CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA027-13 sobre la naturaleza esencial de la enfermedad y de la curación

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CAPÍTULO XIII


El dolor, que puede producirse en alguna parte del organismo, se experimenta en el cuerpo astral y en el yo. Ambos - el cuerpo astral y el yo, cada uno a su manera, están apropiadamente comprometidos dentro de los cuerpos físico y etérico mientras el hombre está en estado de vigilia. Cuando el sueño tiene lugar, el cuerpo físico y etérico llevan a cabo las actividades orgánicas por sí solos. El cuerpo astral y el ego están separados de ellos.

En el sueño el organismo vuelve a las actividades que pertenecen al punto de partida de su desarrollo, es decir, a los períodos embrionarios y a la primera infancia. En la vida de vigilia predominan los procesos que tienen lugar al final de la misma: el envejecimiento y la muerte.

En el punto de partida del desarrollo del hombre, la actividad del cuerpo etérico predomina sobre la del astral; luego, gradualmente en el curso de la vida, la actividad de este último se hace más intensa mientras que la del cuerpo etérico retrocede. El cuerpo etérico tampoco recupera, ni siquiera en el sueño, la intensidad que tenía al principio de la vida. En relación con el astral, conserva el grado de intensidad que ha desarrollado en el transcurso de la vida.

En cada edad de la vida, a cada órgano del cuerpo humano se le asigna propiamente una determinada intensidad de actividad etérica que corresponde además a una determinada intensidad del astral. De estas relaciones depende que el cuerpo astral pueda o no comprometerse adecuadamente con el etérico. Si, debido a una disminución de la actividad etérica, no puede hacerlo, sobreviene el dolor; si, por el contrario, el cuerpo etérico se activa más allá de su medida normal, la penetración mutua de las actividades astral y etérica se vuelve inusualmente intensa. Se produce el placer y el confort. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el placer aumentado más allá de cierto punto pasa a ser dolor, así como el dolor a placer. Si no se tuviera en cuenta esto, lo que aquí se dice podría parecer en contradicción con algunas explicaciones anteriores.

Un órgano se enferma cuando su actividad etérica propia no puede desarrollarse. Tomemos, por ejemplo, la acción metabólica que se continúa, desde el proceso digestivo propiamente dicho, en el organismo como un todo. Si los productos del metabolismo se transmiten por todas partes a la actividad y a la formación sustancial del organismo sin dejar residuos, es una señal de que el cuerpo etérico funciona adecuadamente. Si, por el contrario se van depositando sustancias a lo largo de los caminos del metabolismo sin entrar en la acción general del organismo, muestra que el cuerpo etérico está deteriorado en su actividad. Los procesos físicos normalmente estimulados por el cuerpo astral, procesos que sólo sirven al organismo cuando están confinados en su propia esfera, sobrepasan sus límites propios e infringen la esfera de acción etérica. Así surgen procesos cuya existencia se debe al predominio del cuerpo astral. Son procesos que tienen su lugar propio cuando se produce el envejecimiento y la desintegración del cuerpo.

Ahora se trata de lograr una armonía adecuada entre la actividad etérica y la astral. Hay que fortalecer el cuerpo etérico y debilitar el astral. Esto puede hacerse llevando las sustancias físicas, que el cuerpo etérico tiene que asimilar, a una condición en la que se prestan más fácilmente a sus influencias que en la enfermedad. Asimismo, la organización del yo debe recibir más fuerza, pues el cuerpo astral, con la orientación animal de su actividad, se mantiene más controlado cuando la organización del yo se fortalece en su poder organizador humano.

La manera de penetrar en estas cuestiones con un conocimiento claro se encontrará cuando observemos el tipo de efectos que una sustancia concreta despliega a lo largo de los caminos del metabolismo. Tomemos como ejemplo el azufre. Está contenido en las proteínas. En efecto, es fundamental para todo el proceso que tiene lugar en la absorción de los alimentos proteicos. Pasa de la naturaleza etérica extraña, a través del estado inorgánico a la actividad etérica del propio organismo humano. Se encuentra en los tejidos fibrosos de los órganos, en el cerebro, en las uñas y en el cabello. De este modo, se abre camino por las vías del metabolismo hasta la periferia del organismo. De todas estas maneras, el azufre resulta ser una sustancia que desempeña un papel esencial en la recepción de las proteínas en el dominio del cuerpo etérico humano.

Ahora se plantea la cuestión de si el azufre desempeña también un papel en la transición del dominio de la acción etérica al astral, y si tiene algo que ver con la organización del yo. No se combina de forma apreciable con las sustancias inorgánicas introducidas en el organismo para formar sales o ácidos. Tal combinación proporcionaría la base para una recepción de los procesos del azufre en el cuerpo astral y la organización del yo. Vemos, pues, que el azufre no penetra en estas regiones. Desarrolla su actividad en el ámbito del cuerpo físico y etérico. Esto se demuestra también por el hecho de que un mayor aporte de azufre al organismo da lugar a sensaciones de vértigo, de reducción de la conciencia. También el sueño, es decir, el estado del cuerpo cuando el astral y la organización del ego no funcionan como el ser del alma, se hace más intenso cuando se aumenta el suministro de azufre.

De todo esto se desprende que el azufre, introducido como medicamento, hará que las actividades físicas del organismo estén más inclinadas a someterse a la intervención activa del etérico que en el estado enfermo.

Con el fósforo el caso es diferente. Está presente en el organismo humano como ácido fosfórico y sales fosfóricas, en albúminas en los tejidos fibrosos, en el cerebro y en los huesos. Su tendencia es hacia las sustancias inorgánicas, cuya importancia está en el ámbito de la organización del yo. Estimula la actividad consciente del hombre. Por ello, también condiciona el sueño, aunque por un proceso opuesto al del azufre, es decir, por la estimulación previa de la actividad consciente, mientras que el azufre favorece el sueño al potenciar las actividades inconscientes de lo físico y lo etérico. El fósforo está presente como fosfato de calcio en los huesos, es decir, en aquellos órganos que están sujetos a la organización del yo, no donde trabaja desde dentro en los procesos de crecimiento, regulación del metabolismo y similares, sino donde utiliza el mecanismo externo del sistema para los movimientos del cuerpo.

Por lo tanto, como medicamento, el fósforo será eficaz cuando la condición enferma sea una hipertrofia del dominio astral sobre la organización del yo y ésta necesite ser reforzada para reprimir el astral.

Consideremos el raquitismo. La enfermedad se debe, como se explicó antes, a una hipertrofia de la actividad etérico-astral, conduce a una acción defectuosa de la organización del yo. Si se trata primero con azufre de la manera adecuada, la actividad etérica se fortalece en relación con la astral, y si después de esto se hace un tratamiento con fósforo, el efecto curativo que se ha preparado en la organización etérica se lleva a la del "ego"; y el raquitismo se enfrenta desde dos lados. (Somos conscientes de que se discute la eficacia del tratamiento del raquitismo con fósforo; pero ninguna de las curas intentadas hasta ahora tiene nada que ver con el método aquí descrito).

Traducido por J.Luelmo junio2021

GA027-12 La construcción y la excreción en el organismo humano

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CAPÍTULO XII


El cuerpo humano, al igual que otros organismos, se forma a partir del estado semifluido [coloidal]. Sin embargo, para su formación es necesario un suministro constante de material gaseoso. El más importante es el oxígeno transmitido por la respiración.

Podemos considerar en primer lugar un componente sólido del cuerpo, por ejemplo, una estructura ósea. Se precipita a partir de un material semifluido. En esta separación actúa la organización del yo. Cualquiera que estudie la formación del sistema óseo puede convencerse de ello. Pues, en el período embrionario y en la infancia, el sistema óseo se desarrolla en la misma medida en que el ser humano recibe su forma y figura humanas, la expresión característica de la organización del yo. La transformación de la proteína que subyace a este proceso separa primero las fuerzas extrañas (astrales y etéricas) de la proteína; ésta pasa entonces al estado inorgánico, y al hacerlo, tiene que convertirse en fluida. En esta condición, la organización del ego, trabajando en el elemento del calor, se apodera de ella y la introduce en el propio cuerpo etérico del hombre. De este modo se convierte en proteína humana, pero todavía tiene un largo camino que recorrer antes de que se logre la transformación en sustancia ósea.

Después de su transformación en proteína humana, primero debe estar preparada para recibir y transformar carbonato de calcio, fosfato de calcio y similares. Para ello debe pasar por una etapa intermedia. Debe estar bajo la influencia de la absorción de sustancias gaseosas. Esto aporta a la proteína los productos de transformación de los hidratos de carbono. Las sustancias que surgen de este modo pueden servir de base para la forma de los órganos individuales. No representan las sustancias acabadas de los órganos, por ejemplo el hígado o la sustancia ósea, sino una sustancia más general, menos diferenciada, a partir de la cual se pueden construir los órganos individuales del cuerpo. Es la organización del yo la que actúa en el modelado de la forma final de los órganos. El cuerpo astral actúa en la mencionada sustancia orgánica indiferenciada. En el animal, este cuerpo astral también asume la tarea de moldear la forma final de los órganos; en el hombre, la actividad del cuerpo astral y, con ella, la naturaleza animal como tal, persiste sólo como fundamento general subyacente para la organización del yo. En el hombre, el desarrollo animal no se lleva a término; se interrumpe en su camino y la humanidad le es impuesta, por así decirlo, por la organización del yo.

Ahora bien, la organización del yo vive enteramente en estados de calor. Extrae los órganos individuales de la naturaleza astral indiferenciada. Trabaja sobre la sustancia indiferenciada que le proporciona la naturaleza astral, aumentando o disminuyendo los estados de calor de los órganos nacientes.

Si la organización del ego disminuye el estado de calor, los materiales inorgánicos entran en la sustancia y se inicia un proceso de endurecimiento; se proporciona la base para la formación de los huesos. Se absorben sustancias similares a la sal.

Si, por el contrario, la organización del yo aumenta el estado de calor, se forman órganos cuya acción es disolver la sustancia orgánica, llevándola a un estado líquido o gaseoso.

Supongamos que la organización del yo no encuentra suficiente calor desarrollado en el organismo, para el aumento adecuado de las condiciones de calor en aquellos órganos que lo requieren. Los órganos cuyo funcionamiento adecuado se encuentra en la dirección de un proceso de disolución caerán entonces en una actividad de endurecimiento. Asumen de forma patológica la tendencia que en los huesos es saludable

Ahora bien, el hueso, una vez formado, es un órgano que la organización del yo libera de su dominio. Entra en una condición en la que ya no está bajo la tutela de la organización del yo, sino sólo de forma externa. Se retira del dominio de los procesos de crecimiento y organización, y sirve al yo en una capacidad meramente mecánica, llevando a cabo los movimientos del cuerpo. Sólo un resto de la actividad interna de la organización del yo continúa impregnándolo a lo largo de la vida, porque el sistema óseo debe, después de todo, permanecer como una parte orgánica integral dentro del organismo; no se debe permitir que caiga completamente fuera de la esfera de la vida.

Las arterias son los órganos que, por la razón antes mencionada, pueden pasar a una actividad formativa similar a la de los huesos. Tenemos entonces la enfermedad calcificante de las arterias conocida como esclerosis. La organización del yo es, en cierto sentido, expulsada de estos sistemas de órganos

Lo contrario ocurre cuando la organización del yo no logra ese descenso del estado de calor que es necesario para la región de los huesos. Los huesos asumen entonces una condición similar a la de aquellos órganos que normalmente despliegan una actividad de tipo disolvente. Debido al deficiente proceso de endurecimiento, ya no son capaces de proporcionar una base para la incorporación de sales. Así, el proceso final en el desarrollo de las formaciones óseas, que pertenece propiamente al dominio organizador del yo, no tiene lugar. La actividad astral no se detiene en el punto adecuado de su camino. En ese caso, deben aparecer tendencias a la malformación de la forma, ya que la creación saludable de la forma y la figura humanas sólo es posible en el ámbito de la organización del yo.

Aquí nos encontramos con las enfermedades del raquitismo. Todo esto pone de manifiesto cómo los órganos humanos están conectados en sus actividades. El hueso nace en el ámbito de la organización del yo. Sigue sirviéndole incluso cuando la formación real ha concluido, cuando la organización del yo ya no forma y crea el hueso, sino que lo utiliza para los movimientos voluntarios. Lo mismo ocurre con lo que surge en el dominio de la organización astral. Allí se engendran sustancias y fuerzas indiferenciadas. Éstas aparecen en todo el cuerpo como base subyacente de los procesos de formación de órganos diferenciados. La actividad astral las lleva hasta un determinado estadio y luego las utiliza. Todo el organismo humano está impregnado de un material semifluido, en el que domina una actividad dirigida astralmente.

Esta actividad se difunde en las secreciones que se utilizan para formar el organismo en la dirección de sus miembros superiores. Las secreciones que tienden en esta dirección se ven en los productos de las glándulas que desempeñan un papel tan importante en la economía del organismo y sus funciones. Además de estas secreciones internas, tenemos entonces los procesos que son excreciones en sentido propio, hacia el mundo exterior. Pero cometemos un error si consideramos las excreciones simplemente como aquellas porciones de los alimentos consumidos que el organismo no puede aprovechar y, por tanto, desecha. Pues lo importante no es el mero hecho de que el organismo arroje determinadas sustancias, sino que realice las actividades que dan lugar a las excreciones. El ejercicio de estas actividades es algo que el organismo necesita para su subsistencia. Esta actividad es tan necesaria como aquella por la cual las sustancias son recibidas en el organismo, o depositadas internamente. En la sana relación de ambas actividades, se encuentra la esencia misma de la vida y la acción orgánica.

Así, en las excreciones externas vemos el resultado de la actividad orientada astralmente. Y si las excreciones contienen sustancias que han sido llevadas hasta la naturaleza inorgánica, entonces la organización del yo también se está expresando en ellas. De hecho, esta parte de la vida de la organización del yo es de especial importancia. Porque la fuerza que se gasta en tales excreciones crea, por así decirlo, una contrapresión interior. Y esta última es un factor necesario para la existencia saludable del organismo. Así, el ácido úrico, que se segrega a través de la orina, crea como reacción interna la tendencia correcta del organismo a dormir. Muy poco ácido úrico en la orina y demasiado en la sangre dará lugar a tan poco sueño que es insuficiente para la salud del organismo.

Traducido por J.Luelmo junio2021

GA238 Dornach 14 de septiembre de 1924 Relaciones Kármicas vol. IV de la escuela suprasensible de Michael nacen los impulsos para la vida espiritual del futuro.

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Relaciones kármicas:
GA238 - Volumen IV



V conferencia 


Un estado de ánimo crepuscular impregna el platonismo de la escuela de Chartres, mientras que de la escuela suprasensible de Michael nacen los impulsos para la vida espiritual del futuro. Estos impulsos se integran en el Movimiento Antroposófico de la actualidad. La figura de Juliano el Apóstata.

Dornach 14 de septiembre de 1924

Después de haber hablado tantas veces de la Escuela de Chartres y de su gran importancia para la vida espiritual interior de Occidente, he recibido estos últimos días un grato regalo: un regalo de imágenes, algunas de las cuales se han colocado aquí para que las vean. Otras se añadirán el próximo martes. En estas imágenes verán qué maravillosas obras arquitectónicas y de escultura en el sentido medieval, surgieron en el lugar donde floreció esa vida espiritual de la que he hablado tantas veces.

Las personalidades que se reunieron en la Escuela de Chartres todavía tenían el impulso, incluso en el siglo XII, de entrar como maestros o estudiantes en la vida espiritual viva que había surgido en el punto de inflexión del tiempo -quiero decir en la época de la evolución europea en la que la humanidad, en la medida en que eran buscadores de conocimiento, todavía lo buscaban en el tejido y el trabajo vivo de los seres de la naturaleza, y no en la concepción de leyes naturales vacías y abstractas.

Así pues, en la Escuela de Chartres existía una profunda devoción por los poderes espirituales, en particular por los que dominan la Naturaleza. Todo esto se cultivaba allí -si bien, ya no por los Iniciados en los antiguos Misterios-, sino por personalidades que tenían el corazón y la mente para recibir de la tradición mucho de lo que antes había sido experiencia espiritual directa. Y os he hablado de las misteriosas irradiaciones de luz de la Escuela de Chartres que podemos reconocer realmente en el espíritu de Brunetto Latini, el gran maestro de Dante. Traté de explicar cómo las individualidades de Chartres trabajaron en los mundos espirituales al unísono con los que después descendieron, en su mayoría en la Orden de los Dominicos, como portadores de la Escolástica. Podemos decirlo así. - Las individualidades de Chartres se vieron obligadas a ver, por los signos de los tiempos, que no habría lugar para ellas dentro de la vida terrenal hasta el momento en que el elemento de Michael, que iba a comenzar a finales del siglo XIX, hubiera estado trabajando durante un tiempo en la tierra.

En un sentido amplio, estas individualidades de Chartres tomaron parte en las enseñanzas suprasensibles de las que hablé la última vez, enseñanzas que fueron dadas bajo la égida del propio Michael, a fin de verter impulsos que debían ser válidos para la vida espiritual de los siglos venideros. Y puede decirse, en efecto, que cualquiera que se dedique hoy al cultivo de la vida espiritual debe necesariamente estar bajo la influencia de esos grandes impulsos.

En términos generales, podemos decir que hasta ahora ha habido muy pocas reencarnaciones de los espíritus de Chartres. Sin embargo, se me ha concedido volver a mirar a la Escuela de Chartres a través de un cierto estímulo, si puedo describirlo así, que me llegó de la vida del tiempo presente.

Hubo un monje en la Escuela de Chartres que se dedicó por completo al elemento vital que existía en esa escuela. Pero en la Escuela de Chartres, sobre todo si uno era verdaderamente devoto de ella, se sentía como un estado de ánimo crepuscular de la vida espiritual. Todo lo que recordaba aún los grandes y profundos impulsos del platonismo espiritual que se había transmitido, todo esto vivía en Chartres. Pero vivía de tal manera que los portadores de la vida espiritual de Chartres se decían a sí mismos: En el futuro, por desgracia, la civilización de Europa ya no será receptiva a esta espiritualidad platónica viva.

Es conmovedor ver cómo la Escuela de Chartres conserva como si dijéramos, los retratos de los genios inspiradores de las Siete Artes Liberales, como se las llamaba: Gramática, Dialéctica, Retórica, Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. Incluso en la recepción de lo espiritual que contenían las Siete Artes Liberales, seguían viendo en ellas los dones vivos de los dioses, que llegaban al hombre a través de seres espirituales. No veían la mera comunicación de pensamientos muertos sobre leyes muertas de la Naturaleza. Y podían ver que Europa en el futuro ya no sería receptiva a estas cosas. De ahí que hubiera un sentimiento de crepúsculo en la vida espiritual.

Ahora bien, uno de esos monjes, especialmente dedicado a las enseñanzas y a las obras de Chartres, se reencarnó en nuestra época. Se reencarnó, además, de tal manera que se podía encontrar en este caso de manera más maravillosa el eco y el reflejo de la vida anterior en el presente. Esta personalidad vivió en nuestro tiempo como una autora que no sólo era mi conocida, sino mi amiga. Murió hace mucho tiempo. Llevaba en su interior un extraño estado de ánimo, del que no debería haber hablado hasta ahora, aunque lo observé hace muchos años. Hablar de estas cosas sólo ha sido posible desde que el sentimiento navideño se apoderó de nuestra Sociedad Antroposófica. Porque esto ha traído una iluminación peculiar sobre estas cosas, y es posible, como ya he dicho, hablar de tales asuntos abiertamente y sin pudor hoy en día.

Cuando uno conversaba con esa autora, ella volvía una y otra vez al tema de que le gustaría morir. Pero su deseo de morir no surgía de un estado de ánimo sentimental o hipocondríaco, es más, ni siquiera de un estado de ánimo melancólico. Si uno tenía la visión psicológica para entrar en tales cosas, se encontraba el camino muy, muy atrás en su alma hasta que al final se tenía que decir: Es el eco y el reflejo de una vida anterior en la tierra. En una vida anterior en la tierra se plantó una semilla que ahora brota, no diré en la añoranza de la muerte, sino en este sentimiento de que el alma, estando ahora encarnada, no tiene nada que ver realmente con esta época presente.

Sus escritos también son de esta naturaleza. Parecen haber sido escritos desde un mundo diferente, no en cuanto a sus hechos y comunicaciones, sino en cuanto a su estado de ánimo y sentimiento. Y sólo podemos entender este estado de ánimo si encontramos el camino desde la tenue luz de sus escritos, desde la tenue luz que vivía como una disposición fundamental en su propia alma, hasta aquel monje de Chartres que sintió en Chartres el estado de ánimo crepuscular de un platonismo vivo.

En esta autora no se trataba de una cuestión de temperamento o melancolía o sentimentalismo; era el reflejo de una vida anterior en la tierra. Y su alma actual era como un espejo en el que penetraba realmente la vida de Chartres. En efecto, no el contenido de las enseñanzas de Chartres, sino sus estados de ánimo y sus sentimientos, se habían transmitido de una vida a otra en esta personalidad. Transplantándose a estos estados de ánimo, y mirando hacia atrás, uno podía recibir en ellos como si fueran fotografías espirituales de las personalidades que también se encuentran por la investigación espiritual directa en los mundos donde ahora se encuentran - las personalidades que enseñaron en Chartres.

Como veis, la vida le trae a uno de muchas maneras las posibilidades kármicas de contemplar estos asuntos. La última vez describí mis experiencias con la Orden del Císter. Hoy complementaré lo que entonces dije refiriéndome al ambiente crepuscular de la Escuela de Chartres que penetró en el corazón y en el alma de una personalidad extraordinariamente interesante, que volvió a vivir en el tiempo presente. Hace tiempo que encontró el camino de vuelta a los mundos que anhelaba. Ha encontrado el camino de vuelta a los Padres de Chartres. Y si toda su vida anímica no hubiera estado dominada por una especie de cansancio como resultado kármico del estado de ánimo de aquel monje de Chartres, difícilmente podría imaginar una personalidad más adecuada para contemplar la vida espiritual de la época actual en relación con la vida tradicional de la Edad Media.

Hay otra cosa que quiero mencionar aquí. Cuando tales impulsos kármicos actúan en lo más profundo de los cimientos del alma, encontramos lo que, por lo demás, es un hecho muy raro: encontramos en la expresión física del rostro en una encarnación posterior, una semejanza con la anterior. El rostro de aquel monje y el de la autora de la época actual eran, en efecto, extraordinariamente parecidos.

Ahora, en estas relaciones, pasaré gradualmente al karma de la Sociedad Antroposófica, o de las individualidades de sus miembros. Pues, como dije la última vez, un gran número de las almas que están sinceramente dentro del Movimiento Antroposófico estuvieron conectadas en alguna parte y en algún momento con aquella corriente Micaelica que ahora debo caracterizar. Recordaréis todo lo que he dicho a este respecto sobre Alejandro y Aristóteles y sobre los acontecimientos en los mundos suprasensibles en la época en que tuvo lugar el VIII Concilio en Constantinopla aquí en este mundo de los sentidos. Recordaréis lo que dije sobre la continuación, en lo espiritual y en lo físico, de la vida de la Corte de Haroun al Raschid, hasta que hablé de aquella Escuela suprasensible que estaba bajo la égida del propio Michael. La enseñanza de aquella Escuela era profundamente significativa. Por un lado, señalaba una y otra vez las conexiones con los antiguos Misterios, todo lo que ahora debe surgir una vez más, en una nueva forma, del contenido de los antiguos Misterios, para impregnar de espiritualidad a la civilización moderna. Por otra parte, señalaba los impulsos que las almas, dedicadas a la vida espiritual, deben tener para su trabajo en el futuro. Y sabemos que a partir de la comprensión de la corriente espiritual también podemos llegar a entender cómo la Antroposofía, en su verdadera esencia, significa el impulso para una renovación, para una verdadera y sincera comprensión del impulso de Cristo.

Pues en el Movimiento Antroposófico encontramos dos tipos de almas. Un gran número de ellas ha participado en aquellas corrientes que fueron, por así decirlo, las oficialmente cristianas en los primeros siglos. Fueron testigos de todo lo que vino al mundo como cristianismo, especialmente en los tiempos de Constantino, e inmediatamente después de él. Muchos de los que se acercaron al cristianismo con la más profunda sinceridad en aquella época y lo recibieron con profundidad y penetración interior, muchos de ellos se encuentran hoy en la Sociedad Antroposófica con el profundo impulso hacia la comprensión del cristianismo. No me refiero tanto a los cristianos que siguieron movimientos como el del propio Constantino; me refiero más bien a los cristianos que pretendían ser los verdaderos cristianos, que estaban distribuidos en diferentes sectas cristianas. En esas sectas cristianas se encuentran muchas de las almas que hoy se acercan al Movimiento Antroposófico con sinceridad, aunque a menudo a través de impulsos subconscientes que la conciencia superficial puede incluso malinterpretar en gran medida.

Pero hubo otras almas: almas que no participaron directamente en ese desarrollo del cristianismo. O bien participaron en el cristianismo en una etapa posterior de su desarrollo, cuando ya no existía la profunda vida interior de las sectas, o bien, por otra parte -y esto es lo más importante- todavía tenían, vivo e inextinguible en las profundidades de sus almas, mucho de lo que se experimentó en el tiempo precristiano como la antigua sabiduría de los Misterios paganos. También participaban a menudo en el cristianismo; pero éste no les causaba una impresión tan profunda como a las otras almas antes descritas. Pues aún permanecía viva en ellas la impresión de las enseñanzas, los rituales y las prácticas de los antiguos Misterios. Ahora, entre los que han entrado en el Movimiento Antroposófico de esta manera, encontramos a muchos que buscan al Cristo en sentido abstracto. Las otras almas antes descritas se alegran, por así decirlo, de encontrar de nuevo el cristianismo dentro del Movimiento Antroposófico. Pero muchas de las almas a las que me refiero ahora captan con verdadera comprensión interior el cristianismo cósmico que contiene la Antroposofía. El Cristo como Espíritu Cósmico del Sol es captado sobre todo por las almas (y son muy numerosas en el Movimiento Antroposófico) en cuyo fondo aún se conserva mucho de lo que vivieron en relación con los antiguos Misterios paganos.

Todo esto está profundamente relacionado con las corrientes de toda la vida espiritual de la humanidad en la época actual -me refiero a la época actual en un sentido más amplio, que abarca décadas y siglos.

La Antroposofía, después de todo, ha surgido de la vida espiritual de la época actual, y aunque en su contenido no tiene nada directamente en común con esta vida espiritual, kármicamente ha surgido de ella de muchas maneras. Debemos volver los ojos a muchas cosas que aparentemente no pertenecen a lo que actúa en la Antroposofía directamente, si queremos incluir en nuestro horizonte espiritual todo lo que participó en las diferentes corrientes que he mencionado. Decía hace poco, que sólo comprendemos verdaderamente lo que ocurre exteriormente en el plano físico si vemos en el fondo lo que se derrama desde los campos del espíritu en estos acontecimientos mientras se producen en el plano físico. Debemos recuperar el valor para traer a nuestra vida actual ese sentimiento de los antiguos Misterios. Debemos conectar los acontecimientos físicos no sólo de forma abstracta con una vida espiritual vagamente panteísta o teísta o lo que sea. Debemos llegar a ser capaces de rastrear los acontecimientos detallados, es más, las experiencias internas de los hombres dentro de estos acontecimientos, hasta la fuente y el fondo espirituales.

Somos llevados a ello, entre otras cosas, por algo que pertenece a las tareas más profundas de la época actual. Porque en la actualidad debemos buscar de nuevo un verdadero conocimiento del hombre en cuerpo, alma y espíritu, no un conocimiento basado en ideas o leyes abstractas, sino uno que sea capaz de mirar el verdadero fundamento del ser humano en su totalidad. Para obtener tal conocimiento, el hombre debe ser examinado a fondo en sus condiciones de salud y enfermedad; y no en un sentido meramente físico como se acostumbra hoy en día, pues entonces no aprenderíamos a conocer al ser humano. Mediante el conocimiento meramente físico nunca podremos aprender a conocer lo que actúa tan profundamente en la vida del hombre, determinando su destino: su infelicidad, su enfermedad, sus capacidades o la ausencia de ellas. El karma en todas sus formas - esto sólo lo podemos saber si desde el punto de partida de lo físico podemos rastrear la vida espiritual de un hombre y su vida interior del alma.

¿Cómo trabaja la gente, en el esfuerzo científico ordinario de hoy en día? Estudian al ser humano de forma bastante externa en cuanto a sus órganos y vasos, sus nervios, los vasos de la circulación de la sangre y demás. Pero cuando se estudia la salud y la enfermedad del hombre de esta manera no se puede encontrar el espíritu y el alma en todas estas cosas.

En efecto, el anatomista o el fisiólogo de hoy en día puede poner en su boca las mismas palabras de un famoso astrónomo del pasado, quien, en respuesta a una pregunta que le había formulado su soberano, contestó: "¡He buscado en todo el universo, en todas las estrellas y en todos sus movimientos, pero no he encontrado a Dios!". Así dijo el astrónomo. Y el anatomista o fisiólogo de hoy en día podría decir: "He buscado en todo, en el corazón y en los riñones, en el estómago y en el cerebro, en los vasos sanguíneos y en los nervios, pero no he encontrado ni alma ni espíritu".

Todos los problemas y dificultades de la medicina moderna, por ejemplo, están sujetos a esta influencia. Y todas estas cosas deben ser tratadas hoy en el Movimiento Antroposófico, según las tareas que se le plantean. En términos generales, estas cuestiones deben desplegarse ante la Sociedad Antroposófica en su conjunto; en detalle, deben ser tratadas de manera experta dentro de los diversos grupos. Así, por ejemplo, ahora estoy hablando sobre la Medicina Pastoral a un grupo que está preparado para ello por su formación y profesión. Aquí debemos buscar el camino hacia esas grandes conexiones que proceden en última instancia del funcionamiento de las corrientes del karma. En el tiempo venidero se verá cómo la patología y la terapéutica, cómo la observación del hombre en la enfermedad y el malestar, harán absolutamente necesario entrar en las cuestiones profundas del alma y del espíritu. Como he dicho una y otra vez, lo externo y físico -lo físico tal como lo presenta la ciencia natural- debe ser respetado en el sentido más completo. Sin embargo, los hombres se verán obligados a tener en cuenta los miembros superiores de la naturaleza del hombre al considerar la enfermedad y la salud. Esto se verá en el libro [ Fundamentos de la terapia; una extensión del arte de curar a través del conocimiento espiritual, GA027. en la que mi querida compañera Frau Dr. Wegman y yo estamos trabajando juntos, sobre el tema del hombre en la salud y en la enfermedad. Ahora bien, estas investigaciones, que buscan las vías de entrada del hombre físico en lo espiritual, sólo pueden conducir a resultados buenos y prometedores si las emprendemos de manera correcta. Porque en este trabajo no sólo debemos utilizar las fuerzas del conocimiento del presente, sino que debemos utilizar las fuerzas del conocimiento que surgen al recoger los hilos del karma, los hilos kármicos que proceden de la historia y la evolución de la humanidad. En efecto, debemos trabajar con las fuerzas del karma para penetrar en estos secretos.

En el primer volumen sólo se publicarán los comienzos de nuestro trabajo. Luego, la obra avanzará y a partir de las exposiciones más elementales procederemos a desplegar el conocimiento particular del hombre que puede surgir de este aspecto médico, terapéutico y patológico de la ciencia espiritual. Este trabajo sólo ha sido posible gracias a la presencia de la Dr. Wegman de una personalidad cuyos estudios médicos han entrado en ella de tal manera que evolucionan con toda naturalidad, como algo natural, hacia una concepción y percepción espiritual del ser humano.

Ahora bien, en el transcurso de estas investigaciones, es cuando contemplamos en perspectiva espiritual todo el funcionamiento de los órganos humanos, y también surgen esas percepciones que nos llevan a su vez a las conexiones kármicas más profundas. La misma forma de percepción debe desarrollarse para percibir las realidades espirituales que subyacen, no a todo el hombre, sino a sus diversos órganos. (Porque, si se quiere, es el mundo de Júpiter el que subyace a un órgano, el mundo de Venus el que subyace a otro, y así sucesivamente). La misma percepción que debemos desarrollar en esta dirección, nos lleva también a la posibilidad de percibir las personalidades humanas en las vidas terrenales pasadas. Pues en la presente vida terrenal el hombre se presenta ante nosotros dentro de los límites de su piel. Pero cuando somos capaces de contemplar sus órganos individuales, lo que estaba contenido en la piel se expande y se amplía. Cada uno de los órganos individuales nos señala una dirección diferente del universo. Los órganos preparan los caminos que nos conducen al macrocosmos, hasta que, allá lejos, el ser humano vuelve a aparecer como un todo completo y redondo. Es el ser humano construido de nuevo en el espíritu, habiendo trascendido la forma actual, la forma que está encerrada en la piel - es esto lo que necesitamos. Pues la suma de los órganos humanos -que incluso físicamente es totalmente diferente de lo que concibe el anatomista o fisiólogo actual- cuando la trazamos hacia el cosmos, nos lleva a percepciones que corresponden a su vez a la percepción espiritual de las antiguas vidas terrenales del hombre. Entonces experimentamos las conexiones internas que arrojan su luz sobre la evolución y la historia de la humanidad, explicando lo que existe físicamente hoy en día. Porque en realidad todo el pasado de los seres humanos vive en el tiempo presente. Sin embargo, la afirmación vaga y abstracta por sí misma no sirve de nada. También los materialistas dirán lo mismo. La cuestión es percibir cómo el pasado vive en el presente.

Y de esto quiero daros ahora un ejemplo, un ejemplo que es en sí mismo tan maravilloso que suscitó en mí el mayor asombro imaginable cuando llegué a él por primera vez como resultado de la investigación espiritual. Y muchas cosas que he dicho antes deben ser rectificadas ahora, o en todo caso deben ser completadas, por lo que ahora expondré.

Como ven, para quien estudia la historia con el sentimiento de su significado interno, cierto acontecimiento de los primeros siglos del cristianismo está envuelto en la atmósfera de un extraño misterio. Vemos, por un lado, a una personalidad de la que bien podemos pensar que en su vida interior era poco apta para apropiarse del cristianismo o para hacer de él lo que entonces llegó a ser, el cristianismo oficial de Occidente. Me refiero al emperador Constantino, del que tantas veces hemos hablado. Luego, al lado de él (no literalmente, por supuesto, pero mirando hacia atrás en esa época desde una distancia considerable en el tiempo), al lado de Constantino vemos a Juliano el Apóstata. Juliano el Apóstata, él en verdad era alguien en quien vivía la sabiduría de los Misterios, como es sabido. Juliano el Apóstata podía hablar de un Sol Triple. De hecho, perdió su vida por ser considerado un traidor de los Misterios, porque habló del Sol Triple. De estas cosas ya no se permitía hablar en su época; menos aún se habría permitido en épocas anteriores. Pero Juliano el Apóstata se encontraba en una relación peculiar con el cristianismo. En cierto sentido debemos sorprendernos una y otra vez de que el genio, la fina espiritualidad y el intelecto de Juliano fueran tan poco receptivos a la grandeza del cristianismo. Se debió simplemente al hecho de que en su entorno vio muy poco de lo que él concebía como una verdadera sinceridad interior, mientras que entre los que le introdujeron en los antiguos Misterios encontró una gran sinceridad, una sinceridad positiva y activa. Tal fue el caso de Juliano el Apóstata.

Allá en Asia fue asesinado. Se cuentan muchas fábulas sobre el asesinato. La verdad es que tuvo lugar porque se le consideraba un traidor de los Misterios. Fue un asesinato totalmente planificado.

Ahora bien, si nos familiarizamos hasta cierto punto con lo que vivía en Juliano, no podemos dejar de estar profundamente interesados en la cuestión: ¿Cómo habría vivido su individualidad en tiempos posteriores? Porque la suya era una individualidad peculiar, de la que hay que decir que habría sido más adecuada que Constantino, mejor que Clodvig y todos los demás, para enderezar los caminos del cristianismo. Esto era inherente a su alma. Si el tiempo hubiera sido favorable, si las condiciones hubieran existido, podría haber sacado de los antiguos Misterios una continuación directa del Cristo precristiano, el verdadero Logos macrocósmico, hasta el Cristo que debía actuar en la humanidad después del Misterio del Gólgota. Era, en efecto, un recipiente bien preparado. Por extraño que parezca, lo encontramos así, si entramos en su verdadero espíritu. Encontramos en los fundamentos de su alma el verdadero impulso para apoderarse del cristianismo. Pero no lo dejó aflorar, lo reprimió, engañado por las estupideces que Celso había escrito sobre Jesús. En efecto, de vez en cuando ocurre que hombres de verdadero genio se extravían por las efusiones más estúpidas de sus semejantes. Así podemos tener la sensación: Juliano habría sido realmente el alma para enderezar los caminos del cristianismo y llevar al cristianismo a su verdadero y apropiado cauce.

Dejamos ahora el alma de Juliano el Apóstata en esa vida terrenal y seguimos a la misma individualidad con el mayor interés a través de los mundos espirituales. Pero siempre hay algo vago y poco claro en ello. Sólo el esfuerzo espiritual más intenso puede llegar a una percepción clara de su curso posterior.

En la Edad Media existían ideas muy adecuadas sobre muchos asuntos. Podían ser legendarias, pero eran adecuadas; correspondían a los hechos reales. Por muy legendarias que sean, qué adecuadas son las narraciones centradas en la personalidad de Alejandro Magno. Como ya he dicho, ¡qué vívida es su vida en la descripción del sacerdote Lamprecht!

Pero aquello que vive de Julián, vive de tal manera que debemos decir una y otra vez: Busca desaparecer ante la visión de la humanidad. Y cuando tratamos de seguirlo tenemos la mayor dificultad, por así decirlo, para mantenerlo dentro de nuestro campo de visión espiritual. Una y otra vez se nos escapa. Lo rastreamos a través de los siglos hasta la Edad Media y se nos escapa. Pero cuando por fin conseguimos seguirlo hasta el final, llegamos a un lugar extraño, que aunque no sea histórico en el sentido propio, es en realidad más que histórico. Llegamos por fin a la figura de una mujer, en la que encontramos de nuevo el alma de Juliano el Apóstata. Se trata de una mujer que realizó un acto importante en su vida bajo la impresión de un acontecimiento esencialmente doloroso. Porque ella contempló, no en sí misma, sino en la persona de otro, una imagen del destino de Juliano el Apóstata, ya que éste se fue de campaña a Oriente y allí perdió la vida por traición.

La mujer a la que me refiero es Herzeleide, la madre de Parsifal, que fue un personaje histórico aunque la propia historia no dice nada de ella. Gamuret, con quien se casó y que perdió la vida por traición en una campaña oriental, fue a raiz de ese suceso donde se le señaló su propio destino en la vida anterior como Juliano el Apóstata. Esto llegó a lo más profundo de su alma, y bajo esta impresión logró lo que se nos cuenta de manera legendaria -aunque es histórica en el sentido más verdadero- de la educación de Parsifal por parte de Herzeleide.

El alma de Juliano el Apóstata, que había permanecido así en las profundidades y de quien se creería que debió ser su propia misión preparar el camino correcto para el cristianismo - esta alma se encuentra de nuevo en la Edad Media en el cuerpo de una mujer que envió a Parsifal, a buscar y encontrar los caminos esotéricos para el cristianismo.

Misteriosos así, y llenos de enigmas, son los caminos de la humanidad en el fondo, en los fundamentos de la existencia. Este ejemplo -y se entrelaza extrañamente con el que ya os conté a propósito de la Escuela de Chartres-, este ejemplo puede haceros comprender lo maravillosos que son los caminos del alma humana y los caminos de la evolución de toda la humanidad.

Seguiremos hablando de ello en la próxima conferencia, cuando tenga más que decir sobre la vida de Herzeleide y de lo que entonces fue enviado, físicamente, en Parsifal. La próxima vez comenzaré en este punto en el que debemos interrumpir hoy.

Traducido por J.Luelmo junio2021