CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA009 Teosofía observaciones y notas

 TEOSOFIA

RUDOLF STEINER

Introducción al conocimiento sobrenatural del mundo y del destino humano

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OBSERVACIONES Y NOTAS


Hasta hace poco tiempo, hablar de fuerza vital era exhibirse como una persona carente de conocimientos científicos. Pero ahora la ciencia empieza a no considerar extraña la idea de esta fuerza vital, que había sido adoptada en la antigüedad. Al observar el curso de la evolución científica moderna, se reconoce que es más consecuente la lógica de quienes, teniendo en cuenta aquella evolución, no quieren aceptar la fuerza vital. La fuerza vital no pertenece absolutamente a lo que actualmente se designa como: “fuerzas de la Naturaleza”. Y quien no quiere elevarse hasta la adquisición de hábitos mentales y representaciones superiores a los de la ciencia actual, no debería hablar de fuerza vital. Solamente la manera de pensar y las premisas de la ciencia espiritual, ofrecen la posibilidad de acercarse a estas cosas sin contradicciones. Igualmente los pensadores que quieren formar sus opiniones, únicamente, sobre la base de la ciencia natural, han abandonado ahora la idea que en la segunda mitad del siglo XIX atribuía valor, para explicar los fenómenos vitales únicamente, a las fuerzas que son activas también en la naturaleza inanimada.

La obra de un investigador de la Naturaleza, de una autoridad como lo es Oscar Hertwig: “La evolución de los organismos. Una confutación a la teoría casual de Darwin”, es un fenómeno científico que arroja mucha luz sobre el asunto. Refuta la suposición que las simples relaciones de las leyes físicas y químicas bastan para formar lo que tiene vida. Y es también importante que, en el llamado Neovitalismo, se ha afirmado la opinión, que a su vez hace valer, para lo que es viviente, la acción de fuerzas determinadas, opinión sostenida también por los .antiguos mantenedores de la fuerza vital. Pero nadie en este campo llegará a superar los conceptos esquemáticos abstractos, si no reconoce que en la vida, lo que con su acción trasciende en las fuerzas inorgánicas, puede ser observado solamente por la percepción que se eleva hasta la visión de lo suprasensible. No se trata de continuar aquel mismo conocimiento científico que ha sido aplicado a la ciencia natural en el campo de la vida, sino que se trata de llegar a un conocimiento de otra especie.


Al hablar aquí del sentido táctil de los organismos inferiores, no se entiende dar a este término el significado que se le da en las descripciones corrientes de los sentidos. Y hasta la exactitud de dicho término mucho sé podría objetar, desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Con “sentido táctil” se ha entendido decir más bien, una genérica facultad de percatarse de una impresión exterior, en oposición a ese modo especial de percibir que consiste en ver, oír, etcétera.


Puede parecer que la manera de dividir el ser del hombre empleado en este libro se basa en una diferenciación puramente arbitraria de las partes dentro de la vida del alma unitaria. Hay que destacar que esta diferenciación dentro de la vida del alma unitaria puede compararse con el fenómeno de los siete matices de color en el arco iris, causado por la luz que pasa a través de un prisma. Lo que el físico logra con su explicación del fenómeno de la luz a través de su estudio de este proceso, y los siete matices de color resultantes, lo logra el científico espiritual con respecto al alma del hombre. Los siete miembros de la luz se hacen visibles a través de un artificio externo, mientras que los siete miembros del alma se hacen observables por un método consistente con la naturaleza espiritual del alma del hombre. La verdadera naturaleza del alma no puede ser comprendida sin el conocimiento de esta organización interna porque el alma, a través de sus tres miembros, cuerpo físico, cuerpo vital y cuerpo anímico, pertenece al mundo transitorio; a través de sus otros cuatro miembros, está enraizada en lo eterno. En el alma unitaria lo transitorio y lo eterno están indistintamente unidos. Si no se es consciente de esta diferenciación del alma, no es posible comprender su relación con el mundo en su conjunto. También se puede utilizar otra comparación. El químico separa el agua en hidrógeno y oxígeno. Ninguna de estas sustancias puede ser observada en el agua unitaria. Sin embargo, cada una tiene su propia existencia. Tanto el hidrógeno como el oxígeno se combinan con otras sustancias. Así, al morir, los tres miembros inferiores del alma se unen con la parte transitoria del ser del mundo; en tanto que los cuatro miembros superiores se unen con lo eterno. Cualquiera que se oponga a tener en cuenta esta diferenciación del alma se parece a un químico analítico que se opone a saber algo sobre la separación del agua en hidrógeno y oxígeno.

Las descripciones científico-espirituales deben ser tomadas de manera precisa, porque su valor está en la exacta acuñación de las ideas. Por ejemplo, en la frase: “Ellos (los sentimientos, etc.), no son entretejidos en él (es decir, en el animal) con pensamientos independientes que trascienden la experiencia inmediata”; quien descuide observar las palabras “independiente, que trasciende la experiencia inmediata” podría caer fácilmente en el error de suponer que aquí se quiera decir que en el sentimiento o en los instintos del animal no esté contenido algún pensamiento.

La verdadera ciencia espiritual se funda, precisamente, en un conocimiento que dice, que toda experiencia interior de los animales (por lo demás en toda existencia) está entretejida de pensamientos. Con esta particularidad, que los pensamientos del animal, no son pensamientos independientes de un yo, que vive en el animal, sino que son pensamientos del yo colectivo animal, el cual debe ser considerado como un ser que domina al animal desde afuera. Este yo grupal no existe en el mundo físico como el yo del hombre, sino que actúa sobre el animal desde el mundo anímico que se describe en la página 54 y siguientes. (En “La Ciencia Oculta” se dan mayores detalles a este respecto). De lo que se trata es que, en el hombre, los pensamientos adquieren en él una existencia independiente, que no son experimentados indirectamente por el sentimiento, sino que son experimentados directa y anímicamente como pensamientos.

Es necesario observar que cuando se dice que los niños pequeñuelos, dicen “Carlos es bueno”, “María quiero esto”, no importa mayormente a qué edad los niños adoptan la palabra yo, sino de saber cuánto ellos relacionan a esta palabra la correspondiente representación. Cuando los niños oyen la palabra empleada por los adultos, puede ocurrir que ellos también la empleen sin tener, no obstante, la representación del yo; Por lo demás, el tardío empleo de la palabra señala, indudablemente, un importante hecho evolutivo, esto es, el gradual desarrollarse de la representación del yo, desde el obscuro sentimiento del yo.

En las obras “Cómo se obtiene el conocimiento de los mundos superiores” y en “La Ciencia Oculta” está descripto lo que realmente es la intuición. Si no se examina la cuestión con exactitud, se nos puede llevar fácilmente a encontrar una contradicción, entre el empleo que se hace de esta palabra en esos dos libros y el que se halla en la pág. 32 de este libro. Esta contradicción no existe para quien observa exactamente, que lo que desde el mundo espiritual se revela al conocimiento suprasensible por medio de la intuición en toda su realidad, se manifiesta a la Seidad Espiritual en su forma más baja, lo mismo como la existencia exterior del mundo físico se manifiesta en el sentimiento.

Sobre la reencarnación del espíritu y el destino. Con respecto a las observaciones de este capítulo, se debe reflexionar que, de la observación mental del curso de la vida humana misma y sin tener en cuenta los conocimientos científicos espirituales, como se describe en los demás capítulos, se ha intentado adquirir representaciones sobro la cuestión: hasta qué punto esta vida humana y su destino dan de sí mismos indicio de repetidas vidas terrestres. Estas representaciones parecerán, naturalmente, de valor muy dudoso para quien considera fundadas, solamente las representaciones que se refieren a una vida. Parecería necesario reflexionar también, que la descripción que se da, trata de establecer la opinión que este género habitual de representaciones no puede conducir, precisamente, a conocimiento sobre las causas del curso de la vida. Por esto se deben buscar otras representaciones, aunque parezcan contradecir a las habituales. Y se renuncia a buscar estas otras representaciones, sólo cuando uno se rehúsa, categóricamente, a aplicar la observación mental a un curso de procesos que pueden ser comprendidos sólo anímicamente, lo mismo como se la aplica a un curso de procesos que se desenvuelven en lo físico. Rehusándose a esto, no se concede valor alguno al hecho que un golpe del destino que afecta al yo, resulta, para el sentimiento, comparable al encuentro entre un recuerdo y una experiencia que es afín a la recordada. Pero quien trata de percibir cómo se experimenta realmente un golpe de la suerte, puede distinguir este experimentar, de las descripciones que necesariamente se dan por quien toma el punto de vista del inundo exterior, eliminando así, naturalmente, toda relación viva entre ese golpe del destino y el yo. Para semejante punto de vista, el golpe de la suerte aparece determinado, o por el acaso, o por una causa exterior. Como existen también golpes de suerte que, por decir así, constituyen una causa primordial en la vida del hombre y cuyas consecuencias sólo se verán más tarde, es tanto mayor la tentación a generalizar la interpretación, que sólo a ellos puede aplicarse sin tomar en cuenta alguna otra posibilidad. Esto sólo se empieza a tener en cuenta cuando las experiencias de la vida dan a las facultades representativas una dirección como la que se encuentra en Knebel, el amigo de Goethe, quien escribe en una carta: “Observando exactamente, se encontrará que en la vida de la mayor parte de los hombres, existe un determinado plan, que les viene como preestablecido por su propia naturaleza, o por las circunstancias que los guían. Por variadas y mudables que puedan ser las condiciones de sus vidas, esto no obstante, al final se presenta como un todo, que en el fondo deja entrever una determinada concordancia... La mano del destino, por oculta que pueda estar en su acción, se hace evidente con precisión, tanto si es movida por causas externas como por estímulos internos; y hasta causas contradictorias se mueven frecuentemente en su dirección. Por confuso que resulte su curso, siempre se revela su razón y su dirección”. A una observación de este género, es fácil oponer objeciones, especialmente, por parte de personas que no quieren entregarse a las consideraciones de las experiencias anímicas de las cuales aquéllas se derivan. El autor de este libro cree haber trazado exactamente, en las consideraciones de las repetidas vidas terrenas y del destino, los límites dentro de los cuales se pueden formar las representaciones sobre causas de la conducción de la vida. Ha hecho presente, que la idea a la que estas representaciones conducen, sólo es determinada por estas últimas en forma de bosquejo y que ellas pueden sólo preparar mentalmente a lo que se debe encontrar por vía científico-espiritual. Pero esta preparación mental es una función interior del alma, la cual, si no valora erróneamente su alcance, si no quiere demostrar, sino simplemente ejercitar el alma, hace al hombre desprejuiciadamente receptivo a conocimientos, que, sin esta preparación, le parecerían absurdos.

Lo que se: dice brevemente en el último capítulo de este libro “El Sendero del Conocimiento”, con respecto a los órganos espirituales de percepción, está más ampliamente descripto en los libros “Cómo se obtiene el conocimiento de los mundos superiores”, “La Iniciación” y “La Ciencia Oculta”.

Sería un error considerar que en el mundo espiritual haya continua inquietud, sólo porque no existe reposo, una estable morada en un lugar, como en el mundo físico. Donde están “los arquetipos seres creadores” no existe lo que se puede llamar reposar en un lugar; existe, en cambio, el reposo que es de género espiritual y que puede conciliarse con la movilidad activa. Se lo puede comparar a la serena satisfacción y beatitud del espíritu que se manifiesta en la actividad y no en la inacción.

Es necesario adoptar la palabra “intentos” con respecto a las potencias estimuladoras de la evolución cósmica, si bien este término puede inducirnos a representarnos a estas potencias simplemente como si tuvieran intenciones humanas. Se puede evitar este error, si en el empleo de semejantes palabras, que fatalmente tienen que ser tomadas del mundo humano, se las eleva a un significado de ellas en el cual se les quita todo lo que tienen de humano y estrechamente limitado y se les da en cambio el sentido que el hombre les confiere, aproximadamente, en los Casos de su vida, en los cuales se eleva por encima de sí mismo.

Mayores detalles sobre la “Palabra Espiritual” se encuentran en “La Ciencia Oculta”.

Cuando en este punto se dice: “desde lo eterno él puede determinar la dirección del futuro”, se entiende dar una indicación sobre el género especial de disposición de alma durante el tiempo que corresponde al período entre la muerte y un nuevo nacimiento. Un golpe del destino que (¡tuna al hombre en la vida del mundo físico, puede parecer a la disposición de alma de esta vida, algo completamente contrario a la voluntad del hombre; en cambio, en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, domina en el alma una fuerza semejante a la voluntad, que dirige al hombre hacia la experiencia de este golpe del destino. El alma ve, por así decir, que de las vidas terrestres pasadas, le ha quedado una imperfección: una imperfección que proviene de una acción no bella, o de un pensamiento no bello. Surge en el alma, entre la muerte y el nuevo nacimiento, el impulso semejante a la voluntad de compensar la imperfección. El alma asume, por tanto, en su ser, la tendencia a lanzarse, en la vida futura terrestre, a una desgracia, para proporcionarse, por medio del sufrimiento de ésta, la deseada compensación. Después del nacimiento en el cuerpo físico, el alma, que es afectada por un golpe del destino, no sospecha que en la pura vida espiritual que precedió al nacimiento, ella se dirigió por sí misma hacia este golpe del destino. Por tanto, lo que parece completamente involuntario desde el punto de vista de la vida terrestre, ha sido decidido por el alma en lo suprasensible. “Desde la eternidad el hombre determina su propio porvenir”.

El capítulo de este libro de “Las Formaspensamiento y el Aura Humana”, verdaderamente es lo que más fácilmente se presta a malentendidos. Los sentimientos más opuestos encuentran en estas descripciones, óptimas oportunidades para objeciones. Uno se siente fácilmente tentado a reclamar que las comunicaciones de los clarividentes, en este campo, se demuestren con pruebas que correspondan al método de representaciones de la ciencia natural. Se podría pretender que un número determinado de hombres que afirman ver la parte espiritual del alma, se pongan frente a otros hombres y dejen actuar sobre sí las auras de estos últimos; después, los clarividentes deberían decir qué pensamientos, sentimientos, etc., vieron en el aura de los hombres que estuvieron observando. Entonces, si sus revelaciones concuerdan, y si resulta que los hombres observados han tenido realmente los sentimientos y los pensamientos, etc., indicados por el clarividente, se podrá creer en la existencia del aura. Esto, ciertamente, corresponde al pensamiento de la ciencia natural. Pero es necesario considerar lo siguiente: el trabajo del investigador espiritual sobre su alma, que le confiere la facultad de la visión espiritual, está dirigido precisamente, a adquirir esta capacidad. No depende de él que en un caso particular perciba algo en el mundo espiritual ni qué cosa sea la percibida. Esto viene en él, como un don del mundo espiritual. No puede obligarlo a venir, debe esperar hasta que le sea dado. Su intención de procurarse la percepción, no puede ser jamás una de las causas que producen esta percepción. El método representativo de la ciencia natural, exige, para el experimento, precisamente, que se tenga esa intención. El mundo espiritual no permite que se le ordene. Si se tuviera que efectuar la prueba con éxito, debería ser el mundo espiritual quien la dispusiera. En aquel mundo, un Ser tendría que tener la intención de revelar los pensamientos de uno o de más hombres, a uno o más clarividentes. Ellos tendrían entonces, por incitación espiritual, que ser impelidos todos juntos a la observación. Así, ciertamente, sus comunicaciones concordarían. Por más que todo esto pueda parecer paradójico al puro pensamiento de la ciencia natural, sin embargo, es así. Los “experimentos” espirituales no pueden hacerse como los físicos. Si el clarividente recibe, por ejemplo, la visita de una persona extraña, no puede proponerse, sin más ni más, observar el aura de esa persona. Pero él ve el aura, si en el mundo espiritual existe un motivo para que ella se le manifieste. Con estas pocas palabras, se entiende poner de manifiesto cuánto malentendido hay en la observación indicada más arriba. La misión de la Ciencia Espiritual es indicar por cuál camino el hombre llegará a la visión del aura; por cuál camino, por tanto, él mismo puede proporcionarse la prueba de la experiencia de la misma. A quien quiere conocer, esta ciencia puede, por lo tanto, responderle: aplica a tu propia alma las condiciones necesarias para ver, y verás. Indudablemente, sería más cómodo si fa referida exigencia del método científico natural pudiera ser satisfecha; pero quien la pretenda, demuestra no tener conocimientos de los más elementales resultados de la ciencia espiritual.

Con la descripción del aura humana que se ha dado en este libro, no se ha querido satisfacer el gusto por las sensaciones relacionadas con lo suprasensible, y que, frente al mundo espiritual, se declara satisfecho sólo cuando se le presenta como “espíritu” algo que, en la representación, no se diferencia de lo sensible; frente a lo cual, puede cómodamente permanecer con sus representaciones en el campo de los sentidos. Lo que se ha dicho en la página 98 sobre la manera especial de cómo nos debemos representar el color del aura, podría ser apropiado para preservar esta descripción de .semejante malentendido. Pero quien aspira a ver rectamente en este campo, debe comprender que el alma humana, cuando experimenta lo espiritual y lo anímico, se pone, necesaria mente, ante la visión espiritual — no la sensible — de cuanto se refiere al aura. Sin una visión semejante, la experiencia su queda en lo inconsciente. No se debe confundir la visión figurada con la experiencia; pero es necesario darse cuenta claramente, que en esta misión figurada, la experiencia encuentra expresión completamente adecuada. No una expresión que el alma que observa, crea arbitrariamente, sino una expresión que se forma por sí, en la percepción suprasensible. Actualmente, se puede perdonar a un naturalista, que se considere autorizado a hablar de una especie de aura humana en la forma como habla el profesor, doctor Moritz Benedict, en su libro sobre la teoría “de la varilla y del péndulo”. “Hay hombres, aunque en número relativamente exiguo, que están conformados para la obscuridad. Una parte proporcionalmente grande de esta minoría ve en la obscuridad muchos objetos sin color, y solamente pocos, comparativamente, ven los objetos coloreados... Un número considerable de hombres de ciencia y de médicos fue examinado en mi cámara obscura por dos sujetos míos clásicamente conformados para la obscuridad... A los que fueron examinados por ellos no les pudo quedar alguna duda justificada sobre la exactitud de la observación y de la descripción... Ahora bien, las personas conformadas para la obscuridad, que perciben también los colores, ven ante ellos la frente y la coronilla de color azul y, asimismo, la parte derecha también azul y la izquierda color rojo, y algunos, amarillo anaranjado. Cuando observan la parte posterior de la cabeza, se verifica la misma división, los mismos colores”. Pero no se le perdona tan fácilmente al investigador espiritual que hable del aura. Aquí no se trata de juzgar estas comunicaciones de Benedict — que están entre las más interesantes de la ciencia natural moderna —, ni aprovechar una ocasión fácil, que a muchos les agrada tomar, para “disculpar” a la ciencia espiritual por medio de la ciencia natural. Se trata solamente de indicar cómo un naturalista pueda llegar, en un caso determinado, a afirmaciones que no difieren gran cosa de las de la ciencia espiritual. Pero a este propósito es necesario observar que el aura, que se debe comprender espiritualmente y de lo cual se habla en este libro, es algo absolutamente distinto de lo que se investigaba por medios físicos y de la cual nos habla Benedict. Se cae, naturalmente, en un grave error si se cree que el aura espiritual pueda ser objeto de investigaciones hechas con los medios externos de la ciencia natural. Ella no es accesible más que a la mirada espiritual, que ha seguido el Sendero del Conocimiento, como se describe en el último capítulo de este libro. Pero se fundaría en un malentendido, si se quisiera sostener que la realidad de lo que se percibe espiritualmente, puede ser demostrada del mismo modo que lo que se percibe con los sentidos físicos.

Traducida por J.Luelmo feb.2015


GA009 Teosofía El sendero del conocimiento

 TEOSOFIA

RUDOLF STEINER

Introducción al conocimiento sobrenatural del mundo y del destino humano

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EL SENDERO DEL CONOCIMIENTO


Todo hombre puede adquirir por sí mismo el conocimiento de la Ciencia Espiritual de la que se habla en este libro. Lo que se expone en estos escritos nos da una imagen mental de los mundos superiores y, bajo cierto aspecto, es el primer paso hacia la visión propia, porque el hombre es un serpensamiento y puede encontrar el Sendero del Conocimiento, únicamente si se sirve del pensamiento como punto de partida. Si se le presenta a su inteligencia una imagen de' los mundos superiores, esto no le resultará inútil, aun cuando por el momento sea solamente una narración de hechos superiores, de los que no puede todavía tener la visión propia. Porque los mismos pensamientos que se, le proveen, representan una fuerza que seguirá actuando en el mundo de sus pensamientos. Esta fuerza obrará en él de manera que despertará los gérmenes latentes. Se equivoca quien considere inútil abandonarse a semejantes imágenes del pensamiento, porque juzgue al pensamiento como algo abstracto, no viviente. En cambio, el pensamiento es una fuerza viva, y mientras para quien posee el conocimiento superior, éste le resulta una expresión inmediata de las cosas vistas en el espíritu, el pensamiento, en cambio no actúa en aquellos a .quienes es comunicado, como un germen que lleva el fruto del conocimiento. Quien en la búsqueda de conocimientos superiores, despreciando el trabajo mental, quisiera recurrir a otras fuerzas de la naturaleza humana, no se daría cuenta que el pensar es precisamente, la capacidad más elevada que el hombre posee en el mundo de los sentidos. Por tanto, a quien interrogue acerca de cómo se pueden adquirir los conocimientos superiores de la Ciencia Espiritual, se le debe contestar que empiece a instruirse por medio de las enseñanzas que puede recibir tic otros sobre esos conocimientos. Y si objetase que quiere observar por sí mismo, y que no le interesa saber lo que los otros han visto, lo responderemos que, asimilar lo que los otros refieren, es precisamente el primer paso del conocimiento: A esto se podría replicar que entonces se obliga a tener una fe ciega. No, absolutamente; cuando se nos comunica una observación, no se trata de fe o de incredulidad, sino de acoger libremente y sin prejuicios lo que se nos refiere. El verdadero investigador espiritual, no reclama absolutamente que sus palabras sean recibidas con fe ciega. Entiende exponer simplemente, lo que ha experimentado en regiones más elevadas de la existencia y da cuenta de sus experiencias, pues él sabe también, que el recibir lo que él refiere de sus experiencias y la compenetración de los pensamientos del auditorio, de lo que él comunica, constituye para los que lo oyen una fuerza viva que favorece su desarrollo espiritual.

El asunto de que ahora se trata podrá ser comprendido exactamente, si se reflexiona que todo conocimiento de los mundos anímico y espiritual, yace en las profundidades del alma humana, de donde se le puede extraer por medio del Sendero del Conocimiento. Pero es posible comprender, no sólo lo que por nosotros mismos hemos extraído de las profundidades del alma, sino también, lo que los otros han extraído, aun cuando todavía no estemos preparados para encaminarnos por el Sendero del Conocimiento. Un juicio espiritual exacto despierta en las posibilidades del alma, no ofuscada por prejuicios, las fuerzas de la comprensión. Lo que inconscientemente sabemos se encuentra con el hecho espiritual descubierto por otra persona. Y este encuentro no es fe ciega, sino que es la exacta acción del sano juicio del hombre. Esta sana comprensión debería ser considerada para el conocimiento del mundo espiritual, como un punto de partida mucho mejor que las inciertas concentraciones místicas y cosas por el estilo, las que a menudo son consideradas mejores de lo que la sana razón puede reconocer, cuando le es presentada por la verdadera investigación espiritual.

Nunca se insistirá bastante sobre la necesidad de entregarse al trabajo continuo del pensamiento, cuando se desea desarrollar las facultades para el conocimiento superior; y es tanto más necesario insistir, porque muchos que aspiran a convertirse en videntes, estiman poco el trabajo serio y lleno de abnegación del pensamiento. Nos dicen, a menudo, que el pensar beneficia bien poco, que todo está en el sentimiento u otras cosas parecidas. A este propósito es útil decir que nadie puede convertirse en vidente en el sentido más elevado, vale decir, en verdadero vidente, si antes no ha adquirido la práctica íntima de la vida del pensamiento. A este respecto, muchas personas se dejan guiar por la indolencia interior. No se dan cuenta que esa indolencia se disfraza bajo el aspecto de desprecio del pensamiento abstracto o de las especulaciones ociosas. Pero desconoce el pensamiento quien lo confunde con una secuela vana de ideas abstractas. Tales ideas abstractas podrían matar fácilmente el conocimiento suprasensible, pero el pensamiento vital y enérgico es, en cambio, su fundamento; ciertamente sería mucho más cómodo si se pudiera llegar a la facultad de la videncia superior sin el esfuerzo del pensamiento — y realmente a muchos les placería —; pero son indispensables para alcanzarla, una firmeza interna y una seguridad de alma, a las que se llega solamente por medio del pensamiento. Sin éste, sólo se llega a la inquieta vacilación, a las imágenes falaces, a un engañoso ludibrio del alma, que podrá proporcionar placer a alguien, pero que nada tiene que hacer con la verdadera penetración en los mundos superiores. Si, por lo demás; se piensa cuan grandes experiencias espirituales realiza el hombre que realmente entra en los mundos superiores, se comprenderá fácilmente que este asunto tiene también otro aspecto. Para ser un vidente se necesita tener salud perfecta de vida anímica y no hay mejor cuidado para esta salud que el hábito de la seria reflexión. Y aun esa salud anímica puede sufrir graves perturbaciones, si los ejercicios para adquirir un grado de evolución superior no están fundados sobre la base del pensamiento. Como es cierto que la facultad de la clarividencia confiere al hombre que piensa recta y exactamente, mejor salud y mayores aptitudes para la vida, es, asimismo, cierto, que toda tentativa de desarrollo forzado por quien siente al mismo tiempo aversión al trabajo de pensar, como todo soñar sobre este campo, conduce a lo fantástico y a una equivocada actitud frente a la vida. Quien quiera desenvolver dentro de sí los conocimientos superiores, observando cuanto se ha dicho, no tendrá nada que temer. Jamás se debería tentar su desarrollo sin estas precauciones. Ellas tienen que ver con el alma y el espíritu solamente; si so las observa, resulta absurdo hablar de cualquier género de influencia dañosa para la salud corpórea.

Ciertamente, es nociva la incredulidad infundada, porque actúa como fuerza que repele en quien atiende y le impide recibir los pensamientos fecundadores. No se necesita fe ciega para abrir los sentidos superiores, sino una actitud mental dispuesta a acoger el mundo del pensamiento científico espiritual. El investigador espiritual se presenta a su discípulo invitándolo: “No creas lo que te digo, pero piénsalo; conviértelo en el contenido de tus pensamientos, porque entonces los míos te conducirán al reconocimiento de la verdad que contienen”. Esta es la actitud del investigador espiritual, no hace más que estimular, pero la fuerza para conocer la verdad surge de la misma interioridad del discípulo. En este sentido es como se debe emprender el estudio de las concepciones científico-espirituales. Quien puede esforzarse a concentrar en ellas sus pensamientos, puede estar seguro que en tiempo más o menos breve, lo conducirán a la visión directa. En lo que se acaba de decir, está indicada la primera cualidad que debe desarrollar, necesariamente, el que quiera llegar a la visión directa de los hechos superiores. Entendemos decir, la cualidad de acoger sin reserva y sin prejuicios lo que se ha manifestado de la vida humana, y también del mundo extraño al hombre. Quien se aproxima a un hecho cualquiera del mundo con un juicio ya formado en la vida transcurrida, rechaza, por causa de este juicio, la influencia imparcial y serena que aquel hecho podría ejercer sobre él. El discípulo debe aprender a transformarse, en todo momento, en un receptáculo, en el que el mundo nuevo se pueda verter. Son fértiles en conocimiento para nosotros, sólo los momentos en que calla nuestro juicio, toda nuestra crítica. No importa, por ejemplo, cuando encontramos a otra persona, que seamos más sabios que ella. El niño más ignorante tiene algo que revelar al más grande de los sabios; pero si éste se acercara al niño con un juicio ya formado sobre su sabiduría, este mismo concepto de su sabiduría se interpondría como un vidrio opaco entre él y lo que aquel niño podría revelarle. (Precisamente por esta declaración bien se ve que la recomendación de acoger sin reservas, no implica eliminar el propio concepto o abandonarse a la fe ciega, puesto que semejante exigencia no es admisible ni ante un niño).

Para comprender las revelaciones del mundo de los demás, se requiere una absoluta abnegación interna; y si alguien quiere examinar hasta qué grado posee este don, hará dentro de si mismo sorprendentes descubrimientos. Quien quiera entrar en él Sendero del Conocimiento superior debe ejercitarse en desvanecer su yo con todos sus prejuicios. Cuanto más lo consiga, tanto más las cosas podrán, entonces, penetrar en él; sólo los grados más elevados de esta dedicación desinteresada hacen al hombre capuz de asimilar los hechos espirituales superiores que lo rodean por todas partes. Es posible desarrollar en nosotros conscientemente esta facultad; se puede, por ejemplo, probar de abstenerse completamente de todo juicio sobre las personas de nuestro ambiente, de borrar de nosotros la idea de atracción y repulsión, de estúpido o de inteligente, que estamos habituados a aplicar en nuestras apreciaciones y, en cambio, intentar comprender a las personas simplemente, así como son. El mejor medio para ejercitarse es el de comenzar con personas que nos son antipáticas; es necesario suprimir con todas nuestras fuerzas esta nuestra antipatía y dejarnos influenciar sin prejuzgar lo que ellos hacen. Igualmente, encontrándonos en circunstancias que provocan nuestro juicio, debemos procurar la supresión de tal juicio y exponernos a las impresiones con la mayor imparcialidad. (Esta atención desprejuiciada nada tiene que ver con la fe ciega. No se trata de creer ciegamente, sino de no anteponer un juicio ciego a la influencia viviente). No conviene hablar de las cosas y de los acontecimientos, sino dejar que ellos nos hablen a nosotros. Es necesario extender este procedimiento al mundo de nuestros propios pensamientos y suprimir en nosotros lo que forma éste o aquel pensamiento, para permitir a lo que está fuera de nosotros que forme nuestros pensamientos. Sólo procediendo con la más rigurosa seriedad y tenacidad en estos ejercicios, podremos llegar a la meta del conocimiento superior; el que desprecie los ejercicios, evidentemente no conoce su valor, pero quien tenga experiencia en estas cosas sabe que la devoción y la carencia de prejucios, son verdaderos generadores de fuerza. Como el calor producido en la caldera de vapor se transforma en fuerza motriz en la locomotora, así este ejercicio de dedicación espiritual desinteresado, se transforma en el hombre en fuerza visiva en los planos espirituales.

Mediante este ejercicio, el hombre se hace capaz de acoger todo lo que lo circunda, y a esta capacidad se unirá también la de la exacta apreciación. Mientras el hombre mantenga la tendencia de dar excesiva importancia a sí mismo en menoscabo del mundo que lo circunda, cerrará para sí la entrada al conocimiento superior. Quien ante cada acontecimiento o cada cosa del mundo, se abandona al dolor o al placer que le acarrea, está todavía a merced de la exagerada apreciación de sí mismo, porque de su placer o de su dolor, no aprende nada de aquellas cosas, pero sí algo referente a sí mismo. Por ejemplo, si sentimos simpatía por una persona, lo que sentirnos es, simplemente, nuestra propia relación con ella. Si en el modo de juzgar o comportarnos seguimos libremente este sentimiento de placer o de simpatía, entonces, ponemos nuestro modo de ver en primera línea y tratamos de imponerla a los demás; queremos introducirnos en el mundo tal cual somos, en vez de recibirlo desprejuiciadamente, permitiendo que se exprese de conformidad a las fuerzas que en él son activas. En resumen, procediendo así, nos mostramos tolerantes sólo con lo que corresponde a nuestro carácter, y contra todo lo demás, movemos fuerzas repulsivas.

Mientras el hombre se encuentre vinculado con el mundo de los sentidos, rechazará sobre todo, las influencias que no sean sensibles. El discípulo debe desarrollar la facultad de conducirse con las cosas y los hombres de conformidad con sus caracteres, apreciando en cada tino su valor y su importancia. Simpatía y antipatía, placer y disgusto, deben asumir un nuevo papel. De ningún modo se quiere que se deban extirpar estos sentimientos y hacerse insensible a la simpatía o a la antipatía. Por el contrario, a medida que uno desarrolla en sí la facultad de no permitir que a cada sentimiento de simpatía o de antipatía siga inmediatamente un juicio o una acción, tanto más delicada se hará su sensibilidad. Experimentará que su simpatía y su antipatía asumen un carácter más elevado cuando aprenda a contener las que ya existen en él. Así también, una cosa que antes nos era poco simpática, está dotada de cualidades ocultas, y las revela cuando el hombre no sigue su conducta y sus sentimientos egoístas. El que haya progresado en esta dirección tendrá una sensibilidad más delicada que los demás, porque no permite a su yo personal, entorpecer su receptividad. Toda tendencia seguida ciegamente, disminuye en nosotros la facultad de ver las cosas que nos rodean en su verdadera luz. Siguiendo de tal manera una tendencia, atravesamos el medio ambiente, en lugar de abrirnos a él y sentirlo en su verdadero valor.

Cuando el hombre ya no reacciona con una respuesta o una acción egoísta a cada placer o disgusto, a cada simpatía o antipatía, se hace también independiente de las cambiantes impresiones del mundo exterior. El placer que se siente por un objeto, nos hacen dependientes del mismo, nos perdemos en él. Un hombre que se pierde en el dolor, en la alegría de las diferentes impresiones, no puede recorrer el Sendero del Conocimiento superior. Debe acoger el placer y el dolor desapasionadamente; entonces cesa de perderse en los mismos y comienza, en compensación, a comprenderlos. Un placer al cual nos abandonamos devora nuestra existencia desde el momento en que nos entregamos a él. Deberíamos servirnos del placer, únicamente, para llegar por medio de él, a comprender mejor la cosa que en nosotros despierta placer. Lo que importa no es el hecho que aquella cosa nos proporcione placer; debemos experimentar placer, y por medio de él, debiéramos conocer la naturaleza de la cosa.

El placer debería ser para nosotros, únicamente, el indicio que en aquella cosa existe una cualidad para proporcionar placer, y deberíamos aprender a conocer esa cualidad. Si nos detenemos en el placer y nos dejamos absorber por él, somos nosotros misinos los que nos consumimos, pero si el placer es para nosotros una ocasión para experimentar una cualidad de aquella cosa, nuestro íntimo ser se enriquece por medio de esta experiencia. Por tanto, para el discípulo, placer y disgusto, alegría y dolor, deben ser sólo ocasiones mediante las cuales se instruya acerca de las cosas. De tal manera no se hace insensible al placer o al dolor, sino que se eleva por encima de ellos para que se le revele la naturaleza de las cosas. Quien progresa en esta dirección aprenderá a conocer qué maestros son el placer y el dolor; sentirá como los demás seres y recibirá así la revelación de la íntima naturaleza de ellos. El discípulo jamás se dice a sí mismo: “¡Oh, cuánto sufro!” y también “¡Cuánto gozo!” sino que dice: “¿Qué me dice el dolor?”. “¿Qué me dice la alegría?” y se abandona para que el placer y el dolor del mundo exterior actúen sobre él. De esta manera se desarrolla en el hombre una actitud completamente nueva con respecto a las cosas. Mientras antes reaccionaba con una acción en uno o en otro sentido a cada impresión, según que ésta le procurara alegría o dolor, ahora, en cambio, el placer y el dolor son para él los órganos mediante los cuales las cosas le dicen lo que ellas mismas son por su naturaleza. Alegría y dolor, antes simples sentimientos, se han convertido, ahora, en él en óiganos de los sentidos, mediante los cuales percibe el mundo exterior. Así como el ojo, cuando ve algo, no actúa él mismo, sino que deja que actúe la mano, así también la alegría y el dolor no hacen ningún efecto en el discípulo, en cuanto se sirve de ellos como medio de conocimiento, sino que ellos reciben las impresiones, y lo que ha sido experimentado por medio del placer y del dolor, es lo que lleva a la acción. Si el hombre se ejercita de manera de hacer que la alegría y el dolor se conviertan en órganos de transmisión, éstos le construirán en el alma los verdaderos órganos mediante los que se le abrirá el mundo anímico. El ojo, sirve al cuerpo sólo en cuanto éste es un órgano de transmisión para las impresiones físicas: alegría y dolor se convertirán en los ojos del alma cuando cesen de tener para nosotros un valor propio y empiecen a revelar, a nuestra alma, la de los extraños. Mediante las facultades expuestas, el que busca el Sendero se pone en actitud de dejar actuar sobre sí, lo que realmente existe en el mundo que lo circunda, sin la influencia perturbadora de sus peculiaridades. Debe, no obstante, adaptarse al ambiente espiritual de una manera adecuada. Como ser pensante, pertenece al mundo espiritual; podrá serlo de un modo conveniente sólo si en sus investigaciones espirituales da a sus pensamientos el curso correspondiente a las leyes eternas de la Verdad, a las leyes de la Región de los Espíritus; sólo así esta región podrá ejercer su influencia y revelarle su naturaleza. El hombre no alcanza a la Verdad si se abandona a los pensamientos que continuamente atraviesan su yo, porque estos pensamientos toman la dirección que les da su origen en la naturaleza física. Los pensamientos de un hombre que se abandona a la actividad mental de su cerebro corpóreo, se presentan desordenados y confusos. Aparece un pensamiento y desaparece repentinamente desalojado por otro. Quien escucha atentamente la conversación de dos personas, o se observa imparcialmente a sí mismo, puede hacerse fácilmente una idea de esta masa confusa y cambiante de pensamientos. Mientras el hombre se dedique solamente a satisfacer la vida de los sentidos, esta corriente confusa de pensamientos tendrá siempre que ser puesta en orden por los hechos de la realidad. Por confusa que sea nuestra manera de pensar, la vida cotidiana impone a nuestras acciones las leyes que corresponden a la realidad. Por ejemplo, si con nuestros pensamientos nos formamos una idea confusa de una ciudad, luego, si queremos efectuar un recorrido por ella, tenemos que adaptarnos a los hechos existentes; un mecánico podrá entrar en su taller con un torbellino de ideas e imágenes, pero las leyes de las máquinas lo conducirán a proceder de acuerdo a las mismas. En el mundo de los sentidos, los hechos ejercen continuamente un poder correctivo sobre el pensamiento. Si nosotros creamos en la mente una idea falsa de un fenómeno físico, por ejemplo, de la forma de una planta, la realidad se nos presenta en seguida y establece el orden de nuestro pensar. Pero la cosa es diferente cuando observamos nuestra relación con las regiones superiores de la existencia. Estas se revelan solamente si entramos en sus mundos con un pensamiento rigurosamente ordenado. En aquellos mundos, nuestro pensamiento debe darnos un punto de partida exacto y seguro; de otra manera nos resultará imposible encontrar el verdadero camino, porque las leyes espirituales activas en aquellas regiones no están condensadas en forma físico-corpórea y no pueden ejercer en nosotros la coerción que antes hemos señalado. Nos será posible seguir aquella leyes sólo si tienen afinidad con nuestras propias leyes, es decir, a las de todo ser pensante; por tanto, tenemos que ser nuestros propios guías. De consiguiente, el discípulo debe tener el dominio de sus pensamientos y disciplinarlos rigurosamente; sus pensamientos deben perder gradualmente el hábito de seguir su curso ordinario, para asumir, en cambio, el carácter íntimo del mundo espiritual. A este respecto, el discípulo debe vigilarse de continuo, y dominarse. Sus pensamientos no se deben suceder unos a otros arbitrariamente, si no que deben desenvolverse de conformidad al exacto contenido del mundo do los pensamientos; el pasaje de una idea a otra debe corresponder a las rigurosas leyes de la lógica. El hombre, como pensador, debe ser la imagen de estas leyes lógicas y debe excluir del curso de sus ideas todo lo que no proceda de estas leyes. Si un pensamiento preferido se le presenta, debe rechazarlo si obstaculiza el curso regular del pensamiento; si un sentimiento personal tiende a imponer a sus pensamientos una determinada dirección que no sea la inherente, debe suprimirlo. Platón exigía a los que solicitaban ingresar a su escuela, que antes siguieran un curso de matemáticas; y en realidad, esta ciencia, con sus rigurosas leyes que no siguen el curso ordinario de los fenómenos de los sentidos, es una excelente preparación para el que busca el Sendero. Si se quiere progresar en esta ciencia, se debe renunciar a todo arbitrio personal, a toda distracción. El discípulo que busca el Sendero se prepara para su misión superando por espontánea voluntad toda actividad arbitraria del pensamiento. Aprende a seguir, únicamente, las exigencias del pensamiento. Así debe aprender a proceder en toda operación mental que deba servir al conocimiento espiritual. De manera que la vida mental misma debe ser una imagen de los juicios y conclusiones de la ciencia matemática. Adoptará esta manera de pensar dondequiera que se encuentre. Entonces las leyes del mundo espiritual fluirán en él, las mismas que pasan a través de él sin dejar rastro alguno cuando sus pensamientos tienen el carácter confuso habitual. De este modo, el pensar regulado lo conduce de puntos de partida seguros hasta la verdad más arcana.

Estas indicaciones no deben ser interpretadas unilateralmente. Si bien las matemáticas son excelentes para disciplinar el pensamiento, se puede también llegar al pensar puro, sano y lleno de vida, sin cultivar las matemáticas.

El discípulo debe aplicar la misma disciplina a que somete su pensamiento, también a sus acciones. Ellas deberán seguir, sin sufrir la influencia perturbadora de su personalidad, las leyes de lo que es noble, bello y Eternamente Verdadero. Estas leyes deben servirle siempre de dirección. Al comenzar a realizar algo, considerado justo por él, no debe abandonar la obra emprendida, aunque no satisfaga su sentimiento personal. Así también, no debe continuar por ese camino porque él le procure satisfacción, cuando se dé cuenta que no está de acuerdo con las leyes de la Belleza y de la Verdad eternas. En la vida ordinaria, los hombres se dejan llevar en sus actos por lo que les satisface personalmente, o por las ventajas que les proporciona. Haciendo así, imponen su tendencia personal al curso dedos acontecimientos del mundo; no ponen, en efecto, las verdades correspondientes a las leyes del inundo espiritual si no satisfacen las exigencias de su arbitrio. El hombre, obra de acuerdo con el mundo espiritual únicamente cuando sigue las leyes de ese mundo. De lo que se realiza sólo por sentimiento personal, no resultan fuerzas que puedan constituir una base para el conocimiento del espíritu. El buscador del conocimiento, no sólo debe preguntar: ¿qué es lo que proporciona ventajas?, ¿cómo me procuraré el éxito?. Sino que debe pedir: ¿qué es lo que he reconocido como bueno?. La renuncia al fruto de las acciones por la persona misma, la renuncia a todo arbitrio personal, son las severas leyes que debe imponerse. Entonces recorrerá los senderos del mundo espiritual y todo su ser se compenetrará de estas leyes, se libertará de toda influencia del mundo de los sentidos, mientras su Hombre- Espíritu se liberta de los involucros inferiores. Así progresa hacia el espíritu y, así, se espiritualiza a sí mismo. No se puede decir: ¿qué beneficios me reportan todos los propósitos de seguir, únicamente, las leyes de lo verdadero, cuando a lo mejor estoy equivocado sobre lo que es lo verdadero?. Lo que importa es la intención, el propósito. También quien se equivoca en la misma aspiración a lo verdadero, halla una fuerza que puede apartarlo del sendero equivocado y conducirlo al buen camino; y la misma objeción: ¿podría también equivocarme? es una duda que perturba y demuestra que el hombre no tiene fe en la fuerza de la verdad; porque es, precisamente, importante que se abandone impersonalmente, dejándose conducir por el espíritu, antes que proponerse una meta, partiendo de un punto de vista personal, egoísta. No es el deseo egoísta del hombre el que puede dictar leyes a la verdad, sino que esta misma verdad debe dominar al hombre, debe compenetrar todo su ser y convertirlo en una verdadera imagen de las eternas leyes del mundo espiritual. Debe, él mismo, rebosar de estas leyes eternas para difundirlas en la vida. El discípulo debe tener completo dominio sobre su voluntad, como sobre todos sus pensamientos; de este modo, con modestia, y sin presuntuosidad, se convertirá en un mensajero del mundo de lo bello y de lo verdadero. Convirtiéndose en esto, asciende a formar parte del mundo del espíritu y se eleva gradualmente en su evolución. No se puede llegar a la vida espiritual sólo por medio de la contemplación, sino que es necesario llegar a experimentarla verdaderamente.

Si el discípulo observa las leyes expuestas aquí, las experiencias anímicas que se refieren al mundo espiritual asumirán en él un carácter absolutamente nuevo. No sólo vivirá en ellas. No sólo tendrán importancia para su vida, sino que se transformarán en percepciones anímicas del inundo superior. En su alma, los sentimientos de placer y dolor, de alegría y disgusto, se convierten en órganos del alma, así como los ojos y los oídos en el cuerpo físico no tienen, simplemente, una vida en sí, sino que permiten imparcialmente, a las impresiones externas, que pasen a través de ellos. De esta manera, el discípulo adquiere la tranquilidad y la seguridad en la disposición del alma, necesaria para la investigación en el mundo espiritual. Una gran dicha ya no le arrancará gritos de entusiasmo, sino que será anunciadora de ciertas propiedades del mundo que antes no advertía; no altera su tranquilidad, y mediante ésta., los caracteres de la entidad apartadora de dicha, le serán revelados. Igualmente un dolor ya no sólo lo llenará de tristeza, sino que le indicará, además, las cualidades que posee el ser que le causa dolor. Como el ojo no pide nada para sí mismo, sino que indica el camino a seguir, así también, dicha y dolor, conducirán al alma por el tendero. Este es el estado del equilibrio anímico al que debe llegar el discípulo. Cuanto menos la dicha y el dolor repercutan con sus ondas en la vida interior del discípulo, tanto más contribuirán a formar los ojos para el mundo suprasensible. Mientras el hombre viva en la dicha y el dolor, éstos no le enseñarán a conocer; pero cuando por medio de la alegría y el dolor aprenda a vivir, cuando por medio de ellos elimine el sentimiento personal, entonces se formarán en él los órganos de percepción, verá y conocerá por- medio de ellos. No se debe creer que el discípulo se convierte en un hombre árido o indiferente. El placer y el dolor existen en él, pero cuando investiga el mundo espiritual son transformados, se convierten en ojos y oídos.

Mientras llevamos en el mundo una vida puramente personal, las cosas nos revelan solamente lo que las relaciona con nuestra personalidad, pero esto es la parte transitoria de ellas. Si nos separamos nosotros mismos, de nuestra parte transitoria, y vivimos con el sentimiento de nuestro yo, con nuestro yo en nuestra parte imperecedera, entonces aquéllas, nuestras partes transitorias, se convierten en medios de conocimiento; y lo que por este medio se nos revela es la parte imperecedera, eterna de las cosas. Esta relación entre lo eterno en nosotros y la parte eterna de las cosas, debe ser establecida por el discípulo. Antes de comenzar otros ejercicios, como los recientemente descritos, y también durante los mismos, el discípulo debe dirigir la mente a lo imperecedero. Cada vez que contemplamos una piedra, una planta, un animal o un hombre, debemos ver en todos ellos, la expresión de lo que es eterno, y preguntarnos: En la piedra transitoria y en el hombre mortal, ¿Qué es lo imperecedero?. ¿Qué quedará del fugaz fenómeno sensible?. Y no se crea que dirigiendo así el espíritu hacia lo eterno, se destruya en nosotros la contemplación serena, a el sentido para los valores de la vida cotidiana, y nos convierta en extraños a la realidad inmediata de las cosas, sino más bien, que cada hoja, cada pequeño coleóptero, nos revelará innumerables secretos si dirigimos sobre ellos, no sólo el ojo, sino también el espíritu a través del ojo. Cada reverberar, cada matiz de color, cada acento, permanecerá vivo y perceptible para nuestros sentidos; nada se pierde; por el contrario, salimos ganando, porque se nos añade nueva vida infinita. Y quien no sabe observar con el ojo hasta las cosas más pequeñas, tendrá pensamientos débiles, sin vida, y no llegará a la visión espiritual. Todo depende de la disposición interna que tomemos en esta dirección. El mayor o menor éxito, dependerá de nuestra capacidad. Debemos hacer lo que corresponde y dejar todo lo demás, a la evolución propia. Entre tanto, debemos contentarnos con mantener nuestra mente en lo que es imperecedero. Haciendo esto, precisamente, el conocimiento de lo imperecedero se revelará a nosotros; pero debemos esperar hasta que nos sea dado. A su tiempo será dado a los que saben esperar con paciencia y trabajar asiduamente. Mediante tales ejercicios, el hombre no tarda en darse cuenta del cambio radical que se opera en él. Aprende a dar a cada cosa más o menos importancia según su mayor o menor relación con lo que es imperecedero, eterno. Llega a valorar y estimar el mundo de manera bien distinta de como lo hacía antes; sus sentimiento entran en una nueva relación con todo lo que lo rodea. Las cosas transitorias no lo atraen más sólo por sí mismas, como ocurría antes, sino también como símbolos y como partes de cosas eternas; y aprende a amar a este eterno que vive en cada cosa y se familiariza con él, como antes con las cosas transitorias. Pero no por eso se hace un extraño a la vida; antes bien, aprende a estimar todas las cosas en su verdadero valor. Hasta las cosas más efímeras de la vida no pasan sin ejercer una influencia en el, pero en la búsqueda del espíritu ya no se detiene en ellas, las reconoce en su limitado valor y las ve en su exacta luz. No es buen conocedor el que gusta vagar por las nubes y, así, malgastar la vida; quien verdaderamente ha adquirido el conocimiento superior sabe con clara visión y exacto sentido señalar el lugar que corresponde a cada cosa.

De este modo al discípulo se le abre la posibilidad de no seguir más las influencias incalculables del mundo sensible externo, que conducen su voluntad de un lado para otro. Mediante el conocimiento superior, ve lo que es eterno en las cosas; por medio de la transformación de su mundo interior, posee la facultad de percibir lo que es eterno. Para el discípulo, los siguientes pensamientos adquieren importancia especial. Cuando actúa por propia iniciativa, es consciente de actuar por iniciativa de lo que es eterno en las cosas; porque éstas manifiestan en él lo que es eterno en ellas. Consecuentemente, obra de acuerdo con el eterno orden del Universo, cuando dirige sus acciones de conformidad a lo eterno que vive en él. De este modo, sabe que no son las cosas externas las que lo dirigen, sino que él mismo es quien dirige tales cosas de acuerdo a las leyes inherentes a ellas, que son también las leyes de su propio ser. Esta actividad proveniente de lo interno es, solamente, un ideal al cual aspiramos. El logro de esta meta está aún muy lejano. Pero el discípulo debe tener la voluntad de discernir claramente este sendero; ésta es su voluntad de libertad, porque libertad es actuar por iniciativa propia, y esto se otorga sólo a quien extrae sus motivos de lo eterno. Quien no se comporta así, actúa por otros motivos que no son los inherentes a las cosas, con lo que se opone al orden universal, y éste obtendrá la victoria sobre él, vale decir, no podrá ocurrir en último término lo que el hombre se ha propuesto con su voluntad. No podrá llegar a ser libre. El arbitrio de cada ser destruye al ser mismo con la consecuencia de sus acciones.


* * *


Quien regule de esta manera su vida interna, progresará de grado en grado, en el conocimiento espiritual. Como fruto de sus ejercicios, se abrirá su ojo espiritual a las visiones del mundo sensible. Aprenderá el sentido de la verdad revelada en torno a las cosas de este mundo, y tendrá la confirmación mediante sus propias experiencias. Cuando haya llegado a esa etapa se le presentará una experiencia que sólo por ese sendero le puede ser concedida. De una manera cuyo significado sólo entonces le resultará claro, se le imparte la Iniciación por las Grandes Potencias y Maestros del género humano, convirtiéndose así en discípulo de la sabiduría. Cuanto menos se considera la Iniciación como constituida por una relación humana puramente exterior, tanto más exacta será la representación que se nos hace. Sólo podemos indicar brevemente aquí, qué cosa se desenvuelve entonces en el discípulo. Recibe una nueva patria, esto es, se ha convertido en un morador consciente del mundo suprasensible. La fuente del conocimiento espiritual está ahora en regiones más elevadas; la Luz de este conocimiento no la recibe más desde afuera, sino que él mismo se encuentra en el centro del manantial de esta Luz. Los problemas que presenta el Universo adquieren en él nueva luz. Ya no se comunica con las cosas forjadas por el espíritu, sino con el mismo espíritu plasmador. En los momentos del conocimiento espiritual la vida propia de la personalidad, subsiste todavía con el solo propósito de ser la representación consciente de lo Eterno. Desaparece toda duda de la existencia del espíritu que antes podía surgir en él, porque sólo puede dudar quien es engañado por las cosas, con respecto al espíritu que en las mismas actúa. Pero como el discípulo de la sabiduría es capaz ahora de comunicarse con el mismo espíritu, desaparece para él toda forma falsa cuya apariencia, él se figuraba antes que era el espíritu. La falsa forma con la cual nos representamos al Espíritu, es superstición. El iniciado está por encima de toda superstición, porque sabe cuál es la verdadera forma del espíritu. Liberación de los prejuicios de la personalidad, lo mismo que de las dudas y las supersticiones, es la característica de los que en el Sendero del Conocimiento han ascendido hasta el grado de discípulo. No hay que confundir esta unificación de la personalidad en la amplia vida espiritual, con el entrefundirse de la personalidad en el espíritu universal, que significa su aniquilamiento. Semejante desaparición, no tiene lugar en el caso de una verdadera evolución de la personalidad. Esta se conserva como personalidad en la relación que ha conseguido con el mundo espiritual. No tiene lugar un sometimiento de la personalidad, sino el más elevado perfeccionamiento de ella. Si nos queremos hacer una imagen de esta unificación de cada espíritu con el espíritu universal, no corresponde adoptar la de varios círculos que se convierten en un círculo único, en el cual desaparecen; más indicado es tomar la imagen de muchos círculos, de los cuales cada uno, tiene un bien definido matiz de color; estos círculos, diversamente coloreados, se superponen recíprocamente, pero cada tonalidad de color permanece en la totalidad de su esencia. Ninguno pierde la plenitud de sus propias fuerzas.

No pretendemos dar aquí una ulterior descripción del Sendero; ella se ha dado en la obra “La Ciencia Oculta”, que es la continuación de este libro.

Una interpretación equivocada de lo que se; dice en este libro, con respecto al Sendero del Conocimiento espiritual, puede muy fácilmente inducir a creer en una recomendación de las disposiciones del alma que llevan consigo al alejamiento de la experimentación directa, espontánea y activa de la existencia. A este respecto, es conveniente repetir que no se puede exigir que se haga extensiva a toda la vida, la disposición del alma que hace a esta última apta para experimentar directamente la realidad del espíritu. Para la investigación en la existencia espiritual, el investigador de la misma, puede llegar a adquirir el poder de conducir el alma a la indispensable abstracción de la realidad, que está sometida a los sentidos, sin que esta abstracción haga de él un hombre que se desentienda del mundo. Por otra parte, conviene también reconocer, que el conocimiento del mundo espiritual — no sólo de aquel conocimiento que se adquiere encaminándose por el Sendero, sino también lo que se consigue con la comprensión de las verdades científico-espirituales por medio del intelecto sano y libre de prejuicios — conduce también a un tenor de vida moral superior, a un conocimiento que responde más a lo verdadero de la existencia sensible, a la seguridad de la vida y a la salud interna del alma.

Traducida por J.Luelmo feb.2015

GA009 Teosofía Las formas-pensamiento y el aura humana

 TEOSOFIA

RUDOLF STEINER

Introducción al conocimiento sobrenatural del mundo y del destino humano

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VI. LAS FORMAS-PENSAMIENTO Y EL AURA HUMANA


Se ha demostrado que las cosas de cada uno de los tres mundos, adquieren realidad para el hombre, solamente cuando éste adquiere la capacidad y los órganos para percibirlas. Ciertos procesos, en el espacio, el hombre los percibe come fenómeno de luz, únicamente porque tiene el ojo bien construido. Lo que es real, se manifiesta a un ser en proporción a su propia receptividad. Por tanto, nunca se debe decir que es real solamente lo que uno puede percibir; muchas cosas, para cuya percepción nos faltan los órganos, pueden ser reales. El mundo anímico y el espiritual son reales tanto como el mundo físico; son más reales aun que el mundo físico, en sentido mucho más elevado. Es verdad que ningún ojo físico puede ver los sentimientos o las ideas; no obstante, éstos son reales; y como el hombre, mediante sus sentidos externos, percibe el mundo físico que tiene ante sí, del mismo modo, mediante sus sentidos espirituales, percibe los sentimientos, los impulsos, los instintos, los pensamientos. Precisamente como por medio del ojo físico, ciertos procesos en el espacio son vistos como fenómenos de colores, así también los procesos anímicos y espirituales mencionados, pueden percibirse mediante los sentidos internos como fenómenos análogos a las manifestaciones de los colores físicos. El sentido más recóndito de esto puede ser comprendido verdaderamente por quien ya ha entrado en el sendero del conocimiento, del que trataremos en el próximo capítulo, y que por esto ha desarrollado sus sentidos internos. A un hombre de éstos le resultan suprasensiblemente visibles los fenómenos anímicos en el mundo anímico circundante y los fenómenos espirituales en el mundo espiritual; para él, los sentimientos que experimenta en los demás seres, irradian de estos últimos como proyecciones luminosas; los pensamientos a los que dirige su atención fluyen a través del espacio espiritual. Para este observador, el pensamiento de una persona que se refiere a otra, no es una cosa imperceptible, sino un proceso que se percibe. El contenido de un pensamiento vive como tal sólo en el alma del que lo ha pensado; pero este contenido produce efectos en el mundo espiritual, y éstos representan el proceso perceptible para el ojo espiritual. El pensamiento parte como una realidad efectiva de una persona y se dirige hacia otra. El modo como este pensamiento actúa sobre otra persona es experimentado como un proceso perceptible en el mundo espiritual. Así, en quien se han despertado los sentidos superiores, el hombre físicamente perceptible es sólo una parte de todo el hombre. Este hombre físico es el centro ele efluvios anímicos y espirituales. No se pueden dar más que indicaciones superficiales del mundo tan variado que se abre a quien ha adquirido la visión de los mundos superiores. Por ejemplo, un pensamiento humano que no vive habitualmente más que en la comprensión mental de los oyentes, se presenta como un fenómeno coloreado, espiritualmente perceptible, y su color corresponde al carácter del pensamiento. Un pensamiento que surge de un impulso sensual del hombre, tiene una coloración absolutamente distinta del que nace del interés que éste manifiesta por la ciencia pura, por la belleza superior o por la eterna bondad. Los pensamientos relacionados con la vida de los sentidos, atraviesan el mundo anímico (Las explicaciones que se dan aquí se prestan, naturalmente, a muchos malentendidos. Al final de esta nueva edición volveremos con algunos observaciones sobre el asunto) diversamente coloreados de rojo, mientras que aparecen con un bello amarillo, los pensamientos por medio de los cuales el pensador se inclina a concepciones más elevadas. Un pensamiento que se deriva de un amor devoto, resplandece con una bellísima coloración rosada. Y así como el contenido del pensamiento, también la mayor o menor precisión del mismo, se expresa por la forma suprasensible con que se manifiesta. Mientras el pensamiento preciso de un pensador, se manifiesta en formas y contornos bien determinados, una idea confusa se manifiesta, en cambio, como una figura nebulosa, de contornos imprecisos.

La entidad anímica y espiritual del hombre, de tal manera aparece como una parte suprasensible del conjunto de la entidad humana.

Llamamos aura humana a las manifestaciones coloreadas, perceptibles solamente a los sentidos superiores, que irradian en torno al cuerpo físico del hombre y lo envuelven como en una nube, de forma, aproximadamente, ovoidal. La extensión de esta aura es diferente en los distintos hombres, pero, término medio, se puede decir que el hombre completo aparece el doble más alto y cuatro veces más ancho del físico.

Dentro de esta aura fluctúan los colores más variados, y este ondular refleja fielmente, con la variedad de sus colores, la vida interna del hombre. Ciertas cualidades constantes, sin embargo, como ciertos talentos o hábitos, o determinadas propiedades del carácter, se expresan en colores fundamentales, también constantes.

Los hombres que se encuentran lejos de las experiencias del Sendero

del Conocimiento, que se expone en el próximo capitulo de este libro, quizá no podrán darse cuenta de lo que se entiende por el aura que aquí se describe. Ellos podrán creer que los colores de que se habla, se presentan ante el alma, como un color físico ante los ojos. Un color anímico semejante no sería más que una alucinación. Y la ciencia espiritual nada tiene que hacer con las impresiones de género alucinatorio, y no se trata absolutamente de esto en las descripciones que se han dado. Para llegar a una idea exacta, es necesario tener presente lo que sigue. El alma experimenta ante un color físico, no solamente la impresión física, sino que recibe también, una experiencia anímica. Esta experiencia anímica es diversa según que el alma perciba, por medio del ojo, una superficie amarilla o una azul. Se puede llamar a esta experiencia, un vivir en el amarillo o un vivir en el azul. El alma que se ha encaminado por el Sendero del Conocimiento, experimenta en amarillo ante las experiencias anímicas activas de los demás seres; y experimenta en azul ante las disposiciones del alma que tienden a la abnegación y a la devoción. Lo que es esencial, no es el hecho que el vidente, frente a la idea de otra alma, vea lo azul, así como ve este azul en el mundo físico, sino que es esencial que tenga una experiencia que lo autorice a llamar azul a aquella idea, así como el lumbre físico puede llamar azul a una cortina. Por lo demás, es esencial que el clarividente sea consciente de que esta experiencia suya se verifique independientemente del cuerpo, de manera que acoja la posibilidad de hablar del valor y del significado de la vida anímica en el mundo que no es percibido por medio del cuerpo humano. Si bien es absolutamente necesario tener presente también este significado de su descripción, para el vidente, es completamente natural hablar de azul, amarillo, verde, etc. en el aura.

El aura es muy distinta según los diferentes temperamentos y las diferentes disposiciones de los hombres, como varía también según los grados de evolución espiritual. El hombre completamente dominado por sus impulsos animales, tiene un aura muy distinta del que vive mucho en las ideas: es esencialmente distinta el aura de una persona de tendencia religiosa, de la de una completamente absorbida por las trivialidades de la vida cotidiana. Agréguese que todas las disposiciones momentáneas, todos los dolores, las alegrías, las inclinaciones, se expresan también en el aura.

Para aprender a conocer el significado de los colores, es preciso confrontar el aura de las diversas experiencias anímicas. Veamos, para empezar, las experiencias anímicas fuertemente improntadas de aspecto pasional. Estas pueden ser divididas en dos clases diversas: unas en que el afecto es determinado principalmente por la naturaleza animal y, otras, en que el afecto se manifiesta en la forma más meditada, que ha sido fuertemente influenciada por la reflexión. En las primeras se observa una preponderancia de colores pardo y rojo amarillento, en diversas gamas que atraviesan el aura en determinadas direcciones. En las otras, aquellas capaces de afectos más delicados, aparecen en los mismos puntos colores rojo amarillento claro y verde. Es fácil comprobar que al aumentar la inteligencia, los colores verdes se hacen mucho más abundantes. Personas muy inteligentes, pero que se dan enteramente a la satisfacción de sus deseos animales, tienen en su aura mucho verde que, sin embargo, muestra huellas, más o menos, visibles de marrón o rojo marrón. Las personas menos inteligentes muestran una gran parte de su aura recorrida por movimientos rojo obscuro o rojo sangre obscuro.

Esencialmente distinta de aquellas de naturaleza pasional, es el aura de las personas tranquilas, reflexivas, ponderadas. En ellas, escasamente se ven los colores obscuros o rojizos, mientras resaltan más numerosas las tonalidades del verde. En los grandes pensadores, el aura muestra un color fundamental de un verde simpático, agradable. Esto también se verifica en las personas de las cuales se puede decir con certeza que saben adaptarse a cualquier circunstancia de la vida.

Los colores celestes se presentan en el aura de las personas devotas y se intensifican a medida que el hombre empeña su yo en el servicio de una causa. También desde este aspecto podemos distinguir dos categorías de personas completamente distintas: las de naturaleza no habituada a desarrollar su fuerza, pensamiento, diríase almas pasivas que no pueden agregar nada a la corriente de los acontecimientos del mundo, fuera de su bonhomía; el aura de éstas resplandece en un bello celeste. De este mismo color son las de naturaleza devocional y religiosa, las de las almas piadosas y las de los que desenvuelven su actividad en una vida dedicada a la beneficencia. Si tales personas están dotadas también de una viva inteligencia, entonces en sus auras se alternan las corrientes celestes, con otras verdes, o el mismo color azul asume un tinte verdoso. Es característico de las almas activas, en contraste con las pasivas, en las que el interior de sus auras celestes es compenetrado, diríamos, por tonalidades más claras. Las naturalezas ingeniosas, los inventores, los que tienen ideas luminosas y fértiles, irradian casi como de un centro interior coloraciones más claras. Esto se verifica en el más alto grado en las personas que son llamadas sabias, sobre todo, en las que están llenas de ideas fructíferas. En general, todo lo que indica una actividad espiritual, toma más bien la forma de rayos que se proyectan del interior, mientras que todo lo que deriva de la vida animal tiene formas de nubecillas irregulares que fluctúan en el aura.

Según sean las ideas que surjan de la actividad que el alma ponga al servicio de los impulsos animales o al desinterés, ideales u objetivos, las respectivas auras presentan coloraciones diversas. La mente imaginativa que emplea todas sus ideas solamente para la satisfacción de sus pasiones sensuales, manifiesta en su aura el matiz rojo azulado obscuro; el aura de una persona que pone sus pensamientos al servicio de intereses objetivos o generales se presenta en cambio con coloraciones claras, rojicelestes. Una vida espiritual, de noble devoción y capacidad de sacrificio, se caracteriza por el color rosa o violeta claro.

Y no sólo la disposición fundamental del alma, sino también los afectos y los impulsos transitorios y otras experiencias interiores, manifiestan sus fluctuaciones en los colores del aura. Una explosión súbita de cólera violenta produce ondas rojas. Un sentimiento de dignidad ofendida que determina un desahogo momentáneo, puede manifestarse con la aparición de nubes verde obscuro. Las manifestaciones de colores, por lo demás, no se evidencian solamente como nubes irregulares, sino que se pueden manifestar también como figuras más o menos regulares y bien circunscriptas. Así, por ejemplo, en un acceso de miedo, el aura se muestra toda atravesada por estrías onduladas de tonos celestes con chispitas rojiazuladas. En otra persona, en cambio, que espera con ansiedad un acontecimiento cualquiera, se ve el aura continuamente atravesada, del centro a la periferia, por estrías de color rojo azulado.

Para quien esté dotado de exacta percepción espiritual, el fácil descubrir cada impresión que un hombre recibe desde afuera. Las personas que fácilmente se excitan por cualquier influencia externa, muestran un continuo relampaguear de pequeños puntos y manchitas rojiazuladas en su aura, mientras que en las personas que no tienen sentimientos vivaces, estas manchitas se muestran de un color amarillo anaranjado o un amarillo agradable. Las personas distraídas tienen en el aura manchitas azuladas que tienden al verde, de formas más o menos variables.

Quien tenga bien desarrollada la visión espiritual puede distinguir, en la fluctuante y radiante aura del hombre, tres géneros de manifestación coloreada. Existen ciertos colores que tienen más o menos el carácter de opacidad, que son apagados, si bien comparados con los colores perceptibles a nuestros ojos físicos, parecen ligeros y transparentes. Pero en el mundo suprasensible semejantes colores hacen al espacio que ocupan relativamente opaco, lo llenan de formas nebulosas. Un segundo género de colores lo proporcionan los que son, diríamos, solamente luz: iluminan el espacio que ocupan, resultando por esto un espacio luminoso. Completa monte distinto de estos dos es el tercer género de estos fenómenos coloreados; tienen un carácter radiante, resplandeciente, chispeante. Estos fenómenos coloreados no sólo iluminan el espacio en que se encuentran, sino que lo hacen resplandeciente, radiante. En estos colores hay algo activo, algo móvil, es un continuo generarse como de sí mismo, mientras los otros dos, tranquilos y sin esplendor. Por la presencia de los dos primeros géneros de colores el espacio es llenado como por una substancia sutil, líquida, que queda inmóvil, mientras el tercer género lo llena de una vida siempre nuevamente encendida de actividad permanente.

Estos tres géneros de colores en el aura humana no están, como se podría suponer, separados y dispuestos uno junto a otro en el espacio, sino que se interpretan de las maneras más variables. En el mismo punto del aura se encuentran los tres géneros entrelazados al mismo tiempo, así como se puede ver y oír al mismo tiempo en un cuerpo físico, como por ejemplo, una campana. En consecuencia, resulta que el aura humana es un fenómeno extraordinariamente complicado, porque se podría decir que hay tres auras, una dentro de la otra, que se interpenetran. Pero se puede llegar a aclarar la impresión dirigiendo la atención alternativamente sobre una de estas tres auras. En el mundo suprasensible, se efectúa entonces, un procedimiento análogo al que se realiza en el mundo físico, cuando por entregarse completamente a la impresión de una melodía se cierran los ojos. El vidente tiene, en cierto modo, tres órganos distintos para los tres géneros de colores del aura; y para observar esto sin ser estorbado, puede abrir uno u otro de estos órganos y cerrar los otros dos. Puede darse también el caso, que en un clarividente se haya desarrollado uno solo de estos órganos, por ejemplo, el que corresponde al primer género de colores; verá entonces solamente una de las auras, y las otras dos quedarán invisibles para él. Así también, otra persona puede tener la facultad de percibir las dos primeras y no la tercera. El grado más elevado de la facultad clarividente consiste en que un hombre pueda percibir las tres auras, ser capaz de dirigir por un estudio especial, alternativamente, su atención sobre una u otra.

Esta triple aura es la expresión que puede percibirse por los sentidos suprasensibles de la entidad-hombre; en ella se manifiestan las tres partes: cuerpo, alma y espíritu.

La primera aura refleja la influencia que el cuerpo del hombre ejerce sobre su alma. La segunda caracteriza la vida propia del alma que se ha elevado por encima de lo que estimula directamente los sentidos, pero que no se ha dedicado todavía al servicio de lo eterno. La tercera, finalmente, refleja el dominio que el Espíritu eterno ha adquirido sobre el hombre perecedero. Sin embargo, cuando se dan descripciones del aura, como aquí se ha hecho, es necesario tener siempre presente que semejantes cosas no sólo son difíciles de observar, sino, sobre todo, dificilísimas de describir. Por esto, las explicaciones deberían ser recibidas como simples sugerencias.

Para el vidente, las propiedades de la vida anímica se expresan por las características del aura. Si se le presenta un aura cuya vida está toda dedicada a satisfacer los impulsos y deseos momentáneos de sus sentidos y los estímulos externos, descubrirá la primera aura con los colores más estridentes, mientras la segunda sólo está débilmente desarrollada, con pocos colores, y la tercera aura apenas esbozada. Quizá sólo se encienda en uno y en otro punto una chispa como un indicio de que también en aquel hombre, lo eterno existe en germen, pero que está sofocado por la acción descripta de los sentidos. A medida que el hombre se libera de su naturaleza impulsiva, menos evidente y predominante se hace su primera aura. En cambio, se acrece cada vez más la segunda, llenando consecutivamente con su fuerza luminosa el cuerpo coloreado en el cual vive el hombre físico. Y cuanto más el hombre se empeña en ser un Servidor de lo Eterno, tanto más se manifiesta la tercer aura maravillosa, aquella parte que da testimonio del grado en que el hombre pertenece al mundo espiritual, porque a través de esta parte del aura humana, el yo divino irradia en el mundo terreno. Los hombres en los que esta aura está bien desarrollada, son las antorchas, las luces mediante las cuales la Divinidad ilumina a este mundo. Ellos evidencian por medio de esta parte del aura humana, hasta qué punto han aprendido a vivir, no para sí mismos, sino para lo que es eternamente Verdadero, Bello y Bueno, y que mediante ásperas luchas han llegado a obtener que su yo inferior se sacrifique en el altar de la Gran Obra Universal.

Así, en el aura humana, se expresa lo que el hombre ha hecho de sí mismo durante el curso de sus encarnaciones.

Las tres partes del aura contienen todos los colores de gradaciones muy diferentes; el carácter de éstas cambia con el progreso evolutivo del hombre. En la primera parte del aura la vida impulsiva, poco evolucionada, Se muestra con todos los colores del rojo al azul, pero estos colores son opacos, turbios. Los colores rojos acentuados indican los deseos sensuales, los placeres carnales, los fuertes deseos de gozo del paladar y del estómago. Los colores verdes se hallan, sobre todo, en las naturalezas inferiores que tienden a la apatía y a la indolencia, que se dedican ávidamente a cualquier goce rehuyendo al mismo tiempo los esfuerzos que podrían requerirse para la satisfacción de los mismos. Cuando las pasiones tienden violentamente hacia una meta, que las facultades adquiridas no son capaces de conseguir, se presentan en el aura colores verde-marrón y amarillentos. En algunas esferas de la vida moderna se cultiva precisamente esta especie de aura.

El sentimiento personal, arraigado en las tendencias más bajas y que representa el grado ínfimo del egoísmo, se revela en el aura con colores que varían del amarillento poco definido al marrón. Sin embargo, es evidente que la vida puramente animal e impulsiva alguna vez puede asumir también un” carácter simpático. La espontaneidad para el sacrificio, por ejemplo, se encuentra muy desarrollada en el reino animal; esta cualidad se hace evidente en toda su perfección en el afecto materno natural. Semejantes impulsos inegoístas se manifiestan en la primera aura, con un rojo claro o con varias gradaciones de rojo. La pusilanimidad, la vileza, el temor por las impresiones físicas, se reconocen en el aura por la presencia de colores entremezclados de azul y marrón o de azul y gris.

La segunda aura muestra también gradaciones variadísimas de colores. El color marrón y anaranjado nos indica presuntuosidad fuertemente arraigada, orgullo y ambición. La curiosidad se muestra por manchas rojoamarillentas. El amarillo claro intenso, refleja los pensamientos bien determinados e inteligencia, mientras el verde expresa una comprensión aguda de la vida práctica y del mundo. Por ejemplo, los niños que aprenden fácilmente, muestran mucho verde en esta parte de su aura. Un amarillo verdoso en la segunda aura, parece indicio de buena memoria. El color rosado indica una naturaleza benévola, afectuosa, mientras el celeste es signo de devoción. Cuanto más ésta se aproxima al ardor religioso, tanto más el celeste se transforma en violeta. El idealismo y un concepto serio, superior de la vida, se revela con el índigo (añil).

En la tercera aura, finalmente, los colores fundamentales son el amarillo, el verde y el azul. El amarillo claro aparece cuando el pensamiento está completamente ocupado por ideas elevadas, amplias, que comprenden los detalles como parte del conjunto del orden divino universal, y si estos pensamientos son intuitivos y enteramente exentos de representaciones sensorias, el amarillo adquiere reflejos de oro. El verde expresa amor hacia todos los seres, el azul es signo de capacidad de sacrificio a favor de todos los seres. Si esta última virtud se intensifica en una fuerte voluntad de ponerse activamente al servicio del mundo, el celeste se transforma en violeta claro. Si en una persona muy evolucionada subsisten todavía orgullo y ambición como últimos vestigios del egoísmo personal, junto a los colores amarillos se observan otros, que tienden al anaranjado. No obstante, es necesario observar que en esta parte del aura los colores son muy diferentes de los que el hombre está habituado a ver en el mundo de los sentidos; al clarividente se le presenta tal esplendor, tal belleza sublime, que nada en el mundo corriente puede servirle de comparación. Esta descripción del aura no puede ser juzgada exactamente, por quien no atribuye la mayor importancia al hecho de que la visión del aura debe representar amplitud y enriquecimiento de todo lo que se percibe en el mundo físico, una amplitud que tiende a reconocer la forma de la vida del alma que, más allá del mundo sensible, tiene realidad espiritual. Toda esta descripción nada tiene de común con la percepción alucinatoria del aura que quiere indicar el carácter y el pensamiento de un hombre; ella tiende, en cambio, a extender el conocimiento del mundo espiritual y no tiene nada que hacer con el arte equívoco de descubrir el alma de los hombres por su aura.

Traducido por J.Luelmo feb.2015