CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA207 Dornach, 15 de octubre de 1921 - El despertar del yo adormecido por causa de la apariencia de los sentidos

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RUDOLF STEINER

EL DESPERTAR DEL YO ADORMECIDO POR CAUSA DE LA APARIENCIA DE LOS SENTIDOS

Conferencia 10

Dornach, 15 de octubre de 1921

Quisiera volver una vez más sobre las últimas consideraciones. Hemos intentado representar cómo deben entenderse la vida espiritual humana, la vida del alma humana y la vida corporal humana. Si representamos la vida anímica humana, es decir, lo que el ser humano siente en su interior como pensar, sentir y voluntad, vemos que el pensar, es decir, lo que se experimenta directamente como contenido del pensamiento, tiene lugar entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico, que el sentir tiene lugar entre el cuerpo etérico y el cuerpo astral, y la voluntad entre el cuerpo astral y el yo. De ello se desprende que los pensamientos, en la medida en que somos plenamente conscientes de ellos, sólo representan lo que surge de las profundidades de nuestro propio ser y, en realidad, sólo pueden dar forma a las oleadas de la vida anímica. De las profundidades del ser humano surgen algo así como sombras, que llenan nuestra conciencia y son entonces el contenido de nuestros pensamientos.

Si quisiéramos visualizar el asunto esquemáticamente, podríamos decir: cuerpo físico (ver dibujo, azul), cuerpo etérico (naranja), cuerpo astral (rojo) y yo (violeta). Entonces tendríamos el contenido del pensamiento entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico.

Pero por mis descripciones de las últimas conferencias habrán visto que este contenido de pensamiento es en verdad algo mucho más real que lo que experimentamos en la conciencia. Lo que experimentamos en nuestra conciencia es sólo algo que, como he dicho, produce oleadas desde las profundidades de nuestro ser hasta el yo. Ahí es donde surge. El contenido emocional se encuentra entre el cuerpo etérico y el cuerpo astral y de nuevo late hasta el yo, y el contenido de la voluntad se encuentra entonces entre el cuerpo astral y el yo. Por lo tanto, está más cerca del yo. Podemos decir: En la voluntad el yo se experimenta a sí mismo en su forma más directa, mientras que el contenido del sentir y del pensar reposa en las profundidades de nuestro ser y sólo las oleadas llegan hasta nuestro yo.

Pero ahora también sabemos que la voluntad, que el contenido de la voluntad tal como es experimentado por nosotros, es experimentado sordamente. Por lo que se refiere a la voluntad tal como vive, digamos, en un movimiento de brazo, en un movimiento de pierna, no sabemos mas de lo que podemos saber acerca de lo que ocurre entre dormirse y despertarse. La voluntad vive sordamente en nosotros. Sin embargo, es lo que vive en nuestro yo real como lo más cercano a él. Conscientemente, o digamos despiertos, sólo percibimos la voluntad a su vez a través de las sombras del pensamiento que emergen de las profundidades de nuestro ser. Las representaciones que experimentamos conscientemente son imágenes ensombrecidas de un tejido profundo del alma; pero sólo son imágenes ensombrecidas, mientras que la voluntad la experimentamos directa, aunque sordamente. Sin embargo, sólo podemos tener una conciencia despierta de la voluntad por medio de las imágenes ensombrecidas del pensar.

Así es como nos parecen las cosas cuando observamos nuestra naturaleza humana y vemos las profundidades de nuestro ser interior. Vemos lo poco, me gustaría decir, que contenemos de nosotros mismos en nuestra conciencia, lo poco de la parte interior de nuestro ser que asciende hasta nuestra conciencia. En cierto sentido, comprendemos muy poco de lo que somos en nuestro interior, y en realidad sólo percibimos la coloración que el contenido de nuestros pensamientos arroja sobre este yo apagado y volitivo.

Con la conciencia ordinaria, apenas se puede ver más de este yo adormecido lleno de pensamientos como algo directamente real, que lo que experimentamos como nuestro yo adormecido poco antes de despertarnos o poco después de quedarnos dormidos. Pero cuando nos despertamos, en este yo adormecido entra el mundo de las percepciones sensoriales. Simplemente dense cuenta de lo apagada que es su vida entre que se duermen y se despiertan, de modo que experimentan lo apagado como casi vacío. Y sólo cuando se despiertan, cuando abren los sentidos al exterior, cuando llegan las impresiones sensoriales, son capaces de sentirse realmente a sí mismos como un yo sobre la base de las impresiones sensoriales. Ahí es donde la apariencia de las percepciones sensoriales entra en el yo. Allí ese yo apagado del que acabo de hablar está lleno de la apariencia de las percepciones sensoriales. De modo que el yo, como plenamente consciente en el hombre terreno, en realidad sólo vive en ese estado en el que ha entrado en contacto con el mundo exterior a través de las imágenes sensoriales, a través de todo lo que penetra en sus sentidos, y entonces se acerca desde dentro todavía como lo más brillante,  el contenido de pensamiento ensombrecido.

Por tanto, podemos decir que las percepciones sensoriales penetran desde el exterior. El contenido volitivo sólo se percibe débilmente. El contenido emocional surge y se combina con las impresiones sensoriales. Vemos el rojo, nos llena de un cierto sentimiento; vemos el azul, oímos Do sostenido o Do y sentimos algo. Pero también nos formamos ideas sobre lo que son las impresiones sensoriales. El contenido del pensamiento que viene del interior se entrelaza con las impresiones sensoriales. Lo interior se conecta con lo exterior. Pero el hecho de que vivamos en el yo plenamente despierto se debe en realidad a la aparición de los sentidos, y nuestro yo contribuye a ello tanto como lo que acabamos de describir de lo que ocurre en el mundo exterior.

Prestemos atención a esta apariencia sensorial. Observémosla y démonos cuenta de que depende por completo de nuestra existencia física. Sólo puede colmarnos cuando confrontamos nuestro cuerpo físico con el mundo exterior en estado de vigilia. Esta apariencia de los sentidos cesa en el momento en que, al pasar por la muerte, abandonamos nuestro cuerpo físico en el sentido que hemos tratado en las observaciones anteriores.

Entre el nacimiento y la muerte, nuestro yo es despertado, por así decirlo, por la aparición de los sentidos. Como seres humanos terrenales despiertos, de nuestro verdadero ser sólo podemos disponer de lo que está animado por esta apariencia sensorial. Imaginen ahora vívidamente cómo el yo del ser humano capta la apariencia sensorial, que no es más que una apariencia, y la entreteje con su propio ser humano. Consideren ahora el hecho de que un ser exterior se convierte en un ser interior, al igual, -como pueden ver en el sueño-, yo diría que se teje interiormente una tela muy fina en la que se entretejen las impresiones sensoriales. El yo se apodera de lo que llega a través de las impresiones sensoriales. Lo externo se convierte en interno. Pero sólo lo que se convierte en interno puede una persona llevar a través de la puerta de la muerte.

Por lo tanto, lo que una persona lleva por primera vez a través de la puerta de la muerte es un tejido fino. Deja su cuerpo físico. Que fue lo que le dio las impresiones sensoriales. Por eso las impresiones sensoriales son sólo ilusorias, porque el cuerpo físico es desechado. Sólo lo que el yo ha absorbido de la ilusión es llevado a través de la puerta de la muerte. El cuerpo etérico también se desecha poco después de la muerte. De esta manera, sin embargo, lo que está entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico es desechado por el propio ser. Como hemos visto, esto inicialmente se disuelve en el cosmos general, formando sólo el germen para mundos posteriores, pero en realidad no continúa viviendo junto con nuestro ser humano después de la muerte, sino sólo aquello que ha ascendido en oleadas y se ha unido con los sentidos. Si se considera esto, se puede tener una idea aproximada de lo que el hombre lleva consigo a través de la puerta de la muerte.

Por eso, porque esto es así, hay que preguntarse: ¿Cómo puede alguien construir un puente de conexión con una persona fallecida? - no se puede construir este puente de conexión enviando pensamientos abstractos, ideas vagas a la persona fallecida. Si se piensa en la persona fallecida con ideas abstractas, ¿cómo es allí? Las ideas abstractas ya casi no tienen apariencia de sentido, se han desvanecido, pero tampoco vive en ellas nada interiormente real, sólo lo que surge de lo interiormente real. En las ideas abstractas sólo vive un hormigueo con el ser humano. Así que lo que captamos a través de nuestro intelecto es mucho menos real que lo que colma nuestro yo en nuestros sentidos. Lo que llena nuestro yo hace que esté despierto. Pero este contenido despierto sólo se entremezcla con las oleadas que surgen de nuestro propio ser interior. Por eso, si dirigimos pensamientos abstractos y desvaídos a una persona muerta, no puede tener comunión con nosotros; pero sí puede tenerla si imaginamos interiormente de forma bastante concreta cómo estuvimos junto a él allí o allá, cómo le hablamos, cómo quiso esto o aquello de nosotros a través de su propio hablar. El contenido del pensamiento, el pálido contenido del pensamiento, no será de mucha utilidad, pero sí lo será si desarrollamos un fino sentimiento por el sonido de su lenguaje, por el tipo particular de emoción o temperamento con el que nos habló, si sentimos el vívido calor de estar junto a sus deseos, en resumen, si imaginamos esta cosa concreta, pero de tal manera que nuestras imaginaciones sean imágenes: si nos vemos a nosotros mismos como estuvimos de pie o sentados junto a él, como experimentamos el mundo con él. Uno podría creer fácilmente que son precisamente los pálidos pensamientos los que se arquean a través de la brecha de la muerte. Este no es el caso. Las imágenes vívidas se arquean a través de él. En las imágenes de la apariencia de los sentidos, en las imágenes que tenemos sólo por el hecho de nuestros ojos y oídos, nuestro sentido del tacto, etc., en tales imágenes se agita algo que la persona muerta puede percibir. Porque al morir ha dejado a un lado todo lo que no es más que un pensamiento abstracto, pálido, intelectual. Nuestras imágenes mentales pictóricas, en la medida en que las hemos hecho nuestras, las llevamos con nosotros a través de la muerte. Nuestra ciencia, nuestro pensamiento intelectual, todo eso no lo llevamos consigo a través de la muerte. Una persona puede ser un gran matemático, puede tener miríadas de concepciones geométricas, todo esto lo deja a un lado tal como lo hace con su cuerpo físico. La persona puede saber mucho sobre los cielos estrellados y la superficie de la tierra. En la medida en que ha absorbido este conocimiento en pálidos pensamientos, se deja a un lado en la muerte. Si, como botánico erudito, una persona cruza un prado y entretiene sus pensamientos teóricos acerca de las flores del prado, entonces este es un contenido de pensamiento que sólo le satisface aquí en la tierra. Sólo lo que llama su atención y está coloreado por su amor por las flores, lo que recibe calor humano por la unión del pálido pensamiento con la experiencia del yo, es llevado a través del portal de la muerte.

Es importante saber qué es lo que uno adquiere realmente como posesión humana aquí en la tierra, de tal manera que uno pueda llevarlo a través de la puerta de la muerte. Es importante saber que todo el intelectualismo, que ha sido el pilar de la civilización humana desde mediados del siglo XV, es algo que sólo tiene sentido en la vida terrenal, algo que no se lleva a través de la puerta de la muerte. De modo que se puede decir: La raza humana vivió los tiempos pasados que hemos discutido, empezando con la catástrofe atlante, los largos tiempos a través de la antigua India, la antigua Persia, a través del período egipcio-caldeo, y luego a través de nuestra propia época hasta el día de hoy; durante todo este período, es decir, hasta el primer tercio o mediados del siglo XV, los hombres aún no vivían una vida tan claramente intelectual como la que hoy valoramos tan altamente como nuestra vida civilizada. - Pero los hombres anteriores al siglo XV experimentaron mucho más de todo lo que se lleva a través de la puerta de la muerte. Pues precisamente aquello de lo que se han enorgullecido desde el siglo XV, aquello que en realidad constituye todo el valor de la vida en la tierra para el actual mundo culto, es algo que se extingue con la muerte. Casi se podría decir: ¿Cuál es la característica de la civilización más reciente? La característica de todo aquello que tanto se alaba que ha sido aportado por el copernicanismo, por el galileanismo, es algo que debe ser desechado al morir, algo que el hombre en realidad sólo puede adquirir a través de la vida en la tierra, pero que sólo puede convertirse para él en una posesión terrenal. Y al desarrollarse en la civilización moderna, el hombre ha logrado en realidad precisamente este objetivo de experimentar aquí, entre el nacimiento y la muerte, lo que sólo tiene importancia para la tierra. Es muy importante que el hombre moderno sepa a fondo que el contenido de lo que hoy se considera lo más elevado de la enseñanza escolar sólo tiene significado real para la vida en la tierra. En nuestras escuelas ordinarias enseñamos a nuestros hijos todo lo que es la civilización moderna, no inicialmente para la parte inmortal de sus almas, sino sólo para su existencia terrenal.

El intelectualismo también puede ser captado correctamente por el alma de la siguiente manera. Cuando una persona se despierta por la mañana, las imágenes sensoriales penetran en ella. Él sólo se da cuenta de que las imágenes sensoriales se entretejen con los pensamientos como una fina telaraña, y que él en realidad vive en imágenes. Estas imágenes desaparecen inmediatamente cuando se duerme por la noche. Su vida de pensamiento también desaparece. Pero la aparición de estas imágenes sensoriales es esencial, porque lo que el yo se apropia de ellas se va con él a través de la muerte. Lo que viene de dentro, el contenido del pensamiento, permanece todavía en forma de un breve recuerdo, como saben, unos días después de la muerte, mientras la persona lleve consigo su cuerpo etérico. Después el cuerpo etérico se disuelve en la inmensidad del cosmos. Para el ser humano, inmediatamente después de la muerte, se trata de una breve experiencia en la que siente sus imágenes, que contienen la apariencia sensorial, en la medida en que el yo se la ha apropiado, quisiera decir, entretejida con fuertes líneas de lo que ahora se ha apropiado a través de su conocimiento. Pero a los pocos días de su muerte se desprende de esto con su cuerpo etérico. Después vive con sus imágenes en el cosmos, y entonces estas imágenes se entretejen en el cosmos de la misma manera que se entretejen en su propio ser antes de la muerte. Antes de la muerte, las imágenes de las percepciones sensoriales se formaban hacia dentro. Son captadas por el ser humano, podríamos decir, en la medida en que está limitado por su piel. Después de la muerte, una vez transcurridos los pocos días en los que todavía se experimenta la vida del pensar, porque se tiene el cuerpo etérico antes de que se disuelva, después de estos días las imágenes se agrandan en cierto modo. Se agrandan de tal manera que ahora, por así decirlo, se reciben exteriormente de la misma manera que se recibían interiormente durante la vida en la tierra. 

Todo el proceso podría esquematizarse de esta manera: Si éste es el límite del cuerpo humano (ver dibujo, color brillante) y tiene sus impresiones en el estado de vigilia, entonces sus experiencias interiores se forman a partir de las impresiones sensoriales dentro de su ser. Después de la muerte, el hombre experimenta su límite como un sentimiento integral; pero las impresiones, por así decirlo, vagan fuera de él. Las siente en su entorno (rojo). De modo que el ser humano, mientras que en la vida terrenal dice: Mis experiencias anímicas están en mí -, se dice a sí mismo después de la muerte: Mis experiencias anímicas están delante de mí, o mejor dicho, a mi alrededor. -Se mezclan con el entorno. En consecuencia, también se diferencian interiormente. Digamos, por ejemplo, que una persona, por ser amante de las flores, tiene una rosa, una rosa roja, particularmente grabada en su mente en repetidas impresiones sensoriales; entonces, cuando experimente este deambular después de la muerte, verá la rosa más grande, pictóricamente más grande, pero le parecerá verdosa. Así también la imagen cambia interiormente. Todo lo que el hombre ha percibido en la naturaleza verde, en la medida en que experimenta realmente esta naturaleza verde con una parte humana, no meramente con pensamientos abstractos, se convierte ahora para él después de la muerte en un entorno rojizo y suave de todo su ser.

Pero el interior se desplaza hacia el exterior: después de la muerte, el hombre tiene lo que llama su interior, por así decirlo, en su entorno, en el exterior.

Estos conocimientos, que por tanto pertenecen al ser humano, en la medida en que éste a su vez pertenece al mundo mismo, estos conocimientos, podemos adquirirlos a través de la ciencia espiritual. Porque sólo adquiriendo tales conocimientos podemos hacernos una idea de lo que somos en realidad. No podemos hacernos una idea de lo que realmente somos nosotros mismos si sólo nos conocemos en el sentido de cómo es el hombre entre el nacimiento y la muerte y en la forma en que teje sus pensamientos desde dentro. Pues éstas son las cosas que desaparecen como tales después de la muerte. Sólo lo que acabo de describirles permanece de la apariencia de los sentidos, y permanece tal como se los he descrito.

A mediados del siglo XIX, cuando el modo de sentir materialista y la visión del mundo de la humanidad civilizada habían alcanzado su punto culminante, como he subrayado a menudo, se hablaba mucho de cómo el hombre, cuando establece una religión, cuando habla de algo divino-espiritual en el mundo exterior, en realidad sólo está proyectando su yo interior hacia el exterior. Basta leer a un escritor tan fundamentalmente materialista como Feuerbach, que también ejerció una gran influencia sobre Richard Wagner, para ver cómo este pensamiento materialista en realidad sólo ve la naturaleza exterior, es decir, sólo la apariencia, en la forma en que se presenta entre el nacimiento y la muerte. Cómo se presenta entre el nacimiento y la muerte, y cómo esta actitud materialista cree entonces que todo pensamiento sobre lo divino-espiritual es sólo el ser interior del hombre, arrojado fuera, proyectado fuera, de modo que el hombre sólo cree que se le permite aceptar lo divino-espiritual porque proyecta su propio ser interior hacia fuera. Este aparente conocimiento se definió como antropomorfismo. Se decía que el hombre es antropomórfico; visualiza el mundo según lo que hay dentro de sí mismo. Y a mediados del siglo XIX, los materialistas característicos acuñaron una frase para ilustrar lo maravillosamente lejos que había llegado el mundo humano, sobre todo en tiempos más recientes. Decían: «Los antiguos creían que Dios había creado el mundo; pero los modernos lo sabemos: El hombre ha creado a Dios, es decir, lo irradia desde su propio ser. Eso era porque ellos sólo conocían el ser interior, que tiene un sentido entre el nacimiento y la muerte. Y en realidad no sólo se había formado una visión falsa, sino que se había formado una visión del mundo que de hecho era antropomórfica: no se tenían otras ideas de lo divino-espiritual que las que el hombre había finalmente arrojado fuera de sí mismo, proyectado fuera.

Pero comparen con esto todo lo que yo les he presentado, por ejemplo, en mi «Ciencia Oculta en Bosquejo»; allí verán que el mundo no es presentado tal como las concepciones humanas lo representan internamente. Lo que allí les describo como el desarrollo de Saturno, del sol, de la luna, de la tierra, el hombre no lo lleva dentro de sí. Primero hay que anticipar lo que el hombre experimenta después de la muerte, lo que puede poner ante sí. No hay nada antropomórfico en ello. Esta «ciencia Oculta» se representa cosmomórficamente, es decir, las impresiones son tales que se experimentan realmente como situadas fuera del ser humano. Por eso esas personas que sólo pueden experimentar lo que hay en el interior del ser humano no comprenden estas cosas, como ha venido sucediendo en la era intelectualista desde mediados del siglo XV. Esta época sólo percibe lo que vive en el interior del ser humano y lo proyecta hacia el exterior. Nunca será posible representar un mundo exterior tal como lo describo en el capítulo de mi «Ciencia Oculta» donde hablo de la evolución de Saturno, ni siquiera en la manifestación elemental más simple, si sólo se proyecta hacia fuera lo que vive dentro del ser humano.

Como ven, por ejemplo, el hombre vive en el calor. Del mismo modo que percibe el mundo en colores a través de su sentido de la vista, percibe el mundo en calor a través de su sentido del calor. Experimenta el calor, digamos, en su ser humano interior, en la medida en que está limitado por la piel. Pero ya hace abstracción en su percepción. El calor percibido en la vida del mundo no puede representarse realmente de otra manera que no sea captándolo en su totalidad. Pero entonces siempre hay algo en el calor que sólo puede expresarse en la experiencia humana refiriéndose al sentido del olfato. El calor, percibido objetivamente en el exterior, siempre tiene algo de olor.

Y ahora lean el capítulo de mi «Ciencia Oculta» sobre el proceso de nuestra tierra que vive principalmente en el calor: cómo se habla también de las sensaciones de olor al describir estas cosas. De ello se desprende que el calor no se describe tal como el hombre lo experimenta en el intelectualismo. Se ha extraído del ser humano. Y lo que el ser humano experimenta aquí entre el nacimiento y la muerte como calor, allí, inmediatamente después de la muerte, lo experimenta como sensación de olor.

La gente aquí en la tierra realmente experimenta la luz de una manera muy abstracta. Experimenta esta luz entregándose a un engaño constante. También me gustaría señalar esto aquí: Escribí un tratado, -podría decir que hace ahora treinta y ocho años-, muy verde y juvenil, en el que intentaba describir cómo la gente habla de la luz. Pero, ¿Dónde está la luz? El hombre percibe los colores; son sus impresiones sensoriales. Dondequiera que mire: Percibe colores, algún tipo de matiz, aun a sabiendas de que es un matiz. Pero la luz, -vive en la luz, pero no percibe la luz; percibe los colores a través de la luz, pero no percibe la luz misma. Las ilusiones en las que vive el hombre a este respecto en la era intelectualista pueden verse en el hecho de que existe una «doctrina de la luz» en nuestra física; que la gente habla como si fuera algo que tiene cara y ojos cuando lo consideran como una doctrina de la luz. No tiene ni cara ni ojos. Sólo una teoría del color tiene cara y ojos, pero no la teoría de la luz.

Fue necesario que Goethe tuviera un sentido muy sano de la naturaleza para que se le ocurriera una teoría de los colores y no de la óptica. Hoy abrimos nuestros libros de física: la luz está virtualmente construida: los rayos se dibujan, se reflejan y hacen todo tipo de cosas. Pero nada de esto es la realidad. Se pueden ver los colores. Podemos hablar de una teoría de los colores, pero no de una teoría de la luz. Vivimos en la luz. Percibimos los colores a través de la luz y en la luz, pero nada de la luz.  Nadie puede ver la luz. Imagínense que estuvieran en una habitación completamente iluminada, pero en la que no hubiera ni un solo objeto. Daría igual que estuvieran a oscuras. No percibirían más por sí mismos en una habitación cuando está completamente a oscuras que con la mera luz; ni siquiera podrían distinguirla de una habitación completamente a oscuras. Sólo podrían distinguirla mediante una experiencia interior. Pero tan pronto como el hombre ha atravesado la puerta de la muerte, percibe algo en la luz, igual que percibe el olor del calor, para el que hoy en día ni siquiera tenemos una palabra adecuada en nuestro lenguaje intelectualista, tendríamos que decir: humo. Un torrente, eso es lo que realmente percibe. El hebreo aún tenía algo así: ruach. Se percibe el desbordamiento. Se percibe lo que sólo nosotros podemos llamar aire.

Y si ahora miramos lo que actúa por todas partes en nuestras relaciones terrestres como efectos químicos: Los percibimos en sus manifestaciones, estos efectos químicos, los efectos químicos del éter. Vistos espiritualmente, sin el cuerpo físico, por tanto también después de la muerte, proporcionan lo que es el contenido del agua.

Y la vida misma es lo que constituye el contenido de la tierra, de lo sólido. Desde el punto de vista del ser humano muerto, toda nuestra tierra se percibe como un gran ser vivo. Cuando caminamos por la Tierra, también percibimos sus entidades individuales, en la medida en que son entidades terrestres, como muertas. Pero, ¿En qué se basa nuestra percepción de los muertos? Toda la tierra está viva, y también se nos revela inmediatamente en su vida cuando la vemos desde el otro lado de la muerte. Si ésta es nuestra tierra -sólo vemos un trozo muy pequeño de ella y estamos adaptados a ver este pequeño trozo-, sólo cuando revoloteamos a su alrededor en espíritu y además tenemos una facultad perceptiva desde fuera, es decir, las impresiones se magnifican, entonces la percibimos como un ser completo. Pero entonces es un ser vivo.

Al hacerlo, he señalado algo que es muy importante tener en cuenta.

Calor:                              Olor
Luz:                                 Humo,  Aire
Efectos químicos:           Agua
Vida:                               Tierra

Verán, una vez tuve una conversación con un señor que me dijo que gracias a la teoría de la relatividad ahora por fin sabemos que podemos imaginarnos a las personas el doble de grandes de lo que son; todo es relativo. Todo dependía del punto de vista humano.

Es una visión completamente irreal. Pues como ven, cuando un insecto solar, -ni siquiera es una imagen completamente real, pero digamos-, se arrastra sobre un ser humano, tiene un cierto tamaño en relación con el ser humano. No percibe al ser humano entero, sino sólo un poco del ser humano en proporción a su tamaño. Y por eso, para el insecto solar, el ser humano no está vivo, pero el ser humano sobre el que se arrastra está tan muerto para el insecto solar como la tierra está muerta para el ser humano. Pero también hay que ser capaz de pensar al revés. Hay que poder decirse a sí mismo: Para que el hombre experimente la tierra como muerta, debe tener un cierto tamaño en la tierra. El tamaño del hombre no es accidental en relación con la tierra, sino que es completamente apropiado para toda la vida del hombre en la tierra. Por eso no se puede pensar en el hombre como grande o pequeño, por ejemplo en términos de la teoría de la relatividad. Sólo cuando se piensa y se imagina de un modo completamente abstracto e intelectualista se puede pensar en él como grande o pequeño; sólo entonces se puede decir: si se organizara un poco de otro modo, el hombre quizá parecería el doble de grande, y cosas por el estilo.

Esto deja de ser así cuando se acepta una concepción que prescinde de lo subjetivo y se puede visualizar el tamaño del hombre en relación con la tierra. También ocurre que todo el ser humano se expande en el universo después de la muerte, que durante un tiempo después de la muerte el ser humano se vuelve mucho más grande que la propia tierra. Entonces la percibe como un ser vivo. Y entonces siente efectos químicos en todo lo que es agua. Percibe la luz en la sustancia aérea, no el aire y la luz por separado, sino la luz en la sustancia aérea, y así sucesivamente. El hombre experimenta imágenes, imágenes cambiadas en comparación con las imágenes de su vida de vigilia entre el nacimiento y la muerte.

Le decía que no podemos llevarnos con nosotros a través de la muerte nada de lo que se ha adquirido de nuestra alma de forma intelectualista, nada de ello. Pero antes del siglo XV, el hombre todavía tenía una especie de herencia de los tiempos primitivos. Como ustedes saben, esta herencia era tan grande en los tiempos primitivos que el hombre tenía una clarividencia atávica, que luego se apagó y enturbió, se paralizó, que pasó completamente a la abstracción a partir de mediados del siglo XV. Pero lo que el hombre se llevó consigo a través de la muerte de esta herencia divina le dio en realidad su ser. Así como el hombre absorbe aquí la materia física cuando entra en la existencia terrenal a través del nacimiento o la concepción, así también el ser divino que trajo consigo y llevó consigo a través de la muerte fue lo que le dio una gravedad espiritual -por supuesto es polarmente opuesta a la gravedad física-, lo que le dio una gravedad espiritual en primer lugar, si se me permite la expresión, la expresión es grotesca, pero te la hará comprensible.

Tal como están encarnadas ahora las personas, ya no tienen esta herencia, si son adecuados hombres civilizados. A lo sumo todavía se puede notar aquí y allá: las personas de civilización no adecuada, que son cada vez más raras, todavía la poseen. Y es definitivamente un asunto serio de la evolución humana que el hombre pierda básicamente su esencia a causa de lo que recibe por medio de la civilización intelectualista. Y se enfrenta al peligro de que después de la muerte crecerá de tal manera que tendrá estas impresiones, pero que perderá su ser real, su yo, como ya describí ayer desde otro punto de vista. Y sólo hay una salvación para este ser, para el nuevo y futuro ser humano, y esto se puede reconocer por lo siguiente: Si queremos captar aquí, en el mundo de los sentidos, una realidad que haga que el pensar sea tan fuerte que no sea una mera imagen pálida, sino que tenga vitalidad interior, sólo podemos reconocer en el hombre una realidad así que venga de dentro, en ese pensar puro que he descrito en mi «Filosofía de la libertad» como base de la acción. De lo contrario, sólo tenemos una apariencia sensorial en toda la conciencia humana. Pero si actuamos libremente a partir del pensar puro, es decir, como lo describí en mi «Filosofía de la Libertad», es decir, si realmente tenemos los impulsos de nuestras acciones en el pensar puro, entonces le damos a este pensar que de otro modo sería ilusorio, a este pensar intelectualista, una realidad por el hecho de que subyace a nuestras acciones. Y ésta es la única realidad que podemos tejer puramente desde dentro en la apariencia sensoria y llevarnos con nosotros a través de la muerte.

 Entonces, ¿Qué es lo que realmente nos llevamos con nosotros a través de la muerte? Nos llevamos lo que hemos experimentado en verdadera libertad entre el nacimiento y la muerte. Las acciones que corresponden a la descripción de la libertad en mi «Filosofía de la libertad» justifican lo que el hombre puede llevar consigo a través de la muerte aparte de la apariencia de los sentidos, que se transforma de la manera que he descrito. Esto le confiere de nuevo un ser. Al liberarse de la determinación del mundo sensorial, el hombre recobra un ser después de la muerte, es un ser real. La libertad es lo que, al adquirir este ser, nos salva de la muerte anímico-espiritual, especialmente para el futuro como almas humanas.

Las personas que sólo se abandonan a las fuerzas de la naturaleza, es decir, a sus instintos y pulsiones, - esto lo describí desde un punto de vista puramente filosófico en mi «Filosofía de la libertad»-, están viviendo en algo que se desintegra con la muerte. Luego viven ellos mismos en el mundo espiritual. Por supuesto, sus imágenes están allí. Pero si el ser humano no se desarrollara en el pleno sentido de la libertad, para volver a ser un ser como era cuando aún tenía su herencia divino-espiritual, tendrían que ser asumidas paulatinamente por otros seres espirituales.

La era intelectualista está, pues, intrínsecamente ligada a la libertad. Por eso siempre he podido decir: El hombre tuvo que hacerse intelectualista para poder hacerse libre. En el intelectualismo el hombre pierde su ser espiritual, pues no puede llevar nada del intelectualismo a través de las puertas de la muerte. Pero a través del intelectualismo adquiere aquí la libertad, y lo que así adquiere en libertad puede luego llevarlo a través de la puerta de la muerte.

Por tanto, el hombre puede pensar todo lo que quiera de un modo meramente intelectualista, - nada de ello podrá traspasar la puerta de la muerte. Pero cuando el hombre utiliza el pensar para vivirlo en acciones libres, gran parte de la sustancia anímica-espiritual que hace de él un ser y no un mero saber pasa con él a partir de sus experiencias de libertad a través de la puerta de la muerte. En el pensar, nuestra naturaleza humana nos es arrebatada mediante el intelectualismo para permitirnos alcanzar la libertad. Lo que experimentamos en la libertad nos es dado de nuevo como ser humano. El intelectualismo nos mata, pero también nos revitaliza. Nos resucita con un ser completamente transformado al convertirnos en seres humanos libres.

Hoy he presentado esto en primer lugar tal como surge del propio ser humano. Mañana relacionaré lo que he presentado hoy sólo a partir del ser humano con el Misterio del Gólgota, con la experiencia de Cristo, para mostrar cómo la experiencia de Cristo puede verterse ahora en la muerte y la resurrección como experiencia interior en el hombre. Mañana hablaremos más de ello.

Traducido por J.Luelmo feb,2025

GA207 Dornach, 9 de octubre de 1921 - El pasado de los seres superiores y el espíritu del hombre

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RUDOLF STEINER

EL PASADO DE LOS SERES SUPERIORES Y EL ESPÍRITU DEL HOMBRE

Conferencia 8

Dornach, 9 de octubre de 1921

Hemos hablado de la evolución espiritual y anímica del ser humano. Al centrarnos en el desarrollo espiritual, teníamos que señalar la manera en que este desarrollo espiritual del hombre, es decir, lo que está espiritualmente activo en él, surge a raíz de su cooperación con los seres de las jerarquías superiores de los reinos que están por encima de él. Y si volvemos a preguntarnos por la naturaleza particular de estos seres superiores, se nos remite al pasado del cosmos. Sabemos, por ejemplo, por mi «Ciencia Oculta en Bosquejo», que los seres que clasificamos en el reino de los Ángeles pasaron por la etapa humana durante la evolución de la antigua luna, que los Arcángeles pasaron por su etapa humana durante la evolución de antiguo sol, y que los Arcai pasaron por la evolución de antiguo Saturno. Brevemente, si podemos entender algo del cosmos de la forma en que lo hacemos hoy, cuando tenemos al ser humano ante nosotros. Si queremos entender estos reinos superiores de esta manera, entonces tenemos que retroceder a tiempos pasados. Así que también podemos decir: Si queremos comprender la esencia del hombre como espíritu, entonces miramos hacia el estado actual de desarrollo de los seres que en tiempos muy lejanos pasaron a su manera particular por lo que el hombre está pasando hoy durante su existencia terrena. Por consiguiente, debemos mirar al pasado de los seres superiores cuando consideramos el desarrollo espiritual del ser humano.

También hemos puesto ante nuestra mirada espiritual el despliegue del alma y hemos comprobado que este desarrollo del alma según el pensar, el sentir y la voluntad tiene lugar, por así decirlo, en los intersticios entre el yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico.

No cabe duda de que lo que constituye la vida del alma humana es el presente. Desarrollamos nuestra alma a partir de lo que extraemos de las profundidades de nuestro ser, de aquello que se desarrolla entre los cuatro miembros del hombre del pensar, del sentir y de la voluntad. Absorbemos las impresiones externas, las procesamos y a menudo participamos nosotros mismos en este procesamiento en el presente inmediato. En resumen, podemos decir que cuando consideramos la vida espiritual del ser humano, debemos traer a nuestra comprensión el entramado espiritual-físico en el presente.

¿Cómo es cuando consideramos ahora el cuerpo físico, el cuerpo etérico, -cuerpo de fuerzas formativas-, el cuerpo astral y el yo del ser humano? El ser humano lleva consigo este cuerpo físico desde su nacimiento o vida embrionaria hasta su muerte. Al desprenderse de él al morir, este cuerpo físico no puede conservar su forma. Sólo tiene la posibilidad de conservar su forma, su estructura, todo su ser, si el alma y el espíritu humanos lo impregnan. Las fuerzas que actúan en el exterior, en la naturaleza terrestre-física, lo destruyen, unas más deprisa, otras más despacio, pero lo destruyen. Este cuerpo físico se desintegra porque no puede existir dentro de las fuerzas y leyes que rigen en la naturaleza terrestre en los reinos mineral, animal y vegetal. Por lo tanto, este cuerpo físico sólo existe en virtud del moldeado especial que el espíritu humano le da desde los reinos superiores, desde los reinos espirituales. Sólo existe debido a los procesos que el alma humana lleva a cabo con él al pensar, sentir y desear. Este cuerpo físico no tiene posibilidad de existencia cuando está por sí solo en la existencia física terrenal. Antes de que el ser humano entre en la vida embrionaria, después de que haya pasado por la muerte, todas las fuerzas que intervienen en este cuerpo físico no tienen efecto fuera de él, o sea dentro de la tierra. Sólo durante la vida física del ser humano en la tierra se configura la forma de este cuerpo físico, tienen lugar los procesos correspondientes en este cuerpo físico, este cuerpo físico crece, se marchita y así sucesivamente. Pertenece al hombre, pero no a la tierra. Esto da lugar a una consideración muy común.

Cuando nos acercamos a este mundo físico, para observarlo con la ciencia espiritual, comprobamos que es verdad que el cuerpo físico no puede persistir en la tierra por si solo; pues aquello que lo aglutina, que lo sostiene, tampoco existe realmente para la vida consciente del hombre. Permanece completamente subconsciente. Sin embargo, interiormente es algo pictórico, y podemos captarlo cuando desarrollamos la conciencia imaginativa. Entonces proyectamos, por así decirlo, la imagen interna de este cuerpo físico. Y lo que vemos allí pictóricamente resiste las fuerzas que las sustancias del cuerpo físico, con sus poderes, son incapaces de resistir.

Esta imagen interior no se desintegra en los procesos de la Tierra. Esta imagen interna puede al menos sobrevivir y, una vez que la tierra ya no exista, puede ser llevada a futuras etapas del desarrollo de la tierra. Entonces se formará algo a partir de este cuerpo humano físico que podemos llamar un reino natural del futuro, que todavía no existe, -un reino natural del futuro. De lo que hoy es sólo una imagen, surgirá un reino natural del futuro, un reino que, por su naturaleza, se situará en una cierta relación entre nuestro actual reino mineral, que yace muerto sobre la tierra, y el reino vegetal, que se hundirá en este reino mineral muerto, vivificándolo, desarrollando la vida.

CUERPO FÍSICO

Imagínense ustedes el mundo mineral en el que está incrustado el mundo vegetal, participando de la vida, no sólo yaciendo allí como tierra muerta y llevando las sustancias a la planta a través de las raíces y a través del aire, sino imagínense que allá donde está incrustada la planta, posee ella misma vida: toda una tierra viva que no tiene el reino mineral muerto y un mundo vegetal que ahora no sólo puede hundir vida en este reino mineral, sino que vive dentro del propio reino mineral vivo, un reino mineral vivo, una futura etapa de transformación de nuestra tierra, -en mi «ciencia Oculta» la llamo la etapa de Júpiter, un futuro reino mineral viviente, pero este reino mineral es tan viviente que se forma a sí mismo en una planta, de modo que lo que ahora está meramente sumergido materialmente como procesos químicos en el reino vegetal será a su vez procesos químicos vivientes, de modo que la vida vegetal y la formación mineral serán una sola cosa. Eso es lo que está en germen en el cuerpo físico humano de hoy como un reino posterior, me gustaría decir, vegetal. El cuerpo físico humano de hoy es la semilla de un reino futuro, un reino futuro de la naturaleza.

EL CUERPO ETÉRICO

Y consideremos el cuerpo etérico del hombre actual. Éste permanece inconsciente durante la vida entre el nacimiento y la muerte, pero es activo. En el fondo, es el artífice de la vida actual en nosotros. Es quien nos vigoriza. Es quien contiene las fuerzas del crecimiento y nutrición. Permanece en el subconsciente. Ni siquiera podemos percibir su verdadera forma. Pero esta forma, la percibimos por un corto tiempo después de haber atravesado la puerta de la muerte. Allí contemplamos un mundo de imágenes, que es, por tanto, un mundo de pensamientos entretejidos. Este mundo de imágenes es la verdadera forma del cuerpo etérico. Mientras que en el cuerpo físico percibimos imágenes a través de la conciencia imaginativa que nos garantizan que en el cuerpo físico late el germen para un posterior reino vegetal-mineral; en el curso puramente natural del desarrollo, el propio cuerpo etérico del hombre después de la muerte nos ofrece estas imágenes. Sin embargo, en la actual existencia terrenal estas imágenes no subsisten. Lo que en nosotros son las fuerzas de crecimiento, las fuerzas de nutrición, es decir, lo que da lugar a nuestra existencia etérica, vital, no tiene permanencia dentro de lo terrenal. Pocos días después de haber atravesado la puerta de la muerte, estas imágenes se disuelven; y entramos en un desarrollo de vida futuro dentro del cual no tenemos estas imágenes como tales, como cuerpos etéricos de imagen, como cuerpos de fuerza de imagen. Se disuelven en el cosmos etérico, del mismo modo que el cuerpo físico se disuelve en las fuerzas de la existencia terrenal. Una vez más, sin embargo, esta imagen existencial del cuerpo etérico muestra a través de su propia esencia que tenemos algo en él que es germinal, que ahora desaparece al igual que el germen de la planta que hundimos en la tierra, pero que luego surge como una planta, como una planta formada. De esta manera el cosmos absorbe nuestro cuerpo etérico, como disolviéndolo en el infinito. Pero todo lo que se teje a partir de los cuerpos etéricos humanos en el cosmos, se convierte así en él, en las fuerzas de un futuro reino natural de Júpiter, un reino vegetal-animal, un reino animal-planta. Y las observaciones nos ofrecen la garantía de que el cuerpo etérico humano es el germen de este futuro reino, un reino que se sitúa en medio entre el mundo vegetal y el animal.

Nos imaginamos el mundo vegetal actual, que sólo desarrolla vida, que no desarrolla sensaciones. Pero imaginemos que un reino animal-vegetal, que se desarrollará en una sustancialidad similar al mundo vegetal actual, pero entremezclado con la sensibilidad, que, por así decirlo, estará tejida alrededor de la Tierra futura o del planeta Júpiter. La sensación no será como la de los animales actuales, que se limitan a las percepciones de lo terrestre, la sensación será una sensación cósmica, una percepción de los procesos que envuelven a Júpiter.

Así que dentro del cuerpo etérico llevamos la semilla de un reino futuro, de un reino animal y vegetal. Hasta cierto punto, lo que hoy se extiende en el exterior como un reino mineral se disolverá -y esto comportará, en efecto, la caída de lo terrenal. Por otra parte, de aquello correspondiente a los cuerpos físicos humanos, que aparentemente se disuelve completamente en las fuerzas terrestres, surgirá a modo de germen un futuro mundo planetario cuyo reino inferior consistirá en un reino mineral-vegetal. De lo que se dispersa después de la muerte, se consolidará un segundo reino de este futuro mundo planetario, un reino animal-vegetal que se tejerá a su alrededor como una especie de eterización viviente.

EL CUERPO ASTRAL

En cuanto al cuerpo astral humano: Sabemos que el ser humano pasa por lo que describí en mi libro «Teosofía» como el pasar por el mundo anímico durante mucho tiempo, tras haber atravesado la puerta de la muerte. Allí describí cómo tienen lugar las transformaciones de la experiencia humana en este mundo de las almas después de la muerte, donde el ser humano pasa por ciertos estados que llamé deseo ardiente, estímulo fluyente, etcétera. Pero todo por lo que pasa el ser humano, aunque dure mucho tiempo, es también algo que puede experimentarse como disolución, que incluso puede experimentarse como desaparición. Sólo hay que leer las últimas páginas de esta descripción, que trata del paso del hombre por el mundo de las almas después de la muerte, y se tendrá esta sensación, por la forma en que allí se describe, cómo si desapareciera en el universo lo que el hombre ha llevado dentro de sí como cuerpo astral, que desaparece, por así decirlo, como si fueran nubes oscuras que se disolvieran en un mar general de luz y allí se consumieran. En mi «Teosofía» he diseñado deliberadamente la descripción estilísticamente de tal manera que uno pueda sentir y percibir algo de esta disolución, como si la oscuridad se disolviera en la luz, como si lo muerto fuera consumido por la vida. Se siente cómo es la descripción del final de este paso por el mundo del alma humana después de la muerte, entonces ustedes dirán: Cuando este paso por el mundo anímico se describe de esta manera, entonces también hemos descrito algo de forma similar a cómo se presentan las imágenes del cuerpo físico ante la mirada espiritual de la imaginación, al igual que el cuerpo etérico se presenta ante la mirada anímica del ser humano inmediatamente después de la muerte.

En esta descripción, que figura en mi libro «Teosofía», si le damos vida propiamente, tenemos algo que, en su esencia, resulta ser un germen para el futuro. Pero se desprende del hombre, como se desprenden de él los demás miembros de la naturaleza humana. El cuerpo físico se desprende y se convierte en el germen de un reino vegetal-mineral. El cuerpo etérico se desprende y se convierte en el germen de un reino animal-vegetal. El cuerpo astral humano es, por así decirlo, absorbido por el ambiente general del universo, y se convierte en el germen de un reino humano-animal, de un reino que ha elevado un peldaño la naturaleza animal superior que hoy existe, como si los animales no se movieran meramente en sensaciones, como se mueven hoy, sino que se movieran en pensamientos, y también, aunque de un modo más automático que en el caso del hombre actual, realizando en cierto modo acciones racionales: Un reino humano-animal, que hemos de imaginarnos de tal manera que sepan llevar a cabo acciones racionales, que se realicen activamente desde el interior, pero que a su vez no procedan de la misma manera que en el hombre actual, donde la acción racional procede desde el centro de su ser del yo. No es así; tendrán más bien un carácter, me gustaría decir, autómata; pero no serán como las acciones del reino animal actual, que surgen meramente de los instintos. Serán, por así decirlo, acciones llevadas a cabo por el animal de un gran sentido común de Júpiter, y el animal individual se situará en este sentido común.

YO HUMANO

Ahora nos queda el reino humano como tal. Prosigan leyendo ustedes nuevamente en mi «Teosofía» de qué modo este reino humano, que asciende al mundo espiritual después de desprenderse del cuerpo astral, tiene experiencias interiores en el mundo espiritual, pero que ciertamente pueden describirse allí de tal modo que las descripciones son imágenes de un mundo espiritual exterior. Para lograrlo, he descrito cómo se experimenta allí en el mundo espiritual algo así como una región continental del mundo espiritual, algo así como una región marina, algo así como una región aérea. En todo lo que he descrito en esta tierra espiritual, hay algo que son imágenes de un mundo que no existe hoy para lo terrenal. El entorno terrestre actual es diferente. Pero, sin embargo, si realmente se quieren describir las cosas como deben describirse según la verdad, entonces hay que hacerlo siguiendo los grandes concentraciones del planeta tierra: aplicando lo que aquí se sintetiza como regiones continentales a lo que allí se encuentra en la tierra espiritual; igualmente sintetizando la región marina. Lo que allí se describe como tierra continental, como tierra marina, como tierra aérea, como tierra de calor, se describe de tal manera que se entremezcla al mismo tiempo con lo que el hombre lleva a través de la puerta de la muerte como lo moral. Se describe de tal manera que el mundo moral-espiritual también tiene allí directamente dentro de sí lo substancial externo, que allí lo moral es un esbozo sombrío, pero no lo lleva todavía a la creación de un cuerpo celeste, de un planeta. Pero lo que el yo humano vive allí es el germen de estas categorías de distribución, de estas extensiones a gran escala para el futuro planeta Júpiter.

Así pues, en el yo humano de hoy disponemos de la semilla de lo que luego será la gran expansión, la coexistencia en zonas que luego tendrán un aspecto diferente, pero que pueden tratarse de forma similar a las zonas continentales, las zonas marinas, etcétera. Tenemos algo que ahora tenemos que resumir de otra manera para caracterizarlo, para hacernos una idea, un concepto de ello.

Tenemos que decir algo así: En este entramado en la tierra de los espíritus, que describí en el libro «Teosofía», se ve inmediatamente que no se trata del ser humano individual. Como pueden ver, ya en la segunda zona, en la zona del mar, las personas se organizan como si fueran grupos humanos: surge algo sobrehumano. El yo se eleva. El yo se une con otros yoes en grupos humanos. Lean sobre esto en la descripción de la tierra de los espíritus: es algo que sólo puede describirse como un reino que está por encima del reino humano. Y el hombre entrará en tal reino durante su existencia de Júpiter. No puede describirse diciendo, por ejemplo, «un reino angélico-humano»; eso no sería exacto, porque cuando yo describo a los Ángeles, es un término para el presente, que se caracteriza por el hecho de que los Ángeles eran seres humanos durante el período lunar. Así que si quiero caracterizar lo que se desarrollará allí durante la futura existencia terrestre o existencia de Júpiter, tendría que referirme de tal manera que diga: El hombre ha sido elevado a una esfera superior; el hombre ha llegado a ser tal en su revelación exterior, en su revelación corporal, que revela exteriormente lo que hoy vive en lo profundo, lo que hoy sólo vive en el alma. Así como hoy, digamos, revela misteriosamente su ser interior en lo encarnado, en el color de su carne, así en el futuro revelará su ser interior, sea bueno o malo, en su configuración exterior. Hoy sólo se puede adivinar por la forma humana si alguien es un pedante, o un mordaz, o un cruel, o un glotón. Ciertas cualidades morales se expresan hoy de forma sutil en la fisonomía o en los andares o en otros rasgos externos, pero siempre de tal manera que también pueden negarse, de modo que se puede afirmar, por así decirlo, uno no puede evitar tener unos labios que sugieran glotonería o una parte inferior de la cara que sugiera glotonería. Pero así como hoy en día uno puede, por así decirlo, hablar consigo mismo de esta apariencia externa del alma, esto no será posible en absoluto en el futuro. Las personas que se aferran a lo material lo expresarán entonces claramente en su forma: adoptarán formas ahrimánicas. En este futuro se distinguirá claramente entre formas ahrimánicas y formas luciféricas. Un gran número de miembros de diversas sociedades teosóficas, que pululan siempre en las regiones superiores, tienen buena disposición para estas figuras luciféricas. Habrá también figuras que formen el equilibrio. Los místicos delirantes, adoptarán las formas luciféricas. Pero lo que hay que procurar es el equilibrio a través de convertirnos en morada del Cristo. En resumen, como despliegue de lo que hoy es la semilla del yo, obtendremos el reino anímico-humano.

             Germen:                              despliegue: 

 cuerpo físico humano    ⇒      reino vegetal-mineral 

 cuerpo etérico humano  ⇒      reino animal-planta 

 cuerpo astral humano    ⇒      reino humano-animal 

 yo humano                    ⇒       reino humano-anímico

Lo que llevamos en nuestro yo: Un hombre que sufrió trágicamente la decadencia de la civilización del siglo XIX, Nietzsche, sintió que este yo debía escapar realmente para salvar su futuro de lo que hoy ya está en decadencia. Como toda la idea seguía siendo abstracta, eligió la palabra abstracta «superhombre». Pero se trata de un impulso vago y oscuro para expresar lo que no está meramente concluido en el yo, sino lo que es germinal en el yo y debe apuntar como simiente a futuras formaciones cósmicas.

Nietzsche lo expresó maravillosamente en repetidas ocasiones cuando dijo

El hombre en el fondo, es algo que ha devenido del gusano. Pero así como el hombre ha devenido del gusano, así el superhombre devendrá del hombre. -Al hacerlo, se sitúa con un oscuro sentimiento en algo a lo que nuestro tiempo tiene realmente la tarea de aportar claridad si no quiere andar a tientas en la oscuridad de una cultura y una civilización en decadencia.

Es muy comprensible que Nietzsche, que sólo adoleció trágicamente de nuestra cultura puramente intelectualista, destilara este concepto intelectualista del superhombre, que en realidad no tiene ningún contenido, de lo que se podía tener en la cultura intelectualista. Nietzsche no llegó a una verdadera comprensión de Cristo. Y fue peculiar en él que por este impulso de egoísmo, y a su vez por la necesidad de permanecer dentro de la cultura intelectualista, no se convirtió en un adorador de Cristo, sino en un adorador del Anticristo, casi un adorador y glorificador del Anticristo. El anti-cristianismo surgió con brillantez en Nietzsche. Pero este anticristianismo, si siguiera siendo lo que es, no podría conseguir otra cosa que hacer soñar al hombre con un superhombre abstracto, pero al mismo tiempo cerciorándose de que este superhombre abstracto se extingue con su existencia terrenal. Nietzsche aún quería aferrarse convulsivamente a la idea del desarrollo. Pero ni siquiera este aferramiento convulsivo le ayudó. A partir de las abstracciones del intelectualismo sólo llegó a una «repetición de lo mismo», de modo que después no resultaría ningún estadio superior, sino siempre sólo la repetición de lo mismo, que, sin embargo, como ya he dicho, también sólo está ahí convulsivamente para aferrarse a la idea de desarrollo.

Por lo tanto, hemos considerado el ser espiritual del hombre, el alma del hombre y el cuerpo del hombre. Cuando examinamos el espíritu del hombre, éste se nos aparece hoy como el espíritu que determina al hombre. Y en la medida en que consideramos este espíritu como el espíritu del hombre, no nos parece muy diferenciado. Lleva en sí ciertas, yo diría, tonalidades, pero se nos aparece como una entidad unificada. Para poder considerar este espíritu humano en su contexto universal, es necesario que recurramos a la ciencia espiritual. Si no recurrimos a la ciencia espiritual, entonces simplemente irradiamos este espíritu humano indiferente, uniforme e indeterminado hacia el mundo y surge un panteísmo desdibujado. Pero si queremos aprender a reconocer este espíritu humano a través de la ciencia espiritual, entonces penetramos en el mundo de los reinos espirituales superiores que están en relación entre sí y con el hombre. Lo que tenemos en nuestro espíritu sólo se incrusta concretamente en un mundo cuando lo encontramos concretamente incrustado en el mundo de las jerarquías superiores. Aquello que tenemos fluctuando como nuestra vida anímica, diferenciada en pensar, sentir y voluntad, sólo podemos aprender a reconocerlo cuando lo buscamos, por así decirlo, en los estadios intermedios entre los miembros del cuerpo humano: Así como el pensar se entreteje entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico, actuando, en cierto sentido, como mediador en el intercambio entre estos dos cuerpos, así también el sentir se entreteje entre el cuerpo etérico y el cuerpo astral, actuando como mediador en el intercambio entre el cuerpo etérico y el cuerpo astral. Y si queremos llegar a conocer la vida de la voluntad, entonces debemos observar la interacción del yo y del cuerpo astral y estudiar la vida de la voluntad en la interacción que se desarrolla entre los dos. Entonces tenemos la presencia del hombre, su vida anímica.

Y si ahora descendemos a la corporeidad del hombre, entonces esta corporeidad nos parece inicialmente como si en realidad estuviera destinada a la nada. El cuerpo físico, que tiene este gran significado para el hombre mientras vive en la tierra, parece no ser nada comparado con las leyes individuales, pues éste se disuelve en ellas. Ellas lo destruyen. El cuerpo etérico se conserva todavía, digamos, durante un corto tiempo después de la muerte, pero se esparce por el cosmos. Desaparece del ser humano. Se aleja. De nuevo, parece no ser nada para el cosmos en presencia de la tierra.  El cuerpo astral, al final de la transmigración del alma después de la muerte, es absorbido por la existencia anímica-espiritual, de nuevo como nada. El yo viene dado por la tierra, parece pertenecer a la tierra. Al principio, el yo no nos transmite una idea de lo que debería ser en el futuro. Pero si observamos estas partes del cuerpo humano a la luz de la investigación espiritual, descubrimos que en realidad, en el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el cuerpo del yo, están las semillas de los mundos cósmicos. Se trata simplemente de encontrar la manera de nutrir lo que llevamos dentro como gérmenes de futuros mundos cósmicos de la manera correcta, para que los gérmenes puedan florecer. Porque los gérmenes, como ustedes saben, también pueden descomponerse, y estos gérmenes, al igual que otros gérmenes, también tienen la posibilidad de descomponerse.

Nuestra conexión con el Misterio del Gólgota nos infunde los poderes que hacen del Cristo en nosotros el jardinero que no permite que los gérmenes se pudran, sino que los conduce al mundo futuro. Cuando el reino mineral de la tierra se derrite, cuando el reino vegetal de la tierra se descompone, cuando el reino de las especies animales muere, cuando incluso la forma humana actual ya no es posible porque es un efluvio de la tierra, es decir, pertenece a la tierra, cuando todo esto se descompone como en la nada, entonces los gérmenes están allí, que el jardinero conduce a una futura formación del mundo de la tierra, que he llamado el mundo de Júpiter en mi «Ciencia Oculta».

Éstos se nos revelan según su naturaleza espiritual. Cuando los miramos desde fuera, son cuerpos. Cuando observamos su naturaleza interior, son fuerza y espíritu, pero fuerza y espíritu que crecen hacia el futuro. Uno puede juntar pasado, presente y futuro en un símbolo en relación con el hombre de tal manera que uno diga: 

El pasado (ver dibujo, azul) se acerca, circula en nuestra espiritualidad presente. Desde nuestra espiritualidad irradia nuestra alma (blanco) en el pensar, el sentir, la voluntad. Y el pensar, por así decirlo, separa el cuerpo físico a un lado y el cuerpo etérico al otro; el sentir separa el cuerpo etérico a un lado y el cuerpo astral al otro; la voluntad separa el cuerpo astral a un lado y el yo al otro. Y podemos decir: todo esto se desarrolla germinalmente hacia el futuro para formar nuevos reinos (rojo).

De este modo también podemos describir las diversas jerarquías que intervienen en nosotros como si se unieran aquí en espiral, por así decirlo, y tenemos en el cuadro, esquemáticamente, el vórtice humano, que, donde se une en el centro, forma las experiencias actuales del ser humano en el alma.

En efecto, el conocimiento del hombre es el conocimiento del mundo. Pues también se nos revela desde este punto de vista, que hoy hemos vuelto a adoptar. Tenemos un mundo en el pasado. Hoy tenemos su efecto en el espíritu humano.

Si queremos comprender el espíritu humano desde el mundo, el conocimiento del mundo debe convertirse en conocimiento del hombre. El conocimiento del hombre se convierte en conocimiento del mundo cuando estudiamos los cuerpos del hombre, cuando consideramos los seres de estos cuerpos en su naturaleza germinal y observamos que lo que es la envoltura del hombre ya incluye dos mundos en su esencia. Los mundos pasados se reconocen en el ser humano presente. La cognición del ser humano presente, según el espíritu, significa: cognición del mundo pasado. El conocimiento de la persona presente, según el cuerpo, significa: conocimiento del mundo del futuro.

Sí, verdaderamente, según los puntos de vista más diversos, el conocimiento del mundo es el conocimiento del hombre. Si quieren conocer el mundo, miren dentro de ustedes. Si quieren conocer al hombre, miren en el mundo. Si quieren conocer al hombre como espíritu, miren en las glorias del mundo pasado. Si quieren conocer las glorias de los mundos futuros, miren en la naturaleza germinal de la presente corporalidad humana. Conocer al hombre es conocer el mundo y conocer el mundo es conocer al hombre.

Seguiremos a partir de aquí, la próxima vez.

Traducido por J.Luelmo feb.2025

GA207 Dornach, 8 de octubre de 1921 - El hombre en la vida post-morten -La conciencia mineral y la conciencia vegetal

     índice

RUDOLF STEINER

EL HOMBRE EN LA VIDA POST-MORTEN

LA CONCIENCIA MINERAL Y LA CONCIENCIA VEGETAL

Conferencia 7

Dornach, 8 de octubre de 1921

Nuestros estudios recientes nos han llevado a considerar la relación del ser humano con el mundo espiritual, y esta relación ha hecho a su vez necesario que echemos una mirada al desarrollo por el que pasa el hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento. Tomaremos esto como nuestro punto de partida hoy.

Ayer dijimos que el ser humano lleva a través del portal de la muerte lo que yo llamé una conciencia mineral. Se le puede llamar así porque esencialmente su contenido es el mundo mineral con sus leyes, y por lo tanto esta conciencia está teñida por, o más bien impregnada de los sentimientos y experiencias morales del hombre. En el mundo por el que viaja entre la muerte y un nuevo nacimiento, el ser humano se abre camino llevando consigo lo que viene de estas dos direcciones,. Cuando consideramos lo que es el ser humano después de la muerte, encontramos que el cuerpo astral y el yo se han liberado de lo que los rodeaba como una especie de envoltura, es decir, del cuerpo físico y del cuerpo etérico.

Ahora bien, si nos imaginamos la evolución cósmica de la humanidad, junto con los cuerpos planetarios cósmicos que tienen que ver con ella, sabemos, por la descripción dada en mi Ciencia Oculta, que en el pasado esta evolución cósmica pasó por las evoluciones de Saturno, Sol y Luna, y que el ser humano llegó después a la evolución de la Tierra. en la que todavía está involucrado. También sabemos que, esencialmente en la evolución de Saturno, se formaron los primeros rudimentos del cuerpo físico como una especie de órgano sensorial universal que se desarrolló aún más en las evoluciones del Sol, la Luna y la Tierra. Sabemos que los primeros rudimentos del cuerpo etérico se añadieron durante la evolución del Sol, los del cuerpo astral durante la evolución de la Luna, y que la evolución de la Tierra es en realidad el período durante el cual se desarrolla el yo del hombre.

Cuando consideramos al ser humano en su conjunto, encontramos que adquiere su yo a través del vínculo del ser humano con la tierra, porque a través de esas fuerzas que existen en la tierra se forma el yo, se moldea. Por lo tanto, si ahora decimos que el ser humano pasa por el portal de la muerte, llevando su yo a través de él, realmente lleva a través del portal de la muerte todo lo que adquiere de su evolución terrena, todo lo que adquiere dentro de la evolución terrena. Llevamos a través del portal de la muerte exactamente lo que pertenece a la evolución terrestre, y durante la evolución terrestre es donde el mundo mineral se ha agregado a los otros reinos. Esto, también, pueden deducirlo de mi Ciencia Oculta. El mundo exterior mineral, está pues ligado a la evolución del yo. Que el yo atraviese el portal de la muerte con una conciencia mineral está esencialmente relacionado con lo que el ser humano realmente ha obtenido de la tierra.

Sin embargo, si comprendemos la tierra sólo de una manera general, tal como se nos presenta por primera vez como cuerpo planetario, la comprendemos muy imperfectamente. La tierra como cuerpo planetario, por así decirlo, es un ser que puede compararse a una gran gota en el océano infinito del espacio; Pero esta gota está constituida de tal manera que se diferencia en su sustancia: contiene sustancias de peso variable, densidad variable. Basta con observar los metales de la tierra para descubrir que son de densidad variable. Lo que el ser humano desde la tierra absorbe dentro de sí mismo, con la conciencia mineral, se origina de toda la tierra, y se origina simplemente porque la tierra es un planeta completo en el cosmos. Lo que se diferencia en las diversas sustancias minerales actúa luego de tal manera que el ser humano lleva consigo a través del portal de la muerte no sólo lo que su yo ha llegado a ser, sino también, por un tiempo, lo que fue su cuerpo astral. Esto ha sido descrito en mis libros, Ciencia Oculta y Teosofía, como el paso del ser humano a través del mundo del alma.

Así que podemos decir: Cuando el hombre abandona la tierra, desarrolla la conciencia mineral. Pero esta conciencia mineral está impregnada primero por lo que el hombre lleva consigo de la tierra diferenciada, de la tierra en cuanto que consiste en diversas sustancias. Esto forma entonces el tiempo de su paso por el mundo del alma. Y podemos decir que el ser humano lleva consigo algo que no es sólo su yo al principio, que luego continúa, sino que es en cierto modo un fruto terrenal astral (véase el diagrama 2).

Si luego seguimos al ser humano más allá, cuando se ha despojado de este fruto astral terrenal en el sentido que he descrito en mi libro «Teosofía», donde se muestra que algún tiempo después de la muerte, ha completado su paso por el mundo del alma, entonces su yo sigue adelante. Pero al principio está impregnado de conciencia mineral. Si dirigimos nuestra mirada espiritual hacia arriba, hacia donde está el ser humano, reconocemos la conciencia mineral del ser humano fallecido, es decir, el mundo de los pensamientos que se relaciona con el mineral. Y así es: Este mundo de pensamientos que lleva el ser humano a través de la muerte (véase el diagrama 2) trabaja con lo que ahora es el reino mineral en la tierra y también en el cosmos.

Esta es una conexión extraordinariamente notable y significativa. Cuando examinamos nuestros minerales aquí en la Tierra, cuando examinamos el reino mineral, que también incluye las nubes, porque éstas también son efectos minerales, y nos preguntamos: ¿Qué clase de esencias espirituales están actuando ahí? -En estas formaciones minerales, que hasta cierto punto nos muestran su lado exterior cuando nosotros como seres humanos estamos sobre la tierra con nuestros sentidos físicos, en todos los efectos minerales viven los pensamientos en los que se han convertido los pensamientos humanos tras la muerte. Por lo tanto, cuando observamos el reino mineral con comprensión, podemos dejar vagar nuestra mirada sobre este reino mineral y podemos decirnos a nosotros mismos:

En la actividad mineral obra interiormente lo que es la conciencia de los muertos al comienzo de su andadura extra-terrenal. Por consiguiente, no sólo debemos denominar aquí al reino mineral un reino muerto e inanimado por razones externas, sino que también debemos denominarlo un reino muerto en el sentido de que primero los pensamientos humanos, los pensamientos humanos esenciales que el hombre tiene que albergar después de la muerte, actúan en este reino mineral.

Si el hombre prosigue entonces su andadura, se acerca cada vez más a la medianoche de la existencia. Antes y después de esto desarrolla, en el sentido que expliqué ayer, una conciencia que es más de naturaleza vegetal, que no es la conciencia mineral de antes, sino una conciencia que surge del hecho de que el ser humano está impregnado por las fuerzas creadoras de las plantas. El hombre recibe del reino extraterreno algo más de lo que la tierra como tal puede darle. Además de lo que la tierra puede darle, el hombre absorbe lo que es una especie de conciencia superior, y podemos visualizarlo diciendo que el hombre desarrolla entonces una conciencia vegetal. Y durante este tiempo trabaja con el reino vegetal tanto en la tierra como en el cosmos (véase el diagrama 2).

Uno de los misterios de la existencia es que cuando miramos la cubierta vegetal de la tierra, cuando miramos todo lo que está presente en la existencia vegetal, ésta naturalmente sólo nos muestra el exterior; pero también tiene un interior. Aunque, por supuesto el interior no tenemos que buscarlo bajo las raíces, sino sobre las flores. Es aquello que no se ve cuando imaginamos la planta que florece, en aquello que se inclina hacia la planta astralmente, que vive astralmente, por así decirlo, y tiene su expresión exterior en la cubierta vegetal en el proceso de fecundación. Se podría decir que el exterior sería esto, si se mira la propia planta puramente desde la raíz hasta la flor, y el interior sería entonces lo que está por encima de la flor. Así que si miramos lo que la cubierta vegetal es sensorialmente en el exterior como es en lo exterior, entonces el interior de ella es el área de aquellas fuerzas que tienen su punto de partida en parte de la conciencia de aquellas personas que viven en el medio entre la muerte y un nuevo nacimiento, que viven antes y después de la hora de medianoche de la existencia. Así que también tenemos algo que ver en la cubierta vegetal de la tierra en relación con lo cual podemos decir: Hay algo en su existencia cósmica que está conectado con el conjunto de la evolución humana.

Si podemos decir del reino mineral: En este reino muerto vive el tejer de los pensamientos de los hombres que están en la primera mitad, en el comienzo de su andadura entre la muerte y un nuevo nacimiento, entonces debemos decir: En el crecimiento vegetal de la tierra se nos revela de forma externa lo que vive interiormente en el universo, de modo que también constituye el mundo de la conciencia de los hombres que están en la mitad entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Esas relaciones íntimas entre el hombre y el mundo de las que hablábamos ayer y que hicieron posible que la reflexión de ayer concluyera con las palabras: "El conocimiento del mundo es conocimiento del hombre y el conocimiento del hombre es conocimiento del mundo", estas relaciones se revelan de una manera muy especial. Nos muestra que aquí en la tierra ya estamos viendo algo de lo que es el hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento. Si nos fijamos en los minerales, éstos nos revelan, -de la misma manera que una especie de imagen exterior revela algún proceso,- lo que el hombre hace conscientemente en su interior en el tiempo que sigue inmediatamente después de la muerte. Y cuando observamos el mundo vegetal, se revela lo que el hombre hace interiormente en mitad de su proceso evolutivo entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Tales cosas también pueden ser observadas por el ojo imparcial de una determinada manera externa. Creo que uno siempre se sorprende de nuevo cuando considera la peculiar naturaleza de Goethe. ¿En qué consiste esta peculiar naturaleza de Goethe? Consiste en el hecho de que Goethe, por ejemplo, intentó una y otra vez convertirse en dibujante o pintor. En realidad nunca llegó a ser dibujante o pintor, pero lo que dejó de su dibujo, de su pintura, es sorprendente en cierto sentido por su exactitud. Y si luego uno considera los poemas de Goethe, especialmente algunos que son extraordinariamente característicos en este sentido, entonces se dice a sí mismo: puede que Goethe no haya sido capaz de convertirse en pintor, pero sus poemas muestran que hasta cierto punto han vivido como una pintura solapada. - Goethe pinta mucho en sus poemas. Se podría decir, por ejemplo, si se quisiera expresar según el talento de algunos críticos modernos, -pero no pretendo afirmar que sea muy bueno decir eso-, Goethe tenía la disposición de convertirse en un mal pintor, y llevó las disposiciones pictóricas a su poesía y por eso se convirtió en una especie de poeta meramente pictórico.

Una vez más, se puede decir que tenían algo de razón quienes han calificado algunos de los poemas de Goethe, ya en cierto sentido «Ifigenia» y «Tasso», pero aún más «La hija natural», de lisos como el mármol y fríos como el mármol. Goethe ha dado así poemas dramáticos en los que vive realmente un escultor, por lo que como poemas dramáticos no están en cierto sentido impregnados de esa vida interior de la que están impregnados los poemas de Shakespeare; son en cierto sentido poemas que se han quedado pegados y han vivido en ciertas formas plásticas. En resumen, Goethe quizá pueda parecernos un genio especial precisamente porque nunca llegó a nacer del todo. Nació pintor, pero nunca llegó a serlo. Entonces regresó a la poesía y expresó el asunto en una poesía medio pictórica. No destacó por completo la poesía dramática; se inclinó poéticamente hacia ella, pero en realidad nunca llegó a ser un poeta verdaderamente dramático, sino que se atascó previamente, volvió de nuevo atrás y lo expresó de forma plástica. Se podría decir, y esto es realmente algo que caracteriza a Goethe, que te viene a la mente cuando realmente lo observas: Goethe es un hombre que en realidad nunca nació. Escribió una teoría del color y, sin embargo, no era un físico en el verdadero sentido de la palabra. Se ocupó de la ciencia natural, pero no la llevó al ámbito plenamente especializado. En resumen, nunca entró de lleno en el mundo. No nació apropiadamente.

Se podría ir aún más allá y considerar, por ejemplo, sus relaciones con las mujeres. Por lo general, sólo se desarrollaron hasta cierto grado y nunca hasta el punto en que se desarrollan en las personas comunes y corrientes que nacen a la vida física. En todas partes uno podría encontrar que esto es verdad si tan sólo sintiera y percibiera estas cosas, si tan sólo no tuviera un obstáculo para sentir y percibir tales cosas en la imaginación pedante-filistea ordinaria, la cual, por supuesto, puede objetar todas las cosas que no necesito mencionarles. Uno puede, por supuesto, objetar la tesis de que Goethe no nació del todo: Sí, nació en tal o cual día en Frankfurt. Como puede verse en todas las biografías, ¿no es así?. Pero me gustaría llamar su atención sobre el hecho de que hay otra trampa. Nació medio muerto y su cuerpo era completamente negro. Así que ello indica que no se trata de una entrada vigorosa en el mundo, sino de una especie de entrada medio muerta en el mundo.

Y sigue con su vida de nuevo, viendo que no llega a ninguna parte, retrocede hasta caer enfermo. Todo es tan, -me gustaría decir hasta la forma en que se movía por Weimar: inabordable en cierto sentido-, que se puede decir:

No acaba de salir al mundo. Y eso se debía al hecho de que era especialmente consciente de lo que se desarrollaba en la conciencia vegetal en torno a la medianoche de la existencia. De ahí también que forzara su camino hacia la metamorfosis de las plantas, donde alcanzó su mayor logro: esta maravillosa contemplación del mundo vegetal.

Realmente yo puedo imaginarme que hay algo grotesco en hablar seriamente de que Goethe no surgiera plenamente al mundo. Pero hay mucha gente que prefiere decir que el mundo exterior es una especie de maya en general, en abstracto. Pero si luego se mira en particular cómo se diferencian los niveles individuales de la maya, entonces, por ejemplo, ¡es definitivamente una maya si se toma a Goethe de forma bastante externa, como lo han tomado el Sr. Lewes o el profesor Bielschowsky y demás! Él no es así, es muy diferente. Es tal que uno reconoce realmente en él el estado primigenio en este ámbito, que se encuentra justo aquí, en medio de este curso de la vida del hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Llegamos entonces al tercer eslabón de este desarrollo, en el que ya nos acercamos a la nueva encarnación, a la nueva vida en la Tierra. Allí, como podrán imaginarse muy fácilmente, el ser humano desarrolla una especie de conciencia más activa (véase el diagrama 2, en rojo). Exteriormente tiene una conciencia como la que les describí ayer, pero actúa con lo que ahora vive en su conciencia, sobre todo con todo lo que se desarrolla aquí en la tierra como mundo animal. En este punto, sin embargo, no podemos decir que cuando miramos el mundo animal exteriormente, esto significa sólo el lado exterior y que el lado interior nos conduce a los pensamientos humanos o a los contenidos de la conciencia humana durante la tercera parte de su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. En realidad no podemos decir esto, sino que podemos decir algo así como: Cuando observamos el mundo animal, éste nos ofrece una especie de interior, por así decirlo. Así pues: los reinos mineral y vegetal, -ya no es del todo cierto lo de vegetal, pero se puede tomar así-, nos muestran el exterior, por así decirlo; el interior nos ofrece, entre otras cosas, el estado de conciencia de quienes han atravesado la puerta de la muerte y están en camino hacia una nueva vida en la tierra. Pero mirando al reino animal debemos decir realmente: Éste nos muestra lo interior, y lo exterior son las almas grupales de los animales, que ascienden hasta la gestación de jerarquías supraterrenales. Y allí, en el reino animal, no podemos encontrar ahora en los propios animales lo que obra desde el ser humano, desde la conciencia humana, sino que podemos decir: Los pensamientos humanos tejen y conviven con lo que es el alma grupal animal, que se desarrolla en la totalidad del mundo del alma grupal animal. De hecho, en este periodo el hombre está viviendo a través de todas las configuraciones sutiles y complejas del mundo del alma grupal animal. Este mundo del alma-grupo animal se ha convertido en el mundo del hombre. Y a partir de lo que el ser humano ve allí en el mundo del alma-grupo animal, de lo que sale y entra de allí en su conciencia, él constituye sus propios órganos. En cierto modo, reúne gradualmente lo que ve en el mundo en la contemplación activa de su propio ser. De la suma de las almas grupales animales, el hombre forma su propio organismo interior.

Se diría que el ser humano forma, digamos, las principales formaciones de su cerebro, -por supuesto inicialmente como fuerzas, no es que se formen tales bultos de materia-, inicialmente como fuerzas:

Pulmones, corazón con vasos sanguíneos y así sucesivamente. El hombre forma los órganos individuales a partir de todo el contexto de la entidad grupal animal. Así, mientras que el hombre construye realmente sobre el mundo exterior en la primera parte de su camino suprasensible de la vida, ahora vuelve cada vez más sobre sí mismo y construye finalmente los órganos individuales de su organismo interior a partir de la totalidad del mundo de las almas grupo animal.

Y luego, en la última etapa de su desarrollo, el hombre aparece de tal manera que, como ya les dije ayer, entra en el reino de las fuerzas planetarias. Esta es ahora, por así decirlo, una etapa posterior por la que pasa el ser humano. Después de haber pasado por la actividad dentro y fuera del sistema de las almas grupales animales, el hombre se hace dependiente de lo que en el mundo exterior vive en los movimientos, en las constelaciones de los planetas. Sin embargo, esto sirve para preparar el cuerpo etérico humano. El ser humano tiende a renacer. Su cuerpo etérico se está formando. En este cuerpo etérico se hacen ahora visibles los tejidos del pensamiento de los que les he hablado, que se encontraban entonces en el ser humano entre el cuerpo etérico y el cuerpo físico. De modo que el ser humano ahora, por así decirlo, entreteje en su sistema de órganos lo que ha elaborado más a partir de sentimientos, de sentimientos que, sin embargo, ya están entremezclados con pensamientos. Entonces forma el tejido de pensamientos a su alrededor. Este tejido de pensamientos es, por tanto, el resultado de lo que el ser humano ha experimentado del efecto del mundo planetario sobre su ser, que se acerca al renacimiento. A través de ella, sin embargo, el ser humano se vuelve maduro para entrar en la envoltura que ahora le es dada por aquello que tiene lugar en la sucesión de las generaciones.

¿Cómo es entonces el ser humano que desciende? El ser humano que desciende es de tal forma que inmediatamente después de la muerte él ha vertido, al mundo mineral del mundo externo, los pensamientos minerales, que él ha traído consigo. Al haber derramado los pensamientos, los impulsos de la voluntad y el contenido emocional se abren paso gradualmente hacia arriba. Todo esto lo impregna con el contenido de la conciencia vegetal. El hombre llega primero a cooperar en el reino vegetal del mundo exterior, luego se repliega sobre sí mismo, trabaja con la conciencia animal a partir de la naturaleza del alma grupal de los animales y forma allí sus órganos, miembros que rodea hasta cierto punto con esa cubierta tejida con materiales del pensamiento. Esto es lo que ahora quiere descender a la existencia física.

¿Cómo se produce esta integración en la existencia física? Bien, ya he señalado antes y de nuevo ayer que en la ciencia actual a menudo se espera que las células tengan algún día una estructura química muy compleja, de modo que, por así decirlo, encontraríamos la fórmula química más compleja para lo que se presenta en la célula. Pero ésta es una idea completamente errónea.

En la célula, incluso en la célula orgánica ordinaria, es de tal manera (ver dibujo, hell) que la cohesión química en ella no es más fuerte que en un compuesto químico complejo ordinario, sino al contrario: las afinidades químicas se vuelven caóticas, y son más caóticas en la célula germinal fecundada. En relación con la materia, la célula germinal fecundada es directamente caos, caos que se descompone, caos que realmente se descompone. En este caos en descomposición se vierte lo que les he descrito como el ser humano que acaba de formarse de la manera que he descrito (púrpura). Y no es a través del germen en sí, sino a través de los procesos que tienen lugar en el vientre de la madre entre el embrión y el entorno, es como se forma el físico real. Así pues, lo que desciende del mundo espiritual se deposita en realidad en el vacío y sólo se impregna de sustancia mineral. Como se puede ver, el proceso descrito aquí es bastante transparente. 


No podemos ver la conciencia animal de tal manera que trabaje hacia atrás, sino que debemos decir que trabaja hacia arriba en el alma grupal, en las almas grupales animales (véase el diagrama 2, flecha roja). Y entonces, cuando el ser humano ha llegado al ámbito planetario, él mismo forma el ser humano y se integra de esta manera en aquello que le hace sitio, como acabo de comentar.

Pero si ustedes ahora tienen en cuenta el principio y el final del camino de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, entonces tendrán que decirse a sí mismos: Hay algo que puede relacionarse entre sí. En lo que podemos llamar el paso del alma humana por el mundo anímico después de la muerte, ocurre algo que todavía tiene una referencia a lo terrenal, que hace que el hombre vuelva a lo terrenal. Sabemos que el ser humano, retrocediendo, deambula por su vida terrena en aproximadamente un tercio de su curso vital, deambula por ella de la manera que les he descrito. El polo opuesto, por así decirlo, es lo que el ser humano experimenta cuando atraviesa el sistema planetario antes de nacer. Allí se le comunica algo como ser humano que trae consigo de los cielos a la tierra. Igual que él todavía lleva a cabo algo para el mundo del alma que está en su cuerpo astral, por lo cual él vive a través de su vida terrenal en una migración hacia atrás, así el hombre trae consigo algo del cosmos, que entonces impregna su cuerpo etérico, que ahora tiene algo que ver con su cuerpo etérico, así como lo que he llamado el fruto de la tierra astral tiene que ver con su cuerpo astral. Lo que saca del cosmos tiene que ver con su cuerpo etérico, así como lo que lleva fuera como el fruto de la tierra astral tiene que ver con su cuerpo astral.

diagrama 2

Así que puedo decir: El hombre trae el fruto cósmico etérico del cosmos. Este fruto cósmico etérico, que el hombre trae, vive realmente en su cuerpo etérico. Desde la primera hora, desde el primer momento de su nacimiento, el hombre tiene en su cuerpo etérico algo así como un impulsor cósmico hacia adelante, que actúa a lo largo de toda su vida. Lo que queda atrás como tendencias kármicas está conectado con este impulso cósmico. Las tendencias kármicas trabajan en este impulso cósmico.

Así que, en cierto sentido, podemos decir que nosotros mismos somos capaces de señalar con bastante claridad cómo se relaciona el karma con el ser humano real. Mientras nos decimos que el hombre tiene una vida preexistente, que viene de las alturas espirituales a la existencia físico-terrenal, se integra en su cuerpo físico, cuerpo etérico con su yo y su cuerpo astral, podemos decir que su karma, que trae consigo de su vida anterior en la tierra, se integra en esa fuerza de impulso etérico que trae consigo de los efectos del sistema planetario que preceden a su encarnación terrestre.

Y ahora, debo decir, ya casi se puede tocar con las manos cómo se puede calcular a partir de las relaciones planetarias lo que impulsa y empuja en el hombre, si se hace correctamente. De este modo se puede observar íntimamente todo lo que actúa en el hombre de tal modo que sale de su actividad físico-sensual hacia el mundo anímico-espiritual y que es traído por él desde el mundo anímico-espiritual y de nuevo se envuelve, por así decirlo, en su existencia físico-corporal terrena y actúa en ella. Estas cosas pueden describirse detalladamente.

El hombre puede llenarse a sí mismo con tales ideas a medida que llegan a través de estas percepciones, y entonces se dirá a sí mismo: entro en esta existencia terrenal como una forma humana física, estoy aparentemente cerrado al resto del mundo. Esta conciencia de estar cerrado se me da cuando mi aspecto suprasensible se acuesta en la cama que está preparada para él desde la existencia físico-terrenal. Pero al integrarme en esta envoltura, crezco cada vez más en el cosmos a través de mi percepción, a través de mis experiencias. Y crezco en él en particular cuando me formo tales ideas sobre la conexión entre el hombre y el mundo.

A través de la ciencia espiritual antroposófica, el ser humano aprende a sentirse uno con el universo. Siente el mundo dentro de sí mismo, y se siente a sí mismo en el mundo. Siente la vida del macrocosmos palpitando en su propio ser interior, y percibe que lo que experimenta en su interior palpita en todo el cosmos. La respiración se convierte para él en un símbolo de una existencia integral: el aliento inhalado adopta la forma del cuerpo humano, se convierte en vida interior; el aliento que abandona el organismo se dispersa de nuevo en el mundo. Pero lo mismo ocurre con lo anímico-espiritual: Todo el cosmos es, por así decirlo, inhalado anímico-espiritualmente, se convierte en el ser humano; lo que deviene en el ser humano es a su vez exhalado anímico-espiritualmente y se dispersa en el cosmos hasta llegar, por así decirlo, a la periferia del cosmos para regresar y formar al ser humano. Ya se puede ver en el hombre la imagen del mundo, y en el mundo el ser humano finamente disuelto. De modo que se puede resumir un conocimiento exhaustivo del mundo y del hombre en las dos frases siguientes:

Hombre, eres la imagen contraída del mundo.

Mundo, eres el ser del hombre vertido en la inmensidad.

Para que el futuro sea para él un desarrollo ascendente y no descendente, el hombre debe adquirir una conciencia que aúne verdaderamente su ser con el cosmos.

Mañana hablaremos más de ello.

Traducido por J.Luelmo feb,2025