CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA125 Nuremberg, 13 de noviembre de 1910 - El desarrollo del mundo y de la naturaleza humana en los mitos y leyendas de los pueblos antiguos.

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RUDOLF STEINER

El desarrollo del mundo y de la naturaleza humana en los mitos y leyendas de los pueblos antiguos.


Nuremberg, 13 de noviembre de 1910



Si miramos el desarrollo de la humanidad retrospectivamente, en primer lugar tan atrás como nos permite la historia, nos encontramos con algo muy peculiar. Podemos escrutar lo que se nos presenta en los fenómenos más diversos. Sobre todo, -y veremos hoy cómo lo que vamos a decir se aplica a cada corazón humano, a cada alma humana-, podemos examinar este desarrollo de la humanidad en los diversos documentos, tradiciones y escritos que han llegado hasta nosotros. Si nos remontamos a las ideas que los distintos pueblos de la antigüedad se formaban sobre el origen del mundo, sobre la relación del hombre con el mundo, sobre las fuentes de la moralidad y la bondad, encontramos que estas ideas están plasmadas en sagas, mitos y leyendas. Encontramos tales sagas, mitos y leyendas en formas más o menos bellas, grandiosas, poderosas o menos significativas entre los pueblos más diversos del mundo. Hoy en día la gente tiende a tratar estos mitos, sagas y leyendas como poesía y a decir que fueron inventados por pueblos en su infantilismo porque aún no disponían de las fuentes de las ciencias actuales. -Inventaron todo tipo de ideas sobre cómo surgió el mundo, en el sentido de los griegos a través de sus dioses, en el sentido de los antiguos pueblos germánicos a través de sus dioses, en mi opinión en el sentido de los pueblos americanos, cuyas leyendas nos han llegado recientemente y que se corresponden con lo que encontramos entre otros pueblos. Cuando escuchamos cómo Quetzalcóatl y Vitzliputzli juegan un papel entre los pueblos centroamericanos, de manera similar, sólo que más primitivamente que otras figuras poderosas entre otros pueblos, vemos que entre todos esos pueblos se encuentran leyendas y mitos. Y, como ya se ha dicho, el hombre moderno se inclina fácilmente a decir: se trata de poemas, de formaciones fantasiosas del espíritu humano, que de este modo quería explicarse cómo surgieron las diversas entidades del mundo, los diversos fenómenos naturales.

Entre los muchos documentos diferentes encontramos ahora uno poderoso, que un gran número de ustedes han mirado recientemente conmigo, un documento poderoso, el Génesis, el comienzo del Antiguo Testamento. Y en Munich vimos las infinitas profundidades que encierra este Génesis. Para algunos de ustedes, ya se ha hablado de los diversos Evangelios, el último de los documentos de este tipo, a partir del conocimiento del espíritu. Los encontramos conservados, procedentes de las diversas épocas en que tuvieron lugar nuestras encarnaciones anteriores, que hemos experimentado en vidas terrenas anteriores. Aquellos que avanzan en el conocimiento espiritual deben aprender a comprender que ellos también existieron en épocas en las que, digamos, se hablaba de Zeus y Hera y Kronos y otros dioses, cuando se hablaba de los fenómenos naturales de una manera diferente a como se hace hoy, en la misma forma que está contenida en los mitos, leyendas y cuentos de hadas. Debemos tener todo esto en cuenta. Y debemos preguntarnos: ¿Cuál es el estado real de nuestras almas, que han absorbido tales cosas, que ahora, -para la mayoría de las personas, por así decirlo, sin que sepan lo que se descargó en ellas en aquel tiempo-, reaparecen en sus almas?

Pues bien, me limitaré a describirles cómo moverse entre estos documentos para aquellos que por primera vez comienzan a aceptarlos como leyendas, mitos, poesía, pero que luego penetran en la ciencia espiritual y la utilizan como instrumento para comprender cada vez mejor estos documentos.

Con el Antiguo Testamento, por ejemplo, que la mayoría de la gente lee hoy quizá como una recopilación bastante hermosa de todo tipo de imágenes sobre la creación del mundo, se dice poco a poco: «Hay una sabiduría infinita contenida en estas cosas, que se reproducen allí de una manera tan extraña». - Y cada vez se da más cuenta de que las palabras, frases y oraciones individuales contienen cosas, si uno las entiende correctamente, a las que la investigación espiritual nos lleva hoy de forma bastante independiente. Quizá no haya medio más eficaz de aumentar la apreciación de tales documentos que penetrar un poco en la ciencia espiritual. Pues los descubrimientos más sutiles que pueden hacerse en el campo de la ciencia espiritual, las cosas más poderosas que se redescubren con gran esfuerzo mediante la investigación científica espiritual, se descubren posteriormente en algún texto bíblico, digamos el Génesis.

Pero se ha de reconocer que hay una cierta diferencia entre el Antiguo Testamento y todas las demás leyendas, mitos y documentos. Tomemos las leyendas de los griegos, de las antiguas tribus germánicas, incluso lo que contienen los Vedas de los indios, lo que contienen los documentos persas, tomemos todo lo de este tipo. En comparación con el Antiguo Testamento, hay una enorme diferencia. Esta diferencia se presenta al examinador imparcial de tal manera que en todos los demás documentos encuentra los enigmas de los fenómenos naturales, los enigmas de todo lo que se refiere a los fenómenos naturales, también al hombre, en la medida en que tiene una especie de existencia natural, en la medida en que las fuerzas de la naturaleza impulsan al hombre a esto o aquello, pero que en el Antiguo Testamento se enfrenta única y exclusivamente con el hecho de que el hombre es concebido desde el principio como un ser anímico-ético, no como un mero ser natural. Y todo lo que allí se cuenta supone que el hombre se sitúa en el desarrollo como ser anímico-ético. Lo que la ciencia actual dice en este sentido se sostiene sobre bases muy poco firmes. Todo se desmorona en nada si realmente se miran las cosas desde el punto de vista espiritual. Por lo tanto, existe una profunda diferencia, por lo que se puede decir: Todo lo demás que se nos trae al mundo en forma de documentos nos muestra que los hombres han tenido poderosas revelaciones de una u otra parte, poderosas revelaciones que fueron pronunciadas en la forma legendaria de los mitos, que surgieron de una profunda sabiduría, pero que no se refieren a los misterios morales y espirituales del hombre. Esto está claro en cualquier circunstancia.

Ahora, además, hay una gran diferencia si se compara el Nuevo Testamento con todos los demás documentos de este tipo. Hay un espíritu completamente diferente al de todos los demás documentos, incluido el Antiguo Testamento. ¿Cómo podemos captar esta diferencia si enfocamos el asunto desde un punto de vista antroposófico? Esta diferencia se nos aclarará si antes ponemos ante nuestra alma otro fenómeno.

Imaginemos a una persona que nunca haya oído hablar de la ciencia espiritual, sino que haya nacido enteramente de la educación científica u otra de las llamadas ciencias racionales del presente, que por lo tanto no haya tenido la oportunidad de penetrar en los documentos antiguos con la ciencia espiritual. Podemos imaginarlo, tal vez nada erudito o también muy erudito, -la diferencia no es relevante-, lo imaginamos alejado de la ciencia espiritual y suponemos que entonces se acerca a estos documentos antiguos, los documentos griegos, persas, indios, germánicos, etc., se acerca a ellos con todo lo que el pensamiento moderno puede darle. Si realmente no siente ningún atisbo de lo que es la investigación espiritual, se produce un fenómeno peculiar. Dependiendo de si está más o menos inclinado a ser poético o austero, habrá una diferencia, pero en general, podemos decir, hay un fenómeno. Una persona así nunca podrá comprender realmente los documentos antiguos de hoy, no podrá penetrar en la forma en que allí se da la sabiduría. Vemos los ejemplos más grotescos en este campo. Basta con señalar los intentos más recientes de explicar esos documentos antiguos. Hoy mismo existe un librito realmente interesante por su ridiculez, en el que se hace un intento exhaustivo de explicar todos los mitos hasta los Evangelios, a partir de los primeros documentos de los pueblos más primitivos. Es un librito extraordinariamente interesante precisamente por su forma grotesca, en realidad por su forma grotescamente tonta de entender las cosas. El libro se titula «Orfeo». Es de Salomon Reinach, famoso en Francia como investigador en este campo. Entre los eruditos, es un ejemplo característico de hombre que ni siquiera ha percibido un atisbo de la forma en que se puede penetrar en tales cosas. Se aplica a todo un determinado método, y todo se decreta. Todas las cosas son sólo simbólicas. No hay seres reales detrás de Hermes, Orfeo y otros. Estas figuras son sólo símbolos y alegorías. Entre la gente respetable no es nada apropiado reproducir lo que se da como interpretación de estos símbolos; se habla de tal manera que se elude repetirlo. De esta manera, todas las realidades que viven en los mitos pueden ser probadas, y así la realidad de Deméter y Perséfone es decretada, probada. Todos estos nombres solo estan ahi como simbolos. Esto se hace según un método con el que se podría demostrar fácilmente a los niños que, si ya hubieran pasado ochenta años, un hombre llamado Salomon Reinach nunca habría vivido en Francia a principios del siglo XX, pero que bajo el nombre de Salomon Reinach la cultura contemporánea resumió lo que está presente en su libro. Sería maravilloso demostrarlo. Sin embargo, tales cosas causan hoy un revuelo extraordinario. Y el mismo método se utiliza ahora en Alemania para demostrar que Jesús nunca vivió, lo que también ha causado un gran revuelo en los últimos tiempos.

Si ahora nos preguntamos: ¿Cuál es la verdadera razón por la que hoy no se puede penetrar en las cosas sin la ciencia espiritual, -y es un hecho que no se puede penetrar sin ella-, cuál es la verdadera razón? - Si queremos entender esta razón, tenemos que mirar un poco más profundamente en la evolución de la humanidad. Hay que retroceder un poco en la evolución de la humanidad. Entonces uno tiene que decirse a sí mismo: Las ciencias que la gente tiene hoy en día, las ciencias que enseñan en las escuelas más elementales sobre el sol y otras cosas, los antiguos ciertamente no las tenían. Tales ciencias, que se comprenden con el intelecto, con la razón. Esto es algo a lo que la humanidad apenas ha avanzado. Y nuestras almas, cuando nacieron en encarnaciones anteriores, ciertamente no pudieron absorber tales ciencias, porque no existían, no estaban incorporadas a la cultura. Pero cuanto más retrocedemos en la evolución, más descubrimos, -ya sea que busquemos aquí o allá las razones de esto, que a menudo hemos explicado para muchos de ustedes-, que la gente tenía una sabiduría en una forma completamente diferente a la actual, una sabiduría sobre las cosas espirituales que la gente de hoy no es capaz de expresar en su forma científica. Pero la sabiduría regía las almas, vivía en las almas. Simplemente estaba ahí. Sobre todo, los jefes iniciados de la humanidad tenían esta sabiduría, y se puede probar históricamente, si se tiene un espíritu antroposófico, que sobre toda la humanidad de la tierra se derramó una revelación primordial, una sabiduría primordial, que se vivía de tal o cual manera según las diversas etapas de desarrollo. Si alguien con un espíritu verdaderamente antroposófico mira la historia, encontrará esta revelación primordial. Pero hace falta algo más. El espíritu humano científico ordinario actual, si quiere penetrar en todos estos documentos en su verdadero sentido, debe, sin embargo, pasar todavía por una preparación, -ahora estoy simplemente relatando un hecho-, una preparación que le permitirá penetrar en el espíritu de esos antiguos escritos. Consiste en estudiar los documentos que hoy se pueden estudiar directamente. Estos son los Evangelios, estas son las cartas paulinas. A través de lo que allí se describe, uno puede acercarse directamente y comprender la revelación original en los documentos antiguos. Es un hecho notable. Pero si, según los prejuicios de nuestro tiempo, un investigador espiritual tuviera cierta reticencia a acercarse a estos Evangelios, -podría decir: Ésta es una religión entre muchas-, entonces se haría evidente que no podría llegar a comprender lo que son los demás documentos. En todas partes quedaría para él un resto incomprensible. Pero si se acerca, aunque sólo sea en su mente, a alguna manifestación de los acontecimientos de Palestina, si se deja inspirar por ellos, por así decirlo, entonces sí que puede emanar de los Evangelios un rayo de luz sobre las cosas de los otros documentos. Eso es un hecho, y se puede experimentar. Y entonces se admite que estos Evangelios y las cartas de San Pablo, son realmente necesarios para retroceder hasta los tiempos pasados adecuadamente. No se les puede ignorar ni despreciar. No es necesario remontarse a los Evangelios escritos si sólo se puede leer realmente en los documentos espirituales, en la Crónica Akáshica, -pero hay que remontarse a los acontecimientos de Palestina. De lo contrario, ciertas cosas siempre permanecerán confusas en relación con lo que sucedió antes. Así que no es a la palabra escrita a la que quería referirme positivamente, sino a los acontecimientos tal como se nos han presentado en la realidad en la evolución de la humanidad. Este es un hecho muy, muy importante.

Me gustaría arrojar algo de luz sobre este hecho desde otro ángulo. Tengamos en cuenta lo que he dicho: No se puede pasar por alto el acontecimiento Crístico si se quiere comprender lo que se da a la humanidad como revelación primigenia, de lo contrario se tropezará en alguna parte. Si he de describir cómo se presenta realmente el asunto, debo decir lo siguiente: Supongamos que el investigador espiritual de hoy investiga el pasado, y no tiene sensibilidad -la sensibilidad es muy importante- para el acontecimiento crístico, pasa por encima del acontecimiento crístico y se acerca a los otros acontecimientos anteriores de la evolución, entonces encontrará por todas partes, realmente por todas partes, que se vuelve incierto. Supongamos, sin embargo, que tuviéramos un investigador espiritual que hubiera nacido y vivido antes de Cristo Jesús y que ya hubiera recorrido un largo camino en lo que respecta a la clarividencia y que también estuviera bien desarrollado en otros aspectos, que hubiera madurado en cierto modo incluso antes de la época de Cristo, que hubiera sido capaz de examinar todo el pasado de tal manera que hubiera podido pasar por el acontecimiento Crístico incluso entonces, porque estaba adelantado a su tiempo. Supongamos que hubiera vivido cinco o seis siglos antes de Cristo, que hubiera estado preparado, como un investigador espiritual de hoy, para volver sobre el Cristo y llegar a los acontecimientos anteriores, entonces podemos preguntarnos formalmente: ¿Cómo tendría que ser tal investigador espiritual para no caer presa de los poderes luciféricos o ahrimánicos? - Supongamos que tal persona realmente necesitase pasar por el acontecimiento crístico, pero que este acontecimiento crístico todavía no hubiera existido cuando él vivía. Entonces para tal persona resultaría que, o bien se acomodaría fácilmente con lo que le viene, con lo que él puede ver, -contaría entonces toda clase de cosas que no son del todo ciertas-, o bien llegaría al punto en que se diría a sí misma: Ahora me falta algo, mirando hacia atrás no puedo encontrar algo, no puedo encontrar algo que necesito en mi camino. Y entonces se confesaría a sí mismo: Aquí me vuelvo inseguro. Tengo que buscar algo que necesito, pero todavía no está allí en la tierra, no se puede encontrar en la evolución terrenal.

Les he descrito, por así decirlo, basándome en una suposición teórica, una personalidad del siglo V, VI antes de Cristo que habría estado madura para encontrar al Cristo Jesús en retrospectiva. Pero como aún no estaba en la tierra, no se le puede encontrar como un hecho terrenal. Esta teoría se hizo realidad para mí hace muy poco. Fue cuando este año pude visitar nuestra rama en Palermo. Mientras viajaba en el barco hacia Palermo, una cosa me quedó clara de golpe: "Se te presentará la solución de un enigma, un enigma que sólo puede resolverse fácilmente aquí, en este lugar, a través de las impresiones inmediatas que se pueden obtener aquí". Poco después encontré la solución del enigma. La personalidad de la que acabo de hablaros teóricamente, apareció inmediatamente en toda la atmósfera de Sicilia, podría decir, en todo el cuerpo astral de Sicilia. Su presencia era totalmente viva. En toda la atmósfera de Sicilia seguía viviendo una personalidad muy enigmática en muchos aspectos, la personalidad de Empédocles, el filósofo de la antigüedad. De hecho, este filósofo de la antigua Grecia vivió en Sicilia durante el siglo V antes de Cristo, e incluso la historia externa sabe que fue un profundo iniciado en muchas esferas diferentes y que realizó cosas magníficas precisamente aquí, en Sicilia.

Si nos fijamos primero en él intelectualmente, esta personalidad se presenta de una manera notable. Observando el desarrollo de Empédocles, siguiéndole en lo que hizo como estadista, como arquitecto, como filósofo, cómo viajó, cómo tuvo sus alumnos entusiastas, cómo les inició en los diversos secretos del mundo, si se le sigue espiritualmente de esta manera, no de la mano de la historia externa, entonces se descubre que se trataba de una personalidad que conocía una cantidad infinita de algo que sólo la gente de hoy tiene en términos de conocimiento científico. Esta personalidad tenía un espíritu muy moderno, un aura moderna. En efecto, Empédocles estaba tan avanzado que se preguntaba por el origen del mundo. Y realmente habría ido tan lejos que habría tenido que encontrar al Cristo mirando hacia atrás. Pero todavía no había estado allí, todavía no se le podía encontrar en la tierra en aquella época, todavía faltaba en la tierra. Bajo estas experiencias, Empédocles empezó a vacilar, y fue precisamente esto lo que formó en él un deseo peculiar, y este deseo se transformó en él, -de una manera completamente diferente a las cosas triviales de hoy-, en una pasión por mirar el mundo de forma materialista. Lucifer se acercó a él. Sólo hay que imaginar vívidamente cómo sucedió esto. Era un espíritu moderno, iniciado en los más diversos misterios, clarividente en alto grado. A través de su pensamiento moderno se inclinaba a mirar el mundo de forma materialista, y también hay un sistema materialista suyo, en el que describe el mundo más o menos como el químico materialista de hoy en día, mezclando y desmezclando los elementos. Pero sólo distingue entre los cuatro elementos. Según cómo se mezclen, pensaba, se forman las entidades más diversas. Esta visión creó en él una poderosa pasión por averiguar qué había detrás de estos elementos materiales, qué había en el aire, qué había en el agua.

Si examinamos detenidamente la Crónica de Akasha hoy y miramos en el agua, el aire, el fuego y la tierra, descubriremos en ellos etéricamente al Cristo. Empédocles no pudo encontrarlo, pero sintió el tremendo impulso de descubrir algo en el aire y en el agua, en el fuego y en la tierra, para descubrir lo que realmente contienen. Y podemos ver cómo esta personalidad se ve presa por el fuerte deseo de penetrar a toda costa en lo que constituyen los elementos materiales. Este deseo finalmente lo induce a hacer una especie de sacrificio. No es simplemente una leyenda que Empédocles se arrojó al cráter del Etna para unirse a los elementos. La fuerza luciférica, el fuerte deseo de aprehender los elementos, lo llevó a una unión corporal con los elementos. La muerte de Empédocles sigue llenando la atmósfera de Sicilia, y este es un gran misterio relacionado con este extraño país.

Y ahora pensemos en esta alma de Empédocles, que de este modo desechó el cuerpo haciéndolo quemar. Este renace en tiempos posteriores, cuando el Cristo ya había estado allí. El caso de esta alma es completamente distinto. En el pasado se sacrificó, por así decirlo, a los elementos, luego surge de nuevo, pero ahora, al retroceder la mirada, ve al Cristo. Y todo el conocimiento elemental surge de nuevo. Lo que esta alma había conocido surge en una forma completamente nueva. En efecto, la personalidad de Empédocles renació más tarde. Sólo que en este momento no se me permite decir bajo qué nombre. Pero si se compara la reencarnación posterior de Empédocles, que ocurrió más bien en el norte, si se compara esta figura, tal como vivió más tarde, desde el cambio de la época media a la más reciente, con la de Empédocles, que se arrojó al monte Etna, entonces se presenta vívidamente ante los ojos el gigantesco impulso que supuso el hecho de que entre medias se produjera el acontecimiento crístico en la tierra.

Pero lo que le ocurre a cualquier personalidad le ocurre a todas las almas, incluso a todas vuestras almas. Aunque todas estas almas no sintieran el poderoso impulso que sintió Empédocles, miraban sin embargo al pasado con cierta inquietud hacia el tiempo en que se acercaba el acontecimiento crístico, porque no sabían orientarse, porque se acercaba cada vez más el tiempo en que el antiguo conocimiento se desvanecía. Si nos remontamos a épocas anteriores, nos encontramos con que los que conservaban la tradición de los antiguos conocimientos iban delante del pueblo; que contaban, -imaginémoslo ante nuestras almas-, historias poderosas, como las que se conservan en la leyenda griega, tal como fueron comunicadas a los antiguos griegos. Pero esto sólo era una ocasión para que los antiguos griegos, cuando se encontraban, digamos, en un estado especial, -lo que entonces ocurría en mayor medida que ahora-, sintieran la verdad de estas leyendas, y que estas leyendas les dieran el impulso de mirar en el mundo espiritual. Pero esta disposición se perdió entre los hombres. Sucedió que este poder interior de mirar hacia el mundo espiritual se perdió justo cuando se acercaba la ciencia intelectual. Se puede calcular, se puede leer en cualquier pequeño manual, lo poco que se remontan nuestros puntos de vista, que hoy, quisiera decir, ya son absorbidos por los niños, si no con la leche materna, al menos con la leche escolar. Se remontan a unos cuantos siglos antes del comienzo de la era cristiana. Ese es un gran punto de inflexión. Si la gente se remonta más atrás y quiere comprender los documentos antiguos, ya no puede hacerlo; sólo les aparecen como poesía, leyendas y mitos. Esto es algo que realmente hay que analizar con más detenimiento. Cada vez habrá más gente que no entenderá los documentos antiguos sin haber heredado ninguna capacidad para comprenderlos. Llegarán a la conclusión de que detrás de todo lo que se considera ciencia hay un gran campo de error, porque la mayoría de las personas cultas tienen la opinión de que ahora sabemos felizmente cómo se mueve la Tierra, y que en el pasado lo que se decía al respecto no eran más que tonterías. Así que ya está ahí; la gente sólo se remonta a la visión copernicana del movimiento de la tierra. Ese es un ejemplo algo tardío. Pero incluso con la geometría, sólo nos remontamos hasta Euclides. Antes de esa época, el hombre moderno ve oscuridad negra en esta área. Así que el hombre moderno no puede encontrar la sabiduría, la revelación primigenia, no puede encontrar la manera de penetrar en ella.

Si uno realmente acepta esto como un hecho, entonces algo que surge de los estudios antroposóficos más elevados puede, -y esto ya puede surgir en la mente más simple a través de un sentimiento sano-, condensarse en una convicción básica. El ser humano debe llegar a decirse a sí mismo: Ésta no es la verdadera forma en la que veo el mundo. - Si ésta fuera la verdadera forma, entonces no habría necesidad de investigar en absoluto. Entonces no haría falta investigar en absoluto, entonces el mundo tendría que ser como es; pero tampoco es así como lo acepta la investigación moderna. No habría copernicanismo si aceptáramos lo que los sentidos presentan en estado bruto. Incluso la ciencia externa contradice la experiencia de los sentidos. Si uno va más allá, verá que no puede detenerse en lo que dan los sentidos, en lo que da la experiencia externa del mundo físico. Esto debe ser corregido por el hombre en cualquier circunstancia, también por la ciencia externa. Tal vez uno no suela admitir esto ante sí mismo, pero es cierto. En cuanto uno se comprende a sí mismo, -incluso como pensador ordinario con lo que aprende hoy-, debe decirse: Todo está encaminado a ver a través de la ilusión de los sentidos, de lo contrario no habría ciencia, no habría reflexión. - Pero si esto es así, entonces hay algo que nos permite comprender con bastante facilidad en qué se está convirtiendo gradualmente el mundo. Si miramos el asunto bajo una luz antroposófica, esto se confirmará. Así que si nos decimos a nosotros mismos: Hubo una sabiduría primigenia, la gente era tal que se les otorgó una sabiduría primigenia que sólo veían en imágenes, pero poseía dicha sabiduría primigenia, sólo ulteriormente con el desarrollo de la humanidad, la comprensión de la misma se perdió cada vez más, la gente entendía esta sabiduría primigenia cada vez menos, en consecuencia también es bastante claro que a medida que se desarrollaba la ciencia, el entendimiento y la razón, cada vez la comprendieron menos.

Ahora podemos preguntarnos: ¿Qué habrá pasado en un momento determinado? - Imaginemos el asunto, imaginemos a una persona precristiana que vivió en determinadas condiciones. Habría mirado al mundo, habrá visto las cosas más diversas, pero en el alma de esta persona disponía además, la posibilidad de mirar más allá de estas cosas. Esta disposición seguía ahí. Así que para él era un hecho que había un cuerpo etérico detrás de cada flor. Era un hecho para él. Pero esta disposición se perdió gradualmente. Se perdió porque la razón y el entendimiento, tal y como prevalecen hoy en día, destierran esta disposición. No puede unirse con la otra facultad, son dos fuerzas opuestas. Ocurre una vez -y ésta es una experiencia común de todos los verdaderos investigadores espirituales- que el intelecto, el razonamiento en el sentido ordinario, tiene un efecto abrasador, candente, sobre lo que es la visión iniciada de las cosas. De modo que también en la historia, en la medida en que han entrado el intelecto y la razón en sentido ordinario, se ha perdido la ciencia de la antigua visión espiritual y con ella la comprensión de la antigua tradición. Así que tuvieron que pasar varios siglos, otro hombre tuvo que ocupar el lugar del que os he descrito, y tal vez tuvo que decirse a sí mismo: Por supuesto, sería un terrible prejuicio creer que la verdad es tal como el mundo la presenta a los sentidos. Hay que añadir la razón humana en todas partes. - La creencia en la razón humana era decisiva. Primero debe diseccionar las cosas tal como son, debe analizar los fenómenos sensoriales y comprenderlos lógicamente.

Un hombre así podría haber dicho: Esta es la ventaja del hombre sobre las demás criaturas de la tierra, que tiene razón, que puede comprender la causa y el efecto tal como están detrás de las cosas sensoriales. Puede comprenderlas, puede comunicarse de un ser humano a otro por medio del habla en virtud del hecho de que posee raciocinio.  Pues uno pronto podría darse cuenta de que el habla es una hija de la razón. Y tal persona podría decir: Lo más elevado es, por supuesto, la razón. - Y si quisiéramos visualizarlo bien, tendríamos que imaginar a una persona que dijera: Así que, hombre, confía sólo en tu razón, disecciona todo con tu razón, entonces llegarás a lo verdadero. Supongamos que tal persona hubiera venido. Les he descrito a tal persona, tal como teóricamente les puede parecer, pero esta persona ha existido en gran medida. Una figura característica de este tipo es Cicerón, que vivió poco antes de Cristo. No hay más que buscarlo y se verá que piensa exactamente de la misma manera, a saber: la razón puede comprenderlo todo. No es cierto que el mundo sea como se presenta a los sentidos; pero la razón puede comprenderlo todo. Y son precisamente estas personas, que aparecieron poco antes de Cristo, las que tienen una fe invencible en la razón. Llaman a la razón el Dios mismo que impera en las cosas. Esto es lo que hace Cicerón.

Pero supongamos que alguien descubre los secretos de todo esto. Supongamos que alguien observa todo esto con imparcialidad, viendo cómo se desarrolla poco a poco. ¿Cómo describiría entonces todo este tiempo? Supongamos que un siglo antes de Cristo, una persona profundamente lúcida observara todo esto. ¿Qué le parecería toda la historia? Bueno, diría: vemos dos corrientes en la humanidad. Una está en declive: la antigua fuerza clarividente. En cambio, la razón está emergiendo. Está erradicando y destruyendo la posibilidad de ver en el mundo espiritual. Una profunda oscuridad se extenderá hacia el mundo espiritual. Aquellos que creen en la autoridad de la razón creen que pueden llegar detrás de las cosas a través de su razón. Estas personas olvidan completamente lo que es esta razón de la que hablan. Esta razón sólo está ligada al cerebro, no puede utilizar otro instrumento que el cerebro, por lo tanto pertenece al mundo físico, por lo tanto debe compartir las características del mundo físico. Por lo tanto, una personalidad así diría: Insistid sólo en vuestra razón y decid que podéis utilizarla para comprender lo que hay detrás de las cosas, porque las cosas no son verdaderas en sí mismas, pero recordad que esta razón misma pertenece a estas cosas. Sois seres físicos entre otros, vuestra razón pertenece al mundo físico. Y si creéis que la razón es lo único a través de lo cual podéis entender todo lo demás, estáis socavando la base firme de debajo de vuestros propios pies.

Así habría hablado una personalidad de ese tipo. Y habría continuado diciendo Ciertamente, la gente tiende a utilizar cada vez más la razón, a insistir cada vez más en el intelecto. Pero al hacerlo, están construyendo un muro frente al mundo espiritual, porque están utilizando un instrumento que no es aplicable en absoluto al mundo espiritual, que se decide en el mundo físico. Y sin embargo, la humanidad se está desarrollando en la dirección del desarrollo de este instrumento. - Y tal vez esta personalidad, si hubiera conocido exactamente el curso de los acontecimientos, habría dicho: Si los hombres han de retornar al mundo espiritual, entonces debe surgir la posibilidad de que no quieran simplemente hacer uso de su razón, este instrumento que sólo funciona para el mundo físico, sino que llegue un impulso que les permita ascender de nuevo, un impulso que encamine hacia los mundos espirituales a la propia razón. Pero esto no puede suceder de otro modo, salvo cuando en el hombre muera algo que establece en él la firme creencia en el dominio exclusivo de la razón. Eso debe morir.

Tenemos que pensar que el hombre desciende cada vez más al mundo material, desarrollando cada vez más el cerebro. Si el hombre se volviera tan completamente dependiente de su razón, entonces no podría escapar de ella en absoluto. Porque entonces su cuerpo físico le haría creer: ¡¡Descarta todo lo que nuestra mente terrenal no puede captar!!. Pero es el cuerpo físico el que en su desarrollo, anestesia de forma sutil al ser humano para que no pueda darse cuenta de que permanece en el mundo físico. Si visualizan esto, se darán cuenta de que, en realidad, el ser humano está atrapado en una trampa. No puede salir por sí mismo. La evolución de la humanidad hasta ahora le ha llevado a un punto en el que no puede salir de sí mismo en absoluto, en el que corre el peligro de verse gradualmente completamente abrumado por el cuerpo físico. 
¿Qué puede ayudar al hombre en absoluto? Si en el tiempo en que la razón ha llegado a este punto de vista, en el que surge la posibilidad de que la razón se resintonice para que lo que la ciega pueda morir en ella, entonces ésta debe morir. Pero debe haber un impulso por el que de una vez por todas se supere lo que podría abrumar al hombre en la mera creencia en la razón. Sentid la fuerza de este impulso, sentid que éste era el sentido del desarrollo de la humanidad. La fisicalidad se había desarrollado de tal manera que habría dominado al hombre, y el hombre habría llegado a creer que debía permanecer en el mundo físico y que, sin embargo, podía salir de la maya, -sin considerar siquiera que está en la maya con la propia razón-, si algo no hubiera venido a arrancarlo tan pronto como lo toma, y que puede contrarrestar la caída en lo físico, que realmente actúa en el cuerpo etérico, para que éste tenga la posibilidad de matar lo que conduce a tal error. De lo contrario, el hombre habría permanecido en la trampa de su corporeidad avasalladora.

Y ahora prescindamos de una persona que hubiera hablado así al acercarse Cristo Jesús. Ahora veamos cómo una persona actual, cualquiera de nosotros, puede ver el asunto. Puede decirse a sí mismo: Si miro imparcialmente cómo se ha desarrollado la humanidad, cómo se ha fortalecido cada vez más la razón, este instrumento que pertenece a la Maya, entonces si sólo me abandono al curso del desarrollo del mundo debo necesariamente estar equivocándome. Si no tomo el impulso que puede morir esa parte que me tienta a hacerlo, está tan dirigida que no puedo salir de la razón. ¿Qué debe haber sucedido? Debo ser capaz de mirar hacia atrás a una época en la que este impulso se produjo.  Debo encontrar algo que apunte a un acontecimiento en el desarrollo histórico de la humanidad, que tenga el efecto de invertir el curso evolutivo en el sentido materialista. Si hoy mirara en mi interior y no encontrara tal cosa, ¿qué más tendría que encontrar? Vería que la razón progresa cada vez más hasta llegar a un punto al principio de nuestra era en el que apenas está empezando a surtir efecto. ¿Pero más allá? Ahí se vuelve oscuro, ahí se vuelve negro, ahí necesito algo completamente diferente. - Pero entonces se vuelve más claro, porque ahí es donde todo el mundo tiene que encontrarse con Cristo. Todo el mundo, si quiere creer en la posibilidad en absoluto de que está progresando, de que en las encarnaciones siguientes puede haber algo en él que le impulse hacia arriba, que no le deje abrumarse por la Maya, todo el mundo debe encontrarse con el Cristo cuando mira retrospectivamente hacia atrás. Esto puede permitirle ascender.

Supongamos ahora que los evangelios no existieran, y que no los necesitaríamos como antropósofos. Supongamos que no necesitamos los evangelios; que todo lo que necesitamos es estudiar el curso de la evolución humana de una manera desprejuiciada y decir: ¿Qué sería de cada ser humano si no pudiera mirar hacia atrás a un evento que cambió todo el significado del curso anterior de la evolución hacia el otro lado? ¡Simplemente debemos encontrarnos con el Cristo si volvemos al curso de la evolución! Los antropósofos deben ser capaces de encontrarlo, y los clarividentes lo encontrarán en cualquier circunstancia. Este es un misterio que está conectado particularmente con el cristianismo. Los documentos pueden ser cuestionados. De hecho, los evangelios no son verdaderos documentos históricos. Todas las personas astutas, Jensen y otros, que decretan de una manera trivialmente erudita que los evangelios no existen y que los evangelios son meras leyendas, tienen cierta justificación para hacer esto, porque dependen únicamente de su razón externa. Pero si somos antropósofos, podemos decir que no necesitamos los evangelios; sólo necesitamos los hechos proporcionados por la propia  ciencia espiritual, y si retrocedemos en el tiempo descubriremos al Cristo vivo, tal como se le apareció a Pablo en el evento de Damasco. Pablo experimentó de antemano lo que nosotros también somos capaces de experimentar si buscamos a Cristo con un espíritu verdaderamente antroposófico. Pablo estaba, después de todo, en la misma posición de un antropósofo moderno que no desea aceptar los evangelios. En su tiempo los evangelios no existían, pero Pablo pudo ir a Jerusalén. Sin embargo, esto no lo convenció, porque de lo contrario no habría salido de Jerusalén. Los acontecimientos descritos en los evangelios no le convencieron. No es necesario, por tanto, que el contenido de los evangelios convenza a una persona moderna. Todo lo que es necesario es que esté en condiciones de experimentar, a través de la Antroposofía, lo que Pablo experimentó, y esta experiencia se convertirá entonces para él en un acontecimiento de Damasco. Entonces tendrá la prueba de la existencia de Cristo, de la misma manera que Pablo y sin la ayuda de documentos.

Por supuesto, esto apunta a cosas muy profundas en la evolución humana, a cosas extraordinariamente profundas en la evolución del hombre. En cierto sentido, todo ser humano, incluso el hombre más sencillo, puede experimentar lo que el Empédocles reencarnado experimentó durante los siglos XV y XVI, que miró hacia atrás en tiempos anteriores y fue capaz de ver lo que no había podido ver hasta entonces, debido a ello se había vuelto tan inseguro que se arrojó al Monte Aetna. Echó su mirada hacia atrás durante los siglos XV y XVI, y lo que no pudo captar de ninguna manera durante su encarnación anterior, ahora lo podía captar claramente a través del principio de Cristo. Y esto le permitió convertirse en una de las personalidades más notables de la época posterior.

Así es como el asunto se presenta a toda persona sin la ayuda de documentos, simplemente en retrospectiva. Más tarde, todas las personas podrán mirar hacia atrás, a encarnaciones anteriores, y distinguir con precisión entre encarnaciones anteriores y encarnaciones posteriores a Cristo. Y lo que el alma sencilla siente instintivamente hoy cuando lee los Evangelios aparecerá entonces en forma de conocimiento. Eso es lo que diferencia a los Evangelios de los demás documentos, que son los siguientes documentos que hay que comprender. Este es un punto de paso grande, hermoso y poderoso: los Evangelios. Cuando pasamos por ellos, se convierten en luz, mientras que de otro modo se extienden las tinieblas.

Y así es. El cristianismo está sólo en el comienzo de su evolución, y un hombre moderno puede encontrar que a menudo pierde su hilo cuando investiga cosas anteriores. Pero si observa retrospectivamente uno de los acontecimientos de la vida de Cristo, se sentirá inspirado, y se hará luz a su alrededor. Incluso una persona sencilla puede experimentar lo que los ocultistas descubren, es decir, podrá sentir dentro de su alma un reflejo, por así decirlo, de lo que acabo de explicar. Puede sentirse muy deprimido debido a sus debilidades y errores humanos, y puede admitirse a sí mismo: "¡Lo que soy hoy es el resultado de todas las generaciones!" Pero entonces lo negaría y tendría que admitirse a sí mismo, en cambio, que él mismo ha sido su propio padre y su propia madre. En consecuencia, hay algo dentro de nosotros que nos conecta con el resto de la humanidad, y podemos sentirnos muy deprimidos por todos los errores, debilidades y enfermedades humanas. Sin embargo, incluso el alma más sencilla siempre tiene la posibilidad de elevarse. Estas palabras no deben entenderse en el sentido ortodoxo. Lo que es posible para un ocultista, también lo es para el alma más simple. Un hombre tan sencillo puede sentirse lo más débil posible, pero si comienza a leer los evangelios, la fuerza fluirá de los evangelios, porque el poder de la Palabra fluye de ellos y penetra en el cuerpo etérico. Los evangelios son palabras fortalecedoras, palabras de fuerza. No hablan meramente al intelecto, sino que penetran en las fuerzas más profundas del alma. Y no se basan meramente en el intelecto que existe en Maya, sino que penetran en las fuerzas más profundas, que pueden, por así decirlo, consolar el intelecto con respecto a su propia naturaleza. Esta es la gran fuerza de los evangelios; Existen para cada uno de nosotros, y este es el poderoso elemento que los distingue de todos los demás documentos. Este hecho también puede no ser aceptado, pero su rechazo implicaría que la posibilidad del progreso humano se niega por completo.

Aquí se señala un hecho que no es fácil de comprender sin más. Allí también puedes comprender lo que fue necesario para preparar a aquel hombre que hipotéticamente puse por primera vez ante sus almas, que alrededor de un siglo antes de nuestra era habría predicho: debe venir uno que dé el impulso que traiga el cambio de rumbo.
Esta persona era un hombre importante, y también se sometió a la preparación necesaria. Desde hacía mucho tiempo, entre los que sabían las cosas, se había intentado crear la posibilidad de que al menos unas pocas personas, por así decirlo, comprendieran los tiempos que se acercaban, que comprendieran lo que se estaba preparando, es decir, que, por un lado, los hombres estaban siendo arrastrados a una trampa, y que, por otra parte, a través de la aparición del Cristo, podían ser conducidos hacia arriba de nuevo. Esto fue enseñado proféticamente. El hombre que fue elegido para enseñar esto proféticamente, más de un siglo antes de nuestra era, dentro de los círculos de personas que podían comprender estas enseñanzas, era un iniciado de la comunidad de los esenios, que estaba estrechamente relacionada con los círculos frecuentados por el Cristo. Anunció la venida de Aquel que conduciría a los hombres hacia arriba de nuevo. El hombre que enseñó esto dentro de la comunidad de los esenios era una individualidad muy significativa. La historia externa realmente sabe muy poco sobre él, pero al menos algunos escritores mencionan las leyendas que se refieren a él y que se transmitieron tradicionalmente. Por lo tanto, no es simplemente un personaje mitológico, o uno que se nombra exclusivamente en el ocultismo, sino que vivió cien años antes de Cristo e incluso instruyó a uno de sus cinco o seis discípulos para que escribiera sus enseñanzas. Uno de los discípulos de este hombre, que llamó la atención sobre el Cristo y anunció su venida, comprendió el significado de sus enseñanzas. Este hombre, por lo tanto, tenía un alumno, que se llamaba Mateo, y escribía los misterios relacionados con el Cristo. La individualidad que les enseñó fue Jeshu ben Pandira. Tuvo que sufrir el martirio por enseñar estas cosas, fue apedreado hasta la muerte en su propio país, y después su cuerpo sin vida fue ahorcado. No debemos confundir a Jeshu ben Pandira con Jesús de Nazaret. Jeshu ben Pandira, el gran profeta de Cristo, instruyó a sus alumnos para que escribieran lo que él sabía, y estos documentos llegaron entonces a manos del hombre que los incluía con los misterios que contenían, en el Evangelio que conocemos como el Evangelio según Mateo. Es un hecho importante, preeminentemente importante, darse cuenta, en primer lugar, de la necesidad del impulso crístico, y en segundo lugar, de una manera histórica oculta, cómo Jeshu ben Pandira, a través del hecho de que primero fue apedreado e inmediatamente después colgado, expuso, por así decirlo, simbólicamente lo que sucedió después en el Misterio del Gólgota. Cristo no fue apedreado, sino crucificado, y algo maravilloso tuvo lugar simultáneamente con su muerte, porque en el mismo momento en que su sangre brotó de sus heridas, algo pasó a la atmósfera de la tierra, lo que trae a aquellos que toman este evento en su cuerpo etérico cuando miran hacia atrás en el tiempo, a los que pasan por este acontecimiento y miran, por así decirlo, a la tumba de Cristo, algo que los lleva a un pasado lleno de luz, porque han pasado por este momento. Pero sin esta experiencia, las tinieblas se extienden sobre todo lo anterior.

Piensen en lo que se ha dicho hoy. Yo tenía la tarea de insinuarles esto. Es un tema tan amplio que sólo se podían dar indicios. Pero he mantenido los indicios de tal manera que, si examinan lo que saben y reconocen y llevan en su corazón, llegarán a darse cuenta de hasta qué punto lo que he tenido que decirles hoy se ha hecho realidad a través de la vida y de su propia alma.
Traducido por J.Luelmo may, 2025


GA112 Kassel, 1 de julio de 1909 - Los Misterios de la Iniciación

 Índice

LOS MISTERIOS DE LA INICIACIÓN

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Kassel, 1 de julio de 1909
conferencia VIII

Ayer, como resultado de nuestras consideraciones, nos dimos cuenta de que el impulso crístico, una vez que había surgido de la persona de Jesús de Nazaret, se unió a la evolución de la Tierra. Y ahora es un impulso tan fuerte dentro del desarrollo terrenal de la humanidad que tiene el mismo efecto sobre el hombre de hoy, que aquel procedimiento, que se hizo cada vez más peligroso para la vida del hombre, de dejar salir el cuerpo etérico del cuerpo físico durante tres días y medio durante la iniciación. En lo que respecta a la conciencia, el impulso crístico es tan fuerte como tal anormalidad.

Ahora bien, es preciso pensar que, de hecho, un cambio semejante sólo podía producirse lenta y gradualmente en la evolución humana, que no podía producirse con tanta fuerza y vigor desde el principio. Por eso fue necesario que en la resurrección de Lázaro se creara una especie de transición. Lázaro estuvo aún en estado de muerte durante tres días y medio. Pero, sin embargo, hay que darse cuenta de que este estado era algo distinto de aquel por el que habían pasado los antiguos iniciados. El estado de Lázaro no fue provocado artificialmente por el iniciador, como en los viejos tiempos, en los que el cuerpo etérico era sacado del cuerpo físico por procesos que no me es permitido describir aquí. Sucedió, podemos decir, de una manera más natural. Se puede ver en el propio Evangelio que el Cristo ya había estado en contacto con Lázaro y las dos hermanas Marta y María, pues allí dice (11:3): «El Señor lo amó», es decir, el Cristo Jesús ya había causado una gran y poderosa impresión en Lázaro desde hacía mucho tiempo, que estaba suficientemente preparado y maduro para ello.  Y el resultado fue que con Lázaro no fue necesario provocar artificialmente un éxtasis durante tres días y medio durante la iniciación, sino que le vino completamente por sí mismo bajo la poderosa impresión del impulso crístico. Por tanto, Lázaro estuvo como muerto para el mundo exterior durante tres días y medio, aunque durante este tiempo había experimentado las cosas más importantes, de modo que sólo el acto final, la resurrección, fue llevado a cabo por el Cristo. Y cualquiera que conozca lo que allí ocurrió reconocerá todavía los ecos del antiguo proceso de iniciación en las palabras empleadas por el Cristo Jesús:

«¡ Lázaro, sal fuera!»

Y el Lázaro resucitado era, como hemos visto, Juan, o más bien el escritor del Evangelio de Juan, el que, como primer iniciado en el sentido cristiano, por así decirlo, pudo traer al mundo el Evangelio del ser de Cristo.

Por lo tanto, podemos suponer desde el principio que este Evangelio de Juan, tan maltratado por la investigación teológica puramente histórico-crítica actual y presentado como nada más que un himno lírico, una expresión subjetiva de este escritor, nos permitirá asomarnos a los secretos más profundos del impulso de Cristo. Hoy en día, este Evangelio de Juan es un escollo para los materialistas en la investigación bíblica cuando se compara con los otros tres, los llamados evangelios sinópticos. La imagen de Cristo que se forman según los tres primeros evangelios es tan halagadora para los ilustrados de nuestro tiempo. Se ha llegado a decir, -e incluso desde el lado teológico-, que se trata del «simple hombre de Nazaret».  Y una y otra vez se subraya que uno puede hacerse una imagen de Cristo como quizá la de un hombre nobilísimo que caminó sobre la tierra, pero aun así sólo la imagen de un hombre. De hecho, incluso se tiende a simplificar al máximo esta imagen, y se oye decir que también hubo un Platón, un Sócrates y otros grandes hombres. También se admite que existen diferencias de grado entre los individuos.

Hay que reconocer que la imagen de Cristo que nos ofrece el Evangelio de Juan es muy distinta de ésta. Justo al principio se dice que lo que habitó en el cuerpo de Jesús de Nazaret durante tres años era el Logos, la Palabra eterna o -según la palabra que también existe para ella-, la sabiduría creadora eterna. Esto no puede entenderse en nuestra época, que un hombre en el trigésimo año de su vida esté tan adelantado que sea capaz de sacrificar su propio yo y aceptar a otro ser, un ser que es de naturaleza absolutamente sobrehumana: el Cristo, a quien Zaratustra se refería como Ahura Mazdao. Por eso, esos críticos teológicos creen que el escritor del Evangelio de Juan sólo quería describir en una especie de himno lírico cómo se relaciona con su Cristo, y nada más. Por un lado está el Evangelio de Juan y por otro los otros tres Evangelios, pero si se quiere obtener una imagen mediocre de Cristo, aún se puede retratar al «hombre sencillo», aunque con grandeza histórica. A los eruditos más recientes no les gusta la idea de un ser divino en Jesús de Nazaret.

La Crónica Akáshica muestra que en su trigésimo año la personalidad a la que nos dirigimos como Jesús de Nazaret, a través de todo lo que había pasado en las encarnaciones anteriores, había llegado tan lejos en madurez que fue capaz de sacrificar su propio yo. Porque eso es lo que sucedió, que este Jesús de Nazaret, cuando fue bautizado por Juan, pudo tomar la decisión de salir del cuerpo físico, del cuerpo etérico y del cuerpo astral como yo, como el cuarto miembro del ser humano. Y ahora había una noble estructura de envoltura, un noble cuerpo físico, cuerpo etérico y cuerpo astral imbuidos del yo más puro y altamente desarrollado. Era como un vaso puro, y en el bautismo de San Juan pudo recibir al Cristo, el Logos primordial, la sabiduría creadora. Esto es lo que nos dice la Crónica Akáshica. Y así lo reconocemos de nuevo, si queremos, en la descripción del Evangelio de Juan.

Pero, ¿no tenemos que aceptar lo que cree nuestra época materialista? Quizá a algunos de ustedes les sorprenda que hable de teólogos, es decir, de personas que hablan de lo espiritual, como si fueran pensadores materialistas. Pero no se trata de lo que alguien cree y de lo que investiga, sino de cómo investiga, independientemente del contenido. Quien no quiere saber nada de lo que nos concierne aquí, quien no quiere saber nada de un mundo espiritual y sólo mira lo que hay fuera, en el mundo material, en términos de documentos y demás, y con ello quiere formarse una imagen del mundo, es un materialista. Depende de los medios de investigación. Pero tenemos que enfrentarnos a ello.

Si lees los Evangelios, verás que hay ciertas contradicciones en ellos. Sin embargo, en lo que respecta a los aspectos principales, lo que podemos describir como lo esencial a partir de la crónica de Akasha, podemos decir que coinciden de manera notable. Coinciden, en primer lugar, en relación con el bautismo de Juan en sí mismo. Y esto se desprende de los cuatro Evangelios, que los autores de estos Evangelios otorgan el mayor valor posible al bautismo de Juan para Jesús de Nazaret. Además, coinciden en el hecho de la muerte en la cruz y el hecho de la resurrección. Estas son precisamente las verdades que para el pensador materialista actual son las más maravillosas. Por lo tanto, no hay contradicción al respecto. Pero, ¿cómo debemos abordar las otras aparentes contradicciones?

En primer lugar, tenemos dos evangelistas: Marcos y Juan. Ambos comienzan con el bautismo de Juan. Relatan los tres últimos años del ministerio de Cristo Jesús, es decir, sólo lo que ocurrió después de que el Espíritu de Cristo ya había tomado posesión de la triple envoltura de Jesús de Nazaret, de sus cuerpos físico, etérico y astral. Luego tenemos los dos Evangelios según Mateo y Lucas. En cierto sentido también siguen la historia anterior, que en nuestro sentido en la Crónica Akáshica sería la historia de Jesús de Nazaret antes de su ofrecimiento en sacrificio por el Cristo. Y aquí los que quieren buscar contradicciones se enfrentan desde el principio al hecho de que Mateo cuenta una historia de ascendencia que llega hasta Abraham, mientras que Lucas da una historia de descendencia que llega hasta Adán y de Adán al padre de Adán, hasta Dios mismo. Otra contradicción surgiría del hecho de que, según Mateo, tres sabios o magos, guiados por una estrella, vienen a saludar a Jesús recién nacido, mientras que Lucas cuenta la aparición a los pastores, la adoración de los pastores, la presentación en el templo, mientras que Mateo cuenta de nuevo la persecución de Herodes, la huida a Egipto y el regreso. Esto y muchas otras cosas podrían analizarse detalladamente como contradicciones. Podemos tratarlas si examinamos un poco más de cerca los hechos que se nos proporcionan independientemente de los Evangelios mediante la lectura de las Crónicas Akáshicas.

La Crónica Akáshica nos dice que Jesús de Nazaret nació en la época aproximada indicada en la Biblia, -una diferencia de unos pocos años no es importante-, y que en el cuerpo de Jesús de Nazaret vivía una individualidad que ya había experimentado altos niveles de iniciación en encarnaciones anteriores y había adquirido elevadas percepciones del mundo espiritual. Sí, la Crónica Akáshica nos dice algo más, y por el momento sólo voy a entrar en los contornos exteriores de lo que dice. La Crónica Akáshica, que proporciona la única historia real, nos dice que el que apareció en este Jesús de Nazaret había pasado por las más diversas iniciaciones en las más diversas regiones en sus encarnaciones anteriores. Y nos lleva de nuevo al hecho de que este portador posterior del nombre Jesús de Nazaret había alcanzado originalmente un alto y significativo nivel de iniciación y una alta y significativa eficacia dentro del mundo persa. Así, la Crónica Akáshica nos muestra cómo esta individualidad, que estaba en el cuerpo de Jesús de Nazaret, ya había trabajado dentro del mundo espiritual de la antigua Persia, cómo había mirado hacia el sol y se había dirigido al gran espíritu solar como Ahura Mazdao.

Ahora debemos darnos cuenta de que el Cristo se trasladó a los cuerpos de esta misma individualidad que había pasado por tales encarnaciones. ¿Qué significa esto: que el Cristo se ha trasladado a los cuerpos de esta individualidad? No significa otra cosa que el Cristo se sirvió de estos tres cuerpos para su actividad, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico de Jesús de Nazaret. Todo lo que pensamos, todo lo que expresamos con palabras y todo lo que sentimos y percibimos está unido a nuestro cuerpo astral. Este es el portador de todo. Durante treinta años Jesús de Nazaret había vivido como yo en este cuerpo astral, había comunicado a este cuerpo astral todo lo que había experimentado y absorbido en encarnaciones anteriores. ¿En qué sentido este cuerpo astral tenía que moldear sus pensamientos? Tenía que formarlos de tal manera que se amoldara y se adhiriera a la individualidad que había morado en él durante treinta años. Cuando Zaratustra había mirado al sol en la antigua Persia y había hablado de Ahura Mazdao, esto quedó impreso en el cuerpo astral. En este cuerpo astral descendió el Cristo. ¿No era, pues, muy natural que el Cristo, cuando necesitaba imágenes del pensamiento, cuando necesitaba expresiones del sentimiento, sólo pudiera revestirlas de lo que su cuerpo astral le presentaba, fuesen como fuesen siempre? Porque si uno lleva una falda gris, aparece al mundo exterior con una falda gris. El Cristo aparecía al mundo exterior en el cuerpo de Jesús de Nazaret, en su cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, de modo que sus pensamientos y sensaciones estaban coloreados por las imágenes de pensamientos y sensaciones que estaban en el cuerpo de Jesús de Nazaret. ¡Qué maravilla, pues, que en sus dichos nos resuenen algunas de las antiguas expresiones persas, y que en el Evangelio de Juan nos resuenen algunas de las expresiones que ya se usaban en la antigua iniciación persa! <Pues el impulso que estaba en el Cristo pasó al discípulo, al resucitado Lázaro>. Así, por así decirlo, el cuerpo astral de Jesús de Nazaret nos habla a través de Juan en su Evangelio. Y qué maravilla que escuchemos algunos ecos persas allí, es decir, que se hable en expresiones que recuerdan la antigua iniciación persa y sus formas de pensamiento. Ahora bien, en Persia no sólo se utilizaba Ahura Mazdao para referirse a los espíritus unidos en el sol, sino que en cierto sentido se utilizaba la expresión «Vohumanu» para los espíritus solares, es decir: la palabra creadora o el espíritu creador. Logos en el sentido de poder creador se utiliza por primera vez en la iniciación persa. Y esto nos aparece de nuevo en el primer versículo del Evangelio de Juan. Comprenderemos muchas otras cosas del Evangelio de Juan cuando sepamos que el propio Cristo hablaba a través de un cuerpo astral que había servido a Jesús de Nazaret durante treinta años, y que esta individualidad era la reencarnación de un antiguo iniciado persa. Y así podría mostrarles muchas cosas en el Evangelio de Juan, y verían cómo puede explicarse que precisamente el Evangelio más íntimo, donde emplea palabras pertenecientes a los misterios iniciáticos, se haga eco del modo de expresión persa tal como ha sido trasplantado a épocas posteriores.

¿Y los demás evangelistas? Si queremos entender esto, tenemos que recordar algunas cosas que ya hemos tratado en las observaciones anteriores.

Ya hemos oído que hubo elevados seres espirituales que trasladaron su escenario al sol cuando éste se separó de la tierra. Hemos llamado la atención sobre el hecho de que la forma astral exterior de estos elevados seres que se elevaron hacia el sol eran, por así decirlo, las contraimágenes de ciertas formas animales aquí en la tierra. Primero fue la forma del espíritu Tauro, la contraimagen espiritual de aquellas naturalezas animales que tienen como esencial en su desarrollo lo que podríamos llamar la organización alimenticia y digestiva. La contraimagen espiritual es, por supuesto, algo espiritualmente elevado; la imagen terrestre puede aparecer como algo bajo. Así pues tenemos entidades espirituales elevadas que han desplazado su escena al sol y trabajan desde allí hacia la esfera de la tierra y aparecen allí como los espíritus Tauro. Otros aparecen como espíritus leones, que tienen su contrapartida en aquellas naturalezas animales que han desarrollado preferentemente el corazón y los órganos de circulación sanguínea. Luego tenemos entidades espirituales que son contraimágenes de lo que encontramos en la naturaleza águila en el reino animal, los espíritus águila. Y finalmente tenemos tales entidades espirituales que unen las otras naturalezas armoniosamente, por así decirlo, en una gran síntesis, los espíritus humanos. Estos eran los más avanzados en cierto sentido.

Pasemos ahora a la antigua iniciación. Ésta daba al hombre la oportunidad de ver cara a cara a los elevados seres espirituales que habían precedido al hombre. Pero según los tiempos antiguos, como los hombres antiguos descendían de Marte, Júpiter, Saturno, Venus, tenían que ser iniciados de una manera diferente. Por eso había tantos oráculos diferentes en la Atlántida. Había tales oráculos que tenían su visión espiritual preferentemente sintonizada para ver aquellos espíritus que hemos caracterizado como los espíritus águila, mientras que otros veían los espíritus león, otros los espíritus toro y otros los espíritus humanos. Esto era según las características específicas de las personas a ser iniciadas. Esta diversidad fue una de las peculiaridades del período atlante, y sus ecos perduran hasta nuestra época postatlante. Así, en Oriente Próximo y en Egipto se podían encontrar centros de misterio donde las iniciaciones tenían lugar de tal manera que los iniciados veían a los seres espirituales elevados como espíritus-toro o como espíritus-águila.

La cultura exterior fluyó entonces a partir de los Misterios. Aquellos que eran capaces de ver de tal manera que veían a los seres espirituales elevados en forma de leones, también crearon una especie de imagen de lo que veían en el cuerpo de un león. Sólo que decían: Estos espíritus están implicados en el devenir del hombre y por eso dieron al cuerpo del león una cabeza humana. Esto se convirtió más tarde en la esfinge. Aquellos que veían las contraimágenes espirituales como espíritus de toro lo expresaron proclamando su testimonio del mundo espiritual mediante la introducción del culto al toro, que luego condujo al culto del toro Apis en Egipto por un lado y al culto del toro Mitra persa por otro. Pues lo que encontramos en las costumbres de culto externo de los diversos pueblos surgió de los ritos de iniciación.

Así, en todas partes había iniciados que sintonizaban más en su visión espiritual con los espíritus Tauro, otros que sintonizaban más con los espíritus Águila, etcétera. También podemos indicar en cierto modo la diferencia entre los diversos tipos de iniciación. Por ejemplo, aquellas personas que fueron iniciadas de tal manera que los seres espirituales se les aparecían bajo la forma de los espíritus Tauro, estaban especialmente informadas sobre aquellas relaciones de la naturaleza humana que contenían, por así decirlo, los secretos relacionados con el sistema glandular, los secretos relacionados con lo etérico. Y también fueron iniciados en otra área de la naturaleza humana: En lo que del hombre está, por así decirlo, firmemente unido a la tierra, lo que está forjado a la tierra. Todos los que fueron iniciados en los secretos de Tauro vieron a través de esto.

Intentemos ponernos en la mente de un iniciado así. Estos iniciados habían recibido la siguiente enseñanza de sus grandes maestros: El hombre ha descendido de las alturas divinas. Aquellos que fueron los primeros seres humanos eran descendientes de seres divino-espirituales. Por lo tanto, condujeron al primer hombre de vuelta a su Padre-Dios. Así el hombre descendió a la tierra, fue de forma terrenal en forma terrenal. Lo que estaba ligado a la tierra interesaba preferentemente a estas personas, y se interesaban por todo lo que la gente había experimentado en aquella época en que contaban a los seres divino-espirituales entre sus padres. - Lo mismo ocurría con los iniciados Tauro.

Con los iniciados de Águila era diferente. Ellos veían a esos seres espirituales que se relacionan de un modo muy peculiar con lo que es el hombre. Pero para comprender esto, debemos decir al menos unas palabras sobre la naturaleza espiritual de las aves.

En los animales, cuyas funciones inferiores los sitúan por debajo de los seres humanos, vemos entidades que se han endurecido demasiado pronto, por así decirlo, que no han mantenido su sustancia corporal blanda y flexible hasta el momento en que podrían haber sido absorbidas por la forma humana. En la naturaleza de las aves, sin embargo, tenemos tales seres que no han asumido las funciones más bajas, sino que se han saltado el punto hacia arriba. Por así decirlo, no han descendido lo suficiente, se han conservado inicialmente en sustancias demasiado blandas, mientras que los demás han vivido en sustancias demasiado duras. Y a medida que el desarrollo avanzaba más y más, tuvieron que ser condensados por las condiciones externas. Así, se condensaron de una manera que corresponde a una naturaleza demasiado blanda, a una naturaleza que ha descendido demasiado poco a la tierra. Esta es una expresión burda y popular, pero corresponde a los hechos. Estas naturalezas-pájaro corresponden como arquetipos a aquellos seres espirituales que también han pasado el punto hacia arriba, que se han conservado en una sustancia espiritual demasiado blanda y que, por tanto, en su progreso, han volado más allá de lo que podrían haber llegado a ser en un momento determinado. Se desvían hacia arriba, mientras que los demás se desvían hacia abajo. En el centro, por así decirlo, están los espíritus leones y los espíritus armoniosos que acaban de mantener el tiempo justo, los espíritus humanos.

Ya nos hemos dado cuenta de cómo aquellos que habían recibido algo de la antigua iniciación recibieron el acontecimiento crístico. Ya habían podido ver en el mundo espiritual en el pasado, y de tal manera que podía estar de acuerdo con su iniciación específica. Los que habían recibido la iniciación de Tauro, o sea, los iniciados de una gran parte de Egipto, lo sabían: Podemos mirar hacia arriba en el mundo espiritual; por lo tanto, los seres espirituales elevados también se nos aparecen en las contraimágenes de la naturaleza Tauro en el hombre. Pero ahora, decían los que se habían acercado al impulso crístico, ahora lo que rige en el reino espiritual se nos ha aparecido en su verdadera forma. Lo que siempre hemos visto en el pasado, aquello a lo que nos hemos elevado a través de las etapas de nuestra iniciación, nos ha presentado una prefiguración del Cristo. Es al Cristo a quien debemos situar en lo que hemos visto en el pasado. Si recordamos todo lo que hemos visto y que nos ha abierto poco a poco los mundos espirituales, ¿Adónde nos habría conducido si ya entonces hubiéramos estado en el nivel adecuado? Nos habría conducido al Cristo. Uno de estos iniciados describió el paso al mundo espiritual en términos de la iniciación de Tauro. Pero luego dijo: «Lo verdadero que hay en ella es el Cristo». - Y un iniciado León, un iniciado Águila, hablaron de la misma manera.

Todos estos misterios de iniciación tenían sus reglas muy específicas sobre cómo la persona en cuestión debía ser conducida al mundo espiritual. Los rituales diferían en función de cómo se debía entrar en el mundo espiritual. Y especialmente en Oriente Próximo y en Egipto había los más variados matices de misterios, donde era especialmente común conducir a los iniciados de tal manera que finalmente llegaran a la naturaleza del toro, y tales iniciaciones que llevaban a la contemplación de los espíritus leoninos y así sucesivamente.

Consideremos ahora desde este punto de vista a aquellos que, después de iniciaciones anteriores de la más variada naturaleza, se han hecho madurar para sentir el impulso crístico, para captar al Cristo de la manera correcta. Consideremos a un iniciado que ha pasado por las etapas que le han conducido a la contemplación del espíritu humano. Tal iniciado podría decirse a sí mismo: «¡Se me ha aparecido el verdadero soberano en el mundo espiritual, es el Cristo que vivió en Jesús de Nazaret! ¿Qué me ha llevado a esto? ¡Mi antigua iniciación! Conocía el camino que conduce a la contemplación del espíritu humano. Así describe lo que el hombre experimenta para llegar a la iniciación y poder reconocer en absoluto la naturaleza crística. Conocía la iniciación tal como estaba prescrita en los misterios que conducían a la iniciación humana. Por eso el alto iniciado que estaba en el cuerpo de Jesús de Nazaret se le apareció a imagen de los misterios por los que había pasado y reconocido; y lo describió como él mismo veía el asunto. Este es el caso en el relato según Mateo. Por lo tanto, una tradición más antigua es bastante correcta cuando relaciona al escritor del Evangelio de Mateo con uno de los cuatro símbolos que se os muestran aquí en los capiteles de las columnas de la derecha y de la izquierda, que llamamos el simbolismo del hombre. Una tradición más antigua asocia al escritor del Evangelio según San Mateo con el espíritu humano. Esto se debe a que el escritor del Evangelio de Mateo reconoció la iniciación en el Misterio del Hombre como su propio punto de partida, por así decirlo. En la época en que se escribieron los Evangelios, todavía no era costumbre escribir biografías como hoy. En aquella época a la gente le parecía que lo más importante era que había un alto iniciado que había recibido a Cristo en sí mismo. Lo más importante para ellos era saber cómo se llega a ser iniciado, por lo que hay que pasar como iniciado, justamente eso. Por eso se saltaban los acontecimientos externos del día a día que hoy parecen tan importantes para los biógrafos.

¡Qué no hace hoy un escritor de biografías para conseguir suficiente material! El «Schwaben-Vischer», Friedrich Theodor Vischer, utilizó una vez una muy buena imagen de caballero erudito al ironizar sobre la forma en que se escriben hoy las biografías. Dijo que un joven erudito se había propuesto una vez escribir una tesis doctoral sobre Goethe. En primer lugar, comenzó el trabajo preliminar y recopiló todo lo que pudo necesitar. Pero como no estaba satisfecho con eso, fue a todos los pisos de las casas de todas las ciudades donde vivió Goethe, rebuscó allí y también en todas las demás habitaciones. Barrió el polvo de todos los rincones, volcó barriles de basura malolientes para encontrar todo lo que aún se podía encontrar, y luego escribió una disertación «Sobre la conexión entre los sabañones de la señora Christiane von Goethe y las figuras mitológicas alegórico-simbólicas de la segunda parte de Fausto». Puede que sea una afirmación muy fuerte, pero en espíritu encaja con los escritores de biografías de la actualidad. Los escritores que quieren escribir sobre Goethe husmean en todo tipo de basura para escribir sus biografías. Ya no conocen la palabra discreción.

Sin embargo, quienes describieron a Jesús de Nazaret en sus evangelios dieron un relato diferente. Para ellos, todos los acontecimientos externos desaparecían en comparación con las etapas que Jesús de Nazaret tuvo que atravesar como iniciado. Lo describieron, pero también cada uno según su propia manera de conocer.

Mateo lo describe a la manera de los iniciados en el espíritu del hombre. Esta iniciación estaba próxima a la sabiduría egipcia. - Y ahora también podemos comprender cómo la persona que escribió el Evangelio según Lucas llegó a su peculiar descripción. Era alguien que, en sus encarnaciones anteriores, había alcanzado iniciaciones que conducían al espíritu de Tauro. Podía describir lo que correspondía a tal iniciación, podía decir: ¡Un gran iniciado debe haber pasado por estas etapas! Y lo describía con su colorido. Era uno de los que antes habían vivido principalmente dentro de los Misterios egipcios. No nos sorprende, pues, que nos dé precisamente ese rasgo que representa, por así decirlo, el carácter más egipcio de la iniciación. Tomemos al escritor del Evangelio de Lucas según lo que hemos obtenido ahora desde este punto de vista. Se decía a sí mismo: «Un alto iniciado vivía en la individualidad que estaba en el cuerpo de Jesús de Nazaret. He aprendido a penetrar a través de los misterios egipcios hasta la iniciación de Tauro. Lo sé. - Este tipo de iniciación estaba particularmente presente en él. Y ahora se decía a sí mismo: «Aquel que ha llegado a ser tan alto iniciado como Jesús de Nazaret también ha pasado por una iniciación egipcia en sus encarnaciones anteriores, además de todas las demás iniciaciones. - Así que en Jesús de Nazaret tenemos a un iniciado que pasó por la iniciación egipcia. Por supuesto, los otros evangelistas también lo sabían. Pero no les pareció particularmente importante porque no estaban tan familiarizados con la iniciación de este lado. Por eso no notaron ningún rasgo particular en Jesús de Nazaret.

Ya dije en las primeras lecciones que si una persona ha pasado por una iniciación en el pasado, le ocurre algo especial cuando reaparece. Entonces se producen acontecimientos muy concretos que parecen una repetición en el mundo exterior de lo que uno ya ha pasado antes. Supongamos que una persona hubiera pasado por una iniciación en la antigua Irlanda, entonces ahora se le tendría que recordar esta antigua iniciación irlandesa mediante un acontecimiento externo de la vida. Esto se demostraría, por ejemplo, mediante un acontecimiento externo que le hiciera hacer un viaje a Irlanda. Los que conozcan mejor la iniciación irlandesa se darán cuenta de que la persona en cuestión viaja a Irlanda. Los que no la conozcan no lo verán como un desplazamiento especial.

La individualidad que vivía en Jesús de Nazaret también estaba iniciada en los misterios egipcios. De ahí el traslado a Egipto. Entonces, ¿A quién le habría llamado especialmente la atención esta «huida a Egipto»? A alguien que lo conocía de su propia vida, y tal persona también describió este viaje especial porque sabía lo que significaba. Se describe en el Evangelio de Mateo porque el escritor sabía por su propia iniciación lo que significaba un viaje a Egipto para muchos iniciados en la antigüedad. Y si ahora saben que en el escritor del Evangelio de Lucas se trata de un hombre que conocía en particular la iniciación de los misterios egipcios que conducía al servicio del toro, entonces no les parecerá injustificado que una tradición más antigua asocie al escritor del Evangelio de Lucas con el símbolo del toro. Él no describe ningún viaje a Egipto por buenas razones, que no tenemos tiempo de explicar aquí. Pero sí describe tales acontecimientos típicos, cuyo valor era preferiblemente familiar para alguien cercano a la iniciación egipcia. El escritor del Evangelio de Mateo indica la relación de Jesús de Nazaret con Egipto más externamente al viajar a Egipto. El escritor del Evangelio de Lucas ve todos los acontecimientos que describe en el espíritu de una iniciación egipcia.

Veamos ahora al escritor del Evangelio según Marcos. Él omite toda la prehistoria, describiendo en particular la obra del Cristo en el cuerpo de Jesús de Nazaret a lo largo de tres años. En este aspecto, el Evangelio de Marcos coincide plenamente con el Evangelio de Juan. El escritor del Evangelio de Marcos pasó por una iniciación muy parecida a las iniciaciones del Próximo Oriente, incluso a las griegas, si queremos decirlo así, a las iniciaciones europeo-asiático-paganas, que eran las más modernas en aquella época. Todas ellas se reflejan en el mundo exterior de tal manera que aquel que es una personalidad elevada, que se inicia de una determinada manera, debe su origen no sólo a un acontecimiento natural sino sobrenatural. Recordemos que los admiradores de Platón, que querían imaginar a Platón de la manera correcta, no tenían ningún interés particular en saber quién era el padre físico de Platón. Para ellos, la espiritualidad de Platón eclipsaba todo lo demás. De ahí que dijeran: Aquello que vivió como el alma de Platón en el cuerpo de Platón, este Platón nace para nosotros como una alta entidad espiritual que fecunda a la humanidad inferior. Y así atribuyeron el nacimiento del Platón precioso para ellos, el Platón despierto, al dios Apolo. Para ellos, Platón era hijo de Apolo. Con estos misterios en particular, era costumbre no prestar especial atención a la vida anterior de la persona en cuestión, sino centrarse en el momento en que la persona en cuestión se convertía en lo que tan a menudo se menciona en los Evangelios: un hijo de los dioses, un hijo de Dios. Platón, ¡un hijo de Dios! Así lo describieron quienes fueron sus más nobles admiradores y sus más nobles conocedores.

Debemos darnos cuenta del significado que tal descripción tenía para la vida humana de tales hijos de los dioses en la tierra. Fue precisamente en el cuarto período cuando los hombres se asimilaron más al mundo físico-sensual, cuando llegaron a amar esta tierra. Los antiguos dioses les eran queridos porque podían visualizar cómo los hijos principales de la tierra eran los hijos de los dioses. Lo que caminaba por la tierra debía ser representado de esta manera.

El escritor del Evangelio de Marcos era una persona así. Por lo tanto, sólo describe lo que sucedió después del bautismo de Juan. Tal iniciación, como la que había experimentado el escritor del Evangelio de Marcos, condujo a la realización del mundo superior bajo la imagen del Espíritu-León. Por eso una antigua tradición asocia al escritor del Evangelio de Marcos con el simbolismo del león. Y ahora volvamos de nuevo a lo que ya hemos tocado hoy: el Evangelio de Juan.

Hemos dicho que la persona que escribió el Evangelio de Juan fue iniciada por el propio Cristo Jesús. Esto le permitió dar algo que contiene la semilla, por así decirlo, no sólo para la eficacia actual del impulso de Cristo, sino para la eficacia del impulso de Cristo en un futuro lejano. Proclama algo que seguirá siendo válido en un futuro lejano. Es uno de los iniciados de Águila que se había saltado el punto normal. El escritor de San Marcos da lo que es normal para esa época. Lo que llega más allá de este tiempo, lo que nos muestra cómo actúa Cristo en el futuro más lejano, lo que roza todo lo que se aferra a la tierra, lo encontramos en Juan. Por eso la tradición asocia a Juan con el símbolo del águila.

Para que vean que una tradición tan antigua, que relaciona a los evangelistas con aquello que, por así decirlo, constituía la esencia de su propia iniciación existente, no se basa en absoluto en una mera fantasía, sino que nace de los fundamentos más profundos del desarrollo cristiano. Hay que mirar tan profundamente en los acontecimientos. Entonces se darán cuenta de que los más grandes, los más destacados acontecimientos de la vida de Cristo se describen de la misma manera, pero que cada uno de los evangelistas describe a Cristo Jesús tal como él lo entiende según la manera de su iniciación. Ya he insinuado esto en mi libro «El cristianismo como hecho místico», pero de tal manera que puede ser insinuado para un público aún no preparado, pues fue escrito al principio de nuestro desarrollo espiritual-científico. Allí se ha considerado la falta de comprensión de nuestro tiempo con respecto a los hechos ocultos reales.

Así nos damos cuenta de que Cristo nos es iluminado desde cuatro lados: por cada uno de los evangelistas desde el lado que mejor conocía. Que el Cristo tiene muchos lados, bien lo creeréis después del poderoso impulso que él ha dado. Pero esto es lo que he dicho: una cosa se encuentra en todos los Evangelios: el descenso de la propia entidad crística desde las alturas divino-espirituales en el bautismo de Juan, y que esta entidad crística habitó en el cuerpo de Jesús de Nazaret, atravesó la muerte en la cruz y venció a esta muerte. Tendremos que profundizar en este misterio. Entendamos hoy esta muerte en la cruz de tal manera que primero nos preguntemos: ¿Qué caracteriza la muerte en la cruz para esta entidad-Cristo? Aquí hay que decir: Él se caracteriza de tal manera que es un acontecimiento que no hace diferencia entre la vida de antes y la vida de después. Esta es la esencia de la muerte de Cristo, que Cristo no se ha convertido en otro a través de la muerte, que sigue siendo el mismo que era, uno que representa la muerte en su insignificancia. De modo que quienes pudieron conocer la naturaleza de la muerte de Cristo se aferraron siempre al Cristo vivo.

Desde este punto de vista, ¿qué es entonces el acontecimiento de Damasco, donde el que antes era un Saulo se convirtió en un Pablo? Pablo sabía, por lo que había aprendido antes, que el espíritu que Zaratustra buscó por primera vez como Ahura Mazdao en el sol se acercaba poco a poco a la tierra, y que Moisés ya lo había visto en la zarza ardiente y en el fuego del Sinaí. Y también sabía que este espíritu tenía que entrar en un cuerpo humano. Pero Pablo, que todavía era un Saulo, no podía comprender que ese hombre, que iba a llevar al Cristo en su interior, tuviera que experimentar la ignominiosa muerte en la cruz. Sólo podía pensar que el Cristo, cuando viniera, tendría que triunfar, que tendría que permanecer en todo lo que tiene la tierra una vez que hubiera venido a la tierra. No podía pensar en el que colgaba de la cruz como portador de Cristo. Esa es la esencia de la visión paulina antes de que Saulo se convirtiera en Pablo. Y la muerte en la cruz, la ignominiosa muerte en la cruz con todo lo que conllevaba, eso es lo que inicialmente impidió a Pablo reconocer que el Cristo realmente ya había existido en la tierra. Entonces, ¿qué tuvo que pasar? Algo tuvo que sucederle a Pablo para que en un momento determinado pudiera convencerse a sí mismo: La individualidad que colgaba de la cruz en el cuerpo de Jesús de Nazaret era el Cristo; ¡el Cristo estaba allí en la tierra! Pablo se volvió clarividente a través del acontecimiento de Damasco. Allí pudo convencerse a sí mismo.

Cuando un clarividente miraba el mundo espiritual, éste aparecía cambiado tras el acontecimiento del Gólgota. En el pasado, el Cristo se encontraba en los mundos espirituales. Desde el acontecimiento del Gólgota, el Cristo puede ser encontrado en el aura de la tierra. Antes del acontecimiento del Gólgota, el Cristo no podía ser visto allí, pero después podía ser visto en el aura de la tierra. Esa es la diferencia. Y Saulo se dijo: «Si soy clarividente, puedo convencerme de que en aquel que colgó de la cruz y vivió como Jesús de Nazaret estaba el Cristo que ahora está en el aura de la tierra». Y vio lo mismo en el aura terrenal que Zaratustra había visto por primera vez como Ahura Mazdao en el sol. Ahora sabía: El que estaba en la cruz ha resucitado. Por eso ahora podía decir: ¡Cristo ha resucitado, se me ha aparecido, como se apareció a Cefas, a los otros hermanos y a los quinientos todos a la vez! Y ahora se convirtió en el proclamador del Cristo vivo, para quien la muerte no es tan importante como para otras personas.

Cualquiera que conozca este acontecimiento, si se duda de la muerte en la cruz, de la muerte de Cristo en esta forma concreta, estará de acuerdo con otro suabo que, en su «Urchristentum», ha recopilado con toda la exactitud histórica posible lo que pertenece a la mayor certeza de lo que sabemos al respecto. Gfrörer -es él- subrayó con razón la muerte en la cruz. Y uno puede estar de acuerdo con él hasta cierto punto cuando se expresa a su manera un tanto sarcástica diciendo que miraría críticamente a la cara a cualquiera que no estuviera de acuerdo con él y le preguntaría ¡si no tiene algo de razón debajo del sombrero!

Este es uno de los elementos más seguros del cristianismo: esta muerte en la cruz y lo que mañana describiremos como la resurrección y el efecto de las palabras: «¡Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo!». Y en eso consistía la predicación de Pablo. Por eso podía decir: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe». Pablo vincula el cristianismo a la resurrección de Cristo. Sólo en nuestro tiempo, por así decirlo, se empieza a pensar un poco de nuevo en estas cosas, donde este asunto no se convierte en una disputa teológica, sino en una cuestión de vida para el cristianismo. Por eso, el gran filósofo Solovyov se sitúa básicamente en el punto de vista de Pablo cuando subraya: Todo en el cristianismo depende de la idea de la resurrección, y un cristianismo del futuro es imposible si no se cree y no se capta la idea de la resurrección. - Y a su manera repite las palabras de Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe. Entonces el impulso de Cristo es imposible. No habría cristianismo sin Cristo resucitado y vivo.

Es característico, y por eso se puede subrayar, que espíritus profundos concretos sólo llegan a reconocer cuán correcta es esta palabra paulina a partir de su filosofía, sin todo ocultismo. Si uno trata un poco con tales espíritus, entonces ve que en nuestro tiempo ya empieza a haber personas que se forman conceptos de lo que debe ser una futura convicción humana y una visión humana del mundo, lo que debe aportar la ciencia espiritual. Pero los que no tienen ciencia espiritual no logran más que un recipiente conceptual vacío. Lo mismo ocurre con el profundo pensador Solovyov. Los sistemas de su filosofía son como vasijas conceptuales, y lo que hay que verter en ellas es lo que ya exigen, aquello para lo que ya caracterizan la forma, pero que no tienen, y que sólo puede venir de la corriente antroposófica. Verterá esa agua viva, la información sobre los hechos del mundo espiritual, lo oculto, en esos vasos. Esto es lo que esta visión espiritual-científica del mundo aportará a los mejores espíritus, que ya hoy muestran que la necesitan, y cuya tragedia reside en el hecho de que no pueden tenerla. Casi podemos utilizar la palabra para estos espíritus: ¡Tienen sed de Antroposofía! No han podido encontrarla. A través del movimiento antroposófico debe fluir a los vasos preparados por ellos lo que puede formar ideas claras, distintas y verdaderas sobre los acontecimientos más importantes, sobre acontecimientos tales como el acontecimiento de Cristo y el Misterio del Gólgota. Sólo la antroposofía o la investigación espiritual pueden iluminarnos al respecto con sus revelaciones sobre los reinos de los mundos espirituales. Sí, el misterio del Gólgota sólo puede ser comprendido para nuestro tiempo a través de la antroposofía, ¡a través de la investigación espiritual!

Traducido por J.Luelmo may,2025

GA175 Berlín, 3 de abril de 1917 - Los Misterios Paganos, el alma humana y la Resurrección de Cristo

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LOS MISTERIOS PAGANOS, EL ALMA HUMANA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner



Berlín, 3 de abril de 1917


Conferencia IX

El Misterio del Gólgota será el tema de nuestra reflexión en este momento. Esta reflexión se ha ido preparando conforme a lo que expuse en las últimas conferencias.

Recordemos lo más importante que hay que tener en cuenta. La última vez les mencioné que cualquier conocimiento real del mundo que satisfaga al alma humana requiere la comprensión de que tanto la clasificación del mundo como la clasificación de la humanidad, la clasificación de la esencia del hombre, deben llevarse a cabo según los tres principios de cuerpo, alma y espíritu. Esto es lo que debe ser reconocido más intensamente en el presente, especialmente en nuestro ámbito antroposófico. Por eso quiero llamar la atención de ustedes sobre el hecho de que en mi «Teosofía», incluso en su primera edición, el nervio de toda la discusión se basa en esta triple estructura. Todos ustedes habrán leído esta «Teosofía» y sabrán que el armazón, por así decirlo, de todo el libro radica en esta triple estructura, que luego se expresa en particular en las palabras:

«El espíritu es inmortal; el nacimiento y la muerte tienen lugar en la corporeidad conforme a las leyes del mundo físico; la vida anímica, sujeta al destino, actúa como mediadora en la relación entre ambos durante el transcurso de la vida terrenal.»

En otras palabras, en aquella época se consideraba necesario subrayar lo más claramente posible esta triple estructura. Pues al poner un énfasis, yo diría, muy especial en esta estructura tripartita, en realidad sólo se está en el terreno en el que hay que estar si en nuestro tiempo se quiere comprender el mundo y, dentro de esta comprensión del mundo, comprender el acontecimiento central de nuestro desarrollo terrenal, o esforzarse por comprenderlo: el acontecimiento central del Misterio del Gólgota. Ahora bien, acabo de exponerles la última vez qué es lo que se opone al esfuerzo de nuestra época por reconocer el mundo y al hombre de tal manera que la división en cuerpo, alma y espíritu no se mencione simplemente de pasada, sino que se lleve a cabo como si apuntara a una idea central. Ya les expliqué lo que se opuso a esto en el desarrollo occidental del espíritu, y en cómo en este desarrollo occidental, se perdió el concepto de espíritu. Les mencioné que a través del Octavo Concilio Ecuménico de Constantinopla, el espíritu o más bien la idea del espíritu, fue virtualmente eliminada del pensamiento occidental, y que esta eliminación de la idea del espíritu no sólo ha ejercido su influencia en el desarrollo de las ideas y sentimientos religiosos, sino que ha tenido un profundo efecto en todo el pensamiento de los tiempos modernos, de modo que hasta cierto punto no existe todavía hoy una filosofía oficial que pueda distinguir adecuadamente entre alma y espíritu. Y en todas partes se encuentra, la afirmación prejuiciosa, incluso entre las personas que creen sin prejuicios, provocada sólo por el octavo concilio general, de que el hombre se compone de cuerpo y alma. Quien conoce realmente la vida espiritual, no sólo tal como se encuentra en los ámbitos filosóficos más superficiales, sino tal como ha anidado en el pensar y en el sentir de todas las personas, incluso de aquellas que no piensan preocuparse en absoluto por las ideas filosóficas, quien conoce realmente esta vida espiritual de Occidente, verá en todas partes la influencia de la eliminación de la idea del espíritu. Y cuando en el último período surgió la tendencia a tomar algunas cosas de la sabiduría oriental, con el fin de corregir algunas cosas de allí dentro de la sabiduría occidental, entonces lo que se tomó se presentó bajo una luz en la que difícilmente se puede adivinar que el mundo y la humanidad se basan en la división: cuerpo, alma, espíritu. Pues en la división del hombre en cuerpo denso, cuerpo etérico, cuerpo astral, sthula sharira, linga sharira - präna, como se le llamaba entonces, -käma, käma-manas, y todas las cosas que han llegado de Oriente a Occidente-, en todas estas clasificaciones, que aglutinan de manera tan poco escrupulosa siete principios, no se advierte nada de lo que sería lo más importante: impregnar nuestra visión del mundo con la clasificación en cuerpo, alma y espíritu.

Casi se podría decir que esta clasificación en cuerpo, alma y espíritu ha quedado enterrada. Ciertamente, hoy se sigue hablando mucho del espíritu, pero lo que se dice son palabras. Pero la gente de hoy ya no sabe distinguir las palabras de las cosas. Por eso se toman en serio explicaciones que consisten en meras, yo diría, caleidoscópicas combinaciones de palabras, como es el caso de la filosofía de Eucken.

Ahora bien, si se pretende renunciar a la triple división en cuerpo, alma y espíritu, no se puede comprender la esencia del Misterio del Gólgota. Como expliqué la última vez, con el Octavo Concilio General la renuncia al espíritu se convirtió en un dogma; pero el asunto llevaba tiempo preparándose. Y el hecho de que haya llegado está básicamente relacionado con un desarrollo necesario de la vida espiritual occidental. Tal vez la manera más fácil de acercarse al Misterio del Gólgota, de comprender el Misterio del Gólgota, sea visualizar de qué modo Aristóteles, que estaba en la cumbre del pensamiento griego, formó su imagen del alma. Pues Aristóteles fue al mismo tiempo el filósofo más importante de toda la Edad Media, y el pensamiento actual sigue alimentándose de conceptos medievales, por poco que la gente quiera admitirlo. Además, vemos que lo que se desarrolló en la historia de la humanidad apareció en Aristóteles unos siglos antes del Misterio del Gólgota, y que luego se intentó comprender el Misterio del Gólgota con la ayuda de las ideas de Aristóteles entre los espíritus dirigentes de la Edad Media. Hay algo tan extraordinariamente significativo en estas cosas que realmente hay que tomarse la molestia de mirarlas con imparcialidad.

¿Qué piensa Aristóteles sobre el alma humana? Sin más preámbulos, explicaré simplemente cómo piensa Aristóteles sobre el alma humana, es decir, lo que el pensamiento griego de Aristóteles sobre el alma humana revelaba en una mente ilustrada. Aristóteles, -y así tenemos aproximadamente lo que pensaba sobre el alma el europeo más importante unos siglos antes del Misterio del Gólgota-, Aristóteles piensa: Cuando un ser humano entra en el desarrollo del mundo, lo hace a través del nacimiento o, digamos, a través de la concepción, entonces debe su existencia física en primer lugar a su padre y a su madre. Pero según Aristóteles, del padre y de la madre sólo puede proceder lo que constituye la existencia corporal; el ser humano completo nunca podría llegar a existir por la mera unión del padre y la madre. Así que en el sentido de Aristóteles, el ser humano completo no puede nacer de la unión del padre y la madre, porque este ser humano completo tiene un alma. Y esta alma tiene una parte, -entendamos por esto que Aristóteles distingue inicialmente dos partes en el alma-, toda esta alma tiene una parte que está completamente ligada al cuerpo, que se expresa a través del cuerpo, que recibe sus impresiones del mundo exterior a través de la actividad sensorial del cuerpo. Esta parte del alma surge como fruto necesario del co-desarrollo gracias al desarrollo material del ser humano, que proviene del padre y de la madre. No ocurre así con la parte espiritual del alma, o, -como Aristóteles acuña aún las palabras-, con la parte pensante del alma, con aquella parte del alma que participa en la vida espiritual general del mundo a través del pensar, que participa en el «nus», en el pensar del mundo. Para Aristóteles esta parte del alma es inmaterial, no material, y nunca podría surgir de lo que surge para el hombre del padre y de la madre, sino que sólo puede surgir para el hombre por el hecho de que Dios. -«lo divino» sería un término más adecuado si nos atenemos a las expresiones aristotélicas-, coopere en el surgimiento del hombre a través del padre y de la madre, que lo divino coopere.

Así es como nace el ser humano, el ser humano en su totalidad. Para Aristóteles es muy importante que la palabra se acuñe de esta manera: el ser humano completo nace de la cooperación de Dios con el padre y la madre. A través de Dios, el hombre recibe su parte espiritual o, en el sentido de Aristóteles, también se podría decir mental del alma. Esta parte mental del alma, que surge así a través del Dios en cada desarrollo del ser humano físico individual, surge gracias a la cooperación del Dios, está en desarrollo durante la vida entre el nacimiento y la muerte. Cuando el ser humano atraviesa la puerta de la muerte, lo físico es entregado a la tierra, y junto con lo físico aquella parte del alma que está ligada a los órganos del cuerpo; en cambio, lo que es la parte espiritual del alma se conserva. Ésta, que ahora es la parte espiritual del alma, vive espiritualmente en el sentido de Aristóteles, vive espiritualmente de tal manera que es, por así decirlo, llevada a otro mundo distinto de aquél con el que uno está conectado a través de los órganos corporales, y ahora vive una existencia inmortal. Vive una existencia inmortal en el sentido de Aristóteles, de modo que la persona que se ha entregado en vida, en el cuerpo, a tal o cual bien, es capaz de mirar hacia atrás a este bien, que ha insertado en la estructura del mundo, que está dentro de la estructura del mundo, pero que en esta estructura del mundo en la que ha sido colocado no puede modificarse. De hecho, Aristóteles sólo puede entenderse correctamente si se interpretan sus ideas en el sentido de que él pensaba que después de la muerte, el alma tiene que mirar hacia atrás, por toda la eternidad, hacia algún bien o algún mal que hubiera cometido.

Fue precisamente en el siglo XIX cuando se hizo el mayor esfuerzo imaginable desde diversos frentes para comprender claramente esta idea en Aristóteles, a veces difícil de entender por su forma de expresarse. Y puede decirse que Franz Brentano, recientemente fallecido, en su disputa con Eduard Zeller, intentó a lo largo de su vida reunir todos los elementos que pudieran conducir a una idea clara de lo que pensaba Aristóteles sobre la relación de la parte espiritual del alma humana con todo el ser humano. Pero lo que Aristóteles pensaba de este modo pasó a la filosofía, que se ha enseñado durante toda la Edad Media hasta los tiempos modernos, y se sigue enseñando en ciertos ámbitos de la vida eclesiástica. Franz Brentano, que realmente estudió intensamente estas ideas en la medida en que proceden de Aristóteles, se dio cuenta de lo siguiente.

Se dio cuenta de que debido a su pensamiento interior, Aristóteles era una mente verdaderamente elevada por encima del materialismo y por lo tanto no podía caer en la creencia de que la parte espiritual del alma es algo material; ni podía caer en la tonta creencia de que la parte espiritual del alma se desarrolla a partir de lo que el hombre recibe de su padre y de su madre. Por lo tanto, según Brentano, para Aristóteles sólo había dos maneras de pensar en la parte espiritual del alma. Una posibilidad era ésta: dejar que la parte espiritual del alma se desarrollara a través de una creación directa de Dios en cooperación con lo que procede del padre y de la madre, de modo que la parte espiritual del alma se desarrolla a través de la influencia de Dios en el embrión humano; solo que esta parte espiritual del alma no perece en la muerte, sino que, atravesando la puerta de la muerte, entra en una vida eterna. ¿Qué habría quedado de Aristóteles, dice Brentano, si no hubiera desarrollado esta idea? Y Brentano considera correcto que Aristóteles adoptara esta idea para sí mismo. ¿Qué habría quedado para él, dice, si no hubiera desarrollado esta idea? Sólo una segunda posibilidad. No hay una tercera posibilidad, dice Brentano. Y esta segunda posibilidad es la siguiente: suponer que el alma del hombre pre-existe, no meramente post-existe, sino que pre-existe; existe en lo espiritual antes del nacimiento, o antes de la concepción. Pero entonces, a partir del momento en que se admite, -y Brentano lo reconoce muy claramente-, que el alma preexiste de algún modo antes de la concepción, entonces no hay otra opción, cree Brentano, que suponer que esta alma no sólo se encarna una vez en la vida, sino que aparece una y otra vez en repetidas vidas terrenales. No existe ninguna otra posibilidad. Y puesto que, según Brentano, Aristóteles en su época de madurez rechazó la palingenesia, es decir, las vidas terrenas repetidas, no le queda más que el creacionismo, la creación del alma humana, la recreación completa del alma humana con cada generación embrionaria del ser humano, lo que no contradice la postexistencia, pero sí la preexistencia. Franz Brentano era originalmente un sacerdote y todavía era, me gustaría decir, uno de los últimos espíritus en pie de lo que se había desarrollado como el lado bueno de la filosofía escolástica aristotélica, debido a lo cual le parecía sobre todo razonable que Aristóteles rechazara la doctrina de las vidas terrenales repetidas y permitiera que se aplicara el creacionismo sólo en lo que se refiere a la postexistencia.

Y sin embargo, a pesar de todas las variantes, este punto de vista constituye el centro neurálgico básico de toda la filosofía cristiana, en la medida en que esta filosofía cristiana se dirige contra las repetidas vidas terrenales. Es extraño, yo diría que inquietantemente irritante, ver cómo un pensador tan eminentemente sensato como Franz Brentano, que se despojó de sus vestiduras sacerdotales, se esfuerza por ser cada vez más claro acerca de este creacionismo del alma, y cómo no hay para él ninguna posibilidad de tender un puente hacia la doctrina de las vidas terrenas repetidas. ¿Por qué? Esto se debe a que, a pesar de la profunda capacidad intelectual de Brentano, a pesar de su pensamiento enérgico y perspicaz, el concepto de espíritu le estaba vedado, nunca pudo llegar al concepto de espíritu y a su separación del concepto de alma. No hay forma de llegar al concepto de espíritu sin antes llegar al concepto de vidas terrenales repetidas. Sólo se puede perder la doctrina de las vidas terrenas repetidas si se pierde por completo el concepto de espíritu. Y básicamente, incluso en la época de Aristóteles, el concepto de espíritu era, yo diría, ya inestable. Se puede ver en los pasajes decisivos de los escritos de Aristóteles cómo éstos siempre se vuelven confusos cuando habla de la preexistencia. Siempre se vuelven confuso.

Pero todo esto está relacionado con algo tremendamente significativo y profundo; está relacionado con el desarrollo real de la humanidad. Está relacionado con el hecho de que en los siglos anteriores al Misterio del Gólgota la humanidad había entrado en una etapa de desarrollo en la que, digamos, había algo así como neblina alrededor del alma cuando se hablaba del espíritu. En aquella época todavía no había tanta niebla alrededor del alma del hombre como la que hay hoy cuando hablamos del espíritu, pero todo el proceso de corrupción del pensamiento en relación con el espíritu ya estaba comenzando en aquel tiempo. Y esto, mis queridos amigos, está relacionado con el hecho de que en el transcurso del tiempo, la humanidad ha experimentado un desarrollo que en cierto sentido el alma se ha convertido en algo diferente de lo que era en los tiempos primitivos del desarrollo humano en la tierra. En estos tiempos primitivos había una experiencia directa del espíritu debido a la existencia de la clarividencia atávica. No se podía dudar del espíritu. No se podía dudar del espíritu más de lo que se puede dudar del mundo sensorial exterior. Siempre es sólo una cuestión de si la gente debe llegar más o menos al conocimiento del espíritu. Pero que el camino del alma humana hacia el espíritu es posible, nadie podría dudarlo en ciertas épocas más antiguas del desarrollo humano. Tampoco nadie podría dudar de que durante la vida en la tierra, entre el nacimiento y la muerte, el espíritu vive dentro del alma humana, de modo que a través de este contenido espiritual el alma humana participa de la vida divina. Nadie podría dudar de esto. Y esta convicción, basada en la conciencia directa del espíritu, se expresaba por doquier en los Misterios y en su culto. Pero es curioso que ya uno de los filósofos griegos más antiguos, el viejo Heráclito, habla de los Misterios de tal manera que se ve que sabe que en tiempos aún más antiguos los Misterios eran algo tremendamente significativo para el hombre, pero que en el fondo ya habían descendido de su altura. Así que muy pronto, los griegos ilustrados hablan del hecho de que los Misterios ya habían descendido de sus alturas.

En estos misterios se practicaban muchas cosas diferentes. En nuestro contexto de hoy, sin embargo, sólo podemos interesarnos particularmente por la idea central de estos misterios. Detengámonos un momento en esta idea central de los Misterios, tal como se practicaban hasta la época del Misterio del Gólgota, tal como se seguían practicando en tiempos del emperador Juliano el Apóstata. Pues algunos aspectos del culto de estos misterios han sido enfatizados una y otra vez en los últimos tiempos, yo diría enfatizados en un sentido anticristiano. Se ha señalado que lo que se cuenta como la leyenda de Pascua, como el Misterio del Gólgota, es decir, la leyenda central real del sufrimiento, muerte y resurrección de Cristo, vivía por doquier en los Misterios. Y de esto se sacó entonces la conclusión de que el misterio pascual del cristianismo era básicamente sólo una especie de transferencia de antiguas costumbres mistéricas paganas, hacia la persona de Jesús de Nazaret. Y a algunas personas les parecen tan elocuentes las cosas que se pueden decir que no dudan de la verdad de la idea que intentan expresar: Esta gente dice, Aquello que los cristianos dicen sobre el hecho de que el Dios Cristo sufrió, fue liberado de la muerte, resucitó de entre los muertos, que esta resurrección está ligada a la esperanza y el anhelo de salvación de la gente, lo que los cristianos han formado como tales ideas, ya vivía en los misterios, en los más diversos cultos mistéricos. Las costumbres paganas fueron reunidas y fundidas en la leyenda pascual y transferidas a la personalidad de Jesús de Nazaret.

En tiempos más recientes, se ha ido aún más lejos, curiosamente incluso en zonas oficialmente cristianas, al considerar indiferente, -basta recordar ciertas corrientes de Bremen-, la existencia histórica de Jesús de Nazaret y afirmar que las diversas leyendas mistéricas y cultos mistéricos se habían unido a través de la vida social, se habían centralizado, por así decirlo, y que en la comunidad cristiana original la leyenda de Cristo había surgido de la antigua leyenda pagana. En una discusión que tuvo lugar aquí en Berlín hace años, -como resultado de estos dolorosos últimos años, lo que ha pasado antes se ha convertido a menudo en un mito y parece terriblemente lejano en el pasado, pero la discusión fue hace sólo unos años-. En esta discusión, uno podía ver cómo los representantes oficiales del cristianismo sostenían la opinión de que en realidad no podía tratarse de un Jesús de Nazaret histórico, sino sólo de una «idea del Cristo», que había surgido como idea, por así decirlo, en la primitiva comunidad cristiana a través de todo tipo de impulsos sociales.

Puede decirse que hay algo infinitamente seductor en la contemplación de los cultos mistéricos paganos y su comparación con lo que ha surgido como el misterio pascual cristiano. Pues basta con tomar en consideración lo que puede calificarse de descripción fiel de los cultos frigios. Y así como se pueden citar los cultos frigios, también se pueden citar otras fiestas; pues estas fiestas estaban muy extendidas de forma similar. Firmicus, por ejemplo, en una carta a los hijos de Constantino, habla del culto frigio: la imagen de Attis, es decir, de un dios determinado, -no es necesario entrar en qué dios-, la imagen del dios era atada a un tronco de árbol, llevada solemnemente con este tronco en procesión en un ritual de medianoche, y luego se celebraban también los sufrimientos del dios; se colocaba un cordero junto al árbol. Al día siguiente se proclamaba la resurrección del dios. Y mientras que el día anterior, cuando el dios había sido clavado en el tronco del árbol, es decir, entregado a la muerte por así decirlo, el pueblo prorrumpía ritualmente en las más terribles lamentaciones, al día siguiente, cuando se celebraba la resurrección del dios, las lamentaciones se convertían de repente en la más exuberante alegría. En otro lugar, cuenta Firmicus, se enterraba la imagen del dios Atis. Por la noche, cuando el duelo había alcanzado su punto culminante, se encendió de repente una luz, se abría la tumba y el dios resucitaba. Y el sacerdote pronunciaba las siguientes palabras: «Estad tranquilos, piadosos, puesto que el dios se ha salvado, vosotros también recibiréis lo que necesitáis, la salvación.

¿Quién podría negar que estas celebraciones rituales, que se celebraban en todas partes siglos y siglos antes de que tuviera lugar el Misterio del Gólgota, son muy similares a lo que incluía el Misterio Pascual dentro del cristianismo? Como era tan tentador pensar así, la gente lo creyó: Pues bien, estas visiones del Dios sufriente, moribundo y resucitado se difundieron por todas partes, y se centralizaron, por así decirlo, entre los cristianos y se transfirieron a Jesús de Nazaret.

Ahora bien, es importante comprender de dónde proceden realmente todas estas celebraciones de cultos, estos cultos paganos, estos cultos precristianos. Pues se remontan muy atrás, muy atrás, a aquellos tiempos en que los misterios se formaban de tal manera que se desarrollaban a partir de las más profundas percepciones originales sobre la naturaleza del hombre y su conexión con el mundo, como era el caso de la clarividencia atávica. Ciertamente, en la época en que las ceremonias frigias se realizaban de esta manera, la gente sabía tanto sobre el significado real de este asunto como sabemos hoy en ciertos templos masónicos sobre las ceremonias que allí se realizan. Pero sin embargo, estas cosas se remontan a un conocimiento originalmente grande sobre el mundo y las personas, a un conocimiento que realmente es extremadamente difícil de comprender hoy en día. Porque piénsenlo, el hombre realmente no vive en su entorno sólo con su cuerpo físico exterior, no es meramente dependiente de su entorno con respecto al cuerpo físico, sino que el hombre también vive con su alma y con su espíritu en el entorno exterior. Absorbe las ideas y concepciones de este medio exterior, se le hacen familiares, se le hacen habituales, y por las diversas consideraciones no puede apartarse de ellas. De modo que uno puede tener mucha buena voluntad y aun así tener dificultades para comprender ciertas cosas que se han perdido por las razones ya mencionadas y por otras más del desarrollo espiritual de la humanidad.

Lo que es la ciencia hoy, -no necesito decir en cada oportunidad que la admiro, ciertamente la admiro, pero sin embargo-, se aferra a la superficie más externa de las cosas; se aferra en el más mínimo grado a lo que conduce a la esencia. El hecho de que, a pesar de todo, se haya llegado muy lejos con esta ciencia en determinados ámbitos sólo se debe a que a veces se entiende que «llegar lejos» significa -bueno, esto o aquello. Ciertamente, se puede admirar el hecho de que esta ciencia haya llegado a la telegrafía sin hilos y a muchas otras cosas que desempeñan un papel importante en nuestros días, y se puede plantear la pregunta: ¿Qué tendríamos si no hubiéramos llegado a eso? Si entráramos en la discusión de estas cuestiones, ya nos toparíamos con lo que hoy está prohibido discutir. Eso que es tan actualmente ciencia es, por supuesto, sabiduría, que ha tenido sus últimos retoños, sus retoños ya corrompidos en las ya mencionadas costumbres mistéricas, simplemente tonterías, simplemente necedad. Tal vez sea así. San Pablo ya mencionó que lo que la gente considera necedad a menudo puede ser sabiduría ante Dios.

Un verdadero conocimiento de la naturaleza de la humanidad y del mundo tiene como resultado, entre otras muchas cosas, -hoy quiero hacer hincapié en los aspectos que nos resultan importantes para comprender el Misterio del Gólgota-, una determinada visión del organismo humano, que, por supuesto, a la ciencia actual le parece completamente descabellada. Este organismo humano difiere bastante sustancialmente del organismo del animal. Pues bien, ya hemos mencionado muchas diferencias; hoy queremos mencionar la que debe interesarnos en el Misterio del Gólgota. El organismo humano difiere bastante esencialmente del organismo animal, pues el organismo animal, si realmente se le estudia con los medios de la ciencia espiritual, lleva en sí mismo el impulso natural de la muerte. En otras palabras: Si se llega a conocer realmente el organismo animal con los medios de la ciencia espiritual, entonces se puede explicar a partir de la naturaleza del organismo animal que tal organismo deba pasar por la muerte en la forma en que lo hace, que el animal un día se descompondrá y será entregado a los elementos de la tierra. La muerte del animal no es algo incomprensible, sino que a partir del estudio del organismo animal es tan comprensible como lo puede ser, a partir del estudio del mismo, que el animal deba comer y beber. La naturaleza del organismo animal da lugar a la necesidad de la muerte del animal.

No ocurre lo mismo con la naturaleza del organismo humano. Aquí, por supuesto, llegamos al área que debe permanecer completamente incomprensible para la ciencia moderna. Si se estudia el organismo humano con todos los medios de la ciencia espiritual, no hay nada en el propio organismo humano que explique, explique absolutamente, la necesidad de la muerte. No hay nada que explique la necesidad de la muerte. En el caso del ser humano, la muerte debe ser aceptada como algo que simplemente se experimenta, y es imposible explicar por qué el ser humano realmente muere. Pues el hombre no nació originalmente para la muerte, ni nació como organismo externo para la muerte. El hecho de que la muerte ocurra en el hombre desde dentro no puede explicarse desde el ser del hombre mismo. El ser interior como tal no proporciona ninguna explicación de la muerte.

Sé muy bien que hoy en día esto es considerado una completa tontería por todos aquellos que quieren situarse en el terreno científico. Por lo general, es bastante difícil discutir todas estas cosas, porque en realidad están relacionadas con áreas de los más profundos misterios. E incluso hoy en día, si se quieren explicar estas cosas en su contexto, se sigue encontrando algo que no puede expresarse de otra manera que no sea la forma en que Saint-Martin, de quien hablé aquí la última vez, se expresa varias veces en su libro «Des erreurs et de la verite». Así, en un pasaje importante, en el que habla de las consecuencias para el desarrollo de la humanidad del hecho de que un cierto proceso tuviera lugar en el reino espiritual antes de que el hombre se encarnara físicamente por primera vez, Saint-Martin dice, cuando quiere hablar de este proceso sobrenatural-espiritual, palabras que todos los que están más íntimamente familiarizados con tales cosas comprenden:

«Pero por mucho que me gustaría llegar allí, mis obligaciones me prohíben la menor explicación sobre este punto; y por cierto, por mi propio bien, prefiero ruborizarme ante las ofensas del hombre que hablar de ellas».

En este caso, Saint-Martin tendría que hablar de una infracción cometida por el hombre antes de entrar en su primera encarnación en la tierra. No puede hacerlo. Ahora bien, por ciertas razones, -no porque la gente haya mejorado desde la época de Saint-Martin, sino por muchas otras razones-, hoy es posible decir algunas cosas que Saint-Martin aún no podía decir. Pero si se quisiera hablar de una verdad como la de que el hombre no ha nacido realmente para la muerte, en relación con todo lo que entra en consideración, entonces habría que tocar cosas que todavía no pueden ser oídas por los oídos de hoy en general. El hombre no ha nacido para la muerte y, sin embargo, ¡muere! Esto expresa algo que, por supuesto, es una tontería para los muy sabios de la ciencia actual, pero que para los que quieren penetrar en una comprensión real del mundo, es uno de los misterios más profundos. El hombre no ha nacido para la muerte y, sin embargo, muere.

Como ven, esta conciencia de que el hombre no nace para la muerte y sin embargo muere, eso es básicamente algo que, como un impulso oculto, corre a través de esos antiguos Misterios, incluyendo los Misterios de Attis a los que he aludido. En estos misterios se buscaba, por así decirlo, una posibilidad de comprender esto: El hombre no nace para la muerte y, sin embargo, muere. - En cierto modo, se suponía que los misterios proporcionaban una respuesta a este misterio. ¿Por qué se celebraban estos misterios? Se celebraban para que cada año se les dijera algo nuevo. Algo que se quería oír, algo que se quería sentir, algo que se quería recorrer en el alma, algo que se pretendía que se contara de nuevo cada año. Querían que se les dijera que aún no había llegado el momento en que el hombre tuviera que considerar seriamente su inexplicable muerte. ¿Qué esperaba tal creyente del sacerdote de Atis? Tal creyente tenía la certeza instintiva: llegará un momento para la tierra en que será serio, muy serio, mirar hacia la muerte inexplicable. Pero ese momento aún está por llegar. Y mientras el sacerdote celebraba los sufrimientos de Dios y la resurrección de Dios, esta celebración se convertía en un consuelo: aún no ha llegado el momento en que tengamos que ponernos serios para comprender la muerte.

En la antigüedad todos sabían que el acontecimiento descrito en la Biblia justo al principio del Antiguo Testamento, bueno para mí, llamémoslo «simbólico», apunta hacia una realidad. Aquellos antiguos lo sabían instintivamente. Sólo el materialismo moderno ha ido más allá de sentir instintivamente que la representación de la tentación de Lucifer apunta a un hecho real. Ciertamente, el pensamiento perverso que yace en la interpretación materialista del darwinismo es muy diferente de lo que debe considerarse como verdad en tal contexto. Porque este pensamiento pervertido que piensa: En la antigüedad, existían animales de un determinado tipo, que evolucionaron gradualmente hasta convertirse en los humanos actuales. En esta interpretación materialista del darwinismo, no hay lugar para la historia de la tentación del paraíso. Pues se necesitaría una mente muy degenerada para creer que un simio primitivo o un mono primitivo pudieran haber sido tentados por Lucifer.

Pues bien, existía la certeza instintiva de que detrás de lo que se contaba en el punto de partida del Antiguo Testamento, había un hecho pasado. ¿Y cómo se percibía este hecho? Este hecho se percibía de tal manera que uno se decía a sí mismo: Tal como el hombre estaba en realidad originalmente organizado físicamente, así no era mortal; pero a través de este hecho se ha añadido algo a su organización original que corrompe su organismo, y que significa que ahora también hay en él un impulso de mortalidad. A través de un proceso moral el hombre se hizo mortal, a través de lo que reside, -volveremos a esto-, en la misteriosa expresión de "pecado original".  El hombre no se volvió mortal de la misma manera en que otros seres naturales se han vuelto mortales, no se volvió mortal mediante ningún proceso natural, ni ningún proceso material, sino que el hombre se volvió mortal mediante un proceso moral. El hombre se hizo mortal a partir del alma.

El alma animal como alma que es de la especie, se encarna en el animal individual, que es mortal a causa de sus órganos. El alma de la especie sale del animal mortal tal como se había encarnado en él. Pero el organismo animal como tal, está destinado desde el principio a morir. No ocurre lo mismo con el organismo humano. El organismo humano es tal que lo que subyace a este organismo como alma de la especie, como alma grupal humana, se expresa en el ser humano individual y lo hace inmortal como organismo humano exterior. El hombre sólo podría hacerse mortal desde el alma mediante un acto moral. El alma debe estar constituida de una determinada manera para que el hombre sea mortal. Tan pronto como se toman tales cosas hoy al igual que se toman conceptos abstractos, no se comprende todo el asunto. Sólo cuando uno se eleva a una comprensión concreta, real del asunto, se comprenden estas cosas.

Ahora bien, en los tiempos antiguos, -en los tiempos incluso poco antes del Misterio del Gólgota, cuando se celebraban estos antiguos misterios-, la gente tenía los conocimientos más intensos: Es la propia alma del hombre la que hace que el hombre muera. Esta alma del hombre está en continuo desarrollo a lo largo de las épocas. ¿En qué consiste este desarrollo? Este desarrollo consiste en que cada vez más esta alma corrompe el organismo, estropea el organismo y participa cada vez más en la corrupción a través de la cual tiene un efecto destructivo sobre el organismo. El hombre miraba hacia la antigüedad y se decía a sí mismo: «Ha tenido lugar un acontecimiento moral por el cual el alma se ha vuelto tal que, cuando ahora mora en el cuerpo mediante el nacimiento, corrompe este cuerpo, pero al corromper el cuerpo no vive entre el nacimiento y la muerte como viviría si lo dejara incorrupto. Esto ha ido empeorando a lo largo de los siglos y milenios. ¡El alma corrompe el cuerpo cada vez más! Eso decían. - Pero esto significa que el alma encuentra cada vez menos oportunidades de encontrar su camino de regreso al espíritu. Cuanto más avanza el desarrollo de la humanidad, más y más corrompe el cuerpo; así inocula la muerte cada vez más intensa e intensamente al cuerpo. Y tiene que llegar un momento en que las almas, habiendo pasado tanto tiempo entre el nacimiento y la muerte, ya no puedan encontrar el camino de regreso al mundo espiritual.

Este tiempo era esperado con pavor y horror en la antigüedad. Se decían a sí mismos: «Pasará generación tras generación, y llegará la generación que tendrá almas que corromperán sus cuerpos y les inocularán la muerte tan intensamente que ya no será posible encontrar el camino de regreso a lo divino. ¡Esta generación llegará! - Eso decían. Y querían comprobar por sí mismos si el momento se acercaba ya más o menos. Por eso tenían el Attis y otras costumbres. Intentaban ver si todavía había tanta divinidad en las almas humanas que aún no había llegado el momento en que las almas humanas se habrían despojado de toda divinidad y ya no podrían encontrar el camino de vuelta a Dios. Por eso tenía un significado tremendo cuando el sacerdote decía: «¡Tened buen ánimo, piadosos; puesto que el Dios se ha salvado, la salvación necesaria os llegará también a vosotros! - Con esto quería decir: «¡Veis, el Dios que aún tiene influencia en el mundo, las almas aún no han llegado tan lejos como para haberse separado completamente del Dios; el Dios que aún resucita! - Esto es lo que el sacerdote quería proclamarles; era reconfortante lo que el sacerdote proclamaba. ¡El Dios todavía está en vosotros! - eso es lo que les decía.

Cuando se tocan estas cosas, tiene efecto sobre sentimientos y emociones tan infinitamente profundos que una vez estuvieron presentes en el desarrollo de la humanidad, que el hombre de hoy, que ha exteriorizado completamente sus intereses, ya no tiene ni idea de lo que la gente luchaba antaño. Puede que no supieran nada de lo que hoy se llama cultura, puede que fueran analfabetos, pero tenían esos sentimientos. Y en las escuelas de los sacerdotes, donde se conservaban las últimas tradiciones procedentes de la antigua sabiduría clarividente, se decía a los alumnos que iban a ser iniciados lo siguiente: Si el desarrollo continuara como lo hizo bajo la impresión de aquel acontecimiento moral al principio del desarrollo de la Tierra, entonces habría que estar preparado para el hecho de que las almas de los hombres encontrarían su camino lejos de Dios, hacia el mundo que ellos mismos crean corrompiendo el organismo humano hacia la muerte, hacia una muerte cada vez más intensa. Las almas conectarían con la tierra y a través de la tierra con lo que se llama el inframundo. Las almas se perderían. Pero como estas escuelas todavía tenían la sabiduría del espíritu, por supuesto, sabían que el hombre se compone de cuerpo, alma y espíritu. Esto que les estoy diciendo ahora se decía del alma, no del espíritu. Pues el espíritu es eterno en sí mismo y tiene sus propias leyes. Se sabía del espíritu lo que hizo necesario decir: Las almas desaparecerán en el inframundo, pero el espíritu humano reaparecerá en repetidas vidas terrenales. Y sería inminente un futuro de desarrollo terrenal, en el que los espíritus humanos se encarnarían de nuevo, pero mirarían hacia atrás, hacia toda el alma perdida que una vez estuvo en el devenir terrenal. Las almas se perderían. Las almas ya no vendrían. Los espíritus volverían a encarnar, lo que movería el cuerpo humano como si fuera automáticamente, sin que la forma en que mueven el cuerpo humano se sintiera, ni se percibiera en la experiencia del alma.

¿Cuál era, en cambio, el sentimiento de los que exhortaban al Misterio Pascual Cristiano? El sentimiento de los que insistieron en el Misterio de la Pascua Cristiana era el siguiente: Si en la tierra no ocurre nada más que lo que ha ocurrido desde tiempos inmemoriales, en el futuro surgirán personas sin alma en repetidas vidas terrenales. - Por eso esperaban lo otro. Esperaban lo que no podía formarse dentro de la propia vida terrenal, lo que iba a entrar en esta vida terrenal desde fuera. En otras palabras, esperaban el Misterio del Gólgota. Esperaban que entrara en el devenir terreno un ser que salvara de nuevo el alma, que arrebatara el alma de la muerte. El espíritu no necesitaba ser rescatado de la muerte, pero sí el alma. Este ser, que ahora se había insertado en el desarrollo terrenal desde fuera por medio del cuerpo de Jesús de Nazaret, era percibido como el Cristo que había aparecido para la salvación de las almas. Para que en el Cristo el hombre tenga algo con lo que pueda conectarse en el alma, para que a través de esta conexión con el Cristo el alma pierda su poder corruptor para el cuerpo y gradualmente se pueda recuperar todo lo que se había perdido. Por eso el Misterio del Gólgota se sitúa en el centro del desarrollo terrenal. Desde el comienzo de la evolución terrena hasta el Misterio del Gólgota, se pierde cada vez más, a medida que el poder corruptor se apodera cada vez más del alma para convertir a los hombres en autómatas del espíritu. Y desde el Misterio del Gólgota hasta el fin de la existencia terrena es el tiempo en el que lo que se perdió hasta el Misterio del Gólgota se vuelve a recuperar gradualmente. De modo que, cuando la tierra haya llegado al final de su evolución, los espíritus humanos se encarnarán en los últimos cuerpos, en esos cuerpos que vuelven a ser inmortales. Que a su vez son inmortales. Así se sentía el Misterio Pascual.

Pero para ello era necesario vencer el poder que hace posible la corrupción moral del alma. Este poder fue vencido en lo que el cristianismo percibe como el acontecimiento real del Gólgota. Los cristianos primigenios que estaban realmente familiarizados con las cosas. ¿Cómo les sonaba cierta frase importante? Ellos esperaban un acontecimiento exterior a través del cual pudiera surgir la posibilidad de que el poder que corrompía el alma perdiera su poder. Entonces resonó para ellos la última frase de Cristo: «¡Consumado es!» como testimonio de que ahora comienza el tiempo en que el poder corruptor del alma ha terminado.

Un acontecimiento extraño, un acontecimiento que alberga tremendos e insospechados misterios. Pues tan tremendos interrogantes surgen ante el Misterio del Gólgota. Veremos, a medida que avancemos en nuestra contemplación, que el misterio del Gólgota no puede pensarse sin Cristo resucitado. Cristo resucitado, ¡esa es la esencia! Y una de las palabras más profundas es la de Pablo: «Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra predicación y vana también vuestra fe». Cristo resucitado pertenece al cristianismo. Y sin Cristo resucitado, no puede haber cristianismo. La muerte también pertenece a el, la muerte de Cristo. ¿Pero piensen en cómo se presenta? ¿Y cómo debe presentarse? Un inocente es conducido a la muerte, conducido al sufrimiento, conducido a la muerte. Aquellos que lo llevan a la muerte están obviamente cargados con una pesada culpa. Pues un inocente es conducido a la muerte con lo que incurren en una pesada culpa. Sin embargo, ¿Qué significa para la humanidad esta culpa? Representa la salvación de la humanidad. Porque si Cristo no hubiera muerto, la salvación de la humanidad no se habría materializado. Ante el acontecimiento del Gólgota, nos encontramos ante el acontecimiento único que debemos decirnos a nosotros mismos: La mayor salvación que le ha sucedido a la humanidad en la tierra es que el Cristo fue inmolado. La mayor culpa en la que se ha incurrido es que el Cristo fuese inmolado. Aquí la más alta salvación coincide con la más profunda culpa.

Ciertamente, con un sentido superficial se pueden pasar por alto estas cosas. Para quienes no se aferran a lo superficial de las cosas, se trata de un profundo misterio. ¡El asesinato más monstruoso en la evolución de la humanidad se cometió para la salvación de la humanidad! Sientan ustedes este enigma. Si queremos comprender el misterio del Gólgota, debemos al menos intentar comprender este enigma. Y suena, aunque sea con palabras paradigmáticas, el impulso a la solución también viene de la cruz: «¡Padre Perdónalos, porque no saben lo que hacen!». Veremos que en la correcta comprensión de esta expresión está la respuesta al enigma significativo: del por qué el asesinato más monstruoso es la salvación del desarrollo humano.

Si consideran ustedes todo esto, empezarán a comprender que el misterio del Gólgota debe abordarse con los conceptos de cuerpo, alma y espíritu. Porque Cristo murió por las almas de los hombres. Él devuelve las almas de los hombres al mundo espiritual, del que habrían sido separadas si él no hubiera venido. La moral habría desaparecido del mundo. El espíritu habría sido conducido en el cuerpo automático por una necesidad sin moral. Esto habría hecho imposible experimentar nada en el alma. El Cristo debería volver las almas de nuevo. ¿Es de extrañar que tres siglos antes del Misterio del Gólgota el griego más ilustrado, Aristóteles, no supiera hablar correctamente sobre el alma ni sobre su conexión con el espíritu, ya que la crisis del alma era inminente? ¿Es necesario preguntarse, cuando esto era inminente para las almas, y Aristóteles no podía saber que el Salvador de las almas vendría, que estaba hablando falsamente sobre el alma? No hay por qué preguntárselo. Sin embargo, será necesaria otra explicación para el hecho de que Aristóteles se equivocara durante tanto tiempo acerca de la conexión entre el alma y el espíritu. Lo que Cristo significa para el alma humana nos enfrenta a la luz que nos muestra de nuevo al hombre en su naturaleza tripartita como cuerpo, alma y espíritu, y en la íntima conexión que existe entre el acontecimiento real objetivo y el acontecimiento moral; conexión que nunca será reconocida en su verdadera forma si no se reconoce la naturaleza tripartita del hombre, cuerpo, alma y espíritu.

Hoy sólo he podido ofrecerles una preparación para la discusión sobre las profundidades del alma humana a las que hay que descender si se quiere comprender hasta cierto punto el misterio del Gólgota. Creo que debe ser muy obvio para nosotros, muy cercano a nosotros, especialmente en nuestro tiempo, hablar de estas cosas y tal vez utilizar esta Pascua en particular para profundizar en estas cosas, en la medida en que sea posible para las personas en el tiempo presente. De esta manera, tal vez se pueda hablar de algunas cosas a nuestros sentimientos al principio, que pueden ser una semilla que sólo puede brotar en tiempos futuros dentro del desarrollo de la humanidad. Porque debemos pensar en muchas cosas de tal manera que sólo gradualmente llegamos a estar plenamente despiertos, que vivimos en una época en la que no captamos algunas cosas en plena vigilia, algunas de éstas y algunas de aquéllas. Esto se puede ver incluso en lo difícil que se le hace hoy a la gente captar los acontecimientos que nos llegan directamente cuando estamos plenamente despiertos. Desgraciadamente, no es posible indicar, ni siquiera con unos pocos trazos de pluma, cómo se visualizaría el doloroso acontecimiento, del que la humanidad de Europa, o al menos de Europa Central, sólo ha recibido conocimiento hoy entre nuestros acontecimientos contemporáneos, en alusión a la I guerra mundial que está teniendo lugar en esos mismos momentos. Tales cosas se viven hoy a menudo como dormidas. Pero no es posible decir aquí más sobre tales cosas.

Hoy sólo quería plantear algunas cuestiones para que la próxima vez podamos hablar del misterio del Gólgota.
Traducido por J.Luelmo may,2025