CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA052 Berlín, 16 de marzo de 1904 - Doctrina teosófica sobre el alma I

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Rudolf Steiner

Doctrina teosófica sobre el alma I

Sobre las relaciones del alma con el cuerpo

Berlín, 16 de marzo de 1904

Para poder comunicar la sabiduría celestial a los seres humanos, se requiere el autoconocimiento. Platón veneraba a su gran maestro Sócrates especialmente por la razón de que Sócrates, a través del autoconocimiento, podía llegar a lo Supremo, al conocimiento de Dios, porque él valoraba el conocimiento de la propia alma más que cualquier conocimiento de la naturaleza externa, más que todo lo que se refiere a algo más allá de nuestro mundo. Precisamente por ello Sócrates es uno de los mártires del conocimiento y la verdad, porque fue malinterpretado en este conocimiento de su alma. Se le acusó de negar a los dioses, mientras que en realidad solo los buscaba de un modo diferente al de los demás, a través de la propia alma; acusado por este conocimiento del alma, que no tiene como objetivo solo el conocimiento del alma humana propia, sino también la joya que esta alma humana guarda en conocimiento, a saber, el conocimiento del fundamento divino del mundo.

Estas tres conferencias siguientes, deben tratar sobre este conocimiento del alma. El número de conferencias no se ha establecido arbitrariamente ni al azar, sino que ha sido cuidadosamente pensado a partir del proceso de desarrollo del alma. Porque en los tiempos en que el conocimiento y la sabiduría del alma se han colocado en el centro de todo el pensar y aspirar humano, en los tiempos de la antigua sabiduría védica india que precedió al budismo y nuevamente en la época del budismo, cuando estaba en su apogeo, y otra vez en la época en que la filosofía griega tuvo su florecimiento, y de nuevo en la primera y luego mejor época del desarrollo cristiano, se ha dividido la esencia del ser humano en tres partes: cuerpo, alma y espíritu. Si se quiere considerar el alma en el sentido correcto, entonces debe ponerse en relación con los otros dos elementos de la esencia humana, con el cuerpo por un lado y con el espíritu por el otro. Por lo tanto, esta primera conferencia introductoria debe tratar sobre las relaciones del alma con el cuerpo. La segunda conferencia tratará sobre la verdadera esencia interior del alma humana, y la tercera conferencia sobre la mirada que puede adquirir desde el alma humana hacia el principio divino-espiritual del existir del mundo.

Por una extraña disposición de la historia, esta división tripartita de la naturaleza humana se ha perdido para la investigación occidental, pues, dondequiera que hoy vaya a la ciencia del alma, en todas partes se encontrará que la ciencia del alma o psicología simplemente se contrapone a la ciencia natural o a la enseñanza del cuerpo, y en todas partes se podrá escuchar que se parte de la opinión de que el hombre debe ser considerado desde dos puntos de vista: desde el punto de vista que aclara sobre la corporalidad y desde el punto de vista que aclara sobre el alma. Expresado popularmente, esto significa que el hombre se compone de cuerpo y alma. Esta frase, en la cual, en el fondo, se basa toda nuestra psicología conocida y a la que se deben muchos errores en la psicología, esta frase tiene una historia curiosa. Hasta los primeros tiempos del cristianismo, nadie, al reflexionar sobre el ser humano y tratar de explicar su naturaleza, había distinguido al ser humano de otra manera que en tres partes: cuerpo, alma y espíritu. Vayan a los primeros maestros de la iglesia cristiana, vayan a los gnósticos, y entonces encontrarán esta clasificación en todas partes. Hasta los siglos II y III, uno se encuentra con la división tripartita del ser humano reconocida también por la ciencia y la dogmática cristiana. Más tarde, esta enseñanza dentro del cristianismo se consideró peligrosa. Se pensaba que el hecho de que el ser humano ascendiera más allá de su alma hacia el espíritu lo haría orgulloso, que se atrevería demasiado a esclarecer los fundamentos de las cosas, sobre los cuales solo la revelación debía iluminar. Por ello, en diversos concilios se deliberó y se decidió que como dogma para el futuro se enseñara: que el ser humano consiste en cuerpo y alma. Teólogos respetados en cierto sentido se mantuvieron fieles a la división tripartita, como Juan Escoto Erígena y Tomás de Aquino. Pero cada vez más y más la ciencia cristiana, a la que en la Edad Media le incumbía principalmente el cuidado de la ciencia del alma, fue perdiendo la conciencia de la tripartición. Y con el florecimiento de la ciencia en los siglos XV y XVI, ya no se tenía conciencia de la antigua división. Incluso Cartesius sólo distinguía entre el alma, que él llama espíritu, y el cuerpo. Y así permaneció. Aquellos que hoy hablan de psicología o ciencia del alma no saben que están hablando bajo la influencia de un dogma cristiano. Se cree, y se puede leer en los manuales, que el ser humano sólo se compone de cuerpo y alma. Pero con ello sólo se ha perpetuado un prejuicio de siglos, y en él se basa hasta hoy. Esto también se nos mostrará a lo largo de estas conferencias.

Ahora nos corresponde, sobre todo, mostrar qué relación debe asumir el observador desprevenido del alma entre alma y cuerpo; pues parece ser un resultado de la ciencia natural moderna que, en general, ya no se debe hablar del alma como se habló del alma durante miles de años antes de nuestro tiempo. La investigación natural, que imprimió su sello en el siglo XIX y en su desarrollo espiritual, ha declarado una y otra vez que, con sus concepciones, una ciencia del alma en el sentido antiguo de la palabra —como, por ejemplo, la goetheana y en parte la aristotélica—, no es compatible y, por lo tanto, no es sostenible. Pueden ustedes tomar manuales de psicología, o tomar los «Enigmas del mundo» de Haeckel, encontrarán en todas partes que los prejuicios dogmáticos persisten y se piensa que las antiguas formas de comprensión, mediante las cuales se trataba de acercarse al alma, han sido superadas. Nadie puede, —digo esto para los científicos y los admiradores de Ernst Haeckel—, venerar a Haeckel más que yo mismo, como una grandeza, como una grandeza científica monumental. Pero las grandes personas también tienen grandes errores, y por lo tanto conviene examinar un prejuicio de nuestra época con total imparcialidad.

¿Qué nos dice esta parte? Se nos dice: Mirad, aquello que habéis llamado alma ha desaparecido bajo nuestras manos. Nosotros, los científicos naturales, os hemos mostrado que todas las sensaciones, todo aquello que se desarrolla como vida imaginativa, todo pensamiento, todo deseo, todo sentimiento, que todo esto está vinculado a órganos muy concretos de nuestro cerebro y de nuestro sistema nervioso. La ciencia natural del siglo XIX ha demostrado, se dice, que ciertas partes de nuestra corteza cerebral, si no están completamente intactas, nos hacen imposible llevar a cabo ciertas manifestaciones mentales. Se concluye de ello que en estas partes individuales de nuestro cerebro se localizan estas manifestaciones mentales, que dependen, como se dice, de estas partes de nuestro cerebro. Esto se ha expresado de manera drástica al decir: un cierto punto del cerebro es el centro del lenguaje, otra parte para esta actividad del alma, otra parte para otra, de modo que se puede ir despojando el alma poco a poco. - Se ha demostrado que con la enfermedad de partes muy determinadas del cerebro se produce al mismo tiempo la pérdida de ciertas capacidades del alma. Lo que desde hace milenios se ha concebido bajo el término alma, ningún científico natural puede encontrarlo; es un concepto con el que el científico natural no sabe qué hacer. Encontramos el cuerpo y sus funciones, pero en ninguna parte un alma. El gran maestro de la moral del darwinismo, Bartholomäus Carneri, que ha escrito una ética del darwinismo, ha expresado claramente su convicción, tal vez más claramente de lo que pueda darse alguna vez en estos círculos de naturalistas. Él dice: Tomemos por ejemplo un reloj. Las agujas avanzan, el mecanismo del reloj está en movimiento. Todo esto ocurre por el mecanismo que tenemos delante. Así como en lo que realiza el reloj tenemos una expresión del mecanismo del reloj, así tenemos en lo que el hombre siente, piensa y quiere, una expresión de todo el mecanismo nervioso delante de nosotros. Así como no se puede suponer que en el reloj exista un pequeño ser del alma que mueve las ruedas y avanza las agujas, tampoco se puede suponer que aparte del organismo haya un alma que haga posible el pensar, sentir y querer. - Esta es la confesión de un naturalista en relación espiritual, esto es lo que ha hecho que los naturalistas funden una nueva fe, una religión naturalista tan pura. El naturalista cree que los resultados de la ciencia lo obligan a esta confesión y cree que puede considerar infantil a cualquiera que, bajo la influencia de la ciencia, no llegue a estas conclusiones. Bartholomäus Carneri lo mostró sin adornos. Mientras los seres humanos eran niños, hablaban como Aristóteles; pero ahora que se han convertido en hombres y comprenden la ciencia, deben abandonar las concepciones infantiles. La percepción de los naturalistas, que los hace ver en los humanos nada más que un mecanismo, coincide con la parábola del reloj. Esta visión se expresa de manera radical. Se considera la única digna de la actualidad. Y se presenta de tal manera que los descubrimientos científicos de la época nos obligan a llegar a estas confesiones.

Pero, por sobre todo, ahora debemos preguntarnos: ¿Son realmente las ciencias naturales, la investigación minuciosa de nuestro sistema nervioso, la investigación precisa de nuestros órganos y sus funciones, lo que nos ha obligado a esta concepción? No, porque en el siglo XVIII todo aquello que hoy se presenta como de altura científica y como determinante aún estaba en su germen. No había nada de la psicología moderna, nada de los descubrimientos del gran Johannes Müller y su escuela, nada de los descubrimientos que los naturalistas hicieron en el siglo XIX. Y entonces, en el siglo XVIII, estas concepciones se habían expresado de manera más radical en la Ilustración francesa, que no podía basarse en la ciencia natural; allí resonaron por primera vez las palabras: El hombre es una máquina. - De esa época proviene un libro de Holbach, titulado: «Système de la nature», del cual Goethe dijo haber sentido repulsión por su superficialidad y carencia de contenido. Esto como prueba de que esta concepción existía antes de la ciencia natural moderna. Se puede decir que, al contrario, el materialismo del siglo XVIII se encontraba por encima de los espíritus del siglo XIX y que el credo materialista marcaba la pauta para la manera de pensar que luego se introdujo en la ciencia natural. Esto en relación con la verdad histórica. Porque si no fuera así, habría que llamar infantil a la concepción que tiene la ciencia natural moderna, es decir, que no se puede hablar del alma en el sentido antiguo, porque se puede eliminar el alma de la misma manera que se ha mostrado que se puede eliminar el cerebro.

Porque, ¿qué se gana de especial con esta opinión? Ningún investigador en el ámbito de la vida del alma, que en el sentido de Aristóteles, en el sentido de los antiguos griegos, o digamos a pesar de todas las contradicciones que vendrán de algunas partes, ningún investigador del alma que busque conocer el alma en el sentido de la Edad Media cristiana, puede ofenderse por las verdades de la ciencia natural actual. Todo investigador racional del alma estará de acuerdo con lo que la ciencia natural dice sobre el sistema nervioso y el cerebro como los mediadores de nuestras funciones del alma. No le sorprende que, si una cierta parte del cerebro se enferma, ya no se pueda hablar. Al investigador antiguo no le sorprende más que no pueda pensar si es aplastado. La ciencia moderna no hace otra cosa que determinar con detalle lo que los hombres ya han comprendido en general. Y de la misma manera, porque el ser humano sabe que sin ciertas partes del cerebro no puede hablar, no puede formar ideas, de la misma manera debería ser una prueba de que no tiene alma si puede ser aplastado. También los Vedantistas, también Platón y así sucesivamente, están claros en que la actividad del alma humana cesa cuando una gran piedra cae sobre su cabeza y lo destroza. La antigua doctrina del alma no enseñó otra cosa. Podemos estar seguros de ello. Podemos aceptar toda la ciencia natural y aun así entender la doctrina del alma de manera diferente. En siglos pasados se estaba claro en que el camino seguido por la ciencia natural no conduce al conocimiento del alma y, por lo tanto, tampoco puede ser tomado para refutarla. Si aquellos que desde el punto de vista de la ciencia natural se esfuerzan por refutar la antigua ciencia del alma estuvieran versados en los razonamientos de tiempos anteriores, cuando aún no se estaba tan atrapado en la vida exterior, cuando aún no se estaba acostumbrado a observar la propia vida del alma, e incluso la vida del alma en general, y los creyentes naturalistas consideraran los razonamientos de sabios antiguos, entonces podrían darse cuenta a través de estos razonamientos de cuán quijotesco es luchar en este sentido científico contra la doctrina del alma.

Toda esta lucha ya se representa en un diálogo que se encuentra en la literatura budista, en un diálogo que no pertenece a los discursos del propio Buda, que fue registrado apenas en los primeros años antes del nacimiento de Cristo. Pero quien estudia el diálogo ve que se trata de las concepciones auténticas más antiguas del budismo, que se expresan en la conversación del rey Milinda, dotado de sabiduría y dialéctica griega, con el sabio budista Nagasena. Este rey se dirige a los sabios indios y pregunta: Dime, ¿cómo te reconocen? —A lo que responde el sabio Nagasena: Me llaman Nagasena. Pero eso es solo un nombre. No hay sujeto, no hay personalidad detrás. —¿Cómo? —dijo entonces el rey Milinda, quien poseía la dialéctica griega y toda la habilidad y el poder del pensamiento griego—, escuchad, vosotros que habéis venido, el sabio afirma que detrás del nombre Nagasena no hay nada. ¿Qué es entonces lo que está ante mí? ¿Son tus manos, tus piernas Nagasena? No. ¿Son tus sensaciones, sentimientos e ideas Nagasena? No, todo eso no es Nagasena. Entonces, ¿es la conexión de todo eso Nagasena? Pero, dado que él ahora afirma que todo eso no es Nagasena, que solo hay un nombre que lo une todo, ¿quién es él entonces y qué es entonces realmente Nagasena? ¿Es aquello que vive detrás del cerebro, detrás de los órganos, detrás de la corporeidad, detrás de los sentimientos e ideas, un nada? ¿Es un nada aquel que hace el bien a los demás? ¿Es un nada quien hace el bien y el mal? ¿Es un nada aquel que busca la santidad? ¿No hay nada detrás de todo eso, solo el mero nombre? - Entonces Nagasena respondió con otra parábola: ¿Cómo viniste, gran rey, a pie o en carro? - El rey respondió: En carro. - Ahora, explícame el carro. ¿Es el eje tu carro? ¿Son las ruedas tu carro? ¿Es la caja del carro tu carro? - No, respondió el rey. - ¿Qué es entonces tu carro? Es un nombre que solo se refiere a la conexión de las diferentes partes.

¿Qué quería decir el sabio Nagasena, que se ha formado en las enseñanzas budistas, con su respuesta? - Oh rey, tú que en Grecia, en la filosofía griega, has adquirido una gran y poderosa habilidad, debes entender que no llegas a otra cosa que a un nombre igual que cuando consideras los miembros del carro en su conjunto, que cuando sostienes unidos los miembros del hombre.

Tome esta enseñanza antigua, que se puede rastrear hasta los tiempos más remotos de la cosmovisión budista, y pregúntese: ¿qué se dice en ella? Nada más que esto: que el camino, a través de la observación de los órganos externos, ya sea que se consideren de manera grosera o fina - la consideración del juego de las representaciones, que un gran anatomista, Metschnikov, estimó en mil millones -, para llegar al conocimiento del alma, es un camino equivocado. Según esta correcta afirmación del sabio Nagasena, no podemos encontrar el alma de este modo. Ese es un camino falso. Nunca en los tiempos en que se sabía por qué camino se debe encontrar y estudiar el alma, se intentó acercarse al alma por este camino. Fue una necesidad histórica que los caminos sutiles e íntimos, por los cuales los antiguos sabios de la Edad Media cristiana buscaban aún el alma, quedaran un poco relegados cuando nuestra ciencia natural comenzó a enfocarse más en el mundo exterior. Porque, ¿cuáles son entonces los métodos, maneras de ver y puntos de vista que la ciencia natural ha desarrollado especialmente? Usted puede encontrar en los trabajos póstumos de uno de los investigadores de la naturaleza más geniales de nuestra época inmediata, quien hizo grandes descubrimientos en el campo de la teoría de la electricidad, que la ciencia moderna ha escrito en su bandera: simplicidad y utilidad. Y puede encontrar en un psicólogo, que también trabaja en el sentido de la ciencia natural, a estos dos requerimientos de simplicidad y utilidad, además de la claridad visual. Y se puede decir que a través de estos tres —simplicidad, utilidad y claridad visual— la ciencia natural ha obrado prácticamente milagros.

Pero eso no es aplicable a la existencia del alma. La claridad en relación con la observación de los miembros exteriores, la conveniencia en relación con la apariencia exterior, eso fue lo que llevó a la ciencia natural a buscar, calcular e investigar la conexión de las partes. Pero eso fue precisamente lo que, según la expresión del sabio Nagasena, nunca puede llevar al alma. Como la ciencia natural ha tomado ahora ese camino, es comprensible que se haya desviado de los caminos del alma. Hoy día ni siquiera se tiene conciencia de lo que los investigadores del alma han buscado durante siglos. Es realmente fabuloso lo que se dice en este respecto y la suma de ignorancia que surge cuando hoy, en círculos aparentemente autorizados, se habla sobre la doctrina del alma de Aristóteles o sobre la doctrina del alma de los primeros investigadores cristianos, sobre la doctrina del alma de la Edad Media. Y sin embargo, si alguien quiere entender científicamente la esencia del alma, no hay otro acceso que el del cuidadoso trabajo interior, apropiándose de las ideas de Aristóteles, de las ideas que llevaron a los primeros cristianos y a los grandes maestros de la Iglesia cristiana al conocimiento del alma. No hay otro método. Es tan importante para este campo como lo es el método de la ciencia natural para la ciencia exterior. Pero estos métodos de la ciencia del alma se han perdido en gran parte para nosotros. Las verdaderas observaciones internas ni siquiera se consideran un área científica.

El movimiento teosófico se ha propuesto la tarea de investigar nuevamente los caminos del alma. De diversas maneras se puede encontrar el acceso al alma. En otras conferencias he intentado, de manera puramente científica del espíritu, mediante método puramente teosófico, transmitir el conocimiento del alma. Pero aquí se hablará primero en el sentido en que el gran Aristóteles, al finalizar la gran época filosófica griega, fundamentó esta ciencia del alma. Porque, a diferencia de Aristóteles, la sabiduría del alma se practicaba en tiempos anteriores. Entenderemos cómo se practicaba la sabiduría del alma en la antigua sabiduría egipcia y en la antigua sabiduría védica. Pero eso será para más adelante. Hoy permítanme hablar de la doctrina del alma de Aristóteles, quien siglos antes del nacimiento de Cristo, como erudito y científico, llevó a su culminación aquello que había sido encontrado por caminos totalmente diferentes. Podemos decir que en la doctrina del alma de Aristóteles tenemos algo de lo mejor que los más capaces en el campo de la doctrina del alma pudieron ofrecer. Y puesto que Aristóteles transmite lo mejor, es necesario ante todo hablar de Aristóteles. Y, sin embargo, este colosal genio de su tiempo — sus escritos son un tesoro en cuanto al conocimiento de la antigüedad, y quien se adentra en Aristóteles sabe lo que se había logrado antes de su tiempo —, este colosal genio no era un vidente como Platón, era un científico. Quien quiera acercarse al alma desde un ámbito científico, debe hacerlo por el camino de Aristóteles. Aristóteles es una personalidad que, en todos los aspectos —considerando su época—, satisface los requisitos del pensamiento científico de la naturaleza. Solo que, como veremos, en un único punto no lo hace. Y este único punto, en el que encontraremos a Aristóteles insatisfactorio en cuanto a la doctrina del alma, se ha convertido en la gran desgracia de toda la ciencia de las almas de Occidente.

Un maestro de desarrollo científico fue Aristóteles. Estaba completamente en el punto de vista de la teoría del desarrollo. Él asumía que todos los seres se habían desarrollado con una estricta necesidad científica. Incluso hizo surgir a las entidades más imperfectas mediante generación espontánea, por la simple reunión de sustancias inertes de la naturaleza, de manera puramente natural. Esta es una hipótesis, que es una importante manzana de la discordia científica, pero una hipótesis que Haeckel comparte con Aristóteles. Y Haeckel también comparte con Aristóteles la convicción de que existe una escalera de grados que conduce hasta el ser humano. Aristóteles también incluye en este desarrollo toda la evolución del alma y está convencido de que entre alma y corporalidad no existe una diferencia radical, sino solo gradual. Es decir, Aristóteles está convencido de que en el desarrollo de lo imperfecto a lo perfecto llega el momento en que se alcanza el nivel en el que todo lo inanimado ha encontrado su forma y entonces surge por sí mismo la posibilidad de que de lo inanimado se desarrolle lo psíquico. Y ahora distingue, por etapas, un llamado alma vegetal, que vive en todo el mundo vegetal, un alma animal, que vive en el reino animal, y finalmente distingue un nivel superior de este alma animal, que vive en el hombre. Ven, el Aristóteles correctamente entendido coincide completamente con todo lo que enseña la ciencia natural moderna. Y ahora tome «Los enigmas del mundo» de Haeckel, las primeras páginas, donde se encuentra en el terreno de las leyes naturales correctas, y compárelo con la ciencia natural y la doctrina del alma de Aristóteles, entonces descubrirá, si descuenta la diferencia dada por el tiempo, que no existe una diferencia real.

Pero ahora viene lo que Aristóteles aborda más allá de la ciencia del alma, a la cual la ciencia moderna de la naturaleza cree poder llegar. Allí Aristóteles muestra que es capaz de observar la vida interior de verdad. Porque quien persigue con profunda comprensión lo que Aristóteles ahora construye sobre esta teoría del conocimiento de acuerdo a las leyes de la naturaleza, ve que todos aquellos que objetan algo a esta concepción de Aristóteles simplemente no la han comprendido en el verdadero sentido de la palabra. Es infinitamente sencillo darse cuenta de que debemos dar un paso desde el alma animal al alma humana, un paso enorme. Es infinitamente fácil darse cuenta. Nada impide dar este paso con Aristóteles excepto los hábitos de pensamiento que se han formado a lo largo de la orientación intelectual moderna. Porque Aristóteles tiene claro que dentro del alma humana ocurre algo que se distingue esencialmente de todo lo que se encuentra como psíquico fuera de ella. Ya los antiguos pitagóricos, por cierto, habían dicho que aquel que comprende verdaderamente la verdad de que el ser humano es el único ser que puede aprender a contar, sabe en qué se diferencia el ser humano del animal. Pero no es tan fácil comprender lo que significa realmente que solo el ser humano puede aprender a contar. El sabio griego Platón no consideraba a nadie maduro para su escuela filosófica que no hubiera aprendido primero matemáticas, al menos los elementos, los principios iniciales. Eso significa: Platón no quería otra cosa que aquellos a los que introdujo en la ciencia del mar matemático supieran algo sobre la naturaleza de lo matemático, supieran algo sobre la naturaleza de esa peculiar actividad intelectual que el ser humano ejerce cuando hace matemáticas. Pero esto también está claro para Aristóteles; no se trata de hacer matemáticas, sino mucho más de entender: al ser humano le es posible hacer matemáticas. Eso significa nada más que el ser humano es capaz de encontrar leyes, leyes estrictamente cerradas en sí mismas, que ningún mundo exterior puede darle. Solo aquel que no está entrenado en el pensamiento, solo aquel que no sabe alcanzar la autoobservación, solo ese no se da cuenta de que jamás un simple teorema matemático podría haberse obtenido únicamente mediante la observación. En ninguna parte de la naturaleza hay un círculo verdadero, en ninguna parte de la naturaleza hay una línea recta verdadera, ninguna elipse, pero en matemáticas exploramos estas cosas, y el mundo que hemos obtenido desde el interior lo aplicamos al exterior. Esto es un hecho, sin el cual nunca se puede llegar a una verdadera comprensión de la esencia del alma. Por ello, la teosofía exige de sus discípulos, que desean profundizar en ella, un estricto entrenamiento del pensamiento; no el pensamiento engañoso del día a día, no el pensamiento engañoso de la filosofía occidental, sino el pensamiento que, con profunda introspección, practica la autoobservación. Este pensamiento permite reconocer la trascendencia de esta afirmación. Y aquellos que, gracias a su formación matemática, han logrado las mayores conquistas en el ámbito de la astronomía, comprenden la importancia y la expresan. Lean los escritos de Kepler, ese gran astrónomo, lean lo que dice sobre este fenómeno fundamental de la autoobservación humana, y entonces verán lo que esta personalidad expresa al respecto. Él sabía la trascendencia que el pensamiento matemático puede tener hasta los más lejanos espacios celestes. Dice: Es maravilloso, la coincidencia que encontramos cuando hemos estado sentados en un estudio solitario y hemos reflexionado sobre círculos y elipses solamente con nuestro pensamiento, y luego miramos al cielo y encontramos su coincidencia con las esferas celestes. — No se trata de investigación externa en tales enseñanzas, sino de la profundización de tales conocimientos. Ya en el vestíbulo debía mostrarse a aquellos que querían ser admitidos en la escuela de filosofía quién de ellos podía ser aceptado. Porque entonces se sabía que, así como aquel que tiene sus cinco sentidos puede investigar el mundo exterior, ellos igualmente podían investigar pensativamente la esencia del alma. No era posible antes.

Pero se exigía algo más. El pensamiento matemático no es suficiente. Es el primer nivel, donde vivimos completamente en nosotros mismos, donde el espíritu del mundo se desarrolla desde nuestro interior. Es el nivel más trivial, el más subordinado, que debe ser recorrido primero, pero del cual debemos trascender. Justamente eso es lo que exigía el antiguo investigador del alma: extraer las más altas regiones del conocimiento humano de la misma manera desde las profundidades del alma, como la matemática extrae las verdades del cielo estrellado desde las profundidades del alma. Esa era la exigencia que Platón escondía en la frase: Todo aquel que quiera entrar en mi escuela, debe primero haber pasado un curso de matemáticas. No son necesarias las matemáticas, sino un conocimiento que tenga la independencia del pensamiento matemático. Y si se comprende que el hombre tiene en sí una vida que es independiente de la vida natural externa, que debe obtener por sí mismo las verdades más altas, entonces también se comprende que la mejor actuación del hombre se extiende sobre algo que está más allá de toda actividad natural.

Observen el animal. Su actividad transcurre de manera puramente típica de su especie. Cada animal hace lo que innumerables de sus antepasados también hicieron. El concepto de especie domina completamente al animal. Mañana hará lo mismo que hizo ayer. La hormiga construye su maravilla, el castor la suya, en diez, cien, mil años como hoy. También hay desarrollo en ello, pero no historia. Quien se da cuenta de que el desarrollo humano no es solo desarrollo, sino historia, puede de manera similar entender el método de la observación del alma, como quien se ha dado cuenta de lo que son las verdades matemáticas. Aún existen pueblos salvajes. Aunque están en proceso de desaparición, todavía hay quienes no pueden reconocer la relación entre hoy y mañana. Hay quienes, cuando por la noche hace frío, se cubren con hojas de árbol. Por la mañana lo vuelven a desechar, y por la noche tienen que buscarlo de nuevo. No son capaces de trasladar la experiencia de ayer al hoy y al mañana. ¿Qué es necesario si queremos trasladar la experiencia de ayer al hoy y al mañana? No podemos decir que si hoy sabemos lo que hicimos ayer, entonces mañana también haremos lo que hicimos ayer. Eso es una particularidad del alma animal. Puede avanzar, puede convertirse en algo distinto a lo largo del tiempo, pero entonces el convertirse en algo distinto no es histórico. Lo histórico consiste en que el individuo humano se aprovecha de lo que ha experimentado de manera que pueda inferir algo no experimentado, es decir, el mañana. Aprendo el sentido, el espíritu del ayer y construyo sobre ello, de manera que las leyes que mi alma obtiene de la observación se extiendan a lo que aún no he observado, es decir, al futuro. Los viajeros nos cuentan que ha sucedido que algunos caminantes encendieron fuego en regiones donde vivían monos. Se marcharon y dejaron el fuego ardiendo y la madera a disposición. Los monos se acercaron y se calentaron junto al fuego. Pero ellos no podían avivar el fuego. No pueden independizarse de las observaciones y experiencias, no pueden sacar conclusiones. El ser humano deduce de sus observaciones y experiencias y así se convierte en el soberano absoluto de su futuro. Envía sus experiencias hacia el mañana, transforma el desarrollo en historia. Así como convierte la experiencia en teoría, así como extrae de la naturaleza las verdades del espíritu, así extrae del pasado las reglas del futuro y se convierte de esa manera en el constructor del futuro.

Quien reflexione profundamente sobre estas dos cosas, a saber, que el ser humano puede volverse independiente de dos maneras, que no solo puede observar, sino también formular teorías, que no solo tiene desarrollo como el alma animal, sino también historia, quien se aclare estas dos cosas, entiende lo que quise decir cuando dije que en el ser humano no solo vive el alma animal, sino que el alma animal se desarrolla hasta tal punto que puede captar lo que se llama Nus, el espíritu del mundo. Aristóteles considera que esto es necesario para que el ser humano pueda formar historia, que en el alma animal se hunda el espíritu del mundo. El alma del ser humano se distingue en el sentido de Aristóteles del alma animal por el hecho de que ha sido levantada desde aquello a lo que se había elevado dentro del desarrollo animal, hasta las funciones y actividades mediante las cuales ha llegado a poseer el espíritu. Y cuando el gran Kepler dice que las leyes obtenidas en solitario en el estudio se pueden aplicar a los fenómenos naturales externos, se explica por el hecho de que el espíritu del mundo, el Nus, el Mahat, se hunde y eleva el alma humana a un nivel superior. El alma humana es como si fuera levantada fuera del ser animal. Es el espíritu quien la eleva. El espíritu vive en el alma. Se desarrolla a partir del alma. Se desarrolla así como el alma se eleva progresivamente desde el cuerpo.

Pero precisamente esto último Aristóteles no lo dijo o no lo dijo claramente. Aunque dice una y otra vez: el alma se desarrolla por etapas hasta el alma humana de una manera completamente natural, ahora el espíritu viene desde fuera a este alma humana desarrollada naturalmente. Nus es, en el sentido de Aristóteles, algo que se introduce desde fuera en el alma humana mediante actividad creadora. Y eso se convirtió en la desgracia de la ciencia del alma en Occidente. Es una desgracia de Aristóteles que no pueda convertir su opinión correcta, de que mediante la inserción del Nus en el alma humana este alma humana es elevada, en una teoría del curso de la historia. Él no es capaz de comprender este desarrollo de manera igualmente natural como se puede comprender el desarrollo del alma. Pero ya lo habían hecho sabios griegos y sabios indios. Comprendieron el cuerpo, el alma y el espíritu de manera natural hasta el espíritu humano en su desarrollo. En Aristóteles hay una ruptura. La idea de la creación entra en la concepción. Veremos cómo la doctrina de las almas teosófica supera esta idea de la creación, cómo es aquello que, en el verdadero sentido, saca las últimas consecuencias de la cosmovisión científica, aunque desde el punto de vista espiritual.

Pero solo al darnos cuenta de que debemos volver a la antigua división en cuerpo, alma y espíritu, solo así entenderemos realmente este desarrollo natural del ser humano. Sin embargo, no debemos creer que alguna vez, por el camino aparentemente irrefutable cultivado por la ciencia natural moderna, se pueda acceder al alma mediante la observación de las partes individuales del cerebro. Debemos comprender que las objeciones del sabio indio Nagasena también se aplican a la doctrina naturalista del alma de hoy. Debemos comprender, sobre todo, que es necesaria una autoobservación más profunda y una investigación espiritual más profunda para encontrar el acceso al alma y al espíritu. Se tiene una idea equivocada de aquellos que creen que las diferentes confesiones religiosas y los diferentes sabios que surgieron de las diferentes confesiones religiosas han dicho lo que la ciencia natural moderna intenta refutar. Nunca lo dijeron, nunca lo intentaron. Quien sigue el desarrollo de la doctrina del alma, puede ver clara y distintamente que aquellos que sabían algo de los métodos de la doctrina del alma, nunca aplicaron los métodos de la ciencia natural, por lo que tendrían que refutarlos. No ellos pueden encontrar el alma. Oh no, por este camino los investigadores del alma, que aún sabían lo que es el alma, nunca buscaron el alma.

Quiero mencionarles a uno, el más repudiado de los ilustradores, pero también el menos conocido, quiero hablar con unas pocas palabras de la doctrina del alma del siglo XIII, de la doctrina del alma de Tomás de Aquino. Una de las características de esta doctrina del alma es que su autor dice: Lo que el espíritu humano se lleva cuando deja este cuerpo, lo que el espíritu humano lleva consigo al mundo puramente espiritual, ya no puede compararse con todo aquello que el hombre experimenta dentro de su cuerpo. Sí, Tomás de Aquino dice que la tarea de la religión en su sentido más ideal consiste en educar al hombre para que pueda llevar consigo de este cuerpo algo que no sea sensorial, algo que no esté vinculado a la investigación, a la contemplación y a la experiencia de la naturaleza exterior. Mientras vivamos en este cuerpo, vemos a través de nuestros ojos y oímos a través de nuestros oídos lo sensible. Percibimos lo sensible a través de nuestros órganos sensoriales. Pero el espíritu procesa lo sensible. El espíritu es lo verdaderamente activo. El espíritu es aquello que es eterno. Y ahora preste atención a la profunda intuición que se ha obtenido sobre la base de milenarias enseñanzas sobre el alma, que se expresa en las palabras: Aquel espíritu que ha recogido poco durante esta vida, lo que es independiente de la observación sensorial externa, independiente de la vida sensorial exterior, no es feliz cuando está desvinculado del cuerpo. Tomás de Aquino dice: Lo que vemos en nuestro entorno sensorial está continuamente impregnado de fantasías sensoriales. - Pero el espíritu, precisamente el espíritu que he descrito en el sentido de la matemática, descrito como Nus, que se da de manera sencilla, como de ayer y hoy se deriva el mañana, este espíritu, al liberarse, recoge frutos para la eternidad. El espíritu finalmente se siente solo y vacío —esta es la enseñanza de Tomás de Aquino— cuando entra en el mundo de los espíritus sin haber llegado al punto de estar libre de todas las fantasías del mundo sensible. El sentido profundo del mito griego de beber del río Lete se nos revela así como un pensamiento: el espíritu, en su existencia puramente espiritual, se desarrollará cada vez más y más, cuanto más libre se vuelva de todas las fantasías sensibles. Por lo tanto, quien busque el espíritu de manera sensorial, no podrá encontrarlo; porque el espíritu, cuando se ha liberado de la sensualidad, ya no tiene nada que ver con la sensualidad. Por eso, Tomás de Aquino desaprueba de manera categórica los métodos mediante los cuales se busca el espíritu de forma sensorial. Este maestro de la iglesia se opone a todo experimento e intento de entrar en contacto con los desencarnados y los difuntos por medios sensoriales. El espíritu debe ser más puro cuando está libre de fantasías sensuales y de la aferración a la sensualidad. Si no lo es, entonces se siente infinitamente solo en el mundo espiritual. El espíritu que depende de la observación sensorial, que se pierde en las observaciones sensoriales, vive en el mundo espiritual como en un mundo desconocido. Esta soledad es su destino, su suerte, porque no ha aprendido a ser libre de fantasías sensuales. Solo comprenderemos esto completamente cuando lleguemos a la segunda conferencia.

Verá, justamente en el camino opuesto se buscaba el alma en los tiempos en que la autoobservación, la observación de lo que vive en el interior del ser humano, marcaba la pauta para la ciencia del alma. Esto es lo que vive como un error fundamental en la ciencia moderna y lo que ha llevado a proclamar prácticamente el lema de la ciencia del alma sin alma como una confesión de fe naturalista del siglo XIX. Esta ciencia, que se limita a las percepciones externas, cree poder refutar a los antiguos. Pero esta ciencia no sabe nada de los caminos por los que se ha buscado el alma. Nada, ni lo más mínimo, debe decirse en contra de la ciencia moderna. Por el contrario, queremos, precisamente como teósofos en el sentido de esta ciencia moderna, explorar el ámbito del alma tal como esta explora el ámbito de la naturaleza puramente espacial, pero no queremos buscar el alma en la naturaleza exterior, sino en nuestro interior. Queremos buscar el espíritu allí donde se revela, caminando por los caminos del alma y llegando al conocimiento del espíritu a través del conocimiento del alma. Este es el camino prescrito por enseñanzas milenarias, que solo hay que entender para captarlo en su verdad y validez.

Esto también nos deja claro y nos irá aclarando cada vez más lo que el ser humano más profundo, cuando quiera conocer el alma, echara de menos de la ciencia moderna fría, así como Goethe la echó de menos, cuando esta ciencia fría se le presentó en el «Système de la nature» de Holbach. Podemos seguir en la naturaleza externa cómo se ha desarrollado el hombre con respecto a la superficialidad, cómo ha llegado a ser, cómo trabaja la mónada en las formaciones más finas, cómo el sistema orgánico medio puede considerarse una expresión del alma, pero todo eso solo nos conduce al conocimiento de la superficialidad. Aún queda la gran pregunta sobre el destino del hombre. Aunque hayamos comprendido muy bien a un hombre con respecto a su superficialidad, no lo hemos comprendido en la medida en que, de esta o aquella manera, tiene este o aquel destino; no hemos entendido qué papel juegan el bien y el mal, lo perfecto y lo imperfecto. Lo que el ser humano experimenta interiormente, sobre ello la ciencia externa no puede darnos ninguna explicación; sobre ello sólo puede darnos una respuesta reflexiva la antropología espiritual, que se basa en la autoobservación. Entonces surgen las grandes preguntas: ¿De dónde venimos, a dónde vamos, cuál es nuestro objetivo? - estas son las mayores preguntas de todas las religiones. Estas preguntas, que pueden elevar al ser humano a un estado de ánimo sublime, estas preguntas serán las que nos conduzcan desde el mundo del alma hacia el espíritu, hacia el espíritu de Dios que inunda el mundo. Este debe ser el contenido de la próxima conferencia: A través del alma hacia el espíritu. Esto nos mostrará que es absolutamente cierto -no sólo una expresión figurativa- que incluso el alma animal perfecta, que se ha desarrollado mediante un desarrollo puramente exterior, en el ser humano sólo es alma humana en la medida en que hoy representa algo aún más elevado, algo más perfecto, y que lleva en sí la expectativa, la semilla de algo aún mucho más elevado, de algo infinitamente perfecto. Pero que esta alma humana, según el sentido de la misma expresión, debe considerarse como algo que no produce el espíritu ni los fenómenos del alma a partir de la animalidad, sino que el animal en el hombre debe desarrollarse hacia algo superior, para así obtener su determinación, su tarea y también su destino. Esto lo expresa la doctrina medieval del alma con las palabras de que solo quien reconoce la verdad en el sentido real, no la contempla tal como le aparece cuando escucha con oído externo o mira con ojo externo, sino tal como aparece cuando la vemos en el reflejo del espíritu más elevado. Así quiero concluir la primera conferencia con las palabras que Santo Tomás de Aquino utilizó en su lección: El alma del hombre se asemeja a la luna, que brilla, pero recibe su luz del sol. - El alma del hombre se asemeja al agua, que no es ni fría ni caliente por sí misma, sino que recibe su calor del fuego. - El alma humana se asemeja únicamente a un alma animal superior, pero es alma humana porque recibe su luz del espíritu humano.

En consonancia con esta creencia medieval, Goethe dice:

El alma del hombre
Se asemeja al agua:
Viene del cielo,
Al cielo asciende,
Y otra vez baja
A la tierra debe ir,
Cambiando eternamente.

Entonces solo se entiende el alma humana cuando se la entiende en este sentido, cuando se la entiende en el sentido de que se comprende como un reflejo de la más alta esencia, que podemos encontrar en todas partes en el universo, como un reflejo del espíritu del mundo que inunda el universo.


Tres curaciones: el hijo del centurión, el paralítico, la hija de Jairo - Ensayos sobre los evangelios de Emil Bock

 

EMIL BOCK


ENSAYOS SOBRE LOS EVANGELIOS

Tres curaciones: el hijo del centurión, el paralítico, la hija de Jairo

El paso del mar a la tierra está marcado por el primer milagro, la transformación del agua en vino. Pero, ¿hacia dónde conduce ahora Cristo a los discípulos en su camino espiritual? Los conduce hacia el interior de la casa. “Casa” es la arena donde se desarrolla el destino personal y se construye el cristianismo personal. Nuestro cuerpo humano, que separa a una persona de otra, es nuestra casa y es la arena de nuestra personalidad.

Al prestar atención a lo que sigue en los Evangelios después de lo que hemos considerado hasta ahora, vemos que a menudo, y cada vez
 con más claridad, nos inducen a la imagen de la casa. En el Evangelio de Juan, inmediatamente después de las bodas de Caná, sigue la purificación del templo. Cristo va a la Casa como tal, al Templo (“él hablaba del Templo de su cuerpo”, Juan 2, 21) y vence allí a las fuerzas enemigas. En el Evangelio de Mateo podemos distinguir claramente tres etapas de la existencia de la casa:

Sanación del hijo del centurión (Mateo 8, 5-13)
Sanación del paralítico (9, 1-8)
Sanación de la hija de Jairo (9, 18-26)


En la primera de estas escenas la imagen de la casa, aunque está presente, aún parece estar a lo lejos. El niño enfermo se encuentra en la casa. El centurión dice: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo…»


En el caso de la curación del paralítico (lo cual se ve especialmente bien en el relato de Marcos, 2, 1-12) la casa juega ya un papel mucho más destacado, y además muy expresivo. Cristo, en la casa, dirige un discurso a las personas, y la multitud rodea todo el edificio, hasta los accesos lejanos. Cuatro hombres llevan al paralítico en una camilla, pero no pueden abrirse camino hasta Jesús. Entonces suben a la azotea con la camilla, hacen un agujero en el techo y a través de él bajan la camilla.

En la tercera escena, la casa domina toda la escena. Cristo entra en la casa de Jairo, donde yace la niña. Solo toma con él a los padres y a sus tres discípulos más cercanos. La casa separa al grupo de personas y al propio acontecimiento de los demás y de todo lo que ocurre en el mundo. De este modo, se hace posible un proceso «interno».

Dado que vamos a considerar estas tres escenas como imágenes, primero debemos entender lo que significan como etapas en el camino de los discípulos, mirarlas como acciones de Cristo realizadas por él hacia sus propios discípulos, mientras sanaba y resucitaba a otras personas.

Las etapas experimentadas en las imágenes son las siguientes.

Cuando una persona empieza a construir valientemente la vida de su personalidad, se le presentan tres escollos que debe superar. El primer peligro lo amenaza desde lo que lo rodea y actúa sobre él como entorno. En él predominan las fuerzas del pasado. El segundo peligro lo amenaza desde el presente inmediato. Surge desde dentro de la persona misma. El tercer peligro acecha a la persona desde su participación en la construcción del futuro. Pone en duda todo lo que la persona puede generar en el curso de su creatividad. Tres peligros, cuya causa se encuentra en el pasado, presente y futuro, se manifiestan aquí como

Debilidad
Enfermedad
Muerte.

Al principio, una persona se siente amenazada por la debilidad que proviene del entorno. Mientras el hombre aún no haya despertado a la personalidad, las formas y costumbres del mundo que lo rodea, como descendientes de generaciones pasadas, lo llevan sobre sí mismas. Una persona puede aferrarse a ellos. Desde que se ha acostumbrado a las costumbres y formas de la vida heredada, está protegido de dudas morales y delirios. Sin embargo, en cuanto empiezas a moldear tu vida en función de tu propia personalidad, la debilidad y la falta de fiabilidad del mundo de las formas que te rodea pueden revelarse fácilmente. Es fácil ser moral según la costumbre. Es difícil ser moral, basándose en la moralidad de la propia personalidad. Aquí estamos completamente a nuestra suerte. Caemos en el error y nos cuesta encontrar el camino correcto.

El peligro de la impotencia de una persona en la vida, la falta de un apoyo fuerte, se vuelve especialmente evidente cuando un joven en la pubertad encuentra su vocación. Demasiadas veces, especialmente en nuestra época, no encuentra ayuda ni apoyo en el mundo de su padre a su alrededor. La actitud de una persona en crecimiento hacia las generaciones mayores (cuanto más a menudo, más fuerte se establece el principio personal en el mundo) cae en una sombra de decepción debido a la debilidad e infiabilidad de la moral y las formas del mundo del padre. El mundo que lo rodea deja a la persona que crece hacia su personalidad sola consigo misma, y él se da cuenta de la debilidad con más claridad cuanto más fuerte siente el latido de la sangre de su propia vida en sí mismo.

En nuestra época, lo que realmente está relacionado con la experiencia de la formación de los jóvenes en la pubertad se ha convertido en un fenómeno general de toda la época. Parece que toda la humanidad está pasando ahora por la etapa de la pubertad. El hombre se emancipa de las costumbres y formas del mundo que lo rodea. La "moralidad burguesa" le parece merecidamente insípida y débil. Sin embargo, dado que este mundo de formas le había dado hasta entonces algo en lo que apoyarse, su debilidad moral quedó ahora revelada de una u otra manera. Y a través de la debilidad del mundo de los padres, puede darse cuenta de su propia debilidad y del "yo". Como resultado, una persona se encuentra con el segundo obstáculo de su vida: la enfermedad. Una persona ha pisado el camino de convertirse en una personalidad, pero el "yo" en él sigue siendo débil. En su esencia del alma hay una lujuria ardiente que el ego débil no puede contener, y este fuego impuro seca las fuerzas vivas que mantienen la salud corporal. El cuerpo se enferma. La enfermedad proviene de la debilidad. El hombre nos aparece en esa forma distorsionada, que debe ante todo al desarrollo de su "yo":

«Yo» – débil
El alma – arde
La vida – se seca
El cuerpo – duele

Por supuesto, también se encuentran enfermedades causadas por razones externas. Sin embargo, la enfermedad como fenómeno primordial es provocada desde el interior del ser humano por las debilidades de su núcleo esencial espiritual y anímico, por su pecado. Y es aquí precisamente donde el ser humano lucha consigo mismo en su actualidad inmediata.

A continuación viene la tercera piedra de tropiezo subyacente del destino personal: la muerte de las fuerzas vitales generadoras y creativas. El ser humano trabaja, sin embargo, no surge ningún «trabajo» como resultado. Habla, pero sus palabras no siembran ninguna semilla viva en el alma de otra persona. El ser humano no crea ningún futuro, aunque se esfuerce al máximo. Se vuelve estéril. Se puede expresar también de la siguiente manera: en él ha muerto lo eterno-femenino, lo virginal-materno. Mientras en las almas viva lo eterno-femenino, este principio sagrado del futuro, la conversación (por parte del hablante) se convierte en una generación viva, en la siembra en el alma del interlocutor de una semilla que promete frutos abundantes. Por parte del oyente, la conversación resulta una concepción pura e inmaculada. En el seno del alma la semilla madura, mientras que el alma que concibió permanece virgen y pura. Pero si la doncella en el hombre está muerta, las palabras permanecerán vacías y en vano, y el oído estará cerrado e impenetrable. Hoy en día, la gente ha olvidado por completo cómo hablar y escuchar. Ha llegado la muerte del alma, la muerte de la doncella.

Sanando al hijo del centurión, Cristo sana la debilidad. Veamos las circunstancias externas que acompañaron a esto. El Evangelio de Juan enfatiza que Jesús hizo esto cuando vino de Judea a Galilea. En Judea, el niño que alcanzaba la edad adulta encontraba apoyo constante en el mundo de su padre. El alma trabaja sobre el cuerpo hasta la pubertad. En cuanto el cuerpo está maduro, la casa está lista: así es como el alma experimenta el cuerpo. (La realidad es que cada vez que nace una persona, se muda a una casa sin terminar y luego trabaja durante 14 años para terminarla.) En el cuerpo, despierta por sí mismo. Sin embargo, a partir de ese momento, comienzan malentendidos y disputas entre la sensualidad que surge del cuerpo y el principio espiritual, que opera en el alma despertadora. Si el cuerpo de una persona puede integrarse en un todo nativo y fiable, un joven encontrará apoyo. En Judea, la familia, y sobre todo el padre, era un verdadero bastión para el niño. ¿No veía el alma del niño en sus padres y hermanos (pero ante todo en su padre), como resultado de un estrecho parentesco de sangre, la multiplicación de su propio cuerpo? En Galilea, sin embargo, en la tierra de los extraños y la mezcla de naciones, el joven, al despertar en la pubertad, se veía rodeado solo de extraños en quienes no podía confiar. Su padre, a quien antes amaba y con quien tenía una cercanía, se convierte inmediatamente en un extraño para él. El niño se quedó solo en casa, temblando de fiebre. El padre, sintiendo su impotencia porque no puede ayudarle de ninguna manera, se apresura a ir a Cristo. En Caná, lo encuentra. El niño está enfermo debido a la debilidad de su padre. Como Cristo fortalece al padre que vino a él en fe, al mismo tiempo sana al niño. Esto es una cura para la debilidad: la debilidad de la casa, del cuerpo, del principio paternal, se supera, pues en ella reside la causa de la debilidad espiritual.

Las palabras que pronunciamos durante el rito de consagración de una persona (Menschenweihehandlung), cuando damos la comunión con el pan, sobre la enfermedad de la morada en la que entra Cristo, y sobre la curación del alma por su palabra, se pueden entender simplemente como la traducción de las palabras dichas a Cristo por el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero di solo una palabra y mi niño sanará». Da la impresión de que en esta frase del ritual de consagración de la persona hay una incongruencia lógica. El cuerpo está enfermo, y el alma se sana con una palabra. Esto corresponde exactamente: el padre está débil, pero el hijo se cura porque el padre ha encontrado el camino hacia Cristo. La ayuda llega al niño, a quien nada podía ayudar en el entorno corporal y material, cuando en su entorno encuentra lugar Cristo. En esto consiste la confirmación: el joven puede entrar en el entorno de Cristo, a la comunidad de Cristo, mientras que el entorno puramente terrenal le revela tanto sus debilidades como las propias. Detrás del primer milagro realizado en la boda de Caná, se nos revela el proto-fenómeno del nacimiento, y detrás del segundo, el proto-fenómeno del paso de la niñez a la juventud y la confirmación relacionada con ello.

A través de la sanación del paralítico, Cristo nos ayuda a superar el segundo peligro de la vida de la personalidad. No se trataba de una sanación exterior, mediante un milagro como un prodigio. La sanación viene desde el interior, así como la enfermedad tiene su origen desde dentro. Cristo le dice al enfermo: «Tus pecados te son perdonados». Como consecuencia de su relación interior con Cristo, la fuerza puede fluir hacia su principio espiritual y anímico. Se apaga el fuego agotador. La humedad de la vida puede fluir nuevamente, restaurando la salud del cuerpo. Al pronunciar el perdón de los pecados, Jesús inicia también el proceso de recuperación de la salud. Sin embargo, los pensamientos de los escribas lo obligan a decir: «Levántate y anda». El fortalecimiento del «Yo», la armonización del alma, que se manifiesta en las palabras sobre el perdón de los pecados, aumenta, de modo que puede comenzar a actuar de inmediato, extendiéndose hasta lo corporal. Cristo se une al «Yo» del enfermo, para que éste mismo pueda superar su enfermedad.

La sanación del paralítico corresponde al tercer milagro de Juan: la sanación del enfermo en el estanque de Betesda. Al estar a veces en un estado de descanso seco y aturdido, y otras en movimiento vivo provocado por el ángel, el estanque es nada más que una manifestación visible para el mundo exterior de las corrientes invisibles de las fuerzas vitales del organismo humano. Mientras los enfermos, que aún no han despertado a la personalidad, pueden experimentar cómo el ángel pone en movimiento las aguas de la vida en el estanque y simultáneamente en su propio ser, de modo que puede producirse la curación. Sus enfermedades no tienen raíz en el «Yo», por lo que la sanación puede ocurrir a través de un ayudante, enviado desde arriba o desde afuera. Pero esta persona, enferma desde hace ya 38 años, está enferma a causa de su propio «Yo». Por eso también sólo puede sanar a través de su propio «Yo». Jesús le pregunta: «¿Quieres sanarte?» Él convoca la voluntad del enfermo, su «Yo», para que él mismo agite el agua, pero esta vez no en el estanque fuera de él mismo, sino en su propio ser.

Cristo fortalece el «Yo»
Ahora el principio del alma está controlado
Los flujos vitales pueden moverse de nuevo
El cuerpo se cura.

El primer signo lo realizó Cristo en unión con la «Madre de Jesús». El segundo, a través de la conexión con el padre del niño enfermo. El tercero – mediante la conexión con el «Yo» del enfermo.

La tercera escena, la resurrección de la niña, nos lleva a los misterios profundos de la vida. La clave de esta historia fue dada por Rudolf Steiner en sus conferencias sobre el Evangelio de Lucas*. Solo queda maravillarse de cómo pudo suceder que una conexión, que parecía tan obvia, no se hubiera notado antes.

  • «El Evangelio de Lucas», conferencia del 24 de septiembre de 1909, GA 114.

En todos los Evangelios que incluyen el relato de la hija de Jairo, se entrelaza el episodio de la curación de la mujer que sufría hemorragias en el camino a la casa de Jairo. La mujer ha estado enferma durante 12 años. La niña tiene 12 años de edad. La mujer se enfermó cuando la niña nació. Esto indica su conexión mutua, así como la conexión entre sus enfermedades. Al igual que la escena con el centurión en Capernaum señala la manifestación de la madurez sexual masculina, la escena en la casa de Jairo indica la madurez sexual femenina. La niña se enfermó y murió porque la fuerza maternal en ella no se despertó. La muerte de la matriz materna afecta por completo a toda la persona. Sin embargo, las fuerzas que le faltan a la niña, y que ella debe compensar, en la mujer que sangra, a diferencia, son excesivas. La sangre maternal, cuya carencia mata a la niña, mientras que su exceso enferma a la mujer, es vital para el futuro de la humanidad. Con la muerte de la niña, una parte del futuro de la humanidad ha muerto. Su muerte es el camino directo hacia la infertilidad de la humanidad. Al restaurar el equilibrio entre la mujer que sangra y la niña muerta, Cristo devuelve a la humanidad su futuro. Él destruye la tercera piedra de tropiezo en el camino del desarrollo del «Yo».

Aquí encontramos un ejemplo especialmente importante y elocuente de cómo, a través del descubrimiento de la imagen, se puede recuperar nuevamente el Evangelio vivo. Imaginemos claramente la escena en la casa de Jairo.

Vemos a Cristo entre dos grupos de personas, tres en cada uno. En un lado, junto a la cama de la hija, están sus padres: tres parientes sanguíneos. En el otro lado están Pedro, Santiago y Juan: tres parientes espirituales. Cristo, como el séptimo, está en el medio, realizando un ritual sacerdotal con las solemnes palabras “¡Talitha cumi!”. En el lado de la relación sanguínea, la niña se levanta después de estas palabras. En el lado de la relación espiritual, externamente no sucede nada. ¿Pero qué ocurre internamente? La doncella también resucita aquí. Lo virginal-materno, lo eternamente femenino en la humanidad ha muerto. Los actos de los apóstoles están destinados a reanimarlo nuevamente. Los discípulos se convierten en portadores del principio eternamente femenino despertado. De ahora en adelante deben actuar entre los hombres, generando vida.

Así sanó Cristo en los hombres la paternidad, el principio humano como tal y la maternidad, es decir, las fuerzas del pasado, presente y futuro, dándonos la posibilidad de evitar tres peligros para el destino personal.

La resurrección de la hija de Jairo ya nos lleva más allá de la etapa del cristianismo personal. Nos indica el futuro de la humanidad. Se siente que Cristo se prepara para guiar nuevamente a los discípulos, a quienes sacó del mar a la tierra, y en la tierra llevó a la casa, – ahora ya al espacio más amplio fuera de las estrechas paredes del hogar. El cristianismo personal aún no es todo el cristianismo. Es un peldaño, tras el cual sigue otro. Este siguiente peldaño, que podríamos llamar cristianismo cósmico, está claramente y de manera evidente anunciado al inicio del capítulo 13 del Evangelio de Mateo: «En aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó junto al mar. Y se le juntó mucha gente, de manera que subió a un barco y allí se sentó, y todo el pueblo estaba en la orilla. Y les hablaba en parábolas». De la casa, Cristo conduce al mar.

Nuestro próximo artículo estará dedicado al camino en el Evangelio desde el cristianismo personal hacia el cósmico.

Traducido por J.Luelmo - may- 2026

GA052 Berlín, 7 de noviembre de 1903 - El concepto occidental de Dios - La sabiduría de los misterios egipcios, griegos e indios

     Índice

Rudolf Steiner

El concepto occidental de Dios

(La sabiduría de los misterios egipcios, griegos e indios)

Berlín, 7 de noviembre de 1903

El conocimiento de la fuente original de todas las cosas es algo de lo que el teósofo no se atreve a hablar a la ligera. La teosofía debe ser, en efecto, el camino que nos lleve a poder, por fin, comprender este concepto con nuestra capacidad de pensamiento; debe mostrarnos el camino que nos lleve a alcanzar, en la medida en que sea posible, la claridad sobre esta idea. Este camino es largo y pasa por muchas etapas, y cada una de ellas no solo debe ser atravesada, sino que en cada una debemos detenernos y aprender.

Pero no solo es importante el punto de partida, sino también la piedra angular. Si tenemos esto presente, debemos, ante todo, profundizar un poco en la naturaleza de la vida teosófica para ver cuál es la postura de la teosofía respecto al concepto de Dios. La teosofía, tal y como se persigue desde el año 1875 en la sociedad fundada por la señora Blavatsky, es algo distinto de lo que se denomina ciencia occidental, algo distinto de lo que nuestra cultura occidental y su erudición persiguen en la vida exterior. La forma en que se configura el conocimiento occidental difiere profundamente de lo que es la sabiduría teosófica. La sabiduría teosófica es ancestral, tan antigua como la raza humana, y quien se adentre en el proceso evolutivo del ser humano deseará saber cada vez más sobre el punto de partida del ser humano, más allá de lo que nuestra historia cultural de las últimas décadas ha creído tan a la ligera: que los seres humanos partieron de la incultura y la ignorancia. Veamos cómo es realmente cuando nos adentramos en la vida de los tiempos primitivos. Allí vemos que el desarrollo espiritual del ser humano partiría de una elevada fuerza espiritual de visión, que en los albores de la evolución de la humanidad la verdadera sabiduría divina estaba presente por doquier. Quien estudia las religiones primitivas recibe la luz de esa sabiduría. Nuestra época, de acuerdo con el sentido de nuestra vida, ofrece ahora al teósofo una renovación de esta vida espiritual que impregna a toda la humanidad.

Nuestra vida espiritual occidental se basa, en primer lugar, en nuestro entendimiento; se basa en la capacidad de pensamiento unilateral. Si se repasa toda nuestra cultura en Occidente, se encuentran nuestros grandes descubrimientos e inventos, nuestras ciencias y lo que estas han hecho para esclarecer los enigmas del mundo. Se encuentra el pensamiento, el pensamiento racional, la observación con los sentidos, y así sucesivamente. De esta manera, el intelecto occidental expande su conocimiento en todas direcciones. La ciencia explora el espacio celeste con instrumentos, como el telescopio, y penetra en el mundo más minúsculo de los cuerpos con el microscopio. Todo ello lo integra con el entendimiento. De este modo, nuestro saber occidental se expande en todas direcciones; sabemos cada vez más de lo que nos rodea, pero nunca logramos profundizar en nuestro conocimiento, es decir, llegar a la esencia misma de las cosas. Por eso no debe sorprendernos que la ciencia occidental no sepa cómo abordar el concepto de Dios. Debemos penetrar en la fuente del ser, en el ser espiritual. Estos conceptos no pueden combinarse ni percibirse a través de los sentidos; deben percibirse de otra manera.

Aquellos que saben que existe otro camino distinto al que sigue nuestro Occidente buscan alcanzar la sabiduría de una manera totalmente diferente. Retrocedan ustedes a la sabiduría de los sacerdotes egipcios, a los misterios griegos, a la India; retrocedan a todas esas religiones y cosmovisiones, y descubrirán que quienes buscaban la sabiduría lo hacían de una manera muy diferente a la erudición europea. La autoeducación, el autodesarrollo, era lo que buscaban ante todo los discípulos de la sabiduría. Buscaban la autoeducación a través del esfuerzo honesto del alma humana, y a través de ella buscaban alcanzar la sabiduría superior. Desde el principio estaban convencidos de que el ser humano, tal y como nace en el mundo, está destinado al ascenso, al desarrollo superior.  Estaban convencidos de que el ser humano no es una criatura acabada, de que no puede alcanzar el grado más alto de perfección de forma inmediata en una sola vida, de que debe producirse un desarrollo del ser humano y de sus capacidades anímicas, de forma similar a lo que ocurre con la planta, en la que la raíz permanece aunque las hojas y las flores se marchiten. Algo similar ocurre cuando nos ocupamos adecuadamente de la autoeducación, que en la vida terrenal produce flor y fruto, si se trabaja debidamente en ella. Así se esforzaba el discípulo de la sabiduría. Él se buscaba un guía. Este le daba indicaciones sobre cómo podía desarrollar sus órganos astrales mediante una vida adecuada. Entonces se fue desarrollando gradualmente hacia arriba. Su alma se volvió cada vez más perspicaz y amplia, cada vez más sensible a las fuentes originarias del ser. En cada nuevo nivel adquirió nuevas percepciones. Con cada nivel se acercó al Ser, cuyo concepto vamos a tratar hoy. Vio que no podía comprender a Dios con el entendimiento. Así que, ante todo, buscó elevarse a sí mismo. Estaba convencido de que el ser divino se encuentra en toda la naturaleza y también en el alma humana. Este ser divino nunca es algo acabado; es un proceso de desarrollo presente en todo lo vivo, en todas las cosas. Nosotros mismos somos ese ser divino. No somos el todo, pero somos una gotita de la misma cualidad, de la misma esencia. En lo más profundo de nuestro ser, en abismos y subterráneos ocultos que no se encuentran en la superficie del día, yace nuestro verdadero ser divino. Debemos buscarlo y sacarlo a la luz. Entonces sacaremos a la luz algo que está por encima de nuestra existencia cotidiana; entonces sacaremos a la luz lo que hay de divino en nosotros. Cada uno de nosotros es, por así decirlo, un rayo de la divinidad o, digamos, un reflejo de la divinidad. Si imagináramos la divinidad como el sol, cada uno de nosotros sería como un reflejo del sol en una gota de agua. Así como la gota de agua refleja el sol por completo, cada ser humano es un reflejo verdadero y auténtico del ser divino. El ser divino reposa en nosotros, solo que no lo sabemos; debemos sacarlo de nuestro interior. Primero debemos acercarnos a él. Goethe dice: No puede entender cómo alguien quiera llegar directamente a la divinidad. — Debemos acercarnos a ella cada vez más. El desarrollo personal nos lleva poco a poco a comprender el fundamento de la vida.

Si nos desarrollamos de esta manera, no hacemos otra cosa que llevar una vida teosófica. Todo aquello que la ciencia espiritual enseña y recomienda vivir, todas las grandes leyes que nos aclara y que sus discípulos, aquellos que realmente desean colaborar, convierten en verdad viva dentro de sí mismos, las enseñanzas de la reencarnación y del karma, la ley del destino, de los seres intermedios, del Fundamento Primordial y del Ser Universal que gobierna todo el universo, eso es el mundo interior, al que llamamos el mundo astral y el mundo mental, el mundo budhi y el mundo atma. De todos esos mundos aprendemos algo, y lo que aprendemos de ellos son escalones hacia la sabiduría que nos conducen a lo más elevado. Si intentamos ascender por esos escalones, el camino es largo. Solo aquellos que hayan alcanzado la cima más alta del desarrollo humano podrán ver algún día que tal vez tengan una idea de la magnitud de ese concepto que hoy queremos abordar de forma indicativa.

De ahí la cautela con la que la teosofía aborda el concepto de Dios. El teósofo habla de estos conceptos más o menos con el mismo espíritu con el que un hindú habla de Brahma. Si le preguntas: «¿Qué es Brahma?», tal vez te responda: «Mahadeva, Vishnu y Brahma». Brahma es una de las entidades divinas o, mejor dicho, una manifestación de la entidad divina. Pero detrás de todo ello yace, para el hindú, algo más. Detrás de todos los seres a los que atribuye la creación del mundo, yace algo que él denomina Brahma o Brahman. Brahman es sustantivo. Y si le preguntas qué hay detrás de las entidades de las que habla, no dice nada al respecto. No dice nada al respecto, porque de esto ya no se puede hablar. Todo lo que el ser humano puede decir en este sentido son indicaciones, indicaciones hacia esa perspectiva, en cuyo punto final se encuentra para nosotros la entidad divina. — A ello conduce también lo que llamamos el lema de nuestra Sociedad Teosófica. Quizás conozcan este lema. No expresa otra cosa que lo que acabo de intentar insinuar con unas pocas palabras, Por lo general, este lema se traduce con las palabras: «Ninguna religión está por encima de la verdad». — Veamos hasta qué punto toda la búsqueda teosófica va en esa dirección. — ¿Qué sabemos sobre la búsqueda humana? El conocimiento humano debe aspirar siempre, a través de las diversas filosofías y cosmovisiones, a penetrar en los misterios de la existencia y a encontrar las fuentes originarias de la vida.

Echemos un vistazo a las diferentes religiones. Aparentemente se contradicen entre sí; pero solo se contradicen si se las considera de manera superficial. Si las examinamos más a fondo, vemos que están relacionadas. Es cierto que no tienen el mismo contenido. No tienen el mismo contenido: el cristianismo, el hinduismo, el brahmanismo, el zoroastrismo, y tampoco tiene el mismo contenido la ciencia natural actual. Y, sin embargo, todas estas diferentes cosmovisiones no representan más que intentos del espíritu humano por acercarse al origen de la existencia. Hay diferentes caminos para llegar a la cima de una montaña. Desde distintos puntos de vista, un paisaje se ve de forma diferente, y así también la verdad última se presenta de manera distinta según el punto de vista desde el que se contemple. Todos somos diferentes unos de otros. Uno tiene este carácter, otro tiene aquel; uno tiene este desarrollo espiritual, otro tiene aquel. Pero todos pertenecemos también a una raza, a una tribu, a una época. Así ha sido siempre. Pero por el hecho de pertenecer a una tribu, a una raza, a una época y de tener un carácter, por ello tenemos entre los seres humanos una suma de sensaciones y sentimientos diferentes. Estos conforman las diferentes lenguas en las que los seres humanos se plantean preguntas y se comunican sobre los enigmas de la vida. El griego no podía formarse las mismas ideas que el hombre moderno, porque la mirada con la que veía el mundo era completamente diferente. Así, el teósofo ve en todas partes diferentes aspectos, diferentes tipos de sabiduría. Si buscamos la razón de ello, vemos que tenemos en nuestro interior una sabiduría primigenia oculta, pero que se revela una y otra vez, y que es idéntica a la sabiduría divina.

¿Qué se han forjado las personas a lo largo de los tiempos, y qué seguirán forjándose? Se forjarán opiniones. Son las opiniones con las que nos enfrentamos. Una opinión es diferente de otra; una está por encima de la otra. Y tenemos la obligación de ascender hacia opiniones cada vez más elevadas. Pero debemos tener claro que debemos salir del mar de las opiniones. La verdad misma sigue estando oculta en las opiniones por el momento, sigue velada, se manifiesta aún en diversas formas y aspectos. Sin embargo, podemos tener estas opiniones en nuestro interior, siempre y cuando adoptemos el punto de vista correcto, la perspectiva adecuada, respecto a las opiniones y a las verdades mismas. Nunca debemos atrevernos a creer que podemos comprender la verdad, —que Goethe identifica con lo divino—, con nuestras capacidades limitadas. Nunca debemos atrevernos a creer que sea posible llegar a una conclusión definitiva. Pero si somos conscientes de ello, entonces sentimos algo que va más allá, entonces poseemos algo de lo que la teosofía, en el sentido más elevado de la palabra, denomina «humildad sabia».

El teósofo trasciende sus propios sentimientos y pensamientos. Se dice a sí mismo: «Debo tener opiniones, pues no soy más que un ser humano, y es mi obligación espiritual formarme ideas y conceptos sobre los enigmas de la existencia; pero hay algo en mí que no puede encasillarse en un concepto limitado; tengo algo en mí que es más que el pensamiento, que va más allá del pensamiento: eso es la vida. Y esta vida es la vida divina que impregna todas las cosas, que también me impregna a mí. — Es aquello que nos lleva más allá, aquello que nunca podremos abarcar. Nunca podremos abarcarla. Pero si admitimos que en tiempos muy lejanos habremos alcanzado algo más elevado y más elevado de lo que tenemos ahora, entonces también debemos admitir que en tiempos muy lejanos tendremos otras opiniones que serán más elevadas que las que tenemos ahora. Pero no pueden tener de otra manera la vida viva que hay en nosotros.  No puede ser de otra manera; pues esta vida es la vida divina misma, la que nos conduce hacia los pensamientos más elevados que aún están por llegar, y que algún día también tendremos. Si tenemos esta percepción respecto a nuestros conceptos, y sobre todo respecto a los conceptos del Ser divino, entonces nos decimos: lo verdadero es idéntico a lo divino; lo divino vive en mis venas. Vive en todas las cosas y vive también en mí. — Y cuando pensamos este pensamiento en nuestro interior, es divino, pero no es Dios mismo y no puede abarcar la divinidad. Entonces debemos decirnos: más allá de toda opinión humana, más allá de toda opinión temporal y popular, se encuentra la verdad original, que se revela en todos ustedes, que debemos sentir y que debemos buscar con ahínco.

Pero ninguna opinión humana tiene para nosotros mayor valor que esta viva percepción de la sabiduría y la divinidad insondables que se expresan en lo que acabo de decir. Estemos convencidos de que formamos parte de la divinidad, de que Dios actúa en nosotros cuando somos seres vivos. Este es el sentido del lema teosófico: ninguna opinión humana está por encima de la vivida percepción de la sabiduría divina, siempre cambiante y que nunca se manifiesta en su totalidad. — Entonces tampoco debemos sorprendernos si, al ver las cosas así, la frase de Goethe resulta acertada:

Tal como es uno, así es su Dios;
por eso Dios fue tan a menudo objeto de burla.

Es cierto que los seres humanos no podemos formarnos otra concepción del ser divino que no se adapte a nuestras respectivas capacidades. Pero si consideramos el asunto tal y como lo acabamos de ver, debemos decir: también tenemos derecho a formarnos una concepción adecuada de lo divino. Solo hay una cosa necesaria, y es tener la buena voluntad de no quedarnos ahí. Creer que hemos alcanzado la sabiduría original sería presuntuoso. También es presuntuoso por parte de la ciencia creer que ahora ha explicado el concepto de Dios. En este sentido, nuestra cultura contemporánea se encuentra, de hecho, una vez más en uno de esos momentos bajos en los que a veces se encuentra la humanidad. Nuestra cultura contemporánea es, como ustedes saben, algo presuntuosa con respecto al concepto de Dios. Y precisamente aquellos que desean una nueva Biblia, una supuesta historia natural de la creación, son precisamente los que a menudo han caído en una presunción que les impide avanzar. Existe un escrito de David Friedrich Strauss titulado «La antigua y la nueva fe», publicado en 1872, que se presenta directamente con la idea de que es una nueva Biblia frente a la antigua, de que lo que proviene de las ciencias naturales es verdadero. Porque lo que cuenta la Biblia la sacude de tal manera que estos conceptos deben ser descartados.

Créanme cuando les digo que son los mejores quienes hoy se encuentran sumidos en tal delirio, que son los mejores quienes creen de buena fe que, a partir de la difusión del conocimiento humano, a partir de lo que se nos presenta como materia y fuerza, llegamos a la esencia primera del ser. ¿Qué es esta fe materialista en Dios que se nos presenta? A menudo son personalidades destacadas las que han llegado a decir: «La materia es nuestro Dios». — Estos átomos que se agitan, que se atraen y se repelen mutuamente, son los que deben provocar aquello que constituye nuestra propia alma. ¿Qué es la fe materialista en Dios? ¡Es ateísmo! Este se puede comparar con un nivel religioso que también existe en el mundo, pero que solo podemos encontrar correctamente si disponemos de los conceptos característicos de la nueva fe materialista. Lo que el materialista ofrece y adora es materia muerta y fuerza muerta. Echemos la vista atrás a la época de la antigua Grecia, y no nos fijemos en las profundas religiones de los misterios, sino en la religión popular de los griegos. Sus dioses eran humanos, eran seres humanos idealizados. Si retrocedemos a otros niveles de la existencia, encontramos que los seres humanos adoraban a los animales, que las plantas eran para ellos símbolos de lo divino. Pero todo ello eran seres que tenían vida en sí mismos. Eran niveles superiores a los que tenían los salvajes, que se enfrentaban a un trozo de piedra y lo adoraban como si estuviera vivo. El trozo de piedra no se diferencia en nada de lo que es fuerza y materia. Por increíble que parezca, los materialistas se encuentran al mismo nivel que esos adoradores de fetiches. Ciertamente, dicen que no adoran en absoluto la fuerza y la materia. Cuando dicen eso, les respondemos: no tienen una idea correcta de lo que el adorador de fetiches siente ante su fetiche. Los adoradores de fetiches aún no son capaces de elevarse a una concepción superior de Dios. Su cultura no se lo permite. Para ellos, es legítimo adorar una imagen que ellos mismos se han creado. Hoy en día, esta opinión no solo la comparten los salvajes, sino también los materialistas. Pero quien hoy en día es un adorador científico del fetiche, quien se crea a sí mismo la imagen de la materia y la fuerza y la adora, es culpable de algo. Gracias al nivel cultural que hemos alcanzado, podría darse cuenta, si quisiera, del nivel tan bajo en el que se ha quedado estancado.

Si hoy nos vemos rodeados por esta concepción de Dios, que resulta casi paralizante, nos decimos: «Esa es una razón para hablar de la concepción de Dios». — Por eso, quizá pueda recomendar un libro. Se dice que es un gran mérito de Feuerbach, el filósofo, haber defendido a un Dios llamado «fantástico». Feuerbach publicó, en efecto, un libro en 1841 en el que defendía el punto de vista de que debemos invertir la frase: «Dios creó al hombre a su imagen», y decir: «Los hombres se crearon a Dios a su imagen». — Debemos tener claro que los deseos y las necesidades del ser humano son tales que le gusta ver algo por encima de sí mismo. Así, su imaginación se crea una imagen a su propia semejanza. Los dioses se convierten en imágenes del ser humano. Con ello, se dice que Feuerbach expresó una sabiduría elevada y sublime. Pero si nos remontamos a la época de la antigua Grecia, al Egipto antiguo y así sucesivamente, vemos que, una y otra vez, los seres humanos se imaginaban a los dioses tal y como ellos mismos eran. Así pudieron formarse también representaciones de dioses con forma de toro y de león: si los seres humanos eran, en su alma, semejantes a los toros, entonces los toros se convertían en sus dioses, se hacían semejantes a los toros; si eran semejantes a los leones, entonces los leones y las imágenes semejantes a los leones se convertían en sus dioses. Así pues, no se trata de una sabiduría nueva. Es una sabiduría que en nuestra época solo vuelve a extenderse.

Pero ¿no es cierto que, en realidad, el ser humano se crea a sus propios dioses? ¿No es cierto que nuestras opiniones sobre los dioses brotan de nuestro propio pecho? ¿No es cierto que, cuando miramos a nuestro alrededor en el mundo, no vemos lo divino con los ojos, ni con los sentidos? Quien quiera ver con los sentidos y comprender con la razón, hablará como, por ejemplo, Du Bois-Reymond, el gran fisiólogo: «Creería en un gobernante del mundo si pudiera demostrarlo; si pudiera demostrarlo como el cerebro humano. Pero entonces, al igual que puedo demostrar la existencia de haces nerviosos en el cuerpo humano, también tendría que poder demostrarla en el mundo exterior». — En el mundo exterior, tal y como lo conciben Du Bois-Reymond y los más modernos, no podemos encontrar a la divinidad. Estas opiniones suyas han sido creadas en su propio pecho, como dice Feuerbach.

 Pero también se puede decir: ¿qué es lo que habla en el alma humana cuando esta se forma opiniones y pensamientos? — Sabemos que nosotros mismos somos parte de esa esencia divina, sabemos que Dios vive en nosotros. Sabemos que los seres humanos somos, por así decirlo, el eslabón final de todas las cosas que nos rodean en este mundo físico, el ser más noble y perfecto dentro de este mundo. ¿No debemos decir entonces que el ser humano, en la medida en que se desarrolla físicamente, se desarrolla a imagen de Dios como el ser más perfecto? ¿Quién no estará de acuerdo con Goethe cuando expresa su opinión con estas hermosas palabras: «Cuando la naturaleza sana del ser humano actúa como un todo, cuando se siente en el mundo como en un todo grande, bello, digno y valioso, cuando el bienestar armónico le concede un éxtasis puro y libre: entonces el universo, si pudiera sentir, exultaría por haber alcanzado su meta y admiraría la cima de su propio devenir y ser».

El ser humano reflexiona; los pensamientos brotan de su pecho. Pero, ¿qué es lo que habla desde el pecho del ser humano? Es Dios mismo quien habla desde él, —siempre que el ser humano esté dispuesto a escuchar desinteresadamente esa voz interior, sin dejar que sus intereses y aficiones cotidianas la ahoguen. Eso es precisamente: aunque se trate de la voz humana, en ella se encuentra la voz de Dios. Por eso no es de extrañar que en la voz humana encontremos diversos aspectos, diversas concepciones sobre la sabiduría divina primordial. Una humildad superior, espiritual, es lo que debe impregnar al teósofo si quiere hacer suyo este concepto de Dios. Ante todo, debe tener claro que la vida es un aprendizaje eterno, que nunca se queda con una sola opinión; que todo está en evolución. También el alma humana está en evolución. Entonces se deduce por sí mismo que hay almas de nivel inferior y de nivel superior. Así, hay almas que aún no han avanzado mucho en su concepción de Dios, y, por otra parte, hay almas que hace tiempo que han superado lo común y se han apropiado, junto con conceptos elevados del mundo, de conceptos sublimes de Dios.

Es el saber europeo y americano el que se cree sabio y sublime, tan sabio y sublime que nada lo supera. Cada uno cree poseer la suma de toda la sabiduría. Muy diferente es aquel que se aferra a la sabiduría oriental y aquel que se aferra a la sabiduría teosófica. Se dice a sí mismo: lo que has alcanzado, lo puedes superar cada día si sigues avanzando por el camino. Todo lo que has alcanzado es tu bien interior. Pero no debes descansar, debes seguir adelante y escuchar la voz de la naturaleza y de tu propio pecho.

Nada es tan perjudicial para la cultura intelectual occidental como nuestra crítica desenfrenada. Porque nunca se plantea desde la perspectiva de que hay que seguir evolucionando, de que nunca se debe tener un juicio definitivo sobre una cosa. El teósofo nunca tendrá esto. Con audacia y valentía se dirá a sí mismo lo que ha reconocido como verdad: «Despierto en todos los que quieren escucharme el mismo sentimiento de que anhelo, una y otra vez, niveles más elevados y cimas más altas de la existencia y la sabiduría». Así se dirá el teósofo. Nunca llegaremos al final del desarrollo del alma; nunca tendremos un mundo cerrado. Buscaremos el camino que nos lleve a conocimientos más allá de nuestros sentidos, hacia los mundos superiores, pero que, sobre todo, nos dé una sensación correcta.  Por muy desarrollados que estemos, debemos profundizar cada vez más en el mundo y comprender las fuentes de la vida con mayor profundidad de lo que somos capaces hoy en día, mientras nos encontramos inmersos en la vida y la sensibilidad occidentales. Debemos comportarnos como seres humanos de un nivel superior. Por eso es tan difícil estar a la altura de la sabiduría que nos transmiten los seres altamente desarrollados, seres que en la escala evolutiva de la humanidad ya han alcanzado un grado más elevado que el ser humano común. Son seres que tienen mucho que decir. Debemos tener sensibilidad para percibir dónde está la grandeza; entonces aprenderemos a escuchar y a prestar atención.

Con este espíritu, la teosofía pretende crear una corriente espiritual que atraiga a un núcleo de la humanidad que vuelva a creer, con sinceridad y verdad, que el alma humana es un producto de la evolución. Si hace millones de años el gusano que vivía entonces hubiera dicho: «He llegado a la cima más alta de la existencia», entonces el gusano no habría podido evolucionar hacia el pez, ni el pez hacia el mamífero, ni hacia el simio, ni hacia el ser humano. Inconscientemente, creían que podían superarse a sí mismos, que debían crecer hacia alturas cada vez mayores. Creían en algo que los elevaba por encima de su propia esencia, y eso es lo que constituye la fuerza de su devenir. Los seres humanos, en realidad, no podemos sentirnos en contra de la naturaleza. Debemos sentirnos en armonía con la naturaleza. Aquello que la naturaleza posee inconscientemente en su interior como fuerza del devenir, aquello de lo que cada vez debemos ser más conscientes: esa conciencia debe ser la fuerza de nuestro desarrollo. Debemos tener claro que debemos desarrollarnos más allá de nosotros mismos. Exactamente igual que en el mundo de los seres vivos, donde el mamífero imperfecto convive con el perfecto, donde uno se ha quedado, por así decirlo, rezagado en un nivel inferior, mientras que el otro ha alcanzado antes un nivel superior y, sin embargo, convive con el inferior, exactamente igual ocurre con los seres humanos. En la humanidad, las diferentes personas conviven unas junto a otras en distintos niveles de desarrollo.

Debemos admitir que nuestro concepto de Dios es mezquino en comparación con el que tiene un ser sublime. También debemos admitir que nuestro concepto actual de Dios será mezquino en comparación con el que la humanidad se formará dentro de millones de años, cuando haya evolucionado. Por eso debemos situar el concepto de Dios en una perspectiva infinita, llevarlo en nosotros como una vida viva. El hecho de que nos acerquemos a ello, de que debamos esforzarnos por ello, es lo que distingue el concepto teosófico de Dios de todos los demás. No negamos ninguno de estos conceptos. Tenemos claro que todas ellas están justificadas, según las capacidades humanas. Pero también tenemos claro que ninguna es exhaustiva. Tenemos claro que no podemos sumarnos a quienes siembran la discordia entre las diferentes opiniones. Las diferentes corrientes religiosas deben coexistir, no enfrentarse.

Y ahora llegamos al punto de definir lo que llamamos el concepto de Dios. No es panteísmo, ni un concepto panteísta, ni un concepto antropomórfico, ni un concepto delimitado. No adoramos a tal o cual dios, sino que adoramos, más allá de Brahma, al Brahman que venera el hindú, quien aún tiene una percepción de aquellas cosas ante las que solo conoce el silencio. Tenemos claro que podemos experimentar a este ser divino en la vida. No podemos imaginarlo, pero vive en nosotros como la vida misma. Esto no es conocimiento de Dios, ni ciencia de Dios; la teosofía tampoco es teología. La teosofía quiere encontrar el camino; es la búsqueda de Dios. 

Un filósofo alemán se ha expresado sobre este tema con palabras breves, pero acertadas. Schelling dijo: «¿Acaso se puede demostrar la existencia de la existencia?». Las diversas pruebas de la existencia de Dios no pueden servir de guía hacia Él; como mucho, nos llevan a formarnos una idea de la divinidad. Una prueba verdadera solo es necesaria cuando hay que llegar a una cosa a través de nuestro concepto. Dios vive en nuestras acciones, en nuestras palabras. Por lo tanto, no se trata de demostrar la existencia de Dios, sino solo de formarnos opiniones sobre Él y esforzarnos por que sean cada vez más perfectas. De eso se trata y a ello se ha propuesto contribuir la «Sociedad Teosófica».

Quienes hoy adoptan una perspectiva teológica no tienen ni la más mínima idea de cuáles fueron los sentimientos que marcaron el rumbo en este sentido en épocas pasadas. Quisiera recordarles a una figura destacada del siglo XV, que ya en aquel entonces era, en realidad, un teósofo, un teósofo en el sentido más estricto de la palabra. Era un cardenal católico. Me gustaría recordar al sutil teósofo Nicolás de Cusa, porque puede ser un modelo a seguir para nosotros, los teósofos de hoy. Él afirmó que en todas las religiones hay un núcleo, que son diferentes aspectos de una religión primigenia, que deben reconciliarse, que deben profundizarse. Hay que buscar la verdad en ellas, pero sin pretender poder alcanzar la verdad primigenia misma.

Cusanus trata de comprender el concepto de Dios de una manera profunda. Si comprenden esta visión de Cusanus, se harán una idea de que el cristianismo, incluso en la Edad Media, contó con mentes importantes y profundas, mentes de tal calibre que hoy en día, con nuestras concepciones, nos resulta imposible imaginarlas. Así dice Cusano, —y también algunos otros predecesores suyos: tenemos nuestros conceptos, nuestros pensamientos. ¿De dónde provienen todas nuestras ideas humanas? De lo que nos rodea, de lo que hemos experimentado. Pero lo que hemos experimentado no es más que una pequeña manifestación de lo infinito. Y si nos dirigimos a lo más elevado, tomemos el concepto mismo del ser. ¿No es también este un concepto humano? ¿De dónde tenemos el concepto del ser? Vivimos en el mundo. Este causa una impresión en nuestros órganos sensoriales, en nuestros ojos. Y de lo que vemos y oímos, decimos: es. Le atribuimos el ser. En el fondo, decir «una cosa es» significa lo mismo que: la he visto. «Ser» tiene la misma raíz que «ver». Cuando decimos que Dios es, estamos atribuyendo a la divinidad una idea que solo hemos obtenido a partir de nuestra experiencia. Con ello no decimos otra cosa que Dios tiene una cualidad que hemos percibido en diversas cosas. Por eso Cusano pronunció unas palabras profundamente significativas. Dice: «A Dios no le corresponde el ser, sino el más allá del ser». — Esa no es una idea que podamos obtener con nuestros sentidos. Por eso, en el alma de Cusano también vive la sensación de lo infinito. Es profundamente conmovedor cómo dice este cardenal: «He estudiado teología toda mi vida, también me he dedicado a las ciencias del mundo y, —en la medida en que pueden ser comprendidas con la razón—, también las he entendido». Pero entonces tomé conciencia de mí mismo, y así he experimentado: en el alma humana vive un yo que es despertado cada vez más por el alma humana. — Esto es lo que se lee en Cusano. El significado de lo que dice va mucho más allá de lo que hoy pensamos e imaginamos.

Por muy necesario que sea llegar a conceptos claros y bien definidos respecto a todo lo que experimentamos en el mundo, también es necesario que, ante la idea de Dios, seamos conscientes en todo momento de que nuestra percepción debe ir más allá de todo lo que percibimos con la razón y con los sentidos. Entonces tendremos claro que no debemos reconocer a Dios, sino buscarlo. Entonces veremos cada vez más cuál es el camino hacia el conocimiento de Dios y nos desarrollaremos hacia él. Si Dios no es en nosotros una vida cerrada, sino la vida viva misma, entonces esperaremos hasta que, a través de los caminos emprendidos por la teosofía, se desarrollen fuerzas espirituales superiores. Dios no solo reina en este mundo, sino también en aquellos mundos que solo puede ver quien tiene el ojo del alma abierto a todos esos mundos de los que habla la teosofía. Y habla de siete grados de conciencia humana. Sabe que el desarrollo humano significa: no quedarse estancado en el grado físico de la conciencia, sino ascender a grados más elevados y cada vez más elevados.

 Quien lo haga, al principio solo tendrá una idea muy superficial de ello. Sin embargo, nunca debemos desanimarnos, sino tener claro que tenemos el derecho de formarnos opiniones, y opiniones cada vez más elevadas, sobre el ser divino; pero que es presuntuoso creer que alguna vez una opinión pueda agotar el objeto. Debemos tener claro que debemos tener en nuestro interior los sentimientos y emociones adecuados; entonces, el sentimiento que surge de la contemplación volverá a ser devoto, y volveremos a sentir reverencia. Solo hemos perdido la capacidad de sentir reverencia a causa de los pensamientos europeos. La reverencia y la devoción son algo que hay que despertar de nuevo. Pero ¿qué puede despertar más nuestro respeto que aquello que existe como entidad divina, como fuente original del ser? Si volvemos a desarrollar la devoción, entonces nuestra alma será calentada y encendida por algo completamente diferente, a saber, por aquello que, como sangre vital, fluye por el universo. Eso se convertirá en una parte de nuestro ser.

De ello habla también Spinoza. Spinoza desarrolló en su «Ética» conceptos sobre la divinidad, y concluye su «Ética» con un himno a la divinidad. La concluye en este sentido: solo aquel hombre ha alcanzado la libertad, solo aquel hombre se crea también un sentimiento profundo, un sentir que deja que la divinidad fluya en él, cuyo conocimiento se une en el amor. Amor dei intellectualis, —amor a Dios basado en el conocimiento—, es decir: el amor del espíritu hacia Dios, que descansa en el conocimiento, es el amor mismo de Dios. No se trata de un concepto, ni de una idea limitada, sino de vida viva.

Así pues, nuestro concepto de Dios no es una ciencia de Dios, sino la confluencia de todo aquello que podemos experimentar como ciencia, la unión de todo ello en un sentimiento vivo, en la vida en el sentimiento de lo divino. La palabra teosofía no debería traducirse como «sabiduría de Dios», sino como «sabiduría divina» o, mejor aún: la búsqueda de un camino hacia Dios, la búsqueda de una divinización cada vez mayor. «Búsqueda de la sabiduría», eso es.

En mayor o menor medida, siempre han pisado este terreno aquellos que se han elevado a las esferas más altas de la existencia. Entre ellos, también Goethe, que fue mucho más teósofo de lo que normalmente se supone, y que es, ante todo, el poeta teosófico de los alemanes. Solo puede entenderse plenamente cuando se ilumina con la luz de la teosofía. Entre muchas otras verdades que yacen ocultas en las obras de Goethe, se encuentra también el principio mismo de la teosofía. En un pasaje destacado, Goethe afirmó: ¡Ninguna religión es más elevada que la verdad! — Goethe estaba profundamente imbuido de ello. Así como toda existencia tiene una forma, también nuestros pensamientos tienen forma. Así como todo ser con forma es una parábola, también nuestras concepciones de Dios son una parábola de Dios, —pero nunca lo divino en sí mismo. También frente al concepto de Dios, que es efímero, y frente a la imagen de lo que es imperecedero, se aplica la siguiente frase de Goethe:

Todo lo efímero no es más que una parábola.

Traducido por J.Luelmo - marzo, 2026