CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA057 Berlín, 14 de enero de 1909 Cuestiones sobre la salud desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual

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    RUDOLF STEINER. 


CUESTIONES SOBRE LA SALUD DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

 Berlín, 14 de enero de 1909

octava conferencia

El tema que nos va a ocupar hoy incluye una serie de cuestiones que con razón interesan a las personas de la manera más profunda. Las cuestiones sobre la salud son las que están relacionadas con todo aquello que hace al ser humano apto para la vida, con todo aquello que le ayuda a cumplir su destino en el mundo sin ataduras, y por ello la salud es ciertamente para la mayoría de las personas, vista en su justa medida, algo por lo que luchan del mismo modo que se lucha por los bienes externos. Pero la salud debe considerarse también como un bien interior, del mismo modo que los bienes exteriores no son al principio por los que lucha el hombre de mente sana por sí mismos, sino como medio de trabajo, como medio de su actividad y creación. Por lo tanto, podemos explicar muy bien por qué el impulso, el anhelo, de obtener la iluminación acerca de los enigmas y cuestiones de la vida sana y enferma son tan profundos, sobre todo en nuestros días. Sin embargo, en el pensamiento general no está muy extendida esa actitud que es la adecuada para hacer a las personas receptivas precisamente a esas respuestas que se necesitan si se quiere resolver tales cuestiones que están tan íntimamente relacionadas con todo el ser del hombre.

Hoy, como en otra ocasión similar, deberíamos recordar un viejo dicho que nos viene a la mente cuando se habla de salud y enfermedad: "¡Hay tantas enfermedades y una sola salud! Este dicho a algunos les parece de lo más evidente y, sin embargo, es un error, un error en el sentido más eminente de la palabra, porque no hay una sola salud, sino tantas condiciones de salud como personas. Esto es precisamente lo que debemos tener en cuenta si queremos ver las cuestiones de la salud y la enfermedad bajo la luz adecuada. Debemos darnos cuenta de que el hombre es un ser individual, que cada persona es diferente de la otra, y que lo que puede ser beneficioso para una persona y perjudicial y patógeno para otra depende enteramente de su constitución individual.

Cada uno de nosotros puede experimentar cada día que estos puntos de vista no están tan extendidos. Por ejemplo, una madre descubre que su hijo no está del todo sano; recuerda que esto o aquello le sirvió una vez en casos similares, así que se cura directamente de tal manera. Luego viene el padre, que recuerda que otra cosa le ayudó una vez. Luego viene la tía, luego el tío; tal vez digan que el aire fresco, la luz o el agua ayudan. Estas prescripciones a menudo se contradicen entre sí, de modo que uno no puede cumplirlas en absoluto. Cada uno tiene su remedio por el cual jura y perjura, y luego hay que soltarlo sobre el pobre enfermo. Quién no se habría dado cuenta de que estos buenos consejos que llegan en tromba de todas partes son, en realidad, ¡una cosa seguramente incómoda si el ser humano carece de esto o de aquello! Todas estas cosas tienen su origen en un modo de pensar irreal, en un modo de pensar abstracto, en un dogmatismo que no tiene en cuenta que el ser humano es un ser individual, un ser único. Cada ser humano es un ser para sí mismo, y de ello depende sobre todo: contemplar esta realidad "ser humano" si uno se ocupa de los fenómenos de la salud y la enfermedad.

Ahora bien, una necesidad de ayuda como la que tiene el hombre en la enfermedad surge ciertamente de una especie de naturaleza interior que debe despertar la compasión y la piedad de quienes le rodean. Podemos comprender que todo el mundo quisiera lanzarse a ayudar, pues esto no es más que una expresión del más profundo interés que despiertan estas cuestiones en relación con el conjunto de la naturaleza humana. Sin embargo, si por un lado se considera este profundo interés, pero por otro se indaga un poco en las diversas visiones sobre la salud y la enfermedad que prevalecen en nuestro tiempo, entonces se puede llegar a entristecer bastante en determinadas circunstancias. Podría decirse que la enfermedad es algo tan importante en la vida humana y por qué sucede que personas cultas e indoctas, médicos y legos, discuten no sólo sobre los remedios para enfermedades individuales, no sólo sobre los caminos correctos hacia la salud, sino incluso sobre la naturaleza de la enfermedad en las más diversas teorías. A veces parece que en nuestra época de actividad espiritual y científica la persona enferma, y quizás también la sana, está más expuesta que nunca a las opiniones partidistas que se afirman desde todas partes con respecto a importantes cuestiones del desarrollo humano y de la naturaleza humana.

Hoy quisiéramos hacernos esta pregunta: ¿Podemos abrigar la esperanza de que la ciencia espiritual, que ha sido y será caracterizada desde los más diversos lados en estos ciclos de conferencias, pueda en cierto sentido también aportar luz a las teorías y matices partidistas que vemos hoy a nuestro alrededor, si permitimos que se acerquen a nosotros los puntos de vista sobre la salud y la enfermedad? A menudo se ha subrayado aquí que la ciencia espiritual se esfuerza por un punto de vista más elevado, que hace posible salvar aquello que divide a las personas en facciones al tener sólo ciertos círculos más estrechos de visión y observación, para mostrar cómo lo uno contradice a lo otro por ser unilateral. A menudo hemos mostrado que la ciencia espiritual está precisamente para buscar el bien en la unilateralidad y para establecer la armonía entre las diversas unilateralidades. La unilateralidad, -así debe decirse a sí mismo quien no se limita a mirar el asunto superficialmente-, es lo que probablemente encontremos cuando tal o cual dogma es predicado con una autoridad exigente por tal o cual doctrina de la enfermedad. Todos ustedes han experimentado los diferentes matices que existen en relación con estas cuestiones. Todo el mundo sabe que por un lado está lo que a menudo, -hoy en día, por desgracia, incluso en un sentido despectivo-, se llama medicina ortodoxa con su dirección alopática, y por otro lado está la dirección que se llama medicina homeopática. Sin embargo, amplios círculos también han encontrado confianza en lo que se llama naturopatía, que a menudo tiene una visión diferente de la enfermedad y la salud y recomienda no sólo lo que se refiere a la persona enferma, sino también lo que se considera correcto para la persona sana, para que pueda mantenerse fuerte y vigorosa. Todo está teñido por uno u otro lado, por la dirección médica o por la más naturópata.

Si consideramos los puntos de vista desde los que existe tal disputa sobre la enfermedad y la salud, por ejemplo, entre los seguidores del modo médico de curar y los seguidores de la naturopatía, entonces oímos decir a los seguidores de la naturopatía que la medicina busca su remedio particular para cada enfermedad y opina que la enfermedad es algo que se apodera del hombre como algo externo, como por una causa externa, y que también existe tal o cual remedio externo para la enfermedad. No queremos olvidar en tal tipificación que lo que se dice por una u otra parte a menudo se pasa de la raya, y no queremos olvidar que en muchas cosas las dos partes se equivocan la una de la otra. Pero queremos hacer hincapié en acusaciones individuales que pueden servir para aclararnos las cosas. El partidario de la naturopatía hará hincapié en que el médico ortodoxo alivia la inflamación en ciertos casos con compresas de hielo, que el ácido salicílico y demás se utilizan para ayudar a la artritis reumatoide. El partidario de la naturopatía hará fuertes acusaciones. Ellos se justificarán diciendo: Si el estómago segrega demasiada acidez estomacal, entonces el médico intentará neutralizar esta acidez estomacal. El naturópata dice que esto pasa por alto la esencia profunda de la enfermedad y, sobre todo, la esencia profunda de la persona. Eso es dar palos de ciego. Si partimos de la base de que el estómago realmente segrega demasiada acidez estomacal, esto es una prueba de que algo va mal en el organismo. En un organismo que funciona correctamente, no se segrega demasiado ácido gástrico. Si por lo tanto neutralizas el ácido gástrico que se segrega, no se elimina la fuerza, la tendencia a crear demasiado ácido gástrico. Así que no tienes que centrar tu atención simplemente en eliminar el ácido estomacal. Esto es lo que dicen los que polemizan contra la medicina convencional. Si eliminaras la acidez estomacal, en realidad estarías incitando al organismo a producir mucha acidez estomacal. Por lo tanto, debemos profundizar y buscar la causa real. En particular, el naturópata, si es fanático, argumentará: Si alguien sufre de insomnio, le ayudas dándole pastillas para dormir. Los somníferos quitan el insomnio durante cierto tiempo, pero no se elimina la causa. Hay que eliminar la causa si realmente se quiere ayudar al paciente.

Entre los que se inclinan a su vez por el punto de vista medicinal hay dos partidos: los alópatas, que citan y utilizan un remedio específico contra determinadas enfermedades, un remedio, por así decirlo, que tiene la misión de eliminar esta enfermedad. Por tanto, parten de la base de que la enfermedad es un trastorno del organismo y que este trastorno debe eliminarse mediante un remedio. Los homeópatas objetan que esta no es la naturaleza real de la enfermedad, sino que la naturaleza real de la enfermedad es una especie de reacción de todo el organismo contra una nocividad en él. Una nocividad ha surgido en el organismo y ahora todo el organismo se resiste a esta nocividad. Hay que reconocer por los síntomas que aparecen en el enfermo y tener en cuenta que lo que produce fiebre y demás es una especie de apelación a las fuerzas que en el organismo pueden expulsar al enemigo que se ha colado. Por lo tanto, los seguidores de este tipo de curación se dirán a sí mismos que hay que recurrir precisamente a aquellos remedios de la naturaleza que, al ser ingeridos por el organismo sano, causan la enfermedad en cuestión. Por supuesto, estos remedios no deben administrarse al organismo enfermo en grandes dosis, sino de tal manera que el poder del remedio en cuestión sea justo el suficiente para causar los síntomas de la enfermedad en el organismo sano. Este es el principio de la homeopatía: aquello que puede causar una determinada enfermedad en el organismo sano también incluye la posibilidad de conducir al organismo enfermo a una determinada salud. Esto se aplica cuando el organismo muestra los síntomas de la enfermedad a través de sí mismo. Esto se piensa de la siguiente manera: se ve que el organismo, cuando muestra los síntomas en un estado enfermo, se esfuerza por superar la enfermedad. Por lo tanto debemos apoyarlo con este remedio.

Por eso el médico homeópata utilizará en muchos casos exactamente lo contrario de lo que utilizaría el médico alópata. El naturópata suele opinar, -aunque no siempre-, que lo más importante no es si un remedio concreto anula los daños causados por una enfermedad, sino apoyar al organismo y su actividad para que pueda despertar sus poderes internos de recuperación con el fin de contrarrestar el proceso de la enfermedad. Así que el naturópata se preocupará sobre todo de aconsejar a la persona sana que apoye la actividad del organismo. Por ejemplo, él enfatizará que es menos importante para las personas sanas si un alimento les da una oportunidad especial, digamos, de llenarse de esto o aquello, sino si un alimento les da la oportunidad de llamar a sus fuerzas internas de tal manera que se vuelvan activas. El naturópata hará hincapié en la función de los órganos, especialmente en las personas sanas. Dirá: No fortalecerás tu corazón si te esfuerzas en espolearlo continuamente con estimulantes, pero fortalecerás tu débil corazón llevándolo a la actividad, haciendo tramos montañosos. De la misma manera, el que se ocupa de la actividad de los órganos humanos también aconsejará a la persona sana que ponga sus órganos en actividad de manera adecuada.

Si han prestado ustedes atención a tales cuestiones, porque ocupan gran parte de la actualidad, quizás habrán visto la vehemencia y el dogmatismo con que a menudo luchan unos y otros, cómo unos y otros enfatizan lo que tienen que decir a favor de su punto de vista. La llamada medicina ortodoxa puede señalar cómo, especialmente en el transcurso de las últimas tres o cuatro décadas, ha hecho grandes progresos, precisamente porque ha visto cómo los agentes patógenos externos se acercan a las personas y destruyen su salud, por así decirlo. Esta medicina ortodoxa puede señalar cuanto se ha preocupado de mejorar las condiciones de vida externas, las condiciones de vida, de tal manera que en los últimos tiempos se ha producido efectivamente un repunte. Precisamente esa rama de la medicina que favorece a los agentes patógenos externos, -digamos el mundo de las bacterias y los gérmenes, tan temido hoy en día-, ha hecho muchísimo por mejorar las condiciones sanitarias interviniendo en el campo de la higiene y la salubridad de un modo nada transparente para el profano. Sin duda, algunos hacen hincapié, -de nuevo, no del todo erróneamente, pero también sólo con una justificación unilateral-, en cómo esta medicina ortodoxa ha creado prácticamente un miedo a las bacterias y los gérmenes. Pero, por otra parte, el estudio ha dado lugar a una mejora de la salud en las últimas décadas. El partidario de este punto de vista señala con orgullo en qué porcentaje se han reducido las tasas de mortalidad en las últimas décadas. Aquellos, sin embargo, que dicen que no son tanto las causas externas las que son importantes para la consideración de la enfermedad, sino que son sobre todo las causas que yacen en el interior del hombre, su disposición a la enfermedad, por así decirlo, su vida razonable o irrazonable, volverán a subrayar particularmente que en los últimos tiempos las tasas de mortalidad han disminuido innegablemente, pero que las tasas de enfermedad han aumentado de una manera espantosa. Se subraya cómo han aumentado determinadas formas de enfermedad: Enfermedades cardíacas, enfermedades cancerosas, formas de enfermedad que ni siquiera se registran en los escritos de épocas más antiguas, enfermedades de los órganos digestivos, etcétera. Las razones esgrimidas por unos y otros son ciertamente dignas de consideración. Desde un punto de vista superficial no se puede argumentar que los bacilos o bacterias no sean patógenos del tipo más terrible. Por otra parte, sin embargo, no se puede negar que el hombre está estabilizado y protegido en ciertos aspectos contra la influencia de tales agentes patógenos ni que no lo esté. Y no lo está si se ha privado a sí mismo de su resistencia mediante un modo de vida irracional.

En muchos aspectos, las cosas que ha logrado la medicina convencional en los últimos tiempos son admirables. Veamos cuán sutiles y refinadas son las investigaciones sobre la fiebre amarilla en relación con la forma en que se transmite de hombre a hombre por ciertos insectos. ¡Qué excelentes son los estudios sobre la malaria y similares! Pero por otro lado podemos ver que las afirmaciones justificadas de esta medicina ortodoxa pueden muy fácilmente frustrar toda nuestra vida, lo que en cierto sentido puede conducir a la tiranía. Consideremos que se afirma, -y con cierto grado de justificación-, que en una enfermedad que se ha venido presentando con frecuencia en los últimos tiempos, la rigidez de nuca, no es el agente patógeno el que se transmite a otra persona, sino que personas que están completamente sanas, que están completamente alejadas de lo que se describe como rigidez de nuca, podrían, en cierto modo, ser portadoras de los gérmenes de la enfermedad y transmitirlos a otras personas, de modo que las personas que andan entre nosotros son portadoras de gérmenes, de las cuales la que es apta para ello puede entonces contraer la enfermedad, mientras que las otras que son portadoras de los gérmenes no tienen por qué verse afectadas por la enfermedad en absoluto. De modo que se puede dar el caso de que se exija aislar a los portadores de la enfermedad; pues si alguien está enfermo de rigidez de nuca, ni siquiera es tan peligroso como aquellos que le cuidan y que tal vez sean los verdaderos portadores de la enfermedad. Si se dificulta el trato con estas personas, se pueden ver las consecuencias de esto: Se puede argumentar, -y ya se ha argumentado-, que en alguna escuela un gran número de niños enfermaron repentinamente de tal o cual enfermedad. No sabíamos de dónde había venido la enfermedad. Después resultó que los profesores eran los verdaderos portadores de la enfermedad. Ellos mismos no se vieron afectados por la enfermedad, pero toda la escuela fue infectada por ellos. La expresión portador o captador de bacilos es una expresión que incluso puede utilizarse con cierta justificación desde cierto lado. Es casi evidente por las pocas cosas que hemos podido mencionar que el profano sabe muy poco de este campo, de todo lo que puede encontrar de este o aquel lado.

Si bien debemos decir: Precisamente lo que hemos dicho al principio de la consideración de hoy debe ser una pauta para lo que realmente puede llevar a la salvación de todas las buenas razones esgrimidas por uno u otro bando. El principio básico en el sentido más profundo y significativo debe ser que por encima de todas las cosas la individualidad del hombre debe presentarse ante nosotros como una única realidad, como algo que es diferente de cualquier otro ser humano. Lo visualizaremos mejor con un ejemplo concreto, por así decirlo. Supongamos una persona, -les estoy contando cosas que han sucedido-, que desde niño tuvo una aversión inconquistable a todo lo que fuera carne. No soportaba la carne, no podía comerla. Tampoco podía comer nada que tuviera que ver con la carne. Él se desarrolló bastante sano con una dieta basada en plantas. Esto duró hasta que se encontraron amigos benévolos y buenos que emplearon toda su energía en disuadir a esta persona de sus sentimientos paradójicos. Ellos fueron los que primero le aconsejaron, le animaron por así decirlo, a probar primero un poco de caldo de carne. Lo empujaron más y más hasta que llegó al cordero. Él se sentía cada vez más enfermo. Después de algún tiempo, experimentó un fenómeno como una especial abundancia de sangre. Apareció una somnolencia peculiar, y el buen hombre murió de una inflamación del cerebro. Si a este hombre no se le hubiera dicho cada día lo que realmente debía comer, si se le hubiera dejado a su sano instinto, si no se hubiera creído que "una cosa es buena para todos", si no se hubiera jurado dogmatismo sino que se hubiera respetado la naturaleza individual del hombre, se habría mantenido sano.

De tal caso, sin embargo, no deberíamos aprender nada más que a respetar la naturaleza individual del hombre. No debemos derivar de ello un nuevo dogma; sólo debemos aprovecharlo en vida. Si consideramos cómo se produjo la muerte en este caso, podemos responder a la pregunta de la siguiente manera. Si ustedes recuerdan lo que se dijo la última vez en la conferencia sobre cuestiones nutricionales, podemos ver de ello lo que se llama el proceso de la vida para la planta: la planta procesa materia sin vida en un organismo vivo. Este proceso se continúa en el organismo humano. En cierto sentido, lo que hace el organismo humano y también el animal es una degradación de lo que ha construido la planta. El organismo humano y animal se basa en el hecho de que lo que la planta ha construido ha de descomponerse y destruirse.

Ahora bien, un organismo puede tener tal disposición que exija, por así decirlo, para sí mismo justo el punto en el que la planta ha cesado su actividad. Entonces puede serle perjudicial en el sentido más eminente que se le prive de aquella parte del proceso que el animal ya ha realizado con los productos vegetales. El animal dirige el proceso vegetal hasta un punto determinado. Si el hombre come alimentos de origen animal, sólo puede continuarlo. Cuando esto se le quita y su naturaleza posee las fuerzas que absorben el alimento vegetal fresca y vigorosamente y luego lo llevan a cabo, entonces tendrá fuerzas en él que ahora son inutilizables para cualquier ingesta y procesamiento de alimentos. Estas fuerzas están allí. No nos deshacemos de ellas dándoles nada que hacer, porque entonces se lanzarán sobre otra cosa. Trabajan dentro del organismo humano. La consecuencia de esto es que destruyen el organismo internamente como exceso de actividad.

Si se posee una visión sólo ligeramente agudizada en la ciencia espiritual, se ve cómo la actividad precipitada que se ha apoderado de todo el individuo se arroja sobre su sistema sanguíneo y nervioso. Pueden ustedes ver cómo el organismo es parecido a una casa que se está construyendo, en la que se ha utilizado material inadecuado, de modo que hay que esforzarse por arreglar y ordenar el material inadecuado. Evitando que las fuerzas de transformación de los materiales alimenticios se dirijan impunemente hacia el interior. Si nos damos cuenta de esto, entonces nos volveremos tolerantes con la naturaleza. Pero luego no debemos ir en dirección contraria y convertirnos en fanáticos del vegetarianismo para cada ser humano. Así como en el hombre que cité ayer como ejemplo radical, la actividad interiormente distraída se precipitó hacia adelante, por otra parte puede ser que haya personas que no tengan en absoluto esta actividad, que no puedan, por así decirlo, continuar el proceso vegetal directamente donde se detuvo. Tales personas, si se espera que se hagan vegetarianas sin más, experimentarán que tienen que tomar las fuerzas que necesitan de su propio organismo de una manera improvisada. Por lo tanto, lo consumirán de cierta manera y se convertirán en su perdición. Esto bien puede ocurrir en el otro lado. Lo que importa es que apartemos la mirada de estos o aquellos dogmas cuando hablamos de condiciones sanas y enfermas, apartemos la mirada de comer esto o aquello o de trabajarlo de esta o aquella manera. Lo importante es conocer las necesidades del individuo. Es sobre todo importante que esta persona individual tenga la oportunidad de sentir y reconocer sus propias necesidades en cierto sentido.

Si una visión materialista se fija demasiado en lo meramente material, entonces sería necesario que esta visión materialista se moviera en la dirección que se acaba de indicar. En realidad, le sería imposible estandarizar y unificar. Y ¡hay que ver cuánto estereotipamos en nuestro tiempo! Por ejemplo, se dice sin más que tal o cual alimento o tal o cual medicamento es perjudicial. Se ha desatado una epidemia formal de estandarización, y esto sólo es posible cuando en la lucha contra los distintos métodos curativos se excluye toda unilateralidad. Ha estallado una epidemia bajo la palabra clave " fuerza ", de modo que en las reuniones de naturópatas, por ejemplo, se dice que esto o aquello es " fuerza ". La gente cree haber hecho lo suficiente para ennegrecer a estos o aquellos y decir que sólo proceden de lo material. Los que ante todo pretenden considerar a las personas como individuos también deberían tener esto en cuenta. Pero también, si se mira a otros seres vivos, por ejemplo, la palabra " fuerza " pierde básicamente todo su significado. Es preciso modificar nuestros puntos de vista sobre estas cosas. A quién no se le ocurriría suponer una fuerza especial para el hombre cuando oye, por ejemplo, que los conejos comen cicuta sin sufrir daño, mientras que Sócrates murió de ella. Las cabras también pueden comer cicuta sin daño, al igual que el acónito, el acónito (planta venenosa) y los caballos. Así que, en general, siempre tenemos que tener en cuenta el organismo individual. Cuando tenemos en cuenta el organismo individual, llegamos a la conclusión de que algo puede ser bueno para una persona, ¡pero "una cosa no es buena para todos"!

Por tanto, la pregunta es: ¿Cómo puede la gente obtener un criterio para su propia salud? El niño puede servirnos de faro. Por lo tanto, debemos ser conscientes de que el niño expresa su simpatía o antipatía por tal o cual alimento de una manera muy específica. La observación cuidadosa de estas cosas sería extremadamente importante para cada uno de nosotros. A veces es bastante erróneo que la persona que tiene que guiar y educar al niño quiera expulsar los instintos que surgen en el niño y se expresan como un deseo particular, si se consideran una travesura. Más bien, lo que el niño expresa como impulso, como instinto, es una indicación de cómo es la naturaleza interior del niño. Lo que el niño siente y lo que saborea, lo que se le antoja, la sensación, el antojo, no es otra cosa que la expresión de que el organismo desea precisamente esto o aquello. Ciertamente, este instinto guía del niño puede ser un indicador, o, si queremos hablar más radicalmente, un faro para la cognición. Podemos deambular por toda la vida y encontraremos en todas partes la necesidad de que el hombre debe desarrollar en cierto sentido precisamente esta seguridad interior en sí mismo para lo que su organismo necesita. Esto es más incómodo que ser dictado por tal o cual partido y que nos digan lo que es bueno para todas las personas. La gente no lo tiene tan fácil como los que sacan una cierta receta general que basta con meterse en el bolsillo para saber lo que hace que la gente esté sana y lo que la enferma. Si se mira a la salud con una guía así, también habrá que percatarse con respecto a la enfermedad de que diferentes personas tienen diferentes condiciones para la salud y la curación.

Supongamos que alguien tiene migraña. Cualquiera que crea dogmáticamente, -aunque la medicina convencional ya no quiera admitirlo-, que existen remedios específicos para tal o cual enfermedad dirá: Dele al paciente ciertos remedios para la migraña. El paciente se sentirá mejor y la migraña desaparecerá. Quien se sitúe en el punto de vista de la naturopatía y se haya convertido en practicante dirá: Sólo se puede tratar el síntoma de esta manera y se ha hecho más mal que bien a algunas personas; es importante que se miren las causas más profundas; entonces se llegará a todo tipo de cosas que van más al fondo de la cuestión, que puede que no produzcan una sensación de bienestar tan rápidamente en casos individuales, pero que realmente van más al fondo de la enfermedad. Si se adopta una postura dogmática sobre uno u otro punto de vista, se luchará contra uno u otro o se considerará útil. Sin embargo, por extraño que parezca, se trata de nuevo del individuo. Puede haber una persona que se diga a sí misma: "Si tengo una migraña grave, estaría bien esperar a que la naturopatía llegara al núcleo de la enfermedad para reconocer sus raíces más profundas y entonces hacer algo para eliminarla. Pero no tengo tiempo para eso. Es mucho más importante para mí librarme de la migraña lo antes posible y volver a mi trabajo. Supongamos ahora que esta persona tiene una ocupación que favorece la salud y que es de tal naturaleza que se habría librado de la enfermedad incluso sin el remedio. Entonces el remedio para la migraña le haría poco daño, ya que se vería poco apartado de su actividad, que le es útil. Se le trataría entonces según una receta que compara al ser humano con una máquina que hay que reparar. Pero esta comparación debe llevarse hasta el final. No debemos olvidar que debe haber alguien que trabaje como el maquinista en la locomotora. Supongamos que una locomotora muestra que una manivela es particularmente difícil de girar. Alguien podría decir: "Veo que el maquinista no puede girar la manivela porque es demasiado débil; cogeré a otro maquinista que pueda aplicar más fuerza para girar la manivela". Otra persona podría decir: Tal vez puedas limar un poco lo que dificulta el giro de la manivela para que la manivela gire con más facilidad; entonces el maquinista podrá quedarse. Así mejoras la máquina. Por supuesto, esto no debe usarse como receta general, porque si se quisiera decir: Si falta algo en la locomotora, hay que retocarla, puede que no siempre sea correcto. Quizás haya que añadir algo en lugar de quitarlo en el punto en cuestión.

En el caso de la persona que ha tenido una migraña, el daño simplemente ha sido reparado por el remedio para la migraña, y si la persona afectada tiene la fuerza interior para hacerlo, entonces, si no se le molesta, las cosas volverán a arreglarse por sí solas. Por supuesto, en determinadas circunstancias sería malo pensar de la misma manera respecto a alguien que quiere librarse de la migraña pero que después no realiza ninguna actividad relacionada con su salud; le habría ido mejor si hubiera limpiado las causas internas.

Así que deberemos haber penetrado a fondo en este asunto y habernos dado cuenta de que existen remedios específicos para lo que se llama enfermedad, y que la aplicación de remedios específicos está de alguna manera relacionada con el hecho de que nuestro organismo es un ser independiente y puede ser mejorado de muchas maneras. Si uno puede confiar en el hecho de que después de la cura hay una fuerza efectiva real que impulsa a la persona, no es necesario hacer hincapié en que sólo se están tratando síntomas, porque entonces sólo se está pensando de nuevo materialistamente. El naturópata sabrá muchas cosas que estarían muy bien para la eliminación de tal o cual enfermedad, pero es igualmente cierto que tal o cual persona no tiene el tiempo ni la fuerza para llevarlo a cabo, y que para él lo que cuenta es sobre todo reparar el daño rápidamente. 

Puede verse que aquí tenemos que hablar no de forma unilateral sino de forma global y que tenemos que aceptar la inconveniencia de no ser sólo teóricos sino de ir a los hechos y contemplar a la persona en su totalidad. Eso es lo que importa. Cuando hablamos así, debemos darnos cuenta de que si queremos considerar al ser humano como una realidad, debemos considerar al ser humano en su totalidad. Para la ciencia espiritual el hombre completo no es meramente el cuerpo físico externo, especialmente no cuando nuestra salud es destruida no meramente por causas externas sino internas. Lo que es mucho más importante es la salud del cuerpo etérico, que es un luchador contra la enfermedad hasta la muerte, la salud del cuerpo astral, que es el portador de las pasiones, los instintos, los deseos y las ideas, y, por último, la salud del portador del yo, que hace del ser humano un ser consciente de sí mismo. Quien quiera tener en cuenta al ser humano en su totalidad, debe tener en cuenta definitivamente los cuatro miembros del ser humano, y cuando se plantea la cuestión de la salud, no se trata sólo de eliminar las perturbaciones que afectan al cuerpo físico, sino también de observar lo que ocurre en los miembros superiores, en los miembros más anímico-espirituales. Ahí debemos darnos cuenta de que no es sólo tal o cual sombra partidista la que está pecando, sino toda nuestra actitud contemporánea.

Esto se deduce del hecho de que rara vez se plantea la pregunta: ¿Cómo se relaciona la cuestión de la salud con las cuestiones anímicas y espirituales? Hoy en día encontrarán mucho consenso cuando hablen de cuánto valor calórico tiene tal o cual alimento, cómo actúa tal o cual alimento en el organismo. También encontrarán plena aprobación si explican cómo es el aire en tal o cual región, dónde se encuentra tal o cual sanatorio, cómo funcionan el aire y la luz aquí o allá. Pero no encontrará apoyo si cita características mentales como posibles causas de ciertas enfermedades.

Tomemos los instintos del niño tal como se expresan en simpatía y antipatía hacia tal o cual alimento. Tomemos el sentimiento de repugnancia con que rechaza esto o aquello como una señal que indica que también lo que en sí mismo subyace a la salud del cuerpo físico, el cuerpo astral, -que consiste en sentimientos y sensaciones, en impulsos y deseos-, que también el alma espiritual debe estar sana, y que si se observa en el hombre una desviación de lo sano, también debe prestarse atención a la salud del cuerpo astral. Cuando se consideran estas cuestiones hoy en día, ¿Se sigue preguntando realmente qué experimenta el alma humana en relación con el mundo exterior? El científico espiritual debe señalar que, en el fondo, poco importa que una persona enferma de esto o aquello sea enviada aquí o allá porque se cree que el aire o la luz tendrán un efecto curativo sobre ella por razones mecánicas o químicas externas. Otra cuestión mucho mayor es si puedo llevarle a un ambiente tal que pueda experimentar alegría, elevación, en cierto sentido una iluminación de toda su vida emocional en una determinada dirección.

Si observamos esto a gran escala, también comprenderemos que forma parte de estar sano que un alimento sepa bien a una persona, que una persona tiene, por así decirlo, en su gusto, en la sensación inmediata del sabor, en lo agradable y placentero que le resulta el alimento, un indicador de lo que debe comer, y que una persona, por otra parte, tiene un indicador de cuándo debe comer su organismo en la sensación de hambre que surge correctamente.

No son sólo las influencias procedentes del mundo material las que destruyen esta seguridad interior en el hombre, en la gran mayoría de los casos son también las influencias procedentes de la vida espiritual las que minan la seguridad del instinto de hambre del hombre. En lugar de enseñar al hombre un hambre sana en el momento oportuno, la influencia espiritual puede obrar en la naturaleza del hombre de tal manera que no exista esta hambre, sino una falta de apetito. Una persona que ha desarrollado las necesidades de su organismo de la manera correcta, de modo que las cosas correctas saben bien y son agradables para él y también pueden servir a su organismo, también tendrá el sentimiento simpático correcto para encontrar el entorno adecuado que sirva a su salud en términos de luz y aire, de modo que sienta hambre en el momento adecuado.

Son requisitos que están estrechamente relacionados con la salud y que conducen a lo que el cuerpo astral y el yo tienen que aportar a esta salud. Es fácil objetar que si alguien tiene hambre, no puede vivir de sentimientos y sensaciones. Es cierto, que si le presentas a alguien un plato delicioso, puede que en determinadas circunstancias se le haga la boca agua, pero no puedes satisfacerle con él si el verdadero sabor de la comida permanece oculto para él. Esta objeción es fácil. Con lo que podamos dar al hombre de aquello que influye en su alma de tal modo que deja que las sensaciones y las ideas sigan su curso de la manera correcta, no podemos satisfacerle ni hacerle sano; eso es evidente. Pero lo que se pasa por alto es otra cosa. No podemos regular la comida explicando la comida, pero podemos regular el sabor, hasta la sensación de hambre que surge. Aquí lo que hoy está fragmentado, porque se maneja sólo desde el punto de vista de la observación material externa, desemboca en lo anímico-espiritual.

No importa si una persona come tal o cual alimento con placer o desagrado, ni si vive en tal o cual entorno, ni si hace el trabajo que hace con placer o desagrado. Lo que se llama su disposición interior a la salud está misteriosamente relacionado con esto más que con ninguna otra cosa. Así como vemos en el niño que desarrolla instintos correctos, y, -si tenemos la posibilidad de observar sus instintos-, tenemos un indicador de sus necesidades interiores, así también es necesario que el adulto experimente lo anímico-espiritual de tal manera que las necesidades correctas se presenten ante el alma en el momento adecuado, que sienta y perciba qué tipo de relación debe establecer entre él y el mundo exterior. En gran medida, la vida es capaz de conducir al hombre a error tras error sobre su relación con el mundo exterior. Y es precisamente nuestra actual dirección mental la causa de tales errores en más de una dirección.

Para ayudarnos a entendernos mejor, me gustaría señalar el pequeño comienzo que hemos dado con cierto método de curación. En Munich, uno de nuestros camaradas científico-espirituales está intentando un tipo de curación o método curativo que surge de los puntos de vista de la ciencia espiritual. Aquellos que hoy en día creen que sólo las influencias materiales, físico-químicas y fisiológicas pueden tener un efecto saludable en el hombre, tal vez se reirán del hecho de que el hombre es conducido a cámaras de colores particularmente peculiares y que las fuerzas de un determinado color y otras cosas, que no se discutirán más aquí, pueden tener un efecto en el alma humana, aunque no en la superficie. Pero deben ver la diferencia entre este modo de acción en las cámaras, una especie de cromoterapia, una especie de terapia de color, y lo que se llama terapia de luz. Cuando se irradia al hombre con luz, la idea es dejar que la luz física actúe directamente, de modo que uno se dice a sí mismo, si uno deja que tal o cual rayo de luz actúe sobre el hombre, entonces se actúa sobre el hombre desde fuera. Esto no se tiene en cuenta en absoluto en la terapia del color mencionada.

En este método curativo tomado de la ciencia espiritual, que nuestro amigo el Dr. Peipers ha establecido, no se tiene en cuenta qué efecto tienen sobre el ser humano los rayos de luz como tales, independientes del alma humana, sino que se considera lo que, bajo la influencia de, digamos, el color azul, no de la luz, se efectúa en el alma por medio de la imaginación y tiene así un efecto retroactivo sobre todo el organismo físico.

Hay que tener en cuenta esta enorme diferencia entre lo que aquí se llama terapia de luz y lo que se puede llamar terapia de color. Además, ciertos enfermos están llenos del contenido de una idea muy concreta del color. Hay que saber que los colores contienen poderes que luego aparecen cuando no sólo nos irradian, sino que trabajan en nuestras almas. Tienen ustedes que saber que un color es algo que tiene un efecto desafiante, que otro color es algo que desencadena fuerzas de anhelo, que un tercer color es algo que eleva el alma por encima de sí misma, y otro color es algo que empuja el alma hacia abajo, por debajo de sí misma.

Si observamos este efecto físico-espiritual, entonces nos quedará claro cuál es la causa primordial de lo físico y lo etérico: que nuestro cuerpo astral es el verdadero creador de lo físico y lo etérico. Lo físico es sólo una condensación de lo espiritual, y lo espiritual puede, a su vez, trabajar sobre lo físico, para que sea trabajado y vivido de la manera correcta. Entonces, cuando visualicemos la idea básica de tal cosa, también podremos tener la esperanza de comprender, -disponiendo de nuevo de una ciencia que indique cómo vive el alma espiritual en el hombre-, que lo que vive en lo anímico-espiritual se expresa en salud y enfermedad en lo físico.

Quien se dé cuenta de esto podrá tener esperanza en la ciencia espiritual en lo que respecta a las cuestiones de salud. Así como es fácil decir que no se puede curar a una persona con una visión del mundo, también es cierto que la salud de una persona depende de su visión del mundo. Para la humanidad actual esto es una paradoja, ¡para el futuro será algo natural! Me gustaría profundizar un poco más en este tema. Se puede decir que el hombre debe llegar a la verdad puramente objetiva, debe convertir sus conceptos en imágenes exactas de los hechos físicos externos. Un teórico puede plantear tal exigencia. Uno puede establecer como ideal una persona que se esfuerza por pensar sólo lo que los ojos pueden ver, los oídos pueden oír y las manos pueden tocar. La ciencia espiritual viene ahora y dice: Nunca podrás captar lo que es real si sólo miras lo que es perceptible externamente, lo que los ojos pueden ver, los oídos pueden oír, las manos pueden agarrar. Lo real contiene lo espiritual como su fundamento primordial. Lo espiritual no puede percibirse, debe experimentarse mediante la cooperación, mediante la producción de lo anímico-espiritual. Lo espiritual requiere fuerzas productivas. El científico espiritual, cuando habla de las partes individuales de su ciencia, no siempre está en condiciones de demostrar concretamente lo que conduce a sus conceptos. Describe lo que no se puede ver con los ojos, oír con los oídos o coger con las manos, porque hay que perseguirlo con los ojos del espíritu. Se puede decir entonces: Ésta es una descripción de algo que no existe en el mundo sensorial. Para nosotros, la verdad es aquello que da una imagen interior de la realidad exterior. Uno puede plantear una teoría así, pero hoy no queremos hablar de su validez veraz y cognoscitiva, sino de su valor para la salud. La cuestión es que todas aquellas concepciones que meramente abstraemos de la realidad sensorial externa, que son, por así decirlo, sólo imágenes de lo que vemos con nuestros ojos, oímos con nuestros oídos, tocamos con nuestras manos, que no se basan en la co-actividad interior del alma en la creación de imágenes, todas estas abstracciones, todas las concepciones que se adhieren fielmente a la realidad de los sentidos externos, no tienen poderes interiores de imaginería; dejan al alma muerta; no apelan al alma para que ponga en actividad los poderes que dormitan en su interior.

Por mucho que los fanáticos de los hechos externos hablen de no intercalar la realidad con imágenes del mundo sobrenatural. Pero por paradójico que suene, estas imágenes devuelven a nuestra mente a una actividad que le es propia. La devuelven a la armonía con el organismo físico. El que se aferra a las ideas puramente abstractas de la ciencia meramente materialista no hace nada por su salud en su vertiente espiritual. Quien únicamente construye abstracciones en sus conceptos hace que su alma sea estéril y vacía, y depende siempre de que el instrumento externo del cuerpo sea portador de salud y portador de enfermedad. El que vive en ideas desordenadas y erróneas no sabe cómo se inoculan misteriosamente en su organismo las causas de su destrucción. La ciencia espiritual, por lo tanto, adopta el punto de vista de que a través de los puntos de vista que afirma en relación con el mundo suprasensible, con aquel mundo que no reconocemos con los sentidos exteriores, pero que debemos despertar interiormente de un modo fuerte, hacemos que nuestra alma interiormente sea tan activa que su actividad esté en armonía con el mundo espiritual a partir del cual todo nuestro organismo fue creado. Por lo tanto, nuestro organismo no recupera la salud por medios mezquinos, sino que la ciencia espiritual misma es el gran remedio para la recuperación.

El que forma sus pensamientos a partir de los grandes puntos de vista del mundo, el que da vida a estos pensamientos, suscita una actividad interior tal que sus sentimientos y sensaciones fluyen también de un modo armonioso que tranquiliza el alma. Quien ejercita así sus pensamientos, ejercita también sus impulsos volitivos, y éstos actúan entonces sanamente. Pero sólo lo hacen cuando una sana visión del mundo, una sana armonía de pensamiento llena realmente nuestra alma. De este modo nuestras sensaciones, y en relación con ellas nuestro placer y disgusto, nuestra simpatía y antipatía, nuestro deseo y repugnancia, se regulan de tal modo que nos enfrentamos al mundo de tal manera que sabemos qué hacer en cada caso individual, como un niño cuyo instinto aún no ha sido estropeado. De este modo despertaremos en nuestra alma aquellos sentimientos, sensaciones, impulsos volitivos y deseos que son una guía segura en la vida, que nos instruyen sobre lo que debemos hacer para lograr una relación correcta entre el mundo exterior y nosotros mismos.

No es demasiado decir que los pensamientos claros y luminosos, los pensamientos integrales, como los que sólo puede evocar una cosmovisión integral que se centre en el mundo entero, incluido lo suprasensible, son un requisito previo para la salud. Los sentimientos puros y los impulsos volitivos correspondientes al objetivo de lo espiritual, como los que corresponden a tales pensamientos, permitirán a las personas sentir un hambre sana. Aunque el hombre no pueda alimentarse con una cosmovisión, ésta le ofrece, sin embargo, la posibilidad de encontrar lo que corresponde a su alma, de buscar lo que le conviene y de detestar lo que no le conviene. Los pensamientos, que son imágenes del mundo suprasensible, son el mejor medio de digestión, -aunque resulte paradójico-, no porque las fuerzas de la digestión estén en los pensamientos, sino porque las fuerzas que permiten que la digestión proceda de forma regulada se despiertan a través de los pensamientos energéticos.

Mientras las personas no oigan esta llamada de la ciencia espiritual, mientras sigan creyendo que lo que les enfrenta a tal o cual forma de enfermedad de tal o cual manera ha encontrado su cura cuando se ha encontrado el remedio correspondiente, no habrán reconocido la importancia de la ciencia espiritual. Tampoco habrán reconocido hasta qué punto la salud desempeña un papel en la naturaleza del desarrollo. Incluso aquellos que dicen que no se deben combatir solo los síntomas no van lo suficientemente lejos. Tampoco ellos captan el núcleo espiritual. Quien se acerque a la ciencia espiritual descubrirá que es una visión del mundo a través de la cual fluye la suave dicha interior, una visión del mundo de placer y alegría, que es un requisito previo para promover el gran remedio para la salud. Es más fácil utilizar tal o cual remedio que entrar en la corriente de la ciencia espiritual para encontrar aquello que hará a las personas más sanas y saludables. Pero si uno se adentra en esta ciencia espiritual se dará cuenta de que es cierto lo que dice un viejo refrán: "En un cuerpo sano habita un alma sana", pero que es erróneo entender esta palabra de forma materialista. Quien crea que debe entender esta palabra de forma materialista, también debería decir: "Aquí veo una casa. Esta casa es hermosa. Así que concluyo que porque esta casa es hermosa, debe haber producido un hermoso propietario. Una casa hermosa produce un propietario hermoso.  Tal vez la persona que dice: "Aquí hay una casa hermosa; de esto concluyo que en ella vive un dueño que tiene gusto. Veo en el dueño de la hermosa casa a una persona de buen gusto, y en la casa el signo externo de que el dueño es una persona de buen gusto.

Pero tal vez haya también una persona inteligente que diga: Debido a que las fuerzas externas han hecho que el cuerpo esté sano, el cuerpo ha vuelto a formar un alma sana. Pero no tiene razón quien dice: Aquí veo el cuerpo sano. Esta es una señal de que debe haber sido construido por un alma sana. Está sano porque el alma está sana. Por lo tanto se puede decir: Dado que uno ve el síntoma externo de un cuerpo sano, debe haber un alma sana en la base. Una época materialista puede interpretar las palabras: "Un cuerpo sano debe basarse en un alma sana" de un modo completamente materialista. La ciencia espiritual, sin embargo, nos muestra que en un cuerpo sano actúa un alma sana.

Traducido por J.Luelmo ene,2024

GA057 Berlín, 17 de diciembre de 1908 -Las cuestiones nutricionales desde el punto de vista de la ciencia espiritual

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    RUDOLF STEINER. 


LAS CUESTIONES NUTRICIONALES DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

 Berlín, 17 de diciembre de 1908

séptima conferencia

A algunos les parece extraño que la ciencia espiritual hable de lo que muchos consideran, con razón, lo más material, lo menos espiritual: el alimento. Hay personas que quieren indicar su especial idealismo, más aún, su especial espiritualidad, diciendo: "Oh, sólo nos ocupamos de lo que es superior a las cuestiones relacionadas con la vida material" Tales personas creen entonces también, -y en cierto sentido pueden tener razón-, que en el fondo es indiferente para el desarrollo de lo ideal y de lo espiritual la forma en que el hombre satisface sus necesidades en relación con lo físico. La forma materialista de pensar tiene un parecer diferente. Un gran filósofo del siglo XIX hizo una afirmación que se ha repetido mucho y que provoca escalofríos y horror en muchas personas espiritualmente idealistas, la afirmación de Feuerbach: "El hombre es lo que come". La mayoría de la gente toma esto en el sentido, -y los de mentalidad materialista estarán ciertamente de acuerdo con ello-, de que el hombre es un resumen de la materia que introduce en su cuerpo, y que ésta da lugar no sólo a la interacción de su vida orgánica, sino también a la que se presenta en su espíritu.

Cuando a veces los de fuera oyen hablar más o menos superficialmente de la antroposofía o de la ciencia espiritual, creen que los adeptos se preocupan demasiado por la comida, por la nutrición. Una persona de fuera no puede entender por qué los antropósofos se preocupan tanto de si alguien come esto o aquello. No hay que negar que en algunos círculos antroposóficos, entre los que quieren entrar en la vida espiritual de forma fácil, hay mucha confusión. Algunos creen que sólo deben evitar esto o aquello, no comer ni beber, ¡para alcanzar ciertos niveles superiores de comprensión! Esto es tan erróneo como la visión del dicho de Feuerbach que acabamos de caracterizar: "El hombre es lo que come". Cuando menos, es una visión unilateral.

Pero, en cierto modo, la ciencia espiritual puede reclamar para sí esta frase, sólo que de un modo ligeramente distinto al que pretenden los materialistas, y de un modo doblemente distinto. En primer lugar, hemos subrayado a menudo que para la ciencia espiritual todo lo que nos rodea no es más que la expresión de algo espiritual. Un mineral, una planta o cualquier cosa de nuestro entorno sólo es material por fuera. Al igual que una extremidad humana, es la expresión, el gesto del espíritu. Hay espiritualidad detrás de todo lo material, incluida la comida. Con ella no sólo ingerimos lo que se extiende materialmente ante nuestros ojos, sino que también comemos lo que hay de espiritual detrás. Al comer a través de tal o cual sustrato material, entramos en relación con tal o cual sustancia espiritual que hay detrás. Esta es una característica muy superficial. Pero quien se haga consciente de ello podrá admitir hasta cierto punto la proposición materialista: El hombre es, lo que come. Lo que pasa es que el proceso espiritual debe entenderse al mismo tiempo que el proceso material.

Pero ésta es sólo una de las formas en que podemos orientarnos sobre estas cuestiones en el sentido científico espiritual. Cuando la ciencia espiritual valora e investiga la naturaleza del alimento, lo hace porque surge una perspectiva muy peculiar respecto a la relación del hombre con la naturaleza. El hombre está en relación con la naturaleza por cuanto absorbe la naturaleza circundante de una determinada manera, y asimila lo que hay en ella. Y surge la pregunta: Al asimilar así lo que hay fuera, ¿no se entrega el hombre a esas fuerzas que actúan fuera, y puede liberarse de ellas? ¿Es posible que el hombre se libere de lo que le rodea a través de su alimentación, de modo que adquiera cierto poder y cierta influencia sobre lo que le rodea? ¿No podría ser que el hombre fuera lo que come a través de un cierto tipo de alimentación - y no podría ser que a través de otro tipo de alimentación el hombre se liberara de la compulsión ejercida sobre él a través de la alimentación? Así pues, surge la pregunta para la ciencia espiritual: ¿Cómo debe organizarse la alimentación del hombre para que se libere de la compulsión del alimento, para que se haga cada vez más dueño de lo que sucede en él?

Al plantearnos hoy esta cuestión, hay que decir algo sobre toda la posición de la ciencia espiritual respecto a estas cuestiones. Esta cuestión, incluyendo la cuestión de la salud, debe ser entendida de tal manera que la ciencia espiritual no debe ser vista de ninguna manera como agitando por tal o cual dirección. Cualquiera que crea que lo que se va a decir hoy es una agitación a favor o en contra de tal o cual alimento o estimulante tiene una visión muy errónea. Nadie debe salir hoy de esta reunión con la idea de que estamos abogando a favor o en contra de la abstinencia, el vegetarianismo o el consumo de carne. Todas estas cuestiones sobre dogmas, sobre algo que es lo único que nos hace felices, no tienen nada que ver con los sentimientos más íntimos de la ciencia espiritual. No queremos agitar, no queremos mandar a la gente de esta manera o de aquella; sólo queremos decir cómo son realmente las cosas. Después cada uno puede organizar su vida como quiera de acuerdo con estas grandes leyes de la existencia. Así pues, la conferencia de hoy pretende únicamente decir lo que es real en este campo. Por otra parte, les ruego que tengan en cuenta que no hablo en nombre de los círculos antroposóficos en sentido estricto, que quieren experimentar un determinado desarrollo y tienen condiciones especiales que cumplir. Hoy se discutirá la cuestión en un sentido humano general. En vista de la amplitud del tema, sólo será posible destacar aspectos individuales, y sobre todo deberá evitarse todo lo relacionado con los aspectos sanitarios de la vida. De ello nos ocuparemos en la próxima conferencia.

Hoy nos ocuparemos de la nutrición en sentido estricto. Por lo tanto, el proceso respiratorio no será considerado aquí. Para mantener el proceso vital de su organismo, el hombre tiene que ingerir proteínas, carbohidratos, grasas y sales. Ustedes saben que el hombre satisface las necesidades de su organismo en este sentido por medio de la llamada dieta mixta. Él toma estos componentes principales de su dieta en parte del reino animal y en parte del reino vegetal. Hoy en día hay muchos más defensores de una dieta mixta entre nuestros contemporáneos que de una dieta unilateral, digamos una dieta exclusivamente animal o exclusivamente vegetal. Debemos preguntarnos: ¿Cómo se relacionan las leyes de nuestro entorno, del que el hombre toma su alimento, con las verdaderas potencialidades y necesidades del organismo humano? Hoy sólo hablamos de seres humanos, no de animales.

El hombre tiende fácilmente a adoptar una visión más bien material de su organismo según los llamados resultados científicos de su época. La ciencia espiritual debe sustituir esto por las leyes de las conexiones espirituales. Aunque no siempre en teoría, en la práctica el procedimiento adoptado se basa más o menos inconscientemente en la idea de que el organismo humano consiste más o menos sólo en el cuerpo físico, las sustancias químicas en su interacción mutua. Uno sigue estas sustancias hasta sus elementos químicos y, una vez reconocido cómo funcionan estas sustancias, intenta formarse una imagen de cómo podrían seguir funcionando químicamente en la gran retorta que se considera el hombre. Esto no quiere decir que mucha gente no haya superado ya la idea de que el hombre no es más que una gran retorta. Lo importante no son las teorías, sino los hábitos de pensamiento. Al verdadero practicante no le interesa lo que piensa una persona, sino los efectos que tienen sus pensamientos. Eso es lo que importa. Que uno sea o no idealista no es importante, pero para la vida es importante que uno tenga pensamientos provechosos que sean tales que la vida florezca y progrese. No hay que olvidar que la ciencia espiritual, incluso en esta dirección, no tiene nada que ver con el dogma, con ningún tipo de creencia. Por mucho que uno sostenga las teorías más espirituales: no se trata de eso, sino de que esos pensamientos sean fecundos cuando él los traduce en la vida. Así, si alguien dice que no es materialista, que cree en la fuerza vital, incluso en un espíritu, pero siempre aborda la cuestión de la alimentación como si el hombre fuera una gran retorta, entonces su visión del mundo no puede ser fecunda. La ciencia espiritual sólo tiene algo que decir sobre estas cuestiones concretas si es capaz de arrojar luz sobre el individuo, y puede hacerlo tanto con respecto a la nutrición como a las cuestiones de salud.

Debemos darnos cuenta una vez más de que el ser humano tiene muchas partes. Para el investigador espiritual, el ser humano no es sólo el ser físico que se puede ver con los ojos y tocar con las manos, sino que este cuerpo físico es sólo una parte del ser humano. Este cuerpo físico, sin embargo, está formado por las mismas sustancias químicas que están diseminadas en la naturaleza. Pero la naturaleza humana cuenta con miembros superiores. Incluso la siguiente parte de la entidad humana es suprasensible, tiene una realidad más elevada que el cuerpo físico. Subyace al cuerpo físico, es un luchador contra la desintegración del cuerpo físico a lo largo de la vida. En el momento en que una persona atraviesa la puerta de la muerte, el cuerpo físico sólo está a merced de sus propias leyes y se desintegra. En vida, el cuerpo vital lucha contra la decadencia. El proporciona a las sustancias y a las fuerzas otras direcciones, otras conexiones que las que tendrían si sólo se siguieran a sí mismas. Para la conciencia clarividente este cuerpo es tan visible como el cuerpo físico lo es para el ojo. El hombre tiene este cuerpo vital o cuerpo etérico en común con la planta.

Sabemos por otras conferencias que el hombre todavía posee un tercer componente de su ser, el cuerpo astral. ¿Cómo es? Es el portador del placer y del sufrimiento, de los deseos, de los impulsos y de las pasiones, de todo lo que llamamos nuestra vida anímica interior. Todo esto tiene su asiento en el cuerpo astral. Es perceptible espiritualmente, igual que el cuerpo físico lo es para la conciencia física. El hombre tiene este cuerpo astral en común con los animales.

El cuarto miembro es el portador del yo, de la autoconciencia. Así el hombre se encumbra en la cima de la creación, así se eleva por encima de las cosas de la tierra que le rodean. El hombre se presenta ante nosotros con tres miembros invisibles y uno visible. Estos siempre interactúan entre sí. Todos tienen un efecto sobre cada uno y cada uno tiene un efecto sobre todos los demás. Así es como el cuerpo físico, -digo de nuevo entre paréntesis que todo esto se aplica sólo al hombre-, tal como está ante nosotros, es también una expresión en todas sus partes de los miembros invisibles de la naturaleza humana. Este cuerpo físico no podría tener en sí mismo los miembros que sirven para la alimentación, la reproducción, la vida en general, si no tuviera el cuerpo etérico. Todos los órganos que sirven para la alimentación y la reproducción, las glándulas, etc., son la expresión externa del cuerpo etérico. Son lo que el cuerpo etérico construye sobre el cuerpo físico. Entre otras cosas, el sistema nervioso del cuerpo físico es la expresión del cuerpo astral. Aquí el cuerpo astral es el actor, el constructor. Podemos imaginar que así como un reloj o una máquina son construidos por un relojero o un ingeniero mecánico, lo mismo ocurre con los nervios del cuerpo astral. <Y la peculiaridad de la circulación sanguínea humana, de la actividad de la sangre, es la expresión física exterior del portador del yo, del portador de la autoconciencia. Así pues, el cuerpo físico humano es también, en cierto modo, de cuatro miembros. Es una expresión de los miembros físicos, es decir, de sí mismo, y de los tres miembros superiores invisibles. Los órganos de los sentidos son puramente físicos; las glándulas son la expresión del cuerpo etérico, el sistema nervioso del cuerpo astral y la sangre del yo.

Si miramos al hombre en contraste con la planta, la planta se presenta ante nosotros como una entidad de dos partes. La planta tiene un cuerpo físico y un cuerpo etérico. Ahora comparamos al ser humano con la planta adoptando un enfoque global y considerando los aspectos internos y espirituales. Relacionamos el organismo humano de cuatro miembros con el organismo de dos miembros de la planta. Para ello, podemos partir de hechos físicos conocidos. Podemos señalar cómo la planta construye su organismo. Reúne sustancias inorgánicas para formar su cuerpo. Tiene el poder de ensamblar su cuerpo a partir de componentes inanimados individuales de la manera más maravillosa. Basta con ver cómo la planta interactúa de forma extraña con el proceso respiratorio. El hombre inhala oxígeno y emite ácido carbónico. Éste, inútil para el hombre, puede ser absorbido por la planta. Retiene el carbono para construir su organismo y devuelve la mayor parte del oxígeno. Pero necesita algo que mucha gente no sabe que es especial: necesita la luz del sol. Sin luz solar, no podría desarrollar su organismo. La luz que fluye hacia nosotros para nuestro deleite, que también puede revitalizarnos espiritualmente, es al mismo tiempo la gran ayudante en la construcción del organismo vegetal. Podemos ver cómo tiene lugar una obra maravillosa, cómo la luz del sol ayuda a construir un ser orgánico. Lo que hace que nuestros ojos sean útiles es lo que ayuda a la planta a crecer.

Además del cuerpo físico y etérico, el hombre tiene también el cuerpo astral. La planta no lo tiene. Lo que ayuda a la luz solar a construir las plantas de forma tan maravillosa es el cuerpo etérico. Por un lado, está orientado hacia las sustancias. El hombre no podría desarrollar su organismo físico si no hiciera algo que en cierto modo es lo contrario de lo que hace la planta. Incluso en el proceso respiratorio el hombre hace algo contrario. Aquí el hombre ya experimenta el proceso contrario. Podemos decir lo mismo con respecto a toda la nutrición humana. Podemos decir que la nutrición debe proceder de tal manera que todo lo que se construye en la planta se descompone de nuevo en el ser humano. El proceso en el hombre es muy peculiar. Si el cuerpo etérico sólo construyera un cuerpo físico, la conciencia, el sentimiento del alma nunca se producirían. Lo que el cuerpo etérico ha construido tiene que ser destruido y descompuesto una y otra vez. Por lo tanto, el cuerpo etérico es, en efecto, un luchador contra la decadencia, pero, no obstante, siempre se produce una decadencia gradual. Y lo que causa esta decadencia, lo que siempre impide que el ser humano sea una planta, es el cuerpo astral.

La luz del sol y el cuerpo astral humano son, en cierto modo, dos cosas opuestas. Para el que llega a conocer el cuerpo astral humano con conciencia clarividente, el cuerpo astral es una luz interior de naturaleza espiritual, invisible al ojo exterior. Este cuerpo astral es un cuerpo espiritual de luz. Es lo contrario de la luz externa, que brilla hacia fuera. Imaginemos que la luz del sol se vuelve cada vez más débil hasta que se apaga, y si ahora dejamos que se vaya aún más hacia el otro lado, que se vuelva negativa, tenemos la luz interior. Y esta luz interior tiene la función opuesta a la luz exterior, que está destinada a construir el cuerpo vegetal a partir de sustancias inorgánicas. La luz interior, que inicia la destrucción parcial a través de la cual sólo es posible la conciencia, lleva al ser humano a un nivel superior al que ocupa la planta, transformando el proceso de la planta en otro opuesto. Así, el hombre, a través de su luz interior, se sitúa en cierto contraste con la planta. Esta es la cuestión espiritualmente entendida, y veríamos al considerarla más detenidamente cómo la destrucción producida por el cuerpo astral es continuada por el Yo. Pero no es necesario que nos ocupemos de esto hoy.

<Tomemos ahora la relación del hombre con la planta cuando se hace tan real que el hombre toma sus nutrientes de la planta. Forma en sí mismo una continuación de la planta para todo el proceso del mundo. Lo que es construido por la luz solar, el cuerpo astral lo destruye una y otra vez, pero así incorpora el sistema nervioso al ser humano y eleva la vida a consciente. Así, el cuerpo astral, por ser un cuerpo negativo de luz, es el otro polo que se opone al cuerpo vegetal. Este proceso de construcción del organismo vegetal se basa en un elemento espiritual, pues la ciencia espiritual nos muestra cada vez más cómo aquello que se nos aparece como luz es también sólo la expresión exterior de un elemento espiritual. A través de la luz, lo espiritual fluye continuamente hacia nosotros, la luz de los espíritus fluye hacia nosotros. Lo que se oculta tras esta luz física es lo que también aparece en el cuerpo astral, dividido en partes. Externamente en la luz del sol aparece en su forma física, en el cuerpo astral de forma astral. Lo espiritual de la luz actúa dentro de nosotros para construir nuestro sistema nervioso. Así de maravillosamente trabajan juntas la vida vegetal y la humana.

Supongamos ahora que a través de la alimentación el hombre entra en relación con el mundo animal. En ese caso el asunto es distinto. En el ser del que entonces toma su alimento, ese proceso ya está en cierto modo completado. Lo que toma virgen y fresco de la planta, en el animal ya está parcialmente transformado, ya está preparado. Puesto que el animal también incorpora ya un cuerpo astral y un sistema nervioso. De este modo el ser humano toma algo que no lo encuentra en su estado virgen, sino que ya ha pasado por el proceso, que ya ha absorbido fuerzas astrales. Lo que vive en el animal ya ha desarrollado poderes de lo astral dentro de sí mismo. Si bien podría creerse que esto ahorraría trabajo al hombre. Pero este pensamiento no es del todo correcto. Piensen en lo siguiente: Yo hago una casa con varias herramientas. Tomo las herramientas originales. Luego puedo construir la casa completamente según mis intenciones originales. Pero supongamos que otras tres o cuatro personas ya han trabajado en ella pieza a pieza y ahora tengo que transformarla en un todo. ¿Me facilitará eso el trabajo? No, desde luego que no. Ustedes leerán en la literatura corriente que el trabajo del hombre se facilita por el hecho de que absorbe algo que ya ha sido elaborado. Pero precisamente por el hecho de que asimila el componente originario, el hombre se convierte en un ser más móvil, más independiente.

Otro supuesto: Alguien tiene una balanza con dos platillos para pesar. Los pesos iguales se equilibran entre sí. Puede haber cincuenta libras en cada lado. Pero no siempre es así. Puedo usar una balanza en la que el peso se pueda desplazar. Entonces sólo necesitamos la mitad de peso al doble de distancia. Aquí el peso viene determinado por la distancia. No sólo depende de la cantidad de fuerza, sino sobre todo de la ligereza de los materiales. El animal procesa las sustancias en un sentido más imperfecto. Lo que es absorbido por el hombre continúa actuando a través de lo que le ha sucedido debido al cuerpo astral del animal, y el hombre entonces tiene que superar esto. Pero como el cuerpo astral ha actuado de tal modo que ya ha tenido lugar un proceso en el ser consciente, el ser humano recibe en su organismo algo que tiene efecto sobre su sistema nervioso.

Esta es la diferencia básica entre los alimentos del reino vegetal y los del reino animal. Los alimentos del reino animal tienen un efecto muy específico sobre el sistema nervioso y, por tanto, sobre el cuerpo astral. Pero con los alimentos vegetales, el sistema nervioso no se ve afectado por nada externo. Sin embargo, en lo que se refiere al sistema nervioso, también el ser humano se debe todo a sí mismo. Así, sin embargo, los efectos de sus nervios no fluyen a través de productos extraños, sino sólo lo que se origina en sí mismo. Cualquiera que sepa cuánto de lo que sucede en el organismo humano depende del sistema nervioso comprenderá lo que esto significa. Cuando el hombre construye por sí mismo su sistema nervioso, éste es plenamente receptivo a lo que el hombre debe esperar de él en relación con el mundo espiritual. El hombre debe a su alimentación del mundo vegetal el poder mirar hacia arriba, hacia los grandes contextos de las cosas, que lo elevan por encima de los prejuicios que brotan de los estrechos límites de la existencia personal. Dondequiera que el hombre regule libre y despreocupadamente la vida y el pensar a partir de las grandes perspectivas, debe esta rápida visión de conjunto a que su nutrición procede del mundo vegetal. Dondequiera que el hombre se deje llevar por la ira, la antipatía, los prejuicios, se lo debe a su nutrición de procedencia del mundo animal.

Sin embargo, esto no pretende sser un alegato a favor de la alimentación vegetal. Al contrario: La alimentación animal era necesaria para el hombre y a menudo lo sigue siendo hoy, porque el hombre estaba destinado a fijarse en la tierra, a encajarse en lo personal. Todo lo que ha llevado al hombre a sus intereses personales está relacionado con la alimentación animal. Que haya habido personas que han hecho guerras, que han tenido simpatías y antipatías, pasiones sensoriales los unos por los otros, proviene del alimento animal. Pero que el hombre no se haya dejado absorber por intereses más estrechos, que pueda captar intereses generales, se lo debe a sus relaciones con el mundo vegetal en lo que se refiere a la alimentación. Así también con ciertos pueblos que prefieren comer alimentos vegetales, las tendencias son más hacia lo espiritual, mientras que otros pueblos desarrollan más el valor, el coraje, la audacia, que también son necesarios para la vida. Estas cosas son inconcebibles sin un elemento personal, y esto no es posible sin alimentos de origen animal.

Hoy hablamos de estas cuestiones desde un punto de vista humano muy general. Pero esto nos hace ver que el hombre puede bascular hacia uno u otro lado, es decir, también puede sumergirse en sus intereses personales a través de la alimentación animal. Esto nubla su mente con respecto a la gran visión general de la existencia. Normalmente no vemos cómo se fundamenta en la comida cuando el hombre dice: <Ahora no sé de nuevo, cómo debo hacer esto o aquello, ¿Cómo lo hizo? Esta imposibilidad de ver las conexiones viene de la comida. Comparen esto con alguien que puede ver en perspectiva general. Entonces ellos pueden mirar hacia atrás en la comida de estas personas y quizás también en la comida de sus antepasados. Una persona que ya tiene un sistema nervioso virgen en su línea ancestral es completamente diferente. Esta persona tiene un sentido diferente del panorama general. Una vida a veces no puede destruir lo que los antepasados han establecido. Si una persona descendiente de agricultores, por ejemplo, revuelve lo que tiene en él, es sólo a través de la carne porque era más sensible.

El progreso consistirá en que el hombre, en la medida en que la necesidad de proteínas no esté preparada en él, en la propia naturaleza humana, se limitará en la alimentación animal a la que aún no está cargada de pasiones, como la leche. Los alimentos vegetales ocuparán un lugar cada vez más amplio en la alimentación humana.

En cuanto a los alimentos individuales, podemos destacar ciertas ventajas de los alimentos vegetales. Cuando el hombre obtiene sus proteínas de alimentos vegetales, aunque esto requiera un trabajo más duro, desarrolla poderes que hacen que su sistema nervioso sea más fresco. Mucho de lo que la humanidad tendría que afrontar si la dieta cárnica se impusiera se evita favoreciendo la dieta vegetal. Podemos ver en los alimentos vegetarianos y animales lo opuestos que son sus efectos. Para ilustrarlo podemos decir lo siguiente: Observemos el proceso físico bajo la influencia de la alimentación cárnica. Los glóbulos rojos se vuelven más pesados y oscuros, la sangre tiene mayor tendencia a coagularse. Las sales y los fosfatos se forman más fácilmente. Con alimentos preferentemente vegetales, el poder de coagulación de las células sanguíneas es mucho menor. Se hace posible que el ser humano no permita que la sangre alcance el color más oscuro. La sangre pesada es una expresión del hecho de que está servilmente entregado a aquello que se incorpora a su cuerpo astral a través de la alimentación animal. Esta imagen nos muestra, como expresión externa de la verdad, lo que queríamos decir. El hombre se fortalece interiormente a través de su relación con el mundo vegetal. A través del alimento cárnico incorpora algo que gradualmente se convierte en verdaderas sustancias extrañas que siguen su propio camino en él. Esto se evita si el alimento consiste principalmente en plantas. Cuando las sustancias siguen su propio camino en nosotros, ejercen fuerzas que provocan estados histéricos y epilépticos. Como el sistema nervioso recibe estas impregnaciones del exterior, es presa de las diversas enfermedades nerviosas. Así vemos cómo, en cierto sentido, "el hombre es lo que come".

Se podría demostrar mucho más en detalle, pero dos ejemplos muestran que no debemos ser unilaterales. Un vegetariano unilateral podría decir: "No debemos saborear la leche, la mantequilla y el queso". Pero la leche es un producto en el que el cuerpo etérico participa principalmente en la producción del animal. El cuerpo astral sólo interviene en la mínima parte. En las primeras etapas de su vida como lactante, el hombre sólo puede vivir de la leche. En la preparación de la leche, el cuerpo astral sólo interviene en una mínima parte. Si, a una edad avanzada, una persona consume principalmente leche, posiblemente exclusivamente leche, esto tiene un efecto muy especial. Porque entonces la persona no toma nada que ya haya sido trabajado externamente y que pueda influir en su cuerpo astral, y porque por otra parte toma en la leche algo que ya está preparado, puede desarrollar poderes especiales en su cuerpo etérico que pueden ejercer efectos curativos sobre sus semejantes. Los sanadores que quieren ejercer un efecto curativo sobre sus semejantes tienen una ayuda especial en el consumo exclusivo de leche.

Por otro lado, queremos describir la influencia de un estimulante que se toma del mundo vegetal, la influencia del alcohol. Esto tiene un significado muy especial. Éste sólo surge cuando ha cesado el verdadero proceso vegetal, el que se produce a través de la maravillosa influencia de la luz, de la cual el cuerpo astral es lo opuesto. Entonces comienza un proceso que tiene lugar en un nivel inferior y que afecta al ser humano aún más que el alimento animal. El hombre lleva las sustancias hasta el cuerpo astral, las introduce a través del cuerpo astral en una estructura especial. Pero si aquello que debe ser llevado al cuerpo astral se descompone de la misma manera que sucede con el alcohol, entonces aquello que habría de suceder a través del cuerpo astral sucede sin que este intervenga, a saber, el efecto sobre el yo y la sangre. El efecto del alcohol es que lo que debería suceder por la libre decisión del yo sucede a través del alcohol. En cierto sentido es cierto que una persona que disfruta del alcohol necesita menos alimento. Él deja que su sangre sea infundida por los poderes del alcohol; él le deja hacer a algo ajenno lo que debería hacer él mismo. En cierto sentido, puede decirse que en tales personas el alcohol piensa, siente y percibe. Al ceder al alcohol lo que debería estar sujeto a su yo, el hombre se pone a sí mismo bajo coacción de algo exterior. Se crea un  yo material. La persona puede decir: a través de esto siento una revitalización del yo. En verdad no es él, sino otra cosa bajo la cual ha desterrado su yo. Así que podríamos mostrar de muchas maneras cómo el hombre puede llegar a ser cada vez más lo que come. Pero la ciencia espiritual también nos muestra cómo el hombre puede liberarse de las fuerzas de la comida.

Así pues, hoy sólo quería darles una visión general de la relación del hombre con su entorno, de en qué posición se encuentra con respecto a los reinos circundantes en términos de alimentación. Quien siga asistiendo a una u otra conferencia aquí, verá que las cuestiones individuales también pueden tratarse en otras ocasiones. Esta conferencia también les habrá mostrado que la ciencia espiritual es algo que también tiene efecto sobre las necesidades más materiales de la vida. La ciencia espiritual es algo que puede ser un ideal para el futuro de la humanidad. Hoy probablemente se dirá todavía a menudo cuando se ve cómo las sustancias se combinan y se separan en el hombre: Es como estar en una retorta, y uno creerá que puede encontrar en ello algo saludable para las personas. Pero llegará un momento en que lo que se ha dicho sobre la luz y el cuerpo astral será también evidente para los que investigan en el laboratorio. ¿No puede alguien hacer también las observaciones usuales de naturaleza química cuando se dice a sí mismo que las cosas más grandes están actuando aquí en las cosas más pequeñas, cosas que impregnan la luz solar física exterior y que brillan en el reino espiritual de la conciencia humana? Así que estas cosas serán investigadas a la luz que nos da una visión de conjunto.

Todo en nuestro entorno nace del espíritu. El espíritu es la fuente de todo. Si queremos llegar a la verdad, el espíritu también debe estar detrás de nosotros en nuestra investigación. Entonces reconoceremos la verdad necesaria para el hombre a gran escala y también a pequeña escala.

Traducido por J.Luelmo ene 2024




GA057 Berlín, 10 de diciembre de 1908 La superstición desde el punto de vista de la ciencia espiritual

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    RUDOLF STEINER. 


LA SUPERSTICIÓN DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

 Berlín, 10 de diciembre de 1908

sexta conferencia

Hace algún tiempo, durante mi estancia en una pequeña ciudad de Alemania, conocí a un poeta y dramaturgo que, en aquel momento, estaba ocupado terminando un drama. Una tarde, como pude comprobar durante una visita que tuve que hacer, estaba trabajando en la terminación de su drama como si lo estuviera haciendo a toda máquina. No se podía hablar con él, porque lo único que le interesaba era terminar la obra lo antes posible. Por la tarde, poco antes de las ocho, salí a dar un paseo. Me encontré con mi buen dramaturgo, que iba a toda velocidad en su vehículo de dos ruedas hacia la oficina de correos. Pero me interesaba saber por qué aquel día el hombre en cuestión se dirigía a la oficina de correos a una velocidad tan extraordinaria. Eran poco antes de las ocho, cuando la oficina de correos cerraba. Cuando regresaba, le pregunté por qué tenía que ir hoy tan deprisa a la oficina de correos y me dijo que tenía un significado especial.

Ahora bien, lo entenderán mejor si les digo de antemano que, según una moda que entonces apenas empezaba pero que luego se impuso rápidamente, el dramaturgo en cuestión era uno de los espíritus más libres de la actualidad y expresaba lo que él llamaba su visión del mundo con las frases más libres. Era un estudiante muy avanzado. Con lo que añadiré a continuación quiero demostrar que no estoy cometiendo ninguna indiscreción. Si él estuviera aquí, estaría muy satisfecho de oírme contar este asunto. Ahora podremos formarnos una opinión de lo que dijo al salir de la oficina de correos: 'Fui a la oficina de correos tan rápido porque quería enviar mi drama hoy. Hoy es el último día de suerte. Si hubiera esperado hasta mañana, habría corrido el riesgo de que la dirección del teatro rechazara la obra. ¿La has terminado? le pregunté, porque me parecía imposible. No, me contestó, pero había escrito una carta para que me devolvieran la obra y poder rehacer las últimas escenas. Así que ése era el espíritu libre.

Me acordé de una señora que había trabajado en un vestido durante años y quería tenerlo listo para ponérselo el jueves. Si se lo hubiera puesto por primera vez el viernes, seguramente se le habría caído para su desgracia. Uno no suele tener en cuenta, en la medida en que es necesario, lo que significa para nuestros sentimientos y pensamientos actuales que un espíritu libre haga un envío, como el poeta que se apresura a la oficina de correos para enviar el drama inacabado y luego hacer que se lo devuelvan de nuevo para poder terminarlo. Ya ven que lo que se llama superstición puede ser en realidad algo bastante extraño. Puede ser algo bastante desterrado de la visión del mundo de una persona, en la medida en que la exprese, y es posible que se oponga enérgicamente de forma brama a tener nada que ver con tal superstición. Pero a la hora de la verdad, hay puertas traseras por las que esta superstición puede colarse con bastante facilidad.

Vivimos en una época en la que se habla de todas las formas posibles de superstición en el sentido más despectivo. Sin embargo, en esta época a veces ocurre que quienes hablan de superstición no tienen ni idea de por qué puerta trasera se cuela la superstición en sus vidas. Después de todo, no tiene por qué ser una forma antigua de superstición, como en el caso de este dramaturgo que va zumbando en su vehículo de dos ruedas. También pueden aparecer todo tipo de nuevas formas de superstición. Y quizá la persona que habla de las antiguas formas de superstición en tono de encogimiento de hombros es la que estará más expuesta a algunas nuevas formas de superstición. De alguna manera, quizá sea difícil llegar a aceptar estos conceptos de superstición en nuestro tiempo, porque en nuestra época existe una gran adicción a considerar que todo lo que creemos es lo único razonable y a negar todo lo que no creemos. Es precisamente esta forma de sentir la que abrirá la puerta a muchas nuevas formas de superstición en nuestro tiempo. Por esta razón, probablemente no será posible ir más allá del discurso común sobre la superstición si queremos ocuparnos a fondo de lo que puede llamarse superstición desde el punto de vista de la ciencia espiritual.

Muchas tradiciones antiguas han llegado a nuestros días, cosas en las que nuestros antepasados creían, cosas que eran consideradas estrictamente científicas por nuestros antepasados y por los eruditos del pasado y que hoy están relegadas a la región de la superstición. Nos preguntamos: quienes se encogen de hombros ante las antiguas tradiciones, que hoy parecen científicamente avanzadas, ¿no deberían ser capaces de darse cuenta de que lo que hoy se cree puede ser erróneo? ¿No será que unos siglos más tarde nuestros descendientes lo considerarán la superstición más fantástica? Ciertamente, aquellos que creen que pisan el firme suelo de las ciencias naturales, por ejemplo, se inclinarán fácilmente a arrojar al terreno de la superstición todo lo que se exprese desde un punto de vista que suponga un mundo espiritual junto al físicamente perceptible. Por otra parte, se puede comprender fácilmente que tal vez igualmente infundada, -no hay que negarlo-, la superstición de la ciencia natural sea cuestionada y caracterizada desde el lado teosófico o científico-espiritual. El hecho de que una u otra parte caracterice o perciba esto o aquello como superstición nunca puede convertirse en una característica de la naturaleza real de la superstición. Algunas de las cosas que llegan hoy de la antigüedad, si realmente son supersticiones tangibles, nos muestran que en tales asuntos es mucho menos una cuestión de lógica humana, de razón humana, que de hábitos humanos de pensamiento, de lo que la gente se ha acostumbrado a pensar.

¡Cuántas cosas pasan hoy por nuestra literatura popular, por nuestra prensa diaria, que parecen ir en contra del pensamiento ilustrado! Por ejemplo, hay una ciudad en Alemania, -no lejos de Berlín-, donde se busca en vano un taxi con el número 13. El que lo tenía ya no cogía pasajeros. Se omitió, el número 13. También en los hoteles pueden encontrar a menudo que falta el número 13 en los números de las habitaciones. También se puede encontrar en los establecimientos de baño, donde hay muchos médicos ilustrados, que el número 13 se omite en los cubículos de baño porque nadie quiere entrar. Y esto está justo en medio y al lado de la mentalidad de la literatura y la prensa diaria actuales. Pero cualquiera con un poco de conocimiento del alma se dará cuenta de que la superstición es algo que se cuela silenciosamente en los pensamientos y sentimientos de la gente.

Así pues, ahora existe un popular librito sobre superstición, que contiene algunas cosas sensatas y otras absurdas. Pero entonces, después de que el autor haya masacrado lo que son la astrología y la astronomía y otras formas de superstición, afirma que en épocas anteriores se dice que había astrólogos que daban horóscopos a la gente y determinaban su destino desde el momento de su nacimiento. Que él sepa, estos astrólogos ya no existen; lo hacen las comadronas. No en Berlín, sino en el resto de Alemania. - Es una frase que en realidad aparece en este folleto sobre la superstición. No creo que nadie pueda calificarla de otra cosa que de superstición, de lo contrario tendría que decir que hoy en día hay muchísimos astrólogos que elaboran horóscopos. Lo que dice ese hombre no se corresponde en absoluto con los hechos; es, por tanto, la más pura superstición. Cualquier investigación podría demostrarle lo contrario de su afirmación. Cosas parecidas se cuelan cada día en la conciencia de la gente, aunque sean cosas menos tangibles, y se consideraría una paradoja que yo hablara de superstición.

Desde hace algún tiempo ha surgido en ciertos círculos de observación científica la opinión de que hay que buscar causas físicas y posiblemente causas físicas de un área muy concreta, el área sexual, para todo lo que ocurre como recuerdo en el área anímico-espiritual humana. Y no sólo esto, sino que son numerosos los escritos y folletos que tratan de la comprobación del estado espiritual de los grandes espíritus. Un erudito de Leipzig se tomó recientemente la molestia especial de examinar toda una serie de grandes mentes, entre ellas Goethe, Schopenhauer, Scheffel, Conrad Ferdinand Meyer, para ver hasta qué punto estaban realmente aquejados de tal o cual enfermedad mental y hasta qué punto su genialidad estaba relacionada con tal o cual enfermedad mental. Por otra parte, la tendencia a la herencia se asocia a la enfermedad física en los seres humanos, y casi ningún acontecimiento cotidiano de nuestro tiempo escapa a tal interpretación. Se trata de una superstición que acaba de emerger, pero que impregna nuestra educación como una plaga. Las épocas futuras no entenderán cómo fue posible que la ciencia rindiera homenaje a tal superstición durante un tiempo. Y si nuestros descendientes nos olvidarán en el mismo sentido, juzgarán en el mismo sentido lo que creyeron nuestros antepasados en épocas anteriores, entonces los que se dedican a este campo saldrán muy mal parados. Así pues, ya podemos ver, echando una mirada imparcial a los hechos, que las antiguas formas de superstición son arrojadas con razón por la ventana y que por el otro lado se cuelan nuevas formas, que simplemente no son reconocidas como tales.

Cualquiera que se asome un poco a la ciencia, sabe cuántos demonios de superstición se cuelan aquí y allá, que afortunadamente sólo tienen una corta existencia, pero no por ello son menos dañinos. Las creencias modernas a veces no están muy lejos de lo que podríamos llamar superstición. Me gustaría dar un ejemplo de esto. Durante mi trabajo como educador, pude hacer muchas observaciones que sólo fueron posibles porque pude cultivar un amplio campo en lo que se refiere al desarrollo humano. Hace ya más de veinte años que era costumbre dar de beber a los niños pequeños, -alrededor de los dos, tres o cuatro años-, vino tinto, o vino en general. Se podía ver cómo, debido a una cierta moda en medicina, a los niños de esta edad se les daba siempre su vaso de vino tinto en la mesa. Quien observa algo así, tal vez esté observando un período de tiempo demasiado corto con respecto al efecto de estas cosas. Si se compara a esas personas que ahora tienen veinte años, después de haber sido niños de dos a cinco años en aquella época, con otras a las que no se les dio vino para fortalecerlas, la diferencia entre las que recibieron vino y las que no, tal como se expresa hoy de forma materialista, puede verse con bastante claridad en su estado nervioso actual.

Había una superstición por aquel entonces de que el vino contenía una fuerza. Era una superstición de moda. Esta opinión se difundía como se difunde cualquier otra opinión supersticiosa. Ahora podemos prescindir de todo esto y pasar a otros ámbitos en los que ya no se habla en absoluto de superstición, aunque las circunstancias anímicas en el hombre son exactamente las mismas. Si habláramos de los ídolos peculiares, fetiches y consignas que la gente tiene en la vida social, en la vida política, que siguen como otros siguen a ciertos ídolos en otras áreas, y qué cantidad de superstición está contenida en ello, entonces veríamos: Cuando la cantidad de superstición no se vive en un área, entonces pasa a otra área. Así que si una persona se eleva por encima de la superstición en un área, rápidamente encuentra expresión en otra área donde no es tan notoria.

Ahora que hemos definido un poco la situación, quizá podamos intentar llegar a la fuente real de la superstición, al peculiar estado mental en el que una persona es lo que podríamos llamar una persona supersticiosa. En primer lugar, puede decirse que en la formación de este estado mental la predisposición de una persona en tal o cual escuela de pensamiento juega el mayor papel concebible. El mismo hecho será entendido de una u otra manera, dependiendo de su escuela de pensamiento. Intentemos visualizar un caso concreto. El muy nombrado fisiólogo francés Richet tuvo la siguiente experiencia: Una vez iba caminando por la calle, y una persona caminaba también por el otro lado de la calle. En ese momento tuvo el pensamiento: Es extraño que el profesor Lacassagne esté hoy en París. Pero no es tan extraño. Hace quince días, el profesor Lacassagne me envió un artículo y escribió que estaría aquí dentro de quince días. Richet estaba a punto de pasar al otro lado y saludarle cuando se dijo a sí mismo que iba a la redacción, y que allí es donde probablemente iría el otro. En ese mismo momento, le vino a la cabeza lo parecido que era el profesor a un oftalmólogo que conocía. Richet va a la redacción, y al cabo de una hora aparece allí el profesor Lacassagne. Richet le dice: Te he visto en la calle hace una hora. El profesor responde: Eso no es posible. Yo no estaba allí hace una hora, estaba en otro lugar completamente distinto. No hay duda de que Richet no pudo haberle visto. Es curioso cómo suelen comportarse dos personas entre sí cuando tienen dos corrientes de pensamiento diferentes. Richet vio a un hombre y tuvo la clara impresión de ver al profesor L. Pero cuando vio al profesor L. frente a él, le pareció bastante tonto haber confundido a otra persona, que era alta y rubia, con el profesor L., mientras que él era de estatura media y tenía un bigote oscuro. Richet, sin embargo, es un hombre que cree en los efectos ocultos, en la transferencia del pensamiento. Se dijo a sí mismo, el profesor L. está en París y pensó que quería ir a la redacción, ¡y en ese momento vi este pensamiento a través de la transferencia de pensamiento!

Otro investigador que escribió un libro sobre "Superstición y magia", Lehmann, piensa de otra manera. Dice: "Richet cree en la transferencia del pensamiento; por lo tanto, ve algo místico en esta experiencia bastante ordinaria, que se supone que demuestra la corrección de su creencia, pero pasa por alto completamente las circunstancias secundarias, que explican el asunto de una manera completamente natural."

He aquí a dos personas que juzgan el mismo acontecimiento de maneras completamente diferentes, según su escuela de pensamiento. Yo mismo quisiera estar de acuerdo con el investigador danés Lehmann, porque los que abordan las cosas ocultas con medios inadecuados lo más fácil es que se excedan y, como en este caso, puedan explicar con ello todo lo posible en el mundo. Sin embargo, de esto se desprende cómo la predisposición en la que se encuentra una persona con respecto a la dirección de sus ideas colorea de tal modo a otra persona a la que ve ante sí.

Piensen ahora de qué manera se reflejan las cosas en el alma humana, si no se analizan a fondo. Aquí llegamos a lo que debe decirse en un sentido espiritual-científico sobre la naturaleza real de la superstición. Se pueden leer hoy innumerables escritos y argumentos sobre la superstición de la alquimia, el desafortunado arte de fabricar oro, al que tantos se han dedicado. Quienes escribieron sobre ello eran en su mayoría, -en opinión de hoy-, investigadores extraordinariamente capaces y positivos en otros aspectos. Ellos ocupan un lugar destacado en todo tipo de escritos en los que se comunica de un modo u otro el arte de fabricar oro. Pero lo que se lee allí les parece en su mayor parte la locura más brillante, el disparate más absoluto. Y además, en muchos casos parece ser un engaño tan evidente que es muy fácil ver cómo se difundió error tras error en este campo en la misma época en que la gente creía tales cosas. Sin embargo, a pesar de que la química se haya desarrollado a partir de la alquimia, debemos alegrarnos infinitamente de que por fin dispongamos de la verdadera ciencia química, en lugar de aquellas fábulas y errores a los que se dedicaron nuestros antepasados en el campo alquímico. Ahora bien, para nosotros quizá lo más fácil de entender sea precisamente lo que se nos presenta aquí como un engaño.

Para mostrar cómo sucedía esto, consideraremos algunos casos sencillos. Ahora dejaremos de lado el número trece, pero ya saben ustedes que para algunas personas el número siete evoca algo terrible, que es considerado por algunos como un número de la suerte, pero a veces también como un número de la mala suerte, con el que se relacionan efectos mágicos. Me limitaré a mencionar algo que puede llevarles a lo que está relacionado con el número siete. No sólo mencionaré que el número siete se encuentra también en la naturaleza puramente física, -siete colores, siete tonos y así sucesivamente-, que se ha mencionado a menudo aquí y de lo cual se puede concluir que esto o aquello está conectado con el número siete. Sino que hoy nos abstendremos de eso. Hoy pretendemos llamar la atención sobre otra cosa.

Existe una enfermedad, la neumonía, que crece durante siete días y luego decae. Sólo en el séptimo día se produce la crisis, de modo que la persona que tiene que tratar a un paciente así debe prestar especial atención a este ritmo físico. De este modo hemos relacionado un proceso bastante definido con el número siete, algo que se puede observar en cada caso individual. Ahora bien, la ciencia materialista actual no está en absoluto dispuesta a aceptar ninguna explicación de este proceso. Si nos remontáramos a la medicina antigua, en la que no hay que ver sólo una suma de errores, tal como nos la presentan hoy en la historia de la medicina, nos daríamos cuenta de que los antiguos médicos y conocedores de la naturaleza sabían cómo toda la vida procede con un ritmo determinado, que existe un ritmo entre lo que ocurre en el hombre y muchas cosas que tienen lugar fuera en la gran naturaleza, en el macrocosmos. Puesto que el hombre nace realmente del macrocosmos y su vida procede en ciertos procesos externos, la vida del hombre también procede en cierto ritmo. Quien esté familiarizado con el ritmo de la vida humana sabe muy bien que en un órgano como los pulmones existe un ritmo ascendente y descendente que transcurre a lo largo de veintiocho días, es decir, a lo largo de cuatro veces siete días, en el que se producen determinadas fortalezas y debilidades funcionales. A partir del momento en que se reconoce esta base, no es de extrañar que la enfermedad de los pulmones se vuelva particularmente peligrosa precisamente en el punto en que choca, por así decirlo, con el ritmo que en general está implicado en los fenómenos de la vida. En resumen, si lo ilumináramos a la luz de la investigación espiritual, veríamos cómo en un conocimiento más profundo de la naturaleza del hombre y no de un modo supersticioso, sino de un modo que puede calificarse de estrictamente lícito, podemos hacernos comprender por qué al cabo de siete días una determinada crisis está madura para la neumonía. Pero en nuestra época materialista no queremos entrar en tales cosas, que sólo pueden ser perseguidas por medio de la ciencia espiritual.

Hubo un tiempo en que los médicos no sólo sabían que la neumonía sufre esta crisis el séptimo día, sino que también sabían por qué. Sabían cómo estaba conectada con el ritmo saludable. Pero esta comprensión espiritual-científica se ha olvidado para la vida externa. Las verdaderas leyes ya no son conocidas, se han perdido para la humanidad. Lo que ha permanecido ha sido el número siete a secas. Al final dejó de saberse por qué, después de siete días, le ocurre a la neumonía algo muy especial. Y entonces, claro, se escoge tal cosa, (el número 7), sin poder o querer entender el significado. Se utiliza porque se ve algo especial en el propio número. Se dice a sí mismo que hay algo especial en el siete. De alguna manera pueden aplicarlo aquí o allá. Si se atiene uno a las apariencias externas y no indaga en el asunto, no tiene por qué aplicarlo aquí o allá. Por tanto, se lo aplica donde parece haber una razón. Y, sobre todo, en esto juega una ley humana demasiado comprensible: En todos los casos, cuando tal cosa se ha planteado como una abstracción, cuando se aplica y encaja, ahí es donde va la historia; pero si no encaja, se pasa por alto.

 Lo mismo sucede con algunos refranes del mundo rural. Cualquiera que haya crecido en el campo sabrá exactamente cómo se profetiza que la primera tormenta que se produce en primavera será esto o lo otro. Si la profecía se cumple, se acepta como ley; si no se cumple, se olvida. Pero, sin embargo, hay profunda sabiduría en muchas profecías campesinas, y habría que investigar algunas profecías campesinas por su profunda sabiduría. Entonces se da de nuevo el caso de que uno no aplica los aspectos puramente superficiales de la superstición, sino que se propone penetrar realmente en el asunto en sí. Ciertamente, también me gustó bastante cuando, entre otros proverbios campestres, se pronunció una vez más éste: Si el gallo canta en el muladar, el tiempo cambiará, o se quedará como está. Esto muestra un rasgo saludable que hay que individualizar y no generalizar. Y eso es lo esencial que debe ser importante en nuestro desarrollo espiritual y anímico.

De un modo similar, sólo que no tan transparente, se ha procedido con muchas cosas en relación con la alquimia. Algunos de ustedes que hayan escuchado estas conferencias en años anteriores sabrán cómo se hablaba entonces de todo, cómo se hablaba de la iniciación rosacruz y de la piedra filosofal, cómo se mostraba cómo se entiende la piedra filosofal en la verdadera ciencia espiritual de todos los tiempos como algo que ciertamente puede existir antes de nuestro actual pensamiento más moderno, si uno penetra en él. Entre los diversos métodos que llevan al hombre hacia los conocimientos superiores, especialmente hacia la iniciación rosacruz, existe también uno que en realidad se llama la preparación de la "piedra filosofal". Esta preparación de la piedra filosofal se entiende como algo relacionado con la regulación del proceso respiratorio. Entre los diversos métodos por los que el hombre se abre camino hacia los mundos superiores se encuentra una cierta toma de conciencia y una respiración regulada según leyes espirituales en determinados momentos. El que se convierte en discípulo de la ciencia espiritual en sentido positivo respira según instrucciones muy definidas. Porque en la naturaleza de las cosas, sólo pueden aplicar este proceso aquellos que lo hacen de forma totalmente desinteresada, no movidos por ninguna consideración personal.

Cuando una vez hablé en un círculo pequeño, como uno ya puede hacer hoy, como también indicaré sin reservas en una de las conferencias -sólo la última parte no puede ser indicada, porque se debe dirigir al entrenamiento espiritual-científico mismo-, alguien dijo después: Pero eso sería muy bueno si se divulgara este método de producir un mineral especial en el hombre. Porque este mineral es algo muy útil si se pudiera producir en grandes cantidades. Tuve que responder: El hecho de que usted haga esta pregunta es la razón por la que no se debe divulgar. Mientras se sigan haciendo preguntas de este tipo, es sencillamente imposible que se publique. Pueden ustedes encontrarlo en la literatura, pero está velado allí. Sólo es comprensible para quienes aprenden la forma de expresión a través de la preescolar. Mercurio, piedra filosofal, plata, significa algo completamente diferente. Y cuando se habla de la combinación de mercurio y su adición a algún otro producto, aquí "mercurio" y "piedra filosofal" significan algo muy distinto a la adición de cosas externas.

Ahora bien, estas cosas existen en la literatura. Los que no tienen ni idea de lo que significan las expresiones en este caso, y en particular los signos asociados a ellas, simplemente se toman el asunto al pie de la letra. Tomado literalmente, sin embargo, es un completo disparate. Por ejemplo, a un investigador danés sobre supersticiones le ocurrió que leyó algo sobre extrañas personalidades de los siglos XIII y XIV, sobre Ramon Llull y otros. Cada cual es libre de considerarlo un estafador, un charlatán o el mayor sabio de su tiempo, según cómo lo entienda. Sin embargo, se dice que Ramon Llull consiguió encontrar la piedra filosofal tras treinta años de estudio, -algo incómodo para la mayoría de la gente-, y que fue capaz de fabricar oro añadiendo cierta cantidad de mercurio a una parte de la piedra. Si se toma una pequeña cantidad de ella, tiene la propiedad de producir lo mismo. Se vuelve a tomar una pequeña cantidad de éste, y así sucesivamente, hasta que finalmente se produce oro.
Si alguien va y lo prueba, si toma lo que encuentra en el libro, toma ciertas sustancias, las mezcla y las añade al mercurio, eso es el disparate más absoluto que se puede hacer. Todo el mundo tiene el mayor derecho a burlarse de ello. También el investigador. Se burla de ello. Pero quien sepa interpretar las expresiones encontrará que la "piedra filosofal" está presente en la literatura con la misma exactitud que en lo que contienen los escritos de Ramon Llull, y a través de los cuales ha alcanzado su meta. Esto es lo maravilloso del asunto, que la frase se conoce desde hace siglos y sigue siendo correcta hoy en día. Esto demuestra a los que saben algo de ello lo maravillosamente acertada que es. Para él queda entonces claro que Ramon Llull era realmente el alma de uno de los hombres más sabios de su época. Quien, por otro lado, se atiene sólo a la expresión externa está realmente haciendo tonterías.
Esto está relacionado con una adicción que pueden experimentar día tras día en el campo de la ciencia espiritual. Se puede experimentar fácilmente lo siguiente: Si enfrentan a tal o cual persona con un fenómeno natural que requiere aclaración e intentan explicar tal fenómeno en conexión con su trasfondo espiritual y pretenden rastrear un fenómeno cotidiano hasta su base espiritual, entonces no despertarán ningún interés particular en la mayoría de las personas de nuestro tiempo. Mucha gente hoy en día no busca lo explicable, sino lo inexplicable. Se alegran si pueden encontrar algo que sigue siendo inexplicable para ellos. Si les dicen que ha ocurrido algo aquí o allá para lo que nadie conoce una explicación, entonces se dan por satisfechos. La gente realmente quiere que le señalen lo inexplicable. No quieren penetrar en lo que se les presenta, sino aumentar lo maravilloso. Traten de explicarle a una persona algo sobre el desarrollo de las plantas, por cuanto puede captarlas desde el subsuelo del desarrollo y mirar profundamente en la naturaleza, entonces a partir de lo sensorial, donde uno toca el espíritu en un extremo, es conducido profundamente a lo espiritual - ¡entonces no puede creer en un mundo espiritual! Pero si le dicen a una persona así que se ha perdido una mano de una estatua, se ha encontrado en otra ciudad y se ha vuelto a poner en su sitio, dice: Nadie puede explicar eso, así que creo en un mundo espiritual. Esto se debe a que la gente quiere permanecer sin comprender el espíritu, porque creen que uno no puede comprenderlo. Pero al hacerlo abren la puerta a la superstición en todos los rincones.

Si el hombre no se esfuerza por ser imparcial con lo que está a su disposición en su razonamiento y en su pensar lógico, entonces en el momento en que no quiere apoyarse en esto, en cuanto ocurre algo que es diferente de lo que está acostumbrado, ya está a merced de todo tipo de superstición. Por ejemplo, se podría ver -perdónenme que lo diga, aunque me sitúo plenamente en el terreno de la ciencia espiritual y de la Teosofía- con qué frecuencia precisamente aquellos que se sitúan en el terreno de la Teosofía rechazan lo que podría conducir a la iluminación en el sentido espiritual-científico. Cuando el movimiento teosófico comenzó en el mundo, hubo dos individuos humanos significativos que revelaron por primera vez esta sabiduría a la humanidad. Los que han recibido esta sabiduría no se han comportado, por regla general, de la manera .... [vacío en el texto. Es evidente que el taquígrafo no ha seguido el ritmo; la transcripción de la página siguiente también está incompleta.  NOTA]. Esto se ha caracterizado aquí innumerables veces. Porque, ¿Cómo podría uno haberse comportado ante una verdad recibida de una fuente desconocida? Los primeros mediadores de la cosmovisión teosófica decían: De personalidades que permanecen en segundo plano, tenemos la sabiduría que confiamos a tal o cual libro. Podría haberse dicho lo siguiente: Bueno, sí, son personas honorables que aportan esta sabiduría, pero nosotros mismos queremos poner a prueba esta sabiduría. Siempre se insiste en que sólo aquellos que han adquirido habilidades especiales pueden investigar los mundos superiores. Pero si se comunica, la sabiduría, para que pueda ser probada, ¿Cómo es entonces? La prueba de la sabiduría no se ha materializado en muchos casos. Algunos han aceptado el asunto de buena fe porque se les ha dicho que procedía de individualidades superiores. Pero los otros decían: si está fundada o no, eso no es importante; si las individualidades superiores existen en absoluto, eso es lo que importa; y si no sabemos con certeza si estas individualidades superiores existen o no, entonces rechazamos toda la Teosofía.

Pero acaso nunca hubo quien se dijera a sí mismo: Puede que esta sabiduría haya venido de donde sea,-yo la examino para ver si se ajusta a los fenómenos de la vida y cómo lo hace, si se demuestra en la vida; la examino sobre todo para ver cómo se relaciona con lo que nos da la visión común del mundo, que se basa en la ciencia positiva. Quizá se podría llegar a la conclusión: Qué pobre es lo que nos da la visión del mundo basada en la ciencia positiva en comparación con lo que nos ha llegado del lado teosófico. Uno no tiene que aceptarlo de buena fe, pero puede examinarlo y darse cuenta, y en el examen surgirá si aquellos de quienes ha venido esta sabiduría son más grandes que los que se mantienen en el terreno de los llamados hechos científicos. No tenemos ninguna razón para suponer que H. P. Blavatsky recibió su visión del mundo de una lluvia de nubes. La sabiduría que se ha encontrado razonable debe haber venido de alguna parte. Y si uno puede llamarla grande depende de lo que surja al comparar esta visión del mundo con la que uno ya reconoce como grande.

Tal examen habría sido razonable. Pero eso es lo único que realmente hace honor al espíritu humano, no la aceptación de buena fe, pero tampoco el rechazo de buena fe, sino el examen imparcial. Después de todo, no todo el mundo puede investigar. Los que pueden desarrollar su poder espiritual de un modo especial están para investigar. Pero cualquiera puede examinar imparcialmente. Si al menos no buscara lo inexplicable en lugar de lo explicable y se diera por satisfecho mentalmente cuando encontrara lo inexplicable. Si le dices que se esfuerce por comprender la mente, no te seguirá la corriente. Pero si le dices algo que no se puede comprender en absoluto, te sigue la corriente porque así es más cómodo. Esto es particularmente característico de lo que existe como estado mental de las personas.

Hay otro caso que sucedió. Yo no estoy hablando otra vez como si hubiera verdad detrás de ello, sino que estoy hablando del estado mental humano que salió a la luz. Me han dicho que en ciertas partes de Asia hay gente que puede hacer lo siguiente: Extienden una tela, cogen una cuerda, lanzan la cuerda al aire, dejan que un niño pequeño suba por ella hasta que se hace invisible en la cima; entonces suben ellos mismos, y al cabo de un rato los miembros del niño caen despedazados. Entonces el faquir también le sigue, coge un saco, mete en él los miembros, lo sacude todo, luego sacude el saco y... el niño está completamente restablecido. No quiero decidir qué hay detrás de esto, sólo quiero hablar de la forma en que la gente se deja llevar por la superstición. Al principio, el proceso le parece a la gente algo difícil de creer. Un tal S. Ellmore escribió sobre ello en el "Chicago Tribune", y un pintor dibujó extrañas ilustraciones del mismo, que representaban con bastante acierto las distintas etapas: la cuerda lanzada hacia arriba, el niño trepando, etcétera. El propio S. Ellmore también añadió fotografías, que estaban diseñadas con especial ingenio, porque sólo se veía al faquir y a los espectadores, que a veces miraban hacia arriba, a veces hacia abajo. Pero el resto no se veía. S. Ellmore dio una explicación a todo el asunto para que pudiera explicarse fácilmente. Pensó que la persona que hacía aquello debía ser un hipnotizador muy eminente, que estaba tan en sintonía con la sugestión que podía sugerir el proceso en cuestión a toda una sociedad. Entonces la gente se dijo que el proceso no era superstición sino sugestión, y parecía explicable que toda la gente estuviera hipnotizada. Pero a una persona este proceso de sugestión le pareció aún más improbable que el proceso original. Pensó que podía haber cosas en el mundo que no pudieran ser explicadas por nuestras leyes, y se dijo a sí misma: "Ya sabemos más sobre la sugestión, pero aún tenemos que investigar algunas cosas sobre los poderes del alma". Entonces esta persona se dirigió al señor Ellmore para averiguar el lugar donde había presenciado tal actuación. Ahora la verdad salió a la luz. S. Ell more declaró que toda la historia era una invención, como indicaba su seudónimo: S. Ellmore = SELL MORE, vender más (mentir más). Había revestido el asunto de esta forma porque no podía creer el proceso original, pero encontró la forma de una sugerencia aceptable para la conciencia moderna.

Así que ya ven, que si queremos aclarar hasta cierto punto el concepto y la naturaleza de la superstición, depende realmente de la constitución espiritual, depende de lo que ocurre en nuestra propia alma. Si una cosa es correcta o no, debe decidirse en última instancia por factores completamente diferentes. Pero lo único que puede protegernos a todos de cualquier aberración que se convierta en superstición es el esfuerzo por la comprensión real, por ver a través de las cosas. El que no quiere realmente penetrar en la profundidad de las cosas siempre será presa de la superstición en algún campo u otro. Simplemente prevalece ese deseo de cierta superstición. Y con esto expreso la ley básica para la superstición, como ya he indicado anteriormente, a saber: mientras el hombre permanezca sólo en la observación del entorno físico, mientras no quiera penetrar en la ciencia espiritual, en la verdadera comprensión de las causas primigenias espirituales de las cosas, vive en él una cierta necesidad de superstición.

Tomemos, por ejemplo, a un médico de hoy: por mucho que rechace todas las formas de superstición en su pensamiento, aquel que sea imparcial puede comprobar fácilmente cómo satisface ampliamente su necesidad de superstición en otras formas. Esta es la ley de la compensación en las almas humanas. De esto se desprende cuán característica es la ley.

Pongamos el caso de un hombre que ciertamente quiere ir más allá de la antigua superstición en todos los aspectos, pero ¡cuánta superstición registra Haeckel en sus "Maravillas de la vida" y "Misterios del mundo"! Aquellos que me conocen saben que reconozco a Haeckel en todo porque es el gran científico, saben también que siempre señalo las cosas positivas que Haeckel logró. Pero al haber desechado la antigua superstición y no querer volver al trasfondo espiritual de las cosas, lo vuelca a otro campo. Entonces se convierte en el hombre más supersticioso en el otro campo. En el campo de la fuerza y la materia, tal como él lo imagina, los átomos danzan y giran. Esto es lo que él llama su dios. Atribuye a la danza y el torbellino de los átomos el que puedan crear estados que representan seres vivos simples, y que éstos se combinen en formaciones más complicadas que finalmente se combinan para formar el cerebro humano. Todo lo que el hombre puede entonces sentir y anhelar, todos los ideales y la moral, de hecho todas las religiones mismas, no son entonces más que la danza de los átomos para aquellos que pueden juzgar el asunto imparcialmente. Para ellos no hay diferencia entre la danza atómica y los grandes fetiches de los salvajes africanos. Si el salvaje africano adora su bloque de madera y lo considera como un dios, o si Haeckel deja bailar sus pequeños átomos y los considera como pequeños dioses, -en términos de superstición no hay diferencia entre ambos. Una superstición está en la misma posición que la otra. Hubo un tiempo, -en cierto sentido ya ha quedado atrás-, en el que se podía ver cómo surgía gradualmente esta superstición. A lo largo del tiempo se han hecho nuevos descubrimientos científicos, especialmente en química. Los nuevos compuestos se han explicado determinando las diferencias de peso de las partes más pequeñas en el espacio. Muchas cosas se explicaban por la ley de los pesos atómicos. Entonces parecía provechoso construir tal teoría atómica. Más tarde se olvidó que esta teoría atómica había sido una construcción mental. Los átomos se convirtieron en verdaderos ídolos que fueron adorados.

Cuando yo era escolar, un director me hizo ver claramente a favor de la superstición atómica. Un director de entonces, -eso fue hace mucho tiempo- cuando surgieron las nuevas teorías atómicas, calculó todos los fenómenos de la física y la química como movimientos. Aún no había calculado el pensamiento, pero hizo cálculos hasta de los fenómenos químicos. El librito en el que se recogían estas cosas se llama: "El movimiento general de la materia como causa básica de todos los fenómenos naturales". Era algo que podía fascinar a cualquiera que se adentrara en esta materia. Me gustaría regalar este librito a todo el mundo. Pero hace tiempo que no está disponible en las librerías. Creo que todavía puede estar disponible en bibliotecas. Aquí vemos surgir la superstición en la omnipotencia del vórtice atómico.

Ahora hemos visto aparecer todas las formas posibles de superstición en la ciencia natural una tras otra. Piensen por un momento que en realidad tenemos una cierta tendencia en la ciencia natural que habla de la omnipotencia de la crianza natural. En todas partes se puede ver que se recoge todo lo que es o no indicativo de una u otra teoría, si alguna vez el investigador en cuestión se siente fascinado por una palabra clave que le hace efecto como un ídolo. Vemos casos similares en nuestra época, si tan sólo tuviéramos ojo para ello. Al principio de la conferencia mencioné que hoy se nos están colando cosas que en un futuro no muy lejano serán tildadas de terribles supersticiones de la época.

¿Dónde está la causa de la superstición misma? Siempre surge la posibilidad de que la superstición ocupe el lugar de lo único que puede prevalecer como pensar provechoso, como opinión provechosa. Cuando se olvida el pensar original, la opinión original y sólo se toma en su lugar la apariencia externa que se presenta, entonces olvidamos lo esencial, como en el caso de la crisis que se produce a los siete días en la neumonía. Si se arranca el número siete y se aferra a él, existe la posibilidad de que se convierta en superstición. He ahí  la razón por la que los antiguos sabios eran capaces de mostrar grandes fenómenos naturales.

Esto es lo que la ciencia espiritual aportará al hombre: que no busque lo inexplicable, sino que quiera buscar la explicación. De lo contrario, si permanece en el reino del entorno y no quiere elevarse al punto de vista superior desde el que puede ver lo que está justificado o injustificado en uno u otro ámbito, entonces sólo se encontrará en un cambio de superstición. Quien se queda en el mundo físico sale de una superstición y entra en otra. Sólo cuando se eleva por encima de sí mismo y de la superstición ve lo correcto tanto en lo uno como en lo otro. Jean Jacques Rousseau ya estableció que da lo mismo ser más o menos inteligente. Él dijo: Los listos y los inteligentes tienen sus prejuicios tanto como los estúpidos, aunque los listos y los inteligentes sepan más y tengan más prejuicios que los estúpidos. Los estúpidos se aferran a unos pocos tanto más tenazmente. Esta es ciertamente una ley que aquellos que observan la vida humana pueden encontrar confirmada en numerosos casos. Así que vemos que básicamente no puede haber cura para la superstición excepto elevándose al punto de vista superior desde el cual el mundo en sus profundidades espirituales se hace comprensible.

Muchas supersticiones seguirán surgiendo, y algunas se están colando en nuestra visión actual. Estamos en un rumbo de evolución en el que la gente en realidad no tiene ningún sentido real de eliminar la superstición de la vida pública, a menos que haya sido arrastrada desde tiempos antiguos. Oh, lo que nos dice una historia antigua ciertamente se aplica a nuestro tiempo en muchas áreas. Llámenlo anécdota, pero es verdad, y representa la verdad mejor que muchas otras. En cierta región de España, en la frontera entre dos provincias, estalló una vez una epidemia. Estaba cerca de dos universidades. Una universidad tenía una facultad de medicina especialmente aficionada a recomendar sangrías como remedio para ciertas enfermedades. En la otra universidad, se era especialmente contraria a las sangrías. Y resulta que había dos médicos en la desafortunada zona donde estalló la epidemia. Uno se había formado en una universidad y el otro en la otra. Uno recetaba remedios y el otro recetaba sangrías. Resultó que un médico mantuvo con vida a todos los pacientes, mientras que los pacientes del otro médico murieron todos. Aunque todos los pacientes de uno siguieron vivos y todos los pacientes del otro murieron, ambos actuaron correctamente según su teoría; el uno se equivocó en la práctica, pero acertó en la teoría.

Cuando se cuenta una anécdota como ésta, puede parecer una tontería. Pero cuando uno ve las cosas día a día, descubre que la anécdota no dice nada falso, e incluso la encuentra necesaria. Por lo tanto, cuando se habla de superstición, sólo puede tratarse del hecho de que la ciencia espiritual no tiene realmente ninguna motivación para propagar tal o cual superstición. La Ciencia Espiritual parte de la base de que lo espiritual es explorable y de que existen vías y medios para penetrar en el mundo espiritual, a través de los cuales uno es capaz de observar el mundo desde un punto de vista más elevado. Así el hombre es guiado más allá de lo que es superstición y también más allá de lo que la superstición puede causar daño en la vida humana. 
Lo que aquí se aplica puede expresarse con una frase goetheana que revela la verdad de un modo exhaustivo, aunque sencillo: "La sabiduría es eterna, y triunfará, y elevará al hombre a lo propiamente humano en todos nosotros aún en medio de las más diversas turbulencias."

Traducido por J.Luelmo ene 2024