CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA034 marzo de 1905 - Prefacio al drama de Edouard Schurè, "HIJOS DE LUCIFER"

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PREFACIO AL DRAMA DE EDOUARD SCHURÉ "HIJOS DE LUCIFER"

Revista Lucifer - Gnosis 1905

RUDOLF STEINER


marzo de 1905

 Goethe hablaba del arte como de una revelación de las leyes ocultas de la naturaleza, que sin él permanecerían eternamente ocultas. De este modo, sitúa al arte cerca del conocimiento. Lo convierte en intérprete de los misterios del mundo. Con ello, señalaba proféticamente algo que debe ser un ideal para aquellas mentes del presente que saben interpretar los signos de los tiempos. Los espíritus tienen en mente un arte que busca nuevamente la conexión con los caminos del alma en busca de las fuentes de la existencia. Quieren hablar al alma que necesita belleza; pero lo que dicen debe ser al mismo tiempo la expresión de las verdades y los conocimientos más elevados. La religión, el misticismo, la investigación y el arte deben brotar de una fuente original. De este modo, el espíritu humano busca hoy renovar algo que estaba presente en los albores de nuestras culturas.  Para el espíritu observador, las pirámides y esfinges egipcias son las grandes verdades encarnadas en pequeñas piedras que los sabios del Nilo tenían que proclamar. En las antiguas poesías de los hindúes tenemos al mismo tiempo monumentales testimonios de la sabiduría de este pueblo. Y en el drama primitivo griego, la imaginación intuitiva intuye una obra de arte que era al mismo tiempo la expresión de las verdades religiosas de la prehistoria. El Dios que desciende a la materia, sufre y encuentra su redención en la obra del hombre es el héroe de este drama. - Cuando se contempla así la evolución del mundo, se echa la vista atrás a una cultura humana en la que la religión, el arte y la ciencia aún formaban una unidad indivisible. La Verdad Única encontraba su expresión en formas que representaban a la vez belleza, sabiduría y elevación religiosa. Solo más tarde se encontró una expresión religiosa especial para el espíritu, una expresión artística para los sentidos y una expresión científica para la razón. Tenía que ser así, porque solo cuando el ser humano desarrolló cada una de sus capacidades por caminos separados hasta alcanzar su máximo esplendor, se pudo alcanzar la perfección. Durante milenios, la verdad, la belleza y la divinidad siguieron caminos separados. Las grandes obras de arte de los griegos y de todas las épocas posteriores fueron posibles gracias a una búsqueda de la belleza que seguía sus propias leyes y solo concedía el papel de maestra a la imaginación. Las profundidades de la religión cristiana provienen de una profundización del alma que se sustrajo a las formas de la bella sensualidad. Y los logros de nuestra ciencia han surgido del pensamiento racional y la experiencia rigurosa, que no dieron cabida a la imaginación ni a las necesidades religiosas del alma.

Lo que surgió de una única fuente, hoy aspira a reunificarse. ¿Qué otra cosa quería Richard Wagner sino una obra de arte que elevara al mismo tiempo el alma hacia las fuentes de lo divino? ¿Y qué quería en el fondo Goethe cuando, en la segunda parte de su Fausto, intentaba conducir al héroe hasta la redención en las regiones de la verdad suprema? Él mismo dice (el 29 de enero de 1827 a Eckermann): «Pero todo (en Fausto) es sensual y, pensado para el teatro, llamará la atención de todos. Y eso es todo lo que quería. Si la multitud de espectadores disfruta del espectáculo, los iniciados no pasarán por alto el sentido superior». Y este «sentido superior» no es otro que el de la existencia humana en general. Y lo muestran la religión, el arte y la sabiduría.

Si el arte toma conciencia de su relación con la verdad, entonces debe sacar su inspiración de la misma fuente de la que provienen la religión y la ciencia.

Esta toma de conciencia impregna por completo la personalidad de la creación que aquí se presenta al público alemán. Edouard Schuré, el ingenioso y profundo escritor francés, ejercerá una influencia significativa sobre nuestros contemporáneos. Porque él tiene el don de ser, como artista, un anunciador de la verdad y, como investigador, un revelador de los caminos místicos del alma. Con su espíritu intuitivo, se ha sumergido en los misterios del espíritu humano. Su obra «Los grandes iniciados» (Les Grands Initiés) nos lleva a aquellas alturas del desarrollo humano por las que transitaron Krishna, Hermes, Moisés, Pitágoras, Orfeo, Platón y Jesús. Los caminos por los que estos líderes mostraron a sus pueblos y épocas el objetivo de la humanidad, que extrajeron de la fuente de su divina perspicacia, se describen con colores brillantes. Y ya antes, Schuré había mostrado en sus libros sobre el «Drama musical» y sobre «Richard Wagner» el objetivo de nuestro tiempo, que reside en la unión del espíritu que busca la verdad, el alma que aspira a la religión y el sentido que necesita la belleza. En «Los santuarios de Oriente» (Sanctuaires d'Orient), ha reconstruido con ingenio el drama sagrado de Eleusis, ese drama primigenio que era a la vez obra de arte y acto de culto religioso. El drama griego posterior aplicó la forma artística, que antes era la creadora de la acción divina del mundo, a la esfera de la acción y la experiencia humanas.

 Así, Edouard Schuré, —por utilizar una expresión de Goethe—, pasó de la búsqueda de la verdad a la interpretación artística de la verdad. En el prólogo de su obra «Los santuarios de Oriente» (1898), afirmó que quería expresar «a través de la palabra artística y del medio translúcido de la poesía» lo que ocurre en las profundidades del alma humana, siempre inquieta y en busca de respuestas. Denomina «teatro del alma» a Los hijos de Lucifer y al drama asociado a él, La Saur Gardienne.

Toda la obra de Schuré muestra lo profundamente convencido que está de la necesidad de reunificar la cultura temporal con la experiencia mística íntima del alma. La trama dramática es para él un símbolo de los procesos más profundos que tienen lugar en el interior del ser humano. Lo que ve el ojo es una imagen de lo que experimenta el alma cuando en ella actúan las fuerzas que la conectan con lo eterno. Sobre el drama «Hijos de Lucifer» uno querría escribir las palabras del Chorus mysticus de Goethe: «Todo lo efímero es solo una parábola; lo insuficiente, aquí se convierte en acontecimiento; lo indescriptible, aquí se realiza». Porque lo que aquí se desarrolla en el marco del siglo IV, cuando el helenismo y el cristianismo libraron la gran batalla, es una parábola de dos fuerzas eternas en el alma en lucha. El ser humano aspira eternamente desde las profundidades hacia las alturas; y eternamente debe esperar la salvación desde las alturas. La libertad y la gracia son los polos que se atraen, el anhelo y la voluntad aspiran a complementarse, estas «dos almas» luchan en el pecho del hombre.  Y todos los procesos externos son imágenes de las almas en lucha. Crear y recibir se encarnan en mil formas. Y lo que ocurre entre los seres humanos es una interacción entre crear y recibir o, por decirlo de nuevo con palabras de Goethe, entre tomar y dar. Y siempre es el «milagro del amor» el que logra el equilibrio. Este «enigma del mundo» no se puede comprender con la mente, hay que experimentarlo con las fuerzas más profundas del alma. Quien ama creando, recibe la fuerza viva y se une a su vida en una alianza creativa. En la entrega amorosa de lo propio se siembra la semilla que integra al ser humano en el eterno tejido del mundo. Así como la sangre fluye por el cuerpo, estos misterios de la humanidad fluyen por el drama de Schuré.

Los «Hijos de Lucifer» son «teatro del alma», porque detrás de la trama se pueden ver los jeroglíficos eternos del espíritu humano en lucha. Están inspirados en lo que en mística se denomina la Causa Única de la Humanidad. La fantasía y el sentido místico tienen la misma importancia en esta obra de arte. Cuando el sentido místico no se pierde en la oscuridad del sentimiento, sino que se adueña de la claridad de la visión, y cuando la fantasía no se abandona a la arbitrariedad de las ideas subjetivas, sino que sigue la intuición de la verdad, solo entonces puede surgir una obra de arte de este tipo.

Si pudiéramos ver obras de arte de este tipo en el teatro, serían templos de la verdad; y la belleza no sería una sierva del sentido religioso, sino su hija. Y de tal profundización del arte cabría esperar que también repercutiera en sus hermanas: la religión y la sabiduría. La razón, la fantasía y la edificación religiosa podrían volver a estar en armonía entre sí.

En Schuré, esta armonía vive como un objetivo. Como artista místico y con el poder de expresar el conocimiento místico en forma de arte, el tiempo debería escucharlo. En su obra vive algo de lo que el futuro debe traer.

Los últimos siglos han transformado nuestras vidas con la razón y los sentidos; pero la «vida del alma» la traerán aquellos que vuelvan a imprimir en la vida exterior las grandes intuiciones de lo verdadero y lo divino. Con este espíritu se presenta esta obra al público lector alemán.

Al comienzo del nuevo año (junio de 1905)

Con el número 25 comienza el nuevo año de «Lucifer-Gnosis». A los contenidos anteriores se añadirá algo nuevo, ya que en cada número se incluirán artículos sobre las relaciones entre la teosofía, el ocultismo, el misticismo, etc., y las grandes cuestiones de la vida actual. El próximo número contendrá, por ejemplo: «¿Qué significa la teosofía en la vida del hombre actual y en el presente?». Además, a petición popular, se publicarán comunicaciones sobre el movimiento teosófico, sobre las aspiraciones ocultistas y todo lo que pertenece a la vida espiritual del presente. Se prestará especial atención a las corrientes religiosas. Los próximos números aparecerán en los próximos días. Y en el futuro se velará por una publicación más puntual. A partir del número 25, la editorial por encargo será sustituida por la editorial M. Altmann de Leipzig.

Traducido por J.Luelmo oct, 2025

GA034 julio-septiembre de 1903 - Iniciación y Misterios

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 INICIACIÓN Y MISTERIOS

Revista Lucifer - Gnosis 1903

RUDOLF STEINER


julio-septiembre de 1903

Los antiguos sabios llaman «jardín de la madurez» al lugar al que accede el ser humano cuando se le revelan los secretos del mundo. No hay flor en ese jardín que no dé fruto, ni huevo en el que no haya madurado la vida que germina en su interior. Pero al mismo tiempo se describen los senderos que conducen a la «puerta estrecha» que cierra este jardín, como oscuros y peligrosos. Al mismo tiempo, se asegura que la oscuridad se vuelve más brillante que el sol, que los peligros son impotentes contra las fuerzas que brotan en el alma de aquel a quien un místico, un «iniciado», le muestra estos senderos con mano solícita. Los eruditos tildan como ideas infantiles de una época en la que no se sabía nada de las ciencias de nuestros días, ellos creen poder distinguir entre las fantasías de la «imaginación a tientas» y las sobrias percepciones de una mente «científicamente formada». Y quien hoy en día hable de tales ideas, puede estar seguro de que se encontrará con una sonrisa, si no altiva, al menos compasiva, por parte de muchos de sus contemporáneos.

Y pese a todo, hay quienes hablan hoy del mundo del alma y del hogar del espíritu, al igual que lo hacían aquellos antiguos sabios,. Se les considera personas que hablan de un mundo que solo les muestra su desbordante imaginación. Se lamenta incluso que, en medio de un mundo que ha logrado tanto gracias a la lógica sobria, ellos se tambaleen como borrachos, perdiendo la seguridad en todo momento porque no se aferran a lo que «realmente» existe.

¿Qué responden estos «borrachos» ante tal réplica? Cuando se sienten en la posición de tener derecho a hablar sobre sí mismos, se les oye decir lo siguiente: «Os entendemos perfectamente, vosotros que debéis ser nuestros adversarios. Sabemos que muchos de vosotros sois personas honestas que os ponéis sin reservas al servicio de lo verdadero y lo bueno. Pero también sabemos que no podéis entendernos mientras penséis como pensáis. Solo podremos hablar con vosotros de las cosas de las que tenemos que hablar cuando os hayáis esforzado por aprender nuestro idioma. Tras esta afirmación nuestra, muchos de vosotros habréis terminado con nosotros, pues creeréis reconocer que a nuestro fantástico entusiasmo se suma ahora nuestra incurable arrogancia. Pero también comprendemos vuestra postura y sabemos que no debemos ser arrogantes, sino modestos. Para animaros a que aceptéis nuestras ideas, solo tenemos una cosa que decir. Podéis creer que no concedemos a nadie el derecho legítimo de opinar sobre nuestros conocimientos si no es capaz de comprender lo que os lleva a afirmar lo que afirmáis y si no conoce a fondo la fuerza, el poder de convicción y el alcance de vuestra ciencia. Quien no tenga la certeza de poder pensar con la misma sobriedad y «cientificidad» que el astrónomo, el botánico o el zoólogo más sobrio, solo debería ser un aprendiz, y no un maestro, en cuestiones de la vida espiritual y en conocimientos místicos. Pero no nos malinterpreten: solo hablamos de maestros, no de alumnos. Cualquier persona puede convertirse en discípulo de la mística, porque en el alma de cada ser humano se encuentran las facultades intuitivas que se abren a la verdad. El místico debe hablar de forma comprensible a los más ignorantes. Y a aquellos a quienes, según su grado de comprensión, no puede decirles ni una centésima parte de la verdad, que les diga una milésima. Hoy reconocen la milésima y mañana reconocerán la centésima. Todos deben ser alumnos. Pero nadie debería querer ser maestro si no es capaz de aplicar la mente más sobria y la disciplina científica más estricta. Solo son verdaderos maestros de misticismo aquellos que antes han sido científicos rigurosos y que, por lo tanto, saben cómo se vive en la ciencia. El verdadero místico también considera a todos como fantasiosos, como borrachos, que no pueden quitarse en cada momento de misticismo el traje festivo y vestirse con el traje cotidiano del físico, del químico, del botánico y del zoólogo. Así habla el verdadero místico a sus oponentes; con toda modestia les asegura que entiende su lenguaje y que no se concedería el derecho de ser místico si no conociera su lenguaje. Pero entonces también puede añadir que sabe, tan seguro como se saben los hechos de la vida exterior, que si sus adversarios aprenden su lenguaje, dejarán de ser sus adversarios. Lo sabe, como todo hombre que ha estudiado química sabe que, en determinadas condiciones, el oxígeno y el hidrógeno se convierten en agua.

El hecho de que Platón no quisiera introducir en los niveles superiores de la sabiduría a nadie que no conociera la geometría no significa que solo aceptara como alumnos a geómetras eruditos, sino que estos debían haberse acostumbrado a una investigación seria, rigurosa y precisa antes de que se les revelaran los secretos de la vida espiritual. Tal exigencia se ve en su justa medida si se tiene en cuenta que en estos ámbitos superiores cesa el control que corrige al investigador común a cada paso. Si el investigador botánico se hace ideas erróneas, sus sentidos pronto le revelarán su error. Se comporta con el místico como el que camina por un terreno llano con el alpinista. El primero puede caerse al suelo, pero solo en casos excepcionales se matará; el segundo siempre corre ese peligro. Y, sin duda, nadie que no haya aprendido a caminar puede escalar montañas. Dado que los hechos espirituales no corrigen las ideas de la misma manera que los hechos externos, para el investigador místico, es un requisito obvio el pensamiento más riguroso y fiable.

Si nos entregamos a tales pensamientos, comprendemos lo que querían decir aquellos antiguos sabios cuando hablaban de los peligros que acechan al hombre que quiere penetrar en los misterios del mundo. Quien se acerca a ellos con una mente sin entrenar, su alma se ve sumida en la confusión. Se vuelven peligrosos como una bomba de dinamita en manos de un niño. Por eso, todo investigador místico debe cumplir la estricta exigencia de poner a prueba la corrección de su pensar, incluso de toda su vida anímica, en tareas difíciles y espinosas, antes de acercarse a las tareas superiores propiamente dichas. Esto es un indicio de lo que el místico tiene en mente cuando habla de los primeros grados de la «iniciación» en las verdades superiores.

Innumerables personas que creen estar a la altura de la educación de nuestro tiempo consideran que el pensar sano y el misticismo son opuestos irreconciliables. Creen que una educación científica clara debe erradicar todas las inclinaciones místicas del ser humano. Y les resulta especialmente incomprensible que alguien que conozca los resultados más importantes de la ciencia moderna tenga tales inclinaciones. Si los que piensan así tuvieran razón, habría que admitir que, en la actualidad, el misticismo tiene pocas posibilidades de llegar al alma de nuestros contemporáneos. Porque nadie que comprenda las necesidades espirituales del presente puede dudar de que las victorias que ha obtenido y seguirá obteniendo la ciencia natural están plenamente justificadas. Hay que admitir sin reservas que hoy en día nadie puede pecar impunemente contra el espíritu del auténtico pensamiento científico. Y, sin embargo, quien tiene ojos para ver debe admitir también que cada vez son más los que se sienten insatisfechos con lo que los pensadores científicos tienen que decir sobre las preguntas irrefutables del alma humana. Casi tímidamente, estos insatisfechos se sumergen en las obras de los místicos. Allí encuentran lo que sus almas anhelan. Allí encuentran lo que sus corazones necesitan: verdadero aire espiritual para vivir. Sienten el crecimiento de su alma; encuentran lo que el ser humano debe buscar sin cesar: el aliento de lo divino. Pero se les repite una y otra vez que deben aprender a pensar con claridad y serenidad a través de las ciencias naturales, y no dejarse engañar por fantasiosos y entusiastas. Si acatan tal exhortación, lo único que experimentan es que su alma se marchita.

Sin embargo, sigue siendo una verdad profundamente arraigada en el corazón de cada ser humano que la naturaleza es una gran maestra. ¿Quién no podría comprender a Goethe cuando dice que, ante los extravíos y las desarmonías de los seres humanos, siempre le gusta retirarse a las necesidades eternas de la naturaleza? ¿Y quién podría leer sin aprobar sin reservas las palabras con las que el gran poeta describe los sentimientos que le invadían al contemplar en soledad las leyes férreas por las que la naturaleza forma las montañas? «Sentado en una alta cima desnuda y contemplando una amplia región, puedo decirme: aquí descansas directamente sobre un fundamento que llega hasta los lugares más profundos de la tierra...En este momento, en el que las fuerzas internas que atraen y mueven la Tierra actúan directamente sobre mí, en el que las influencias del cielo me rodean, me siento elevado hacia una contemplación más elevada de la naturaleza... Tan solitario, me digo a mí mismo, mientras contemplo esta cima completamente desnuda... Tan solitario se siente el hombre que solo quiere abrir su alma a los sentimientos más antiguos, más primarios y más profundos de la verdad. Allí puede decirse a sí mismo: aquí, en el altar más antiguo y eterno, construido directamente sobre las profundidades de la creación, ofrezco un sacrificio al ser de todos los seres».

Es lógico que esa actitud de reverencia ante la gran maestra que es la naturaleza se traslade también a la ciencia que habla de ella.

No debe haber contradicción entre los sentimientos que inundan el alma cuando se acerca a las «verdades más antiguas, primeras y profundas» sobre la vida espiritual, y los que la invaden cuando la mirada se posa en la eterna actividad constructora de la naturaleza.

¿Acaso el místico no comprende esa armonía de la naturaleza con los sentimientos más sagrados del alma humana?

Pero sobre el altar en el que el verdadero místico ofrece sus sacrificios, en todos los tiempos que alcanza la investigación del hombre, se ha escrito con letras de fuego como ley suprema: «La naturaleza es la gran guía hacia lo divino; y la búsqueda consciente del hombre de las fuentes de la verdad debe seguir las huellas de su voluntad dormida».

Si los místicos siguen esta ley suprema, no debería haber contradicción alguna entre sus caminos y los de quienes investigan la naturaleza. Menos aún debería manifestarse tal contradicción en una época que le debe tanto a las ciencias naturales.

Para ver con claridad en esta dirección, hay que preguntarse: ¿En qué puede consistir la coincidencia  entre la ciencia natural y la mística? ¿Y en qué consistiría una contradicción? La coincidencia solo puede buscarse en que las ideas que se tienen sobre la esencia del ser humano no son ajenas a las que se tienen de los demás seres de la naturaleza. Que se vea este tipo de regularidad en el funcionamiento de la naturaleza y en la vida del ser humano. La contradicción existiría si se quisiera ver en el ser humano un ser de naturaleza completamente diferente a la de las demás criaturas de la naturaleza. Para aquellos que quieren una contradicción de este tipo, fue conmovedor cuando, hace más de cuatro décadas, (1860 aprox), el gran investigador Huxley, desde el espíritu de la ciencia natural más reciente, resumió en palabras la estrecha relación del ser humano con los animales superiores debido a la similitud de su constitución anatómica: «Podemos tomar cualquier sistema de órganos que queramos, la comparación de los mismos en la serie de los simios nos lleva al mismo resultado: que las diferencias anatómicas que separan al ser humano del gorila y del chimpancé no son tan grandes como las que separan al gorila de los simios inferiores». Una frase así solo puede resultar impactante si se relaciona erróneamente con la esencia del ser humano. Ciertamente, se puede asociar con la idea de lo cerca que está el ser humano del animal. Para el místico, esta estrecha relación no tiene nada de preocupante. Porque para él surge inmediatamente la otra idea: ¿Cómo pueden los órganos que existen en los animales servir a fines superiores cuando se transforman en humanos? Él sabe que la voluntad dormida de la naturaleza convierte la percepción animal en humana, desarrollando los órganos animales de otra forma. Él sigue las huellas seguras de la naturaleza y continúa sus obras. Para él, la obra de la naturaleza no termina con lo que le ha dado. Se convierte en un fiel discípulo de la naturaleza al realzar su obra. Ella lo ha llevado al pensar y sentir humanos. No considera el pensar y el sentir como algo rígido e inmóvil, sino que los convierte en actividades superiores. Por medio de su voluntad ocurre lo que en la naturaleza exterior ocurre sin ella. Sus ojos demuestran que los ojos son capaces de otras cosas además de lo que hacen los de los monos. Los ojos pueden, por tanto, transformarse. Las facultades del alma del místico desarrollado se relacionan con las del hombre no desarrollado como los ojos humanos se relacionan con los ojos de los monos. Es comprensible que quien no es místico comprenda tan poco la naturaleza del alma del místico como un animal puede comprender el pensamiento del ser humano. Y así como a una criatura que no piensa se le abriría un nuevo mundo si pudiera desarrollar en sí misma la capacidad de pensar, el místico, tras desarrollar sus capacidades superiores, contempla otro mundo. Está «iniciado» en este mundo. Quien no se convierte en místico, reniega de la naturaleza. No continúa lo que su voluntad latente ha logrado sin él. De este modo, se opone a la naturaleza. Porque esta transforma continuamente sus formas. Crea eternamente lo nuevo a partir de lo antiguo. Quien cree en esta transformación, en este desarrollo, en el sentido de la ciencia natural más reciente, y sin embargo no quiere transformarse a sí mismo, reconoce la naturaleza, pero se pone en contradicción con ella en su propia vida. No basta con reconocer el desarrollo, hay que vivirlo. Por lo tanto, no limitemos nuestras capacidades vitales señalando exclusivamente nuestra afinidad con los demás seres. Quien se convierte en un fiel discípulo de la naturaleza en la educación mística, abre su mente al desarrollo superior del ser humano.

Muchos ante estas insinuaciones sobre misticismo e «iniciación» dirán: «¿De qué nos sirve hablar de capacidades que nos son desconocidas? Dadnos esas capacidades y os creeremos». Nadie puede dar a otro algo que este rechaza. Y lo que suelen experimentar nuestros místicos es un rechazo brusco. Por el momento, no pueden hacer mucho más que contar sus conocimientos místicos a quienes quieren escucharlos. Sin embargo, a primera vista, esto parece como si se le contara a alguien de América lo que exige que le permitamos visitarlo allí. Pero solo lo parece. Las cosas espirituales son diferentes de las físicas. Mucho antes de que el ser humano sea capaz de ver la verdad con claridad, puede intuirla y asimilarla en sus sentimientos. Y este sentimiento es en sí mismo una fuerza que puede impulsarlo a seguir adelante. Es un paso necesario. Quien sigue con devoción la representación del místico, ya está avanzando por el camino hacia las verdades superiores. Solo el iniciado comprende plenamente al iniciado. Pero el amor por la verdad también hace que los no iniciados sean receptivos a las palabras del místico. Y a través de esa receptividad, trabajan para desarrollar sus aptitudes místicas. Lo primero es tener una sensación de la posibilidad de un conocimiento superior. Entonces ya no se pasa por alto a las personas que hablan de ello.

Ya se ha dicho en este ensayo que también hay personalidades hoy en día que se esfuerzan por la renovación de la vida mística. En un ensayo posterior, se discutirán dos fenómenos en esta área. El libro de Annie Besant "Cristianismo esotérico, o los misterios menores" (que acaba de ser publicado en traducción alemana por Mathilde Scholl. Leipzig 1903, Griebens Verlag.) Y de la obra del ingenioso pensador y poeta francés Edouard Schuré: "Los grandes iniciados" ("Les Grands Inities"). Ambos libros arrojan luz sobre la naturaleza del llamado bautizo o iniciación. Annie Besant muestra cómo el cristianismo debe entenderse como el trabajo de tal iniciación. Edouard Schuré pinta cuadros de los más grandes líderes de la humanidad sobre la base de su convicción de que los grandes credos y visiones del mundo que han dado a la humanidad contienen verdades eternas que solo se pueden encontrar en ellos y deben extraerse de ellos. Ambos escritos solo se justifican sobre la base del misticismo. Han surgido de la corriente espiritual de nuestro tiempo que está destinada a elevar a la humanidad de una cultura puramente externa a las alturas de la visión espiritual. Llegará un tiempo en que el "pensamiento científico" ya no podrá oponerse a esta corriente. Entonces la ciencia reconocerá que ella misma debe ser mística. Porque se dará cuenta de que uno no entiende el espíritu negándolo, y que uno no se rebela contra las leyes de la naturaleza buscando las espirituales. Los místicos ya no serán llamados oscurantistas, porque se sabrá que solo para sus oponentes es oscuro el campo del que hablan.

Y la gente ya no se burlará de la "iniciación" más de lo que se burlan de la demanda de que cualquiera que quiera investigar la vida de los organismos más pequeños primero debe aprender a usar un microscopio. La investigación requiere el cumplimiento de ciertas condiciones previas. Para el aspirante a místico, estas condiciones no son las de la técnica externa, sino más bien el cultivo de una cierta dirección de la vida del alma. A través de este cultivo, se abre el sentido para verdades que no hablan de lo transitorio, sino de aquello de lo que, -en palabras de Goethe-, lo transitorio es "sólo un símil". — En el vientre de la existencia humana, descansan las habilidades superiores, del mismo modo que el fruto descansa en el vientre de la flor. — Y por lo tanto ningún ser debe tener la presunción de decir que hay algo exhaustivo, terminado en su mundo. Si una persona tiene tal presunción, es como el gusano que considera que el mundo de sus sentidos es la circunferencia de la existencia.

Un "jardín de la madurez" es el nombre que se le da al lugar donde se revelan los secretos del mundo. Para acercarse a este lugar, una persona debe tener la voluntad de madurar. "Debes despojarte de las cáscaras de huevo de tu existencia cotidiana y despertar la vida interior escondida dentro de ti si quieres entrar en el 'Jardín de la Madurez' a través de la 'puerta estrecha'".

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Como muchas grandes personalidades, Goethe no expresó muchas de las ideas más profundas de su mente en un discurso amplio y circunstancial, sino en breves, a menudo enigmáticos. Tal insinuación está contenida en su dicho: "En las obras del hombre, como en las de la naturaleza, las intenciones son en realidad especialmente dignas de atención". Esta frase se reconoce en toda su profundidad cuando se aplica a los fenómenos más significativos de la vida espiritual humana. Porque así como solo obtenemos significado y comprensión de las acciones de una persona individual cuando reconocemos sus intenciones, así es con la historia de toda la raza humana. ¡Pero qué abismo hay entre la observación de acciones que son abiertamente evidentes y el reconocimiento de intenciones que yacen ocultas en el alma! Un hombre puede ser un enano en perspicacia y comprensión en comparación con otro: sus acciones serán observables. Uno debe tener algún conocimiento de su mentalidad y nivel espiritual si quiere ver a través de sus intenciones. Si no lo haces, la fuente de sus acciones sigue siendo un misterio, un enigma, cuya clave falta. No es diferente con los grandes hechos de la historia intelectual humana. Estos hechos en sí mismos están abiertos a los ojos del historiador: las intenciones se encuentran en profundidades misteriosas. Aquellos que quieran tener la clave de la comprensión deben penetrar en estas profundidades. Ahora, sin embargo, la intención de una acción será tanto más profunda, cuanto más significativa, más completa sea la acción. La intención de una acción de la vida cotidiana no es difícil de entender. Por supuesto, no puede ser lo mismo con acciones cuyo horizonte abarca siglos.

Aquellos que consideran tales cosas tendrán una idea de lo que son los misterios. Porque en estos misterios no descansa nada más que las intenciones de los grandes hechos del desarrollo de la humanidad, que abarcan el mundo. Y aquellos que reconocen estas intenciones y, por lo tanto, a sí mismos, pueden dar a sus acciones el peso para trabajar en siglos: estos son los iniciados.

Aquellos que ven la historia mundial como una mera colección de coincidencias pueden negar la existencia de misterios e iniciados. No se les puede ayudar hasta que se acerquen a los hechos de la historia con una mirada amorosa. Luego, poco a poco, el significado y el contexto se darán cuenta de ellos; y verán estos hechos históricos como no menos intencionales de lo que verían a una persona que actúa como un autómata. En su investigación, llega al punto en que los iniciados guían el progreso de la humanidad de acuerdo con las percepciones que están envueltas en la oscuridad de los misterios.

Los documentos religiosos de todos los tiempos hablan de tales misterios. Y a ellos son conducidos aquellos que no se detienen en la vida externa de los fundadores de la religión y en los hechos históricos de la difusión de sus enseñanzas, sino que tratan de elevarse a las intenciones de estos fundadores. No debería sorprender que estas intenciones estén envueltas en una misteriosa oscuridad, que hayan sido comunicadas solo a los elegidos, dentro de las escuelas de sabiduría, que son precisamente los misterios. Porque tiene sentido comunicar a una persona solo lo que puede entender; o, en otras palabras, comunicárselo solo cuando haya adquirido las condiciones para comprenderlo. Para lograr acciones significativas, uno debe poseer una gran sabiduría; y para adquirir una gran sabiduría, uno debe pasar por un largo y difícil período de preparación. Este es el caso de los misterios.

A través de las diversas religiones y filosofías, el desarrollo espiritual de la humanidad está progresando. Aquellos que trabajan hacia este desarrollo ponen en movimiento las fuerzas espirituales de la humanidad. Deben conocer las leyes de las que depende este movimiento, así como uno debe conocer las leyes de la química para mezclar sustancias de una manera intencionada. Los misterios enseñan las altas leyes de la vida espiritual, la química del alma. Uno debe tratar de obtener una visión de la naturaleza de estas leyes si quiere reconocer, aunque sólo sea por intuición, los motivos que subyacen a las acciones de los grandes maestros de la humanidad.

En armonía con todos aquellos que han tratado de abrir sus ojos espirituales a tales ideas, Annie Besant, el alma del movimiento teosófico, habla de un "lado oculto de las religiones" en su libro "Cristianismo esotérico, o los misterios menores". Ella nos guía con gran perspicacia en la discusión de los secretos místicos del cristianismo, su llamado contenido esotérico, preguntando: "¿Cuál es el propósito de las religiones?" Y dice al respecto: "Son dados al mundo por personas que son más sabias que las masas de personas a quienes se les dan, y tienen el propósito de acelerar el desarrollo humano. Para hacer esto de manera efectiva, deben llegar a las personas e influir en ellas. Ahora bien, no todas las personas están en el mismo nivel de desarrollo, pero se podría representar el desarrollo como un plano inclinado, con personas de pie en todos los puntos. Los más desarrollados están muy por encima de los menos desarrollados tanto en inteligencia como en carácter; la capacidad de comprender y actuar los cambios en todos los niveles. Por lo tanto, es inútil dar a todos la misma enseñanza; Lo que ayuda a la persona intelectual sería completamente incomprensible para los menos inteligentes, mientras que lo que transporta al santo al éxtasis dejaría al criminal completamente intacto. ... La religión debe ser calificada tal como lo es el desarrollo, de lo contrario no logrará su propósito". La forma en que el maestro de religión habla a las personas en diferentes etapas de desarrollo depende de las necesidades espirituales y emocionales de aquellos a quienes está hablando. Para poder hacer esto, él mismo debe llevar el núcleo de sabiduría a través del cual debe trabajar en su alma; y la forma en que lleva este núcleo debe ser tal que le permita hablar a cada hombre en su propia forma de entender. Por lo tanto, cualquiera que mire los discursos de los maestros religiosos desde el exterior reconoce solo el lado externo de su sabiduría. ç

Edouard Schuré señala con fuerza este hecho en su libro sobre los "Grandes Iniciados". En él, presenta a los grandes maestros de la sabiduría: Rama, Krishna, Hermes, Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón y Jesús a la manera de un investigador intuitivo, un pensador noble y una personalidad inspirada por un profundo sentimiento religioso. Describe su punto de vista en la introducción: "Todas las grandes religiones tienen una historia externa e interna; uno es obvio, el otro oculto. A través de la historia exterior, los dogmas y mitos se me revelan, tal como se proclaman públicamente en los templos y escuelas, como se presentan en los cultos y en la superstición popular. La historia interior me revela la ciencia profunda, la sabiduría de los misterios y las leyes ocultas de las acciones de los grandes iniciados, profetas y reformadores que crearon, apoyaron y difundieron estas religiones. La primera, la historia exterior, se puede aprender en todas partes; no es un poco oscuro, contradictorio y confuso. La segunda, que me gustaría llamar la historia esotérica o la sabiduría de los misterios, es muy difícil de desarrollar a partir de la primera. Porque descansa en las profundidades de los templos, en las sociedades secretas, y sus dramas más desgarradores se desarrollan exclusivamente en las almas de los grandes profetas, que no han confiado ni documentos ni discípulos sus experiencias más sublimes y sus ideas que los elevan a lo divino. Uno debe resolver sus enigmas. Pero lo que uno encuentra entonces parece estar lleno de luz, orgánico, en armonía consigo mismo. También se podría llamar  religión a lo  eterno y universal. Se presenta como el lado interno de las cosas, como el lado interno de la conciencia humana en contraste con el lado externo meramente histórico. Aquí es donde encontramos el germen creador de la religión y la filosofía, que se encuentran en el otro extremo de la elipse en la ciencia indivisa. Es el punto que corresponde a las verdades suprasensibles. Aquí es donde encontramos la causa, el origen y la meta de la maravillosa obra de los siglos, la guía del mundo en sus mensajeros terrenales».

Estos "mensajeros terrenales" trabajan en la farmacia espiritual, en el laboratorio espiritual de la humanidad. Lo que les permite hacer tal trabajo son las leyes imperecederas de la química espiritual, y lo que logran como procesos químico-espirituales: estos son los grandes hechos intelectuales y morales de la historia mundial. Pero lo que fluye de sus bocas son solo parábolas, solo imágenes de la sabiduría superior que habitan en lo más profundo de sus almas, adaptadas a la comprensión de quienes les prestan oído. Esta sabiduría solo puede ser revelada a aquellos que cumplen con las condiciones que garantizan la comprensión y el uso adecuado de la sabiduría superior. Estos, sin embargo, sienten entonces en la iniciación en los misterios el contacto directo con las fuentes espirituales, con los poderes de la existencia del padre y la madre. Escuche lo que dijo alguien que estaba imbuido de tales sentimientos. Clemente de Alejandría, el escritor cristiano de los siglos II y III d.C., que era místico, es decir, un estudiante de los misterios, antes de su bautismo, elogia estos misterios con las palabras: "¡Oh misterios verdaderamente santos! ¡Oh luz pura! Una antorcha se lleva delante de mí cuando miro al cielo y a Dios; Me vuelvo santo cuando recibo la consagración. Los misterios, sin embargo, me son revelados por el espíritu primordial y sellados por la iluminación del iniciado; iniciado en la fe, me presenta al Todo-Uno, para que pueda ser preservado en el seno de la eternidad. ¡Estas son las ceremonias de iniciación de mis misterios! Si lo deseas, tú también puedes ser iniciado, y te unirás a las fuerzas espirituales de la existencia en una danza alrededor del espíritu increado, inmortal y del mundo único, y el lenguaje que está inspirado por el cosmos cantará las alabanzas de este Todo-Uno."

Uno entiende la descripción de los misterios de Annie Besant, cuando considera que los iniciados tenían que hablar de ellos de la manera en que Klemens lo hace con las palabras anteriores. "Los Misterios de Egipto" – como explica A. Besant en la página 15 de 'Cristianismo Esotérico' – "fueron la gloria de ese antiguo país, y los hijos más nobles de Grecia, como Platón, fueron a Sais y Tebas para ser iniciados en los misterios por los maestros egipcios de sabiduría. Los misterios mitraicos de los persas, los misterios órficos y báquicos, y los semimisterios eleusinos posteriores de los griegos, los misterios de Samotracia, Escitia y Caldea, son, al menos por su nombre, generalmente conocidos. Incluso en la forma extremadamente debilitada de los misterios eleusinos, su valor es muy elogiado por los hombres más distinguidos de Grecia, como Píndaro, Sófocles, Isócrates, Plutarco y Platón.» — El objetivo de la sabiduría de los misterios no es ampliar el conocimiento, sino explicar cosas desconocidas: se trata de elevar a todo el ser humano, para que esté imbuido del estado de ánimo sagrado que es capaz de captar las fuentes y semillas del cosmos. El místico no solo reconoce cosas más elevadas; su propio ser se funde con estas cosas superiores. Debe estar preparado para que pueda recibir adecuadamente las fuentes de toda la vida que fluyen hacia él. Especialmente en nuestro tiempo, cuando solo lo groseramente científico es reconocido como conocimiento, es difícil creer que el estado de ánimo sea importante en las cosas más elevadas. La realización se convierte así en un asunto íntimo del alma humana. Para el místico es así. Cuéntale a alguien la solución a todos los enigmas del mundo. El místico encontrará que sonarán como palabras vacías en sus oídos si su alma no ha sido elevada a un nivel superior por condiciones anteriores; que dejará intactos sus sentimientos si no están sintonizados para percibir la recepción de la sabiduría como una consagración. Solo aquellos que ven a través de esto conocen la atmósfera espiritual desde la cual se pronuncian las palabras de un místico, como las de Plotino: "A menudo, cuando despierto del sueño de la corporalidad, vuelvo en mí, me alejo del mundo exterior y entro en mí mismo, veo una belleza maravillosa; entonces estoy seguro de que me he dado cuenta de mi mejor parte. Estoy activo en la verdadera vida, unido a lo divino, y en ella obtengo la fuerza para colocarme más allá del mundo. Cuando desciendo de la contemplación de lo más elevado a la formación ordinaria de pensamientos después de este descanso en el mundo espiritual, me pregunto cómo sucedió que mi alma se enredó en lo cotidiano, ya que su hogar es donde acabo de estar". el conocimiento sagrado no puede ser un tema de la vida cotidiana, ni de la instrucción ordinaria y los registros de la historia externa; por qué está encerrado en las almas de los mensajeros divinos y solo debe ser, -como dice Schuré-, objeto de iniciación en hermandades íntimas. Pero incluso si esta comprensión inmediata de la verdad sigue siendo un asunto de la enseñanza más íntima, las bendiciones de la sabiduría se otorgan a todas las personas. Así como los frutos de la operación del ferrocarril eléctrico benefician a toda la población, pero las leyes que gobiernan la operación de este sistema son conocidas solo por los electricistas, así es con el efecto, los frutos y la sabiduría de los misterios. Y así como las bendiciones del conocimiento técnico se expresan en las instituciones culturales externas, también las de sabiduría mística son evidentes en la vida espiritual de la humanidad: en sus mitos, creencias e ideas religiosas, en su mundo de leyendas y cuentos de hadas, pero también en sus conceptos morales y legales, y finalmente en sus creaciones artísticas, sus ciencias y sus filosofías. El místico señala las raíces de estos aspectos de la vida en el conocimiento más profundo de la humanidad, y tiene claro que solo allí pueden encontrar su verdadera explicación. 

Clemente de Alejandría dice que "una persona puede tener fe sin poseer conocimiento", pero al mismo tiempo enfatiza que "es imposible que una persona sin conocimiento entienda las cosas que se explican en la fe" (compárese con Annie Besant: "Cristianismo esotérico", página 59). Todo místico conoce esta verdadera relación entre fe y conocimiento y sabe que una contradicción entre los dos es imposible. Pero también solo puede aceptar el misticismo sobre la base de la verdadera ciencia. Clemente también habla de esto: "Algunos que se creen dotados por la naturaleza no quieren entrar en contacto ni con la filosofía ni con la lógica; de hecho, ni siquiera quieren estudiar ciencias naturales. Solo exigen fe ... Por lo tanto, llamo verdaderamente eruditos a aquellos que relacionan todo con la verdad, para que puedan recoger todo lo útil de la geometría, la música, la gramática y la filosofía... ¡Cuán necesario es que aquellos que desean compartir el poder del espíritu del mundo traten los asuntos intelectuales de una manera filosófica ... El místico hace uso de las ramas del conocimiento como estudios auxiliares preparatorios". (Annie Besant: "Cristianismo esotérico", página 59s.)— Cualquiera que haya echado un vistazo a esta profunda armonía entre fe y conocimiento debe señalar repetidamente un rasgo característico de nuestra cultura moderna que ha creado una brecha entre los dos. 

Schuré señala esta brecha en las primeras oraciones de su libro. "El mayor mal de nuestro tiempo es que la ciencia y la religión parecen ser dos fuerzas hostiles e incompatibles. Es tanto más peligroso cuanto que viene de las alturas de la educación y se filtra lenta pero seguramente en todas las mentes, como un veneno que se inhala con el aire. Y todo mal intelectual se convierte, con el paso del tiempo, en un mal del alma y, además, en un mal social. Mientras el cristianismo fue capaz de desarrollar ingenuamente la fe cristiana en medio de una Europa medieval todavía semibárbara, fue el mayor poder moral: dio forma al alma moderna. Mientras la ciencia experimental, restaurada públicamente en el siglo XVI, reclamó para sí los derechos de la razón y la libertad ilimitada, fue el mayor poder intelectual; renovó la faz del mundo, liberó al hombre de grilletes centenarios y le dio a su espíritu un fundamento indestructible. — Pero como la Iglesia se volvió incapaz de defender sus dogmas originales contra las pretensiones de la ciencia, se encerró como en una casa sin ventanas, oponiendo la razón con su fe como ley absoluta e indiscutible; y desde que la ciencia se embriagó con sus éxitos en el mundo físico, los mundos psíquico e intelectual se volvieron cada vez más extraños a ella; se ha cerrado a los reinos superiores a través de sus métodos y se ha vuelto materialista en sus principios. Desde entonces, sin embargo, la filosofía también se ha estado moviendo sin rumbo de un lado a otro entre los dos: ha renunciado a sus propios derechos para caer en la duda sobre las cosas sobrenaturales, y las divisiones han operado tanto en el alma de la sociedad humana como en la del individuo". (Schuré, "Les Grands Initiés", página VIIf.)

Annie Besant señala esta peculiaridad de la nueva cultura espiritual con no menos fuerza. "Está claro para cualquiera que haya estudiado los últimos cuarenta años del siglo pasado que un gran número de personas pensantes y morales le han dado la espalda a la Iglesia porque las enseñanzas que recibieron ofendieron su inteligencia y ultrajaron sus sentimientos. Es en vano que se afirme que el agnosticismo generalizado de esta época se debe a la falta de moralidad, o a la falta consciente de lógica de la razón. Cualquiera que examine cuidadosamente los fenómenos mencionados admitirá que las personas de intelecto agudo han sido expulsadas del cristianismo". ("Cristianismo esotérico", página 27.) Annie Besant responde a la pregunta de qué se debe hacer en esta dirección desde el punto de vista de que la raíz del cristianismo también se encuentra en una sabiduría oculta, y que la fe debe luchar para volver a esta raíz para sobrevivir. Si el cristianismo ha de "seguir viviendo, debe recuperar el conocimiento que ha perdido...; debe aparecer de nuevo como un maestro autorizado de verdades espirituales, con esa autoridad que es la única que vale algo, la autoridad del conocimiento... Entonces el cristianismo oculto descenderá de nuevo al Adytum, detrás del velo que protege el "Lugar Santísimo", en el que sólo puede entrar el iniciado". ("Cristianismo Esotérico", página 29.)

Cómo los "grandes iniciados" y, en particular, el cristianismo conducen a través de la "puerta estrecha" al "jardín de la madurez" es descrito por Annie Besant y Édouard Schuré en los libros mencionados anteriormente.

A través del sentido de la vista, los humanos perciben la naturaleza en cien tonos de luz y color. Son los rayos de luz solar los que son reflejados por los objetos, provocando sus efectos de luces y sombras. Aunque la percepción de la luz solar de esta manera es un hábito diario del ojo, el ojo no puede mirar impunemente a la fuente de luz, al sol mismo; está cegado por los rayos directos del sol. Lo que corresponde en sus efectos a la función cotidiana del ojo se convierte en causa de dolor cuando él mismo afecta el sentido de la vista como causa. Quien sabe aplicar esta imagen de manera correcta a la vida espiritual de los seres humanos comprende por qué los que "saben" hablan de los peligros de la iniciación en los misterios. Estos peligros son muy reales; pero las palabras de quienes hablan de ellas no deben entenderse literalmente en el sentido en que hablamos de los peligros en la vida ordinaria. El intelecto y la razón humanos están tan poco acostumbrados a ver las fuentes de la verdad en todo el mundo como el ojo a mirar directamente al sol. Así como el ojo percibe los efectos de la luz como correspondientes a sí mismo, así el intelecto y la razón perciben los efectos de la sabiduría eterna en los fenómenos de la naturaleza y en el curso de la historia humana. Y así como el ojo se vuelve impotente frente a la fuente de luz, también lo hace el entendimiento humano frente a las fuentes originales de sabiduría. Esta comprensión falla al principio. Solo hay que comparar lo que les sucede a los seres humanos con el hecho de que el ojo está cegado por el sol. Debido a que el hombre está acostumbrado a ver en la naturaleza y la vida espiritual solo el reflejo de la verdad, no la verdad misma, es impotente cuando se enfrenta a él. Acostumbrado a captar solo la cruda realidad que lo rodea todos los días, percibe las revelaciones de la sabiduría superior como una ilusión, como el producto de una fantasía irreal. No pueden decirle nada. Son construcciones etéreas para él, que se difuminan cuando intenta captarlas. Porque quiere captarlas de la misma manera que está acostumbrado a captar las cosas de la realidad ordinaria. Esta realidad lo atrae hacia sí con mil vínculos. Sabe lo que puede prometerle; ha aprendido a apreciarlo mil veces. Aquellos que ven aquí bajo la luz correcta entienden lo que significan las leyendas religiosas cuando hablan del tentador que promete todas las glorias de este mundo a aquellos que quieren entrar en el camino de la iluminación superior. Si no se despierta en ellos el poder para resistir a este tentador, inevitablemente caerán presa de él. 

Y esto insinúa algo de lo que significan los peligros del "umbral" que debe cruzarse si se quiere entrar en el "camino" de la sabiduría. Nadie puede entrar en este camino si quiere usar su ojo espiritual, su mente y su razón solo como se usan en la vida cotidiana. Como un ser transformado, como alguien cuyo ojo espiritual se ha fortalecido, el hombre debe cruzar el umbral. Y en nuestra época actual es difícil fortalecer el ojo de esta manera. Porque nuestra ciencia ha entrenado este ojo para ver solo lo que es tangible. Para hacer sus conquistas en el reino de las fuerzas externas de la naturaleza, esta ciencia tuvo que embotar el ojo a los poderes espirituales de la existencia. Esto no debe malinterpretarse como un reproche. Cualquiera que quiera entender el mecanismo de un reloj ciertamente no necesita explorar los pensamientos del inventor del reloj: puede apegarse a lo que ha aprendido en physics. Pueden entender el reloj solo por su mecanismo. Pero nadie puede entender cómo las fuerzas y las cosas que interactúan en el reloj se unen originalmente a menos que busquen el espíritu que las unió e investiguen las razones por las que se unen. El científico natural solo puede comprender la naturaleza correctamente si primero busca las fuerzas de su acción dentro de la naturaleza misma. Si afirma que se han ensamblado a sí mismos, es como alguien que piensa que el reloj se hizo solo. La superstición no es buscar el espíritu detrás de las cosas, sino transferirlo ciegamente a las cosas mismas. La persona supersticiosa no es como alguien que busca al inventor del reloj, sino como alguien que sospecha que hay un espíritu en el reloj mismo que mueve las manecillas hacia adelante. Sólo si uno malinterpreta a los que buscan el espíritu en la existencia del mundo, puede agruparlos con aquellos que son acusados con razón de superstición y que hoy en día son considerados con la misma razón como alborotadores porque ponen en peligro las bendiciones que nuestra cultura científica ha creado. (Aquellos que ven imparcialmente sabrán a quién se refiere en ambas direcciones).

Cualquiera que entre en el "umbral" de una visión más elevada debe, si quiere tener éxito en su progreso, estar dotado del poder que conduce a la percepción de lo real donde la mente ordinaria y la razón cotidiana perciben la fantasía y la ilusión. Porque es lo permanente y eterno lo que aparece a los ojos en sintonía con lo transitorio y temporal como ilusión y fantasía. Por lo tanto, nada puede ayudar a una persona cuando es conducida a las fuentes de la sabiduría eterna con su mente ordinaria. Es por eso que el primer paso en la iniciación en los misterios no es impartir nuevos conocimientos, sino la transformación completa de los poderes humanos de cognición. Con sutil perspicacia, Édouard Schuré caracteriza en su libro "Los Grandes Iniciados" el camino de aquellos que luchan por el "conocimiento" a través de los misterios: "La iniciación fue una introducción gradual del ser humano hacia las alturas vertiginosas del espíritu, desde donde se domina la vida". Y más adelante, se nos dice: "Para lograr la maestría, decían los antiguos sabios, el hombre necesita una transformación completa de su ser físico, moral e intelectual. Esta transformación solo es posible a través del ejercicio simultáneo de la voluntad, la intuición y la razón. A través de su completa armonía, el hombre puede expandir sus habilidades hasta límites incalculables. El alma tiene sentidos dormidos. La iniciación los despierta. A través del estudio profundo y la diligencia constante, el hombre puede entrar en relación consciente con las fuerzas secretas del universo. A través de un esfuerzo asombroso, puede alcanzar la perfección espiritual inmediata, puede abrir los caminos hacia ella y hacerse capaz de dirigirse allí. Solo entonces puede decir que ha conquistado el destino y que ha conquistado su libertad divina desde allí. Solo el iniciado puede convertirse en iniciador, profeta y teúrgo, es decir, vidente y creador de almas. Porque solo el que se muestra a sí mismo el camino puede mostrarlo a los demás: solo el que es libre puede liberar". ("Los Grandes Iniciados", página 124.)

Así es como debemos entender la tarea de los misterios, en lo que respecta a su primera etapa. No se trataba solo de una nueva ciencia, sino de crear nuevos poderes del alma. El hombre tenía que convertirse en otra persona, un "ser transformado, antes de ser conducido al sol espiritual, a la fuente de la sabiduría.

Aquellos cuyos poderes no están endurecidos cuando cruzan el umbral no sentirán la realidad de los poderes eternos y espirituales que los enfrentan. En lugar de conectarse con un mundo superior, vuelve a caer en el inferior. Este peligro lo enfrenta cualquiera que busque las fuentes de la sabiduría. Si una persona sucumbe aquí, entonces ha matado temporalmente la semilla de la eternidad dentro de sí misma. Esta semilla estaba previamente dormida dentro de él. Pero incluso como una semilla dormida, fue lo que ennobleció y transfiguró la naturaleza transitoria e inferior. Ingenua e inconscientemente, el hombre vivía con su inclinación hacia una espiritualidad superior. El intento fallido de iniciación ha matado la inclinación dormida. Al hombre no le queda nada más que el impulso de vivir en lo transitorio, de vivir sólo en el reino de este mundo. Debido a que ha sentido lo divino-espiritual como una ilusión, adora lo sensual-material. Así, en el "umbral", el hombre puede perder su parte más valiosa, su parte inmortal. Este es el peligro, que es análogo a la ceguera del ojo en la imagen de arriba.

Es claro que los responsables de la iniciación en los misterios, por sentido de responsabilidad, exigían más a los discípulos. Porque estas demandas tenían que tener el efecto de endurecer las fuerzas espirituales en el sentido descrito. Schuré describe la secuencia de iniciación tal como se practicaba en la escuela de Pitágoras (582-507 a. C.). Esta descripción está inspirada en un genio para el arte y la profundidad mística. — Con referencia a esta descripción, hablaremos aquí de estas etapas. Sólo se admitía a la iniciación a aquellos que, por la naturaleza de su ser intelectual, moral y espiritual, ofrecían la certeza del éxito. Para estos, comenzó entonces el tiempo de preparación. Se convirtieron en oyentes durante varios años. En nuestro tiempo, cuando todos creen que tienen derecho a un juicio crítico y perspicaz si han aprendido algo, o incluso -quizás incluso más- si no han aprendido nada, no es fácil dar una idea comprensiva de esta larga audiencia. A este oyente se le exigió que mantuviera un silencio absoluto. El silencio no estaba destinado a ser externo. Era un silencio de juicio. Uno tenía que absorber completamente sin prejuicios, sin estropear esta imparcialidad mediante un examen prematuro. Los sabios lo sabían, y los oyentes tenían confianza. No se les permitió examinar por el momento. Porque el conocimiento que recibieron fue para prepararlos para el examen. ¿Cómo puede alguien aprender realmente si quiere examinar inmediatamente lo que está aprendiendo? Con esta visión del aprendizaje silencioso, los pitagóricos han honrado un principio que es el único que puede conducir por los pasos del conocimiento. Aquellos que han recorrido el camino del conocimiento lo saben. Solo pueden sentir lástima por aquellos que bloquean su camino hacia el conocimiento mediante juicios y críticas prematuras. Nuestro tiempo está completamente lleno de este espíritu crítico inmaduro. Uno solo necesita mirar a su alrededor lo que dicen nuestros oradores y lo que escriben nuestros escritores. Si solo se pudiera encontrar un poco de espíritu pitagórico en nuestro tiempo, mucho más de las nueve décimas partes de lo que se dice permanecería sin decir, y tanto de lo que se imprime permanecería sin imprimir. Cualquiera que haya hecho algunas observaciones o formado algunos conceptos hoy cree que tiene derecho a emitir un juicio sobre las cosas más esenciales. Pero tal derecho solo se otorga a aquellos que han entendido cómo retener su juicio durante años y escuchar imparcialmente lo que han dicho los sabios de la humanidad. Examinar todo y guardar lo mejor es un principio engañoso en el alma de aquellos que no son lo suficientemente maduros para examinar. Nuestro juicio no es nada, absolutamente nada, ante la verdad, mientras no lo hayamos hecho examinar por la verdad misma. En lugar de decir: Examinaré todo y guardaré lo mejor, muchos deberían decir: Dejaré que la verdad me examine; y si soy lo suficientemente bueno para ello, entonces puede mantenerme. Aquel que no ha practicado durante años en el camino de aferrarse, de vivir, de devoción sin reservas al juicio de los sabios líderes de la humanidad, su juicio no es más que humo y espejos.

Este es ciertamente un principio antipático en nuestra era de "ilustración", crítica pública y espíritu periodístico. Pero los oyentes pitagóricos vivían de acuerdo con ella.

Una vez que el estudiante había alcanzado la madurez necesaria, amanecía el "día dorado", cuando comenzaban las revelaciones sobre la esencia de la naturaleza y el espíritu humano. Las leyes de la existencia física y espiritual le fueron reveladas gradualmente. Aquellos que tratan de comprender estas leyes con su intelecto cotidiano y sin refinar no entenderán nada de ellas. Goethe señaló una vez lo que es importante aquí. Cuando se dedicó al estudio del mundo vegetal en Italia y Sicilia y se formó sus puntos de vista sobre la "planta primordial", escribió a Alemania que quería hacer un viaje a la India, no para descubrir nada nuevo, sino para mirar lo que se había descubierto a su manera. No se trata de conocer las leyes que la botánica racional ha sacado a la luz, sino de penetrar en la esencia interna de la vida vegetal con la ayuda de estas leyes. Uno puede ser un profesor erudito de botánica y no entender nada de esta vida. Nuestros eruditos tienen algunos puntos de vista particularmente notables sobre este asunto. O creen que es imposible penetrar en la naturaleza interna de las cosas, o afirman que nuestra investigación aún no ha progresado "tan lejos". No sospechan que, si bien pueden aumentar nuestro conocimiento de la manera más beneficiosa a través de esta investigación de los sentidos y el intelecto, es necesaria una forma de pensar completamente diferente para la exploración de la "naturaleza interna" de la que están desarrollando. No quieren saber nada sobre el inventor del reloj, estudiándolo de acuerdo con los principios de la física. Debido a que no pueden encontrar un pequeño espíritu en el reloj que impulsa las manecillas hacia adelante, niegan el espíritu que unió las ruedas, o afirman que es completamente inaccesible al conocimiento humano o "hasta ahora". Cualquiera que hable del espíritu en la naturaleza es acusado de fantasear solo con palabras. Bueno, no es su culpa que los acusadores escuchen meras palabras. Los discípulos pitagóricos fueron introducidos al espíritu de la naturaleza en la segunda etapa de su instrucción.

Una vez que habían pasado esta etapa, podían ser conducidos a la "gran" iniciación. Ahora estaban listos para absorber los secretos de la existencia. Su ojo espiritual ahora estaba suficientemente fortalecido para esto. Ahora aprendieron no solo el espíritu en la naturaleza, sino también las intenciones de este espíritu. A partir de este momento, la naturaleza de los misterios ya no puede ser discutida en el sentido propio, sino sólo en sentido figurado, porque nuestro lenguaje está completamente adaptado al intelecto y no tiene palabras para la forma superior de conocimiento que se está considerando aquí. Así que les pido que entiendan lo siguiente. Sobre todo, el hombre aprendió a mirar más allá de su vida personal. Aprendió que esta vida suya es la repetición de vidas anteriores en un nuevo plano de existencia. Pudo convencerse a sí mismo de que lo que con razón se llama alma a menudo encarna y reencarna, y que debe considerar las habilidades, experiencias y acciones de esta vida suya como los efectos de causas que yacen en sus vidas anteriores. También le quedó claro que los hechos y experiencias de su vida presente tendrían sus efectos en una existencia futura. Dado que la intención es hablar en detalle sobre las grandes leyes de la "reencarnación" y la "legalidad mundial", o la "reencarnación" y el "karma", en este diario, nos detendremos aquí con estas sugerencias. Estas verdades podrían llegar a ser tan convincentes para el estudiante de los misterios como lo es para la persona ordinaria la verdad de que "dos por dos son cuatro", porque estaba madura para ellas en el tercer paso. Pero incluso en este paso uno solo puede tener un juicio completamente seguro de estas ideas, porque solo en este paso uno es capaz de entender su significado correctamente. Incluso hoy, como en todos los tiempos, estas ideas son muy criticadas. Pero lo que se critica son solo los pensamientos arbitrarios de los propios críticos; y estos carecen de importancia. - Por cierto, debe admitirse que muchos partidarios de la idea de la reencarnación no tienen mejores ideas al respecto que sus oponentes. Por supuesto, no se debe afirmar aquí que todos los que defienden estas enseñanzas hoy las entienden. Entre estos defensores, también, hay muchos que son demasiado perezosos o demasiado seguros de sí mismos para aprender en silencio antes de enseñar.

Aunque este no era el caso de los pitagóricos, otros misterios tenían una etapa de iniciación mística real después de la "gran" iniciación de la revelación. Era la etapa en la que no solo la percepción y el pensamiento, sino toda la vida se expandía más allá de la personalidad humana inmediata. Aquí el discípulo se convirtió no solo en un sabio, sino en un vidente. Ahora no solo percibía la esencia de las cosas, sino que la experimentaba con ellas. Es muy difícil dar una imagen mental de lo que se trata todo esto. El vidente no se limita a percibir las cosas, sino que siente en las cosas; No piensa en la naturaleza, sino que sale de sí mismo y piensa en la naturaleza. — El teósofo conoce este proceso y habla de él como la apertura de los sentidos astrales. — La persona intelectual pasa junto a los videntes; para él debían ser fanáticos, si no algo peor. Aquellos que tienen un sentido de sus dones los escuchan con reverente asombro, porque sienten que ya no es una personalidad humana la que habla a través de ellos, sino la sabiduría viviente misma. Han sacrificado sus inclinaciones, simpatías y opiniones personales para poder prestar sus bocas a la Palabra eterna por medio de la cual "todas las cosas son hechas". Porque donde la opinión humana todavía habla, donde entran en juego las inclinaciones y los intereses, la sabiduría eterna está en silencio. Y cuando llega a los oídos de aquellos que no lo sienten, aparece como un discurso humano personal, aunque el poder divino siempre pueda estar dentro de él. Pero la gente podría aprender a escuchar a los videntes mismos, porque el vidente guarda silencio en su personalidad humana cuando la voz de la verdad le habla. Su juicio es silencioso, sus intereses e inclinaciones están ante él tan insignificantes para él como la mesa que está frente a él no tiene sentido; está totalmente dedicado a la audición interior.

Sólo el vidente ascenderá a la siguiente etapa, que los antiguos llamaban la del teúrgo, y que en el idioma inglés puede indicarse describiéndola como aquella en la que tiene lugar una "inversión completa de las habilidades humanas". Los poderes que de otro modo solo fluyen hacia los seres humanos ahora fluyen hacia ellos. En ciertas áreas donde el hombre es simplemente un sirviente, se convierte en un gobernante cuyas habilidades se "invierten". Y como sólo el vidente es capaz de juzgar el alcance y el modo de acción de tales poderes, el hombre abusará de estos poderes si llega a poseerlos sin haber alcanzado la pureza del vidente. Y esta "sabiduría sin pureza" es posible a través de una cierta cadena de circunstancias que no se pueden discutir aquí. — Schur habla excelentemente de la iniciación superior con referencia a los pitagóricos: "... En la cima, la tierra desapareció como una sombra, como una estrella moribunda. A partir de ahí, se abrieron las vistas celestiales, y el "punto de vista de la altura", la "epifanía" del universo, se desplegó como un todo maravilloso. El propósito de la enseñanza no era dejar que la gente se perdiera en la contemplación o el éxtasis. El maestro había conducido a sus discípulos a las regiones impredecibles del cosmos, los había sumergido en los abismos de lo invisible. Los verdaderos iniciados habían regresado a la tierra de su terrible viaje mejores, más fuertes y más endurecidos para la prueba de la vida... La iniciación de la inteligencia fue seguida por la de la voluntad, la más difícil de todas. Porque se trataba de admitir al discípulo en la verdad, en las profundidades de la vida... En este nivel, el hombre se convirtió en un adepto y poseía suficiente energía para adquirir nuevos poderes y habilidades. Los poderes internos del alma se abrieron y la voluntad se irradió a los demás. — Todo lo que el hombre realiza antes de llegar a esta etapa tiene sus causas en regiones que le son completamente desconocidas. La mirada del teúrgo ve en estas regiones; y conscientemente permite que lo que generalmente duerme inconscientemente en los ejes más profundos del alma irradie de sí mismo. Se encuentra cara a cara con el guía que previamente lo guió de manera invisible "por detrás". Armado con tales pensamientos, uno debe leer frases como la siguiente del antiguo libro de sabiduría "Mundakopanishat": "Cuando el vidente ve al Creador de color dorado, el Señor, el Espíritu, cuyo vientre es Brahman, entonces, habiendo dejado a un lado el mérito y la falta de mérito, sin mancha, el sabio alcanza la unión más alta".

Schuré centra su atención en los picos que así se alcanzan; y su creencia mística en el poder luminoso de estos picos le da la capacidad de ver a través de algunas de las nubes de niebla que velan la verdadera naturaleza de los grandes líderes de la humanidad. Esto le permite describir a los grandes iniciados: Rama, Krishna, Hermes, Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón y Jesús. Paso a paso, a través de estos líderes, los poderes se han irradiado a la humanidad, de acuerdo con la madurez que la raza humana había alcanzado en aquellos tiempos. Rama condujo a la puerta de la sabiduría, Krishna y Hermes dieron a algunos la llave, Moisés, Orfeo y Pitágoras mostraron el funcionamiento interno, y Jesús, el Cristo, representó el santuario. Le restaría valor a la magia única del libro de Schuré volver a contar las explicaciones, en las que todos deberían sumergirse tal como son.

Schuré señala cómo, a través del fundador del cristianismo, los poderes de sabiduría de los misterios se vertieron en las venas espirituales de la humanidad en una forma que los oídos de la humanidad podían oír. — Y en los caminos que describe Schuré, la verdad también hay que buscarla en este ámbito. El poder que irradia la personalidad de Jesús es un poder vivo en el corazón de todos aquellos que permiten que fluya dentro de ellos. Solo aquellos que obtienen la clave de esta palabra a través de la comprensión de la sabiduría de los misterios pueden comprender la palabra viva que obra en este poder. Y, en la medida de lo posible, el "Cristianismo esotérico" de Annie Besant proporciona la base para esto. Es un libro a través del cual se revela al lector devoto el significado oculto de las palabras de la Biblia.

En nuestro tiempo, estos libros clave son necesarios. La humanidad estaba en un estado diferente al que está hoy cuando recibió el Evangelio, las "buenas nuevas". Hoy en día, la mente se entrena de una manera completamente diferente a la de hace diecinueve siglos. Hoy en día, las personas solo pueden experimentar el poder vivo de la "palabra revelada" si pueden captar este poder con su juicio. Pero lo que es verdad sigue siendo eternamente cierto, incluso si la forma en que las personas deben comprenderlo cambia con el tiempo. Que hoy la mente, el poder de juicio, haga valer sus derechos es una necesidad; Quienes entienden el desarrollo humano saben que debe ser así. Por lo tanto, hoy le dan a la mente lo que hace siglos se le dio a otras fuerzas del alma. — Es a partir de esto, y de ninguna otra perspicacia, que el verdadero teósofo debe trabajar. El cristianismo esotérico de Annie Besant debe entenderse de esta manera.

El teósofo sabe que el cristianismo contiene la verdad. Y también sabe que Jesús, en quien Cristo se encarnó, no es un líder de los muertos, sino un líder de los vivos. Comprende las grandes palabras del Maestro: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin". Aquellos que, como Annie Besant, quieren explicar el cristianismo recurren primero al líder vivo, no a los relatos históricos. Lo que la "palabra viva" todavía proclama hoy al oído que quiere escuchar brilla en los relatos evangélicos. Sí, él ha permanecido con nosotros hasta el día de hoy, el proclamador de la palabra, y él mismo puede decirnos cómo debemos entender la letra que informa de sus hechos y palabras. Las "buenas nuevas" deben entenderse esotéricamente, es decir, primero se debe despertar dentro de nosotros el poder viviente que les imprime la marca de lo "santo". Y debido a que el intelecto y el poder de juicio son los grandes medios de la cultura contemporánea, deben liberarse de las ataduras de la mera percepción sensorial, de una comprensión puramente tangible de la realidad. El intelecto de la humanidad contemporánea debe sumergirse en el mar que la llena de verdadera piedad. Porque no es correcto que la mente inteligente destruya solo las "ilusiones" que el sentimiento religioso ha tejido alrededor de las cosas. Solo una mente que está cegada y hechizada por los éxitos que ha logrado en el conocimiento y dominio de las fuerzas puramente materiales de la naturaleza puede hacer esto. —- La gente del presente, y con ellos nuestros físicos, biólogos e historiadores culturales, se creen libres en su mundo de la razón, que se dirige puramente hacia lo fáctico. En verdad, viven bajo una sugerencia dominante. Ustedes, físicos, biólogos e historiadores culturales del presente, podrían volverse libres hasta cierto punto si estuvieran dispuestos a reconocer que sus imágenes mentales sobre la realidad, de hecho, sobre las sustancias y fuerzas del mundo, sobre la historia humana y el desarrollo cultural, no son más que sugerencias masivas. Un día se te caerá la venda de los ojos, y entonces aprenderás hasta qué punto la verdad y no el error es lo que piensas sobre la electricidad y la luz, sobre el desarrollo de los animales y los humanos. Porque, fíjate, incluso los teósofos no consideran tus afirmaciones como un error, sino como verdad. Porque su visión de la naturaleza es también un credo religioso para ellos, y cuando dicen que quieren buscar el núcleo de la verdad en todos los credos, lo hacen no solo en relación con Buda, Moisés y Cristo, sino también en relación con Lamarck, Darwin y Haeckel. Y escritos como los mencionados por Édouard Schuré y Annie Besant están llamados a quitarse las anteojeras de los ojos; están destinados a enseñarte a ver a través de tus sugerencias. En este sentido, lo que importa en tales libros no es solo lo que está escrito en ellos, sino también las fuerzas ocultas que guiaron las plumas de los autores y que fluyen hacia las venas de los lectores, de modo que están impregnados de una nueva actitud de veracidad. Los lectores que experimentan el efecto correcto de tales libros son, en cierto sentido, iniciados intelectualmente. — Cualquiera que no sienta la afirmación de un milagro detrás de esta frase, y que sea capaz de ver en ella algo más que una mera frase, comprenderá también cuando estos libros se le presenten no sólo con la intención de una lectura ordinaria, sino con algo muy diferente, a saber, que están destinados a despertar en él poderes latentes a través de las fuerzas con las que están escritos. incluso si estos poderes inicialmente solo pueden ser los del alma intelectual. Pero para nuestro tiempo, no hay iniciación genuina que no pase por el intelecto. — Quien hoy quiera conducir a los "misterios superiores" pasando por alto el intelecto no sabe nada de los "signos de los tiempos"; y solo puede reemplazar las viejas sugerencias por otras nuevas.

MEDITACIÓN

Quien niega el espíritu del mundo no sabe que se está negando a sí mismo. Pero tal persona no solo comete un error, sino que también descuida su primer deber: trabajar con el espíritu mismo

Traducido por J.Luelmo oct, 2025

GA113 Munich 23 de agosto de1909 La misión del conocimiento espiritual a la luz de Occidente.

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ORIENTE A LA LUZ DE OCCIDENTE

RUDOLF STEINER

1ª conferencia

Munich 23 de agosto de1909

 

La misión del conocimiento espiritual a la luz de Occidente. Revisión de siete años de trabajo en las ciencias espirituales. Con motivo de la representación del drama "Los hijos de Lucifer" de Eduard Schure.

Cualquiera que conozca un poco la historia de la humanidad sabrá, sin ayuda de mucho esoterismo, que la palabra y la idea de "historia" incluyen muchas cosas, sobre todo si se intenta tomar la idea de historia no sólo como algo que se contempla, sino como algo que se experimenta, como todas las cosas del plano espiritual de la vida. La vida sin embargo, exige aprendizaje en todos los campos; y el aprendizaje a su vez, exige paciencia en todos los campos, Se podría traducir, -y esto puede referirse especialmente a nuestro ejemplo-, la palabra paciencia por otra; podría traducirse por la de "ser capaz de esperar". Ahora se ha intentado aplicar la regla de la vida, que reside en las palabras que se acaban de pronunciar, precisamente a lo que se nos permitió realizar ayer.

Entramos en el séptimo año de trabajo con nuestra corriente científico-espiritual alemana. Hace siete años di una conferencia en Berlín ante un círculo de personas que habían escuchado toda una serie de otras conferencias mías. Se impartió como complemento de otra serie de conferencias.  Así que eso fue hace un poco más de siete años. En aquel momento, se trataba de encontrar una transición de los sentimientos e intereses espirituales que surgían de una actividad, aunque científico-espiritual, que sin embargo se llamaba de otra manera, una transición hacia la corriente científico-espiritual. Y en ese momento existía la posibilidad interior de encontrar una buena transición. La conferencia de la que hablo se titulaba: "Los hijos de Lucifer". En ese momento había un público que, en general, aceptaba los puntos de vista en términos literarios; el punto de partida también se había tomado de la obra cuya representación se nos permitió experimentar ayer, del drama de Schure "Los hijos de Lucifer". En aquella época, pues, empezamos a hablar, por así decirlo, de los "Hijos de Lucifer", y en el "secreto" -y la palabra "secreto" se entiende aquí en el sentido en que se habla del ser secreto en la ciencia espiritual-, en el secreto ya existía el pensamiento, en el fondo, de que un día podría ser posible que esta obra de la vida espiritual moderna, apareciera ante los ojos de un número de espectadores en forma de escenario. Se basaba en la idea de que la vida espiritual es una gran unidad y armonía, y que corresponde al hombre reconocer y observar los más bellos brotes, dentro de la vida espiritual de una época determinada. Se basaba en la idea de que la vida espiritual moderna es, en cierto sentido, un caos. Pero al igual que el mundo ha crecido básicamente a partir del caos, una especie de cosmos de vida espiritual sólo podrá florecer en el futuro, si nos esforzamos por sacar las mejores flores del caos de la vida espiritual moderna. La idea subyacente era, que sería un error tratar desde este punto de vista, cualquier cosa que no fuera una obra de arte moderna extraída de la plena vida espiritual del presente. En el transcurso de los siglos, o digamos incluso de los milenios, se podrían encontrar, por supuesto, muchas otras obras de arte, modernizarlas y presentarlas ante el público de hoy; pero el alma de cada tiempo tiene su propia peculiaridad; y lo que el alma del propio tiempo es capaz de crear debe, siempre que sea lo correcto, hablar también a su vez a esta alma del tiempo con el mayor calor y con la mejor intimidad. Si la vida espiritual ha de dar sus más bellas flores, formará parte de su misión no sólo enseñar a la gente los dogmas, no sólo predicar doctrinas, sino en cierto sentido abrir sus ojos.

En general, no es difícil reconocer algo que ya se ha establecido a lo largo de siglos o tal vez solo décadas, pero la vida espiritual que aquí se presenta debe ser algo que despierte las fuerzas más originales, más elementales en el alma humana; y una de las fuerzas más elementales en el alma humana es el favorecer una mirada abierta hacia todo aquello que gracias al sol de la vida espiritual, despierta a nuestro alrededor en forma de flores y frutos de nuestra cultura espiritual actual. Nuestro movimiento quiere ser una revelación.

Pero si se capta la idea y el concepto de la historia de forma vívida, entonces, como ya se ha indicado, eso conlleva algo más: La paciencia o, digamos, la capacidad de esperar. La precipitación, la impaciencia, obstaculizan tantas cosas en la vida que deberían madurar como fruto; y habría sido una auténtica tontería hace siete años pensar en algo más que un leve indicio de lo que se iba a realizar más adelante. 

¿Qué fue lo que nos impidió llevar a cabo inmediatamente el plan de una representación escénica de esta obra espiritual? Basta con mencionar un solo hecho y comprenderán lo que impidió llevarla a cabo en aquel momento. Cualquiera que estudie la vida espiritual sabe que hay ciertas grandes leyes en ella. Esa fue también una de las grandes frases que les sonaron ayer en el propio drama: La vida espiritual tiene sus leyes que no deben ser transgredidas, que deben ser observadas. - Y una de las mayores leyes de la vida espiritual, cuya inobservancia, especialmente en un movimiento como el nuestro, será siempre severamente vengada, es la que se nos presenta cuando los propios seres espirituales superiores nos ilustran sobre la naturaleza de su trabajo en la obra de la naturaleza.

Basta con observar la índole de esta obra de la naturaleza; observar la naturaleza en su creación; y comprobarán que en la naturaleza siempre existe la posibilidad de que surjan innumerables fracasos de lo que se ha creado. Miren el mar con su innumerables seres que se hunden en él, y fíjense en cuántos de estos diminutos microorganismos llegan a desarrollarse como seres vivos. Pregúntense si las entidades creadoras de la naturaleza se plantean alguna vez la cuestión: ¿Debemos afligirnos por los fracasos que tenemos cuando emprendemos tantos y tantos comienzos y vemos que los frutos de la creación mueren bajo nuestra mano? Y únicamente a través de la contemplación de esta gran ley en la vida espiritual, lo que debe tener éxito en ella, al igual que tiene éxito en la naturaleza, esa vida brota y se dispara, porque los espíritus que subyacen a la naturaleza nunca se afligen por sus fracasos. Sólo por esta razón tiene éxito la obra a realizar en la naturaleza, es decir, en el producto de la vida espiritual superior. El éxito como tal no es una indicación de lo que es correcto y verdadero. Esto debe ser un ley de la ciencia espiritual. Esta ley debía respetarse dentro de nuestro movimiento.

Esto no pretende ser otra cosa que una especie de repaso de los hechos, y al mismo tiempo este repaso ha de ponerse en relación con algunas ideas, leyes y hechos que están conectados interiormente con todo nuestro ciclo de conferencias. Han pasado unos siete años desde la conferencia que mencioné, como les decía, y para nuestra mayor satisfacción pudimos ver ayer la representación de los "Hijos de Lucifer" ante una sala llena. Más de seiscientos amigos se reunieron ayer para presenciar la obra "Los hijos de Lucifer". ¿Cuántos fueron los oyentes que escucharon esa conferencia, el primer germen de la obra? Entre el público de ayer sólo había una señora que había escuchado esa conferencia en aquel momento y que no había estado antes en nuestras filas. La conferencia no estuvo mal atendida para los estándares de la época. Todas las demás personas no se unieron a nuestro movimiento. Pero esa es la gran ley del trabajo en el mundo espiritual, que los gérmenes perdidos se transforman y experimentan resurrecciones. Y en nuestro ejemplo podemos encontrar esta ley confirmada. Ya ven que no es incorrecto relacionar la palabra y la idea del evento con las palabras paciencia y saber esperar. Ser capaz de esperar hasta que se den las condiciones que permitan sacar de las vueltas del tiempo lo que hemos dejado madurar. Toda obra humana no puede hacer nada sin la paciencia y la capacidad de esperar caminando junto a ella, sin madurar, haciéndose maduro, desempeñando un determinado papel.

Pero esto es una pequeña prueba de que ciertas cosas son necesarias para que algo madure en la vida cultural. Por supuesto, habría sido una idea completamente desastrosa presentar "Los hijos de Lucifer" en cualquier representación teatral ordinaria. Porque, ¿Qué hace falta para que todo sea una unidad? Lo principal, no hay que olvidarlo, no son los que hacen la representación, ni los que hacen las cosas; lo principal tampoco es el trabajo que se hace, ni los preparativos ni las finalizaciones. Cuando la obra ha brotado del alma del poeta, es cuando está hecha la primera obra. Lo que ocurre después como vía de mediación pertenece a lo que acabo de decir: la representación y el trabajo de representación y todo lo demás no son lo principal; son completamente secundarios en cierto sentido. Lo principal son los oyentes y los espectadores. 

Y lo principal es que una vida comunitaria atraviesa las almas y los corazones de los espectadores; una vida que hace que estos corazones sean capaces no sólo de sentir esas misteriosas corrientes que emanan de la obra, sino de sentirlas en comunión, en armonía interior. Hablamos en nuestro Movimiento, como primer inicio, de la fundación de un núcleo de humanidad en el que viven el amor humano y la fraternidad. O este amor al hombre y a la fraternidad, es una planta tierna, aunque muy importante. Y sólo florece allí donde las almas vibran conjuntamente en armonía; es decir, donde la vida espiritual comunitaria se estremece a través de las almas de forma común.  Eso estaba presente ayer. Nuestro movimiento debe ser un instrumento para endurecer y fortificar nuestras almas de esta manera y al mismo tiempo abrirlas, para que juntos podamos dejar fluir una sustancia espiritual en armonía. A través de nuestras almas debería poder pasar un aliento común.  Entonces podrá madurar el fruto de la hermandad, el fruto de la armonía espiritual entre las personas. Y ahora comparen ustedes eso, con lo que se les presentó ayer, otra representación teatral, y pregúntense si es posible en el caos de nuestra vida espiritual que un sentimiento común baje del escenario y encuentre eco, resonancia en el corazón de los hombres, esa es únicamente la verdadera obra de arte que tiene lugar en nuestros corazones. Cuando la obra de arte ha brotado del alma del poeta, entonces sólo sigue su camino; y lo que importa sólo se cumple plenamente cuando vibra en tantos y tantos corazones y almas; y sólo entonces llega la segunda de las cosas principales de las que trata.

Estas palabras únicamente se han dicho para indicar un poco, cómo nuestro movimiento puede convertirse en un instrumento en la cultura de la humanidad. En nuestro tiempo, la gente nunca se unirá para formar una sociedad de armonía y amor y concordia si la armonía y el amor y la concordia siguen siendo solo palabras y no hechos. Sólo hay una cosa que puede proporcionar el terreno en el que debe madurar nuestro primer principio de fraternidad universal y de amor universal: y tal cosa es el trabajo comunitario. Lo que se dice aquí sólo se puede realizar en ejemplos individuales. Pero si estos ejemplos individuales siguen surtiendo efecto, si se les presta atención, entonces penetrarán no sólo en nuestra vida espiritual, sino en toda nuestra vida actual y la llenarán. El espíritu verdaderamente humano entrará en el trabajo humano y, por tanto, en el progreso humano. Y la ciencia espiritual demostrará que es lo más práctico que puede existir en la vida como fermento. Ella puede, si se le da la oportunidad, penetrar y animar cada rama de nuestra vida de la manera más práctica. Nuestro tiempo actual está generalmente maduro para ello en el sentido de que demuestra la necesidad de la intervención científico-espiritual en cada uno de sus campos. En todas partes vemos que el presente nos exige: el conocimiento espiritual debe fluir en nuestras vidas. Sin embargo, la comprensión de la humanidad sólo se arrastra lentamente detrás de las necesidades humanas. Por lo tanto, nuestro trabajo puede ser un trabajo pionero durante mucho tiempo, un trabajo para el futuro. Pero nuestro movimiento sabrá esperar, no se impondrá, tiene mucha paciencia. Intervendrá donde se le pida, donde se le quiera. 

Por supuesto, primero debe hacer su trabajo en la paciencia, para que un día se exija algo en el mundo que aún no existe. Oh, en un futuro no muy lejano habrá muchos ámbitos de la vida humana en los que se anhelará este trabajo. También estarán los ámbitos de la vida humana que hoy desprecian esta obra como el ensueño más salvaje, como la peor fantasía. La gente la anhelará, la anhelará en lugares desde los que hoy ni siquiera se piensa en ella. Pero por el momento hará su trabajo con paciencia. Tampoco es práctico en la medida en que no entiende nuestro presente. Quiere ser práctico, practicar donde realmente se trata de llegar con todos los dedos. Quién podría dejar de ver que el mundo de la vida espiritual y cultural actual todavía nos cierra a menudo la puerta, que no nos quiere, que dice cuando venimos con nuestra práctica: Quedaos donde estáis, soñadores, soñáis con toda clase de mundos suprasensibles, con un espíritu que no existe. ¡No nos sirve su consulta! ¿Quién puede ser tan parcial como para no ver esto con claridad? ¿No es natural que se intente primero ser práctico donde actúa el mundo de las apariencias, sobre la base de que sólo significa el mundo? Únicamente si se tiene claro que se da una imagen del mundo real en el mundo de la apariencia, entonces a través de este mundo de la apariencia, de la apariencia bella, de la apariencia artística, ese mundo a través del cual los dioses seguramente nos hablan, entonces a través de este mundo se puede dar el primer estímulo. 

Porque en el arte, si se entiende en el verdadero sentido, nos hablan verdaderamente los dioses, a través del arte encontraremos con toda seguridad la puerta para penetrar gradualmente con nuestra práctica en las llamadas ramas prácticas de la vida. El trabajo es el terreno en el que puede germinar nuestro primer principio: convivencia fraterna, trabajo fraterno. Si se trabaja en el sentido indicado, se puede comprobar en el más bello sentido de la palabra, si es posible cultivar entre los seres humanos la armonía y la fraternidad. Lo que entonces aparece ante el ojo como en un cuadro, como en la representación de ayer, viene precedido de muchas cosas; y cuando está terminado, el observador a veces no se hace una idea correcta de lo que le precede. Lo que le ha precedido en nuestro caso puede llamarse justificadamente trabajar en el sentido del primer principio científico-espiritual de armonía y fraternidad, trabajar juntos y cooperar.  

Lo que teníamos en mente en los trabajos preparatorios era la libertad del alma humana en la unidad de acción, en la armonía de la acción. Tal vez no se pueda conseguir todo de una sola vez, pero lo que teníamos en mente era poder conseguir la unidad sin que nadie tuviera que entrar en una máquina en la que se hace sonar la palabra de mando y luego se hace esto y lo otro y cosas por el estilo. Al menos teníamos esta idea en mente, y ciertamente se logró en muchos aspectos, que cada uno de los colaboradores tuviera la sensación de representar su causa. Y esto me lleva al punto en el que, por ser parte de la verdadera vida espiritual, hay que decir unas palabras especiales. No tanto para hablar de este único ejemplo de trabajo espiritual libre, sino para hablar de él como ejemplo de lo que puede ser el principio, el principio rector y la idea de una vida espiritual conjunta. Se nos ha mostrado que es posible liberar las fuerzas dentro de las almas de los hombres que pueden ser liberadas cuando una idea espiritual pasa a través de los corazones, a través de las almas, y cuando las almas están tan maduras que cada uno de los contribuyentes se siente en su lugar. Puede decirse con la más profunda satisfacción que los miembros de nuestro Movimiento que han trabajado juntos para llevar a cabo la representación de ayer han trabajado no sólo con devoción -lo digo con plena conciencia- sino sobre todo con la más íntima comprensión por la causa; y de este modo fue posible no sólo reunir a los actores de las figuras individuales del drama en el conjunto que ayer se conoció, sino también ser capaces de crear un todo a través del trabajo no sólo devoto, sino también comprensivo de nuestros miembros artísticos de la pintura. Sería imposible contarles en detalle todo lo que fue necesario en el trabajo de tal o cual miembro.
Pero si hay que crear algo completo desde el primer hasta el último traje, algo que no sólo exprese lo individual, por así decirlo, lo que expresa el intérprete individual, sino que cree una imagen de conjunto, entonces es necesario que esta parte de la obra se inspire también en una idea común, y puedo decir con satisfacción que nuestro socio de honor, que se encargó del trabajo tremendamente difícil de crear nuestros trajes en el sentido de la actuación global, que nuestro socio trabajó con la más profunda comprensión. Había -y lo digo con plena conciencia- una extraordinaria genialidad en la forma en que el individuo se integraba en el conjunto. De modo que, si se me permite expresar un sentimiento personal, ayer me inspiró realmente en lo más profundo de mi ser una gran gratitud hacia todos los que habían colaborado en tan comprensiva labor, cada uno en su lugar, gratitud que quiero expresar hoy a todos y cada uno de ustedes, gratitud que tiene también otra vertiente, la que permite que ese sentimiento de gratitud fluya de nuevo hacia la fuente general de nuestra vida espiritual, de la que, al fin y al cabo, fluye todo lo que los seres humanos somos capaces de hacer en verdad. Y sólo porque esta espiritualidad vida activa, pudimos hacer este débil intento de llevar a escena una obra de arte como ésta. Pero también se pueden acumular experiencias y vivencias en el proceso. Los que han trabajado en algunas áreas han podido disfrutar de cómo la vida espiritual tiene un cierto poder victorioso. Eso da confianza, da una fe firme en el futuro de nuestro Movimiento. Tal vez podamos extraer nuestra fe en la grandeza y amplitud de nuestro movimiento desde la visión de conjunto sobre el individuo. 

Por ejemplo, fue sumamente satisfactorio ver cómo, en los últimos diez días, el poder espiritual de la obra de arte que representamos no sólo tuvo efecto en los participantes que intervinieron, sino también en los obreros que trabajaron en el teatro con martillo y pinzas, y cómo colaboraron de buen grado y de buena gana, hasta el último trabajador del teatro. Eso es algo que también pertenece a la obra de arte, cuando la visión se amplía desde un marco estrechamente definido hasta que la obra de arte debe tener a su vez un efecto a través de su vida espiritual y su poder espiritual como un sol en toda la vida cultural. Esto da fuerza y valor. Pero también nos da una visión y una indicación de la misión social de la ciencia espiritual. Sí, tiene una misión social, tiene una misión para el conjunto de la cultura humana y el conjunto del bienestar humano. 

Oh, hay muchas almas en nuestro tiempo que creen que sólo a través de los medios materiales y de las disposiciones materiales puede volver el bienestar humano y la salvación humana a nuestras vidas fracturadas, y que han perdido la fe y la confianza en el poder victorioso de la espiritualidad. Pero la práctica enseña que el espíritu tiene el poder de liberar alegrías secretas, placeres devocionales secretos en el alma humana; nos enseña que a medida que nos volvemos más y más capaces de servir el pan de la vida espiritual de nuestra presencia, habrá almas humanas anhelando consumir ese pan. La espiritualidad tiene un poder victorioso.
Tal visión general, que se puede hacer a lo largo de diez días, tal visión ya puede ser instructiva. Puede darnos la fe para hacer lo que queremos como profesores de ciencia espiritual; y puede darnos el valor para seguir trabajando sin cesar en la obra que tenemos en mente. El científico espiritual puede tener este ojo abierto para la vida, para que pueda aprender de la vida. Porque únicamente podemos progresar mirando hacia atrás como aprendices en cada paso de nuestra vida. Así como pudimos esperar siete años por este ideal, también podremos esperar por otras cosas, por muchas cosas que han de suceder a través de nuestro movimiento, hasta que hayan madurado en el regazo del tiempo. Podremos esperar con fe. Porque tenemos, si entendemos correctamente la ciencia espiritual en el sentido del presente, el punto central de lo que se llama fe en el sentido más elevado; siempre hemos colocado este punto central ante nosotros; siempre hemos colocado ante nuestra vista el único punto fijo que nos enfrentaba ayer a través del símbolo de la cruz.

Sabemos lo que significa la cruz para el alma humana. Y a lo largo de los años nos hemos esforzado por considerar lo que nos llega desde los mundos espirituales como un regalo. Nos hemos esforzado por hacer de este contenido científico-espiritual un instrumento para comprender cada vez mejor este centro del progreso humano, para comprender a Cristo y la Cruz. Cuando reconocemos la realidad del principio Crístico, entonces comprendemos que este principio Crístico es una fuerza, una fuerza viva, que ha estado conectada con la vida humana en la tierra desde el principio de nuestra era, cuando este principio Crístico estuvo vinculado con un ser humano en el cuerpo de Jesús de Nazaret. Desde entonces está con nosotros, los seres humanos, trabajando entre nosotros, y podemos participar en su obra si nos esforzamos por utilizar todos los medios a nuestro alcance para comprender este principio de Cristo; para comprenderlo de tal manera que lo convirtamos en la vida de nuestra propia alma. Pero entonces, cuando comprendemos este principio de Cristo de tal manera que sabemos que está en la humanidad, que está ahí, que podemos ir a él, que podemos sacar agua de vida de esta fuente, entonces tenemos esa fe que puede esperar, esperar todo lo que ha de madurar en el regazo del tiempo, que madurará si tenemos paciencia. La madurez nos llegará del regazo de lo transitorio cuando captemos dentro de lo transitorio el principio de Cristo, lo imperecedero, lo eterno, lo inmortal. Del seno del tiempo nace lo supratemporal para nosotros los seres humanos. Cuando nos apoyamos en este firme fundamento, entonces no tenemos una fe ciega, sino una fe impregnada de verdad y conocimiento, y nos decimos: Lo que será, será; y nada nos impide utilizar nuestras mejores fuerzas para lo que creemos que será.

La fe, por un lado, es lo que es el verdadero fruto de la cruz; es lo que constantemente nos interpela: ¡Mira tus fracasos, son la muerte aparente de tu obra! Mira desde tus fracasos hacia la cruz y recuerda que en la cruz estaba la fuente de la vida eterna, que vence la muerte del tiempo no sólo para ella sino para todos los hombres. Y de estas dos ideas surge el mayor valor para vivir. Sólo tenemos que captarlas de la manera correcta. Oh, a veces por parte de personas bien intencionadas, se ha objetado contra la ciencia espiritual que aquí se entiende, que algunos que acuden a ella porque toman esto o aquello aparentemente por mera autoridad se debilitan, que pierden fuerza. Pero quien hace tal afirmación confunde lo aparente con lo verdadero. La ciencia espiritual a la que nos referimos aquí no debilita a los hombres; es un poder en el que vive la fuerza. ¿Qué puede aportar la frescura, el brote y el aire natural de una gran naturaleza libre si un organismo debilitado entra en este aire fresco y feliz y no lo soporta? ¿Se debilita aún más, es acaso culpa del aire fresco y feliz de la vida? ¿Debe cambiar por ello o más bien el hombre debe hacerse maduro para tolerar el aire fresco y feliz de la vida? El conocimiento espiritual quiere ser un aire sano del espíritu. No es de extrañar que a veces, por el aire mórbido de nuestra vida espiritual tal como es en la actualidad, un organismo debilitado se sienta impotente y débil en el comienzo de su andadura científico-espiritual. La paciencia y la valentía, que brotan del principio de Cristo verdaderamente comprendido, son los verdaderos frutos de una parte de la vida espiritual a la que nos referimos aquí. Pero hay una cosa más que le corresponde. El valor, la perseverancia y la fe no son suficientes por sí solos; algo le pertenece y le pertenecerá cada vez más a medida que avancemos hacia el futuro. 
Es decir: debemos tener la posibilidad, cuando hemos reconocido una idea como correcta, de no dejar que nada nos disuada de la rectitud de esta idea. Podemos decirnos mil veces que no se puede realizar ahora, debemos esperar con paciencia y perseverancia hasta que sea posible su realización. Si creemos que en el transcurso de la vida humana es el poder de Cristo el que hace que todo madure del choque del tiempo en el momento oportuno, entonces debemos tener, sin embargo, un juicio sobre la rectitud, sobre la indudable rectitud de nuestro contenido espiritual. Podemos esperar el éxito, por tanto, nos veremos cada vez menos obligados a limitarnos a esperar cuando se trata de ver lo correcto, lo verdadero, lo sabio también como verdadero, sabio, o correcto. La cruz es lo único que proporciona el valor de la comprensión correcta para vivir y la fe en la vida; pero es la estrella, la estrella que una vez fue sostenida por Lucifer, "el portador de la luz", pero que se ha perdido para él y ha pasado al principio de Cristo, la estrella que puede iluminarnos en cada momento, si nos encomendamos a ella, sobre lo correcto, sobre lo indudable de nuestro contenido espiritual. Este es el otro punto de fuerza en el que debemos mantenernos firmes. Debemos ser capaces de adquirir un conocimiento que se adentre en las profundidades de la vida, que vaya detrás de las apariencias externas, materiales, que brille allí donde hay luz, incluso cuando se vuelve oscuro para el ojo humano, cuando se vuelve oscuro para la mente humana, cuando se vuelve oscuro para la percepción externa.
Fue necesario para el desarrollo humano, que se produjera el acontecimiento de Cristo en el curso del progreso humano, y en los próximos días tendremos que subrayar lo necesario que fue. Era necesario, como se indica tan profundamente en el Evangelio de Juan, que durante un tiempo se produjera esta oscuridad sobre la humanidad. En esta oscuridad brillaba lo que llamamos el principio Crístico, el Cristo. En realidad es tal y como se describe en el Evangelio de Juan.
Pero el conjunto de la vida avanza, la vida continúa. Una maravillosa y gloriosa saga de la humanidad habla de que cuando Lucifer descendió del cielo a la tierra, una piedra preciosa cayó de su corona. De esta piedra preciosa -así dice la leyenda- se convirtió en aquel vaso en el que el Cristo Jesús cenó con sus discípulos; aquel vaso en el que se recogió la sangre de Cristo que brotaba de la cruz; aquel vaso que fue traído por los ángeles al mundo occidental y que es acogido en el mundo occidental por aquellos que desean avanzar hacia la verdadera comprensión del Principio de Cristo.
¿Qué es el Santo Grial? Todos ustedes saben que el hombre, tal como es hoy, se compone de cuatro miembros, el cuerpo físico, el etérico, el astral y el yo, que a lo largo del progreso humano este yo debe avanzar hacia una perfección que lo llene cada vez más, que debe elevarse cada vez más.
Lucifer, el caído que gobernaba en Oriente, perdió la piedra preciosa de su corona; esa piedra preciosa no es en cierto sentido otra cosa que la fuerza plena del yo humano. Este yo humano debe prepararse primero en las tinieblas para poder ver la estrella de Lucifer brillando de una manera nueva y digna dentro de la luz de Cristo. Este yo tenía que adiestrarse en el principio de Cristo, para madurar en la piedra preciosa que ahora ya no pertenece a Lucifer, que se ha desprendido de su corona; es decir, tenía que madurar a través de la sabiduría, para tener de nuevo la capacidad de soportar la luz que no nos llega de fuera, sino que brilla sobre nosotros cuando nosotros mismos podemos hacer lo necesario para ello. Por lo tanto, la tarea científico-espiritual es una labor sobre el yo humano para convertirlo en un recipiente que a su vez sea capaz, de recibir la luz que está allí donde hoy hay oscuridad y noche para los ojos exteriores, para la mente humana exterior. Una antigua leyenda dice que la noche era la regla original. Pero esta noche está ahí de nuevo; está en todo lo que se llena de oscuridad hoy. Pero llenémonos de esa luz que puede amanecer sobre nosotros cuando comprendamos la estrella que el portador de la luz, el otro espíritu, Lucifer, ha perdido; entonces esa noche se convierte en día para nosotros. Los ojos dejan de ver cuando la luz exterior no ilumina los objetos; el intelecto fracasa cuando se trata de penetrar detrás de la naturaleza exterior de las cosas; la estrella que hacemos nuestra cuando a la vez habla una investigación clara y bien intencionada, iluminándonos lo que sólo parece noche, convirtiéndolo en día. Pero eso es también lo que quita todas las dudas que nos asfixian y paralizan. Entonces nos llega el momento en que tenemos el valor de vivir y la fuerza de la fe para esperar con paciencia; pero también esa certeza que nos llega cuando el mundo de nuestro espíritu es iluminado por esa luz que nos dice: No hay justificación para la duda en Absoluto. Si, por una parte, podemos esperar, si tenemos la fuerza de dejar madurar nuestras intenciones, y si, por otra parte, tenemos la certeza interior absoluta de la existencia de lo eterno, de lo imperecedero, de la existencia de la luz que ilumina las tinieblas del intelecto, entonces tenemos las dos fuerzas que nos hacen avanzar, entonces hemos comprendido que unir ambos mundos es una misión para el futuro, entonces comprendemos lo que significa: frente a nuestra alma y frente a nuestro espíritu están los signos de dos mundos, unidos en el amor. Entonces entendemos la cruz de Cristo y la estrella de Lucifer brillando en la luz de Cristo.
Esto se puede citar como algo que, en cierto modo, es la misión de la vida científico-espiritual para el futuro: por un lado, darnos seguridad y fuerza para mantenernos sobre una base firme de vida espiritual, para hacernos receptivos a la luz recién nacida del antiguo portador de luz, y por otro lado, apoyarnos en el otro pilar de la fe firme y la confianza firme en que lo que ha de suceder sucederá a través de las fuerzas que hay en el mundo. Sólo a través de esta doble certeza podremos obrar lo que debemos obrar en el mundo; sólo a través de esta doble certeza lograremos trasladar el conocimiento espiritual a la vida.
Por lo tanto, debemos tener claro que no sólo tenemos la tarea de comprender la estrella tal como brilló en el devenir del hombre, hasta que la piedra preciosa cayó de la corona de Lucifer, sino que debemos comprender que debemos retomar lo que ha sido de esta piedra preciosa, el Santo Grial, que debemos comprender la cruz en la estrella; que debemos comprender lo que brillaba como sabiduría luminosa en los tiempos primitivos, lo que veneramos en lo más profundo como sabiduría de los tiempos precristianos, a la que verdaderamente miramos con plena devoción, y que debemos añadir lo que el mundo ha podido llegar a ser por la misión de la cruz. No se nos debe escapar la menor de las sabidurías precristianas, no se nos debe escapar la menor de las luces de Oriente. Miramos a Phosphoros, "el portador de la luz"; sí, reconocemos a este antiguo portador de la luz como la entidad que sólo puede hacernos comprensible todo el profundo significado interior del Cristo; pero vemos a Christophoros, "el portador del Cristo", junto a Phosphoros, y tratamos de comprender la misión científico-espiritual que sólo puede cumplirse si los signos de estos dos mundos realmente "se unen en el amor".  Si entendemos esta misión de esta manera, entonces la estrella será nuestra guía hacia la certeza de una vida espiritual llena de luz, entonces el Cristo será nuestra guía hacia el calor interior de nuestra alma, en la fe y la confianza de que se producirá lo que se podría llamar: Nacimiento de lo eterno a partir de lo temporal.
Recordemos siempre el principio de que si lo que queremos es correcto, nada puede impedirnos esperar hasta que los frutos maduren. Si nos mantenemos firmes en nuestra mirada hacia la estrella, que Lucifer ha perdido, por un lado, y hacia la cruz del Cristo por el otro, entonces penetraremos interiormente y vivamente en la misión del conocimiento del espíritu, entonces estableceremos cada vez más en nosotros la certeza de que la luz que brilla de este conocimiento del espíritu es una verdadera luz de estrella. Pero entonces tendremos cada vez más fe y confianza en que los frutos de este conocimiento madurarán; entonces nada nos hará tímidos; entonces seremos capaces de aceptar todos los fracasos con paciencia y perseverancia. Mirando las pequeñas cosas que hemos logrado al principio, nos diremos: poco a poco crearemos en la humanidad una pequeña semilla a través de nuestro movimiento, para que la luz de Oriente encuentre su reflejo, su poderoso y comprensivo reflejo en el principio de Cristo de Occidente. Entonces también nos daremos cuenta de que hay una luz de Occidente que brilla para hacer que lo que viene de Oriente sea aún más luminoso de lo que es por su propia fuerza.
Una cosa se vuelve luminosa por la fuente de luz que la ilumina.  Por lo tanto, que nadie diga que se produce alguna corrupción de la sabiduría oriental cuando la luz de Occidente brilla sobre esta sabiduría oriental.  Lo que es bello, grande y sublime brillará. 
Parecerá más hermoso, más grande y más sublime cuando esté iluminado con la luz más noble. Cuando esta idea, que recibimos premonitoriamente en nuestra alma, nos llene, entonces podremos aprender de las cosas pequeñas emocional y sentimentalmente, cosas más grandes; entonces aprenderemos de ello a decirnos a nosotros mismos: Nos mantenemos firmes en nuestras verdades, y esperamos pacientemente la realización de estas verdades; Tenemos la fuerza de no vacilar en lo que viene de la luz por un lado; pero también tenemos la fuerza de esperar, aunque sea mucho tiempo, hasta que aquello que queremos plantar como semilla en el seno del tiempo deje madurar el fruto.
Pudimos esperar hasta que pudimos abordar la tarea tan querida por nuestros corazones de presentar "Los hijos de Lucifer" encarnados ante los ojos humanos. La ciencia espiritual tiene sus grandes tareas en todas las direcciones, en todos los ámbitos de la vida. Si hoy ya estamos seguros a través de esa luz que encierra estas tareas, si tenemos el único apoyo firme entre nosotros, por otra parte también estamos seguros en la fe y la confianza de que las tareas más pequeñas y las más grandes, si nos entregamos a ellas, debe cumplirse.
Y así construimos sobre la luz que emana del conocimiento del Espíritu; y así construimos sobre el calor que emana de él y que nos llena, que nos puede llenar de fe y confianza en nuestra misión. Y seguir trabajando en el sentido correcto y verdadero bajo los dos signos de la estrella y la cruz, los "signos de dos mundos unidos en el amor", trabajando desde un punto del tiempo a otro, trabajando con la firme convicción de que si en el transcurso del tiempo captamos correctamente nuestra tarea, estamos trabajando para aquello por lo que el hombre ha de trabajar, para la eternidad. Para la actividad humana, la eternidad es el nacimiento de lo que madura en el tiempo.

Traducido por J.Luelmo ago.2022