CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA101 Berlín, 21 de octubre de 1907 La Magia negra y la Magia blanca

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RUDOLF STEINER

 La Magia negra y la Magia blanca

séptima conferencia
Berlín, 21 de octubre de 1907

Se  nos ha expresado el deseo de que hablemos también de lo que habitualmente se denomina «magia blanca y magia negra», y de que esto se relacione con algunos otros conceptos que conocen los teósofos.

Ahora bien, lo que hay que abordar aquí es un ámbito muy amplio y ramificado de la visión ocultista y de las ciencias espirituales, de modo que solo se podrán abordar, por así decirlo, algunos aspectos elementales de este campo. Pero incluso estas ya exigen como requisito previo que lo que ahora vamos a examinar se entienda como si estuviera destinado exclusivamente a los alumnos de las ciencias espirituales y no a cualquier otra persona que no esté dotada de una condición y forma de pensar, propias de las ciencias espirituales. Cuando se pretende hablar de un tema de estas características, hay que partir de ciertos supuestos. 

Los términos «magia blanca y magia negra» se utilizan a menudo, precisamente dentro del ámbito teosófico, y en infinidad de ocasiones nos encontramos con que la expresión «mago negro», se emplea a modo de acusación, incluso por parte de quienes actúan dentro de la corriente teosófica. Algunos de ustedes ya habrán oído por si mismos, que se ha calificado con ligereza como «magia negra» esto o aquello. Sí, incluso ocurrió una vez que, tras la lectura de nuestras «Comunicaciones», —creo recordar que fue el primer número—, en cierto lugar la gente dijo: lo que había sucedido en aquella Asamblea General y se había relatado en las «Comunicaciones» encierra magia negra. En aquel entonces, algunas personas llegaron incluso a afirmar que en la dirección de aquella Asamblea General debía de haber un hechizo maligno. Esto no es más que un ejemplo de algo que ocurre con frecuencia y que se deriva de una concepción bastante trivial no solo del concepto de «magia negra», sino del concepto de «magia» en general.

En primer lugar, debemos tener claro qué se entiende por «magia» para poder comprender qué se entiende por «magia negra» después. Mucha gente cree lo siguiente: dicen que se pueden adquirir fuerzas ocultas y, al hacerlo, suelen pensar en fuerzas ocultas bastante inferiores y elementales. Porque, por lo general, quienes hablan de tales cosas no saben nada de las fuerzas ocultas superiores; normalmente no tienen ni idea de qué deben entender realmente por «fuerzas ocultas». Por lo general, la gente añade además que quien practica la magia negra es aquel que utiliza tales poderes al servicio del egoísmo personal. Una afirmación como esa es de las que ni siquiera se puede decir que sean falsas. Pero tampoco importa mucho que se diga que es cierta, pues no aporta nada especial. Es el resultado de una forma de pensar totalmente abstracta. Quien quiera hablar de estas cosas debe, ante todo, tener los pies firmemente plantados en el suelo de la realidad, ya sea la realidad física o la espiritual; debe saber qué es real, y entonces dejará de divagar sobre todo tipo de cosas que no guardan relación alguna con la realidad.

¿No supone acaso una exigencia imposible para los seres humanos de hoy, en cierto sentido, una afirmación como esa de que no se deben emplear las fuerzas ocultas al servicio del egoísmo personal? Esa es la pregunta que debemos responder en primer lugar. Es cierto que quienes afirman esto establecen como primer mandamiento: «¡No serás egoísta!». Sin duda, se trata de un mandamiento supremo. Pero para quien piensa con sensatez, la cuestión no radica en que se establezcan tales mandamientos, sino en si estos pueden cumplirse en absoluto. Y quien crea que el mandamiento de no ser egoísta puede ser cumplido sin más por las personas de hoy en día, se está engañando a sí mismo. Quien reconozca que es su deber disipar las ilusiones, deberá disipar también la ilusión de que un mandamiento así pueda cumplirse fácilmente.

Puede que aparezca alguien y diga: «¡Quiero actuar en el mundo de una manera totalmente desinteresada!». En un primer momento, no puede saber que, entre las fuerzas con las que actúa, hay toda una serie de fuerzas ocultas. De cada persona emanan fuerzas ocultas. Si alguien dice que quiere actuar de manera desinteresada en el mundo, ese es un ideal muy, muy hermoso. Pero si se intenta indagar más allá y preguntar: «¿Por qué quieres ser desinteresado? ¿Por qué te impones este precepto de ser desinteresado?», se obtendrán respuestas curiosas, por ejemplo: «A través del desinterés voy ascendiendo poco a poco a niveles más elevados de perfección»; «No soporto ser una persona sin valor»; «Quiero ser una persona que tenga valor en el mundo». —Si se analizara este sentimiento, se descubriría que, tras las razones que justifican el altruismo, se esconde a menudo el egoísmo más increíble, a menudo un egoísmo mucho mayor que el que se encuentra en aquellas personas que no quieren ser altruistas en absoluto, sino que simplemente se entregan a sus instintos egoístas. Reflexionen sobre esta idea y verán cuánto egoísmo se esconde en el impulso hacia el altruismo.

¿Y cómo podría ser de otra manera? El egoísmo es una fuerza que los dioses no han implantado en la naturaleza humana para que el ser humano la reniegue o la niegue sin más. De hecho, el egoísmo es uno de los elementos más esenciales a través de los cuales actúa el ser humano. Si investigamos las razones del egoísmo, si nos preguntamos: «¿Por qué los dioses, esos dioses bondadosos, han inculcado el egoísmo en el ser humano?», dado que es algo tan abominable a juicio de tanta gente, obtenemos, a partir del ocultismo auténtico, la respuesta de que el egoísmo es una protección formidable frente a lo que le sucedería al ser humano en el mundo si no lo tuviera. ¿Saben qué es lo que mejor protege al ser humano de recurrir a ciertas fuerzas bastante perversas, de las que hablaremos enseguida? Hoy en día, para alguien que quisiera practicar la magia negra, sería muy fácil atraer a una persona como discípulo y enseñarle ciertos gestos y artimañas de la verdadera magia negra; podría actuar de la forma más espantosa del mundo. Sin embargo, la mayoría no lo hará sin más. ¿Y saben por qué? Por la sencilla razón de que tienen miedo, porque temen por su personalidad. Intuyen un poco las consecuencias en su mente y, de forma egoísta, las temen. Y está muy bien que tengan miedo y, por eso, dejen de hacerlo. Si al comienzo de la evolución de la Tierra los seres humanos hubieran recibido de igual a igual todas las fuerzas existentes para actuar sobre el cuerpo astral, el etérico y el físico, entonces esos seres humanos habrían cometido cosas terribles en el mundo. Pero así, se les ha concedido el egoísmo, y este lleva al ser humano a que, en un primer momento, solo se preocupe por sí mismo, y a que esa preocupación por sí mismo lo ocupe por completo. Por eso, los dioses han erigido alrededor de los seres humanos, como una especie de muro protector, y esa protección se la brinda el egoísmo. Es el egoísmo el que oculta al ser humano la visión de las cosas que se encuentran más allá del mundo de las apariencias. Es sumamente importante tener esto en cuenta. Se trata de uno de los sabios mecanismos de frenado que los dioses han establecido para que el ser humano no penetre demasiado rápido en los reinos espirituales. Eso es, pues, el egoísmo; es un buen medio de protección.

Así pues, no hay que ir por ahí lanzando palabras como esas, porque aún queda un largo camino por recorrer hasta que el ser humano sea capaz de actuar de forma altruista, hasta que alcance la madurez necesaria para el altruismo. Ni siquiera hace falta recordar lo ridículo que resulta todo ese sermón sobre el altruismo, precisamente en nuestra época, la era del egoísmo en su máxima expresión, en la que cada uno quiere hacerse con todo lo que le corresponde conforme a su estatus social. Así, este «altruismo» lleva a rodearse por completo de un torbellino de ilusiones. Si ustedes no reflexionaran a fondo sobre cómo la gente, hoy en día, se envuelve en un torbellino de ilusiones, no creerían cómo, sobre todo a través de las teorías, nuestros contemporáneos se dejan envolver en un torbellino de ilusiones. Se forjan y se predican teorías sociales, tanto por parte de profesores como de quienes no lo son. Pero precisamente una gran parte de las teorías sobre los remedios sociales para el cuerpo social no son más que un desbordamiento de la «Psychopathia professoralis». Pueden comprobarlo en la práctica, viendo cómo piensa y actúa la gente de forma errónea. ¿En qué sociedad o comunidad no se puede observar que la gente reflexiona sobre tal o cual remedio, por ejemplo, contra el desempleo? Cuando hay desempleo, hay hambre. Pero, ¿cómo podemos remediarlo? Entonces se toma la decisión: hay que dar trabajo a la gente. - Y entonces se inventa algo para dar trabajo y empleo a la gente, para que ganen dinero y puedan comprarse lo que quieran. Parece un remedio muy eficaz para evitar los males sociales: dar empleo a la gente. Pero es una medida muy peligrosa dar empleo a la gente a cualquier precio, siempre que no se distinga entre empleo productivo y no productivo. Mientras no se haga esta distinción entre empleo productivo y no productivo, se trata incluso de una medida con efectos terribles para la sociedad. Imaginemos un caso extremo: alguien, ante la situación de que en una zona determinada varias personas se han quedado sin trabajo debido a la invención de una nueva máquina, quisiera proporcionarles rápidamente trabajo y sustento. Para ello, inventa un producto en el que utiliza residuos sin valor para fabricar artículos de aseo. De este modo, la gente puede ganar algo de dinero y comprarse el pan. - Pero eso no es más que una forma de trasladar la pobreza de un lado a otro, pues de esta manera no se produce nada en absoluto, no se genera nada. Cualquiera puede reflexionar por sí mismo sobre ello con el siguiente ejemplo: alguien se sienta en un restaurante en el campo y dice: «¡Camarero, póngame diez postales!», y las envía sin pararse a pensar en cuántos carteros tienen que subir cuatro o cinco plantas, y sin pensar en que con ello no se pone en movimiento ninguna fuerza real en el mundo. Ni siquiera se tiene en cuenta que con ello no se logra nada real que favorezca al espíritu y al cuerpo. Si se lo dice a la persona en cuestión, esta, naturalmente, tendrá una excusa. Podría decir, por ejemplo, que se podrían contratar nuevos carteros, con lo que más gente tendría trabajo. Pero no se tiene en cuenta que, si se contrata a gente nueva, su trabajo no crea nada nuevo, sino que solo se ha redistribuido la pobreza. Esto demuestra que las personas primero deben saber algo sobre la distribución del trabajo en la Tierra antes de poder siquiera plantearse la más mínima idea de reforma. La ignorancia que pretende reformar es algo temible en el contexto mundial. Es terrible que, a menudo, las personas no tengan la paciencia de esperar hasta haber aprendido a tener una visión general de cómo se puede ayudar, sino que se dediquen a hacer de todo un poco, con esto o aquello. Todo eso son ilusiones con las que las personas se envuelven. Y también es una ilusión de este tipo cuando, en la teosofía trivial, la gente habla de altruismo. Si queremos informarnos sobre la magia blanca y la magia negra, primero debemos tener presente en nuestra alma algo del concepto de «magia», sobre el que ya saben algo aquellos que han asistido a las últimas conferencias. También en público ya he abordado brevemente la esencia de la magia.

¿Qué es, pues, la magia? 

En todas las antiguas escuelas ocultistas existían tres formas de ascender a los ámbitos más elevados del conocimiento. La primera era la del iniciado, la segunda, la del clarividente, y la tercera, la del mago. Se trata de tres cosas fundamentalmente distintas entre sí: la iniciación, la clarividencia y la magia. Aclaremos primero, mediante una sencilla comparación, qué es un iniciado, qué es un clarividente y qué es un mago. Imagínese cualquier región en la que no se conozcan los trenes, los barcos de vapor y demás, donde la gente viva sin trenes ni barcos de vapor. En una región así, el hecho de que existan trenes y barcos de vapor es puro ocultismo. «Oculto» significa algo secreto, algo de lo que la gente no sabe nada. Ahora bien, si alguien de una zona donde no hay trenes ni nada por el estilo viaja a otra zona donde ve trenes y barcos de vapor, y luego regresa a su tierra natal, les cuenta a los suyos que existen los trenes y los barcos de vapor. Lo sabe por experiencia propia, pues ha vislumbrado un mundo que para los demás sigue siendo un misterio.

Quien, a través de la formación ocultista, es iniciado en los mundos superiores, es, en este sentido, un clarividente. Sabe por propia experiencia que existen mundos espirituales, seres espirituales y fuerzas espirituales. Los mundos espirituales tienen distintos niveles. Una persona puede ser clarividente en un nivel determinado, ver algunos fenómenos, pero no ver otros. Ahora deben recordar algo que se ha dicho aquí con frecuencia: para descubrir y explorar por sí mismos las verdades ocultas es necesaria la clarividencia. Pero la clarividencia no es necesaria para comprender estas verdades. Para ello basta con el entendimiento humano común, siempre que se aplique de manera correcta y lo suficientemente exhaustiva. Quien diga que solo podría comprender lo que se comunica en los informes ocultistas si fuera clarividente, simplemente no utiliza su razón lo suficiente. El ser humano no puede descubrir las verdades ocultistas con la razón, pero sí puede comprenderlas. Todo lo que se deduce de la investigación espiritual puede comprenderse si uno está dispuesto a reflexionar a fondo. Sin embargo, no es posible descubrir las verdades ocultas sin clarividencia; para ello se necesita la clarividencia. Por lo tanto, lo que se proclama a través de la teosofía también podría ser comprendido por quienes reflexionen a fondo sobre ello.

Incluso en los ámbitos más elevados, se pueden recibir relatos de los hechos de las experiencias ocultas, y luego se pueden comprender. Así, en las escuelas ocultistas siempre ha habido clarividentes que, mediante los métodos que se aplicaban, aprendían a penetrar en los mundos espirituales. A menudo se trataba de métodos muy laboriosos. Pero, además de estos clarividentes, siempre hubo también iniciados. Se trataba de aquellos que, gracias a sus amplias facultades intelectuales y a su disposición para aplicarlas, habían comprendido los hechos y las leyes de los mundos superiores. Esos eran los iniciados. Hoy en día, esta relación entre iniciados y clarividentes ya casi no es posible, porque hoy en día todo el mundo está afectado por el gran egoísmo de querer ver por sí mismo. Hoy en día, la gente apenas tiene idea del amor y la confianza que reinaban en las escuelas ocultistas de la antigüedad. Allí estaba el clarividente que, tal vez a lo largo de varias encarnaciones, aplicaba los métodos con abnegación y se había ejercitado para contemplar los mundos superiores, en los que podía ver muchas cosas, absteniéndose de conocer las leyes de dichos mundos, no para no verse frenado por ellas, sino para prestar un mayor servicio a la humanidad mediante un desarrollo más rápido de las capacidades clarividentes. Esta renuncia no es fácil de aceptar sin más. Es algo grandioso y formidable que alguien decida convertirse en clarividente sin conocer al mismo tiempo todo el orden de las leyes que rigen los mundos superiores; y si espera, —quizá miles de años—, hasta lograrlo, solo podrá hacerlo con la condición de ponerse bajo la estricta tutela de un gurú o maestro elegido. Porque si se acercara a las cosas del mundo espiritual como un mero clarividente, sin conocer sus leyes, pronto se desviaría por caminos erróneos y caería en los errores más graves, a menos que aceptara el consejo del gurú en todos los asuntos importantes.

Hubo otros que renunciaron por completo al desarrollo de los dones clarividentes superiores, porque deseaban ser iniciados en las leyes de los mundos superiores. Con amor y entrega, confiaban en lo que les decían los videntes, pero conocían las leyes. Para explicarlo, se puede poner un ejemplo del mundo cotidiano. Imagínese a una persona que ve extraordinariamente bien, que puede percibir con sus ojos todo tipo de fenómenos, pero que no entiende nada de las leyes de los fenómenos luminosos. E imagínese a otra persona que es muy miope y apenas ve a unos pocos centímetros de sus ojos, pero que conoce bien las leyes físicas de los fenómenos luminosos. Ambos pueden colaborar y trabajar bien juntos: uno conoce las leyes, el otro no las conoce en absoluto, pero a cambio ve los fenómenos. Y esto es aún más cierto en los ámbitos superiores. Es posible que alguien alcance un grado elevado de iniciación sin pretender poseer poderes clarividentes. En las antiguas escuelas ocultistas era muy habitual que estas dos clases coexistieran. Los clarividentes aceptaban de buen grado los consejos de los iniciados que no poseían en absoluto la clarividencia. Esto resultaba especialmente necesario en aquellos casos en los que se requería un alto grado de clarividencia y un alto grado de iniciación, como, por ejemplo, en todo lo relacionado con el ámbito astrológico. Lo que ocurría era que aquellos que deseaban asimilar en profundidad las complejas leyes de la astrología tenían que renunciar, por regla general, a esa clarividencia superior que los clarividentes astrales debían adquirir. Se complementaban mutuamente. Solo en los tiempos modernos, en los que el ser humano piensa y siente de forma materialista, hay que tener claro que es imposible separar estrictamente estos dos ámbitos y, por ello, desde el siglo XIV ya no se hace distinción alguna entre ambas clases, de modo que el maestro ya no concede una iniciación a nadie sin otorgar al mismo tiempo un cierto grado de clarividencia. No puede ser de otra manera, porque no sería en absoluto compatible con el egoísmo y la desconfianza que imperan hoy en día. Por eso ya no se hace distinción entre ambas, pues hoy en día las personas son incapaces de actuar de forma altruista.

Ahora bien, el mago se diferencia tanto del clarividente como del iniciado. El hecho de que alguien pueda vislumbrar por sí mismo los mundos superiores no implica, ni mucho menos, que ya sea capaz de dominar las fuerzas que actúan en el mundo sensorial y aplicarlas. ¿O acaso creen ustedes que una persona que poseyera el conocimiento de la locomotora, el barco de vapor y la máquina de vapor, se trasladara a una región donde se desconocen, podría construir inmediatamente allí una máquina de ese tipo? Él podrá describirles cómo son esas cosas, pero no sabrá construirlas de inmediato. El hecho de que el clarividente pueda ver por sí mismo en los mundos superiores no implica que también sepa dominar las fuerzas que actúan en el mundo sensible y aplicarlas. Solo es mago o adepto aquel que sabe aplicar en este mundo las fuerzas superiores, de las que todo lo físico no es mas que una expresión; es decir, aquel que es capaz no solo de recurrir a las fuerzas y poderes físicos cuando se trata de cualquier asunto relacionado con su actuar, sino que también sabe dejar que actúen las fuerzas superiores. En nuestra época, ser mago o adepto no es, en realidad, cosa de poca monta. No hay ningún momento en la evolución de la humanidad que se haya opuesto tan rotundamente a la magia o al adoctrinamiento como lo hace el nuestro hoy en día. Y hoy en día, en determinadas circunstancias, la mejor forma de servir a la humanidad es limitarse a difundir los conocimientos de los mundos superiores y, uno mismo, —quizá con el corazón encogido—, renunciar a ellos incluso en casos en los que tal vez sería oportuno recurrir a los poderes mágicos. Y es que la vida pública actual es tan ajena al concepto de la magia que, en determinadas circunstancias, la influencia de los mundos superiores sobre nuestro mundo supondría un revés si se aplicaran directamente los poderes mágicos. Quien tenga cierta práctica en el uso de los poderes y, además de los conocimientos, se haya familiarizado con su mecanismo, debe abstenerse en determinados casos de aplicar esos poderes, por la sencilla razón de que hoy en día es imposible ir a contracorriente de los tiempos que corren en el mundo. Ser mago no solo implica clarividencia e iniciación, sino también práctica. De eso se trata. El mago debe, con gran dedicación y a lo largo de largos períodos de tiempo, adquirir ciertas habilidades; debe practicar. Piensen solo por un momento en cuánto pueden saber, —ya en el mundo físico—, sin que ustedes mismos sean capaces de llevar a cabo realmente aquello de lo que pueden hablar, aquello de lo que saben algo. Se puede estar iniciado en muchas cosas. Se puede saber con total exactitud cómo está construida una locomotora, pero sin que nadie le encargue inmediatamente la construcción de una, ya que con ello se arriesgaría a tirar el dinero por la ventana. Lo mismo ocurre en los ámbitos superiores. La práctica hace al mago; la percepción en los mundos superiores hace al clarividente; el conocimiento y la comprensión de las leyes en los mundos superiores hacen al iniciado.

En tiempos pasados era absolutamente inadmisible llevar a cabo cualquier acto mágico sin estar en armonía con los regentes del mundo, el «Gobierno de la Tierra», a quienes también se conoce como los grandes maestros de la llamada Logia Blanca. Todas las escuelas ocultistas, todas las escuelas que existen y todo lo que se enseña no pueden ser más que el nivel más bajo hacia un desarrollo superior; sobre él deben erigirse niveles cada vez más elevados, hasta llegar a los verdaderos guías de la evolución de la Tierra. En el nivel más elevado se encuentran aquellos que no solo conocen la sabiduría, sino que «gobiernan» la Tierra en su evolución, que hacen fluir la sabiduría en la evolución terrestre. Solo ellos son capaces de determinar, en cada acción concreta en la que intervienen las fuerzas espirituales, si esta acción perturba o no el conjunto del proceso. Si construyes una casa y estableces el plano de la misma, cada uno de los trabajadores que participan en la obra debe trabajar en armonía con ese plano. Y si alguien llega y se le ocurre hacer una ventana de forma diferente a como está prevista en el plano, por muy bonita y magnífica que sea esa ventana, toda la casa queda alterada. Si alguien en el mundo quiere lograr algo mediante fuerzas espirituales, por muy significativo y grandioso que sea, si no encaja en el plan original de la evolución de la Tierra, perturba dicho desarrollo y, en ocasiones, lo retrasa durante mucho tiempo. Es imposible que el ser humano que no utiliza fuerzas espirituales pueda perturbar este plan del desarrollo de la Tierra. ¿Y por qué no? Porque, en lo que respecta a las fuerzas espirituales, lo que hacen las personas que carecen de un conocimiento de los mundos superiores, se comporta como un fenómeno natural respecto a una casa. Lo que el clima, a través de las condiciones de calor y sol, destruye en una casa, tiene que ser destruido; eso es, en cierto modo, algo evidente. Así se comportan también las intenciones de quienes no tienen relación alguna con el mundo superior. En cambio, las acciones de quienes tienen alguna relación con los mundos superiores, cuando hacen algo que no está en armonía con el mundo espiritual, se comportan como si alguien golpeara un objeto con un martillo. ¿Qué es, pues, necesario para que se produzca el progreso de la humanidad? Cuando se emplean fuerzas ocultas, es absolutamente necesario que se mantenga la conexión con las fuerzas espirituales centrales del mundo, y es absolutamente necesario que no se entreguen las fuerzas espirituales a nadie que no desee buscar esa conexión. De ahí se deriva que en todas las escuelas ocultistas auténticas reine el secreto en torno a la transmisión de las fuerzas espirituales, y que no se revelen tales secretos a nadie que no se comprometa a mantener la conexión con los seres espirituales rectores. Solo el «gobierno central» de la Tierra tiene la capacidad de saber de qué se trata. Y eso es algo que hay que saber si se quieren emplear fuerzas espirituales. Cuando se le revela algo a otra persona de forma no autorizada, cosa que puede llevar a esa persona a oponerse al gran plan de la evolución de la Tierra, se comete el primer tipo de acto de magia negra. Por eso se aplica el principio siguiente: el primer acto de magia negra es la traición de los secretos ocultos. Hablar sin sentido y revelar secretos ocultos constituye el primer caso de magia negra, pues con ello se entregan los secretos ocultos a aquellos que se oponen a la dirección central del desarrollo de la Tierra, porque no conocen el contexto. ¿Dónde ocurre esto, dónde se hace realidad? Se hace realidad allí donde los secretos ocultos se ponen en práctica no al servicio de toda la dirección de la Tierra, sino al servicio de alguna entidad limitada que no quiere tener relación alguna con la dirección de la Tierra al servicio de la humanidad. Así pues, si, por ejemplo, al ser humano se le revelan aquellas cosas que solo debe aplicar cuando haya superado todos los prejuicios nacionales y raciales, pero las aplica antes de haber superado dichos prejuicios y antes de tener la más mínima idea de lo que significa ser un «ser humano sin patria», entonces exactamente lo mismo que, en otras circunstancias, es magia blanca, pasa a estar al servicio de la magia negra. Exactamente lo mismo. Si aquello que debería servir a la humanidad se utiliza al servicio de una raza concreta, por ejemplo, para otorgar a esa raza el dominio sobre la Tierra, entonces eso es, a gran escala, magia negra, pues no se lleva a cabo en armonía con la guía de la Tierra. Ese es el primer requisito: ir más allá de lo que nos une únicamente a una parte de la humanidad. Para un mago blanco de hoy en día, esto constituye el primer principio. El ser humano no puede aspirar a la abnegación, sino al amor por toda la humanidad. Puede ampliar el ámbito de su amor. Puede hacerlo, y de eso se trata precisamente.

Sin embargo, ocurre con mucha frecuencia que las personas intentan, mediante todo tipo de maquinaciones, obtener algo que, de otro modo, nunca se les revelaría. Ahora pasamos a los métodos propiamente dichos, a las maquinaciones que es necesario llevar a cabo para adquirir poderes de magia negra. Esto es algo que se puede describir con todo detalle. Ya han visto el primer medio, la primera vía para adquirir poderes de magia negra; consiste precisamente en que las fuerzas y entidades invocadas nos revelen esos medios. Sí, ¿qué son, en realidad, estos medios mágicos? Son aquello mediante lo cual podemos utilizar las fuerzas espirituales para actuar aquí, en el mundo sensible, y para lograr resultados y éxitos. Esos son los medios. Pero, en realidad, no hay en el mundo sensible más efectos que aquellos que proceden de los mundos espirituales. Todos los efectos, logros y acciones en el mundo sensible proceden de los mundos espirituales. Por lo tanto, quien no quiera llegar a estas cosas por la vía legítima del estudio pausado, —a través de aquellos que son iniciados, clarividentes, adeptos o incluso magos—, solo puede elegir otro camino, y esta consiste en que, en lugar de dirigirse a las personas, —que son las encarnaciones de entidades espirituales superiores—, se dirija a la propia naturaleza e intente discernir en ella la forma en que las fuerzas espirituales han fluido hacia su interior.

Porque todo lo que hay en la naturaleza proviene de los mundos espirituales, y mediante ciertas artimañas y acciones podemos volver a extraer de la naturaleza esas fuerzas espirituales. Ahora bien, en el momento en que, respecto a aquello que desconocemos, no dejamos que la naturaleza actúe por sí misma, sino que llevamos a cabo nosotros mismos lo que queremos, —es decir, cuando actuamos por nuestra cuenta allí donde no sabemos nada—, en ese momento también somos capaces de obtener fuerzas del ámbito de la magia negra. Si no queremos llegar a las fuerzas internas de la naturaleza por el camino indirecto de la sabiduría y la perspicacia, y si evitamos todo lo que ocurre mediante la sabiduría y la perspicacia en el camino del desarrollo de las fuerzas internas, sino que elegimos otros medios, entonces, a través de esos otros medios, nos encaminamos siempre hacia los rituales de magia negra, hacia la magia negra.

Fíjense: quien hoy quisiera convertirse en mago negro dispondría desde el principio de un gran capital para las prácticas de magia negra, aunque fuera un cobarde terrible y sintiera un miedo espantoso ante todo lo que pudiera sucederle. Ese miedo que habita en el interior del ser humano es un punto de partida muy bueno para el mago negro, pues ese miedo no es más que egoísmo comprimido. Imaginemos, por un momento, que alguien se propusiera practicar las artes de la magia negra a gran escala. En primer lugar, buscaría en el mundo a los individuos más cobardes posibles. Porque ese fondo de miedo es un buen medio que se puede remodelar y transformar de tal manera que las personas cobardes en cuestión adquieran ciertos poderes y fuerzas, sin saberlo ni comprenderlo, en una medida mucho mayor de lo que el ser humano puede tener normalmente. ¿Qué tendría que hacer un mago de este tipo que quisiera poseer tales artes? En primer lugar, tendría que montar un laboratorio en el que adiestrara a esos cobardes, —hablo de forma radical, pero así se lo entenderá mejor—, para que se endurecieran por completo, mediante el método de hacer que les cortaran la carne viva y vieran cómo brotaba la sangre. Lo que en los sentimientos de miedo, que el cobarde tiene en gran medida, actúa como una cierta fuerza hacia el exterior, puede transformarse en algo opuesto si se enseña a las personas a endurecerse mediante cortes en carne viva. En el caso de una persona que no tiene miedo, este procedimiento no serviría de nada.

Es, por así decirlo, el abecedario, lo primero que se hace en la magia negra. Y si se llevara a cabo, lo que antes era miedo en el ser humano se transformaría en fuerzas gracias a las cuales podría, de hecho, ejercer cierta influencia sobre su entorno; y quien se valiera de tales ayudantes podría cometer las atrocidades más increíbles del mundo. Pero quien quiera convertirse por sí mismo en un gran mago negro, sin ayuda de otros, a veces hace algo completamente diferente. Uno de esos magos negros quiso serlo en su día un hombre del siglo XV, Gilles de Rais, a quien el mundo profano llamó «el Caballero Barba Azul». Este hombre buscaba hacerse con enormes poderes ocultos, no por la vía legítima del aprendizaje, sino transformando ciertos sentimientos egoístas que yacían en lo más profundo de su ser. Al mismo tiempo, era un excelente observador de sí mismo. Perdóneme si pronuncio una palabra que sonará quizás un tanto extraña. Este hombre era lo que se podría llamar «el egoísta cristiano más radical» o «el cristiano egoísta». De hecho, ha habido y sigue habiendo personas así. Son aquellos que consideran el cristianismo, ante todo, como un puente para obtener lo máximo posible para sí mismos, porque tienen claro que un buen cristiano puede llegar muy lejos en la bienaventuranza. Gracias a su autoconocimiento, se dio cuenta de ello en su propia naturaleza y, en cuanto lo percibió, ya sabía cuál era el mejor medio para transformarlo en increíbles poderes mágicos. Sin embargo, pronto se le puso fin a sus actividades. Se le juzgó, y allí se reveló que el hombre había comenzado en 1432 a asesinar a un niño tras otro para desarrollar sus especiales poderes ocultos. Consideraba que destruir vidas era un medio especial para sonsacar a la naturaleza aquello que él mismo no podía conocer. Tal y como se puso de manifiesto en el juicio, el hombre asesinó a 800 niños en poco tiempo. Ahora, algunos de ustedes que hayan leído la novela de Mabel Collins «Flita. Historia real de una maga negra» comprenderán por qué al principio hay un asesinato. Forma parte de la historia. La novela «Flita» ya la ha escrito alguien que sabe de lo que habla. Lo que la maga negra quería solo pudo desarrollarse bajo la influencia de ese asesinato, que se sitúa al principio de la narración.

Y ahora analicen esta historia con toda seriedad y pregúntense qué podría proteger a la mayoría de las personas de esos procedimientos que les he mencionado y a través de los cuales el ser humano podría verse conducido, sin lugar a dudas, al dominio de los poderes de la magia negra. El egoísmo es un medio muy eficaz para protegerse de ello. No todo el mundo será capaz de superar el miedo a cortarse la carne viva; de hecho, la mayoría de las personas se desmayarían, y el desmayo no es más que una expresión del egoísmo. Así pues, ya solo por su efecto físico, es un buen medio para evitar que uno practique la magia negra. También es difícil convertirse en un caballero Barba Azul; su sano egoísmo protege a la mayoría de las personas de ello; actúa como una barrera contra el hecho de recurrir a medios para obtener poderes de magia negra.

Bueno, verán, solo quería mencionar eso para no hablar con frases hechas. Ese no es mi estilo. Prefiero hablar de hechos reales. Quería mostrarles, mediante ejemplos, en qué consiste el dominio de las maquinaciones en el ámbito de la magia negra. La revelación de secretos ocultos a los profanos es la forma primera y más sencilla. Pero tales actos, tal y como los acabo de describir, forman parte de los métodos de enseñanza de la magia negra; son, por así decirlo, el abecedario. Y lo que viene después de ese abecedario, aquello en lo que se instruye a los alumnos de magia negra en el «arte de la lectura»… si se lo contara, probablemente varios de ustedes aquí presentes se desmayarían. Por eso preferimos detenernos en este primer nivel. Estas cosas no son en absoluto algo con lo que se pueda bromear, ni siquiera con palabras; son algo sumamente serio; y son algo que la gente desconoce, —por desgracia, por desgracia, demasiado extendido en el mundo—. La mayoría de las personas ni siquiera tienen la voluntad de abordar cómo se extienden estas cosas en el mundo.

Ahora bien, el desarrollo de tales cosas está íntimamente relacionado, en estrecha conexión con toda la evolución de la Tierra, y en general con la evolución de un planeta, y solo comprendemos adecuadamente este asunto cuando tenemos una idea de cómo un planeta ejerce una influencia espiritual sobre su sucesor, sobre el planeta siguiente; es decir, cómo, por ejemplo, la Luna ejerció su influencia sobre la Tierra y cómo, a su vez, la Tierra ejerce su influencia sobre su sucesor, Júpiter. Todos ustedes saben que la Tierra está guiada, en cierto modo, por la llamada «Logia Blanca», en la que se unen ciertas individualidades humanas altamente desarrolladas con individualidades de un orden aún superior. ¿Qué hacen allí? Trabajan, dirigen la evolución de la Tierra. Mientras dirigen esa evolución, elaboran un plan muy concreto. De hecho, es cierto que, durante cada evolución planetaria, las fuerzas rectoras elaboran un plan determinado. A medida que la Tierra evoluciona, en la llamada «Logia Blanca» de la Tierra se establece el plan detallado de cómo debe ser Júpiter, el que sustituirá a la Tierra. Todo el plan se desarrolla con todo detalle. Y ahí radica la bendición y la salvación de la posterior evolución: que se actúe en armonía con este plan. Cuando una evolución planetaria llegue a su fin, es decir, cuando nuestra Tierra haya llegado al final de su evolución planetaria, entonces también los Maestros de la Sabiduría y de la Armonía de los Sentimientos habrán terminado el plan que han elaborado para Júpiter.

Y ahora, al final de ese proceso de evolución de un planeta, ocurre algo sumamente peculiar. Este plan se reduce y se multiplica al mismo tiempo de forma infinita mediante un procedimiento, de modo que existen infinitas copias del plan completo de Júpiter, aunque en miniatura. Así ocurrió también en la Luna. El plan de la evolución de la Tierra estaba allí, multiplicado y reducido infinitamente. ¿Y saben qué es lo que elaboraron en aquel entonces en la Luna los Maestros de la Sabiduría? Son los átomos, los átomos de la Tierra. Y son los átomos de la evolución de Júpiter cuyo plan está siendo elaborado por los líderes de la «Logia Blanca» en nuestro planeta. Ese es el verdadero átomo, y todo lo demás que se diga sobre un átomo no es nada. Solo reconoce el átomo de un planeta quien ve en él el plan reducido del desarrollo de dicho planeta. Si quieren ir conociendo poco a poco este átomo que constituye la base de la Tierra, se encontrarán, precisamente para llegar a conocerlo, con aquellas medidas que emanan de los grandes magos del mundo. Ahora bien, por supuesto, solo podemos hablar de estas cosas de forma simbólica, pero al menos podemos conocer algo que nos dé una idea de lo que aquí se trata. La Tierra está compuesta, en cierto modo, por estos átomos suyos, y cada ser, —ustedes mismos, todos ustedes—, está compuesto, en cierto modo, por tales átomos; y, por ello, están en armonía con toda la evolución de la Tierra, ya que llevan en su interior, en número infinito, el plano a escala reducida del planeta Tierra, que se elaboró anteriormente. Este plan terrestre solo pudo elaborarse en el estado planetario anterior de nuestra Tierra, en la Luna, —es decir, en el planeta que precedió a la evolución de nuestra Tierra—, gracias a la acción de entidades rectoras que actuaron en armonía con toda la evolución planetaria de Saturno, el Sol, la Luna, etc. Ahora bien, se trata de dotar a los infinitos átomos de aquello que los sitúe en las proporciones correctas, que los ordene de la manera adecuada. Dotarles de ello solo fue posible para los espíritus rectores de la Luna si dirigían la evolución de la Tierra por trayectorias muy concretas. Ya he descrito en numerosas ocasiones las trayectorias por las que dirigieron la evolución de la Tierra. Cuando la Tierra volvió a aparecer tras la evolución lunar, en realidad aún no era nuestra Tierra actual. Era la Tierra más el Sol más la Luna. Estos formaban un solo cuerpo. Así pues, si mezclaran la Tierra actual con la Luna y el Sol y formaran un único cuerpo con ellos, obtendrían lo que era la Tierra al comienzo de su evolución. En primer lugar, el Sol se separó de la Tierra, y con ello se separaron también todas aquellas fuerzas que resultaban demasiado sutiles, demasiado espirituales para el ser humano, bajo cuya influencia se habría espiritualizado demasiado rápido. Si el ser humano hubiera estado sometido únicamente a la influencia de las fuerzas que se encontraban reunidas en ese cuerpo compuesto por Sol, Luna y Tierra, se habría espiritualizado muy rápidamente, no se habría desarrollado hasta alcanzar la materialidad física y, por lo tanto, no habría podido alcanzar una conciencia propia, una conciencia del «yo», que era imprescindible que alcanzara.

Todos ustedes saben que existe un conocimiento imaginativo y que hay símbolos ocultos [en los que se expresa ese conocimiento imaginativo]. Ahora solo puedo indicarles dos símbolos ocultos. Hablar de más nos llevaría demasiado lejos. El símbolo oculto de aquellas fuerzas que habrían actuado y marcado el rumbo de toda la evolución de la Tierra si el Sol hubiera permanecido unido a ella —es decir, el símbolo oculto de aquellas fuerzas que habrían espiritualizado la Tierra demasiado pronto— es este:

                                            נכיאל  Nakhiel

En este símbolo, quien sea discípulo de las ciencias ocultas puede reconocer las fuerzas que conducen rápidamente a la humanidad hacia lo espiritual. Por el contrario, si la humanidad se hubiera separado del Sol junto con toda la Tierra, pero hubiera permanecido unida a la Luna, habría caído muy rápidamente en la rigidez y el endurecimiento. Si la Tierra hubiera conservado la Luna en su interior, los seres humanos se habrían convertido muy pronto en una especie de muñecos, en marionetas. Habrían descendido demasiado profundamente en la materia, del mismo modo que, por el contrario, se habrían espiritualizado demasiado rápido si el Sol hubiera permanecido unido a la Tierra. Por eso, la Luna tuvo que separarse de la Tierra. 
Y todas aquellas otras fuerzas que han sido expulsadas y que hoy gobiernan desde la Luna y actúan desde el exterior sobre la Tierra, todas estas fuerzas se representan de forma resumida en este símbolo, que tiene la forma de un gancho doble. Ese es el símbolo de la bestia o del cordero con dos cuernos del Apocalipsis.

Sorat
Uno de los signos se llama Nachiel y el otro, Sorat. A este segundo signo también se le conoce como el signo del demonio de la Tierra. Todas aquellas fuerzas que el mago negro desarrolla mediante la aplicación de métodos tan atroces conducen, de manera oculta, a la multiplicación en la Tierra de las fuerzas propias de la naturaleza demoníaca de la Tierra, lo que a su vez provoca el endurecimiento de la Tierra. Si muchas personas se convirtieran en magos negros, esto tendría como consecuencia que la Tierra se pareciera cada vez más a la Luna, mientras que, por el contrario, gracias a las fuerzas de la magia blanca, la Tierra se parecerá cada vez más a las fuerzas solares, a las fuerzas que se encuentran en los rayos del sol.

¿A qué conduciría, pues, un predominio de la magia negra en nuestra Tierra? Conduciría al endurecimiento del globo terráqueo, a que este se convirtiera en una luna. Las mismas fuerzas que se separaron con la Luna, las que se habían desarrollado a partir de la sustancia de la Tierra, siguen estando presentes como potencial en las capas de la Tierra. Junto a todas las fuerzas que tienen la predisposición a convertirse en fuerzas solares, también siguen existiendo aquellas que tienen la predisposición a convertirse en fuerzas lunares. Mediante la magia blanca, la Tierra se acerca cada vez más a la naturaleza solar; mediante las fuerzas de la magia negra, se acerca a la naturaleza lunar. Mediante la magia blanca debe vencerse todo aquello que no conduzca, por el camino de la iluminación y la sabiduría, al dominio de las fuerzas espirituales. 

Pues todos esos procedimientos, esas actividades, tal y como se han denominado, no conducen por el camino de la sabiduría, del discernimiento, ni a través de una visión profunda real hacia el dominio de las fuerzas espirituales, sino que se han sustraído de la naturaleza, al llevar a cabo con ella maquinaciones y procedimientos mediante los cuales se pretende obtener fuerzas sin iluminación. Así pues, el símbolo apocalíptico es, de hecho, al mismo tiempo el signo de la superación de la magia negra por parte de la magia blanca. A través de las fuerzas humanas que se transforman, nacen fuerzas solares del propio ser humano, de modo que las fuerzas lunares yacen a sus pies.

Ese es el camino que debe seguir el mago en nuestra Tierra. Entonces, las fuerzas atraviesan los nueve niveles, —de los que podrá hacerse una idea si leen mi obra «Teosofía»— hasta llegar a las nueve estrellas. ¿Qué debe decir, pues, el verdadero mago negro a su discípulo? Muy sencillo:

Desprecia la razón y la ciencia,
la fuerza más elevada del ser humano,
deja que, solo a través de ilusiones y hechizos,
el espíritu de la mentira te fortalezca,
¡y ya te tendré en mis manos!
El destino le ha dado un espíritu
que avanza sin límites
y cuya prisa por alcanzar sus metas
sobresalta los placeres de la tierra.
A ese lo arrastro por la vida salvaje,
A través de la insignificancia superficial,
Que se retuerza, que se quede clavado, que se pegue a mí,
Y ante su insaciabilidad
Que el alimento y la bebida floten ante sus labios codiciosos:
Suplicará en vano por un respiro,
Y aunque no se hubiera entregado al diablo,
¡Aun así tendría que perecer!

De eso se trata: de si se llega al dominio de las fuerzas espirituales por la vía de la sabiduría o de otra manera. Pero alcanzar los niveles más elevados de las fuerzas espirituales no es nada fácil. Sería fácil, tremendamente fácil, —y aquí llegamos a un capítulo muy sutil, por un lado, de la evolución de la humanidad y, por otro, de la magia—, sería fácil limitarse a esperar hasta que todas las personas fueran capaces de comprender correctamente las cosas que primero deben comprender antes de poder avanzar en el camino del desarrollo mágico. En determinadas circunstancias, eso sería muy fácil. Pero entonces se retrasaría el curso de la evolución humana. De alguna manera tiene que ser posible poner en manos de las personas, de forma autónoma, la difusión de las verdades ocultas, —y esto, en cierto sentido, siempre implica también en parte la difusión de fuerzas ocultas—, y utilizarlas de tal manera que surtan el efecto adecuado en el mundo. Las personas deben tener acceso a las verdades y enseñanzas ocultas en mayor medida, para que, en cierto sentido, puedan convertirse en maestros ocultos.

Ahora bien, cabría preguntarse: ¿Acaso no es, en cierto sentido, un mago negro todo aquel que difunde enseñanzas ocultistas? Es totalmente cierto que alguien que hoy en día difunde enseñanzas ocultistas puede convertirse fácilmente en un mago negro. Esto ocurre, concretamente, cuando es incapaz de comprender el alcance total de los efectos de sus enseñanzas ocultistas. Por ello, las escuelas ocultistas deben velar por que nadie difunda realmente enseñanzas ocultistas si no es capaz, a través de su propio desarrollo, de comprender el alcance y el efecto de las verdades ocultistas. Hoy en día, las enseñanzas ocultistas pueden difundirse cuando un alumno repite lo que dice otro o lo transcribe de él. Si el en cuestión quiere ser alumno o discípulo, eso está muy bien, pues de ese modo difunde lo original que ha oído. Pero hablemos del caso en que alguien difundiera enseñanzas ocultistas por su cuenta e incluso mezclara en ellas su propio juicio. Si alguien desea difundir verdades ocultas de manera autónoma, lo primero que hay que garantizar es que esa persona tenga la madurez necesaria para hacerlo, y eso no depende de una formación intelectual, sino que las escuelas ocultistas lo hacen depender de algo muy distinto, a saber, de cómo se desarrollan poco a poco los distintos elementos de la naturaleza humana.

Saben, por el ensayo sobre la «Educación del niño», que al nacer el ser humano, nace el cuerpo físico, que el cuerpo etérico no surge hasta los siete años, a partir de los catorce lo hace el cuerpo astral y que el «yo» no lo hace hasta los veintiún años. Podemos seguir analizando esto y veríamos que, a los treinta y cinco años de edad, o mejor dicho, entre los treinta y cinco y los cuarenta años, el cuerpo etérico y el cuerpo astral del ser humano se liberan hasta tal punto que solo entonces el ser humano puede tener el sentido de la responsabilidad necesario para difundir las verdades ocultas. Por eso, todas las escuelas ocultistas tienen la estricta ley de que nadie puede actuar como maestro de verdades ocultas antes de haber alcanzado esa edad. Y es precisamente esta ley la que estableció el gran poeta Dante al decir, justo al comienzo de su obra «La Divina Comedia»: «Estaba en la mitad del camino de la vida cuando me extravié en el bosque...», etc., etc. Si lo calculan: en el año 1300, Dante tenía treinta y cinco años. Fue entonces cuando todas esas grandes cosas pasaron por su alma.

Es una ley estricta. Si ustedes examinan esta ley estricta y tienen en cuenta algunas de las cosas que están sucediendo en la actualidad (1907), entonces, desde este punto de vista, sabrán sencillamente que gran parte de lo que se difunde no procede de fuentes ocultistas. Ninguna escuela ocultista permite que personas que no hayan alcanzado esta edad difundan por su cuenta verdades ocultistas. Con esto no se quiere decir, por supuesto, que no se pueda empezar a aprender algo lo suficientemente pronto. Pero para presentarse como maestro del ocultismo, nunca es demasiado tarde para empezar. Se evitarían muchos, muchos males si la gente conociera realmente el ocultismo y las estrictas leyes que en él rigen.

Estas son cuestiones que hay que tener en cuenta en relación con el tema de la «magia blanca y negra», que no es tan fácil de abordar, y sobre el que, en realidad, solo he dicho algunas pinceladas. Si profundizan en su meditación y en un estudio serio en algunos de los aspectos que aquí solo se han podido esbozar, verán que ya con estas indicaciones imperfectas se dan los primeros pasos para diversos caminos que permiten avanzar en el conocimiento. Sobre todo, se habrán convencido de que no se puede hablar en absoluto de cosas como la magia blanca y la magia negra con los conceptos triviales habituales, de que incluso hay que formular nuevos conceptos si se quiere hablar de cosas tan elevadas o tan abominables. Hoy en día es importante saber estas cosas, pues hay muchas cosas en el mundo de las que el hombre común no sabe nada, pero que debería saber para poder protegerse de las influencias de las artes mágicas. Hay cosas que la gente conoce, pero las considera inofensivas. Sin embargo, no son en absoluto inofensivas.

Al abordar un tema como este, solo podemos dar un primer paso para luego seguir avanzando cada vez más en este ámbito. El mejor momento para dar ese primer paso es cuando se ha logrado despertar en ustedes una sensación de la gravedad y la importancia de este asunto. Aunque, dada la brevedad del tiempo, las explicaciones hayan podido ser imperfectas, espero que, al haber hablado con franqueza, algo de ello haya calado en ustedes y les haya llevado a considerar el asunto con la máxima seriedad.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Köln, 27 de diciembre de 1907 - Yo grupal y yo individual -

  Índice

 

RUDOLF STEINER

 - Yo grupal y yo individual  -

XIII conferencia
Köln, 27 de diciembre de 1907

Tras la introducción de ayer, hoy vamos a entrar directamente en materia y analizar algunos signos y símbolos muy característicos.

Ayer destacamos que solo el ser humano, tal y como vive aquí en el plano físico, tiene un alma individual, un «yo», y que los animales que nos rodean tienen un «yo» grupal, un alma grupal, que vive en el plano astral y se encuentra allí como una entidad independiente. Así pues, si los contemplamos espiritualmente, el reino animal y el reino humano se contraponen como alma grupal o «yo» grupal y como «yo» individual. Ahora bien, no debemos imaginarnos que en el universo no existan en absoluto transiciones entre las distintas entidades. Es cierto que la afirmación de que «la naturaleza no da saltos» no es en absoluto cierta para el ocultista, pero las transiciones se encuentran por todas partes. Y así, también se encuentra una transición entre las almas grupo del reino animal y el alma individual del ser humano. Sería erróneo imaginar que el ser humano, nada más entrar en la existencia terrenal, hubiera tenido un alma individual perfecta, y que esta se encarnara ahora de la misma manera una y otra vez aquí en la Tierra. Más bien ocurre que el ser humano actual se encuentra en una transición gradual que partió de un alma grupal, que poseía en tiempos inmemoriales, hacia el alma individual perfecta, que aún hoy no posee. Se encuentra todavía en el camino hacia la integración completa de su alma individual en su cuerpo físico. Solo poseerá esta alma individual perfecta cuando la existencia terrenal esté más o menos completada. Para la gran mayoría de las personas, hoy en día su «yo» es un producto intermedio entre un «yo» grupal y un «yo» individual. Cuanto más nos remontamos al pasado, más se asemeja el «yo» humano a un «yo» grupal. En los inicios de la existencia terrenal, cuando las almas acababan de descender de los mundos divinos a nuestro plano físico, las almas humanas eran aún «yos» grupales. Varias personas formaban parte de un grupo que tenía un alma común, un «yo» grupal.

Por un lado, queremos dejar esto claro. Por otro lado, vamos a examinar ahora más de cerca los miembros de la naturaleza humana. Como ya saben de sobra, pues se ha repetido una y otra vez, el ser humano tiene, en primer lugar, cuatro miembros de su ser: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral y el «yo». Y este «yo», si lo observamos con más detenimiento, nos parece a su vez dividido en tres partes, que conocemos con los nombres de: alma sensible, alma racional o emocional y alma consciente. Es en el alma sensible y en el alma racional o emocional cuando comienza a surgir el «yo» autónomo, y solo en el alma consciente encontramos el primer indicio del «yo» auto consciente. Es entonces cuando también comienza a manifestarse gradualmente en el ser humano lo que se denomina el quinto miembro de su ser: el yo espiritual o Manas. Así pues, en el ser humano actual tenemos la siguiente estructura: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral; luego, íntimamente unida al cuerpo astral, el alma sensible, que parece estar incrustada en él; a continuación, el alma racional y el alma consciente; y, a su vez, integrado en el alma consciente, —que es el verdadero yo—, el yo espiritual o Manas. Así es, más o menos, como deberíamos imaginarnos al ser humano actual.

Ahora debemos tener claro cuál de estos miembros humanos es el más desarrollado, el más perfecto. Algunos de ustedes ya me habrán oído decir que, —tal y como está desarrollado el ser humano hoy en día—, el cuerpo físico es el miembro más desarrollado, el más perfectamente desarrollado. Pero no hay que confundir «más desarrollado y más perfecto» con «de naturaleza superior». Ciertamente, el cuerpo etérico y el cuerpo astral son, en cuanto a su grado, de naturaleza superior al cuerpo físico, pero el cuerpo etérico y el cuerpo astral solo alcanzarán la perfección de su desarrollo en el futuro. En su género, el cuerpo físico es hoy el miembro más perfecto del ser humano. Quien estudie el cuerpo físico, no solo desde el punto de vista anatómico y fisiológico, sino penetrando en su alma y en su corazón, se quedará maravillado ante la inmensa sabiduría que está incorporada en el cuerpo físico. Nuestro cuerpo físico nos muestra, incluso en cada una de sus partes más pequeñas, una estructura perfecta y sabia. Si, por ejemplo, tomamos de este cuerpo físico solo un trozo del fémur, —la parte superior del fémur—, veremos que no se trata de una masa compacta, sino de una estructura sabia, maravillosamente ensamblada a partir de pequeñas vigas. Si observa cómo se unen esas delicadas vigas, descubrirán que todo está construido de tal manera que, con el mínimo gasto de material, se genera la mayor cantidad de fuerza posible, de modo que el torso pueda sostenerse gracias a estas dos columnas que son los fémures. Ni siquiera la ingeniería más avanzada es capaz hoy en día de construir un puente o cualquier estructura con tal sabiduría, en la que se desarrolle un grado tan elevado de fuerza con un gasto tan reducido de material. La sabiduría humana se queda muy, muy atrás respecto a la sabiduría con la que está construido el cuerpo físico humano. Lo mismo ocurre con todas las partes del cuerpo físico. Si se observa el cerebro junto con el sistema nervioso, es una obra maestra. Y si se observa el corazón humano, que apenas se encuentra en el camino hacia su perfección y que alcanzará grados mucho, mucho más elevados de perfección, ¡es algo maravilloso! Si se compara esta perfección del cuerpo físico con el cuerpo astral, con sus impulsos, instintos y pasiones, debemos decir: Aunque algún día estará por encima del cuerpo físico, hoy en día se encuentra todavía en un nivel relativamente inferior. En todo lo que el ser humano desarrolla hoy en día en forma de deseos de placeres, inflige cientos y cientos de ataques al cuerpo físico. Todo lo que el ser humano desea y satisface mediante los placeres que se procura, como el alcohol y todo tipo de cosas, son, en el fondo, auténticos venenos para el corazón, con los que ataca continuamente la estructura de sabiduría y maravilla de su cuerpo físico. Se necesitará mucho tiempo de evolución hasta que el cuerpo astral alcance el nivel de perfección que el cuerpo físico ya posee hoy en día.

Según la teoría de la evolución que nos ofrece nuestra cosmología teosófica, ustedes saben que el cuerpo físico ya estaba preestablecido en el antiguo Saturno y que fue pasando por sucesivos grados de perfeccionamiento a lo largo de la evolución del Sol, la Luna y la Tierra. Saben que en la segunda etapa, en el antiguo Sol, se añadió el cuerpo etérico, que, por lo tanto, se encuentra hoy en un grado inferior de evolución que el cuerpo físico. Saben que en la antigua Luna se añadió el cuerpo astral; este solo ha atravesado la evolución lunar y la parte de la evolución terrestre que hemos recorrido hasta ahora. El «yo» no se ha incorporado hasta la Tierra; es el «bebé» entre los cuatro miembros de la naturaleza humana. En realidad, esa sabiduría de la que hablamos ayer, la que impregna las almas grupo de los animales, está grabada en el cuerpo físico del ser humano; se ha trasladado al cuerpo físico individual del ser humano, que está construido con sabiduría. El cuerpo etérico del ser humano se encuentra aún en camino hacia su plenitud; a lo largo de su evolución terrenal, absorberá en sí mismo todo lo que necesite para alcanzar su plenitud.

Cuando la Tierra haya alcanzado su objetivo, pasará al estado astral y, posteriormente, a estados aún más elevados, para transformarse más tarde en un planeta que sustituirá a la Tierra y al que denominamos Júpiter. Entonces, el cuerpo etérico del ser humano habrá alcanzado su plenitud, del mismo modo que en la Tierra el cuerpo físico del ser humano ha alcanzado su plenitud. En la siguiente encarnación de la Tierra, a la que solemos denominar el futuro Venus, el cuerpo astral del ser humano habrá alcanzado su plenitud; se encontrará entonces en el nivel en el que hoy se encuentra el cuerpo físico y en el que, en el siguiente estado planetario, se encontrará el cuerpo etérico. Y, por último, cuando la Tierra haya alcanzado el estado de vulcano, nuestro «yo» habrá alcanzado su plenitud. De modo que, en realidad, podemos decir: en la Tierra, solo es humano el cuerpo físico del ser humano; en el próximo estado planetario de nuestra Tierra, el cuerpo etérico del ser humano será humano; entonces estará impregnado de lo que la Tierra es capaz de dar al ser humano: el amor.

Lo que hoy en día el cuerpo físico del ser humano posee como características propias, se lo debe a la antigua Luna. En el ocultismo, a la antigua Luna se la denomina el cosmos de la sabiduría. En aquella época, en la antigua Luna, se fue preparando poco a poco aquello que ahora se encuentra en el cuerpo físico del ser humano. Y así como lo que constituye nuestro cuerpo físico se impregnó de sabiduría en la Luna, así también el cosmos del amor prepara lo que encontrarán en el posterior estado de Júpiter de la Tierra: el cuerpo etérico completamente impregnado del elemento del amor. Y así como hoy admiramos un fragmento de hueso del cuerpo físico por su sabiduría, así, —si se nos permite hablar en términos comparativos—, los seres de Júpiter admirarán el cuerpo etérico, porque está impregnado de amor del mismo modo que el cuerpo físico en la Tierra está moldeado por la sabiduría.

Si se tiene esto en cuenta, se llega a la conclusión, al reconocimiento del hecho de que solo el cuerpo físico del ser humano es, en realidad, el verdadero ser humano, el que se encuentra realmente en el nivel de humanidad. El cuerpo etérico humano aún no se encuentra en el nivel de humanidad, sino que aún está en el nivel de la animalidad, y el cuerpo astral humano se encuentra todavía en el nivel de la vegetalidad. Cuando duerme por la noche y su cuerpo astral se separa, el cuerpo físico y el cuerpo etérico se sumergen en un dormir sin sueños; ese es el estado en el que se encuentra constantemente lo vegetal. El cuerpo astral del ser humano, en lo que respecta a su estado de conciencia, se encuentra en el nivel vegetal. El «yo» se sitúa, por su parte, en el nivel del reino mineral. El estado de conciencia del ser humano como «yo» se encuentra sin duda alguna en el nivel del reino mineral. Traten ustedes de auto  examinarse de acuerdo con esta verdad para ver de qué conocimientos pueden disponer; traten de reconocerlo correctamente. ¿Qué puede comprender el ser humano? Puede comprender las leyes físicas del reino mineral, según las cuales puede construir máquinas y fábricas, erigir edificios, etcétera. Todo esto ocurre según las leyes físicas del reino mineral. Ya en el caso de los vegetales, el ser humano afirma con razón que con el intelecto no alcanza a comprender la vida en sí misma. Llegará un día en que el ser humano comprenderá las plantas del mismo modo que hoy comprende los minerales; entonces también podrá construir las plantas, del mismo modo que hoy construye sus catedrales, sus casas y sus máquinas según las leyes del reino mineral. Son todas leyes del reino mineral las que impregnan el yo.

La ciencia espera que se cumpla su ideal de crear algún día seres vivos en el laboratorio. No podrá hacerlo mientras la humanidad no haya alcanzado un cierto nivel necesario de desarrollo moral. Sería terrible que la humanidad ya fuera capaz de hacerlo hoy en día. Del mismo modo que hoy se fabrica un reloj según leyes minerales, o se construye una casa, en el futuro el ser humano creará lo vivo según las leyes de lo vivo. Pero entonces tendrá que ser capaz de infundir la propia vida a lo vivo. Quien se encuentre entonces ante la mesa del laboratorio deberá, a partir sí mismo, ser capaz de transmitir esas, —llamémoslas—, vibraciones que hay en su propio cuerpo etérico a aquello que debe ser animado. Si es una buena persona, transmitirá el bien; si es una mala persona, transmitirá el mal. Pero hay una máxima en el ocultismo: el conocimiento de la Logia Blanca, que se denomina el secreto de la creación de la vida, no se revelará a la humanidad hasta que el ser humano haya aprendido el secreto del sacramentalismo.

El «sacramentalismo» es una expresión que indica que la acción humana debe estar impregnada de perfección moral, de santidad. Solo cuando la mesa de laboratorio en la que el hombre realiza su trabajo se convierta para él en un altar, y su acción sea sagrada, estará preparado para que se le revele este conocimiento. Pensemos en la gente de hoy, con todo su materialismo: ¡cuán lejos está hoy su mesa de laboratorio de un altar!

Vean cómo se eleva la conciencia del ser humano, pasando de la conciencia mineral a la conciencia vegetal. De nuevo, se trata de una máxima oculta: el ser humano solo alcanzará el estado de la conciencia vegetal cuando ya no sea capaz de separar su propio bien del bien de todos los demás seres humanos. Mientras el individuo busque su propio bien a costa de otros, no se habrá alcanzado el estado en el que la conciencia pueda elevarse un peldaño más.

Así pues, solo con el cuerpo físico nos situamos en el nivel del ser humano propiamente dicho; con el cuerpo etérico, aún en el nivel de lo animal; con el cuerpo astral, en el nivel de lo vegetal; y con el «yo», en el nivel de lo mineral. De estas verdades, retengamos una: con nuestro cuerpo etérico nos situamos en el nivel de lo animal. - El cuerpo etérico se transforma cada vez más, a lo largo de la existencia terrenal, hacia el nivel del ser humano. Se impregna cada vez más de ese amor que ya no puede separar el bien del individuo del bien de los demás. Del mismo modo que primero desarrollamos el cuerpo físico y lo elevamos hasta el nivel humano, ahora el cuerpo etérico —y más tarde también el cuerpo astral y el «yo»— se elevarán hasta el nivel humano. El «yo» se encuentra todavía en el nivel mineral; no se ha integrado en el ser humano hasta su llegada a la Tierra.

Veamos ahora la relación que existe entre nuestra alma, —es decir, nuestra alma sensible, nuestra alma racional, nuestra alma consciente y el yo espiritual o Manas, incluido en el alma consciente—, y nuestro cuerpo etérico. Nuestro cuerpo etérico se sitúa, de hecho, al nivel del animal. Debajo (se escribe en la pizarra —véase el esquema: de abajo hacia arriba—), al nivel del ser humano, tenemos el cuerpo físico. De momento dejamos de lado el cuerpo etérico (véanse los puntos del esquema). Nuestro cuerpo astral, en el que está encerrada el alma sensible, —que es el primer eslabón de nuestra alma—, se sitúa al nivel de la planta; luego tenemos el alma racional. Todo ello se sitúa en el nivel de la planta. Más arriba tenemos entonces el «yo» o el alma consciente, en la que está incluido el yo espiritual o Manas, en la medida en que ya se puede encontrar en el ser humano actual.

Mineral

Alma consciente//Yo/

Yo espiritual o Manas

Alma racional

Vegetal

Cuerpo astral /alma sensible

...

Humano

Cuerpo físico


En un primer momento, hemos omitido el cuerpo etérico en el nivel del animal. Ahora debemos tener claro que, de cierta manera en cada miembro del ser humano, se expresan los demás miembros. Así, el cuerpo físico del ser humano expresa en primer lugar en sí mismo la manifestación del propio cuerpo físico. Encontramos el principio físico expresado en el cuerpo físico cuando observamos los órganos sensoriales. Así, en el ojo hay una especie de cámara fotográfica, y en el oído, una especie de piano. En resumen, en los órganos sensoriales se expresa el propio principio físico. Si observamos las glándulas humanas, encontramos en ellas la expresión del cuerpo etérico; en el sistema nervioso tenemos la expresión del cuerpo astral, y en la sangre tenemos la expresión del «yo». «¡La sangre es un fluido muy especial!». Quien tiene la sangre, tiene el yo del ser humano. Si el diablo tiene la sangre del ser humano, tiene el yo.

Así, en el cuerpo físico del ser humano se manifiesta cada uno de los demás miembros, en la medida en que se adentra en él. La sangre late de forma inconsciente, porque el «yo», en la medida en que actúa en ella, es inconsciente de sus procesos físicos. Del mismo modo que en el cuerpo físico se manifiesta la esencia de sus miembros, también en el cuerpo etérico se manifiesta la esencia de los demás miembros, solo que allí no se manifiesta de forma «humana», sino «animal», y concretamente en la forma de ciertos animales, en una forma que guarda cierta semejanza con nuestras formas animales externas. Así, lo que se encuentra debajo del cuerpo etérico, el cuerpo físico, se manifiesta como una sombra; a esta parte del cuerpo etérico, en la que se expresa el miembro físico del ser humano, se la denomina «hombre» (se escribe en la pizarra). Al cuerpo astral, el alma sensible que se expresa en el cuerpo etérico, se le llama «león» debido a la semejanza de su forma etérica; al alma racional, que se expresa en el cuerpo etérico, se la denomina «Tauro» o «vaca», y al alma consciente, junto con el yo espiritual, debido a la semejanza que presenta en su forma etérica para la mirada clarividente, se la denomina «águila».

Mineral

Alma consciente//Yo/

Yo espiritual o Manas

Alma racional

Vegetal

Cuerpo astral /alma sensible

Animal

cuerpo etérico

hombre

león

toro

águila

Humano

Cuerpo físico


Así, aquí (esquema) tienen los cuatro signos del Apocalipsis —el hombre, el león, el toro y el águila— como las cuatro manifestaciones de los miembros esenciales del cuerpo etérico humano. De ello se desprende que aquellos de nuestros antepasados que concibieron estos símbolos profundos, estas imágenes de gran significado para la entidad humana, no los crearon a partir de su imaginación, de la filosofía o de la especulación, ni tampoco a partir de ningún tipo de perspicacia, sino a partir del mundo de los hechos, del mundo oculto de los hechos.

Ahora bien, debemos tener claro que estas cuatro manifestaciones no se manifiestan de la misma forma en todas las personas; en unas predomina una de ellas, en otras, otra. No obstante, debemos considerar a toda la humanidad en su evolución. Si ustedes observan dónde se manifiesta con mayor intensidad el propio cuerpo físico, encontraran la expresión más marcada en la raza en declive, la raza roja, en los indígenas americanos, en la configuración particular del sistema óseo que aquí predomina. Si quieren ver dónde se expresa físicamente de manera especial el cuerpo etérico, deben buscarlo en otra raza humana: en la raza negra, en la formación de las glándulas. En la secreción de carbono encontrarán una expresión de la naturaleza vegetal. [Las notas al pie están incompletas en este punto.] A las personas en las que el sistema nervioso se manifiesta con especial intensidad en el plano físico, —y, con ello, también lo sensorial—, las encontrará en la raza malaya; y la raza en la que se manifiesta especialmente el sistema sanguíneo es la raza mongola. La parte de los seres humanos que comienza a desarrollar el principio del manas se encuentra en la raza caucásica. Así se ha elaborado la clasificación de las razas humanas a partir de las verdades ocultas; de este modo, lo que se encuentra en el ser humano actual se distribuye entre toda la humanidad, de tal forma que lo uno o lo otro predomina o pasa a un segundo plano en cada grupo humano.

Estas diferencias también se observan en el cuerpo etérico de los seres humanos. Cuando la mirada clarividente observa el cuerpo etérico, del mismo modo que la mirada física observa el cuerpo físico, encuentra a los seres humanos divididos en seres humanos-hombre, seres humanos-león, seres humanos-tauro y seres humanos-águila. Su «yo» grupal es de naturaleza astral. El clarividente descubre que, en el plano astral, entre el «yo» grupal animal y el «yo» individual humano, se sitúa el «yo» grupal humano. Cuanto más retrocedemos en el tiempo, más observamos que, en lo que respecta a su cuerpo etérico, los seres humanos adoptan una de estas cuatro formas, y atribuimos a cada uno de estos cuatro grupos de almas un alma grupal humana: a uno, un alma grupal humana; a otro, un alma grupal de león; al tercero, un alma grupal de toro; y al cuarto, un alma grupal de águila. Solo se harían una idea errónea si le dieran demasiada importancia a estos nombres, que se han tomado de formas animales físicas. El cuerpo etérico de los hombres-león se parece mucho más al alma grupal de los leones que al león individual aquí, en el plano físico. El cristianismo ha interpretado, a partir de los evangelistas, que sus almas no son como las almas humanas comunes, sino que abarcan grupos enteros de personas, y, según el carácter interior de sus almas, ha comparado a Mateo con el hombre, a Marcos con el león, a Lucas con el toro y a Juan con el águila. Esto se debe a aquella similitud que el esoterismo cristiano atribuía a las almas de cada uno de los evangelistas. Lo entenderemos con mayor precisión cuando veamos, que el ser humano, se encuentra en un proceso de descenso por un lado, y por otro, en uno de ascenso. Aquí en la Tierra, en el punto más profundo del materialismo, el ser humano adquiere la predisposición hacia el alma individual. El ser humano ha descendido desde los tiempos antiguos, en los que se distinguían con mayor precisión las distintas almas grupo: el hombre-hombre, el hombre-león, el hombre-tauro y el hombre-águila. Cuando los seres humanos vuelvan a ascender en el futuro, conservarán su alma individual y, en un nivel superior y con una conciencia más elevada, volverán a desarrollar lo que antes solo tenían en una conciencia difusa: las cuatro almas grupo. Por eso, en el cristianismo se atribuyen estas cualidades a los evangelistas.

Mantengamos por un momento este concepto de las almas grupales de los seres humanos. Estas almas grupales se manifestaban mucho más en el tiempo, en una sucesión, que en el espacio, en una coexistencia. Si observamos las almas grupales de los animales, por ejemplo, si tomamos un grupo de leones o un grupo de ballenas, vemos que tienen su alma grupal común en el plano astral, en una coexistencia. Sin embargo, cuando observamos las almas grupales humanas, debemos centrarnos más en el tiempo. Una alma grupal humana nace, por así decirlo, en el plano etérico, en la frontera entre los planos físico y astral, en un momento determinado, y en otro momento determinado se transforma de nuevo. Estos cuatro tipos de almas grupales que hemos comentado son solo los cuatro tipos principales, pero existen innumerables etapas intermedias. Solo hemos indicado las formas más características, —el ser humano, el león, el toro y el águila—, que pueden presentarse en todas las combinaciones posibles.

Consideremos un grupo de personas, por ejemplo, una tribu; tomemos cualquiera de las antiguas tribus de Europa Central, por ejemplo, la tribu de los queruscos. Una tribu así surge en algún momento y luego desaparece. El materialista ve en lo que es la tribu de los queruscos, en realidad, solo algo abstracto, un concepto que los mantiene unidos. Pero eso es algo irreal. El ocultista ve en la tribu de los cheruscos un alma grupal que surge, «nace», en el momento en que la tribu de los cheruscos entra en la historia; crece a medida que crece el poder de los cheruscos, y «muere» cuando los cheruscos desaparecen de la historia. Detrás de la tribu de los cheruscos en desarrollo, el ocultista ve una entidad etérica en desarrollo. Ahora bien, existe una diferencia entre una entidad etérica y una entidad física aquí en la Tierra. Una entidad física nace en el plano físico, crece, alcanza su apogeo vital y, a su vez, muere. El nacimiento y la muerte son las características de las entidades del plano físico. No ocurre lo mismo con las entidades que viven en los planos superiores. Si seguimos a las almas grupales de los animales en el plano astral a lo largo de milenios, su surgimiento y su desaparición no pueden expresarse en absoluto con las palabras «nacimiento» y «muerte». Hay algo muy diferente detrás de todo esto. Se trata de una transformación, de una metamorfosis. Si hoy, gracias a sus facultades clarividentes, se encuentra en el plano astral con un alma grupal animal y recuerda una de sus encarnaciones anteriores, tal y como era ese alma grupal animal hace 1.500 años, no se le aparecerá igual que si estuviera observando a una persona más joven. Sin embargo, también verá al alma grupal pasar por la juventud, la madurez y la vejez, pero en la vejez no renuncia a su conciencia, no muere. Se transforma continuamente, sin pasar por la muerte. Pueden remontarse hasta tiempos inmemoriales para seguir el rastro de la alma grupal animal: solo encontrarán metamorfosis, no nacimienton ni muertes.

Algo similar ocurre con las almas grupo, como es el caso de la de la tribu de los cheruscos. Cuando la tribu de los cheruscos aparece en el plano físico como un conjunto de seres humanos físicos, el alma cherusca se acaba de formar; pero no ha nacido, sino que se ha transformado a partir de otra época. Crece con el poder de los cheruscos, alcanza su apogeo cuando la tribu de los cheruscos alcanza el suyo, y cuando la tribu de los cheruscos degenera y desaparece en la historia en el plano físico, el alma de los cheruscos renace en su juventud para convertirse en el alma de otra tribu; se metamorfosea. No existen el nacimiento ni la muerte físicos si consideramos las almas en los planos superiores. El nacimiento y la muerte, tal y como los conocemos, solo existen en el plano físico, no en los planos superiores. La sabiduría oculta lo ha expresado con claridad y, al hacerlo, ha prestado gran atención a las cifras. Se ha intentado establecer una cifra media que indique cuándo surge un alma grupal, —como la que pertenece a una determinada comunidad humana—, cuándo se metamorfosea a partir de otra, cuándo crece y alcanza su apogeo, para luego pasar por una evolución descendente y transformarse en otra alma grupal. Si se establece la esperanza de vida del ser humano en una media de 75 años, —considerando esta cifra como años lunares— y se multiplica por 7, se obtiene la duración de la vida de un alma grupal humana en sus cuatro tipos, hasta su siguiente transformación. Por «7» se entiende aquí «generaciones». Si tenemos en cuenta que se trata de años lunares, llegamos a unos 500 años. Y así se decía en el ocultismo: la vida de un alma grupal dura 500 años; tras 500 años se convierte en otra, renace de sí misma sin perder su conciencia.

Si observamos el «yo» de un alma grupal de este tipo y buscamos un medio de expresión externo para ese «yo» en el plano físico, ese medio es, precisamente, la sangre. Para el ocultista, la sangre es la expresión del fuego, una sustancia abrasada por el fuego. Así como el cuerpo físico humano es la expresión de la tierra, el cuerpo etérico la expresión del agua y el cuerpo astral la expresión del aire, el «yo», que aún no está encadenado al egoísmo, es la expresión del fuego. Por eso decimos, —lo comentaremos mañana—, que la sangre ha encontrado la muerte a causa del egoísmo. El «Yo» del ser humano «se consume en su propio fuego», por sí mismo. Esa es una expresión ocultista. Solo cuando el ser humano supera el egoísmo alcanza la inmortalidad. El «Yo» grupal humano se consume en su propio fuego. Cuando han transcurrido 500 años, se quema y crea a partir de sí mismo una nueva forma. En el ocultismo se representaba esto de tal manera que el yo grupal vive, por lo general, 500 años, luego se quema y vuelve a cobrar vida a partir de su propio fuego, y a esto se le llamaba el «ave Fénix». La hermosa leyenda del ave Fénix tiene aquí su trasfondo real. El fénix es el Yo grupal con las características de los cuatro tipos, que se consume y se renueva tras siete generaciones —una generación calculada con una edad de 75 años lunares—.

Este es el trasfondo real de la leyenda del fénix. He aquí una nueva prueba de que leyendas antiguas como la del fénix se han forjado a partir de los hechos ocultos más profundos. No se trata aquí de especular, sino de mostrar lo que se ha enseñado a lo largo de los siglos en las escuelas ocultistas, y lo que constituye una experiencia real y efectiva, de la que son expresión los signos y sellos ocultistas.

Una y otra vez, cuando escuchamos esas expresiones de verdades ocultas y las comparamos con lo que la humanidad nos ha transmitido a través de sus signos y símbolos, nos damos cuenta de cuánto había creado ya la conciencia humana antes de que se convirtiera en una conciencia intelectual. Al ser humano le gusta tanto creer que hoy en día ya hemos llegado muy lejos. Pero su razón va a la zaga de la conciencia creadora del mundo antiguo, que, sin embargo, solo poseían los iniciados, y estos la ocultaron en las leyendas. Los símbolos de los cuatro animales no son fruto de la imaginación; el punto de partida, el origen de los mismos, no es el pensamiento, sino la visión.

Cuando digo: «El alma grupal se encuentra en el plano etérico, en la frontera entre el plano físico y el astral», no deben imaginarse una línea divisoria. Si partimos del plano físico, aquí tenemos (se dibuja) siete subdivisiones del plano físico; a continuación vendrían siete subdivisiones del plano astral. De estas, las tres más bajas coinciden con las tres más altas del plano físico. Debemos considerar el plano astral y el plano físico tan superpuestos que las tres partes superiores del plano físico sean al mismo tiempo las tres partes inferiores del plano astral. Podemos hablar de una zona limítrofe, que es aquella de la que nuestras almas no pueden salir tras la muerte si aún están atadas a la Tierra por los deseos. Se la llama Kamaloka.

Así pues, en los signos, símbolos y sellos ocultos que hemos elegido aquí como primeros ejemplos, podemos ver sin duda algo obtenido de lo más profundo de los hechos ocultos, y se equivocarían por completo si subestimaran la profunda sabiduría de la antigüedad en las escuelas ocultistas o si consideraran de alguna manera que nuestra sabiduría moderna la ha superado. Cuando la sabiduría de las enseñanzas ocultas se le presenta en forma de signos o símbolos, siempre se manifiesta de tal manera que queda confirmada por la contemplación oculta directa. Un ejemplo de cómo ha actuado la doctrina del ocultismo en tiempos relativamente recientes es que se han infundido significados simbólicos en nombres y palabras, pero de tal manera que estos se basaban en un significado real: hechos del mundo superior. No vamos a remontarnos al origen de la formación de las palabras en el sentido filológico; lo que voy a decir ahora no es algo que puedan comprobar mediante la filología. Aunque la filología lo considerara erróneo, el simbolismo de las palabras seguiría siendo correcto.

Cuanto más se eleva uno desde el plano físico, a través del mundo astral, hacia el mundo del devacán, más se le presenta todo como un reflejo del plano físico, que primero debe aprender a interpretar. Para el alumno, la forma más fácil de aprender esto es a través de los números. Supongamos que aquí, en el plano físico, tienes el número 543; en el plano astral, este número debe leerse como su imagen refleja, es decir, 345. Del mismo modo, todas las demás cosas y acontecimientos deben interpretarse como reflejos. Voy a poner un ejemplo muy claro: aquí, en el plano físico, observan cómo la gallina vieja pone el huevo y de él nace el pollito. Si contemplan el mismo acontecimiento en el plano astral, deben ir hacia atrás: allí tienen primero al pollito, que se va haciendo cada vez más pequeño y, al final, entra en el huevo. El tiempo también discurre hacia atrás. Ya ven lo tremendamente desconcertante que debe de resultar esto para el alumno a primera vista. Las pasiones que emanan del ser humano se ven como en un cuadro; irradian desde el punto central. Las pasiones reflejadas parecen como si una multitud de animales se abalanzara sobre ustedes. El ser humano percibe las pasiones inferiores como todo tipo de animales salvajes a su alrededor: ratones, ratas y demás. Si el alumno no ha aprendido esto y tiene su primera experiencia al ver cómo sus propias pasiones se abalanzan sobre él en forma de ratones y ratas, pueden surgir fácilmente estados patológicos como el delirio de persecución y similares.

Lo que acabo de exponerles como un hecho sobre la relación entre los mundos superiores y los inferiores se intentó expresar simbólicamente en la teoría de la evolución mediante un juego de palabras. Cuando los seres humanos comenzaron su existencia en la Tierra, pasaron de un estado espiritual a un estado sensorial, —a través de Eva—. En Eva se veía aquel estado en el que la humanidad espiritual se hizo física y, por lo tanto, también pecadora. Si ahora la humanidad debe ser conducida de nuevo hacia lo espiritual, y si se quiere expresar la oposición a la mujer que trajo lo mortal al mundo, entonces aquello que debe devolver lo inmortal a la humanidad debe expresarse a la inversa; el nombre debe invertirse. Por eso, el ángel de Dios se dirige a María con las palabras «¡Ave, María!» —«Eva» se convierte en «Ave»; esta inversión tiene carácter simbólico. No importa lo que diga al respecto una filosofía más o menos errónea. Lo que importa es mostrar cómo, en el ocultismo, lo simbólico puede actuar a través de la construcción de las palabras. Con esta combinación de palabras se pretendía lograr que el ser humano, al pronunciarlas, tomara conciencia del hecho oculto de que los mundos físico y espiritual tienen corrientes en direcciones opuestas.

Esto tiene un significado muy profundo. No vean en ello nada arbitrario. Lo mejor que pueden ver en ello es que se guiaba a las personas para que reconocieran las leyes ocultas en su propio lenguaje. Al hacer que las personas realicen esos ejercicios para reconocer las leyes ocultas en el lenguaje, estas trabajan, consciente o inconscientemente, en su formación oculta. El principio del simbolismo es, al mismo tiempo, un principio de formación.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Köln, 26 de diciembre de 1907 - La posición del ser humano en relación con su entorno

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RUDOLF STEINER

 - La posición del ser humano en relación con su entorno  -

XII conferencia
Köln, 26 de diciembre de 1907

En estas conferencias se abordarán algunos de los signos y símbolos ocultos, de tal manera que el sentido y el significado de dichos símbolos y signos no solo lleguen a la razón, sino también a los sentimientos y al corazón.

Todos ustedes saben que en el ocultismo y en la teosofía se utilizan los más diversos símbolos y signos, y también saben que a veces se dedica mucha perspicacia y especulación a interpretar dichos signos y símbolos. Estas conferencias nos mostrarán ahora que gran parte de ese ingenio y de esa especulación están mal aplicados, y que, en general, la especulación y el ingenio no son en absoluto las capacidades mediante las cuales se llega al verdadero significado de los signos y símbolos ocultistas. Para el ocultista, los signos y símbolos no son en absoluto solo aquellos que se citan como tales en los manuales y escritos habituales, sino que encontramos signos y símbolos ocultos con mayor frecuencia precisamente allí donde, por lo general, quizá menos los sospechamos: en los mitos y relatos arraigados en el pueblo se esconden profundas verdades ocultas. El error que se comete habitualmente al interpretar tales mitos y leyendas es, sencillamente, que también en este ámbito se recurre a un exceso de perspicacia y de especulación; casi se podría decir que se busca un sentido profundo de una manera demasiado intelectual, demasiado racional. Ahora bien, una serie de cuatro conferencias no puede agotar este tema, sino solo abordarlo de forma aforística. No obstante, lo que tratemos debe exponerse de tal manera que podamos formarnos una idea de la relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores, concretamente lo que se denomina el mundo astral y el mundo devachánico o espiritual.

Como saben, también en el lenguaje común se recurre con mucha frecuencia a ciertas parábolas figurativas cuando se quiere aludir a algo superior. Por ejemplo, cuando se quiere utilizar una imagen para referirse al conocimiento o a la comprensión, se dice «luz» o también «luz del conocimiento». Detrás de estas sencillas expresiones de nuestro lenguaje se esconde a veces algo extraordinariamente profundo. Quienes utilizan tales expresiones a menudo no son conscientes en absoluto de su origen y, por lo tanto, no tienen ni idea de cómo, por ejemplo, la imagen de la luz se relaciona con el conocimiento o la perspicacia. La consideran una imagen, del mismo modo que hoy en día los poetas utilizan imágenes. Cometeríamos un grave error si, en el ocultismo, solo pensáramos en ese significado figurativo. Las cosas son mucho, mucho más profundas. Lo que en el lenguaje actual se denomina «simbólico», «figurativo» o, tal vez, «alegoría», suele ser engañoso. Es fácil pensar que un signo se ha elegido de forma arbitraria para representar algo. En el ocultismo, un signo nunca se elige de forma arbitraria. Cuando en el ocultismo se utiliza un símbolo para representar algo, siempre existe una relación más profunda.

Sin embargo, no podremos comprender realmente esta relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores si no profundizamos un poco en cómo debe situarse el ser humano frente a su entorno desde el punto de vista del ocultismo. Cuando el ocultismo —o esa parte elemental del ocultismo que hoy se proclama como teosofía— llegue a cumplir su misión en el mundo en un sentido más profundo —pues, de hecho, apenas se ha dado el primer paso—, cuando llegue el momento en que las distintas ramas de nuestra vida y nuestra cultura estén impregnadas de las verdades y los impulsos del ocultismo, entonces toda la vida emocional y sensorial del ser humano, toda su relación con el entorno, cambiará de manera esencial. Si queremos describir cómo se relaciona el ser humano actual con el entorno, debemos decir: desde hace varios siglos, el ser humano ha ido desarrollando cada vez más una relación con el entorno que es muy abstracta, muy intelectual y materialista. El ser humano que hoy recorre los campos, ya sea en primavera, en verano o en otoño, ve por lo general lo que se presenta a sus ojos, lo que los sentidos pueden captar, lo que la razón puede combinar a partir de las percepciones sensoriales. Si el ser humano tiene inclinaciones estéticas, si posee una sensibilidad poética, impregna las percepciones con sensaciones y sentimientos; ante un fenómeno natural siente tristeza y dolor, y ante otro, exaltación, alegría y placer.

Pero en el hombre actual, incluso allí donde la percepción sensorial, árida y sobria, da paso a la sensibilidad poética y artística, eso no es más que un comienzo de lo que el ocultismo debe ofrecer, no a la razón, ni al entendimiento, ni a las mentes, sino a las almas y a los corazones. La teosofía solo se convertirá en un factor significativo en la vida cuando no se limite a ofrecernos una síntesis intelectual de todo tipo de acontecimientos de los planos físico, astral y devachánico, sino cuando se integre en nuestras almas de tal manera que estas aprendan a percibir, sentir y querer de otra forma. Debemos tener muy claro, en particular, que, gracias a la teosofía y al ocultismo, se irá produciendo cada vez más aquello que ya destacamos en nuestra conferencia festiva de ayer: La humanidad aprenderá a ver, en lo que se manifiesta en el mundo exterior tal y como se presenta a los sentidos —la fisonomía, los gestos, la mímica—, aquello que revela lo anímico y lo espiritual que se esconde tras las cosas. Aprenderemos también a ver, en lo que ocurre allá fuera, en el entorno de la Tierra, en los movimientos de los astros, una expresión de lo espiritual y lo anímico, del mismo modo que, por ejemplo, vemos en los movimientos de las manos o en la mirada de una persona la expresión de algo anímico. Y así aprenderemos, por ejemplo, a ver en el aire que se aclara una manifestación externa de los procesos internos de las entidades espirituales que realmente impregnan el aire, el agua y la Tierra.

Intentemos imaginar cómo se nos presenta la naturaleza que nos rodea cuando nos elevamos a una comprensión de lo anímico y lo espiritual que vive a nuestro alrededor. Una vez que nos adentramos en esta perspectiva ideal, debemos preguntarnos: ¿qué ocurre con las almas de los seres que viven a nuestro alrededor en el plano físico, las almas de los animales, las plantas y los minerales? ¿Qué hay en estos tres reinos de la naturaleza, aparte de lo que se nos presenta físicamente a través de nuestros sentidos? Si observamos el reino animal, este se diferencia de manera muy significativa, en lo anímico y espiritual, del ser humano. Lo que en cada ser humano está encerrado dentro de los límites de su piel, no lo tenemos de la misma manera en cada animal. Cada animal se puede comparar más bien con un miembro concreto del ser humano. Podemos comparar a todos los animales de forma formalmente idéntica —por ejemplo, todos los leones, todos los tigres, todos los lucios, todas las moscas, etcétera, todo lo que tiene la misma forma en el reino animal— con un miembro del ser humano, por ejemplo, con los dedos de la mano. Si tomamos los diez dedos del ser humano, no nos sentiremos tentados a atribuir a cada uno de los diez dedos un alma dotada de un «yo». Sabemos que los diez dedos pertenecen a un solo ser humano. A cada persona le atribuimos un alma del «yo». Del mismo modo que atribuimos un alma del «yo» a cada persona, atribuimos un alma del «yo» a toda una especie animal; da igual si la llaman alma de grupo o alma de especie. Lo que importa es que comprendamos las cosas como algo que fluye y fluctúa entre sí. Así, en el caso de un grupo de animales de la misma forma, debemos suponer que en su base se encuentra lo mismo que en el ser humano individual: el alma del yo. Sin embargo, no debemos buscar esta alma de los grupos de animales donde buscamos el alma del yo del ser humano. El lugar donde se encuentra esta alma del «yo» del ser humano entre el nacimiento y la muerte es el plano físico. Esto no significa que, por su naturaleza y esencia, esta alma del «yo» pertenezca únicamente al plano físico, pero el alma del «yo» del ser humano vive en el plano físico. No ocurre lo mismo con los «yos» grupales de los animales. En el caso de estos «yos» grupales de los animales, a los que pertenecen los animales individuales de la misma especie, no importa el lugar en el que se encuentren los animales individuales: da igual que un león esté en África y otro aquí, en un zoológico. Todos y cada uno de los animales pertenecen al mismo «yo» grupal, y ese «yo» grupal se encuentra en el plano astral. Por lo tanto, si queremos encontrar el «yo» de un grupo de animales de la misma especie, debemos acudir al plano astral mediante la clarividencia; y en el plano astral, el «yo» grupal de los animales en cuestión es una personalidad tan completa como la del ser humano aquí, en el plano físico. Si una persona extiende sus diez dedos y usted levanta aquí una pared, y la persona pasa sus diez dedos a través de diez agujeros en la pared, alguien que se encuentre fuera de la pared solo verá los diez dedos; si quiere buscar el «yo» de esos diez dedos, tendrá que ir detrás de la pared. Así debe imaginarse que, en cada león individual, debemos ver un miembro del «yo» grupal de todos los leones. Si se adentra en el plano astral, encontrará allí una individualidad o personalidad del género de los leones, común a todos ellos, del mismo modo que detrás de la pared encuentra la individualidad de los diez dedos de la persona. Lo mismo se aplica a las demás especies animales de forma similar. Y si «pasea» por el plano astral, encontrará este plano poblado por estos «yos» grupales de los animales, con los que se encontrará allí de la misma manera que aquí, en el plano físico, se encuentra con los seres humanos individuales, solo que estos «yos» grupales se extienden, según el plano físico, a los seres animales individuales separados, del mismo modo que usted extiende a través de la pared los diez dedos individuales.

Sin embargo, existe una enorme diferencia entre la esencia, la naturaleza intrínseca de los «yos» grupales de los animales, y lo que constituye la naturaleza intrínseca del ser humano individual. Esta diferencia les parecerá muy paradójica, pero existe. Y es que se da un hecho peculiar: si se compara la inteligencia y la sabiduría de los «yos» grupales de los animales en el plano astral con la inteligencia y la sabiduría de los seres humanos aquí, en el plano físico, se comprobará que los «yos» grupales de los animales son considerablemente más inteligentes. Todo lo que tienen que hacer lo realizan con la mayor naturalidad. El ser humano, en el transcurso de su evolución, debe primero llevar a su yo a alcanzar esa sabiduría que los «yos» grupales de los animales ya poseen en el plano astral. Sin embargo, a estos «yos» grupales de los animales les falta algo que el ser humano debe desarrollar aquí, en el plano físico, a lo largo de toda la evolución terrestre. Este elemento específico no se encuentra en absoluto en los «yos» grupales de los animales. Se trata del elemento del amor, todo lo que es amor: desde la forma más sencilla del amor de sangre entre los seres emparentados, hasta el amor ideal más elevado de una hermandad humana universal. Este elemento es precisamente el que la humanidad desarrolla a lo largo de la evolución terrestre. Los «yos» grupales animales también tienen sentimientos, sensaciones e impulsos de voluntad. Desarrollar el amor es precisamente la misión del ser humano aquí en la Tierra; eso es lo que les falta a los animales. El elemento fundamental del «yo» grupal de los animales es la sabiduría, del mismo modo que el elemento fundamental del «yo» humano es el amor.

Si ahora queremos comprender cómo debemos percibir, dentro de la naturaleza que nos rodea, las manifestaciones de estos «yos» grupales animales, solo tenemos que recordar que todo lo que nos rodea son manifestaciones de acontecimientos espirituales y de entidades espirituales. Quien no esté dotado de capacidades clarividentes no puede, por supuesto, dar ningún «paseo» por el plano astral, en el que se encontrara allí con la población de «yos» grupales animales, del mismo modo que aquí, en el planeta Tierra, se encuentra con los «yos» humanos físicos. Pero incluso quien no es clarividente puede percibir aquí, en el plano físico, los efectos y las acciones de lo que hacen los «yos» grupales. Puede percibir cómo, cada año, al acercarse el otoño, las aves vuelan en dirección noreste-suroeste hacia las regiones más cálidas, y cómo, a su vez, regresan siguiendo rutas muy concretas cuando se acerca el verano. Si se comparan las trayectorias individuales en función de su altura y dirección para cada especie de ave, uno empieza a intuir que en todo ello hay sabiduría, una profunda sabiduría. ¿Quién dirige todo esto? Lo dirigen los «yos» grupales de los animales. Todo lo que realizan las distintas especies animales aquí, en nuestro planeta, es un efecto, es una acción del «yo» grupal animal. Y si observan estas acciones del «yo» grupal animal, descubrirán, en esencia, que estos «yos» grupales animales abarcan la circunferencia de la Tierra, que se despliegan como fuerzas a lo largo de ella. La Tierra está rodeada de fuerzas de lo más variado, de fuerzas que recorren la Tierra siguiendo los más diversos trazados, en líneas rectas, curvas y serpenteantes. El ser humano solo puede percibir estas fuerzas aquí a través de sus efectos, de sus manifestaciones. Cuando capta estas manifestaciones, puede intuir lo que, mediante la capacidad clarividente, le acerca a los «yos» grupales de los animales. Así podemos aprender a adentrarnos en la sabiduría que se manifiesta en nuestro reino animal. Lo que hacen los géneros y las especies nos revela algo de las acciones de los «yos» grupales de los animales.

La situación es diferente en el caso del mundo vegetal. También en el mundo vegetal se le presenta al observador ocultista una serie de «yos», pero el número de «yos» existentes en el mundo vegetal es mucho menor que en el mundo animal; su número es más limitado. A su vez, hay grupos enteros de plantas que pertenecen a un «yo» común, y estos se encuentran, cuando los buscamos, en un mundo aún más elevado. Mientras que los «yoes» grupales de los animales se encuentran en el plano astral y se manifiestan en la astralidad que envuelve y rodea nuestro círculo terrestre, los «yoes» grupales de las plantas se encuentran en las partes inferiores del plano del Devachán, en lo que, según la teosofía, solemos denominar las partes de Rupá del plano del Devachán. Allí viven como personalidades independientes; al igual que aquí los seres humanos, allí se mueven los «yos» grupales de las plantas. Junto a otros seres que ni siquiera tienen un cuerpo físico, los «yos» de las plantas se encuentran allí y conforman la población del plano inferior del Devachán.

¿Cómo puede el ser humano adentrarse en la percepción de los «yos» colectivos vegetales? La percepción en sí misma está, en última instancia, ligada al desarrollo de las capacidades clarividentes. Pero este desarrollo avanza desde los niveles inferiores hacia arriba, cada vez más y más alto. Lo primero que hay que desarrollar para poder ascender siquiera a estas capacidades es el sentimiento y la sensibilidad hacia el tema. Las verdaderas capacidades clarividentes se basan siempre, en primer lugar, en el desarrollo de sentimientos y sensaciones, pero no de los sentimientos triviales y egoístas, no; sino de sentimientos más profundos y abnegados. Eso es algo completamente distinto.

Al observar la planta, hay que prestar atención, sobre todo, a que la planta desarrolle sus raíces en el suelo, a que su tallo crezca hacia arriba, a que despliegue las hojas hacia arriba y a que estas se transformen gradualmente en sépalos y en corola, en la que luego se forma el fruto. Es importante que no podamos comparar la planta con el ser humano de esta manera. No se debe comparar al ser humano con la planta de tal manera que equiparemos la cabeza del ser humano con la corola de la planta y sus pies con la raíz. Eso es totalmente erróneo. En las escuelas ocultistas siempre se ha señalado y se ha dicho: «Debéis comparar la planta y el ser humano». Pero debéis compararlos de tal manera que equiparéis la cabeza del ser humano con la raíz de la planta. - Así como la planta orienta su raíz hacia el centro de la Tierra, el ser humano orienta su cabeza hacia el espacio cósmico; y así como la planta orienta castamente su flor y sus órganos reproductores hacia el sol, el ser humano orienta pudorosamente sus órganos reproductores precisamente hacia donde la planta orienta su raíz, hacia abajo. Por eso se dice en el ocultismo: «El ser humano es la planta invertida». - La planta parece un ser humano puesto boca abajo; el animal se sitúa en un punto intermedio.

En lo que normalmente se denomina «planta» solo están presentes el cuerpo físico y el cuerpo etérico de la planta. Pero la planta también tiene su cuerpo astral y su yo. ¿Dónde se encuentra, pues, el cuerpo astral y dónde el yo de la planta? Podemos preguntarnos por su ubicación, pues se trata solo de una definición general del asunto cuando se dice que el yo grupal de las plantas se encuentra en el plano inferior del Devachan. Podemos indicar con total precisión dónde se encuentra el cuerpo astral de las plantas y dónde está su Yo. El cuerpo astral de las plantas —y, concretamente, el cuerpo astral de todas las plantas que existen en nuestro planeta— es el mismo que el cuerpo astral de la propia Tierra, de modo que la planta está inmersa en el cuerpo astral de la Tierra. En cuanto a su ubicación, los Yos de las plantas se encuentran en el centro de la Tierra. Desde el punto de vista oculto, podemos concebir la Tierra como un gran organismo, como un ser vivo que tiene su cuerpo astral; y las plantas individuales que hay en nuestra Tierra son sus miembros. Estas solo han desarrollado, de forma individual y por separado, el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En cada planta, en cada lirio, en cada tulipán y así sucesivamente, no hay conciencia; la Tierra tiene su propia conciencia, su cuerpo astral y su «yo». Pero no solo hay «yos» vegetales; además, también hay otras entidades espirituales. No debe plantearse la cuestión de si todas caben. Están entrelazadas y allí conviven muy bien. Por lo tanto, si se observa una planta individual, solo se le pueden atribuir las características de un cuerpo físico y de un cuerpo vital, pero no una conciencia como ser individual. Sin embargo, las plantas tienen conciencia, y esta está vinculada a la conciencia de la Tierra; forma parte de la conciencia de la Tierra. Así como nosotros, los seres humanos, tenemos una conciencia que abarca lo alegre y lo triste, y ambas se interpenetran mutuamente, así también los cuerpos astrales individuales de las plantas interpenetran el cuerpo astral de la Tierra, y los «yo» de las plantas interpenetran el centro de la Tierra. La planta viva ocupa en el organismo de nuestra Tierra la misma posición que la leche en el organismo animal. Hay fuerzas astrales similares que subyacen tanto cuando la planta brota de la tierra, reverdece y florece, como cuando la vaca da leche. Si arranca una planta con la flor, eso no supone una sensación desagradable para la Tierra. La Tierra tiene su cuerpo astral y en él tiene sus sensaciones, y cuando arranca una planta, siente lo mismo que siente la vaca cuando el ternero succiona la leche: experimenta una especie de bienestar. Si retira lo que ha crecido del suelo, la Tierra ya no tiene esa planta concreta —y, por tanto, ese bienestar—. En cambio, si arranca la planta de raíz, para la tierra es como si le arrancara la carne a un animal: siente una especie de dolor.

Si nos adentramos en ello, pero no solo en términos abstractos de «yo» colectivo, sino de tal manera que transformemos esos conceptos abstractos y vacíos en sentimientos y sensaciones, entonces aprenderemos a convivir con los procesos de la naturaleza; nuestra observación de la naturaleza se convertirá en una sensación viva. Cuando luego, en otoño, paseamos por los campos y vemos al hombre con la guadaña segando el cereal, intuiamos que, en la misma medida en que la guadaña recorre las briznas y las corta, algo así como vientos espirituales soplan sobre el campo, infundiendo una sensación de bienestar. Así es. Lo que el clarividente ve en el cuerpo astral de la Tierra es el fundamento espiritual de lo que acabamos de describir. Para quien penetra en estas cosas, la siega del cereal no es un proceso indiferente. Del mismo modo que en una persona, ante una u otra experiencia, se siente y se ve que surgen formaciones astrales de un tipo muy concreto, así también se ven en otoño, barriendo los campos, estas expresiones astrales del bienestar de la Tierra. Es diferente cuando el arado traza surcos en la tierra y remueve las raíces de las plantas. Arar la tierra con el arado le causa dolor; vemos cómo brotan de ella signos de dolor. Frente a lo que se acaba de decir, se podría objetar muy fácilmente que, en determinadas circunstancias, sería mejor arrancar las plantas de raíz y trasplantarlas, en lugar de recorrer un prado y arrancar sin motivo todas las flores posibles. Una objeción así puede ser totalmente válida desde un punto de vista moral, pero aquí se trata de un punto de vista completamente diferente. Es posible que, en determinadas circunstancias, para una persona que empieza a tener canas, sea mejor arrancarse las primeras canas si lo considera adecuado por razones estéticas, pero eso no le deja de doler. Son puntos de vista totalmente distintos cuando decimos: «Arrancar las flores beneficia a la tierra», y cuando decimos: «Desenterrar la planta de raíz le hace daño a la tierra». [Laguna en las notas.] La vida, en general, llega al mundo a través del dolor. El niño que nace causa dolor a la madre que da a luz. Este es un ejemplo de cómo debemos aprender no solo a reconocer el entorno, sino también a empatizar con la naturaleza. Esto se extiende hasta el reino mineral. Los minerales también tienen su «yo», solo que el «yo» de los minerales se encuentra a un nivel aún más elevado; está situado en las partes superiores del plano del Devachán, que la literatura teosófica suele denominar «Arupa-Devachán». Estos «yos» grupales de los minerales son seres parcialmente autónomos, al igual que lo son los «yos» humanos en el plano físico, los «yos» grupales de las plantas en el plano inferior del Devachán y los «yos» grupales de los animales en el plano astral. En el plano físico, los minerales solo tienen un cuerpo físico, pero también cuentan con un cuerpo astral y un cuerpo etérico. El vidente percibe las conexiones vivas; sabe que, cuando sale a una cantera y ve allí a los trabajadores extrayendo piedras, allí se percibe algo similar a lo que se siente al intervenir en la carne de un organismo. Y mientras los trabajadores están allí trabajando, fluyen corrientes astrales a través del reino mineral. Lo que pertenece al mineral como cuerpo astral se encuentra en las partes inferiores del plano del Devachán, y el «yo» de los minerales se encuentra en las partes superiores del plano del Devachán. El «yo» grupal de las piedras siente dolor y placer. Cuando se rompen piedras, el «yo» grupal mineral siente placer, satisfacción. A primera vista, esto parece paradójico, y sin embargo es así. Quien solo piense en analogías podría creer que, al romper una piedra, a esta le duele tanto como si se le hiciera daño a un ser vivo. Pero cuanto más rompa la piedra, mayor será la sensación de bienestar del yo mineral. Ahora pueden preguntarse: ¿cuándo siente dolor el yo mineral? Puede percibirse el dolor del yo mineral con el siguiente ejemplo. Tomen un vaso de agua en el que se haya disuelto sal de cocina. A continuación enfríen el agua del vaso hasta que la sal se precipite en forma de cristales sólidos, de modo que la sustancia mineral vuelva a solidificarse. En este proceso de precipitación de la sustancia sólida surge el dolor. Del mismo modo, surgiría dolor si volviera a unir todos los trozos en los que ha partido una piedra para formar una piedra entera. En el «yo» grupal de los minerales surge siempre una sensación de placer cuando el mineral se disuelve, y una sensación de dolor cuando se solidifica. Se produce una sensación de bienestar al disolver sal en agua caliente, y una sensación de dolor cuando, al enfriar el agua, se produce la cristalización de la sal.

Si nos lo imaginamos en un contexto más amplio, en un contexto cósmico, podremos descubrir cómo la formación de nuestra Tierra y la de nuestros minerales están relacionadas con un proceso de este tipo. Si remontamos la formación de nuestra Tierra muy atrás en el tiempo, nos encontramos con temperaturas cada vez más elevadas, con un calor cada vez mayor en nuestro planeta; y en la época lemúrica nos encontramos con un estado de la Tierra en el que las rocas estaban disueltas, en el que incluso los minerales que ahora se han cristalizado de forma totalmente sólida fluían, como hoy en día fluye el hierro en las fundiciones cuando se funde. Todos nuestros minerales han pasado por un proceso como el que tienen ante ustedes a pequeña escala, cuando, al enfriarse el agua en un vaso, la sal disuelta se deposita. Así es como todo en la Tierra se fue solidificando y compactando. Esta solidificación se produjo de tal manera que mediante dicha contracción, gradualmente se fueron incrustando en la Tierra líquida cristales sólidos. Solo gracias a esta solidificación pudo la Tierra convertirse en el lugar donde habita la humanidad física actual.

Sin embargo, este endurecimiento debe entenderse en el sentido de que alcanzó su punto álgido en un momento determinado. En cierta medida, ese punto álgido ya se ha superado; hoy en día ya se observa, en parte, un proceso de desintegración. Cuando la Tierra haya alcanzado su meta, cuando los seres humanos se hayan purificado y espiritualizado hasta tal punto que ya no puedan extraer nada más de la Tierra, entonces la propia Tierra también se espiritualizará a su vez. Entonces, todos sus incrustaciones minerales se habrán vuelto finas y etéreas, de modo que la Tierra pueda pasar a un estado astral, el mismo que tenía antes de volverse física. El proceso de disolución física es un estado de transición hacia ello.

Si observamos la Tierra, en el momento en que se preparaba para convertirse en el escenario firme, el sustrato sólido sobre el que caminamos en nuestra etapa actual de desarrollo, vemos que se trata de un proceso continuo de sufrimiento de la Tierra. A medida que se va volviendo cada vez más sólida, sufre y «gime de dolor». Nuestra existencia se ha ido forjando por medio de su dolor. Y encontramos una intensificación de este dolor hasta la primera parte de la denominada era atlante. A partir del momento en que el ser humano logra gradualmente su propia purificación, la Tierra también alcanza a su vez, la liberación del dolor y el sufrimiento. Este proceso aún no ha avanzado mucho. La mayor parte del suelo firme que se encuentra bajo nuestros pies sigue sufriendo hoy en día, y cuando dirigimos hacia él nuestra mirada clarividente, lo sólido se nos revela como un suspiro del ser terrestre. Quien estudie estos hechos desde la perspectiva de lo oculto y luego los encuentre reflejados en las grandes escrituras religiosas, comprenderá desde qué profundidades del mundo espiritual se escribieron dichos textos. Así nos invade cada vez más un sentimiento de veneración hacia estos documentos religiosos. Gracias a nuestra experiencia, al observar los hechos del mundo exterior, podemos reconocer empíricamente cuáles son los fundamentos reales que subyacen a la afirmación de Pablo: «Toda la naturaleza gime con dolores, esperando la adopción como hijos». Traten ustedes de interpretar esta frase de Pablo: todo proceso de formación en la Tierra es un devenir entre dolores, una contracción hacia lo firme entre dolores, para que después pueda llevarse a cabo, en sus seres, la «adopción como hijos», la espiritualización.

En lo que se denomina «formación esotérica auténtica», debemos partir de aquellas imágenes de nuestro entorno que, al contemplarlas, despiertan sentimientos en nuestro interior. En primer lugar, se empieza por transmitir al alumno que desea seguir una formación aquellas ideas y conceptos que le capaciten para no limitarse a contemplar lo que ocurre en la naturaleza como un mero proceso externo, sino para sentirlo con toda su alma como una experiencia interior: cómo se forma nuestra Tierra, cómo se consolida, cómo actúa el dolor. Esta imagen del dolor representa un hecho espiritual real. En el verdadero ocultismo, las imágenes no son inventadas, sino que se deducen de hechos espirituales reales. Ni la filosofía, ni la especulación, ni siquiera la mayor perspicacia pueden desentrañar una imagen así; solo el conocimiento de los hechos de los mundos superiores conduce a su comprensión. En el ocultismo, todas las imágenes son expresión de hechos espirituales.

Hoy solo quería señalarles cómo aquello que asimilamos en la teosofía elemental como ideas, conceptos e imaginaciones nos conduce gradualmente a las experiencias; y cada imagen en el ocultismo se extrae únicamente de las experiencias. Si toman ustedes, por ejemplo, la conocida imagen de la esvástica, podrán encontrar en los distintos escritos las interpretaciones más perspicaces sobre esta imagen. ¿Cómo llegó originalmente al ocultismo? Esta imagen no es más que el reflejo de lo que llamamos órganos sensoriales astrales. Mediante un determinado procedimiento, mediante el entrenamiento, el ser humano puede desarrollar órganos sensoriales astrales. Estas dos líneas (se dibujan) son, en realidad, movimientos en el cuerpo astral, que el clarividente percibe como ruedas de fuego o como flores. Se denominan flores de loto.

Para estas ruedas o flores de loto, —de las cuales, por ejemplo, la de dos pétalos se encuentra en la zona de los ojos y la de dieciséis pétalos, en la zona de la laringe—, para estos órganos sensoriales astrales, que se manifiestan como fenómenos luminosos en el mundo astral, el símbolo, la imagen, es la esvástica. O tomemos otro símbolo, el llamado pentagrama. No es mediante la especulación ni mediante la filosofía como se puede descubrir el significado original del pentagrama. El pentagrama es una realidad; es una imagen que representa la acción de corrientes, de corrientes de fuerzas, que se encuentran en el cuerpo etérico del ser humano. En el ser humano discurre una cierta corriente de fuerza que asciende desde el pie izquierdo hasta un punto determinado de la cabeza, desde allí al pie derecho, de ahí a la mano izquierda, de ahí a través del cuerpo, pasando por el corazón hasta la mano derecha, y desde allí de vuelta al pie izquierdo, de modo que se puede trazar en el ser humano —en su cabeza, sus brazos, manos, piernas y pies— el pentagrama.

Deben imaginárselo como una acción de fuerzas, no simplemente como una figura geométrica. En el cuerpo etérico del ser humano se encuentra el pentagrama. Las acciones de las fuerzas siguen exactamente estas líneas del pentagrama. Las líneas pueden adoptar las más variadas deformaciones, pero siempre permanecen trazadas en el cuerpo humano como un pentagrama. El pentagrama es una realidad etérica, no un símbolo, sino un hecho.

Así, cada símbolo en el ocultismo es una imagen de un hecho del mundo espiritual. Solo entonces se comprende su significado, cuando se puede hacer referencia al mundo en el que ese hecho tiene su origen. Por eso, ni siquiera la mayor perspicacia puede conducir a la interpretación de los signos ocultos. Solo a partir de la experiencia [de los mundos espirituales] se puede descubrir el significado de los signos y símbolos ocultos, y solo al comprender su significado puede el ser humano empezar a... Por eso no es en absoluto inútil que se le comunique y se le cuente algo que, en un primer momento, se haya descubierto gracias a la capacidad clarividente. Y, a partir del hecho investigado, el ser humano puede, a su vez, ser conducido de vuelta a las causas de ese mismo hecho.

Lo mismo ocurre con los signos y símbolos que con las antiguas leyendas y mitos. Es una teoría teórica de los eruditos que sostiene que las leyendas y los mitos fueron inventados por la poesía popular. El pueblo no compone poesía. Todas las leyendas y mitos son vestigios de una época en la que el ser humano aún poseía, hasta cierto punto, dotes clarividentes. Lo que se nos cuenta en las leyendas y mitos europeos son registros de hechos que los seres humanos contemplaron en el pasado. Todo lo que aparece en estas leyendas, cuentos y mitos fue percibido originalmente de forma clarividente y constituye el relato posterior de experiencias clarividentes originales. Eso es, en definitiva, la mitología: el relato posterior de experiencias clarividentes.

Aún hoy podemos seguir en el plano astral todos los acontecimientos que se narran en la mitología. Las hazañas de Wotan u Odín son hechos reales. Debemos buscar la realidad más allá de los signos ocultos, los símbolos y las visiones. Y cuanto menos nos dejemos llevar por la tentación de interpretar estos signos a partir de especulaciones, mejor.

Así pues, este ciclo de conferencias nos introducirá en el sentido factual del ocultismo. Ningún signo es inventado ni imaginado, sino que es la representación o reproducción de un acontecimiento real en el mundo espiritual. Y todos los relatos que encontramos en las mitologías son una reproducción de lo que los seres humanos vieron cuando una gran parte de la humanidad aún poseía dotes clarividentes.

Traducido por J.Luelmo