CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA138 Munich 29 de agosto de 1912 Desde los sentidos, se distingue el curso de la naturaleza y los seres que la habitan. En el mundo espiritual no existe esa dualidad, sólo los seres.

LA INICIACION, LA ETERNIDAD Y EL INSTANTE

Por Rudolf Steiner


Conferencia 5

Desde los sentidos, se distingue el curso de la naturaleza y los seres que la habitan. En el mundo espiritual no existe esa dualidad, sólo los seres. Después de cruzar el umbral hay un sentimiento moral-intelectual. Aquello con lo que uno no está moralmente de acuerdo, se percibe como oscuridad, lo satisfactorio se percibe como luminosidad. La entrada en el mundo espiritual es múltiple, depende del karma. El hombre se experimenta cada vez más intensamente con los seres de jerarquías superiores.

Munich 29 de agosto de 1912

Ayer, con las palabras que son posibles para estos asuntos, traté de caracterizar cómo se produce la retirada del cuerpo físico y el sentimiento y la experiencia de uno mismo en los cuerpos etérico y astral. Señalé que esta experiencia tiene lugar de tal manera que el vivenciarse uno mismo en el cuerpo etérico se parece a un fluir hacia fuera, por así decirlo, en el espacio cósmico, durante el cual uno es continuamente consciente de fluir hacia el infinito en todas las direcciones desde el propio cuerpo como punto central. La experiencia en el cuerpo astral, sin embargo, aparece como una salida de uno mismo hacia el cuerpo astral. Es en este momento cuando uno comienza a sentirse fuera de su cuerpo físico de tal manera que todo lo que en el cuerpo físico se llamaba uno mismo se experimenta ahora como algo externo a uno, algo que existe fuera. Uno está dentro de otra cosa. Ayer les señalé que el mundo que se nos presenta entonces debe llamarse, de acuerdo con mi libro Teosofía, por ejemplo, la tierra del espíritu. También podría llamarse el plano mental inferior. Sería erróneo que se diera a entender algo despectivo al imaginar que, cuando se llega desinteresadamente y de manera correcta al punto de vivir en cuerpo astral, se está por consiguiente en el mundo astral.

Ahora bien, hay una gran diferencia entre la vida, la observación y la experiencia en la existencia sensorial, y la experiencia en el cuerpo astral frente a la tierra del espíritu. En la vida de los sentidos nos enfrentamos a sustancias, fuerzas, objetos, procesos y demás. También nos enfrentamos a los seres, y además de los seres de los otros reinos de la naturaleza, en la medida en que está justificado llamarlos así, nos enfrentamos en particular a nuestros propios semejantes. En la existencia sensorial nos enfrentamos a estos otros seres de tal modo que sabemos cómo toman en sí las sustancias y fuerzas del mundo de los sentidos, se impregnan de ellas y, de este modo, viven la vida que transcurre por medio de fuerzas naturales externas dentro de las leyes de la naturaleza. En resumen, en la vida de los sentidos hay que distinguir entre el curso de la naturaleza y los seres que viven su vida dentro de este curso natural y se impregnan de las sustancias y fuerzas de éste. Tenemos, pues, el curso de la naturaleza y también los seres. Pero cuando en el cuerpo astral vemos el mundo espiritual, ya no podemos hacer esta distinción. En el mundo espiritual nos enfrentamos sólo a los seres, pero frente a estos seres no existe el llamado curso de la naturaleza. Todo lo que es guiado de la manera indicada en nuestra última conferencia, todo lo que se encuentra, es el ser. Dondequiera que haya algo, es ser, y no podéis decir como en la vida sensorial que hay un animal y aquí las sustancias externas que se comen. Allí no existe esta dualidad, porque todo lo que es, es ser.

Ya os he dicho cual es vuestra posición con respecto a estos seres, que este es principalmente el mundo de las jerarquías, y lo hemos descrito a menudo desde otros puntos de vista. Aprendes a conocer el mundo de las jerarquías en su orden sucesivo, desde aquellos seres que se aprende a conocer primero como ángeles, y arcángeles, hasta aquellos que parecen casi desaparecer, tan indistintos se vuelven - los Querubines y Serafines. Pero una cosa es posible cuando te encuentras en estos mundos; puedes lograr entrar en relación con estos seres. Todo lo que eres en la existencia sensorial debes haberlo dejado atrás, en el sentido de la forma en que describimos esto antes, pero, como ya he dicho, todavía lo llevas en la memoria. En estos mundos llevas el recuerdo de lo que has dejado atrás y, así como en la vida física miramos hacia atrás en nuestros recuerdos, así miras desde los mundos superiores hacia lo que has sido en la existencia sensorial. Todavía se posee el recuerdo en imágenes.

Ahora, al ascender los primeros peldaños de la iniciación en los mundos superiores, es bueno aprender a distinguir entre el primer peldaño y los que le siguen. No es bueno descuidar esto. En realidad se trata de que aprenderéis mejor a encontrar vuestro camino en los mundos superiores si, entre los primeros recuerdos en imágenes que lleváis allí, que os recuerdan vuestra existencia sensorial, no tenéis la imagen de vuestro propio cuerpo físico ni de su forma. En efecto, es una cuestión de experiencia que esto sea así. Cualquiera que tenga que aconsejar sobre los ejercicios que hay que realizar para dar los primeros pasos de la iniciación, procurará que, después de cruzar el umbral, después de pasar el Guardián del Umbral, los primeros recuerdos en imágenes no tengan nada que ver con la percepción de la forma corporal física. Son esencialmente las que pueden incluirse bajo el título de una percepción moralmente intelectual del ser. Lo que deberíais experimentar primero es cómo estimar vuestras propias cualidades morales. Debéis percibir qué tendencias morales o inmorales tenéis, qué sentido de la verdad o de los sentimientos superficiales, y también daros cuenta de cómo evaluar vuestro valor como hombre anímico.

Esto es lo primero que hay que sentir. Esto no surge de tal manera que pueda expresarse mejor con las palabras que usamos en la vida física. Cuando se entra en el mundo espiritual, la experiencia está mucho más íntimamente ligada a uno que cualquier cosa de este tipo en la existencia sensorial. Cuando has hecho algo que no te satisface moralmente, toda tu vida interior siente que hay algo amargo, que hay algo, por así decirlo, que se derrama en el mundo al que ahora te has habituado, que lo llena de un aroma de amargura - pero el aroma no debe entenderse aquí en el sentido físico. Te sientes empapado de este aroma de amargura. Aquello que se puede justificar moralmente se llena de un aroma agradable. Se podría decir que la esfera en la que entras cuando no estás satisfecho con lo que has hecho, es oscura y sombría, pero clara y luminosa es la parte del universo a la que llegas cuando puedes estar en paz contigo mismo. Por lo tanto, si vas a encontrar tu camino, ésta debe ser la clase de valoración moral o intelectual a la que debes someterte, que, como la atmósfera, llena para ti el mundo en el que estás entrando. Por lo tanto, lo mejor es sentir este mundo con tu alma, y después de haberte familiarizado con este sentimiento del alma por el espacio espiritual, sólo entonces debe surgir el recuerdo que puede tener la forma y la figura de tu cuerpo físico en la vida sensorial, siempre que esta forma se presente ante ti como una interpenetración en tu atmósfera moral recién adquirida.

Sin embargo, lo aquí descrito no sólo puede surgir en mitad de la vida cotidiana, llegando como una entrada en el mundo espiritual cuando se han dado los pasos adecuados hacia la iniciación. También puede ocurrir de otra manera. Sea como sea que surja, depende fundamentalmente del karma del ser humano individual y de la forma en que esté constituido. No se puede decir que una forma de surgir sea mejor o peor que la otra; simplemente, puede darse una u otra. En medio de su vida cotidiana el hombre puede sentirse atraído por el mundo espiritual, pero también puede ocurrir que su experiencia durante el sueño sea diferente. En la experiencia ordinaria, tan pronto como un hombre se duerme, queda inconsciente, recuperando su conciencia al despertar, y en su vida durante el día, excepto por el recuerdo de sus sueños, no tiene memoria de su vida dormida. Vive durante el sueño en un estado de inconsciencia. Ahora bien, en la primera etapa de la iniciación también puede ocurrir que algo más se extienda sobre la vida dormida del hombre, de modo que éste comience a experimentar otra forma de dormirse. Con la aproximación de la vida dormida se experimenta entonces otro tipo de conciencia. Esto dura, interrumpido más o menos por períodos de inconsciencia, durante varios períodos de tiempo según el progreso que el hombre haya hecho. Luego, al acercarse la mañana, desaparece. Durante esta experiencia, en el primer período después de quedarse dormido, surge lo que puede llamarse un recuerdo de la propia actitud moral, de las propias cualidades del alma. Esto es particularmente vívido justo después de ir a dormir y gradualmente desaparece hacia el momento de despertar.

Por lo tanto, como resultado de los ejercicios para las primeras etapas de la iniciación, la inconsciencia habitual del sueño puede iluminarse y transfundirse con la conciencia. Entonces uno se eleva a los mundos reales de las jerarquías y siente que pertenece a ellos. Pero este vivir dentro del mundo en el que todo es ser, debe, en comparación con la vida ordinaria en el mundo de los sentidos, describirse un poco como sigue. Supongamos que alguien, en el mundo sensorial, está ante una maceta de flores y la mira. La planta está fuera, es externa a él; la observa mientras está de pie mirándola. Ahora bien, la experiencia en el mundo superior, de la que acabamos de exponer, no puede compararse en modo alguno con este tipo de observación. Sería muy erróneo imaginar que allí se va a mirar a los seres así, desde fuera, colocándose ante ellos, como se observa una maceta en el mundo de los sentidos. No es así. Si se comparara cualquier cosa en la existencia sensorial con la forma en que se sitúa respecto al mundo de las jerarquías, sólo podría ser de la siguiente manera. Esto, por supuesto, será sólo una comparación, pero puede ayudaros a tener una idea clara.

Supongamos que os sentáis en algún lugar y en lugar de pensar laboriosamente en alguna cosa especial, os proponéis no pensar en nada en particular. Entonces puede surgir dentro de vosotros algún pensamiento no deseado, en el que, para empezar, no estabais pensando en absoluto. Puede ocupar tu alma tan completamente que la llena por completo; sientes que ya no puedes distinguir el pensamiento de ti mismo y que eres enteramente uno con el pensamiento que así surge de repente. Si tienes la sensación de que se trata de un pensamiento vivo, que atrae a tu alma con él, que tu alma está ligada al pensamiento, y que se puede decir tanto que el pensamiento está en tu alma como que tu alma está en el pensamiento, entonces te ocurre algo en la vida de los sentidos similar a la forma en que llegas a conocer a los seres de las jerarquías superiores y a la forma en que te comportas con ellos. Las palabras "estoy junto a ellos, estoy fuera de ellos" pierden todo su sentido. Estás con ellos, igual que tus pensamientos viven contigo. No es que puedas decir: "Los pensamientos viven en mí". Tienes que decir más bien: "Un pensamiento se piensa a sí mismo en mí". Los seres se experimentan a sí mismos, y tú experimentas la experiencia de los seres. Estás dentro de ellos; eres uno con ellos, de modo que todo tu ser se vierte en la esfera en la que viven. Compartes su vida, sabiendo en todo momento que ellos también se experimentan a sí mismos en esto. Nadie debe imaginar que, tras los primeros pasos en el camino de la iniciación, tendrá inmediatamente la sensación de experimentar todo lo que estos seres experimentan. En todo momento no tiene que saber nada más allá de su presencia, como en la existencia sensorial podría enfrentarse a alguien con quien se encontrara por primera vez. La expresión "los seres viven y se experimentan dentro de ti" está justificada, pero para empezar no necesita saber nada más de ellos de lo que sabría de un hombre al conocerlo por primera vez. Así pues, se trata de una coexperiencia. Esta crece gradualmente en intensidad, penetrando cada vez más en la naturaleza de estos seres.

Ahora bien, relacionado con lo que se acaba de describir como experiencia espiritual, hay algo más. Es un cierto sentimiento fundamental que subyace en el alma como el resultado real de todas sus experiencias separadas. Es un sentimiento que tal vez pueda ilustrar por medio de un contraste. Lo que se experimenta en el mundo de los sentidos cuando se está ante un lugar determinado y se observa lo que hay a su alrededor, es exactamente lo contrario de este sentimiento fundamental. Imagina que alguien está aquí en medio de la sala, viendo todo lo que hay. Diría que aquí está este hombre, allí aquel hombre, y así sucesivamente. Esa sería su relación con el mundo circundante. Pero sin embargo, es lo contrario del estado de ánimo que prevalece en el mundo que acabamos de describir. Allí no se puede decir: "Yo estoy aquí, allí está este ser, allí aquel", sino que hay que decir: "Yo soy este ser". En realidad ese es el verdadero sentimiento. Lo que acabo de decir con respecto a todos los seres separados se siente frente al mundo como un todo. Tú eres realmente todo en ti mismo. Este ser dentro de los seres se extiende sobre todo tu estado de ánimo del alma. Es en este estado de ánimo donde experimentas conscientemente el tiempo entre el sueño y la vigilia. Cuando vives esto conscientemente, no puedes sino tener un sentimiento derramado hacia todo lo que experimentas. Te sientes dentro de todo hasta el límite del mundo que eres capaz de percibir.

Una vez hice el siguiente experimento, y quisiera citarlo aquí como un episodio - no como algo notable, sino para aclararme. Hace algunos años me llamó la atención de repente que ciertos estados más o menos suprasensibles se presentan ante nosotros en las grandes obras poéticas del mundo como un reflejo, un eco. Lo que quiero decir es que si un clarividente se da cuenta del estado de ánimo fundamental de su alma en ciertas experiencias suprasensibles y luego se dirige a la literatura mundial, encontrará que tales estados de ánimo del alma atraviesan ciertos capítulos, o secciones, de las obras poéticas realmente grandes. Estos estados de ánimo no son necesariamente las experiencias ocultas del poeta, pero el clarividente puede decirse a sí mismo que, si desea revivir como un eco en el mundo sensorial lo que experimentó en este estado de ánimo de su alma, puede recurrir a algún gran poema y encontrar allí algo parecido a su imagen sombría. Cuando a la luz de su experiencia el clarividente lee a Dante, por ejemplo, a veces tiene la sensación de que en el poema hay un reflejo, o una sombra, que en su estado original sólo puede experimentarse clarividentemente.

Ahora bien, una vez hice una búsqueda de ciertos estados capaces de ser descritos en las obras poéticas, a fin de establecer algún tipo de concordancia entre las experiencias en los mundos superiores y lo que está presente como un reflejo de éstas en el mundo físico, y me pregunté: "¿No es posible que este estado de ánimo particular que se vierte sobre el alma durante el sueño plenamente consciente (que he descrito como un ser en los mundos superiores, pero un ser que debe ser aprehendido en el estado de ánimo), no se encuentre como un eco en algún estado de ánimo en la literatura del mundo?" Pero de este planteamiento directo no salió nada.

Sin embargo, cuando se formuló la pregunta de otra manera, se obtuvo algo. La experiencia demuestra que también es lícito preguntar: "¿Cómo sentiría este estado de ánimo, este vivir dentro de los mundos superiores, un ser que no fuera un ser humano, por ejemplo, algún otro ser de las jerarquías superiores?" O, para decirlo más exactamente, el hombre se siente dentro de los mundos superiores y ve a los seres de las otras jerarquías. Ahora bien, al igual que en el mundo de los sentidos se puede preguntar: "¿Qué siente otra persona sobre algo que tú mismo sientes?", esta misma pregunta se puede plantear a un ser de las jerarquías superiores, y entonces será posible hacerse una idea de la experiencia de algún otro ser. De la misma manera que nos sería posible en el sueño plenamente consciente, podemos hacernos una idea, como en el caso del hombre mismo, de un tipo definido de experiencia superior frente a la vida en los mundos superiores, pero de experiencia que desempeña un gran papel en el alma del hombre.

Puede uno, por tanto, imaginarse a un ser de un rango jerárquico superior al del hombre de la tierra, que es capaz de sentir lo que sienten los seres humanos pero de una manera más elevada. Si se plantea la cuestión de este modo, si se reflexiona no sobre un hombre ordinario, sino sobre un hombre típico, y luego se imagina el estado de ánimo del alma, se hace posible encontrar algo en la literatura mundial a partir de lo cual se puede formar este concepto, que dicho estado de ánimo se difunde como un eco de lo que realmente sólo puede representarse en su estado original correctamente trasladándose al mundo que acabamos de describir. Pero ciertamente no hay nada que se encuentre en la literatura europea del cual se pueda decir: "Se puede trazar aquí el estado de ánimo de lo que se derrama sobre un alma cuando se siente dentro del mundo espiritual y todo lo que pertenece a él." Es maravilloso cómo empiezas a comprender de una manera nueva y a sentir un nuevo deleite y admiración cuando dejas que este estado de ánimo actúe sobre ti como un eco procedente de las palabras de Krishna en el Bhagavad Gita. Una nueva luz inunda estas líneas del Gita cuando te das cuenta de que todo lo que acabo de describir está contenido, no en las palabras, sino en el eco del estado de ánimo que llena el alma. He querido dar esto simplemente como una ilustración de la clarividencia; para imaginarlo de tal manera que ahora podáis tomar este poema y tratar de descubrir el estado de ánimo que fluye en él. A partir de ahí, podéis haceros una idea de la experiencia correspondiente del clarividente, cuando desde su existencia diurna se transpone a estos mundos en plena conciencia, o cuando su conciencia se extiende durante el sueño.

Sin embargo, con este estado de ánimo, con este sentimiento básico, se mezcla algo más; algo más lo acompaña. Sólo por medio de un concepto puedo tratar de describir con palabras lo que aquí se experimenta, porque en la vida física siempre hay que recurrir a las palabras. Lo que se experimenta es algo de esta naturaleza. En la medida en que uno siente algo de un mundo, se siente vertido en él. Al principio no sientes realmente nada externo en ninguna parte, sólo sientes el único punto del mundo en el que estabas de antemano. Eso es lo único externo que sientes. En ese único punto encuentras  acumulado cualquier daño que hayas hecho y cualquier bien que hayas hecho. Eso es lo externo. Por lo demás, te sientes derramado sobre el mundo entero con todo aquello que has logrado en él. De hecho, tienes la sensación de que no tendría sentido aplicar ciertas palabras -por lo demás naturales en la existencia sensorial-, a esta experiencia de tu conexión con el mundo. Por ejemplo, las palabras antes y después dejan de tener sentido porque al irte a dormir no sientes que es antes y que la vigilia viene después. Sólo sientes ciertas experiencias que comienzan cuando te vas a dormir y que siguen sucediendo. Después de vivir una serie de experiencias, en cierto modo vuelves a estar en el mismo punto, pero no de la misma manera que antes de dormir.

Tienes más bien la sensación de que "he estado durmiendo", y la sensación de que la palabra "entonces" ya no se puede utilizar justificadamente. Han tenido lugar una serie de experiencias durante las cuales el antes y el después han dejado de tener significado. Si ahora utilizo la expresión después de cierto tiempo (aunque no es correcta) - "después de cierto tiempo uno vuelve a encontrarse donde estaba antes" - hay que imaginarse que uno está situado frente a sí mismo, por así decirlo, como si estuviera fuera de su cuerpo, caminando y mirándose. Así que se encuentra uno más o menos en el mismo punto en el que estaba al salir del cuerpo, pero ahora está situado frente a sí mismo; ha cambiado de dirección. Entonces (utilizando de nuevo "entonces" en un sentido meramente comparativo) los acontecimientos continúan sucediendo, y es como si hubieras vuelto a tu cuerpo y estuvieras dentro de él una vez más. No experimentas ni un antes ni un después, sino lo que sólo puedes describir como un giro, sobre el que sólo se pueden utilizar conjuntamente las palabras "principio", "medio" y "final".

En este tipo de experiencia, es lo mismo que cuando dices sobre cualquier punto de toda la circunferencia de un círculo: "Aquí comienza" y, habiendo hecho toda la ronda, "Aquí termina". No tienes la sensación de haber vivido un período de tiempo, sino la sensación de hacer una ronda, de describir un círculo, y en esta experiencia pierdes completamente la sensación de tiempo que normalmente tienes en la existencia sensorial. Sólo sientes que estás en el mundo que tiene la característica fundamental de ser redondo, de ser circular. Un ser que nunca haya caminado por la tierra, que nunca haya vivido en el mundo de los sentidos, sino que haya vivido siempre en el mundo del que estamos hablando, nunca se asomaría a la idea de que el mundo tuvo una vez un principio y que podría estar llegando a su fin. Siempre pensaría en él como un mundo redondo y cerrado en sí mismo. Un ser así no tendría ningún aliciente para decir que se esfuerza por alcanzar la eternidad por la sencilla razón de que todo lo que le rodea es eterno, de que no hay nada más allá de lo cual pueda mirar desde lo temporal hacia lo eterno.

Este sentimiento de intemporalidad, este sentimiento del círculo, aparece en una determinada fase de la clarividencia, o en la experiencia consciente del sueño. Con ella se entremezcla un cierto anhelo, un anhelo que surge porque en esta experiencia en el mundo superior nunca estás realmente en reposo. En todas partes te sientes en este movimiento giratorio, siempre en movimiento, nunca te quedas quieto. El anhelo que tienes es: "¡Si se pudiera hacer un alto, si en algún lugar se pudiera entrar en el tiempo!". Se podría decir que esto es justo lo contrario de lo que se experimenta en la existencia sensorial, en la que siempre nos sentimos en el tiempo mientras anhelamos la eternidad. En el mundo del que he estado hablando, nos sentimos en la eternidad con este único deseo: "¡Si en algún momento el mundo se detuviera y entrara en la existencia del tiempo!" Esto es lo que ustedes comprenden como el sentimiento fundamental: el movimiento eterno del universo, y el anhelo del tiempo; esta experiencia del eterno devenir, este devenir que es su propia certeza, y el anhelo: "¡Ah, si sólo se pudiera, en algún lugar, de alguna manera, llegar a su fin!"

En efecto, cuando se aplican a estas cosas los conceptos de la vida sensorial, está plenamente justificado pensar que son extrañas. Pero no debemos dejar que esto nos lo impida. Eso implicaría que no queremos aceptar una descripción real de los mundos superiores. Si eso es lo que realmente queremos al poner el pie en ellos, todas las descripciones ordinarias del mundo sensorial, y todo lo demás, deben ser abandonadas. Les ruego que consideren este sentimiento que acabo de describir como una experiencia que uno tiene en sí mismo y para sí mismo, y es importante que uno lo experimente en sí mismo y para sí mismo, porque eso pertenece a las primeras etapas en el camino de la iniciación. Este sentimiento puede surgir de dos maneras. De una manera puede expresarse diciendo: "Tengo un anhelo por lo que es transitorio, por la existencia concentrada en el tiempo; no deseo verme derramado en la eternidad". Si tenéis este sentimiento en el mundo espiritual (os pido que lo consideréis bien) no necesariamente lo traéis con vosotros al mundo sensorial. Por el contrario, en absoluto tiene que estar presente allí cuando volváis; puede que sólo esté en el mundo espiritual. Podéis decir que tenéis este sentimiento en el mundo espiritual: que queréis experimentaros en el tiempo, queréis concentraros en la independencia en algún momento de la existencia del mundo. Que os gustaría hacer esto de forma tan completa que pudierais decir: "¿Por qué debería preocuparme por la eternidad que se extiende en el resto del universo? Quiero hacer de esto algo independiente para mí, y vivir en él".

Imaginaos este deseo, este sentimiento, experimentado en el mundo espiritual. Todavía no lo hemos expresado con exactitud, sino que tenemos que describirlo de otra manera para precisarlo, y luego combinarlo con algo más. Si queremos acercar esto a la existencia sensorial humana, tenemos que describirlo -si es que aún queremos hacerlo- equiparándolo al mundo sensorial. Recordaréis que acabo de decir: "Arriba, todo es ser y no podemos hablar de ello de otra manera". Pero eso no es toda la verdad. Cuando en el mundo sensorial se apodera de nosotros algún deseo, podemos decir: "Te sientes impulsado por algún ser que actúa en ti y te hace expresar este deseo de auto-afirmarte en algún punto determinado". Si se ha comprendido el deseo de auto-confirmarse en un punto, el deseo de concentrarse en las cosas temporales, como un impulso dado por un ser del mundo espiritual -sólo puede ser un ser así-, entonces hay que comprender la influencia que tienen los seres luciféricos en ese mundo.

Habiendo llegado a este concepto, cabe preguntarse ahora: "¿Cuando se puede decir que se está frente a un ser luciférico?" Cuando, en el mundo de las jerarquías superiores, nos sentimos influenciados de esa manera para alejarnos de la eternidad hacia un estado de concentración independiente en el mundo, entonces es que estamos sintiendo la acción de Lucifer. Cuando hemos experimentado eso, entonces sabemos cómo se pueden describir las fuerzas luciferinas. Pueden describirse de la manera que acabo de mostrar, y sólo entonces es posible hablar con realidad de un contraste que incluso encuentra eco en nuestro mundo sensorial. Este contraste surge simplemente de la constatación de que en la existencia sensorial es muy natural que nos situemos en lo temporal, mientras que en el mundo espiritual que se encuentra -por hablar desde un punto de vista transitorio- por encima del mundo astral, es natural que ya no percibamos lo temporal, sino sólo lo eterno. Esta experiencia devachánica en la que aparece el anhelo de la vida temporal tiene su eco en el anhelo de la eternidad. La interacción entre el tiempo realmente experimentado -el tiempo experimentado en el momento fugaz- y el anhelo de eternidad, surge debido a la penetración del mundo devachánico, el mundo de la tierra del espíritu, en nuestro mundo sensorial. Al igual que para la percepción ordinaria de los sentidos, la tierra del espíritu se oculta detrás de nuestro mundo físico, lo eterno se oculta detrás del momento fugaz. Así como no hay un punto en el que podamos decir: "Aquí termina el mundo de los sentidos y aquí comienza el mundo espiritual", sino que en todas partes el mundo espiritual impregna la existencia sensorial, así cada momento fugaz, conforme a su cualidad, está impregnado de eternidad. No experimentamos la eternidad al salir del tiempo, sino al poder experimentarla clarividentemente en el momento mismo. Tenemos garantizada la eternidad en el momento fugaz; en cada momento está ahí.

Dondequiera que vayas en el mundo, cuando hablas desde el punto de vista de la conciencia clarividente, nunca puedes decir de los seres que uno es temporal y otro eterno. Decir que aquí hay un ser temporal o allí un ser eterno no tiene ningún significado para la conciencia espiritual. El verdadero significado reside en algo muy diferente. Lo que subyace a la existencia -el momento fugaz y la eternidad- está en todas partes y para siempre, y la única manera de plantear la pregunta es: "¿Cómo es que la eternidad a veces aparece como el momento fugaz, que lo eterno a veces parece temporal, y que un ser en el mundo asume una forma que es temporal?" Simplemente viene de esto, de que la existencia sensorial, dondequiera que ocurra, está intercalada con seres luciféricos, y en la medida en que estos seres intervienen en la existencia sensorial, la eternidad se hace temporal. Por lo tanto, hay que decir: "Un ser que aparece en cualquier lugar del tiempo es eterno en la medida en que tiene poder para liberarse de la existencia luciférica, pero en la medida en que está sometido a ella, sigue siendo temporal."

Cuando empezamos a describir las cosas de forma espiritual, dejamos de utilizar expresiones de la vida ordinaria. En la vida ordinaria, si aplicamos la enseñanza de la religión y de la antroposofía, deberíamos decir: "El hombre tiene su cuerpo como una envoltura exterior, y dentro tiene su alma y su ser espiritual; su cuerpo es mortal, pero su ser anímico-espiritual es inmortal y eterno". Así es como debe expresarse, en la medida en que estamos en el mundo sensorial y queremos describir lo que hay. Ya no es correcto si queremos aplicar el punto de vista del mundo espiritual; entonces hay que expresarlo así: "El hombre es un ser en cuya naturaleza, en su conjunto, los seres progresivos y divinos deben trabajar junto con los seres luciféricos; en la medida en que los seres progresivos y divinos están en él, una parte de su ser se arranca de todo lo que es luciférico, y así llega a participar en lo eterno. En la medida en que los seres divinos actúan en el hombre, éste participa de lo eterno; en la medida en que el mundo luciférico actúa en él, todo lo que está ligado a lo temporal y transitorio pasa a formar parte de su propio ser."

Lo temporal y lo eterno aparecen, pues, como la acción conjunta de diversos seres. En los mundos superiores ya no tiene sentido hablar de opuestos abstractos como lo temporal y lo eterno porque allí dejan de tener sentido. Allí hay que hablar de seres. Hablamos, pues, de seres progresivos, divinos, y de seres luciféricos. Puesto que estos seres están presentes en los mundos superiores, su relación entre ellos se refleja en la antítesis del tiempo y la eternidad.

He dicho que es bueno que un hombre, al ascender al mundo al que nos referimos, experimente al principio mas recuerdos de tipo moral que de su forma física externa. Perseverando en los ejercicios de los primeros pasos de la iniciación, debe volverse gradualmente tan clarividente que entonces aparecerá también la imagen de la memoria de su forma física. Relacionado con la aparición de esta imagen de memoria de la forma física, sin embargo, hay algo más, y es que en realidad a partir de ese momento (y es correcto) siente como un recuerdo no sólo de su vida anímica en general, no sólo en general de sus actos buenos y malos y de sus actos morales o insensatos, sino de todo su yo. Es todo su yo lo que siente como recuerdo en el momento en que puede mirar hacia atrás y ver su cuerpo como forma. Entonces siente su ser como si estuviera dividido en dos. Contempla la parte que dejó atrás con el Guardián del Umbral, y contempla lo que, en el mundo de los sentidos, llamaba su ego. Ahora, al mirar hacia atrás en su ego, siente que también hay una escisión, y con toda tranquilidad se dice a sí mismo: "Sólo ahora eres capaz de recordar lo que antes llamabas tu ego. Ahora vives en un ego más altamente organizado que guarda la misma relación con el ego anterior que tú, como pensador, guardas con los recuerdos de la vida en el mundo de los sentidos." En esta etapa uno ve por primera vez lo que el hombre, el hombre terrenal, es realmente; uno mira por encima del propio hombre-egoico.

Al mismo tiempo, sin embargo, uno se eleva a un mundo aún más elevado que puede llamarse la tierra espiritual superior o, si se quiere, el mundo mental superior; un mundo que difiere un poco de los otros. Nos encontramos en esta tierra espiritual superior cuando experimentamos el desdoblamiento del ego, y el ego ordinario sólo se siente como un recuerdo. Aquí es donde uno es capaz de formarse por primera vez una verdadera estimación del hombre en la tierra. A medida que uno mira hacia atrás comienza a conocer lo que el hombre es en su esencia más íntima. Allí también es posible llegar por primera vez a un juicio experimentado sobre el curso de la historia. La evolución humana experimentada se convierte para nosotros en el progreso del alma como ser egoico. Del progreso general se destacan los seres que son líderes en el avance de la humanidad. Aquí se experimenta realmente lo que he descrito en la segunda conferencia, es decir, los impulsos que fluyen continuamente en la evolución humana a través de los iniciados, aquellos iniciados que, dondequiera que estén, tienen que dejar la vida de los sentidos e ir a los mundos espirituales para poder dar estos impulsos. Cuando se llega al punto de experimentar al hombre como un ser egoico, también se experimenta por primera vez una verdadera visión del ser humano como tal. A esto sólo hay una excepción.

Recapitulemos todo lo que se ha dicho. Cuando un hombre pasa por las primeras etapas de la iniciación, puede elevarse clarividentemente al mundo de la tierra espiritual inferior; experimenta conceptos de lo que tiene que ver con el alma, de lo que es moral e intelectual. Ve todo lo que sucede en las almas, aunque éstas no se comprendan a sí mismas como seres egoicos. Esta comprensión del propio ser como un ser egóico, junto con todo el florecimiento de la vida espiritual en los iniciados, se experimenta en el mundo espiritual superior con una sola excepción que es correcta y buena si puede ocurrir como una excepción que rompe la regla general. Desde la tierra espiritual inferior se ve todo el ser de Cristo Jesús. De modo que, mirando hacia atrás de manera puramente humana, y aferrándose a lo que está presente en la memoria, se tiene un recuerdo de Cristo Jesús y de todos los acontecimientos que han tenido lugar en relación con Él, es decir, si ya se ha cumplido la otra condición de la que hablé en la segunda conferencia. La verdad sobre los otros iniciados, sin embargo, la experimentas por primera vez en la tierra espiritual superior.

Ahí tenemos una diferencia enormemente importante. Cuando un hombre se eleva al mundo espiritual, al mirar hacia atrás percibe lo que es de la tierra. Pero lo ve primero con su cualidad anímica, a menos que pueda recordar de tal manera que, al mirar hacia atrás en la existencia terrenal, recuerde al hombre físico y la forma en que transcurre. Eso es algo que sólo debe experimentar en el punto superior descrito. Sólo puede y debe ver a Cristo Jesús en los primeros pasos del camino de la iniciación. Esto lo puede hacer cuando al avanzar no se ve rodeado mas que de lo que es de naturaleza anímica, que al principio no tiene nada del ego. Pero entonces, dentro, como una especie de punto central, está el Ser Crístico, cumpliendo el Misterio del Gólgota y permeado por el ego.

Lo que acabo de exponer no debe interpretarse, por supuesto, como procedente de ninguna de las concepciones mundiales de las religiones cristianas existentes. Difícilmente se puede encontrar descrito en alguna parte. En efecto, podéis encontrar lo que podría llamarse el reverso de lo que he dicho, en una cierta forma especial que se ilumina por primera vez cuando se examina de manera oculta y precisa el asunto, porque hasta el momento, el cristianismo no ha alcanzado la meta que tiene que alcanzar finalmente. Tal vez algunos de ustedes sepan que hay muchos entre los representantes oficiales del cristianismo que tienen un temor mortal a lo que se conoce como ocultismo, y lo consideran simplemente como la obra del diablo que sólo puede hacer daño al hombre. ¿Por qué es así? ¿Por qué cuando hablamos con los representantes de un determinado sacerdocio y la conversación gira en torno al ocultismo o a la antroposofía, nos damos cuenta de que rehúyen el tema? Si se les señala que los santos cristianos siempre han experimentado los mundos superiores, y que sus biografías nos lo dicen, se obtiene la respuesta: "Oh, sí, puede que sea así, pero estas cosas no deben ser perseguidas. No hay nada malo en leer las vidas de los santos, pero no deberías copiarlas si quieres mantenerte alejado de las artimañas del diablo".

Ahora bien, ¿por qué sucede esto? Si tomáis en consideración todo lo que os he dicho, comprenderéis que lo que aquí sale a relucir es una especie de miedo, un fuerte sentimiento de miedo. La gente común no reconoce su origen, pero el ocultista puede hacerlo.

Como he dicho en la segunda conferencia, en los mundos superiores sólo puede haber este recuerdo del Cristo cuando el hombre lo ha comprendido correctamente en la tierra, en el mundo físico de los sentidos. Es importante tener este recuerdo del Cristo en el siguiente mundo en el que se entra, en el que todavía se conserva una imagen de memoria del resto de la humanidad. Por un lado, es necesario tener la imagen de memoria; por otro, sólo puedes tenerla aquí abajo si ya te ha impregnado. De ahí que ocurra que quienes conocen algo del ocultismo, pero no han asimilado a fondo ciertos hechos importantes y sobresalientes, piensen que todo es uno si el hombre, cuando hoy se adentra en los mundos espirituales, se ha familiarizado o no con esta imagen del Cristo. No consideran que lo que está arriba dependa en gran medida de lo que se ha experimentado abajo, aunque en otros aspectos lo subrayan continuamente.

Pero el tipo de posición en que te encuentras con respecto al Cristo en los mundos superiores depende, en efecto, de cómo te relacionas con Él en el mundo físico. Si en el mundo físico no tratáis de invocar la concepción correcta de Él, no estáis en cierto modo suficientemente desarrollados para los mundos superiores, y a pesar de que deberíais encontrarlo allí, no podéis hacerlo. De modo que si no te has preocupado por este asunto lleno de esplendor y tan significativo, al subir a los mundos superiores puedes perderte por completo esta imagen del Cristo. Si, entonces, alguien, cuando todavía está en la existencia sensorial, rechazara la idea de formar una relación con Cristo, podría incluso llegar a ser un gran ocultista y, sin embargo, a través de sus percepciones en los mundos superiores, no tener conocimiento del Cristo; no lo encontraría allí, ni podría aprender nada de Él. Siempre faltaría algo en su concepción del Cristo. Eso es lo significativo.

No pretendo dar aquí nada que sea una mera opinión subjetiva, sino lo que es el resultado objetivo común de quienes han hecho las investigaciones pertinentes. Entre los ocultistas puede decirse objetivamente que es así, pero en cualquiera que no se sienta impulsado a convertirse en ocultista, y que sea simplemente un fiel seguidor de su credo religioso particular, lo mismo se expresa en esa inconsciencia que acabo de describir como un estado de miedo. Entonces, cuando alguien quiere emprender el camino hacia los mundos superiores, se dice que esto es obra del diablo; se piensa que tal vez no ha encontrado la relación correcta con Cristo, y que por lo tanto no debe ser conducido más allá del mundo ordinario. En cierto sentido, este temor está bien fundado. Estos hombres no conocen el camino hacia Cristo, y si entonces entran en mundos superiores, Cristo se pierde para ellos. Este sentimiento entre ciertas órdenes sacerdotales puede entenderse como una especie de miedo, pero no hay manera de afrontarlo. Os ruego que prestéis a esta pequeña digresión vuestra seria atención, y que sigáis pensando en ella en la vida. Es interesante como pieza de cultura histórica, y os ayudará a comprender muchas cosas que se desarrollan en la vida.

Os he mostrado diferentes aspectos del Cristo desde dos puntos de vista diferentes, y he tratado de arrojar luz sobre su ser. Pero todo lo que he dicho anteriormente sería igualmente válido y comprensible sin estos dos puntos de vista. Es necesario, sin embargo, conocer los hechos objetivamente y, sin el sesgo de ninguna tendencia religiosa, captarlos objetivamente como hechos cósmicos.

Así pues, hemos tratado de arrojar cierta luz sobre los conceptos de lo temporal, lo transitorio, el momento fugaz y la eternidad, por un lado, y de la mortalidad y la inmortalidad, por otro. Hemos visto cómo los conceptos "transitorio" y "temporal" están ligados al principio luciférico, y cómo, ligados al principio crístico, encontraremos conceptos tales como "eternidad" e "inmortalidad". Cualquiera podría creer -al menos en una pequeña medida- que esto constituye una especie de infravaloración del principio luciférico y su rechazo en todas las circunstancias porque por él nos dirigimos a lo temporal, a lo más transitorio, y a la concentración en un punto. Por hoy, me gustaría decir solamente esto, que en todas las circunstancias no es correcto mirar al "Portador de la Luz" como alguien de quien debamos tener miedo, ni tampoco es correcto pensar que debemos darle la espalda a Lucifer como de alguien de quien debemos escapar siempre. Si uno hace eso es olvidar la enseñanza del verdadero ocultismo, a saber, que aquí en el mundo de los sentidos hay un sentimiento análogo al del mundo suprasensible. En la vida sensorial el hombre siente: "Vivo en lo temporal y anhelo lo eterno; vivo en el momento fugaz y anhelo la eternidad". En la vida espiritual existe el sentimiento: "Vivo en lo eterno y anhelo el momento fugaz". Si ahora te diriges al libro Memoria Cósmica: Atlántida y Lemuria, ¿fue el desarrollo del hombre en los antiguos tiempos de Lemuria una especie de transición de un estado como el que tenemos en el sueño a un estado de vigilia? Sigue atentamente lo que ocurrió en los tiempos de Lemuria, y puedes decir que dado que el hombre pasó por una transición de un estado de sueño espiritual al estado de vigilia que tenemos en la tierra, toda la evolución pasó en aquel momento de lo espiritual a lo físico. Ahí está la transición. Desde los tiempos de la Lemuria, nuestra existencia sensorial ha adquirido sentido. ¿Creéis que no es natural que cuando se alejó gradualmente de los mundos superiores para ser tomado por los Poderes Luciféricos, el hombre haya llevado consigo algo así como un anhelo de eternidad? De nuevo, con respecto a lo luciférico, tenéis una especie de recuerdo de un estado preterrenal, un recuerdo de algo que el hombre tenía antes de llegar a la existencia sensorial y que no debería haberse conservado, a saber, un anhelo por el momento pasajero y por todo lo que tiene que ver con el tiempo. De la medida en que esto interviene en la evolución del hombre hablaremos mañana.

traducido por J.Luelmo junio2021


GA138 Munich 28 de agosto de 1912 - El alma tiene el poder de conservar en la memoria el recuerdo de existencias pasadas.

LA INICIACION, LA ETERNIDAD Y EL INSTANTE

Por Rudolf Steiner


Conferencia 4

Las experiencias en el ascenso a los mundos espirituales afectan a las experiencias que tienen lugar en una envoltura diferente entre la muerte y el nuevo nacimiento. Lo que se habla en el ámbito de los sentidos no se puede llevar al mundo espiritual. Hay algo importante en el conocimiento sensorial, y cuando se cruza el umbral, queda un recuerdo suprasensible del mismo. El alma tiene el poder de conservar en la memoria la existencia pasada. 

Munich 28 de agosto de 1912

Para cumplir con los objetivos de este breve curso, necesitaremos las ideas adquiridas en nuestra última conferencia, junto con otras, si queremos caracterizar lo que se aludió en la conferencia de anteayer.

En la bibliografía, en todos los lugares en los que se menciona la iniciación, se aborda de un modo u otro el enigma de la muerte, que tan estrechamente afecta a toda la humanidad. En cualquiera de los escritos encontraréis alusiones a cómo en una determinada etapa el iniciado tiene que experimentar, en una forma algo diferente, cómo se pasa a través de la puerta de la muerte. Para el ocultista estos registros se basan realmente en la verdad. Las experiencias por las que hay que pasar durante el ascenso a los mundos espirituales son afines a las que el hombre debe experimentar en el paso natural que va de la vida en el cuerpo físico, a la envoltura totalmente diferente que se encuentra entre la muerte y un nuevo nacimiento. Si queremos llegar a la esencia de este asunto de manera correcta, debemos preguntar primero qué es lo que el hombre conoce de sí mismo en la vida ordinaria. Una cuestión tan abstracta puede no tener mucho interés, pero para comprender lo que ocurre en los iniciados, es necesario centrar la atención en la pregunta: "¿Qué considera el alma que es?"

Durante el sueño, el alma no sabe lo que es, porque el sueño transcurre, ya sea en un estado de inconsciencia, o intervienen en él los sueños, que, para ser correctamente comprendidos, deben ser interpretados por el ocultista. Así pues, al considerar las preguntas: "¿Qué es el hombre? ¿Qué es su alma en la existencia ordinaria de los sentidos?" tenemos que referirnos únicamente a la vida de vigilia. Ahora sabemos que, en primer lugar, existen las puertas que llamamos nuestros órganos sensoriales, a través de las cuales el mundo de la luz y el color, el sonido y el olor, el mundo del calor y el frío, etc., fluyen hacia nuestra alma. En la vida de los sentidos, lo que llamamos "nuestro mundo" es, en realidad, un conjunto de todo lo que llega a través de estas puertas sensoriales. Luego tenemos los instrumentos de nuestro entendimiento, nuestro sentimiento y voluntad, con los que podemos trabajar en lo que nos encontramos en el mundo exterior. Dentro de nuestra alma surgen anhelos y deseos, esfuerzos, estados de satisfacción e insatisfacción, alegría, desilusión, etc. Si contemplamos todo el ámbito de lo que el hombre reconoce como sí mismo, es todo esto. Si queremos saber qué es el "mundo interior" en la vida ordinaria, en realidad no podemos proponer más que el conjunto de lo que acabamos de describir. Además, el hombre también puede mirarse a sí mismo desde fuera. Puede observar su propio cuerpo. A través de innumerables hechos que no es necesario tratar aquí en detalle, toma conciencia de que debe considerar su cuerpo como el instrumento de su vida de vigilia entre el nacimiento y la muerte. Ya hemos hablado de los anhelos que intervienen en esta vida. Entre ellos está el anhelo de conocer lo que el hombre es realmente dentro de los límites del nacimiento y la muerte, el anhelo de salir de lo que puede llamarse la oscuridad de la vida. Pero el hombre no tiene experiencia directa en su vida ordinaria de los sentidos sobre cómo hacer esto. Sus experiencias son tales que el flujo y reflujo de impulsos, antojos, impresiones sensoriales, ideas, conexiones intelectuales, etc., llenan completamente su vida de vigilia. Ahora podemos relacionar esto con lo que nos ocupaba al final de nuestra última conferencia.

A continuación, se centró nuestra atención sobre la forma en que el hombre, al llegar a la frontera entre la existencia sensorial y la existencia espiritual, tiene que modificar sus conceptos, teniéndo que dejar atrás todos sus pensamientos sobre lo feo y lo bello, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, ya que dentro de los mundos espirituales estos conceptos adquieren un significado muy distinto y un valor diferente. A partir de esto podemos hacernos una idea de cómo debemos cambiar nosotros mismos si queremos entrar en esos mundos. Ahora, habiendo considerado lo que el hombre conoce de sí mismo en la vida de vigilia, entre el nacimiento y la muerte, podemos preguntar, en relación con lo que se dijo en nuestra última conferencia, ¿cuánto de todo esto que conoce puede llevar consigo a través de la frontera donde se encuentra el Guardián del Umbral? ¿Cuánto de todo lo que vive y experimenta en la existencia de los sentidos, en sus impulsos, deseos y pasiones, en sus sentimientos, ideas y los conceptos de su entendimiento y sus juicios, puede llevarse consigo a través de la frontera donde se encuentra el Guardián del Umbral? Es en las primeras etapas de la iniciación cuando el hombre descubre que, de todo lo que constituye al hombre, no puede llevarse nada en absoluto. No es una exageración ni una paradoja, sino la verdad literal, decir que, de todo lo que puede mencionarse como perteneciente a la existencia sensorial del hombre, no puede llevarse nada en absoluto al mundo espiritual; todo debe dejarse atrás en la frontera donde se encuentra el Guardián del Umbral.

Sin embargo, seamos claros en un punto. De todo lo que el hombre conoce como propio en la existencia sensorial, se añade una cosa de la mayor importancia; es decir, algo que realmente tiene que ver con las etapas de la iniciación. Se adhiere en el amor y el deleite del hombre por todo, a lo cual es bastante inapropiado aplicar el habitual concepto poco comprensivo de egoísmo. No se puede responder al caso diciendo simplemente que el hombre debe dejar de lado su egoísmo para pasar desinteresadamente a la región del mundo espiritual. Eso es fácil de decir. Este egoísmo, en las partes más sutiles y ocultas de su naturaleza, está íntimamente relacionado con lo que no sólo podemos considerar egoístamente como valioso en la vida, sino que debemos considerar como valioso porque a través de él somos hombres en el mundo en el que tenemos que mantenernos. Somos hombres por nuestra capacidad de mantener unido lo que experimentamos, de reflexionar sobre ello de una manera determinada y de vivirlo. Todo esto nos convierte en lo que somos. Todo lo que podemos hacer dignamente en la vida ordinaria de los sentidos, lo llevamos a cabo porque fomentamos esta facultad de mantener unido lo que experimentamos en nuestra personalidad, en nuestra individualidad. Si no valoráramos nuestra experiencia, nos volveríamos ociosos, aburridos, y no lograríamos nada para el mundo ordinario. Por lo tanto, sería superficial decir que el egoísmo debe ser considerado siempre como perjudicial porque en su composición más sutil representa la fuerza que impulsa al hombre en el mundo en el que se ha encarnado. Sin embargo, todo esto debe ser dejado de lado; debe quedar atrás y ser descartado por la simple razón de que no es adecuado para el mundo en el que tenemos que entrar. Al igual que nuestro cuerpo físico no está adaptado para un baño de hierro fundido a 900 grados centígrados, lo que llamamos "nuestro yo", con todo lo que amamos en la vida ordinaria, está mal adaptado para el mundo espiritual. Hay que dejarlo atrás; si no fuera así, experimentaríamos algo parecido al efecto que tendría un baño de hierro fundido en un cuerpo físico. No podríamos soportarlo, sino que quedaríamos completamente destruidos.

Ahora puede venir a ti un pensamiento que es muy natural, pero que, sin embargo, tiene que ser captado y sentido en toda su profundidad. Este pensamiento es: "Si ahora tengo que dejar de lado todo lo que soy, todo lo que puedo contar en la vida de mis sentidos, ¿qué queda realmente de mí? ¿Queda algo de mí para entrar en el mundo espiritual si tengo que despojarme de mí mismo?". Es un hecho que el hombre no puede llevar nada consigo a los mundos suprasensibles de todo lo que reconoce como él mismo; todo lo que puede llevar es algo de lo que en el mundo ordinario no sabe nada, algo que está en él sin su conocimiento, que yace en las profundidades de su alma como los elementos ocultos de su ser. Estos deben ser tan fuertes que de ellos pueda llevar a los mundos espirituales todo lo que necesitará cuando tenga que dejar de lado lo que conoce. Para comprender a fondo este pensamiento, o más bien este sentimiento, hay que relacionar lo que se acaba de decir con los pensamientos habituales sobre la muerte. En la vida sensorial ordinaria es natural que el hombre ame lo que reconoce como él mismo. Como no conoce nada más de sí mismo, además de su anhelo de inmortalidad, tiene el anhelo de mantener lo que ha amado en la existencia sensorial. Su temor al mundo espiritual puede ser tan grande que se convierte en la cúspide del miedo debido al pensamiento: "Vas a ir donde todo es insustancial y desconocido; ¡ni siquiera sabes si puedes conservarte allí porque todo lo que conoces debe perderse para ti!"

Ahora bien, forma parte de la iniciación que los elementos del ser que yacen en las profundidades ocultas del alma sean sacados a relucir mientras se está en la vida sensorial y llevados a la conciencia. Esto se logra, en parte, por los medios descritos en Como se alcanza El Conocimiento de los Mundos Superiores, elevando a la conciencia desde las profundidades del alma las experiencias que surgen como una vida anímica concentrada y fortalecida. Esta vida anímica concentrada y reforzada, de la que de otro modo no sabemos nada, puede pasar al mundo espiritual. De este modo, nos preparamos mediante la meditación y la concentración, mediante lo que se llama en El Guardián del Umbral la "actitud del alma que se fortalece con el pensamiento", para que podamos llevar algo con nosotros al mundo espiritual, y ser algo allí.

Pero, ¿Qué ocurre entonces con todo lo que hemos dejado de lado? Esto es algo extraordinariamente importante. Para empezar, si lo pusiéramos pictóricamente, se puede decir realmente que lo que se cuenta en la vida sensorial, todo lo que conocemos, se pone a un lado y se deja con el Guardián del Umbral en la frontera, como si fuera la vestimenta del alma que se desprende antes de cruzar al mundo espiritual. Desde el punto de vista pictórico, esto es muy correcto. La iniciación, sin embargo, requiere que no sólo ocurra esto, sino también algo más. El propio yo y todo lo que se tiene debe, en efecto, ser dejado de lado, pero algo de él debe continuar. Si no fuera así, perderíamos toda conexión con el único ser del que antes éramos conscientes. Así que, después de todo, ¡algo hay que llevar! Debemos dejar todo atrás y, sin embargo, llevarnos algo de él. Aquí tenemos una contradicción, pero en realidad no es difícil de explicar.

Se comprenderá fácilmente lo que supone para el alma pasar por este proceso comparándolo con un fenómeno de la vida ordinaria. En la vida tenemos un proceso similar, un proceso que se puede comparar con este, aunque este último es mucho más intenso y se siente con mucha más fuerza. Es el proceso de recordar alguna experiencia que hemos tenido en la vida. Lo que has vivido ayer se queda atrás, pero te lo llevas en la memoria. Lo importante es haberse preparado suficientemente, mediante la meditación previa, la concentración y demás, para que al cruzar el umbral hacia el mundo espiritual, tengamos el poder de retener en la memoria suprasensible lo que hemos dejado atrás. Si no nos preparamos como es debido, no tendremos el poder del recuerdo. Entonces somos una mera nada para nuestra propia conciencia; no sabemos nada de nosotros mismos. Al entrar en los mundos espirituales se trata de recordar mediante la memoria suprasensible lo que se ha dejado atrás. Estos recuerdos son todo lo que se puede llevar con uno. Que se lleven así, asegura la llamada continuidad, la preservación, del yo. Incluso en la vida ordinaria, podemos quedarnos sin la continuidad de la conciencia, y con ella perder todo nuestro verdadero yo. Esto sucede cuando las cosas que deberían ser recordadas -muchas cosas de hecho en nuestra vida- tienen que ser borradas de la conciencia y olvidadas debido a la mala salud. Muchas cosas de la vida ordinaria dependen de la continuidad de la memoria. Todo lo que se hace posible con los primeros pasos de la iniciación pende de la memoria en la vida suprasensible, de la conservación de la memoria de la vida ordinaria. Tal memoria es, en efecto, posible, y se realiza a través de la iniciación. Todo esto puede relacionarse con el enigma de la muerte.

Cuando un hombre pasa por la muerte, no tiene las mismas fuerzas que adquirió en la iniciación, porque, al despojarse del cuerpo, adquiere ciertas fuerzas con la ayuda de los seres del mundo suprasensible. Adquiere el poder de conservar en la memoria lo que al dejar el cuerpo ha olvidado. Ahí tenéis la verdadera respuesta a la pregunta: "¿Qué queda de las experiencias de mi alma cuando he atravesado la puerta de la muerte? ¿Cómo sigue viviendo mi alma?". Esa es una pregunta de la mayor importancia, y a través de la experiencia de los iniciados tienes la respuesta: "El alma sigue viviendo porque en sus profundidades ocultas hay fuerzas capaces de mantener en la memoria lo que se ha experimentado." Ser inmortal significa tener el poder de conservar en la memoria la existencia pasada abandonada. Esa es la verdadera definición de la inmortalidad humana. A través de la iniciación tenemos la prueba, la prueba experimentada, de que en el hombre viven fuerzas que pueden recordarle, después de haber dejado su cuerpo físico, todo lo que ha experimentado en la vida sensorial, y todo lo que ha sucedido. De este modo, el ser humano se conserva en el futuro; así el hombre experimenta su existencia anterior como recuerdos en su vida futura. Debemos sentir todo el poder del pensamiento que es invocado en la iniciación, que podría ser expresado en las palabras: "El ser humano es de tal naturaleza que soporta su propio ser a través de las edades futuras por la fuerza de la memoria suprasensible". Si sientes que este pensamiento se vierte con sentimiento en el vacío del universo, imaginando al alma como portadora de su propio ser a través de la eternidad, entonces tienes una definición mucho mejor de lo que se llama mónada que la que puede darse a través de cualquier concepto filosófico. Entonces sentirás lo que es una mónada, es decir, un ser encerrado en sí mismo, un ser que se lleva a sí mismo. Sólo a través de las experiencias de la iniciación se puede llegar a tales conceptos.

Esto es sólo una parte de lo que os he descrito. Debemos considerar sus primeros pasos con mayor precisión si queremos acercarnos con sentimiento a lo que puede darnos ideas sobre la iniciación. Supongamos que un hombre, mediante una actitud anímica reforzada por el pensamiento y la meditación, ha llegado al punto de poder percibir en su cuerpo etérico. Esta percepción se experimenta en el cuerpo que, en sus diversas partes, está más estrechamente ligado al cerebro, y menos estrechamente, por ejemplo, a las manos. La sensación de uno mismo en el cuerpo etérico se experimenta en la sensación: "Te estás extendiendo. Te estás ampliando, huyendo hacia los espacios ilimitados del universo". Tal es la sensación subjetiva. Sin embargo, no es que uno se precipite hacia lo irreal y lo vago; todo allí es vida concreta. Uno vive en lo puramente concreto, y en este ensanchamiento llega al mismo tiempo a experiencias definidas. Salvo en circunstancias especiales, casi nadie que cumpla los primeros pasos de la iniciación se librará de experimentar una impresión o un sentimiento particular de temor y ansiedad, una experiencia de estar en el vasto universo sin suelo firme bajo los pies, una opresión del alma. Este es el tipo de experiencia interior que se vive.

Pero hay algo aún más importante. En la vida ordinaria pensamos, tenemos una idea, un pensamiento sugiere otro, y conectamos un pensamiento con el otro, combinando estos quizás con sentimientos, deseos, voluntad y demás. En una vida anímica sana, siempre será posible decir: "Pienso esto, siento aquello". Si no pudiéramos hablar así, significaría una ruptura, una perturbación, en la vida sana del alma. Nos ensanchamos, nos expandimos cuando crecemos en el cuerpo etérico, pero al mismo tiempo nuestros pensamientos también se expanden. Al pensar, perdemos la sensación de estar dentro de nosotros mismos, y tenemos la sensación de que estamos creciendo en el mundo etérico que está impregnado de pensamientos que se piensan a sí mismos. Eso surge como una experiencia real. Es como si nosotros mismos estuviéramos borrados y nuestros pensamientos se pensaran a sí mismos, como si los sentimientos que tenemos, o que tienen las cosas, se sintieran a sí mismos, como si no pudiéramos hacer nuestra voluntad por nosotros mismos sino que todo esto se despertara y se dispusiera en nosotros. El sentimiento que uno tiene es el de estar entregado al objetivo, al mundo. Pero, por regla general, se añade otro sentimiento. Esta es otra de las experiencias durante los primeros pasos de la iniciación. Tenemos la sensación de que, a medida que nos expandimos y ensanchamos, y nuestros pensamientos se piensan a sí mismos, los sentimientos se sienten a sí mismos, en la misma medida nuestra conciencia se vuelve más y más débil, más y más atenuada, y nuestra capacidad de conocer se amortigua.

Ahora bien, para que el alma pase por tales experiencias, hay que permitir que entre en ella algo muy definido. Es necesario que estas cosas sean captadas por el alma con la mayor precisión posible. Por esta razón he recogido algunas cosas -si no iguales, de naturaleza similar y que tienden en la misma dirección- en el libro Un camino hacia el autoconocimiento. Si lo tomas en conexión con estas conferencias, puedes aprovechar mucho. Debe producirse un estado de alma bastante definido, producido por uno mismo, similar a lo que describí ayer. Hay que practicar la auto-observación y tratar de constatar, sin misericordia ni consideración, las faltas realmente graves que uno sabe que posee, para que venga ante el alma un sentimiento, en el que hay que vivir profundamente, de lo poco que uno corresponde al gran ideal de la humanidad. Con verdadera fuerza de pensamiento y meditación, la propia debilidad moral, todas las debilidades de uno, deben ser evocadas ante el alma. Al hacerlo, uno se fortalecerá. Lo que ya ha comenzado a ser amortiguado, lo que se ha descrito como una especie de desvanecimiento del alma, vuelve a brillar. Comienza de nuevo a ser visible.

En este punto se puede experimentar algo que es fácil de expresar con palabras, pero que es opresivo e incluso perturbador durante las primeras etapas de la iniciación. Todas estas palabras se aplican a la vida anímica y no a la vida corporal. Porque quien haya sido conducido correctamente a los mundos espirituales, ya habrá recibido la intimidad de que no se trata de un peligro corporal externo. Tal hombre, si observa fielmente los buenos consejos que se le ofrecen, puede seguir siendo externamente el mismo hombre en la vida, a pesar del flujo y reflujo en su interior de todo tipo de dolor, tormento y desilusión, entre los que también puede haber premoniciones de dicha. Estas cosas deben ser examinadas porque en ellas se encuentran las semillas de una visión más elevada, de una percepción más elevada. De este modo, uno llega a reconocer gradualmente que, al aprender a observar, percibir y experimentar independientemente del cuerpo físico -en otras palabras, al aprender a vivir en el cuerpo etérico-, uno crece en el mundo etérico de la manera descrita. Pero al hacerlo uno aprende la razón por la que este mundo etérico se desvanece en una especie de inconsciencia. En palabras sencillas podríamos decir: "No le gusto; no me considera adecuado para él". Este apagamiento, este desvanecimiento, no es más que la expresión de: "¡No me dejan entrar!". Pero al detenerse en las propias faltas uno se fortalece, y lo que había empezado a desaparecer se ilumina de nuevo. Esto produce, sin embargo, la sensación significativa de que un mundo suprasensible de naturaleza etérica está alrededor de uno, pero que sólo se puede entrar en él hasta cierto punto. Sólo se podrá entrar en él a condición de que uno se haga cada vez más fuerte, moral e intelectualmente. De lo contrario, no. Y te lo muestra desvaneciéndose ante ti.

Eso es lo que resulta tan tenso - tan opresivo y a veces incluso grotesco y distorsionado - esta lucha por el mundo espiritual y la conciencia de lo indigno que es uno para entrar en él. Al continuar trabajando duro en nuestra auto-contemplación y en el fortalecimiento de nuestra actitud del alma a través del pensamiento, mediante la meditación, la concentración y la impregnación de los impulsos morales, uno puede entrar cada vez más en el mundo etérico. Al fin y al cabo, ésta es sólo la primera etapa de la iniciación. Si queremos revisar la siguiente etapa, debemos llamar la atención sobre un fenómeno muy notable que realmente no tiene paralelo en la existencia sensorial ordinaria.

El cuerpo en el que vive el hombre cuando puede percibir el mundo etérico es su cuerpo etérico. Pero éste ya lo poseía antes. La diferencia entre su cuerpo etérico antes y después de la observación suprasensible es únicamente que, mediante la iniciación, el cuerpo etérico está por así decirlo, despierto. Mientras que antes estaba como dormido, después se despierta. Esta es realmente la expresión más adecuada que se puede utilizar. Pero una cosa se notará, que, cuando por medio de alguna medida particular que ha surtido efecto en la vida de las almas se ha adquirido la facultad de ver algún hecho o ser del mundo etérico - bueno, entonces se ve justamente este ser. Supongamos que estáis tan preparados que veis este ser, o quizás también un segundo ser. Entonces, si mantienes el mismo poder, probablemente verás los dos seres - o uno de ellos - una y otra vez. Esto no es difícil. Pero no es fácil que veas nada más. Si dejas que el asunto descanse por un tiempo y luego vuelves a él, seguirás viendo sólo lo mismo. En resumen, el mundo etérico no es como el mundo físico. Si los ojos están preparados para el mundo físico, ven todo lo que es posible ver; si los oídos están preparados, oyen todo igualmente bien. Sin embargo, no es así en el mundo etérico. Allí hay que prepararse de nuevo, de un tipo de ser a otro tipo de ser y, poco a poco, las partes del cuerpo etérico. Allí debes buscar el mundo entero de nuevo, y debes despertar tu cuerpo etérico para cada ser humano una y otra vez. Estableces una conexión, una relación, con lo que has visto una vez, para lo que has despertado una vez tu cuerpo etérico, y debes seguir despertando siempre nuevas relaciones. El cuerpo etérico por sí solo no puede hacer esto. No puede controlarse a sí mismo y sólo puede seguir volviendo al mismo ser, o puede esperar hasta que esté preparado para ver otros seres.

Un hombre que ha dado los primeros pasos hacia la iniciación y ha llegado al punto de ver algún ser o proceso no puede orientarse de inmediato en el mundo espiritual; no puede comparar libremente un ser con otro porque no tiene libre acceso a los seres. Si ha de orientarse, si no ha de limitarse a mirar las cosas, sino que ha de decir con decisión: "Esto es un ser o aquello es un proceso", entonces debe ser capaz de comparar lo que sea con otros seres y procesos del mundo suprasensible. Debes ser capaz de pasar de uno a otro; debes ser capaz de orientarte. Esta orientación tiene que ser aprendida, y la aprendemos mediante la meditación regular e impregnándonos de impulsos morales. Entonces sentimos crecer en nosotros fuerzas cuya actividad experimentamos como algo extraño. Si queremos describir esto, debemos volver a lo dicho anteriormente. El cuerpo etérico, aunque presente en la vida ordinaria, está dormido, y para la percepción suprasensible debe ser despertado. Pero las fuerzas con las que se despierta deben estar en el alma. Lo que se hace aquí se experimenta de manera especial. Sólo puedo aclarar esto por medio de una comparación.

Imagina que te vas a dormir y que sabes: "Mi cuerpo está acostado en la cama; no puedo moverlo pero sé que está ahí. Voy al mundo espiritual, pero volveré pronto para despertar este cuerpo de nuevo". Esto puede ocurrir conscientemente, pero en el caso de un hombre en la vida ordinaria ocurre inconscientemente. Él realmente pasa por lo que acabo de describir. En su condición física es tanto un ser despierto como un ser dormido y es él mismo quien despierta su cuerpo físico, aunque no es consciente de que esto es así. Pero un hombre que ha dado los primeros pasos hacia la iniciación se vuelve consciente de esto, y a partir de entonces sabe realmente: "Ahí está mi cuerpo etérico". Su actitud hacia él es tal que siente: "Esa es la parte más limitada que corresponde al cerebro; esta es la parte más móvil que corresponde a las manos; esta, la parte completamente móvil que corresponde a los pies." Esto, sin embargo, puede sonar extraño. Sabemos todo esto, pero el conocimiento duerme en nosotros.

Mediante un mayor desarrollo, preparando nuestra vida anímica interior de la manera necesaria y llegando hasta el mundo espiritual, nos despertamos continuamente. Primero despertamos esto, luego aquello. Ahora ponemos en marcha este movimiento, luego otro. En resumen, se trata de un despertar consciente del cuerpo etérico, de modo que podemos hablar del estado de sueño como el estado ordinario del cuerpo etérico, y de un estado de vigilia al que es llevado por la iniciación. Esa es la diferencia entre el sueño y la vigilia en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico. En el cuerpo físico el sueño y la vigilia son condiciones alternas, se producen por turnos; mientras que en el cuerpo etérico no existe tal alternancia; en él el sueño y la vigilia son simultáneos. Así, un hombre en vías de iniciación puede, por sus primeros esfuerzos, llegar a despertar muchas de las partes etéricas de su cabeza, mientras que todo lo que corresponde a sus manos y pies está todavía profundamente dormido. Mientras que el cuerpo físico está dormido en un momento y despierto en otro, en el cuerpo etérico algunas partes están despiertas y otras dormidas al mismo tiempo. El progreso consiste en hacer que las partes dormidas se conviertan cada vez más en despiertas, y eso es lo que realmente estamos haciendo.

Si el hombre no fuera un ser espiritual, todo lo que aquí he expuesto como comparación no podría tener lugar; entonces, al estar acostado en la cama, no podría observar el despertar de su cuerpo físico. Pero lo que pertenece al alma es algo independiente de lo que se despierta. Lo que la despierta poco a poco no es el cuerpo etérico, es otra cosa. Si captamos el concepto: "Hay algo en mi alma que ejerce un dominio activo sobre mi cuerpo etérico, y poco a poco lo despierta", tendremos entonces una idea concreta y correcta del llamado cuerpo astral. Vivir en cuerpo astral, experimentarse a sí mismo en cuerpo astral, significa en primer lugar que uno se siente una especie de ser de fuerza interior, capaz poco a poco de despertar la vida consciente en el cuerpo etérico dormido. Por lo tanto, existe una condición que puede describirse como aquella en la que nos experimentamos fuera del cuerpo físico, no sólo en el cuerpo etérico sino también en el astral.

Para tener claro este paso en la iniciación, es necesario adquirir el poder de diferenciar entre las diversas experiencias meramente internas al descender al cuerpo etérico. He descrito lo que se experimenta al entrar en el cuerpo etérico, cómo te expandes, fluyes. Esa es la sensación concreta. Pero la sensación principal que se experimenta generalmente es que también se proyecta cada vez más fuera del cuerpo físico y se expande en los amplios espacios del universo - el vivenciarse a sí mismo en el cuerpo astral, el vivirse conscientemente en lo que poco a poco despierta el cuerpo etérico. Todo esto está vinculado, también, con un salir de uno mismo para asir algo fuera; esto no es una mera expansión de algo que ya está, ahí uno se da cuenta cuando está en el cuerpo etérico que el cuerpo físico todavía le pertenece. Pero cuando uno se abre paso en el cuerpo astral, se da cuenta: "Es como si primero hubiera vivido en mí mismo, y luego hubiera salido de mí para penetrar en otra cosa; ahora mi cuerpo físico, y quizás también mi cuerpo etérico, es algo que está fuera de mí. Ahora estoy en algo donde no solía estar; mi cuerpo físico se ha vuelto objetivo y ya no es subjetivo. Lo estoy viendo desde fuera".

Este salto más allá de uno mismo, este mirarse y comprenderse a sí mismo, es el paso a la vida en cuerpo astral. Cuando se logra esto, cuando se ha dado este salto y se sabe que ahora eres tú y que te estás mirando a ti mismo, como antes mirabas una planta o una piedra, entonces tendrás el sentimiento que, en efecto, nadie dejará de tener en las primeras etapas de la iniciación: "Ahora estás en el mundo suprasensible, y te estás extendiendo hacia fuera, hacia el infinito." No se puede utilizar la expresión en todos los lados, porque el mundo suprasensible tiene muchos más lados y dimensiones muy diferentes a las del mundo ordinario. Pero allí estás solo. Estás con tu vida en el cuerpo astral y a tu alrededor está el universo, una expansión infinita, ¡ningún ser en ninguna parte más que tú solo! Te invade un sentimiento de lo que puede llamarse soledad del alma elevada a su grado supremo.

Se trata de soportar esos sentimientos y de ser capaz de atravesarlos, porque es al superarlos cuando surgen las fuerzas que lo llevan a uno a seguir adelante; se convierten en las fuerzas del vidente. Lo que he intentado plasmar en unas pocas líneas en la obra El guardián del umbral se hace intensamente real. Me refiero a la escena en la que María conduce a Johannes a las infinitas extensiones de los campos de hielo donde el alma humana está sola, en absoluta soledad. En esta soledad hay que esperar, esperar pacientemente. Mucho depende de si uno es capaz de esperar, de si ha adquirido suficiente fuerza moral para esperar. Entonces llega algo de lo que se puede decir: "Sí, estás absolutamente solo en el infinito, pero en ti surge algo como puros recuerdos que aún no son recuerdos". Digo "como recuerdos que no son recuerdos" porque todos nuestros recuerdos en la vida ordinaria son tales que podemos recordar cualquier cosa con la que alguna vez estuvimos en contacto, cualquier cosa que alguna vez experimentamos. Pero imagínate que estás ahí, con todo lo que hay en tu alma, mientras siguen surgiendo en tu interior imágenes que deben relacionarse con algo. Pero nunca las has experimentado previamente. Sabes que estas imágenes están relacionadas con seres, pero nunca has conocido a estos seres. Este surgimiento dentro de ti de un mundo desconocido, que te das cuenta de que llevas dentro de ti como pura imagen, es la siguiente experiencia en el camino de la iniciación.

Después viene una extraña experiencia en la que es posible entrar en relación con todas las imágenes que surgen, que puedes amarlas y odiarlas, que puedes sentir reverencia frente a una, orgullo frente a otra. No sólo se despierta una serie de imágenes interiores, sino también algo así como un ir y venir de sentimientos y sensaciones suprasensibles. Estás completamente solo contigo mismo, solo con tu propio mundo interior que surge dentro de ti. Al principio no eres consciente de nada excepto de una oscuridad indefinida, pero tu conexión con todo es completa.

Tomemos un ejemplo característico. Algo que se alza allí como una imagen invoca tu amor. Esta es una severa tentación; una terrible tentación surge ahora porque amas algo en ti mismo. Estás expuesto a la tentación de amar la cosa porque es tuya, y ahora debes poner toda tu fuerza no para amar a este ser sólo porque es tuyo, sino, a pesar de que es tuyo, para amarlo por alguna cualidad que posee. Se convierte en tu tarea hacer desinteresado lo que hay en ti. Esa es una tarea difícil, una tarea con la que no se puede comparar nada que tenga que ver con el alma en el mundo físico ordinario. En la existencia sensorial ordinaria es bastante imposible para un hombre amar lo que está dentro de él absolutamente desinteresadamente. Pero eso es lo que debe hacer al subir a este mundo. Al irradiar el ser con la fuerza del amor, irradia la fuerza misma, y esto le hace sentir que "está tratando de salir de usted".

También te das cuenta de que cuanto más amor puedes aplicar, más fuerza tiene para atravesar algo que es como un velo, y abrirse paso en el universo. Si lo odias, también gana fuerza, pero entonces te separa, te presiona y se abre paso, como si el corazón o los pulmones se abrieran paso a través de la piel de tu cuerpo. Esto atraviesa todo aquello con lo que te relacionas mediante el amor y el odio. La diferencia entre las dos experiencias es que lo que amas se va desinteresadamente, pero sientes que tú también te vas con él, que te lleva y que tú también tomas el mismo camino. Lo que odias, o cualquier cosa hacia la que muestras orgullo, atraviesa el velo y desaparece dejándote solo, y te quedas en tu soledad. En una determinada etapa, esta diferencia está fuertemente marcada. O te llevan o te dejan. Si te llevan, eres capaz de llegar al ser cuya imagen has experimentado. Aprendes a conocerlo.

Por este surgimiento en ti de las imágenes de seres desconocidos con los que, sin embargo, estás en relación, sales de ti mismo y te encuentras con todos estos seres que aprendes a conocer en un segundo mundo espiritual. Vives tú mismo en un mundo generalmente llamado mundo devachánico, el verdadero mundo espiritual, no el mundo astral. No tiene sentido decir que a través de su cuerpo astral, que he descrito como el despertador del cuerpo etérico, el hombre entra en el mundo astral. Más bien se eleva al verdadero mundo espiritual, a lo que se llama la tierra de los espíritus en mi libro Teosofía. Allí se encuentra con seres espirituales puros.

Ahora bien, para saber más de estos seres en sus diferentes órdenes, y cómo se convierten en lo que se describe como el mundo de las Jerarquías Superiores, que hemos aprendido a conocer como elevándose desde los Ángeles hasta los Serafines, de todo esto oiremos más en la próxima conferencia.

Traducido por J.Luelmo junio 2021

 

GA016 Octava meditación: En la que se intenta formarse una idea de las repetidas vidas terrestres

 

 UN CAMINO HACIA EL AUTO-CONOCIMIENTO

Por Rudolf Steiner

Octava meditación   En la cual se intenta formar una idea de las repetidas vidas terrestres

En realidad no tenemos derecho a hablar de peligros durante el peregrinaje del alma a través de los mundos suprasensibles, cuando este peregrinaje se realiza de la manera correcta. El método no conduciría a su objetivo si se dieran, entre las instrucciones psíquicas, aquellas que crearan peligros para el alumno. El objetivo es más bien hacer fuerte al alma, concentrar sus fuerzas, para que la persona llegue a ser capaz de soportar las experiencias de su alma, por las que tiene que pasar cuando quiere ver y comprender otros mundos aparte del físico. Además, una diferencia esencial entre el mundo físico y los mundos suprasensibles es que el mirar, el percibir y el comprender se relacionan entre sí de manera muy diferente en los dos mundos. Cuando oímos hablar de alguna parte del mundo físico, tenemos cierto derecho a sentir que sólo podemos llegar a una comprensión completa del mismo mediante la contemplación y la percepción. No creemos haber comprendido un paisaje o un cuadro hasta que lo hemos visto. Pero los mundos suprasensibles pueden ser comprendidos completamente cuando con un juicio imparcial aceptamos una descripción correcta de ellos. Para comprender y experimentar todas las fuerzas para el fortalecimiento y la realización de la vida que pertenecen a los mundos espirituales, sólo necesitamos las descripciones de aquellos que son capaces de ver. El conocimiento real de esos mundos de primera mano sólo puede ser obtenido por aquellos que son capaces de investigar cuando están fuera de su cuerpo físico. Las descripciones de los mundos espirituales deben provenir siempre de los videntes. Pero el conocimiento de estos mundos que es necesario para la vida del alma puede obtenerse a través del entendimiento. Y es perfectamente posible no poder mirar uno mismo los mundos suprasensibles y, sin embargo, ser capaz de comprenderlos y sus peculiaridades, con un entendimiento por el que el alma tiene, bajo ciertas circunstancias, perfecto derecho a pedir, y de hecho debe pedir.

Por lo tanto, también es posible que elijamos nuestro medio de meditación entre el conjunto de conceptos que hemos adquirido sobre los mundos espirituales. Tal medio de meditación es, con mucho, el mejor y el que con mayor seguridad nos conduce a la meta.

Aunque tal noción pueda parecer muy natural, no es, sin embargo, correcto creer que el conocimiento de los mundos superiores obtenido a través del entendimiento antes de alcanzar la visión supersensible sea un obstáculo para el desarrollo de dicha visión. En realidad, es más correcto lo contrario, es decir, que es más fácil y más seguro llegar a la clarividencia con un poco de comprensión preliminar que sin ella. El hecho de que nos detengamos en la comprensión o sigamos luchando por la clarividencia, depende de que se despierte o no un deseo interior de conocimiento de primera mano. Si tal anhelo existe, no podemos sino buscar cualquier oportunidad para iniciar una verdadera peregrinación personal hacia los mundos suprasensibles.

El deseo de comprender los mundos superiores se extenderá cada vez más entre los hombres de nuestro tiempo, ya que la observación atenta de la evolución humana muestra que, a partir de ahora, las almas humanas entran en una etapa de desarrollo en la que no podrán encontrar la relación correcta con la vida sin la comprensión de los mundos suprasensibles.

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Cuando hemos llegado tan lejos en nuestro peregrinaje anímico que llevamos dentro de nosotros como un recuerdo todo lo que llamamos "nosotros mismos", es decir, nuestro propio ser en la vida física, y nos experimentamos en cambio en otro yo superior recién conquistado, entonces nos volvemos capaces de ver que nuestra vida se extiende más allá de los límites de la vida terrenal. Ante nuestra mirada espiritual aparece el hecho de que hemos participado en otra vida, en el mundo espiritual, antes de nuestra actual existencia en el mundo de los sentidos; y en esa vida espiritual se encuentran las verdaderas causas de la configuración de nuestra existencia física. Nos damos cuenta de que antes de recibir un cuerpo físico y entrar en esta existencia física, vivíamos una vida puramente espiritual. Vemos que ese ser humano que ahora somos, con sus facultades e inclinaciones, fue preparado durante una vida que pasamos en un mundo puramente espiritual antes de nacer. Nos vemos como a seres que vivieron espiritualmente antes de su entrada en el mundo de los sentidos, y que ahora se esfuerzan por vivir como seres físicos con aquellas facultades y características psíquicas que les fueron originalmente atribuidas y que se han desarrollado desde su nacimiento.

Sería un error decir: "¿Cómo es posible que en la vida espiritual haya aspirado a poseer facultades e inclinaciones, que ahora, cuando las tengo, no me agradan en absoluto?". No importa si algo complace al alma en el mundo de los sentidos o no. Esa no es la cuestión. El alma tiene puntos de vista muy diferentes para sus aspiraciones en el mundo espiritual de los que adopta en la vida de los sentidos. El carácter del conocimiento y de la voluntad es muy diferente en los dos mundos. En la vida espiritual sabemos que para el bien de nuestra evolución total necesitamos un cierto tipo de vida en el mundo físico, que cuando llegamos allí puede parecer antipático o deprimente para el alma; y sin embargo nos esforzamos por ello, porque en la existencia espiritual no preferimos lo que es simpático y agradable, sino lo que es necesario para el correcto desarrollo de nuestro ser individual.

Lo mismo ocurre con los acontecimientos de la vida. Los contemplamos y vemos cómo hemos preparado en el mundo espiritual lo que es antipático así como lo que es simpático, y cómo nosotros mismos hemos reunido los impulsos que causan nuestras experiencias dolorosas así como las alegres en la existencia física. Pero incluso entonces puede resultarnos incomprensible que nosotros mismos hayamos provocado tal o cual situación en la vida, mientras sólo nos experimentemos en el mundo físico. En el mundo espiritual, sin embargo, hemos tenido lo que puede llamarse una visión supersensible que nos ha hecho decir: "Debes pasar por esa experiencia incómoda o dolorosa, pues sólo una experiencia así puede hacerte avanzar un paso más en tu desarrollo total". Desde el punto de vista del mundo físico únicamente, nunca es posible decidir hasta qué punto una vida concreta en la tierra hace avanzar a un ser humano en su evolución total.

Habiendo comprendido la existencia espiritual que precede a nuestra existencia terrenal, vemos las razones por las que en nuestra vida espiritual nos hemos propuesto un determinado tipo de destino para la vida terrenal subsiguiente. Estas razones se remontan a una vida terrenal anterior vivida en el pasado. Del carácter de esa vida anterior, de las experiencias realizadas y de las capacidades alcanzadas en ella, depende el deseo de corregir, durante la existencia espiritual siguiente, las experiencias defectuosas y de desarrollar las capacidades descuidadas a través de una nueva vida en la tierra. En el mundo espiritual, sientes que un mal cometido por ti a otro ser humano es una perturbación de la armonía del mundo, y te das cuenta de la necesidad de encontrar a ese ser humano de nuevo en la tierra en la siguiente vida terrestre, para poder entrar en una relación tal con él que te permita reparar el mal que has hecho. Durante el desarrollo progresivo del alma, el campo de visión se amplía a toda una serie de vidas terrenales anteriores. De este modo, mediante la observación, llegas a conocer la verdadera historia de la vida de tu "Ego" superior. Ves que el hombre atraviesa su existencia total en una sucesión de vidas sobre la tierra, y que entre estas repetidas vidas terrestres pasa por estados de existencia puramente espirituales que están conectados con sus vidas terrestres según ciertas leyes.

De este modo, el conocimiento de las repetidas existencias sobre la tierra se eleva a la esfera de la observación. (Para evitar un error que se repite con frecuencia, se llama la atención sobre el siguiente hecho, tratado con más detalle en otros escritos míos. La suma total de la existencia de un hombre no se desarrolla en una interminable repetición de vidas. Tiene lugar un cierto número de repeticiones, pero tanto antes del comienzo como después del final de éstas se encuentran tipos de existencia muy diferentes, y todo esto se muestra en su totalidad como un desarrollo inspirado por la sabiduría sublime).

El conocimiento de las vidas terrestres repetidas puede alcanzarse también mediante la observación razonable de la existencia física. En mis libros Teosofía y la Ciencia Oculta, un esbozo, así como en otros escritos míos de menor importancia, se ha intentado demostrar la reencarnación siguiendo las líneas de razonamiento características de la doctrina moderna de la evolución en la ciencia natural. Allí se muestra cómo el pensamiento lógico y la investigación que realmente siguen la investigación científica (y sus resultados) hasta sus últimas consecuencias, están absolutamente obligados a aceptar la idea de la evolución, que nos presenta la ciencia moderna, en un sentido tal que considera al verdadero ser, la individualidad psíquica del hombre, como algo que está evolucionando a través de una secuencia de existencias físicas que alternan con vidas intermedias puramente espirituales. Las pruebas intentadas en esos escritos son naturalmente susceptibles de ser desarrolladas y completadas mucho más. Pero no parece injustificada la opinión de que las pruebas en esta materia tienen precisamente el mismo valor científico que lo que en general se llama prueba científica. No hay nada en la ciencia de las cosas espirituales que no pueda ser confirmado por pruebas de ese tipo. Pero, naturalmente, hay que admitir que la dificultad es mayor para que las pruebas científicas espirituales sean reconocidas que las pruebas de la ciencia natural.

Esto no se debe a que su lógica sea menos estricta, sino a que ante tales pruebas uno no siente esos hechos físicos subyacentes, que hacen que la aceptación de las pruebas de la ciencia natural sea tan fácil. Esto no tiene nada que ver con el carácter concluyente del propio razonamiento. Y si somos capaces de comparar con una mente imparcial las pruebas de la ciencia natural con las dadas en líneas análogas por la ciencia espiritual, nos convenceremos fácilmente de su poder igualmente concluyente. Así, la fuerza de tales pruebas puede añadirse también a la que el investigador de los mundos espirituales tiene que dar como descripción de las sucesivas vidas terrestres resultantes de su propia visión. Una parte puede apoyar a la otra en la formación de una convicción de la verdad de la reencarnación humana basada simplemente en una comprensión razonable. Aquí se ha intentado mostrar el camino que lleva más allá de la comprensión mental a la visión suprasensible de esta reencarnación.

traducido por J.Luelmo junio 2021