el número uno es el número de la unidad. La evolución y la involución no son opuestos, porque siempre se desarrollarían de la misma manera sin el tercero: del germen a la planta y de la planta al germen. Solo en conexión con el tercero, la creación de la nada, surge lo nuevo, que se expresa mediante el número tres.

Así pues, en los tres primeros números tienen símbolos importantes del mundo espiritual. Se les debería explicar, mediante ejemplos concretos, cómo se relaciona lo que se denomina «símbolos» con los mundos superiores y cómo, por ejemplo, símbolos como el Santo Grial o la Rosa Cruz expresan en la imagen el desarrollo superior.

Tienen otro bonito símbolo en la imagen del espejo. A menudo se dice que lo que nos rodea es un espejo de lo espiritual, porque, en realidad, nada de lo exterior nos muestra otra cosa que no sea el reflejo del ser espiritual. Ustedes mismos pueden observarlo en la vida física. Cuando perciben un objeto físico, ¿qué es lo que ve su ojo? Su ojo no vería el objeto en absoluto si los rayos del sol no incidieran sobre él y fueran reflejados desde el objeto hacia su ojo. En realidad, su ojo no ve los objetos comunes, sino la luz solar reflejada por los objetos, y por eso le parece que hay un objeto con una forma determinada. En realidad, tampoco se ve a sí mismo cuando se mira en el espejo, pues su parte espiritual se encuentra fuera de su entidad física. Lo que ven en el espejo es el reflejo de los rayos que les llegan desde el mundo espiritual. Lo que ven refleja la luz espiritual del mismo modo que los objetos comunes reflejan la luz del sol. El cuerpo exterior del ser humano es, de hecho, el espejo en el que se refleja su verdadera esencia.

En la era atlante, el ser humano no veía en absoluto los objetos del exterior. Sabía que se encontraba inmerso en una sustancia espiritual y, por eso, podía ver lo espiritual en su interior. No fue hasta aproximadamente el último tercio de la era atlante cuando se le apagó la luz espiritual, y el ser humano solo veía ya los rayos reflejados de esa luz. Imagínense que miran a través de un cristal y se conciencian de sus propias cualidades espirituales. Ahora, alguien aplica una sustancia reflectante en la parte posterior del cristal; de este modo, ya no ve en el cristal su propio ser, sino solo la imagen reflejada por el espejo. El ser humano ve ahora su imagen; y entonces surge en él la ilusión de que lo que ve allí es su yo. Esta ilusión queda maravillosamente expresada en la Biblia. El ser humano perdió el paraíso cuando quedó tan absorto en la sensorialidad que se vio a sí mismo. Antes, Adán y Eva no habían «visto»; ahora «se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos». Y como en realidad se produjo aquí un engaño, la leyenda atribuye el hecho de que los objetos se hicieran visibles exteriormente al principio luciférico.

En Europa del Este hay una leyenda popular que cuenta lo siguiente: Érase una vez un monje que quería comprobar si se basaba en la verdad la siguiente frase bíblica: «Los que buscan, encontrarán, y a los que piden, se les dará». —Quería comprobar si eso era realmente cierto, así que rezó por lo que deseaba obtener. No quería nada más ni nada menos que a la propia princesa. Le pidió la mano a la princesa. Esta le dijo: sí, se convertiría en su esposa con una condición: él debía traerle un instrumento en el que pudiera verse de pies a cabeza. Era una época en la que aún no existían los espejos. Así que se puso a buscar; en su camino se encontró con el diablo, quien le reveló el secreto del principio del espejo. Cuando regresó con él, la princesa le dio su consentimiento; sin embargo, él renunció a ella más tarde. Para conseguir el espejo, tuvo que recurrir al diablo.

En los múltiples signos y símbolos con los que nos hemos encontrado en estas conferencias, hemos podido ver el significado real de estas imágenes. La percepción sensorial es el contenido del mundo físico. Las imágenes y las imaginaciones son la expresión del mundo astral. La armonía de las esferas, el sonido de las esferas, es la expresión del mundo espiritual. Quien asciende a este mundo espiritual percibe su riqueza sonora interior, que penetra en su ser. La inspiración es el elemento vital del mundo espiritual, del mismo modo que la imaginación es el elemento vital del mundo astral. Un mundo verdaderamente inspirado se crea a partir del espíritu.

Traducido por J.Luelmo

meditación de la piedra de fundación