CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA010 los grados de iniciación

LOS GRADOS DE INICIACION I

Las consideraciones que vamos a hacer a continuación constituyen los elementos de una disciplina espiritual cuyo nombre y naturaleza se presentarán claramente a todos aquellos que sepan aplicarlos como es debido.
Se relacionan con los tres grados que la escuela de la vida espiritual hace franquear para llevar a un cierto nivel de iniciación. Naturalmente, aquí sólo se encontrará lo que puede ser expuesto al público.
Se trata de indicaciones que han sido extraídas de un aprendizaje íntimo, mucho más profundo. El propio entrenamiento de lo oculto hace pasar por una formación muy precisa. Determinados ejercicios tienen por finalidad poner el alma del discípulo conscientemente en relación con el mundo espiritual. Estos ejercicios se relacionan con el contenido de este libro casi como la enseñanza de una escuela superior, cuyo reglamento es muy severo, se relaciona con los conocimientos elementales impartidos ocasionalmente en una escuela preparatoria. Y sin embargo, si se ponen en práctica con conciencia y perseverancia las indicaciones que aquí se encontrarán, el resultado será que se desembocará en una auténtica formación oculta, mientras que un intento prematuro, emprendido sin poseer estas cualidades de conciencia y perseverancia, no daría lugar al menor resultado apreciable.
El trabajo oculto no puede tener éxito más que si se tienen en cuenta las condiciones descritas más arriba y se continúa avanzando según estas premisas.
Los grados establecidos por la tradición a la que nos hemos referido son los tres siguientes:
1- La preparación.
2- La iluminación.
3- La iniciación.
No es absolutamente necesario que estos tres grados se sigan en un orden riguroso; no hace falta que el primero sea franqueado enteramente antes que el segundo, y éste antes que el tercero. En ciertos aspectos, se puede participar ya en la iluminación, inclusive parcialmente en la iniciación, mientras que en otros se encuentre uno todavía en la etapa de la preparación. Sin embargo, es necesario haber consagrado un cierto tiempo a la preparación antes de que pueda apuntar siquiera una iluminación. Y esta iluminación debe haberse producido por lo menos sobre ciertos puntos si se quiere abordar la iniciación. Pero, para simplificar la descripción, describiremos aquí los tres grados, uno a continuación del otro.

La preparación.

La preparación consiste en un entrenamiento muy particular de la vida de los sentimientos y de los pensamientos. Este entrenamiento dota al “cuerpo” del alma y al “cuerpo” del espíritu de instrumentos, es decir, de sentidos y de órganos de actividad de naturaleza superior, de la misma manera que las fuerzas de la naturaleza extraen de la materia viva indiferenciada los órganos de los que está provisto el cuerpo físico.
Para comenzar, hay que dirigir la atención hacia ciertos fenómenos del mundo que nos rodea. Estos fenómenos son, de una parte, los de la vida en estado de germinación, de crecimiento y de expansión; de otra parte, los que presentan una vida que se marchita, se mustia, languidece. Por todas partes por donde se mire aparecen semejantes fenómenos. Por todas partes despiertan naturalmente sentimientos y pensamientos. Pero, en las circunstancias ordinarias, el hombre no se entrega suficientemente a estos sentimientos y a estos pensamientos; experimenta con demasiado apremio la necesidad de pasar de una sensación a otra. Ahora bien, se trata ahora de dirigir su atención sobre estos fenómenos con intensidad y con plena conciencia. Allí donde encuentra el crecimiento y la floración bajo una forma bien caracterizada, el hombre debe desterrar de su alma toda impresión extraña y, durante algunos instantes, abandonarse exclusivamente a esta sensación única. Pronto constatará que un sentimiento que en otras circunstancias, anteriormente, no habría hecho más que atravesar su alma, crece dentro de él y adopta una forma poderosa y segura; que él deja ahora vibrar en sí con la calma requerida el eco de este sentimiento y que logre que se instale en su alma un silencio perfecto; que se aísle del resto del mundo para seguir únicamente los que brotan en él como respuesta al fenómeno del crecimiento y de la expansión.
Pero que sobre todo no crea que el progreso consiste en embotar sus sentidos respecto al mundo. Por el contrario, antes que nada debe observar con toda intensidad y tanta exactitud como sea posible el objeto exterior. A continuación, sólo que se entregue a los sentimientos así despiertos, a los nuevos pensamientos que ascienden a su alma. El objeto del ejercicio es concentrar la atención simultáneamente sobre las dos cosas: el fenómeno exterior y su eco interior, y esto en un perfecto equilibrio de fuerzas. Si se encuentran la calma necesaria y con el tiempo, se abandona a los movimientos suscitados de esta forma en el alma, se tendrá la experiencia siguiente: se verá germinar en sí todo un nuevo orden de sentimientos y de pensamientos que nunca, antes, se había conocido. Cuanto más se dirija la atención, tanto sobre las cosas que se marchitan, languidecen y mueren, más también estos sentimientos adquirirán vitalidad. Gracias a estos sentimientos y a estos pensamientos se edificarán los órganos de la clarividencia, al igual que los oídos y los ojos del cuerpo físico se construyen, bajo la acción de las fuerzas de la naturaleza, con la sustancia que deviene materia viviente. Sentimientos de una forma completamente particular van unidos al crecimiento y al devenir; otros sentimientos no menos precisos van unidos al decrecimiento y al ajamiento, pero sólo cuando el cultivo de estos sentimientos se ha procurado de la manera descrita.
Es posible ofrecer una descripción aproximada de ellos. Cualquiera puede hacerse personalmente una representación completa de cómo son, si ha pasado por estas experiencias. Si usted ha aplicado a menudo su atención a los fenómenos del devenir, de la expansión, de la floración, experimentará algo que presenta analogías lejanas con la impresión que produce una salida del sol. Y, a la vista de lo que se marchita, languidece y se mustia, se experimentará un sentimiento que recuerda el lento ascenso de la luna por encima del horizonte. Estos dos sentimientos son dos fuerzas que, mediante un entrenamiento apropiado, mediante una práctica cada vez más viva, conducen a resultados espirituales de la mayor importancia.
El que se entrega a este entrenamiento con perseverancia, regularidad y método, ve abrirse ante él un mundo nuevo: el mundo psíquico, lo que se llama el mundo astral, comienza a levantarse, a iluminarse como una aurora. El crecimiento y el decrecimiento no son ya para él, como anteriormente, unos hechos que le despiertan unas sensaciones vagas, sino realidades que se expresan en líneas y en figuras espirituales, cuya existencia no se había sospechado con anterioridad. Además, estas líneas y estas figuras adquieren nuevos aspectos para cada nuevo fenómeno: una flor en el momento de abrirse hace surgir mágicamente una figura precisa, de la misma manera que un animal en vías de crecimiento, o un árbol que se está marchitando, tienen también su figura correspondiente.
Poco a poco, el mundo psíquico (o astral) se despliega lentamente delante de él. En estas líneas y estas figuras no hay nada de arbitrario. Dos investigadores que se encuentren en el mismo grado de entrenamiento percibirán líneas y figuras idénticas para el mismo fenómeno. Del mismo modo que, con toda certeza, dos hombres que estén dotados de una visión normal ven redonda una mesa redonda y no es posible que uno la vea redonda y el otro cuadrada; del mismo modo, digo, podemos estar seguros de que la misma figura espiritual se le aparece a dos almas que contemplan una flor que se abre.
De la misma manera que la historia natural describe las formas de las plantas y los animales, un hombre versado en la ciencia de lo oculto describe o dibuja las formas espirituales de los seres en vías de crecimiento o de extinción.
Cuando es estudiante ha llegado al punto de poder contemplar bajo su forma espiritual fenómenos igualmente perceptibles por sus ojos físicos, no está ya muy lejos de poder ver cosas que no tienen ninguna existencia física y que, por consiguiente, permanecen íntegramente escondidas (ocultas) para todo aquel que ignora la ciencia secreta.
Es preciso insistir sobre un punto: el investigador no debe perderse en reflexionar respecto al significado de lo que ve. Este trabajo intelectual no le serviría más que para apartarle del buen camino. Lo que tiene que hacer es abrirse al mundo sensible sin prevención, con buen sentido, con penetración, y abandonarse después a sus propios sentimientos. En cuanto a lo que significan las cosas no es a él a quien le toca deducirlo con sus especulaciones; que intente más bien comprender lo que le dicen estas cosas en su lenguaje *.
Otro punto importante es el que la ciencia secreta denomina orientación en los mundos superiores. A ella se accede penetrándose enteramente de la conciencia de que los sentimientos y los pensamientos son hechos reales, con el mismo derecho que las sillas, las mesas u otros objetos lo son en el mundo físico. En el mundo de las almas y en el mundo de las ideas se produce una reciprocidad de acciones y de reacciones como en el mundo sensible se producen entre las cosas físicas. Mientras no se esté completamente penetrado de esta convicción no se podrá creer que un pensamiento erróneo puede hacer tanto mal a los otros pensamientos que animan el espacio mental como el disparo de luna bala a ciegas sobre los objetos físicos que alcance con su impacto. Muchas personas que quizá no podrían jamás llevar a cabo una acción que consideren como contrarias a la razón, no verán ningún mal en alimentar pensamientos o sentimientos falsos que creen que no tienen ningún efecto sobre el resto del mundo. Sin embargo, no se progresará en la ciencia oculta si no se vigilan los propios pensamientos y sentimientos con tanta atención como en el mundo físico se tiene cuidado de dónde se pone el pie. Si usted ve un muro, con seguridad que no intentará avanzar a su través, sino que lo rodeará, dirigiendo sus pasos según las leyes que rigen el mundo físico
LOS GRADOS DE INICIACIÓN-II
Ahora bien, existen leyes semejantes en el mundo de las almas y los espíritus. Pero allí ellas no se imponen desde el exterior, sino que deben emanar de la vida del alma. La forma de observar esas leyes es abstenerse en todo momento de pensamientos y de sentimientos deformados. En adelante, hay que prohibirse pues dejarse llevar por las ensoñaciones, ceder al juego de la imaginación, al capricho de los sentimientos. No empobrecerse de ese modo la sensibilidad o, de lo contrario, se constatará que los sentimientos no se hacen lo suficientemente ricos y la imaginación no se hace verdaderamente creadora; esto sólo se consigue si se controla el curso de la vida interior. En lugar de un sentimentalismo pueril y de arbitrarias asociaciones de ideas, surgen sentimientos llenos de sentido y pensamientos fecundos. Estos sentimientos y estos pensamientos disciplinados permiten al hombre orientarse en el mundo espiritual. Aprender a establecer relaciones justas entre sí mismo y las realidades del espíritu. Esta disciplina tiene las consecuencias precisas. Del mismo modo que, en la vida física, se encuentra el camino a través de cosas físicas, ahora debe saberse orientar entre los fenómenos de crecimiento y de marchitamiento que acaba de profundizar de la manera descrita con anterioridad. En adelante se observara todo cuanto brota y se extingue, todo lo que florece y muere, como lo exige el propio bien del hombre y el del universo.
El investigador debe después cultivar las relaciones con el mundo de los sonidos. Hay que distinguir entre los sonidos debidos a objetos inanimados (un cuerpo que cae, el repicar de una campana, el sonido de un instrumento musical) y los sonidos emitidos por un ser viviente, animal y hombre. Oír el repique de una campana es percibir únicamente el sonido y experimentar por su causa un sentimiento agradable; pero oír el grito de un animal es, además de este sentimiento, discernir también, detrás de ese sonido, la manifestación de lo que el animal siente en su interior, placer o sufrimiento.
Es de este segundo tipo de sonidos de los que se debe ocupar el discípulo. Debe aplicar toda su atención para recibir, de aquel sonido que oye, una información sobre un acontecimiento que ocurre fuera de él mismo; debe sumergirse en un elemento extraño; debe ligar estrechamente su sentimiento al dolor o a la alegría que ese sonido le revela, hacer abstracción de sí mismo sin buscar si para él el sonido es o no agradable, placentero o antipático. Solamente una cosa debe ocupar al alma: lo que ocurre en el interior del ser que emite el sonido. Mediante estos ejercicios, concebidos metódicamente, se adquiere la facultad de vibrar, por así decir, al unísono con otro ser.
Un hombre dotado de sentido musical encontrará que este cultivo de su sensibilidad le resulta más fácil que para aquél que no lo está; pero, sobre todo, no hay que creer que el sentido musical reemplaza por sí solo la necesaria disciplina.
El estudiante debe aprender a experimentar, a sentir de este modo la naturaleza entera. Por este medio, siembra gérmenes nuevos en el mundo de ideas y de sus sentimientos. La naturaleza comienza entonces a revelar sus misterios por mediación de los sonidos que expresan la vida. Así, lo que con anterioridad no era para el alma más que un ruido ininteligible se convierte en un lenguaje pleno de sentido. Allí donde antes no se creía percibir más que un sonido— las resonancias de los cuerpos llamados inanimados — el discípulo comienza a percibir ahora un nuevo lenguaje del alma; si se progresa en este cultivo de los sentimientos, pronto se constatará que se pueden oír determinados sonidos cuya existencia ni siquiera se había sospechado antes. Es que se comienza a oír con el alma.
Para aquellos que alcanzan la cima de lo que se puede obtener en este dominio, hay que añadir un nuevo progreso. Para ellos, resulta muy importante la manera cómo escucha a los demás. Es preciso que se acostumbren a hacerlo de tal suerte que, durante el tiempo que están escuchando a quienes les hablan, todo se calle en su interior.
Por ejemplo, si alguien expresa una opinión y se le está escuchando, por lo general, en uno se despierta una reacción, sea de aprobación, de objeción, o de rechazo, y mucha gente se sentirá impulsada a expresar, su acuerdo, su crítica, o su total desacuerdo. Es necesario llegar a reducir al silencio tanto la expresión de asentimiento, como de refutación o de simple comentario.
Naturalmente, no se trata de cambiar completamente y de golpe la propia manera de ser, ni de intentar continuamente hacer reinar en el fondo de sí ese perfecto silencio interior. Hay que comenzar por observarlo en ciertos casos particulares, elegidos con discernimiento. Después, poco a poco, esta manera de escuchar se implantará entre las costumbres de uno.
Este ejercicio se practica metódicamente en la investigación espiritual. Uno se obliga primero, a plazo fijo, a prestar oído atento a los pensamientos más contradictorios y a abstenerse, cuando se les está escuchando exponer, de todo juicio reprobador. Pero, entiéndase bien: no se trata solamente —y eso es lo verdaderamente importante— el prohibirse expresar un juicio razonado; es absolutamente necesario reprimir toda impresión de disgusto, de alejamiento e inclusive de atracción. El estudiante debe en particular observarse a sí mismo con penetración, a fin de evitar que estas tendencias, que quizá, aparentemente, han desaparecido, no persistan muy en el trasfondo del alma. Deberá, por ejemplo, oír hablar a personas que en un cierto sentido, le son muy inferiores (en preparación cultural, en especialización sobre un determinado tema), y reprimir durante todo ese tiempo cualquier sombra de sentimiento de superioridad, de suficiencia. En este orden de ideas, para todos resultará útil escuchar de esta manera a los niños. Hasta el hombre más sabio puede aprender de los pequeños una inmensa lección.
Así, el hombre llega a saber escuchar a otro con un desasimiento perfecto, un desprendimiento completo, una abstracción total de su propia persona, de su manera de ver y de sentir.
Si de este modo se ejercita en escuchar sin espíritu crítico, entonces, aunque se exprese delante de él la opinión más contraria a la que él pueda tener sobre una determinada materia, la idea más descabellada, la hipótesis más extravagante, poco a poco aprende a fundirse enteramente con la individualidad de otro ser, a penetrar completamente dentro de él.
A través de las palabras, pueden oírse la voz interior de otra alma. Si se perseverase en un ejercicio de este género, el sonido se convertiría para él en el mejor agente para percibir el alma y el espíritu. Para ello es preciso sin duda un gran dominio de sí mismo, y se termina siendo conducido a un fin elevado. Sobre todo, cuando este ejercicio se lleva a cabo, alcanzan a escuchar a la naturaleza mediante el arte de escuchar, un nuevo sentido del oído se despierta: se vuelve uno capaz de captar informaciones que emanan del mundo espiritual y que no logran expresarse a través de los sonidos exteriores, perceptibles por el oído físico. Entonces se oye “el verbo interior” y se revelan a uno progresivamente verdades de origen espiritual. Se escucha “en espíritu” *.
Todas las más altas verdades son accesibles a este “verbo interior”; es de esta manera como se puede llegar a tener conciencia de las enseñanzas que se pueden recoger de todo verdadero investigador.
Esto no quiere decir que sea inútil entregarse al estudio de obras concernientes a la ciencia oculta antes de haber logrado percibir este lenguaje interior. Por el contrario, leyendo estos escritos, escuchando la enseñanza de los Maestros, se prepara uno para acoger en sí mismo el conocimiento.
Todo elemento de ciencia oculta que se oye está hecho para dirigir hacia el objetivo, hacia la meta, una meta que se alcanzará si el alma hace verdaderos progresos.
A todo lo que llevamos dicho debe pues añadirse lo más pronto posible el estudio celoso de la ciencia comunicada por los ocultistas. En todo entrenamiento, este estudio forma parte de la preparación; y se haría muy bien en emplear todos los demás medios, pues no se lograría nada si no se lograra asimilar las enseñanzas ocultas. Porque ellas proceden del “verbo interior” viviente, ya que ellos vienen impulsados hacia las fuentes vivas de la revelación directa; por todo esto, digo, ellos poseen en efecto una vida espiritual.
Y éstas no son simples palabras, sin fuerzas de vida. Mientras que se sigan las palabras de un Iniciado, mientras que se lea un libro inspirado en una verdadera experiencia interior, una serie de fuerzas actuaran en cada uno, las cuales pueden hacernos clarividentes con tanta seguridad como las fuerzas de la naturaleza física han sacado de la substancia viviente los ojos y los oídos.
*-1 Es necesario hacer notar que la sensibilidad artística, si va unida a una naturaleza meditativa y concentrada, es la mejor condición para el desarrollo de las facultades espirituales. La sensibilidad artística tiene, en efecto, el poder de penetrar bajo las apariencias para descubrir el misterio de las cosas.
*-2 Sólo se puede oír la voz de los Seres superiores de los que habla la ciencia de lo oculto si se ha vuelto uno capaz de escuchar así, desde el interior, en medio de un total silencio, sin la menor ráfaga de opinión personal, lo que se dice delante de nosotros. Estos seres del mundo espiritual se callan también durante tanto tiempo como se logra proyectar todavía sobre todos los sonidos que se oyen, la reacción de los sentimientos personales.

GA234 Dornach, 19 de Enero de 1924 Introducción a la Antroposofia ¿Que anhela el ser humano hoy?


Antroposofía, Introducción


Índice

¿QUE ANHELA EL SER HUMANO HOY?

GA 0234 Conferencia I Dornach 19 de Enero de 1924


Al intentar dar una especie de introducción a la Antroposofía, procuraré indicar, en la medida de lo posible, la forma en que puede presentarse al mundo de hoy. Permítanme comenzar, sin embargo, con algunas observaciones preliminares. Por lo general no tenemos suficiente consideración para con lo espiritual como realidad viviente; Y una realidad viviente debe ser comprendida en la plenitud de la vida. Al sentirnos miembros de la Sociedad Antroposófica y portadores del Movimiento, no debemos actuar cada día suponiendo que el Movimiento Antroposófico acaba de comenzar. De hecho, ha existido durante más de dos décadas, y el mundo ha tomado una actitud hacia ella. Por lo tanto, sea cual sea la postura que tomen ante el mundo como antropósofos, deben tener esto en mente. La sensación de que el mundo ya ha adoptado una actitud hacia la antroposofía debe dejarse en segundo plano. Si no tienen esa sensación y piensan que pueden simplemente presentar el asunto en un sentido absoluto -como uno podría haberlo hecho hace veinte años- se encontrarán cada vez más presentando la Antroposofía con un tinte falso. Esto se ha hecho bastante a menudo, y es hora de que se detenga. Nuestra reunión de Navidad deberá marcar un comienzo en la dirección opuesta; No debe permanecer ineficaz, como ya he indicado en muchas direcciones diferentes.
Por supuesto, no podemos esperar que cada miembro de la Sociedad desarrolle, de una u otra manera, nuevas iniciativas, si así no está constituido. Podría decirlo de esta manera: Todo el mundo tiene derecho a seguir siendo un miembro pasivamente interesado, contento de recibir lo que se le da. Pero cualquiera que comparta, de cualquier manera, la antroposofía ante el mundo, no puede ignorar lo que acabo de explicar. Desde ahora en adelante la verdad completa debe gobernar en palabras y hechos.
Sin duda repetiré muchas veces tales comentarios preliminares. Comenzaremos ahora una especie de introducción a la visión antroposófica del mundo.
Quien decida hablar de Antroposofía debe asumir, en primer lugar, que lo que quiere decir es realmente justo lo que el corazón de su oyente se está diciendo. De hecho, ninguna ciencia basada en la iniciación ha tenido la intención de proferir nada excepto lo que realmente ya estaba hablando en el corazón de aquellos que deseaban oírlo. Satisfacer las necesidades más profundas de los corazones de aquellos que requieren la antroposofía debe ser, en el sentido más pleno, la nota fundamental de toda presentación de esta.

Si observamos hoy a aquellos que superan el aspecto superficial de la vida, encontramos que los antiguos sentimientos, presentes en cada alma humana de época en época, han revivido. En su vida subconsciente, los hombres y mujeres de hoy albergan serias preguntas. Ni siquiera pueden expresarlas en pensamientos claros, y mucho menos encontrar respuestas en lo que el mundo civilizado les pueda ofrecer; Pero estas preguntas están ahí, y un gran número de personas las sienten profundamente. De hecho, estas preguntas están presentes hoy en todos los que realmente piensan. Pero cuando las formulamos con palabras aparecen, al principio, extravagantes. A pesar de, estar tan cerca, tan íntimamente cerca del alma de todo hombre pensante.
Podemos comenzar con dos preguntas elegidas de entre todos los enigmas que abruman al hombre hoy. La primera se presenta ante el alma del hombre cuando contempla el mundo que le rodea y su propia existencia humana. Ve a los seres humanos entrar en la vida terrenal a través del nacimiento; Ve transcurrir la vida entre el nacimiento (o concepción) y la muerte física, y sujeta a múltiples experiencias, interiores y exteriores; Y ve la naturaleza externa con toda la plenitud de impresiones a las que se enfrenta el hombre y que gradualmente llenan su alma.
Tenemos un alma humana en un cuerpo humano. Hay una cosa que el alma ve antes que todas las demás cosas: que la naturaleza recibe para sí misma todo lo que alma humana percibe de la existencia física, terrenal. Cuando el hombre ha pasado por el portal de la muerte, la naturaleza recibe el cuerpo humano ¿Y qué hace la naturaleza con este cuerpo físico? Disgrega sus elementos uno tras otro (no hace diferencia si a través del entierro o la cremación), lo destruye. No solemos estudiar los caminos que toman las sustancias individuales del cuerpo. Pero si hacemos observaciones en lugares donde se ha practicado un tipo peculiar de entierro, profundizamos esta impresión mediante el estudio de lo que la naturaleza hace con la parte física y sensible del hombre cuando ha pasado por el portal de la muerte. Ustedes saben que hay bóvedas subterráneas donde los restos humanos que se han mantenido aislados, se secan. ¿Y qué queda después de cierto tiempo? Una forma humana distorsionada que consiste en carbonato de cal, que está desintegrado interiormente. Esta masa de carbonato de cal todavía se asemeja, en una forma distorsionada, al cuerpo humano, pero si se le sacude un poco, se vuelve polvo.
Esto nos ayuda a comprender vívidamente la experiencia del alma al ver lo que sucede con el instrumento físico con el cual el hombre hace todas las cosas entre el nacimiento y la muerte. Luego nos dirigimos a la Naturaleza, a la que debemos todo nuestro conocimiento y discernimiento, y decimos: La naturaleza, que produce en su seno las más maravillosas formas de los cristales, que cada primavera hace brotar las plantas, aun en ciernes despues de un largo invierno, que mantiene durante décadas los árboles con su corteza y cubre la tierra con especies animales de los más diversos tipos, desde las bestias más grandes hasta los bacilos más pequeños, que eleva sus aguas a las nubes y sobre las cuales las estrellas envían sus misteriosos rayos - ¿Cómo se relaciona este reino de la Naturaleza al cual el hombre, como parte de ella, lleva consigo entre el nacimiento y la muerte? Ella lo destruye, lo reduce a polvo sin forma.
Para el hombre, la naturaleza con sus leyes es la destructora. Aquí, por un lado, está la forma humana; La estudiamos en todo su esplendor. Es, de hecho, maravillosa, porque es más perfecta que cualquier otra forma, que se pueda encontrar en la tierra. Allí, por otra parte, está la Naturaleza con sus piedras, plantas, animales, nubes, ríos y montañas, con todo lo que irradia desde ese mar de estrellas, con todo lo que desciende, como luz y calor, del sol a la tierra. Sin embargo, este mismo reino de la naturaleza no puede sostener la forma humana dentro de su propio sistema de leyes. [1] El ser humano ante nosotros se reduce a polvo cuando se le deja a su cargo. Vemos todo esto. No nos formamos ideas al respecto, pero esa imagen, está profundamente arraigada en nuestra vida de sentimientos. Cada vez que estamos en presencia de la muerte, este sentimiento se arraiga firmemente en la mente y en el corazón.
No es por un sentimiento meramente egoísta ni por una esperanza meramente superficial de supervivencia, que tome forma en la mente y el corazón una pregunta subconsciente -una pregunta de significación infinito para el alma, que determina su felicidad y su infelicidad, aun cuando no se exprese en palabras. Para nuestra vida consciente, todo lo que hace la felicidad o la infelicidad de nuestro destino en la tierra, es trivial en comparación con la incertidumbre del sentimiento engendrado por la visión de la muerte. Pues entonces la pregunta toma forma: ¿De dónde viene esta forma humana?
Miro el cristal maravillosamente formado, las formas de las plantas y los animales. Veo los ríos serpenteando sobre la tierra, veo las montañas, y todo lo que las nubes revelan y las estrellas envían a la tierra. Veo todo esto -dice el hombre-, pero la forma humana no puede venir de ninguna de estas. Éstas sólo tienen fuerzas destructivas para la forma humana, fuerzas que la convierten en polvo.
De esta manera la angustiosa pregunta se presenta a la mente y al corazón humanos: ¿Dónde está, entonces, el mundo del cual proviene la forma humana? Y al ver la muerte también surge la angustiosa pregunta: ¿Dónde está el mundo, ese otro mundo, del cual proviene la forma humana?
No digan, queridos amigos, que todavía no han oído esta pregunta formulada de esta manera. Si sólo escuchan lo que la gente pone en palabras de la conciencia de sus cabezas, no la escucharán. Pero si se acercan a la gente y esta les expone las quejas de sus corazones, si entienden el lenguaje del corazón, pueden escuchar la pregunta surgiendo desde su vida inconsciente: ¿Dónde está el otro mundo del cual proviene la forma humana? - porque el hombre, con su forma, no pertenece a este. La gente a menudo revela las quejas de sus corazones embargados por alguna trivialidad de la vida, considerándola desde varios puntos de vista y permitiendo que tales consideraciones coloreen toda la cuestión de su destino.
Así, se enfrenta el hombre al mundo que ve, a los sentidos y a los estudios, y sobre el cual construye su ciencia. Este, le proporciona la base para sus actividades artísticas y los fundamentos para su culto religioso. Se enfrenta a él; erguido sobre la tierra, sintiendo en lo profundo de su alma: Yo no pertenezco a este mundo; Debe haber otro de cuyo vientre mágico he nacido en mi forma actual. ¿A qué mundo pertenezco? Esto suena en los corazones de los hombres hoy. Es una pregunta integral; Y si los hombres no están satisfechos con lo que las ciencias le dan, es porque esta pregunta está ahí y las ciencias están lejos de tocarla. ¿Dónde está el mundo al que el hombre realmente pertenece? - porque no es el mundo visible.
Mis queridos amigos, sé muy bien que no soy yo quien ha pronunciado estas palabras. Sólo he formulado lo que dicen los corazones humanos. Ese es el punto. No se trata de aportar a los hombres algo desconocido a sus propias almas. Una persona que hace esto puede funcionar sensacionalmente; Pero para nosotros sólo puede ser cuestión de poner en palabras lo que las propias almas humanas están diciendo. Lo que percibimos de nuestros propios cuerpos, o en los de los demas, en la medida en que se hace visible, no tiene lugar apropiado en el resto del mundo visible. Podríamos decir: Ningún dedo de mi cuerpo pertenece realmente al mundo visible, puesto que éste solo contiene fuerzas destructivas para cada dedo.
Por lo tanto, para empezar, el hombre se encuentra ante el gran Desconocido, pero debe considerarse como parte de él. Con respecto a todo lo que no es el hombre, hay - espiritualmente - luz alrededor de él; En el momento en que mira hacia sí mismo, el mundo entero se oscurece, y él tantea en la oscuridad, llevando consigo el enigma de su propio ser. Y es lo mismo cuando el hombre se observa desde fuera, encontrándose como un ser externo dentro de la Naturaleza; No puede, como ser humano, entrar en contacto con este mundo.
Además: no son nuestras cabezas, sino las profundidades de nuestra vida subconsciente las que ponen las preguntas subsidiarias a la pregunta general que acabo de debatir. Al contemplar su vida en el mundo físico, que es su instrumento entre el nacimiento y la muerte, el hombre se da cuenta de que no podría vivir en absoluto sin tomar prestado continuamente este mundo visible.
Cada pedazo de comida que pongo en mi boca, cada sorbo de agua viene del mundo visible al que no pertenezco en absoluto. Yo no puedo vivir sin este mundo; Y sin embargo, si acabo de comer un bocado de alguna sustancia (que debe ser, por supuesto, una parte del mundo visible) e inmediatamente después paso a través del portal de la muerte, este bocado se convierte enseguida en parte de las fuerzas destructivas del mundo visible. Esto no me pasa mientras estoy vivo; Por consiguiente mi propio ser debe conservarlo ahí dentro. Sin embargo, mi propio ser no se encuentra en ninguna parte del mundo visible. Entonces, ¿Qué hago con el bocado de comida, con el trago de agua, que tomé en mi boca? ¿Quién soy yo que recibe las sustancias de la Naturaleza y las transforma? ¿Quién soy? Esta es la segunda pregunta y surge de la primera.
Cuando entro en relación con el mundo visible, no sólo camino en la oscuridad, sino que actúo en la oscuridad sin saber quién actúa, o quién es el ser que designo como yo. Me someto al mundo visible, pero no pertenezco a él.


Todo esto eleva al hombre por encima del mundo visible, lo que le hace aparecer como miembro de un mundo completamente distinto. Pero el gran enigma, la duda angustiosa se enfrenta a él: ¿Dónde está el mundo al que pertenezco? Cuanto más ha avanzado la civilización humana y más los hombres han aprendido a pensar intensamente, mas angustiosamente han sentido esta pregunta. Está profundamente arraigada en los corazones de los hombres de hoy, y divide el mundo civilizado en dos clases. Hay quienes reprimen esta pregunta, la ahogan, no la sacan de sus adentros. Pero sin embargo, sufren por ello, como un terrible anhelo por resolver este enigma del hombre. Otros se evaden frente a esta cuestión, dopándose a sí mismos con todo tipo de cosas de la vida exterior. Pero al mitigar este anhelo, matan en ellos el sentimiento de seguridad de su propio ser. El vacío viene sobre sus almas. Este sentimiento de vacío está presente en la subconsciencia de innumerables seres humanos de hoy.
Este es uno de los aspectos - la gran pregunta con la pregunta subsidiaria mencionada. Se presenta cuando el hombre se mira desde afuera, y sólo de manera oscura, subconsciente, percibe su relación con el mundo, como ser humano entre el nacimiento y la muerte.
La otra pregunta se presenta cuando el hombre mira a su propio ser interior. Aquí está el otro polo de la vida humana. Aquí los pensamientos, están copiando la naturaleza externa y el hombre través de ellos se forma representaciones. Desarrolla sensaciones y sentimientos sobre el mundo exterior y actúa sobre él a través de su voluntad. En primer lugar, dirige su mirada atrás a ese ser interior suyo, para enfrentarse a oleadas de pensamientos, de sentimientos y de impulsos de voluntad. Así se sitúa con su alma en el presente. Pero, además, están los recuerdos de experiencias sufridas, los recuerdos de lo que ha visto con anterioridad en su vida presente. Todo esto llena su alma. Pero, ¿Qué son? Pues bien, el hombre no suele formarse ideas claras de lo que retiene en su interior, sino que en su subconsciente se forman tales ideas.
Si bien es cierto, que un simple ataque de migraña disipa sus pensamientos, hace que su ser interior de inmediato sea un enigma. Su estado cada vez que se duerme, tendido inmóvil e incapaz de relacionarse, a través de sus sentidos, con el mundo exterior, hace que su ser interior se vuelva de nuevo un enigma. El hombre siente que su cuerpo físico debe estar activo pues entonces los pensamientos, los sentimientos y los impulsos de la voluntad surgen en su alma. Me aparto de la piedra que acabo de observar y que quizás tiene tal o cual forma cristalizada; Después de un intervalo de tiempo vuelvo a mirarla otra vez. Permanece tal como estaba. Sin embargo, surge mi pensamiento y aparece como una imagen en mi alma, y ​​se desvanece. Siento que es infinitamente más valiosa que los músculos y huesos que llevo en mi cuerpo. Sin embargo, es una mera imagen efímera; Mejor dicho, es menos que el cuadro pintado de una pared, porque este persistirá por un tiempo hasta que su sustancia se desmorone. Mi pensamiento, sin embargo, revolotea - entre imágenes que van y vienen continuamente. Y cuando miro el ser del interior de mi alma, no encuentro nada más que estas imágenes (o representaciones mentales). Debo admitir que mi vida del alma consiste en ellos.
Miro la piedra de nuevo. Está ahí fuera en el espacio; continua estando ahi. Me la imagino ahora, dentro de una hora, dentro de dos horas. Durante este tiempo, el pensamiento desaparece y debe renovarse siempre. La piedra, sin embargo, permanece afuera. ¿Qué sostiene la piedra de hora en hora? ¿Y qué es lo que permite a ese pensamiento fluctuar de hora en hora? ¿Qué mantiene la piedra de hora en hora? Por otra parte ¿Qué aniquila ese pensamiento una y otra vez para que se encienda nuevamente por la percepción exterior? Nosotros decimos que la piedra 'existe'; La existencia debe atribuirse a ella. La existencia, sin embargo, no puede ser atribuida al pensamiento. El pensamiento puede captar el color y la forma de la piedra, pero no por lo cual la piedra existe como piedra. Eso permanece externo a nosotros, sólo entra en el alma la mera imagen.
Lo mismo ocurre con cada cosa de la naturaleza externa en relación con el alma humana. En su alma, que el hombre puede considerar como su propio ser interior, se refleja toda la Naturaleza. Sin embargo, sólo tiene imágenes fugaces, una fina capa, como si se tratara de las superficies de las cosas; En estas imágenes el ser interior de las cosas no entra. Con mis imágenes mentales (o representaciones) paso por el mundo, apenas rozando por todas partes la superficie de las cosas. Lo que las cosas son, sin embargo, permanece fuera. El mundo externo no entra en contacto con lo que hay dentro de mí.
Ahora bien, cuando el hombre, a la vista de la muerte, se enfrenta al mundo que lo rodea de esta manera, debe decir: Mi ser no pertenece a este mundo, porque no puedo entrar en contacto con él mientras viva en un cuerpo físico. Además, cuando mi cuerpo entra en contacto con este mundo exterior después de la muerte, a medida que transcurre el tiempo, significa destrucción. Ahí, afuera, está el mundo. Si el hombre entra en el completamente, es destruido; No sufre su interior dentro de él. Tampoco puede entrar el mundo exterior en el alma del hombre. Los pensamientos son imágenes y permanecen fuera de la existencia real de las cosas. El ser de las piedras, el ser de las plantas, de los animales, las estrellas y las nubes - éstos no entran en el alma humana, el hombre está rodeado por un mundo que no puede entrar en su alma sino que permanece fuera.
Por un lado, el hombre permanece fuera de la Naturaleza. Esto deviene claro para el ser humano cuando traspasa el portal de la muerte. Por otro lado, la Naturaleza permanece externa a su alma.
En lo concerniente a sí mismo como objeto, el hombre se enfrenta a la inquietante pregunta sobre otro mundo. Contemplando lo que es más íntimo en su propio ser interior -sus pensamientos, imágenes mentales, sensaciones, sentimientos e impulsos de voluntad- ve que la Naturaleza, en la que vive, permanece externa a todos ellos. No la posee, ni le pertenece.
Aquí está el nítido límite entre el hombre y la naturaleza. El hombre no puede acercarse a la Naturaleza sin ser destruido; La naturaleza no puede entrar en el ser interior del hombre sin convertirse en una mera apariencia. Cuando el hombre se proyecta con el pensamiento en la naturaleza, se ve obligado a imaginar su propia destrucción; Y cuando mira dentro de sí mismo, preguntando: ¿Cómo está relacionada la Naturaleza con mi alma? Sólo encuentra la apariencia vacía de la Naturaleza.
Sin embargo, mientras el hombre lleva en sí todas estas apariencias de minerales, plantas, animales, estrellas, sol, nubes, montañas y ríos, mientras lleva grabada en su memoria la apariencia de las experiencias a las que se ha visto sometido con estos reinos de la Naturaleza, experimentando todo esto en su fluctuante mundo interior, su propia razón de ser emerge en medio de todo.
¿Cómo es esto? ¿Cómo experimenta el hombre esta razón de su propia existencia? Lo experimenta como algo así. Tal vez sólo puede expresarse en una imagen:
Imagínense que estamos mirando un vasto océano. Las olas se levantan y caen. Aquí hay una ola, allá otra ola; Hay olas por todas partes, debido a la agitación del mar. Una ola en particular, sin embargo, llama nuestra atención, porque vemos que algo está viviendo en ella, que no es meramente el agitarse del agua. Sin embargo, el agua rodea a este algo viviente por todos lados. Sólo sabemos que algo está viviendo en esta ola, aunque incluso aquí sólo podemos ver el agua que lo envuelve. Esta ola se parece a las otras; Pero la fuerza de su agitación, la fuerza con la que se eleva, da una impresión de algo especial viviendo en su interior. Esta ola desaparece y reaparece en otro lugar; y de nuevo el agua esconde lo que lo anima desde dentro.
Así es con la vida del alma del hombre. Las imágenes, los pensamientos, los sentimientos y los impulsos de la voluntad se agitan; Olas por todas partes. Una de las olas emerge en un pensamiento, en un sentimiento, en un impulso de la voluntad. El yo está dentro, pero oculto por los pensamientos, o sentimientos, o impulsos de la voluntad, como el agua esconde lo que está viviendo en la ola. En el lugar donde el hombre sólo puede decir: «Allí mi propio yo se agita», se enfrenta a meras apariencias; Él no sabe lo que él es. Su verdadero ser está ciertamente allí y es sentido y experimentado interiormente, pero estas "apariencias" en el alma lo ocultan, como el agua de la ola, al desconocido objeto vivo de las profundidades del mar. El hombre siente su verdadero ser escondido por las imágenes irreales de su propia alma. Es más, es como si quisiera aferrarse continuamente a su propia existencia, como si quisiera apoderarse de ella en algún momento, porque sabe que está allí. Sin embargo, en el mismo momento en que lo pudiese agarrar, este le esquivase. El hombre no es capaz, dentro de la vida fluctuante de su alma, de captar el ser real que sabe que es. Y cuando descubre que esta agitada vida irreal de su alma tiene algo que ver con ese otro mundo representado por la naturaleza, se queda más que nunca perplejo. El enigma de la naturaleza es, al menos, solo lo que está presente en la experiencia; El enigma de la propia alma del hombre no está presente en la experiencia porque está viva. Es, por así decirlo, un enigma viviente, porque a la pregunta constante del hombre: "¿Qué soy yo?" Responde poniendo una mera apariencia ante él.
Al contemplar su propio ser interior, el hombre recibe la respuesta constante: sólo te muestro una apariencia de ti mismo; Y si te atribuyes un origen espiritual, solo te muestro una apariencia de esta existencia espiritual dentro de tu vida del alma.
Así, la búsqueda de preguntas se enfrentan al hombre hoy a partir de dos direcciones. Una de estas preguntas surge cuando se da cuenta de que:
La naturaleza existe, pero el hombre sólo puede acercarse a ella dejándose destruir; La otra cuando ve: Que el alma humana existe, pero la Naturaleza sólo se puede acercar a esta alma humana convirtiéndose en mera apariencia.
Estas dos verdades viven en la subconsciencia del hombre de hoy. Por un lado, tenemos el mundo desconocido de la Naturaleza, la destructora del hombre; Por el otro, la imagen irreal del alma humana a la que la naturaleza no puede acercarse, a pesar de que el hombre sólo pueda completar su existencia física cooperando con ella. El hombre se sitúa, por así decirlo, en esa doble oscuridad, y surge la pregunta:
¿Dónde está el otro mundo al que pertenezco?
El hombre se vuelve, ahora, a la tradición histórica, a lo que ha sido transmitido desde tiempos antiguos y sigue en vigor. Aprende que hubo una vez una ciencia que hablaba de este mundo desconocido. Mira a la antigüedad y siente profunda reverencia por lo que nos trataron de enseñar sobre el otro mundo dentro del mundo de la Naturaleza. Si uno sabe cómo tratar con la naturaleza de la manera correcta, este otro mundo se revela a la mirada humana.
Pero la conciencia moderna ha descartado este conocimiento antiguo. Ya no se considera válido. Se nos ha sido transmitido, pero ya no se cree en ello. El hombre ya no puede sentirse seguro de que el conocimiento adquirido por los hombres de una época antigua como su ciencia, puede responder hoy a su propia pregunta angustiosa que surge de los mencionados hechos subconscientes.
Así que volvamos al arte.
Pero también aquí encontramos algo significativo. El tratamiento artístico de la materia física - la espiritualización de la sustancia física - nos viene desde la antigüedad. Gran parte de este tratamiento se ha conservado y se puede aprender de la tradición. Sin embargo, es justo el hombre con una naturaleza subconsciente realmente artística quien se siente más insatisfecho hoy; Porque ya no puede entender lo que Raphael todavía podía plasmar en la forma terrenal humana, el reflejo de otro mundo al que el hombre pertenece verdaderamente. ¿Dónde está hoy el artista que puede manejar la sustancia física y terrenal de una manera tan artística?
En tercer lugar, existe la Religión. Esta, también, se nos ha transmitido a través de la tradición desde tiempos antiguos. Ella dirige el sentimiento y la devoción del hombre hacia ese otro mundo. Se originó en una edad pasada a través de las revelaciones que el hombre recibió de ese reino de la naturaleza que es realmente tan extraño para él. Porque si volvemos nuestra mirada espiritual a lo largo de miles de años, encontramos seres humanos que también sentían: La naturaleza existe, pero el hombre sólo puede acercarse a ella permitiendola que nos destruya. De hecho, los hombres que vivieron hace miles de años sentían esto en lo profundo de sus almas. Miraban cómo el cadáver pasaba a la naturaleza exterior como a un vasto Moloch ( Dios de la antiguedad al que se hacian sacrificios humanos), y veían cómo era destruido. Pero también veían el alma humana pasar por ese mismo portal más allá del cual el cuerpo es destruido. Hasta los egipcios vieron esto, o nunca habrían embalsamado a sus muertos. Vieron al alma ir aún más lejos. Estos hombres de la antigüedad sentían que el alma crecía cada vez más y pasaba al cosmos. Y entonces vieron el alma, que se disolvía en los elementos, volviendo de los espacios cósmicos, de las estrellas. Vieron que el alma humana se desvanecía al morir -al principio a través de la puerta de la muerte, luego en el camino hacia el otro mundo, luego volviendo de las estrellas. Tal era la antigua religión: una revelación cósmica - la revelación cósmica desde la hora de la muerte, la revelación cósmica desde la hora del nacimiento. Las palabras se han mantenido; Se ha mantenido la creencia, pero ¿Tiene su contenido todavía alguna relación con el cosmos? Esto se conserva aun en la literatura religiosa, en las tradiciones religiosas extrañas al mundo.
El hombre de nuestra civilización actual ya no puede ver ninguna relación entre lo que la tradición religiosa le ha transmitido y la inquietante pregunta a la que se enfrenta hoy. Mira a la Naturaleza y sólo ve el cuerpo físico humano atravesando la puerta de la muerte y cayendo presa de la destrucción. Ve, además, la forma humana entrar por la puerta del nacimiento, y se ve obligado a preguntar de dónde viene. Donde quiera que mire, no puede encontrar la respuesta. Ya no lo ve venir de las estrellas, como ya tampoco puede verlo después de la muerte. Así que la religión se ha convertido en una palabra vacía.
Así, en su civilización, el hombre tiene a su alrededor lo que en los tiempos antiguos poseían como ciencia, arte y religión. Pero la ciencia de los antiguos ha sido descartada, su arte ya no se siente en su interioridad, y lo que ocupa su lugar hoy es algo que el hombre no es capaz de elevar por encima de la materia física, haciendo de éste un vehículo para la radiante expresión de lo espiritual.
El elemento religioso ha permanecido desde tiempos antiguos. Sin embargo, no tiene ningún punto de contacto con el mundo, ya que, a pesar de ello, permanece el enigma de la relación del mundo con el hombre. El hombre mira su ser interior, y oye la voz de la conciencia; Pero en tiempos antiguos era la voz de aquel Dios quien guiaba al alma a través de aquellas regiones en las que el cuerpo era destruido, y lo conducía nuevamente a la vida terrenal, dándole su forma apropiada.
Era este Dios el que hablaba en el alma como la voz de la conciencia. Hoy incluso la voz de la conciencia se ha convertido en externa, y las leyes morales ya no le quedan trazas de los impulsos divinos. El hombre examina la historia, para empezar; Estudia lo que se nos ha transmitido desde tiempos antiguos y, a lo sumo, puede sentir vagamente: Los antiguos experimentaron los dos grandes enigmas de la existencia de manera diferente a como los siento hoy. Por esta razón podían responderlos de una cierta manera. Yo ya no puedo responderlos. Ellos se ciernen ante mí y oprimen mi alma, porque sólo me muestran mi destrucción después de la muerte y la apariencia de la realidad durante la vida.
Así es como el hombre se enfrenta al mundo hoy. De ese estado de ánimo surgen las preguntas que la Antroposofía tiene que responder. Los corazones humanos están hablando de la manera que hemos descrito y preguntando dónde pueden encontrar ese conocimiento del mundo que satisfaga sus necesidades.
La antroposofía surge como tal conocimiento y habla del mundo y del hombre para que tal conocimiento pueda surgir nuevamente; el conocimiento que puede ser entendido por la conciencia moderna, como la ciencia antigua, el arte y la religión fueron entendidos por la conciencia antigua. La antroposofía recibe su poderosa tarea desde la voz del propio corazón humano, y esto es sin más lo que la humanidad anhela hoy en día. Debido a esto, la Antroposofía tendrá que vivir. Responde a lo que el hombre anhela más fervientemente, tanto para su vida exterior como para la interior. Uno puede preguntar. "¿Puede haber tal concepción del mundo hoy?" La Sociedad Antroposófica tiene que dar la respuesta. Debe encontrar el camino para dejar que los corazones de los hombres hablen desde sus anhelos más profundos; Entonces experimentarán el anhelo más profundo por las respuestas.



Notas:
[1.] Esta oración y el resto del párrafo en el que se produce deben, por supuesto, ser leídos en el contexto de la conferencia en su conjunto. Tomado por sí mismo puede despertar la objeción: "La forma humana está tanto dentro del sistema de leyes de la Naturaleza como las plantas y los animales. Ciertamente la Naturaleza la destruye después de la muerte; Pero es que acaso no es tambien ella, quien nos lleva a nacer? "Puede ser útil recordar al lector que el Dr. Steiner está en esta etapa simplemente poniendo en palabras un sentimiento que, dice expresamente, surge cuando estamos en presencia de la muerte. Más adelante en el libro, cuando trata de la relación en la que el cuerpo humano se alza al mundo de la naturaleza, muestra cómo la forma humana, de hecho, tiene un origen muy diferente de los de otras criaturas vivientes.




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GA010 la iniciación prefacio

 

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Prologo


Este libro de Rudolf Steiner, constituido por una serie de artículos escritos en diferente tiempo y ocasión, constituye sin embargo un todo unitario y, por supuesto, una de las obras, entre las del autor, que mejor sirven a las personas que se acercan por primera vez a la ciencia espiritual, al ocultismo, que está en la base de la doctrina antroposófica, creada por Steiner, después de separarse de la Teosofía.
Muchos de los lectores de este libro se habrán preguntado alguna vez cómo se adquiere el conocimiento de las vías de acceso a los mundos suprasensibles y como han adquirido quienes dicen poseerlo. Y se hacen estas preguntas con suspicacia, tan alejadas ven las afirmaciones de quienes se presentan como iniciados y los hechos de la cotidianidad.
Para vencer esta suspicacia, compuso el gran filósofo y pedagogo que fue Rudolf Steiner esta serie de textos y luego los recopiló, formando con ellos un tratado verdaderamente introductorio a la Iniciación.
El autor parte de la base de que todo hombre posee, en forma latente, facultades, merced a las cuales le es posible acceder al mundo suprasensible, a ese mundo espiritual, lugar propio del alma y del espíritu, tan real y consistente como el mundo físico, y de que, para acceder a él, lo que hace falta es llevar a cabo el entrenamiento necesario. Entrenamiento que para llevar a cabo hace falta una guía espiritual, pues intentar llevar a cabo el acceso a los mundos superiores por la propia cuenta y riesgo de cada uno puede conllevar auténticos peligros o, al menos la posibilidad de graves desviaciones difíciles de enderezar.
Ahora bien, ese guía necesario no tiene porque ser forzosamente una persona dedicada exclusivamente al alumno, y con la que este tenga que tener un encuentro o una serie de ellos. Precisamente una de las novedades importantes de esta obra, en esta edición que traducimos —en la primera, diez años anteriores, se afirmaba otra cosa— consiste en demostrar que la lectura y comprensión de un manual como el presente puede ser un vehículo idóneo y suficiente para adquirir la iniciación.
Paso por paso, va advirtiendo Steiner de los cambios que se pueden producir en el estudiante de ocultismo según vaya avanzando por el sendero, y lo hace con extremada claridad, con gran exactitud, pues, como es sabido, el fundador de la Antroposofía pensaba —y lo demostraba con hechos— que la investigación espiritual se basa en la precisión tanto como la matemáticas o las ciencias de la naturaleza. Más aún, él estaba convencido —y hasta tal punto, que lograba comunicar su convencimiento a los oyentes de sus conferencias y a los lectores de sus libros— de que allí donde la investigación científica encuentra sus límites comienza el trabajo de la investigación espiritual.
Haciendo gala de una gran honestidad, no hace falsas promesas, no promete <<milagros>>, sino que se deja bien sentado hasta que punto es necesaria una buena disposición, la colaboración de quien quiera llegar a convertirse en un iniciado, primero, y en un clarividente, después; poniendo el necesario énfasis en que todo cuanto se haga en este sentido debe hacerse con total desinterés. A quien busque adquirir determinadas facultades superiores para un provecho personal éstas les serán negadas. Sólo se beneficiará de ellas quien este dispuesto a ponerse al servicio del prójimo; en definitiva, de toda la humanidad.
Advierte Steiner sobre el encandilamiento que pueden producir ciertas obras falsamente ocultistas y, en consecuencia nada espirituales, y señala el camino recto, que solamente se puede alcanzar a través de la paz interior y de la armonía con la naturaleza y con los demás.
Aunque parte del conocimiento perfecto de unos saberes milenarios, escribe con clara conciencia de a quienes se está dirigiendo: a lectores del siglo XX, muchos de ellos habitantes de megalópolis deshumanizadas. Para ellos tiene un mensaje especial: si no se puede acceder a la suma serenidad que lograr comunicar el firmamento estrellado, contemplado desde la alta montaña o a la orilla del mar, búsquese en el recogimiento de una habitación alejada del ruido y el ajetreo constante de la vida moderna, mediante la lectura de los grandes maestros espirituales de la humanidad. Asentado en el carácter sincrético de su doctrina, él recomienda especialmente los grandes textos sagrados del hinduismo, los discursos de Buda y los evangelios, dando normas muy certeras acerca de la forma en que se deben leer.
Si el libro Antroposofía constituye una introducción teórica muy asequible, este sobre La Iniciación viene a ser un magnífico complemento. Se trata fundamentalmente de un libro práctico, en el que no sólo se explica con claridad la manera de adquirir conocimiento de los mundos superiores, sino en el que también se advierte sobre los escollos que se pueden encontrar en el sendero y la forma de sortearlos, sin que ello deba suponer un retroceso ni, mucho menos, una tentación de abandono. De hecho, como muy bien dice y repite Rudolf Steiner, quien en la vida ordinaria se comporta con honestidad hacia sí mismo y hacia los demás es ya un iniciado en potencia. A alguien así no le costará excesivo esfuerzo llevar a cabo los ejercicios que en esta obra se recomiendan, en la seguridad de que, sea cual sea el punto del sendero que se alcance, siempre se saldrá beneficiado, en el sentido de que se habrá llegado a ser mejor de lo que se era antes de empezar. Si no se hace trampa, si la conducta exterior se corresponde de veras con la disposición interior —esto, para el Maestro, resulta fundamental—se avanzará siempre; con mayor o menor esfuerzo, con mayores o menores dificultades, pero se avanzará.
Una de las virtudes de esta obra es su extraordinaria claridad. Que nadie confunda con falta de profundidad. Por otra parte, téngase presente que, en muchos pasajes, lo que, expresado en forma sencilla, parezca no corresponderse con la realidad de lo observable en el mundo físico, es porque está tratado simbólicamente, analógicamente, ya que las reglas y enseñanzas de la ciencia espiritual aluden a un mundo que no es el nuestro, pero al que no hay más remedio que aludir con un lenguaje que si pertenece a él.
En fin, si se toma este libro como lo que realmente es y el propio Steiner señala, es decir, como un diálogo entre el autor y el lector, se logrará extraer de él toda la riqueza espiritual que encierra y servirá de vehículo para el acceso al mundo supra—sensible, donde el alma y el espíritu encontrarán su morada.
¡DETENTE TU QUE PASAS…

Este libro que ahora tomas en tus manos, lector, no es un libro corriente.
Es un libro que tiene una vida, un destino, y quizá actuará sobre tu vida y tu destino.
¿No se te ocurrió nunca pensar que ese juego que realizas, esforzándote en vivir, pueda no ser más que el reverso de un decorado, porque finalmente se te presenta como irrisorio, comparado con lo que esperabas de él? Pero ¿tú dudas de que sea posible contemplar el anverso? ¿Y si hubiese una VÍA ABIERTA hacia él? ¿Si existiese ese MUNDO DE LAS CAUSAS en el que todo cae bajo nuestros ojos y que parece aberrante, encuentra su razón de ser, y nos fuera posible conocerlo? Quizá en él encontrarías el sentido de la existencia humana e inclusive el de la propia vida sobre la tierra. Pero, por desgracia, demasiados falsos profetas y magos han desacreditado a tus ojos <<lo oculto>>. Desconfías de las evasiones hacia un <<esoterismo>> que te deja desarmado ante las realidades de la vida. En el caso presente, aparta de ti, aleja de tu mente esos prejuicios. Si en este breve libro se habla de experiencias <<ocultas>>, es precisamente para <<desocultarlas>>. Ese y no otro, es su principal objetivo. Y si él revela el espíritu como algo real, no es con otro fin de volvernos de espaldas a lo terreno, sino, por el contrario, para hacernos captar mejor la vida. Porque, si no existiera el espíritu, ¿qué quedaría de la tierra?
Piensa también que una semilla encierra en sí más fuerza en potencia de la que realizará la planta, y que en ti se encuentra un potencial de espíritu latente mucho más grande de lo que puedes sospechar. Si quieres liberarlo, aparta de ti toda duda, toda desconfianza y ansiedad, y toma en tus manos este libro sabiendo que ya ha despertado a su vez a muchos hombres y mujeres en numerosos países; hombres y mujeres que, como tú, buscaban comprenderse a sí mismos y realizar plenamente su destino sobre la tierra. Abre pues el libro y comienza a leer…

PREFACIO A LA QUINTA EDICIÓN
Para esta nueva edición, se ha revisado en todos sus detalles la exposición que se redactó hace más de diez años. Esta revisión se impone por sí misma cuando se trata de revelaciones sobre experiencias y métodos psíquicos de la naturaleza de los que aquí se tratan. Todo en ellas permanece íntimamente ligado al alma que aquél que las ha comunicado y lo que ellas contienen continúa haciendo efecto en él. Por otra parte no podría ser de otra manera, porque a ese efecto interior se une la aspiración de una claridad y una precisión cada vez más perfectas. Esto es lo que me ha dictado los retoques que me he esforzado en hacer a esta nueva edición.
Las partes esenciales de la exposición ha permanecido, por supuesto, inmutables; pero, sin embargo, he llevado modificaciones importantes. En más de un punto he podido precisar determinados detalles, y esto me ha parecido bueno, porque si alguien desea aplicar a su propio desarrollo espiritual los consejos que se dan en este libro, es absolutamente necesario que pueda representarse, de la manera más precisa posible, el camino que en él se describe. Los malentendidos surgen con mayor facilidad en el caso de los fenómenos espirituales que cuando se trata de hechos pertenecientes al mundo físico. Porque la vida del alma es cambiante y nunca hay que perder de vista que es algo muy diferente de todos los demás aspectos de la vida tal como se desarrolla en el mundo físico. Pero también hay otras cosas que pueden dar lugar a malentendidos. En esta nueva edición me he esforzado precisamente en descubrir aquellos puntos en que podían surgir este tipo de malentendidos y a remediarlos.
Cuando escribí los artículos que se reúnen en este libro, muchas cosas tuvieron que ser redactadas de manera diferente a como deben serlo hoy, porque entonces no podía referirme a lo que se ha venido publicando durante diez años sobre los resultados del conocimiento espiritual. En otras obras, tales como La Ciencia de lo Oculto, Dirección Espiritual del Hombre y de la Humanidad, Un Camino hacia el Conocimiento de sí mismo y, Sobre todo, El Umbral del Mundo espiritual, aunque también en otros escritos, he reelaborado la descripción de determinados hechos espirituales que este libro mencionaba hace ya más de diez años, pero en un lenguaje que me ha parecido más apropiado.
Por ejemplo, a propósito de muchas descripciones que aquí se hacen, hace diez años tuve que decir que se podían aprender por <<Comunicación oral>>. Ahora bien, hoy día, la mayor parte de lo que entonces se confiaba oralmente, está ya publicado. Pero los lectores quizá han concebido la errónea idea de que, era absolutamente necesario el contacto personal con un maestro, y no es así. En esta nueva edición espero haber conseguido demostrar, mediante la precisión de ciertos detalles, cual es la realidad de ese tema: en el fondo, el que busca un, podríamos llamar entrenamiento espiritual, conforme a lo que exige el espíritu del tiempo presente, tiene mucha más necesidad de entrar en una relación personal con un maestro. Por otra parte, éste adoptará siempre más la posición de un consejero que ayuda con sus consejos, como lo suelen hacer ordinariamente los maestros de cualquier rama del saber, conforme al espíritu moderno.
Espero haber demostrado que la autoridad del maestro, la fe en él, no desempeñan ya un papel más importante en el entrenamiento espiritual que en cualquier otro dominio de la ciencia o de la vida. Me parece muy importante que se posea una noción cada vez más clara entre el investigador espiritual y aquellos que se interesan por los resultados de sus investigaciones. Creo pues haber reelaborado este libro en todas aquellas partes que, al cabo de diez años, he comprendido que necesitan serlo.
A esta primera parte, se ha hecho preciso añadir una segunda, que aportará nuevos esclarecimientos sobre el estado de ánimo que permite al hombre llevar a cabo la experiencia de los mundos superiores.
Septiembre 1914
PREFACIO A LAS EDICIONES OCTAVA A UNDÉCIMA
Al revisar el texto para esta nueva edición he comprobado que tenía que hacer muy pocos retoques. En cambio, he añadido un apéndice en el que me he esforzado por dotar de mayor precisión lo concerniente a las bases de naturaleza Psicológica sobre las que reposa cuanto se comunica en este volumen, y esto a fin de evitar cualquier malentendido. Este apéndice puede igualmente, me parece a mí, hacer comprender a todos aquellos que tuviesen la tentación de criticar la ciencia espiritual antroposófica que sus críticas no estaban fundadas; porque ellos tomaban la ciencia espiritual por lo que no es y sin tener atisbo de lo que sí es en realidad.