CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA232 Dornach, 21 de diciembre de 1923. Los misterios de los Cabirios de Samotracia

   ver ciclo

 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los misterios de los Cabirios de Samotracia

Dornach, 21 de diciembre de 1923

A lo largo de las últimas semanas, he hablado aquí sobre las diversas formas de los misterios. En particular, hemos intentado comprender aquellos misterios que, en cierto sentido, como los últimos grandes misterios, vinculaban directamente el interior del ser humano con la existencia natural, con el espíritu de la existencia natural. Se trataba de los misterios de Hybernia. Y hemos visto cómo, a través de miradas hacia el propio ser humano, —miradas que, sin embargo, eran de naturaleza absolutamente íntima y espiritual, e incluso de carácter individual y personal—, los misterios griegos penetraban en el interior del ser humano. Se puede decir que, al igual que en la naturaleza exterior las más diversas regiones de la Tierra albergan tal o cual vegetación, así también se manifiestan, en los más diversos ámbitos de la Tierra, las más variadas influencias del mundo espiritual sobre los seres humanos, a lo largo de la evolución de la humanidad.

Si nos trasladáramos a Oriente, —lo cual, desde un punto de vista histórico, está previsto que ocurra en los próximos días—, encontraríamos muchas otras manifestaciones de lo místico. Pero hoy, —puesto que aún no están presentes todos los asistentes—, me interesa más retomar lo que ya se ha analizado que comenzar algo nuevo.

Se puede decir que, al mirar retrospectivamente la evolución de la humanidad, se nos presenta ante la conciencia imaginativa con toda claridad, una evolución tripartita. Digo «se presenta con toda claridad ante la conciencia imaginativa» porque, si se amplían hacia atrás las épocas de las que voy a hablar ahora, hacia tiempos más antiguos, se obtiene naturalmente un número mayor que el tres, y lo mismo ocurre si se avanza más hacia el futuro. Pero hoy queremos contemplar, desde un determinado punto de vista, estas etapas intermedias del desarrollo de la humanidad, que no se presentan solo a través de la inspiración, sino que ya se manifiestan con toda claridad ante la imaginación.

Hasta bien entrado el periodo egipcio, la realidad para la humanidad era tal que, desde el punto de vista de la conciencia de la época, tanto de los pueblos afro-europeos como de los asiáticos, no existía en absoluto aquello que hoy llamamos «materias». Ni siquiera existían para la conciencia humana los materiales externos más burdos, y mucho menos aquellas abstracciones que hoy denominamos carbono, agua, azufre, etc. Esas cosas no existían, sino que todo lo que se extendía en la naturaleza era considerado directamente como el cuerpo de las entidades divinas y espirituales que se revelan a través de toda la naturaleza. Hoy en día vamos a la montaña, pisamos la piedra, quizá incluso la levantamos, y vemos en ella una sustancia indiferente. No se nos ocurre nada parecido a lo que se les ocurría a los antiguos egipcios o a los antiguos orientales.

¿No es cierto que hoy en día, cuando nos encontramos frente a una persona y, por ejemplo, le tocamos los dedos, no consideramos lo que tocamos en el dedo de esa persona como algo indiferente? Lo consideramos como algo que forma parte de todo su organismo humano. Y, al observar, por ejemplo, la  último falange del dedo índice de una persona, no podemos evitar decirnos: esto es parte de un organismo completo.

Así era para los antiguos egipcios, así era para los antiguos orientales en su conciencia. Cuando pisaban una piedra o la levantaban, para ellos no era una piedra indiferente como lo es para nosotros hoy en día; para ellos no era en absoluto una sustancia terrenal común y corriente, sino que era parte del cuerpo divino, tal y como les aparecía la Tierra. Y del mismo modo que hoy nos comportamos en nuestra conciencia con respecto a la piel del ser humano, así se comportaban los antiguos con respecto a la superficie exterior de la Tierra. Cuando hoy nos acercamos a una persona y, por circunstancias especiales, tomamos conciencia de que nos recuerda a otra persona que ya conocemos, que quizá ahora no esté presente, y si las circunstancias indican que esa persona con la que nos encontramos es la hermana o el hermano de esa otra persona, entonces nos viene inmediatamente a la mente: que entre ambas personas existe una relación de carne y sangre, que, en cierto modo, están unidas físicamente. Y cuando el antiguo griego o el antiguo oriental alzaba la vista hacia Marte, Júpiter o Saturno, y luego miraba la Tierra, veía en ella, en primer lugar, el cuerpo divino del dios de la Tierra, pero al mismo tiempo veía en ella a la hermana o al hermano, —en definitiva, el vínculo fraternal—, con los planetas que giraban alrededor de la Tierra: Júpiter, Marte y Saturno.

Y así, en la percepción de todo el cosmos y en la percepción de la Tierra como parte de ese cosmos, existía entre los antiguos algo claramente espiritual y anímico. Y solo tienen que imaginar, en lo más profundo de su interior, cómo eso significaba para el alma algo completamente distinto de lo que el ser humano siente hoy en día. ¡Significa mucho ver en la Tierra el cuerpo divino, ver en ella el miembro fraternal frente a todos los demás planetas del sistema solar! Porque los antiguos concebían todo el universo como lleno de dioses. Y para ellos, no solo toda la Tierra estaba llena de dioses, sino que, además de los grandes cuerpos planetarios, cada uno de los miembros de estas entidades planetarias estaba lleno de dioses. En la piedra y el árbol, en el río y la roca, en las nubes y el rayo se manifestaban entidades espirituales y divinas de algún tipo. Esta conciencia se despertó en amplios círculos de la población de toda la Tierra, y se profundizó en las múltiples formas de misterios que se encontraban aquí y allá en la Tierra.

Y si retrocedemos en la historia de Grecia hasta aquella época en la que la grandeza política exterior de Grecia se hundió en una especie de caos popular y surgió la esencia macedonia, entonces descubrimos cómo, de hecho, en aquella época se introdujo en el saber humano, en el conocimiento humano, aquello que la última vez conocimos aquí en forma de aristotelismo, aquello que conocimos como lo que, en el plano espiritual, Alejandro Magno se había propuesto como su misión para con su pueblo. Si, por un lado, nos fijamos en ese punto culminante de la cultura griega y, por otro, en la caída de la cultura griega y en la esencia macedonia, en el fondo de la conciencia precisamente de los espíritus más profundos, frente a lo que ofrece la historia exterior, —que, en realidad, es una leyenda histórica—, vemos un impulso que surgió de aquellos misterios a los que Aristóteles estaba muy cercano, aunque exteriormente nunca hablara de ellos. Fueron precisamente esos misterios los que, en el sentido más profundo y con plena vitalidad, despertaron en sus oyentes la conciencia de que el mundo entero es una teogonía, un proceso de conversión en dioses, y de que se ve el mundo de una manera totalmente ilusoria cuando se cree que en él surge algo distinto de los dioses. Son los dioses quienes representan las esencias del mundo; son los dioses quienes viven experiencias en este mundo; son los dioses quienes realizan acciones. Y lo que se ve como nubes, lo que se oye como truenos, lo que se percibe como relámpagos, lo que se percibe en la Tierra como ríos y montañas, lo que se percibe en la Tierra en los reinos minerales, son las manifestaciones, las expresiones del devenir de los destinos de los dioses que se ocultan tras ellos. Y también aquello que se manifiesta exteriormente en las nubes, en los relámpagos y los truenos, en los árboles y los bosques, en los ríos y las montañas, no es otra cosa que la revelación de la existencia divina, que está en todas partes, del mismo modo que la piel del ser humano revela lo que hay de anímico en su interior. Y si los dioses están en todas partes, entonces hay que distinguir, —así se enseñaba a los alumnos de los misterios en el norte de Grecia—, entre los dioses menores, que se encuentran en los seres y procesos naturales individuales, y los dioses mayores, que se manifiestan como la esencia del Sol, de Marte, de Mercurio y de un cuarto que no puede hacerse visible exteriormente mediante una imagen o una representación. Esos eran los grandes dioses, los grandes dioses planetarios, aquellos grandes dioses planetarios a los que se trataba de tal manera que la mirada del ser humano se dirigiera hacia el espacio cósmico, para que su ojo, pero también todo su corazón, contemplara aquello que vive en el Sol, Marte y Mercurio, pero que no solo vive ahí fuera, en ese pequeño círculo del espacio cósmico, sino que vive en todo el espacio cósmico y, sobre todo, se acerca al ser humano.

Y después de que se hubiera despertado en un primer momento, —digamos—, un impulso majestuoso en el discípulo de los misterios del norte de Grecia al dirigir su mirada hacia los propios círculos planetarios, esa mirada se profundizó humanamente hasta tal punto que, en cierto modo, el ojo fue cautivado por el corazón para ver con el alma. Entonces el discípulo comprendía por qué se habían colocado ante él, sobre el altar, tres jarras de forma simbólica.

En una ocasión utilizamos una réplica de estas jarras aquí, en una representación eurítmica de «Fausto», y tal y como tenían aspecto entonces estas jarras, así eran en los misterios de Samotracia, en los del norte de Grecia. Pero lo esencial era que, con estas jarras en toda su configuración simbólica, se había llevado a cabo un acto de consagración, un acto de ofrenda. Se introducía una especie de incienso en estas jarras, se encendía, el humo salía a borbotones y el padre oficiante pronunciaba con fuerza mantrica tres palabras, —de las que hablaremos mañana—, en el humo que se elevaba de estas jarras, y aparecían las figuras de los tres cabiros. Aparecían porque el aliento humano, la exhalación a través de la palabra mántrica, se configuraba y transmitía su forma al vapor ascendente de la sustancia que se había incorporado a las jarras simbólicas. Y cuando el discípulo aprendía de este modo a leer en sus propias respiraciones,  cuando aprendía a leer lo que estas respiraciones escribían en el humo, aprendía al mismo tiempo a leer lo que los misteriosos planetas le transmitían desde el vasto universo. Pues ahora sabía que, tal y como uno de los Kabires había sido configurado por la palabra mántrica y su poder, así era en realidad Mercurio; tal y como había sido configurado el segundo Kabir, así era en realidad Marte; tal y como había sido configurado el tercer Kabir, así era en realidad Apolo, el Sol.

Y si se analizan esas representaciones,  que por desgracia,—perdónenme por expresarme de forma tan radical—, suelen verse en las galerías de escultura griega tardía, y que se venera tanto porque no se tiene ni idea de cuál es su origen, si uno observa esas representaciones de estilo de revista de un Apolo, un Marte o un Mercurio, pero las observa con esa mirada goethiana, con la mirada que Goethe aplicó en su viaje por Italia, para intuir, a través de esas representaciones de estilo de revista, qué significaba en realidad el arte griego en aquellas creaciones que se han perdido junto con tantas otras cosas que, en los primeros siglos tras la fundación del cristianismo, fueron arrastradas a la terrible devastación que se produjo en aquella época, —cuando, en cierto modo, se mira más allá de estas figuras escultóricas de la Grecia tardía, que, me gustaría decir, por un lado con razón, porque fueron pioneras, y por otro lado con razón, porque son, precisamente, herencias de épocas anteriores, se consideran grandiosas cuando se echa la vista atrás hacia aquello de lo que surgieron, entonces se ve cómo se reproducían las revelaciones sacrificiales en la época griega más antigua, que en tiempos anteriores se manifestaban de una manera mucho más majestuosa y grandiosa que más tarde en Samotracia, en los misterios de los Cábiros. Se echa la vista atrás hacia aquellos tiempos en los que se pronunciaba la frase mántrica entre el humo de los sacrificios y aparecían las verdaderas figuras de Apolo, Marte y Mercurio.

Aquellos eran los tiempos en los que el ser humano no decía in abstracto: «En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios»; aquellos eran los tiempos en los que el ser humano podía decir algo muy diferente, en los que el ser humano podía decir: En mí se configura la exhalación, y al configurarse de manera regular, la exhalación se revela como una imagen residual de la creación cósmica, pues me crea, a partir del humo del sacrificio, figuras que para mí son los caracteres vivos que me revelan lo que los mundos planetarios quieren decirme.

Y cuando el discípulo de los misterios de los Cabiros en Samotracia se acercaba a las puertas de esos lugares de iniciación, gracias a su formación tenía la sensación de: «Sí, ahora entro en aquello que engloba los actos mágicos del padre sacrificador». Porque «padre» era como se llamaba a los iniciadores que celebraban estos misterios. ¿Y qué revelaba al discípulo el poder mágico de estos Padres celebrantes? A través de lo que los dioses han depositado en los seres humanos, a través del poder del lenguaje, el mago sacerdotal y sabio inscribía en el humo del sacrificio aquellas inscripciones que expresaban los secretos del universo.

Por eso, cuando el discípulo se acercaba a la puerta, decía en su corazón: «Entro en aquello que me envuelve un espíritu poderoso, en aquello que me envuelve a los grandes dioses, esos grandes dioses que, en la Tierra, a través de los ritos de sacrificio de los hombres, revelan los secretos del universo».

Era una lengua la que allí se hablaba y una escritura la que allí se escribía, que verdaderamente no solo reclamaban la mente del ser humano, sino al ser humano en su totalidad. Y en los misterios de Samotracia aún quedaba algo de un conocimiento que hoy en día se ha desvanecido por completo. Hoy en día, el ser humano es sin duda capaz de hablar con veracidad de cómo se siente al tacto un cristal de cuarzo, cómo se siente, por mi parte, un trozo de hierro, cómo se siente un trozo de antimonio, cómo se siente un cabello, cómo se siente la piel humana, cómo se siente el pelaje de un animal, cómo se sienten la seda y el terciopelo; el ser humano de hoy es capaz de hacerse una idea de ello a través de su sentido del tacto. En los misterios de Samotracia aún existía algo que permitía al ser humano decir con veracidad cómo se perciben los dioses. Porque el sentido del tacto aún era capaz de lo que en tiempos antiguos era plenamente capaz: percibir lo espiritual, palpar a los dioses. Y el milagro en sí es, en realidad, el siguiente: sí, hay que remontarse a tiempos más antiguos si se quiere afirmar, sin más, que las personas podían decir con toda sinceridad: «Sé, a través de las yemas de mis dedos, cómo se palpan los dioses». Pero en los misterios de Samotracia existía otro arte de palpar a los dioses; consistía en lo siguiente.

Al pronunciar el mago sacerdotal las palabras en medio del humo del sacrificio, es decir, al hacer resonar la palabra en la exhalación y al hablar, en el aliento que salía de sus labios sentía lo mismo que siente el ser humano cuando extiende la mano para palpar. Y así como se sabe que con la yema del dedo se palpa siempre de manera diferente, se recorre la tela al sentir el terciopelo, al sentir la seda, al sentir el pelaje de un gato, al sentir la piel humana, así percibía el mago sacerdotal de Samotracia con el aire exhalado, y percibió el aliento que dejaba salir hacia el humo del sacrificio como una extensión de algo que brotaba de su propio interior: percibìa el aliento como un órgano táctil que se dirigía hacia el humo. Sentía el humo. Y en el humo sentía a los grandes dioses que se le acercaban, los Kabires; sentía en la forma en que el humo tomaba forma y en cómo las figuras que allí se formaban se acercaban desde el exterior al aliento, de modo que el aliento percibía: ahí hay redondez, ahí hay angulosidad, ahí hay algo que se me opone. Toda la figura divina del Kabir se palpaba con el aliento plasmado en la palabra. Con el lenguaje que brotaba del corazón, el sabio de Samotracia palpaba a los Kabires, —es decir, a los grandes dioses—, que descendían hacia él a través del humo del sacrificio. Y había una interacción viva entre el Logos en el ser humano y el Logos allá afuera, en la inmensidad del universo.

Y a medida que el padre iniciador conducía al discípulo ante el altar del sacrificio y le enseñaba poco a poco cómo sentir a través del lenguaje, y a medida que el discípulo avanzaba cada vez más y se sumergía en ese sentir a través del lenguaje, finalmente llegaba a aquella etapa de experiencia interior en la que, en un primer momento, tenía una clara conciencia de cómo se configura Mercurio, Hermes, cómo es Apolo, cómo es Ares, cómo es Marte. Era como si toda la conciencia del ser humano se hubiera elevado fuera de su cuerpo, como si aquello que el discípulo antes conocía como el contenido de su mente se encontrara ahora por encima de su cabeza, como si el corazón se hubiera situado en un nuevo lugar, al haber ascendido desde el pecho hasta la cabeza. Y entonces surgía en aquel hombre, que realmente había traspasado sus propios límites, aquello que se había ido configurando interiormente en la frase: «Así te quieren los Cabiros, los grandes dioses». A partir de entonces, el alumno sabía cómo vivía en él Mercurio en sus miembros, el Sol en su corazón y Marte en su lenguaje.

Verán, en la antigüedad no se mostraban a los alumnos únicamente procesos y entidades naturales del mundo exterior. Lo que se les mostraba no era ni algo exclusivamente naturalista, ni algo exclusivamente moral, sino algo en lo que la moral y la naturaleza se fundían en uno. Y ese era precisamente el secreto del mundo de Samotracia: que al alumno se le transmitía la conciencia de que la naturaleza es espíritu, y el espíritu es naturaleza.

De aquellos tiempos, que encontraron su último eco en los ritos de Kabir de Samotracia, proviene esa visión que une las sustancias terrenales con todo el cielo. En la antigüedad, al ver aquel mineral de color rojizo-marrón con brillo cobrizo, al ver nuestro cobre actual, simplemente no se podía decir, como se dice hoy: «Esto es cobre, es un componente de la Tierra», pues eso no se podía concebir. Para los antiguos, eso no era un componente de la Tierra, sino la obra de Venus en la Tierra, que se manifestaba por doquier como cobre. La Tierra solo ha creado rocas como la arenisca y la caliza para acoger en su seno lo que el cielo ha plantado en ella. Y del mismo modo que hoy no podemos decir, si tenemos aquí (se dibuja) el suelo y sembramos una semilla en él: «Esta semilla ha brotado del suelo», tampoco se podía decir, si se tuviera aquí la superficie terrestre y un mineral de cobre en su interior, en aquella época: «Este mineral de cobre es un componente de la Tierra». Lo que había que decir es: la Tierra aquí, con su arenisca u otras rocas, es el suelo, y lo que hay en su interior de naturaleza metálica lo ha plantado algún planeta en la Tierra. Esa es la semilla, plantada en la Tierra por un planeta. Todo lo que había así en la Tierra se consideraba vertido en ella desde el cielo.

Si hoy en día se conoce la Tierra y se estudian las sustancias que la componen, entonces se describe todo de tal manera, —fíjese en cualquier libro de mineralogía o geología—, que se describe la Tierra. En la ciencia antigua no se describía así. Entonces la mirada se extendía sobre la Tierra; pero al ver las sustancias, había que levantar la vista hacia el cielo, y en el cielo se veía la esencia de las sustancias. Aparentemente, el cobre, el estaño y el plomo solo yacen en la Tierra. Pero son las semillas que durante la antigua etapa Solar y Lunar, fueron plantadas en la existencia terrenal desde el cielo.

Así era también la doctrina de los Cabiros en los misterios de Samotracia. Al fin y al cabo, eso fue precisamente lo que influyó, al menos como atmósfera de conocimiento, en Aristóteles y Alejandro Magno. Y entonces se sentaron las bases para algo completamente diferente.

La humanidad no descendió inmediatamente del cielo a la Tierra con su conocimiento, sino que, en la antigüedad, pasó primero por una etapa intermedia. Y aún en los ecos de aquellos tiempos antiguos, los misterios de Samotracia, cuando se quería describir los metales de la Tierra o incluso otras sustancias terrestres, como el azufre o el fósforo, en realidad se describía el cielo, del mismo modo que se describe una planta cuando se quiere conocer la esencia de la semilla. Pero si no se conoce la planta, cuando se tiene ante sí una semilla, no se puede reconocer la esencia de esa semilla. ¿De qué le sirve una semilla con ese aspecto si no sabe cómo es el anís? Los antiguos habrían dicho. ¿Qué habría que hacer con el cobre que se encuentra en la tierra, si no supiera cómo es Venus, espiritual, anímica y corporalmente, allá arriba en el cielo?

Y la astronomía se fue convirtiendo poco a poco, por así decirlo, en una ciencia de los movimientos celestes, en una ciencia de la atmósfera, de tal manera que, al observar lo terrenal, ya no se describía lo que eran las estrellas en su esencia, sino que, al ver un ser terrenal, uno se decía: En su interior vive, en primer lugar, lo que vemos en la tierra sólida; pero también vive allí lo que vemos en el líquido, que tiende a adoptar la forma de una gota; y vive allí lo que quiere expandirse en todas direcciones, lo que tiene forma de aire, lo que, por ejemplo, vive en el organismo humano en la respiración y el lenguaje. Y luego vive en su interior lo fúgido, que disuelve el ser individual en sí mismo, de modo que de los componentes fragmentados y disueltos pueda surgir algo nuevo. Así viven los elementos en cada forma terrenal.

Y antiguamente, en los antiguos misterios, al fijarse en lo salino, —que, aunque también es cósmico, se ha configurado en lo terrenal—, sustancia salina que ellos veían en lo que la Madre Tierra aportaba a la metalicidad, contemplaban lo mercurial en todo aquello que, procedente del universo, estaba destinado a convertirse en metal.

¡Ay, qué enorme infantilismo el de la gente de hoy cuando empieza a dar descripciones de lo que en la Edad Media se imaginaba que era Mercurio! Siempre está ahí, en el fondo, la idea de que, incluso en la Edad Media, con «Mercurio» se pudiera referir a algo parecido al mercurio o, en general, a cualquier metal concreto. En realidad no es así. El mercurio es cualquier metal, en la medida en que dicho metal se encuentre bajo la influencia de todo el cosmos. Porque, ¿cómo se comportaría el cobre si el cosmos actuara únicamente en su periferia, como lo hace con cualquier metal? El cobre se volvería líquido, como el mercurio. ¿Cómo se comportaría el plomo si solo actuara el cosmos? El plomo se volvería líquido, como el mercurio. ¿Cómo se comportaría el estaño si solo actuara el cosmos? El estaño se volvería líquido. Cualquier metal, si solo actuara el cosmos, se convertiría en mercurio. Todos los metales son mercurio, en la medida en que el cosmos actúa sobre ellos. Y entonces el mercurio real de hoy en día, que todavía adopta forma de gotas en la Tierra ¿qué es?

Bueno, verán: los demás metales, digamos el plomo, el cobre, el estaño, el hierro, han superado la forma de gota. Cuando toda la Tierra aún se encontraba bajo la influencia del cosmos esférico, todos los metales eran mercurio. Han superado la forma mercurial y hoy se cristalizan en otras formas. Solo el mercurio propiamente dicho, en el sentido actual del término, se ha quedado estancado en esa etapa.

¿Cómo habrían descrito los antiguos, —y cómo describen aún los alquimistas medievales—, el mercurio actual? Ellos decían lo siguiente: el cobre, el estaño, el hierro y el plomo son los metales buenos, los que han avanzado con la Providencia; el mercurio es el Lucifer entre los metales, pues se ha quedado estancado en una etapa anterior de su formación. Y así sucedía en la antigüedad: al hablar de esta manera de lo terrenal, en realidad se hablaba de lo celestial.

A partir de ahí se pasó a hablar de lo que se encuentra entre el círculo exterior y la Tierra. Entre el círculo y la Tierra se encuentra, justo abajo, la propia Tierra, luego el elemento acuoso, el elemento aéreo y el elemento ígneo. Y así, los antiguos veían todo lo que había en la Tierra desde la perspectiva del cielo; del mismo modo, una época intermedia, que no terminó hasta el primer tercio del siglo XIV, veía todo desde la perspectiva del círculo, de lo atmosférico. Y entonces, en los siglos XIV y XV, se produjo el gran cambio. El ser humano descendió con su visión por completo a la Tierra. Entonces, también en su conciencia, los elementos agua, aire y fuego se fragmentaron; se fragmentaron en azufre, carbono e hidrógeno. El ser humano lo vio todo desde el punto de vista terrenal.

Y así comienza entonces la época a la que ya me había referido cuando hablé de los misterios hibernios: comienza la época en la que el ser humano abarca la Tierra con su conocimiento, y el cielo se convierte para él en matemáticas. Calcula el tamaño de las estrellas, su movimiento, su distancia, etcétera. El cielo se convierte para él en abstracción.

Pero no fue solo el cielo lo que se convirtió en abstracción. Porque la imagen del cielo en el ser humano vivo es su cabeza. Y lo que el ser humano puede percibir del cielo vive en su cabeza. Y como el ser humano solo llegó a conocer del cielo las matemáticas, es decir, lo lógico y lo abstracto, a partir de entonces solo vivió en su cabeza lo lógico-abstracto, lo ideico-conceptual. Y así, a partir de entonces, el ser humano ya no tuvo posibilidad alguna de introducir lo anímico-espiritual en lo ideico-conceptual. Y allí donde se buscaba el espíritu, comenzó aquella gran lucha entre lo que el ser humano podía alcanzar con los contenidos ideicos de su mente, los contenidos de su cerebro, y lo que los dioses querían revelarle desde el cielo. Esta lucha se libró con mayor intensidad, de forma gigantesca, en las verdaderas manifestaciones de lo que se conoce como los misterios rosacruces de la Edad Media. Allí se percibía, como preparación para el conocimiento verdadero, la impotencia del ser humano moderno. Porque ya era algo que podía percibirse como algo imponente, precisamente en los círculos de la verdadera iniciación rosacruz. Lo imponente consistía en que al discípulo no se le hacía claro de forma abstracta, sino de manera viva e interior: «Tú, como ser humano moderno, solo puedes adentrarte en el mundo de los conceptos. Pero con ello pierdes la esencia viva de tu propia humanidad».

Y el discípulo, al sentir que aquello que le ofrecía precisamente la época moderna, no podía conducirlo a lo que constituye su verdadera esencia, entonces era cuando el discípulo sentía: «O bien debes desesperar del conocimiento, o bien debes pasar por una especie de mortificación del orgullo de la abstracción». Y ya entonces el discípulo rosacruz, el verdadero discípulo rosacruz, sentía algo parecido a como si el maestro le hubiera dado un capón para indicarle que, lo abstracto de la mentalidad moderna no es adecuado para entrar en los mundos espirituales, y que el discípulo debía renunciar a la mera abstracción para poder acceder al mundo espiritual.

En realidad, ese fue un momento crucial en la preparación de lo que se podría llamar la iniciación rosacruz.

Traducido por J,.Luelmo

GA314 Dornach, 21 de abril de 1924 - Los miembros superiores del ser son desconocidos en la medicina actual

  volver al índice

 RUDOLF STEINER

Reuniones médicas (discursos y debates)

Los miembros superiores del ser son desconocidos en la medicina actual

Dornach, 21 de abril de 1924

Creo que el tema principal que vamos a tratar debe abordarse a partir de las preguntas concretas que ustedes planteen. Solo quiero hacer algunas observaciones preliminares, diría que de carácter general. A lo largo del desarrollo de la humanidad, se han perdido muchos valores reales debido a que, el conocimiento de lo espiritual, se ha ido perdiendo poco a poco, «que, sin embargo, también está presente en todo lo físico». Pero entre las cosas que más han perdido se encuentra, sin duda, la medicina, y ello se debe a que, al limitarse únicamente al conocimiento de la naturaleza, se pierde toda comprensión del ser humano y de su vida en general. Porque una y otra vez hay que subrayar que todos los procesos que tienen lugar en la naturaleza son procesos que no pueden desarrollarse de la misma manera dentro del organismo humano.

Dejemos de lado los organismos animales y vegetales. Hoy en día prevalece la creencia de que un proceso que se observa externamente en la naturaleza puede existir también, de alguna manera, en el interior del organismo humano. Se habla de combustión y de todo tipo de procesos físicos en el interior del organismo humano. En realidad, estos no existen tal cual, y del mismo modo que, frente a lo extranatural, nos encontramos ante un organismo humano cerrado en sí mismo, que a simple vista es algo distinto de un objeto natural extrahumano del exterior, así también cada proceso individual en el organismo humano es algo totalmente diferente. Todos los procesos que tienen lugar fuera del ser humano, en la naturaleza, actúan sobre él en el sentido de la descomposición y la construcción. Y, en realidad, si queremos comprender al ser humano, debemos reconocer en él una triple descomposición.

El primer deterioro o desgaste, es aquel que, en cierto sentido, se produce desde dentro a través de todo aquello que actúa sobre el ser humano desde la Tierra. Las fuerzas terrestres actúan de tal manera que deterioran al ser humano desde dentro. Las fuerzas que actúan desde el aire, —principalmente a través de la respiración—, y que se transmiten al ser humano, actúan de forma destructiva desde la órbita terrestre. Y las fuerzas de la luz actúan sobre el ser humano desde el cosmos con un efecto destructivo. De modo que las fuerzas extrahumanas del cosmos actúan sobre el ser humano de forma destructiva de tres maneras, y cuando la organización del Yo y el cuerpo astral no colaboran con el organismo humano, se produce inmediatamente la destrucción. En el ser humano se contrarrestan los principios destructivos, gracias a la intervención del cuerpo astral y la organización del Yo. Por lo tanto, la degradación provocada por las fuerzas extrahumanas debe producirse en el momento en que el «yo» y el cuerpo astral dejan de actuar en el ser humano. Pero al mismo tiempo esto nos demuestra, que no podemos llegar a un conocimiento del ser humano sin adquirir cada vez más una comprensión real de los miembros superiores de la naturaleza humana, incluso cuando nos centramos en la medicina.

La medicina solo ha llegado a limitarse a probar y experimentar, precisamente debido a que en los últimos tiempos, ya no se ha atrevido a tener en cuenta los aspectos superiores de la naturaleza humana, lo suprasensorial. Ahora bien, el proceso de la enfermedad no puede comprenderse si no se considera en relación con los aspectos superiores de la naturaleza humana. Y tampoco puede comprenderse el proceso de recuperación, el proceso de curación, sin situarlo en ese contexto de relación con los aspectos superiores de la naturaleza humana. Porque, fíjense en lo siguiente: en la cabeza humana se producen, en esencia, procesos de degradación del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Estos procesos de degradación que tienen lugar son precisamente los que hacen posible que, en la cabeza humana, el cuerpo astral y el yo actúen autónomamente. Por el contrario, en la organización metabólica y de las extremidades, en todo lo relacionado con el sistema metabólico y motor, nos encontramos ante procesos constructivos del organismo humano, tanto del cuerpo etérico como del cuerpo físico. En estos procesos constructivos del sistema metabólico-motor, solo intervienen, en el sentido más eminente, el Yo y el cuerpo astral. En todo lo que ocurre en el metabolismo, intervienen el cuerpo astral y el Yo. En todo lo que es movimiento, interviene la organización del Yo. De modo que en el sistema metabólico-motriz tenemos al Yo y al cuerpo astral comprometidos. En la cabeza humana, por el contrario, en cierto sentido, están liberados, allí el Yo y la organización astral son totalmente libres. De modo que, si quisiéramos representarlo esquemáticamente, podríamos dibujar: cabeza física, cabeza etérica, pero ahora el cuerpo astral y el Yo están libres, no implicados en lo físico ni en lo etérico. Por el contrario —si dejamos de lado por ahora al ser humano intermedio, el ser rítmico, el ser sanguíneo—, si consideramos al ser humano metabólico-motriz, en primer lugar el cuerpo etérico está completamente activo en él. También lo está en la cabeza, pero además aquí, —el cuerpo astral y la organización del Yo están activos—,sin estar liberados interiormente, sino provocando los procesos.

Ahora bien, cuando observamos al niño, vemos una conexión completa entre todo aquello que es libre en la cabeza, —como el cuerpo astral y la organización del yo—, y aquello que está vinculado a la organización física, como en el cuerpo, mientras que en el adulto no existe tal conexión interna y, por lo tanto, el cuerpo en su conjunto no depende tanto de lo que ocurre en la cabeza como en el caso del niño. En el niño, todo el cuerpo depende, sin lugar a dudas, de lo que ocurre en toda la cabeza.

Es totalmente imposible adquirir un conocimiento de la naturaleza humana sin tener realmente en cuenta los aspectos superiores de la naturaleza humana. Porque nadie puede comprender realmente lo que ocurre en el sistema motor y metabólico del ser humano si no recurre a lo espiritual y lo anímico. A lo sumo, se puede recurrir a la organización de la cabeza, que se asemeja mucho, en su estructura física interna, al funcionamiento de las leyes extrahumanas. La organización de la cabeza está impregnada por un cuerpo etérico y, aunque se diferencia de las organizaciones extrahumanas, es la que más se asemeja a ellas.

En realidad, ¿Qué significa comprender la enfermedad? Supongamos que se trata de algún órgano del metabolismo: hay que partir de la premisa de que entre lo físico y lo etérico existe una relación muy concreta, y de cómo el cuerpo astral y la organización del yo intervienen en ese órgano, digamos, en el hígado. El cuerpo astral y la organización del yo deben intervenir de una manera muy concreta. En el momento en que el Yo y el cuerpo astral se alejan un poco de este órgano, en ese mismo instante dicho órgano se asemeja al órgano de la cabeza, y hay que tener siempre presente que, cuando algún órgano metabólico, —y también aquello que está relacionado con el metabolismo—, muestra una irregularidad, es porque el cuerpo astral y la organización del Yo participan muy poco en la organización de ese órgano; y en la cabeza ocurre lo contrario. Cuando el cuerpo astral y el «yo» intervienen con demasiada fuerza, se produce un estado patológico en la cabeza humana; de modo que, en realidad, la cabeza humana es la parte que presenta una predisposición interna más marcada hacia lo vegetal y lo mineral, mientras que los órganos motores y metabólicos son los que presentan una predisposición más marcada hacia lo animal y lo humano. En realidad, solo se percibe lo contrario. Se cree que precisamente la organización de la cabeza es la más espiritual de todas. Pero cuando la organización de la cabeza se vuelve más espiritual, la conciencia se nubla. En el momento en que procesos vegetativos demasiado intensos intervienen en la organización de la cabeza, en ese mismo momento se produce la enfermedad a partir de la cabeza. En el momento en que en el organismo metabólico-motriz intervienen muy pocos procesos que provengan del yo o del cuerpo astral, es el momento en que el sistema metabólico-motriz se asemeja al sistema de la cabeza, este sistema enferma.

La perspectiva del médico debe, por tanto, centrarse en preguntarse: cuando veo que una enfermedad está relacionada con una alteración de la conciencia, ¿cómo consigo evitar que esto ocurra? Debo impedir la intervención excesiva del «yo» y del cuerpo astral. — O bien: ¿cómo consigo que el cuerpo astral intervenga con mayor intensidad cuando su intervención es demasiado débil? — Y verán, aquí es donde realmente surgen los aspectos que nos indican que precisamente en la medicina, la forma de pensar, la manera de razonar, desempeña un papel extraordinariamente importante. Porque, sin duda, hay que conocer los principios activos, los remedios. Pero, naturalmente, se preguntarán con razón: ¿cómo se llega a conocer los remedios? Y no se pueden conocer si no se experimenta primero en lo espiritual, lo que está realmente ocurriendo en el ser humano. Ahora bien, para experimentar lo que realmente ocurre en el ser humano, es necesaria una determinada forma de pensar. Y eso es lo que quería decir, en principio, a modo de introducción: que el médico debe imbuirse de una determinada forma de pensar. En primer lugar, por ejemplo, me gustaría decir que hay que partir de lo más externo y natural. El médico debe tener claro, ante todo, que todo aquello que podemos llamar calor, luz, etc., está presente en realidad de dos maneras. — Verán, en primer lugar, cuando es verano, la luz y el calor del sol descienden a la Tierra; entonces, la luz y el calor solares actúan sobre lo que brota y crece en la Tierra, llevándolo a la floración y a la fructificación. Y de esa floración y esa fructificación, lo que nos interesa en realidad, es esencialmente que son las portadoras de la luz y el calor del sol.

Pero, ¿Qué ocurre en invierno? En verano, la luz y el calor del sol penetran en el suelo; permanecen allí y siguen actuando a lo largo del invierno. Así pues, la luz y el sol intervienen desde dos perspectivas.

Pero si observamos lo que provocan el Sol y, en general, la órbita terrestre, —lo cósmico—, en la Tierra desde esa órbita, llegamos a la conclusión de que todo ello tiene un efecto sobre el sistema metabólico y el sistema de las extremidades del ser humano. Todo el sistema metabólico y el sistema de las extremidades ya se ven influidos por lo que llega desde el cosmos. Todo lo que hay en la cabeza está influenciado por lo que ya estaba conservado en la Tierra procedente de las fuerzas cósmicas. En este sentido, el ser humano se sitúa en el extremo opuesto. Su sistema metabólico y de extremidades está influenciado por lo extraterrestre y lo cósmico. Pero esto se puede extender a cada sustancia individual. Tomemos, por ejemplo, el plomo, ya que el plomo es precisamente un remedio muy eficaz para ciertas afecciones. El plomo, tal y como se encuentra en la naturaleza extrahumana, lo encontramos tal y como lo crearon las fuerzas cósmicas en su totalidad; así es como actúa en el sentido más eminente cuando está presente a través de las fuerzas cósmicas; así actúa, en el sentido más eminente, a través del sistema metabólico de las extremidades hasta llegar a la cabeza. Si fundimos el plomo, es decir, si aplicamos un proceso terrestre y, por tanto, lo sometemos de esta manera a un proceso terrestre, entonces actúa directamente sobre el sistema craneal. De ahí que exista esta gran diferencia.

Entre nuestros medicamentos contamos con un remedio esencial: el antimonio, el «brillo gris de la lanza». Si lo tomamos tal y como se encuentra en la naturaleza, en forma de mineral fibroso —esa estructura en forma de lanza se ha formado a partir del cosmos—, entonces el antimonio nos ofrece un medio para actuar sobre el metabolismo. Si sometemos el antimonio a un proceso terrenal, de modo que se convierta en antimonio en forma de espejo, entonces actuamos, en un sentido específico, sobre la cabeza humana.

Y verá, se trata de aplicar esta forma de pensar en todos los ámbitos, no solo a la sustancia, sino también a los procesos, a lo que ocurre. No es correcto decir que el plomo es un remedio para esto o aquello. Se trata de saber cómo se ha desarrollado el proceso, si tenemos un remedio en bruto o si hemos sometido la sustancia a algún proceso. La forma de tratar las sustancias es, en el fondo, lo esencial. Y habría que dejar de pensar que el remedio se encuentra en la sustancia como tal. Habría que decirse cada vez más: si hay una enfermedad, hay un proceso que no abarca la totalidad del organismo humano. Si se quiere un remedio, hay que fortalecerlo; hay que someter a la persona a procesos que se comprendan con exactitud. Eso es lo que importa.

Ahora me gustaría decirles algo hacia lo que se dirige toda esta introducción, algo que quizá les parezca un poco paradójico al principio, pero que es necesario comprender realmente en toda la práctica médica. Se trata de que, al estudiar todos aquellos procesos que hay que estudiar en el universo, hay que determinar si son procesos cósmicos o telúricos, o si son procesos que se entrelazan a partir de ambos. No tenemos ninguna posibilidad de acercarnos realmente a estos procesos si no somos capaces de comprender cómo se articula lo anímico, a su vez en tres regiones diferentes, en este ser humano tripartito. Sin la comprensión de lo anímico, es en realidad imposible acercarse verdaderamente al ser humano.

Y aquí hay que tener en cuenta lo siguiente: en el ser humano adulto, lo psíquico constituye, en realidad, una unidad mucho más sólida que el organismo físico. El organismo físico está claramente estructurado en tres partes: el sistema nervioso-sensorial, el sistema rítmico y el sistema metabólico-motriz. Hay que distinguirlos entre sí. Pero lo anímico «llena» tanto el sistema cefálico, es decir, el sistema nervioso-sensorial, como el sistema rítmico y el sistema metabólico-motriz. En el sistema inferior se encuentra muy adormecido, en estado onírico, pero impregna a todo el ser humano a través de sus tres miembros. Ahora bien, cuando el ser humano debe desarrollar un sistema en particular, es decir, cuando lo anímico debe verter su actividad especialmente en un sistema, ¿qué ocurre realmente? Es cierto que el ser humano puede ocuparse en pensar, puede ocuparse en caminar, puede ocuparse en trabajar con las manos y las piernas; en esos casos, debemos hablar del sistema medio por separado. Pero, ¿qué ocurre con lo anímico cuando el ser humano se ocupa de forma activa, cuando está ocupado caminando? Cuando el ser humano camina o trabaja con las manos, es cierto que esa misma fuerza se manifiesta en todo aquello que en el mundo se denomina amor, que permanece en los brazos y las manos, en las piernas y los pies (laguna en el texto). El ser humano debe llegar hasta el límite de su piel cuando se pone en movimiento, y eso, cuando se desborda más allá del ser humano, se despliega como amor.

Pero, ¿qué significa objetivamente que el ser humano camine? Significa que anima con amor, desde el interior de su piel, el organismo humano; es decir, que ejercita su organización astral o del «yo» de la forma correspondiente. Y cuando camina, ejercita su organización del «yo» de tal manera que la extrae, hasta cierto punto, del organismo físico y etérico. Cuando el ser humano piensa, la activa de tal manera que la vierte en el organismo físico y etérico. Cuando el ser humano camina retrae sus cuerpos astrales y el yo; mientras estira las piernas, al caminar retrae el cuerpo astral y el yo. Cuando piensa, los irradia hacia dentro, naturalmente solo hasta la piel. Y si se tiene esto en cuenta, se puede decir que el inicio de la enfermedad radica simplemente en la actividad del organismo. Porque cuando, sin que el ser humano llene con amor su organismo, el cuerpo astral y la organización del «yo» se retiran del sistema de miembros metabólicos, surgen entonces estados patológicos. Cuando en la cabeza se llenan el cuerpo etérico y el cuerpo físico sin que ello se produzca de forma voluntaria, vuelven a aparecer estados patológicos. De modo que lo que el ser humano hace de forma voluntaria se corrige inmediatamente después. La vida cotidiana en el pensar y el moverse: es un continuo proceso de enfermarse. Solo que el organismo humano puede recuperarse inmediatamente.

Y comprender estas cosas depende precisamente de que uno sea capaz de sentir tanto amor por lo que ocurre en caso de enfermedad, hasta el punto de poder contemplarlo como aquello que, en realidad, nos muestra de forma física lo que es el espíritu en el ser humano. Verán, cuando el ser humano enferma del hígado —digamos que presenta alguna anomalía en el hígado—, su cuerpo astral no está suficientemente ocupado en el hígado. ¿Cuál es la actividad espiritual correspondiente cuando ocurre algo similar? Se produce cuando me intereso interiormente de forma especialmente intensa por algo externo. En el instante en que alguien contempla algo con gran atención, en realidad está enfermo del hígado en ese momento. En ese instante, el cuerpo astral se retira del hígado, pero la situación se equilibra de nuevo inmediatamente. Y, al analizar los distintos procesos patológicos del organismo humano, siempre se puede estudiar lo que ocurre en el ser humano sano a través de su voluntad, a través de su vida voluntaria. Si los procesos de arbitrariedad no se compensaran continuamente, el ser humano se enfermaría constantemente a causa de ellos. Así pues, se puede aprender cómo es lo anímico y lo espiritual si se aceptan de buen grado los procesos de enfermedad como procesos de estudio, si realmente se aman.

Y este amor por las enfermedades debe ir, naturalmente, acompañado de otra cosa. Al fin y al cabo, no se trata solo de estudiar la enfermedad; eso es lo menos importante. Pero si se puede curar, ¿qué se obtiene entonces? Entonces se obtiene una visión de la forma en que, a partir de las más diversas actividades espirituales y entidades, ha surgido el mundo divino, de cómo se ha creado el mundo. Y ese es el punto de partida en la práctica médica: en primer lugar, decirse a uno mismo que los procesos de enfermedad conducen al conocimiento del ser humano. Son auténticos procesos de conocimiento. Sin embargo, los procesos de curación solo pueden comprenderse con una actitud religiosa. Actuar de verdad ante el mundo con una actitud religiosa: eso es lo que debe impregnar toda la práctica médica. Sin ello, tampoco se alcanzará jamás el conocimiento en lo particular.

Por supuesto, siempre se podrá decir: «Bueno, ahí están los remedios, ahí viene también la antroposofía y propone remedios, ¡pero no se puede comprender todo esto!». — Se puede comprender si se tienen en cuenta aspectos como los que se acaban de caracterizar, si se es capaz de penetrar en un verdadero proceso de conocimiento con el diagnóstico y en un verdadero proceso con la terapia. Estas cuestiones deben tomarse muy en serio. Partiendo de esta actitud hay que comprender lo que siempre se ha planteado como la aportación de la antroposofía a la medicina. Los detalles son, por supuesto, lo que se puede aplicar en la práctica. Pero es necesario, con esta actitud de la que hemos hablado, penetrar en todo lo que se desarrolla en la actividad médica.

Ahora me gustaría que plantearan alguna que otra pregunta, para que mañana podamos avanzar hacia consideraciones más concretas. Solo quería abordar el aspecto cualitativo.

PREGUNTAS

Primera pregunta: hoy en día, como médico, a veces uno se ve obligado a utilizar medios que no le gusta emplear, y algunos de ellos son, sin duda, de tal naturaleza que no deberían utilizarse. ¿No se podría decir algo sobre los medios que no deberían utilizarse?

Dr. Steiner: Sobre esta cuestión, me gustaría decir lo siguiente, a título de principio: hay una gran diferencia entre poder afirmar, respecto a un remedio, que comprendo cómo actúa en el organismo humano, o no comprenderlo. Esa es una gran diferencia. Ciertamente, esta diferencia es, en un primer momento, relativa para la práctica clínica, mientras no dispongamos de facultades de medicina en las que se imparta un plan de estudios como el que puede ofrecer la antroposofía. Mientras eso no ocurra, siempre sucederá que el médico clínico tome nota también de lo que recomienda la antroposofía: «Este es un remedio para esto o aquello». A nosotros, por supuesto, nos encantaría poder empezar por impartir conocimientos sobre la naturaleza humana, de modo que, al observar una cebolla, se pudiera comprender cómo actúa el proceso de la cebolla en el organismo humano en determinadas circunstancias. Eso sería, sin duda, lo que más nos gustaría. Pero, en primer lugar, eso es algo relativo, y por el momento solo puede ser así: que se prescriba un remedio para esto o aquello. Sin embargo, desde aquí apenas se prescribe ningún remedio sin que se conozca su efecto interno en la naturaleza humana. Por ejemplo, no se dice que se tome ácido silícico de Equisetum sin saber con exactitud que con ello se provoca un proceso renal. La irritación del riñón se reduce en su hipersensibilidad. Por lo tanto, la hipersensibilidad del riñón se reduce cuando se le administra ácido silícico de Equisetum. Esto se comprende, y habría que saber (laguna en el texto). Pero ahora les pregunto con toda franqueza: ¿cómo se llevan a cabo los estudios? — Se realizan de forma totalmente superficial con ayuda de las estadísticas; consisten en administrar el medicamento a tal o cual número de pacientes. En realidad, no se sabe en absoluto lo que está ocurriendo, y, sobre todo, la gran diferencia entre un remedio auténtico y uno que no lo es radica en que, en el caso del remedio auténtico, se comprende el proceso y se sabe cómo actúa sobre la vida humana en su conjunto. Si hoy se cura algo con cualquier remedio, no puede saber qué pasará dentro de cinco años. Pero si comprende el proceso en su totalidad, no necesitará, ante todo, estadísticas. En el caso de nuestros remedios, nunca se trata de una cuestión de estadísticas. Verá en el libro que se publicará próximamente que el que un remedio surta efecto o no no depende de las estadísticas, sino del estudio de cada caso concreto. Si tiene una caja de cerillas y enciende una, no quemará todas las cerillas, sino que, al haber encendido una, sabrá que todas pueden arder. Del mismo modo, ustedes saben que cada proceso debe desarrollarse tal y como lo conocen. Por lo tanto, no se trata de estadística, sino de comprender cada caso concreto. Por eso siempre tendremos grandes dificultades cuando se diga: «¡Entregad vuestros remedios, hay que probarlos!» — Pero con eso no se consigue nada, eso no genera confianza en los remedios. Ciertamente, estadísticamente se obtendrá un resultado extraordinariamente favorable con nuestros remedios, pero los casos habituales o bien no están diagnosticados correctamente, o bien son casos en los que aún deben intervenir otros remedios. Ahora bien, creo que lo esencial, de lo que se trata, es que, en el caso de aquellos remedios que curan sin que se comprenda su mecanismo de acción, hay que comprender, ante todo, cómo se desarrollan realmente las cosas. Verá, es curioso que el mero hecho de probarlos dé lugar a todo tipo de cosas interesantes. Hoy en día aparecen todo tipo de remedios contra la sífilis. En todos ellos, el arsénico desempeña un papel importante. ¿Por qué? Según nosotros, el arsénico es algo que estimula al cuerpo astral —cuando este se muestra inerte en su intervención en el cuerpo físico— para que intervenga en mayor medida en él. Este cuerpo astral se activa al introducir arsénico en el ser humano. En este efecto sobre el cuerpo astral se basan, en realidad, aquellos remedios descubiertos mediante la experimentación. Por supuesto, también se puede ver cómo uno se engaña, cómo se producen a raíz de una ilusión. Se confía en el efecto penetrante del arsénico en aquellos casos en los que el cuerpo astral realmente puede fortalecerse tanto gracias a él. Y, en el caso de la sífilis, en realidad solo el arsénico cura. Por eso, con todos estos remedios hay que ver siempre más allá de la eficacia del remedio. Habría que esforzarse por ver siempre más allá de la eficacia de un remedio. Por eso, nuestra forma de pensar debe darse a conocer cada vez más, y eso es precisamente lo que queremos lograr con este libro: introducir precisamente en la forma de pensar médica que aquí se cultiva, y no centrarnos tanto en los remedios. También será importante señalar la forma de pensar respecto a los remedios que no indicamos nosotros. Al fin y al cabo, también hay buenos remedios fuera de nuestro ámbito, y cuando es necesario, se administra uno u otro.

Segunda pregunta: La última vez que estuvimos aquí, hablamos del asma bronquial. Usted indicó como remedio que hay que meditar sobre la respiración. ¿Estamos autorizados a proponer una meditación en casos como este? No se me ocurrió otra cosa, así que encontré una frase de Goethe:

En la respiración hay dos tipos de gracia:
Inhalar el aire, exhalarlo,
Lo primero oprime, lo segundo refresca;
Así de maravillosa es la mezcla de la vida.
Da gracias a Dios cuando te oprime,
Y dale las gracias cuando te libera de nuevo.

Yo desconocía si eso era correcto.

Dr. Steiner: Miren ustedes, en este tipo de cuestiones hay que aceptar que, dado que ustedes, por mi parte, se inclinan hacia lo «medio espiritual» o lo «tres cuartos espiritual», también habrá algo de espiritual en la respuesta, si se da la actitud de la que he hablado hoy. Esta forma de estar del ser humano en lo terrenal y, a través de la cabeza, en lo cósmico; cuando el médico ha aprendido a pensar y sentir espiritualmente, y a comportarse así ante el enfermo, entonces se puede asumir la responsabilidad de algo así. Pero si se aborda al enfermo con la actitud que hoy en día impera en gran medida debido a la visión materialista del mundo, si se le trata con esa indiferencia hacia él, con algo que no tiene nada que ver directamente con lo anímico, entonces, en la mayoría de los casos, con tales cosas se puede lograr lo contrario de lo que en realidad se pretende. Verán, realmente hay muchas personas que acuden una y otra vez —y hoy en día tampoco se descarta del todo entre los médicos— que trabajan con este tipo de cosas. A veces lograrán un alivio, aunque no una curación. Si esto fortalece al enfermo, entonces ese alivio puede conducirlo realmente a la curación. Pero si la gente pregunta si realmente se puede llegar a algo así, debo decir que, si amáis de verdad al enfermo, será posible. Sin embargo, si os enfrentáis al paciente con indiferencia, no servirá de nada.

Hay que tener realmente el valor de curar. Por eso, en nuestro instituto, donde esto es así, siempre he mencionado el valor de curar. Lo peor que se puede hacer es pensar en la muerte cuando se trata de cualquier enfermo, por muy grave que esté, y se le pretenda curar. Como médico, uno debería prohibirse por completo pensar en la muerte del paciente como una posibilidad. Y es que los imponderables tienen un efecto tan fuerte. Es una fuerza enormemente fortalecedora cuando, en cualquier circunstancia y hasta el final —¡hasta el final!—, se aleja el pensamiento de la muerte y solo se piensa en qué se puede hacer para salvar la fuerza vital que aún se pueda salvar. Cuando se cultiva esa actitud, se salva a muchas más personas que cuando se cultiva la actitud contraria, la que de alguna manera pronostica la muerte a partir de tal o cual circunstancia. Eso no se debe hacer nunca. Y hay que tener muy en cuenta este tipo de cosas. Solo así se tiene derecho a tener el valor de curar.

Pregunta: Cuando se trabaja como asistente en un hospital y hay que recetar morfina y otros medicamentos a un enfermo, ¿puede algo más —precisamente la actitud hacia el enfermo— contrarrestar de alguna manera los efectos negativos que se le están causando?

Dr. Steiner: Se puede lograr mucho simplemente con la actitud. Pero cuando sea necesario intervenir con sustancias físicas, estas deberían obtenerse, a ser posible, directamente del reino vegetal, y no mediante preparados derivados; según se considere necesario, es decir, por mi parte, utilizar directamente el jugo de la planta de amapola. Y no con la conciencia del proceso interno, sino todo lo contrario, centrándose en la forma externa de la planta, en «lo agradable de la planta». En estos asuntos es difícil dar reglas, porque, incluso cuando uno se ve obligado a administrar el remedio, la actitud tiene una gran importancia a la hora de captar lo que se manifiesta en el enfermo. Hay que prestar atención al estado de ánimo que se produce en el enfermo a raíz del remedio; entonces se puede intervenir. El enfermo se ha vuelto más transparente en lo que respecta a la ayuda que le brinda el remedio. Mañana continuaremos, y les ruego que pregunten todo lo que tengan en el corazón.


meditación de la piedra de fundación