CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA194 Dornach 7 de diciembre de 1919 La Misión del Arcángel Mikael - desarrollo cultural desde el siglo XV

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La misión del arcángel Micael



7 de diciembre de 1919 octava conferencia.

desarrollo cultural desde el siglo XV

Lo que he tenido que decirles en estas semanas culmina en el hecho de que estamos realmente ante la irrupción en nuestro mundo actual de un mundo espiritual, que es esencialmente el resultado de ese desarrollo cultural que comenzó hacia mediados del siglo XV. Alrededor de la mitad del siglo XV todo se vuelve diferente en el mundo conocido como civilizado. Antes de la mitad del siglo XV, la gente era más consciente del funcionamiento interno de la organización humana. En los escritos antiguos, en la medida en que todavía están disponibles hoy en día, -ayer les hablé de ellos-, encontrarán expresiones que son muy similares a nuestras expresiones químicas y físicas, etcétera. Pero el químico o el físico de hoy no entenderá realmente las cosas que están escritas en estos libros, por la sencilla razón de que cree que estas cosas describen procesos externos. Tales procesos externos no se describen allí, sino los procesos internos, los procesos dentro del cuerpo físico o etérico humano. Sólo desde la época de Galileo y Giordano Bruno la humanidad ha empezado a dirigir más su atención al mundo exterior, y hoy hemos llegado al punto en que tenemos un conocimiento de la naturaleza que ya ha influido en todo el pensamiento, especialmente en el pensamiento y el sentimiento populares, que tenemos un conocimiento de la naturaleza que habla de muchas cosas en los reinos mineral, vegetal y animal, pero que en modo alguno puede dar ninguna luz sobre la esencia del hombre mismo, ni siquiera sobre la esencia físico-corporal del hombre. Hoy, sin embargo, el hombre debe plantearse ya la pregunta: ¿Cómo me relaciono yo mismo como ser humano con lo que son los reinos exteriores de la naturaleza, con lo que me rodea como los reinos animal, vegetal y mineral, como el reino físico exterior humano, como el reino del aire y del agua, del fuego y de las nubes, del sol y de la luna y de las estrellas? ¿Cómo me relaciono con ello como ser humano?

Ahora bien, no podemos responder cabalmente a esta pregunta si no entramos repetidamente en algunas de las cosas que hemos considerado acerca del hombre. Si primero tomamos al ser humano tal como se presenta ante nosotros como un ser sensitivo y con entendimiento, podemos decir: Percibimos el mundo exterior a través de nuestros ojos, a través de nuestros oídos, a través de los otros órganos de los sentidos, que son sin embargo, cuando están ahí para el resto del cuerpo, órganos de la cabeza. Luego procesamos este mundo exterior a través de esas ideas y conceptos que están ligados a nuestro cerebro como una herramienta. Retenemos, -pues esto es necesario para nuestra integridad interior como seres humanos,- de lo que hemos experimentado de esta manera a través de nuestros sentidos, lo que hemos pensado a través de nuestra llamada comprensión inteligente, nuestras concepciones de la memoria. Y es finalmente lo que hemos absorbido primero del mundo exterior, lo que sucede en nosotros a través de nuestros sentidos desde el mundo exterior, lo que hacemos a través de nuestra inteligencia a partir de esto externamente absorbido, lo que retenemos como concepción de memoria. ¿Qué somos en realidad en relación con el hecho de que, como seres humanos, nos enfrentamos al mundo tal como acabo de describir?

Supongamos un simple fenómeno de receptividad sensorial. Ya me he referido a este fenómeno en los últimos días. Supongamos que ustedes ven una llama con sus ojos. Cierran los ojos, al hacerlo retienen una imagen remanente de esta llama. Esta imagen remanente de la llama que han retenido en sus ojos desaparece gradualmente. Goethe, que siempre habla vívidamente de estas cosas, dice: La imagen remanente se atenúa. La constitución original del ojo y del sistema nervioso asociado se restablece después de haber sido modificada por la impresión de luz que se ha producido en el ojo. 

Eso que ocurre en sus órganos sensoriales no es más que el proceso más simple de lo que ocurre con su memoria, con sus recuerdos, cuando ustedes reciben impresiones externas en general, cuando reflexionan sobre ellas y las retienen como recuerdos. La única diferencia es que cuando ustedes reciben una impresión con su ojo, digamos una llama, entonces ustedes tienen la idea de la llama, y eso a su vez se desvanece, sólo dura un corto tiempo. Si ustedes asimilan algo con todo su ser, si lo piensan, mas tarde, cuando llega esta gran imagen posterior de la memoria, pueden recordarlo una y otra vez esto lleva mucho tiempo, puede llevarles toda la vida para estas experiencias. ¿En qué se basa esto? Sí, si ustedes hacen que la simple imagen que tienen en el ojo, que tal vez sólo dura unos minutos o tal vez menos de un minuto, se atenúe de nuevo, es sólo porque no continúa pasando a través de todo su organismo, sino que permanece en una parte, en una sección de su organismo. 
Eso que se convierte en una representación, pasa primero a través de una gran parte de su organización total, -lo describiré con más detalle dentro de un momento-, desde allí se impulsa hacia el cuerpo etérico, a través del cuerpo etérico hacia el éter del mundo circundante. Y en el momento en que una imagen no sólo permanece en el órgano individual como una imagen sensorial, sino que pasa a través de una gran parte de todo el ser humano, se auto impulsa a sí misma hacia el cuerpo etérico, va hacia el exterior, se auto impulsa hacia el exterior, pudiendo permanecer como una imagen posterior durante toda la vida. Sólo es cuestión de que la impresión sea lo suficientemente profunda, y de que se apodere del cuerpo etérico, y este no la retenga, sino que la transfiera al éter exterior del mundo, inscribiéndola allí, fijándola allí. 
No piensen que cuando recuerdan cosas, se trata simplemente de un proceso de su ser interior. Es cierto que cuando tienen una experiencia no pueden escribirla siempre en su cuaderno y luego volver a sacarla y releerla, aunque muchas personas lo hacen hoy en día con muchísimas experiencias. Sino que lo que ustedes recuerdan, lo escriben en el éter del mundo, y cuando han de recordar de nuevo, el éter del mundo lo evoca en ustedes, como si fuera la impresión de un sello. Recordar no es un asunto meramente personal, recordar es una confrontación con el universo. Si quieren recordar sus experiencias, no pueden aislarse como hacen las personas que se encierran en sí mismas.

No recordar experiencias, eso destruye la esencia del ser humano. Piensen lo que significa, a menudo he dado el ejemplo: un hombre a quien conocí muy bien, que ocupaba una posición importante, de repente tuvo el impulso de ir al ferrocarril, sin ninguna razón, y comprar allí un billete, para viajar a lugares lejanos desconocidos donde no tenía nada que hacer. Todo esto lo hizo en un estado de conciencia completamente diferente. Pero durante el tiempo que estuvo viajando, no supo nada de lo que por otra parte era, y sólo recobró el conocimiento cuando fue aceptado en un asilo de pobres en Berhn, en la calle Kurfürstenstraße. Todo ese tiempo había sido borrado de su conciencia desde el momento en que subió al tren en Darmstadt. Más tarde, por informaciones de varias personas, se supo que había estado en Budapest, había estado en Lemberg, y había viajado de nuevo desde Lemberg a Berlín, y recobró el conocimiento cuando estaba en un asilo de pobres en Berhn. Tengan en cuenta, la mente estaba completamente en orden, nada estaba descolocado. Él sabía exactamente qué hacer para comprar billetes, qué hacer para conseguir comida, y así sucesivamente, desde el momento en que subió al tren en Darmstadt hasta el momento en que fue aceptado en Berlín en el Armenasyl. Pero mientras hacía eso, no recordaba nada del resto de su vida. Y después recordó su vida anterior hasta la salida en Darmstadt, pero se había olvidado de todo el viaje. Lo que había sucedido allí sólo podía averiguarse a partir de comunicaciones externas. Este es un ejemplo. Podría contar muchos ejemplos similares.
Este ejemplo sólo pretende llamar la atención sobre cómo sería nuestra vida si no hubiera una memoria continua que englobara todas nuestras experiencias. Piensen, si no hubiera memoria para ningún tiempo aparte del que han pasado durmiendo, -el cual, por supuesto, no recuerdan-, qué tendrían que pensar de su yo como ser humano. Lo que pertenece a nuestra receptividad sensorial, a nuestra inteligencia, es nuestro asunto personal. En el momento en que el asunto comienza a ser recordado, aquello que el ser humano experimenta en su vida anímica es una confrontación con el universo, una confrontación con el mundo. En la intensidad en que es necesario, la humanidad actual aún no sabe que lo que he descrito es un hecho. Pero será uno de los elementos en la formación del futuro de la humanidad que llevará al hombre etérico a recordar no considerarlo como un asunto meramente personal, sino como algo por lo que el hombre es responsable ante el mundo.
Cuando comencé esta serie de conferencias, les hablé de cómo, al principio, en la época a la que solemos remontarnos en la historia, por ejemplo con los griegos, existía una conciencia de la tierra que no llegaba muy lejos. Cómo esta conciencia se transformó luego en una conciencia terrestre, pero sólo en tiempos más recientes debe surgir una conciencia cósmica, mundial, para el futuro de la humanidad, cómo el hombre debe a su vez conocerse a sí mismo -así era también en los tiempos primitivos- como ciudadano de todo el cosmos. El camino para ello será sentir clara y nítidamente en uno mismo la responsabilidad de lo pensado, lo que puede ser llevado a la memoria.
diagrama 1
Pero lo que les he descrito hasta ahora pertenece, como he dicho, a una gran parte del ser humano, pero no realmente a todo el ser humano. Y para caracterizar para ustedes lo que aquí ocurre, debo indicárselo esquemáticamente. Supongamos que se trata de la región sensorial (blanco), en la que estoy agrupando todos los sentidos, incluida la región del intelecto, entonces llegaríamos, por así decirlo, a aquello que en el organismo humano (rojo) arroja hacia atrás los pensamientos que acariciamos (flechas, rojas), para que puedan convertirse en recuerdos, aquello que en el ser humano choca con la objetividad del cosmos. Ya les he señalado los lugares del organismo humano en los que el ser humano choca con el cosmos. 
diagrama 2
Si se traza, digamos, por ejemplo, un nervio que va de cualquier parte del cuerpo a la médula espinal -estoy dibujando esquemáticamente- se encontrará para cada nervio de este tipo también otro, o al menos aproximadamente para cada nervio de este tipo también otro, que a su vez conduce de regreso a alguna parte. Los fisiólogos sensoriales llaman a uno nervio sensitivo, al otro nervio motor.
Pues bien, he hablado a menudo de esta tontería de que existen nervios sensitivos y motores. Pero la cosa importante es que realmente cada tracto de nervio entero se origina en la circunferencia del ser humano y otra vez vuelve a la circunferencia, pero es interrumpido en alguna parte; como un alambre eléctrico cuando deja saltar una chispa encima, así hay una especie de saltar encima, un fluido sensitivo desde el llamado nervio sensitivo hasta el llamado principio de nervio motor. Y en este punto, -hay innumerables puntos de este tipo, al menos un gran número, en nuestra médula espinal, por ejemplo, y en otras partes de nuestro cuerpo-, en estos puntos se encuentran también los puntos espaciales en los que el hombre no se pertenece sólo a sí mismo, en los que pertenece al universo. Si conectan todos estos lugares juntos, y también toman los ganglios del sistema nervioso simpático, entonces obtienen este límite, también corporalmente-fisiológicamente este límite. De modo que ustedes pueden decir: Ustedes dividen al ser humano por la mitad, por así decirlo, -es más de la mitad, pero supongamos que dividimos al ser humano por la mitad-, y lo consideran como un gran órgano sensorial, consideran la recepción a través de los sentidos en general como la receptividad sensorial, el procesamiento a través del intelecto como una actividad sensorial más fina, el surgimiento de las imágenes de la memoria como imágenes posteriores, que, sin embargo, son permanentes de por vida entre el nacimiento y la muerte, porque cuando se forma la memoria, se abre al éter del mundo. Nuestro propio éter choca con el éter del mundo, y se producen conflictos entre nosotros y el éter del mundo. La otra parte del ser humano es la que tiene como órgano final, por así decirlo, las extremidades, todo lo que es extremidad. Así como esta parte tiene por órgano final la esfera de los sentidos (la palabra "esfera de los sentidos" está escrita encima), la otra parte del ser humano tiene los miembros que crecen (ver  diagrama 1): los pies crecen, los brazos crecen. Por supuesto está dibujado de forma aproximada y esquemática.
Esto es aquello de lo que tendría que extraer hacia dentro todo lo que es volitivo, al igual que he extraído de los sentidos todo lo que es semejante a la inteligencia, y esto se une a la otra parte del ser humano. Esta volición es el otro polo del ser humano. Entre los dos se encuentra el límite, el límite interior, que se obtiene cuando se conectan todas las terminaciones nerviosas y todos los ganglios. Si cruzamos un poco este límite por un lado, de modo que pensemos en este límite como en un tamiz y, por un lado, la voluntad empujada a través de los agujeros de este tamiz, (véase el diagrama 1, naranja), y por otro lado, la inteligencia empujada a través de los agujeros de este tamiz (amarillo), entonces tenemos en el medio la mente, la esfera del sentimiento. Pues todo lo que pertenece al sentimiento es en realidad mitad voluntad y mitad inteligencia. La voluntad empuja desde abajo, la inteligencia desde arriba: eso da el sentimiento. En el sentimiento, la inteligencia está siempre soñando por un lado, y por el otro la voluntad está dormida en su interior.
Después de haber preparado así espiritualmente, por así decirlo, al ser humano -por un lado el polo de la inteligencia, por el otro el polo de la voluntad-, después de haber visto que los órganos físicos son la expresión ascendente del polo de la inteligencia, pueden preguntar ahora: ¿Con qué coincide realmente en el mundo exterior lo que está dentro del ser humano, -acabamos de conocer los dos polos, los dos lados del ser humano-? Con nada, con nada en realidad. En el mundo exterior tenemos un reino mineral, un reino vegetal, un reino animal. Con ninguno de estos reinos se corresponde verdaderamente lo que el ser humano es interiormente, incluso corporalmente. 
Podrán ustedes hacer ahora una objeción de peso, una objeción que, por supuesto, es terriblemente obvia. Dirán: Bueno, después de todo, estamos compuestos de las mismas sustancias que el mundo exterior, porque comemos estas sustancias y así nos unimos con las sustancias del reino mineral al salar nuestra comida, al ingerir otras sustancias minerales, al igual que plantas. También hay carnívoros, ¿no es así?, que también se unen con las sustancias de los animales y así sucesivamente. Pero esta creencia de que realmente tenemos algo que ver en nuestro propio cuerpo con las sustancias del mundo exterior es un terrible error. Lo que en realidad hace nuestro cuerpo es que debe defenderse constantemente contra las influencias del mundo exterior, también contra las influencias que nos llegan con la comida. Incluso a nuestros semejantes de hoy les resulta muy difícil comprender este hecho, porque lo esencial de nuestro cuerpo no es que tomemos alimentos, sino que los volvamos a sacar. Una parte sale muy rápidamente, pero otra tarda siete u ocho años. Pero nada de lo que hayan comido hoy seguirá dentro de ustedes después de ocho años. Porque todo ha sido intercambiado, y la actividad de su organismo consiste en crear, no en absorber.
El hecho de que tenga que tomarse no tiene básicamente otro significado para su cuerpo que el que tiene el suelo para la acción de caminar. Si no ustedes tuvieran suelo bajo sus pies, no podrían caminar, pero como seres humanos, ustedes no tienen nada que ver con el suelo, éste sólo debe sostenerlos a ustedes. Así que sólo su actividad corporal debe tener un pilar, debe empujar continuamente contra algo, por ello hay que alimentarse constantemente para que la actividad corporal empuje contra algo. Al igual que ustedes se hundirían en el suelo, así la actividad corporal se hundiría en la nulidad si no empujara continuamente contra el suelo que se está preparando, -pero ahora impregna todo el cuerpo. Uno no come para unir el alimento a sí mismo, sino para poder realizar la actividad necesaria para producir el alimento. Pues es en la actividad de sacar la comida en lo que consiste tu humanidad. Y del mismo modo que no puedes equiparar el suelo a la planta de tu pie, tampoco puedes equiparar lo que hay en la comida, en la medida en que de algún modo está presente en el mundo exterior, a tu humanidad, si quieres pensar la verdad. El hombre no es más que una reacción contra lo que le rodea. El hombre es una reacción, absolutamente una reacción. Pues el hombre es básicamente actividad hasta la médula.
Lo que acabo de explicar tiene lugar de manera muy diferente para los órganos de la esfera de los sentidos y de la inteligencia, que para los órganos de la esfera de la voluntad. Ciertamente, a este respecto el hombre es un ser polar. Pero lo que ocurre en estos dos polos de la entidad polar humana no tiene mucho que ver con lo que ocurre en el mundo exterior. En el mundo exterior tenemos los reinos mineral y vegetal. Este reino mineral y vegetal no está interiormente estrechamente relacionado con nuestro propio ser. Si queremos buscar algo con lo que este reino mineral y vegetal estén relacionados, entonces debemos mirar en el mundo por el que pasamos antes de nuestro nacimiento, por el que pasamos antes de descender por nacimiento o concepción del mundo espiritual al mundo físico. Cuando miramos sobre el mundo vegetal y sobre el mundo mineral, en realidad debemos decirnos a nosotros mismos: Yo estuve en un mundo espiritual antes de nacer. No veo este mundo espiritual a través de mis sentidos físicos, no lo pienso a través de mi mente física. Pero este mundo, que sólo está velado como por un velo cuando soy un ser humano sensual, este mundo se revela externamente en el mundo vegetal y en su base, el mundo mineral.
El mundo mineral y vegetal tiene mucho más que ver con nuestra vida ultraterrena que con nuestra vida entre el nacimiento y la muerte. Por supuesto, no esas plantas que vemos a través de nuestros sentidos en el medio ambiente que se nos revelan aquí: esos son los efectos de esas fuerzas con las que estamos conectados entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y el reino animal tampoco tiene mucho que ver con lo que somos como seres humanos, tiene más bien que ver con el tiempo inmediatamente posterior a la muerte, del que es una revelación externa, polarmente opuesta. De modo que podemos decir:
No se llega a conocer lo que hay en el ser humano aun cuando se conozca científicamente su entorno. Y así ocurre que la ciencia que se atiene al presente, que valora especialmente el presente, es una ciencia que en realidad no contiene nada del ser humano en la realidad. Se puede conocer desde la base todo lo que hoy se investiga según el método de la ciencia natural, y a través de ello no se aprende nada en absoluto sobre la esencia del hombre, pues la esencia del hombre no está contenida en el conocimiento científico natural.
Pero desde los últimos cuatro siglos todas nuestras ideas populares han surgido de la popularización del método científico. En el fondo, hasta el campesino del campo piensa científicamente, aunque lo exprese con sus propias palabras. Incluso el catolicismo, con su materialismo dogmático, piensa básicamente de forma científica. El pensamiento científico natural básicamente lo domina todo. Pero hoy en día hemos llegado a un punto en el que se ha hecho necesario construir el orden social. Una gran parte del mundo civilizado actual, -y esta parte será cada vez más grande y finalmente se convertirá en todo el mundo civilizado-, se ve hoy urgida a construir una nueva estructura social. Se piensa en la reconstrucción social. Las exigencias sociales viven hoy en la humanidad civilizada. ¿De dónde surgen? Han surgido de impulsos muy subconscientes de la naturaleza humana. ¿Con qué queremos satisfacerlas? Con los resultados del pensamiento científico. Y los resultados de la ciencia natural se llaman hoy "pensamiento social" en el sentido más amplio, porque estos resultados se aplican a la vida social de los seres humanos.
De este modo se ha llegado a establecer un nuevo orden estatal-social en Europa Oriental a partir de un pensamiento puramente científico-materialista. Los hombres que el Dr. Helphand que se hace llamar Parvus, introdujo en Rusia bajo la instrucción de Ludendorff y Hindenburg, para que hicieran allí el bolchevismo, estos hombres son la encarnación de los métodos científicos naturales. Hasta se puede decir: la prueba práctica de en qué se convierte el método científico natural cuando arraiga en la mente de ciertos revolucionarios sociales nos la muestran los hombres del bolchevismo. El método científico encarnado habita hoy en Rusia a través de los servicios de Helphand, pues él ha conducido el carruaje sellado a través de Alemania para llevar a Rusia a los hombres del bolchevismo bajo la égida de Ludendorff y Hindenburg.
No hay que pasar por alto las implicaciones de este método científico encarnado. He llamado su atención sobre algunos hechos. Hay dos filósofos, que ambos eran muy burgueses. El uno enseñaba en la Universidad de Zurich, Avenarius, un hombre que ciertamente siguió desarrollando el pensamiento burgués de clase media. El otro era Ernst Mach, que enseñaba en Praga y Viena. Yo mismo le oí dar una conferencia en la Academia de Ciencias de Viena en 1882. Este Ernst Mach siempre me pareció algo así como la encarnación de la burguesía y la rectitud. Si se pregunta hoy por la "filosofía de Estado" del bolchevismo, no es una casualidad sino una necesidad interior que la filosofía de Avenarius y de Mach sea la filosofía de Estado, pues estas cosas van juntas: la máxima consecuencia del método científico transformado en metamorfosis al pensamiento social. Por eso hay que tomarse el asunto en serio. El pensamiento científico floreció primero como florecimiento social en Oriente y seguirá floreciendo si no abordamos la raíz del asunto, la propia vida científico-materialista.
Se trata de una cierta ola de pensamiento y sentimiento que recorre el mundo actual (1919). Esta ola es suscitada por el pensamiento materialista científico-social. A medida que esta ola se extiende, se apodera del pensamiento social necesario y se convierte en la fuerza destructiva de la humanidad, la fuerza destructiva absoluta de la humanidad. Los círculos dirigentes no han tenido el poder y la fuerza para verter en el pensar humano una ola espiritual verdaderamente sustentadora. Por eso se ha levantado la ola materialista en las amplias masas del proletariado, en el pensamiento social de las amplias masas del proletariado. Y el marxismo, que a su vez ha resurgido tan grotescamente en los últimos cuatro o cinco años, es el florecimiento social y el fruto del método materialista-científico en el pensamiento social. No hay que dejar de darse cuenta de que ésta es la configuración del mundo civilizado actual. Si uno no lo ve, duerme entre los fenómenos y síntomas más importantes de esta vida. No se es plenamente humano en el presente si se pasa por alto estos fenómenos.
Hay individuos que se desmarcan del juicio general. Estos individuos ya sienten hasta cierto punto que si seguimos pensando y sintiendo como hasta ahora, no podemos ir más allá, no funcionará. Nos adentramos cada vez más en el caos. Por eso las llamadas de atención como las que siguen son raras hoy en día, pero ya están ahí, estas llamadas de atención. Permítanme leerles una de ellas.
En el número del 31.132 del semanario cultural-socialista "Neue Erde" de Viena apareció un interesante ensayo bajo el título "Weltanschauungskrise" ("crisis de cosmovisión") de Karl Polanyi. En él se dice que se ha instalado una repulsión general contra el orden económico capitalista, al mismo tiempo que un alejamiento del socialismo marxista.

"Todavía prevalece hoy una amalgama de marxismo y socialismo que es la molestia de todo el pensamiento moderno. Todo intento de avance intelectual de los problemas sociales más candentes de la actualidad fracasa en el fango de esta tierra baja intelectual.... "

". . . El estallido de la guerra mundial fue el punto de inflexión para todo el pensamiento capitalista y, por tanto, marxista. Los dirigentes de la humanidad se dieron cuenta claramente y las masas sintieron dulcemente que ya no eran los llamados intereses de la vida los que dominaban el mundo, sino fuerzas de un tipo y naturaleza completamente diferentes. Los omnipresentes intereses económicos que perseguían los imperialistas y contra los que luchaban los socialistas en la lucha de los molinos de viento resultaron ser no sólo irreales y abstractos hasta la ineficacia, sino también mera superstición económica y fantasía vacía. Se puso de manifiesto que no es lo material sino esta idea de lo material lo que constituye la fuerza motriz, por falsa y errónea que sea esta idea, -que es por tanto la idea y no lo material lo que dirige a las masas. Sí, incluso la idea del interés material, esta cosa supuestamente concretísima y real, sólo se hace históricamente efectiva en cuanto se eleva a la categoría de fe, en cuanto ya no se cuentan los sacrificios que se le hacen, y sólo su autovaloración sirve de compensación y justificación a todo lo irracional perpetrado en su nombre. Esta época de las paradojas más monstruosas creía en el egoísmo. Ya no se negaba, ya no se glosaba idealistamente; ¡al contrario! La humanidad iba a la muerte en el nombre sagrado de los intereses vitales económicos, a los que rodeaba de un halo de gloria, y del sacro egoísmo, que se había elevado a sí mismo al cielo. Lo material se había declarado el único ideal y así el mundo materialista completó su trayectoria. Los capitalistas ya habían llamado a esta idealización de lo material lo único real y esencial, ¡pero los marxistas lo llamaron abiertamente socialismo! "

"La ética utilitarista, la concepción materialista de la historia, la epistemología positivista, la filosofía determinista: ya no son viables en la nueva atmósfera. Pero el marxismo como concepción del mundo está construido sobre estos pilares. Ha llegado su hora".


Así que ya ven la llamada de atención de un alma que, después de todo, ve lo negativo, lo que conduce al caos de nuestro tiempo. Y ahora viene la cuestión, una terrible cuestión de destino. Esta es:

"¿Qué va a ocupar su lugar?"

Esta pregunta la plantea el mismo que escribió todo lo que acabo de leerles. Continúa diciendo:

"La respuesta a esta pregunta no es decisiva para el destino del marxismo. Para las mentes sinceras que luchan por la claridad, se trata de una preocupación secundaria. Si también se apagara el sol, habría que encontrar el camino en la oscuridad antes que hacer pasar un testamento por el sol".
"Pero para nuestra generación lo que oscurece el sol es uno nuevo, aún más brillante y radiante, que se levanta en el horizonte. Liberados de la pesadilla de una doctrina del desarrollo, en cuya rueda de molino estábamos condenados a la cooperación eterna, inquietos y sin hogar, ganándonos la vida sin sentido, "despertados de la alucinación de una concepción invertida de la historia, que creía oír en los acontecimientos mundiales no el eco de los que gritaban en la refriega, sino en su grito el mero eco de lo lejano. Habiendo superado la idea compulsiva de un determinismo payasesco que presentaba nuestro libre albedrío como un juego del azar tras la escena de las fuerzas en acción, habiendo nacido por fin de la fe en la multitud muerta a la fe en nosotros mismos, encontraremos en nosotros la fuerza y la vocación de hacer que las exigencias del socialismo por la justicia, por la libertad y por el amor sean también la realidad de la humanidad."

Sí, un alma anhelante que ve: nos dirigimos hacia el caos, que incluso se plantea la fatídica pregunta: ¿Qué va a ocupar su lugar?, y que luego continúa con la respuesta, y sólo tiene que recurrir a las viejas frases que acaban de convertirse en palabras vacías: Justicia, libertad y amor. Ya se han predicado bastante. El camino concreto no está realmente contenido en esta frase. 

"El socialismo marxista actual no hace más que oscurecer la cuestión del destino a que se enfrenta la humanidad, suprime las fuerzas libres de una solución radical, mantiene el pensamiento en la penumbra de un mundo caduco de dogmas, no actúa mediante oscuras profecías, oscuras autoridades y símbolos místicos. Obstruye la libre perspectiva de la humanidad".


Correcto: " Obstaculiza la libre perspectiva de la humanidad" - ¡pero las frases no harán que esa perspectiva sea libre! Y luego el autor continúa:

"La Iglesia ha sobrevivido mil años a su oficio. Puede que Mansmus nos sobreviva, pero el nuevo espíritu nacido de la desdicha de esta guerra mundial de la humanidad seguramente le sobrevivirá."

Pero, ¿Dónde está el nuevo espíritu? Eso dice el autor que, al parecer, siente la nulidad de nuestro tiempo, lo que conduce al caos. Ahora, un amigo nuestro, que lleva mucho tiempo dentro de nuestra visión del mundo, añade unas líneas a lo que acabo de leerles. Lo que les he leído hasta ahora es precisamente de alguien que ve que algo nuevo debe venir, pero que en última instancia se atiene a las viejas frases. Nuestro amigo añade:

"Aquí vemos una visión del mundo que se da cuenta de que el marxismo, tal como aparece hoy en su forma más consistente en el bolchevismo, pertenece al viejo pensamiento. No es más que la antítesis del viejo mundo capitalista. Está tan enfermo como este último en la vida intelectual. Si bien es su adversario en lo económico, es uno con él en la base espiritual. 

 En su lugar, y en lugar de la moderna visión científica del mundo, debería haber una nueva visión antroposófica del mundo surgida de una "filosofía de la libertad".
Estas son sólo unas pocas líneas, añadidas por un amigo de nuestro movimiento, pero está claro para cualquiera que mire en el engranaje de la humanidad actual que esta ciencia espiritual antroposófica quiere surgir porque las cosas son así. Y hasta que no se admita que el proceso de enfermedad de nuestra vida actual sólo puede curarse mediante la investigación espiritual de orientación antroposófica, no habrá forma de salir del caos.
Por lo tanto, podemos decir sin inmodestia: Ojalá se encontraran muchos que dieran a la pregunta: "¿Qué debe ocupar su lugar?" la misma respuesta que dio el Dr. Kolisko en Viena a Karl Polanyi. Mientras se crea que la salvación de nuestro movimiento hay que buscarla en algún sectarismo, nunca se reconocerá el sentido de este movimiento. Sólo cuando nos demos cuenta de que estamos tratando un asunto mundial reconoceremos el significado de este movimiento.
Sólo pueden ser verdaderos portadores de esta visión del mundo quienes no sólo reconocen así su significado, sino que lo convierten en el impulso más íntimo de su propia voluntad. No quiero resumir en muchas palabras lo que quería decirles en esta conferencia. Nos volveremos a ver aquí en un futuro no muy lejano para discusiones similares. Ni siquiera hace falta que nos despidamos, porque esta vez no tardaremos tanto.
Pero debo decir que correspondería a una profunda necesidad de mi corazón si bastantes de ustedes se tomaran a pecho las palabras con las que he querido señalar algo sumamente importante en nuestra actual situación mundial, especialmente en las próximas semanas.
Hemos hablado de muchas influencias nocivas del mundo elemental en nuestro tiempo presente. Ustedes saben que un antiguo y verdadero punto de vista, que sólo hay que comprender correctamente, habla de que con el fin del año civil, cuando se acerca la época navideña, llegan esos días en los que es más intensa la influencia más espiritual que puede darse dentro de la esfera terrenal sobre el hombre.
Tal vez en este tiempo, que tan importante y esencial ha sido para los hombres a lo largo de los siglos, -que en nuestro tiempo no es mucho más que un tiempo para hacer "regalos apropiados"-, tal vez deberíamos, de acuerdo con una antigua costumbre del alma, buscar refugio en esos antiguos poderes espirituales que todavía pueden influir en nuestro destino humano, ¡si permitimos que tenga efecto en nuestra alma toda la seriedad de la relación entre el mundo espiritual y el mundo humano!

Esto es lo que quería decirles hoy. Cuando vuelva a dar una conferencia aquí, ya se os anunciará.

Traducido por J.Luelmo ago.2020

GA013 el sueño y la muerte

 

LA CIENCIA OCULTA

Por Rudolf Steiner 

Índice


capítulo III

EL SUEÑO Y LA MUERTE

No se puede penetrar en la naturaleza de la "conciencia despierta" sin estudiar el estado en el que vive el hombre durante el sueño; y por lo tanto no se puede afrontar el enigma de la vida sin estudiar la muerte.
En un hombre que no siente en absoluto el significado del conocimiento suprasensible, puede
, inicialmente surgir una cierta desconfianza hacia él por su forma de considerar el sueño y la muerte.

La ciencia oculta puede apreciar las razones de tal desconfianza.
Porque no es inconcebible que alguien diga que el hombre existe para la vida activa y productiva, que de dedicarse a ella depende su propia utilidad, que hundirse en la meditación sobre estados como el sueño y la muerte puede surgir sólo de una inclinación al sueño ocioso, y no puede conducir más que a fantasías vacías.
Por lo tanto, el rechazo de tales "fantasías" puede considerarse fácilmente como una indicación de una mente sana, y la indulgencia de los "sueños ociosos" como una morbosidad, típica de las personas que carecen de la fuerza y la alegría de vivir, y que son incapaces de una verdadera actividad productiva.
Uno se equivocaría al descartar este juicio como injusto.

Porque tiene en sí misma una cierta parte de verdad, un cuarto de la verdad; pero esto debe ser completado por los otros tres cuartos que le faltan.
El que ve claramente este primer cuarto justo, y ni siquiera sospecha la existencia de los otros tres, con razón se volvería desconfiado si lo cuestionáramos.
En efecto, hay que admitir incondicionalmente que el estudio de lo que se oculta bajo el sueño y bajo la muerte es algo morboso, si conduce a un debilitamiento, a un distanciamiento de la verdadera vida.
Y también hay que admitir que lo que ha salido al mundo en el pasado como una ciencia oculta, y lo que circula bajo ese nombre aún hoy, tiene muchas veces una impronta malsana y hostil para la vida.
Pero
 del verdadero conocimiento suprasensible no surge nada insano.

Por el contrario, la verdad es más bien ésta: así como el hombre no siempre puede estar despierto, tampoco en las exigencias reales de la vida, tomada en toda su extensión, puede prescindir de lo que le ofrece el conocimiento suprasensible.
La vida continúa en el sueño, y las fuerzas que
 durante la vigilia trabajan o crean, obtienen la fuerza y la renovación de lo que el sueño les proporciona.

Lo mismo ocurre con lo que el hombre puede observar en el mundo manifiesto.
Los límites del mundo son más amplios que el campo de esta observación, y lo que el hombre reconoce en lo visible debe ser completado y fecundado mediante lo que puede aprender sobre los mundos invisibles.
El hombre que no renueva continuamente con el sueño reparador, el vigor de las fuerzas agotadas, llega a destruir su propia vida; de modo similar, una consideración del mundo, que no es fecundada por el reconocimiento de lo invisible, conduce a la desolación.

De manera similar sucede con la "muerte"... los seres vivos sucumben a la muerte para que pueda surgir una nueva vida.
Es la ciencia oculta la que arroja una luz clara sobre las bellas palabras de Goethe: "La naturaleza inventó la muerte para tener mucha vida".
Así como no podría haber vida, en el sentido ordinario, sin la muerte, no puede haber un conocimiento real del mundo visible sin que la mirada penetre en lo invisible.
Todo el conocimiento de lo visible debe empaparse continuamente en lo invisible para poder desarrollarse.
Es evidente, pues, que sólo la ciencia de lo suprasensible hace posible la vida de la ciencia manifiesta; nunca debilita la vida, si se presenta en su verdadera figura; al contrario, la fortalece y la renueva y sana continuamente cuando, dejada a sí misma, se ha vuelto débil y enferma.
Cuando el hombre se duerme,
 cambia la conexión entre sus diferentes elementos constitutivos, como se ha descrito anteriormente en este libro.

Lo que yace en la cama del hombre dormido contiene el cuerpo físico y el cuerpo etérico, pero no el cuerpo astral, ni el yo.
Precisamente porque en el sueño el cuerpo etérico permanece conectado con el cuerpo físico, las actividades vitales continúan; porque desde el momento en que el cuerpo físico se dejase a su suerte, dejase de estar conectado con el cuerpo etérico, iría necesariamente en declive.
Lo que se extingue en el sueño son las representaciones, el dolor y el placer, la alegría y la pena; es la facultad de exteriorizar una voluntad consciente y facultades similares de la existencia.
De todo esto el cuerpo astral es el vehículo.
Por supuesto, para aquellos que juzgan imparcialmente, sería absurdo considerar la idea, de que en el sueño el cuerpo astral - con todo el placer y todo el dolor, con todo el mundo del pensar y la voluntad - es aniquilado.
De hecho, continúa existiendo, pero en otro estado.

Para que el yo humano y el cuerpo astral no sólo se llenen de placer y dolor y con lo que se ha mencionado anteriormente, sino también para que tengan una percepción consciente de ello, es necesario que el cuerpo astral esté unido al cuerpo físico y al cuerpo etérico.
En la vigilia está, pero en el sueño no lo está; se ha retirado de ellos.
Ha adoptado una forma de existencia diferente de la que posee cuando se une al cuerpo físico y al cuerpo etérico, y es tarea del conocimiento suprasensible considerar esta otra forma de existencia del cuerpo astral.
Durante el sueño el cuerpo astral desaparece para la observación en el mundo exterior; y es la ciencia oculta la que debe seguir la vida que vive hasta que, al despertar, recupera la posesión del cuerpo físico y del cuerpo etérico.
Como en todos los casos en que se trata del conocimiento de las cosas y procesos ocultos del mundo, así también
 es necesaria, para el descubrimiento de los hechos reales del estado de sueño, en su verdadero aspecto, una observación suprasensible; pero lo que se puede descubrir por este medio, una vez que se da a conocer, puede ciertamente ser comprendido por una mente verdaderamente sin prejuicios.

Porque los procesos del mundo oculto se revelan con sus efectos en el mundo manifiesto.
Cuando se reconoce que los resultados de la investigación suprasensible hacen comprensibles los procesos visibles, en esta confirmación que proporciona la vida se tienen todas las pruebas que es lícito exigir para tales cosas.
Quienes no quieran utilizar los medios que indicaremos a continuación para llegar a la observación arriba mencionada pueden hacer la siguiente experiencia.
Puede comenzar admitiendo los datos del conocimiento suprasensible como válidos y luego aplicarlos a las cosas manifiestas en el campo de su experiencia.
Entonces descubrirán que la vida se vuelve por este medio clara y comprensible; y cuanto más se convenzan de ello, más exacta y profundamente observarán la vida ordinaria.
 

Aunque en el sueño el cuerpo astral no tenga representaciones, ni tampoco sienta placer ni dolor, no permanece inactivo; al contrario, justamente en el sueño despliega una intensa actividad.
Es una actividad en la que siempre debe volver a entrar, a intervalos rítmicos, después de haber estado activo en relación con los cuerpos físico y etérico.
Así como un péndulo, después de haber oscilado a la izquierda, y habiendo vuelto a su posición de reposo, debe oscilar a la izquierda y a la derecha por efecto de la fuerza acumulada durante la primera oscilación, de la misma manera el cuerpo astral y el yo que contiene, después de haber realizado su actividad en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico durante cierto tiempo, debe, como resultado de esa actividad, realizar su acción durante cierto tiempo en un ambiente anímico-espiritual fuera del cuerpo.
En este estado extracorporal del cuerpo astral y del yo, para el hombre ordinario existe un estado de inconsciencia, precisamente porque éste representa el contraste con el estado de conciencia ligado a la conexión con el cuerpo físico y el cuerpo etérico; así como la oscilación a la derecha del péndulo representa el contraste con la de la izquierda.
La necesidad de caer en esta inconsciencia es sentida por la parte anímico-espiritual del hombre como cansancio, cansancio que es la expresión del hecho de que el cuerpo astral y el yo se preparan, durante el sueño, para volver a disipar en la siguiente vigilia lo que, como resultado de una actividad de formación puramente orgánica e inconsciente, ha llegado a formarse en el cuerpo físico y en el etérico, mientras están privados del elemento anímico-espiritual.
Esta actividad de formación inconsciente está en contraste con lo que ocurre en el ser humano durante y como efecto de la conciencia despierta; y estos dos estados opuestos deben alternarse rítmicamente.

El cuerpo físico sólo puede mantenerse en la forma y estructura adecuadas para el hombre por medio del cuerpo etérico; pero esta forma humana del cuerpo físico sólo puede mantenerse por medio de un cuerpo etérico que a su vez reciba las fuerzas adecuadas del cuerpo astral.
El cuerpo etérico es el constructor, el arquitecto del cuerpo físico; pero sólo puede construir convenientemente si recibe el impulso, sobre la forma en que debe construirlo, del cuerpo astral.
En éste se encuentran los modelos según los cuales el cuerpo etérico da forma al cuerpo físico.
Sin embargo, durante la vigilia, el cuerpo astral no contiene estos modelos, o al menos los contiene sólo hasta cierto punto.
Porque durante la vigilia el alma pone sus propias imágenes en su lugar.
Cuando el hombre vuelca sus sentidos hacia el mundo que le rodea, forma en su mente, a través de la percepción, imágenes que retratan el mundo que le rodea.
Tales imágenes consiguen perturbar esos modelos, que estimulan el cuerpo etérico para la preservación del cuerpo físico.
Únicamente cuando el hombre pudiera, por su propia actividad, proporcionar a su cuerpo astral imágenes capaces de dar el impulso adecuado al cuerpo etérico, sólo entonces dejaría de producirse esa perturbación.
Sin embargo, en la existencia humana tal perturbación desempeña un papel importante, y asegura que durante la vigilia los modelos del cuerpo etérico no actúen con toda su fuerza.
Durante la vigilia, el cuerpo astral trabaja en el interior del cuerpo físico; durante el sueño trabaja en él desde el exterior.1
Así como el cuerpo físico necesita el mundo exterior, que es de su propia naturaleza, por ejemplo, para la provisión de alimentos, algo similar ocurre con el cuerpo astral.
Piénsese en un cuerpo humano físico retirado del mundo que lo rodea, perecería.
Esto demuestra que sin el entorno físico ese cuerpo sería imposible.

De hecho, la Tierra entera debe ser tal como es, para que los cuerpos humanos físicos puedan existir en ella.
En realidad, este cuerpo humano íntimo no es sino una parte de la Tierra, de hecho, en un sentido más amplio, del universo físico.
Desde este punto de vista se puede comparar, por ejemplo, con el dedo de una mano comparado con el cuerpo humano entero.
Si se separa el dedo de la mano, ya no es un dedo, se pudre.
Lo mismo sucedería con el cuerpo humano, si se separara del cuerpo del que es miembro, de las condiciones de vida que le ofrece la Tierra.
Si fuera alejado un número suficiente de kilómetros de la superficie de la Tierra, moriría, como sucede con el dedo, cuando es amputado de la mano.
Si el hombre no se da cuenta de esta relación entre su cuerpo físico y la Tierra con la misma claridad con la que ve la relación entre un dedo y un cuerpo, se debe simplemente a la circunstancia de que el dedo no puede rodear el cuerpo como el hombre puede hacerlo en la Tierra, y que por lo tanto en el primer caso la dependencia salta más a la vista.
Ahora bien, así como el cuerpo físico es parte del mundo físico, el cuerpo astral pertenece a su propio mundo.
La vida despierta, sin embargo, lo arranca de su propio mundo.
Se puede obtener una idea de lo que sucede con una analogía.
Imaginemos que tenemos un jarrón de agua.
Una gota no es nada separada en sí misma dentro de la masa entera del agua; pero tomemos una pequeña esponja y absorbemos con ella una gota del total de la masa de agua.
Algo similar le sucede al cuerpo astral humano al despertar.
Durante el sueño está en un mundo de su propia naturaleza; forma parte de él, en cierto modo.

En el momento del despertar, el cuerpo físico y el cuerpo etérico lo absorben y se impregnan de él.
Dado que éstos disponen de los órganos adecuados, a través de ellos el cuerpo astral percibe el mundo exterior.
Pero, para llegar a esa percepción, el cuerpo astral tiene que desprenderse de su propio mundo, y sin embargo los modelos que el cuerpo astral necesita para el cuerpo etérico, sólo puede obtenerlos de su propio mundo.
Al igual que los alimentos llegan al cuerpo físico desde el entorno físico, así durante el sueño las imágenes del mundo astral que lo envuelve llegan al cuerpo astral.
De hecho, vive en el universo fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico; en el mismo universo del que procede enteramente el hombre.
En este universo está la fuente de las imágenes a través de las cuales el hombre obtiene su forma.
Él está armoniosamente incorporado a ese universo.
Durante la vigilia se aleja de esta amplia armonía para acceder a la percepción externa; durante el sueño el cuerpo astral vuelve a la armonía universal.
Al despertar trae tanta fuerza a sus cuerpos que por un tiempo puede volver a prescindir de la armonía.
Durante el sueño el cuerpo astral regresa a su tierra natal, y al despertar trae consigo fuerzas renovadas a la vida.
La riqueza que el cuerpo astral trae consigo al despertar se manifiesta en el exterior con el efecto restaurador que produce un sueño saludable.
Procediendo en la ciencia oculta, uno verá como la patria del cuerpo astral es más grande que la que pertenece al cuerpo físico en el sentido estricto del ambiente físico.
Porque mientras que el hombre como ser físico es un miembro de la Tierra, su cuerpo astral pertenece a mundos en los que otros cuerpos celestes también encuentran un lugar al lado de la Tierra.

Entonces entra durante el sueño -y esto, como ya se ha dicho, se verá mejor más adelante- en un mundo del que forman parte otros mundos, más allá de la Tierra.
Sería superfluo mencionar un malentendido que podría surgir fácilmente en relación con estos hechos; pero en nuestros días, cuando hay ciertas formas materialistas de ver las cosas, no es del todo innecesario.
En los círculos en los que dominan estas formas de ver, se puede considerar, por supuesto, que el estudio de un fenómeno como el sueño es científico sólo cuando se basa en elementos físicos.
Si los científicos aún no se ponen de acuerdo sobre la causa física del sueño, una cosa sería cierta: la necesidad de admitir ciertos procesos físicos subyacentes al fenómeno.
Sin embargo, sería bueno reconocer que el conocimiento mencionado anteriormente no está en absoluto en contradicción con esta afirmación.
La ciencia admite todo lo que se dice en este sentido, así como admite que para la construcción física de una casa hay que colocar un ladrillo sobre otro, y que, cuando la casa está terminada, su forma y estructura se explican por leyes puramente mecánicas.
Pero para que la casa se levante, es necesario el pensamiento del arquitecto.
Y este pensamiento no se consigue porque simplemente se investiguen las leyes de la física.
Así como detrás de las leyes físicas que hacen que la casa sea explicable están los pensamientos de su constructor, del mismo modo detrás de lo que la ciencia física presenta de forma perfectamente correcta están los hechos a los que se refiere el conocimiento suprasensible.
Por supuesto, esta similitud aparece a menudo cuando se trata de justificar la existencia de una base espiritual, del mundo, y puede parecer superficial.
Pero lo importante en estos asuntos no es conocer ciertos conceptos, sino darles la importancia adecuada en la evaluación de los hechos.

Puede surgir un obstáculo en la abrumadora fuerza que las representaciones contrarias ejercen sobre nuestro juicio, para impedir una adecuada apreciación de los hechos.
El sueño constituye un estado intermedio entre el sueño y la vigilia.
Lo que la experiencia del sueño presenta a la observación sensible es un mundo de imágenes múltiples, coloridas y entrecruzadas, que sin embargo oculta en sí mismo un orden, una ley.
Este mundo parece evidenciar, como un flujo y reflujo en una sucesión desordenada.
En los sueños, el hombre está libre de las leyes de la conciencia despierta, que lo encadenan a la percepción sensorial y a las normas de su raciocinio.
Sin embargo, el sueño sigue leyes misteriosas que atraen y fascinan la mente humana, y esta es la razón íntima por la que ese vago juego de la fantasía, que es la base de toda emoción artística, se compara voluntariamente con el "sueño".
Basta con recordar algunos sueños característicos para confirmar esta afirmación.
Un hombre sueña, por ejemplo, con defenderse de un perro que se le lanza encima.
Se despierta y se encuentra en el acto de rechazar inconscientemente de sí mismo parte de las sábanas, que, al cubrir su cuerpo de una manera incómoda, le resultaban opresivas.
¿De qué manera la vida onírica transforma aquí el hecho perceptible para los sentidos?
Lo que los sentidos percibirían en el estado de vigilia permanece completamente inconsciente, pero el sueño conserva un elemento esencial del mismo, es decir, el hecho de que el hombre desea rechazar algo de sí mismo, y teje un proceso imaginativo alrededor de este hecho.
Las imágenes como tales son ecos de la vida despierta.
Su forma de constituirse no tiene nada de arbitraria.
Todos sienten que la misma causa externa podría también evocar otras imágenes en el sueño.

Pero en el caso mencionado, expresan simbólicamente el sentimiento de que el hombre debe rechazar algo de sí mismo.
El sueño crea imágenes; es simbolista.
Y los procesos internos también pueden ser transformados en tales símbolos de sueño.
Un hombre sueña con oír el crepitar de un fuego a su lado; ve su llama en un sueño.
Se despierta y se da cuenta de que está demasiado tapado y caliente.
La sensación de calor excesivo se expresa simbólicamente en esa imagen.
Se pueden vivir experiencias dramáticas en un sueño como este.
Alguien sueña, por ejemplo, con estar al borde de un precipicio, mientras un niño viene corriendo hacia él.
El sueño les hace experimentar toda la angustia de preocuparse de que el niño pueda ser descuidado y caer en el abismo!
Lo ve caer y oye el sordo golpe de su cuerpo en las profundidades.
Se despierta y se da cuenta de que un objeto se ha desprendido de la pared y ha hecho un ruido sordo al caer.
La vida de ensueño transforma un evento tan simple en una aventura que tiene lugar en imágenes sin aliento.
No es necesario detenerse por ahora a considerar cómo sucede, en este caso, que por el hecho de la caída del objeto pesado se suceden una serie de procesos que parecen tener lugar en un determinado espacio de tiempo: sólo hay que tener en cuenta cómo el sueño transforma las percepciones del estado de vigilia en imágenes.
Se puede ver, por lo tanto, que tan pronto como los sentidos cesan su actividad, en el hombre se manifiesta una facultad creadora.

Esta es la misma fuerza creativa que existe incluso en el sueño sin sueños, en el que representa un estado del alma opuesto al de la vigilia.
Para que se produzca un sueño sin sueños, es necesario que el cuerpo astral se retire del cuerpo etérico y del cuerpo físico.
Durante el estado de sueño el cuerpo astral se separa del cuerpo físico de tal manera que ya no tiene ninguna relación con los órganos de los sentidos; sin embargo, mantiene cierta relación con el cuerpo etérico.
La percepción de los procesos del cuerpo astral en forma de imágenes deriva de esta unión con el cuerpo etérico.
En el momento en que esta unión también cesa, las imágenes se hunden en la oscuridad de la inconsciencia y se llega a un sueño sin sueños.
El carácter arbitrario y a menudo no concluyente de las imágenes de los sueños depende del hecho de que el cuerpo astral, debido a su separación de los órganos sensoriales del cuerpo físico, no puede relacionar correctamente estas imágenes con los objetos y acontecimientos del entorno exterior.
Particularmente concluyente a este respecto es la observación de un sueño, en el que el yo se disocia en cierto modo: por ejemplo, cuando uno sueña que es un escolar y no puede responder a una pregunta del maestro, a la que, sin embargo, el propio maestro responde inmediatamente después.
Quien sueña, al no poder utilizar sus órganos físicos de percepción, no está en situación de que ambos procedimientos se refieran a sí mismos como un solo y mismo individuo.
Así, incluso para reconocerse a sí mismo como un yo permanente, es necesario que el hombre esté provisto de órganos externos de percepción.
Sólo cuando el hombre ha adquirido la capacidad de ser consciente de su propio yo de otra manera, que por medio de estos órganos de percepción, el yo permanente se volvería perceptible para él incluso fuera de su cuerpo físico.

La conciencia clarividente debe proporcionar esta facultad, y los medios para lograrla serán examinados en particular más adelante en este libro.
La muerte en sí misma sólo ocurre a través de un cambio en la relación de los miembros de la entidad humana.
Cuánto nos revela la observación clarividente a este respecto, puede ser confirmado por sus efectos en el mundo manifiesto; también en este caso, por tanto, quien quiera juzgar desapasionadamente encontrará las enseñanzas del conocimiento suprasensible confirmadas en la vida exterior.
Pero, con respecto a estos hechos, la expresión de lo invisible en lo visible es menos evidente, y uno se encuentra con mayores dificultades para evaluar toda la importancia de lo que los eventos de la vida exterior nos dicen en confirmación de las comunicaciones que nos hace la ciencia oculta en este campo.
En este caso, entonces, aún más que en muchos otros examinados en este libro, uno puede ser llevado a creer que esto es pura ensoñación, cuando uno se niega a reconocer que todo lo visible contiene un claro indicio de lo invisible.
Mientras que en el sueño el cuerpo astral se desprende sólo del cuerpo físico y del cuerpo etérico, los cuales sin embargo permanecen unidos, en cambio con la muerte también se produce el desprendimiento entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico.
El cuerpo físico queda abandonado a sus propias fuerzas, y por lo tanto se desintegra y se convierte en un cadáver.
El cuerpo etérico se encuentra ahora, con la muerte, en una condición en la que nunca se había encontrado durante el período entre el nacimiento y la muerte - excepto en ciertas condiciones excepcionales que se mencionarán más adelante. -
Se encuentra, es decir, unido ahora con su cuerpo astral y desprovisto del cuerpo físico; pues el cuerpo etérico y el astral no se separan inmediatamente después de la muerte.

Se mantienen unidos por una fuerza cuya necesidad es fácil de comprender, ya que sin ella el cuerpo etérico no podría separarse en absoluto del cuerpo físico; permanecería conectado a éste, como sucede en el sueño, durante el cual el cuerpo astral es incapaz de separar uno del otro los dos elementos de la entidad humana.
Esta fuerza entra en acción con la muerte; libera el cuerpo etérico del cuerpo físico, de modo que el primero ahora permanece unido al cuerpo astral.
La observación clarividente muestra que esta unión después de la muerte es diferente en varios hombres.
La duración se mide en días.
La duración de este tiempo sólo se menciona aquí brevemente, a título informativo.
Más tarde, el cuerpo astral también se desprende del cuerpo etérico, y continúa su camino sin él.
Durante el tiempo que permanecen unidos los dos cuerpos, el hombre se encuentra en una condición que le permite darse cuenta de las experiencias del cuerpo astral.
Mientras existe un cuerpo físico, el cuerpo astral, tan pronto como se desprende en el sueño, debe comenzar su trabajo desde el exterior para vigorizar los órganos cansados por el uso.
Cuando el cuerpo físico se ha desprendido, este trabajo cesa.
Sin embargo, la fuerza, que era usada de esa manera durante el sueño, sigue existiendo después de la muerte y ahora puede ser usada para otros propósitos.
De hecho, sirve para hacer perceptibles las experiencias del cuerpo astral.
Quien observa sólo el lado exterior de la vida puede objetar que todas estas afirmaciones pueden ser convincentes para quienes están dotados de percepción suprasensorial, pero para todos los demás no parece haber ninguna posibilidad de acceso a su verdad.
Sin embargo, ese no es el caso.

Todo lo que que el conocimiento suprasensible pueda observar en este campo, que está fuera de la investigación común, una vez encontrado puede ser captado por la inteligencia normal del hombre.
Sólo es necesario que la capacidad de juicio del hombre se aplique correctamente a las relaciones entre los fenómenos de la vida, tal como se encuentran en el mundo manifiesto.
El pensar, el sentir y el querer, (la voluntad), están en tal relación entre sí y con las experiencias que el hombre tiene en el mundo exterior, que puede volverse completamente incomprensible, si su actividad manifiesta no es considerada como una expresión de una actividad no manifiesta.
Esta actividad manifiesta se ilumina para el juicio humano,
 únicamente cuando se considera en su desarrollo dentro de la vida física del hombre, como resultado de lo que el conocimiento suprasensible determina en la esfera no física.

Sin el conocimiento suprasensible uno se encuentra en una cámara oscura frente a esta actividad: así como los objetos físicos del entorno sólo pueden ser vistos a la luz, así también los eventos de la vida anímica humana se hacen comprensibles sólo por medio de la conciencia suprasensible.
Durante el período de la unión del hombre con su cuerpo físico, el mundo exterior se manifiesta a la conciencia a través de imágenes; después de la separación de este cuerpo, se hace perceptible lo que experimenta el cuerpo astral, aunque no esté conectado con el mundo exterior por ningún órgano sensorial.
En cambio, no tiene experiencias nuevas; su unión con el cuerpo etérico le impide experimentar nada nuevo.
Pero posee la memoria de la vida pasada.
La presencia del cuerpo etérico hace que la vida pasada aparezca como un cuadro vívido y completo.
Esta es la primera experiencia del hombre después de la muerte; ve
 desplegarse ante él su vida desde el nacimiento hasta la muerte en una serie de imágenes.

Durante esta vida, los recuerdos sólo existen durante el estado de vigilia, cuando el hombre está unido a su cuerpo físico y sólo durante el tiempo que este cuerpo lo permita; por el contrario, el alma no pierde nada de lo que le ha producido una impresión durante la vida.
Si el cuerpo físico fuera un instrumento perfecto, debería ser posible en cada momento de la vida evocar en el alma todo el pasado; con la muerte el impedimento cesa.
Mientras exista el cuerpo etérico, la memoria permanece en cierto modo completa; luego desaparece poco a poco, en la medida en que el cuerpo etérico pierde la forma que poseía durante su permanencia en el cuerpo físico, y que se asemeja a este último; ésta es también la razón por la que el cuerpo astral se separa del etérico después de un cierto período, limitado por el tiempo que dura en el cuerpo etérico la forma similar a la del cuerpo físico.
En el período de vida entre el nacimiento y la muerte, la separación del cuerpo etérico se produce sólo en casos excepcionales y por un breve período de tiempo.
Si, por ejemplo, se ejerce una fuerte presión sobre un miembro humano, una parte del cuerpo etérico puede desprenderse del cuerpo físico.
Entonces decimos que este miembro se ha "dormido", y la sensación particular que recibimos de él depende de la separación del cuerpo etérico. (Por supuesto, una interpretación materialista puede también negar en este caso lo invisible que se manifiesta en lo visible, alegando que todo esto proviene de una perturbación física resultante de la presión).
La observación suprasensible ve en este caso que una parte del cuerpo etérico sale del miembro físico.
Si entonces un hombre es sacudido por un fuerte susto, o algo similar, tal separación del cuerpo etérico del físico puede ocurrir por un tiempo muy corto, en una gran parte del cuerpo.
Este es el caso cuando, por cualquier razón, un hombre se enfrenta a la muerte, cuando, por ejemplo, está a punto de ahogarse, o durante una ascensión en las montañas, corre el riesgo de caer.

Lo que cuentan las personas que han pasado por tales experiencias se acerca mucho a la verdad y puede ser confirmado por la observación suprasensible.
Afirman que en esos momentos toda su vida se desplegó ante su alma como en un inmenso cuadro recordativo.
Entre los muchos ejemplos que podrían darse, escogeremos sólo uno, porque se refiere a una persona a la que, por su actitud mental, todo lo que digamos a este respecto debe parecer una ensoñación vacía.
De hecho, es particularmente útil para aquellos que desean avanzar algunos pasos en la ciencia oculta, conocer las afirmaciones de aquellos que consideran esta ciencia como mera ensoñación.
Estas afirmaciones no pueden atribuirse tan fácilmente a la parcialidad del observador.
Los ocultistas tendrán que aprender mucho de aquellos que consideran que su ciencia es una locura, y no tendrán que tomarla a mal si no son correspondidos con igual consideración.
La observación oculta no necesita ciertamente esta confirmación de sus propios hallazgos, ni tampoco deben considerarse estas insinuaciones como pruebas, sino como ilustraciones.
Maurizio Benedict, el ilustre antropólogo criminalista y eminente estudioso de muchas otras ramas de las ciencias naturales, cuenta en "Recuerdos de su vida" una de sus experiencias, es decir, que una vez, estando a punto de ahogarse, mientras estaba en el baño, vio cómo toda su vida pasada se le presentaba como un único cuadro.
Si otras personas describen estas imágenes vistas en circunstancias similares de una manera diferente, y si las describen de una manera que no tiene nada que ver con los acontecimientos de su vida pasada, esto no contradice lo que hemos dicho, porque las imágenes, que se presentan en esa condición enteramente anormal de separación del cuerpo físico, son a veces, a primera vista, poco claras en su relación con la vida.

Pero si se las mira de manera correcta, siempre se encontrará la relación.
Tampoco constituye una objeción el hecho de que alguien, por ejemplo, aunque estuviera a punto de ahogarse, no pasara por la experiencia que ahora se describe.
Hay que tener en cuenta que esto sólo ocurre cuando el cuerpo etérico se desprende realmente del cuerpo físico, pero permanece unido al cuerpo astral.
Si, debido al miedo, se produce también un desprendimiento parcial entre los cuerpos etérico y astral, la experiencia ya no tiene lugar, porque se produce una inconsciencia completa, como en el sueño sin sueños.
Inmediatamente después de la muerte, los eventos del pasado aparecen resumidos como en un cuadro recordativo.
Después de haberse separado del cuerpo etérico, el cuerpo astral continúa su viaje solo.
No es difícil comprender que en el cuerpo astral permanece todo lo que, como resultado de su propia actividad, ha adquirido durante su permanencia en el cuerpo físico.
El yo ha elaborado hasta cierto punto el Yo Espiritual, el Espíritu Vital y el Hombre-Espíritu, los cuales, por el desarrollo que han alcanzado, no deben su existencia a los diversos órganos de los diferentes cuerpos, sino al yo.
Y este yo es ese ser, que no necesita de órganos externos para percibir, ni para mantener la posesión de lo que ha unificado dentro de sí mismo.
Se podría objetar: "¿Cómo es que, durante el sueño, uno no tiene percepción de este Ser Espiritual, del Espíritu Vital, del Hombre-Espíritu desarrollado? - Precisamente porque, entre el nacimiento y la muerte, el yo está encadenado al cuerpo físico.
Aunque durante el sueño se encuentra junto con el cuerpo astral, fuera del cuerpo físico, sin embargo permanece estrechamente conectado con este cuerpo físico, porque la actividad de su cuerpo astral está dirigida al cuerpo físico. Pero si se las mira de manera correcta, siempre se encontrará la relación.
Tampoco constituye una objeción el hecho de que alguien, por ejemplo, aunque estuviera a punto de ahogarse, no pasara por la experiencia que ahora se describe.
Hay que tener en cuenta que esto sólo ocurre cuando el cuerpo etérico se desprende realmente del cuerpo físico, pero permanece unido al cuerpo astral.
Si, debido al miedo, se produce también un desprendimiento parcial entre los cuerpos etérico y astral, la experiencia ya no tiene lugar, porque se produce una inconsciencia completa, como en el sueño sin sueños.
Inmediatamente después de la muerte, los eventos del pasado aparecen resumidos como en un cuadro recordativo.

Debido a este hecho, el yo, con su percepción, se encuentra relegado al mundo sensible, y no puede acoger las revelaciones espirituales en su forma directa.

Sólo con la muerte estas revelaciones pueden ser accesibles al yo, porque mediante la muerte, el yo se libera de su unión con el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En el instante en que el alma es sacada del mundo físico, que vincula su actividad durante la vida, otro mundo se ilumina para ella.
Sin embargo, hay razones por las que incluso en este momento el hombre no deja de tener relación con el mundo exterior de los sentidos.
De hecho, hay ciertos apetitos que mantienen activa la relación; apetitos que el hombre mismo crea en sí mismo a través de la adquisición de la conciencia de su yo, como cuarto principio constitutivo de su ser.
Esos deseos, esos apetitos, que se derivan de la esencia de los tres cuerpos inferiores, sólo pueden actuar en el mundo exterior, y su acción cesa cuando esos cuerpos son depuestos
El hambre es causada por el cuerpo externo y ya no se siente cuando ya no está unido al yo.
Si el yo, por lo tanto, sólo tuviera los deseos inherentes a su esencia espiritual, podría, después de la muerte, encontrar plena satisfacción en el mundo espiritual al que se transfiere.
Pero la vida terrenal le ha dado otros deseos, inflamando en él la tendencia a los placeres que sólo pueden ser satisfechos por medio de los órganos físicos, aunque no provengan de la naturaleza misma de esos órganos.
No sólo los tres cuerpos exigen su satisfacción del mundo físico, sino que el yo también encuentra placeres en ese mundo para los cuales no hay medios adecuados en el mundo espiritual.
El yo tiene dos tipos de deseos durante la vida.

Aquellos que provienen de los cuerpos y deben ser satisfechos dentro de su ámbito, pero que cesarán en el momento de su desintegración; y aquellos que provienen de la naturaleza espiritual del Yo.
Mientras el yo habite en los cuerpos, esos deseos también se satisfacen mediante los órganos corporales.
Puesto que la espiritualidad oculta actúa en las manifestaciones de los órganos corporales, y los sentidos asimilan algo espiritual con todo lo que perciben, este elemento espiritual, aunque de otra forma, subsiste después de la muerte, y toda esa espiritualidad que el yo ha anhelado en el mundo de los sentidos permanece con él incluso cuando los sentidos ya no existen.
Ahora bien, si no añadimos una tercera clase de deseos a los dos ya mencionados, la muerte no sería más que un pasar de los deseos, que pueden ser satisfechos mediante los sentidos, a los deseos que encuentran su satisfacción en las revelaciones del mundo espiritual.
Esta tercera clase de deseos son aquellos que el Yo ha creado en sí mismo durante su vida en el mundo físico, porque encuentra placer en ello, incluso cuando no le revela nada espiritual.
Los placeres más humildes pueden ser manifestaciones del espíritu.
El placer, que un hombre hambriento experimenta mientras come, es una manifestación del espíritu, ya que al alimentarse se crea esa condición de las cosas, sin la cual, en cierto sentido, la naturaleza espiritual no podría desarrollarse.
Pero el yo puede excederse en el placer, que en este caso representa la satisfacción de una necesidad.
Puede desear comida sabrosa, sin importar el beneficio para el espíritu de la alimentación.
Lo mismo se dice de otras cosas del mundo físico.
Así que los deseos se crean de tal manera que nunca se habrían manifestado en el mundo de los sentidos si el yo humano no se hubiera incorporado a él.

Ni tales deseos provienen de la naturaleza espiritual del yo.
El yo debe tener deseos de los sentidos mientras viva en el cuerpo, también por su naturaleza espiritual, porque el espíritu se manifiesta en las cosas materiales, y es precisamente del espíritu del que goza el Yo cuando se abandona a ese elemento del mundo sensible a través del cual brilla la luz del Espíritu.
En el gozo de esta luz se seguirá encontrando incluso cuando los sentidos ya no sean el medio de irradiación espiritual.
Pero el mundo espiritual ya no satisface esos deseos, en los que el espíritu ya no palpita dentro del mundo sensible.
Con la muerte cesa la posibilidad de satisfacer tales deseos.
El placer de comer alimentos sabrosos puede existir, porque hay órganos físicos para degustarlos -el paladar, la lengua, etc.- que el hombre después de abandonar el cuerpo físico
 ya no posee; si el yo todavía demanda estos placeres, tendrán que quedar insatisfechos.

Si un goce físico se ajusta al espíritu, sólo dura mientras duren los órganos físicos, pero si el yo lo ha creado sin ponerlo al servicio del espíritu, permanece en él después de la muerte como un deseo, que en vano busca satisfacción.
Nos hacemos una idea de cómo es en tales condiciones, representando a un hombre que sufre de sed ardiente en una región donde por mucho tiempo no es posible encontrar una salpicadura de agua.
Esto es lo que le sucede al Yo después de la muerte, porque alimenta en su interior deseos aún no extinguidos por los placeres del mundo exterior, y ya no posee los órganos para satisfacerlos.
Por supuesto, esa sed ardiente, comparada con el estado del Yo después de la muerte, debemos imaginarla intensificada y representarla extendida a todos los diferentes deseos que aún existen y para los cuales no hay posibilidad de satisfacción.
El Yo se encuentra entonces en la condición de tener que liberarse de su vínculo de atracción con el mundo exterior.

El yo debe realizar en sí mismo en este sentido una purificación, una liberación.
Todos los deseos que ha creado durante la permanencia en el cuerpo, y que no tienen derecho a la ciudadanía en el mundo - espiritual - deben ser expulsados de él.
Así como un objeto arrojado al fuego se inflama y arde, así el mundo de los deseos ahora descrito se disuelve y se destruye después de la muerte.
Uno se enfrenta entonces a ese mundo, que la ciencia oculta designa como el "mundo del fuego espiritual destructor".
Este fuego devora aquellos deseos de los sentidos, en los que éstos no son una expresión del espíritu.
Las descripciones que el conocimiento suprasensible da a este respecto pueden parecer terribles y desalentadoras.
En efecto, puede parecer espantoso que una esperanza, cuya realización requiere órganos sensoriales, se convierta después de la muerte en desesperación; y que un deseo que sólo puede cumplirse en el mundo físico se convierta en una privación torturadora.
Uno puede sostener este punto de vista sólo hasta que se da cuenta de que todos los deseos y aspiraciones no representan, en el verdadero sentido, fuerzas beneficiosas para la vida, sino fuerzas destructivas.
Por medio de estas fuerzas el yo se vincula al mundo de los sentidos mucho más de lo necesario para lograr el objetivo correcto de extraer de este mundo todo lo que puede serle útil.
El mundo de los sentidos es la manifestación del mundo espiritual que hay detrás de él.
El yo nunca podría disfrutar de la espiritualidad, en la forma característica en la que puede manifestarse sólo a través de los sentidos corporales, si no quisiera usarlos para disfrutar de todo lo que es espiritual en los sentidos.

Sin embargo, el yo se priva de la verdadera realidad espiritual del mundo, en la medida en que en el mundo sensible tiende a los deseos de los que el espíritu está ausente.
Mientras que el placer sensorial, como expresión del espíritu, significa elevación, evolución del Yo, en cambio ese placer que no es una expresión del espíritu, significa decadencia y empobrecimiento.
Si un deseo de esta naturaleza se satisface en el mundo sensible, su efecto nocivo sobre el Yo permanece sin embargo; sólo que, antes de la muerte, no es perceptible para el Yo.
En la vida, por lo tanto, la satisfacción de tales deseos puede crear nuevos deseos similares, y el hombre no se da cuenta en absoluto de que desde sí mismo se está envolviendo en un "fuego devorador".
Después de la muerte, lo que ya le envolvía durante su vida se hace visible, y al hacerse visible se revela al mismo tiempo en sus consecuencias efectivas y beneficiosas.
Quien ama verdaderamente a otra persona no sólo se siente atraído por esa parte de él, que es perceptible para los sentidos físicos, y que es la única, se puede decir, que con la muerte se sustrae a la percepción.
Esa parte del ser amado, por otra parte, para cuya percepción los sentidos físicos eran sólo un medio, es precisamente la parte que ahora se hace perceptible.
De hecho, el único obstáculo a esta visibilidad sería la presencia de deseos, que sólo pueden ser satisfechos a través de los órganos físicos.
Hasta que estos deseos no se extingan, no se puede tener la percepción consciente de un ser querido después de la muerte.
Observando las cosas desde este punto de vista, las experiencias que siguen a la muerte, como el conocimiento suprasensible debe describirla, pierden el carácter de miedo y desolación y se transforman en algo profundamente confortable y satisfactorio.
Las experiencias inmediatas después de la muerte difieren de las de la vida actual también bajo otro aspecto.

Durante el período de purificación, el hombre recorre a la inversa el camino de su vida.
Revive todas las experiencias que ha vivido desde su nacimiento; empezando por los acontecimientos que precedieron inmediatamente a la muerte, vuelve a vivir toda su vida al revés, hasta su infancia.
Y entonces lo que no emanó de la naturaleza espiritual del Yo durante la vida se presenta a sus ojos espiritualmente.
Pero ahora lo experimenta en la dirección opuesta.
Un hombre, por ejemplo, que murió a la edad de sesenta años, y que los cuarenta años de edad, en un ataque de ira, causó a alguien cualquier daño, ya sea físico o moral, revivirá esta misma experiencia cuando, en su viaje de regreso después de la muerte, haya llegado al t
iempo de sus cuarenta años.

Sin embargo, no sentirá el placer que le causó el estallido de su ira, sino el dolor que le infligió al otro.
Sin embargo, de lo que hemos dicho, también resulta que de dicho acto, el yo puede percibir como dolor después de la muerte sólo lo que es causado por su deseo, que se origina sólo en el mundo físico externo.
Y en efecto, el Yo no sólo perjudica a los demás al satisfacer tales deseos, sino que también se perjudica a sí mismo, aunque no se dé cuenta de ello mientras dure la vida.
Sin embargo, después de la muerte, este mundo dañino de deseo se hace completamente visible para el Yo, que se siente atraído por cada ser u objeto que ha encendido su deseo, para que en el "fuego destructivo" se consuma igual que nació.
Cuando el hombre, en esa retrospección sobre su vida, llega al momento del nacimiento, sólo entonces todos los deseos han pasado por el fuego purificador, y nada le impide dedicarse completamente al mundo espiritual.
Pasa a una nueva etapa de la existencia.
Así como en la muerte ha abandonado el cuerpo físico, y poco después abandona el cuerpo etérico, así ahora esa parte del cuerpo astral, que sólo puede vivir en la conciencia del mundo físico exterior, se desintegra.

Según el conocimiento suprasensible, por lo tanto, hay tres cadáveres: el físico, el etérico y el astral.
El momento en el que este último es abandonado por el hombre marca el final del período de purificación, que consiste en aproximadamente un tercio del tiempo que el hombre pasa en la Tierra entre el nacimiento y la muerte.
Sólo más tarde, cuando examinemos el curso de la vida humana sobre la base de la ciencia oculta podremos entender claramente la razón de este hecho.
Para la observación suprasensible, los cadáveres astrales abandonados por los hombres son continuamente visibles en el ambiente que rodea al hombre, pasando de un estado de purificación a una existencia superior, de la misma manera que los cadáveres físicos son visibles en nuestro mundo.
Después de la purificación, un nuevo estado de conciencia comienza para el yo.
Mientras que antes de la muerte las percepciones externas tenían que fluir hacia él, para que la luz de la conciencia pudiera iluminarlas, ahora es desde el interior de ese mundo del que surge un mundo que llega a la conciencia.
El Yo vive en dicho mundo incluso en el período entre el nacimiento y la muerte, pero se presenta revestido con las manifestaciones de los sentidos.
Sólo cuando el Yo, libre de percepciones sensoriales, se percibe a sí mismo en su interioridad más sagrada, se le revela en su verdadera forma lo que antes le aparecía sólo a través del velo de los sentidos.
Así como la percepción del yo tiene lugar antes de la muerte en la interioridad, así desde la interioridad el mundo espiritual se le manifiesta en su plenitud después de la muerte y la purificación.

Tal revelación se produce de hecho inmediatamente después del abandono del cuerpo etérico; pero los deseos que están volcados al mundo exterior forman una nube oscura que oscurece su visión.
Es como si un mundo feliz de experiencias espirituales estuviera entremezclado de negras sombras demoníacas, que surgen de esos mismos deseos que se consumen en el "fuego purificador".
En efecto, esos deseos no son simplemente sombras, sino entidades reales; esto es evidente cuando el yo, habiéndose liberado de los órganos físicos, puede percibir lo que es de naturaleza espiritual.
Estos seres aparecen como falsificaciones y caricaturas de aquello de lo que el hombre una vez fue consciente a través de los sentidos.
La observación suprasensible ve el entorno del fuego purificador poblado por seres, cuya vista puede resultar horrorosa y dolorosa para el ojo espiritual; seres para los que el placer parece consistir en la destrucción, y cuyas pasiones son un mal tan grande que el del mundo físico es una nada en comparación.
Los deseos del tipo descrito anteriormente, que el hombre trae a ese mundo, son considerados por esos seres como un alimento, a través del cual su poder adquiere siempre nueva fuerza y vigor.
La descripción de tal mundo, invisible a los sentidos, parecerá menos improbable si observamos una parte del mundo animal sin prejuicios.
¿Qué representa un lobo feroz desde el punto de vista espiritual?
¿Qué se revela a través de lo que los sentidos perciben al observarlo?
Nada más que un alma que vive en la lujuria y cuya actividad está determinada por ellos.
La forma externa del lobo puede ser llamada la encarnación de estas ansias.

Y si el hombre no tuviera órganos para percibir esta forma, tendría que admitir, sin embargo, la existencia de tal ser, cuando las ansias por él se manifiestan invisiblemente sólo en sus efectos, y una fuerza invisible deambularía a su alrededor, produciendo todo lo que el lobo visible produce.
Ahora bien, los seres del fuego purificador existen, pero para la conciencia suprasensible y no para la conciencia sensible; pero su acción es evidente y consiste en la destrucción del Yo, si éste les da alimento.
Y esta acción se hace claramente visible, cuando un placer consentido llega al exceso y al libertinaje.
Porque lo que es perceptible para los sentidos debe atraer al Yo únicamente, por cuanto el placer se origina en su propia naturaleza.
El animal sólo busca las cosas externas que sus tres cuerpos desean.
El hombre tiene placeres más elevados, pues a sus tres elementos corporales se ha añadido un cuarto: el yo.
Pero cuando el Yo busca la satisfacción no para la conservación y el desarrollo de su naturaleza, sino para su destrucción, esta tendencia no puede provenir de la acción de sus tres cuerpos, ni de su propia naturaleza, sino sólo de aquella entidad, cuya forma real permanece oculta a los sentidos, pero que puede, de hecho, acercarse ocultamente a la naturaleza superior del Yo, y excitar en él deseos, no dependientes de los sentidos, pero que sólo pueden ser satisfechos por los órganos sensoriales.
Hay seres que se alimentan de las pasiones y deseos de peor naturaleza que los de los animales, porque no tienen lugar en el campo de los sentidos, sino que se adhieren al elemento espiritual, bajándolo al nivel de ellos.
Las formas de estos seres parecen, por lo tanto, horribles al ojo espiritual, más espantosas que las formas de los animales más feroces, en las que sólo se encarnan las pasiones arraigadas en los sentidos; y las fuerzas destructivas de estos seres superan con creces cualquier violencia perceptible del mundo animal.

Por lo tanto, el conocimiento suprasensible se ve obligado a dirigir la mirada de los hombres hacia un mundo de entidades en muchos aspectos´, inferiores al mundo visible de los animales destructivos.
Cuando el hombre, después de la muerte, ha pasado por el mundo descrito anteriormente, se enfrenta a un mundo lleno de espiritualidad y que crea en él sólo deseos de satisfacción a través de lo espiritual.
Pero también aquí el hombre distingue lo que pertenece a su propio yo de lo que constituye el entorno del yo, y que también se podría llamar su mundo exterior espiritual.
Pero lo que experimenta de este ambiente fluye hacia él, de igual manera que la percepción de su propio yo fluía hacia él durante su estancia en el cuerpo.
Así, mientras que lo que rodea al hombre entre el nacimiento y la muerte le habla a través de los órganos de su cuerpo, el lenguaje de su nuevo entorno penetra directamente en el "santuario íntimo" del Yo, cuando éste se ha liberado de todos sus cuerpos.
El ambiente íntimo que rodea al hombre está ahora lleno de entidades de la misma naturaleza de su Yo, ya que sólo un Yo puede entrar en relación con otro Yo.
Así como durante la vida el hombre está rodeado de minerales, plantas y animales, que conforman el mundo de los sentidos, así después de la muerte está rodeado de un mundo formado por entidades de naturaleza espiritual.
Pero el hombre lleva consigo a este mundo algo que no forma parte de ese entorno: es decir, aquello que ha experimentado en el mundo de los sentidos.
Al principio, inmediatamente después de la muerte, cuando el cuerpo etérico todavía estaba unido al Yo, el complejo de estas experiencias se manifestó en un panorama recordativo general.
Más tarde, el propio cuerpo etérico fue depuesto, pero de ese panorama recordatorio quedó algo en posesión del Yo como
 propiedad permanente suya.

Como si de todos los eventos, de todas las experiencias que el hombre pasó entre el nacimiento y la muerte, se obtuviera un extracto, una esencia, así se presenta ahora lo que queda del Yo.
Es el producto espiritual de la vida, el fruto de la vida.
Este producto es de naturaleza espiritual.
Contiene todo lo espiritual que se manifiesta a través de los sentidos; pero no podría haberse constituido sin la vida en el mundo sensorial.
El Yo, después de la muerte, siente que este fruto espiritual del mundo sensorial es su propio mundo, es su mundo interior, y con él penetra en el mundo formado por entidades, que se manifiestan como sólo un yo puede manifestarse en su interioridad más íntima.
Así como la semilla de una planta, que es la esencia de la propia planta, se desarrolla sólo cuando está enterrada en otro mundo, es decir, en la tierra, así lo que el Yo lleva consigo desde el mundo de los sentidos se desarrolla ahora como una semilla, bajo la acción del entorno espiritual que ahora lo ha acogido.
La ciencia oculta ciertamente sólo puede dar imágenes cuando tiene que describir lo que sucede en este "mundo del espíritu"; pero estas imágenes pueden ser tales que se presentan a la conciencia suprasensible como una realidad absoluta, cuando persigue los eventos en cuestión, invisible para el ojo físico.
Lo que hay que describir puede hacerse evidente mediante comparaciones con el mundo sensorial, porque, aunque no es en absoluto de naturaleza espiritual, se asemeja, en ciertos aspectos, al mundo físico.
Así como, por ejemplo, en este mundo aparece un color cuando tal o cual objeto incide en el ojo, así
 se presenta al Yo en el "mundo del espíritu un color", cuando una entidad ejerce una acción sobre él; pero este color se produce de la misma manera que durante la vida entre el nacimiento y la muerte, sólo la percepción del Yo puede ser determinada interiormente.

No es como si la luz penetrara desde el exterior hacia el hombre, sino como si otro ser actuara directamente sobre el yo y lo incitara a representarse a sí mismo en la forma de una imagen coloreada.
De este modo, todos los seres del entorno espiritual del yo encuentran su expresión en un mundo que irradia colores.
Dado que estos colores del mundo espiritual tienen un origen diferente, también tienen, por supuesto, un carácter un tanto diferente al de los colores físicos.
Lo mismo debe decirse de otras impresiones que el hombre recibe en el mundo sensorial.
Las impresiones más similares a las del mundo físico se dan por los sonidos del mundo espiritual.
Y cuanto más familiarizado está el hombre con este mundo, más se le manifiesta como una vida animada en sí misma, que puede ser comparada con los sonidos de la realidad sensorial y su armonía.
Pero él no oye el sonido como algo que golpea un órgano desde el exterior, sino como una fuerza, que fluye hacia el mundo a través de su yo.
Él oye el sonido, tal como oye en el mundo físico su propia palabra, su propia canción, con la diferencia de que ahora, en el mundo espiritual, sabe que los sonidos que emanan de él son al mismo tiempo una manifestación de otras entidades, que fluyen en el mundo a través de él.
Un grado aún mayor de manifestación ocurre en el "mundo de los espíritus", cuando el sonido se convierte en "palabra espiritual".
Entonces, a través del yo fluye no sólo la vida pulsante de otro ser espiritual, sino que ese ser en sí mismo hace que el yo participe en su propia interioridad.
Y cuando la palabra espiritual irradia hacia el Yo, dos seres viven en realidad uno en el otro, sin esa barrera de separación, que debe existir siempre en toda unión del mundo físico.
Y verdaderamente, después de la muerte, esta es la naturaleza de la unión del Yo con otros seres espirituales.

En el mundo espiritual hay tres regiones, que pueden ser comparadas con tres partes del mundo físico de los sentidos.
La primera región es, hasta cierto punto, el "continente" del mundo espiritual; la segunda, la región del mar y los ríos, y la tercera, la región atmosférica.
Lo que adopta una forma física en la Tierra, de manera que puede ser percibido por medio de órganos físicos, se percibe, en su esencia espiritual, en la primera región del "mundo espiritual".
En ella, por ejemplo, se puede ver la fuerza que da forma a la forma de un cristal.
Pero se manifiesta todo lo contrario de lo que parece a la visión sensorial.
El espacio, que en el mundo de los sentidos está lleno por la masa del cristal, se presenta a la mirada espiritual como un espacio vacío; pero a su alrededor se puede ver la fuerza que elabora la forma de la piedra.
El color que tiene una piedra en el mundo físico se manifiesta en el mundo espiritual como la experiencia de su color complementario; así, una piedra roja en el mundo espiritual
 nos parece verde; una piedra verde nos parece roja, y así sucesivamente.

Las otras propiedades también aparecen en sus opuestos.
Tal como las piedras, masas de tierra y similares constituyen el "continente", la "región continental" del mundo físico, así las formaciones que hemos descrito constituyen el "continente" del mundo espiritual.
Todo lo que el mundo de los sentidos contiene en sí mismo como vida, constituye la "región del mar" del mundo espiritual.
Para el ojo físico, la vida se manifiesta en sus manifestaciones, es decir, en plantas, animales y personas.
Para el ojo espiritual, la vida es una esencia fluida, similar al mar y los ríos, que impregna la región espiritual.
La comparación más exacta es con la circulación de la sangre en el cuerpo, porque, mientras que los mares y ríos del mundo físico nos parecen distribuidos irregularmente, una cierta regularidad reina en la distribución de la vida fluida del mundo espiritual, semejante a la circulación de la sangre en el cuerpo.

Esta "vida fluida" se percibe a la vez como un sonido espiritual.
La tercera región del mundo espiritual es la de su "atmósfera".
Lo que en el mundo físico se presenta como una sensación también existe en la región espiritual, interpenetrándola íntimamente, como el aire en la tierra.
Debemos figurarnos un mar de sensaciones.
El dolor y la tristeza, la alegría y el éxtasis fluyen violentamente en esta región, como el viento y la tormenta en la atmósfera del mundo físico.
Piensen en una batalla que se está librando en la tierra.
No solo se encuentra frente a simples formas humanas a las que el ojo físico puede ver, sino sentimientos contra sentimientos, pasiones contra pasiones; el campo de batalla está lleno de sufrimiento, como lo está de las formas humanas.
Todo lo que vive en ellas con pasiones, con dolor, con la alegría de la victoria no existe allí sólo en sus efectos perceptibles para los sentidos, sino que puede revelarse a los sentidos espirituales como un proceso atmosférico del mundo espiritual.
Tal evento está en el ambiente espiritual como una tormenta del mundo físico.
Y la percepción de tal evento puede ser comparable a la percepción auditiva de la palabra en el mundo físico.
Por lo tanto se dice: así como el aire envuelve e impregna a los seres terrenales, así la "palabra espiritual flotante" envuelve e impregna a los seres y procesos del mundo espiritual.
También es posible hacer otras observaciones en este mundo espiritual.
También hay algo que puede compararse con el calor y la luz del mundo físico.

Es el propio mundo del pensamiento el que penetra en todo el mundo espiritual, al igual que el calor penetra en los seres y las cosas de la tierra; pero los pensamientos debemos representarnoslos como seres vivos e independientes.
Lo que el hombre considera y llama pensamiento en el mundo manifiesto no es más que la sombra de lo que vive en el mundo del espíritu como entidad-pensamiento.
Imaginen el pensamiento tal como existe en los hombres, constituido fuera de ellos como una entidad activa, dotada de su propia vida interior, y tendrán ustedes una débil imagen de lo que llena la cuarta región del mundo espiritual.
Lo que el hombre percibe como "pensamiento" en su mundo físico, entre el nacimiento y la muerte, no es más que la manifestación del mundo del pensamiento, ya que puede ser moldeado por los instrumentos del cuerpo.
Pero todos los pensamientos que el hombre alberga en su interior y que enriquecen el mundo físico, proceden de esta región; no tienen por qué ser sólo los de los grandes inventores o los hombres de genio: todo hombre puede tener "ideas" que no debe sólo al mundo exterior, sino con las que lo transforma.
Los sentimientos y pasiones que despierta el mundo exterior son perceptibles en la tercera región del mundo del Espíritu; pero todo lo que puede vivir en el alma humana, para que el hombre sea capaz de crear y transformar y fecundar su propio ambiente, se manifiesta en su forma original y esencial en la cuarta región del mundo espiritual.
Lo que se encuentra en la quinta región puede compararse con la luz física.
En su forma arquetípica es la "Sabiduría" la que se manifiesta.
Los seres que irradian sabiduría en su entorno, a semejanza de como el Sol irradia en los seres del mundo físico, pertenecen a esta región.

Aquello que es iluminado por esta sabiduría se revela en su verdadero significado e importancia para el mundo espiritual, como un objeto físico revela su color a la luz.
Luego hay regiones aún más altas en el mundo del Espíritu, que serán descritas en el curso de este trabajo.
Después de la muerte, el Yo se encuentra inmerso en ese mundo, junto con el fruto que ha traído consigo de la vida sensorial.
Y este fruto sigue unido a la parte del cuerpo astral que no se abandona al final del período de purificación; de hecho, sólo se desprende esa parte, que después de la muerte tiene deseos y aspiraciones que están volcados hacia la vida física.
La inmersión del yo en el mundo espiritual, junto con lo que ha adquirido a través de la vida en el mundo físico, puede compararse con la inmersión de una semilla en el suelo que debe hacerla madurar.
Así como la semilla extrae sustancia y fuerza de su entorno para desarrollarse en una nueva planta, de la misma manera el Yo, implantado en el mundo espiritual, crece y se desarrolla.
En aquello que un órgano percibe también está oculta la fuerza por la que el propio órgano se forma.
El ojo percibe la luz, pero si la luz no existiera, el ojo tampoco existiría.
Los seres que pasan sus vidas en la oscuridad no desarrollan órganos visuales.
Así pues, la totalidad del cuerpo del hombre está constituido por las fuerzas ocultas que subyacen en lo que los órganos del cuerpo perciben.
El cuerpo físico está formado por las fuerzas del mundo físico, el cuerpo etérico por las fuerzas del mundo vital, y el cuerpo astral es elaborado por el mundo astral.
Por lo tanto, cuando el yo se transfiere al mundo del espíritu, se encuentra en contacto precisamente con aquellas fuerzas que habían permanecido ocultas a la percepción física.

En la primera región del mundo del espíritu, se hacen visible las entidades espirituales que siempre han rodeado al hombre, y que también han construido su cuerpo físico.
Por tanto, en el mundo físico el hombre no percibe nada más que las manifestaciones de esas fuerzas espirituales, que también han dado forma a su propio cuerpo físico.
Después de la muerte se encuentra precisamente en medio de estas fuerzas de formación que anteriormente estaban ocultas y que ahora se le revelan en su verdadera forma.
Asimismo, en la segunda región se encuentra en medio de las fuerzas que forman su cuerpo etérico; en la tercera región, a su vez, las fuerzas que han formado su cuerpo astral fluyen hacia él.
Las regiones superiores del mundo espiritual también hacen fluir hacia él lo que ha contribuido a su formación para la vida entre el nacimiento y la muerte.
Estas entidades del mundo espiritual trabajan ahora junto con lo que el hombre ha traído consigo como fruto de la vida anterior, y que ahora se convierte en un germen (semilla).
A través de esta cooperación, el hombre se constituye una vez más en primer lugar como un ser espiritual.
Durante el sueño, el cuerpo físico y el cuerpo etérico están todavía presentes; el cuerpo astral y el Yo están fuera de estos dos cuerpos, pero todavía conectados con ellos, y lo que pueden recibir durante este estado como influencias del mundo espiritual sólo puede servir para restaurar las fuerzas agotadas durante la vigilia.
Pero cuando el cuerpo físico y el cuerpo etérico han sido desechados, y, después de la purificación, también aquella parte del cuerpo astral que está "dirigida hacia los deseos del mundo físico, entonces todo lo del mundo espiritual fluye hacia el yo ejerce una acción, no sólo de mejora, sino también de reorganización.
Y después de cierto tiempo, del que hablaremos más adelante en este libro, un nuevo cuerpo astral se forma en torno al Yo, capaz de habitar un cuerpo etérico y un cuerpo físico similar al del hombre entre el nacimiento y la muerte.

El hombre puede pasar por un nuevo nacimiento y reaparecer en una nueva existencia terrenal, en la que el fruto de la existencia anterior se incorpora ahora.
Mientras la formación del cuerpo astral está en curso, el hombre asiste como testigo a esta reconstitución del cuerpo astral; pues las fuerzas del mundo espiritual no se le manifiestan por medio de órganos externos sino interiormente, como su propio yo en la autoconciencia, por lo que puede percibir estas manifestaciones mientras sus sentidos no estén todavía dirigidos hacia un mundo exterior de percepciones.
Sin embargo, desde el momento en que el cuerpo astral se constituye de nuevo, este sentido se vuelve hacia afuera.
El cuerpo astral exige ahora un cuerpo etérico exterior y un cuerpo físico de nuevo; de esa manera se desvía de las manifestaciones del mundo interior.
Ahora se presenta un estado intermedio, durante el cual el hombre cae en la inconsciencia.
La conciencia puede despertarse en el mundo físico sólo después de que los órganos necesarios para la percepción física se han formado.
En este período, en el que la conciencia deja de estar iluminada por la percepción interna, el nuevo cuerpo etérico comienza a conectarse con el cuerpo astral y el hombre puede volver a entrar en un cuerpo físico.
Sólo un Yo podía participar conscientemente en este proceso de conexión, que por sí mismo había producido las fuerzas creativas ocultas en el cuerpo etérico y el cuerpo físico, a saber, el Espíritu Vital y el Hombre-Espíritu.
En tanto el hombre no llegue a este punto, otras entidades, más avanzadas que él en su evolución, deben hacer esta unión.
El cuerpo astral es guiado por tales entidades hacia una pareja de progenitores, que pueden proporcionarle el cuerpo etérico y el cuerpo físico adecuado.
Antes de que se establezca la conexión con el cuerpo etérico, ocurre algo extraordinariamente importante para el hombre que está a punto de entrar en la existencia física de nuevo.

El hombre creó fuerzas perturbadoras durante su vida anterior, que se hicieron evidentes para él durante el viaje hacia atrás que se efectúa después de la muerte.
Utilicemos el ejemplo ya mencionado, es decir, del hombre, que en el cuadragésimo año de su vida anterior hizo que alguien sintiera dolor en un impulso de ira.
Después de la muerte, este dolor de otra persona se encuentra ante él, como una fuerza que contrasta con el desarrollo de su propio yo.
Y lo mismo ocurre con todos los casos de su vida anterior.
Cuando vuelve a entrar en la vida física, estos impedimentos para la evolución aparecen de nuevo ante el yo.
Así como al sobrevenirle la muerte una especie de imagen recordatoria se presenta ante el yo humano, así ahora una imagen de la vida por venir también se le presenta.
El hombre vuelve a ver una imagen que le revela, esta vez, todos los obstáculos que tendrá que superar si quiere progresar en su evolución.
Y lo que ve de esta manera se convierte en el punto de partida de las fuerzas que el hombre debe llevar consigo en su nueva vida.
La imagen del dolor infligido a otros se convierte en una fuerza, que empuja al yo, cuando vuelve a la vida, a remediar ese dolor.
La vida anterior ejerce por tanto una acción decisiva sobre la nueva vida.
Las causas de las acciones de la nueva vida se encuentran de cierta manera en la vida anterior.
Esta correlación directa entre la existencia pasada y la nueva es la ley del destino, a la que generalmente nos referimos como "Karma", un nombre tomado de la sabiduría oriental.
Sin embargo, la constitución de un nuevo conjunto de cuerpos no es la única actividad que le incumbe al hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Mientras se está llevando a cabo esta reconstitución, el hombre vive fuera del mundo físico, que mientras tanto prosigue su avance en su propia evolución.

En períodos de tiempo relativamente cortos, la Tierra cambia su apariencia.
¿Cómo eran hace unos miles de años las regiones que componen Alemania hoy en día?
Cuando el hombre comienza una nueva existencia en la Tierra, generalmente nunca se ve igual que durante su vida anterior.
Mientras ha estado ausente, se han producido todo tipo de cambios.
En estas transformaciones de la apariencia de la Tierra, también actúan fuerzas ocultas que ejercen su acción precisamente desde ese mundo en el que el hombre se encuentra después de la muerte.
El hombre mismo debe cooperar en estas transformaciones de la Tierra, y sólo puede hacerlo bajo la dirección de entidades superiores, hasta que con la constitución del Espíritu Vital y del Hombre-Espíritu haya adquirido una clara conciencia de la relación entre lo espiritual y su expresión en lo físico.
También coopera en las transformaciones de las condiciones terrestres.
Se puede decir que durante el tiempo entre la muerte y el renacimiento el hombre transforma la Tierra de tal manera que las condiciones de la Tierra están en armonía con lo que él mismo ha desarrollado en su interior.
Si observamos un punto en la Tierra en un momento dado y luego volvemos a observarlo después de mucho tiempo, lo encontraremos completamente cambiado; las fuerzas que han producido estos cambios se hallan en el entorno de los muertos.
Así que incluso entre la muerte y un nuevo nacimiento la gente se encuentra en conexión con la Tierra.
La conciencia suprasensible ve en toda la existencia física la manifestación de una espiritualidad oculta.

Para la observación física, es la luz del sol, los cambios climáticos, etc., los que producen los cambios de la Tierra.
Para una observación suprasensible, en cambio, es la fuerza de los hombres muertos la que actúa en el rayo de luz que cae sobre la planta desde el sol.
Esta observación se manifiesta en forma de almas humanas revoloteando alrededor de las plantas, transformando el suelo y otras cosas similares.
Después de la muerte el hombre no sólo se cuida a sí mismo y la preparación para su nueva vida.
Él tiene además la tarea de trabajar espiritualmente para el mundo exterior, así como durante el período entre el nacimiento y la muerte tiene la tarea de trabajar físicamente.
La vida de los hombres en el mundo espiritual influye en las condiciones del mundo físico, pero a su vez la actividad de la existencia física también ejerce su acción en el mundo espiritual.
Un ejemplo ilustrará lo que sucede a este respecto.
Existe un vínculo afectivo entre madre e hijo.
Este afecto emana de la atracción mutua, que tiene sus raíces en las fuerzas del mundo de los sentidos.
Pero con el paso del tiempo el afecto se transforma, y a partir del vínculo físico se desarrolla un vínculo espiritual, que se teje no sólo para el mundo físico sino también para el mundo del espíritu.
Esto también ocurre en otras circunstancias similares.
Lo que ha sido tejido en el mundo físico por entidades espirituales permanece en el mundo espiritual.
Los amigos, que durante la vida estuvieron íntimamente conectados, se encuentran en el mundo espiritual, y después del abandono del cuerpo su unión es aún más íntima que en la vida física.
En efecto, como espíritus, se manifiestan el uno al otro por la vía de la interioridad en la forma ya descrita, y que le es propio a las entidades espirituales, y un vínculo tan estrecho entre dos hombres también los lleva de nuevo juntos a una nueva vida.

En el verdadero sentido de la palabra, por lo tanto, podemos decir que los hombres se reencuentran después de la muerte.
Todo lo que ha ocurrido para el hombre entre el nacimiento y la muerte, y luego entre la muerte y un nuevo nacimiento, se repite.
El hombre regresa una y otra vez a la Tierra, cuando el fruto que ha adquirido durante una existencia física ha madurado en el mundo espiritual.
Pero esto no es una repetición sin principio ni fin.
El hombre ha procedido de otras formas de existencia distintas a la que ahora describimos, y pasará de nuevo a otras formas en el futuro.
Tendremos una idea de estas etapas de transición cuando describamos más adelante desde el punto de vista de la ciencia, la evolución del universo en relación con la del hombre.
Los procesos que tienen lugar entre la muerte y un nuevo nacimiento naturalmente se producen de forma aún más oculta para la observación de los sentidos externos que los espirituales, que es la base de la existencia manifiesta entre el nacimiento y la muerte.
La observación de los sentidos puede ver la acción de esa parte del mundo oculto sólo allá donde se manifiesta en la existencia física.
A este respecto, cabe preguntarse si el hombre, que por medio del nacimiento entra en la existencia, trae consigo algo de esos procesos descritos por la ciencia oculta, que tienen lugar entre la muerte que precede al último nacimiento y el nacimiento mismo.
Sin embargo, cuando se encuentra la cáscara de un caparazón en el que no hay rastros del animal, debe admitirse que esta cáscara se formó por la actividad del animal, y no será posible creer que se formó en esa forma únicamente por fuerzas físicas.
De la misma manera, quien estudie al hombre durante su vida y encuentre en él algo que no pueda derivarse de esta vida, puede admitir razonablemente que esto se deriva de lo que la ciencia oculta describe, y al hacerlo puede arrojar luz sobre fenómenos que de otra manera permanecerían inexplicables.

De esa manera, también en este caso, la observación propia del intelecto físico podría, a partir de los efectos visibles, llegar a encontrar las causas invisibles comprensibles.
Y el que observa esta vida imparcialmente detectará con cada nueva observación cómo esto es verdad.
Sólo es cuestión de encontrar el punto de vista correcto para examinar estos efectos en la vida.
¿Dónde encontramos, por ejemplo, las consecuencias de lo que los conocimientos suprasensibles describen como procesos del período de purificación?
¿Cómo manifestamos los efectos de lo que, según la investigación espiritual, el hombre experimenta en las regiones de la espiritualidad pura después de que haya pasado el tiempo de la purificación?
Los enigmas aparecen por todos lados, en este campo, para aquellos que observan la vida con seriedad y conciencia.
Vemos a un hombre nacido en la necesidad o en la miseria, y lo vemos dotado de tan escasas facultades, que por estas condiciones inherentes a su nacimiento parece a priori destinado a una existencia miserable.
Otro, desde el primer momento de su vida, es sostenido y cuidado por corazones y manos amorosas; en él se desarrollan facultades brillantes: está destinado a una existencia llena de éxitos y satisfacciones.
Estos problemas pueden ser examinados desde dos puntos de vista diferentes.
Uno se ceñirá a lo que los sentidos perciben y lo que el intelecto, basado en ellos, es capaz de comprender.
Este punto de vista no admitirá que hay un problema a resolver, en el hecho de que un hombre nazca afortunado y otro desafortunado.

Aunque no se pronuncie la palabra "casual", no se dejará de suponer la existencia de una ley de causa y efecto que opera de esta manera.
En cuanto a las disposiciones, habilidades, se considerarán, desde este punto de vista, como heredadas de los padres, abuelos o antepasados, y sus causas no se buscarán en los procesos espirituales, experimentados por la propia persona -independientemente de la línea de herencia de los antepasados- antes de su nacimiento, y a través de los cuales formó sus propias disposiciones y habilidades.
Pero otro punto de vista no estará satisfecho con tal interpretación, y dirá: "Incluso en el mundo manifiesto, para todo lo que sucede en cada ocasión y en cada ambiente, es necesario presuponer causas determinantes.
Aunque a menudo esas causas no se han buscado, no obstante existen.
Una flor alpina no puede nacer en las tierras bajas.
Hay algo en su naturaleza que lo conecta con las regiones alpinas.
De la misma manera, debe existir en cada hombre algo que lo haga nacer en un determinado ambiente.
Las causas físicas por sí solas no son suficientes para explicar este hecho, porque tal explicación, para los que piensan con cierta profundidad, equivaldría a atribuir el golpe que un hombre da a otro, no a la expresión del sentimiento de este hombre, sino al simple mecanismo físico de su mano.
De la misma manera no puede satisfacer la explicación que atribuye la capacidad y las tendencias del hombre al factor hereditario solamente.
Es cierto que se puede decir: "Mira cómo se transmiten ciertas habilidades por herencia en ciertas familias.
Durante dos siglos y medio el talento musical fue hereditario en la familia Bach.

La familia Bernoulli cuenta con hasta ocho matemáticos, que en su infancia fueron asignados a otras profesiones; su talento "hereditario", sin embargo, los encamina a la vocación familiar.
También se puede observar que, remontándose a la línea hereditaria de una personalidad prominente, resulta que, de un modo u otro, las facultades de que está dotada también aparecieron en sus antepasados, y representan sólo la suma de las disposiciones heredadas.
Quien se atenga al segundo punto de vista no dejará de notar estos hechos, que, sin embargo, no tendrán para él el mismo significado que para quienes apoyan sus interpretaciones en la sola evidencia de los sentidos.
Señalará que las disposiciones hereditarias no pueden de por sí combinarse en una personalidad completa, al igual que las diversas piezas de un reloj no pueden de por sí unirse y formar un reloj.
Y si se objeta que la cooperación de los padres puede producir indudablemente la combinación de disposiciones - y por lo tanto corresponde a la acción del relojero - se puede responder: "Mirad sin ideas preconcebidas lo que es nuevo en la personalidad de cada niño; esto no puede venir de los padres, por la simple razón de que no existe en ellos.
La falta de claridad de pensamiento puede causar mucha confusión a este respecto; y lo peor ocurre cuando los partidarios del primer punto de vista acusan a los partidarios del segundo de oponerse a lo que, después de todo, se basa en hechos establecidos.
Pero puede ser que estos últimos no tengan la intención de negar la verdad y el valor de tales hechos.
Por ejemplo, también ven que una determinada actitud o predisposición mental es "hereditaria" en una familia, y que ciertos dones acumulados y combinados en uno de los descendientes producen una personalidad distinta.
Están dispuestos a admitir lo que se dice, a saber, que los nombres más famosos rara vez se encuentran al principio de un linaje, sino más bien al final del mismo.

Sin embargo, no se les debe reprochar que se vean obligados a formarse una opinión muy distinta de la de las personas, que se basan únicamente en pruebas materiales.
A esto último se le podría decir que, ciertamente, el hombre revela las características de sus antepasados, porque el elemento de vida espiritual, que penetra en la existencia física con el nacimiento, extrae su sustancia corpórea de lo que se transmite por herencia.
Pero esto sólo significa que un ser lleva las características del entorno en el que se ha establecido.
Sin duda la siguiente comparación parecerá extraña, incluso superficial; pero una persona sin prejuicios no puede negar su validez.
El hecho de que un ser humano se revele dotado de las cualidades de sus antepasados sirve tan poco para demostrar el origen de sus cualidades personales como el hecho de verlo mojado, si ha caído al agua, tampoco puede servir para demostrar la naturaleza íntima de la propia persona.
Y también puede decirse que, si el nombre más ilustre se encuentra al final de un linaje, esto muestra que el propietario de un nombre tan ilustre necesitaba ese linaje particular de antepasados para constituir el cuerpo necesario para la expresión de su personalidad completa.
Pero esto no es una prueba de la transmisión "hereditaria" de sus cualidades personales; al contrario, esta afirmación es contraria a la lógica.
Si las cualidades personales fueran hereditarias, tendrían que estar al principio del linaje y, a partir de ahí, ser transmitidas a los descendientes, y puesto que están al final, lo que prueba es que no son hereditarias.
Sin embargo, no se puede negar que aquellos que afirman la existencia de la causalidad espiritual en la vida también han contribuido en gran medida a la confusión en el pensamiento.

La mayoría argumentan de manera genérica e indeterminada, y eso es un error.
La afirmación de que la personalidad humana es una combinación de características heredadas puede compararse con la afirmación de que los trozos de metal pueden unirse para formar un reloj.
Sin embargo, hay que admitir, con respecto a muchas afirmaciones sobre el mundo espiritual, que es como si alguien dijera: "Así como las partes del reloj no pueden reunirse en sí mismas para hacer avanzar las esferas, debe haber algo espiritual que determine ese movimiento".
Comparado con tal afirmación, sin duda se apoya sobre una base más segura el razonamiento de quien dice: "¡Oh! No me interesan en absoluto tales seres "místicos" que empujan las esferas hacia adelante; lo que trato es de conocer el dispositivo mecánico que hace ese movimiento.
No se trata sólo de saber que detrás de un mecanismo, como el reloj, hay una inteligencia (el relojero); lo importante será conocer las ideas que en la mente del relojero precedieron a la construcción del juego de oro.
Estas ideas se pueden encontrar en el mecanismo.
Cualquier simple sueño y fantasía sobre el mundo suprasensible sólo conduce a una gran confusión, porque no da satisfacción a los críticos.
Tienen derecho a decir que tales alusiones genéricas a seres suprasensibles no contribuyen en absoluto a la comprensión de los hechos.
Seguramente tales críticos pueden afirmar lo mismo con respecto a los hallazgos exactos de la Ciencia del Espíritu.
Pero en este caso se puede observar, que los efectos de las causas espirituales ocultas se revelan en la vida manifiesta. Se puede decir: "Admitamos por un momento la exactitud de lo que la investigación espiritual ha establecido por medio de su exploración, a saber, que el hombre pasó por un período de purificación después de la muerte, y que durante este tiempo experimentó anímicamente cómo cierta acción que realizó en su vida anterior constituyó un obstáculo para el proceso de su evolución.

A raíz de haber pasado por esa experiencia, se formó en él el impulso de poner remedio a las consecuencias de ese hecho.
Lleva consigo este impulso a una nueva vida, y la presencia de este impulso produce en su naturaleza una tendencia, que le impulsa hacia esas condiciones, que harán posible tal fin.
Teniendo en cuenta la complejidad de estos impulsos encontramos la razón por la que un ser humano nace en el entorno correspondiente a su destino.
Consideremos ahora otro postulado de la misma manera.
Supongamos que la afirmación de la Ciencia del Espíritu es correcta, que los frutos de una vida pasada se incorporan al germen espiritual del hombre, y que la región espiritual en la que se encuentra en el tiempo que transcurre entre la muerte y el nuevo nacimiento es el campo en el que estos frutos maduran y se transforman en disposiciones y facultades, para luego reaparecer en una nueva vida y formar la personalidad de tal modo que se manifiesta como efecto de lo adquirido en su vida anterior.
Es evidente para cualquiera que acepte esta premisa y con ella contemple la vida imparcialmente, que por este medio todos los hechos materiales pueden ser apreciados en su completa verdad e importancia, y que al mismo tiempo también se hace inteligible para aquellos que dirigen su atención al mundo espiritual, todo lo que siempre permanecería incomprensible si se basara únicamente en hechos materiales.
Y, lo que es más importante, el razonamiento ilógico que mencionamos antes se desvanecerá, razonamiento que pretende afirmar, que puesto que el nombre más ilustre de un linaje está al final del mismo, la personalidad en cuestión debe haber heredado tales dones.

La vida se hace lógicamente comprensible por medio de los hechos suprasensibles comprobados por la ciencia oculta.
Ahora, sin embargo, podría hacerse una objeción muy válida por parte del buscador concienzudo de la verdad, que desea llegar a la persuasión de los hechos, sin tener una experiencia propia del mundo suprasensible.
Puede decir que es inadmisible aceptar la existencia de hechos de cualquier tipo, simplemente porque sirven para explicar lo que de otro modo sería inexplicable.
Tal objeción no tiene sentido para quien conoce los hechos de la materia por medio de la experiencia anterior, y en los capítulos siguientes de esta obra se indicará el camino para adquirir, por experiencia personal, el conocimiento no sólo de los hechos espirituales descritos anteriormente, sino también de la ley de causalidad espiritual que los determina; pero quien no se sienta dispuesto a seguir este camino puede considerar muy importante la objeción anterior.
Todo lo que se pueda decir en contra también será de valor para aquellos que se han propuesto seguir el camino indicado, ya que si esas explicaciones son aceptadas en su verdadero sentido, este será el primer y mejor paso en ese camino.
Sin embargo, es cierto que no debemos aceptar la existencia de algo completamente desconocido para nosotros, sólo porque por tales medios se nos da a explicar algo que de otra manera permanecería inexplicable.
Pero, con respecto a los hechos espirituales mencionados anteriormente, el caso es diferente.
Si se aceptan las explicaciones, el resultado no es sólo que la consecuencia intelectual de la vida a través de ellas se hace inteligible, sino que, al aceptar tales premisas, uno experimenta algo absolutamente nuevo en sus pensamientos.
Tomemos el siguiente caso: algo le sucede a un hombre, que le causa sentimientos muy dolorosos.
Puede afrontar esta situación de dos maneras diferentes: puede someterse a lo que le sucede, como si fuera algo muy doloroso, y entregarse a la sensación dolorosa, dejándose absorber por su propio dolor; pero también puede actuar de otra manera.

Puede decirse a sí mismo: "Soy yo mismo quien en una vida anterior formó dentro de mí la fuerza que me llevó a este evento hoy; de hecho, yo mismo fui atraído por esta dolorosa experiencia.
Puede entonces despertar en sí mismo todos los sentimientos que este pensamiento trae consigo.
Por supuesto, este pensamiento debe ser experimentado con toda seriedad y con la mayor fuerza, si se quieren extraer de él las consecuencias adecuadas para la vida del sentimiento.
Quien tenga éxito en esto, experimentará algo que se entenderá mejor por comparación.
Supongamos que dos hombres tienen cada uno en su mano una pequeña vara de cera.
Uno de ellos comienza a reflexionar sobre la "naturaleza íntima" de la varita; sus pensamientos pueden ser muy sabios, pero si esta "naturaleza íntima" no se manifiesta de ninguna manera, siempre puede ser objetada como fantasías.
Por otro lado, frota la cera con un paño de lana y demuestra que la varita atrae ciertos cuerpos pequeños.
Hay una diferencia muy importante entre los pensamientos que han pasado por la mente del primer hombre y han sugerido sus observaciones, y los del segundo.
Las reflexiones del primero no tienen ningún resultado real, mientras que las del segundo han evocado una fuerza oculta y por lo tanto algo efectivo.
Lo mismo ocurre en el pensamiento de un hombre, que representa que un determinado evento es el resultado de una fuerza que él mismo generó en una existencia anterior.
Esta simple representación despierta en él una fuerza real, que le hace capaz de afrontar el hecho de manera muy diferente de cómo habría reaccionado sin su ayuda; así consigue hacerle ver la necesidad de un acontecimiento que de otro modo habría atribuido al azar.

Una percepción inmediata iluminará su mente: "Mi pensamiento era correcto, ya que tenía el poder de revelarme una realidad.
Si tales procesos internos se repiten, constituirán una fuente de fuerzas cuya eficacia, como prueba de la realidad, se manifestará gradualmente con creciente intensidad; estos procesos actúan de manera saludable sobre el cuerpo, el alma y el espíritu, y tienen una influencia beneficiosa en todos los sentidos: en la vida.
El hombre se da cuenta de que de esta manera se coloca en una relación correcta con toda la vida, mientras que, teniendo en cuenta una sola vida entre el nacimiento y la muerte, comete un error.
El hombre se hace más fuerte espiritualmente en virtud de este conocimiento.
Tal demostración puramente interior de la causalidad espiritual puede sin duda alguna ser obtenida por cada persona sólo dentro de su propia interioridad, pero es accesible a todos.
Quienes no la han obtenido no pueden, por supuesto, juzgar su poder demostrativo, pero, en cambio, quienes la han obtenido no pueden tener ninguna duda al respecto; ni es sorprendente que así sea.
Es natural que algo tan estrechamente conectado con la esencia íntima y la personalidad del hombre no pueda ser adecuadamente demostrado de ninguna otra manera que no sea por la experiencia interna.
Por otra parte, no debe deducirse de ella, (porque tal demostración corresponde a una experiencia de naturaleza íntima y personal), que debe ser realizada por cada uno por su cuenta, y que no puede ser objeto de estudio para una Ciencia del Espíritu.

Ciertamente cada uno debe experimentarlo por sí mismo, así como cada uno debe llegar a la solución de un problema matemático.
Pero la forma en que esta experiencia puede ser alcanzada está abierta a todos los hombres, así como el método para la demostración de un teorema matemático es válido para todos.
No se puede negar, abstrayéndose naturalmente de la observación clarividente, que la demostración de la fuerza que emana del pensamiento correcto es la única que puede oponerse a un razonamiento lógico sin prejuicios.
Todas las demás consideraciones son sin duda muy importantes, pero siempre ofrecen algunos asideros a los que un oponente puede atacar.
Indudablemente, aquellos que han adquirido la forma verdaderamente imparcial de considerar las cosas encontrarán ya en la posibilidad y en el hecho práctico de la educación del hombre, una prueba lógica de que un ser espiritual lucha por la existencia en la envoltura del cuerpo.
Comparará a los animales con el hombre, y se dirá a sí mismo: "En los primeros, las cualidades y habilidades se presentan desde el nacimiento de una manera muy determinada, lo que muestra claramente cómo han sido predestinadas por la herencia y se desarrollan en el mundo estético.
Vemos cómo un polluelo realiza las funciones que se le asignan en la vida desde su nacimiento.
En el hombre, sin embargo, a través de la educación, algo que no puede tener relación con la herencia entra en relación con su vida interior.
Puede que se encuentre en posición de asimilar los efectos de tales influencias externas.
El educador sabe que estas influencias deben ser enfrentadas por las fuerzas que provienen de la naturaleza íntima del hombre, y si esto no ocurre, toda educación y enseñanza es en vano.

El educador sin ideas preconcebidas ve claramente la línea divisoria entre las tendencias hereditarias y las fuerzas íntimas del hombre que irradian a través de ellas, y que provienen de las vidas precedentes.
Ciertamente, para cosas de este tipo, no podemos presentar pruebas que se puedan sopesar en la balanza, como las que se pueden presentar para ciertos hechos físicos.
Esas cosas representan precisamente el campo íntimo de la vida, y aquellos que son capaces de apreciar tales pruebas impalpables las encontrarán convincentes, de hecho más convincentes que la realidad palpable.
El hecho de que los animales puedan ser amaestrados, y que por lo tanto puedan adquirir hasta cierto grado de cualidades y habilidades, no es una objeción para aquellos que son capaces de ver lo esencial de la materia, ya que, independientemente del hecho de que en el mundo nos enfrentamos a estados de transición de todo tipo, los resultados de la educación, en el animal no se mezclan en absoluto con su ser individual, de la misma manera que en el hombre.
Por el contrario, se ha dado mucha importancia al hecho de que las habilidades adquiridas por los animales domésticos a través de su coexistencia con el hombre se convierten en hereditarias, es decir, actúan inmediatamente en la especie y no en el individuo.
Darwin habla de los perros, que espontáneamente buscan y llevan objetos, sin haber sido entrenados para ello y sin haber visto cómo lo hacían los demás.
¿Quién podría decir lo mismo de la educación humana?
Hay pensadores que, gracias a sus observaciones, han superado la idea de que el hombre esté formado desde el exterior por fuerzas puramente hereditarias.
Estos se elevan a la idea de la existencia de un ser espiritual, de una individualidad que precede a la vida corporal y que la elabora; pero muchos de ellos no conciben la posibilidad de que haya muchas vidas terrestres repetidas, y que los frutos de éstas, en los intervalos entre las diversas vidas, constituyan fuerzas formadoras.

Citamos como ejemplo uno de estos pensadores: Emanuele Ermanno Fichte, hijo del gran Fichte, que en su obra Antropología expone las observaciones que le llevan a las siguientes conclusiones: "los padres no son generadores en el sentido absoluto de la palabra. Proporcionan la sustancia orgánica, y no sólo eso, sino también el elemento intermedio sensorial-afectivo que se manifiesta en el temperamento, en la disposición especial de los caracteres, en las tendencias determinadas de los instintos, etc., de los cuales la fuente general es la "fantasía", en ese sentido amplio indicado por nosotros. En todos estos elementos de la personalidad, el entrelazamiento y la combinación especial de las almas de los padres surgen claramente; por lo tanto, la afirmación de que tal combinación resulta de la procreación, aunque se decida considerar ésta como un verdadero proceso anímico, es perfectamente correcta. Pero lo que falta aquí es el centro real y concluyente de la personalidad, ya que una observación más profunda y precisa revela el hecho de que incluso esas peculiaridades afectivas no son más que un instrumento y una envoltura, que sirve para contener las verdaderas capacidades ideales y espirituales del hombre, y que es adecuado para ayudar a su desarrollo o para obstaculizarlo, pero no es en absoluto capaz de generarlas".
Además, en el mismo escrito se dice: "Todo hombre preexiste en lo que respecta a la forma fundamental de su espíritu, porque en su aspecto espiritual ningún individuo es igual a otro, como tampoco ninguna especie animal es igual a otra".
Esta forma de pensar sólo llega a admitir la existencia de un ser espiritual en la corporeidad física del hombre.
Pero, como las fuerzas constructivas de tal ser no derivan de causas pertenecientes a vidas anteriores, sería necesario que para cada nueva personalidad tal ser espiritual surgiera de una causa primaria divina.

Con esta hipótesis no es posible explicar la innegable relación entre las potencialidades que se liberan desde las profundidades del hombre, y lo que durante el curso de la vida se le acerca desde el entorno terrestre externo.
El ser humano interior, proviniendo de una causa divina vez tras vez, se sentiría ajeno a lo que le llega en la vida terrenal.
En un solo caso esto no ocurriría -como no ocurre-, a saber, cuando esta interioridad humana ya se hubiese unido al mundo exterior y no viviese en él por primera vez.
El educador desapasionado puede hacer la siguiente observación: Traigo al discípulo, como fruto de la vida terrena, algo ciertamente ajeno a sus cualidades simplemente hereditarias, pero que sin embargo le da la impresión de haber participado ya en la obra que ha dado lugar a ese resultado.
Sólo la hipótesis de vidas terrenales repetidas, junto con los hechos descritos por la investigación espiritual, que tienen lugar en las regiones espirituales entre dos vidas terrenales, puede dar una explicación satisfactoria de la vida de la humanidad actual, considerada en todos sus aspectos.
Digo con razón "de la humanidad actual", porque está claro, a partir de la investigación oculta, que el ciclo de las vidas humanas tuvo indudablemente un comienzo, y que en ese momento había condiciones diferentes a las actuales para el ser humano espiritual, que penetraba en la envoltura corporal.
En los siguientes capítulos volveremos a reunir el curso de la vida hasta estas condiciones primitivas del ser humano.
Cuando los resultados de la Ciencia del Espíritu hayan así demostrado cómo este ser humano ha alcanzado su forma actual en relación con la evolución de la Tierra, será posible explicar con mayor precisión cómo el germen espiritual del ser humano penetra desde los mundos suprasensibles hasta la envoltura corpórea, y cómo se determina la ley espiritual de la causalidad, es decir, el "destino humano".

1Sobre la naturaleza del cansancio ver, al final del volumen, entre las "particularidades del ámbito de la Ciencia Espiritual", en la p. 196.