CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA208 Dornach 23 de octubre de 1921 - La Antroposofía como Cosmosofía vol II- El conocimiento de la antigüedad como conocimiento de los ángeles luciféricos

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La Antroposofía como Cosmosofía vol II 

RUDOLF STEINER

tercera conferencia

Dornach 23 de octubre de 1921

Con el fin de obtener una ampliación de las observaciones que he hecho aquí en el último tiempo, será bueno, en primer lugar, mirar retrospectivamente en la evolución de la humanidad a aquellos tiempos en que lo que hoy llamamos conocimiento tenía un carácter muy diferente. Ya hemos hablado de este carácter diferente del conocimiento humano en épocas anteriores. Sólo con lo que hemos adquirido aquí en las últimas conferencias podremos arrojar luz sobre muchas cosas ya sabidas.

En realidad, en la época en que el saber griego y romano entraron en la historia, el conocimiento humano ha sufrido una completa transformación que lo distingue del que tenía en el pasado. En Oriente y en África aquel conocimiento que precedió al conocimiento griego y romano, era de un tipo muy diferente de aquel otro conocimiento que los griegos iniciaron magníficamente, y que a través de los romanos se hizo abstracto, y que en los últimos tiempos ha sido llevado cada vez más hacia el materialismo. Fue hacia principios del siglo VIII a.C. cuando la cognición asumió el carácter que tiene hoy, aunque con modificaciones esenciales. Hasta ahora hemos podido caracterizar la cognición más antigua diciendo principalmente que era una especie de visión instintiva. No era una vida de conocimientos basada en conceptos, sino una vida de conocimientos basada en imágenes que, aunque no eran completamente similares a nuestras imágenes oníricas, porque hacían referencia a realidades espirituales, sin embargo no vivían en el alma con la definición de nuestro mundo actual de conceptos, sino que existían más bien en forma de imágenes pasajeras en la conciencia.

Este conocimiento, sin embargo, no se refería en realidad a aquello que es el contenido de nuestro conocimiento actual, sino que se refería más bien a aquellos mundos de los que el hombre se formó a sí mismo como de los mundos primigenios, en los que aún estaba tan integrado que se separaba poco de ellos. Durante la evolución de Saturno, el Sol y la Luna, el hombre era todavía enteramente un miembro del resto del universo. Pero incluso durante el desarrollo terrenal más antiguo, la personalidad aún no estaba separada del contenido general del universo. El ser humano se sentía hasta cierto punto dentro del contenido general del universo. Desde el momento en que el hombre se aparta de su conocimiento intelectual actual, del conocimiento del intelecto, y hace algo como ciertas escuelas orientales que intentan alcanzar una especie de conocimiento mediante procesos respiratorios, se da inmediatamente el caso de que esta separación tajante del mundo deja de estar presente. En el momento en que una persona hoy en día hace los anticuados ejercicios de yoga, que todavía se dan, inmediatamente siente su personalidad disminuida y amortiguada, se siente a sí mismo, me gustaría decir, como un soplo del mundo.

Así era el carácter de la cognición en aquellos tiempos más antiguos, pero a través de esta cognición pictórica el hombre era capaz de interpretar su propio ser interior físico en el sentido que ayer expliqué. Ayer llamamos la atención sobre el modo en que el hombre de hoy capta su entorno, la manera en que luego lo conserva como concepto, y en cómo éste concepto constituye entonces su ser interior, y a partir de este ser interior puede, por así decirlo, representar una imagen de su mundo entre el nacimiento y el momento presente. Así que lo que llevamos dentro como órganos, como cerebro, pulmones, hígado, representa todo el contenido del mundo. De la misma manera que uno puede interpretar a partir de una representación un proceso que ha experimentado, y que a su vez uno lleva este proceso dentro de sí como una imaginación, así uno lleva todo el mundo dentro de sí en sus órganos internos, pulmones, corazón, etcétera. Y la antigua sabiduría consistía en interpretar estos órganos individuales, para relacionarlos con todo el contenido del universo.

Esencialmente, la cognición más antigua, que se prolongó hasta el siglo IX antes de Cristo, era un saber que interpretaba el contenido del mundo desde el ser físico interior del ser humano, el ser físico-etérico del ser humano, -por supuesto, el ser interior se veía de forma diferente a como lo ve un anatomista o fisiólogo moderno-. Cada órgano interno por separado estaba relacionado con algo en el mundo exterior, pero era este órgano interno el que se experimentaba desde dentro. Así pues, se experimentaba la estructura cerebral en imágenes poderosas, y a su vez se relacionaban las imágenes con toda la esfera celeste, de modo que, de hecho, a través de este antiguo conocimiento, uno se hacía una idea de toda la esfera celeste a partir de la estructura cerebral indicada en la imaginación atávica. Y lo que contiene la sabiduría antigua sobre el mundo surgió esencialmente de tal interpretación del hombre interior.

Pero no obstante, en realidad ni siquiera se puede decir que lo que vivía allí como cognición fuera una correcta cognición humana. El verdadero conocimiento humano, aunque no tiene por qué ser un intelectualismo seco y puro, como suele considerarse hoy en día, es sin embargo inconcebible sin inteligencia. Aquella sabiduría antigua, sin embargo, no era en absoluto una inteligencia provocada por el hombre, de modo que no se puede decir en absoluto que esta sabiduría antigua fuera un conocimiento propiamente humano. El ser humano, por así decirlo, sólo participaba de un conocimiento que realmente poseían dentro de él otros seres. Y éstos eran seres pertenecientes a la jerarquía de los Ángeles. Uno de tales Ángeles bullía a través del ser humano y era en realidad él quien tenía este antiguo conocimiento. El ser humano solo participaba de ello. Veía, por así decirlo, en el interior de este Ángel. Por lo tanto participaba en lo que el ángel reconocía. Por lo tanto, el poseedor de aquella antigua sabiduría también tenía una visión muy vaga de cómo había llegado a sus conocimientos. Simplemente se decía a sí mismo: Esto es inspiración, esto está ahí, -porque él mismo no provocaba esta sabiduría, sino que el ser angélico en él la producía.

Pero este ser angélico no era un ser como el que en estos días pasados hemos supuesto que es el ser angélico normal que acompaña al hombre a través de las diversas vidas terrestres, sino que este ser angélico tenía un carácter luciférico. En cierto sentido, todo su ser, toda su actitud, había quedado rezagado en una etapa anterior de la evolución, en la etapa de la evolución lunar. De modo que se puede decir: Ciertos seres que deberían haber pasado por su etapa normal de humanidad durante la evolución de la luna, seres luciféricos, animaron o inspiraron al ser humano para la sabiduría más antigua, y el ser humano participaba de lo que este ser angélico experimentaba en él. Lo que el hombre recibió como tal sabiduría fue un conocimiento extraordinariamente elevado. Era el tipo de conocimiento que le había sido dado al ser angélico como un conocimiento muy perfecto durante la evolución de la luna, pero no era un tipo de conocimiento que fuera realmente tan adecuado para el hombre como para saber qué hacer con él en la tierra. En la tierra el hombre se comportaba más o menos instintivamente, yo diría como un animal superior. Y entonces, sin embargo, en este ser animal aún más elevado, por así decirlo, brilló esta alta sabiduría, esta alta sabiduría que amaneció al despuntar el siglo VIII antes de Cristo.

Esta sabiduría, que en el sentido indicado tenía un carácter luciférico, en realidad sólo se extendía a todo lo que permitía al hombre reconocerse como miembro de mundos extraterrestres. Por así decirlo, el hombre aún no había entrado realmente en la Tierra con sus conocimientos. Todavía se sentía dentro de esferas superiores con su sabiduría, y en la tierra actuaba instintivamente.

Después se produjo cada vez más lo que podía surgir con el intelecto o el alma racional. El ser humano comenzó a estimular el intelecto dentro de sí mismo. El hombre comenzó a elaborar conceptos. La cultura griega se distinguió por el hecho de que en realidad aún conservaba, me gustaría decir, aquella sabiduría angélica de la antigüedad, pero reelaborada con conceptos humanos. Y una sabiduría como la de Platón nos impresiona tanto por la misma razón de que una sabiduría como la suya ya tenía la reelaboración subjetiva del mundo de los conceptos o ideas, pero al mismo tiempo la antigua sabiduría instintiva resplandecía en esta reelaboración. Por eso los escritos platónicos combinan de un modo tan maravilloso la sabiduría más elevada con la que ya vive en el elemento de lo humano-personal.

Y si se considera toda la disposición anímica de Platón, es inimaginable que pudiera haber escrito sus libros de sabiduría en otra forma que no fuera la del diálogo, por la sencilla razón de que sentía claramente lo que el hombre antiguo sentía indeterminadamente. El hombre antiguo se decía a sí mismo: la sabiduría simplemente está ahí, se apodera de mí, irradia en mí. Platón se veía a sí mismo en una especie de diálogo con el ser que traía la sabiduría a su interior. Puesto que en el diálogo, él mismo experimentaba la sabiduría, por eso también prefería expresarla en el diálogo.

Luego, sin embargo, esta actividad conceptual se intensificó rápidamente. Y en Aristóteles vemos ya el conocimiento en forma de entramado teórico.

Después, cada vez más en el cuarto período post-atlante, un cierto elemento cultural alcanza la mayor influencia, que podemos describir de tal manera que decimos: La gente sentía que una vez el alma se había impregnado de una sabiduría antigua. Sentían que seres sobrehumanos habían descendido hasta ellos y les habían traído la sabiduría. Pero también sentían cómo esta sabiduría se volvía abstracta. Ya no podían captarla; lo que había fluido hacia abajo desde los mundos espirituales en tiempos pasados fluía fuera de ellos.

Esta activación del intelecto humano, que luego dio forma a todo en lo abstracto, es lo que encontramos en el romanismo en particular. El romanismo desarrolló un ser seco, abstracto, un ser ajeno a las imágenes, un ser que quería vivir en las formas del intelecto. Mientras que a través de lo griego seguimos teniendo la sensación de que las figuras de los dioses, es decir, aquello que estaba en la base del mundo, de la naturaleza, como cosas elementales, tenían una vida interior, los dioses romanos son abstracciones, tienen un carácter conceptual rígido, acartonado. El ser lógico se impone al ser imaginativo anterior, tan extendido aún en Grecia. Después de todo, todo lo que los romanos aún tenían de imaginativo se originó en Grecia. Los romanos añadieron el elemento de la prosa, el elemento de la lógica, y luego lo desarrollaron como romanismo en épocas posteriores, razón por la cual la lengua latina adquirió el carácter lógico a través del cual había conformado la cultura durante tanto tiempo.

Pero una cosa ha sobrevivido, aún más vívidamente a través del Helenismo, algo más mortecinamente a través del Romanismo, pero luego ha continuado propagándose en los siglos post-cristianos, hasta la Edad Media, incluso hasta los albores de los tiempos modernos: la tradición de la sabiduría antigua ha continuado propagándose. Y la tradición de esta sabiduría antigua se ha propagado más de lo que la gente piensa hoy en día.

Eso que se extendía por todas partes para los sentidos no se podía captar inmediatamente con el intelecto. Se trataba de captar lo tradicional con el intelecto. De esta manera, sin embargo, lo que antes era un elemento luciférico animador interior adquirió un carácter incluso exteriormente ahrimánico. Pero esto es una máscara. En verdad es un elemento luciférico propagado por la tradición. Y lo que vemos propagarse en el romanismo desde la época del Imperio Romano a través de los siglos siguientes, que luego es saturado muy fuertemente por el elemento germánico, pero que sin embargo se conserva en la tradición, eso es un elemento esencialmente luciférico. El elemento luciférico sigue actuando. Se despoja naturalmente de su carácter original al fluir hacia el ser pensante. Se funde en la forma-pensamiento. En la lengua latina, diría, vive un elemento luciférico de forma ahrimánica.

En el arte griego, este elemento está todavía muy vivo. Después se vuelve más o menos rígido, y es interesante seguir cómo continúa en la teología, que es una doctrina de los mundos suprasensibles, pero no tiene los mundos suprasensibles en sí, sólo los tiene según la tradición. Y así surge esa corriente espiritual que es esencialmente de tipo luciférico y que lleva la antigua visión de lo suprasensible a lo teológico.

El propio cristianismo se ve envuelto en las mallas de esta teología. El cristianismo se teologiza. Al igual que en la lengua latina se produce una logización, en el cristianismo se produce una teologización. Pero el elemento vivo real del cristianismo se pierde en un elemento luciférico que lleva una máscara ahrimánica. El cristianismo vivo se convierte en una corriente cultural teologizante. Por debajo, el elemento personal real siempre está ya activo, pero todavía de forma instintiva. Todavía no puede unirse completamente con lo que viene de arriba. Y de hecho es particularmente interesante observar esto en su fase más flagrante, en la fase del Renacimiento. Allí vemos cómo vive una alta teología, que ciertamente tiene los conceptos, las ideas de lo suprasensible, pero que ya no tiene la contemplación. Tradicionalmente, en el fondo, todo está ahí en la época del Renacimiento. Lo que se conserva en el romanismo en forma teológica es sabiduría antigua, pero bajada a la vida de la imaginación. Vive lucifericamente en las imaginaciones.

Es maravilloso lo que todavía hoy se puede ver en tales elementos teologizantes, cuando uno ve los murales de Rafael en Roma, lo que realmente vive allí en ese cuadro, que se llama la Disputa, en elementos teologizantes. Sabiduría profunda, que vive más o menos en palabras, que ya no alberga puntos de vista en sí misma, sino que es la sabiduría más profunda para aquellos que pueden conectarla con puntos de vista.

También admiramos la teología que vive en la "Divina Comedia" de Dante, pero al mismo tiempo sabemos que aunque ciertos puntos de vista fueron a su vez alcanzados en la obra de Dante por su maestro Brunetto Latini, - ya lo expliqué una vez -, sin embargo con mucho la mayor parte es en realidad un elemento tradicional, teologizante, que tiene una fuerte influencia luciférica. Y vemos por otra parte cómo esos seres que llevan tal sabiduría antigua al elemento teologizante, son los que ahora llevan también el ser artístico griego, después de haberlo animado antes, más anquilosado, pero aún a través de la tradición, al arte renacentista de tal manera que Goethe ve surgir de nuevo el arte griego en su espíritu, cuando vio de nuevo este arte griego en el arte renacentista.

Hay que decir que en la teología vive un fuerte elemento luciférico, que vive en el arte tal como nos ha llegado desde la antigüedad, un arte que, para que pueda ser artístico, debe buscar preferentemente lo sobrenatural, que no puede descender completamente hasta el ser humano. Allí donde desciende, nos parece como si hubiera saltado a lo instintivo. Pues la propia vida del Renacimiento la vemos de tal modo que tiene en sí, por así decirlo, el cielo del que se le ocurren ideas, no más que ideas, ideas que incluso puede animar maravillosamente de forma artística; pero por debajo de ella vemos desarrollarse una degeneración instintiva de la vida renacentista. Es, después de todo, un magnífico, pero en realidad a veces aterrador espectáculo de la historia del mundo, ver cómo tal Papa Alejandro VI o incluso León X, por un lado, son hombres eruditos, completamente eruditos, llevando el más alto de los mundos suprasensibles en sus imaginaciones, pero que, como hombres del Renacimiento, no pueden elevar lo que es la personalidad humana a esta altura espiritual, que instintivamente degenera allí abajo. Y por eso vemos a estos terribles, hombres del Renacimiento, desplegando por un lado algo así como una vida animal superior, y por encima de ella vemos extenderse, llevando el carácter luciférico, el cielo que ha sido traído a la humanidad en una teología que es por un lado maravillosa, por otro lado bastante luciférica, según la imaginación.

Pero esto también nos lleva a la época en que otros poderes, además de estos seres angélicos más antiguos, se apoderaron de la evolución de la humanidad.

El hombre se encuentra en el medio entre el reino de los Ángeles y el reino de los animales. En épocas más antiguas, su forma física exterior era muy parecida a la de un animal, pero seguía estando animada por aquello que acabo de describirles. Los geólogos, los paleontólogos, sin tener ni idea de lo que es correcto en este campo, sacan hoy a la luz restos humanos de épocas antiguas con la frente retraída, formas humanas parecidas a animales, y creen que con ello pueden acercar al hombre al animal. Teniendo en cuenta la forma física exterior, esto está bastante justificado, pero cuantas más formas parecidas a animales volvamos a encontrar en la antigüedad, más impregnadas de sabiduría antigua están dichas formas semejantes a animales. 

Y si uno excavara estas formas animales hace algunos años en ciertas partes de Europa y ahora, con la geología y la paleontología actuales, sólo supiera decir: se trata de seres humanos con el cráneo bajo, con la frente retraída, con las cejas salientes, las cuencas de los ojos - hay que decir, si se conoce la verdad en este campo: Este ser humano, que hoy tal vez parece tan animal, que al paleontólogo exterior le parece un simio más desarrollado, pero estaba lleno de sabiduría antigua, sólo que tenía otro ser en él. Él sólo participó de ella.

Por lo que se puede decir: En la antigüedad el hombre estaba colmado de un superhombre. Este ser va creciendo cada vez más a partir de formas animales, hasta que se convierte en una especie de superanimal que combina las diversas formas animales. En este Super-animal puede establecerse ahora un ser de un tipo bastante diferente a los seres angélicos ordinarios, se  trata de un ser ahrimánico. Y en el mismo momento en que la esencia de la antigua sabiduría se desvanece en la tradición, en ese momento se hace cada vez más poderoso este ser humano, que ahora se acerca a su organización animal Así se puede decir: En la antigüedad un superhumano llena al ser humano. Crece cada vez más hacia él desarrollándose hacia arriba a partir de formas animales hasta que se convierte en una especie de super-animal que une las diversas formas animales. En este super-animal puede ahora establecerse un ser de una clase muy diferente de los seres angélicos ordinarios, un ser ahrimánico. Y en el mismo momento en que la esencia de la antigua sabiduría se desvanece en la tradición, este ser humano se hace cada vez más poderoso y atrae ahora al ser intelectual a su organismo animal. Y así vemos cómo, a partir del siglo VIII a.C., el hombre se desarrolla hacia arriba, lentamente al principio, luego cada vez más, a medida que brota de su interior una especie de ser superanimal, que es del tipo Ahrimánico.

Este ser, que en cierto sentido se encuentra con el ser luciférico en el hombre, este ser es, me gustaría decir, el otro, que se esfuerza por alejar al hombre de su camino de pureza. Podría decirse que los seres luciféricos son seres coléricos que animan al hombre, pero para en realidad no dejarle llegar a ser feliz en la tierra y para apartarle siempre de la tierra, para tirar siempre de él, por así decirlo, hacia lo suprahumano. Ellos quisieran tenerlo mucho más como un ángel que no se hunde en las funciones inferiores del organismo físico. Los seres luciféricos están furiosamente enojados con el ser humano que camina sobre dos piernas sobre la tierra, que está conectado con la tierra a través de sus funciones inferiores; estos seres quisieran despojar al ser humano de todo lo animal, y ahora, por ejemplo, en esta época de su existencia, no quisieran dejarlo bajar de nuevo a la encarnación física, quisieran mantenerlo arriba en la vida que transcurre entre la muerte y el nuevo nacimiento. Por otra parte, uno quisiera llamar a los otros, los seres ahrimánicos, seres de dolor. Pues en realidad luchan por alcanzar la forma humana, pero no pueden lograrlo por sí mismos. Es un dolor terrible por el que estos seres ahrimánicos básicamente pasan. Es como si el animal sintiera oscuridad en su interior: Deberías elevarte, deberías ser un ser humano, como si quisiera desgarrarlo todo dentro de sí. Este terrible dolor lo sienten realmente los seres ahrimánicos. Y sólo puede ser aliviado para ellos si se acercan al ser humano y se apoderan de la mente. Allí la mente apacigua este dolor. Por eso muerden la mente humana, la arañan con todo su ser, por así decirlo. El ser ahrimanico tiene algo parecido a la penetracion dolorosa de la mente humana. El ser ahrimanico quiere unirse con el ser humano para alcanzar la comprension.

El hombre es pues el campo de batalla entre lo Luciférico y lo Ahrimánico. Tanto es así que se puede decir: Lo luciférico tiene que ver con todo lo artístico, con todo lo abstracto-teológico. Lo ahrimánico es algo que surge del mundo material, que ha pasado por el reino animal, que se esfuerza penosamente hacia el hombre, que quiere apoderarse del intelecto, pero que es repelido en el hombre por el ser sobrehumano que siempre rebota, pero quiere llevarse consigo el intelecto. Es algo que quiere entrar en el ser humano una y otra vez y quiere mantener al ser humano con el mero intelecto, no quiere dejarle llegar hasta la imaginación, la inspiración, porque quiere mantener al ser humano consigo mismo para aliviar su agonía.

Todo lo que se ha formado en la humanidad desde el período Ahrimánico más reciente, preferentemente como ciencia materialista, como ciencia que proviene de este dolor de la existencia material enfriándose en el hombre, eso es de naturaleza Ahrimánica. Y vemos surgir la ciencia materialista. El hombre la forma. Como el hombre la abriga en sí mismo, Ahriman une en él su ciencia. Y así como Lucifer en particular tiene su mano en lo artístico, así Ahriman tiene su mano en la formación de lo mecánico, lo técnico, aquello que quisiera alejar el intelecto del hombre, aquello que quisiera atraerlo hacia la máquina, ya sea hacia la herramienta mecánica, ya sea hacia la maquinaria del sistema estatal. Sólo así ha llegado a ser esencialmente posible lo que vive en la humanidad moderna, lo que ha surgido, sobre todo a partir de la época del Renacimiento. Uno quisiera decir que durante el período del Renacimiento la actividad luciférica llegó a una especie de callejón sin salida; la actividad ahrimánica echó entonces raíces al otro lado de este callejón sin salida. Y vemos toda la actividad que ha existido desde el período del Renacimiento; el impulso hacia lo mecánico, hacia la ciencia sin sentido, lo vemos proceder con el carácter ahrimánico.

A eso que ha surgido desde el Renacimiento sólo puede incorporársele la idea de Cristo. Lo que ha surgido en tiempos más recientes como ciencia materialista, como tecnología industrial, es completamente Ahrimánico en su naturaleza, y si pudiera extenderse sin la concepción de Cristo, ataría al hombre a la tierra. El hombre no ascendería a la existencia de Júpiter. Pero si traemos la concepción de Cristo, si traemos una nueva vida espiritual, si traemos imaginación, inspiración, intuición a lo que sólo es conocimiento del mundo exterior, entonces redimimos al ser ahrimánico. Cómo puede representarse esta redención, lo he ilustrado en mis dramas misterio desde las más diversas perspectivas. Pero el hombre sería vencido por Ahriman si la idea de Cristo no pudiera seguir formándose como una idea verdaderamente espiritualizada, desteologizada.

Pero sería una superación del hombre por Ahrimán si la concepción crística no pudiera seguir formándose como concepción verdaderamente espiritualizada, desteologizada; La ciencia materialista, el mecanismo industrial externo entregaría al hombre a la muerte terrena, es decir, forjaría un mundo completamente distinto en el que el hombre viviría más o menos como petrificado para edificación de las entidades ahrimánicas, si la concepción Crística no impregnara a su vez de manera espiritual al ser materialista moderno, al ser mecanicista moderno.

Así que podemos decir: Lucifer interviene en todo lo que es tradicionalmente teológico, en todo lo que degenera en amaneramiento y rigidez, en todo lo renacentista; mientras que Ahriman interviene en todo lo que es sólo ciencia natural externa, sin espíritu, que no puede descubrir el espíritu en la naturaleza, y en todo lo que es mecanismo externo en la actividad humana. Los seres angélicos luciféricos, que se han salvado de la vida tradicional hasta el presente, tienen todo el interés en impedir realmente que el hombre actúe. Ellos querrían mantener al hombre por lo menos en la vida interior del alma. El ser humano se ha convertido en una personalidad. Pero estos seres angélicos no quieren dejar que el hombre fluya en sus actos hacia la experiencia, hacia la revelación de sus impulsos de voluntad. Desean mantenerlo en la contemplación interior. Lo seducen al misticismo, lo seducen a la falsa teosofía. Lo seducen a llevar una vida meramente contemplativa interior, a contemplar en lugar de actuar. 

Hacen de él un meditabundo al que le gustaría sentarse todo el día a darle vueltas a todo tipo de enigmas del mundo, pero que no quiere trasladar a la realidad externa lo que vive en su espíritu. Ellos quisieran dejar surgir mediante la observación puramente externa lo que es la ciencia externa. Bien pueden producir una ciencia como la del padre Secchi, que era un excelente astrofísico, porque podía observar con microscopio y telescopio, porque podía registrarlo, y sólo tenía algo al lado que no estaba en absoluto relacionado con ello: aquello que le fue dado por los seres luciféricos como una alta sabiduría sobrenatural-sobrehumana. Al cultivar esta sabiduría sobrehumana-sobrenatural, los seres luciféricos arrebatan lo anímico-espiritual del ser humano de la existencia terrenal. Entonces lo que es todavía tan alta ciencia materialista externa simplemente decae, eso no tiene continuación interna. No está, después de todo, impregnada de verdadera espiritualidad. Eso ya no les interesa.

Estos seres luciféricos quisieran también tener un arte lo más inerte posible, sin espíritu en el sentido de que el espíritu no entra en la forma. Siempre quieren que sólo exista el Renacimiento, lo que vivió en los tiempos antiguos. Ellos inculcan en el hombre el odio a toda nueva forma estilística que pueda surgir realmente del humano moderno. Ellos quieren propagar las antiguas formas-estilísticas, porque estas antiguas formas-estilísticas todavía están tomadas de lo no terrenal, de lo sobrenatural.

Al ser ahrimánico, en cambio, no le gustaría permitir la espiritualización, ni perseguir nada estilístico en absoluto, preferiría realizar sólo edificios bastante prosaicos, edificios utilitarios, por ejemplo, le gustaría mecanizarlo todo, ponerlo todo sólo al servicio de lo industrial, le gustaría entrar en el hombre, Querría enseñar al hombre a no valorar ningún trabajo manual como un oficio, sino sólo a suministrar modelos que luego puedan ser reproducidos por la máquina en infinitas copias, del mismo modo que Ahrimán mismo puede revelarse en un número inconmensurablemente grande de copias a través del secreto del número en muchos hombres.

En la actualidad, el ser humano está en realidad completamente atrapado en esta lucha. Sólo cuando reflexione realmente sobre lo que puede ser para él el verdadero don de Cristo: un conocimiento espiritual antroposófico y una perspectiva espiritual adecuada al tiempo presente, cuando reflexione sobre esto, encontrará el camino manteniendo el equilibrio entre lo luciférico y lo ahrimánico. Debe, por así decirlo, luchar con lo ahrimánico, pues de lo contrario tendría que caer en lo luciférico. Pero no debe, sin estar alerta, entregarse a las corrientes de Ahrimán, pues de ese modo caería en un orden mundial completamente mecanicista. Los seres luciféricos quisieran apartar al ser humano de toda actividad, hacer de él un ensimismado, un místico, al que poco a poco no le queda nada para la existencia terrenal y que, por tanto, también puede ser retirado de la existencia terrenal. Las entidades ahrimánicas quisieran mantener al ser humano enteramente en la existencia terrenal. Por eso les gustaría mecanizarlo todo, es decir, empujarlo hacia abajo, hacia el reino mineral. Así remodelarían la tierra en su sentido, sin dejarla pasar a la existencia de Júpiter. Tienen, sin embargo, el empeño de no robar al hombre su actividad, sino más bien dejarle hacer, trabajar, actuar tan fuertemente como el hombre pueda, pero todo ha de funcionar según la plantilla, todo ha de funcionar según el programa. Ahriman es el gran entusiasta de todo lo programático. Él es el inspirador de la creación eterna de estatutos. Cuando Ahriman, en algún lugar de un comité, ve que se hacen estatutos, está en su mismo elemento: primero, segundo, tercero -, primero esto debe hacerse, segundo esto debe hacerse, tercero este miembro tiene estos derechos, cuarto ese miembro debe hacer esto o aquello. Naturalmente, entonces no se le ocurre al miembro respetar estos derechos, o hacer de alguna manera lo que está escrito allí. <Pero eso no es lo que importa al principio. Cuando se redactan los estatutos, se trata de cultivar el espíritu ahrimánico. Entonces uno puede referirse al párrafo tal y tal.

Pero a Ahriman todavía le gustaría fomentar la acción, sólo que todo debe hacerse en el sentido programático, de plantilla. Todo debería ser forzado en párrafos. mañana, por así decirlo, el hombre debe encontrar en su colcha una lista de lo que tiene que hacer durante el día, y debe llevarla a cabo mecánicamente pensando, por así decirlo, sólo con las piernas, no con la cabeza. Mientras Lucifer se esfuerza por hacer que el hombre piense con la cabeza y por verter el corazón en la cabeza, Ahrimán se esfuerza por hacer que el hombre piense sólo con las piernas, por verterlo todo en las piernas.

El hombre ya está en esta batalla; y lo que tal vez expreso de forma más figurada es ya básicamente el contenido de nuestra cultura. Por un lado, vemos a aquellas personas que consideran como su ideal el poder elevarse manteniendo las piernas en la posición de estatua de Buda, musitando al Altísimo, con total falta de piernas, con la cabeza hinchada, ahondando en los abismos místicos. Por otra parte, vemos a occidentales que, por no saber lo rápido que tienen que ir de una oficina a otra, de un negocio a otro, nos dan la impresión de que en realidad llevan una cabeza sobre los hombros bastante innecesaria, una cabeza que en realidad no está presente en lo que están haciendo. Y éstos son ya los dos extremos de la humanidad en la actualidad: los sensualistas solitarios con los ojos cerrados para no ver lo que ellos mismos hacen, y los que en realidad no necesitan ojos porque siempre llevan algo en las piernas como correas, cordeles, y en el extremo de los cordeles hay un párrafo tal y tal, y así son arrastrados por el mundo como el eslabón de un mecanismo.

Vemos cómo el hombre moderno se rebela a veces contra el ahrimanismo, cómo despotrica contra la burocracia, que es puro ahrimanismo, cómo se rebela contra la manipulación de la enseñanza, etc., pero por regla general sólo para caer un poco más profundamente aún en aquello de lo que desea salir.

La única manera de salir de todo esto es dirigir toda la mente, toda la constitución anímica del ser humano, hacia el reconocimiento del espíritu, hacia aquello que a su vez impregna de espiritualidad real al ser imaginario, de modo que el espíritu real se apodera de todo el ser humano, no sólo de la cabeza. Y al apoderarse de todo el hombre puede también vencer al ser ahrimánico, y al vencerlo lo redime. No hay que decir nada en absoluto contra el ser ahrimánico. No se debe censurar, por ejemplo, lo que se vive justificadamente en el registro y en la elaboración de estatutos y en la elaboración de párrafos. Sino que todo esto debe ser espiritualizado.

En estos tiempos modernos no podemos hacer otra cosa que practicar artes ahrimánicas, por ejemplo, que escribamos en taquigrafía, que utilicemos máquina de escribir, o cosas por el estilo. Estas son todas ahrimanizaciones de nuestra cultura en el más alto grado. Pero al introducir la espiritualidad en nuestra cultura, podemos elevar incluso aquello que tiene una influencia tan alarmantemente ahrimánica, como la taquigrafía o la mecanografía, a la esfera de la espiritualidad, de modo que redimimos a Ahrimán. Es, después de todo, sólo a través de una contemplación plena de la vida espiritual que tal cosa es posible. Los que hoy viven en un estado de ánimo materialista y escriben en taquigrafía o incluso a máquina, caen profundamente en el elemento Ahrimánico. Ya ven, no es una reacción lo que se ha de proferir, la demonología que ha surgido no ha de ser mal vista; sino que los demonios mismos han de ser redimidos.

Esto también puede ser mostrado en detalle. En el fondo se puede decir que lo que los elementos ahrimánicos han arraigado en la civilización más reciente, en realidad sólo impulsa las artes ahrimánicas por una cierta predilección. Porque lo que está estenografiado o mecanografiado por esta cultura ahrimánica también podría permanecer sin ser escrito. De todos modos uno ya suele saber lo que contiene. Básicamente, no hay necesidad de arreglarlo. El contenido es indiferente. Sólo el arte ahrimánico entra en consideración allí, de cierta importancia. Pero para lo que surge espiritual-científicamente, para eso uno podrá necesitar la fijación exacta, porque es necesario expresarse de una manera exacta, precisa. Y entonces precisamente lo ahrimánico podrá prestar servicios esenciales a lo espiritual. Así se ignorará en detalle.

Pero será de muy especial importancia que la ciencia espiritual moderna penetre en las ciencias humanas individuales, que pase de las ciencias naturales sin espíritu a una verdadera ciencia espiritual unificada, que las ciencias naturales individuales sean, diría yo, capítulos de una ciencia espiritual unificada. De este modo se desahrimanizan, y gradualmente, mediante el correcto funcionamiento de los detalles, se entra en esa corriente que hoy he tenido que desarrollar ante vosotros a partir de la antítesis luciférico-ahrimánica.

No piensen que es indiferente señalar tales detalles como lo he hecho hoy. Está muy bien familiarizarse un poco, a través de imágenes como las que he utilizado, con las personas luciféricas que viven hoy, con sus piernas en la posición de Buda  y con las personas ahrimánicas que, como "codeándose en todas las calles", corren afanosamente de oficina en oficina, y que en realidad no necesitaban sus cabezas en absoluto para este ajetreo.

Quizás a veces sea más agradable oír estas cosas en abstracciones que en imágenes concretas, pero la ciencia espiritual moderna, la ciencia espiritual antroposófica, tiene la tarea de apuntar a la vida inmediata, de llamar a la vida inmediata por su nombre correcto en todas partes. Sólo así puede surgir una visión y una constitución del alma completamente sanas y concretamente verdaderas.

Esto es lo que quería añadir hoy a las reflexiones de las últimas semanas. La próxima vez intentaremos de nuevo acercarnos a la contemplación del ser humano desde un ángulo diferente.

Traducido por J.Luelmo oct,2023

GA208 Dornach 22 de octubre de 1921 - La Antroposofía como Cosmosofía vol II- La supraconciencia en la vida después de la muerte como contraparte de la conciencia dormida en la vida terrena

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La Antroposofía como Cosmosofía vol II 

RUDOLF STEINER

segunda conferencia

Dornach 22 de octubre de 1921

Si repasan ustedes el curso que di en 1914 sobre la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, (GA153), encontraran en él algunas informaciones que pueden complementar lo que he preparado en estos días y semanas. Hoy quisiera llamar vuestra atención en particular sobre el cambio en los estados de vida que también tiene lugar entre la muerte y un nuevo nacimiento, del mismo modo que aquí en la vida entre el nacimiento y la muerte hay un cambio entre la vigilia y el dormir. Entre el nacimiento y la muerte tenemos nuestra conciencia normal, lo que en realidad nos hace humanos, en la vigilia, y en el dormir nuestra conciencia está, por así decirlo, atenuada. En tales circunstancias, nuestra conciencia se halla por debajo del umbral de la vigilia, y los procesos en los que nos encontramos entre el dormir y el despertar sólo los experimentamos dulcemente, ya sea en un dormir pleno, o de tal manera que ciertas reminiscencias vitales o procesos internos del organismo se presentan en forma de sueños del dormir.

En la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento también se produce un cambio similar. Sólo que allí todo se invierte, por así decirlo, en relación con las condiciones en las que nos encontramos ahora. Ayer les describí cuán radicalmente diferente es la experiencia del hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento en comparación con su experiencia aquí en la tierra. Lo mismo ocurre con estos estados de cambio de conciencia. Entre la muerte y un nuevo nacimiento, tenemos las experiencias que describí ayer: las experiencias que nos muestran nuestro yo en sus actos, sus impulsos volitivos. Esta conciencia en la que tenemos nuestro yo es, por así decirlo, la normal para estos estados espirituales de la vida, del mismo modo que el estado de vigilia es el normal aquí. Hemos visto que aquí estamos constituidos, por así decirlo, por el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, y allí por el yo, el yo espiritual, el espíritu de vida, el hombre espiritual, en primer término. El yo, pues, es el eslabón más bajo entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero del mismo modo que aquí, en la conciencia de vigilia, tomamos conciencia interior de nuestro yo, allí tomamos conciencia de nuestro yo en una conciencia comparable a la de aquí, por así decirlo como una experiencia externa, en los hechos, en los impulsos volitivos que contemplamos retrospectivamente, que son experimentados por nosotros como si irradiasen hacia nosotros desde la tierra, tal como he descrito.

Este estado alterna ahora con otro, de tal manera que aquí en la vida terrenal podemos hablar de conciencia despierta y conciencia dormida, que hasta cierto punto también podemos unir a la conciencia despierta una subconsciencia, mientras que entre la muerte y un nuevo nacimiento debemos hablar de la conciencia que acabamos de describir y de una especie de supraconciencia, en la que seres superiores son conscientes en nosotros, o llenan nuestra conciencia.

En nuestro estado durmiente terrenal descendemos a una especie de existencia vegetal. Entre la muerte y un nuevo nacimiento ascendemos al estado supraconsciente a una especie de conciencia de arcángel, a una conciencia que está por encima de la nuestra. He dicho que cuando estamos en nuestro estado normal, tenemos detrás de nosotros, por así decirlo, las jerarquías de las entidades espirituales superiores. En este estado supraconsciente nos volvemos formalmente hacia ellas. Entonces vivimos en ellas. Aprendemos de ellas más de lo que nunca podríamos saber como seres humanos. Si entre la muerte y un nuevo nacimiento sólo experimentásemos lo que experimentamos, por así decirlo, con nuestro yo, que irradia tras nosotros de este modo, pero que sin embargo nos pertenece, no podríamos experimentar del modo que he descrito todos los procesos que es necesario experimentar para construir de nuevo nuestro organismo en una nueva existencia terrena. Sólo podemos hacerlo alternando estos estados normales de conciencia con la penetración en nuestro ser humano de estados de conocimiento de los Arcángeles, incluso de los Arcai, y éstos entonces también llegan a la conciencia normal, por así decirlo, como recuerdos, igual que los sueños aquí llegan a nuestra conciencia desde el subconsciente. Por lo tanto, entre la muerte y un nuevo nacimiento vivimos de tal manera que tenemos la conciencia que describimos ayer, pero entre medias siempre tenemos estados supraconscientes en los que también alcanzamos un conocimiento sobrehumano que sólo nos da la posibilidad de construir realmente nuestra propia existencia en la siguiente vida en la tierra de la manera que es justamente necesaria.

Así que ya lo ven: ya existen analogías entre la vida aquí entre el nacimiento y la muerte y la otra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. Pero hay que tener en cuenta las fuertes y radicales diferencias que existen entre estos dos estados de vida.

Llegaremos a ver estas cosas con mayor exactitud si además vemos lo que media entre ambas, si nos familiarizamos con aquello que, por así decirlo, se proyecta como un ser de un tipo superior en ambos estados, en nuestra vida terrena y en nuestra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento. En primer lugar, en nuestra vida terrena, a lo largo de nuestra existencia, tenemos las impresiones sensoriales externas. Hemos visto cómo se entretejen los impulsos de la voluntad y de la acción con estas impresiones sensoriales exteriores. Pero ahora debemos dirigir primero nuestra atención a las impresiones sensoriales externas.

Traten ustedes por un momento de imaginar ante sus almas cómo se acumulan durante todo el tiempo que caminan despiertos por la vida, una serie de impresiones sensoriales externas a través de todos los sentidos humanos, y como a partir de ellas se teje esta misma alfombra de sentidos. Por lo general, estas impresiones sensoriales sólo se consideran sobre las cosas; las cosas o entidades individuales aparecen en colores que causan una impresión en los ojos. Otras entidades emiten sonidos y, en consecuencia, causan una impresión en el órgano del oído. Pero pongamos todo este mundo de impresiones sensoriales ante nuestra alma y preguntémonos qué es en realidad.

Ya les he señalado varias veces que: No se puede hablar de un mundo fantástico de átomos que se teje detrás de estas impresiones sensoriales, como las sueña el físico, sino que detrás de este mundo sensorial hay una sustancia espiritual. Así que también hay sustancia espiritual dentro del mundo sensorial; sólo que al principio no es perceptible para la conciencia ordinaria. La conciencia ordinaria sólo tiene ante sí esta urdimbre sensorial. ¿Pero qué contiene realmente dicha urdimbre sensorial? En esta urdimbre está realmente contenida esa suma de entidades que encontrarán resumidas en mi "Ciencia Oculta en Bosquejo" como los espíritus de la forma. Todo lo que se nos aparece espacialmente tiene una forma determinada. También es la superficie de color de una cosa lo que da a la cosa su forma. Los espíritus de la forma, los mismos "seres" que reciben el nombre de Elohim en el Antiguo Testamento, viven en lo que experimentamos en el espacio. Son los espíritus de la forma.

Con razón llamamos a este mundo de apariencias sensoriales, un mundo de fenómenos. Pero esto sólo es correcto porque en primer lugar, con nuestra conciencia ordinaria, los humanos no percibimos nada más de este mundo que estos mismos fenómenos, las apariencias, la apariencia exterior; como dice el orientalista: la maya. Pero en el momento en que la conciencia despierta y se vuelve imaginativa, todo este mundo de los sentidos cobra significado, o mejor dicho, se transforma en un mundo tejido de imágenes. Este mundo tejido de imágenes, muestra inmediatamente entretejido en sí mismo el mundo de los Ángeles. Y cuando llegamos a la inspiración, nos inspiramos en todas partes de este mundo. El cual se transforma en un mundo de inspiración. En esta inspiración se entretejen las entidades de los Arcángeles. Es entonces cuando experimentamos el mundo de las intuiciones. Allí penetramos, en lugar de tener ante nosotros sólo el mundo de los sentidos, en el mundo de los Arcai.

Ahora, sin embargo, cuando hemos penetrado a nuestro alrededor hasta el mundo de los Arcai, entonces también nos es posible, con la ayuda de este mundo de los Arcai, mirar hacia atrás de nuevo a lo que ya hemos experimentado de jerarquías superiores en vidas anteriores entre la muerte y un nuevo nacimiento. Nos hacemos conscientes de cómo ahora detrás de los Arcai dentro de este mundo yacen las entidades que en la Biblia se llaman Elohim, que encontrarán en mi "Ciencia Oculta" llamados los Espíritus de la Forma. Así que podemos decir que al mirar hacia el mundo a través de nuestros sentidos, en realidad estamos mirando hacia el mundo de los espíritus de la forma (ver diagrama 1): Mundo de los Sentidos.

diagrama 1

Ahora, cuando hemos trasladado el mundo de los sentidos ante nuestra alma y tendríamos que decir que tejemos con él en el mundo de los espíritus de la forma, podemos ahora de nuevo adentrarnos más en nuestro ser interior propiamente dicho, pero en ese ser interior que todavía se encuentra en una relación muy íntima con el mundo exterior, que está destinado a representarnos interiormente el mundo exterior de tal manera que podamos llevarlo en la memoria dentro de nosotros. En otras palabras, podemos pasar del mundo de los sentidos al mundo interior de nuestros pensamientos.

Ahora el mundo de los pensamientos se nos da al principio como mundo de pensamientos pictóricos. Ustedes no tendrán la tentación de considerar como una realidad aquello que al principio vive en ustedes como un pensamiento, tal como vive en esta conciencia ordinaria. Pero al igual que en el mundo de los sentidos se ocultan realidades, a saber, las realidades de los espíritus de la forma, así sucede también con el mundo del pensamiento. Para la conciencia ordinaria, los pensamientos son al principio sólo esas formaciones internas fugaces como las conocemos; pero así como se descubren entidades espirituales en el tejido del mundo de los sentidos, cuando, como he descrito, ascendemos a través de la imaginación, la inspiración, a cogniciones más elevadas, así también dentro del mundo del pensamiento puede percibirse la actuación de entidades espirituales. Estas entidades espirituales también viven en los fenómenos que acompañan a los pensamientos que tienen lugar en nosotros mientras pensamos.

Ya saben por las conferencias anteriores lo que ocurre en nosotros mientras pensamos. Mientras pensamos, tienen lugar en nosotros procesos que podemos describir comparativamente como cuando, digamos, la sal en un vaso de agua se disuelve de modo que queda completamente disuelta y el vaso es transparente. Si ahora dejamos que el agua se enfríe un poco, se enturbia, la sal se deposita separada del agua. Del mismo modo, mientras pensamos tienen lugar en nosotros esos procesos de opacificación, que son procesos de condensación. Hay una especie de proceso de mineralización en nosotros mientras pensamos. Este proceso de mineralización en nosotros, que tiene lugar mientras pensamos, es con lo que tienen que ver las entidades espirituales, que en realidad tejen a través del elemento pensamiento. Son esas entidades que siempre hemos llamado los Arcai, espíritus primordiales. Para que podamos saber: Si vivimos en nuestros pensamientos, los Arcai están con nosotros dentro de nuestra vida pensante, así como los Elohim, los espíritus de la forma, están dentro de nuestra percepción sensorial.

En el mundo exterior, pues, estos espíritus de la forma sólo pueden ser percibidos a través de la cognición imaginativa. Si estudiamos el mundo exterior con la conciencia que el hombre tiene hoy como normal, llega a las llamadas leyes de la naturaleza. Estas leyes de la naturaleza son abstracciones. Tan pronto como uno avanza a la cognición imaginativa, ya no tiene uno tales leyes abstractas de la naturaleza que formula en frases, sino que tiene imágenes, una vida de imágenes. No son las mismas imágenes de las que hablé antes, sino que ahora son imágenes que se condensan como imágenes turbias, por así decirlo como imágenes hormigueantes, en las imágenes que obtenemos cuando miramos a los Elohim. Ahí tenemos el trabajo de los Arcai en el mundo exterior. Podemos seguirlo en el mundo exterior, y también en el mundo interior.

Tal vez sea especialmente útil que ahora no nos fijemos tanto en el ser interior del ser humano, sino en una expresión de la vida. Al principio, el pensamiento vive en nosotros, aunque a través de él nos relacionemos con el mundo exterior, aunque los secretos del mundo exterior se nos revelen a través del pensamiento; al principio, el pensamiento vive en nuestro interior. Sin embargo, se expresa. Se expresa cuando nos comunicamos con la otra persona. Y el lenguaje es ciertamente un elemento de la vida humana a través del cual llevamos nuestros pensamientos a una apariencia exterior.

Después del mundo del pensamiento, consideremos el mundo del lenguaje. A menudo he señalado que el hombre experimenta naturalmente más su mundo del habla que su mundo del pensamiento. Esto fluye en el habla. Aunque la voluntad también fluye en el elemento del pensamiento, esto sólo es notado en un grado muy pequeño por la conciencia ordinaria. Pero la voluntad humana fluye fuertemente en el habla, ya perceptible para la conciencia ordinaria. Pero lo que realmente vive en el habla es extraordinariamente poco captado por la conciencia ordinaria. Hoy, en la era intelectualista, el hombre percibe poco más de lo que vive en el sonido que algo parecido a un signo, como algo que significa otra cosa para él. La vida interior del sonido es algo que ha retrocedido mucho en el fondo de la conciencia para la humanidad actual. A la gente de hoy sólo se le puede indicar cómo pueden reflexionar sobre cómo hay algo en el sonido, en los tonos de los sonidos, que uno puede captar como un elemento de su propia vida.

Tomemos una palabra, por ejemplo, en la que hay dos E: gehen=ir/andar. Estas dos E en "ir", en el cual, si uno tiene un sentimiento para ello, puede uno sentir bien el ir tranquilo, que no le excita a uno, el andar tranquilo. Este ir tranquilo está definitivamente presente en las dos E. Si, por ejemplo, tienes una A en el lugar de la E, como en "laufen=correr", entonces sientes en el sonido A, lo que experimentas cuando no andas tranquilamente, sino en aquello que exige más de tu respiración. Puedes sentir lo que experimentas en una respiración más rápida expresándolo en el sonido Au. No se podría experimentar mejor el andar pausado que a través de los dos sonidos E, que ahora también se pueden experimentar pausadamente, y el correr en el Au, que está ahí dentro. El lenguaje tiene una espiritualidad en sí mismo, y ya he llamado repetidamente su atención sobre los diversos ejemplos de cómo el lenguaje tiene ciertamente un genio interior. Así que para el hombre de hoy vive poco, pero en otras épocas, cuando el hombre aún tenía la experiencia interior adecuada para los sonidos, vivía más conscientemente que para la percepción de los sentidos y el pensamiento, el mundo del pensamiento, vivía más en el lenguaje lo que ya se puede sentir como un tejido y una vida espirituales.

En ese elemento lingüístico, en ese mundo lingüístico, viven los Arcai, los Arcángeles, del mismo modo que viven en el mundo del pensamiento. Y porque viven en el genio del lenguaje, son también lo que a menudo he descrito como los Arcángeles: son a todas luces los espíritus dirigentes de los pueblos, los espíritus del pueblo. Y viven precisamente en el elemento del lenguaje.

El ser humano es ahora, bastante más de lo que cabría pensar, un resultado de su lenguaje, del mismo modo que es, por otra parte, un resultado de su mundo de pensamiento. Obtenemos nuestra forma enteramente a partir del mundo exterior, y a su vez vertemos forma en el mundo exterior con nuestra voluntad. Lo que es nuestra vida procede de la misma región de la que proceden nuestros pensamientos. Los Arcai viven en ella. Lo que se expresa en nuestro lenguaje, a través del cual pertenecemos a un pueblo, expresa en él todas esas cualidades físicas que ahora ya nos limitan como seres humanos en un grado mucho mayor que en el caso del elemento pensamiento. Los hombres tienen pensamientos iguales, aunque tengan lenguajes diferentes. Los hombres se diferencian en el lenguaje; pero al menos en el lenguaje, -el hombre, al fin y al cabo, ya sea que pertenezca a un pequeño o a un gran pueblo-, han aportado algo que tienen en común con muchos hombres.

Pero si descendemos a la esencia de los Ángeles, entonces, -como les he explicado a menudo y también en esta conferencia-, el hombre tiene con su Ángel una relación singular, individual. Esta relación individual que el hombre tiene con su Ángel se expresa de dos maneras. Se expresa interiormente cuando el hombre se abandona a su ser interior de tal manera que realmente va más allá de sí mismo en su ser interior. En la vida ordinaria, sin embargo, por tratarse de una experiencia íntima del ser humano, es posible que algo luciférico se inmiscuya inmediatamente en el asunto; pero no obstante: el ser humano puede ir interiormente más allá de sí mismo y, por así decirlo, experimentar interiormente algo objetivo en la imaginación. La imaginación es, después de todo, en muchos aspectos algo tan creativo, pero individualmente creativo, como el lenguaje, y básicamente el lenguaje es algo subyacente a la actividad de la imaginación. Así como el hombre no suele experimentar del lenguaje más que algo abstracto, así como no siempre siente que en el lenguaje el genio del lenguaje, que es un Arcángel despliega sus alas, así tampoco percibe el hombre en la imaginación, -que, cuando está luciféricamente entretejida, se vuelve fantasmagórica-, que un ángel se desliza realmente por su vida individual viviendo en la imaginación.

El verdadero poeta, el verdadero artista, que no se ha convertido en un cínico o en un frívolo o en una persona superficial, sabe, sin embargo, que cuando crea artísticamente, una espiritualidad superior lo impregna. Es la misma espiritualidad superior que en realidad nos lleva de vida en vida como un espíritu guardián individual: el ángel. Y es realmente el pensamiento del Ángel el que interviene en la imaginación humana regulada. Ciertamente se puede reconocer en ciertos dichos de Goethe, me gustaría decir de forma discreta, cómo es consciente de que en realidad interviene algo inconsciente, pero que tiene un efecto real en la imaginación.

Pero si el hombre no sale de sí interiormente, sino que está realmente fuera de sí mismo en el sueño, y si en el sueño penetra entonces en la región en la que por lo demás está arraigada la fantasía de vigilia, entonces lo mismo que se anuncia prudentemente en la imaginación se anuncia más bajo la conciencia que soñando. Así como la imaginación puede degenerar en fantasía cuando está impregnada de influencias luciféricas, el sueño puede degenerar en toda clase de irregularidades, que el ser humano cree entonces incluso que son una realidad, porque en el sueño se producen influencias ahrimánicas. El sueño como tal entra en la región luciférica, pero puede estar entremezclado con influencias ahrimánicas. Pero en realidad, en nuestros sueños, si son, digamos, inocentes y puramente humanos, vive a su vez lo que llamamos el Ángel, esa entidad que también nos impregna en la imaginación cuando salimos de nosotros mismos interiormente, por así decirlo.

Ahora bien, el mundo de la palabra, que el arcángel regula, se matiza hacia el interior, hacia un mundo que vive en medio entre el sentimiento y el pensamiento: hacia el mundo de las representaciones; también se podría decir: hacia el mundo de la representación emocional (ver diagrama 1). La fantasía y el sueño se matizan en el mundo de los sentimientos mismos: los sentimientos y lo que vive en los sentimientos como volitivo; también podríamos decir: los sentimientos volitivos.

Pero ahora que descendemos más, descendemos más abajo de los Ángeles, ¿Adónde llegamos? Bueno, ahí llegamos a nosotros mismos, ahí llegamos al yo humano. En el yo humano, tenemos que salir de nosotros mismos de una manera más intensa de lo que salimos cuando el Ángel vive en nosotros. Y esta salida tiene lugar cuando llevamos a cabo impulsos de voluntad en acciones externas, como mostré ayer.

Cuando soñamos, estamos efectivamente fuera de nosotros mismos, pero sólo salimos espiritualmente. En el acto de la voluntad no salimos físicamente de nosotros mismos, sino que ponemos en movimiento nuestro cuerpo físico, y el yo se basa realmente en estos impulsos de la voluntad. De modo que podemos decir: En el acto de la voluntad vive, -bueno, la voluntad vive en el acto de la voluntad, y la voluntad, por así decirlo, se atrinchera en el mundo exterior. Hemos llegado hasta el mundo físico. En realidad solo en nuestros actos de voluntad nos desarrollamos independientemente en el mundo físico. Sólo en aquello que luego nos queda tras la muerte como lo que apunté ayer como suma de todos nuestros actos vive nuestro yo, al que luego miramos retrospectivamente. Pero en todo lo demás, en la fantasía y en los sueños, en el mundo del lenguaje, en el mundo del pensamiento, en el contenido de los sentidos, viven en realidad espiritualidades superiores que nos afirman continuamente como seres humanos.

Como ven, ahora han sacado de la vida ordinaria la relación del hombre con el cosmos espiritual. Ahora, sin embargo, también podemos acercarnos a lo que la ciencia espiritual deduce de la percepción suprasensible por medio de la siguiente idea. Tomen su vida en el mundo de los sentidos. Ustedes pasan por este mundo sensorial. Ahora tienen ciertas impresiones. Tal vez mañana puedan recordar las impresiones que tienen ahora. No quiero decir que todos lo hagan, porque no sé si se puede suponer que todos los que están sentados aquí, por ejemplo, seguirán teniendo mañana una experiencia interior de lo que escuchan hoy aquí como conferencia. Pero en general se puede decir que lo que una persona percibe de su entorno perdura en su interior como un recuerdo.

Me gustaría dibujárselo esquemáticamente, para que podamos avanzar un poco más en esta reflexión. Pongamos un dibujo esquemático del mundo del entorno (ver dibujo, color claro); pongamos al ser humano (color rojo). Lo que es el mundo del entorno vive ahora en el ser humano. Vive de un modo anímico. Lo que ustedes experimentan junto con el entorno, -lo he registrado aquí-, vive en ustedes como un mundo anímico. Verán, esto en un principio es en cierto sentido una experiencia muy abstracta. Al menos, el entorno, que experimentamos sólo en forma de apariencia sensorial, vive en las experiencias abstractas del alma, en pensamientos, sentimientos, que luego estimulan impulsos volitivos. Pero aún se puede decir, -pongámoslo con toda precisión ante nuestra alma-: Lo que llevo conmigo en mi alma interior es el resultado de mi experiencia entre el nacimiento y la muerte, respectivamente entre el nacimiento y el momento presente.

Pero ahora dirijamos nuestra mirada a lo que no sólo llevamos dentro de nosotros de una forma mentalmente abstracta, de una forma pictórica, sino que dirijamos nuestra mirada a lo que llevamos dentro de nosotros, me gustaría decir, de una forma materialmente más concreta, osea, a los órganos que yacen dentro de nuestra piel, pulmones, corazón, hígado, etcétera. Esto también es algo que llevamos dentro. Un verdadero místico dirá: "Eso no me interesa en absoluto. Sólo me interesa lo espiritual, el alma. Ya estoy satisfecho con llevar dentro de mí mis impresiones espirituales del entorno. Lo material es demasiado inferior, demasiado poco importante para mí. -Sí, pero en esto, en tal discurso, el místico muestra precisamente cuán profundamente materialista es todavía en realidad; cómo no sabe todavía que lo que parece material es en realidad espiritual. No sólo lo que llevamos dentro de nosotros de forma abstracta como experiencias espirituales, que son los ecos de las experiencias exteriores entre el nacimiento y la muerte, no sólo eso es espiritual, sino que nuestros pulmones, nuestro hígado también es espiritual. Sólo a nuestra conciencia ordinaria se nos aparecen en forma material; son totalmente resultados espirituales. Cuando ustedes se sientan en su pequeña cámara, se les ocurre: El hombre consiste en cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, yo. Esto es lo que tienes como posesión interior. Antes era externo. Les llegó por primera vez, por mediación mía, de un libro o una conferencia, es decir, del mundo exterior, lo he plasmado esquemáticamente aquí. Pero ustedes también llevan pulmones, corazón, hígado, cerebro y así sucesivamente dentro de ustedes, materialmente internamente. También llevan eso dentro de ustedes como resultado de las experiencias. Entonces si simplemente dibujaran esquemáticamente al ser humano con sus órganos individuales (ver dibujo arriba), este ser interior es el resultado de todo esto -por supuesto no de la materia física, que sólo viene con la concepción, el nacimiento y demás, pero según su forma, su ser interior organizado, es el resultado de lo vivido entre la muerte y el nuevo nacimiento. Así como ustedes oyen aquí lo que digo y eso se convierte después en su experiencia anímica, así también su corazón, sus pulmones, su hígado se convierten en el resultado de lo que se ha vivido entre la muerte y un nuevo nacimiento. Así que podemos decir: Lo que llevo dentro físicamente organizado es el resultado de mi experiencia entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Lo que llevo dentro de mi alma,

es el resultado de mi experiencia entre el nacimiento y la muerte.

Lo que llevo conmigo físicamente organizado por dentro

es el resultado de mi vida entre la muerte y el nacimiento.

Naturalmente, el materialista objetará: Todo lo que hay como órganos en el ser humano es físicamente heredado de los antepasados. Eso es un completo error. No es así. Ciertamente, la materia es heredada de los antepasados, pero lo que es germen se suele considerar de forma bastante errónea. También debe ser visto erróneamente, si se mira sólo materialmente. Pues la fecundación no consiste en que el hombre descienda materialmente de las generaciones, sino en que el espacio vacío nace, por así decirlo, en que la materia se descompone en el hombre y todo el universo se construye en el hombre. En esta estructura espiritual, -pulmones, corazón, hígado son ciertamente estructuras espirituales-, la materia se introduce entonces en ella. Pero lo que está organizando las fuerzas se forma ciertamente a partir de todo el universo, de la experiencia entre la muerte y el nuevo nacimiento. Eso es precisamente lo que el hombre experimenta de la manera que acabo de describir, en la conciencia vigilante, cuando nos elevamos a la región de los Arcángeles y Arcai. Él experimenta conscientemente, -supraconscientemente, hay que decir-, entre la muerte y el nuevo nacimiento lo que luego construye en sus órganos.

Nuestros órganos están construidos de tal manera que corresponden a nuestro karma, que corresponden a lo que traemos con nosotros de vidas anteriores en la tierra. Así que lo que parece tener lugar en la sucesión de generaciones como meros procesos físicos no son meros procesos físicos, sino procesos que son causados por todo el universo.

A menudo he utilizado una imagen con la que uno puede ayudarse cuando vienen las simplezas materialistas ordinarias diciendo: No nos expliquen el origen del hombre en el vientre de la madre a través de todo el universo, no nos lleven al universo; deben explicarlo a través de la continuidad del germoplasma a través de las generaciones. Como digo, uno puede ayudarse diciendo: Alguien tiene una aguja magnética que apunta al norte y al sur. Supongan que viene alguien y dice: Esos físicos locos que dicen que toda la tierra es un imán y que el polo sur magnético de la tierra atrae este polo hacia sí. La razón por la que la aguja magnética está en esa posición sólo puede encontrarse en la propia aguja magnética. ¿Qué tiene que ver la Tierra con esta aguja magnética? Pues eso es más o menos lo que dicen hoy nuestros biólogos cuando hablan del germen. Sólo se fijan en el germen. Pero al igual que toda la Tierra está activa en la aguja magnética, todo el universo está activo en la formación del germen. Sólo que, por supuesto, la parte del hombre en ello yace en el inconsciente: Pues bien, si se mira de este modo, el hombre está conectado con toda su existencia a un universo material y a la vez espiritual. Podemos decirnos a nosotros mismos: En la cognición, en la experiencia consciente ordinaria, convertimos el mundo exterior en un mundo interior. Desde cierto punto de vista ayer les dije: Cuando el hombre atraviesa la puerta de la muerte, lo interior se convierte en exterior, y lo exterior en interior. Hoy les traigo otro punto de vista desde el cual pueden ver cómo lo que está antes del nacimiento o antes de la concepción debe ser tratado de tal manera que debemos buscar nuestra interioridad corporal en el mundo exterior, en sus procesos preparatorios en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento: lo exterior se convierte en interior. Lo que experimentamos, por así decirlo, en expansión por todo el universo, se convierte en experiencia profundamente inconsciente en nuestros órganos.

Estos órganos en nosotros son realmente de tal naturaleza que en ellos palpita todo un universo. Y si nos fijamos únicamente en lo que la anatomía y la fisiología externas atribuyen a nuestros órganos internos, en realidad tenemos ante nosotros una Maya mucho más fuerte que la que tenemos ante nosotros en el mundo exterior.

Como les decía, cuando miramos hacia el mundo de los sentidos, miramos hasta el Elohim. Pero cuando ahora miramos hacia abajo, hacia nuestro interior corporal, debemos subir más alto hacia aquello que ahora vive en nosotros de tal manera que forma nuestros órganos. Como ustedes saben, en mi "Ciencia Oculta" encontrarán otros seres por encima de los espíritus de la forma, (Elohin). Y estas otras entidades no están meramente fuera del ser humano, sino que trabajan dentro del él. De ellas empezamos a saber durante el período entre la muerte y el nuevo nacimiento, aunque sólo podamos vivenciar hasta el Archai con nuestra propia conciencia, pero empezamos a saber de estas entidades gracias a los Archai. Y en esta supraconciencia aprendemos de ellos lo que luego vertemos en nuestro organismo. En realidad a lo largo de la vida llevamos con nosotros el mundo de las jerarquías en nuestra constitución interior.

Hoy en día se pueden volver a investigar tales cosas. Tales cosas se conocían desde cierta conciencia clarividente instintiva en la antigüedad, en aquellos tiempos en que se hablaba de que el organismo humano era un templo de los dioses, en aquellos tiempos en que se intentaba obtener conocimiento del mundo entero precisamente dentro del microcosmos humano interpretando este microcosmos.

¿Acaso no es cierto, entonces, que sabemos del mundo, que hemos vivido como nuestro mundo desde que llegamos a la conciencia aquí en la vida terrenal, a través de nuestra memoria? Podemos una vez reflexionar sobre todo aquello que únicamente podemos sacar de nuestra memoria. Miramos en nuestro interior y tenemos dentro de nosotros aquel mundo en el cual vivimos exteriormente, podemos, por así decirlo, mirar estas imágenes que llevamos en nuestra alma de tal manera que esta vida exterior ha fluido en estas imágenes. Si ahora miramos nuestro organismo físico, si comprendemos este organismo físico, entonces comprendemos el proceso del mundo. A través de nuestra memoria interior comprendemos nuestra experiencia. A través de todo nuestro organismo humano, si sabemos mirarlo correctamente, comprendemos el proceso del mundo. Pero eso sólo es antroposofía cuando uno puede comprender al ser humano de principio a fin.

Pero la antroposofía es al mismo tiempo cosmosofía. Pues así como nuestra memoria no es sino la constatación de nuestra vida, así el conocimiento antroposófico es la memoria del mundo, la constatación de todo el proceso del universo, la cosmosofía. Ambos no pueden pensarse como separados el uno del otro. La Cosmosofía y la Antroposofía van unidas. El ser humano se encuentra en el universo, el universo en el ser humano. Por lo tanto, no es antropomorfismo en mi "Ciencia Oculta" si, en la medida en que el desarrollo viene dado por Saturno, Sol, Luna y demás, al mismo tiempo se da un desarrollo humano. Se da la evolución del universo, se da la evolución del ser humano, porque cuanto más se penetra en los secretos de la existencia, tanto más confluyen el universo y el ser humano; tanto más se hace evidente que la separación que tenemos para nuestra vida terrena entre universo y ser humano es en realidad sólo un engaño; que el hombre pertenece al universo, el universo al hombre, en el universo se encuentra el hombre, y en el hombre el universo.

Traducido por J.Luelmo oct,2023


GA208 Dornach 21 de octubre de 1921 - La Antroposofía como Cosmosofía vol II- Pensar y sentir en conexión con el cuerpo etérico y astral, querer y percibir en conexión con el yo y el cuerpo físico

  Índice


La Antroposofía como Cosmosofía vol II 

RUDOLF STEINER

primera conferencia

Dornach 21 de octubre de 1921

Hoy queremos examinar la vinculación del ser humano con el mundo en una relación corporal, anímica y espiritual. Hemos visto cómo, en cierto modo, lo que el hombre experimenta en todo el universo, en todo el cosmos entre la muerte y un nuevo nacimiento, es luego atraído hacia su interior en la vida terrena. Hemos visto cómo lo que el ser humano experimenta antes del nacimiento o antes de la concepción, digamos, como experiencias externas, luego vive en su efecto en sus órganos, en su ser interior, en su ser interior orgánico. Hoy queremos ver la otra cara del ser humano en su relación con el mundo, es decir, cómo pasa luego, lo que el ser humano experimenta entre el nacimiento y la muerte, con él a través de la puerta de la muerte y se convierte en experiencias de una nueva vida entre la muerte y un nuevo nacimiento.

En el ser humano debemos distinguir lo que tiene como vida interior durante su vida terrenal y lo que está separado de él como una especie de vida exterior. La vida interior, -podemos referirnos en primer lugar a los sentimientos, al contenido interior de la sensación, que el ser humano atraviesa entre el nacimiento y la muerte. Esta es su vida interior real. Lo que el ser humano siente, siente en relación con las impresiones que el mundo exterior hace sobre él, siente en relación con su propia experiencia interior, siente también en aprobación o en reproche en relación con sus expresiones de voluntad, en relación con sus acciones, todo esto es algo que el ser humano más o menos arregla consigo mismo durante su vida en la tierra, que puede, en efecto, dejar ver al otro, pero lo esencial en todo esto es, sin embargo, la manera en que el ser humano arregla esto consigo mismo.

Lo que el ser humano experimenta en la percepción no es, como ya sabemos por las observaciones que hicimos la última vez, una experiencia real, sino un mundo ilusorio que se extiende a nuestro alrededor. Este es el mundo que básicamente no es ni interior ni exterior, en el que participamos, y que transformamos en nuestro mundo interior sólo formando pensamientos sobre él, desarrollando sentimientos sobre él, siendo estimulados por él a hacer esto o aquello. Cómo nos relacionamos con él es esencialmente el resultado de las habilidades que traemos a la existencia a través del nacimiento. Así que la forma en que nos relacionamos con el mundo exterior, incluso el lugar en el que nos encontramos, la nación en la que nacemos, etc., todo ello está condicionado por nuestras vidas terrenales y espirituales anteriores. Esto, por lo tanto, más bien nos hace retroceder en vez de señalarnos el camino a seguir.

Pero tenemos que fijarnos en algo más que nos relaciona con el mundo exterior: Aquello que está arraigado en nuestra voluntad y pasa a nuestras acciones, eso se convierte en una parte del mundo exterior. Todo lo que se produce a través de nuestras acciones cambia el mundo exterior. Lo más mínimo que hacemos le da al mundo exterior algo que lo modifica.

Pero ahora podemos decir: Este mundo exterior, que nosotros mismos preparamos mediante nuestras acciones, este mundo exterior, está arraigado en nuestra voluntad. Por lo tanto, guarda con nosotros una relación semejante a la de los acontecimientos durante el sueño. En las profundidades de nuestro mundo volitivo no vemos con nuestra conciencia ordinaria, con ella, no vemos más de lo que vemos en los estados del sueño. Lo que realmente sucede en el mundo de la voluntad permanece fuera de nuestra conciencia. A menudo he dicho: Únicamente cuando movemos un brazo, cuando movemos una mano, todo el proceso de la voluntad, ese desarrollo de la fuerza que actúa en el brazo que se mueve, o en la mano que se mueve, elude la conciencia. Pero miramos nuestra mano en movimiento. Vemos el cambio que provocamos. Si nos limitamos a colocar un objeto de un lugar a otro, captamos el cambio a través de nuestras percepciones. Así que podemos decir: a través de nuestro mundo de percepción conocemos nuestras propias expresiones de voluntad. En cierto sentido, nuestra voluntad y sus efectos fluyen en nuestro mundo perceptivo.

Recordemos lo que dijimos la última vez. Dijimos: Primero está el cuerpo físico del ser humano (ver dibujo, amarillo); luego está el cuerpo etérico del ser humano (rojo). Entre ambos está el mundo tejedor del pensamiento, en la medida en que está integrado en nuestro organismo. Entre el cuerpo etérico y el cuerpo astral (verde) está el mundo del sentir, y entre el cuerpo astral y la envoltura del yo (azul) está el mundo de la voluntad. 

De hecho, para la conciencia ordinaria, este mundo de la voluntad no puede distinguirse del yo. Está completamente vinculado con el yo. Pero todo lo que sucede en el yo, cuando el yo activa la voluntad, todo eso no entra directamente en la conciencia ordinaria. Está, como he dicho, bajo la conciencia ordinaria, al igual que los acontecimientos durante el estado del dormir.

En el cuerpo físico tenemos los órganos de los sentidos, y éstos, las percepciones. A través de estas percepciones también percibimos nuestras expresiones volitivas. De manera que en el cuerpo físico disponemos de ojos y oídos, y lo que allí se desarrolla del yo y del mundo de la voluntad se percibe en realidad a través de los sentidos. De modo que lo más externo en el ser humano, la percepción, se conecta con lo que el ser humano experimenta allí a través de su voluntad y a través del yo (flecha).

Tomemos sólo este ejemplo, cuando demos unos pasos a través de nuestro yo, que vive allí en la voluntad, algo en lo mas profundo del organismo humano sucede, algo que impulsa nuestras piernas hacia adelante, pero todo esto escapa a la conciencia. Pero cuando hemos avanzado un poco, vemos un entorno diferente, o al menos una visión diferente del entorno. Es en esta otra visión donde vemos en la percepción sensorial lo que en la conciencia ordinaria nos da la idea, nos da una representación de lo que de otro modo está realmente abajo, en las profundidades de un dormir despierto. <Cuando invocamos a nuestro yo para que ejerza la voluntad, para que convierta los impulsos de la voluntad en acciones, experimentamos así estas acciones, -independientemente de que se produzcan al caminar o al agarrar o al dar zancadas, por cualquier tipo de trabajo-, todas estas cosas las experimentamos a través de la percepción. En realidad con la voluntad formamos parte de nuestro mundo exterior de percepción. Aferrémonos a esto: formamos parte de nuestro mundo externo de percepción con nuestra voluntad. Al desarrollar lo que observamos en términos de expresiones de voluntad, en términos de nuestras manifestaciones de voluntad, no entramos en nuestro mundo interior real. Aunque la voluntad fluye de nuestro ser interior más profundo, en realidad estamos completando un proceso externo para nuestra conciencia, o más bien una suma de procesos externos en el cuerpo.

Tomemos ahora el mundo interior. Allí tenemos, en primer lugar, el mundo entretejido del pensar. Este mundo del pensar entretejido, tal como actúa exteriormente, no puede interesarnos realmente en este sentido. Exteriormente, este mundo del pensar vive de tal manera que aporta una cierta conexión lógica, reguladora, a las percepciones. Clasificamos la naturaleza. Vemos plantas que son similares entre sí y las clasificamos; vemos animales que son similares entre sí y los clasificamos. Buscamos otras leyes de la naturaleza. Todo lo que formulamos de este modo en realidad no pertenece a nuestra vida interior. Es lo que es común a todos los seres humanos como ciencia. Eso no pertenece a nuestra vida interior.

Pero no podemos decir sin más que todo pensamiento no pertenece a nuestra vida interior. No tienen más que imaginarse que, una vez que han absorbido una región maravillosa mediante percepciones externas, digamos, pensando en esta región maravillosa, y cómo después, en cualquier momento, pueden volver a evocarla, aunque desvanecida, desde la memoria. Así que aquello que se asienta allí como pensamiento frente a lo exterior forma parte de su mundo interior. Lo mismo pasa con otras cosas que se experimentan del mundo exterior, que al transformarse en pensamientos, pasan a formar una parte del mundo interior.

Esos pensamientos impregnan inicialmente el cuerpo etérico. Pero también continúan relacionándose con los sentimientos hasta el cuerpo astral. Todo esto es algo que tiene lugar internamente. Este lado interior de la vida del pensamiento, el mundo de los sentimientos además, ese es el mundo interior humano real. En realidad, no podemos buscar nada en el mundo exterior a partir de lo que experimentamos en el aspecto interno de nuestro mundo de pensamientos, de lo que experimentamos en nuestros sentimientos. Siempre tenemos que indagar en nuestro mundo interior si queremos conocerlo. Ya lo he dicho antes: podemos hablar con la gente, podemos dejar que otras personas miren en nuestro interior arbitrariamente, pero la esencia es sólo eso: Vida interior. Y ahora podemos distinguir exactamente lo que es vida exterior en cierto sentido, en el sentido de que el ser humano lleva continuamente su vida interior al mundo exterior, diferenciándolo de lo que es mundo interior.

Si nos dejamos transportar por un tren ferroviario desde Suiza occidental hasta Suiza oriental en una noche, por la mañana nos encontramos en un entorno volitivo completamente distinto y absorbemos este entorno volitivo en nosotros a través de nuestra percepción. Llevamos con nosotros nuestro ser interior. Es el mismo ser interior que teníamos en un lugar y que tenemos en el lugar siguiente, modificado a lo sumo por aquello que a su vez se ha desplazado hacia nosotros desde los pensamientos, que se han interiorizado.

Podemos, pues, distinguir con bastante precisión, si queremos, entre lo que es el interior real del ser humano, tejido anímicamente a partir de pensamientos y sentimientos, tejido corporalmente a partir de un ritmo de cuerpo etérico y cuerpo astral entretejidos entre sí, de esto podemos distinguir lo que es en cierto sentido mundo exterior, tejido anímicamente a partir del contenido de la voluntad y la percepción, tejido corporalmente a partir del yo y el cuerpo físico. Pues llevamos nuestro cuerpo físico con nosotros, lo observamos, entra en otras relaciones con el entorno. Podemos distinguir lo interior y lo exterior de la manera que acabo de decir.

Pero esta distinción es muy importante si ahora pretendemos considerar la vida que el ser humano lleva a través de la puerta de la muerte. Podemos expresar de manera muy compleja cómo se comportará después de la muerte aquello que ahora hemos tipificado como interior y exterior, pues podemos decir:

Lo exterior se convierte en interior.

Lo interior se convierte en exterior.

Este es, en efecto, el tremendo cambio que se produce con la muerte. Lo exterior se convierte en interior. Del mismo modo que ahora sentimos el interior de nuestra alma, -podemos visualizar cómo esta alma interior está entretejida de pensamientos y sentimientos-, del mismo modo que decimos yo a este interior, después de la muerte todo lo que hemos experimentado en términos de percepciones sobre nuestras acciones se convierte en nuestro interior. Pero es como si lo que ahora experimentamos como interior se resumiera en un punto, diría yo, o mejor, se resumiera en una esfera: la visión de lo que hemos hecho aquí en la tierra. Lo que hemos hecho, llevamos como nuestra memoria interior a través de la muerte las imágenes de todo nuestro ser en la tierra, y eso es entonces nuestro ser interior. Así que es como una inversión completa: lo que era externo, lo que sólo podíamos percibir a través de la contemplación de lo que hacemos, eso es entonces nuestro interior. Así como ahora vivimos en las sensaciones, en los sentimientos de las impresiones externas, entonces vivimos en nuestros actos. Nuestras acciones son nuestro ser interior. 

Así que quien ha hecho algo bueno o malo a alguien es entonces él mismo lo que ha hecho bueno y lo que ha hecho malo. Es realmente él mismo después de la muerte. No debemos imaginarnos estas cosas de un modo tan abstracto que algún yo indeterminado se deslice a través de la muerte y sea entonces otra cosa, o sea un poco diferente, sino que nosotros mismos somos lo que hemos hecho, hasta el último detalle. Somos cada uno de nuestros actos después de la muerte. Somos cada una de nuestras experiencias y a todo ello le llamamos yo.

Por otra parte, lo interior se convierte en exterior. Todos los pensamientos, las ideas y los sentimientos se convierten en externos. Del mismo modo que ahora nos rodea el sol resplandeciente con las nubes o por la noche el cielo estrellado con sus movimientos, después de la muerte nuestros pensamientos y nuestros sentimientos nos rodean como nuestro mundo exterior. Así pues, lo que llevamos íntimamente dentro de nosotros se incorpora al mundo exterior después de la muerte, mostrándosenos en poderosas imágenes en el mundo exterior. Después de la muerte vemos un cielo en el que, al igual que brilla el sol del cielo actual, es nuestro ser humano interior actual el que brilla.

Si he de describirlo en detalle, es así: antes he dicho que sentimos nuestros actos como una esfera, como nuestro ser interior. Lo que hemos elaborado en el mundo lo recorremos una y otra vez; así como hemos ido, así iremos de nuevo.

Somos, por así decirlo, después de la muerte algo que experimenta sus propios hechos de forma siempre ampliada en una esfera (ver dibujo, azul). Y siempre miramos hacia atrás, hacia la tierra (verde). Igual que ahora miramos en el espacio del mundo a las estrellas, al sol, así luego volvemos a mirar a la tierra. Y la tierra está rodeada por las imágenes de nuestro mundo interior anterior (flechas). No como si experimentáramos la mera apariencia de nuestro mundo interior, sino que experimentamos desde el lugar que hemos dejado, brillando tras nosotros, aquellas cosas que antes eran nuestro mundo interior, como las formaciones de nubes que emanan de este lugar, también las formaciones estelares y así sucesivamente.

El antiguo mundo periférico, en el que nos sentimos dentro, y el antiguo mundo de la tierra, sobre el que nos situamos, lo sentimos como nuestro mundo exterior central. Hacia allí miramos. Nosotros mismos somos entonces los circundantes, y la tierra que está en el centro es entonces aquello a lo que miramos, y que al desenrollarse enciende toda nuestra vida interior en poderosas imágenes.

Esto ocurre hasta en los detalles.

Lo exterior se convierte en interior.

Lo interior se convierte en exterior.

Cuando uno entonces mira hacia abajo desde la esfera en constante expansión hacia la tierra, uno ve todos los sentimientos y sensaciones que uno tuvo por otras personas fluyendo de retorno desde la tierra. Lo que uno ha experimentado interiormente, salvo lo experimentado en relación con la gente, aparece más bien como formaciones de nubes, pero los sentimientos que uno ha tenido por la gente aparecen como estrellas. Pero las personas mismas que uno ve en la vida entre el nacimiento y la muerte como figuras, las personas mismas que uno experimenta de este modo como experiencias provocadas por hechos, esto se convierte en un mundo. Así que todas las personas con las que se ha tenido algún vínculo se convierten con el mundo interior.

Esto es, por supuesto, bastante recíproco. Cada ser humano, del mismo modo que ahora lleva dentro de sí sus sentimientos o su corazón y su estómago, lleva dentro de sí, entre la muerte y un nuevo nacimiento, todo lo que tuvo lugar externamente en el espacio o por contra entre él y otros seres humanos, con la forma de otros seres humanos dentro. De dos personas que han estado cerca la una de la otra, una, A, lleva la imagen de B, B lleva la imagen de A como su propio contenido interior dentro de sí. Lo exterior se convierte en interior; lo interior, los sentimientos que hemos experimentado, se convierten en exterior, se convierten en contenido cósmico. Lo que hemos sentido por la gente, lo que hemos recibido de la gente, irradia desde la tierra.

De este modo, el hombre se convierte realmente en una especie de creador de lo que le ha de rodear después de la muerte. Durante la vida es así: no es cierto que siempre estemos parados en algún punto del mundo, -no me refiero sólo al trivial pararse habitual en Basilea o en Dornach, sino que en general como algún punto, algún punto de vista en el mundo que tenemos, tanto en términos físicos como morales. Desde ese punto vemos el mundo. De modo que podemos decir: Nos situamos en un punto determinado y vemos el mundo desde esta perspectiva. Eso es algo subjetivo. Los demás tienen un punto de vista diferente.

Después de la muerte es diferente. Entonces la gente ya tiene algo en común. Pues tienen la esfera como cosa común. Pero cada uno ha tenido una vida interior diferente. Por eso la tierra brilla a su alrededor de forma distinta, con nubes distintas, con formaciones estelares distintas. Es como si todos los hombres estuvieran parados en un mismo punto de la tierra, pero aquí para uno estaría presente la imagen, para otro otra imagen. De esta manera puedo dar sentido a las condiciones después de la muerte.
El ser humano abandona su cuerpo físico con la muerte. Este cuerpo físico es disuelto por el propio reino terrenal, -ya lo he explicado en relación con anteriores presentaciones de las últimas semanas. Pero lo que permanece es ese tejido que surge de nuestros actos, en el sentido de que con nuestras percepciones perseguimos nuestros actos, las revelaciones de nuestra voluntad. Piensen en ello, todos los caminos que han recorrido en la tierra, -supongamos entonces: Cuando eran niños, ustedes gateaban, luego se irguieron, luego caminaron, luego hacían un largo viaje, todo tipo de cosas, ¿No es así? Pero eso no es mas que el marco exterior.

Ahora, todo lo que han hecho allí en detalle, todo lo que se entreteje en un tejido; eso se expande, eso se convierte en esfera, eso se convierte en vida interior. Se convierte en vida interior, y el hecho de que se convierta en vida interior garantiza al hombre su yo durante su existencia en la tierra. Porque de la tierra tiene su yo, o a través de la tierra tiene su yo. El hecho de que reciba todo lo que hace en la tierra entretejido después de la muerte en tal imagen perceptivo-recordatoria, tiene el efecto de que lleva su yo precisamente a través de la muerte. Las experiencias interiores reales, por otra parte, se vuelven a experimentar poco tiempo después de la muerte, ya que el cuerpo etérico sólo se desprende algo más tarde. Pero el cuerpo etérico se disuelve en el espacio del universo, y esto proporciona la base para todo aquello que se teje de pensamiento y sentimiento a partir del cuerpo etérico, pero también con la envoltura astral, que esto se convierte en esa formación-nube o también, como he indicado, formación-estrella, que rodea la tierra. Lo que se desprende de nosotros en dos direcciones, hacia la tierra y hacia el aire, por así decirlo, constituye nuestro ser interior y nuestro ser exterior, a medida que atravesamos la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Imaginen muy vívidamente qué tipo de entorno tienen entre la muerte y un nuevo nacimiento. Tienen su actividad, en la medida en que fluye de la voluntad, como su vida interior. Tienen su vida emocional, su vida de pensamiento, como el cosmos, como el mundo exterior. Sólo que ustedes no miran hacia el cosmos, sino que desde el cosmos miran a la tierra, que les devuelve estos aspectos de su pensamiento interior. Cuando vivimos aquí entre el nacimiento y la muerte, tenemos por un lado la vida solar. El sol está fuera. Estamos asentados sobre la tierra. Miramos al sol. Después de la muerte, el sol desaparece inmediatamente. Porque somos nosotros mismos, y lo que somos nosotros mismos no lo vemos. Simplemente pasamos a la vida solar, y eso que he descrito antes es precisamente el paso a la vida solar. Esto, que nuestros actos se convierten en nosotros mismos, está relacionado con el hecho de que pasamos a la vida solar. Y a medida que nos alejamos de la tierra, precisamente aquello que hemos experimentado a través de la tierra se convierte ahora en aquello hacia lo que miramos. Aquí estamos en la tierra, mirando hacia el sol. Vemos la tierra debajo de nosotros. Esto se debe a la peculiar naturaleza material de la tierra. El sol no tiene constitución material. Lo que los físicos dicen sobre él, como he dicho muchas veces, es sólo vana fantasía.

Cuando nosotros mismos estamos en el sol, por así decirlo, y miramos hacia atrás, tenemos detrás de nosotros todo el mundo espiritual, el mundo de las jerarquías. Así como aquí en la tierra vemos la materia sólida mirando hacia abajo debajo de nosotros, así también entre la muerte y el nuevo nacimiento tenemos detrás de nosotros el mundo jerárquico. Así somos sol y vemos el verdadero sol, que es espiritual. La tierra podríamos llamarla cielo. Pero ese cielo es ahora el que la gente prepara a partir de lo que vive interiormente. Esto también será el futuro, esto también será la existencia de Júpiter. He explicado esto vívidamente. Todo lo que la gente teje alrededor de la tierra a través de sus sentimientos, a través de sus pensamientos, eso permanecerá. Lo que desaparecerá es lo que hay hoy como tierra material, porque eso perecerá. Hoy, entre la muerte y un nuevo nacimiento, el hombre puede ver lo que teje interiormente. Después, cuando la tierra se acerque a su ocaso, entonces eso se hará realidad, entonces eso mismo se convertirá en una nueva tierra; entonces la vieja tierra se derretirá, y todo aquello que los hombres han vivido interiormente, eso se convertirá en el futuro de la tierra.

Así es como se produce la verdadera metamorfosis. Sólo cometemos una extravagancia cuando decimos que la tierra pasa a Júpiter. Sólo vemos a través del proceso cuando sabemos que lo que constituye materia terrestre externa, se funde en el espacio cósmico, se atomiza; lo que se teje por ahí a partir de nuestros sentimientos, eso se convierte en la tierra futura, eso se sella cada vez más, eso se convierte realmente en el planeta Júpiter.

No es cierto, como nosotros hoy, digamos, excavamos a través de la geología en el estrato inferior de la tierra y a veces desenterramos estos o aquellos estratos que se formaron hace mucho, mucho tiempo, así en el futuro, en la existencia de Júpiter, uno podrá explorar los estratos individuales que surjan allí. Entonces también encontraremos todo tipo de estratos procedentes de los sentimientos y pensamientos humanos que se fueron superponiendo. Por ejemplo, como geólogo de Júpiter, un día desenterrarás una capa tras otra, y ahora, como dice el geólogo de la Tierra: ahí está la capa roja, éstas son las capas terciarias, el geólogo de Júpiter dirá un día: Ah sí, esto es un estrato, el cual nos remite a una época, siglo XX se llamaba del tiempo de la tierra, principios del siglo XX, este es el estrato que está formado por todos aquellos que en el siglo XX desarrollaron sus sentimientos y pensamientos casi sobre toda la tierra. Así como hablamos ahora del Silúrico, así en el futuro se podrá hablar de la "capa tal o cual". Por supuesto, también se podrá hablar de otras capas. Pero esto son realidades.

Al hombre no le está permitido dejar pasar lo que experimenta en su interior. Esto se convierte en mundo, esto ya se está convirtiendo en mundo. Y sólo aquello que será mundo en el futuro, el hombre lo ve incluso ahora a través de su conciencia entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Cuando estamos aquí en la tierra, entre las muchas cosas que hay en nuestro entorno, también seguimos a la luna. Ella se sitúa en nuestro entorno de una manera muy especial. Nos devuelve la luz del sol. Vemos su superficie, por así decirlo, sólo en la medida en que la luz del sol le teje un ropaje. De modo que, en realidad, incluso cuando brilla la luna, el sol brilla para nosotros; sólo entonces, por una desviación, nos aparecen los rayos del sol. Está, por así decirlo, sin embargo en una relación muy especial con nosotros como satélite terrestre.

Así que cuando estamos en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, tenemos primero nuestro mundo interior, el efecto de todos nuestros actos, en la medida en que están arraigados en la voluntad, como la esfera del mundo interior, el núcleo central, rodeado por nuestros sentimientos y pensamientos, que irradian hacia el espacio del mundo. Pero algo como la luna también está ahí. Me gustaría decir que entonces vemos la luna desde el otro lado. Esta vida en la esfera tiene que ver con otras leyes de perspectiva que nuestra vida aquí en la tierra, y algunas de estas leyes de perspectiva son, por supuesto, difíciles de decir porque las leyes de la tierra son muy diferentes. Entre la muerte y un nuevo nacimiento, en cierto sentido no estamos fuera de la luna, sino dentro de la luna. Siempre estamos en cierta conexión con el interior de la luna. Estamos, por así decirlo, dentro de la luna. Igual que aquí en la tierra vemos constantemente esta luz solar reflejada, en cambio allá, entre la muerte y el nuevo nacimiento vemos constantemente el interior de la luna. (ver diagrama)

Bueno, como ya he dicho, allí la perspectiva es diferente. Quizá les resulte más comprensible si aclaro el asunto de la siguiente manera: supongamos que ésta es la Tierra (véase el dibujo, amarillo); a su alrededor gira la Luna (rojo). Ahora bien, en lo referente a las condiciones que tenemos que discutir para la visión después de la muerte, esa esfera no es la que entra en consideración, sino toda la esfera lunar. Toda la esfera, alrededor de la cual da vueltas, entra en consideración, y la percibimos realmente desde dentro. Al principio nos alejamos de la tierra en la esfera. Después, por supuesto, durante mucho tiempo estamos en la circunferencia tanto que estamos dentro de la esfera lunar. Al principio, estamos dentro de la esfera lunar, allí y allí etc., siempre dentro de la esfera lunar. Pero ahora también llegamos fuera de la esfera lunar. Ahora no podemos verla desde dentro. Pero tampoco la vemos desde fuera, pues deja entonces de ser visible para nosotros, de ser perceptible para nosotros. No obstante, permanece para nosotros como un recuerdo.

Y lo que allí vemos inicialmente, lo que es, por así decirlo, una visión en la pared interior de la luna, de la esfera lunar, cuando salimos, lo vemos: lo que entonces retenemos en la memoria, eso es lo que retenemos como efectos de una vida terrestre anterior en la vida terrestre posterior. De hecho, es esta luna la que conserva los acontecimientos de una vida terrestre como efectos en relación con las vidas terrestres posteriores. La luna y todo su secreto en el cosmos están relacionados con la supervivencia del contenido de una vida terrestre en la siguiente.

Aquí se presenta un aspecto, en el cual estamos sobre la tierra y miramos hacia el universo; éste es el aspecto entre el nacimiento y la muerte. Entre la muerte y un nuevo nacimiento tenemos otro aspecto, en el cual estamos en la esfera y miramos hacia atrás, hacia el núcleo central. Allí tenemos justamente el mundo que es en cierto sentido opuesto al nuestro. Pero a través de ambos mundos se lleva lo que es, por así decirlo, guardado por nosotros a través de la luna, se concentra y así sucesivamente. La luna es ya en cierto sentido un cuerpo celeste extraordinariamente importante para nosotros. Es la mediadora entre las vidas terrenales individuales; por supuesto no esa escoria que vemos aquí en el destello de luz de la tierra.

Como ven, de este modo la vida del ser humano individual se une a la vida de todo el cosmos. Al vivir aquí entre el nacimiento y la muerte, vemos, por así decirlo, lo que los mundos anteriores nos fueron dejando, lo que queda de la existencia de Saturno, del sol, de la luna, de la existencia terrestre anterior. Todo eso lo vemos cuando estamos aquí, rodeados de los fenómenos que nos rodean. Esto nos remite más o menos al pasado. Todo lo que llevamos dentro y que nosotros mismos hemos realizado en esta tierra nos señala el futuro. Y este futuro ya lo vemos reflejado, por así decirlo, en el presente en nuestras experiencias entre la muerte y un nuevo nacimiento, donde lo interior se convierte en exterior, lo exterior en interior.

Si se toma todo el sentido de las representaciones que he dado aquí en semanas anteriores, de cómo el hombre trae su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento a esta vida en la tierra, era algo parecido. Yo decía: Lo que el hombre experimenta externamente con el cosmos exterior hasta la constelación de los planetas, eso aparece de nuevo en su organización, eso aparece de nuevo en su ser interior, y lo que él tenía como su ser interior, eso se convierte en su ser exterior. Ahora bien, después de la muerte ocurre algo parecido: lo que él establece de sí mismo como mundo exterior, eso se convierte en su interior; lo que él experimenta interiormente, ya sea a través de su entorno, como he dicho, como sentimientos satisfactorios o como autorreproches por sus actos, este mundo interior, eso se convierte en su mundo exterior, su mundo exterior, que ahora se asoma a él como su firmamento, -pero es central-, hacia el espacio del universo.

También se puede decir, si tal cosa no se malinterpreta: La vida exterior del hombre se convierte en su vida interior, en su vida solar, pues se convierte en habitante del sol; la vida interior del hombre, en la medida en que ha sido experimentada en la tierra, se convierte en su cielo. Sólo que el cielo es ahora lo que experimenta abajo. En la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, la tierra se convierte en cielo, el sol se convierte en tierra.

Sin embargo, ya es así: Cuando este otro lado del mundo se añada a la visión del mundo que el hombre intelectualista de hoy considera como la única, sólo entonces aparecerá ante el hombre la imagen completa del mundo. Entonces el hombre se sentirá en el mundo de otra manera. Esta otra imagen del mundo es en realidad lo que se describe en la Antroposofía, lo que yo siempre describo, -en contraste con la imagen pasiva del mundo que el hombre se forma a partir de la observación externa-, como una imagen activa del mundo, como aquella imagen del mundo en la que uno debe tomar parte activa. Cuando ustedes leen libros antroposóficos, deben poner en movimiento sus pensamientos. Cuando ustedes escuchan una conferencia antroposófica, deben poner en movimiento sus pensamientos. Quienes sólo están habituados al presente no quieren tomar parte, quieren que todo esté en reposo, para que también sus pensamientos sean imágenes tranquilas y pasivas del mismo, para que en cierto modo puedan dormir un poco en su entorno.

El hombre, aquí en la existencia entre el nacimiento y la muerte, tiene un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral y un yo. El yo es lo que podemos llamar lo más elevado aquí en la existencia terrenal. Cuando el ser humano pasa a la existencia del sol después de la muerte, el yo es en realidad lo más bajo, y tiene como sucesiva entidad a la de abajo, lo que surge como el yo espiritual, luego el espíritu de vida, el hombre espiritual, que sólo estará ahí físicamente en períodos posteriores de evolución, pero que el ser humano desarrolla en una relación espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento.

En efecto, es el yo espiritual el que irradia hacia el espacio del universo como imagen de la tierra. El yo vive en el sol, en la existencia del sol, y el yo espiritual irradia desde la tierra tal como lo he descrito. Las otras entidades son entidades superiores que luego vienen al hombre desde el cosmos, que al principio no tienen nada que ver con su propio ser interior. Esto, que irradia hacia él, aparece en una nueva vida; así se convierte en el espíritu de vida. Y eso que él tiene como sus hechos está impregnado por una alta sustancialidad espiritual, se agita a través del hombre espiritual. Eso es algo que se le añade entonces desde el cosmos, que recibe, por así decirlo, ahí fuera. Así como, cuando desciende por el nacimiento, recibe su cuerpo físico, su cuerpo etérico, así recibe su espíritu vital, su hombre espiritual, cuando ha atravesado la puerta de la muerte, como aquello con lo que entonces se reviste. Por otra parte, lo que entonces soy yo procede realmente de él, -lo he esbozado un poco aquí-. Y lo que irradia de la tierra, este yo espiritual, es en verdad, entre la muerte y un nuevo nacimiento, una existencia planetaria finamente tejida, algo que uno siente entonces como una tierra transformada, que uno contempla retrospectivamente, que uno va tejiendo de vida en vida. De modo que cuando la Tierra haya llegado al final de su evolución, el ser humano pasará con ella a Júpiter y, precisamente a través de lo que ha tejido allí, podrá desarrollar físicamente su yo espiritual en Júpiter, pues ha puesto los cimientos de éste durante su existencia terrena a través de su propio ser interior.

Así son los procesos reales. Así es como se produce realmente la evolución. Como ven, no hay necesidad de juntar palabras externamente: Es muy posible, si se capta al ser humano en su totalidad, describir la transición de uno a otro. Sólo hay que ser capaz de formar los propios conceptos de tal manera que ellos mismos puedan captar tales puntos de vista: cómo nuestros sentimientos y pensamientos, extendiéndose dentro de nosotros, irradian incluso desde la tierra planetariamente, como estrellas, hacia el espacio universal con el que entonces vivimos nosotros mismos; cómo ahora llevamos dentro a los demás seres humanos con los que hemos entrado en relación.

La vida humana es complicada. Pero los que quieren construir una visión del mundo con unos pocos conceptos fijos tienen muy poco sentido de lo que es correcto. Esto sólo puede construirse a partir de la visión de la vida como un todo. Ahora bien, incluso en el escarabajo más pequeño, la vida es algo muy complicado, y no hay que imaginarse que en todo el universo, con el que el hombre está conectado como un microcosmos, la vida esté estructurada de tal manera que pueda abarcarse con unos pocos conceptos pegados.

Mañana hablaremos más de ello.

Traducido por J.Luelmo oct,2023