CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA069c Nuremberg, 1 de diciembre de 1911 - De Jesus a Cristo -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 De Jesus a Cristo 

Nuremberg, 1 de diciembre de 1911


¡Estimados presentes!

Quien observe con atención nuestra vida espiritual se dará cuenta de lo profundamente arraigado que está en nuestra educación actual el enigma vinculado al nombre de Cristo Jesús. Y bien puede decirse que todas las cuestiones que afectan al presente —como sin duda ha quedado patente en los últimos años— son consecuencia del problema de Cristo o de Jesús, uno de los problemas más importantes que existen. Incluso hemos sido testigos de que hombres de nuestra época, que creen estar por encima de lo que denominan «prejuicio religioso del cristianismo», se ocupan intensamente de este problema. Así, por ejemplo, se da el hecho de que desde un punto de vista más o menos monista se ha mostrado interés por este enigma. Solo que la cuestión que surge al respecto es, en realidad, la que se ha intentado resolver en todas las épocas, desde que existe el cristianismo, desde que este apareció, de las formas más variadas, más profundas y, a veces, también de la manera más superficial.

Dado que debemos partir de un punto de vista muy concreto, a saber, el de la ciencia espiritual, intentemos tener presente de qué fundamentos surge en realidad el matiz particular que nuestro presente confiere a este enigma. Entonces veremos —y esto es especialmente significativo para nuestra época— que en las almas, en los corazones, surge una enorme contradicción: por un lado, existe la necesidad, el intenso anhelo de saber algo sobre aquellas cuestiones que desde siempre han ocupado al espíritu humano; por otro lado, se nos muestra la fragmentación, el caos que se impone. Mientras que, en cierto modo, uno se siente demasiado blando o se muestra demasiado débil para abordar realmente este problema en toda su profundidad, en este ámbito hay, por otra parte, expertos que se ocupan de él de la manera más exhaustiva, a la espera de alguna nueva revelación, de algún nuevo acontecimiento relacionado con este problema.

Lo peculiar de esta pregunta ya está implícito en los dos nombres que se presentan ante el alma: «Cristo» y «Jesús». Y si echamos un breve vistazo a lo que ha sucedido a lo largo de los siglos, desde la época de los evangelistas y los primeros cristianos hasta la sucesión de siglos posteriores, nos encontramos con la pregunta: ¿Cómo puede el ser humano formarse una idea de que la esencia divina de Cristo pueda encarnarse en un ser humano, en un cuerpo humano? ¿Cómo es posible que la naturaleza divina haya logrado en un cuerpo humano lo que se denomina la Redención? En resumen, podemos decir que lo que tanto ha ocupado a la humanidad a lo largo de los tiempos es la pregunta: ¿cómo pudo aparecer Cristo en la Tierra?, ¿cómo se produjo precisamente esa unión de las dos esencias, la de Cristo como Dios y la de Jesús como hombre? Pero, cuanto más nos acercamos al presente, más y más la pregunta va adquiriendo otra forma. La pregunta adquiere una forma —y esto es lo curioso— que se adapta por completo a la visión cultural a la que la humanidad ha llegado tras un largo proceso. Si observamos el presente, encontramos prácticamente el polo opuesto, la antítesis total de lo que se reconocía en los primeros tiempos del cristianismo en relación con la cuestión de Cristo.

Se podrían citar cientos y cientos de casos similares al que ahora quiero destacar. En una revista de 1861, publicada en Suiza, un hombre cercano al cristianismo nos dice [más o menos] lo siguiente: Si algo me obligara a admitir que Cristo resucitó corporalmente, que la resurrección es, en general, algo posible en el sentido evangélico, entonces tendría que admitir todo aquello que, al no ajustarse a mi propia visión del mundo, se me opusiera de alguna manera; entonces tendría que reconocer que toda mi visión del mundo presenta una grieta. - ¡Cuántas personas de la actualidad, incluso los expertos en religión y los teólogos, tendrían que hacer una confesión de este tipo exactamente de la misma manera! Si reflexionaran, llegarían a la convicción de que tendrían que confesar exactamente lo mismo.

Comparemos esta confesión con lo que dijo Pablo al afirmar:

«Si Cristo no ha resucitado, vuestras obras son vanas, y vana es también vuestra fe».

Si nos adentramos en lo que dice Pablo, hay que reconocer que lo esencial, lo que lo impregna todo, es el hecho de que Cristo ha resucitado. Habrá que admitir que el cristianismo pierde por completo su sentido si se elimina el misterio de la resurrección, si se elimina lo que ha sucedido para el desarrollo de la humanidad. Pablo consideraba la resurrección como lo más esencial, como el nervio fundamental de la cosmovisión cristiana. Y en nuestra época se ha llegado a tal punto —y esto es profundamente revelador— que ciertas personas se dicen a sí mismas que, si tuvieran que reconocer la resurrección, toda su cosmovisión se resquebrajaría.

A alguien en quien aún no se han encubierto estas cosas no le resulta precisamente agradable encontrarse con la cuestión fundamental del cristianismo, —pues de eso se trata—, planteada ante su alma de esta forma. Sin embargo, la teosofía no tiene como tarea encubrir las cosas, por así decirlo, sino caracterizarlas por su verdadero nombre. En cierto modo, ninguna época puede escapar de sí misma, [de su naturaleza]; el carácter general de la evolución de cada época se refleja también en la concepción de la cuestión de Cristo. En el siglo XIX vemos cómo la cuestión de Cristo se transforma en una cuestión sobre Jesús; vemos cómo, debido al progreso de la ciencia, al ser humano le resulta cada vez más difícil ver en el hombre Jesús de Nazaret la encarnación de un ser divino-espiritual, tal y como se podía ver en tiempos antiguos. A medida que los Evangelios se hacían cada vez más accesibles gracias a la [creciente] difusión de la educación, se leía en ellos con profunda atención, y las almas se sentían, por así decirlo, elevadas hacia algo divino. Entonces se produjo una transición gradual desde las concepciones más paradójicas sobre Cristo Jesús hasta lo que ahora defienden muchos teólogos, a saber, que hay que suponer que Jesús fue simplemente una personalidad especialmente sobresaliente en la evolución del mundo; es decir, que en él se manifestaba en [especialmente] gran medida aquello que el ser humano considera el ideal más elevado. Se le ve en él únicamente como un ser humano, aunque elevado a un nivel superior.

Por supuesto, en las concepciones sobre Cristo Jesús se encuentran todo tipo de matices. Así, en el siglo XVIII nos encontramos con el hecho de que el ser humano solo proyectaba en el problema de Cristo Jesús aquello que podía imaginar o concebir. De este modo, para el ilustrado Reimarus, Cristo Jesús apenas aparecía como algo más que un ser humano especialmente destacado. [En cambio, Lessing albergaba en su interior una imagen espiritual sustancialmente diferente.] En una ocasión llegó a expresar que deseaba poder vivir para ver cómo aparecía alguien que refutara de manera exhaustiva lo que se difundía sobre Jesucristo. Todo se basaba [en aquella época] en la crítica de los Evangelios, en particular en las contradicciones, y más concretamente en aquellas que salen a la luz al comparar los distintos relatos de la resurrección. Lo más obvio era llegar a la conclusión de que los narradores habían transmitido algo irreal, lo cual, sin embargo, no es en absoluto cierto.

Cuando se interroga a testigos sobre cualquier asunto y estos prestan declaraciones contradictorias, esto no constituye en absoluto una prueba en contra del hecho en sí. Si imaginamos un juicio mundial y nos preguntamos: «¿Son creíbles estos testigos?», esta pregunta no es la adecuada; la única pregunta determinante e importante es otra: «¿Quién ha ganado este juicio?». — Sin duda, el cristianismo, que se basaba en el hecho de la resurrección, se ha alzado con la victoria en la historia mundial. Por lo tanto, el hecho es que, aunque los testigos declararan cosas diferentes, el juicio en sí ya está decidido.

Poco a poco se fue acercando cada vez más el momento en el que se configuró el asunto de tal manera que desapareció toda posibilidad de pensar en algo sobrehumano al respecto o, por decirlo en el espíritu de aquella época: se acerca cada vez más el momento en el que resultará imposible pensar y hablar de la resurrección como se hacía originalmente. Por eso, en el siglo XIX, en la historia de la religión, se dedicó inicialmente a obtener una imagen del hombre Jesús a partir de los Evangelios. No es necesario que analicemos aquí qué se ha hecho con los Evangelios, cómo se intentó recopilar los pasajes coincidentes [sinópticos], ya que se obtiene una visión general prácticamente idéntica, ni cómo se intentó incluso excluir por completo el Evangelio que tiene el contenido más sobrenatural, el Evangelio de Juan, argumentando que que se trataba de un himno a la individualidad de Jesús de Nazaret. Sin embargo, también hubo otros investigadores del siglo XIX que afirmaron que habría que abandonar todo el cristianismo si ya no se reconocía el Evangelio de Juan. Un investigador que, aunque hoy se le considera anticuado, tuvo en su día gran importancia, señaló con insistencia precisamente los hechos del Evangelio de Juan. Sin embargo, todos los esfuerzos apuntaban a presentar de forma creíble al hombre Jesús ante el alma de las personas; para ello, había que descartar desde el principio muchas cosas que, aunque figuran en los Evangelios, ya no se podían creer en el siglo XIX, y se eliminaron una gran cantidad de hechos, como los milagros y demás, con lo que se descartó toda posibilidad de admitir algo sobrenatural.

Por ello, revistió especial importancia que un teólogo del siglo XIX que vivió en Basilea, Franz Overbeck, escribiera un libro muy singular que tituló «Sobre el carácter cristiano de la teología actual». Este libro no solo es singular por su contenido, sino que, para cualquiera que se interese por estos temas, es significativo como expresión de la confesión de un hombre que, a lo largo de toda su vida como teólogo, tuvo que lidiar de la manera más dura con el hecho de que debía presentarse ante sus alumnos con los sentimientos que albergaba en su alma. Overbeck tuvo que lidiar con este hecho hasta que, finalmente, sintió la necesidad imperiosa de expresar lo que albergaba en su alma. Quien entienda de estas cosas vislumbrará sin duda un destino tormentoso al seguir la singular trayectoria vital del basileño Overbeck, quien, en el fondo, se planteaba la pregunta: «¿Se puede seguir llamando cristiana a la teología hoy en día, si al mismo tiempo es una ciencia?», —a la que respondió únicamente con un «no». Como teólogo, trató de demostrar que la teología, en tanto que ciencia, no podía ser en absoluto cristiana, pues toda ciencia —según Overbeck— debe acabar con gran parte de lo que constituye el significado fundamental de cualquier religión; en el momento en que una religión precristiana entraba en contacto con la ciencia, sufría una descomposición, y lo mismo ocurrió con el cristianismo: la ciencia destruye el cristianismo en cualquier circunstancia y debe ser siempre su adversaria.

Cuando esto se expresa así, puede que no llegue muy hondo al corazón, e incluso que, en cierto sentido, el profano lo acepte con facilidad. Pero cuando uno se enfrenta a una época que empuja a un teólogo tan importante a hacer tal confesión, no puede evitar sentir lo profundamente trascendental que es, en realidad, para nuestro desarrollo actual, la cuestión correspondiente [sobre la relación entre Cristo y Jesús], el problema de Cristo-Jesús. Y Overbeck añade algo más, concretamente algo así: por muchas ideas y argumentos científicos que podamos aportar sobre la cosmovisión cristiana, todo ello debe parecernos terriblemente insignificante e inadecuado para servir de apoyo a la profesión de fe cristiana. En un primer momento, los cristianos vivían con la idea de que vendría un mundo nuevo, pero pronto llegó una época diferente, y ya no fueron los dogmas de los Padres de la Iglesia los que nutrieron el cristianismo. Al principio se tenía la esperanza de que el cielo bajara a la tierra, pero luego, finalmente, surgió la sensación de que este mundo nunca podría satisfacer el corazón humano; se hizo patente un ambiente ascético.

En nuestra época actual vemos que la gente da importancia a las verdades científicas: estas resultan convincentes, conquistan el mundo de los sentidos externos y, por eso, vemos cómo la fuerza motriz de la fe religiosa en el ser humano va quedando adormecida. ¿Quién no admitiría que esto caracteriza profunda, profundamente a nuestra época actual? ¿No resulta conmovedor, conmovedor hasta lo más profundo, que aquello que dio consuelo y esperanza a miles y miles de personas esté perdiendo cada vez más su fuerza intrínseca? Tomemos un dato: fue en 1873 cuando se intentó contabilizar en Francia a aquellas personas que aún se sentían conmovidas por Cristo, y se constató que un tercio de la población total todavía creía en él. Hoy en día se estima que, de la población total de Londres, solo alrededor de una quinta parte sigue imbuida del cristianismo. ¿De qué sirve entonces que aquellos que se conforman fácilmente con sí mismos digan: «¿Para qué necesitamos una nueva justificación? Lo antiguo nos basta»? - Quien solo piensa en sí mismo y se conforma con ello, puede hablar así; pero quien piensa en la humanidad y ve cómo los mejores buscadores de la verdad ya no encuentran ningún apoyo, tendrá que admitir que los tiempos son graves, que es comprensible que la gente anhele una renovación de lo antiguo.

Así fue como, poco a poco, surgió en el ámbito teológico un hombre llamado Jesús de Nazaret, del que se había despojado todo lo sobrenatural. En el siglo XIX se sumó a ello además una reacción de carácter peculiar. Se podría decir que, para hacer frente al problema de Cristo, que se había perdido por completo en el problema de Jesús, se intentó, no obstante, conservar a Cristo, reconocerlo. Sin embargo, al hacerlo, se le convirtió en un ser que, en el fondo, carece de toda realidad verdadera. Esto ha llevado a convertir a Cristo en un ser místico que no tiene por qué estar vinculado a lo que cuentan los evangelistas; se intentó, por así decirlo, dejar de lado los Evangelios. Sería un caos si quisiéramos abordar todas las corrientes de las últimas décadas; en cualquier caso, nos encontramos ante una crisis.

Para quien sigue toda esta evolución, hay algo que resulta fácil de comprender. La fusión de la visión mística con todo lo que ha salido a la luz gracias a la investigación sobre los Evangelios constituye la última fase de esta evolución. Salió a la luz algo que puede describirse como la unión de estas dos corrientes, y la consecuencia fue que se llegó incluso a dudar de que Jesús hubiera existido realmente. Es muy propio del espíritu de nuestra época que, una vez aplicado a Jesús el mero criterio externo e histórico, se planteara la pregunta: ¿Queda acaso algo en los Evangelios que nos proporcione la prueba de que existió un tal Jesús? — Sin embargo, no se tiene derecho a negar que existió un Jesús, pues con cierta justificación se llega a la conclusión de que la existencia de Jesús es claramente demostrable. No obstante, para quien conoce la investigación histórica actual y es consciente del estado actual de los estudios sobre Jesús, no es posible aportar una prueba de la existencia de Jesús, pues es posible —si se quiere— poner en duda la autenticidad de los Evangelios. Y habría que ser imprudente para no admitir que esta puesta en duda tiene motivos bastante importantes.

Pero, ¿qué nos demuestra todo esto? Nos demuestra que nos encontramos en una crisis en todo el ámbito [de la investigación sobre Jesús]. Sin embargo, en la educación actual se ha introducido también una nueva cosmovisión que, en un primer momento, sabe hacer verosímil que tiene otras fuentes de verdad distintas de las que se tenían hasta ahora; me refiero a la teosofía o a la ciencia espiritual. Si la teosofía tiene algo que decir sobre el cristianismo y su origen, podría resultar necesario que la religión y la investigación religiosa se enfrentaran a lo que la teosofía dice sobre Jesucristo. Por lo tanto, hay que saber que ambas partes parten de algunos acontecimientos elementales y fundamentales que han ocurrido y que no se pueden negar.

Lo que sin duda más debe chocar a nuestra mentalidad actual es la historia de la resurrección, el hecho de que ocurriera algo que hoy en día ya no podemos considerar comprensible, a saber, que se produjera una victoria de la vida sobre la muerte. Desde el punto de vista teosófico, solo se puede decir algo al respecto si se tiene en cuenta lo más obvio, a saber, el escenario del propio corazón, de la propia alma. ¿Y qué nos muestra este escenario? Nos muestra algo que, sin embargo, la cultura dominante no puede admitir; nos muestra cómo existe para el ser humano la posibilidad de que, en algún momento de su vida, se produzca un milagro interior. Si se considera un milagro aquello que puede caracterizarse como opuesto a lo que está relacionado con el entendimiento, entonces es un hecho que tal milagro puede tener lugar en la naturaleza humana. Y para cada alma en la que se ha producido este milagro, resulta internamente evidente que los milagros existen.

Es un hecho que existe una experiencia interior y mística, en el sentido de que en el alma humana entra algo que, en el curso natural de la vida, no guarda relación alguna con el alma. Para comprenderlo, hay que seguir el curso natural de la vida del ser humano. Se pone de manifiesto que, además de todos los hechos externos de la vida, siempre nos enfrentamos a una vida profundamente interior; nos enfrentamos al hecho de que el curso de la vida se manifiesta en el alma humana. Tomemos como ejemplo un alma que pertenece a las almas que luchan en la vida —no una alma científica—. Tomemos una alma humana que se ocupa de las cuestiones problemáticas de la existencia, que experimenta los destinos trágicos internos, los dolores y los sufrimientos, pero también la felicidad y la redención. Tomemos una alma humana así, que vive durante años en tales estados de ánimo, e imaginemos que alguien no hubiera visto a esta persona desde hace diez años. Haría un descubrimiento curioso, a saber, que esa lucha del alma se manifiesta en el cambio de la fisonomía, los gestos, etcétera. La lucha espiritual se expresa en el cuerpo. Lo que ocurre en el interior del ser humano influye en la transformación de su aspecto exterior.

Sin embargo, lo siguiente resulta mucho más interesante: quien lucha de esta manera siente que, cuando se ha encontrado una respuesta, una solución, a ciertos enigmas, se encuentra en un estado anímico diferente. Y lo característico es que, una vez encontrada la solución, la transformación de la fisonomía cesa y la expresión se mantiene constante. Mientras dura la lucha, se forman surcos. Pero incluso esto tiene un final; es, por así decirlo, como si el cuerpo humano llegara al límite de su elasticidad. Cuando el ser humano alcanza ese límite, la transformación corporal cesa finalmente. Las fuerzas de la conciencia, las fuerzas del alma, se transforman. Primero actúan sobre el cuerpo y, después, cuando esto ya no es posible, se adentran conscientemente en sí mismas. Se ha constatado que estas fuerzas del alma humana actúan internamente a lo largo de toda la vida del ser humano, y se observa que, de lo que obra en lo más profundo del alma, a veces algo llega a la conciencia, lo cual se manifiesta en sueños especialmente singulares. Esto significa que las imágenes oníricas revelan algo de lo que ocurre en el alma.

Tomemos como ejemplo un sueño característico de la vida real que le ocurrió a un amigo cercano mío. Cuando era joven y cursaba la enseñanza secundaria, en el último curso tuvo que hacer un dibujo y, como sabían que tenía talento, le dieron un modelo especialmente difícil, y precisamente por eso el trabajo avanzaba con cierta lentitud. Se acercaba el final del curso y el alumno se dio cuenta de que le resultaba imposible terminarlo a tiempo, ya que solo había dibujado una pequeña parte. Esto le causó ansiedad, pero, al final del curso, su trabajo satisfizo a los profesores, pues comprendieron que, precisamente debido a su gran talento, había avanzado lentamente. El hombre fue creciendo, se dedicó a la profesión de dibujante y, curiosamente, esta experiencia escolar se repetía en sueños a intervalos regulares; lo vivía exactamente igual que había sucedido en su día, solo que el miedo a no poder terminarlo era, en el sueño, mucho, mucho mayor. Ocurría que el sueño se repetía regularmente durante días seguidos; luego se interrumpía durante años y, más tarde, volvía a aparecer.

Solo se puede comprender plenamente el significado de esta experiencia onírica si se compara con la vida. De hecho, se observó que cada vez que concluía esta experiencia onírica, esta persona percibía una mejora en sus capacidades: era capaz de ver mejor las formas y de expresarlas con la mano; cada vez experimentaba un progreso notable. El ser humano trabaja a nivel mental y anímico como este dibujante, y, de vez en cuando, su labor creativa se revela, por así decirlo, en el «sueño»: en ese estado peculiar que se sitúa entre la conciencia y la inconsciencia, en esa transición del subconsciente a lo consciente. Esto lo observamos a lo largo de toda la vida.

En la vida humana hay un momento clave hasta el cual podemos remontarnos en nuestros recuerdos. Todo el mundo tiene que decir: «Recuerdo hasta un momento determinado, pero lo que ocurrió antes de ese momento me es totalmente desconocido, y solo sé algo al respecto por lo que me cuentan los demás». Ese momento es aquel en el que hemos aprendido a decir «yo». Pero, ¿qué había antes de ese momento? Fijémonos en el niño, con sus movimientos torpes, sus acciones descoordinadas. Sabemos que el órgano más importante del ser humano, el cerebro, aún está completamente sin desarrollar cuando el niño viene al mundo, y solo durante la vida terrenal, hasta que el niño aprende a decir «yo», se va formando en los órganos del pensar. Así pues, además de la conciencia espiritual natural del ser humano, nos encontramos ante una actividad totalmente independiente de esta, que trasciende la actividad sensorial y anímica, y que constituye el punto de partida de dicha actividad cerebral. Ese aspecto suprasensorial y anímico del ser humano queda caracterizado por el siguiente ejemplo.

Es de sobra conocido que Nietzsche acabó en la locura. En los últimos tiempos antes de que estallara su locura, escribió cartas «comprometedoras» a conocidos, entre ellos el teólogo de Basilea Overbeck, mencionado anteriormente. Cuando Overbeck recibió una de esas cartas a finales de los años ochenta, supo que ya no podía demorarse más en ir a recoger a su amigo Nietzsche a Turín, donde se encontraba. Lo siguiente me parece importante como ejemplo de lo que acabo de exponer: cuando Nietzsche se reunió con Overbeck, ya no prestaba ninguna atención a lo que le rodeaba; se dejaba hacer lo que quisieran con él y no mostraba absolutamente ningún interés. Solo cuando oyó pronunciar el nombre de aquella personalidad que tenía delante —la misma que había sido su colega durante años—, se le encendió una luz: Ese es precisamente el psiquiatra con el que salía por aquel entonces. —Y, para gran sorpresa de Overbeck, Nietzsche comenzó a retomar la conversación justo donde se había interrumpido siete años antes. ¡Una persona que no presta atención al mundo exterior retoma una conversación justo donde se había interrumpido siete años antes! Overbeck había olvidado aquella conversación entretanto, pero enseguida la recordó. Y es curioso: cuando llevaron a Nietzsche a Jena y Overbeck fue a visitarlo al manicomio, no se podía hablar con él de lo que sucedía a su alrededor, sino solo de lo que había pensado, imaginado, luchado interiormente y vivido años atrás; solo de eso se podía hablar con él.

Pero, ¿qué nos muestra esto? Nos muestra que en el cuerpo físico se esconde un cuerpo suprasensible. Si nos basamos en los hechos, debemos reconocer que lo que aquí se plantea es de suma importancia. El ser humano solo puede entrar en contacto con el mundo exterior objetivo a través de sus órganos físicos. Los órganos de Nietzsche estaban destruidos y, por eso, ya no podía hacerlo; pero el núcleo espiritual central dentro de lo físico, del cuerpo, permanecía intacto. Este único ejemplo podría multiplicarse por cien. La existencia de este núcleo espiritual central en el cuerpo físico es innegable, y es un hecho que, en determinadas circunstancias, el ser humano es capaz de vislumbrar el mundo suprasensible. Si, mediante una voluntad firme, situamos los pensamientos simbólicos en el centro de la conciencia de tal manera que toda la atención se concentre en ellos y nada nos distraiga; si nos fijamos únicamente en eso y lo repetimos una y otra vez —durante un año, y si un año no basta, entonces durante diez años—, al final se produce un resultado. El alma llega a sacar todo de las profundidades; lo contempla todo. 

Este estado sobrenatural no se puede alcanzar con la ayuda de herramientas comunes, sino mediante prácticas espirituales íntimas. Cuando el ser humano ha concentrado todos sus pensamientos de esta manera durante el tiempo suficiente y ha trabajado [con ellos], llega finalmente a un punto en el que se dice a sí mismo: «Sí, ahora experimento en mi interior algo de lo que estoy completamente seguro de que es algo sobrenatural». Pero es curioso, no puedo pensarlo de la misma manera en que suelo pensar las cosas. —El ser humano siente entonces algo que solo llega a la conciencia de quienes lo experimentan, pues en ese instante en que supera la resistencia de su cuerpo físico, el cerebro ya no es capaz de expresar lo vivido. El ser humano se da cuenta de que aquello que solía sentir en el alma quiere traspasar la barrera de la conciencia. Pero percibe que, si bien los instrumentos corporales eran adecuados para la vida natural que había llevado hasta entonces, ahora está experimentando algo para lo cual su cerebro aún no está lo suficientemente desarrollado. El ser humano percibe entonces la dualidad del ser espiritual-anímico. A continuación, experimenta cómo, por fin, lo que al principio era débil comienza a actuar de forma palpable y perceptible sobre el cerebro, la conciencia y el cuerpo.

Les he descrito este proceso de desarrollo. No se trata de nada inventado arbitrariamente, ni de tesis, sino de un hecho que todo verdadero buscador espiritual puede experimentar. Pero, ¿qué experimenta el buscador espiritual? Experimenta lo que he denominado «hecho milagroso». En el alma se produce algo sobrenatural con lo que el ser humano no tenía ninguna relación anteriormente. Se podría describir lo que entra como un ser humano superior dentro del ser humano, como algo que se une a aquello espiritual que ya estaba allí de antemano. Ahora bien, tal vez surja una pregunta: «Sí, pero eso solo lo experimenta un pequeño círculo de personas; solo lo experimenta el buscador espiritual que realiza estos ejercicios con el alma». — Sin embargo, lo que acabo de describir puede ser experimentado por cualquier alma, aunque en los matices más diversos, en los grados más variados, según la individualidad de cada persona. Cuando leemos los relatos de aquellas personas a las que llamamos místicos cristianos, intuimos que, aunque estos místicos no experimentaron lo que acabo de describir, sí que algo de naturaleza diferente se introdujo en sus almas, algo distinto de lo espiritual ya existente; a esta transformación se la denomina «resurrección».

Quien se sumerja con la devoción necesaria en las narraciones de los Evangelios experimentará, en mayor o menor medida, lo que he descrito. Sin embargo, cualquiera puede —aparte del estudio de los Evangelios— experimentarlo, sentir que en el alma hay un sentimiento que no se encuentra en el curso natural de la vida. Sin embargo, la Biblia es la que, de la forma más sencilla, consigue llevar un mundo suprasensible y espiritual al horizonte de la conciencia. Si se admite este hecho milagroso, la humanidad aporta un complemento necesario al respecto, y este se deriva de la propia teosofía. Si volvemos a repasar lo dicho sobre el núcleo espiritual central, vemos que este no puede reducirse al mero comienzo, al origen del cuerpo, pues este núcleo espiritual central es, en efecto, totalmente independiente del inicio de la vida y de la actividad cerebral del ser humano, sino que debe remontarse más bien a una vida humana anterior, de modo que debemos hablar de vidas terrenales repetidas. Lo que hemos conocido como núcleo espiritual central, como vida suprasensorial, se mantiene, pues, más allá de la muerte, y desde este punto de vista nos situamos en el terreno de la ciencia espiritual.

Esta concepción de las vidas terrenales repetidas ya se ha introducido en nuestra cultura más reciente. Lessing, movido por una necesidad interior, se vio obligado a hablar de la repetición de la vida. Dijo: «Si se contempla el desarrollo humano en su conjunto, este se nos presenta como una educación integral de la humanidad». - A Lessing le habría parecido absurdo que un alma hubiera vivido para [con la muerte] desaparecer por completo. Lessing pensaba que el alma se lleva consigo todo lo que ha aprendido, [para volver con ello a la Tierra y así sucesivamente. De este modo se crearía un organismo unitario: el alma en proceso de desarrollo no muere], sino que sigue viviendo, perdura eternamente. Sin embargo, al siglo XIX no le gustó mucho la elaboración de este hecho. Pero este hecho se impone por necesidad. Cuando, hace unas décadas, se convocó un premio al mejor trabajo científico sobre el tema «La inmortalidad del alma», se otorgó el primer premio a un trabajo titulado: «La inmortalidad del alma basada en la reincarnación». Esto demuestra que ya en aquella época había personas que se sentían impulsadas a adoptar esta concepción de la reincarnación.

Si observamos la evolución de la humanidad, resulta que solo a partir de un momento determinado fue posible que el alma humana pudiera experimentar ese milagro interior, que en el alma pudiera surgir esa certeza que [en un primer momento] se le presenta como una pregunta. Podemos distinguir dos grandes épocas: la antigua, anterior a la era cristiana, en la que el ser humano aún no había alcanzado la conciencia de su yo, y la era cristiana, en la que el ser humano se adentra en el mundo manteniendo plenamente su yo consciente. Así como el origen humano se remonta a un ser primigenio, también aquello que en el alma puede manifestarse como una resurrección interior para cada individuo debe remontarse a un progenitor de este milagro interior. Así como la resurrección se lleva a cabo en cada persona, también debe haberse llevado a cabo para la humanidad, y la teosofía nos muestra claramente: lo que convierte a cada persona en alguien diferente, también convirtió al hombre Jesús de Nazaret en alguien diferente.

Del mismo modo que vivimos con nuestro núcleo espiritual central, al que la muerte no pone límites, el mundo, con su núcleo espiritual central, se rige por su propia ley. Por eso, según la teosofía, la resurrección para toda la humanidad es, en realidad, el mismo milagro que el milagro interior para el individuo. Aunque el cuerpo físico [de Jesús] fue colgado en la cruz, el espíritu [de Cristo] siguió viviendo. Consideremos en el Evangelio las palabras de Pablo, según las cuales Cristo murió por la humanidad y resucitó al tercer día, y que luego se apareció primero a Pedro, después a más de quinientas personas y, finalmente, a él mismo. No se le apareció a Pablo en la forma original de Jesús, sino en una forma espiritual que él tuvo que reconocer como la forma de Cristo, tal que de ella misma surgía la convicción: ¡Cristo vive! No podemos hablar del Cristo resucitado de otra manera que no sea afirmando que aquello que vivía en él espiritualmente, independientemente del cuerpo físico, no estaba realmente muerto en la muerte, sino que seguía estando ahí, seguía viviendo.

Hoy me llevaría demasiado tiempo si quisiera explicarles también lo que ocurrió con el cuerpo. Lo más importante es que las Escrituras nos indican clara y inequívocamente que, desde el momento de la resurrección, nos encontramos ante la llegada de una nueva fuerza espiritual que antes no existía, ante un derramamiento del Espíritu. Y ese milagro interior nos remite al resurgimiento de entre los muertos, a la vida perdurable de Cristo, a quien se crucificó como Jesús de Nazaret. Cristo ha hecho posible para la humanidad una nueva relación con el mundo espiritual; así, el milagro de la cruz es el progenitor de todos los milagros que se producen en la vida humana. De este modo, la ciencia espiritual nos muestra un camino hacia Cristo; nos muestra a Cristo como alguien necesario para la humanidad. Solo un ánimo temeroso podría intuir un peligro en un camino así hacia Cristo, pues todo camino que conduzca a Cristo y se base en la verdad debe ser —y será— bienvenido [para quien busca a Cristo].

Traducido por J.Luelmo 

GA069c Karlsruhe, 4 de octubre de 1911 - De Jesus a Cristo - El culto a Mitra, a Dionisos, a Isis-Osiris

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 De Jesus a Cristo - El culto a Mitra, a Dionisos, a Isis-Osiris

Karlsruhe, 4 de octubre de 1911


¡Estimados presentes!

El tema del que hoy vamos a hablar aquí, ha suscitado un interés generalizado en nuestro presente más inmediato; por eso parece justificado abordar este tema desde un punto de vista teosófico, desde el cual yo mismo he tenido ocasión de hablar en esta ciudad en diversas ocasiones sobre uno u otro tema. Sin embargo, la forma en que este tema se debate hoy en día en todas partes y se ha popularizado difiere mucho del punto de vista teosófico. Si, por un lado, hay que reconocer que la teosofía, como tal, sigue siendo hoy en día una cuestión poco comprendida y poco apreciada, por otro lado quizá haya que señalar que precisamente la visión teosófica del tema que nos ocupa hoy es extraordinariamente compleja. Pues si al ser humano de hoy le resulta ajeno sintonizar su mente y su alma de tal manera que pueda comprender y apreciar plenamente las verdades teosóficas, sobre aspectos relativamente cercanos de la vida espiritual, resulta un auténtico conflicto el que invade esta conciencia del presente, cuando hay que abordar, desde el punto de vista de la teosofía o de la ciencia espiritual, un tema que realmente nos obliga a aplicar esta ciencia espiritual o teosofía de la manera más íntima a los objetos más difíciles y también más sagrados de la reflexión humana. Y entre estos últimos se encuentra precisamente lo que hoy vamos a tratar.

Por supuesto, se puede partir de la base de que esa entidad, que va a ser el centro de nuestras reflexiones, lleva muchos siglos siendo el centro de todos los sentimientos y pensamientos de la humanidad; pero no solo eso, sino que también ha suscitado, en el seno de la vida anímica humana, las más variadas valoraciones, sensaciones y puntos de vista. Porque, por muy inquebrantable que haya sido durante siglos para innumerables personas aquello que se engloba bajo el nombre de Cristo o también bajo el de Jesús, tan variada es la imagen de Cristo y también la de Jesús, tal y como ha conmovido las almas y ha ocupado a los pensadores a lo largo de los siglos desde los acontecimientos de Palestina. Y siempre ha sido así: la imagen de Cristo se ha visto modificada por la cosmovisión general, por lo que en cada época se sentía, se percibía y se consideraba verdadero. Así ha sucedido que, a lo largo del siglo XIX, —preparado ya por diversas ideas y corrientes intelectuales del siglo XVIII—, lo que en el espíritu puede captarse como Cristo, ha pasado a un segundo plano frente a lo que en los siglos XIX y XX se denomina el «Jesús histórico». Y es precisamente en torno al Jesús histórico donde se ha desatado hoy en día una controversia muy extendida, que cuenta precisamente en esta ciudad, en Karlsruhe, con sus representantes más destacados y sus defensores más acérrimos. Por eso conviene, sin duda, dedicar unas palabras a explicar en qué consiste esta controversia antes de entrar en el tema de Cristo Jesús.

Cabría decir que, bajo la influencia de aquella corriente de pensamiento que considera todo lo relacionado con la vida espiritual de manera meramente externa, basándose en lo que puede determinarse a través de documentos externos, bajo la influencia de esta corriente de pensamiento surgió lo que el siglo XIX consideró el Jesús histórico. ¿Qué se debía considerar, pues, como tal Jesús histórico? Lo que debería considerarse válido es aquello que pueda demostrarse como tal a partir de documentos históricos externos: que la figura en cuestión, de la que se habla al comienzo de nuestra era, vivió en Palestina, murió y resucitó para los creyentes. En consonancia con el carácter y la naturaleza de nuestra época, que ahora llega a su fin, la fe en la investigación teológica siempre se ha limitado a lo que se creía poder determinar a partir de los documentos históricos, del mismo modo que se determina cualquier acontecimiento de la historia universal a partir de otros documentos históricos. ¿Qué documentos históricos se tuvieron en cuenta en un primer momento? No necesito entrar aquí en detalles, —pues precisamente en Karlsruhe, aquí tuvo su origen la investigación histórica sobre Jesús—, sobre el hecho de que todas las tradiciones históricas, en la medida en que no figuran en el Nuevo Testamento, pueden, según el juicio de uno de los mayores expertos en la materia, resumirse cómodamente en una página de formato Quart. Y lo que se dice sobre el Jesús histórico en cualquier otro documento, —ya sea en Josefo o en Tácito—, puede descartarse fácilmente; pues en modo alguno puede servir desde el punto de vista de la ciencia histórica, tal y como se entiende hoy en día. Así pues, para la investigación sobre Jesús solo quedan los Evangelios del Nuevo Testamento y lo que figura en las cartas de Pablo.

Ahora, la investigación histórica del siglo XIX se ha centrado en los Evangelios. Desde un punto de vista puramente externo, ¿qué aspecto presentan estos Evangelios? Si se consideran como cualquier otro documento, como, por ejemplo, los que relatan una batalla o algo similar, resultan ser documentos físicos contradictorios, cuya unidad no puede explicarse a partir de criterios externos. Y estos documentos se desmoronan ante lo que se denomina «crítica histórica». Porque hay que decir que todo lo que una investigación diligente y esmerada del siglo XIX recopiló de los propios Evangelios para obtener una imagen fiel de Jesús de Nazaret se ha desvanecido a manos de los representantes de aquella investigación representada por el profesor Drews. En lo que respecta a todo lo que se puede decir contra el historicismo de los Evangelios, en realidad se podría dar por cerrado el asunto, en la medida en que queda claro que precisamente la ciencia rigurosa y la crítica rigurosa nos muestran que, en lo que respecta a la forma en que se establecen por lo general los hechos históricos, no se puede obtener absolutamente nada sobre la persona de Jesús de Nazaret; y debe considerarse un diletantismo científico no reconocerlo hoy en día frente a la ciencia.

Ahora bien, aquí se trata de un punto de vista completamente diferente. Y en primer lugar, se trata de plantear la cuestión de si tal vez, aquellos que defendieron la doctrina de Jesús de Nazaret en el siglo XIX, y que querían llegar a una imagen histórica de Jesús de Nazaret, no habrán interpretado los Evangelios de forma totalmente errónea, si no existe aquí un gran malentendido. ¿Qué pretendían realmente los Evangelios? ¿Pretendían ser documentos históricos en el sentido del siglo XIX? Mientras no se responda a esta pregunta sobre qué pretendían ser los Evangelios, no se podrá resolver en absoluto la otra cuestión, respecto a si se les puede considerar, en absoluto, documentos históricos.

Lo que rige en este sentido ya intenté exponerlo hace muchos años en mi obra «El cristianismo como hecho místico». Y en este sentido, la respuesta a la pregunta que se ha planteado ahora, —¿qué pretendían ser realmente los Evangelios?—, debería estar dada no solo en el contenido, sino ya en el propio título de este libro. Porque el título de este libro no es «La mística del cristianismo» ni «El contenido místico del cristianismo», —no se trata en absoluto de eso—, sino de que en el libro se mostrara que el cristianismo, desde su origen y en toda su esencia, no es un hecho externo como otros hechos externos, sino un hecho del mundo espiritual que solo puede comprenderse mediante la contemplación de los acontecimientos de la vida espiritual, mediante la mirada a un mundo que se encuentra más allá del mundo sensorial externo y más allá de lo que pueden constatar los documentos históricos. Se debe demostrar que las fuerzas y las causas que han provocado los acontecimientos de Palestina no se encuentran en absoluto en el ámbito en el que tienen lugar los acontecimientos históricos externos; que por lo tanto, no es que el cristianismo solo pueda tener un contenido místico, sino que la mística, la visión espiritual, es necesaria si se quieren desentrañar los hilos que, —no en los documentos externos, sino en el misterioso proceso espiritual—, se han entretejido tras los acontecimientos para hacer posibles los sucesos de Palestina.

Para comprender qué es el cristianismo y qué puede y debe ser en el alma del ser humano actual, —si el alma se comprende a sí misma correctamente—, es necesario señalar un poco hasta qué punto las palabras de un cristiano tan bueno como Agustín están arraigadas en los hechos espirituales de la evolución de la humanidad, cuando dice:

Lo que hoy se denomina religión cristiana ya existía en la Antigüedad y no faltaba en los inicios de la humanidad, y cuando Cristo se manifestó en la carne, la verdadera religión, que ya existía anteriormente, recibió el nombre de cristiana.

Así, una autoridad tan destacada nos señala que, con los acontecimientos de Palestina, no ha surgido en la humanidad algo nuevo en todos los sentidos, sino que, en cierto modo, ha sufrido una transformación aquello que, desde tiempos inmemoriales, han buscado las almas de los seres humanos y a lo que estos han aspirado como conocimiento. ¿Qué significa, pues, una afirmación como la de Agustín? En esencia, quiere decir que, con los acontecimientos de Palestina, se le ha dado, se le ha regalado a la humanidad algo que, de cierto modo, ya podía encontrarse antes de ese acontecimiento, pero de una manera distinta a la del camino cristiano. Y si queremos examinar la otra forma en que se ha podido llegar a las verdades y sabidurías del cristianismo en otra época, la trayectoria histórica de la humanidad nos señala algo que se resume en una palabra que hoy en día aún encuentra poca comprensión, pero que irá encontrando cada vez más, a medida que la cosmovisión de la ciencia espiritual vaya calando en las personas. Es lo que se resume con la expresión «los misterios de la Antigüedad». No debemos fijarnos en las meras religiones externas de los pueblos de la Antigüedad, sino en lo que se llevaba a cabo en la época precristiana en aquellos lugares misteriosos que se denominaban «misterios».

¿Qué eran esos misterios en la Antigüedad? Si se fijan en lo que digo en mi obra «La ciencia oculta en esbozo», encontrarán una explicación desde el punto de vista de las ciencias espirituales. Pero también hay numerosos escritores profanos que revelaron públicamente lo que para los pueblos de la Antigüedad era un secreto. Se nos cuenta que solo un reducido número de personas era admitido en los centros de enseñanza que se denominaban «misterios» y que eran lugares de culto. Siempre fue un círculo reducido el que era admitido por los sabios sacerdotes en estos misterios; un círculo reducido que se aislaba del mundo exterior en la medida en que los miembros de este círculo de misterios se decían a sí mismos: «Para alcanzar lo que se nos va a revelar en los Misterios, debemos adoptar un modo de vida diferente al que se practica habitualmente en público; sobre todo, debemos acostumbrarnos a pensar de otra manera». De hecho, entre quienes eran discípulos de los misterios, existía cierto aislamiento respecto al público en general. Los misterios estaban presentes en todas partes. Se pueden encontrar entre los griegos, los romanos y otros pueblos. Hoy en día ya existe una abundante bibliografía al respecto, de modo que lo que aquí se expone puede corroborarse mediante la investigación externa. Si a esos discípulos de los misterios se les permitía acceder a lo que allí se enseñaba, se puede decir que lo que asimilaban podría compararse con lo que hoy se denomina ciencia o conocimiento, —pero no se asimilaba de la misma manera en que hoy se asimilan los conocimientos—. El discípulo de los misterios vivía una experiencia y, a través de lo que experimentaba, se convertía en una persona completamente diferente. Sentía en grado sumo algo que puede describirse con las siguientes palabras: en cada ser humano vive, profundamente oculto en su interior y latente, de tal manera que la conciencia ordinaria no lo percibe, un ser humano superior. Y así como el ser humano común contempla el mundo a través de sus ojos y puede reflexionar sobre lo vivido mediante su pensar, este ser humano, —desconocido en un primer momento para el conocimiento externo, pero que puede ser despertado desde lo más profundo de la naturaleza humana—, es capaz de percibir otro mundo que no es accesible a los ojos externos ni al pensar externo. A eso se le llamaba «el nacimiento del ser interior». Es una expresión que todavía se utiliza hoy en día. Sin embargo, tal y como se emplea actualmente, tiene un carácter sobrio y abstracto, y se acepta con demasiada facilidad. Sin embargo, cuando el discípulo de los misterios la aplicaba a sí mismo, era la denominación de algo grandioso, que solo podría compararse, por ejemplo, con el nacimiento del ser humano en el sentido físico. Así como lo que es el ser humano en el mundo físico, nace de un sustrato oscuro, —ya sea un subsuelo natural según la visión materialista o un subsuelo espiritual según la visión de las ciencias espirituales—, y se convierte así, en sentido externo, en el ser humano físico, de igual modo lo que antes no existía, —al igual que el ser humano físico no existía antes del nacimiento o la concepción—, nace realmente como un ser humano superior a través de los procesos de los misterios. El discípulo de los misterios se convertía en un ser humano recién nacido, en un ser humano renacido.

Lo que hoy se entiende por concepción del conocimiento, lo que se ofrece en todas partes como respuesta a una pregunta profundamente filosófica, es precisamente lo contrario de lo que constituía la esencia misma de toda la actitud y la concepción de los misterios. Hoy en día, el ser humano se pregunta, en el sentido kantiano o schopenhaueriano: ¿Dónde están los límites del conocimiento? ¿Cuanto puede conocer el ser humano?  Basta con coger un periódico para encontrarnos siempre con la misma respuesta: aquí y allá están los límites del conocimiento, y el ser humano no puede ir más allá. Esto es exactamente lo contrario de lo que se pretendía en los misterios. Es cierto que se decía que el ser humano no puede resolver tal o cual problema, que no puede ver más allá de tal o cual límite. Pero nunca se habría dicho, en el sentido de una teoría del conocimiento kantiana o schopenhaueriana, que esto o aquello no se puede conocer; sino que se habría dicho que hay que apelar a que el ser humano es capaz de desarrollarse, a que en él hay fuerzas que están latentes y que deben ser despertadas; y cuando se despiertan, el ser humano asciende a una capacidad de conocimiento superior. La pregunta kantiana: «¿Dónde están los límites del conocimiento?», no habría tenido sentido para la antigua visión de los misterios, sino únicamente la pregunta: «¿Cómo se hace para superar lo que en la vida cotidiana son los límites del conocimiento?». «¿Cómo se buscan y se desarrollan fuerzas más profundas de la naturaleza humana para contemplar lo que no se puede contemplar con las fuerzas habituales?».

Y hay algo más que es necesario para percibir todo el encanto de los misterios, que, por otra parte, también se refleja en los relatos de los escritores externos, —Platón, Aristides, Plutarco, Cicerón—. Debemos tener claro que, entre los discípulos de los misterios, existía una condición anímica totalmente distinta a la que tiene el ser humano actual ante las verdades científicas. Lo que hoy llamamos verdades científicas puede ser asimilado por cualquiera, independientemente de condición de su alma o de su  disposición anímica. Precisamente en ello se ve hoy el rasgo distintivo de la verdad: que es independiente de lo que llevamos en el alma como disposición anímica. Sin embargo, lo más importante para el discípulo de los misterios, antes de ser iniciado en las grandes verdades, era pasar por un proceso que transformara el alma en lo que respecta al sentir y a la percepción. Y lo que hoy nos parece lo más sencillo del conocimiento científico, no se le habría presentado al alumno de los misterios de tal manera que pudiera verlo externamente con el entendimiento; sino que había que preparar la disposición de su alma de tal forma que se acercara con tímido respeto a lo que pudiera llegar a él. Por eso, la preparación para asimilar lo que los misterios podían transmitir no consistía en un aprendizaje, sino en una reeducación radical del alma. Lo que importaba era que el alma se enfrentara ante las grandes verdades y sabidurías, y qué sentía ante ellas. Y de ahí surgía para el alma la convicción de que: A través de lo que se nos da en los misterios, estamos unidos con los fundamentos mismos de los mundos, con lo que fluye en las fuentes de todos los orígenes del mundo.

Así se preparaba al discípulo de los misterios para que viviera algo de lo que también nos habla Aristides. Y tal y como se describe en mi obra, «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», quien revive lo que vivieron los discípulos de los antiguos misterios, y confirma así la veracidad de tales experiencias, sabe hasta qué punto se ajusta a la realidad lo que dice Aristides:

Yo creía tocar al dios, sentir su proximidad, y me encontraba entonces entre la vigilia y el dormir; mi espíritu era tan ligero que ningún ser humano que no esté iniciado puede describirlo ni comprenderlo.

Así pues, existía un camino hacia los fundamentos divinos del mundo que no era ciencia, ni tampoco religión unilateral, sino que se basaba en que el alma se preparara adecuadamente para percibir los pensamientos de la evolución del mundo, como los pensamientos de los dioses que lo impregnan, y para estar cerca de Dios en los fundamentos espirituales del mundo. Y así como al respirar absorbemos el aire exterior convirtiéndolo en parte integrante de nuestro cuerpo, así el discípulo de los misterios sentía que absorbía en su propia alma, aquello que late espiritualmente a través del mundo y lo unía a su alma, de modo que se convertía en un ser humano nuevo, impregnado de divinidad.

Sin embargo, en cuanto a lo que era posible en aquella antigüedad, la teosofía o ciencia espiritual nos muestra precisamente que no fue más que un fenómeno histórico dentro de la evolución de la humanidad. Y si nos preguntamos: «¿Aquellos misterios que eran posibles en la época precristiana, son posibles hoy en día de la misma manera?», entonces debemos decir: Por mucho que toda la investigación espiritual histórica demuestre que existió realmente lo que se acaba de describir, —en la misma forma en que existía en la época precristiana—, hoy ya no existe. El mismo tipo de iniciación que era posible en la época precristiana ya no lo es hoy en día. Solo quien sea tan miope y crea que el alma humana es la misma en todas las épocas, solo ese puede creer que el camino espiritual de los tiempos antiguos sigue siendo válido hoy en día. ¡El camino hacia las fuentes divinas del mundo se ha transformado ahora! Y la investigación histórica espiritual nos muestra que, en esencia, se transformó en el momento en que la tradición sitúa los acontecimientos de Palestina. Estos acontecimientos de Palestina marcan un punto de inflexión profundo en la evolución de la humanidad. En la naturaleza humana de la era poscristiana, ha surgido algo muy distinto de lo que existía en ella en la era precristiana. En la Antigüedad precristiana no existía ese tipo de pensamiento, digamos, de acercarse al mundo a través de ideas científicas, tal y como es posible hoy en día. Los misterios no habían guiado a las personas hacia las sabidurías más elevadas de la manera descrita, simplemente porque se quisiera mantener el secreto o se quisiera algo especial para un pequeño círculo de personas, sino porque en la antigüedad, ese camino era necesario y porque nuestra forma de pensar sobre el mundo, a través de la lógica y los conceptos, aún no era posible en aquella época. Quien examine un poco la historia de la humanidad sabe que, a lo largo de unos cuantos siglos, —en la época de la filosofía griega—, nuestro pensar se fue preparando lenta y gradualmente, y solo ahora ha logrado abarcar la naturaleza exterior con los pensamientos humanos de una manera tan admirable. Así pues, la forma misma de la conciencia con la que hoy creamos nuestras representaciones del mundo, es diferente a la de la época precristiana. 

Con esto no pretendemos ver nada más que el hecho de que la naturaleza humana ha cambiado en la época poscristiana. Una reflexión profunda sobre la evolución de la humanidad, —en mi obra «La Ciencia Oculta» encontrarán cómo ha cambiado la conciencia humana, a lo largo de la evolución de la humanidad. Los antiguos contemplaban y pensaban las cosas de manera diferente a como lo hacemos hoy nosotros con nuestros sentidos y con nuestro entendimiento. Los antiguos no poseían una clarividencia como la que se describe en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», sino otra clarividencia, de carácter más difuso y onírico, en lugar de la percepción de las cosas basada en el entendimiento y los sentidos. Ese es precisamente el sentido de la evolución: que una antigua clarividencia, que en tiempos primitivos se extendía por toda la humanidad, haya dado paso a la forma de contemplar las cosas que tenemos ahora. La población común de todos los países poseía tal capacidad clarividente; y en los misterios se impartía una formación para elevar esa capacidad clarividente a niveles superiores. De este modo se desarrollaban las capacidades generales del alma humana. Ahora bien, a lo largo de la evolución de la humanidad, esta capacidad clarividente fue dando paso a lo que hoy llamamos la contemplación racional del mundo. La antigua clarividencia ya no es una percepción natural de las cosas. Sin embargo, el período en el que se perdió la antigua forma de percepción se prolongó durante mucho tiempo, a lo largo de las épocas históricas, y alcanzó su punto álgido en la época que denominamos la época cultural griega o latina, en la que situamos el acontecimiento de Cristo Jesús. Para entonces, la humanidad en su conjunto había avanzado tanto en su desarrollo en todas partes que la antigua clarividencia había llegado a su fin y los antiguos misterios ya no eran posibles. Si nos preguntamos ahora: «¿Qué sustituyó a los antiguos misterios?», debemos familiarizarnos primero con lo que el ser humano alcanzaba a través de los misterios.

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Había dos tipos de misterios. Uno de ellos tenía su origen, por así decirlo, en el centro cultural que más tarde fue ocupado por el antiguo pueblo persa; el otro se vivía en su forma más pura en Egipto y en Grecia. Estos dos tipos de misterios eran totalmente distintos en la Antigüedad. Todos los misterios tenían como objetivo llevar al ser humano a una ampliación de sus fuerzas anímicas. Sin embargo, esto ocurría de manera diferente en los misterios griegos y egipcios, y de otra forma aún en los misterios persas. 

MISTERIOS GRIEGOS Y EGIPCIOS (Dioniso, Isis y Osiris)

¿Cómo era, pues, esa iniciación en los misterios a la que se aspiraba en Grecia? —Y este tipo de iniciación coincidía, en lo esencial, con lo que se buscaba en Egipto.

Lo que se pretendía lograr en Grecia y en Egipto para el discípulo de los misterios era una transformación de sus fuerzas anímicas. Pero esta transformación se producía bajo una determinada condición, y esa condición es lo que hay que comprender ante todo. Se decía: en lo más profundo del alma humana descansa otro ser, un ser divino. De las mismas fuentes de las que vemos surgir la roca para convertirse en cristal, de las que brotan las plantas en primavera, de esas mismas fuentes ha surgido también el ser oculto, el ser interno. Solo que la planta aprovecha realmente todo lo que tiene en su interior, mientras que el ser humano, tal y como se comprende a sí mismo y trabaja con sus propias fuerzas, se ha mantenido incompleto y solo con gran esfuerzo ha surgido en él todo cuanto es. En los misterios se apelaba a un ser humano espiritual y divinamente interior, y al hacer referencia a este ser humano divino interior, también se aludía a las fuerzas que se encuentran en el interior de la Tierra. Y es que, según la visión de los misterios, la Tierra no se concebía únicamente como un cuerpo cósmico inerte, tal y como lo hace la astronomía actual, sino que se consideraba un ser planetario espiritual. Cuando en Egipto, se quería contemplar los orígenes y las fuentes de aquello que puede experimentarse como una revelación en el ser interior del ser humano, se hacía referencia a las extraordinarias fuerzas espirituales y naturales que se denominaban Isis y Osiris. Y cuando en Grecia, se quería señalar el origen del que surgió el ser interior del hombre, se hacía referencia al nombre de Dioniso. Por eso, los escritores profanos contaban que se buscaba la naturaleza y la esencia de las cosas, y que lo que se hallaba en los misterios griegos, en cuanto a las fuerzas de la naturaleza humana, se denominaba también la parte subterránea del ser humano, y no la sobrenatural. También se hablaba de la naturaleza de los grandes demonios, y por demonios se entendía todo aquello que actúa sobre la Tierra en forma de fuerzas espirituales. Se buscaba la naturaleza de estos demonios a través de lo que el ser humano debía generar desde su interior. Entonces, el ser humano debía experimentar, en cuanto a sentimientos y sensaciones, todo lo que pudiera experimentar a lo largo de su desarrollo. Debía experimentar lo que significa descender a lo más profundo de la propia alma, debía experimentar la manera en que un sentimiento fundamental domina todo el ser anímico, —de tal manera que en la vida cotidiana ni siquiera se tiene idea de ello—: el sentimiento del egoísmo profundo, del egoísmo casi invencible en el interior del ser humano. El discípulo de los misterios, al combatir y vencer todo aquello que se puede llamar egoísmo, debería experimentar algo para lo que hoy solo tenemos una palabra abstracta: el sentimiento de amor abarcante, de compasión por todos los seres humanos y todas las entidades. La compasión, en la medida en que el alma humana sea capaz de ella, debería sustituir al egoísmo. Y todos tenían claro que, si se sacaba a la luz esa compasión, —que, en un primer momento, forma parte de las fuerzas ocultas del mundo de los sentimientos—, esta, al igual que una ola del mar puede arrastrar objetos desde las profundidades, sacaba a la superficie, desde lo más profundo del alma, las fuerzas divinas que allí yacían dormidas. Y además se decía: cuando el ser humano mira más allá del conocimiento habitual hacia el mundo, pronto se da cuenta de lo impotente que es frente a él; cuanto más quiere ampliar sus conceptos e ideas, más impotente se ve a sí mismo, —y, finalmente, puede llegar a desesperarse ante lo que se puede llamar «conocimiento». Pero entonces algo debe apoderarse de su alma, como la sensación de un vacío, y la impresión de perder el suelo firme bajo los pies cuando intenta abarcar el mundo con sus ideas. Y ante esa sensación de vacío, uno siente miedo y angustia. Por eso, el discípulo griego de los misterios debía, ante todo, descargar en su alma el temor hacia todo lo desconocido del mundo; de modo que, al desarrollar esa compasión, el sentimiento de temor hiciera aflorar de su alma las fuerzas divinas y, de este modo, aprendiera a transformar el temor en reverencia. Se tenía claro que, entonces, ese respeto, ese temor supremo y esa devoción reverente hacia todos los fenómenos del mundo, penetran en todas las sustancias y conceptos; y lo que el conocimiento ordinario no puede abarcar, lo pueden abarcar las fuerzas más profundas, desarrolladas mediante la transformación del miedo en respeto.

Así, en los misterios griegos, el ser humano podía extraer de lo más profundo de su alma aquello que sabía muy bien que descansaba en lo más profundo de su alma: el ser humano divino. Tanto los misterios griegos como los de Isis y Osiris actuaban desde el interior del ser humano y, de este modo, buscaban guiarlo hacia el mundo espiritual. Se trataba de una comprensión viva de lo que es el «dios en el ser humano», un verdadero conocimiento del ser humano con el dios. Y la inmortalidad no se consideraba meramente ni una doctrina ni una filosofía abstractas, sino una experiencia tan segura como la percepción de los colores externos y que se vivía con tanta certeza como se experimentaba la conexión con las cosas externas.

MISTERIOS PERSAS (Mitra)

Pero esto también se experimentaba con igual certeza en los misterios persas o de Mitra. Mientras que en los misterios griegos y egipcios se guiaba al ser humano hacia el dios mediante la liberación de las fuerzas de su alma, en los misterios de Mitra se le enfrentaba al mundo mismo. De modo que el mundo no solo actuaba a través de la gran y poderosa naturaleza, que el ser humano suele pasar por alto cuando mira hacia el mundo de lo cotidiano, sino que los discípulos de los misterios de Mitra contemplaban en la naturaleza más íntima precisamente aquello que no es alcanzado por el conocimiento humano: Al discípulo se le mostraban, desde los espacios cósmicos, mediante métodos que se podían desarrollar en aquella época, las fuerzas más sobrecogedoras y grandiosas de la existencia natural. Y al igual que el discípulo de los misterios griegos se familiarizaba con el sentimiento de reverencia ante el gran universo, así el discípulo de Mitra se familiarizaba primero con las fuerzas más sobrecogedoras y grandiosas de la existencia natural, de modo que se sentía infinitamente pequeño frente a la gran naturaleza; permanecía allí y el universo, en su gloria y majestad, le causaba tal impresión que, debido a su lejanía de las fuentes originarias de la existencia, no podía sino esperar: «¡Estoy aquí, y el mundo, en su inmensidad, puede aniquilarme en cualquier momento!».

Esas ideas se transmitían al alma del alumno. El primer impulso surgía al hacer referencia, a través de una astronomía integral y de una ciencia exhaustiva de las cosas externas, a la grandeza de los fenómenos del cosmos. Y lo que el ser humano desarrolló posteriormente en los misterios de Mitra fue, más bien, una consecuencia de la veracidad, cuando la naturaleza, con todos sus detalles,—lo que en el sentido antiguo se entendía por «cientificidad»—, actuaba sobre el alma. Así como los discípulos de los misterios griegos se volvían intrépidos al liberar las fuerzas del alma, a los discípulos de los misterios de Mitra se les llevaba a asimilar en el alma la grandeza de los pensamientos del universo; de este modo fortalecían el alma y la hacían valiente, y adquirían conciencia del valor y la dignidad humanos, pero también del sentido de la verdad y la lealtad, y aprendían a reconocer que el ser humano siempre debe mantenerse a raya en la existencia. Esos fueron los logros que surgieron, en particular, de los misterios de Mitra. Mientras que los misterios griegos y egipcios se extienden por los países que ya su propio nombre indica, vemos cómo los misterios de Mitra se extienden desde las regiones de Persia, subiendo por el mar Caspio, a lo largo del Danubio hasta nuestras tierras, e incluso hasta el sur de Francia, España e Inglaterra: ¡Europa está salpicada por doquier de los misterios de Mitra! Y en todas partes los discípulos de Mitra lo tenían claro: cuando conocemos el mundo, algo del gran mundo fluye hacia nuestro interior, como el aire fluye hacia nosotros desde la atmósfera; ¡acogemos a Mitra, el dios, el dios que inunda el mundo! El discípulo de Mitra se sentía impregnado por el dios que vive en todos los mundos. Y como esto estimulaba la energía y el valor, los guerreros, en particular los soldados del ejército romano, estaban profundamente imbuidos del culto a Mitra. Tanto los comandantes como los soldados estaban iniciados en los misterios de Mitra, tal y como se extendían por el mundo conocido en aquella época.

Así, por un lado, se buscaba a Dios dando rienda suelta a las propias fuerzas del mar, y se tenía claro que, al hacerlo, desde las profundidades del mar afloraba algo; pero, por otro lado, también se tenía claro que, cuando el ser humano busca a Dios entregándose a los grandes procesos del mundo, fluía  hacia el alma algo, como el extracto, como la mejor savia que recorre el mundo. Se tenía claro que lo que allí se encontraba eran las fuerzas primigenias del mundo, que, por así decirlo, Dios entraba en las moradas humanas, entraba en las almas humanas a través de este desarrollo de los misterios. Se veía un proceso real en el desarrollo de los misterios. Cada alma era una puerta para la entrada de la divinidad en la evolución humana en la Tierra. 

Pero consideremos el sentido del conjunto, tal y como se nos presenta hoy: fueron unos pocos los que pudieron pasar por tal desarrollo, y para ello se precisaba una preparación especial. ¿Qué se les concedía a quienes pasaban por tal preparación? Se les concedía el conocimiento de que lo que está oculto tanto en la naturaleza exterior como en la propia naturaleza humana, que fluye por el mundo como una corriente divina de sabiduría. Por eso, al desarrollo de los misterios se le denominaba también «iniciación». Pero hemos podido señalar que la evolución de la humanidad cambió y que toda la iniciación tuvo que transformarse. ¿Cual fue el motivo para este cambio? Aquí llegamos a lo que debemos llamar: el hecho místico del acontecimiento de Cristo. Y un análisis profundo de la historia muestra que entre los antiguos, los primeros cristianos, existía una conciencia más o menos difusa de este hecho: que lo mismo que, por lo general, solo fluía hacia el alma humana a través de la entrega a los misterios, al fundamento divino del mundo; lo que fluía desde el mundo como Mitra o brotaba desde lo más profundo del alma como Dioniso, se desarrollaba como proceso de una deidad cósmica unificada, en un hecho, también dentro de nuestra evolución terrenal. Lo que de otro modo se buscaba en los misterios, lo que no podía encontrarse sin que el ser humano, en los misterios, se alejara de la vida exterior, fue incorporado por la deidad que impregna el mundo en un momento determinado de la Tierra, de tal manera que no se requirió ningún esfuerzo humano, sino que la deidad se derramó una vez en la existencia terrenal. Y aunque los seres humanos hubieran perdido la posibilidad de adentrarse en el fundamento divino del mundo, ese derramamiento de la deidad en la existencia terrenal,  hizo que  pudieran acercarse a ese fundamento divino a su manera. Y el Dios que ahora, —ya no a la manera de Mitra ni a la de Dioniso—, podía penetrar en el alma humana, que era una fusión de Mitra y Dioniso y que, al mismo tiempo, está profundamente emparentado con la naturaleza humana, ese es el Dios al que se le atribuye el nombre de Cristo. ¡El ser que penetró en la humanidad con el acontecimiento de Palestina era a la vez Mitra y Dioniso, y el cristianismo fue una fusión de los cultos a Mitra y a Dioniso! Y el pueblo hebreo fue elegido para proporcionar el cuerpo necesario para que este acontecimiento pudiera tener lugar. Este pueblo había conocido tanto el culto a Mitra como el de Dioniso, pero se mantenía alejado de ambos. Porque el miembro del pueblo hebreo no sentía lo mismo que el griego, que decía: «Tal y como estoy, soy un ser humano débil que si quiere penetrar en lo más profundo de su propia alma, debe desarrollar fuerzas más profundas». Tampoco pensaba como el hombre de Mitra, que se decía a sí mismo: «¡Debo dejar que todo el entorno del aire actúe sobre mí, para que las cualidades divinas más profundas del mundo se unan a mí!». Por el contrario, el hebreo se decía: «Lo que constituye la naturaleza humana más profunda, lo que en ella se oculta, eso existía antaño en el hombre primigenio». A este hombre primigenio, el antiguo pueblo hebreo lo llamaba Adán. Según la concepción hebrea antigua, en ese Adán existía originalmente aquello que el ser humano puede buscar para que le una a la divinidad. Pero a lo largo de la evolución, a medida que la humanidad se fue desarrollando a través de generaciones y generaciones, los seres humanos se han ido alejando cada vez más de las fuentes del ser debido a la sucesión hereditaria de la sangre. El hecho de que el ser humano haya cambiado por ello, de que no haya permanecido tal y como era, expulsado de la esfera de la divinidad, es lo que el antiguo pueblo hebreo denominaba estar «manchado por el pecado original». Así pues, el miembro del antiguo pueblo hebreo se consideraba a sí mismo en un nivel inferior al del hombre primigenio, Adán, y buscaba la causa de ello en el pecado original. Eso es lo que hace que el ser humano sea menos de lo que vive en lo más profundo de la naturaleza humana. Y si es capaz de unirse a las fuerzas más profundas de la naturaleza humana, queda así vinculado a las fuerzas que lo elevan de nuevo. Así, el miembro del antiguo pueblo hebreo sentía que antes se encontraba en un nivel superior y que, debido a las cualidades ligadas a la sangre, había perdido algo y, por eso, ahora se encontraba en un nivel inferior. De este modo, el seguidor de la antigüedad hebrea se situaba en un punto de vista histórico. Lo que el seguidor de los misterios de Mitra veía en toda la humanidad, el seguidor de la antigüedad hebrea lo veía en todo su pueblo, del que era consciente: había perdido el origen del que había surgido. Así pues, mientras que entre los persas existía una especie de formación de la conciencia, en el pueblo hebreo encontramos la conciencia de un desarrollo histórico: Adán había caído inicialmente en el pecado, había descendido de las alturas en las que se había situado. Por eso, este pueblo era también el más preparado para la idea de que lo que ocurrió en el punto de partida del desarrollo de la humanidad y provocó un deterioro de la misma, solo puede ser revocado mediante un acontecimiento histórico —¡lo que ocurre, ocurre en los fondos espirituales de la existencia terrenal! —. Así, el defensor de la antigüedad hebrea, si comprendía correctamente el sentido de la evolución del mundo, estaba preparado para decirse a sí mismo: «El Dios, —tanto el dios Mitra como el Dios que se extrae de las profundidades del alma humana—, puede descender sin que el ser humano tenga que pasar por un desarrollo de los misterios».

Así vemos cómo, dentro del antiguo pueblo hebreo, surgió la conciencia de que, —en primer lugar en Juan el Bautista—, aquello mismo que los misterios habían transmitido como Dioniso y como Mitra, nacía al mismo tiempo en un ser humano. Y aquellos que ahora volvían a comprender este acontecimiento en un sentido más profundo se decían a sí mismos: Del mismo modo que a través de Adán se produjo el descenso del ser humano al mundo, y que los seres humanos descienden de un antepasado que les legó todas aquellas fuerzas más profundas que conducen al pecado y al error, así debe crearse, a través de Aquel que desciende de los mundos espirituales como unión de Mitra y Dioniso, debe crearse el punto de partida hacia el que los seres humanos puedan dirigir su mirada cuando deban elevarse de nuevo. Así pues, mientras que los misterios, —mediante el desatar de las fuerzas más profundas del alma o mediante la contemplación del cosmos—, desarrollaban la naturaleza humana, los miembros del pueblo hebreo veían ahora en el Dios que había descendido, —que ahora había descendido al plano histórico como entidad histórica—, aquello hacia lo que el alma debe dirigir su mirada, hacia lo que el alma debe desarrollar el amor más profundo, en lo que debe creer y lo que, al contemplar este gran modelo, puede reconducir al alma hacia aquello de donde partió.

Pablo se convirtió en el mayor conocedor de este cristianismo al comprender que, gracias al impulso de Cristo, el ser humano, —al igual que señala a Adán como su origen físico—, puede señalar a Cristo como su gran modelo, a través de cuya mirada se puede alcanzar aquello a lo que se aspiraba en los misterios y lo que debe nacer si el ser humano quiere reconocer su naturaleza original. Lo que en los misterios estaba encerrado en las profundidades de los templos, y a lo que el ser humano solo podía llegar tras esfuerzos ascéticos, se presentó, no a través de documentos externos, sino también para aquel que ve más allá de los fundamentos espirituales y es capaz de reconocer lo que ha sucedido no solo como un hecho externo, sino como un hecho místico: ¡que la deidad que impregna el mundo se ha manifestado en una figura concreta! Así hay que imaginárselo. Lo que los discípulos de los misterios de Mitra alcanzaban al contemplar el mayor modelo a seguir, ahora debía alcanzarse a través de Cristo. Los discípulos de Mitra alcanzaron valor, autocontrol y energía; eso es lo que, de ahora en adelante, deberían alcanzar aquellos que ya no podían ser iniciados en el sentido de los antiguos misterios de Mitra; a través de la visión y el ejemplo del Cristo histórico, debería depositarse ahora en el alma aquello que conduce a ese valor.

Así como en los misterios de Mitra, en cierto modo, todo el universo nacía en el alma del discípulo y el alma ardía valientemente con todas las fuerzas internas de la energía activa, así también, en el bautismo de Juan, se derramó algo de lo que la naturaleza humana puede hacerse portadora. Y cuando uno se impregna de la idea de que la naturaleza humana es capaz de asimilar la ley más profunda del universo, entonces, al contemplar el bautismo de Juan, ha comprendido: ¡En la naturaleza humana puede nacer Mitra! Pero lo que ocurrió fue que los discípulos de los misterios, que comprendían el sentido original del cristianismo, admitieron: Ha llegado el fin de los antiguos misterios. El Dios que antes se infundía en los sagrados misterios, para el cual las almas individuales de los discípulos de los misterios constituían las puertas, se ha infundido de una vez por todas en la existencia terrenal a través de la personalidad que se encuentra en el punto de partida de nuestra era. Este es también el sentido de la concepción de Pablo, según la cual ya no es posible alcanzar a esta entidad en el sentido antiguo como Mitra. El dios ha desaparecido en el sentido antiguo y vivía en la naturaleza de un solo ser humano. Ha descendido a través de un fenómeno natural. Así, aquellos que comprendieron el surgimiento del cristianismo tuvieron que admitir al mismo tiempo el fin del culto a Mitra, la desaparición de la divinidad exterior de los misterios de Mitra en el interior de la naturaleza humana.

¿Y qué hay de los misterios griegos, de los misterios de Dioniso? Al dirigir la mirada humana hacia Jesús de Nazaret, en quien vivía Mitra y que luego pasó por la muerte, se señaló que ese Mitra, —el que, cuando las almas se unían a él, les infundía valor, energía y autocontrol—, ¡había muerto él mismo con la muerte de Jesús de Nazaret! La muerte de Mitra debía verse como una definición de lo que se considera la muerte de Jesús, el Cristo. Pero ahora la atención se centró en otro hecho: al desaparecer el dios Mitra en Jesús de Nazaret, y precisamente por el hecho de haber desaparecido, lo que el ser humano encuentra en lo más profundo de la naturaleza, —lo que antes había alcanzado a través de los misterios de Dioniso—, se ha convertido, en ese mismo Jesús de Nazaret, en un vencedor inmortal sobre la muerte. Este es el sentido de la resurrección en el verdadero sentido cristiano, si la abordamos desde la ciencia espiritual. Al contemplar el bautismo de Juan en el Jordán, quedó claro de una vez por todas que el antiguo Mitra se había instalado en los seres humanos; y al lograr esta naturaleza humana la victoria sobre la muerte, había creado una imagen con la que el alma podía unirse en el amor más profundo para llegar a lo que realmente vive en lo más profundo del alma, aquello que los griegos buscaban en Dioniso. En el Cristo resucitado debía verse el hecho de que el ser humano, cuando revive ese acontecimiento histórico único, trasciende la humanidad común.

Así, en el centro de la historia universal se situó un acontecimiento histórico, en lugar de aquello que, por lo demás, se había buscado innumerables veces en los misterios. La gran sorpresa de Pablo fue, que la naturaleza humana se había transformado y eso es lo que se esconde tras lo que se denomina el «acontecimiento de Damasco». ¿Qué experimentó Pablo, si nos fijamos en las propias palabras del apóstol, antes de llegar a Damasco? Él había comprendido, no a través de acontecimientos externos, ni de documentos externos, sino mediante una experiencia puramente espiritual, clarividente, que ya había llegado el momento en que aquello que antes solo se manifestaba, dentro del círculo de los discípulos de los misterios, como la naturaleza divina del ser humano en el propio ser humano, se había encarnado en un ser humano histórico. Que el Cristo estaba presente en un ser humano real, eso nunca pudo experimentarlo a través de un hecho externo. Lo que pudo experimentar en Palestina no le causó ninguna impresión; eso no logró convencerle de que en Jesús de Nazaret hubiera vivido el Cristo, la fusión de Mitra y Dioniso. Pero cuando, ante Damasco, se le abrió la visión espiritual, comprendió que un Dios al que se podía denominar «Cristo» no solo actúa en el mundo como una entidad suprasensible, sino que ese Dios estuvo una vez presente en un ser humano y salió victorioso sobre la muerte. Por eso predica que la historia, la historia en constante fluir, se ha encontrado en la Tierra para lo que antes solo era una sustancia fluida para los iniciados. Esto subyace en las palabras de Pablo:

«Pero si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación es vana, y también vana es vuestra fe».

Así fue el camino por el que Pablo llegó a Jesús, —dando un rodeo a través de Cristo—, porque tenía claro que en Palestina había ocurrido algo que antes solo se podía experimentar en los misterios. Y, en el fondo, hoy sigue siendo así; no ha cambiado nada. Puesto que Cristo es el centro de todo el desarrollo de la humanidad y el modelo supremo para las fuerzas más íntimas del alma, el vínculo que se establece con Cristo debe ser también el más íntimo. Y así como se exige que el ser humano menosprecie su propia vida para ser discípulo de Cristo, también hoy debe parecernos insignificante el hecho de que tengamos que renunciar a todos los documentos y actas históricas para llegar a Cristo. Habría que estar agradecidos de que no existan documentos que permitan determinar que hubo un Cristo Jesús histórico; pues jamás se podría demostrar mediante documentos que Cristo es lo más importante que ha influido en la humanidad.

Ahí nos queda claro hasta qué punto Cristo está relacionado con los antiguos misterios. Si echamos un vistazo a los antiguos misterios, tenemos la oportunidad de investigar qué tenían que hacer los discípulos de los misterios para llegar, de una forma u otra, hasta el Dios. Lo que ellos vivían era algo que podría llamarse «procesos íntimos del alma». El alma tenía que experimentar ciertas cosas. Así, por ejemplo, una vez que había dado el primer paso, una vez que se había sumergido en sí misma, tenía que experimentar los sentimientos y sensaciones internas de tal manera que se volvieran más vívidos e intensos de lo que suelen ser en el ser humano. De este modo, el ser humano tomaba conciencia de cómo se encuentra sumido en una naturaleza inferior que le impide llegar a las fuentes de la existencia. 

En resumen: solo así el ser humano se dio cuenta de que la naturaleza inferior es una tentación para quien aspira a elevarse, y de que aquello que lo ha alejado de las fuentes originarias de la existencia se ha convertido también en su propia naturaleza inferior. Esa era la tentación a la que se enfrentaba todo discípulo de los misterios. En el momento en que el dios despertó, el discípulo tomó conciencia de lo que es la naturaleza inferior de los deseos en el ser humano, que le decía, como si fuera un ser ajeno: «¡No sigas las alturas etéreas y vaporosas del mundo espiritual, sino sigue las cosas materiales y burdas que tienes cerca!». Todo el mundo tuvo que pasar por eso: darse cuenta de cómo, desde el punto de vista común, todo lo espiritual resulta irreal, y de lo tentador que resulta todo lo sensorial frente a la aspiración espiritual. En otra etapa del desarrollo de los misterios, vemos cómo el discípulo superaba esas fuerzas tentadoras y cómo, mediante el desarrollo de las fuerzas fortalecidas, —el valor, la intrepidez, etc.—, ascendía de nuevo a un nivel superior. Todo ello se plasmó en unas normas concretas para el discípulo de los misterios, y puede volver a percibirse en lo que transmitieron los escritores externos, así como en los métodos de iniciación que la ciencia espiritual puede ofrecer y tal y como se describen en el libro «Ciencia Oculta». Así pues, existían diversos métodos: unos para los misterios griegos y otros para los misterios de Mitra. Finalmente, el discípulo experimentaba la unión con lo que era el ser humano divino. Pero los métodos para ello eran diversos, y se puede observar que en las más diversas regiones existían las más variadas normas de iniciación.

Esto es precisamente lo que quería demostrar en mi obra «El cristianismo como hecho místico»: que en los Evangelios no encontramos más que una renovación de las antiguas normas de iniciación, lo que los discípulos debían hacer para alcanzar la unión con la Divinidad. Lo que ocurrió externamente se desarrolló de manera similar al proceso de los misterios. Así, por ejemplo, la entidad divina que residía en Jesús de Nazaret tuvo que pasar por la tentación después de que la entidad de Mitra se hubiera introducido en él. Al igual que el tentador se había acercado al discípulo de los misterios a pequeña escala, encontramos al tentador enfrentándose al Dios que se hace hombre. Lo que era cierto en los misterios, lo encontramos reflejado en los escritos evangélicos.

Así, los Evangelios constituyen una renovación de los antiguos relatos de iniciación, de las antiguas normas de iniciación, y los autores de los Evangelios se dijeron a sí mismos: dado que lo que antes solo tenía lugar en las profundidades de los misterios se ha desarrollado una vez en el gran plan de la historia del mundo, por eso se puede describir con las mismas palabras con las que están redactadas las normas de iniciación. Por eso, sin embargo, los Evangelios nunca se concibieron como biografías externas del portador de Cristo. Ese es precisamente el malentendido de la investigación moderna sobre los Evangelios: que se quiera buscar en ellos una biografía externa de ese tipo sobre Jesús de Nazaret. En la época en que se escribieron los Evangelios, ni siquiera se pensaba en ofrecer una biografía externa de Jesús de Nazaret; en los Evangelios se quería representar algo que pudiera conducir al alma humana a amar verdaderamente al gran Alma como origen de la existencia en el mundo. Para eso estaban los Evangelios: para ser caminos, escritos a través de los cuales el alma pudiera encontrar a Cristo. Y, curiosamente, hasta casi finales del siglo XVIII encontramos una clara conciencia de que los Evangelios forman parte de esos caminos. En algunos escritos, que resultan extraordinariamente interesantes, se afirma que los Evangelios, cuando el ser humano se deja penetrar por ellos, transforman el alma, de modo que el ser humano puede encontrar a Cristo. De hecho, las personas experimentaban algo así al dejar que los Evangelios surtieran efecto en ellas, sin plantearse en absoluto la pregunta: ¿deben ser una biografía de Jesús de Nazaret? El maestro Eckehart alude a ello cuando dice:

Hay quienes quieren mirar a Dios con los ojos con los que miran a una vaca, y quieren amar a Dios como aman a una vaca. Así pues, aman a Dios por la riqueza exterior y por el consuelo interior; pero estas personas no aman a Dios de verdad... Muchas personas creen que deben mirar a Dios como si Él estuviera allí y ellas aquí. No es así. Dios y yo somos uno en el conocimiento.

Y en otro pasaje dijo:

Un maestro dice: «Dios se ha hecho hombre, y por ello toda la raza humana ha sido exaltada y honrada». Podemos alegrarnos de que Cristo, nuestro hermano, haya ascendido por sus propios méritos por encima de todos los coros de ángeles y se siente a la derecha del Padre. Este maestro ha hablado bien; pero, en verdad, no le doy mucha importancia. ¿De qué me serviría tener un hermano que fuera rico, si yo fuera pobre? ¿De qué me serviría tener un hermano que fuera sabio, si yo fuera necio? ... El Padre celestial engendra a su Hijo unigénito en sí mismo y en mí. ¿Por qué en sí mismo y en mí? Yo soy uno con él; y él no puede excluirse a sí mismo. En la misma obra, el Espíritu Santo recibe su esencia y procede de mí, al igual que de Dios. ¿Por qué? Yo estoy en Dios, y si el Espíritu Santo no recibe su esencia de mí, tampoco la recibe de Dios. No estoy excluido de ninguna manera.

De eso se trata: que el ser humano, a través del desarrollo místico, sin depender de misterios externos, mediante un desarrollo puro del alma en el tiempo futuro, pueda experimentar lo que en los tiempos antiguos se vivía en los misterios. Pero esto solo es posible porque el acontecimiento de Cristo tuvo lugar, porque Cristo estuvo en un cuerpo físico. Y si no hubiera Evangelios, si no existieran documentos y tradiciones: para quien experimenta a Cristo en sí mismo, al penetrar el Cristo interior, —igual que para Pablo—, se tiene al mismo tiempo la certeza de que al inicio de nuestra era, Cristo se encarnó en un cuerpo físico. Así que a Jesús solo se puede encontrar a través de Cristo. ¡Y nunca se puede deducir una biografía histórica de Jesús de Nazaret, a partir de los Evangelios; más bien, el ser humano debe elevarse mediante el desarrollo correcto de sus fuerzas del alma hacia Cristo, —y a través de Cristo hacia Jesús. Solo entonces entendemos lo que los Evangelios quisieron transmitir, y lo que fue erróneo en toda la investigación sobre Jesús del siglo XIX. Se dejó el ideal de Cristo en segundo plano para mostrar, de forma meramente externa, a un Jesús tangible a partir de documentos históricos. Se malinterpretaron los Evangelios, —y por ello los métodos de la investigación sobre Jesús terminaron autoanulándose. Así se desmoronó el método de estudio de los Evangelios, y justamente los métodos que querían sacar a la luz la imagen histórica de Jesús llevaron a su destrucción.

De este modo, se ha abierto al mismo tiempo el camino para lo que persigue la ciencia espiritual. Esta pretende mostrar cuáles son, desde la llegada de Cristo, las fuerzas más profundas que residen en cada ser humano y que este puede desarrollar. De este modo, el ser humano alcanza, —no en la profundidad de misterios organizados externamente, sino en la intimidad de su corazón, a través de la contemplación de lo que ocurrió en Palestina y de la entrega a este acontecimiento—, aquello que alcanzaban los discípulos de los misterios en los misterios, y lo que alcanzaban los seguidores del culto a Mitra. Al experimentar al Cristo en su interior, el ser humano experimenta aquello que hace crecer su valor y su energía activa, aquello que hace crecer la conciencia de su dignidad humana, de modo que sabe cómo integrarse en la humanidad en el sentido correcto. Y experimenta al mismo tiempo lo que podían experimentar los seguidores de los misterios griegos: el amor universal. Porque lo que vive en el cristianismo como amor universal abarca todas las entidades externas. Y experimenta al mismo tiempo la intrepidez y sabe, gracias a ello, que nunca tiene por qué tener miedo, que no tiene por qué desesperarse ante el mundo, y reconoce, —lleno de libertad y, al mismo tiempo, con humildad—, la entrega a los misterios del universo.

Esto es lo que el ser humano puede reconocer cuando se impregna de aquello que ha sustituido a los antiguos misterios: el cristianismo como un hecho místico. Y, simplemente mediante una elaboración conceptual de esta idea fundamental, el Jesús histórico se convierte en un hecho para todo aquel que conoce a Cristo. - En la filosofía occidental se ha dicho que el ser humano nunca podría ver los colores si no tuviera ojos, ni oír los sonidos si no tuviera oídos; el mundo sería entonces oscuro y mudo para él. Pero así como es cierto que sin ojos no se pueden percibir los colores y sin oídos no se pueden percibir los sonidos, igualmente cierta es la otra afirmación según la cual: sin la luz no habría surgido el ojo. Así como el ser humano sin ojos no podría tener percepciones luminosas, también es cierto, por otro lado, lo que dice Goethe:

Si el ojo no fuera como el sol,
nunca podría contemplar al sol
,

O cuando dice en otro pasaje:

¡El ojo es una criatura de la luz!

Así es el Cristo místico en nosotros, — el Cristo del que también habla el clarividente, como lo vio Pablo a través del poder clarividente —, que no siempre ha estado en el ser humano. En los tiempos precristianos no se podía alcanzar a través de ningún desarrollo de los misterios, como se puede alcanzar después del Misterio de Gólgota. Que pueda existir un Cristo interior, que pueda nacer el hombre superior, para eso era necesario un Cristo histórico, la encarnación del Cristo en Jesús. Y si no existieran documentos que de alguna manera certificaran una biografía de Jesús de Nazaret, habría que decir: así como un ojo solo puede formarse gracias a la acción de la luz, es necesario para un Cristo místico que el Cristo verdadero, el histórico, exista. La figura de Jesús no se reconoce por documentos externos. Esto se reconoció durante mucho tiempo en el desarrollo de Occidente y se volverá a reconocer. La ciencia espiritual organizará lo que pueda extraer de sus círculos de manera que pueda conducir a un verdadero conocimiento del Cristo, —y por ende también de Jesús. Y mientras se ha dado a entender que, en realidad, Jesús ha sido alienado del mundo, y que los métodos de la investigación sobre Jesús se han disuelto por sí mismos, la profundización en la esencia de Cristo conducirá a reconocer de nuevo la grandeza de Jesús de Nazaret.

El camino que consiste en que primero se reconoce al Cristo a través de experiencias interiores del alma, conduce, por lo que se desarrolla desde el alma humana, realmente a entender el hecho místico del cristianismo y a comprender la evolución de la humanidad de tal manera que el acontecimiento de Cristo debe entrar en ella como el acontecimiento más importante del desarrollo humano. Así, el camino a través de Cristo nos lleva a Jesús. Y la idea de Cristo llevará en sí misma las semillas fecundas para llevar a la humanidad no solo a la concepción de un espíritu universal y panteísta del mundo, sino también a que el ser humano conciba su propia historia de la siguiente manera: así como siente que su tierra está unida a todo el ser del mundo, así sentirá que su historia está unida a un acontecimiento suprasensible y suprahistórico. Y este acontecimiento consiste en que el ser de Cristo, como hecho suprasensible y místico, ocupa el centro de la evolución de la humanidad y será reconocido por la humanidad del futuro, independientemente de cualquier investigación histórica externa y de todos los documentos. Cristo seguirá siendo la piedra angular del desarrollo de la humanidad, incluso admitiendo que todos los documentos para una biografía de Jesús resultaran insuficientes; y el ser humano sacará de sí mismo las fuerzas para dar a luz de nuevo su historia, —y con ella también la historia del desarrollo del mundo—.
Traducido por J.Luelmo