CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

Mostrando entradas con la etiqueta educación infantil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación infantil. Mostrar todas las entradas

GA068d Berlín, 10 de enero de 1907 - La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual

  contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual

 Berlín, 10 de enero de 1907


En otras ocasiones se ha subrayado aquí que lo que se denomina ciencia espiritual o, en tiempos más recientes, teosofía, no son en absoluto teorías que flotan en mundos lejanos, que la teosofía no solo quiere satisfacer la curiosidad por los mundos superiores. La teosofía no debe ser nada ajena al mundo, nada ajena a la realidad. Si quiere cumplir su tarea, su misión, debe obtener las fuerzas y los impulsos para su trabajo de los mundos superiores, y su trabajo para alcanzar su objetivo y su misión debe realizarse bajo la autoridad de estas fuerzas. Solo entonces podrá contribuir al desarrollo y la salvación de la humanidad. Sería un conocimiento bastante inútil sobre los mundos superiores si no se quisiera aprovecharlo de forma práctica, si no se quisiera aplicar a la vida. Porque nadie puede comprender la vida si no conoce las fuerzas más profundas que la sustentan. Estas fuerzas no se encuentran en la superficie, sino que están ocultas en las profundidades. Al igual que el hierro, cuando se observa desde fuera como una sustancia, no revela que contiene electricidad, que solo se hace notar al frotarlo, al igual que estas fuerzas yacen dormidas en el hierro y primero deben ser extraídas de él, también debemos saber que existen fuerzas superiores, entidades espirituales, que actúan detrás del mundo sensorial. Si quisiéramos trabajar en el servicio del progreso de la humanidad sin conocer estas realidades ocultas, nuestro trabajo solo podría ser superficial. Solo es posible un trabajo provechoso si investigamos las fuerzas y entidades más profundas.

Por supuesto, también debemos reconocer los objetivos de nuestro trabajo. ¿Para qué trabaja el ser humano? ¡Para el futuro! Pero nada de lo que está por venir está en el futuro sin que esté ya presente en el presente. Veamos la planta. Todavía no tiene flores ni frutos. Los producirá en el futuro. Pero las fuerzas para estas flores, para estos frutos, ya duermen en la planta. En ella ya se prefigura de manera invisible lo que sucederá en el futuro. Y solo porque el ser humano suele recordar cómo otras plantas similares han dado flores y frutos, puede decir que esta planta florecerá así y no de otra manera, que dará frutos así y no de otra manera. Pero si el ser humano pudiera ver el interior de la planta, podría ver las fuerzas que actúan en ella y que producirán precisamente esas flores y esos frutos.

Hay algo que descansa en el futuro y que no se puede conocer, cuyo desarrollo no se puede prever, y eso es el cuerpo humano. Lo que algún día estará presente en el mundo físico ya dormita hoy en la humanidad, al igual que la flor y el fruto ya dormitan en la planta. Si no somos capaces de sumergirnos en lo que hoy yace dormido en el seno de la humanidad, no podremos dominar las fuerzas que solo se desarrollarán en el futuro. Quien quiera colaborar en el desarrollo de la humanidad, actúa así sobre algo que aún no ha existido, y quien quiera alcanzarlo, debe descender bajo la superficie. La cosmovisión teosófica debe enfrentarse a esta tarea, debe llevarla a la práctica.

En ningún ámbito se manifiesta más la eminente practicidad de la cosmovisión teosófica que en el ámbito de la educación infantil. En el niño tenemos ante nosotros, por así decirlo, el enigma que se esconde en el futuro. Y cada día tenemos que resolver ese enigma de nuevo. Porque el niño de siete años no es el mismo que era a los seis, y el de catorce o dieciséis años no es el mismo que el de doce. Solo cuando estemos en armonía con las fuerzas profundas que actúan en lo oculto, solo entonces podremos abordar las numerosas cuestiones del ámbito pedagógico que son tan candentes para la humanidad actual. Solo será posible una orientación real en todas estas cuestiones cuando la visión teosófica domine la mente de los seres humanos.

Hoy queremos examinar más detenidamente la misión que tiene la teosofía en la cultura moderna en relación con las cuestiones educativas. Para ello es necesario que conozcamos toda la estructura de la naturaleza humana. Sabemos que, en el sentido de la ciencia espiritual, el ser humano es una estructura compleja. Para quien lo observa más profundamente, el cuerpo material es solo una parte del ser humano. Este cuerpo físico reúne en sí mismo las mismas sustancias que también están presentes en la naturaleza exterior. En el cuerpo humano se unen en una interacción sumamente compleja. La ciencia natural nos dice: cuando observamos una máquina, vemos en ella el funcionamiento de las sustancias que la componen; pero cuando observamos un ser vivo, no vemos una mera estructura de sustancias muertas, sino un cuerpo impregnado de vida, que regula las fuerzas físicas y las llama a la vida.

Esta vitalidad era denominada en la ciencia antigua como «fuerza vital». Sin embargo, la ciencia materialista actual afirma que no existe una «fuerza vital», sino que las materias desarrollan la vida en sí mismas. No obstante, en los últimos tiempos se está volviendo a abandonar este punto de vista. Se ve que con esta teoría no se llega muy lejos, que hay que contar con una especie de fuerza vital para explicar lo vivo. Pero tampoco en este sentido de las ciencias naturales más recientes se expresa la visión teosófica cuando habla del segundo miembro del ser humano, el cuerpo etérico o vital. No se ocupa de meras teorías, no especula, sino que su camino es desarrollar en el propio ser humano la visión superior. Así como para el ser humano otras entidades solo existen en el mundo si el ser humano posee los órganos para percibirlas, así como solo percibe la luz y el color si posee los ojos para ello, así como solo percibe los sonidos si posee los oídos para ello, las entidades superiores solo están presentes para el ser humano si ha desarrollado en sí mismo los órganos para percibirlas mediante el entrenamiento del que se ha hablado aquí con frecuencia.

Si existiera un ser humano que no tuviera ojos, pero sí órganos para percibir, por ejemplo, la electricidad, si ese ser humano pudiera ver las fuerzas que encienden la luz aquí en la sala, que juegan fuera en los cables telegráficos, ¡qué diferente le parecería el mundo a ese ser humano! Con cada nuevo órgano surgen nuevos mundos para el ser humano, y en él yacen latentes los órganos que le permiten percibir los mundos superiores. Estos pueden desarrollarse. Nadie puede afirmar con razón que esos mundos no pueden existir. Sería como decir que no hay mundos superiores porque no puedo verlos, sería lo mismo que si un ciego quisiera decir que los colores no existen porque no puede percibirlos.

Pero si mediante el entrenamiento, el ser humano se ha desarrollado, entonces el cuerpo etérico es una experiencia para él; entonces puede verlo. En cuanto a su tamaño, es casi igual que el cuerpo físico. A menudo se imagina el cuerpo etérico como si estuviera hecho de una materia más fina, como una especie de niebla, pero eso no se corresponde con la realidad. Más bien consiste en fuerzas y corrientes de naturaleza espiritual que interactúan entre sí.

El tercer miembro, el cuerpo astral, se diferencia del cuerpo etérico en que, mientras que en este último actúan las fuerzas del crecimiento, la reproducción, etc., la esencia del cuerpo astral es que siente, tiene conciencia. El cuerpo astral es el portador del placer y el dolor, de los deseos y las pasiones.

Más allá de estos tres miembros se encuentra lo que convierte al ser humano en la corona de la creación terrenal: el yo consciente de sí mismo, el centro del ser humano, la fuerza más íntima del ser humano. Así pues, cuando tenemos ante nosotros a un ser humano plenamente desarrollado, nos encontramos ante una estructura de cuatro miembros.

Sin embargo, solo se puede actuar como educador si se comprende correctamente esta estructura del ser humano, si se sabe que no desempeña el mismo papel en un niño recién nacido que en un niño de siete o catorce años, si se sabe que el desarrollo de estas estructuras es diferente en cada etapa de la edad del ser humano joven. Solo cuando se sabe todo esto se puede resolver el enigma que nos plantea el niño día tras día. Y la mejor manera de comprender todo esto es partir de la base de que vemos cómo vive el ser humano antes de nacer.

Antes del nacimiento del niño, tenemos el cuerpo físico del niño encerrado, rodeado por el cuerpo de la madre. Nada puede llegar al niño sin pasar por el cuerpo de la madre. Ningún rayo de luz, ninguna influencia externa alcanza directamente al niño. Descansa encerrado en otro cuerpo; un cuerpo físico descansa en otro. El nacimiento consiste en despojarse de la envoltura física de la madre. Sin embargo, en ese momento, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, no nace aún el ser humano completo, sino solo el cuerpo físico. El segundo nacimiento tiene lugar gradualmente, no en un solo instante como el físico, sino que se produce esencialmente cuando al niño le cambian los dientes. En ese momento, en el ámbito espiritual ocurre algo similar a lo que ocurre en el nacimiento físico.

Hasta los siete años, el niño está rodeado por una envoltura etérica, al igual que antes del nacimiento físico estaba rodeado por una envoltura física, el útero materno. Por lo tanto, se podría decir que hasta los siete años el niño está rodeado por una madre etérica. Del mismo modo que antes del nacimiento físico no se puede acceder al niño más que a través del cuerpo de la madre, tampoco se puede acceder al cuerpo etérico del niño antes de los siete años. Y al igual que antes del nacimiento físico, si se quiere cuidar al niño hay que cuidar a la madre, también para cuidar y desarrollar el cuerpo etérico del niño hasta los siete años hay que alejar todo lo que pueda perjudicarlo y proporcionarle todo lo que pueda favorecer su desarrollo. En el séptimo año, la envoltura etérica se retrae y nace el cuerpo etérico del ser humano, de forma muy similar al nacimiento físico del cuerpo físico.

Y más tarde tiene lugar un tercer nacimiento, el nacimiento del cuerpo astral. Cuando el ser humano, al cumplir los siete años, se ha despojado de su envoltura etérica, aún no ha desarrollado completamente su cuerpo astral, ya que, para la visión espiritual, todavía está rodeado por una envoltura astral externa. Este le envuelve hasta la madurez sexual; entonces también se despoja de él: nace el verdadero cuerpo astral del ser humano.

El educador debe saber todo esto. Debe conocer el nacimiento físico, etérico y astral del ser humano, ya que las distintas etapas educativas se orientan en función de ello. Debe saber que, al igual que no tiene sentido querer influir en el niño físico en el vientre de la madre, tampoco tiene sentido querer influir mediante la educación hasta los siete años en algo que afecta al cuerpo etérico, o hasta la madurez sexual en algo que afecta al cuerpo astral. Los miembros del ser humano son portadores de fuerzas anímicas muy especiales. El cuerpo físico es el portador de los órganos sensoriales físicos; el cuerpo etérico es, en primer lugar, el portador de las fuerzas de crecimiento y reproducción. Pero eso no es todo, porque todos estos diferentes cuerpos son trabajados desde dentro por el yo humano. Esto actúa desde dentro. Y así, los cuerpos del ser humano tienen una relación especial con las fuerzas del alma. Así, el cuerpo etérico es el portador de la memoria, de todos los hábitos y tendencias permanentes, del temperamento.

Los conceptos intelectuales, las imágenes de los objetos externos, etc., los encontramos en el cuerpo astral. Pero cuando la imagen es al mismo tiempo un símbolo, una parábola, cuando se eleva a la imaginación artística, cuando se vuelve productiva en el alma, entonces el portador es el cuerpo etérico. Lo que llamamos juicio, crítica, actividad intelectual, depende del cuerpo astral.

Si sabemos todo esto, podremos aplicarlo en relación con la aparición de estos miembros a lo largo del desarrollo del niño. Si sabemos que hasta los siete años el cuerpo etérico está encerrado, también sabemos que hasta entonces no debemos influir en las características de este cuerpo etérico. Solo cuando se libera mediante el segundo nacimiento, podemos influir en él con nuestra educación. Hay una frase que puede arrojar luz y que debería servir como principio básico para la educación del niño hasta los siete años. Aristóteles pronuncia estas palabras cuando dice: «El hombre es imitador de los animales». Imitar es lo que le es propio al niño hasta los siete años. El niño debe ver lo que tiene que aprender, debe verlo y oírlo. En su entorno debe estar presente aquello que debe influir en él. No se le debe enseñar nada de la noche a la mañana, sino mostrarle y darle ejemplo de lo que debe imitar.

El ejemplo y la imitación son las dos palabras mágicas para los niños hasta los siete años. No importa qué lecciones se le den, qué principios se tengan, sino solo lo que se hace en presencia del niño. Eso es lo único que importa. El ejemplo es lo realmente eficaz. Lo que el niño debe aprender debe introducirse en el mundo físico. Se debe evitar en la medida de lo posible que el niño interiorice algo que no debe imitar. Mil buenas enseñanzas no le sirven de nada al niño a esta edad, el niño debe imitar lo que experimenta con su cuerpo físico en el mundo físico. Una pequeña historia le mostrará hasta dónde puede llegar esta imitación. Un niño de cinco años, que hasta entonces había sido bien educado, de repente sacó dinero de la caja fuerte de sus padres. Estos se quedaron muy consternados. El niño había robado y le había dado el dinero a otro niño. Los padres no podían entender cómo su hijo había llegado a robar. La explicación es sencilla. El niño había visto cómo sus padres sacaban dinero de la caja fuerte y simplemente lo imitó.

De ello se desprende hasta qué punto hay que evitar todo aquello que no se desea que el niño imite, aunque a los adultos se les permita hacerlo. Quien observe un poco verá que los niños copian letras, como signos, sin comprender su significado. El significado de lo escrito solo se le puede transmitir al niño cuando nace el cuerpo etérico; sin embargo, puede imitar los trazos de las letras incluso antes. Se debería comenzar a enseñar a escribir dejando que el niño primero copie las formas de las letras. Más tarde se le puede explicar lo que ya es capaz de hacer.

Hoy en día se da demasiada importancia al hecho de que el sentido debe intervenir en todo lo que se enseña al niño. Sin embargo, se debería velar más bien por que todo el entorno del niño esté organizado de tal manera que las fuerzas externas que lo rodean actúen sobre su cuerpo etérico de forma estimulante y vivificante. — Recordemos aquí la frase de Goethe: «El ojo está formado por la luz para la luz». El animal que se ve obligado a vivir en cuevas oscuras pierde gradualmente la vista, se vuelve ciego. La luz tiene un efecto creador y formador en el ojo. Las fuerzas de la naturaleza crean órganos, los forman. Cuando nace, el ser humano aún no está completo. Cada rayo de luz sigue actuando formando el ojo. Y así, lo que se encuentra en el entorno del niño puede actuar sobre él despertando la vida o atrofiándola.

La ciencia espiritual ilumina hasta los detalles más pequeños. Por ejemplo, no es indiferente si los colores rojos o azules están presentes en el entorno del niño. A un niño que es vivaz, quizás incluso nervioso, no le conviene en absoluto el mismo color que a un niño que es tranquilo o incluso apático. Para este último, el azul es el color adecuado, para el primero, el rojo. Así, incluso la ropa puede tener un efecto beneficioso o paralizante en el niño. De este modo, se influye hasta en el cerebro y el corazón, estas herramientas del alma. El entorno del niño determina si estos órganos se marchitan o maduran hasta alcanzar la vitalidad, si se desarrollan de forma lenta y perezosa o si se despiertan a una vida activa.

La educación debe velar por que se tenga en cuenta lo que es un indicador del desarrollo interior: el placer y la alegría. No están ahí por casualidad; no deben reprimirse, especialmente en la infancia. No deben reprimirse, sino refinarse. Por ejemplo, la necesidad del cuerpo de un determinado alimento se manifiesta en el deseo de consumirlo. De este modo, el cuerpo indica que lo necesita para su desarrollo. Todo lo que produce alegría y despierta interés tiene un efecto creador de órganos. Los órganos cobran vida y se regulan gracias a ello.

Pero cuando un niño se aburre, se mata algo, se produce un efecto debilitador en sus órganos, y eso es muy grave. Porque lo que no se ha desarrollado hasta los siete años se pierde para siempre. Hasta entonces, toda la orientación, la tendencia al crecimiento, está dada. Se puede intentar, —o mejor dicho, es mejor no intentarlo—, comprobar la veracidad de estas afirmaciones de la ciencia espiritual, por ejemplo, dando de comer muchos huevos a un niño y muy pocos a otro. El segundo niño mostrará unos instintos curiosamente saludables por lo que su cuerpo necesita como alimento; el primero, en cambio, no. Porque un exceso de proteínas anula los instintos alimenticios saludables.

En el séptimo año nace el cuerpo etérico del niño. El cuerpo que es portador de los hábitos, el temperamento y la memoria se libera. Todas estas cualidades deben cultivarse hasta la madurez sexual. Esta es la época en la que se aborda al niño con el material de aprendizaje. Durante este periodo no solo es válido lo que existe en el mundo físico. Imitar es la palabra mágica hasta los siete años; ahora también hay un lema para el periodo comprendido entre el cambio de dientes y la madurez sexual, es decir: sucesión y autoridad. Al igual que antes el niño imitaba, ahora, por usar una palabra de Goethe, debe elegir a su héroe y seguirle el camino hasta el Olimpo. Si se desarrollan los principios morales más bellos o los juicios más severos ante el niño, se descubrirá que tales enseñanzas no tienen ningún sentido.Sin embargo, si se coloca a una personalidad con autoridad en el entorno del niño, entonces funciona. No se le deben inculcar principios morales, sino una moral encarnada. El alma y la conciencia del niño no se desarrollan mediante meras enseñanzas, sino porque el niño se dice a sí mismo, cuando se encuentra ante una personalidad así: lo que hace es correcto. Y aprende a mirar con reverencia a una personalidad así.

No hay nada más beneficioso para la vida futura que el respeto que se cultiva en la infancia, nada más fructífero para toda la vida. Cuando un niño oye decir de alguien: «Es una persona a la que todos miran con respeto», y luego ve a esa persona por primera vez y siente cómo un escalofrío de respeto le recorre el corazón, eso es una base educativa maravillosa. Respeto y autoridad, estas palabras deben cobrar significado si se quiere tener una base sólida para la educación.  

El niño solo puede seguir correctamente los principios cuando antes ha visto cómo se aplican en una personalidad. Solo entonces los principios pasan a formar parte de su ser, o más bien de su cuerpo etérico. Permanecen en su memoria. Lo que se descuida en esta etapa, se descuida para toda la vida. Para ejercitar la memoria, el niño también debe asimilar mucho material; más adelante podrá penetrarlo con su propio juicio; ahora primero debe ejercitar la memoria. Más adelante necesitará material para poder juzgarlo. Es malo para el ser humano en formación que se le exija criticar demasiado pronto. Primero debe conocer el mundo, debe aprender de los grandes ejemplos históricos, debe sentir reverencia. Hay que describir al niño con palabras e imágenes lo que han logrado las grandes personalidades. En esta etapa hay que cultivar la imaginación pictórica.

En este sentido, la mentalidad materialista actual deja mucho que desear. Hay que comparar dos cosas. Hasta los siete años solo se desarrollan los órganos físicos, luego el carácter y el temperamento; y hemos visto cómo la educación puede tener un efecto estimulante o atrofiador sobre la vida. Un niño sano en cuerpo y alma siempre preferirá un juguete que haya creado él mismo a cualquier objeto ya fabricado, por muy bonito y complejo que sea. Su muñeca de trapo, a la que ha dibujado los ojos, la nariz y la boca con manchas de tinta, le resultará un juguete más querido que la muñeca más bonita que se pueda comprar. ¿Por qué? Porque cuando el niño mira a su querida muñeca de trapo, tiene que hacer algo, tiene que completar con su fantasía e imaginación lo que tiene delante. La imaginación tiene que trabajar, de lo contrario se atrofia.

Hay una gran diferencia entre dejar que un niño se desarrolle de tal manera que componga estructuras artificiales a partir de piezas individuales, o tener ante sí algo vivo. Llegará un momento en que ya no se adorará el juego de construcción. Es cierto que el ocultista no debe volverse sentimental, pero aquí hay un punto en el que se ve tentado a hacerlo. Ve cómo se desarrolla la mentalidad materialista en los delicados seres humanos que están creciendo y sabe que se debe a que en la infancia han ensamblado algo muerto a partir de cosas individuales muertas. Así como los bloques de construcción forman algo inerte, la visión materialista logra un desarrollo mundial inerte. El cerebro del materialista está atrofiado, no puede ser guiado hacia lo vivo, no puede ser señalado.

Por eso hay que dar al niño cosas vivas, para que su cerebro cobre vida. Hay que darle los juguetes sencillos de la feria rural, donde, por ejemplo, dos figuras ponen en movimiento el martillo de herrero, o un libro ilustrado en el que se pueden mover figuras suspendidas de hilos. Eso es mucho mejor, eso es vida. Es mucho más beneficioso para el niño que si compone cosas muertas a partir de figuras muertas. Allí el niño ve vida, allí busca la razón del movimiento. Eso forma las fuerzas del alma infantil. Todo el dolor del mundo se deposita en el alma del investigador espiritual cuando tiene que ver cómo no se llevan las cosas adecuadas al entorno del niño. El investigador espiritual ve cómo se marchitan las fuerzas en los órganos de los seres humanos en formación y sabe que permanecerán marchitas.

En el período posterior al cambio de dientes del niño, comienza a desarrollarse aquello de lo que el cuerpo etérico es portador: un conjunto permanente de hábitos. Si se quiere educar al niño en la tranquilidad, la seguridad, la sencillez y la rectitud, es necesario que una personalidad que posea estos rasgos de carácter camine ante él como un ser humano vivo hasta los catorce o dieciséis años. El niño debe aprender a formarse a partir de ella, adquiriendo esas cualidades al observarla. Pero el cuerpo etérico es también el portador de todas las facultades artísticas. Hay que tener claro qué se le debe aportar al niño en este periodo en el ámbito artístico. Si el gusto infantil se corrompe en esta etapa por malas imágenes y demás, permanecerá corrompido. A partir de los siete años, el niño también es receptivo a las comparaciones. En este sentido, en nuestra época reina la mayor incomprensión. Por ejemplo, se investiga el significado de las canciones infantiles. Se supone que todo debe tener un significado. Pero las canciones infantiles, como por ejemplo «¡Vuela, escarabajito, vuela! ... Tu madre está en Pommerland» —es decir, en el país de los niños—, no pretenden tener ningún significado; en parte son símbolos, en parte solo pretenden ser melodiosas.

Se trata de que, a partir de los siete años, el sonido y el color se transforman de lo sensual a lo espiritual. Nuestra época materialista no es precisamente adecuada para ello. No está dispuesta a hacerse entender de forma simbólica. Si, por ejemplo, se quiere mostrar la salida de la mariposa de la crisálida como un símbolo de la salida del alma del cuerpo, hay que creer uno mismo en esa parábola como realidad. ¿Quién lo hace realmente hoy en día? Se dice con cierta compasión que el niño, con su mente aún sin desarrollar, no puede comprender lo que quiero decir, así que se lo explicaré simbólicamente. Pero si nos adentramos en el espíritu de las cosas, entonces una parábola como esa es un profundo misterio, es un proceso profundamente misterioso; entonces, lo que nos muestran la crisálida y la mariposa en un ámbito subordinado es el mismo proceso que se repite en un nivel superior como la salida del alma del cuerpo.

Si uno se da cuenta de esto, lo siente de forma viva, si uno no toma este proceso solo como una comparación, sino como la expresión figurativa de una verdad superior, entonces la fuerza de esta idea fluye hacia el alma infantil. En todas partes, en todo, el educador debería ver una parábola de lo eterno y verter la fuerza de esta parábola en el alma del niño. Solo entonces podrá actuar de manera fructífera. Y esto no es solo asunto de alguien especialmente dotado o elegido para ello, sino que cualquier educador puede actuar así, cualquier educador puede transmitir estas cosas de alma a alma y así despertar una vida productiva en el cuerpo etérico del niño.

Con la llegada de la madurez sexual se elimina la última capa protectora. Solo entonces llega para el niño el momento en el que despiertan la crítica y la capacidad de discernimiento, solo entonces se le pueden impartir enseñanzas abstractas, no antes. Y es injusto llevar a una persona a formarse su propio juicio antes de ese momento. Es esencial que entre los siete y los catorce años se vivifiquen también las ideas religiosas. La educación religiosa es tan necesaria en esta etapa como lo fue el entorno físico adecuado en la etapa anterior. El niño no debe limitarse a escuchar lo que hay en los mundos más allá, sino que se le debe inculcar la fe como algo natural.

Pero nada es peor que cuando el ser humano es llamado a juzgar antes de que su cuerpo astral haya despertado. Primero debe aprender a venerar, luego a juzgar. Primero debe poseer un gran bagaje de conocimientos memorísticos antes de poder penetrar en ellos con su entendimiento. Pero llamarlo a juzgar y confesar antes de que pueda distinguir es la mayor ruina. Primero debe estar imbuido de un sentido de la autoridad, solo entonces se puede recurrir a su capacidad de juicio. Esta no existe antes, aún no se ha desarrollado. Solo se desarrolla en los años previos y posteriores a la madurez sexual. Por lo tanto, es grotesco que jóvenes de dieciocho años se presenten y emitan sus juicios, e incluso escriban gruesos libros en los que quieren derribar lo que se ha creado a lo largo de milenios. En este sentido, la ciencia espiritual podrá cambiar muchas cosas. Mediante una educación adecuada, el juicio puede formarse y guiarse de manera correcta.

En general y en particular, se debe mostrar cómo se puede llegar a ser un buen educador mediante un conocimiento más profundo del desarrollo de los distintos miembros del ser humano. Si alguien dice que eso es imposible de saber, hay que responderle: intente educar a las personas en este sentido, según estos tres nacimientos, y encontrará en la vida y en la práctica las pruebas de las verdades teosóficas. No se trata de establecer teorías o principios, sino de llevarlos de la cabeza a la mano. Los principios son buenos, resultan beneficiosos en la vida y, cuando se aplican en ella, demuestran su influencia en la cultura de manera positiva. Lo que promueve la cultura, lo que da vida, es verdadero.  Cuando se aplican las enseñanzas relacionadas con lo suprasensible, se obtiene la prueba de su veracidad. Se reconoce que la teosofía es algo eminentemente práctico, que no es ajena a la vida ni está alejada de ella, sino que la alegra y la despierta, que da fuerza y seguridad al ser humano. ¿Y qué es más importante que eso en la educación de un niño? La educación debe reducir a lo visible, a lo sensual, lo que se esconde en lo suprasensible. Ahí está la clave de lo que ocurre en la infancia del ser humano. Todo el significado de la cuestión de la educación se revela cuando tenemos claro que cada ser humano es un enigma que, como educadores, debemos resolver profundizando realmente en su interior.

Respuesta a la pregunta

Pregunta: ¿Espíritu de contradicción en los niños?

Respuesta: La mejor manera de contrarrestarlo y erradicarlo es dejar que el niño consiga lo que quiere conseguir con ese espíritu de contradicción, para que experimente que lo que ha conseguido es incorrecto y que le perjudica. Prohibir, sermonear, etc., no sirve de mucho, sino que, por el contrario, suele incitar aún más a la rebeldía. El niño aprende mejor a través de su propia experiencia.

Pregunta: ¿Cómo se explica la influencia de los colores en los niños?

Respuesta: Tomemos el siguiente ejemplo: si miramos una superficie blanca con cuadrados rojos y, al cabo de un rato, miramos una superficie blanca vacía, veremos que los cuadrados que antes veíamos rojos ahora se ven verdes sobre la superficie blanca vacía. El rojo que se veía se ha transformado en verde en la persona. El verde es un color agradable y relajante. Incluso los niños demasiado activos y nerviosos que tienen mucho rojo en su entorno transforman este rojo en un verde agradable y relajante.

Pregunta: ¿El espíritu de contradicción en los niños?

Pregunta: La cuestión sexual: ¿debemos educar sexualmente a los niños?

Respuesta: A menudo, cuando se plantea la cuestión tan frecuente en los debates actuales de si se debe explicar a los niños los procesos sexuales, se dice: no quiero ni debo decirle mentiras al niño. — Bueno, no hay que decirle mentiras al niño, hay que decirle toda la verdad, pero una verdad que se encuentra en un ámbito completamente diferente al de la descripción banal de los procesos físicos de la fecundación y el nacimiento. Nuestros antepasados tampoco les decían mentiras a sus hijos cuando les decían: «Tu madre está en Pommerland, vuela, pequeño escarabajo, vuela». Pommerland es el país de los niños, el país natal del alma. 

Respuesta: Es tan perjudicial para los jóvenes porque provoca empobrecimiento en años posteriores. La persona entonces no comprende ciertas cosas. Solo se puede juzgar lo que se ha experimentado personalmente. La capacidad de juicio desarrollada demasiado pronto bloquea toda la amplitud de la realidad de la vida. La vida se empobrece, porque solo quien sabe puede juzgar. De ahí el rápido empobrecimiento de los escritores de nuestro tiempo.

En «volar» también hay algo espiritual. Se sabía más que la gente de hoy en día, se conocían los procesos espirituales que tienen lugar desde el nacimiento físico del niño, se sabía que estos procesos son lo más importante, que el nacimiento no es solo un acto físico. Y en este sentido, también hoy deberíamos hablar con los niños cuando les surge la pregunta sobre el origen del ser humano. Deberíamos contarles, con las imágenes poéticas más bellas, sobre el alma que desciende para nacer, deberíamos llenar su alma con imágenes llenas de belleza espiritual y pureza, santidad y reverencia. No podemos alcanzar lo suficientemente alto, no podemos ser lo suficientemente poéticos para colocar estas imágenes en su alma. Y cuando llegue el momento en que, con la madurez sexual, comprendan los procesos físicos de la fecundación y el nacimiento, estos les parecerán a los niños precisamente lo que son, algo secundario. Su alma, llena de ideas e imágenes elevadas, sagradas e impresionantes, considerará el nacimiento del cuerpo como algo secundario.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Hamburgo, 3 de marzo de 1906 - Cuestiones educativas

  contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

Cuestiones educativas

 Hamburgo, 3 de marzo de 1906


¡Estimados asistentes! Cuando abordamos de manera práctica las grandes cuestiones culturales de nuestro tiempo, se pone de manifiesto el hecho de que la cosmovisión teosófica no consiste solo en una serie de enseñanzas y dogmas, y que lo importante no es principalmente profesarlos,. Hoy queremos examinar las cuestiones educativas desde el punto de vista teosófico. ¿Qué fruto más hermoso podría brotar de esta cosmovisión que el de introducirnos en las profundidades y en todos los rincones de la naturaleza humana, enseñándonos a comprender al ser humano y, con ello, el arte de influir en él? Por supuesto, eso sería algo diferente a si solo viéramos por curiosidad o sed de conocimiento, para escuchar y aprender cosas desconocidas sobre el espíritu, el alma y el cuerpo del ser humano.

Este camino por sí solo, el camino del aprendizaje, no puede considerarse teosófico, porque el camino teosófico es solo aquel que atraviesa la vida práctica. Para aquellos que no profundizan en las enseñanzas en su vida cotidiana, estas siguen siendo incomprensibles. Solo se conoce al ser humano en relación con el alma y el espíritu cuando se colabora en su vida sin desarrollar. De este modo, también se obtiene información sobre los mundos superiores. Y no podemos negar que es necesaria una comprensión íntima del alma si queremos ser guías.

El ser humano está compuesto por diferentes miembros, de los cuales el cuerpo físico es solo uno. Saber esto es muy importante, ya que quien sabe que el alma de un niño ha tenido una vida rica y que ha completado muchos niveles a lo largo de muchas vidas terrenales se comportará de manera muy diferente con el niño en crecimiento. Las aptitudes y habilidades que aparecen con el nacimiento se han adquirido en vidas anteriores.

Quien sabe que el alma se desarrolla gradualmente a partir de sus envolturas, ve al niño con otros ojos. La teosofía arroja una nueva luz no solo sobre el conocimiento más íntimo de la naturaleza humana, sino también sobre todo el proceso de desarrollo del ser humano a lo largo del tiempo.

Debemos distinguir dos cosas en el ser humano: en primer lugar, un núcleo eterno que vive nuevas experiencias en las más diversas encarnaciones, extrayendo, por así decirlo, lo esencial de cada vida terrenal; y, en segundo lugar, la naturaleza humana inferior, que solo constituye la envoltura del yo propiamente dicho. Repitamos brevemente de qué partes se compone esta naturaleza inferior.

En primer lugar, tenemos el cuerpo físico tangible y visible; en segundo lugar, el cuerpo etérico, que crea la forma del ser humano; en tercer lugar, los deseos, los instintos y las pasiones: el cuerpo astral. En estas envolturas está encerrado el yo superior. Compartimos el cuerpo físico con el reino mineral, el cuerpo etérico con el reino vegetal y el cuerpo astral con el reino animal. Solo el cuarto, el yo, es exclusivo del ser humano. Las envolturas que rodean al yo sirven al ser humano como instrumentos, como herramientas en las que se manifiesta el yo real, lo que ya existía.

Con cada nuevo nacimiento se forman de nuevo estas tres envolturas. Sin embargo, no debemos imaginarnos estas envolturas como capas de cebolla que separan el núcleo del ser del mundo exterior, sino que los cuerpos se impregnan unos a otros y el yo impregna los cuerpos.

Solo aquel que conoce al niño en crecimiento no solo por su cuerpo físico, que se forma y crece, sino que también tiene en cuenta el cuerpo etérico vivificante y el cuerpo astral, puede influir plenamente en su educación.

Pero hay otras cuestiones fundamentales que hay que abordar. Durante más de cien años se han realizado grandes avances en el arte de la educación. Pestalozzi, por un lado, Rousseau, por otro, y Herder han iniciado el intento de encontrar el camino para convertir al niño en un ser humano completo. Se han realizado profundos intentos. A través de la teosofía, estos intentos se profundizan aún más.

Dado que se trata de un tema tan amplio, esta noche nos limitaremos a algunas cuestiones educativas relacionadas con los miembros más delicados del ser humano.

Mientras se considere a los seres humanos como un verdadero caos, solo se podrán obtener resultados a partir de observaciones. La situación es muy diferente para aquellos cuya mirada es capaz de percibir los cuatro miembros del ser humano, o que al menos conocen las relaciones entre estas cosas. El niño se desarrolla de manera diferente en los primeros años de vida y de manera diferente en los años posteriores. Por ahora, dejemos de lado el yo y ocupémonos de los cuerpos físico, etérico y astral.

Consideremos al niño tal y como se nos presenta tras su nacimiento. Tenemos el cuerpo físico, que es lo más importante. A partir de los siete u ocho años, lo más importante es cuidar con esmero el cuerpo etérico. En el momento en que se avecina la madurez sexual, el cuerpo astral necesita un tratamiento educativo muy especial.

¿Qué debe suceder en el primer año de vida? El cuerpo etérico se dedica por completo al crecimiento del cuerpo físico, de modo que, según su disposición natural, aún no está libre para el cuerpo astral. Solo más tarde, cuando el cuerpo físico está formado, el cuerpo etérico queda libre para crecer de forma independiente, lo que, desde el punto de vista ocultista, está relacionado con la voluntad, que se encuentra en lo más profundo.

Lo que más fácilmente cambia en el ser humano son sus conceptos e ideas. Los conceptos que nos formamos sobre las cosas en la primera infancia difieren considerablemente de lo que pensamos sobre ellas más adelante en la vida. Nuestro mundo emocional también es cambiante, aunque se modifica con más dificultad que el mundo conceptual. Por ejemplo, si un niño tiene un carácter malhumorado, le resultará difícil desprenderse de él. El temperamento y el carácter son más difíciles de cambiar.

Lo más difícil es el carácter básico de la voluntad, porque la voluntad tiene su sede donde el ser humano menos puede llegar. Puede crear una nueva comprensión, adquirir nuevos sentimientos, pero hay una cosa que no puede hacer: no puede trabajar en el cuerpo físico, y eso es lo que da al carácter de la voluntad su matiz básico. Solo en los primeros años de vida es posible trabajar en el cuerpo físico. El educador debe tener esto siempre presente. Para él, lo importante ahora es formar el valor de la voluntad en los primeros años; debe dedicarse por completo a su formación pura; debe tener cuidado de no interferir de forma perturbadora al querer enseñar conceptos al niño demasiado pronto. Por lo tanto, la voluntad debe desarrollarse antes que nada. El ser humano tiene en sí mismo el impulso de imitar. El educador debe centrar su atención principalmente en este impulso de imitación. Debe asegurarse de que el niño disponga de buenos modelos a imitar. El educador debe influir en el niño con su mera presencia. Las bases de algunas cualidades útiles, como la intrepidez y la presencia de ánimo, deben sentarse ya en los primeros años. Hasta los siete años, la atención debe centrarse en educar el cuerpo físico para que se convierta en un organismo útil.

¿No se puede influir en absoluto en el cuerpo etérico durante ese periodo? El educador no podrá intervenir mucho. Debe actuar a través de su presencia. Entonces comprenderá que los sentimientos y los pensamientos son hechos. No debe creer que solo una bofetada, un empujón o [una] indigestión son algo real, sino que debe tener claro que es igualmente real si tiene buenas o malas intenciones, y que no da lo mismo qué intenciones tenga quien cuida al niño. No importa lo que se haga con el cuerpo etérico y astral del niño, sino con qué pensamientos, con qué actitud, con qué atmósfera se rodea al niño. Dependiendo del entorno, la actitud del niño será noble o vil. Así es posible influir en el niño de forma sistemática, con plena conciencia, a través del ejemplo en la vida cotidiana. Todo lo que el niño absorbe, lo absorbe a través de los sentidos, y lo que absorbe, lo imita. De este modo, es posible influir en él de forma armoniosa.

Sería muy importante que desde el punto de vista teosófico se trabajara a fondo esta idea, para que se pudiera comprender cada vez mejor la enorme importancia que tiene el entorno para un niño pequeño. Intentemos aclararlo con algunos detalles concretos. Algunas personas creen que le hacen un gran favor al niño regalándole una bonita muñeca. A los ojos del ocultista, esto es lo peor que se le puede hacer. Con la bonita muñeca se encauza por determinados caminos el instinto de imitación del niño, que es lo que se pretende estimular. Se mata la fuerza creativa. Si se observa bien a un niño, se verá con frecuencia que tira los juguetes más bonitos y se crea uno nuevo con los materiales más sencillos. No se le debe dar al niño una imagen de la realidad. La imitación no debe limitar la imaginación. El niño debe vivir en un mundo de fantasía, la imaginación debe ocupar al niño.  Debe desarrollar sus propias fuerzas, crear su propio mundo imaginario. Y esta fuerza interior permanece inactiva en la bonita muñeca. Los juegos del niño son réplicas de lo que oye y ve; exigen esfuerzo de voluntad. Esto despierta dos tipos de energías: la destreza y la capacidad de mantener el equilibrio en las más diversas circunstancias. Estos son algunos de los aspectos que hay que tener en cuenta a la hora de abordar la educación del niño pequeño.

Alrededor del séptimo año, el cuerpo etérico se vuelve más libre. El cuerpo físico ha adquirido ahora la fuerza vital para seguir desarrollándose. Ahora es importante influir en el cuerpo etérico y desarrollar sus fuerzas, que son: la memoria y la atención. En esta etapa hay que inculcar buenos hábitos. El educador debe desarrollar ahora estas fuerzas del alma.

Los pedagogos actuales también han tenido esto en cuenta. Todavía no se debe influir en el cuerpo astral, eso vendrá más adelante; en estos años lo principal es la educación formal. En un primer momento no se trata de adquirir una gran cantidad de conocimientos determinados, sino del ser humano en sí mismo. Lo que el ser humano no aprende en estos años en materia de geografía y demás, lo puede recuperar más adelante, pero lo que no puede recuperar es la adquisición de la capacidad de memorización y de la atención. Y estas facultades deben fortalecerse para que el ser humano se preserve más adelante de la inconstancia, para que aprenda a ser firme y no se vuelva inestable. Por lo tanto, lo importante a esta edad es impartir una educación formal.

En este sentido se cometen grandes errores. Se quiere formar la capacidad de juicio del niño lo antes posible, responderle al porqué y al cómo. Pero aún no es el momento adecuado para ello. Más bien se le debe ofrecer al niño una suma de observaciones y así fortalecer su memoria. Se debe fomentar el silencio interior, se debe intentar limitar las preguntas incesantes para promover así una rica vida interior. En un primer momento, no se trata de decir sí o no, sino de desarrollar la capacidad de juicio propio, que se vería limitada si se le dijera: «Debes hacer esto, no debes hacer aquello», sino que se debe actuar más bien a través de ejemplos y relatos. Lo espiritual debe reflejarse en símbolos, cuentos y mitologías que se transmiten al niño, despertando así fuerzas espirituales más profundas. Al decir sí y no, limitamos las fuerzas; estas deben desarrollarse por sí mismas. No se debe inculcar al niño una moral preestablecida; hay que intentar generar grandes pensamientos y sentimientos por grandes personalidades. Si es posible, poca doctrina. Las historias sobre grandes personalidades surten mejor efecto que las reglas morales. Describir el mundo, pero no enseñar reglas y leyes. En esta etapa no se debe fomentar el juicio propio ni la visión propia; el niño aún no está maduro para ello. Pero lo que se descuida en la formación de la memoria entre los siete y los catorce años no se puede recuperar más tarde. Por ejemplo, en matemáticas: una vez sentadas las bases mediante la enseñanza visual, la memoria debe servir para aprender las tablas de multiplicar. Lo mismo se aplica a los idiomas y otras materias.

 El educador debe ir retirándose poco a poco y convertirse en un servidor del niño. No solo debe llenar el alma del niño con sabiduría, sino que debe acercarse a la esencia del niño y salir de su alma. Debe ser un descifrador de enigmas. Es una gran ganancia para el alma que la envoltura etérica adquiera una forma sólida entre los siete y los catorce años. Cuando se ejercita la memoria y se desarrolla la capacidad de que el niño pueda concentrarse tranquilamente en un objeto, se crean hábitos sólidos y duraderos que se convierten en constantes en las personas y permanecen con ellas toda la vida.

Lo que sabemos hacer debe practicarse. En estos años hay que repetir una y otra vez que todo se convierta en un hábito. Las fuerzas creativas y formativas se desarrollan en los años once, doce y trece. La tarea del educador es ahora pasar del ejemplo a la capacidad de juicio; el niño debe aprender a utilizar sus fuerzas más sutiles. No hay que actuar solo sobre el ánimo, ni solo mediante prohibiciones y mandatos. Pitágoras mantuvo el equilibrio y dio sabias enseñanzas, revestidas de una forma que mantenía el equilibrio entre el ejemplo y el principio. No debes golpear el fuego con tu espada, es decir: quien se enfada desperdicia su fuerza. Ahora bien, él expresa esto de una manera que no solo actúa sobre la mente abstracta, sino que resume la enseñanza en una imagen que estimula la imaginación del niño, desarrolla su fantasía, su imaginación. Los principios pitagóricos son un término medio entre la imagen y el principio. Se debe trabajar para que el niño aprenda a formarse su propia opinión. La opinión del niño no debe verse limitada por doctrinas estrictas, ni restringida, sino ampliada. Y esto se consigue mediante imágenes, mediante representaciones simbólicas de las grandes verdades. Durante los primeros años escolares, es importante establecer el equilibrio adecuado entre el descanso y el trabajo en relación con el cuerpo etérico. Cuando se acerca el momento de la madurez, es necesario alcanzar el equilibrio adecuado para que el ser humano pueda desarrollarse plenamente en los tres mundos. La primera tarea consistía en liberar el cuerpo etérico de las exigencias y los esfuerzos físicos del cuerpo; para ello era necesario observar cuidadosamente cómo endurecer y flexibilizar el cuerpo mediante ejercicios gimnásticos y, a continuación, proporcionarle el descanso necesario, acostumbrarlo al descanso mientras el cuerpo etérico trabaja.

Según se acerca el tercer periodo, que es cuando se llega a la madurez sexual, las tareas del educador se vuelven cada vez más difíciles. Hay que trabajar con cuidado en el cuerpo astral. Ahora es cuando hay que enseñar al niño a formarse su propio juicio. Antes, lo que se buscaba era el silencio. En el primer periodo, el niño se ve impulsado a imitar a través de sus sentidos; por eso es importante crear el modelo adecuado. En el segundo período, se debe influir en el niño mediante la autoridad; esto es natural y tiene un efecto beneficioso, ya que genera fe y confianza. Afortunado el niño que mira con reverencia a una autoridad que lo es todo para él. Durante el tercer período, el educador debe dejar que su propia sabiduría pase a un segundo plano frente a la sabiduría del ser humano que tiene ante sí en el niño que está creciendo. La madurez sexual está relacionada con la independencia del ser humano. Para ello es necesaria una preparación. Lo que el cuerpo astral debe absorber debe prepararse en el cuerpo etérico. Esto se refiere a una formación armoniosa del mundo emocional. Si se logra generar sentimientos estéticos y elegantes en el niño, esto repercute en el cuerpo astral y genera una capacidad de juicio normal, armoniosa y estética.

No es bueno que los niños de 16 o 17 años se acerquen a nosotros con juicios preconcebidos; esto tiene consecuencias amargas. Hay que acercarles a los personajes nobles de la historia, a los poemas hermosos, a las obras de nuestros grandes maestros, pero no a las confesiones. Las confesiones provocan un sí o un no, pero no una vida interior rica. Y quien no ha tenido la suerte de tener autoridades ante sí, tampoco llegará a formarse un juicio propio.

Ahora ha llegado el momento en el que debemos esforzarnos por desarrollar la relación entre las personas. Antes se trataba de despertar el sentimiento de veneración; ahora debe aprender a reconocer por sí mismo el valor de las diferentes personas. Ahora aprende a distinguir su antigua relación con las personas como ser humano, reconoce lo que tiene valor y lo que no. Porque, ¿qué hay que despertar ahora? Los afectos, las sensaciones, el placer y el dolor. El astral se desarrolla en relación con el entorno. Por eso, primero debemos cuidar el cuerpo astral para que actúe hacia dentro. Ahora sale al exterior. Para que haga un uso correcto de su libertad, debe estar preparado por el cuerpo etérico. El cuerpo astral también se denominaba cuerpo de impulsos y deseos. Si no está bien preparado, se manifiesta en forma de deseos salvajes y vicios de la vida académica. Si no está preparado para la libertad, la fuerza impulsora que quiere manifestarse se vuelve salvaje y desenfrenada; debe consolidarse en años anteriores mediante la educación del cuerpo etérico.

Gracias a los conocimientos teosóficos, el educador será capaz de profundizar y espiritualizar sus habilidades pedagógicas. Así, la teosofía resulta útil cuando se aprovecha para influir en la juventud. Quien intente aplicar estos conceptos de forma práctica en la vida reconocerá lo útil que es tenerlos. Entonces obtendrá el conocimiento de forma práctica a partir de la vida, incluso renunciando a la cosmovisión teosófica. Y este conocimiento práctico vale más que la curiosidad y el afán de saber.

Los conocimientos materiales externos no dependen en muchos casos de nosotros. El Estado, la clase social y las circunstancias suelen ser decisivos, pero eso tampoco es lo más importante. Lo que exige la profesión y la clase social puede tomar un rumbo bueno o malo. Incluso con el plan de estudios más defectuoso y las aulas más abarrotadas, se puede influir si se conoce a las personas. Si es cierto que el ser humano puede desarrollar todas sus facultades de forma armoniosa, esto solo puede suceder si se le conoce desde los primeros años de vida, incluso antes del nacimiento.

Lo espiritual es realidad. No es indiferente qué pensamientos rodean a un niño, no es indiferente quién recibe al ser humano. Es muy importante si la persona que recibe a un ser humano tiene pensamientos y sentimientos buenos o malos; el médico y la comadrona deberían ser personalidades refinadas, con formación sacerdotal. Si es así, el ser humano entra en una atmósfera pura al nacer, y eso no es indiferente. El espíritu es algo real. Este es un ámbito en el que una educación sensata puede ser muy útil y, a la inversa, la ignorancia puede ser muy perjudicial. El ser humano entra en la existencia de forma imperfecta. Entra en la existencia para adquirir capacidades superiores; debe pagar con su indefensión la posibilidad de ascender. Hay que ayudarlo. En esto reconocemos verdaderamente la solidaridad de toda la humanidad, la necesidad de la ayuda mutua. Así, toda la humanidad es un gran cuerpo del que los individuos son solo miembros. Esto nos da una comprensión de la fraternidad, el primer principio de la Sociedad Teosófica.

Cuando el ser humano llega a la existencia, no se trata, en el sentido más eminente, de una vida completa; la tarea de los educadores consiste en formarlo para la cultura, y eso solo puede suceder si se hace desde el sentimiento de fraternidad, desde el sentimiento de comunidad.

Respuesta a una pregunta

Un profesor, que evidentemente estaba profundamente conmovido por este discurso claro y convincente, hizo una pregunta sobre las relaciones hereditarias.

Respuesta: El educador debe ser ante todo un observador. Debe observar la naturaleza humana del niño. En un primer momento, no importa si tiene una visión materialista, según la cual las aptitudes y los instintos del niño son hereditarios, o una visión teosófica, según la cual el ser humano ha adquirido sus aptitudes en vidas terrenales anteriores y, por ese motivo, ha nacido en determinadas circunstancias y de determinados padres. Los hechos, el resultado de la observación, serán siempre los mismos. El educador debe abstenerse de intervenir violentamente en el desarrollo del niño. Veamos un ejemplo: un educador trabajaba con un niño de once años en una familia. Este niño tenía un retraso mental y su cuerpo tampoco era normal, ya que tenía la cabeza demasiado grande. Nunca había pasado de la clase más baja. Entre otras cosas, sus cuadernos de matemáticas estaban en un estado lamentable. Cuando hacía un ejercicio, nunca acertaba y lo borraba hasta dejarlo lleno de agujeros.

El educador no se desanimó y se dijo a sí mismo: el alma ya formaría el cuerpo. Con cuidado, se dedicó a formar el alma del niño, trabajando según el principio del mínimo esfuerzo. Partió de puntos de vista muy concretos y descubrió que se puede aprender a adivinar acertijos. En un año y medio logró educar al niño para que se convirtiera en un niño normal, porque supo reconocer las causas de sus características y de dónde provenían. La cabeza grande fue adquiriendo poco a poco la forma correcta; el niño se desarrolló con normalidad y más tarde fue capaz de estudiar.

Sería muy deseable que la cuestión de la educación se elaborara a fondo a la luz de la teosofía.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA227 Penmaenmawr, 20 de agosto de 1923 - Inspiración e intuición

   Índice

    RUDOLF STEINER 

Conocimientos de Iniciación

INSPIRACIÓN E INTUICIÓN

 Penmaenmawr, 20 de agosto de 1923

segunda conferencia

Evoquemos una vez más ante nuestras almas hacia dónde lleva la Iniciación moderna, después de haber dado con éxito los primeros pasos hacia el conocimiento Imaginativo. El hombre llega entonces al punto en que su anterior mundo de pensamientos, abstracto y puramente ideal, se impregna de vida interior. Los pensamientos que vienen a él ya no son inertes, adquiridos pasivamente; son un mundo interior de fuerza viva que siente de la misma manera que siente el latido de su sangre o la corriente que entra y sale del aire que respira. Se trata, pues, de sustituir el elemento ideal del pensamiento por una experiencia interior de la realidad. Entonces, las imágenes que antes constituían los pensamientos de un hombre ya no son meras proyecciones abstractas y sombrías del mundo exterior, sino que están llenas de una existencia interior y vívida. Son verdaderas Imaginaciones experimentadas en dos dimensiones, como se indicó ayer, pero no es como cuando se esta delante de un cuadro en el mundo físico, pues entonces puede experimentar visiones, no Imaginaciones. Más bien es como si, habiendo perdido la tercera dimensión, él mismo se moviera dentro del cuadro. Por lo tanto, no es como ver algo en el mundo físico; cualquier cosa que tenga el aspecto del mundo físico será una visión. La Imaginación Genuina sólo nos llega cuando, por ejemplo, ya no vemos los colores como en el mundo físico, sino cuando los experimentamos. ¿Qué significa esto?

Cuando ustedes ven los colores en el mundo físico, les producen experiencias diferentes. Perciben el rojo como algo que les ataca, que quiere saltar sobre ustedes. Un toro reaccionará violentamente ante este rojo agresivo; lo experimenta de forma mucho más vívida que el hombre, en quien toda la experiencia está atenuada.

Cuando ustedes perciben el verde, les da una sensación de equilibrio, una experiencia ni dolorosa ni particularmente agradable; mientras que el azul induce un estado de ánimo de devoción y humildad. Si permitimos que estas diversas experiencias de color penetren en nosotros, podemos darnos cuenta de cómo cuando algo del mundo espiritual se nos presenta de la forma agresiva en que lo hace el rojo en la vida física, es algo que corresponde al color rojo. Cuando nos encontramos con algo que nos suscita un estado de ánimo de humildad, esto tiene el mismo efecto que la experiencia del azul o del azul-violeta en el mundo físico. Podemos simplificarlo diciendo: hemos experimentado el rojo o el azul en el mundo espiritual. De lo contrario, en aras de la precisión, tendríamos que decir siempre: hemos experimentado algo allí del modo en que se experimenta el rojo, o el azul, en el mundo físico. Para evitar tantas palabras, se dice simplemente que se han visto colores áuricos que pueden distinguirse como rojo, azul, verde, etcétera.

Pero debemos darnos cuenta cabal de que este abrirnos paso hacia lo suprasensible, este dejar de lado todo lo que nos llega a través de los sentidos, está siempre presente como una experiencia concreta. Y en el curso de esta experiencia siempre tenemos la sensación que describí ayer, como si el pensar se hubiera convertido en un órgano del tacto que se extiende por todo el organismo humano, de modo que espiritualmente sentimos que se abre un mundo nuevo y que lo estamos tocando. Este no es todavía el mundo espiritual real, sino lo que podría llamar el mundo etérico o de fuerzas formativas. Quien quiera aprender a conocer lo etérico debe captarlo de esta manera. Porque ninguna especulación, ninguna reflexión abstracta, sobre lo etérico puede conducir al verdadero conocimiento de ello. En este pensar que se ha vuelto real vivimos con nuestras propias fuerzas formativas o cuerpo etérico, pero es un tipo de vida diferente de la vida en el cuerpo físico. Quisiera describir esta otra forma mediante una comparación.

Cuando ustedes miran uno de sus dedos, lo reconocen como un miembro vivo de su organismo. Si se lo cortan, ya no es lo que era; muere. Si este dedo suyo tuviera conciencia, diría: No soy más que una parte de tu organismo, no tengo existencia independiente. Eso es lo que un hombre tiene que decir directamente cuando entra en el mundo etérico con la cognición imaginativa. Ya no se siente a sí mismo como un ser separado, sino como un miembro de todo el mundo etérico, de todo el cosmos etérico. Después se da cuenta de que sólo por tener un cuerpo físico se convierte en una personalidad, en una individualidad. Es el cuerpo físico el que individualiza y hace de uno un ser separado.

En efecto, veremos cómo incluso en el mundo espiritual podemos individualizarnos, pero hablaré de ello más adelante. Si entramos en el mundo espiritual de la manera descrita, al principio nos sentiremos sólo como un miembro de todo el Cosmos etérico; y si nuestro cuerpo etérico se separase del éter cósmico, significaría para nosotros la muerte etérica. Es muy importante comprender esto, para poder entender bien lo que se dirá más adelante sobre el paso del hombre por la puerta de la muerte.

Como señalé ayer, esta experiencia imaginativa en lo etérico, que se convierte en un cuadro de toda nuestra vida desde el nacimiento hasta el momento presente de nuestra existencia en la Tierra, va acompañada de un sentimiento extraordinariamente intenso de felicidad. Y la inundación de todo el mundo de imágenes por este sentimiento interior, maravillosamente placentero, es la primera experiencia superior del hombre.

Entonces debemos ser capaces, -como también mencioné ayer-, de tomar todo aquello por lo que nos hemos esforzado a través de la Imaginación, mediante la panorámica de nuestra vida, y hacer que todo desaparezca a voluntad. Sólo cuando hayamos vaciado así nuestra conciencia, comprenderemos cómo son realmente las cosas en el mundo espiritual. Porque entonces sabemos que lo que hemos visto hasta ahora no era el mundo espiritual, sino sólo una representación imaginativa de él. Sólo en esta etapa de conciencia vacía, -así como el mundo físico llega a nosotros a través de nuestros sentidos-, el mundo espiritual llega a nosotros a través de nuestro pensar. Aquí comienza nuestra primera experiencia real, nuestro primer conocimiento real del mundo espiritual objetivo. La panorámica de la vida era sólo de nuestro propio mundo interior. La cognición imaginativa sólo revela este mundo interior, que aparece al conocimiento superior como un mundo de imágenes, un mundo de imágenes cósmicas. El propio Cosmos, junto con nuestro verdadero ser, tal como era antes del nacimiento, antes de nuestra existencia terrenal, aparecen primero en la etapa de la Inspiración, cuando el mundo espiritual fluye hacia nosotros desde el exterior. Pero cuando hemos llegado a ser capaces de vaciar nuestra conciencia, toda nuestra alma se despierta; y en esta etapa de pura vigilia debemos ser capaces de adquirir una cierta quietud y paz interiores. Esta paz sólo puedo describirla de la siguiente manera.

Imaginemos que estamos en una ciudad muy ruidosa y oímos el estruendo a nuestro alrededor. Esto es terrible -decimos- cuando, de todas partes, el tumulto asalta nuestros oídos. Supongamos que se trata de una gran ciudad moderna, como Londres. Pero ahora supongamos que salimos de esta ciudad, y gradualmente, con cada paso que damos al alejarnos, se vuelve más y más silenciosa. Imaginemos vívidamente este desvanecimiento del ruido. Cada vez más tranquilo. Por fin llegamos a un bosque en el que todo está en silencio; hemos alcanzado el punto cero en el que no se oye nada.

Pero podemos ir aún más allá. Para ilustrar cómo puede suceder esto, utilizaré una comparación bastante trivial. Supongamos que tenemos en nuestro monedero una cierta suma de dinero. A medida que lo gastamos día a día, va disminuyendo, igual que disminuye el ruido a medida que nos alejamos de la ciudad. Al final llega un día en que no queda nada: la bolsa está vacía. Podemos comparar esta nada con el silencio. Pero, ¿Qué hacemos ahora para no pasar hambre? Nos endeudamos. No es una recomendación, sino una comparación. ¿Cuánto tenemos entonces en nuestro monedero? Menos que nada; y cuanto mayor es la deuda, tanto mas aumenta ese menos que nada.

Y ahora imaginemos que ocurre lo mismo con este silencio. No sólo habría la paz absoluta del punto cero del silencio, sino que iría más allá y llegaría al negativo del oír, más silencioso que la quietud, más silencioso que el silencio. Y esto debe suceder de hecho cuando, de la manera descrita ayer, somos capaces a través de poderes aumentados de alcanzar esta paz interior y este silencio. Sin embargo, cuando llegamos a este negativo interior de audibilidad, a esta paz mayor que el punto cero de la paz, entonces estamos tan profundamente en el mundo espiritual que no sólo lo vemos sino que lo oímos resonar. El mundo de las imágenes se convierte en un mundo de vida resonante; y entonces estamos en medio del verdadero mundo espiritual. Durante los momentos que pasamos allí estamos, por así decirlo, en la orilla de la existencia; el mundo ordinario de los sentidos se desvanece, y sabemos que estamos en el mundo espiritual. Ciertamente, -diré más sobre esto más adelante-, debemos estar debidamente preparados para poder regresar en todo momento. Pero hay algo más, una experiencia desconocida hasta ahora. En cuanto se alcanza esta paz en la conciencia vacía, lo que he descrito como un sentimiento cósmico de felicidad que se experimenta interiormente y que lo abarca todo, da paso a un dolor que también lo abarca todo. Llegamos a sentir que el mundo está construido sobre una base de sufrimiento cósmico, de un elemento cósmico que el ser humano sólo puede experimentar como dolor. Aprendemos la penetrante verdad, tan voluntariamente ignorada por aquellos que buscan la felicidad fuera de sí mismos, de que todo en la existencia tiene finalmente que nacer en el dolor. Y cuando, a través del conocimiento iniciático, esta experiencia cósmica del dolor ha dejado su impronta en nosotros, entonces, a partir de un verdadero conocimiento interior, podemos decir lo siguiente:

Si estudiamos el ojo humano, -el ojo que nos revela la belleza del mundo físico, y que es tan importante para nosotros que a través de él recibimos nueve décimas partes de las impresiones que componen nuestra vida entre el nacimiento y la muerte-, encontramos que el ojo está incrustado en una cavidad corporal que tiene su origen en una herida. Lo que se hizo originalmente para crear las cavidades oculares, sólo podría hacerse hoy en día cortando realmente un hueco en el cuerpo físico. El relato ordinario de la evolución da una impresión demasiado descolorida de ello. Estas cuencas en las que se insertaron los globos oculares desde el exterior, -como muestra el registro físico de la evolución-, se ahuecaron en un momento en el que el hombre era todavía un ser inconsciente. Si hubiera sido consciente de ello, habría supuesto una dolorosa herida para el organismo.

De hecho, todo el organismo humano ha surgido de un elemento que para la conciencia actual sería una experiencia de dolor. En esta etapa del conocimiento tenemos la profunda sensación de que, al igual que la aparición de las plantas significa dolor para la Tierra, así toda la felicidad, todo lo que en el mundo nos produce placer y bendición, tiene sus raíces en un elemento de sufrimiento. Si como seres conscientes pudiéramos transformarnos de repente en la sustancia del suelo bajo nuestros pies, el resultado sería un aumento sin fin de nuestro sentimiento de dolor.

Cuando estos hechos revelados del mundo espiritual se exponen ante personas de mentalidad superficial, dicen: "Mi idea de Dios es muy diferente. Siempre he pensado que Dios en Su poder fundamenta todo en la felicidad, tal como nosotros desearíamos." Tales personas son como aquel Rey de España a quien alguien estaba mostrando un modelo del universo y el curso de las estrellas. El Rey tuvo la mayor dificultad en comprender cómo ocurrían todos estos movimientos, y finalmente exclamó: "Si Dios me lo hubiera dejado a mí, habría hecho un mundo mucho más simple".

En rigor, ése es el sentimiento de muchas personas en lo que se refiere al conocimiento y a la religión. Si Dios les hubiera dejado la creación, habrían hecho un mundo más sencillo. ¡No tienen ni idea de lo ingenuo que es esto!

El verdadero conocimiento iniciático no puede limitarse a satisfacer el deseo de felicidad de los hombres; tiene que guiarlos hacia una verdadera comprensión de su propio ser y de su destino, tal como salen del mundo en el pasado, en el presente y en el futuro. Para ello son necesarios hechos espirituales, en lugar de algo que proporcione un placer inmediato. Pero hay otra cosa que estas conferencias deben poner de manifiesto. Precisamente experimentando tales hechos, aunque sólo sea conociéndolos conceptualmente, la gente ganará mucho que satisfará una necesidad interior para su vida aquí en la Tierra. Sí, ganarán algo que necesitan para ser seres humanos en el sentido más pleno, del mismo modo que para ser completos necesitan sus miembros físicos.

El mundo que encontramos de este modo cuando vamos más allá de la Imaginación hacia la quietud de la existencia, a partir de la cual el mundo espiritual se revela en color y en sonido, -este mundo difiere esencialmente del mundo percibido por los sentidos. Cuando vivimos con él, -y tenemos que vivir con el mundo espiritual cuando está presente para nosotros-, vemos cómo todas las cosas y procesos físicos perceptibles por los sentidos, proceden realmente del mundo espiritual. Por lo tanto, como hombres terrenales sólo vemos una mitad del mundo; la otra mitad está oculta, oculta para nosotros. Y a través de cada abertura, de cada acontecimiento, en el mundo físico-material, se podría decir, esta mitad oculta revela su naturaleza espiritual primero en las imágenes de la Imaginación, y luego a través de su propia actividad creadora en la Inspiración. En el mundo de la Inspiración podemos sentirnos como en casa, pues aquí encontramos los orígenes de todas las cosas terrenales, de todas las creaciones terrenales. Y aquí, como he indicado, descubrimos nuestra propia existencia preterrenal.

Siguiendo una antigua imagen, he llamado a este mundo, que se encuentra más allá del de la Imaginación, el mundo astral, -el nombre no es importante-, y lo que traemos con nosotros desde ese mundo, y hemos llevado a nuestros cuerpos etérico y físico, podemos hablar de nuestro cuerpo astral. En cierto sentido, encierra la organización del Yo. Por consiguiente, para el conocimiento superior, el ser humano consta de cuatro miembros: cuerpo físico, cuerpo etérico o de fuerzas formativas, cuerpo astral y organización del Yo. El conocimiento del Yo, sin embargo, implica un paso suprasensible adicional, que en mi libro Conocimiento de los Mundos Superiores he denominado "Intuición". El término Intuición puede malinterpretarse fácilmente porque, por ejemplo, cualquier persona con dotes imaginativas y poéticas dará a menudo el nombre de intuición a su sentimiento sensible del mundo. Este tipo de intuición es sólo un sentimiento tenue; sin embargo, tiene alguna relación con la Intuición de la que estoy hablando. Pues así como el hombre terrenal tiene sus percepciones sensoriales, así también en su sentir y en su voluntad tiene un reflejo de la clase más elevada de cognición, de la Intuición. De otro modo no podría ser un ser moral. Los débiles impulsos de la conciencia son un reflejo, una especie de imagen en la sombra, de la verdadera Intuición, la forma más elevada de conocimiento posible para el hombre en la Tierra.

El hombre terrestre tiene en sí algo de lo que es más inferior, y también esta imagen en la sombra de lo que es más superior, accesible sólo a través de la Intuición. Los que le faltan son los grados intermedios; por eso tiene que adquirir la Imaginación y la Inspiración. También tiene que adquirir la Intuición en su pureza, en su cualidad interior llena de luz. Actualmente, donde posee una imagen terrenal de lo que surge como Intuición, es en su sentimiento moral, en su conciencia moral. De ahí que podamos decir que cuando un hombre con conocimiento Iniciático se eleva al conocimiento Intuitivo real del mundo, del cual previamente sólo ha conocido las leyes naturales, el mundo se vuelve tan íntimamente conectado con él en la tierra como sólo lo está ahora el mundo moral. Y ésta es, en efecto, una característica significativa de la vida humana en la Tierra: que a partir de un tenue presentimiento interior nos conectamos con el reino más elevado de todo lo que, en su verdadera forma, sólo es accesible a una cognición mejorada.

〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰

El tercer paso en el conocimiento superior, necesario para llegar a la Intuición, sólo puede alcanzarse desarrollando al máximo una facultad que, en nuestra era materialista, no se reconoce como una fuerza cognitiva. Lo que se revela a través de la Intuición sólo puede alcanzarse desarrollando y espiritualizando al máximo la capacidad de amar. El hombre debe ser capaz de convertir esta capacidad de amar en una fuerza cognitiva. Una buena preparación para ello es liberarnos en cierto sentido de la dependencia de las cosas externas; por ejemplo, haciendo que nuestra práctica habitual sea imaginar nuestras experiencias pasadas no en su secuencia habitual, sino en orden inverso.

En el pensar pasivo ordinario puede decirse que aceptamos los acontecimientos del mundo de una manera totalmente servil. Como dije ayer: En nuestras propias representaciones mantenemos lo anterior como lo anterior, lo posterior como lo posterior; y cuando estamos viendo el curso de una obra en el escenario, el primer acto viene primero, luego el segundo, y así sucesivamente hasta un posible quinto. Pero si nos acostumbramos a imaginarlo todo empezando por el final y volviendo desde el quinto acto al primero, pasando por el cuarto, el tercero y el segundo, romperemos con la secuencia ordinaria: iremos hacia atrás en lugar de hacia delante. Pero no es así como suceden las cosas en el mundo: tenemos que esforzarnos al máximo para sacar de nuestro interior la fuerza necesaria para imaginar los acontecimientos al revés. Al hacerlo, liberamos la actividad interior de nuestra alma de sus habituales hilos conductores, y gradualmente permitimos que las experiencias internas de nuestra alma y espíritu alcancen un punto en el que el alma y el espíritu se desprendan del elemento corporal y también del etérico. Un hombre puede prepararse bien para esta ruptura si cada noche hace un examen retrospectivo de sus experiencias durante el día, comenzando por la última y retrocediendo. Cuando sea posible, incluso los detalles deben ser concebidos en una dirección hacia atrás: si usted ha subido las escaleras, imagínese primero en el escalón superior, luego en el escalón de abajo, y así sucesivamente hacia atrás por todas las escaleras.

Probablemente dirán: "Pero hay tantas horas durante el día, llenas de experiencias". Entonces, primero traten de tomar episodios -imaginando, por ejemplo, esto de subir y bajar escaleras a la inversa. Así se adquiere movilidad interior, de modo que en tres o cuatro minutos se llega gradualmente a ser capaz de volver atrás en la imaginación a lo largo de un día entero.

 Pero eso, después de todo, no es mas que la mitad negativa de lo que se necesita para mejorar y entrenar espiritualmente nuestra capacidad de amar. Esto debe llevarse al punto en el que, por ejemplo, seguimos con amor cada etapa del crecimiento de una planta. En la vida ordinaria, este crecimiento sólo se ve desde fuera, no participamos en él. Debemos aprender a entrar en cada detalle del crecimiento de la planta, a sumergirnos en ella, hasta que en nuestra propia alma nos convirtamos en la planta, creciendo, floreciendo, dando fruto con ella, y la planta llegue a ser tan querida para nosotros como nosotros mismos. Del mismo modo, podemos ir más allá de las plantas para imaginar la vida de los animales y descender hasta los minerales. Podemos sentir en el cristal, cómo el mineral se forma a sí mismo y sentir placer interior en la formación de sus planos, esquinas, ángulos, y tener una sensación como de dolor en nuestro propio ser cuando los minerales se separan. Entonces, en nuestras almas, entramos no sólo con simpatía sino con nuestra voluntad en cada uno de los acontecimientos de la naturaleza.

Todo esto debe ir precedido de una capacidad de amor que se extienda a la humanidad en su conjunto. No podremos amar a la naturaleza como es debido hasta que no hayamos conseguido amar a todos nuestros semejantes. Cuando hayamos alcanzado de este modo un amor integral por toda la naturaleza, lo que primero se hizo perceptible en los colores del aura y en el resonar de las esferas, se redondea y adopta los contornos de los Seres espirituales reales.

Sin embargo, la experiencia de estos Seres espirituales es diferente de la experiencia de las cosas físicas. Cuando tengo delante un objeto físico, por ejemplo este reloj, yo estoy aquí con el reloj allí, y sólo puedo experimentarlo mirándolo desde fuera. Mi relación con él está determinada por el espacio. De esta manera nunca se podría tener una experiencia real de un Ser espiritual. Sólo podemos tenerla entrando directamente en el Ser espiritual, con la ayuda de la facultad de amar que hemos cultivado primero hacia la naturaleza. La intuición espiritual sólo es posible aplicando, -en la quietud y el vacío de conciencia-, la capacidad de amar que podemos aprender primero en el reino de la naturaleza. Imagínense que ustedes han desarrollado esta capacidad de amar a los minerales, las plantas, los animales y también al hombre; ahora se encuentran en medio de una conciencia completamente vacía. Todo a su alrededor es la paz que se encuentra más allá de su punto cero. Sienten ustedes el sufrimiento en el que se basa toda la existencia del mundo, y este sufrimiento es al mismo tiempo una soledad. Todavía no hay nada. Pero la capacidad de amar, que fluye desde el propio interior en múltiples formas, les lleva a entrar con su propio ser en todo lo que ahora aparece visiblemente, audiblemente, como Inspiración. A través de esta capacidad de amor entran primero en un Ser espiritual, luego en otro.

Estos Seres descritos en mi libro La Ciencia Oculta, estos Seres de las Jerarquías superiores, -ahora aprendemos a vivir en nuestra experiencia de ellos-, se convierten para nosotros en la realidad esencial del mundo. Así experimentamos un mundo espiritual concreto, del mismo modo que a través del ojo y el oído, a través del sentimiento y el calor, experimentamos un mundo físico concreto.

Si alguien desea adquirir conocimientos particularmente importantes para sí mismo, debe haber avanzado hasta esta etapa. Ya he mencionado que a través de la Inspiración surge en nuestra alma la existencia espiritual preterrenal, aprendiendo de este modo lo que éramos antes de descender a un cuerpo terrenal. Cuando a través de la capacidad de amar somos capaces de entrar clarividentemente en Seres espirituales, de la manera que he descrito, también se revela lo primero que hace de un hombre, en su experiencia interior, un ser completo. Se nos revela lo que precede a nuestra vida en el mundo espiritual; se nos muestra lo que éramos antes de ascender a la última vida espiritual entre la muerte y el renacimiento. Se revela la vida terrena precedente y, una tras otra, las vidas terrenas anteriores. Porque el verdadero Yo, presente en todas esas vidas repetidas en la Tierra, sólo puede manifestarse cuando la facultad de amar se ha acrecentado tanto que cualquier otro ser, ya sea fuera en la naturaleza o en el mundo espiritual, se ha vuelto tan querido para un hombre como en su amor propio se quiere a sí mismo. Pero el verdadero yo, -el yo que pasa por todos esos nacimientos y muertes repetidos-, sólo se manifiesta al hombre cuando ya no vive egoístamente para el conocimiento momentáneo, sino en un amor que puede olvidar el amor propio y puede vivir en un Ser objetivo de la manera que en la existencia física vive en el amor propio. Pues este Yo de vidas anteriores en la Tierra se ha vuelto entonces tan objetivo para su vida presente como una piedra o una planta lo es para nosotros cuando estamos fuera de ella. Debemos haber aprendido para entonces a comprender en el amor objetivo algo que, para nuestra personalidad subjetiva actual, se ha vuelto bastante objetivo, bastante extraño. Para poder comprender la existencia terrenal precedente, tenemos que habernos dominado a nosotros mismos durante nuestra existencia actual.

Cuando hemos alcanzado este conocimiento, vemos la vida completa de un hombre que pasa rítmicamente por las etapas de la existencia terrenal, desde el nacimiento o concepción hasta la muerte, y luego por las etapas espirituales entre la muerte y el renacimiento, para luego regresar de nuevo a la Tierra, y así sucesivamente. Una vida terrenal completa se revela como un paso repetido por el nacimiento y la muerte, con períodos intermedios de vida en mundos puramente espirituales. Sólo a través de la Intuición puede adquirirse este conocimiento como conocimiento real, derivado directamente de la experiencia.

〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰

Para empezar, he tenido que describirles a grandes rasgos, el camino de conocimiento iniciático que debe seguirse en nuestra época, en esta etapa actual de la evolución humana, a fin de llegar al verdadero conocimiento espiritual del mundo y del hombre. Pero desde que existe el ser humano, existe el conocimiento iniciático, aunque haya tenido que tomar diversas formas según los diferentes períodos evolutivos. Como el hombre es un ser que atraviesa cada vida terrena sucesiva de manera diferente, las condiciones de su desarrollo interior en las diversas épocas de la evolución del mundo tienen que variar considerablemente. En el transcurso de los próximos días aprenderemos más sobre estas variaciones; hoy sólo quiero decir que los conocimientos iniciáticos que debían impartirse en los primeros tiempos eran muy diferentes de los que deben impartirse hoy en día. Podemos remontarnos miles de años atrás, a una época muy anterior al Misterio del Gólgota, y comprobar cómo la actitud de los hombres, tanto hacia el mundo natural como hacia el espiritual, difería enormemente de la actual, y por consiguiente, sus conocimientos iniciáticos eran muy diferentes de los que son apropiados hoy en día. 

Tenemos ahora una ciencia natural muy desarrollada; no voy a hablar de su faceta más avanzada, sino sólo de lo que se imparte a los niños de seis o siete años, como conocimiento general. A esta edad relativamente temprana, un niño tiene que aceptar las leyes relativas, digamos, al sistema copernicano del mundo, y sobre este sistema se construyen hipótesis sobre el origen del universo. Se propone entonces la teoría de Kant-Laplace, que, aunque ha sido revisada, sigue siendo válida en lo esencial. La teoría se basa en una nebulosa primitiva, demostrada en física mediante un experimento destinado a mostrar las primeras condiciones del sistema del universo. Esta nebulosa primitiva puede simularse experimentalmente, y de ella, mediante la rotación de ciertas fuerzas, se supone que surgieron los planetas, y el sol quedó atrás. Uno de los anillos desprendidos de la nebulosa se habría condensado en la forma de la Tierra, y sobre esta base, todo lo demás, -minerales, plantas, animales y, finalmente, el hombre mismo-, habría evolucionado. Y todo esto se describe de una manera completamente científica.

El proceso se hace comprensible para los niños mediante una demostración práctica que parece mostrarlo muy claramente. Se toma una gota de aceite, suficientemente fluida para flotar en un poco de agua; se coloca sobre un trozo de cartulina donde se supone que pasa la línea del ecuador; se atraviesa  la cartulina con un alfiler y se la hace girar. Entonces se puede mostrar cómo, una tras otra, las gotas de aceite se desprenden y giran, y se puede obtener un sistema planetario en miniatura del aceite, con un sol en el centro. Cuando eso se nos ha mostrado en la infancia, ¿por qué habríamos de pensar que es imposible que nuestro sistema planetario haya surgido de la nebulosa primitiva? Con nuestros propios ojos hemos visto reproducirse el proceso.

Ahora bien, en la vida moral puede ser admirable que seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos, pero en una demostración de fenómenos naturales no es tan recomendable. Todo este asunto de la gota de aceite nunca habría funcionado si no hubiera habido alguien allí que hiciera girar el alfiler. Eso hay que tenerlo en cuenta. Para que esta hipótesis sea válida, habría tenido que haber un maestro gigante en el Cosmos, para hacer girar la nebulosa primitiva y mantenerla girando. De lo contrario, la idea carece de realidad.

Es característico de esta era materialista, sin embargo, concebir sólo una fracción de la verdad, un cuarto, un octavo, o incluso menos, y esta fracción vive entonces con un poder terriblemente sugestivo en las almas de los hombres. Así persistimos hoy en día en ver un solo lado de la naturaleza y de las leyes de la naturaleza.

Podría darles muchos ejemplos, de diferentes esferas de la vida, que muestran claramente esta actitud hacia la naturaleza: cómo, -porque un hombre absorbe esto con la cultura del día-, considera que la naturaleza se rige por lo que se llama la ley de causa y efecto. Esto tiñe toda la existencia humana actual. En el mejor de los casos, un hombre todavía puede mantener cierta conexión con el mundo espiritual a través de la tradición religiosa, pero si desea elevarse al mundo espiritual real, debe emprender un entrenamiento interior a través de la Imaginación, la Inspiración, la Intuición - tal como las he descrito. Debe ser conducido por el Conocimiento Iniciático lejos de esta creencia en la naturaleza como impregnada en su totalidad por la ley, y hacia una verdadera comprensión de lo espiritual. Hoy en día, el conocimiento iniciático debe tener como objetivo conducir a los hombres desde la interpretación naturalista del Cosmos, que ahora se da por sentada, hacia la comprensión de su espiritualidad.

En el antiguo conocimiento iniciático, hace miles de años, prevalecía justamente lo contrario. Los sabios de los Misterios, los guías de aquellos centros que eran escuela, iglesia y escuela de arte al mismo tiempo, tenían a su alrededor personas que no sabían nada de la naturaleza en el sentido copernicano, pero que en su alma y espíritu tenían una experiencia instintiva e íntima del Cosmos, expresada en sus mitos y leyendas, que en la civilización ordinaria de hoy en día ya no se entienden. Sobre esto también tendremos más que decir. La experiencia que los hombres tenían en aquellos primeros tiempos era instintiva; una experiencia anímica y espiritual. Llenaba sus horas de vigilia con las imágenes oníricas de la imaginación; y de estas imágenes procedían las leyendas, los mitos, los dichos de los dioses, que constituían su vida. El hombre se asomaba al mundo, experimentando sus imaginaciones oníricas; y otras veces vivía en el ser de la naturaleza. Veía el arco iris, las nubes, las estrellas y el sol surcando velozmente los cielos; veía los ríos, las colinas surgir; veía los minerales, las plantas, los animales.

Para el hombre primitivo, todo lo que veía mediante sus sentidos era un gran enigma. Pues en la época de la que estoy hablando, unos miles de años antes del Misterio del Gólgota, -hubo épocas anteriores y posteriores en las que la civilización era diferente-, el hombre tenía un sentimiento interior de ser bendecido cuando le venían imaginaciones oníricas. El mundo externo de los sentidos, donde todo lo que percibía del arco iris, las nubes, el sol en movimiento, y los minerales, plantas, animales, era lo que el ojo podía ver, mientras que en el mundo estrellado sólo veía lo que el sistema precopernicano, ptolemaico, registraba. Este mundo externo se presentaba a la gente generalmente de una manera que les llevaba a decir: "Con mi alma estoy viviendo en un mundo divino-espiritual, pero ahí fuera hay una naturaleza abandonada por los dioses. Cuando con mis sentidos miro un manantial de agua, no veo nada espiritual allí; no veo nada espiritual en el arco iris, en los minerales, plantas, animales o en los cuerpos físicos de los hombres." La naturaleza aparecía a estas personas como un mundo entero que se había alejado de la espiritualidad divina.

Así era como se sentían los hombres en aquella época en la que todo el Cosmos visible tenía para ellos la apariencia de haberse alejado de lo divino. Para conectar estas dos experiencias, la experiencia interior de Dios y la exterior de un mundo de los sentidos caído, no necesitaban simplemente un conocimiento abstracto, sino un conocimiento que pudiera consolarles por pertenecer a este mundo de los sentidos caído con sus cuerpos físicos y etéricos. Necesitaban un consuelo que les asegurase que este mundo de los sentidos caído estaba relacionado con todo lo que experimentaban a través de sus imaginaciones instintivas, a través de una experiencia de lo espiritual que, aunque tenue y onírica, era adecuada para las condiciones de aquellos tiempos. El conocimiento tenía que ser consolador.

Era consuelo, también, lo que buscaban aquellos que se dirigían ávidamente a los Misterios, bien para recibir sólo lo que se podía dar externamente, bien para convertirse en alumnos de los hombres de sabiduría que podían iniciarlos en los secretos de la existencia y en los enigmas a los que se enfrentaban.

Estos sabios de los antiguos Misterios, que eran al mismo tiempo sacerdotes, maestros y artistas, aclaraban a sus alumnos a través de todo lo que contenían sus Misterios, -aún por describir-, que incluso en este mundo caído, en sus manantiales nacientes, en los árboles y flores florecientes, en los minerales que forman cristales, en el arco iris y las nubes a la deriva y el sol viajero viven esos poderes divino-espirituales que se experimentaban instintivamente en la imaginación onírica de los hombres. Mostraban a estas gentes cómo reconciliar el mundo olvidado de Dios con el mundo divino percibido en sus imaginaciones. A través de los Misterios les dieron un conocimiento consolador que les permitió volver a ver la naturaleza como llena de lo divino.

De ahí que aprendamos de lo que se cuenta de esas épocas pasadas, -contado incluso de la época griega-, que el conocimiento que ahora se enseña a los niños más pequeños en nuestras escuelas, que el sol se detiene y la tierra gira a su alrededor, por ejemplo, es el tipo de conocimiento que en los antiguos Misterios se conservaba como oculto. Lo que para nosotros es conocimiento para todos, en aquella época era conocimiento oculto; y las explicaciones de la naturaleza eran una ciencia oculta. Como puede ver cualquiera que siga el curso del desarrollo humano durante nuestra civilización, la naturaleza y las leyes de la naturaleza son la principal preocupación de los hombres de hoy; y esto ha hecho que el mundo espiritual se retraiga. Las antiguas imaginaciones oníricas han cesado. El hombre siente la naturaleza como algo neutro, no totalmente satisfactorio, que no pertenece a un Universo caído y pecador, sino a un Cosmos que, por necesidad interior, tiene que ser como es. Entonces se siente más agudamente consciente de sí mismo; aprende a encontrar la espiritualidad en ese único punto, y descubre un impulso interior a unir este yo interior con Dios. Todo lo que necesita ahora, -además de su conocimiento de la naturaleza y en conformidad con ella-, es que un nuevo conocimiento iniciático le conduzca al mundo espiritual. El antiguo conocimiento iniciático podía partir del espíritu, que entonces el hombre experimentaba instintivamente, y, encarnado en los mitos, podía conducirle a la naturaleza. El nuevo conocimiento iniciático debe comenzar con la experiencia inmediata del hombre de hoy, con su percepción de las leyes de la naturaleza en las que cree, y desde ahí debe señalar el camino de regreso al mundo espiritual a través de la imaginación, la inspiración y la intuición.

Así, en la evolución humana, algunos miles de años antes del Misterio del Gólgota, vemos el momento significativo del tiempo en que los hombres, partiendo de una experiencia instintiva del espíritu, encontraron su camino hacia conceptos e ideas que, como la forma más externa de la ciencia oculta, incluían las leyes de la naturaleza. Hoy en día estas leyes de la naturaleza nos son conocidas desde la infancia. Frente a esta actitud indiferente y prosaica ante la vida, a este naturalismo, el mundo espiritual se ha retirado de la vida interior del hombre. Hoy, el conocimiento iniciático debe remontar de la naturaleza al espíritu. Para los hombres de antaño, la naturaleza estaba en tinieblas, pero el espíritu era luminoso y claro. El antiguo Conocimiento Iniciático debía llevar la luz de este resplandor del espíritu a las tinieblas de la naturaleza, para que la naturaleza también se iluminase. El conocimiento iniciático actual tiene que partir de la luz arrojada sobre la naturaleza, de forma externa y naturalista, por Copérnico, Giordano Bruno, Galileo, Kepler, Newton y otros. Esta luz debe entonces ser rescatada, vivificada, para abrirle el camino al espíritu, que debe buscarse en su propia luz por el camino opuesto al de la antigua Iniciación.

Traducido por J.Luelmo ago,2023