CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA112 Kassel, 2 de julio de 1909 - El aumento progresivo del poder de Cristo en la realización de milagros y prodigios

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EL AUMENTO PROGRESIVO DEL PODER DE CRISTO EN LA REALIZACIÓN DE MILAGROS Y PRODIGIOS

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Kassel, 2 de julio de 1909
conferencia IX

Ayer concluimos nuestras exposiciones con la frase de que, dentro del impulso crístico, nos espera la contemplación de lo más importante: la muerte y su significado en sí mismo. Pero antes de llegar a la descripción de la muerte de Cristo y, con ello, al punto culminante de nuestras reflexiones sobre este ciclo, será necesario hablar hoy un poco sobre el sentido y el significado reales de algunos aspectos del Evangelio de Juan y de las relaciones entre lo que en él se describe y los otros evangelios.

En los últimos días hemos intentado comprender el impulso crístico a partir de fuentes muy diferentes, desde la contemplación clarividente de la crónica Akáshica, y presentarlo como un acontecimiento real en la evolución de la humanidad. Y, en cierto modo, solo nos hemos basado en lo que en los Evangelios parece confirmar lo que la investigación clarividente pudo declarar primero como verdadero. Pero hoy, para continuar con nuestras consideraciones, queremos echar un vistazo al Evangelio de Juan y caracterizar este importante documento de la humanidad desde un punto de vista particular. Este Evangelio de Juan, del que ayer dijimos que la investigación teológica actual, en la medida en que está contagiada de materialismo, no puede adoptar una postura adecuada frente a él, que no es capaz de comprender lo histórico, este Evangelio de Juan se nos presentará, si lo contemplamos con una mirada espiritual, como uno de los documentos más maravillosos que tiene la humanidad. Se puede decir que el Evangelio de Juan no solo es uno de los más importantes entre los documentos religiosos, sino también entre todos los documentos literarios y escritos, por usar un término profano. Acerquémonos al contenido de este documento desde este punto de vista.

En cuanto a su composición, si se entiende correctamente el Evangelio de Juan, es ya desde los primeros capítulos, si se sabe lo que realmente significan las palabras, uno de los documentos más elegantes y redondos que existen en el mundo. Sin embargo con una lectura superficial, esto no se aprecia. En un primer análisis superficial, se observa que el autor del Evangelio de Juan, —al que ahora conocemos—, enumera exactamente siete milagros hasta el momento del acontecimiento de Lázaro. En los próximos días se abordará el significado del número siete. ¿Cuáles son estos siete milagros o signos?

  1. La señal dada por las bodas en Caná de Galilea,
  2. la señal dada por la curación del hijo del centurión real,
  3. la dada por la curación del enfermo de treinta y ocho años en el estanque de Betesda,
  4. la alimentación de los cinco mil,
  5. la señal dada al ver a Cristo caminar sobre el mar,
  6. la señal dada por la curación del ciego de nacimiento y, por último,
  7. la mayor señal, la iniciación o consagración de Lázaro: la transformación de Lázaro en el propio escriba del Evangelio de Juan.

Esos son siete de los signos. Ahora bien, debemos preguntarnos: ¿qué hay de estos signos, de esta cuestión de los milagros?

Si han escuchado con atención lo que se les ha dicho de diversas maneras en los últimos días, recordarán que se ha dicho que el estado de conciencia de los seres humanos ha cambiado a lo largo de toda nuestra evolución humana. Hemos echado la vista atrás a tiempos muy antiguos. Hemos visto que los seres humanos no partieron de un punto de vista meramente animal en su evolución, sino de una forma en la que aún poseían la capacidad natural de la clarividencia. Antiguamente, los seres humanos eran clarividentes, aunque tenían una conciencia tal que aún no podían decir «yo soy». Los seres humanos tuvieron que conquistar poco a poco la capacidad de la autoconciencia, pero para ello tuvieron que renunciar a la antigua clarividencia. En el futuro volverá a llegar un tiempo en el que todos los seres humanos serán clarividentes, a pesar de haber conservado el yo soy, la autoconciencia. Estas son las tres etapas que la humanidad ha atravesado en parte y que en parte aún tiene que atravesar. En la Atlántida, las personas vivían en una especie de conciencia onírica, pero con una conciencia clarividente. Luego, poco a poco, conquistaron la autoconciencia, la conciencia objetiva externa, pero a cambio tuvieron que renunciar al antiguo don de la clarividencia. Y finalmente, en el futuro, el ser humano tendrá una conciencia clarividente conectada con esta autoconciencia. De este modo, el ser humano pasa de una antigua clarividencia apagada a una conciencia de los objetos no clarividente y vuelve a ascender a una clarividencia autoconsciente.

Pero, aparte de la conciencia, todo lo demás ha cambiado en la humanidad. Es realmente una miopía humana creer que las cosas siempre han sido como son hoy en día. Todo ha evolucionado. No siempre fue así. Las relaciones entre las personas tampoco siempre fueron como son hoy en día.

De las insinuaciones de los últimos días, ya hemos podido deducir que en la antigüedad, hasta la época en que el impulso crístico se introdujo en la evolución humana, existía una influencia mucho mayor entre las almas. Los seres humanos estaban predispuestos a ello. El ser humano no solo oía lo que le decía con palabras audibles el otro que tenía delante, sino que, si el otro sentía algo de forma viva y animada, pensaba algo de forma viva, el ser humano que tenía delante podía sentirlo, saberlo, de cierta manera. En épocas antiguas, cuando el amor estaba más ligado al parentesco consanguíneo, era algo muy diferente de lo que es hoy en día. Hoy en día ha adquirido un carácter más espiritual, pero se ha debilitado. Solo recuperará su fuerza cuando el impulso crístico entre en todos los corazones humanos. En la antigüedad, cuando el amor actuaba, este amor tenía al mismo tiempo algo así como un poder curativo, balsámico para el alma ajena. Con el desarrollo del intelecto y la inteligencia, que se han ido formando poco a poco, estas antiguas influencias entre almas, han ido desapareciendo.

Influir en el alma del otro, transmitir la fuerza que se tenía en el propio alma, era un don que caracterizaba a los pueblos de la antigüedad. Por eso hay que pensar en un poder mucho mayor que entonces podía recibirse de alma a alma, hay que pensar en una influencia mucho mayor que podía ejercerse de alma a alma. Aunque no haya documentos históricos externos que lo mencionen, aunque las piedras y los monumentos no digan nada, la observación clarividente de los Registros Akáshicos nos muestra que en aquellos tiempos antiguos, por ejemplo, se podían realizar curaciones de enfermos de manera integral mediante la influencia psíquica de una persona sobre otra. Y el alma era capaz de muchas otras cosas en aquellos tiempos. Lo que hoy en día le parece un cuento de hadas al ser humano: que la voluntad del ser humano, por ejemplo, tenía el poder, si lo deseaba, si se entrenaba especialmente para ello, de actuar de forma calmante sobre el crecimiento de las plantas, de acelerar o retrasar el crecimiento de las plantas, era un hecho en aquellos tiempos. Hoy en día solo quedan escasos restos de todo ello.

En aquella época, la vida de las personas era muy diferente. En los tiempos antiguos, nadie se habría sorprendido de que, en algún lugar, cuando existía la relación adecuada entre las personas, se produjera tal influencia espiritual de una personalidad a otra. Sin embargo, debemos tener en cuenta que siempre eran necesarias dos o más personas para que se pudiera ejercer tal influencia espiritual. También en nuestra época se podría imaginar que un ser humano con el poder de Cristo se presentara entre los hombres.

Pero aquellos que tuvieran la fuerza de creer en él serían muy pocos, y él no podría lograr lo que se puede lograr mediante la influencia espiritual de un alma a otra.

Para ello no solo es necesario que se actúe, sino que haya alguien que esté maduro para recibir ese efecto. Si en la antigüedad había más personas capaces de recibir tales efectos, no nos sorprenderá que se diga que en aquella época existían los medios para curar a los enfermos mediante la influencia psíquica, pero que también otros efectos, que hoy solo pueden producirse por medios mecánicos, se producían mediante la influencia psíquica.

¿En qué época tuvo lugar el acontecimiento de Cristo dentro de la evolución humana? Tuvo lugar en una época muy concreta, debemos tenerlo presente. Solo quedaban, por así decirlo, los últimos restos de esas corrientes anímicas de un ser humano a otro, que aún sobresalían como una herencia de la época atlante. La humanidad se disponía precisamente a adentrarse cada vez más en lo material y a tener cada vez menos posibilidades de dejar actuar tales corrientes anímicas. En ese contexto tuvo que surgir el impulso crístico, que precisamente por su esencia podía actuar infinitamente sobre aquellos que aún eran receptivos a él.

Quien conozca realmente la evolución de la humanidad encontrará natural que, una vez que la entidad crística entró en el cuerpo de Jesús de Nazaret, aproximadamente en el trigésimo año de su vida, pudiera actuar de manera muy especial en ese cuerpo, en esa envoltura. Porque esa envoltura había madurado desde tiempos inmemoriales. Ayer mencionamos que la individualidad de Jesús de Nazaret ya se había encarnado una vez en una vida anterior en la antigua Persia, que luego pasó por encarnaciones sucesivas y que en cada encarnación ascendió cada vez más en su desarrollo espiritual. De ello dependía que el Cristo pudiera habitar en un cuerpo así, que este cuerpo pudiera serle ofrecido como sacrificio. Los evangelistas lo sabían muy bien. Por eso lo describieron todo de tal manera que resultara perfectamente comprensible para la mirada del investigador espiritual.

Solo que debemos tomar todo lo que aparece en los Evangelios al pie de la letra, es decir, aprender primero a leerlos. ¿Por qué, por ejemplo, precisamente en la primera de las señales, —como ya se ha dicho, aún conoceremos el significado más profundo de los milagros—, al hablar de las bodas de Caná en Galilea, se hace especial hincapié en que eso sucedió «en Caná de Galilea»? No hay, —pueden investigar donde quieran—, en la antigua Palestina, en el entorno que se conocía entonces, una segunda Caná. Pero ¿es necesario añadir algo especial a los lugares que solo existen allí? ¿Por qué, a pesar de ello, el evangelista, al referirse a este milagro, dice que ocurrió «en Caná de Galilea»? Porque es importante destacar que allí ocurrió algo que tenía que ocurrir en Galilea. Es decir, Cristo no habría encontrado a las personas necesarias para ello en otras regiones que no fueran precisamente Galilea. Ya he dicho que para que haya un efecto no solo es necesario que haya alguien que lo produzca, sino también que haya otros que sean aptos para recibirlo. Cristo no habría podido hacer su primera aparición dentro de la propia comunidad judía, sino en Galilea, el lugar donde se mezclaban las más diversas tribus y grupos étnicos. Precisamente por el hecho de que en un lugar se habían reunido los pueblos más diversos de las partes más diversas del mundo, precisamente por eso, aquí en Galilea ya no existía el mismo parentesco sanguíneo y, sobre todo, ya no existía la fe en ese parentesco sanguíneo como en Judea, entre el pueblo hebreo más cercano. La gente de Galilea era una mezcla heterogénea. Pero, ¿a qué se sintió llamado especialmente Cristo por su impulso?

Hemos dicho que una de sus palabras más importantes fue: «Antes de que Abraham existiera, existía el Yo soy», y la otra: «Yo y el Padre somos uno». Con ello quería decir: para aquellos que se aferran a las antiguas instituciones de la vida, el yo solo se encuentra a salvo dentro de un parentesco consanguíneo. Quien era un verdadero confesor del Antiguo Testamento sentía algo muy especial al oír las palabras: «Yo y el padre Abraham somos uno», algo que hoy en día al ser humano le cuesta comprender. Lo que el ser humano llama su propio yo, lo que está encerrado entre el nacimiento y la muerte, el ser humano lo ve pasar. Pero quien profesaba una verdadera fe en el Antiguo Testamento, quien se sentía conmovido por las enseñanzas que fluían por la humanidad en aquella época, decía, y no solo como una palabra alegórica, sino como un hecho: para mí soy único, pero soy un miembro de un gran organismo, de un gran contexto vital que se remonta hasta el padre Abraham. Así como el dedo solo puede existir como miembro vivo mientras permanece unido a mi cuerpo, yo solo tengo sentido mientras siento que soy un miembro del gran organismo nacional que llega hasta el padre Abraham. Estoy tan unido al gran conjunto de la nación como el dedo lo está a mi cuerpo. Si se separa el dedo, pronto deja de ser un dedo; solo está a salvo cuando está unido a mi mano, la mano a mi brazo y el brazo a mi cuerpo; ya no tiene sentido cuando se separa de la mano. Del mismo modo, solo tengo sentido cuando me siento miembro de todas las generaciones por las que fluye la sangre del padre Abraham. ¡Entonces me siento seguro! Mi yo individual es pasajero y efímero, pero no lo es todo este gran organismo del pueblo que se remonta al padre Abraham. Cuando me siento completamente dentro de él, cuando me siento completamente dentro de él, entonces supero mi yo temporal y transitorio; entonces me siento seguro en un gran yo, en el yo del pueblo, que ha fluido a través de la sangre de las generaciones desde el padre Abraham hasta mí. Así se expresaba el confesor del Antiguo Testamento.

Pero como llegó el momento en que los seres humanos ya no debían aspirar a alcanzar tal estado de conciencia, este se fue perdiendo poco a poco. Por lo tanto, Cristo no tuvo que acudir a aquellos que, por un lado, habían perdido la capacidad de actuar a través de ese poder mágico que reside en los lazos de sangre y, por otro lado, solo tenían fe en la comunión con el padre Abraham. Porque en ellos no podía encontrar la fe necesaria para actuar lo que podía fluir de su alma a las otras almas; tenía que acudir a aquellos que, debido a su mezcla de sangre, ya no tenían esa fe, tenía que acudir a los galileos.

Aquí debía comenzar su misión. Aunque en general el antiguo estado de conciencia estaba desapareciendo, encontró entre ellos una mezcla de pueblos que se encontraba en los inicios de la mezcla de sangre. De todas partes acudían tribus que, antes de esta confluencia, aún se encontraban bajo la influencia de los antiguos lazos de sangre. Acababan de llegar para encontrar la transición. Aún conservaban el sentimiento vivo: nuestros padres aún tenían los antiguos estados de conciencia, aún poseían los poderes mágicos que actúan de alma a alma. Con ellos pudo llevar a cabo su nueva misión, que consistía en dotar al ser humano de una conciencia del yo que ya no estuviera ligada al parentesco consanguíneo, una conciencia del yo que pudiera decir: en mí mismo encuentro la conexión con el padre espiritual, con el padre que no transmite físicamente su sangre a través de las generaciones, sino que envía su fuerza espiritual a cada alma individual. El yo que está en mí y que tiene una relación directa con el padre espiritual existía antes de que existiera Abraham. Por eso estoy llamado a infundir en el yo una fuerza que se ve reforzada por la conciencia de la conexión con la fuerza espiritual paterna del mundo. «Yo y el Padre somos uno », no yo y el padre Abraham, es decir, un antepasado físico, somos uno.

Y Cristo se dirigió a aquellos que acababan de llegar al punto de comprenderlo, que necesitaban encontrar, no en los lazos de sangre que acababan de romper con su mestizaje, sino en el alma individual, la fuerza poderosa que, a su vez, puede llevar al ser humano a expresar poco a poco lo espiritual en lo físico. No digáis: ¿por qué no vemos hoy que suceda lo mismo que sucedió entonces? Aparte de que quien quiera ver, puede verlo, hay que tener en cuenta que los seres humanos han salido de ese estado de conciencia, que han descendido al mundo material, y que aquellos tiempos eran precisamente el punto de inflexión y Cristo mostró a los últimos ejemplares de la humanidad en desarrollo lo que el espíritu es capaz de hacer sobre lo físico. Los signos que ocurrieron cuando el antiguo estado de conciencia aún existía, pero estaba desapareciendo, se convirtieron en un modelo y un símbolo, en un símbolo de fe.

1 - LAS BODAS DE CANÁ

Ahora echemos un vistazo a estas bodas en Caná, en Galilea. Si desarrollara aquí ante ustedes todos los detalles del Evangelio de Juan, lo que realmente es el contenido del Evangelio, entonces no bastarían catorce conferencias, sino que se necesitarían unos cuantos años. Pero toda esta exposición literal no sería más que una confirmación de lo que puedo insinuarles en breves comentarios.

En primer lugar, en este primer signo se nos dice: «Había una boda en Caná de Galilea». Ahora bien, debemos ser conscientes de que en el Evangelio de Juan no hay ninguna palabra que no tenga un significado especial. ¿Por qué, entonces, una «boda»? Porque la boda logra lo que la misión de Cristo logra de manera tan eminente: la boda une a las personas. ¿Y una boda «en Galilea»? En Galilea fue donde se rompieron los antiguos lazos de sangre, donde la sangre extranjera se mezcló con la sangre extranjera. Pero lo que Cristo debía hacer estaba precisamente relacionado con la mezcla de sangre. Así pues, se trata de una unión entre personas para tener descendencia, entre personas que ya no son parientes consanguíneos. Ahora bien, lo que voy a decirles les parecerá realmente maravilloso. ¿Qué habrían sentido las personas en la antigüedad en un caso como este, en una época en la que aún existía lo que en el sentido científico-espiritual se podría llamar el «matrimonio cercano»? Porque es algo que forma parte del desarrollo de la humanidad que un «matrimonio cercano» original se haya transformado en un «matrimonio lejano». Y lo que he dicho hasta ahora ya expresa lo que es el matrimonio cercano. 

En todos los pueblos, en la antigüedad, se encontraba que habría sido contrario a una ley del pueblo casarse fuera de la tribu, fuera del parentesco consanguíneo. Los que eran parientes consanguíneos, los que pertenecían a la misma tribu, se casaban entre sí; y estos matrimonios dentro de la misma tribu, dentro de la misma familia, tenían el maravilloso efecto, que puede constatarse en todo momento mediante la investigación científica espiritual, de que se podía ejercer un gran poder mágico. Los descendientes dentro de una tribu emparentada por consanguinidad tenían, gracias a estos matrimonios entre parientes, poderes mágicos que actuaban de alma a alma. Si hubiéramos sido invitados a una boda en la antigüedad, ¿qué habría pasado? Supongamos que se hubiera acabado la bebida que se consumía en aquella época, es decir, el vino. ¿Qué habría pasado entonces? Solo habría sido necesario que existiera la relación adecuada en esta familia de altos rangos unida por lazos de sangre, y se habría podido experimentar, gracias al poder mágico del amor sanguíneo, que, por ejemplo, el agua que se habría servido en un momento posterior de la celebración nupcial en lugar del vino, habría sido percibida por los demás como vino debido a la influencia espiritual de estas personalidades. Los demás habrían bebido vino si hubiera existido la relación mágica adecuada entre una personalidad y las demás. 

No digan: ¡pero si ese vino habría sido agua! Una persona sensata debe darse la siguiente respuesta: para el ser humano, las cosas son aquello que comunican a su organismo, lo que se convierten para él, no lo que parecen. Creo que aún hoy en día a algunos amantes del vino les gustaría que se les sirviera agua, si tan solo se pudiera lograr, mediante algún tipo de influencia, que el agua supiera a vino y tuviera el mismo efecto que este en su organismo. No se necesita más que el agua sea vino para el ser humano. ¿Qué era necesario en la antigüedad para que pudiera ocurrir tal milagro, que en los vasos hubiera agua, pero que al beberla fuera vino? Era necesario el poder mágico que se producía por el parentesco consanguíneo. Pero la fuerza en las almas para sentir algo así estaba presente en las personas que asistían a la boda en Caná de Galilea. Solo había que crear una transición.

En el Evangelio de Juan (2, 1 y siguientes) se dice además: «Y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos también fueron invitados a la boda». Y como faltaba vino, la madre de Jesús se lo hizo notar y le dijo: «No tienen vino». Había que crear una transición, dije, para que algo así pudiera suceder. La fuerza espiritual tenía que ser apoyada por algo. ¿Por qué podía ser apoyada? Aquí llegamos a la palabra que, tal y como se traduce habitualmente, es en realidad una blasfemia. Porque no creo que una persona sensible pueda evitar sentir incomodidad al decir: «¡No tienen vino!» y le respondieran: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? ¡Mi hora aún no ha llegado!». Es imposible que algo así se acepte en un documento de este tipo. Imaginemos: el ideal del amor, tal y como se nos describe en los Evangelios, Jesús de Nazaret, ¿debería utilizar la expresión «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?» en sus relaciones con su madre? No hace falta decir más, porque el resto hay que sentirlo. ¡Pero esas palabras no están ahí! Fíjense en este pasaje del Evangelio de Juan. Solo tienen que abrir el texto griego y verán que no hay más que las palabras que se dicen cuando Jesús de Nazaret alude a algo: «¡Mujer, esto va de mí a ti!». Se refiere precisamente a esa delicada fuerza íntima de alma a alma, lo que pasa de él a la madre. Pero eso es lo que necesita en ese momento. En ese momento aún no puede realizar un signo más elevado, para ello primero debe madurar su tiempo. Por eso dice: ¡Mi tiempo, en el que actuaré solo con mi fuerza, aún no ha llegado! Porque ahora todavía es necesario el vínculo magnético del alma, que pasa del alma de Jesús de Nazaret a la madre. «¡Oh mujer, esto va de mí a ti!». ¿Cómo podría la madre, después de estas palabras, «¡Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?», llegar a decir a los sirvientes: «Haced lo que él os diga»? Es necesario que ella esté dotada de las antiguas fuerzas, de las que hoy en día los seres humanos ya no tienen ni idea, y que sepa que él se refiere a este vínculo de sangre entre el hijo y la madre, se refiere al vínculo que debe conducir a los demás. Entonces ella sabe que ahora hay algo que actúa como una fuerza espiritual invisible que puede lograr algo aquí. Y ahora les pido que lean realmente el Evangelio. Me gustaría saber cómo se las arreglan con el Evangelio aquellos que creen que algo, —sí, no sé qué en realidad—, que creen que había seis jarras comunes, según se dice, «para la purificación judía», y que entonces, según esta visión tan común, sin nada más, — lo cual se encuentra precisamente en lo que se acaba de discutir—, ¿cómo es que el agua se habría convertido en vino, cómo es que esto habría sucedido solo exteriormente? ¿Qué es? Y del mismo modo: ¿cuál es la fe que tiene el que habla aquí ante ustedes en este milagro, que solo alguien puede tener en un milagro, en que aquí una sustancia se ha transformado en otra para los seres humanos? Pero con una interpretación común no se puede entender.

Hay que imaginar que las jarras que estaban allí probablemente no estaban llenas de agua. No se dice en absoluto que se hubieran vaciado. Eso no aparece escrito. Pero si se hubieran vaciado y vuelto a llenar, —dice que se llenaron—, entonces habría que pensar que, si realmente el agua se hubiera convertido en vino como por arte de magia, el agua que había antes también se habría convertido en vino. Así que esto no cuadra. Todo el asunto no tiene sentido. Pero hay que tener claro que estas jarras estaban evidentemente vacías, que estaban vacías porque el hecho de llenarlas tenía un significado especial.

«Haced lo que él os diga», había dicho la madre a los sirvientes. ¿Para qué necesitaba Cristo el agua? Necesitaba agua que procediera directamente de las fuentes de la naturaleza. Por eso hay que decir expresamente que el agua acababa de ser extraída. Solo el agua que aún no había perdido las fuerzas internas que posee cualquier elemento mientras está en contacto con la naturaleza era adecuada para su propósito. Como ya se ha dicho, ninguna palabra del Evangelio de Juan carece de profundo significado. Había que tomar agua recién sacada, porque Cristo es la esencia que se ha acercado a la Tierra, que se ha relacionado con las fuerzas que actúan en la propia Tierra. Al interactuar las fuerzas vivas del agua con lo que fluye «de mí a ti», puede suceder lo que se nos describe en el Evangelio: que se llama al mayordomo y que este tiene la impresión de que aquí ha sucedido algo especial, pero no sabe lo que ha sucedido; se dice expresamente: «no ha visto» lo que ha sucedido, los sirvientes lo han visto, él no, y que ahora, bajo la impresión de lo que ha sucedido, percibe el agua como vino. Esto se dice de forma muy clara y precisa, de modo que realmente se ha actuado aquí mediante la fuerza espiritual hasta llegar a un elemento externo, es decir, hasta lo físico del cuerpo humano. ¿Qué debía haber en la madre de Jesús de Nazaret para que su fe fuera lo suficientemente fuerte en ese momento como para producir tal efecto? Tenía que tener algo que, sin embargo, estaba presente en ella, a saber, la comprensión de que aquel al que llamaban su hijo se había convertido en el espíritu de la Tierra. Entonces, su fuerte fuerza de fe, en conexión con su fuerte fuerza, —lo que él ejerce sobre ella—, pudo actuar con tanta potencia que sucedió lo que se describe.

Por lo tanto, en el primer signo hemos mostrado, a través de toda la constelación de circunstancias, cómo las afinidades entre las almas, lo que aún está vinculado a los lazos de sangre, influyen en el mundo físico. Fue el primer signo que se manifestó y en el que se muestra, en mínima medida, la fuerza de Cristo. Aún necesitaba el refuerzo de la unión con las fuerzas anímicas de la madre, y necesitaba el refuerzo de las fuerzas aún unidas a la naturaleza en el agua, que aún están presentes cuando se ha sacado el agua fresca. Aquí nos encontramos con la fuerza efectiva de la entidad crística en su mínima expresión. Pero se concede especial importancia al hecho de que la fuerza de Cristo actúe sobre la otra alma y provoque efectos en esta otra alma, que es apta para ello. Lo esencial es que la fuerza de Cristo tiene precisamente el poder de hacer apta a la otra alma, de modo que se produzcan los efectos. Había hecho aptos a los invitados a la boda para que también ellos percibieran el agua como vino. Pero todo lo que es una fuerza real se refuerza en su propio efecto. Al ejercer Cristo esta fuerza por segunda vez, ya es más fuerte. Así como la fuerza más simple se refuerza con la práctica, una fuerza espiritual se refuerza especialmente cuando se aplica con éxito una vez.

2 - LA CURACIÓN DEL HIJO DEL CENTURIÓN

El segundo de los signos es, como sabéis por el Evangelio de Juan, la curación del hijo de un centurión real. ¿Cómo se cura al hijo del centurión real? También aquí solo reconoceréis lo correcto si leéis el Evangelio de Juan en la medida adecuada, si prestáis atención a las palabras que son las más importantes en el capítulo en cuestión. En el versículo 50 del capítulo cuarto, después de que el centurión le haya contado a Jesús de Nazaret su sufrimiento, se dice: «Jesús le dijo: El hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo y se fue».

Una vez más, había dos almas que coincidían: el alma de Cristo y el alma del padre del hijo. ¿Y cómo actúa la palabra de Cristo: «Ve, tu hijo vive»? Actúa de tal manera que enciende en la otra alma la fuerza para creer lo que se ha dicho con esa palabra. Estas dos fuerzas actuaron juntas. La palabra de Cristo tenía el poder de encender en la otra alma de tal manera que el centurión creyó. Si el hombre no hubiera creído, el hijo no se habría curado. Así actúa una fuerza sobre la otra. Se necesitan dos. Pero aquí ya tenemos un grado más elevado del poder de Cristo. En las bodas de Caná, para poder actuar, aún necesitaba el refuerzo del poder de la madre. Ahora ha llegado el momento en que el poder de Cristo puede derramar la palabra encendida en el alma del centurión. Hay un aumento del poder de Cristo.

3 - LA CURACIÓN DEL TULLIDO EN EL ESTANQUE DE BETESDA

Pasemos ahora al tercer signo, la curación del enfermo que llevaba treinta y ocho años enfermo en el estanque de Betesda. Aquí debemos volver a leer la frase más importante, la que arroja luz sobre todo el asunto. Se trata del pasaje que dice:

«Jesús le dijo: Levántate, toma tu camilla y anda» (5,8).

El enfermo había dicho antes, al hablar de su necesidad de permanecer acostado, que no podía moverse: «Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se agita el agua; y cuando yo voy, otro se mete antes que yo» (5, 7).

Pero Cristo le dice, —y esto es importante, ya que es Sabbath, un día festivo en el que reina un ambiente de celebración, un momento de amor eminente por el prójimo—, y expresa lo que quiere decir con las palabras: «Levántate, toma tu camilla y anda» (5, 8). Y debemos relacionar esta frase con la otra que le dice, y que es igualmente importante:

«Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor» (5, 14).

¿Qué significa esto? Significa que la enfermedad de aquel que llevaba treinta y ocho años enfermo estaba relacionada con su pecado. Si ese pecado fue cometido en esta vida o en una anterior, no es algo que vayamos a discutir ahora. Para nosotros se trata de lo siguiente: Cristo ha vertido en su alma la fuerza para hacer algo que afecta a la naturaleza moral y espiritual del otro. Aquí tenemos de nuevo un aumento del poder de Cristo. Antes se trataba simplemente de algo que debía actuar hasta el punto de que ocurriera algo físico. Pero ahora hay una enfermedad que, según el propio Cristo, está relacionada con el pecado del enfermo. En ese momento, Cristo sabe cómo intervenir en el alma del enfermo. Antes aún se necesitaba al Padre; ahora, el poder de Cristo actúa en el alma del enfermo, lo que adquiere un encanto especial al suceder en Sabbath. El hombre actual ya no tiene el sentido adecuado para estas cosas. Para un creyente del Antiguo Testamento, sin embargo, el hecho de que sucediera en Sabbath tenía un significado especial. Era algo muy especial. Por eso los judíos estaban especialmente indignados con el enfermo, porque llevaba su lecho en Sabbath. Este es un detalle sumamente importante. ¡Las personas deberían aprender a reflexionar cuando leen los Evangelios! No deberían dar por sentado que el enfermo pudiera ser curado, que aquel que llevaba treinta y ocho años sin poder caminar ahora caminara; deberían reflexionar sobre un pasaje como este:  «Entonces los judíos dijeron al que había sido sanado: Hoy es Sabbath, no te conviene llevar la camilla» (5, 10).

Lo que les llamó la atención no fue que se hubiera curado, sino que levantara su lecho en Sabbath. Por lo tanto, parte de la curación de este enfermo consistía en actuar precisamente en ese día sagrado. En Cristo mismo está la idea de que, si el Sabbath realmente debe ser sagrado para Dios, entonces las almas deben tener una fuerza especial en ese día gracias al poder divino. A través de esta fuerza, él actúa sobre el que está delante de él, es decir, se transmite al alma del enfermo. Y mientras que antes el enfermo no encontraba en su alma la fuerza necesaria para superar las consecuencias del pecado, ahora la tiene gracias al efecto de la fuerza de Cristo. De nuevo, un aumento de la fuerza de Cristo.

4 - LA ALIMENTACION DE LOS CINCO MIL

Y ahora continuemos. Como ya he dicho, hablaremos más adelante sobre la verdadera naturaleza de los milagros. La cuarta de las señales es la alimentación de los cinco mil hombres. Aquí debemos fijarnos de nuevo en la frase más importante.  ¿Y cuál es?  Que en este tipo de cosas hay que tener en cuenta que no se puede comprender un acontecimiento así con la conciencia actual. Cuando aquellos que escribieron sobre Cristo en aquella época  ... ¿Y cuál es? En estos casos, hay que tener siempre presente que no se puede entender un acontecimiento así con la conciencia actual. Si aquellos que escribieron sobre Cristo en la época en que se redactó el Evangelio de Juan hubieran creído lo que cree nuestra época materialista, habrían escrito de otra manera, porque les habría llamado la atención otra cosa distinta de lo que les llamó la atención. Pero la frase más importante, —lo demás no les llama especialmente la atención, ni siquiera que se pueda alimentar a cinco mil personas con lo poco que hay—, la frase que se destaca especialmente es esta: «Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a los discípulos, y los discípulos a los que estaban sentados a la mesa; e hicieron lo mismo con los peces, dándoles cuanto querían» (6, 11).

¿Qué hace aquí Cristo Jesús? Para llevar a cabo lo que debe suceder, se sirve de las almas de los discípulos, de aquellos que estaban con él y que poco a poco habían madurado hasta alcanzar su grandeza. Ellos forman parte de ello. Están a su alrededor; en ellos puede ahora despertar una fuerza espiritual benéfica. Su fuerza fluye hacia la de los discípulos. Todavía tenemos que hablar de cómo pudo suceder lo que aquí ha sucedido. Pero aquí también notamos un aumento de su fuerza. Antes había dejado que su fuerza fluyera hacia el alma del enfermo de treinta y ocho años. Pero ahora su fuerza se transmite a la fuerza de las almas de los discípulos. Aquí se manifiesta esa tensión de fuerzas que va desde el alma del Señor al alma de los discípulos. La fuerza se ha expandido del alma de uno a las almas de los otros. La fuerza se ha vuelto más fuerte. Así que ahora también vive en las almas de los discípulos lo que vive en el alma de Cristo.

Si las personas quisieran saber qué sucede bajo tal influencia, solo tendrían que basarse en la experiencia. Deberían intentar observar qué sucedió cuando la poderosa fuerza que había en Cristo no actuó por sí sola, sino que encendió la fuerza en las almas de otras personas, de modo que siguió actuando. Hoy en día no hay personas que crean tan vivamente; tal vez crean teóricamente, pero no con la fuerza suficiente. Solo entonces podrían observar lo que sucede. La investigación espiritual sabe muy bien lo que sucede.

Así tenemos un fortalecimiento gradual del poder de Cristo.

5 - CAMINAR SOBRE LAS AGUAS

Y además: la quinta de las señales, que se narra en el mismo capítulo y comienza así:

«Por la tarde, los discípulos bajaron al mar, subieron a la barca y cruzaron el mar hacia Cafarnaúm. Ya había oscurecido y Jesús no había llegado con ellos.

El mar se había levantado por un fuerte viento.

Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, vieron a Jesús caminando sobre el mar y acercándose a la barca, y se asustaron» (6, 16-19).

Aquellos que hoy imprimen los Evangelios escriben, por ejemplo, como título totalmente superfluo: «Jesús camina sobre el mar», como si eso apareciera en algún lugar de ese capítulo. ¿Dónde dice «Jesús camina sobre el mar»? Dice: «Los discípulos vieron a Jesús caminando sobre el mar». Eso es todo. Debemos tomar los Evangelios al pie de la letra. ¡El poder de Cristo se ha fortalecido de nuevo! Se había vuelto tan fuerte gracias al refuerzo natural en la práctica de los últimos actos, que ahora no solo el poder de Cristo podía actuar de un alma a otra, no solo el alma de Cristo podía comunicar sus poderes a las otras almas, sino que Cristo podía vivir en su propia forma ante el alma del otro que era apto para ello. Así pues, el acontecimiento es el siguiente: alguien se encuentra en otro lugar, su fuerza es tan grande que actúa sobre personas lejanas, que están muy lejos. Pero ahora la fuerza de Cristo es tan fuerte que no solo desencadena una fuerza en los discípulos, como lo hizo en aquellos que se habían quedado con él en la montaña; allí solo se había transmitido la fuerza a los discípulos para realizar el milagro. Ahora tienen el poder, aunque no puedan ver dónde está Cristo con sus ojos físicos, de ver a Cristo y contemplar su propia figura. Cristo podía hacerse visible en la distancia para aquellos con quienes ya había establecido un vínculo espiritual. Ahora su propia figura está tan avanzada que puede ser vista espiritualmente. En el momento en que la posibilidad de ver físicamente desaparece para los discípulos, la posibilidad de ver espiritualmente se hace aún más evidente para ellos, y ven a Cristo. Sin embargo, ver en la lejanía es como tener la imagen del objeto en su proximidad inmediata. De nuevo, un aumento del poder de Cristo. 

6 - LA CURACIÓN DEL CIEGO DE NACIMIENTO

La siguiente señal es la curación del ciego de nacimiento. Esta curación del ciego de nacimiento, tal y como aparece en el Evangelio de Juan, vuelve a ser ahora especialmente tergiversada. Quizás hayan leído la historia a menudo en el Evangelio:

«Y pasando Jesús, vio a uno ciego de nacimiento.

Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: Maestro, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?

Jesús respondió: Ni este pecó, ni sus padres, sino para que se manifestaran en él las obras de Dios» (9, 1-3).

Y entonces lo cura. Solo hay que preguntarse: ¿Es acaso un sentimiento cristiano interpretar así: aquí hay un ciego de nacimiento? No han pecado sus padres, ni él mismo, pero Dios lo ha hecho ciego para que Cristo pueda venir y hacer un milagro para la gloria de Dios. Así pues, para que se pudiera atribuir un efecto a Dios, ¡primero Dios tenía que haber cegado al interesado! Pero eso no es lo que dice el texto. Tampoco dice que «las obras de Dios se manifestaran en este ciego».

Si queremos comprender este signo, debemos remontarnos al uso lingüístico de la palabra «Dios». Lo más fácil es abrir otro capítulo, en el que se acusa a Cristo de afirmar que él y Dios son uno. ¿Cómo responde él?

«Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra Ley:

Yo he dicho: Vosotros sois dioses?» (10, 34)

Es decir, Cristo responde que en lo más profundo del alma humana, se encuentra la predisposición a ser divino. Es algo divino. Cuántas veces hemos dicho que el cuarto miembro del ser humano es la predisposición a lo divino en el hombre. «¡Sois dioses! », es decir: ¡algo divino habita en vosotros! Este algo divino es algo distinto del ser humano, de la persona del ser humano tal y como vive aquí entre el nacimiento y la muerte; es también algo distinto de lo que un ser humano ha heredado de sus padres. ¿De dónde proviene esta divinidad, esta individualidad del ser humano? Pasa de una encarnación a otra, a través de repetidas vidas terrenales. Esta individualidad proviene de una vida terrenal anterior, de una encarnación anterior. Por lo tanto: no son sus padres los que han pecado, ni tampoco su personalidad, a la que normalmente nos referimos como «yo». Sin embargo, en una vida anterior, este ser humano sentó las bases para nacer ciego en esta vida. Se ha vuelto ciego porque las obras de Dios en él, procedentes de una vida anterior, se manifiestan en su ceguera. El karma, la ley de causa y efecto, es claramente indicado aquí por Cristo Jesús. Entonces, ¿sobre qué hay que actuar ahora para curar esta enfermedad? Hay que actuar sobre lo que no vive como un yo efímero entre el nacimiento y la muerte, sino que las fuerzas deben penetrar más profundamente en el yo que va de vida en vida. El poder de Cristo se ha incrementado una vez más. Hasta ahora hemos visto que solo ha actuado sobre lo que se le opone. Ahora actúa sobre lo que sobrevive a la vida humana entre el nacimiento y la muerte, lo que pasa de una vida a otra. Cristo se siente a sí mismo como el representante del Yo soy. Al verter su fuerza en el Yo soy, al comunicarse así el Dios supremo de Cristo con el Dios en el ser humano, el ser humano obtiene la fuerza para curarse desde dentro. Ahora Cristo ha penetrado hasta lo más íntimo del alma. Su fuerza ha actuado en la individualidad eterna del enfermo y la ha fortalecido, de modo que la propia fuerza de Cristo se manifiesta en la individualidad del enfermo y, por lo tanto, también actúa hasta en las consecuencias de las encarnaciones anteriores.

¿Qué aumento hay ahora para el poder de Cristo? Únicamente el aumento de que Cristo se acerca a un ser humano y despierta en él aquello que despierta su propio impulso en el otro ser humano, de modo que el otro ser humano absorbe el poder de Cristo de tal manera que todo su ser se impregna de él y se convierte en otro ser humano, un ser humano impregnado de Cristo. ¡Esto es lo que ocurre en la resurrección de Lázaro! Aquí tenemos de nuevo un aumento del poder de Cristo. El poder de Cristo aumenta de nivel en nivel.

¿Dónde hay en el mundo un documento lírico tan magníficamente compuesto? Ningún otro escritor ha tenido tales composiciones. ¿Quién no se inclinaría con reverencia ante una descripción de los acontecimientos que se intensifica paso a paso y de una manera tan maravillosa? Si consideramos el Evangelio de Juan solo desde el punto de vista de la composición artística, no podemos sino inclinarnos ante él con reverencia. Aquí todo crece paso a paso y se intensifica.

LA TRANSFORMACIÓN DE LÁZARO EN EL PROPIO ESCRITOR DEL EVANGELIO DE JUAN

Nos queda una cosa por mostrar. Debemos preguntarnos: hemos seleccionado algunos ejemplos que nos muestran la intensificación de los signos, de los milagros. También hay otras cosas entre medias. ¿Cómo se integra esto en el conjunto?

Mañana tendremos la tarea de mostrar que en el Evangelio de Juan no solo hay un admirable crescendo en sus milagros, sino que todas las demás explicaciones intermedias encajan con un propósito especial, de modo que se comprende que no podría haberse completado mejor de lo que lo hizo el autor del Evangelio de Juan.

Hoy hemos considerado el Evangelio de Juan desde el punto de vista artístico en lo que respecta a su composición, y vemos que es verdaderamente difícil imaginar una obra de arte más perfectamente compuesta y más bella que el Evangelio de Juan hasta su descripción de la resurrección de Lázaro.

Pero solo aquel que sabe leer y conoce lo esencial puede percibir el gran y poderoso significado del Evangelio de Juan. La teosofía tiene hoy la misión de acercar este gran significado a nuestra alma. Pero hay aún más en este Evangelio de Juan. A nuestras explicaciones les seguirán las del Evangelio de Juan, que a su vez tendrán una sabiduría superior a la nuestra. Pero su sabiduría servirá a su vez para encontrar nuevas verdades, al igual que nuestra sabiduría nos ha servido durante treinta años para encontrar lo que no se puede encontrar sin la teosofía.

Traducido por J.Luelmo may,2025


GA175 Berlín, 6 de marzo de 1917 - La naturaleza del dormir

      Índice

LA NATURALEZA DEL DORMIR

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner



Berlín, 6 de marzo de 1917


Conferencia V

Les he hablado de los tres encuentros a los que está sometida el alma humana en el curso de su vida entre el nacimiento y la muerte, encuentros que la ponen en contacto con los mundos espirituales ya en el curso de esta vida entre el nacimiento y la muerte. Hoy volveremos sobre este tema, que la última vez tocamos de forma episódica preparatoria desde fuera, por así decirlo, y lo examinaremos más de cerca.

Hemos observado que durante el tiempo en que el hombre está sometido a los estados dormido y despierto alternamente, tiene un encuentro normalmente en medio de su estado dormido. Digo por regla general, porque se supone que el estado dormido es el estado nocturno normal. Así que, por regla general, entre el dormir y la vigilia, el hombre tiene su encuentro con ese mundo con el que nuestro yo espiritual está relacionado, con ese mundo al que situamos a los seres de esa clase de jerarquías que llamamos los Ángeles. Así pues, cada vez que nos dormimos, pasamos por el mundo en el que residen estos seres; el mundo que está más próximo, -por encima-, de nuestro mundo físico, y gracias a este encuentro fortalecemos y renovamos  todo nuestro yo espiritual. Puesto que esto es así, puesto que durante el estado dormido mantenemos una relación entre el ser humano y el mundo espiritual, nunca podrá satisfacernos, en modo alguno una explicación puramente materialista del estado dormido, como la que intenta la ciencia externa. Mucho de lo que ocurre en el ser humano, puede explicarse a partir de los cambios que experimenta el cuerpo desde que se despierta hasta que se duerme, y a partir de estos cambios se puede intentar explicar el dormir, pero siempre quedará algo insatisfactorio en ello, porque en el dormir se trata precisamente del encuentro indicado, es decir, de una relación entre el ser humano y el mundo espiritual. Precisamente cuando observamos el estado dormido podemos ver que el hombre, cuando no busca en su consciencia una relación con el mundo espiritual, llega entonces a conceptos semi verdaderos, a esos conceptos semi verdaderos que, - puesto que los conceptos, las ideas se traducen en vida-, falsifican la vida y también provocan realmente al final las grandes catástrofes de la vida.

¡Conceptos semi verdaderos! Por esta razón son en algunos aspectos incluso peores que los conceptos completamente falsos, porque las personas que forman conceptos semi verdaderos, ideas semi  verdaderas, insisten en ellas, porque pueden probarlas; puesto que son semi verdaderas éstas pueden ser probadas. Incluso ni se les ocurrirá refutarlas, ya que los conceptos son verdades a medias. Tales nociones falsifican realmente la vida, incluso más que las completamente falsas, cuya falsedad es inmediatamente reconocible. Una de esas ideas semi verdaderas es la que ha sido abandonada en parte por la ciencia externa actual, pero que sigue siendo sostenida en parte, y en gran medida, incluso por esta ciencia externa. Me refiero a esa idea sobre la que a menudo he llamado la atención, según la cual dormimos porque estamos cansados. En verdad podemos decir que es una idea semi verdadera, y está apoyada por una observación semi verdadera a la cual la gente se atiene: que la vida del día cansa al cuerpo, y que por lo tanto, como uno está cansado, debe dormir. Ahora bien, en conferencias anteriores ya he señalado que esta explicación del dormir nunca podría explicar por qué los rentistas, (personas que viven de rentas), que no han trabajado nada, a menudo se duermen inmediatamente cuando oyen las cosas más estimulantes procedentes del mundo exterior. Ciertamente, no será posible demostrar que ellos están cansados, ni que deban dormir porque están agotados, eso sólo es una observación falsa, es decir, una observación a medias. Cuando los seres humanos creemos que nos vemos obligados a dormir por cansancio, sólo estamos observando a medias. Y sólo se puede ver en qué consiste la verdad a medias, cuando se compara lo que se observa desde un lado con lo que se puede observar desde el otro lado, donde se encuentra la otra verdad a medias. Dentro de un momento verán lo que quiero decir con esto. 

En la vida humana individual, dormir y despertar es algo que se alterna rítmicamente. Pero el hombre es un ser que se ha dotado de libertad y que, por consiguiente, también puede intervenir en el ritmo del dormir y de la vigilia, -en este caso más debido a condiciones que debido a lo que se llama libertad, pero estas condiciones son precisamente la base de la libertad-, puede intervenir en el curso de los acontecimientos y, a veces, interviene con demasiada facilidad en el ritmo del dormir y de la vigilia. Otro ritmo que a menudo hemos juntado con el del dormir y el de la vigilia, aunque sea erróneamente en la conciencia ordinaria, es el que se produce a lo largo del año: la alternancia del verano y el invierno, si prescindimos de las estaciones intermedias. A nadie se le ocurrirá decir: Pues bien, durante el verano la tierra se esfuerza y desarrolla esas fuerzas que hacen crecer las plantas, fuerzas que conducen a muchas otras cosas; luego se cansa, y por lo tanto debe producirse un descanso invernal. Todo el mundo rechazará tal idea por absurda y dirá: El hecho de que se produzca el invierno no tiene nada que ver con el esfuerzo estival de la Tierra, sino que se produce simplemente porque el sol entra en una relación espacial diferente con el lugar de la Tierra donde se produce el invierno. Allí todo se deriva de lo externo, en el dormir y en el despertar todo de la fatiga, o sea de lo interno. Ahora bien, lo uno es tan falso como lo otro, o también podría decirse que lo uno es tan verdad a medias como lo otro. Porque el ritmo del dormir y del despertar es un ritmo como el del invierno y el verano. No es más cierto que dormimos porque estamos cansados que el hecho de que el invierno llegue porque la tierra ha trabajado durante el verano, sino que ambos se basan en el funcionamiento independiente de un ritmo que se produce por ciertas condiciones. El ritmo entre el dormir y la vigilia se produce precisamente porque el alma humana necesita que se produzca una y otra vez el encuentro con el mundo espiritual, el alma necesita una y otra vez su encuentro con el mundo espiritual. Y si dijéramos que queremos dormir y por eso sentimos fatiga, o si dijéramos que estamos entrando en la etapa en la que anhelamos una parte del ritmo, el estado dormido, y por eso sentimos fatiga, entonces estaríamos diciendo algo más correcto que decir: que como estamos fatigados, debemos dormir. 

La cuestión se nos aclarará aún más si preguntamos simplemente: Sí, ¿Qué hace realmente el alma cuando duerme? La carencia de espíritu de la ciencia de hoy hace imposible una comprensión real ni de responder a tal pregunta. Pues verán, cuando estamos despiertos disfrutamos, -porque el disfrute está siempre presente en toda la vida-, disfrutamos del mundo exterior. No sólo saboreamos a través de nuestro paladar el mundo exterior cuando sentimos un buen plato, donde utilizamos la palabra «saborear» porque la cosa tiene un efecto radical, sino que saboreamos el mundo exterior durante todo el estado de vigilia, y toda la vida es a su vez un saborear. Si en el mundo hay mucho descontento y esto no parece ser un disfrute, entonces se trata sólo de un engaño, del que hablaremos más adelante en las próximas conferencias. Cuando estamos despiertos disfrutamos del mundo exterior, cuando estamos dormidos disfrutamos de nosotros mismos. Así como cuando estamos con nuestra alma en el cuerpo disfrutamos del mundo exterior por medio del cuerpo, cuando estamos con nuestra alma fuera del cuerpo disfrutamos de nuestro propio cuerpo; porque durante la vida entre el nacimiento y la muerte estamos, no obstante, conectados con el cuerpo, incluso fuera de él. En esto consiste esencialmente el estado dormido, el estado normal ordinario del dormir, en que nos sumergimos en nuestro cuerpo, en que disfrutamos de nuestro cuerpo. Disfrutamos de nuestro cuerpo desde el exterior. Y los sueños, los sueños caóticos ordinarios, serán correctamente interpretados por aquellos que se dicen a sí mismos que son un reflejo del disfrute del cuerpo que el hombre tiene cuando está en el dormir sin sueños.

Esta aclaración sobre el dormir ya se acerca más a la necesidad de dormir de la que les comenté respecto a las personas ociosas. Pues no creeremos fácilmente que estén cansados; sino que están tan encariñados con su cuerpo que preferirían disfrutar de él, antes que de lo que a menudo le llega del mundo exterior, podemos creerlo fácilmente, sobre todo en el caso del rentista. Por regla general es tan infinitamente aficionado a sí mismo y se divierte tanto, que tal vez se divierte mucho más que, no digamos asistiendo a una conferencia que escucha por vergüenza, o tal vez escuchando alguna pieza musical más difícil y mejor, que se duerme enseguida cuando tiene que escucharla. El dormir es auto-disfrute. Puesto que en el dormir, en el dormir normal, es cuando tenemos el encuentro con el mundo espiritual, este dormir no sólo será autodisfrute, sino también autocomprensión; hasta cierto punto autocomprensión, autocaptación. En este sentido, es realmente necesario para nuestra educación espiritual que las personas aprendan a comprender que durante el dormir normal realmente están inmersas en el espíritu y cuando despiertan emergen del espíritu, que aprendan a tener reverencia por este encuentro con el espíritu.

Ahora, para que no quede incompleto, me gustaría volver al llamado enigma de la fatiga. Porque es aquí donde la conciencia trivial podrá atascarse más fácilmente. Dirá: Bueno, experimentamos que estamos fatigados, y con la fatiga viene la necesidad de dormir. Aquí es donde realmente hay que hacer una distinción precisa. En realidad durante el trabajo del día nos cansamos, y mientras dormimos podemos librarnos de la fatiga. Así que esta parte de la cuestión es cierta: somos capaces de deshacernos de la fatiga mediante el dormir. Pero el que queramos dormir no se debe al hecho de que sea resultado de la fatiga, sino al hecho de que disfrutamos. Y en esta autocomplacencia es donde el hombre adquiere los poderes mediante los cuales se deshace de la fatiga que se ha acumulado. Así pues, es cierto que el sueño puede eliminar la fatiga. Pero de esto no se deduce que cualquier dormir quite la fatiga; es cierto que cualquier dormir es una autocomplacencia, pero no es cierto que cualquier dormir quite la fatiga. Porque quien duerme innecesariamente, quien se duerme en cada oportunidad y duerme innecesariamente, puede realmente lograr un dormir en el que no se quita la fatiga, sino en el que sólo hay autocomplacencia. A través de tal dormir uno en efecto, -porque uno está acostumbrado de la vida normal a deshacerse de la fatiga a través del dormir-,  se esforzará constantemente por deshacerse de la fatiga. Pero si la fatiga no está ahí, -como es el caso del rentista o la persona ociosa que se duerme en un concierto-, simplemente trabajará sobre su cuerpo, igual que se suele trabajar en él cuando quiere deshacerse de la fatiga. Pero como la fatiga no está ahí, trabajará innecesariamente, y la consecuencia será que engendrará todo tipo de afecciones secundarias en su cuerpo. De ahí que tales rentistas durmientes sean los más aquejados por todo tipo de cosas que se resumen en neurastenia.

A través de la conexión con la ciencia espiritual, es concebible en el hombre un estado en el que es consciente de que él vive en un ritmo que le hace alternar entre estar en el mundo físico y estar en el mundo espiritual. En el mundo físico él tiene su encuentro con la naturaleza física exterior; en el mundo espiritual él tiene su encuentro con los seres que viven en el mundo espiritual. 

Si ahora profundizamos un poco más en toda la naturaleza del hombre, comprenderemos plenamente el asunto desde cierto punto de vista. Verán, para la ciencia externa conocida como biología, el hombre suele considerarse como una unidad, y se le clasifica de manera improvisada en cabeza, tórax y abdomen, con las extremidades correspondientes que van unidas a ellos. En aquellos tiempos antiguos, en los cuales la gente aún poseía conocimientos atávicos, se asociaban más ideas con esta clasificación, con esta organización del ser humano. El gran Platón, el filósofo griego, asigna la sabiduría  a la parte de la cabeza, el valor del ser humano a la parte del pecho, y lo que son los impulsos más bajos de la naturaleza humana se los asigna a la parte del abdomen. Y lo que se asigna a la parte torácica puede ennoblecerse cuando la sabiduría se une al coraje que está ligado a la parte torácica, al coraje lleno de sabiduría, a la actividad llena de sabiduría. Y lo que debe considerarse como los miembros inferiores del hombre, lo que está unido al abdomen, cuando se infunde de sabiduría, Platón lo llama prudencia. De modo que ya podemos ver cómo está organizada el alma y qué relación guarda con las distintas partes del cuerpo. Hoy en día, cuando disponemos de la ciencia espiritual, a la que Platón aún no podía acceder de la misma manera, podemos hablar de estas cosas con mucha más precisión.

Cuando hablamos del ser humano en su totalidad, hablamos en primer lugar, si empezamos por arriba en la cuádruple composición del hombre, de su yo. Todo lo que el hombre llama su yo en términos anímico-espirituales actúa en su existencia física entre el nacimiento y la muerte mediante las herramientas del cuerpo físico. Para cada miembro del ser humano podemos preguntarnos: ¿A través de qué partes del cuerpo físico trabaja el miembro respectivo? Y ahí una observación espiritual minuciosa nos muestra que lo que llamamos el yo del hombre está realmente ligado corporalmente, al igual que lo está el hombre entre el nacimiento y la muerte, a lo que llamamos el cuerpo inferior, -por grotesco que suene, pero las verdades suelen ser diferentes de lo que imagina la conciencia trivial-. Pues en lo concerniente a la naturaleza humana este yo es, como he dicho a menudo, el bebé. El cuerpo físico se formó en el período de antiguo Saturno, el cuerpo etérico en el período de antiguo Sol, el cuerpo astral en el período de antigua Luna, sólo durante el período terrestre se formó el yo. Es por tanto el más reciente de los miembros del ser humano. Sólo en el futuro período de Vulcano alcanzará el nivel en el que se encuentra ahora el cuerpo físico durante el período terrestre. El yo está ligado a la corporalidad más inferior del hombre, lo que pasa es que dicha corporalidad está en realidad constantemente dormida. No está organizada de tal manera que haga consciente lo que ocurre en su interior. Lo que sucede en la corporeidad inferior del hombre también está sujeto al dormir en el estado ordinario de vigilia. Nuestro yo, como tal en su verdad, en su esencia real, no llega a nuestra conciencia mas de lo que puedan hacerlo los procesos de nuestra digestión. Aquello que llega a nuestra conciencia como yo es la representación reflejo, la representación espejo, que se nos mete en la cabeza. En realidad, nunca vemos ni percibimos nuestro yo, ni en el dormir, donde estamos inconscientes en el estado normal, ni en la vigilia, porque el yo también duerme durante la vigilia. El auténtico yo no entra en la conciencia, sino sólo el concepto, la representación que se refleja hacia arriba del yo. Por otra parte, en el tiempo que transcurre desde que nos dormimos hasta que nos despertamos, este yo realmente vuelve en sí, sólo que el ser humano durante el dormir profundo normal, no sabrá nada de él porque durante el estado terrenal todavía está inconsciente en este dormir profundo. Así que este yo está básicamente ligado a la corporalidad más inferior del ser humano, es decir, durante el día, durante las horas de vigilia desde dentro, durante el dormir desde fuera.

Si ahora vamos al segundo miembro de la naturaleza humana, al que llamamos cuerpo astral, entonces encontramos que este cuerpo astral está, desde cierto punto de vista, ligado a la parte torácica del ser humano con respecto a los órganos o instrumentos a través de los cuales trabaja. Y, básicamente, sólo podemos soñar con lo que ocurre y actúa en este cuerpo astral a través de la parte torácica. Sólo podemos percibir algo del yo tal como somos como seres terrestres, dormidos, es decir, conscientemente no percibimos nada. Podemos soñar con lo que el cuerpo astral hace en nosotros. Por eso, en el fondo, soñamos constantemente con nuestros sentimientos, con lo que vive en nosotros como sensaciones. En efecto, dentro de nosotros llevan una existencia onírica. Así, el yo del ser humano se halla fuera del área que los humanos abarcamos con nuestra conciencia sensorial ordinaria, pues el yo duerme continuamente. El cuerpo astral también se encuentra en cierta relación fuera de lo que abarcamos con nuestra conciencia sensorial, pues sólo puede soñar. Así que con ambos estamos básicamente constantemente, ya sea despiertos o dormidos, dentro del mundo espiritual, realmente dentro del mundo espiritual.

Pero lo que llamamos cuerpo etérico está ligado a la cabeza en relación con su corporeidad. Y esto es lo que, a través de la peculiar organización de la cabeza, puede estar continuamente despierto en nosotros, o puede estar continuamente despierto cuando está en el cuerpo, es decir, cuando está conectado con la corporeidad de la cabeza. Por lo que podemos decir: El yo está conectado con los miembros inferiores de nuestro cuerpo, el cuerpo astral con nuestro pecho. El corazón, de cuyos procesos no somos plenamente conscientes, sino que sólo tenemos una constante conciencia onírica, late y palpita bajo la influencia de nuestro cuerpo astral. Cuando la cabeza piensa, lo hace bajo la influencia del cuerpo etérico. Y entonces también podemos distinguir todo el cuerpo físico, el resumen de todo; éste tiene ahora su conexión con todo el mundo exterior.

Ya ven ustedes una extraña conexión: el yo está ligado a los miembros inferiores del cuerpo, el cuerpo astral a la parte del corazón, el cuerpo etérico a la parte de la cabeza, el cuerpo físico a todo el mundo exterior, al entorno. En realidad, en relación con el entorno exterior, todo este cuerpo físico también está constantemente en estado de vigilia. Al igual que con todo nuestro cuerpo estamos en relación con el entorno exterior, así nuestro cuerpo etérico está en conexión con nuestra cabeza, el cuerpo astral con el corazón y así sucesivamente. Pero a partir de esto reconocerán cuán verdaderamente misteriosas son, diría yo, las conexiones en las que el ser humano vive en el mundo. En realidad, las cosas son todo lo contrario de lo que podemos creer fácilmente en nuestra conciencia trivial. Precisamente los miembros más inferiores de la naturaleza humana son todavía hoy formaciones imperfectas del ser del hombre; por eso corresponden también como miembros del cuerpo a lo que hemos llamado el bebé: el yo.

Hay innumerables secretos de la vida humana ocultos en lo que les he contado, innumerables secretos. Sobre todo, cuando se adentren en todo este asunto, comprenderán que todo el ser humano está formado a partir del espíritu, sólo que, diría yo, en diferentes etapas. La cabeza del hombre se forma a partir del espíritu, pero es más diferenciada, tiene una fase de formación más tardía que el pecho, del que podemos decir que es una metamorfosis para la cabeza, al igual que la hoja es una metamorfosis para la flor en el sentido de la teoría de la metamorfosis de Goethe. Y si consideramos desde este punto de vista el ritmo entre el dormir y la vigilia, entonces diremos: Durante la vigilia, el yo en verdad mora en todas las actividades del cuerpo humano, que son las actividades más inferiores que finalmente culminan en la preparación de la sangre. En estas actividades mora el yo durante la vigilia. Estas son las actividades del cuerpo que están, por así decirlo, en el nivel más bajo de la espiritualidad, pues todo lo físico es también espiritual: pero de lo que estamos hablando ahora es del nivel más bajo de la espiritualidad. Pero como el yo está en el nivel más bajo de espiritualidad durante la vigilia, mientras que cuando dormimos está en el nivel más alto de espiritualidad, -¡fíjense bien en esto!-. Si observamos la cabeza tal como la llevamos encima como seres humanos, es lo más revelador del espíritu en cuanto a su formación externa. La cabeza es la mayor imagen del espíritu, la mayor revelación del espíritu; el espíritu ha penetrado más en la materia. Sin embargo es lo que menos ha dejado atrás en el propio espíritu,.

Debido a que el hombre ha invertido tanto trabajo en la cabeza para revelar de una manera espiritualizada la fisicalidad externa, en lo que se refiere a lo espiritual ha dejado poco rezagado. Mientras que en los miembros inferiores del cuerpo humano, lo que se ha formado exteriormente es lo menos espiritualizado, lo menos elaborado espiritualmente, en relación con estos miembros inferiores, lo espiritual es a lo que más ha dejado rezagado. La cabeza como cabeza es lo menos espiritual, porque tiene la mayor parte de espíritu en ella; el abdomen es lo más espiritual, porque es el que menos lo contiene. Pero en este mayor espíritu, que no vive en el cuerpo, vive el yo interior mientras dormimos.

Piensen en esta maravillosa compensación: Si bien el hombre tiene una naturaleza inferior en relación con su corporeidad, y el yo se sumerge en esta naturaleza inferior al despertar, esta naturaleza inferior es sólo naturaleza inferior porque el espíritu ha trabajado mínimamente, porque el espíritu ha retenido mucho en el reino espiritual. Pero es en lo que ha retenido donde está el yo mientras dormimos. Por tanto, mientras dormimos, el yo ya está unido con lo que el ser humano sólo desarrollará en tiempos posteriores, lo que el ser humano sólo desarrollará y desplegará en el futuro, lo que hoy todavía está poco, me gustaría decir apenas insinuado, todavía poco desarrollado en la fisicalidad del ser humano. Por lo tanto, si el yo toma conciencia del estado en que se encuentra durante el dormir, si toma conciencia de este estado en verdad, entonces puede decirse a sí mismo: Durante el dormir estoy en lo que es mi disposición humana más sagrada. Y al despertarme, paso del mundo de mi disposición más sagrada a lo que hoy es sólo un leve indicio de esta disposición más sagrada.

Sí, esas cosas deben formar parte de nuestros sentimientos, de nuestras sensaciones, a través de la ciencia espiritual. Entonces la vida misma estará impregnada de un hálito mágico de santidad. Y entonces conectaremos un cierto, un concepto positivo con eso que se llama la gracia del espíritu, el Espíritu Santo. Entonces conectaremos la idea con esta existencia global del ser humano, que transcurre al ritmo entre el dormir y el despertar: Puede participar en el mundo espiritual, puede estar en él. Y una vez que hemos sentido realmente este concepto, esta idea: Puedes estar en el mundo espiritual, eres agraciado por estar impregnado del mundo espiritual, que no te es accesible a través de tu conciencia terrenal ordinaria, -una vez que hemos penetrado realmente en esto, entonces hemos aprendido también a mirar hacia arriba, hacia el espíritu, que se nos revela, me gustaría decir, entre las líneas de la vida, y que se nos revela allí igual que la naturaleza exterior se nos revela a través de los ojos exteriores, de los oídos exteriores. Pero la era materialista ha eliminado la conciencia del hombre de ser eclipsado e impregnado por la gracia del espíritu en su existencia total. Es de inmensa importancia que esto se recupere. Porque, más de lo que se piensa, la parte más profunda de nuestra alma en nuestra época siente el materialismo general de nuestra época, sólo que el alma humana en esta época es, por lo general, demasiado débil para darse cuenta de aquellas ideas que conducen más allá del materialismo. Pero ésta sería una de esas ideas, la de lo sagrado del dormir. Pues una vez que hemos comprendido este carácter sagrado del dormir, entonces atribuimos a la influencia del espíritu que tiene lugar mientras dormimos, todos aquellos pensamientos e ideas que se nos ocurren en la vida de vigilia y que no nos vinculan a la materia. Entonces vemos, por así decirlo, no sólo en nuestro estado de vigilia, que nos vincula con la materia, aquello que es importante para nosotros los humanos, -lo que sería exactamente lo mismo que si sólo considerásemos importante para la tierra el invierno-, sino que vemos el todo. Aplicado a la tierra vemos la totalidad cuando consideramos el invierno en conexión con el verano; aplicado al hombre vemos la totalidad cuando consideramos el día, es decir, la conexión con la materia, en conexión con el dormir, es decir, la conexión con el espíritu.

Ahora bien, en una observación superficial, uno podría decir: Así pues, el hombre, mientras está despierto, está conectado con la materia y, por lo tanto, no puede saber nada del espíritu; ¡pero sabe algo del espíritu mientras está despierto! Pues bien, el hombre tiene memoria, y esta memoria actúa no sólo en la mente consciente, sino también en el subconsciente. Si no tuviéramos memoria, todo el dormir no nos serviría de nada. Y esto es algo muy importante, que ruego que lo consideren detenidamente. Entonces todo el dormir no nos serviría de nada. Porque entonces, sin memoria, seríamos conducidos inevitablemente a la creencia que dice: No hay más existencia que la existencia material. Sólo porque conservamos en el subconsciente el recuerdo de lo que pasamos mientras dormimos, aunque no sepamos nada de ello en el supra-consciente, no pensamos en absoluto de forma meramente materialista. Si el hombre no piensa meramente materialista, si tiene alguna idea espiritual durante el día, es porque su memoria está trabajando. Pues tal como el hombre es ahora como terrícola, sólo entra en contacto con el espíritu mientras duerme.

Ahora la cuestión es que si, por otra parte, pudiéramos desarrollar una conciencia de lo que nos sucede mientras dormimos, tan fuerte como la que los antiguos pudieron desarrollar para ciertos estados, ni siquiera se nos ocurriría dudar del espíritu, sino que entonces recordaríamos no sólo subconscientemente sino también conscientemente lo que nos hemos encontrado en el dormir. Si el hombre pasara conscientemente por lo que pasa mientras duerme, entonces sería tan absurdo negar el espíritu como sería absurdo para el hombre despierto negar las mesas y las sillas. De lo que se trata ahora es de que la humanidad vuelva a valorar realmente de forma correcta el encuentro con el espíritu al dormir. Sólo puede hacerlo haciendo que sus conceptos diurnos sean lo suficientemente fuertes para ello; y esto ocurre mediante la inmersión en la ciencia espiritual. En la ciencia espiritual nos ocupamos con ideas tomadas del mundo espiritual. Esforzamos nuestra cabeza, es decir, el cuerpo etérico de nuestra cabeza, para imaginar cosas que no tienen nada que ver con la materialidad externa, que sólo tienen realidad en el mundo de lo espiritual. Esto requiere un esfuerzo mayor que imaginar cosas que tienen su realidad en el mundo material. Y esa es la verdadera razón por la que la gente no responde a la ciencia espiritual. Se inventan todo tipo de excusas contra la ciencia espiritual. Diciendo que no es lógica. Si se les pidiera que probaran lo ilógico, tropezarían, porque la naturaleza ilógica de la ciencia espiritual no puede probarse. Pero el rechazo de la ciencia espiritual, el no reconocimiento de la ciencia espiritual, se basa en algo muy distinto, a saber, -no sé si se permite ser grosero cuando sólo se trata de disputas científicas-, se basa meramente en la pereza mental. Y por muy diligentes que sean ciertos estudiosos con respecto a todas las ideas que se refieren a la materia exterior, con respecto a la fuerza que hay que aplicar para captar el espíritu, son perezosos, indolentes. Y no reconocen la ciencia espiritual, porque no quieren reunir la fuerza para captar el espíritu. Porque sencillamente se necesita más fuerza para pensar las ideas de la ciencia espiritual que para pensar las ideas ordinarias ligadas a la materia. Las ideas ordinarias ligadas a la materia en realidad se piensan por sí solas; las ideas que no están ligadas a lo material, hay que pensar en ellas, hay que esforzarse, hay que hacer un esfuerzo. Y la aversión a la ciencia espiritual se basa en esta renuencia a esforzarse. Eso es algo que hay que tener en cuenta. Pero al esforzarse por asimilar esas ideas que no están ligadas a lo material, al reflexionar sobre ellas, se pone al alma en tal estado de actividad que poco a poco llegará a desarrollar realmente una conciencia de lo que ocurre entre el dormirse y el despertarse: que hay un encuentro con el espíritu. Sin embargo, es necesario un cierto reaprendizaje con respecto a ciertas ideas. Piensen en lo poco capacitados que están hoy algunos líderes de la vida espiritual para desarrollar tales ideas. Piénsenlo, ahora ya se ha detenido un poco, pero los que hoy se han convertido en líderes estuvieron durante su aprendizaje en su mayor parte relacionados de tal manera con la vida, se lo llama tiempo de estudiante, que aprendieron lo que se conoce como somnolencia de borrachera: beben tanto que la necesaria somnolencia provocada por la borrachera está ahí. Sí, se desarrolla una idea y con ella una sensación, una suma de sentimientos sobre la inmersión en el dormir, que, sin embargo, no sirven para darse cuenta de todo el significado del dormir. Se puede ser un gran erudito con respecto a todo lo que está relacionado con la materia, pero desde luego no se puede llegar a comprender lo que realmente le ocurre a una persona entre que se duerme y se despierta.

Esforzándose por pensar mediante ideas que no están ligadas a la materia, la gente desarrollará una comprensión para lo que he llamado el primer encuentro, el encuentro con el espíritu mientras duerme. Pero en un futuro no muy lejano, si no queremos que el mundo caiga en la decadencia, esta comprensión debe iluminar la vida, debe alumbrar la vida. Porque, si los hombres no llegan a estos conceptos, ¿cómo podrán obtenerlos? Entonces sólo pueden adquirir ideas observando las condiciones externas, observando el mundo exterior. Sin embargo, tales conceptos, que se obtienen meramente observando el mundo exterior, dejan inerte el ser interior del ser humano, el yo espiritual. Aquello que de otro modo tendría que esforzarse en los conceptos espirituales permanece inerte, no se utiliza, degenera. ¿Cuál es la consecuencia de esto? La consecuencia de esto es que el hombre se vuelve ciego en toda su relación con el mundo, se vuelve espiritualmente ciego. Al desarrollar sólo ideas y conceptos bajo la influencia de circunstancias externas, bajo la influencia de impresiones externas, uno se vuelve espiritualmente ciego. Y la ceguera espiritual es lo que caracteriza a la era materialista. En la ciencia, sólo es perjudicial hasta cierto punto, pero en la vida práctica es eminentemente perjudicial, esta ceguera con respecto al mundo real. Fíjense, cuanto más descendemos en lo material, más se corrigen las cosas en la era materialista. Cuando se construye un puente, uno se ve obligado por las circunstancias a adquirir las ideas correctas, a construirlo correctamente, pues de lo contrario el puente se derrumbará con el primer vehículo que pase por encima. Si se quiere curar a una persona, lo más probable es que se utilicen ideas falsas, porque nunca se puede demostrar a qué se debió la muerte o la curación de una persona. No es en absoluto necesario que las ideas correctas hayan desempeñado siempre un papel. Pero en el reino espiritual, si uno va a trabajar en el reino espiritual, la situación es mucho peor. Y por eso las cosas van especialmente mal en lo que suele llamarse ciencias prácticas, economía nacional o similares. En la era materialista, la gente también se ha acostumbrado a orientarse según impresiones e ideas formadas del mundo exterior con respecto a la economía; como resultado, los conceptos se han vuelto ciegos. Todo lo que se desarrolla en la economía nacional son, en su mayor parte, conceptos mentalmente ciegos. Por lo tanto, y esto debe ocurrir como consecuencia necesaria, las personas con sus conceptos ciegos sólo se dejan arrastrar por las riendas de los acontecimientos, se abandonan a los acontecimientos. Y si intervienen en los acontecimientos, ¡será después!

Esa es una manera de llegar a los conceptos sin tomar la ciencia espiritual, es decir, los conceptos ciegos. La otra manera de llegar a los conceptos es dejarse estimular a los conceptos desde el interior en vez de desde el exterior, es decir, permitir que sólo lo que vive en las emociones, en las pasiones, suba al alma, por así decirlo. Esto no conduce a conceptos ciegos, sino a lo que puede llamarse conceptos embriagadores, ideas embriagadoras. Y los contemporáneos que profesan el materialismo oscilan constantemente entre conceptos ciegos y conceptos embriagadores. Conceptos ciegos, en el sentido de que se dejan controlar por todo lo que sucede y, cuando intervienen, ¡lo hacen de la forma más torpe posible! Conceptos embriagadoras, en la medida en que se abandonan únicamente a sus afectos, a sus pasiones, y se enfrentan al mundo de tal manera que no comprenden realmente las cosas, sino que lo aman todo o lo odian todo, lo juzgan todo sólo según el amor o el odio, según la simpatía y la antipatía. Esto es especialmente cierto en la era materialista. Porque sólo si el hombre, por un lado, esfuerza su alma para llegar a conceptos espirituales y, por otro, desarrolla sus sentimientos sobre los grandes asuntos del mundo, llega a conceptos e ideas clarividentes. Si nos elevamos a lo que la ciencia espiritual nos dice sobre las grandes conexiones de las que hoy se ríe la visión materialista del mundo, sobre el periodo de Saturno, del sol, de la luna, sobre nuestra conexión con el universo, si fecundamos nuestros sentimientos morales con estas grandes metas humanas, entonces iremos más allá de los meros afectos que se entregan a simpatías y antipatías sobre todo lo que nos rodea en el mundo; pero sólo de esta manera. 

Sin embargo, es necesario que por medio de la ciencia espiritual, gran parte de lo que vive en nuestro tiempo se purifique. Porque el hombre no puede estar completamente aislado del mundo espiritual. No puede cerrarse del todo, sólo puede estar aparentemente cerrado. Y ya he señalado cómo puede estar aparentemente aislado. Si, por un lado, el hombre sólo apuesta por lo material y por las impresiones del mundo exterior, las fuerzas que se dirigen hacia el espíritu permanecen aún en él, sólo que entonces aplica el espíritu en un campo equivocado, se entrega a toda clase de ilusiones. Por lo tanto, las personas más prácticas y materialistas son básicamente los ilusos más fuertes, las personas que se entregan a las ilusiones más fuertes. Vemos a algunas personas ir por la vida negando todo espíritu y riéndose terriblemente cuando alguien habla de percibir cosas espirituales. «¡Oh, ve fantasmas!», dicen, y así ya han roto el molde si pueden decir de alguien: “¡Oh, ve fantasmas!”. Sin embargo, no ven fantasmas, como ellos creen. Pero sólo quieren decir que no ven fantasmas, porque ellos están constantemente viendo fantasmas, realmente constantemente viendo fantasmas. Se puede poner a prueba a una persona que ahora está realmente tan firmemente basada en su burda visión materialista del mundo y ver cómo se entrega a las peores ilusiones posibles sobre lo que puede traer el mañana. Este entregarse a las ilusiones no es más que un sustituto de su negación de todo lo espiritual. Tiene que hacerse ilusiones si niega todo lo espiritual; necesariamente tiene que hacerse ilusiones. Sólo que, como he dicho, las ilusiones no son fáciles de probar en los diversos ámbitos de la vida, aunque están presentes en todas partes, de hecho en todas partes. Pero la gente está tan inclinada a entregarse a las ilusiones. Por ejemplo, de vez en cuando alguien puede decir: ¿Debería invertir mi dinero en esta o aquella empresa? Allí fabrican cerveza. No voy a utilizar mi dinero para eso; no voy a participar en ello. Lo lleva al banco. El banco pone el dinero en la cervecería sin que él lo sepa, por supuesto. No hay ninguna diferencia, no hay ninguna diferencia objetiva; pero él se hace la ilusión de que no dará su dinero a cosas tan viles. 

Ahora se podría decir que lo que yo digo es algo rebuscado. No es algo que surja de la nada, es algo que domina toda la vida. La gente de hoy no se propone conocer realmente la vida, ver a través de ella. Pero eso es muy importante. Porque es increíblemente importante llegar a conocer aquello en lo que realmente está uno involucrado. No es fácil hoy en día porque la vida se ha complicado, pero lo que he señalado es cierto. Porque verán señores, en determinadas circunstancias, es fácil darse cuenta de un absurdo. Quiero señalarles algo a modo de ejemplo, -les contaré un caso real-. Una vez, un pirómano fue sorprendido cuando salía corriendo de una casa que acababa de incendiar. Lo había arreglado para poder salir corriendo. Le pillaron y le pidieron cuentas. Y entonces él dijo: Sí, había hecho un trabajo muy bueno, porque no era culpa suya que la casa se hubiera incendiado, sino que los trabajadores que acababan de salir de la casa habían dejado una luz encendida al atardecer. Si eso hubiera seguido encendida durante la noche, la casa se habría incendiado durante la noche. Sin embargo, él  le había prendido fuego a la casa durante el día. En ambos casos la casa se habría incendiado; y él sólo lo había hecho para que fuera posible, -porque si la casa se incendiaba durante el día, sería posible apagarla rápidamente; por la noche sería complicado porque ardería toda la casa, pero durante el día el fuego podía apagarse rápidamente. Entonces le preguntaron: Bueno y ¿por qué no apagaste la luz? -A lo que respondió: Sí, soy un pedagogo de la humanidad. Si hubiera apagado la luz, los trabajadores implicados habrían seguido siendo descuidados, pero ahora pueden ver lo que ocurre cuando se olvidan de apagar la luz.

Uno se ríe de tal ejemplo, porque uno sólo no observa cuando hace continuamente tales cosas. Tales cosas como las que hizo el hombre que no apagó la luz sino que prendió fuego a la casa, tales cosas se hacen continuamente. Sólo que uno no se da cuenta cuando todo se relaciona con el mundo espiritual y las emociones, las pasiones te nublan y te presentan ideas que embriagan. Si uno acostumbra el alma a esa elasticidad, a esa flexibilidad, que es necesaria para abrigar ideas espirituales, entonces uno también entrenará su pensar de tal manera que realmente encuentre su camino a través de la existencia, se adapte a la existencia. Si se evita esto, el pensar nunca se adaptará a la existencia, sino que, por así decirlo, el pensar no será tocado por la existencia en absoluto, sino sólo superficialmente. De ahí que la era materialista, -para profundizar ahora en el asunto-, aleje realmente a las personas de toda conexión con el mundo espiritual. Del mismo modo que se socava la vida del cuerpo si no se duerme de la manera correcta, también se socava la vida del alma si no se despierta de la manera correcta. Y cuando uno sólo se entrega a las impresiones externas, cuando vive sin conciencia de la conexión con el mundo espiritual, entonces no se despierta correctamente. Del mismo modo que quien por determinadas circunstancias se desvela en cuanto al dormir socava su salud física, así socava su salud espiritual quien en sus horas de vigilia se entrega sólo a las impresiones externas del mundo, sólo a la sustancia física. Esto, sin embargo, impide que el hombre tenga el encuentro adecuado, el primer encuentro del que he hablado, con el mundo espiritual. Sin embargo, de esta manera el hombre pierde la posibilidad de estar conectado con el mundo espiritual en absoluto, de estar conectado de la manera correcta durante su existencia física. Y así se corta la conexión con el mundo en el que estamos en el otro período, cuando no estamos encarnados en el cuerpo físico, la conexión con el mundo en el que nosotros mismos entramos cuando atravesamos la puerta de la muerte.

Y las personas deben volver a comprender que durante nuestra existencia física, no sólo estamos ahí para construir sobre el universo físico sino que debemos comprender que estamos conectados con el mundo entero durante toda nuestra existencia. Aquellos que han atravesado la puerta de la muerte quieren participar en el mundo físico. Esta cooperación es sólo aparentemente una cooperación física, porque todo lo físico es sólo una expresión externa del espíritu. La era materialista ha alejado a las personas del mundo de los muertos; La ciencia espiritual debe volver a hacerse amiga de la gente del mundo de los muertos. Debe llegar un momento en que no hagamos imposible que los muertos realicen su trabajo de espiritualización del mundo físico alejándonos de ellos. Porque los muertos no pueden tocar las cosas aquí en el mundo físico con sus manos y hacer trabajo físico directamente. Eso sería una creencia sin sentido. Los muertos pueden trabajar de forma espiritual. Para ello, sin embargo, necesita las herramientas que están a su disposición; para ello necesita a los espíritus que viven aquí, en el mundo físico. No sólo somos seres humanos, sino que también somos herramientas, las herramientas de los espíritus que han atravesado la puerta de la muerte. Mientras estamos encarnados en el cuerpo físico, utilizamos la pluma o el martillo o el hacha; cuando ya no estamos encarnados en el cuerpo físico, nuestras herramientas son las propias almas humanas. Y esto se basa en el peculiar modo de percepción de los muertos, que me gustaría volver a mencionar aquí. Ya lo he mencionado aquí antes. Miren, supongan que tienen frente a ustedes, bueno, algo, un pequeño recipiente de sal; eso es lo que ven. Ven la sal como granos blancos, como un polvo blanco. El hecho de que vean la sal como un polvo blanco depende de su ojo. El espíritu no puede ver la sal como un polvo blanco; pero cuando llevas la sal a tu lengua y la pruebas, tienes el sabor peculiar de la sal, entonces para el espíritu comienza la posibilidad de percepción. Todo espíritu puede percibir el sabor de la sal. Todo espíritu, incluida el alma humana que ha atravesado la puerta de la muerte, puede percibir todo lo que ocurre en el ser humano a través del mundo exterior. Del mismo modo que la naturaleza llega hasta donde nosotros la saboreamos, olemos, vemos y oímos, el mundo de los muertos llega hasta donde nosotros oímos, vemos, saboreamos, etcétera. Lo que experimentamos en el mundo físico, también lo experimentan los muertos; pero la cuestión es que no sólo pertenece a nuestro mundo, sino también al suyo. Pertenece a su mundo cuando espiritualizamos lo que recibimos del mundo exterior con ideas espirituales. De lo contrario, lo que sólo experimentamos como efecto de la sustancia será algo incomprensible y oscuro para el muerto. Un alma alienada del espíritu es para el muerto un alma oscura. Como resultado, durante el periodo materialista los muertos se han alienado de nuestra vida en la tierra. Esta alienación debe a su vez ser eliminada. Debe producirse una coexistencia íntima de los llamados muertos con los llamados vivos. Pero esto sólo será posible si los hombres desarrollan en el alma aquellas potencias que son activas, espirituales, es decir, si desarrollan aquellas concepciones, nociones e ideas que tratan de lo espiritual. Al esforzarse por llegar al espíritu en el pensamiento, el hombre también llegará gradualmente al espíritu en la realidad. En otras palabras, se construirá un puente entre el mundo físico y el espiritual. Pero sólo esto puede conducir desde la era del materialismo hacia aquella en la que los hombres volverán a enfrentarse a la realidad no ciegos ni embriagados, sino viendo y serenos. Vista y serenidad por el hecho de que se han convertido en ver a través del espíritu, y por el hecho de que llegan al justo equilibrio entre simpatía y antipatía a través de esas sensaciones y sentimientos que conciernen a los grandes asuntos del mundo, también con respecto a todo lo que el entorno inmediato quiere de nosotros.

La próxima vez queremos retomar estas cosas y profundizar en las ideas que podemos adquirir sobre el mundo espiritual desde este mismo punto de vista.

Traducido por J.Luelmo may,2025

GA175 Berlín, 27 de febrero de 1917 - La moral como fuerza germinal del futuro orden natural.

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LA MORAL COMO FUERZA GERMINAL DEL FUTURO ORDEN NATURAL

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner



Berlín, 27 de febrero de 1917


Conferencia IV

Con ocasión de nuestra última conferencia, les hablé de los tres encuentros que el alma humana tiene con las regiones pertenecientes al mundo espiritual.
 Acerca de esto tendré que decir algunas cosas más que me darán la oportunidad de responder a una pregunta hecha al final de la última conferencia pública en el Salón de Arquitectura, acerca de las fuerzas que traen el karma, el destino externo de una encarnación anterior. Donde según me decían, esto es muy difícil de entender. En el curso de estas conferencias volveré sobre este tema; Pero es preferible hacerlo después de haber discutido algunos puntos que tal vez puedan ayudar a comprender mejor la cuestión. Hoy, sin embargo, para hacer aún más clara la cuestión de los tres encuentros con el mundo espiritual, me propongo insertar, a modo de episodio, algo que me parece importante discutir precisamente en este momento.

Si observamos las ideas y concepciones que se han introducido en las almas de todas las personas, personas de todos los niveles de educación, mediante el desarrollo espiritual de los últimos siglos, debemos llamar la atención sobre el hecho de que esta educación espiritual de los últimos siglos ha instado poderosamente a las personas a formar su desarrollo del mundo y su posición en este desarrollo del mundo únicamente según los conceptos científicos. Ciertamente, todavía hoy hay muchas personas que opinan que no han formado su mente, su alma, de acuerdo con las ideas científicas. Pero estas personas no se dan cuenta de los fundamentos más profundos de su formación emocional; no saben cómo las ideas científicas se han colado en las mentes de las personas de forma unilateral y determinan no sólo todo el pensar, sino especialmente todo el sentir de una determinada manera. Pues quienes hoy piensan según los conceptos practicables que todo hombre tiene en aquellas regiones que tienen una educación general, quienes forman sus mentes en conexión con estos conceptos, sobre la base de estos conceptos, no llegan hoy a sentir la relación correcta, la verdadera relación entre lo que llamamos el mundo moral, el mundo de los sentimientos morales, y el mundo de los hechos externos. Cuando pensamos hoy, en el sentido de nuestro tiempo, cómo pudo desarrollarse la Tierra, es más, cómo pudo desarrollarse toda la estructura celeste, y cómo pudo llegar a un determinado estado final, estamos pensando en términos de hechos sensoriales puramente externos. Pensemos en lo profundamente significativo que es para las almas, aunque no siempre se den cuenta de ello, la llamada teoría de Kant-Laplace sobre el origen del mundo: A partir de una nebulosa del mundo puramente material, -pues se imagina que la Tierra es puramente material-, en realidad la estructura del mundo, se ha formado según leyes puramente físicas y también químicas, se ha desarrollado de acuerdo con estas leyes y también encontrará su fin conforme a estas leyes, así piensa la gente. Llegará un tiempo en que la construcción de este mundo se acabará tan mecánicamente como se creó mecánicamente.

Ciertamente, lo repito una vez más: hoy en día hay mucha gente que se resiste a pensar las cosas precisamente de esta manera. Pero no se trata de eso, porque lo que importa no son nunca las ideas que nos formamos, sino los impulsos de la mente a partir de los cuales se forman esas ideas. La idea que acabo de desarrollar es puramente materialista; es aquella de la que Herman Grimm dice que un trozo de hueso de carroña alrededor del cual gira un perro hambriento es una visión más apetitosa que esta construcción del mundo según los conceptos de Kant-Laplace. Pero ha podido nacer, ha podido formarse. Y no sólo ha podido formarse, sino que es algo plausible para la inmensa mayoría de las personas que se topan con él. Y hay pocas personas que se pregunten, como lo hace Herman Grimm, cómo se las arreglarán las futuras generaciones de estudiosos para pensar cómo esta locura, tal como él la cree, pudo surgir en nuestro tiempo; cómo fue posible que en cualquier época esta locura sobre la creación del mundo pudiera haber sido plausible para muchas personas. Son realmente pocas las personas que se hacen tales preguntas, que se las hacen desde un estado de ánimo sano. Y los que se las plantean, bueno, simplemente son considerados, -al menos en estos ámbitos-, como una especie de mente excéntrica. Pero, como ya he dicho, lo importante no son las ideas así formadas, sino los impulsos de la mente. Las ideas han surgido de ciertas tendencias de la mente, y aunque han emanado de eruditos y son llevadas a la gente hoy en día de tal manera que la mayoría de la gente todavía cree que el mundo no vino a la existencia únicamente a través de tales impulsos mecánicos, sino que también intervinieron todo tipo de impulsos divinos, sin embargo ello no impidió, que se hayan formado tales ideas. E hizo posible que la mente de las personas, la constitución de sus almas, tomara tal forma que se formara un concepto puramente mecánico de la creación del mundo. Esto significa que en el fondo de las almas humanas existe una tendencia a formar ideas materialistas. Y esta tendencia no sólo está presente entre los pocos eruditos y otras personas que creen en ella, sino que está presente en un amplio círculo entre todo tipo de personas. Sólo que la mayoría de la gente hoy en día todavía son demasiado tímidos para convertirse en valientes, bueno, me gustaría decir Haeckelianos y poner todo lo espiritual sólo bajo la forma de lo material. La gente no tiene el coraje. Siguen permitiendo que algo que es espiritual exista junto a ello; no piensan en ello.

Si la idea descrita es válida, entonces sólo hay lugar para lo espiritual en cierto modo, es decir, sólo hay lugar para lo moral en cierto modo. Piénsenlo: Si el mundo hubiera llegado a existir realmente, como cree la teoría de Kant-Laplace, y sólo llegara a su fin por medio de fuerzas físicas, arrastrando consigo a todos los hombres a la tumba, junto con todas sus ideas, sentimientos e impulsos de voluntad, ¿qué sería entonces, aparte de todo lo demás, de todo el orden moral del mundo? Supongamos, por un momento, que se produjera la condición de la sepultura de todas las cosas: ¿De qué habría servido haber declarado que algunas cosas son buenas y otras malas? ¿De qué serviría decir que esto está bien y que eso está mal? No serían más que conceptos éticos olvidados, barridos como algo que, si esta idea del orden del mundo fuera correcta, tal vez no sobreviviría ni siquiera en una sola alma. De hecho, el asunto quedaría así: el mundo llegó a existir por causas puramente mecánicas, por fuerzas físicas y posiblemente químicas, y por medios similares llegará a su fin. Por medio de estas fuerzas, aparecen los fenómenos como burbujas, producidos por el hombre. Entre los propios hombres surgen las ideas morales del bien y del mal; pero el mundo entero pasa a la quietud del sepulcro. Todo lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, es simplemente una ilusión del hombre, y se olvida y se desvanece cuando el mundo se convierte en 'la tumba'. Lo único que le queda entonces al orden moral del mundo es que las personas sientan, mientras dure el episodio que va del estado inicial al estado final: necesitan tales conceptos para convivir, tienen que formar conceptos morales, pero estos conceptos morales no pueden anclarse en ninguna parte de un orden del mundo puramente mecánico. Las fuerzas de la naturaleza, —calor, electricidad, etc.—, intervienen en el plan de la naturaleza, se hacen sentir en él; Pero si el plan mecánico del mundo fuera correcto la fuerza de la moralidad, sólo existiría en la mente del hombre; no intervendría en el orden natural. No sería como el calor que expande los cuerpos, o como la luz que los ilumina y los hace visibles e impregna el mundo del espacio. Porque esta fuerza moral está presente y se eleva como una gran ilusión sobre el orden mecánico del mundo, y se desvanece, se disuelve cuando el mundo se transforma en la tumba

Simplemente no se reflexiona lo suficiente sobre esta idea. Por lo tanto, uno no se resiste a un orden mundial mecánico, sino que permite que exista, no quiero decir por buena naturaleza, sino por conveniencia. Y si uno tiene una cierta necesidad de la mente, entonces dice: Sí, el conocimiento, eso es lo que nos hace necesario idear tal orden mecánico del mundo; la fe nos exige otra cosa, así que colocamos la fe junto al conocimiento, creemos en otra cosa además de la naturaleza mecánica, en la que tenemos una cierta necesidad interna de la mente de creer. - Eso es conveniente. No hay necesidad de rebelarse contra lo que Herman Grimm, por ejemplo, considera la locura de la ciencia contemporánea, no hay necesidad de rebelarse. Pero para aquellos que quieren terminar sus pensamientos, que realmente quieren llegar a un final con sus pensamientos, realmente no tiene ninguna justificación interna.

Y si se preguntan ¿Cómo es posible que la gente de hoy viva tan ciegamente en una imposibilidad mental?, ¿Que acepte tal imposibilidad mental?, esto radica, -por extraño que esto pueda sonar cuando uno tiene que familiarizarse con el pensamiento por primera vez-, en el hecho de que la gente, en el curso de los últimos siglos, ha olvidado más o menos cómo concebir el misterio de Cristo, que debería estar en el centro de la vida moderna, en su verdadero y real sentido. Porque el modo en que el hombre moderno concibe el misterio de Cristo es tal que afecta al resto de su pensar y sentir. Y simplemente sucede que, -tal vez tengamos que hablar de este hecho en un futuro próximo-, la forma en que el hombre se relaciona con el Misterio de Cristo desde el Misterio del Gólgota es una especie de, yo diría, vara de medir para todo su mundo de conceptos y sentimientos. Si no puede comprender el Misterio de Cristo como algo realmente real, entonces no podrá desarrollar ideas y conceptos con respecto al resto de su visión del mundo que estén impregnados de realidad, que intervengan verdaderamente en la realidad.

Esto es lo que queremos visualizar muy claramente, sobre todo hoy en día. Si el hombre realmente piensa tal como lo he descrito y tal como la mayoría de la gente piensa hoy más o menos inconscientemente, entonces el mundo se divide en el orden natural mecánico por un lado y el orden moral del mundo por el otro. Ahora bien, el misterio de Cristo es llevado al orden puramente moral del mundo por almas tímidas, que, sin embargo, a menudo se creen muy valientes; y es llevado al orden puramente moral del mundo por todos los que no ven en este misterio de Cristo otra cosa que en cierto momento apareció un gran, digamos incluso el más grande maestro del mundo terrestre, y que lo que importa ante todo es su enseñanza. Pero si uno considera al Cristo meramente como el maestro de la humanidad, incluso el más grande, entonces este punto de vista es en cierto modo bastante compatible con esta doble división del mundo en orden natural y orden moral del mundo. Porque, por supuesto, aunque la tierra se hubiera formado de la manera representada por el orden del mundo mecánico y pereciera de tal manera que un día fuera una tumba universal, podría, no obstante, aparecer un día un gran maestro que realmente pudiera hacer mucho para mejorar e instruir a la gente. Su enseñanza podría ser sublime, pero no cambiaría el hecho de que un día, tras el fin de las cosas, todo sería una tumba, y la enseñanza de Cristo sería arrasada y borrada, ni siquiera presente como recuerdo en ninguna entidad. El hecho de que no se quiera pensar esto no es la cuestión. Si uno sólo reconoce el mero orden mecánico del mundo, entonces tendría que pensarlo.

Ahora todo depende de la comprensión de que con el Misterio del Gólgota tuvo lugar algo que pertenece no sólo al orden moral del mundo, sino a todo, a todo el orden del mundo; que no sólo pertenece a la realidad moral, que no puede existir en absoluto en el sentido del orden mecánico del mundo, sino a toda la realidad intensiva.

Como ven, la mejor manera de que nos demos cuenta de lo que estamos hablando es pensar un poco en los tres encuentros que mencioné la última vez, pero en un sentido diferente del que expliqué el otro día. Les decía que cada vez que el hombre duerme, en el estado que media entre el sueño y el despertar, se encuentra con seres del mundo espiritual; seres del mundo espiritual que son sustancialmente semejantes a su yo espiritual, como estamos acostumbrados a llamarlo. Es decir: Cuando una persona se despierta, sale del sueño de tal manera que se ha encontrado con seres espirituales y lleva a su vida física exterior las secuelas del encuentro, aunque permanezca inconsciente de ello. Lo que ocurre en el alma mientras tenemos este encuentro cotidiano se relaciona en cierto modo con el futuro humano. Hoy en día, las personas que no se dedican a la ciencia espiritual todavía saben poco sobre lo que ocurre en las profundidades del alma cuando una persona está dormida. Los sueños, que podrían revelar algo a la vida ordinaria sobre estos procesos en el dormir, efectivamente revelan algo, pero lo revelan de tal manera que la verdad no puede salir fácilmente a la luz. Cuando una persona se despierta en un sueño o de un sueño o recuerda sueños, estos sueños suelen estar relacionados con algún tipo de ideas que él ya ha adquirido en la vida, con reminiscencias. Pero esto es sólo el disfraz de lo que realmente vive en el sueño, o vive en el estado dormido. Cuando se reviste el sueño con tales ideas que provienen de la vida, entonces estas ideas son sólo el ropaje; pues en el sueño aparece vestido lo que realmente tiene lugar en el alma durante el sueño. Y lo que ocurre en el alma durante el sueño no se relaciona ni con el pasado ni siquiera con el presente, sino con el futuro. Mientras dormimos, se forman las fuerzas que para el ser humano pueden compararse con las fuerzas germinativas que se desarrollan en la planta para la siguiente planta. Cuando la planta crece de esta manera, ya se están desarrollando en la planta las fuerzas germinativas para el año siguiente, para la siguiente planta. Estas fuerzas germinativas culminan entonces en la formación de semillas, donde estas fuerzas se hacen visibles. Al igual que cuando la planta crece de esta manera, las fuerzas germinativas para la siguiente planta ya están presentes. Así también, las fuerzas germinativas, ya sea para la próxima encarnación o para el período de Júpiter, están en el ser humano, y éste las forma preferentemente en estado dormido. Las fuerzas que desarrolla allí no se relacionan inmediatamente con acontecimientos individuales, se relacionan más bien por ejemplo con las fuerzas básicas de la siguiente encarnación, precisamente con estas fuerzas de la siguiente encarnación. Así pues, durante el sueño, el ser humano trabaja sus semillas para la próxima encarnación, generalmente en el futuro. De modo que el ser humano, cuando duerme, ya está en el futuro.

Respecto a este asunto, no pretendo dejar demasiada ambigüedad en sus almas, así que empezaré diciendo que este estado dormido, es para la próxima encarnación como el conocimiento del día siguiente. Sabemos sobre el día siguiente, simplemente por la experiencia de que el sol saldrá de nuevo, aunque no sepamos cómo será el tiempo o cómo afectarán los acontecimientos individuales a nuestras vidas. Así pues, en lo referente al dormir, el alma es realmente un profeta, pero un profeta que sólo mira lo grande, lo cósmico, y no el tiempo atmosférico. De modo que quien tuviera la idea de que los detalles de la encarnación venidera del alma se visualizan durante el sueño, caería en el error cometido por quienes creen que, porque saben con certeza que el sol saldrá y se pondrá el próximo domingo, y porque conocen ciertas cosas generales, también podrían saber qué tiempo hará. Pero nada de esto cambia el hecho de que durante el sueño estamos tratando con nuestro futuro. De modo que las fuerzas que son sustancialmente similares a nuestro yo espiritual, con las que nos encontramos en mitad de nuestro tiempo dormido, trabajan en la configuración de nuestro futuro. Otro encuentro más, -si dejo de lado el segundo-, es el tercer encuentro, del cual la última vez les decía que se produce una sola vez en el transcurso de la vida humana, en la mediana edad. Cuando una persona está en la treintena, se encuentra, como les decía, con lo que puede llamarse el Principio del Padre, mientras que todas las noches se encuentra con el Principio del Espíritu. Este encuentro con el Principio del Padre es muy importante porque, -y lo saben, porque lo he explicado-, debe producirse también para los que mueren antes de los treinta años; En el transcurso de la vida, sólo cuando se tiene la treintena de años se producen experiencias, de no ser así, se producen antes, lo que conlleva una muerte prematura, porque a través de este encuentro el ser humano es capaz de imprimir las experiencias de la vida presente tan profundamente que pueden seguir teniendo efecto en la siguiente encarnación. Así pues, el encuentro con el Principio del Padre tiene que ver precisamente con la vida terrenal de la siguiente encarnación, mientras que nuestro encuentro con el Principio del Espíritu irradia para todo el futuro, sobre toda la vida futura, también sobre aquella vida que tiene lugar entre la muerte y el nuevo nacimiento.

Lo que lo causa es que las leyes en las que se entreteje este encuentro que tenemos una vez en la vida, no son leyes terrestres, sino leyes que se han quedado dentro de la evolución terrestre, tal como estaban en la evolución lunar. Y estas leyes están conectadas en el lado físico con nuestra descendencia física, en general con todo lo que significa la herencia física. Esta herencia física es sólo un lado de la cuestión; se basa en leyes espirituales, como ya he indicado suficientemente. De modo que todo lo que tiene lugar de tal manera que necesita el encuentro con el principio del padre se remonta al pasado. Es una reliquia del pasado que se remonta a la evolución de la luna, a las encarnaciones anteriores, del mismo modo que lo que ocurre en cada dormir apunta al futuro. Así como lo que tiene lugar mientras se duerme forma el germen para el futuro, lo que tiene lugar cuando los seres humanos nacen como descendientes de sus antepasados y también arrastran de encarnaciones anteriores lo que debe arrastrarse de estas encarnaciones anteriores es algo que ha quedado del pasado. Ahora bien, tanto lo que se relaciona con el futuro como lo que se relaciona con el pasado, se apartan hasta cierto punto del orden natural. El campesino se acuesta al atardecer y se levanta al amanecer. Pero a medida que el hombre progresa en la llamada cultura, se libera del orden natural. Y en las ciudades ya se puede encontrar gente, -aunque no sea a menudo-, que se acuesta por la mañana y se levanta por la tarde. El hombre se libera de este mero orden natural; esto ya forma parte de la posibilidad de su desarrollo de la libertad. Así que, en cierto sentido, el hombre se aparta del orden natural porque está preparando un futuro que aún no existe. Además, al traer el pasado, es decir, el pasado de la luna, al presente, se le aparta del orden natural. Pues nadie puede afirmar que se deba a las leyes generales de la naturaleza el hecho de que Hans Müller naciera, digamos, en el año 1914; no existe tal necesidad como en la salida del sol o en otros procesos naturales, porque en ellos prevalece el orden natural de la luna. Allí todo era como el orden de nuestro nacimiento en la tierra; durante el período lunar todo era así.

Pero en relación con aquello que tiene significación directa para su presente, que se relaciona directamente con su existencia terrena, el hombre si está realmente situado en el orden natural. Mientras que en relación con el Principio del Padre y en relación con el Principio del Espíritu lleva dentro de sí el pasado y el futuro, está ligado al orden natural en relación con ese encuentro del que he dicho que tiene lugar en el curso del año y que sigue estando relacionado con el encuentro con el Cristo. Si no estuviera ligado al orden natural, el resultado sería que una persona celebraría la Navidad en diciembre, otra la Navidad en marzo, y así sucesivamente. Pero aunque los pueblos difieren de diversas maneras, incluso con respecto a cómo celebran la Navidad, algo de fiesta, que siempre de alguna manera tiene una referencia a este encuentro, a lo que me refería, cae sin embargo en los últimos días de diciembre. En relación con este encuentro, que se inserta en el curso del año, el hombre está por tanto en conexión directa con el curso de la naturaleza, porque éste es su presente; allí se somete al curso de la naturaleza, mientras que en relación con el pasado y el futuro se ha salido del curso de la naturaleza, se ha salido ya de él desde hace miles de años.

En la antigüedad, sin embargo, el hombre también seguía el curso de la naturaleza con respecto al pasado y al futuro. En la antigüedad, por ejemplo, el nacimiento en los países germánicos estaba regulado por el curso de la naturaleza. El nacimiento sólo podía tener lugar porque estaba regulado por los misterios, en un momento muy concreto del año. Estaba integrado en la estación. Y la concepción y el nacimiento estaban regulados en la antigüedad, en los lejanos tiempos precristianos, en los países germánicos por lo que sólo ha sobrevivido en débiles ecos como un mito, por el servicio de Hertha. Pues el servicio de Hertha en la antigüedad comprendía nada menos que sólo en el momento en que la Hertha con su carro se acercaba al pueblo estaban allí los días de la concepción; y cuando ella se había retirado de nuevo, entonces ya no se les permitía estar. El efecto de esto, sin embargo, era que en aquel tiempo aquel que no nacía dentro de una cierta estación era considerado deshonroso - porque caía fuera del curso de la naturaleza con respecto a su existencia humana. En la antigüedad esto se adaptaba al curso de la naturaleza, igual que el sueño y la vigilia se adaptaban a este curso de la naturaleza. Uno se iba a dormir cuando se ponía el sol y se despertaba con el amanecer. Pero estas cosas han cambiado. Sin embargo, lo que no puede cambiar es el término medio, la adaptación al curso del año. A través de esta adaptación al curso del año, algo debe y tiene que preservarse en la mente humana. 

¿Cuál es entonces el sentido de la evolución humana en la Tierra? Ese es todo el significado de la evolución humana en la tierra, que el hombre se adapte a la tierra, que tome en sí mismo las condiciones del desarrollo terrenal; que lleve al futuro de su desarrollo lo que la tierra puede darle, -no quiero decir ahora meramente en una encarnación, sino a través de todas las encarnaciones-, puede darle para el desarrollo posterior. Este es el sentido de la evolución terrestre. Este sentido de la evolución terrestre sólo puede cumplirse si el hombre aprende poco a poco a olvidar su relación con lo cósmico, con las fuerzas celestiales. El hombre aprendió a olvidar su conexión con los poderes celestiales. Sabemos que en la antigüedad la gente tenía una clarividencia atávica, pero era precisamente dentro de esta clarividencia atávica donde los poderes celestiales actuaban en la gente. En aquel tiempo el hombre todavía tenía su conexión con los poderes celestiales; allí el reino de los cielos, por así decirlo, sobresalía en la mente humana. Para que el hombre pudiera desarrollar su libertad, esto tenía que cambiar. El hombre no debía tener nada más del reino celestial a la vista, en su percepción inmediata, para que pudiera relacionarse con la tierra. Sin embargo, sólo por esta razón, también fue posible que el hombre se volviera materialista en el período más extremo de su relación con la tierra, en el quinto período, en el que nos encontramos nosotros mismos. El materialismo es sólo la expresión más radical, más extrema, de la relación del hombre con la tierra. Pero si no ocurriera nada más, esto significaría que el hombre se convertiría realmente en un esclavo de la tierra. El hombre tendría que relacionarse con la tierra, compartiendo gradualmente el destino de la tierra por completo. Tendría que tomar los caminos que toma la tierra, tendría que adaptarse completamente al desarrollo de la tierra si no ocurriera nada más. Tendría que separarse de todo el cosmos, por así decirlo, junto con la tierra, y unir por completo su destino al destino de la tierra.

Pero no era eso lo que se pretendía para la humanidad, sino algo distinto. Por un lado, el hombre debía conectarse adecuadamente con la tierra, pero debía descender un mensaje del mundo celestial, espiritual, que, a pesar de estar relacionado con la tierra a través de su naturaleza, lo llevaría a su vez más allá de esta relación terrenal. Y este descenso del mensaje celestial se produjo a través del Misterio del Gólgota. Por tanto, por un lado, el ser que pasó por el Misterio del Gólgota tuvo que asumir la naturaleza humana, pero, por otro lado, tuvo que llevar en sí mismo la naturaleza celestial. Esto significa, sin embargo, que no debemos imaginar a Cristo Jesús meramente como alguien que se desarrolla dentro de la evolución de la humanidad, aunque sea el más elevado, sino como alguien que recibe seres celestiales, que no se limita a difundir una enseñanza, sino que trae a la tierra lo que viene del cielo. Por eso es importante comprender lo que es realmente el bautismo de Juan en el Jordán: que no es meramente un acto moral, -no digo que no fuera un acto moral, sino que «no fue meramente» un acto moral-, sino un acto real; que allí está sucediendo algo que es tan real como los fenómenos naturales son reales, que es tan real como cuando caliento algo con alguna fuente de calor y el calor pasa a lo que se calienta, que la entidad de Cristo pasa al hombre Jesús de Nazaret en el bautismo de San Juan. Esto es ciertamente moral en grado sumo, pero también es real en el curso de la naturaleza, como son reales los fenómenos naturales. Y es importante que se entienda esto, que no se trata sólo de algo que se origina en conceptos humanos racionalistas, que sólo corresponden alguna vez al curso mecánico, físico o químico de la naturaleza, sino que es algo que al mismo tiempo está presente como idea en la auténtica realidad, del mismo modo que las leyes de la naturaleza están presentes en la auténtica realidad o, de hecho, las fuerzas de la naturaleza están presentes en la auténtica realidad.

A partir de ahí, cuando uno es consciente de ello, otros conceptos se vuelven mucho más reales de lo que son en la actualidad. Verán, el antiguo alquimista, -no pretendemos hablar ahora de alquimia, sino que pretendemos ver lo que el alquimista tenía en mente; no queremos hablar de si eso está justificado o injustificado, quizás eso puede ser objeto de otra consideración-, tenía en mente que a través de sus ideas algo no es meramente imaginado, sino que algo sucede. Digamos: Quemaba incienso. Y si entonces tenía la idea o la expresaba en voz alta, intentaba aportar tal fuerza a esta idea que la sustancia del incienso tomara realmente forma. Buscaba esos conceptos que tienen el poder de intervenir en la realidad externa de la naturaleza, no sólo de permanecer en el ámbito egoísta del hombre, sino de intervenir en la realidad de la naturaleza. ¿Por qué? Porque todavía tenía la idea del Misterio del Gólgota de que allí ocurrió algo que intervino en el curso natural de la tierra, que es un hecho como lo es un proceso natural.

Verán, ésta es la base de una diferencia significativa que se produjo en la segunda mitad de la Edad Media y hacia el período más reciente, hacia nuestro quinto período mundial posterior al grecolatino. En la época de las Cruzadas, la época de los siglos XII, XIII, XIV, XV, incluso XVI, había especialmente naturalezas femeninas que llevaban sus mentes a un misticismo tal que sentían esta experiencia interior, que les aportaba el misticismo, como una boda con lo espiritual, ya fuera con Cristo o con cualquier otra cosa. Las bodas místicas fueron celebradas por numerosas monjas ascetas y así sucesivamente. No quiero detenerme hoy en la naturaleza de estas uniones místicas interiores, pero era algo que tenía lugar dentro de la mente, que sólo podía expresarse con palabras, que hasta cierto punto tenía lugar dentro de la representación, las sensaciones e incluso las palabras de las que podían revestirse las sensaciones. Valentin Andreae contraatacó entonces con su «Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz", basado en ciertas ideas y contextos humanísticos. Esta boda química, hoy diríamos boda química, es también una experiencia humana. Pero cuando se lee esta "Boda Química de Christian Rosenkreutz", se ve que no se trata sólo de una experiencia emocional, sino de algo que se apodera de toda la persona, algo que no se expresa sólo con palabras; algo que no se sitúa en el mundo como una experiencia emocional, sino como un proceso real, un proceso natural, en el que la persona hace algo consigo misma que se convierte en un proceso natural. La «Boda química de Christian Rosenkreutz» de Valentin Andreae es, por tanto, algo que está más impregnado de realidad que una boda meramente mística de Matilde de Magdeburgo, por ejemplo, que era una mística. A través del matrimonio místico de las monjas, sólo se hacía algo por la subjetividad del hombre; a través del matrimonio químico, el hombre se entregaba al mundo, a través de él debía hacerse algo por el mundo entero, igual que a través de los procesos de la naturaleza se hace algo por el mundo entero. Esto se concibe a su vez en un sentido eminentemente cristiano. Las personas que pensaban de forma más realista querían conceptos, -incluso en el sentido unilateral de los antiguos alquimistas-, querían conceptos a través de los cuales pudieran dominar la realidad de forma correcta, a través de los cuales pudieran intervenir en la realidad de forma más correcta, conceptos que realmente tuvieran algo que ver con la realidad. La era materialista echó inicialmente un velo sobre tales conceptos. Y la gente de hoy, aunque crea pensar correctamente sobre la realidad, vive mucho más en ilusiones que la gente a la que despreciaba, por ejemplo en tiempos de los alquimistas, que se esforzaban por encontrar conceptos a través de los cuales se pudiera dominar la realidad.

¿Qué puede hacer hoy la gente con sus conceptos? Eso es lo que estamos experimentando en nuestra época, lo que la gente puede conseguir con sus conceptos: Ilusiones, envoltorios conceptuales. Eso es lo que la gente persigue hoy como ídolos: envoltorios conceptuales que no tienen nada que ver con la realidad. Porque la realidad sólo puede alcanzarse sumergiéndose en ella, pero no formando conceptos de manera arbitraria. Y sin embargo, uno puede reconocer la diferencia entre conceptos saturados de realidad y conceptos irreales en las cosas más ordinarias del día. Pero la mayoría de la gente hoy en día no lo reconoce. Están tan infinitamente satisfechos por meras sombras conceptuales que no tienen realidad. Imaginemos, por ejemplo, que alguien se levantara hoy y pronunciara un discurso en el que dijera, bueno, supongamos que alguien dijera: ¡Una nueva era debe venir, ya se está anunciando, una era completamente nueva en la que el hombre debe ser medido sólo según su propio valor, en la que cada hombre es valorado según lo que puede lograr! - Pues bien, quién no diría hoy: ¡Eso es algo que se ha dicho desde la más profunda comprensión de nuestro tiempo! Pero mientras los términos sigan siendo envoltorios, por muy hermoso que sea, sencillamente no está impregnado de realidad. Porque no se trata de que alguien persiga el principio de que cada cual ocupe el lugar que le corresponde según sus capacidades, si luego está convencido de que su sobrino es el más capacitado. No se trata de qué conceptos o ideas se tienen, sino de ser capaz de penetrar en la realidad con los propios conceptos, ¡de reconocer la realidad! Tener principios, tener ideales, eso es un gran placer, y expresarlos es a menudo un placer aún mayor. Pero lo que necesitamos es sumergirnos realmente en la realidad, reconocer la realidad y penetrar en lo real. Nos adentramos cada vez más en lo que nuestro tiempo infinitamente triste ha traído si seguimos perpetuando esta idolatría de envoltorios conceptuales y sombras conceptuales, si no encontramos el camino hacia la visión de que tener bellos conceptos y tener bellas ideas, expresar bellos conceptos y expresar bellas ideas, no vale nada si no está conectado con la voluntad de sumergirse en la realidad, de reconocer la realidad. Y si nos sumergimos en la realidad, entonces no sólo encontraremos lo material en esta realidad, sino que también encontraremos el espíritu. El hecho de que la gente practique hoy la idolatría con sombras conceptuales, con envoltorios conceptuales, no es más que una distracción del espíritu. Pero ésa es también la inconmensurable desgracia de nuestro tiempo, que la gente se intoxica con palabras bonitas. Y eso es también lo que no es cristiano, pues el principio básico del cristianismo es que el Cristo no sólo vertió enseñanzas en Jesús de Nazaret, sino que él mismo fue atraído hacia él, es decir, se conectó con la realidad terrenal de tal manera que fue atraído hacia esta realidad terrenal y se convirtió así en el mensaje vivo del cosmos.

El libro que, si se lee correctamente, es la herramienta educativa más maravillosa para la realidad, es el Nuevo Testamento. Pero este Nuevo Testamento debe traducirse gradualmente a nuestro idioma. Las traducciones de hoy ya no son capaces de transmitir plenamente el sentido original, pero si se traduce el sentido antiguo al lenguaje inmediato del día, entonces el Evangelio es el mejor medio para llevar a la gente a pensar de una manera saturada de realidad, porque cada línea de este Evangelio en sí no tiene tales formas de pensamiento que conducen a sombras conceptuales y envoltorios conceptuales. Hoy sólo hay que captar las cosas en su realidad más profunda. Puede sonar casi trivial hablar de intoxicarse con conceptos, pero esta intoxicación con conceptos está tan extendida hoy en día que se trata menos de los conceptos, de las ideas, por muy bonitas que suenen, y más del hecho de que la persona que expresa los conceptos y las ideas está en la realidad. Esto es tan difícil de entender hoy en día. Hoy en día, casi todo lo que entra en la escena pública se juzga únicamente por su contenido, es decir, por su contenido conceptual. De lo contrario, uno no habría tomado los documentos menos imaginativos, -sólo diré, por ejemplo, la llamada nota de paz del profesor Wilson, diré del presidente Wilson, una envoltura, un mero conglomerado de sombras conceptuales-, por algo que tenga alguna relación con la realidad. Cualquiera que tenga sensibilidad para las sombras conceptuales podría haber sabido de esta compilación de meras sombras conceptuales que, en el mejor de los casos, podría aparecer como un absurdo, que luego podría ser una cierta realidad. Porque lo que se necesita hoy es precisamente buscar conceptos saturados de realidad. Pero esto presupone que las personas puedan relacionarse muy muy profundamente con la realidad, que sean lo suficientemente desinteresadas como para conectar con lo que vive y se teje en la realidad. Porque uno puede ver en el presente muchas cosas que se alejan de esta búsqueda de la realidad, que se alejan completamente, y uno no se da cuenta de estas cosas.

Para el que es experto en esto, ocurren muchas cosas tristes. Por ejemplo, en la actualidad es posible que la gente se deje atrapar, puramente por la combinación de palabras, por una serie de discursos que también han sido impresos; una serie de discursos que para aquellos que no solo se fijan en las palabras sino en las realidades, son francamente horribles. Ha habido discursos de una personalidad contemporánea muy respetada que, en uno de los primeros discursos, adopta la posición: Sí, con respecto a un lado del hombre, el hombre pertenece definitivamente al orden natural, y los teólogos no hacen bien si no dejan el orden natural a los naturalistas puros. A continuación, el orador prosigue: En relación con el orden natural, el hombre es puramente un mecanismo; pero las actividades del alma también dependen de este mecanismo. - Y lo que ahora describe como actividades del alma se refiere a todas las actividades del alma en general. Esto también debe dejarse ahora a los científicos naturales. Y a la teología sólo le queda el consuelo de que todo ha sido cedido a la ciencia natural, ¡pero nosotros sólo debemos charlar! Pero entonces sólo podemos disertar con palabras vacías. Y las reglas están formuladas de tal manera que tienen discontinuidades, -volveré sobre todo este hecho en las próximas conferencias y lo trataré con más detalle-, que el siguiente pensamiento, cuando se ve realmente a través de él, ni siquiera puede pensarse de alguna manera junto con el pensamiento anterior con el que está asociado. Pero todo esto suena muy bien. Y en el prefacio a estas conferencias sobre la llamada «organización de la vida» se dice que estas conferencias fueron dadas a miles de personas hace poco tiempo, y que en cualquier caso muchos miles tendrán todavía la necesidad de buscar consuelo para sus almas en estas conferencias en tiempos serios. Estas conferencias son del famoso teólogo Hunzinger y fueron publicadas en la colección Quelle y Meyer, creo que se llama «Wissenschaft und Bildung» (Ciencia y Educación), y son algo que es una de las cosas más peligrosas en la actualidad, porque con un contenido que suena bonito, con un contenido que suena embriagador, prácticamente confunde la vida de pensamiento de la gente, porque los pensamientos no tienen contexto, y porque todo el asunto no es en realidad más que un sinsentido en cuanto se le quitan las palabras embriagadoras. Sin embargo, los panegíricos sobre estas cosas llenan círculos inmensamente amplios, -en una de las próximas conferencias les mostraré en detalle qué confusiones de pensamiento contienen-, y nadie se ocupa de examinar las formas de tales pensamientos, sino que todo el mundo se quedó encantado en las palabras sombrías.

Sí, lo que es realidad externa está definitivamente conectado con lo que el hombre desarrolla interiormente. Si él desarrolla conceptos que son ajenos a la realidad, entonces la realidad debe confundirse, y entonces surgen condiciones como las actuales. Uno ya no puede juzgar el asunto por lo que encuentra como condiciones externas, sino que debe juzgarlo por lo que a menudo se desarrolla en la mente humana no sólo años, sino décadas, quizás incluso más tiempo antes. Ahí es donde está la causa. Ahí es donde hay que buscar. Pero todo depende de que no se tome a Cristo meramente según su contenido doctrinal, sino que se vea el Misterio del Gólgota en su realidad, en su actualidad, que se vea que a través de la persona de Jesús de Nazaret, algo sobrenatural se unió realmente con lo terrenal. Porque entonces uno se dará cuenta de que lo moral no es meramente aquello que se desvanece y pasa cuando la tierra o incluso el entramado del cielo se han convertido en cenizas, sino que la tierra actual y el entramado del cielo actual pueden convertirse en cenizas, igual que la planta actual se convierte en polvo. Pero igual que la semilla de la futura planta está en la planta actual, la semilla del mundo futuro está en el mundo actual. Y los seres humanos están conectados a esta semilla. Pero esta semilla necesita estar conectada con Cristo, para que no decaiga con el polvo de la planta, al igual que la semilla de una planta, si no es fecundada, decae con la tumba de la tierra. El pensamiento más real que puede existir, es que el orden moral del mundo en el presente es el poder germinal del futuro orden natural. La moral no es algo meramente concebido; la moral está presente ahora, cuando está impregnada de realidad, como semilla de realidades externas posteriores.

La actual cosmovisión no llega al pensamiento al que Herman Grimm se refería cuando decía que un trozo de hueso de carroña alrededor del cual se arrastra un perro hambriento, es una visión más placentera que el orden del mundo según kant-laplace. El orden mecánico del mundo nunca llega al pensamiento de que lo moral tiene el poder de convertirse en natural, que es la semilla de lo natural, lo natural del futuro. ¿Y por qué no? En efecto, debe vivir en el engaño. Porque imaginemos que si el Misterio del Gólgota no hubiera tenido lugar, entonces sería como lo imagina la teoría de Kant-Laplace. No hay mas que concebir el Misterio del Gólgota al margen de la tierra, entonces esta teoría sería correcta. Pues la tierra tendría que llegar a un estado que, si se la dejara a su suerte, acabaría con el ser humano en el páramo de la tumba. Esto debía suceder para que el hombre pudiera alcanzar la libertad a través de la afinidad terrenal. El hecho de que él no encuentre esta tumba se debe a que en el momento de la crisis la tierra fue fecundada por el Cristo, se debe a que el Cristo descendió -y a que el Cristo es el poder opuesto al que conduce al fin de la tumba, a saber, el poder germinal-, para elevar al hombre al mundo espiritual; es decir, cuando la tierra se convierte en tumba, cuando sigue su destino según la teoría de Kant-Laplace, de no permitir que lo que yace en ella como germen perezca con ella, sino de llevarlo hacia el futuro. De modo que el orden moral cristiano del mundo piensa eso que Goethe llama la «naturaleza superior en la naturaleza», y se puede decir: Quien puede concebir correctamente el Misterio del Gólgota como una realidad, puede también concebir lo real, puede también formar conceptos saturados de realidad.

Pero eso es necesario, y eso es también lo que la gente debe aprender por encima de todo. Porque en esta quinta era post-atlante la gente ha querido formar conceptos que la embriaguen o conceptos que la cieguen. A menudo tales conceptos que intoxican se han formado en el campo religioso; los conceptos que ciegan se han formado a menudo en el campo de la ciencia natural. Debe ser embriagador un concepto que, aceptando el orden puramente natural del otro lado, se limite a pensar en algo moral, como Kant, que pone estos dos mundos uno al lado del otro, uno a merced del conocimiento, el otro a merced de la fe. Tales conceptos, que uno desarrolla luego en el campo moral, pueden intoxicar, y debido a la intoxicación uno no se da cuenta de que entonces ha caído inevitablemente en el grave silencio del mundo, con lo cual todo lo que es el orden moral del mundo se ha desvanecido y hundido. O los conceptos pueden cegarnos, como lo hacen los conceptos científico-naturales, nacional-económicos y -perdónenme, es difícil de tragar- los conceptos políticos del presente. Estos conceptos nos ciegan si no están formados de tal manera que estén conectados con el mundo concebido espiritualmente, sino que sólo están formados a partir de retazos de la llamada realidad actual externa, es decir, sensoria, factual. De modo que cada uno ve sólo hasta donde le llega la nariz, es decir, juzga ciegamente sólo a partir de lo que puede ver con sus ojos entre el nacimiento y la muerte y captar con conceptos aprendidos, sin formar conceptos que, por tanto, están empapados de realidad porque están empapados de lo espiritual, de la captación de la realidad espiritual.

Una y otra vez hemos de señalar lo que es especialmente necesario, realmente necesario, en nuestro tiempo. Porque incluso lo histórico parece a menudo en nuestro tiempo un concepto sombra. ¡Cuánto se declama hoy, quiero decir, de lo que Fichte le dijo al pueblo alemán! Lo que Fichte le dijo sólo puede entenderse cuando se contempla el conjunto de la vida de Fichte, su vida tan profundamente arraigada en la realidad. Por eso, en mi libro «Sobre el enigma del hombre», GA020, traté de reflejar la personalidad de Fichte tal y como era, tal y como estaba ligada a la realidad desde su infancia. Y uno quisiera tanto que justamente tales palabras como éstas sobre el impregnar de conceptos e ideas las realidades, que justamente éstas no sólo sean escuchadas superficialmente hoy, sino que sean tomadas profundamente en el interior; realmente tomadas profundamente en el interior. Sólo entonces se adquirirá una visión libre y abierta, quiero decir, una visión del alma, para lo que tanto se necesita en nuestro tiempo. Y todo ser humano necesita esa mirada libre y abierta del alma. Aquellos que no se dedican a reflexionar sobre los hechos aquí mencionados prestan muy poca atención a cómo nuestro tiempo se distingue por el uso de sombras conceptuales y palabras vacías, y cómo todo está diseñado para llevar a la gente a conceptos intoxicantes o cegadores.

Esto que les he dicho hoy, tómenlo no en el sentido de agitador, sino en el sentido de algo que quiere expresar lo que es. Ciertamente, el hombre debe vivir con su tiempo, y debería vivir con su tiempo, y cuando se caracteriza algo él no debería tomarlo como si significara que se rechaza todo y de todo. Pero debe crearse un contrapeso. Es natural que hoy el mundo se enfrente a impulsos que conducen completamente al materialismo. Esto no puede detenerse, pues esta conducción al materialismo está relacionada con la profunda necesidad de nuestro tiempo. Pero hay que crear un contrapeso. Quisiera decir que todas las potencias se esfuerzan por introducir firmemente al hombre en el materialismo. Esto no puede detenerse; forma parte de la naturaleza del quinto período postatlante. Pero hay que crear el contrapeso. Un medio particularmente excelente para conducir al hombre al materialismo es el que apenas se advierte desde este punto de vista: el cinematógrafo. No hay mejor herramienta educativa para el materialismo que el cinematógrafo. Porque lo que se ve en el cinematógrafo no es la realidad tal como el hombre la ve. Sólo una época que tiene tan poco concepto de la realidad como la que adora la realidad como un ídolo en el sentido del materialismo puede creer que el cinematógrafo ofrece una realidad. Otra época se plantearía si el hombre camina por la calle como lo hace en el cinematógrafo; y luego, cuando se pregunte: ¿Qué has visto? - si realmente tuvo en su mente lo que el cinematógrafo le presenta. Pregúntense con honestidad, pero con profunda honestidad: ¿Lo que han visto en la calle se parece más a la imagen estática, que un pintor hace para ustedes, o a la horrible imagen centelleante del cinematógrafo? Si se lo preguntan honestamente, se dirán: lo que el pintor les da en reposo se parece mucho más a lo que ustedes mismos ven en la calle. Pero también por eso, mientras una persona está sentada frente al cinematógrafo, lo que éste le ofrece no es recogido en la facultad ordinaria de percepción, sino en una capa material más profunda de la que tenemos en la percepción. El hombre se vuelve etéreamente «de ojos saltones». Tiene ojos de foca, pero mucho más grandes, cuando se entrega al cinematógrafo. Quiero decir etéreamente. No sólo produce un efecto sobre lo que una persona tiene en su conciencia, sino que también produce un efecto materializador en su subconsciente más profundo. No tomen esto como un discurso incendiario contra el cinematógrafo. Hay que decirlo explícitamente una vez más: Es muy natural que haya cinematógrafos; el arte cinematográfico seguirá desarrollándose cada vez más. Este será el camino hacia el materialismo. Es necesario crear un contrapeso. Esto sólo puede consistir en que el hombre conecte algo con la adicción a la realidad que se desarrolla en el cinematógrafo. Así como con la adicción desarrolla un descenso por debajo de la percepción sensorial, así debe desarrollar un ascenso por encima de la percepción sensorial, es decir, hacia la realidad espiritual. Entonces el cinematógrafo no le hará ningún daño; entonces podrá mirar las imágenes cinematográficas como le plazca. Pero precisamente es a través de tales cosas como el hombre es llevado, -al no crear un contrapeso-, no a relacionarse como es debido con la tierra, sino a dejarse llevar cada vez más y más con la tierra y, finalmente, a aislarse por completo del mundo espiritual. 
Traducido por J.Luelmo may,2025