Rudolf Steiner
Berlín, 28 de abril de 1904
Si una corriente de pensamiento quiere imponerse a lo largo del desarrollo de la humanidad, una corriente que no goza del reconocimiento o quizá ni siquiera del conocimiento de los llamados círculos influyentes, de los círculos intelectuales dominantes, entonces debe luchar constantemente contra las fuerzas opuestas que se destacan dentro de la cultura humana.
Para entender esto, solo necesitamos recordar lo que sucedió cuando el cristianismo tuvo que imponerse frente a antiguas formas de pensamiento, frente a una antigua corriente espiritual en el mundo. Solo necesitamos recordar cómo, al inicio de la nueva dirección espiritual, Galileo, Copérnico y Giordano Bruno tuvieron que luchar contra los llamados círculos dominantes y autoritarios. Podemos suponer que la corriente espiritual iniciada por Giordano Bruno tuvo que luchar contra lo tradicional.
En una situación similar se encuentra hoy la corriente espiritual, que desde hace varios
Por supuesto, hoy no queremos entrar en la discusión con todo el amplio círculo de opositores a la visión del mundo teosófica. Más bien queremos limitarnos a lo que está relacionado con nuestra erudición contemporánea; queremos examinar la relación de nuestra erudición actual con aquella visión del mundo que se representa aquí, que se llama teosófica y que yo he intentado llamar desde hace algún tiempo científico-espiritual, y queremos someter la relación de los círculos eruditos con esta concepción del mundo a una consideración.
Quizás no sea tan insignificante después de todo comenzar esta reflexión con pequeños síntomas. Un pequeño diccionario de conversación muy difundido, un llamado diccionario de bolsillo de conversación, que en su portada o al menos en su prólogo dice que ha sido compilado por las mejores mentes científicas, debería ser el primero en hacerlo. Si lo abrimos en la entrada «Teosofía», encontramos como explicación solo dos palabras: «Buscador de Dios, soñador.» Ahora bien, naturalmente, este tipo de reflexión erudita sobre el teósofo ya no es común en todos los demás libros de referencia similares. Pero probablemente, quien quiera aprender algo sobre teosofía no obtendrá mucho más sagaz de estos otros diccionarios similares que de esta breve nota.
Ahora he intentado, al menos de manera superficial, revisar en los verdaderos diccionarios filosóficos,
En general, tampoco se ve muy bien si queremos orientarnos sobre lo que se defiende aquí como teosofía, basándonos en lo que la erudición contemporánea sabe al respecto. Pero será aún más fácil: descubrirán que esta erudición contemporánea quiere juzgar a la teosofía basándose en un par de pequeñas cosas que ha recogido de algún que otro folleto teosófico sobre lo que es la teosofía. Podemos tener la extraña experiencia de escuchar un encogimiento de hombros y el comentario: «lo que difunde la literatura teosófica no es más que recalentar unos cuantos conceptos budistas» o «no es más que un supersticioso espiritismo expresado de otra manera». Cosas así las oirán a montones. Pero lo que escucharán poco será una respuesta real a la pregunta: Sí, ¿qué es realmente la teosofía? Puede que te encuentres con eso, tal vez no solo en reuniones de café, lo que realmente ocurrió recientemente en una de esas reuniones de café, pero que no es nada irrelevante para toda la actitud de nuestros contemporáneos hacia la teosofía. Una dama le dijo a otra: ¿Cómo es que te has convertido en teósofa? Eso es algo terrible, algo espantoso. Piensa en lo que le haces a tu familia, piensa cómo te estás enfrentando a lo que piensan los demás.—Luego guardó silencio unos segundos y dijo: Oye, ¿qué es en realidad eso de la teosofía?
Esto no proviene precisamente de círculos académicos, pero por su tipo, también podría encontrarse realmente en círculos académicos. Puedes encontrar una y otra vez el juicio de que la teosofía no es nada científica, que no es más que un delirio de algunas personas fantásticas, que sobre todo hace afirmaciones que no se pueden probar.
Hoy aquí no se pretende en absoluto, cuando se trata de una característica de la relación de nuestra erudición con la teosofía, hacer una crítica, ni siquiera una crítica de nuestra relación con los círculos académicos. Porque nadie, más que aquel que desde el punto de vista teosófico observa nuestra educación académica actual, sabe mejor que de la educación académica actual, de las ideas y conceptos que se han formado a partir de la educación escolar de hoy, no puede surgir nada más que un encogimiento de hombros arrogante y un poco engreído sobre lo que la Teosofía afirma y lo que realmente, para esa erudición —porque no puede entenderlo mejor— no puede aparecer de otra manera que como fanatismo y como charla totalmente no científica.
Queremos ser realmente justos con esta erudición. El teósofo realmente se mantiene en un punto de vista y debe mantenerse en uno, el cual quiero mostrar con un ejemplo que no ocurrió en suelo teosófico, pero que fácilmente podría haber ocurrido en suelo teosófico. El teósofo se encuentra en una situación similar frente a la erudición contemporánea cuando rechaza el desprecio y la acusación de fanatismo, como en el ejemplo del recientemente fallecido filósofo Eduard von Hartmann frente a la interpretación materialista-darwinista de la naturaleza. No se pretende aquí tomar partido por la «Filosofía del Inconsciente» de Eduard von Hartmann. Pero constantemente se debería señalar la manera en que él se enfrentó a sus oponentes. - Era el año 1869 cuando apareció la «Filosofía del Inconsciente», un libro por el cual el teósofo no tiene por qué necesariamente tomar partido, un libro que sin embargo fue en su momento una hazaña audaz. Y precisamente en la relación de este libro con la erudición de entonces puede surgirnos un ejemplo de la manera en que hoy en día el científico de la mente o el teósofo se enfrenta a sus oponentes. Esta «Filosofía de lo inconsciente» fue, de alguna manera, una acción audaz. En esa época, cuando las olas de la ciencia materialista se elevaban, cuando la ciencia materialista se había desarrollado hasta convertirse en una especie de religión materialista, libros como «Fuerza y Materia» de Büchner, otros libros de Vogt, Moleschott y similares, que veían en la fuerza y la materia, en la existencia puramente sensorial y material, lo único real, causaban sensación, tuvieron muchas ediciones y conquistaron corazones y almas. En ese tiempo, cualquiera que no coincidiera con este coro del materialismo, que hablaba de un espíritu auto-creador, era considerado un tonto y un ingenuo. En ese tiempo, en el que se pensaba que la obra de Darwin proporcionaba el pensamiento científico para el materialismo, en ese tiempo, cuando la filosofía misma era una palabra que se consideraba algo totalmente superado, Eduard von Hartmann publicó su «Filosofía del inconsciente», una filosofía que, a pesar de sus grandes errores, tiene la ventaja de que lleva el mundo de vuelta a lo espiritual de manera implacable, buscando en todas partes, en todos los fenómenos, la base de lo espiritual, aunque lo espiritual se considere inconsciente o tenga un rango particularmente elevado. Lo que es seguro es que el espíritu se mantiene firmemente en contra de la dirección materialista. Mientras que en aquel entonces la corriente darwinista explicaba la naturaleza completamente a partir de la fuerza y la materia, Eduard von Hartmann intentó comprenderla de tal manera que el espíritu quedara visible como la finalidad interna de una acción espiritual. — Llegaron aquellos que creían poder mirar con desdén todo lo que hablara de espíritu y juzgaban: Nunca ha existido algo tan amateur como esta «Filosofía de lo Inconsciente». Aquí habla una persona que en realidad no ha aprendido nada sobre todas las manifestaciones que el darwinismo ahora explica de manera tan científica. En esa época hubo muchas publicaciones en contra. Una también apareció de un autor desconocido. En la portada decía: «Lo inconsciente desde el punto de vista de la teoría de la descendencia y del darwinismo». Era una refutación completa de la «Filosofía de lo Inconsciente». El autor mostraba que estaba al tanto de lo más nuevo en la ciencia natural. Ernst Haeckel dijo en un folleto que era una lástima que el autor no se hubiera identificado, ya que él mismo no habría podido presentar nada mejor contra Eduard von Hartmann que lo que estaba en ese escrito. Oscar Schmidt escribió un folleto y aclaró que ningún naturalista habría podido decir algo mejor contra el ilimitado amateurismo de Eduard von Hartmann que el autor anónimo de este folleto. Se llama a sí mismo nosotros y nosotros lo consideramos uno de los nuestros. - El folleto se agotó rápidamente y apareció una segunda edición con el nombre del autor. Y eso fue suficiente para silenciar a todos. Era Eduard von Hartmann. Desde entonces reina un silencio general en el coro de aquellos que sobre el amateurismo de la «Filosofía de lo Inconsciente» no escribieron sobre Eduard von Hartmann, sino que en su propia locuacidad escribieron sobre el folleto, que había aparecido sin el nombre del autor.
Se pueden poner algunos peros a tal procedimiento, pero no se puede negar que fue efectivamente eficaz. Aquél que al principio había sido presentado como ignorante, ha demostrado a los círculos eruditos que todavía podía ser tan inteligente como ellos. Permítanme usar esta expresión trivial, sería bueno, aunque algo anacrónica, hacer lo mismo. Pero fácilmente, muy fácilmente, aquel que se encuentre en la cúspide de la cosmovisión teosófica, podría también escribir todo ese material que hoy se fabrica contra la Teosofía. Esto debe destacarse ante todo: la Teosofía no es algo que se oponga a la ciencia verdadera y genuina, si se entiende correctamente. La Teosofía siempre podrá comprender la verdadera y genuina ciencia, tal como Eduard von Hartmann podía entender a sus oponentes. Lo contrario, en uno u otro caso, no es tan fácil de lograr. Pero también debemos comprender de dónde pudo haber surgido esto.
Si hoy les diera una conferencia solamente sobre lo que nuestros eruditos saben de la teosofía, la charla de hoy podría haber sido bastante breve, y apenas habría necesitado estar frente a ustedes más que unos pocos segundos. Pero quiero profundizar más, quiero hablar sobre por qué y por cuáles razones nuestro conocimiento contemporáneo puede saber tan poco sobre lo que en la teosofía se propone como una nueva manera de entender las cosas del mundo.
Si hoy miramos a nuestro alrededor en la literatura académica contemporánea, encontraremos que estas consideraciones difieren, ya exteriormente, de toda la literatura de hace aproximadamente cien años. Si tomamos un libro que, por ejemplo, lleva el título: El origen del ser humano, el hombre y su posición en el mundo, entonces encontraremos que apenas se nos cuenta algo más que cómo en un momento el hombre no vivió en la Tierra y cómo luego comenzó su existencia en la Tierra en un estado infantil, semi-animal. Entonces se nos indica que ancestros animales vivieron en la Tierra antes de ese tiempo y que estos se transformaron gradualmente en el hombre de hoy. - Si tomamos otro libro que debería enseñarnos sobre los secretos del cosmos, entonces encontraremos que se nos cuenta lo que se puede ver a través del telescopio y lo que se puede lograr con las matemáticas. En otras palabras: en todas partes nos encontramos, incluso allí donde se trata de las cuestiones más importantes, con lo que en mi libro sobre «La visión del mundo de Goethe» me permití llamar - el fanatismo de los hechos, ese fanatismo de los hechos que se aferra a los hechos sensoriales, a lo que nuestros sentidos pueden percibir, o como mucho, a lo que los sentidos armados pueden percibir. A esto pertenece también todo lo que hoy se presenta de manera más detallada en todos los tipos de escritos populares, y que el ser humano puede enseñar únicamente a partir de los hechos científicos establecidos sobre los enigmas y misterios del mundo. Y si echamos un vistazo a los círculos que solo se alimentan de tales libros, descubriremos que en realidad existen todo tipo de etapas intermedias, pero que estas etapas intermedias se encuentran entre dos extremos. Un extremo son los eruditos racionales. Solo considerarán como válido científicamente aquello que pueden ver y combinar con su entendimiento de lo que han visto. Ahí se explora el mundo con instrumentos en todas direcciones. Se buscan documentos escritos, se investiga el tiempo y el desarrollo de la humanidad a partir de hechos puros. Para algunos esto debería ser ciencia natural, lo otro debería ser historia.
En la historia a veces uno llega a cosas bastante notables. Especialmente cuando se trata de experiencias de las ciencias del espíritu. Ahí se encuentra que hay personas que escriben libros gruesos sobre los antiguos gnósticos, por ejemplo, o sobre alguna rama antigua de la sabiduría espiritual, pero que ni siquiera se les ocurre querer saber algo de esa sabiduría espiritual en sí. Lo consideran puramente de manera histórica, registran únicamente los documentos escritos y con eso están satisfechos. Hoy en día no hace falta ser gnóstico para escribir sobre la gnosis. Eso se considera prácticamente un principio en los círculos académicos actuales. Y como mejor principio se considera estar lo más poco involucrado posible con las cosas sobre las que uno escribe. Si tomamos este fanatismo de los hechos por un lado, tenemos más o menos lo que lleva a que ciertos círculos eruditos digan: Estas cosas podemos constatar, estas cosas sabemos; lo que va más allá es asunto de fe. Sobre eso, cada uno puede creer o no lo que quiera. - El resultado de esta mentalidad es cierta indiferencia hacia todos los objetos, pensamientos y realidades que van más allá de los hechos puramente sensoriales. Entonces se dice: Si alguien los necesita para su fe, se los dejamos, pero la ciencia no tiene nada que ver con eso. Se erige una gruesa barrera entre ciencia y fe, y la ciencia no debería ser otra cosa que lo que se puede percibir puramente con los ojos y oídos, nada más que la observación de hechos y lo que se abstrae de ellos. No se debería examinar nada más. - Pero entonces surge algo más que dice: No es correcto que en algún punto la ciencia se detenga, sino que es correcto que el ser humano se desarrolle cada vez más y que en la creación vaya formando y desarrollando cada vez más fuerzas, de modo que pueda saberlo todo, que no hay límites para el conocimiento. Si bien los últimos objetos del conocimiento solo se pueden alcanzar a una distancia infinitamente lejana, son tales que siempre podemos acercarnos más a ellos. No se deben levantar límites en ninguna parte. Parece la cumbre de la arrogancia cuando aparecen representantes que afirman que esta habilidad duerme en cada persona. Solo desarrollenla y verán que los objetos que antes eran objetos de su fe pueden convertirse en objetos de su conocimiento, de su sabiduría. Con los objetos que se refieren a la inmortalidad del alma, al mundo espiritual, al gran y pequeño mundo en el espacio y al desarrollo completo del ser humano, no es diferente que con las cosas que también nos encontramos en la ciencia natural corriente. —O ¿qué sabe una persona que toma un libro popular sobre astronomía sobre propia experiencia acerca de lo que el libro le dice? Les pregunto, ¿cuántos sabios hay entre los que creen en la historia de la creación materialista? ¿Cuántos hay entre los que juran por el espíritu materialista que alguna vez han visto a través de un microscopio y saben cómo investigar estas cosas? ¿Cuántos creen en Haeckel y cuántos saben en este ámbito? La investigación la puede realizar cualquiera, si dedica tiempo y energía a ello. De la misma manera ocurre con las cosas espirituales.
Huelga decir que las cosas simplemente dejan de existir. Es lo mismo que decir que lo que está en la historia de la creación de Haeckel hay que creerlo y que uno no puede investigarlo por sí mismo. La teosofía nunca habla de los objetos y cosas del mundo superior en ese sentido. Se ha acostumbrado llamar Teosofía a esta ciencia espiritual. No porque tenga como objeto exclusivo a Dios, sino porque distingue entre el hombre exterior y sensorial, que ve, oye, huele, saborea y toca con sus cinco sentidos y combina las impresiones sensoriales con su intelecto ligado al cerebro —y el otro hombre que habita en este cuerpo físico, que duerme en él pero puede despertarse, y que tiene órganos espirituales y herramientas sensoriales espirituales igualmente funcionales como el cuerpo tiene herramientas sensoriales físicas. Como el cuerpo ve con el ojo físico, así ve el espíritu con el ojo espiritual. Y como el cuerpo oye con el oído físico, así oye el espíritu con el oído espiritual.
Cuando el ser humano toma en sus propias manos su desarrollo espiritual, estos órganos de percepción espiritual pueden desarrollarse, de manera que el hombre interior pueda mirar dentro de un mundo espiritual. Como a un ser interior así se le llama divino, por eso hago la distinción. Lo que el hombre sensorial externo ve, da sabiduría sensorial, y lo que el hombre interior divino ve, es, a diferencia de la sabiduría sensorial, Teosofía, sabiduría divina. Así es como se entiende cuando se habla de Teosofía. No se habla de Teosofía porque el objeto de investigación sea Dios, porque Dios es algo que solo podría revelarse al ocultista al final de todas las cosas, en la cima de la perfección. Investigar a Dios, aunque sabemos que en él vivimos, nos movemos y existimos, eso es lo que menos se atrevería a hacer un teósofo. Así como nadie que se sienta en la orilla del mar y meta la mano en el agua creerá que puede vaciar todo el mar, tampoco el teósofo creerá que puede abarcar a Dios. Pero así como quien está en la orilla y saca un puñado de agua sabe que lo que saca es de la misma naturaleza que todo el vasto mar, el teósofo también sabe que lo que lleva como chispa divina en sí mismo es de la misma esencia que la deidad. El teósofo no afirmará que su ser puede contener a la deidad, ni dirá que en su alma humana habita la divinidad infinita, o que el hombre mismo es Dios. Eso nunca le cruzará por la mente. Lo que sí dice, lo que puede vivir y experimentar, es otra cosa: que en el hombre vive una parte de la divinidad, de la misma naturaleza y esencia que toda la deidad, así como el agua en la mano es de la misma naturaleza y esencia que todo el inmenso océano. Así como el agua en la mano y el agua del mar son de la misma naturaleza y esencia, lo que habita en el alma también lo es con la deidad. Por eso llamamos divino a lo que está en el interior del ser humano, y la sabiduría que el hombre puede explorar en su interior, la llamamos sabiduría divina o teosofía.
Este es un razonamiento que cualquiera tendría que admitir si solo quisiera pensar lógicamente. A menudo se objeta a la teosofía: ustedes exigen que el ser humano pase por un desarrollo. Pero resulta que no todos pueden verificar lo que la teosofía afirma. Nunca afirmará quien comprende las cosas que no cualquiera, si solo tuviera la paciencia, fuerza y perseverancia necesarias, no podría llegar a lo que algunos han alcanzado a lo largo del desarrollo de la humanidad. Pero hay algo más en las llamadas pruebas de las verdades teosóficas. Se encuentra mucho en la literatura teosófica y en las conferencias teosóficas, o se escucha en algún lugar dentro del movimiento teosófico, de lo cual quien se ha formado a partir de nuestro espíritu del tiempo se dice: Son afirmaciones. Uno puede aceptarlas, ningún teósofo las prueba; simplemente las afirma. — Esta expresión sobre las pruebas es algo que aparece una y otra vez, algo que siempre se objeta a la teosofía. ¿Cuál es la situación realmente con esto? La situación es la siguiente.
Una comparación aclarará lo que quiero decir. Imaginen que tienen frente a ustedes un cuadro que representa, digamos, alguna escena, alguna leyenda de santos. Pueden intentar entender este cuadro de dos maneras. Una vez, se colocan frente al cuadro e intentan revivir en su alma lo que vivió en el alma del pintor. Intentan despertar en su alma lo que el cuadro representa como contenido espiritual. Hay algo en él que quizá eleva su alma interiormente, la llena de nobleza, algo que anima su alma por dentro.
Esas son dos formas diferentes de mirar una imagen. Sería tonto decir de una de ellas: Estás viendo algo que no es verdadero. - No, él está viendo algo que es totalmente verdadero. Está mirando la manera en que el color se adhiere al lienzo y cómo está compuesto. Mira si los colores se han agrietado y demás. Esas pueden ser verdades reales. Entonces llega el segundo y le dice al primero: Eso no es lo correcto, lo que tú piensas. Eso es solo un pensamiento. Lo que yo investigo, se puede establecer de manera objetiva.
Quiero poner otro ejemplo al lado, para que nos entendamos perfectamente. Digamos que alguien puede tocar una sonata en un piano. Tú escuchas esta sonata con oído musical, te deleitas en el maravilloso reino de los tonos que esta sonata transmite. Esta es una manera de investigar lo que está pasando aquí. Sin embargo, otra manera podría ser la siguiente. Llega alguien y dice: no me interesa lo que se escucha con el oído musical. Pero ahí hay un piano, en él hay cuerdas tensadas. Estas cuerdas se mueven. Ahora quiero pegar a estas cuerdas lo que llamamos 'pequeños indicadores de papel'. Saltan cuando la cuerda se mueve y así puedo estudiar dónde se mueven las cuerdas y dónde están en reposo. De lo que tú escuchas con tu oído quiero prescindir por completo. Eso no se puede determinar objetivamente. – Así como este segundo observador se comporta respecto al primer observador, así se comportan con los teósofos los eruditos que les he descrito. A ningún teósofo se le ocurriría negar la erudición. Así como quien se entusiasma por el contenido intelectual de una imagen no dirá que lo que investigas sobre el color no es verdadero, así tampoco quien tiene oído musical dirá que lo que examinas con los papelitos no es verdadero —porque es verdadero—, igualmente verdadero es lo que el naturalista descubre sobre su materia. No se debe objetar nada a eso. Pero esta ciencia natural pasa por alto lo que realmente importa en el proceso del mundo. Así como lo que importa pasa por alto quien solo mira los papelitos, y también lo que se escapa a quien solo estudia el color y tal vez el material, el lienzo.
Ahí vienen algunos y dicen que existe un sujeto que solo vive en el alma y que no se puede determinar objetivamente. Hay que investigar lo que realmente se puede comprobar. Afuera solo vive la materia etérica vibrante, la sustancia vibrante. Claro. Como teósofo le respondes a alguien así: si solo estudias la sustancia, afuera solo encontrarás tu sustancia, igual que aquel que se tapa los oídos, solo ve lo que se puede observar en los papelitos voladores.
Hace unos pocos años todavía se cometían grandes tonterías con esta objetividad de la investigación natural. Esta es la llamada teoría atomista, donde se llama subjetivo a lo que el ser humano percibe como sensación sensorial, lo que percibe como sonido, color y demás, y se lo atribuye a procesos objetivos. Y estos procesos deberían ser vibraciones de alguna sustancia. En aquel entonces se decía - como ejemplo - siempre solo Rojo. Rojo, se decía, solo está en tu ojo. Afuera en el espacio no hay nada más que una vibración del éter de tantas y tantas millones de oscilaciones. — Así, esta pseudociencia, que ya no es ciencia sino religión, transformaba el mundo de las percepciones en una suma de átomos, todos en movimientos vibrantes. Esta tontería de transformar todo lo que experimentamos con contenidos vivos y llenos de color en procesos abstractos, que no son más que cosas calculadas, cosas solo pensadas y especuladas, esta tontería ha ido retrocediendo un poco últimamente. Vemos cómo incluso el átomo y el movimiento oscilante son vistos por investigadores inteligentes solo como un enfoque de cálculo, y cómo en los círculos de pensadores más avanzados ya no se preocupan por la inexactitud de las hipótesis atómicas, y así sucesivamente. Pero se ha asentado en la mente de la gente la idea de ver el mundo como un nada objetiva, como meros procesos de vibración materialista, tanto que en los primeros años del movimiento teosófico también penetró ahí y en la propia teosofía. Tuvimos que experimentar que el movimiento más espiritual fue afectado de manera severa por el materialismo. Tuvimos que ver que en los libros teosóficos más diversos se podía leer una y otra vez: esto es esta vibración y esto es aquella vibración. Especialmente los libros ingleses no se cansaban de hablar de vibraciones.
Es una característica de nuestro tiempo que en el movimiento espiritual haya podido entrar esta dirección materialista. Aún nos llevará mucho tiempo superar esta enfermedad infantil de la teosofía. Pero solo entonces, cuando llegue el momento en que dentro de la teosofía hayan desaparecido todas las conversaciones sobre átomos que se mueven, haya desaparecido esa construcción elaborada de algún tipo de mónadas que bajan girando desde las alturas y lo absorben todo —una idea materialista grotesca— solo entonces se reconocerá que en la teosofía se trata solo de reconocer lo espiritual como tal, y cuando esté claro que se deja de lado en la ciencia materialista los papelitos vibrantes y el estudio de los colores y del lienzo, y que en la teosofía se trata del desarrollo de los sentidos superiores, del conocimiento de los sentidos superiores, de lo que el ser humano ve con las fuerzas del alma superiores, resume y comprende lo que escucha con el oído musical, es decir, lo que la cuerda vibrante expresa espacialmente, entonces se podrá entender algo más o menos qué es la teosofía.
Por lo tanto, también tenemos que renunciar, completamente renunciar, a creer, por ejemplo, que una especie de armonía entre la erudición actual y la teosofía sea posible. Eso no es posible. — Esta armonía solo llegará cuando la propia erudición esté lo suficientemente avanzada como para poder entender la teosofía. Ciertamente, estamos tratando con el estudio de los colores —químicamente—, con el estudio de las líneas, con el estudio del lienzo, con el estudio de las tablillas de papel sobre las cuerdas en movimiento, pero eso no excluye que, con el desarrollo superior de las fuerzas espirituales, en lo mismo que investigamos externamente, se revele lo espiritual-superior. La erudición actual está lejos de comprender algo así. Se muestra indulgente ante esta erudición cuando, por ejemplo, se ve lo incapaz que es quien ha surgido de esta erudición de comprender algo que se enseña en el sentido más profundo y, al mismo tiempo, ha surgido de ciertas ciencias espirituales. Sé que digo algo altamente cuestionable para muchos de los que pueden estar sentados aquí con formación en la física. Pero es algo que señala de manera sintomática aquello de lo que tengo que hablar. ¿Qué físico no hablaría con desprecio sobre lo que se llama la teoría del color de Goethe? Hablar de esto hoy en día es prácticamente imposible, pero vendrán tiempos, —y no están tan lejos—, en los que todo lo que hoy se considera objeción contra la teoría del color de Goethe será visto como un prejuicio anticuado. Más sobre la teoría del color de Goethe puedes leerlo en mi libro sobre «La visión del mundo de Goethe».
La teoría del color de Goethe nace de una cosmovisión espiritual y, para quien pueda entenderlo, esta teoría del color por sí sola ya es la prueba de lo profundamente que pensaba Goethe. Pero él tampoco parte del prejuicio de que el color sea un éter vibrante. Él más bien se basa en un terreno que se puede describir así, como ahora intentaré hacer. Les pido que me sigan en mi sutil razonamiento. Cuando alguien mira hacia afuera y ve el color rojo, su ojo primero percibe rojo. Ahora llega el físico y dice que ese rojo es solo subjetivo. Es un proceso en el espacio o en el cerebro. Pero lo que realmente está afuera no es más que un movimiento del éter vibrante. Si ahora alguien llega y dice que lo que ves es solo aparente, que es solo un movimiento del éter vibrante, entonces se puede responder lo siguiente: intenta imaginar este movimiento del éter vibrante. ¿Entonces es incoloro? Debe ser incoloro, porque quieres explicar el color a partir de las vibraciones. Así que lo que hay afuera debe ser incoloro. Y me pregunto, ¿tendrá quizás otras propiedades, tendrá quizás la propiedad del calor? Ahí viene el físico y dice que el calor también viene solo del movimiento vibratorio. Pero lo más curioso de estas personas es cuando dicen que estas vibraciones no tienen propiedades sensoriales, sino solo aquellas que podemos conocer. Sin embargo, si se considera subjetivo lo que dicen los sentidos, entonces también hay que asumir como subjetivo lo que uno piensa. Y entonces también hay que decir que lo que calculaste como masa nebulosa vibrante es aún más subjetivo, nunca se percibe, sino que solo se calcula. Todo eso se calcula de manera subjetiva. Quien tiene claro que lo que experimentamos en nuestro interior es objetivo y que lo objetivo puede volverse lo más subjetivo, tiene derecho a decir que lo calculado también tiene una existencia objetiva. Tampoco llegará a considerar el rojo y el verde, do y sol sostenido, como meras apariencias subjetivas.
Ahora les he dicho toda una serie de cosas que para cualquier persona con pensamiento científico hoy en día son herejías terribles. Bueno, se habla mucho de que los tiempos han cambiado. Sí, los tiempos han cambiado desde la época de Giordano Bruno. En ese entonces aún no existía el dogma de la infalibilidad. Hoy en día, como saben, en ciertos círculos católicos existe el dogma de la infalibilidad. Pero este dogma de la infalibilidad no nació únicamente del catolicismo. Nació como ley externa, como dogma externo. Sin embargo, como actitud, el dogma de la infalibilidad también vive en el espíritu de los pensadores materialistas, de los librepensadores monistas. Se consideran - no quiero decir que cada uno se vea como un pequeño papa - pero sí se consideran tan infalibles que todo lo que no provenga de sus círculos lo consideran supersticioso. Y si uno se enfrenta a estos físicos y psiquiatras infalibles - no lo dirán abiertamente, pero se siente - entonces será descartado. Ya no se lo quema, pero se le hace imposible usando los medios que hoy están de moda.
En los teósofos no se trata de que algo reciba aprobación. Ante la verdad, la aprobación es totalmente indiferente. Para quien ha comprendido la verdad de un teorema matemático, es completamente irrelevante si un millón de personas están de acuerdo o no. Las verdades no se deciden por mayoría. Quien ha reconocido una verdad, la ha reconocido y no necesita aprobación. Así, el movimiento teosófico valorará precisamente a los confesores prudentes. No quiere tener niños, sino personas que, con toda cautela, a través de un examen profundo, formen un juicio propio. La invitación a la precaución es algo que me inspira una profunda simpatía.
De lo que he intentado mostrar, habrán podido deducir que la teosofía está muy lejos de criticar la erudición contemporánea. ¿Debería el teósofo combatirla? Haría algo muy tonto, porque sería como si alguien que observa un cuadro con desagrado quisiera atacar a quien estudia la composición química de los colores. Si, por ejemplo, desde la perspectiva teosófica se defiende un fenómeno como el de Ernst Haeckel, eso no tiene por qué estar mal. Se puede defender si se reconoce desde un nivel más alto, viendo cómo aparece y sabiendo cómo debe situarse en el desarrollo del mundo. El teósofo sabrá indicar la posición correcta de la evolución contemporánea en cada ámbito.
Así es la relación de la nueva corriente del espíritu que intenta mirar el mundo tal como siempre lo han mirado ciertos espíritus elegidos. Pero en los últimos siglos no ha sido posible dar esta ciencia espiritual de la manera en que antes se daba. Lo que hoy se llama Teosofía es una pequeña parte de una sabiduría universal más amplia, de lo que se llama la ciencia secreta. Esto es algo que ha existido en individuos humanos selectos durante milenios, sí, desde que hay seres humanos. Pero en la forma en que lo poseían algunos grandes espíritus, no podía darse a la gran multitud. Sin embargo, tampoco se les negó por completo a las masas.
Si examina los mitos y leyendas de los pueblos, si los examina de manera imparcial, verá que estos mitos y leyendas son la expresión figurativa de una ciencia que contiene más sabiduría de la que ofrece la ciencia actual. La ciencia actual lo consideraría fantasioso si se dijera que en estos cuentos hay sabiduría. Además, esta sabiduría del mundo ha sido proclamada de maneras diferentes en las distintas religiones, dependiendo de cómo cada pueblo la utilizaba según su temperamento y clima. Si observamos todo lo que la humanidad ha recibido en las formas más diversas, esto nos lleva a un núcleo común, a una sabiduría mundial integral. No todo puede ser entregado hoy a toda la humanidad, porque quien se eleva hacia esta sabiduría mundial tiene que atravesar ciertas pruebas internas. Solo a quien las atraviesa se le puede confiar esta sabiduría mundial. Incluso la parte elemental se transmitía antes únicamente a un círculo muy reducido de alumnos bien preparados, con las correspondientes cualidades intelectuales, morales y afectivas. Hoy en día todavía hay personas que consideran incorrecto que la teosofía transmita las sabidurías ocultas a las grandes masas de personas. La acusación, sin embargo, es infundada, porque hoy en día simplemente no se puede hacer de otra manera. Quien entiende la estructura del espíritu de nuestra época, sabe que la verdad interior y la sabiduría de la visión religiosa del mundo se sienten alienadas, porque ya no se las puede comprender. Antes era diferente. Entonces, la sabiduría que hoy proclama la Teosofía era para beneficio del individuo. A la gran masa se le daban en imágenes lo que debía recibir de sabiduría. La mente de las masas estaba preparada para captar esas imágenes. La gran masa podía vivir solo con esas imágenes. La verdad estaba en las religiones, la verdad estaba en los fundamentos religiosos. Eso es lo que la Teosofía nos hace comprender de nuevo en lo más profundo. En aquellos tiempos, el ser humano podía captarlo con el sentimiento. Hoy, los tiempos exigen que también pueda entender lo que contienen las religiones. Así es como lo que se llama ciencia oculta se ve obligada a manifestar algo, a contribuir a la veracidad de las religiones, a ofrecer al menos lo elemental de la verdad espiritual. Sería un tiempo desolado y vacío si la humanidad estuviera alejada de todo conocimiento de los mundos espirituales y de toda conexión con ellos. Solo quien no entiende la cuestión puede creer que la humanidad podría existir sin relación alguna con lo espiritual, sin fe en el espíritu y en la inmortalidad. Así como la planta necesita savia nutritiva, el alma necesita lo que está en la base de lo espiritual. La teosofía no quiere fundar una nueva religión. Pero sí quiere acercar la verdad al ser humano de nuevo, en una forma adecuada para la persona de hoy, en la forma del entendimiento reflexivo. Así, la teosofía llevará la antigua verdad en una forma nueva a nuestros contemporáneos, sin dejarse distraer por aquellos que, partiendo de la superstición materialista, se oponen a esta corriente espiritual.
Así como la ciencia natural externa se apoya en lo que investiga y calcula con la ayuda del microscopio y el telescopio, del mismo modo la teosofía se servirá del instrumento más importante del que habla Goethe: lo que es el oído entrenado del músico, eso es el alma humana frente a todas las herramientas -, y además:
Misteriosa a plena luz del día
La naturaleza no se deja despojar del velo,
Y lo que no quiera revelar a tu espíritu,
No se lo arrancarás con palancas y con
[tornillos].
Quien comprende el mundo es el instrumento más perfecto, y apoyándose en la visión espiritual, la teosofía irá produciendo cada vez más de esos instrumentos.
La respuesta a la pregunta de qué saben nuestros eruditos sobre el verdadero nervio de la teosofía es, nada. - No pueden saber nada, porque todos sus hábitos de pensamiento no pueden llevarlos a otra cosa que considerar la teosofía como algo fantasioso. Pero quien ha comprendido que la erudición aún no puede involucrarse en la teosofía, que parte de fundamentos completamente diferentes, también entenderá cuán necesario será que esta erudición profundice en la estructura del espíritu. ¿Qué floraciones no produce esta erudición? Pero una verdadera comprensión del alma primero puede hacer comprensibles esas cosas que la erudición actual conoce. O, ¿qué debe pensar aquel que se ha considerado a sí mismo como un gran espíritu, siguiendo a Goethe, Schopenhauer, Conrad Ferdinand Meyer y otros, qué debe pensar cuando esta erudición materialista ha llegado tan lejos que en un librito sobre la enfermedad de Goethe, sobre la enfermedad de Schopenhauer, también en otras obras, se pueden encontrar estas enfermedades explicadas desde el punto de vista de la psiquiatría materialista? La locura circular se llama a un cierto tipo de enfermedad mental. Demencia precoz es otra, y paranoia una tercera. Estas tres formas de locura se toman como base para mostrar que incluso en grandes espíritus, considerados guías de la humanidad, se pueden encontrar síntomas que se consideran propios de enfermedades mentales. En Schopenhauer se encontraron los síntomas de la locura circular, paranoia en Tasso, Rousseau y otros. De hecho, el mismo autor ha calificado a un número aún mayor, a una cantidad aún mayor de personas, como de mente débil. Se trata, en efecto, del autor del libro sobre la debilidad fisiológica de la mujer, que afecta con ello a la segunda mitad de toda la humanidad. Sería fácil observar al autor desde su propio punto de vista y examinarlo a fondo. Sin embargo, de todas estas cosas no hay nada que reírse. La ciencia materialista debe llegar a ello, porque son verdades parciales. Pero solo se puede llegar a la luz correcta si se ve el espíritu que actúa detrás. Entonces se ve que, a menudo, con los mismos síntomas, se debe comprar un desarrollo espiritual más elevado, así como, por otro lado, la salud con otros síntomas. Esto solo se puede hacer si se explica y se observa desde arriba, es decir, desde el punto de vista teosófico.
Quisiera decir algo más. Ustedes saben que he hecho referencia a tiempos antiguos del desarrollo, donde la cultura de hoy aún no existía, donde hubo un continente entre la Europa y América actuales, el continente de la antigua Atlántida. Ya he señalado que esta Atlántida está siendo redescubierta por los naturalistas. En la revista «Kosmos», número 10, un naturalista habla de animales y plantas que vivieron en esta Atlántida. Un naturalista de este tipo lo admitirá, pero no admitirá que otros seres humanos vivieron allí en aquel entonces. No admitirá que la antigua tierra atlante estaba cubierta por un amplio mar de niebla, que el suelo de Atlántida no estaba cubierto por un aire como el que forma nuestra atmósfera hoy, que la expresión que los antiguos pueblos de Europa Central tienen en sus mitos: Hogar de Niebla, señala algo real, algo verdadero, que nuestros antepasados atlantes vivían en una tierra de niebla. He señalado esto varias veces. - Hace unos días se dio una conferencia en una famosa sociedad de investigación de la naturaleza, donde se señaló que lo más probable es que en la época de nuestros antepasados atlánticos grandes extensiones de tierra en la Tierra estuvieran cubiertas de niebla. Esto se infiere de manera especulativa a partir de varias otras observaciones. Y sobre todo se señala que las plantas que necesitan sol, es decir, las que crecen en el desierto, son de fecha más reciente y en aquel entonces aún no existían, mientras que aquellas que necesitan poca luz solar pudieron existir en hogares con niebla, siendo estas más antiguas.
Aquí pueden ver cómo la ciencia natural, al reflexionar, les dice lo que la teosofía ya había dicho antes. Vemos ante nosotros un tiempo en el que esta ciencia natural también tendrá que admitir poco a poco otras cosas. No será así en el futuro, que la teosofía tendrá que acomodarse a las fantásticas teorías atómicas objetivas, sino que los hechos que la teosofía proclama desde la visión superior serán confirmados por la ciencia natural externa. Ese será el rumbo que tomará el desarrollo futuro. Aunque los eruditos de hoy no sepan nada de esto todavía, sus propios avances los indicarán. - A ningún pensador se le debería ocurrir dudar de que con un alma desarrollada se puede ver, se puede percibir más que con los simples sentidos y la mera razón. El reconocimiento del ser humano desarrollado como el instrumento más alto y perfecto para explorar el mundo, eso es lo que la teosofía quiere que se reconozca. Todo lo demás se deduce por sí mismo. Diga usted que el hombre ha alcanzado los niveles más altos y que no se va a desarrollar más, entonces no necesita teosofía. Pero si dice que las leyes que gobernaron en el pasado también gobernarán en el futuro, y que algunos siempre han estado por encima de otros en su entorno, acepte eso, entonces ya está en principio con la mentalidad teosófica. Uno no se vuelve teósofo por decir las palabras teosofía, fraternidad, unidad, y así sucesivamente. La fraternidad es algo que todos los buenos seres humanos comprenden. — Cuando veo que la gente siempre habla de fraternidad y luego veo que sienten un placer interno al hablar de fraternidad, armonía y unidad, siempre me recuerda al horno y al primer principio de la Sociedad Teosófica, que exige formar el núcleo de una fraternidad humana universal. Es inútil decirle al horno: Oye, querido horno, calienta la habitación y haz que esté cálida. - Si uno quiere que el horno caliente, entonces tiene que ponerle combustible y encenderlo. Hay que ponerle combustible. Esa es la fuerza espiritual, la capacidad de ver y supervisar mediante la exploración de los mundos superiores. A través de la exploración del mundo espiritual, esa verdad y sabiduría penetrará en las almas humanas, y esa sabiduría y conocimiento por sí mismos deberán conducir a la fraternidad general de la humanidad. Así alcanzaremos lo que se dice en el primer principio del programa teosófico, cuando el ser humano pueda ser un instrumento que mire dentro de los mundos espirituales. Cuando se saquen los órganos de percepción ocultos en el ser humano del alma, la Teosofía será un progreso que se podrá seguir. Si uno compara esta actitud, que surge de la teosofía, con la actitud de los teósofos, de grandes y elevadas personalidades que vivieron en tiempos antiguos, también la encontramos en una frase de Herder: Nuestra naturaleza delicada, sensible y finamente perceptiva ha desarrollado todos los sentidos que Dios le ha dado. No puede prescindir de ninguno, porque lo que resulta del uso total de los órganos es evidente para todos. Son las vocales de la vida, y así sucesivamente.
Si aquí se toma en cuenta solo los sentidos físicos externos, aún podemos decir en el sentido teosófico: los sentidos corporales y mentales deben ser desarrollados, porque de la armonía de los órganos de percepción físicos y mentales surgirán no solo las vocales de la vida, sino también las del vida espiritual, eterna e infinita.
Como dice Goethe en su poema «Los misterios». El ser humano no es ni libre ni esclavo, está en desarrollo.
Cuando el hombre se supera a sí mismo,se libera de la fuerza que ata a todos los seres,
* nota En la biblioteca de Rudolf Steiner se encuentra este «Diccionario de términos y expresiones filosóficas, elaborado con base en fuentes por el Dr. Rudolf Eisler», Berlín 1899 y siguientes. El artículo citado dice: «Teosofía: Sabiduría de Dios, conocimiento inmediato, intuitivo y especulativo de Dios, relación de todo conocimiento y acción con Dios (Plotino, gnósticos, místicos, J. Böhme, V. Weigel, Swedenborg, Baader, Schelling).» P. 773.
Traducido por J.Luelmo - may 2026-
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