CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA115 Berlín, 25 de octubre de 1909 - La estructura de los sentidos

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RUDOLF STEINER
ANTROPOSOFÍA-PSICOSOFÍA-PNEUMATOSOFÍA

La estructura de los sentidos


Berlín, 25 de octubre de 1909


segunda conferencia

Anteayer nos limitamos a enumerar los sentidos humanos, por así decirlo, pero de forma que reflejaran la propia naturaleza humana. No los hemos mezclado en un batiburrillo de colores, como suele hacerse en fisiología sensorial, porque no se pueden reconocer los correspondientes nexos. Los hemos enumerado y alineado de manera completa, de acuerdo con el ser humano. Y hoy nos corresponderá considerar, -ya que el área de los sentidos humanos es una de las más importantes que necesitaremos en la consideración más detallada del ser humano-, esta entidad sensorial humana con un poco más de detalle.

Hemos comenzado por el sentido que hemos llamado sentido de la vida, sentido vital. Tendremos que preguntarnos:

¿En qué se basa realmente este sentido de la vida en la verdadera acepción de la palabra? Si queremos formarnos una idea de la fuente de lo que se denomina sentido de la vida, debemos ahondar bastante en las profundidades subconscientes del organismo humano.  Por supuesto, aquí apenas podemos esbozar algo. En primer lugar, existe una cooperación peculiar entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Este hecho se evidencia cuando tratamos de determinar lo que subyace al sentido de la vida. El miembro más inferior del ser humano, el cuerpo físico, y el cuerpo etérico o vital entran en una relación muy definida entre sí. Esto sucede porque en el cuerpo etérico aparece algo más introduciéndose en él, saturándolo, por así decirlo. El cuerpo etérico es impregnado y atravesado por algo más. Este algo más es algo que el hombre básicamente todavía no conoce conscientemente en sí mismo. La ciencia espiritual, sin embargo, puede decirnos qué es lo que actúa dentro del cuerpo etérico empapándolo, -hablando en sentido figurado-, lo mismo que el agua empapa una esponja. Si uno examina esto desde el punto de vista de la ciencia espiritual, encuentra que es lo mismo que lo que el hombre desarrollará un día en un futuro lejano como el hombre espiritual o Atma. Hoy todavía no tiene este Atma dentro de sí; primero debe serle otorgado, por así decirlo, desde el mundo espiritual circundante. Le es otorgado sin que él pueda participar conscientemente en ello. Más tarde, en un futuro lejano, lo habrá desarrollado en su interior. Así pues, el hombre espiritual o atma es el que impregna y penetra en el cuerpo etérico. ¿Qué hace este atma en el cuerpo etérico? Hoy en día el hombre todavía no está en condiciones de tener un hombre espiritual o Atma dentro de sí mismo, porque en la actualidad esto es todavía un ente supra-humano en el hombre. Este ente supra-humano, el Atma, se expresa contrayendo el cuerpo etérico, incluso convulsionándolo. Si queremos utilizar una imagen del mundo sensorial exterior, podríamos compararlo con el efecto enfriador del frío. Lo que un día será el miembro más elevado del hombre, para el cual hoy todavía no está maduro, lo convulsiona. La consecuencia de que se contraiga el cuerpo etérico es que se exprime el cuerpo astral del ser humano, el astral, y en la medida en que se contrae el cuerpo etérico, también se tensa el cuerpo físico. Surgen en él tensiones heladas. Es como cuando exprimimos una esponja. El cuerpo astral se desinfla, por así decirlo, es presionado, es estrujado. Los procesos en el cuerpo astral son ahora experiencias emocionales, experiencias de placer y disgusto, de alegría y dolor, etcétera. Este proceso de ser exprimido es lo que se manifiesta en nosotros como un sentimiento de vida, como un sentimiento de libertad, por ejemplo, como un sentimiento de fuerza, como un sentimiento de cansancio.

Sigamos ahora ascendiendo un poco más. El segundo sentido que hemos mencionado es el sentido del propio movimiento. Aquí también hay algo que actúa en el cuerpo etérico del ser humano que todavía no poseemos conscientemente. El cuerpo etérico está saturado e impregnado, al igual que una esponja por el agua, y lo que ahora lo impregna y permea es el espíritu vital o buddhi, que él un día desarrollará desde sí mismo. Hoy, por supuesto, esto sólo se nos concede desde el mundo espiritual por el momento, por así decirlo. El buddhi o espíritu vital actúa de forma diferente al hombre espiritual. Actúa de tal modo que en el cuerpo astral se produce un equilibrio como el del agua en reposo. El equilibrio en el cuerpo etérico y luego en el cuerpo físico da como resultado un balance, un equilibrio en el cuerpo astral. Si este equilibrio es perturbado desde el exterior, trata de restablecer su equilibrio. Si realizamos un movimiento, lo que se ha desequilibrado se reequilibra. Por ejemplo, si extendemos la mano, una corriente astral fluye en dirección opuesta a la mano extendida, y lo mismo ocurre con todos los movimientos de nuestro organismo. Siempre que se produce un cambio en una situación física, una corriente astral se mueve en el organismo en sentido contrario. Este es el caso cuando parpadeamos, cuando movemos las piernas. En este proceso de ecualización experimentado interiormente en el cuerpo astral, se revela el sentido del propio movimiento.

Llegamos ahora a un tercer elemento que puede impregnar el cuerpo etérico del ser humano. Este tercer elemento es también algo que el hombre de hoy sólo ha traído a su conciencia en una mínima parte, a saber, manas o yo espiritual. Sin embargo, ya le corresponde al hombre de hoy como su tarea de conocimiento. Por eso tiene un efecto diferente en el cuerpo etérico que, por ejemplo, el espíritu vital. Tiene un efecto expansivo sobre el cuerpo etérico, y la consecuencia de ello es que se produce lo contrario de lo que se ha descrito como la frialdad del sentido vital. El efecto de manas en el cuerpo etérico podría compararse con el flujo de calor en una habitación. Algo así como una corriente de calor se vierte en el cuerpo etérico cuando entra manas y lo expande elásticamente. La consecuencia de esto es que ahora el cuerpo astral también se diluye, pero sin ser exprimido, y puede permanecer dentro del cuerpo etérico en expansión. Mientras que la percepción sensorial del sentido vital se basa en el hecho de que el cuerpo astral es empujado, lo que se ha llamado sentido estático o sentido del equilibrio surge del hecho de que el cuerpo etérico se expande y, al mismo tiempo, el cuerpo astral recibe más espacio interior. 

El cuerpo astral se vuelve menos denso, se vuelve más delgado. Como resultado de esta dilución de los cuerpos astral y etérico, la sustancia física ahora también tiene la oportunidad de estirarse y expandirse de alguna manera. Por medio de la acción de Atma el cuerpo físico se contrajo, por medio de la acción de Buddhi se mantuvo en equilibrio, pero por medio de la acción de Manas el cuerpo físico se alivia, y al igual que el cuerpo etérico también se expande, pudiéndo expulsar sus partículas en ciertos puntos. Mediante este empuje, también se crearon esos órganos, los tres pequeños canales semicirculares en el oído, que son perpendiculares entre sí, correspondientes a las tres direcciones del espacio. Son, por así decirlo, expansiones de la materia sensorial del cuerpo físico. Tales órganos surgen de las formas más variadas como nuevas formaciones, como estructuras maravillosas, que no surgen por ser impulsadas desde dentro, sino por ser eximidas desde fuera y haber cesado la presión. Debido a que el cuerpo astral puede continuar expandiéndose, es capaz de entrar en relación con el mundo exterior. Tiene que equilibrarse con este mundo exterior. Si esto no sucede, el ser humano se tambalea o incluso se cae. Para los dos primeros sentidos, esto era imposible, pero este sentido tiene la tarea de equilibrarse. Si queremos entrar en algún sitio, tenemos que hacerlo como podamos; por ejemplo, tenemos que entrar en el espacio en sus tres direcciones. Por eso, los tres canales semicirculares del oído crecen perpendiculares entre sí en las tres direcciones del espacio. Si estos órganos se lesionan, el sentido estático deja de funcionar y la persona sufre mareos, desmayos y cosas por el estilo. Cuando se trata de animales, la situación es tal que éstos han descendido a la materia física demasiado pronto, de modo que su materia física se ha endurecido aún más. Aparecen formaciones de piedra, los otolitos. Estos se depositan de tal manera que el equilibrio puede medirse y palparse.

Ya hemos hablado de tres sentidos, de dentro a fuera, por así decirlo. El último sentido se sitúa en la frontera entre lo que el hombre experimenta interiormente y lo que debe experimentar para poder integrarse en el mundo exterior. En los últimos tiempos, la ciencia externa, que se aferra a los hechos sensoriales, se ha visto obligada, por así decirlo, a reconocer finalmente estos tres ámbitos de nuestro sistema sensorial. Debemos distinguir claramente, como siempre hacemos aquí, entre lo que es el resultado real de la investigación y las opiniones que actualmente mantiene la mente del grupo erudito con su pensamiento inadecuado. Precisamente en esta materia ella ha mostrado que si no tiene la guía que conduce a través del laberinto, debe extraviarse, porque precisamente aquí se presenta un gran problema. En consecuencia, aquí se han comparado estas formaciones, que representan un órgano sensorial humano, con ciertos órganos del reino vegetal, donde también se produce una especie de equilibrio por la reordenación de tales cuerpecillos cuando las plantas se inclinan. Pero como el pensador moderno, por regla general, siempre se abandona a la lógica cuando debería tener una visión correcta de las cosas, ha llegado a la extraña conclusión de que las plantas también tienen un sentido del equilibrio. Tal lógica, sin embargo, se basa en el punto de vista que a menudo he caracterizado e ilustrado. Porque cierta planta, cuando algún insecto se le acerca, junta sus hojas para atraparlo, se dice de esta manera superficial que en la planta hay que hablar de un sentido equivalente. Sin embargo, conozco una estructura que puede hacer esto de forma más excelente, incluso llega a atraer y atrapar a los pequeños animales, se trata de la trampa para ratones. Del mismo modo que lo que se dice de los sentidos humanos se aplica a las plantas, también podría aplicarse a la ratonera. Podríamos aplicarlo con la misma insensatez a la balanza con su equilibrio y hablar del sentido del equilibrio de la balanza. Tales concepciones erróneas proceden de un pensar inadecuado, que no se estira lo suficiente, que no puede penetrar debidamente en la esencia de la cuestión.

Así pues, tenemos tres sentidos sobre los que la ciencia extiende hoy sus tentáculos en cierto modo, pero que sólo aprenderá a dominar cuando encuentre el hilo de la ciencia espiritual y sea capaz de aplicarlo. Sólo entonces comprenderá correctamente la estructura del organismo humano tal como es en realidad, precisamente bajo la influencia de las interacciones que se han descrito. Para ello, sin embargo, es necesario poder observar y comprender desde dentro a todo el ser humano en términos de ciencia espiritual.

EL OLFATO

Llegamos ahora al sentido del olfato. Aquí puede surgir la pregunta: ¿Por qué se omite lo que la ciencia llama el sentido del tacto y que suele ser el más discutido? Debido al número limitado de conferencias sobre todo este tema, algunas cosas deben pasarse por alto con cierta rapidez, y otras sonarán un tanto paradójicas. El sentido del tacto se ha omitido porque, tal y como se describe habitualmente, es una invención, un producto de la imaginación fisiológica. No existe como tal, porque existe toda una serie de sentidos que pueden describirse como los del tacto. Pero no podemos hablar de un sentido real del tacto. ¿Qué ocurre cuando se toca algo? Supongamos que ustedes tocan un objeto. En realidad, lo que ocurre ahí se limita al sentido del equilibrio. Cuando se presiona una parte del cuerpo, en esa parte del cuerpo se altera el equilibrio y no ocurre nada más que lo que ocurre dentro del sentido del equilibrio. Lo mismo ocurre cuando se empuja una mesa, se acaricia una superficie de terciopelo o se tira de una cuerda. Sólo hay cambios en el equilibrio dentro de nosotros mismos cuando la presión, el tirón o la caricia, etc., tienen lugar como procesos táctiles. El sentido del tacto debe buscarse siempre allí donde esté activo el sentido del equilibrio.

En la ciencia existen las opiniones más fatales sobre el sentido del tacto. Se habla de presión sin profundizar en la naturaleza de este hecho. Para la persona corriente, la presión es algo sobre lo que ni siquiera se lo plantea. Sin embargo, para los que consideran el asunto desde un punto de vista científico-espiritual, la presión está relacionada con la pregunta: ¿Qué tipo de perturbación del equilibrio surge en el organismo? y como consecuencia de ello., ¿Qué tipo de compensación es necesaria en el cuerpo astral? Se puede ver cómo se malinterpreta este sentido de la presión, -la cual formaría parte del sentido del tacto-, en el hecho de que uno se pregunte: ¿Por qué las personas no son aplastadas por la enorme presión atmosférica que pesa sobre ellas? Si así fuera, la presión externa ejercería una presión tremenda sobre nuestros cuerpos. Un niño curioso pregunta sobre esto en clase de física, por ejemplo, y le dicen que la presión y la contrapresión, que actúa de dentro hacia fuera, son iguales en nuestro cuerpo y se anulan mutuamente. El ser humano, dicen, está igual de lleno de aire por dentro, y el resultado es la misma presión por fuera, de modo que los dos efectos de presión, iguales y dirigidos en sentido contrario, se anulan mutuamente. Se alcanza el equilibrio y el hombre no puede ser aplastado. Pero si el muchacho en cuestión es brillante, planteará una objeción y dirá: «A menudo me he zambullido profundamente en el agua y he estado completamente rodeado de agua y no me he aplastado, aunque no estaba lleno de agua dentro de mi cuerpo; ¡de lo contrario me habría ahogado! He aquí el absurdo al que nos conducen las cosas si las interpretamos de una manera puramente materialista externa. En verdad, cuando se ejerce presión sobre nosotros se trata de un proceso eminentemente espiritual. Esto nos lleva directamente a nuestro cuerpo astral cuando las perturbaciones del equilibrio tienen que ser compensadas. Cuando se ejerce presión sobre nosotros, el equilibrio cambia, empujamos el cuerpo astral hacia la parte comprimida y así restablecemos el equilibrio perturbado, es más, incluso permitimos que sobresalga ligeramente por encima de él. Siempre hay una pequeña abolladura astral, por así decirlo, donde se aplica la presión. Este efecto compensatorio, puramente astral, es tan fuerte que es capaz de superar desde dentro toda la presión del aire del exterior. Se puede sentir literalmente el espíritu con las manos; sólo que no se es consciente

.Pero en cambio, ¿Qué ocurre con el sentido del olfato? En tales casos, algo se apodera del organismo humano, algo que está más cerca de nuestra conciencia, a saber, la propia alma consciente. Lo que en la ciencia espiritual se denomina alma consciente entra en acción cuando olemos.

Ella produce en un determinado punto del organismo no sólo una expansión, una rarificación, sino que el cuerpo astral envía su efecto hacia el exterior y que, por lo tanto, este efecto va más allá del organismo. Mientras que al oler la sustancia aérea penetra en la mucosa de la nariz, la sustancia astral es impulsada hacia el exterior en la misma medida. Esta sustancia astral siempre abandona el organismo al oler, se sumerge en la cosa y experimenta algo no sólo en sí misma, sino en esta cosa, que nosotros denominamos y experimentamos como fragancia, olor, hedor o algo parecido. Es como un tentáculo del cuerpo astral, que surge a través del alma consciente.

EL GUSTO

El sentido del gusto funciona a su manera debido a que el organismo está trabajado desde el alma mental o racional. A través del órgano del gusto, el alma vierte las corrientes astrales hacia el exterior y las envía hacia las sustancias de la lengua. Lo que sucede en el cuerpo astral cuando olfateamos es de naturaleza muy especial. ¿Qué sale del cuerpo astral cuando olemos? No es otra cosa que algo de naturaleza volitiva. Esto que sentimos interiormente como un impulso volitivo, fluye hacia la materia entrante cuando olemos. El proceso de oler es un oponerse, un pretender hacer retroceder la sustancia entrante. La investigación espiritual puede decir que esta sustancia entrante no es sólo una sustancia parecida al aire, -eso es sólo maya, ilusión-, sino que es la voluntad que fluye desde el exterior. En el olfato tiene lugar una interacción mutua de fuerzas volitivas. La consecuencia de ello, -como alguien conjeturó una vez-, es que aquí la voluntad interior y la voluntad exterior forcejean y se inhiben mutuamente. Esa persona, -Schopenhauer-, fue quien estableció una filosofía de la voluntad basada en esta corazonada. Pero esa es una falsa metafísica. Lo que Schopenhauer dice sobre esas fuerzas de la voluntad en realidad sólo se aplica al olfato; todo lo demás simplemente son interpretaciones de ello.

Así como en el sentido del olfato lo que se derrama es volitivo, en el sentido del gusto, lo que fluye hacia el alimento, es de naturaleza emocional, y lo que fluye hacia dentro también es de naturaleza emocional. Por lo tanto, aquí, en la degustación, el sentimiento interactúa con el sentimiento. Todo lo demás es sólo maya, sólo un signo externo. Aquí se muestra como sentido, un efecto emocional a saber, la degustación se percibe como agradable, desagradable, adversa y así sucesivamente. Sin embargo, no se trata del sentimiento en sí, sino sólo de las correspondientes interacciones de sentimientos.

LA VISTA

El siguiente sentido es el de la vista. Aquí ocurre que lo que ahora está trabajando en el cuerpo etérico y vertiéndose en él es el alma sensible. Lo que ocurre aquí es de naturaleza de pensamiento. Aquí actúa un principio pensante. El alma sensible ya tiene dentro de sí lo que se hace consciente en el alma consciente; sin embargo, en ella el pensamiento sigue siendo subconsciente. En el alma sensible es un pensamiento que a través del ojo, fluye hacia fuera. Aquí la sustancia del pensamiento fluye hacia fuera. Tiene una elasticidad mucho mayor que las otras dos sustancias que fluyen hacia fuera a través de los sentidos del olfato y del gusto, y por lo tanto va mucho más allá. Así es cómo la materia astral emana realmente del ser humano y fluye hacia las cosas. No es que las ondas etéricas de luz entren en el ojo, ¡que luego proyecta la imagen recibida hacia el exterior! Tendría que haber alguien sentado dentro que hiciera este trabajo de proyección. Esta sería una idea horriblemente supersticiosa, este algo que se proyecta. La ciencia, tan orgullosa de su naturalismo, se deja ayudar grotescamente en este caso por la tan denostada fantasía. Una substancia astral parecida a la substancia pensante fluye hacia la cosa penetrándola hasta el punto en que encuentra, que es resistida y otra substancia astral se le opone. El choque entre lo astral y lo astral que tiene lugar en el exterior forma el color que sentimos en las cosas. El color surge, (ver GA291, GA291a), en el límite de las cosas, donde lo astral que emana del ser humano se encuentra con lo astral de las cosas. El color surge en el límite del astral exterior e interior.

Es muy extraño cuando se tiene en cuenta, por ejemplo, que en realidad ya existe un pensar subconsciente en el alma sensible, que sólo sale a la luz en el alma racional y sólo se nos hace consciente en el alma consciente. Lo que de hecho aparece como dos impresiones cuando miramos las cosas con los dos ojos está causado por un pensar que inicialmente no entra en la conciencia. Para que éste entre en la conciencia, ambos momentos del pensar deben cooperar; deben abrirse camino desde el alma sensible hasta el alma consciente. 

Podemos visualizar bien este camino con un signo externo: aquí están las dos manos. Cada mano puede sentir por sí misma, pero sólo cuando las dos manos se cruzan llega a la conciencia esta sensación de que una mano siente a la otra, del mismo modo que un objeto externo sólo se eleva a la conciencia real a través del tacto. Si las impresiones que se obtienen mediante el trabajo del pensar en el alma sensible han de entrar en la conciencia del hombre, entonces deben cruzarse. Este es el resultado del cruce de los dos nervios ópticos en el cerebro. Este cruce de los nervios ópticos tiene su razón de ser en el hecho de que un trabajo de pensar realizado en el subconsciente, en el alma sensible, se eleva al alma consciente a través del cruce, en el sentido de que ahora el trabajo de uno puede sentirse en el otro. De este modo, lo físico se construye a sí mismo a partir de lo espiritual, y sólo a través de la antroposofía puede comprenderse al ser humano hasta en sus más mínimos detalles anatómicos.

EL CALOR

A continuación viene el sentido del calor. De nuevo aquí también hay algo que a través de su efecto en el ser humano transmite la sensación de calor. Se trata del propio cuerpo de sensaciones, que pone en actividad su sustancia astral y la deja fluir hacia el exterior cuando ha de producirse una experiencia de calor. Esto ocurre cuando una persona es realmente capaz de enviar su sustancia astral hacia el exterior sin que se le impida hacerlo. No sentimos calor en el baño si éste está tan caliente como nosotros, es decir, si hay equilibrio entre nosotros y nuestro entorno y nada es absorbido por nosotros. Sólo sentimos calor o frío cuando el calor sale de nosotros o puede entrar en nosotros. Si el entorno exterior tiene poco calor, dejamos que el calor fluya hacia él.  Si estamos faltos de calor, permitimos que el calor fluya hacia nosotros. Aquí también podemos ver claramente que el calor fluye hacia dentro y hacia fuera. Sin embargo, cuando hay un equilibrio entre lo exterior y lo interior, el calor no se siente. La experiencia del calor siempre es el resultado del efecto del cuerpo sensorial humano. Cuando tocamos un objeto que se calienta cada vez más, sale cada vez con más fuerza. Cada vez se impone más sobre nosotros ese calor que quiere entrar, y el cuerpo sensorial debe entonces irradiar en mayor medida. Pero esto sólo es posible hasta cierto límite. Cuando ya no existe la posibilidad de dejar fluir energía desde el cuerpo sensorial, entonces ya no podemos soportar el calor y nos quemamos. También debería ocurrir que sintiéramos una sensación de quemazón, cada vez que ya no podemos dejar que fluya la sustancia desde nuestro cuerpo sensorial, cuando tocamos algo muy frío. Si tocamos un cuerpo muy frío que nos impide dejar fluir sustancia desde el cuerpo sensorial porque no éste no nos la da, el frío excesivo también nos aparece como una sensación de quemazón y nos produce ampollas. Ambos se basan en el mismo efecto.

EL OÍDO

Ahora pasamos al área que llamamos el sentido auditivo. Esto involucra el cuerpo etérico del ser humano. Sin embargo, este cuerpo etérico, tal como lo tiene hoy el hombre, es verdaderamente incapaz de emitir nada sin que ello suponga una pérdida permanente para nosotros, como todavía puede hacerlo el cuerpo sensorial. El cuerpo etérico ya desde los tiempos atlantes fue moldeado hasta tal punto, que ya no puede renunciar a nada, porque entonces el hombre tendría que prescindir de tales cosas en su fuerza vital. Por lo tanto, para que se produzca un efecto auditivo, debe producirse de una manera completamente diferente. Aquí el ser humano ya no puede emitir nada. El hombre no puede desarrollar a partir de sí mismo un sentido más elevado que el sentido del calor. Si aquí no entrara en el hombre algo que él mismo no tiene, no podría producirse el sentido auditivo. Por tanto, el ser humano debe verse impregnado por entidades que ponen a su disposición su propia sustancia. Por eso el organismo humano está impregnado de entidades que penetran en él como en una esponja.

Estas entidades son los seres que llamamos Ángeles, seres que ya en el pasado atravesaron su etapa humana. Ellos envían su sustancia astral hacia nosotros, los humanos, como una sustancia astral ajena, de la cual el ser humano se apropia y deja que actúe en su interior y fluya hacia el exterior. A través de los oídos fluye hacia lo que se nos transmite mediante el sonido. En las alas de estas entidades, por así decirlo, nos adentramos en ese ser interior que aprendemos a conocer como el alma de las cosas. Aquí estamos tratando, pues, con seres que están por encima del ser humano, que lo llenan, pero que son de la misma naturaleza que su propia sustancia astral.

EL HABLA

Pero ahora hay un sentido superior, a saber, el sentido del habla o de la palabra o sonoro. Cuando esto entra en consideración, el hombre tampoco está en disposición de dar nada por sí mismo. Por tanto, aquí deben intervenir seres cuya sustancia sea similar a aquella de la que se compone el cuerpo etérico humano. Por supuesto, ellos también poseen la correspondiente sustancia astral, pero ésta es expulsada al medio ambiente. Ellos deben entrar en el ser humano, brindándole su cuerpo etérico y entonces el ser humano puede dejar que este poder fluya de nuevo hacia el entorno. Estos seres son los Arcángeles. Desempeñan un papel completamente diferente al de los Ángeles. Se encargan de que el ser humano no sólo pueda oír el sonido, sino también experimentarlo de forma inteligible. Ellos no sólo hacen que el hombre sea capaz de oír un tono, una nota sol o un do sostenido, sino también de experimentar algo cuando oye un sonido, o sea, lo que hay dentro del sonido; que él oiga una «A», por ejemplo, según el sentido auditivo. Estas entidades no son otra cosa que lo que llamamos los espíritus de los pueblos, los espíritus de cada nación. Mientras que en el sentido del oído los ángeles expresan su labor exteriormente mediante efectos aéreos, tratando el aire del oído, los arcángeles contrarrestan lo que sucede en el aire exterior con otros efectos. A través de ellos, se evocan los efectos de los fluidos linfáticos. A través de los cuales ellos activan la circulación de los fluidos linfáticos llevada en una determinada dirección. Por ejemplo, el hecho de que una persona perciba en A el correspondiente sentido auditivo, también está causado por los fluidos linfáticos. La expresión exterior de este trabajo reside en el moldeado de las fisonomías de los pueblos, la expresión particular del organismo humano, si pertenece al pueblo en particular. Estas entidades en particular trabajan en su interior. Por lo tanto, podemos decir que los fluidos discurren de forma diferente en una persona y todo el organismo actúa de forma diferente, dependiendo de si el arcángel enseña a los pueblos a los que pertenece tal o cual sentido sonoro. Si, por ejemplo, un pueblo dice «Aham», -en sánscrito equivalente a Yo-, cualesquiera que sean las otras teorías que puedan tener sobre el Yo humano, estas teorías no importan, pero las dos A sucesivas proporcionan una organización original, y el miembro perteneciente a este pueblo debe tener una percepción del Yo tal que corresponda a estas dos A sucesivas. Si un pueblo combina I con ch, se produce un efecto muy diferente. Tal pueblo debe tener una concepción diferente del yo. En el yo hay un matiz especial, una coloración especial; es lo que el espíritu del pueblo inocula en el organismo con respecto a la concepción del yo.

También supone una gran diferencia que algo se designe por la sucesión de A y O o de I y E. De acuerdo con esto, todo el sentimiento del pueblo debe cambiar. »Por ejemplo, “Amor” tiene un matiz de sentimiento diferente que cuando se dice “Liebe”. Aquí vemos típicamente el espíritu del pueblo en acción. No es indiferente, por ejemplo, que la palabra «Adán» sea utilizada por los israelitas para la primera forma humana, mientras en la antigua Persia era utilizada para nombrar al yo. Son valores emocionales muy diferentes los que se despiertan en los distintos pueblos. Hemos insinuado aquí el misterio del lenguaje, o más bien sus primeros elementos.

Este es el efecto de los espíritus que están jerárquicamente en el nivel de los arcángeles y que impregnan al hombre con lo que es el sentido auditivo y animan su fluido linfático. Además una de las mayores experiencias para la persona que asciende a lo suprasensible, es cuando comienza a sentir qué diferencia hay en el poder formador de los sonidos. El poder sonoro muestra su efecto más exquisito en el elemento fluido, el poder tonal lo muestra en el aire.

Seguidamente también se puede sentir qué significado hay en el gesto de que alguien se sintiese impulsado a designar a algún ser con el nombre de «Eva». Si la persona en cuestión quiere expresar algo más que se relacione con ello como lo espiritual con lo sensorial, podría utilizar la imagen invertida de ello y así obtener «Ave » como secuencia de sílabas para el saludo a María. Esto produce un sentimiento opuesto en el organismo humano que cuando dice «Eva».

Otra inversión de «Eva» con la J delante sería la palabra «Yahvé», como designación de Dios en el Antiguo Testamento. Todas las relaciones entre Yahvé y Eva pueden ser reconocidas por quienes penetran en el sonido cuando progresan hacia un conocimiento superior.

El lenguaje no fue creado arbitrariamente; es un producto espiritual. Para percibirlo en su espíritu, disponemos del sentido auditivo, que tiene en todo el sistema de los sentidos la misma justificación que los demás sentidos. Y hay razones más profundas por las que los sentidos tienen que ser enumerados en este orden particular.

La próxima vez ascenderemos al sentido conceptual y a los sentidos superiores para poder explicar el microcosmos de una manera espiritual-científica.

Traducido por J.Luelmo mar,2025


x                                                       l 

Sentido somático                             2

Sentido estático                               3 

Sentido del movimiento                  4      tierra

Olor                                                 5      agua

Gusto                                               6      Aire

Cara                                                 7      Calor

Sensación                                        8

Oído                                                9   aire - luz

Sentido del habla                          10   química - Armonía

Sentido del concepto                    11

x                                                    l2 

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 atrás.                                delante. 

Voluntad.      Yo.              Sensación. 

                                         Sentidos Sensación. Alma sensible = Alma sensible Cuerpo sensible


                                                             Imaginación 

izquierda derecha   memoria hábito     inspiración

 derecha izquierda  autoconciencia      intuición 

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Al fondo.  Alma consciente 
delante.    Alma racional.                   Escritura 
                   Alma consciente 
                                                                Autoconciencia 
Imaginación 
Memoria - cuerpo de éter. Alma consciente - automovimiento
Autoconciencia opp. - cuerpo físico Sentido del automovimiento 
derecha izquierda.                                                             Memoria 
izquierda - derecha. Memoria 
derecha - izquierda. Autoconciencia Autoconciencia 

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Conciencia de la vida. - Malestar, sensación de libertad y fuerza. Fatiga, hambre, sed, saciedad, ansiedad 

Sentido del movimiento (sentido muscular) (músculo, ligamentos, tendones, articulaciones) 

Sentido estático Sentido del olfato / sentido del gusto 

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GA115 Berlín, 23 de octubre de 1909 - Los órganos corporales del ser humano y su devenir - Los sentidos

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RUDOLF STEINER
ANTROPOSOFÍA-PSICOSOFÍA-PNEUMATOSOFÍA

Los órganos corporales del ser humano y su devenir-Los sentidos


Berlín, 23 de octubre de 1909


primera conferencia

Aquí en Berlín y en otros lugares en los que nuestra Sociedad Teosófica está extendida, hemos oído tanto en los últimos años de todo el campo de la Teosofía, decir que fue tomada de regiones muy altas de la investigación clarividente, por así decirlo, que tuvo que surgir la necesidad, o más bien debería haber surgido, de hacer algo para una cimentación seria y digna de nuestra corriente espiritual. Y la presente Asamblea General, que reúne a nuestros queridos miembros tras los siete años de existencia de nuestra Sección Alemana, será probablemente la ocasión propicia para contribuir en algo a una fundamentación más sólida, a la creación de una organización más sólida de nuestra causa. Esto es lo que intentaré hacer en las cuatro conferencias sobre antroposofía de estos días.

Las conferencias de Kassel sobre el Evangelio de San Juan, las conferencias de Düsseldorf sobre las Jerarquías, las conferencias de Basilea sobre el Evangelio de San Lucas, las conferencias de Munich sobre las enseñanzas de la Teosofía Oriental, todas ellas nos dieron motivo para ascender a altas regiones de la investigación espiritual y hacer descender verdades espirituales de difícil acceso. Lo que siempre nos ocupó, la Teosofía, fue, al menos en parte, un ascenso a las altas cumbres del conocimiento humano del espíritu.

Es realmente posible, -si se adquiere gradualmente un sentimiento para ello-, ver algo más profundo en lo que se llama el curso cíclico de los acontecimientos en el mundo. Precisamente en los días de nuestra primera Asamblea General, cuando tuvimos que fundar la Sección Alemana, di conferencias ante un auditorio compuesto en muy escasa medida sólo por teósofos, que en aquel entonces también fueron descritas como un capítulo de la Antroposofía, como el capítulo histórico de la Antroposofía. Ahora, después de siete años, parece haber llegado de nuevo el momento en que se ha cumplido un ciclo, por así decirlo, también a este respecto, y en que de nuevo es posible hablar, en un sentido más amplio, de lo que debe entenderse por Antroposofía.

Primero, aclarémonos mediante una comparación qué es la Antroposofía. Cuando se pretende observar una región, se pueden ver todos los pueblos, bosques, prados, calles, etc. que allí se extienden, caminando de un lugar a otro, a través de calles y pueblos, a través de prados y bosques. Siempre tendrán ante sus ojos una pequeña, una pequeñísima parte de toda la zona, dependiendo de dónde se encuentren. Pero también pueden ustedes subir a la cima de una montaña y desde esta alta cima podrán ver toda la región. Entonces los detalles para la mirada ordinaria serán menos definidos, pero se tendrá una visión de conjunto. Así es como se podría describir aproximadamente la relación que existe entre lo que en la vida ordinaria se llama cognición humana, ciencia humana, y lo que es la Teosofía. La cognición humana ordinaria se mueve en el mundo de los hechos de detalle en detalle. La Teosofía sube a la cima de una montaña. Así se amplía su perímetro. Pero para poder ver algo de lo que hay debajo debe utilizar medios especiales cuando sube a la cima. Los medios que hay que utilizar han sido descritos muchas veces, también en mi libro «Cómo adquirir el conocimiento de los mundos superiores». Allí se muestra cómo es posible para el hombre ascender a esta cumbre ideal sin perder en absoluto la posibilidad de ver algo.

Pero ahora existe una tercera posibilidad, que se desprende directamente de esta comparación: no se sube hasta la cima de la montaña, sino que se queda por la mitad, por así decirlo. Cuando se está abajo, no se ven más que detalles delante de uno; no se tiene visión de conjunto, y desde abajo uno ve lo que está arriba. Cuando se está arriba, no hay nada por encima excepto el cielo divino, y por debajo todo es visible. Cuando está uno en el medio, tiene algo abajo y algo arriba, y puede uno comparar las dos vistas entre sí.

Toda comparación, por supuesto, es engañosa, pero sólo pretendía mostrarles en qué se diferencia la teosofía de la antroposofía. La teosofía está en la cima de la montaña, la antroposofía está en el centro, de modo que uno mira hacia arriba y hacia abajo. El lugar y el punto de vista son diferentes. Pero para describir lo que sigue ahora la comparación ya no es suficiente. Si uno se entrega a la Teosofía, es necesario que se eleve por encima de la visión humana, que se eleve del yo inferior al yo superior, y que sea capaz de ver con los órganos del yo superior. Porque la cumbre desde la cual la Teosofía es capaz de ver se encuentra por encima del ser humano, mientras que la cognición humana ordinaria se encuentra por debajo del ser humano, y el propio ser humano se encuentra en el medio entre los mundos natural y espiritual. Lo superior llega hasta él, pues está impregnado y lleno del espíritu. Puede ver el espíritu por encima de él; pero él no toma su punto de partida del espíritu, de la cumbre, sino de tal manera que tiene la cumbre por encima de él. Al mismo tiempo, sin embargo, debajo de él ve lo que es meramente naturaleza, porque se proyecta en él desde abajo. La Teosofía está sujeta al peligro de que, si no se aplican los medios que se han descrito, por ejemplo, en mi escrito «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?», el ser humano se vea desbordado y ese hombre pierda la posibilidad de reconocer algo que valga la pena. La Teosofía corre el peligro de dejar de ver la realidad a sus pies. Por supuesto, no tiene por qué perder esta posibilidad si se utilizan los medios adecuados para desarrollar esos órganos con los que el ser superior ve.

Pero entonces podemos decir: Teosofía es aquello que se investiga cuando habla el Dios que hay en el hombre. Esta es, en el fondo, la verdadera definición de la teosofía. Deja hablar al Dios que hay en ti, y lo que luego te dice sobre el mundo es teosofía. La antroposofía se puede caracterizar diciendo: Sitúate en el punto medio entre Dios y la naturaleza, deja que el hombre que hay en ti hable sobre lo que está por encima de ti y brilla en ti, y sobre lo que llega a ti desde abajo, entonces tienes la antroposofía, la sabiduría que expresa el hombre. Pero esta sabiduría de la cual habla el hombre será una base importante y una clave para todo el campo de la Teosofía. Y difícilmente se puede hacer mejor, después de haber absorbido la Teosofía durante algún tiempo, que adquirir esta base firme buscándola realmente. Por lo tanto, me ocuparé de que después de estas conferencias esté disponible lo antes posible un breve esbozo de lo que es la Antroposofía.

Lo que he dicho aquí también puede demostrarse históricamente desde muy diversos ángulos. No hace falta ir muy lejos. Por ejemplo, existe una ciencia, -pueden informarse sobre ella en diversos manuales de divulgación-, esta ciencia suele llamarse antropología. Tal y como se practica hoy en día, abarca no sólo al hombre, sino, si se entiende bien el término, todo lo que pertenece al hombre, todo lo que se puede experimentar en la naturaleza, todo lo que se necesita para comprender al hombre. Esta ciencia parte del caminar entre las cosas; ella misma está en el fondo. Va de detalle en detalle. Es una investigación que utiliza los sentidos para observar al ser humano con la ayuda de un microscopio. Esta ciencia, la antropología, que en los círculos más amplios hoy se considera únicamente como la ciencia del hombre, realmente toma su punto de vista por debajo de las capacidades del hombre. No aplica todas las capacidades que el hombre tiene para la investigación. Manténganse junto a esta antropología, que se pega al suelo, por así decirlo, que no puede penetrar en ninguna respuesta a las preguntas más candentes de la existencia, manténganse junto a lo que se les ofrece como Teosofía, que asciende a las más elevadas alturas, donde se trata de encontrar una respuesta a las preguntas más candentes de la existencia. Sin embargo, ustedes habrán experimentado que aquellas personas que no han encontrado su camino en ella lenta y gradualmente, que no han tenido la paciencia de seguir todo lo que hemos podido decir en los últimos años, que no han podido avanzar paso a paso, que las personas que se han quedado en el punto de vista de la antropología perciben la Teosofía como un edificio en el aire, como algo que carece de todo cimiento. Ellos no pueden ver de qué manera el alma asciende de etapa en etapa, de encarnación en encarnación, y no pueden darse cuenta de cuál es la meta de todo desarrollo humano y del mundo.

Así pues, la antropología se encuentra, por así decirlo, en el peldaño más bajo de la escalera, y la teosofía en el más alto, donde cada vez es menor la capacidad de conocimiento de muchas personas.

Tenemos un ejemplo histórico por el cual podemos reconocer en qué se convierte la Teosofía cuando quiere penetrar hacia arriba hasta la cumbre y no es capaz de penetrar hacia arriba por los medios que encontramos indicados en el libro «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?». Tenemos tal ejemplo en el teósofo alemán Solger, que vivió de 1780 a 1819. En sus puntos de vista tenemos ciertamente lo que es conceptualmente Teosofía. Pero, ¿Con qué medios pretendía Solger ascender a las alturas más elevadas? Con los conceptos de la filosofía, ¡con los conceptos agotados y demacrados del pensamiento humano! En realidad es como quien sube a una cumbre para mirar a su alrededor y olvida su telescopio y ya no puede distinguir nada más abajo. El telescopio en este caso es espiritual, es la imaginación, la inspiración y la intuición. Así que Solger intentó subir a la cumbre con medios inadecuados.

Durante mucho tiempo se ha tenido la sensación de que, a lo largo de los siglos, las capacidades humanas se han vuelto cada vez más incapaces de escalar esta cumbre. En la Edad Media, la gente lo sentía y lo admitía. En épocas más recientes también se siente, pero ya no se admite realmente. Durante mucho tiempo se ha sentido que las facultades humanas fueron una vez capaces de ascender a la cumbre desde la que era posible hablar como hablaba realmente una antigua teosofía. Existió tal teosofía antigua. Pero después había que concluir lo que se revelaba en la cumbre. Debía ser preservada de ser recibida por los medios ordinarios de conocimiento. Esta antigua teosofía se convirtió en teología, que consideraba la revelación como concluida. Y así, junto a la antropología, que sólo va de detalle en detalle con los medios ordinarios de conocimiento, se encuentra la teología, que efectivamente quiere ascender y conocer algo de lo que se ha de ver en las alturas, pero que una vez más se apoya en algo que se puede obtener con los medios humanos ordinarios, a saber, en la tradición histórica, en lo que una vez fue revelado y en lo que no ha de ser revelado una y otra y otra vez de nuevo al alma humana aspirante. La antropología y la teología se enfrentaron a lo largo de la Edad Media sin rechazarse mutuamente.  También en épocas más recientes se oponen, sólo que de forma diferente. Desde el punto de vista de la antropología, los tiempos modernos rechazan en general la teología como algo científico. Si no nos detenemos en los detalles, sino que subimos, ascendemos hasta el centro que hemos caracterizado, entonces podemos situar la antroposofía junto a la teosofía, al igual que en la Edad Media la antropología se situaba junto a la teología.

También se ha intentado fundamentar la antroposofía dentro de la vida espiritual moderna, pero una vez más con medios completamente inadecuados, a saber, sólo con los medios de conceptos abstractos y agotados de la filosofía. Para entender de qué se trata, primero hay que comprender qué es la filosofía. Lo que la filosofía es en realidad sólo puede ser comprendido hoy por los teósofos, pero no por los propios filósofos. ¿Qué es la filosofía? Sólo puede entenderse si primero observamos su desarrollo histórico. Un ejemplo lo ilustrará. En la antigüedad existían los llamados misterios como centros de la vida espiritual superior. Allí los alumnos podían ser conducidos a la visión espiritual a través del desarrollo de sus capacidades. Uno de esos misterios fue, por ejemplo, el de Éfeso, donde se exploraron los secretos de Diana de Éfeso. Allí los alumnos indagaban en los mundos espirituales. Todo lo que se podía comunicar públicamente de lo que allí se recibía se comunicaba realmente. Entonces los demás lo recibían como algo visto en los Misterios, como algo que se les comunicaba, como un don. Había personas que eran conscientes de haber recibido los misterios superiores de los Misterios. Uno de ellos, por ejemplo, fue el gran sabio Heráclito. Él era particularmente consciente de los secretos del Misterio de Éfeso, los hechos que los hombres clarividentes de allí fueron capaces de desentrañar. Lo que había recibido allí como mensaje y lo que debía a su iniciación parcial, lo proclamó de tal manera que pudiera ser comprendido por todos. Por eso, quien lee las enseñanzas de Heráclito, el llamado «Oscuro», ve que hay algo más profundo subyacente en ellas, de modo que aún se puede ver brillar en estas enseñanzas originales la experiencia directa, la experiencia de los mundos superiores. Luego vinieron los seguidores de Heráclito. Ya no tenían ni idea de que esta comunicación procedía de las experiencias directas de los mundos superiores. Empezaron a especular con sus mentes, creyeron que con su mera comprensión filosófica podían encontrar algo incorrecto aquí y allá, y jugaron con ello. Esto se hiló en conceptos y se transmitió de generación en generación. Y si hoy tenemos algo de filosofía ante nosotros, no tenemos más que una reliquia de viejas doctrinas a las que se les ha soplado, exprimido la vida, y de las que sólo queda el esqueleto muerto de los conceptos. Los filósofos no saben de dónde vienen los conceptos. Las filosofías son abstracciones, reliquias de la sabiduría antigua, que han llegado al punto de ser exprimidas. No hay filósofo que pueda pensar algo por sí mismo. Para ello hay que subir a los mundos superiores.

Tales filosofías, tales conceptos moldeados estaban básicamente a disposición de los filósofos del siglo XIX cuando abordaron lo que puede llamarse antroposofía. La palabra ya se ha utilizado antes. Robert Zimmermann escribió una antroposofía, pero la emprendió con medios muy inadecuados, como hizo Solger con la teosofía. Los hilvanó con los conceptos más agotados y abstractos, y esta maraña fue entonces su antroposofía. Realmente es la red más abstracta y seca de conceptos que ya no toca para nada la materia. Ese es el rasgo característico del siglo XIX, que todo lo que quería ir más allá de la experiencia externa, individual, más allá de la antropología y ser antroposofía, se convirtió en una seca red de conceptos.

La teosofía, a su vez, al proporcionar los medios para reconocer la realidad dentro de la vida espiritual, también debe profundizar en el conocimiento de la humanidad que puede llamarse antroposofía. La antroposofía es un conocimiento espiritual del mundo que se sitúa puramente en el punto de vista medio, humano, y no en el punto de vista infrahumano, como hace la antropología. La teosofía de Solger se sitúa en un punto de vista sobrehumano, pero no tiene contenido. Los conceptos de ahí arriba sólo quieren volar por encima de la humanidad. Como desde su mundo de arriba esas personas no pueden ver nada, hilan finamente en el telar de los conceptos. No queremos hilar así en el telar de los conceptos. Queremos ir a la realidad. Y verán que la realidad de toda la vida humana se nos enfrentará. Reconocerán a los viejos amigos, a los viejos objetos de nuestras reflexiones, pero iluminados desde un punto de vista diferente, es decir, desde el punto de vista que mira hacia arriba y hacia abajo a la vez.

La parte más importante de nuestra reflexión realmente tiene por objeto al ser humano. Aunque examinemos la primera parte del ser humano, es decir, el cuerpo físico, si pensamos en lo que hemos adquirido a través de la Teosofía y profundizamos en ello, entonces nos daremos cuenta de la complicada estructura que es en realidad este cuerpo físico. Para que se hagan una idea, al menos emocional, de lo que la Antroposofía quiere en realidad, piensen en lo siguiente: Lo que hoy llamamos cuerpo físico humano es, por así decirlo, resultado de un proceso muy antiguo. Sabemos que el cuerpo físico se originó en el antiguo Saturno y que se transformó sucesivamente en el antiguo Sol, en la antigua Luna y ahora en la Tierra. Por su parte, el cuerpo etérico se añadió durante el período solar y el cuerpo astral durante el período lunar. Estas partes del ser humano siempre han ido cambiando en el transcurso del desarrollo. Lo que hoy se nos presenta como el complejo cuerpo humano con corazón y riñones, ojos y oídos, etc., es el producto de una larga evolución. Todo ha evolucionado a partir de una forma muy simple, de una forma que existía en germen en el antiguo Saturno. A través de millones de años esto ha ido cambiando y transformándose una y otra vez, de modo que finalmente pudo elevarse a su perfección y complejidad actuales. Si observan cualquier parte de este cuerpo físico hoy en día, el corazón o los pulmones, no podrán entenderlo si no tienen una visión más profunda de cómo llegaron a existir estos órganos y de cómo se fueron formando. Por supuesto, nada de lo que hoy es la forma del corazón o los pulmones estaba presente en el antiguo Saturno. Estos órganos adquirieron gradualmente su forma actual. Uno se formó antes, el otro después y se incorporó al cuerpo físico. Podemos referirnos a un órgano como órgano solar porque fue incorporado y manifestado por primera vez durante el antiguo estado solar. Podemos referirnos a otro como órgano lunar y así sucesivamente. De esta manera podemos obtener los conceptos del universo, de la observación del mundo entero, si queremos comprender cómo esta compleja estructura, el cuerpo físico humano, llegó realmente a existir y qué significa hoy en día.

Estamos describiendo la visión teosófica del ser humano. ¿Cuál es, en cambio, la visión antropológica del hombre? Si se lo mira antropológicamente, se toma el corazón y se lo mira por sí mismo, el estómago y se lo mira por sí mismo. Se analizan uno al lado del otro como si fuera irrelevante qué órgano es más reciente y cuál más antiguo. No se tiene en cuenta, todo se yuxtapone como una sola entidad. La teosofía sube a las alturas más elevadas y lo explica todo individualmente desde lo espiritual. La antropología se detiene en la parte inferior, ella parte del individuo y hoy ha llegado al extremo de observar las células individuales en su yuxtaposición, como si fuera irrelevante que un complejo celular se haya originado en la antigua luna y otro en el antiguo sol. En realidad, los complejos celulares individuales se originaron en épocas diferentes. Uno puede citar los detalles externamente, pero no los entenderá si no los mira desde un punto de vista espiritual. Así, la antropología camina por lo más bajo, y la Teosofía ocupa la cima más alta.

Ahora bien, piensen que el asunto es aún más complejo. El corazón humano es uno de los órganos más antiguos, al menos en lo que se refiere al núcleo germinal. Su aspecto actual, por supuesto, sólo se desarrolló en épocas posteriores. Y ahora echemos un vistazo al antiguo período solar. Allí, por ejemplo, este núcleo germinal del corazón humano dependía de las fuerzas que prevalecían en el antiguo sol. Luego continuó el desarrollo. En el primer período del tiempo lunar, la antigua luna se unió con el sol, y el corazón volvió a experimentar un desarrollo. Pero después ocurrió el gran acontecimiento de que el sol se separó. Ahora actuaba desde fuera, de modo que a partir de entonces el corazón experimentó un desarrollo completamente diferente. A partir de entonces, el desarrollo procedió de tal manera que había una parte solar y otra lunar, y sólo se puede comprender el corazón si se sabe distinguir entre la parte solar y la lunar. Luego el sol se volvió a unir con la luna. Durante el desarrollo de la Tierra, el sol volvió a separarse ejerciendo desde el exterior una mayor influencia en el desarrollo. Posteriormente se produjo la separación de la luna y ésta actuó desde el exterior, de modo que tenemos una nueva fase en el desarrollo de este antiguo órgano.

Por lo tanto, vemos las fuerzas más diversas irradiando en el cuerpo físico humano desde los puntos más diversos. Debido a que el corazón es uno de los órganos más antiguos, realmente tenemos una parte solar, una parte lunar, una segunda parte solar y una segunda parte lunar y luego una parte terrestre extra después de la separación de la tierra. Cuando todas estas partes de un órgano o del cuerpo físico humano están en armonía entre sí, como lo están en la armonía del cosmos, entonces está presente la salud en el ser humano. En cuanto una de las partes predomina, digamos, por ejemplo, que la parte solar se hace demasiado grande en relación con la parte lunar en lo que se refiere al corazón, entonces el corazón se enferma. Y esta enfermedad podrán comprenderla si saben que la parte lunar, por algunas circunstancias, se ha quedado atrasada, por así decirlo. Toda enfermedad humana se basa en el hecho de que estas diferentes partes se han vuelto desorganizadas, irregulares. Toda curación consistiría en restablecer la armonía. Pero no basta con hablar de ello, hay que conocer realmente esta armonía, hay que entrar realmente en la sabiduría del mundo para poder encontrar las diferentes partes de cada órgano.

De modo que el cuerpo físico es una estructura tremendamente compleja. Esto ya se puede adivinar por lo que hemos visto hasta ahora. Pueden ustedes hacerse una idea de lo que es una fisiología y una anatomía verdaderamente ocultas, que tienen que contar con todos estos factores y que comprenden al ser humano a partir de todo el cosmos. Esta fisiología oculta habla de las partes solares y lunares del corazón, la laringe, el cerebro, etcétera. Pero como en ese caso todas estas partes actúan en el propio hombre, tal como el hombre se presenta hoy ante nosotros, es, por así decirlo, el producto solidificado, cristalizado, de todos los procesos que tuvieron lugar desde Saturno desde el Sol, la Luna y la Tierra. Así pues, en el ser humano hay algo en lo que todas estas partes están solidificadas.

Si no miramos hacia arriba, hacia el mundo, sino hacia el hombre mismo y comprendemos los órganos individuales, el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral, el alma sensible, el alma racional, el alma consciente, tal como el hombre es hoy, entonces eso es antroposofía. En la antroposofía también tendremos que partir de lo más bajo para ascender gradualmente a lo más alto. Lo más bajo para el hombre es el mundo físico-sensorial, lo que se da a través de los sentidos y la mente físico-sensorial. En la Teosofía lo consideramos, partiendo del mundo en su conjunto, en las conexiones cósmicas con lo físico-sensorial, los fenómenos externos. Esta es la manera teosófica de ver las cosas. La contemplación antroposófica debe partir del ser humano en relación con el mundo físico-sensorial, debe considerar lo que es físico-sensorial en el ser humano. Debe partir del hombre y considerarlo en la medida en que es un ser sensorial. Eso será lo primero. Después habrá que considerar, lo que se encuentra en él, el cuerpo etérico humano, luego el cuerpo astral y el yo.

¿Qué es lo que debe interesarnos en particular cuando entra en consideración el mundo físico- sensorial? Lo que hay en el propio hombre. Son ante todo los sentidos, pues es realmente a través de los cuales él recibe el conocimiento del mundo físico-sensorial. En Antroposofía debemos hablar en primer lugar de los sentidos humanos, si partimos del plano físico, pues son el medio por el cual el hombre conoce algo del mundo físico-sensible. Y veremos cuán importante es, para conocer realmente al hombre, partir de la observación de sus sentidos. Este es nuestro primer capítulo. Luego pasaremos a considerar las áreas espirituales individuales de la naturaleza humana.

Si ahora se consideran los sentidos humanos, entonces como antropósofo ya se entra en conflicto con la antropología, porque la antroposofía siempre debe partir de lo que es sensorialmente real, pero debe quedar claro que el espíritu actúa desde arriba. La antropología sólo se ocupa de lo que puede investigar abajo y lo confunde todo. Especialmente en el capítulo relativo a los sentidos humanos, todo se confunde en la antropología externa y se dejan de lado cosas importantes, precisamente porque no se dispone de una guía para encontrar verdadera y correctamente los hechos correspondientes. Cuando falta el hilo conductor que ha de guiarnos a través del laberinto de los hechos, no es posible salir de este laberinto. 

En la leyenda, el ovillo de hilo que conduce a Teseo fuera del laberinto del Minotauro, debe ser hilado por la investigación espiritual. La antropología ordinaria permanece dentro del laberinto y cae víctima del Minotauro. Así veremos que la antroposofía, sin embargo, tiene que decir sobre los sentidos algo diferente que la mera observación externa ordinaria.

Pero también es interesante ver cómo la ciencia actual se ve obligada por los hechos externos a analizar las cosas un poco más a fondo y con más seriedad que en el pasado. Lo más trivial es hablar siempre de los cinco sentidos humanos: Sentido del tacto, sentido del olfato, sentido del gusto, sentido del oído y sentido de la vista. Veremos que con toda esta lista de los cinco sentidos, realmente se ha tirado todo por la borda. A estos sentidos, sin embargo, la ciencia moderna ya ha añadido otros tres sentidos, con los que, por supuesto, no sabe muy bien qué hacer. Hoy vamos a sentar las primeras bases de una teoría antroposófica de los sentidos. Enumeraremos los sentidos en la medida en que tengan realmente sentido a partir del hilo conductor anteriormente expuesto.

El primer sentido del hombre que entra en consideración es el que puede llamarse sentido de la vida en la ciencia espiritual. Se trata de un sentido real, y así como se habla del sentido de la vista, también hay que hablar del sentido de la vida. ¿Qué es el sentido de la vida? Es algo que el hombre no siente cuando todo está en orden, sino cuando algo en él no está en orden. La gente siente el cansancio, que percibe como una experiencia interior, igual que percibe un color. Y lo que se expresa en la sensación de hambre o sed, o lo que puede llamarse una sensación especial de fuerza, también debe percibirlo interiormente como si fuera un color o un sonido. Por regla general, sólo nos damos cuenta de ello cuando algo va mal. La primera autopercepción humana viene dada por el sentido de la vida, a través del cual el ser humano en su conjunto toma conciencia de su condición corporal. Este es el primer sentido real, y debe tenerse en cuenta tanto como el sentido de la vista o del oído o el sentido del olfato. Nadie puede comprender los sentidos si no sabe que existe la posibilidad de sentirse interiormente como un todo, de tomar conciencia de sí mismo como una totalidad corporal cerrada interiormente.

Lo segundo, que también es muy distinto de este sentido de la vida, es lo que pueden descubrir cuando mueven cualquiera de sus miembros. Mueven el brazo o la pierna. No seríamos seres humanos si no pudiéramos percibir nuestros propios movimientos. Una máquina no percibe su propio movimiento, sólo un ser vivo puede hacerlo, mediante un sentido real. El sentido de lo que movemos en nuestro interior, desde el parpadeo de los ojos hasta el movimiento de las piernas, es un segundo sentido real, el sentido de nuestro propio movimiento.

Tomaremos conciencia de un tercer sentido si recordamos que el hombre distingue entre arriba y abajo. Si deja de percibir esto, es muy peligroso para él, ya no puede sostenerse y se cae. Podemos señalar un órgano que tiene mucho que ver con este sentido, a saber, los tres canales semicirculares del oído. Si este órgano está dañado, el hombre pierde el sentido de la orientación. Este sentido también puede rastrearse en el reino animal. Allí se manifiesta como ciertos órganos del equilibrio. Si ciertas estructuras pequeñas, parecidas a piedras, los llamados otolitos, están situados en un lugar determinado, tenemos sentido del equilibrio; de lo contrario, sólo tenemos sentido del tambaleo. Este es el sentido del equilibrio o sentido estático.

Con estos sentidos, que hemos enumerado hasta ahora, el hombre percibe algo dentro de sí, siente algo dentro de sí. Ahora salimos del ser humano, allí donde él comienza a interactuar con el mundo exterior. La primera interacción con el mundo es aquella en la que el hombre une la sustancia consigo mismo y percibe esta sustancia. Esto sólo es posible si esta sustancia puede unirse realmente con el cuerpo humano. Esto sólo es aplicable a las sustancias gaseosas. Tales sustancias se absorben a través de los órganos del olfato. Aquí comienza la comunicación con el mundo exterior. Sin un cuerpo que emita sustancias gaseosas, no se puede oler. La rosa debe emitir sustancias gaseosas para ser olida. El cuarto sentido es, pues, el olfato.

El quinto sentido surge cuando el hombre ya no se limita a percibir la materialidad, sino que ya da el primer paso hacia la materialidad, es decir, entra en una relación más profunda con lo material. La sustancia ya debe ejercer algún tipo de efecto en él. Este es el caso cuando un cuerpo acuoso llega a nuestros órganos gustativos. Aquí no percibimos la sustancia directamente, sino que el cuerpo debe primero ser disuelto por el líquido de la boca. Aquí sólo podemos percibir una relación recíproca entre la lengua y el cuerpo. Las cosas no sólo nos dicen lo que son como materia, sino también lo que pueden hacer. La interrelación entre el hombre y la naturaleza se ha hecho más íntima. Este es el quinto sentido, el sentido del gusto.

El sexto sentido es aquel en el que lo que una persona percibe sobre las cosas, revela la esencia de éstas de forma aún más íntima. Aquí las cosas le dicen al hombre más de lo que le dicen meramente a través del sentido del gusto. Esto ocurre de tal manera que se toman precauciones especiales para que las cosas puedan anunciarse al hombre de una manera muy determinada. En el caso del olfato, el cuerpo humano toma las cosas tal como son. El sentido del gusto es más complicado, pero aquí las cosas revelan algo más de su interioridad. Con el sexto sentido, sin embargo, podemos distinguir si algo deja pasar la luz o no. El hecho de que deje pasar la luz de una determinada manera se demuestra si está coloreado y cómo. Una cosa que deja pasar la luz verde muestra que sólo interiormente es de tal forma que puede dejar pasar esta luz. Mientras que en el sentido del olfato, se revela algo, ya a través del sentido del gusto se nos da a conocer la superficie exterior de la naturaleza interior de una cosa; en el sentido de la vista, en cambio, algo de lo más profundo de las cosas se hace evidente. Esta es la esencia del sexto sentido, el sentido de la vista. El ojo es un órgano tan maravilloso porque nos permite penetrar mucho más profundamente en la naturaleza de las cosas que los órganos sensoriales de los que acabamos de hablar. Hay algo muy peculiar en el sentido de la vista. Por ejemplo, cuando vemos una rosa roja con nuestros ojos, su interior se revela por su superficie. Sólo vemos la superficie, y como está condicionada por el interior, llegamos a conocer este interior hasta cierto punto a través de ella.

Si tocamos con la mano un trozo de hielo o un trozo de acero caliente, penetramos aún más en el interior de una cosa. En el caso del color, sólo tenemos lo que ocurre en la superficie. En cambio, el hielo es frío hasta la médula, e incluso con el acero caliente el calor atraviesa todo el cuerpo. Así pues, con el calor y el frío tenemos un conocimiento aún más íntimo de la naturaleza de las cosas que con el sentido de la vista, que sólo nos informa de las propiedades superficiales. El sentido del calor llega más íntimamente a la subsuperficie de las cosas. Sería el sentido del calor o séptimo sentido.

Veamos ahora cómo se desarrolla el asunto. ¿Puede el hombre, por medio de sus sentidos, llegar aún más profundamente al sustrato de las cosas? ¿Puede llegar a conocer el interior íntimo de las cosas aún mejor que a través del sentido del calor? Sí, puede, porque las cosas le muestran cómo son en su interior cuando empiezan a sonar. El calor está distribuido uniformemente en las cosas. Lo que es el sonido en las cosas no está distribuido uniformemente. El sonido hace temblar la interioridad de las cosas. Esto revela cierta cualidad interior. Se percibe cómo la cosa interior es móvil a través del sentido más íntimo del oído. Nos proporciona un conocimiento más íntimo del mundo exterior que el sentido del calor. Este es el octavo sentido, el sentido del oído. En el sonido, una cosa nos revela cómo es por dentro cuando la golpeamos. Distinguimos las cosas según su naturaleza interior, según la forma en que pueden temblar y agitarse interiormente cuando las hacemos sonar. El alma de las cosas nos habla de una determinada manera.

¿Existen sentidos más elevados que el sentido del oído? Aquí debemos ser mucho más cuidadosos en nuestros esfuerzos por investigar los sentidos superiores, pues no debemos confundir los sentidos con otra cosa. En la vida ordinaria, donde nos detenemos en el fondo, donde lo confundimos todo, hablamos de otros sentidos, por ejemplo, el sentido de la imitación, el sentido del ocultamiento, etcétera. Pero ése es un uso equivocado de la palabra sentido. El sentido es aquello a través de lo cual adquirimos conocimiento sin la cooperación del intelecto. Cuando adquirimos conocimiento mediante el discernimiento, no hablamos de sentido, sino sólo cuando nuestra capacidad de discernimiento aún no ha entrado en acción. Si se percibe un color, se está utilizando un sentido. Si se quiere distinguir entre dos colores, no se utiliza un sentido sino el discernimiento, el intelecto.

¿Hay otros sentidos en este sentido? La palabra sentido no se utiliza correctamente aquí. Sí, hay un noveno sentido. Lo encontramos cuando consideramos que en el ser humano todavía existe cierta capacidad de percepción. Esto es especialmente importante para el fundamento de la antroposofía. Existe una facultad perceptiva que no se basa en el discernimiento, pero que sin embargo, está presente en él. Es la que percibimos cuando nos comunicamos con nuestros semejantes a través del habla. En la percepción de lo que se nos da a través del habla, no sólo hay una expresión de discernimiento, sino un sentido real del habla. Este sentido del habla es el noveno sentido. Hay que hablar de él como se habla del sentido de la vista o del olfato. El niño aprende a hablar antes de aprender a razonar. El conjunto del pueblo tiene un lenguaje, pero la capacidad de juicio es responsabilidad individual. Lo que «habla» a los sentidos no está sujeto a la actividad del alma del individuo. El oído anuncia el temblor interior. La percepción de que un sonido significa esto o aquello no es mera audición. El sentido que se expresa en él como sentido del habla se da a conocer a otro sentido, el sentido del habla. Por lo tanto, el niño puede hablar o comprender lo que se dice mucho antes de aprender a razonar. Sólo aprende a razonar a través del habla. ¡Qué educador es el sentido del habla, como también lo son el sentido de la vista y el sentido del oído durante los primeros años de vida! No se puede cambiar nada de lo que percibe el sentido, no se puede estropear nada. Esto vale tanto para el color como para la percepción interior del sonido del habla. El sentido del habla debe describirse necesariamente como un sentido especial. Es el noveno sentido.

Luego llegamos al décimo de los sentidos. Para la vida humana ordinaria éste es el más elevado. A través de él el hombre llega a ser capaz de comprender el concepto que está revestido en los sonidos del habla. Es un sentido como cualquier otro. Para poder juzgar, debemos tener conceptos. Para que el alma se mueva, debe ser capaz de percibir conceptos. Puede hacerlo a través del sentido conceptual. Así pues, hemos enumerado un décimo sentido en ella.

Pero hay un sentido completamente olvidado, podría decirse, el sentido del tacto. En efecto. El sentido del tacto se suele agrupar con el sentido del calor. El hecho de que se pueda hablar así de él, proviene de la confusión que provocan los que no tienen el hilo espiritual. Al principio, por supuesto, el sentido del tacto sólo tiene significado como sentido del calor. Toda la piel puede describirse a grandes rasgos como tal sentido. Esto también existe en cierto modo para el sentido del tacto. Sin embargo, correctamente considerado, el tacto no es sólo lo que hacemos cuando tocamos un objeto, cuando palpamos su superficie; el tacto es también lo que hacemos cuando buscamos algo con los ojos. El olfato y el gusto también pueden sentir. Cuando olfateamos, sentimos con el olfato. Hasta el sentido del calor, el tacto es una propiedad común de los sentidos del cuarto al séptimo. Por tanto, podemos hablar de estos sentidos como sentidos del tacto. Sólo nuestra burda aproximación a la fisiología puede atribuir a un sentido algo que pertenece a toda una serie de sentidos, el sentido del olfato, el sentido del gusto, el sentido de la vista y el sentido del calor. Con el sentido del oído cesa la posibilidad de etiquetarlo como sentido del tacto; esto es aún menos posible con el sentido del habla y menos posible aun con el sentido conceptual. Por ello, estos sentidos se denominan sentidos de la comprensión. Mientras que con el sentido del tacto tenemos algo que se queda en la superficie, algo que no puede penetrar en las cosas, con el sentido del calor primero penetramos en las cosas y luego cada vez más profundamente. Estos sentidos superiores nos proporcionan el entendimiento y la comprensión de las cosas en su interior, por lo que se denominan sentidos de la comprensión.

De ello se deduce que, antes de llegar al sentido del olfato, tenemos que enumerar otros tres sentidos que nos informan sobre nuestro propio interior humano. De ahí extraen sus destinatarios. Entonces llegamos a la frontera entre el mundo interior y el exterior, primero a través del sentido del olfato, y luego a través de los sentidos superiores llegamos cada vez más profundamente al mundo exterior.

¿Hay algo por debajo y por encima? Lo que se ha enumerado es sólo un extracto. Hay otros sentidos por encima y por debajo de él. Desde el sentido conceptual podríamos ascender al primer sentido astral y luego llegar a los sentidos que penetran en lo espiritual. Encontraríamos un undécimo, duodécimo y decimotercer sentido. Estos tres sentidos desconocidos sólo serán mencionados aquí por el momento. Hablaremos de ellos con más detalle cuando ascendamos de lo físico a lo espiritual mañana o pasado mañana. Ellos nos conducirán a las profundidades de la vida espiritual, en las cuales no penetra el concepto. El concepto se detiene en un punto determinado. Más allá del concepto está lo que sólo puede percibirse a través de los sentidos superiores. El olfato se detiene en el propio interior. Al igual que hay tres sentidos por debajo del olor, por encima del concepto hay tres sentidos superiores a través de los cuales penetramos en el exterior de las cosas espirituales, al igual que con los sentidos inferiores en el exterior de las cosas físicas.

Pero hoy nos quedaremos en el plano físico. Por eso hemos enumerado lo que pertenece a la percepción de lo físico. No era innecesario que nos dedicáramos a tal fundamentalización de las cosas. Porque se ha olvidado, todo en las ciencias se ha confundido de la manera más espantosa, hasta la filosofía y la epistemología. Se habla en términos generales: ¿Qué puede reconocer el hombre a través de los sentidos individuales? - No se puede distinguir entre el oído y la vista. Se habla de las ondas sonoras del mismo modo que de las ondas lumínicas, sin tener en cuenta que el sentido de la vista penetra menos profundamente en la esencia de las cosas que el sentido del oído, que revela algo de la naturaleza anímica del mundo exterior. A través de los tres sentidos aún más elevados, el undécimo, duodécimo y decimotercero, penetraremos también en el espíritu de las cosas. Cada sentido tiene una naturaleza y una esencia diferentes. Esto es lo primero que hay que tener en cuenta. Por lo tanto, se puede considerar que un gran número de explicaciones que la física, en particular, proporciona hoy en día sobre la naturaleza del sentido de la vista y su relación con el entorno nunca ha tenido en cuenta la naturaleza de los sentidos en general. Innumerables errores se han basado en este malentendido de la naturaleza de los sentidos. Hay que insistir en ello porque las representaciones populares no hacen justicia a lo que aquí se ha dicho. De hecho, los libros populares pueden decir justo lo contrario. En ellos se leen cosas escritas por personas que ni siquiera pueden hacerse una idea de la naturaleza interna de los sentidos. Tenemos que darnos cuenta de que la ciencia tiene que hablar de otra manera desde su punto de vista, que tiene que caer en el error, porque el desarrollo ha sido tal que a menudo se ha olvidado lo correcto. Este es el primer capítulo de la Antroposofía: la verdadera naturaleza y esencia de nuestros sentidos.

Traducido por J.Luelmo mar,2025

GA115 Prólogo de Maria Steiner

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RUDOLF STEINER
ANTROPOSOFÍA-PSICOSOFÍA-PNEUMATOSOFÍA

Prólogo de Maria Steiner


Con estas conferencias, que ahora se publican en forma de libro, Rudolf Steiner dio por primera vez una base más firme -como él lo expresó- del movimiento europeo de la ciencia espiritual que dirigió en la Asamblea General de la Sección Alemana de la Sociedad Teosófica en Berlín en 1909. Este fundamento, que había sido corroborado por el conocimiento y examinado por el intelecto, se había hecho necesario en comparación con el intento del movimiento teosófico anglo-indio, que se alimentaba del ocultismo oriental, y que no había captado el núcleo y el contenido de la vida espiritual occidental real y sólo veía las aberraciones de la cultura materialista sin comprender su significado más profundo; que ahora creía que podía llevar a los europeos de vuelta a las fuentes de la sabiduría antigua, sin apreciar el desarrollo histórico de los pueblos occidentales y sus tareas derivadas de él. El ideal de una teosofía muy alejada de la tierra, de una sabiduría divina, que era demasiado elevada para las masas más amplias de la gente, como los místicos alemanes de la Edad Media y de la nueva era moderna también trataron de alcanzarla con una devoción profundamente piadosa a Dios y un ferviente ardor de amor por medio de la absorción interior y el éxtasis imbuido del espíritu, no podía popularizarse sin trivializarla. Las almas desamparadas de nuestro tiempo, que sentían morir en el aire materialista y sofocante, encontraron aquí esperanza y vieron un camino, que, sin embargo, pronto se cerró de nuevo. Porque el pensamiento europeo de mentalidad crítica y su necesidad de análisis y síntesis no podía satisfacerse con la constante esquematización y narración de acontecimientos maravillosos sin un hilo de causa y efecto llevado a cabo consecuentemente, devenir y desaparecer dentro de metamorfosis ascendentes, hacia la meta de un desarrollo superior. El sentido acrecentado de la personalidad occidental no podía simplemente suponer que el ciclo de los acontecimientos tenía lugar en una repetición eternamente uniforme sin un significado más profundo, sólo con el propósito de la liberación final de la existencia. Según el sentimiento europeo, la base primordial del mundo que se revelaba tenía que enviar radiaciones a un centro, sumergirse en él concentrándose en él, y emerger de él de nuevo en una nueva reflexión, con mayor contenido, a mil nuevas formaciones y formas de existencia. Este centro de todos los acontecimientos mundiales sólo podía verse en el poder del ego. El ego divino había entrado en la existencia; El ego humano, la gota del mar del ser divino del ego, tuvo que apoderarse de su peculiaridad a través de la forma y la forma, formada y armonizada según la medida, el número y el peso, para luego volver al ego divino como un ego individual con la preservación de lo que así se había logrado, uniendo libremente su voluntad con la voluntad divina, conducida por el conocimiento y la perspicacia a la voluntad de esta reunión más elevada. El hombre-yo no puede escapar de sí mismo, no puede extinguirse a sí mismo; Debe buscar, trabajar, purificarse a sí mismo en un esfuerzo eterno, y en este proceso de despertar debe redimir gradualmente el mundo de la escoria, que ha rechazado en el curso de miles de millones de años en formas eternamente nuevas, y conducirlo de regreso al espíritu. Si no lo hace, se convierte en presa del mundo de los demonios y es encerrado por él en el mundo de la escoria.

Esta tarea del hombre de captar conscientemente el yo, que ha trabajado en sus envolturas y su núcleo de ser a través de eones, y ahora, con la ayuda del débil reflejo que le ha dejado el pensamiento que se ha vuelto abstracto, penetrar de nuevo en él después de que su poder activo vivo hubiera sido cubierto durante un tiempo por la miopía del intelecto alimentado por la mera apariencia sensorial, da el más alto significado a la vida humana, que aparece en siempre nuevas reencarnaciones. De este modo, el hombre, liberado a la libertad por la Divinidad, supera gradualmente los límites del intelecto encadenado a la tierra y alcanza su meta más elevada: volver al espíritu para convertirse de nuevo en expresión del Yo divino. Es tarea de Occidente conducir al yo individual por los caminos de la investigación sin descanso y de la libre actividad personal hacia esta meta.

No la huida del ser individual que se expresa en la personalidad, tal como lo enseña el budismo como principio de redención, y tal como el neobudismo quisiera seductoramente presentarlo de nuevo al cansado Occidente, -nos referimos a la actividad conferenciante que tiene lugar ahora de Krishnamurti, que se ha dado a conocer a través de veinte años de amplia publicidad de la Sociedad Teosófica y de la "Estrella de Oriente"-: no, lo que importa es la liberación del yo individual inicialmente capturado en la personalidad, el despertar de sus propios poderes, fortalecidos por la autoactividad, para que se convierta en un instrumento plenamente consciente de la voluntad divina que reconoce y coopera en sus objetivos de una manera reconocible. La Antroposofía, a pesar de su relación con una corriente teosófica retrógrada y orientalizante, ha trazado y definido agudamente este camino como necesario. En el decisivo punto de inflexión del descenso del yo de Dios al yo humano, del yo humano de nuevo al yo de Dios, nos abre los ojos a la luz que irradia el misterio de la encarnación de Cristo y de su muerte sacrificial.

Para que el hombre encontrara conscientemente su humanidad, era necesario para nuestro tiempo pavimentar este camino medio antroposófico de la tierra a la divinidad: para que el hombre pudiera aprender a conocerse a sí mismo y al mundo, para que pudiera llegar a ser lo suficientemente maduro como para comprender el concepto de la divinidad. El ser humano, que está dividido en dos lados, la lombriz de tierra, no se apodera de él sin el mayor esfuerzo de todas las fuerzas de su ser. Si no es sólo el caminante individual el que supera su tiempo, el que sobresale en su tiempo, el que ha de alcanzar la comunión con Dios, si la humanidad de una época ha de ser conducida hacia esta meta, porque de lo contrario el peligro inminente de hundirse en lo infrahumano puede convertirse en un hecho, entonces era necesario que viniera alguien que fuera capaz de marcar este camino intermedio y hacerlo practicable para los demás: el camino de la humanidad a la divinidad, a través del "Conócete a ti mismo".

La antigua palabra misteriosa debe presentarse hoy ante la conciencia de toda la humanidad. - Para que esto ocurra, la personalidad, desprendida de su terreno original, tuvo que hacer el largo y arduo viaje a través de la dura maleza del pensamiento crítico, la mente separada del espíritu, hasta las aberraciones de la limitación materialista, hasta la puerta de los poderosos descubrimientos técnicos ante los que hoy nos encontramos, y a los que las fuerzas del inframundo ya están llamando. Es el reino elemental que se abre entre el espíritu y la naturaleza, que envía fuerzas cuyo inmenso poder demoníaco de acción los descubridores de los primeros efectos no sospechan, que sólo podrán medir cuando penetren en el mundo del espíritu de forma reconocible. Para poder hacerlo, primero deben reconocer al ser humano: a sí mismos. La Antroposofía puede conducirnos a esta meta mediante un trabajo serio; sin ella no podremos reconocer ni el abismo ni el cielo. Ambos están ocultos en el ser humano. Reconoce al ser humano y sólo entonces podrás recorrer el camino que redime el infierno y conquista el cielo.

Este camino hacia una comprensión consciente del mundo y del hombre conduce primero a través de los fríos senderos del pensamiento filosófico, en una conceptualidad que aborda con agudeza las preguntas enigma de la vida. Este camino parece laborioso y casi superfluo a aquellos a quienes el sentimiento inmediato les da el batir más fácil de las alas del alma; pero es inevitable y necesario para nuestro tiempo, para el cual la contemplación mística por sí sola ya no puede satisfacer esforzándose por la comprensión de la existencia.

Rudoff Steiner hizo que fuera más fácil para nosotros recorrer este camino creando primero la atmósfera que calienta nuestras almas, eleva nuestros espíritus y, por lo tanto, abre nuestros ojos a las alturas de la verdadera teosofía y la sabiduría del evangelio. Pero no nos ahorró la elaboración, la subida de esos empinados escalones a las alturas del conocimiento.

Las reflexiones aquí impresas en este libro lo demuestran. Son una parte necesaria de la serie de escritos epistemológicos de Rudolf Steiner, y son igualmente importantes para la determinación realista de los acontecimientos históricos que proporcionaron el marco para su trabajo.