CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA314 Dornach, 9 de octubre de 1920 - Fisiología-Terapéutica, sobre la base de la Ciencia Espiritual. - Procesos de degradación y segregación

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 RUDOLF STEINER

 Fisiología-Terapéutica, sobre la base de la Ciencia Espiritual.

 Procesos de degradación y segregación

Conferencia III

Dornach, 9 de octubre de 1920

Por supuesto, en el poco tiempo disponible para esta parte terapéutica de nuestro encuentro, sólo será posible dar una indicación general sobre métodos curativos concretos. Por otra parte, también es algo dudoso, me gustaría decir, tener que dar información detallada sobre las particularidades de la medicina Maxime cuando no se está ante un público puramente profesional, como fue el caso aquí en primavera, por ejemplo. Porque, por un lado, será necesario para el futuro del desarrollo humano que los círculos más amplios tengan que adquirir una comprensión de los factores generalmente rectores de la curación, de las consecuencias de la medicina, por así decirlo, para que pueda existir una relación de confianza entre el médico y el paciente, basada en el asunto que nos ocupa. Y así como será necesario que en los círculos más amplios se logre tal comprensión de la dirección de la medicina para la higiene social, es igualmente indeseable por otra parte que el juicio diletante y aficionado juegue un papel demasiado importante en la medicina, lo que desgraciadamente ha sucedido mucho en los últimos tiempos debido al estado de la profesión médica. Hay que subrayar que al menos no puede ser mi intención promover de alguna manera la mala praxis médica, sino que dentro de nuestra ciencia espiritual de orientación antroposófica debe haber un esfuerzo muy definido por promover la verdadera ciencia médica basada en un estudio metódico fiel como arte médico, por llevar el conocimiento científico espiritual a este arte médico real. Así que no debemos estar del lado de aquellos que, se podría decir, por una ignorancia ilimitada de lo que realmente están hablando, se levantan en armas contra todo lo que llaman medicina ortodoxa y similares. Verdaderamente, aquí no hay que ponerse del lado de estas personas. Además, cuando se habla de asuntos como los que hoy nos ocupan, hay que tener en cuenta otra cosa. En tiempos más recientes ha penetrado algo en la medicina, en verdad, en cierto sentido ha estado ahí durante mucho tiempo, pero en tiempos más recientes se ha hecho sentir con toda la vehemencia con la que ahora se hacen sentir las cosas en nuestro caótico orden social: se trata de la formación de partidos incluso dentro del ámbito médico. Y los partidos enfrentados apenas se diferencian entre sí en este terreno de los partidos políticos, diría yo. En general es fácil ver que esto no puede trasladarse al ámbito médico, y la disputa entre los alópatas y los homeópatas, entre los llamados médicos ortodoxos y los naturópatas y así sucesivamente, ha traído ahora una gran confusión en lo que necesitamos como comprensión del ámbito médico en círculos más amplios de nuestra humanidad. He tenido que decir todo esto de forma preliminar para que lo que tengo que decir hoy no se ponga sobre una base equivocada.

Ya he llamado su atención sobre el hecho de que dentro del proceso organizativo humano, existe por una parte lo anímico-espiritual, que en los procesos de enfermedad física hasta cierto punto se desborda, de modo que lo anímico-espiritual no actúa de la manera correcta separado del órgano físico y por lo tanto prolifera dentro de él. Entonces tenemos que ocuparnos de todas las enfermedades que impulsan nuevas formaciones en el organismo. Por otra parte, tenemos que ocuparnos de tales enfermedades en las que lo anímico-espiritual se desarrolla de tal manera, que interviene demasiado poco en el organismo físico, dejando así ciertas partes del organismo físico a merced de los procesos, que no están cubiertos por la organización humana, sino a los procesos subordinados del ser natural, es decir, de modo que los órganos, -si se me permite la palabra-, se fisicalizan hasta un grado abrumador en lugar de impregnarse anímico-espiritualmente. Por consiguiente, lo anímico-espiritual se desborda sin poder ser abarcado de manera correcta con la conciencia del yo, y surgen todas esas formas de enfermedad que en realidad no se llaman enfermedades mentales.

Pero en el momento en que se pasa de una fisiología sana a una patología y una terapia sanas este punto de vista debe cambiarse, es decir, debería desarrollarse de forma aún más precisa. Debe integrarse con esa visión de la naturaleza del hombre que ya se ha expuesto repetidamente aquí, aunque en un contexto  completamente distinto al que hoy la necesitamos. Se trata de la visión de la triple estructura del organismo humano. Por una parte, se trata de una triple organización del alma en los impulsos de la imaginación, del sentimiento y de la voluntad. Pero esta triple división del ser espiritual se corresponde exactamente con una triple división del ser físico-corporal en una especie de sistema cefálico o sistema nervioso-sensorial, en un sistema rítmico y en un sistema metabólico-motor o de las extremidades. Insisto expresamente en que esta división del organismo humano no debe ser intelectual, sino visual. Pues quien entendiera por sistema cefálico el que se extiende hasta el cuello, y luego por sistema circulatorio o rítmico el que comprende el tronco, y el que comprende el sistema digestivo mas el sistema de las extremidades, sistema sexual, no daría, si hiciera tal subdivisión externa, en absoluto con lo apropiado. La cuestión es que el sistema nervioso-sensorial se localiza principalmente en la cabeza, pero que se extiende como tal por todo el resto del organismo. De modo que en cierto sentido, si hemos de hablar aquí en términos antroposóficos del sistema nervioso-sensorial, debemos decir que es ese sistema de funciones en el organismo humano, -pues no se trata de la delimitación del espacio, sino de la delimitación de funciones-, que está esencialmente localizado en la cabeza, pero que extiende su actividad principal sobre todo el ser humano, de modo que en cierto sentido todo el ser humano es a  su vez cabeza. Lo mismo ocurre con los demás sistemas. Y por eso fue una mera tontería cuando un frívolo profesor de medicina, que no tenía intención de entrar en estas cosas, pero sí de calumniarlas ante el mundo, habló del «sistema abdominal» para desacreditar lo que en realidad se entiende por sistema metabólico. Acaba de demostrar que no entiende en absoluto el hecho de que esta división depende de lo funcional y no de lo delimitado espacialmente.

Si se comprende entonces esta estructura del ser humano, sobre la que se podrían dar muchas conferencias para describirla en todos sus detalles, se llega a ver claramente las diferencias que existen entre el sistema de la cabeza, es decir, el sistema nervioso-sensorial por un lado, el sistema metabólico y de las extremidades por otro, y el sistema medio, el sistema rítmico, que está llamado esencialmente a lograr el equilibrio entre los otros dos sistemas. Si queremos abarcar todo el ser humano, tenemos ante nosotros lo siguiente: la actividad imaginativa y perceptiva actual del ser humano tiene como base, ni siquiera se puede decir como herramienta, sino como base física todo lo que tiene lugar físicamente en el sistema nervioso-sensorial. No es cierto, como pretenden la psicología y la fisiología recientes, que los procesos relacionados principalmente con el sistema emocional y volitivo también tengan lugar en el sistema nervioso-sensorial. No, eso no resiste un estudio más detallado de la cuestión. Este estudio más preciso, por lo menos en sus directrices, lo encontrarán ustedes insinuado en mi libro«Von Seelenrätseln», (los enigmas del alma); pero todavía habrá que hacer un gran trabajo detallado en esta dirección. Por consiguiente lo que la ciencia espiritual hoy tiene que decir con certeza desde su lado, surgirá también desde el otro lado, desde el lado físico-empírico, entonces surgirá que el sentimiento del ser humano no está primariamente conectado con el sistema nervioso-sensorial, sino con el sistema rítmico, que así como el sistema nervioso-sensorial corresponde a la percepción imaginativa, el sistema rítmico corresponde al sentimiento. Y que sólo a través de la interacción del sistema rítmico con el sistema nervioso-sensorial, de un modo indirecto a través del ritmo del humor cerebral, que pulsiona el sistema nervioso-sensorial, se enciende el sistema nervioso-sensorial como portador de la vida imaginativa cuando elevamos nuestros sentimientos a imaginaciones, con lo cual la vida emocional embotada y soñadora es percibida e imaginada por nosotros mismos de un modo interior. 

Y al igual que la vida emocional está directamente conectada con el sistema rítmico e indirectamente mediada por él, la vida de la voluntad está directamente conectada con el sistema metabólico. Y esta conexión es entonces a su vez de tal índole que de una manera secundaria, porque el metabolismo por supuesto también tiene lugar en el cerebro, el sistema metabólico en sus funciones está conectado con el sistema nervioso-sensorial y de esta manera hacemos surgir interiormente las ideas de nuestros impulsos de voluntad, que de no ser así, intervendrían en una apagada vida dormida dentro de nuestro organismo.

Pueden ver que en el organismo humano tenemos tres sistemas diferentes, que llevan la vida del alma de diferentes maneras. Ahora bien, estos sistemas no sólo son diferentes entre sí, sino que también se oponen, -como ya he dicho, hoy sólo puedo esbozar estas cosas-, de modo que, por un lado, tenemos el sistema nervioso-sensorial, y por otro, todo lo que constituye las funciones del sistema metabólico, el sistema metabólico de las extremidades (véase el dibujo). Pueden visualizar la conexión entre el metabolismo y las extremidades si consideran simplemente los efectos de las extremidades en movimiento sobre el metabolismo. 

Este efecto es mucho mayor de lo que se suele pensar dentro de la conciencia exterior. Pero estos dos sistemas, yo diría el sistema nervioso-sensorial y el sistema metabólico-motor, son también polos opuestos en cierto modo. Y esta oposición polar debe ser considerada a fondo para una patología y una terapia sanas, especialmente para tal patología que conduce completamente orgánicamente a la terapia, y debe ser estudiada cuidadosamente para todos los detalles individuales, de los cuales hay, por supuesto, innumerables. Porque si se profundiza detalladamente en los efectos, entonces surge lo siguiente. Resulta que lo que ya indiqué ayer está presente en un alto grado. Dentro de todo lo que está relacionado con el sistema de la cabeza o sistema nervioso-sensorial se producen procesos de degradación, de modo que durante el funcionamiento de nuestra imaginación en el estado de vigilia, mientras percibimos e imaginamos, esta percepción e imaginación no está ligada a procesos de crecimiento y desarrollo, sino a procesos de degradación, a procesos de eliminación. Y si uno observa de manera muy sana, llegará realmente a esta conclusión lo que la ciencia empírico-fisiológica ofrece ya hoy en esta dirección. Hoy en día ya existe básicamente una prueba empírica de esto, o mejor podría decir una confirmación empírica de lo que la ciencia espiritual proporciona a través de la observación. Basta con seguir lo que ciertos fisiólogos espirituales son capaces de enseñar sobre los procesos físicos en el sistema nervioso que tienen lugar como fenómenos paralelos de la imaginación y la percepción. 

Entonces verán que esta afirmación de que se trata de procesos de eliminación y descomposición, y no de procesos de construcción, mientras pensamos y percibimos estando despiertos, ya está hoy muy bien sustentada. En cambio, allí donde los procesos de la voluntad intervienen en el sistema metabólico de las extremidades, se trata de procesos de acumulación. Aunque sin embargo, todas las funciones individuales del ser humano interactúan entre sí. Y si miramos bien el asunto, tenemos que decir: Los procesos constructivos de abajo trabajan hacia arriba en los procesos degradantes, los procesos degradantes de arriba trabajan hacia abajo en los procesos constructivos. Y si se sigue esto por analogía, entonces se tiene, como sistema equilibrador, como funciones que provocan el equilibrio, los procesos rítmicos entre los procesos degradantes y los procesos constructivos, que impulsan la degradación hacia la construcción, la construcción hacia la degradación. Y si estudiamos la sustancia, no puramente externa, sino aquella que tiene lugar en la llamada circulación sanguínea del corazón, en la respiración del cuerpo humano, tenemos por todas partes en ella, quisiera decir, procesos especiales, de alguna manera interrumpidos. No puedo entrar en esta interrupción, cumple su cometido; pero tenemos en todas partes especialización de esta curva rítmica, que he dibujado aquí (ver dibujo). El curso de la respiración es un caso especial de esta curva, el proceso que ustedes dibujan cuando trazan el curso de la sangre desde el corazón hacia arriba, a la cabeza o respectivamente a los pulmones y hacia abajo al cuerpo, tienen especializaciones de este proceso. En resumen, cuando es estimulado lo que aquí se indica, no se está penetrando en el tejido funcional del organismo humano de una manera muerta, como suele ser el caso, sino de una manera viva. Sin embargo, es necesario dar vida a las propias ideas. Debe ser posible, por así decirlo, imaginar una imagen plástica del organismo humano. 

El organismo humano no puede ser captado con las concepciones abstractas estáticamente, tales como la fisiología y la patología actuales pretenden captarlo, sino que debe ser captado con concepciones dinámicas, con concepciones tales que realmente intervengan a su vez en el efecto de lo que tiene movimiento interior, que no son en modo alguno meras interacciones mecánicas entre órganos estáticos. Así es como nos damos cuenta de que en el organismo humano existe básicamente una interacción constante entre los procesos de descomposición, los procesos de muerte y entre los procesos de construcción, crecimiento, proliferación, etcétera. Sin esta actividad no se puede entender el organismo humano.

¿Pero qué hay en realidad? Simplemente observen el asunto más de cerca. Cuando el proceso de descomposición de la organización nervioso sensorial actúa a través del ritmo en el sistema metabólico de las extremidades, entonces está presente algo que el propio sistema metabólico de las extremidades contrarresta, que es veneno para este sistema metabólico de las extremidades. Y viceversa, lo que está presente en el sistema constructor, si por medio del ritmo, actúa en el sistema de la cabeza, es veneno para el sistema de cabeza. Y puesto que los sistemas, como he indicado, se extienden por todo el resto del organismo, en todas partes del organismo humano nos encontramos con un continuo envenenamiento y desintoxicación, que es equilibrado por el proceso rítmico. Por lo tanto, no nos encontramos ante un proceso tan natural, como normalmente nos gustaría imaginarlo, que procede unilateralmente, -con perspicacia, me gustaría decir-, de modo que uno puede simplemente describir los procesos sanos como los normales, sino que nos encontramos ante dos procesos opuestos, uno de los cuales es definitivamente un proceso perjudicial para el otro. Y no podemos vivir en el organismo físico sin exponer continuamente nuestro sistema metabólico de los miembros a las causas de enfermedad del sistema de la cabeza, y el sistema de la cabeza a las causas de enfermedad del sistema metabólico. Y del mismo modo que la balanza, si no está equilibrada, oscila de tal manera, según las leyes de la naturaleza, que la barra de equilibrio no queda horizontal, así, como la vida es móvil en sí misma, simplemente no hay un estado de equilibrio en reposo, sino un estado de equilibrio que puede oscilar irregularmente hacia ambos lados. Y curar no significa otra cosa que, por ejemplo, cuando el sistema de la cabeza tiene un efecto envenenador demasiado fuerte sobre el sistema metabólico, aliviarlo de su efecto envenenador, quitarle su efecto envenenador. O a la inversa, si el sistema metabólico de los miembros tiene un efecto venenoso demasiado fuerte sobre el sistema de la cabeza, es decir, si tiene un efecto prolífico, hay que quitarle su efecto venenoso. Pero sólo se llega a una visión completa en este campo si ahora se extiende lo que se es capaz de observar en el hombre a la observación de la naturaleza en su conjunto, si ahora se es capaz de comprender esta naturaleza en el sentido espiritual-científico. Por ejemplo, si se considera el proceso de formación de las plantas, entonces se tiene con toda claridad, quiero decir de la manera más macroscópica, con toda claridad un esfuerzo ascendente del proceso de formación de las plantas, un esfuerzo que se aleja del centro de la tierra, y se pueden estudiar estos esfuerzos de formación metamorfoseantes de las plantas, al menos según las primeras líneas, las líneas básicas, de la «Metamorfosis de las plantas» de Goethe.

La «Metamorfosis de las plantas» de Goethe contiene inicialmente sólo el primer esbozo, los primeros elementos de lo que se va a estudiar sobre la planta en esta dirección. Pero la dirección de este estudio debe desarrollarse más. Hay que seguir las líneas básicas, entonces obtendremos una vívida visión de todo lo que ocurre en el crecimiento de la planta cuando, enraizada en la tierra, la planta comienza a crecer en dirección negativa, iniciándose el empuje hacia arriba en la raíz, luego crece hacia arriba, superando la atracción de la tierra, que sigue siendo predominantemente activa en la raíz, luego pugna para abrirse camino a través de otras fuerzas para llegar finalmente a la floración y fructificación y germinación.

Durante esta trayectoria suceden muchas cosas. En esta trayectoria, por ejemplo, interviene una fuerza opuesta. Pueden observar esta fuerza opuesta que interviene si por ejemplo, -pueden escoger cualquier ejemplo-, digamos el abedul común, el abedul blanco, Betula alba, y siguen más de cerca el proceso que tiene lugar desde la formación de la raíz a través de la formación del tallo, a saber, luego a través de la formación de la corteza, cómo, sobre la base de todo lo que trabaja conjuntamente en la formación del tallo y de la corteza, se forma lo que luego da lugar a la formación de la hoja. Pueden estudiar esto particularmente bien desde un punto de vista científico espiritual si estudian las hojas jóvenes del abedul que todavía aparecen parduscas en primavera. Si se estudia todo esto vívidamente, se tiene una idea de una metamorfosis de las fuerzas que actúan en el interior de la planta, y se tiene una idea de cómo, por un lado, en el proceso de formación de la planta actúa una dirección de fuerza desde abajo hacia arriba. Pero también se obtiene aquello que todavía tiene un efecto retardador, que al principio, diría yo, todavía actuaba fuertemente como gravedad en la raíz, pero que luego, a medida que la planta se desprende de la sustancia tierra, a medida que trabaja a partir del aire, coopera de otra manera con la fuerza ascendente. Y entonces tenemos una etapa interesante, pero también ahora una etapa apropiada, para ver en esta formación de la planta en, este proceso de fuerza ascendente en la corteza del abedul, cómo se depositan ciertas sales, sales de potasio, que son simplemente el resultado de las fuerzas que actúan hacia abajo, que interactúan con las fuerzas que actúan hacia arriba y, me gustaría decir, tienden hacia la formación de proteínas, hacia lo que me gustaría llamar formación de fuerza albuminizante. Así es como se penetra, por ejemplo, en el proceso de formación de las plantas. Aquí apenas puedo insinuarlo. Nos adentramos de este modo observando cómo se depositan las sales de potasio en la corteza del abedul, cómo de esta fuerza de atracción se escapa algo hacia abajo, -me gustaría decir el proceso que podría compararse a cuando una sal de este tipo se precipita a partir de una solución, Entonces llegamos al proceso que tiene lugar cuando la solución se precipita de la sal, llegamos, captando esto vívidamente, al proceso de formación de proteínas, a lo que me gustaría llamar el proceso  de albuminización. Ahí tenemos una forma de estudiar, de estudiar vívidamente, lo externo que rodea al ser humano.

Y entonces volvemos la vista al ser humano y vemos cómo el ser humano básicamente, digamos, si consideramos su proceso de descomposición trabajando de arriba abajo, tiene dentro de sí la misma forma de fuerzas que trabajan en la planta de abajo arriba. Vemos, por así decirlo, en las fuerzas que actúan desde el sistema de la cabeza hacia abajo, hacia el sistema metabólico de los miembros, cómo, por así decirlo, actúa en su interior un sistema vegetal invertido, cómo, de hecho, las fuerzas que vemos enviadas hacia arriba en el crecimiento vegetal actúan hacia abajo. Por ejemplo, si el ser humano detiene este proceso de formación vegetal, quiero decir, que actúa en su interior, de forma errónea, de modo que no es penetrado de forma correcta por lo que actúa en la cabeza, -el astral, el ser del yo. Pero esta penetración se expresa dentro del cuerpo, entonces nos encontramos con algo que se sostiene allí, algo que debe proceder en el organismo humano, descubrimos que se nos presenta un fenómeno patológico, por ejemplo, en los casos donde se produce reumatismo, donde se producen afecciones gotosas. Estudiamos lo que se produce en el organismo humano a causa de este proceso anabólico, en el cual se sustenta de cierta manera, estudiamos esto y lo encontramos de nuevo en el proceso del reumatismo, en el proceso de la formación de la gota y así sucesivamente. Y ahora a su vez dirigimos nuestra mirada desde el interior del organismo, digamos, a tal proceso de formación de plantas como el que encontramos en Betula alba; entonces obtenemos lo siguiente. A continuación miramos por un lado lo que tiene lugar allí en la formación de sales, por otro lado en la formación de proteínas. Y si entendemos este proceso de la formación de la proteína correctamente, encontramos en él el proceso opuesto de lo que es retenido. El proceso que debería tener lugar en el organismo se detiene de forma similar al proceso que tiene lugar como proceso correcto de albuminización en las hojas de abedul, y así obtenemos una conexión entre esos procesos que tienen lugar en las hojas de abedul, por ejemplo, y los procesos del organismo. En eso procesamos lo que hay en las hojas de abedul en remedios que enseñamos a la gente, y a través de los cuales, por ser opuestos de la manera correcta a este proceso de congestión que se da en el reumatismo, en la gota, logramos de esta manera un efecto curativo. En otras palabras, observamos de este modo lo que ocurre fuera en la naturaleza junto con lo que ocurre dentro del organismo y obtenemos una idea de cómo debemos dirigir las fuerzas curativas. Por otra parte vemos que, cuando los procesos de degradación proceden de tal manera que el organismo no puede detenerlos, por así decirlo, que se extienden hacia abajo, y que el sistema rítmico no los combate de la manera correcta, por consiguiente éstos salen entonces hacia la periferia del cuerpo, impulsando hacia la piel, por así decirlo. Se producen condiciones inflamatorias en el exterior de las personas, erupciones en la piel y cosas por el estilo. Y de nuevo volvemos la vista a nuestra planta, Betula alba, y encontramos el proceso opuesto en la deposición de sales de potasio en la corteza de abedul, ganando así la oportunidad de ver cómo podemos combatir este proceso de erupción cutánea en el ser humano, que conduce a la sobreexudación, preparando un remedio a partir de la corteza de abedul.

Y así podemos estudiar cómo funcionan los procesos vegetales y minerales, y obtenemos una conexión entre lo que hay en la naturaleza externa y lo que funciona dentro del ser humano. En otras palabras, obtenemos el ascenso del empirismo médico, del empirismo terapéutico, hacia lo que Goethe, en su sentido, -no ahora en el intelectual, sino en su sentido racional-, llama el estadio de la ciencia, obtenemos una ciencia como terapia que realmente ve a través de las conexiones. Las cosas no son tan fáciles, pues hay que estudiar realmente las cosas en detalle al menos según ciertos tipos, en primer lugar según tipos secretos de la personalidad humana y según secretos de la existencia natural. No hay que suponer que si se ha estudiado el proceso en un ejemplo como la betula alba, ya se ha alcanzado una visión de conjunto de lo que hay que considerar. En cada proceso diferente de formación de plantas, -por ejemplo, en el castaño de Indias o en cualquier otro-, estos procesos formativos se manifestarán de manera esencialmente distinta. Lo que aquí se ha indicado no debe conducir en modo alguno a una cháchara generalizada, sino a un estudio muy serio y extenso.

Pero, -y quiero dirigirme en particular al honorable alumnado-, este estudio, si se prosigue de manera racional, no tendrá por qué llevarles a temer su alcance. Porque puedo asegurarles que si se suprime todo lo que es lastre de examen, -por decirlo en este sentido paracelsiano-, y en su lugar se persigue todo lo que conduce de este modo a una visión racional de la patología terapéutica y de la terapia patológica, entonces los estudiantes de medicina no tendrán que estudiar más, sino menos. Y este estudio, porque lo vivirán, sólo despertará en ellos mayor entusiasmo que el que hoy les acerca al ser humano, y que esencialmente no les proporciona otra cosa que ver órganos que no están en absoluto dormidos, sino que sólo pueden ser comprendidos si se les capta en su función viva y en su interacción con otros órganos, si se estudia esta organización, si se tiene este completo impulso hacia lo funcional y, además, una ciencia natural externa que también impulsa a su vez hacia lo  funcional. Siempre será necesario estudiar paralelamente ese proceso interior en el ser humano, esa peculiaridad que allí tiene lugar como envenenamiento y efectos venenosos que se han desequilibrado, y aquellos otros procesos que no tienen lugar en el orden natural y que, debido a que lo exterior es polar a lo interior, también han de utilizarse en cierto modo polares, y que, por tanto, pueden conducir ciertamente a la patología, o más bien a una patología terapéutica y a una terapia patológica.

Por tanto, sólo he podido indicarles aquello que, podríamos decir, debe guiar los pasos que debe dar una recuperación del estudio médico, y sólo he podido indicarles cómo la ciencia espiritual quiere trabajar en este estudio médico. Voy a darles algunos otros ejemplos esta tarde, cuando vuelva a estar aquí media hora después del final de la representación de euritmia para todos ustedes, ejemplos que les mostrarán cómo puede, -esta combinación intuitiva de los efectos externos de la naturaleza con los efectos del organismo interior-, conducir a lo terapéutico y al reconocimiento de lo patológico. A continuación, me gustaría pasar a las sustancias particulares.

En el poco tiempo de que dispongo aquí, sólo he podido dar el principio, por así decirlo, utilizando el ejemplo de Betula alba, y daré algunos otros ejemplos esta tarde, pero me limitaré a sugerir lo que debería formar parte de la comprensión general de la gente. Porque partiendo de esto, el médico a su vez debe seguir construyendo específicamente. Debe ir a lo específico, porque tratar lo específico también requiere un juicio individual en todas partes. Y ahí es necesario que a partir de la comprensión de todos los profanos gracias a las indicaciones médicas, gracias a los principios médicos, crezca una comprensión, una forma de comprensión de lo que el médico tiene que hacer dentro del mundo exterior. 

Y si observan de forma correcta el curso que la ciencia espiritual de orientación antroposófica quiere realmente dar a la medicina, -tendré más que decir sobre esto esta tarde-, ya se dirán: Verdaderamente, esta ciencia espiritual de orientación antroposófica no quiere conducir a la curación, al amateurismo, al diletantismo, sino que sobre todo quiere trabajar por una recuperación de la ciencia, de la ciencia genuina y seria en sí, que a su vez ya tendrá su propio efecto social.

Traducido por J.Luelmo sep,2024

GA314 Dornach, 8 de octubre de 1920 Fisiología-Terapéutica sobre la base de la Ciencia Espiritual- Las enfermedades mentales -

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 RUDOLF STEINER

 Fisiología-Terapéutica, sobre la base de la Ciencia Espiritual.

Las enfermedades mentales

Conferencia II

Dornach, 8 de octubre de 1920

Quiero enlazar con lo que dije ayer al final de estas reflexiones. Hice referencia a una personalidad que se vio impulsada, por así decirlo, por sus instintos filosóficos desde el conocimiento de lo anímico-espiritual hacia una intuición de la conexión entre lo anímico-espiritual y la existencia físico-corporal del hombre. Me estoy refiriendo a la personalidad de Schelling, también les decía que Schelling no sólo actuaba en la medicina teórica a partir de estos instintos, sino también prácticamente con todo tipo de tratamientos curativos. No sé si esto lo hizo con mayor o menor éxito que en el caso de algunos médicos bien preparados. Porque esta cuestión de cuánto contribuye un proceso curativo a la mejora de una persona es en la mayoría de los casos, si no se mira interiormente, muy problemática de todos modos. Schelling, sin embargo, partiendo de toda esta constitución anímica, a partir de la cual se ha convertido para él este instinto, obtuvo un principio del que ciertamente se puede decir que sería bueno que se convirtiera en una especie de principio interior para todo médico, de modo que el médico basara, por así decirlo, toda su visión práctica de la naturaleza de la persona sana y enferma en este principio. Y acabo de citar las propias palabras de Schelling. Son una especie de atrevimiento. Él simplemente dijo: El reconocimiento de la naturaleza significa la creación de la naturaleza. Ahora bien, ¿No es cierto que cuando alguien que es un hombre de genio hace semejante afirmación, lo primero que debe llamar la atención es lo absurdo de este dicho? Porque nadie creerá seriamente que él, como hombre terrenal en el cuerpo físico, sea capaz de crear algo de la naturaleza a causa del conocimiento que tenga de ella. Por supuesto, constantemente se crean cosas mediante la técnica, pero no se trata de crear realmente algo en el sentido que Schelling lo entiende, sino de darle sólo a la naturaleza la oportunidad de crear de una determinada manera y mediante una determinada disposición, etcétera, juntando y componiendo las fuerzas de la naturaleza. Así que básicamente estamos tratando con un absurdo en el que un hombre de genio realmente basa todo su pensamiento. Y ayer les cité otra frase que se corresponde a la de: "Reconocer la naturaleza significa crear la naturaleza" y que entonces diría: "Reconocer el espíritu significa destruir el espíritu". Seguramente Schelling no expresó esta última frase de forma tan fundamental. Pero quienes se acerquen de nuevo a la ciencia espiritual en tiempos más recientes y desarrollen su propia investigación espiritual, verán que ambas proposiciones apuntan básicamente a antiguas inspiraciones cognitivas. Ciertamente, Schelling, que no era un iniciado en ninguna dirección, sino simplemente un hombre de genio, acuñó una frase a partir de sus instintos. La singularidad de esta frase le recuerda a uno inmediatamente, si uno hace ahora tales estudios, que no se hacían en la época de Schelling, que tal frase es una reminiscencia de la antigua sabiduría. Entonces uno es llevado a la otra frase, que de manera similar resuena desde la sabiduría antigua. Ninguna de ambas proposiciones pueden ser entendidas de ninguna manera, con el conocimiento intelectual ordinario que utilizamos en nuestras ciencias hoy en día. En realidad, ambas son un absurdo cuando se consideran una al lado de la otra y de forma aislada. Sin embargo, apuntan en dirección a los aspectos más importantes de la organización humana, tanto para el estado sano como para el enfermo.

Cuando observamos la naturaleza externa, no podemos decir otra cosa respecto a los procesos naturales acabados que: Reconocer la naturaleza significa, a lo sumo, recrear la naturaleza en el pensar. De modo que eso que llamamos nuestros pensamientos y que no nos llevan más allá de una recreación de la naturaleza, que carece de la fuerza interior de la imagen, en realidad lo desarrollamos en nuestro pensar, en la vida anímica, que está saturada de pensamientos, de representaciones. Pero ya se ha señalado que esta vida anímica impregnada de representaciones en el fondo no es otra cosa que algo que se emancipa del organismo físico-etérico alrededor del período del cambio de dientes, algo que se tiene dentro del organismo físico-etérico del ser humano hasta el cambio de dientes. De modo que ese algo que está activo en el ser humano físico-etérico en los años de la infancia, y que realmente ejerce una actividad productora, una actividad generadora, luego se debilita, se tonifica en la vida anímica como un mundo de imágenes o pensamientos o imaginación, en resumen, digamos como una fuerza del mundo que se diluye desde su sustancialidad creadora, en los pensamientos, en las imaginaciones interiores. Así pues, ese algo que reconocemos a partir del séptimo año simplemente se encuentra dentro de nuestro organismo, organizándolo. Allí crea. Aunque allí no lo hace de tal manera que podamos verlo crear en la naturaleza exterior, sino que allí lo vemos crear dentro de nuestro propio organismo. De modo que si el niño pudiera ser ya un sabio y pudiera ahora hablar no de la naturaleza externa, sino de lo que sucede en su interior, si el niño pudiera mirar en su interior y ver a través de la naturaleza que allí se encuentra, entonces diría, como dijo Schelling: Conocer esta naturaleza significa crear esta naturaleza, -pues entonces el niño simplemente se impregnaría de las fuerzas creadoras, se identificaría con estas fuerzas creadoras. Y Schelling, en su instinto médico, en su instinto fisiológico, no hizo otra cosa que plantear desde la infancia lo que es un absurdo para toda la vida posterior y lo expulsó diciendo, por así decirlo: Toda esta cognición en la vejez no es más que una red impotente de imágenes; -si uno pudiera conocer de niño, entonces tendría que decir: Reconocer significa en realidad recrear, significa desarrollar una actividad creadora. Pero sólo podemos ver esta actividad recreadora dentro de nosotros mismos.

¿Qué es pues a lo que en realidad nos enfrentamos como actividad creadora en nuestro propio interior, que un hombre de genio como Schelling expresa del modo que he indicado? ¿No es acaso cierto, que tal genialidad se basa en el hecho de que el hombre conserva cierto infantilismo en la edad avanzada? Nunca son genios las personas que envejecen incondicionalmente, que ya absorben el envejecimiento de una cierta manera normal cuando se acerca la edad apropiada, sino que genios realmente son esas personas que llevan algo positivamente creador e infantil en sus últimos años. Es este infantilismo, esta creatividad positiva, esta creatividad cognitiva, la que hasta cierto punto, no tiene tiempo de conocer hacia afuera, porque vuelca los poderes cognitivos hacia adentro y crea. Esta es la herencia que traemos con nosotros cuando entramos en la existencia física a través del nacimiento. Traemos con nosotros fuerzas organizadoras, y hasta cierto punto podemos verlas gracias a la ciencia espiritual. Y un hombre como Schelling las percibió instintivamente.

Ahora bien, toda persona que adquiere este tipo de percepción sabe que las cosas no son así, que estas fuerzas anímico-espirituales, que impregnan el organismo de forma organizadora en los primeros años de la infancia, cesan por completo con el cambio de dientes. Sólo pasan por una etapa. Son, por así decirlo, reducidas a un menor grado de actividad, de modo que más tarde seguimos teniendo fuerzas organizadoras en nuestro interior. Sin embargo, hemos dominado en nosotros el poder de formación de la memoria que entra en la conciencia con el cambio de dientes y se desprende así de la organización. Hemos sacado la memoria de su estado latente a su estado libre. Tenemos como fuerza de visualización del alma nuestra fuerza de crecimiento, nuestra fuerza de movimiento, nuestra fuerza de equilibrio, que entonces trabajan en un grado correspondientemente aumentado en los primeros años de la infancia.  

Pero de esto se deduce que en el desarrollo normal de la humanidad esta fuerza organizadora, esta fuerza de crecimiento, debe transformarse hasta cierto punto en fuerza anímico-espiritual, digamos, en fuerza de memoria, en fuerza de elaboración del pensamiento. Pero si suponemos que a través de algún proceso se retiene demasiada de esta fuerza organizadora, que trabaja en la primera etapa de la infancia, o que el desarrollo simplemente está dispuesto de tal manera que no se transforman suficientes fuerzas de organización en fuerza formadora de memoria, entonces se quedan estancadas en el fondo del organismo, entonces no son, por así decirlo, llevadas propiamente al sueño con cada dormirse, sino que continúan trabajando en el organismo desde que se duerme hasta que se despierta, retumbando a través del organismo.

Si uno lleva a cabo investigaciones médico-fisiológicas-fenomenológicas en la dirección que sólo puedo insinuar aquí en tan breve curso de conferencias, uno es llevado a darse cuenta de que es posible en el organismo humano, que aquellas fuerzas que deberían entrar realmente en lo anímico-espiritual en la etapa correcta de la vida, permanezcan abajo en el organismo físico. Entonces se da aquello de lo que ayer les hablé, cuando el grado normal de las fuerzas organizadoras se transforma con el cambio de dientes, entonces tenemos igual grado de fuerzas en el organismo en la vida posterior que puede organizar este organismo según su forma y estructura normal. Pero si carecemos de esto, si no nos transformamos lo suficiente, entonces las fuerzas organizadoras permanecen ahí abajo, aparecen en alguna parte y nos aparecen esas neoplasias, esas neoplasias carcinomatosas de las que hablé ayer, y de esta manera podemos seguir el proceso de enfermar o enfermarse, como lo expresó el médico Troxier en la primera mitad del siglo XIX, de enfermarse en las últimas etapas de la vida. Y entonces podemos comparar la situación con las enfermedades infantiles, porque naturalmente las enfermedades infantiles no pueden tener el mismo origen, porque se producen en la infancia, cuando todavía no se ha transformado nada. Pero si uno ha aprendido las causas de las enfermedades que se producen en etapas posteriores de la vida, también ha adquirido la capacidad de observar las causas de las enfermedades en la infancia. Allí, sin embargo, se encuentra lo mismo en cierto modo, sólo que desde otro lado. Encontramos que también hay demasiado poder organizador anímico-espiritual en el organismo humano cuando se producen enfermedades infantiles. 

Para aquellos que han adquirido la capacidad de visualizar en esta dirección, estas cosas surgen de manera particularmente poderosa cuando consideran el fenómeno de la escarlatina y el sarampión durante la infancia, donde pueden ver cómo en el organismo del niño aquello que de otro modo funcionaría normalmente, osea, lo anímico-espiritual, comienza a retumbar, actuando en mayor grado de lo que realmente debería. El curso completo de estas enfermedades se hace comprensible en el momento en que uno puede ver realmente este retumbar de lo anímico-espiritual en el organismo como la base de la enfermedad. Y entonces uno no está muy lejos, -les ruego que consideren mi frase con mucha atención, porque nunca voy un paso más allá de lo que está justificado por las consideraciones precedentes, aunque algunas cosas sólo se puedan decir a grandes rasgos, pero indico en todas partes hasta dónde se puede llegar-, no digo que ahora se llegue aquí a una conclusión, sino que sólo digo que uno no está muy lejos de reconocer algo que es extraordinariamente importante reconocer para un conocimiento real. Cuando hemos llegado al punto de saber reconocer, que en el organismo humano hay demasiada fuerza organizadora en una enfermedad, en la edad más avanzada, que va en dirección de una nueva formación, que resulta así en un excedente, por así decirlo, en una isla de organización, entonces no estamos lejos de decirnos a nosotros mismos: Si la edad más avanzada de la vida se remonta a la primera infancia, entonces, en última instancia, lo que se manifiesta en la infancia se remonta al tiempo anterior al nacimiento o, digamos, antes de la concepción; se remonta a la existencia espiritual-anímica del ser humano, por la que pasó antes de revestirse de un cuerpo físico. Una persona así simplemente ha traído consigo demasiado de lo anímico-espiritual de su vida prehumana, de su vida preterrenal, y este excedente se manifiesta en las enfermedades infantiles. En el futuro no habrá otro camino, que abandonar las estériles consideraciones materialistas en las que hoy nos encontramos, sobre todo en el campo fisiológico-terapéutico, para pasar a una consideración de tipo anímico-espiritual. Y se podrá apreciar ya que lo que ocurre en la ciencia espiritual, no ocurre porque el investigador espiritual no esté suficientemente implicado en la investigación física, ni porque sea hasta cierto punto un diletante en la investigación física, por lo que digo entre paréntesis que muchos que se llaman a sí mismos investigadores espirituales son efectivamente tales diletantes, pero no es eso lo que debería ser. Para convertirse en investigador espiritual, no es necesario que se implique demasiado poco en la investigación física, sino que se convierte en investigador espiritual cuando se implica más que el científico natural ordinario. Si comprende los fenómenos más intensamente, entonces los propios fenómenos le conducen al ámbito espiritual-anímico, especialmente cuando hablamos de enfermedad.

Y por otro lado, la frase: Reconocer el espíritu significa destruir el espíritu, en realidad también es igual de absurda. Pero esta frase también apunta a algo que hay que reconocer, que hay que ver a través de ello. Así como la frase nos dice: Reconocer la naturaleza significa crear la naturaleza, -apunta a la primera edad de la infancia, en realidad todavía a lo prenatal, si lo miramos de la manera correcta, al igual que la frase: Reconocer el espíritu significa destruir el espíritu, -apunta al final de la vida del hombre, a lo que está muriendo en el hombre. Sólo hace falta, diría yo, de forma paradójica, atenerse a esta frase: Reconocer el espíritu significa destruir el espíritu, -entonces ya descubrirán que no hay que seguirlo, pero que sin embargo está ahí en la vida como algo a lo que uno se acerca continuamente sin alcanzarlo. Reconocer el espíritu significa para aquellos que no simplemente lo reconocen, sino que desarrollan la autoconciencia de la manera correcta: viendo, observando, procesos continuos de degradación, procesos continuos de destrucción en el organismo humano. Así como, cuando nos asomamos a la edad creativa infantil, vemos procesos continuos de construcción, procesos de edificación, que, sin embargo, tienen una peculiaridad que en realidad nublan nuestra conciencia. Por eso soñamos, por eso en la edad infantil estamos medio dormidos, por eso nuestra conciencia no está totalmente despierta. Esta actividad de crecimiento, que hace retroceder nuestra propia espiritualidad terrenal, a saber, la espiritualidad consciente, es la que en realidad nos organiza, y en el momento en que este poder penetra en la conciencia, deja de organizarnos en la misma medida en que nos organizaba antes. Así como al mirar en la infancia uno observa las fuerzas constructivas, aunque estas fuerzas paralizan la conciencia, así también, al mirar los procesos de desarrollado de pensamiento, uno observa procesos de degradación, que sin embargo, son adecuados para hacer nuestra conciencia brillante y clara.

Esto es lo que la ciencia fisiológica moderna apenas tiene en cuenta, aunque en realidad es tan evidente en sus fenómenos como puede serlo cualquier cosa. Echen ustedes un vistazo a los fenómenos reales de la fisiología moderna y verán que no hay nada que se pueda demostrar más claramente, a partir de todo lo que se sabe sobre la fisiología del cerebro y similares, a saber, que en los procesos anímico-espirituales reales que tienen lugar conscientemente, no nos enfrentamos con ninguna fuerza de crecimiento, ni ninguna fuerza de ingesta de nutrientes, sino que nos enfrentamos con procesos de eliminación, con procesos de descomposición a través del sistema nervioso, que nos enfrentamos con una continua y lenta agonía. Es la muerte la que actúa en nosotros entregándonos a lo que realmente actúa espiritualmente en nuestra conciencia. Y así como miramos a través de las fuerzas inconscientemente creadoras hacia el comienzo de la vida, así también miramos a través de las fuerzas conscientemente imaginadoras, en cuanto se nos revelan como fuerzas destructoras, como aquello que comienza cada vez más por crecer en la vida terrena, apoderándose de nosotros, descomponiéndonos y conduciéndonos finalmente hacia la muerte terrena; vemos precisamente a través de estas fuerzas hacia el otro fin de la vida, después de la muerte. Y el nacimiento y la muerte, o digamos la concepción, el nacimiento y la muerte, no pueden comprenderse de otro modo que incluyendo lo espiritual. Y en la frase: Reconocer el espíritu significa destruir el espíritu, - lo que en realidad se pretende decir es que si se quisiera mirar al espíritu, si no se lo acogiera más o menos ingenuamente, sino que fuese acogido tal como se acoge la naturaleza exterior, entonces tendríamos que quedarnos con lo que actúa en esta actividad consciente de pensar e imaginar y sentir, tendríamos que impedir que se descompusiera. Esto significa que en ese momento el poder sobre lo espiritual, lo interiormente consciente, tendría que ser atenuado paralizado hasta la inconsciencia, hasta un trabajo de lo espiritual en la inconsciencia. Uno llegaría a formar lo espiritual desde sí mismo, a impulsar lo espiritual desde sí mismo, por así decirlo. 

Pero uno no podría seguir con la conciencia, porque uno no puede llevar la organización a este proceso de degradación, a este proceso espiritual. Y así podemos decir: Mientras que los procesos de organización consisten en que tenemos, por así decirlo, -naturalmente se trata ahora de una observación abstracta-, el marco de forma del organismo humano (véase el dibujo a), en el que entra la fuerza organizadora (véase el dibujo b, rojo). En el otro caso, -en el segundo caso que he descrito-, tenemos el armazón de forma del organismo humano, pero no queremos que esté impregnado por la fuerza organizadora, por la fuerza que paraliza hasta cierto punto nuestra conciencia, sino que queremos expulsar la fuerza organizadora, que ahora queremos reconocer como espíritu (ver dibujo c). 

Pero no podemos seguir con nuestro yo porque está ligado al organismo. Tenemos el otro lado, el lado donde el ser humano comienza a desarrollar lo espiritual, es decir, a desarrollar la actividad de la voluntad en lo espiritual. En la impregnación con la actividad de la voluntad, que permanece inconsciente, que está, por así decirlo, dormida, soñando, es cuando sacamos realmente un elemento anímico espiritual a partir de nuestra organización sin conciencia. Tenemos el otro, el lado maníaco, el lado furioso, donde el ser humano se vuelve loco y las diversas formas de las llamadas enfermedades espirituales, que, sin embargo, no consisten en otra cosa que en el hecho de que aquí en las enfermedades físicas tenemos lo anímico-espiritual que no pertenece al organismo físico (ver dibujo b), mientras que en las llamadas enfermedades espirituales expulsamos algo partiendo de lo físico-etérico en lo psíquico-anímico que en realidad debería estar dentro y que expulsamos del organismo (ver dibujo c). 

Hoy estamos viendo desde el otro lado aquello a lo que llegamos ayer. Y es que es precisamente este punto de vista el que más nos guía, mañana veremos a qué provechosas consecuencias terapéuticas se llega precisamente a través de estos puntos de vista, que luego se confirman en la vida, que resultan ser la práctica vital más externa de la medicina, como práctica terapéutica.

Cuando nos preguntamos por la causa de una enfermedad física, en realidad debemos buscarla en última instancia en una aberración de lo espiritual en el organismo. Ciertamente, no debemos proceder de forma abstracta. Quien no entienda nada de la conexión entre lo anímico-espiritual con el organismo físico, en realidad no debe inmiscuirse en estos asuntos. Pues sólo se puede reconocer lo concreto, cuando en algún lugar de un órgano hay una fuerza organizativa demasiado grande, una fuerza organizativa, diría yo, hipertrófica, si se conoce lo concreto anímico-espiritual, que es tan concreto en sí mismo como lo pueda ser lo físico-corporal para el hígado, para el estómago, etc., si se conoce esta realidad anímico-espiritual, -de la cual la psicología no tiene ni idea, con sus componentes, con sus miembros-, igual de bien que se conoce lo físico-sensorial. Y cuando se conoce la relación entre ambos, entonces se pueden señalar los hallazgos, a menudo incluso anímico-espirituales, que se producen en una persona cuando hay una especie de exceso de organización en algún órgano. Será posible señalar algún origen de este tipo en todo lo que no provenga de un agravio externo.

Por el contrario, cuando lo que nos ocupa son las enfermedades espirituales, o llamadas enfermedades mentales, entonces si se creen que pueden conseguir algo con una fenomenología a medias, si creen que van a conseguir algo simplemente describiendo las anomalías anímico-espirituales -que es muy útil describir-, se quedarán en lo meramente abstractoPor supuesto, estas descripciones son muy buenas para crear sensaciones entre los profanos, porque siempre es interesante ver cómo alguien que esté chiflado se desvía del patrón normal de la vida. Porque lo interesante es lo raro, y en nuestro tiempo se da el caso de que al menos lo que se desvía así de la vida normal sigue apareciendo como una rareza. Pero nunca puede ser cuestión de quedarse solo en eso. En particular, no puede limitarse a tender hacia el juicio aficionado y diletante de que el espíritu y el alma están enfermos, y que el espíritu y el alma pueden ahora curarse de algún modo con medidas anímico-espirituales como sueñan los que son abstractos. No, precisamente en el caso de las llamadas enfermedades mentales, depende de la manera más eminente de poder señalar en todas partes, allí dónde la fuerza de organización de algún órgano es insuficiente. Quien realmente quiera reconocer la melancolía o la hipocondría hasta el punto de enfermar mentalmente, no debe hurgar en el alma, sino que debe intentar reconocer a partir de la constitución abdominal de la persona en cuestión, cómo actúa esa sub-organización en la organización abdominal de la persona, y cómo dicha fuerza organizadora que actúa por debajo del nivel normal hace que algo se precipite, como se dice en química; Algo se precipita de alguna solución y similares, De modo que se forma un sedimento, igual que una fuerza organizadora demasiado pequeña hace que la materia física y corporal, que de otro modo estaría impregnada por la fuerza organizadora, se sedimente, presentándose después en el organismo como algo físico-corporal, pudiendo ocurrir que se deposite en el hígado, en la vesícula biliar, en el estómago, en el corazón, en los pulmones. Procesos que, sin embargo, no son tan fáciles de investigar como uno quisiera en la época actual, que se tiende a lo burdo, - porque lo histológico también es burdo. Las psicologías son necesarias para tal investigación, pero en todas partes es necesario que las llamadas enfermedades mentales se consideren como provenientes de condiciones físicas.

Aunque eso las hace menos interesantes. Pero así son las cosas. Por supuesto, es más interesante cuando un hipocondríaco puede decir que de tal o cual manera su alma está implicada en el cosmos anímico espiritual, en lugar de admitir que su hígado tiene una fuerza organizadora menor. O es más interesante buscar la causa de la histeria en lo anímico-espiritual, digamos, que cuando uno tiene que señalar simplemente los procesos metabólicos de los órganos sexuales, cuando habla de los fenómenos histéricos o de cualesquiera otras irregularidades metabólicas que se produzcan en el organismo. Pero no reconoceremos las cosas si no las seguimos de este modo.

La ciencia espiritual no pretende buscar siempre el espíritu. Puede dejar eso para los espiritistas y otras personas interesantes, que aunque poco comunes, -¡desgraciadamente son demasiado escasas! Pero no habla constantemente de espíritu, espíritu, espíritu, sino que intenta captar realmente el espíritu, e intenta observar su funcionamiento y llegar así a una comprensión de la materia en el punto justo. No se jacta de explicar las enfermedades mentales de forma espiritual y abstracta, sino que nos lleva a comprender la causa de estas enfermedades desde el punto de vista material.

Por lo que se puede decir que ello indica el fenómeno interesante, -no hay mas que mirar un poco hacia atrás-, fenómeno que quizás todavía se encuentra en Griesinger u otros, o en la psiquiatría en la época anterior a Griesinger, de modo que se hace evidente que hace relativamente poco tiempo los psiquiatras al menos incluían los hechos físicos en su diagnóstico. ¿Qué es lo que se ha vuelto cada vez más frecuente hoy en día? Que los psiquiatras nos abruman en su literatura con cuadros clínicos que no son más que una descripción de las anomalías de lo anímico-espiritual. Así que aquí el materialismo ha llevado directamente a una abstracción de lo anímico-espiritual. Esa es su tragedia. Aquí sólo nos ha sacado fuera de lo material. Esto es lo extraño del materialismo, que en ciertos puntos conduce precisamente a la incomprensión, a no entender lo material, mientras que el que persigue el espíritu como un hecho real también lo persigue allí donde éste actúa en lo material, y allí donde luego se retira de lo material, de modo que lo material se sedimenta, como en las llamadas enfermedades mentales.

He tenido que tomar estas cosas como base para poder darles ahora algunas pistas sobre las directrices con respecto a la terapéutica de mañana. Sin embargo, lo que encontramos al fecundar lo fisiológico-terapéutico con lo espiritual-científico también tiene su lado social. Y la peculiaridad de la vida es que ahora en todas partes, cuando no se busca lo científico en un mero repliegue abstracto o en una existencia erudita hostil a la vida, sino en la concepción vital de la existencia humana, de la unión humana, entonces nos vemos impulsados a lo social precisamente a través de una verdadera ciencia viva. Por ejemplo, tenemos ante nosotros un fenómeno social extraordinariamente interesante en el desarrollo más moderno. Vemos cómo, a consecuencia de la división de las personas en un ser burgués-aristocrático por un lado y un ser proletario por otro, el ser aristocrático unilateral es presa de una falsa búsqueda espiritual, del materialismo en el ámbito espiritual, y cómo el ser proletario es presa de un cierto espiritualismo en el reino material. ¿Qué significa espiritualismo en el terreno material? Significa estancarse en la búsqueda de las causas de la existencia. 

Así pues, el proletariado ha desarrollado el materialismo científico como concepción de la vida al mismo tiempo que el elemento aristocrático ha desarrollado la doctrina espiritual de forma materialista. Mientras que los proletarios se han vuelto materialistas, los aristócratas se han vuelto espiritualistas. Pues si entre los proletarios se encuentran espiritualistas, no es debido a su propia cepa proletaria, sino que es «mimetismo», es imitación, no es más que algo que ha penetrado por contagio, -mañana hablaré del contagio-, del elemento aristocrático-burgués. Y si entre los aristócratas se ve el materialismo desarrollado por otro lado, es decir, por el hecho de que los espíritus sean vistos materialmente, igual que se ven las llamas de un fuego. Llevando así el materialismo a lo más espiritual y queriendo ver lo espiritual materialmente, entonces esto crece de esa unilateralidad decadente original que se vuelve desde lo totalmente humano, de la totalidad por un lado hacia lo aristocrático, y por el otro lado, hacia el elemento burgués que es afligido por el elemento aristocrático. 

Cuando se utiliza el espíritu, cuando aquello que se siente obligado a permanecer en la materia porque no se le saca mediante una adecuada escolarización y similares, cuando en su búsqueda del espíritu el proletariado se ve obligado a permanecer en la materia, entonces se desarrolla el materialismo como concepción de la vida. El materialismo fue desarrollado por el proletariado como visión de la vida, por ejemplo en la concepción materialista de la historia. El materialismo fue desarrollado por la gente más aristocrática como espiritualismo, porque el espiritualismo es materialismo, materialismo enmascarado, que ni siquiera se atiene a confesarse honestamente, sino que miente y afirma que sus creencias materiales son espirituales. Después de esta reminiscencia, continuemos mañana nuestras reflexiones.

Traducido por J.Luelmo sep,2024


GA062 Berlín, 30 de enero de 1913 La misión de Rafael a la luz de la Ciencia del espíritu

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GA062 Rudolf Steiner


LA MISIÓN DE RAFAEL A LA LUZ DE LA CIENCIA DEL ESPÍRITU


novena conferencia
Berlín, 30 de enero de 1913
     
Rafael, es una de esas figuras de la historia espiritual de la humanidad, que aparecen como una estrella, que simplemente están ahí, de modo que uno tiene la sensación de que surgen de repente de las profundidades indeterminadas de la evolución   espiritual de la humanidad, y luego desaparecen de nuevo después de haber grabado su ser en esta historia espiritual de la humanidad, a través de poderosas creaciones. Sin embargo, si se observa más de cerca, se hace evidente para el ojo inquisitivo, que tal entidad humana, que primero se supuso que brillaría como una estrella y luego desaparecería de nuevo, encaja en el conjunto de la vida espiritual humana como un eslabón de un gran organismo. Uno tiene esta sensación especialmente con Rafael.

El importante observador del arte, Herman Grimm, de quien tuve el honor de hablar aquí la última vez, ha tratado de rastrear la influencia de Rafael, la fama de Rafael, a través de las épocas que sucedieron a la propia época de Rafael, hasta nuestros días. Fue capaz de demostrar que lo que Rafael creó, siguió teniendo un efecto vivo después de su muerte, que una corriente unificada de desarrollo espiritual continuó desde la vida de Rafael hasta después de su muerte y ha continuado hasta nuestros días. Si Herman Grimm mostró de ese modo, cómo a través de la obra de Rafael vive el desarrollo posterior de la humanidad, uno quisiera decir por otra parte, desde el punto de vista de la historia espiritual: los tiempos precedentes también pueden dar la impresión de esto o aquello, como si ya apuntaran en cierto sentido a Rafael, que sólo más tarde entró en el desarrollo mundial, del mismo modo que un eslabón une a todo un organismo.

Nos gustaría recordar una afirmación que hizo Goethe en una ocasión y aplicarla, por así decirlo, del mundo del espacio al mundo del tiempo. Goethe hizo una vez la significativa afirmación: «¿Cómo puede el hombre oponerse a lo infinito sino reuniendo en su ser mas intimo, mas profundo, todas las fuerzas espirituales, que son atraídas hacia muchos lados, cuando se pregunta: “¿Qué sentido tendría todo el mundo estelar y todo lo que se extiende en el espacio si no se reflejara en algún momento en un alma humana, celebrando por primera vez su propia existencia superior en las experiencias de esta alma humana?” 

Aplicando estas palabras a la evolución de los tiempos, uno quisiera decir que, en cierto sentido, los dioses de Homero, que fueron tan grandiosamente representados por Homero casi un milenio antes de la fundación del cristianismo, perderían algo ante nuestros ojos mirando a los tiempos prehistóricos, si no pudiéramos ver cómo resucitaron en el alma de Rafael y allí, sólo en cierto sentido a través de la poderosa expresión pictórica que encontraron en las creaciones de Rafael, experimentaron una perfección especial. De este modo, lo que Homero creó mucho antes de la aparición del cristianismo se combina con lo que surgió del alma de Rafael en el siglo XVI para formar un todo orgánico.

Y si a su vez, dirigimos nuestra mirada a las figuras bíblicas de las que habla el Nuevo Testamento, y luego observamos las obras pictóricas de Rafael, tenemos la sensación, el sentimiento, de que nos perderíamos inmediatamente algo, si la representación de la Biblia no se hubiera unido a la fuerza creadora en las Madonnas y cuadros similares de Rafael, que han surgido de la tradición y la leyenda bíblicas. Por tanto, podríamos decir que Rafael no sólo sigue vivo en los siglos que le siguen, sino que lo que le precedió se integra con su propia obra para formar un todo orgánico y apunta ya a él, como para recibir su culminación a través de él, aunque esto sólo se exprese en la observación histórica posterior.

Por ello, una expresión que Lessing utilizó en un lugar significativo, la expresión «la educación de la raza humana», aparece bajo una luz especial precisamente cuando vemos la manera en que fluye una entidad espiritual unificada a lo largo del desarrollo de la humanidad, y cómo esta entidad unificada resplandece especialmente en figuras tan destacadas como lo es Rafael. Y lo que a menudo hemos podido destacar, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, en relación con el desarrollo espiritual de la humanidad, es decir, las repetidas vidas terrenales del ser humano, puede sentirse de un modo muy especial si lo que se acaba de decir es captado con la mirada espiritual. Sólo entonces nos damos cuenta de lo significativo que es que este ser humano aparezca una y otra vez en repetidas vidas terrenales a lo largo de las épocas de la humanidad y lleve de una época a otra aquello que ha de implantarse en el desarrollo espiritual de la humanidad. La ciencia espiritual busca sentido y significado en el desarrollo de la humanidad. No quiere limitarse a representar, como en una línea recta de desarrollo, aquello que ha tenido lugar sucesivamente, sino que quiere dar a las épocas individuales un sentido global, para que el alma humana, cuando aparezca una y otra vez en vidas terrenas sucesivas, entre en esta tierra de tal manera que pueda experimentar algo nuevo una y otra vez. De modo que realmente podemos hablar de que el alma humana experimenta una educación a través de sus diversas vidas en la tierra, una educación a través de todo lo que es creado y formado por el espíritu común de la humanidad.

Lo que aquí se va a decir, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, sobre la relación de Rafael con todo el desarrollo de la humanidad a lo largo de los últimos siglos, no pretende ser una construcción filosófica de la historia, sino algo que ha surgido de forma natural a través de diversas observaciones de la obra de Rafael. Y el motivo por el cual quiero decir lo que constituye la reflexión de esta tarde, no es porque pueda ser una especie de impulso para construir filosóficamente la vida espiritual de la humanidad, sino porque todo lo que me ha surgido tras mirar y contemplar las diversas creaciones de Rafael ha cristalizado de forma bastante natural en lo que quiero presentar. No obstante, será imposible entrar en detalles sobre las creaciones específicas de Rafael. Esto sólo es posible si uno es capaz de presentar los cuadros de Rafael al público por algún medio. <Pero la obra de Rafael en su conjunto también puede resumirse en una impresión general en la apreciación. Cuando se ha estudiado a Rafael, se lleva algo así como una impresión general en el alma, por así decirlo. Y entonces cabe preguntarse: ¿Cómo se compara esta impresión general con el desarrollo de la humanidad?

Allí la mirada recae, si se deja uno influir por él, sobre una época significativa con la que Rafael está íntimamente ligado, es esa época que caracteriza a la humanidad en particular al hacerla coincidir con el desarrollo del pueblo griego. Y en efecto: Cuando observamos el desarrollo de la humanidad a lo largo de los últimos milenios, lo que los griegos no sólo crearon, sino lo que experimentaron a través de todo su ser, destaca como una especie de época intermedia en este desarrollo de la humanidad a lo largo de los últimos milenios. Lo que precedió a la cultura griega, que en cierto sentido coincide con la fundación del cristianismo, se nos presenta con un carácter completamente distinto de lo que siguió a esta cultura griega. Cuando consideramos a los pueblos de la época que precedió a la civilización griega, nos encontramos con que en aquella época el alma y el espíritu de los hombres estaban mucho más íntimamente relacionados con todo lo físico, con lo físico exterior, que en épocas posteriores. Lo que hoy llamamos la interiorización del alma humana, el repliegue del alma humana, cuando ésta quiere volverse hacia el espíritu, para reflexionar sobre lo que subyace como espiritual en el mundo, tal interiorización no existía en la misma medida que en la actualidad, en los tiempos que precedieron a la época griega. En aquella época, cuando el hombre utilizaba sus órganos corporales, los secretos espirituales de la existencia resplandecían al mismo tiempo en su alma. Tal contemplación autónoma del mundo de los sentidos, tal como existe en la ciencia que se usa hoy en día, no existía en épocas más antiguas. El hombre observaba las cosas con los sentidos y, a la vez que tenía ante sí la impresión sensorial, sentía al mismo tiempo lo que vivía y tejía espiritual y anímicamente en las cosas. Con las cosas y su contemplación a través de los sentidos, lo espiritual también se revelaba al hombre. En los tiempos antiguos no era necesaria una retirada especial de las impresiones sensoriales, ni una entrega especial de la interioridad del alma para avanzar hacia lo espiritual del mundo.

Si nos remontamos muy atrás en la evolución de la humanidad, encontramos que incluso lo que llamamos en el mejor sentido de la palabra «contemplación clarividente de las cosas» era un don común de la humanidad en los tiempos primitivos, y que esta contemplación clarividente no se lograba mediante estados separados, sino que estaba ahí y era algo tan natural como la contemplación sensorial. Luego vino el Helenismo con su peculiar infortunio, del que se puede decir que con él comienza la interiorización de la vida espiritual, pero que lo que el espíritu experimenta interiormente sigue viéndose en todas partes en conexión con lo externo, que tiene lugar en el mundo sensorial. En el pensamiento griego, lo sensorial y lo anímico-espiritual están en equilibrio. Lo espiritual ya no se daba tan directamente como en la época pre-Helénica con la contemplación de los sentidos. Lo espiritual surgía en el alma griega, por así decirlo, como algo interiormente separado, pero como algo que se percibía cuando los sentidos se dirigían hacia el exterior. El hombre tomaba conciencia de lo espiritual no en las cosas, sino con las cosas. Así, en la época pre-Helénica, el alma del hombre estaba, por así decirlo, vertida en el cuerpo. En cierto modo se había liberado de la corporeidad en el pensamiento griego, pero lo espiritual anímico seguía manteniendo el equilibrio con lo corpóreo en todo el pensamiento griego. Por eso, lo que crearon los griegos aparece tan espiritualizado como lo que se presentaba ante sus ojos procedente de los sentidos. Luego llegaron los tiempos posteriores a los griegos, aquellos tiempos en los que el espíritu humano se interioriza, en los que ya no le era dado que pudiera recibir simultáneamente con la impresión sensorial aquello que vive y teje en las cosas como espiritual. Estos son los tiempos en los que el alma humana, si quería penetrar en lo espiritual tenía que replegarse sobre sí misma y tenía que experimentar sus poderes, su superación en una vida interior especial. La contemplación espiritual de las cosas y la contemplación sensorial de las cosas se convirtieron, por así decirlo, en dos mundos que el alma humana tenía que vivir.

¡Cuán vívidamente se nos aparece lo que acabo de decir si nos paramos a considerar un espíritu como el de Agustín, por ejemplo, que en la era post-cristiana apenas está tan alejado de la fundación del cristianismo como nosotros lo estamos de la Reforma, por ejemplo! ¡Qué característico nos parece el progreso implícito de la humanidad cuando comparamos lo que Agustín experimentó y representó en sus escritos con lo que nos ha transmitido el mundo griego! Lo que Agustín presenta en sus «Confesiones», lo que nos muestra como las luchas del alma interiorizada, lo que nos muestra como una escena que se presenta puramente desvinculada del mundo exterior en el alma interior, qué imposible nos parece esto en los espíritus de Grecia, donde vemos por todas partes cómo lo que está presente en el alma está vinculado a lo que ocurre en el mundo exterior.

Podemos decir que la historia del desarrollo de la humanidad resulta estar separada por una poderosa incisión. Y en esta historia del desarrollo, por un lado, está el helenismo, que nos muestra cómo la humanidad equilibra lo anímico-espiritual y lo físico-exterior. Por otra parte, la fundación del cristianismo, que en un principio pretendía experimentar todo lo que el alma humana podía experimentar interiormente, por así decirlo, en sus luchas interiores y en su superación, dirigir su mirada no al mundo sensorial para sentir los enigmas de la existencia, sino a lo que el espíritu podía vislumbrar cuando se entregaba puramente a las fuerzas anímico-espirituales. Qué infinitamente diferentes y qué separados por un profundo abismo están los bellos, los majestuosos y tan perfectamente bellos dioses griegos Zeus o Apolo, respecto a Cristo en la cruz, muriendo en la cruz, llevado por la profundidad interior y la grandeza interior, pero no por la belleza exterior. Este es ya el símbolo exterior de la profunda incisión que el cristianismo y el helenismo provocan en el desarrollo de la humanidad. Vemos esta incisión en los espíritus que siguen al período griego como una interiorización cada vez mayor del alma.

Así que miramos hacia un futuro en el que, efectivamente, se interpondrá un abismo aún más profundo de lo que ya se puede imaginar ahora a partir de las observaciones del pasado, entre todo lo que sucede fuera en el mundo, lo que tiene lugar en la vida más o menos mecánica, maquinal, del mundo exterior, y lo que el alma humana intenta alcanzar cuando quiere asir las alturas de una espiritualidad, que ella pretende escalar, que sólo se abren cuando dentro de nosotros mismos, intentamos dar los pasos hacia arriba que conducen a lo espiritual. Estamos progresando cada vez más hacia una era de interiorización. Sin embargo, lo que hemos dejado atrás en las creaciones de Rafael es un punto de inflexión significativo con respecto al progreso de la humanidad hacia la interiorización en la era post-Griega.

Rafael
Rafael, como espíritu muy especial, se presenta como en un punto de inflexión en el desarrollo de la humanidad. Lo que tiene ante sí es de nuevo, podría decirse de una manera muy especial, el comienzo de la interiorización humana. Y lo que hay después de él representa un nuevo capítulo en esta interiorización humana. Aunque mucho de lo que tengo que decir en la reflexión de hoy pueda sonar a una especie de contemplación simbólica, no debe tomarse meramente en términos simbólicos, sino de tal manera que se intenta captar lo que, debido a la grandeza tan imponente de Rafael, sólo puede expresarse en conceptos humanos y triviales, llevándolo a los términos e ideas más amplios posibles.

Cuando intentamos echar un vistazo al alma de Rafael, observamos sobre todo cómo esta alma aparece en 1483 como un nacimiento primaveral para el alma, luego experimenta un desarrollo interior, se desarrolla magníficamente en deslumbrantes creaciones y muere como Rafael a la edad de treinta y siete años, es decir, todavía joven. Para sumergirse realmente en esta alma de Rafael, para poder seguir sus pasos, uno quisiera desviar la mirada por un tiempo completamente de lo demás que ha estado sucediendo en la historia del mundo y dirigir la mirada puramente a los aspectos interiores del alma de Rafael.

Herman Grimm señaló por primera vez ciertas regularidades del desarrollo interior del alma de Rafael, y uno quisiera decir: la ciencia espiritual no tiene por qué avergonzarse si hoy señala a la humanidad incrédula ciertas leyes cíclicas, leyes de un camino espiritual regular en todo desarrollo, también en el desarrollo humano individual, puesto que una mente tan importante como la del propio Herman Grimm, aun no reconociendo esta ciencia espiritual, ya fue conducida a tal desarrollo cíclico interior regular para el alma de Rafael. Herman Grimm señala que la obra que tanto nos deleita hoy en Milán, los «Desposorios de la Virgen», se erige como un fenómeno completamente nuevo en todo el desarrollo del arte y no puede combinarse directamente con nada anterior, de modo que podría decirse que el alma de Rafael dio a luz algo como de las profundidades indefinidas de un alma humana, algo que emerge de estas profundidades en el desarrollo general del espíritu como algo completamente nuevo.

Si así nos hacemos una idea de lo que había en el alma de Rafael desde su nacimiento, también podemos sentir con Herman Grimm, si ahora seguimos el alma de Rafael más allá, si vemos el progreso del desarrollo de Rafael, cómo entra en ciertas etapas en un curso regular de desarrollo, etapas de cuatro a cuatro años. El alma de Rafael progresa notablemente en ciclos de cuatro a cuatro años. Y cuando observamos tal ciclo de cuatro años, vemos a Rafael en un nivel superior para su alma. Cuatro años más o menos después de los «Desposorios de María» pintó el «Entierro», otros cuatro años más tarde los cuadros de la «Cámara de la Segnatura», y así por etapas de cuatro en cuatro años hasta esa obra, que quedó inacabada junto a su lecho de muerte, porque todo progresa tan armoniosamente en esta alma, que uno quisiera contemplarlo todo para sí mismo. Pero entonces uno tiene la impresión de que en la época de Rafael, semejante interioridad tuvo que desarrollarse también en relación con el arte de la pintura, y cómo aquello que urgía a plasmarse en figuras como sólo Rafael podía crear, nacía de lo más profundo de las experiencias espirituales, aunque aparezca en imágenes de sensualidad. ¿Y acaso no destaca del mismo modo que la propia historia?

Habiendo contemplado así durante un rato el interior del alma de Rafael, consideremos la época en la que se encontraba y lo que le rodeaba. Nos encontramos, sin embargo, con que mientras Rafael era todavía más o menos un niño y crecía en Urbino, se encontraba en un ambiente que tenía el efecto de despertar los importantes talentos que se estaban afirmando. Al fin y al cabo, en Urbino se había construido un palacio que causó conmoción en toda la Italia de la época. Esto fue algo que dio a los primeros edificios de Rafael algo así como un flujo armonioso con estos edificios. Pero luego lo vemos trasplantado a Perugia, luego a Florencia, luego a Roma. Básicamente, la vida de Rafael transcurrió en un estrecho círculo. ¡Qué cerca están los lugares para nosotros hoy cuando miramos toda su vida! Todo el mundo de Rafael estaba encerrado en este círculo, en lo que se refiere al mundo sensorial. Sólo se elevó a otras esferas en espíritu.

Pero ahora vemos cómo las batallas sangrientas estaban a la orden del día en Perugia, donde Rafael experimentó ese desarrollo juvenil en su alma. La ciudad estaba poblada por un pueblo apasionadamente agitado. Las familias nobles, que vivían en disputas y contiendas, luchaban entre sí. La una familia expulsó a la otra de la ciudad. Después de una breve expulsión, los otros intentaron apoderarse de nuevo de la ciudad, y no pocas veces las calles de Perugia quedaron cubiertas de sangre y sembradas de cadáveres. Un historiador describe una escena extraña, al igual que son bastante peculiares las descripciones que hacen los historiadores de la época. A través de un historiador, vemos a un noble de la ciudad que entra en ella como guerrero para vengar a sus parientes. El historiador lo describe recorriendo las calles a caballo, como el espíritu encarnado de la guerra misma, y destruyendo todo a su paso, pero de tal manera que el historiador evidentemente tenía la impresión de que este noble estaba tomando justa venganza. Y la imagen del guerrero forzando al enemigo bajo sus pies surge en la mente del historiador. En uno de los cuadros de Rafael, «San Jorge», podemos sentir literalmente esta imagen, que el cronista esboza, surgiendo de la representación, e inmediatamente tenemos la impresión de que no podía ser de otro modo que Rafael había dejado que esta escena le afectara, y que lo que debe parecernos tan terrible en el exterior surge entonces del alma de Rafael, interiorizado, y se ha convertido en el punto de partida de su representación de una de las imágenes más grandes y significativas del desarrollo de la humanidad.

Por eso Rafael vio a su alrededor una humanidad en lucha. Por tanto, tenía confusión sobre confusión, guerra sobre guerra a su alrededor en la ciudad donde pasó su aprendizaje con su primer maestro Pietro Perugino, y tenemos la impresión de que había dos mundos en la ciudad en aquella época: uno en el que ocurrían cosas crueles y terribles, y otro mundo que vivía interiorizado en el alma de Rafael y que básicamente tenía poco que ver con lo que ocurría sensorialmente a su alrededor.

Por otra parte, vemos a Rafael trasladado a Florencia en 1504. ¿Cómo era Florencia cuando Rafael entró en la ciudad? En primer lugar, sus habitantes tenían el porte y la impresión de gente cansada, que había pasado por convulsiones internas y externas y vivía con cierto hastío y cansancio. ¡Cuántas cosas habían pasado en Florencia! Batallas como en Perugia, persecuciones sangrientas de varias familias, pero también batallas con el mundo exterior; pero luego la experiencia incisiva de Savonarola, que había muerto mártir poco antes de que Rafael entrara en la ciudad. Ahí está ante nosotros, esta figura peculiar de Savonarola, despotricando con palabras ardientes contra los abusos de la época, es más, contra las crueldades de la Iglesia, contra la secularización, contra el paganismo de la Iglesia. Las palabras tempestuosas de Savonarola resuenan en nosotros cuando nos entregamos a la contemplación, de modo que el pueblo no sólo se colgaba de sus labios, sino que lo adoraba como si un espíritu superior se hubiera presentado ante ellos en este cuerpo ascético.

La palabra de Savonarola había transformado la ciudad de Florencia, como si una especie de reformador religioso hubiera impregnado inmediatamente las ideas religiosas y toda la ciudad, incluido el Estado. Como si se hubiera fundado una especie de teocracia, Florencia estaba bajo la influencia de Savonarola. Y después vemos cómo Savonarola cae ante aquellos poderes contra los que se había levantado moral y religiosamente. La conmovedora imagen de Savonarola siendo conducido al fuego de los mártires con sus compañeros, y cómo, desde la horca de la que iba a caer a la hoguera, -fue en mayo de 1498-, volvía los ojos hacia el pueblo que antes colgaba de sus labios, que ahora también le había abandonado y miraba como en apostasía a quien les había inspirado durante tanto tiempo. Eran pocos, incluidos los artistas, en los que aún resonaban las palabras de Savonarola. Hay un pintor de la época que, después de que Savonarola sufriera el martirio, vistió él mismo el hábito de monje para seguir trabajando en su orden con su espíritu.

Uno puede imaginarse la atmósfera de cansancio que se cernía sobre Florencia. En 1504, vemos a Rafael trasladado a esta atmósfera, trayendo consigo la brisa primaveral del espíritu a través de los medios de su obra, trayendo un fuego espiritual, por así decirlo, a esta ciudad, aunque de un tipo completamente diferente al que Savonarola podía darle. Cuando vemos así el alma de Rafael, muy al contrario del ambiente de esta ciudad, que se nos presenta en su aislamiento, cuando la vemos, unida a artistas y pintores, trabajando en un taller solitario en Florencia o en cualquier otro lugar, surge inmediatamente ante nosotros otra imagen que, podría decirse, nos muestra todavía de un modo históricamente vívido, que el alma de Rafael era algo interiormente separado incluso de las cosas externas con las que estaba en contacto directo. Allí aparecen las figuras de los papas romanos, Alejandro VI, Julio II, León Xi, todo el sistema papal contra el que Savonarola había dirigido sus palabras de ira, contra el que los Reformadores se habían vuelto. Sin embargo, vemos en este sistema papal al mismo tiempo al protector de Rafael, vemos el alma de Rafael al servicio del papado, vemos que su alma tenía verdaderamente poco en común con la que nos presenta su protector, el papa Julio II, por ejemplo, de quien la gente decía que parecía como alguien que tuviera un demonio en el cuerpo y quisiera siempre mostrar los dientes a sus enemigos.

Eran grandes figuras, estos papas, pero ciertamente no eran lo que Savonarola o sus colegas de ideas afines habrían llamado «cristianos». El papado se había convertido en un nuevo paganismo, pero no en el sentido antiguo. No había muchos signos de piedad cristiana en estos círculos, pero sí mucho esplendor, imperiosidad y ansia de poder, tanto entre los papas como entre quienes les rodeaban. Vemos en Rafael al siervo, por así decirlo, de este cristianismo que se había paganizado. ¿Pero cómo? Lo vemos de tal manera que de su alma surge algo a través de lo cual las ideas cristianas aparecen a menudo bajo una nueva forma. En las pinturas de la Madonna de Rafael y en otras obras, vemos lo más íntimo, lo más dulce del mundo legendario cristiano . ¡Qué contraste entre la interioridad conmovedora de la obra de Rafael y lo que ocurría a su alrededor cuando se convirtió en el sirviente externo de los papas en Roma! ¿Pero cómo fue posible todo esto? Ya vemos en el primer centro de enseñanza en Perugia, luego vemos en Florencia cuán disímil es el exterior de su interior, luego vemos esto en Roma en particular, donde creó sus pinturas dominadoras del mundo en medio de una economía inaudita de cardenales y sacerdotes, -para Savonarola, por ejemplo, que tampoco era como él-. Y sin embargo: Rafael y su entorno deben ser vistos de este modo si queremos hacernos una idea real de lo que vivía en su alma.
Dejemos que los cuadros de Rafael nos afecten. Esto no puede hacerse en detalle esta tarde, pero al menos puede destacarse uno de los cuadros más conocidos, para que podamos comprender en particular la muy peculiar conmovedora alma de Rafael. Se trata de la «Madonna Sixtina», tan cercana a nosotros, que se encuentra en Dresde y que casi todo el mundo conoce por las numerosísimas reproducciones que hay repartidas por todo el mundo. Cómo se nos aparece allí como una de las obras de arte más maravillosas, más nobles en el desarrollo de la humanidad, cómo se nos aparece la madre con el niño, flotando hacia nosotros en las alturas de las nubes que cubren el globo, flotando hacia nosotros desde lo indeterminado, podría decirse, el mundo espiritual y suprasensible, vestida y rodeada de nubes que se forman como por sí mismas en figuras semejantes a las humanas, una de las cuales, como condensada, es semejante al niño de la Madonna, al aparecer allí evoca en nosotros sentimientos muy especiales, de los que bien podemos decir que, si impregnasen nuestra alma, podríamos olvidar todas las ideas legendarias de las que ha surgido la imagen de la Madonna, y olvidar todas las tradiciones cristianas, lo que nos dicen de la Madonna.

He querido exponer esto no para caracterizar de forma árida, sino para caracterizar lo más ampliamente posible lo que podemos sentir hacia la Madonna. Quien mira el desarrollo de la humanidad en un sentido espiritual-científico, va más allá de todos los puntos de vista materialistas. Desde el punto de vista científico-natural, los seres vivos inferiores se desarrollaron primero y luego el desarrollo progresó hasta el hombre. Sin embargo, desde un punto de vista científico-espiritual, debemos ver en el hombre un ser que vive más allá de todo lo que está por debajo de él en los reinos de la naturaleza. Cuando el hombre se nos aparece, desde un punto de vista científico-espiritual, aparece en él algo que es mucho más antiguo que todos los seres que están más o menos cercanos a él en los diversos reinos de la naturaleza.

Para la ciencia espiritual, el hombre existía antes de que estuvieran presentes los seres de los reinos animal, vegetal e incluso mineral. En una perspectiva más amplia miramos hacia atrás en el desarrollo del tiempo, en el que lo que ahora es nuestro ser más íntimo ya estaba allí, pero sólo más tarde se incorporó a los reinos que ahora están por debajo del ser humano. Así vemos la esencia del hombre flotando desde un mundo sobrenatural, vemos que en verdad sólo podemos comprender esta esencia humana cuando nos elevamos de todo lo que la tierra puede crear y hacer surgir de sí misma a algo extraterrenal, a algo también preterrenal. Podemos saberlo a través de la ciencia espiritual: si permitimos que todas las fuerzas, todos los seres relacionados con la tierra misma, tengan un efecto sobre nosotros, no podemos obtener de todo ello una imagen de todo el ser humano esencial, sino que debemos levantar la mirada de todas las cosas terrenales hacia las regiones sobrenaturales y ver a este ser humano flotando hacia nosotros desde ellas. Si queremos hablar en parábola, debemos sentir cómo algo flota hacia lo terrenal cuando, por ejemplo, por la mañana, especialmente en una región como aquella en la que vivió Rafael, dirigimos nuestra mirada hacia un amanecer, hacia la dorada y brillante salida del sol, y allí podemos tener la sensación de cómo incluso en la existencia natural debe añadirse algo a lo terrenal en términos de fuerzas que trabajan en lo terrenal, fuerzas que debemos conectar siempre con el estar en el sol. Entonces el símbolo de lo que flota para revestirse de lo terrenal se eleva ante nuestra alma desde el esplendor dorado.

En Perugia en particular, uno puede tener la sensación de que el ojo puede ver el mismo amanecer que Rafael experimentó una vez, y que en el fenómeno natural del sol naciente se puede obtener un sentido de lo que es sobrenatural en el hombre. Desde las nubes que brillan con el oro del sol, la imagen de la Virgen con el Niño puede aparecérsete, -o al menos puedes tener la sensación de que se te aparece-, como un símbolo de lo eternamente sobrenatural en el hombre, que se acerca a la tierra precisamente desde lo extraterrenal y que aún tiene debajo, separado por las nubes, todo lo que sólo puede surgir de lo terrenal. Nuestra sensibilidad puede sentirse elevada a las más altas cotas espirituales si podemos dedicarnos, no teóricamente, no en abstracto, sino con toda nuestra alma, a lo que la Madonna de Rafael tiene sobre nosotros y penetrar con ello en nosotros mismos. Es un sentimiento natural el que podemos tener ante el mundialmente famoso cuadro de Dresde. Y de que ha tenido tal efecto en algunas personas, quiero dar testimonio compartiendo las palabras que el amigo de Goethe, Karl August, entonces todavía duque de Weimar, escribió sobre la Madonna Sixtina tras una visita a Dresde: 

“En lo que respecta al cuadro de Rafael que adorna la colección, me sentí como si hubiera estado vagando todo el día por las alturas del Gotardo, a través de la grieta de Urner y desde allí hubiera mirado hacia abajo, al valle verde y florido. Al mirar el cuadro y al volverlo a mirar, siempre me pareció una revelación del alma. Incluso los Correggios más hermosos eran solo imágenes de lo humano; el recuerdo de ellos era tangible como formas hermosas. Rafael, sin embargo, permaneció conmigo como un aliento, como una de esas revelaciones enviadas a uno en forma de mujer por los dioses para traernos felicidad o tristeza, como una figura que surge ante uno una y otra vez en la vida de vigilia o de sueño, cuya mirada, una vez experimentada, está con uno para siempre, día y noche, conmoviendo el ser más íntimo.” (Karl August a su amigo Knebel, 14 de octubre de 1763)

Y curiosamente, si se sigue la literatura de quienes, a partir de sus propios sentimientos, son capaces de expresar algo profundo cuando miran la Madonna Sixtina, pero también otros cuadros de Rafael, una y otra vez, cuando se quiere describir lo que se siente, se encuentran comparaciones con la luz, con el sol, con lo iluminador y con lo primaveral.

Allí podemos echar un vistazo al alma de Rafael, cómo mantiene su diálogo con los secretos eternos de convertirse en humano fuera de las condiciones descritas de su entorno. Aquí sentimos cuán única es esta alma de Rafael, que no crece a partir de su entorno, sino que apunta a un inmenso pasado humano. Entonces no hay necesidad de especular. Tal alma, que mira al mundo y no expresa el misterio de la existencia en ideas, sino que lo siente y lo moldea en tal imagen, tal alma se presenta entonces como algo bastante evidente por sí misma a través de tal perfección interior como un alma madurísima, que verdaderamente lleva en sus disposiciones algo de las fuerzas de la humanidad, un alma que debe haber pasado por otras épocas del desarrollo humano y especialmente por algunas de estas épocas, que han vertido grandes y poderosas cosas en esta alma, para que pueda surgir de nuevo en lo que llamamos la vida de Rafael. ¿Pero cómo emerge? 

Aquello que vive en las leyendas cristianas, en las tradiciones cristianas, lo vemos emerger en los cuadros de Rafael en mitad de una época en la que el cristianismo se había vuelto pagano y vivía enteramente entregado a la forma externa y al esplendor externo, del mismo modo que el paganismo griego se representaba en sus dioses y era sobre todo adorado por los griegos embriagados de belleza. Vemos a Rafael moldeando estas figuras de las tradiciones cristianas en una época en la que se volvió a desenterrar lo que había estado enterrado durante siglos bajo escombros y ruinas en suelo romano. Vemos que el propio Rafael estaba entre los que excavaban. La Roma a la que Rafael fue transportado en esta época nos parece extraña.

¿De qué vino precedido este tiempo? En primer lugar vemos los siglos en que surgió Roma, la vemos surgir construida enteramente sobre el egoísmo de individuos que tenían en mente ante todo establecer una comunidad humana, una comunidad en el mundo físico exterior, sobre la base de lo que debía significar el hombre como ciudadano de un estado. Después, cuando Roma alcanzó cierto desarrollo, cuando surgió la época imperial, vemos cómo es absorbido el helenismo, en el sentido de que éste fluye hacia la vida espiritual romana, y experimentamos cómo Roma supera a Grecia políticamente, mientras que Grecia supera a Roma espiritualmente. Por tanto Grecia sigue viva en Roma. Lo vemos en el arte griego, en la medida en que fue absorbido por Roma, sobreviviendo en la esencia romana, vemos a Roma completamente impregnada de esencia griega.

¿Pero por qué este carácter griego no siguió siendo un rasgo característico del desarrollo de Italia en los siglos siguientes? ¿Por qué surgió algo tan completamente distinto? Porque poco después de que se vertieran estos rasgos griegos en el mundo romano, llegó algo que imprimió una firma más fuerte a lo que se desarrolló en el suelo de Italia como vida espiritual: El cristianismo, la interiorización del cristianismo, aquello que no vino expresarse ante la humanidad como lo hacía la sensualidad externa de las ciudades griegas, de las esculturas griegas o de la filosofía griega, sino aquello que vino expresarse ante el interior del alma humana, aquello que entró en esta alma sin forma, aquello que sólo se apoderó de esta alma humana en luchas internas. Por eso vemos aparecer figuras como Agustín, figuras completamente interiores.

Pero entonces vemos, porque todo en el desarrollo es cíclico y pasa por ciclos, que después de la interiorización, estas personas que han pasado por esta interiorización y han vivido en sus almas durante mucho tiempo, por así decirlo, sin ninguna conexión con la bella exterioridad, desarrollan un anhelo de belleza. Vuelven a ver lo interior en lo exterior. Por tanto, es significativo cuando vemos la vida interiorizada de Francisco de Asís aparecer ante nuestros ojos a través de Giotto en Asís, cuando vemos las experiencias interiores que el cristianismo puede tener un efecto en el alma humana en las pinturas de Giotto. Y aunque todavía, -permítasenos la expresión-, sintamos en los cuadros de Giotto el interior del alma humana hablando algo torpe e imperfectamente, vemos entonces un ascenso rectilíneo hasta ese punto en el que lo más interior, lo más honorable y noble en forma externa se nos presenta en Rafael y sus contemporáneos. Allí nos encontramos de nuevo con una peculiaridad de esta alma de Rafael.

Si intentamos identificarnos con lo que debió sentir el propio Rafael, debemos decirnos a nosotros mismos: Sí, cuando vemos obras de arte como por ejemplo la «Madonna della Sedia», nos damos cuenta de que la Virgen con el Niño, y frente a ella el niño Juan, se yerguen ante nosotros de tal manera que, cuando los miramos, podríamos olvidar todo el resto del mundo, y sobre todo podríamos olvidar que este niño, que es sostenido por la Virgen, podría un día estar relacionado con aquellas experiencias que conocemos como las experiencias en el Gólgota. Ante el cuadro de Rafael, nos olvidamos de todo lo que implicaba a efectos de la «vida de Cristo-Jesús». Nos quedamos completamente absortos en el momento aquí plasmado. Vemos simplemente a una madre con un niño, del cual Herman Grimm decía que es el misterio más noble que podemos encontrar en el mundo exterior. Observamos con calma justo este preciso momento, como si nada pudiera sucederle ni antes ni después. Estamos completamente absortos en la relación de la Virgen con su hijo, separándola para nosotros de todo aquello a lo que, de no ser así, se vería enfrentada. Y de esta manera, completa en sí misma, plasmando siempre lo eterno en un instante, es como aparecen esencialmente las creaciones de Rafael.

Ciertamente, ¿Cómo debe sentir un alma que crea así? No puede sentir del mismo modo que el alma de Savonarola, que, embargada por el fervor interior, siente dentro de sí toda la tragedia de Cristo, cuando desde el púlpito pronuncia sus palabras airadamente, o cuando pronuncia sus palabras religiosamente edificantes, piadosas, a los oyentes de la devoción cristiana. No podemos imaginar que el alma de Rafael tuviera el vigor del espíritu de Savonarola u otro semejante, no podemos imaginar que en el alma de Rafael hubiera reinado el llamado fuego cristiano. Pero aun así no debemos imaginar, si podemos permitir hasta cierto punto que la esencia de un alma humana nos afecte, que en tal interioridad, en tal perfección interior, lo que son las ideas cristianas puedan presentarse ante nosotros pictóricamente a través de Rafael, si esta alma hubiera sido tan completamente ajena al ardor cristiano como es ajena a este ardor cristiano cuando crea tales imágenes de forma totalmente objetiva.

Cuando se está imbuido del ardor de Savonarola, por ejemplo, cuando se lleva en el alma todo el ánimo trágico de Cristo y se siente inspirado por él, no se pueden crear las figuras de forma objetiva y rotunda. Una calma completamente diferente y un sentimiento completamente distinto deben haber fluido en el alma en el sentimiento cristiano. Sin embargo, lo que expresaban los cuadros de Rafael no podría salir del alma si en ella no hubiera vivido lo que es el nervio más profundo de la interioridad cristiana. ¿No es acaso algo casi natural que nos digamos a nosotros mismos: Ciertamente, tenemos ante nosotros un alma que ya ha traído a la existencia física en la que entró como el pintor Rafael, aquel ardor que oímos obrar en nosotros en Savonarola. Cuando los vemos, trayendo este fuego a la existencia desde vidas terrenales anteriores a través del nacimiento, entonces nos damos cuenta de cómo puede ser tan sereno, tan interiormente perfecto que este fuego no se enfrenta a nosotros como algo que consume y perturba nuestro entusiasmo, por así decirlo, sino que puede aparecer como la serenidad de lo pictóricamente creativo. Aquí se podría decir: en las composiciones de Rafael ya se percibe algo que parece vivir en ellas, como si en una vida anterior hubiera podido hablar con el mismo ardor con que Savonarola hablaba posteriormente. Y uno no tiene por qué sorprenderse de encontrar en el alma de Rafael un alma resucitada de una época en la que el cristianismo no se percibía como pictórico, ni como situado en el arte, sino como situado directamente en su fundamento, cuando tenía en su punto de partida el gran impulso a través del cual trabajó luego a lo largo de los siglos.

Tal vez no sea demasiado atrevido intentar comprender un alma como la de Rafael de la manera que se acaba de expresar. Pues cualquiera que haya aprendido a venerar esta alma en sus profundidades, a mirarla en sus profundidades de tal manera que parezca insondablemente profunda, no puede dejar de comprender y entender a través de una percepción tan amplia lo que nos habla allí donde Rafael ha vertido su alma en sus maravillosas obras.

En consecuencia, la misión de Rafael sólo nos aparece realmente bajo la luz adecuada cuando buscamos una expresión de Goethe en una «vida fallecida», el fuego cristiano, que luego se nos aparece en una vida posterior como la serenidad en su existencia como Rafael. Entonces comprendemos también cómo tuvo esta alma que situarse en el mundo tan aisladamente, y comprendemos también cómo el alma que acabamos de intentar describir, que tal vez, sólo en un grado elevado, tuvo algo de «Savonarola» en una existencia anterior, pudo percibir como algo nuevo lo que ahora había reaparecido en el desarrollo espiritual de Italia en la época de Rafael.

Ya he descrito cómo en la época del ascenso del Imperio la influencia de la cultura griega se introdujo en el desarrollo romano y cómo se produjo una profundización interior del alma. Más tarde, en la época de Rafael, en el Renacimiento, vemos, por un lado, el resurgimiento de esta antigua cultura griega, que había estado sepultada durante mucho tiempo bajo ruinas y escombros. Vemos en Roma, con los restos de esta cultura griega, el resurgimiento del espíritu griego que antaño adornaba y embellecía la ciudad; los ojos del pueblo romano se vuelven de nuevo hacia las formas que había creado este espíritu griego. Pero, por otro lado, vemos cómo el espíritu de Platón, de Aristóteles, de los trágicos griegos, penetra en la vida romana de la época. ¡Una vez más, la victoria de la cultura griega sobre el mundo romano! La cultura griega que surgía de entre las ruinas y los escombros y se extendía por la península italiana no podía dejar de tener un efecto refrescante y renovador en un espíritu como el de Rafael, quien en una existencia anterior estuvo imbuido, con exclusión de todo lo demás, de la concepción moral-religiosa de la cristiandad.

Si vemos el impulso moral-religioso de la cristiandad nacido en los dones de Rafael, vemos también que en la cultura griega resucitada surge ante sus ojos ese elemento que estos dones no contenían al principio. Y así como la ciudad, al surgir de entre las ruinas y los escombros, influyó en esta alma más profundamente que todas las demás, así también lo hicieron los frutos espirituales de la cultura griega que se desenterraron en los manuscritos ocultos. Los dones innatos de Rafael, unidos a su devoción "supra-espiritual" a todo lo de naturaleza cósmica, trabajaron de la mano con el espíritu griego que estaba surgiendo de nuevo en su época. 

Cuando se ve que en las obras de Rafael subyace el impulso moral-religioso del cristianismo, entonces se ve que lo que aún no estaba presente en estas obras aparece ante los ojos en la Grecia renacida. Las estatuas renacidas de los escombros y ruinas y los productos intelectuales griegos rescatados de los manuscritos recuperados surtieron efecto en el alma de Rafael como en ninguna otra alma. Lo que surgió de sus disposiciones, de su sensibilidad cristiana, combinada con una devoción supra-espiritual a lo cósmico, trabajó junto con lo que surgió como espíritu griego, de su época. Éstos fueron los dos elementos que se unieron en el alma de Rafael; por eso sus obras expresan la interioridad procedente de la época post-griega, la interioridad que el cristianismo infundió en la evolución de la humanidad y que se expresó en la manifestación externa de un mundo de formas artísticas impregnadas del más puro espíritu griego.

Nos encontramos, pues, ante el notable fenómeno de la resurrección de la cultura griega en el seno de la cristiandad a través de Rafael. En él vemos la resurrección de una cristiandad en una época que, en cierto sentido, representa el elemento “anticristiano” que le rodeaba. En Rafael habita un cristianismo que trasciende con mucho lo que le había precedido y que se eleva hasta una concepción mucho más elevada del mundo tal como era en aquel tiempo. Sin embargo, se trata de un cristianismo que no dirige de forma vaga y oscura la atención a las infinitas esferas de lo espiritual, sino que se concentra en formas que deleitan también los sentidos, de la misma manera que en épocas anteriores los griegos expresaron en formas artísticas sus ideas de los dioses unidos con el elemento informe que vive y se entrelaza en el universo.

Esto es lo que encontramos cuando tratamos de formarnos una idea general de Rafael, dejando que una u otra de sus creaciones, en toda su sublime perfección y, al mismo tiempo, en la maravillosa superfluidad de la juventud, (pues Rafael murió a la edad de 37 años), actúen sobre nosotros. No en aras de una teoría incolora ni de construir una especie de historia filosófica, sino como resultado de una concepción nacida de las propias obras de Rafael, hay que decir que la ley que rige en el curso de la vida espiritual humana encuentra su verdadera revelación en un espíritu poderoso como el suyo.

Cualquiera que imagine esta progresión de la vida espiritual como una línea recta donde el efecto siempre sigue a la causa, realmente no está en armonía con los hechos. Es tan fácil tener a mano un dicho que sin duda es uno de los dichos de oro de la humanidad: que la vida y la naturaleza no dan saltos. Ciertamente, pero en muchos aspectos la vida y la naturaleza dan saltos constantemente. Podemos ver esto en el desarrollo de la planta desde la hoja verde hasta la flor, desde la flor hasta el fruto. Allí vemos cómo todo “se desarrolla”, pero cómo los saltos son en realidad lo natural.

Lo mismo ocurre en la vida espiritual de la humanidad, y esto, además, está ligado a muchos misterios, uno de ellos es que una época posterior siempre debe tener su apoyo en una época anterior. Así como el hombre y la mujer deben trabajar en conjunción, así se puede decir que los diferentes “Espíritus de la época” deben fecundarse mutuamente y trabajar conjuntamente para que la evolución pueda continuar. La cultura romana, ya en la época del imperio, tuvo que ser fecundada por la cultura griega para que pudiera surgir un nuevo “Espíritu de la época”. Este nuevo Espíritu de la época tuvo que ser fecundado a su vez por el Impulso Crístico antes de que fuera posible la interiorización que encontramos entonces en Agustín y otros. Esta alma humana, que había sido tan interiormente profundizada, tuvo que ser fecundada una vez más por el espíritu de la cultura griega que, aunque estaba doblemente enterrado, doblemente escondido, se hizo visible de nuevo a los ojos del hombre en las obras de arte que reposaban bajo el suelo de Italia, y a sus almas en los manuscritos literarios redescubiertos.

Los primeros siglos cristianos en Italia no se vieron influidos por la filosofía y la poesía griegas. La cultura griega estaba enterrada en una doble tumba y esperaba, en un reino más allá, una época en la que pudiera volver a fecundar el alma humana que entretanto había pasado por una nueva fase. Esta cultura griega estaba enterrada, oculta a los ojos de los hombres y de las almas que no sabían que viviría y seguiría fluyendo como un río que a veces sigue un camino bajo una montaña y no se ve hasta que vuelve a salir a la superficie. Esta cultura griega estaba oculta, exteriormente a los sentidos, interiormente a las profundidades del alma, y ​​ahora aparecía de nuevo. Para la percepción sensorial salió a la luz del día desde el suelo de Italia y fluyó hacia las obras de arte; para la percepción espiritual no sólo fue desenterrada de los manuscritos antiguos; los hombres comenzaron de nuevo a sentir, en el sentido griego, cómo lo material es la manifestación de lo espiritual. Comenzaron a sentir todo lo que Platón y Aristóteles habían pensado una vez más.

Pero la persona en quien esto pudo tener el efecto más fructífero, porque su alma había procesado más plenamente los impulsos cristianos, fue Rafael. Para él, este carácter griego, dos veces enterrado y dos veces resucitado, tuvo ahora tal efecto que pudo moldear todo el desarrollo de la humanidad. Qué maravillosamente pudo hacer esto en las imágenes de la “Camera della Segnatura”, donde vemos resucitar en las fotografías la vieja lucha espiritual, la lucha de aquellos espíritus que emergieron en el tiempo de la interiorización y que no estaban allí en ese momento. de Grecia. Todo el período de internalización fue necesario para que fueran vistos de esta manera en la época de Rafael. Ahora vemos esta internalización pintada en las paredes de las cámaras papales.

Ahora vemos internalizado lo que los griegos sólo habían imaginado que se plasmaría en formas. Vemos las luchas internas y los estados de ánimo de lucha por los que ha pasado la humanidad misma evocados en las paredes del palacio papal con el espíritu creativo griego, con el humor artístico y la belleza griegos. Cómo los griegos imaginaban a los dioses. El efecto que tuvieron en el mundo fue el que derramaron sobre sus estatuas. Cómo la gente experimentó su progreso hacia los fundamentos de las cosas nos lo muestra el cuadro que a menudo se llama la “Escuela de Atenas”. En un peculiar rediseño de los dioses de Homero en el Parnaso se nos presenta cómo el alma humana aprendió a mirar a los dioses griegos. ¡Estos no son los dioses de la Ilíada y la Odisea, pero son los dioses vistos por un alma que ya había pasado por la época de la internalización!

En la otra pared hay un cuadro que debe permanecer indeleblemente en la memoria de todos, sea cual sea su credo religioso: me refiero al fresco de la “Disputa sobre la Misa”, que representa las verdades interiores más profundas. Mientras que los otros cuadros, con una belleza griega, es cierto, expresan el objetivo que se ha de alcanzar como resultado de un cierto esfuerzo filosófico, en la “Disputa sobre la Misa” tenemos lo más hermoso que el alma del hombre puede experimentar. Aquí encontramos a “Brahma”, “Vishnu”, “Shiva” representados en un sentido completamente diferente, lo que nos demuestra que no hay necesidad de adherirse rígidamente a un dogmatismo cristiano estrecho. Lo que puede ser experimentado interiormente por cada alma humana, independientemente de su credo o confesión, como la “Trinidad”, está ante nosotros en el simbolismo, aunque la representación no es meramente “simbólica”, en la parte superior del cuadro. Lo vemos nuevamente en los rostros de los Padres de la Iglesia, en cada uno de sus gestos, en el conjunto de las figuras, en el colorido maravilloso, en realidad en el cuadro en su conjunto que retrata la interioridad del alma humana en una belleza de formas impregnada del espíritu de Grecia.  Así vemos resucitada como revelación exterior la interioridad que el alma humana ha experimentado a lo largo de un milenio y medio. Vemos el cristianismo no como el paganismo de los papas y cardenales romanos, sino como el hermoso y maravillosamente creativo paganismo griego (y, sin embargo, el cristianismo) renacido en las imágenes de Rafael.

El alma de Rafael se encuentra, pues, en un punto de inflexión, en un momento de transición, en un momento de antaño, en el que se refleja todo lo que se había desarrollado hasta la época de la cristiandad en la belleza de la revelación exterior, y, sin embargo, está impregnada al mismo tiempo de lo que se había producido mediante la llamada «educación del género humano», es decir, de una profundización interior del alma reencarnada. Estas maravillas de arte tan excepcional se presentan ante nosotros como una fusión de dos épocas claramente diferentes entre sí: la época pre-griega y la post-griega, una de la vida exterior y la otra de la vida interior. Pero las imágenes también nos abren una visión del futuro. Quien comprende lo que puede significar la fusión de la belleza exterior y el impulso interior lleno de sabiduría del alma humana, no puede dejar de sentir seguridad y esperanza de que esta profundización interior —a pesar de toda la materialidad que debe desarrollarse cada vez más a medida que la humanidad progresa— debe aumentar en el curso de la evolución y que el alma del hombre, a través de vidas sucesivas, entrará en profundidades cada vez mayores de interioridad.

Si nos dirigimos ahora a la literatura y estudiamos, no como “críticos de arte” o simples lectores, las obras de un espíritu como Hermann Grimm, que intentó con toda su alma retratar los mecanismos de la fantasía humana, podemos comprender la profundidad de la simpatía interior con la que contempló las creaciones de Rafael. Si estudiamos nosotros mismos a un espíritu como Hermann Grimm con esta misma simpatía interior, podemos comprender el significado de ciertas palabras suyas que expresan lo que pasaba por su alma cuando hace una declaración un tanto vacilante al comienzo de sus libros, en un pasaje que trata de la manera en que Rafael es un producto de todos los tiempos. Las descripciones formales de Grimm de las diversas obras de Rafael no nos muestran de dónde surgió este pensamiento particular. En medio de otras consideraciones históricas más amplias en las que se introduce Rafael, a Hermann Grimm le sobreviene un pensamiento que registra de manera un tanto tentativa en estas palabras: “Cuando contemplamos las creaciones espirituales de la humanidad y vemos cómo han pasado de los días de antaño a nuestro propio tiempo, bien podemos ser conscientes de un anhelo de pisar esta Tierra una vez más para ver cuál ha sido su destino mientras han vivido”.

Este deseo de “reencarnación” expresado por Hermann Grimm en la introducción a su libro sobre Rafael es notable y, además, profundamente característico del sentimiento que vive en el alma de un hombre de nuestro tiempo, me refiero, por supuesto, a uno que intentó penetrar en el alma misma de Rafael y su conexión con otras épocas. Sin duda, esto nos hace sentir que obras como las de Rafael no son simplemente un “producto natural”; no sólo inducen un sentimiento de gratitud por todo lo que el pasado nos ha otorgado hasta ahora, sino que más bien dan lugar a un sentimiento de esperanza, porque fortalecen nuestra creencia en una humanidad que avanza. Sentimos que estas obras no podrían ser lo que son si el progreso no fuera la esencia misma de la humanidad. Surge un sentimiento de seguridad y esperanza cuando permitimos que Rafael actúe sobre nosotros en el verdadero sentido y somos capaces de decir: Rafael ha hablado a la humanidad misma en sus creaciones artísticas.

Ante las Estancias de la Camera della Segnatura, sentimos la transitoriedad de la obra exterior y que aquellos frescos, tantas veces reparados, ya no nos dan idea de lo que la magia de Rafael encandiló en su día en aquellas paredes. Sabemos que en algún momento futuro los hombres ya no podrán contemplar las obras originales, pero también sabemos que la humanidad nunca dejará de progresar. Las obras de Rafael iniciaron su marcha triunfal cuando, por puro amor a ellas, se hicieron las innumerables reproducciones que hoy existen. La influencia de los originales sigue viva, incluso en las reproducciones. Podemos entender muy bien a Hermann Grimm cuando dice que una vez colgó una fotografía de la Madonna Sixtina en su habitación, pero que siempre sintió que no tenía derecho a entrar en ella; le parecía un santuario de la Madonna del cuadro. Muchos se habrán dado cuenta de que el alma cambia después de haber entrado vivamente en un cuadro de Rafael, aunque sólo sea una reproducción. Es cierto que un día los originales desaparecerán, pero ¿No se puede decir que aún existen en otros mundos?

Las palabras de Hermann Grimm en su libro sobre Homero son muy ciertas: “Las obras originales de Homero tampoco pueden deleitarnos verdaderamente en estos días, porque cuando leemos la Ilíada y la Odisea en la vida cotidiana sin facultades espirituales superiores, ya no somos capaces de entrar plenamente en todas las sutilezas, belleza y poder de la lengua griega. Los originales ya no existen; sin embargo, a pesar de esto, Homero nos habla a través de sus poemas”. Sin embargo, lo que Rafael ha dejado al mundo exterior siempre permanecerá como un testimonio vivo del hecho de que hubo una época en la evolución de la humanidad en la que los misterios de la existencia fueron revelados a través de poderosas creaciones, aunque en ese momento los hombres no podían penetrar en estos misterios a través de la escritura impresa. En la época de Rafael, los hombres leían menos, pero veían mucho más.

El mensaje eterno de Rafael a la humanidad dará testimonio de esta época, una época constituida de manera diferente, pero que, no obstante, seguirá funcionando a través de todos los siglos venideros, porque la humanidad es un organismo completo. Así, las creaciones de Rafael seguirán viviendo en el curso externo de la evolución humana y en el interior de las vidas sucesivas del espíritu del hombre, otorgando tesoros cada vez más poderosos y más profundos.

La ciencia espiritual nos muestra una doble continuidad de la vida, una de cuyas facetas ya hemos hablado en conferencias anteriores y que se seguirá describiendo más adelante, y otra, la vida espiritual, hacia la que siempre nos esforzamos. Esta vida espiritual se convierte en nuestra guía a lo largo de las épocas de la existencia terrena. Hermann Grimm dijo palabras de verdad cuando expresó lo que su estudio de Rafael le transmitió a su sentimiento y percepción. Dice: “Llegará un tiempo en que la obra de Rafael se habrá desvanecido y habrá desaparecido hace mucho tiempo. Sin embargo, él seguirá viviendo en la humanidad, porque en él la humanidad floreció en algo que tiene sus raíces en el hombre y que germinará y dará fruto para siempre”. 

Toda alma humana que pueda penetrar lo suficientemente profundamente en el alma de Rafael se dará cuenta de esto. De hecho, sólo podremos comprender verdaderamente a Rafael cuando podamos sublimar y profundizar en el sentido de la ciencia espiritual un sentimiento que impregnó a Hermann Grimm cuando se dedicó una y otra vez a la contemplación del pintor. (En la última conferencia vimos lo cerca que estaba Hermann Grimm de la Ciencia Espiritual.) Nos ayudará a comprender nuestra propia relación con Rafael y el sentido en que los pensamientos como los que se han dado hoy pueden crecer y convertirse en semillas. Si concluimos con un pasaje de Grimm que expresa lo que realmente quería decir: "Los hombres siempre anhelarán comprender a Rafael, el hermoso joven pintor que superó a todos los demás, que estaba destinado a morir temprano y cuya muerte fue llorada por toda Roma. Cuando las obras de Rafael se pierdan, su nombre, sin embargo, permanecerá grabado en la memoria de la humanidad".

Así escribía Hermann Grimm, que a su manera comenzó a describir a Rafael. Podemos entender estas palabras y también las que termina su libro: “Todo el mundo anhelaría conocer la obra de un hombre como Rafael, pues éste se ha convertido en uno de los elementos básicos del desarrollo superior del espíritu humano. Deseamos acercarnos a él, más aún, lo necesitamos para nuestra curación”.

Traducido por J.Luelmo sep,2024