CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA114 Basilea 17 de sept. de 1909 La infiltración de la "cosmovisión" budista en el Evangelio de Lucas. La enseñanza de Buda. El camino de los ocho peldaños.-evangelio de S. Lucas

RUDOLF STEINER

EL BUDISMO EN EL EVANGELIO DE LUCAS

Basilea 17 de sept. de 1909

tercera conferencia

La lectura del Evangelio de Lucas podrá proporcionarnos, aparte de una profunda sensación, una idea de que su contenido abarca realmente amplias y grandiosas esferas espirituales. Esto será comprensible por lo que hemos visto en la conferencia precedente, puesto que la investigación espiritual nos enseña que en este Evangelio se ha vertido el Budismo con todo lo que ha podido dar a la humanidad. En cierto modo, se puede decir que es budismo lo que en el Evangelio de Lucas se presenta al hombre. Pero el “budismo” fluye de este documento de una manera singular, se manifiesta a través de este Evangelio en tal forma que lo puede comprender el ánimo más ingenuo y más simple.
Ya lo hemos visto en la conferencia precedente, y hoy se evidenciará más claramente, que el budismo como enseñanza del Buda es una concepción del mundo que sólo comprenderá quien se eleve a ciertas grandes ideas, a las puras alturas etéreas del espíritu; y esto requiere mucha preparación. El Evangelio de Lucas contiene la esencia espiritual de tal manera que, en cierto modo, puede obrar sobre todo ser humano que haya aprendido a recoger en su corazón las más elementales ideas y conceptos humanos. Esto también lo veremos mejor, cuando profundicemos el misterio de este Evangelio. En él se nos presentan las conquistas espirituales del budismo en una forma desarrollada a un grado más elevado del que tenían cuando allá en la antigua India fueron dadas a la humanidad, cerca de seiscientos años antes de nuestra era. Con algunos ejemplos, nuestra alma sentirá en qué consiste este grado más elevado del budismo.
En la conferencia precedente hemos llamado al budismo la “doctrina más pura de la piedad y del amor”. Efectivamente, desde el lugar en el mundo donde el Buda actuó, fluye un evangelio del amor y de la piedad que penetra en toda la evolución espiritual de la Tierra y aparece con su vida en el verdadero budista, cuando éste, con el calor de su corazón, comparte el sufrimiento que se le presenta en todos los seres vivientes del mundo circundante. Pero en el Evangelio de Lucas fluye algo que es aún superior a la piedad y al amor budistas que todo abarcan. Lo que fluye de este Evangelio, lo podríamos señalar como la transformación de la piedad y el amor en la acción que el alma necesariamente ha de emprender. El budista quiere que haya “piedad” en el sentido más eminente de la palabra; en cambio, el que vive en el sentido del Evangelio de Lucas, quiere practicar el amor activo. El budista es capaz de sentir con el enfermo su dolor; el Evangelio de Lucas induce al hombre a actuar y hacer lo posible para curar. El budismo hace que el hombre pueda comprender todo cuanto vive en el alma humana, y del Evangelio de Lucas surge el singular postulado de no juzgar, sino de hacer para el prójimo más de lo que él hace para uno mismo, y de dar más de lo que se recibe. El amor transformado en acción, esto es lo que hemos de considerar como un grado mayor de desarrollo, a pesar de que el Evangelio de Lucas involucre el más puro y genuino budismo.
Para describir este aspecto del cristianismo, o sea el budismo elevado a un nivel superior por medio del cristianismo, era necesaria la fuerza del corazón del autor del Evangelio de Lucas; él ante todo era capaz de comprender al Cristo Jesús como salvador del cuerpo y del alma. El supo hablar tan profundamente al corazón porque él mismo se había desempeñado como médico; y desde el punto de vista de médico del cuerpo y del alma escribió lo que sobre el Cristo Jesús tenía que decir. Esto lo veremos cada vez más claramente, al profundizar el Evangelio de Lucas. Pero algo más llama nuestra atención, si consideramos cómo este Evangelio - según lo expuesto anteriormente - impresiona hasta al ánimo más inocente: vemos entonces que la suprema enseñanza budista, que sólo la madurez de la inteligencia y de la facultad anímica humana es capaz de comprender, aparece en este Evangelio como rejuvenecida, como nacida nuevamente de una fuente de juventud. A través de este Evangelio, el budismo se nos presenta como fruto del árbol de la humanidad, como rejuvenecimiento de lo que antes existía. Esto nos induce a preguntar: ¿Cómo se ha producido este rejuvenecimiento del budismo?. Para comprenderlo, hemos de fijarnos exactamente en la enseñanza misma del gran Buda y, en base a nuestra preparación antroposófica, poner ante nuestro ojo espiritual lo que conmovió el alma del Buda.
Ante todo tengamos presente que el Buda había sido Bodisatva, es decir, una entidad altamente evolucionada, capaz de penetrar en los misterios de la existencia. Por el hecho de haber sido Bodisatva, el Buda había participado de todo lo que sucedió en la evolución de la humanidad en el curso de todos los tiempos. Al iniciarse los tiempos post-atlantes, ya estuvo actuando el Buda como Bodisatva, para fundar la primera cultura post-atlante y para proseguir su evolución, dando a los hombres desde los mundos espirituales lo que en la conferencia anterior se ha explicado. Estuvo también presente en la época atlante, y aun antes en los tiempos de la Lemuria. Y puesto que había llegado a tan alto grado de su evolución, le fue posible, durante su vida de Bodisatva, en los veintinueve años de su última encarnación, antes de ser el Buda, recordar una tras otra todas las vivencias en comunidades humanas, antes de encarnarse en la India por última vez. Le fue posible remontarse a los tiempos pasados de su obrar en la humanidad, y a su existencia en los mundos divino-espirituales para traer desde ellos lo que tuvo que dar a los hombres en la Tierra. Ya hemos dicho que aun una individualidad de tan alto grado de desarrollo debe - aunque brevemente - volver a aprender lo adquirido anteriormente. Y el Buda nos describe que durante su vida de Bodisatva se desarrolló, paso a paso, hasta llegar finalmente a la perfección de la visión espiritual, como asimismo de la iluminación espiritual.
Sabemos cómo lo describió a sus adeptos. Para describir el camino recorrido por su alma, a fin de poder recordar lo experimentado en los tiempos pasados, decía a ellos: “Hubo un tiempo, Oh monjes, en que desde el mundo espiritual se me presentó un esplendor de luz universal, pero no me fue posible distinguir nada, ni formas, ni imágenes, pues mi iluminación aún no fue suficientemente pura. Después empecé a percibir no sólo la luz, sino distintas imágenes y formas dentro de la luz; pero aún no pude reconocer el significado de esas formas e imágenes, pues mi iluminación aún no fue suficientemente pura. Después empecé a saber que esas formas eran la expresión de entidades espirituales, pero no me fue posible definir a qué reinos del mundo espiritual estas entidades pertenecían, pues mi iluminación aún no fue suficientemente pura. Después aprendí a saber a qué reinos del mundo espiritual pertenecían las distintas entidades espirituales, pero no pude discernir con cuáles acciones ellas habían conquistado su posición en los reinos espirituales, y cuál era el estado de alma de cada una de ellas; pues mi iluminación aún no fue suficientemente pura. Después llegó para mí el tiempo en que pude discernir en virtud de qué acciones esas entidades espirituales habían alcanzado su posición en aquellos reinos y cuáles eran sus estados de ánimo, pero no me fue posible distinguir con cuáles entidades espirituales yo mismo había vivido en tiempos pasados, y qué había sido mi propio actuar juntamente con ellas; pues mi iluminación aún no fue suficientemente pura. Finalmente llegó el tiempo en que pude saber que yo había vivido con estas y aquellas entidades en esta y aquella época, y que conjuntamente con ellas había tenido que realizar esto o aquello, de modo que llegué a saber cómo habían sido mis vidas anteriores. Ahora, mi iluminación fue pura”.
Con este relato, el Buda describió a sus adeptos cómo gradualmente se había desarrollado hasta una capacidad del conocimiento que ya había poseído en tiempos pasados, pero que en cada encarnación debió adquirir nuevamente, según las condiciones de cada época; y que en su última encarnación tuvo que adquirir en concordancia con su completo descender en un cuerpo físico humano. Esto nos puede dar una idea de la importancia y de la grandeza de la individualidad que se encarnó en aquella época en el hijo del rey de la estirpe de Sakia. Pero el Buda sabía también que lo que él nuevamente pudo conocer y percibir era un mundo al que los hombres, con su percepción común de aquel tiempo e inmediato porvenir, debieron renunciar. Sólo los “iniciados” a los que el Buda mismo pertenecía, pueden penetrar con su visión en el mundo espiritual; pero para la humanidad común, dentro de la evolución corriente, se había perdido esta posibilidad; los restos heredados de la antigua clarividencia estaban perdiéndose gradualmente. Pero puesto que el Buda no sólo debía hablar de lo que el iniciado puede decir, sino que tenia ante todo la misión de hablar a los hombres de las fuerzas que deben emanar de la propia alma humana, no podía sólo dar los resultados de su iluminación, sino que se decía a sí mismo: “Debo hablar de lo que los hombres pueden alcanzar por medio de un desarrollo superior, de su propio ser interior, un desarrollo según las condiciones de la época. En el curso de la evolución terrena, los hombres llegarán a conocer, paso a paso, desde lo hondo de su alma y de su corazón, el contenido de la enseñanza del Buda, como algo que su propia razón, y su propio ánimo les puede decir. Empero, muchísimo tiempo ha de transcurrir hasta que todos los hombres adquirirán la madurez para extraer, por decirlo así, de la propia alma lo que primero el Buda ha enunciado como conocimiento puramente humano. Pues una cosa es desarrollar ciertas facultades en el curso de mucho tiempo, otra cosa es extraerlas primero de las profundidades del alma humana. Al respecto, tómese otro ejemplo. Hoy el hombre, desde joven, se apropia de las reglas de la lógica. El pensar lógico es hoy una de las facultades humanas comunes, que el hombre desenvuelve en su interior. Pero para que esta facultad pudiera surgir por primera vez en un pecho humano, fue necesario el genio del pensador griego Aristóteles. Son dos cosas diferentes: extraer algo por primera vez de las profundidades del alma humana, y extraerlo después de haberse desarrollado en la humanidad durante cierto tiempo.
Lo que el Buda tenía que dar a la humanidad forma parte de las supremas enseñanzas para largas épocas. Y para evidenciarlo por primera vez en un hombre, hacia falta la magnitud del ánimo de un Bodisatva de tan elevada iluminación. Sólo un hombre iluminado en el sentido más alto, pudo producir en su alma por primera vez, lo que, paso a paso, debió convertirse en patrimonio común de la humanidad, esto es, la doctrina de la piedad y el amor y todo lo que a ella concierne. Lo que el Buda tenía que decir, lo tuvo que expresar con palabras y conceptos de uso corriente en aquella época, principalmente de sus compatriotas. Ya nos hemos referido a que en la antigua India, en los tiempos del Buda, se enseñaban la filosofía del Sankya y del Yoga, que proveían los términos y conceptos corrientes; los debía emplear incluso quien tenia que hablar de algo nuevo. El Buda también debió usarlos para expresar lo que vivía en su alma, aunque dando a esos conceptos e ideas una forma enteramente nueva. Toda evolución debe tomar un curso en que lo venidero se base en lo pasado. Así también el Buda expresó su sublime sabiduría en términos corrientes de la enseñanza india de la época. No obstante, hemos de hacernos un claro concepto de la enseñanza que bajo el árbol Bodi el Buda concibió en los siete días de su iluminación. Tratemos pues, aunque sea con pensamientos aproximados, de contemplar lo que como expresión de las más profundas vivencias del alma se suscitó en el Buda, al recibir la iluminación bajo el árbol Bodi.
En aquel momento, el Buda pudo decirse lo siguiente: Hubo tiempos antiguos de la evolución de la humanidad en que muchos hombres estaban dotados de una opaca y vaga clarividencia, pero hubo también tiempos más antiguos aún en que todos los hombres eran clarividentes. ¿Qué quiere decir: poseer una opaca y vaga clarividencia y, en general, qué significa ser clarividente”?. Ser clarividente significa: saber servirse de los órganos del propio cuerpo etéreo. Quien sólo pueda servirse de los órganos del cuerpo astral, podrá sentir y vivenciar interiormente los misterios más profundos, pero no será capaz de tener la visión de ellos. Sólo puede haber clarividencia, cuando aquello que se experimenta en el cuerpo astral, haya producido su “impronta” en el cuerpo etéreo. También la antigua opaca clarividencia de la humanidad se había producido por el hecho de que el cuerpo etéreo, aún no sumergido enteramente en el cuerpo físico, poseía órganos que aquella humanidad podía utilizar. Por lo tanto, hemos de preguntarnos: ¿Qué es lo que la humanidad ha perdido en el curso de los tiempos?. Ha perdido la capacidad de servirse de los órganos del cuerpo etéreo. Paso a paso, tuvo que contentarse con utilizar solamente los órganos exteriores del cuerpo físico, experimentando en el cuerpo astral, en forma de pensamientos, sentimientos y representaciones, lo que el cuerpo físico le proporciona. Todo esto encontró su expresión en la grandiosa alma del Buda, y él se decía: “Veo que los hombres han perdido la capacidad de servirse de los órganos del cuerpo etéreo, y que experimentan, en el cuerpo astral, lo que les llega desde el mundo circundante por medio de los instrumentos del cuerpo físico”.
Entonces, el Buda se formuló una importante pregunta: “Cuando el ojo percibe un color, cuando el oído oye algún sonido, cuando se siente algún sabor, resulta que, en condiciones normales, estas sensaciones tienen lugar en el hombre y se convierten en sus representaciones; el hombre las experimenta interiormente en el cuerpo astral. Pero si las experimentara simplemente así, no podrían, en estado normal, estar acompañadas de lo que se llama dolor y sufrimiento. Con otras palabras: Si el hombre simplemente se abandonara a las impresiones del mundo externo, tal como éste influye en sus sentidos y como se le presenta con sus colores, con sus efectos de la luz, sus sonidos, etc., él andaría por el mundo sin que estas sensaciones pudiesen causarle dolor y sufrimiento. Sólo bajo determinadas condiciones puede el hombre sentir el dolor.
El Buda escudriñó pues las condiciones bajo las cuales el hombre experimenta dolor y pena, preocupaciones y pesadumbre, preguntándose: “¿Cuándo se tornan dolorosas las impresiones del mundo externo y por qué lo son bajo ciertas condiciones?”.
Y se decía: Si nos remontamos a los tiempos antiguos, encontramos que, cuando el hombre habitaba la Tierra en sus encarnaciones de tiempos pasados, sufría en su naturaleza interior, en su cuerpo astral, la influencia de entidades que obraban desde dos lados. En el curso de sus encarnaciones, a través de las épocas de Lemuria y Atlántida, actuaron sobre la naturaleza humana las entidades que denominamos luciféricas, de modo que en el correr de los tiempos el hombre recibió, en su cuerpo astral, las impresiones e influencias de las entidades luciféricas. A partir de la época atlante obraron además sobre el hombre las entidades bajo la dirección de Arimán; así que el hombre sufrió en sus encarnaciones del pasado la influencia de ambas entidades: las luciféricas y las arimánicas. Si ellas no hubieran actuado sobre el hombre, éste no podría haber conquistado el ser libre, ni tampoco el don de discernir entre el Bien y el Mal y de determinar libremente sus actos de voluntad. Desde un punto de vista superior fue por lo tanto benéfico que el hombre haya sufrido estas influencias; pero en otro sentido le hicieron descender de las alturas divino-espirituales a la existencia sensorial, más de lo que hubiera descendido sin ellas. A consecuencia de ello - así se decía el Buda - el hombre lleva ahora en sí mismo ciertas influencias, por herencia del obrar de Lucifer, por un lado, y de Arimán, por el otro. En tiempos pasados, cuando el hombre, en virtud de su clarividencia opaca, aún podía penetrar con su visión en el mundo espiritual, percibía las influencias de Lucifer y Arimán, pudiendo claramente distinguir: aquí hay una influencia de Lucifer y allí otra de Arimán. Al percibir estas influencias perjudiciales en el mundo astral, pudo juzgarlas debidamente y protegerse de ellas. Sabía también como se había producido su contacto con estas entidades. Hubo un tiempo - así se decía el Buda - en que los hombres sabían de dónde provenían aquellas influencias que desde tiempos antiguos llevaban en sí mismos a través de sus encarnaciones. Pero con la pérdida de la antigua clarividencia también se perdió, en el curso de sus encarnaciones, la conciencia de la existencia de estas entidades y de su influencia sobre el alma del hombre; de modo que le envuelve la oscuridad: no es capaz de conocer de donde provienen estas influencias de Lucifer y Arimán, pero las lleva en sí. Lleva en sí mismo algo, cuya naturaleza ignora. Naturalmente, seria ingenuo negar la realidad y el efecto de lo que existe, aun cuando nada se sepa de ello. A través de sus encarnaciones, el hombre sufre las influencias que en él han penetrado. Ellas existen y actúan durante toda la vida, sin que el hombre tenga conciencia de ello. Esto lo decía a sí mismo el gran Buda.
¿Cómo actúan estas influencias en el hombre?.
Aunque el hombre no pueda conocerlas, las siente, nota su presencia, obran en él como una fuerza, que es la expresión de lo que ha sido activo en el curso de sus encarnaciones y hasta en su existencia actual. Estas fuerzas cuya naturaleza el hombre no puede conocer encuentran su expresión en la concupiscencia de la vida exterior, en el deseo de experimentar las impresiones del mundo externo, en la sed y el deseo de vivir. Así actúan en el hombre, desde tiempos antiguos, las influencias luciféricas y arimánicas como la sed y el vivo deseo de existencia. Y esta “sed de existencia” sigue transmitiéndose de una encarnación a otra. Esto lo decía el gran Buda, pero a sus íntimos discípulos explicaba más exactamente de qué se trata.
Sólo podrá comprender como el Buda lo describió y lo que él vivenció, quien haya pasado por cierta preparación antroposófica. Sabemos que cuando el hombre muere, su Yo, su cuerpo astral y su cuerpo etéreo abandonan el cuerpo físico. El hombre experimenta entonces, por un breve tiempo, aquella extensa imagen recordatoria de su vida finalizada, que se presenta ante él cual un inmenso cuadro. Sabemos, también, que después se desprende la parte principal del cuerpo etéreo como un segundo cadáver, y que resta una especie de extracto o esencia del cuerpo etéreo, que el hombre lleva consigo a través de los períodos del kamaloka y del devacán, para volver a traerlo a la próxima existencia. Mientras el hombre atraviesa el período del kamaloka, se imprime en este extracto de su vida todo lo que el hombre ha experimentado en sus acciones, todo lo que obra con relación al karma humano, y por lo cual deberá conseguir la compensación correspondiente. Todo esto se une, en cierto modo, con este extracto del cuerpo etéreo que se transmite de una encarnación a otra. Este extracto del cuerpo etéreo contiene todo lo que el hombre lleva de una encarnación a otra, y él lo trae consigo cuando vuelve a nacer a una nueva existencia. En la literatura oriental se llama Linga sharira, lo que nosotros denominamos “cuerpo etéreo”, de modo que es un extracto de Linga sharira lo que el hombre lleva consigo de una encarnación a otra.
El Buda decía entonces: “Observad al hombre que, al nacer, trae en su Linga sharira lo que en éste ha quedado depositado de las encarnaciones anteriores, y de lo cual el hombre del actual ciclo evolutivo de la humanidad no tiene conciencia, porque todo está cubierto por la oscuridad del no conocer, pero que, no obstante, se manifiesta como la sed de existencia, el “deseo de vivir”. En lo que se llama el “deseo de vivir”, veía el Buda todo lo que proviene de encarnaciones anteriores y que induce al hombre a la pasión de gozar del mundo, no solamente como peregrino por el mundo de los colores, de los sonidos y las demás sensaciones, sino de desear y de codiciarlo. Esto existe en el hombre como una tendencia, una fuerza que proviene de sus encarnaciones anteriores. Los discípulos del Buda lo llaman “Samskara”; y él decía a sus íntimos discípulos: “Lo característico del hombre actual es su desconocimiento de algo importante que en él mismo existe. Debido a este hecho del no conocer se transforma en sed de existencia, en todas las fuerzas latentes que agitan al hombre y que provienen de encarnaciones anteriores, lo que, de otro modo, se presentaría a él como proveniente de las entidades luciféricas y arimánicas, y con lo cual podría relacionarse conscientemente”. Bajo la influencia del gran Buda, esas fuerzas se llamaban “Samskara”. Y de este Samskara se formó lo que el hombre posee como su pensar actual, y lo que hace que en el actual ciclo evolutivo de la humanidad el hombre, sin esforzarse, no es capaz de pensar objetivamente. Obsérvese bien con qué sutil distinción el Buda aclara a sus discípulos la diferencia entre el pensar objetivo que se basa solamente en los hechos, y el pensar influenciado por las fuerzas que se originan en el “Linga sharira”. Pregúntese cada uno en qué medida se va formando su “opinión” sobre las cosas y las acepta porque le agradan, o, en cambio, porque las considera objetivamente. Todo lo que se considera como verdad, no por el pensar objetivo, sino porque uno ha traído las viejas inclinaciones de encarnaciones anteriores, todo esto forma, según el Buda, un “órgano de pensar interior”. Este órgano de pensar es la totalidad de lo que el hombre piensa porque en encarnaciones anteriores había tenido estas o aquellas experiencias que como remanentes han quedado en su Linga sharira. De modo que el Buda veía una especie de órgano de pensar interior formado por el complejo del Samskara en el alma del hombre, y decía: “Es esta sustancia del pensamiento que del hombre actual forma lo que se llama su individualidad del presente” - en el budismo es “nombre y forma” o Kamarupa- Otra escuela filosófica lo llama Ahamkara.
El Buda decía a sus discípulos: “En tiempos antiguos, cuando los hombres poseían aún clarividencia y percibían el mundo detrás de la existencia física, veían en cierto modo todos lo mismo, pues el mundo objetivo es igual para todos. Pero cuando el no conocer se había generalizado en el mundo, como oscuridad, cada uno traía predisposiciones individuales que le distinguían de los demás”. Esto hacia de cada individuo un ser que se puede calificar adecuadamente como que posee “esta o aquella forma del alma”. Cada uno tenia un nombre determinado que lo distinguía de su prójimo, un “Ahamkara”, y lo que de la referida manera se engendra en el interior del hombre por efecto de cuanto se ha traído de sus encarnaciones anteriores, habiendo formado “nombre y forma”, o sea la individualidad, va formando ahora desde su interior Manas y los cinco órganos de los sentidos, los así llamados seis órganos. Nótese bien que el Buda no decía: “El ojo se ha formado solamente desde lo interior”, sino que decía: “En el ojo se ha involucrado algo que había estado en el Linga sharira y que el hombre ha traído de anteriores estados de existencia”. Por eso la visión del ojo no es pura; percibiría el mundo de la existencia exterior de otra manera, si no estuviese compenetrado interiormente de lo que ha quedado de los anteriores estados de existencia. Y por ello el oído no tiene percepción pura, sino enturbiada, modificada por lo que ha quedado de los anteriores estados de existencia; y esto hace que toda percepción sensorial resulte entremezclada con el deseo de ver esto o aquello, de oír esto o aquello, de gustar o de percibir de esta o aquella manera. En todo lo que se presenta al hombre en el actual ciclo evolutivo, se introduce así cuanto de encarnaciones anteriores ha quedado y que se manifiesta como el “deseo”. Si este deseo que proviene de las encarnaciones anteriores, no se entremezclara en tal sentido - decía el Buda - el hombre percibiría el mundo cual un ser divino, dejaría obrar el mundo sobre sí mismo, sin exigir más y sin desear más de cuanto le es dado. Con su saber y conocer no pasaría de lo que le deparan las potencias divinas; no haría distinción alguna entre sí y el mundo exterior, y se sentiría como parte de éste. Pues sólo por el hecho de que el hombre quiere más y cosas distintas de lo que el mundo espontáneamente le ofrece para su satisfacción, se siente como un ser separado del resto del mundo, y debido a ello surge en su alma la conciencia de que él es algo distinto del mundo. Si se contentara con lo que el mundo le ofrece, no haría distinción entre si y el mundo, sino que tendría la sensación de que su propia existencia encuentra su continuación en el mundo externo. Jamás experimentaría lo que se llama contacto con el mundo externo; pues como no estaría separado del mundo, tampoco podría tener contacto con él. Por haberse formado los “seis órganos”, se suscitó paulatinamente el “contacto con el mundo externo” y sólo a través de éste, lo que en la vida del hombre se llama la sensación; y debido a ella el “afecto al mundo externo”; mas debido a que el hombre está buscando el afecto al mundo externo, se suscita el dolor, la pena, la preocupación y la pesadumbre.
Esto lo decía el Buda a sus discípulos con referencia a la “interioridad del hombre”, una interioridad que es la causa del dolor y la pena, de la pesadumbre y la preocupación en el mundo humano. Fue una teoría de elevado y fino espíritu, pero una teoría cuya fuente era la vida misma, puesto que un “iluminado” la había concebido como profundísima verdad acerca de la humanidad actual. Al Bodisatva que por muchos milenios había guiado a la humanidad de acuerdo con la doctrina de la piedad y del amor, se le habían revelado ahora, después de haberse elevado al grado de Buda, las causas de la verdadera naturaleza del dolor en la humanidad actual. Así pudo comprender por qué los hombres sufren y de esta manera lo explicó a sus discípulos. Y cuando había llegado a sentir la esencia de la vida humana del actual ciclo evolutivo de la humanidad, lo sintetizó todo en aquel célebre sermón con que inició su actividad como Buda: el Sermón de Benarés. Con él enseñó de un modo popular, lo que antes había transmitido a sus discípulos de una manera más íntima: “El que conoce las causas de la existencia humana, sabe que la vida tal cual es, debe contener sufrimiento y dolor. La primera enseñanza que os debo dar, es la doctrina del sufrimiento”. La segunda es la de las causas del sufrimiento. ¿En qué consisten estas causas?. Residen en el hecho de que en el hombre se introduce el deseo, la sed de existencia, debido a lo que en él ha quedado de sus encarnaciones anteriores. La “sed de existencia” es la causa del sufrimiento. La tercera doctrina es ésta: ¿Cómo se puede eliminar del mundo el sufrimiento?. Se entiende que para eliminarlo habrá que extirpar la “causa”, es decir procurar apagar la sed de existencia que proviene del no conocer. Pues los hombres han pasado del conocimiento clarividente de antes, al no conocer, y éste les oculta el mundo espiritual. El no conocer es la causa de la sed de existencia, y ésta, a su vez, es la causa del sufrimiento y del dolor, de la preocupación y la pesadumbre. Y para que todo esto desaparezca del mundo, es preciso que desaparezca la sed de existencia. El antiguo conocimiento se ha desvanecido, pues los hombres ya no pueden servirse de los órganos del cuerpo etéreo. Pero un nuevo conocimiento es posible para el hombre, o sea del que el hombre se apropia, si se sumerge enteramente en lo que su cuerpo astral le puede dar en virtud de sus fuerzas más profundas, apoyándose en lo que los órganos exteriores de los sentidos le permiten observar en el mundo físico externo. Pero lo que por esta observación se suscita en las más profundas fuerzas del cuerpo astral, o sea, lo que se desenvuelve por medio del uso del cuerpo físico, pero no por efecto de este uso, esto es lo único que al principio puede ayudar al hombre y darle un conocimiento; aquel conocimiento que al principio le es dado. En este sentido habló el Buda en su gran peroración inicial.
Con ello quiso decir: “Debo trasmitir a la humanidad aquel conocimiento que le es asequible mediante el máximo desarrollo de las fuerzas del cuerpo astral”. Y por eso el Buda debió enseñar lo que el hombre puede adquirir mediante la poderosa profundización y el sumergimiento en las fuerzas del cuerpo astral. De tal manera, el hombre adquiere un conocimiento que ahora le corresponde y que le es asequible, pero que nada tiene que ver con las influencias de encarnaciones anteriores. El Buda quiso dar a los hombres un conocimiento que en nada se relaciona con lo que oscuramente, merced al no conocer, dormita en el alma humana como Samskara, sino que es un conocimiento que el hombre adquiere, si en una encarnación evoca todas las fuerzas del cuerpo astral. El Buda decía: “La causa del sufrimiento en el mundo proviene del hecho de que de las encarnaciones anteriores subsiste algo de que el hombre nada sabe. Lo que él retiene de sus encarnaciones anteriores es la causa de su no conocer nada del mundo, y esto es la causa del sufrimiento y del dolor, de la pesadumbre y la preocupación. Pero si él llega a ser consciente de las fuerzas que se hallan en su cuerpo astral y que él puede emplear, entonces puede, si él quiere, adquirir un conocimiento independiente de todo lo anterior, un conocimiento suyo propio”.
Esto es el conocimiento que el Buda quiso dar a los hombres por medio del “Sendero de ocho etapas”, en que se indican las fuerzas que el hombre debe desarrollar a fin de adquirir en el actual ciclo evolutivo de la humanidad un conocimiento no influenciado por las reencarnaciones sucesivas. Por la fuerza que el Buda mismo había alcanzado, él elevó su alma a lo que es posible adquirir por las fuerzas supremas del cuerpo astral; y en el “Sendero de ocho etapas” quiso señalar a la humanidad el camino que conduce al conocimiento no influido por Samskara. Lo definió de la siguiente manera: El hombre llega a obtener semejante conocimiento del mundo, si con relación a cada cosa se forma un correcto concepto, que nada tenga que ver con simpatía o antipatía o, quizá, porque sea de su agrado, sino esforzándose en obtener el concepto correcto de cada cosa, puramente según los fenómenos que se le presentan en su aspecto exterior. Esto es lo primero: formarse el “concepto correcto” de una cosa. En segundo lugar es preciso volverse independiente de cuanto ha quedado de las encarnaciones anteriores y esforzarse en juzgar también de acuerdo con nuestro concepto correcto; no por cualesquiera otras influencias, sino únicamente de acuerdo con el concepto correcto que nos hayamos formado al respecto. El segundo factor consiste, pues, en el “juzgar correcto”. En tercer lugar se trata de que, cuando nos dirigimos al mundo, hemos de esforzarnos en expresar también correctamente lo que queremos comunicar, de acuerdo con nuestro concepto correcto y juicio correcto; esto requiere que a nuestras palabras no agreguemos nada, aparte de aquello que realmente es nuestra opinión; y no solamente a nuestras palabras, sino a todo lo que sea expresión de nuestro ser. En el sentido de Buda, esto es la “palabra correcta”. En cuarto lugar es preciso esforzarnos en no actuar según nuestras simpatías y antipatías, ni tampoco según aquello que sombríamente nos agita como Samskara, sino en tratar que se convierta en acción lo que hayamos captado como el concepto correcto, el juicio correcto y la palabra correcta. Esto es, por consiguiente, la acción correcta, el “modo correcto de actuar”. La quinta capacidad que el hombre necesita para liberarse de lo que vive en él, es adquirir la correcta posición, la situación correcta en el mundo. Veremos claramente a que se refería el Buda, si nos decimos: hay tantas gentes que no están contentas con su quehacer en el mundo y que piensan que en esta o aquella posición podrían desenvolverse mejor. Pero el hombre debiera hacer lo posible a fin de alcanzar lo mejor que pueda dentro de la situación en que ha nacido o en que el destino le ha colocado, quiere decir, situarse en la mejor “posición”. Quien no se sienta conforme con la situación en que se encuentra, tampoco podrá ganar de ella la fuerza que le pueda conducir al correcto actuar en el mundo. A esto el Buda lo llama conquistar la “posición correcta”. El sexto paso consiste en que hagamos todo lo posible para que lo ya alcanzado, o sea, el concepto correcto, el correcto juzgar, etc., se transforme en nuestra actitud habitual. En la infancia tenemos esta o aquella inclinación o hábito. Pero el hombre debe esforzarse en no conservar los hábitos que provienen del Samskara, sino en adquirir los hábitos en que se convierten gradualmente el correcto concepto, el correcto juzgar, la correcta palabra, etc. Estos son los “correctos hábitos” que debemos adquirir. En séptimo lugar debiéramos poner orden en nuestra vida de tal manera que en nuestro actuar de hoy jamás nos olvidemos de lo realizado ayer. No alcanzaríamos nada en la vida, si cada vez tuviésemos que volver a aprender nuestras habilidades. El hombre debiera tratar de formarse pensamientos y memoria de todo lo relativo a su existencia y, constantemente debiera aprovechar lo ya aprendido, enlazando el presente con el pasado. Esta es la “memoria correcta” - sentido budista - del que el hombre debe apropiarse en el sendero de ocho etapas. La octava facultad consiste en que el hombre, sin predilección por esta o aquella opinión, sin dejarse guiar por lo que le ha quedado de encarnaciones anteriores, logre entregarse puramente a las cosas, las contemple y las deje hablar a si mismo, con exclusión de todo lo demás. Esta es la “contemplación correcta”.
He aquí el “Sendero de ocho etapas” del cual el Buda decía a sus discípulos que su observancia conduciría, paso a paso, a apagar la sed de existencia que es la causa del sufrimiento, y a dar al alma lo que la libera de todo aquello que proviene de las vidas pasadas y que la reduce a la esclavitud. Con ello también pudimos acoger algo del verdadero espíritu y del origen del budismo, pero también sabemos lo que significa que el antiguo Bodisatva se haya convertido en Buda. Sabemos que el antiguo Bodisatva siempre había dado a la humanidad todo lo relacionado con su misión. En los tiempos antiguos, antes que el Buda entrase en el mundo, la humanidad no fue capaz, de modo alguno, de emplear las fuerzas interiores para suscitar espontáneamente la correcta palabra, el correcto juicio, etc. Para tal fin, influencias de los mundos espirituales debieron obrar sobre el hombre. El antiguo Bodisatva las hacia descender. Y por ello fue un acontecimiento único en su género, cuando el Bodisatva llegó a ser Buda para enseñar lo que en tiempos pasados había hecho fluir en la humanidad. Esto quiere decir que finalmente pudo encarnarse en un cuerpo capaz de desarrollar en si mismo las fuerzas que antes sólo descendían de lo alto. Fue un primer cuerpo de este género, con el cual se hizo presente en el mundo todo aquello que el Buda anteriormente había hecho descender. Pero tal hecho tiene una enorme importancia, de gran alcance para toda la evolución terrestre, cuando lo que de época en época fluía desde lo alto a la Tierra, haya vivido una vez sobre ella, personificado en una individualidad. Desde entonces constituye una fuerza que puede transmitirse a todos los hombres. Y en el cuerpo del Gautama Buda tenemos las causas por las que los hombres pueden desarrollar en sí mismos las fuerzas del Sendero de ocho etapas, en todos los tiempos y hasta el lejano porvenir; de modo que el Sendero de ocho etapas puede convertirse en patrimonio de todo hombre. El hecho de que el Buda haya vivido sobre la Tierra, dio a los hombres la posibilidad del correcto pensar, y todo lo que en este sentido sucederá hasta que toda la humanidad haya adquirido las fuerzas del sendero de ocho etapas, lo tendrá que agradecer a la existencia del Buda. Todo lo que el Buda tenía en sí, lo donó al hombre como alimento espiritual.
Semejantes verdades de la evolución humana aún no forman parte de la ciencia exterior. Sin embargo, frecuentemente las encontramos en los más simples cuentos y leyendas. Muchas veces he destacado que en cuentos y leyendas puede haber más sabiduría y más ciencia que en nuestra ciencia objetiva. En lo profundo, el alma humana siempre ha sentido lo importante de la verdad que hay en una entidad como el Bodisatva en cuanto al hecho de que primero fluye algo desde lo alto que más tarde se convierte gradualmente en idoneidad del alma humana y que después resplandece del alma humana hacia el espacio cósmico. Los hombres que lo sintieron hasta cierto grado, lo formularon así: “Así como los rayos del sol irradian al espacio celeste, así también la fuerza del Bodisatva, en tiempos pasados, irradiaba hacia la Tierra las fuerzas de la doctrina de la piedad y del amor, que son las fuerzas del sendero de ocho etapas; pero más tarde el Bodisatva vino a habitar un cuerpo humano y donó a los hombres lo que antes había sido lo suyo propio. Esto vive ahora en la humanidad e irradia hacia el espacio cósmico del mismo modo que la luz de la luna refleja en el espacio cósmico los rayos del sol”. A esto siempre se ha dado mucha importancia en los lugares en que semejante verdad se expresaba por medio de cuentos y leyendas, y para expresar esta verdad referente al Buda, se ha creado una memorable leyenda en las regiones donde él ha actuado. A este gran acontecimiento se ha dado expresión mediante el sencillo relato siguiente.
Una vez el Buda vivió como liebre, y esto sucedió en un tiempo en que los más diversos seres vivientes estaban buscando alimento, sin encontrarlo, pues todo se había agotado. Los vegetales que para la liebre servían de alimento apropiado, no servían, en cambio, a los seres carnívoros. Entonces la liebre, que en realidad era el Buda, viendo venir a un Brahmán, decidió sacrificarse y ofrecerse como alimento. En el mismo instante vino el Dios Sakra y vio la abnegada disposición al sacrificio de la liebre. Súbitamente se abrió entonces una hendidura en la roca y recogió a la liebre. Acto seguido, el Dios tomó una tintura y dibujó en la luna la imagen de esta liebre. Desde aquel tiempo se ve en la luna la imagen del Buda como liebre. En Occidente no se habla de la liebre sino del “hombre en la luna”, lo que se debe al aspecto distinto que el disco lunar ofrece allí en el hemisferio septentrional.
Más comprensible aún lo expresa un cuento calmuco: “En la luna vive una liebre desde que en tiempos pasados el Buda se ofreció en sacrificio y el Espíritu de la Tierra mismo dibujó en la luna la imagen de la liebre”. Esto es la expresión de la gran verdad de que el Bodisatva llegó a ser el Buda y que el Buda mismo se ofreció en sacrificio para dar a la humanidad, como nutrición, lo que era el contenido de todo su ser, para que ahora, el corazón de los hombres pueda irradiar en el mundo.
De una entidad como el Bodisatva que se ha hecho Buda, hemos dicho (y esto coincide con las enseñanzas de los iniciados): el hecho de que tal entidad del grado de Bodisatva se haya elevado al Buda, significa que se trata de su última encarnación en la Tierra, encarnación en que todo su ser se manifiesta en un cuerpo humano, y semejante entidad ya no vuelve a pasar por otra encarnación de tal índole. Por esta razón, cuando el Buda sintió lo que era el significado de aquella existencia, pudo decir: “Esta es la última de mis encarnaciones; no habrá otra más sobre la Tierra”. A pesar de ello, sería un error creer que semejante entidad se retirara entonces de toda existencia terrena; por el contrario, sigue obrando sobre esta vida; no penetra, por cierto, directamente en un cuerpo físico, sino que adopta un cuerpo de otra índole - sea que esté formado de naturaleza astral, o bien etérea - y actúa así en el mundo. La manera cómo obra después de haber cumplido su última encarnación, será como sigue.
Puede suceder que a un hombre; constituido por cuerpo físico, cuerpo etéreo, cuerpo astral y el yo, lo compenetre, por decirlo así, semejante entidad. Ella, que no volverá a vivir en un cuerpo físico, pero que aún posee un cuerpo astral, puede penetrar en el cuerpo astral de otro hombre. Obra entonces en tal hombre físico, y éste puede llegar a ser una importante personalidad, desde que en él actúan entonces las fuerzas de una entidad que ya ha pasado por su última encarnación sobre la Tierra. De esta manera, semejante entidad astral se une con la naturaleza astral de un hombre sobre la Tierra. Una conjunción de esta índole puede tener lugar de la manera más complicada. Cuando el Buda apareció a los pastores en la imagen de los “ejércitos celestiales”, no se les apareció en un cuerpo físico sino en un cuerpo astral. Se había revestido de un cuerpo mediante el cual le fue posible obrar sobre la Tierra, desde las alturas. En semejante entidad que se ha hecho Buda, se hace pues distinción entre tres cuerpos:
1. El cuerpo que esta entidad posee, antes de ser el Buda, cuando como Bodisatva obra desde las alturas; este cuerpo no contiene todos los requisitos para poder obrar; se halla aún en las alturas y está vinculado con su misión anterior, como lo fue el Bodisatva en el Buda, antes de transformar su misión en la del Buda. Mientras semejante entidad se halle en tal cuerpo, éste se llama Darmakaya.
2. El cuerpo que tal entidad se forma y mediante el cual pone en evidencia, en su cuerpo físico, todo lo que ella reúne en su ser: este cuerpo se llama el “cuerpo de la perfección” o Samboyakaya.
3. El cuerpo con que tal entidad se reviste después de haber pasado por la perfección y que le permite obrar desde las alturas de la manera señalada; este cuerpo se llama Nirmanakaya.
Resulta pues que podemos decir: el “Nirmanakaya” del Buda apareció a los pastores en forma de la multitud de los ángeles. El Buda resplandeció en su Nirmanakaya, y de esta manera se manifestó a los pastores. Pero debió continuar el camino a fin de actuar dentro de los acontecimientos palestinenses en aquel importante momento. Esto se realizó de la siguiente manera.
Para comprenderlo, hemos de recordar brevemente lo que en otras conferencias hemos dicho acerca de la naturaleza del ser humano. Sabemos que en la ciencia espiritual se hace distinción entre varios “nacimientos”. Cuando tiene lugar el “nacimiento físico”, el hombre se quita, en cierto modo, la envoltura física materna; a los siete años de edad se desprende de la envoltura etérea que hasta entonces, es decir hasta la segunda dentición, lo había envuelto, igual que la envoltura física materna lo había envuelto hasta el nacimiento físico; y al llegar a la pubertad (en nuestros tiempos a los 14, 15 años) el hombre se desprende de lo que hasta entonces tenia como una envoltura astral. Por lo tanto, el cuerpo etéreo del hombre recién a los siete años nace en realidad como cuerpo libre hacia lo externo, y su cuerpo astral nace con la pubertad, cuando se separa la envoltura astral exterior. Tengamos ahora presente qué es lo que el hombre se quita a la edad de la madurez sexual, evento que en la región en que tuvo lugar el acontecimiento palestinense solía producirse normalmente a los doce años; ésta fue entonces la edad de quitarse la envoltura astral materna. Comúnmente, esta envoltura se separa y se la abandona al mundo astral exterior. Pero en el caso del niño que descendía de la línea sacerdotal de la estirpe de David, ocurrió algo distinto. A los doce años se desligó la envoltura astral, pero no se disolvió en el mundo astral universal, sino que tal como fue, como envoltura astral protectora del adolescente, con todas sus fuerzas vivificadoras que entre la segunda dentición y la pubertad habían penetrado en ella, confluyó entonces con el Nirmanakaya del Buda que había descendido desde las alturas. Lo que apareció como el resplandor de la multitud de los ángeles, se unió con lo que se desligó como envoltura astral del niño Jesús de doce años, uniéndose así con todas las fuerzas juveniles, que al hombre lo mantienen joven en el período entre la segunda dentición y la pubertad. El Nirmanakaya del Buda que desde el nacimiento había irradiado sobre el niño Jesús, se unificó con lo que en la pubertad se desligó de este niño como su juvenil envoltura materna astral; esto lo acogió el Nirmanakaya, uniéndose y rejuveneciéndose con ello. Gracias a este rejuvenecimiento, fue posible que lo que antes el Nirmanakaya había dado al mundo, pudiera entonces reaparecer en el niño Jesús con todo el candor de la niñez. Con ello, este niño adquirió la posibilidad de hablar con sencillez infantil sobre la sublime enseñanza de la piedad y del amor, la que en forma tan complicada hemos expuesto en esta conferencia. En la escena de la presentación de Jesús en el Templo, este niño habló de un modo que asombró a los que estaban presentes, porque le iluminaba el Nirmanakaya del Buda, rejuvenecido por la fuerza de la envoltura astral materna del adolescente.
Esto es algo que el investigador espiritual puede saber y que el autor del Evangelio de Lucas misteriosamente ha descrito en la singular escena del Jesús de doce años en el Templo, donde de improviso se volvió otro. Esta es la razón por la que en este Evangelio se enseña el budismo de un modo comprensible hasta para la sencillez de un niño. Hemos de comprenderlo para llegar a saber por qué el Buda a través del adolescente no habla más como había hablado antes. Tal como él había hablado antes, habla en nuestros tiempos el rey tibetano Kanisha que en un sínodo en la India hace predicar el antiguo budismo como doctrina ortodoxa. Pero, entretanto, el Buda ha progresado, pues ha acogido en sí mismo las fuerzas de la envoltura astral materna del niño Jesús, por lo cual se ha hecho capaz de hablar de una manera nueva al ánimo del hombre.
Por esto el Evangelio de Lucas contiene el budismo en una forma rejuvenecida y debido a ello transmite la religión de la piedad y del amor de un modo fácilmente comprensible para el ánimo más sencillo. Pero contiene algo más. En esta conferencia, sólo pudimos exponer una parte de lo que contiene la escena de la presentación en el Templo; hemos de dilucidar aún más los fundamentos de este misterio, y así se proyectará luz sobre los períodos anteriores como asimismo posteriores de la vida de Jesús de Nazareth.
Traducción Juñio Luelmo sept. 2018

GA114 Basilea 16 de sept. de 1909 - evangelio de S. Lucas 2ª conferencia

RUDOLF STEINER
LA CRÓNICA DEL AKASHA
Y LA MISIÓN DE LOS BODISATVAS Y DEL BUDA

Basilea 16 de sept. de 1909

segunda conferencia

A través de los tiempos de la evolución del cristianismo, el Evangelio de Juan siempre ha sido el documento que ha producido la más profunda impresión en todos aquellos que quisieron ahondarse íntimamente en las corrientes crísticas del mundo, por lo cual fue también el libro de todos los místicos crísticos con el afán de imitar en su propia vida lo que el Evangelio de Juan expone como la personalidad y la esencia del Cristo Jesús. Algo distinta ha sido la actitud de la humanidad cristiana frente al Evangelio de Lucas, en el curso de los siglos, lo que concuerda, desde otro punto de vista, con lo indicado en la conferencia anterior sobre la diferencia entre los Evangelios de Juan y de Lucas. Así como el Evangelio de Juan, en cierto sentido fue el libro de los místicos, el de Lucas siempre fue una fuente de edificación para todos aquellos que desde la sencillez del corazón supieron elevarse a las esferas del sentir cristiano. El Evangelio de Lucas acompaña el correr de los tiempos como libro devocional. Siempre ha sido fuente de consuelo interior para todos los hombres oprimidos por el dolor. Pues este Evangelio habla mucho del gran consolador y benefactor de la humanidad, del Salvador de los afligidos y oprimidos. Siempre ha sido un libro al que particularmente acudieron los que quisieron compenetrarse del amor cristiano, porque en este Evangelio, más que en otros documentos crísticos, se describe el poder y la profundidad del amor. Todos aquellos que de algún modo son conscientes - y en el fondo se puede decir esto de todos los hombres - de haber agraviado el propio corazón, por cualquier falta, siempre han encontrado, en este Evangelio, edificación y consuelo para el alma oprimida, al decirse que el Cristo no vino sólo para los justos, sino también para los pecadores, pues ha comido en la misma mesa con pecadores y publicanos. Si para experimentar lo profundo del Evangelio de Juan se requiere una elevada preparación, se puede decir, en cambio, que no hubo alma tan baja, humilde e inmadura, que no sintiese plenamente todo el calor que emana del Evangelio de Lucas, y por ello fue siempre un libro edificante, aun para el ánimo más simple. Todo lo que en el alma humana conserva su carácter infantil, desde la niñez hasta la ancianidad, se sintió siempre atraído por este Evangelio. Sobre todo lo que en el arte ha servido para la representación gráfica de las verdades del cristianismo, y lo que en el arte y en la pintura siempre ha hablado más profundamente al corazón humano, lo encontramos principalmente en el Evangelio de Lucas, y de él fluye en el arte, aunque también se ha tomado mucho de los demás Evangelios. Todos los profundos vínculos entre el Cristo Jesús y Juan Bautista, que encontraron su expresión en tantas obras de arte, tienen su origen en este libro de eterno valor. Quien desde este punto de vista se compenetre de su contenido, verificará que desde el comienzo al fin es la expresión del principio del amor, de la piedad y de la ingenuidad y, hasta cierto grado, de la inocencia infantil. Esta inocencia encuentra, por cierto, su más cálida expresión, justamente en la narración del nacimiento de Jesús de Nazareth que nos da el autor del Evangelio de Lucas. A medida que vayamos penetrando en este singular documento, lo comprenderemos cada vez mejor.
No es posible dar la verdad, en todo su alcance, con una sola exposición; y hoy será necesario señalar un aspecto de las verdades del cristianismo que podría parecer contradictorio a lo expuesto en otras conferencias. Al exponer las distintas corrientes de la verdad, se podrá mostrar que todas guardan entre sí la más perfecta armonía y concordancia, incluso lo expuesto sobre el Evangelio de Juan. Hoy me incumbe contemplar una parte más bien desconocida de las verdades del cristianismo.
Un maravilloso pasaje del Evangelio de Lucas nos indica que, a los pastores en el campo, se les hace visible el Ángel del Señor que les anuncia que ha nacido el “Salvador del Mundo”. Luego se dice que después de la anunciación acompañó al ángel una “multitud de los ejércitos celestiales”. De modo que debemos representarnos toda esta imagen: que los pastores alzan la vista y aparece ante ellos “el cielo abierto”, y las entidades del mundo espiritual se asoman ante ellos en una grandiosa imagen.
¿Qué es lo que se anuncia a los pastores?.
Se les anuncia con monumentales palabras, que siempre fueron repetidas en el curso de toda la evolución de la humanidad, y que se convirtieron en las palabras navideñas de la evolución cristiana. En el oído de los pastores resonaron las palabras que en su correcta versión dicen aproximadamente así: “Se manifiestan las entidades divinas de las Alturas para que la paz reine sobre la Tierra entre los hombres compenetrados de buena voluntad”. La palabra “gloria” usada generalmente se debe a una traducción errónea. La traducción correcta es la que acabo de dar. Debiera destacarse expresamente el contraste de que los pastores perciben la manifestación de las entidades espirituales de las Alturas y que esto ocurre en aquel preciso momento, para que la paz penetre en los corazones humanos que estén compenetrados de buena voluntad. Veremos que en estas palabras correctamente comprendidas reside, bien mirado, muchísimo de los misterios del cristianismo. Pero hemos de recurrir a ciertas consideraciones con el fin de arrojar luz sobre estas palabras paradigmáticas. Ante todo debemos tratar de considerar lo que el sentido clarividente del hombre percibe en la Crónica del Akasha. Se trata ante todo de dirigir la mirada del ojo espiritual hacia la época en que el Cristo Jesús apareció para la humanidad y preguntarnos: ¿Cómo se presenta lo que entonces entró espiritualmente en la evolución terrestre, si lo estudiamos en todo el devenir histórico y si preguntamos: De dónde ha venido?.
En aquel momento entró algo en la evolución de la humanidad que fue como una confluencia de corrientes espirituales desde las más diversas direcciones. Todo lo que había surgido en el curso de los tiempos, como las más diversas concepciones del mundo, en las distintas regiones de la Tierra, confluyó entonces en el territorio de Palestina y de algún modo encontró su expresión en aquellos acontecimientos palestinenses. Nos podemos preguntar: ¿Cuál es el origen de estas corrientes que confluyen, como en su centro, en los acontecimientos palestinos?.
En la conferencia anterior ya se ha dicho que en el Evangelio de Lucas se da lo que llamamos el “conocimiento imaginativo” que se adquiere en forma de panoramas o imágenes. Es también una imagen cuando se nos dice que para los pastores aparece en lo alto la manifestación de las entidades espirituales de la Altura; primero la imagen de un solo ser espiritual, un ángel, después la imagen de una multitud de ángeles. Debemos preguntar: El hombre clarividente y al mismo tiempo iniciado en los misterios de la existencia, ¿Como considera esta imagen, que él puede reproducir en todo momento en que dirige la mirada retrospectiva a la Crónica del Akasha?. ¿Qué es lo que se presentó a los pastores y qué hubo en esa multitud de ángeles y de dónde había venido?.
En esta imagen se manifestó una de las grandes corrientes espirituales de la evolución de la humanidad que paso a paso había progresado, cada vez más, de modo que en los tiempos de los acontecimientos palestinos resplandeció sobre la Tierra desde las Alturas espirituales. Si desciframos lo que nos dice la Crónica del Akasha, y si partimos de la visión de los pastores de esta “multitud de ángeles”, hemos de remontarnos a una de las más grandes corrientes espirituales de la evolución de la humanidad, la que, por última vez, varios siglos antes del advenimiento del Cristo Jesús en la Tierra, se había manifestado como “budismo”. El que, partiendo de la revelación dada a los pastores, se remonta a los tiempos pasados de la humanidad, guiado por la Crónica del Akasha, es conducido - si bien podría parecer extraño - a lo que fue la “iluminación” del gran Buda. En la revelación dada a los pastores reapareció lo que allá en la India había resplandecido como la religión de la piedad y del amor, una concepción del mundo que entonces había conmovido el espíritu y el corazón de los hombres y que aún en nuestros tiempos es alimento espiritual para gran parte de la humanidad. Fue una de las corrientes que debieron volcarse en la revelación palestina. Para comprenderlo bien, desde el punto de vista de la investigación de la ciencia espiritual, debemos echar una mirada a lo que el Buda fue para la humanidad y los efectos de la revelación del Buda en el curso de la evolución. Se trata de lo siguiente:
Cuando el Buda compareció en el lejano Oriente, cinco a seis siglos antes de nuestra era, reapareció en él una individualidad que anteriormente se había reencarnado muchísimas veces y que a través de sus múltiples vidas terrenales se había elevado a un alto grado de evolución humana. El Buda pudo llegar a ser lo que fue, solo porque en sus encarnaciones anteriores ya había alcanzado un altísimo grado de evolución, en toda la extensión de la palabra. Con un término oriental se llama “Bodisatva” el grado de evolución de una entidad cósmica que el Buda había alcanzado. (En varios ciclos de conferencias anteriores he hablado sobre la naturaleza de los Bodisatva: “Jerarquías Espirituales y su reflejo en el mundo físico”, Düsseldorf, 1909; “El Oriente a la luz del Occidente”, Munich, 1909.) Ahora hablaré sobre la naturaleza de los Bodisatvas bajo otro aspecto, y paso a paso se podrá verificar la concordancia de las distintas verdades.
Para llegar a ser “Buda”, primero se debe haber sido “Bodisatva”, que es el grado anterior al del Buda en el desarrollo individual. Examinemos ahora la naturaleza del Bodisatva desde el punto de vista de la evolución de la humanidad, lo que sólo es posible por medio de la ciencia espiritual.
Las capacidades y las facultades que los hombres poseen en una determinada época, no las tuvieron siempre. Sólo un pensar de miras estrechas que no es capaz de juzgar el curso de la evolución, puede creer que ya en tiempos remotos existieron las mismas facultades que los hombres poseen ahora. Las facultades humanas, lo que los hombres pueden realizar y saber, cambian de época en época. En nuestros tiempos, estas facultades alcanzan tal grado de desarrollo que el hombre - digamos - mediante su propio intelecto puede conocer esto o aquello, y decir con razón: “Comprendo que esto o aquello es verdad, la comprendo por medio de mi intelecto y de mi razón, puedo discernir entre lo moral y lo inmoral, entre lo que, en cierto sentido, es lógico o ilógico”. Pero seria un error creer que estas facultades del discernimiento fueron siempre inherentes a la naturaleza humana. Por el contrario, se han formado y desarrollado en el curso de los tiempos. Como el niño aprende de sus padres o de sus maestros, así el hombre ha tenido que aprender lo que hoy es capaz de hacer, mediante sus propias facultades, de entidades, las cuales, si bien vivieron encarnadas entre los hombres, pudieron comunicarse en los Misterios con entidades divino-espirituales superiores a ellas mismas, debido a sus propias facultades espirituales superiores. En el curso de la evolución, siempre hubo tales individualidades superiores, incorporadas en cuerpos físicos, con la capacidad de comunicarse con entidades espirituales más excelsas. Por ejemplo, antes que los hombres hubieran adquirido el don del pensamiento lógico, que hoy les permite usar su propia lógica, dependían de maestros mediadores que tampoco poseían la facultad de pensar lógico que se desarrolla en el cuerpo físico, pero que, no obstante, supieron pensar lógicamente debido al contacto que ellos tuvieron en los Misterios con entidades divino-espirituales que moran en regiones superiores.
Antes de que el hombre sobre la Tierra, por su propia naturaleza, fuese capaz de pensar lógicamente o de encontrar lo que exige la ética, hubo tales maestros que le enseñaron la lógica y la ética por la revelación que ellos recibieron de los mundos superiores. Fue precisamente una categoría de semejantes seres mediadores que llevan el nombre de “Bodisatva”. Ellos son, por lo tanto, entidades incorporadas en un cuerpo físico humano que con sus facultades se elevan hasta el comunicarse con las entidades divinoespirituales.
Antes de elevarse al grado de “Buda”, él fue, precisamente, un “Bodisatva”, vale decir una individualidad que en los Misterios pudo mantener comunicación con las entidades divino-espirituales. Una entidad como lo es el Bodisatva ha recibido en el mundo superior, en tiempos antiguos de la evolución, una determinada misión, y después permanece unida a ella.
Hablando entonces del Buda, hemos de decir que como Bodisatva había tenido una determinada misión que él había recibido en etapas de evolución anteriores a las épocas de Atlántida y de Lemuria y a que siempre se mantuvo unido. En el curso de los tiempos debió obrar de época en época y en cada una agregar a la evolución terrestre lo que ésta pudiera asimilar en virtud de su respectiva naturaleza. Para cada una de estas entidades que son los Bodisatvas llega, por lo tanto, un momento en que con respecto a su misión alcanza un determinado punto en que todo aquello que él “desde lo alto” ha podido verter en la humanidad, ha llegado a transformarse en su propia facultad humana. Pues lo que hoy es facultad humana, había sido antes facultad de entidades divino- espirituales, y desde las alturas espirituales, los Bodisatvas lo bajaron y lo dieron a los hombres. De modo que tal misionero espiritual llega a un punto en que puede decirse: “He cumplido mi misión; a la humanidad fue dado todo aquello para lo cual ha sido preparada a través de muchísimas etapas”. Es el punto en que el Bodisatva puede ser “Buda”. Y esto significa que ya no tendrá necesidad de volver a encarnarse en un cuerpo físico humano como tal entidad y con tal misión como acabo de caracterizarlo. Ha venido a encarnarse por última vez en el cuerpo físico-humano, y de ese momento en adelante ya no precisa encarnarse como semejante misionero. Para cumplir esa misión fue conducido a la Tierra de época en época, pero con su iluminación a Buda había llegado a su última encarnación. Se incorporó entonces en un cuerpo humano que había desarrollado al máximo las facultades que antes debieron enseñarse desde lo alto para transformarse paso a paso en propias facultades del hombre. Cuando el Bodisatva se ha desarrollado a tal grado que pueda dar a un cuerpo humano la perfección para que en éste puedan formarse las facultades que corresponden a las cualidades que se relacionan con la misión del Bodisatva, entonces cesa para él la necesidad de reencarnarse. Permanecerá en las regiones espirituales obrando desde ellas para promover y guiar el quehacer terrestre de los hombres. Los hombres tienen entonces la misión de seguir desarrollando lo que antes habían recibido desde las alturas celestes y deben decirse: “Ahora debemos desarrollarnos de manera tal que llegaremos a desenvolver las facultades que por primera vez fueron alcanzadas plenamente en aquella encarnación en que el Bodisatva las transformara en lo que fue el Buda”. Ser Buda significa representar en un hombre individual lo que el Bodisatva es capaz de representar; es decir, mostrar como tal entidad, después de haber obrado como Bodisatva de época en época, se presenta como ser humano individual en que se ha centralizado todo lo que antes fluía de las alturas celestes. Si el Bodisatva se hubiera retirado antes de su misión, los hombres no hubieran sido beneficiados de recibir estas facultades desde las alturas. Pero el hecho de haberlas reunido en un ser humano individual sobre la Tierra, se convirtió a la vez en germen para que en el porvenir los hombres pudiesen desarrollarlas en si mismos. La individualidad que en el curso de su evolución de Bodisatva jamás se incorporó totalmente en un cuerpo humano, sino que emergía hasta las alturas celestes, se aúna una vez íntegramente con un ser humano, de modo que es aprehendida enteramente por esta encarnación. Pero después de ello vuelve a retirarse. Porque con esta encarnación como Buda se ha dado a la humanidad cierta cantidad de revelaciones que debieron obrar en la ulterior evolución de la humanidad, y la entidad que fue Bodisatva y se convirtió en Buda, ha podido retirarse de la Tierra y elevarse a las alturas espirituales, a fin permanecer allí y dirigir el quehacer de la humanidad, desde regiones en que sólo es posible verla mediante ciertas facultades clarividentes.
¿Cuál fue la misión de aquella maravillosa, grande y poderosa individualidad a que comúnmente se le llama el “Buda”?.
Para comprenderlo, en el sentido del genuino esoterismo, hemos de considerar lo siguiente: la facultad cognoscitiva de la humanidad se ha desarrollado gradualmente. Frecuentemente hemos llamado la atención sobre el hecho de que en la época atlante, gran parte de la humanidad fue capaz de percibir el mundo espiritual de una manera clarividente, y que remanentes de la antigua clarividencia aún subsistían en la época postatlante. Si descendiéramos de la época atlante a la antigua época india, a la antigua persa, la egipcio-caldea y hasta la greco-romana,1 encontraríamos muchos hombres - bastante más de lo que se podría suponer - que poseían capacidades hereditarias de la antigua clarividencia, permitiéndoseles percibir el plano astral y las profundidades ocultas de la existencia. Aún en la época grecoromana era natural, para gran parte de los hombres, percibir el cuerpo etéreo humano, principalmente la parte cefálica, dentro de la nube etérea, la que se internó poco a poco en el interior de la parte física cerebral. Pero la humanidad debió ascender a la capacidad del conocer que paulatinamente llegó al perfectamente desarrollado conocimiento sensorial, el que se adquiere por medio de los sentidos exteriores y mediante las facultades espirituales que se basan en dichos sentidos. El hombre debió, por decirlo así, retirarse del mundo espiritual y entrar en la simple percepción sensorial, como asimismo en el pensar racional y lógico; debió decidirse a adquirir tal conocimiento no clarividente, porque es necesario atravesarlo para volver a adquirir en el porvenir el conocimiento clarividente, pero entonces unido con cuanto le es posible conquistar como conocimiento sensorial e intelectual. Actualmente, vivimos en una transición de los tiempos, entre el pasado en que la humanidad fue clarividente y un futuro en que el hombre será nuevamente clarividente. En este tiempo intermedio, la mayor parte de los hombres debe limitarse a lo que se percibe con los sentidos y lo que se comprende con el intelecto y el razonamiento, si bien es cierto que por doquier existen ciertos grados más elevados de la percepción sensorial y del conocimiento intelectual y racional. Hay quienes en una encarnación tienen poca noción de lo que constituye la “moralidad”, y que sienten poca compasión del destino de sus semejantes; los llamamos hombres de bajo nivel moral. Otros tienen las fuerzas intelectuales poco desarrolladas; los llamamos hombres de bajo nivel intelectual. Pero sabemos que estas fuerzas intelectuales del conocimiento son susceptibles de un alto grado de desarrollo, de modo que existen múltiples grados intermedios entre los hombres de poca moralidad o de bajo nivel intelectual hasta aquel grado que, según Fichte, puede llamarse “genio en moralidad” y que en su desarrollo llega a la más alta “fantasía moral”.2 También sabemos que en nuestra época es posible llegar a este grado de la perfección humana sin que el hombre posea fuerzas clarividentes, sino sólo por el desarrollo de las aptitudes de que dispone por la conciencia común. Pero a esta altura sólo ha podido llegar en el curso de la evolución. El hombre de los tiempos antiguos no hubiera podido alcanzar, por sí mismo, lo que el hombre actual llega a conocer hasta cierto grado por su propia inteligencia, y lo que es capaz de realizar en virtud de su propia fuerza moral, o sea, que debe sentir compasión de los dolores y penas de los demás. Se puede decir que el sano sentido moral del hombre de nuestros tiempos se eleva a esta comprensión sin tener clarividencia, y que comprenderá cada vez mejor que la piedad y la compasión representan la virtud suprema, y que sin amor la humanidad no podría progresar.
Esto, seguramente, lo puede reconocer el sentido moral que se intensificará más y más, mientras que en tiempos pasados este sentido moral no había sido capaz de reconocerlo por si mismo, ni tampoco podía el hombre comprender, por sí mismo, que la piedad y el amor pudiesen pertenecer al superior desarrollo del alma humana. Es por esta razón que entidades espirituales tuvieron que incorporarse en cuerpos humanos, y entre ellas figuran los Bodisatvas que desde los mundos superiores recibieron la revelación de las fuerzas que obran en la piedad y en el amor, para decir a los hombres cómo debían obrar a través de la piedad y del amor, puesto que los hombres aún no habían madurado para saberlo por sus propias fuerzas. En el curso de muchas épocas había sido necesario enseñar desde las alturas celestes lo que hoy los hombres llegan a conocer por su propia fuerza como la suprema virtud de la piedad y del amor a que se eleva el sentido moral. El maestro de la piedad y del amor fue en aquellos tiempos el Bodisatva que, como Gautama Buda, se encarnó por última vez. De modo que el Buda anteriormente había sido el Bodisatva, el maestro del amor y de la piedad y de todo lo que a ello concierne, a través de las épocas caracterizadas en que los hombres eran, en cierto modo, clarividentes por naturaleza; y él, como Bodisatva, encarnó en tales cuerpos humanos clarividentes. Y cuando había encarnado como “Buda” y dirigió la mirada retrospectiva al curso de sus encarnaciones anteriores, pudo saber lo que el alma había sentido interiormente cuando había visto las profundidades de la existencia que se ocultan detrás de la apariencia sensorial. En sus encarnaciones anteriores había poseído esta facultad, y con ella nació dentro de la estirpe de Sakia a la cual pertenecía Sudodana, el padre del Gautama. Cuando nació, era todavía Bodisatva, quiere decir que reapareció con el grado de evolución que había alcanzado en sus encarnaciones precedentes. Hijo de Sudodana, el padre, y Mayadevi, la madre, nació como Bodisatva. Pero, precisamente, por haber nacido como “Bodisatva” poseía desde niño la facultad clarividente en alto grado, capaz de penetrar en las profundidades de la existencia.
Tengamos presente que el “penetrar en las profundidades de la existencia” ha tomado diversas formas especificas en el curso de la evolución de la humanidad. Fue la finalidad de la evolución de la humanidad sobre la Tierra, hacer disminuir paulatinamente el don de la antigua clarividencia opaca; y lo que como remanente de ella había quedado, no era la parte mejor, pues ésta se había perdido primero. Lo que había quedado, era justamente una visión de las potencias demoníacas que hacen descender al hombre a la esfera inferior de sus instintos y pasiones. Mediante la iniciación, podemos percibir las fuerzas y entidades del mundo espiritual que se vinculan con los mejores pensamientos y sentimientos de la humanidad, pero también percibimos las potencias espirituales que están detrás de la desenfrenada pasión, de la impetuosa sensualidad y del egoísmo devorador. Esta visión de las potencias demoníacas subsistía en la gran mayoría de los hombres, no así en los “iniciados”. Naturalmente, quien posee en verdad la visión del mundo espiritual, puede percibir todo esto, según el desarrollo de las facultades del hombre. No es posible alcanzar una visión sin la otra.
El Buda, al nacer como Bodisatva, tuvo que encarnarse naturalmente en un cuerpo humano que poseía la organización típica de aquel tiempo, un cuerpo que le proporcionaba la facultad de mirar profundamente en los fundamentos astrales de la existencia. Ya de niño era capaz de percibir las potencias astrales de las cuales dependen las pasiones impetuosas y la sensualidad devoradora y ávida. Se le había preservado de ver el mundo externo con su perversidad física, sus dolores y sufrimientos. Aislado en el palacio, guarecido de toda influencia exterior, mimado y mal acostumbrado, porque esto se consideraba adecuado a su posición social, según los prejuicios de la época. Pero debido a este aislamiento, su fuerza de visión interior llegó a manifestarse tanto más. Mientras así quedaba guarecido de todo lo que tiene que ver con enfermedades y sufrimientos, tenia, en medio de su aislamiento, el ojo espiritual abierto a las imágenes astrales. Se cernían en torno suyo las imágenes astrales de todas las pasiones impetuosas que pueden tirar al hombre hacia abajo. Esto lo podrá entrever, después de enterarse de lo expuesto ahora, quien sepa leer con el ojo espiritual y con verdadero esoterismo, la biografía del Buda. Pues hay que hacer notar que de las descripciones exotéricas, mucho no es comprensible, sin que se penetre en los fundamentos esotéricos, y justamente la vida del Buda es lo que menos se comprende a través de los relatos exotéricos.
En realidad, debería parecer extraño que los orientalistas y otros que se ocupan de la vida del Buda, digan que según su biografía, estaba rodeado en su palacio de “cuarenta mil bailarinas y ochenta y cuatro mil mujeres”. Esto se encuentra descrito hasta en las ediciones populares, pero sus autores, al parecer, no se extrañan mucho de un harén de “cuarenta mil bailarinas y ochenta y cuatro mil mujeres”. Pero ¿Qué significa esto?. La gente no sabe que esto se refiere a lo que el Buda, por medio de la visión astral, ha vivenciado en el máximo grado posible y en lo más profundo del corazón. Se refiere a lo que él, desde la infancia, vio como fuerzas activas en el mundo espiritual, sin experimentar directamente todo el sufrimiento y las penas del mundo físico humano. Lo vio porque en aquel tiempo pudo nacer en un cuerpo adecuado, y porque desde el principio estuvo protegido, fortalecido y elevado sobre todas las terribles imágenes que él percibía en torno suyo, debido a que en sus encarnaciones anteriores se había elevado a la altura del Bodisatva. Pero como en esta encarnación vivió como la individualidad del Bodisatva, se sintió impulsado a dejar el palacio para ver lo que le indicaba cada una de las imágenes de ese mundo astral que en el palacio le circundaba. Se sintió impulsado a abandonar su “prisión” para conocer el mundo. Esta fue la fuerza impulsiva de su alma, pues, como Bodisatva, vivió en él una suprema fuerza espiritual. Fue la fuerza espiritual vinculada a la misión de enseñar a la humanidad todo el poder de la piedad y del amor y todo lo que a esto concierne. Para ello debía salir al mundo para conocer la humanidad, debía verla en aquel mundo en que ella puede compenetrarse de la doctrina de la piedad y del amor, en virtud del sentido moral. ¡En el mundo físico debía conocerla!. Debió elevarse del Bodisatva al Buda como hombre entre hombres. Esto sólo le fue posible si renunciaba a todas las facultades que le habían quedado de sus encarnaciones anteriores, y si entraba en el plano físico para vivir con los hombres de manera que en el seno de la humanidad representaba un prototipo, un ideal y un ejemplo para el desarrollo de las referidas cualidades singulares.
Naturalmente, para elevarse así del Bodisatva al Buda, hay que cumplir diversos grados intermedios de desarrollo, pues esto no se realiza de por si. Se sintió impulsado a dejar el palacio real, y la reseña nos dice que un día, al haberse “evadido” del palacio-prisión encontró a un anciano. Hasta entonces sólo había quedado rodeado de aspectos de juventud; se le había hecho creer que únicamente existe la pujante fuerza de la juventud; pero ahora, al ver al anciano, había llegado a conocer la “vejez” en el plano físico. Después vio a un hombre enfermo y más tarde a un cadáver, quiere decir que llegó a conocer la “muerte” en el plano físico. Todo esto se presentó ante su alma, al conocer el plano físico. Más que la ciencia exterior, nos dice la verdad una leyenda sobre lo que realmente es el Buda: Al dejar el palacio real, sucedió que el caballo que tiraba la carroza, sufrió tanto porque el Buda estaba por dejar todo lo que le rodeaba desde su nacimiento, que lleno de tristeza murió, y que luego fue transferido al mundo espiritual como entidad espiritual. En esta imagen se expresa una profunda verdad. Nos apartaría del tema, si quisiera explicar extensamente por qué se elige justamente el caballo para significar una fuerza espiritual humana. Sólo recordaré que Platón habla de un caballo que él lleva de la rienda, como imagen de ciertas facultades humanas, dadas aún desde lo alto, y no desarrolladas en la propia interioridad del hombre. Cuando el Buda sale del palacio real, deja atrás las facultades no desarrolladas en el interior del alma propia; las deja en los mundos espirituales, desde donde siempre le habían guiado. A esto alude la imagen del caballo que muere al abandonarlo, y que luego es transferido al mundo espiritual. Pero sólo paso a paso puede el Buda alcanzar lo que debió ser en su última encarnación sobre la Tierra, pues debió llegar a conocer en el plano físico lo que como Bodisatva sólo había conocido por la visión espiritual.
Primero va a conocer a dos maestros. Uno es representante de aquella concepción de la antigua India que se denomina filosofía del Sankya; el otro es representante de la filosofía del Yoga. El Buda estudia lo que ambas pueden ofrecerle, y vive en ello; pues por más alto que sea el grado de desarrollo de un ser, debe cada vez familiarizarse con lo externo que la humanidad ha adquirido. Si bien el Bodisatva es capaz de aprenderlo más pronto, es preciso que lo aprenda. Si hoy renaciese el Bodisatva que vivió seis o siete siglos antes de nuestra era, debería aprender como los niños en la escuela, para apropiarse de lo que ha sucedido en la Tierra, mientras él vivía en las alturas celestes. Así también, el Buda debió aprender lo que había sucedido desde su encarnación precedente.
De uno de los maestros aprendió la filosofía del Sankya, del otro la del Yoga. Así pudo orientarse acerca de las concepciones del mundo que para muchos solucionaban entonces los enigmas de la vida; también pudo saber lo que experimentaba un alma bajo la influencia de aquellas filosofías. En la filosofía del Sankya conoció una concepción del mundo de un sutil pensamiento lógico, pero cuanto más profundamente penetraba en ella, tanto menos satisfacción le daba, hasta que se convertía en una telaraña, carente de vida. Él sintió que debía buscar la fuente de su misión, no en la tradicional filosofía del Sankya, sino en otra dirección. La filosofía del Yoga de Patanjali era la que por medio de ciertos procesos anímicos interiores buscaba la unión con lo divino. La estudió igualmente, la hizo suya como si fuera una parte de su ser; pero ella tampoco le daba satisfacción, pues se dio cuenta que era algo que había venido transmitiéndose desde tiempos antiguos, pero que los hombres necesitaban otras facultades y debían realizar en sí mismos un desarrollo moral. Después de haber examinado la filosofía del Yoga en su propia alma, el Buda vio que no pudo ser la fuente de su misión de entonces. Luego tuvo contacto con cinco ermitaños que mediante una severa autodisciplina con mortificaciones y privaciones habían tratado de penetrar en los misterios de la existencia. El Buda probó también este camino, mas tampoco pudo considerarlo como fuente de su misión en aquella época. Durante algún tiempo se sometió a las privaciones y mortificaciones de los monjes, sufrió hambre como ellos a fin de extinguir la avidez y de suscitar fuerzas más profundas, que surgen precisamente cuando el cuerpo está debilitado por el ayunar, y que desde lo hondo de la corporalidad humana pueden elevar al hombre rápidamente al mundo espiritual. Pero justamente por haber alcanzado su alto grado evolutivo, el Buda se dio cuenta de lo inútil de la mortificación, del ayunar y sufrir hambre, pues, por ser el Bodisatva, y debido a su evolución en las encarnaciones anteriores le había sido posible desarrollar el cuerpo humano hasta el más alto grado de perfección en aquel tiempo. El que se eleve a cierto grado de la filosofía del Sankya o del Yoga, sin haber desarrollado lo que el Buda ya había cumplido, y el que quiera elevarse a las alturas del espíritu divino por medio del pensar lógico, sin haber adquirido el sentido moral como lo enseña el Buda, se encontrará ante la tentación que el Buda experimentó en forma de prueba y a que se alude cuando se habla de la tentación por el demonio Mara. En esta tentación, todos los demonios de la arrogancia, de la vanidad y de la ambición atacan al hombre. El Buda llegó a conocerla al enfrentar a Mara, el demonio de la vanidad y de la ambición, pero por encontrarse en el alto grado del Bodisatva, lo reconoció y estuvo protegido contra él. Pudo entonces decirse: Si los hombres en su evolución siguen el viejo camino, sin dejarse guiar por el sentido moral y la enseñanza del amor y de la piedad, deberán caer, puesto que no todos son Bodisatvas, bajo la influencia del demonio Mara, que hace penetrar en el alma todas las fuerzas de la arrogancia y de la vanidad. Esto es lo que el Buda experimentó en sí mismo, al compenetrarse de las filosofías del Sankya y del Yoga, hasta sus últimas consecuencias. En cambio, al encontrarse con los monjes, experimentó algo distinto. En este caso, el demonio tomó otro aspecto que se caracteriza por el hecho de que él presenta al hombre todos los bienes físicos exteriores, algo así como “los reinos del mundo y sus tesoros”, para distraer su atención de lo que es el mundo espiritual. Justamente se sucumbe a esa tentación cuando se practica la mortificación; esto lo vio Buda frente al demonio Mara que le decía: “¡No te dejes inducir a abandonar todo lo que posees como el hijo del rey, sino que vuelve otra vez al palacio!”. Cualquier otro se hubiera dejado vencer por tal halago, pero el Buda fue capaz de desenmascarar al seductor; él pudo ver lo que habría tocado a la humanidad, si hubiera seguido el camino de buscar lo espiritual por la senda del ayunar y del hambre. Como él mismo estuvo protegido contra ello, pudo señalar a los hombres el gran peligro que sobrevendría, si se propusieran penetrar en el mundo espiritual sólo mediante el ayunar y otros medios externos, sin el amplio fundamento del activo sentido moral.
De este modo, el Buda, como Bodisatva, había alcanzado los dos extremos límites del desarrollo humano, que el hombre en general, como no es Bodisatva, debiera eludir totalmente. Traduciéndolo en lenguaje común, podríamos decir: “El supremo saber es soberbio y hermoso, pero búscalo con el corazón puro, con sentimiento noble y con ánimo purificado; de lo contrario serás presa del diablo de la arrogancia, de la vanidad y de la ambición” y la otra enseñanza es la siguiente: “No trates de penetrar en el mundo espiritual por cualquier sendero externo, por medio de mortificaciones y el ayuno, antes de haber purificado debidamente tu sentido moral; de lo contrarío, el seductor te acosará desde el otro lado”. Estas son las dos enseñanzas del Buda cuya luz llega a nuestros tiempos. Así nos enseñó el Buda, cuando aún era Bodisatva, lo que es la esencia de su misión. Pues su misión en aquel tiempo fue traer a la humanidad este sentido moral, cuando los hombres aún no eran capaces de desarrollarlo con la fuerza de su corazón. Habiendo reconocido el peligro del ascetismo para la humanidad, abandonó a los cinco ermitaños y se dirigió al lugar donde, concentrándose interiormente, de una manera adecuada a nuestra época actual, en las facultades de la naturaleza humana que pueden desarrollarse sin la antigua clarividencia y sin lo heredado de tiempos pasados, él pudo realizar en el máximo grado todo lo que la humanidad, mediante estas facultades, a su debido tiempo, podrá lograr.
Bajo el “Árbol Bodi”, a los veintinueve años de edad, después de haber abandonado el sendero del ascetismo exclusivo, en siete días de contemplación, se le revelaron las siete grandes verdades que al hombre se revelan, cuando en la quietud de la concentración interior, trata de encontrar lo que las facultades humanas de nuestros tiempos actuales le pueden dar.
Se le revelaron entonces las grandes enseñanzas que él formuló en las así llamadas cuatro verdades y aquella gran doctrina de la piedad y del amor como la enseñó en el sendero de ocho etapas. De estas enseñanzas del Buda volveremos a ocuparnos. Hoy nos limitamos a señalar que estas enseñanzas son una expresión del sentido moral, de la purísima doctrina de la piedad y del amor. Surgieron por primera vez en la humanidad en aquel momento en que bajo el Árbol Bodi, el Bodisatva de la India se convirtió en el “Buda”, surgieron como facultad humana propia, y desde aquel tiempo los hombres poseen la capacidad de desarrollar por si mismos la doctrina de la piedad y del amor. En esto reside lo esencial, por lo que el Buda poco antes de morir dijo a sus íntimos discípulos: “No sufráis porque el maestro os abandona, yo os dejo algo; os dejo la ley de la sabiduría y la ley de la disciplina, que en el porvenir sustituirán al maestro”. Esto significa: “El Bodisatva que hasta ahora os ha enseñado lo que se expresa en esa enseñanza, puede retirarse ahora, al haber cumplido su encarnación sobre la Tierra. Pues los hombres habrán infundido en su propio corazón lo que antes fuera enseñado por un Bodisatva, y de la fuerza del propio corazón podrán desarrollado como la religión de la piedad y del amor”. Esto es lo que sucedió en la antigua India cuando en siete días de contemplación interior el Bodisatva se hizo Buda, y esto fue lo que él, en diversas formas, enseñó a sus discípulos. Más adelante hablaremos de la característica de esas formas.
Tuvimos que remontarnos a lo que sucedió seis siglos antes de nuestra era, porque sin la mirada retrospectiva por medio de la Crónica del Akasha, desde los acontecimientos de Palestina hasta el Sermón de Benarés, no seria posible comprender el camino del cristianismo; ante todo, no seria posible comprender al autor del Evangelio de Lucas que tan altamente describe este camino. El Buda, después de haber alcanzado este grado de su evolución, no tuvo ya necesidad de volver a encarnarse sobre la Tierra; se había convertido en entidad espiritual que se halla en los mundos espirituales, desde donde tuvo que obrar en todo cuanto sucediera en la Tierra. Y al prepararse el más importante acontecimiento sobre la Tierra, y encontrándose los pastores en la campiña, les apareció una individualidad que desde las alturas espirituales les anunció lo que se relata en el Evangelio de Lucas: “Y fue con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales”. Aquí hemos de preguntar: ¿Qué fue lo que se les apareció?.
La imagen que se presentó a los pastores fue el Buda glorificado, el Bodisatva de los tiempos antiguos, la entidad que a través de milenios y milenios había dado a los hombres el mensaje del amor y de la piedad. Ahora, después de su última encarnación sobre la Tierra, permaneció en las alturas celestiales, y en el cielo apareció a los pastores, junto con el ángel que les anunció el gran acontecimiento palestino.
Esto es el resultado de la investigación espiritual que nos evidencia que en lo alto, sobre los pastores, apareció el Bodisatva glorificado de los tiempos antiguos. La Crónica del Akasha nos enseña, por cierto, que en Palestina en la “Ciudad de David” nació un niño proveniente de la línea sacerdotal de la estirpe de David. Este niño (lo digo expresamente) que nació como hijo de padres que - al menos de la parte paterna descendían de la línea sacerdotal de la casa de David, estaba predestinado a recibir en su ser desde el nacimiento, la luz y la fuerza que del Buda pudo irradiar, después de haber sido elevado a las alturas espirituales. Con los pastores miramos pues hacia el pesebre donde nació “Jesús de Nazareth” (como se acostumbra llamarlo) y al mirar, percibimos la aureola y sabemos que en esta imagen se expresa la fuerza del Bodisatva convertido en Buda; es la misma fuerza que antes fluía a los hombres y que ahora actuó sobre la humanidad desde las alturas espirituales y cumplió su acción más importante al irradiar su luz sobre el niño de Belén para que éste pudiera entrar adecuadamente en la corriente evolutiva de la humanidad.
Cuando esta individualidad que en aquel momento irradió su fuerza sobre el niño de la estirpe de David, había nacido en la antigua India, quiere decir cuando el Buda había nacido como Bodisatva, hubo un sabio que tuvo la visión de toda la grandiosidad de lo que acabo de relatar. Lo percibido en los mundos espirituales le indujo al sabio, llamado Asita, a entrar en el palacio del rey para ver ese Niño-Bodisatva y al verlo, profetizó su grandiosa misión como Buda, prediciendo, para la consternación del rey, que ese niño no seguiría a su padre en el reinado, sino que seria Buda. Luego rompió a llorar, y al preguntársele, si alguna desventura sobrevendría al niño, Asita respondió: “No, pero lloro porque soy tan viejo que no podré ver el día en que este Salvador, el Bodisatva, caminará sobre la Tierra como Buda”. Asita murió antes de que el Bodisatva se convirtiera en Buda, de modo que tenía motivo para llorar. Mas aquel Asita que en el palacio de Sudodana sólo había visto al Bodisatva como recién nacido, renació más tarde en la personalidad de Simeón que, según el Evangelio de Lucas, presenció la “presentación en el templo”. Y el Evangelio relata que “el Espíritu Santo era sobre él”, cuando a Simeón le trajeron el niño. Asita se había puesto a llorar porque en aquella encarnación era demasiado viejo como para ver al Bodisatva convertirse en Buda. Ahora le fue dado ver el ulterior desarrollo de esta individualidad. Y porque el “Espíritu era sobre él” cuando el niño fue presentado en el templo, le fue posible percibir la aureola del Bodisatva glorificado sobre el Niño Jesús de la estirpe de David. Decía entonces a si mismo: “Ya no tengo por qué llorar, pues ahora veo lo que entonces no pude ver; veo sobre este niño a mi Salvador glorificado. Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz”.
Traduccion Julio Luelmo sept.2018

NOTAS

Nota del traductor: Son las épocas de la evolución de la humanidad, como Rudolf
Steiner las describe en su “Ciencia Oculta”.
Nota del traductor: “Fantasía moral” es un término que Rudolf Steiner usa en su
Filosofía de la Libertad”.