CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA068d Hamburgo, 3 de marzo de 1906 - Cuestiones educativas

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LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

Cuestiones educativas

 Hamburgo, 3 de marzo de 1906


¡Estimados asistentes! Cuando abordamos de manera práctica las grandes cuestiones culturales de nuestro tiempo, se pone de manifiesto el hecho de que la cosmovisión teosófica no consiste solo en una serie de enseñanzas y dogmas, y que lo importante no es principalmente profesarlos,. Hoy queremos examinar las cuestiones educativas desde el punto de vista teosófico. ¿Qué fruto más hermoso podría brotar de esta cosmovisión que el de introducirnos en las profundidades y en todos los rincones de la naturaleza humana, enseñándonos a comprender al ser humano y, con ello, el arte de influir en él? Por supuesto, eso sería algo diferente a si solo viéramos por curiosidad o sed de conocimiento, para escuchar y aprender cosas desconocidas sobre el espíritu, el alma y el cuerpo del ser humano.

Este camino por sí solo, el camino del aprendizaje, no puede considerarse teosófico, porque el camino teosófico es solo aquel que atraviesa la vida práctica. Para aquellos que no profundizan en las enseñanzas en su vida cotidiana, estas siguen siendo incomprensibles. Solo se conoce al ser humano en relación con el alma y el espíritu cuando se colabora en su vida sin desarrollar. De este modo, también se obtiene información sobre los mundos superiores. Y no podemos negar que es necesaria una comprensión íntima del alma si queremos ser guías.

El ser humano está compuesto por diferentes miembros, de los cuales el cuerpo físico es solo uno. Saber esto es muy importante, ya que quien sabe que el alma de un niño ha tenido una vida rica y que ha completado muchos niveles a lo largo de muchas vidas terrenales se comportará de manera muy diferente con el niño en crecimiento. Las aptitudes y habilidades que aparecen con el nacimiento se han adquirido en vidas anteriores.

Quien sabe que el alma se desarrolla gradualmente a partir de sus envolturas, ve al niño con otros ojos. La teosofía arroja una nueva luz no solo sobre el conocimiento más íntimo de la naturaleza humana, sino también sobre todo el proceso de desarrollo del ser humano a lo largo del tiempo.

Debemos distinguir dos cosas en el ser humano: en primer lugar, un núcleo eterno que vive nuevas experiencias en las más diversas encarnaciones, extrayendo, por así decirlo, lo esencial de cada vida terrenal; y, en segundo lugar, la naturaleza humana inferior, que solo constituye la envoltura del yo propiamente dicho. Repitamos brevemente de qué partes se compone esta naturaleza inferior.

En primer lugar, tenemos el cuerpo físico tangible y visible; en segundo lugar, el cuerpo etérico, que crea la forma del ser humano; en tercer lugar, los deseos, los instintos y las pasiones: el cuerpo astral. En estas envolturas está encerrado el yo superior. Compartimos el cuerpo físico con el reino mineral, el cuerpo etérico con el reino vegetal y el cuerpo astral con el reino animal. Solo el cuarto, el yo, es exclusivo del ser humano. Las envolturas que rodean al yo sirven al ser humano como instrumentos, como herramientas en las que se manifiesta el yo real, lo que ya existía.

Con cada nuevo nacimiento se forman de nuevo estas tres envolturas. Sin embargo, no debemos imaginarnos estas envolturas como capas de cebolla que separan el núcleo del ser del mundo exterior, sino que los cuerpos se impregnan unos a otros y el yo impregna los cuerpos.

Solo aquel que conoce al niño en crecimiento no solo por su cuerpo físico, que se forma y crece, sino que también tiene en cuenta el cuerpo etérico vivificante y el cuerpo astral, puede influir plenamente en su educación.

Pero hay otras cuestiones fundamentales que hay que abordar. Durante más de cien años se han realizado grandes avances en el arte de la educación. Pestalozzi, por un lado, Rousseau, por otro, y Herder han iniciado el intento de encontrar el camino para convertir al niño en un ser humano completo. Se han realizado profundos intentos. A través de la teosofía, estos intentos se profundizan aún más.

Dado que se trata de un tema tan amplio, esta noche nos limitaremos a algunas cuestiones educativas relacionadas con los miembros más delicados del ser humano.

Mientras se considere a los seres humanos como un verdadero caos, solo se podrán obtener resultados a partir de observaciones. La situación es muy diferente para aquellos cuya mirada es capaz de percibir los cuatro miembros del ser humano, o que al menos conocen las relaciones entre estas cosas. El niño se desarrolla de manera diferente en los primeros años de vida y de manera diferente en los años posteriores. Por ahora, dejemos de lado el yo y ocupémonos de los cuerpos físico, etérico y astral.

Consideremos al niño tal y como se nos presenta tras su nacimiento. Tenemos el cuerpo físico, que es lo más importante. A partir de los siete u ocho años, lo más importante es cuidar con esmero el cuerpo etérico. En el momento en que se avecina la madurez sexual, el cuerpo astral necesita un tratamiento educativo muy especial.

¿Qué debe suceder en el primer año de vida? El cuerpo etérico se dedica por completo al crecimiento del cuerpo físico, de modo que, según su disposición natural, aún no está libre para el cuerpo astral. Solo más tarde, cuando el cuerpo físico está formado, el cuerpo etérico queda libre para crecer de forma independiente, lo que, desde el punto de vista ocultista, está relacionado con la voluntad, que se encuentra en lo más profundo.

Lo que más fácilmente cambia en el ser humano son sus conceptos e ideas. Los conceptos que nos formamos sobre las cosas en la primera infancia difieren considerablemente de lo que pensamos sobre ellas más adelante en la vida. Nuestro mundo emocional también es cambiante, aunque se modifica con más dificultad que el mundo conceptual. Por ejemplo, si un niño tiene un carácter malhumorado, le resultará difícil desprenderse de él. El temperamento y el carácter son más difíciles de cambiar.

Lo más difícil es el carácter básico de la voluntad, porque la voluntad tiene su sede donde el ser humano menos puede llegar. Puede crear una nueva comprensión, adquirir nuevos sentimientos, pero hay una cosa que no puede hacer: no puede trabajar en el cuerpo físico, y eso es lo que da al carácter de la voluntad su matiz básico. Solo en los primeros años de vida es posible trabajar en el cuerpo físico. El educador debe tener esto siempre presente. Para él, lo importante ahora es formar el valor de la voluntad en los primeros años; debe dedicarse por completo a su formación pura; debe tener cuidado de no interferir de forma perturbadora al querer enseñar conceptos al niño demasiado pronto. Por lo tanto, la voluntad debe desarrollarse antes que nada. El ser humano tiene en sí mismo el impulso de imitar. El educador debe centrar su atención principalmente en este impulso de imitación. Debe asegurarse de que el niño disponga de buenos modelos a imitar. El educador debe influir en el niño con su mera presencia. Las bases de algunas cualidades útiles, como la intrepidez y la presencia de ánimo, deben sentarse ya en los primeros años. Hasta los siete años, la atención debe centrarse en educar el cuerpo físico para que se convierta en un organismo útil.

¿No se puede influir en absoluto en el cuerpo etérico durante ese periodo? El educador no podrá intervenir mucho. Debe actuar a través de su presencia. Entonces comprenderá que los sentimientos y los pensamientos son hechos. No debe creer que solo una bofetada, un empujón o [una] indigestión son algo real, sino que debe tener claro que es igualmente real si tiene buenas o malas intenciones, y que no da lo mismo qué intenciones tenga quien cuida al niño. No importa lo que se haga con el cuerpo etérico y astral del niño, sino con qué pensamientos, con qué actitud, con qué atmósfera se rodea al niño. Dependiendo del entorno, la actitud del niño será noble o vil. Así es posible influir en el niño de forma sistemática, con plena conciencia, a través del ejemplo en la vida cotidiana. Todo lo que el niño absorbe, lo absorbe a través de los sentidos, y lo que absorbe, lo imita. De este modo, es posible influir en él de forma armoniosa.

Sería muy importante que desde el punto de vista teosófico se trabajara a fondo esta idea, para que se pudiera comprender cada vez mejor la enorme importancia que tiene el entorno para un niño pequeño. Intentemos aclararlo con algunos detalles concretos. Algunas personas creen que le hacen un gran favor al niño regalándole una bonita muñeca. A los ojos del ocultista, esto es lo peor que se le puede hacer. Con la bonita muñeca se encauza por determinados caminos el instinto de imitación del niño, que es lo que se pretende estimular. Se mata la fuerza creativa. Si se observa bien a un niño, se verá con frecuencia que tira los juguetes más bonitos y se crea uno nuevo con los materiales más sencillos. No se le debe dar al niño una imagen de la realidad. La imitación no debe limitar la imaginación. El niño debe vivir en un mundo de fantasía, la imaginación debe ocupar al niño.  Debe desarrollar sus propias fuerzas, crear su propio mundo imaginario. Y esta fuerza interior permanece inactiva en la bonita muñeca. Los juegos del niño son réplicas de lo que oye y ve; exigen esfuerzo de voluntad. Esto despierta dos tipos de energías: la destreza y la capacidad de mantener el equilibrio en las más diversas circunstancias. Estos son algunos de los aspectos que hay que tener en cuenta a la hora de abordar la educación del niño pequeño.

Alrededor del séptimo año, el cuerpo etérico se vuelve más libre. El cuerpo físico ha adquirido ahora la fuerza vital para seguir desarrollándose. Ahora es importante influir en el cuerpo etérico y desarrollar sus fuerzas, que son: la memoria y la atención. En esta etapa hay que inculcar buenos hábitos. El educador debe desarrollar ahora estas fuerzas del alma.

Los pedagogos actuales también han tenido esto en cuenta. Todavía no se debe influir en el cuerpo astral, eso vendrá más adelante; en estos años lo principal es la educación formal. En un primer momento no se trata de adquirir una gran cantidad de conocimientos determinados, sino del ser humano en sí mismo. Lo que el ser humano no aprende en estos años en materia de geografía y demás, lo puede recuperar más adelante, pero lo que no puede recuperar es la adquisición de la capacidad de memorización y de la atención. Y estas facultades deben fortalecerse para que el ser humano se preserve más adelante de la inconstancia, para que aprenda a ser firme y no se vuelva inestable. Por lo tanto, lo importante a esta edad es impartir una educación formal.

En este sentido se cometen grandes errores. Se quiere formar la capacidad de juicio del niño lo antes posible, responderle al porqué y al cómo. Pero aún no es el momento adecuado para ello. Más bien se le debe ofrecer al niño una suma de observaciones y así fortalecer su memoria. Se debe fomentar el silencio interior, se debe intentar limitar las preguntas incesantes para promover así una rica vida interior. En un primer momento, no se trata de decir sí o no, sino de desarrollar la capacidad de juicio propio, que se vería limitada si se le dijera: «Debes hacer esto, no debes hacer aquello», sino que se debe actuar más bien a través de ejemplos y relatos. Lo espiritual debe reflejarse en símbolos, cuentos y mitologías que se transmiten al niño, despertando así fuerzas espirituales más profundas. Al decir sí y no, limitamos las fuerzas; estas deben desarrollarse por sí mismas. No se debe inculcar al niño una moral preestablecida; hay que intentar generar grandes pensamientos y sentimientos por grandes personalidades. Si es posible, poca doctrina. Las historias sobre grandes personalidades surten mejor efecto que las reglas morales. Describir el mundo, pero no enseñar reglas y leyes. En esta etapa no se debe fomentar el juicio propio ni la visión propia; el niño aún no está maduro para ello. Pero lo que se descuida en la formación de la memoria entre los siete y los catorce años no se puede recuperar más tarde. Por ejemplo, en matemáticas: una vez sentadas las bases mediante la enseñanza visual, la memoria debe servir para aprender las tablas de multiplicar. Lo mismo se aplica a los idiomas y otras materias.

 El educador debe ir retirándose poco a poco y convertirse en un servidor del niño. No solo debe llenar el alma del niño con sabiduría, sino que debe acercarse a la esencia del niño y salir de su alma. Debe ser un descifrador de enigmas. Es una gran ganancia para el alma que la envoltura etérica adquiera una forma sólida entre los siete y los catorce años. Cuando se ejercita la memoria y se desarrolla la capacidad de que el niño pueda concentrarse tranquilamente en un objeto, se crean hábitos sólidos y duraderos que se convierten en constantes en las personas y permanecen con ellas toda la vida.

Lo que sabemos hacer debe practicarse. En estos años hay que repetir una y otra vez que todo se convierta en un hábito. Las fuerzas creativas y formativas se desarrollan en los años once, doce y trece. La tarea del educador es ahora pasar del ejemplo a la capacidad de juicio; el niño debe aprender a utilizar sus fuerzas más sutiles. No hay que actuar solo sobre el ánimo, ni solo mediante prohibiciones y mandatos. Pitágoras mantuvo el equilibrio y dio sabias enseñanzas, revestidas de una forma que mantenía el equilibrio entre el ejemplo y el principio. No debes golpear el fuego con tu espada, es decir: quien se enfada desperdicia su fuerza. Ahora bien, él expresa esto de una manera que no solo actúa sobre la mente abstracta, sino que resume la enseñanza en una imagen que estimula la imaginación del niño, desarrolla su fantasía, su imaginación. Los principios pitagóricos son un término medio entre la imagen y el principio. Se debe trabajar para que el niño aprenda a formarse su propia opinión. La opinión del niño no debe verse limitada por doctrinas estrictas, ni restringida, sino ampliada. Y esto se consigue mediante imágenes, mediante representaciones simbólicas de las grandes verdades. Durante los primeros años escolares, es importante establecer el equilibrio adecuado entre el descanso y el trabajo en relación con el cuerpo etérico. Cuando se acerca el momento de la madurez, es necesario alcanzar el equilibrio adecuado para que el ser humano pueda desarrollarse plenamente en los tres mundos. La primera tarea consistía en liberar el cuerpo etérico de las exigencias y los esfuerzos físicos del cuerpo; para ello era necesario observar cuidadosamente cómo endurecer y flexibilizar el cuerpo mediante ejercicios gimnásticos y, a continuación, proporcionarle el descanso necesario, acostumbrarlo al descanso mientras el cuerpo etérico trabaja.

Según se acerca el tercer periodo, que es cuando se llega a la madurez sexual, las tareas del educador se vuelven cada vez más difíciles. Hay que trabajar con cuidado en el cuerpo astral. Ahora es cuando hay que enseñar al niño a formarse su propio juicio. Antes, lo que se buscaba era el silencio. En el primer periodo, el niño se ve impulsado a imitar a través de sus sentidos; por eso es importante crear el modelo adecuado. En el segundo período, se debe influir en el niño mediante la autoridad; esto es natural y tiene un efecto beneficioso, ya que genera fe y confianza. Afortunado el niño que mira con reverencia a una autoridad que lo es todo para él. Durante el tercer período, el educador debe dejar que su propia sabiduría pase a un segundo plano frente a la sabiduría del ser humano que tiene ante sí en el niño que está creciendo. La madurez sexual está relacionada con la independencia del ser humano. Para ello es necesaria una preparación. Lo que el cuerpo astral debe absorber debe prepararse en el cuerpo etérico. Esto se refiere a una formación armoniosa del mundo emocional. Si se logra generar sentimientos estéticos y elegantes en el niño, esto repercute en el cuerpo astral y genera una capacidad de juicio normal, armoniosa y estética.

No es bueno que los niños de 16 o 17 años se acerquen a nosotros con juicios preconcebidos; esto tiene consecuencias amargas. Hay que acercarles a los personajes nobles de la historia, a los poemas hermosos, a las obras de nuestros grandes maestros, pero no a las confesiones. Las confesiones provocan un sí o un no, pero no una vida interior rica. Y quien no ha tenido la suerte de tener autoridades ante sí, tampoco llegará a formarse un juicio propio.

Ahora ha llegado el momento en el que debemos esforzarnos por desarrollar la relación entre las personas. Antes se trataba de despertar el sentimiento de veneración; ahora debe aprender a reconocer por sí mismo el valor de las diferentes personas. Ahora aprende a distinguir su antigua relación con las personas como ser humano, reconoce lo que tiene valor y lo que no. Porque, ¿qué hay que despertar ahora? Los afectos, las sensaciones, el placer y el dolor. El astral se desarrolla en relación con el entorno. Por eso, primero debemos cuidar el cuerpo astral para que actúe hacia dentro. Ahora sale al exterior. Para que haga un uso correcto de su libertad, debe estar preparado por el cuerpo etérico. El cuerpo astral también se denominaba cuerpo de impulsos y deseos. Si no está bien preparado, se manifiesta en forma de deseos salvajes y vicios de la vida académica. Si no está preparado para la libertad, la fuerza impulsora que quiere manifestarse se vuelve salvaje y desenfrenada; debe consolidarse en años anteriores mediante la educación del cuerpo etérico.

Gracias a los conocimientos teosóficos, el educador será capaz de profundizar y espiritualizar sus habilidades pedagógicas. Así, la teosofía resulta útil cuando se aprovecha para influir en la juventud. Quien intente aplicar estos conceptos de forma práctica en la vida reconocerá lo útil que es tenerlos. Entonces obtendrá el conocimiento de forma práctica a partir de la vida, incluso renunciando a la cosmovisión teosófica. Y este conocimiento práctico vale más que la curiosidad y el afán de saber.

Los conocimientos materiales externos no dependen en muchos casos de nosotros. El Estado, la clase social y las circunstancias suelen ser decisivos, pero eso tampoco es lo más importante. Lo que exige la profesión y la clase social puede tomar un rumbo bueno o malo. Incluso con el plan de estudios más defectuoso y las aulas más abarrotadas, se puede influir si se conoce a las personas. Si es cierto que el ser humano puede desarrollar todas sus facultades de forma armoniosa, esto solo puede suceder si se le conoce desde los primeros años de vida, incluso antes del nacimiento.

Lo espiritual es realidad. No es indiferente qué pensamientos rodean a un niño, no es indiferente quién recibe al ser humano. Es muy importante si la persona que recibe a un ser humano tiene pensamientos y sentimientos buenos o malos; el médico y la comadrona deberían ser personalidades refinadas, con formación sacerdotal. Si es así, el ser humano entra en una atmósfera pura al nacer, y eso no es indiferente. El espíritu es algo real. Este es un ámbito en el que una educación sensata puede ser muy útil y, a la inversa, la ignorancia puede ser muy perjudicial. El ser humano entra en la existencia de forma imperfecta. Entra en la existencia para adquirir capacidades superiores; debe pagar con su indefensión la posibilidad de ascender. Hay que ayudarlo. En esto reconocemos verdaderamente la solidaridad de toda la humanidad, la necesidad de la ayuda mutua. Así, toda la humanidad es un gran cuerpo del que los individuos son solo miembros. Esto nos da una comprensión de la fraternidad, el primer principio de la Sociedad Teosófica.

Cuando el ser humano llega a la existencia, no se trata, en el sentido más eminente, de una vida completa; la tarea de los educadores consiste en formarlo para la cultura, y eso solo puede suceder si se hace desde el sentimiento de fraternidad, desde el sentimiento de comunidad.

Respuesta a una pregunta

Un profesor, que evidentemente estaba profundamente conmovido por este discurso claro y convincente, hizo una pregunta sobre las relaciones hereditarias.

Respuesta: El educador debe ser ante todo un observador. Debe observar la naturaleza humana del niño. En un primer momento, no importa si tiene una visión materialista, según la cual las aptitudes y los instintos del niño son hereditarios, o una visión teosófica, según la cual el ser humano ha adquirido sus aptitudes en vidas terrenales anteriores y, por ese motivo, ha nacido en determinadas circunstancias y de determinados padres. Los hechos, el resultado de la observación, serán siempre los mismos. El educador debe abstenerse de intervenir violentamente en el desarrollo del niño. Veamos un ejemplo: un educador trabajaba con un niño de once años en una familia. Este niño tenía un retraso mental y su cuerpo tampoco era normal, ya que tenía la cabeza demasiado grande. Nunca había pasado de la clase más baja. Entre otras cosas, sus cuadernos de matemáticas estaban en un estado lamentable. Cuando hacía un ejercicio, nunca acertaba y lo borraba hasta dejarlo lleno de agujeros.

El educador no se desanimó y se dijo a sí mismo: el alma ya formaría el cuerpo. Con cuidado, se dedicó a formar el alma del niño, trabajando según el principio del mínimo esfuerzo. Partió de puntos de vista muy concretos y descubrió que se puede aprender a adivinar acertijos. En un año y medio logró educar al niño para que se convirtiera en un niño normal, porque supo reconocer las causas de sus características y de dónde provenían. La cabeza grande fue adquiriendo poco a poco la forma correcta; el niño se desarrolló con normalidad y más tarde fue capaz de estudiar.

Sería muy deseable que la cuestión de la educación se elaborara a fondo a la luz de la teosofía.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Berlín, 2 de noviembre de 1905 - La cuestión de la mujer y la Teosofía

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LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La cuestión de la mujer y la Teosofía

 Berlín, 2 de noviembre de 1905


Hoy permítanme abordar un tema muy actual, que afecta al presente inmediato, desde el punto de vista de la teosofía, y que puede estar a la orden del día, para poner en luz nuestra cosmovisión sobre una cuestión así, un movimiento que interviene directamente en la vida cultural. Para ello, permítanme citar un pequeño ejemplo de los últimos días, que es extraordinariamente significativo en varios aspectos. Es significativo que precisamente las personas con mentalidad práctica comprendan la necesidad de profundizar nuestra cultura a través de la cosmovisión teosófica y que, por otro lado, en los círculos más amplios, la teosofía siga siendo algo bastante desconocido.

El domingo pasado apareció en el «Tag» un artículo muy curioso, cuyo contenido político no voy a comentar en absoluto, sobre Rusia, Japón y la paz, escrito por Carl Peters. Se puede pensar lo que se quiera del nombre de Carl Peters, pero nadie negará que es uno de los grandes profesionales de nuestro tiempo. En este artículo habla de la diferencia en la percepción de la paz alcanzada entre Japón y Rusia dentro de ambos países. Menciona el manifiesto con el que se anunció esta paz al pueblo en Rusia, que contiene las palabras de que Dios conceda su gran bendición a este pueblo y al desarrollo de la lejana Rusia. A continuación, menciona el anuncio de la paz a Rusia. [El Mikado dice en su manifiesto de paz]: El resultado de la guerra se debe atribuir a las almas bondadosas de nuestros antepasados. Una vez aseguradas la paz y la tranquilidad, invocamos a los grandes antepasados para que nos hagan capaces de entregar los frutos a nuestros descendientes. El emperador de Japón visita el templo para comunicar a los antepasados imperiales la noticia de la firma de la paz. ... [Espacio en blanco] Menciono esto por las palabras que dice al respecto el autor del artículo. Dice: «Ambos tienen en común que apelan a un destino espiritual en el proceso mundial. La diferencia es que, según la concepción oriental, no se trata de una victoria de lo material. La concepción japonesa es más panteísta, la cristiana más [monoteísta]. Cuál de las dos tiene razón no se puede examinar con argumentos racionales». Me gustaría añadir lo siguiente: los japoneses son una nación [sobria, en cierto modo matemática], por lo que no creo que lo que nosotros podemos creer tenga mucha importancia para ellos. Si aceptan que pueden influir en el destino de la Tierra, no es por fe, sino por conocimiento. Me atrevería a suponer que Asia Oriental y Central poseen ciertos conocimientos espirituales con los que el Occidente altamente desarrollado ni siquiera puede soñar. Si pudieran y quisieran introducir esos conocimientos en nuestra cultura, cada vez más superficial, nos proporcionarían valores ideales que irían mucho más allá de lo que nosotros podemos ofrecerles. ... [Espacio en blanco]

No queremos examinar el contenido de estas palabras. Lo que queremos destacar es que han sido pronunciadas por un supuesto [profesional]. Hay dos cosas que deben llamarnos la atención. La primera es que se hace hincapié con palabras tan duras en la necesidad de una profundización espiritual de nuestra cultura, [en fuerzas que no viven en lo material], y que, por otro lado, se haga referencia al este de Asia y se exprese abiertamente la esperanza de que nuestra cultura, cada vez más superficial, reciba un impulso renovador del este, expresando la esperanza de que estos sabios puedan ofrecernos más de lo que nosotros podemos ofrecerles con nuestra cultura. Aquí, un hombre de mundo se toma muy en serio el hecho de que se pueda saber algo sobre las fuerzas que emanan de las personas que ya no viven en la existencia terrenal.

Es muy curioso que, por un lado, se haga tanto hincapié en la necesidad y que, por otro lado, no se tenga conciencia de que desde hace treinta años existe en Europa un movimiento que no parte de los restos de un pueblo antiguo cuya conciencia espiritual no puede alcanzar hoy su plenitud, sino que, digo, desde hace treinta años existe en Europa un movimiento espiritual como es la teosofía. Esto se olvida por completo; y no se tiene en cuenta en absoluto que tal vez estemos llamados aquí a fundar esta cultura espiritual de una manera muy diferente a la de los pueblos del este asiático. Todo ello arroja luz, por un lado, sobre el anhelo de espiritualidad, de conocimiento del mundo espiritual y, por otro lado, diría yo, sobre una concepción superficial de nuestras propias aspiraciones europeas.

Más que cualquier otra cuestión, lo que se ha abordado aquí puede interesarnos al debatir la cuestión de la mujer. El movimiento teosófico no puede ser sospechoso en modo alguno de tratar este asunto de forma reaccionaria. La mera forma en que se ha desarrollado desmentiría de plano tal afirmación. Las mujeres han sido siempre algunas de las mejores fundadoras y colaboradoras del movimiento teosófico. De hecho, la verdadera fundadora de la Sociedad Teosófica, Helena Petrovna Blavatsky, era una mujer. Y la suma de conocimientos que se encuentra en las obras de esta mujer no tiene parangón en las obras culturales de los últimos siglos.

No hay por qué creer eso. Si uno se sumerge seriamente en lo que esta mujer ha aportado, crece la convicción de que lo que se acaba de decir es una verdad. Y Annie Besant, su sucesora, —otra vez una mujer—, supo combinar de manera extraordinaria la ciencia moderna, el pensamiento moderno y la concepción progresista de la vida con la mentalidad teosófica y el movimiento teosófico en general.

Dentro de la Sociedad Teosófica, hombres y mujeres trabajan juntos. Nunca se ha tenido la sensación, de alguna manera, de que el género juegue un papel importante dentro de la sociedad. Sí, es cierto que hay quienes, sin haber comprendido en profundidad el movimiento teosófico, lo han calificado de femenino; en parte porque fue fundado por una mujer, en parte porque quizá ahora la mayoría de los miembros del movimiento sean mujeres. Este hecho nos protege, sobre todo, del prejuicio de que podamos interpretar esta cuestión en un sentido retrógrado u hostil.

Pero el teósofo está llamado a considerar todas estas cosas a la luz de la espiritualidad, a la luz de la cultura espiritual más elevada. También debe hacerlo con respecto a este asunto. Sobre todo, nos llamará la atención que la cuestión femenina, tal y como se nos presenta ahora, es una consecuencia de nuestra cosmovisión moderna, de nuestro pensamiento y nuestro sentir modernos. Tal y como se nos presenta hoy, no habría sido posible hace cien años. En la medida en que la teosofía se preocupa siempre por comprender clara y nítidamente el espíritu de las épocas de la humanidad, también tendremos que comprender claramente cómo, a partir de nuestra cultura, esta cuestión de la mujer ha llegado a ser lo que es. La teosofía se esfuerza menos por criticar que por comprender en todas las direcciones. Por lo tanto, se comportará de manera menos programática con respecto a esta cuestión de la mujer, sino que tendrá que investigar cuál es la causa de esta cuestión.

No es tan fácil llegar al fondo de esta cuestión como de otras. Porque la teosofía se adentra profundamente en la naturaleza humana. Y esta es más variada y complicada de lo que se piensa. Mientras que el hombre moderno podía pasar por alto fácilmente la diferencia entre hombre y mujer, el teósofo debe examinar esta diferencia desde lo más profundo de la naturaleza humana y preguntarse si, a pesar de esta diferencia, esa peculiar colaboración que se ha desarrollado precisamente dentro de la Sociedad Teosófica podría atraer también a círculos culturales más amplios, y si tal vez podría convertirse en una concepción general del mundo en relación con esta cuestión en la actualidad.

Si echamos un vistazo a los tiempos pasados, vemos que la concepción que la mujer tenía de sí misma y la que tenía el sexo opuesto ha cambiado mucho a lo largo del tiempo. Del mismo modo, las instituciones externas en las que vivían ambos sexos también han cambiado considerablemente. Si solo se observa esto de forma superficial, no se llegará a la causa y al fundamento reales. Es sabido que, en los inicios de aquella época a la que no nos lleva la historia, sino la prehistoria, la mujer desempeñaba un papel muy diferente. Se sabe que el patriarcado, la «familia paterna», con su peculiar derecho de sucesión y otras instituciones sociales, surgió de una «familia materna» original, el matriarcado, en el que la mujer tenía una posición privilegiada en lo que se refiere a cuestiones relacionadas tanto con la descendencia, como el derecho de sucesión, etc.

El teósofo debe preguntarse: ¿cómo se relaciona tal cosa con las fuerzas espirituales primordiales del mundo? Aquí llegamos a la discusión de un hecho que ya se ha mencionado varias veces, pero que debemos aplicar a este caso particular. La base de toda la vida humana en su desarrollo histórico en la Tierra es natural, tal que se ha desarrollado a partir de una disposición [instintiva] hacia el pensamiento consciente y claro, hacia instituciones conscientes y claras creadas por la mente y ciertos conceptos morales.

Los lazos originales de la humanidad surgieron de la naturaleza. El parentesco consanguíneo era lo original. Las instituciones que crearon los conceptos morales sustituyeron más tarde al antiguo parentesco consanguíneo.

El materialista no ve en este parentesco sanguíneo más que la cruda fuerza de la naturaleza. Pero quien tiene una visión espiritual del mundo sabe que lo que se manifiesta como instinto, lo que aparece como impulso, lo que se expresa como parentesco sanguíneo, se debe todo a fuerzas espirituales, a entidades espirituales que están detrás de la existencia sensorial. Así como hoy en día, de forma más o menos consciente, el orden social es dirigido por los hombres, en la antigüedad eran los devas [o dhyans], poderes divinos, los que dirigían la convivencia de la humanidad [ellos ordenaban las relaciones humanas].

Esta elaboración a partir de una base espiritual, que el ser humano aún desconoce, se manifiesta como impulso e instinto. La portadora de esta predisposición instintiva, fundada en la esencia espiritual, era la mujer. Los antiguos mitos y leyendas de los pueblos le proporcionan un testimonio de este hecho. [Desde el punto de vista teosófico, esto es fácilmente demostrable, pero también se puede demostrar esta visión desde un punto de vista puramente racional. Solo hay que mencionar una cosa. Si observan las imágenes que se remontan a los estados más antiguos de la raza humana, verán en ellas la tradición de una base originalmente femenina de toda la raza humana. Los griegos representaban [en las representaciones más antiguas] a Zeus con un busto femenino.

La cosmovisión teosófica nos lleva de vuelta al origen del tiempo, tan lejos como podemos rastrear el tiempo en la Tierra, a aquellos tiempos en los que aún no existía la separación de sexos, a aquellos tiempos de los que hoy no podemos hablar en detalle, a aquellos tiempos en los que los sexos no estaban distribuidos en dos individuos diferentes, sino que estaban unidos. Los conocedores de la investigación científica sabrán que incluso la ciencia natural apunta a un ser de la prehistoria que no era de un solo sexo, sino de dos. A este respecto, llamo la atención sobre el darwinista Oskar Schmidt. La teosofía habla de aquella época en la que el hombre primitivo representado pictóricamente era una realidad. Se inclinaba más hacia el sexo femenino.

Un poco de reflexión basta para comprenderlo. La acción reproductiva ha estado vinculada al sexo femenino en todas las épocas. Lo que existía como fundamento se ha manifestado también en los contextos sociales externos. En los primeros tiempos, este fundamento natural se tradujo en una especie de cosmovisión moral, que se plasmó en las estructuras sociales, en los derechos y en las instituciones.

Que la fuerza espiritual del ser humano se concentraba especialmente en la mujer nos lo muestra la visión que encontramos en Tácito, donde se consideraba a la mujer como una profetisa [llamada a anunciar desde el mundo espiritual lo que sucederá en el futuro —Velleda, Alruna —], que tiene que anunciar si algo es justo o injusto, si se debe hacer algo o no. Encontramos creencias similares en diferentes pueblos. De estos hechos se desprende que lo espiritual, allí donde aparece en los albores de nuestros tiempos, donde se presenta como algo nuevo, como algo sabio, tiene sus raíces en la misma base de la naturaleza.

Y ahora otra cosa: si nos remontamos a los albores de la cosmovisión religiosa, encontraremos en todos los pueblos un rasgo común relacionado, por un lado, con esta base natural del género humano y, por otro, con la conciencia a partir de la cual se desarrollaron las instituciones más antiguas y los pensamientos y aspiraciones de la humanidad. En épocas muy concretas la cultura y la religión de los diferentes pueblos, se expresa en símbolos sexuales, en alegorías relacionadas con esta base natural. Son épocas ingenuas, pero hermosas y grandiosas, en las que los seres humanos, con encantadora sencillez e ingenuidad, no asociaban nada bajo o frívolo con estos símbolos sexuales, en las que la procreación era para ellos una fuerza de la naturaleza y se simbolizaba en la mujer, que se manifestaba en diversas formas de expresión como la creación divina. Se ha intentado reavivar estas ideas de una supuesta religión sexual. No hay derecho a hacerlo como se ha hecho. Porque la base emocional actual no es la de revivir lo primitivo e inocente que se asociaba a estos símbolos, por lo que la forma en que se habla hoy de estas cosas antiguas resulta algo hiriente para los entendidos.

Solo de forma lenta y gradual, aquellas instituciones, aquellos estados de conciencia que se vinculan con el origen femenino del género humano, pasaron a otro orden, un orden que, en pocas palabras, fue creado por el hombre, por el hombre que se ha separado de esta base natural, por el hombre que no tiene que ver como tal con el progreso visible de la raza humana. 

Solo a través de la ley, a través de la regulación jurídica, se introduce el derecho del hombre en el derecho original, basado en el parentesco consanguíneo y tomado desde el punto de vista femenino. Así vemos que, sobre esa base original de una cosmovisión religiosa que parte de las fuerzas generadoras de la naturaleza, se desarrolla lo que encontramos en los vestigios de los pueblos antiguos [antiguas tribus mongolas] como cultura ancestral. Se veneraba en la mujer una fuerza que actuaba de forma inmediata.

Entonces, en lugar de los sabios y adivinos, y en lugar de la veneración de lo femenino inmediatamente presente, aparece lo que se denomina culto a los antepasados, la veneración de los miembros fallecidos del pueblo que se han distinguido por el bien de la comunidad: los antepasados masculinos. Se les veneraba por lo que perduraba más allá de la muerte. Todavía se puede ver esto cuando el Mikado lleva la noticia de la paz y la guerra a las tumbas de sus antepasados. Aquí vemos, pues, la transición de la cultura femenina a la cultura masculina.

Mediante la razón y el pensamiento del hombre, se lleva a cabo de forma lenta y gradual, la conquista de las instituciones que desde tiempos inmemoriales han estado vinculadas a la mujer por la naturaleza. Pero hay algo más relacionado con esto, algo que no puedo describir mejor que como la transición de un conservadurismo primitivo a un idealismo que se va imponiendo gradualmente en el mundo.

Esto se puede observar en aquellos momentos de la evolución mundial en los que se desarrollaron las antiguas culturas religiosas de las que he hablado. Estas se remontan bien a épocas en las que se podía ver lo divino creador en la fuerza reproductiva creadora, bien a épocas en las que esta ya había desaparecido hacía tiempo, pero seguía actuando como algo presente. Estas culturas se basan en algo pasado. En primer lugar, encontramos en la evolución del mundo aquellas que se basan en el punto de partida de la humanidad, que se refieren a lo antiguo, a los orígenes, a lo que es sagrado desde tiempos inmemoriales, a la naturaleza, a los antepasados.

Ese es el punto de partida de la raza humana, y poco a poco esta visión se transforma en otra completamente diferente. En todos los pueblos que han sentado las bases de la cultura a la que nosotros mismos pertenecemos, en lugar del culto a los antepasados se encuentra el culto a los profetas, el culto a aquellos que anuncian el futuro, a aquellos que presentan a los pueblos los altos ideales. El conservadurismo primitivo se transforma poco a poco en idealismo. La mirada al pasado da paso a la mirada al futuro, incluso en el pueblo del que surgió el cristianismo. Los profetas eran las verdaderas grandes personalidades [que lo guiaban], y de la mano con ellos va un distanciamiento de lo natural, del mero parentesco consanguíneo, de todo lo que apunta a los fundamentos de nuestra raza.

Al observar este cambio, contemplamos la enorme profundidad del desarrollo humano. Lo que tiene que ver con la relación entre los sexos, lo que hoy en día es objeto de muchos debates entre antropólogos y otros, el llamado sentido de la vergüenza, no existía en los inicios de nuestra cultura. [Lo relacionado con la procreación humana no se ocultaba; era algo natural, algo evidente]. Solo aparece en el momento en que se produce el cambio caracterizado como una necesidad. Cuando la fuerza de la naturaleza pasó a la razón, a los ideales, se empezó a cubrir lo que se considera un vestigio de la base natural del género humano.

Analicemos este punto más detenidamente. ¿De qué se avergüenza el ser humano? Consideremos este sentimiento de vergüenza en otros ámbitos. En todas partes encontraremos que el ser humano se avergüenza cuando hace algo de tal manera que, en realidad, reconoce más o menos la exigencia de que podría haberlo hecho mejor, que lo que ha hecho no es correcto tal y como lo ha hecho. Desde el punto de vista psicológico, podemos afirmar algo muy similar sobre el sentimiento de vergüenza en general. Está ahí y se refiere a algo que proviene de tiempos antiguos y que puede superarse, y que hoy en día es como no debería ser si miramos hacia el futuro.

El instinto humano, la intuición, apunta hacia algo que la cosmovisión teosófica presenta como una realidad en un futuro lejano. Hoy debo señalar que el desarrollo de la humanidad a través de los sexos es solo una etapa de transición, que, al igual que la humanidad partió de la unión de los dos sexos en un individuo, la humanidad se encamina de nuevo hacia un estado en el que no habrá dos, sino solo un sexo. Así, a través de la cosmovisión teosófica, ven nuestro desarrollo actual situado en un pasado lejano y en un futuro lejano, que son similares entre sí, que se parecen en cierta relación.

Podemos percibir cómo se manifiesta este hecho en las expresiones más íntimas del alma del género humano. Observen las antiguas representaciones artísticas o semiartísticas de la fuerza divina creadora, observen la visión de los antiguos egipcios, que la vinculaban con el culto a Isis, y compárenlas con el rasgo peculiar que emana de la Virgen de Rafael. Lo que es natural, lo que está relacionado con la fuerza generadora, lo vemos expresado de forma semiartística en la antigüedad. La fuerza generadora se oculta tímidamente en una Madonna de Rafael, y nos encontramos con un momento [completamente] diferente, [más elevado]: el amor, que es una relación que sustituye a la antigua relación natural como relación espiritual. La madre con el niño, rodeados por el encanto del amor. Y lo espiritual se expresa, por ejemplo, en la Madonna Sixtina, en las cabezas de ángeles que sobresalen. La fuerza creadora se insinúa como un eco espiritual. Ahí se ve una gran verdad universal presentida por el artista.

Las religiones siguen este camino. Las religiones ascéticas, aquellas que huyen del mundo, no se encuentran en los orígenes de la humanidad. Aparecen solo en la época en la que se ha producido el cambio mencionado. Es grandioso y formidable en los tiempos en que se prepara este cambio. Los salvadores en el desarrollo de la humanidad se representan míticamente como inmaculados. Esto se ve en Buda y en los demás salvadores de la humanidad y, finalmente, en la propia religión cristiana. En la religión, lo más sagrado es la base natural original.

[Compárese nuevamente el culto egipcio a Isis con estas religiones espiritualizadas]. En la transformación de Egipto, esto se insinúa maravillosamente, con el ideal y la sensación espiritualizada en el punto de partida de nuestra era. Entonces sentirán esta transformación en toda la humanidad. Por eso, la cosmovisión teosófica tiene claro que esa base natural de la que partió la raza humana es la expresión fisonómica externa de un ser espiritual. Este ser espiritual es el mismo al que el ser humano se acercará de nuevo de forma consciente en el futuro.

Si tenemos presente que avanzamos desde el espíritu en su forma natural hacia el espíritu en su forma inmediata, comprenderemos mejor muchas cosas que han tenido lugar a lo largo del desarrollo sexual. Entonces comprenderemos mejor, sobre todo, lo que he mencionado anteriormente: la sustitución de antiguas instituciones femeninas y de estructuras femeninas basadas en la base femenina por una cultura masculina, en la que aún vivimos hoy en día. Se pretendía reprimir la base natural. Al principio solo se pudo reprimir en el ámbito de las instituciones externas, pero por lo demás siguió existiendo, por lo que en nuestras instituciones actuales nos encontramos con una curiosa formación híbrida. Por una parte, siguen basándose en lo que proviene de la antigua base natural del parentesco consanguíneo y, por otra, estas mismas instituciones están inmersas en el entendimiento humano, en las instituciones morales que se han superpuesto a ellas. En nuestras instituciones actuales se vislumbra una mezcla variopinta de ambas cosas. [En el fondo, el hombre solo ha encubierto lo que le proporcionó la base natural original de la cultura femenina, que se trasluce por todas partes]. Sin embargo, con su cultura y su competencia, nos orientaremos hacia el futuro. Entonces, este espíritu se manifestará en su forma real y adecuada, a la luz de una visión completamente diferente a la que existía originalmente. Si el hombre primitivo quería elevarse a lo divino, si quería levantar la vista hacia aquello que debe recibir la máxima veneración y adoración, entonces se dirigía al poder creador natural que germinaba y brotaba del propio ser humano.

Esta visión se está transformando cada vez más en otra completamente diferente, y hoy nos encontramos justo en los albores de esta nueva visión. Sin embargo, en algunos elegidos, esta visión se ha desarrollado desde hace mucho tiempo. Tres palabras expresan de manera embrionaria esta visión del mundo en la maravillosa y antigua sabiduría india del Vedanta: Tat twam asi — eso eres tú. ¿Y qué significa esto? Significa mucho. Cuando el sabio vedanta se sumergía por completo en este «tú eres eso», se dirigía a todo el gran universo, se dirigía a todo lo que está fuera de él, se dirige a aquello con lo que se siente uno. Entonces le decía a cada piedra: «Eres de la misma naturaleza y esencia que yo, eso eres tú». Así como mi mano me pertenece, la piedra pertenece a una esencia a la que yo también pertenezco.

A través de esta cosmovisión, todo lo que nos rodea se convierte en una invitación a mirar hacia fuera, a buscar lo divino en el mundo mismo, a adorar al espíritu no solo en las fuerzas creadoras y productoras que actúan a través de la propia naturaleza humana. El «Tat twam asi» es la adoración del espíritu divino en toda la naturaleza y, al mismo tiempo, la invitación a llevar este espíritu divino a todo nuestro entorno, a transformar este entorno para que vuelva a surgir a nuestro alrededor ese estado original del que surgió el propio ser humano.

De la asexualidad surge la sexualidad. De lo masculino-femenino surge lo masculino y lo femenino. Esta diferencia volverá a desaparecer en el mundo exterior colectivo y objetivo cuando el ser humano encuentre su yo en el gran universo, cuando se sienta unido y conectado con todo el gran universo, que no tiene género y que es tanto más perfecto cuanto más elevado está por encima de todas las diferencias similares.

Si esta idea cobra vida por completo, de modo que pueda impregnar la cultura con esta idea del ser humano superior, que se eleva por encima de todo género, entonces habrá salido el sol. Es lo que hoy les brilla como el amanecer de una nueva cultura. Entonces, el futuro de nuestra cultura estará garantizado, esa cultura en la que debemos entrar cuando el idealismo se haya desarrollado más, y esta cultura no debe llevar nada en el mundo exterior que tenga que ver con el género. Así entramos en instituciones, en organismos que nos muestran un entorno cultural, un entorno de costumbres que se aplica por igual al hombre y a la mujer, que son los mismos para el hombre y la mujer.

Esa es la idea teosófica, según la cual el ideal teosófico es transformar nuestras instituciones, que han surgido [de una cultura originalmente femenina y han pasado por una cultura masculina, para llevarlas a un estado superior, en el que estas dos épocas, en el sentido hegeliano, solo estarán presentes como momentos disueltos].

Esto solo puede darse en una cultura que sea espiritual en el mejor sentido de la palabra, una cultura que parta de lo que no tiene nada que ver con la diferenciación de sexos. La que se está preparando en el movimiento teosófico es una de esas. Porque, ¿qué quiere cultivar la cosmovisión teosófica? El yo superior del ser humano, esa naturaleza y esencia que no tiene nada que ver con el hombre y la mujer. Porque lo que el teósofo ve en el ser humano, lo que convierte en objeto de su contemplación especial y de su estudio particular, el ser humano superior, el ser humano espiritual, aparece en una encarnación como hombre y en otra como mujer. El que hoy vive como hombre, al igual que el que vive como mujer, ha pasado por encarnaciones masculinas y otras tantas femeninas. El hombre y la mujer eran una expresión externa de la individualidad interior superior, que no es ni masculina ni femenina.

Por lo tanto, en el ser humano actual ya existe algo que es a la vez masculino y femenino, algo que une ambos lados. Y una cosmovisión que muestra este masculino-femenino a lo largo de las encarnaciones como la base de ambos, una cosmovisión que cultiva esto, prepara el terreno para que el hombre y la mujer sean completamente iguales, no solo en nuestras instituciones legales, sino también en términos emocionales. Mediante el «Tat twam asi» superamos las diferencias de género, y la colaboración entre hombres y mujeres en la Sociedad Teosófica es una especie de modelo, un débil comienzo para una gran y poderosa cultura que debe desarrollarse en esta dirección en el futuro, donde los dos géneros no convivirán en una igualdad abstracta, ya que la diferencia puede ser mayor que en la actualidad. Pero lo que es igual es lo que importa. Es el mundo exterior que nos rodea.

Lo importante no es lo que llevamos dentro, sino lo que vive fuera, a nuestro alrededor. Mientras el ser humano sea egoísta, mientras toda la cultura se base en el dominio y la personalidad, el ser humano seguirá extrayendo de su personalidad femenina o masculina los impulsos para las instituciones. Pero tan pronto como logran lo que se basa en el yo superior, por muy diferente que sea su interior, el mundo exterior, que se refleja en el interior, es el mismo. Para utilizar una imagen, coloquen dos espejos cóncavos, uno convexo y otro cóncavo, y coloquen la misma imagen delante de ambos. El convexo, curvado hacia fuera, mostrará una imagen diferente al cóncavo, pero en ambos casos se trata de la misma imagen. Mientras haya masculino y femenino en el cuerpo físico, naturalmente seguirá habiendo un espejo convexo y uno cóncavo, pero se reflejará el mismo mundo exterior. No debe ser diseñado de manera unilateral por uno u otro sexo.

Quien haya comprendido el espíritu, verá en él algo infinitamente superior. Solo una visión materialista ve en lo espiritual un efecto de la materia. Pero el teósofo llega a la convicción de que toda la materia proviene únicamente del espíritu, que todo lo que hoy es material existía antes en forma espiritual, y que todo lo que pudimos observar en el punto de partida proviene de fundamentos espirituales anteriores. Así, también surgirá un futuro supraespecífico natural a partir del supraespecífico actual, que el propio ser humano crea. Las instituciones externas que traeremos al mundo las crearemos en igual medida a partir del espíritu femenino y masculino. Ellas mismas serán la causa de los efectos naturales posteriores. Lo que el ser humano crea como cultura asexuada creará más tarde una naturaleza supra-sexual.

Por lo tanto, era natural que la cultura primitiva se remontara a la veneración de lo que se conservaba de los tiempos antiguos, a la veneración de las fuerzas reproductivas de la naturaleza, a la veneración de los antepasados. El espíritu precedió a la naturaleza. A través de él se creó la naturaleza. Si se quería contemplar el espíritu, había que mirar hacia los albores del mundo. Pero si se quiere mirar hacia el futuro, hay que colaborar como seres humanos, tanto en estado inconsciente como consciente. Entonces, la mirada profética hacia el futuro sustituye al antiguo culto a los antepasados y a la veneración de los sexos. Lo que debe ser en el futuro, la cultura exterior que debe existir, debemos prepararlo nosotros mismos hoy como cultura.

De este modo, un horizonte mundial amplio y completo nos lleva a una solución de la cuestión femenina que nos abre grandes perspectivas. Si hoy en día, a través de la cosmovisión teosófica, se busca la naturaleza humana superior en el hombre o en la mujer y el sexo sigue siendo un asunto completamente privado, es decir, no se tiene en cuenta lo que realmente se envuelve, entonces, en cierta relación, se trata de esa formación superior del sentimiento que emerge como vergüenza en los tiempos de transición, entonces lo que antes era un recato tímido, hoy es una superación sagrada.

Esa actitud de apertura y visión es un ideal emocional grandioso y poderoso para el futuro. Al desarrollar la visión teosófica del mundo en el ser humano superior, tanto en el hombre como en la mujer, despierta en ellos sentimientos que dan lugar a la creación cultural. De este cuidado de la naturaleza humana superior deben brotar sentimientos nobles, hermosos, que trasciendan todo lo que es bajo. La cultura surgió de una especie de base femenina. Y si miramos atrás a los tiempos antiguos, en todas partes podemos encontrar que las fuerzas reproductivas femeninas se veneraban como naturaleza divina. Esto luego pasó a ser una cultura [masculina]. En primer lugar, tenemos una verdadera oposición a esta cultura [masculina] en el movimiento feminista actual, que también se explica a partir de ella [una rebelión contra esta cultura masculina es hoy el movimiento feminista, y está totalmente justificada].

Pero toda unilateralidad en el mundo nos muestra su complementariedad. Lo que nos encontramos en la historia exterior se nos muestra idealmente en una especie de imagen opuesta. La cultura antigua unilateral busca un contrapunto. La antigua cultura femenina, la cultura de Isis, encuentra su antítesis ideal en el culto a Osiris, que fue destrozado, destruido y por el que Isis añora. Es una imagen a través de la cual lo femenino quiere complementarse, allí donde lo nuevo, surgido del pensamiento [masculino], sustituye a la antigua cultura.

Luego aparece otro ideal en el cristianismo. El cristianismo tuvo que ser al principio una etapa cultural masculina. Pero se complementó. Al igual que la cultura de Isis en un ideal masculino, esta cultura masculina se complementó en un ideal femenino: en el culto a María de la Edad Media.

Goethe también insinuó la oposición entre la cultura femenina y la masculina en su obra «Fausto». «Lo eternamente femenino nos atrae hacia arriba», dice en relación con los versos anteriores. Esto es lo que él imaginaba: la cultura superior será aquella en la que ya no se tenga que anhelar en la mujer la contraimagen del hombre y ya no se tenga que anhelar el ideal femenino de la cultura masculina, en la que ya no sea necesario que lo femenino nos eleve, sino en la que lo divino superior, el yo superior, aparezca como lo que nos eleva en el ser humano. Este yo superior, el ser humano completo, es lo que aspira la cosmovisión teosófica. ¿Cómo no iba a ser la mujer la primera en comprender mejor lo que ahora, en una especie de amanecer, nos espera de la cultura futura?

Hemos tenido una cultura masculina durante milenios. Toda nuestra cultura es una cultura masculina. Nuestra justicia moderna, nuestra teología, nuestra medicina, etc., son casi exclusivamente productos de la cultura masculina. Quien profundice en estas cuestiones encontrará fácilmente una expresión fisiológica del alma masculina. Pero si ahora las cosas cambian, es evidente que quien impulse ese cambio debe ser la mujer. Para que el movimiento teosófico se comprenda más rápidamente, debe entenderse en esta dirección. Quien no lo comprenda así, puede llamarlo hoy, en sentido peyorativo, femenino. Pero quien tenga claro que desde lo femenino también lo masculino, hacia lo masculino-femenino, se produce el gran progreso de la cultura, encontrará natural que la mujer pueda comprender mejor esta cosmovisión teosófica.

Al hombre le resulta más difícil [liberarse de los prejuicios de la cultura actual], ya que ha crecido desde su juventud en el seno de una cultura masculina. Debe transformarse interiormente de manera formal. Y tendrá que hacerlo si quiere estar a la altura de los tiempos. Pero todo lo que está por venir nos impone también la libre interacción, la colaboración totalmente libre entre hombres y mujeres, la igualdad absoluta en la percepción del yo superior, del verdadero espíritu del ser humano.

Así pues, la antigua imagen ideal de lo eterno en el hombre, que nos encontramos en el culto a Osiris, y de lo eterno en la mujer, que en la nueva era ha encontrado una expresión mística y formal y ha sido vivida por poetas y místicos, se transformará en la imagen ideal del ser humano armoniosamente estructurado, sin ninguna parcialidad. Podemos prever una cultura a nuestro alrededor que llevará la fisonomía externa de la suprasexualidad. Esa es la tarea de la cosmovisión teosófica. No trabajamos con frases, con palabras y programas, con exigencias, sino que buscamos, desde la contemplación del espíritu, despertar la vida viva en el alma, abrir la fuente que es creadora en sí misma. No hablamos solo como teósofos, sino que mostramos lo que, según la naturaleza de los hechos, debe desarrollarse en estas almas.

Como se ve en esta cuestión concreta, el espiritualismo europeo, la teosofía europea, tiene algo muy diferente que decir, aparte de reproducir los restos de antiguas cosmovisiones que aún conservan el culto a los antepasados. Tienen la espiritualidad, la referencia a lo espiritual, pero no tienen lo que nosotros tenemos como personas que deben trabajar según ideales, no según viejas costumbres. El espiritualismo es sin duda una necesidad para nosotros y debe llegar al mundo; pero no un espiritismo que lleve los logros de nuestra cultura a las tumbas de los antepasados —aunque podamos comprender y respetar tal cosa—, sino un espiritismo que sea profético, que lleve lo mejor que podemos desarrollar en nosotros [a un altar] para quemarlo en un fuego que sea la luz de nuestro futuro.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Leipzig , 11 de octubre de 1907 - 11. La ilusión de la enfermedad a la luz de la ciencia espiritual

  contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La ilusión de la enfermedad a la luz de la ciencia espiritual 

 Leipzig , 11 de octubre de 1907


La enfermedad y la salud son palabras que interesan a todas las personas y que, en cierta medida, ocupan un lugar central en sus pensamientos y sentimientos; no solo por motivos egoístas, sino porque están relacionadas con la capacidad de desenvolverse en la vida y con el trabajo de toda una vida. Quien goza de buena salud puede ser de mayor ayuda para sus semejantes que quien está abatido por la enfermedad y el sufrimiento; cumplirá con más alegría su trabajo, su profesión y su misión en el mundo.

Cuando hablamos de salud y enfermedad desde el punto de vista de las ciencias espirituales, debemos tener claro que debemos adoptar un punto de vista diferente al del materialista. Debemos elevar nuestra perspectiva a un nivel superior. Sin embargo, para justificar en cierta medida la expresión «delirio de enfermedad», me gustaría mostrarles dos imágenes, y en una de ellas verán que el delirio de enfermedad es algo moderno, y en la otra, hasta qué punto se puede hablar de delirio de enfermedad.

Me pasé, en compañía de una persona famosa, por muchas ruinas que se alzaban pintorescamente sobre las colinas pero entre los edificios más nuevos que se habían construido en las alturas también se veían muchos sanatorios. Mi compañero de viaje dijo: «Esas ruinas nos recuerdan la fuerza y el poderío de tiempos pasados, mientras que todos los sanatorios nos recuerdan la debilidad y la enfermedad». Tuve la necesidad de visitar un sanatorio durante un breve periodo de tiempo, un cuarto de hora. En ese momento, vi pasar a todos los pacientes para ir a comer. Me dio la impresión de que la mayoría de ellos podrían estar haciendo algo mejor que estar allí.

Otra imagen: viajaba yo de Rostock a Berlín con un señor y una señora. Ambos compartían sus dolencias. La señora le recomendó al señor diferentes recetas para sus diversas dolencias, mientras que él le habló del libro de Lahmann, que llevaba consigo y cuyo sanatorio era su destino. A la mujer le faltaban algunas cosas, pero al hombre le faltaba sin duda la voluntad de estar sano. Para alguien que se observa poco a sí mismo, se trata de lo que se denomina enfermedad imaginaria. Cuando se oye hablar de ello, se imagina algo leve. Aunque a ese hombre le faltara la voluntad de estar sano, no es tan fácil darle esa voluntad sin conocer la razón del hecho real. Hay una causa para la enfermedad. Le dolía todo lo posible, por lo que tampoco se podía hablar de enfermedad imaginaria. Cuando hablamos de delirio de enfermedad, debemos tener claro, en el caso de la enfermedad imaginaria, cómo se relaciona la causa de la enfermedad con ella.

Quien observa la vida, en primer lugar el médico, que ha adquirido la capacidad de observar y ha aprendido a distinguir entre lo que es predisposición anímica y lo que es base física, puede decir mucho sobre el papel que desempeña la imaginación. Por ejemplo, si en un escrito muy leído sobre alguna enfermedad se describe todo lo que se siente, muchas personas acuden al médico porque creen sentir en sí mismas la predisposición a esa enfermedad. ¡Sin ese escrito, eso no habría ocurrido!

El siguiente ejemplo muestra cómo puede actuar un médico en un caso así: llamaron a un médico famoso a una familia en la que no solo la familia, sino también el médico de cabecera, creían que la joven padecía meningitis. Al principio sospechó que la culpa era de las historias de amor; luego descubrió que la joven debía abandonar la escuela, a pesar de que tenía un deseo urgente de seguir recibiendo clases en las materias que le interesaban especialmente. Le prometió que lo conseguiría con la condición de que se vistiera inmediatamente para aparecer en la mesa familiar en diez minutos. No había ningún indicio de meningitis. Se trataba, en general, de una cierta combinación de estados emocionales.

Otro ejemplo: una señora sufría desde la muerte de su marido de una dolencia prolongada en los pies; se atribuía a su estado emocional. Un médico encontró un gran callo en la planta del pie y, tras extirparlo, el dolor nervioso desapareció.

Un médico vivió la siguiente experiencia: un hermano presenció la operación de rodilla de su hermano y oyó un crujido que le afectó tan intensamente que de repente sintió dolor en la rodilla, mientras que el operado no sintió nada. — Los somníferos suelen provocar engaños. Quien no sea capaz de distinguir en estos casos dónde está el límite, nunca llegará a la claridad. Ciertas formas de enfermedad tienen su origen en el alma y están relacionadas en gran medida con la vida actual.

Si queremos comprender este asunto, debemos recurrir a la ciencia espiritual. Debemos tener en cuenta la interacción de las diferentes partes o miembros del ser humano. El cuerpo físico está completamente impregnado por el cuerpo etérico, que es el formador del cuerpo físico. Si el cuerpo físico se quedara solo, se desintegraría. El cuerpo etérico lucha en todo momento por mantener unido al cuerpo físico. Cuando se separan, el cuerpo físico es un cadáver.

Me gustaría mencionar aquí una cosa: una de las esperanzas de la ciencia es que en el futuro se pueda crear vida en el laboratorio. La ciencia espiritual tiene claro que algún día esto será posible. Lo que mantiene unidas las sustancias químicas lo llamamos cuerpo etérico. El portador de los deseos, del dolor y la alegría, del sufrimiento y el placer es el cuerpo astral. Todo ser siente un golpe como dolor, tanto el ser humano como el animal.

Ahora vamos a hablar del cuarto miembro del ser humano, del yo en relación con sus tres cuerpos. Quien tenga presente esta estructura comprenderá claramente que lo que llamamos dolor, alegría y aversión presupone un cuerpo astral. El dolor solo existe donde hay un cuerpo astral. ¿Cómo se relacionan entre sí estos tres cuerpos?

El placer y el dolor no son solo la consecuencia de lo que ocurre en el cuerpo físico, sino que son los formadores del cuerpo etérico y del cuerpo físico. El cuerpo astral fue el primero y ya existía mucho antes. ¿Por qué están estructurados así? En última instancia, fue el cuerpo astral el que lo hizo. Si retrocedemos mucho, mucho en el tiempo, llegamos a un estado del ser humano en el que solo era cuerpo astral.

Ustedes se preguntan: ¿cómo eran esos cuerpos hace millones de años? Para nuestra concepción actual, parecían grotescos y divertidos, con sus cuerpos blandos y sin huesos, con tentáculos que podían estirarse y retraerse. En aquel entonces, el alma se apoderó primero de ese extraño cuerpo y poco a poco lo fue transformando hasta darle la forma actual. Un débil eco de esta influencia se manifiesta aún hoy en día en forma de palidez ante el susto, el rubor. Se ve cómo una sensación anímica puede provocar un cambio físico. En aquella época, el ser humano aún podía ejercer una gran influencia sobre su cuerpo, porque este era todavía muy blando. El cuerpo astral actúa primero sobre el cuerpo etérico y este, a su vez, sobre el cuerpo físico.

Aclaremos cómo se produce esta influencia. Tomemos cualquier dolor, cualquier placer en el cuerpo astral; ¿qué surge en el cuerpo etérico? Una imagen, una forma, y esta forma es lo que se vive en el cuerpo físico, de modo que el cuerpo físico es una huella de esta imagen.

¿De dónde obtenía el cuerpo astral el sufrimiento y el placer en la antigüedad? No era algo interno. Experimentaba su entorno. En aquel entonces no lo experimentaba a través de los ojos y los oídos. Las formas corporales son la expresión del placer y el sufrimiento del entorno. Debe imaginarse las cuatro partes o miembros del ser humano en una conexión mucho más íntima que en el mundo anterior. El ser humano se adentró cada vez más en su físico. Antes, el cuerpo astral era más creativo. Transformaba el cuerpo físico. En esencia, esta transformación está ahora casi completada; por eso también experimentamos lo que ocurre en el cuerpo físico.

Queremos aclarar la naturaleza del dolor causado desde dentro. ¿Cómo se origina el dolor? El cuerpo astral es el agente activo. Tomemos el siguiente caso: si se corta un dedo, esto solo afecta al dedo físico; el astral no se puede cortar. ¿Por qué duele? Porque se inhibe la conexión entre ambos. La inhibición del cuerpo astral es dolor. Donde la actividad no se inhibe, no puede haber dolor.

¿Qué hay que tener en cuenta? Veamos una comparación. Alguien tenía muy claro que tenía un defecto en el ojo que le hacía ver una especie de fantasma al atardecer o con determinados efectos de luz; se trataba de una opacidad en el ojo. Lo mismo que ocurre en el cuerpo físico también puede ocurrir en el cuerpo superior, el cuerpo etérico. El cuerpo etérico del ser humano recibe una impresión errónea, una opacidad. Su propia opacidad inhibe el curso astral. ¿Qué debe ocurrir entonces? Dolor sin causa física. El cuerpo astral debe generar imágenes. Si el cuerpo etérico no es correcto, aparecen imágenes distorsionadas. El dolor puede surgir [por] el daño del cuerpo físico, pero también es posible que el cuerpo astral forme su propio obstáculo. Si el cuerpo etérico genera imágenes falsas, contradice al cuerpo físico. Se produce una inserción errónea en el mundo físico,

Sin causa de la enfermedad puede haber imitación. Esto tiene una profunda consecuencia para nuestra visión del mundo. Nos hace independientes. Pero también nos deja claro que una enfermedad física solo puede curarse mediante el efecto sobre el cuerpo físico. Ya sea que tengamos una lesión externa o una indigestión, en realidad se trata de lesiones externas que también deben curarse desde el ámbito físico. ¿Qué pasa cuando se produce una inhibición en el cuerpo astral? ¿Qué daño causa? si se mantiene que no se trata de tres partes separadas, si se acepta que los cuerpos superiores son formadores, aunque dentro de límites más estrechos que antes, hay que aceptar que no puede ser insignificante para el cuerpo físico cuando se producen inhibiciones en el cuerpo astral. Si se corta la carne, duele; cortarse el pelo y las uñas no duele. Este hecho es de importancia fundamental para la comprensión. Todo lo que puede ser dañado en un ser vivo y no duele, vuelve a crecer. En las plantas, la hoja y la flor se reemplazan porque no sienten dolor. Lo mismo ocurre con los animales inferiores: pueden ser descuartizados y las partes separadas se reemplazan. El cuerpo astral es el portador del dolor y el placer; el cuerpo etérico es el portador del crecimiento.

El dolor es algo que, en sí mismo, tiene un efecto destructivo sobre el cuerpo etérico y el cuerpo físico. El dolor persistente mata poco a poco la parte del cuerpo que afecta. ¿Cómo podemos actuar para sanarlo? El médico físico logra resultados mediante medios físicos. Pero con medios físicos nunca podrá actuar sobre el cuerpo astral, que imita la enfermedad. ¿Qué debemos hacer entonces? Si se administraran medicamentos, no se lograría ningún efecto, es más, tal vez se provocaría una enfermedad. En un libro de medicina se puede leer: un veneno enferma al cuerpo, salvo cuando puede competir en el cuerpo con otro veneno. Por eso hay que distinguir con precisión las causas de la enfermedad.

¿De qué manera podemos tratar un cuerpo etérico enfermo? Aquí solo quiero señalar un hecho concreto: todo lo que actúa sobre el ser humano de manera que está en consonancia con las leyes armónicas del mundo destruye todos los síntomas de enfermedad que se instalan en el cuerpo físico.

Aquí hay dos formas de sentir. Una es aquella en la que el ser humano siempre se ocupa de su yo. La otra forma de sentir se aleja del yo, se ocupa del arte, disfruta del mundo de las estrellas, de la naturaleza y de otros, puede sumergirse en ello, olvidarse de sí mismo. El predominio de la primera forma de sentir engendra cuerpos propensos a la enfermedad y que generan enfermedad. Quien es capaz de olvidarse de sí mismo llega a olvidar los dolores o las causas de los dolores que se producen en el cuerpo astral. Tan perjudicial como puede ser la primera forma de sentir, así de beneficiosa es la segunda. Cada dolor superado es edificante. Debemos superar el dolor mediante la fuerza desarrollada en nuestro interior. Para quien se entrega a las grandes conexiones del mundo, los procesos de su cuerpo astral serán creativos; donde faltan, se genera enfermedad.

¿De dónde provienen tantos sufrimientos en nuestra época? La verdadera razón radica en que muy pocas personas se interesan por los grandes intereses del universo. Quien eleva su espíritu hacia allí, tiene un efecto sanador. Quien se encuentra ante una mancha de colores sin sentido profundo, no obtiene ningún beneficio. Pero quien se encuentra ante una obra de arte a través de la cual se trasluce lo divino-espiritual, sentirá un efecto sanador. En la medida en que el materialismo de nuestra época ejerce su efecto, el cuerpo astral y el físico se enferman. Tales síntomas de enfermedad son todas las enfermedades nerviosas, la neurastenia y otras. Las plagas y epidemias pueden aparecer debido al aumento del materialismo. Si las personas se liberaran de su yo limitado, muchas cosas se resolverían. La verdad es que una elevada visión del mundo es lo único que cura y sana.

Pero también hay un reverso de la moneda: si ustedes lo meditan una o dos veces, no pasa nada. Pero si lo hacen varias veces, entonces tiene un efecto negativo, porque entonces el ser humano se preocupa demasiado por su yo. Sin embargo, quien busca liberarse de su yo, quien busca armonizarse con las leyes del mundo y se vuelve hacia las grandes realidades del universo, llega a la verdad sobre cómo recuperarse. La creencia en los remedios es la manía enfermiza de la época actual. Es más útil hacer algo para liberarse de uno mismo y dirigir la mirada hacia las grandes conexiones espirituales del mundo.

La teosofía y la ciencia espiritual no existen para satisfacer la curiosidad, sino para que el ser humano aprenda a liberarse del yo. De este modo, consolidará su salud.

Los investigadores no se verán perjudicados por el materialismo, como por ejemplo Haeckel, que se sumerge en él de manera especial. Cuando los pensamientos actúan de forma indirecta sobre los tres cuerpos, su frecuente retorno influye en toda la constitución del ser humano. Así es como lo espiritual influye en lo físico. Siempre quiero señalar que, si somos capaces de ponernos en armonía con el universo, podemos esperar una verdadera salud. El alma ha construido su cuerpo, y si se le da al alma un alimento espiritual saludable, ella dará forma al cuerpo de manera saludable.

Respuesta a la pregunta

{Pregunta no registrada].

Respuesta: La irreligiosidad tiene un significado muy especial; puede ser causa de enfermedad. No solo el pensamiento, sino también el sentimiento que se dirige hacia lo divino tiene su importancia. 

[Pregunta no transmitida.] 

Respuesta: Si se trabaja con el ser humano en su totalidad, el exceso de trabajo casi no se tiene en cuenta.

Pero el trabajo debe ser provechoso. [Es] perjudicial cualquier trabajo infructuoso.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025