CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA117 Berlín, 21 de diciembre de 1909 El árbol de Navidad, un símbolo La primera celebración de la fiesta de la Natividad en el siglo IV.

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EL ÁRBOL DE NAVIDAD - LA LEYENDA DEL PARAISO


RUDOLF STEINER

Berlín, 21 de diciembre de 1909

El árbol de Navidad, un símbolo La primera celebración de la fiesta de la Natividad en el siglo IV. La leyenda del Paraíso. La primera noticia de un árbol de Navidad de Alsacia. Sobre los místicos Meister Eckhart y Johannes Tauler. El poema navideño de Goethe "Árboles resplandecientes, árboles deslumbrantes". El árbol de Navidad como símbolo de la luz espiritual. Cristo, el espíritu del universo. Experimentar el espíritu del mundo a través de las estaciones. Ver el sol espiritual en la medianoche de Navidad. "Ver el sol en la medianoche . . .".

En este día, que ha de representar para nosotros la fiesta de Navidad, probablemente sea apropiado cambiar un poco nuestros otros hábitos, de modo que nos abstengamos de la búsqueda del conocimiento y de la verdad y en su lugar nos dirijamos a ese mundo de sentimientos y sensaciones que ha de ser despertado por esa luz que recibimos de la ciencia espiritual.
Esta fiesta, que ahora se acerca de nuevo y que es para innumerables personas una fiesta de bienaventuranza en el sentido más bello de la palabra, no es todavía una fiesta muy antigua en el sentido en que debe ser entendida por nuestra cosmovisión antroposófica. Lo que se llama la Navidad cristiana no existió de forma inmediata cuando el cristianismo entró en el mundo. Los primeros cristianos aún no tenían tal Navidad. No celebraban el nacimiento de Cristo Jesús. Y pasaron casi tres siglos antes de que la fiesta del nacimiento de Cristo Jesús se celebrara dentro del cristianismo.
En los primeros siglos, cuando el cristianismo se extendió por el mundo, fue de acuerdo con los sentimientos y sensaciones en las almas de aquellos que habían sentido el impulso de Cristo, que estas personas se retiraron bastante de la vida exterior de ese tiempo, tal como había sido trasplantada desde la antigüedad y tal como se había convertido en el momento del impulso de Cristo. Pues surgió como un oscuro presentimiento en las almas de los primeros cristianos que debían dar lugar al impulso de una nueva configuración de las cosas terrenas, a tal configuración de las cosas terrenas que, en comparación con lo anterior, estuviera impregnada de nuevos sentimientos, de nuevas emociones, pero sobre todo de una nueva esperanza y de una nueva confianza para el desarrollo de la humanidad.  Y lo que entonces debería surgir en el horizonte de la gran existencia mundial debería tomar su punto de partida como una semilla espiritual - podemos decir "literalmente" - en el interior de la tierra.  
A menudo nos hemos transportado en espíritu a las catacumbas romanas, donde alejados de la vida de aquel tiempo, los primeros cristianos celebraban la fiesta de sus corazones y la fiesta de sus almas.
Nos hemos transportado en espíritu a estos lugares de culto. Al principio, no celebraban las fiestas de la Natividad; a lo sumo, celebraban las fiestas dominicales de cada semana para conmemorar una vez por semana el gran acontecimiento del Gólgota. Y además, en los primeros siglos, se celebraban también las fiestas de la muerte de aquellos que habían hablado de este acontecimiento del Gólgota con especial entusiasmo, con profundo sentimiento, y que habían intervenido de manera significativa en el curso del desarrollo humano, debido a lo cual fueron perseguidos por el mundo que se había hecho viejo. Las conmemoraciones de la muerte de los mártires, puesto que éstos habían entrado en la vida espiritual, eran celebradas en los primeros siglos como los cumpleaños de la humanidad por los primeros cristianos.
En aquella época tampoco existía la fiesta del cumpleaños de Cristo. Pero es precisamente el origen de esta fiesta del cumpleaños de Cristo lo que puede mostrarnos cómo todavía hoy tenemos pleno derecho a decir: el cristianismo no surgió con tal o cual dogma, con tal o cual institución, y estas instituciones y estos dogmas sólo tienen que propagarse de generación en generación, sino que tenemos derecho a referirnos al dicho de Cristo de que está con nosotros, de que nos llena de su espíritu todos los días.  Si sentimos que este espíritu está lleno en nosotros, podemos considerarnos llamados a un constante e incesante desarrollo ulterior del espíritu cristiano. Y es precisamente a través del desarrollo antroposófico del espíritu como estamos llamados no a propagar un cristianismo muerto y rígido, sino a desarrollar un cristianismo siempre nuevo, que siempre hace brotar de sí mismo, hacia el futuro, nueva sabiduría y conocimiento. Nunca hablamos del Cristo que ha sido, sino siempre del Cristo eternamente vivo.
Y podemos recordar al Cristo eternamente vivo, al Cristo eternamente eficaz, al Cristo que actúa en nosotros, especialmente cuando hablamos de la fiesta del nacimiento de Cristo Jesús. 
Ya en los primeros siglos los cristianos sentían que se les permitía imprimir algo nuevo en el organismo del desarrollo cristiano, que se les permitía añadir lo que realmente les fluía del Espíritu de Cristo.  
Así pues, la celebración de la Navidad es sólo algo instituido en el siglo IV cristiano. Podemos decir que la primera Navidad cristiana se celebró en Roma en el año 354. Y nos muestra en particular que en una época menos crítica que la nuestra, los confesores del cristianismo estaban imbuidos de la conciencia justamente premonitoria de que debían obtener siempre nuevos frutos del gran árbol cristiano de la vida. Por esta razón, tal vez podamos recordar también un símbolo externo de la Navidad, el símbolo del árbol de Navidad, que tenemos aquí ante nosotros, que innumerables personas tendrán ante sí en los próximos días y que la ciencia espiritual está llamada a imprimir cada vez más profunda y profundamente en su significado especial en los corazones y las almas de los hombres.
Casi podríamos entrar en conflicto con el desarrollo del tiempo si nos atuviéramos a este mismo simbolismo. Sería un error creer que este símbolo es antiguo. Sería fácil para el alma del hombre de hoy creer que el poético abeto de Navidad es una institución antigua. 
Hay un cuadro del árbol de Navidad en la habitación familiar de Lutero. Este cuadro, que por supuesto no fue pintado hasta el siglo XIX, representa algo bastante falso, pues en los confines de la campiña alemana, así como en otras partes de Europa, no existía tal árbol de Navidad en tiempos de Lutero. Es un símbolo posterior.  Este mismo árbol de Navidad quizá nos muestre algo bastante extraño.  ¿No podríamos decir también que el árbol de Navidad de hoy es algo que podría entenderse como una promesa de futuro, que la gente podría ver cada vez más en este árbol de Navidad, tal vez verlo gradualmente como un símbolo de algo extraordinariamente significativo e importante?  
Podemos contemplar este árbol de Navidad, si no nos hacemos ilusiones sobre su antigüedad histórica y al hacerlo, podemos recordar en cierto modo lo que a menudo ha llegado a nuestras almas, la llamada Leyenda Sagrada.
Nos dice: Cuando Adán fue expulsado del Paraíso ,la leyenda lo cuenta de la forma más variada, ahora sólo la reproduciremos lo más brevemente posible, se llevó consigo tres semillas del árbol de la vida, de las que los hombres no debían comer después de haber comido del árbol de la ciencia del bien y del mal. Cuando Adán murió, Set tomó estas tres semillas y las depositó en la tumba de Adán, y de la tumba de Adán creció un árbol. De la madera de este árbol, -según cuenta la leyenda-, se formaron muchas cosas: Moisés hizo su bastón de esta madera, y más tarde la madera para la cruz del Gólgota también se tomó de este árbol. Así pues, una leyenda nos recuerda de manera significativa aquel árbol del Paraíso, que se erigió como el segundo: los hombres habían disfrutado del árbol del conocimiento, se vieron privados del disfrute del árbol de la vida. Pero en el corazón de los hombres siempre permaneció un anhelo, un impulso por ese árbol. Expulsados de los mundos espirituales, que se llaman "paraíso", al mundo exterior de las apariencias, los hombres sentían en su corazón el impulso hacia el árbol de la vida. Lo que no se les permitía tener sin sus méritos, sin su desarrollo, debían ganarlo adquiriendo gradualmente méritos con la ayuda del conocimiento, haciéndose gradualmente maduros y capaces de recibir los frutos del árbol de la vida mediante su trabajo en el plano físico.
Esas tres semillas representan para nosotros el anhelo de los frutos del árbol de la vida. La leyenda nos dice que la madera de la cruz contenía lo que procedía del árbol de la vida. Y a lo largo de la evolución se ha tenido conciencia de que la madera seca de la cruz contiene, sin embargo, el germen de la nueva vida espiritual, que de ella brotará aquello que los hombres, si lo disfrutan de la manera correcta, podrán unir a su alma como el fruto del árbol de la vida, como el fruto que les da la inmortalidad en el verdadero sentido de la palabra, que enciende la luz del alma para ellos e ilumina el alma de tal manera que encuentra su camino desde las oscuras profundidades del mundo físico hacia las alturas luminosas de la existencia espiritual y se siente allí como perteneciente a una vida inmortal.
Sin caer en ninguna ilusión, podemos, -si no como historiadores, sí como seres humanos sensibles-, sentir en el árbol que se alza ante nosotros como árbol de Navidad algo así como un símbolo de esa luz que ha de surgir en el interior de nuestra alma, para que adquiera para nosotros la inmortalidad en la existencia espiritual. Miramos en nuestro interior, y a través de la corriente espiritual antroposófica nos sentimos impregnados de esa fuerza que nos permite mirar hacia arriba, hacia el mundo espiritual. Entonces miramos ese símbolo exterior que tenemos ante nosotros como el árbol de Navidad, y podemos decirnos a nosotros mismos: ¡Que sea para nosotros un símbolo de aquello que ha de brillar y arder en nuestras almas, para llevarnos hacia arriba al mundo espiritual! Este árbol también ha brotado, por así decirlo, como de oscuras profundidades.
Sólo aquellas personas que no sepan que lo que el conocimiento físico no puede explicar exteriormente tiene, sin embargo, razones espirituales más profundas, pueden culpar a una forma tan poco histórica de ver las cosas como la que acabamos de describir.
Puede que al ojo externo se le escape cómo este árbol de Navidad se cuela extrañamente en la vida humana exterior. En un tiempo relativamente corto, se ha introducido en el discurso general del mundo como una costumbre tranquilizadora. Externamente puede escapar a la vista; pero quien sabe que todos los acontecimientos externos son las huellas de un proceso espiritual de desarrollo, debe sentir que tal vez hubo también una razón especial más profunda en el plano físico externo para la aparición del árbol de Navidad: que la aparición del árbol de Navidad surgió como de un profundo impulso espiritual que guía invisiblemente a las personas y tal vez incluso impalpablemente dio a las almas individuales que sienten correctamente la inspiración para expresar la luz interior, que debe brillar en el mundo, hacia el exterior en el hermoso árbol de Navidad. 
Y cuando tal conocimiento despierta a la sabiduría, entonces este árbol puede, a través de nuestra voluntad, convertirse en un símbolo exterior también para lo más elevado. Si la Antroposofía ha de ser sabiduría, puede ser sabiduría activa y penetrar sabiamente, es decir, dorar las impresiones y usos exteriores. Así, la Antroposofía, al inflamar e iluminar gradualmente los corazones y las almas de los hombres del presente y del futuro, tal vez pueda dorar también el uso exterior del árbol de Navidad, que se ha vuelto tan materialista, penetrarlo con su sabiduría y convertirlo en un importante símbolo, después de que se haya abierto camino en la vida terrenal, como desde oscuras profundidades del alma, en el curso de los últimos tiempos. Y si cavamos un poco más profundo y suponemos que una guía espiritual más profunda ha colocado los impulsos en el corazón humano, no es sin razón que las personas vivan los pensamientos que han recibido de una guía espiritual en sentimientos más profundos sobre el árbol ardiente.
Ha sido una antigua costumbre en varios países europeos buscar toda clase de brotes de árboles, toda clase de arbustos, en su mayoría tomados de plantas caducifolias, que pudieran hacerse brotar o al menos germinar en Nochebuena. Y en muchas almas surgía algo así como un presentimiento de la vida que nunca puede ser vencida, de esa vida que se supone vencedora de toda muerte, cuando los brotes o ramas de árboles cuidadosamente recogidos se colocaban solemnemente en el salón en Nochebuena y se hacían brotar artificialmente en la noche de la posición más baja del sol. Era una costumbre antigua. 
Pero el árbol de Navidad es más reciente. ¿Dónde buscamos por primera vez el uso del árbol de Navidad?  
Conocemos el lenguaje evocador de nuestros grandes místicos alemanes, especialmente de Johannes Tauler, que trabajó en Alsacia. Quien permita que los sermones de Johannes Tauler, con su profunda interioridad, con su infinito valor emocional, surtan efecto en él, se dirá a sí mismo que en aquella época en Alsacia, cuando Tauler se esforzaba por la profundización y espiritualización, incluso la glorificación del cristianismo, circulaba un espíritu muy especial, que por todas partes buscaba el alma que estaba llena del Misterio del Gólgota.
Cuando Tauler predicaba sus sermones en Estrasburgo, sus penetrantes palabras candentes calaban hondo en las almas, y muchas impresiones duraderas pueden haber germinado a veces en las almas de los hombres. Puede que alguna impresión haya causado lo que Johannes Tauler también decía a menudo en sus hermosos sermones de Navidad. Tres veces, decía, nace Dios para los hombres: primero, descendiendo del Padre, del gran universo; después, descendiendo a los hombres y tomando formas humanas; y en tercer lugar, nace el Cristo en cada alma humana que encuentra en sí misma la posibilidad de unir consigo lo que es la sabiduría de Dios y de dar a luz en sí misma a un hombre superior. 
Con toda clase de bellos y solemnes giros, Johannes Tauler proclamaba la más profunda sabiduría especialmente en la zona de Estrasburgo, sobre todo el día de Navidad. Puede que una sabiduría tan profunda haya calado en las almas, y puede que haya permanecido y perdurado. También los sentimientos tienen sus tradiciones. De siglo en siglo, lo que iba calando en las almas en aquel tiempo, puede haber perdurado. Por lo tanto, el sentimiento que en ese momento se hundió en las almas de los hombres puede, como todos los sentimientos reales impregnados por el espíritu, haberse forzado en el ojo y la mano, puede haber dado al ojo la sensación de contemplar también en el símbolo exterior la resurrección, el nacimiento de la luz espiritual humana. Por lo tanto, tal vez sea una hermosa coincidencia para el pensamiento materialista, pero para aquellos que saben cómo la guía espiritual pasa a través de todo lo físico, es más que una mera coincidencia cuando oímos que la primera noticia de un árbol de Navidad que estaba en un salón alemán vino de Alsacia, concretamente de Estrasburgo. En 1642 tenemos la primera noticia de que tal árbol de Navidad se había erigido en una casa para reafirmación interior de quienes querían ver en un símbolo externo la luz que ha de despertarse en nosotros mediante la recepción de la sabiduría espiritual.
Vemos, por ejemplo, en Meister Eckhart, el gran predecesor de Johannes Tauler, cómo el misticismo alemán ha sido mal recibido por ese cristianismo que se aferra a las formas externas: fue declarado hereje incluso después de su muerte, después de que la gente se hubiera olvidado de hacerlo durante su vida. Y las ardientes palabras de John Tauler, que surgían de un verdadero corazón lleno de Cristo también fueron poco apreciadas. La posición que adoptó el cristianismo externo, que no cree en el espíritu real, en relación con la profundización del cristianismo a través de Meister Eckhart, Johannes Tauler, etc., la podemos ver en el hecho de que la primera noticia del árbol de Navidad nos la proclama un opositor espiritual. La persona en cuestión pensaba que esto sería un juego de niños; la gente debería ir más bien a donde pudiera oír que se le proclama la enseñanza correcta.
Lentamente, al principio, este árbol de Navidad se fue extendiendo. Lo vemos aparecer en el centro de Alemania hacia mediados del siglo XVIII, pero incluso entonces sólo en lugares aislados. No fue hasta el siglo XIX cuando el árbol de Navidad se convirtió en una decoración espiritual cada vez más común de la Navidad, un nuevo símbolo de algo que había vivido durante siglos. Para quienes realmente podían sentir todas las cosas en el esplendor, no del cristianismo de palabra, sino en el esplendor del auténtico cristianismo espiritual, siempre se dio el caso de que el árbol de Navidad podía desencadenar hermosos sentimientos humanos. Y se creerá fácilmente que el árbol de Navidad es tan reciente si se tiene en cuenta que los más grandes poetas alemanes no han escrito ningún poema sobre el árbol de Navidad. Si hubiera existido antes, Klopstock, por ejemplo, sin duda habría escrito poemas sobre este símbolo. Por tanto, que este árbol de Navidad sea para nosotros una garantía de que los símbolos de lo más alto y lo más grande pueden surgir de nuevo. Y estos símbolos pueden presentarse especialmente ante nuestras almas cuando sentimos la verdad espiritual de la resurrección del yo en el alma humana alma, ese yo que siente los lazos espirituales de alma a alma, y los siente especialmente bien cuando las personas nobles trabajan juntas. Mencionemos sólo un ejemplo con el que podemos ver cómo la luz del árbol de Navidad brilló en el alma de un gran líder de la humanidad. Fue en 1822 cuando Goethe, con el que tantas veces nos hemos topado al considerar la vida espiritual a la luz de la antroposofía, sintió tan acertadamente al concluir su Fausto que los símbolos cristianos eran los únicos posibles para representar sus intenciones poéticas. Y también sintió tan acertadamente cómo el cristianismo debe forjar los lazos más nobles de alma humana a alma humana, cómo debe establecer esos lazos de amor fraternal que no están ligados a la sangre, sino al alma, que están ligados al espíritu. Sentimos lo que todavía yace como impulso en el cristianismo cuando pensamos en la conclusión de los Evangelios. Desde la cruz del Gólgota, el Cristo Jesús ve a la Madre, ve al Hijo, y allí establece esa comunión que antes se establecía sólo a través de la sangre.  Un hijo fue dado a la madre, una madre fue dada al hijo antes sólo a través de la sangre. Los lazos de sangre no deben ser abolidos por el cristianismo. Los lazos de sangre deben permanecer. Pero los lazos espirituales deben ser añadidos, que eclipsan los lazos de sangre con la luz espiritual. Por eso el Cristo Jesús dijo desde la cruz: "Mujer, he aquí a tu hijo", y al discípulo: "He aquí a tu madre". Lo que en otros tiempos sólo establecían los lazos de sangre, lo establecen desde la cruz los lazos espirituales.  
Allí donde el espíritu vive en noble comunión espiritual, también Goethe se sintió siempre impulsado a mirar hacia el genuino espíritu cristiano. Para él era también una necesidad dejar que este espíritu cristiano penetrara desde el corazón hasta los ojos. En 1822 tuvo una ocasión especial para hacerlo. Los habitantes de aquel principado al que Goethe dedicó tantas de sus fuerzas se habían reunido para fundar una escuela superior de ciudadanos. Fue, por así decirlo, un regalo hecho al Príncipe de Weimar. Goethe no conoció mejor manera de celebrar este pequeño impulso de progreso espiritual que convocar antes de Navidad a una serie de personas para que celebraran este progreso del espíritu en poemas individuales, según su capacidad. Luego recopiló estos poemas surgidos de la gente, los prologó poéticamente él mismo, y el más tarde Gran Duque Carlos Alejandro, que entonces era un niño de tres años, tuvo que entregar el librito al Príncipe Carlos Augusto bajo el árbol de Navidad. Pues el árbol de Navidad ya era un símbolo permanente en 1822. 
Goethe indicó con este pequeño acto que el árbol de Navidad es para él un símbolo del sentimiento y la sensación del progreso espiritual a pequeña y gran escala. Y en el prefacio poético que dio a este pequeño libro, que todavía se encuentra en la biblioteca de Weimar, Goethe cantó al árbol de Navidad como este símbolo con las palabras:  
Árboles brillantes, árboles deslumbrantes,
dando dulzura por todas partes,
Moviéndose en el resplandor,
Agitando el corazón viejo y joven.
Tal festín se nos da,
Y los adornos de muchos una generosidad adorada;
Hacia arriba y hacia abajo miramos con asombro,
De un lado a otro y una y otra vez.

Pero, mi señor, cuando llega a ti
Y una tarde así te bendice,
Que como luces, que como llamas
Brillan ante ti todos juntos
Todo lo que has forjado,
Todos los que se han consagrado a ti:
Con elevadas miradas espirituales
Sintieron glorioso arrobamiento.
Podemos contar este poema de Goethe entre los primeros poemas navideños, por así decirlo. Cuando hablamos de símbolos en el campo de la ciencia espiritual, podemos hablar también de que los símbolos que penetran consciente o inconscientemente en el alma de los hombres, entran en el curso del tiempo, pueden dorarse y revestirse de sabiduría.
Así es como vemos surgir por primera vez la Navidad cristiana en el siglo IV, véase cómo se celebró por primera vez en Roma en aquella época. Y de nuevo, hay que considerar casi como una fatalidad que la fiesta de Navidad para las regiones del centro y norte de Europa sea empujada a una fiesta antigua, -no de una manera materialista exterior, sino por un destino misterioso-, a una época en la que desde tiempos inmemoriales se celebra la posición más baja del sol: la fiesta del sol de invierno. No hay que creer que la fiesta de Navidad en Europa central y septentrional se hubiera trasladado a esta fiesta, a esta época, porque se quisiera cambiar la antigua fiesta por la fiesta de Navidad, por así decirlo, para reconciliar a los pueblos. La fiesta de Navidad nació puramente del cristianismo. Precisamente a través de la adopción de la fiesta de Navidad en las regiones nórdicas se ha hecho patente el profundo parentesco espiritual de estos pueblos y sus símbolos con el cristianismo. Mientras que en Armenia, por ejemplo, la Navidad no se aceptaba en absoluto como costumbre, e incluso en Palestina los cristianos se opusieron a ella durante mucho tiempo, en Europa se impuso rápidamente.  
Intentemos comprender correctamente la Navidad misma a través de la contemplación antroposófica, comprender el árbol de Navidad como símbolo. A lo largo del año, cuando nos reunimos aquí, dejamos que penetren en nosotros esas palabras de las fuentes espirituales, que no han de ser meras palabras, sino poder, que ha de ser cada vez más eficaz en nuestra alma, para que el alma pueda convertirse en ciudadana de la eternidad. A lo largo del año, nos reunimos para que estas palabras, este Logos, resuenen en esta sala de las formas más diversas: que Cristo está siempre con nosotros y que, cuando estamos juntos, el Espíritu de Cristo actúa en nosotros, de modo que nuestras palabras están impregnadas por el Espíritu de Cristo. Sólo diciendo las cosas con la conciencia de que la Palabra es portadora de las revelaciones del Espíritu a la humanidad, permitimos que lo que es Palabra del Espíritu fluya en nuestra alma. Pero sabemos que la Palabra del Espíritu no puede ser plenamente comprendida por nosotros, que no puede ser todo lo que debería ser, si nos limitamos a recibirla en una forma exteriormente abstracta como conocimiento. Sabemos que sólo puede ser lo que debe ser cuando produce ese calor interior por el que el alma se expande y se siente a sí misma, se expande por el calor interior y, finalmente, derramándose en todos los fenómenos de la existencia del mundo, aprende a sentirse una con ese Espíritu que se derrama sobre todos los fenómenos.  
Si sentimos que lo que llega a nuestros oídos como palabra espiritual debe convertirse en fuerza, en vida, en nosotros, poniendo el símbolo ante nosotros en el momento oportuno, que pueda apelar a nuestras almas de forma reafirmante: Que surja en ti como cosa nueva, como hombre espiritual, aquello que pueda encender como calor, iluminar como luz la palabra que nos llega de fuentes espirituales, de trasfondos espirituales -, entonces también sentimos que tiene un sentido, lo que allí nos suena como palabra espiritual. En un momento como éste, ¡sintamos seriamente lo que la ciencia espiritual puede darnos en forma de tal luz y calor del alma! Sintámoslo de la siguiente manera: Observemos el mundo materialista de hoy con su ajetreo desde la mañana hasta la noche, y cómo juzgan todo en términos de utilidad materialista, según la medida del plano físico exterior, cómo no tienen idea de que detrás de todo vive y teje el espíritu. La gente se duerme por la noche, sin darse cuenta de nada más que de que creen que no tienen conciencia, y que por la mañana se despiertan de nuevo en la conciencia del plano físico. Una persona se duerme sin conciencia, después de haber corrido y trabajado durante el día, sin iluminarse en cuanto al significado de la vida. Cuando el que lucha por el conocimiento espiritual ha absorbido las palabras del espíritu, entonces sabe algo que no es mera teoría y doctrina. Sabe algo que le da luz y calor al alma, sabe: Si sólo absorbieras las ideas de la vida física durante el día, te secarías. Toda tu vida sería estéril, todo lo que ganas moriría si sólo tuvieras las ideas del plano físico. Cuando te acuestas a dormir por la noche, entras en un mundo de espíritu, te sumerges con todas las fuerzas de tu alma en un mundo de seres espirituales superiores, hacia el cual debes crecer con tu ser. Y cuando te despiertas por la mañana, sales recién fortalecido de un mundo espiritual y derramas vida divino-espiritual sobre lo que recibes del plano físico, ya sea consciente o inconscientemente. Desde lo eterno tú mismo rejuveneces lo temporal de tu existencia cada mañana.  
Si transformamos la palabra del espíritu de esta manera en el sentimiento que podemos tener cada noche: No estoy simplemente entrando en la inconsciencia, sino que estoy sumergiéndome en el mundo donde están los seres de lo Eterno, a los que mi propio ser ha de pertenecer. Me duermo con el sentimiento: Entro en el mundo espiritual! y despierto con el sentimiento: ¡Salgo del espíritu!, entonces nos impregnamos de ese sentimiento en el que la palabra del espíritu que hemos tomado aquí en una vida dedicada al conocimiento espiritual ha de transformarse, de día en día, de semana en semana.
Entonces el espíritu en nosotros se convierte en vida, entonces nos despertamos de manera diferente y nos vamos a dormir de manera diferente. Si nos sentimos conectados con el espíritu del universo, si nos sentimos misioneros del espíritu del mundo cada mañana, si nos sentimos gradualmente conectados con aquello que como espíritu del mundo impregna y teje todo el ser exterior, entonces también sentimos, cuando el sol se eleva en lo alto en verano y envía sus rayos vivificantes a la tierra, cómo el espíritu trabaja de un modo exterior y cómo, porque nos envía su rostro, su cara exterior en los rayos exteriores del sol, deja que su ser interior retroceda, por así decirlo.

¿Dónde vemos este espíritu del universo, que Zaratustra ya anunciaba en el sol, cuando sólo brillan hacia nosotros los rayos físicos exteriores del sol? Vemos este espíritu del universo cuando podemos reconocer dónde se ve a sí mismo. En verdad, este Espíritu del Universo crea sus órganos sensoriales a través de los cuales puede verse a sí mismo durante el verano. Crea órganos sensoriales externos para sí mismo. Comprendamos qué es lo que cubre la tierra como un manto verde de plantas a partir de la primavera, qué es lo que viste a la tierra con un nuevo rostro. ¿Qué es esto? Un espejo para el espíritu mundial del sol. Cuando el sol nos envía sus rayos físicos, el espíritu del mundo mira a la tierra. El crecimiento de las plantas, las flores y las hojas que brotan no son otra cosa que la semejanza del espíritu puro y casto del mundo, que se ve reflejado en la obra que hace brotar de la tierra. Los órganos de los sentidos del espíritu del mundo están contenidos en la cubierta vegetal.
<Luego vemos, cuando la cubierta vegetal desaparece por el otoño, cómo disminuye la fuerza exterior del sol, cómo se retira el rostro del espíritu del mundo. Si estamos preparados de la manera correcta, sentimos el espíritu que pulsa a través del universo dentro de nosotros mismos. Entonces ya podemos seguir al espíritu del mundo incluso cuando se retira de la vista exterior. Entonces, cuando nuestros ojos no pueden posarse en la cubierta vegetal, sentimos que el espíritu despierta en nosotros hasta el punto de retirarse de las apariencias del mundo exterior. Y el espíritu que despierta se convierte para nosotros en una guía hacia las profundidades a las que se retira la vida espiritual, hacia donde entregamos al espíritu los gérmenes para la siguiente primavera. Allí aprendemos a mirar con nuestra mirada espiritual y a decirnos a nosotros mismos: cuando la vida exterior se vuelve gradualmente invisible para los sentidos exteriores, cuando la melancolía del otoño se cuela en nuestra alma, el alma sigue al espíritu hasta la roca muerta para extraer de ella aquellas fuerzas que en primavera cubren la tierra con nuevos órganos sensoriales para el espíritu del mundo. 
Así, aquellas personas que captaban lo espiritual en el espíritu sentían que acompañaban al espíritu del mundo, que acompañaban a la semilla hacia abajo en invierno.  Cuando el sol exterior tiene menos poder, brilla menos, cuando la oscuridad exterior es más fuerte, el espíritu en nosotros se siente unido a través del espíritu del universo de los mundos, con el que se ha unido, unido abajo, con aquellas fuerzas que se hacen más claramente perceptibles y visibles al conducir la semilla a una nueva existencia.  
Así que nos introducimos literalmente en la tierra, penetramos en ella, por así decirlo, con el poder de la semilla. Mientras que en verano nos volvíamos hacia el círculo luminoso del aire, hacia los frutos brotados y germinados de la tierra, ahora nos volvemos hacia la roca muerta, pero ahora lo sabemos: En esta roca muerta descansa lo que a su vez ha de aparecer como existencia exterior. 
Seguimos en el espíritu con nuestra propia alma la fuerza que brota, que germina, que elude la visibilidad exterior y se oculta por completo en lo mineral a lo largo del tiempo invernal. Y cuando este tiempo invernal ha llegado a su mitad, cuando prevalece la oscuridad más fuerte, entonces sentimos, precisamente porque el mundo exterior no nos impide sentirnos conectados con el espíritu, cómo en las profundidades a las que nos hemos retirado brota la luz espiritual, esa luz espiritual por la que el Cristo Jesús ha dado a la humanidad el impulso más poderoso. Allí sentimos lo que sentían los hombres de la antigüedad, que hablaban de tener que descender hasta donde reposa la semilla en invierno, para reconocer el espíritu en sus poderes ocultos. Allí sentimos que debemos buscar a Cristo en lo oculto, en ese oculto que es oscuro y sombrío cuando no nos hemos iluminado primero en el alma, pero que se vuelve brillante y luminoso cuando hemos recibido la luz de Cristo en el alma. Allí encontramos que cada Navidad nos fortalece y vigoriza ese impulso que ha penetrado en la humanidad a través del Misterio del Gólgota. De este modo, cada año, como una confirmación de nuestro esfuerzo, sentimos realmente el impulso de Cristo y tomamos de este impulso la garantía y la certeza de que de año en año fortaleceremos esa vida dentro de nosotros que nos conduce a un mundo espiritual en el que no puede haber muerte como la que existe en el mundo físico. Entonces podremos espiritualizar y vivificar lo que para el hombre materialista de hoy no es ningún símbolo, sino sólo una alegría sensual materialista exterior. 
Y entonces sentimos la realidad en el simbolismo, sentimos lo mismo que Johannes Tauler, por ejemplo, quiere decir cuando habla de que el Cristo nació tres veces: una vez del eterno Padre-Dios que teje y vive a través del mundo, una vez como ser humano en el momento de la fundación del cristianismo, y luego una y otra vez en las almas de aquellos que despiertan la Palabra espiritual en sí mismos. Sin este último nacimiento, el cristianismo no estaría completo y la Antroposofía no podría captar el espíritu cristiano, si no comprendiera lo que significa que la Palabra que nos resuena de año en año no se quede en teoría y doctrina, sino que se convierta en calor y luz y vida, para que mediante este poder podamos insertarnos en la vida de la espiritualidad del mundo, ser absorbidos por ella y con ella incorporarnos a la eternidad misma.  
Esto es lo que debemos sentir cuando nos encontramos ante el símbolo de la Navidad, sentirnos sumergidos, por así decirlo, en el mundo profundo, helado y aparentemente muerto bajo la tierra, no sólo sospechando sino reconociendo que el Espíritu despierta nueva vida a partir de la muerte. Cualquiera que sea la etapa de desarrollo en la que nos encontremos, podemos sentir lo que han sentido en todo momento aquellos que fueron iniciados, que realmente descendieron en la medianoche de esta Navidad para contemplar el Sol del Espíritu en la medianoche de Navidad, donde el Sol del Espíritu de la medianoche de Navidad llama por primera vez desde la roca aparentemente muerta a la vida que brota para que pueda aparecer en la nueva primavera.
Nosotros mismos nos sentimos unidos a esas fuerzas del mundo que están actuando, aunque exteriormente se hayan replegado físicamente en la escarcha y el desamor. Queremos sentir esto, como lo sentirán todos aquellos que en la época de Navidad recuerden siempre realmente el sol espiritual, ese Cristo-Sol, que está detrás del sol físico. Queremos seguirlos para elevarnos gradualmente, para experimentar y luego poder contemplar aquello que el hombre puede contemplar cuando desarrolla en sí mismo poderes siempre nuevos que lo conectan con lo espiritual. Y de lo que hablábamos hace unos años cuando celebrábamos la Navidad, que concluya también esta reflexión como lo más importante que podemos acoger y verter en nuestras almas durante el año:  

Mirando el sol
A medianoche
Construir con piedras
En el suelo sin vida.

Así encontrar en el declive
Y en la noche de la muerte
El nuevo comienzo de la creación,
El joven poder de la mañana.

Que las alturas revelen
La palabra eterna de los dioses,
Las profundidades preservarán
El remanso de paz.

Viviendo en la oscuridad
Crea un sol
Tejiendo en la tela
Realizar la dicha del espíritu. 

Traducido por J.Luelmo may2023



GA117 Zurich, 19 de noviembre de 1909 El Evangelio de Mateo y el problema de Cristo

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EL EVANGELIO DE MATEO Y EL PROBLEMA DE CRISTO


RUDOLF STEINER

Zurich, 19 de noviembre de 1909

El Evangelio de Mateo y el problema de Cristo Los cuatro Evangelios y las cuatro categorías de iniciación precristiana. La misión de Abraham y del antiguo pueblo hebreo. El sacrificio de Isaac. José en Egipto. Los Diez Mandamientos de Moisés. El camino de los tres magos y de Jesús salomónico como repetición del camino recorrido por el pueblo judío a un nivel superior. Los Bodhisattvas y la comprensión futura de Cristo. 

En los últimos años también ha sido posible en lugares suizos hablar de un tema altamente significativo de la ciencia espiritual, un tema que es básicamente el más elevado para la ciencia espiritual: el problema de Cristo. Y si el hombre de la actualidad, que se encuentra bastante fuera del movimiento científico-espiritual, cree que éste es básicamente el tema más simple que se puede discutir, entonces este hombre de la actualidad tiene razón desde su punto de vista. Lo que es la cosa más grande para el desarrollo de la tierra y de la humanidad, el poder de Cristo, el impulso de Cristo, ciertamente ha funcionado de tal manera que la mente más simple e ingenua puede de alguna manera encontrar una comprensión para ello. Pero, por otra parte, este impulso ha obrado de tal manera que ninguna sabiduría sobre la tierra es suficiente para comprender realmente lo que sucedió en Palestina al comienzo de nuestra era, lo que sucedió para la humanidad y básicamente para el mundo entero.  
Ahora, precisamente en los últimos años, se ha hablado del problema de Cristo, y quizá pueda señalar en pocas palabras que la Sección alemana acaba de cumplir su primer ciclo de siete años. Se fundó hace siete años; entonces había pocas ramas, apenas diez.  Ahora son más de cuarenta. El número 7 se menciona tan a menudo cuando hablamos de sabiduría antroposófica y cosmovisión, y en él se expresa una cierta regularidad, de modo que este desarrollo tiene lugar en siete ciclos sucesivos. Basta recordar lo que ya hemos tocado aquí, el desarrollo de nuestra tierra; pasa por siete estados planetarios. Incluso a pequeña escala, para cada hecho individual del desarrollo mundial, así como para un movimiento como el espiritual-científico, la ley del número 7 vive. Los que profundizan en nuestro movimiento pueden ver que, en cierto sentido, este ciclo de siete años ha tenido lugar de forma bastante legal, y cómo nos encontramos en un punto decisivo en el que lo que se estableció hace siete años como un impacto se repite en un nivel superior y, al mismo tiempo, vuelve sobre sí mismo como un ciclo; pero esto sólo pudo suceder porque hemos trabajado realmente en el sentido espiritual, que no hemos trabajado de forma arbitraria y al azar, sino legítima.  
Recordemos que en el hombre distinguimos siete miembros de su ser: primero el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo; luego, cuando el yo transforma a su vez el cuerpo astral, surge el yo espiritual o Manas; cuando transforma el cuerpo etérico, surge el espíritu vital o Buddhi; cuando finalmente transforma el cuerpo físico, surge el miembro más elevado, el hombre espiritual o Atma, de modo que distinguimos primero cuatro miembros y luego otros tres que surgen como transformación de los tres primeros.
Si ahora se quiere realizar algo en el mundo de modo que se encarne en ello una ley espiritual, entonces hay que seguir esta gran ley en todas partes. Si ahora, como rama joven, quieren situarse, por así decirlo, en la vida espiritual de la manera adecuada, es bueno ver cómo ha progresado la organización de toda la obra.  Pues la rama joven reconocerá que es necesario que se ponga al día con este curso de desarrollo por su parte, que lo siga. En el movimiento alemán hemos seguido exactamente este curso: durante los primeros cuatro años hemos reunido todo lo necesario para adquirir un concepto del mundo del que procede la ciencia espiritual. En primer lugar, hemos presentado la naturaleza septiforme del hombre, la doctrina del karma y de la reencarnación, las grandes leyes cósmicas, el desarrollo de Saturno, del sol y de la luna, las leyes del curso individual de la vida, de modo que todo esto está disponible en nuestra literatura y en diversas obras de rama.  
En los últimos tres años básicamente no hemos ganado nada nuevo de manera sistemática, pero hemos plantado la sabiduría superior en lo que se ha logrado en los primeros cuatro años y luego nos hemos elevado al asimiento de la individualidad más elevada que ha pisado nuestra tierra, la individualidad del Cristo Jesús, lo que no habríamos podido hacer si hubiera tenido que ocurrir, por así decirlo, con nada más que ideas desconocidas. Sólo podríamos hablar del Cristo después de haber hablado de la naturaleza del hombre en general. Sólo podríamos comprender cómo se produjo este hecho de Cristo si comprendiéramos la naturaleza humana y toda su secuencia de etapas. Los que han escuchado las conferencias sobre el Evangelio de Lucas en Basilea, y también otros que han oído algunas cosas aquí y allá, saben que tuvieron lugar procesos muy complejos.
<¿Pero cómo podríamos haber comprendido, por ejemplo, que algo significativo sucedió en el duodécimo año de la vida de uno de los niños Jesús, si no hubiéramos sabido lo que sucede realmente entre el duodécimo y el decimoquinto año de vida? Trabajamos sistemáticamente y luego, en profunda reverencia por las verdades más grandes de nuestro ciclo terrestre, intentamos captar lo que estaba relacionado con el nombre del Cristo Jesús. Era como ascender a alturas cada vez más elevadas. Así fue como se pudo contemplar a Cristo Jesús en relación con los Evangelios de Juan y Lucas. Ya en aquella época en Basilea se insistía en que nadie creyera que, cuando hubiera escuchado todas las verdades en relación con estos dos Evangelios, conocería entonces cuál era la naturaleza y la esencia de aquel elevado ser espiritual. Esto sólo lo aprendió de una parte. De ninguna manera se debe creer que es innecesario, o sólo como una renovación, escuchar la verdad también desde otro lado. Los Evangelios actúan como cuadros de este gran acontecimiento, de modo que cada evangelista presenta lo que sucedió en Palestina desde un determinado punto de vista.  
Anteayer expliqué en Berna lo que está ocurriendo ahora en varias ramas. Intenté hacer una referencia somera al Cristo en relación con el Evangelio de Mateo. Hay razones muy concretas para ello.
La ciencia espiritual debe ser una visión de la vida, no una teoría, una doctrina; debe transformar nuestra vida anímica más íntima. Debemos aprender a mirar el mundo de una manera nueva. Y hay una cualidad que debemos adquirir, que el ser humano adquiere cada vez más, aprende cada vez más, precisamente a través de la sabiduría de la Antroposofía. No existe una palabra adecuada en un idioma para esta cualidad, pero la ciencia espiritual encontrará aún la palabra para este nuevo sentimiento del corazón. Y hasta entonces sólo podemos utilizar la palabra que existe para esta cualidad: humildad modestia eso es lo que debe arraigar cada vez más fuerte en nuestra alma, sobre todo en relación con esos documentos que, como Evangelios, nos traen noticias de ese acontecimiento tan importante de la evolución terrestre. Porque allí aprendemos que, en el fondo, sólo podemos acercarnos muy lentamente a las verdades y a la sabiduría necesarias para comprender el problema de Cristo. Aprendemos a desarrollar en nosotros un sentimiento muy diferente del que tiene la gente de hoy, que tan rápidamente termina de juzgar el acontecimiento. Aprendemos a ser cuidadosos al presentar la verdad, y sabemos que cuando la hemos mirado desde cualquier lado, siempre percibimos sólo un lado, nunca el todo a la vez.  
En relación con esto, -y sólo gradualmente llegaremos a comprenderlo-, está el porqué de la existencia de cuatro Evangelios. Hoy la situación es tal que incluso la teología es intelectual, materialista, y que el intelecto, que sólo se aplica a los cuatro documentos, los comparará externamente. Y ahí uno percibe entonces contradicciones. En primer lugar, se ha tomado el Evangelio de Juan. Lo que presenta tan exteriormente al intelecto, -dice la gente-, contradice tan fuertemente a los otros tres Evangelios que la mejor manera de llegar a una comprensión de este Evangelio es decir que el escritor no quiso describir hechos reales, sino que quiso presentar una especie de himno, una especie de confesión, como una reproducción de sus sentimientos. En el Evangelio de Juan se ve un gran poema integral, y así se le ha apartado del rango de documento. Pero esto sólo lo hace la mente externa y materialista. Luego se consideraron los otros tres Evangelios. Allí también encontramos ciertas contradicciones, pero se explican por el hecho de que los Evangelios fueron escritos en épocas diferentes.  En resumen, la gente hoy en día está en camino de diseccionar estos documentos sobre el gran acontecimiento, de modo que ya no tienen ningún significado para la humanidad. Pero es precisamente la ciencia espiritual la llamada a mostrar por qué tenemos cuatro documentos diferentes sobre el acontecimiento de Palestina y a reconquistar estos documentos para la ciencia espiritual. 
¿Por qué hay cuatro documentos?  
La gente no siempre pensó como hoy. Hubo épocas en que los Evangelios no estaban en manos de todo el mundo, sino sólo en las de muy pocas personas, precisamente las que se encargaban de la vida espiritual en los primeros siglos del cristianismo. Por qué no nos preguntamos hoy: ¿no eran estas personas unos completos necios que no veían que los Evangelios se contradecían entre sí? ¿O estaban tan aturdidos que no veían estas contradicciones? Los mejores de su época aceptaban estos documentos de tal manera que humildemente miraban hacia arriba y se alegraban de que tuviéramos cuatro Evangelios ¡de los que hoy los hombres dicen que no pueden ser documentos, pues se contradicen entre sí! 
Ahora, sin detenernos más en esto, llamemos la atención sobre cómo en los primeros siglos del cristianismo se recibieron los Evangelios, y cómo deben recibirse. En aquellos tiempos se recibían de tal manera que esto se puede comparar: Si fotografiamos el ramo de flores que está aquí desde cuatro lados, obtenemos cuatro fotografías. Si las miramos individualmente, difieren entre sí, pero si miramos una fotografía como ésta, podemos hacernos una idea del ramo. Ahora viene alguien que hace una fotografía desde otro lado. Entonces comparas las dos fotografías y descubres: Sí, son dos fotos muy diferentes; no pueden representar lo mismo. 
Y sin embargo: uno tendrá entonces una imagen más completa de ello; y sólo cuando uno ha tomado el ramo de flores desde cuatro lados y compara las cuatro imágenes entre sí, se obtendrá una imagen completa del verdadero ramo. De este modo los cuatro Evangelios caracterizan el mismo hecho desde cuatro lados diferentes.  
¿Por qué, entonces, se caracteriza el mismo hecho desde cuatro lados diferentes? Porque se sabía que cada uno de los que escribieron uno de estos Evangelios estaba imbuido de una gran y modesta humildad, una humildad que le decía: Este es el mayor acontecimiento de la evolución de la tierra; no debes atreverte a describirlo en su totalidad, sino sólo aquella parte de él que tu conocimiento te permita describir. Con modesta humildad, el escritor del Evangelio de Lucas se abstuvo de describir otra parte que la que le era cercana debido a su especial formación espiritual, que le decía que el Cristo Jesús era la individualidad en la que vivía el mayor desarrollo del amor, un amor hasta el sacrificio. ¿En qué se manifiesta este amor? Esto es lo que describe el escritor del Evangelio de Lucas, y se decía a sí mismo: Soy incapaz de describir todo el acontecimiento; por eso me limito a describir sólo este lado, el amor. 
Sólo podemos comprender esta limitación de los evangelistas a un ámbito concreto si indagamos un poco en la naturaleza iniciática del antiguo ministerio de los misterios. Sólo a partir de ahí podemos comprender el comportamiento de los evangelistas. Ustedes saben que la iniciación es la conducción de los seres humanos a los mundos superiores y suprasensibles, la vivencia de los seres humanos en los mundos superiores y suprasensibles, el despertar de los poderes del alma, el despertar de aquellos poderes y capacidades que de otro modo están ocultos en el alma. Siempre ha habido tales iniciaciones. En la época precristiana existían los antiguos misterios de los egipcios y caldeos, en los que las personas preparadas para ello eran conducidas a los mundos superiores. Sólo allí se trabajaba de un modo muy especial, de un modo que hoy ya no puede llevarse a cabo plenamente. Hoy, como saben, el hombre tiene tres fuerzas anímicas: pensar, sentir y querer. El hombre utiliza estas tres fuerzas anímicas en la vida ordinaria, y las utiliza de tal manera que las tres están activas, por así decirlo, en su relación con el mundo exterior.  
Utilicemos un ejemplo para ilustrar cómo actúan estas tres fuerzas del alma. Caminan por un prado. Ven una flor. Se hace una idea: Piensan. La flor les agrada: Sienten que la flor es hermosa; el pensamiento se ha unido al sentimiento. Y entonces desean arrancar la flor: con ello accionan la voluntad. De esta manera el pensar, el sentir y la voluntad estaban activos en sus almas. Y ahora observen toda la vida del ser humano: en la medida en que es vida del alma, es una confusión de pensar, sentir y voluntad. Y el hombre atraviesa la vida por el hecho de que estas tres fuerzas se combinan entre sí. El alma vive en el pensar, el sentir y la voluntad.
Cuando el ser humano es conducido a los mundos superiores, estas tres fuerzas se desarrollan tal como son en la vida ordinaria. Uno puede desarrollar el pensar más elevadamente, de modo que se convierta en ver. Y del mismo modo se puede elevar el sentir y la voluntad al mundo espiritual. En eso consiste la iniciación.
Quienes hayan estudiado "Cómo alcanzar el conocimiento de los mundos superiores" habrán leído lo que sucede cuando un hombre desarrolla su pensar, sentir y voluntad hacia los mundos espirituales. Se produce lo que se denomina el "desdoblamiento de la personalidad". Por lo general, las tres fuerzas están orgánicamente conectadas: el ser humano piensa, siente y quiere en una sola personalidad. Sin embargo, en el proceso de desarrollo hacia los mundos superiores, estas tres fuerzas se separan. Aunque por otra parte son fuerzas, ahora se convierten en entidades independientes cuando el ser humano se desarrolla hacia los mundos superiores. Surgen tres entidades independientes: una entidad que piensa, otra que siente y otra que quiere. Esto es lo que se llama el peligro de que el hombre se desgarre en su vida anímica.
Si el hombre no procede de la manera correcta al hollar el camino del conocimiento superior, puede suceder que eleve su pensar a las regiones superiores.
Entonces él ve en los mundos superiores, pero se detiene allí; él puede sofocar la voluntad o puede ir por caminos completamente diferentes. Hoy sucede que el yo se eleva por encima de sí mismo, que el yo puede convertirse en soberano, que puede reinar como rey sobre los tres poderes del alma, a saber, sobre el pensar, el sentir y el querer. 
No era así en la Antigüedad. En los lugares de culto precristianos prevalecía el principio de la división del trabajo. Por ejemplo, se admitía a una persona en los lugares de iniciación y se decía: Esta persona es particularmente apta para entrenar el poder del pensar. Entonces se entrenaba su pensar y se le elevaba a un nivel superior; se le convertía en un sabio que veía a través de las conexiones espirituales que subyacen a todo lo que sucede a los sentidos. Esa era una categoría de iniciados de los antiguos centros de misterios: los sabios.
Otras personas fueron educadas en los centros de misterio de tal manera que los poderes dormidos del sentir se desarrollaban a un nivel superior, mientras que el pensar y el querer se dejaban en su posición original. El sentir, entonces, era elevado.
Cuando el sentir de una persona se desarrolla de un modo especial, adquiere cualidades especiales. Hay una diferencia esencial entre una persona cuyo sentir era desarrollado de esta manera en un antiguo centro de misterios y una persona de nuestro tiempo. La influencia de un ser humano tan desarrollado, la influencia psíquica del alma, era mucho más fuerte que en la actualidad. 
Este desarrollo de las facultades del sentir significaba que el alma de tal persona podía ejercer una enorme influencia sobre el alma de los que le rodeaban. Así, los que habían desarrollado especialmente la esfera del sentir se convertían en los sanadores de sus semejantes. Al desarrollar el sentir mediante el servicio sacrificado, estaban llamados a ejercer un efecto sanador en otras personas.  
El tercer nivel de iniciados eran aquellos en los que se entrenaba la voluntad. Estos eran los magos. Así que había tres tipos de iniciados: los magos, los curanderos y los sabios. Estas eran personas que recibían su entrenamiento en los lugares de misterio de la antigüedad. Hoy ya no sería posible entrenar unilateralmente una de estas cualidades en el carácter de los seres humanos, porque hoy ya no es posible establecer un grado tan alto de armonía entre los seres humanos individuales como era posible entonces en los centros de misterios. El que era un sabio en los antiguos centros de misterios renunciaba, por así decirlo, a esto. Así es.
El que era sanador llevaba a cabo las instrucciones del sabio con la mayor obediencia, renunciaba a la sabiduría superior, utilizaba sus poderes de sentir según las instrucciones del sabio. Además de éstos, había una cuarta categoría de personas en los centros de misterio. Estos eran necesarios. Había casos en estos centros en los que no era posible que las tres categorías de iniciados hicieran lo correcto para trabajar en el mundo exterior. Algunas cosas no podían ser hechas por el iniciado de una de estas tres categorías, sino sólo por la presencia de una cuarta categoría de personas. Ésta consistía en que ciertas individualidades, aptas para ello, eran llevadas a los centros de misterio y se decían a sí mismas: Esos altos grados de iniciación que uno puede desarrollar con los sabios, sanadores y magos, no se pueden desarrollar con la gente de esta cuarta categoría. Pero fue posible llegar tan lejos con ellos que cada una de las habilidades de las otras tres categorías se elevaba a un cierto grado. Ninguna capacidad se desarrollaba tan fuertemente como en los iniciados formados unilateralmente que eran sabios, sanadores o magos; pero para ello había una cierta armonía de las tres cualidades en esta cuarta. Tal iniciado representa en sí mismo la armonía de los otros tres iniciados.
Y ahora, para ciertas tareas, es necesario renunciar a toda la propia individualidad y confiar en la palabra del que está en cierto sentido por debajo de uno. De modo que había casos en los antiguos centros de misterios en los que ni los sabios ni los sanadores ni los magos decidían, sino que sólo ponían sus poderes al servicio del Cuarto, que no estaba tan avanzado como ellos. Sin embargo, ponían sus poderes al servicio de este cuarto iniciado. Siempre resultaba que el desarrollo de la elite progresaba mejor cuando el superior obedecía al inferior en tal caso.  
Este era el caso en los centros de misterios orientales, donde los superiores usaban sus poderes según lo ordenado por el cuarto, a quien obedecían ciegamente. En los centros de misterios de Europa había colegios de doce iniciados, y a la cabeza de ellos había un decimotercero que no estaba iniciado; a él obedecían. Él indicaba lo que debía suceder. Confiaba en su voluntad instintiva, y los otros, que eran más elevados que él, llevaban a cabo lo que él les indicaba. Sólo se puede entender esto si se vuelve la vista atrás, a aquellos tiempos en los que todavía existía un alto grado de confianza en un ser del mundo que no estaba sujeto al pensar y a la voluntad humana. Hoy en día, el hombre se considera el ser más inteligente del mundo. Pero no siempre fue así. Hubo épocas en las que el hombre se decía a sí mismo: Sí, es cierto que puedo desarrollarme a un alto nivel. Tengo la capacidad de hacerlo, pero que ya sea la criatura más avanzada del mundo en términos de desarrollo no es algo que pueda aceptar
Podemos darnos cuenta de que esto es cierto con un simple ejemplo. Recordemos que sólo en el curso del desarrollo histórico se inventó gradualmente el papel, es decir, la actividad por la que determinadas sustancias se convierten en papel. La avispa ha sido capaz de hacer esto durante mucho tiempo. Ahora el hombre tendría que decirse a sí mismo: he tenido que adquirir mis conocimientos en una fecha relativamente tardía.  La avispa no puede haber aprendido su arte del hombre; el arte divino impera en su habilidad. En lo que hace la avispa, está imbuida de sabiduría divina. 
Sentimientos similares animaban a aquellos iniciados que se reunían en grupos de doce en la época precristiana. Se decían a sí mismos: Ciertamente, hemos desarrollado en nosotros altos poderes, <pero con todos nuestros poderes y habilidades sólo alcanzamos lo que está prefigurado en un nivel inferior en individualidades menos desarrolladas por seres divinos superiores. Ellos miraban a un Decimotercero que se había detenido en un nivel infantil e ingenuo comparado con ellos. Decían: Él no posee en sí la sabiduría humana como nosotros, pero aún así está impregnado de sabiduría divina. Los sabios, sanadores y magos orientales también decían: Seguimos a aquel que aún no está tan avanzado como nosotros, pero que se encuentra en un nivel en el que todavía conserva la sabiduría divina. Esta renuncia se extendió como un soplo mágico sobre los antiguos Misterios que conocían esto. Y ahora recordaréis el poema de Goethe, "Los Misterios", donde se introduce un decimotercero, el hermano Marcos, en el círculo de los hombres significativos. Aquí tenemos un fenómeno profundamente arraigado en la naturaleza humana, aunque esté alejado del hombre moderno, que consiste en el hecho de que un iniciado de la cuarta categoría, que no llega tan alto como los demás por el desarrollo de sus propios poderes, es sin embargo considerado como líder de los otros doce. 
Así pues, tenemos cuatro clases de iniciados: Sanador, sabio, mago y el cuarto tipo, llamado en un sentido especial "hombre". Cuatro de estos iniciados se dispusieron a describir el mayor acontecimiento de la evolución terrestre: un sabio, un sanador, un mago y un hombre en el sentido del iniciado de la cuarta categoría. Uno lo describió desde el punto de vista del hombre corriente, otro es el mago que previó preferentemente las fuerzas volitivas de la naturaleza del Cristo y las segregó en su Evangelio, un curandero que escribió el Evangelio de Lucas. De ahí se encuentra la propia tradición en la que Lucas es concebido como médico, y esto corresponde también a los hechos de que Lucas asiste a sus semejantes en el amor sacrificado.
Después un sabio que escribió lo que constituye la naturaleza sabia del Cristo. 
Estos son los cuatro iniciados que, renunciando a describir el todo, se dijeron a sí mismos: Sólo podemos describir lo que es mas cercano a nuestra alma. Sin embargo, la humilde modestia de estas cuatro personas, que se abstuvieron de dar la imagen completa del Cristo, sino sólo aquello que pueden ver, de acuerdo con su individualidad particular, parece ser algo elevado y poderoso en comparación con la conciencia del hombre de hoy, que no duda de que también puede comprender las cosas más elevadas en su totalidad con su intelecto.
Después de que en las conferencias sobre los Evangelios de Lucas y Juan ya he iluminado dos lados de este tremendo acontecimiento de Basilea, hoy hablaremos un poco sobre el Evangelio de Mateo. También podríamos continuar con el Evangelio de Marcos.  Pero hay ciertas razones por las que, después de haber asumido la tarea de describir este gran acontecimiento desde un punto de vista científico-espiritual, he elegido ahora el Evangelio de Mateo después de los Evangelios de Lucas y Juan. La razón de ello es darnos una idea de cómo acercarnos a la comprensión de este acontecimiento mundial con humilde modestia. En los Evangelios de Lucas y Juan aprendemos grandes verdades. Pero lo que se nos presenta en el Evangelio de Marcos es en parte tan chocante que, si uno no ha oído todavía las diversas cosas que siguen al Evangelio de Mateo, creería, por así decirlo, que hay profundas contradicciones entre el Evangelio de Marcos y los otros Evangelios. Uno no se pondría de acuerdo con el Evangelio de Marcos, porque en este Evangelio se comunican las verdades más grandes, las más escandalosas del mundo; no las más altas, pues éstas están contenidas en el Evangelio de Juan. Por lo tanto, hoy hablaré del Evangelio de Mateo.  
Hemos visto en la consideración del Evangelio de Lucas que las más diversas corrientes espirituales que estaban presentes en el mundo se convergieron para formar una corriente común en el momento en que tuvo lugar el acontecimiento de Cristo. Se ha mostrado cómo, por una parte, la enseñanza de la compasión y el amor afluyó al cristianismo desde Buda; y por otra, cómo la enseñanza de Zoroastro afluyó al cristianismo. Pero todas las corrientes espirituales precristianas también fluyeron hacia este significativo acontecimiento. Y en el Evangelio de Mateo es particularmente evidente cómo la antigua corriente espiritual hebrea, la corriente espiritual del antiguo judaísmo, fluyó hacia él, de modo que para entender el Evangelio de Mateo hay que hablar de la misión real del antiguo pueblo hebreo.
Sabéis que la investigación espiritual se nutre no sólo de los Evangelios, sino del mundo espiritual, de la imperecedera Crónica Akásica. Si por alguna catástrofe terrenal todos los Evangelios hubieran perecido, lo que la investigación espiritual tiene que decir sobre el acontecimiento de Palestina aún podría decirse. Cuando tenemos esto de las fuentes puras disponibles para la investigación espiritual, entonces lo comparamos con los grandes documentos, los Evangelios, y aparece ese maravilloso acuerdo que nos inspira una gran reverencia por los Evangelios a los que miramos, y en los que se nos hace claro de qué elevada fuente deben haber venido. Porque los escritores de los Evangelios nos dicen lo que sólo entendemos cuando estamos entrenados con la visión que nos da la ciencia espiritual.
¿Cuál es la misión del pueblo hebreo? Para entender esto, debemos retroceder un poco en el curso del desarrollo humano. Ustedes saben que lo que hoy son las capacidades humanas se han ido desarrollando. Sólo la ciencia materialista, que no ve más allá de la punta de su nariz, cree hoy que estas capacidades humanas se han desarrollado por sí mismas.
A lo sumo, sigue creyendo que la humanidad ha evolucionado desde el animalismo, pero no está en condiciones de volver a las verdaderas capacidades del alma. La ciencia espiritual sabe, sin embargo, que las facultades del alma hace miles de años eran diferentes de las actuales. En la antigüedad, la gente tenía lo que se llama una clarividencia apagada y crepuscular. Fue sólo en épocas posteriores cuando la conciencia diurna de hoy nació gradualmente de esta clarividencia; y este desarrollo comenzó en un momento muy definido en el tiempo, cuando este tipo de facultad imaginativa se apoderó de la humanidad.
Si nos remontamos a la antigua cultura india, encontramos en ella una especie de clarividencia. El hombre de hoy tiene que mirar las cosas que le rodean si quiere conocerlas. El antiguo indio no aprendió a conocer las cosas de la forma en que ahora las mira. La ciencia, tal como se enseña hoy a los niños, no existía en aquellos tiempos. Quienquiera que fuera un hombre sabio en la antigua India recibía su conocimiento a través de la inspiración interior cuando apartaba completamente su ser interior del mundo exterior, cuando descansaba en sí mismo o en su ser superior. A esto lo llamaba su unión con Brahma. Así que recibió el conocimiento a través de la inspiración interior. Era un conocimiento basado en la inspiración clarividente. Por el contrario, el conocimiento externo era Maja para él.  
Sin embargo, esta clarividencia fue desapareciendo cada vez más. Ya en la cultura proto persa había una fuerte adición de observación externa, aunque el conocimiento interior seguía afirmándose. Del mismo modo, en la tercera época cultural, la intuición interior seguía presente, aunque la gente ya había progresado en la captación de las cosas exteriores. En la antigua Caldea existía lo que hoy se llama astrología; ésta era una especie de ciencia de los astros. Hoy, en la ciencia externa, nadie sabe nada de la esencia de la astrología. Hoy en día, por muy cuidadosamente que se consulten los documentos en piedra, no se sabe nada en absoluto sobre la verdadera esencia de la astrología. Ningún ser humano de hoy puede evocar el sentimiento de lo que era la astrología para el antiguo caldeo. No era un conocimiento nacido de la observación de los cielos estrellados. No era el planeta físico Marte lo que el caldeo estudiaba mirándolo, sino lo que uno aprendía de él dejando brillar interiormente el conocimiento clarividente. No se trata de una combinación externa, y no se tiene plena conciencia de lo que revela este conocimiento del espacio celeste exterior. Fue en los antiguos centros de iniciación donde surgieron los primeros conceptos del conocimiento del mundo estelar. En lo que allí se comunica sobre el desarrollo de la Tierra y las conexiones de la Tierra con Marte, etc., seguimos teniendo un conocimiento nacido del interior. Del mismo modo, la geometría egipcia era un conocimiento nacido de dentro y aplicado sólo a la medición del campo exterior. El antiguo caldeo sólo debía ser capacitado para alcanzar el conocimiento externo mediante el despliegue de otros poderes. Los líderes espirituales de la evolución mundial asignaron al pueblo hebreo la misión de llevar a la humanidad a un conocimiento exterior y combinado.
Todo el conocimiento de los indios, los persas, los caldeos, los egipcios, por muy significativo que fuera, no requería un cerebro físico. Se tiene este conocimiento en el cuerpo etérico, que no está ligado al cerebro físico y que funciona libremente. Cuando el hombre trabaja libremente en el cuerpo etérico, entonces surge la imagen que constituye el conocimiento de esos pueblos antiguos; al igual que hoy, también, el conocimiento surge cuando el hombre trabaja libremente en el cuerpo etérico.
El conocimiento surge cuando el hombre es capaz de elevar el cuerpo etérico fuera del cuerpo físico, de no hacer uso de su cerebro físico.
La humanidad debía adquirir la capacidad de percibir a través de su cerebro. Para ello había que elegir la personalidad que tuviera el cerebro más adecuado, que estuviera menos predispuesta a las intuiciones clarividentes, pero que pudiera utilizar el cerebro. Aquí tenemos de nuevo uno de los puntos en los que la lectura de la Crónica Akáshica confirma los hechos de la Biblia. Lo que está escrito en la Biblia es correcto al pie de la letra. De hecho, se eligió una personalidad que, por su organización física, tenía el cerebro más adecuado para establecer aquello que hacía posible el trabajo espiritual por medio del cerebro. Esta personalidad fue Abraham. Él fue elegido para cumplir esa misión que consistía en llevar a los hombres a percibir el mundo exterior por medio de su cerebro físico. Era una personalidad poco propensa a la intuición, sino que investigaba lógicamente los fenómenos externos mediante la medida, el número y el peso. Una tradición más antigua considera a Abraham como el inventor de las matemáticas, y tiene más razón de lo que sospecha el mundo exterior actual.
Ahora se trata de que esta misión se introduzca en el mundo de la manera correcta. Consideremos que en el pasado, cuando se transmitía una misión a una personalidad, ¿Cómo se propagaba en la humanidad? Se transmitía de maestro a alumno. El que tenía una inspiración la transmitía al seguidor. Pero lo que se transmitía al antiguo pueblo hebreo estaba ligado a un instrumento físico que no podía pasar sin más al descendiente si éste no tenía el cerebro adecuado para ello. Por lo tanto tenía que estar ligado a la herencia física, tenía que ser transmitido a través de generaciones. Abraham tenía que ser seguido no por una multitud de discípulos, sino por un pueblo al que este cerebro pudiera transmitirse a través de las generaciones. Por lo tanto, Abraham se convirtió en el progenitor de su pueblo. 
Es maravilloso ver en la Biblia cómo los principales poderes espirituales encomendaron esta misión a Abraham. ¿Qué se le iba a dar a la humanidad a través de la misión de Abraham? Había que redescubrir lo que antes se conocía por inspiración; ahora había que recuperarlo por mera combinación a otro nivel. Así pues, lo que se había encontrado por combinación debía imitarse en la Ley. Por eso Yahvé dijo: Esta misión será una imagen de la más alta legitimidad que conocemos. Él Dijo: Tu descendencia se organizará como el número de estrellas en el cielo. Es un completo error traducir este pasaje de la Biblia como si Yahvé hubiera dicho que los descendientes de Abraham debían ser tan numerosos como las estrellas del cielo, sino que debían reproducirse según la ley, de modo que la legitimidad se expresa como la legitimidad del firmamento.
Abraham tuvo un hijo Isaac, un nieto Jacob. De él descienden las doce tribus del pueblo judío. Estas doce tribus son una réplica de la regularidad de los doce signos del zodíaco. Para Abraham una nueva organización del pueblo debía disponerse como las estrellas en el cielo. Así vemos cómo la ciencia espiritual extrae el verdadero sentido de los documentos de la Biblia, y ahí nos hacemos una idea correcta de este documento más profundo de la humanidad. Se debe renunciar a la antigua clarividencia. Ya no debe tener lugar la existencia de tal manera que se mantenga la mirada apartada del mundo exterior, sino que la mirada del hombre debe penetrar, explorar el mundo exterior. Pero esta misión era un don que debía darse a la humanidad desde el exterior.  Abraham tenía la misión de propagar la capacidad del cerebro a sus descendientes. Debia ser un regalo, y asi vemos <que> Abraham recibe a todo el pueblo judio como un regalo. ¿Qué podría haber dado un poder espiritual a Zaratustra? Una enseñanza, algo unilateralmente espiritual; pero a Abraham su pueblo tenía que serle dado como un don, un verdadero don basado en la procreación del cerebro físico.
¿Cómo se le dio este pueblo? Estando dispuesto a sacrificar a su hijo. Si lo hubiera hecho, no habría habido pueblo judío. Al recuperar a su hijo, obtuvo todo el pueblo judío como un regalo del exterior. En el momento en que Abraham recupera al Isaac que debía sacrificar, recupera a todo el pueblo judío, su descendencia, como un regalo. Esto es un regalo de Yahvé a Abraham. Y ahí es también donde se dio el último de los dones psíquicos. Los dones individuales de los clarividentes están dispuestos de tal manera que hay doce de ellos, y están designados por las doce constelaciones, pues son dones de los cielos.  El último de estos dones fue sacrificado por Abraham para dárselo al pueblo israelita. El carnero que Abraham sacrifica en lugar de su hijo es la imagen del último de los dones clarividentes. Con ello el pueblo judío recibió la misión de desarrollar la capacidad de combinación, de conocer los fenómenos del mundo a través de sus propias capacidades, que están contenidas en el cerebro, hasta una cierta unidad, que se presenta como Yahvé. Y esta misión es tan precisa que elimina del pueblo judío lo que aún queda como herencia de la anterior forma de percepción, a saber, la antigua clarividencia. José sigue teniendo sueños de la antigua clarividencia. Todavía utiliza la antigua clarividencia; pero es expulsado de la comunidad porque el pueblo judío tiene la misión de eliminar esta antigua capacidad de clarividencia de su desarrollo. Así que José es expulsado. Pero de este modo se convierte en el mediador entre el pueblo judío y aquello que debe absorber para llevar a cabo su misión cultural. Los hijos de Abraham habían renunciado a recibir inspiraciones desde dentro; así que tuvieron que recibir desde fuera lo que de otro modo se debe a estas inspiraciones, <que de otro modo se obtiene como mensaje desde dentro. Cuando fueron conducidos a Egipto, lo recibieron a través de Moisés, ellos que son ahora los misioneros del pensamiento físico exterior.  Lo que los otros pueblos recibieron por inspiración, ahora lo reciben desde fuera como ley. De hecho, lo que llamamos los Diez Mandamientos es lo mismo que los otros pueblos recibieron por inspiración interior. Los judíos recibieron de Egipto, a través de Moisés, como mandamientos del exterior, lo que en realidad deberían ser inspiraciones celestiales.  
Después de recibir las indicaciones de Egipto, este pueblo se estableció en Palestina. Este pueblo fue llamado a dar a luz al único portador del Cristo. Estas cualidades, que se transmitían de generación en generación, debían producir el cuerpo de Jesús; por lo tanto, todas las capacidades que estaban presentes en Abraham en la primera disposición deben sumarse. Todo el pueblo judío debe madurar, debe desarrollarse hasta tal punto que lo que está presente en Abraham como disposición sea llevado a su pico más alto en un descendiente. Para entender esto, debemos establecer una comparación con el desarrollo de un ser humano individual. En los primeros siete años se desarrolla principalmente el cuerpo físico. Del séptimo al decimocuarto o decimoquinto año, es decir, en el segundo ciclo vital, es el cuerpo etérico el que se desarrolla, luego el cuerpo astral; sólo entonces surge el yo. Lo que primero está presente como disposición sólo sale cuando estos tres cuerpos se han desarrollado. Esto también es cierto para todo un pueblo. La disposición abrahámica primero tuvo que integrarse en los cuerpos físico, etérico y astral, y luego pudo ser asumida por el Yo.  
Debemos dividir el desarrollo del pueblo judío en tres épocas. Lo que se extiende a lo largo de siete años en el ser humano individual, se extiende a lo largo de siete generaciones en un pueblo. Como ustedes saben, en las cualidades heredadas no es tanto el hijo quien se parece al padre, sino el abuelo.
Por lo tanto, en realidad son necesarias dos veces siete, es decir, catorce generaciones, para que madure en un pueblo lo que se desarrolla en el ser humano individual entre el nacimiento y el cambio de dientes. Catorce generaciones desarrollaron las cualidades que estaban predispuestas en Abraham en el cuerpo físico; catorce generaciones más en el cuerpo etérico y catorce más en el cuerpo astral. Sólo entonces fue posible madurar un ser humano como el que necesitaba el Ser Crístico. 
Mateo describe esto en el primer capítulo de su Evangelio, diciendo que tuvieron que pasar catorce generaciones desde Abraham hasta David, catorce desde David hasta el cautiverio babilónico y catorce más desde allí hasta Jesús, es decir, tres veces catorce o seis veces siete generaciones. El escritor del Evangelio de Mateo basó su libro en esta profunda sabiduría. Lo que estaba en Abraham como su misión destinada debía fluir también en el cuerpo del Cristo Jesús; pero sólo a través de la sucesión de generaciones de manera legítima podía suceder esto. Entonces este niño Jesús, que derivó de Abraham a través de cuarenta y dos generaciones, pudo completar la misión del progenitor.  Mateo nos describe la maravillosa legitimidad con que esto sucedió. 
Cuando un ciclo de desarrollo está completo, debe haber una breve repetición de los hechos anteriores en una etapa superior, y de hecho en el Evangelio de Mateo encontramos esta repetición descrita de una manera maravillosa. Abraham viene de Ur en Caldea, emigra a Canaán, luego va a Egipto y de nuevo vuelve a Canaán. Ese es su deambular. El Zaratustra reencarnado se encarnó seis siglos antes de nuestra era como un gran maestro de las escuelas caldeas de misterios bajo el nombre de Zarathos. Esa fue su última encarnación antes de renacer en Jesús. Ahora él sigue el mismo camino que Abraham siguió. Comienza aproximadamente desde el mismo lugar desde donde Abraham comenzó sus peregrinajes. Y también sigue en el mundo espiritual la ruta que Abraham había recorrido, todo el camino hasta Belén. Así, el camino que Abraham recorrió físicamente es tomado por Zaratustra espiritualmente. Y los seguidores de los que fueron sus discípulos hace seiscientos años le siguen de nuevo en la estrella que les muestra el camino a Belén. Ellos recorren el camino que Zaratustra recorre para encarnarse. Luego llega allí y renace en Canaán.
Vemos en el Antiguo Testamento a un José que es conducido a Egipto como resultado de un sueño; Ahora vemos de nuevo a un José que es conducido físicamente a Egipto como resultado de un sueño. Y luego el niño es conducido físicamente de vuelta a donde el pueblo judío está esperando al Salvador. El antiguo pueblo judío también recibió alimentos de Egipto de José en tiempos de hambruna. Si dibujas en un mapa el mismo camino que siguieron los magos; si comparas el camino por el que José, el hijo de Jacob, fue conducido a Egipto con el camino que siguió el niño Jesús de Salomón, comprobarás que los caminos correspondientes se corresponden con bastante exactitud. Hay, en efecto, desviaciones individuales, pero éstas se deben a otras circunstancias. Así de preciso describe el camino el escritor del Evangelio de Mateo.
<Precisamente a partir de tales hechos, que también podríamos conocer si se perdieran todos los Evangelios escritos, es que obtenemos la gran reverencia por los Evangelios. La humanidad podría llegar a verdades cada vez más elevadas y alcanzar una sabiduría cada vez más elevada, de la que quizás hoy se adivina muy poco; y si después de millones de años volvemos a saber mucho, mucho más sobre- el poderoso acontecimiento, entonces podemos extraer esta sabiduría igualmente de los Evangelios. De nuevo se trata de una pieza que puede llevarnos más lejos en la comprensión del acontecimiento de Cristo. Al igual que las enseñanzas de Buda y Zaratustra, la esencia del pueblo hebreo también ha fluido en la esencia del Cristo Jesús. Todo lo que antes había aparecido en la tierra renació en una forma superior a través del cristianismo. Todo lo que antes había estado en la tierra en forma de cultura espiritual vino a la tierra porque el gran líder de la evolución terrestre, Cristo, envió a la tierra a aquellos a los que primero había dado la misión, para que prepararan en la tierra lo que él tenía que hacer. Él estaba todavía en las alturas celestiales y envió a los mensajeros. Y ellos, los grandes fundadores de la religión, tenían que preparar a la gente para su venida. El último de estos mensajeros fue el Buda, que trajo la enseñanza de la compasión y el amor. Pero hubo otros Bodhisattvas antes, y después de Cristo habrá otros Bodhisattvas que expandirán lo que ha venido a la tierra a través del Cristo Jesús.  
Será bueno que la gente escuche a los Bodhisattvas que vengan después, pues son Sus servidores. Cada vez que un Bodhisattva aparezca en el futuro, por ejemplo después de tres mil años, entonces de nuevo el Cristo, el que todo lo supera, será comprendido mucho mejor. Cristo es la entidad más profunda, y los demás están ahí para que Cristo sea mejor comprendido. Por eso decimos que Cristo envió a los Bodhisattvas antes para preparar a la humanidad para Él; y los envía después, para que la mayor hazaña de la evolución terrestre pueda ser comprendida cada vez mejor. Estamos sólo al principio de la comprensión de este Ser, y comprenderemos al Cristo cada vez mejor a medida que más y más Sabios y Bodhisattvas vengan a la tierra. A través de toda esta sabiduría que se está derramando sobre la tierra, podremos reconocer mejor al Cristo.
<Así que estamos en la tierra como buscadores. Hemos comenzado la lucha por comprender al Cristo. Lo que hemos conocido de Él lo hemos aplicado, y en el futuro aplicaremos todo lo que los Bodhisattvas enseñarán, para comprender mejor al Maestro de todos los Bodhisattvas, el centro de nuestro sistema. De este modo, la humanidad será cada vez más sabia y conocerá cada vez mejor al Cristo. Pero no lo comprenderá plenamente hasta que el último de los Bodhisattvas haya realizado su servicio y aportado la enseñanza necesaria para permitirnos captar la entidad más profunda de la existencia terrestre, el Cristo Jesús.  
Traducido por J.Luelmo may2023

GA130 Stuttgart, 28 de junio de 1911 Los siete principios del macrocosmos y su relación con el ser humano

 


LOS SIETE PRINCIPIOS DEL MACROCOSMOS Y SU RELACIÓN CON EL SER HUMANO 

RUDOLF STEINER

Stuttgart, 28 de junio de 1911

El macrocosmos, el gran mundo, está tan en proceso de desarrollo como el microcosmos, el ser humano, el mundo pequeño. Igual que el hombre, debe desarrollar sus siete principios. Estos principios representan la totalidad de las jerarquías. 

I.  Serafines, QuerubinesTronos..

II. Kiriotetes, Dynamis, Exusiai..

III. Arcais, Arcángeles, Ángeles..

IV. Hijo del Hombre

 La línea de evolución de los principios macrocósmicos es la siguiente:

Primer principio macrocósmico de evolución = Tronos

Segundo principio macrocósmico de evolución = Querubines

Tercer principio macrocósmico de evolución = Serafines

Cuarto principio macrocósmico de evolución = Cristo

o gráfico siguiente: 

En el caso de la tierra, las razas raíz se muestran a continuación con 1, 2, 3 etc. Así esquemáticamente: 

1ª Raza Raíz Polar - Repetición del Principio de Saturno: Tronos
2ª Raza Raíz Hiperbórea- Repetición del Principio Solar: Querubines
3ª Raza Raíz Lemúrica - Repetición del Principio Lunar: Serafines
4ª Raza Raíz Atlante - Centro de la Tierra: Cristo
5ª. nuestra raza raíz - evolución progresiva
6ª. prefiguración de la evolución de Júpiter
7ª. prefiguración de la evolución de Venus
Por lo tanto, el principio Crístico continúa desarrollándose a través del período de Júpiter y sólo alcanza su pleno desarrollo hacia mediados de la sexta, la época de Venus. A partir de mediados de la época atlante, el principio Crístico sólo puede actuar en los primeros comienzos germinales. En el hombre esto ocurre a través de la creación del primer germen del yo. La primera influencia directa y real se produjo en nuestra época en la Revelación en el Sinaí, donde el Cristo se reveló a Moisés bajo el nombre de Yahvé o Jehová. Luego se produjo la conexión directa del Cristo con la tierra mediante el bautismo del Jordán y los tres años en los cuerpos de Jesús de Nazaret. El impulso Crístico fluyó así en la humanidad al mismo tiempo que el impulso yoico. Cristo significa, pues, el Yo macrocósmico. 

Por consiguiente, el desarrollo ulterior de los principios quinto, sexto y séptimo en la Tierra sólo puede ser posible interiormente como una especie de premonición. No puede darse al hombre un cuerpo más elevado que el cuerpo físico construido con el cuarto principio macrocósmico. Sólo en Júpiter recibimos el quinto cuerpo, y en Venus el sexto, y así  . En comparación con el período greco-latino, existe ahora en el hombre algo así como una especie de conflicto o discordancia interna entre espíritu, alma y cuerpo, que se hará cada vez más perceptible cuanto más avance el desarrollo. Esta discordancia ya puede ser percibida hoy en día, especialmente por las personas sensibles.

Consideremos ahora el contra-efecto de los espíritus luciféricos a partir de este esquema. Los espíritus luciféricos proceden de una Jerarquía superior a la del hombre: la Jerarquía de los Angeloi o Ángeles, En la Luna, sin embargo, los espíritus luciféricos ya han desarrollado sus principios cuarto y quinto, etc., anticipándose a ellos, por así decirlo, pero aún sin el cuarto principio macrocósmico, sin el Impulso Crístico, que todavía no estaba allí. Tomemos ahora el desarrollo de tales espíritus luciféricos que han llegado hasta el quinto principio en la Luna. Ellos no saben nada mas allá del cuarto principio macrocósmico, no saben nada del Cristo. Es difícil expresar esto en nuestro lenguaje. Se podría decir: Se vuelven como burlándose de los dioses superiores que se esfuerzan por desarrollar el principio Crístico en la humanidad, y les gritan: Vosotros sólo podéis dar al hombre el cuarto principio; pero nosotros podemos darle el quinto principio. - Se trata, en efecto, de algo superior, que ellos, al igual que nosotros ahora en la quinta raza raíz, han traído consigo como si lo anticiparan. Pero le falta el cuarto principio macrocósmico, el Cristo, del que nada saben. Así que en cierto sentido ya son precoces, anticipando algo, pero no en armonía con el cosmos. 
Nuestra evolución normal presenta, pues, a los espíritus luciféricos como bajo un aspecto "más simple" sobre el cual se creen muy superiores. Y llegarán tiempos en que, mediante el poder de los principios superiores, el quinto o incluso el sexto principio, los espíritus luciféricos tendrán gran influencia sobre la humanidad, que para ellos está en decadencia.  
¿No podemos sentirlo ya hoy en todas partes en sus signos? En el arte y la ciencia, etc., en todas partes nos enfrentamos a un cierto desarrollo superior precoz que, sin embargo, parece carecer del núcleo interior de la verdad, de la armonía con lo eterno. 
El líder de esos espíritus que han desarrollado seis principios de esta manera, que se han acercado así a la perfección en la Luna, es el Anticristo, que ya puede parecerse confusamente al Cristo.
Hoy la mayor parte de la humanidad ya ha caído bajo la influencia de los espíritus luciféricos. De ahí la necesidad de promover ahora lo que el hombre en la Tierra sólo puede recibir como interior a través de la meditación. De ahí la necesidad de la ciencia espiritual.
Al principio de nuestro quinto período, es decir, al final del período grecolatino, en el siglo XIII, durante un corto tiempo la humanidad estuvo completamente aislada de la facultad clarividente. Entonces, se celebró en aquella época una gran conferencia de los hombres más sabios, en el Colegio de los Doce. De ellos, los siete primeros eran los santos Rishis, cada uno de los cuales había encarnado en sí mismo una de las siete etapas atlantes de la evolución. Otros cuatro sabios habían encarnado en ellos las cuatro primeras subrazas de nuestro tiempo: el octavo la india, el noveno la proto-persa, el décimo la egipcio-caldea y el undécimo la grecolatina, el duodécimo todas las siguientes.  Había entonces entre ellos un muchacho, el decimotercero, al que tomaron en su seno y los doce vertieron sobre él su sabiduría de una determinada manera. El cuerpo del muchacho se volvió completamente transparente. Hacía mucho tiempo que no comía nada. Vivió poco tiempo bajo esta poderosa influencia, pero durante este tiempo pudo, gracias a lo que había absorbido de todos ellos juntos, convertirse en el maestro de estos doce sobre cosas que no podían comprender individualmente.  En particular, pudo explicarles el acontecimiento paulino en un sentido más elevado a través de su propia experiencia. Luego murió y renació en el siglo XIV como Christian Rosenkreutz.  

Luego vivió cien años y desde entonces ha sido el maestro no sólo de los doce sabios sino de toda la humanidad. Él tiene la tarea de proteger a la humanidad contra la influencia luciférica.
Estas influencias luciféricas son muy grandes y aún crecerán considerablemente. Pero se puede decir de ellas con razón: "Los personajillos nunca sienten al diablo, aunque los tuviera cogidos por el cuello". La influencia luciférica, sin embargo, se hará más evidente en un futuro próximo.

Traducido por J.Luelmo mar.2023