CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA199 Dornach, 14 de agosto de 1920 - Comentarios críticos sobre los puntos de vista de la ciencia natural materialista sobre la evolución de la Tierra y sobre el concepto de Cristo en la teología materialista del siglo XIX.

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RUDOLF STEINER
Las ciencias espirituales como conocimiento 
de los impulsos básicos de la estructura social 

 Comentarios críticos sobre los puntos de vista de la ciencia natural materialista sobre la evolución de la Tierra y sobre el concepto de Cristo en la teología materialista del siglo XIX. -

Dornach, 14 de agosto de 1920

cuarta conferencia

Por el contexto de algunas de las declaraciones que he hecho recientemente, junto con todo tipo de manifestaciones externas, podrán ver que nuestro movimiento antroposófico ha entrado en una etapa que requiere que todo individuo que desee participar en él, combine esta participación con un sentido muy serio de la responsabilidad. A menudo he hablado en este sentido. Sin embargo, no siempre se considera de forma exhaustiva el contexto del que se trata. Precisamente porque estamos dentro de nuestro movimiento, no debemos perder de vista los tiempos tremendamente graves en los que se encuentran actualmente la civilización europea y sus anexos americanos. Y aunque no dijéramos ni una cosa ni la otra por iniciativa propia, -aunque es absolutamente necesario decirlo-, cuál es la conexión entre los impulsos que provienen de la ciencia espiritual de orientación antroposófica, y los acontecimientos de la historia contemporánea: estos acontecimientos del presente se toparían con lo que estamos tratando y sin duda también se toparían con lo que está en nuestra línea sin nuestra intervención. La cuestión es que no deberíamos cerrar los ojos ante todo el significado de lo que implican tales palabras.

Es posible que a algunos amigos que antes no lo sabían les haya quedado claro, sobre todo por las explicaciones de ayer del Dr. Boos, lo necesaria y factual que es la idea de la triple articulación, en relación con todo lo que se pretende sobre la base de la ciencia espiritual de orientación antroposófica.

El devenir del mundo en la actualidad se asemeja a un organismo extraordinariamente complejo, y a partir de los más variados fenómenos, que deben ser observados con atención, queda claro qué rumbo está tomando este organismo. Hoy ocurren muchas cosas que a primera vista parecen insignificantes. Pero esta insignificancia, esta aparente insignificancia, significa a veces algo extraordinariamente incisivo e invasivo. A su vez, suceden cosas que muestran en el sentido más eminente lo extraordinariamente difícil que es pasar de las ideas, a las que estamos acostumbrados en el viejo mundo, a una visión adecuada a la actualidad. 

En las noticias de los periódicos de los últimos días se puede ver que lo que emana de Dornach tiene un efecto en el mundo, que a veces es recibido por tal o cual persona, y que deberíamos tomarnos estos acontecimientos muy en serio. Deberíamos darnos cuenta de que, en el fondo, cada palabra que pronunciamos hoy debe ser considerada a fondo, y que las palabras importantes no deberían pronunciarse realmente sin la obligación de adquirir conocimientos sobre el curso general del mundo, que hoy es un organismo extraordinariamente complejo. En un futuro muy próximo, es a mí a quien corresponderá entrar en las cuestiones que se planteen aquí, pero hoy me gustaría comenzar señalando que precisamente, debido a los vínculos entre nuestro movimiento y el rumbo general del mundo, nos incumbe ante todo adquirir realmente una plena comprensión del hecho de que ya no debemos hacer funcionar nuestro movimiento de una manera en cierto modo sectaria. He hablado a menudo de ello. Hoy ha llegado ciertamente el momento en que debemos asumir cada colaborador particular, pero  con la amplia responsabilidad plena de lo que representa en el espíritu de nuestro movimiento. Y esta responsabilidad debe organizarse de tal manera que esté vinculada a sentirse obligado a no decir nada que no parezca tener una conexión interna con el devenir general de los acontecimientos mundiales actuales. Lo que menos concuerda con los acontecimientos mundiales actuales es la actividad sectaria. Lo que hay que defender hoy debe poder defenderse ante el mundo entero y no debe tener un carácter sectario o diletante, independientemente de que se hable o se haga. No debemos rehuir navegar entre Escila y Caribdis, (dos monstruos marinos de la mitología griega).

Seguramente algunos se dirán a sí mismos y señalarán así a cierta Escila: ¿Cómo voy a informarme de lo que ocurre hoy, puesto que el curso de los acontecimientos se ha complicado tanto, puesto que hoy es tan difícil deducir el movimiento interno de los hechos a partir de los síntomas? Pero esto no debería, me gustaría decir, conducir a Caribdis, es decir, a la inactividad; más bien, debería conducir a la navegación correcta, es decir, a sentir la obligación de armonizarse lo mejor posible con el curso de los acontecimientos mundiales generales por todos los medios disponibles.

Ciertamente es más fácil decirse a uno mismo: Ahí está la antroposofía, la estoy aprendiendo; también voy a pensar un poco en su terreno, investigar una cosa u otra y luego la representaré ante el mundo. - Es precisamente esto lo que nos lleva al sectarismo, si queremos trabajar de esta manera, como acabo de indicar, simplemente sin mirar a la derecha ni a la izquierda, con los ojos cerrados, por así decirlo, a los grandes e importantes acontecimientos del presente. Nos incumbe estudiar el curso de los acontecimientos del presente y, sobre todo, basar este estudio en los juicios que pueden llegarnos a través de los hechos que se desprenden de la propia ciencia espiritual antroposófica.

Durante todos estos años se han recopilado aquí hechos con el fin de que el individuo pueda formarse un juicio a partir de ellos. Estos hechos no deben ser ignorados si uno quiere formarse un juicio sobre algo que está sucediendo hoy en día sobre la base de nuestras observaciones. Hoy quisiera hacer esta observación general y en un futuro próximo entraré en más detalles en este sentido.

Hoy me gustaría añadir algunas cosas a lo que dije aquí el domingo pasado sobre la naturaleza del organismo sensorial humano. Y quiero partir de la base de que les planteo una contradicción que ya he expresado en numerosas ocasiones en este mismo lugar. Hoy en día existe, sin que el gran público lo sepa, pero pensando en esta dirección, diría yo, la influencia del pensamiento científico por un lado, y por otro lado, en unos sigue existiendo una antigua creencia tradicional en los ideales morales o religiosos, en otros solo hay escepticismo, dudas en este sentido, en otros indiferencia, etc. Esta gran contradicción sacude y atraviesa hoy en día a toda la humanidad: ¿cómo se relaciona el curso necesario de los acontecimientos naturales con la validez de los ideales éticos, morales y religiosos?

Una vez más quiero mencionar lo que ya he expuesto ante muchos de ustedes: por un lado, tenemos una cosmovisión científica que cree poder determinar, a partir de sus hechos, el devenir del mundo, concretamente el devenir del mundo terrenal. Y aunque considere lo que dice como una hipótesis, esto se inculca en todo el pensamiento, en todo el sentir y en toda sensación de la humanidad. Nuestra existencia terrenal se atribuye a una especie de estado nebuloso. Por tanto se considera que todo lo que surgió de este estado nebuloso es fruto de una necesidad puramente natural, y se vaticina el estado final de nuestra existencia terrenal, basándose a su vez en leyes naturales rígidas y necesarias, formulando ideas sobre cómo perecerá esta Tierra. 

Y al plantear tal visión, se tiene una idea básica que hoy en día se ha vuelto muy popular y que se enseña a los niños en la escuela; se tiene la idea básica de que la materia del universo, independientemente de si está compuesta por átomos o iones y similares, es indestructible, que, en cierto modo, la materia se concentró de alguna manera en el punto de partida de la formación de la Tierra, luego se transformó, se metamorfoseó, pero que, en el fondo, hoy existe la misma materia que existía al comienzo del desarrollo de la Tierra, y que la misma materia existirá al final del desarrollo de la Tierra, solo que concentrada de otra manera, que la materia es indestructible, que todo son solo transformaciones en la materia.

A esta visión se le ha añadido la de la llamada conservación de la energía, suponiendo una cierta suma de fuerzas al principio, imaginándolas transformándose y, en el fondo, imaginando la misma suma de fuerzas en el estado final de la Tierra. Solo unos pocos espíritus valientes se han rebelado contra esto. A menudo les he puesto como ejemplo típico a Herman Grimm, quien dijo: Se habla de un estado de neblina, de la esencia nebulosa de Kant-Laplace al comienzo de la existencia de la Tierra o del mundo; allí, mediante procesos puramente naturales, se habría formado todo lo que hay en nuestra Tierra, incluido el ser humano. Y luego se transformará hasta que finalmente vuelva a caer en forma de escoria en el sol. Herman Grimm opina que un hueso alrededor del cual corre un perro hambriento es una imagen más apetecible que esta teoría de Kant-Laplace sobre la existencia del mundo, y que a las generaciones futuras les resultará difícil comprender, desde el punto de vista cultural e histórico, cómo es posible que los siglos XIX y XX se hayan visto afectados por esta enfermedad de pensar así. Algunos espíritus valientes, como ya se ha dicho, se han rebelado contra estas cosas. Pero hoy en día se enseñan de tal manera que, cuando alguien se opone a ellas, si se trata de un Herman Grimm, se dice: «Bueno, un erudito en arte no tiene por qué entender nada de ciencias naturales». Y si lo dice otra persona que quiere entender algo de ciencias naturales, se le considera un tonto. Hoy en día, semejantes cosas se dan por sentadas y muy pocas personas son conscientes de la importancia que tiene este hecho. Si esta opinión tiene tan solo una pizca de verdad, entonces todo lo que se dice sobre los ideales morales y religiosos no tiene sentido, ya que estos ideales nacen en la mente de las personas y se elevan como burbujas. Los teóricos socialdemócratas los llaman ideología, para burlarse de las personas—, que solo han surgido de las transformaciones de la materia y desaparecerán cuando nuestra Tierra llegue a su estado final. Entonces, todo lo que imaginamos como ideales morales y religiosos no es más que una burbuja de espuma. Porque la realidad que exige la cosmovisión científica es tal que no permite una cosmovisión moral o religiosa, si se acepta esta cosmovisión científica tal y como la cree la mayoría de las personas. Por lo tanto, se trata de que el tiempo, que hoy está maduro por un lado, hace urgentemente necesario por otro lado que se obtenga una cosmovisión de fuentes completamente diferentes a las que tiene la educación actual.

Las únicas fuentes que permiten que una cosmovisión moral y religiosa coexista con la científica son las fuentes de las ciencias espirituales. Pero estas fuentes cientifico-espirituales deben buscarse allí donde hablan con total seriedad. A muchas personas de hoy en día les resulta difícil buscar estas fuentes. Prefieren ignorar la pura contradicción que hoy les he vuelto a plantear, porque no tienen el valor de enfrentarse a la cosmovisión científica. Se oye decir a quienes se consideran autoridades que la ley de la conservación de la materia y la energía está garantizada y que todo aquel que no se atenga a estas leyes es un diletante. Ante la enorme carga de la falsa autoridad que pesa hoy sobre la humanidad, no se tiene el valor de alejarse de esta autoridad y acudir a las fuentes de la ciencia espiritual.

Y también los hechos externos enseñan que la salvación del cristianismo, la salvación de una comprensión real del misterio del Gólgota, depende de la migración hacia las fuentes de la ciencia espiritual. El curso externo de los acontecimientos lo demuestra. Fíjense en los llamados teólogos avanzados, fíjense en lo que enseñan los representantes más avanzados del cristianismo. El materialismo también se ha apoderado de la religión. Ya no se puede comprender cómo el principio espiritual-divino, esbozado con el nombre de Cristo, se une con la personalidad humana de Jesús de Nazaret, porque esta unión solo puede conocerse hoy en día a partir de las fuentes de la ciencia espiritual.

Y así ha llegado a suceder que también la teología se ha vuelto materialista, hablando solo del «hombre sencillo de Nazaret», de un hombre que, aunque se dice que enseñaba cosas más grandiosas que otros, solo es considerado un maestro más grandioso, y no por la entidad que albergaba en su cuerpo. Y uno de los teólogos más importantes de la actualidad, Adolf Harnack, acuñó la frase: «No es Cristo, sino el Padre quien pertenece al Evangelio», es decir, el Evangelio no debe hablar de Cristo, porque teólogos como Harnack, en el fondo, ya no conocen a Cristo, sino solo al maestro de Nazaret. «¡Quieren aceptar la enseñanza de este hombre de Nazaret; la enseñanza del padre creador del mundo, que pertenece al Evangelio, pero no una enseñanza sobre el propio Cristo Jesús!».

Si no fuera por la influencia de las ciencias espirituales, el cristianismo seguiría sin duda por este camino de naturalización y materialización. A partir de lo que la humanidad ha heredado desde tiempos inmemoriales, no puede concebir de manera honesta la unión de la naturaleza divina y la naturaleza humana en Cristo Jesús. Para ello es necesario abrir nuevas fuentes de ciencia espiritual. Y necesitamos esta apertura para la vida religiosa; pero también la necesitamos para la reorganización de las relaciones sociales dentro de nuestra civilización, exigida por los acontecimientos de la época. Y, sobre todo, necesitamos una completa reorganización de la ciencia, una penetración de todas las ciencias con fuentes de las ciencias espirituales. Sin esto, no se puede seguir adelante. Y aquel que cree que no hay que preocuparse por el curso de la vida religiosa, por el curso de la vida social, por el curso de los acontecimientos públicos en el mundo civilizado, por el curso de los logros científicos, aquel que cree que se puede practicar la antroposofía en un aislamiento sectario ante cualquier círculo heterogéneo que luego se presenta como una suma de extraños dentro de este mundo, está cometiendo un grave error. 

Todo lo que digo aquí se basa siempre en la responsabilidad hacia el curso general de los acontecimientos mundiales actuales. Cada frase, cada palabra se basa en esta responsabilidad. Debo mencionarlo porque no siempre se comprende con toda claridad. Si hoy se sigue hablando de misticismo de la misma manera que muchos lo hicieron a lo largo del siglo XIX, esto ya no está en consonancia con lo que el mundo exige hoy en día. Y el mero hecho de añadir el contenido de la doctrina antroposófica a lo que ocurre en el curso de los acontecimientos mundiales, tampoco estará en consonancia con las exigencias del presente. Recuerden cómo el problema, el enigma de la libertad humana, ocupa el centro de las reflexiones que cultivo desde hace décadas. Este problema de la libertad humana, debemos situarlo hoy en el centro de toda reflexión verdaderamente espiritual.

Debemos hacerlo por dos razones. En primer lugar, porque todo lo que se ha extraído de los antiguos misterios, todo lo que la ciencia iniciática de la antigüedad ha presentado al mundo, carece de una comprensión real del enigma de la libertad humana. Los maestros de los antiguos misterios transmitieron a la humanidad cosas grandiosas y poderosas. Hay cosas grandiosas y poderosas en las tradiciones míticas de los diferentes pueblos, que también pueden explicarse esotéricamente, aunque no como se suele hacer. Hay cosas grandiosas en las demás tradiciones que tienen su origen en la ciencia iniciática de la antigüedad, si se comprenden de la manera correcta. Pero en todo ello hay algo que falta, algo que no se encuentra en la ciencia iniciática de los antiguos misterios, ni en los mitos de los distintos pueblos, aunque se interpreten esotéricamente, ni en las tradiciones que se derivan de esta ciencia iniciática, y lo que falta es el enigma de la libertad humana.

Porque aquel que parte de una ciencia iniciática, de una iniciación del presente, que comprende cómo se sitúa la iniciación del presente junto a la iniciación del pasado, sabe que la humanidad, en su evolución sobre la Tierra, solo ahora está entrando en la etapa de la libertad real, y que simplemente antes no era necesario dar a la humanidad una ciencia iniciática que estuviera completamente impregnada del enigma de la libertad. Lo que encierra el enigma de la libertad, la situación en la que se encuentra el alma humana cuando se enfrenta al enigma de la libertad con total claridad, es algo que muy pocas personas intuyen hoy en día.

Toda ciencia iniciática debe recibir una nueva luz a través de este enigma de la libertad humana. Eso por un lado. Vemos cómo, desde tiempos antiguos, en continua sucesión, diría yo, se han formado sociedades secretas que, en parte, tienen una gran influencia en la vida actual, pero que se limitan a conservar lo antiguo, a imitar lo antiguo, a seguir actuando en el sentido de lo antiguo, y que, sin embargo, no son más que sombras de lo antiguo, que no son más que algo que, si actúa hoy, debe ser perjudicial para la humanidad.

Hay que comprender que incluso los misterios que en su día fueron los más grandes, si alguien quisiera enseñarlos hoy, serían perjudiciales para la humanidad. Nadie que comprenda la esencia de la iniciación actual puede enseñar como algo presente lo que en su día se enseñaba en los misterios egipcios, caldeos, indios e incluso griegos, que aún nos resultan tan cercanos. Pero, al fin y al cabo, todo lo que se ha enseñado hasta ahora sobre el cristianismo proviene de estas enseñanzas tradicionales. Y necesitamos comprender de nuevo el misterio del Gólgota a partir de una nueva enseñanza. Eso, como ya se ha dicho, por un lado.

Por el otro, vemos cómo se desarrollan los acontecimientos. Vemos cómo, desde lo más profundo del alma humana, surge el impulso por la libertad. Vemos cómo esta llamada a la libertad resuena en las aspiraciones humanas de los tiempos modernos. Sí, impregna esta aspiración, pero impregna también muchas otras aspiraciones humanas que no se comprenden claramente, que solo brotan de las profundidades del subconsciente y que deben ser penetradas con una comprensión clara. Se podría decir: ¡la humanidad ansía la libertad! La ciencia de la iniciación sabe que debe proporcionar una ciencia de la iniciación iluminada por la luz de la libertad.

Y estas dos cosas, esta aspiración de la humanidad y esta creación de una sabiduría iniciática, iluminada con la luz de la libertad, ambas cosas deben unirse. Deben unirse en todos los ámbitos. Por eso, hoy en día no se puede hablar de la cuestión social a partir de todas aquellas posibles fundamentaciones antiguas.

Hoy en día solo se puede hablar de ellos si se les considera a la luz de la ciencia espiritual. Esto es precisamente lo que le resulta tan difícil a la humanidad actual. ¿Por qué? Porque la humanidad aspira a la libertad, a la libertad de la individualidad, y con razón lo hace. Y digo con toda certeza: con razón. Los seres humanos ya no pueden actuar en el sentido del antiguo sistema de grupos con las almas grupales. Los seres humanos deben formar individualidades. Pero este anhelo de formar individualidades parece contradecir lo que nos dice la ciencia de la iniciación y lo que, por supuesto, primero debe venir de los individuos. El antiguo iniciado tenía medios y formas de elegir a sus discípulos, de transmitirles la sabiduría de la iniciación y también de conseguir reconocimiento para ellos y para sí mismo y su centro de misterios. El iniciado moderno no puede tener eso, porque sería necesario actuar desde ciertas fuerzas e impulsos del alma grupal, y eso hoy en día no es posible. Así se encuentra hoy la humanidad; cada uno quiere convertirse en un individuo desde el punto de vista en el que se encuentra. Por supuesto, no quiere escuchar lo que llega a través de los seres humanos como ciencia de la iniciación. Pero hasta que los seres humanos no comprendan que solo pueden convertirse en individuos asimilando el contenido de la ciencia de la iniciación a través de otros individuos humanos, la situación no podrá mejorar. Esto no solo tiene que ver con cuestiones ideológicas concretas, sino con el carácter fundamental de toda nuestra época y con las repercusiones de esta en los ámbitos espiritual, estatal y económico. La humanidad ansía la libertad. La ciencia de la iniciación quiere hablar de libertad. Sin embargo, en la etapa actual de desarrollo de la humanidad, solo hemos llegado al punto en el que la libertad puede comprenderse realmente mediante el sentido común. Hoy en día hay que comprender muchas cosas que pueden extraerse de nuestra literatura antroposófica y que yo quisiera resumir brevemente aquí desde ciertos puntos de vista. Hoy en día hay que comprender qué tipo de ser es el ser humano. Toda la charla abstracta sobre el monismo pasa por alto el verdadero monismo, que debe ser alcanzado después de haber pasado por muchas otras cosas, pero que no se puede proclamar desde el principio como una cosmovisión.

El ser humano es un ser dual. Por un lado está lo que podríamos llamar, -el término puede dar lugar a malentendidos, pero en nuestro idioma hay muy pocas palabras que expresen adecuadamente lo que realmente queremos decir desde el punto de vista de las ciencias espirituales-, la naturaleza inferior del ser humano, el organismo físico-corporal que constituye en primer lugar al ser humano. La última vez les describí este organismo físico-corporal en relación con la organización sensorial. Hoy dejaremos este tema de lado y volveremos a él mañana. Pero todos aquellos de ustedes que hayan seguido en cierta medida la literatura antroposófica, tienen una idea de este organismo físico-corporal del ser humano y también de que está relacionado con lo que en primer lugar es nuestro entorno. Lo que constituye el mundo exterior, lo que vive en los reinos mineral, vegetal y animal, también forma parte de la constitución física y corporal de los seres humanos. Somos una especie de resumen, elevado a un nivel superior, y se podría decir, de manera figurativa, que somos la cúspide de la creación. Pero, desde el punto de vista físico-corporal, somos una confluencia de las fuerzas y sustancias que actúan más allá de nosotros y que se nos presentan a través de nuestras percepciones sensoriales.

Luego tenemos nuestra vida interior. Tenemos nuestra voluntad, nuestro sentir, nuestro pensar, nuestra imaginación. Cuando nos concentramos en nosotros mismos, podemos prestar atención a esta voluntad, este sentir, este pensar que hay en nosotros, y podemos impregnar esta voluntad, este sentir y este pensar con lo que llamamos nuestros ideales religiosos, morales y de otro tipo. Así llegamos a algo que se puede llamar, -aunque esto también puede dar lugar a malentendidos, pero es necesario utilizar esta palabra-, el ser humano espiritual y anímico. No se puede entender si no se dirige la mirada del alma, por un lado, a este ser humano espiritual y anímico y, por otro, al ser humano físico y corporal. Pero es necesario que, ya sea mediante un seguimiento verdaderamente imparcial de los hechos de la naturaleza, ya sea mediante la profundización en las ciencias espirituales, es necesario que uno tome conciencia de que este organismo físico-corporal no está realmente presente en lo que cualquier ciencia humana, tal y como existe hoy en día en el mundo exotérico, puede abarcar. Si tuviera que aclararlo esquemáticamente mediante un dibujo, diría lo siguiente: si resumo todo lo que es la organización física humana y lo que está relacionado con todo el entorno (véase el dibujo, en rojo), esto llega hasta cierto

punto, -quiero dibujarlo aquí con una línea-, y se diferencia claramente, a pesar de todas las objeciones psicológicas diletantes modernas, se diferencia claramente de lo que se puede llamar la naturaleza espiritual y anímica del ser humano (amarillo), que a su vez está relacionada con un mundo espiritual y anímico, con un mundo que a la humanidad actual le parece muy abstracto, porque solo lo concibe en el sentido de los ideales abstractos morales o religiosos, que también se han convertido cada vez más en conceptos abstractos. Sin embargo, frente a ambos miembros de la naturaleza humana hay que decir: lo que hoy se considera ciencia no abarca ni la naturaleza física y corporal ni la naturaleza espiritual y anímica del ser humano. La naturaleza física y corporal del ser humano no se puede reconocer. Lean las razones por las que no se puede reconocer en mi pequeño librito «A través del espíritu hacia el conocimiento real del enigma humano». Si el ser humano pudiera verse a sí mismo en una introspección, es decir, si pudiera mirar hasta el fondo de lo que realmente ocurre en su interior, entonces podría ver exactamente lo que ocurre en su interior, en el sentido en que la ciencia actual entiende por «ver exactamente». Pero entonces el ser humano no podría ser el ser que es hoy, porque no podría tener memoria, no tendría capacidad de recordar. Al observar el mundo, las imágenes del mundo permanecen en nosotros como recuerdos, es decir, las impresiones del mundo solo llegan hasta este límite (véase el dibujo, flechas) y allí rebotan en el alma, y las recordamos. Y lo que rebota en nosotros mismos en la memoria nos oculta el interior físico y corporal del ser humano. No podemos mirar dentro, porque si pudiéramos hacerlo, cada impresión sería solo una impresión momentánea. No quedaría más que un recuerdo. Solo porque esta frontera se comporta aquí igual que lo hace un espejo, -tampoco podemos mirar detrás del espejo, sino que las impresiones nos son devueltas-, no podemos mirar dentro de nosotros mismos, las impresiones nos son devueltas si no ascendemos a la ciencia espiritual. Y si no nos devolvieran, tampoco tendríamos en la vida cotidiana las impresiones devueltas del recuerdo. Como seres humanos, debemos estar organizados en la vida de tal manera que tengamos recuerdos. Pero esto nos impide acceder a nuestra organización física y corporal. Al igual que no se puede ver a través del espejo lo que hay detrás de él, tampoco se puede ver, en cierto modo, detrás del espejo de la memoria o debajo de él, lo que es la organización física y corporal del ser humano.
Eso es verdadera psicología, esa es la verdadera esencia del recuerdo.

Y solo cuando los métodos de las ciencias espirituales rompen ese espejo, de modo que, -como ya he dicho en conferencias públicas- no se apela a la memoria, sino que se trabaja sin recuerdos y siempre con nuevas impresiones, solo entonces se llega a lo físico-anímico, a su verdadera forma.

Lo mismo ocurre en el otro sentido. Si pudiéramos ver con nuestra capacidad cognitiva cotidiana lo espiritual-anímico, que el domingo pasado les mostré que está detrás de lo sensorial, -no hay átomos ni moléculas detrás, sino que lo espiritual-anímico está realmente detrás-, si pudiéramos ver esto, en cierto modo no nos topamos con los límites de la ciencia natural, entonces no tendríamos en nosotros lo que necesitamos para la vida humana, lo que debemos educar aquí entre el nacimiento y la muerte, entonces no tendríamos en nosotros la capacidad de amar. La capacidad de amar se educa en nosotros porque, en primer lugar, en esta vida entre el nacimiento y la muerte, si no avanzamos hacia la ciencia espiritual, tenemos que renunciar a ver a través del velo de los sentidos, a mirar dentro del mundo espiritual. Y solo podemos tener memoria si renunciamos a mirar dentro de lo físico-corporal, lo cual nos expone a dos grandes engaños. Los seguidores dogmáticos de la visión científica del mundo están sujetos a un engaño. No escuchan la ciencia de la iniciación ni se dan cuenta, tal como se lo expliqué a ustedes el domingo pasado, de que detrás del velo de los sentidos no hay materia, ni sustancia, ni lo que la ciencia natural llama fuerza, sino un ser completamente espiritual. Aún hoy debo subrayar con toda agudeza lo que subrayé en mi comentario sobre el tercer volumen de los escritos científicos de Goethe, sobre la «Teoría de los colores» de Goethe. Ahí fuera está el tapiz de colores del mundo, ahí fuera está el rojo y el azul y el verde, y ahí fuera están las demás sensaciones. Detrás de ellas no hay átomos, ni moléculas, sino entidades espirituales. Lo que estas entidades espirituales hacen aflorar a la superficie vive en el tapiz de colores del mundo, en el tapiz de sonidos del mundo, en el tapiz de calor del mundo y en todas las demás sensaciones que el mundo nos transmite.

Pero aquellos que hoy son seguidores dogmáticos de la visión científica del mundo no ven a través de esto. No quieren escuchar a la ciencia iniciática. La consecuencia es que empiezan a especular sobre lo que hay detrás de los colores, el calor, etc., y llegan a una construcción material del mundo. Esto es siempre sólo especulación, por muy bien fundamentada que parezca, igual que la moderna teoría de los iones, y más allá del mundo sensorial no hay que especular, sólo se pueden tener experiencias más allá del mundo sensorial a través de un mundo superior, espiritual, de lo contrario hay que detenerse en los fenómenos. El mundo de los sentidos es una suma de fenómenos y debe entenderse como una suma de fenómenos.

Así, hoy se nos transmite una imagen de la naturaleza que luego se extiende más allá del estado inicial, más allá del estado final de la tierra, esa imagen de la naturaleza que excluye una visión moral y religiosa del mundo para el pensador honesto.

En el otro extremo están los que ahora miran hacia dentro. Suelen detenerse en lo que se refleja. La persona corriente en la vida cotidiana percibe los efectos de la memoria, me gustaría decir, recuerda lo que vivió ayer y anteayer, aunque ayer y anteayer hayan sido hace años. La persona que ahora se convierte en mística saca entonces a la superficie todo tipo de cosas de su interior y las fundamenta con todo tipo de bellas palabras y teorías místicas. Pero no es otra cosa que lo que insinué aquí el otro día, no es otra cosa que la ebullición y el burbujeo de la vida orgánica dentro del ser humano. Porque si se penetra en este espejo, no se llega a lo que Meister Eckhart o Johannes Tauler, por ejemplo, tienen en su mística, sino que se llega a procesos orgánicos de los que el mundo actual tiene poca idea. Y lo que se explica con tan bellas palabras místicas se relaciona con estos procesos orgánicos de la misma manera que la llama se relaciona con el combustible de una vela: es el producto de estos procesos orgánicos. El misticismo de Juan de la Cruz, Matilde de Magdeburgo, Johannes Tauler y Meister Eckhart es hermoso, pero es sólo lo que burbujea de la vida orgánica y sólo se describe en formas abstractas porque no vemos cómo está activa esta vida orgánica. Uno no llega a conocer la vida espiritual si primero no llega a conocer esta vida orgánica. No puede llegar a ser un científico espiritual en el verdadero sentido de la palabra quien reinterpreta la vida orgánica burbujeante interiormente como misticismo. Ciertamente son bellas palabras las que se pronuncian. Pero cuando uno habla de estas cosas, debe ser capaz de situarse desde un punto de vista completamente diferente al del mundo exterior. No hay por qué adoptar el punto de vista humanamente arrogante diciendo: La vida orgánica interna es sólo vida inferior. - No se convierte en superior por el mero hecho de etiquetar su efecto como misticismo, sino que uno es conducido a la vida espiritual, precisamente al ver a través de esta vida orgánica en sus efectos orgánicos, al saber que cuanto más se profundiza en la naturaleza individual del hombre, más se distancia uno de lo espiritual, no se acerca a ello. Uno sólo se acerca a lo espiritual de una manera espiritual-científica, no entrando en uno mismo. Si se introduce uno en sí mismo, entonces tiene la tarea de investigar cómo se produce el misticismo a través de la interacción del corazón, el hígado y los riñones, porque eso es lo que hace.

A menudo he señalado esto como la tragedia del materialismo moderno, que este materialismo moderno es incapaz en última instancia de reconocer los efectos materiales, que ni siquiera llega hasta los efectos materiales. Hoy no tenemos ni una verdadera ciencia natural ni una verdadera psicología, porque una verdadera ciencia natural conduce al espíritu, y una psicología que progresa en el sentido que hoy queremos, conduce a la comprensión del corazón, del hígado y de los riñones y no a las cosas abstractas de las que habla la psicología diletante de hoy. Porque lo que hoy se suele llamar voluntad, sentir, pensar son palabras abstractas, a la gente le faltan las cosas concretas. Y es fácil acusar de materialismo incluso a la ciencia espiritual verdaderamente seria, porque lleva precisamente a la esencia de lo material para guiar hacia lo espiritual.

El verdadero espiritualismo tendrá que revelar la esencia de la materia. Entonces podrá mostrar cómo actúa el espíritu en la materia. Esto debe tomarse muy en serio: La ciencia espiritual no debe centrarse en la mera lógica de la cognición, sino en la cognición como acto. En el conocimiento hay que hacer algo. Lo que tiene lugar en el conocimiento debe intervenir en el devenir de los acontecimientos del mundo. Debe ser algo real. Esto es precisamente lo que me esforcé en señalar el domingo pasado y en los días precedentes. La cuestión es, que uno se dé cuenta de esto: El espíritu como tal debe entenderse como un hecho, no debe formarse una teoría del espíritu. Las teorías deben estar ahí para conducir a una percepción viva del espíritu. Por esta razón es necesario que se hable tan a menudo paradójicamente del verdadero científico espiritual. Cuando hoy se habla de verdadera ciencia espiritual, no puede seguirse haciendo uso de fórmulas comunes, pues de lo contrario se llega a lo que ha conducido una teosofía perniciosa, que habla de todos los miembros posibles de la naturaleza humana, del ser humano físico, del ser humano etérico, del ser humano astral; pero esto sólo se «atenúa». El ser humano físico es denso, el etérico es más tenue, el astral es aún más tenue, luego el cuerpo mental mucho mas tenue, y se vuelve cada vez más tenue, una niebla percibida, ¡pero sigue siendo niebla, sigue siendo materia! No es eso lo que importa. Se trata de superar la materia en la sustancia. A menudo hay que utilizar palabras que tienen un significado diferente del habitual en la vida cotidiana.

Y hay que decirlo, -mañana este asunto nos resultará aún más claro-, de la manera siguiente: Si, por un lado, tomamos a un hombre que es completamente materialista, que, digamos, seducido por el materialismo del presente, no puede elevarse a la concepción de un ser espiritual, que por ser completamente materialista en teoría, considera todo lo que se dice sobre un ser espiritual como una tontería, pero lo que dice sobre la materia, supongamos que es espiritual, que es algo que realmente afectaría a la materia, entonces el hombre tendría espíritu. En efecto, representaría el materialismo a través de su espíritu, pero tendría espíritu.

Tomemos a otro que se haya inscrito en alguna sociedad teosófica y adopte el punto de vista de que existe el cuerpo físico, luego un poco más tenue el cuerpo etérico, más tenue aún el cuerpo astral, más tenue aún el cuerpo mental y así sucesivamente. No se necesita mucho espíritu para decir eso. Se puede tener poco espíritu y sostener tal teoría. Básicamente sólo se representa un mundo espiritual como mentira, porque en realidad sólo se representa un mundo material que se describe en términos espirituales.

El que realmente va al espíritu ¿Dónde acudirá en busca de espíritu? ¿Con el teórico materialista que tiene el espíritu, sólo de una manera que es lógica?, o ¿Con el que hace afirmaciones correctas, por así decirlo, pero sólo habla de materia en sus palabras? - El verdadero espiritualista hablará de espíritu con el primero, con el que representa una visión materialista del mundo, porque allí puede estar presente el espíritu, mientras que cuando representa una visión espiritual, no necesita estar presente. Y lo que importa es que el espíritu actúe, no que se hable del espíritu.

Sólo quería decirlo hoy para explicar algunas cosas que parecen paradójicas. El materialista espiritual puede estar más lleno del espíritu que el que defiende una teoría espiritual si la defiende de una manera carente de espíritu. Con la verdadera ciencia espiritual, cesa la posibilidad de discutir meramente de forma lógica sobre las visiones del mundo. Aquí comienza la necesidad de captar el espíritu en su realidad. Esto no puede hacerse sin antes darse cuenta de conceptos preliminares, como aquellos de los que hemos hablado hoy y de los que seguiremos hablando mañana.

Traducido por J.Luelmo jun,2025



GA059 Berlín, 10 de febrero de 1910 ¿Qué es el Misticismo?

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¿QUÉ ES EL MISTICISMO?

RUDOLF STEINER


XII conferencia

Berlín, 10 de febrero de 1910

Existe en los más amplios círculos una total confusión sobre el término utilizado para resumir la conferencia de hoy. No hace mucho escuché a alguien con cierta educación erudita decir: "Bueno, se puede contar a Goethe entre los místicos, porque Goethe admitió que existe algo oscuro e inescrutable". Y se puede decir que el juicio de amplios círculos se hace básicamente con tal expresión. ¡A qué no se le llama en el mundo "misticismo", a qué no se le llama en particular "místico"! Cuando uno no sabe claramente sobre alguna cosa, cuando uno tiene de ella algo que oscila entre el no saber y una intuición más bien confusa y oscura, uno dice: esta cosa es mística o misteriosa; cuando uno se siente tentado, por una cierta conveniencia del pensar y de la investigación espiritual, a darse cuenta de que no sabe nada correcto sobre alguna cosa, y entonces, como es natural en muchas personas, prohíbe también a todo el mundo saber nada sobre ella, entonces uno dice: esto no es mas que una cosa mística. En resumen, aquello sobre lo que a lo sumo se le permite a uno tener una corazonada se llama muy a menudo el objeto del misticismo.

Sin embargo, si se considera el término "misticismo" incluso en relación con su origen histórico, habrá que hacerse una idea completamente distinta de lo que espíritus significativos de la humanidad han entendido por misticismo, y de lo que creen poseer sobre todo en el misticismo. En particular se notará entonces que ya hay personalidades humanas que no llaman al objeto de la mística algo inescrutable y oscuro, sino que designan como objeto de la mística precisamente aquello que puede alcanzarse mediante cierta claridad superior, mediante cierta luz más brillante de nuestra alma, y que precisamente esa claridad que pueden dar las otras ciencias termina donde comienza la claridad de la mística. Esta es la convicción de quienes creen haber poseído realmente el misticismo. Ahora nos encontramos con el misticismo en los tiempos antiguos del desarrollo humano. Sin embargo, dentro de los misterios ya mencionados a menudo aquí, digamos misterios de los egipcios, misterios de los pueblos asiáticos y de los griegos, lo que se llamaba misticismo, por ejemplo, se encuentra tan lejos de la imaginación actual y de todo el modo de concepción actual que resulta un tanto difícil dar un concepto de misticismo desde el principio cuando uno se refiere a estas antiguas formas de la experiencia mística de los hombres. Nos acercaremos más al concepto actual si apuntamos primero a las formas de misticismo todavía cercanas al presente, por así decirlo, tal como aparecen entre los místicos alemanes, comenzando por Meister Eckhart, -hacia el siglo XIII o XIV-, y alcanzando luego un cierto clímax en el incomparable místico Angelus Silesius. Cuando indaguemos en la mística de allí, encontraremos que esta mística busca una comprensión de las razones más profundas del mundo; y, en efecto, la búsqueda de estos místicos, que aún hoy puede comprenderse mejor, debe pensarse de un modo especial. Se trata de una búsqueda de las razones de la existencia a través de una experiencia puramente interna del alma, una comprensión que se busca sobre todo liberando el alma de todas las impresiones del mundo exterior y de las percepciones exteriores, retirándose, por así decirlo, de la vida del mundo exterior e intentando descender a los profundos subterráneos de la vida del alma. Cuando, por así decirlo, tal místico es capaz de olvidar por largo o corto tiempo todo lo que sus sentidos le transmiten, lo que el intelecto puede decirle acerca de lo que los sentidos le transmiten, cuando él, por así decirlo, desvía completamente su atención de todo el mundo exterior y vive completamente en su propia alma y entonces busca aquello que aún permanece allí y que aún puede ser experimentado cuando el alma está completamente sola consigo misma: entonces tal místico se siente en camino hacia el conocimiento que busca, y supone que a través de tal vida interior de lo que el alma crea en sí misma y es capaz de poner en actividad en sí misma, no sólo mira lo que se puede pensar, sentir y querer en la vida ordinaria, sino que cree ver detrás de todo lo que es pensar, sentir y querer ordinario, el suelo del que el alma ha brotado: a saber, el suelo primordial divino-espiritual de las cosas. Y dado que tal místico ve en el alma la forma más preciosa de la existencia, dado que ve en el alma lo que en el verdadero sentido de la palabra puede llamarse en primer lugar hijo de la espiritualidad divina, él cree tener un camino seguro cuando mira a través de la vida ordinaria del alma hacia la fuente de la que esta alma ha brotado, y de la que cree que también debe volver a ella. En otras palabras, el místico cree que sumergiéndose en la vida interior del alma encontrará el fundamento divino del mundo, que no puede hallar por mucho que diseccione los fenómenos externos de la naturaleza y trate de comprenderlos con su intelecto. Una mística de este tipo cree que lo que se presenta a los sentidos exteriores forma un velo a través del cual la cognición humana no puede penetrar directamente hasta los fundamentos primordiales divinos; mientras que lo que se experimenta en el alma representa un tejido mucho más fino, un velo mucho más delgado, y que se puede penetrar hacia el interior hasta aquello que es el fundamento del mundo divino, que también debe subyacer a los fenómenos exteriores. Este es el misticismo que en forma de experiencia se nos caracteriza primero como el camino místico del maestro Eckhart, el camino de Johannes Tauler y el camino de Suso; y luego más allá a través del misticismo de esta época, hasta el ya mencionado Angelus Silesius.

Sin embargo, debemos tener claro el hecho de que estos espíritus y personalidades no sólo creían que en tal camino de lucha por el conocimiento sólo podían encontrar aquello que podía considerarse directamente desde el principio como el resultado de la investigación interna del alma. Hemos tratado esta investigación interna del alma en las conferencias de este invierno de la manera más variada y desde los lados más diversos; hemos podido señalar que si se mira en lo que se tiene derecho a llamar el interior humano, se encuentra allí primero las profundidades más oscuras del alma, donde el alma está todavía entregada a afectos tales como el terror, el miedo, la ansiedad y la esperanza, lo que podemos llamar la escala del placer y del sufrimiento, de la alegría y del dolor. Ya hemos mencionado que resumimos esta parte de la vida del alma en lo que se llama el alma sensible. Después hemos dicho que además hay que distinguir ahora en el fondo oscuro de la vida anímica humana entre lo que se llama el alma'racional, en la que se entra cuando el yo, el centro de la vida anímica, procesa las impresiones exteriores, cuando en silenciosa devoción deja trabajar y equilibrar lo que puede cobrar vida en el alma sensible. A continuación dijimos que lo que se llama verdad interior surge en el alma racional. Después, cuando el yo sigue trabajando en la actividad interior sobre lo que ha obtenido durante este camino hacia el alma racional, entonces el yo se abre camino hasta el alma consciente, donde sólo es posible una clara comprensión del yo, donde es posible aquello que conduce desde una mera vida interior hasta un conocimiento, hasta un verdadero conocimiento del mundo. Así pues, cuando visualizamos estas tres partes de la vida anímica, tenemos, por así decirlo, el tejido de lo que encontramos cuando nos sumergimos por primera vez directamente en nuestro ser interior. Encontramos como trabaja el ýo sobre estos tres miembros del alma.

Quienes, como místicos, buscaban el conocimiento de la manera indicada, creían, sin embargo, que sumergiéndose en las profundidades de la vida del alma podían encontrar algo más. Para ellos, lo que se acaba de mencionar no era más que una especie de velo a través del cual había que pasar para llegar a la fuente de la existencia. Y sobre todo, los místicos que han sido citados creían que si llegaban a la fuente de la existencia del alma, entonces pasarían como experiencia interior por aquello que se representa en la historia exterior como el acontecimiento de la vida de Cristo y la muerte de Cristo. 

Sin embargo, cuando tiene lugar en el alma esta profundización mística, incluso en el sentido medieval, sucede lo siguiente: El curso de tal místico es que primero se enfrenta al mundo exterior con las más variadas impresiones sobre la vista, el oído y los demás sentidos. Se dice a sí mismo: "Tengo ante mí el mundo de la luz, el color, el sonido y el calor y todo lo que mis sentidos me transmiten; y primero proceso lo que mis sentidos me transmiten a través de mi intelecto. Pero en tal situación estoy siempre volcado al mundo exterior, no puedo penetrar a través del denso tejido hasta la fuente de la que procede lo que se me presenta como sonidos, colores y sensaciones. Mi alma, sin embargo, retiene en sus ideas lo que son imágenes de este mundo exterior, mi alma también retiene en sí, sobre todo, lo que ha sentido y palpado durante las impresiones. Las impresiones del mundo exterior conservan para nuestro mundo anímico lo que podemos llamar ideas frías y sobrias. Pues el uno nos toca para que nos llenemos de placer, el otro para que nos llenemos de dolor; el uno nos toca con simpatía y el otro con antipatía. Con nuestros intereses y con toda nuestra vida interior, nuestro yo nos señala, por así decirlo, el mundo, que produce en nosotros impresiones que a veces nos elevan y a veces nos aplastan, de modo que cuando como místicos nos alejamos por primera vez de este mundo exterior, conservamos las ideas y los recuerdos que nos dan imágenes interiores del mundo exterior, pero también lo que hemos recibido en nuestras sensaciones y sentimientos como impresión subjetiva del mundo exterior. Aquí estamos ahora con todo, -diría el místico-, lo que el mundo exterior ha trabajado en nosotros. Así que primero vivimos con lo que el mundo exterior produce en el alma de la mañana a la noche, y lo que cobra vida en nuestra alma como placer y sufrimiento. Por eso, la vida interior se nos aparece al principio como repetición y reflejo de la vida exterior.

¿Quedará vacía nuestra alma si se esfuerza por olvidar todo lo que refleja en ella el mundo exterior, si borra todas las impresiones e ideas del mundo exterior? Esta es precisamente la experiencia del místico, que existe otra posibilidad para el alma: que cuando ésta alma olvida, por así decirlo, no sólo todos los recuerdos, sino también todo lo que siente como simpatía y antipatía, entonces todavía tiene una posibilidad, -que todavía queda algo en ella. Por eso el místico siente que las impresiones del mundo exterior con las imágenes coloridas y sus efectos en el alma; siente que éstas son ante todo las cosas vivas que nos llevan en nuestra vida interior; que han abrumado algo que está presente en el subsuelo secreto del alma. Esto es lo que siente el místico. Se dice a sí mismo: Si nos dedicamos a la vida exterior, entonces esta vida actúa en el mundo exterior como una luz fuerte y poderosa que sobre ilumina y apaga las experiencias más finas e interiores del alma, del mismo modo que una luz fuerte apaga una luz menor. Y después, cuando borramos todas las impresiones del mundo exterior, entonces se enciende la pequeña chispa interior, que de otro modo estaría como cegada, sobre iluminada, como lo expresa Eckhart, -entonces no experimentamos un vacío en nuestra alma, sino que entonces experimentamos algo en el alma que aparentemente no estaba allí antes, que era imperceptible a causa del fuerte bullicio del mundo exterior.

Pero el místico, cuando quiere aclararse consigo mismo lo que experimentamos en nuestro interior, se pregunta, ¿Acaso puede compararse con lo que experimentamos en el mundo exterior? No. Eso no es comparable con esto. Eso es radicalmente diferente de lo que experimentamos en el mundo exterior. Nos enfrentamos a todas las cosas del mundo exterior de tal manera que no podemos penetrar inicialmente en su interior, que ellas en realidad sólo nos presentan su parte externa. De modo que podemos pensar: aunque nos limitemos a percibir los colores y los sonidos, detrás de ellos hay algo que al principio debe considerarse como el lado oculto de las cosas; pero en el caso de lo que experimentamos en el alma, cuando borramos las impresiones y las ideas del mundo exterior, es de tal modo que nosotros mismos estamos en él, que nosotros mismos somos él, que no podemos decir que sólo nos muestra su lado exterior. Pues precisamente aquello que de otro modo nos permite conjeturar un ser interior oculto se desvanece en la verdadera experiencia interior. Y si ahora tenemos el don de abandonarnos a lo que brilla en nuestro interior, entonces se muestra en su verdadera esencia de tal manera que a su vez se distingue de todo a lo cual nos enfrentamos en el mundo exterior. El cual se nos muestra de tal manera que surge y desaparece, que florece y se marchita, que nace y muere. Pero cuando observamos lo otro, aquello que se muestra en el alma, cuando esa pequeña chispa comienza a brillar, nos damos cuenta en la propia cosa de que todos los conceptos de nacer y desaparecer, nacimiento y muerte no son aplicables a ella; que tenemos ante nosotros algo independiente, hacia lo cual todos los conceptos de nacer y desaparecer, de florecer y marchitarse, de exterior e interior, que encontramos en el mundo exterior, ya no tienen ningún significado. Así pues, de la revelación de la cosa en el alma, no captamos ni una superficie ni tampoco un lado externo, sino que captamos la propia cosa en su verdadera esencia, y precisamente mediante esta constatación interior podemos llegar a tener seguridad de algo que es imperecedero en nosotros, que es igual en nosotros a aquello que debemos formarnos como concepto del espíritu, en el cual toda la materia tiene su origen. El místico siente ahora esta experiencia de tal modo que dice: Así debo matar en mí, vencer en mí todas las experiencias que de otro modo tengo; la vida ordinaria del alma debe morir en mí y la muerte debe extenderse; entonces surge el alma verdadera, la vencedora del nacimiento y de la muerte. Y este despertar del núcleo interior del alma tras la muerte de la vida ordinaria del alma lo experimenta el místico como una resurrección interior, como un más allá de lo que se le presenta en la imagen que la historia ha transmitido en la vida, muerte y resurrección de Cristo. Así pues, el místico ve el acontecimiento Crístico desarrollarse en su interior como una experiencia mística interior.

Ahora bien, si seguimos a los místicos por este camino, debemos darnos cuenta de que el misticismo, así practicado, debe conducir por doquier a lo que puede llamarse una cierta unidad en toda experiencia. Esto radica en la propia naturaleza de nuestra vida anímica, donde a partir de la multiplicidad de impulsos de los sentidos, de la multiplicidad de percepciones y sentimientos, de la multiplicidad y abundancia de pensamientos, avanzamos hacia la simplificación, por la sencilla razón de que en el alma vive el Yo, el centro de la vida, que siempre está trabajando para crear unidad en toda nuestra vida anímica. De modo que debemos decirnos a nosotros mismos:

Para nosotros es muy comprensible que cuando el místico recorre los caminos de las experiencias anímicas, éstas se le presenten de tal manera que todo lo múltiple y todo lo variado se afane hacia la unidad que simplemente viene dada por el Yo que vive en nosotros. Por tanto, en todos los místicos encontraremos una visión del mundo que podría denominarse monismo espiritual, una lucha por la unidad. Y puesto que el místico se eleva hasta el conocimiento de que el ser interior del alma tiene cualidades que son radicalmente distintas de las cualidades del mundo que se manifiesta externamente, también experimenta en sí mismo, por así decirlo, que lo que existe en el alma como su núcleo se asemeja al suelo del mundo divino-espiritual, que él por tanto representa como un todo unificado.

Lo que ahora se ha contado sólo debe aceptarse como una narración. Es imposible reproducir las afirmaciones de un místico en el sentido moderno si no es a partir de una experiencia mística, de las experiencias místicas que la propia alma experimenta como suya propia. Luego podemos comparar las cosas extrañas que nos cuenta el místico con nuestras propias experiencias. Pero la crítica externa es imposible porque si uno mismo no lo ha experimentado, sólo se puede contar lo que se experimenta. Pero si partimos del punto de vista que siempre ha constituido la base de nuestras conferencias, podemos ver que el místico sigue un camino claro. Este se presenta a nuestra alma como el camino hacia la vida interior; y esto es inicialmente, si sólo miramos las cosas históricamente, tal como han surgido en la historia humana, precisamente uno de los caminos. Aunque se considere correcto esto o aquello, es uno de los caminos que el espíritu humano ha tomado para investigar las cosas, y sólo se podrá aclarar la respuesta real a la pregunta: ¿Qué es la mística? si se arroja un poco de luz sobre el otro camino que se puede tomar. El camino del místico conduce a la unidad, a un ser divino-espiritual. Esto le ha llegado tomando el camino hacia dentro, donde el yo es la unidad de las experiencias anímicas. El otro camino en el que la exploración mística de la existencia o de las razones de la existencia debe ser iluminada, por así decirlo, es el camino que el espíritu humano siempre ha intentado tomar, -penetrar a través del velo del mundo exterior hasta las razones de la existencia. Ha sido sobre todo el pensar humano, además de muchas otras cosas, el que ha intentado, a través de lo que los sentidos pueden ver y de lo que la mente cotidiana puede captar, comprender en un pensamiento más profundo lo que subyace bajo la superficie de las cosas. ¿A dónde conduce en última instancia un camino así, en contraste con el misticismo? Un camino de este tipo puede en realidad, si se tienen en cuenta todas las relaciones que entran en consideración, no conducir básicamente a otra cosa que a inferir de la multiplicidad y diversidad de los fenómenos externos también una multiplicidad de los fundamentos espirituales de la existencia. Por eso, en tiempos más recientes, los hombres que, como Leibniz o más tarde Herbart, se adentraron en este camino a través del pensar, encontraron que no es posible explicar la plenitud de los fenómenos externos a partir de ningún tipo de unidad. <Ellos encontraron brevemente lo que debe describirse como la verdadera antítesis de todo misticismo: encontraron la monadología, llegaron a considerar el mundo, o digamos, a considerar el reino de los fundamentos primordiales del mundo como una multiplicidad de mónadas, de entidades espirituales.

Leibniz, el gran pensador de los siglos XVII y XVIII, dijo: «Cuando observamos lo que se nos presenta en el espacio y el tiempo, ya no podemos afrontarlo creyendo que procede de una sola unidad; muchas unidades deben trabajar de forma conjunta.

Y a través de la actividad mutua de una mónada, que él imagina espiritualmente, a través de la actividad de un mundo de mónadas, surge lo que se presenta al ojo, al oído y a los sentidos exteriores. Hoy, debido a la falta de tiempo no se puede explicar, pero una contemplación más profunda del desarrollo del espíritu mostraría que todos los que buscaban la unidad en el camino hacia el exterior se engañaban en el fondo, se engañaban cuando lanzaban hacia el exterior lo que sólo se experimenta místicamente en el interior, la unidad, como una proyección o una especie de imagen en la sombra, y creían que la unidad que encontraban en su camino hacia el interior, también era accesible al mundo exterior a través del pensar y también se podía encontrar allí. Un sano pensar, sin embargo, no encuentra ninguna posibilidad de llegar a la unidad en el mundo exterior a través del pensar, sino que encuentra que lo que allí se nos presenta en colorida diversidad debe producirse a través de la interacción e influjo de diferentes entidades que se influyen mutuamente a través de mónadas. Así pues, el misticismo conduce a la unidad, porque el yo funciona en nosotros como una entidad unificada; porque actúa como el centro del alma. Por tanto, el camino a través del mundo exterior conduce necesariamente a la multiplicidad, a la monadología, a la opinión, por así decirlo, de que muchos seres espirituales deben cooperar para que se produzca nuestra visión del mundo, porque desde el principio, como observadores humanos del mundo, cuando miramos hacia fuera, adquirimos conocimiento del mundo exterior a través de una multiplicidad de órganos y una multiplicidad de observaciones individuales.

Aquí llegamos a un punto que puede expresarse una sola vez, que es de una importancia y significación ilimitadas, pero que, por así decirlo, ha sido demasiado poco considerado en la historia de la vida espiritual: el misticismo conduce a la unidad; pero el hecho de que en tal unidad se reconozca el ser básico divino, proviene de la constitución anímica interna, proviene del yo. El yo pone su sello de unidad en el espíritu divino cuando uno lo mira como místico. Mirar el mundo exterior conduce a la multiplicidad de mónadas. Pero sólo nuestro mirar y la forma en que el mundo exterior se nos presenta conduce a la multiplicidad, y por eso Leibniz y Herbart miran los sustratos del mundo en una multiplicidad. Lo que se desprende de este hecho a través de investigaciones más profundas es que la unidad y la multiplicidad son conceptos que no se pueden utilizar en absoluto allí donde se supone realmente el fundamento del mundo divino-espiritual; que la unidad y la multiplicidad son algo que no nos debe servir en absoluto para caracterizar el fundamento del mundo divino-espiritual; que este fundamento del mundo divino-espiritual no se puede caracterizar, si se quiere caracterizar en su esencia, diciendo que es unificado, o diciendo que es monadológico, multiunificado. Sino que hay que decir que está elevado por encima de lo que inicialmente son la unidad y la multiplicidad; pues, multiplicidad y unidad son conceptos que ni siquiera llegan hasta donde hay que captar lo divino-espiritual.

Esto, sin embargo, expresa una ley que puede arrojar luz sobre gran parte de lo que se denomina una disputa en la visión del mundo, la disputa entre monismo y monadologismo. Tan a menudo aparecen como opuestos en las visiones del mundo. Si los que discuten y discuten se dieran cuenta de que trabajan con conceptos inadecuados en relación con el fundamento del mundo, sólo entonces arrojarían la luz adecuada sobre el tema de su discusión.

Ahora hemos encontrado, por así decirlo, en qué consiste la esencia del misticismo real. Podemos decir que es una experiencia interior, pero una experiencia interior de tal naturaleza que debe conducir al místico a un verdadero conocimiento. Aunque no pueda decir que es verdad cuando describe el objeto de su experiencia como unidad, porque la forma de la unidad sólo procede de su propio yo, puede decir, sin embargo, que experimenta la sustancialidad espiritual en sí mismo como persona que está dentro de ella.

Cuando pasamos ahora de esta descripción y caracterización genérica de la mística a los místicos individuales, encontramos a menudo lo mismo a lo que se refieren los adversarios de toda mística. Aquí encontramos que la vivencia interior en la individualidad de cada uno, en la personalidad individual, también adopta formas individuales; es decir, que las vivencias, las experiencias anímicas interiores de un místico no coinciden completamente con las experiencias anímicas de otro místico. Ahora bien, uno no tiene por qué sorprenderse especialmente de este hecho si piensa con claridad, pues el hecho de que dos personas experimenten algo de manera diferente no implica en absoluto que aquello de lo que hablan sea erróneo. Si uno mira un árbol desde la derecha, otro el mismo árbol desde la izquierda, y lo describen, será el mismo árbol, pero cada uno lo describirá de forma diferente, y sin embargo cada descripción puede ser verdadera. De esta sencilla comparación también se puede comprender por qué las experiencias anímicas de cada uno de los místicos son diferentes:

El místico no se presenta ante su experiencia interior como una pizarra absolutamente en blanco, por así decirlo. Aunque su ideal sea eliminar y erradicar las experiencias externas y retirar por completo su atención de ellas, no es menos cierto que las experiencias externas dejan en él un resto de alma, y que no es indiferente que quien se convierte en místico haya experimentado esto o aquello. Además sigue teniendo influencia dependiendo de si el místico ha salido de tal o cual carácter nacional, si ha experimentado esto o aquello en la vida. Aunque ahora arrojase fuera de su alma todo lo que ha experimentado, aquello que experimenta interiormente seguirá recibiendo una expresión de lo que había experimentado antes. Se verá obligado a describirlo también con conceptos, ideas y palabras que trae de su vida anterior. Lo que diferentes místicos experimentan puede ser ciertamente lo mismo, aunque lo describan con diferentes medios de experiencias previas. Y sólo para aquellos que son capaces, a través de su propia experiencia interior, de ver más allá de lo que hay de individual en la descripción y representación, les será posible reconocer que, por muy diferentemente que se expresen los distintos místicos, lo que experimentan es básicamente lo mismo; igual que cuando uno fotografía un árbol desde distintos lados, estas fotografías parecen diferentes y, sin embargo, se basan en el mismo árbol.

Pero hay otra cosa que es, no obstante, en cierto modo una objeción a la experiencia mística; y puesto que ésta objeción no se ha de describir desde una simpatía o antipatía, sino en descripción objetiva, no se ha de ocultar que esta objeción está justificada contra todo misticismo. Puesto que la experiencia mística debe ser una experiencia íntima del alma interior, y el místico lleva en ella el remanente que proviene de sus experiencias y vivencias individuales antes de convertirse en místico, por lo general será sumamente difícil que lo que un místico dice, por estar tan ligado a su propia alma, sea correctamente comprendido y plenamente recibido por otra alma. Las cosas más íntimas siempre tendrán, hasta cierto punto, que permanecer íntimas en todo misticismo y serán extremadamente difíciles de comunicar; incluso entonces, por muy alto grado de comprensión y concesión que se muestre al místico, será difícil. ¿Por qué? Esto será así como consecuencia de que, aunque lo que experimentan los distintos místicos durante su experiencia mística sea lo mismo, si tan sólo ambos místicos han progresado lo suficiente, -y quien tenga la buena voluntad de llegar a convencerse de ello ya reconocerá que ambos místicos apuntan a lo mismo-, aquello que experimentó un místico y el otro antes de su experiencia mística, fue distinto. Por ello, -puesto que la experiencia mística está coloreada por la experiencia previa-, consecuentemente las expresiones, el carácter de la representación, que no proceden de la experiencia mística, sino de la vida pre-mística del místico, permanecerán siempre algo incomprensibles para nosotros si no nos esforzamos también por comprender al místico de tal modo que entremos en su experiencia pre-mística; que nos hagamos una idea de por qué representa sus experiencias místicas precisamente de este modo. Esto, sin embargo, desvía nuestra atención de lo generalmente válido a un interés personal por el místico. Este es un hecho que también observamos en cierta medida en la historia del desarrollo de la mística. Podemos decir que especialmente con los místicos más íntimos debemos abstenernos de suponer que lo que ellos presentan como su conocimiento, tal y como es, también puede ser transferido a otro y aceptado por él. Es difícil generalizar, el conocimiento místico no puede convertirse fácilmente en conocimiento general del mundo, por así decirlo.

Pero el interés por la individualidad, por la personalidad del místico puede llegar a ser tanto más fuerte, y nos puede resultar infinitamente atractiva la contemplación de la personalidad mística, en la medida en que en ella se refleja la visión general del mundo. Así, en cierta medida, lo que el místico representa, y sin embargo sólo es apreciado por él porque le conduce a los fundamentos y fuentes de la existencia, nos interesará menos en relación con lo objetivo, con lo que nos dice sobre el mundo; y nos interesará mas precisamente en relación con el ser humano individual, en relación con lo subjetivo, es decir, con la individualidad mística. Por eso, para quien considera al místico con su mística, lo realmente valioso es precisamente lo que el propio místico quiere superar, lo personal, lo inmediato, cómo se enfrenta al mundo. Así, podemos aprender infinidad de cosas sobre las profundidades de la naturaleza humana si miramos la historia de la humanidad, por así decirlo, pasando de místico en místico; pero nos será difícil, -nunca se insistirá lo suficiente en ello-, decir: tal o cual místico nos proporciona esto o aquello que, tal como él lo dice, puede tener validez inmediata para nosotros.

Hay quizás un contraste objetivo entre el misticismo y la monadología, la cual se propone ver el mundo exterior común a todos los seres humanos de una manera pensante. Por eso, frente a estos sistemas monadológicos, se tiene también la sensación de que, aunque en ellos puede producirse error sobre error, uno puede discutirlos e inventar algo sobre ellos según su punto de desarrollo subjetivo. En este sentido, un error del monadólogo al menos solo sería concebible según su estadio de desarrollo.

Así pues, la mística, que se ha descrito aquí por primera vez, puede ser infinitamente atractiva, pero sin embargo nos daremos cuenta de sus límites de forma bastante objetiva si dejamos que lo que se acaba de decir sobre sus características tenga efecto en el alma.

La esencia de la mística se ilumina de forma diferente cuando la medimos con lo que obtenemos, por así decirlo, de la vida espiritual más profunda de nuestro presente como método científico-espiritual real de penetrar en los fundamentos primigenios de la existencia. Por regla general, una cosa que causa ciertas dificultades debido a la sutileza de sus conceptos sólo puede comprenderse adecuadamente cuando puede medirse con otra cosa que está relacionada con ella.

A menudo se ha dicho aquí mismo, en las conferencias, que existe un ascenso a los mundos superiores. Nos encontramos aquí en cierto sentido con un triple camino. <Hemos señalado el camino exterior y luego el interior, que no fue tomado por los místicos de los antiguos Misterios, sino por los místicos medievales, y aquí hemos podido aclarar los límites de este último. Ahora queremos desviar nuestra atención de estos dos hacia lo que se puede describir aquí como el camino propiamente espiritual-científico o de investigación espiritual.

Ya se ha dicho que este conocimiento científico-espiritual consiste en que el hombre no toma ahora simplemente un camino hacia fuera, hacia lo que subyace en lo que se revela a los sentidos, es decir, a las mónadas, o hacia dentro, hacia lo que se presenta como subyacente a su propia vida anímica, hacia la unidad mística del mundo; pero se ha subrayado que el método de la ciencia espiritual consiste en decir que el hombre no sólo puede seguir los caminos que le posibilitan sus conocimientos directamente existentes, sino que tiene en sí mismo poderes ocultos y latentes de conocimiento; y partiendo de ellos encuentra entonces otros caminos distintos de los dos indicados. ¿Qué hace la persona que toma uno de los dos caminos señalados? Él dice:

Ahora, permanezco como ser humano tal como soy; así es como he llegado a ser. Puedo salir y tratar de traspasar el velo del mundo sensorial y penetrar hasta lo más profundo de la existencia; puedo erradicar las experiencias externas y luego dejar que surja la pequeña chispa, que sólo es ahogada y solapada por el mundo exterior, que de no ser así se escabulle a la observación. Pero lo que subyace en la cognición espiritual-científica es que el hombre no quiere quedarse en lo que es con sus poderes de cognición, sino que dice: Tan cierto como me he desarrollado en lo que soy hoy, igual de cierto es que puedo desarrollarme primero en mi alma, si sólo aplico el método apropiado, puedo desarrollar poderes de cognición más altos de los que ya tengo. Si se combinara lo que ahora se ha dicho con el modo místico de cognición, habría que decir: "Ciertamente, si se erradica la vida exterior del alma, se puede llegar a encontrar la chispa interior y observar cómo brilla entonces y cómo cobra vida cuando se ha erradicado la otra; pero sólo se observa lo que ya está ahí. La investigación científica, sin embargo, diría al místico:

No, no hacemos sólo eso; ya llegamos a la chispa, pero no nos detenemos ahí, tratamos de crear los métodos que pueden desarrollar esta chispa en una luz mucho más fuerte. Tomamos el camino hacia afuera y hacia adentro; desarrollamos nuevos poderes de cognición, por lo que no tomamos el camino hacia afuera o hacia adentro de una manera inmediata. En contraste con la mística de la Edad Media, así como con la monadología y las antiguas enseñanzas mistéricas, la investigación científica espiritual más reciente se caracteriza por desarrollar las facultades internas de conocimiento de tal manera que los dos caminos, el camino hacia fuera y el camino hacia dentro hacia la chispa de la mística, se unen entre sí, que se sigue un camino en el que se llega a una y otra meta de la misma manera.

¿A qué se debe esto?

Esto se debe al hecho de que el desarrollo de los poderes superiores de conocimiento a través de un método de la ciencia espiritual más reciente conduce al hombre a través de tres etapas de conocimiento. La primera etapa de conocimiento, que va más allá del conocimiento ordinario, se llama conocimiento imaginativo. La segunda etapa es el conocimiento inspirativo, y la tercera etapa es lo que se llama el conocimiento intuitivo en el verdadero sentido. ¿Cómo se produce la primera etapa de conocimiento? ¿Qué hace uno en el alma para desarrollar poderes superiores de conocimiento? Pueden ustedes ver por la forma en que se produce, cómo la monadología y el misticismo son superados por este camino de conocimiento de la investigación científico-espiritual más reciente. El ejemplo que lleva particularmente fácilmente a la comprensión del conocimiento imaginativo ya ha sido mencionado aquí varias veces. Es precisamente un ejemplo de los métodos que el científico espiritual se aplica a sí mismo; es un ejemplo entre muchos que se ilustra mejor cuando se pone en diálogo lo que sucede entre maestro y alumno.

El maestro que quisiera instruir en un alumno aquellas facultades superiores de cognición que conducen a la imaginación, le diría al alumno: Mira la planta, ésta crece de la tierra y se despliega hoja por hoja hasta florecer. Compara esta planta con el hombre que tienes delante. Este hombre tiene algo que aventaja a la planta; su ventaja consiste en que el mundo se refleja en él en sus ideas, sentimientos y sensaciones; él dispone de eso que debe llamarse conciencia humana. Pero ha tenido que pagar por esta conciencia humana un precio, a saber, él ha tenido que absorber pasiones, instintos y deseos en su camino hacia el hombre, que pueden hacerle caer en el error, la injusticia y el mal. Por el contrario la planta crece, por así decirlo, según sus leyes innatas, despliega su naturaleza según estas leyes innatas, y se yergue ante nosotros púdicamente en su verde jugosidad, sin que podamos atribuirle, si no somos fantasiosos, pasiones, impulsos y deseos que puedan desviarla del recto camino. Pero si consideramos ahora lo que es la expresión exterior de la vida consciente humana, del yo humano, -si consideramos la sangre que circula a través del hombre al igual que la savia verde de la clorofila circula a través de la planta, entonces debemos decir: La sangre pulsa a través del hombre y circula a través de él, siendo una expresión de su elevación a niveles superiores de conciencia, así como de sus pasiones y deseos, que lo arrastran hacia abajo.

Y a continuación el maestro científico-espiritual podría decir a su alumno: Imagina que el hombre se desarrolla aún más, que por mediación de su yo se apodera del error, del mal y de la fealdad, de todo lo que quiere arrastrarlo hacia el mal, purificando y limpiando sus afectos y pasiones. <Imagina un ideal real hacia el que el hombre se esfuerza, y en el que entonces su sangre ya no será la expresión de ninguna pasión, sino de aquello que es dueño en sí mismo sobre todo lo que puede arrastrarle hacia abajo; entonces su sangre roja puede compararse con lo que ha llegado a ser de la savia verde incluso de la rosa roja. Así como la rosa roja representa para nosotros la savia de la planta en casta pureza, trayendo ante nuestros ojos en un nivel más perfecto lo que la planta representa en uno más imperfecto, así la sangre roja del hombre purificado y limpiado representaría para nosotros lo que es cuando el hombre se ha hecho dueño de todo lo que puede arrastrarle hacia abajo.

Estos sentimientos y representaciones pueden ser despertados por el maestro espiritual en su ánimo, en el alma del discípulo espiritual. Si el discípulo espiritual no es un discípulo seco, sobrio, ni tampoco una planta, si puede percibir y sentir todo el misterio que se nos presenta visualmente en tal comparación, entonces tendrá un efecto en su alma, entonces será una experiencia para él, que es un símbolo para la experiencia en la contemplación espiritual ante su alma. Este símbolo puede ser la cruz de rosas: la cruz negra, que debe expresar lo que se mata en la naturaleza inferior del hombre; y las rosas como la sangre roja, que se purifica y limpia hasta una expresión casta de su alma superior en sí misma.

La cruz negra, entrelazada con rosas rojas, se convierte así en una síntesis simbólica de lo que el alma experimenta en ese diálogo entre el discípulo espiritual y el maestro. Cuando el discípulo espiritual ha pagado el precio de tal símbolo con la sangre de su alma, permitiendo que obren en su alma todas las ideas y sentimientos y sensaciones que interiormente le dan derecho a resumir algo en la cruz de rosas, cuando no sólo cree: simplemente pongo una cruz de rosas delante de mí, sino quien tiene en ella la esencia de un contenido anímico superior interior logrado enteramente en el alma sangrante, entonces verá que tal imagen, -y otras similares-, hace surgir algo en su alma. Se trata de algo que ya no es una mera chispa espiritual, sino una nueva fuerza de conocimiento que le permite contemplar el mundo de un modo nuevo. Aquí no se ha detenido en lo que era en su vida anterior, sino que ha desarrollado su alma hacia arriba. Y cuando hace esto una y otra vez, finalmente llega al conocimiento imaginativo, que le muestra que hay algo más en el mundo. Así se desarrolla un nuevo tipo de conocimiento en comparación con el que ya posee cuando se detiene en lo que era antes.

Y ahora visualicemos cómo surgió el camino. ¿Dijo el ser humano: voy por el camino hacia afuera y busco los fundamentos de las cosas? Eso sólo lo dijo en parte. Él se dice a sí mismo lo siguiente: ahora voy al mundo exterior y no busco los fundamentos de las cosas, ni busco moléculas y átomos, ni siquiera tomo del mundo exterior lo que me ofrece, sino que guardo conmigo algo de lo que este mundo exterior me ofrece. La cruz negra no es algo que surgiría en el alma si la madera no estuviera ya presente en el exterior; la rosa roja es algo que el alma nunca podría construir si no tuviera una impresión externa de la rosa roja. Sin embargo, lo que es contenido en el alma procede del mundo exterior.

Nosotros no podemos decir, como dice el místico, que hemos erradicado todo lo exterior, que hemos desviado completamente nuestra atención del mundo exterior; podemos decir que hemos tomado del mundo exterior lo que él mismo puede darnos, -no hemos cerrado la puerta al mundo exterior, nos hemos entregado a él-, pero no lo hemos tomado tal como él nos lo ofrece; pues en ningún lugar de la realidad hay una Rosa Cruz. Aquello de lo que hemos formado la Rosa Cruz como símbolo está presente en el mundo exterior; la Rosa Cruz en sí no está en el mundo exterior. ¿Dónde está entonces la causa de que hayamos combinado estos dos, de que hayamos combinado rosa y madera en un símbolo? Esta causa está en el obrar de nuestra propia alma. Cuando entregamos el alma al mundo exterior, tenemos lo que podemos experimentar en nuestra propia alma, y lo que podemos experimentar en el mundo exterior cuando no nos limitamos a contemplarlo tal como es, sino que nos sumergimos en el mundo exterior, -así experimentamos místicamente en nuestro interior lo que surge para nosotros de la comparación de la planta con el ser humano en desarrollo. Nosotros, a diferencia del místico, nos hemos abstenido de recibir esta experiencia del alma directamente, sino que hemos sacrificado dicha experiencias en cuanto a lo que el mundo exterior tiene que dar, y con la ayuda de lo que el alma puede darnos interiormente, hemos formado un símbolo para nosotros mismos. La vida interior mística y la vida exterior han confluido en el símbolo. <Nunca debemos decir que la Rosa-Cruz es una verdad en relación con el mundo sensorial ni tampoco en relación con el mundo interior; pues nadie podría construir una Rosa-Cruz en el mundo interior si no recibiera las impresiones del mundo exterior. Lo que el alma puede experimentar y descubrir por sí misma en su interior ha confluido en el símbolo con lo que puede recibir del exterior. Por esta razón, este símbolo se presenta ahora de nuevo ante nosotros de tal manera que en un principio no conduce directamente al mundo exterior ni tampoco directamente al mundo interior, sino que actúa como una fuerza. Si lo colocamos ante nuestra alma en meditación, entonces esta fuerza hace surgir un nuevo ojo espiritual, y ahora vemos en el mundo espiritual, lo que antes no podíamos encontrar ni en el interior ni en el exterior; y por primera vez tenemos un indicio de que lo que subyace en el mundo exterior, y lo que ahora podemos experimentar a través del conocimiento imaginativo, es lo mismo, idéntico a lo que también tenemos en nuestro interior.

Si ahora avanzamos hacia el conocimiento inspirativo, entonces tenemos que despojarnos de algo de nuestra imagen. Tenemos que hacer algo que es directamente similar a todo el proceso del místico que va hacia el interior. Tenemos que olvidar la rosa y el madero de la cruz. Es un procedimiento difícil, pero se puede hacer. Tenemos que eliminar todo el símbolo de nuestra imaginación en términos de contenido. Pero lo que es difícil de hacer, hay que hacerlo.

Para poner ante el alma la comparación anterior en un símbolo fue necesaria la actividad anímica.  Como persona a superar, tiene que observar su propia alma, lo que hizo para situar la cruz negra ante el alma; hay que visualizar sus experiencias interiores en la formación de símbolos. Cuando una persona se sumerge místicamente en sus experiencias anímicas, llega al conocimiento inspirativo. Y entonces experimenta en una nueva facultad, en la facultad de inspiración, que no sólo se le aparece la pequeña chispa interior, sino que se le ilumina a sí misma hasta un poderoso poder flamígero de cognición, a través del cual experimenta algo que se muestra completamente relacionado y, sin embargo, completamente independiente de su ser interior. Porque él no ha escuchado su actividad únicamente como una actividad interior, sino como algo que él ha practicado en algo exterior. Así que incluso aquí, en este remanente místico, hay lo que es meramente un reconocimiento de lo interior y, sin embargo, un reconocimiento de lo que está conectado con el mundo exterior.

A continuación sigue un trabajo que es lo opuesto al trabajo del místico. Tenemos que hacer algo que es similar a la ciencia natural ordinaria, tenemos que salir al mundo exterior. Esta última es la parte difícil, pero es necesaria si se quiere llegar al conocimiento intuitivo. Aquí el hombre debe apartar su atención de su propia actividad, debe olvidar lo que ha hecho para que se produzca la Rosa-Cruz. Pero si él tiene paciencia, si hace sus ejercicios el tiempo suficiente y correctamente, verá que le queda algo que sabe con certeza que es absolutamente independiente de su propia experiencia interior, no está teñido subjetivamente, sino que le lleva hasta algo que es independiente de su personalidad subjetiva, pero que por su naturaleza objetiva muestra que es lo mismo que aquello que es el centro del ser humano, el yo humano. Para lograr el conocimiento intuitivo, salimos de nosotros mismos y, sin embargo, llegamos a algo que es igual a nuestro propio ser interior. De este modo ascendemos de lo que experimentamos en nuestro interior a lo espiritual, que ahora no experimentamos en nuestro interior sino en el mundo exterior.

En el primero, en el conocimiento imaginativo, el hombre hace algo que es a la vez misticismo y monadología, algo que lo eleva por encima del misticismo así como de la monadología. En el conocimiento inspirativo él da un paso en un nivel superior, al del místico, quien como ser humano se permite ser tal como es, dándolo por debajo. En el conocimiento intuitivo el discípulo del espíritu da un paso que le lleva al mundo exterior en un nivel correcto, no directamente como él es. De este modo superaremos precisamente lo que es el lado oscuro tanto de la monadología como de la mística ordinaria en la investigación científico-espiritual, en el ascenso hacia la imaginación, la inspiración y la intuición.

Y ahora podemos darnos una respuesta a la pregunta: ¿Qué es la mística? Es un esfuerzo del alma humana por encontrar la fuente divino-espiritual de la existencia profundizando en su propio ser interior. En esencia, el conocimiento científico-espiritual también debe tomar este camino místico. Pero está claro que no debe emprenderlo demasiado pronto, que primero debe hacer los preparativos para que se le permita emprenderlo en el alma. Así que podemos decir: La mística es un tipo de esfuerzo que surge de un impulso y un afán justificados del alma humana, algo formalmente muy correcto; sólo que el alma humana lo emprende demasiado pronto si ésta no ha intentado antes progresar en el conocimiento imaginativo. Cuando se pretende, en la vida humana ordinaria, profundizar en la mística, existe el peligro de que uno no se haya hecho lo suficientemente libre e independiente de sí mismo como para proporcionar algo más que una imagen del mundo coloreada individualmente. Pero cuando uno se ha elevado al conocimiento imaginativo, entonces ha vertido su yo interior en algo que ha tomado del mundo exterior; entonces ha adquirido el derecho a ser un místico. Por lo tanto, todo misticismo debe emprenderse en la etapa correcta del desarrollo del hombre. El daño del misticismo se produce cuando una persona quiere hacer demasiado pronto aquello que subyace al conocimiento místico.

Así que podemos decir: En lo que existe como misticismo justificado, tenemos un escenario para que la ciencia espiritual aprenda a comprender precisamente aquello que es la verdadera meta e intención de la investigación científico-espiritual. No hay casi nada a través de lo cual se pueda aprender tanto sobre la meta y las intenciones de la investigación espiritual como a través de la contemplación devota de los místicos. Uno puede ascender desde los místicos hasta las percepciones de la investigación espiritual. Sólo que uno no debe creer que el verdadero investigador espiritual, si reconoce algo como con derecho a ser llamado misticismo, después niegue todo desarrollo. De este modo, el misticismo aparece al investigador espiritual como algo justificado; sin embargo, debe ascender a un cierto grado de desarrollo si no se quiere que sus métodos conduzcan a resultados subjetivos, sino a aquellos que ya pueden considerarse como verdad real sobre el mundo espiritual. Así que se puede decir finalmente que a la pregunta: ¿Qué es el misticismo? se puede responder diciendo que el misticismo es un esfuerzo del alma humana que a menudo se lleva a cabo demasiado pronto en el desarrollo del alma humana. Por lo tanto, no es necesario decir mucho sobre los riesgos que la inmersión mística prematura puede ocasionar en el hombre. La inmersión mística prematura es un viaje a las profundidades del alma humana antes de que la persona haya hecho el esfuerzo de fundir su ser interior con el mundo exterior. Así a menudo se cierra injustificadamente al mundo exterior. Pero esto en el fondo no puede ser mas que un egoísmo refinado y depurado.  Este es también el caso de muchos místicos cuando apartan su atención del mundo exterior y se entregan al éxtasis interior y a la bienaventuranza, a la elevación y a la liberación, que tienen en su vida interior en ese estado de ánimo dorado que puede derramarse sobre el alma cuando realmente se deleita en su ser interior. Este egoísmo, sin embargo, puede superarse si primero se obliga al yo a salir de sí mismo permitiendo que su actividad en la formación de símbolos fluya hacia el mundo exterior. Por tanto, un simbolismo de conocimiento imaginativo conducirá a una verdad que despoje al carácter egoísta de sí mismo. Que el hombre pueda convertirse en un excéntrico o en un egoísta refinado en un nivel superior es el peligro que puede afectar en última instancia al místico, que puede estar presente si se emprende un esfuerzo místico por el conocimiento en un nivel demasiado poco desarrollado. El misticismo esta justificado, y lo que dijo Angelus Silesius es cierto:

"Cuando te elevas por encima de ti mismo y dejas que Dios gobierne,
entonces la ascensión se lleva a cabo en tu espíritu".

Es cierto que mediante el desarrollo del alma el hombre alcanza no sólo su yo interior, sino también los reinos espirituales que subyacen al mundo exterior. Sin embargo, debe tomar la elevación por encima de sí mismo con total seriedad, y no debe confundir el ir más allá de sí mismo con un mero cavilar en el yo, tal como ya es en el hombre. Debemos tomarnos totalmente en serio la primera parte de la frase: "Si te elevas por encima de ti mismo", y también tomarnos totalmente en serio la segunda parte de la frase: "y deja que Dios gobierne". Pero no le dejamos reinar cuando nos apartamos de cualquier lado de la revelación divina, sino cuando unimos lo interior y lo exterior como dos lados de la revelación divino-espiritual. No dejamos verdaderamente que Dios gobierne si sólo nos retiramos del mundo exterior, sino que le dejamos gobernar si podemos sacrificar nuestro ser interior a lo que puede fluir hacia nosotros como revelación del mundo exterior. Si albergamos esta actitud con respecto a nuestro conocimiento científico-espiritual, entonces también tomamos la segunda frase del Angelus Silesius de la manera correcta: Dejamos que la base espiritual-divina del mundo exterior e interior gobierne en nosotros; y sólo entonces podemos esperar que se cumpla también para nosotros la tercera parte, que seamos elevados mediante una ascensión, es decir, que lleguemos a un reino espiritual que no esté coloreado ni por nuestro mundo interior ni por el mundo exterior, sino que esté en el mismo terreno con todo aquello que el mundo infinito de las estrellas brilla hacia nosotros desde fuera, que rodea nuestra tierra como un círculo de aire, que es verde como una planta, que vive a través de los ríos como un ser y llena los mares; sino lo que vive al mismo tiempo como divino-espiritual, cuando pensamos y reflexionamos, sentimos y queremos sobre el mundo, lo que es divino-espiritual por fuera y por dentro. Así vemos, especialmente a partir de tal ejemplo, que no nos basta con aceptar una frase como la de Angelus Silesius, sino que tomamos esta frase en nosotros en la etapa correcta, donde es comprendida por nosotros de una manera única y verdadera. Entonces veremos que el misticismo, debido a que contiene el núcleo correcto, nos conduce realmente al punto en el que estamos maduros para ver gradualmente los reinos espirituales, y que el misticismo puede realizar en nosotros en el sentido más elevado y verdadero lo que puede buscarse y descubrirse en esta hermosa frase de Angelus Silesius:

Cuando te elevas por encima de ti mismo y realmente permites que el fundamento del mundo divino-espiritual gobierne en ti: entonces la ascensión a los fundamentos primigenios divino-espirituales de la existencia se mantiene en ti.

Traducido por J.Luelmo may,2024

GA018 Berlín, 1914 - Enigmas de la filosofía - La cosmovisión de la época medieval.

  Índice

ENIGMAS 
DE LA
FILOSOFIA

RUDOLF STEINER

 No es una "historia de la filosofía", aunque el enfoque sea histórico. Es una revisión de las concepciones históricas y actuales del mundo.

La cosmovisión de la época medieval.

En San Agustín (354-430) surge un anticipo de un nuevo elemento producido por la propia vida del pensar. Sin embargo, este elemento pronto desaparece de la superficie, para continuar imperceptiblemente bajo la cubierta de la concepción religiosa, volviéndose claramente discernible de nuevo sólo en la Baja Edad Media. En San Agustín, el nuevo elemento aparece como si fuera una reminiscencia de la vida del pensamiento griego. Él observa el mundo exterior y a sí mismo, y llega a la conclusión siguiente:. Puede que todo lo demás que el mundo revela no contenga más que incertidumbre y engaño, pero hay una cosa de la que no se puede dudar, a saber, la certeza de la propia experiencia del alma. Esta experiencia interior no se la debo a una percepción que pudiera engañarme; yo mismo estoy en ella; ella es, pues yo estoy presente cuando se le atribuye su ser.

Se advierte en estas concepciones un elemento nuevo frente a la vida del pensamiento griego, a pesar de que en un principio parecen una reminiscencia del mismo. El pensamiento griego apunta hacia el alma; en San Agustín, se nos dirige hacia el centro de la vida del alma. Los pensadores griegos contemplaban el alma en su relación con el mundo; en el planteamiento de San Agustín, algo en la vida del alma se enfrenta a esta vida del alma y la considera como un mundo especial y autónomo. Al centro de la vida anímica se le puede llamar el "yo" del hombre. Para los pensadores griegos, la relación del alma con el mundo se convierte en problemática, para los pensadores de la época moderna, la del "yo" con el alma. En San Agustín tenemos sólo el primer indicio de esta situación. Las corrientes filosóficas posteriores están todavía demasiado ocupadas con la tarea de armonizar la concepción del mundo y la religión como para darse cuenta claramente del nuevo elemento que no ha entrado en la vida espiritual. Pero la tendencia a contemplar los enigmas del mundo de acuerdo con la exigencia de este nuevo elemento vive más o menos inconscientemente en las almas de la época que ahora sigue. En pensadores como Anselmo de Canterbury (1033-1109) y Tomás de Aquino (1227-1274), esta tendencia se manifiesta todavía de tal manera que atribuyen al pensamiento autosuficiente la capacidad de investigar hasta cierto punto los procesos del mundo, pero limitan esta capacidad. Existe para ellos una realidad espiritual superior a la que el pensamiento, abandonado a sus propios recursos, nunca podrá llegar, sino que debe serle revelada de forma religiosa. El hombre está, según Tomás de Aquino, enraizado con su vida anímica en la realidad del mundo, pero esta vida anímica no puede conocer esta realidad en toda su extensión por sí sola. El hombre no podría saber cómo se sitúa su propio ser en el curso del mundo si el ser espiritual, hasta el cual no penetra su conocimiento, no se dignara revelarle lo que debe permanecer oculto a un conocimiento que confía sólo en su propio poder. Tomás de Aquino construye su imagen del mundo sobre este presupuesto. Ésta consta de dos partes, una de las cuales consiste en las verdades que se rinden a la propia experiencia del pensamiento del hombre sobre el curso natural de las cosas. Esto conduce a una segunda parte que contiene lo que ha llegado al alma del hombre a través de la Biblia y la revelación religiosa. Algo que el alma no puede alcanzar por sí misma, si quiere sentirse en toda su esencia, debe por tanto penetrar en el alma.

Tomás de Aquino se familiarizó a fondo con la concepción del mundo de Aristóteles, que se convierte, por así decirlo, en su maestro en la vida del pensamiento. A este respecto, Aquino es, sin duda, el más destacado, pero no obstante sólo una de las numerosas personalidades de la Edad Media que erigen su propia estructura de pensamiento enteramente sobre la de Aristóteles. Durante siglos, él es "il maestro di coloro che sanno", el maestro de aquellos que saben, como expresa Dante la veneración por Aristóteles en la Edad Media. Tomás de Aquino se esfuerza por comprender lo humanamente comprensible del método aristotélico. De este modo, la concepción del mundo de Aristóteles se convierte para él en la guía del límite hasta el que puede avanzar la vida anímica por su propia fuerza. Más allá de estos límites se encuentra el reino que la concepción griega del mundo, según Tomás, no podía alcanzar.
Por tanto, para Tomás de Aquino el pensamiento humano necesita otra luz que lo ilumine. Esta luz la encuentra en la revelación. Cualquiera que fuera la actitud de los pensadores posteriores respecto a esta revelación, ya no podían aceptar la vida del pensamiento a la manera de los griegos. No les basta con que el pensamiento comprenda el mundo; presuponen que debe ser posible encontrar un soporte básico para el propio pensamiento. Surge la tendencia a comprender la relación del hombre con su vida anímica. Así, el hombre se considera un ser que existe en su vida anímica. Si llamamos a esta entidad el yo, podemos decir que en los tiempos modernos la conciencia del yo se agita en la vida anímica del hombre de un modo similar a como nació el pensamiento en la vida filosófica de los griegos. Cualesquiera que sean las diferentes formas que adopten las corrientes filosóficas en esta época, todas giran en torno a la búsqueda de la entidad del yo. Este hecho, sin embargo, no siempre llega con claridad a la conciencia de los propios pensadores. La mayoría de las veces creen que se ocupan de cuestiones de otra naturaleza. Se podría decir que el enigma del yo aparece en una gran variedad de máscaras. A veces vive en la filosofía de los pensadores de un modo tan oculto que la afirmación de que este enigma está en el fondo de uno u otro punto de vista podría parecer una opinión arbitraria o forzada. En el siglo XIX esta lucha por el enigma del yo llega a su manifestación más intensa, y las concepciones del mundo de la época actual siguen profundamente comprometidas en esta lucha.

Este enigma del mundo ya vivió en el conflicto entre nominalistas y realistas en la Edad Media. Se puede llamar a Anselmo de Canterbury representante del realismo. Para él, las ideas generales que el hombre se forma al contemplar el mundo no son meras nomenclaturas que el alma produce para sí misma, sino que tienen sus raíces en una vida real. Si uno se forma la idea general "león" para designar con ella a todos los leones, es ciertamente correcto decir que, para la percepción sensorial, sólo los leones individuales tienen realidad. Sin embargo, el concepto general "león" no es sólo una designación sumaria con significado sólo para la mente humana. Tiene sus raíces en un mundo espiritual, y los leones individuales del mundo de la percepción sensorial son las diversas encarnaciones de la naturaleza única del león expresada en la "idea del león".

A tal "realidad de las ideas" se opusieron nominalistas como Roscellin (también en el siglo XI). Las "ideas generales" son para él sólo designaciones sumarias, nombres que la mente se forma para su propio uso orientativo, pero que no corresponden a ninguna realidad. Según este punto de vista, sólo las cosas individuales son reales. La disputa es característica de la mentalidad específica de sus participantes. Ambas partes sienten la necesidad de buscar la validez, el significado de los pensamientos que el alma debe producir. Su actitud hacia los pensamientos como tales es diferente de la que tenían Platón y Aristóteles hacia ellos. Esto es así porque algo ha sucedido entre el final del desarrollo de la filosofía griega y el comienzo del pensamiento moderno. Algo ha sucedido bajo la superficie de la evolución histórica que, sin embargo, puede observarse en la actitud que los pensadores individuales adoptan con respecto a su vida de pensamiento.
Para el pensador griego, el pensamiento surgía como una percepción. Surgía en el alma de la misma manera que aparece el color rojo cuando un hombre mira una rosa, y el pensador lo recibía como una percepción. Por consiguiente, el pensamiento tenía el poder inmediato de la convicción. El pensador griego tenía la sensación, cuando se colocaba con su alma receptiva ante el mundo espiritual, de que no podía entrar en el alma ningún pensamiento incorrecto procedente de este mundo, del mismo modo que desde el mundo de los sentidos tampoco podía llegar ninguna percepción de un caballo alado, siempre y cuando se utilizaran adecuadamente los órganos de los sentidos. Para los griegos, se trataba de poder recoger pensamientos del mundo. Eran entonces ellos mismos los testigos de su verdad. El hecho de esta actitud no es desmentido por los sofistas, ni negado por el escepticismo antiguo. Ambas corrientes tienen en la Antigüedad un matiz completamente distinto al de tendencias similares en los tiempos modernos. No son una prueba en contra del hecho de que el griego experimentaba el pensamiento de un modo mucho más elemental, saturado de contenido, vívido y real de lo que puede experimentarlo el hombre de los tiempos modernos. Esta vivacidad, que en la antigua Grecia daba el carácter de percepción al pensamiento, ya no se encuentra en la Edad Media.

Lo que ha sucedido es lo siguiente. Así como en la época griega el pensar penetraba en el alma humana, extinguiendo la antigua conciencia de la imagen, de modo similar, durante la Edad Media la conciencia del "yo" penetró en el alma humana, y esto amortiguó la vivacidad del pensamiento. La llegada de la conciencia del yo privó al pensamiento de la fuerza a través de la cual había aparecido como percepción. Sólo podemos comprender cómo avanza la vida filosófica cuando nos damos cuenta de cómo, para Platón y Aristóteles, el pensamiento, la idea, era algo completamente distinto de lo que era para las personalidades de la Edad Media y los tiempos modernos. El pensador de la antigüedad tenía la sensación de que el pensamiento le era dado; el pensador de la época posterior tenía la impresión de que él producía el pensamiento. Así, surge en él la pregunta de qué significado puede tener para la realidad lo que se ha producido en el alma. El griego se sentía un alma separada del mundo; intentaba unirse con el mundo espiritual en el pensamiento. El pensador posterior se siente solo con su vida de pensamiento. Así comienza la indagación sobre la naturaleza de las "ideas generales". El pensador se pregunta: "¿Qué es lo que realmente he producido con ellas? ¿Están sólo arraigadas en mí, o apuntan hacia una realidad?".

En el período que media entre la antigua corriente de la vida filosófica y la de la filosofía moderna, la fuente de la vida del pensamiento griego se agota poco a poco. Bajo la superficie, sin embargo, el alma humana experimenta la inminente conciencia del yo como un hecho. Desde finales de la primera mitad de la Edad Media, el hombre se enfrenta a este proceso como un hecho consumado, y bajo la influencia de esta confrontación surgen nuevos Enigmas de la Vida. Realismo y Nominalismo son síntomas de que el hombre se da cuenta de la situación. La manera en que tanto realistas como nominalistas hablan del pensamiento muestra que, en comparación con su existencia en el alma griega, se ha desvanecido, se ha amortiguado tanto como lo había hecho la antigua conciencia de la imagen en el alma del pensador griego.

Esto señala el elemento dominante que vive en las concepciones modernas del mundo. En ellas está activa una energía que lucha más allá del pensamiento hacia un nuevo factor de realidad. Esta tendencia de los tiempos modernos no puede sentirse como la misma que impulsó más allá del pensamiento en la antigüedad en Pitágoras y más tarde en Plotino. Estos pensadores también se esforzaron más allá del pensamiento pero, según su concepción, el alma en su desarrollo, en su perfección, tendría que conquistar la región que se encuentra más allá del pensamiento. En los tiempos modernos se presupone que el factor de la realidad que yace más allá del pensamiento debe acercarse al alma, debe serle dado desde fuera.

En los siglos que siguen a la época del Nominalismo y del Realismo, la evolución filosófica se convierte en una búsqueda del nuevo factor de realidad. Un camino entre los discernibles para el estudiante de esta búsqueda es el que los Místicos medievales - Meister Eckhardt (fallecido en 1327), Johannes Tauler (fallecido en 1361), Heinrich Suso (fallecido en 1366) - han elegido para sí mismos. Recibimos la idea más clara de este camino si inspeccionamos la llamada Teología Alemana (Theologia, deutsch), escrita por un autor históricamente desconocido. Los místicos quieren recibir algo en la conciencia del yo, quieren llenarla de algo. Por lo tanto, se esfuerzan por conseguir una vida interior que esté "completamente compuesta", entregada en tranquilidad, y que de este modo espere pacientemente experimentar que el alma se llene del "Ego Divino". En una época posterior, se puede observar un estado de ánimo anímico similar con un mayor impulso espiritual en Angelus Silesius (1624-1677).
Un camino diferente es el elegido por Nicolaus Cusanus (Nicolaus Chrypffs, nacido en Kues en el Mosela, 1401, fallecido en 1464). Él aspira, más allá del conocimiento intelectualmente alcanzable, a un estado del alma en el que cesa el conocimiento y en el que el alma encuentra a su dios en la "ignorancia conocedora", in docta ignorantia. Examinada superficialmente, esta aspiración es similar a la de Plotino, pero la constitución anímica de estas dos personalidades es diferente. Plotino está convencido de que el alma humana contiene algo más que el mundo de los pensamientos. Cuando desarrolla la energía que posee más allá del poder del pensamiento, el alma toma conciencia del estado en el que existe, y sobre el que es ignorante en la vida ordinaria.

Paracelso (1493-1541) ya tiene el sentimiento respecto a la naturaleza, que se hace cada vez más pronunciado en la concepción moderna del mundo, que es un efecto del sentimiento de desolación del alma en su conciencia del yo. Dirige su atención hacia los procesos de la naturaleza. Tal como se presentan no pueden ser aceptados por el alma, pero tampoco el pensamiento, que en Aristóteles se desarrollaba en pacífica comunicación con los acontecimientos de la naturaleza, puede ser aceptado ahora tal como aparece en el alma. No se percibe; se forma en el alma. Paracelso pensaba que no hay que dejar hablar al pensamiento mismo; hay que presuponer que hay algo detrás de los fenómenos de la naturaleza que se revelará si se encuentra la relación adecuada con estos fenómenos. Uno debe ser capaz de recibir algo de la naturaleza que uno mismo no crea como pensamiento durante el acto de observación. Uno debe estar conectado con su "yo" por medio de un factor de realidad distinto del pensamiento. Una naturaleza superior detrás de la naturaleza es lo que busca Paracelso. Su estado de ánimo está tan constituido que no quiere experimentar algo sólo en sí mismo, sino que quiere penetrar en los procesos de la naturaleza con su "yo" para que se le revele el espíritu de estos procesos que están bajo la superficie del mundo de los sentidos. Los místicos de la Antigüedad pretendían ahondar en las profundidades del alma; Paracelso se propuso dar pasos que condujeran a un contacto con las raíces de la naturaleza en el mundo exterior.

Jakob Boehme (1575-1624) que, como artesano solitario y perseguido, se formó una imagen del mundo como a partir de una iluminación interior, implanta sin embargo en esta imagen del mundo el carácter fundamental de los tiempos modernos. En la soledad de su vida anímica desarrolla este rasgo fundamental de la manera más impresionante, porque el dualismo interior de la vida del alma, el contraste entre el "yo" y las demás experiencias anímicas, se presenta claramente ante los ojos de su espíritu. Experimenta el "yo" cuando crea una contrapartida interior en su propia vida anímica, reflejándose en el espejo de su propia alma. Luego vuelve a encontrar esta experiencia interior en los procesos del mundo. "En tal contemplación uno encuentra dos cualidades, una buena y otra mala, que están entrelazadas en este mundo en todas las fuerzas, en las estrellas y en los elementos, así como en todas las criaturas". El mal en el mundo se opone al bien como su contrapartida; sólo en el mal el bien toma conciencia de sí mismo, como el "yo" toma conciencia de sí mismo en sus experiencias anímicas interiores.
Traducido por J.Luelmo may2023