CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA068d Múnich, 27 de febrero de 1907 - La fiebre de la salud a la luz de la ciencia espiritual

 contenido de la GA


LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La fiebre de la salud a la luz de la ciencia espiritual

 Múnich, 27 de febrero de 1907


La opinión popular habitual es que hay tantas enfermedades como se quiera, pero solo una salud. Sin embargo, esta es una opinión sin sentido, ya que, en realidad, hay tantas formas de salud como personas hay. La salud es algo totalmente individual y, en última instancia, diferente para cada persona. Sin embargo, solo se tiene una imagen muy general de lo que es una persona sana, y lo que no encaja en esta imagen se considera una enfermedad. Se debería procurar que una persona, a pesar de la anomalía de la enfermedad, pudiera llevar la mejor y más cómoda vida posible, como si no tuviera esa anomalía. Pero no se le debe querer devolver a ese patrón general que de alguna manera se ha creado y que ahora se quiere imponer a todo el mundo.

Es cierto que algunas personas necesitan cierta anormalidad. Esto no significa que debamos dejar que las enfermedades sigan su curso. Si queremos tomarnos en serio el concepto de «salud», debemos tener en cuenta otro concepto de desarrollo en toda su profundidad y significado.

Los animales, en su entorno natural, nunca comen en exceso, pero esto suele ocurrir cuando se incorporan a la civilización. En este entorno, contraen diversas enfermedades. Los animales también contraen ciertas enfermedades tan pronto como son capturados, mientras que en la naturaleza salvaje no las conocían. Ciertas enfermedades mentales son consecuencia directa de la cultura de un determinado nivel.

Desde el punto de vista físico y químico, el cuerpo animal es una mezcla imposible. Por lo tanto, el cuerpo vital es un eslabón necesario para su conservación. El cuerpo astral contiene las causas de lo que ocurre en los cuerpos físico y etérico. Sin embargo, el cuerpo astral del animal no tiene tantas posibilidades de desarrollo individual como el del ser humano. Existe un círculo cerrado de instintos, deseos y pasiones animales. El animal se adapta completamente a sus circunstancias, tanto con su cuerpo físico como con su cuerpo etérico y astral. Al animal cautivo solo se le pueden enseñar otras circunstancias en relación con su cuerpo físico y su cuerpo etérico, pero no se puede influir en su cuerpo astral. Por eso, el animal no puede integrarse de forma saludable en nuevas circunstancias, porque esto tendría que partir de su cuerpo astral.

También en los seres humanos se producen profundos cambios que parten del cuerpo astral. Si queremos mantenernos sanos al pasar de circunstancias más sencillas a otras más complicadas, primero debemos adaptarnos a esas nuevas circunstancias desde nuestro interior, desde el yo y desde el cuerpo astral. Esta adaptación es un trabajo del yo sobre el cuerpo astral, y solo ella aporta salud también al cuerpo etérico y al cuerpo físico.

El ser humano está predispuesto a este desarrollo hasta en su cuerpo físico. No todas las manifestaciones significan lo mismo en todos los reinos de la naturaleza, como sostiene el pensamiento materialista. Así ocurre, por ejemplo, con el ablandamiento de los huesos, el raquitismo. El ser humano se encuentra en un desarrollo progresivo con todas sus partes y miembros. El cuerpo ha evolucionado desde formas anteriores muy diferentes hasta su forma actual. El yo y el cuerpo astral seguirán transformando el organismo humano. En su sistema óseo, el ser humano debe conservar la posibilidad de ablandamiento para poder seguir desarrollándose también en ese ámbito. En el ser humano existen, por un lado, tendencias al ablandamiento y, por otro, tendencias al endurecimiento, para que no tenga que permanecer en un estado estacionario. El ser humano interior, su yo y el cuerpo astral correctamente dirigido por este deben dirigir tales transformaciones. El raquitismo es una transformación prematura de los huesos, porque no está correctamente dirigida por el yo.

La ciencia espiritual debe intervenir en el ámbito de las predisposiciones a las enfermedades, corregir aquí a la medicina y encauzarla por el camino correcto. Cada persona tiene su lugar determinado en la existencia y debe, en consecuencia, remodelar sus órganos a su manera individual para su salud personal.

Paracelso enseñó profundas verdades al respecto y se adelantó mucho a su tiempo. La salud, decía, es un asunto totalmente individual y no puede considerarse y corregirse de manera estereotipada cuando se produce una alteración.

¿Qué criterio utiliza el yo para mantener la salud? Esto no se puede estudiar empíricamente. Se trata de reconocer el criterio adecuado para la salud en el bienestar armonioso, en el placer de existir, en la alegría de vivir sin nubes ni perturbaciones. Este estado de ánimo de bienestar vale mucho más que cualquier ungüento externo y que broncearse al sol. Cuando uno disfruta de las flores, los árboles y el sol, cuando aumenta su alegría de vivir y se fortalece su amor por la vida, entonces se mantiene sano o puede recuperar el equilibrio de una salud alterada. Un alma sana también crea un cuerpo sano. Por el contrario, las mezclas y procedimientos externos pueden privar al ser humano de su salud. Por lo tanto, lo más importante es mantener la salud del alma. «¡Mens sana in corpore sano!»

Solo así se entiende correctamente esta frase. De un cuerpo sano se puede deducir también un alma sana. Por el contrario, nunca se puede crear un alma más sana mediante una transformación externa del cuerpo.

Pero, ¿cómo se concilia esta actitud con la doctrina de la ascética, tal y como se le reprocha a la teosofía? Se malinterpreta completamente la teosofía si se cree que predica el mortificarse. El teósofo no se mortifica; al contrario, se mortificaría si tuviera que participar en todo el bullicio social, por ejemplo, sentarse a cenar o ir al teatro. Desde el punto de vista de la teosofía correctamente entendida, no tiene sentido decir que se le prescribe al ser humano esto o aquello, que debe vivir de tal o cual manera. En este sentido, la teosofía no tiene dogmas ni promueve el vegetarianismo. Sin embargo, algunos teósofos, por sus sentimientos y sensaciones, llegan a no comer carne.

Para otros, sin embargo, comer carne sigue siendo una necesidad. También se puede llegar a la conclusión, en un sentido aún más elevado, de no comer más carne. Un médico, que no era teósofo, respondió a la pregunta de por qué no comía carne que simplemente le daba asco, al igual que a la mayoría de la gente, comer carne de gato o de caballo. Para aquellos que avanzan en su desarrollo espiritual, el deseo por ciertas cosas desaparece por sí solo. Su instinto por ciertos alimentos simplemente ha cambiado. A quienes aún se aferran a las frivolidades hay que dejarlos allí, y quienes no sienten deseo por ellas, no deben ir. Es el refinamiento de los instintos y los deseos lo que mantiene sanos y los hace sanos a los órganos físicos.

Así, la cosmovisión de las ciencias espirituales quiere dar al ser humano algo que le permita dirigir su cuerpo astral de tal manera que este entre en armonía con la ley del progreso de la humanidad. No solo nos detenemos ocasionalmente en el conocimiento, sino también en la experiencia de nuestra vida.

El yo de muchas personas suele seguir luces engañosas y genera así egoísmo, espíritu de mentira y error, y produce temperamentos y pasiones erróneos. Cuando el yo no está en armonía con el orden del mundo, vaga sin rumbo fijo y sigue todas las luces engañosas que se le presentan. Es importante familiarizarse con los temperamentos y rasgos de carácter erróneos. Pocas personas en la actualidad pueden ser más sinceras y amantes de la verdad. Pero esta carencia genera enfermedad y debilidad. Por lo tanto, a algunas personas ya no se les puede ayudar en algunos aspectos, porque están atrapadas en relaciones demasiado complicadas con la comunidad, de modo que no pueden liberarse de ellas. A menudo, en una comunidad en la que conviven enfermos y sanos, las causas reales de la enfermedad se encuentran en los sanos y no en los enfermos. Y las naturalezas más receptivas absorben estas enfermedades, que en el fondo han sido causadas por las naturalezas fuertes. Por lo tanto, mantenerse sano es un deber para con todos los semejantes. Muchos llevan en su interior una enfermedad de otra persona, sin ser culpables de la causa de dicha enfermedad.

Al mantener sano nuestro yo, tenemos la posibilidad de armonizarnos con las grandes leyes del mundo y, con ello, hacer desaparecer nuestras propias enfermedades y las ajenas. Para ello, sin embargo, es necesaria una verdadera colaboración entre las personas. Solo así es posible garantizar la salud general. 

La miopía, por ejemplo, se debe a que en nuestro sistema educativo actual el ojo tiene que comportarse de forma demasiado pasiva, ya que solo recibe impresiones del exterior, pero no es impulsado por el alma a mirar y contemplar la naturaleza libre al aire libre, donde hay objetos cercanos y lejanos. Esta adaptación debe ser provocada por el alma. Cuando esto no ocurre, el ojo pierde su capacidad de adaptación.

Una cosmovisión que se deja dictar por todo lo externo es sumamente insalubre, mientras que una que impulsa desde dentro y tiene un efecto creativo es una cosmovisión verdaderamente saludable. La recepción de impresiones que siempre se produce desde el exterior provoca lo mismo que hemos descrito como miopía en el ojo.

En el amor revelador hay que formarse una visión del mundo. Muchos de nuestros libros actuales están escritos de tal manera que las verdades se le dan a la gente en bandeja, por así decirlo. Sin embargo, aquellos libros que hay que estudiar y meditar durante mucho tiempo para comprender su contenido son los verdaderamente buenos en el sentido teosófico. Están concebidos de tal manera que estimulan la productividad interior.

Para los niños, se pueden descomponer las plantas en el aula, pero al aire libre, en la naturaleza, se debe acercar a los jóvenes toda la naturaleza viva al corazón. Analizar y destruir sería inapropiado. El amor, en cualquiera de sus formas, tiene un efecto sanador en las personas, porque produce sentimientos nobles y da algo de sí mismo. También es saludable la producción en el arte y la ciencia o en comportamientos similares. Todo lo que estimula la actividad propia del ser humano es saludable. La teosofía quiere ennoblecer y armonizar la vida emocional interior de las personas, mostrándoles los desarrollos del mundo exterior y señalándoles la armonía que reina en él. Esto hace que nuestra mente sea productiva y genera salud en el alma y el cuerpo. Una cosmovisión de este tipo hace que el ser humano sea capaz de crear contrapesos internos a todo lo externo, con los que se arma contra la hipocondría y la histeria. Cuando se desarrolla este punto firme en el interior, el ser humano se fortalece para cualquier situación externa. Entonces puede entregarse al placer sin sufrir ningún daño. Este se convierte en una manifestación de una salud profunda y verdadera.

Si la teosofía se introduce así en la vida, demuestra su valía en nuestra existencia y, con ello, queda también demostrada su legitimidad, sin que sea necesario refutar lógicamente las objeciones en su contra.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Leipzig,15 de febrero de 1907 - El curso del desarrollo humano desde la perspectiva de la ciencia espiritual

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LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

El curso del desarrollo humano desde la perspectiva de la ciencia espiritual

 Leipzig,15 de febrero de 1907


Todos conocen el lema del templo griego «Conócete a ti mismo». Contiene la sabiduría más profunda de la vida y se transmite a las personas una y otra vez. Aunque puede tomarse como una guía beneficiosa para la vida, también puede malinterpretarse. «Conócete a ti mismo» es una verdad. No debe entenderse en el sentido de que el ser humano debe encerrarse en sí mismo y pensar que ya es un ser humano completo, sino que es una invitación al desarrollo personal de las fuerzas del alma que yacen dormidas en nuestro interior, a elevarlas y ampliarlas, a desarrollar las aptitudes y los gérmenes. El esfuerzo y la búsqueda son herramientas mucho mejores para el autoconocimiento que creer que todo está ya completo en nosotros.

Veamos cómo se desarrolla el ser humano desde el nacimiento hasta la muerte, tal y como es en realidad.

Quien escucha hablar sobre la naturaleza del ser humano desde el punto de vista de las ciencias espirituales, ve estas cosas rodeadas de múltiples dudas y objeciones. Aquí solo puedo ofrecerles un breve esbozo. Lo que el sentido materialista considera, para el investigador espiritual es solo un eslabón de la esencia humana. A esto lo llamamos cuerpo físico. Está compuesto de las mismas sustancias y fuerzas que los minerales y las piedras. Sin embargo, una piedra, un mineral, estos cuerpos inanimados, tienen la capacidad y la fuerza de mantenerse por sí mismos. El cuerpo físico del ser humano no tiene esa capacidad. Precisamente por sus fuerzas físicas y químicas, le es imposible; como cadáver, se descompone. Podemos entender el principio real de la vida como una entidad que lucha a cada momento para impedir la descomposición del cuerpo físico. A esta entidad la llamamos cuerpo etérico, es como el arquitecto del cuerpo físico, ordena las sustancias químicas y físicas. En el pasado, era habitual en las ciencias naturales referirse a este principio de la vida como «fuerza vital». A partir de mediados del siglo XIX, se puso de moda hablar de las sustancias vivas como si se compusieran por sí mismas, del mismo modo que una casa se construye por sí sola a partir de madera y ladrillos. Así como la casa se construye según el plano del arquitecto, las fuerzas del cuerpo etérico se utilizan para construir el cuerpo físico. El cuerpo etérico es, por tanto, el segundo eslabón del ser humano.

El tercero es el cuerpo astral. Es el portador de todos los deseos, pasiones, placeres y sufrimientos, alegrías y dolores. Pero lo que convierte al ser humano en la corona de la creación es la fuerza de decir «yo», que es el cuarto miembro del ser humano. Estos cuatro miembros del ser humano se han considerado durante milenios y en todas partes como la expresión de las fuerzas que construyen al ser humano divino. En todas las escuelas de iniciados se explican estas cuatro partes. Pitágoras primero les dejó claro a sus alumnos que el ser humano está compuesto por estas cuatro partes, y solo entonces les permitió conocer los niveles superiores. Para ello, debían hacer un voto: querer recibir los misterios superiores con seriedad, dignidad y fervor. Esta fórmula, similar a un juramento, dice así: «Juro por aquel que ha grabado en nuestro corazón la sabiduría sagrada, el símbolo sublime y puro, la fuente original de la naturaleza y toda la creación de los dioses».

El ser humano que se encuentra en el nivel más bajo, el «salvaje», ya posee estas cuatro entidades, al igual que el europeo medio, un idealista como Schiller y también un hombre espiritual como Francisco de Asís. Se diferencian en que el «salvaje» sigue primero sus instintos y pasiones y se abandona a ellos. El que ya ha avanzado en su desarrollo, en el que su yo, el centro de su esencia, ya ha trabajado en el desarrollo de los tres miembros y, por lo tanto, ya ha refinado sus deseos y pasiones, ya se ha dado cuenta de que puede seguir ciertas cosas y otras no. Ha desarrollado un segundo miembro en su cuerpo astral, es decir, un quinto, su yo espiritual, el manas.

Pero el ser humano también puede trabajar en el cuerpo etérico o vital a través de todos los impulsos del arte, y allí forma un segundo miembro, que es el sexto miembro del ser humano: el budhi, que es el espíritu vital, son los impulsos religiosos que transforman el cuerpo etérico en el inconsciente. Esta transformación ha tenido lugar desde que existe la raza humana. El cuerpo etérico es el portador de la memoria, los hábitos y lo que se llama conciencia. Esta transformación se produce más lentamente que en el cuerpo astral; y estas actividades se pueden comparar, en el último caso, con el minutero de un reloj y, en el primero, con la manecilla de las horas.

 Retrocedan en el tiempo hasta cuando tenían ocho años y comparen lo que ha aprendido desde entonces en cuanto a conceptos y experiencia vital. Es muchísimo. Ese es el cambio en su cuerpo astral. Pero si de niño era irascible, eso no ha cambiado tanto. Nuestro yo solo puede trabajar lentamente el cuerpo vital. Eso ocurre de forma inconsciente. Sin embargo, el alumno superior trabaja conscientemente en el cambio. Recibe instrucciones para cambiar sus hábitos, su temperamento. Si el alumno ha aprendido a transformar conscientemente ciertas pautas básicas, por ejemplo, a convertir lo autoritario en humilde, entonces tiene la esperanza de ascender cada vez más alto, y se le abrirán puertas más elevadas. Esto es relativamente difícil, pero aún más difícil es trabajar en su cuerpo físico. ¿Qué poder tiene sobre su pulso, su respiración, sobre las funciones de su cuerpo físico? Lo que el alumno aprende a desarrollar para un desarrollo superior es el séptimo miembro, el hombre espiritual, Atma. Así, el ser humano consta entonces de siete miembros.

Veamos ahora cómo se desarrollan estos siete miembros desde el nacimiento hasta la muerte. El ser humano comienza su existencia con el nacimiento físico; en realidad, solo continúa la vida en el útero materno, pero incluso esto no es más que una continuación de la vida anterior. Antes del nacimiento físico, el ser humano estaba completamente rodeado por el cuerpo de la madre, que también le proporcionaba fuerzas y nutrientes. Al salir del cuerpo físico, rechaza el envoltorio materno; mientras que antes estaba protegido, ahora entra en el mundo físico. Se le habían formado los ojos y los oídos, pero el ser humano no podía percibir la luz ni el sonido; eso lo aprende primero en el mundo físico. Con el nacimiento ha cambiado de escenario.

Sin embargo, con este nacimiento solo nace un miembro, el cuerpo físico. Ahora bien, hay un segundo y un tercer nacimiento para el ser humano. Cuando el ser humano nace, sigue estando rodeado por una envoltura etérica y astral invisible. Al igual que en el útero materno y al nacer se repele este cuerpo [físico], al cambiar los dientes se desprende la envoltura etérica y nace completamente el cuerpo etérico. Este es el segundo nacimiento. Se produce lentamente y acompaña al periodo en el que los dientes de leche son sustituidos por otros. Cuando el ser humano ha abandonado su cuerpo etérico, sigue rodeado por el cuerpo astral. El tercer nacimiento tiene lugar en la madurez sexual. Entonces, la envoltura astral se retira y el ser humano se vuelve receptivo a las influencias astrales. Son momentos importantes que deben tenerse en cuenta. Del primer al séptimo año: primera época. La segunda época, del séptimo al decimocuarto año, es muy diferente, al igual que la tercera, del decimocuarto al vigésimo primer año. Entonces, el ser humano desarrolla su cuerpo astral de forma libre a través del yo que hay detrás.

 En la primera etapa, los órganos físicos deben desarrollarse hasta cierto punto. Es cierto que el ser humano sigue creciendo después, pero hay una gran diferencia entre el crecimiento hasta los siete años y el posterior. El cambio de dientes es una especie de año de transición. Hasta entonces, el ser humano ha tomado la dirección que mantendrá, la base de su forma permanece. Por lo tanto, lo que el ser humano no ha desarrollado hasta los siete años ya no se puede recuperar. Solo hay que tener en cuenta un aspecto. Hasta los veintiún años, el desarrollo será más de naturaleza educativa, luego adquirirá otro carácter. ¿Qué hace que los órganos del ser humano adquieran la forma correcta? Lo hace el mundo que lo rodea. Goethe dice que el ojo es formado por la luz misma. La luz es el creador, el diseñador. El sonido forma el oído, y así sucesivamente. Lo que la luz y el aire pueden crear en el ser humano se forma de manera más intensa en la primera época, hasta el cambio de dientes. Un entorno adecuado es creativo para el cuerpo físico del ser humano.

Por ejemplo, no es indiferente que un niño esté rodeado de colores estimulantes o apagados. Por lo tanto, un niño nervioso y excitado debe estar rodeado de colores vivos, rojizos y amarillo rojizos. Depende de lo que tenga un efecto creativo en el niño. He aquí un ejemplo. Si se mira fijamente un paño blanco con manchas rojas y luego apartan la vista, percibirán el color opuesto y verán manchas verdes. Este verde tiene un efecto beneficioso. Por eso, un niño excitado debería llevar un vestido rojo, y un niño tranquilo debería vestir con colores apagados. Lo importante es estimular las fuerzas internas. Una muñeca perfecta le hace un flaco favor al niño, porque la imaginación ya no tiene nada que hacer con ella. Y el niño disfruta creando los órganos internos, y eso se le priva con ella. El niño debe disfrutar de su entorno. Nunca se hace lo suficiente por el placer y la alegría en la primera etapa de la vida. Pero nada de ascetismo.

Otra cosa es el amor. El amor que rodea al niño se mezcla con su envoltura etérica y astral. Incluso le aporta instintos favorables.

Aquí me gustaría mencionar la alimentación. No crean que se debe sobrealimentar a los niños con huevos. Este alimento corrompe los instintos alimenticios favorables. Cuanto menos se sobrealimente a un niño con huevos, más sano será su instinto para alimentarse. La ciencia espiritual se considera algo práctico que le guía de forma práctica en la vida.

En la segunda etapa, desde el cambio de dientes hasta la madurez sexual, nace realmente el cuerpo astral. Hasta entonces, el cuerpo vital, —el cuerpo etérico—, está envuelto; ahora debe salir todo lo que es memoria y hábito, para que se convierta en un miembro útil de la sociedad humana. Si antes quisieran influir en el niño con algo parecido, sería como si quisieran introducir luz y sonido en el útero desde el exterior. No pueden hacerlo. Sin embargo, es el momento, hasta los siete años, en el que la alegría y el placer, el deseo y el instinto se encauzan por el camino correcto. Debe grabar dos palabras mágicas en su corazón: imitación y ejemplo. Esas son las dos fuerzas que actúan. Hay que dar un ejemplo, no una orden.

He aquí un ejemplo. Los padres de un niño bien educado descubrieron que les había robado dinero. Los padres lo llamaron robo. Pero el niño había comprado regalos para niños pobres. Había hecho lo que veía hacer a sus padres. En el entorno físico no se debe hacer nada que el niño no pueda imitar. Las enseñanzas no sirven de nada, no surten efecto a esa edad, solo surten efecto cuando el cuerpo etérico está expuesto. Jean Paul llama al ejemplo el mayor lema de la educación. Podéis preguntarle a un trotamundos y os dirá que aprendió más de su madre o su niñera en los primeros años de vida que en todos sus viajes. Bajo la protección del entorno físico exterior, que infunde amor en la envoltura exterior, se desarrollan fuerzas infinitas. También en este caso, Jean Paul dice: mirad al niño, aprende el lenguaje y también el espíritu del lenguaje en la formación interior. ¿Qué habría logrado el ser humano en cuanto al desarrollo posterior del lenguaje si hubiera conservado ese poder? El niño tiene el poder de crear lenguaje, por ejemplo, llama «fabricante de botellas» al que fabrica botellas, y otras cosas más. Lo peor es no seguir el orden correcto en la educación. Jean Paul dice: «Fíjense en las palabras que utiliza el niño y pregúntenle si su padre puede explicárselas filosóficamente». Así surge el talento para imitar las letras, pero el niño no aprende a comprender el significado de las letras hasta después de los siete años.

 Entre los siete años y la madurez sexual se transforman la memoria, las inclinaciones y el carácter. Hay que tener en cuenta tres aspectos: el pensar, la voluntad y el sentir. Estos son alimentados por diferentes maestros. El pensar, que ha desarrollado instintivamente a través del cuerpo etérico, debe transformarse. Ha aprendido el lenguaje, pero ahora hay que enseñarle el significado de lo que se dice, el significado de lo que ha imitado en formas. Por lo tanto, no se debe comenzar demasiado pronto con la enseñanza visual, sino solo cuando el niño la haya interiorizado. Luego hay que influir en el sentir y el ánimo con cosas que se denominan historia. Intente que el niño mire hacia arriba, hacia las grandes personalidades de la historia mundial. La religión debe convertirse en la base indispensable de la educación. El ser humano pasa por un proceso de formación de la voluntad que le parece ser la esencia primordial de la divinidad. La asimilación de ideas figurativas debe formar conceptos, no formas abstractas. Hoy en día no es fácil para el maestro encontrar una comparación para la muerte, como la de la crisálida y la mariposa: la crisálida se abre y sale volando la mariposa. Así, en la muerte, el alma se separa del cuerpo. Lo que uno mismo cree tiene un efecto en el niño. Goethe dice: «Todo lo efímero es solo una parábola». Esa es la imagen de la mariposa. Hay un punto de vista en el que el ser humano espiritual realmente cree en ello. Entonces, a través de una imagen sensorial, se le explica al niño una imagen suprasensorial.

Desde este punto de vista, me gustaría hablar de un tema que hoy en día se presenta de una manera muy extraña. ¿Qué preocupación suscita el tema del «de la cigüeña»? Nuestros contemporáneos, tan ilustrados, dicen hoy que no debemos enseñarles esas mentiras a los niños. Pero no es así. Dentro de quinientos años, nuestros descendientes dirán de nosotros: «Qué gente tan extraña, que presentaban el acontecimiento físico de forma tan burda». Eso es mucho más mentira. La imagen de la cigüeña proviene de una época en la que se sabía que con ella se expresaba espiritualmente el proceso. Desde el mundo espiritual desciende el alma, y eso es lo más importante de este proceso. Todo descenso y todo ascenso se relaciona con seres voladores. Así era también el ser volador, la cigüeña.  La cancioncilla «Vuela, escarabajo, vuela» y así sucesivamente —«Pommerland» significa «país de los niños»— nos habla del escarabajo volador que la madre saca del país de los niños. Todos los cuentos de hadas transmiten la verdad espiritual de una forma que el niño puede entender. Se trata de desarrollar las fuerzas. Si en la primera época deben actuar las dos palabras mágicas «imitación» y «modelo», en la segunda época deben hacerlo «seguimiento» y «autoridad». La cuestión de la escuela se convertirá en una cuestión de maestros. Cada uno debe elegir al maestro que le permita recorrer los caminos hacia el Olimpo. Lo que el niño cree es lo que importa. La verdad debe expresarse en persona, hacerse carne. La autoridad es la palabra mágica en la que la conciencia, el carácter y el temperamento del niño se reflejan vívidamente en el maestro.

Con la madurez sexual nace el cuerpo astral. Entonces se revela en el ser humano lo que se le presenta en el mundo. La toma de conciencia de la separación entre los sexos es el momento del nacimiento del cuerpo astral; él mismo aprende a conocer y a distinguir la relación entre lo masculino y lo femenino. Por eso, en ese momento hay que moverse lo menos posible en la teoría. Es un error pensar que el ser humano necesita, a partir de los catorce años, un tiempo en el que el mundo debe influir en él hasta que madure y sea capaz de juzgar por sí mismo. El cuerpo astral debe madurar bajo la autoridad del mundo, que debe añadir lo que tiene que darle.  Y entonces entra en juego lo que provoca la maduración, las fuerzas. Entre los quince y los dieciséis años deben desarrollarse las fuerzas ideales, las fuerzas vitales y los deseos vitales. Lo que él tiene como ideal es fuerza para él. Con la maduración del cuerpo astral se fortalece el sistema muscular. Y así como la madurez sexual marca el final de la etapa escolar, el vigésimo primer año marca el final del aprendizaje. Tras el aprendizaje, llega el nacimiento del yo libre. Es entonces cuando el ser humano entra en el mundo como trabajador independiente, cuando comienza el tiempo de peregrinaje. Debe aprender a trabajar de forma independiente antes de madurar y poder influir en la vida como maestro.

Durante todo este tiempo, el ser humano está en proceso de crecimiento y, al igual que hasta los veintiocho o incluso los treinta años sigue creciendo en sus órganos externos, también experimenta un crecimiento interno, ya que el cuerpo es la expresión del alma. Así, el ser humano se forma una base. Primero, el niño se forma imitando un modelo, luego siguiendo la autoridad durante el aprendizaje y, en los años de viaje, en la libre circulación. Luego llega un momento en el que todo en el ser humano se pone de manifiesto, que es la verdadera edad adulta. A partir de ahí, la influencia externa cesa en cierta medida. A los treinta años comienza la acumulación de grasa en el cuerpo, el ser humano se ensancha. Es una señal de que las fuerzas han disminuido para actuar en el interior.

En el trigésimo quinto año, el ser humano comienza a procesar bendecidamente las fuerzas que hay en su interior. Hasta entonces, su alma trabaja en lo temporal [lo que trajo consigo de encarnaciones anteriores]; para lo eterno, el ser humano comienza ahora a trabajar hacia dentro. Por eso, todo lo que hemos aprendido solo madura a partir de los treinta y cinco años para convertirse en algo que dar al mundo. Es el momento en el que se consolida en sí mismo, en el que adquiere peso en sí mismo. Si hasta entonces el ser humano debe aprender a través del mundo y de la vida, a partir de los treinta y cinco años es cuando el mundo puede aprender de él. Hay que aconsejar a los jóvenes, pero solo puede aconsejar quien se ha elevado por encima de la altura del sol. Entonces puede dar más de lo que recibe de ellos. Esto se debe a que el cuerpo astral sale con la madurez sexual, y entonces puede trabajar interiormente en su cuerpo etéreo.  Mientras los músculos sigan creciendo, esto no es posible. Cuando los músculos ya no dependen del cuerpo, el cuerpo vital, —el cuerpo etérico—, se vuelve cada vez más sólido y transmite al entorno lo que se ha desarrollado en él. Las personas especialmente dotadas pueden hacerlo antes de los treinta y cinco años, pero solo tiene importancia a partir de los treinta y cinco. Los antiguos griegos nunca habrían permitido que una persona pudiera aconsejar antes de esa edad. Hacer el bien, sí, pero aconsejar, no. En todas las escuelas secretas, todos los alumnos menores de treinta y cinco años solo podían acceder a los estudios preparatorios.

Solo cuando las fuerzas se liberaron pudieron ascender más alto. Cuando el ser humano envejece en este mundo, solo entonces se vuelve joven para el mundo inmortal. Es una gran suerte: un ser humano que se ha desarrollado de forma saludable tendrá algo modesto a su alrededor y, hasta entonces, elegirá a su héroe, al que imitará en su Olimpo. Esto debe ser motivo de especial precaución cuando, en el más alto conocimiento del mundo, la juventud ya quiere actuar en el mundo. Esto exige madurez, permanecer en el mundo espiritual. El ser humano se interioriza cada vez más, no hay períodos determinados. Quien pasa por una cierta formación, aunque ya tenga el pelo canoso y la piel arrugada y marchita, puede ser quizás el más joven. Aquellos que tienen la juventud del alma adquirirán las mayores fuerzas incluso en la vejez. Incluso cuando la memoria disminuye, la fuerza formativa comienza a debilitarse y la fuerza de los ideales se extingue, entonces se ahorran las fuerzas para todo eso y se dedican al cuidado de lo inmortal. La vejez se marchita exteriormente y deja que lo eterno en el ser humano cobre vida.

Es también una prueba de la continuidad humana. Lo que crece y se forma es la esencia indestructible e imperecedera del ser humano. Cuanto más pierde interés el entorno para él, más importante es para el mundo lo que el ser humano dice y piensa a esa edad. Por eso los ancianos tomaban a los más viejos como sus líderes, también para el orden social. Ellos tenían que decir y pensar lo que debía permanecer, lo imperecedero en lo perecedero.

Por eso, la ciencia espiritual nos permite ver esta vida bajo la luz adecuada. No solo nos da teorías, sino algo que nos da fuerza y seguridad en la vida, confianza en todo el gran futuro del mundo. Entonces, el curso de la vida del ser humano, con su ascenso y su muerte, tiene algo muy significativo, si sabemos cómo vivir con esta sabiduría, según la sublime frase: Conócete a ti mismo. Le muestra cómo el mundo lo crea y cómo él se abre camino desde sí mismo. Nos muestra cómo le debemos nuestra existencia al mundo, pero también que podemos dar. Este camino nos muestra la felicidad de recibir y dar.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA068d Berlín, 10 de enero de 1907 - La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual

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LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL 

Rudolf Steiner

La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual

 Berlín, 10 de enero de 1907


En otras ocasiones se ha subrayado aquí que lo que se denomina ciencia espiritual o, en tiempos más recientes, teosofía, no son en absoluto teorías que flotan en mundos lejanos, que la teosofía no solo quiere satisfacer la curiosidad por los mundos superiores. La teosofía no debe ser nada ajena al mundo, nada ajena a la realidad. Si quiere cumplir su tarea, su misión, debe obtener las fuerzas y los impulsos para su trabajo de los mundos superiores, y su trabajo para alcanzar su objetivo y su misión debe realizarse bajo la autoridad de estas fuerzas. Solo entonces podrá contribuir al desarrollo y la salvación de la humanidad. Sería un conocimiento bastante inútil sobre los mundos superiores si no se quisiera aprovecharlo de forma práctica, si no se quisiera aplicar a la vida. Porque nadie puede comprender la vida si no conoce las fuerzas más profundas que la sustentan. Estas fuerzas no se encuentran en la superficie, sino que están ocultas en las profundidades. Al igual que el hierro, cuando se observa desde fuera como una sustancia, no revela que contiene electricidad, que solo se hace notar al frotarlo, al igual que estas fuerzas yacen dormidas en el hierro y primero deben ser extraídas de él, también debemos saber que existen fuerzas superiores, entidades espirituales, que actúan detrás del mundo sensorial. Si quisiéramos trabajar en el servicio del progreso de la humanidad sin conocer estas realidades ocultas, nuestro trabajo solo podría ser superficial. Solo es posible un trabajo provechoso si investigamos las fuerzas y entidades más profundas.

Por supuesto, también debemos reconocer los objetivos de nuestro trabajo. ¿Para qué trabaja el ser humano? ¡Para el futuro! Pero nada de lo que está por venir está en el futuro sin que esté ya presente en el presente. Veamos la planta. Todavía no tiene flores ni frutos. Los producirá en el futuro. Pero las fuerzas para estas flores, para estos frutos, ya duermen en la planta. En ella ya se prefigura de manera invisible lo que sucederá en el futuro. Y solo porque el ser humano suele recordar cómo otras plantas similares han dado flores y frutos, puede decir que esta planta florecerá así y no de otra manera, que dará frutos así y no de otra manera. Pero si el ser humano pudiera ver el interior de la planta, podría ver las fuerzas que actúan en ella y que producirán precisamente esas flores y esos frutos.

Hay algo que descansa en el futuro y que no se puede conocer, cuyo desarrollo no se puede prever, y eso es el cuerpo humano. Lo que algún día estará presente en el mundo físico ya dormita hoy en la humanidad, al igual que la flor y el fruto ya dormitan en la planta. Si no somos capaces de sumergirnos en lo que hoy yace dormido en el seno de la humanidad, no podremos dominar las fuerzas que solo se desarrollarán en el futuro. Quien quiera colaborar en el desarrollo de la humanidad, actúa así sobre algo que aún no ha existido, y quien quiera alcanzarlo, debe descender bajo la superficie. La cosmovisión teosófica debe enfrentarse a esta tarea, debe llevarla a la práctica.

En ningún ámbito se manifiesta más la eminente practicidad de la cosmovisión teosófica que en el ámbito de la educación infantil. En el niño tenemos ante nosotros, por así decirlo, el enigma que se esconde en el futuro. Y cada día tenemos que resolver ese enigma de nuevo. Porque el niño de siete años no es el mismo que era a los seis, y el de catorce o dieciséis años no es el mismo que el de doce. Solo cuando estemos en armonía con las fuerzas profundas que actúan en lo oculto, solo entonces podremos abordar las numerosas cuestiones del ámbito pedagógico que son tan candentes para la humanidad actual. Solo será posible una orientación real en todas estas cuestiones cuando la visión teosófica domine la mente de los seres humanos.

Hoy queremos examinar más detenidamente la misión que tiene la teosofía en la cultura moderna en relación con las cuestiones educativas. Para ello es necesario que conozcamos toda la estructura de la naturaleza humana. Sabemos que, en el sentido de la ciencia espiritual, el ser humano es una estructura compleja. Para quien lo observa más profundamente, el cuerpo material es solo una parte del ser humano. Este cuerpo físico reúne en sí mismo las mismas sustancias que también están presentes en la naturaleza exterior. En el cuerpo humano se unen en una interacción sumamente compleja. La ciencia natural nos dice: cuando observamos una máquina, vemos en ella el funcionamiento de las sustancias que la componen; pero cuando observamos un ser vivo, no vemos una mera estructura de sustancias muertas, sino un cuerpo impregnado de vida, que regula las fuerzas físicas y las llama a la vida.

Esta vitalidad era denominada en la ciencia antigua como «fuerza vital». Sin embargo, la ciencia materialista actual afirma que no existe una «fuerza vital», sino que las materias desarrollan la vida en sí mismas. No obstante, en los últimos tiempos se está volviendo a abandonar este punto de vista. Se ve que con esta teoría no se llega muy lejos, que hay que contar con una especie de fuerza vital para explicar lo vivo. Pero tampoco en este sentido de las ciencias naturales más recientes se expresa la visión teosófica cuando habla del segundo miembro del ser humano, el cuerpo etérico o vital. No se ocupa de meras teorías, no especula, sino que su camino es desarrollar en el propio ser humano la visión superior. Así como para el ser humano otras entidades solo existen en el mundo si el ser humano posee los órganos para percibirlas, así como solo percibe la luz y el color si posee los ojos para ello, así como solo percibe los sonidos si posee los oídos para ello, las entidades superiores solo están presentes para el ser humano si ha desarrollado en sí mismo los órganos para percibirlas mediante el entrenamiento del que se ha hablado aquí con frecuencia.

Si existiera un ser humano que no tuviera ojos, pero sí órganos para percibir, por ejemplo, la electricidad, si ese ser humano pudiera ver las fuerzas que encienden la luz aquí en la sala, que juegan fuera en los cables telegráficos, ¡qué diferente le parecería el mundo a ese ser humano! Con cada nuevo órgano surgen nuevos mundos para el ser humano, y en él yacen latentes los órganos que le permiten percibir los mundos superiores. Estos pueden desarrollarse. Nadie puede afirmar con razón que esos mundos no pueden existir. Sería como decir que no hay mundos superiores porque no puedo verlos, sería lo mismo que si un ciego quisiera decir que los colores no existen porque no puede percibirlos.

Pero si mediante el entrenamiento, el ser humano se ha desarrollado, entonces el cuerpo etérico es una experiencia para él; entonces puede verlo. En cuanto a su tamaño, es casi igual que el cuerpo físico. A menudo se imagina el cuerpo etérico como si estuviera hecho de una materia más fina, como una especie de niebla, pero eso no se corresponde con la realidad. Más bien consiste en fuerzas y corrientes de naturaleza espiritual que interactúan entre sí.

El tercer miembro, el cuerpo astral, se diferencia del cuerpo etérico en que, mientras que en este último actúan las fuerzas del crecimiento, la reproducción, etc., la esencia del cuerpo astral es que siente, tiene conciencia. El cuerpo astral es el portador del placer y el dolor, de los deseos y las pasiones.

Más allá de estos tres miembros se encuentra lo que convierte al ser humano en la corona de la creación terrenal: el yo consciente de sí mismo, el centro del ser humano, la fuerza más íntima del ser humano. Así pues, cuando tenemos ante nosotros a un ser humano plenamente desarrollado, nos encontramos ante una estructura de cuatro miembros.

Sin embargo, solo se puede actuar como educador si se comprende correctamente esta estructura del ser humano, si se sabe que no desempeña el mismo papel en un niño recién nacido que en un niño de siete o catorce años, si se sabe que el desarrollo de estas estructuras es diferente en cada etapa de la edad del ser humano joven. Solo cuando se sabe todo esto se puede resolver el enigma que nos plantea el niño día tras día. Y la mejor manera de comprender todo esto es partir de la base de que vemos cómo vive el ser humano antes de nacer.

Antes del nacimiento del niño, tenemos el cuerpo físico del niño encerrado, rodeado por el cuerpo de la madre. Nada puede llegar al niño sin pasar por el cuerpo de la madre. Ningún rayo de luz, ninguna influencia externa alcanza directamente al niño. Descansa encerrado en otro cuerpo; un cuerpo físico descansa en otro. El nacimiento consiste en despojarse de la envoltura física de la madre. Sin embargo, en ese momento, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, no nace aún el ser humano completo, sino solo el cuerpo físico. El segundo nacimiento tiene lugar gradualmente, no en un solo instante como el físico, sino que se produce esencialmente cuando al niño le cambian los dientes. En ese momento, en el ámbito espiritual ocurre algo similar a lo que ocurre en el nacimiento físico.

Hasta los siete años, el niño está rodeado por una envoltura etérica, al igual que antes del nacimiento físico estaba rodeado por una envoltura física, el útero materno. Por lo tanto, se podría decir que hasta los siete años el niño está rodeado por una madre etérica. Del mismo modo que antes del nacimiento físico no se puede acceder al niño más que a través del cuerpo de la madre, tampoco se puede acceder al cuerpo etérico del niño antes de los siete años. Y al igual que antes del nacimiento físico, si se quiere cuidar al niño hay que cuidar a la madre, también para cuidar y desarrollar el cuerpo etérico del niño hasta los siete años hay que alejar todo lo que pueda perjudicarlo y proporcionarle todo lo que pueda favorecer su desarrollo. En el séptimo año, la envoltura etérica se retrae y nace el cuerpo etérico del ser humano, de forma muy similar al nacimiento físico del cuerpo físico.

Y más tarde tiene lugar un tercer nacimiento, el nacimiento del cuerpo astral. Cuando el ser humano, al cumplir los siete años, se ha despojado de su envoltura etérica, aún no ha desarrollado completamente su cuerpo astral, ya que, para la visión espiritual, todavía está rodeado por una envoltura astral externa. Este le envuelve hasta la madurez sexual; entonces también se despoja de él: nace el verdadero cuerpo astral del ser humano.

El educador debe saber todo esto. Debe conocer el nacimiento físico, etérico y astral del ser humano, ya que las distintas etapas educativas se orientan en función de ello. Debe saber que, al igual que no tiene sentido querer influir en el niño físico en el vientre de la madre, tampoco tiene sentido querer influir mediante la educación hasta los siete años en algo que afecta al cuerpo etérico, o hasta la madurez sexual en algo que afecta al cuerpo astral. Los miembros del ser humano son portadores de fuerzas anímicas muy especiales. El cuerpo físico es el portador de los órganos sensoriales físicos; el cuerpo etérico es, en primer lugar, el portador de las fuerzas de crecimiento y reproducción. Pero eso no es todo, porque todos estos diferentes cuerpos son trabajados desde dentro por el yo humano. Esto actúa desde dentro. Y así, los cuerpos del ser humano tienen una relación especial con las fuerzas del alma. Así, el cuerpo etérico es el portador de la memoria, de todos los hábitos y tendencias permanentes, del temperamento.

Los conceptos intelectuales, las imágenes de los objetos externos, etc., los encontramos en el cuerpo astral. Pero cuando la imagen es al mismo tiempo un símbolo, una parábola, cuando se eleva a la imaginación artística, cuando se vuelve productiva en el alma, entonces el portador es el cuerpo etérico. Lo que llamamos juicio, crítica, actividad intelectual, depende del cuerpo astral.

Si sabemos todo esto, podremos aplicarlo en relación con la aparición de estos miembros a lo largo del desarrollo del niño. Si sabemos que hasta los siete años el cuerpo etérico está encerrado, también sabemos que hasta entonces no debemos influir en las características de este cuerpo etérico. Solo cuando se libera mediante el segundo nacimiento, podemos influir en él con nuestra educación. Hay una frase que puede arrojar luz y que debería servir como principio básico para la educación del niño hasta los siete años. Aristóteles pronuncia estas palabras cuando dice: «El hombre es imitador de los animales». Imitar es lo que le es propio al niño hasta los siete años. El niño debe ver lo que tiene que aprender, debe verlo y oírlo. En su entorno debe estar presente aquello que debe influir en él. No se le debe enseñar nada de la noche a la mañana, sino mostrarle y darle ejemplo de lo que debe imitar.

El ejemplo y la imitación son las dos palabras mágicas para los niños hasta los siete años. No importa qué lecciones se le den, qué principios se tengan, sino solo lo que se hace en presencia del niño. Eso es lo único que importa. El ejemplo es lo realmente eficaz. Lo que el niño debe aprender debe introducirse en el mundo físico. Se debe evitar en la medida de lo posible que el niño interiorice algo que no debe imitar. Mil buenas enseñanzas no le sirven de nada al niño a esta edad, el niño debe imitar lo que experimenta con su cuerpo físico en el mundo físico. Una pequeña historia le mostrará hasta dónde puede llegar esta imitación. Un niño de cinco años, que hasta entonces había sido bien educado, de repente sacó dinero de la caja fuerte de sus padres. Estos se quedaron muy consternados. El niño había robado y le había dado el dinero a otro niño. Los padres no podían entender cómo su hijo había llegado a robar. La explicación es sencilla. El niño había visto cómo sus padres sacaban dinero de la caja fuerte y simplemente lo imitó.

De ello se desprende hasta qué punto hay que evitar todo aquello que no se desea que el niño imite, aunque a los adultos se les permita hacerlo. Quien observe un poco verá que los niños copian letras, como signos, sin comprender su significado. El significado de lo escrito solo se le puede transmitir al niño cuando nace el cuerpo etérico; sin embargo, puede imitar los trazos de las letras incluso antes. Se debería comenzar a enseñar a escribir dejando que el niño primero copie las formas de las letras. Más tarde se le puede explicar lo que ya es capaz de hacer.

Hoy en día se da demasiada importancia al hecho de que el sentido debe intervenir en todo lo que se enseña al niño. Sin embargo, se debería velar más bien por que todo el entorno del niño esté organizado de tal manera que las fuerzas externas que lo rodean actúen sobre su cuerpo etérico de forma estimulante y vivificante. — Recordemos aquí la frase de Goethe: «El ojo está formado por la luz para la luz». El animal que se ve obligado a vivir en cuevas oscuras pierde gradualmente la vista, se vuelve ciego. La luz tiene un efecto creador y formador en el ojo. Las fuerzas de la naturaleza crean órganos, los forman. Cuando nace, el ser humano aún no está completo. Cada rayo de luz sigue actuando formando el ojo. Y así, lo que se encuentra en el entorno del niño puede actuar sobre él despertando la vida o atrofiándola.

La ciencia espiritual ilumina hasta los detalles más pequeños. Por ejemplo, no es indiferente si los colores rojos o azules están presentes en el entorno del niño. A un niño que es vivaz, quizás incluso nervioso, no le conviene en absoluto el mismo color que a un niño que es tranquilo o incluso apático. Para este último, el azul es el color adecuado, para el primero, el rojo. Así, incluso la ropa puede tener un efecto beneficioso o paralizante en el niño. De este modo, se influye hasta en el cerebro y el corazón, estas herramientas del alma. El entorno del niño determina si estos órganos se marchitan o maduran hasta alcanzar la vitalidad, si se desarrollan de forma lenta y perezosa o si se despiertan a una vida activa.

La educación debe velar por que se tenga en cuenta lo que es un indicador del desarrollo interior: el placer y la alegría. No están ahí por casualidad; no deben reprimirse, especialmente en la infancia. No deben reprimirse, sino refinarse. Por ejemplo, la necesidad del cuerpo de un determinado alimento se manifiesta en el deseo de consumirlo. De este modo, el cuerpo indica que lo necesita para su desarrollo. Todo lo que produce alegría y despierta interés tiene un efecto creador de órganos. Los órganos cobran vida y se regulan gracias a ello.

Pero cuando un niño se aburre, se mata algo, se produce un efecto debilitador en sus órganos, y eso es muy grave. Porque lo que no se ha desarrollado hasta los siete años se pierde para siempre. Hasta entonces, toda la orientación, la tendencia al crecimiento, está dada. Se puede intentar, —o mejor dicho, es mejor no intentarlo—, comprobar la veracidad de estas afirmaciones de la ciencia espiritual, por ejemplo, dando de comer muchos huevos a un niño y muy pocos a otro. El segundo niño mostrará unos instintos curiosamente saludables por lo que su cuerpo necesita como alimento; el primero, en cambio, no. Porque un exceso de proteínas anula los instintos alimenticios saludables.

En el séptimo año nace el cuerpo etérico del niño. El cuerpo que es portador de los hábitos, el temperamento y la memoria se libera. Todas estas cualidades deben cultivarse hasta la madurez sexual. Esta es la época en la que se aborda al niño con el material de aprendizaje. Durante este periodo no solo es válido lo que existe en el mundo físico. Imitar es la palabra mágica hasta los siete años; ahora también hay un lema para el periodo comprendido entre el cambio de dientes y la madurez sexual, es decir: sucesión y autoridad. Al igual que antes el niño imitaba, ahora, por usar una palabra de Goethe, debe elegir a su héroe y seguirle el camino hasta el Olimpo. Si se desarrollan los principios morales más bellos o los juicios más severos ante el niño, se descubrirá que tales enseñanzas no tienen ningún sentido.Sin embargo, si se coloca a una personalidad con autoridad en el entorno del niño, entonces funciona. No se le deben inculcar principios morales, sino una moral encarnada. El alma y la conciencia del niño no se desarrollan mediante meras enseñanzas, sino porque el niño se dice a sí mismo, cuando se encuentra ante una personalidad así: lo que hace es correcto. Y aprende a mirar con reverencia a una personalidad así.

No hay nada más beneficioso para la vida futura que el respeto que se cultiva en la infancia, nada más fructífero para toda la vida. Cuando un niño oye decir de alguien: «Es una persona a la que todos miran con respeto», y luego ve a esa persona por primera vez y siente cómo un escalofrío de respeto le recorre el corazón, eso es una base educativa maravillosa. Respeto y autoridad, estas palabras deben cobrar significado si se quiere tener una base sólida para la educación.  

El niño solo puede seguir correctamente los principios cuando antes ha visto cómo se aplican en una personalidad. Solo entonces los principios pasan a formar parte de su ser, o más bien de su cuerpo etérico. Permanecen en su memoria. Lo que se descuida en esta etapa, se descuida para toda la vida. Para ejercitar la memoria, el niño también debe asimilar mucho material; más adelante podrá penetrarlo con su propio juicio; ahora primero debe ejercitar la memoria. Más adelante necesitará material para poder juzgarlo. Es malo para el ser humano en formación que se le exija criticar demasiado pronto. Primero debe conocer el mundo, debe aprender de los grandes ejemplos históricos, debe sentir reverencia. Hay que describir al niño con palabras e imágenes lo que han logrado las grandes personalidades. En esta etapa hay que cultivar la imaginación pictórica.

En este sentido, la mentalidad materialista actual deja mucho que desear. Hay que comparar dos cosas. Hasta los siete años solo se desarrollan los órganos físicos, luego el carácter y el temperamento; y hemos visto cómo la educación puede tener un efecto estimulante o atrofiador sobre la vida. Un niño sano en cuerpo y alma siempre preferirá un juguete que haya creado él mismo a cualquier objeto ya fabricado, por muy bonito y complejo que sea. Su muñeca de trapo, a la que ha dibujado los ojos, la nariz y la boca con manchas de tinta, le resultará un juguete más querido que la muñeca más bonita que se pueda comprar. ¿Por qué? Porque cuando el niño mira a su querida muñeca de trapo, tiene que hacer algo, tiene que completar con su fantasía e imaginación lo que tiene delante. La imaginación tiene que trabajar, de lo contrario se atrofia.

Hay una gran diferencia entre dejar que un niño se desarrolle de tal manera que componga estructuras artificiales a partir de piezas individuales, o tener ante sí algo vivo. Llegará un momento en que ya no se adorará el juego de construcción. Es cierto que el ocultista no debe volverse sentimental, pero aquí hay un punto en el que se ve tentado a hacerlo. Ve cómo se desarrolla la mentalidad materialista en los delicados seres humanos que están creciendo y sabe que se debe a que en la infancia han ensamblado algo muerto a partir de cosas individuales muertas. Así como los bloques de construcción forman algo inerte, la visión materialista logra un desarrollo mundial inerte. El cerebro del materialista está atrofiado, no puede ser guiado hacia lo vivo, no puede ser señalado.

Por eso hay que dar al niño cosas vivas, para que su cerebro cobre vida. Hay que darle los juguetes sencillos de la feria rural, donde, por ejemplo, dos figuras ponen en movimiento el martillo de herrero, o un libro ilustrado en el que se pueden mover figuras suspendidas de hilos. Eso es mucho mejor, eso es vida. Es mucho más beneficioso para el niño que si compone cosas muertas a partir de figuras muertas. Allí el niño ve vida, allí busca la razón del movimiento. Eso forma las fuerzas del alma infantil. Todo el dolor del mundo se deposita en el alma del investigador espiritual cuando tiene que ver cómo no se llevan las cosas adecuadas al entorno del niño. El investigador espiritual ve cómo se marchitan las fuerzas en los órganos de los seres humanos en formación y sabe que permanecerán marchitas.

En el período posterior al cambio de dientes del niño, comienza a desarrollarse aquello de lo que el cuerpo etérico es portador: un conjunto permanente de hábitos. Si se quiere educar al niño en la tranquilidad, la seguridad, la sencillez y la rectitud, es necesario que una personalidad que posea estos rasgos de carácter camine ante él como un ser humano vivo hasta los catorce o dieciséis años. El niño debe aprender a formarse a partir de ella, adquiriendo esas cualidades al observarla. Pero el cuerpo etérico es también el portador de todas las facultades artísticas. Hay que tener claro qué se le debe aportar al niño en este periodo en el ámbito artístico. Si el gusto infantil se corrompe en esta etapa por malas imágenes y demás, permanecerá corrompido. A partir de los siete años, el niño también es receptivo a las comparaciones. En este sentido, en nuestra época reina la mayor incomprensión. Por ejemplo, se investiga el significado de las canciones infantiles. Se supone que todo debe tener un significado. Pero las canciones infantiles, como por ejemplo «¡Vuela, escarabajito, vuela! ... Tu madre está en Pommerland» —es decir, en el país de los niños—, no pretenden tener ningún significado; en parte son símbolos, en parte solo pretenden ser melodiosas.

Se trata de que, a partir de los siete años, el sonido y el color se transforman de lo sensual a lo espiritual. Nuestra época materialista no es precisamente adecuada para ello. No está dispuesta a hacerse entender de forma simbólica. Si, por ejemplo, se quiere mostrar la salida de la mariposa de la crisálida como un símbolo de la salida del alma del cuerpo, hay que creer uno mismo en esa parábola como realidad. ¿Quién lo hace realmente hoy en día? Se dice con cierta compasión que el niño, con su mente aún sin desarrollar, no puede comprender lo que quiero decir, así que se lo explicaré simbólicamente. Pero si nos adentramos en el espíritu de las cosas, entonces una parábola como esa es un profundo misterio, es un proceso profundamente misterioso; entonces, lo que nos muestran la crisálida y la mariposa en un ámbito subordinado es el mismo proceso que se repite en un nivel superior como la salida del alma del cuerpo.

Si uno se da cuenta de esto, lo siente de forma viva, si uno no toma este proceso solo como una comparación, sino como la expresión figurativa de una verdad superior, entonces la fuerza de esta idea fluye hacia el alma infantil. En todas partes, en todo, el educador debería ver una parábola de lo eterno y verter la fuerza de esta parábola en el alma del niño. Solo entonces podrá actuar de manera fructífera. Y esto no es solo asunto de alguien especialmente dotado o elegido para ello, sino que cualquier educador puede actuar así, cualquier educador puede transmitir estas cosas de alma a alma y así despertar una vida productiva en el cuerpo etérico del niño.

Con la llegada de la madurez sexual se elimina la última capa protectora. Solo entonces llega para el niño el momento en el que despiertan la crítica y la capacidad de discernimiento, solo entonces se le pueden impartir enseñanzas abstractas, no antes. Y es injusto llevar a una persona a formarse su propio juicio antes de ese momento. Es esencial que entre los siete y los catorce años se vivifiquen también las ideas religiosas. La educación religiosa es tan necesaria en esta etapa como lo fue el entorno físico adecuado en la etapa anterior. El niño no debe limitarse a escuchar lo que hay en los mundos más allá, sino que se le debe inculcar la fe como algo natural.

Pero nada es peor que cuando el ser humano es llamado a juzgar antes de que su cuerpo astral haya despertado. Primero debe aprender a venerar, luego a juzgar. Primero debe poseer un gran bagaje de conocimientos memorísticos antes de poder penetrar en ellos con su entendimiento. Pero llamarlo a juzgar y confesar antes de que pueda distinguir es la mayor ruina. Primero debe estar imbuido de un sentido de la autoridad, solo entonces se puede recurrir a su capacidad de juicio. Esta no existe antes, aún no se ha desarrollado. Solo se desarrolla en los años previos y posteriores a la madurez sexual. Por lo tanto, es grotesco que jóvenes de dieciocho años se presenten y emitan sus juicios, e incluso escriban gruesos libros en los que quieren derribar lo que se ha creado a lo largo de milenios. En este sentido, la ciencia espiritual podrá cambiar muchas cosas. Mediante una educación adecuada, el juicio puede formarse y guiarse de manera correcta.

En general y en particular, se debe mostrar cómo se puede llegar a ser un buen educador mediante un conocimiento más profundo del desarrollo de los distintos miembros del ser humano. Si alguien dice que eso es imposible de saber, hay que responderle: intente educar a las personas en este sentido, según estos tres nacimientos, y encontrará en la vida y en la práctica las pruebas de las verdades teosóficas. No se trata de establecer teorías o principios, sino de llevarlos de la cabeza a la mano. Los principios son buenos, resultan beneficiosos en la vida y, cuando se aplican en ella, demuestran su influencia en la cultura de manera positiva. Lo que promueve la cultura, lo que da vida, es verdadero.  Cuando se aplican las enseñanzas relacionadas con lo suprasensible, se obtiene la prueba de su veracidad. Se reconoce que la teosofía es algo eminentemente práctico, que no es ajena a la vida ni está alejada de ella, sino que la alegra y la despierta, que da fuerza y seguridad al ser humano. ¿Y qué es más importante que eso en la educación de un niño? La educación debe reducir a lo visible, a lo sensual, lo que se esconde en lo suprasensible. Ahí está la clave de lo que ocurre en la infancia del ser humano. Todo el significado de la cuestión de la educación se revela cuando tenemos claro que cada ser humano es un enigma que, como educadores, debemos resolver profundizando realmente en su interior.

Respuesta a la pregunta

Pregunta: ¿Espíritu de contradicción en los niños?

Respuesta: La mejor manera de contrarrestarlo y erradicarlo es dejar que el niño consiga lo que quiere conseguir con ese espíritu de contradicción, para que experimente que lo que ha conseguido es incorrecto y que le perjudica. Prohibir, sermonear, etc., no sirve de mucho, sino que, por el contrario, suele incitar aún más a la rebeldía. El niño aprende mejor a través de su propia experiencia.

Pregunta: ¿Cómo se explica la influencia de los colores en los niños?

Respuesta: Tomemos el siguiente ejemplo: si miramos una superficie blanca con cuadrados rojos y, al cabo de un rato, miramos una superficie blanca vacía, veremos que los cuadrados que antes veíamos rojos ahora se ven verdes sobre la superficie blanca vacía. El rojo que se veía se ha transformado en verde en la persona. El verde es un color agradable y relajante. Incluso los niños demasiado activos y nerviosos que tienen mucho rojo en su entorno transforman este rojo en un verde agradable y relajante.

Pregunta: ¿El espíritu de contradicción en los niños?

Pregunta: La cuestión sexual: ¿debemos educar sexualmente a los niños?

Respuesta: A menudo, cuando se plantea la cuestión tan frecuente en los debates actuales de si se debe explicar a los niños los procesos sexuales, se dice: no quiero ni debo decirle mentiras al niño. — Bueno, no hay que decirle mentiras al niño, hay que decirle toda la verdad, pero una verdad que se encuentra en un ámbito completamente diferente al de la descripción banal de los procesos físicos de la fecundación y el nacimiento. Nuestros antepasados tampoco les decían mentiras a sus hijos cuando les decían: «Tu madre está en Pommerland, vuela, pequeño escarabajo, vuela». Pommerland es el país de los niños, el país natal del alma. 

Respuesta: Es tan perjudicial para los jóvenes porque provoca empobrecimiento en años posteriores. La persona entonces no comprende ciertas cosas. Solo se puede juzgar lo que se ha experimentado personalmente. La capacidad de juicio desarrollada demasiado pronto bloquea toda la amplitud de la realidad de la vida. La vida se empobrece, porque solo quien sabe puede juzgar. De ahí el rápido empobrecimiento de los escritores de nuestro tiempo.

En «volar» también hay algo espiritual. Se sabía más que la gente de hoy en día, se conocían los procesos espirituales que tienen lugar desde el nacimiento físico del niño, se sabía que estos procesos son lo más importante, que el nacimiento no es solo un acto físico. Y en este sentido, también hoy deberíamos hablar con los niños cuando les surge la pregunta sobre el origen del ser humano. Deberíamos contarles, con las imágenes poéticas más bellas, sobre el alma que desciende para nacer, deberíamos llenar su alma con imágenes llenas de belleza espiritual y pureza, santidad y reverencia. No podemos alcanzar lo suficientemente alto, no podemos ser lo suficientemente poéticos para colocar estas imágenes en su alma. Y cuando llegue el momento en que, con la madurez sexual, comprendan los procesos físicos de la fecundación y el nacimiento, estos les parecerán a los niños precisamente lo que son, algo secundario. Su alma, llena de ideas e imágenes elevadas, sagradas e impresionantes, considerará el nacimiento del cuerpo como algo secundario.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025