CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA114 Basilea 25 de sept. de 1909 La Ley del Sinaí como preproclamación final del Yo. El Buda de la compasión y el amor.-evangelio de S. Lucas

RUDOLF STEINER

LA FUERZA DEL SINAÍ
LA FUERZA DEL AMOR


Basilea 25 de sept. de 1909

novena conferencia
Por la conferencia anterior resulta que un documento como el Evangelio de Lucas sólo puede comprenderse si se considera la evolución de la humanidad en un sentido superior, tal como lo provee la Ciencia Espiritual, esto es, si se toman en cuenta los cambios que en el curso de la evolución han tenido lugar en toda la organización del ser humano. Si queremos comprender el cambio fundamental que se ha producido con el advenimiento del Cristo (lo que es necesario para la comprensión del Evangelio de Lucas), conviene compararlo con el proceso que en nuestros tiempos visiblemente se realiza, aunque no tan rápidamente sino más bien paso a paso.
Para verlo claramente, debemos deshacernos del juicio que, por ser el más cómodo, frecuentemente se emite: se afirma que en la Naturaleza, o en la evolución, no se producen “saltos”, quiere decir que no sobrevienen cambios repentinos. ¡Nada más equivoco que esto!. En la Naturaleza continuamente se producen “saltos”, y lo esencial es precisamente que haya cambios repentinos. Obsérvese, por ejemplo, cómo se desenvuelve el germen de una planta: cuando nace la hojita cotiledónea, es un salto muy importante. Otro salto importante se produce cuando la planta va de la formación de hojas a la flor; y otro importantísimo se produce en el desarrollo del fruto. Continuamente se producen saltos, y quien no lo tome en cuenta, no podrá comprender la Naturaleza. Contemplando la evolución de la humanidad, se podría creer que si ella, en el curso de un siglo, va al paso de tortuga, tuviera que seguir al mismo ritmo en tiempos posteriores. No obstante, puede suceder que en determinada época la evolución prosiga lentamente, de igual manera que la planta va de la primera a la última hoja antes de pasar, por un salto, a echar la flor. Así también, en la evolución de la humanidad, se producen saltos; y uno de estos saltos importantes ocurrió cuando el Cristo vino a la Tierra. Sucedió entonces que, en relativamente breve tiempo, se transformaron la antigua clarividencia y el dominio de lo espiritual sobre lo físico, y luego restó muy poco de la fuerza clarividente y de la influencia de lo anímico-espiritual en lo físico. Antes de producirse este cambio, fue necesario reunir lo que, como herencia de tiempos antiguos, había quedado; y esto formó la base del obrar del Cristo Jesús. Luego pudo acogerse lo nuevo como punto de partida de una lenta y paulatina evolución.
En nuestro tiempo, y en otra esfera, también se produce un “salto”; si bien no tan repentino, pues se realiza dentro de un periodo relativamente largo, pero en forma concebible para quien trate de comprender nuestra época. Hay personas que ahora, partiendo de este o aquel ámbito espiritual, vienen a escuchar una conferencia de la ciencia espiritual. Por ejemplo, un representante de una comunidad religiosa escucha una disertación antroposófica sobre la naturaleza del cristianismo. Puede ocurrir que él diga: “Todo lo escuchado está muy bien y, en el fondo, no contradice lo que nosotros, desde el púlpito o la cátedra, también decimos; pero sin embargo, nosotros hablamos de tal manera que todo el mundo puede comprenderlo; en cambio, lo que aquí se expone, es de tal naturaleza que sólo uno que otro puede comprenderlo”. Quien hable así, o quien piense que del cristianismo tan sólo habría que hablar como él mismo lo concibe o lo predica, no toma en consideración que es obligación de cada uno no juzgar según su criterio personal sino de acuerdo con los hechos. En una oportunidad tuve que responder a semejante personalidad: “Usted cree acaso que predica las verdades cristianas para todos. Sin embargo, lo decisivo en este caso son los hechos, no la creencia. ¿Es que todos frecuentan la iglesia suya?. Pienso que los hechos prueban lo contrario; para los que en su iglesia encuentran lo adecuado, no se presta la Ciencia espiritual, sino que ella está para los que buscan algo distinto”. Generalmente, la gente tiene mucha dificultad para juzgar en concordancia con los hechos y para discernir entre su criterio personal y los hechos.
Ahora bien, si no fuere posible contrarrestar la opinión de esa gente de que ella está en lo cierto, por lo que recusa a todo aquel que tenga una opinión distinta y si, finalmente, la vida espiritual no pudiere sostenerse contra tal fuerza contraria: ¿Qué sucedería entonces?. Resultaría que a cada vez mayor número de personas quedaría cerrado el acceso a la difusión de las verdades de esta o aquella corriente espiritual. Serian cada vez menos los que acudirían a los lugares donde podrían escuchar semejantes cosas espirituales. Y de no existir ninguna corriente científica espiritual, los interesados no podrían satisfacer sus inquietudes espirituales, decaerían en fuerzas por falta de nutrición espiritual. Empero, no depende de la voluntad personal el modo de formarse el alimento espiritual sino del curso de la evolución. Hemos llegado al punto en que el hombre busca la satisfacción de sus inquietudes espirituales, la interpretación de los Evangelios, etc.; pero lo que importa no es como nosotros queremos dar la alimentación espiritual, sino como el alma humana la exija. En el alma humana ahora se ha suscitado el anhelo hacia la ciencia espiritual, y los que intenten enseñar algo distinto, encontrarán cada vez menos oyentes. Vivimos en una época en que el alma humana se aviene cada vez menos a tomar el contenido de la Biblia tal como en el curso de la evolución cultural europea de los últimos cuatro a cinco siglos ha sido tomado. O la humanidad acoge la ciencia espiritual y, por medio de ella, una nueva comprensión de la Biblia, o llegará a un punto en que perderá la aptitud de leerla, como ya está sucediendo en el caso de muchos que no conocen la Antroposofía. La humanidad perdería la Biblia, la que tendría que desaparecer, con lo cual se perderían inmensos tesoros espirituales: ¡los más importantes valores espirituales de nuestra evolución terrestre!. Es preciso comprenderlo. Ha llegado el momento de tal “salto” en el curso de la evolución: el corazón humano exige la interpretación antroposófica de la Biblia. Si la humanidad la obtiene, la Biblia subsistirá a su beneficio; de otro modo, la Biblia se perderá. Así podemos caracterizar el salto que ahora se está realizando en la evolución de la humanidad. Quien tenga presente estos hechos, se mantendrá firme en el cultivo de la corriente espiritual antroposófica, como una necesidad para dicha evolución.
Con todo, lo que ahora sucede es, considerado de un punto de vista más elevado, de relativamente poca envergadura, si lo comparamos con lo acontecido cuando el Cristo Jesús vino a la Tierra. En aquel tiempo, el estado de la evolución de la humanidad fue de tal característica que en cierto modo existieron aún los últimos signos de la evolución que ha tenido lugar desde los tiempos más remotos e incluso desde el anterior estado planetario de nuestra Tierra. Fue una evolución que esencialmente abarcaba los cuerpos físico, etéreo y astral del hombre. Ciertamente, él ya poseía su Yo; pero este Yo desempeñaba entonces un papel secundario: su plena autoconciencia estaba aún eclipsada por las tres envolturas, los cuerpos físico, etéreo y astral, estado que perduró hasta el advenimiento del Cristo Jesús.
Supongamos que el Cristo no hubiese venido a la Tierra. En tal caso, ¿Qué hubiera sucedido?. Con la prosecución de la evolución humana, el Yo del hombre se hubiera desenvuelto plenamente; pero en la medida en que el Yo se hubiera manifestado en su plenitud, todas las anteriores facultades significantes de los cuerpos astral, etéreo y físico, como asimismo la antigua clarividencia y el dominio del alma y del espíritu sobre el cuerpo, se hubieran desvanecido, por una necesidad de la evolución. El hombre se hubiera convertido en un Yo auto-consciente, pero, con el tiempo, éste le hubiera conducido al egoísmo y a la extinción del amor sobre la Tierra. Los hombres hubiesen sido “Yoes”, pero totalmente egoístas. Esto es lo esencial. La humanidad había llegado a la madurez de desenvolver su yoidad; pero con ello había dejado los tiempos de la antigua influencia en su ser. En la antigua cultura hebrea, la Ley del Sinaí pudo ejercer su influencia, porque el Yo aún no se había independizado, de modo que la influencia se ejercía en el cuerpo astral como principio más elevado al que se daba la orientación para el correcto actuar. La Ley del Sinaí fue, en tal sentido, una especie de preanuncio, pero un último preanuncio dentro del período previo a la total emancipación del Yo.
Dar a este Yo su contenido, impulsarlo a un desarrollo para hacer fluir la fuerza del amor desde el propio Yo, esto ha sido lo que el Cristo realizó sobre la Tierra. Sin la venida del Cristo, el Yo se hubiera convertido en un recipiente vacío; en cambio, por el advenimiento del Cristo tenemos el Yo como un receptáculo que más y más se llena de amor. Por esto, a los que le rodeaban, el Cristo pudo decir: “cuando veis la nube que sale del poniente, luego decís que vendrá la lluvia. Y cuando sopla el viento del sur, decís que habrá calor. Sabéis juzgar el tiempo según los indicios exteriores; mas no reconocéis los signos de la época. Pues si supierais juzgarlos, podríais saber que Dios debe penetrar en el Yo, y no diríais: podemos vivir con lo que se conserva de los tiempos pasados. Lo que se origina en los tiempos pasados, es lo que os dan los escribas y los fariseos con la intención de conservar lo anticuado, y para que no se agregue nada a lo que los hombres recibieron en el pasado; pero esto es un fermento que ya no surtirá ningún efecto que pudiese favorecer la evolución de la humanidad. Quien diga: yo quiero quedarme con lo que nos ha dado Moisés y los Profetas, no comprende los signos de la época; no se da cuenta de la transición por qué pasa la humanidad”. Con palabras significativas, el Cristo dijo a los que le rodeaban que tornarse hombre crístico no depende del afecto de cada uno sino de la necesidad de proseguir la evolución de la humanidad. Con lo relativo a los “signos de la época”, el Cristo quiso hacer comprender que ya no basta el fermento en manos de los escribas y fariseos que tratan de conservar lo antiguo, y que sólo niega este hecho quien juzgue según su afecto y no de acuerdo con las necesidades del tiempo. Sólo podrían creer que ese fermento sea útil, quienes no sepan juzgar según las necesidades del tiempo, en vez de hacerlo de acuerdo con sus inclinaciones personales. Por esta razón, el Cristo caracterizó de hipocresía, o más bien de “contrario a la verdad”, lo que decían los escribas y los fariseos.
Para comprender la fuerza del sentimiento de las palabras del Cristo, podemos compararlas con lo que en nuestros tiempos sucede. ¿No existe, acaso, ahora algo parecido a los “escribas?. Ciertamente, existe: son los que rehúyen la profunda interpretación de los Evangelios, los que se contentan con la explicación, sin tomar en cuenta los conocimientos con que la ciencia espiritual profundiza el estudio de las Escrituras. Sólo por medio de la ciencia espiritual será posible obtener la verdad acerca del contenido de los Evangelios. Así se explica lo desconsolador y la frialdad de la actual investigación, comparándola con la efectiva búsqueda de la verdad. Y hay algo más: aparte de los “escribas” y “fariseos” tenemos ahora una tercera categoría de personas, y éstas son los representantes de la ciencia natural; de modo que podemos hablar de tres categorías de hombres que excluyen todo cuanto pueda conducir a lo espiritual, a las facultades que pueden adquirirse para investigar los fundamentos espirituales de los fenómenos naturales. Pero son ellos quienes ocupan las cátedras y quienes dominan en cuanto a la explicación de los fenómenos naturales, denegando el criterio espiritual. Son ellos quienes entorpecen el progreso de la evolución de la humanidad, puesto que este progreso se detiene donde se deja de reconocer los signos de la época. En nuestros tiempos, para actuar en sentido de la imitación de Jesucristo, se requiere la valentía de enfrentarse a todos aquellos que, al oponerse a la interpretación antroposófica de las Escrituras y de los fenómenos naturales, entorpecen el progreso de la humanidad. Enfrentándose a los que sólo reconocían a Moisés y a los Profetas, el Cristo nos ha dado el ejemplo. Las palabras del Cristo, según el Evangelio de Lucas, tendrían que llegar al corazón de los que entorpecen el progreso de la evolución.
Una de las más hermosas y más profundas parábolas en dicho Evangelio, es la que comúnmente es llamada la del “mayordomo infiel” (Cap. 16). Allí se relata que un hombre rico tenía un mayordomo acusado de disipar los bienes de aquél, por lo que resolvió despedirle. Consternado de ello, el mayordomo dijo dentro de sí: ¿Qué haré para que mi señor no me quite el puesto?. Cavar, no puedo; mendigar, me daría vergüenza; y se le ocurrió una escapatoria, diciéndose: hasta ahora, siempre he salvaguardado los intereses de mi señor, sin cuidar los intereses de los deudores; tengo que hacer algo para que ellos me acepten en sus casas, a fin de no quedarme arruinado. Al primer deudor preguntó: ¿Cuánto debes a mi señor?. Y le rebajó la mitad de la deuda. Otro tanto hizo con cada uno de los demás. Así trató de ganar la simpatía de los deudores para que, en caso de ser despedido, éstos le dieren empleo y no tuviera que morir de hambre. El Evangelio continúa diciendo - de lo que muchos lectores podrían quedar sorprendidos - “...y alabó el Señor al mayordomo malo por haber hecho discretamente”. Entre los que hoy en día explican los Evangelios, hubo quienes se preguntaron a cuál señor se refiere esto, a pesar de que se dice claramente que Jesús mismo elogió al mayordomo por su sagacidad. El texto continúa: “porque los hijos de este mundo son, en su generación, más sagaces que los hijos de la luz.” Así figura en la Biblia desde hace siglos. ¿Nadie se habrá preguntado qué es lo que quiere decirse con esto: los hijos de este mundo - en su generación - son más sagaces que los hijos de la luz?. En todas las traducciones de la Biblia figura: “en su generación”. Si alguien, con solo cierto grado de conocimiento del griego, hiciera la traducción, tendría que llegar al sentido correcto: “¡Porque los hijos de este mundo, de su manera, son más sagaces que los hijos de la luz!”. De su manera, quiere decir, según su modo de comprenderlo, son más sagaces. Esto es el sentido de las palabras del Cristo. Los que desde hace siglos tradujeron este pasaje, confundieron el término “de su manera” con otro que en el idioma griego suena parecido, o sea, la palabra “generación” (parecido a género), puesto que, según las circunstancias, se empleaba tal palabra en lugar del otro término. Parece increíble, sin embargo es así que buenos traductores, como por ejemplo Weizsäcker siempre de nuevo cometieron el citado error. Parecía que tales personas se olvidasen de sus más primitivos conocimientos adquiridos en el colegio, cuando se empeñan en escudriñar la correcta conformación de los documentos bíblicos.
Es tarea primordial de la ciencia espiritual antroposófica procurar que el mundo reciba los documentos bíblicos en su forma correcta, pues en la forma actual es como si no la tuviera, y nadie tiene la posibilidad de representarse su verdadero contenido. Voy a explicarlo más exactamente.
¿Qué es lo que quiere decirnos esta parábola del “mayordomo infiel”?. Este hombre pensó: si me echan de mi puesto, tendré que ganar la simpatía de los demás, pues comprendió que no se puede servir a dos señores”. “Debéis comprender” - les dijo el Cristo a los circundantes - “que vosotros tampoco podéis servir a dos señores; a saber, al que como Dios ahora ha de vivir en vuestro corazón, y a ese otro al que se referían los escribas con su interpretación de los Libros de los Profetas. No podéis servir al Dios que como principio del Cristo deberá vivir en vuestras almas, el cual hará progresar la evolución de la humanidad y, al mismo tiempo, al dios que entorpecería esta evolución”. Es una verdad que todo lo bueno y justo de los tiempos acabados, se convierte en obstáculo para la futura evolución. En cierto modo, la evolución se basa en que lo adecuado para determinada época, se convierte en escollo si se lo traslada a un tiempo posterior. A las potencias que dirigen los “obstáculos”, se los llamaba entonces - con un término técnico - el Mammón. “No podéis servir al Dios que da el progreso y, al mismo tiempo, a Mammón que es el dios de los obstáculos. Mirad al mayordomo que como hijo de este mundo comprendió que ni con el Mammón común se puede servir a dos señores. Así también debéis comprender que, para convertiros en hijos de la luz, no podáis servir a dos señores”.
En nuestros tiempos, también hemos de comprender que no es posible conciliar la corriente del dios Mammón, representada por los escribas de nuestra época y los ilustres de la ciencia natural, con la ciencia que hoy tiene que dar a la humanidad el alimento adecuado. En esto reside el concepto del verdadero cristianismo; con otras palabras: así hemos de traducir lo que Cristo Jesús quiso decir mediante la parábola de que no se puede servir a “dos señores”.
La ciencia espiritual ha de dar vida a todo de que ella se ocupa, y el Evangelio tiene que ser algo que se convierte en nuestras facultades espirituales. No basta con que hablemos mucho de que en los tiempos del Cristo Jesús hubo que repudiar a los escribas y fariseos; antes bien, hemos de enterarnos cómo cobra vida y en qué consiste ahora lo que el Cristo, para su época, denominó el “dios Mammón”. En esto consiste la viviente comprensión, y esto es, a la vez, lo que en el Evangelio de Lucas es de singular importancia. Con la mencionada parábola; la que no figura sino en el Evangelio de Lucas, se vincula uno de los más importantes conceptos de todos los Evangelios. Para elucidarlo, hemos de referirnos, una vez más, pero en sentido algo distinto, a la relación del Buda y su aporte a la evolución de la humanidad, con el advenimiento del Cristo Jesús. Hemos dicho que el Buda ha dado a la humanidad la magna doctrina de la piedad y del amor. Este es uno de los casos en que lo expuesto por el ocultismo debe entenderse con toda exactitud, pues alguien podría objetar: “Una vez nos has dicho que el Cristo habría traído el amor a la Tierra, y en otra oportunidad se nos dice que el Buda ha traído la doctrina del amor”. ¿No es lo mismo en ambos casos?. Por el contrario, hay una gran diferencia, pues una vez digo que el Buda ha traído a la Tierra la doctrina del amor; en otra oportunidad, en cambio, se afirma que el Cristo haya traído a la Tierra el amor como fuerza viviente. Cuando se trata de lo más profundo que atañe a la humanidad, hay que fijarse con exactitud para que nadie nos diga: “se nos habla de dos entidades que nos habrían traído el amor, y así se trata de satisfacer a todos”. Sin embargo, estas importantes verdades se presentan bajo su verdadera luz, si logramos comprenderlas realmente.
Sabemos que el contenido de la gran doctrina de la piedad y del amor, como el Buda la dio, encuentra su expresión en el sendero de ocho etapas, y nos preguntamos ¿A qué meta nos conduce este sendero?. Dicho de otro modo: ¿A qué grado evolutivo llega el hombre que de lo hondo de su alma considera el sendero de ocho etapas como el ideal de su vida, diciéndose: “¿Cómo llego al desarrollo más perfecto?, ¿Cómo purifico mi Yo de la manera más perfecta, y qué debo hacer para que mi Yo actúe en el mundo de la manera más perfecta?”. La respuesta será: “Si observo todo lo que dicho sendero exige, mi Yo alcanzará la máxima perfección, pues todo tiende a la purificación y el ennoblecimiento del Yo, todo consiste en el trabajo de mi Yo para alcanzar su perfeccionamiento”. Por consiguiente, si la humanidad desarrolla todo lo que el Buda hizo rodar como la “Rueda de la Ley” - así es el término técnico -, llegaría a saber lo que es el Yo más perfecto. En sus pensamientos y como sabiduría la humanidad llegaría a tener los Yoes más perfectos. Con otra; palabras: Buda dio a la humanidad la sabiduría del amor y de la piedad, y si hacemos de nuestro cuerpo astral un producto del sendero de ocho etapas, sabremos en qué consisten las leyes de la doctrina de este sendero. Empero, existe una diferencia entre la sabiduría, el “pensamiento” y la activa fuerza viviente. Son dos cosas distintas: saber cómo el Yo debe ser, por un lado, y, por el otro, la fuerza viviente que fluye en el Yo y del Yo hacia el mundo, tal como la fuerza que emanaba del Cristo actuaba sobre los cuerpos astral, etéreo y físico de las personas en torno suyo. Lo que el Cristo dio al mundo, fue, ante todo, la fuerza viviente, no una “doctrina”; El mismo se ha dado al mundo, ha descendido a la Tierra, para fluir no solamente en el cuerpo astral sino en el Yo del hombre, para que este Yo tuviera la fuerza de irradiar la sustancia esencial del amor; el viviente contenido del amor, no solamente la “sabiduría” del amor.
Han pasado más de mil novecientos años y cinco siglos; aproximadamente, desde que el gran Buda vivió sobre la Tierra; y la sabiduría oculta nos revela que a partir de ahora transcurrirán otros tres mil años, hasta que un número apreciable de hombres serán capaces de desarrollar, por la fuerza de su propia moralidad, de su alma y corazón, el sendero de ocho etapas, la sabiduría del Buda. Del obrar del Buda sobre la Tierra emanó la fuerza que, con el tiempo, los hombres desarrollarán como sabiduría del sendero de ocho etapas y, finalmente, lo tendrán como algo propio - al cabo de tres mil años, a contar de ahora -. El hombre mismo podrá realizar este desarrollo, no solamente recibir su conocimiento desde afuera; éste fluirá de él mismo, como sabiduría de la piedad y del amor. Al final de su evolución, el hombre, lleno de sabiduría, sabrá qué es el contenido de la piedad y del amor; esto lo debe al Buda. Tendrá, al mismo tiempo, la facultad para derramar el amor, desde su Yo a la humanidad entera; esto lo debe al Cristo.
De esta manera, ambos debieron obrar conjuntamente, y así hemos de exponerlo con el fin de contribuir a la comprensión del Evangelio de Lucas. También lo vemos si logramos interpretar correctamente las palabras que nos da este Evangelio. Los pastores acuden para recibir la anunciación; en la Altura está la multitud de los ángeles, como expresión espiritual imaginativa del Nirmanakaya del Buda. ¿Qué es lo que se les anuncia?. Es “la revelación desde las Alturas de la sabiduría de Dios”. Esto lo anuncia el Nirmanakaya del Buda que como multitud de los ángeles se halla sobre el niño Jesús natánico. Pero se agrega algo más: “y paz a los hombres de la Tierra que estén compenetrados de buena voluntad”; esto quiere decir: a los hombres, en los cuales nace la verdadera fuerza viviente del amor. Esto es lo que, por el impulso del Cristo, ha de realizarse sobre la Tierra; El agregó la fuerza viviente a la “revelación desde las Alturas”. La vertió en todo corazón humano, pero no solo como doctrina que se acoge como pensamiento e idea, sino como fuerza que del alma humana fluye hacia el mundo; es la misma fuerza que en el Evangelio de Lucas, como asimismo en los demás, es denominada la fuerza de la fe. Esta es la fe en el sentido de los Evangelios. Tener fe significa acoger al Cristo en sí mismo, para que el Cristo viva en el hombre, y para que el Yo no sea simplemente cual un recipiente vacío, sino que tenga un contenido sobreabundante que fluye hacia afuera, contenido que no es sino el amor.
El Cristo fue el primero en “hacer rodar la rueda del amor” - no la rueda de la “Ley” - lo que significa que El pudo “curar por la fuerza de la palabra”, como libre facultad y fuerza del alma humana, por medio del amor supremo y sobreabundante que se derramó en los que venían para ser curados. La palabra que El pronunciaba, ya sea levántate y vete” o “los pecados te son perdonados”, o bien otra palabra, emanó del amor que de su interioridad se derramó. El Cristo llamó “creyentes” a los que fueron capaces de compenetrarse de este hecho. Es preciso que con el concepto “fe” no relacionemos otro pensamiento sino el que acabo de caracterizar, porque se trata de uno de los más importantes en el Nuevo Testamento. “Fe” es la capacidad de elevarse sobre sí mismo, lo que emana del Yo por sobreabundancia de las fuerzas que conducen a su perfeccionamiento. El Cristo que se incorporó en Jesús natánico, donde se reunió con la fuerza del Buda, no pregunta: “¿Como ha de perfeccionarse el Yo?” sino: “¿Cómo puede el Yo elevarse sobre sí mismo y derramar su sustancia?”. Muchas veces lo dice con palabras sencillas, y las palabras del Evangelio de Lucas, en general, hablan a los corazones sencillos; así por ejemplo: “No basta con que hagáis bien a los que a vosotros hacen bien, porque los pecadores hacen lo mismo. Si ellos saben que todo lo que han dado les será devuelto, no lo han dado por amor sobreabundante. Mas si prestáis, sabiendo que no os será devuelto, lo habréis dado por verdadero amor, por el amor que no está encerrado en el Yo sino que se derrama del Yo como fuerza sobreabundante, la que fluye del hombre”. De la más variada forma habla el Cristo de la fuerza rebosante del Yo con que el hombre debería obrar en el mundo. En el Evangelio de Lucas, las palabras que se refieren al “amor rebosante” son las que más hablan al corazón.
En el Evangelio de Mateo se encuentran en voz latina las palabras que representan una síntesis de la glorificación del amor del Evangelio de Lucas: Ex abundantia cordis os loquitur. “Desde el corazón rebosante habla la boca”. ¡Uno de los supremos ideales del cristianismo!. La boca habla desde el corazón rebosante, o sea, de lo que en el corazón no cabe. El corazón late, impulsado por la sangre, y la sangre es expresión del Yo. “En tus palabras vive la fuerza del Cristo, cuando tú hablas con la fuerza de la fe, que es la fuerza que irradia del Yo rebosante”. Desde el corazón rebosante habla la boca, esta es una sentencia fundamental acerca de la naturaleza del cristianismo.
Con lo que antecede comprenderemos cómo prosigue la evolución de la humanidad hacia el porvenir. La entidad que cinco a seis siglos antes de nuestra era del Bodisatva se elevó al Buda, ascendió al mundo espiritual de tal manera que desde entonces obra como Nirmanakaya; se elevó a un nivel más alto y ya no necesita volver a encarnarse en un cuerpo físico. Al ascender de Bodisatva a Buda transmitió la misión correspondiente a otra entidad la que fue su sucesor como nuevo Bodisatva. Hay una leyenda budista que lo expresa por algo que representa una profunda verdad del cristianismo. Se nos relata que, antes de descender a la Tierra a fin de convertirse en Buda, la individualidad del Bodisatva habríase quitado la tiara celeste y la habría puesto al Bodisatva sucesor. Este último sigue obrando con una misión algo distinta. El también está destinado para convertirse en “Buda”. Esto sucederá justamente cuando cierto número de hombres, por su propio poder, habrán desarrollado la doctrina del sendero de ocho etapas, es decir dentro de tres mil años, aproximadamente. Su misión le fue confiada cinco a seis siglos antes de nuestra era, y él se convertirá en Buda a los tres mil años, a contar de ahora. La doctrina oriental lo llama el Maitreya-Buda. Habrá entonces un número apreciable de hombres tan sabios que les será posible desarrollar, por la fuerza del propio corazón, la doctrina del sendero de ocho etapas; y el nuevo Bodisatva traerá entonces al mundo una fuerza nueva.
Si hasta entonces no se realizaran otros progresos, este Bodisatva encontraría, por cierto, hombres que, al reconcentrarse en sí mismos, podrían encontrar la doctrina del sendero de ocho etapas, pero que, en lo más íntimo de su alma, no estarían dotados de la fuerza del amor sobreabundante, del viviente amor. Esta fuerza viviente del amor deberá afluir, para que el Maitreya-Buda encuentre hombres que no solo comprendan lo que es el amor, sino que posean la fuerza del amor. Para que esto se haga posible, el Cristo tuvo que venir como entidad que solo tres años estuvo sobre la Tierra y que antes, nunca se había incorporado físicamente. En el obrar del Cristo sobre la Tierra, durante tres años, desde el bautismo en el Jordán hasta el Misterio del Gólgota, reside la causa de que, desde entonces en adelante, el amor pueda fluir en el corazón y en el alma, o sea, en el Yo humano; para que el hombre se compenetre, cada vez más, de la fuerza del Cristo, de modo que, al final de la evolución terrestre, se halle enteramente compenetrado del Cristo. Así como el Bodisatva primero tuvo que dar la doctrina de la piedad y del amor, así también, desde las alturas celestes, el Cristo tuvo que traer a la Tierra la esencia del amor, para que el propio Yo pudiese hacerse dueño de ella. No es que anteriormente el amor no haya existido; sin embargo, no hubo el amor como patrimonio del Yo humano, sino el amor inspirado que el Cristo hada fluir de las alturas cósmicas y que, inconscientemente, penetraba en el ser humano, del mismo modo que antes - el Bodisatva, también de manera inconsciente, hacia penetrar la doctrina del sendero de ocho etapas. Es un punto esencial que para el Cristo el incorporarse en un cuerpo humano significó un progreso. Los instruidos de la ciencia espiritual conocen muy bien al sucesor del Buda que ahora obra como Bodisatva y que más tarde será el Maitreya-Buda. Llegará el día en que será posible hablar de este hecho más extensamente y en que también se podrá revelar el nombre de este Bodisatva; por ahora hemos de contentarnos con los hechos ya señalados. Cuando finalmente el nuevo Bodisatva aparezca sobre la Tierra para convertirse en el Maitreya-Buda, encontrará el fruto de la siembra del Cristo, en los hombres que afirmarán: “No basta con que mi cabeza esté llena de la sabiduría del sendero de ocho etapas; poseo no solamente la doctrina y la sabiduría del amor; mi corazón está compenetrado de la substancia viviente del amor que se derrama y que irradia hacia el mundo”. Y el Maitreya-Buda asumirá entonces su misión ulterior para proseguir la evolución del mundo.
Así confluyen las distintas corrientes, y sólo así comprenderemos lo profundo del Evangelio de Lucas que nos habla no de una doctrina, sino de la entidad cuya sustancia penetró en los seres terrestres, en la organización humana. En el ocultismo se expresa este hecho con las palabras: Por medio de la sabiduría, los Bodisatvas que se convierten en Budas pueden redimir al hombre terrestre en cuanto a su espíritu; pero jamás pueden redimirlo en su totalidad, puesto que sólo es posible redimir al hombre entero, si toda su organización se compenetra no solamente de sabiduría sino del calor de la fuerza del amor. Dicho de otro modo: traer la “sabiduría del amor”, ha sido la misión de los Bodisatvas y del Buda; dar a la humanidad la “fuerza del amor”, ha sido la misión del Cristo. Hemos de distinguirlo claramente.

traducción de Julio Luelmo sept. 2018

GA114 Basilea 24 de sept. de 1909 El desarrollo de la conciencia humana en el período post-atlante.-evangelio de S. Lucas

RUDOLF STEINER

EL DESARROLLO DE LA CONCIENCIA HUMANA EN EL PERÍODO POT-ATLANTE


Basilea 24 de sept. de 1909

octava conferencia

En las conferencias anteriores hemos tratado de formarnos una idea acerca del fundamento de los primeros capítulos del Evangelio de Lucas. Lo que el autor de este Evangelio nos da como una especie de “historia previa” del gran acontecimiento de Palestina, sólo puede descifrarse si se conocen los hechos que tuvieron lugar dentro de la evolución de la humanidad, de los cuales tuvimos que ocuparnos tan extensamente. Y esto nos permite saber quién fue la entidad que a los treinta años de su vida acogió en sí mismo aquel principio cósmico que también hemos caracterizado: el principio Cristo. Para mejor comprensión de lo que el autor del Evangelio de Lucas nos relata sobre la personalidad y el actuar del Cristo-Jesús, esto es de la individualidad que durante tres años, en un cuerpo humano, estuvo actuando en el mundo como el “Cristo”, es menester dibujar a grandes rasgos la evolución de la humanidad, tomando en consideración pormenores de esta evolución, de los cuales los hombres de nuestra época apenas pueden formarse un concepto adecuado. Referente a muchas cosas se juzga con miras estrechas y se cree que siempre haya habido lo que hoy o en el curso de los próximos dos o tres siglos sucede, como asimismo las leyes de la evolución humana. Principalmente se piensa que lo que hoy es considerado como desconocido, siempre haya sido “desconocido”. Es por esta razón que ahora se tiene tanta dificultad para comprender sin prejuicios los relatos que se refieren a los tiempos pasados como por ejemplo la época en que el Cristo vivió sobre la Tierra.
De lo que el Cristo Jesús realizó sobre la Tierra, el autor del Evangelio de Lucas nos habla de tal manera que, si concebimos el sentido de sus relatos, hemos de formarnos un concepto cada vez más claro de lo que fue, en aquel tiempo, la evolución de la humanidad. Para comprenderlo mejor, es preciso llamar nuevamente la atención sobre lo dicho en otras oportunidades; esto es que el origen de nuestra humanidad actual se remonta al tiempo de la catástrofe atlante, y que nuestros prístinos antecesores o sea nuestras propias almas, vivieron en la antigua Atlántida, aquel continente que hemos de situar entre Europa y África, por un lado, y América, por el otro. El gran cataclismo atlante originó la transformación de la faz de la Tierra. Los pobladores de la Atlántida emigraron hacia el Este y hacia el Oeste, estableciéndose en los distintos territorios de la manera que hemos descrito para los tiempos postatlantes. Así surgieron las civilizaciones que también hemos caracterizado: la cultura de la antigua India, la antigua cultura persa, la egipcio-caldea, la grecoromana y nuestra cultura actual.
Sería un concepto erróneo acerca de la evolución de la humanidad creer que durante todo el tiempo de la evolución post-atlante la naturaleza del ser humano siempre haya sido igual a la de ahora. Por el contrario, aquélla se ha modificado constantemente a tal grado que el ser humano ha sufrido enormes cambios. Los documentos históricos exteriores dan cuenta de pocos milenios solamente. Tan sólo el documento inaccesible a la investigación exterior que ya hemos caracterizado y al que hemos llamado la “Crónica del Akasha”, nos informa sobre la evolución transcurrida desde la catástrofe atlante. Nos enteramos pues que después de dicha catástrofe, primero se ha desarrollado la antigua cultura india durante la cual el hombre vivía aún más identificado con su cuerpo etéreo y no tan fuertemente unido con su cuerpo físico como más tarde sucedió. La gran mayoría de la población india ha sido nebulosamente clarividente, sin haber desarrollado la clara conciencia del Yo, como la que hoy conocemos. Su conciencia se parecía a la nuestra del ensueño, pero abarcó las profundidades de la existencia, con la visión del mundo espiritual. Para el hombre actual es de suma importancia tener conciencia - incluso para su futura evolución - de lo relacionado con el conocimiento y la forma del conocimiento. Siempre hacemos notar cómo nuestros antecesores de la antigua India veían el mundo, y que eran mucho más clarividentes que los hombres de tiempos posteriores. Pero si queremos comprender el Evangelio de Lucas, también hemos de hablar de otra particularidad de aquella época.
Debido al hecho de que el cuerpo etéreo sobresalía todo el cuerpo físico, encontrándose, a la vez, menos unido con éste que en nuestros tiempos, resultó que todas las fuerzas y cualidades anímicas del hombre tuvieron mayor poder sobre el cuerpo físico. Pero cuanto más el cuerpo etéreo penetraba en el físico, tanto menos poder ejercía sobre éste. En los antiguos atlantes, la parte del cuerpo etéreo que corresponde a la cabeza, aún sobresalía en mucho el cuerpo físico. En cierta medida, todavía fue así en los hombres de la antigua India. Esto les permitía, por una parte, desenvolver la conciencia clarividente y, por otra parte, ejercer un gran poder sobre los procesos del cuerpo físico. En la época actual, el cuerpo etéreo ha penetrado lo más profundamente en el cuerpo físico; y ya hemos llegado casi al extremo en que el cuerpo etéreo volverá a salir, para liberarse e independizarse del cuerpo físico. A medida que la evolución de la humanidad transcurre hacia el porvenir, el cuerpo etéreo irá separándose, cada vez más, del físico. Actualmente, la humanidad ya ha pasado un tanto el punto más bajo, el de la mayor conjunción de los cuerpos etéreo y físico. Si comparamos un cuerpo humano de la antigua India con el actual, podemos decir que en aquel tiempo el cuerpo etéreo se hallaba relativamente libre, y el alma desplegaba fuerzas que ejercían su efecto sobre el cuerpo físico. En tal caso, la organización etérea, por estar menos atada a lo físico, acoge las fuerzas del alma y, por su dominio sobre el cuerpo físico, resulta que todas las influencias que el alma recibe, influyen también en gran medida en el cuerpo. Así se explica que, si en la época de la antigua India alguien lanzaba una palabra de odio contra otra persona, fue como un “pinchazo” que se sintió hasta en la conformación física. Pues el alma influía en el cuerpo etéreo y éste en el cuerpo físico. Por otra parte, una palabra de amor producía en el prójimo amplitud, calor y le abría el corazón, efectos que se sentían también en el cuerpo físico. Tanto las palabras de amor como asimismo las de odio influían en los procesos del cuerpo. Estas influencias iban disminuyendo en la medida en que el cuerpo etéreo penetraba en el físico. Todo esto se presenta ahora en forma distinta. Las palabras que se emiten, influyen ante todo en el alma, y ya son pocas las personas que sienten una palabra de odio como algo que les oprimiese hasta en lo físico; ni tampoco que una palabra de amor ampliase y beneficiase todo su ser. Aquellos singulares efectos de las palabras de amor o de odio que hasta en nuestros días sentimos físicamente en nuestro corazón, fueron de enorme intensidad al comienzo de la evolución post-atlante, y ello también permitía hacer uso de ellos de un modo muy distinto del de hoy. Ahora, nada depende de cómo se emita una palabra, pues aunque sea con todo el amor y calidez, la actual organización del ser humano, hasta cierto grado la rechaza, no dejándola penetrar. Su efecto depende no solamente de cómo se emita sino también de cómo se acoja.
Resulta pues que hoy no es posible influir directamente en el alma humana de tal manera que ello penetre hasta en toda la organización física. No obstante, en cierto modo si será posible, puesto que nos aproximamos a un tiempo por venir en que lo espiritual volverá a tener la importancia que le corresponde. Ciertamente, en el actual ciclo evolutivo poco podemos hacer en este campo para que el amor, la benevolencia y la sabiduría se transmitan directamente de nuestra alma al alma del prójimo y que en ésta adquieran la fuerza de obrar hasta sobre el cuerpo físico. Hemos de resignar y decirnos que esto sólo se logrará paso a paso. Sin embargo, esta influencia espiritual vuelve a abrirse paso. Comenzará justamente sobre el terreno en que se arraigue la Ciencia Espiritual, puesto que la cosmovisión antroposófica es, a la vez, el comienzo del aumento de las influencias sobre el alma. Actualmente, raras veces será posible que de una palabra emanen efectos hasta en lo físico; pero es posible que, trabajando juntos, los hombres se dediquen a acoger en su alma una suma de verdades espirituales. Estas verdades espirituales van a ganar en vigor y adquirir poder en las almas, y con ello la fuerza para influir incluso en la organización física a fin de formarla conforme al contenido de esas verdades. De esta manera, lo anímico-espiritual volverá a ganar en el porvenir una fuerza poderosa sobre lo físico para formar éste cual una imagen refleja de aquél.
En los tiempos antiguos de la primitiva cultura india, lo que se llama “curar” también ha sido otra cosa que en los tiempos posteriores; pues todo esto se vincula con lo que acabamos de exponer. Con la influencia en el alma también se ejercía un enorme efecto sobre el cuerpo y, debido a ello fue posible, mediante la palabra compenetrada del adecuado impulso volitivo, influir en el alma de otra persona de tal manera que esta alma transmitía el efecto sobre el cuerpo etéreo y éste, a su vez, sobre el cuerpo físico. Así fue posible ejercer el efecto adecuado sobre el alma y, de la referida manera, sobre el cuerpo físico a fin de sanar la organización enferma. Si nos imaginamos que el médico de la antigua India poseía estas facultades en el más alto grado, comprenderemos que en aquel tiempo todo “curar” ha sido un proceso mucho más espiritual de lo que hoy puede ser, y subrayo: de lo que puede ser. Pero ya estamos acercándonos a la posibilidad de semejante manera de obrar. Lo que desde las alturas cósmicas espirituales traemos como una cosmovisión, como una suma de verdades que concuerdan con el contenido espiritual del mundo, se verterá en las almas humanas y, en el curso de la evolución de la humanidad, se convertirá en un medio de curación conforme a la más intima naturaleza del hombre. En la vida, desde ahora hacia el porvenir, la Ciencia Espiritual será el gran remedio terapéutico para las almas. Con todo, hemos de comprender que la humanidad se encontraba en un camino de evolución descendiente, porque las influencias espirituales estaban en decadencia; y que ahora estamos en el punto más bajo de la evolución, de modo que solo lentamente podremos volver a elevarnos a las alturas en que antaño estábamos.
Las influencias que en la antigua India existían tan extensamente, se perdieron lentamente. Algo parecido, un influjo anímico, existió aún en la antigua cultura egipcia. Cuando más nos remontamos dentro de los tiempos de la cultura egipcia, tanto más encontramos que hubo un influjo directo de un alma en otra, influencia que luego se transmitía sobre la organización física. Mucho menos existió tal influencia en el antiguo tiempo persa (anterior a la cultura egipcia) pues la cultura persa tenía otra misión; estaba llamada a dar el primer impulso para la penetración en el mundo físico. En lo relativo a las cualidades caracterizadas, la cultura egipcia ha tenido más afinidad con la antigua india que con la persa. En el pueblo persa, el alma comienza a encerrarse en si misma y a tener cada vez menos poder sobre la organización física, porque tenia la misión de ir desarrollando la autoconciencia. Es por esta razón que la cultura que se había conservado el dominio de lo espiritual sobre lo físico, debió confluir con otra corriente que principalmente estuvo destinada a engendrar la autoconciencia; y esas dos corrientes encuentran una especie de compensación en la cultura greco-romana la que fue el cuarto período dentro de las culturas post-atlantes. En esta última cultura la humanidad ya ha descendido tanto al mundo físico para producir una especie de equilibrio entre lo físico y lo anímico-espiritual. Se puede decir que en esta cuarta cultura el espíritu y el alma tuvieron aproximadamente el mismo dominio sobre el cuerpo que éste, a su vez, tuvo sobre el alma. Se ha producido algo así como un equilibrio entre ambas fuerzas.
Pero la humanidad debe pasar por una prueba ante el mundo a fin de capacitarse para volver a ascender a las alturas espirituales; y por esto sucedió que desde el tiempo greco-romano ella descendió aun más en la materialidad física. En nuestro tiempo de la quinta cultura post-atlante, el hombre tuvo que descender debajo de la línea del equilibrio; sólo pudo entonces elevarse en su interioridad y adquirir la conciencia del mundo espiritual, en forma más bien teórica. Debió fortalecerse interiormente.
Vemos pues que durante la cultura greco-romana hubo un estado de equilibrio, mientras que en nuestros tiempos lo físico predomina sobre lo espiritual-anímico, de modo que en cierto sentido lo espiritual-anímico ya no tiene poder, y sólo es posible acogerlo teóricamente. Durante siglos, la interioridad del hombre tuvo que limitarse a fortalecerse en sí misma de un modo que no abarcaba la conciencia exterior. Pero deberá volver a cobrar nuevas fuerzas y desarrollar una nueva conciencia. En la sexta cultura postatlante, esta conciencia habrá alcanzado cierto poder: el hombre habrá entonces adquirido una cierta suma de espiritualidad la que, en vez de lo meramente teórico, le dará sabiduría y verdad vivientes. Lo espiritual será entonces tan potente que ejercerá el dominio sobre el cuerpo físico; pero no desde afuera, sino desde su propio ser interior.
Desde tal punto de vista ¿Cómo podemos explicar la misión de la Ciencia Espiritual, la Antroposofía, para con la humanidad?. Si en nuestros tiempos la Ciencia Espiritual se hará en el alma humana cada vez más viviente, la capacitará no sólo de obrar sobre el intelecto, sino que irá dándole calor; y el alma adquirirá el dominio sobre lo físico. Naturalmente, esto sólo será posible a través de ciertas etapas y mediante pasos que incluso puedan parecer retrasos y hasta daños. Pero se tratará de formas transitorias que prepararán el camino hacia un estado en que el hombre acogerá lo espiritual en sus ideas, un estado que significará el dominio de lo anímico-espiritual sobre lo físico-material. Todo hombre que ahora no sólo se interese por la sabiduría de la Ciencia Espiritual porque ella satisface su intelecto, sino que pueda entusiasmarse de las verdades de dicha ciencia, porque éstas le dan una íntima y viviente satisfacción, será un precursor de una humanidad que habrá conquistado el adecuado dominio del alma sobre el cuerpo. En nuestros tiempos ya podemos exponer las grandes verdades, así como lo hemos hecho en las conferencias anteriores, a saber: los grandiosos acontecimientos del confluir del budismo con el zaratustrismo, los sucesos palestinenses al principio de nuestra era, y el hecho de que la sabiduría de la evolución del mundo ha creado las dos figuras del Jesús natánico y del Jesús salomónico.
Podría haber una doble manera de contemplar lo expuesto. Alguien podría decir: “Al principio, todo me parece algo fantástico para la ciencia actual; sin embargo, si considero los efectos exteriormente visibles, todo se me presenta bastante comprensible; y se aclara el contenido de los Evangelios si se presume que es correcto lo que se extrae de la Crónica del Akasha”. En cuanto a las figuras de los dos niños Jesús, se podría decir: “Ahora me explico mucho de lo que antes no pude comprender.” Otro más podría decir: “Si considero todo cuanto la investigación oculta me dice sobre el maravilloso actuar del Nirmanakaya del Buda que se vincula con el anunciamiento a los pastores, y si también contemplo la otra corriente en que el astro guió a los sabios de Zoroastro, cuando su jefe volvió a descender a la Tierra; todo este confluir me da la impresión de una indescriptible belleza dentro del devenir del mundo”. Efectivamente, se puede recibir la impresión de algo maravilloso, grandioso y poderoso que en verdad puede enardecer a nuestra alma y entusiasmarla por los procesos de la evolución del mundo.
Esto es lo mejor que de las grandes verdades podemos ganar. Las “pequeñas” verdades podrán satisfacer nuestra búsqueda de conocimientos; las “grandes” verdades, a su vez, darán calor a nuestro ánimo y diremos: lo que observamos en los procesos de la evolución del mundo, ¡Es de una belleza maravillosa!. Y lo maravilloso y grandioso echará raíz en nuestro ser y nos eleva sobre la mera comprensión teórica. Aquí citamos lo que dice el Cristo, según el Evangelio de Lucas.

El sembrador salió a sembrar su simiente; y sembrando, una
parte cayó junto al camino, y fue pisoteada; y las aves del cielo
la comieron. Y otra parte cayó sobre la roca; y nacida, se secó,
porque no tenía humedad. Y otra parte cayó entre las espinas: y
creciendo las espinas juntamente, la ahogaron. Y otra parte
cayó en buena tierra, y cuando fue nacida, llevó fruto
centuplicado. (Lucas, 8, 5-8).

Así también ocurre con la cosmovisión antroposófica; a ella podemos aplicar lo que el Cristo Jesús dijo a sus discípulos para explicarles esta parábola. La semilla representa el reino de los dioses, el reino del cielo y del espíritu. Este reino del espíritu es la semilla que debe verterse en las almas humanas para dar sus frutos sobre la Tierra. Pero hay hombres que con sus fuerzas del alma restringidas rechazan la cosmovisión espiritual, el reino de las entidades divino-espirituales. Los obstáculos del alma lo devoran. Esto es el caso de muchos respecto las palabras del Cristo-Jesús, y lo es también referente la actitud de muchos frente a lo que la Antroposofía quiere dar al mundo; es como si las aves lo comieran sin dejarlo penetrar en el suelo. Hay otras almas que solo comprenden que se trata de verdades plausibles, pero verdades que no compenetran su propia sustancia y naturaleza. Serán capaces de transmitir a otros la sabiduría, pero sin haberse identificado con ella. Estas almas se parecen a los granos que cayeron sobre la roca. Otros granos cayeron entre las espinas que no los dejan crecer. Esto significa que Cristo Jesús habla de personas las que, si bien son capaces de comprender la palabra de la verdad espiritual, sus preocupaciones e intereses habituales hacen las veces de las espinas que no les dejan compenetrarse de las verdades espirituales. Hoy en día hay muchísimas almas que gustosamente aceptarían las verdades de la ciencia espiritual, pero la vida exterior las absorbe de una manera que no pueden sobreponerse a ella. Muy pocos son los hombres capaces de desenvolver en si mismos dichas verdades con absoluta libertad; son los que se parecen a la semilla que cae en buena tierra. Sienten el elemento antroposófico como verdad viviente, lo acogen en el alma y viven enteramente con él. Ellos son a la vez los precursores del eficiente obrar de las verdades espirituales en el porvenir. Pero nadie podrá convencerse de la eficacia de las verdades espirituales, sin haber conquistado la debida confianza y la fuerza persuasiva a través de la propia fuerza interior del alma.
No es prueba en contra de la eficiencia de la verdad espiritual si en unas u otras personas aún no se nota su efecto sobre lo físico. Por el contrario, se puede decir que se debe considerar como una prueba de lo sano de la verdad espiritual el hecho de que frecuentemente ejerce un efecto negativo en poderosos cuerpos físicos. Así, por ejemplo, cuando un niño de débil salud física, porque desde muy temprano solo haya respirado el aire contaminado de una gran ciudad, no recupera la salud si de repente cambia a la atmósfera sana y fresca de las montañas, sino que podrá enfermarse aún más, justamente porque no resiste tal influjo. Así como esto no constituye un argumento contra lo sano del aire de montaña, así tampoco seria una prueba contra el efecto de los conocimientos espirituales si éstos, al penetrar en ciertas naturalezas humanas, pueden causar perjuicios temporales; pues esos conocimientos chocan con lo que desde siglos y milenios ha venido heredándose en los cuerpos humanos, y esto es algo que no concuerda con esas verdades.
En el mundo físico aún no podemos buscar las pruebas para estos hechos; debemos compenetrarnos de esos conocimientos, y así quedaremos convencidos de su verdad. Si bien puede haber pruebas de indicios en el mundo exterior, es preciso penetrar en las profundidades para ganar la convicción de que si los conocimientos antroposóficos parecen ser chocantes, es porque se enfrentan con condiciones malsanas dentro de la humanidad. La sabiduría espiritual es sana, lo que no siempre puede decirse de los hombres. Por esta razón es comprensible que ahora no se revele todo el contenido de esa sabiduría, ya que, de otro modo, haría demasiado daño; los hombres de cierta naturaleza quedarían con sus fuerzas quebrantadas, del mismo modo que la salud física por efecto del aire de montaña. Sólo paulatinamente pueden revelarse las grandes sabidurías, y esto conducirá a mejor salud de la humanidad.
Esta es la misión del “movimiento científico-espiritual”. Con él, los hombres volverán a conquistar lo que debieron perder; esto es, el dominio de lo espiritual-anímico sobre lo material. Lentamente, a partir de la cultura de la antigua India hubo aún hombres que, como herencia de tiempos antiguos, poseían el cuerpo etéreo parcialmente fuera del cuerpo físico siendo, por ello, susceptibles de influencias anímico-espirituales. Por esta misma razón, el Cristo debió venir justamente en esa época. Si hubiera venido en la nuestra, no habría podido obrar de la misma manera como en aquel tiempo, ni tampoco dar el gran ejemplo como lo hizo entonces. En nuestra era tropezaría con organismos humanos mucho más identificados con la materia física. El Cristo mismo tendría que incorporarse en una organización física que ya no permitiría ejercer como en su tiempo, el poderoso efecto de lo anímicoespiritual sobre lo físico.
No solamente el Cristo sino también otras entidades tendrían que contar con esas condiciones, y la evolución de la humanidad sólo es comprensible si se la considera desde tal punto de vista. Tomemos el ejemplo de la misión del Buda: él dio a la humanidad la suprema doctrina del amor y de la piedad, como asimismo lo que se describe como el sendero de ocho etapas. Pero no hay que pensar que el Buda, si apareciera hoy, lo podría hacer de la misma manera, pues en nuestro tiempo no seria posible ofrecerle al Buda una organización física como instrumento adecuado de su evolución. El organismo físico del ser humano cambia continuamente, por lo que fue necesario observar exactamente el momento en que el Buda pudiera encontrar esa organización modelo para realizar el grandioso hecho del sendero de ocho etapas, destinado a ejercer su influencia y hacerla comprensible espiritualmente. Podría parecer extraño, sin embargo es así: todo cuanto la humanidad ha podido realizar posteriormente en lo filosófico y en lo moral, representa tan sólo un débil comienzo por el camino de alcanzar lo que las enseñanzas del Buda contienen. Por más que la gente admire toda clase de filosofías, como el kantianismo y otros sistemas; todo esto no es más que un principio elemental, comparado con los amplios fundamentos del sendero de ocho etapas; y la humanidad tardará mucho en elevarse a la comprensión de todo su contenido. El Buda actuó en su tiempo y dio al mundo la doctrina del amor y de la piedad como un hito de orientación para las futuras generaciones que por sus propias fuerzas deberán llegar a la comprensión de las verdades del sendero de ocho etapas. En la sexta cultura habrá un apreciable número de personas capaces de comprenderlas. Ciertamente, hemos de recorrer un camino muy largo hasta que el hombre pueda decirse: “Por las fuerzas del alma propia hemos llegado a conquistar lo que el Buda ha expuesto del sexto al quinto siglo antes de nuestra era; ahora, en nuestra alma, nos parecemos al Buda”.
Lentamente, la humanidad ascenderá a la cúspide. Los primeros exponentes son los que juntos con la respectiva individualidad forman parte de una gran era y que traen a la humanidad los elementos para comprender la nueva enseñanza. Los demás ascienden lentamente, y mucho más tarde alcanzan lo que se les indica como la meta. Finalmente, cuando cierto número de personas habrá alcanzado el grado de desarrollo para emprender el sendero de ocho etapas, no como algo simplemente relatado en los libros del budismo, sino como algo propio, alcanzado por la cognición de su alma, esas mismas personas, también habrán llegado bastante lejos en cuanto a otro elemento de su desarrollo. En mi libro “¿Cómo se adquiere el conocimiento de los mundos superiores?”, dícese cómo se relaciona el desenvolvimiento de la flor de loto de dieciséis pétalos con el sendero de ocho etapas. Por el sendero de ocho etapas el hombre desarrollará el loto de dieciséis pétalos; entre ambos hay una íntima relación. Para el que penetra en el sendero de la evolución de la humanidad existe un indicio para conocer el grado de esta evolución: concuerda con el grado de desarrollo de la flor de loto de dieciséis pétalos, la cual será uno de los primeros órganos del que el hombre podrá servirse en el tiempo por venir. Una vez desarrollado este órgano, habrá cierto dominio de lo anímico-espiritual sobre lo físico. Únicamente el que se decida a buscar el desarrollo en sentido esotérico, podrá decir que realmente ha tomado el camino que es el sendero de ocho etapas. Los demás lo “estudiar”, lo cual, naturalmente, es muy útil, y les ayudará a evolucionar.
Por lo que antecede, también comprenderemos que lo espiritual-anímico sólo puede ejercer su influencia en las personas que ya hayan comenzado a compenetrar orgánicamente su alma propia de lo que reciben como sabiduría espiritual. En la medida en que el sendero de ocho etapas llegue a convertirse en vivencia del alma, obrará, a su vez, sobre lo físico. Los muy inteligentes materialistas podrán objetar, por cierto, que hayan visto a un hombre que había comenzado un desarrollo espiritual y, a pesar de ello, murió a los cincuenta años. Esto demuestra, dirán ellos, que la sabiduría espiritual muy poco ha contribuido para prolongar la vida. Sin embargo, no se aporta el argumento contrario, esto es, cuánto tiempo ese hombre hubiera vivido sin haber pasado por el desarrollo espiritual; pues podría ser que en tal caso sólo habría llegado a la edad de cuarenta años. Lo esencial es que las cosas se consideren de esta manera, en vez de verificar solamente lo sucedido, sin prestar atención a lo que no esté a la vista.
Hemos visto que lentamente la humanidad perdió el dominio de lo espiritual-anímico sobre lo físico, evolución que duró hasta dentro de la cuarta cultura en que el Cristo vino a la Tierra y en que aún había bastante personas que evidenciaban la influencia de lo espiritual en lo físico. Aquel fue el momento en que el Cristo debió venir a la Tierra; pues en caso de haber venido más tarde, no hubiera sido posible evidenciar las cosas en la misma forma en que fueron realizadas. Todo debió hacerse en ese preciso momento.
¿Qué es lo que significa la venida del Cristo al mundo?.
Significa que el hombre, al comprender correctamente la naturaleza del Cristo, va aprendiendo a servirse de su autoconciencia, con todo el poder de la conciencia de su Yo, y que este Yo va ganando el absoluto dominio sobre todo su ser. Mediante este Yo, consciente de sí mismo, será posible recuperar todo cuanto la humanidad había perdido en el curso de los tiempos. Pero así como el Buda tuvo que traer por primera vez las verdades del sendero de ocho etapas, así también, antes de concluir los tiempos antiguos, fue necesario dar el ejemplo del dominio del principio del Yo sobre todo cuanto en el mundo pueda existir de procesos de la corporalidad. Si el principio del Cristo entrara ahora al mundo, ya no sería posible ejercer los grandiosos efectos terapéuticos como en aquel tiempo. Esto sólo se pudo hacer porque aún había hombres con su cuerpo etéreo suficientemente elevado sobre el cuerpo físico para que aquél, mediante la mera palabra, o el mero tocar, pudiese recibir tan poderosa influencia de la que hoy, en el mejor de los casos, sólo puede haber la más débil reminiscencia. La humanidad empezó a desarrollar el Yo para que ante todo pudiese comprender la naturaleza del Cristo, como punto de partida para reconquistar lo que en tiempos pasados había perdido. En los últimos hombres de la característica anterior debió evidenciarse cómo el Yo, que en su plenitud existió en el Cristo Jesús, tal como existirá en todos los hombres al final de la evolución terrestre, obró poderosamente sobre todo el ser humano de aquel tiempo. Esto lo describe el autor del Evangelio de Lucas a fin de mostrarnos: “El Cristo trae al mundo un Yo que penetra los cuerpos físico, etéreo y astral de manera tal que sus efectos se hacen sentir en toda la organización corpórea”. Con ello quiso mostrar lo que sigue. Cuando el hombre, en el curso de cientos de miles de años, se haya apropiado de toda la fuerza que puede emanar del Yo del Cristo, entonces del Yo de cada uno podrán emanar efectos como los que del Cristo irradiaron hacia la humanidad. Esto se mostró en todas las esferas para la humanidad de aquel tiempo.
Se mostró, por ejemplo, que hay enfermedades que tienen su origen en el cuerpo astral del hombre y que se manifiestan según la naturaleza de todo el organismo humano Hoy en día puede ser que las deficiencias morales de una persona queden limitadas al ámbito del alma misma. Puesto que, actualmente, el alma no posee el dominio sobre el cuerpo como en la era del Cristo, resulta que el pecado no ha de convertirse tan fácilmente, en enfermedad física. Pero, paso a paso vamos acercándonos nuevamente al estado en que el cuerpo etéreo sobrepasa el físico. En consecuencia, comienza una época en que habrá que poner sumo cuidado que los defectos anímicos en lo moral e intelectual, no se conviertan en enfermedades físicas. Ya estamos al comienzo de este nuevo tiempo; y muchas enfermedades que se consideran como en parte anímicas, en parte corpóreas, esto es, las enfermedades “neuróticas”, señalan el comienzo del nuevo tiempo. Debido a que en sus percepciones y en su pensar el hombre actual haya sufrido la influencia de lo discordante del mundo circundante, se manifiestan las consecuencias en forma de “histerismo” y cosas parecidas. Pero esto se vincula con las peculiaridades de nuestra evolución en lo espiritual la que se inicia y que tiene que ver con la separación del cuerpo etéreo. Cuando el Cristo vino a la Tierra, había muchos hombres en los cuales sus pecados, principalmente pecados caracterológicos originados en deficiencias del pasado, encontraban su expresión en enfermedades. Lo que en el Evangelio de Lucas se llama “endemoniado” es, en el fondo, un pecado arraigado en el cuerpo astral, manifestándose como enfermedad. Son estados en que el hombre atrae seres extraños a su cuerpo astral, en el cual, mediante sus buenas cualidades, él no domina a toda su naturaleza humana. En las personas en que el cuerpo etéreo estaba aún separado del cuerpo físico, sucedía en aquellos tiempos que las deficiencias morales ejercían una influencia como la que el autor del Evangelio de Lucas nos relata como una clase de enfermedades que se expresan como el hallarse endemoniado. Y el Evangelio nos dice que semejantes personas se curaron al acercarse al Cristo Jesús y por las palabras de Él, de manera que se echó fuera lo malo que en esas personas obraba. Esto se da como un preanuncio de que al final de la evolución terrestre las cualidades del Bien ejercerán su efecto saludable sobre todas las demás.
Generalmente no se descubre lo que es menos llamativo, lo que se esconde detrás de otros aspectos; pues se hace también referencia a otras enfermedades, como las que se mencionan en el capitulo sobre la “curación del paralítico”. En aquellos tiempos aún se sabía que semejante enfermedad tiene su origen en las propiedades del cuerpo etéreo. El relato de que el Cristo Jesús cura también a los paralíticos significa, pues, que las fuerzas de su individualidad ejercen su influencia no sólo en el cuerpo astral, sino incluso en el cuerpo etéreo, de modo que también las personas con deficiencias en el cuerpo etéreo pueden ser curadas por las influencias descriptas. Justamente cuando el Cristo habla del “pecado más hondo” arraigado en el cuerpo etéreo, emplea una expresión singular que nos evidencia que ante todo hay que eliminar la causa espiritual de la enfermedad. Pues al paralítico no le dice: “¡Levántate y anda!” sino que alude a la causa que influye hasta en lo etéreo, y le dice: “¡Tus pecados te son perdonados!”. Esto quiere decir que primero hay que eliminar lo que como un pecado había penetrado el cuerpo etéreo. Los exegetas de la Biblia generalmente no prestan atención a este discernimiento y no se dan cuenta de que aquí se evidencia que la influencia del Cristo se extendía no sólo a los enigmas del cuerpo astral sino también a los del cuerpo etéreo. Es más, se extendía hasta a los enigmas del cuerpo físico.
¿En qué sentido se hace referencia a los enigmas del cuerpo físico los que en cierto modo son los más profundos?.
En lo externo de la vida se manifiesta claramente la influencia que se ejerce de cuerpo astral a cuerpo astral: mediante una palabra llena de odio se puede herir a una persona; ella oye tal palabra y la siente en su cuerpo astral como un dolor. He aquí la correlación entre cuerpo astral y cuerpo astral. Más escondida se halla la correlación entre cuerpo etéreo y cuerpo etéreo, pues se trata de efectos sutiles de hombre a hombre que hoy día ni siquiera se tienen en cuenta. Pero las influencias más escondidas son las que afectan el cuerpo físico, porque éste, más que los otros, corre un velo ante la influencia de lo espiritual, debido a su densidad material. Para comprender cómo el Cristo ejerce el dominio sobre el cuerpo físico, hemos de referirnos a algo totalmente incomprensible para el pensamiento materialista de nuestros tiempos, pues ello presupone ciertos conocimientos de la Ciencia Espiritual.
El Cristo Jesús demuestra que le es posible mirar a través de la corporalidad física y ejercer su influencia hasta dentro de ella misma, y que de esta manera puede, con sus fuerzas, curar las enfermedades que tienen su origen en el cuerpo físico. Pero para ello es necesario conocer las influencias enigmáticas del cuerpo físico de una persona en el cuerpo físico de otra. Si se considera al ser humano como delimitado por la epidermis, no es posible actuar espiritualmente. Muchas veces hemos dicho que un dedo de nuestra mano es más inteligente que nosotros mismos, pues sabe que la sangre no podría circular en él, si no circulase ordenadamente por todo el cuerpo y que, separado del organismo, tendría que secarse. Del mismo modo, si el hombre tuviera conocimiento de las condiciones de su cuerpo, sabría que por su organización física pertenece a toda la humanidad y que constantemente se producen influencias de uno en el otro; además que la propia salud física no puede considerarse separada de la salud de toda la humanidad. Ciertamente lo reconocerá en lo superficial, no así en los efectos sutiles; pues ignora los hechos. Aquí en el Evangelio de Lucas se alude a estos efectos sutiles, como lo expresa el octavo capítulo:

Y aconteció que volviendo Jesús, recibióle la gente; porque todos
le esperaban. Y hubo un hombre, llamado Jairo que era príncipe
de la sinagoga, y cayendo a los pies de Jesús, le rogaba que
entrase en su casa, porque tenía una hija única, como de doce
años que se estaba muriendo. Y yendo, le apretaba la multitud. Y
una mujer, que tenía flujo de sangre hacía ya doce años, la cual
había gastado en médicos toda su fortuna, y por ninguno había
podido ser curada, al acercarse por las espaldas, tocó el borde de
su vestimenta; y luego se estancó el flujo de su sangre.

Al Cristo se le ruega curar a la hijita de Jairo, de doce años. ¿Como será posible, estando ella por morir?. Sólo lo comprenderemos si tenemos presente que su enfermedad física hallase en relación con un fenómeno en otra persona, y que no es posible curarla sin tomar en cuenta aquel otro fenómeno. Pues, al nacer la que ahora tiene doce años, hubo un vínculo profundamente kármico con otra persona. Es por esta razón que se nos relata que por las espaldas se acercaba a Jesús una mujer que desde hacía ya doce años tenía cierta enfermedad y que ella tocaba el borde de su vestimenta. Había un vínculo kármico entre la niña de doce años y la mujer que desde doce años atrás estaba enferma. Es por ello que se nos presenta el enigma numeral: a Jesús se acerca una mujer con una enfermedad que ya duraba doce años; ella encuentra la salud - y sólo ahora entra Jesús a la casa de Jairo y puede curar a la niña de doce años que ya se había considerado muerta.
Para comprender el karma que obra de hombre a hombre, hay que contemplar lo profundo de tales vínculos, y así se comprenderá la tercera de las maneras de obrar del Cristo Jesús: la que abarca todo el organismo humano. Y con ello se proyecta una luz sobre el supremo obrar del Cristo, según el Evangelio de Lucas.
Así se nos enseña claramente cómo el Yo del Cristo con toda su esencia influyó en los distintos principios del ser humano. Esto es lo esencial; y el autor del Evangelio de Lucas que en los respectivos capítulos enfoca especialmente los efectos terapéuticos, quiso mostrar que éstos representan el desenvolvimiento de las fuerzas del Yo en el apogeo de la evolución de la humanidad. Se nos enseña, pues, que el Cristo debió influir en el cuerpo astral, el cuerpo etéreo y el cuerpo físico del organismo humano. En cierto modo, Lucas señala el gran ideal de la evolución de la humanidad, diciendo: “mirad vuestro porvenir. Vuestro Yo, tal como se ha desarrollado hasta ahora, aún está débil; poco dominio puede ejercer. Pero con el correr de los tiempos llegará a dominar y a transformar los cuerpos astral, etéreo y físico. El Cristo os ha enseñado el gran ideal de conquistar este dominio”.
Estas son las verdades en que se basan los Evangelios y que sólo pudieron transmitir los que no se apoyaban en documentos exteriores, sino en el testimonio de los que “lo vieron con sus ojos” y que fueron “ministros del Verbo”. Paso a paso, la humanidad alcanzará la comprensión del contenido de los Evangelios. Con ello se apropiará las verdades de los documentos religiosos con tal intensidad y con tanta fuerza que esas verdades influirán realmente en todos los principios de la organización humana.

GA114 Basilea 21 de sept. de 1909 Los dos niños de Jesús. La encarnación del Cristo en Jesús de Nazaret.Vishna Karman, Ahura Mazdao, Yahvé. La Logia Espiritual de los Doce Bodhisattvas y el Decimotercero. -evangelio de S. Lucas

RUDOLF STEINER

LOS DOS NIÑOS JESÚS
VISHVA KARMAN – AHURA MAZDAO – CRISTO


Basilea 21 de sept. de 1909

séptima conferencia

En los últimos días hemos tratado de formarnos una idea acerca de las entidades más importantes de que nos habla el Evangelio de Lucas, y hemos adquirido conceptos que abarcan lo fundamental de este documento. Más aún nos hace falta estudiar la ulterior evolución de la entidad principal de los Evangelios y, con ello, de la entidad principal de nuestra Tierra, el Cristo Jesús mismo. En primer lugar, hemos de recordar lo que ya hemos dicho, o sea que el Cristo Jesús, del cual trata el Evangelio, nació, por decirlo así, físicamente como el Jesús natánico de la casa de David. Este niño llega a los doce años y, en el momento de haber cumplido su desarrollo hasta tal edad, penetra en su cuerpo la yoidad que en tiempos pasados se había incorporado en la entidad que inauguró la cultura persa; de modo que a partir de los doce años de edad se nos presenta el Yo de Zoroastro en el cuerpo del Jesús natánico. Y ahora nos incumbe seguir exactamente la evolución de esta entidad. Para tal fin, hemos de recordar algo que comprenderemos por nuestras anteriores contemplaciones científico-espirituales.
Sabemos que en el desarrollo normal del ser humano hay un periodo importante desde el nacimiento hasta los siete años de edad; otro periodo importante transcurre desde los siete hasta la edad de catorce años aproximadamente, es decir, hasta la madurez sexual; después sigue el periodo de los catorce hasta los veintiún años, al que siguen los que terminan a los veintiocho y a los treinta y cinco años de edad, respectivamente. Se entiende que estos periodos no hay que tomarlos minuciosamente de manera que siempre terminen exactamente al cumplirse los años respectivos, sino que la importante transición que se produce por el séptimo año, ha de considerarse como coincidente con la segunda dentición. Esto significa que dicha transición no se produce de golpe sino gradualmente dentro del tiempo de la segunda dentición. De un modo similar, los demás pasajes también se cumplen paulatinamente. Sabemos que (según lo expuesto más extensamente en mi escrito “La educación del niño desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual”) al término de los siete años ocurre, espiritualmente, algo similar a lo que físicamente ocurre al dejar el niño el seno de la madre; esto es, se produce una especie de nacimiento etéreo. A los catorce años, con la madurez sexual, tiene lugar un nacimiento astral; se independiza entonces el cuerpo astral del hombre. Pero el desarrollo humano se presentará todavía más complicado, si, con los ojos del espíritu, lo estudiamos más exactamente. Tal como el hombre suele observar las cosas de la vida, se le escapan las importantes diferencias dentro del curso de toda la vida, las cuales se producen incluso en los años avanzados de la vida. Hoy día se considera que a partir de determinada edad ya no tiene lugar sino muy poco de importancia en el organismo humano. Sin embargo, esta opinión se basa en una observación grosera, pues en verdad, sí observamos más exactamente, notaremos ciertas diferencias en el desarrollo del hombre, hasta en los años avanzados.
Al desprenderse el niño de la envoltura física materna, resulta que en realidad no nace sino el cuerpo físico del hombre, de modo que es el cuerpo físico que en los primeros siete años de la vida se presenta libremente. Naturalmente, para el educador es de suma importancia tener conocimiento de este hecho. Después, al separarse la envoltura etérea, también el cuerpo etéreo se presenta libremente y, a los catorce años, al desprenderse la envoltura astral, queda libre el cuerpo astral. Empero, solo comprenderemos exactamente la entidad humana si tomamos en consideración la estructura dada en mi libro TEOSOFÍA en que figura la ulterior división de los vehículos anímicos de la naturaleza humana. Allí se describe que después del cuerpo vital tenemos el llamado “cuerpo sensible”, y es éste que, frente al mundo externo, queda totalmente libre - hablando con exactitud - en el periodo de los catorce a los veintiún años de edad. A los veintiún años, va haciéndose libre lo que se llama el “alma sensible”; a los veintiocho años, el “alma racional”; después el “alma consciente”. Así sucede en el ser humano de nuestra época. El que observa la vida humana según los conocimientos de la Ciencia Espiritual, sabe muy bien que esos estados evolutivos existen, y los grandes conductores de la humanidad saben, además, que el trigésimo quinto año es de extraordinaria importancia en la vida del hombre. Dante también sabía por qué se refirió expresamente a la edad de treinta y cinco años en que tuvo las grandiosas visiones cósmicas que forman el contenido de su gran poema universal. Lo señala al comienzo de la “Divina Comedia” que esas visiones las tuvo a la edad de treinta y cinco años. Es la edad en que el desarrollo del ser humano llega a la capacidad de utilizar plenamente, como sus instrumentos, las facultades que dependen del cuerpo sensible, del alma sensible y del alma racional.
En todos los tiempos, las grandes individualidades, al hablar de la evolución del hombre, siempre se referían a esa división. No obstante, en Oriente los períodos son algo distintos, de modo que, para la cultura oriental, no se hacían las mismas diferencias en cuanto a la división; pero en Occidente siempre había que hacerlas. Los griegos, por ejemplo, empleaban otras palabras para designar lo mismo que nosotros. Para describir lo anímico, empezaban con lo que nosotros llamamos “cuerpo vital”, denominándolo Treptikon; para el “cuerpo sensible” usaban un término significativo: Estetikon; el “alma sensible” la llamaban Orektikon, y el “alma racional” Kinetikon. El “alma consciente” que en nuestros tiempos es el tesoro más valioso del ser humano, la llamaban Dianoétikon. Esta es, exactamente señalada, la evolución del ser humano.
Ahora bien, debido a ciertas condiciones que luego vamos a elucidar, el desarrollo del Jesús natánico se había adelantado y esto, por otra parte, fue posible porque en aquel territorio la pubertad se producía más temprano. Hubo, además, otras causas particulares, por las cuales, lo que generalmente se produce a los catorce años, sucedió para él a los doce años; y lo que, por lo común, se produce a los veintiún años, sucedió para él a los diecinueve; y los procesos que comúnmente tienen lugar a los veintiocho y a los treinta y cinco años, ocurrieron en su vida a los veintiséis y a los treinta y tres años, respectivamente. También hay que tener presente que físicamente tenemos al “Jesús natánico” hasta la edad de doce años, pero que a partir de esta edad vive en su cuerpo el Yo de Zoroastro. ¿Qué significa esto?. Esto quiere decir que a partir de los doce años aquel Yo maduro estuvo activo para formar el cuerpo sensible, el alma sensible y el alma racional del Jesús natánico de tal manera como sólo pudo hacerlo un Yo tan maduro, el cual, durante las más diversas encarnaciones había experimentado los destinos del Yo de Zoroastro. Así se nos presenta el hecho maravilloso de que a los doce años se incorporó el Yo de Zoroastro en el cuerpo del Jesús natánico para desarrollar en su alma todas las facultades de la manera más perfecta. Se formó, pues, un cuerpo sensible capaz de elevar la mirada hacia el cosmos y de recibir la impresión de la entidad espiritual del antiguo Ahura Mazdao; en su alma sensible surgió la sabiduría que sólo pudo desarrollarse sobre la base del conocimiento relacionado con el Ahura Mazdao; se formó, además, un alma racional capaz de comprender, es decir, de formarse conceptos claros de lo que, anteriormente, la humanidad sólo había recibido desde afuera a través de las corrientes espirituales. De esta manera se desarrolló el Jesús natánico, con el Yo de Zoroastro en su ser, hasta cerca de los treinta años de edad. Surgió entonces otro acontecimiento. Volvió a producirse, pero ahora de una manera más universal y más importante, el fenómeno que en cierto modo había tenido lugar a la edad de doce años del Jesús natánico, cuando lo más íntimo de su ser se había compenetrado de un nuevo Yo. Vemos que, al llegar a los treinta años, el Yo de Zoroastro ha terminado de cumplir su misión para con el alma del Jesús natánico, habiendo desarrollado sus facultades de la manera más sublime y habiéndole infundido todo cuanto había adquirido en el curso de sus encarnaciones pasadas. De modo que pudo decir: “Ahora he cumplido mi misión: El Yo de Zoroastro dejó entonces el cuerpo del Jesús natánico.
Hasta los doce años de edad, el Yo de Zoroastro había vivido en el cuerpo del Jesús salomónico; éste, después de abandonarle el Yo de Zoroastro, no pudo seguir su desarrollo terrenal, el cual quedó detenido. Ciertamente había alcanzado una madurez extraordinaria, debido a que poseía un Yo tan elevado. Quien hubiera observado exteriormente al niño Jesús salomónico, habría comprobado que poseía una madurez espiritual precoz en el más alto grado; pero su desarrollo quedó interrumpido al abandonarle el Yo de Zoroastro. Y, al acercarse el momento - relativamente temprano - de la muerte de la madre del Jesús natánico, o sea el hecho de que su entidad espiritual fuera elevada al mundo espiritual, sucedió que ella llevó consigo los valores eternos y las fuerzas creadoras del niño Jesús salomónico, el que también murió, aproximadamente al mismo tiempo que la madre del Jesús natánico.
Fue una envoltura etérea muy valiosa la que se separó del cuerpo del Jesús salomónico. Sabemos que el cuerpo etéreo del hombre alcanza su principal desarrollo entre los siete años de edad y la madurez sexual. En este caso, se trató del cuerpo etéreo evolucionado por las fuerzas del Yo de Zoroastro. También sabemos que en el momento de la muerte, el cuerpo etéreo deja el cuerpo físico y que normalmente queda desprendido todo lo no utilizable para la eternidad; sólo una especie de extracto del cuerpo etéreo llevase al mundo espiritual. En el caso del Jesús salomónico, la mayor parte de su cuerpo etéreo resultó utilizable para la eternidad, y la madre del Jesús natánico llevó la totalidad del cuerpo vital de aquel niño al mundo espiritual. El cuerpo etéreo del hombre forma y construye su cuerpo físico. Podemos imaginarnos que entre el cuerpo etéreo del Jesús salomónico que fue llevado al mundo espiritual, por un lado, y el Yo de Zoroastro, por el otro lado, hubo efectivamente una profunda afinidad, ya que ambos estaban unidos durante la vida terrenal hasta los doce años y, cuando el Yo de Zoroastro dejó el cuerpo de Jesús de Nazareth, volvieron a hacerse valer las fuerzas de afinidad entre el Yo de Zoroastro y el cuerpo etéreo que perteneciera al niño Jesús salomónico. Uno y otro volvieron a reunirse para formarse entonces un nuevo cuerpo físico. El Yo de Zoroastro poseía tal madurez que no le hacia falta volver a pasar por el mundo espiritual, sino que después de relativamente breve tiempo, mediante el cuerpo etéreo que acabamos de caracterizar, pudo formarse un nuevo cuerpo físico. Así vino a nacer, por vez primera, aquel ser que después volvió a aparecer siempre de nuevo, con relativamente breves intervalos entre cada muerte y un nuevo nacimiento. Esta entidad que de la manera descripta ha vuelto a reunirse con el cuerpo etéreo que había dejado, transita desde entonces por la historia de la humanidad, habiéndose convertido, como es de imaginar, en la más grande ayuda de todos los hombres que buscaron la comprensión del magno acontecimiento palestinense. Esta individualidad que pasa por la transición de los tiempos, es llamada el Maestro Jesús. Así vemos que Zoroastro, después del reencuentro de su Yo con su cuerpo etéreo, empezó, como “Maestro Jesús”, a tomar su camino por la evolución de la humanidad; y desde entonces vuelve a encarnarse, siempre de nuevo, sobre nuestra Tierra con la misión de dirigir la corriente espiritual del cristianismo; él inspira a aquellos que buscan la comprensión de la evolución viviente del cristianismo, inclusive en las Escuelas Esotéricas, para el continuo cultivo de las enseñanzas del cristianismo. Inspira a las grandes figuras espirituales del cristianismo, enseñándoles sin cesar lo que significa el magno acontecimiento de Palestina.
El Yo de Zoroastro ha dado sus fuerzas al cuerpo del Jesús natánico desde los doce a los treinta años de edad. Después de haberlo abandonado, otra entidad penetró en dicho cuerpo. El bautismo en el Jordán es caracterizado en todos los Evangelios como el momento en que, en lugar del Yo de Zoroastro, un “Yo supremo” penetró en el Jesús natánico. En otra oportunidad, ya hemos señalado que en aquellos tiempos antiguos el “bautismo” había sido algo muy distinto de lo que fue más tarde, cuando llegó a ser un mero símbolo. Juan Bautista también lo ejecutó de un modo distinto, pues los bautizados fueron sumergidos en el agua con todo su cuerpo. Por lo expuesto en otras conferencias antroposóficas sabemos que en tales casos puede ocurrir algo muy importante. Incluso en la vida común, cuando una persona está por ahogarse y sufre un “shock”, puede suceder que se le presenta la imagen de toda su vida pasada cual un extenso cuadro. Esto acontece porque se produce, por un instante, lo que comúnmente sólo ocurre después de la muerte: el cuerpo etéreo se separa del cuerpo físico y queda libre de las fuerzas de este último. Esto también ocurrió en la mayoría de las personas bautizadas por Juan, y principalmente sucedió en el bautismo del Jesús natánico cuyo cuerpo etéreo fue quitado del cuerpo físico. En ese mismo instante pudo penetrar y posesionarse del cuerpo de Jesús la suprema entidad a la que damos el nombre de Cristo; de modo que desde el momento del bautismo ejecutado por Juan, la entidad del Cristo mora en el Jesús natánico. Esto es el significado de las palabras que así figuran en los primitivos Evangelios: “¡Este es mi hijo amado, hoy lo he engendrado!”; quiere decir que ahora se ha engendrado al Hijo del Cielo, al Cristo, fecundado por la Divinidad Unitaria que compenetra el Universo y concebido por el cuerpo y toda la organización del Jesús natánico al que se había preparado para recibir de las Alturas el germen del futuro fruto. “¡Este es mi Hijo amado, hoy lo he engendrado!”, así figura en los Evangelios primitivos, y así, verdaderamente, debiera figurar en los Evangelios que conocemos.
¿Quién es la entidad que en aquel momento se unió con el cuerpo etéreo del Jesús natánico?.
Es la entidad del Cristo cuya naturaleza no es comprensible sí únicamente se toma en consideración la evolución terrestre. Pues el Cristo es la entidad a la que tenemos que llamar el ductor de las entidades espirituales que, al separarse el Sol de la Tierra, se retiraron de ésta conjuntamente con el Sol y se crearon un escenario superior, a fin de obrar desde el Sol, o sea desde afuera, sobre la Tierra. Por consiguiente, si nos remontamos a los tiempos precristianos, abarcando todo el período desde la separación del Sol de la Tierra hasta la aparición del Cristo sobre la Tierra, hemos de decirnos: cuando el hombre elevaba la mirada hacia el Sol, tendría que haber sentido, según la madurez de sus sentimientos, lo que enseñaba el gran Zoroastro, esto es, que la luz solar y el calor que nos llegan del Sol, no son sino la vestidura física de las supremas entidades espirituales, rayos poderosos espirituales que desde el Sol penetran la Tierra. Y el ductor de todas esas entidades que desde el Sol transmiten a la Tierra su obrar benéfico, es precisamente la entidad que más tarde fue llamado el “Cristo”. Por lo tanto, en los tiempos precristianos había que buscarla no sobre la Tierra, sino en el Sol. Con razón, Zoroastro la llamaba “Ahura Mazdao” que vivía en el Sol y decía: “Sobre la Tierra no encontramos a este Espíritu-Luz, pero si dirigimos la mirada hacia el Sol, se nos presenta la entidad espiritual que es el Ahura Mazdao, y la luz que de allí fluye a nosotros, es el cuerpo del Espíritu Solar, Ahura Mazdao, al igual que el cuerpo físico humano es el cuerpo del espíritu del hombre.” Pero gracias a los grandes acontecimientos cósmicos, esta suprema entidad iba acercándose, cada vez más, a la esfera de la. Tierra. En cierto modo, la facultad clarividente pudo percibir, más y más, el acercarse del Cristo a la Tierra. Cuando Moisés, el gran precursor del Cristo Jesús, recibió su revelación en el fuego, sobre el Monte Sinaí, fue el reconocimiento de este mismo Cristo.
¿Cuál fue el significado de estas revelaciones recibidas por Moisés?.
Decían que la entidad del Cristo que se acercaba a la Tierra, se revelaba primero cuál una imagen de reflejo, comparable al fenómeno que nos presenta la Luna en cada noche de luna llena. Es luz solar lo que fluye hacia nosotros, si bien la llamamos luz de la luna, debido a que la luz solar nos es reflejada por la luna. En el zarzal ardiente y en el fuego sobre el Sinaí, Moisés vio al “Cristo”. A través de un reflejo percibió al Cristo en forma análoga a como se percibe la luz solar reflejada por la luna. Así como decimos “luz de la luna” cuando percibimos la luz solar reflejada por la luna, así también se llamó Jehová al “Cristo”. Jehová es, por lo tanto, el reflejo del Cristo, antes de que éste apareciera sobre la Tierra. De esta manera, el Cristo se manifestaba indirectamente a la sabiduría humana que aún no podía verlo en su verdadera naturaleza; del mismo modo que la luz solar se manifiesta a través de los rayos lunares, durante una noche de luna llena que sin ella quedaría oscura. Jehová es el Cristo, no directamente percibido, sino como luz reflejada.
Estaba previsto que, cada vez más, el Cristo debió acercarse al conocimiento y a la percepción del hombre, y que El mismo debió venir a la Tierra, por un tiempo; vivir como hombre entre hombres, copartícipe de la existencia humana sobre la Tierra, tal como antes, desde el cosmos, Él se había revelado a los iniciados. Los que poseían la sabiduría del mundo siempre sabían que el Cristo existe, y como Él se revelaba de la manera más diversa, también se le daban los nombres más diversos. Zoroastro le llamó “Ahura Mazdao”, porque se le revelaba en la vestidura de la Luz Solar. Los grandes maestros de la humanidad de la antigua India, los santos Rishis, sabían, como iniciados, de la existencia de esta entidad; pero también sabían que, con la sabiduría terrestre de aquella época, no fue posible alcanzarla. Por ello se decía que esa entidad vivía más allá de la región de los siete Rishis y se le llamaba “Vishva Karman”. “Vishva Karman” y “Ahura Mazdao” son distintos nombres para la entidad que desde las Alturas espirituales, desde sitios cósmicos, se acercaba lentamente a la Tierra.
Empero, fue necesario preparar la evolución de la humanidad para que un cuerpo pudiera dar cabida a ese ser. Para ello, una entidad como la que vivió en el gran Zoroastro debió llegar a la madurez por la evolución a través de sus encarnaciones, para poder desarrollar las facultades del cuerpo sensible, del alma sensible y del alma racional dentro de un cuerpo tan puro como lo fue el de Jesús de Nazareth. Esto debió prepararse paso a paso, pues para el debido desarrollo del alma sensible y del alma racional, debió primero pasar un Yo por todas las experiencias y vivencias por las que pasó Zoroastro; y éste Yo debió transformar las facultades del Jesús natánico. Esto no hubiera sido posible en tiempos anteriores, pues para el desarrollo del niño Jesús natánico debieron obrar no sólo el Yo de Zoroastro sino también la suprema entidad que hemos caracterizado como el Nirmanakaya del Buda, la que principalmente obraba desde afuera, a partir del nacimiento hasta los doce años de edad. Pero esto también necesitaba su preparación, ya que el Bodisatva mismo debió primero elevarse a la existencia del Buda, a fin de posibilitar el desarrollo del cuerpo espiritual del Nirmanakaya y para que éste pudiese obrar en el niño Jesús natánico desde el nacimiento hasta los doce años.
Cuando la humanidad realmente llegue a comprender las grandes sabidurías contenidas en las antiguas leyendas, podrá verificar que de una manera maravillosa esas leyendas contienen todo cuanto nosotros desciframos de la Crónica del Akasha. Se nos relata, y con razón, que ya en la antigua India se conoció la entidad del Cristo, como ser cósmico, allende de la esfera de los siete santos Rishis. Ellos sabían que esa entidad vivía en las Alturas y que paulatinamente se acercaba a la Tierra. Zoroastro también sabia que debía dirigir la mirada desde la Tierra hacia el Sol; y el antiguo pueblo hebreo estaba preparado, gracias a las cualidades y facultades a que en la conferencia anterior nos hemos referido, para percibir la reflexión de la entidad del Cristo. Otra leyenda nos relata que el Buda, cuando se preparaba para elevarse del Bodisatva al Buda, tuvo contacto con el Vishva Karman al que más tarde se llamó el Cristo. Dicha leyenda relata que al emprender la importante salida de su palacio, en que hasta tal momento estaba protegido, el Buda vio primero a un anciano, luego a un enfermo, y finalmente un cadáver, conociendo así los infortunios de la vida; después vio a un monje el que se había retirado de la vida en que rigen la vejez, la enfermedad y la muerte. Y el Buda se decidió - así lo relata la leyenda que expresa una gran verdad - a no salir inmediatamente sino a volver una vez más al palacio. La leyenda también nos dice que durante dicha salida, el Buda fue ataviado, desde las alturas espirituales, con la fuerza que Vishva Karman, el Artista Divino, el cual le apareció, envió a la Tierra. El Bodisatva fue ornado con la fuerza del Vishva Karman mismo, al que más tarde se le llamó el “Cristo”. De modo que para el Bodisatva, el Cristo fue todavía un ser que se hallaba fuera y que aún no estaba unido con él. Había llegado a casi los treinta años de edad; pero en aquel tiempo aún no hubiera podido promover la acogida del Cristo en un cuerpo humano. Para ello debió alcanzar la debida madurez, y fue precisamente su existencia como Buda la que le dio esta madurez. Después, cuando apareció en su Nirmanakaya, fue con la misión de influir en el cuerpo del Jesús natánico, en el cual él mismo no se incorporó, para darle la madurez de acoger al Vishva Karman, el Cristo. De esta manera obraron, en su conjunto, las fuerzas de la evolución terrestre a fin de preparar el magno acontecimiento.
Ahora hemos de preguntarnos: ¿Cuál es la relación que existe entre el Cristo, el “Vishva Karman”, y tales entidades como lo son los “bodisatvas”, uno de los cuales ha sido el que más tarde se convirtió en “Buda”?.
Esta pregunta nos aproxima a uno de los más profundos misterios de nuestra evolución terrestre. Para el sentir del hombre de nuestra época generalmente será muy difícil formarse una idea siquiera aproximada de lo grandioso que se esconde detrás de este misterio. Dentro del conjunto de nuestro cosmos al que pertenece la Tierra, existen en total doce Bodisatvas semejantes al que, cinco a seis siglos antes de nuestra era, se convirtió en Buda y que tuvo la misión de traer a la humanidad la gran doctrina de la piedad y del amor. Así como él tuvo esta misión, así también cada uno de los demás tiene su misión específica la que debe cumplir dentro del periodo terrestre que le corresponde. El Buda se halla íntimamente vinculado a la misión de la Tierra porque el desenvolvimiento del sentido moral es justamente la misión de nuestra época, a contar desde el tiempo del Buda, cinco a seis siglos antes de nuestra era, hasta que el nuevo Bodisatva llegue a vivir sobre la Tierra, como el Maitreya-Buda. Así, precisamente, progresa la evolución de la Tierra: de tiempo en tiempo descienden los Bodisatvas para infundir a la evolución lo que es el objetivo de su misión. Si pudiéramos abarcar con la mirada a toda la evolución terrestre, encontraríamos a doce Bodisatvas que pertenecen a la poderosa comunidad de entidades espirituales que de tiempo en tiempo tiene que enviar a la Tierra a uno de los Bodisatvas como misionero especial, uno de los grandes maestros. Existe, en cierto modo, una Gran Logia de doce Bodisatvas la que rige toda la evolución de nuestra Tierra. Esencialmente, podemos compararlos con lo que - en un nivel inferior - conocemos como “maestro”. Son maestros, grandes inspiradores dentro de una u otra esfera de lo que la humanidad ha de conquistar.
¿De dónde reciben los Bodisatvas lo que en las distintas épocas deben transmitir?.
Quien pudiera echar la mirada al grupo de los doce Bodisatvas, la Gran Logia Espiritual, notaría que en medio de los doce está sentada una decimotercera entidad a la que no podemos llamar maestro en el mismo sentido que a los doce Bodisatvas, sino que hemos de llamarla el ser del que substancialmente fluye la sabiduría misma. Por ello, es correcto y se expresa un hecho real si decimos: Los doce Bodisatvas se hallan sentados en la Gran Logia Espiritual, sumergidos en la “contemplación” de la suprema entidad que se halla en el centro y que hacia ellos hace fluir todo aquello que, como la misión de cada uno, deben transmitir a la evolución terrestre. Del decimotercero fluye lo que los doce tienen que enseñar. Ellos son los “maestros”, los inspiradores; el decimotercero es, como entidad en si, lo que los demás enseñan, y ellos son sus mensajeros, de época en época. El es la misma entidad a la cual los antiguos Rishis llamaron “Vishva Karman”, a la que Zoroastro llamo “Ahura Mazdao”; es la entidad a la que nosotros llamamos el Cristo. El contenido de las enseñanzas de todo el coro de los Bodisatvas es la enseñanza de lo que es el Cristo, ¡lo que fue el Vishva Karman!. Así se entiende que el Buda ha sido ornado con las fuerzas del Vishva Karman; pero aquel que como el Jesús natánico había acogido en sí mismo al Cristo, no solo fue “ornado” sino que fue “ungido”, esto es ¡compenetrado del Vishva Karman, del Cristo!.
En todas partes donde los hombres tuvieron la noción, o el conocimiento adquirido por la iniciación, de estos grandes misterios de la evolución de la humanidad, hubo algo como un símbolo, una imagen de tal misterio. Así, por ejemplo, en los poco conocidos enigmáticos Misterios del Norte de Europa - los Misterios de los Trotos - ha sido creado, ya antes del advenimiento del cristianismo, un símbolo terrenal de la Logia de los doce Bodisatvas. En esos Misterios de los antiguos tiempos europeos, siempre hubo una comunidad de doce maestros los que enseñaban dentro de la evolución espiritual, y entre ellos el décimo tercero el que no enseñaba sino que, por su misma presencia, irradiaba la sabiduría que los demás recibían. Esto fue, sobre la Tierra, la imagen de un hecho celeste. Otro ejemplo nos da el poema “Los Enigmas” donde Goethe se refiere a su inspiración rosacruz y relata que doce hermanos se hallan sentados en torno del decimotercero, el que no necesariamente tiene que ser un gran maestro; pues el muy sencillo hermano Marcos ha de ser designado el decimotercero, después de la muerte del que está por dejarlos. Pues el elegido no será el portador de una enseñanza sino que ha de representar la substancia espiritual misma. Así fue en todas partes donde se tenía noción o el conocimiento de estos profundos hechos.
Resulta, pues, que el bautismo en el Jordán marca el momento de la evolución de la humanidad en que el “Decimotercero” celestial apareció como la sustancia espiritual misma de la Tierra, de la cual debieron hablar y enseñar todos los demás, los Bodisatvas y Budas; y para que esa entidad pudiese incorporarse en un cuerpo humano, fueron necesarios todos aquellos inmensos pasos previos. En ello consiste el misterio del bautismo en el Jordán, y esa es la entidad que se describe en los Evangelios: Vishva Karman, Ahura Mazdao o el Cristo en el cuerpo del Jesús natánico. Hombre entre hombres, debió vivir sobre la Tierra durante tres años, en el Ser terrenal que, hasta la edad de treinta años, había sufrido todo cuanto hemos descrito en el curso de estas conferencias. Este Jesús natánico estuvo compenetrado e iluminado por la entidad que anteriormente estaba escondida en la luz y en los rayos del Sol que irradiaban desde el cosmos, esto es, la misma entidad que con el Sol, en tiempos remotos, se había separado de la Tierra.
Además, podemos preguntarnos: ¿Por qué esta entidad se ha reunido tan tarde con la evolución de la humanidad sobre la Tierra?. ¿Por qué no descendió antes para penetrar en un cuerpo etéreo humano como lo hizo en el bautismo del Jordán?.
Lo podemos elucidar si llegamos a comprender exactamente el acontecimiento que en el Antiguo Testamento se describe como el “pecado original” y que consiste en que ciertas entidades que habían quedado retrasadas sobre el nivel evolutivo de la antigua Luna, penetraron en el cuerpo astral humano durante el período terrestre de la Lemuria. Entidades luciféricas penetraron entonces en el cuerpo astral humano. La Biblia lo relata simbólicamente en la imagen del pecado original en el Paraíso. Por el hecho de que estas fuerzas penetraron en su cuerpo astral, el hombre ha quedado más enredado en las vicisitudes terrenales de lo que, de otro modo, hubiera sucedido. Sin este influjo luciférico, el hombre en cierto modo hubiera realizado su evolución terrenal en esferas más elevadas, no tan atado a la materia terrestre; quiere decir que debido a ello descendió a la Tierra antes del tiempo originariamente previsto. Ahora bien, si más tarde no hubiera acontecido nada más que lo anteriormente expuesto, todo el efecto de las fuerzas luciféricas arraigadas en el cuerpo astral, igualmente se habría extendido sobre el cuerpo etéreo humano. Esto es algo que las potencias cósmicas debieron impedir y, por esta razón, debió producirse algo particularmente importante. (Todo el significado de estos hechos se comprenderá más claramente por el contenido de mi “Ciencia Oculta”). Después de haber penetrado las fuerzas luciféricas en el cuerpo astral del hombre, se habían creado condiciones que no debían mantenerse, había que preservarlo de la influencia en su cuerpo etéreo de las fuerzas luciféricas. Esto se logró por medio del hecho de hacerlo incapaz de utilizar la totalidad de su cuerpo etéreo; una parte de éste fue sustraído al libre uso del hombre. Sin esta ayuda benéfica de parte de los dioses, es decir, si el hombre se hubiera quedado con toda la fuerza sobre su cuerpo etéreo, jamás habría encontrado, de la manera correspondiente, su camino por la evolución terrestre. Determinadas partes del cuerpo etéreo debieron quitarse al hombre a fin de conservarlas para tiempos posteriores. Tratemos de examinar espiritualmente de qué partes se trataba.
El organismo humano se constituye, en primer lugar, de substancias que también observamos en el mundo exterior; a saber: de lo “térreo” o sólido; de “agua” o sustancia líquida; y de “aire” o sustancia gaseiforme. Estos son los elementos que componen el cuerpo físico del hombre, al igual que todo lo físico. Lo etéreo comienza con el primer estado etéreo al que llamamos el estado del éter del fuego, o simplemente “fuego”. Fuego o calor, lo que la física de nuestros tiempos no considera como algo substancial, sino meramente como movimiento; este es el primer estado del éter. El segundo es el éter de la luz, o simplemente “luz”; el tercer estado es el que al hombre no aparece en su forma primitiva; pues en el mundo físico sólo percibe un reflejo, cual una sombra de este éter, en forma de sonido. Pero a lo que, exteriormente percibido, es “sonido”, corresponde algo que es más sutil, etéreo, espiritual; de modo que al tono físico lo tenemos que considerar como un reflejo o sombra del tono espiritual, esto es, del éter del sonido o éter numérico. El cuarto dominio del éter es el éter de la vida, en el cual se basa todo lo que realmente es “vida”. En concordancia con lo que actualmente es el hombre físico, su “ser anímico” se expresa en su corporalidad física y en su cuerpo etéreo; pero a todo lo anímico corresponden determinadas substancias de lo etéreo. Lo que llamamos voluntad, se expresa en el elemento etéreo del “fuego”. Quien posea un poco de sensibilidad para ciertas correlaciones, podrá sentir que, en cierto modo, se justifica decir que la voluntad, que físicamente se expresa en la sangre, vive en el elemento fuego de lo etéreo. Físicamente se expresa en la sangre, o bien el movimiento de la sangre. Lo que llamamos sentimiento, se expresa en la parte del cuerpo etéreo que corresponde al “éter de la luz”. Así se explica que el clarividente ve los impulsos volitivos del hombre cual llamas de fuego que cruzan su cuerpo etéreo e irradian en su cuerpo astral; los sentimientos los ve como formas luminosas. Además, lo que el alma experimenta en el pensar y lo que expresamos con “palabras”, como sombras del pensar, tiene su órgano en el “éter del sonido”. Nuestras palabras se basan en los pensamientos, son formas de expresión de los pensamientos. Estas formas de expresión llenan el espacio etéreo mediante oscilaciones que atraviesan el éter del sonido. Lo que se manifiesta como “sonido”, es meramente la sombra de las oscilaciones del pensar. Mas lo intimo de nuestros pensamientos, lo que les confiere sentido, pertenece, por su estado etéreo, al “éter de la vida”.

Sentido - Éter de la vida.
Pensar - Éter del sonido.
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Sentimiento - Éter de la luz.
Voluntad - Éter del fuego.
Aire.
Agua.
Tierra.

En el periodo de la Lemuria, después de la influencia luciférica, solamente las dos inferiores de las cuatro categorías del éter se dejaron a la libre disposición del hombre, o sea, el éter del fuego y el éter de la luz; en cambio, le quedaron sustraídas las dos superiores. En este hecho radica el verdadero sentido de cuanto se nos dice: después de haber alcanzado, por la influencia luciférica, el discernimiento entre el Bien y el Mal – dicho simbólicamente: por comer del “árbol del conocimiento”- le fue vedado al hombre comer del “árbol de la vida”. Esto significa que le fue sustraído lo que libremente hubiese compenetrado el éter de los pensamientos y el éter del sentido. Por consiguiente, el hombre debió desenvolverse de la siguiente manera: el hombre ha quedado libre en cuanto al empleo de su voluntad, la puede hacer valer como algo “personal”, como así también sus sentimientos. Sentimiento y voluntad han quedado libres para el actuar personal del hombre; de ahí se explica lo individual del mundo de los sentimientos y de la voluntad. En cambio, lo individual, cesa de manifestarse tan pronto como el hombre se eleve del sentimiento al pensar, o ya al elevarse a la palabra como expresión del pensamiento, durante la vida física. Los sentimientos y la voluntad de todo hombre son algo individual, mas al elevarnos al mundo de las palabras y de los pensamientos, entramos en algo general. No es posible que cada uno se forme sus propios pensamientos, pues no podríamos entendernos mutuamente si los pensamientos tuviesen el mismo carácter individual que los sentimientos. El pensar y el sentido fueron sustraídos al libre empleo del hombre y, por un tiempo, conservados en la esfera de los dioses, para que más tarde fuesen dados al hombre. Es por esta razón que a la redonda de toda la Tierra encontramos a hombres individuales, es decir, con sentimientos e impulsos volitivos individuales; en cambio, en todas partes existe igualdad de los pensamientos y, en cada pueblo, igualdad de lenguaje. Donde hay un idioma común, existe también una deidad del pueblo en común. Esta esfera se sustrae al arbitrio del hombre; en ella obran, por ahora, los dioses.
Cuando Zoroastro alzó la mirada hacia el reino de lo espiritual, pudo decir a sus discípulos: “Desde el cielo fluye el calor, el fuego; desde el cielo fluye la luz; ellos son la vestimenta de Ahura Mazdao; pero detrás de ella se oculta lo que aún no ha descendido, lo que ha quedado en las alturas espirituales, lo que sólo ha proyectado una sombra en los pensamientos y en las palabras del hombre físico.” Detrás del calor y de la luz del Sol se oculta lo que vive en el sonido y en el sentido y que sólo se anunció a los que pudieron ver lo que hay detrás de la luz y cuya relación con la palabra del mundo físico es comparable a la relación que existe entre el Verbo Celeste y aquella parte de la vida que fue preservada de la influencia humana. De ahí que Zoroastro decía: “Elevad la mirada a Ahura Mazdao quien se manifiesta en la vestimenta física de la luz y del calor. Detrás de ella se halla el Verbo Divino Creador que va acercándose a la Tierra”.
¿Qué es Vishva Karman?. ¿Qué es Ahura Mazdao?. ¿Qué es el Cristo en su verdadera naturaleza?.
¡Es el Verbo Divino Creador!. Es por ello que en la doctrina de Zoroastro se nos comunica que él ha sido iniciado para percibir a Ahura Mazdao a través de la luz, pero asimismo al “Verbo Divino Creador”, llamado Honover, que debió descender a la Tierra y que, en el momento del bautismo en el Jordán, por primera vez descendió en un cuerpo etéreo humano. El Verbo Espiritual que desde la época de la Lemuria había quedado retenido, desde las alturas etéreas penetró en ese momento en el cuerpo etéreo del Jesús natánico. Una vez cumplido el bautismo, ¿Qué había sucedido?. ¡El “Verbo” se había hecho carne!.
Como videntes, Zoroastro y los que estaban iniciados en sus misterios, siempre han hablado del “Verbo” que se oculta detrás del calor y de la luz. Ellos fueron “Ministros del Verbo”, y el autor del Evangelio de Lucas escribió lo que transmitieron quienes “lo vieron por sus ojos” y, por ello, se hicieron ministros del Verbo.
Este ejemplo nos muestra nuevamente que los Evangelios deben tomarse en el sentido propio de la palabra. Lo que, debido al principio luciférico, durante tan largo tiempo se había negado a la humanidad, se ha hecho carne, al descender a la Tierra, y vivió sobre la Tierra como arquetipo y ejemplo para aquellos que llegarán a comprender su naturaleza. Nuestra sabiduría terrestre ha de orientarse por el ejemplo que los Bodisatvas nos dieron, cuya misión es, en cada época, transmitir a la humanidad lo que es el Decimotercero entre ellos. A nosotros nos corresponde profundizar nuestra Ciencia Espiritual y emplear nuestra sabiduría, nuestros conocimientos y los resultados de la investigación espiritual para comprender la esencia y la naturaleza del Vishva Karman, del Ahura Mazdao - ¡y del Cristo!.

traducción de Julio Luelmo sept. 2018