CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA181 Berlín, 30 de julio de 1918 - Tres épocas del cuarto período postatlante: 747-27 a. C.: pérdida de la conexión de los seres humanos con el cosmos; percepción de la totalidad humana en la cultura griega. 27 a. C. - 693 d. C.: la Iglesia impide la comprensión del misterio del Gólgota, el ser humano es remitido al mundo exterior. 693-1413:

     Indice


RUDOLF STEINER

TRES ÉPOCAS DEL 4º PERÍODO POST ATLANTE:

DEL 747 - 27 a.C. PÉRDIDA DE LA CONEXIÓN CON EL COSMOS

PERCEPCIÓN DE LA TOTALIDAD HUMANA EN LA CULTURA GRIEGA 27 a.C. - 692 d.C.

LA IGLESIA IMPIDE LA COMPRENSIÓN DEL MISTEIO DEL GÓLGOTA 693 - 1413 d.C.


Berlín, 30 de julio de 1918

Hoy voy a esbozar algunas cosas más a partir del contexto que ya hemos intentado comprender en el transcurso de las últimas reflexiones. Comprender el presente, con sus diversas corrientes espirituales y materiales, es extremadamente difícil, y no se debe creer que se puede comprender este presente confuso sin la voluntad de reconocer lo que, en el fondo, se ha estado preparando durante mucho, mucho tiempo en el seno de la historia. Hoy queremos mirar atrás, en la medida en que nos lo permite nuestra ciencia espiritual, al llamado cuarto período postatlante.

Como ustedes saben, debemos situar el inicio de este periodo aproximadamente en el año 747 antes del misterio del Gólgota, y para nosotros concluye con el comienzo del siglo XV, más o menos en el año 1413. Así pues, contemplamos este período, —las cifras deben tomarse, por supuesto, como lo que son en relación con estas cosas—, porque en él vemos ciertas fuerzas relacionadas entre sí que se diferencian de manera esencial de todas las fuerzas que predominan en los períodos anterior y posterior. Este período, que llamamos el desarrollo del alma intelectual o racional en la naturaleza humana, puede dividirse a su vez en tres épocas más pequeñas: un período que podemos delimitar aproximadamente de tal manera que comience alrededor del año 747 antes de Cristo, —que es también la verdadera fecha de fundación de Roma—, y termine aproximadamente en el año 27 antes del misterio del Gólgota. El segundo período más pequeño se extendería desde ese año 27 hasta aproximadamente el final del siglo VII, hasta el año 693 después de la fundación del cristianismo; y el último, el tercer período más pequeño dentro de este más grande, abarca el tiempo desde 693 hasta aproximadamente 1413. Desde entonces, desde aproximadamente 1413, nos encontramos en la época que proporciona a nuestro desarrollo espiritual las fuerzas espirituales que, en cierta medida, ya conocemos por su naturaleza. Así como se puede delimitar claramente el cuarto período postatlante en relación con el desarrollo del alma de la humanidad de los tres anteriores, el proto-indio, el proto-persa y el egipcio-caldeo, y como se puede delimitar claramente de lo que ya ha seguido y aún está por venir, también se pueden destacar momentos característicos dentro de este período para el desarrollo de la humanidad cultural, en la medida en que se tienen en cuenta en el proceso de desarrollo de la humanidad dentro de estos períodos más pequeños indicados.

Para el período comprendido entre el 747 y el 27 antes del misterio del Gólgota, se tienen en cuenta, por supuesto, preferentemente aquellos pueblos que viven alrededor del Mediterráneo. En estos pueblos vemos cómo se forma una constitución anímica muy determinada. La historia dice poco sobre esta constitución anímica, porque en este caso la historia no quiere adquirir las ideas, los conceptos, para abordar lo que realmente es característico en ella. Si se quiere describir este período que acabo de delimitar, se puede decir lo siguiente: durante este tiempo, las almas humanas se desarrollan, por razones internas del desarrollo de la humanidad, de tal manera que, en cierto sentido como almas, se separan de la conexión con el mundo espiritual universal. Si nos remontamos a la civilización egipcia y caldea, que es el período del alma sensible, encontramos allí un marcado sentimiento de pertenencia de estas almas humanas al cosmos. El alma sensible en la naturaleza humana sentía entonces que el ser humano era un miembro de todo el cosmos.  No se puede comprender la característica de lo que conocemos como desarrollo egipcio, caldeo o babilónico si no se tiene en cuenta que, en aquella época, el ser humano, en cierto modo, con la sensación, con los sentidos, captaba algo de la observación del mundo que expresaba en él ese sentimiento de pertenencia al cosmos espiritual. Así como nuestros dedos de la mano se sienten, por así decirlo, como una parte de nosotros mismos, el ser humano egipcio y caldeo se sentía todavía como un miembro del cosmos espiritual. En relación con este sentimiento cósmico, en el siglo VIII antes de nuestra era se produjo una crisis, una verdadera catástrofe para la humanidad. Las almas humanas habían debido su anterior sentimiento de pertenencia al cosmos a su antigua clarividencia atávica, más onírica. En aquellos tiempos antiguos, los seres humanos no percibían las cosas como las percibimos hoy. Percibían, —lo que la ciencia profana, pero ignorante en este sentido, denomina «animismo»—, al mismo tiempo que lo espiritual, lo divino, a través de sus sentidos. De este modo, se sentían conectados con el espíritu del cosmos. 

Esta conexión se desvaneció. Por un lado, este desvanecimiento tuvo como consecuencia muchos fenómenos de decadencia, pero por otro lado también dio lugar a toda la maravillosa cultura griega. Porque esta cultura griega, basada principalmente en lo que el ser humano experimenta como ser humano, como ser humano aislado en el universo, se debe al hecho de que el ser humano ya no se sentía como un miembro del cosmos, sino como una totalidad humana, como algo completo en sí mismo como ser humano. En cierto modo, se había desprendido del cosmos y había comenzado una «vida total en sí mismo». Si la vida espiritual griega se hubiera visto invadida por la misma disposición anímica que había permanecido desde la antigüedad, por ejemplo en el hinduismo, y que aún tenía cierta conexión con lo cósmico, no se podría imaginar que bajo este sentimiento de pertenencia al cosmos hubiera podido surgir la hermosa cultura griega. Todo lo que en la cultura griega se manifestó como esplendor y gloria, todo lo que se desarrolló de manera menos agradable, en otros ámbitos todo ello se desarrolló en el período comprendido entre los siglos VIII y I antes de Cristo. La humanidad se replegó en lo anímico, en lo meramente humano. En esta época se produjo entonces el movimiento de la humanidad hacia el misterio del Gólgota. No olvidemos que el misterio del Gólgota siempre tendrá algo que, en cierto modo, no puede ser comprendido del todo por el entendimiento humano, ni siquiera por el entendimiento suprasensible humano. Siempre quedará un resto sin resolver. Lo que se consumó con la entrada de Cristo en la evolución terrenal no puede, como he explicado en diversas consideraciones anteriores, disolverse completamente en conceptos humanos, ni siquiera en sentimientos y sensaciones humanos. Pero esto está relacionado con el hecho de que este misterio del Gólgota tenía que desarrollarse, en cierto modo, de tal manera que la humanidad civilizada estuviera preparada durante este acontecimiento para no vivir este misterio del Gólgota tan plenamente, sino para dejarlo pasar junto a su propia experiencia humana. Piensen que esto, dejarlo pasar junto a la experiencia humana propiamente dicha, se manifiesta históricamente de forma bastante clara. ¿Cuánto ha tenido en cuenta realmente la humanidad civilizada del Mediterráneo lo que ocurrió con Cristo Jesús en la lejana provincia judía de Palestina? ¡Qué poco ha influido esto en la conciencia de la humanidad civilizada, incluso para Tácito, que escribió un siglo después del misterio del Gólgota!

Por un lado tenemos la corriente de la humanidad cultural y, por otro, aquella corriente en la que se desarrolla el misterio del Gólgota. Ambas se desarrollan, en cierto modo, una junto a la otra. Esto solo pudo suceder porque, mientras se desarrollaba el acontecimiento divino, el ser humano, el ser humano cultural, se había separado de lo divino y vivía una vida que no tenía relación directa con lo espiritual. Así, en la Tierra se produjo un acontecimiento espiritual que, en realidad, acompaña a la cultura humana. Una relación así, de coexistencia entre la cultura exterior y un acontecimiento misterioso, es totalmente impensable en todos los períodos culturales anteriores de la humanidad. Nunca antes había ocurrido algo así, porque la cultura humana se sabía relacionada con lo que ocurre en el plano divino-espiritual. Es muy característico y muy significativo que la cultura profana, que discurría en paralelo al misterio del Gólgota, estuviera alejada de este acontecimiento, que el ser humano se hubiera separado.

Y en el segundo período, que comienza aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota y concluye 693 años después, toda la cultura centroeuropea se dedica en realidad a impedir que la cultura profana se acerque a la comprensión del misterio del Gólgota. Lo que digo puede parecer muy extraño si se tiene en cuenta que el cristianismo se instaló en esta cultura profana europea, que se extendió por toda la cultura centroeuropea. Pero la expansión se produjo en el sentido que ya he caracterizado recientemente. El misterio del Gólgota estaba solo. Ciertamente, de manera dogmática externa, se incorporó a la cultura profana todo tipo de cosas, lo que se expresa así: Cristo estaba allí, tuvo apóstoles, consiguió esto o aquello para la humanidad, dijo esto o aquello sobre la relación del ser humano con lo divino. Esto se incorporó en gran medida a la cultura profana en forma de frases externas, pero junto a esta incorporación externa, prevalecía otra cosa: que en realidad toda la humanidad que acogió el cristianismo precisamente en esos siglos se mantuvo alejada de la comprensión interna del misterio del Gólgota. Con la ayuda de la gnosis, con la ayuda de cierta preparación a través de los tesoros de sabiduría transmitidos por el antiguo paganismo, se podría haber abordado precisamente esto: ¿qué sucedió realmente con el misterio del Gólgota? Pero no se hizo. En realidad, se declaró herejía todo lo que podría haber llevado a la comprensión del misterio del Gólgota, y se intentó verter en fórmulas más o menos triviales lo que nunca puede verterse en fórmulas triviales, lo que, en relación con el misterio del Gólgota, solo puede comprenderse con los contenidos más elevados de la búsqueda de la sabiduría.

Por tanto, las instituciones que se crearon en los primeros siglos del desarrollo cristiano no tenían como objetivo conectar con el misterio del Gólgota, sino hacer vivir en el alma humana algo que en realidad estaba muy lejos del verdadero sentimiento interior de comprensión y pertenencia al misterio del Gólgota. La Iglesia era más bien una institución para no comprender el misterio del Gólgota que para comprenderlo. Quien siga lo que los distintos concilios, lo que en general las maquinaciones eclesiásticas se esforzaron por lograr en aquellos tiempos, encontrará que todo lo que se pretendía era introducir ciertas ideas dogmáticas en la vida humana, pero pensar sobre las cosas relacionadas con el misterio del Gólgota de tal manera que estas se desarrollaran independientemente de la vida anímica humana. Todo tiende hacia un punto determinado, hacia ese punto que, si se caracteriza de forma radical, podría describirse de la siguiente manera.  Se puede decir que los seres humanos buscaban establecerse aquí en la Tierra con ciertas ideas sobre el misterio del Gólgota y sus efectos. Pero lo más importante para ellos no era lo que podían saber, lo que absorbían en su alma, sino que lo más importante para ellos era poder tener la premisa: independientemente de lo que los seres humanos podamos comprender, el misterio del Gólgota se ha cumplido por sí mismo, ¡y Cristo ya se encarga de que seamos salvos!, — Y la tendencia era la de relegar cada vez más la realidad de los acontecimientos espirituales a un más allá del alma, no pensar en los acontecimientos espirituales y sagrados propiamente dichos, —si se me permite utilizar esta expresión—, en relación con lo que ocurre en el pecho humano, sino separar ambos en la medida de lo posible. En esta tendencia había un objetivo, por supuesto no expresado, pero que actuaba de forma inconsciente, un objetivo que luego se manifestó con toda claridad en el octavo concilio de Constantinopla en el año 869. El objetivo era impedir que el espíritu humano se ocupara de forma individual y personal de lo espiritual, que ahora se quería limitar al misterio del Gólgota, es decir, impedir la inclinación individual y sentimental hacia la comprensión del misterio del Gólgota. Debía permanecer incomprendido. De este modo, la Iglesia pudo desarrollarse poco a poco para tener entre sus filas a personas que solo tenían una comprensión profana, que cada vez más llegaban a la creencia de que no se puede pensar en absoluto en lo suprasensible, porque lo suprasensible escapa a las fuerzas del alma humana. El pensamiento humano debe limitarse únicamente a lo que vive aquí, en el mundo físico. Las almas humanas no deben desarrollar fuerzas que puedan ser adecuadas para sí mismas, para buscar la comprensión del misterio del Gólgota. En ciertas resoluciones del octavo concilio de Constantinopla se expresa claramente que los seres humanos de Europa no deben reflexionar, —porque las fuerzas del alma humana no alcanzan ese ámbito—, sobre el ámbito en el que transcurrió la vida a la que pertenece el misterio del Gólgota.

Así, precisamente en este período intermedio de la cuarta etapa postatlante, desde aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota hasta 693 años después del mismo, se produjo para la humanidad lo siguiente: se podría decir que esta humanidad estaba destinada a creer que todo el conocimiento humano, todo el sentimiento humano, solo se calculaba para el más allá sensible; lo que no es perceptible por los sentidos, lo suprasensible o, como se quiera llamarlo, lo más allá, debía ser sustraído al sentimiento y al conocimiento humanos, al sentimiento cognoscitivo inmediato. En realidad, solo se puede comprender toda la historia de esos siglos si se tiene en cuenta lo que acabamos de caracterizar. Todas las medidas de la Iglesia católica en aquellos siglos tenían como objetivo llevar al ser humano a creer que su conocimiento espiritual solo se aplica a este mundo; en lo que respecta a lo suprasensible, debe dejar que se le acerque de una manera que no tiene nada que ver con su comprensión, con su propio conocimiento. Esto provocó que, tras el final de este periodo, es decir, en los siglos VIII y IX, se produjera una especie de oscurecimiento de la humanidad europea en lo que respecta a la relación del alma humana con lo suprasensible. Y fenómenos como los que he descrito, entre los que destaca el de Bernardo de Claraval, se explican precisamente por el hecho de que, en cierto modo, permanecen más allá de todo lo físico y sensorial y entregan el alma por completo a aquello a lo que el entendimiento humano natural no puede llegar. Este entusiasmo por lo que está más allá de toda comprensión humana debe añadirse a la disposición anímica general de Bernardo de Claraval, tal y como se entiende. Precisamente en esta personalidad se pueden encontrar algunos rasgos que parecen grandes y poderosos, porque todo lo que puede tener un rasgo más o menos distorsionado también puede tener un rasgo bello, grande y glorioso. Pero en Bernardo se pueden encontrar rasgos que indican claramente en el carácter de su alma que él es fruto de esa disposición anímica que se desarrolló de la manera descrita en los siglos indicados dentro de la cultura occidental. Se podrían citar, además de Bernardo de Claraval, muchas otras figuras, él es solo un ejemplo típico, por ejemplo, cuando habla a sus seguidores, cuyo círculo era muy amplio, de todo lo que la cruzada de la humanidad que él tenía en mente debería aportar. Luego vino el fracaso de todo el asunto. ¿Y cómo habla este hombre piadoso precisamente sobre este fracaso? Más o menos así: si todo, todo sale mal, que el juicio sobre el mal resultado recaiga sobre mí, pero no sobre lo divino, porque eso siempre tiene que tener razón. Incluso allí donde el ser humano podía saber que estaba relacionado con lo que él considera la fuerza divina y espiritual detrás de las apariencias, —lo separa de los demás—, dice: que el pecado recaiga sobre mí; lo correcto es algo que transcurre por sí solo, que, en cierto modo, fluye más allá de la corriente en la que está atrapada el alma humana.

De este modo, con el inicio de este tercer período del cuarto ciclo cultural postatlante, algo parecido a un eclipse se cernió sobre la humanidad. Esto se expresa mejor al observar cómo la humanidad, en sus conceptos, ya no era capaz de reconocer ninguna conexión con las corrientes e impulsos espirituales reales. Basta con conocer la filosofía de los siglos entre el VIII y el XV, que en todas partes tiende a demostrar que con las ideas y conceptos humanos no se debe intentar en ningún caso comprender lo que ocurre en la realidad espiritual, como se había expresado acertadamente en una fórmula , debe dejarse a la revelación, como debe dejarse al magisterio de la Iglesia.

Así se había desarrollado el poder de la Iglesia. Este poder de la Iglesia no surgió únicamente a partir de impulsos teológicos, sino que se desarrolló porque se instó a las personas a limitar sus propias facultades cognitivas, las fuerzas de su alma, únicamente a la vida física y sensorial, y a no pensar en el conocimiento de lo suprasensible. De ahí se desarrolló el concepto de fe posterior, que aún no existía en los primeros siglos, sino que solo se remonta a ellos. Este concepto de fe dice: en lo que se refiere a lo espiritual-divino solo se puede tener fe, no conocimiento. Esta separación entre la verdad de la fe y la verdad del conocimiento se formó realmente a partir de ciertos antecedentes históricos que son significativos y que hay que buscar en cosas como las que hemos mencionado. 

Desde el siglo XV, aproximadamente desde el año 1413, vivimos en un periodo, —el tercer milenio lo confirmará—, en el que nos enfrentamos, en parte, a la herencia de todo lo que ha sucedido bajo las influencias que he descrito aquí. Por un lado, nos enfrentamos a las herencias de aquella época y, por otro, seguimos enfrentándonos a algo que se está formando como algo completamente nuevo en este quinto período postatlante. Si echamos una mirada retrospectiva a ese cuarto período, nos encontramos con una especie de separación del alma humana de lo espiritual-divino, con una relegación a los procesos meramente externos, físicos y sensoriales. Esto también era nuevo en aquel cuarto período. Ya he indicado anteriormente que no existía en la era egipcio-caldea. En nuestra era también nos enfrentamos a algo similarmente nuevo, y la tarea de la humanidad, —la humanidad ha entrado gradualmente en una época en la que la conciencia debe desempeñar un papel cada vez más importante—, la tarea de la humanidad sería comprender todo esto, comprender lo que, por un lado, es herencia de la época pasada que acabamos de caracterizar y, por otro lado, lo que surge como nuevo de nuestra época. Echemos primero un vistazo a la herencia.

Hemos visto que esta herencia consiste en que el ser humano se siente, en cierto modo, obligado a desarrollar su alma al margen de lo suprasensible. Y la herencia de esto es otra cosa, que comprenderán cada vez mejor a medida que vayan examinando los acontecimientos históricos con mayor y mayor precisión. Precisamente al examinarlo con precisión, el asunto no se somete a ninguna duda, sino que se coloca en la veracidad. Verán cómo lo que se desarrolló en aquel entonces, es decir, el deseo de mantener la fuerza del alma humana en lo sensorial, separándola de lo suprasensible, se convirtió en el quinto período cultural postatlántico, a partir del siglo XV, en un rechazo total de lo suprasensible.  En aquella época se quería, en cierto modo, mantener lo supranatural alejado del ser humano, y esto es precisamente lo que caracteriza al octavo concilio de Constantinopla del año 869. A partir de este alejamiento, que la Iglesia se propuso como tarea, se desarrolló el rechazo de lo supranatural. Se desarrolló la creencia de que lo supranatural era solo una invención del ser humano, que no tenía ninguna realidad. Si se quiere comprender realmente, desde un punto de vista histórico-psicológico, el origen del materialismo moderno, hay que buscarlo en la Iglesia. Por supuesto, la Iglesia no es más que la expresión externa de fuerzas más profundas que actúan en el desarrollo de la humanidad, pero se adquiere un conocimiento de este desarrollo humano cuando se observa más de cerca cómo realmente surge uno de otro. El ortodoxo del cuarto período postatlante decía: la capacidad de conocimiento humano solo está destinada a comprender las relaciones sensoriales; lo suprasensorial debe dejarse a la revelación, no se debe interferir en ello, porque todo lo que se interfiera es herejía y solo puede conducir a un engaño. El marxista moderno, el socialdemócrata moderno, que es el hijo legítimo de esta concepción, que no es más que la consecuencia del catolicismo de siglos anteriores, dice: toda ciencia digna de ese nombre solo puede ocuparse de acontecimientos sensoriales y físicos; no existe la ciencia del espíritu, porque no existe el espíritu; la ciencia del espíritu es, como mucho, ciencia social, ciencia de la convivencia humana. — Por supuesto, esta tendencia que acabamos de caracterizar se ha manifestado en los más diversos ámbitos de los países cultos, pero solo como un matiz.

Así pues, a partir del siglo IX, en los países centrales y occidentales de Europa se hizo necesario tener en cuenta que la vida espiritual del ser humano participa de alguna manera en ello, creyendo en lo suprasensible y sin saber nada de ello salvo por revelación, pero creyendo en lo suprasensible. Las características raciales y étnicas de Europa Central eran tales que había que tenerlas en cuenta, que no se podían dejar simplemente como estaban. Decirle a la gente: «Vuestras fuerzas humanas deben limitarse a comer y beber, y lo demás que ocurre en el mundo, lo demás vive por encima de vosotros», no se podía hacer así en Europa occidental; pero se hizo en Europa oriental, y ese es el sentido de la división de la Iglesia entre Europa oriental y occidental. En Europa oriental, el ser humano estaba realmente limitado al mundo sensorial, allí debían desarrollarse sus fuerzas. Y dentro de las alturas de los misterios, completamente ajeno a lo sensual, debía desarrollarse lo que luego condujo a la religión ortodoxa. Allí se separaba realmente de forma estricta lo que el ser humano sacaba de su humanidad y lo que era el mundo espiritual real, que flotaba y vivía única y exclusivamente en el culto que se cernía sobre el ser humano.

¿Qué tenía que desarrollarse allí? Tenía que desarrollarse, de nuevo en diferentes matices, la visión, la sensación: solo lo sensual-físico tiene realmente significado, realidad. Se podría decir: las fuerzas que no se ejercitan, sino que se tratan de tal manera que el ser humano se comporta con ellas de tal forma que las bloquea en su interior, esas fuerzas tampoco se desarrollan, se atrofian. Así pues, si durante siglos se había impedido al ser humano captar lo suprasensible en su espíritu, sus fuerzas se fueron volviendo cada vez más inútiles para captar lo suprasensible, y este desapareció por completo. Y esta desaparición completa la encontramos en las cosmovisiones socialistas modernas, cuya desgracia no radica en su socialismo, sino en que rechazan por completo lo espiritual-sobrenatural y, por lo tanto, deben limitarse a la mera estructura social de lo animal en el ser humano. Esta mera estructura social de lo animal en el ser humano ha sido preparada mediante la paralización de las fuerzas sobrenaturales del ser humano. Se ha producido porque los seres humanos se ven obligados a decirse: no queremos conectar nuestro alma, que conoce y experimenta, con lo que vive la corriente de su vida, de modo que nuestra felicidad sea provocada por ello y en lo que está enmarcado el misterio del Gólgota.

¿A qué se debe esto? Se debe a que, precisamente en este cuarto período postatlante, las fuerzas luciféricas actuaron con especial intensidad. Separaron al ser humano del cosmos, pues estas fuerzas siempre tratan de aislar egoístamente al ser humano, de desligarlo de todo el cosmos espiritual, incluso de su conocimiento de la conexión con el cosmos físico. Por eso no existían las ciencias naturales cuando este desprendimiento estaba en su máximo apogeo. Eso es lo luciférico. Por eso hay que decir: lo que actuaba entonces en la separación entre el conocimiento sensorial y la dogmática supra-sensorial es de naturaleza luciférica. Lo luciférico se opone a lo ahrimánico. Estos son los dos adversarios del alma humana. Este atrofiamiento de las fuerzas suprasensibles del ser humano, —que luego condujo a la forma puramente animal del socialismo, que ahora debe abatirse sobre la humanidad de forma devastadora y destructiva—, se debe a las fuerzas luciféricas. Lo nuevo que se está desarrollando en nuestra época es de otra naturaleza; es más bien de naturaleza ahrimánica. Lo luciférico quiere aislar al ser humano, separarlo de lo espiritual-supersensible, quiere que experimente en sí mismo la ilusión de una totalidad. Lo ahrimánico, por el contrario, infunde miedo al ser humano ante lo espiritual, no le permite acercarse a lo espiritual, le da la ilusión de que lo espiritual no puede ser alcanzado por el ser humano. Si la separación luciférica del ser humano de lo suprasensible debe ser más de tipo educativo, cultural, la separación ahrimánica de lo suprasensible, que se basa en el miedo a lo espiritual, es más natural y se manifiesta especialmente en la era desde el siglo XV. Y así como el aislamiento luciférico de lo espiritual pudo expresarse especialmente en la vida bajo el manto del cristianismo ortodoxo de Oriente, el miedo ahrimánico, la reticencia ante lo espiritual, se manifestó especialmente en el elemento de la cultura occidental y, en particular, en el elemento de la cultura norteamericana. 

Es posible que estas verdades resulten incómodas hoy en día, pero son verdades, y no avanzaremos si nos limitamos a hablar en términos generales, —por muy místicos o teosóficos que sean—, de la conexión del ser humano con lo divino, o como quiera que se denomine esta cuestión. Solo avanzaremos si reconocemos la realidad tal y como es. Solo así podremos volver a encontrar el orden en nuestro caos, reconociendo las características propias de las diferentes corrientes que conviven entre sí. Porque, por su parte, las diferentes corrientes se desarrollan a partir de sus premisas, a nivel local, y luego se extienden, y en el embrollo moderno que se denomina cultura, todo se mezcla. Lo que ahora me gustaría llamar «americanismo», lo americano como concepto colectivo, no en relación con los estadounidenses individuales, es el miedo a lo espiritual, es el anhelo de vivir solo en el plano físico-sensorial, como mucho con lo que entra en este plano físico-sensorial desde abajo en forma de espiritualidad burda, espiritismo y similares, que no es realmente espiritual. El miedo a lo espiritual es lo que caracteriza al americanismo. Pero el americanismo no solo vive en América, —allí vive por completo en el polo social, voluntarioso, no humano—, sino que vive sobre todo en toda la ciencia. En efecto, desde el siglo XV, esta ciencia ha desarrollado cada vez más lo que podríamos llamar «miedo a lo espiritual». Solo se denomina ciencia objetiva aquello que, en la medida de lo posible, no se ocupa de conceptos vivos generados en el interior del alma. Lo que de alguna manera es una idea, un concepto generado en el interior del alma, no debe interferir en la observación de la naturaleza. Solo lo muerto de la observación de la naturaleza, y no lo vivo espiritualizado, puede entrar en la ciencia. Si se introduce el concepto en la observación de la naturaleza, por ejemplo, a la manera de Hegel, que es una forma típicamente centroeuropea, pero también a la manera de Schelling o de Goethe, se cree inmediatamente que se entra en terreno inseguro, porque no se confía en poder experimentar algo objetivamente real en la comprensión espiritual, en la experiencia espiritual. Se cree que solo puede existir la arbitrariedad, que se entra inmediatamente en lo no objetivo cuando se introduce algo subjetivo en las experiencias. Eso es arimánico. La ciencia es universalista-americana en la medida en que tiene como principio expulsar todo lo subjetivo de la observación de la naturaleza. Esto es lo que se ha desarrollado elementalmente a partir de este anterior aislamiento de lo espiritual en el cuarto período postatlante.

Así hemos añadido a esa herencia lo nuevo, lo nuevo que, junto a lo que debe desarrollarse de forma fructífera, pero que debe desarrollarse conscientemente, se impone cada vez más como algo destructivo en el futuro. Esta novedad es esencialmente de naturaleza arimánica, es miedo a lo espiritual y tiene un efecto destructivo, un efecto disolvente sobre toda la cultura humana, que sin embargo debe basarse precisamente en lo espiritual. 

En el cambio del cuarto al quinto período postatlante, especialmente en el quinto, surgieron cada vez más los impulsos que acabo de caracterizar. Con el descubrimiento de América y el traslado de la esencia europea a América, se desarrolló allí el temor a la vida espiritual. Pero, por otro lado, surgió, diría yo, una tensión en las almas humanas, pues las fuerzas de los pueblos de Europa no eran tales que no sintieran algo de la conexión con lo espiritual del cosmos. Se produjo una tensión, por así decirlo, en el cambio entre el cuarto y el quinto período cultural post-atlante, en los siglos en los que se desarrolló lo que se denomina historia moderna. Entonces surgió esta tensión de lo espiritual reprimido en el pecho humano. Había que contrarrestarla, en parte comprendiendo bien lo que existía como antiguo patrimonio, y en parte contemplando de manera muy adecuada lo ahrimánico que se avecinaba.  Entonces surgió aquella corriente espiritual que tiene una influencia mucho mayor de lo que la mayoría de las personas piensan, —ya lo señalé la última vez desde otro punto de vista—, aquella corriente espiritual que se esfuerza por perpetuar, por continuar, esa retención del alma humana alejada de lo suprasensible. En otras palabras, surgió el jesuitismo. Su principio interno consiste en hacer todo lo posible en el desarrollo de la humanidad para mantener al ser humano alejado de la conexión con lo suprasensible, de la conexión real con lo suprasensible. Por supuesto, esta separación se logrará aún más si, precisamente desde el lado jesuita, se presenta lo suprasensible de manera estrictamente dogmática como algo que el conocimiento humano no puede alcanzar. Pero, por otro lado, el proceder jesuita cuenta muy bien con ello y no quiere otra afinidad interna que la que existe entre la ciencia moderna y el americanismo, entre la ciencia moderna y el jesuitismo. En esto radica la grandeza del jesuitismo: impulsar profundamente la ciencia física. Los jesuitas son grandes mentes en el campo de la ciencia física y sensorial, pues el jesuitismo cuenta con esta inclinación elemental de la naturaleza humana, —que debe ser superada dirigiendo la naturaleza humana hacia el mundo espiritual—: el temor a lo espiritual. Y cuenta con que este miedo se puede socializar diciéndole al ser humano, en cierto modo: «No puedes ni debes acercarte a lo espiritual; nosotros administramos lo espiritual, nosotros te lo acercamos de la manera correcta».

Estas dos corrientes, —el americanismo y el jesuitismo—, interactúan entre sí en cierto modo; pero no hay que tomárselo a la ligera, sino que hay que buscar en todo ello los impulsos más profundos que actúan en el desarrollo de la humanidad. Quien busque las fuerzas que han provocado la catástrofe actual, encontrará una curiosa colaboración entre el americanismo, en el sentido aquí entendido, y el jesuitismo. Si se observa todo esto en su conjunto, se ve cómo, por un lado, la herencia de épocas anteriores actúa en nuestra vida cultural y, por otro, cómo se añade lo nuevo. Al denominar esto como lo Luciférico por un lado y lo Ahrimánico por otro, se designa precisamente lo contrario de lo que debe infundirse en el desarrollo de la humanidad como verdadera vida espiritual para su salvación. Quien se acerque con profunda empatía a una figura como Bernardo de Claraval, que en cierto modo se inclina hacia un lado, cuenta con lo siguiente: el conocimiento humano solo se dirige hacia lo físico-sensorial, por lo que orientamos el alma hacia lo espiritual-divino con fervor, en una experiencia elemental. De este modo, algo entusiasta entra en esta naturaleza. Se podría decir: lo que vive por un lado, lo espiritual en las almas humanas, vive por otro lado también en nuestro tiempo, pero por el lado oscuro, por el lado tenebroso. El siglo XII tuvo a su Bernardo de Claraval, y nuestro siglo tiene figuras como Lenin y Trotski. Así como allí actuaba la inclinación hacia lo suprasensible, en estas figuras vive el odio hacia lo suprasensible, aunque se exprese con otras palabras, con otros contenidos. Esa es la oscura cara opuesta de aquellos tiempos: allí, la infusión del alma humana en lo divino; aquí, la infusión del ser humano en lo animal, que es lo único que debe mantener una estructura social.

Sin embargo, estas cosas solo se entienden si se tiene muy claro algo que, sin embargo, está bastante lejos de la comprensión del presente. Nuestro presente cree en las teorías, porque cree en el contenido de lo que son las ideas y los programas. He hablado de ello en numerosas ocasiones. Pero lo importante nunca es el contenido de las teorías y los programas, sino su eficacia. El marxista moderno habría hablado antes de esta guerra mundial, a finales del siglo XIX y principios del XX, de forma natural: así enseñan Marx, así enseñan Engels, así enseña Lassalle; eso es todo lo que hay que aspirar. Porque sabe que hay que aspirar a ello por el bien de la humanidad, etcétera. Se tomaba el contenido de los programas y las ideas. Pero en realidad eso nunca importa, porque las ideas nunca se llevan a cabo en la vida según su contenido, sino por fuerzas que están en ellas, independientemente de su contenido. Y solo conoce la realidad quien sabe que las ideas a menudo tienen tan poco que ver con la realidad que surgen al margen de lo que las ideas tienen como contenido.  Se puede diseñar un programa muy bonito, se puede fundamentar muy bien científicamente, y luego se puede arder en pasión por él, como hicieron los marxistas con el suyo. Pero eso no es lo importante; en una época tan poco espiritual como la nuestra, eso es jugar con fuego. La gente cree entonces que está trabajando por el contenido de las ideas. Pero quien sabe cómo funciona la vida, también sabe que los efectos son muy diferentes. Las ideas se convierten incluso en monstruosidades en la vida cultural si no son aceptadas por la comprensión espiritual. Pero las ideas del marxismo no pueden ser aceptadas por la comprensión espiritual, ya que quieren expulsar el espíritu. Por muy bonitas que sean, tienen que convertirse en monstruosidades. Solo si se deja de lado la idea y por la mañana no se pregunta: «¿Por qué ha amanecido por lo que ha sucedido en la Tierra?», sino que se dice: «Ha amanecido porque brilla el sol», es decir, si se sale de la Tierra, se puede explicar por qué ha amanecido. Por eso, para poder explicarse lo que ocurre hoy, hay que ir desde lo que ocurre en el presente inmediato hasta lo que ocurrió en un pasado lejano. No se puede entender el bolchevismo si no se sabe cómo surgió como consecuencia del octavo concilio ecuménico del año 869. No lo entenderán si no lo comprenden como un producto del atrofiamiento de las fuerzas espirituales para el mundo suprasensible. Esa es la conexión interna que hay que tener si realmente se quiere comprender lo que ocurre en el mundo exterior para poder enfrentarse a ello. Para quien comprende las conexiones de la historia, lo más terrible es ver movimientos que pretenden reformar el mundo y que solo tienen en cuenta el contenido de las ideas, sin tener en cuenta la eficacia de las ideas, independientemente de que su contenido sea bello o feo. Nace un niño. Es un niño hermoso. La madre puede estar encantada con él. Las madres a veces incluso se sienten encantadas cuando los niños no son hermosos. Se convierte en un inútil, en un malhechor, tal vez en un criminal. ¿No es cierto, entonces, que el niño era hermoso? ¿No se tiene derecho a llamarlo hermoso? ¿Contrasta esta belleza con el hecho de que en la vida suceden cosas que uno no había imaginado? En ciertos círculos de personas viven ideas que admiraban y con las que querían reformar el mundo. ¡Estas ideas se convirtieron en monstruosidades! Porque las ideas son en sí mismas algo muerto; primero deben cobrar vida al incorporarse a la vida espiritual viva.

Quien lea los escritos socialistas modernos, si hace caso omiso de ciertas diferencias, encontrará una gran similitud entre ellos y, —aunque se exprese de otra manera y se hable de otros ámbitos—, entre los escritos de aquellos que escriben desde el principio eclesiástico del catolicismo. Por ejemplo, recientemente les he leído un extracto de un folleto. Tomen las formas de pensamiento de este folleto, el tipo de pensamiento; comparen lo que allí se expresa con las tendencias culturales o inculturales furiosas que se inclinan gradualmente hacia el bolchevismo; compárenlo con lo que es el comienzo, digamos, de un escrito de Kautsky o de un escrito de Lenin: encontrarán los mismos pensamientos. Uno es un producto del desarrollo del otro. En ningún otro lugar uno se siente más «católico» que cuando lee ciertos escritos socialistas dogmáticos. Solo que lo que en el catolicismo está prohibido, es decir, filosofar sobre ciertas cosas, se ha convertido en una pasión, en un principio: explicar toda la ciencia únicamente desde la burguesía y todo el desarrollo intelectual únicamente desde la lucha de clases. Este principio es efecto del principio católico. El bolchevismo, tal y como ha surgido, tal vez tenga una existencia breve; pero la humanidad tendrá que lidiar durante mucho tiempo con lo que hay detrás de él, y para quien conoce los contextos, no es de extrañar que el bolchevismo haya mostrado sus primeros amaneceres en el lugar donde este pensamiento humano, tal y como se desarrolla de forma animal, ha vivido bajo el manto del ministro de culto de la religión ortodoxa, de modo que una corriente estaba completamente separada de la otra.

 Hay que comprender todas estas cosas para tomar conciencia de la necesidad de acercarse a la vida espiritual de la manera correcta. Hoy en día, no tiene sentido hablar de forma mística. Hoy en día es necesario utilizar el conocimiento espiritual para mirar dentro de la realidad y descubrir las conexiones que existen, porque solo a partir del conocimiento de las conexiones puede surgir una intervención correcta en los acontecimientos mundiales, y no a partir de las herencias, ni del miedo, ni de lo nuevo elemental que he descrito, que solo puede conducir al caos. En el socialismo de naturaleza animal se puede ver una manifestación de lo que se formó en el cuarto período postatlante. Hay algo luciférico en ello: el pecado original luciférico está ahí. Pero lo que está sucediendo ahora es como el castigo por ese pecado original, es el castigo en el sentido de que aquellas capacidades que se ordenó no aplicar a lo suprasensible se han vuelto realmente incapaces de aplicarse a lo suprasensible y sienten odio y repugnancia por lo suprasensible. Ya no se trata solo de odio y pecado original, sino del castigo por alejarse de lo suprasensible. Esto se aplica a muchas cosas que están sucediendo ahora.

En diferentes matices, dije, se vive lo que atraviesa como impulsos el desarrollo de la humanidad. Solo comprendiendo estos matices se puede entender hoy lo que está sucediendo. 

Los pueblos de la península italiana y española se han visto afectados por la expansión del cristianismo, al igual que los pueblos de la actual Francia y los pueblos de las actuales islas británicas. Ya sabemos algo de lo que se extendió allí. Sabemos que en la península española y en la italiana se conservó principalmente el alma sensible, en las regiones francesas el alma racional o emocional, en las regiones británicas el alma consciente, aquí, en Europa Central, el yo, y en Europa del Este se puede considerar de manera similar una cultura del yo espiritual, que, sin embargo, solo podrá surtir efecto en el futuro y que ahora solo tiene gérmenes completamente ocultos. ¡Ojalá se pudiera contemplar alguna vez esta Europa occidental para comprenderla tal y como la ciencia espiritual puede descifrarla! Los caracteres, por ejemplo, de la zona italiana —no como caracteres de personas individuales, que naturalmente superan en todas partes lo popular—, estos caracteres se desarrollan de manera diferente a los de la humanidad francesa o británica.  La humanidad británica es tal que lo popular tiene su conexión con el alma consciente. Desde ciertos puntos de vista, ya lo he descrito hace tiempo. Sin embargo, al vivir en el alma consciente, el ser humano es empujado directamente al plano físico, no tan fuertemente en las islas británicas como en América, pero aún así es empujado al plano físico. La consecuencia es que el ser humano, al que el desarrollo eclesiástico había separado primero de lo suprasensible, ahora vuelve a reunirse con lo cósmico. Pero solo se reúne con lo cósmico exterior cuando se trata del alma consciente. La consecuencia de ello es que, en realidad, el ser humano británico, como británico, solo crece junto con el cosmos a través de principios económicos. El pensamiento británico es esencialmente económico, el pensamiento en categorías económicas. Quien reconoce la conexión interna del alma consciente con el mundo físico, lo entiende como una necesidad; también comprende como una necesidad que el carácter del pueblo francés, —no el del francés individual—, que se acerca al alma racional o emocional, desarrolle preferentemente el pensar político, el sentir político, y que los italianos y los españoles desarrollen de manera similar lo animal, porque allí el alma sensible es directamente afectada por el pueblo. Solo puedo esbozar esto, pero expresa lo que vive en los propios caracteres de los pueblos.

Si observamos la esencia alemana, inmersa en una evolución tan trágica, vemos que el elemento del pueblo se apodera del yo. Toda la historia alemana se aclara cuando se contempla este hecho, que se revela desde el mundo suprasensible. Este yo del ser humano es lo que menos se ha desarrollado exteriormente en la actualidad, lo que ha permanecido más espiritual. Por eso, al estar conectado con el mundo espiritual a través del yo, el alemán está vinculado a él de la forma más espiritual. No puede conectarse con el cosmos de manera económica, política y animal por su propia naturaleza. Solo puede conectarse con lo cósmico tal y como se revela en la vida espiritual, en la vida anímica de las individualidades, —el yo siempre vive en las individualidades—, y luego se derrama sobre el pueblo.  La evolución alemana se expresa de manera más característica en lo que se manifiesta como sustancialidad en el goetheanismo, el herderianismo y el lessingianismo, algo que se sitúa un nivel por encima de lo físico-sensorial. De ahí también una cierta extrañeza hacia lo físico-sensorial, una sensación de que lo sustancial no encaja del todo cuando se trata únicamente de lo físico-sensorial, y de ahí que en las últimas décadas se haya derramado tanto americanismo y, por otro lado, tanto de lo que no quiero describir con más detalle, sobre Alemania, alejándola de la influencia original del pueblo.

De una manera aún más elevada, el este de Europa estará relacionado con lo espiritual como pueblo y desarrollará una cultura aún más elevada en relación con lo espiritual, una reacción contraria a lo que se está formando ahora mismo por las razones indicadas. Pero eso es cosa del futuro, aún no existe hoy en día, todavía está encerrado en lo animal, del que primero tiene que desarrollarse.

Al igual que en la herencia legítima de lo antiguo, los países occidentales de Europa están vinculados al cuarto período postatlante. Algo más nuevo, pero opuesto al americanismo, ya se encuentra en la esencia alemana: una cierta relación con el mundo espiritual, que se busca dentro de lo espiritual mismo. El alemán, cuando sigue su naturaleza más auténtica, no teme lo espiritual, sino que siente esa inclinación hacia lo espiritual que encontramos, por ejemplo, en el goetheanismo, aunque en un nivel superior.

Cuando se dicen cosas así, hay que expresarlas de forma radical. Pero ustedes saben que no es por chovinismo, sino por el conocimiento adquirido, por lo que se mencionan aquí estas cosas. Realmente no se dice para complacer a nadie hoy. La última vez vieron que yo también entiendo lo que es no hablar para complacer. Pero hay que decir una cosa: dentro de lo que en Europa Central se olvida a menudo, pero que es sin embargo la esencia alemana, existe una relación entre el espíritu humano y el mundo suprasensible que debe desarrollarse y que es totalmente opuesta a todo lo demás que se muestra hoy en día en la Tierra. Oh, si reconociéramos esto, si las últimas décadas no hubieran traído, lamentablemente, el americanismo y el rusismo en este ámbito, la actividad científica en Europa Central se habría desarrollado de otra manera. Ustedes saben, por mis otras exposiciones, en qué ciencia espiritual podría haberse convertido el goetheanismo. Pero el goetheanismo siguió siendo una corriente del más allá. ¿Ha sido realmente comprendido? Hasta ahora no. Pero él es la verdadera esencia alemana en todo lo que le subyace. Esta esencia, como pueden ver en la descripción de hoy, es ajena a los demás. Los demás están muy, muy mezclados con las herencias y con lo nuevo. Solo en esta Europa Central se ha desarrollado algo que, en mayor o menor medida, se ha separado de las herencias y de lo nuevo.

El goetheanismo permanece ajeno a la ciencia materialista, —por supuesto, se elogia a Goethe, pero, como he dicho, se nombra presidente de la Sociedad Goethe al antiguo ministro de Finanzas Kreuzwendedich—, lo cual se puede ver en muchas cosas. Precisamente lo que existe en este elemento interno propio de la germanidad se percibirá en otros ámbitos como una acusación constante, pues la mejor manera de defenderse de aquello que por su naturaleza no se puede reconocer es difamarlo. Hay que mirarlo sin reservas. Lo que existe como una acusación viva, lo mejor es presentarlo como una criminalidad.De este modo, uno se salva subjetivamente del hecho de que existe como una acusación. Con ello se toca un hecho psicológico importante. La difamación seguirá y seguirá, pero tendrá sus razones en que resulta incómodo que exista esta extraña posición del yo frente a lo espiritual. Pero es necesario ver con claridad en estos ámbitos, no huir de la claridad, como se hace. Si no tuviéramos tanto filisteísmo, tanto americanismo en nosotros, comprenderíamos que se trata de dos polos opuestos: el goetheanismo alemán y el americanismo, y sabríamos entonces que solo podemos comportarnos de manera adecuada con respecto a las corrientes actuales si las observamos sin prejuicios. En realidad, deberíamos deshacernos de cualquier tipo de chovinismo y centrarnos únicamente en lo objetivo.

Pero precisamente entonces dejaríamos de idealizar el americanismo, al que nos hemos entregado suficientemente, y precisamente porque el miedo a lo espiritual es el elemento característico del americanismo, comprenderíamos que, en los catastróficos acontecimientos actuales, el elemento americano actuará cada vez más como el mal radical real. Son los miopes los que dicen otra cosa sobre las cosas, porque no juzgan a partir de los contextos. Todo lo que se deriva de la situación política de los franceses, todo lo que se deriva de la rigidez puramente económica que es natural en los británicos, todo lo que se deriva del furor animal, ese «egoísmo sagrado», del pueblo italiano, es, en vista de los grandes acontecimientos que están teniendo lugar, una nimiedad en comparación con el elemento verdaderamente maligno que surge del americanismo. Porque hay tres corrientes que, por su afinidad interna, tienen un efecto destructivo para el desarrollo de la humanidad. Al haber asimilado «de diversas maneras las herencias y lo nuevo», como he intentado esbozar hoy, se han convertido en destructivos. Este elemento destructivo se encuentra principalmente en tres corrientes: en primer lugar, en todo lo que se denomina americanismo, ya que tiende cada vez más a fomentar el miedo al espíritu, a convertir el mundo en una mera oportunidad para poder vivir físicamente en él. Es muy diferente cuando la britanicidad quiere convertir el mundo en una especie de casa comercial. El americanismo quiere convertirlo en una vivienda física equipada con todas las comodidades posibles, en la que se pueda vivir cómodamente y con riqueza. Y poder vivir cómodamente y con riqueza en el mundo es el elemento político del americanismo. Quien no se da cuenta de esto, no ve las cosas, sino que quiere adormecerse a sí mismo. Sin embargo, bajo la influencia de esta corriente, la conexión del ser humano con el mundo espiritual debe morir. En estas fuerzas americanas radica lo que esencialmente llevará a la Tierra a su fin, lo destructivo que finalmente causará la muerte de la Tierra, porque se pretende alejar al espíritu de ella. Lo segundo destructivo no es solo el catolicismo, sino todo el jesuitismo, ya que este está esencialmente relacionado con el americanismo. Si el americanismo es el cultivo de la corriente estadounidense, que quiere inculcar el miedo al espíritu, el jesuitismo busca despertar la fe: no tocar el espíritu, al que no podemos acercarnos, y dejar que los bienes espirituales sean administrados por aquellos que han sido llamados a ello por el magisterio de la Iglesia católica. Y esta corriente quiere atrofiar las fuerzas de la naturaleza humana que tienden hacia lo sobrenatural. Y lo tercero es lo que hoy se manifiesta de forma tan terrible en algunos síntomas en Oriente, pero que tiene su origen en el socialismo que socializa puramente lo animal; es lo que, —sin pretender dogmatizar con esta palabra—, se denomina bolchevismo, algo que la humanidad no superará fácilmente.

Estos son los tres elementos destructivos del desarrollo humano moderno. Solo desde el terreno de las ciencias espirituales es posible enfrentarse a ellos con conocimiento, para poder afrontar de manera adecuada los acontecimientos del presente. Hoy, dentro de ocho días, me gustaría hablar sobre ello.

Traducido por J.Luelmo nov, 2025

GA181 Berlín, 14 de mayo de 1918 - Ciencia espiritual, vida práctica y destinos del alma

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RUDOLF STEINER

CIENCIA ESPIRITUAL, VIDA PRÁCTICA Y DESTINOS DEL ALMA


Berlín, 14 de mayo de 1918

La ciencia espiritual debería ser entendida, sobre todo por aquellos que la conocen desde hace tiempo, en el sentido de que también se tenga presente que esta ciencia espiritual, en su sentido más intenso, puede ser eficaz para la vida humana. Aunque esto se ha subrayado con frecuencia, nunca se insistirá lo suficiente en este aspecto de la esencia de la ciencia espiritual y su importancia para nuestra época. La ciencia espiritual es, en cierto modo, una ciencia y, como tal, se puede decir que en la actualidad es aún fragmentaria, solo parcialmente fundamentada. Lo que puede llegar a ser en el futuro solo puede estar presente en la actualidad en sus primicias.

Me refiero al contenido de las ciencias espirituales. A través de ellas se puede aprender algo sobre la esencia del ser humano, sobre la personalidad suprasensorial del ser humano, en la medida en que esta tiene vida más allá de las puertas de la vida física, que son el nacimiento o la concepción y la muerte. A través de estas ciencias espirituales también se puede aprender algo sobre la evolución de la Tierra y del mundo, sobre las conexiones de esta evolución de la Tierra y del mundo con el ser humano, etc. Así pues, a través de la ciencia espiritual se puede satisfacer la curiosidad humana de una manera más amplia y completa que a través de la ciencia sensorial externa, si se me permite decirlo así. Se pueden responder preguntas que preocupan al ser humano, etc.

Pero además de este significado contextual de la ciencia espiritual, hay otro muy diferente. Este se observa cuando contemplamos lo que puede llegar a ser de nosotros mismos, de nuestra vida anímica, de nuestra constitución anímica y de nuestro estado de ánimo, cuando nos ocupamos de los pensamientos y las ideas que nos llegan de la ciencia espiritual. Incluso podría ser, —¡en qué ciencia no ha sido así a lo largo de la historia de la humanidad!—, que algunas de las cosas que hoy se pueden y se deben proclamar con toda conciencia como ciencia espiritual, procedentes de las fuentes de la vida espiritual, tuvieran que ser corregidas más adelante por el propio progreso de la ciencia espiritual, que algunas cosas aparecieran de otra forma. Entonces, tal vez habría un contenido diferente en una u otra parte de esta ciencia espiritual. Pero lo que puede significar para el estado de ánimo, para la constitución de nuestra alma a través de sus ideas, a través de sus pensamientos, no se verá afectado por ello, y eso está relacionado de manera esencial con ciertas características fundamentales precisamente de nuestra época actual. Hoy queremos examinar algunas características fundamentales de nuestra época, especialmente en lo que se refiere a la condición anímica de los seres humanos. Para ello, nos basaremos en las cuatro actividades espirituales más importantes, que conocemos bien por nuestras reflexiones: la percepción del ser humano en relación con los procesos sensoriales externos, la imaginación, mediante la cual procesamos estas impresiones sensoriales externas, el sentimiento y la voluntad. Nuestra vida espiritual transcurre entre la percepción, la imaginación, el sentimiento y la voluntad, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos.

LA PERCEPCIÓN

En primer lugar, la percepción. Con la mirada anímica agudizada por la ciencia espiritual, podemos observar lo que necesariamente, —y lo que digo no es una crítica, sino solo una característica—, se ha desarrollado a lo largo de los últimos tres o cuatro siglos como rasgo cultural básico del alma humana en los países que nos interesan. Nos preguntamos qué es eso. Basta con ser un observador superficial de la vida para descubrir que, en lo que respecta a su capacidad de percepción, es decir, en lo que se refiere a la relación inmediata del alma con el mundo exterior a través de los sentidos, los seres humanos han llegado a la conclusión de que necesitan impresiones cada vez más vivas, más intensas y más fascinantes para satisfacer su capacidad de percepción sensorial. Que aquellos de ustedes que sean un poco mayores recuerden su juventud. Comparen algunos aspectos de la vida en su juventud, —si se retrocede más en el tiempo, esto es mucho más evidente—, que podían percibir a su alrededor, con aspectos similares de la vida actual, y pregúntense hasta qué punto ha prevalecido lo que se denomina el instinto, la tendencia a lo sensacionalista. ¿Qué es realmente lo sensacional? Se basa en que el ser humano de hoy necesita impresiones puramente sensoriales, fuertes y exageradamente variadas, para sentirse cautivado y aceptado por el mundo exterior. Quiere ser aceptado por el mundo exterior, quiere ser cautivado, fascinado. Lo sensacional se ha vuelto excesivo en una medida extraordinaria. Pero esto tiene algo importante que ver. El exceso de lo sensacional también modifica la fuerza y la energía del yo humano. En el fondo, solo la ciencia espiritual puede llevarnos a comprender lo que está en juego aquí, porque muestra lo que realmente es la percepción del mundo exterior.

 Si se repasa la literatura filosófica, no se encuentra nada más que la esencia de la percepción externa o la sensación, como también se le llama. Se han planteado todo tipo de teorías sobre lo que realmente es la sensación, la percepción dentro de la vida física y espiritual del ser humano. No voy a aburrirles con eso. Pero hay que señalar lo espiritual en esta relación.

Ya he insinuado, incluso aquí en Berlín en una conferencia pública, que el desarrollo de las ciencias naturales en el siglo XIX y hasta nuestros días, ha logrado grandes cosas, grandes cosas en lo que respecta a la comprensión de ciertas relaciones sensoriales del mundo exterior de los hechos. Pero se imagina el desarrollo del ser humano de una manera demasiado lineal, demasiado simple. Se imagina simplemente: primero solo había animales inferiores, luego hubo animales superiores, luego otros más superiores, y de estos se desarrolló finalmente, en cierto modo, el ser humano como animal supremo. Sin embargo, el desarrollo del ser humano no es tan sencillo. Este ser humano, —como ya hemos señalado en repetidas ocasiones—, que en su forma corporal externa debe aparecernos como una imagen de la esencia divina del cosmos, puede describirse y concebirse de muy diversas maneras. También puede describirse y concebirse, ahora con referencia a ciertas concepciones científicas, de tal manera que lo dividimos en tres partes: en el ser humano de la cabeza o de los sentidos, —no es exacto, pero dado que los sentidos principales se encuentran en la cabeza, se puede decir: el ser humano de la cabeza—, luego en el ser humano del tronco y, en tercer lugar, en el ser humano de las extremidades. De estos tres miembros de la naturaleza humana, en realidad solo el hombre del tronco, el hombre del corazón y los pulmones, está formado tal y como lo concibe hoy la ciencia natural. El hombre de la cabeza no se encuentra realmente en un desarrollo progresivo, sino que está en regresión. La cabeza del ser humano detiene el desarrollo progresivo en un determinado nivel y lo hace retroceder. Se me ha dicho repetidamente que tal idea es difícil y se me ha preguntado cómo puede facilitarse su comprensión. He señalado en diversos lugares cómo los hechos científicos externos, correctamente entendidos —para ello hay que ser realmente científico, no seguir simplemente el modelo de ciertos eruditos actuales—, corroboran lo que digo. Observen el ojo humano y compárenlo con el ojo de los animales en un determinado nivel de desarrollo. No pueden decir que los ojos humanos son más complejos en su forma externa que los ojos de los animales en un determinado nivel de desarrollo. Porque eso no es cierto. Hay animales que tienen en el interior de sus ojos, donde nosotros no tenemos nada sensible externamente, la apófisis en forma de abanico, por ejemplo, y la apófisis en forma de espada. Se trata de ciertos órganos en el interior del ojo, que son prolongaciones de los vasos sanguíneos hacia el interior del ojo. Estas prolongaciones de los vasos sanguíneos permiten una íntima convivencia entre toda la vida emocional del animal y su vida perceptiva en el ojo. El animal siente mucho más intensamente en el ojo que el ser humano. En el ser humano, la prolongación en forma de espada y el abanico han desaparecido. El ojo humano está simplificado. No solo está formado hacia delante, sino también hacia atrás. Y así se podría demostrar, hasta en los miembros más pequeños de la organización de la cabeza humana, que el ser humano está en realidad atrofiado en lo que respecta a su cabeza, especialmente en comparación con el resto de su naturaleza humana, que está formada hacia delante.

Alguien que también opinaba que esta regresión de la cabeza era difícil de imaginar me preguntó si no había algún indicio que ayudara a comprenderlo mejor. Le respondí que solo había que pensar en lo siguiente: en el proceso evolutivo de la cadena animal, que culmina en el ser humano, este llega a un punto en el que, durante una determinada etapa de su desarrollo, la etapa embrionaria, vuelve a perder el vello. El ser humano no tiene vello, pero la cabeza es una de las partes que, en general, sí lo tiene. El hecho de que el ser humano vuelva a la serie animal en lo que respecta a la formación de la cabeza también se refleja en la regresión de la cabeza. Se trata de una característica superficial y externa. Las señales internas son mucho más claras. Les ruego que tengan en cuenta todas las implicaciones de estos hechos.

El hecho de que la cabeza se haya atrofiado, que el desarrollo no avance de forma lineal, sino que se retraiga en la cabeza, se acumule, crea espacio para el desarrollo espiritual y anímico del ser humano. Los naturalistas que defienden la opinión de que la vida espiritual y anímica del ser humano es solo el resultado de su organización física no comprenden correctamente su propia ciencia natural. No comprenden que, para que el ser humano pueda dar vida a su alma y su espíritu, es necesario que la organización física no brote y florezca, sino que se retraiga. Se calma, se acumula, deja espacio para el desarrollo espiritual y anímico. Allí donde el ser humano desarrolla más su alma y su espíritu, el desarrollo físico se retrae.

Cuando uno ha pasado por un desarrollo espiritual y anímico, percibe interiormente que, simplemente mediante la observación interior, obtiene una respuesta a la pregunta: ¿qué es realmente la imaginación y la percepción comunes? ¿Qué es la vida despierta común, en la que se mezclan la imaginación y la percepción?

En relación con la cabeza del ser humano, la percepción y la imaginación, en general la vida despierta, son un hambre. El ser humano está organizado de una manera tan peculiar que, en su equilibrio interior desde que se despierta hasta que se duerme, la cabeza, es decir, su organización interior, está continuamente hambrienta frente al resto del cuerpo. Ciertos ascetas que buscan una intensificación de la vida espiritual y anímica han aprovechado esto: dejan que todo el cuerpo pase hambre, porque el proceso del hambre, extendido a todo el cuerpo, debe crear ciertas iluminaciones internas. Esto es incorrecto. Lo normal es que, durante el proceso de vigilia, nuestra cabeza se alimente menos a través de los procesos internos que el resto del organismo, y solo así podemos estar despiertos e imaginar que la cabeza se alimenta menos que el resto del organismo.

Ahora surge la pregunta: si estamos hambrientos en nuestra mente mientras nos entregamos a este proceso de regresión de la cabeza, — mientras dormimos se intenta eliminar la congestión —, ¿qué percibimos entonces? — A través de la ciencia espiritual aprendemos a distinguir entre dos cosas que en la práctica siempre están relacionadas, pero que son dos cosas muy diferentes: en primer lugar, la mera vida despierta y, en segundo lugar, las percepciones externas y las representaciones habituales de la memoria. ¿Qué ocurre cuando pasamos hambre en la cabeza en la conciencia despierta?

En primer lugar, percibimos por un lado nuestro yo de la encarnación anterior. Lo que hemos traído del mundo espiritual, con lo que hemos entrado en la existencia mediante el nacimiento o la concepción, lo percibimos cuando simplemente estamos despiertos. Esto llena el espacio que deja nuestro organismo. Y cuando percibimos objetos sensoriales externos, estos objetos externos ocupan el lugar del yo que percibimos cuando no tenemos impresiones externas, sino que simplemente estamos despiertos. En la vida cotidiana, estas dos cosas se mezclan, percibimos continuamente objetos externos y muy rara vez nos encontramos en un estado mental en el que simplemente estamos despiertos. Pero en nuestro estado de ánimo, que se centra en las cosas externas, siempre se mezcla la inclinación a percibir nuestro yo anterior y a desplazarlo con algo, con colores o sonidos externos, para luego volver a percibir el yo anterior y luego volver a percibir lo otro. Tan pronto como percibimos el exterior, tan pronto como un objeto externo actúa sobre nosotros, desplaza nuestra «tendencia, nuestra fuerza, a percibir el yo de nuestra encarnación anterior». Permanece inconsciente, no sabemos nada de él. Pero en esta percepción sensorial se produce en realidad una lucha entre el objeto presente que tenemos ante nosotros y el yo de nuestra encarnación anterior.

Ahora pueden imaginarse lo que significa desarrollar la búsqueda de lo sensacional, querer entregarse al mundo exterior. Eso nunca nos hace más fuertes en la vida, sino cada vez más débiles, porque hacemos lo que debilita nuestro yo de la encarnación anterior, que en cierto sentido constituye nuestra fuerza. Por lo tanto, pueden percibir claramente que la inclinación del ser humano hacia lo sensacional provoca una cierta debilidad en la naturaleza humana, que el yo se debilita.

LA IMAGINACIÓN

Y si ahora no percibimos, sino que pensamos, imaginamos, ¿qué ocurre entonces? Nuestros pensamientos o bien callan, —aunque esto es menos frecuente en el ser humano actual—, o bien se vinculan a alguna percepción externa. Cuando callan en la vida despierta, entonces actúa en nosotros, —en aquello que puede actuar, donde nuestro organismo ha creado espacio—, todo lo que hemos vivido entre la encarnación anterior y la actual. Así, en el lugar donde surgen las percepciones, actúa la encarnación anterior, y en el lugar donde surgen las ideas, actúa la vida que hemos vivido entre la muerte y el nacimiento actual. Si desarrollamos pensamientos poderosos a partir de nosotros mismos, esto significa que intentamos desarrollar pensamientos poderosos a partir de lo que hemos traído de la época anterior a nuestro último nacimiento, sobre lo que debemos basarnos. Si solo desarrollamos pensamientos que nos vienen inspirados desde fuera, que solo quieren revolotear en nuestra alma porque los absorbemos desde fuera, debilitamos constantemente lo que hemos traído con nosotros desde el momento entre la muerte y el nacimiento, es decir, lo que constituye nuestro yo. La búsqueda de sensaciones debilita nuestra vida actual. La adicción a organizar muchas veladas en el club con copas al atardecer para sacar lo menos posible de nosotros mismos, o la emoción que provoca el juego del skat, en resumen, toda esta búsqueda de estímulos externos no fortalece, sino que debilita nuestro yo, y en el fondo se basa en que no nos sentimos lo suficientemente fuertes como para ocuparnos de algo desde nuestra vida espiritual. A través de la ciencia espiritual podemos comprender en qué se basa, en la época actual, que las personas sean adictas a las sensaciones y necesiten estímulos.

 Lo que entra en nuestra cultura actual desde este lado se puede describir con un nombre general. No se escandalicen por este nombre, ya que describe una característica fundamental de muchas corrientes de la vida actual: la estrechez de miras, la ignorancia. Y nadie negará, ni siquiera si se tiene en cuenta la ciencia actual u otras actividades, que una característica principal del ser humano actual es la estrechez de miras, esa estrechez que no le permite buscar en su propia alma el rico material que proviene de vidas anteriores y del tiempo anterior al nacimiento. No cree, y sobre todo habría que creer primero en ello, que la ciencia espiritual puede estimularlo.

Desde este punto de vista, consideremos lo que los pensamientos e ideas de las ciencias espirituales pueden significar para el estado de ánimo y la disposición del alma. Ciertamente no son estímulos externos ni sensacionales, y tampoco pretenden serlo. No cautivan los sentidos con sensaciones externas. Muchos echan esto en falta. Las personas deben reflexionar por sí mismas sobre las cuestiones relacionadas con las ciencias espirituales y, si no sacan nada de su propio fondo espiritual, es probable que se queden dormidas ante la ciencia espiritual. Precisamente la movilización, la agitación de la vida espiritual, de modo que se obtenga la posibilidad de desarrollar pensamientos desde el propio interior, es lo que nos da la ciencia espiritual. Contrarresta lo sensacionalista. Lo hace especialmente porque nos da la posibilidad de pensar mucho a partir de pocas impresiones sensoriales. No necesitamos correr de una sensación a otra. Podemos pensar mucho a partir de todo tipo de impresiones sensoriales. Todo lo sencillo que se nos presenta personalmente se convierte en un enigma. Cada detalle nos hace pensar mucho. Y los pensamientos que muchos consideran tan complicados, los pensamientos sobre Saturno, el Sol, la Luna, sobre los diferentes períodos terrestres, etc., hacen que la mente sea ágil y, en cierto modo, no permiten que surja la estrechez de miras. Así, nuestra ciencia espiritual trabaja contra cierta característica cultural, lucha contra la estrechez de miras y la ignorancia en el ámbito de la percepción y la imaginación. Esto es algo diferente del contenido que se puede obtener de esta ciencia espiritual; es algo que puede hacer con nuestra alma, y también hay que prestar atención a ello.

 EL SENTIMIENTO

Ahora bien, en lo que respecta a la vida emocional: ¿qué es lo más destacado en una persona que se acerca a la ciencia espiritual? ¿Y qué es lo más destacado en la mayoría de las personas que no quieren saber nada de ella y la rechazan de antemano? En estas últimas es la falta de interés por los grandes asuntos del mundo. Ampliar los intereses más allá de lo más cercano es lo primero que hay que hacer si uno pretende interesarse por la ciencia espiritual. Porque, ¿qué le importa a la mayoría de las personas de nuestro tiempo lo que era la Tierra antes de convertirse en Tierra? ¿Qué les importa a la mayoría de las personas del presente lo que era nuestra cultura antes de entrar en nuestra época? Para ello hay que desarrollar intereses más amplios. Se trata de ampliar los intereses más allá de lo más cercano. Nuestra época tiende precisamente a limitar al máximo nuestro ámbito de intereses.

¿Hacia dónde tiende realmente nuestra época? Permítanme utilizar la siguiente expresión, que no es elogiosa, pero no pretendo criticar, sino caracterizar: «Nuestra época tiende por todos los medios a la estrechez de miras, a la cerrazón respecto a todo lo que no sea materia física, palpable, contante y sonante, y si esto se apodera de la mayoría de las personas, la consecuencia será que el filisteísmo se introducirá gradualmente también en los ámbitos más públicos». Tenemos un ejemplo curioso al respecto que, para quien ve las cosas con claridad, puede resultar realmente desalentador en relación con la situación actual.

En Oriente tenemos un Pueblo que, en lo que respecta a las fuerzas fundamentales de su alma, se encuentra todavía en la infancia, pero que posee unas fuerzas fundamentales que en el futuro, en el sexto período cultural post atlante, alcanzarán un nivel especial, fuerzas fundamentales del Pueblo que actúan espiritualmente, que tienen carácter espiritual y que, como tales, deben reconocerse y cultivarse. Pero, curiosamente, ¿qué es lo que se ha extendido hoy en día como vida pública sobre gran parte de esta fuerza del pueblo? ¡El leninismo! No se puede pensar en nada más grotesco que la unión de este, —no me refiero al hombre, sino a la causa—, simio cultural de Occidente y esta profecía cultural de Oriente. No puede haber dos cosas más distantes entre sí y que aquí se hayan unido. Es la expresión más grotesca de la aspiración materialista, porque de la fuerza del pueblo del Este quiere surgir algo totalmente antifilisteo, pero el leninismo es la fuerza fundamental más absoluta del filisteísmo, el rechazo de todos los intereses culturales que se extienden hacia lo lejos y la discusión de los intereses culturales en el filisteísmo más estrecho. Hay que tenerlo claro. Y nada es más adecuado para comprender estas cosas que los conocimientos de la ciencia espiritual. La ciencia espiritual también contrarresta la filistinización, apelando a los intereses amplios y generosos del ser humano. Porque sin interés por lo que une al ser humano con el cosmos, lo que trasciende lo más estrecho y pulsa hacia lo grande, sin ese interés no se puede ser científico espiritual. Así, en el ámbito de la vida emocional, la ciencia espiritual también lucha contra la filistinización y la estrechez de miras, que inevitablemente surgen del materialismo, al igual que en el ámbito de la vida perceptiva y representativa lucha contra la estrechez de miras y la limitación.

LA VOLUNTAD

Pasemos ahora al ámbito de la vida volitiva. También aquí, cualquiera que sea un mínimo observador de la vida puede hacer observaciones notables sobre nuestra existencia. En lo que respecta a las manifestaciones de la voluntad, no es el materialismo en sí mismo, sino más bien sus consecuencias, lo que nos lleva a desarrollar algo curioso en la vida humana en su conjunto. La voluntad siempre debe expresarse con la ayuda de la corporeidad si pretende actuar en relación con el mundo exterior. En lo que respecta a la voluntad, la época materialista actual lleva al ser humano a la torpeza. Al hecho de que el ser humano, en su más temprana juventud, solo llega a dirigir sus fuerzas físicas por caminos muy determinados, a trabajar y actuar solo en algunas direcciones, se vuelve torpe en los ámbitos más amplios. Hoy en día ya hay hombres que, cuando se encuentran en una situación así, ni siquiera son capaces de coserse un botón del pantalón, por extraño que parezca. Quien no considera las ciencias humanas como una teoría o una doctrina, sino que absorbe en toda su personalidad lo que hay en ellas de cálido, lo transmite a sus músculos, a la pulsación de su sangre, y eso le hace hábil. Y si pudiéramos inculcar a nuestros hijos el modo de pensar de las ciencias espirituales, veríamos el éxito, veríamos que los niños se vuelven más hábiles, que pueden hacer esto o aquello con mayor facilidad; sus dedos se volverían más ágiles. La posibilidad de hacer más ágiles las ideas también hace que la voluntad sea más ágil en sus medios de expresión. Así, en el ámbito de la vida volitiva, la ciencia espiritual lucha contra lo que amenaza a la humanidad: la torpeza. Esta torpeza es, más de lo que se cree, una característica de nuestro tiempo. Fíjense en lo poco que son capaces de hacer hoy en día las personas fuera del ámbito estricto de su profesión. Ya no son capaces de hacerlo; y en sus profesiones actúan más o menos así porque sus almas están encasilladas. Si se pone a una persona que está tan mecanizada en su profesión ante algo diferente, se verá lo unilateral que es nuestra cultura actual. Pero esto no se puede remediar con medios externos, ya que la economía tiende a especializarlo todo. Luchar contra ello sería una tontería. Pero sí se puede fortalecer el alma de tal manera que el ser humano reciba los impulsos de la destreza desde el centro de su ser. Para ello, sin embargo, es necesario impregnarse completamente, impregnarse de verdad con el conocimiento del mundo suprasensible, principalmente de la naturaleza suprasensible del ser humano. No se puede comprender la percepción y la imaginación, ni siquiera desde el punto de vista científico, si no se sabe lo que he dicho antes: que la organización humana deja espacio en el retroceso de la organización de la cabeza para que fluya la vida anterior y también la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. Pero también la vida después de la muerte fluye hacia nuestra organización.

La visión científica sobre el organismo humano es, como ya he dicho, demasiado unilateral. Solo el tronco humano podría ser considerado tan unilateralmente como lo hace la ciencia, pero no así las extremidades. Si observamos las extremidades, los brazos, las manos, los pies, las piernas, —esa organización continúa hacia el interior—, vemos que la organización de las extremidades es inversa a la del cráneo: hay un desarrollo excesivo. El desarrollo se dispara por encima de lo normal. Si se estudia detenidamente el desarrollo en relación con estas circunstancias, se verá que se dispara por encima de lo que el ser humano necesita entre el nacimiento y la muerte. Tomemos solo el aspecto exterior: la organización de los brazos en relación con los pechos, con los órganos secundarios que sirven para la reproducción, las piernas en relación con los órganos sexuales primarios, las extremidades físicamente en relación con aquello por lo que el ser humano ya se eleva físicamente por encima de sí mismo.  En su centro, la organización de las extremidades no solo sirve a lo que se derrama sobre la vida individual humana, sino también a lo que va más allá de ella, es decir, a lo espiritual y anímico. Lo que subyace espiritualmente y anímicamente a las extremidades va más allá de lo que sirve a la vida humana entre el nacimiento y la muerte. En ello ya se encuentra lo que actúa más allá de la muerte. Así como el ser humano pasa físicamente desde su propia organización a la del niño a través del centro de la organización de sus extremidades, así también está presente en él, en forma de imaginación, lo que, al ser un ser humano con brazos y piernas, lleva consigo a través de la puerta de la muerte. Con la percepción imaginativa se percibe esto muy claramente: el ser humano lleva su futuro después de la muerte de forma muy clara, también anatómica y espiritual, en la organización de sus extremidades. Si se estudia adecuadamente la ciencia natural, poco a poco se dejará de decir: Las ciencias espirituales son algo que no se puede alcanzar. Si se observa la organización humana no de una manera tan lineal como no lo es, sino tal y como es en realidad, entonces la propia ciencia natural revelará la necesidad de llegar a las ciencias espirituales. Sin embargo, la humanidad tendrá que superar algo: la creencia en la similitud de todas las impresiones sensoriales externas. Hoy en día, no solo los legos creen en la similitud de todas las impresiones sensoriales externas, sino también los naturalistas que tienen al ser humano ante sí en la clínica y lo examinan anatómicamente. Para ellos, el corazón es una organización similar a la cabeza. Pero eso no es cierto. La cabeza se encuentra, en comparación con el corazón, en un nivel inferior en toda su organización. Simplemente no se puede observar; ahí está el problema. Cuando se aprenda a observar correctamente, se obtendrá de la ciencia natural la convicción fundamental de lo espiritual en el ser humano, de lo que pasa por nacimientos y muertes. Pero cuando se llega a ello, se tendrá en cuenta este aspecto espiritual y anímico en todo el movimiento cultural, y entonces se comprenderá la importancia de la lucha contra la estrechez de miras, el filisteísmo y la torpeza. Y se comprenderán muchas otras cosas. Sobre todo, en la vida práctica se aprenderá a tener en cuenta el espíritu. 

Hoy en día se permite al físico hablar sin trabas de electricidad positiva y negativa, de magnetismo positivo y negativo. Al científico espiritual se le reprocha en su campo que hable de dos corrientes de fuerza en el alma humana, la Luciférica y la Ahrimánica. Pero estas dos corrientes de fuerza son para el alma humana una polaridad igual que el magnetismo positivo y negativo o la electricidad positiva y negativa en el mundo físico. Y si se quiere comprender a la humanidad en su desarrollo, hay que aceptar observar lo que actúa en relación con lo Luciférico y lo Ahrimánico en la vida. 

Un ejemplo: durante mucho tiempo, nuestra estructura social estuvo influenciada de manera unilateral por la esencia luciférica. No es que se pueda simplemente eliminar lo luciférico de la vida. Quien solo dice: «Quiero protegerme de lo Luciférico», cae aún más en sus garras. Se trata solo de darle el lugar que le corresponde en la vida y saber: existe algo Luciférico y existe algo Ahrimánico, entonces no se exagerarán sus efectos ni se les dará una interpretación errónea. Durante siglos, nuestra estructura social en Europa y también en otras partes del mundo ha estado dominada por fuertes impulsos unilaterales Luciféricos. Estos fuertes impulsos Luciféricos se apoderan de los instintos y los impulsos del ser humano, de lo que actúa desde dentro. No se trata de una crítica, sino solo de una caracterización de estos tiempos. ¿Cómo actuaba lo Luciférico? Hasta ahora se ha prestado mucha atención a determinar la cultura social, el lugar que ocupaba una persona en la vida, dando gran importancia a su vanidad y a su ambición. Son impulsos luciféricos. Se incitaban la vanidad y la ambición del ser humano. Solo recuerdo cómo en la escuela se contaba con la vanidad y la ambición hasta nuestros días. Y fueron la vanidad y la ambición, en muchos sentidos, las que llevaron al ser humano a apropiarse de esto o aquello para conseguir un lugar importante en la vida.

Ahora nos encontramos en un momento crucial de la vida. A ningún observador atento se le puede escapar que estos impulsos luciféricos están decayendo. Por decirlo de forma trivial: ya no atraen. Pero ahora se va a traer otra cosa, esencialmente ahrimánica. Y una corriente ahrimánica se está infiltrando en los engranajes del presente. Nuestra querida población, esta población sin autoridad, que nunca quiere creer en las autoridades y, por lo tanto, cae naturalmente en todas las autoridades, volverá a soportar sin sospechar nada lo que ahora se supone que debe tomar forma como un poder ahrimánico unilateral en relación con la configuración de la estructura social. Algo muy extraño se está imponiendo: las llamadas pruebas de aptitud. La psicología experimental, que sin duda tiene cierta justificación limitada en las universidades, puede aprender muchas cosas sobre el funcionamiento del cuerpo humano y la forma en que este expresa ciertas cosas. Pero quiere tener una cierta ocupación, ya que es más fácil que cualquier otro examen del alma. Ahora se dispone de un aparato que realiza registros por medios eléctricos. Se coloca a los estudiantes en determinados lugares y se anota cuánto tiempo tardan en asimilar una impresión y llevarla a la conciencia. En resumen, se trabaja de forma externa, como en un gabinete clínico. Es más fácil que investigar internamente. Sin duda, no hay que poner en duda el valor de esta psicología experimental para determinadas cosas, pero le gustaría tener un campo más amplio. Ahora quiere encargarse de las pruebas de aptitud. Para ello, se selecciona a un número de niños de varias clases escolares y se les evalúa en función de su aptitud, memoria, atención, etc., pero la forma en que se evalúa con el método de la psicología experimental es muy curiosa. La memoria, por ejemplo, se evalúa de la siguiente manera. Se escriben en la pizarra dos series de palabras que no tienen relación entre sí; por ejemplo, «cabeza» y «cristal», luego otras dos palabras que tampoco tienen relación, y así sucesivamente. Y después de borrarlo todo, solo se escribe la primera palabra; el niño tiene que añadir rápidamente la segunda de memoria. Los que han recordado mejor qué palabra inconexa iba junto a otra tienen mejor memoria, y los demás, que o bien no encuentran nada o tardan más tiempo, tienen peor memoria. Así se comprueba la memoria. — O se quiere comprobar la inteligencia. Para ello, les leeré un ejemplo típico:

«Si se dan, por ejemplo, los conceptos «espejo», «asesino» y «rescate», se pueden establecer toda una serie de conexiones diferentes entre el espejo y el rescate, para lo cual no se necesitan conocimientos especiales, sino solo una aguda capacidad de combinación. La conexión más obvia»

 —la que establecerá la persona menos inteligente—

 «es, por supuesto, que la persona amenazada ve en el espejo al asesino que se acerca sigilosamente. Pero también hay otros motivos posibles: por ejemplo, un asesino que se acerca sigilosamente puede golpear un espejo y el ruido que este produce puede despertar a la persona que duerme amenazada, de modo que esta pueda salvarse. O el asesino que apunta puede quedar deslumbrado por un espejo reflectante.

 — ¡Piensen en lo inteligente que debe ser un niño o una niña para darse cuenta de esto!

«Pero también se pueden utilizar motivos emocionales. Por ejemplo, el asesino puede asustarse tanto al ver su propia imagen, apenas visible en la penumbra del espejo, que desista de cometer el crimen, ya sea porque le invaden escalofríos o remordimientos al verse en el espejo, o porque, en la penumbra, confunde su propio reflejo con el de otra persona. «Por lo tanto, es especialmente inteligente pensar que el asesino podría verse en el espejo y confundir su propio rostro con el de otra persona. También se puede pensar en el descubrimiento del asesino que se acerca sigilosamente en el claro espejo de agua del tranquilo lago del bosque por parte de la persona amenazada, etc.».

Dependiendo de si se activa lo más cercano o lo otro, se es más o menos inteligente, y quien resulte más inteligente de esta manera debe ser apoyado con becas o promocionado de alguna otra manera; y a quien no se le ocurra nada más que el hecho de que también se puede ver a un asesino en el espejo, no se le conceden becas. Así es como se evalúa hoy en día la inteligencia, y en este sentido se muestra un gran entusiasmo por las pruebas de aptitud. Con ello se pretende influir en el orden social, aunque no se establezca. Pero el querido público aceptará de todo corazón estas cosas como fruto de la ciencia auténtica y verdadera del presente, ya que hoy en día son objeto de una gran agitación. De esta manera se intenta encontrar los medios y las formas de «poner al hombre adecuado en el lugar adecuado» de forma metódica, y se escriben ensayos que comienzan así: «Como casi ninguna otra ciencia, la psicología aplicada ha florecido durante la guerra.  No es una coincidencia: la guerra, con su consumo de vidas humanas y sus exigencias diferenciadas, ha puesto de manifiesto la importancia de no desperdiciar y utilizar sin sentido los recursos humanos, sino de aprovecharlos de la manera más adecuada posible. Hasta ahora, solo la pedagogía se ocupaba en la práctica de la psicología exacta; ahora se añaden tres nuevas cuestiones: ¿para qué profesión es más adecuado un individuo? (problema de aptitud profesional); ¿cómo se puede reemplazar la inteligencia destruida? (selección de talentos); ¿qué posibilidades de curación hay para los heridos en la cabeza y otras personas con daños nerviosos? (terapia de ejercicios psíquicos).»

Y así continúa. Con una frase significativa se vincula una aberración temporal, y el asunto pasará aún más desapercibido, ya que, evidentemente, hay profesiones en las que es necesario proceder de esta manera. Es totalmente natural que, por ejemplo, se examine a los pilotos siguiendo un método similar con cierta razón. Pero no se debe generalizar. Porque eso introduciría un elemento arimánico en nuestra estructura social, en la formación más unilateral. Se eliminaría así de las aspiraciones humanas, de los anhelos humanos, todo lo que proviene del alma, del alma elemental e impulsiva. Se puede incluso imaginar el asunto de forma burda: ¿cree usted que, si tales exámenes de aptitud fueran realmente decisivos, podría seguir teniendo sentido una frase como esta: «El deseo y el amor son las alas de las grandes hazañas»? Y si la gente pensara alguna vez en sus propios grandes personajes, puede estar seguro de que si un examinador de este tipo hubiera tenido que examinar a Helmholtz, lo habría calificado sin duda como un chico sin talento. ¡Lean la biografía de Helmholtz!

Es una característica arimánica. Las cosas se presentan además enmascaradas. Si no se es capaz de observar las cosas a través de la ciencia espiritual, no se percibe dónde residen los daños. No basta con que en nuestra época se quiera deleitar en todo tipo de sentimientos lujuriosos, sino que es necesario despertar en lo que respecta a la valoración de la vida. Y ya sería mucho si, en relación con esta tontería de la prueba de aptitud, al menos algunas personas se formaran un juicio objetivo al respecto. Porque florecerá y prosperará, ¡de eso pueden estar seguros! Será el resultado final de la «evaluación imparcial del alma» y será glorificado como uno de los frutos más hermosos de esa corriente filosófica que finalmente se ha despojado de los antiguos prejuicios y métodos idealistas y se ha lanzado a lo «real». La ciencia espiritual debe actuar de manera práctica en este sentido.

Ahora bien, hay muchas cosas relacionadas con esto, sobre todo el hecho de que la amplitud de intereses y la veracidad deben convertirse finalmente en características fundamentales del alma humana. Me gustaría citarles dos ejemplos simpáticos sobre la forma en que actúa la veracidad en nuestra época y cómo falta cierto interés. Si elijo ejemplos personales, supongo que no me lo tomarán a mal, porque saben que no lo hago por una tontería personal. — Hace poco di una conferencia en Múnich sobre las experiencias que el vidente tiene con el arte. Nunca he dado por sentado que un periodista sea capaz de comprender la ciencia espiritual o de escribir algo elogioso al respecto. Al contrario, si un periodista empezara a escribir sobre la ciencia espiritual de forma elogiosa, pensaría que algo no está bien. Pero se pueden estudiar ejemplos al respecto. En la conferencia mencionada, también hablé sobre el arte musical y sobre el hecho de que la experiencia musical involucra de manera significativa a todo el ser humano, que donde hay experiencia musical, hay un ritmo que se desarrolla en el interior del ser humano. Hablé, por un lado, en relación con lo espiritual y lo anímico, pero también, por otro lado, en relación con lo fisiológico, al explicar el movimiento ascendente y descendente del líquido cefalorraquídeo a través del espacio aracnoideo y, además, describir cómo el tubo de la médula espinal es más o menos elástico, y cómo esto produce, de hecho, un maravilloso ritmo interno. A través de la experiencia musical, algo grandioso y rítmico ocurre en la vida. Mencioné estos movimientos rítmicos del líquido cefalorraquídeo, que están relacionados con la inhalación y la exhalación. Y como en esta conferencia también hablé de conceptos simbólicos, el periodista escribió que yo mismo utilizaba conceptos simbólicos que serían inadmisibles: ¡el concepto del líquido cefalorraquídeo! Solo hay que imaginarlo: sin el líquido cefalorraquídeo, el cerebro, que según el principio de Arquímedes se vuelve más ligero gracias a este líquido, presionaría los vasos sanguíneos que se encuentran debajo de él y los aplastaría. Así pues, el líquido cefalorraquídeo es algo muy real. Pero así son los intereses que tienen las personas, y a partir de tales tonterías se escriben cosas.

A continuación, un ejemplo, en realidad solo un pequeño ejemplo de veracidad y falsedad. Ya he mencionado en varias ocasiones que el curioso erudito Max Dessoir también dedicó un capítulo de su libro «Vom Jenseits der Seele» (Más allá del alma) a la «antroposofía». Ya intenté demostrarle las más diversas distorsiones y demás. También en lo externo, su método narrativo es, en el fondo, hilarante por su absoluta superficialidad. Por ejemplo, citó mi «Filosofía de la libertad» y dijo que era mi primera obra literaria. Aunque se trata de una tergiversación, no pude evitar responderle que ya había escrito y publicado libros diez años antes. Pero este «Más allá del alma» de Max Dessoir causó sensación; fue comentado por todos los periodistas, que consideran el líquido cefalorraquídeo como una idea simbólica.  Ha funcionado, y ahora se ha publicado una segunda edición de este libro. En el prólogo, Max Dessoir intenta justificarse, y lo hace siguiendo el mismo patrón. No puede evitarlo y cree que el contexto deja muy claro que yo no entiendo lo que él quiere decir; él se refería a que La filosofía de la libertad era mi primer libro «teosófico». Así que, aparte de que todo el mundo se ríe cuando él cree que con su afirmación no se refiere a mi primera obra literaria, ahora todo el mundo se reirá de nuevo cuando se describa La filosofía de la libertad como mi primer libro «teosófico». Porque existe un amplio debate sobre si con mis obras teosóficas abandoné la escritura filosófica. Así están las cosas con la veracidad, y es necesario hacer que la gente lo comprenda. Sin veracidad no podemos avanzar, y no se pueden dejar pasar estas cosas sin más. Para alguien que conoce los temas relevantes, todo el libro de Max Dessoirs está redactado como el capítulo sobre antroposofía. Y, sin embargo, ¿qué podría pasar? Una revista que por lo demás se presenta como algo tremendamente serio, —lo menciono porque en esta revista no se ataca a la antroposofía—, la «Kantstudien», que se enorgullece tanto de su orientación puramente científica, analiza este producto de Dessoir como un libro científico serio desde diferentes perspectivas. Es una de las experiencias más tristes que se pueden tener, que un libro que da muestras de la mayor superficialidad sea considerado hoy en día por una revista filosófica como un «libro científico serio», tal y como se analiza allí. Ahora pregunto: ¿qué debe hacer hoy el público, ese público que no cree en la autoridad? Por supuesto, toma estas obras de las bibliotecas, como los «Estudios sobre Kant» y demás, ¡pero eso es lo que subyace a estas cosas!

Solo es posible, si existe la voluntad, volver con el espíritu a lo fundamental de la naturaleza humana. Y lo fundamental solo lo abordan hoy en día los esfuerzos de las ciencias espirituales. No queda más remedio que trabajar por la veracidad, la amplitud de intereses, la falta de filisteísmo y la flexibilidad ante la vida.

Quería volver a hablarles de esto para que no perdamos la conciencia: en la ciencia espiritual no solo importa el contenido, sino también lo que el tipo especial de concepciones, ideas y pensamientos espirituales provoca en nuestra alma, que nuestra alma se eleve por encima de la estrechez de miras, la filisteidad y la torpeza. Esto es algo que quien presta atención a los impulsos especiales que se encuentran en la ciencia espiritual debe ver cada vez más. Debemos tener en cuenta el valor práctico de la ciencia espiritual. La próxima vez seguiremos hablando de estas cosas.

Traducido por J.Luelmo nov,2025