CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA057 Berlín, 6 de mayo de 1909 -Los Misterios europeos y sus iniciados

     Índice

    RUDOLF STEINER. 



LOS MISTERIOS EUROPEOS Y SUS INICIADOS

 Berlín, 6 de mayo de 1909

decimoctava conferencia

En la última conferencia se señaló que en los tiempos antiguos de la evolución europea existía entre los diversos pueblos una especie de clarividencia antigua, original, y que la conciencia actual sólo se fue desarrollando a partir de este estado anterior de conciencia, de una antigua facultad clarividente. Se señaló cómo lo que el antiguo clarividente era capaz de percibir en determinadas circunstancias de su vida encontraba expresión en las leyendas y mitos que tratan de duendes, elfos, enanos y seres por el estilo. Estas leyendas y mitos son de naturaleza muy diversa, y si sólo pudiéramos observar los mitos y leyendas que se han conservado en Europa a partir de antiguas observaciones clarividentes, habría ciertas similitudes, ciertas semejanzas en todas estas tradiciones, pero también habría grandes diferencias, porque las capacidades clarividentes de las personas individuales eran muy diferentes.

Un parecido mucho mayor ya está presente en los grandes mitos, en los grandes mitos de las leyendas de dioses y héroes. Estas leyendas de dioses y héroes también se remontan a las capacidades clarividentes, sólo que de un tipo diferente. No se remontan a las experiencias que el hombre pudiera haber tenido a través de la clarividencia natural, sino que los grandes mitos unificados que resumimos como mitología se remontan a aquellas experiencias que los iniciados tuvieron en los Misterios. Hoy en día existen pocas condiciones previas en nuestra conciencia educativa para crear un concepto de lo que se llama misterios e iniciados. Pues lo que constituye nuestra educación externa, nuestro conocimiento externo, está muy alejado de la esencia de la iniciación. Si quisiéramos caracterizar estos dos en términos practicables en nuestro tiempo, tendríamos que decir: Los Misterios son escuelas en las que se cultivan capacidades en el alma humana, a través de las cuales el alma es conducida a su propia observación en los mundos espirituales. En particular, los misterios son aquellas escuelas que, de una manera completamente metódica, sistemática, orientan a la persona que está madura para ello, para que el alma llegue a ser tal que pueda percibir los mundos superiores con ojos y oídos espirituales. Aunque la educación actual conoce poco de los misterios que aún hoy existen, sin embargo están presentes y conducen a los mundos espirituales. Y todo el contenido de la ciencia espiritual, todo lo que se comunica en la ciencia espiritual, es esencialmente el contenido de la sabiduría de los misterios. Quien entrena su alma de manera adecuada para hacer observaciones en mundos superiores es un iniciado. Siempre han existido tales lugares donde se adquiere la capacidad de clarividencia plenamente consciente.

Hoy daremos una visión general de los Misterios europeos. Debemos retroceder hasta los tiempos antiguos que precedieron al cristianismo e intentar formarnos una idea de lo que se practicaba en las escuelas iniciáticas u ocultas y cómo se comunicaba esto a la cultura general. A menudo se ha señalado cómo pueden las personas de hoy emprender el camino del iniciado, cómo se entrenan el pensar, el sentir y la voluntad para poder emprender el "camino hacia las Madres". Los discípulos de todos los misterios han tenido que emprender este camino hacia las Madres.

Hemos tenido misterios europeos de gran importancia y profunda influencia en la cultura europea antigua en diversas partes de Francia, Alemania y Gran Bretaña. En todas estas regiones tenían una naturaleza muy específica. El punto de partida en todas esas partes fue una toma de conciencia que pudimos insinuar en la conferencia sobre Isis y Madonna. Allí se señalaba que el hombre tiene un origen espiritual, que antes moraba en mundos espirituales, que el espíritu y el alma del hombre nacen de los mundos espirituales primigenios. Se señalaba que ahora el hombre todavía siente, cuando mira más profundamente en el alma, que cuando se eleva por encima de la observación física, tiene algo que es un último resto de su antiguo ser en el mundo espiritual. Hoy este último resto, el alma humana, está encerrado en el cuerpo físico, que es una condensación del ser original espiritual. Lo que el hombre sabe que está encerrado allí como su alma-espíritu, de la que se dice a sí mismo: Esto me muestra cómo fui una vez en su totalidad, muestra cómo nací del vientre del mundo, de todo el universo. Hoy el universo se muestra a la mente exterior en todo lo que se extiende ante los sentidos; pero detrás de todo lo que los sentidos ven, lo que la mente puede comprender, está el universo espiritual. Este es el padre primordial, la madre primordial, de donde nació el alma, que hoy todavía conserva las formas que entonces tenía el cuerpo.

En esencia, el cuerpo también nació del universo espiritual; también tuvo una vez una forma espiritual. Aquello que muestra al hombre en su verdadera forma está oculto hoy en día. En aquellos antiguos misterios europeos, el ser humano en su verdadera forma también se veía como una parte oculta del ser humano visible. Y veían en él a una Isis que buscaba aquello a partir de lo cual había surgido. La iniciación era la experimentación de la totalidad de aquellos procedimientos a través de los cuales el alma humana podía volver a ver aquello de lo que había nacido, el desarrollo de la capacidad del alma a través de la cual puede volver a unirse con la tierra primordial espiritual. Ya sea en lo profundo del bosque sagrado o en lugares especialmente preparados para el Misterio es irrelevante; en todas partes el candidato era llevado a tales posiciones a través de las cuales podía encontrar la conexión con los fundamentos espirituales primordiales del hombre.

Lo que se halla oculto tras el mundo de los sentidos a semejanza del sol tras los velos de las nubes, los seres espirituales ocultos eran llamados aquí "Hu"; "Ceridwen", sin embargo, era el alma buscadora. Y todos los procesos de iniciación eran de tal índole que al discípulo se le mostraba: La muerte es un proceso en la vida lo mismo que los demás. Ello no cambia el núcleo interno de la vida de una persona. Donde los Misterios Druidas han conservado su nombre -Druida significa iniciado en el tercer grado- la persona a ser iniciada era llevada a un estado semejante a la muerte, de modo que no percibía nada con sus sentidos. Su mente estaba en silencio. El que vive sólo en su cuerpo y puede percibir sólo con su mente física, cuyo instrumento es el cerebro, no tiene ninguna conciencia en tal estado donde los sentidos son silenciosos. Esta es precisamente la iniciación, que los sentidos, el sentir, el oír y demás están en silencio, y que sin embargo, incluso cuando el cerebro está en silencio, el discípulo tiene experiencias y realiza observaciones. Aquello que realiza tales observaciones en nosotros se llamaba el alma, Ceridwen. Y lo que llegaba a ella como la luz y el sonido al ojo y al oído exteriores, el mundo de los hechos espirituales, se llamaba Hu. El matrimonio entre Ceridwen y Hu era experimentado por los iniciados.

Tales experiencias se describen en los mitos. Cuando hoy se nos dice que los antiguos adoraban a un dios Hu y a una diosa Ceridwen, se trata sólo de una paráfrasis de la iniciación. Esta es la razón del mito real. Es sólo palabrería vacía decir que tales mitos tienen significado astronómico, que Ceridwen es la luna y Hu el sol. Tales mitos sólo pudieron surgir porque la gente era consciente de una conexión interna entre el alma que se eleva y el espíritu del sol, no el sol físico. Los misterios de Hu y Ceridwen eran aquellos en los que la gente de estas regiones se iniciaba aquí.

Más al norte, en Escandinavia y el norte de Rusia, encontramos los Misterios de Drotten, fundados por el iniciado original Sieg, Siegfried o Sigge. Todas las leyendas sobre Siegfried se remontan a él. En estos misterios en particular vemos algo que básicamente subyace a todos los misterios, pero que surge por primera vez de forma particularmente clara aquí. Queremos ascender de una comparación al hecho real. Para que esto nos quede claro, partamos del ser humano tal como se nos presenta en la vida, con cabeza, manos, pies, etcétera. Si quitamos uno de estos miembros, la persona ya no puede ser una persona completa, íntegra. Tomemos los miembros más importantes: corazón, estómago, cada uno de los cuales aporta una parte determinada a la vida humana y debe cumplir con su deber. Sólo mediante la cooperación de estos miembros es posible que un alma viva y se desarrolle en el cuerpo humano. El alma vive en un cuerpo físico, que es un conjunto de muchos miembros. De esto obtenemos la conclusión de que dondequiera que el alma humana o un ser superior deba vivir, los miembros individuales deben cooperar, cada uno de los cuales debe prestar su servicio. De modo que en los Misterios Nórdicos ya encontramos la convicción de que esto puede expresarse dentro del mundo humano, de que puede formarse una asamblea de personas de modo que cada individuo asuma una determinada tarea. Digamos, por ejemplo, que una persona se encarga de desarrollar especialmente la facultad de pensar, otra el poder de sentir, una tercera el poder de la voluntad. Las subdivisiones también son posibles aquí.

Así pues, se suponía que si se reúne un círculo de personas en el que cada uno asume una tarea especial, y sin embargo trabajan conjuntamente como una unidad, entonces algo actúa invisiblemente en ellos tal como lo hace el alma en el hombre. Cuando las personas se reúnen de este modo y cada uno hace lo suyo, forman algo así como un organismo superior, un cuerpo superior, y de este modo hacen posible que un ser espiritual superior habite entre ellos. Sieg formó así un círculo de doce personas, cada una de las cuales desarrolló su alma de un modo muy especial. Cuando todos trabajaban en conjunto, cuando todo fluía a la par en sus santas asambleas, entonces se daban cuenta de que un ser espiritual superior habitaba entre ellos, como lo hace el alma en el cuerpo humano, que las almas son los miembros de un cuerpo superior. El Decimotercero moraba así entre los Doce. 

Ellos sabían: Somos doce, y el Decimotercero mora entre nosotros. O se tomaba un decimotercero, que entonces formaba el cinturón de atracción en el círculo de los doce para lo que iba a descender. Así que a este treceavo se le llamaba representante de la deidad en los lugares de iniciación. Y como todo se reunía con la santa trinidad, el que unía en sí mismo el ser relacionado con la trinidad se llamaba representante de la santa trinidad, y a su alrededor estaban los doce, que tenían funciones muy específicas, como los miembros de un organismo.

Así que se dieron cuenta de que cuando doce personas se unían de esta manera, y desarrollaban en sí mismas el poder de tener entre ellas a un ser superior, entonces se elevaban del mundo físico al espiritual; se elevaban hasta su dios. Se consideraban a sí mismos como los doce atributos, las doce cualidades del dios. Todo esto se representaba como los doce dioses germánicos en las sagas nórdicas de los dioses. El que quería ser miembro de este ilustre círculo tenía la tarea de buscar a Baldur. Esa era la iniciacion. ¿Quien era Baldur en realidad? Baldur es esa parte del hombre que es su parte espiritual, lo que el alma busca, lo que encuentra en la iniciación, lo que allí se le enfrenta. ¿Quién mató a Baldur? Mataron a Baldur los que mataron la clarividencia en el hombre, los que juntaron lo físico, los que dieron al hombre la visión sensorial, los que pudieron hacer un mal uso de lo físico con demasiada rapidez: Loki, la potencia de fuego, y su expresión Hödur, el ciego, que representa la sensualidad humana, que es incapaz de mirar hacia lo superior, hacia el mundo espiritual. Esta es la forma que se utiliza para referirse a los procedimientos de iniciación que se han llevado a cabo. Lo sensorial ha cegado al hombre; mediante la iniciación recupera el acceso a los mundos superiores. Así tenemos, por así decirlo, la clarividencia entrenada de los iniciados en la antigua forma correspondiente, elevándose por encima de la clarividencia general. Los misterios de los druidas y las deidades fueron la fuente de la que surgió la cultura europea en la era precristiana.

Por supuesto, lo que es de gran importancia aquí y lo que se está desarrollando aquí, la conciencia de la personalidad, también es un peligro. Es un peligro mucho mayor aquí que en otras zonas. La conciencia de la personalidad constituye un tono básico de toda la cultura en Europa. La conciencia de la personalidad estaba más presente en tierras germánicas que en Oriente, donde a la gente le gustaba consagrarse a Brahman. De este modo era evidente el peligro de que los iniciados pudieran muy rápidamente malinterpretar y utilizar mal lo que se les ofrecía en la iniciación, que se lo representaran en imágenes distorsionadas y caricaturas. La iniciación también conduce al manejo de poderes espirituales. El que aprende a usarlos aprende fácilmente a usarlos mal. Por eso sucedió que los misterios de la antigua Europa cayeron fácilmente en decadencia, que los iniciados no demostraron su madurez y se convirtieron en la causa de muchas atrocidades, que se convirtieron en el aborrecimiento de la gente en muchas regiones. Algo de lo que se dice hoy sobre los Misterios se relaciona con la decadencia de los Misterios, aunque no todo. El hecho de que los Misterios puedan ser a menudo malentendidos no tiene por qué asombrar a la gente de hoy. Porque si mediante la ciencia espiritual alguien no puede aprender lo que se hacía en los Misterios, sino que sólo puede recoger lo que más tarde se escribió, los chismes y habladurías histórico-mundiales, entonces puede llegar con el paso del tiempo a las opiniones más descabelladas sobre los Misterios. Sólo piensen cómo estaría alguien si quisiera informarse hoy sobre la Antroposofía y el Movimiento Antroposófico a través de lo que se comunica ahí fuera: ¡obtendría una bella imagen! Y si uno se quedara con lo que hoy se dice al respecto, podría surgir algo mucho peor que lo que se conoce sobre los Misterios.

Sería una bonita tarea hacer un rastreo de muchas cosas del mundo europeo a partir de las leyendas que sucedieron en los Misterios. Llegaríamos hasta las sagas de los Nibelungos y Sigfrido y encontraríamos muchas cosas que pueden remontarse a los antiguos misterios. Pero no se pueden combinar. Lo único que puede ser decisivo en cuanto a si un movimiento es mera fantasía o se remonta a los Misterios sólo puede ser el conocimiento de los Misterios y la capacidad de rastrear estas cosas hasta los Misterios.

En todos estos misterios, dondequiera que los examinemos, hay un rasgo que podría describirse como un rasgo trágico. Podría expresarse así:El iniciado de los antiguos Misterios Druidas o Drotten podía, en efecto, llegar a la unión con Hu o Baldur, pero este mundo espiritual no se le aparecía como algo supremo. Tenía que haber algo más allá. O en términos populares: Nuestros dioses, a los que nos elevamos, son mortales, condenados a perecer. De ahí el mito del crepúsculo de los dioses, la trágica profecía de la desaparición de los dioses.

El fuerte impulso Crístico, que pudo obrar aquí con más fuerza que en ninguna otra parte, el conocimiento de que un ser espiritual supremo, el principio Crístico, había vivido en un cuerpo terrenal, estaba presente entre los seres humanos, que todo lo que se puede experimentar en los Misterios es un hecho histórico en el acontecimiento Crístico. En los antiguos Misterios el iniciado no se convertía en un completo conquistador de la muerte. Pero ahora se enfrentaba a ello, el gran Misterio del Gólgota. Dentro de los Misterios Europeos en particular, este misterio histórico fue recibido con la más profunda comprensión, a diferencia de otros lugares. Había un estado de ánimo que puede expresarse así. La gente se decía a sí misma: Cuando fuimos iniciados, fue un ascenso a un mundo divino-espiritual, que sin embargo estaba impregnado por el aliento de la mortalidad. Pero quien vive este impulso más grande, en lo que se puede experimentar en la figura de Cristo, quien encuentra una relación con Cristo, puede llegar a una comprensión tal que puede saber: Así como el sol irradia a través de la planta y de este modo despierta la vida en ella, así el impulso de Cristo puede fluir en el alma humana. A través de éste recibe el poder que da al alma el conocimiento de su eternidad e inmortalidad, el conocimiento de la victoria sobre la muerte. Al recibir una comprensión correcta del Cristo, el alma se revitaliza. Se dijeron a sí mismos: Aparte de lo que se puede enseñar externamente sobre el Cristo, existe también un conocimiento interior, la búsqueda del alma, de Ceridwen, de un Hu o Baldur, pero de otro Baldur que ha realizado el Misterio del Gólgota. Cuando el alma experimenta esto, alcanza una clarividencia más elevada que a través de los antiguos misterios. Y aquí en Europa la gente comprendió inmediatamente muy profundamente lo que esto significaba.

Ya les he explicado varias veces qué convulsión supuso para la evolución humana el impulso Crístico. Para comprender esto, volvamos de nuevo a la antigua conciencia hebrea. Aquí todavía tenemos un sentimiento de seguridad del yo al sentirse el hombre uno con sus padres y antepasados, y para el hombre del Antiguo Testamento era un sentimiento significativo cuando podía decirse a sí mismo: Yo soy uno con mis antepasados. Eso a lo que puedo llamar "yo", lo veo encerrado entre el nacimiento y la muerte; pero una sangre corre desde el padre Abraham hasta mí. La sangre que corre por mis venas es la expresión de mi yo, de mi propia individualidad, la corriente sanguínea que recorre la generación es la expresión de mi Dios.  Y así se sentía seguro en el gran todo, sumergiéndose con gusto en la corriente de sangre que corre a través de las generaciones.

Cristo dice: Antes de que el Padre Abraham fuera, el "Yo-soy" era, y dice: "Yo y el Padre somos uno". Nuestro yo tiene en su interior hilos que conectan hacia arriba en un mundo espiritual que cada uno puede encontrar en su propia individualidad. <El ego que se mantiene por sí mismo, y sin embargo no niega la conexión a través de los lazos de sangre, no desprecia los lazos de sangre, que tiene comprensión por lo físico, este ego llegó a la comprensión del hombre a través del Misterio del Gólgota. Por eso, la expresión del yo humano general se vio en la sangre que manaba de las heridas del Salvador, y se dijo: Quien dé vida a esta sangre dentro de sí alcanzará la verdadera clarividencia. Pero el mundo aún no estaba maduro para recibir lo que se dio como el verdadero misterio del Gólgota. Incluso en los siglos siguientes a la venida de Cristo, el mundo aún no estaba maduro, ni lo está aún hoy. Pablo vio al Cristo vivo en el mundo espiritual. ¿Quién comprende hoy las profundas cartas de Pablo, este iniciado, y quién caracteriza correctamente al discípulo de Pablo, Dionisio el Areopagita? Y sin embargo, siempre hubo un cristianismo de los misterios.

En los misterios que acabo de describirles, en Gales y Gran Bretaña, fueron absorbidas las enseñanzas de Dionisio. De esa manera los Misterios Druidas y Drotten fueron imbuidos e impregnados con el Misterio de Cristo. Fue así como llegaron a darse cuenta plenamente de que lo que se buscaba en Hu y Baldur había llegado en Cristo. Pero se decían a sí mismos que la gente en general no estaba madura para recibir con conciencia lo que el Cristo había traído: la sangre que corre de las heridas del Salvador, que corre a través de todo.

Sólo en pequeños círculos de iniciados pudo mantenerse esto vivo como el sagrado secreto Crístico. Pero quien se iniciaba en este secreto experimentaba la superación del yo ordinario centrado en el mundo de los sentidos. Pero lo experimentaba de la siguiente manera. Se preguntaba a sí mismo: ¿Cómo he vivido hasta ahora? Cuando quería conocer la verdad, acudía a las cosas del mundo exterior. Pero cuando los iniciados del Misterio Cristiano se apoderaron de mí, me exigieron que no esperara a que las cosas externas me dijeran lo que es verdad, sino que indagara en mi alma tras lo invisible, no sólo estimulado por el mundo externo. Esa indagación del alma por lo más alto que pudiera encontrar se llamó en tiempos posteriores fuera del mundo "El Secreto del Santo Grial". Y la leyenda del Grial, la leyenda de Parzival, no es otra cosa que una expresión del misterio de Cristo. El Grial es el cuenco sagrado con el que Cristo tomó la comunión en la última cena, y en el que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo mientras fluía en el Gólgota. Encerrada en dicho cuenco, la sangre de Cristo fue llevada a un lugar sagrado. Mientras la gente no pregunte por lo invisible, es como Parzival. Sólo cuando pregunta se convierte en un iniciado del misterio de Cristo.

Así vemos cómo Wolfram von Eschenbach entreteje en su descripción los tres estadios del alma humana, que parte primero de la percepción sensorial externa, donde, atrapada en lo material, deja que el espíritu material le diga lo que es verdad. Es el alma en su "mutismo", como dice Wolfram von Eschenbach. Entonces el alma se da cuenta de que el mundo exterior sólo brinda ilusiones. Cuando el alma se da cuenta de que no hay respuestas en lo que la ciencia natural es capaz de ofrecer, sino sólo preguntas, el alma cae en lo que Wolfram von Eschenbach llama el "Zwifel". Pero luego asciende a la "Saelde", a la bienaventuranza, a la vida en los mundos espirituales. Estas son las tres etapas del alma. 

Los misterios del período posterior, iluminados por el impulso Crístico, se caracterizan todos por un rasgo muy específico. De este modo, se elevan por encima de todos los misterios antiguos. Toda iniciación se basa en el hecho de que el hombre se eleva a una visión superior, a un desarrollo superior del alma. Antes de elevarse así, tiene tres facultades en su alma: pensar, sentir y voluntad. Tiene estas tres facultades del alma en su interior. Como suele vivir en el mundo actual, estas tres facultades del alma están íntimamente relacionadas. Está entrelazado con su yo en el pensar, sentir y querer, porque antes de ascender a través de la iniciación, el hombre no ha trabajado en el desarrollo de los cuerpos superiores a partir del yo. Primero, lo que está en el cuerpo astral, lo que el hombre tiene en sentimientos y sensaciones, en instintos y deseos, es purificado y limpiado. Esto da lugar al yo espiritual o "manas". Entonces el hombre llega primero tan lejos que impregna cada pensamiento con un cierto tono emocional, que cada pensamiento se vuelve frío o cálido, que transforma su cuerpo etérico o vital. Esta es la transformación del sentir, y así surge el "buddhi". Luego sigue la transformación de la voluntad en el cuerpo físico en "Atma" u hombre espíritu. De esta manera el ser humano transforma su pensar, sentir y voluntad y así su cuerpo astral en manas o yo espiritual, el cuerpo etérico en buddhi o espíritu vital, el cuerpo físico en atma u hombre espiritual. Esta transformación es la expresión del trabajo sistemático del iniciado sobre su alma, mediante el cual se eleva a los mundos espirituales.

Pero algo muy definitivo ocurre cuando la iniciación se practica en serio, no como un truco. Si la iniciación se practica con dignidad, es como si la organización humana se dividiera en tres partes y el yo fuera entronizado como rey sobre estas tres partes. Aunque las esferas del pensar, del sentir y de la voluntad no suelen estar claramente separadas en el hombre, a medida que éste se desarrolla más y más, es cada vez más capaz de captar pensamientos que no son llevados inmediatamente a los sentimientos, sino que son llevados a la simpatía y a la antipatía por el yo en libre elección. El sentir no sigue inmediatamente a un pensamiento, sino que el ser humano se divide en un hombre de sentimiento, un hombre de pensamiento y un hombre de voluntad. El hombre se siente un yo-rey, entronizado sobre una trinidad. Se desintegra en tres personas. Esto ocurre en cierta etapa de la iniciación. Siente que a través del cuerpo astral experimenta todos los pensamientos que se relacionan con el mundo espiritual. A través del cuerpo etérico experimenta todo lo que impregna el mundo espiritual como sentimientos, a través del cuerpo físico todo lo que vive e impregna el mundo espiritual como impulsos de voluntad. Se dice: El hombre se siente rey dentro de la santa trinidad. Pero aquel que no es capaz ni suficientemente maduro como para soportar el hecho de que está así dividido, no podrá disfrutar de los frutos de la iniciación. Se ve frenado para lo que aún no está maduro por el hecho de que se enfrenta a sufrimiento sobre sufrimiento. Quien se acerca indignamente al Santo Grial se convierte en un sufridor como Amfortas y sólo puede ser redimido por aquel que le acerca las fuerzas del bien. Es liberado por Parzival.

Volvamos ahora a cómo se expresa el principio de la iniciación. El alma que busca encuentra el mundo espiritual, el Santo Grial, que ahora se ha convertido en el símbolo, la expresión para el mundo espiritual. Lo que aquí se describe ha sido experimentado realmente por iniciados individuales. Ellos han recorrido el camino de Parzival. Pero también fueron como aquellos que miraban retrospectivamente a los tres cuerpos como reyes. Los que experimentaban esto se decían a sí mismos: estoy entronizado sobre mi cuerpo astral purificado, que sólo está purificado, purificado siguiendo al Cristo. No a través de ninguna conexión externa, no a nada que conecte con el mundo exterior, le estaba permitido aferrarse, sino que tenía que conectarse en lo más íntimo del alma con el principio Crístico. Todo lo que le ataba externamente al mundo de los sentidos tenía que caer en los momentos más elevados, los momentos verdaderamente místicos.

El representante del iniciado es Lohengrin. No se le debe preguntar por nombre y estatus, es decir, por lo que le une al mundo de los sentidos. Al que no tiene nombre ni estatus se le llama "persona sin hogar". Está entretejido y vivificado por el principio Crístico. También mira con desprecio el cuerpo etérico o vital, que se ha convertido en el espíritu de vida, como algo separado del cuerpo astral. Es él quien lo lleva a los mundos superiores, donde las leyes del espacio y del tiempo no se aplican. Este cuerpo etérico y sus órganos corresponden al cisne. Él lleva a Lohengrin sobre el mar en una barca, en el cuerpo físico, sobre lo material. El cuerpo físico se percibe como la barca. Y el alma buscadora en la tierra, que experimenta algo nuevo a través de la iniciación, está simbolizada por Elsa de Brabante. Así que aquí tenemos la oportunidad de caracterizar la leyenda de Lohengrin, que también tiene muchos otros significados, como una expresión de la iniciación dentro de los misterios que se estructuran en torno al Santo Grial.

Así se expresaban, en los siglos XI al XIII, estos misterios, que se enseñaban tras el misterio de Cristo, en el misterio del Santo Grial. Los Caballeros del Santo Grial fueron los iniciados más tardíos. Frente a ellos se situaba el cristianismo exotérico, mientras que en los Misterios se cultivaba siempre el cristianismo esotérico, que buscaba una relación tal con Cristo que a través del Cristo exterior se despertaba en el alma el Cristo interior, simbolizado por la paloma.

Todo la progresión de los misterios europeos se expresa en otro mundo de leyendas. Pero es muy difícil arrojar luz sobre esto. Será más tarde. Hoy sólo queremos alumbrarlo buscando el reflejo en aquello que se ha filtrado hacia el exterior y ha aparecido en un extraño mundo de leyendas. Es una leyenda relativamente poco conocida que fue llevada a la forma poética por Konrad Fleck en 1230. Pertenece a las leyendas y mitos de Provenza, y es continuación de la iniciación de los Caballeros del Grial o Templarios. 
 "El milagro del Grial", 
Castillo de Neuschwanstein, 

Dicha leyenda se refiere a la antigua pareja formada por "Flor y Blancheflor". En el lenguaje actual, esto significa aproximadamente: la flor de hojas rojas o la rosa, y la flor de hojas blancas o el lirio. En el pasado, se asociaron muchas cosas a esta leyenda. Hoy en día, sólo se puede resumir en términos someros. Se decía que la flor y el lirio son almas, encarnadas en personas que ya han vivido. La leyenda las relaciona con los abuelos de Carlomagno. En Carlomagno, sin embargo, los que estaban más íntimamente involucrados con las leyendas veían la figura que en cierto modo ponía en relación lo esotérico interior con el cristianismo exotérico. Esto se expresa en la coronación imperial. Si nos remontamos a sus abuelos, a Flor y Blancheflor, vivían en ellos la rosa y el lirio, que debían preservar el cristianismo esotérico puro, como se remonta a Dionisio el Areopagita. Ahora bien, en la rosa, en Flor o Flos, se veía el símbolo del alma humana, que ha absorbido el impulso de la personalidad, el impulso del yo, que deja salir el trabajo espiritual de su individualidad, que ha llevado el impulso del yo hasta la sangre roja. El lirio, sin embargo, era visto como el símbolo del alma, que sólo puede permanecer espiritual por el hecho de que el yo permanece fuera de ella, sólo puede alcanzar el límite. Así, la rosa y el lirio son dos opuestos. La rosa tiene la autoconciencia totalmente dentro de sí, el lirio totalmente fuera de sí. Pero la unión del alma, que está dentro, y el alma, que anima el mundo exterior como espíritu del mundo, ha existido. Flor y Blancheflor expresan el hallazgo del alma del mundo, del yo del mundo a través del alma humana, del yo humano.

Lo que ocurrió más tarde en la leyenda del Santo Grial también se expresa aquí en esta leyenda. No se trata de una pareja externa. El lirio expresa el alma que encuentra su yo superior. En la unión del alma del lirio y el alma de la rosa se veía lo que puede encontrar conexión con el Misterio del Gólgota. Por eso se decía: En contraste con la corriente de la iniciación europea, que es traída por Carlomagno, y a través de la cual el cristianismo exotérico y esotérico se forjan juntos, el cristianismo puramente esotérico debe mantenerse vivo, debe continuarse puramente. En los círculos de iniciados se decía: La misma alma que estaba en Flos o Flor y de la que se habla en el canto, se reencarnó en los siglos XIII y XIV para fundar una nueva escuela de misterios, que ha de cultivar el misterio de Cristo de una nueva manera correspondiente a los tiempos modernos, en el fundador del rosacrucismo. El misterio de la rosa se nos presenta ya en una época relativamente antigua. La leyenda se remonta incluso a la época anterior a Carlomagno. Y así, el cristianismo esotérico se refugió en el rosacrucismo. Desde los siglos XIII y XIV, el rosacrucismo forma a los iniciados que son los sucesores de los antiguos misterios europeos y los sucesores de la escuela del Santo Grial.

Sobre los misterios de los Rosacruces se ha filtrado mucho. Pero lo que allí se cuenta es a menudo una caricatura de lo que es verdad. Profundos logros en la vida espiritual pueden rastrearse hasta el rosacrucismo, del que siempre parten hilos misteriosos hacia la cultura exterior. Por ejemplo, existe una conexión entre la redacción de la "Nova Atlantis" por Bacon de Verulam y el rosacrucismo. Bacon presentaba así algo más que una utopía. Aspiraba a lo más alto niveles que revivieran las tenues capacidades clarividentes de la antigua Atlántida. Pero lo que va unido a esto desde la sociedad exterior de los rosacruces es esa charlatanería y ese curanderismo, esa caricatura que ha sido inevitable en nuestro tiempo desde la invención del arte de la imprenta.

Desde entonces, ya no es posible dejar que el misterio sea misterio como antaño. Depende de la madurez o de la inmadurez, todo se distorsiona fácilmente, se desvirtúa. ¡Esto puede ocurrir de una manera tremenda con las enseñanzas del movimiento antroposófico! ¡Si este fuese lo que dicen que es en los círculos que no saben nada de él y sin embargo hablan de él, sería algo de lo que habría que huir! En verdad, sin embargo, es el elemento que se nutre, más que nunca, de las fuentes que yacen en los Misterios. Es lo que, en efecto, ha llevado a los mejores logros de todos los tiempos a su obra en la humanidad. Las más grandes hazañas poéticas de Goethe se nutren de las fuentes del Rosacrucismo. 

No en vano Goethe hablaba en los "Misterios" de una persona que era conducida a una casa adornada con una cruz de rosas. "¿Quién añadió rosas a la cruz?". ¿Quiénes fueron ellos, los iniciados de los Misterios europeos, que añadieron el misterio de las rosas al misterio de la cruz? Cómo había penetrado Goethe en estos misterios lo demuestra también el hecho de que había doce alrededor de la mesa de asamblea, como en los antiguos Misterios de Drotten. ¡Oh, Goethe sabía todas estas cosas! Pero los que hoy estudian a Goethe se parecen al Goethe que pueden comprender. A Goethe sólo le estaba permitido expresarlo de un modo misterioso; pero hoy es el momento de hablar abiertamente de lo que es objeto de la iniciación. Que así sea es la razón de ser de estas conferencias.

Cada vez más, la antroposofía llevará a la comprensión de que la ciencia espiritual no hace personas ajenas al mundo, sino personas prácticas y capaces en la vida. Les da esperanza y confianza. El pensamiento se irá moldeando cada vez más de tal manera que se podrá decir de él lo que Fausto dice de Wagner, que representa el pensar materialista, que "¡cava en busca de tesoros con mano codiciosa, y se alegra cuando encuentra lombrices!" En verdad, el materialismo se alegra cuando encuentra lombrices de tierra y puede probar que son de alguna manera necesarias para la reorganización de todo lo que vive y teje en la tierra. Pero lo que fluye como espíritu de los Misterios hace flexible el pensar humano para encontrar su camino en todas las situaciones posibles de la vida. ¡Y cómo podría ser de otro modo, puesto que el sentido del desarrollo del mundo mismo se refleja en los secretos de la ciencia espiritual!

Eso era lo que estas conferencias pretendían hacerles comprender: que el sentido que prevalece en el mundo mismo retorna en la ciencia espiritual. Si esto ha tenido éxito en alguna medida, entonces el modesto objetivo que me he propuesto ha sido alcanzado.

Ha surgido que el mundo con todo lo que vive en él nace del espíritu, y que el hombre nace y es llamado a elevarse al espíritu. La ciencia espiritual nos muestra cada vez más que el espíritu está hechizado en la materia, que lo sensorio-material es el ropaje mágico de lo espiritual. El hombre está llamado a desencantar el espíritu dentro de la materia fuera de este ropaje mágico. Lo espiritual encuentra su resurrección en el ser humano, en el alma humana que se eleva por encima de sí misma. Pero permitir que el alma encuentre su camino más allá de sí misma es la tarea de la ciencia espiritual. Así es como el espíritu encuentra al espíritu. El hombre comprenderá cada vez más al espíritu haciéndose cada vez más semejante a él.

Traducido por J.Luelmo ene,2024

GA057 Berlín, 4 de marzo de 1909 El misterio de los temperamentos

    Índice

    RUDOLF STEINER. 



EL MISTERIO DE LOS TEMPERAMENTOS ✻⬇

 Berlín, 4 de marzo de 1909

duodécima conferencia

A menudo se ha subrayado que el mayor enigma del ser humano es el propio ser humano. En el fondo, toda investigación más profunda de la naturaleza busca alcanzar su objetivo último resumiendo todos los procesos naturales para comprender las leyes externas, y toda ciencia espiritual busca las fuentes de la existencia para comprender y resolver la naturaleza y el destino del ser humano. Por lo tanto, Si bien es incuestionablemente cierto que en general el mayor enigma del ser humano es el propio ser humano, por otro lado hay que subrayar de nuevo lo que cada uno de nosotros siente y percibe en cada encuentro con la gente, que cada persona individual es básicamente un enigma para el otro y en la mayoría de los casos para sí mismo. Hoy no nos ocupamos de los enigmas generales de la existencia, sino del enigma no menos importante para la vida que cada persona nos plantea en cada encuentro.

Porque ¡cuán infinitamente diferentes son las personas en su interior individual y más profundo! Basta pronunciar la palabra temperamento, que es la base de nuestra conferencia de hoy, para darse cuenta de que hay tantos enigmas como personas. Dentro de los tipos básicos, de las tonalidades básicas, tenemos tal variedad y diversidad entre los seres humanos que bien puede decirse que dentro del peculiar estado básico de ánimo del ser humano, que se llama temperamento, se expresa el peculiar enigma de la existencia. Y allí donde los enigmas intervienen en la práctica inmediata de la vida, allí juega un papel la tonalidad básica del ser humano, el temperamento. Cuando nos encontramos con un ser humano, sentimos que algo de este temperamento básico viene hacia nosotros. Por lo tanto, sólo podemos esperar que la ciencia espiritual tenga lo necesario para decir sobre la naturaleza de los temperamentos.

Sentimos que los temperamentos del ser humano pertenecen a lo externo, pues, aunque debemos admitir que los temperamentos brotan de lo interior, sin embargo se expresan en todo lo que nos aparece externamente en el ser humano. Pero el enigma del ser humano no puede resolverse mediante una observación externa de la naturaleza. Sólo podemos acercarnos a la peculiar tonalidad del ser humano si aprendemos lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre el ser humano. Allí aprendemos que en él tenemos, en primer lugar, aquello por lo que él se sitúa en su línea hereditaria. Él muestra las características que ha heredado de su padre, madre, abuelos, etcétera. Estas características se transmiten a su vez a sus descendientes. Al estar situado en una secuencia de generaciones de tal manera que tiene antepasados, posee determinadas características. Pero lo que ha heredado de sus padres sólo nos muestra una parte del ser humano. Esto está relacionado con lo que él trae consigo del mundo espiritual, que él lo añade a lo que su padre y su madre, a lo que sus antepasados pueden darle. Conectado con la corriente generacional que fluye hacia abajo, hay algo más que va de vida en vida, de existencia en existencia. Por un lado, decimos: Una persona tiene esto o aquello de sus antepasados. - Pero cuando vemos a un ser humano desarrollarse desde la infancia, vemos cómo a partir del núcleo de su naturaleza, se desarrolla algo que es fruto de vidas anteriores, algo que nunca podría haber heredado de sus antepasados. Conocemos la ley de la reencarnación, la sucesión de vidas. Esto no es más que el caso especial de una ley general del mundo.

Pensándolo bien, no parece tan paradójico: observemos un mineral inanimado, un cristal de roca. Tiene una forma regular. Si muere, no deja nada de su forma que permanezca, que pueda pasar a otros cristales de roca. El nuevo cristal no recibe nada de su forma. Cuando ascendemos del mundo del mineral al mundo de la planta, nos damos cuenta de que una planta no puede surgir de la misma ley que el cristal de roca. Una planta sólo puede existir si deriva de la planta antecesora. Aquí la forma se conserva y se transmite a la otra entidad. Si subimos al mundo animal, encontramos cómo se produce una evolución de las especies. Vemos como el siglo XIX ha visto sus mayores resultados en el descubrimiento de esta evolución de las especies. Vemos cómo no sólo una forma da lugar a otra, sino cómo cada animal joven en el vientre de su madre pasa por las formas anteriores, por las fases inferiores de desarrollo que tuvieron sus antepasados. En los animales tenemos un incremento de las especies.

En el ser humano tenemos no sólo un incremento de la especie, una evolución del género, sino un desarrollo de la individualidad. Lo que ser humano adquiere en el curso de su vida por medio de la educación, de la experiencia, queda preservado al igual que en el caso de los animales se mantiene la línea ancestral. Habrá un tiempo en que la esencia del hombre se remontará a una existencia anterior. Llegará a reconocerse que el ser humano es fruto de una existencia anterior. Se vencerá la resistencia contra la que tiene que asentarse esta doctrina, del mismo modo que se venció la opinión de los eruditos de siglos anteriores de que los seres vivos podían surgir de seres no vivos, por ejemplo, del lodo de los ríos. Hace trescientos años, los científicos naturales seguían creyendo que los animales podían surgir del lodo de los ríos, es decir, de lo inanimado. Fue un naturalista italiano, Francesco Redi, el primero en afirmar que los seres vivos sólo podían desarrollarse a partir de seres vivos. Por esta doctrina fue atacado; fue casi como Giordano Bruno. Hoy en día, quemarse ya no está de moda. Cualquiera que se presente hoy con una nueva verdad, por ejemplo, que quiera remontar lo anímico-espiritual a lo anímico-espiritual, no será exactamente quemado hoy, pero será considerado un necio. Llegará un momento en que se considerará un disparate pensar que el hombre sólo vive una vez, que no hay algo permanente que conecte con lo que son las características heredadas.

Ahora surge la gran pregunta: ¿Cómo puede aquello que proviene de mundos completamente diferentes, que debe buscar padre y madre, unirse con lo físico-corporal, cómo puede revestirse de aquello que son las características físicas a través de las cuales el ser humano se sitúa en la línea de la herencia? ¿Cómo se produce la unión de las dos corrientes, la anímica-espiritual, en la que el ser humano es colocado a través de la reencarnación, y la corriente corporal de la línea de herencia? Hay que establecer un equilibrio. Cuando las dos corrientes se fusionan, una tiñe a la otra y viceversa. Se colorean mutuamente. Igual que los colores azul y amarillo se unen en el verde, las dos corrientes del ser humano se unen para formar lo que se llama su temperamento. Aquí es donde irradian el alma humana y las características naturales heredadas. En el medio se sitúa el temperamento, en el medio entre aquello por lo que el hombre se conecta a sí mismo con su línea ancestral y aquello que trae consigo de sus encarnaciones anteriores. El temperamento equipara lo eterno con lo transitorio. Esta equiparación tiene lugar a través del hecho de que lo que hemos llegado a conocer como los miembros de la naturaleza humana entran en relación entre sí de una manera muy definida.

Conocemos a este ser humano tal como se nos aparece en vida, fluyendo conjuntamente de estas dos corrientes, lo conocemos como una entidad de cuatro miembros. Primero entra en consideración el cuerpo físico, que el hombre tiene en común con el mundo mineral. Como primer miembro suprasensible recibe el cuerpo etérico, que permanece unido al físico durante toda la vida; sólo en la muerte se produce la separación de ambos. El tercer miembro es el cuerpo astral, portador de instintos, impulsos, pasiones, deseos y todas las sensaciones e ideas que surgen y desaparecen. El miembro más elevado del hombre, aquel gracias al cual se eleva por encima de todos los seres, es el portador del yo humano, que le da el poder de la autoconciencia de una manera tan misteriosa, pero también tan reveladora. Estos cuatro miembros se nos presentan en el ser humano.

Debido al hecho de que confluyen dos corrientes en el hombre cuando éste entra en el mundo físico, surge una combinación diferente de los cuatro miembros del ser humano, y uno recibe, por así decirlo, el dominio sobre los otros y les impone su tonalidad. Si el portador del yo domina a los demás miembros del ser humano, prevalece el temperamento colérico. Si el cuerpo astral domina los demás miembros, atribuimos a la persona un temperamento sanguíneo. Si predomina el cuerpo etérico o vital, hablamos de un temperamento flemático. Y si predomina el cuerpo físico, se trata de un temperamento melancólico. Igual que lo eterno y lo temporal se mezclan entre sí, lo mismo ocurre con la relación de los miembros entre sí. A menudo se ha dicho cómo se expresan externamente los cuatro miembros en el cuerpo físico. El yo se expresa en la circulación de la sangre. Es por ello que en el colérico predomina el sistema circulatorio. El cuerpo astral encuentra su expresión física en el sistema nervioso; por eso en los sanguíneos tenemos el sistema nervioso dominando el cuerpo físico. El cuerpo etérico se expresa físicamente en el sistema glandular; por lo tanto en el flemático el sistema glandular marca la pauta en el cuerpo físico. El cuerpo físico como tal se expresa sólo en el cuerpo físico; por lo tanto, en el melancólico, el cuerpo físico es el que da el tono exterior. En todo esto podemos ver los fenómenos que se nos presentan en los temperamentos individuales.
colérico

En la persona colérica predominan preferentemente el yo y el sistema circulatorio. Por eso aparece como la persona que quiere hacer valer su yo bajo cualquier circunstancia. La circulación de la sangre representa la fuente de toda la agresividad del colérico, todo lo que está relacionado con la fuerte naturaleza volitiva del colérico. En el sistema nervioso y en el cuerpo astral se encuentran las sensaciones y sentimientos que suben y bajan. Sólo domeñándolas a través del yo puede lograrse la armonía y el orden. Si no las refrenara a través del yo, fluirían hacia arriba y hacia abajo sin que uno se diera cuenta de que el ser humano ejerza dominio alguno sobre ellas. El ser humano se entregaría a todas las oleadas de sensación en sensación, de imagen en imagen, de visión en visión, y así sucesivamente.
sanguíneo

Algo de esto ocurre cuando es el cuerpo astral el que predomina, en el temperamento sanguíneo, que está en cierto modo entregado al vaivén de imágenes, sensaciones e ideas, ya que en él predominan el cuerpo astral y el sistema nervioso. La circulación sanguínea del hombre es el domador de la vida nerviosa. ¿Qué ocurre cuando una persona está anémica, pálida, cuando el domador no está? Entonces se produce una avalancha desenfrenada de imágenes; se producen ilusiones, alucinaciones. Tenemos un pequeño toque de esto con el sanguíneo. El sanguíneo no puede detenerse en una impresión, no puede aferrarse a una imagen, no se aferra a una impresión con su interés. Se precipita de impresión en impresión, de percepción en percepción. Esto se puede observar especialmente en el niño sanguíneo; puede ser preocupante. Es fácil interesarse, una imagen comienza a funcionar fácilmente, pronto causa una impresión, pero la impresión pronto desaparece de nuevo.
flemático

Pasemos ahora al temperamento flemático. Hemos visto que el temperamento flemático surge del hecho de que predomina lo que llamamos el cuerpo etérico o vital, que es el que regula el crecimiento y los procesos vitales dentro del ser humano. Esto se expresa en el recogimiento interior. Cuanto más vive una persona en su cuerpo etérico, más se ocupa en sí misma y deja que las cosas externas sigan su curso. Está ocupado dentro de sí mismo.

melancólico
Hemos visto en el melancólico que el cuerpo físico, es decir, la parte más densa del ser humano, se hace dueña de las demás. Siempre que la parte más densa se convierte en amo, el ser humano siente que no es amo de ella, que no puede manejarla. Debido a que el cuerpo físico es el instrumento que él debe controlar en todas partes a través de sus miembros superiores; pero ahora este cuerpo físico gobierna y se resiste a los otros. Y esto lo siente el ser humano como dolor, malestar, como el estado de ánimo taciturno del melancólico. Siempre hay un incremento del dolor. Este estado de ánimo no proviene de otra cosa que del hecho de que el cuerpo físico se opone a la comodidad interior del cuerpo etérico, a la movilidad del cuerpo astral y a la determinación del yo.

Lo que vemos en el ser humano como la mezcla de sus cuatro partes, se nos aparece clara y nítidamente en la imagen externa. Cuando predomina el yo, el ser humano quiere afirmarse contra toda resistencia exterior, quiere resaltar. Entonces retiene formalmente a los demás miembros del ser humano en su crecimiento, al cuerpo astral y al cuerpo etérico, no les permite llegar a ser ellos mismos. En la superficie esto ya es evidente. Johann Gottlieb Fichte, por ejemplo, el colérico alemán, ya se reconoce exteriormente como tal. Él ya exteriormente revelaba claramente en su crecimiento que las otras partes de su ser habían sido refrenadas. O un ejemplo clásico de persona colérica es Napoleón, que se quedó tan pequeño porque el yo contuvo las otras partes de su ser. Por supuesto, no se trata de afirmar que la persona colérica es pequeña y la sanguínea grande. Sólo podemos comparar la figura del hombre con su propia estatura. Depende de cómo se sitúe la estatura en relación con la figura total.

En el sanguíneo predominan el sistema nervioso y el cuerpo astral. Éste trabajará sobre los miembros en su viveza intrínsecamente móvil; también hará que la imagen externa de la persona sea lo más móvil posible. Si el colérico tiene rasgos faciales nítidamente definidos, el sanguíneo por contra tiene rasgos faciales móviles, expresivos, cambiantes. Incluso en la esbelta figura, en la estructura ósea, vemos la movilidad interior del cuerpo astral en toda la persona. Por ejemplo, se expresa en los músculos esbeltos. Esto también puede verse en la apariencia externa del ser humano. Aunque ustedes no sean clarividentes pueden ver por detrás si una persona es sanguínea o colérica. No se necesita ser un científico espiritual para hacer esto. Cuando vean caminar a una persona colérica, pueden observar cómo coloca cada pie como si no sólo quisiera tocar el suelo con cada paso, sino como si el pie debiera ahondar un poco más en el suelo. En el sanguíneo, en cambio, nos encontramos con un andar saltarín y brincador. También hay características más sutiles en la forma exterior. La interioridad de la naturaleza del yo, la interioridad cerrada del colérico, se enfrenta a nosotros en los ojos negros del colérico. Obsérvese al sanguíneo, en quien la naturaleza del yo no está tan profundamente arraigada, en quien el cuerpo astral vierte toda su movilidad, allí predominan los ojos azules. Se podrían citar tantas características que muestran el temperamento en la apariencia exterior.

En el de temperamento flemático nos encontramos ante la fisonomía inmóvil, impasible, en la plenitud del cuerpo, especialmente en el desarrollo de las partes grasas; pues eso es lo que el cuerpo etérico desarrolla en particular. En todo esto se nos manifiesta la acogedora interioridad del flemático. Tiene un andar deslizante. No se presenta, por así decirlo, de forma ordenada, no se relaciona con las cosas. Y observen al melancólico, cómo suele tener la cabeza caída, no tiene fuerzas para poner rígido el cuello. Sus ojos están apagados, carecen del brillo de los ojos negros del colérico. El andar es firme, pero no es el andar del colérico, el porte firme del colérico, sino un andar algo perezoso.

Así pueden ver cuán significativamente puede contribuir la ciencia espiritual a resolver este enigma. Pero sólo si se va a la totalidad de la realidad, a la que también pertenece lo espiritual, si no se queda uno meramente con lo sensorialmente real, puede la praxis de la vida surgir del conocimiento. Por eso este conocimiento sólo puede fluir de la ciencia espiritual, para que sea en beneficio de toda la humanidad y del individuo. En la educación se debe prestar mucha atención al tipo de temperamento, porque es especialmente importante para los niños poder guiar y dirigir este temperamento en desarrollo. Pero también es importante para las personas más adelante en su autoeducación. Es valioso para aquellos que quieren educarse a sí mismos prestar atención a lo que se expresa en su temperamento.

He enumerado aquí los tipos básicos. Por supuesto en la vida no se dan de forma tan estricta. Todas las personas sólo tienen el tono básico de un temperamento, pero también tienen otros. Napoleón, por ejemplo, tenía mucho de flemático en él, aunque era un hombre colérico. Si queremos dominar la vida en la práctica, es importante que podamos permitir que lo que se expresa típicamente tenga un efecto en nuestra alma. La importancia de esto se comprende mejor cuando consideramos que los temperamentos pueden degenerar, que lo que encontramos en la unilateralidad también puede degenerar. ¡Qué sería del mundo sin temperamentos si la gente tuviera un solo temperamento! ¡Lo más aburrido que se pueda imaginar! El mundo sería aburrido sin temperamentos, no sólo en un sentido moral, sino también en un sentido superior. Toda la diversidad, belleza y riqueza de la vida sólo son posibles gracias a los temperamentos. La educación no consiste en igualar o nivelar los temperamentos, sino en reconducirlos por los cauces adecuados. Pero en cada temperamento existe un pequeño y un gran peligro de degeneración. En la persona colérica, existe el peligro en la juventud de que tal persona, a través de la ira, imprima su yo sin ser capaz de controlarse. Este es el pequeño peligro. El gran peligro es la insensatez que pretende perseguir cualquier objetivo individual a partir de su yo. En el temperamento sanguíneo el pequeño peligro es que la persona caiga en la huida. El gran peligro es que los altibajos de los sentimientos desemboquen en la locura. El pequeño peligro del flemático es el desinterés por el mundo exterior; el gran peligro es la idiotez, la torpeza. El pequeño peligro del temperamento melancólico es la melancolía, la posibilidad de que la persona no sea capaz de ir más allá de lo que surge en su interior. El gran peligro es la locura.

Si tenemos todo esto en cuenta, veremos que la orientación y dirección de los temperamentos es una tarea importante de la vida práctica. Pero para guiar los temperamentos hay que observar el principio de que siempre debemos contar con lo que hay, no con lo que no hay. Si un niño tiene un temperamento sanguíneo, no podemos ayudarle en su desarrollo tratando de infundirle interés; no podemos enseñarle otra cosa que lo que es su temperamento sanguíneo. No debemos preguntar: ¿Qué le falta al niño, qué debemos inculcarle a golpes? - Sino que debemos preguntar: ¿Qué suele tener un niño sanguíneo? Y tenemos que contar con eso. Por regla general encontraremos una cosa, siempre se puede despertar un interés; un interés por alguna personalidad, por muy huidizo que sea el niño. Con solo que seamos la personalidad adecuada, o que podamos añadirle la personalidad adecuada, ya surgirá el interés. En el niño sanguíneo sólo puede surgir el interés a través de las derivaciones del amor por una personalidad. El niño sanguíneo, más que cualquier otro temperamento, necesita amor por una personalidad. Todo debe hacerse para despertar el amor en un niño así. El amor es la palabra mágica. Tenemos que ver lo que hay en él. Tenemos que ver de introducir en el entorno del niño todo tipo de cosas por las que hemos notado que tiene un interés más profundo. Tenemos que dejar que estas cosas hablen al sanguíneo, dejar que afecten al niño, y luego quitarlas de nuevo para que el niño las desee de nuevo, y dárselas de nuevo. Debe permitirse que afecten al niño del mismo modo que los objetos del mundo ordinario afectan al temperamento sanguíneo.

Con el niño colérico existe también una derivación a través de la cual se puede guiar siempre el desarrollo. Aquí lo que encauza la educación es: el respeto y el aprecio a la autoridad. Aquí no es cuestión de hacerse popular por cualidades personales, como en el niño sanguíneo, sino que es importante que el niño colérico tenga siempre la creencia de que el educador entiende del asunto. Hay que demostrar que se sabe lo que le pasa al niño. No deben exponerse a sí mismos. Siempre hay que causar en el niño la creencia de que el educador puede hacer el trabajo, de lo contrario se perderá inmediatamente. Si el amor a la personalidad es el remedio mágico para el niño sanguíneo, entonces el respeto y la apreciación del valor de una persona es la palabra mágica para el niño colérico. Son especialmente los objetos que se le oponen los que deben interponerse en su camino. La resistencia, las dificultades deben ponerse en su camino. Deben intentar no hacerle la vida tan fácil.

El niño melancólico no es fácil de llevar. Aquí también, sin embargo, hay un remedio mágico. Así como con el niño sanguíneo las palabras mágicas son amor a la personalidad, con el niño colérico estima y respeto al valor del educador, así con el niño melancólico lo que importa es que los educadores sean personalidades que han sido probadas de cierta manera en la vida, que actúan y hablan desde una vida probada. El niño debe sentir que el educador ha pasado por un dolor real. Que el niño reconozca su propio destino en todos los cientos de cosas de la vida. Simpatizar con el destino de los que te rodean tiene aquí un efecto educativo. Incluso aquí con el melancólico tienes que contar con lo que él tiene. Él tiene una capacidad para el dolor, una falta de placer; están dentro de él, no podemos vencerlos. Pero podemos desviarlos. Permítanle experimentar dolor justificado, sufrimiento justificado, especialmente en su vida exterior, para que aprenda que hay cosas en las que puede experimentar dolor. Eso es lo que importa. No lo aplaques: al hacerlo endureces su melancolía, su dolor interior. Él debe ver que hay cosas en la vida en las que uno puede experimentar dolor. Aunque no hay que llevarlo demasiado lejos, es importante que el dolor lo provoquen cosas externas, que le distraigan.

La persona flemática no debe crecer sola. Si para los demás es bueno tener compañeros de juego, este es especialmente el caso del flemático. Debe tener compañeros de juego con los intereses más variados. Se puede educar experimentando los intereses y tantos intereses como sea posible de las otras personalidades. Si es indiferente a lo que le rodea, su interés puede ser alimentado por el hecho de que los intereses de sus compañeros de juego, sus compañeros, tienen un efecto sobre él. Si en el niño melancólico se trata de presenciar el destino de otra personalidad, en el niño flemático se trata de presenciar los intereses de sus compañeros de juego. Las cosas como tales no tienen efecto sobre el niño flemático; pero cuando las cosas se reflejan en otras personas, entonces estos intereses se reflejan en el alma del niño flemático. Entonces debemos tener especial cuidado de llevar objetos a su proximidad, de dejar que sucedan acontecimientos en su proximidad donde la flema está en su lugar adecuado. Uno debe dirigir la flema a los objetos correctos hacia los cuales se puede ser flemático.

Vemos pues en estos principios educativos cómo interviene la ciencia espiritual en las cuestiones prácticas de la vida. La gente también puede tomar aquí las riendas de su propia autoeducación. El sanguíneo, por ejemplo, no alcanzará su meta diciéndose a sí mismo: "Tienes un temperamento sanguíneo, debes deshacerte de él". El intelecto, aplicado directamente, suele ser un obstáculo en este terreno. Indirectamente, en cambio, puede hacer mucho. Aquí la mente es la fuerza más débil del alma. Con fuerzas más poderosas del alma, como los temperamentos, el intelecto puede hacer muy poco directamente y sólo puede trabajar indirectamente. El hombre debe contar con su comportamiento sanguíneo; las autoexhortaciones no sirven de nada. Es importante mostrar el comportamiento sanguíneo en el lugar adecuado. Podemos crearnos experiencias a través de la mente, por lo que el breve interés del sanguíneo está justificado. Si, por lo tanto, provocamos tales condiciones, por pequeñas que sean, en las que sea apropiado un breve interés, se producirá lo necesario. Con el temperamento colérico es bueno elegir tales objetos, provocar tales condiciones mediante el intelecto, donde no nos sirve de nada que nos enfurezcamos, donde nos conducimos ad absurdum mediante nuestro desvarío. El temperamento melancólico no debe pasar de largo ante los dolores y sufrimientos de la vida, sino que debe buscarlos, debe sufrir con ellos, para que su dolor se desvíe hacia los objetos y acontecimientos adecuados. Si somos flemáticos y no tenemos intereses, es bueno que nos ocupemos todo lo posible con objetos bastante poco interesantes, que nos rodeemos de bastantes fuentes de aburrimiento, que nos aburramos a fondo. Entonces nos curaremos a fondo de nuestra flema, nos libraremos de ella a fondo. Así contamos con lo que hay y no con lo que no hay.

Si nos imbuimos de esta sabiduría de la vida, entonces podremos resolver el enigma básico de la vida que nos ofrece el ser humano individual. No se puede resolver amontonando ideas y conceptos abstractos. El enigma general del hombre puede resolverse en imágenes. Este enigma individual no puede resolverse amontonando ideas y conceptos abstractos, sino que debemos acercarnos a cada ser humano individual de tal manera que podamos darle una comprensión directa. Sin embargo, esto sólo puede hacerse si conocemos lo que hay en el fondo del alma. La ciencia espiritual es algo que se infunde lenta y gradualmente en toda nuestra alma, de modo que hace que el alma sea receptiva no sólo al panorama general, sino también a los pequeños detalles. En la ciencia espiritual cuando un alma se enfrenta a otra y le demanda amor, la otra se lo da. Si exige otra cosa, se le dará la otra. Así creamos fundamentos sociales a través de esa verdadera sabiduría de la vida. Esto significa resolver un enigma en cada momento. La antroposofía no funciona predicando, exhortando, moralizando, sino creando un fundamento social en el que el hombre pueda reconocer al hombre. La ciencia espiritual es el fundamento de la vida, y el amor es la flor y el fruto de tal vida estimulada por la ciencia espiritual. La ciencia espiritual puede decir, por tanto, que funda algo que proporciona un fundamento para lo que es la meta más hermosa del destino humano: el amor genuino y verdadero al hombre.

Traducido por J.Luelmo ene,2024
 Ver mas conferencias sobre los temperamentos en el siguiente enlace <Los temperamentos>

GA057 Berlín, 14 de enero de 1909 Cuestiones sobre la salud desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual

    Índice

    RUDOLF STEINER. 


CUESTIONES SOBRE LA SALUD DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

 Berlín, 14 de enero de 1909

octava conferencia

El tema que nos va a ocupar hoy incluye una serie de cuestiones que con razón interesan a las personas de la manera más profunda. Las cuestiones sobre la salud son las que están relacionadas con todo aquello que hace al ser humano apto para la vida, con todo aquello que le ayuda a cumplir su destino en el mundo sin ataduras, y por ello la salud es ciertamente para la mayoría de las personas, vista en su justa medida, algo por lo que luchan del mismo modo que se lucha por los bienes externos. Pero la salud debe considerarse también como un bien interior, del mismo modo que los bienes exteriores no son al principio por los que lucha el hombre de mente sana por sí mismos, sino como medio de trabajo, como medio de su actividad y creación. Por lo tanto, podemos explicar muy bien por qué el impulso, el anhelo, de obtener la iluminación acerca de los enigmas y cuestiones de la vida sana y enferma son tan profundos, sobre todo en nuestros días. Sin embargo, en el pensamiento general no está muy extendida esa actitud que es la adecuada para hacer a las personas receptivas precisamente a esas respuestas que se necesitan si se quiere resolver tales cuestiones que están tan íntimamente relacionadas con todo el ser del hombre.

Hoy, como en otra ocasión similar, deberíamos recordar un viejo dicho que nos viene a la mente cuando se habla de salud y enfermedad: "¡Hay tantas enfermedades y una sola salud! Este dicho a algunos les parece de lo más evidente y, sin embargo, es un error, un error en el sentido más eminente de la palabra, porque no hay una sola salud, sino tantas condiciones de salud como personas. Esto es precisamente lo que debemos tener en cuenta si queremos ver las cuestiones de la salud y la enfermedad bajo la luz adecuada. Debemos darnos cuenta de que el hombre es un ser individual, que cada persona es diferente de la otra, y que lo que puede ser beneficioso para una persona y perjudicial y patógeno para otra depende enteramente de su constitución individual.

Cada uno de nosotros puede experimentar cada día que estos puntos de vista no están tan extendidos. Por ejemplo, una madre descubre que su hijo no está del todo sano; recuerda que esto o aquello le sirvió una vez en casos similares, así que se cura directamente de tal manera. Luego viene el padre, que recuerda que otra cosa le ayudó una vez. Luego viene la tía, luego el tío; tal vez digan que el aire fresco, la luz o el agua ayudan. Estas prescripciones a menudo se contradicen entre sí, de modo que uno no puede cumplirlas en absoluto. Cada uno tiene su remedio por el cual jura y perjura, y luego hay que soltarlo sobre el pobre enfermo. Quién no se habría dado cuenta de que estos buenos consejos que llegan en tromba de todas partes son, en realidad, ¡una cosa seguramente incómoda si el ser humano carece de esto o de aquello! Todas estas cosas tienen su origen en un modo de pensar irreal, en un modo de pensar abstracto, en un dogmatismo que no tiene en cuenta que el ser humano es un ser individual, un ser único. Cada ser humano es un ser para sí mismo, y de ello depende sobre todo: contemplar esta realidad "ser humano" si uno se ocupa de los fenómenos de la salud y la enfermedad.

Ahora bien, una necesidad de ayuda como la que tiene el hombre en la enfermedad surge ciertamente de una especie de naturaleza interior que debe despertar la compasión y la piedad de quienes le rodean. Podemos comprender que todo el mundo quisiera lanzarse a ayudar, pues esto no es más que una expresión del más profundo interés que despiertan estas cuestiones en relación con el conjunto de la naturaleza humana. Sin embargo, si por un lado se considera este profundo interés, pero por otro se indaga un poco en las diversas visiones sobre la salud y la enfermedad que prevalecen en nuestro tiempo, entonces se puede llegar a entristecer bastante en determinadas circunstancias. Podría decirse que la enfermedad es algo tan importante en la vida humana y por qué sucede que personas cultas e indoctas, médicos y legos, discuten no sólo sobre los remedios para enfermedades individuales, no sólo sobre los caminos correctos hacia la salud, sino incluso sobre la naturaleza de la enfermedad en las más diversas teorías. A veces parece que en nuestra época de actividad espiritual y científica la persona enferma, y quizás también la sana, está más expuesta que nunca a las opiniones partidistas que se afirman desde todas partes con respecto a importantes cuestiones del desarrollo humano y de la naturaleza humana.

Hoy quisiéramos hacernos esta pregunta: ¿Podemos abrigar la esperanza de que la ciencia espiritual, que ha sido y será caracterizada desde los más diversos lados en estos ciclos de conferencias, pueda en cierto sentido también aportar luz a las teorías y matices partidistas que vemos hoy a nuestro alrededor, si permitimos que se acerquen a nosotros los puntos de vista sobre la salud y la enfermedad? A menudo se ha subrayado aquí que la ciencia espiritual se esfuerza por un punto de vista más elevado, que hace posible salvar aquello que divide a las personas en facciones al tener sólo ciertos círculos más estrechos de visión y observación, para mostrar cómo lo uno contradice a lo otro por ser unilateral. A menudo hemos mostrado que la ciencia espiritual está precisamente para buscar el bien en la unilateralidad y para establecer la armonía entre las diversas unilateralidades. La unilateralidad, -así debe decirse a sí mismo quien no se limita a mirar el asunto superficialmente-, es lo que probablemente encontremos cuando tal o cual dogma es predicado con una autoridad exigente por tal o cual doctrina de la enfermedad. Todos ustedes han experimentado los diferentes matices que existen en relación con estas cuestiones. Todo el mundo sabe que por un lado está lo que a menudo, -hoy en día, por desgracia, incluso en un sentido despectivo-, se llama medicina ortodoxa con su dirección alopática, y por otro lado está la dirección que se llama medicina homeopática. Sin embargo, amplios círculos también han encontrado confianza en lo que se llama naturopatía, que a menudo tiene una visión diferente de la enfermedad y la salud y recomienda no sólo lo que se refiere a la persona enferma, sino también lo que se considera correcto para la persona sana, para que pueda mantenerse fuerte y vigorosa. Todo está teñido por uno u otro lado, por la dirección médica o por la más naturópata.

Si consideramos los puntos de vista desde los que existe tal disputa sobre la enfermedad y la salud, por ejemplo, entre los seguidores del modo médico de curar y los seguidores de la naturopatía, entonces oímos decir a los seguidores de la naturopatía que la medicina busca su remedio particular para cada enfermedad y opina que la enfermedad es algo que se apodera del hombre como algo externo, como por una causa externa, y que también existe tal o cual remedio externo para la enfermedad. No queremos olvidar en tal tipificación que lo que se dice por una u otra parte a menudo se pasa de la raya, y no queremos olvidar que en muchas cosas las dos partes se equivocan la una de la otra. Pero queremos hacer hincapié en acusaciones individuales que pueden servir para aclararnos las cosas. El partidario de la naturopatía hará hincapié en que el médico ortodoxo alivia la inflamación en ciertos casos con compresas de hielo, que el ácido salicílico y demás se utilizan para ayudar a la artritis reumatoide. El partidario de la naturopatía hará fuertes acusaciones. Ellos se justificarán diciendo: Si el estómago segrega demasiada acidez estomacal, entonces el médico intentará neutralizar esta acidez estomacal. El naturópata dice que esto pasa por alto la esencia profunda de la enfermedad y, sobre todo, la esencia profunda de la persona. Eso es dar palos de ciego. Si partimos de la base de que el estómago realmente segrega demasiada acidez estomacal, esto es una prueba de que algo va mal en el organismo. En un organismo que funciona correctamente, no se segrega demasiado ácido gástrico. Si por lo tanto neutralizas el ácido gástrico que se segrega, no se elimina la fuerza, la tendencia a crear demasiado ácido gástrico. Así que no tienes que centrar tu atención simplemente en eliminar el ácido estomacal. Esto es lo que dicen los que polemizan contra la medicina convencional. Si eliminaras la acidez estomacal, en realidad estarías incitando al organismo a producir mucha acidez estomacal. Por lo tanto, debemos profundizar y buscar la causa real. En particular, el naturópata, si es fanático, argumentará: Si alguien sufre de insomnio, le ayudas dándole pastillas para dormir. Los somníferos quitan el insomnio durante cierto tiempo, pero no se elimina la causa. Hay que eliminar la causa si realmente se quiere ayudar al paciente.

Entre los que se inclinan a su vez por el punto de vista medicinal hay dos partidos: los alópatas, que citan y utilizan un remedio específico contra determinadas enfermedades, un remedio, por así decirlo, que tiene la misión de eliminar esta enfermedad. Por tanto, parten de la base de que la enfermedad es un trastorno del organismo y que este trastorno debe eliminarse mediante un remedio. Los homeópatas objetan que esta no es la naturaleza real de la enfermedad, sino que la naturaleza real de la enfermedad es una especie de reacción de todo el organismo contra una nocividad en él. Una nocividad ha surgido en el organismo y ahora todo el organismo se resiste a esta nocividad. Hay que reconocer por los síntomas que aparecen en el enfermo y tener en cuenta que lo que produce fiebre y demás es una especie de apelación a las fuerzas que en el organismo pueden expulsar al enemigo que se ha colado. Por lo tanto, los seguidores de este tipo de curación se dirán a sí mismos que hay que recurrir precisamente a aquellos remedios de la naturaleza que, al ser ingeridos por el organismo sano, causan la enfermedad en cuestión. Por supuesto, estos remedios no deben administrarse al organismo enfermo en grandes dosis, sino de tal manera que el poder del remedio en cuestión sea justo el suficiente para causar los síntomas de la enfermedad en el organismo sano. Este es el principio de la homeopatía: aquello que puede causar una determinada enfermedad en el organismo sano también incluye la posibilidad de conducir al organismo enfermo a una determinada salud. Esto se aplica cuando el organismo muestra los síntomas de la enfermedad a través de sí mismo. Esto se piensa de la siguiente manera: se ve que el organismo, cuando muestra los síntomas en un estado enfermo, se esfuerza por superar la enfermedad. Por lo tanto debemos apoyarlo con este remedio.

Por eso el médico homeópata utilizará en muchos casos exactamente lo contrario de lo que utilizaría el médico alópata. El naturópata suele opinar, -aunque no siempre-, que lo más importante no es si un remedio concreto anula los daños causados por una enfermedad, sino apoyar al organismo y su actividad para que pueda despertar sus poderes internos de recuperación con el fin de contrarrestar el proceso de la enfermedad. Así que el naturópata se preocupará sobre todo de aconsejar a la persona sana que apoye la actividad del organismo. Por ejemplo, él enfatizará que es menos importante para las personas sanas si un alimento les da una oportunidad especial, digamos, de llenarse de esto o aquello, sino si un alimento les da la oportunidad de llamar a sus fuerzas internas de tal manera que se vuelvan activas. El naturópata hará hincapié en la función de los órganos, especialmente en las personas sanas. Dirá: No fortalecerás tu corazón si te esfuerzas en espolearlo continuamente con estimulantes, pero fortalecerás tu débil corazón llevándolo a la actividad, haciendo tramos montañosos. De la misma manera, el que se ocupa de la actividad de los órganos humanos también aconsejará a la persona sana que ponga sus órganos en actividad de manera adecuada.

Si han prestado ustedes atención a tales cuestiones, porque ocupan gran parte de la actualidad, quizás habrán visto la vehemencia y el dogmatismo con que a menudo luchan unos y otros, cómo unos y otros enfatizan lo que tienen que decir a favor de su punto de vista. La llamada medicina ortodoxa puede señalar cómo, especialmente en el transcurso de las últimas tres o cuatro décadas, ha hecho grandes progresos, precisamente porque ha visto cómo los agentes patógenos externos se acercan a las personas y destruyen su salud, por así decirlo. Esta medicina ortodoxa puede señalar cuanto se ha preocupado de mejorar las condiciones de vida externas, las condiciones de vida, de tal manera que en los últimos tiempos se ha producido efectivamente un repunte. Precisamente esa rama de la medicina que favorece a los agentes patógenos externos, -digamos el mundo de las bacterias y los gérmenes, tan temido hoy en día-, ha hecho muchísimo por mejorar las condiciones sanitarias interviniendo en el campo de la higiene y la salubridad de un modo nada transparente para el profano. Sin duda, algunos hacen hincapié, -de nuevo, no del todo erróneamente, pero también sólo con una justificación unilateral-, en cómo esta medicina ortodoxa ha creado prácticamente un miedo a las bacterias y los gérmenes. Pero, por otra parte, el estudio ha dado lugar a una mejora de la salud en las últimas décadas. El partidario de este punto de vista señala con orgullo en qué porcentaje se han reducido las tasas de mortalidad en las últimas décadas. Aquellos, sin embargo, que dicen que no son tanto las causas externas las que son importantes para la consideración de la enfermedad, sino que son sobre todo las causas que yacen en el interior del hombre, su disposición a la enfermedad, por así decirlo, su vida razonable o irrazonable, volverán a subrayar particularmente que en los últimos tiempos las tasas de mortalidad han disminuido innegablemente, pero que las tasas de enfermedad han aumentado de una manera espantosa. Se subraya cómo han aumentado determinadas formas de enfermedad: Enfermedades cardíacas, enfermedades cancerosas, formas de enfermedad que ni siquiera se registran en los escritos de épocas más antiguas, enfermedades de los órganos digestivos, etcétera. Las razones esgrimidas por unos y otros son ciertamente dignas de consideración. Desde un punto de vista superficial no se puede argumentar que los bacilos o bacterias no sean patógenos del tipo más terrible. Por otra parte, sin embargo, no se puede negar que el hombre está estabilizado y protegido en ciertos aspectos contra la influencia de tales agentes patógenos ni que no lo esté. Y no lo está si se ha privado a sí mismo de su resistencia mediante un modo de vida irracional.

En muchos aspectos, las cosas que ha logrado la medicina convencional en los últimos tiempos son admirables. Veamos cuán sutiles y refinadas son las investigaciones sobre la fiebre amarilla en relación con la forma en que se transmite de hombre a hombre por ciertos insectos. ¡Qué excelentes son los estudios sobre la malaria y similares! Pero por otro lado podemos ver que las afirmaciones justificadas de esta medicina ortodoxa pueden muy fácilmente frustrar toda nuestra vida, lo que en cierto sentido puede conducir a la tiranía. Consideremos que se afirma, -y con cierto grado de justificación-, que en una enfermedad que se ha venido presentando con frecuencia en los últimos tiempos, la rigidez de nuca, no es el agente patógeno el que se transmite a otra persona, sino que personas que están completamente sanas, que están completamente alejadas de lo que se describe como rigidez de nuca, podrían, en cierto modo, ser portadoras de los gérmenes de la enfermedad y transmitirlos a otras personas, de modo que las personas que andan entre nosotros son portadoras de gérmenes, de las cuales la que es apta para ello puede entonces contraer la enfermedad, mientras que las otras que son portadoras de los gérmenes no tienen por qué verse afectadas por la enfermedad en absoluto. De modo que se puede dar el caso de que se exija aislar a los portadores de la enfermedad; pues si alguien está enfermo de rigidez de nuca, ni siquiera es tan peligroso como aquellos que le cuidan y que tal vez sean los verdaderos portadores de la enfermedad. Si se dificulta el trato con estas personas, se pueden ver las consecuencias de esto: Se puede argumentar, -y ya se ha argumentado-, que en alguna escuela un gran número de niños enfermaron repentinamente de tal o cual enfermedad. No sabíamos de dónde había venido la enfermedad. Después resultó que los profesores eran los verdaderos portadores de la enfermedad. Ellos mismos no se vieron afectados por la enfermedad, pero toda la escuela fue infectada por ellos. La expresión portador o captador de bacilos es una expresión que incluso puede utilizarse con cierta justificación desde cierto lado. Es casi evidente por las pocas cosas que hemos podido mencionar que el profano sabe muy poco de este campo, de todo lo que puede encontrar de este o aquel lado.

Si bien debemos decir: Precisamente lo que hemos dicho al principio de la consideración de hoy debe ser una pauta para lo que realmente puede llevar a la salvación de todas las buenas razones esgrimidas por uno u otro bando. El principio básico en el sentido más profundo y significativo debe ser que por encima de todas las cosas la individualidad del hombre debe presentarse ante nosotros como una única realidad, como algo que es diferente de cualquier otro ser humano. Lo visualizaremos mejor con un ejemplo concreto, por así decirlo. Supongamos una persona, -les estoy contando cosas que han sucedido-, que desde niño tuvo una aversión inconquistable a todo lo que fuera carne. No soportaba la carne, no podía comerla. Tampoco podía comer nada que tuviera que ver con la carne. Él se desarrolló bastante sano con una dieta basada en plantas. Esto duró hasta que se encontraron amigos benévolos y buenos que emplearon toda su energía en disuadir a esta persona de sus sentimientos paradójicos. Ellos fueron los que primero le aconsejaron, le animaron por así decirlo, a probar primero un poco de caldo de carne. Lo empujaron más y más hasta que llegó al cordero. Él se sentía cada vez más enfermo. Después de algún tiempo, experimentó un fenómeno como una especial abundancia de sangre. Apareció una somnolencia peculiar, y el buen hombre murió de una inflamación del cerebro. Si a este hombre no se le hubiera dicho cada día lo que realmente debía comer, si se le hubiera dejado a su sano instinto, si no se hubiera creído que "una cosa es buena para todos", si no se hubiera jurado dogmatismo sino que se hubiera respetado la naturaleza individual del hombre, se habría mantenido sano.

De tal caso, sin embargo, no deberíamos aprender nada más que a respetar la naturaleza individual del hombre. No debemos derivar de ello un nuevo dogma; sólo debemos aprovecharlo en vida. Si consideramos cómo se produjo la muerte en este caso, podemos responder a la pregunta de la siguiente manera. Si ustedes recuerdan lo que se dijo la última vez en la conferencia sobre cuestiones nutricionales, podemos ver de ello lo que se llama el proceso de la vida para la planta: la planta procesa materia sin vida en un organismo vivo. Este proceso se continúa en el organismo humano. En cierto sentido, lo que hace el organismo humano y también el animal es una degradación de lo que ha construido la planta. El organismo humano y animal se basa en el hecho de que lo que la planta ha construido ha de descomponerse y destruirse.

Ahora bien, un organismo puede tener tal disposición que exija, por así decirlo, para sí mismo justo el punto en el que la planta ha cesado su actividad. Entonces puede serle perjudicial en el sentido más eminente que se le prive de aquella parte del proceso que el animal ya ha realizado con los productos vegetales. El animal dirige el proceso vegetal hasta un punto determinado. Si el hombre come alimentos de origen animal, sólo puede continuarlo. Cuando esto se le quita y su naturaleza posee las fuerzas que absorben el alimento vegetal fresca y vigorosamente y luego lo llevan a cabo, entonces tendrá fuerzas en él que ahora son inutilizables para cualquier ingesta y procesamiento de alimentos. Estas fuerzas están allí. No nos deshacemos de ellas dándoles nada que hacer, porque entonces se lanzarán sobre otra cosa. Trabajan dentro del organismo humano. La consecuencia de esto es que destruyen el organismo internamente como exceso de actividad.

Si se posee una visión sólo ligeramente agudizada en la ciencia espiritual, se ve cómo la actividad precipitada que se ha apoderado de todo el individuo se arroja sobre su sistema sanguíneo y nervioso. Pueden ustedes ver cómo el organismo es parecido a una casa que se está construyendo, en la que se ha utilizado material inadecuado, de modo que hay que esforzarse por arreglar y ordenar el material inadecuado. Evitando que las fuerzas de transformación de los materiales alimenticios se dirijan impunemente hacia el interior. Si nos damos cuenta de esto, entonces nos volveremos tolerantes con la naturaleza. Pero luego no debemos ir en dirección contraria y convertirnos en fanáticos del vegetarianismo para cada ser humano. Así como en el hombre que cité ayer como ejemplo radical, la actividad interiormente distraída se precipitó hacia adelante, por otra parte puede ser que haya personas que no tengan en absoluto esta actividad, que no puedan, por así decirlo, continuar el proceso vegetal directamente donde se detuvo. Tales personas, si se espera que se hagan vegetarianas sin más, experimentarán que tienen que tomar las fuerzas que necesitan de su propio organismo de una manera improvisada. Por lo tanto, lo consumirán de cierta manera y se convertirán en su perdición. Esto bien puede ocurrir en el otro lado. Lo que importa es que apartemos la mirada de estos o aquellos dogmas cuando hablamos de condiciones sanas y enfermas, apartemos la mirada de comer esto o aquello o de trabajarlo de esta o aquella manera. Lo importante es conocer las necesidades del individuo. Es sobre todo importante que esta persona individual tenga la oportunidad de sentir y reconocer sus propias necesidades en cierto sentido.

Si una visión materialista se fija demasiado en lo meramente material, entonces sería necesario que esta visión materialista se moviera en la dirección que se acaba de indicar. En realidad, le sería imposible estandarizar y unificar. Y ¡hay que ver cuánto estereotipamos en nuestro tiempo! Por ejemplo, se dice sin más que tal o cual alimento o tal o cual medicamento es perjudicial. Se ha desatado una epidemia formal de estandarización, y esto sólo es posible cuando en la lucha contra los distintos métodos curativos se excluye toda unilateralidad. Ha estallado una epidemia bajo la palabra clave " fuerza ", de modo que en las reuniones de naturópatas, por ejemplo, se dice que esto o aquello es " fuerza ". La gente cree haber hecho lo suficiente para ennegrecer a estos o aquellos y decir que sólo proceden de lo material. Los que ante todo pretenden considerar a las personas como individuos también deberían tener esto en cuenta. Pero también, si se mira a otros seres vivos, por ejemplo, la palabra " fuerza " pierde básicamente todo su significado. Es preciso modificar nuestros puntos de vista sobre estas cosas. A quién no se le ocurriría suponer una fuerza especial para el hombre cuando oye, por ejemplo, que los conejos comen cicuta sin sufrir daño, mientras que Sócrates murió de ella. Las cabras también pueden comer cicuta sin daño, al igual que el acónito, el acónito (planta venenosa) y los caballos. Así que, en general, siempre tenemos que tener en cuenta el organismo individual. Cuando tenemos en cuenta el organismo individual, llegamos a la conclusión de que algo puede ser bueno para una persona, ¡pero "una cosa no es buena para todos"!

Por tanto, la pregunta es: ¿Cómo puede la gente obtener un criterio para su propia salud? El niño puede servirnos de faro. Por lo tanto, debemos ser conscientes de que el niño expresa su simpatía o antipatía por tal o cual alimento de una manera muy específica. La observación cuidadosa de estas cosas sería extremadamente importante para cada uno de nosotros. A veces es bastante erróneo que la persona que tiene que guiar y educar al niño quiera expulsar los instintos que surgen en el niño y se expresan como un deseo particular, si se consideran una travesura. Más bien, lo que el niño expresa como impulso, como instinto, es una indicación de cómo es la naturaleza interior del niño. Lo que el niño siente y lo que saborea, lo que se le antoja, la sensación, el antojo, no es otra cosa que la expresión de que el organismo desea precisamente esto o aquello. Ciertamente, este instinto guía del niño puede ser un indicador, o, si queremos hablar más radicalmente, un faro para la cognición. Podemos deambular por toda la vida y encontraremos en todas partes la necesidad de que el hombre debe desarrollar en cierto sentido precisamente esta seguridad interior en sí mismo para lo que su organismo necesita. Esto es más incómodo que ser dictado por tal o cual partido y que nos digan lo que es bueno para todas las personas. La gente no lo tiene tan fácil como los que sacan una cierta receta general que basta con meterse en el bolsillo para saber lo que hace que la gente esté sana y lo que la enferma. Si se mira a la salud con una guía así, también habrá que percatarse con respecto a la enfermedad de que diferentes personas tienen diferentes condiciones para la salud y la curación.

Supongamos que alguien tiene migraña. Cualquiera que crea dogmáticamente, -aunque la medicina convencional ya no quiera admitirlo-, que existen remedios específicos para tal o cual enfermedad dirá: Dele al paciente ciertos remedios para la migraña. El paciente se sentirá mejor y la migraña desaparecerá. Quien se sitúe en el punto de vista de la naturopatía y se haya convertido en practicante dirá: Sólo se puede tratar el síntoma de esta manera y se ha hecho más mal que bien a algunas personas; es importante que se miren las causas más profundas; entonces se llegará a todo tipo de cosas que van más al fondo de la cuestión, que puede que no produzcan una sensación de bienestar tan rápidamente en casos individuales, pero que realmente van más al fondo de la enfermedad. Si se adopta una postura dogmática sobre uno u otro punto de vista, se luchará contra uno u otro o se considerará útil. Sin embargo, por extraño que parezca, se trata de nuevo del individuo. Puede haber una persona que se diga a sí misma: "Si tengo una migraña grave, estaría bien esperar a que la naturopatía llegara al núcleo de la enfermedad para reconocer sus raíces más profundas y entonces hacer algo para eliminarla. Pero no tengo tiempo para eso. Es mucho más importante para mí librarme de la migraña lo antes posible y volver a mi trabajo. Supongamos ahora que esta persona tiene una ocupación que favorece la salud y que es de tal naturaleza que se habría librado de la enfermedad incluso sin el remedio. Entonces el remedio para la migraña le haría poco daño, ya que se vería poco apartado de su actividad, que le es útil. Se le trataría entonces según una receta que compara al ser humano con una máquina que hay que reparar. Pero esta comparación debe llevarse hasta el final. No debemos olvidar que debe haber alguien que trabaje como el maquinista en la locomotora. Supongamos que una locomotora muestra que una manivela es particularmente difícil de girar. Alguien podría decir: "Veo que el maquinista no puede girar la manivela porque es demasiado débil; cogeré a otro maquinista que pueda aplicar más fuerza para girar la manivela". Otra persona podría decir: Tal vez puedas limar un poco lo que dificulta el giro de la manivela para que la manivela gire con más facilidad; entonces el maquinista podrá quedarse. Así mejoras la máquina. Por supuesto, esto no debe usarse como receta general, porque si se quisiera decir: Si falta algo en la locomotora, hay que retocarla, puede que no siempre sea correcto. Quizás haya que añadir algo en lugar de quitarlo en el punto en cuestión.

En el caso de la persona que ha tenido una migraña, el daño simplemente ha sido reparado por el remedio para la migraña, y si la persona afectada tiene la fuerza interior para hacerlo, entonces, si no se le molesta, las cosas volverán a arreglarse por sí solas. Por supuesto, en determinadas circunstancias sería malo pensar de la misma manera respecto a alguien que quiere librarse de la migraña pero que después no realiza ninguna actividad relacionada con su salud; le habría ido mejor si hubiera limpiado las causas internas.

Así que deberemos haber penetrado a fondo en este asunto y habernos dado cuenta de que existen remedios específicos para lo que se llama enfermedad, y que la aplicación de remedios específicos está de alguna manera relacionada con el hecho de que nuestro organismo es un ser independiente y puede ser mejorado de muchas maneras. Si uno puede confiar en el hecho de que después de la cura hay una fuerza efectiva real que impulsa a la persona, no es necesario hacer hincapié en que sólo se están tratando síntomas, porque entonces sólo se está pensando de nuevo materialistamente. El naturópata sabrá muchas cosas que estarían muy bien para la eliminación de tal o cual enfermedad, pero es igualmente cierto que tal o cual persona no tiene el tiempo ni la fuerza para llevarlo a cabo, y que para él lo que cuenta es sobre todo reparar el daño rápidamente. 

Puede verse que aquí tenemos que hablar no de forma unilateral sino de forma global y que tenemos que aceptar la inconveniencia de no ser sólo teóricos sino de ir a los hechos y contemplar a la persona en su totalidad. Eso es lo que importa. Cuando hablamos así, debemos darnos cuenta de que si queremos considerar al ser humano como una realidad, debemos considerar al ser humano en su totalidad. Para la ciencia espiritual el hombre completo no es meramente el cuerpo físico externo, especialmente no cuando nuestra salud es destruida no meramente por causas externas sino internas. Lo que es mucho más importante es la salud del cuerpo etérico, que es un luchador contra la enfermedad hasta la muerte, la salud del cuerpo astral, que es el portador de las pasiones, los instintos, los deseos y las ideas, y, por último, la salud del portador del yo, que hace del ser humano un ser consciente de sí mismo. Quien quiera tener en cuenta al ser humano en su totalidad, debe tener en cuenta definitivamente los cuatro miembros del ser humano, y cuando se plantea la cuestión de la salud, no se trata sólo de eliminar las perturbaciones que afectan al cuerpo físico, sino también de observar lo que ocurre en los miembros superiores, en los miembros más anímico-espirituales. Ahí debemos darnos cuenta de que no es sólo tal o cual sombra partidista la que está pecando, sino toda nuestra actitud contemporánea.

Esto se deduce del hecho de que rara vez se plantea la pregunta: ¿Cómo se relaciona la cuestión de la salud con las cuestiones anímicas y espirituales? Hoy en día encontrarán mucho consenso cuando hablen de cuánto valor calórico tiene tal o cual alimento, cómo actúa tal o cual alimento en el organismo. También encontrarán plena aprobación si explican cómo es el aire en tal o cual región, dónde se encuentra tal o cual sanatorio, cómo funcionan el aire y la luz aquí o allá. Pero no encontrará apoyo si cita características mentales como posibles causas de ciertas enfermedades.

Tomemos los instintos del niño tal como se expresan en simpatía y antipatía hacia tal o cual alimento. Tomemos el sentimiento de repugnancia con que rechaza esto o aquello como una señal que indica que también lo que en sí mismo subyace a la salud del cuerpo físico, el cuerpo astral, -que consiste en sentimientos y sensaciones, en impulsos y deseos-, que también el alma espiritual debe estar sana, y que si se observa en el hombre una desviación de lo sano, también debe prestarse atención a la salud del cuerpo astral. Cuando se consideran estas cuestiones hoy en día, ¿Se sigue preguntando realmente qué experimenta el alma humana en relación con el mundo exterior? El científico espiritual debe señalar que, en el fondo, poco importa que una persona enferma de esto o aquello sea enviada aquí o allá porque se cree que el aire o la luz tendrán un efecto curativo sobre ella por razones mecánicas o químicas externas. Otra cuestión mucho mayor es si puedo llevarle a un ambiente tal que pueda experimentar alegría, elevación, en cierto sentido una iluminación de toda su vida emocional en una determinada dirección.

Si observamos esto a gran escala, también comprenderemos que forma parte de estar sano que un alimento sepa bien a una persona, que una persona tiene, por así decirlo, en su gusto, en la sensación inmediata del sabor, en lo agradable y placentero que le resulta el alimento, un indicador de lo que debe comer, y que una persona, por otra parte, tiene un indicador de cuándo debe comer su organismo en la sensación de hambre que surge correctamente.

No son sólo las influencias procedentes del mundo material las que destruyen esta seguridad interior en el hombre, en la gran mayoría de los casos son también las influencias procedentes de la vida espiritual las que minan la seguridad del instinto de hambre del hombre. En lugar de enseñar al hombre un hambre sana en el momento oportuno, la influencia espiritual puede obrar en la naturaleza del hombre de tal manera que no exista esta hambre, sino una falta de apetito. Una persona que ha desarrollado las necesidades de su organismo de la manera correcta, de modo que las cosas correctas saben bien y son agradables para él y también pueden servir a su organismo, también tendrá el sentimiento simpático correcto para encontrar el entorno adecuado que sirva a su salud en términos de luz y aire, de modo que sienta hambre en el momento adecuado.

Son requisitos que están estrechamente relacionados con la salud y que conducen a lo que el cuerpo astral y el yo tienen que aportar a esta salud. Es fácil objetar que si alguien tiene hambre, no puede vivir de sentimientos y sensaciones. Es cierto, que si le presentas a alguien un plato delicioso, puede que en determinadas circunstancias se le haga la boca agua, pero no puedes satisfacerle con él si el verdadero sabor de la comida permanece oculto para él. Esta objeción es fácil. Con lo que podamos dar al hombre de aquello que influye en su alma de tal modo que deja que las sensaciones y las ideas sigan su curso de la manera correcta, no podemos satisfacerle ni hacerle sano; eso es evidente. Pero lo que se pasa por alto es otra cosa. No podemos regular la comida explicando la comida, pero podemos regular el sabor, hasta la sensación de hambre que surge. Aquí lo que hoy está fragmentado, porque se maneja sólo desde el punto de vista de la observación material externa, desemboca en lo anímico-espiritual.

No importa si una persona come tal o cual alimento con placer o desagrado, ni si vive en tal o cual entorno, ni si hace el trabajo que hace con placer o desagrado. Lo que se llama su disposición interior a la salud está misteriosamente relacionado con esto más que con ninguna otra cosa. Así como vemos en el niño que desarrolla instintos correctos, y, -si tenemos la posibilidad de observar sus instintos-, tenemos un indicador de sus necesidades interiores, así también es necesario que el adulto experimente lo anímico-espiritual de tal manera que las necesidades correctas se presenten ante el alma en el momento adecuado, que sienta y perciba qué tipo de relación debe establecer entre él y el mundo exterior. En gran medida, la vida es capaz de conducir al hombre a error tras error sobre su relación con el mundo exterior. Y es precisamente nuestra actual dirección mental la causa de tales errores en más de una dirección.

Para ayudarnos a entendernos mejor, me gustaría señalar el pequeño comienzo que hemos dado con cierto método de curación. En Munich, uno de nuestros camaradas científico-espirituales está intentando un tipo de curación o método curativo que surge de los puntos de vista de la ciencia espiritual. Aquellos que hoy en día creen que sólo las influencias materiales, físico-químicas y fisiológicas pueden tener un efecto saludable en el hombre, tal vez se reirán del hecho de que el hombre es conducido a cámaras de colores particularmente peculiares y que las fuerzas de un determinado color y otras cosas, que no se discutirán más aquí, pueden tener un efecto en el alma humana, aunque no en la superficie. Pero deben ver la diferencia entre este modo de acción en las cámaras, una especie de cromoterapia, una especie de terapia de color, y lo que se llama terapia de luz. Cuando se irradia al hombre con luz, la idea es dejar que la luz física actúe directamente, de modo que uno se dice a sí mismo, si uno deja que tal o cual rayo de luz actúe sobre el hombre, entonces se actúa sobre el hombre desde fuera. Esto no se tiene en cuenta en absoluto en la terapia del color mencionada.

En este método curativo tomado de la ciencia espiritual, que nuestro amigo el Dr. Peipers ha establecido, no se tiene en cuenta qué efecto tienen sobre el ser humano los rayos de luz como tales, independientes del alma humana, sino que se considera lo que, bajo la influencia de, digamos, el color azul, no de la luz, se efectúa en el alma por medio de la imaginación y tiene así un efecto retroactivo sobre todo el organismo físico.

Hay que tener en cuenta esta enorme diferencia entre lo que aquí se llama terapia de luz y lo que se puede llamar terapia de color. Además, ciertos enfermos están llenos del contenido de una idea muy concreta del color. Hay que saber que los colores contienen poderes que luego aparecen cuando no sólo nos irradian, sino que trabajan en nuestras almas. Tienen ustedes que saber que un color es algo que tiene un efecto desafiante, que otro color es algo que desencadena fuerzas de anhelo, que un tercer color es algo que eleva el alma por encima de sí misma, y otro color es algo que empuja el alma hacia abajo, por debajo de sí misma.

Si observamos este efecto físico-espiritual, entonces nos quedará claro cuál es la causa primordial de lo físico y lo etérico: que nuestro cuerpo astral es el verdadero creador de lo físico y lo etérico. Lo físico es sólo una condensación de lo espiritual, y lo espiritual puede, a su vez, trabajar sobre lo físico, para que sea trabajado y vivido de la manera correcta. Entonces, cuando visualicemos la idea básica de tal cosa, también podremos tener la esperanza de comprender, -disponiendo de nuevo de una ciencia que indique cómo vive el alma espiritual en el hombre-, que lo que vive en lo anímico-espiritual se expresa en salud y enfermedad en lo físico.

Quien se dé cuenta de esto podrá tener esperanza en la ciencia espiritual en lo que respecta a las cuestiones de salud. Así como es fácil decir que no se puede curar a una persona con una visión del mundo, también es cierto que la salud de una persona depende de su visión del mundo. Para la humanidad actual esto es una paradoja, ¡para el futuro será algo natural! Me gustaría profundizar un poco más en este tema. Se puede decir que el hombre debe llegar a la verdad puramente objetiva, debe convertir sus conceptos en imágenes exactas de los hechos físicos externos. Un teórico puede plantear tal exigencia. Uno puede establecer como ideal una persona que se esfuerza por pensar sólo lo que los ojos pueden ver, los oídos pueden oír y las manos pueden tocar. La ciencia espiritual viene ahora y dice: Nunca podrás captar lo que es real si sólo miras lo que es perceptible externamente, lo que los ojos pueden ver, los oídos pueden oír, las manos pueden agarrar. Lo real contiene lo espiritual como su fundamento primordial. Lo espiritual no puede percibirse, debe experimentarse mediante la cooperación, mediante la producción de lo anímico-espiritual. Lo espiritual requiere fuerzas productivas. El científico espiritual, cuando habla de las partes individuales de su ciencia, no siempre está en condiciones de demostrar concretamente lo que conduce a sus conceptos. Describe lo que no se puede ver con los ojos, oír con los oídos o coger con las manos, porque hay que perseguirlo con los ojos del espíritu. Se puede decir entonces: Ésta es una descripción de algo que no existe en el mundo sensorial. Para nosotros, la verdad es aquello que da una imagen interior de la realidad exterior. Uno puede plantear una teoría así, pero hoy no queremos hablar de su validez veraz y cognoscitiva, sino de su valor para la salud. La cuestión es que todas aquellas concepciones que meramente abstraemos de la realidad sensorial externa, que son, por así decirlo, sólo imágenes de lo que vemos con nuestros ojos, oímos con nuestros oídos, tocamos con nuestras manos, que no se basan en la co-actividad interior del alma en la creación de imágenes, todas estas abstracciones, todas las concepciones que se adhieren fielmente a la realidad de los sentidos externos, no tienen poderes interiores de imaginería; dejan al alma muerta; no apelan al alma para que ponga en actividad los poderes que dormitan en su interior.

Por mucho que los fanáticos de los hechos externos hablen de no intercalar la realidad con imágenes del mundo sobrenatural. Pero por paradójico que suene, estas imágenes devuelven a nuestra mente a una actividad que le es propia. La devuelven a la armonía con el organismo físico. El que se aferra a las ideas puramente abstractas de la ciencia meramente materialista no hace nada por su salud en su vertiente espiritual. Quien únicamente construye abstracciones en sus conceptos hace que su alma sea estéril y vacía, y depende siempre de que el instrumento externo del cuerpo sea portador de salud y portador de enfermedad. El que vive en ideas desordenadas y erróneas no sabe cómo se inoculan misteriosamente en su organismo las causas de su destrucción. La ciencia espiritual, por lo tanto, adopta el punto de vista de que a través de los puntos de vista que afirma en relación con el mundo suprasensible, con aquel mundo que no reconocemos con los sentidos exteriores, pero que debemos despertar interiormente de un modo fuerte, hacemos que nuestra alma interiormente sea tan activa que su actividad esté en armonía con el mundo espiritual a partir del cual todo nuestro organismo fue creado. Por lo tanto, nuestro organismo no recupera la salud por medios mezquinos, sino que la ciencia espiritual misma es el gran remedio para la recuperación.

El que forma sus pensamientos a partir de los grandes puntos de vista del mundo, el que da vida a estos pensamientos, suscita una actividad interior tal que sus sentimientos y sensaciones fluyen también de un modo armonioso que tranquiliza el alma. Quien ejercita así sus pensamientos, ejercita también sus impulsos volitivos, y éstos actúan entonces sanamente. Pero sólo lo hacen cuando una sana visión del mundo, una sana armonía de pensamiento llena realmente nuestra alma. De este modo nuestras sensaciones, y en relación con ellas nuestro placer y disgusto, nuestra simpatía y antipatía, nuestro deseo y repugnancia, se regulan de tal modo que nos enfrentamos al mundo de tal manera que sabemos qué hacer en cada caso individual, como un niño cuyo instinto aún no ha sido estropeado. De este modo despertaremos en nuestra alma aquellos sentimientos, sensaciones, impulsos volitivos y deseos que son una guía segura en la vida, que nos instruyen sobre lo que debemos hacer para lograr una relación correcta entre el mundo exterior y nosotros mismos.

No es demasiado decir que los pensamientos claros y luminosos, los pensamientos integrales, como los que sólo puede evocar una cosmovisión integral que se centre en el mundo entero, incluido lo suprasensible, son un requisito previo para la salud. Los sentimientos puros y los impulsos volitivos correspondientes al objetivo de lo espiritual, como los que corresponden a tales pensamientos, permitirán a las personas sentir un hambre sana. Aunque el hombre no pueda alimentarse con una cosmovisión, ésta le ofrece, sin embargo, la posibilidad de encontrar lo que corresponde a su alma, de buscar lo que le conviene y de detestar lo que no le conviene. Los pensamientos, que son imágenes del mundo suprasensible, son el mejor medio de digestión, -aunque resulte paradójico-, no porque las fuerzas de la digestión estén en los pensamientos, sino porque las fuerzas que permiten que la digestión proceda de forma regulada se despiertan a través de los pensamientos energéticos.

Mientras las personas no oigan esta llamada de la ciencia espiritual, mientras sigan creyendo que lo que les enfrenta a tal o cual forma de enfermedad de tal o cual manera ha encontrado su cura cuando se ha encontrado el remedio correspondiente, no habrán reconocido la importancia de la ciencia espiritual. Tampoco habrán reconocido hasta qué punto la salud desempeña un papel en la naturaleza del desarrollo. Incluso aquellos que dicen que no se deben combatir solo los síntomas no van lo suficientemente lejos. Tampoco ellos captan el núcleo espiritual. Quien se acerque a la ciencia espiritual descubrirá que es una visión del mundo a través de la cual fluye la suave dicha interior, una visión del mundo de placer y alegría, que es un requisito previo para promover el gran remedio para la salud. Es más fácil utilizar tal o cual remedio que entrar en la corriente de la ciencia espiritual para encontrar aquello que hará a las personas más sanas y saludables. Pero si uno se adentra en esta ciencia espiritual se dará cuenta de que es cierto lo que dice un viejo refrán: "En un cuerpo sano habita un alma sana", pero que es erróneo entender esta palabra de forma materialista. Quien crea que debe entender esta palabra de forma materialista, también debería decir: "Aquí veo una casa. Esta casa es hermosa. Así que concluyo que porque esta casa es hermosa, debe haber producido un hermoso propietario. Una casa hermosa produce un propietario hermoso.  Tal vez la persona que dice: "Aquí hay una casa hermosa; de esto concluyo que en ella vive un dueño que tiene gusto. Veo en el dueño de la hermosa casa a una persona de buen gusto, y en la casa el signo externo de que el dueño es una persona de buen gusto.

Pero tal vez haya también una persona inteligente que diga: Debido a que las fuerzas externas han hecho que el cuerpo esté sano, el cuerpo ha vuelto a formar un alma sana. Pero no tiene razón quien dice: Aquí veo el cuerpo sano. Esta es una señal de que debe haber sido construido por un alma sana. Está sano porque el alma está sana. Por lo tanto se puede decir: Dado que uno ve el síntoma externo de un cuerpo sano, debe haber un alma sana en la base. Una época materialista puede interpretar las palabras: "Un cuerpo sano debe basarse en un alma sana" de un modo completamente materialista. La ciencia espiritual, sin embargo, nos muestra que en un cuerpo sano actúa un alma sana.

Traducido por J.Luelmo ene,2024