CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA052 Berlín, 8 de marzo de 1904 - ¿Que encuentra el hombre de hoy en la Teosofía?

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¿QUE ENCUENTRA EL HOMBRE DE HOY EN LA TEOSOFÍA?

Rudolf Steiner

Berlín, 8 de marzo de 1904


En lo referente al mundo suprasensible, La cosmovisión teosófica es apropiada, para aquellos que necesitan una base más sólida para sus conceptos e ideas y para aquellos que buscan una fundamentación más profunda del conocimiento sobre el alma y el espíritu. Y en verdad, en nuestra época no son pocos los que pertenecen a este grupo.

Vemos que la ciencia cultural ha estado desde hace mucho tiempo interesada en investigar el origen de las religiones. La ciencia cultural busca el origen de las religiones en los pueblos primitivos, en los llamados pueblos originarios, para entender cómo se han formado las ideas religiosas a lo largo del tiempo, y en estas ideas religiosas está, en esencia, lo que el ser humano ha concebido en distintas épocas sobre el mundo sobrenatural, y anímico-espiritual. Ahí vemos cómo, por un lado, los investigadores se esfuerzan por reducir todas las religiones a una veneración de la naturaleza que surge en el ser humano simple, infantil y ingenuo. Por otro lado, vemos a otros investigadores rastrear el origen de las religiones en la manera en que el hombre simple e ingenuo observa que su semejante deja de vivir, deja de respirar, y cómo la muerte llega sobre él, y no puede imaginar que no quede nada; como tiene el hombre primitivo, -a partir de sus diferentes experiencias—, más intensamente que el hombre culto con respecto al mundo sobrenatural, de sus experiencias en sueños y de experiencias espirituales, se forma la idea de que el ancestro, el antepasado que ha muerto, en realidad todavía está ahí, que sigue activo como alma, extendiendo su mano protectora y cosas por el estilo. Al culto de los antepasados, al culto de las almas, algunos investigadores atribuyen así el origen de las religiones. Podríamos mencionar toda una serie de otros estudios similares que intentan enseñar cómo surgió la religión en el mundo. Hoy en día, el ser humano busca un apoyo sólido para la pregunta: ¿están también nuestras ideas sobre la vida después de la muerte, sobre un reino más allá que no se encuentra dentro del mundo de los sentidos, están nuestras ideas sobre la vida eterna bien fundamentadas? ¿Y cómo llega la gente a tener tales ideas? — Esa es una manera de cómo hoy en día la gente intenta fundamentar estas ideas sobre lo sobrenatural.

La cosmovisión teosófica no busca de la misma manera ofrecer esta fundamentación para la humanidad actual. Cuando la investigación cultural se basa en la experiencia del ser humano primitivo, simple, ingenuo, infantil, la cosmovisión teosófica se centra más bien en la experiencia religiosa del ser humano más perfecto, de aquel que ha alcanzado un nivel superior en la percepción espiritual, lo que puede desarrollar como su visión, sus experiencias, sus vivencias sobre el mundo suprasensible. Aquello que ha adquirido la persona que ha desarrollado su vida interior, ciertas fuerzas y habilidades que aún no están al alcance del ser humano medio de hoy, aquello que tal persona es capaz de experimentar sobre el mundo superior, se convierte en la base de lo que la cosmovisión teosófica quiere aportar para fundamentar su percepción. La experiencia que va más allá de lo sensual, que se basa en lo que se llama autoconocimiento del alma y del espíritu, esta experiencia superior es la que fundamenta la cosmovisión teosófica. ¿Qué es esta experiencia superior? ¿Qué significa conocer algo sobre el mundo anímico-espiritual ? Esto para una gran parte de la humanidad actual, será incluso algo difícil de entender. No era así en tiempos antiguos. Pero hoy, el ser humano se ha volcado hacia sus experiencias en lo que llamamos el mundo sensorial, el mundo de las apariencias externas. En este mundo de apariencias externas, el hombre de hoy se ha acomodado. Se pregunta cómo se ve algo a la vista, cómo se siente eso al tacto, cómo se puede entender esto o aquello con la mente. Solo ve el mundo de las apariencias externas. Así, ante él se abre el mundo de las experiencias sensoriales.

Veamos qué nos puede aportar esta experiencia sensorial. Queremos entender cómo se nos presenta esta experiencia sensorial. Observemos algo que pertenezca a estas apariencias externas. Observemos cualquier ser, cualquier cosa del mundo. Podemos comprobar en todas estas cosas del mundo que alguna vez surgieron; se formaron y alguna vez no existieron. Están hechas por la naturaleza o por la mano del hombre, y después de algún tiempo habrán desaparecido. Esa es la característica de todas las cosas que pertenecen a la experiencia externa: que surgen y desaparecen. Esto no solo podemos decirlo de las cosas inanimadas, también podemos decirlo de todos los seres vivos, incluso del propio ser humano. Cuando lo consideramos como una apariencia externa, él surge y desaparece. Lo mismo podemos decir de comunidades enteras. Solo hace falta echar un vistazo rápido a la historia del mundo y se verá cómo pueblos que durante siglos han sido dominantes, han realizado grandes y poderosas hazañas, así como también han desaparecido de la historia del mundo, por ejemplo los ostrogodos y los visigodos. Y partiendo de eso, pasemos a los fenómenos que se consideran creaciones humanas, a lo que se percibe como lo más alto, lo más grandioso en el ámbito de las realizaciones humanas. Si miramos una obra de Miguel Ángel o de Rafael, o podemos considerar cualquier otra cosa, una obra técnica importante, tendremos que decirnos: estas obras duran siglos o milenios; y aunque los ojos humanos se deleiten al ver obras de Rafael o Miguel Ángel, y los corazones humanos se emocionen ante tales obras, no se puede evitar pensar que lo que aquí se manifiesta externamente algún día se desmoronará y desaparecerá en el polvo. Nada queda de lo que se llama apariencia externa. Sí, podemos ir aún más lejos. Hoy, la ciencia natural nos enseña que nuestra Tierra, que nuestro Sol se originaron en un momento determinado del desarrollo del universo, y el físico ya afirma que casi se puede calcular cuándo debió ocurrir ese momento, en el que nuestra Tierra ha llegado al final de su desarrollo, en el que cae en un estado de rigidez, de manera que es imposible que se siga desarrollando. Entonces se produce el fin en la apariencia externa. Entonces todo aquello que se ha vivido de manera sensible, que de alguna manera ha actuado y creado, habrá desaparecido. Y así puedes seguir todo el reino de lo que llamamos formas externas, o apariencias externas, formas; verás que en todas partes de este mundo se encuentra: surgir y desaparecer; o si subimos al reino de lo vivo, llamamos surgir y desaparecer: nacimiento y muerte. Nacimiento y muerte rigen en el reino de las formas, en ese reino accesible a la experiencia sensible.

Nos preguntamos: ¿Es este reino el único que se encuentra ante nosotros? Nos preguntamos, ¿Ese reino en el que nacimiento y muerte rigen sin cesar, es el único que es accesible para los seres humanos? Para aquel que solo acepta la percepción sensorial, que no quiere saber nada del autoconocimiento del espíritu, de habilidades que pueden ir más allá de la mera contemplación de formas, más allá de la observación de las apariencias externas, para esa persona puede parecer que todo es un flujo y reflujo, un surgir y desaparecer, nacimiento y muerte. Tampoco se puede llegar a una percepción superior mediante la misma observación de la naturaleza y del espíritu, a través de la cual se obtiene la experiencia externa. No se puede trascender el nacimiento y la muerte de la misma manera, a través de los sentidos. Para ello es necesario profundizar en capacidades espirituales superiores; no en habilidades espirituales anormales, que solo poseen personas especiales, sino únicamente en la profundización en esas fuerzas del alma que, por así decirlo, yacen ocultas bajo la capa superficial exterior. Si alguien se adentra en esa región del alma, entonces será capaz de, mediante una contemplación sensorial y más profunda, obtener una percepción diferente sobre las cosas y las entidades. Mira esto de la manera más simple: la vida de las plantas. Ahí ves cómo la vida y la muerte se alternan eternamente. Ves cómo un lirio surge del germen y luego ves cómo el lirio desaparece después de haber deleitado la vista y alegrado el corazón por un tiempo. Si ya no miras con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del espíritu, entonces ves aún más. Ves que el lirio se desarrolla a partir del germen, que después de la etapa de desarrollo vuelve a ser germen, y que luego surge un nuevo lirio que a su vez produce un germen. Observa un grano de semilla; ahí ves cómo en este mundo la forma surge y la forma se desvanece, pero cómo cada forma ya contiene de nuevo la semilla y el germen para una nueva forma. Esa es la naturaleza de la vida; esa es la naturaleza de lo que se llama fuerza, que va más allá de la simple forma y la simple apariencia.

Ahí entramos en un nuevo reino, que solo podemos ver con los ojos del espíritu, que para el ojo del espíritu es tan seguro y verdadero, como lo es la forma externa para el ojo físico. Las formas aparecen y desaparecen; pero lo que aparece una y otra vez, lo que siempre está presente con cada nueva forma, eso es la vida misma. Porque la vida no se puede entender de ninguna manera con ninguna ciencia de la naturaleza, ni con ninguna percepción externa. Pero a través de la percepción del espíritu, a través de las formas que surgen y desaparecen, sí se puede ver ese fluir. ¿Cuál es el carácter de la vida? Aparece una y otra vez. Así como el nacimiento y la muerte son propiedades de las apariencias externas, de las formas, la reencarnación, la renovación continua, es la propiedad de la vida. La forma que llamamos viva tiene en sí misma el poder, la misma fuerza que es capaz de hacer que surja una nueva forma en un nuevo nacimiento en lugar de la antigua. Reencarnación y otra vez reencarnación son la esencia, lo característico en el reino de los seres vivos, así como el nacimiento y la muerte son lo característico en el reino de las formas, de las apariencias externas. Y cuando subimos hasta el ser humano, cuando el hombre se contempla a sí mismo, echa un vistazo a su alma, entonces encontrará que en él hay algo que representa un nivel superior al de la vida que hemos seguido en la planta; pero esta vida debe tener la misma cualidad que la vida en la planta, que salta de forma en forma.

Hemos dicho que la fuerza es la que permite que la nueva forma renazca de la antigua. Mira la semilla; es discreta en su apariencia externa. Pero lo que no puedes ver es la fuerza, y esta fuerza, no la apariencia externa, es la creadora de la nueva planta. De la semilla insignificante surge el nuevo lirio, porque en la semilla duerme la fuerza para la nueva flor. Si miras una semilla, verás algo insignificante exteriormente, y por la forma en que ha formado la vida, puedes hacerte una idea de la fuerza. Pero si miras dentro de tu propia alma, entonces puedes ver la fuerza mediante la cual esa alma actúa, mediante la cual se manifiesta en el mundo de las formas; entonces puedes percibir la fuerza en ti mismo con los ojos del espíritu.

¿Cuáles son las fuerzas del alma? Estas fuerzas, que no se pueden comparar para nada con otras fuerzas, sino que se encuentran en un nivel más alto, y no son idénticas a la fuerza vital que brota de la planta, estas fuerzas son —para resumir de manera general todo lo que llamamos la vida del alma—: simpatía y antipatía. A través de esto, el alma se manifiesta en la vida y realiza acciones. ¿Por qué realizo una acción? Porque alguna simpatía presente en mi alma me impulsa. ¿Y por qué siento aversión? Porque siento en mí una fuerza que se puede llamar antipatía. Si intentas comprender, mediante la contemplación interna, esta vida siempre en movimiento del alma, encontrarás estas dos fuerzas en el alma una y otra vez y podrás relacionarlas con la simpatía y la antipatía. Esto debe llevar a quien observe el alma con sentido a preguntarse: ¿Cómo es en realidad? ¿Qué fuerzas deben actuar en el alma? —Si preguntas: ¿De dónde surgió el lirio? —y dijeras: Este lirio surgió de la nada— no se imaginaba que surgiera de la semilla, en la cual ya estaba puesta la fuerza de la planta anterior; tampoco se suponía que de la semilla pudiera surgir una nueva forma. La nueva forma debe su existencia a la forma antigua, muerta y pasada, que no dejó nada más que la fuerza para la creación de una nueva. Así como nunca comprenderemos cómo surge un lirio, si no fuera porque otro lirio liberó las fuerzas para que uno nuevo pudiera nacer, de la misma manera no podemos comprender cómo el vaivén de la vida del alma, que se compone de simpatía y antipatía, podría existir si no lo rastreamos hasta su origen. Así como debemos tener claro que cada planta en su forma debe remontarse a una anterior, también debemos tener claro que la fuerza no puede haber surgido de la nada. Y de la misma manera que la fuerza del lirio no puede desaparecer en la nada, la fuerza del alma tampoco puede desaparecer en la nada. Debe encontrar su efecto, su desarrollo posterior, en la realidad exterior. Encontramos la reencarnación en el reino de lo vivo, y también la encontramos en una profunda meditación del alma en el reino del ámbito espiritual. Solo necesitamos mantener estos pensamientos de la manera correcta. Solo necesitamos imaginar esa consecuencia infinita, y podremos pasar fácilmente del pensamiento de la reencarnación a la fuerza que debe animar el alma, sin la cual el alma no puede ser concebida, a menos que uno quiera imaginar que un alma surgió de la nada y debe desaparecer en la nada. Así llegamos también a la reencarnación en la vida del alma, y solo necesitamos preguntarnos: ¿Cómo debe ser la reencarnación en la vida del alma? - Aquí se trata de no aferrarse a la percepción sensorial, sino de desarrollar en uno mismo la percepción de la vida espiritual, para captar el eterno cambio de las formas en relación con la vida constante. Solo necesitas dejar que un gran espíritu alemán influya realmente en ti, y entonces obtendrás una idea de cómo se puede contemplar la vida que fluye de forma a forma con el ojo del espíritu. Solo necesita tomar en sus manos los escritos científicos de Goethe, que están escritos de manera tan encantadora, donde se tienen observaciones de la vida de manera vivida, con el ojo del espíritu, y verá cómo se debe contemplar la vida. Y si uno traslada estas observaciones a la percepción de la vida del alma, entonces se llega a decir que nuestras simpatías y antipatías están desarrolladas, que han surgido a partir de una semilla, así como la planta surge de una semilla en cuanto a su forma. Esta es la primera idea primitiva que subyace a un pensamiento central de la cosmovisión teosófica, la idea de la reencarnación de la vida del alma. Lo que nos preguntamos desde el punto de vista del pensamiento sensato es: ¿Cómo deberíamos imaginar la complicada vida del alma si no queremos creer en la reencarnación del alma? - Se podría objetar: Sí, sería un milagro del alma, sería una superstición del alma, si tuviera que admitir que la vida del alma presente en mí, surgió de repente, y que también debería tener su efecto. - Se podría objetar: Sí, pero la forma anterior del alma no necesita haber estado en nuestra Tierra, y su efecto tampoco necesita estar de alguna manera en esta Tierra. - Pero incluso ahí pueden superar la aparente cumbre con un poco de pensamiento sensato. El alma entra en el mundo; el alma tiene un conjunto de predisposiciones, estas están desarrolladas y no surgieron de la nada. Tan poco de lo que es del alma surge de lo corporal, tan poco lo espiritual surge de lo material, como un gusano de lluvia podría surgir del barro. Así como la vida solo surge de lo vivo, el alma solo puede surgir de lo espiritual. El origen del alma no puede estar en otro lugar que no sea nuestra Tierra. Porque si las capacidades vinieran de mundos lejanos, entonces no encajarían en nuestro mundo, entonces el alma no estaría adaptada a la vida del mundo de las apariencias. Así como todo ser está adaptado a su entorno, el alma en su surgimiento está directamente adaptada a su entorno. Por lo tanto, no necesitan buscar primero las condiciones previas de la vida del alma actual en algún mundo desconocido, sino en este mundo. Con esto hemos captado la idea de la reencarnación.

De modo que, cualquiera puede llegar mediante el pensamiento puro y sensato, -si realmente quiere profundizar-, a la idea de la reencarnación del alma. En este sentido, eso es lo que ha llevado a todos los espíritus destacados, que supieron comprender la naturaleza viva, a la idea de la migración del alma en el sentido de una migración del alma de forma en forma, una migración del alma que nosotros llamamos renacimiento, reencarnación.

Quiero señalar también a uno de los espíritus más destacados de los tiempos modernos, a Giordano Bruno, quien en su contemplación del ser humano expresó la reencarnación del alma como su credo. Bruno sufrió la muerte de mártir por ser el primero en aceptar abiertamente a Copérnico, el padre de la ciencia moderna. Entonces, aceptará que él entendía cómo juzgar la forma externa en su apariencia sensible. Pero entendía aún más. Entendía cómo contemplar la vida que fluye de forma en forma, y con eso fue llevado naturalmente hacia la reencarnación. — Y si seguimos adelante, encontramos en Lessing, en 'La educación de la humanidad', esta enseñanza sobre la reencarnación. También en Herder la encontramos mencionada. Finalmente, la vemos insinuada de varias maneras en Goethe, aunque Goethe, por su carácter cauteloso, no se expresó muy claramente; Jean Paul y muchísimos otros podrían aún ser citados. Lo que ha llevado a los espíritus modernos, de los cuales depende toda nuestra vida cultural y que también han influido en las ideas más importantes, no es solo el intento de satisfacer al ser humano, sino que a través de esta enseñanza se ha creado principalmente una idea que hace posible la explicación del mundo. El alma está continuamente involucrada en la reencarnación. La simpatía y la antipatía han existido y siempre existirán. Eso es lo que se puede decir sobre el alma desde la perspectiva de la cosmovisión teosófica.

Y ahora volvamos a nuestro punto de partida. Digamos una vez más que hemos visto que figura tras figura, forma tras forma cambia en nuestro mundo sensorial, que todo surgimiento y desaparición, nacimiento y muerte ocurre. Hemos visto que incluso las obras más maravillosas que se crean, desaparecen. Pero preguntémonos: ¿solo la obra mismo está involucrada en la obra? ¿En la creación de un Rafael o un Miguel Ángel o incluso en las creaciones humanas más simples y primitivas, no interviene nada más que la obra? - Debemos distinguir entre la obra y la actividad que el ser humano ha empleado, la actividad que cualquier ser ha empleado para realizar un trabajo, una obra o algo que pueda llamarse creación. La obra se entrega al mundo exterior de las formas y figuras, y en esa forma externa la obra también queda sujeta al destino de esas formas externas, al surgimiento y desaparición. Pero la actividad, la actividad que ocurre en el ser mismo, aquello que sucedió en el alma de un Rafael o un Miguel Ángel cuando creaban sus obras, esa actividad es también lo que el alma, por así decirlo, retrae nuevamente hacia su propio ser, es la actividad que no se ha vertido en la obra. Como la impresión de un sello en un lacre, así ha quedado esta actividad en el alma; y con ello llegamos a algo que en el alma no permanece solo por un tiempo corto, sino que permanece en el alma de manera imperecedera. Porque observemos a Miguel Ángel algún tiempo después. ¿Acaso su actividad pasó en vano? ¡No! Esta actividad contribuyó al aumento de sus capacidades internas, y cuando se enfrenta a una nueva obra, no solo crea con lo que ya estaba en él, sino que crea a partir de aquella fuerza que surgió gracias a su actividad en trabajos anteriores. Sus fuerzas se han elevado, se han consolidado y enriquecido gracias a su primera actividad. Así, la actividad del alma crea nuevas capacidades, que a su vez se reflejan en la obra, se ponen de nuevo en acción y vuelven al alma para dar fuerzas a nuevas actividades. Ninguna actividad del alma puede perderse. Lo que el alma desarrolla como actividad siempre es el origen, la causa de un aumento del ser espiritual y del desarrollo de nuevas actividades.

Eso es lo que reside en el alma como actividad, como vida, eso es lo imperecedero, eso es lo que realmente da forma, eso no es solo forma, no es solo vida, eso es fuerza creadora. A través de mi actividad no solo afilo la obra, sino que soy la causa de una nueva actividad, y siempre creo a través de la anterior una nueva actividad.

Eso es la base de todas las grandes cosmovisiones. De una manera muy bonita, un antiguo escrito indio explica cómo se debe imaginar esta actividad en el interior de un ser. Se cuenta cómo todas las formas desaparecen en un mundo infinito de formas, cómo el nacimiento y la muerte gobiernan en el mundo exterior de las formas, cómo el alma renace una y otra vez. Pero aunque el lirio surja sobre otro lirio, llegará un momento en que ya no surgirá ningún lirio nuevo, llegará un momento en que el alma ya no vivirá en simpatía ni en antipatía. La vida orgánica renace una y otra vez; pero lo que no deja de existir es la actividad, que siempre crece, se intensifica y es inmortal.

Este es el tercer nivel del existir, la actividad que siempre se incrementa más y más, y este nivel del existir y lo característico del espíritu se distingue al mismo tiempo por el hecho de que ni lo perecedero ni lo creador constante le está adherido. En el primer nivel, nuestra forma es un ser sensible, un ser siempre renacido como alma, y es un ser imperecedero, un ser superior al espíritu. Que la simpatía y la antipatía también deben surgir y desaparecer, aunque su tiempo de existencia sea mucho más largo que el de la forma externa, se desprende de la consideración de lo espiritual mismo y de sus demandas. ¿Qué exige de la persona el espíritu, cuando se sumerge en este espíritu? Este espíritu tiene algo en sí mismo que siempre nos recuerda, que nos recuerda con energía y fuerza: que nunca puede estar satisfecho solo con el alma, la simpatía y la antipatía. Este espíritu nos dice que una simpatía está justificada, mientras que otra no. Este espíritu es nuestro guía en el reino de la simpatía y la antipatía, nuestro guía en la acción dentro del reino del alma. Y estamos, cuando no queremos desarrollarnos como seres humanos, llamados a organizar nuestra simpatía y antipatía según las demandas de la vida del espíritu, que nos debe guiar a las alturas del desarrollo. Con esto se le concede de antemano al espíritu la superioridad sobre el mero mundo de la simpatía y la antipatía, sobre lo meramente psíquico, y si el espíritu constantemente supera el mundo de la simpatía y la antipatía injustificadas y menores, esto representa un ascenso del alma hacia el espíritu. Hay estados iniciales del alma; allí está enredada en las formas de la realidad externa. Allí su simpatía se dirigía hacia formas externas. Pero el alma más desarrollada es la que escucha la demanda del espíritu, y así el alma se desarrolla desde la inclinación hacia lo sensorial hasta su inclinación hacia la simpatía por el propio espíritu.

Puedes seguir esto de otra manera. El alma es, ante todo, un ser deseante. El alma está llena de simpatía y antipatía, del mundo de los deseos, del mundo del querer. Pero el espíritu le muestra al alma, después de algún tiempo, que no solo debe desear. Cuando el alma, mediante la decisión del espíritu, ha superado el deseo, entonces no permanece inactiva; así como del alma no desarrollada fluye el deseo, del alma desarrollada fluye el amor. Deseo y amor, esas son las dos fuerzas opuestas entre las cuales el alma se desarrolla. El alma todavía atrapada en la sensualidad y en la forma externa es el alma deseante; el alma que desarrolla su conexión y armonía con el espíritu es aquella que ama. Eso es lo que lleva al alma a lo largo de sus vidas de reencarnación, a que pase de ser un alma deseante y codiciosa a un alma que ama, a que sus obras se conviertan en obras de amor.

Con esto hemos señalado la tercera forma de los sentimientos, y al mismo tiempo hemos desarrollado las propiedades básicas del espíritu, mostrando su eficacia en el ser humano y demostrando que es el gran educador del alma, llevándola del deseo al amor, y que atrae el alma hacia sí como con una fuerza magnética. Ahora, vemos por un lado el mundo de las formas y figuras, y por otro lado el mundo del espíritu inmortal, ambos conectados a través del mundo del alma. En esta exposición, sólo he considerado una contemplación sensata de uno mismo, que cualquier persona, si encuentra la tranquilidad necesaria dentro de sí y no está atrapada solo en la percepción externa, es capaz de ver con el ojo del espíritu. Sin embargo, aquel que ha desarrollado dentro de sí las facultades espirituales superiores, un ocultista, aprende algo completamente diferente. No solo sabe alcanzar estos tres mundos mediante una contemplación sensata, sino que tiene una percepción de la vida y del espíritu, así como el ojo externo tiene una percepción de la realidad sensible externa. Como el ojo distingue la luz y la oscuridad, como el ojo distingue diferentes colores, así distingue el ojo espiritual, desarrollado y abierto del ocultista la luz superior y resplandeciente del espíritu, que no es luz sensorial, que es una luz más brillante en mundos superiores, en esferas superiores, y esta luz radiante del espíritu es para el ocultista tan real como nuestra luz solar es real para nuestra percepción. Y vemos en cosas individuales que la luz solar se refleja. Así distingue el ocultista la luz propia y radiante del espíritu del destello peculiar de la luz que se refleja desde el mundo de las formas, como llama del alma. Alma significa luz del espíritu reflejada, espíritu significa luz creadora que se irradia. Estos tres ámbitos son el mundo espiritual, el mundo del alma y el mundo de las formas, porque así se presentan al ocultista. No solo son diferentes los ámbitos de la existencia. - La forma exterior es para el ocultista el vacío, la oscuridad, aquello que en el fondo no es nada, y la gran, única realidad es la noble, resplandeciente luz del espíritu. Y eso que sentimos como luz brillante, que se posa alrededor de las formas y es absorbida, es el mundo del alma, que nace una y otra vez hasta que llega a ser alcanzado por el espíritu, hasta que este lo eleva completamente hacia sí y se une con él. Este espíritu aparece en formas variadas en el mundo, pero la forma es solo la expresión externa del espíritu. Hemos reconocido al espíritu en su actividad, en su actividad siempre creciente, y a esta actividad la hemos llamado karma.

Bueno, ¿cuál es ahora lo realmente significativo y característico de esta actividad del espíritu? Este espíritu no puede permanecer sin influencias en su actividad por el acto que una vez realizó en el nivel que ocupó en su momento. Quiero que entiendan cómo debe tener efecto esta actividad del espíritu. Consideren lo siguiente: imaginen que tienen frente a ustedes un recipiente con agua y lanzan en él una bola de metal caliente. Esta bola calienta el agua; por lo tanto, este es el efecto de la bola. Pero, a través de lo que la bola ha provocado, ella misma ha sufrido un cambio. El cambio permanece hasta que ocurra un nuevo cambio. Cuando la bola ha realizado esta labor, entonces lleva impresas las huellas de su trabajo, y lleva consigo esta marca. Si sumergen la bola en un segundo recipiente, entonces, como consecuencia de su primera actividad, no podrá calentar nuevamente este segundo agua. En resumen, cómo actúa la segunda vez es una consecuencia de cómo actuó la primera vez. A través de esta simple parábola se puede entender cómo actúa el espíritu en su actividad. Cuando el espíritu realiza una obra determinada, no solo la obra recibe su sello, sino que la propia actividad del espíritu también queda marcada con el mismo sello. Así como la bola se enfría y de esa manera obtiene algo permanente, el espíritu de manera duradera recibe su firma, su marca, a través de su acción. Sean buenas o malas las acciones, estas no pasan sin dejar rastro en lo que en el alma es permanente. Tal como fue la acción, así también es el sello que la acción recibió y que de ahora en adelante lleva.

Esto es lo que nos lleva a reconocer que cada acción, como dice el gran místico Jakob Böhme, «lleva impresa una señal que no se puede quitar más que con una nueva acción, con una nueva experiencia, de modo que el antiguo sello es reemplazado por uno nuevo». Eso es el karma que experimenta cada individuo. A medida que el alma pasa de reencarnación en reencarnación, las acciones quedan impresas en ella, la firma, la huella que adquirió durante las acciones, y en una nueva experiencia solo se pueden seguir los antiguos aprendizajes. Esta es la estricta enseñanza del karma, desarrollando los conceptos de causa y efecto, que nos ofrece la visión teosófica del mundo. Soy el resultado de mis acciones anteriores, y mis acciones actuales tendrán efecto en sus continuaciones en experiencias futuras. Con esto, se ha pronunciado la ley del karma para el ser humano, y quien quiera considerarse completamente como un espíritu en sus acciones debe verse a sí mismo en este sentido, debe tener claro que cada acción tiene una consecuencia, que en el mundo moral existe la misma ley de causa y efecto que en el mundo externo y sensible de las formas.

Estas son las tres leyes fundamentales de la visión del mundo teosófica: el nacimiento y la muerte solo dominan en el mundo de las formas, la reencarnación domina en el mundo de la vida, y el karma, o la actividad eternamente formativa y creciente, domina en el reino del espíritu. La forma, la figura es perecedera, la vida se renueva continuamente, pero el espíritu es eterno.

Estas son las tres leyes fundamentales de la visión del mundo teosófica, y con esto también has recibido todo lo que la visión del mundo teosófica puede introducir en la vida humana. El espíritu educa al alma deseante hacia el amor. El espíritu es lo que se percibe de todo dentro de la naturaleza humana cuando esta naturaleza humana se sumerge en su interior. La figura individual solo tiene interés en aquello que le pertenece como figura individual. Por eso, esta figura individual actúa únicamente para sí misma, y esta acción para sí misma es la acción en egoísmo, es la acción en ego. Y este egoísmo es en todo el mundo de las formas, de las figuras externas, la ley que marca la pauta. Pero el alma no se agota dentro de la figura individual, pasa de figura en figura. Tiene el deseo de renacer una y otra vez. Sin embargo, el espíritu tiene el afán de desarrollar cada vez más lo que se va formando, de lo imperfecto a lo perfecto. Así, el alma en su deseo de vida en vida, así el espíritu en su educación del alma la conduce de lo no divino a lo divino; porque lo divino no es otra cosa que lo perfecto, hacia lo cual el espíritu educa al alma. La educación del alma por el espíritu de lo no divino a lo divino, eso es la visión del mundo teosófica. Y con eso también se da la ética de la visión del mundo teosófica. Así como el espíritu no puede hacer otra cosa que educar al alma en el amor y transformar el deseo en amor, la visión del mundo teosófica tiene como principio fundamental fundar una comunidad humana basada en el amor. Y con eso, la enseñanza moral de la visión del mundo teosófica se ha alineado con las leyes eternas del espíritu. Nada más que lo que el espíritu debe reconocer como su esencia más íntima, la transformación del deseo en amor, ha llevado a la fundación de una sociedad teosófica que abarca a toda la humanidad con el fuego del amor del alma. Esto es lo que se presenta como la cosmovisión ética del movimiento teosófico. Y preguntémonos: ¿Encuentra el ser humano que reflexiona actualmente satisfacción en esta cosmovisión? — El ser humano actual está acostumbrado a no creer ya únicamente en tradiciones externas, ni solo en percepciones externas o en una autoridad, sino que cada vez más tiende a buscar una cosmovisión que satisfaga sus pensamientos, que satisfaga aquello que él llama el autoconocimiento de su espíritu. Cuando el ser humano moderno se esfuerza por alcanzar ese autoconocimiento, entonces no hay para él otra cosa más que esta visión teosófica, que en realidad no excluye ninguna confesión, sino que las incluye a todas. Porque esta visión teosófica realmente ofrece al alma lo que busca. El alma debe plantearse continuamente preguntas sobre el destino humano y su desigualdad. ¿Puede el alma sensible soportar que por un lado personas inocentes vivan en amargura y miseria, y por otro lado, aparentemente, personas que no lo merecen, se deleiten en la felicidad? Esa es la gran pregunta que el alma humana debe hacer al destino. Mientras solo consideremos la vida entre el nacimiento y la muerte, nunca encontraremos una respuesta a este enigma. Nunca encontramos consuelo para el alma. Pero si consideramos la ley del karma, entonces sabemos que todas las amarguras, toda la miseria, son resultados de causas que existieron en vidas anteriores. Entonces diremos, por un lado: lo que el alma experimenta hoy como su destino es el efecto de experiencias pasadas. No puede ser de otra manera. Este razonamiento se convierte inmediatamente en consuelo cuando miramos hacia el futuro, porque decimos: quien hoy experimenta dolor o amargura y sufrimiento, no solo puede lamentarse de su destino, sino que debe decirse: Amargura, sufrimiento del corazón, tienen un efecto en el futuro. Lo que hoy es tu dolor, afecta tu vida futura de la misma manera que el dolor de un niño cuando se cae: gracias a eso aprende a caminar. Así, todo sufrimiento es una causa para elevar la vida del alma, y el consuelo llega de inmediato al alma si se dice: Nada es sin efecto. La vida que experimento hoy debe dar su fruto en el futuro.

Ahora quiero mencionar otra manifestación, que es la manifestación de la conciencia. Esta manifestación es primero inexplicable. Se vuelve inmediatamente comprensible cuando la entendemos en su proceso de desarrollo. Si sabemos que cada alma representa un cierto nivel de desarrollo, entonces admitiremos que en el alma no desarrollada vive la tendencia hacia la forma. Pero cuando el espíritu la ha atraído hacia sí, cuando el espíritu se ha ido uniendo cada vez más a ella, entonces en cada desarrollo, el espíritu habla de simpatía y antipatía, y este hablar del espíritu desde el alma, lo percibe la persona como la voz de la conciencia. Esta conciencia solo puede aparecer siempre en un cierto nivel del desarrollo humano. Nunca vemos la voz de la conciencia en pueblos primitivos. Solo más adelante, cuando el alma ha pasado por diferentes personalidades, entonces el espíritu habla al alma.

Con esto, tienen los conceptos principales de la cosmovisión teosófica, y han visto cuán iluminadora es esta perspectiva para el mundo que nos aparece como el mundo de las formas externas. Sí, nunca comprenderíamos este mundo de las formas si no lo entendiéramos desde el espíritu. Pero aquel que solo vive en la forma externa, que se deja arrastrar por el mundo de las formas, está en la etapa de lo pasajero, está en el nivel donde desarrolla el egoísmo y la autoindulgencia, porque nuestra forma externa solo se interesa por la forma. Pero del egoísmo uno se desarrolla, porque el espíritu se vuelve cada vez más expresivo. Este espíritu, que es el mismo en todos los seres humanos, solo lo reconoceremos cuando nos elevemos a la contemplación de lo eternamente imperecedero, del núcleo más íntimo del ser humano. Solo reconoceremos al ser humano en su esencia más profunda cuando alcancemos su espíritu. Al reconocer el núcleo más íntimo del ser humano, entonces reconocemos el espíritu en nosotros. Pero el espíritu en el otro ser humano solo lo comprende quien ve al otro como hermano; solo lo comprende cuando aprende a valorar plenamente la fraternidad.

Por eso, el movimiento teosófico considera la fraternidad como el ideal que la humanidad desea alcanzar en su desarrollo espiritual bajo la influencia de esta cosmovisión.

Esto, estimados presentes, es lo que el hombre moderno encuentra en el movimiento teosófico. Porque este movimiento ofrece al hombre moderno lo que busca, ha logrado, a lo largo de los años de su existencia, extenderse a todos los países del mundo. Lo encontramos en India, Australia, América, en todos los países de Europa occidental. Está en todas partes porque poco a poco proporciona a este hombre moderno ideas claras y comprensibles. Esto es lo que la Teosofía ofrece al hombre de hoy. Es algo que el hombre de hoy busca, es algo que el hombre de hoy siente, algo que todos aquellos que han sabido mirar con un ojo perspicaz la naturaleza y la vida humana han percibido clara y distintamente, encontrando lo que esta visión espiritual transmite e imprime: aquello que da satisfacción, consuelo, valor, aquello que da vida. Es la idea de que lo perecedero, que el nacimiento y la muerte no son lo único, sino que en esta vida transitoria y cambiante del mundo exterior se manifiesta el ser interior del espíritu. Entonces miramos confiados al pasado y valientes al futuro, cuando esta idea se ha convertido en nuestra convicción. Y entonces decimos desde lo más profundo del alma, de manera reconfortante y valiente, aquello que el poeta ha expresado con plena convicción:


El tiempo es un campo en flor,
La naturaleza es un gran ser vivo,
Y todo es fruto, y todo es semilla.
Traducido por J.Luelmo -may 2026-

GA052 Berlín, 28 de abril de 1904 ¿Qué saben nuestros estudiosos sobre la teosofía?

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¿QUE CONOCIMIENTO TIENEN NUESTROS ESTUDIOSOS SOBRE LA TEOSOFÍA?

Rudolf Steiner

Berlín, 28 de abril de 1904


Si una corriente de pensamiento quiere imponerse a lo largo del desarrollo de la humanidad, una corriente que no goza del reconocimiento o quizá ni siquiera del conocimiento de los llamados círculos influyentes, de los círculos intelectuales dominantes, entonces debe luchar constantemente contra las fuerzas opuestas que se destacan dentro de la cultura humana.

Para entender esto, solo necesitamos recordar lo que sucedió cuando el cristianismo tuvo que imponerse frente a antiguas formas de pensamiento, frente a una antigua corriente espiritual en el mundo. Solo necesitamos recordar cómo, al inicio de la nueva dirección espiritual, Galileo, Copérnico y Giordano Bruno tuvieron que luchar contra los llamados círculos dominantes y autoritarios. Podemos suponer que la corriente espiritual iniciada por Giordano Bruno tuvo que luchar contra lo tradicional.

En una situación similar se encuentra hoy la corriente espiritual, que desde hace varios años, bajo el nombre de Teosofía, se representa en la literatura, en conferencias y también de otras maneras. Si recuerdan el destino de estas corrientes espirituales que en su momento aparecieron más o menos desconocidas, verán que la forma en que se les enfrenta por parte de los grupos dominantes, por parte de los llamados círculos influyentes, cambia con las modas culturales, pero lo esencial, la incomprensión, combinada con cierto tipo de estrechez de mente, sigue apareciendo una y otra vez. Hoy en día ya no es común quemar herejes, y en particular aquellos que se llaman a sí mismos círculos liberales se opondrían a ser mezclados con personas que quemaron herejes. Pero quizás eso sea menos importante. Quemar herejes ya no está de moda. Pero si examinamos la actitud de la que surgió la persecución de herejes y lo que está relacionado con ella, si examinamos las razones de tal persecución en relación con el alma humana y lo comparamos con lo que se manifiesta en el alma de aquellos que hoy más o menos combaten o se oponen a la corriente espiritual teosófica, entonces encontraremos en la actitud y en los procesos internos del alma de los oponentes algo muy similar.

Por supuesto, hoy no queremos entrar en la discusión con todo el amplio círculo de opositores a la visión del mundo teosófica. Más bien queremos limitarnos a lo que está relacionado con nuestra erudición contemporánea; queremos examinar la relación de nuestra erudición actual con aquella visión del mundo que se representa aquí, que se llama teosófica y que yo he intentado llamar desde hace algún tiempo científico-espiritual, y queremos someter la relación de los círculos eruditos con esta concepción del mundo a una consideración.

Quizás no sea tan insignificante después de todo comenzar esta reflexión con pequeños síntomas. Un pequeño diccionario de conversación muy difundido, un llamado diccionario de bolsillo de conversación, que en su portada o al menos en su prólogo dice que ha sido compilado por las mejores mentes científicas, debería ser el primero en hacerlo. Si lo abrimos en la entrada «Teosofía», encontramos como explicación solo dos palabras: «Buscador de Dios, soñador.» Ahora bien, naturalmente, este tipo de reflexión erudita sobre el teósofo ya no es común en todos los demás libros de referencia similares. Pero probablemente, quien quiera aprender algo sobre teosofía no obtendrá mucho más sagaz de estos otros diccionarios similares que de esta breve nota.

Ahora he intentado, al menos de manera superficial, revisar en los verdaderos diccionarios filosóficos, qué es lo que se puede encontrar allí. No quiero ofrecerles una selección de flores de esos diccionarios. Solo quisiera, a modo de prueba, señalar lo que se encuentra en el Diccionario de términos y expresiones filosóficas, tratado según las fuentes, publicado en Berlín en 1900. Así que en una de las obras más recientes, que de hecho también incluye la mayoría de los términos teosóficos, se encuentra lo siguiente: [ver nota.]* Con estos nombres son unas tres líneas, un poco más. Quien quiera intentar hacerse una idea de la Teosofía basándose en esta cita, tendrá que decirse a sí mismo: incluso en estos diccionarios filosóficos no encontramos otra cosa que una traducción ni siquiera correcta del nombre y luego unos cuantos nombres citados.

En general, tampoco se ve muy bien si queremos orientarnos sobre lo que se defiende aquí como teosofía, basándonos en lo que la erudición contemporánea sabe al respecto. Pero será aún más fácil: descubrirán que esta erudición contemporánea quiere juzgar a la teosofía basándose en un par de pequeñas cosas que ha recogido de algún que otro folleto teosófico sobre lo que es la teosofía. Podemos tener la extraña experiencia de escuchar un encogimiento de hombros y el comentario: «lo que difunde la literatura teosófica no es más que recalentar unos cuantos conceptos budistas» o «no es más que un supersticioso espiritismo expresado de otra manera». Cosas así las oirán a montones. Pero lo que escucharán poco será una respuesta real a la pregunta: Sí, ¿qué es realmente la teosofía? Puede que te encuentres con eso, tal vez no solo en reuniones de café, lo que realmente ocurrió recientemente en una de esas reuniones de café, pero que no es nada irrelevante para toda la actitud de nuestros contemporáneos hacia la teosofía. Una dama le dijo a otra: ¿Cómo es que te has convertido en teósofa? Eso es algo terrible, algo espantoso. Piensa en lo que le haces a tu familia, piensa cómo te estás enfrentando a lo que piensan los demás.—Luego guardó silencio unos segundos y dijo: Oye, ¿qué es en realidad eso de la teosofía?

Esto no proviene precisamente de círculos académicos, pero por su tipo, también podría encontrarse realmente en círculos académicos. Puedes encontrar una y otra vez el juicio de que la teosofía no es nada científica, que no es más que un delirio de algunas personas fantásticas, que sobre todo hace afirmaciones que no se pueden probar.

Hoy aquí no se pretende en absoluto, cuando se trata de una característica de la relación de nuestra erudición con la teosofía, hacer una crítica, ni siquiera una crítica de nuestra relación con los círculos académicos. Porque nadie, más que aquel que desde el punto de vista teosófico observa nuestra educación académica actual, sabe mejor que de la educación académica actual, de las ideas y conceptos que se han formado a partir de la educación escolar de hoy, no puede surgir nada más que un encogimiento de hombros arrogante y un poco engreído sobre lo que la Teosofía afirma y lo que realmente, para esa erudición —porque no puede entenderlo mejor— no puede aparecer de otra manera que como fanatismo y como charla totalmente no científica.

Queremos ser realmente justos con esta erudición. El teósofo realmente se mantiene en un punto de vista y debe mantenerse en uno, el cual quiero mostrar con un ejemplo que no ocurrió en suelo teosófico, pero que fácilmente podría haber ocurrido en suelo teosófico. El teósofo se encuentra en una situación similar frente a la erudición contemporánea cuando rechaza el desprecio y la acusación de fanatismo, como en el ejemplo del recientemente fallecido filósofo Eduard von Hartmann frente a la interpretación materialista-darwinista de la naturaleza. No se pretende aquí tomar partido por la «Filosofía del Inconsciente» de Eduard von Hartmann. Pero constantemente se debería señalar la manera en que él se enfrentó a sus oponentes. - Era el año 1869 cuando apareció la «Filosofía del Inconsciente», un libro por el cual el teósofo no tiene por qué necesariamente tomar partido, un libro que sin embargo fue en su momento una hazaña audaz. Y precisamente en la relación de este libro con la erudición de entonces puede surgirnos un ejemplo de la manera en que hoy en día el científico de la mente o el teósofo se enfrenta a sus oponentes. Esta «Filosofía de lo inconsciente» fue, de alguna manera, una acción audaz. En esa época, cuando las olas de la ciencia materialista se elevaban, cuando la ciencia materialista se había desarrollado hasta convertirse en una especie de religión materialista, libros como «Fuerza y Materia» de Büchner, otros libros de Vogt, Moleschott y similares, que veían en la fuerza y la materia, en la existencia puramente sensorial y material, lo único real, causaban sensación, tuvieron muchas ediciones y conquistaron corazones y almas. En ese tiempo, cualquiera que no coincidiera con este coro del materialismo, que hablaba de un espíritu auto-creador, era considerado un tonto y un ingenuo. En ese tiempo, en el que se pensaba que la obra de Darwin proporcionaba el pensamiento científico para el materialismo, en ese tiempo, cuando la filosofía misma era una palabra que se consideraba algo totalmente superado, Eduard von Hartmann publicó su «Filosofía del inconsciente», una filosofía que, a pesar de sus grandes errores, tiene la ventaja de que lleva el mundo de vuelta a lo espiritual de manera implacable, buscando en todas partes, en todos los fenómenos, la base de lo espiritual, aunque lo espiritual se considere inconsciente o tenga un rango particularmente elevado. Lo que es seguro es que el espíritu se mantiene firmemente en contra de la dirección materialista. Mientras que en aquel entonces la corriente darwinista explicaba la naturaleza completamente a partir de la fuerza y la materia, Eduard von Hartmann intentó comprenderla de tal manera que el espíritu quedara visible como la finalidad interna de una acción espiritual. — Llegaron aquellos que creían poder mirar con desdén todo lo que hablara de espíritu y juzgaban: Nunca ha existido algo tan amateur como esta «Filosofía de lo Inconsciente». Aquí habla una persona que en realidad no ha aprendido nada sobre todas las manifestaciones que el darwinismo ahora explica de manera tan científica. En esa época hubo muchas publicaciones en contra. Una también apareció de un autor desconocido. En la portada decía: «Lo inconsciente desde el punto de vista de la teoría de la descendencia y del darwinismo». Era una refutación completa de la «Filosofía de lo Inconsciente». El autor mostraba que estaba al tanto de lo más nuevo en la ciencia natural. Ernst Haeckel dijo en un folleto que era una lástima que el autor no se hubiera identificado, ya que él mismo no habría podido presentar nada mejor contra Eduard von Hartmann que lo que estaba en ese escrito. Oscar Schmidt escribió un folleto y aclaró que ningún naturalista habría podido decir algo mejor contra el ilimitado amateurismo de Eduard von Hartmann que el autor anónimo de este folleto. Se llama a sí mismo nosotros y nosotros lo consideramos uno de los nuestros. - El folleto se agotó rápidamente y apareció una segunda edición con el nombre del autor. Y eso fue suficiente para silenciar a todos. Era Eduard von Hartmann. Desde entonces reina un silencio general en el coro de aquellos que sobre el amateurismo de la «Filosofía de lo Inconsciente» no escribieron sobre Eduard von Hartmann, sino que en su propia locuacidad escribieron sobre el folleto, que había aparecido sin el nombre del autor.

Se pueden poner algunos peros a tal procedimiento, pero no se puede negar que fue efectivamente eficaz. Aquél que al principio había sido presentado como ignorante, ha demostrado a los círculos eruditos que todavía podía ser tan inteligente como ellos. Permítanme usar esta expresión trivial, sería bueno, aunque algo anacrónica, hacer lo mismo. Pero fácilmente, muy fácilmente, aquel que se encuentre en la cúspide de la cosmovisión teosófica, podría también escribir todo ese material que hoy se fabrica contra la Teosofía. Esto debe destacarse ante todo: la Teosofía no es algo que se oponga a la ciencia verdadera y genuina, si se entiende correctamente. La Teosofía siempre podrá comprender la verdadera y genuina ciencia, tal como Eduard von Hartmann podía entender a sus oponentes. Lo contrario, en uno u otro caso, no es tan fácil de lograr. Pero también debemos comprender de dónde pudo haber surgido esto.

Si hoy les diera una conferencia solamente sobre lo que nuestros eruditos saben de la teosofía, la charla de hoy podría haber sido bastante breve, y apenas habría necesitado estar frente a ustedes más que unos pocos segundos. Pero quiero profundizar más, quiero hablar sobre por qué y por cuáles razones nuestro conocimiento contemporáneo puede saber tan poco sobre lo que en la teosofía se propone como una nueva manera de entender las cosas del mundo.

Si hoy miramos a nuestro alrededor en la literatura académica contemporánea, encontraremos que estas consideraciones difieren, ya exteriormente, de toda la literatura de hace aproximadamente cien años. Si tomamos un libro que, por ejemplo, lleva el título: El origen del ser humano, el hombre y su posición en el mundo, entonces encontraremos que apenas se nos cuenta algo más que cómo en un momento el hombre no vivió en la Tierra y cómo luego comenzó su existencia en la Tierra en un estado infantil, semi-animal. Entonces se nos indica que ancestros animales vivieron en la Tierra antes de ese tiempo y que estos se transformaron gradualmente en el hombre de hoy. - Si tomamos otro libro que debería enseñarnos sobre los secretos del cosmos, entonces encontraremos que se nos cuenta lo que se puede ver a través del telescopio y lo que se puede lograr con las matemáticas. En otras palabras: en todas partes nos encontramos, incluso allí donde se trata de las cuestiones más importantes, con lo que en mi libro sobre «La visión del mundo de Goethe» me permití llamar - el fanatismo de los hechos, ese fanatismo de los hechos que se aferra a los hechos sensoriales, a lo que nuestros sentidos pueden percibir, o como mucho, a lo que los sentidos armados pueden percibir. A esto pertenece también todo lo que hoy se presenta de manera más detallada en todos los tipos de escritos populares, y que el ser humano puede enseñar únicamente a partir de los hechos científicos establecidos sobre los enigmas y misterios del mundo. Y si echamos un vistazo a los círculos que solo se alimentan de tales libros, descubriremos que en realidad existen todo tipo de etapas intermedias, pero que estas etapas intermedias se encuentran entre dos extremos. Un extremo son los eruditos racionales. Solo considerarán como válido científicamente aquello que pueden ver y combinar con su entendimiento de lo que han visto. Ahí se explora el mundo con instrumentos en todas direcciones. Se buscan documentos escritos, se investiga el tiempo y el desarrollo de la humanidad a partir de hechos puros. Para algunos esto debería ser ciencia natural, lo otro debería ser historia.

En la historia a veces uno llega a cosas bastante notables. Especialmente cuando se trata de experiencias de las ciencias del espíritu. Ahí se encuentra que hay personas que escriben libros gruesos sobre los antiguos gnósticos, por ejemplo, o sobre alguna rama antigua de la sabiduría espiritual, pero que ni siquiera se les ocurre querer saber algo de esa sabiduría espiritual en sí. Lo consideran puramente de manera histórica, registran únicamente los documentos escritos y con eso están satisfechos. Hoy en día no hace falta ser gnóstico para escribir sobre la gnosis. Eso se considera prácticamente un principio en los círculos académicos actuales. Y como mejor principio se considera estar lo más poco involucrado posible con las cosas sobre las que uno escribe. Si tomamos este fanatismo de los hechos por un lado, tenemos más o menos lo que lleva a que ciertos círculos eruditos digan: Estas cosas podemos constatar, estas cosas sabemos; lo que va más allá es asunto de fe. Sobre eso, cada uno puede creer o no lo que quiera. - El resultado de esta mentalidad es cierta indiferencia hacia todos los objetos, pensamientos y realidades que van más allá de los hechos puramente sensoriales. Entonces se dice: Si alguien los necesita para su fe, se los dejamos, pero la ciencia no tiene nada que ver con eso. Se erige una gruesa barrera entre ciencia y fe, y la ciencia no debería ser otra cosa que lo que se puede percibir puramente con los ojos y oídos, nada más que la observación de hechos y lo que se abstrae de ellos. No se debería examinar nada más. - Pero entonces surge algo más que dice: No es correcto que en algún punto la ciencia se detenga, sino que es correcto que el ser humano se desarrolle cada vez más y que en la creación vaya formando y desarrollando cada vez más fuerzas, de modo que pueda saberlo todo, que no hay límites para el conocimiento. Si bien los últimos objetos del conocimiento solo se pueden alcanzar a una distancia infinitamente lejana, son tales que siempre podemos acercarnos más a ellos. No se deben levantar límites en ninguna parte. Parece la cumbre de la arrogancia cuando aparecen representantes que afirman que esta habilidad duerme en cada persona. Solo desarrollenla y verán que los objetos que antes eran objetos de su fe pueden convertirse en objetos de su conocimiento, de su sabiduría. Con los objetos que se refieren a la inmortalidad del alma, al mundo espiritual, al gran y pequeño mundo en el espacio y al desarrollo completo del ser humano, no es diferente que con las cosas que también nos encontramos en la ciencia natural corriente. —O ¿qué sabe una persona que toma un libro popular sobre astronomía sobre propia experiencia acerca de lo que el libro le dice? Les pregunto, ¿cuántos sabios hay entre los que creen en la historia de la creación materialista? ¿Cuántos hay entre los que juran por el espíritu materialista que alguna vez han visto a través de un microscopio y saben cómo investigar estas cosas? ¿Cuántos creen en Haeckel y cuántos saben en este ámbito? La investigación la puede realizar cualquiera, si dedica tiempo y energía a ello. De la misma manera ocurre con las cosas espirituales.


Huelga decir que las cosas simplemente dejan de existir. Es lo mismo que decir que lo que está en la historia de la creación de Haeckel hay que creerlo y que uno no puede investigarlo por sí mismo. La teosofía nunca habla de los objetos y cosas del mundo superior en ese sentido. Se ha acostumbrado llamar Teosofía a esta ciencia espiritual. No porque tenga como objeto exclusivo a Dios, sino porque distingue entre el hombre exterior y sensorial, que ve, oye, huele, saborea y toca con sus cinco sentidos y combina las impresiones sensoriales con su intelecto ligado al cerebro —y el otro hombre que habita en este cuerpo físico, que duerme en él pero puede despertarse, y que tiene órganos espirituales y herramientas sensoriales espirituales igualmente funcionales como el cuerpo tiene herramientas sensoriales físicas. Como el cuerpo ve con el ojo físico, así ve el espíritu con el ojo espiritual. Y como el cuerpo oye con el oído físico, así oye el espíritu con el oído espiritual.

Cuando el ser humano toma en sus propias manos su desarrollo espiritual, estos órganos de percepción espiritual pueden desarrollarse, de manera que el hombre interior pueda mirar dentro de un mundo espiritual. Como a un ser interior así se le llama divino, por eso hago la distinción. Lo que el hombre sensorial externo ve, da sabiduría sensorial, y lo que el hombre interior divino ve, es, a diferencia de la sabiduría sensorial, Teosofía, sabiduría divina. Así es como se entiende cuando se habla de Teosofía. No se habla de Teosofía porque el objeto de investigación sea Dios, porque Dios es algo que solo podría revelarse al ocultista al final de todas las cosas, en la cima de la perfección. Investigar a Dios, aunque sabemos que en él vivimos, nos movemos y existimos, eso es lo que menos se atrevería a hacer un teósofo. Así como nadie que se sienta en la orilla del mar y meta la mano en el agua creerá que puede vaciar todo el mar, tampoco el teósofo creerá que puede abarcar a Dios. Pero así como quien está en la orilla y saca un puñado de agua sabe que lo que saca es de la misma naturaleza que todo el vasto mar, el teósofo también sabe que lo que lleva como chispa divina en sí mismo es de la misma esencia que la deidad. El teósofo no afirmará que su ser puede contener a la deidad, ni dirá que en su alma humana habita la divinidad infinita, o que el hombre mismo es Dios. Eso nunca le cruzará por la mente. Lo que sí dice, lo que puede vivir y experimentar, es otra cosa: que en el hombre vive una parte de la divinidad, de la misma naturaleza y esencia que toda la deidad, así como el agua en la mano es de la misma naturaleza y esencia que todo el inmenso océano. Así como el agua en la mano y el agua del mar son de la misma naturaleza y esencia, lo que habita en el alma también lo es con la deidad. Por eso llamamos divino a lo que está en el interior del ser humano, y la sabiduría que el hombre puede explorar en su interior, la llamamos sabiduría divina o teosofía.

Este es un razonamiento que cualquiera tendría que admitir si solo quisiera pensar lógicamente. A menudo se objeta a la teosofía: ustedes exigen que el ser humano pase por un desarrollo. Pero resulta que no todos pueden verificar lo que la teosofía afirma. Nunca afirmará quien comprende las cosas que no cualquiera, si solo tuviera la paciencia, fuerza y perseverancia necesarias, no podría llegar a lo que algunos han alcanzado a lo largo del desarrollo de la humanidad. Pero hay algo más en las llamadas pruebas de las verdades teosóficas. Se encuentra mucho en la literatura teosófica y en las conferencias teosóficas, o se escucha en algún lugar dentro del movimiento teosófico, de lo cual quien se ha formado a partir de nuestro espíritu del tiempo se dice: Son afirmaciones. Uno puede aceptarlas, ningún teósofo las prueba; simplemente las afirma. — Esta expresión sobre las pruebas es algo que aparece una y otra vez, algo que siempre se objeta a la teosofía. ¿Cuál es la situación realmente con esto? La situación es la siguiente.

Aquello que la teosofía difunde como la sabiduría espiritual superior puede investigarse cuando se despiertan las fuerzas que duermen en cada alma humana. Estas fuerzas y habilidades, que llamamos las fuerzas y habilidades del vidente, de la percepción espiritual de las cosas, son necesarias para investigar las cosas. Si uno quiere investigar, si uno quiere descubrir los hechos del mundo espiritual, entonces necesita estas habilidades y fuerzas. Pero es otra cosa entender aquello que el investigador espiritual ha encontrado. Así que, bien entendido, para descubrir las verdades espirituales se necesitan las fuerzas del vidente; para entenderlas solo se requiere el sentido común claro, lógico, que va hasta las últimas consecuencias. De eso se trata. Quien afirma que no puede entender lo que la teosofía dice, aún no ha reflexionado lo suficiente sobre ello. Por el contrario, justo aquello que la ciencia afirma hoy, podremos entenderlo mejor. Justo lo que, si nos mantenemos en la verdadera ciencia, hoy comprendemos sobre los hechos de la naturaleza, sobre las cosas aparentemente inanimadas y los sucesos de la naturaleza viva; incluso si tomamos los hechos de la historia cultural —si queremos entenderlos, nunca podremos entenderlos si solo nos acercamos a ellos con el erudito materialista, que no es más que fantasía materialista. Podemos entender ahora mismo solo aquello que la verdadera ciencia nos proporciona, si conocemos la verdadera ciencia del mundo espiritual. Para quien ve más profundamente, por ejemplo, la ciencia, en la medida en que es presentada por Ernst Haeckel, solo se vuelve comprensible si se tiene la teosofía como supuesto, como fundamento.

Una comparación aclarará lo que quiero decir. Imaginen que tienen frente a ustedes un cuadro que representa, digamos, alguna escena, alguna leyenda de santos. Pueden intentar entender este cuadro de dos maneras. Una vez, se colocan frente al cuadro e intentan revivir en su alma lo que vivió en el alma del pintor. Intentan despertar en su alma lo que el cuadro representa como contenido espiritual. Hay algo en él que quizá eleva su alma interiormente, la llena de nobleza, algo que anima su alma por dentro. Pero también pueden relacionarse con este cuadro de otra manera. Pueden ir y decir: eso no me interesa. Tampoco me interesa mucho lo que el pintor pensaba al respecto. Pero quiero intentar averiguar cómo mezcló los colores, qué materiales mezcló en la pintura que aplicó en el lienzo. Quiero revisar cómo está eso en el lienzo, cuánto peso de pintura roja y verde se usó, dónde se aplicaron líneas rectas y dónde curvas.

Esas son dos formas diferentes de mirar una imagen. Sería tonto decir de una de ellas: Estás viendo algo que no es verdadero. - No, él está viendo algo que es totalmente verdadero. Está mirando la manera en que el color se adhiere al lienzo y cómo está compuesto. Mira si los colores se han agrietado y demás. Esas pueden ser verdades reales. Entonces llega el segundo y le dice al primero: Eso no es lo correcto, lo que tú piensas. Eso es solo un pensamiento. Lo que yo investigo, se puede establecer de manera objetiva.

Quiero poner otro ejemplo al lado, para que nos entendamos perfectamente. Digamos que alguien puede tocar una sonata en un piano. Tú escuchas esta sonata con oído musical, te deleitas en el maravilloso reino de los tonos que esta sonata transmite. Esta es una manera de investigar lo que está pasando aquí. Sin embargo, otra manera podría ser la siguiente. Llega alguien y dice: no me interesa lo que se escucha con el oído musical. Pero ahí hay un piano, en él hay cuerdas tensadas. Estas cuerdas se mueven. Ahora quiero pegar a estas cuerdas lo que llamamos 'pequeños indicadores de papel'. Saltan cuando la cuerda se mueve y así puedo estudiar dónde se mueven las cuerdas y dónde están en reposo. De lo que tú escuchas con tu oído quiero prescindir por completo. Eso no se puede determinar objetivamente. – Así como este segundo observador se comporta respecto al primer observador, así se comportan con los teósofos los eruditos que les he descrito. A ningún teósofo se le ocurriría negar la erudición. Así como quien se entusiasma por el contenido intelectual de una imagen no dirá que lo que investigas sobre el color no es verdadero, así tampoco quien tiene oído musical dirá que lo que examinas con los papelitos no es verdadero —porque es verdadero—, igualmente verdadero es lo que el naturalista descubre sobre su materia. No se debe objetar nada a eso. Pero esta ciencia natural pasa por alto lo que realmente importa en el proceso del mundo. Así como lo que importa pasa por alto quien solo mira los papelitos, y también lo que se escapa a quien solo estudia el color y tal vez el material, el lienzo.

Ahí vienen algunos y dicen que existe un sujeto que solo vive en el alma y que no se puede determinar objetivamente. Hay que investigar lo que realmente se puede comprobar. Afuera solo vive la materia etérica vibrante, la sustancia vibrante. Claro. Como teósofo le respondes a alguien así: si solo estudias la sustancia, afuera solo encontrarás tu sustancia, igual que aquel que se tapa los oídos, solo ve lo que se puede observar en los papelitos voladores.

Hace unos pocos años todavía se cometían grandes tonterías con esta objetividad de la investigación natural. Esta es la llamada teoría atomista, donde se llama subjetivo a lo que el ser humano percibe como sensación sensorial, lo que percibe como sonido, color y demás, y se lo atribuye a procesos objetivos. Y estos procesos deberían ser vibraciones de alguna sustancia. En aquel entonces se decía - como ejemplo - siempre solo Rojo. Rojo, se decía, solo está en tu ojo. Afuera en el espacio no hay nada más que una vibración del éter de tantas y tantas millones de oscilaciones. — Así, esta pseudociencia, que ya no es ciencia sino religión, transformaba el mundo de las percepciones en una suma de átomos, todos en movimientos vibrantes. Esta tontería de transformar todo lo que experimentamos con contenidos vivos y llenos de color en procesos abstractos, que no son más que cosas calculadas, cosas solo pensadas y especuladas, esta tontería ha ido retrocediendo un poco últimamente. Vemos cómo incluso el átomo y el movimiento oscilante son vistos por investigadores inteligentes solo como un enfoque de cálculo, y cómo en los círculos de pensadores más avanzados ya no se preocupan por la inexactitud de las hipótesis atómicas, y así sucesivamente. Pero se ha asentado en la mente de la gente la idea de ver el mundo como un nada objetiva, como meros procesos de vibración materialista, tanto que en los primeros años del movimiento teosófico también penetró ahí y en la propia teosofía. Tuvimos que experimentar que el movimiento más espiritual fue afectado de manera severa por el materialismo. Tuvimos que ver que en los libros teosóficos más diversos se podía leer una y otra vez: esto es esta vibración y esto es aquella vibración. Especialmente los libros ingleses no se cansaban de hablar de vibraciones.

Es una característica de nuestro tiempo que en el movimiento espiritual haya podido entrar esta dirección materialista. Aún nos llevará mucho tiempo superar esta enfermedad infantil de la teosofía. Pero solo entonces, cuando llegue el momento en que dentro de la teosofía hayan desaparecido todas las conversaciones sobre átomos que se mueven, haya desaparecido esa construcción elaborada de algún tipo de mónadas que bajan girando desde las alturas y lo absorben todo —una idea materialista grotesca— solo entonces se reconocerá que en la teosofía se trata solo de reconocer lo espiritual como tal, y cuando esté claro que se deja de lado en la ciencia materialista los papelitos vibrantes y el estudio de los colores y del lienzo, y que en la teosofía se trata del desarrollo de los sentidos superiores, del conocimiento de los sentidos superiores, de lo que el ser humano ve con las fuerzas del alma superiores, resume y comprende lo que escucha con el oído musical, es decir, lo que la cuerda vibrante expresa espacialmente, entonces se podrá entender algo más o menos qué es la teosofía.

Por lo tanto, también tenemos que renunciar, completamente renunciar, a creer, por ejemplo, que una especie de armonía entre la erudición actual y la teosofía sea posible. Eso no es posible. — Esta armonía solo llegará cuando la propia erudición esté lo suficientemente avanzada como para poder entender la teosofía. Ciertamente, estamos tratando con el estudio de los colores —químicamente—, con el estudio de las líneas, con el estudio del lienzo, con el estudio de las tablillas de papel sobre las cuerdas en movimiento, pero eso no excluye que, con el desarrollo superior de las fuerzas espirituales, en lo mismo que investigamos externamente, se revele lo espiritual-superior. La erudición actual está lejos de comprender algo así. Se muestra indulgente ante esta erudición cuando, por ejemplo, se ve lo incapaz que es quien ha surgido de esta erudición de comprender algo que se enseña en el sentido más profundo y, al mismo tiempo, ha surgido de ciertas ciencias espirituales. Sé que digo algo altamente cuestionable para muchos de los que pueden estar sentados aquí con formación en la física. Pero es algo que señala de manera sintomática aquello de lo que tengo que hablar. ¿Qué físico no hablaría con desprecio sobre lo que se llama la teoría del color de Goethe? Hablar de esto hoy en día es prácticamente imposible, pero vendrán tiempos, —y no están tan lejos—, en los que todo lo que hoy se considera objeción contra la teoría del color de Goethe será visto como un prejuicio anticuado. Más sobre la teoría del color de Goethe puedes leerlo en mi libro sobre «La visión del mundo de Goethe».

La teoría del color de Goethe nace de una cosmovisión espiritual y, para quien pueda entenderlo, esta teoría del color por sí sola ya es la prueba de lo profundamente que pensaba Goethe. Pero él tampoco parte del prejuicio de que el color sea un éter vibrante. Él más bien se basa en un terreno que se puede describir así, como ahora intentaré hacer. Les pido que me sigan en mi sutil razonamiento. Cuando alguien mira hacia afuera y ve el color rojo, su ojo primero percibe rojo. Ahora llega el físico y dice que ese rojo es solo subjetivo. Es un proceso en el espacio o en el cerebro. Pero lo que realmente está afuera no es más que un movimiento del éter vibrante. Si ahora alguien llega y dice que lo que ves es solo aparente, que es solo un movimiento del éter vibrante, entonces se puede responder lo siguiente: intenta imaginar este movimiento del éter vibrante. ¿Entonces es incoloro? Debe ser incoloro, porque quieres explicar el color a partir de las vibraciones. Así que lo que hay afuera debe ser incoloro. Y me pregunto, ¿tendrá quizás otras propiedades, tendrá quizás la propiedad del calor? Ahí viene el físico y dice que el calor también viene solo del movimiento vibratorio. Pero lo más curioso de estas personas es cuando dicen que estas vibraciones no tienen propiedades sensoriales, sino solo aquellas que podemos conocer. Sin embargo, si se considera subjetivo lo que dicen los sentidos, entonces también hay que asumir como subjetivo lo que uno piensa. Y entonces también hay que decir que lo que calculaste como masa nebulosa vibrante es aún más subjetivo, nunca se percibe, sino que solo se calcula. Todo eso se calcula de manera subjetiva. Quien tiene claro que lo que experimentamos en nuestro interior es objetivo y que lo objetivo puede volverse lo más subjetivo, tiene derecho a decir que lo calculado también tiene una existencia objetiva. Tampoco llegará a considerar el rojo y el verde, do y sol sostenido, como meras apariencias subjetivas.

Ahora les he dicho toda una serie de cosas que para cualquier persona con pensamiento científico hoy en día son herejías terribles. Bueno, se habla mucho de que los tiempos han cambiado. Sí, los tiempos han cambiado desde la época de Giordano Bruno. En ese entonces aún no existía el dogma de la infalibilidad. Hoy en día, como saben, en ciertos círculos católicos existe el dogma de la infalibilidad. Pero este dogma de la infalibilidad no nació únicamente del catolicismo. Nació como ley externa, como dogma externo. Sin embargo, como actitud, el dogma de la infalibilidad también vive en el espíritu de los pensadores materialistas, de los librepensadores monistas. Se consideran - no quiero decir que cada uno se vea como un pequeño papa - pero sí se consideran tan infalibles que todo lo que no provenga de sus círculos lo consideran supersticioso. Y si uno se enfrenta a estos físicos y psiquiatras infalibles - no lo dirán abiertamente, pero se siente - entonces será descartado. Ya no se lo quema, pero se le hace imposible usando los medios que hoy están de moda.

En los teósofos no se trata de que algo reciba aprobación. Ante la verdad, la aprobación es totalmente indiferente. Para quien ha comprendido la verdad de un teorema matemático, es completamente irrelevante si un millón de personas están de acuerdo o no. Las verdades no se deciden por mayoría. Quien ha reconocido una verdad, la ha reconocido y no necesita aprobación. Así, el movimiento teosófico valorará precisamente a los confesores prudentes. No quiere tener niños, sino personas que, con toda cautela, a través de un examen profundo, formen un juicio propio. La invitación a la precaución es algo que me inspira una profunda simpatía.

De lo que he intentado mostrar, habrán podido deducir que la teosofía está muy lejos de criticar la erudición contemporánea. ¿Debería el teósofo combatirla? Haría algo muy tonto, porque sería como si alguien que observa un cuadro con desagrado quisiera atacar a quien estudia la composición química de los colores. Si, por ejemplo, desde la perspectiva teosófica se defiende un fenómeno como el de Ernst Haeckel, eso no tiene por qué estar mal. Se puede defender si se reconoce desde un nivel más alto, viendo cómo aparece y sabiendo cómo debe situarse en el desarrollo del mundo. El teósofo sabrá indicar la posición correcta de la evolución contemporánea en cada ámbito.

Así es la relación de la nueva corriente del espíritu que intenta mirar el mundo tal como siempre lo han mirado ciertos espíritus elegidos. Pero en los últimos siglos no ha sido posible dar esta ciencia espiritual de la manera en que antes se daba. Lo que hoy se llama Teosofía es una pequeña parte de una sabiduría universal más amplia, de lo que se llama la ciencia secreta. Esto es algo que ha existido en individuos humanos selectos durante milenios, sí, desde que hay seres humanos. Pero en la forma en que lo poseían algunos grandes espíritus, no podía darse a la gran multitud. Sin embargo, tampoco se les negó por completo a las masas.

Si examina los mitos y leyendas de los pueblos, si los examina de manera imparcial, verá que estos mitos y leyendas son la expresión figurativa de una ciencia que contiene más sabiduría de la que ofrece la ciencia actual. La ciencia actual lo consideraría fantasioso si se dijera que en estos cuentos hay sabiduría. Además, esta sabiduría del mundo ha sido proclamada de maneras diferentes en las distintas religiones, dependiendo de cómo cada pueblo la utilizaba según su temperamento y clima. Si observamos todo lo que la humanidad ha recibido en las formas más diversas, esto nos lleva a un núcleo común, a una sabiduría mundial integral. No todo puede ser entregado hoy a toda la humanidad, porque quien se eleva hacia esta sabiduría mundial tiene que atravesar ciertas pruebas internas. Solo a quien las atraviesa se le puede confiar esta sabiduría mundial. Incluso la parte elemental se transmitía antes únicamente a un círculo muy reducido de alumnos bien preparados, con las correspondientes cualidades intelectuales, morales y afectivas. Hoy en día todavía hay personas que consideran incorrecto que la teosofía transmita las sabidurías ocultas a las grandes masas de personas. La acusación, sin embargo, es infundada, porque hoy en día simplemente no se puede hacer de otra manera. Quien entiende la estructura del espíritu de nuestra época, sabe que la verdad interior y la sabiduría de la visión religiosa del mundo se sienten alienadas, porque ya no se las puede comprender. Antes era diferente. Entonces, la sabiduría que hoy proclama la Teosofía era para beneficio del individuo. A la gran masa se le daban en imágenes lo que debía recibir de sabiduría. La mente de las masas estaba preparada para captar esas imágenes. La gran masa podía vivir solo con esas imágenes. La verdad estaba en las religiones, la verdad estaba en los fundamentos religiosos. Eso es lo que la Teosofía nos hace comprender de nuevo en lo más profundo. En aquellos tiempos, el ser humano podía captarlo con el sentimiento. Hoy, los tiempos exigen que también pueda entender lo que contienen las religiones. Así es como lo que se llama ciencia oculta se ve obligada a manifestar algo, a contribuir a la veracidad de las religiones, a ofrecer al menos lo elemental de la verdad espiritual. Sería un tiempo desolado y vacío si la humanidad estuviera alejada de todo conocimiento de los mundos espirituales y de toda conexión con ellos. Solo quien no entiende la cuestión puede creer que la humanidad podría existir sin relación alguna con lo espiritual, sin fe en el espíritu y en la inmortalidad. Así como la planta necesita savia nutritiva, el alma necesita lo que está en la base de lo espiritual. La teosofía no quiere fundar una nueva religión. Pero sí quiere acercar la verdad al ser humano de nuevo, en una forma adecuada para la persona de hoy, en la forma del entendimiento reflexivo. Así, la teosofía llevará la antigua verdad en una forma nueva a nuestros contemporáneos, sin dejarse distraer por aquellos que, partiendo de la superstición materialista, se oponen a esta corriente espiritual.

Así como la ciencia natural externa se apoya en lo que investiga y calcula con la ayuda del microscopio y el telescopio, del mismo modo la teosofía se servirá del instrumento más importante del que habla Goethe: lo que es el oído entrenado del músico, eso es el alma humana frente a todas las herramientas -, y además:

Misteriosa a plena luz del día
La naturaleza no se deja despojar del velo,
Y lo que no quiera revelar a tu espíritu,
No se lo arrancarás con palancas y con
[tornillos].

Quien comprende el mundo es el instrumento más perfecto, y apoyándose en la visión espiritual, la teosofía irá produciendo cada vez más de esos instrumentos.

La respuesta a la pregunta de qué saben nuestros eruditos sobre el verdadero nervio de la teosofía es, nada. - No pueden saber nada, porque todos sus hábitos de pensamiento no pueden llevarlos a otra cosa que considerar la teosofía como algo fantasioso. Pero quien ha comprendido que la erudición aún no puede involucrarse en la teosofía, que parte de fundamentos completamente diferentes, también entenderá cuán necesario será que esta erudición profundice en la estructura del espíritu. ¿Qué floraciones no produce esta erudición? Pero una verdadera comprensión del alma primero puede hacer comprensibles esas cosas que la erudición actual conoce. O, ¿qué debe pensar aquel que se ha considerado a sí mismo como un gran espíritu, siguiendo a Goethe, Schopenhauer, Conrad Ferdinand Meyer y otros, qué debe pensar cuando esta erudición materialista ha llegado tan lejos que en un librito sobre la enfermedad de Goethe, sobre la enfermedad de Schopenhauer, también en otras obras, se pueden encontrar estas enfermedades explicadas desde el punto de vista de la psiquiatría materialista? La locura circular se llama a un cierto tipo de enfermedad mental. Demencia precoz es otra, y paranoia una tercera. Estas tres formas de locura se toman como base para mostrar que incluso en grandes espíritus, considerados guías de la humanidad, se pueden encontrar síntomas que se consideran propios de enfermedades mentales. En Schopenhauer se encontraron los síntomas de la locura circular, paranoia en Tasso, Rousseau y otros. De hecho, el mismo autor ha calificado a un número aún mayor, a una cantidad aún mayor de personas, como de mente débil. Se trata, en efecto, del autor del libro sobre la debilidad fisiológica de la mujer, que afecta con ello a la segunda mitad de toda la humanidad. Sería fácil observar al autor desde su propio punto de vista y examinarlo a fondo. Sin embargo, de todas estas cosas no hay nada que reírse. La ciencia materialista debe llegar a ello, porque son verdades parciales. Pero solo se puede llegar a la luz correcta si se ve el espíritu que actúa detrás. Entonces se ve que, a menudo, con los mismos síntomas, se debe comprar un desarrollo espiritual más elevado, así como, por otro lado, la salud con otros síntomas. Esto solo se puede hacer si se explica y se observa desde arriba, es decir, desde el punto de vista teosófico.

Quisiera decir algo más. Ustedes saben que he hecho referencia a tiempos antiguos del desarrollo, donde la cultura de hoy aún no existía, donde hubo un continente entre la Europa y América actuales, el continente de la antigua Atlántida. Ya he señalado que esta Atlántida está siendo redescubierta por los naturalistas. En la revista «Kosmos», número 10, un naturalista habla de animales y plantas que vivieron en esta Atlántida. Un naturalista de este tipo lo admitirá, pero no admitirá que otros seres humanos vivieron allí en aquel entonces. No admitirá que la antigua tierra atlante estaba cubierta por un amplio mar de niebla, que el suelo de Atlántida no estaba cubierto por un aire como el que forma nuestra atmósfera hoy, que la expresión que los antiguos pueblos de Europa Central tienen en sus mitos: Hogar de Niebla, señala algo real, algo verdadero, que nuestros antepasados atlantes vivían en una tierra de niebla. He señalado esto varias veces. - Hace unos días se dio una conferencia en una famosa sociedad de investigación de la naturaleza, donde se señaló que lo más probable es que en la época de nuestros antepasados atlánticos grandes extensiones de tierra en la Tierra estuvieran cubiertas de niebla. Esto se infiere de manera especulativa a partir de varias otras observaciones. Y sobre todo se señala que las plantas que necesitan sol, es decir, las que crecen en el desierto, son de fecha más reciente y en aquel entonces aún no existían, mientras que aquellas que necesitan poca luz solar pudieron existir en hogares con niebla, siendo estas más antiguas.

Aquí pueden ver cómo la ciencia natural, al reflexionar, les dice lo que la teosofía ya había dicho antes. Vemos ante nosotros un tiempo en el que esta ciencia natural también tendrá que admitir poco a poco otras cosas. No será así en el futuro, que la teosofía tendrá que acomodarse a las fantásticas teorías atómicas objetivas, sino que los hechos que la teosofía proclama desde la visión superior serán confirmados por la ciencia natural externa. Ese será el rumbo que tomará el desarrollo futuro. Aunque los eruditos de hoy no sepan nada de esto todavía, sus propios avances los indicarán. - A ningún pensador se le debería ocurrir dudar de que con un alma desarrollada se puede ver, se puede percibir más que con los simples sentidos y la mera razón. El reconocimiento del ser humano desarrollado como el instrumento más alto y perfecto para explorar el mundo, eso es lo que la teosofía quiere que se reconozca. Todo lo demás se deduce por sí mismo. Diga usted que el hombre ha alcanzado los niveles más altos y que no se va a desarrollar más, entonces no necesita teosofía. Pero si dice que las leyes que gobernaron en el pasado también gobernarán en el futuro, y que algunos siempre han estado por encima de otros en su entorno, acepte eso, entonces ya está en principio con la mentalidad teosófica. Uno no se vuelve teósofo por decir las palabras teosofía, fraternidad, unidad, y así sucesivamente. La fraternidad es algo que todos los buenos seres humanos comprenden. — Cuando veo que la gente siempre habla de fraternidad y luego veo que sienten un placer interno al hablar de fraternidad, armonía y unidad, siempre me recuerda al horno y al primer principio de la Sociedad Teosófica, que exige formar el núcleo de una fraternidad humana universal. Es inútil decirle al horno: Oye, querido horno, calienta la habitación y haz que esté cálida. - Si uno quiere que el horno caliente, entonces tiene que ponerle combustible y encenderlo. Hay que ponerle combustible. Esa es la fuerza espiritual, la capacidad de ver y supervisar mediante la exploración de los mundos superiores. A través de la exploración del mundo espiritual, esa verdad y sabiduría penetrará en las almas humanas, y esa sabiduría y conocimiento por sí mismos deberán conducir a la fraternidad general de la humanidad. Así alcanzaremos lo que se dice en el primer principio del programa teosófico, cuando el ser humano pueda ser un instrumento que mire dentro de los mundos espirituales. Cuando se saquen los órganos de percepción ocultos en el ser humano del alma, la Teosofía será un progreso que se podrá seguir. Si uno compara esta actitud, que surge de la teosofía, con la actitud de los teósofos, de grandes y elevadas personalidades que vivieron en tiempos antiguos, también la encontramos en una frase de Herder: Nuestra naturaleza delicada, sensible y finamente perceptiva ha desarrollado todos los sentidos que Dios le ha dado. No puede prescindir de ninguno, porque lo que resulta del uso total de los órganos es evidente para todos. Son las vocales de la vida, y así sucesivamente.

Si aquí se toma en cuenta solo los sentidos físicos externos, aún podemos decir en el sentido teosófico: los sentidos corporales y mentales deben ser desarrollados, porque de la armonía de los órganos de percepción físicos y mentales surgirán no solo las vocales de la vida, sino también las del vida espiritual, eterna e infinita.

Como dice Goethe en su poema «Los misterios». El ser humano no es ni libre ni esclavo, está en desarrollo.

Cuando el hombre se supera a sí mismo,
se libera de la fuerza que ata a todos los seres,


* nota En la biblioteca de Rudolf Steiner se encuentra este «Diccionario de términos y expresiones filosóficas, elaborado con base en fuentes por el Dr. Rudolf Eisler», Berlín 1899 y siguientes. El artículo citado dice: «Teosofía: Sabiduría de Dios, conocimiento inmediato, intuitivo y especulativo de Dios, relación de todo conocimiento y acción con Dios (Plotino, gnósticos, místicos, J. Böhme, V. Weigel, Swedenborg, Baader, Schelling).» P. 773.

Traducido por J.Luelmo - may 2026-