CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA034 Diciembre de 1903 - Cómo actúa el Karma

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 CÓMO ACTUA EL KARMA

Revista Lucifer - Gnosis 1903

RUDOLF STEINER


diciembre de 1903

El dormir ha sido llamado a menudo el hermano menor de la muerte. Más de lo que se podría suponer a primera vista, esta comparación simboliza los caminos del espíritu humano. Porque hay una idea de cómo se relacionan entre sí las múltiples encarnaciones que experimenta este espíritu humano. En el ensayo «Reencarnación y karma, conceptos necesarios desde el punto de vista de la ciencia natural moderna» se ha expuesto que la concepción científica actual, si se entiende realmente a sí misma, conduce a la antigua doctrina del desarrollo del espíritu humano eterno a través de muchas vidas. A esta conclusión se le suma necesariamente la pregunta: 

¿Cómo se relacionan entre sí estas vidas tan diversas? ¿En qué sentido la vida de una persona es el efecto de sus encarnaciones anteriores y cómo se convierte en la causa de las posteriores? 

En este ámbito, la comparación con el dormir ofrece una imagen de la relación entre causa y efecto.(1) Me levanto por la mañana. Mi actividad continua se interrumpió durante la noche. Si pretendo que mi vida tenga reglas y coherencia, no puedo retomar esta actividad matutina de cualquier manera. Lo que hice ayer crea las condiciones previas para lo que tengo que hacer hoy. Tengo que continuar con el resultado de mi trabajo de ayer. En el sentido más completo de la palabra, mis acciones de ayer son mi destino de hoy. Yo mismo he creado las causas a las que ahora debo añadir los efectos. Y encuentro estas causas después de haberme alejado de ellas durante un tiempo. Forman parte de mí, aunque haya estado separado de ellas durante algún tiempo.

En otro sentido, los efectos de mis experiencias de ayer también me pertenecen. Yo mismo he cambiado gracias a ellas. Supongamos que he emprendido algo que solo me ha salido a medias. He reflexionado sobre por qué me ha afectado este fracaso parcial. Si tengo que volver a hacer algo similar, evitaré los errores que he detectado. Así, he adquirido una nueva habilidad. Por lo tanto, mis experiencias de ayer son la causa de mis habilidades de hoy. Mi pasado permanece vinculado a mí; sigue vivo en mi presente y me seguirá acompañando en mi futuro. Mi pasado ha creado la situación en la que me encuentro actualmente. Y el sentido de la vida exige que permanezca vinculado a esta situación. No tendría sentido que, en circunstancias normales, me construyera una casa y después no me mudara a ella.

Si los efectos de mis actos de ayer no fueran mi destino de hoy, yo no debería despertar esta mañana, sino ser creado de nuevo, desde la nada. Y si los resultados de sus vidas anteriores no permanecieran vinculados a las posteriores, el espíritu humano debería ser creado de nuevo, surgido de la nada. Efectivamente, el ser humano no puede vivir en ninguna otra situación que no sea la creada por su vida anterior. No puede hacerlo, al igual que los animales que, tras emigrar a las cuevas de Kentucky, perdieron la vista y no pueden vivir en otro lugar que no sean esas cuevas. Con su acción, con la emigración, crearon las condiciones de su vida posterior. Un ser que una vez fue activo ya no está aislado; ha puesto su yo en sus actos. Y todo lo que se convierte en adelante está vinculado a lo que resultará de sus actos. Esta vinculación de un ser con los resultados de sus actos es la ley del karma que gobierna todo el mundo. La actividad convertida en destino es karma.

 Y por eso el dormir es una buena ilustración comparativa de la muerte, porque mientras el ser humano duerme, se retira del escenario en el que le espera su destino. Mientras estamos dormidos, continúan desarrollándose acontecimientos en ese escenario. Durante un intervalo de tiempo, no tenemos ninguna influencia sobre ese devenir de las cosas. Sin embargo, volvemos a encontrar los efectos de nuestras acciones y debemos continuar con ellos. En realidad, nuestra personalidad se encarna cada mañana de nuevo en nuestro mundo de acciones. Lo que nos separaba durante la noche nos envuelve, por así decirlo, durante el día.

Pues eso mismo ocurre con las acciones de nuestras encarnaciones anteriores. Sus resultados están incorporados al mundo en el que estuvimos encarnados. Pero siguen perteneciéndonos, al igual que la vida en las cuevas pertenece a los animales que han perdido la vista a causa de esa vida. Así como estos animales solo pueden vivir si vuelven a encontrar el entorno al cual se han adaptado, el espíritu humano solo puede vivir en el entorno que él mismo se ha creado a través de sus acciones, como el entorno que le corresponde.

Cada nueva mañana, el cuerpo humano se renueva, por así decirlo. La investigación científica admite que ocurre algo que no puede comprender si se limita a aplicar las leyes que ha descubierto en el mundo físico. Recordemos lo que dijo al respecto el naturalista Du Bois-Reymond en su discurso «Los límites del conocimiento de la naturaleza»: «Un cerebro inconsciente por cualquier motivo, por ejemplo, un cerebro que duerme sin soñar, no contendría, desde el punto de vista científico (Du Bois-Reymond dice «astronómico»), ningún misterio ya no encierra ningún misterio, y con el conocimiento científico del resto del cuerpo, toda la máquina humana, con su respiración, sus latidos, su metabolismo, su calor, etc., hasta la esencia de la materia y la fuerza, estaría completamente descifrada. El durmiente sin sueños es comprensible, como el mundo antes de que existiera la conciencia. Pero, al igual que con el primer atisbo de conciencia el mundo se volvió doblemente incomprensible, también lo será para el durmiente con la primera imagen onírica que le asoma. No puede ser de otra manera. Porque lo que el naturalista describe aquí como el durmiente sin sueños es aquello del ser humano que está sujeto únicamente a las leyes físicas. Pero en el momento en que vuelve a aparecer animado, sigue las leyes de la vida espiritual. Mientras duerme, el cuerpo humano sigue las leyes físicas; cuando el ser humano despierta, la luz de la acción racional incide como una chispa en la existencia puramente física. Se expresa en el sentido del naturalista Du Bois-Reymond cuando se dice: se puede registrar el cuerpo dormido por todos lados; no se encontrará en él lo espiritual. Pero lo espiritual continúa el curso de sus actos racionales donde lo interrumpió antes de dormirse. Así, el ser humano pertenece, también para esta consideración, a dos mundos. En uno vive físicamente, y esta vida física se puede seguir a través de las leyes físicas; en el otro vive espiritual y racionalmente, y sobre esta vida no podemos saber nada a través de las leyes físicas. Si queremos estudiar una vida, debemos atenernos a las leyes físicas de las ciencias naturales; pero si queremos comprender la otra vida, debemos conocer las leyes de la acción racional, por ejemplo, la lógica, la jurisprudencia, la economía, la estética, etc.

El cuerpo humano dormido, que solo está sujeto a las leyes físicas, nunca puede lograr nada que esté en consonancia con las leyes de la razón. Pero el espíritu humano lleva estas leyes de la razón al mundo físico. Y todo lo que haya llevado a él, lo volverá a encontrar cuando, tras una interrupción, retome el hilo de su actividad.

Sigamos un momento con la imagen del dormir. La personalidad debe continuar hoy con sus actos de ayer, si no quiere que la vida carezca de sentido. No podría hacerlo si no se sintiera vinculada a esos actos. No podría asimilar hoy el resultado de mi actividad de ayer si no quedara algo de esa actividad en mí mismo. Si hoy hubiera olvidado todo lo que experimenté ayer, sería una persona nueva y no podría enlazar con nada. Es mi memoria la que me permite enlazar con mis actos de ayer. Esta memoria me vincula a los efectos de mis actos. Lo que en sentido estricto pertenece a mi vida racional, por ejemplo, la lógica, es hoy lo mismo que ayer. Esto también es aplicable a aquello que ayer no era en absoluto, a aquello que nunca ha entrado en mi campo de visión. Mi memoria conecta mi actuación lógica de hoy con mi actuación lógica de ayer. Si solo importara la lógica, entonces podríamos empezar cada mañana una nueva vida. Pero en la memoria permanece guardado aquello que nos ata a nuestro destino.

Así, por la mañana me encuentro realmente como un ser triple. Recupero mi cuerpo, que mientras dormía ha obedecido únicamente a las leyes físicas. Me reencuentro a mí mismo, a mi espíritu humano, que hoy es el mismo que ayer y que hoy tiene la capacidad de actuar de forma racional, como ayer. Y conservo en mi memoria todo lo que el día de ayer, todo mi pasado, ha hecho de mí.

Y con ello tenemos al mismo tiempo una imagen de la triple esencia del ser humano. En cada nueva encarnación, el ser humano se encuentra en un organismo físico sometido a las leyes de la naturaleza exterior. Y en cada encarnación es el mismo espíritu humano. Como tal, es lo eterno en las múltiples encarnaciones. El cuerpo y el espíritu se enfrentan entre sí. Entre ambos debe haber algo, como la memoria entre mis actos de ayer y los de hoy. Y este algo es el alma.(2)Ella conserva los efectos de mis actos de vidas anteriores. Ella hace que el espíritu aparezca en una nueva encarnación como resultado de lo que las vidas anteriores han hecho de él. Así se relacionan el cuerpo, el alma y el espíritu. El espíritu es eterno; el nacimiento y la muerte se rigen por las leyes del mundo físico en la corporeidad; el alma los une una y otra vez, tejiendo el destino a partir de las acciones.

También es posible recurrir a la ciencia natural actual para comparar el alma con la memoria. En 1870, el naturalista Ewald Hering publicó un tratado titulado «Über das Gedächtnis als eine allgemeine Funktion der organisierten Materie» (Sobre la memoria como función general de la materia organizada). Ernst Haeckel coincide con las opiniones de Hering. En su obra «Sobre la generación de ondas de las partículas vitales» afirma lo siguiente: «De hecho, cualquier reflexión profunda nos convence de que, sin la suposición de una memoria inconsciente de la materia viva, las funciones vitales más importantes son inexplicables. La capacidad de imaginar y comprender, de pensar y ser consciente, de practicar y acostumbrarse, de alimentarse y reproducirse se basa en la función de la memoria inconsciente, cuya actividad es infinitamente más significativa que la de la memoria consciente. Hering afirma con razón que «es a la memoria a la que debemos casi todo lo que somos y tenemos». Y ahora Haeckel intenta atribuir los procesos de herencia dentro de los seres vivos a esta memoria inconsciente. El hecho de que el ser hijo sea similar al ser madre, que las características de este último se hereden al primero, se basa, según él, en la memoria inconsciente de los seres vivos, que conserva el recuerdo de formas anteriores durante el proceso de reproducción. No es necesario examinar aquí qué parte de las representaciones de Hering y Haeckel es científicamente sostenible; para los objetivos que aquí se persiguen, solo es importante que el naturalista se vea obligado, cuando va más allá del nacimiento y la muerte, cuando debe suponer algo que sobrevive a la muerte, a aceptar una entidad que imagina similar a la memoria. Él recurre naturalmente a un poder sobrenatural cuando las leyes de la naturaleza física no son suficientes.

Por cierto, hay que tener en cuenta que, cuando se habla de memoria, se trata en primer lugar solo de una comparación, de una imagen. No hay que creer que entendemos por alma algo que equivale sin más a la memoria consciente. También en la vida cotidiana no siempre interviene la memoria consciente cuando se aprovechan las experiencias del pasado. Llevamos dentro de nosotros los frutos de esas experiencias, aunque no siempre recordemos conscientemente lo vivido. ¿Quién recuerda todos los detalles por los que aprendió a leer y escribir? Sí, ¿a quién le han venido a la mente todos esos detalles? La costumbre, por ejemplo, es una especie de memoria inconsciente. Solo se debe insinuar, mediante la comparación con la memoria, lo espiritual, que se interpone entre el cuerpo y la mente y constituye el mediador entre lo eterno y lo que, como físico, está entretejido en el curso del nacimiento y la muerte.

El espíritu que se reencarna encuentra, pues, en el mundo físico los resultados de sus actos como su destino; y el alma, que está ligada a él, media su conexión con este destino. Ahora bien, cabe preguntarse: 

¿Cómo puede el espíritu encontrar los resultados de sus actos, si al reencarnarse es trasladado a un mundo completamente diferente del que estaba antes? 

Esta pregunta se basa en una concepción muy superficial de la cadena del destino. Si traslado mi lugar de residencia de Europa a América, también me encuentro en un entorno completamente nuevo. Y, sin embargo, mi vida en América depende totalmente de mi vida anterior en Europa. Si en Europa me he convertido en mecánico, mi vida en América será muy diferente a si me hubiera convertido en empleado de banco. En un caso, probablemente estaré rodeado de máquinas en Estados Unidos, en el otro, de documentos bancarios. En cualquier caso, mi vida anterior determina mi entorno, atrayendo, por así decirlo, todas aquellas cosas del entorno que le son afines. Lo mismo ocurre con mi alma espiritual. Se rodea necesariamente de aquello con lo que está relacionada desde su vida anterior. Nadie que sea consciente de que se trata solo de una parábola, aunque sea una de las más acertadas, puede contradecir la parábola del dormir y la muerte. El curso inmediato de los acontecimientos se encarga de que por la mañana me encuentre con la situación que yo mismo creé el día anterior. El parentesco de mi alma espiritual renacida con las cosas de este entorno se encarga de que, cuando vuelvo a encarnarme, me encuentre con un entorno que corresponde al resultado de mis actos en la vida anterior.

¿Qué me lleva a este entorno? 

Inmediatamente, las características de mi alma espiritual en la nueva encarnación. Pero solo tengo estas características porque las acciones de mis vidas anteriores las han impreso en el alma espiritual. Por lo tanto, estas acciones son la verdadera causa por la que nací en determinadas circunstancias. Y lo que hago hoy será una de las causas por las que en una vida posterior me encontraré en estas u otras circunstancias. Así es como el ser humano crea su propio destino. Esto solo parece incomprensible mientras se considere la vida individual por sí sola y no como un eslabón de una cadena de vidas sucesivas.

Así pues, se puede decir que nada puede afectar a las personas en la vida que ellas mismas no hayan creado las condiciones para ello. Solo mediante la comprensión de la ley del destino, el karma, se puede entender por qué «los buenos a menudo tienen que sufrir y los malos pueden ser felices». Esta aparente falta de armonía en una sola vida desaparece cuando se amplía la mirada a las muchas vidas. Sin embargo, no hay que imaginarse la ley del karma como algo tan simple como un juez común o la administración de justicia del Estado. Sería como imaginar a Dios como un anciano con barba blanca. Muchos caen en este error. En particular, los detractores de la idea del karma parten de premisas erróneas. Luchan contra la idea que atribuyen a los seguidores del karma, no contra la que tienen los verdaderos conocedores.

¿En qué relación se encuentra el ser humano con el entorno físico cuando entra en una nueva encarnación? 

Esta relación se deriva, por un lado, del hecho de que, en el intervalo entre ambas encarnaciones, no ha participado en el mundo físico; por otro lado, de cuál ha sido su evolución durante ese intervalo. Está claro desde el principio que nada del mundo físico puede influir en este desarrollo, ya que el alma espiritual se encuentra precisamente fuera de este mundo físico. Por lo tanto, ahora solo puede extraer todo lo que ocurre en ella de sí misma o del mundo suprafísico. Si durante la encarnación estaba envuelta en el mundo físico de los hechos, tras la desencarnación se le retira la influencia directa de este mundo de los hechos. Y lo único que le queda de ella es lo que hemos comparado con la memoria. Esta «prueba de memoria» consta de dos partes. Sus partes se derivan de lo que ha contribuido a su formación. — El espíritu ha vivido en el cuerpo y, por lo tanto, ha entrado en relación con el entorno físico a través del cuerpo. Esta relación se ha expresado en el desarrollo de instintos, deseos y pasiones a través del cuerpo y en la ejecución de acciones externas a través de ellos. Debido a su naturaleza física, el ser humano actúa bajo la influencia de instintos, deseos y pasiones. Y estos tienen su importancia en dos sentidos. Por un lado, marcan las acciones externas que el ser humano realiza. Y, por otro lado, moldean su carácter personal. La acción que realizo es consecuencia de mi deseo; y yo mismo, como personalidad, soy lo que expresa ese deseo. La acción se traslada al mundo exterior; el deseo permanece en mi alma al igual que la idea en mi memoria. Y así como la imagen representada en mi memoria se refuerza con cada nueva impresión similar, el deseo se refuerza con cada nueva acción que realizo bajo su influencia. Así, debido a la existencia física, en mi alma vive una suma de impulsos, deseos y pasiones. A esta suma se le denomina «cuerpo del deseo» (Kama rupa). Este «cuerpo del deseo» está íntimamente relacionado con la existencia física. Porque surge bajo la influencia de la corporeidad física. Por lo tanto, desde el momento en que el espíritu deja de estar encarnado, ya no puede continuar su formación. El espíritu debe liberarse de él, en la medida en que ha estado vinculado a la vida física individual a través de él. A la vida física le sigue otra en la que se produce esta liberación. Cabe preguntarse: ¿No se destruye también este «cuerpo de deseos» con la muerte? La respuesta es: no, en la medida en que en cada momento de la vida física el deseo prevalece sobre la satisfacción, en esa medida el deseo permanece cuando la posibilidad de satisfacción ha cesado. Solo una persona que no desea nada del mundo sensual no tiene un exceso de deseo por encima de la satisfacción. Solo la persona sin deseos muere sin retener en su espíritu una suma de deseos. Y esta suma debe, por así decirlo, desaparecer después de la muerte. El estado de este desvanecimiento se denomina «estancia en el lugar del deseo» (en Kamaloka). Es fácil comprender que este estado debe durar tanto más cuanto más se haya sentido la persona vinculada a la vida sensual.

La segunda parte del «resto de la memoria» se forma de otra manera. Así como el deseo atrae al espíritu hacia la vida pasada, esta otra parte lo orienta hacia el futuro. El espíritu, a través de su actividad en el cuerpo, se ha familiarizado con el mundo al que pertenece este cuerpo. Cada nuevo esfuerzo, cada nueva experiencia aumenta este conocimiento. Por regla general, el ser humano hace cada cosa mejor la segunda vez que la primera. La experiencia se graba en el espíritu como una mejora de sus capacidades. Así es como nuestra experiencia influye en nuestro futuro, y cuando ya no tenemos más oportunidades de adquirir experiencias, el resultado de estas experiencias permanece como «resto de memoria». Pero si no tuviéramos la capacidad de sacar provecho de ella, ninguna experiencia podría afectarnos. La forma en que podemos asimilar la experiencia, lo que podemos hacer con ella, depende de lo que signifique para nuestro futuro. Para Goethe, una experiencia era algo diferente que para su ayuda de cámara; y tuvo consecuencias muy diferentes para el primero que para el segundo. Las habilidades que adquirimos a través de una experiencia dependen, por lo tanto, del trabajo espiritual que realizamos en relación con ella. En un momento determinado de mi vida, siempre tengo en mí la suma de los resultados de mi experiencia. Y esta suma constituye el derecho a las habilidades que pueden manifestarse posteriormente. El espíritu humano posee un conjunto de experiencias de este tipo cuando abandona el cuerpo. Las lleva consigo a la vida suprasensible. Cuando ya no le une ningún vínculo físico a la existencia física y se ha despojado de los deseos que le encadenan a esta existencia física, le queda el fruto de su experiencia. Y este fruto está completamente liberado de la influencia directa de la vida pasada. El espíritu solo puede ahora ver lo que se puede formar a partir de ella para el futuro. Así, después de abandonar el «lugar del deseo», el espíritu se encuentra en un estado en el que las experiencias de sus vidas anteriores se transforman en germen, predisposiciones, capacidades, etc., para el futuro. La vida del espíritu en este estado se denomina estancia en el «lugar del deleite» (Devacán). («Deleite» puede referirse a un estado que hace olvidar todas las preocupaciones del pasado y hace que el corazón lata solo por el futuro). Es evidente que, en general, este estado durará tanto más cuanto mayor sea la posibilidad de adquirir nuevas habilidades al morir. — Por supuesto, no se trata aquí de desarrollar todos los conocimientos relacionados con el espíritu humano. Solo se pretende mostrar cómo actúa la ley del karma en la vida física. Para ello, basta con saber qué es lo que el espíritu lleva consigo de esta vida física a los estados suprasensibles y qué es lo que trae consigo de vuelta a una nueva encarnación. Trae consigo los resultados de las experiencias vividas en vidas anteriores, que se han convertido en características de su naturaleza. Para comprender el alcance de esto, basta con ilustrar el proceso con un solo ejemplo. Kant dice: «Hay dos cosas que llenan el alma de una admiración cada vez mayor: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí». Cualquier persona pensante admite que el cielo estrellado no surgió de la nada, sino que se formó gradualmente. Y fue el propio Kant quien, en 1755, intentó explicar la formación gradual del cosmos en un escrito fundamental. Pero tampoco se puede aceptar sin más el hecho de la ley moral.  Esta ley moral tampoco surgió de la nada. En las encarnaciones iniciales que experimentó el ser humano, la ley moral no hablaba en él como lo hacía en Kant. El hombre primitivo actúa tal y como le dictan sus deseos. Y traslada las experiencias que ha tenido con tales acciones a los estados suprasensibles. Aquí se convierten en una capacidad superior. Y en una encarnación posterior, ya no es el mero deseo lo que actúa en él, sino que este ya está guiado por los efectos de las experiencias previas. Y son necesarias muchas encarnaciones hasta que el ser humano, originalmente entregado por completo a sus deseos, contrapone a su entorno la ley moral purificada, que Kant describe como algo a lo que se mira con la misma admiración que al cielo estrellado.

El entorno en el que el ser humano nace a través de una nueva encarnación le presenta los resultados de sus actos como su destino. Él mismo entra en este entorno con las habilidades que ha desarrollado en los estados suprasensibles a partir de sus experiencias anteriores. Por eso, sus experiencias en el mundo físico serán, en general, de un nivel tanto más elevado cuanto más veces se haya encarnado o cuanto mayores hayan sido sus esfuerzos en sus encarnaciones anteriores. De este modo, el peregrinaje a través de las encarnaciones será un desarrollo ascendente. El tesoro que sus experiencias acumulan en su espíritu se hace cada vez más rico. Y con ello se enfrenta cada vez más maduro a su entorno, a su destino. Esto le convierte cada vez más en dueño de su destino. Porque eso es precisamente lo que obtiene de sus experiencias: aprende a comprender las leyes del mundo en el que se desarrollan esas experiencias. Al principio, el espíritu no se orienta en el entorno. Va a tientas en la oscuridad. Pero con cada nueva encarnación, todo se vuelve más claro a su alrededor. Adquiere el conocimiento, el conocimiento de las leyes de su entorno; en otras palabras: cada vez realiza con más conciencia lo que antes realizaba en la ignorancia. La influencia del entorno es cada vez menor; el espíritu es cada vez más capaz de determinarse a sí mismo. Pero el espíritu que se determina a sí mismo es el espíritu libre. Actuar en la plena luz de la conciencia es actuar libremente. (He intentado explicar la esencia del espíritu humano libre en mi obra «Filosofía de la libertad», Berlín, 1893). La plena libertad del espíritu humano es el ideal de su desarrollo. No se puede preguntar: ¿El ser humano es libre o no es libre? Los filósofos que plantean la cuestión de la libertad de esta manera nunca podrán llegar a una idea clara al respecto. Porque el ser humano, en su estado actual, no es ni libre ni no libre, sino que se encuentra en el camino hacia la libertad. Es parcialmente libre, parcialmente no libre. Es libre en la medida en que ha adquirido conocimiento, conciencia de la conexión del mundo. El hecho de que nuestro destino, nuestro karma, se nos presente en forma de una necesidad incondicional no es un obstáculo para nuestra libertad. Porque cuando actuamos, nos enfrentamos a ese destino con el grado de independencia que hemos adquirido. No es el destino el que actúa, sino que nosotros actuamos de acuerdo con las leyes de ese destino.

Cuando enciendo una cerilla, el fuego se produce según las leyes necesarias; pero soy yo quien ha puesto en marcha estas leyes necesarias. Del mismo modo, solo puedo realizar una acción de acuerdo con las leyes necesarias de mi karma, pero soy yo quien pone en práctica estas leyes necesarias. Y a través de la acción que realizo se crea un nuevo karma, al igual que el fuego sigue actuando según las leyes naturales necesarias después de que yo lo haya encendido.

Esto arroja luz sobre otra duda que puede surgir en relación con la eficacia de la ley del karma. Se podría decir que si el karma es una ley inmutable, entonces no tiene sentido ayudar a nadie. Porque lo que le sucede es consecuencia de su karma, y es absolutamente necesario que le suceda esto o aquello. Ciertamente, no puedo anular los efectos del destino que un espíritu humano se ha creado en encarnaciones anteriores. Pero se trata de cómo se las arregla con este destino y qué nuevo destino se crea bajo la influencia del antiguo. Si le ayudo, puedo hacer que, mediante sus «acciones», dé un giro favorable a su destino; si no le ayudo, tal vez ocurra lo contrario. Sin embargo, dependerá de si mi ayuda es sabia o imprudente.

El desarrollo superior del espíritu humano significa su progreso a través de encarnaciones siempre nuevas. Este desarrollo superior se expresa en el hecho de que el mundo en el que tienen lugar las encarnaciones del espíritu es cada vez más comprendido por este. Pero las encarnaciones mismas pertenecen a este mundo. También en relación con ellas, el espíritu pasa del estado de inconsciencia al de conciencia. En el camino del desarrollo se encuentra el punto en el que el ser humano es capaz de mirar atrás con plena conciencia hacia sus encarnaciones. Esta es una idea de la que es fácil burlarse y, por supuesto, es muy fácil criticarla de forma despectiva. Pero quien lo hace no tiene ni idea del tipo de verdades de las que se trata. Y tanto la burla como la crítica se interponen como un dragón ante la puerta del santuario en cuyo interior se pueden reconocer. Porque es evidente que el ser humano no puede encontrar en el presente como un hecho aquellas verdades cuya realización solo le espera en el futuro. Solo hay un camino para convencerse de su realidad, y es esforzarse por alcanzar esa realidad.





(1)  Me imagino que hay muchos que se creen en la cima de la ciencia y que consideran «totalmente anticientíficas» las siguientes discusiones. Puedo entenderlos, porque sé que quien no tiene experiencia en el ámbito suprasensible y, al mismo tiempo, no tiene la necesaria reserva y modestia para admitir que aún puede aprender algo, se ve empujado a plantear esta objeción. Pero al menos estas personas no deberían decir que los procesos aquí expuestos «contradicen la razón» y que «no se pueden demostrar con la razón». La razón no puede hacer nada más que combinar y sistematizar hechos. Los hechos se pueden experimentar, pero no «demostrar con la razón». Tampoco se puede demostrar la existencia de una ballena con la razón. Hay que verla uno mismo o dejar que nos la describan quienes la han visto. Lo mismo ocurre con los hechos suprasensibles. Si aún no se está preparado para verlos por uno mismo, hay que dejar que nos los describan. Puedo asegurar a todo el mundo que los hechos suprasensibles que describo a continuación son tan «reales» como la ballena para aquellos cuyos sentidos superiores están abiertos.

(2)  Para aquellos que están acostumbrados a los términos teosóficos habituales, quiero señalar lo siguiente. (Por ciertas razones, tomo prestados mis términos de un lenguaje oculto que difiere ligeramente de los términos habituales en los escritos teosóficos difundidos, pero que, por supuesto, concuerda completamente con ellos en cuanto al fondo. Por eso quiero comparar aquí una forma de expresión con la otra). Cada una de las entidades mencionadas anteriormente: cuerpo, alma y espíritu, se compone a su vez de tres miembros. De este modo, el ser humano parece estar formado por nueve miembros. El cuerpo se compone de: 1. el cuerpo propiamente dicho, 2. el cuerpo vital, 3. el cuerpo sensitivo. El alma se compone de: 4. el alma sensitiva, 5. el alma intelectual y 6. el alma consciente. El espíritu se compone de: 7. el yo espiritual, 8. el espíritu vital, 9. el hombre espiritual. En el ser humano encarnado se unen (fluyen entre sí) 3 y 4 y 6 y 7. De este modo, los nueve miembros se reducen a siete, y se obtiene la clasificación teosófica habitual del ser humano: 1. el cuerpo propiamente dicho (Sthula sharira), 2. el cuerpo vital (Prana), 3. el cuerpo sensorial impregnado por el alma sensorial (cuerpo astral, Kama rupa), 4. el alma intelectual (Kama manas), 5. el alma consciente impregnada por el yo espiritual (Budhi manas), 6. el espíritu vital (Budhi), 7. el hombre espiritual.

Traducido por J.Luelmo oct,2025

GA090c Berlín, 4 de diciembre de 1903 - La iniciación de la sabiduría, la mente y la voluntad. La tarea de la corriente espiritual teosófica o de la teosofía en general.

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TEOSOFÍA Y OCULTISMO              

RUDOLF STEINER

La iniciación de la sabiduría, la mente y la voluntad. La tarea de la corriente espiritual teosófica o de la teosofía en general.

Berlín, 4 de diciembre de 1903

Lección 15

Hay una hermosa frase de Hegel: «El pensamiento más profundo está vinculado, tanto históricamente como exteriormente a la figura de Cristo». Y lo grandioso de la religión cristiana es que está ahí para cada nivel de formación. La conciencia más ingenua puede comprenderla y, al mismo tiempo, es una invitación a la sabiduría más profunda.

La historia de su evolución ya nos ha enseñado que la religión cristiana es comprensible para cualquier nivel de conciencia. La tarea de la corriente teosófica, o de la ciencia espiritual en general, si es que esta comprende su misión, debe ser demostrar que la religión cristiana invita a adentrarse en las enseñanzas más profundas de la sabiduría de la humanidad. La teosofía no es una religión, sino una herramienta para comprender las religiones. Se relaciona con los documentos religiosos de la misma manera que la enseñanza matemática se relaciona con los documentos que han aparecido como libros de texto matemáticos.

Se puede comprender las matemáticas con las propias facultades mentales, comprender las leyes del espacio sin tener en cuenta ese viejo libro. Pero una vez que se han comprendido, una vez que se han asimilado las enseñanzas geométricas, se apreciará aún más ese viejo libro que fue el primero en presentar estas leyes al espíritu humano. Lo mismo ocurre con la teosofía. Sus fuentes [no se encuentran en los documentos, no se basan en la tradición. Sus fuentes] están en los mundos espirituales reales; allí hay que encontrarlas y comprenderlas, desarrollando las propias facultades del espíritu, del mismo modo que se comprende las matemáticas, tratando de desarrollar las facultades de la intelectualidad.

Nuestro intelecto, que nos sirve para comprender las leyes del mundo sensorial, está sustentado por un órgano, el cerebro. Para comprender las leyes de los mundos espirituales también necesitamos los órganos correspondientes. ¿Cómo se han desarrollado nuestros órganos físicos? Mediante la acción de fuerzas externas sobre ellos: las fuerzas del sol, las fuerzas del sonido. Así surgieron el ojo y el oído, a partir de órganos neutros y sordos que al principio no permitían la penetración del mundo sensorial y que solo se abrieron lentamente. Del mismo modo, nuestros órganos espirituales se abrirán cuando las fuerzas adecuadas actúen sobre ellos.

¿Cuáles son las fuerzas que ahora arremeten nuestros órganos espirituales, aún embotados? Durante el día, el cuerpo astral del ser humano actual se ve invadido por fuerzas que obstaculizan su desarrollo, que incluso destruyen aquellos órganos que antes poseía, cuando aún no había alcanzado la clara conciencia diurna. Antiguamente, el ser humano percibía directamente las impresiones astrales. El entorno le hablaba a través de imágenes, a través de la forma de expresión del mundo astral. Imágenes vivas y estructuradas, colores flotaban libremente en el espacio como expresión de placer y disgusto, simpatía y antipatía. Luego, estos colores se posaban, por así decirlo, sobre la superficie de las cosas, y los objetos adquirían contornos fijos. Esto sucedió cuando el cuerpo físico del ser humano se volvió cada vez más sólido y estructurado.

Cuando sus ojos se abrieron completamente a la luz física, cuando el velo de Maya se extendió sobre el mundo espiritual, el cuerpo astral del ser humano recibió las impresiones del entorno a través del cuerpo físico y etérico, y él mismo las transmitió al yo, desde donde entraron en la conciencia del ser humano. De este modo, estaba constantemente ocupado, constantemente activo. Pero lo que actuaba en él no eran fuerzas plásticas y moldeables, acordes con su propia naturaleza. Eran fuerzas que, para despertar la conciencia del yo, lo consumían, lo mataban.

Solo por la noche, cuando se sumergía en el mundo rítmico-espiritual que le era homogéneo, recuperaba fuerzas y podía volver a alimentar también el cuerpo físico y el etérico. De la lucha entre las impresiones, de la destrucción de los órganos astrales que antes actuaban inconscientemente en el ser humano, había surgido la vida del yo individual, la conciencia del yo. De la vida, la muerte; de la muerte, la vida. El círculo de la serpiente se había cerrado. Ahora, desde esta conciencia del yo que había despertado, debían surgir las fuerzas que reavivaran la vida en los restos muertos de los antiguos órganos astrales, dándoles forma plástica.

La humanidad se mueve hacia este objetivo, guiada por sus maestros, sus líderes, los grandes iniciados, cuyo símbolo es también la serpiente. Es una educación hacia la libertad, por lo que es lenta y difícil. Los grandes iniciados podrían, por así decirlo, facilitarse la tarea a sí mismos y a los seres humanos si trabajaran el cuerpo astral por la noche, cuando está libre, de tal manera que imprimieran en él los órganos astrales, actuando sobre él desde el exterior. Pero eso sería entonces una acción dentro de la conciencia onírica del ser humano, una intervención en su esfera de libertad. El principio supremo del ser humano, la voluntad, nunca llegaría a desarrollarse.

El ser humano es guiado paso a paso. Ha habido una iniciación en la sabiduría, otra en la mente y otra en la voluntad. El cristianismo auténtico es la síntesis de todas las etapas de iniciación. La iniciación de la Antigüedad era el presagio, la preparación. Poco a poco, el ser humano moderno se fue emancipando de su iniciador, su gurú. Al principio, en plena conciencia de trance, pero equipado con los medios para imprimir en el cuerpo físico el recuerdo de lo que había sucedido fuera del cuerpo físico, se llevaba a cabo la iniciación. De ahí la necesidad de separar también el cuerpo etérico, portador de la memoria, junto con el astral. Ambos se sumergían en el mar de la sabiduría, en Mahadeva, en la luz de Osiris. Esta iniciación se llevaba a cabo en el más profundo secreto, en completo aislamiento. No se permitía que ningún soplo del mundo exterior se interpusiera. El ser humano estaba como muerto para la vida exterior, los delicados gérmenes se cultivaban lejos de la deslumbrante luz del día.

Luego, la iniciación salió de la oscuridad de los misterios a la luz más brillante del día. En una gran y poderosa personalidad, portadora del principio unificador supremo, la Palabra que expresa al Padre oculto, que es su manifestación, que al adoptar forma humana se convirtió en el Hijo del Hombre y pudo ser representante de toda la humanidad, [un] vínculo unificador de todos los yoes: En Cristo, el espíritu de la vida, el eterno unificador, se llevó a cabo histórica y simbólicamente la iniciación de toda la humanidad en el nivel del sentimiento, del ánimo. Este acontecimiento fue tan poderoso que pudo tener un efecto duradero en cada individuo que lo revivió, hasta en lo físico, hasta en la aparición de las llagas, hasta en los dolores punzantes. Y se agitaron todas las profundidades del sentimiento. Se produjo una intensidad de sentimiento como nunca antes había inundado el mundo en oleadas tan poderosas.

En la iniciación en la cruz del amor divino, se había producido el sacrificio del yo por todos. La expresión física del yo, la sangre, se había derramado en amor por la humanidad y había surtido tal efecto que miles de personas se apresuraron a participar en esta iniciación, en esta muerte, y dejaron que su sangre se derramara en amor, en entusiasmo por la humanidad. Nunca se ha destacado lo suficiente cuánta sangre se derramó de esta manera, y la gente ya no es consciente de ello, ni siquiera en los círculos teosóficos. Pero las oleadas de entusiasmo que fluyeron y ascendieron en esta sangre derramada han cumplido su función. Se han convertido en poderosos impulsores. Han madurado a la humanidad para la iniciación de la voluntad.

Y este es el legado de Cristo.

GA034 julio-septiembre de 1903 - Iniciación y Misterios

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 INICIACIÓN Y MISTERIOS

Revista Lucifer - Gnosis 1903

RUDOLF STEINER


julio-septiembre de 1903

Los antiguos sabios llaman «jardín de la madurez» al lugar al que accede el ser humano cuando se le revelan los secretos del mundo. No hay flor en ese jardín que no dé fruto, ni huevo en el que no haya madurado la vida que germina en su interior. Pero al mismo tiempo se describen los senderos que conducen a la «puerta estrecha» que cierra este jardín, como oscuros y peligrosos. Al mismo tiempo, se asegura que la oscuridad se vuelve más brillante que el sol, que los peligros son impotentes contra las fuerzas que brotan en el alma de aquel a quien un místico, un «iniciado», le muestra estos senderos con mano solícita. Los eruditos tildan como ideas infantiles de una época en la que no se sabía nada de las ciencias de nuestros días, ellos creen poder distinguir entre las fantasías de la «imaginación a tientas» y las sobrias percepciones de una mente «científicamente formada». Y quien hoy en día hable de tales ideas, puede estar seguro de que se encontrará con una sonrisa, si no altiva, al menos compasiva, por parte de muchos de sus contemporáneos.

Y pese a todo, hay quienes hablan hoy del mundo del alma y del hogar del espíritu, al igual que lo hacían aquellos antiguos sabios,. Se les considera personas que hablan de un mundo que solo les muestra su desbordante imaginación. Se lamenta incluso que, en medio de un mundo que ha logrado tanto gracias a la lógica sobria, ellos se tambaleen como borrachos, perdiendo la seguridad en todo momento porque no se aferran a lo que «realmente» existe.

¿Qué responden estos «borrachos» ante tal réplica? Cuando se sienten en la posición de tener derecho a hablar sobre sí mismos, se les oye decir lo siguiente: «Os entendemos perfectamente, vosotros que debéis ser nuestros adversarios. Sabemos que muchos de vosotros sois personas honestas que os ponéis sin reservas al servicio de lo verdadero y lo bueno. Pero también sabemos que no podéis entendernos mientras penséis como pensáis. Solo podremos hablar con vosotros de las cosas de las que tenemos que hablar cuando os hayáis esforzado por aprender nuestro idioma. Tras esta afirmación nuestra, muchos de vosotros habréis terminado con nosotros, pues creeréis reconocer que a nuestro fantástico entusiasmo se suma ahora nuestra incurable arrogancia. Pero también comprendemos vuestra postura y sabemos que no debemos ser arrogantes, sino modestos. Para animaros a que aceptéis nuestras ideas, solo tenemos una cosa que decir. Podéis creer que no concedemos a nadie el derecho legítimo de opinar sobre nuestros conocimientos si no es capaz de comprender lo que os lleva a afirmar lo que afirmáis y si no conoce a fondo la fuerza, el poder de convicción y el alcance de vuestra ciencia. Quien no tenga la certeza de poder pensar con la misma sobriedad y «cientificidad» que el astrónomo, el botánico o el zoólogo más sobrio, solo debería ser un aprendiz, y no un maestro, en cuestiones de la vida espiritual y en conocimientos místicos. Pero no nos malinterpreten: solo hablamos de maestros, no de alumnos. Cualquier persona puede convertirse en discípulo de la mística, porque en el alma de cada ser humano se encuentran las facultades intuitivas que se abren a la verdad. El místico debe hablar de forma comprensible a los más ignorantes. Y a aquellos a quienes, según su grado de comprensión, no puede decirles ni una centésima parte de la verdad, que les diga una milésima. Hoy reconocen la milésima y mañana reconocerán la centésima. Todos deben ser alumnos. Pero nadie debería querer ser maestro si no es capaz de aplicar la mente más sobria y la disciplina científica más estricta. Solo son verdaderos maestros de misticismo aquellos que antes han sido científicos rigurosos y que, por lo tanto, saben cómo se vive en la ciencia. El verdadero místico también considera a todos como fantasiosos, como borrachos, que no pueden quitarse en cada momento de misticismo el traje festivo y vestirse con el traje cotidiano del físico, del químico, del botánico y del zoólogo. Así habla el verdadero místico a sus oponentes; con toda modestia les asegura que entiende su lenguaje y que no se concedería el derecho de ser místico si no conociera su lenguaje. Pero entonces también puede añadir que sabe, tan seguro como se saben los hechos de la vida exterior, que si sus adversarios aprenden su lenguaje, dejarán de ser sus adversarios. Lo sabe, como todo hombre que ha estudiado química sabe que, en determinadas condiciones, el oxígeno y el hidrógeno se convierten en agua.

El hecho de que Platón no quisiera introducir en los niveles superiores de la sabiduría a nadie que no conociera la geometría no significa que solo aceptara como alumnos a geómetras eruditos, sino que estos debían haberse acostumbrado a una investigación seria, rigurosa y precisa antes de que se les revelaran los secretos de la vida espiritual. Tal exigencia se ve en su justa medida si se tiene en cuenta que en estos ámbitos superiores cesa el control que corrige al investigador común a cada paso. Si el investigador botánico se hace ideas erróneas, sus sentidos pronto le revelarán su error. Se comporta con el místico como el que camina por un terreno llano con el alpinista. El primero puede caerse al suelo, pero solo en casos excepcionales se matará; el segundo siempre corre ese peligro. Y, sin duda, nadie que no haya aprendido a caminar puede escalar montañas. Dado que los hechos espirituales no corrigen las ideas de la misma manera que los hechos externos, para el investigador místico, es un requisito obvio el pensamiento más riguroso y fiable.

Si nos entregamos a tales pensamientos, comprendemos lo que querían decir aquellos antiguos sabios cuando hablaban de los peligros que acechan al hombre que quiere penetrar en los misterios del mundo. Quien se acerca a ellos con una mente sin entrenar, su alma se ve sumida en la confusión. Se vuelven peligrosos como una bomba de dinamita en manos de un niño. Por eso, todo investigador místico debe cumplir la estricta exigencia de poner a prueba la corrección de su pensar, incluso de toda su vida anímica, en tareas difíciles y espinosas, antes de acercarse a las tareas superiores propiamente dichas. Esto es un indicio de lo que el místico tiene en mente cuando habla de los primeros grados de la «iniciación» en las verdades superiores.

Innumerables personas que creen estar a la altura de la educación de nuestro tiempo consideran que el pensar sano y el misticismo son opuestos irreconciliables. Creen que una educación científica clara debe erradicar todas las inclinaciones místicas del ser humano. Y les resulta especialmente incomprensible que alguien que conozca los resultados más importantes de la ciencia moderna tenga tales inclinaciones. Si los que piensan así tuvieran razón, habría que admitir que, en la actualidad, el misticismo tiene pocas posibilidades de llegar al alma de nuestros contemporáneos. Porque nadie que comprenda las necesidades espirituales del presente puede dudar de que las victorias que ha obtenido y seguirá obteniendo la ciencia natural están plenamente justificadas. Hay que admitir sin reservas que hoy en día nadie puede pecar impunemente contra el espíritu del auténtico pensamiento científico. Y, sin embargo, quien tiene ojos para ver debe admitir también que cada vez son más los que se sienten insatisfechos con lo que los pensadores científicos tienen que decir sobre las preguntas irrefutables del alma humana. Casi tímidamente, estos insatisfechos se sumergen en las obras de los místicos. Allí encuentran lo que sus almas anhelan. Allí encuentran lo que sus corazones necesitan: verdadero aire espiritual para vivir. Sienten el crecimiento de su alma; encuentran lo que el ser humano debe buscar sin cesar: el aliento de lo divino. Pero se les repite una y otra vez que deben aprender a pensar con claridad y serenidad a través de las ciencias naturales, y no dejarse engañar por fantasiosos y entusiastas. Si acatan tal exhortación, lo único que experimentan es que su alma se marchita.

Sin embargo, sigue siendo una verdad profundamente arraigada en el corazón de cada ser humano que la naturaleza es una gran maestra. ¿Quién no podría comprender a Goethe cuando dice que, ante los extravíos y las desarmonías de los seres humanos, siempre le gusta retirarse a las necesidades eternas de la naturaleza? ¿Y quién podría leer sin aprobar sin reservas las palabras con las que el gran poeta describe los sentimientos que le invadían al contemplar en soledad las leyes férreas por las que la naturaleza forma las montañas? «Sentado en una alta cima desnuda y contemplando una amplia región, puedo decirme: aquí descansas directamente sobre un fundamento que llega hasta los lugares más profundos de la tierra...En este momento, en el que las fuerzas internas que atraen y mueven la Tierra actúan directamente sobre mí, en el que las influencias del cielo me rodean, me siento elevado hacia una contemplación más elevada de la naturaleza... Tan solitario, me digo a mí mismo, mientras contemplo esta cima completamente desnuda... Tan solitario se siente el hombre que solo quiere abrir su alma a los sentimientos más antiguos, más primarios y más profundos de la verdad. Allí puede decirse a sí mismo: aquí, en el altar más antiguo y eterno, construido directamente sobre las profundidades de la creación, ofrezco un sacrificio al ser de todos los seres».

Es lógico que esa actitud de reverencia ante la gran maestra que es la naturaleza se traslade también a la ciencia que habla de ella.

No debe haber contradicción entre los sentimientos que inundan el alma cuando se acerca a las «verdades más antiguas, primeras y profundas» sobre la vida espiritual, y los que la invaden cuando la mirada se posa en la eterna actividad constructora de la naturaleza.

¿Acaso el místico no comprende esa armonía de la naturaleza con los sentimientos más sagrados del alma humana?

Pero sobre el altar en el que el verdadero místico ofrece sus sacrificios, en todos los tiempos que alcanza la investigación del hombre, se ha escrito con letras de fuego como ley suprema: «La naturaleza es la gran guía hacia lo divino; y la búsqueda consciente del hombre de las fuentes de la verdad debe seguir las huellas de su voluntad dormida».

Si los místicos siguen esta ley suprema, no debería haber contradicción alguna entre sus caminos y los de quienes investigan la naturaleza. Menos aún debería manifestarse tal contradicción en una época que le debe tanto a las ciencias naturales.

Para ver con claridad en esta dirección, hay que preguntarse: ¿En qué puede consistir la coincidencia  entre la ciencia natural y la mística? ¿Y en qué consistiría una contradicción? La coincidencia solo puede buscarse en que las ideas que se tienen sobre la esencia del ser humano no son ajenas a las que se tienen de los demás seres de la naturaleza. Que se vea este tipo de regularidad en el funcionamiento de la naturaleza y en la vida del ser humano. La contradicción existiría si se quisiera ver en el ser humano un ser de naturaleza completamente diferente a la de las demás criaturas de la naturaleza. Para aquellos que quieren una contradicción de este tipo, fue conmovedor cuando, hace más de cuatro décadas, (1860 aprox), el gran investigador Huxley, desde el espíritu de la ciencia natural más reciente, resumió en palabras la estrecha relación del ser humano con los animales superiores debido a la similitud de su constitución anatómica: «Podemos tomar cualquier sistema de órganos que queramos, la comparación de los mismos en la serie de los simios nos lleva al mismo resultado: que las diferencias anatómicas que separan al ser humano del gorila y del chimpancé no son tan grandes como las que separan al gorila de los simios inferiores». Una frase así solo puede resultar impactante si se relaciona erróneamente con la esencia del ser humano. Ciertamente, se puede asociar con la idea de lo cerca que está el ser humano del animal. Para el místico, esta estrecha relación no tiene nada de preocupante. Porque para él surge inmediatamente la otra idea: ¿Cómo pueden los órganos que existen en los animales servir a fines superiores cuando se transforman en humanos? Él sabe que la voluntad dormida de la naturaleza convierte la percepción animal en humana, desarrollando los órganos animales de otra forma. Él sigue las huellas seguras de la naturaleza y continúa sus obras. Para él, la obra de la naturaleza no termina con lo que le ha dado. Se convierte en un fiel discípulo de la naturaleza al realzar su obra. Ella lo ha llevado al pensar y sentir humanos. No considera el pensar y el sentir como algo rígido e inmóvil, sino que los convierte en actividades superiores. Por medio de su voluntad ocurre lo que en la naturaleza exterior ocurre sin ella. Sus ojos demuestran que los ojos son capaces de otras cosas además de lo que hacen los de los monos. Los ojos pueden, por tanto, transformarse. Las facultades del alma del místico desarrollado se relacionan con las del hombre no desarrollado como los ojos humanos se relacionan con los ojos de los monos. Es comprensible que quien no es místico comprenda tan poco la naturaleza del alma del místico como un animal puede comprender el pensamiento del ser humano. Y así como a una criatura que no piensa se le abriría un nuevo mundo si pudiera desarrollar en sí misma la capacidad de pensar, el místico, tras desarrollar sus capacidades superiores, contempla otro mundo. Está «iniciado» en este mundo. Quien no se convierte en místico, reniega de la naturaleza. No continúa lo que su voluntad latente ha logrado sin él. De este modo, se opone a la naturaleza. Porque esta transforma continuamente sus formas. Crea eternamente lo nuevo a partir de lo antiguo. Quien cree en esta transformación, en este desarrollo, en el sentido de la ciencia natural más reciente, y sin embargo no quiere transformarse a sí mismo, reconoce la naturaleza, pero se pone en contradicción con ella en su propia vida. No basta con reconocer el desarrollo, hay que vivirlo. Por lo tanto, no limitemos nuestras capacidades vitales señalando exclusivamente nuestra afinidad con los demás seres. Quien se convierte en un fiel discípulo de la naturaleza en la educación mística, abre su mente al desarrollo superior del ser humano.

Muchos ante estas insinuaciones sobre misticismo e «iniciación» dirán: «¿De qué nos sirve hablar de capacidades que nos son desconocidas? Dadnos esas capacidades y os creeremos». Nadie puede dar a otro algo que este rechaza. Y lo que suelen experimentar nuestros místicos es un rechazo brusco. Por el momento, no pueden hacer mucho más que contar sus conocimientos místicos a quienes quieren escucharlos. Sin embargo, a primera vista, esto parece como si se le contara a alguien de América lo que exige que le permitamos visitarlo allí. Pero solo lo parece. Las cosas espirituales son diferentes de las físicas. Mucho antes de que el ser humano sea capaz de ver la verdad con claridad, puede intuirla y asimilarla en sus sentimientos. Y este sentimiento es en sí mismo una fuerza que puede impulsarlo a seguir adelante. Es un paso necesario. Quien sigue con devoción la representación del místico, ya está avanzando por el camino hacia las verdades superiores. Solo el iniciado comprende plenamente al iniciado. Pero el amor por la verdad también hace que los no iniciados sean receptivos a las palabras del místico. Y a través de esa receptividad, trabajan para desarrollar sus aptitudes místicas. Lo primero es tener una sensación de la posibilidad de un conocimiento superior. Entonces ya no se pasa por alto a las personas que hablan de ello.

Ya se ha dicho en este ensayo que también hay personalidades hoy en día que se esfuerzan por la renovación de la vida mística. En un ensayo posterior, se discutirán dos fenómenos en esta área. El libro de Annie Besant "Cristianismo esotérico, o los misterios menores" (que acaba de ser publicado en traducción alemana por Mathilde Scholl. Leipzig 1903, Griebens Verlag.) Y de la obra del ingenioso pensador y poeta francés Edouard Schuré: "Los grandes iniciados" ("Les Grands Inities"). Ambos libros arrojan luz sobre la naturaleza del llamado bautizo o iniciación. Annie Besant muestra cómo el cristianismo debe entenderse como el trabajo de tal iniciación. Edouard Schuré pinta cuadros de los más grandes líderes de la humanidad sobre la base de su convicción de que los grandes credos y visiones del mundo que han dado a la humanidad contienen verdades eternas que solo se pueden encontrar en ellos y deben extraerse de ellos. Ambos escritos solo se justifican sobre la base del misticismo. Han surgido de la corriente espiritual de nuestro tiempo que está destinada a elevar a la humanidad de una cultura puramente externa a las alturas de la visión espiritual. Llegará un tiempo en que el "pensamiento científico" ya no podrá oponerse a esta corriente. Entonces la ciencia reconocerá que ella misma debe ser mística. Porque se dará cuenta de que uno no entiende el espíritu negándolo, y que uno no se rebela contra las leyes de la naturaleza buscando las espirituales. Los místicos ya no serán llamados oscurantistas, porque se sabrá que solo para sus oponentes es oscuro el campo del que hablan.

Y la gente ya no se burlará de la "iniciación" más de lo que se burlan de la demanda de que cualquiera que quiera investigar la vida de los organismos más pequeños primero debe aprender a usar un microscopio. La investigación requiere el cumplimiento de ciertas condiciones previas. Para el aspirante a místico, estas condiciones no son las de la técnica externa, sino más bien el cultivo de una cierta dirección de la vida del alma. A través de este cultivo, se abre el sentido para verdades que no hablan de lo transitorio, sino de aquello de lo que, -en palabras de Goethe-, lo transitorio es "sólo un símil". — En el vientre de la existencia humana, descansan las habilidades superiores, del mismo modo que el fruto descansa en el vientre de la flor. — Y por lo tanto ningún ser debe tener la presunción de decir que hay algo exhaustivo, terminado en su mundo. Si una persona tiene tal presunción, es como el gusano que considera que el mundo de sus sentidos es la circunferencia de la existencia.

Un "jardín de la madurez" es el nombre que se le da al lugar donde se revelan los secretos del mundo. Para acercarse a este lugar, una persona debe tener la voluntad de madurar. "Debes despojarte de las cáscaras de huevo de tu existencia cotidiana y despertar la vida interior escondida dentro de ti si quieres entrar en el 'Jardín de la Madurez' a través de la 'puerta estrecha'".

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Como muchas grandes personalidades, Goethe no expresó muchas de las ideas más profundas de su mente en un discurso amplio y circunstancial, sino en breves, a menudo enigmáticos. Tal insinuación está contenida en su dicho: "En las obras del hombre, como en las de la naturaleza, las intenciones son en realidad especialmente dignas de atención". Esta frase se reconoce en toda su profundidad cuando se aplica a los fenómenos más significativos de la vida espiritual humana. Porque así como solo obtenemos significado y comprensión de las acciones de una persona individual cuando reconocemos sus intenciones, así es con la historia de toda la raza humana. ¡Pero qué abismo hay entre la observación de acciones que son abiertamente evidentes y el reconocimiento de intenciones que yacen ocultas en el alma! Un hombre puede ser un enano en perspicacia y comprensión en comparación con otro: sus acciones serán observables. Uno debe tener algún conocimiento de su mentalidad y nivel espiritual si quiere ver a través de sus intenciones. Si no lo haces, la fuente de sus acciones sigue siendo un misterio, un enigma, cuya clave falta. No es diferente con los grandes hechos de la historia intelectual humana. Estos hechos en sí mismos están abiertos a los ojos del historiador: las intenciones se encuentran en profundidades misteriosas. Aquellos que quieran tener la clave de la comprensión deben penetrar en estas profundidades. Ahora, sin embargo, la intención de una acción será tanto más profunda, cuanto más significativa, más completa sea la acción. La intención de una acción de la vida cotidiana no es difícil de entender. Por supuesto, no puede ser lo mismo con acciones cuyo horizonte abarca siglos.

Aquellos que consideran tales cosas tendrán una idea de lo que son los misterios. Porque en estos misterios no descansa nada más que las intenciones de los grandes hechos del desarrollo de la humanidad, que abarcan el mundo. Y aquellos que reconocen estas intenciones y, por lo tanto, a sí mismos, pueden dar a sus acciones el peso para trabajar en siglos: estos son los iniciados.

Aquellos que ven la historia mundial como una mera colección de coincidencias pueden negar la existencia de misterios e iniciados. No se les puede ayudar hasta que se acerquen a los hechos de la historia con una mirada amorosa. Luego, poco a poco, el significado y el contexto se darán cuenta de ellos; y verán estos hechos históricos como no menos intencionales de lo que verían a una persona que actúa como un autómata. En su investigación, llega al punto en que los iniciados guían el progreso de la humanidad de acuerdo con las percepciones que están envueltas en la oscuridad de los misterios.

Los documentos religiosos de todos los tiempos hablan de tales misterios. Y a ellos son conducidos aquellos que no se detienen en la vida externa de los fundadores de la religión y en los hechos históricos de la difusión de sus enseñanzas, sino que tratan de elevarse a las intenciones de estos fundadores. No debería sorprender que estas intenciones estén envueltas en una misteriosa oscuridad, que hayan sido comunicadas solo a los elegidos, dentro de las escuelas de sabiduría, que son precisamente los misterios. Porque tiene sentido comunicar a una persona solo lo que puede entender; o, en otras palabras, comunicárselo solo cuando haya adquirido las condiciones para comprenderlo. Para lograr acciones significativas, uno debe poseer una gran sabiduría; y para adquirir una gran sabiduría, uno debe pasar por un largo y difícil período de preparación. Este es el caso de los misterios.

A través de las diversas religiones y filosofías, el desarrollo espiritual de la humanidad está progresando. Aquellos que trabajan hacia este desarrollo ponen en movimiento las fuerzas espirituales de la humanidad. Deben conocer las leyes de las que depende este movimiento, así como uno debe conocer las leyes de la química para mezclar sustancias de una manera intencionada. Los misterios enseñan las altas leyes de la vida espiritual, la química del alma. Uno debe tratar de obtener una visión de la naturaleza de estas leyes si quiere reconocer, aunque sólo sea por intuición, los motivos que subyacen a las acciones de los grandes maestros de la humanidad.

En armonía con todos aquellos que han tratado de abrir sus ojos espirituales a tales ideas, Annie Besant, el alma del movimiento teosófico, habla de un "lado oculto de las religiones" en su libro "Cristianismo esotérico, o los misterios menores". Ella nos guía con gran perspicacia en la discusión de los secretos místicos del cristianismo, su llamado contenido esotérico, preguntando: "¿Cuál es el propósito de las religiones?" Y dice al respecto: "Son dados al mundo por personas que son más sabias que las masas de personas a quienes se les dan, y tienen el propósito de acelerar el desarrollo humano. Para hacer esto de manera efectiva, deben llegar a las personas e influir en ellas. Ahora bien, no todas las personas están en el mismo nivel de desarrollo, pero se podría representar el desarrollo como un plano inclinado, con personas de pie en todos los puntos. Los más desarrollados están muy por encima de los menos desarrollados tanto en inteligencia como en carácter; la capacidad de comprender y actuar los cambios en todos los niveles. Por lo tanto, es inútil dar a todos la misma enseñanza; Lo que ayuda a la persona intelectual sería completamente incomprensible para los menos inteligentes, mientras que lo que transporta al santo al éxtasis dejaría al criminal completamente intacto. ... La religión debe ser calificada tal como lo es el desarrollo, de lo contrario no logrará su propósito". La forma en que el maestro de religión habla a las personas en diferentes etapas de desarrollo depende de las necesidades espirituales y emocionales de aquellos a quienes está hablando. Para poder hacer esto, él mismo debe llevar el núcleo de sabiduría a través del cual debe trabajar en su alma; y la forma en que lleva este núcleo debe ser tal que le permita hablar a cada hombre en su propia forma de entender. Por lo tanto, cualquiera que mire los discursos de los maestros religiosos desde el exterior reconoce solo el lado externo de su sabiduría. ç

Edouard Schuré señala con fuerza este hecho en su libro sobre los "Grandes Iniciados". En él, presenta a los grandes maestros de la sabiduría: Rama, Krishna, Hermes, Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón y Jesús a la manera de un investigador intuitivo, un pensador noble y una personalidad inspirada por un profundo sentimiento religioso. Describe su punto de vista en la introducción: "Todas las grandes religiones tienen una historia externa e interna; uno es obvio, el otro oculto. A través de la historia exterior, los dogmas y mitos se me revelan, tal como se proclaman públicamente en los templos y escuelas, como se presentan en los cultos y en la superstición popular. La historia interior me revela la ciencia profunda, la sabiduría de los misterios y las leyes ocultas de las acciones de los grandes iniciados, profetas y reformadores que crearon, apoyaron y difundieron estas religiones. La primera, la historia exterior, se puede aprender en todas partes; no es un poco oscuro, contradictorio y confuso. La segunda, que me gustaría llamar la historia esotérica o la sabiduría de los misterios, es muy difícil de desarrollar a partir de la primera. Porque descansa en las profundidades de los templos, en las sociedades secretas, y sus dramas más desgarradores se desarrollan exclusivamente en las almas de los grandes profetas, que no han confiado ni documentos ni discípulos sus experiencias más sublimes y sus ideas que los elevan a lo divino. Uno debe resolver sus enigmas. Pero lo que uno encuentra entonces parece estar lleno de luz, orgánico, en armonía consigo mismo. También se podría llamar  religión a lo  eterno y universal. Se presenta como el lado interno de las cosas, como el lado interno de la conciencia humana en contraste con el lado externo meramente histórico. Aquí es donde encontramos el germen creador de la religión y la filosofía, que se encuentran en el otro extremo de la elipse en la ciencia indivisa. Es el punto que corresponde a las verdades suprasensibles. Aquí es donde encontramos la causa, el origen y la meta de la maravillosa obra de los siglos, la guía del mundo en sus mensajeros terrenales».

Estos "mensajeros terrenales" trabajan en la farmacia espiritual, en el laboratorio espiritual de la humanidad. Lo que les permite hacer tal trabajo son las leyes imperecederas de la química espiritual, y lo que logran como procesos químico-espirituales: estos son los grandes hechos intelectuales y morales de la historia mundial. Pero lo que fluye de sus bocas son solo parábolas, solo imágenes de la sabiduría superior que habitan en lo más profundo de sus almas, adaptadas a la comprensión de quienes les prestan oído. Esta sabiduría solo puede ser revelada a aquellos que cumplen con las condiciones que garantizan la comprensión y el uso adecuado de la sabiduría superior. Estos, sin embargo, sienten entonces en la iniciación en los misterios el contacto directo con las fuentes espirituales, con los poderes de la existencia del padre y la madre. Escuche lo que dijo alguien que estaba imbuido de tales sentimientos. Clemente de Alejandría, el escritor cristiano de los siglos II y III d.C., que era místico, es decir, un estudiante de los misterios, antes de su bautismo, elogia estos misterios con las palabras: "¡Oh misterios verdaderamente santos! ¡Oh luz pura! Una antorcha se lleva delante de mí cuando miro al cielo y a Dios; Me vuelvo santo cuando recibo la consagración. Los misterios, sin embargo, me son revelados por el espíritu primordial y sellados por la iluminación del iniciado; iniciado en la fe, me presenta al Todo-Uno, para que pueda ser preservado en el seno de la eternidad. ¡Estas son las ceremonias de iniciación de mis misterios! Si lo deseas, tú también puedes ser iniciado, y te unirás a las fuerzas espirituales de la existencia en una danza alrededor del espíritu increado, inmortal y del mundo único, y el lenguaje que está inspirado por el cosmos cantará las alabanzas de este Todo-Uno."

Uno entiende la descripción de los misterios de Annie Besant, cuando considera que los iniciados tenían que hablar de ellos de la manera en que Klemens lo hace con las palabras anteriores. "Los Misterios de Egipto" – como explica A. Besant en la página 15 de 'Cristianismo Esotérico' – "fueron la gloria de ese antiguo país, y los hijos más nobles de Grecia, como Platón, fueron a Sais y Tebas para ser iniciados en los misterios por los maestros egipcios de sabiduría. Los misterios mitraicos de los persas, los misterios órficos y báquicos, y los semimisterios eleusinos posteriores de los griegos, los misterios de Samotracia, Escitia y Caldea, son, al menos por su nombre, generalmente conocidos. Incluso en la forma extremadamente debilitada de los misterios eleusinos, su valor es muy elogiado por los hombres más distinguidos de Grecia, como Píndaro, Sófocles, Isócrates, Plutarco y Platón.» — El objetivo de la sabiduría de los misterios no es ampliar el conocimiento, sino explicar cosas desconocidas: se trata de elevar a todo el ser humano, para que esté imbuido del estado de ánimo sagrado que es capaz de captar las fuentes y semillas del cosmos. El místico no solo reconoce cosas más elevadas; su propio ser se funde con estas cosas superiores. Debe estar preparado para que pueda recibir adecuadamente las fuentes de toda la vida que fluyen hacia él. Especialmente en nuestro tiempo, cuando solo lo groseramente científico es reconocido como conocimiento, es difícil creer que el estado de ánimo sea importante en las cosas más elevadas. La realización se convierte así en un asunto íntimo del alma humana. Para el místico es así. Cuéntale a alguien la solución a todos los enigmas del mundo. El místico encontrará que sonarán como palabras vacías en sus oídos si su alma no ha sido elevada a un nivel superior por condiciones anteriores; que dejará intactos sus sentimientos si no están sintonizados para percibir la recepción de la sabiduría como una consagración. Solo aquellos que ven a través de esto conocen la atmósfera espiritual desde la cual se pronuncian las palabras de un místico, como las de Plotino: "A menudo, cuando despierto del sueño de la corporalidad, vuelvo en mí, me alejo del mundo exterior y entro en mí mismo, veo una belleza maravillosa; entonces estoy seguro de que me he dado cuenta de mi mejor parte. Estoy activo en la verdadera vida, unido a lo divino, y en ella obtengo la fuerza para colocarme más allá del mundo. Cuando desciendo de la contemplación de lo más elevado a la formación ordinaria de pensamientos después de este descanso en el mundo espiritual, me pregunto cómo sucedió que mi alma se enredó en lo cotidiano, ya que su hogar es donde acabo de estar". el conocimiento sagrado no puede ser un tema de la vida cotidiana, ni de la instrucción ordinaria y los registros de la historia externa; por qué está encerrado en las almas de los mensajeros divinos y solo debe ser, -como dice Schuré-, objeto de iniciación en hermandades íntimas. Pero incluso si esta comprensión inmediata de la verdad sigue siendo un asunto de la enseñanza más íntima, las bendiciones de la sabiduría se otorgan a todas las personas. Así como los frutos de la operación del ferrocarril eléctrico benefician a toda la población, pero las leyes que gobiernan la operación de este sistema son conocidas solo por los electricistas, así es con el efecto, los frutos y la sabiduría de los misterios. Y así como las bendiciones del conocimiento técnico se expresan en las instituciones culturales externas, también las de sabiduría mística son evidentes en la vida espiritual de la humanidad: en sus mitos, creencias e ideas religiosas, en su mundo de leyendas y cuentos de hadas, pero también en sus conceptos morales y legales, y finalmente en sus creaciones artísticas, sus ciencias y sus filosofías. El místico señala las raíces de estos aspectos de la vida en el conocimiento más profundo de la humanidad, y tiene claro que solo allí pueden encontrar su verdadera explicación. 

Clemente de Alejandría dice que "una persona puede tener fe sin poseer conocimiento", pero al mismo tiempo enfatiza que "es imposible que una persona sin conocimiento entienda las cosas que se explican en la fe" (compárese con Annie Besant: "Cristianismo esotérico", página 59). Todo místico conoce esta verdadera relación entre fe y conocimiento y sabe que una contradicción entre los dos es imposible. Pero también solo puede aceptar el misticismo sobre la base de la verdadera ciencia. Clemente también habla de esto: "Algunos que se creen dotados por la naturaleza no quieren entrar en contacto ni con la filosofía ni con la lógica; de hecho, ni siquiera quieren estudiar ciencias naturales. Solo exigen fe ... Por lo tanto, llamo verdaderamente eruditos a aquellos que relacionan todo con la verdad, para que puedan recoger todo lo útil de la geometría, la música, la gramática y la filosofía... ¡Cuán necesario es que aquellos que desean compartir el poder del espíritu del mundo traten los asuntos intelectuales de una manera filosófica ... El místico hace uso de las ramas del conocimiento como estudios auxiliares preparatorios". (Annie Besant: "Cristianismo esotérico", página 59s.)— Cualquiera que haya echado un vistazo a esta profunda armonía entre fe y conocimiento debe señalar repetidamente un rasgo característico de nuestra cultura moderna que ha creado una brecha entre los dos. 

Schuré señala esta brecha en las primeras oraciones de su libro. "El mayor mal de nuestro tiempo es que la ciencia y la religión parecen ser dos fuerzas hostiles e incompatibles. Es tanto más peligroso cuanto que viene de las alturas de la educación y se filtra lenta pero seguramente en todas las mentes, como un veneno que se inhala con el aire. Y todo mal intelectual se convierte, con el paso del tiempo, en un mal del alma y, además, en un mal social. Mientras el cristianismo fue capaz de desarrollar ingenuamente la fe cristiana en medio de una Europa medieval todavía semibárbara, fue el mayor poder moral: dio forma al alma moderna. Mientras la ciencia experimental, restaurada públicamente en el siglo XVI, reclamó para sí los derechos de la razón y la libertad ilimitada, fue el mayor poder intelectual; renovó la faz del mundo, liberó al hombre de grilletes centenarios y le dio a su espíritu un fundamento indestructible. — Pero como la Iglesia se volvió incapaz de defender sus dogmas originales contra las pretensiones de la ciencia, se encerró como en una casa sin ventanas, oponiendo la razón con su fe como ley absoluta e indiscutible; y desde que la ciencia se embriagó con sus éxitos en el mundo físico, los mundos psíquico e intelectual se volvieron cada vez más extraños a ella; se ha cerrado a los reinos superiores a través de sus métodos y se ha vuelto materialista en sus principios. Desde entonces, sin embargo, la filosofía también se ha estado moviendo sin rumbo de un lado a otro entre los dos: ha renunciado a sus propios derechos para caer en la duda sobre las cosas sobrenaturales, y las divisiones han operado tanto en el alma de la sociedad humana como en la del individuo". (Schuré, "Les Grands Initiés", página VIIf.)

Annie Besant señala esta peculiaridad de la nueva cultura espiritual con no menos fuerza. "Está claro para cualquiera que haya estudiado los últimos cuarenta años del siglo pasado que un gran número de personas pensantes y morales le han dado la espalda a la Iglesia porque las enseñanzas que recibieron ofendieron su inteligencia y ultrajaron sus sentimientos. Es en vano que se afirme que el agnosticismo generalizado de esta época se debe a la falta de moralidad, o a la falta consciente de lógica de la razón. Cualquiera que examine cuidadosamente los fenómenos mencionados admitirá que las personas de intelecto agudo han sido expulsadas del cristianismo". ("Cristianismo esotérico", página 27.) Annie Besant responde a la pregunta de qué se debe hacer en esta dirección desde el punto de vista de que la raíz del cristianismo también se encuentra en una sabiduría oculta, y que la fe debe luchar para volver a esta raíz para sobrevivir. Si el cristianismo ha de "seguir viviendo, debe recuperar el conocimiento que ha perdido...; debe aparecer de nuevo como un maestro autorizado de verdades espirituales, con esa autoridad que es la única que vale algo, la autoridad del conocimiento... Entonces el cristianismo oculto descenderá de nuevo al Adytum, detrás del velo que protege el "Lugar Santísimo", en el que sólo puede entrar el iniciado". ("Cristianismo Esotérico", página 29.)

Cómo los "grandes iniciados" y, en particular, el cristianismo conducen a través de la "puerta estrecha" al "jardín de la madurez" es descrito por Annie Besant y Édouard Schuré en los libros mencionados anteriormente.

A través del sentido de la vista, los humanos perciben la naturaleza en cien tonos de luz y color. Son los rayos de luz solar los que son reflejados por los objetos, provocando sus efectos de luces y sombras. Aunque la percepción de la luz solar de esta manera es un hábito diario del ojo, el ojo no puede mirar impunemente a la fuente de luz, al sol mismo; está cegado por los rayos directos del sol. Lo que corresponde en sus efectos a la función cotidiana del ojo se convierte en causa de dolor cuando él mismo afecta el sentido de la vista como causa. Quien sabe aplicar esta imagen de manera correcta a la vida espiritual de los seres humanos comprende por qué los que "saben" hablan de los peligros de la iniciación en los misterios. Estos peligros son muy reales; pero las palabras de quienes hablan de ellas no deben entenderse literalmente en el sentido en que hablamos de los peligros en la vida ordinaria. El intelecto y la razón humanos están tan poco acostumbrados a ver las fuentes de la verdad en todo el mundo como el ojo a mirar directamente al sol. Así como el ojo percibe los efectos de la luz como correspondientes a sí mismo, así el intelecto y la razón perciben los efectos de la sabiduría eterna en los fenómenos de la naturaleza y en el curso de la historia humana. Y así como el ojo se vuelve impotente frente a la fuente de luz, también lo hace el entendimiento humano frente a las fuentes originales de sabiduría. Esta comprensión falla al principio. Solo hay que comparar lo que les sucede a los seres humanos con el hecho de que el ojo está cegado por el sol. Debido a que el hombre está acostumbrado a ver en la naturaleza y la vida espiritual solo el reflejo de la verdad, no la verdad misma, es impotente cuando se enfrenta a él. Acostumbrado a captar solo la cruda realidad que lo rodea todos los días, percibe las revelaciones de la sabiduría superior como una ilusión, como el producto de una fantasía irreal. No pueden decirle nada. Son construcciones etéreas para él, que se difuminan cuando intenta captarlas. Porque quiere captarlas de la misma manera que está acostumbrado a captar las cosas de la realidad ordinaria. Esta realidad lo atrae hacia sí con mil vínculos. Sabe lo que puede prometerle; ha aprendido a apreciarlo mil veces. Aquellos que ven aquí bajo la luz correcta entienden lo que significan las leyendas religiosas cuando hablan del tentador que promete todas las glorias de este mundo a aquellos que quieren entrar en el camino de la iluminación superior. Si no se despierta en ellos el poder para resistir a este tentador, inevitablemente caerán presa de él. 

Y esto insinúa algo de lo que significan los peligros del "umbral" que debe cruzarse si se quiere entrar en el "camino" de la sabiduría. Nadie puede entrar en este camino si quiere usar su ojo espiritual, su mente y su razón solo como se usan en la vida cotidiana. Como un ser transformado, como alguien cuyo ojo espiritual se ha fortalecido, el hombre debe cruzar el umbral. Y en nuestra época actual es difícil fortalecer el ojo de esta manera. Porque nuestra ciencia ha entrenado este ojo para ver solo lo que es tangible. Para hacer sus conquistas en el reino de las fuerzas externas de la naturaleza, esta ciencia tuvo que embotar el ojo a los poderes espirituales de la existencia. Esto no debe malinterpretarse como un reproche. Cualquiera que quiera entender el mecanismo de un reloj ciertamente no necesita explorar los pensamientos del inventor del reloj: puede apegarse a lo que ha aprendido en physics. Pueden entender el reloj solo por su mecanismo. Pero nadie puede entender cómo las fuerzas y las cosas que interactúan en el reloj se unen originalmente a menos que busquen el espíritu que las unió e investiguen las razones por las que se unen. El científico natural solo puede comprender la naturaleza correctamente si primero busca las fuerzas de su acción dentro de la naturaleza misma. Si afirma que se han ensamblado a sí mismos, es como alguien que piensa que el reloj se hizo solo. La superstición no es buscar el espíritu detrás de las cosas, sino transferirlo ciegamente a las cosas mismas. La persona supersticiosa no es como alguien que busca al inventor del reloj, sino como alguien que sospecha que hay un espíritu en el reloj mismo que mueve las manecillas hacia adelante. Sólo si uno malinterpreta a los que buscan el espíritu en la existencia del mundo, puede agruparlos con aquellos que son acusados con razón de superstición y que hoy en día son considerados con la misma razón como alborotadores porque ponen en peligro las bendiciones que nuestra cultura científica ha creado. (Aquellos que ven imparcialmente sabrán a quién se refiere en ambas direcciones).

Cualquiera que entre en el "umbral" de una visión más elevada debe, si quiere tener éxito en su progreso, estar dotado del poder que conduce a la percepción de lo real donde la mente ordinaria y la razón cotidiana perciben la fantasía y la ilusión. Porque es lo permanente y eterno lo que aparece a los ojos en sintonía con lo transitorio y temporal como ilusión y fantasía. Por lo tanto, nada puede ayudar a una persona cuando es conducida a las fuentes de la sabiduría eterna con su mente ordinaria. Es por eso que el primer paso en la iniciación en los misterios no es impartir nuevos conocimientos, sino la transformación completa de los poderes humanos de cognición. Con sutil perspicacia, Édouard Schuré caracteriza en su libro "Los Grandes Iniciados" el camino de aquellos que luchan por el "conocimiento" a través de los misterios: "La iniciación fue una introducción gradual del ser humano hacia las alturas vertiginosas del espíritu, desde donde se domina la vida". Y más adelante, se nos dice: "Para lograr la maestría, decían los antiguos sabios, el hombre necesita una transformación completa de su ser físico, moral e intelectual. Esta transformación solo es posible a través del ejercicio simultáneo de la voluntad, la intuición y la razón. A través de su completa armonía, el hombre puede expandir sus habilidades hasta límites incalculables. El alma tiene sentidos dormidos. La iniciación los despierta. A través del estudio profundo y la diligencia constante, el hombre puede entrar en relación consciente con las fuerzas secretas del universo. A través de un esfuerzo asombroso, puede alcanzar la perfección espiritual inmediata, puede abrir los caminos hacia ella y hacerse capaz de dirigirse allí. Solo entonces puede decir que ha conquistado el destino y que ha conquistado su libertad divina desde allí. Solo el iniciado puede convertirse en iniciador, profeta y teúrgo, es decir, vidente y creador de almas. Porque solo el que se muestra a sí mismo el camino puede mostrarlo a los demás: solo el que es libre puede liberar". ("Los Grandes Iniciados", página 124.)

Así es como debemos entender la tarea de los misterios, en lo que respecta a su primera etapa. No se trataba solo de una nueva ciencia, sino de crear nuevos poderes del alma. El hombre tenía que convertirse en otra persona, un "ser transformado, antes de ser conducido al sol espiritual, a la fuente de la sabiduría.

Aquellos cuyos poderes no están endurecidos cuando cruzan el umbral no sentirán la realidad de los poderes eternos y espirituales que los enfrentan. En lugar de conectarse con un mundo superior, vuelve a caer en el inferior. Este peligro lo enfrenta cualquiera que busque las fuentes de la sabiduría. Si una persona sucumbe aquí, entonces ha matado temporalmente la semilla de la eternidad dentro de sí misma. Esta semilla estaba previamente dormida dentro de él. Pero incluso como una semilla dormida, fue lo que ennobleció y transfiguró la naturaleza transitoria e inferior. Ingenua e inconscientemente, el hombre vivía con su inclinación hacia una espiritualidad superior. El intento fallido de iniciación ha matado la inclinación dormida. Al hombre no le queda nada más que el impulso de vivir en lo transitorio, de vivir sólo en el reino de este mundo. Debido a que ha sentido lo divino-espiritual como una ilusión, adora lo sensual-material. Así, en el "umbral", el hombre puede perder su parte más valiosa, su parte inmortal. Este es el peligro, que es análogo a la ceguera del ojo en la imagen de arriba.

Es claro que los responsables de la iniciación en los misterios, por sentido de responsabilidad, exigían más a los discípulos. Porque estas demandas tenían que tener el efecto de endurecer las fuerzas espirituales en el sentido descrito. Schuré describe la secuencia de iniciación tal como se practicaba en la escuela de Pitágoras (582-507 a. C.). Esta descripción está inspirada en un genio para el arte y la profundidad mística. — Con referencia a esta descripción, hablaremos aquí de estas etapas. Sólo se admitía a la iniciación a aquellos que, por la naturaleza de su ser intelectual, moral y espiritual, ofrecían la certeza del éxito. Para estos, comenzó entonces el tiempo de preparación. Se convirtieron en oyentes durante varios años. En nuestro tiempo, cuando todos creen que tienen derecho a un juicio crítico y perspicaz si han aprendido algo, o incluso -quizás incluso más- si no han aprendido nada, no es fácil dar una idea comprensiva de esta larga audiencia. A este oyente se le exigió que mantuviera un silencio absoluto. El silencio no estaba destinado a ser externo. Era un silencio de juicio. Uno tenía que absorber completamente sin prejuicios, sin estropear esta imparcialidad mediante un examen prematuro. Los sabios lo sabían, y los oyentes tenían confianza. No se les permitió examinar por el momento. Porque el conocimiento que recibieron fue para prepararlos para el examen. ¿Cómo puede alguien aprender realmente si quiere examinar inmediatamente lo que está aprendiendo? Con esta visión del aprendizaje silencioso, los pitagóricos han honrado un principio que es el único que puede conducir por los pasos del conocimiento. Aquellos que han recorrido el camino del conocimiento lo saben. Solo pueden sentir lástima por aquellos que bloquean su camino hacia el conocimiento mediante juicios y críticas prematuras. Nuestro tiempo está completamente lleno de este espíritu crítico inmaduro. Uno solo necesita mirar a su alrededor lo que dicen nuestros oradores y lo que escriben nuestros escritores. Si solo se pudiera encontrar un poco de espíritu pitagórico en nuestro tiempo, mucho más de las nueve décimas partes de lo que se dice permanecería sin decir, y tanto de lo que se imprime permanecería sin imprimir. Cualquiera que haya hecho algunas observaciones o formado algunos conceptos hoy cree que tiene derecho a emitir un juicio sobre las cosas más esenciales. Pero tal derecho solo se otorga a aquellos que han entendido cómo retener su juicio durante años y escuchar imparcialmente lo que han dicho los sabios de la humanidad. Examinar todo y guardar lo mejor es un principio engañoso en el alma de aquellos que no son lo suficientemente maduros para examinar. Nuestro juicio no es nada, absolutamente nada, ante la verdad, mientras no lo hayamos hecho examinar por la verdad misma. En lugar de decir: Examinaré todo y guardaré lo mejor, muchos deberían decir: Dejaré que la verdad me examine; y si soy lo suficientemente bueno para ello, entonces puede mantenerme. Aquel que no ha practicado durante años en el camino de aferrarse, de vivir, de devoción sin reservas al juicio de los sabios líderes de la humanidad, su juicio no es más que humo y espejos.

Este es ciertamente un principio antipático en nuestra era de "ilustración", crítica pública y espíritu periodístico. Pero los oyentes pitagóricos vivían de acuerdo con ella.

Una vez que el estudiante había alcanzado la madurez necesaria, amanecía el "día dorado", cuando comenzaban las revelaciones sobre la esencia de la naturaleza y el espíritu humano. Las leyes de la existencia física y espiritual le fueron reveladas gradualmente. Aquellos que tratan de comprender estas leyes con su intelecto cotidiano y sin refinar no entenderán nada de ellas. Goethe señaló una vez lo que es importante aquí. Cuando se dedicó al estudio del mundo vegetal en Italia y Sicilia y se formó sus puntos de vista sobre la "planta primordial", escribió a Alemania que quería hacer un viaje a la India, no para descubrir nada nuevo, sino para mirar lo que se había descubierto a su manera. No se trata de conocer las leyes que la botánica racional ha sacado a la luz, sino de penetrar en la esencia interna de la vida vegetal con la ayuda de estas leyes. Uno puede ser un profesor erudito de botánica y no entender nada de esta vida. Nuestros eruditos tienen algunos puntos de vista particularmente notables sobre este asunto. O creen que es imposible penetrar en la naturaleza interna de las cosas, o afirman que nuestra investigación aún no ha progresado "tan lejos". No sospechan que, si bien pueden aumentar nuestro conocimiento de la manera más beneficiosa a través de esta investigación de los sentidos y el intelecto, es necesaria una forma de pensar completamente diferente para la exploración de la "naturaleza interna" de la que están desarrollando. No quieren saber nada sobre el inventor del reloj, estudiándolo de acuerdo con los principios de la física. Debido a que no pueden encontrar un pequeño espíritu en el reloj que impulsa las manecillas hacia adelante, niegan el espíritu que unió las ruedas, o afirman que es completamente inaccesible al conocimiento humano o "hasta ahora". Cualquiera que hable del espíritu en la naturaleza es acusado de fantasear solo con palabras. Bueno, no es su culpa que los acusadores escuchen meras palabras. Los discípulos pitagóricos fueron introducidos al espíritu de la naturaleza en la segunda etapa de su instrucción.

Una vez que habían pasado esta etapa, podían ser conducidos a la "gran" iniciación. Ahora estaban listos para absorber los secretos de la existencia. Su ojo espiritual ahora estaba suficientemente fortalecido para esto. Ahora aprendieron no solo el espíritu en la naturaleza, sino también las intenciones de este espíritu. A partir de este momento, la naturaleza de los misterios ya no puede ser discutida en el sentido propio, sino sólo en sentido figurado, porque nuestro lenguaje está completamente adaptado al intelecto y no tiene palabras para la forma superior de conocimiento que se está considerando aquí. Así que les pido que entiendan lo siguiente. Sobre todo, el hombre aprendió a mirar más allá de su vida personal. Aprendió que esta vida suya es la repetición de vidas anteriores en un nuevo plano de existencia. Pudo convencerse a sí mismo de que lo que con razón se llama alma a menudo encarna y reencarna, y que debe considerar las habilidades, experiencias y acciones de esta vida suya como los efectos de causas que yacen en sus vidas anteriores. También le quedó claro que los hechos y experiencias de su vida presente tendrían sus efectos en una existencia futura. Dado que la intención es hablar en detalle sobre las grandes leyes de la "reencarnación" y la "legalidad mundial", o la "reencarnación" y el "karma", en este diario, nos detendremos aquí con estas sugerencias. Estas verdades podrían llegar a ser tan convincentes para el estudiante de los misterios como lo es para la persona ordinaria la verdad de que "dos por dos son cuatro", porque estaba madura para ellas en el tercer paso. Pero incluso en este paso uno solo puede tener un juicio completamente seguro de estas ideas, porque solo en este paso uno es capaz de entender su significado correctamente. Incluso hoy, como en todos los tiempos, estas ideas son muy criticadas. Pero lo que se critica son solo los pensamientos arbitrarios de los propios críticos; y estos carecen de importancia. - Por cierto, debe admitirse que muchos partidarios de la idea de la reencarnación no tienen mejores ideas al respecto que sus oponentes. Por supuesto, no se debe afirmar aquí que todos los que defienden estas enseñanzas hoy las entienden. Entre estos defensores, también, hay muchos que son demasiado perezosos o demasiado seguros de sí mismos para aprender en silencio antes de enseñar.

Aunque este no era el caso de los pitagóricos, otros misterios tenían una etapa de iniciación mística real después de la "gran" iniciación de la revelación. Era la etapa en la que no solo la percepción y el pensamiento, sino toda la vida se expandía más allá de la personalidad humana inmediata. Aquí el discípulo se convirtió no solo en un sabio, sino en un vidente. Ahora no solo percibía la esencia de las cosas, sino que la experimentaba con ellas. Es muy difícil dar una imagen mental de lo que se trata todo esto. El vidente no se limita a percibir las cosas, sino que siente en las cosas; No piensa en la naturaleza, sino que sale de sí mismo y piensa en la naturaleza. — El teósofo conoce este proceso y habla de él como la apertura de los sentidos astrales. — La persona intelectual pasa junto a los videntes; para él debían ser fanáticos, si no algo peor. Aquellos que tienen un sentido de sus dones los escuchan con reverente asombro, porque sienten que ya no es una personalidad humana la que habla a través de ellos, sino la sabiduría viviente misma. Han sacrificado sus inclinaciones, simpatías y opiniones personales para poder prestar sus bocas a la Palabra eterna por medio de la cual "todas las cosas son hechas". Porque donde la opinión humana todavía habla, donde entran en juego las inclinaciones y los intereses, la sabiduría eterna está en silencio. Y cuando llega a los oídos de aquellos que no lo sienten, aparece como un discurso humano personal, aunque el poder divino siempre pueda estar dentro de él. Pero la gente podría aprender a escuchar a los videntes mismos, porque el vidente guarda silencio en su personalidad humana cuando la voz de la verdad le habla. Su juicio es silencioso, sus intereses e inclinaciones están ante él tan insignificantes para él como la mesa que está frente a él no tiene sentido; está totalmente dedicado a la audición interior.

Sólo el vidente ascenderá a la siguiente etapa, que los antiguos llamaban la del teúrgo, y que en el idioma inglés puede indicarse describiéndola como aquella en la que tiene lugar una "inversión completa de las habilidades humanas". Los poderes que de otro modo solo fluyen hacia los seres humanos ahora fluyen hacia ellos. En ciertas áreas donde el hombre es simplemente un sirviente, se convierte en un gobernante cuyas habilidades se "invierten". Y como sólo el vidente es capaz de juzgar el alcance y el modo de acción de tales poderes, el hombre abusará de estos poderes si llega a poseerlos sin haber alcanzado la pureza del vidente. Y esta "sabiduría sin pureza" es posible a través de una cierta cadena de circunstancias que no se pueden discutir aquí. — Schur habla excelentemente de la iniciación superior con referencia a los pitagóricos: "... En la cima, la tierra desapareció como una sombra, como una estrella moribunda. A partir de ahí, se abrieron las vistas celestiales, y el "punto de vista de la altura", la "epifanía" del universo, se desplegó como un todo maravilloso. El propósito de la enseñanza no era dejar que la gente se perdiera en la contemplación o el éxtasis. El maestro había conducido a sus discípulos a las regiones impredecibles del cosmos, los había sumergido en los abismos de lo invisible. Los verdaderos iniciados habían regresado a la tierra de su terrible viaje mejores, más fuertes y más endurecidos para la prueba de la vida... La iniciación de la inteligencia fue seguida por la de la voluntad, la más difícil de todas. Porque se trataba de admitir al discípulo en la verdad, en las profundidades de la vida... En este nivel, el hombre se convirtió en un adepto y poseía suficiente energía para adquirir nuevos poderes y habilidades. Los poderes internos del alma se abrieron y la voluntad se irradió a los demás. — Todo lo que el hombre realiza antes de llegar a esta etapa tiene sus causas en regiones que le son completamente desconocidas. La mirada del teúrgo ve en estas regiones; y conscientemente permite que lo que generalmente duerme inconscientemente en los ejes más profundos del alma irradie de sí mismo. Se encuentra cara a cara con el guía que previamente lo guió de manera invisible "por detrás". Armado con tales pensamientos, uno debe leer frases como la siguiente del antiguo libro de sabiduría "Mundakopanishat": "Cuando el vidente ve al Creador de color dorado, el Señor, el Espíritu, cuyo vientre es Brahman, entonces, habiendo dejado a un lado el mérito y la falta de mérito, sin mancha, el sabio alcanza la unión más alta".

Schuré centra su atención en los picos que así se alcanzan; y su creencia mística en el poder luminoso de estos picos le da la capacidad de ver a través de algunas de las nubes de niebla que velan la verdadera naturaleza de los grandes líderes de la humanidad. Esto le permite describir a los grandes iniciados: Rama, Krishna, Hermes, Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón y Jesús. Paso a paso, a través de estos líderes, los poderes se han irradiado a la humanidad, de acuerdo con la madurez que la raza humana había alcanzado en aquellos tiempos. Rama condujo a la puerta de la sabiduría, Krishna y Hermes dieron a algunos la llave, Moisés, Orfeo y Pitágoras mostraron el funcionamiento interno, y Jesús, el Cristo, representó el santuario. Le restaría valor a la magia única del libro de Schuré volver a contar las explicaciones, en las que todos deberían sumergirse tal como son.

Schuré señala cómo, a través del fundador del cristianismo, los poderes de sabiduría de los misterios se vertieron en las venas espirituales de la humanidad en una forma que los oídos de la humanidad podían oír. — Y en los caminos que describe Schuré, la verdad también hay que buscarla en este ámbito. El poder que irradia la personalidad de Jesús es un poder vivo en el corazón de todos aquellos que permiten que fluya dentro de ellos. Solo aquellos que obtienen la clave de esta palabra a través de la comprensión de la sabiduría de los misterios pueden comprender la palabra viva que obra en este poder. Y, en la medida de lo posible, el "Cristianismo esotérico" de Annie Besant proporciona la base para esto. Es un libro a través del cual se revela al lector devoto el significado oculto de las palabras de la Biblia.

En nuestro tiempo, estos libros clave son necesarios. La humanidad estaba en un estado diferente al que está hoy cuando recibió el Evangelio, las "buenas nuevas". Hoy en día, la mente se entrena de una manera completamente diferente a la de hace diecinueve siglos. Hoy en día, las personas solo pueden experimentar el poder vivo de la "palabra revelada" si pueden captar este poder con su juicio. Pero lo que es verdad sigue siendo eternamente cierto, incluso si la forma en que las personas deben comprenderlo cambia con el tiempo. Que hoy la mente, el poder de juicio, haga valer sus derechos es una necesidad; Quienes entienden el desarrollo humano saben que debe ser así. Por lo tanto, hoy le dan a la mente lo que hace siglos se le dio a otras fuerzas del alma. — Es a partir de esto, y de ninguna otra perspicacia, que el verdadero teósofo debe trabajar. El cristianismo esotérico de Annie Besant debe entenderse de esta manera.

El teósofo sabe que el cristianismo contiene la verdad. Y también sabe que Jesús, en quien Cristo se encarnó, no es un líder de los muertos, sino un líder de los vivos. Comprende las grandes palabras del Maestro: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin". Aquellos que, como Annie Besant, quieren explicar el cristianismo recurren primero al líder vivo, no a los relatos históricos. Lo que la "palabra viva" todavía proclama hoy al oído que quiere escuchar brilla en los relatos evangélicos. Sí, él ha permanecido con nosotros hasta el día de hoy, el proclamador de la palabra, y él mismo puede decirnos cómo debemos entender la letra que informa de sus hechos y palabras. Las "buenas nuevas" deben entenderse esotéricamente, es decir, primero se debe despertar dentro de nosotros el poder viviente que les imprime la marca de lo "santo". Y debido a que el intelecto y el poder de juicio son los grandes medios de la cultura contemporánea, deben liberarse de las ataduras de la mera percepción sensorial, de una comprensión puramente tangible de la realidad. El intelecto de la humanidad contemporánea debe sumergirse en el mar que la llena de verdadera piedad. Porque no es correcto que la mente inteligente destruya solo las "ilusiones" que el sentimiento religioso ha tejido alrededor de las cosas. Solo una mente que está cegada y hechizada por los éxitos que ha logrado en el conocimiento y dominio de las fuerzas puramente materiales de la naturaleza puede hacer esto. —- La gente del presente, y con ellos nuestros físicos, biólogos e historiadores culturales, se creen libres en su mundo de la razón, que se dirige puramente hacia lo fáctico. En verdad, viven bajo una sugerencia dominante. Ustedes, físicos, biólogos e historiadores culturales del presente, podrían volverse libres hasta cierto punto si estuvieran dispuestos a reconocer que sus imágenes mentales sobre la realidad, de hecho, sobre las sustancias y fuerzas del mundo, sobre la historia humana y el desarrollo cultural, no son más que sugerencias masivas. Un día se te caerá la venda de los ojos, y entonces aprenderás hasta qué punto la verdad y no el error es lo que piensas sobre la electricidad y la luz, sobre el desarrollo de los animales y los humanos. Porque, fíjate, incluso los teósofos no consideran tus afirmaciones como un error, sino como verdad. Porque su visión de la naturaleza es también un credo religioso para ellos, y cuando dicen que quieren buscar el núcleo de la verdad en todos los credos, lo hacen no solo en relación con Buda, Moisés y Cristo, sino también en relación con Lamarck, Darwin y Haeckel. Y escritos como los mencionados por Édouard Schuré y Annie Besant están llamados a quitarse las anteojeras de los ojos; están destinados a enseñarte a ver a través de tus sugerencias. En este sentido, lo que importa en tales libros no es solo lo que está escrito en ellos, sino también las fuerzas ocultas que guiaron las plumas de los autores y que fluyen hacia las venas de los lectores, de modo que están impregnados de una nueva actitud de veracidad. Los lectores que experimentan el efecto correcto de tales libros son, en cierto sentido, iniciados intelectualmente. — Cualquiera que no sienta la afirmación de un milagro detrás de esta frase, y que sea capaz de ver en ella algo más que una mera frase, comprenderá también cuando estos libros se le presenten no sólo con la intención de una lectura ordinaria, sino con algo muy diferente, a saber, que están destinados a despertar en él poderes latentes a través de las fuerzas con las que están escritos. incluso si estos poderes inicialmente solo pueden ser los del alma intelectual. Pero para nuestro tiempo, no hay iniciación genuina que no pase por el intelecto. — Quien hoy quiera conducir a los "misterios superiores" pasando por alto el intelecto no sabe nada de los "signos de los tiempos"; y solo puede reemplazar las viejas sugerencias por otras nuevas.

MEDITACIÓN

Quien niega el espíritu del mundo no sabe que se está negando a sí mismo. Pero tal persona no solo comete un error, sino que también descuida su primer deber: trabajar con el espíritu mismo

Traducido por J.Luelmo oct, 2025