CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA207 Dornach, 2 de octubre de 1921 - El mundo del pensar en el ámbito de los órganos de los sentidos

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RUDOLF STEINER

EL MUNDO DEL PENSAR EN EL ÁMBITO DE LOS ÓRGANOS DE LOS SENTIDOS


Conferencia 5

Dornach, 2 de octubre de 1921

Me gustaría, para estar consciente de las conexiones, recapitular brevemente lo que hemos estado estudiando durante los últimos días en relación con el conocimiento de la vida anímico-espiritual del ser humano. En particular, me gustaría referirme a las cosas más importantes de lo que se ha dicho, como una especie de preludio de lo que aún queda por añadir como conclusión temporal de estos estudios. Hoy hablaré más de los resultados; En los últimos días ya expliqué el proceso de observación.

Hemos visto que en el espacio entre el cuerpo etérico y el cuerpo físico hay, por así decirlo, un tejido de pensamientos vivos. Este tejido de pensamientos vivos, ¿Qué es en realidad? Es aquello que traemos al mundo terrenal a través del nacimiento desde el mundo anímico-espiritual. Es necesario que nos imaginemos que aquello, -dentro de nuestra actividad pensante-, que sólo tenemos en imagen, aquello que por tanto sólo representa algo dentro de nuestra actividad pensante, que tiene vida propia independiente, pero que cuando tenemos pensamientos, éstos no contienen lo que sentimos, sino que el tejido de pensamientos está impregnado de esencia objetiva, que es un tejido de pensamientos trabajador, tejedor, activo. Por lo tanto, se da la circunstancia de que este tejer de pensamientos, coopera en la formación del ser humano, y de que lo hace a lo largo de toda la vida entre el nacimiento y la muerte

Ruego que sean ustedes plenamente conscientes de lo último que les he dicho. No puede decirse que en el hombre esta red de pensamientos lo forme completamente, que el hombre sea, por tanto, completamente tejido a partir de eso que puede llamarse pensamiento generalizado. No es así, al menos en lo que se refiere a esta red de pensamientos situada entre el cuerpo etérico y el físico. El ser humano está ciertamente constituido también de otras cosas que le vienen del cosmos general, y eso que he descrito como red de pensamientos sólo está entretejido con él. Pero lo encontramos, por así decirlo, en el punto donde también se encuentra nuestro pensar subjetivo, porque entretejemos los pensamientos subjetivos en este tejido del pensar. Los pensamientos objetivos no aparecen en absoluto a la conciencia ordinaria, pero a medida que los pensamientos subjetivos, que son encendidos por el mundo externo, se viven a sí mismos en este tejido, surge para nuestra conciencia aquello que es el contenido de nuestros pensamientos.

diagrama 1
Por un lado, esto es en cierto sentido, el ser humano. Es el ser humano desde el punto de vista de su piel, en la medida en que el conjunto de los sentidos está básicamente incorporado a la piel. Pero en cuanto nos acercamos hoy al mundo de los sentidos propiamente dicho, la situación es tal que no llegamos a los sentidos, por así decirlo, observando aquello que el ser humano ha incorporado al entrar en la existencia mediante el nacimiento. Debemos dibujar el asunto esquemáticamente de tal manera que digamos: Si este es el tejido de pensamiento entre el cuerpo etérico y el cuerpo físico (ver diagrama 1, brillante), entonces todo lo que es vida sensorial (roja) incorporada en la piel se enrolla alrededor de este tejido de pensamiento hacia el exterior. De este modo, a partir del cosmos, por así decirlo, se forma y se adhiere al ser humano. 

Así que esto es lo que el hombre recibe como un regalo del cosmos, por así decirlo, cuando él, llegando a través del nacimiento, lleva en lo que es inicialmente en su tejido de pensamiento. Y en realidad, cuando se habla del hombre como evolucionando a lo largo de la evolución de Saturno, de la evolución solar, de la evolución lunar, de la evolución terrestre, tal como la he descrito en mi «Ciencia Oculta en Esquema», encontramos en primer lugar principalmente esta evolución exterior, a partir de Saturno, expresada precisamente en la configuración de los órganos de los sentidos. Sin embargo, después esto continúa a través de procesos hacia el interior en el sistema glandular, el sistema nervioso, etc., pero los sentidos son la fuente de lo que el ser humano recibe como su organización proveniente del cosmos. Pero lo que he esbozado aquí como una red de pensamientos es algo que pertenece al ser humano individual, algo que cuando el ser humano llega a la existencia mediante el nacimiento, se separa del mundo etérico pero que sin embargo pertenece al ser humano individual, es decir, tiene que ver con el desarrollo terrenal individual del ser humano. De modo que se puede decir: Esta organización objetiva del pensamiento actúa sobre nosotros durante nuestra vida embrionaria y durante toda nuestra vida posterior entre el nacimiento y la muerte, pero no es todo lo que el ser humano en su totalidad produce.

Por otro lado, hemos encontrado lo que es de naturaleza volitiva. Y podemos decir que lo que es de naturaleza volitiva se desarrolla entre el cuerpo astral y el yo. En realidad, el yo es de naturaleza totalmente volitiva, como lo es el ser humano en cuanto ser humano. Pero se desarrolla de tal manera que, como he indicado, al principio, durante la vida entre el nacimiento y la muerte, los impulsos de la voluntad pasan a las acciones del ser humano, pero no completamente; quedan cosas atrás. Y lo que queda de la naturaleza volitiva pasa al karma en desarrollo. De modo que cuando miramos al hombre según su cuerpo físico, llegamos al karma pasado en el tejido del pensamiento, y al mirar al hombre según su yo, -pues este yo es el que realmente vive en sus acciones; sólo hay que ser plenamente consciente de que el yo en realidad vive completamente en las acciones, en realidad sólo despierta en las acciones del hombre-, aquello que el yo retiene en sí mismo, por así decirlo, es llevado después a través de la puerta de la muerte y pasa al karma futuro, al karma del devenir.

Aquí, observando objetivamente, encontramos, por así decirlo, lo que de otro modo está subjetivamente en nosotros como vida anímica. Allí lo encontramos objetivado. Lo encontramos de tal manera que podemos observarlo objetivamente. Pero si observamos la relación con lo subjetivo, encontramos que por un lado tenemos formas pensamiento, por otro lado tenemos formas volitivas. En el centro está la experiencia subjetiva del sentir.

A este sentir, sólo se llega a su esencia real si se tiene claro el hecho de que en realidad cada sentimiento que el hombre puede albergar como individuo está entretejido en la totalidad de la vida emocional del hombre. Y la vida emocional del ser humano en realidad sólo puede considerarse a su vez si la entendemos de tal manera que digamos: En un momento de la vida estamos impregnados, permeados por la totalidad de nuestra vida emocional. También podríamos decir: Estamos en un determinado estado de ánimo emocional; en cada momento de nuestra vida estamos en un determinado estado de ánimo emocional. Intentemos ser conscientes de este estado de ánimo emocional; al principio, cada uno de nosotros sólo puede hacerlo individualmente. Intentemos darnos cuenta de cómo una persona se encuentra en un determinado estado de ánimo emocional en un momento dado de su vida en la Tierra. Como ya saben: este estado de ánimo emocional es infinitamente variado. Es tal que en una persona puede degenerar en, me gustaría decir, exceso de felicidad, de modo que una persona está excesivamente alegre, otra sufre de depresión, la tercera está más en el estado de ánimo proporcionado. Si simplemente queremos dirigir nuestra mirada a este estado de ánimo emocional en un momento dado de la vida, no necesitamos entrar en las causas de estos estados de ánimo emocionales, sino que sólo tenemos que considerar el matiz particular, el matiz particular de este estado de ánimo emocional: cómo puede llegarse a la depresión más profunda en unos, mientras en otros, puede estar en equilibrio, otro puede ir de nuevo a la alegría, a la máxima alegría; o cómo pueden existir miles de estadios intermedios.

Este estado de ánimo emocional es, en realidad, diferente para cada persona. Y bien, si a través de una especie de autoconocimiento, se indaga acerca de este estado de ánimo emocional en realidad no se encontrará otra cosa que experiencia subjetiva en este estado de ánimo emocional, experiencia subjetiva que está matizada de todo tipo de maneras por experiencias externas, por vivencias externas; pero al fin y al cabo, se encontrará experiencia subjetiva.

Cuando uno se queda en esta experiencia subjetiva, es decir, en el tejer interior real del alma, sin pasar a la contemplación, es decir, sin pasar a que estas cosas se vuelvan objetivas para uno, no puede orientarse sobre la naturaleza, digamos, de este estado de ánimo emocional del alma en un momento dado. Pero en la vida ordinaria uno ya puede llegar a darse cuenta de lo que realmente es este estado de ánimo, este estado de ánimo que vive enteramente en los sentimientos. Para ello, sin embargo, uno debe tener la capacidad de observación psicológica. Debe ser capaz de examinar personalidades particularmente llamativas por su contenido emocional. Y aquí se puede hacer la siguiente experiencia. Es cierto que la observación externa sólo podrá darle una aproximación de la verdad real, pero esta aproximación ya es extremadamente valiosa.

Podemos, por ejemplo, proponernos la tarea de estudiar a Goethe, a quien podemos seguir bien por su diario, por su correspondencia, por lo que ha desembocado en sus obras más características, donde siempre, puesto que podemos seguirle biográficamente a veces de día en día, a veces de mañana a tarde, podemos ver muy claramente cómo era su estado de ánimo. Por ejemplo, podemos proponernos la tarea de estudiar el estado de ánimo de Goethe en un momento dado, pongamos 1790, de un modo sutilmente psicológico. Primero se lo intentará describir con la mayor precisión posible. Se puede hacer esto, se puede describir este estado de ánimo con la mayor precisión posible. Y al hacer esto, sin embargo, se señala en dos direcciones, -y es sumamente importante ponerse a sí mismo frente al alma-, por un lado se señala a la vida de Goethe antes de 1790 y por el otro a lo que Goethe vivió después de 1790. Y si uno mira entonces con una mirada psicológica, por así decirlo, todo aquello que penetró en el alma de Goethe antes de 1790, junto con lo que luego obró en su alma hasta su muerte, -si se visualiza así la vida precedente y la posterior-, allí lo maravilloso consiste en que este momento anímico del hombre representa una cooperación entre lo anterior, lo que el hombre conoce, lo que ya está presente conscientemente en su vida, y lo que está por venir, es decir, lo que aún no se ha dado a su primera experiencia consciente. Aquello que inicialmente es desconocido para la propia conciencia ya vive en el estado de ánimo emocional general. Uno ya puede, me gustaría decir, descubrir biográficamente este secreto del estado de ánimo de un momento. Y con esto uno ya está bordeando aquellas áreas de la reflexión humana que a menudo son desatendidas por la gente que vive irreflexivamente. Lo que es el futuro para el hombre, es aún desconocido, -así lo cree él-, pero para su vida emocional ya es conocido.

Y si uno continúa y examina más a fondo, examina por ejemplo el estado de ánimo de alguna persona a la que uno ha conocido exactamente y sobre la que uno se ha enterado de que murió, digamos, unos pocos años después de haber captado este estado de ánimo, entonces uno puede ver con bastante exactitud cómo la proximidad de la muerte, con todo lo que está conectado con ella, ya ha arrojado su luz sobre el estado de ánimo. De modo que, si mira en estas cosas, uno puede ver realmente en primer lugar el pasado del hombre desde la vida entre el nacimiento y la muerte, y el futuro hasta la muerte jugando en lo que convive emocionalmente en la mente. Por eso la vida emocional tiene algo tan inexplicable para el hombre mismo. Es por eso que la vida emocional tiene algo tan inexplicable para el propio ser humano. De ahí que se sitúe en la vida como algo elemental, porque ya está teñida como un sentimiento de lo que aún no hemos experimentado

Ciertamente, esta cuestión debía tenerse en cuenta en el momento en que escribía mi «Filosofía de la libertad». ¿Por qué tuve que insistir en que la acción libre sólo puede surgir del pensar puro? Bueno pues, porque si la acción se basa en el sentir, el futuro ya juega un papel en ella, ¡por lo tanto una acción verdaderamente libre nunca podría provenir del sentir! Sólo puede surgir del impulso verdaderamente captado en el pensar puro. Y si recuerdan lo que he descrito en los últimos dos días, podrán acercar el asunto aún más a su alma. Les decía que: El modo en que se nos aparece inicialmente el sentir, es porque lo que realmente sucede en nosotros, lo que sucede en nuestra naturaleza humana, es irradiado de vuelta y hacia arriba en nuestra conciencia en el sentir. Si lo dibujo esquemáticamente, puedo decir: En el sentir, lo que fluye hacia arriba en la conciencia es precisamente la experiencia del sentir; pero lo que fluye hacia abajo es lo que puede ser experimentado por la conciencia imaginativa del mismo modo que las imágenes oníricas (véase el diagrama 2), es decir, lo que tiene lugar en la imaginación. De modo que, para el ser humano en su conjunto, la vida emocional se desarrolla en realidad de tal manera que lo que fluye hacia arriba es aquello de lo que nos hacemos conscientes como sentimiento (azul), pero que lo que fluye hacia abajo y hacia el organismo humano es lo que en realidad es imagen, lo que realmente se ve como imagen cuando se ve a través de la conciencia imaginativa (rojo, en el interior. 

diagrama 2
Para la mente consciente ordinaria, esto fluye hacia todo el ser humano como algo inconsciente. No en los acontecimientos individuales, por cierto, pues éstos deben venir realmente primero, -les pido que comprendan bien esto-, sino en el estado de ánimo general de la vida, el resultado de sus experiencias futuras vive en el hombre, como si dijéramos, en una nota clave. No como si las imágenes de lo que sucede estuvieran vivas; sino que en las imágenes viven las impresiones de ello.

Así que no hay que representar esas imágenes que fluyen ahí abajo como algo parecido a un futuro cinematográfico, sino que hay que representarlas como el resultado de impresiones. Sólo con ciertas personas que son atávicamente clarividentes pueden salir a la luz las imágenes, que luego se traducen en imágenes de ciertos hechos, y entonces puede tener lugar una cierta mirada hacia el futuro próximo. Hoy, sin embargo, nos interesa sobre todo el hecho de que lo que primero se envía al ser humano de forma pictórica es lo que vive como su mundo emocional. 

Al pasar ahora del sentir a la voluntad, aquello que, tal como se lo describí, entra aquí en el ser humano, penetra hacia el exterior y se convierte en su karma futuro (rojo, exterior). De modo que lo que surge en el hombre a través de sus sentimientos tiene, por así decirlo, algo que ver con su karma hasta su muerte; pero lo que surge de la voluntad tiene que ver con su karma más allá de la muerte.

Por lo tanto, es muy posible seguir y estudiar todas estas cosas en detalle. Al avanzar cada vez más en relación con el desarrollo de la ciencia espiritual antroposófica, no se habla de manera esquemática de meros conceptos, sino que se habla de lo concreto que vive en el hombre y que, cuando el hombre lo trae a su conciencia, le da primero la iluminación sobre lo que realmente es. Pero hay que tener un fuerte sentimiento de que la voluntad, que se apoya en la vida emocional, trabaja realmente hacia el futuro, más allá de la muerte, de que la voluntad es la productora del karma del devenir.

Si volvemos una vez más al otro lado, a ese tejido de pensamientos que hemos encontrado y que realmente vive entre el cuerpo etérico y el cuerpo físico en el ser humano, entonces tenemos que tener claro que al experimentar algo del mundo por medio de las impresiones de los sentidos, formándonos así una visión sensorial del mundo, luego procesamos mentalmente estas impresiones de los sentidos, y al procesarlas mentalmente, en realidad entretejemos este tejido de pensamientos con nuestra subjetividad. Combinamos lo que experimentamos en nuestra alma como resultado de las impresiones sensoriales, por un lado, con lo que se incorpora a nosotros como tejido de pensamientos a través del nacimiento; pero el uno, el tejido de pensamientos objetivo permanece inconsciente, y sólo lo que tejemos en él, lo que, por así decirlo, forzamos en él a partir de nuestra actividad-pensamiento interior, eso llega a nuestra conciencia. En efecto, es como si la red de pensamientos estuviera ahí, los pensamientos subjetivos inciden, inciden en esta red de pensamientos y acto seguido esta red de pensamientos refleja nuestros pensamientos subjetivos, pero dándoles todo tipo de direcciones y haciéndonos así conscientes de nuestros pensamientos subjetivos (véase el diagrama 3). Digo dándoles todo tipo de direcciones.

diagrama 3
Verán, cuando percibimos, digamos, algún objeto externo, -les describiré el proceso en detalle-, por ejemplo un cubo, un cubo de cristal: primero lo vemos. Cuando lo vemos, no nos conformamos con verlo solamente. Pensamos sobre él. Pero este pensamiento nos lleva al tejido de pensamientos, y el tejido de pensamientos que se incorpora a nosotros a través del nacimiento, con el cual fuimos por tanto dotados cuando estábamos en el cosmos, que también recibimos a través del cosmos, este tejido de pensamientos es tal que ahora empezamos a formar ideas cristalográficas a partir de ciertas condiciones previas, que formamos desde dentro. Por ejemplo, formando las ideas del sistema teseral, del sistema tetragonal, del sistema rómbico, del sistema monoclínico, del sistema triclínico, del sistema hexagonal, es decir, pensando los sistemas cristalinos de manera matemático-geométrica, encontramos que podemos pensar los sistemas cristalinos. Este cubo encaja en el sistema teseral que hemos formado en nuestro ser interior. Al integrar algo como el pensamiento del cubo, por ejemplo, en lo que son, por así decirlo, pensamientos a priori que sacamos de nuestro interior, nos dirigimos hacia el ámbito objetivo del pensar en ese momento en que nos asaltan los pensamientos subjetivos. Pues lo que formamos como geométrico, como física puramente geométrico-mecánica y demás, lo sacamos de este tejer de pensamientos que se incorpora a nosotros al nacer. Y lo individual que incorporamos a estos pensamientos, que desarrollamos a través de las vistas e impresiones sensoriales externas, son las que nos iluminan dejando que se reflejen en nosotros, pero dejando que con el se afirmen, por así decirlo, el tejido de pensamientos forma eternamente vivo dentro de nosotros, al menos eternamente según el proceso, aunque no en las formas individuales, pues éstas cambian de encarnación en encarnación.

Así que vivimos pensando e integrando el pensar en nuestra vida interior de pensamiento de tal manera que lo entendemos, vivimos de tal manera que también traemos a nuestro pensamiento subjetivo lo que está en este tejer de pensamiento.

Pues bien, lo que acabo de decir es algo que ocurre constantemente en las personas, es algo que tiene lugar constantemente en las personas. Pero al mismo tiempo verán ustedes: Por un lado, al empezar con el sentir, nos estamos centrando en lo que va del sentir al organismo, a la voluntad. Aquello que desde la voluntad se convierte, por así decirlo, en karma que permanece aún en el yo, aquello que deviene, todo esto nos lleva en la dirección del futuro humano. Si miramos hacia el lado opuesto, hacia el tejido del pensamiento, hacia el cual también corren nuestros pensamientos subjetivos, esto ciertamente nos lleva en la corriente hacia el pasado humano. Por lo tanto, nuestro pasado, nuestro karma cumplido también hay que buscarlo de esta manera. En el hombre, el pasado y el futuro se encuentran realmente en los sentimientos en el sentido más eminente. El ser humano nace pues, por así decirlo, a partir del pensar.

Él vive a través del sentir y teje en su voluntad lo que le acompaña a través de la puerta de la muerte.

Al pronunciar estas palabras, en realidad estamos señalando lo que tenemos subjetivamente en nuestra vida anímica, en el tiempo entre el nacimiento y la muerte. Pero podemos ir aún más allá. Podemos considerar lo siguiente. Podemos preguntarnos: ¿Cómo es en realidad cuando estos pensamientos subjetivos, que relacionamos con impresiones externas, se funden con lo que con toda seguridad es sólo el pasado, como acabo de describir? Como ven, el pensamiento subjetivo primero se nos hace consciente como pensamiento. Como pensamiento tiene un cierto contenido imaginativo. Pensamos un contenido cuando pensamos en el cubo. Pero seguramente ustedes se darán cuenta de lo que ya indiqué anteayer: No podemos separar fácilmente el pensar, el sentir y la voluntad en la vida del alma.

Todos los motivos de nuestros pensamientos morales viven en nuestra volición. Pero también al pensar, en el pensamiento subjetivo, somos conscientes de que no tenemos un único contenido de pensamiento. Encadenamos un pensamiento tras otro, y somos conscientes de la actividad que encadena un pensamiento tras otro. ¿Qué vive en el pensamiento? Pues bien, la voluntad vive de un modo sutil en el pensamiento, especialmente en el pensamiento subjetivo. Por lo tanto, debemos ser claros: Cuando pensamos, el contenido del pensamiento vive por un lado, y la actividad de la voluntad vive en el pensamiento por otro. Ahora bien, cuando los pensamientos se desencadenan aquí (ver diagrama 3) - se nos reflejan, sin embargo, como pensamientos, pero la voluntad también vive en los pensamientos, en estos pensamientos subjetivos, que proyectamos, por así decirlo, en el tejido del pensamiento. 

En realidad, en la conciencia ordinaria no podemos utilizar esta voluntad. Simplemente sientan si esta actividad, que les he indicado aquí, se expresara con toda claridad en el recuerdo: ¡en el recuerdo la voluntad ya debe haber menguado! Todavía debe estar activa; pero cuando la memoria está terminada, cuando el pensamiento recordado está allí - ¡la memoria no sería pura, no representaría claramente lo que se supone que debe representar como una experiencia pasada, si estuviera impregnada por la voluntad! Por supuesto, si uno recuerda lo que comió ayer, ya no puede cambiar la sopa; la voluntad ya está fuera de ella, ¿no es así? Debe surgir el contenido puro del pensamiento. Por tanto, en la reflexión, hay que despojarse de la voluntad. ¿Adónde va a parar?

Ahora, si hago el mismo dibujo, si tengo el tejido del pensamiento aquí y se refleja allí, entonces el contenido del pensamiento simplemente pasa a la conciencia. El contenido de voluntad de los pensamientos baja y se une con el otro contenido de voluntad y mente y entra en el karma de devenir, se convierte así en un componente del karma de devenir (véase el diagrama 4, flecha).

Por otra parte, nuestros impulsos volitivos son como la parte dormida durante nuestra vida de vigilia. Nuestra mirada no alcanza hasta aquellas regiones donde vive realmente la voluntad. Primero tenemos el pensamiento del impulso de la voluntad. Éste pasa luego, por así decirlo, de un modo inconsciente a la voluntad, y sólo cuando la voluntad se expresa exteriormente observamos de nuevo lo que pasa a través de nosotros, lo que experimentamos en la conciencia ordinaria en la voluntad. Cuando actuamos, en realidad experimentamos todo en la imaginación, en la vida emocional, soñamos con ello, pero en relación con la voluntad real, dormimos. 

diagrama 4
Pero son pensamientos que canalizamos en este tamiz de la voluntad. ¿Pero cuándo? Sólo cuando no cedemos a nuestros instintos, a nuestros impulsos, cuando no nos rendimos meramente a la llamada naturaleza humana inferior, pues eso ya está ahí abajo, es entonces cuando nos impulsa a ejercer la voluntad y a actuar. Pero entonces metemos nuestra voluntad en lo que constituye nuestra experiencia subjetiva, si la controlamos con nuestro pensar puro, que está dirigido hacia la voluntad, es decir, si la controlamos con nuestros ideales morales intuitivamente captados. Podemos dar estos ideales morales intuitivamente captados al pensamiento volitivo en su camino hacia la región de la voluntad. En consecuencia, nuestra voluntad está impregnada de nuestra moralidad, y dentro del ser humano hay, por tanto, una lucha constante entre lo que el ser humano envía desde sus intuiciones morales a la región salvaje y lo que bulle y hierve ahí abajo, en su vida instintiva y onírica. Eso es todo lo que ocurre en el hombre. Pero lo que ocurre ahí abajo en el hombre es al mismo tiempo aquello en lo que se prepara su futuro humano más allá de la muerte. Sube a la región de los sentimientos. Este futuro vive realmente en la voluntad. Golpea hasta la región del sentimiento, y en el sentimiento se entreteje algo más que lo que he descrito antes como el estado de ánimo emocional, que tiene un sentido para la vida entre el nacimiento y la muerte. En el estado emocional ordinario, que he descrito como expandiéndose desde la depresión extrema hasta la euforia completa, hasta la excitación, puede tener lugar todo aquello en lo que el futuro humano y el pasado humano interactúan en la vida entre el nacimiento y la muerte. Pero también lo que va más allá de la muerte penetra en lo que surge de abajo. ¿Y qué vive allí? Allí vive algo que, como surge de las regiones en las que ya no participa la conciencia, lo percibimos como algo objetivo. También es algo objetivo, porque tiene que ver con las leyes por las que nosotros, como seres humanos morales, nos conducimos a través de la muerte. Lo que irradia de vuelta es entonces la conciencia. Y psicológicamente entendido, éste es el origen real de la conciencia. Si la ciencia psicológica quisiera realmente acercarse a estas cosas, entonces tendría que examinar los detalles de la vida del alma según estas directrices, y encontraría confirmación en todas partes de lo que la ciencia espiritual antroposófica da como tales directrices, hasta en los detalles más ínfimos de la vida del alma.

Vemos pues, que nuestros sentimientos fluyen hacia nuestros pensamientos. En primer lugar, fluyen hacia nuestros pensamientos subjetivos y los estimulan; pero también, por así decirlo, fluyen hacia el tejer objetivo de los pensamientos, y en ello nos experimentamos como un ser que ha llegado a la existencia terrenal a través del nacimiento. Por otra parte, podemos experimentarnos como el ser que pasa por la muerte. Sólo tenemos que estudiar realmente el interior humano, y llegamos a aquello que ya se anuncia como tal en el interior humano, que apunta más allá del ser humano, o sea, más allá del nacimiento y de la muerte, que apunta hacia ese mundo que no se define dentro de lo sensible. Pues este mundo, que no se define dentro de lo sensorial, nos ofrece ante todo lo que está realmente presente dentro de nosotros. En particular, sería de gran importancia investigar realmente en una psicología real, -pues lo que hoy se considera psicología es sólo una suma de formalismos-, el estado de ánimo del ser humano en un momento en que pasado y futuro confluyen el uno en el otro. De este modo se encontrarían muchas cosas misteriosas en la vida humana, y uno se convencería de que una objeción que es extremadamente obvia no es aplicable. La objeción, que es sumamente obvia, es la siguiente: Sí, ¿qué sería en realidad del hombre si viera a través de sí mismo de esta manera, si mirara constantemente dentro de sí, por así decirlo, para comprobar su estado de ánimo subjetivo, respecto a lo que le espera en el futuro? Esta objeción es obvia, pero no es más que la objeción de la imaginación. Uno se imagina que la forma en que aparece el futuro es exactamente la misma que cuando realmente se contempla y se experimenta. Sin embargo, el futuro no se refleja, ya que se experimenta posteriormente. Se experimenta en el trato con el mundo exterior, en el encuentro con las cosas del mundo exterior. Lo que sucede interiormente es lo que se manifiesta en el ser humano como algo que irradia, y esto es algo que, por más que el ser humano lo conozca con precisión, ciertamente no puede disuadirlo en el camino de su vida. Así como las objeciones al conocimiento del hombre surgen del miedo, que está enteramente enraizado en ilusiones que uno se hace, porque se juzga meramente según la vida de la conciencia ordinaria, porque uno no quiere elevarse a la visión de que tan pronto como la conciencia asciende a regiones más elevadas, experimenta algo completamente nuevo.

Pero ayer ya les mostré que, cuando el hombre atraviesa la puerta de la muerte, se desarrolla con dos anhelos, que, por una parte, emanan de la vida del pensar y, por otra, del tamiz de la voluntad: que la vida pensante anhela ser mundo, la vida volitiva, al atravesar la muerte, anhela ser humano; que esto dura hasta lo que he llamado la medianoche de la existencia; que a continuación se produce una inversión rítmica: donde la vida pensante comienza a anhelar lo humano, y la vida volitiva comienza a anhelar la irradiación en el cosmos, de modo que la vida volitiva vive entonces en las cualidades heredadas. La parte pensante, sin embargo, vive en el individuo, que se integra en la nueva vida en la tierra. La voluntad nos envuelve, por así decirlo, en lo que tenemos de nuestros antepasados - visto externamente: en las cualidades heredadas y las sustancias heredadas. La vida pensante es la que se integra en nosotros, y durante la vida volvemos a combinar con esta vida pensante todo lo que sacamos de las profundidades de la mente y de la voluntad. Al principio, la vida pensante se incorpora a nosotros como algo que no es inicialmente cálido y vivo como nuestra vida interior en general. Si permaneciéramos con la vida pensante tal como nacemos, nos convertiríamos hasta cierto punto en autómatas del pensamiento llenos de frialdad interior. Pero en el momento de nacer, el ser interior individual comienza a agitarse a partir de la voluntad y la mente, para afianzar con calor y vida lo que, -durante el camino que va de la muerte al nacimiento-, inicialmente se ha vuelto frío; y así nosotros, como seres humanos, tenemos la posibilidad de afianzar con lo individualmente cálido, aquello que procedente del vasto universo tiende a constituirnos en frialdad.

Así es como el hombre se integra en el espacio y en la evolución del mundo. Así es como se sitúa en él. Estas cosas están completamente ocultas debido al pensamiento científico actual. El pensamiento científico actual no quiere acercarse al conocimiento real del hombre. Por lo tanto, el hombre actual se experimenta a sí mismo, -y se experimentará cada vez más de este modo-, conociendo sobradamente su entorno, de tal manera que no puede conocerse a sí mismo en su ser real. Hoy, precisamente a causa de los conocimientos actuales y de otras formas de educación, el hombre vive de tal manera que en el fondo no sabe nada de su propia esencia. Y esto aumentará cada vez más. Y si fuera posible cumplir completamente lo que, por así decirlo, se está volviendo directo para el hombre mediante el conocimiento unilateral de la ciencia natural, el hombre se alienaría completamente de sí mismo. Su individualidad interior querría cobrar vida, querría derretir las masas de hielo que hemos traído a la existencia terrenal mediante nuestro nacimiento. A causa de este proceso, que le abruma interiormente, que también se produce si lo ignora, pero que en el fondo sólo puede soportar a la larga conociéndolo, el ser humano perecería espiritualmente. Todos los signos de los tiempos indican que el hombre debe llegar realmente a ese autoconocimiento que aquí se ha descrito. Y es simplemente tarea de la vida espiritual actual, en su impulso hacia el futuro próximo, incorporar realmente estas cosas al desarrollo de la cultura.

Pero la educación hasta ahora ha empleado grandes dosis de miedo, grandes dosis de antipatía contra la afirmación de lo que es tan necesario para la humanidad si no quiere hundirse en la ruina, sino que quiere llegar a un nuevo amanecer.

Traducido por J.Luelmo feb,2025

GA066 Berlín, 17 de marzo de 1917 - Los enigmas del alma y los enigmas del mundo

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RUDOLF STEINER

LOS ENIGMAS DEL ALMA Y LOS ENIGMAS DEL MUNDO


Conferencia 5

Berlín, 17 de marzo de 1917

En la última conferencia intenté mostrarles que los malentendidos deben atribuirse al hecho de que en la cultura espiritual contemporánea hay tan poca comprensión, tanto entre los que dirigen su investigación, su atención al alma y sus procesos, como los que dirigen su atención a los procesos materiales en el organismo humano, que tienen lugar, -bueno, como quieran llamarlos-, como fenómenos acompañantes o también, como cree el materialismo, como causas necesarias para los acontecimientos espirituales. E intentaba mostrar cuáles son las razones de tal malentendido. Hoy sobre todo, quisiera llamar su atención sobre el hecho de que, dondequiera que se busque el conocimiento real, verdadero, tales malentendidos saldrán, y también inevitablemente malentendidos en otras direcciones, si no se tiene en cuenta una cosa en el propio proceso de conocer, y es que con la investigación más íntima, sobre todo con la investigación más prolongada, se impone al investigador espiritual cada vez más como una experiencia directa, como una experiencia interior. Es algo que al principio parece muy extraño cuando se dice: En los ámbitos de la cosmovisión, es decir, en los ámbitos del conocimiento de lo espiritual-real o en general del conocimiento de las fuentes de la existencia, si uno se enreda demasiado, quiero decir, en ciertas ideas, en ciertos conceptos, tiene que surgir necesariamente una visión del alma humana que se puede refutar sin falta, y que igualmente se puede demostrar de forma natural.

Por lo tanto, en cuestiones de cosmovisión, el investigador espiritual deberá alejarse cada vez más de lo que es habitual, a saber, de presentar esto o aquello en apoyo de un punto de vista u otro, lo que sería similar a lo que se llama en la vida ordinaria una prueba o una refutación. Porque en este campo, como ya he dicho, todo se puede demostrar, todo se puede refutar sobre ciertas bases. El materialismo puede ser estrictamente probado en su totalidad, y puede ser estrictamente probado cuando trata de cuestiones concretas de la vida o de la existencia. Y lo que un materialista puede citar en apoyo de sus puntos de vista no puede ser fácilmente descartado si uno simplemente los quiere refutar desde puntos de vista opuestos. Lo mismo ocurre con los que representan una existencia espiritual. Por lo tanto, cualquiera que realmente quiera investigar en áreas espirituales no sólo debe conocer lo que se opina a favor de una cosa, sino que también debe conocer todo lo que se opina en contra de una cosa. Porque el curioso resultado es que la verdad real sólo emerge cuando uno permite que lo que sabe a favor de una cosa y lo que sabe en contra tengan efecto en el alma. Y quien deja que su espíritu, digamos, se instale tan fijamente en alguna trama conceptual o imaginativa de una visión unilateral del mundo, siempre cerrará su mente al hecho de que en el alma también puede afirmarse lo contrario, que incluso lo contrario debe parecer correcto hasta cierto punto. Y, por tanto, estará en la misma posición que alguien que quiera afirmar que la vida humana sólo puede sostenerse mediante la inhalación. La inhalación presupone la exhalación, ambas van juntas. 

Pues bien, así es como se comportan siempre nuestros conceptos, nuestras ideas relacionadas con cuestiones de cosmovisión. Podemos proponer un concepto para algo que afirme la cosa, o podemos proponer un concepto que niegue la cosa; lo uno exige lo otro, igual que la inhalación exige la exhalación, y viceversa. Y del mismo modo que la vida real sólo puede aparecer, sólo puede revelarse a través de la espiración y la inspiración, cuando ambas están presentes, lo espiritual sólo puede cobrar vida en el alma si uno es capaz de responder de forma igualmente positiva a favor y en contra de una cosa. 

El concepto afirmativo, la idea afirmativa, está dentro del todo viviente del alma, por así decirlo, al igual que una exhalación, y el concepto negativo al igual que una inhalación; y sólo en su interacción viviente se revela lo que se relaciona con la realidad espiritual. Por lo tanto, a la ciencia espiritual no le conviene en absoluto aplicar los métodos habituales de la literatura cotidiana, a los que uno está tan acostumbrado, donde se demuestra o refuta esto o aquello. El científico espiritual se da cuenta de que lo que se plantea de forma positiva siempre puede encontrar cierta justificación si se relaciona con cuestiones de cosmovisión, pero también puede encontrarla el fenómeno contrario. Sin embargo, si en cuestiones de cosmovisión uno progresa hacia esa vida inmediata que vive en conceptos positivos y negativos, tal como la vida física vive en exhalación e inhalación, entonces se llega a conceptos que realmente absorben el espíritu directamente, conceptos que son iguales a la realidad. No obstante, en tales casos hay que expresarse a menudo de forma diferente a como uno se expresa según los hábitos de pensamiento de la vida ordinaria. Pues la forma en que uno se expresa es resultado de la experiencia interior vivamente activa del espíritu. Y el espíritu sólo puede experimentarse interiormente, no percibirse exteriormente a la manera de la existencia material.

Ahora bien, ustedes saben que una de las cuestiones más importantes de la cosmovisión es la que también se trató en las primeras conferencias que di aquí este invierno, la cuestión de la materia o la sustancia. Y desde el punto de vista que acabo de indicar, hoy a modo de introducción me gustaría referirme brevemente a esta cuestión.

LA NATURALEZA

Es imposible llegar a un acuerdo sobre la cuestión de la sustancia o la materia si uno se empeña en formarse ideas o conceptos sobre lo que es realmente la materia; al pretender entender qué es la materia, qué es la sustancia. Quien quiera que en verdad se haya esforzado anímicamente con tales cuestiones, que para muchas personas son remotos enigmas, sabe de qué tratan tales cuestiones. Porque si durante un tiempo se ha esforzado sin ceder a ningún prejuicio, llega a un punto de vista completamente distinto respecto a tal cuestión. Llega a un punto de vista que hace que el modo en que uno se comporta en el alma en general, le parezca más importante cuando uno se forma un concepto tal como el concepto de materia. Este esfuerzo de la propia alma se eleva a la conciencia. Y entonces se llega a un punto de vista precisamente sobre estas cuestiones desconcertantes, que yo podría expresar de la siguiente manera. 

Aquel que pretende comprender la materia, la sustancia, tal y como se entiende habitualmente, es como aquel que dice: ahora quiero tener la impresión de la oscuridad, de una habitación oscura. ¿Qué hace? Enciende una luz y considera que esa es la forma correcta de tener la impresión de una habitación oscura. Error, eso será lo más equivocado que puede hacer. Del mismo modo, también es lo más erróneo que se puede hacer, -sólo hay que tomar conciencia de ello a través de la lucha descrita anteriormente-, que uno se entrega a la creencia de que alguna vez reconocerá la materia, si pone el espíritu en movimiento para iluminar la materia, la sustancia, con el espíritu, por así decirlo. Únicamente allí donde el espíritu puede permanecer en silencio en nuestro propio cuerpo, en la percepción sensorial, allá donde cesa la vida de la representación, sucede que un proceso externo penetra en nuestro ser interior. Allí podemos, -dejando callar al espíritu y experimentando este silencio del espíritu-, tener la materia, la sustancia, realmente representada en nuestra alma, por así decirlo.

A tales conceptos no se llega por la lógica ordinaria; o si se llega a ellos por la lógica ordinaria, entonces resultan ser, podría decirse, demasiado débiles para producir una verdadera convicción. Sólo cuando uno lucha con ciertos conceptos en su alma de la manera indicada es cuando estos nos conducen a un resultado como el que he indicado.

EL ESPÍRITU

Ahora bien, también ocurre lo contrario. Supongamos que alguien quiere comprender el espíritu. Si lo busca, por ejemplo, en el organismo puramente material externo del cuerpo humano, es como la persona que, para comprender la luz, la apaga. Pues éste es el secreto de la materia, que la propia naturaleza sensual externa no es mas que la refutación del espíritu, la que provoca que se extinga. Ésta, (la naturaleza), reproduce el espíritu, del mismo modo que los objetos iluminados reflejan la luz. Pero en ninguna parte, a menos que captemos el espíritu en la actividad viva, podremos encontrarlo jamás en ningún proceso material. Pues esa es precisamente la naturaleza de los procesos materiales, que en ellos es en lo que se ha transformado el espíritu. Y si entonces tratamos de reconocer el espíritu a partir de ellos, nos malinterpretamos a nosotros mismos.

A modo de introducción, quería comenzar para que cada vez haya más claridad sobre cuál es realmente la actitud cognitiva del investigador espiritual, y que para penetrar en las cosas en las que es necesario penetrar, el investigador espiritual necesita una cierta amplitud y flexibilidad de la vida espiritual. Con tales conceptos es posible, pues, arrojar luz sobre las importantes cuestiones a las que me referí aquí la última vez, y que sólo insinuaré brevemente para pasar a nuestras consideraciones presentes.

Decía que la evolución de la educación espiritual reciente ha llevado a una visión cada vez más unilateral de la relación de lo anímico-espiritual con lo físico-corporal, que se manifiesta en el hecho de que hoy en día lo anímico-espiritual sólo se busca en la parte del cuerpo humano que se encuentra en el sistema nervioso o en el cerebro. Hasta cierto punto, lo anímico-espiritual se asigna únicamente al cerebro y al sistema nervioso, y el resto del organismo, cuando se habla de lo anímico-espiritual, se lo considera más o menos sólo como una especie de añadido al cerebro y al sistema nervioso. Ahora he intentado aclarar los resultados de la investigación espiritual en este campo, señalando que sólo se puede llegar a una visión verdadera de la relación entre el alma humana y el cuerpo humano, si se pone toda el alma humana en relación con todo el cuerpo. Pero entonces queda claro que hay una razón más profunda para diferenciar la totalidad del alma humana en vida imaginativa real, la vida emocional y la vida de la voluntad. Pues sólo la vida imaginativa real del alma está ligada al sistema nervioso del modo que supone la moderna psicología fisiológica. Por otra parte, la vida emocional, -ojo, no en la medida en que es imaginada, sino en la medida en que surge-, está relacionada con el organismo respiratorio del hombre, con todo lo que es respiración y está relacionado con la respiración, del mismo modo que la vida imaginativa está relacionada con el sistema nervioso. De modo que debemos asignar la vida emocional del alma al organismo respiratorio. Más aún: lo que llamamos la vida de la voluntad está en la misma relación con lo que físicamente debemos llamar el metabolismo en el cuerpo; naturalmente hasta sus más finas ramificaciones. Y si tenemos en cuenta que los sistemas por separado en el organismo se entrelazan, -el metabolismo naturalmente también tiene lugar en los nervios-, entonces me gustaría decir que las cosas se interpenetran en estos extremos más externos. 

Sin embargo, sólo es posible una comprensión correcta si uno mira las cosas de esta manera, si uno sabe que los impulsos de la voluntad deben asignarse a los procesos metabólicos de la misma manera que las experiencias de la imaginación deben asignarse a los procesos en el sistema nervioso humano o en el cerebro. Naturalmente, tales cosas sólo pueden insinuarse en un primer momento. Y por la misma razón de que sólo pueden insinuarse, se pueden plantear objeciones y más objeciones. Pero lo sé con certeza: Si realmente abordamos lo que acabamos de discutir no considerando meras partes de los hechos de la investigación científica actual, sino considerando todo el ámbito de la investigación anatómico-fisiológica, es decir, si consideramos todo lo que es la investigación anatómico-fisiológica, entonces habrá completa armonía entre las afirmaciones científico-espirituales que he hecho y las afirmaciones científicas. Hablando superficialmente, -permítanme plantear esta objeción sólo como una particularmente característica-, se pueden plantear, por supuesto, objeciones y más objeciones contra una verdad tan completa. Alguien podría decir: Ahora, convengamos primero en que ciertos sentimientos están relacionados con el organismo respiratorio; pues nadie puede dudar realmente de que esto puede demostrarse muy plausiblemente para ciertos sentimientos. Pero alguien podría decir: Sí de acuerdo, pero, cómo se relaciona entonces el hecho de que percibamos melodías, por ejemplo, que tales melodías aparezcan en nuestra conciencia; ¿Está ligado el sentimiento de placer estético  a las melodías? ¿Podemos hablar aquí de alguna relación entre el organismo respiratorio y lo que surge evidentemente en la cabeza, -la cual según los resultados fisiológicos, está tan evidentemente conectada con el sistema nervioso? Tan pronto como uno considera el asunto correctamente, la corrección de mi afirmación se hace inmediatamente evidente con total claridad. A saber, hay que considerar entonces que con cada espiración tiene lugar paralelamente en el cerebro un proceso importante: que el cerebro se elevaría durante la espiración si no estuviera sujeto por el casquete craneal, -la respiración se propaga en el cerebro-, y viceversa; Cuando inhalas, el cerebro se hunde. Y como no puede subir y bajar porque el cráneo lo impide, ocurre lo que es bien conocido por la fisiología: hay un cambio en el flujo sanguíneo, se produce lo que la fisiología conoce como respiración cerebral, es decir, que paralelamente al proceso respiratorio, tienen lugar en el ámbito nervioso ciertos procesos. Y en este encuentro del proceso respiratorio con lo que vive en nosotros como sonidos a través de nuestro oído, tiene lugar lo que indica que el sentir en esta zona también está conectado con el organismo respiratorio del mismo modo que la mera vida de las representaciones está conectada con el sistema nervioso.

Quiero insinuar esto porque es algo particularmente remoto y, por tanto, plantea una objeción obvia. Si pudiéramos ponernos de acuerdo con alguien sobre todos los detalles de los resultados fisiológicos, ninguno de estos detalles contradiría lo que se dijo aquí la última vez y se ha vuelto a repetir hoy.

Ahora me corresponderá ampliar nuestras consideraciones de un modo similar al de la última conferencia. Y aquí debo entrar un poco más en detalle sobre la forma en que el hombre desarrolla la vida de la percepción sensorial para mostrar cuál es la relación real entre la facultad sensorial de la percepción, que conduce a las ideas, y la vida del sentir y de la voluntad, en general la vida del hombre como alma, como cuerpo y como espíritu.

A través de nuestra vida sensorial entramos en contacto con nuestro entorno sensorial. Dentro de este entorno sensorial, la ciencia natural distingue entre determinadas sustancias, o más bien formas-sustancia -porque éstas son las que importan ahora; si quisiera hablar con un físico, tendría que decir estados agregados: Sólido, líquido, aeriforme. Pero ahora, como todos ustedes saben, la investigación física y científica llega a suponer algo más además de estas formas materiales. Si la ciencia natural quiere explicar la luz, no se contenta con aceptar estas formas materiales que acabo de mencionar, sino que recurre entonces a lo que en principio parece más sutil que estos tipos de materia; recurre a lo que se suele llamar el éter. El concepto del éter es extraordinariamente difícil, y se puede decir que los diversos conceptos que se han formado acerca de lo que hay que decir sobre el éter son concebiblemente diferentes, múltiples. Por supuesto, no es posible entrar en todos estos detalles. Sólo hay que señalar que la ciencia natural se siente obligada a establecer el concepto de éter, es decir, a pensar que el mundo no sólo está lleno de la percepción sensorial directa de sustancias más densas, sino a pensar que está lleno de éter. Lo característico es que la investigación natural no llega con sus métodos a lo que es realmente el éter. Pues la investigación natural necesita siempre fundamentos materiales para su actividad real. El propio éter, sin embargo, siempre elude en cierta medida los fundamentos materiales. Aparece en conexión con procesos materiales, evoca procesos materiales; pero no puede ser captado, por así decirlo, con los medios que están ligados a los fundamentos materiales. Por eso, en los últimos tiempos ha surgido un concepto peculiar de éter, que en realidad es sumamente interesante. El concepto de éter, que ya se puede encontrar entre los físicos actuales, consiste en decir: el éter debe ser aquello, -sea lo que sea-, que en cualquier caso no tiene propiedades como las de la materia ordinaria. Así, la ciencia natural apunta más allá de sus propios fundamentos materiales al decir del éter que tiene aquello que no puede encontrar con sus propios medios. La ciencia natural sólo llega a la suposición de un éter, pero no a la concreción de este concepto de éter con algún contenido por sus medios.

Pues bien, la investigación espiritual tiene como resultado lo siguiente. La investigación natural parte de la base material, la investigación espiritual parte de la base anímico-espiritual. El investigador espiritual, si no se detiene arbitrariamente en un cierto límite, es llevado ahora al concepto de éter de la misma manera que el investigador natural, sólo que desde el otro lado. El investigador espiritual trata de incluir en su saber lo que está activo y actúa dentro del alma. Si se detuviera en lo que puede experimentar interiormente en la vida ordinaria del alma, entonces ni siquiera llegaría tan lejos en este campo como el científico natural que acepta el concepto del éter. Pues el científico natural al menos establece el concepto de éter, lo acepta. El investigador del alma, si no llega por sí mismo al concepto de éter, es como el científico natural que dice: «¡Qué me importa lo que está vivo! Asumo las tres formas básicas: cuerpos sólidos, líquidos, aeriformes; no me importa lo que se supone que es aún más sutil. De hecho, así es como suele actuar la enseñanza del alma.

Sin embargo, no todos los que han estado activos en el campo de la investigación del alma lo hacen de esta manera; y en particular dentro de ese desarrollo científico extraordinariamente significativo, uno encuentra que se construye sobre la base del idealismo alemán que surgió en el primer tercio del siglo XIX, -no en este idealismo en sí, sino en lo que luego se convirtió de este idealismo-, aproximaciones al concepto del éter desde el otro lado, desde el lado anímico-espiritual, al igual que la investigación de la naturaleza asciende al éter desde el lado material. Y si realmente se quiere tener el concepto de éter, hay que abordarlo desde dos lados. No hay otra manera de tratar este concepto. Ahora, lo interesante es que los grandes idealistas filosóficos alemanes, Fichte, Schelling, Hegel, a pesar de su vívida imaginación y pensamiento, que a menudo he caracterizado aquí, todavía dejaron el concepto del éter por ahí. No pudieron, por así decirlo, fortalecer la vida interior del alma hasta tal punto que el concepto del éter se les hubiera rendido. Pero en aquellos que se dejaron fecundar por este idealismo, que hasta cierto punto permitieron que los pensamientos que se generaron entonces siguieran trabajando en sus almas, aunque no fueran tan grandes genios como sus predecesores idealistas, este concepto de éter surgió de esta investigación del alma. Encontramos por primera vez este concepto de éter en Immanuel Hermann Fichte, el hijo del gran Johann Gottlieb Fichte, que también fue alumno de su padre, en el sentido de que permitió que lo que Johann Gottlieb Fichte y sus sucesores, Schelling y Hegel, habían hecho en sus almas continuara trabajando en él. Pero condensándolo, por así decirlo, en una mayor eficacia interior, llegó a decirse a sí mismo: «Si uno mira la vida anímica-espiritual, si uno la mide, digamos, a través en todas direcciones, entonces llega a decirse a sí mismo: hacia abajo esta vida anímica-espiritual debe fluir hacia el éter, igual que las cosas sólidas, líquidas, aeriformes fluyen hacia arriba hacia el éter.  En cierto sentido, lo más bajo del alma debe fluir hacia el éter del mismo modo que lo más alto de la materia fluye hacia arriba, hacia el éter. Y son características ciertas ideas que Immanuel Hermann Fichte se formó al respecto, y a través de las cuales llegó realmente desde el reino espiritual del alma hasta el límite del éter. Leemos en su «Antropología» de 1860 - encontraréis el pasaje citado en mi último libro «Vom Menschenrätsel» -: «En los elementos materiales... no se encuentra lo verdaderamente persistente, ese principio unificador de la forma del cuerpo, que se muestra eficaz a lo largo de toda nuestra vida.» « Por lo tanto en el cuerpo, se nos señala una segunda causa esencialmente diferente.» « En la cual» esta «contiene lo que realmente persiste en el metabolismo, es el cuerpo verdadero, interior, invisible, pero presente en toda materialidad visible. lo otro, la apariencia exterior del mismo, formado a partir del metabolismo incesante, puede llamarse en adelante lo que verdaderamente no persiste y nos es ajeno, el mero efecto o imagen posterior de esa corporalidad interior que lo arroja al mundo cambiante de la materia, al igual que, por ejemplo, la fuerza magnética prepara un cuerpo aparentemente denso a partir de las partes de polvo de limadura de hierro, pero que se atomiza en todas direcciones cuando se le retira la fuerza aglutinante.»

Ahora bien, para I. H. Fichte en el cuerpo ordinario compuesto de materia externa, vivía un cuerpo invisible y a este cuerpo invisible podríamos llamarlo también cuerpo etérico; un cuerpo etérico que lleva las partículas individuales de materia de este cuerpo visible a sus formas, las moldea, les da forma. E I. H. Fichte tiene tan claro que este cuerpo etérico, al que desciende del alma, no está sujeto a los procesos del cuerpo físico, que para él la comprensión de la existencia de tal cuerpo etérico ya es suficiente para superar el enigma de la muerte. Pues I. H. Fichte dice en su «Antropología»: «Pues apenas hay necesidad de preguntarse cómo se comporta el propio hombre en el proceso de la muerte. Incluso después del último acto visible del proceso vital, él sigue siendo en su esencia el mismo en espíritu y fuerza organizadora que era antes. Su integridad se conserva, pues no ha perdido absolutamente nada de lo que era y de lo que pertenecía a su sustancia durante la vida visible. Sólo regresa al mundo invisible en la muerte, o mejor dicho, puesto que nunca lo había abandonado, ya que es lo que realmente persiste en todo lo visible, -sólo se ha despojado de una cierta forma de visibilidad. Estar muerto» sólo significa dejar de ser perceptible para la concepción ordinaria de los sentidos, del mismo modo que lo realmente real, las causas últimas de los fenómenos corporales, son imperceptibles para los sentidos.»

En I. H. Fichte les he mostrado que él avanza de lo espiritual a tal cuerpo invisible. Es interesante observar que en muchos lugares del florecimiento posterior de la vida intelectual idealista alemana ha surgido lo mismo. Hace algún tiempo llamé la atención sobre un pensador solitario que fue director de escuela en Bromberg y que se ocupó de la cuestión de la inmortalidad: Johann Heinrich Deinhardt, que murió en los años sesenta del siglo XIX. Al principio se ocupó de la cuestión de la inmortalidad como los demás, tratando de llegar detrás de esta cuestión de la inmortalidad a través de ideas y conceptos. Pero para él surgió algo más que para los que se limitan a vivir en conceptos. Y así, el editor de ese tratado sobre la inmortalidad, escrito por J. H. Deinhardt, pudo citar un pasaje de una carta que le escribió el autor, en la que J. H. Deinhardt dice que, aunque todavía no había llegado a comunicar el asunto a un libro, su investigación interior le había mostrado claramente que durante su vida entre el nacimiento y la muerte el hombre trabaja en la formación de un cuerpo invisible, que se libera en el mundo espiritual al morir.

Y otros tantos fenómenos de la vida intelectual alemana podrían citarse en favor de esta dirección de investigación y contemplación. Todos ellos demostrarían que en esta dirección de investigación había un deseo no de detenerse en lo que puede producir la mera especulación filosófica, el mero vivir en conceptos, sino de fortalecer la vida interior del alma de tal manera que alcance la densidad que alcanza el éter.

Por supuesto, el verdadero misterio del éter aún no se resolverá desde adentro siguiendo los caminos que estos investigadores han tomado, pero se puede decir, por así decirlo, que estos investigadores están en el camino hacia la ciencia espiritual. Porque este misterio del éter se resolverá a medida que el alma humana experimente esos procesos internos a través de la práctica, que a menudo he caracterizado aquí y que se describen con más detalle en mi libro "Cómo conocer los mundos superiores". Sin embargo, el hombre alcanza gradualmente llegar realmente al éter desde adentro al pasar por estos procesos internos del alma. Entonces el éter estará directamente allí para él. Pero sólo entonces es capaz de captar lo que realmente es una percepción sensorial, lo que está realmente presente en la percepción sensorial.

Para presentar esto hoy, debo, por así decirlo, abordar la cuestión desde un ángulo diferente. Acerquémonos a lo que realmente ocurre en los procesos metabólicos de los seres humanos. A grandes rasgos, podemos pensar que los procesos metabólicos en el organismo humano tienen lugar de tal manera que esencialmente tienen que ver con el elemento líquido de la sustancia. Esto será fácil de ver si uno está mínimamente familiarizado con las ideas científicas más viables en este campo. Lo que es un proceso metabólico vive, por así decirlo, en el elemento líquido. Lo que es la respiración, vive en el elemento aéreo; En la respiración tenemos una interacción entre los procesos del aire interior y exterior, al igual que en el metabolismo tenemos una interacción entre los procesos materiales que han tenido lugar fuera de nuestro cuerpo y los que tienen lugar dentro de nuestro cuerpo. ¿Qué sucede cuando percibimos con nuestros sentidos y lo seguimos con nuestra imaginación? ¿A qué corresponde eso realmente? De la misma manera que los procesos fluidos corresponden al metabolismo y los procesos aéreos a la respiración, ¿qué corresponde a la percepción? Los procesos perceptivos corresponden a los procesos etéricos. Así como vivimos, por así decirlo, con el metabolismo en el líquido, vivimos con la respiración en el aire, vivimos con la percepción en el éter. Y los procesos etéricos internos, los procesos etéricos internos, que tienen lugar en el cuerpo invisible del que acabamos de hablar, entran en contacto con los procesos etéricos externos en la percepción sensorial. Si se objeta: ¡Sí, pero ciertas percepciones sensoriales son procesos metabólicos tan manifiestos! Es particularmente notable en el caso de las percepciones sensoriales que corresponden a los llamados sentidos inferiores - olfato, gusto - un examen más atento mostraría que lo material pertenece al metabolismo mismo, y que en cada uno de esos procesos, incluso en la degustación, por ejemplo, tiene lugar un proceso etérico a través del cual entramos en relación con el éter exterior, del mismo modo que entramos en relación con el aire a través del cuerpo físico mediante la respiración. Sin una comprensión del mundo etérico no es posible entender las percepciones sensoriales.

¿Y qué está ocurriendo realmente? Bueno, básicamente, sólo se puede ver a través de lo que está sucediendo cuando se ha llevado el proceso interior del alma tan lejos que el interior etérico y espiritual se ha convertido en una realidad. Este será el caso cuando se haya logrado lo que recientemente he llamado visualización imaginativa. Cuando, a través de los ejercicios que puedes encontrar en el libro que he mencionado, las representaciones se han coloreado tanto que ya no son las representaciones abstractas que de otro modo tenemos, sino que están llenas de vida, entonces pueden llamarse imaginaciones. Cuando estas representaciones se han vuelto tan llenas de vida que son imaginaciones, entonces viven directamente en el etérico, mientras que cuando son representaciones abstractas sólo viven en el alma. Se derraman en lo etérico. Y entonces, cuando uno ha llegado tan lejos, por así decirlo, en la experimentación interior que experimenta el éter como algo vivo y real dentro de uno mismo, entonces puede experimentar lo que ocurre en la percepción sensorial. La percepción sensorial consiste, - hoy sólo puedo mencionarlo como resultado-, en que el ambiente externo envía lo etérico de lo material a nuestros órganos sensoriales, haciendo esos golfos de los que hablé anteayer, de modo que lo que está afuera también se vuelve interno dentro de nuestro reino sensorial, por ejemplo, tenemos un sonido, por así decirlo, entre la vida sensorial y el mundo externo. Entonces, como el éter exterior penetra en nuestros órganos de los sentidos, este éter exterior se extingue. Y a medida que el éter exterior penetra en nuestros órganos sensoriales en un estado amortiguado, es revitalizado por el éter interior del cuerpo etérico que trabaja contra él. Esta es la esencia de la percepción sensorial. Del mismo modo que en el proceso de respiración la muerte y la revitalización surgen cuando inhalamos oxígeno y exhalamos ácido carbónico, existe una interacción entre el éter que ha sido muerto y el éter que ha sido revitalizado en la percepción sensorial.

Este es un hecho extraordinariamente importante que surge de la ciencia espiritual. Pues lo que ninguna especulación filosófica puede encontrar, lo que la especulación filosófica de los últimos siglos ha fracasado tantas veces en encontrar, sólo puede hallarse en el camino de la ciencia espiritual. La percepción sensorial puede así reconocerse como una interacción sutil entre el éter exterior y el éter interior; como una vitalización del éter extinguido en el órgano sensorial a partir del cuerpo etérico interior. De modo que lo que los sentidos captan de nuestro entorno es revitalizado interiormente por el cuerpo etérico, y así llegamos a lo que es la percepción del mundo exterior.

Esto es extraordinariamente importante, pues muestra que el hombre, incluso cuando se dedica a la percepción de los sentidos, vive no sólo en el organismo físico, sino en lo etérico suprasensible, que toda la vida de los sentidos es un vivir y un tejer en lo etérico invisible. Esto es lo que los investigadores más profundos siempre han sospechado en el período caracterizado, pero que será elevado a la certeza a través de la ciencia espiritual. Entre los que reconocieron esta importante verdad, quisiera mencionar al casi completamente olvidado J. P. V. Troxler. Ya lo he mencionado aquí en conferencias anteriores, en años anteriores. En sus «Conferencias sobre Filosofía» dijo: 

«Ya en épocas anteriores los filósofos distinguían un cuerpo anímico fino y noble del cuerpo más tosco... un alma que tenía en sí misma una imagen del cuerpo, a la que llamaban esquema, y que era para ellos el hombre superior interior... En tiempos recientes, hasta Kant, en sueños de vidente espiritual, sueña en serio y en broma con todo un hombre espiritual interior que lleva en su cuerpo espiritual todos los miembros del exterior; Lavater escribe y piensa lo mismo.... »

Pero estos investigadores también se dieron cuenta de que en el momento en que se asciende de la visión material ordinaria a la visión de este organismo supersensible que llevamos dentro, hay que pasar de la antropología ordinaria a un tipo de conocimiento que llega a sus resultados a través de una exploración del ser interior. Por eso es interesante cómo, por ejemplo, tanto I. H. Fichte como Troxler tienen claro que la antropología si quiere captar al ser humano en su totalidad debe ascender a algo más. I. H. Fichte dice en su «Antropología»:

«La conciencia de los sentidos... con toda la vida de los sentidos, también humana, no tiene otro significado que el de ser sólo el lugar en el que tiene lugar esa vida suprasensible del espíritu, en la que introduce el contenido espiritual de otro mundo de las ideas en el mundo de los sentidos a través de su propia acción libremente consciente....». Esta comprensión cabal del ser humano eleva ahora el resultado final a .»

Vemos en esta corriente de la vida espiritual alemana, que, me atrevería a decir, lleva al idealismo de su abstracción a la realidad, el indicio de la antroposofía. Y Troxler dice que hay que asumir un sentido supraespiritual en unión con un espíritu suprasensible, y que así se puede captar al ser humano de tal manera que ya no se trata de una antropología ordinaria, sino de algo superior:

«Si ahora es muy gratificante que la última filosofía, que... ...en toda antroposofía... ...que debe revelarse en toda antroposofía, no puede pasarse por alto que esta idea no puede ser fruto de la especulación, y que la verdadera individualidad del ser humano... ...individualidad del hombre no debe confundirse con aquello que postula como espíritu subjetivo o yo finito, ni con aquello que contrapone a él como espíritu absoluto o personalidad absoluta.»

La antroposofía no es cualquier cosa que aparezca hasta cierto punto por arbitrariedad, sino algo a lo que necesariamente conduce la vida espiritual, que a su vez se permite experimentar conceptos e ideas no sólo como conceptos e ideas, sino condensarlos hasta tal punto, —y me gustaría usar la expresión de nuevo—, que conducen a la realidad. que se saturen de realidad.

Pero uno no se lleva bien, y este es el defecto de esta investigación, si uno simplemente se eleva del cuerpo físico al etérico; pero sólo se llega a un cierto límite, que, sin embargo, hay que cruzar; Porque más allá de lo etérico está el alma-espiritual. Y lo esencial es que es precisamente este elemento alma-espiritual el que sólo puede entrar en una relación con lo físico a través de la mediación de lo etérico. Por lo tanto, tenemos que buscar primero el alma real del hombre en lo que ahora trabaja y se fortalece en lo etérico de una manera completamente supra etérica, de modo que lo etérico a su vez forma lo físico, como él mismo forma, es permeado, vivido por el alma.

Intentemos ahora captar al ser humano en el otro polo, el polo de la voluntad: Ya hemos dicho que el tamiz de la voluntad está relacionado con el metabolismo. Como el impulso de la voluntad vive en el metabolismo, no sólo vive en el metabolismo físico exterior, sino que, como todo el ser humano está en todas partes dentro de los límites de su ser, lo etérico también vive en aquello que toma forma como metabolismo cuando se produce un impulso de la voluntad. Ahora bien, la ciencia espiritual muestra que en el impulso de la voluntad está presente justamente lo contrario de la percepción sensorial. Mientras que en la percepción de los sentidos el éter exterior es animado hasta cierto punto por el éter interior, es decir, el éter interior se vierte en el éter muerto, en el impulso de la voluntad, cuando surge del alma-espiritual, es siempre a través del metabolismo y todo lo que está conectado con él que el cuerpo etérico se suelta, es expulsado del cuerpo físico por aquellas zonas en las que tiene lugar el metabolismo. Así que aquí tenemos lo contrario: el cuerpo etérico se retira hasta cierto punto de los procesos físicos. Y ahí reside la esencia de los actos de voluntad, que en ellos el cuerpo etérico se retira del cuerpo físico.

Ahora bien, aquellos distinguidos oyentes que hayan escuchado las conferencias anteriores recordarán que, además de la cognición imaginativa, he distinguido entre la cognición inspirada y la cognición intuitiva real. Y así como el conocimiento imaginativo es una elaboración tal de la vida del alma que uno llega a la vida etérica de la manera indicada anteriormente, así el conocimiento intuitivo viene dado por el hecho de que en la vida del alma uno aprende, por así decirlo, a participar a través de poderosos impulsos de la voluntad, e incluso a provocar lo que puede llamarse la retirada del cuerpo etérico de los procesos físicos. Así, en esta esfera, lo anímico-espiritual sobresale en lo físico-corporal. Si un impulso volitivo penetra originalmente desde lo anímico-espiritual, se encuentra con el etérico, y la consecuencia es que este etérico se retira de alguna zona metabólica del cuerpo físico. Y de esta acción de lo anímico-espiritual, a través del etérico, sobre el cuerpo, surge lo que puede llamarse la transición de un impulso volitivo a algún movimiento corporal, a un manejo corporal. Pero sólo entonces, cuando uno considera al hombre entero de esta manera, llega a su verdadera parte inmortal. Porque tan pronto como uno aprende a reconocer cómo lo anímico-espiritual se teje en el éter, también se hace claro para uno que este tejido de lo anímico-espiritual en el éter también es independiente de los procesos del cuerpo físico que están incluidos en el nacimiento, la concepción y la muerte. Y de esta manera es posible elevarse realmente a lo inmortal en el ser humano, a aquel que se une con el cuerpo que es preservado por la corriente de la herencia, y que es preservado cuando el hombre pasa de nuevo por la puerta de la muerte. Porque lo que nace y muere aquí está conectado con lo eternamente espiritual por medio de lo etérico.

Hasta ahora ha resultado que las ideas a las que llega la ciencia espiritual están muy en desacuerdo con los hábitos de pensamiento actuales, que a la gente le resulta difícil encontrar su camino hacia estas ideas. Se puede decir que un obstáculo para esta aceptación es, entre otras cosas, el hecho de que se haga tan poco esfuerzo por buscar la conexión real entre lo anímico-espiritual y lo físico en la forma indicada hoy en día. La mayoría de la gente anhela algo muy diferente de lo que la investigación espiritual puede ofrecer en realidad. ¿Qué es lo que realmente ocurre en el hombre cuando visualiza? Un proceso etérico que sólo interactúa con un proceso etérico externo. Sin embargo, para que el hombre tenga una vida espiritual y física sana en esta dirección, por así decirlo, es necesario que se dé cuenta de dónde está el límite en el que se encuentran el éter interno y el externo. En la mayoría de los casos, esto sucede de forma inconsciente. Se hace consciente cuando el ser humano asciende al conocimiento imaginativo, cuando experimenta interiormente la lluvia y el movimiento del éter, y su encuentro con el éter exterior, que muere en el órgano de los sentidos. En esta interacción entre el éter interior y exterior tenemos, por así decirlo, el límite exterior del efecto del éter sobre el organismo humano. Pues lo que hay en nuestro cuerpo etérico actúa sobre el organismo principalmente durante el crecimiento, por ejemplo. Allí sigue actuando desde dentro, formando el organismo. Poco a poco organiza nuestro organismo para que se adapte al mundo exterior de la misma manera que vemos cuando el niño crece. Pero este apoderamiento interior formador del cuerpo físico por el éter debe alcanzar un cierto límite. Si traspasa este límite a través de algún proceso patológico, entonces ocurre que lo que vive y se teje en el éter, pero que se supone que debe permanecer en lo etérico, se vierte en el organismo físico, de modo que éste recibe entretejido en sí mismo, por así decirlo, lo que se supone que debe permanecer como movimiento etérico. ¿Qué ocurre entonces? Lo que en realidad sólo debe experimentarse interiormente como una representación, surge como un proceso en el cuerpo físico. Entonces es lo que se llama una alucinación. Cuando el proceso etérico sobrepasa su límite hacia lo físico, porque el cuerpo no le opone la resistencia adecuada debido a su naturaleza patológica, entonces surge lo que se llama una alucinación. Ahora bien, muchas personas que quieren penetrar en el mundo espiritual desean alucinaciones por encima de todo. Esto, naturalmente, no puede ofrecérselo el investigador espiritual; pues la alucinación no es otra cosa que la reproducción de un proceso puramente material, un proceso que tiene lugar, en relación con el alma, más allá de los límites del cuerpo, es decir, dentro. En cambio, lo que conduce al mundo espiritual consiste en que, desde este límite, se vuelve al alma y, en lugar de alucinaciones, se llega a la imaginación, y la imaginación es una experiencia puramente espiritual. Y porque es una experiencia puramente espiritual, el alma vive en la imaginación en el mundo espiritual. De este modo, sin embargo, el alma también vive en la penetración plenamente consciente de la imaginación. Y es importante darse cuenta de que la imaginación, es decir, la vía legítima para alcanzar el conocimiento espiritual, y la alucinación son opuestas y también mutuamente destructivas. Quien llega a la alucinación a través de un organismo enfermo, obstruye el camino hacia la imaginación real; y quien llega a la imaginación real, se salva con toda seguridad de toda alucinación. La alucinación y la imaginación son mutuamente excluyentes, mutuamente destructivas.

Pero lo mismo ocurre en el otro polo del ser humano. Así como el cuerpo etérico puede derramarse en lo físico, puede hundir su poder formativo en lo físico, y causar así alucinaciones, es decir, procesos puramente físicos, así también, por otra parte, a través de ciertas formaciones patológicas del organismo o por fatiga inducida u otros estados del organismo, lo etérico puede surgir de manera irregular, tal como fue caracterizado en el acto de voluntad. Entonces puede suceder que, en lugar de que lo etérico salga realmente del área metabólica física en un acto de voluntad correcto, permanezca dentro, y el área metabólica física alcance a lo etérico en su actividad puramente física, de modo que lo etérico se vuelva dependiente de lo físico, mientras que en el desenvolvimiento normal de la voluntad lo físico depende de lo etérico, que a su vez está determinado por lo anímico-espiritual. Si esto sucede a través de procesos como los que he indicado, entonces, me gustaría decir, al igual que la contraimagen patológica de la alucinación, surge la acción compulsiva, que consiste en el hecho de que el cuerpo físico con sus procesos metabólicos se fuerza a sí mismo hacia lo etérico, se empuja a sí mismo hacia el cuerpo etérico, por así decirlo. Y si la acción compulsiva es causada como un fenómeno patológico, entonces se puede decir de nuevo que excluye lo que se llama intuición en la cognición científico-espiritual. La intuición y el comportamiento compulsivo se excluyen mutuamente, del mismo modo que la alucinación y la imaginación se excluyen mutuamente. De ahí que no haya nada más desalmado que, por un lado, los alucinadores, pues las alucinaciones son sólo insinuaciones de estados corporales que no deberían serlo; y por otro lado, por ejemplo, los derviches danzantes. 

La danza del derviche surge del hecho de que lo físico-corpóreo se empuja a sí mismo hacia lo etérico, de modo que no es lo etérico lo que se hace efectivo a partir de lo anímico-espiritual, sino que en el fondo sólo se producen acciones compulsivas regulares. Y quien crea que recibe revelaciones del alma en el derviche danzante, sólo debe meterse en la ciencia espiritual para darse cuenta de que el derviche danzante es la prueba de que el espíritu, lo anímico-espiritual ha salido de su cuerpo; por eso baila de esta manera. La danza artística debe consistir precisamente en que cada movimiento individual corresponda a un impulso de la voluntad, que también puede llegar a la conciencia del interesado, de modo que nunca se trate de un mero forzamiento de procesos físicos en procesos etéricos. La danza impregnada de imaginación no es más que danza artística. La danza del derviche sólo es una negación de la espiritualidad. Algunos objetarán: ¡Pero indica el espíritu! - Sí, pero ¿Cómo? Bueno, puedes estudiar una concha si coges la concha viva y la miras; pero también puedes estudiarla cuando la concha viva está fuera, mirando la concha: la forma de la concha, la forma nacida de la vida, se reproduce en la concha. Pero así es también, a grandes rasgos, como se tiene una réplica de lo espiritual, una réplica muerta de lo espiritual, cuando se trata de la escritura automática o del derviche danzante. Por eso se parece tanto a lo espiritual, como la concha de una caracola, y por eso puede confundirse fácilmente. Pero sólo cuando se penetra realmente en lo verdaderamente espiritual se puede tener una comprensión correcta de estas cosas.

Si partimos de lo físico y ascendemos a través de la percepción sensorial hasta la imaginación, que luego se traslada a lo anímico-espiritual, llegamos así a reconocer espiritual y científicamente que lo que despierta la percepción sensorial se deposita, por así decirlo, en un punto determinado y se convierte en memoria. La memoria surge del hecho de que la impresión sensorial continúa en el cuerpo, de modo que no sólo en las impresiones sensoriales mismas puede el éter trabajar desde dentro, sino que en lo que la impresión sensorial ha dejado atrás en el cuerpo, el éter ahora se vuelve activo. Entonces, lo que ha entrado en la memoria vuelve a salir de ella.

Por supuesto, no es posible profundizar en estas cosas en el breve tiempo de una conferencia de una hora. Pero nunca se llegará a una comprensión real de lo que son la imaginación y la memoria, y de cómo se relacionan con lo anímico espiritual, si no se avanza en el sentido científico-espiritual por el camino que se ha indicado.

Ahora bien, en el otro polo se encuentra toda la corriente que fluye desde los impulsos de lo anímico-espiritual de la voluntad hasta lo físico-corporal, a través de la cual se realizan las acciones. En la vida humana ordinaria la situación es tal que la vida sensorial llega hasta la memoria, se detiene, por así decirlo, en la memoria. La memoria se coloca, por así decirlo, delante de lo anímico-espiritual, de modo que ésta no se da cuenta de cómo crea y fuerza teniendo percepciones sensoriales. Sólo surge un indicio, un indicio confuso, de que el alma teje y vive en lo etérico cuando esta alma que vive y teje en lo etérico aún no está tan fortalecida en este tejer etérico que todo tejer etérico se rompe en el límite de lo físico. Cuando lo anímico-espiritual entreteje el cuerpo etérico de tal manera que lo que expresa en el cuerpo etérico no irrumpe inmediatamente en el cuerpo físico, sino que se conserva en el cuerpo etérico de tal manera que alcanza los límites del cuerpo físico, por así decirlo, pero sigue siendo percibido en el cuerpo etérico, entonces surge el sueño. Y la vida onírica, si se estudia realmente, se convertirá en la prueba de la forma más baja de la experiencia suprasensible del hombre. Pues en los sueños el ser humano experimenta que no puede desplegar lo anímico-espiritual en impulsos de voluntad dentro de lo que está presente en las imágenes oníricas porque parece demasiado impotente. Y puesto que faltan los impulsos de la voluntad, puesto que el espíritu y el alma intervienen tan poco en lo etérico en el sueño, el alma misma se hace consciente de estos impulsos de la voluntad, se forma el tejido caótico que representa el sueño.

Lo que son por una parte los sueños, son por otra, aquellos fenómenos en los que la voluntad, que procede de lo anímico-espiritual, interviene en el mundo exterior a través del cuerpo etérico, pero es tan poco consciente de lo que allí sucede realmente, como puede llegar a ser consciente en el sueño, debido al débil funcionamiento de lo anímico-espiritual, de que el ser humano está tejiendo y viviendo en lo espiritual. Así como el sueño representa, por así decirlo, el conocimiento sensorial debilitado, otra cosa representa el efecto intensificado de lo anímico-espiritual, el efecto intensificado de los impulsos de la voluntad; y eso es lo que llamamos destino.

Nosotros no vemos las conexiones en el destino, del mismo modo que no vemos en los sueños lo que realmente se teje y vive allí como lo real. Del mismo modo que los sueños se basan siempre en procesos materiales que surgen en el éter, así también lo anímico-espiritual arraigado en la voluntad surge en el mundo exterior. Pero en la vida ordinaria, lo anímico-espiritual no está tan organizada como para que el espíritu mismo pueda verse en su actividad en lo que nos sucede como la sucesión de las llamadas experiencias fatídicas. En el momento en que captamos esta sucesión, aprendemos a reconocer la trama del destino, aprendemos a reconocer que así como en la vida ordinaria el alma oculta lo espiritual a través de la representación, en el destino oculta lo espiritual a través del afecto, a través de la simpatía y la antipatía, con que recibe los acontecimientos que le llegan como sucesos de la vida. A partir del momento en que uno ve mediante la ciencia espiritual mediante la simpatía y la antipatía, es decir, cuando uno capta realmente el curso de los acontecimientos de la vida objetiva y serenamente, se da cuenta de que todo lo que sucede fatídicamente en nuestra vida entre el nacimiento y la muerte es, o bien la secuela de vidas terrenales anteriores, o bien la preparación para vidas terrenales siguientes. Del mismo modo que, por un lado, cuando la ciencia natural externa busca las relaciones entre el mundo material y la representación, no penetra hasta lo anímico-espiritual, ni siquiera hasta lo etérico, así tampoco hoy la ciencia natural en el otro polo puede hacer frente a sus esfuerzos. Del mismo modo que, por un lado, se aferra a los procesos materiales del sistema nervioso en la vida de la representación, en el otro polo se aferra a una oscuridad que, me gustaría decir, flota nebulosamente entre lo físico y lo espiritual.

Precisamente en estos ámbitos es donde uno debe darse cuenta de cómo los conceptos de la cosmovisión pueden ser tanto probados como refutados. Y para aquellos que insisten en la prueba, lo positivo tiene mucho en sí mismo; pero también hay que ser capaz de experimentar lo negativo de una forma interiormente cognitiva, igual que la inhalación lo es para la exhalación. Ahora, en los últimos tiempos, ha surgido lo que se llama psicología analítica. Esta psicología analítica está, me gustaría decir, inspirada por buenos presentimientos. Porque, ¿qué es lo que quiere? Esta psicología analítica, o como suele llamarse hoy, psicoanálisis, quiere descender de la vida ordinaria del alma a aquello que ya no está contenido en la vida ordinaria presente del alma, sino que es residual de la experiencia anímica anterior. El psicoanalista supone que la vida anímica no se acaba en la experiencia anímica actual, en la experiencia anímica consciente, sino que la conciencia se sumerge en el subconsciente. Y en mucho de lo que aparece en la vida anímica como perturbación, como confusión, como tal o cual deficiencia, el psicoanalista ve un efecto de lo que surge en el subconsciente. Pero es interesante lo que el psicoanalista ve ahora en este subconsciente. Si se escucha lo que enumera en este subconsciente, se trata inicialmente de una esperanza de vida engañada. El psicoanalista encuentra alguna persona que sufre de tal o cual depresión. Esta depresión no tiene por qué tener su origen en la vida consciente actual del alma, sino en el pasado. En algún momento de esta vida, algo ocurrió en la experiencia emocional. El hombre ha superado esto, pero no completamente, pues en el subconsciente permanece un residuo. Él ha experimentado decepciones, por ejemplo. Ha superado estas decepciones a través de la educación, a través de otros procesos, con la vida consciente del alma, pero en el subconsciente siguen viviendo. Desde allí surge esta decepción hasta la frontera de la conciencia, por así decirlo. Allí crea la depresión mental poco clara. Así pues, el psicoanalista busca en todo tipo de decepciones, en las esperanzas de vida frustradas que han sido arrastradas hasta el subconsciente, aquello que determina de forma oscura la vida consciente. También lo busca en lo que tiñe la vida anímica como temperamento. En aquello que tiñe la vida del alma a partir de ciertos impulsos nacionales, el psicoanalista busca un subconsciente que, por así decirlo, sólo golpea la conciencia. Pero entonces llega a una amplia zona, -sólo me refiero a esto-, que el psicoanalista resume diciendo: «El fango básico animal del alma interviene en la vida consciente». Ahora bien, no hay que negar que este lodo básico esté presente. Yo mismo ya he señalado en estas conferencias que algunos místicos tienen experiencias en las que algo, ya sea el erotismo, por ejemplo, se refina y se reproduce en la conciencia, de modo que se creen tener procesos particularmente sublimes, mientras que sólo se reproduce el erotismo, «el lodo animal básico del alma», y a veces se interpreta en un sentido profundamente místico. Incluso en una mística tan poéticamente refinada como Matilde de Magdeburgo, es posible demostrar que el sentimiento erótico se extiende hasta los detalles de la representación. Estas cosas deben entenderse claramente para evitar cometer errores en el campo de la ciencia espiritual. Pues quien quiere penetrar en el espíritu depende especialmente de conocer todos los caminos del error, no para seguirlos, sino para evitarlos. Pero quien habla de este fango básico animal del alma, quien sólo habla de esperanzas de vida frustradas y cosas por el estilo, no profundiza lo suficiente en la vida del alma: es como un hombre que camina sobre un campo en el que aún no se ve nada, y que cree que en él sólo está contenida la tierra o incluso el abono, mientras que en este campo ya están contenidos todos los frutos que pronto brotarán en forma de grano u otra cosa. Cuando hablamos del lodo básico del alma, deberíamos hablar también de lo que está incrustado en él. Ciertamente, en este lodo básico están contenidas las esperanzas frustradas; pero, al mismo tiempo, lo que allí está incrustado alberga una fuerza germinal que representa lo que, -cuando la persona ha atravesado la puerta de la muerte hacia la vida que discurre entre la muerte y un nuevo nacimiento, y luego entra en una nueva vida en la tierra-, hace de las esperanzas frustradas algo muy distinto de la depresión, lo que luego conduce a la decepción y a la regeneración en la próxima vida. En lo que el psicoanalista busca en las esperanzas de vida frustradas en el subsuelo del alma se encuentra, a poco que profundice en ello, lo que se prepara en una vida presente para intervenir fatalmente en una vida próxima.

Así que en todas partes, si se escarba en el fango animalista básico, -sin ensuciarse las manos, como desgraciadamente ocurre tan a menudo con los psicoanalistas-, se encuentra el entretejer anímico-espiritual del destino que va más allá del nacimiento y la muerte con la vida espiritual y anímica del alma. La psicología analítica en particular es un área en la que realmente podemos aprender cómo todo está bien y todo está mal cuando se trata de cuestiones de visión del mundo, a saber, de un lado o del otro. Pero hay mucho que decir a favor de las afirmaciones unilaterales de los psicoanalistas, por lo que una refutación no impresionará mucho a los que se la tienen jurada a estos conceptos. Pero si uno aprende a reconocer lo que dice a favor y en contra con la actitud de cognición que se caracterizó al principio de esta conferencia, a partir de los pros y los contras del alma, es precisamente entonces cuando uno experimentará lo que realmente funciona. Pues, quiero decir, entre lo que sólo se puede observar en el alma, como hacen los psicólogos, que se limitan a ir a la conciencia, y lo que el psicoanalista encuentra abajo, en el fango básico animal del alma, se encuentra la zona que pertenece a lo anímico-espiritual eterno, que pasa por nacimientos y muertes.

La exploración íntegra del ser interior del hombre conduce también a una correcta relación con el mundo exterior. La ciencia natural reciente no sólo ha hablado del éter de forma indeterminada, sino que lo ha hecho de tal manera que se le atribuyen los mayores misterios del mundo: lo que luego tomó formas sólidas, se convirtió en planetas, soles y lunas, etc., se dice que surgió de estados etéricos. Lo que tiene lugar en el ser humano como anímico-espiritual, por así decirlo, sólo se considera como un episodio. Delante y detrás está el éter muerto. Cuando se llega a conocer el éter por un sólo lado, entonces se puede llegar a tal construcción del surgimiento del mundo, a la que el sutil Herman Grimm, -he citado a menudo su dicho, pero es tan significativo que siempre se puede traer de nuevo ante el alma-, dice las siguientes palabras. Familiarizándose con el modo en que se piensa que de la neblina etérica muerta del mundo ha surgido aquello en lo que ahora se desarrollan la vida y el espíritu, y midiéndolo con la visión del mundo de Goethe, llega a la siguiente afirmación: 
«Goethe en su juventud se había apoderado de la gran fantasía de Kant-Laplace sobre la formación y posterior extinción del globo terráqueo. A partir de la nebulosa giratoria del mundo, -los niños ya la traen de la escuela-, se forma la gota central de gas, de la que posteriormente deviene la Tierra, que, como esfera en solidificación, atraviesa todas las fases en periodos de tiempo incomprensibles, incluido el episodio de la habitabilidad por la raza humana, para finalmente volver a sumergirse en el sol como escoria calcinada: un proceso largo, pero totalmente comprensible para el público actual, para cuya consecución no fue necesaria más intervención externa que los esfuerzos de alguna fuerza exterior para mantener el sol a la misma temperatura de calentamiento. No se puede imaginar una perspectiva de futuro más infructuosa que la que se nos quiere imponer hoy en esta expectativa como científicamente necesaria. Un hueso de carroña en torno al cual se divirtiera un perro hambriento sería una pieza refrescante y apetitosa en comparación con este último excremento de la creación, con el que nuestra tierra volvería a caer finalmente al sol, y el afán con que nuestra generación recibe y cree tales cosas es un signo de imaginación enferma, que los eruditos de épocas futuras gastarán algún día mucho ingenio para explicar como un fenómeno histórico de los tiempos.»

Lo que aparece aquí nuevamente, dentro de la vida espiritual alemana, como un sentimiento nacido de una vida anímica sana, muestra en su verdadera luz a la ciencia espiritual. Porque si uno aprende a conocer cómo tiene lugar la animación del éter muerto a través del alma, es decir, a través del éter vivo, entonces, mediante la experiencia interior, uno se aleja de la posibilidad de que nuestra estructura del mundo haya podido surgir de un éter muerto. Y cuando uno se familiariza con el correspondiente enigma del alma, este enigma del mundo toma una forma completamente diferente. Uno conoce ahora el propio éter en su forma viva, conoce que el éter muerto debe surgir primero del éter vivo. De modo que, volviendo al origen del mundo, hay que volver al alma y ver en lo anímico-espiritual el origen de lo que hoy se desarrolla. Pero mientras lo anímico-espiritual siga siendo durante tanto tiempo una mera hipótesis, un mero pensamiento en relación con los enigmas del mundo exterior, mientras no se llegue a conocer, por medio de la ciencia espiritual, toda la vida y el tejer de lo etérico en el encuentro del éter vivo de dentro con el éter muerto de fuera, es precisamente gracias a la ciencia espiritual como la bruma misma del mundo se convierte en algo vivo, en lo anímico-espiritual.

Como ven, los enigmas del alma ofrecen también una perspectiva significativa de los enigmas del mundo. Hoy debo detenerme en esta perspectiva. Ya ven que una contemplación real de la vida exterior e interior desde el punto de vista de la ciencia espiritual conduce a través del éter al reino anímico espiritual, tanto en la propia alma como en el mundo exterior.

Sin embargo, por otra parte, existe una actitud cognitiva como la de un hombre que mencioné la última vez. Hoy podemos al menos conjeturar que desde lo físico, tal como lo concibe la ciencia espiritual, el puente conduce directamente hasta lo espiritual-anímico, en el que están arraigadas la ética, la moral, la moralidad, que se originan en el espíritu, del mismo modo que lo sensual conduce a lo espiritual en general. Pero dentro de la preocupación por lo material puramente externo, la ciencia ha llegado a una actitud que niega en absoluto que la ética esté anclada en lo espiritual. Todavía se tiene vergüenza de negar la ética en sí, pero hoy se dice lo siguiente sobre la ética, que se encuentra al final de la conferencia de Jacques Loeb, que presenté la última vez con referencia al principio. Allí dice que la investigación científica conduce a una negación brutal de la ética:
«Si nuestra existencia se basa en ese juego de fuerzas ciegas y no es más que obra del azar, si nosotros mismos no somos más que mecanismos químicos, ¿cómo puede haber ética para nosotros? La respuesta es que nuestros instintos constituyen la raíz de nuestra ética, y que los instintos son tan hereditarios como los moldes de nuestros cuerpos. Comemos, bebemos y nos reproducimos, no porque los metafísicos hayan llegado a la conclusión de que esto es deseable, sino porque somos como máquinas. Somos activos porque los procesos de nuestro sistema nervioso nos obligan a serlo, y si las personas no son esclavos económicos, el instinto del trabajo exitoso determina la dirección de su actividad. La madre ama a sus hijos y cuida de ellos, no porque a los metafísicos se les haya ocurrido que eso es bello, sino porque el instinto de cuidar de la prole, presumiblemente a través de los dos cromosomas sexuales, está tan firmemente determinado como las características morfológicas del cuerpo femenino. Disfrutamos de la compañía de otras personas porque estamos obligados a ello por condiciones hereditarias. Luchamos por la justicia y la verdad, y estamos dispuestos a sacrificarnos por ellas porque instintivamente deseamos ver felices a nuestros semejantes. Que poseamos ética se debe meramente a nuestros instintos, que están fijados química y hereditariamente en nosotros del mismo modo que las formas de nuestros cuerpos.»

El comportamiento moral remite a los instintos. Los instintos conducen a la acción físico-química. Sin embargo, la lógica es muy endeble. Porque, por supuesto, se puede decir que no hay que esperar a que los metafísicos elaboren ningún principio metafísico para actuar éticamente, pero eso es lo mismo que si alguien quisiera decir: ¿Habría que esperar con la digestión a que los metafísicos o los fisiólogos hayan encontrado las leyes de la digestión? Me gustaría aconsejar al profesor Loeb que no investigue las leyes fisiológicas de la digestión, porque está atacando brutalmente las leyes metafísicas de la vida ética. Pero ya se puede decir: uno puede ser hoy un importante científico natural, - pero los hábitos de pensamiento son tales que le apartan a uno, por así decirlo, de toda vida espiritual, que uno ya no está pendiente de esta vida espiritual. Pero esto siempre va acompañado del hecho de que uno podrá comprobar una especie de defecto en el pensar, de modo que uno nunca tiene todo lo que pertenece a un pensar completamente efectivo.

Se pueden tener experiencias extrañas al respecto. Ya he presentado aquí una experiencia de este tipo hace algún tiempo; pero me gustaría presentarla de nuevo, porque enlaza con las declaraciones de un científico natural contemporáneo muy importante, que es también uno de aquellos contra quienes arremeto, precisamente porque los tengo en muy alta estima en un campo. Este científico natural tiene grandes méritos en el campo de la astrofísica y también en algunos otros campos de la investigación natural. Pero cuando escribió un libro resumiendo la cosmovisión actual y el origen de esta cosmovisión, hizo una extraña afirmación en el prefacio. Él está, por así decirlo, encantado de cómo hemos llegado tan maravillosamente lejos al ser capaces de interpretar todo científicamente, y señala con cierta arrogancia, como es común en tales círculos, a las épocas anteriores que no pudieron hacerlo, y se refiere a Goethe al decir: 
No se puede determinar si realmente se puede decir que vivimos en la mejor de las épocas; pero en cuanto a conocimientos científicos, sí que vivimos en la mejor de las épocas en comparación con épocas anteriores, para esto podemos referirnos a Goethe, que dice: 
Es un gran placer, 
ponerse en el espíritu de la época, 
Ver cómo un hombre sabio pensaba antes que nosotros, 
Y cómo finalmente llegamos tan maravillosamente lejos. 

Así concluye, con una confesión que toma de Goethe, un gran naturalista de la actualidad. Sólo ha olvidado que es Wagner quien hace esta confesión y que Fausto dice a esta confesión cuando Wagner se ha ido de nuevo:
¡Cómo no va a perder la mente toda esperanza,
cuando siempre está atascada con pruebas rancias,
cavando en busca de tesoros con mano codiciosa
y feliz cuando encuentra lombrices de tierra!

Este gran investigador olvidó reflexionar sobre lo que Goethe decía en realidad en el momento en que invocó a Wagner para expresar cómo hemos llegado tan maravillosamente lejos. Ahí se puede, me gustaría decir, interceptar donde el pensamiento se detiene en la búsqueda de la realidad.

Y si profundizamos un poco más en la literatura científica actual podríamos presentar muchos ejemplos de este tipo. Puesto que, como ya he dicho, tengo en gran estima al naturalista mencionado, no se me tomará a mal si afirmo la verdadera actitud goetheana ante tales investigaciones naturales, que se jactan de poder aportar también información sobre el espíritu. Porque aunque podamos perdonar a muchos monistas que no puedan llegar al espíritu desde la debilidad de su pensar, es peligroso cuando la actitud que aparece en Jacques Loeb y en el científico natural descrito anteriormente, que se caracteriza como Wagner pero se cree Goethe, se extiende cada vez más en los círculos más amplios a través de la creencia en la autoridad. Eso es lo que hace. Quien penetra en aquello que puede dar una actitud a partir de la ciencia espiritual, tal vez, aunque a algunos no les parezca suficientemente reverencial, llegue a la genuina actitud goetheana en relación con una afirmación como la del naturalista, si retoma las palabras con las que me gustaría concluir esta conferencia:
Es un gran horror,
ponerse en el lugar de tales almas,
Con qué avidez tocan lo material
Y se precipitan más allá del espíritu.

Traducido por J.Luelmo feb,2025