CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA069a Munchen, 27 de noviembre de 1912 - Errores de la investigación espiritual

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

Errores de la investigación espiritual


Munchen, 27 de noviembre de 1912

¡Muy estimados presentes! En cada ámbito del pensamiento y de la vida, no solo es deseable, sino necesario, conocer además de las cualidades de la verdad, también las cualidades y orígenes del error. Porque, sin duda, a menudo solo mediante el conocer adonde se origina el error, es posible protegerse de todos los obstáculos que se interponen en la búsqueda de la verdad. Pero en el campo de la investigación del espíritu, es de especial necesidad la comprensión del origen del error ya que, a diferencia de otros campos de la búsqueda de la verdad, en la investigación del espíritu el error acecha casi en cada esquina. Pero no acecha solo como algo que es fácil de reconocer, sino como algo que en la mayoría de los casos aparece disfrazado, enmascarado, sí, se puede decir que de una forma bastante difícil de identificar. El error acecha allí como un oponente que no solo quiere ser refutado, como sucede en la investigación de la verdad física externa, sino que realmente desea ser vencido por el alma del investigador espiritual. Y en muchos casos, sucede que en los caminos de la investigación espiritual, solo se puede llegar a la verdad si realmente se logra vencer al error como a un oponente.

Hace un par de días expliqué aquí que cuando el ser humano, intenta seguir los caminos de la investigación espiritual, no tiene otro remedio que hacer de su propia alma un instrumento que pueda mediar entre el conocimiento humano y los mundos suprasensoriales. La ciencia común utiliza instrumentos externos con los que realiza sus experimentos y observaciones. El investigador espiritual solo tiene como instrumento lo que puede hacer de su propia alma, sacando de ella las fuerzas de conocimiento que no son necesarias para la vida y el conocimiento físico ordinario, pero que yacen dormidas en el alma, y a través de estas fuerzas de conocimiento entra en el mundo suprasensorial.

Además, anteayer se mostró que el alma, al autoaplicarse los medios caracterizados, primero llega a lo que se llama conocimiento imaginativo y que ya ahí acecha un error. Cuando el alma alcanza este conocimiento imaginativo, a través del cual se siente capaz de hacer que surjan desde sus profundidades imágenes e imaginaciones, ya está presente el error contra el cual el investigador espiritual debe luchar: el error de tomar ese mundo de imágenes como si fuera algo objetivo, algo que existe fuera de él mismo en el mundo. Ya se ha dicho que toda la autoformación del investigador espiritual debe ir dirigida a emplear una fuerte fuerza de voluntad interna para que el prejuicio ni siquiera surja, para no tomar estas imágenes que surgen en el alma como otra cosa que no sea simplemente un reflejo, por así decirlo, una sombra proyectada de las propias experiencias del alma. En el momento en que las imágenes que primero surgen mediante la meditación o la concentración se toman por algo distinto a una expresión de la propia alma, surge inmediatamente el error. También se ha dicho que debe ser eliminado del alma, aquello que aparece como mundo imaginativo, que debe ser superado, descendiendo de nuevo a profundidades insondables, y solo entonces el alma se vuelve capaz de percibir las realidades y entidades suprasensibles de manera objetiva ante sí.

Así pudimos caracterizar la primera etapa del conocimiento sobrenatural, el conocimiento imaginativo. Y como una imagen contrapuesta del conocimiento imaginativo se presentó la naturaleza mediúmnica del ser humano. Por supuesto, no es posible repetir hoy todo lo que se dijo anteayer; solo se debe recordar que se ha llamado la atención sobre varios aspectos preocupantes de lo mediúmnico, y que la omisión hoy de estos aspectos preocupantes, no debe llevar a la conclusión de que estos aspectos se estén teniendo en cuenta de manera insuficiente. También se ha dicho ya en qué consiste la naturaleza mediúmnica. Mientras que en el conocimiento imaginativo se fortalecen las fuerzas vitales internas del alma, se hace más fuerte la conciencia, se sacan a relucir más fuerzas internas del yo que las que normalmente existen en la vida cotidiana, en la naturaleza mediúmnica, en cambio, el yo, la conciencia ordinaria, debe ser atenuado, de manera que en el médium la vida normal de las ideas y las sensaciones se detiene y entra en un estado más o menos inconsciente. Al hacer que la conciencia quede como expulsada del medium, las fuerzas que existen en la naturaleza humana fuera de la conciencia, se podría decir que se conectan con el ser universal del mundo, y este ser universal del mundo con sus fundamentos y procesos espirituales actúa directamente sobre lo que vive en el medium. Y así, el medium es capaz de revelarse, pero no se revela la individualidad humana, sino las fuerzas y procesos del mundo que intervienen. El medium se convierte como en el revelador de la acción y los hechos espirituales de los seres del mundo. El conocimiento imaginativo se enfrenta así con la elevación, fortalecimiento y concentración de la conciencia, y el ser mediúmnico con más o menos desaparición de la conciencia.

Abordemos en primer lugar, las fuentes del error del ser mediúmnico. Aquellas personas, que a través de las revelaciones de los seres mediúmnicos, aman obtener conocimientos de los mundos, conocimientos que luego cuando la conciencia está apagada, influyen en la naturaleza humana, tales personas por lo general, rechazan que la personalidad mediúmnica introduzca en su conciencia cualquier enseñanza de la ciencia espiritual, cualquier concepto, idea o noción de la ciencia espiritual. Es decir, a esos investigadores que quieren reconocer una verdad objetiva a través del ser mediúmnico que actúa a través de las fuerzas del médium, no les gusta que el médium haya aprendido ideas sobre el mundo espiritual. Y desde su punto de vista, estas personas tienen totalmente razón. Tienen razón en esto, porque los conocimientos de las ciencias del espíritu, con sus conceptos e ideas que se inscriben con fuerza en el alma, también requieren mucho de la conciencia, se imponen en la conciencia humana; y por eso es realmente difícil, cuando se intenta suprimir esta conciencia, silenciar estas fuerzas tan fuertes en la personalidad mediúmnica,. Y entonces se puede experimentar que la personalidad mediúmnica, en lugar de dar a conocer aquello que es independiente de su propia alma y de su propia individualidad, en su lugar solo revela lo que previamente ha influido en el alma como ciencia del espíritu. Y quienes investigan en este campo normalmente están muy preocupados por mantener a sus médiums libres de las influencias de la investigación espiritual, que de otro modo se manifestarían a través del médium, en lugar de permitir que se hagan presentes las fuerzas espirituales no afectadas por la individualidad humana, que normalmente aparecerían en la manifestación del médium, cuando la conciencia está suprimida.

Tampoco sería bueno para las investigaciones de la personalidad mediúmnica si esta tiene una imaginación muy fuerte, por la cual puede representar cosas diversas en el mundo. Porque toda imaginación fuerte influye considerablemente en la individualidad y cuando la conciencia está atenuada, se impone. Así que se puede decir: todo aquello que es un contenido activo, muy consciente y creativo de la conciencia, afecta negativamente las manifestaciones de la personalidad mediúmnica. Sí, todo el que tenga experiencia en este campo sabe que, en cuanto a la imaginación y al pensar, las personalidades muy dotadas son justamente malas personalidades mediúmnicas. Por ejemplo, si una personalidad ha asimilado lo que pone en mi «Ciencia Oculta» sobre el desarrollo del sistema planetario, y luego se consigue que esta personalidad mediúmnica haga sus propias manifestaciones, se verá que lo que el medium ha aprendido, se mezcla en sus manifestaciones; mientras que, si no es así, a través del medium, sin ser influenciado por nada aprendido, se pueden obtener resultados sorprendentes que, aunque a veces expresados de forma grotesca, resultan extraños. Pero si uno se adentra en esto, si se sobrepone a la expresión grotesca, se puede ver, especialmente en las personalidades mediúmnicas de cierto tipo, cómo, a lo largo de la evolución, se manifiestan las conexiones cósmicas mediante cosas a veces grotescas que provienen de la personalidad. Para quien quiera hacer investigaciones con la ayuda de una personalidad mediúmnica, es sobre todo necesario adquirir cierta práctica para poder distinguir entre el contenido de conciencia subjetivo e individual del medium y lo que el medium no puede saber y aun así se revela a través de él. Por eso, en investigaciones más triviales, se considerarán especialmente aquellas manifestaciones de personalidades mediúmnicas en las que se sabe con exactitud que el medium comunica algo que sería imposible que comunicara estando completamente consciente.

Solo menciono cosas, mis muy estimados presentes, que han sido revisadas cuidadosamente, que son tan conocidas por cualquiera que tenga experiencia en este campo como cualquier hecho científico. Cuando se recibe un mensaje a través de una personalidad mediúmnica, si habla desde un estado de conciencia confuso, por ejemplo, en un idioma que se sabe que el médium no ha aprendido a lo largo de su vida, entonces uno sabe que es algo que surge de la personalidad mediúmnica y que no puede estar relacionado con la individualidad misma, por lo que se entiende que a través del médium se está expresando un contenido objetivo del mundo.

Así, gracias a la peculiaridad de la personalidad mediúmica, vemos al mismo tiempo en todas partes el origen del error que el profesional de este campo debe evitar. En particular, hay que tener en cuenta esa fuente de error incluso cuando, en este ámbito, se trata de la mera observación de personalidades sonámbulas que, a través de esos métodos y esas manifestaciones de las que son capaces, transmiten algo procedente del mundo espiritual. Siempre se comprobará que la subjetividad se entremezcla en gran medida con la comunicación. Quien tenga experiencia en este ámbito sabe que una personalidad mediúmica que, por ejemplo, sea protestante, recibe sus manifestaciones de una manera muy diferente a como lo hace una personalidad mediúmica que sea católica. Se puede comprobar que una personalidad mediúmica católica, cuya vida emocional está impregnada de las creencias católicas, ve en el mundo espiritual ciertas entidades que, sin embargo, se muestran tal y como esa personalidad se imagina a, digamos, los seres angelicales.

Eso que puede darse en el caso de una personalidad mediúmica católica de este tipo, no se dará en el caso de una personalidad mediúmica cuyos sentimientos tengan, digamos, un matiz protestante. Por ello, resulta de nuevo urgente, además de observar lo que se manifiesta a través de la personalidad mediúmica, examinar con detenimiento la individualidad de esa misma personalidad. Y aquí llegamos a un ámbito que resulta sumamente adecuado para poner de relieve donde se origina el error.

Quien sea escéptico en este ámbito o considere toda esta historia una tontería, dirá: «Bueno, ahí lo tenéis: a través de una personalidad así se manifiesta lo que ella misma cree, lo que ella misma tiene en su conciencia». - Ciertamente, si se observa ante todo, en su conjunto, lo que se manifiesta a través de la personalidad mediúmica, casi nunca se podrá evitar caer en errores; pero para el observador objetivo de estas cosas, el contenido de lo revelado cobra cada vez menos importancia, mientras que lo que más cuenta es que se produzca tal revelación, que algo así pueda vivirse con la conciencia atenuada. Lo que cuenta es la experiencia. Y cuando uno se acostumbra a pasar por alto el contenido de la revelación y se fija en los procesos que tienen lugar en el alma humana como resultado de esta relación entre la naturaleza humana y las fuerzas del mundo, entonces se comprende por qué es perfectamente posible que, en una ocasión, la manifestación tenga un matiz católico y, en otra, protestante. Porque lo que realmente importa es la experiencia, la forma en que se manifiestan las fuerzas y entidades espirituales, que solo se revisten de la manera descrita. El error surge cuando se considera que el revestimiento es lo esencial. La verdad se descubre cuando se es capaz de abstraerse de la forma de manifestación y se presta atención a que, en realidad, se produzca tal proceso, independientemente de si la experiencia está matizada de una u otra forma por la individualidad. Porque lo que se experimenta no es una aparición angelical con forma humana ni nada por el estilo, sino fuerzas espirituales que, en su verdad, solo pueden contemplarse mediante investigaciones minuciosas, pero de las que se puede demostrar que existen y que se manifiestan a través de la personalidad mediúmnica, matizadas según la configuración interior de dicha personalidad.

Establecer dónde termina el error y dónde comienza la verdad en el ámbito aquí descrito, no será fácil  ya que, de hecho, uno se funde con el otro. Más bien habrá que caracterizar el asunto de tal manera que uno se adentre en un camino en el que encuentra cada vez más aproximaciones a la verdad, a medida que adquiere la práctica necesaria para descartar las fuentes de error; de modo que es probable que quien busque concienzudamente la verdad en este ámbito pueda ser muy malinterpretado en nuestra época, en la que no se aprecian este tipo de cosas. Se cree que lo que quiere relatar como experiencias es, de alguna manera, cuestionable. Pero eso no es en absoluto lo que pretenden los investigadores concienzudos en este ámbito; lo que pretenden es simplemente la descripción de algo «que se ha manifestado», y, si son concienzudos, incluso indican ellos mismos dónde se encuentran las fuentes de error. Pero basta con poder señalar un camino hacia la existencia de un mundo espiritual, un camino en el que, aunque el error acecha a cada paso que se da, uno es capaz, a medida que avanza, de dejar ese error a un lado. Así pues, no se trata de responder a la pregunta: «¿Qué es la verdad, qué es el error?», sino de que existe un camino por el que, superando poco a poco el error que acecha por todas partes, se llega al ámbito de la verdad, de modo que la verdad es, por así decirlo, algo a lo que uno se va acercando como a una meta lejana. Eso es lo esencial en este ámbito.

Lo que importa entonces a la hora de avanzar por este camino es llegar cada vez más a ese tipo de experimentos, —si queremos llamarlos así—, en los que se elimine por completo lo individual de la conciencia, y que lo que quede esté, en la medida de lo posible, integrado únicamente en los procesos objetivos del mundo. Así pues, lo que importa en este ámbito mediúmnico es la atenuación, la capacidad de sintonizar la conciencia a un nivel inferior. Y cuanto más se consiga sintonizar esta conciencia a un nivel inferior y convertir a la personalidad mediúmnica, por así decirlo, en un mero instrumento para los procesos del mundo suprasensorial que se encuentran fuera de ella, tanto más se alcanzará la verdad en este ámbito. Sin embargo, hay que llamar la atención sobre un aspecto que ya conoce quien está familiarizado con estas cuestiones: cuando se esté tratando con una personalidad sonámbula de este tipo, que o bien entra en tal estado en determinados momentos por su propia naturaleza, o bien es llevada a él mediante ciertos medios, —aunque a menudo bastante cuestionables—, lo primero que se obtiene en sus revelaciones son leyes del mundo suprasensible; se expresan las leyes del mundo; esto se pondrá claramente de manifiesto en las revelaciones de la personalidad en cuestión. Si las entidades del mundo suprasensible han de manifestarse por esta vía, dichas entidades deben, en cierto modo, apoderarse primero de la personalidad mediúmnica, y uno debe tener la posibilidad de ver más allá de la personalidad para percibir el ser auténtico que se manifiesta. Para ello es necesaria una visión entrenada de este tipo de cosas, que solo puede adquirirse, por un lado, mediante la práctica y, por otro, mediante la comprensión de lo que la ciencia espiritual en general puede aportar.

El conocimiento imaginativo es, pues, la antítesis absoluta de lo que acabamos de describir. Hoy, estimados asistentes, he intentado señalar con estas palabras a modo de esbozo lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre la esencia del mediumismo, aunque, por lo general, no considero que sea mi tarea difundir la ciencia espiritual de esta manera ante el público; más bien, lo que aquí se expone debe provenir de lo que es precisamente la antítesis del mediumismo, debe proceder, en efecto, de lo que puede explorar el alma humana, que, mediante el desarrollo de las fuerzas que yacen latentes en su interior, se convierte en un instrumento para asomarse al mundo imaginativo. En qué medida este mundo imaginativo es radicalmente diferente del mundo patológico y fantástico de las alucinaciones, las visiones, los delirios y demás, ya se habló de ello anteayer. Ahora bien, cabe preguntarse: ¿acechan también en este ámbito los errores al que conoce, por así decirlo, como si fueran adversarios? ¿Existen también aquí fuentes de error? —Así es, sin duda. Ya antes de adentrarse en el mundo suprasensible, uno puede hacerse una idea de hasta qué punto pueden surgir errores cuando el alma, tal y como se describió anteayer, se deja llevar por sí misma y emprende el camino hacia los mundos espirituales.

En el mundo cotidiano tenemos todo tipo de cosmovisiones o puntos de vista, todo tipo de perspectivas. Está el materialismo, el positivismo, el individualismo, el espiritualismo, etcétera, etcétera. Basta con que, sin sentirse fanático de ninguno de estos puntos de vista, uno intente escuchar a otra persona que, por toda su educación y toda su vida, se ve impulsada a esgrimir todas las razones lógicas y de otro tipo, digamos, a favor del materialismo o del espiritualismo, etcétera; intentemos escuchar objetivamente a esas personas que, desde su punto de vista, exponen todo lo que razonablemente se puede esgrimir para fundamentar una de estas cosmovisiones, y nos convenceremos de que, en realidad, nunca está del todo justificado sentirse opositor del materialismo, del espiritualismo, etcétera; se descubrirá que, para todos estos puntos de vista, se pueden aportar infinidad de argumentos razonables y probatorios. Si se mantiene una actitud imparcial, en la mayoría de los casos se podrá estar totalmente de acuerdo incluso con un defensor del punto de vista en cuestión, siempre que sea razonable. Incluso si uno no comparte en absoluto el punto de vista materialista, al escuchar a un materialista razonable podrá decir: «Sí, en realidad lo que expone como su punto de vista está bastante bien fundamentado». Lo desagradable comienza cuando la gente se aferra de forma unilateral a un punto de vista cualquiera y, a veces, se obstina hasta lo insoportable, atacando y rechazando cualquier otro punto de vista que no se parezca al suyo. Sería perfectamente concebible que alguien con experiencia en este ámbito dijera: «Sí, puedo ser materialista cuando el materialismo está justificado, y espiritualista cuando el espiritualismo lo está, y así sucesivamente». Esta posibilidad existe sin lugar a dudas.

Se suponía que yo debía ofrecer, por así decirlo, una muestra en dos conferencias que impartí aquí el invierno pasado sobre los temas: «¿Cómo se refuta la teosofía?» y «¿Cómo se fundamenta la teosofía?», una muestra de cómo se pueden presentar, de hecho, argumentos positivos que merezcan reconocimiento para puntos de vista opuestos. Este fenómeno de la vida cotidiana puede, de hecho, indicarnos lo que las personas sensatas siempre han señalado: que, si se toma de forma fanática y se considera de manera unilateral, ninguno de esos puntos de vista representa realmente la verdad. Las personas que adquieren cierta sensibilidad hacia este hecho suelen decir a menudo: «La verdad se encuentra en el centro, entre los puntos de vista opuestos». - Sin embargo, a quien profundiza en este asunto, esta afirmación le parece exactamente como si alguien dijera: «Si tengo dos sillas delante de mí, no me siento en una ni en la otra, sino que lo mejor es sentarse entre ambas sillas». - Goethe, que tenía una buena experiencia en este ámbito, dijo con razón que entre dos opiniones opuestas no se encuentra la verdad, sino que entre ellas se encuentra la tarea que debe llevarnos primero a los hechos. -Y la verdad, por regla general, no se revelará como ninguna de esas dos visiones parciales. Esto ya se pone de manifiesto en muchos aspectos, incluso cuando aún nos encontramos en el mundo físico y ni siquiera hemos entrado aún en el mundo suprasensible. Este hecho podría resultar ya de por sí desconcertante, y debe resultarlo para quien sea capaz de tomarse en serio el conocimiento, para quien conocer sea realmente una cuestión vital. Porque se puede describir cualquier asunto desde un lado, desde un punto de vista, y aportar buenas razones para ello, y se puede argumentar a favor del mismo asunto desde el otro lado con razones quizá igualmente válidas. Esto puede conducir, en muchos casos, a una especie de duda sobre la verdad. Sin embargo, para quien sea lo suficientemente fuerte, esto no le llevará a dudar de la verdad, sino a algo completamente distinto: le llevará a investigar cómo llega el ser humano, en primer lugar, a adoptar un punto de vista.

Estimados asistentes, si alguien no solo está comprometido con el materialismo, sino que se ha conservado la libertad suficiente para apartarse de su forma de ver las cosas y hacer acopio de cierto autoconocimiento, entonces puede plantearse la siguiente pregunta: ¿Cómo ha transcurrido, en realidad, mi vida hasta ahora? ¿Cómo se han desarrollado mis hábitos de pensamiento, que me llevan, por ejemplo, a prestar más atención a los aspectos materiales? Así puede preguntarse un partidario del materialismo. Del mismo modo puede hacerlo el partidario de una visión más espiritual. Y así, ya en la vida cotidiana, a través del autoconocimiento, uno descubre cómo se forma realmente el propio punto de vista, cómo este es algo subjetivo, algo que depende de la individualidad. Y de este modo se aprende a reconocer el valor de verdad de un punto de vista, al saber cómo se ha llegado a él, cómo una determinada trayectoria vital ha llevado a pensar precisamente así. No es buscando la verdad en el punto medio entre los distintos puntos de vista, como se actúa con justicia hacia los demás, sino comprendiendo cómo se ha llegado a ese punto de vista y por qué se juzga así; y así se llega también a reconocer y valorar el otro punto de vista, así como a comprender cómo, a su vez, el otro ser, en su trayectoria vital, ha llegado a ver las cosas precisamente desde otra perspectiva. Nada equilibra tanto los distintos puntos de vista de las personas como el hecho de que quienes los defienden practiquen el autoconocimiento de la manera descrita.

Imaginemos por un momento que un grupo de personas con puntos de vista opuestos se reúnen, como en un coloquio, y discuten acaloradamente sobre sus diferentes opiniones. Quien haya vivido algo así sabe que, por lo general, no se llega a ninguna conclusión. Cuando la gente se levanta tras muchas horas de debate, normalmente cada uno se mantiene aún más fanáticamente aferrado a su postura que antes. Si se intentara que ese grupo permaneciera en silencio durante una hora y cada uno dedicara solo una hora a analizar cómo ha llegado a su punto de vista, y si solo entonces volvieran a hablar, se discutirían menos. Esta posibilidad es perfectamente concebible. Porque la comprensión del punto de vista ajeno se encontraría a través del autoconocimiento, mediante el análisis del camino recorrido para llegar a ese punto de vista. Ya en la vida cotidiana, incluso antes de adentrarse en los mundos suprasensoriales, se pone de manifiesto que el autoconocimiento es el camino para acercarse poco a poco a la verdad, y que entonces lo verdadero se sitúa por sí mismo como un hecho en el centro, sin que sea necesario interponer la propia opinión entre los puntos de vista opuestos.

Este autoconocimiento debe alcanzarse en un grado mucho mayor por parte de quien quiera evitar las fuentes de error en el ámbito suprasensible. Y aquí hay que señalar que el investigador espiritual solo tiene la posibilidad de acercarse a la verdad si comienza por llevar al extremo el autoconocimiento en el ámbito suprasensible. Tiene oportunidades más que suficientes para ello si no se deja dominar por lo que, en un primer momento, se presenta en su alma en forma de imágenes, sino si es capaz de decirse a sí mismo con libertad y seguridad: «Lo que aparece ahí en tu alma eres tú mismo; tal y como ves las imágenes, aunque quizá sean maravillosas, no se trata de un mundo suprasensible; todo eso eres tú mismo, proyectado y reflejado en el espacio». - Así, ya el primer paso en el camino hacia la investigación espiritual le brinda la posibilidad del autoconocimiento. Y al conocerse uno a si mismo de este modo, se aprende por primera vez a distanciarse de lo que entonces puede considerarse objetivo. En el ámbito de la investigación espiritual no hay otro camino para descartar lo que es falso, lo que es un error, que llegar primero al pleno autoconocimiento, de modo que uno pueda, por así decirlo, separar lo que uno mismo es de lo que queda después. Y aquí el investigador esotérico puede reconocer, a través de un paso muy concreto que debe dar, que ha avanzado lo suficiente en el autoconocimiento. Si no fuera así, quizá sería mejor no aventurarse en absoluto en el ámbito de lo sobrenatural. Porque no hay nada tan difícil para el ser humano como el autoconocimiento, como la contemplación objetiva de lo que uno mismo es. Nada es tan difícil, pues todos los intereses, todas las inclinaciones, todas las simpatías que sentimos por nuestro propio yo se interponen en el camino y, en cierto modo, nos engañan haciéndonos creer que representan algo real, cuando en realidad no son más que reflejos de nuestra propia esencia.

EL GUARDIÁN DEL UMBRAL

El paso que permite al investigador espiritual saber que posee el autoconocimiento necesario se denomina en la investigación espiritual con un término que, sin duda, hoy aquí no puede tratarse en toda su amplitud debido a la brevedad del tiempo; se denomina con la expresión «encuentro con el guardián del umbral». ¿Qué es este llamado guardián del umbral? Únicamente poco a poco puede ir formándose una idea de lo que es. Supongamos que, a una determinada edad, echamos una mirada muy intensa hacia atrás, a toda la forma en que nos hemos convertido en lo que somos, a todas aquellas opiniones que hemos adoptado como favoritas, a todo lo que hemos aprendido, a toda la forma en que hasta ahora hemos estructurado nuestras afirmaciones, a toda la forma en que hasta ahora hemos sentido en relación con lo sensible y lo suprasensible. Aunque estas cosas resulten muy difíciles, es importante saber que hay que plantearse precisamente este tipo de preguntas y, junto a los demás ejercicios de meditación y concentración, considerarlas en sí mismas como meditaciones. Esto despierta en el alma fuerzas latentes, esas fuerzas latentes de las que se puede decir que, en cierto modo, permiten desprenderse de la propia esencia y que ofrecen la posibilidad de enfrentarse uno a si mismo.

Esto, en un primer momento, se manifiesta en el mundo imaginativo de forma muy concreta a través de síntomas aislados. Cuando se realizan esos ejercicios de autoconocimiento, cuando uno se plantea preguntas como: ¿Cómo se han ido formando hasta ahora, las opiniones? ¿Qué es lo que más se ha amado en el ámbito religioso, moral y de otro tipo? —cuando uno se plantea estas preguntas, entonces se percibe un cierto cambio en el alma que, al principio, resulta bastante incómodo. Consiste en que, en muchos aspectos, uno se cansa de su propio ser. Y, en realidad, no es un verdadero investigador del espíritu quien no haya podido sentir con intensidad este cansancio hacia su propio ser. Porque, en el fondo, uno es precisamente todo aquello que hasta ahora se ha ido forjando como opiniones, sentimientos y sensaciones; en su propia conciencia, uno apenas es otra cosa. Ahora, todo eso se ha convertido para uno «en algo externo». Uno se aleja de sí mismo. Lo que antes se consideraba como la propia esencia, se convierte en algo externo; uno se siente vacío, como una nada frente a lo que realmente es y que ahora ya no le parece tan valioso como antes.

Estos sentimientos que se han descrito pueden, si se busca el camino hacia el mundo espiritual con la cautela indicada en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», vivirse de forma tan sutil que la vida del alma quede muy lejos de correr ningún peligro.

En aquel que desea alcanzar niveles superiores de conocimiento espiritual, las sensaciones descritas deben manifestarse con tal intensidad que su ser anímico se transforme de manera muy significativa y se sienta, con un contenido sensorial tal, como si todo lo que había tenido en su interior se encontrara ahora fuera de él, un contenido sensorial que le resulta nuevo y ajeno y que, por ello, le da la impresión de estar ante un abismo. Lo que había tenido hasta entonces, ahora le parece algo de lo que ya no debería servirse. Cuando se ha vivido una experiencia de este tipo con la suficiente intensidad, muy pronto se percibirá en el conocimiento imaginativo otra experiencia, que consiste en conocerse a si mismo de una nueva manera. Aquello que uno ha separado, por así decirlo, de sí mismo como su propia esencia, lo va conociendo con todo tipo de características, en su mayoría desagradables. Y junto a ello surgen imágenes de entidades que ahora se convierten en críticos o jueces de lo que uno es en realidad. Uno se ve, por así decirlo, rodeado de imágenes de otras entidades que lo acechan y que juzgan todo lo que hay de bueno o malo en uno. En resumen, el autoconocimiento se manifiesta en el hecho de que uno siente que su propia esencia se distribuye, por así decirlo, entre otras entidades. Es algo que realmente encaja bien con la imagen de Dioniso, cuya esencia se fragmenta y se divide. Todo el entrenamiento, tal y como se describe en «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», tiene como objetivo que uno sepa comportarse de la manera correcta en el momento en que se produce lo que acabamos de describir, cuando, por así decirlo, no es la propia individualidad la que percibe, sino que es el mundo el que nos percibe y nos juzga. Sin embargo, para esta visión hay que estar primero preparado, para que no nos perturbe, para que no nos resulte impactante. El hecho de que el ser humano de la vida cotidiana no vea y de que, en realidad, se encuentre en una casa de cristal, rodeada por todas partes de fuerzas y seres cósmicos que lo traspasan hasta sus profundidades más secretas, este hecho resultaría perturbador e irritante en la vida cotidiana. El hecho de que no se vean, de que estemos protegidos de ellas, se describe en la investigación espiritual diciendo que, junto al ser humano, se encuentra el guardián en ese umbral que, al cruzarlo, nos lleva al mundo suprasensible.

Esto traté de plasmarlo de forma detallada en mi drama misterio «El guardián del umbral», donde traté de trasladar a la trama la verdad que aquí se ha descrito de manera más teórica. Solo cuando uno ha pasado por este encuentro con el Guardián del Umbral llega a comprender cómo, en todas partes, acecha no solo el error de conocimiento, sino también el error real; cómo hay que estar siempre alerta y encontrar la forma correcta de contemplar las cosas tal y como son en realidad.

Dado que el autoconocimiento es difícil, dado que el autoconocimiento se oculta, surge el peligro de un error considerable: que el investigador del espíritu no llegue precisamente hasta el punto en el que pueda observarse a sí mismo, en el que sea capaz, por así decirlo, de situarse al lado de sí mismo. Ahora bien, tampoco se puede decir: «Aquí está la verdad, aquí está el error», —como se pone de manifiesto también en este punto—, sino solo que uno puede emprender el camino hacia la verdad. Cuanto más se logre contemplarse uno a si mismo como un ser objetivo y, de ese modo, separarse por completo de aquello a lo que hay que prestar atención, de modo que nada de lo que hay en uno mismo influya en los hechos del mundo suprasensible, cuanto más se consiga esto, más cerca se estará de la verdad. Si en el caso de la personalidad mediúmica es necesario atenuar la conciencia, en la investigación espiritual, que pretende penetrar en el mundo suprasensible, es preciso reforzarla precisamente de tal manera que el ser humano no se engañe a sí mismo ni sobre lo que hay en su interior. El hecho de tener ante uno mismo el propio yo de forma concentrada, —precisamente lo que debe eliminarse en el caso de la personalidad mediúmnica—, debe plantearse ante el alma con la mayor claridad posible al adentrarse en el mundo suprasensible. De este modo, se excluye de la percepción suprasensible todo lo que es personal.

Supongamos que una persona emprende con honestidad y conciencia el camino que se ha esbozado anteriormente; tal vez pueda llegar hasta cierto punto, pero luego le falla el valor o le falla el ánimo, y no sigue adelante. Por supuesto, uno puede volver a reprimir todo lo que ha vivido hasta entonces. El investigador espiritual no es todo el tiempo investigador espiritual, sino solo en determinados momentos. Si se encontrara siempre en tal estado anímico, «parecería una persona desquiciada». Quien ya haya transformado su alma hasta cierto punto y luego, por así decirlo, vuelva a dejarlo todo de lado, puede experimentar que ahora mezcla caóticamente lo que hasta entonces había conocido al asomarse al mundo espiritual con lo que le ofrece el mundo sensible. Las cosas se entremezclan y entonces uno ya no sabe dónde está. Los oídos oyen, pero también se entremezclan elementos sobrenaturales, y uno se siente confundido. Por supuesto, esto solo puede suceder si no se ha tenido en cuenta lo indicado en el libro mencionado «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?». La aplicación incorrecta de los métodos puede darse, claro está, en cualquier ciencia. Pero quien haya llegado hasta el final por este camino, —aunque no es fácil llegar hasta el final del todo, sí que se obtiene una posibilidad de aproximación y una cierta seguridad en el camino respecto a cómo deben ser las cosas—, quien haya llegado a algo, experimentará lo siguiente:

No solo es que analice sus rasgos de carácter, sus prejuicios y demás, y no los incluya en lo que él denomina «conocimiento objetivo», sino que tampoco mezclará jamás en dicho conocimiento las imágenes de lo que perciben los sentidos o de lo que concibe la mente ligada a lo físico. Y es que no está en condiciones de dejar de lado toda su personalidad, todo su ser. Y aquí podemos llegar a una especie de definición del error en el mundo suprasensible. Este error consiste, en efecto, en que aún no se ha avanzado lo suficiente en el despojamiento de la propia subjetividad, y si no se ha hecho así, siempre se mezclará la propia individualidad en la imagen de la realidad objetiva. Cuando a menudo se dice que lo que perciben los videntes lo describe cada uno de forma ligeramente diferente y que, por lo tanto, no se puede confiar en nada, esto es, por un lado, algo totalmente natural. Se puede admitir este hecho, pero hacer hincapié en él es una trivialidad, porque se trata precisamente de algo que se da por supuesto. Es natural que el ideal del investigador espiritual casi nunca pueda alcanzarse por completo y que, por lo tanto, en todo lo que describe el investigador espiritual se mezcle un elemento subjetivo e individual. Sin embargo, quien sea capaz de comparar, comprobará, —sobre todo si tiene en cuenta lo que se ha dicho sobre la personalidad mediúmnica—, que, si no se fijan únicamente en las imágenes, sino en la experiencia en sí misma, se presenta más o menos lo mismo.

También en lo que respecta a las cualidades morales necesarias para el vidente, cabe destacar que debe ser concienzudo y que debe desarrollar todas aquellas cualidades que ya se mencionaron anteayer. Es totalmente cierto lo que anteayer se destacó con tanta importancia: que, si bien solo a través de los procesos descritos se puede vislumbrar el mundo espiritual, una vez que se ha logrado trasladar los resultados de la investigación del mundo espiritual a los conceptos del entendimiento humano físico, estos resultan accesibles para cualquier persona. Hay que buscarlos en el mundo suprasensible, pero pueden ser comprendidos por el sentido común sano y corriente. Igualmente cierto es que quien sabe pensar bien, quien aquí, en el mundo físico, tiene una mente lógica, también es capaz de valorar correctamente lo que experimenta en el mundo espiritual. Y quien en el mundo sensorial es un necio y no sabe pensar con lógica, por mucho que vea, describirá todo de forma errónea y caricaturesca. Toda la forma de pensar, ya sea correcta o incorrecta, se refleja en la percepción del mundo suprasensible. Lo mismo ocurre con las cualidades morales del ser humano. Quien quiera ascender al mundo espiritual con una disposición anímica inmoral, se encontrará en ese mundo, —pues en él son precisamente las cualidades internas las que allanan el camino—, precisamente con aquellas cosas y entidades que perturban y obstaculizan el mundo, y las percibirá, debido a su condición inmoral de alma, de forma distorsionada y caricaturizada. Sin embargo, quien se adentre en él con una disposición moral del alma, en concreto con una disposición altruista, encontrará las entidades del mundo espiritual que le mostrarán las cosas en su correcto orden e importancia relativos.

Así pues, en lo que respecta a la visión espiritual, lo determinante para la verdad o el error no es algo que uno adquiera como vidente, sino algo que ya se ha adquirido previamente, tanto en el plano intelectual como en el moral. En concreto, los aspectos morales y emocionales influyen en gran medida en la forma en que se interpretan los fenómenos suprasensoriales. Quien está preso de una creencia determinada, quien tiene simpatías y prejuicios a favor de que algo concreto sea precisamente cierto, lleva esa actitud, ese prejuicio, al mundo suprasensible; interpreta los fenómenos en función de ello. Y todo lo que descubre y proclama desde el mundo espiritual puede ser un error, porque está teñido por su creencia subjetiva.

Y aquí es donde hay que señalar, —una vez analizadas las fuentes de error propias de la investigación espiritual—, las fuentes de error en la difusión de la ciencia espiritual, de la investigación espiritual. En cierto modo, la difusión de la investigación espiritual es similar a la de cualquier otra investigación. Del mismo modo que, por ejemplo, no todo el mundo puede ser químico, pero todo el mundo puede asimilar y comprender lo que los químicos han investigado sobre las sustancias en el laboratorio, así también todo el mundo, aunque no sea investigador de lo espiritual, puede valorar lo que proclama el investigador de lo espiritual, y no solo hasta cierto punto, sino en su totalidad, en toda su amplitud. En este sentido, las cosas son similares; sin embargo, en otros aspectos son diferentes. Son diferentes porque la química, las matemáticas u otras ciencias son materias ante las que, cuando son expuestas por los investigadores, uno puede mostrarse sereno y objetivo, aunque sea con verdadera curiosidad intelectual. En el caso de la investigación espiritual no es así. La investigación espiritual toca lo más íntimo de nuestros corazones, las grandes cuestiones y los enigmas de la vida. Y del mismo modo que el investigador lleva consigo al mundo espiritual sus prejuicios, sus creencias, sus simpatías y antipatías, y con ello distorsiona la realidad y la ve de forma errónea, también el público, —utilicemos esta expresión— —los seguidores— abordan al investigador espiritual con determinadas creencias, simpatías o antipatías. Se crea así una situación que no conduce a una valoración objetiva, sino que está relacionada con todo tipo de factores que varían de persona a persona. Por muy necesario que sea conocer estas cosas, por mucho que el alma anhele conocerlas, el alma humana es a veces demasiado indiferente a la hora de emplear el entendimiento imparcial para juzgar lo que expone el investigador espiritual, aunque pudiera juzgarse de forma exhaustiva. A menudo, la fe sustituye a un juicio imparcial, porque lo que dice uno u otro nos resulta atractivo quizá simplemente porque lo expone de forma agradable o convincente, o porque, por otras razones, nos cae bien. La fe sustituye al examen objetivo y concienzudo, y se aceptan las cosas por autoridad. 

Y lo peor, muy estimados presentes, es cuando la obsesión por la autoridad se interpone entre el investigador espiritual y su público. Y así como, a través de todas aquellas cosas que hoy hemos oído y que el investigador espiritual debe tener en cuenta, este vigila, por así decirlo, su propio yo, del mismo modo el creyente, aquel que escucha al investigador espiritual, mantener vigilante su sentido común y realizar una y otra vez una especie de autoexamen para darse cuenta de cuánto de mera fe, de mero prejuicio, de simpatía, de todo aquello que se puede llamar «delirio de autoridad», se entremezcla con los hechos al aceptar los mensajes del investigador espiritual.

Y es que, en dos aspectos, aceptar las cosas por mera fe resulta muy perjudicial; en dos aspectos, esto constituye una fuente de error precisamente en la difusión de la ciencia espiritual. Por un lado, en quien profesa esa fe, —y los hechos lo demuestran sobradamente—, no se desarrolla lo que más necesario es que se desarrolle en toda persona: el buen juicio y el mantenimiento del sentido común. Y dado que el sentido común se entrena mejor cuando se reflexiona sobre los resultados de la investigación espiritual, uno se priva de la mejor oportunidad para ello si acepta dichos resultados basándose en la mera fe. Y lo segundo: dado que lo que el investigador espiritual tiene que decir es importante, esto le permitirá, —si el oyente no mantiene alerta su sentido común—, ejercer una cierta influencia, que no es correcta, sobre sus seguidores, porque se le cree, porque, por prejuicio, se acepta lo que en realidad debería examinarse. De este modo, el investigador espiritual, —en lugar de ejercer una influencia legítima convenciendo al oyente y haciéndole comprender lo que dice—, intentará convencerlo, por el contrario, sofocando de alguna manera el sentido común, abrumándolo. Mientras que, mediante el análisis y el sentido común, debería potenciarse precisamente la formación de un juicio crítico, lamentablemente ocurre con demasiada frecuencia que este se ve reprimido, en parte por la dejadez de quienes quieren convertirse en adeptos de forma rápida, porque les gusta lo que dice el investigador esotérico, o incluso porque les gusta él mismo, y, por otra parte, porque el propio investigador esotérico cae, por así decirlo, en la tentación de suscitar esa fe. Cuanto más fácil es creerle, más fácil es que caiga en la tentación.

Aunque hoy en día, debido precisamente a los numerosos prejuicios que aún se oponen a la ciencia espiritual, no se pueda alcanzar en absoluto una situación ideal, hay que decir que, si se quiere que prevalezca la verdad, los seguidores de esta ciencia debería poner todas las dificultades posibles al investigador espiritual a la hora de difundir sus verdades y exigirle el máximo rigor a la hora de integrar los conocimientos de la ciencia espiritual en los conceptos e ideas del sentido común. De este modo se contrarrestará lo que, lamentablemente, también es un hecho y una fuente de error que se repite constantemente en la difusión de las verdades espirituales: que, junto a la investigación espiritual concienzuda, junto a la veracidad y la honestidad en este ámbito, se mezcle con tanta facilidad la charlatanería y todo tipo de cosas similares. Si no se mantiene la vigilancia sobre el sentido común, ya no se sabe distinguir entre la investigación esotérica concienzuda y la charlatanería y las tonterías, y todo acaba mezclándose.

Dos corrientes espirituales opuestas se verán unidas: el charlatanismo y la investigación espiritual concienzuda. Una de estas corrientes es la de los creyentes atrapados en la manía de la autoridad, que, con ligereza de corazón y movidos por sus simpatías y prejuicios, se convierten en defensores de la ciencia espiritual; estos mezclan todo sin distinción y, a menudo, aceptan una cosa tan fácilmente como la otra. Para este tipo de almas, con esta orientación, apenas existe otro remedio que el hecho de que se encuentren investigadores espirituales concienzudos que, —aunque les resultaría fácil difundir el error—, lo rechacen y se mantengan firmemente en el terreno de la verdad. Si este es el caso, solo la experiencia y la realidad pueden demostrarlo en cada caso concreto. Las almas de otra índole, a las que también les cuesta distinguir entre la charlatanería y la seriedad en este ámbito y que también lo mezclan todo, son aquellas que no quieren entrar en el tema en absoluto, que juzgan superficialmente el asunto con los pocos conceptos que se han inventado y que, como a menudo logran descubrir estafas, no solo lo califican todo con ese nombre, sino que lo meten todo en el mismo saco. Son tan incapaces de distinguir entre el charlatanismo y la seriedad como los demás; son, además, los que propician que tanto el charlatanismo como la investigación espiritual seria puedan difundirse por igual, ya que lo meten todo en el mismo saco. Una corriente, la de los creyentes convencidos, suele considerar la mayor charlatanería como una verdad suprema e irrefutable; la otra clase de personas, las prejuiciosas, las ignorantes, a veces también consideran que lo que es una investigación espiritual concienzuda es charlatanería y error, y a veces no se les puede culpar por ello, ya que, en realidad, no se les puede culpar en absoluto, pues no comprenden mejor lo que dicen.

Así pues, para que la verdad, —y no el error—, pueda prevalecer en la difusión de la investigación espiritual, será necesario ante todo —y quien tenga experiencia en estos asuntos lo sabe muy bien— que, sobre todo entre los seguidores de la investigación espiritual, se forme un espíritu crítico, un juicio crítico y un sentido común, y no un fanatismo por la autoridad. Este culto a la autoridad se desvanecerá cuando se difunda entre quienes aprecian y necesitan la investigación espiritual una idea —que, lamentablemente, hoy en día aún está poco extendida precisamente entre los seguidores de la ciencia espiritual—: que un vidente, un investigador espiritual práctico, capaz de penetrar en el mundo espiritual, por el mero hecho de poder hacerlo, no es por ello un animal superior, ni nada especial, ni se diferencia en absoluto de los demás seres humanos, del mismo modo que nadie se diferencia de los demás por ser químico, botánico, maquinista o sastre. El valor del ser humano no viene determinado por su capacidad de conocimiento intelectual, sino únicamente por el hecho de que pueda explorar precisamente este ámbito y darlo a conocer a los demás. El valor del ser humano viene determinado únicamente por su sentido común, su capacidad de juicio y sus cualidades morales. Y precisamente la investigación esotérica podría demostrar que el valor del ser humano ya queda determinado por sus cualidades intelectuales y morales antes de que entre en el mundo espiritual, y que, si allí es inferior, también lo son los resultados de su investigación. Es sumamente necesario comprender esto. Y aún más que los detractores de la ciencia espiritual, sus defensores deberían hacer un examen de conciencia en este ámbito y buscar la actitud adecuada para vencer la manía de la autoridad. Así pues, estimados presentes, hoy he intentado no solo describir las posibilidades de error en el descubrimiento de las verdades espirituales, sino también la posibilidad de error en lo que respecta a la difusión de las verdades espirituales y a su integración en la cultura espiritual general de una época. Y he intentado suscitar la sensación de cómo la investigación espiritual concienzuda reconoce que sus oponentes a menudo pueden tener razón al objetar esto o aquello, y que la investigación espiritual concienzuda puede plantearse por sí misma las objeciones de cualquier tipo, —es más, debe hacerlo—, porque precisamente en este ámbito es importante mirar de frente al error para reconocer la verdad.

Para quienes profesan la ciencia espiritual, quien quiera ser concienzudo solo tiene, por regla general, un consuelo, que además debe existir, —y con esto queremos concluir lo que hemos analizado hoy, pues, al fin y al cabo, lo más importante no es qué conceptos e ideas se hunden en el alma, sino qué estado de ánimo provocan en ella—, para los seguidores de la ciencia espiritual existe ese único consuelo: que la verdad tiene una fuerza poderosa y que, aunque el error se cuele a través de la ceguera ante la autoridad, por regla general, gracias a la autocorrección de la verdad, se cura a aquellos que, durante un tiempo, se han adherido a tal o cual idea basándose únicamente en esa ceguera ante la autoridad. En la mayoría de los casos, dicha curación se produce, en cierto modo, porque se paga el precio de haber tenido una fe ciega en la autoridad. Y a menudo ha sucedido que, al no haber examinado con detenimiento los detalles, sino haber creído al pie de la letra lo que se había dicho, en un caso flagrante y radical se pone de manifiesto lo poco concienzudo que se ha actuado. Si entonces el dolor y la decepción son aún más intensos, es que la cura ha tenido éxito.

Sin embargo, para aquellos que equiparan toda la investigación espiritual con la charlatanería y el engaño, ya sea que lo hagan de buena fe, —lo cual, por supuesto, ocurre—, ya sea que lo hagan por mala voluntad, para ellos la reflexión de hoy puede desembocar en otro consuelo, un consuelo del que el alma humana siempre puede disponer cuando anhela enfrentarse a la verdad, cuando ansía la verdad. Las verdades de la investigación espiritual, cuando surgen por primera vez, están mucho más expuestas al destino, al que también están expuestas las demás verdades que van apareciendo poco a poco en el desarrollo de la humanidad. ¡Cómo fue recibida, por ejemplo, la cosmovisión copernicana! ¡Cómo se trató a Galileo! ¡Cómo se resistió el mundo entero cuando Francesco Redi difundió la verdad que hoy damos por sentada: que las lombrices de tierra no pueden surgir del lodo de los ríos ni de otros seres inanimados, sino que todo lo vivo procede de un germen vivo preexistente! ¡Cómo se rebelaron incluso los organismos académicos cuando se expresó la verdad, hoy tan evidente, de que pueden caer piedras de hierro del aire a la Tierra: los meteoritos! ¡Cómo se resistieron las personas cuando se quiso introducir por primera vez algo aparentemente tan insignificante como el sello postal! En aquella época, una personalidad influyente dijo: «Sí, si realmente el volumen de correspondencia aumentara tal y como suponen quienes quieren introducir los sellos, ¡las oficinas de correos que tenemos ahora en nuestras ciudades ya no serían suficientes!». Se podrían citar muchos otros ejemplos de que la verdad, cuando sale a la luz, se considera paradójica y, por lo tanto, se rechaza. La visión de estos destinos de la verdad puede darnos consuelo y confianza frente a todos aquellos que rechazan la ciencia espiritual y la equiparan con cualquier tipo de charlatanería, el consuelo que, precisamente, se ha tenido ante la verdad en todas las épocas y que se puede expresar con las palabras de alguien que, aunque se equivocó en muchas ocasiones, buscó la verdad de manera seria y enérgica.

Y precisamente estas dos conferencias, que trataban de la interrelación entre la verdad y el error en la investigación espiritual, y lo que, por así decirlo, constituía el hilo conductor de todas las exposiciones concretas de estas conferencias, pueden resumirse en las palabras del enérgico investigador de la verdad Schopenhauer, quien, al referirse al destino de la verdad, pronunció estas palabras reconfortantes en su obra «Los fundamentos de la moral» —y con ello queremos concluir—:

A lo largo de todos los siglos, la pobre verdad ha tenido que sonrojarse por ser paradójica, y sin embargo no es culpa suya. No puede adoptar la forma del error general entronizado y, por ello, no puede hacer otra cosa que mirar suspirando hacia arriba, hacia su dios protector, el tiempo. Pero el batir de sus alas es tan lento que, a pesar del tiempo victorioso, el individuo humano muere antes de que las alas terminen de batir. —Pero la verdad vencerá, aunque los individuos mueran y tengan que sufrir por mucho que sea los dolores del error.

Respuestas a preguntas

Pregunta: A algunas personas les ocurre, a veces, —sobre todo tras un largo y agotador esfuerzo mental—, que tienen una sensación extraña, como si estuvieran fuera de sí mismas, al lado de sí mismas, rodeadas de un vacío terrible, y el cuerpo les parece entonces algo completamente ajeno. Entonces hay que obligarse a volver a sentirse como un cuerpo, de forma similar a lo que le ocurría a E.T.A. Hoffmann. ¿Qué se puede hacer en ese caso?

Rudolf Steiner: Ante todo, hay que tener en cuenta que todo lo que se da en el mundo de esta índole presenta distintos grados. Lo que se ha descrito hoy en la conferencia solo representa un grado más significativo de los fenómenos que siempre pueden estar presentes en el ser humano en otros grados menores. El camino para, por así decirlo, desprenderse del instrumento que es su cuerpo, es precisamente el camino de la meditación y la concentración. Y cuando en la pregunta se dice «especialmente tras un esfuerzo mental intenso», hay que tener en cuenta que la meditación y la concentración constituyen un grado muy intenso de esfuerzo mental, de sentir y, tal vez, también de querer. Por eso, son perfectamente posibles esos fenómenos que se producen de manera extraordinaria durante la meditación y la concentración, cuando los distintos elementos de la naturaleza humana se encuentran en un equilibrio más flexible, —por cierto, en cada persona se dan en un equilibrio diferente—. Esto se ha descrito, por ejemplo, de forma muy acertada en la literatura. Quien suponga que una descripción literaria de tales cosas se basa siempre y únicamente en la fantasía, se equivoca. El artista serio describe, incluso cuando toma como tema lo anormal, a partir de la experiencia vivida. Esto ocurre en gran medida en E.T.A. Hoffmann. Muchas personas lo experimentarían, si siempre prestaran atención a sí mismas, pero el nivel de atención no siempre alcanza los acontecimientos, y por eso muchos de estos hechos pasan desapercibidos. En el fondo, la investigación del espíritu no es algo completamente especial, sino solo un aumento de lo que también ocurre en la vida cotidiana en todas partes y siempre.

Pregunta: ¿En qué sentido es deseable el conocimiento de mundos superiores -aparte de la curiosidad-, dado que depende del sentido común?

Rudolf Steiner: Para quien no ansíe encontrar respuesta a las cuestiones más elevadas de la existencia, la ciencia espiritual puede resultar prescindible. Pero para quien ansía encontrar respuesta a tales preguntas, hay que decir lo siguiente: así como el cuerpo tiene hambre de alimento, el alma tiene hambre de respuestas a las grandes preguntas existenciales de la vida. Y, como ya se ha dicho en la conferencia, se le pueden privar al alma de las verdades, pero no de su hambre de verdades. Esto se manifiesta con mayor intensidad en sus efectos: el alma cae en un principio en todo tipo de estados de desorden, incluso de desesperación; de modo que lo que en un primer momento es una cuestión de conocimiento se traduce en problemas de salud. Basta con señalar aquí la estrecha relación que existe entre el nerviosismo y el desinterés por las verdades espirituales. Estas son, sencillamente, una necesidad de la naturaleza humana. En la cuestión se puede ver de nuevo lo que ya se ha mencionado varias veces, que en el fondo, con estas cosas que son tan difíciles de exponer, —y que por eso intento presentar de manera consciente y precisa en estas conferencias—, no se escucha con suficiente atención. Si se hubiera escuchado atentamente lo que se dijo en la conferencia misma, no habría sido necesario hacer tal pregunta. Por ejemplo, también se habría escuchado que el valor del ser humano depende de la condición de su alma, de sus cualidades morales e intelectuales, y no del contenido de las verdades, porque estas deben primero ser descubiertas mediante la investigación suprasensible. Uno encontrará en el conocimiento superior lo intelectual, si tiene inclinación hacia lo intelectual, y lo moral, si tiene inclinación hacia lo moral, pero esto hay que introducirlo en el mundo suprasensible, hay que tenerlo en la constitución intelectual y moral que uno debe traer consigo.

Pregunta: Es un hecho que a través del trabajo mental se puede dar una dirección diferente a las funciones de la psique. Pero, ¿dónde están las garantías de la validez absoluta de la inmutabilidad de nuestra psique?

Rudolf Steiner: En dos ocasiones se dijo en las conferencias que no se puede decir: aquí termina la verdad y aquí comienza el error, aunque sí existe la posibilidad de entrar en los caminos de la verdad. Lo ideal sería poder escribir todas las verdades en un pequeño papel; entonces podrías guardarlo en el bolsillo y consultarlo cuando fuera necesario. Pero la verdad no es así. Poco a poco hay que ir trabajando para llegar a ella. ¿Es incluso razonable la pregunta de exigir garantías de que algo tenga validez objetiva?

Pregunta: En la teosofía, ¿el alma racioal y el alma sensible son lo mismo?

Rudolf Steiner: No, pero son dos aspectos den una misma entidad, de modo que un componente del alma, cuando se dirige hacia el exterior y juzga las cosas, se llama alma racional, y la misma entidad, cuando experimenta su propio interior, se llama alma sensible.

Pregunta: ¿Existe una moralidad específica del investigador espiritual?

Rudolf Steiner: Ninguna otra que la moralidad humana general, aunque puede refinarse, como se describe también en «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Pero así como la moral en general no tiene contabilidad doble, hay que decir que el investigador espiritual tampoco puede tener una contabilidad moral doble. Pero, como dije, debe desarrollar ciertas cualidades morales internas de manera más íntima.

Pregunta: ¿Tiene la ciencia espiritual el derecho de revelar leyes sagradas?

Rudolf Steiner: Esas son precisamente las leyes de la naturaleza.

Traducido por J.Luelmo -ago 2026-

GA069a Tübingen, 16 de febrero de 1913 Resultados de la investigación espiritual en relación con las cuestiones de la vida y el enigma de la muerte

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VERDADES Y  ERRORES DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU

Rudolf Steiner

Resultados de la investigación espiritual en relación con las cuestiones de la vida y el enigma de la muerte

Tübingen, 16 de febrero de 1913

¡Muy estimados presentes! Mi tarea esta noche será hablar sobre cuestiones importantes de la vida y la existencia desde el punto de vista de las llamadas ciencias del espíritu, es decir, desde un punto de vista que hoy en día no es nada popular y que tiene muchísimos prejuicios en contra. Aun así, se puede decir que muchas veces aquello que más tarde se convirtió en patrimonio común de la humanidad en tal o cual ámbito, en algún momento fue algo nuevo, impopular y objeto de prejuicios. Así que sin más preámbulos, quiero pasar directamente al tema.

Las ciencias del espíritu tratan con un ámbito amplio de la visión del mundo. Pero si uno observa todo lo que conforma el contenido de estas ciencias, al final todo se reduce a la respuesta de dos preguntas o enigmas de la existencia, que no surgen de un área separada de la ciencia, sino que, en esencia, aparecen en todas partes de la vida. Son esos enigmas de la existencia que no solo captan nuestro interés intelectual, sino el más profundo interés humano; son preguntas cuya solución no solo nos despierta curiosidad, sino que anhelamos resolver, porque con ello se relacionan la paz interior, la capacidad de vivir, pero también el dolor, la duda y la preocupación. Podemos resumir de dos palabras de qué se trata: destino humano e inmortalidad humana, o podríamos decir: la muerte.

El destino humano plantea preguntas especialmente grandes y serias a cada paso. Vemos cómo entra una persona en la existencia y desde su nacimiento está rodeada de preocupaciones y esfuerzos de aquellos que deben cuidarla, de modo que una existencia más o menos dolorosa será su destino; o vemos cómo muestra pocas habilidades y capacidades, de modo que no puede convertirse en un miembro valioso de la humanidad. Sin culpa ni mérito, en cambio, otra persona entra en la existencia, rodeada desde temprano de manos cuidadosas, de manera que una existencia ciertamente feliz será su destino; vemos cómo también muestra prontamente habilidades que la hacen un miembro útil de la sociedad. Tal vez uno pueda rechazar estas preguntas con la razón y no acercarlas demasiado. Pero entonces, cuando nuestros sentimientos hablan frente a la vida, cuando nuestros deseos deben confrontarse con las condiciones de vida, surgen en profundidades subconscientes de la vida todos los deseos y sentimientos que despiertan la ansiedad por una respuesta a tales preguntas. Y tal vez no en la curiosidad intelectual, pero sí en la alegría o el descontento vital, se puede sentir cómo el alma urge por saber algo que esté en la dirección señalada.

De una manera muy especial, el enigma de la muerte también se acerca a los seres humanos. Lo que la gente sabe sobre la inmortalidad a menudo no parece científico. Cuánta pasión, cuántos prejuicios hay en esta cuestión. El miedo a la muerte o el deseo de prolongar la existencia influyen tanto en la evaluación de la cuestión como en la respuesta que la mayoría de la gente quiere darse a sí misma. Cuando la ciencia natural comenzó a surgir como una cosmovisión, hubo personas que negaron por completo la posibilidad de la continuidad del alma, y se puede decir que entre estos negadores había muchos que moral y éticamente estaban a menudo mucho más altos que aquellos que aceptaban la inmortalidad. Eran personas que se decían a sí mismas: lo que hemos logrado, lo que hemos traído a nuestra vida desde el nacimiento hasta la muerte, queremos sacrificarlo por el bien de la comunidad. – Estas personas vieron en ello algo moralmente superior al deseo egoísta de continuar con lo logrado. No se puede negar que tales personas 'realmente pertenecían a las naturalezas morales.

Y, sin embargo, hay un aspecto desde el cual la cuestión de la inmortalidad debe plantearse de manera completamente científica, aunque hoy en día todavía no se perciba completamente esa cientificidad. Preguntémonos con un poco de autoconocimiento: ¿Qué carácter tiene lo que el ser humano crea y, en particular, lo que llega a ser como ser humano? - En su naturaleza más íntima, eso tiene un carácter personal, un carácter individual. Con algo de autoobservación se puede decir: Lo mejor es tan particular en cada alma que no podemos atribuir ese mejoría a un conjunto general; es imposible atribuirlo a un conjunto general. Y si, después de la muerte, nuestra conciencia de ser alma fuera destruida, entonces lo más valioso no se perdería solo para nosotros, sino para la economía del universo. Si fuera verdad que el ser humano elabora algo muy valioso y luego, en un momento, se destruye lo que para él es lo más valioso en la Tierra, algo así no sucede en ningún otro lugar en el vasto universo. Lo que sucede es que fuerzas, que están tensadas al máximo, se incorporan a la economía universal. Ahí es donde la pregunta se vuelve verdaderamente científica.

Así hemos caracterizado las dos preguntas, -la cuestión del destino humano y la de la inmortalidad humana-, que hoy queremos poner en el centro. La ciencia espiritual se inserta en la vida espiritual del presente como impopular, porque es bastante ajena a los hábitos de pensamiento. Se está acostumbrado a confiar en las observaciones sensoriales externas y en la mente, que está ligada al cerebro. Pero con ninguno de los dos se puede llegar a la verdadera esencia de la naturaleza humana. Entonces surge la pregunta: ¿Existen otras posibilidades de conocimiento? Eso es precisamente lo que la ciencia espiritual quiere transmitir a la cultura general del espíritu, que existen métodos especiales para alcanzar ese tipo de conocimiento. Para conocer esos métodos, debemos partir de un fenómeno relacionado con la realidad de la muerte, pero al cual no se presta suficiente atención, porque aquello a lo que estamos acostumbrados no se toma como motivo de preguntas enigma. Lo que ocurre con menor frecuencia o de tal manera que perturba a la persona, la muerte, el destino, eso se convierte en cuestión enigma. Pero un enigma, que es igualmente significativo, pasa desapercibido para la conciencia cotidiana: ese es el enigma del dormir. Tenemos que atravesar este enigma si queremos acercarnos a la cuestión de la muerte.

Cada día cuando dormimos, vemos cómo la conciencia se hunde en la nada. Tomemos por ejemplo el hecho de quedarse dormido, dejando de lado las hipótesis científicas. Los miembros dejan de cumplir su función, el alma se siente extraña a los sentidos, a la vida interior que está ligada a la corporeidad; luego comienza la oscuridad de la inconsciencia. Ahora bien, existen muchas concepciones científicas al respecto; hoy no las tocaremos, aunque sería muy interesante ver todos los intentos que se han hecho en nuestro tiempo. Pero queremos hacer reflexiones desde la perspectiva de la ciencia espiritual.

Primero como suposición o hipótesis, lo que las ciencias del espíritu tienen que decir sobre el dormirse. A partir de esta hipótesis, los hechos surgirán de algún modo. Las ciencias del espíritu dicen que es ilógico suponer que toda la vida diaria, con todas sus experiencias, desaparezca en la nada por la noche para volverse a crear por la mañana. Estas experiencias deben permanecer en algún lugar. Por otro lado, las ciencias del espíritu deben aceptar la opinión que también expresó Du Bois-Reymond, de que, al observar al ser humano dormido en la cama, no se puede descubrir en él ninguna causa por la cual deberían llenarlo las imágenes como lo hace toda la vida diurna consciente. Todo esto: las imágenes, recuerdos y demás de la vida diurna consciente, es considerado por las ciencias del espíritu como una realidad anímico-espiritual, que al estar dormido se retira de los cuerpos físico y etérico y pasa al mundo espiritual, de modo que el ser humano con su existencia interna se encuentra, efectivamente, fuera del cuerpo físico. Entonces, el ser humano está en el mundo espiritual y, por la mañana, este aspecto anímico-espiritual del ser humano vuelve a sumergirse en la corporalidad, en el ámbito de los sentidos, del cerebro y demás. Así, mientras dormimos tenemos al ser humano como dividido en un ser corporal y un ser anímico-espiritual, y que cuando se está despierto, ambos se vuelven a unir.

El monista materialista objetará: ¿Cómo se puede pecar así contra el mandamiento del monismo; ¡ahí están dividiendo al ser humano en dos partes! – A lo cual se puede replicar que el químico comete el mismo pecado cuando divide la molécula del agua en hidrógeno y oxígeno; pero no se le puede prohibir. De ninguna otra manera hablamos en la ciencia espiritual de una dualidad en el ser humano. Quien no conoce los métodos de la química para reconocer la presencia de hidrógeno en el agua, también podría afirmar que el hidrógeno no existe. De la misma manera, alguien podría decir que no existe lo que sale del cuerpo durante el estado dormido. Se trata de que durante ese estado, lo anímico-espiritual del ser humano no es consciente de sí mismo. Para la conciencia común todo eso no está allí cuando ha salido del cuerpo. Y todo depende de que el ser humano llegue a la capacidad de reconocer como realidad lo que ha salido.

Esto se logra mediante reglas que los investigadores del espíritu deben aplicarse a sí mismos. Se logra porque el alma del investigador del espíritu se coloca en un estado que es similar al de dormir, pero al mismo tiempo opuesto a él. La característica del estado dormido es que desaparece la posibilidad de mover los miembros, que los sentidos, la mente y finalmente la conciencia permanezcan inactivos. ¿Podría entonces aparecer otro estado? Sí. Para eso, tomamos como suposición lo que luego se comprobará: Supongamos que el ser humano realmente se libera de su cuerpo, de manera que en ese estado esta entidad suprasensorial no puede experimentarse en el estado normal. Si ahora pudiéramos provocar algo mediante lo cual esta alma humana sí se experimentara, entonces aunque el movimiento de los miembros y demás quedara excluido, aún habría conciencia presente. Este estado se provoca mediante medios internos, a través de la meditación, la concentración y la contemplación.

En el alma hay fuerzas que casi solo necesitan ser reforzadas si se quiere que, en lugar de la inconsciencia del estado dormido, aparezca plena conciencia. Esto se logra haciendo que voluntariamente la persona excluya el movimiento de sus miembros, dejándolos tan quietos como el cuerpo lo está mientras duerme, luego excluye todas las impresiones de luz, colores y sonidos que distraen sus pensamientos. Debe provocar artificialmente un estado de desapego frente al mundo exterior, luego debe excluir los pensamientos de la vida cotidiana. En la vida diaria, cuando aparece esta conciencia vacía, la persona se duerme. Pero ejercicios largos y pacientes llevan a la persona a [mantener la conciencia despierta], y entonces se trata de que, por voluntad propia, coloque cualquier representación en el centro de su conciencia y la llene con ella. Las cosas del mundo exterior no son buenas para esto; son mucho mejor representaciones simbólicas que nos hacemos nosotros mismos. Cualquiera podría decir que tener estas representaciones es una locura. Pero lo importante es qué efecto tienen en el alma.

Imaginemos, por ejemplo, dos vasos, uno vacío y otro con un poco de agua. Ahora imaginemos que seguimos vertiendo agua del segundo vaso al primero, y que al hacerlo, el segundo vaso no se vacía, sino que se llena cada vez más. Es, en realidad, una idea bastante absurda. Pero aquí no se trata de eso, sino de que esta imagen funciona como símbolo de un profundo secreto: el amor. El amor es algo que no podemos comprender con nuestra idea humana, ni siquiera con una ligera intuición. Es un misterio. Pero podemos señalar una de sus propiedades: lo que el alma da la hace cada vez más plena, cada vez más rica. El amor tiene esta característica, que podemos expresar simbólicamente, y ahí encontramos lo peculiar que uno normalmente experimenta en otro ámbito.

O imagínese una medalla en forma de círculo. En ella se pueden determinar todas las relaciones de radio, diámetro, circunferencia, área y demás, pero igual en un círculo dibujado; porque sus regularidades también se aplican a la medalla. La matemática muestra continuamente tales símbolos de regularidades. El investigador del espíritu, no hace nada más, salvo aplicar este método matemático en un nivel superior, pero no solo al pensamiento, sino a la vida. No especulamos sobre estos símbolos, sino que se trata de dirigir todos nuestros impulsos hacia ellos, y la fuerza que desarrollamos allí, eso es de lo que se trata. Mientras que normalmente el alma se dispersa, nosotros, aunque solo por unos minutos, concentramos completamente la vida del alma. Hay que continuar estas cosas durante años, entonces ocurrirá una secuencia muy específica: ahora la persona siente que aquello que normalmente se hundía en la inconsciencia se activa interiormente en él, que es algo que antes no estaba lleno de nada.

Hay que dejar que muchas de estas representaciones actúen. Entonces surgen experiencias y vivencias muy concretas como imágenes, como «imaginaciones»; aparecen ante nosotros, se presentan ante nosotros. Con eso ya se ha logrado algo, pero algo que debe ser tratado con precaución. Quien esté en un punto de vista externo, materialista, dirá con razón: Ahora lo habéis llevado justo al nivel de aquellos que tienen alucinaciones y visiones y sacan del alma algo que no vale nada. - En efecto, ahí hay un riesgo. Las personas que experimentan tales visiones creen en ellas como algo real, mucho más real que las cosas que ven con los ojos. Hay personas que para sus ideas delirantes inventan el sistema más lógico para mantenerlas. Hay un término que lo explica todo, y está en la palabra «amor propio». ¿Por qué cree el ser humano en estas representaciones? Por amor propio; porque él mismo las ha engendrado; porque al principio el ser humano no puede hacer otra cosa que identificarse con lo que es interiormente. Esto debe ser tenido en cuenta por un investigador espiritual. Debe tener una voluntad tan fuerte que se diga a sí mismo: Lo que veo es solo un reflejo de mi propio ser.

El investigador espiritual debe ser tan fuerte como para ser capaz, mediante su voluntad, de eliminar por completo todo este mundo de imágenes, de borrarlo. Cuando uno ha desarrollado su alma hasta el punto en que el contenido del alma aparece como objetos, entonces debe ser arrojado al vacío, y entonces se puede decir que uno está preparado para llegar a percepciones espirituales. No se trata tanto de desarrollar una visión u otra, sino de desarrollar las fuerzas del alma que normalmente están dormidas, de fortalecer fuerzas que normalmente son débiles. Especialmente, para esto se necesita una fuerte voluntad interna. Así, la persona primero se familiariza con toda la fuerza del amor propio. Esto debe ser vencido. Y aquí se trata de una victoria difícil. Debe ser eliminado lo que uno ha conquistado.

El camino hacia el autoconocimiento del ser humano conduce a que fuerzas, que normalmente solo se conocen internamente, actúen con la fuerza de un fenómeno natural. Las fuerzas internas del alma actúan como elementos de la naturaleza. Uno se enfrenta a sí mismo como si fuera una especie de naturaleza. Entonces se produce una experiencia particular, que se llama «el encuentro con el guardián del umbral». Puede ocurrir de maneras muy diversas. Solo se mencionará un tipo aquí: uno siente algo nuevo, como si un rayo atravesara el cuerpo o se desintegrara físicamente y, sin embargo, permaneciera. Uno se siente impotente para usar el cuerpo. Este es un momento muy importante. Se tiene la sensación de que las manos estuvieran forjadas y el cerebro es algo sobre lo que no se tiene control, que actúa en el alma como un obstáculo. Para soportar este momento, hay que prepararse. Esta preparación consiste en endurecer el valor. Hay que vivir este momento sin miedo.

A esto se unen muchas otras experiencias, que todas llevan a saber lo que significa enfrentarse a lo que siempre se ha llamado propio, a su cuerpo, a sus fuerzas habituales del alma, como si fueran algo externo. Solo ahora se reconoce el amor propio en su significado y vulnerabilidad, y como para la experiencia común este momento no puede soportarse sin la preparación adecuada, se llama a esta experiencia el encuentro con el guardián del umbral, porque buenos espíritus como que se ponen delante y nos protegen frente a esta experiencia.

Que uno pase por experiencias de este tipo depende de la formación de ciertos impulsos moralmente estrictos. A través de ello uno se vuelve lo suficientemente maduro para basar el conocimiento científico espiritual solo en la salud del alma. En comparación con lo que el investigador espiritual debe experimentar antes de acercarse al mundo espiritual, la objeción de que se entregaría a una ilusión es infantil. Él conoce completamente las experiencias delirantes, las visiones. Sabe cómo las ha extraído del alma. Si puede borrar los resultados del amor propio, si lo ha entregado todo al tejido del universo, entonces se le revela un mundo nuevo, completamente objetivo; y está tan lleno de existencia individual como lo está el mundo físico externo de existencia individual.

Hoy nuestro tiempo ya tiene una fuerte inclinación hacia la aceptación de lo sobrenatural, y se puede notar cómo se manifiesta esta inclinación. Solo quiero señalar un hecho destacado. Charles Eliot, presidente de la Universidad de Harvard en Estados Unidos, dio una conferencia en 1909, en la que habló sobre una especie de religión futura basada en el reconocimiento de lo sobrenatural con fundamentos científicos, y dijo: Siempre los seres humanos han reconocido una esencia absoluta del alma, que no está sujeta a las leyes físicas externas. - Una y otra vez encontramos en numerosos eruditos este tipo de indicios. Pero a estas personas les gusta quedarse simplemente en señalarlo. Dicen: ¡Hay alma, alma, alma! Sí, es exactamente como cuando se dice de diversas plantas y animales: ¡Esto es naturaleza, naturaleza, naturaleza! Pero cuando el investigador espiritual aparece y relata detalles del mundo espiritual, entonces las personas se sienten incómodas. No basta con señalar que existe el espíritu, que existe el alma. Pero cuando se habla de los mundos espirituales, o de que allí existen entidades y acontecimientos, entonces las personas se sienten incómodas y dicen que deben ser fantasías. Que todo esto aparezca frente al investigador espiritual, no se puede decir que sea un engaño. Porque el investigador espiritual ha experimentado estas vivencias, lo que le permite distinguir.

En la ciencia natural pasa lo mismo; hay que experimentar estas cosas. Si nunca nadie ha visto una ballena, no se puede probar a partir de la zoología que exista una ballena. Con esto se refutan algunos argumentos en contra. Schopenhauer caracterizó parte de su sistema diciendo: El mundo es mi representación. - Con esto se afirma que las percepciones y las representaciones no se pueden separar. Sin embargo, hay una contra-prueba simple, aunque trivial. Si nos imaginamos que acercamos un trozo de hierro a 900 grados Celsius al rostro, podemos imaginar el dolor que causaría, pero un hierro calentado solo en nuestra imaginación no quema, aunque sí lo hace uno real. Así que existe una prueba que la vida misma aporta. Y lo mismo pasa con la vida espiritual; solo hay que vivirla hasta el final.

Alguien ha argumentado que cuando se tiene mucha sed uno puede imaginar bastante bien el sabor y el efecto refrescante de una limonada. Sí, pero con esa imaginación no se puede apagar la sed. No se puede llegar solo con juegos lógicos. El investigador del espíritu debe haber avanzado lo suficiente como para distinguir entre la realidad y la fantasía, así como en el mundo físico hay que distinguir entre la realidad y la imaginación.

Así, el ser humano entra en aquel mundo en el que está cada noche cuando ha salido del cuerpo físico, donde también está en lo
anímico-espiritual, solo que entonces no posee actividad interna. A través de lo que se ha mencionado [en los ejercicios], lo anímico-espiritual se fortalece tanto que se experimenta a sí mismo y, por tanto, su entorno.

Ahora uno empieza a comprender que hay algo completamente real que subyace al ser humano como algo espiritual. Una vez que se ha visto cómo puede uno estar separado del cuerpo, cómo carece de poder sobre este cuerpo y aun así mantiene la conciencia, se llega a comprender algo más. Se comprende que esto, aunque en su estado germinal, es algo que contribuye a la construcción del cuerpo. Entonces se observa la vida humana de manera completamente correcta y científica, al igual que se observa crecer una planta. Si un ser [vivo] naciera con las raíces de una planta y al llegar a su floración muriera, no tendría idea de que la semilla que se forma en la flor, pone nuevamente en marcha un proceso y que en la semilla se debe imaginar toda la planta condensada. Una vez que se ha reconocido el interior humano, entonces se entiende la frase de Goethe: en la vejez uno se vuelve místico. - La vida interior y rica del alma es como la semilla de la planta.

Ahora vemos a una persona que entra en la existencia a través del nacimiento, vemos cómo se desarrollan sus habilidades, y vemos, si observamos a una persona acercándose a la muerte, cómo ha acumulado fuerzas internas que ya no puede expresar a través del cuerpo. Así es cómo, a través de la puerta de la muerte, lo interno entra en el mundo espiritual; y cuando vemos a una persona nacer, la vemos salir de nuevo del mundo espiritual y entrar en lo que ha heredado de padre y madre. Cuando decimos que todas las cualidades se heredan de padre y madre, es como la antigua investigación de la naturaleza que creía que incluso de lodo podrían formarse peces. Solo Francesco Redi dijo que lo vivo solo puede provenir de lo vivo. El investigador espiritual conoce el núcleo espiritual del ser humano. Si se quisiera decir que todo proviene de padre y madre, se debe responder: eso es una observación inexacta. Debemos decir: lo que proviene de encarnaciones anteriores entra y atrae hacia sí lo que proviene de padre y madre. Todo lo anímico-espiritual se remonta a algo anímico-espiritual anterior.

Eso significa que llegamos a las vidas terrestres repetidas. Ya hemos pasado por muchas vidas. Todo esto tiene un principio y un final. Llevamos con nosotros lo que hemos adquirido en este vida en cuanto a fuerzas internas, de modo que también trabajamos en la construcción de nuestro cuerpo. Esto ya se puede ver externamente. Se observa el cerebro al nacer y cómo luego se desarrolla de manera plástica. Ahí surge la individualidad. Eso, en lo que nos encontramos a nosotros mismos cuando nos convertimos en investigadores del espíritu, es lo que hemos adquirido en esta vida. De ahí la impresión conmovedora para un investigador del espíritu, porque no puede cambiar nada de lo que proviene de vidas anteriores. Ahí se nos presenta el enigma de la muerte y del destino de manera particular. Cuando "sufrimos en una vida presente, nos lo hemos preparado nosotros mismos en una vida anterior. Esto podría parecer cruel. Pero imaginemos que alguien a los dieciocho años tiene que experimentar que su padre pierde toda su fortuna; ahora tiene que aprender algo muy desagradable y puede sentirlo de manera muy negativa. Pero a los cincuenta años lo juzgará de manera completamente distinta. Así, el ser humano no siempre es apto para juzgar una desgracia mientras está dentro de ella. Debemos decirnos, cuando nos ponemos en situación de necesidad y misería: al mismo tiempo esto es una condición para el desarrollo. Es solo aparente, si uno cree que este conocimiento es cruel.

¿Cómo se nos presenta ahora, eso que llamamos inmortalidad? Ésta no se presenta, a diferencia de como lo hace en muchas filosofías, donde se considera una línea de tiempo infinita y se especula sobre cómo lo humano puede durar. No, adquirimos algo que se concentra internamente en la vida humana; la vida del alma se repliega, llevamos nuestro núcleo espiritual a través de la puerta de la muerte hacia el mundo espiritual, unido al cuerpo nuestro destino lo guía hacia una próxima vida, y usamos la próxima vida nuevamente para enriquecer nuestro interior. En general, la vida humana es algo ascendente. Toda la vida humana se compone de la vida entre nacimiento y muerte y de lo que trasciende entre la muerte y un nuevo nacimiento. Toda la inmortalidad se compone de lo que la vida misma produce. Conocemos la vida como constructora de una nueva vida, como con la planta, que en la semilla contiene la garantía de que surgirá una nueva planta. Esta es una consideración completamente científica de la naturaleza.

Por supuesto, es comprensible que existan muchos prejuicios contra esto, pero a Francesco Redi le pasó lo mismo. Llegaron a querer quemarlo. Ese es el destino de la verdad. Hoy en día ya no se quema a las personas, sino que se las declara locas. La moda cambia, lo esencial permanece. Más adelante, estas «fantasías» serán algo natural. Así será con la verdad: lo espiritual y lo anímico solo pueden venir de lo espiritual y anímico. Quien sabe cómo está la investigación del mundo espiritual, comprenderá que estos prejuicios son inevitables. Al principio, la gente cree que la ciencia natural está en peligro. Para explicarlo, sirve el siguiente ejemplo. Vemos a una persona, y otras dos están frente a él preguntando: ¿Por qué vive este ser humano? - Uno dice: Por dentro tiene un pulmón, por fuera aire, por eso vive; eso es un hecho de la ciencia natural. - En cambio no se puede objetar nada. El otro dice: Ese no es el único motivo. Hace catorce días se cayó al agua, y yo lo saqué - esa es la razón por la que está vivo.

Así, la ciencia espiritual no niega los hechos observados por la ciencia natural, no dice nada en contra de las teorías de la herencia, en la medida en que no se contradicen a sí mismas. Pero además de la herencia, existe la ley del destino.

La ciencia natural es completamente reconocida por la ciencia espiritual. El malentendido surge únicamente porque la ciencia natural frecuentemente sobrepasa sus límites y quiere establecer por sí misma una especie de ciencia espiritual. Muchos dicen que uno debe apegarse a lo que los ojos perciben, solo en eso puede confiar la ciencia natural. A eso se puede responder preguntando si Copérnico hizo nuevas observaciones astronómicas.

No, él reconsideró lo que antes se pensaba en función de las percepciones sensoriales. Copérnico tuvo el valor y la fuerza del alma para reinterpretar lo que era perceptible sensorialmente. De ahí surgió la nueva astronomía, que ya no le bastó basarse en las percepciones sensoriales. También Giordano Bruno rompió con la percepción sensorial al no considerar el cielo como un límite. Así como la bóveda celeste azul surge de la limitación de la capacidad de percepción humana, así surge el firmamento de la vida del alma entre el nacimiento y la muerte. Por lo que respecta a la ciencia espiritual, nos encontramos, en el lugar de Giordano Bruno. El nacimiento y la muerte, estos límites, son atravesados por la ciencia espiritual. Así como Giordano Bruno atravesó espacios, la Ciencia del Espíritu atraviesa los tiempos.

Galileo Galilei llevó a un amigo, que era seguidor de Aristóteles y había interpretado erróneamente que según Aristóteles los nervios salían del corazón, este amigo fue llevado ante un cadáver para mostrarle que los nervios salen del cerebro y no del corazón. Entonces el amigo dijo: Sí, parece así, pero en Aristóteles dice otra cosa, y a eso le creo más. - Hoy en día, la gente viene y dice: Puede sonar aceptable, pero en Haeckel dice otra cosa. - Aquí aplica la frase de Schopenhauer: La verdad siempre ha tenido que sufrir porque, cuando aparece, parece paradójica, ya que no puede sentarse en el trono del error generalizado. Así que mira a su ángel guardián, el Tiempo, cuyos aleteos son tan lentos que, quien ha reconocido la verdad, a menudo muere por ello antes que el aleteo del tiempo cese.

Debemos darnos cuenta de que la objeción de que solo el investigador espiritual puede saber algo sobre el mundo espiritual no tiene fundamento. Para encontrar las verdades, uno tiene que pasar por todo eso, pero la investigación espiritual se relaciona con la ciencia espiritual como lo que el pintor tiene que aprender con su cuadro. A partir del cuadro podemos reconocer algo. Lo que el investigador espiritual ha investigado se puede entender si uno solo se acerca con sentido común a lo que tiene que decir. Entonces son verdades que nos dan alegría de vivir, que nos elevan por encima de la impotencia y nos brindan seguridad.

No es al mirar dentro de los mundos espirituales, el único medio de que uno pueda obtener algo de ellos, sino al trasladar lo visto en ideas y conceptos que cualquier otra persona pueda comprender. Los resultados del investigador espiritual no son diferentes de los del lector o el oyente. Así obtenemos respuestas no solo a preguntas científicas, sino a misterios de la vida.

Si pudiéramos organizar la educación humana de tal manera que desde jóvenes las personas crecieran con estas preguntas, entonces se formaría en nuestra alma algo como un potencial, un germen o núcleo, que garantiza una vida futura. Las fuerzas de vida se vuelven cada vez más fuertes, y cuando las fuerzas externas decaen, sentimos que las internas se concentran. F
rente a las hojas marchitas de la propia planta, la semilla no podría sentirse de otra manera que como lo espiritual, que con su fuerza atraviesa la puerta de la muerte. Eso le da respuestas a la vida, no solo a la ciencia. Nos traen consuelo en los momentos más difíciles de la vida. Para esto no es necesario ser un investigador espiritual. Así como uno puede saborear los alimentos sin ser químico, tampoco todos necesitan ser investigadores espirituales. Solo debe haber algunos. Eso se convierte en una convicción tan firme en el alma que uno aprende a tratar la hostilidad hacia ello, como Goethe lo expresó frente a una consideración filosófica, frente a los negadores del movimiento. Goethe respondió desde el sentido común sano. Filosóficamente, esta opinión no es fácil de refutar.

Puede que se perciba algo hostil
Tú mantente tranquilo, mantente en silencio;
Y si te niegan el movimiento,
camina frente a sus narices.

Se puede usar el humor frente a la enemistad y la oposición; pero no solo se debe creer, sino saber cómo están las cosas con la verdad. Así, la ciencia del espíritu se encontrará a sí misma en la vida, así, aquellos que sienten la fuerza interior del alma, cómo ésta se integra en la vida, sentirán algo similar a lo que Goethe sentía frente a los negadores del movimiento. Así, podemos resumir todo lo que ha surgido de nuestra reflexión de hoy en un sentimiento frente a quienes aún actúan como oponentes de la ciencia del espíritu:

Puede que sucedan cosas hostiles,
mantén la calma, mantén la alegría;
y si te niegan el espíritu,
no te lo tomes a pecho.
Sí, al final, dales la razón;
¡es su espíritu el que
está mal!

Traducido por J.Luelmo - ago 2026-