CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA069e Munich, 9 de diciembre de 1910. -La ciencia espiritual y el futuro de la humanidad-

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

La ciencia espiritual y el futuro de la humanidad

Munich, 9 de diciembre de 1910

El autor de la obra sobre el príncipe danés Hamlet, hace que al referirse este a una gran y significativa figura de la historia, salga de su melancólica cavilación en la escena del sepulturero, para hablar del valor del difunto César:

El gran César, muerto y convertido en arcilla,
tapa bien un agujero frente al crudo norte.
¡Ojalá esa arcilla, ante la cual temblaba el mundo,
formara un muro contra el viento y las inclemencias del tiempo!

No es de extrañar que a Hamlet le vengan a la mente estas ideas al recordar al gran César, si en su sombrío ánimo podía concebir la idea de que de todo ese cuerpo, del ser humano, de todo aquello que ejercía la fuerza de la voluntad, no quedara más que un puñado de materia exterior que, desintegrada en sus átomos y disuelta, pudiera utilizarse para «taponar aquí o allá una pared»; pero ese mismo razonamiento es bastante revelador del estado de ánimo general de nuestra época. Existe un excelente manual de Huxley sobre fisiología, en el sentido de nuestra concepción científica actual, que también se ha traducido al alemán. Ya en una de las primeras páginas encontrarán una referencia a las palabras de Hamlet que acabo de citarles, pero de tal manera que, con toda seriedad, al final de la «Primera lectura» se dice lo siguiente:

Es imposible seguir con algún grado de certeza estas migraciones, que son más variables y extensas que las que imaginaron los antiguos sabios que creían en la doctrina de la transmigración de las almas; pero es probable que, tarde o temprano, algunos, —si no todos—, de los átomos dispersos se reúnan para formar nuevas formas de vida. Los rayos del sol, que penetran en el mundo vegetal, unen algunos de los átomos errantes de dióxido de carbono, agua, amoníaco y sales para dar lugar a las plantas. Las plantas son devoradas por los animales, los animales se devoran entre sí, el ser humano devora tanto plantas como animales; y así es muy posible que los átomos que en su día formaron parte esencial del activo cerebro de Julio César formen ahora parte de la composición de César, el negro de Alabama, o de César, el perro doméstico de cualquier hogar inglés.

No queremos pensar de forma tan dogmática ni discutir con argumentos lógicos, sino reflexionar sobre cómo, a partir de sus sentimientos más íntimos, un naturalista tan destacado del siglo XIX como Huxley pudo llegar a plasmar por escrito tales ideas. No queremos seguir preguntándonos: ¿Qué ocurre con los componentes físicos cuando el cuerpo del ser humano se desintegra en polvo? —, sino que queremos centrar nuestra atención en la voluntad encarnada en el ser humano, en su yo auto consciente, y observar qué caminos recorre este aspecto anímico-espiritual, aunque por lo demás el ser humano se sienta impulsado, no ya a preguntarse qué camino toma el espíritu, sino el camino que toma la materia exterior.

Enseguida veremos, que el hecho de ganarse la aceptación y el corazón de las personas, está íntimamente relacionado con el espíritu de la época, cuando se les dice que pueden ser felices o al menos estar sanas, si siguen ciertas normas: comer solo esto o aquello, bañarse de una manera concreta, vestirse según las normas de la reforma, etcétera; pero se muestran mucho más reacios cuando se les habla de que el contenido espiritual de las ideas, las verdades y los conocimientos con los que llenamos nuestra alma, se convierte en fuerzas vivas que armonizan y fortalecen nuestro interior y toda nuestra vida, nos hacen resistentes frente a todo tipo de ataques y nos dan fuerzas para cumplir con las tareas de nuestra vida.

A modo de explicación, me gustaría señalar simplemente, cómo palidecen las personas, ante el miedo y la angustia, y cómo se sonrojan ante la vergüenza; es decir, que lo anímico influye en lo físico e incluso va más allá de lo que se suele creer. Pero si además se señala que los pensamientos propios de una cosmovisión espiritual nos elevan a alturas espirituales, que una forma de pensar correcta de este tipo tiene un efecto sanador en el ser humano tanto espiritual como físicamente, nos encontramos con una fuerte duda o una incredulidad manifiesta en la gran mayoría de nuestros contemporáneos, y en muchos casos solo porque las personas de nuestro tiempo se han vuelto demasiado perezosas intelectualmente como para dedicar el esfuerzo espiritual y anímico necesario para profundizar en tales concepciones. Tanto el libro de Huxley como las experiencias que se pueden vivir en todos los ámbitos de la vida, muestran de manera característica que nuestra época ha pasado a creer únicamente en lo material externo, en lo perceptible por los sentidos. El siglo XIX nos ha traído esta situación.

Sin embargo, la ciencia espiritual está muy lejos de desdeñar los enormes logros de las ciencias naturales, que este siglo nos ha legado junto con una abundancia de datos casi inabarcable. No obstante, es necesario señalar que ciertos conceptos se han infiltrado y arraigado en el corazón de las personas, se han convertido, por así decirlo en una moda, de una manera tal, que a éstas les resulta difícil decidirse a creer en lo espiritual sin intentar imaginárselo de forma material. Pero esto supone una amenaza para la humanidad, ya en un futuro próximo, de un caos espiritual, de un extravío en relación con las cosas más importantes, de las cuales solo quiero destacar una y, por ello, volver a hacer referencia a la «Fisiología» de Huxley: me refiero al concepto de la vida, en la medida en que este es evidente y, en cierto modo, se da por supuesto. Así se dice [allí]:

Pero, en realidad, la causa inmediata de la muerte es siempre el cese de la actividad de uno de estos tres órganos: el centro nervioso del cerebro y la médula espinal, los pulmones o el corazón.

Así pues, una persona puede morir instantáneamente a causa de una lesión en una parte del cerebro denominada «médula alargada» [...], tal y como puede producirse mediante el ahorcamiento o la fractura de la mandíbula. O bien, la muerte puede ser la consecuencia inmediata de la asfixia por estrangulamiento, ahorcamiento o ahogamiento; en otras palabras, por la interrupción de los procesos respiratorios. O, por último, la muerte se produce de inmediato cuando el corazón deja de bombear la sangre por el cuerpo. A estos tres órganos, —el cerebro, los pulmones y el corazón—, se les denomina, de forma un tanto fantástica, el «trípode de la vida».

En última instancia, sin embargo, la vida solo se sustenta sobre dos pilares: los pulmones y el corazón; pues la muerte por causa del cerebro es siempre, en primer lugar, la consecuencia indirecta del efecto que la lesión de este órgano ejerce sobre los pulmones o el corazón. Las funciones del cerebro cesan cuando se interrumpe la respiración o la circulación. Pero si la circulación sanguínea y la respiración se mantienen de forma artificial, se puede extirpar el cerebro sin que ello provoque la muerte.

Así pues, si Huxley cree que puede mantener la vida con estos medios, no hay nada que objetar a ello, salvo ciertas salvedades; pero me gustaría plantear especialmente la cuestión de si eso se puede seguir llamando realmente «vida». Probablemente, todos los aquí presentes rechazarían una vida así. Por eso, una afirmación de este tipo en una obra científica que profundiza en los conceptos más esenciales, demuestra que la época actual ha perdido la capacidad de reflexionar de manera adecuada sobre conceptos como «la vida» en general.

Pero quien considere, como es lógico, que los pensamientos y sentimientos que predominan en nosotros pueden hacer que el cuerpo esté sano o enfermo, pronto se dará cuenta, además, de lo difícil que resulta proyectar conceptos claros hacia el futuro. Con conceptos insuficientes en nuestra alma sobre la vida y la muerte, sobre el espíritu y el alma, nos vemos sumidos en un estado de ánimo que pronto nos hace dudar de todo lo posible en nuestro interior, que paraliza nuestras fuerzas anímicas y nos impide cumplir adecuadamente con nuestros deberes en la vida; el alma y el espíritu del ser humano se irán volviendo cada vez más áridos, hasta que, al final, tal persona se verá sumida en la impotencia y la desesperación. El observador atento prevé que, por este camino, la humanidad puede verse abocada a una situación grave; puede constatar que ya se han dado los primeros pasos en esa dirección en algunos ámbitos, especialmente cuando la ciencia más avanzada se alía con conceptos que tienen un efecto verdaderamente devastador sobre nuestro mundo anímico y espiritual y, por ende, también sobre nuestro cuerpo.

Además, hay otra cosa: una necesidad que sin embargo, queda reprimida por un caos de conceptos, pero que, a pesar de todo, esa necesidad se despierta una y otra vez en el alma y ocupa la mente: tanto que se habla de la evolución partiendo de estados de vida imperfectos hacia otros más perfectos, pero cuando se trata del alma humana, justo donde más necesario sería hablar de estas cosas, no se quiere creer en ello. Sin embargo, esta alma humana tiene, de época en época, necesidades siempre nuevas, quiere vivir siempre en condiciones cada vez más avanzadas; el alma del siglo XII es aún diferente a la del siglo XIX. Lo que importa no son las cosas externas, la educación escolar y la erudición, sino la otra forma y concepción de la vida que se desarrolla para el alma de época en época.

Esta noche solo podemos hacer una breve alusión a la vida; en el alma de casi todas las personas se manifiesta de forma significativa la necesidad de desarrollar en su interior, de acuerdo con los sentimientos y el entendimiento, ciertas cosas que en épocas culturales anteriores se aceptaban de buena fe. Antiguamente, épocas enteras estaban mucho más dominadas por ciertos juicios generales, y todas las almas se regían, en general, por las mismas concepciones. Hoy, en cambio, se impone cada vez más en el alma el impulso de ser autónomo, de encontrar de forma individual en uno mismo los puntos de referencia sobre los mandamientos morales y los juicios de todo tipo, y de descubrir en uno mismo el fundamento y la fuente de la existencia.

Sin embargo, en nuestra época, muchas personas adolecen de que, en algunos aspectos o por completo, dejan que esa necesidad quede relegada al fondo del alma. No puede aflorar porque queda ahogada por el caos del ajetreo de la vida; y esas personas se hunden entonces en la fe en la autoridad, —que resulta aún más temible porque se basa en lo que no es tangible desde el punto de vista material—, repitiendo una y otra vez que «la ciencia» ha constatado o demostrado tal o cual cosa. La gran mayoría de las personas no puede profundizar en ello ni investigar por sí misma cómo se ha determinado, y por eso la autoridad de la ciencia se ha convertido en una fuerza generalizada y aterradora.

Ambas corrientes espirituales se encuentran en conflicto. Si la ciencia espiritual quiere establecer una relación adecuada con estas dos fuerzas, debe perseguir el objetivo riguroso de hacer posible que el ser humano satisfaga, en el sentido más auténtico, las profundas necesidades que despiertan en su interior. En este sentido, quiero señalar en primer lugar que, en décadas pasadas, las cuestiones sobre el destino del alma, el origen del ser humano y las fuentes de toda vida espiritual se planteaban de una manera muy diferente a como se hace hoy en día, y para ello dirijo su atención hacia una personalidad destacada en la que esto se manifiesta en su peculiar constitución espiritual, en sus sentimientos y en su sensibilidad. Goethe, a quien me refiero aquí, se pronunció poco al respecto sin ningún motivo externo concreto, pero con motivo del funeral de Wieland, a quien admiraba profundamente, se sinceró con una persona cercana a él sobre lo que pensaba acerca del destino del alma tras la muerte. Goethe respondió a la pregunta que se le formuló:

[Wieland no emprenderá ahora] nada insignificante, nada indigno, nada incompatible con la grandeza moral que defendió durante toda su vida. [...] En la naturaleza nunca, bajo ninguna circunstancia, puede hablarse de la desaparición de unas fuerzas anímicas tan elevadas; nunca trata sus recursos con tanta prodigalidad [...] En cuanto a la perdurabilidad personal de nuestra alma tras la muerte, así es como la concibo yo. No entra en contradicción alguna con las observaciones que he realizado durante muchos años sobre la naturaleza de nuestro ser y de todos los seres de la naturaleza; al contrario, surge de ellas con nueva fuerza probatoria. Sin embargo, cuánto —o cuán poco— de esta personalidad merece, por cierto, que perdure, es otra cuestión y un punto que debemos dejar en manos de Dios.

Goethe desarrolla a continuación una cierta jerarquía de las almas, a las que aquí denomina «mónadas», que las hace aptas para las distintas actividades; considera que estas mónadas son inmortales y que, en su desarrollo superior, participan activamente en el desarrollo del sistema cósmico, y prosigue diciendo:

Estoy seguro de que, como me ven aquí, ya he estado aquí miles de veces y espero volver otras mil veces más. [...] Pero esto de ninguna manera significa que, debido a la limitación de nuestras observaciones de la naturaleza, también se impongan límites a la fe. Al contrario, dado lo inmediatas que son las emociones divinas en nosotros, puede suceder fácilmente que el conocimiento aparezca como incompleto, especialmente en un planeta que, separado de toda su conexión con el sol, hace que toda y cualquier observación sea imperfecta, y por eso solo la fe puede darle su complemento completo. [...] Tan pronto como uno parte del principio de que el conocimiento y la fe no existen para contradecirse, sino para complementarse, entonces en todas partes se encontrará lo correcto.

Goethe realmente dominó la ciencia natural de su tiempo; además, la enriqueció con una forma de pensar que vivía en lo espiritual. Por eso resulta aún más interesante ver cómo todas estas cosas se reflejan en la concepción de Goethe, cómo, a partir de todas sus largas experiencias personales y científicas, la vida del alma después de la muerte podría desarrollarse según su necesidad, y observar cómo Goethe, debido a su visión espiritual del mundo, se mantenía alejado de la visión materialista moderna en constante desarrollo. Así que también es importante para cualquiera formarse una idea de la cosmovisión espiritual a partir de toda su configuración mental.

Por aquel entonces aún no se conocía la cosmovisión del «monismo», que hoy está muy extendida y respaldada científicamente; todavía no se tenía tanta preocupación por que se abriera una brecha entre el ser humano y los animales superiores [...], sino que se creía en este sentido físico en esa separación, y si se quería establecerla, se pensaba de manera profundamente materialista [...]. Las personas querían algo materialmente distinguible, ya que no podían concebir que algo espiritual pudiera ser lo que los diferenciara. Por eso buscaban en todo el cuerpo, en los tejidos blandos y en el esqueleto, y encontraban en los animales en el maxilar superior un hueso intermaxilar especial que aparentemente el ser humano no tenía. Con esto creían haber descubierto la diferencia elevada y largamente buscada entre el ser humano y los animales, y las personas bien intencionadas y de pensamiento materialista tendían a aceptarlo sin más. Goethe estudió estas relaciones y descubrió que el hueso intermaxilar estaba presente antes del nacimiento, es decir, en el ser humano en gestación, pero que hasta el nacimiento se fusionaba completamente con las partes adyacentes. Encontramos más detalles sobre esto en los escritos científicos de Goethe, donde dedica un tratado especial con ilustraciones detalladas al estudio del «ossis intermaxillaris» y defiende su descubrimiento frente a Soemmerring en 1785 y a Camper en cartas específicas, aunque además enfatiza que la diferencia entre el ser humano y los animales superiores no reside en algo material concreto, sino en lo espiritual, que supera con creces al animal. Si tenemos en cuenta lo que Goethe dijo, —según Johannes Falk—, en el día del funeral de Wieland sobre el alma y el espíritu, sus transformaciones y destinos después de la muerte: cómo reflexionó durante su larga vida, y si ahora compara lo que cree haber encontrado con lo que es observable sensorial y científicamente, se concluye que ambas cosas se unen sin contradicción. — Eso se podía decir en ese tiempo como erudito, como fiel investigador de la naturaleza, sin entrar en conflicto con las ideas sobre la vida del alma en su ámbito particular y con la parte material de la vida. Incluso a mediados del siglo XIX, esto todavía era así con un investigador de la naturaleza particularmente destacado y pionero, que hizo mucho por el conocimiento de la transformación de las formas de vida animal, pero que, al mostrar su desarrollo, llegó a la conclusión de decir:

Considero que todos los seres orgánicos que alguna vez han vivido en esta Tierra descienden de una forma original a la que el Creador infundió la vida.

Ese era Charles Darwin. Él también podía dirigir su mirada hacia el mundo espiritual sin obstáculos, sin que entrara en conflicto con los resultados de sus investigaciones. Cabe señalar que probablemente es el original inglés el que contiene estas palabras, pero no la primera traducción al alemán ni sus ediciones posteriores; en tan poco tiempo ya no se podía combinar la mirada hacia el mundo espiritual con el darwinismo, que se había entendido de manera mucho más rígida. Así que en todas las representaciones llamadas populares, hoy escuchamos y leemos que cualquiera que aún sostenga la influencia de un mundo espiritual, o es un soñador o un tonto, después de que el propio Darwin demostrase, que todo lo espiritual no es mas que una función de lo físico. Por supuesto, no hay nada más fácil que refutar así la ciencia espiritual, si se lleva esto a la percepción. Si esta o aquella parte del cerebro se enferma, en cierta relación analógica el alma también se enferma; si el cerebro se desgasta gradualmente, también el alma se desgasta, por lo que se debe pensar que el alma está inseparablemente unida a la materia como forma de expresión. Darwin ya había acabado con el mundo espiritual de todos modos, aunque esto no es así.

Hoy vivimos en una época en la que ya es un verdadero empeño por la verdad, hacer una confesión como lo hizo Goethe, y aun así conformarse con la ciencia, como Goethe, que pudo mantener el alma como algo completamente legítimo. Hoy parece imposible unir la ciencia externa y material con la adhesión al mundo espiritual. Hoy vivimos en una era que ha acumulado casi una cantidad inabarcable de resultados de la experiencia, donde es imposible que un individuo se oriente en las disciplinas científicas cada vez más divididas y extendidas, donde le resulta completamente confuso situarse con precisión sobre lo que la ciencia ha «establecido», así como es difícil incluso determinar por sí mismo lo que le otorga un juicio acertado o una visión general sana sobre las ciencias del espíritu.

Entonces viene esta ciencia del espíritu y afirma que posee y aplica la misma manera de pensar y lógica que cualquier otra ciencia de hoy, que no solo parte de la idea de que en el alma reside la capacidad normal de conocimiento de la vida cotidiana y científica, que prácticamente cualquier persona normal podría usar, sino que sostiene con firmeza la convicción de que en el alma humana hay fuerzas dormidas que pueden desarrollarse, de modo que, para la persona en cuestión, la vida en el mundo espiritual se hará evidente, como lo es para un observador dotado de ojos y los demás sentidos del entorno exterior y material.

No todos en la vida pueden desarrollar sus ojos y oídos espirituales y convertirse en investigadores del espíritu, pero tampoco todos pueden trabajar en un laboratorio, ser astrónomos y cosas así; no todos necesitan trabajar como investigadores de esa manera. Solo unos pocos pueden lograrlo en suficiente medida, pero pueden comunicarlo a los demás, y cada persona tiene en su alma algo que lo protege de entregarse a todo lo que se comparte con fe ciega; eso es: lógica y sentido común de la verdad. Las informaciones que recibe pueden iluminar a la persona; puede medirlas con la vida, ponerlas a prueba y aprender de ellas si tienen un efecto saludable y beneficioso en sí mismo y en la naturaleza.

Así es como la ciencia espiritual se enfrenta a la vida. El ser humano, a través de su fuerza interior, se convierte él mismo en el instrumento de la investigación de la ciencia espiritual. Sin embargo, la exigencia de que todos los resultados puedan demostrarse con precisión y en cualquier momento para cada uno no es posible de cumplir por la ciencia espiritual, al igual que no lo es para la ciencia material externa y sus investigadores. Estos últimos dicen que su ciencia requiere objetividad absoluta, no cosas ni experiencias internas del alma; pero quien habla así no conoce la investigación de la ciencia espiritual en su verdadera esencia.

Si alguien, aparte de las impresiones externas, se adentra en la vida interior del alma, primero encontrará sus propias experiencias internas del alma, que son diferentes para cada individuo, pero en realidad el alma gradualmente sigue otros caminos. El investigador espiritual principiante inicialmente no podrá ofrecer nada a sus semejantes que le concierna solo a él; primero debe desarrollarse hasta el punto en que sienta que ha llegado con su yo a un territorio completamente nuevo y que no tiene nada que ver con su personalidad como tal. Entonces, sus conocimientos espirituales mostrarán la misma objetividad que, por ejemplo, nuestro ojo físico nos muestra que la rosa frente a nosotros no es verde, sino roja, como pueden verla también otros ojos sanos. Así, la experiencia interna del alma se transforma en objetividad total; entonces el investigador espiritual siente que sus experiencias son independientes de sus sentimientos subjetivos, y ha alcanzado una seguridad en la visión espiritual desde la cual ya se han proclamado aquí varias veces los resultados de la investigación espiritual.

Nuestro tiempo exige objetividad. Eso debe respetarse, pero primero hay que prestar atención a su efecto en cuanto al sentido saludable de la verdad. También habla claramente todo el conjunto de la ciencia externa; esta, de hecho, exige para nuestro tiempo el reconocimiento de aquellos resultados que se obtienen mediante métodos de investigación, como los que Ludwig Deinhard expone en «El misterio del ser humano», donde se muestra que la ciencia, al acercarse más o menos con sus métodos a la ciencia del espíritu, también logra una armonía entre la investigación externa con sus recursos y la investigación interna mediante el método de la ciencia del espíritu. El libro nos muestra la necesidad del presente de tomar del campo de la ciencia del espíritu lo necesario, lo que permite al ser humano colocarse con seguridad en el lugar que debe ocupar en la vida.

Hemos sugerido que es el espíritu el que da fuerza al ser humano, y no un lugar especial ni un remedio particular, sino a la larga solo aquella visión del mundo que conduce al centro del espíritu. La ciencia que mencionamos brevemente antes se siente impulsada a asumir el papel que antes la ciencia natural tenía para la humanidad.

La mayoría de los presentes saben cómo las ciencias espirituales muestran que un concepto es verdadero, aunque gran parte del mundo educado se encoge de hombros con conmiseración, es decir, la reencarnación. Cabe recordar que hablar despectivamente de ello tendrá el mismo destino que la afirmación de la antigua ciencia natural de que de un cadáver de caballo se desarrollaban avispas, sin sus huevos, como se mostraba en los libros eruditos del siglo XVII y, parcialmente, del XVIII, en los que se exhibían sistemáticamente tales afirmaciones, por ejemplo, que de cadáveres de burros salían avispas y así sucesivamente, de lodo de ríos surgían gusanos e incluso peces directamente, hasta que Francesco Redi se opuso enérgicamente y estableció el principio: lo vivo solo puede provenir de algo vivo de la misma especie; una visión que hoy se considera evidente, no solo para Du Bois-Reymond y Virchow, mientras que Francesco Redi en el siglo XVII apenas logró escapar del destino de Giordano Bruno, pues se le consideraba un gran hereje.

Hoy en día se piensa científicamente que: cuando nace una persona, está solamente bajo la influencia de la herencia de su línea ancestral; pero esto es una observación inexacta. La ciencia espiritual establece la idea de que aquello que es espiritual y anímico, al unirse con lo que el padre y la madre pueden ofrecerle en cuanto a corporalidad física, es lo que se va desarrollando más y, además, durante el desarrollo posterior, adquiere medios del entorno. Pero lo espiritual y anímico se remonta a encarnaciones anteriores; y así como lo vivo solo puede venir de lo vivo, lo espiritual y anímico solo puede surgir de lo espiritual y anímico. Con esto, la vida terrenal presente de cada uno es también el punto de partida para vidas terrenales posteriores, y de esta manera se defiende la autonomía del alma humana. Llegará un tiempo, y no está lejos, en que las habilidades de una persona genial ya no se atribuirán únicamente a sus antepasados corporales, como lo dice Goethe cuando afirma:

De mi padre heredé la complexión, La seriedad con la que afronto la vida, De mi madre, el carácter alegre Y el gusto por inventar historias. Mi antepasado más lejano era amante de las más bellas, algo que de vez en cuando se deja entrever en mí; mi antepasada amaba las joyas y el oro, algo que sin duda recorre mis miembros. Ahora bien, si los elementos no pueden separarse de ese conjunto, ¿qué hay en todo este ser que pueda llamarse original?

Hoy en día a menudo se hace referencia a la frase de que el genio no se encuentra al principio, sino al final de una serie de desarrollos, y eso sirve como prueba de que se hereda. ¡Para mí eso es una bonita demostración! Debería ser al revés, porque las circunstancias no se dan de esa manera. Por supuesto, el ser humano adquiere las características físicas, así como es obvio que se moja si cae al agua. Entonces se dice que, por ejemplo, las características del padre permanecieron latentes porque no se manifestaron como ahora en el hijo, para que esta extraña teoría pueda salvarse. Un ladrillo que cae del techo también tiene el potencial latente de matar a alguien; con suposiciones tan extrañas se puede probar cualquier cosa, y lo mismo ocurre con aquella característica que no estaba presente en el antepasado, pero que se manifestó en el descendiente.

Hay una investigación más saludable en el campo de los seres inferiores. Allí, un pobre maestro de escuela [monje] en Austria-Estiria [Brno en Moravia] llamado Mendel, en sus experimentos para lograr hibridaciones de plantas, descubrió que las características esperadas no aparecían en la generación inmediatamente siguiente, sino en la segunda generación después de ella. Así que antes se era igual de paciente con respecto a las verdaderas herencias, como ahora se ha pasado por alto de manera igualmente general.

El materialismo científico llama a los teósofos soñadores y dualistas, que no entienden nada del monismo, cuando sostienen la creencia de que el alma utiliza las fuerzas adquiridas en la vida anterior para formarse un cuerpo adecuado con los medios materiales a su disposición, una idea que también se podría llamar monista, pero desde el lado espiritual. Aunque hoy en día ya no se queman más estas cabezas torcidas de los científicos del espíritu, porque nos hemos vuelto demasiado humanos para eso, sí se intenta ridiculizarlos y destruirlos. Se suele poner un obstáculo contra la reencarnación del alma, diciendo que no se puede recordar una vida pasada; que en realidad no se sabe nada de eso. Pero un niño de cuatro años tampoco sabe sumar; se le deja desarrollarse, y después de diez años podrá hacerlo.

Así es también con nuestra mirada a una vida anterior, también estamos allí apenas al comienzo de nuestro desarrollo, también allí, como en muchos otros ámbitos, es al menos imaginable algún progreso, hasta que cada alma llegue a una comprensión cada vez más profunda de vidas pasadas en la Tierra. En la vida presente hay breves períodos de la infancia que uno no puede recordar, sin embargo, el yo actual ya existía en ese entonces. Esto no querrá ni podrá negarlo, aunque sea incapaz de recordarlo. Así, la posibilidad o imposibilidad de su recuerdo no tiene en el sentido decisivo nada que ver con su existencia real anterior y con la vida previa de su alma.

Pero, ¿por qué no podemos recordar nuestras vidas anteriores en la Tierra? Nuestra memoria en el cuerpo actual llega hasta el punto del desarrollo en el que el propio yo se experimenta a sí mismo. Al principio de nuestra vida terrestre, aún no se ha elevado a la conciencia, pero en el momento en que esto ocurre, coincide también con el comienzo de la posibilidad de recordar. Así, de cierto modo, el yo forma la pared exterior; hasta donde existe la conciencia del yo, llega también la conciencia y la memoria. De esto se desprende también la posibilidad de tratar a este yo de manera que se transforme desde su estado normal en el ser humano hacia estados superiores. Así que debemos superar nuestra conciencia del yo actual; no es fácil, y solo quiero señalar uno como una indicación.

Podemos liberar la mirada hacia atrás si somos capaces de liberarla hacia el futuro. Para ello, debemos recibir todo lo que nos llega desde el presente con calma y tranquilidad, con ecuanimidad, y venerar sin preocupaciones la providencia del mundo. Nos debe tocar por igual el elogio y la crítica, la alegría y el dolor; el alma debe permanecer tranquila, esperando con serenidad todo, ya sea que indique vida o muerte, dolor o placer, venerando la sabiduría del orden del mundo. Si logramos realmente mirar tal perspectiva en el futuro, entonces el resultado será una mirada hacia el pasado; la visión se ampliará primero hacia lo inmediatamente anterior y luego hacia vidas terrenales más tempranas.

Aunque un conocedor hoy puede confirmar el efecto sugerido de tales ejercicios junto con el mucho trabajo más difícil que también es necesario, por otro lado fácilmente se juzgará esto solo desde la teoría. Pero el conocedor, que habla desde su propia experiencia, no se dejará desconcertar por si lo escuchan y evalúan correctamente sus comunicaciones, al igual que a Francesco Redi no lo desconcertó que lo llamaran hereje, y así como tampoco molesta a aquellos que se dedican a la ciencia espiritual de manera profunda que los llamen soñadores o cabezas vueltas.

Al profundizar en la peculiaridad del desarrollo cultural, uno también llega al punto de preguntarse: ¿Cuál es mi relación con el gran progreso de la humanidad, especialmente con el cristianismo? Antes de Cristo, ya habían vivido personas durante muchos milenios; ¿en qué podrían fundamentar aquellos que vivieron con y después de él la ventaja de poder recibir el impulso de Cristo, y no también aquellos que vivieron antes de Cristo? Hoy la humanidad ha avanzado lo suficiente como para plantearse tales preguntas con toda profundidad emocional; precisamente en nuestra época, en la que cada vez se aprende más a pensar científicamente e históricamente, es necesario plantearse este tipo de cuestiones. Ahí es donde llega la ciencia espiritual y dice: la misma alma ha vivido los acontecimientos antes y después de la aparición de Cristo; tal objeción no existe para la cosmovisión de la ciencia espiritual. Son las mismas almas las que van a la escuela de la vida tanto antes como después. Estas ideas, que en parte también nos muestran retrocesos, nos darán siempre valor y fuerza para volver a enfrentarnos a la vida, en la cual, en períodos de tiempo suficientemente largos, también podemos reconocer avances nuevamente.

Aquellos que me han escuchado con más frecuencia sabrán en qué sentido la ciencia espiritual puede permitirse hablar sobre todas las ramas de las ciencias externas y evaluar sus caminos, objetivos y progresos. Goethe podía decir de sí mismo que, cuando elevaba su mirada científica a elevadas regiones espirituales, aun así podía reconocer siempre las ciencias naturales. La ciencia espiritual debe sentirse siempre como un fermento y trabajar en ese sentido, para que la brecha entre la concepción espiritual y la concepción externa-materialista de la ciencia no se haga demasiado grande, y para que, más bien, puedan ir entrando gradualmente la armonía capaz de dar al alma alegría y fuerza, fuerzas que ofrecen perspectivas de éxito y progreso.

Cuando se enfatiza: En un cuerpo sano solo puede habitar un alma sana -, se debe entender que solo el alma sana podía preparar un cuerpo sano como su morada, y no al revés. Así, la ciencia espiritual no solo elimina contradicciones en la teoría, sino que también expulsa toda debilidad y flaqueza del alma, de manera que la humanidad pueda crecer sana y fuerte para cumplir sus tareas. Partiendo de la cooperación social, entonces puede iniciarse un ascenso saludable hacia la altura del desarrollo material y, especialmente, espiritual, tal como le está destinado a la humanidad. El ser humano será cada vez más capaz de extraer los secretos espirituales de los mundos espirituales y trasladarlos al mundo físico, fertilizando con ellos la vida allí. El alma, sin embargo, es el lugar donde ambos mundos se tocan. Entonces la humanidad podrá volverse y mantenerse fuerte y sana, si deja fluir por sus venas espirituales y físicas lo que podemos resumir en palabras: Se impone en la mente humana desde mundos lejanos y enigmáticos.

Desde las alturas del universo,
Fluye hacia lo más profundo del alma,
una gran abundancia de sustancia.
llenándose de significado, gracias a la luz purificadora del espíritu.
Ambas se unen en el ser humano
para formar una realidad llena de sabiduría.

Traducido por J.Luelmo


GA232 Dornach, 14 de diciembre de 1923 Los misterios ctónicos y eleusinos. La transición de Platón a Aristóteles

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los misterios ctónicos y eleusinos. La transición de Platón a Aristóteles

Dornach, 14 de diciembre de 1923

Volvamos a imaginar, frente a nuestra alma, el significado que tuvo que esas verdades y conocimientos, que estaban encerrados en los misterios de Hibernia, en cierto sentido se hayan embotado, es decir, que no hayan tenido más efecto en su camino del oeste a Europa Central - hacia el este, y que en lugar de lo espiritual, incluso en cuestiones religiosas, haya surgido la percepción sensorial externa, al menos la tradición, la transmisión de esa percepción sensorial. Queremos volver a colocar frente a nuestra alma, la imagen que se nos presentó al final de la última exposición. Hemos señalado la esencia de Cristo en los misterios de Hibernia; también la hemos señalado en la época en la que se desarrolló este misterio de Gólgota. Allí fueron los iniciadores y sus discípulos en Hibernia quienes, sin que en su medio se hubiera realizado sensorialmente este misterio de Gólgota ni pudieran recibir ninguna noticia sobre él, al mismo tiempo realizaron este misterio como una festividad universal, porque comprendían claramente a través de su visión que este misterio de Gólgota se desarrolla externamente de manera simultánea.

Así que para los iniciadores y sus alumnos en Hibernia surgió la necesidad de experimentar un evento realmente sensible solo de manera anímica, de manera espiritual. Y no era necesario para aquellas actitudes y orientaciones de conocimiento, que eran habituales en Hibernia, tener más que lo espiritual en el mundo físico.
Pero esto muestra claramente que en Hibernia en general se observaba sobre todo lo espiritual, lo anímico. Sin embargo, en todas las corrientes ocultas posibles de la vida espiritual, lo que se había inaugurado en Hibernia se trasplantó a través de las islas británicas, Bretaña, la actual Holanda y Bélgica hacia Europa Central, y también a través de la actual Alsacia hacia Europa Central. Y aunque no en la civilización general, en los primeros siglos del desarrollo cristiano encontramos por todas esas regiones mencionadas anteriormente, aquí y allá, personas individuales capaces de entender lo que venía de los misterios de Hibernia. Pero, como dije, eso no llegó a ser una civilización común. Y uno tiene que acercarse a estas cosas con un deseo íntimo de conocimiento para, en los primeros siglos cristianos, aún encontrar muchas personalidades, mientras que en los siglos posteriores, especialmente desde el octavo y noveno hasta el quince y dieciséis, cada vez es más escaso encontrar a estas personas, personas que, aunque solo con un pequeño número de discípulos a su alrededor, lograron transmitir en silencio, al margen del gran mundo y de su civilización, lo que se había iniciado en el occidente europeo en la isla de Irlanda.

En general, se difundió en Europa aquello para lo cual no se necesitaba una contemplación espiritual inmediata, a lo que se podía aferrar simplemente la tradición histórica, que contaba de manera simple lo que había sucedido como acontecimientos físicos en Palestina al comienzo de los tiempos. Y justamente de esta corriente surge aquello que se fue formando más y más de tal manera que se aceptaba únicamente lo que ocurría en la vida física. Cada vez menos se intuía realmente el colosal contraste que existe en tener aquello que, como el misterio de Gólgota, solo puede comprenderse a través de la vida espiritual más profunda, solamente tenerlo en cuenta en una forma externa, que se conecta con lo sensible. Pero, aun así, se convirtió en el camino necesario del desarrollo cultural en Europa.

Básicamente, todo esto ya se había estado preparando desde hacía mucho tiempo, y solo pudo suceder porque del antiguo ser de los misterios, incluso tal como era en Grecia, se había olvidado mucho, mucho. Porque estos misterios de Grecia, en realidad se dividían en dos tipos: unos, que se ocupaban principalmente de dirigir la mente del ser humano hacia los mundos espirituales, hacia la verdadera dirección de los mundos y la orientación de los mundos en el espíritu; y los que se ocupaban de los secretos de la naturaleza, de las fuerzas y entidades que operan en la naturaleza, es decir, las fuerzas y seres que existen en los poderes terrenales. Los que iban a iniciarse pasaban por ambos tipos de misterios. Y luego se decía de ellos que habían absorbido tanto los secretos del padre, los misterios de Zeus, como los secretos de la madre, los misterios de Deméter. Y si miramos hacia esos tiempos, encontramos allí, además de una visión espiritual que alcanzaba las regiones más altas, aunque ya con cierta abstracción, una visión de la naturaleza que iba hacia las profundidades y, sobre todo, lo que es especialmente importante, la conexión de ambas.

Esta conexión de ambos, eso que hoy se presta poca atención, que el ser humano lleva ciertos elementos externos de la naturaleza dentro de sí, y no lleva otros elementos de la naturaleza dentro de sí, eso era justamente considerado en los misterios cthónicos de Grecia en el sentido más profundo. Ya saben, el ser humano lleva organizado dentro de sí el hierro. También lleva otros metales dentro de sí; lleva calcio, sodio, magnesio, y así sucesivamente, ciertos metales dentro de sí. Pero hay ciertos metales que no lleva dentro de sí, si uno solo se fija en encontrarlos analizando al ser humano con los métodos científicos habituales en relación con su composición material. Por ejemplo, desde el punto de vista de este examen externo, el ser humano no lleva plomo, ni cobre, ni mercurio, ni estaño, ni plata, ni oro dentro de sí.

Ese era el gran misterio de quienes iban a ser iniciados en los misterios griegos, que culminaba en la pregunta: ¿Cómo es que el hombre, por ejemplo, lleva hierro dentro de sí, lleva calcio, lleva sodio dentro de sí, lleva otras sustancias que también se encuentran en la naturaleza exterior, pero que, por ejemplo, no lleva plomo ni estaño? Se estaba profundamente convencido de que el hombre era un pequeño mundo, un microcosmos. Y, sin embargo, parecía como si el hombre no llevara dentro de sí estos metales: plomo, estaño, mercurio, plata, oro.

Para los iniciados mayores en Grecia, realmente se puede decir que pensaban: parece que es así. Porque, de hecho, estaban profundamente convencidos de que el ser humano es un verdadero microcosmos, es decir, que lleva dentro de sí todo lo que se manifiesta en el mundo.

Veamos un poco la mente de alguien que está siendo iniciado en Grecia. Por ejemplo, se le enseñaba, —tengo que resumir algo que se extendió durante mucho tiempo de enseñanza en unas pocas frases, pero seguro que me entenderán—, así que le decían: Mira, exactamente como hoy la Tierra contiene hierro en todas partes, y el hierro también está en el ser humano, así hubo un tiempo, cuando la Tierra aún no era Tierra, sino que estaba en un estado planetario anterior, en que esta Tierra, que aún era Luna o incluso Sol, contenía en sí misma también plomo, estaño y demás, y todos los seres que participaban en esta forma anterior de la Tierra también participaban en estos metales y sus fuerzas, así como el ser humano de hoy participa de la fuerza del hierro. Pero en aquellas transformaciones por las que pasó la forma más antigua de la Tierra, solo el hierro quedó como algo que aún existe con tal fuerza y densidad que el ser humano puede penetrarlo. Los otros metales mencionados, aunque están contenidos en la Tierra, ya no están en ella de tal manera que el ser humano los pudiera penetrar directamente. Pero están presentes en una enorme finura en todo el espacio universal que concierne al ser humano.

Cuando miro un trocito de plomo, es el conocido metal gris-blanco. Tiene una densidad determinada. Se puede tocar. Pero ese mismo plomo, que se encuentra en los minerales de plomo de la Tierra, está presente en todo el espacio cósmico al que pertenece el ser humano en una dilución infinitamente fina y tiene allí su significado. En el espacio cósmico significa que emite sus fuerzas en todas partes, incluso donde aparentemente no hay plomo, y el ser humano aún entra en contacto con estas fuerzas del plomo, pero ahora no a través de su cuerpo físico, sino solo a través de su cuerpo etérico. Porque fuera de los tipos de minerales de plomo de la Tierra, el plomo está presente precisamente en tal dilución que solo puede actuar sobre el cuerpo etérico del ser humano. Pero incluso sobre él actúa en este estado, extendido por todo el espacio cósmico en una dilución infinita.

Y entonces el alumno de los misterios ctónicos griegos aprendía que, así como la Tierra, que en realidad es infinitamente rica en hierro, es un planeta del que un habitante de otro planeta podría decir que es rico en hierro, —solo Marte sería su pariente en esa riqueza de hierro—, del mismo modo, como la Tierra es rica en hierro, Saturno es rico en plomo. Lo que para la Tierra es el hierro, para Saturno es el plomo. Y hay que suponer —así lo aprendía el discípulo de los misterios ctónicos en Grecia— que, hace mucho tiempo, cuando se produjo aquella separación de Saturno de la forma planetaria general que la Tierra tuvo en su día, tal y como se describe en mi obra «Ciencia Oculta», esa distribución particular en relación con el plomo también tuvo lugar en aquel momento, cuando Saturno se separó de esa forma general. Saturno, por así decirlo, se llevó el plomo consigo y lo mantiene mediante su propia fuerza vital planetaria y su propio calor planetario en un estado tal que puede impregnar todo el sistema planetario, al que también pertenece nuestra Tierra, con estas fuerzas de plomo finamente distribuidas.

Así que uno debe imaginarse lo siguiente: La Tierra, en las vastedades de Saturno, que sin embargo llena todo el sistema planetario con el plomo fino, con la sustancia fina de plomo. Esta sustancia fina de plomo actúa sobre el ser humano. Y aún de esto podemos encontrar rastros, de que aquel que se iniciaba en Grecia recibía noticia de ello, de que este discípulo aprendía a comprender cómo actúa este plomo. Él sabía: Nuestros sentidos, especialmente el sentido de la vista, ocuparían completamente al ser humano, impidiéndole llegar a ser autónomo. El ser humano solo vería, no podría reflexionar sobre lo que ve, no podría alejarse de lo que ha visto y decir: Yo veo. Se vería completamente abrumado por la visión, si no existiera este efecto del plomo. Este efecto del plomo es lo que hace que el ser humano sea autónomo en sí mismo, que lo enfrenta como Yo ante la receptividad hacia el mundo exterior que vive en él. Y son estas fuerzas del plomo las que primero entran en el cuerpo etérico del ser humano, y luego, desde el cuerpo etérico, impregnan de cierta manera el cuerpo físico del ser humano. Debido a esto, el ser humano obtiene la capacidad de la memoria, de recordar.

Y siempre fue un gran momento cuando un alumno, como el alumno griego de los misterios ctónicos, después de haber aprendido a entender tales cosas, era llevado a lo siguiente. Se le mostraba la sustancia del plomo con la mayor solemnidad posible. Luego su mente era elevada hacia Saturno. Después se le mostraba la relación de Saturno con el plomo terrestre. Entonces se le decía: Así como ves este plomo, así lo contiene la Tierra. Pero la Tierra en su estado actual no es capaz de darle al plomo directamente una forma que pueda actuar en el ser humano. Pero Saturno, con su estado de calor completamente diferente, con sus fuerzas vitales internas, dispersa el plomo en el espacio planetario, y así te conviertes en un ser humano independiente, en un ser humano que puede recordar. Recuerda que eres humano solo porque hoy todavía sabes lo que supiste hace diez, hace veinte años. Piensa solo en cómo tu humanidad sufre si no llevas dentro lo que llevaste hace diez, veinte años. Tu fuerza del yo se fragmentaría si la fuerza de la memoria no estuviera completamente presente. Esto se lo debes a lo que irradia hacia ti desde el lejano Saturno. Es la fuerza que en el plomo de la Tierra ha llegado a reposo y en este estado de reposo ya no puede actuar sobre el ser humano. Así, el plomo de Saturno hace que en ti los pensamientos se fijen, que después de cierto tiempo vuelvan a surgir desde las profundidades del alma, que puedas vivir con el mundo exterior de forma continua, no solo temporalmente. Se lo debes a la fuerza Plomo-Saturno, que no solo ves hoy los objetos a tu alrededor y los olvidas mañana, sino que puedes conservarlos, puedes hacer que lo que experimentaste años atrás vuelva a ser activo en tu alma; puedes organizar tu vida interior de acuerdo a lo que experimentaste en tu entorno durante tu vida terrenal.

Al principio, eso causaba una impresión tremenda en el estudiante, porque se le había presentado algo de manera muy solemne, pero con una solemnidad seria y no sentimental. Pero luego también aprendía a entender: Sí, si solamente pudiera actuar esta fuerza de plomo-Saturno, si solo esta fuerza de plomo-Saturno le diera al hombre la capacidad del yo, la capacidad de recordar, entonces el hombre se alejaría completamente del cosmos. Si solo existiera esta fuerza de Saturno, el hombre podría captar con su memoria lo que ha visto con sus ojos físicos y conservarlo para la vida terrenal, pero al mismo tiempo se alejaría del cosmos. Sería, por así decirlo, un ermitaño en la existencia terrenal, inspirado por Saturno para la capacidad de recordar.

Allí el estudiante aprendía a reconocer que a esta fuerza de Saturno debe oponerse otra fuerza: la fuerza de la Luna. Supongamos que los dos estuvieran situados de tal manera que la fuerza de Saturno y la fuerza lunar vinieran de lados opuestos, pero fluyendo una en la otra, hacia la Tierra, es decir, hacia el ser humano. Lo que Saturno le quita al ser humano, la Luna se lo da; lo que Saturno le da al ser humano, la Luna se lo quita. Y así como la Tierra tiene en el hierro una fuerza que el ser humano puede procesar internamente en sí mismo, fuerza que Saturno tiene en el plomo y que la Luna tiene esa misma fuerza en la plata.

También la plata, tal como está en la tierra, ya ha alcanzado un estado por el cual no puede entrar en el ser humano. Pero toda la esfera que ocupa la Luna está, de hecho, atravesada por plata finamente distribuida. La Luna actúa, especialmente cuando su luz viene desde la dirección del Leo, de manera que el ser humano, gracias a esta fuerza de plata de la Luna, tiene el efecto opuesto de la fuerza del plomo de Saturno, de modo que no se desapega del macrocosmos, aunque sea inspirado graciosamente desde el universo con la fuerza de la memoria.



Y entonces era un momento especialmente solemne cuando el estudiante griego era guiado, cuando Saturno y la Luna se situaban frente a frente de esta manera y podían verse, y entonces, en la solemnidad de la noche, se le hacía claro al estudiante: Mira hacia Saturno rodeado de anillos. A él le debes lo que eres como ser humano completo en ti mismo. Y mira hacia el otro lado, hacia la Luna que brilla con luz plateada. A ella le debes poder soportar la fuerza de Saturno sin desprenderte del cosmos.

Verán, de esta manera, —en estrecha conexión con la relación del ser humano con el cosmos—, se practicaba en Grecia lo que más tarde, en caricatura, se llamaría astrología. Entonces era una verdadera sabiduría, porque no se veía la estrella solo como un punto o mancha de luz en el cielo, sino que en la estrella se veía la esencia espiritualmente viva y la existencia humana en la Tierra en conexión con esa esencia espiritualmente viva. Se tenía una ciencia de la naturaleza que llegaba hasta lo celestial, que se extendía hasta los confines del universo. Y luego, cuando el discípulo había recibido esos destellos de luz, esas vistas luminosas, cuando eso se había grabado profundamente en su alma, entonces se le llevaba, por ejemplo, en los verdaderos misterios de Eleusis, como era habitual, —ustedes lo han visto en mis descripciones de otros misterios, incluidos los misterios irlandeses—, frente a dos estatuas. Y una de esas estatuas representaba una divinidad paternal, aquella divinidad paternal rodeada de los signos planetarios y solares; aquella estatua paternal que, por ejemplo, le mostraba al radiante Saturno, pero tan radiante que el discípulo recordaba: Sí, esa es la radiación de plomo del cosmos; así como recordaba con la Luna: Sí, esa es la radiación plateada de la Luna, y lo mismo con cada planeta. De modo que en la estatua que representaba lo paternal aparecía lo que llegaba como secretos desde el entorno planetario de la Tierra, lo que estaba relacionado con los distintos metales de la Tierra, que sin embargo, dentro de la Tierra, ya se habían vuelto inútiles para el interior humano.

Mira, así se le decía al alumno, ahí está el padre del mundo frente a ti. El padre del mundo lleva en Saturno el plomo, en Júpiter el estaño, en Marte el hierro relacionado con los seres de la Tierra -pero en un estado completamente diferente-, en el Sol el dorado radiante, en Venus el cobre brillante y fluyente, en Mercurio el mercurio radiante, en la Luna la plata resplandeciente. Tú llevas dentro de ti solo aquello de lo metálico que has podido apropiarte de los estados planetarios que la Tierra tuvo en otro tiempo. Del estado actual solo puedes apropiarte del hierro. Pero como ser humano en la Tierra no eres un todo. Lo que el padre, que está frente a ti, te muestra en los metales, que hoy no pueden existir en ti mismo de manera terrestre y que hoy debes tomar del cosmos, en el padre tienes tu otra parte, si te consideras un humano que ha pasado por las transformaciones planetarias de la Tierra. Entonces eres verdaderamente un ser completo. Aquí en la Tierra estás como una parte del humano. La otra parte la lleva el padre sobre su cabeza y en su brazo frente a ti. Lo que está aquí frente a ti, junto con lo que él lleva, eso eres tú verdaderamente. Estás en la Tierra. Pero esta Tierra no siempre fue como es hoy. Si siempre hubiera sido así, no podrías estar en ella como humano. Porque ella lleva dentro de sí, aunque en un estado muerto, también el plomo de Saturno, el estaño de Júpiter, el hierro de Marte, —en otro estado, claro—, el oro del Sol, la plata de la Luna, el cobre de Venus, el mercurio de Mercurio; lo lleva dentro de sí. Pero así como lo lleva dentro, esos metales son solo recuerdos de la manera en que alguna vez la plata, durante la existencia lunar, vivió en la Tierra, el oro durante la existencia solar, el plomo durante la existencia de Saturno. Y lo que hoy te aparece en las densas masas metálicas de plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio, plata, —excepto el hierro que realmente conoces, que no es el hierro subterráneo, porque ese es marino—, lo que hoy te aparece en estos metales compactos y densos, se derramó una vez desde el cosmos hacia la Tierra en un estado completamente diferente. Estos metales, tal como los conoces hoy en la Tierra, son los cadáveres de antiguos seres metálicos. El plomo es el cadáver de aquel ser metálico que durante la época de Saturno y más tarde, nuevamente en otro grado durante la época lunar, intervino en la Tierra en su antigua forma. El estaño intervino junto con el oro durante el tiempo del sol de la Tierra en un estado totalmente diferente; si lo miras con la mente, entonces esta estatua en lo que te transmite de lo actual se vuelve para ti una estatua verdaderamente paternal. Y en la mente, como en una visión real, la estatua de los verdaderos misterios en Eleusis cobraba vida y entregaba a la figura femenina que estaba al lado aquello que en ese tiempo eran los metales. Y la figura femenina aceptaba esta antigua forma de los metales en la visión del alumno y la rodeaba con aquello que la Tierra podía dar de sí misma cuando se volvió Tierra.

Así veía el alumno este maravilloso proceso, este maravilloso acontecimiento: de repente resplandecía, como ahora simbólicamente de nuevo, desde la mano de la estatua paterna, resplandecía la masa metálica, y aquello que era tierra, digamos por ejemplo con su cal u otras rocas, se encontraba con lo que resplandecía, y rodeaba lo que fluía metálicamente con sustancia terrestre, así como la mano cariñosamente extendida de la estatua materna recibía aquello que la estatua paterna le otorgaba a la estatua materna en forma de fuerza metálica. Era una impresión grande, poderosa, porque en ello se veía la interacción de lo cósmico con lo terrestre a lo largo de las eras. Y se aprendía a sentir correctamente aquello que la tierra ofrecía.

Echa un vistazo a algunas cosas que son metálicas en la tierra. Las han cristalizado. Las han rodeado con una especie de corteza, con lo que viene de la tierra. Lo metálico viene del cosmos; lo que viene de la tierra como que acoge con cariño lo que viene del cosmos. Lo ves por todas partes afuera, donde caminas por los yacimientos de metales y te ocupas de los metales. Y lo que se enfrentaba al metal, se llamaba la madre. Y las sustancias terrestres más importantes, que se oponían a lo celestial-metálico para recibirlo, se llamaban las madres.


Ese también es un aspecto para aquellas «madres» a quienes Fausto desciende. Al mismo tiempo desciende a tiempos preterrenales de la Tierra, para ver cómo la madre Tierra acoge en sí lo que, desde el cosmos, se le ha dado de manera paternal.

Por todo esto, en el discípulo de los misterios eleusinos se despertaba internamente una empatía con el cosmos, un conocimiento interior del corazón sobre lo que en realidad son los productos y procesos naturales en la Tierra.

Mis queridos amigos, cuando el hombre de hoy observa estos procesos naturales, observa estos productos de la naturaleza, todo está muerto, todo es un cadáver. Y cuando manipulamos la física o la química, ¿qué hacemos sino lo mismo que hace finalmente el anatomista cuando en la sala de autopsias corta el cadáver, donde él tiene lo muerto de aquello cuya función es la vida? Así, con nuestra química, con nuestra física, cortamos en la naturaleza viva. Pero al estudiante griego se le daba una ciencia natural diferente: la ciencia natural de lo viviente, que le permitía mirar el plomo de hoy como el cadáver del plomo. Hay que retroceder a los tiempos en que el plomo estuvo vivo. Allí se le hacía clara la misteriosa relación del hombre con el universo, la misteriosa relación del hombre con lo que lo rodea en lo terrenal.

Y entonces, cuando el alumno había pasado por algo así, cuando esto se había profundizado en su alma frente a la estatua paterna y materna, que representaba en su alma las dos fuerzas opuestas, las fuerzas del cosmos, las fuerzas de lo terrenal, entonces, por así decirlo, era llevado al lugar más sagrado, incluso en Grecia. Allí tenía ante sí la imagen: la figura femenina, amamantando al niño en su pecho. Luego era introducido en la comprensión de las palabras: Y este es el dios Jakchos, que algún día vendrá. Así, el alumno griego aprendía de antemano a entender el misterio de Cristo.

De nuevo, de manera espiritual, Cristo también había sido presentado ante los que iban a ser iniciados en Eleusis. Pero en aquel tiempo, la gente solo podía conocer a este Cristo primero como el Futuro, como aquel que todavía era niño, Niño del mundo, que debía crecer finalmente en el cosmos. A los iniciados se les llamaba telestes: aquellos que debían mirar hacia el final, hacia la meta del desarrollo de la Tierra.

Y entonces se produjo un gran cambio. Llegó un cambio que, con toda claridad, también se expresa históricamente en la transición de Platón a Aristóteles.

Verán, es algo peculiar, mis queridos amigos. Cuando llegó el siglo cuarto en el desarrollo de la cultura griega, se produjo el primer giro hacia lo abstracto. Y ocurrió de tal manera que entre Platón y Aristóteles, cuando Platón ya estaba en la vejez, cuando Platón realmente estaba en el final de su trayectoria, tuvo lugar la siguiente escena entre Platón y Aristóteles. Platón dijo, -tengo que poner en palabras lo que, naturalmente, ocurrió de una manera mucho más complicada-, aproximadamente lo siguiente a Aristóteles:

Algunas cosas no te parecieron del todo claras, como te las he presentado a ti y a los demás alumnos. Pero lo que les he presentado a ti y a los otros alumnos es, al fin y al cabo, el extracto de la antigua sabiduría de los misterios sagrados. Sin embargo, los seres humanos, a medida que se desarrollen, adoptarán una forma, una figura, una organización interna que, poco a poco, los llevará a algo más elevado que lo que tenemos actualmente en los seres humanos, aunque esto hace imposible que el hombre reciba aquello que la ciencia natural, del modo en que yo lo he descrito hoy, era entre los griegos. - Esto lo dejó claro Platón a Aristóteles. - Y por eso quiero retirarme por un tiempo, dijo Platón, y dejarte a ti mismo. Intenta, en el mundo de los pensamientos para el que estás especialmente dotado, y que debería ser el mundo de los pensamientos de la humanidad durante muchos siglos, intenta formar con tus pensamientos lo que has recibido aquí en mi escuela.

Aristóteles y Platón permanecieron separados, y con ello Platón cumplió una elevada misión intelectual precisamente a través de Aristóteles.

Vean, mis queridos amigos, debo describirles la escena tal y como se la acabo de contar. Pero si miran en los libros de historia, también encontrarán esta escena descrita, y ahora se la voy a contar tal y como aparece en los libros de historia de los que la gente aprende. Allí se describe así: Aristóteles fue siempre un estudiante algo rebelde de Platón, tanto que Platón habría dicho una vez que Aristóteles era un alumno talentoso, pero que era como un caballo que ha sido domado por alguien y luego le pega con la pezuña a su maestro. Y lo que ocurrió entre Aristóteles y Platón hizo que Platón se alejara cada vez más de Aristóteles, se enojara y dejara de ir a la Academia a enseñar. Eso está en los libros de historia.

Una cosa está en los libros de historia; la otra, lo que les he contado, es la verdad y lleva en sí el impulso para algo muy importante. Porque vean, había dos tipos de escritos de Aristóteles. Unos contenían una ciencia natural significativa, esa ciencia natural que era la ciencia natural de Eleusis, y que llegó a Aristóteles a través de Platón; y el otro tipo de escritos contiene los pensamientos, los pensamientos abstractos, que eran encargos de Platón, sí, encargos de lo que Platón a su vez tenía como tarea de los misterios eleusinos, que Aristóteles debía presentar.

Y también tomó un camino doble lo que Aristóteles realmente tenía para ofrecer. Una fueron los llamados escritos lógicos, esos textos lógicos que extrajeron los pensamientos más sólidos de la antigua sabiduría eleusina. Aristóteles entregó estos escritos, con poca ciencia natural, a su alumno Teofrasto. Y a través de Teofrasto y por otros caminos, llegaron hasta Grecia y Roma, y formaron durante la Edad Media la sabiduría docente para aquellos que trabajaban en la civilización, para los maestros de las cosmovisiones en Europa Central.

Y lo que surgió de la manera en que se lo conté la última vez, lo que surgió porque se tuvo que rechazar la sabiduría de los misterios de Hibernia y solo se podía vincular con aquello que nuevamente era tradición de lo que se desarrollaba sensorialmente al inicio de la cronología, eso se combinó con lo que fue separado de la sabiduría de Platón aún presente en Aristóteles, o la sabiduría de los misterios eleusinos. Pero para lo que era realmente científico en naturaleza, que aún llevaba en sí el espíritu de los misterios ctónicos, que luego solo fluyeron hacia los eleusinos, que era una ciencia de la naturaleza que se extendía hacia el cielo, que exploraba las vastedades del cosmos para explicar lo terrenal, para esa ciencia de la naturaleza en Grecia el tiempo se había acabado. Y todo lo que se debía salvar de esta ciencia de la naturaleza solo se podía salvar de tal manera: que Aristóteles se convirtió en el maestro de Alejandro, quien llevó sus expediciones hacia Asia, e introdujo todo lo posible de la ciencia natural aristotélica en Oriente, que luego pasó a las escuelas judías, árabes, de ahí a África y finalmente a España, y que de manera filtrada influyó en parte en lo que se vivía en Europa Central, como les mostré, surgido de los misterios de hybernia en individuos solitarios. Teofrasto le dio a los teólogos de la Edad Media su Aristóteles. Alejandro Magno llevó al otro Aristóteles hacia Asia: esa sabiduría eleusina, que después llegó a España a través de África de manera muy atenuada y que resplandece en la Edad Media, a pesar de la civilización general, incluso fue cuidada en algunos monasterios, por ejemplo por aquel, quisiera decir, que llegó a la posteridad en forma mítica, Basilio Valentín. Eso vive por dentro, eso vive, quisiera decir, bajo la superficie, mientras que en la superficie vive justamente esa cultura de la que ya les hablé la última vez. Porque en todo lo que era la civilización general, no vive lo que aún se podía enseñar en tiempos de Aristóteles: Cristo realmente debe ser reconocido.

La tercera imagen, la figura femenina que lleva al niño en el pecho, el niño Jaccho, también debe ser comprendida. Pero lo que debe aportar la comprensión de esta tercera figura aún tiene que venir en el desarrollo de la humanidad; así, muchas veces, sin poder escribirlo, a través de relaciones, como las que les acabo de mostrar, Aristóteles se lo había dicho a su alumno, Alejandro Magno.

Y así vemos cómo en el seno de los tiempos se encuentra la invitación a comprender, en su realidad original, lo que luego fue tan bellamente representado por los pintores cristianos: la madre con el niño en el pecho, lo cual, sin embargo, no se ha comprendido completamente, ni en la Madonna de Rafael ni en el ícono oriental, y aún espera ser entendido.

Algunas de las cosas necesarias para lograr tal comprensión se tratarán en el curso del próximo tiempo aquí en estas conferencias. Mañana dibujaré el camino que ha llevado algunos profundos misterios ocultos sobre Arabia a Europa, para así fijar ante sus almas cierta manifestación histórica. Y en las conferencias, que deben mostrar la base oculta del devenir histórico de la humanidad, y que se darán en Navidad ante los delegados, también tendré que exponer en el momento correspondiente todo el significado de las campañas de Alejandro en relación con el aristotelismo.

Traducido por J.Luelmo

GA232 Dornach, 8 de diciembre de 1923 -La esencia de los misterios de Hybernia-

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

La esencia de los misterios de Hybernia

Dornach, 8 de diciembre de 1923

Habrán observado que la iniciación en los misterios de Hibernia que describí ayer, tiene como objetivo una comprensión auténtica de los misterios del mundo y del ser humano, pues las experiencias internas del alma de las que he tenido que hablar, fueron decisivas para la vida del alma y del espíritu humanos. Y en realidad, todo lo que debe conducir hacia el camino del mundo espiritual, se basa en que el ser humano, a partir de experiencias internas especiales y decisivas, logre superar ciertos obstáculos, refuerce considerablemente su fuerza en esa superación, y de este modo, penetre de una u otra forma en el mundo espiritual.

Ahora bien, en la iniciación en Hybernia ya hemos visto que, el iniciado se encuentra frente a dos estatuas simbólicas, —no hay que malinterpretar la palabra—. Y en primer lugar les describí cómo eran esas estatuas, y en segundo lugar, a través de qué sentimientos y experiencias espirituales internas se guiaba al discípulo, al contemplar dichas estatuas.

Ahora bien, deben tener claro lo siguiente: la impresión que uno tiene de esas majestuosas estatuas en las circunstancias que les he descrito, obviamente no es en absoluto la misma que la que se tiene al escuchar una descripción de ellas, sino que es una impresión interior extraordinariamente poderosa. Y por eso era posible que los iniciadores, después de que el alumno hubiera pasado por todo lo que describí ayer, estuvieran en condiciones de hacer que lo vivido ante cada una de las estatuas, resonara durante un largo tiempo en el alumno. Simplemente se instaba al alumno a que lo que había experimentado ante la estatua masculina y ante la femenina resonara en su interior.

A los alumnos se les instaba durante semanas, —esto varía en función del karma de cada persona, a veces incluso más tiempo, en algunos casos menos—, a sentir primero en su interior la resonancia de la estatua masculina. Las pruebas de las que hablé ayer se realizaron primero con ambas estatuas, pues se pretendía que, también en la vida espiritual más profunda del alumno, confluyera aquello que emanaba de ambas estatuas en conjunto. No obstante, se instaba al alumno a que, en un primer momento, dejara resonar en su interior, de forma muy intensa, la impresión que le había causado la estatua masculina. Y ahora les describiré cómo resonaba esa impresión. Por supuesto, para ello hay que utilizar palabras que no están concebidas para este tipo de experiencias iniciáticas; por eso, mucho de lo que se expresa con estas palabras deberá, en realidad, sentirse en su verdadero significado interior.

Lo que el alumno experimentaba en un primer momento, al dejarse llevar por la impresión que le causaba la estatua masculina que describí ayer, era una especie de entumecimiento anímico, un auténtico entumecimiento anímico que se iba intensificando cada vez más a medida que el alumno se veía transportado a aquellos momentos en los que debía dejar que las cosas resonaran así: un entumecimiento anímico que se percibía también como un entumecimiento físico. El alumno podía, sin duda, ocuparse entretanto de lo necesario para la vida, pero una y otra vez se veía transportado en su alma a ese retardo y experimentaba entonces ese entumecimiento. Ese entumecimiento, —se trataba sin duda de una iniciación que aún recordaba muy intensamente, aunque ya no del todo, al antiguo estilo de los misterios primigenios—; ese entumecimiento le llevaba a un cambio en su conciencia. No se podía decir que su conciencia se viera atenuada, pero se producía tal cambio que el alumno sentía: «El estado de conciencia al que estoy entrando me resulta totalmente desconocido». En realidad, al principio no sé cómo manejarlo, no sé qué hacer con él. Y por eso el alumno solo sentía que todo ese estado de conciencia estaba impregnado de una sensación de entumecimiento. Pero después era como si el alumno sintiera que aquello que se había paralizado en su interior, —es decir, él mismo—, fuera acogido por el universo; se sentía como transportado a las inmensidades del universo. Y podía decirse a sí mismo: «El universo me acoge».

Pero entonces ocurría —no era una pérdida de conciencia, sino más bien un cambio en ella—; entonces ocurría algo muy especial. Cuando el alumno había pasado suficiente tiempo, —y los iniciadores se encargaban de que fuera precisamente el tiempo suficiente—, sumido en ese tipo de rigidez, en esa absorción por parte del universo, se decía más o menos lo siguiente: «Los rayos del sol, los rayos de las estrellas me atraen, me empujan hacia todo el universo, pero, en realidad, sigo manteniéndome unido en mi interior». Cuando el alumno había pasado por ello el tiempo suficiente, entonces tenía una visión extraordinaria. Solo entonces sabía realmente para qué servía esa conciencia que ya había surgido durante el estado de rigidez, pues ahora recibía, según sus experiencias, resonando en esto o aquello, las más variadas impresiones de paisajes invernales. Los paisajes invernales se presentaban ante él en su mente: paisajes en los que contemplaba copos de nieve arremolinándose y llenando el aire, —todo ello, como ya se ha dicho, visto en su mente—, o paisajes en los que contemplaba bosques donde la nieve yacía pesadamente sobre los árboles o algo similar; cosas que, como ya se ha dicho, le recordaban lo que había visto aquí y allá en la vida, pero que siempre le daban la impresión de ser reales. De modo que, tras haber sido absorbido por el universo entero, se sentía como si su propia conciencia le evocara largos viajes en el tiempo a través de paisajes invernales. Y al mismo tiempo sentía como si en realidad, no estuviera en su cuerpo, sino en sus órganos sensoriales; sentía su esencia en sus ojos, sentía su esencia en sus oídos, sentía su esencia también en la superficie de su piel. Allí, precisamente, cuando sentía todo su sentido del tacto, todo su sentido del tacto extendido por su piel, allí percibía también: me he vuelto semejante a la estatua elástica, pero hueca. Y sentía una íntima comunión, por ejemplo, entre sus ojos y esos paisajes. Sentía como si en cada ojo estuviera presente todo ese paisaje que contemplaba, como si este actuara por todas partes en el ojo, como si el ojo fuera un espejo interior de lo que aparecía ahí fuera.

Pero lo que aún sentía era lo siguiente: no se sentía como una unidad, sino que, en el fondo, sentía que su yo se multiplicaba tantas veces como sentidos tenía. Sentía que su yo se multiplicaba por doce. Y del hecho de que sintiera ese yo multiplicado por doce, se derivaba para él esa experiencia tan extraña, que se decía a sí mismo: «Hay un yo que ve a través de mis ojos». Hay un «yo» que actúa en mi sentido del pensar, en mi sentido del habla, en mi sentido del tacto, en mi sentido de la vida. En realidad, estoy dividido en el mundo. - De ahí surgía un anhelo vivo de unión con un ser de la jerarquía de los Ángeles, para, con esa unión, poder obtener la fuerza y el poder necesarios para dominar la fragmentación del yo en las distintas experiencias sensoriales. Y de ahí, de todo ello surgía en el yo la experiencia siguiente: ¿Para qué tengo mis sentidos?

En mi mágico deambular invernal por los misterios, he vivido aquello que realmente ha pasado en el universo. Las masas de nieve y hielo de mis inviernos mágicos me han mostrado qué tipo de fuerzas destructoras actúan en el universo. He conocido los impulsos de destrucción en el universo. Y mi entumecimiento, cuando me dirigía a mi paseo invernal de los misterios, era precisamente el presagio de que debía asomarme a las fuerzas presentes en el universo, que llegan desde el pasado al presente, pero que en el presente se manifiestan como fuerzas cósmicas muertas.

Esto se transmitía inicialmente al alumno a través del eco de sus experiencias junto a la estatua masculina.

Luego sentía el impulso de guardar en su interior el eco de sus experiencias con la estatua plástica, no elástica. Y entonces le parecía como si ahora no cayera en un entumecimiento interior, sino en un ardor interior, como en un estado febril del alma, un estado febril que surtía tal efecto que las cosas que pueden influir tan intensamente en el alma, —precisamente porque son así en su interior—, comenzaban a manifestarse en forma de complejos de síntomas físicos. El alumno lo percibía como si se sintiera oprimido interiormente, como si todo le oprimiera con demasiada fuerza: la respiración le oprimía con demasiada fuerza, la sangre le oprimía con demasiada fuerza por todas partes. El alumno caía en una gran angustia, prácticamente en una profunda aflicción interior del alma. Y en esa profunda angustia interior se le revelaba entonces lo segundo que debía experimentar. Y eso consistía en que de esa angustia interior surgía para él, algo que podría expresarse más o menos con las siguientes palabras:

Hay algo en mi interior que se ve exigido por mi naturaleza física en la vida terrenal cotidiana. Hay que superarlo. Hay que superar mi yo terrenal. —Esto estaba muy presente en la conciencia del alumno.

Entonces, cuando hubo soportado durante un tiempo suficientemente largo ese ardor interior, esa angustia interior, esa sensación de tener que superar el yo terrenal, surgía en él algo que sabía que no era el estado de conciencia de antes, sino un estado de conciencia que le resultaba muy familiar: el estado de conciencia del sueño. Mientras que en la primera experiencia, que surgió de su estado de entumecimiento, tenía claramente la sensación de encontrarse en un estado de conciencia que no conocía en la vida cotidiana, ahora reconocía su estado de conciencia: una especie de sueño. Soñaba; pero, a diferencia de lo que había soñado antes, volvía a soñar, en consonancia con lo que había vivido, los paisajes veraniegos más maravillosos. Pero sabía que eran sueños, sueños que le conmovían interiormente con una alegría intensa o con un sufrimiento intenso, según si lo que le llegaba desde la esencia veraniega era doloroso o alegre, pero precisamente con esa conmoción con la que nos conmueven los sueños. Solo tienen que recordar lo que es capaz de hacer un sueño que, en un primer momento, se presenta en imágenes, del que se despiertan con el corazón palpitante, acalorados, con miedo. Esa conmoción interior se la interpretaba el alumno de una manera muy elemental y natural, de tal forma que se decía a sí mismo: «Mi esencia interior me ha traído el verano a la conciencia en forma de sueño: el verano como sueño».

Al mismo tiempo, el alumno sabía ahora que aquello que, como un verano mágico, se encontraba o se presentaba ante su conciencia en una transformación continua, es algo así como los impulsos que se dirigen hacia el lejano futuro del universo. Pero ahora no se sentía como antes, como si estuviera fragmentado y multiplicado en sus sentidos; no, ahora se sentía, precisamente, reunido interiormente en una unidad; se sentía reunido en su corazón. Y esa es la culminación, la máxima intensificación de lo que estaba viviendo: ese estar reunido en su corazón, ese abarcarse interiormente y sentirse en comunión, en lo más íntimo de la naturaleza humana, no con el verano tal y como se ve exteriormente, sino con el sueño de ese verano. Y, con toda razón, el alumno se decía a sí mismo: «En lo que me ofrece el sueño del verano, en lo que experimento interiormente en mi ser humano, ahí reside el futuro».

Y cuando el alumno había pasado por esto, se daba cuenta de que ambos estados se sucedían. Contemplaba, por ejemplo, un paisaje formado por prados, estanques y pequeños lagos. Contemplaba el hielo y la nieve, que se transformaban en copos de nieve que giraban y caían, como una niebla de copos de nieve, que se diluían cada vez más hasta desvanecerse en la nada. En el instante en que se desvanecía en la nada, cuando se sentía, por así decirlo, en el espacio vacío del universo, en ese mismo instante surgían en su lugar los sueños de verano. Y el alumno tenía la conciencia de que, en ese momento, el pasado y el futuro se tocaban en su propia vida anímica.

Y a partir de ese momento, el alumno había aprendido a observar el mundo exterior y a extraer de él una verdad que le acompañaría para siempre: en este mundo que nos rodea, en este mundo del que proviene nuestra corporeidad exterior, en este mundo, algo muere continuamente. Y en los cristales de nieve del invierno tenemos los signos externos del espíritu que se va muriendo continuamente en la materia. Como seres humanos, aún no estamos preparados para sentir plenamente este espíritu que va muriendo, —simbolizado acertadamente en la nieve y el hielo de la naturaleza exterior—, a menos que nos haya precedido la iniciación. Pero si esta nos precede, entonces sabemos que el espíritu muere continuamente en la materia, y se manifiesta en la naturaleza que se solidifica y en la ya solidificada. Allí está siempre la nada. Y de esa nada surge, en un primer momento, algo parecido a los sueños de la naturaleza. Y esos sueños de la naturaleza contienen las semillas del futuro del mundo. Pero la muerte y el nacimiento del mundo no se tocarían si el ser humano no se encontrara en medio. Porque si el ser humano no se encontrara en medio, —como ya he dicho, simplemente les describo las experiencias que vivía interiormente el discípulo de la iniciación de hybernia—, si el ser humano no se encontrara en medio, entonces los procesos reales en los que el discípulo se adentraba a través de la nueva conciencia nacida del estado de rigidez, serían una verdadera muerte de los mundos, y el sueño no seguiría a la muerte de los mundos. No habría futuro frente al pasado. Estarían allí Saturno, el Sol, la Luna y la Tierra; no habría Júpiter, ni Venus, ni Vulcano. Para que este futuro del cosmos se uniera al pasado, el ser humano tenía que situarse entre el pasado y el futuro. El discípulo lo sabía simplemente por lo que había vivido.

Y lo que hasta entonces había vivido el alumno, ahora sus iniciadores se lo resumían. Concretamente, el primer estado por el que había pasado, en el que se sentía como absorbido por el universo, le era resumido por sus iniciadores en unas palabras que puedo transmitirles, más o menos, de la siguiente manera:

En las inmensidades aprenderás,
cómo, en el azul de las lejanías etéreas,
primero se desvanece la existencia del mundo
y vuelve a encontrarse en ti.

En estas palabras se resumían, de hecho, las sensaciones que había experimentado.

A continuación, se le resumían las sensaciones del segundo estado bajo el efecto residual de la segunda estatua:

En las profundidades deberás liberarte
del mal ardiente y febril,
mientras la verdad se enciende
y, a través de ti, se adentra en el ser.

Queridos amigos, piensen que en la etapa de la que hablé ayer al final de la exposición, el alumno era despedido con las palabras que ocupaban el lugar de las dos estatuas: «Ciencia» y «Arte». Y la Ciencia ocupaba el lugar de la estatua que en realidad decía: «Yo soy el conocimiento, pero me falta el ser». Y el Arte se situaba en el lugar de la estatua que decía: «Soy la imaginación, pero me falta la verdad». Y el alumno había atravesado toda esa pesadez, esa terrible pesadez interior, hasta el punto de que, en realidad, con un anhelo interior y anímico, ya había elegido otra cosa en lugar del conocimiento. Porque le había quedado muy claro que al conocimiento que se adquiere en la Tierra solo le son propias las ideas, solo las imágenes; le falta el ser. Ahora había vivido a fondo las repercusiones. Y a partir de ellas había comprendido que el ser humano debe encontrar el ser para aquello que tiene en el conocimiento, perdiéndose en la inmensidad del mundo:

En las inmensidades aprenderás,
cómo, en el azul de las lejanías etéreas,
primero se desvanece la existencia del mundo
y vuelve a encontrarse en ti.

Porque esa era, en efecto, la sensación: uno se lanza, por así decirlo, hacia las lejanías etéreas, delimitadas por el azul de las inmensidades; uno se funde, al fin, con ese azul de las vastas lejanías. Pero lo que antes era la Tierra se ha dispersado tanto en las inmensidades que parece haberse transformado en la nada. Y uno ha aprendido a sentir la nada al contemplar el mágico paisaje invernal. Y ahora sabe que solo el ser humano puede mantenerse erguido, en estas extensiones que se extienden hasta las lejanías azules del éter.

Y en el segundo, el ser humano indaga cómo encontrar en lo más profundo de sí mismo aquello que debe superar, aquello que debe contemplar como el mal que precisamente tiene su raíz y su origen en el ser humano, y que debe ser superado mediante los impulsos del bien en la naturaleza humana, para que el mundo tenga un futuro:

En las profundidades deberás liberarte
del mal ardiente y febril,
mientras la verdad se enciende
y, a través de ti, se adentra en el ser.

La tendencia de la imaginación a no tener la verdad, incluso la tendencia a conformarse con una relación con el mundo que no abarca la verdad, sino que discurre por imágenes arbitrarias de la subjetividad: el alumno había pasado por esa tendencia. Pero ahora, a partir de aquella experiencia veraniega onírica y mágica, había llegado a la siguiente conclusión: puedo llevar al mundo lo que surge en mi interior, como la fantasía que crea en mí. De mi interior, al igual que las imágenes de la fantasía, brotan las imaginaciones, las imaginaciones de las plantas. Si solo tengo las imágenes de la fantasía, entonces estoy alejado de lo que me rodea. Si tengo las imaginaciones, entonces de mi propio interior brota aquello que luego encuentro en esta planta, en aquella planta, en este animal, en aquel animal, en esta persona, en aquella persona. Todo lo que encuentro en mi interior coincide con algo que hay en el exterior. Y para todo lo que encuentro en el exterior, también puedo hacer surgir de lo más profundo de mi propia vida anímica algo que esté relacionado con ello, que coincida con ello.

Esa doble conexión con el mundo era precisamente lo que, como eco de las dos estatuas, se presentaba ante el alumno con una sensación interior grandiosa. Y el alumno había aprendido realmente de esta manera a expandir su alma, por un lado, hacia los confines del mundo, me atrevería a decir que espiritualmente, y había aprendido a adentrarse profundamente en su interior, allí donde ese interior no actúa con esa apatía con la que actúa en la conciencia ordinaria, sino donde actúa como si estuviera estremecido, sacudido y encantado por una realidad a medias, es decir, por los sueños. El alumno había aprendido a poner en relación toda esta intensidad de impulsos internos con toda la intensidad de los impulsos externos. A partir de su afinidad con el paisaje invernal y con el paisaje veraniego, había obtenido conocimientos sobre la naturaleza exterior y sobre su propio yo. Y había llegado a sentir una profunda afinidad con la naturaleza exterior y con su propio yo.

Entonces estaba bien preparado para pasar, por así decirlo, por una especie de repetición. En esa repetición, sus iniciadores le hicieron ver con toda claridad en su alma: «Debes detenerte interiormente, con el alma en estado de rigidez». Debes detenerte en este salir hacia lo lejano del mundo. Y, en tercer lugar, debes detenerte sintiéndote como derramado y multiplicado en tus sentidos. Debes tener claro interiormente cómo es cada uno de estos estados. Debes ser capaz de distinguir con precisión cada uno de estos tres estados de los demás. Debes tener una experiencia interior etérea de cada uno de estos tres estados. —Y cuando el alumno volvía a evocar ante su alma, desde la plena conciencia, el estado de rigidez interior, entonces se presentaba ante su alma todo lo que había vivido antes de descender de los mundos espirituales a la Tierra, antes de la concepción terrenal de su cuerpo, cuando había reunido desde las inmensidades de los mundos los impulsos y las fuerzas etéricas para rodearse de un cuerpo etérico. Así, el discípulo de los misterios de Hybernia era iniciado en la contemplación del último estado anterior al descenso a un cuerpo físico.

Y entonces debía tener muy claro cómo se desarrolla esa experiencia interior cuando se adentra en la inmensidad del universo. En esta segunda ocasión, en esta repetición, ya no sentía como si fuera absorbido por los rayos del sol y de las estrellas, sino que sentía, en esta repetición, como si algo viniera hacia él, como si desde todas las direcciones de las inmensidades le vinieran al encuentro las jerarquías, como si le vinieran al encuentro también otras experiencias. Y sentía  aquello que se remontaba más atrás en su vida preterrenal. Y entonces debía hacerse una idea muy clara del estado en el que se encontraba cuando se derramaba hacia los sentidos y se veía como dividido en el mundo sensorial. Porque allí había llegado al centro de la existencia, entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Como ven, aquello que permite al iniciado adentrarse en esos mundos ocultos, —a los que, sin embargo, el ser humano pertenece por su propia naturaleza—, puede alcanzarse de las formas más diversas. Y si observamos la situación tal y como la he insinuado ayer y en otras ocasiones, ya podrán decirse a sí mismos: En los distintos centros de misterios, la contemplación de este mundo suprasensible se alcanzaba de las formas más variadas. Por qué se buscaba tal diversidad, por qué no se había establecido un camino espiritual único para todos los misterios, de eso hablaremos ya en conferencias posteriores. Hoy solo quiero mencionar este hecho. Pero todos estos diversos caminos de los misterios estaban destinados a desvelar los aspectos ocultos de la existencia del mundo y del ser humano, a los que nos hemos referido una y otra vez desde los más diversos puntos de vista en estas reflexiones, aquí y en otras conferencias y otros escritos.

Y entonces se le explicaba al alumno que ahora debía revivir interiormente, por separado, los demás estados que había experimentado tras la experiencia con la otra estatua, de modo que tuviera siempre, para cada uno de ellos, un conocimiento interior claro y basado en la sensación de cómo los atravesaba, y que luego lo evocara con plena conciencia. Y así lo hacía. Y en lo que he descrito como una especie de angustia del alma, sentía de forma inmediata lo que seguía a la muerte en la experiencia del alma.

Luego llegaba la visión a través de lo que experimentó a continuación, donde la naturaleza exterior se mostraba como un paisaje veraniego, pero como el sueño de un paisaje veraniego. Entonces se le revelaba, al revivirlo repetidamente y al separar ahora, con plena conciencia, este estado del otro estado de conciencia, lo que constituía el curso posterior de su vida postterrenal. Y cuando se hacía muy claro y vivo para él lo que era la reunión en la esencia del corazón, entonces, al mantenerlo vivo y presente en su conciencia, podía llegar hasta el centro de la existencia, entre la muerte y un nuevo nacimiento. Y el iniciador podía decirle:

Aprende a contemplar espiritualmente el invierno
y se te revelará la visión de lo preterrenal.
Aprende a soñar espiritualmente con el verano
y se te revelará la experiencia de lo posterrenal.

Por favor, presten mucha atención a las palabras que utilizo, pues en esta relación entre la visión de lo preterrenal y la experiencia de lo posterrenal, y entre soñar y ver, se basa la enorme diferencia que existía entre estas dos experiencias para los iniciandos en los Misterios de Hybernia.

Mañana expondré cómo se inscribía esta iniciación en todo el contexto histórico de la humanidad, en toda la evolución humana; qué importancia tuvo para dicha evolución y en qué medida tenía un sentido más profundo el hecho de que, precisamente en la etapa en la que concluí ayer, surgiera en el discípulo de Hybernia algo así como una visión de Cristo.

Traducido por J.Luelmo sep.2026