CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA125 Stuttgart, 27 de diciembre de 1910 - Lo eterno se manifiesta en lo transitorio, siempre en nuevas formas.

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RUDOLF STEINER

Lo eterno se manifiesta en lo transitorio, siempre en nuevas formas.


Stuttgart, 27 de diciembre de 1910



El espíritu, a través de cuya absorción se desarrolla cada vez más el alma humana en el curso del mundo, es eterno. Pero la forma en que se integra, cómo se manifiesta en lo que el ser humano puede sentir, amar y crear en la Tierra, esta forma es siempre nueva de una época a otra. Y ahí consiste precisamente la tarea del ser humano en el curso del mundo: permitir al espíritu las sucesivas formas a través de las cuales asciende por la escala hacia aquellas perfecciones que intuimos y que en realidad solo debemos intuir, que no queremos encasillar en conceptos demasiado claros. Cuando pensamos así en el espíritu y en su devenir en el curso de la humanidad, la eternidad y lo efímero se presentan ante nuestra mirada espiritual. Y en los casos particulares de la vida, aquí y allá, una y otra vez, podemos ver cómo en lo efímero aparece lo eterno, cómo se manifiesta en lo efímero para volver a desaparecer y afirmarse en formas siempre nuevas. Lo que nos rodea aquí como símbolo de nuestra Navidad, hoy en día también podemos percibirlo como algo que pertenece a formas pasadas, como ver lo eterno en el mundo exterior en forma de símbolo. 


Porque, en verdad, cuando en la segunda mitad de diciembre nos acercamos a nuestro presente, concretamente a las calles de la gran ciudad, y vemos el brillo navideño y todo lo que invita a entrar en las casas para celebrar la Navidad, entonces a un ojo que aún es capaz de sentir estéticamente le duele ver las cosas del mercado navideño expuestas y, en medio de ellas, lo que en el fondo no puede pasar volando entre los árboles y los símbolos navideños: automóviles, tranvías eléctricos o similares. Las cosas, tal y como se perciben hoy en día, ya no encajan entre sí. Sentimos aún más profundamente esta cuestión cuando nos damos cuenta de lo que ha llegado a ser esta Navidad para muchas de las personas que, en las grandes ciudades, quieren ser los portadores de la educación actual. Una fiesta de regalos, una fiesta en la que ya queda poco del calor, de la profunda sensibilidad que en un pasado no muy lejano rodeaba esta significativa festividad navideña: se ha convertido en una fiesta de regalos. Entre las diversas cosas que pretenden darnos lo que llamamos nuestra cosmovisión antroposófica, nuestra forma antroposófica de concebir el mundo, deberían estar de nuevo los cálidos sentimientos y emociones que impregnaban el alma humana en las fiestas solemnes del antiguo año eclesiástico.

Y deberíamos volver a comprender lo necesario que es para nosotros, para nuestras almas, sentir en determinados momentos toda la conexión con el gran mundo del que ha nacido el ser humano, para renovar nuestras fuerzas intelectuales, emocionales y también morales. Porque la fiesta de Navidad era realmente una fiesta así, en la que se podía renovar toda la moral, toda la humanidad, que difundía en sus símbolos una calidez que la sobriedad actual, la prosa actual de la vida, apenas puede comprender. Pero para nosotros, sumergirnos en estos símbolos podría ser algo que nos acerque un poco al alma los sentimientos, las actitudes y las emociones que podemos tener ante esa resurrección, que intuimos como la resurrección antroposófica de la humanidad y que, por lo tanto, también podemos tener ante el nacimiento del espíritu antroposófico en nuestra alma.  Y existe una especie de conexión entre las antiguas ideas sobre la Navidad cristiana y las ideas antroposóficas más recientes sobre el nacimiento de nuestras ideas y creencias antroposóficas, de todo el espíritu antroposófico en el pesebre de nuestro corazón: existe tal relación. Y tal vez hoy en día sea el antropósofo el más capaz de profundizar en lo que se ha sentido a lo largo de los siglos precisamente en la Navidad cristiana, lo que se puede volver a sentir cuando algo similar nazca de la atmósfera que ya nos rodea hoy en día, de la atmósfera del materialismo actual.

Echemos un breve vistazo a aquellos tiempos anteriores a la introducción del cristianismo en Europa, en los que, en una región climáticamente relativamente dura, nuestros antepasados europeos tenían que ganarse la vida principalmente viviendo durante todo el verano como una especie de pueblos pastores o agricultores, pero en íntima conexión con sus sensaciones y sentimientos con todo el gran mundo natural, en íntima adoración del rayo de sol, en ferviente veneración, que no era pensamiento, sino sentimiento y entrega, en ferviente devoción hacia el gran mundo. Y cuando el viejo pastor o ganadero europeo estaba fuera, en sus ásperos pastos, a menudo bajo el ardiente rayo del sol, no solo sentía lo físico y natural exterior, sino que sentía una íntima conexión de todo su ser con lo que le iluminaba en la fisonomía de la naturaleza.  Vivía con todo su corazón en la naturaleza. No solo los rayos físicos del sol reflejaban la luz en sus ojos: en su corazón, la luz del sol encendía espiritualmente lo que era la alegría y el júbilo del verano, y lo que, en el fondo, se concentraba en aquellos fuegos que luego se convirtieron en las hogueras de San Juan en verano. Toda la naturaleza quería regocijarse en los corazones humanos, el espíritu de la naturaleza resonaba en los corazones humanos.

Así se sentía durante todo el año. Y así se sentía también una íntima comunión con la fauna que se cuidaba. Luego llegaba el otoño, luego llegaban los tiempos en que el invierno se hacía severo. Recuerdo aquellos tiempos en que los inviernos duros azotaban el país, cuya dureza la humanidad actual apenas puede imaginar. Entonces había que sacrificar hasta el último animal, salvo los estrictamente necesarios. Todo quedaba en silencio en la vida exterior, y realmente era como si algo se apoderara del corazón de las personas, algo que se podría llamar una especie de muerte, de oscuridad, en contraste con todo lo que había impregnado esos corazones durante el verano. Eran tiempos en los que aún perduraba un eco de antiguas fuerzas clarividentes, precisamente debido a las peculiaridades del clima y la naturaleza de Europa Central. Las personas que en verano vitoreaban y se regocijaban, como si la propia naturaleza se regocijara y vitoreara en sus corazones, esas mismas personas podían, en invierno, especialmente ante la llegada del invierno, volverse silenciosas y tranquilas, podían dejar que surgiera en su interior algo del estado de ánimo que debería invadir al ser humano cuando, dejando de lado todo el mundo exterior, se adentra en su propio mundo interior para sentir y percibir lo divino que hay en él.

Así pues, la propia naturaleza brindaba a la antigua población europea la oportunidad de sumergirse por completo en su interior, alejándose de la vida exterior. Este descenso a la muerte y la oscuridad se percibía, cuando se acercaba noviembre, como un periodo festivo que duraba semanas, como el amanecer de lo que se denominaba la fiesta de Jul. Y lo que seguía a este estado de ánimo era algo que nos puede mostrar cuánto tiempo ha permanecido, en el fondo, el recuerdo de los antiguos estados clarividentes de todos los pueblos, especialmente en Europa Central y del Norte. Lo que seguía entonces, en la época en que se acercaban nuestros meses de enero y febrero, era que las personas sentían que su interior se impregnaba de los presagios de la nueva alegría natural, de la nueva resurrección natural. Lo sentían ahora como un presagio de lo que iban a experimentar en el mundo exterior, ya que la nieve aún cubría los prados, el hielo aún cubría los árboles, en la naturaleza aún no se veía nada que anunciara el alegre poder, lo que ahora, antes del anuncio del alegre poder, es todavía un estar completamente consigo mismo, un estar completamente en paz consigo mismo. Esto se transformaba en el alma de tal manera que el ser humano se desprendía de sí mismo.

Este estado intermedio, que nuestros antepasados percibían al acercarse lo que hoy llamamos primavera, se sentía de la misma manera que el clarividente siente su cuerpo astral cuando este no está completamente purificado y refinado. Se percibía como una especie de plenitud del horizonte espiritual con todo tipo de formas animales. Y eso es lo que estas personas intentaban expresar. Para ellos, esto constituía una transición del profundo espíritu festivo del invierno que se acercaba al espíritu que volvería a apoderarse del alma en verano. Imitaba simbólicamente lo que muestra el cuerpo astral del ser humano, imitaba en juegos desenfrenados, en bailes desenfrenados, en máscaras de animales, esta transición del reposo completo en uno mismo al júbilo de fundirse con la gran naturaleza. Así era.

Cuando nos sumergimos en algo así, cuando pensamos que el ánimo y el espíritu del pueblo estaban completamente inmersos en tal estado de ánimo en amplios, amplios ámbitos, entonces comprendemos cómo también en ese terreno existía la sensación de sumergirse en la oscuridad física exterior, en la muerte física exterior de la naturaleza; cómo, sin embargo, se sentía plenamente que precisamente en esta inmersión en la muerte física de la naturaleza, en la oscuridad física, se puede dar la luz más elevada del espíritu. Y cómo el estado de ánimo de la inmersión en la muerte física se transforma inmediatamente en un estado de ánimo exuberante, que se ha expresado en máscaras de animales, en danzas exuberantes y en música exuberante.  Sin embargo, aún no existía la plena conciencia de que, para encontrar la luz más intensa y sublime, el ser humano debe buscarla en lo más profundo de su interior; pero, gracias a la íntima y devota conexión con todas las fuerzas, con todo el tejido y la vida de la naturaleza, se había creado un terreno en el que se podía hundir lo que debía ser anunciado a la humanidad para su evolución a través del impulso crístico. Solo había que decirles a los sentimientos y emociones de estas personas repartidas por las regiones europeas, pero no con palabras abstractas, áridas y filisteas, sino de tal manera que lo que se quería decir hablara al corazón en forma de símbolo, solo había que hacerles comprender: Allí donde os sumergís en la oscuridad, en la muerte de la naturaleza exterior, allí podéis encontrar, si preparáis vuestra alma para sentir y percibir de la manera adecuada, una luz eterna e imperecedera. Y esta luz ha sido traída a la evolución de la humanidad a través de lo que surgió en ella con el misterio del Gólgota, con los acontecimientos de Palestina.

Es característico que en los siglos siguientes se haya logrado que, dentro de Europa, el impulso crístico se haya podido sentir de la manera más íntima y cordial en el Cristo infantil, en el nacimiento del Niño Jesús. Si se quiere asignar a la humanidad una tarea en la evolución, ¿cómo se debe sentir esta tarea humana? De ninguna otra manera que como que el ser humano tiene su origen en lo divino-espiritual, que puede mirar atrás a su origen divino-espiritual, pero que desde este origen divino-espiritual ha descendido cada vez más y más profundamente, se ha ido entrelazando y relacionando cada vez más con la materia física exterior, con el plano físico exterior. Pero entonces hay que sentir cómo el ser humano puede volver a recorrer el camino a la inversa gracias al poderoso impulso que llamamos el impulso crístico. Cómo puede dar la vuelta y, superando lo que le ha llevado al mundo físico, recorrer el camino de abajo hacia arriba, hacia las alturas espirituales.

Cuando uno siente esto, se dice a sí mismo: tal y como es este yo humano dentro de la corporeidad física, tal y como es hoy este yo humano, ha descendido de las alturas divinas y espirituales y se siente entrelazado y enredado en el mundo del plano físico exterior. Pero este yo se basa en otro: el yo culpable y, por así decirlo, el yo inocente. ¿Dónde nos encontramos, al menos aproximadamente, con ese yo que aún no está entrelazado con el mundo físico? Allí donde, cuando miramos atrás en nuestra propia vida, tal y como transcurre entre el nacimiento y la muerte, recordamos hasta el momento en que nuestra conciencia del yo aparece en un momento determinado de los primeros años. El yo está ahí, aunque el ser humano no lo recuerde, está presente y vive y se entrelaza dentro de nosotros incluso allí donde la idea del yo aún no ha aparecido, allí donde este yo, que mira a su alrededor en el mundo exterior, se entrelaza con el plano físico, donde la idea del yo aún no está presente, pero donde el yo está ahí en su estado infantil e inocente.  El yo, que puede considerarse un ideal al que hay que volver a alcanzar, solo puede impregnarse de todo lo que el ser humano puede experimentar en esta escuela de la vida física en la Tierra. Y así, en el corazón humano se puede sentir con calor interior, aunque la mente sobria tenga dificultades para expresarlo con palabras, el ideal: conviértete en lo que es tu yo cuando aún no tiene la idea del yo. Conviértete en lo que podrías ser si te refugiaras en tu yo infantil. En todo lo que tu yo posterior adquiere, brilla entonces el yo infantil. Y al sentirlo como un ideal, brilla en Jesús de Nazaret, en quien más tarde se encarnó el Cristo.

A partir de tales sentimientos, podemos comprender cómo un impulso íntimo de crecimiento humano, de desarrollo humano, pudo apoderarse de las mentes de las personas más sencillas de toda Europa al contemplar la encarnación de aquel hombre que pudo madurar hasta acoger a Cristo en su interior. Así vemos que fue un verdadero progreso, un progreso enorme, cuando se incorporaron a los sentimientos de la antigua fiesta de Julis los sentimientos relacionados con la fiesta del nacimiento de Jesús. Fue un progreso enorme. Quizás podamos describir este avance diciendo que, en aquellas tinieblas en las que el alma quería primero recogerse para prepararse para el júbilo y la alegría del nuevo verano, en aquellas tinieblas se encendió la luz de Cristo Jesús.

Todavía podemos sentir un eco de lo que realmente le sucedió a la población europea en lo que, durante el siglo XIX, al menos en su segunda mitad, no fue más que un objeto de estudio para investigadores y coleccionistas. Todavía podemos sentir un eco en las antiguas obras teatrales navideñas y cristianas. Esas obras de teatro cristianas, esas obras de teatro navideñas, ya se representaban de una manera peculiar en la antigua Edad Media en torno a la época navideña. A través de ellas se evocaba todo el contenido emocional, todo lo que el alma podía sentir en esa época, de la misma manera que en tiempos aún más antiguos, al acercarse la fiesta de Yule, la gente sentía lo que les he descrito anteriormente. Y cuando dirigimos nuestra mirada desde las antiguas fiestas de Yule que he descrito hacia las obras de teatro navideñas de la Edad Media, sentimos realmente el cálido impulso que el cristianismo ha tenido en la población europea. Sí, algo muy especial se ha instalado en los corazones, en las almas.

Ahora ya no es como antes. En el siglo XIX solo era objeto de interés para coleccionistas eruditos. Sin embargo, era conmovedor conocer a la antigua generación de filólogos alemanes, filólogos lingüísticos alemanes, filólogos de leyendas y mitólogos, que no se dedicaban con indiferencia, sino con amor, con un amor profundo, a profundizar en lo que había quedado de siglos anteriores como obras teatrales navideñas en diferentes regiones. Yo mismo tenía un viejo amigo que era uno de esos coleccionistas, que durante mucho tiempo, en los años cincuenta y sesenta del siglo XIX fue profesor en una escuela secundaria de Presburgo, donde investigó durante mucho tiempo sobre la población germánica desplazada del oeste al este húngaro, y que estaba familiarizado con el peculiar encanto de las costumbres y la lengua de los alemanes de Spiš, que entonces aún vivían en el norte de Hungría y ahora están magiarizados, y otros similares. Una vez se enteró de que cerca de Preßburg, en un pueblo recóndito, aún se celebraban juegos navideños. Y él, me refiero a mi viejo amigo Karl Julius Schröer, fue allí e intentó descubrir qué era lo que aún perduraba entre la gente de aquellos tiempos antiguos. Más tarde me contó algunas de las maravillosas impresiones que le causaron las últimas ruinas que quedaban de los juegos navideños de épocas mucho, mucho más antiguas. En un pueblo había un anciano. En su familia se había heredado la costumbre de reunir, cuando se acercaba la Navidad, a las personas del pueblo aptas para representar una obra de teatro navideña, una obra en la que se debía representar de forma sencilla la historia de la Navidad, tal y como nos la cuentan los Evangelios como la historia de Herodes y los Reyes Magos. Pero para comprender lo peculiar de estas obras navideñas, hay que tener una idea de cómo era la vida de la población sencilla en tiempos antiguos. Eso ya ha pasado, y no hay que recuperarlo. Si tuviera que describir lo que aquí importa, no podría decir otra cosa que: ¿no tiene la campanilla de invierno una época determinada del año en la que florece, o el muguete o la violeta una época determinada en la que se integran en todo el macrocosmos? Por supuesto, en un invernadero se puede hacer que florezcan en otras épocas, pero en realidad duele sentir que la violeta en flor está fuera de lugar en una época diferente a aquella en la que se integra en todo el macrocosmos. En nuestra época actual hay poco interés por este tipo de cosas, pero algo similar ocurría con las personas en épocas anteriores. Lo que las personas pudieron sentir en ciertos momentos de la Edad Media, cuando se acercaba el otoño y la Navidad, cuando llegaban las noches oscuras, lo que las personas podían sentir, que las experiencias de su corazón se integraban en todo lo que vivía fuera en la naturaleza, que estas experiencias encajaban con la nieve fuera y los copos de nieve y los carámbanos en los árboles, lo que se podía sentir allí, solo se podía sentir en Navidad. Era un ambiente muy especial, algo que fortalecía el alma y le daba energía curativa para todo el año. Realmente renovaba el alma, era un poder real. Si hace décadas aún se podían observar aquí y allá los últimos restos de estas sensaciones, estas sensaciones ya se habían desvanecido. Y quiero decir, como una experiencia totalmente externa en el plano físico, que se podía encontrar a los muchachos más desenfadados e inútiles que, cuando los días se acortaban, no se atrevían a ser impíos en su alma. Los que más se peleaban, eran los que menos se peleaban, y los que poco se peleaban, no se peleaban en absoluto en la época navideña. Era un poder real el que vivía en las almas. Y todo este mundo de sentimientos se veía inmerso en el período de las semanas alrededor de la santa Navidad.

Porque, ¿qué se sentía allí? Lo que se sentía allí era realmente una mezcla de sensaciones y sentimientos: el descenso de los seres humanos desde las alturas divinas y espirituales hasta el punto más bajo del plano físico. La recepción del impulso crístico, el cambio de rumbo del camino humano, el ascenso a las alturas divinas y espirituales. Eso es lo que se sentía en todo lo relacionado con el acontecimiento cristiano. Por eso, no solo se representaban con gusto los acontecimientos cristianos, sino que, tal y como se ha combinado en el calendario el día de Adán y Eva el 24 de diciembre y el cumpleaños de Jesús el 25 de diciembre, se representaba una obra sobre el Paraíso y, inmediatamente después, la obra sobre el nacimiento de Cristo, que representaba el impulso del ascenso del ser humano de nuevo a las alturas divinas y espirituales. Esto se sentía profundamente cuando en la obra del Paraíso resonaba el nombre: ¡Eva! —la madre de la humanidad, de la que descendían los seres humanos, que luego bajaron al valle de la vida física—. Esto se escuchaba un día, y al día siguiente se escuchaba la inversión del camino del ser humano. Esto ya se insinuaba en ese sonido que quería expresar esta inversión: ¡Ave María! Ave se percibía como la inversión de Eva: Ave - Eva. A la gente le llegaba profundamente al corazón cuando oía algo así, como las palabras que resonaban innumerables veces en los oídos y los corazones desde los siglos V, VI, VII y VIII, y que se entendían.

 Lo que diríamos más o menos así:

Ave maris stella
Dei mater alma
Atque semper virgo
Felix coeli porta.
Sumens illud Ave
Gabrielis ore
Funda nos in pace
Mutans nomen Evae! 

 Ave, estrella del mar,
Divina madre joven
Y virgen eterna,
Feliz puerta del cielo.
Tomando ese Ave
Como un regalo de Gabriel,
Te convertiste en la base de la paz,
Al cambiar
El nombre de Eva.

Y en lo que se representaba como juegos paradisíacos, se percibía algo que debía estar inmerso en un ambiente navideño, sagrado. Sí, se sentía profundamente, y se puede decir esto entre antroposofos: ¿no nos recuerda algo la forma en que, —aunque, por supuesto, es algo más grande—, nos enfrentamos a los misterios de la verdad cuando escuchamos describir la forma en que los participantes en las obras navideñas ensayaban, se preparaban y se comportaban antes y durante las obras? Sabemos que los misterios se conciben de tal manera que la verdad no se recibe de forma sobria, que puede estar impregnada de cualquier estado de ánimo humano. Para quien siente algo de la santidad de la verdad, es absurdo que la verdad pueda encontrarse realmente en las prosaicas y sobrias aulas de la actualidad. Ya no se tiene conciencia de que la verdad debe buscarse con un alma purificada, pura y preparada; que un alma no encuentra la verdad si no está primero santificada en su interior, si no se prepara para ello en sus sentimientos. Hoy en día, cuando la verdad se ha convertido en lo más prosaico para el materialismo, ya no se tiene conciencia de ello. En los misterios, se acercaban a la verdad después de que el alma hubiera superado las pruebas de pureza, libertad y valentía. Y uno quisiera decir: ¿no nos recuerda esto al anciano que Karl Julius Schröer conoció, que exigía a los cantantes que reunía que cumplieran las antiguas reglas? Quien haya vivido entre la gente del pueblo sabe lo que significa la primera regla. La primera regla era que, durante todos los preparativos que se llevaran a cabo, ninguno de los participantes podía acercarse a una chica. En el pueblo, eso significaba algo tremendo, significaba sumergirse en la piedad de lo que se pretendía hacer. Nadie podía cantar canciones picantes mientras ensayaba, esa era la otra regla. Nadie podía desear otra cosa que llevar una vida buena y honorable, esa era la tercera regla. Y el cuarto punto era que debía seguir en todo aquello a quien tenía en sus manos la tradición de la obra de Navidad, que no se entregaba fácilmente.

En la segunda mitad del siglo XIX, la gente coleccionaba estas cosas porque los antiguos sentimientos se habían desvanecido. Más tarde, volví a encontrar algo de toda esa devoción, de esa enorme sinceridad con la que aquellos que, como eruditos, aún estaban vinculados al pueblo y se habían quedado, por ejemplo, en las dispersas islas lingüísticas de Hungría, coleccionaban los antiguos juegos y canciones. Cuando estuve en Sibiu en Navidad, donde los profesores de secundaria se habían dedicado mucho a recopilar esos juegos, me encontré con el juego de Herodes. Y así, en la segunda mitad del siglo XIX, todavía se podía conocer a los coleccionistas de lo que estaba vivo en el terreno que he caracterizado en relación con las fiestas de Yule. No imaginemos nada teórico, sino ese cálido soplo mágico del espíritu navideño que vivía en estas obras navideñas. De este modo, obtenemos al mismo tiempo una idea de la regeneración del ser humano, de la fe del ser humano en lo divino-espiritual a través del impulso crístico. El ensayo de obras teatrales navideñas era algo que realmente podría ser muy instructivo para el presente, en el que hace tiempo que se ha perdido la idea de que el arte surge de la piedad, de la religión, de la sabiduría. Hoy en día, cuando en el arte se quiere ver algo separado de todo lo demás, cuando el arte ha degenerado, por ejemplo, en formalismo, hoy se podría aprender mucho de toda la forma en que el arte fue un florecimiento de la humanidad. Por muy sencillo que pareciera en estas obras navideñas, era un florecimiento de todo el ser humano. En primer lugar, los niños que representaban las obras tenían que ser piadosos, tenían que absorber en todo su ser algo así como un extracto de todo el espíritu navideño. Pero luego tenían que aprender a hablar rítmicamente de una manera estrictamente regulada. Hoy en día, cuando se ha perdido por completo el arte de hablar en el sentido antiguo, cuando ya no se tiene ni idea de la enorme importancia que tienen la rima y el ritmo, de cómo cada movimiento de estas personas que manejaban el mayal, cada gesto de estas personas, estaba ensayado hasta el más mínimo detalle, de cómo se mantenían durante semanas en ritmo, en tono, en la entrega a lo que debían representar... Se podría aprender infinitamente mucho de ello para comprender realmente el arte, precisamente hoy, cuando, por ejemplo, se ha olvidado tanto el habla artística que apenas se habla de otra cosa que no sea el significado, mientras que en aquella época, en estas obras de teatro navideñas, lo atractivo era precisamente que el ritmo, el tono, el gesto, todo el ser humano hablaba. Era realmente grandioso ver incluso los últimos residuos.

Cuando terminaban las fiestas navideñas, los Reyes Magos salían a recorrer las calles, en ningún otro momento que no fuera después de Navidad. Todavía recuerdo haber visto a los Reyes Magos recorriendo los pueblos. Iban de casa en casa. Llevaban una estrella atada a unas tijeras. La lanzaban lejos abriendo las tijeras. El lanzamiento estaba en armonía con el ritmo de estos Reyes Magos, que vestían de la manera más primitiva, pero que, por la forma en que llevaban las cosas pertinentes al pueblo en el momento adecuado, por la forma en que vivían en ellas con olvido de sí mismos, preparaban un ambiente festivo. Nuestra época ya no puede entender esto, a menos que se pueda despertar de nuevo el ánimo para que, a partir de lo que debe despertar en nosotros como vida del espíritu, a través de la antroposofía en el arte, se nos presente algo parecido a juegos que trascienden el tiempo, como debe ser frente al presente, pero que entonces tampoco pueden apoyarse en épocas festivas, sino que solo tienen que ver con lo eterno, con lo eterno del alma humana que no está ligado a ninguna estación del año.

Podía cobrar vida en nosotros lo que era práctico para estas almas: el impulso crístico en un momento determinado. Sí, en cierto modo ya estamos profundamente inmersos en una época en la que el materialismo ha invadido tanto todos los ámbitos del mundo exterior que se necesitan impulsos muy diferentes a los que actuaron en la Edad Media para renovar este impulso crístico. Es necesaria una renovación del interior humano, tal y como la antroposofía debe aspirar a ella, un despertar de las fuerzas más profundas del alma humana, fuerzas muy diferentes a las que nos encontramos en los símbolos navideños y en las costumbres navideñas. Y tan cierto como que precisamente a través de nuestra antroposofía podemos aprender a sentir lo que, como un soplo mágico, atravesaba los corazones en la representación de las obras de teatro Paradeis y Christspiele, en todo lo que atravesaba los corazones en estas fiestas, tan cierto como que podemos sentirlo a través de la antroposofía, debemos afrontar con sinceridad el otro hecho, que el espíritu eterno debe manifestarse de formas siempre nuevas en la evolución de la humanidad. Por eso, la visión de los símbolos navideños debe ser para nosotros un estímulo para acoger en el espíritu navideño lo que puede ser en nuestros corazones el espíritu histórico mundial de la concepción antroposófica.

Quien percibe los misterios de la Nochebuena de la manera correcta, mira con esperanza hacia lo que debe seguir a la Navidad como una segunda fiesta, mira hacia la Pascua, hacia la fiesta de la Resurrección, donde debe triunfar lo que nace en Navidad. Y así tenemos la convicción de la necesidad de que toda la vida espiritual, toda la vida cultural en general, debe estar impregnada y saturada de lo que llamamos concepción antroposófica, sentimiento, pensamiento y voluntad antroposóficos. En el futuro, queridos amigos, o habrá una ciencia espiritual, o no habrá ninguna ciencia, sino solo una práctica técnica externa. En el futuro habrá una religión impregnada de antroposofía, o no habrá religión alguna, sino solo un cristianismo externo. En el futuro habrá un arte impregnado de antroposofía, o no habrá artes, porque las artes que quieran separarse de la vida del alma humana tendrán una existencia breve y efímera. Así contemplamos algo que nos ilumina con la misma certeza que la profecía que nos ha sido dada por Theodora en La puerta de la iniciación sobre la renovación de la visión de Cristo. Con la misma certeza, en nuestra alma está presente la resurrección del espíritu antroposófico en la ciencia, la religión, el arte y toda la vida humana. La gran fiesta de Pascua de la humanidad se presenta ante nuestra alma premonitoria.

Podemos comprender que vuelvan a existir belenes, que vuelvan a existir lugares solitarios, aún bastante solitarios, en los que nace, en forma infantil, lo que debe resucitar entre los seres humanos. En la Edad Media se llevaba a las personas a las casas y se les mostraba el belén, una imitación del establo con el buey y el asno, con el niño Jesús, sus padres y los pastores. Se les decía: ahí está la esperanza del futuro de la humanidad. Dejemos en nuestra alma lo que cultivamos, lo que queremos dentro de nuestros lugares de trabajo antroposóficos, dejemos que sean los nuevos belenes modernos, en los que, bajo la guía de aquel a quien llamamos Cristo Jesús, resucita el nuevo espíritu, hoy todavía en forma infantil, hoy todavía en el estadio de nacer en las distintas ramas de trabajo antroposóficas, en los belenes, pero llevando en sí la garantía de que será vencedor, de que nosotros, como seres humanos, podremos celebrar a través de él la gran fiesta de Pascua de la humanidad, la fiesta de la resurrección de la humanidad en un nuevo espíritu, en el espíritu que queremos intuir, al que queremos aspirar como espíritu antroposófico.

Traducido por J.Luelmo oct, 2025

GA205 Berna, 28 de junio de 1921 - El puente entre el mundo moral y el natural

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RUDOLF STEINER
DEVENIR HUMANO, ALMA DEL MUNDO Y ESPÍRITU DEL MUNDO (I)

 El puente entre el mundo moral y el natural


Berna, 28 de junio de 1921

segunda conferencia

La exposición de hoy se basará en algo que ya se insinuó en parte la última vez que pude hablarles desde este lugar. Lo que hoy debe aparecer una y otra vez ante el hombre como una especie de enigma de los tiempos, pero que al mismo tiempo es un profundo enigma de la humanidad, es la pregunta: ¿Cómo están relacionados los fenómenos de la naturaleza, a los que estamos sometidos como seres humanos físicos, y los fenómenos del mundo moral, ético, moral, a los que debemos atenernos de alguna manera, porque de lo contrario no podemos reconocer nuestra propia dignidad humana? - Por muy materialista que sea alguien en lo que respecta al conocimiento, si sólo tiene una cierta conciencia de su dignidad humana, reconocerá la diferencia entre el bien y el mal, lo moral y lo inmoral, y tal vez reconozca el mundo moral, Si tiene una mentalidad materialista, tal vez a regañadientes, pero de alguna manera al menos cuestionando, al menos dudando, mirará hacia lo que es un mundo espiritual, un orden del mundo espiritual que impregna el mundo natural al que pertenecemos a través de nuestro cuerpo físico-sensual. Pero si consideramos lo que hoy puede surgir de la formación de los tiempos para iluminarnos, por así decirlo, sobre la naturaleza del mundo, una profunda dicotomía para el pensar humano, para el sentir humano, para todos los impulsos humanos, una dicotomía que no puede conciliarse fácilmente, una dicotomía de la que hoy el hombre no puede encontrar fácilmente la salida. Por un lado, está lo que nos dice la ciencia natural, que hoy tiene un éxito tan enorme, esa ciencia natural que se eleva desde la observación del mundo sensorial externo hasta opiniones hipotéticas justificadas o injustificadas incluso sobre el principio y el fin del mundo, y por otro lado, está la exigencia del mundo moral. Pero cómo se puede conciliar la dicotomía entre los dos cuando se aprende de consideraciones científicas bastante necesarias: Una vez hubo una especie de nebulosa planetaria; de esta nebulosa planetaria se formó el cosmos, nuestra tierra, al principio de tal manera que sólo representaba una especie de conglomerado mineral. Luego, gradualmente, surgieron las formas vegetales y animales. Finalmente, surgió el hombre. Y si a continuación uno hace extensivo el mismo modo de pensar, el mismo tipo de normas que ha previsto, más allá del devenir de la tierra, se da cuenta de que un día esta tierra volverá a ser una especie de tejido mineralizado, de que el escenario sobre el que caminamos ya no podrá soportar a los seres vivos, de que, en otras palabras, este escenario será un gran cementerio que mantendrá enterrado todo lo que una vez estuvo vivo, dotado de ánima y de espíritu. Aquí estamos entre el mundo mineralizado y de nuevo el mundo mineralizado en medio de él, a partir del cual estamos formados con todos nuestros órganos, que en realidad no son más que estructuras en las que las sustancias que constituyen el mundo exterior están entrelazadas de una forma más compleja de lo que lo están en el mundo exterior.

A partir de lo que ha surgido como hombre dentro de este mundo científicamente hipotético, surge ahora la exigencia de ser moral, de ser bueno, surgen en el hombre ideas, ideales, y debe surgir la pregunta: ¿Qué será de estas exigencias del mundo moral, qué será de los ideales, de las ideas, cuando un día todo lo que comprendemos científicamente, incluido el hombre, haya caído en el gran cementerio final?

Por supuesto, se puede decir que se trata de la prolongación del pensamiento científico a lo hipotético, y en realidad no hace falta ir tan lejos. Pero entonces al menos habría que plantearse la pregunta: ¿Hacia dónde debemos dirigirnos? ¿Dónde se puede llegar a comprender el lugar que ocupa el hombre en el universo, en la medida en que es un ser moral, un ser que lleva en sí mismo ideas e ideales? Habría que plantearse esta pregunta si no se permite que la ciencia natural forme hipótesis sobre el fin y el principio de la Tierra.

Pero de todo lo que ofrece la ciencia humana actualmente reconocida al hombre, que en el fondo se ha desarrollado enteramente a partir de la ciencia natural, simplemente no es posible proporcionar información sobre la posición que ocupa el hombre dentro del universo. Quisiera explicar lo que entra en todo sentimiento humano en el presente como una dicotomía y lo que en el fondo está íntimamente relacionado con todas las fuerzas de la decadencia que tan terriblemente se afirman en nuestro tiempo, presentando a tal hombre del presente que realmente ha asumido todo lo que se reconoce como ilustración, como educación, como conocimiento científico en nuestro tiempo, un hombre que se siente realmente inteligente en el presente. Quiero situarlo a él por un lado, y por otro lado quiero situar a un hombre de la comunidad cultural griega, un hombre que vivió en el periodo presocrático, un periodo del que ha sobrevivido tan poco, como las frases individuales de los grandes filósofos Heráclito, Anaxágoras, etcétera. Me gustaría colocar a tal griego culto junto al hombre muy inteligente del presente. Y no un griego en su reencarnación actual, porque probablemente también sería una persona muy inteligente del presente si estuviera en un cuerpo humano, pero me gustaría colocarlo aquí tal como era como griego. Así que en su encarnación como griego me gustaría contrastarlo con un hombre muy inteligente del presente.

Tal hombre de la época griega diría: Sí, vosotros los más modernos, no sabéis nada en absoluto sobre el hombre, porque no sabéis nada real sobre el mundo. ¿Por qué? diría el hombre inteligente de hoy. Diría: Hemos aprendido sobre setenta elementos, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, azufre, etcétera. Sin embargo, ahora hemos llegado al punto en que parece que todos estos elementos pueden reducirse a uno; pero todavía no hemos llegado al punto en que podamos reducirlos a uno. Reconocemos en estos setenta y dos elementos que se mezclan y se desmezclan, se conectan y se desconectan, y que en realidad componen todo lo que se desarrolla en el mundo físico-sensible. Todo lo que vemos se basa en la conexión y desconexión de estos elementos.

El griego diría: Está muy bien que ahora tengáis tantos elementos, unos setenta; pero con todos estos elementos no llegaréis ciertamente a conocer al hombre. No se puede hablar de eso, porque el comienzo del conocimiento del hombre, -diría el griego antiguo-, debe hacerse no hablando de setenta y dos o setenta y seis elementos, de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, etc., sino que el comienzo del conocimiento del hombre debe hacerse diciendo: Todo lo que nos rodea exteriormente en los sentidos consiste en tierra, agua, aire y fuego.

Ahora la persona inteligente de hoy diría: Sí, eso era antes, eso era en tiempos infantiles, cuando la gente no sabía tanto como sabemos hoy. Solían decir: tierra, agua, aire y fuego, pero hemos superado esas nociones infantiles. Suponían que había cuatro elementos; ahora sabemos que hay setenta y seis. Era una forma muy infantil de ver las cosas. Sabemos que el agua no es un elemento. Sabemos que el aire tampoco es un elemento. Sabemos que el calor, el fuego, no es una sustancia en absoluto. Somos increíblemente inteligentes. Ustedes sólo estaban en una etapa infantil de la visión del mundo.

Tal vez el griego podría responder: Yo ya me he ocupado de vuestros setenta y tantos elementos, y tal como los miráis, -y depende de cómo los miréis-, estos setenta y tantos elementos pertenecen a la tierra, en absoluto al agua, en absoluto al aire, en absoluto al fuego, sino a la tierra. Es muy bonito por vuestra parte que podáis diferenciar y especificar esta tierra y también pensar en ella en una gran diversidad, dividida en setenta y dos o setenta y seis elementos, todo eso es hermoso; nosotros no estábamos todavía tan avanzados como para conocer estos detalles tan interesantes, pero hemos resumido todo esto bajo la expresión «tierra». Pero lo que hemos entendido por agua, por aire y por fuego, no entendéis nada de eso, y porque no entendéis nada de eso, no podéis tener ningún conocimiento del hombre. Porque verán, -diría el griego-, hay dos clases de hombre, primero el hombre que deambula entre el nacimiento y la muerte, empezando como niño, luego como adulto, y luego está el hombre que yacerá algún día como cadáver y estará en la tumba. En ambos casos se trata del ser humano físico, -dirían los griegos-, y no hay más que esta doble forma: el ser humano que deambula entre el nacimiento y la muerte, y luego el ser humano que se ve como cadáver durante unos días y luego yace en la tumba. Y lo que ustedes llegan a conocer de sus setenta y dos o setenta y seis elementos, que se combinan y se unen, hace referencia solamente al ser humano que yace en la tumba, al cadáver humano. Con vuestra química y física puede reconocerse el modo en que se comportan las cosas en el ser humano, como cadáver; pero nada en absoluto puede reconocerse con ello del ser humano que anda vivo entre el nacimiento y la muerte. Ustedes tienen una ciencia que sólo se refiere a la observación de las personas después de muertas. No entienden nada del hombre vivo. Ustedes han llevado felizmente su ciencia a ser una ciencia del hombre muerto, en absoluto del hombre vivo. Porque si ustedes quieren tener la ciencia del hombre vivo, entonces deben considerar primero lo abarcante, el entramado universal y la vida de eso que llamamos «agua». Nosotros no solo llamamos agua al elemento líquido y burdo que corre por el arroyo, sino que llamamos agua a todo aquello donde el frío y la humedad interactúan en el mundo; a eso llamamos agua, como diría el griego. Y si queremos formarnos una idea vívida de la interacción de la humedad y el frío en todas las formas, entonces en primer lugar tenemos la necesidad de dejar de visualizar con meros conceptos, con meras ideas, con meras abstracciones, sino en imágenes. Y el griego dirá ahora: Si puedes percibir la humedad con alguna sensación de frío, cuando ésta pasa a otras cosas húmedas, moldeadas por el elemento húmedo o revelándose en otra sensación de frío, entonces te vuelves vivo, tejiendo imágenes en la humedad y el frío. Y uno asciende a la comprensión del mundo vegetal y comienza a comprender el entretejido del elemento acuoso y frío de tal manera que, ya no en el agua materia gruesa, sino en este tejido de frío y agua, el mundo vegetal surge en primavera en imágenes, cómo se arranca de la tierra, cómo se desgarra a sí mismo a través de lo acuoso en sí mismo del frío, porque la tierra está seca y fría. Y en la formación del mundo vegetal a través de la primavera, el verano y el otoño, vemos otro tejido del elemento acuoso, y crecemos en la poderosa imaginación de este tejido exterior y la vida del elemento acuoso. Pero todo el mundo vegetal con sus formaciones está en él. 

Y así dice el griego: No es lo sensual lo que nos importa, sino lo que tenemos como suprasensible; entretejer frío y humedad, eso es lo que nos importa. Yen este elemento líquido y acuoso reconocemos el entretejido y la vida del mundo vegetal  que hay en él. Si llegamos a conocer esto, pero ahora no a través de conceptos abstractos, sino a través de estas imágenes que nos hacen sentir la actividad interior, entonces sólo tenemos que lanzar una mirada hacia nuestro interior y veremos en lo que podemos observar fuera en primavera, verano, otoño e invierno, en el mundo vegetal que brota, en la superación del frío a través del calor, en todo lo que tiene lugar allí hacia el otoño y de nuevo hacia el invierno, en todo esto vemos algo que luego podemos imaginar como una imagen en miniatura. Cuando el ser humano se duerme, sucede en él algo muy parecido a la primavera, y a medida que el ser humano sigue durmiendo, sucede en él algo parecido al brotar, a la vida estival en ciernes. Y cuando el ser humano se despierta de nuevo, comienza la vida invernal. En lo que es el cuerpo etérico humano, se ve una imagen en miniatura de la vida exterior, en la medida en que esta vida exterior produce lo vegetativo. El griego habría dicho: En tus setenta y dos o setenta y seis elementos sólo llegas a conocer el cadáver humano. Pero este cuerpo humano está impregnado de algo que sólo puedes conocer en imágenes, pero en imágenes que surgen cuando piensas en lo vegetativo como impregnado por el elemento acuoso. Allí aprendes a reconocer lo que desde el nacimiento hasta la muerte como cuerpo etérico hace activo aquello que llegas a conocer a través de tus setenta elementos como el elemento de la muerte. Y al no ascender al elemento acuoso, nunca aprendes a reconocer al ser humano como un ser vivo.

Pero ahora comienza algo más. Esta es la tierra, que representa lo que está muerto en el hombre. En el momento en que el hombre muere, su cadáver es tomado por la tierra, es tomado por los setenta y tantos elementos; entonces la regla, la normalidad terrenal, la legitimidad del elemento tierra se expande sobre él. ¿Dónde está la legitimidad del elemento agua? Esta legitimidad no está en la tierra, esta legitimidad está fuera, en el cosmos. Y si se quiere averiguar, -diría el griego-, quién hace surgir esta oleada de frío y humedad a través de la primavera, el verano, el otoño y el invierno, hay que mirar hacia arriba, hacia el elemento cósmico, primero hacia los planetas, luego hacia las estrellas fijas, mirar hacia la inmensidad del cosmos. Vuestro elemento terrestre sólo es válido en relación con el hombre cuando yace en la tumba; el hombre que camina aquí en la tierra está sujeto a las leyes del cosmos en cada momento, en la medida en que lleva su cuerpo etérico dentro de sí. Son las leyes que actúan desde el entramado de los planetas o desde las fuerzas de las estrellas fijas. Y el elemento acuoso era todavía tan esencial para el griego en la época que he indicado que habría dicho: En lo que es el elemento acuoso, que rodea la tierra, la niebla, o cuando se descarga en tormentas eléctricas, en la medida en que este elemento acuoso actúa, el cosmos actúa en la tierra con sus fuerzas. Lo que ocurre en el elemento acuoso no hay que buscarlo en el elemento de la tierra o abajo en lo terrenal en general, sino que hay que buscarlo en el cosmos, y el hombre ya asciende al elemento cósmico por el simple hecho de tener activo en él su cuerpo etérico, cuerpo que  entre el nacimiento y la muerte, le arrebata los elementos al fatalismo, digamos, de la química.

Pero esto está muy lejos de captar al hombre en verdad. Sólo hemos captado lo que le impregna como fuerzas vivas, lo que le hace crecer, lo que le hace ser capaz de digerir, lo que le acompaña como fuerzas vivas entre el nacimiento y la muerte. Pero hay un tercero, -y el griego de la época del que he hablado también se referiría a esto-, un tercero que se afirma en el hombre, que ciertamente ya está activo todo el tiempo entre el nacimiento y la muerte, pero que en realidad se manifiesta de una manera bastante especial, peculiar, no de la misma manera que las fuerzas ordinarias de la vida. Son las fuerzas que están en nuestro sistema rítmico, en nuestro sistema respiratorio, en nuestro sistema de circulación sanguínea, etc., todo lo que es ritmo, actividad rítmica en nosotros.

Podrán intuir una cierta relación entre lo que ahora ya no es su mera vida, sino su ser anímico y la respiración, si visualizan lo siguiente, que todo ser humano conoce. A veces se habrán despertado con un miedo particular. Salen conscientemente de un estado de miedo y se dan cuenta de que algo no va bien con su respiración. Ciertamente, la relación entre la respiración y la vida anímica es misteriosa; pero al menos puede percibirse cuando una persona se despierta con pesadillas y cuando se da cuenta de la irregularidad de su respiración. Ya existe una conexión entre la vida del alma, entre todas las sensaciones y sentimientos que surgen en nuestro interior, los sentimientos de miedo y ansiedad, los sentimientos de alegría y placer y el ritmo de la respiración y la circulación. Este sistema rítmico es algo más que el mero sistema vital. Este sistema rítmico tiene que ver con nuestro ser anímico, tiene mucho que ver con nuestra vida anímica y nuestro ser anímico. Es el aire que respiramos el que realmente estimula todo el sistema rítmico, y en la antigüedad todavía se hablaba del elemento aire y su relación con el hombre, por ejemplo en la época en que se estudiaban en las Escuelas de Misterios esos ritmos que regulan la actividad interior humana, esos ritmos de los que al mismo tiempo surgió la medida del verso de Homero, el hexámetro. Si se toma el promedio de la medición normal del ritmo respiratorio y del ritmo circulatorio, se tiene lo siguiente: Se tienen aproximadamente dieciocho respiraciones por minuto y cuatro veces más pulsaciones. La proporción entre el ritmo circulatorio y el respiratorio es de cuatro a uno. Tomemos el hexámetro: largo, corto, corto - largo, corto, corto - largo, corto, corto: tres pies de verso y la cesura es el cuarto. Los cuatro pulsos que van a la mitad del aliento; después de la cesura: dáctilo, dáctilo, dáctilo, otra vez la cesura. La organización interna del verso homérico y la organización interna de los versos antiguos en general deriva del sistema rítmico humano. En la forma peculiar del verso homérico encontramos la expresión de la relación entre la circulación sanguínea y el ritmo respiratorio. Al tomar en serio el elemento aire, que se une al hombre y a su vez se separa del hombre, se siente que con el elemento aire se absorbe algo que tiene que ver con las experiencias regulares del alma humana. Y cuando el griego empezaba a hablar del elemento aéreo, empezaba a hablar de lo más bello y también de lo ordinario de la vida anímica humana, y recordaba que en el transcurso de un día de veinticuatro horas el hombre cuenta 25.920 pulsaciones, y que el sol da una vuelta a toda la bóveda celeste con su equinoccio de primavera en 25.920 años. Y armonizaba el ritmo del mundo con el ritmo diario del hombre. Señalaba la conexión entre el alma del mundo y el alma del hombre, y decía: Con la vida, que fluye entre el nacimiento y la muerte, que en su curso de veinticuatro horas nos presenta cada vez un cuadro en miniatura de la primavera, el verano, el otoño y el invierno, de esta regularidad acuosa que se extiende por lo frío y lo húmedo en el espacio del mundo, que está dominado por lo cósmico, En esta relación entre lo etérico humano y lo cósmico, que se expresa en las estaciones, que se expresa en el cambio de tiempo, que está regulada por los movimientos de los planetas, en esta relación tenemos lo que se expresa en el cuerpo etérico humano. Cuando llegamos al sistema rítmico, debemos recurrir al elemento aire. Debemos recurrir a aquello que en la antigüedad, cuando aún se comprendía mejor, dio lugar a la formación de esa alma que salió a la luz en la estructura del verso porque se intuía la conexión entre el alma humana y el alma del mundo. Todavía se llega a lo espacial cuando se considera la vida. Sin embargo, uno debe ascender a lo cósmico-espacial. Pero cuando nos volvemos hacia el sistema rítmico, uno sale del espacio y percibe lo que se envía desde el tiempo como ritmo al espacio.

Como ven, en el elemento rítmico, que es el elemento aire, el griego todavía percibía algo de lo que él decía: el alma humana está enraizada en el alma del mundo, y es la propia alma del mundo la que vive en su ritmo y la que envía las imágenes en miniatura de su ritmo a la vida humana. En el exterior, el alma-mundo hace que el equinoccio de primavera avance un poco cada año, en 25920 años se mueve alrededor de todo el curso del sol, y en las 25920 pulsaciones el ser humano tiene en su ritmo, una imagen en miniatura del inmensamente largo ritmo del mundo. En veinticuatro horas, el hombre representa en sí mismo un ritmo que es imagen de un año del mundo que dura 25.920 años. Así pues, el hombre está enraizado en el alma del mundo, en el sentido de que está dentro del alma del mundo con su alma, vive dentro de ella.

Si a continuación uno se eleva hasta el elemento fuego, entonces no sólo se tiene lo espiritual, sino lo anímico que nos impregna con el yo, entonces también se tiene aquello que adquiere su expresión física con el elemento sangre. Así como la relación del alma humana con el alma del mundo se percibe a través del elemento aire, la relación del espíritu humano, del yo humano, con el espíritu del mundo se percibe a través del elemento calor o fuego. En épocas anteriores, el hombre era conducido a las regiones espirituales oyendo hablar de esos elementos que el hombre actual, muy inteligente, cree surgidos de una imaginación infantil. Por el contrario, debemos encontrar de nuevo el camino de vuelta a esta forma de pensar; sólo que debemos llegar a ella de forma plenamente consciente, no instintivamente, como sucedía en aquellos tiempos.

Pero si penetramos primero en el elemento acuoso, experimentamos el mundo mismo como un gran ser vivo, pues somos conducidos inmediatamente al cosmos con sus fuentes de vida. Experimentamos el mundo como algo vivo. Cuando entramos en el elemento rítmico, experimentamos el mundo como un ser anímico, y cuando entramos en el elemento calor, experimentamos el mundo como un ser espiritualizado.

Pero no se puede llegar a conocer el elemento acuoso mediante nuestros conceptos abstractos, mediante todos los conceptos que se pueden obtener hoy en día cuando se pasa por la escuela primaria, la escuela secundaria, la escuela de gramática, las universidades; con todos estos conceptos no se obtiene nada con lo que se pueda captar el elemento acuoso. Hay que captarlo con la imaginación, sólo se revela en imágenes. Entonces, en cierto sentido, el modo de pensar abstracto habitual debe transformarse en un modo de pensar concreto, en una concepción artística del mundo. Inmediatamente vendrá el filósofo de hoy y dirá: "No existe tal cosa como captar el mundo en imágenes; no existe tal cosa como captar el mundo artísticamente. Estoy construyendo una teoría del conocimiento; las leyes de la naturaleza deben ser abarcadas por la lógica. Hay que ser capaz de traducir todo lo que se quiere entender del mundo en conceptos abstractos, en leyes abstractas". Eso es lo que el hombre puede exigir y puede justificar tales teorías del conocimiento, pero si la naturaleza crea artísticamente, entonces no puede ser captada con tales teorías del conocimiento; entonces debe ser comprendida en imágenes. No podemos dictar a la naturaleza cómo debe ser comprendida, sino que debemos escuchar a escondidas cómo quiere ser comprendida. Y sólo puede entenderse en su elemento acuoso del mundo vegetal a través de la imaginación, y sólo puede entenderse en su vida rítmica hasta los ritmos mundiales a través de la inspiración, a través de seguir la vida rítmica, a través de vivir en la vida respiratoria.

Cuando se tienen pesadillas, es que el ritmo del mundo nos presiona con tanta vehemencia que no podemos soportarlo. Pero si, después de haber pasado por ciertos ejercicios, ahora pueden internarse ustedes mismos en este elemento aire, moverse ustedes mismos con el ritmo, entonces entran en el mundo de la inspiración, entonces están ustedes fuera de su cuerpo, así como el aire mismo, que atraen hacia sí, está fuera de sus cuerpos. Entonces entran y salen del cuerpo con el aire. Entonces pasan al concepto de lo que el hombre es en verdad, no lo que yace en la tumba después de su muerte y lo que la ciencia actual puede comprender.

Pero al mismo tiempo hay que pasar de los conceptos abstractos, de las imágenes meramente lógicas a las imaginaciones, a las inspiraciones y luego a las intuiciones. Hoy, sin embargo, la vida abstracta se lleva particularmente lejos. Es espirituosa. Se pueden imaginar cosas tan bonitas como las siguientes. Puede que ya lo haya mencionado aquí antes, pero es importante señalarlo una y otra vez.

Se pasa por dos lugares a una velocidad razonable. En un lugar se dispara un cañón, y en otro lugar, por el cual se pasa más tarde, también se dispara un cañón un poco más tarde. A continuación, se oye el sonido del cañón procedente del último lugar en el que se ha disparado, por supuesto sólo después de haber oído el sonido del primer lugar. Ahora pueden imaginarse fácilmente lo siguiente: si se mueven cada vez más rápido, finalmente llegan al punto en el que se mueven a la velocidad del sonido. Si se mueven tan rápido como viaja el sonido, cuando pasen por el segundo lugar podrán oír los dos estruendos al mismo tiempo. Y si a continuación se mueven aún más rápido que el sonido, percibirán primero la explosión posterior y después la anterior, porque se han alejado de ella moviéndose más rápido que el sonido.

Hoy en día se especula mucho sobre este tema. La gente piensa para sus adentros: ¿Cómo puedo oír el disparo de los dos cañones si viajo más rápido que el sonido? Me alejo velozmente del sonido; ¡entonces también debo oír lo que se dispara más tarde que lo que se disparó antes y del cual me he alejado! - Ya lo ven, tienen la oportunidad de formar algo bastante lógico, pero no es realista. Porque si uno se moviera tan rápido como el sonido, uno mismo sería sonido y se oiría a sí mismo, se fundiría en el sonido, fluiría junto con el sonido. Es absolutamente imposible que alguien que piense de forma realista haga tales especulaciones. Pero tales especulaciones se hacen hoy en día. Se les llama la teoría de Einstein. Einstein va a América; los periódicos informan de que ha tenido un éxito enorme, pero que él dijo en Londres que ni una sola persona en América le entendía. Así que tuvo éxito con todos aquellos que no le entendieron. Puede ser. Pero en Londres fue una gran locura que estas abstracciones, surgidas de una mente completamente abstracta, se presentaran como el mayor y más significativo acontecimiento mundial, e incluso el viejo lord Haldane consideró necesario subrayar lo que había sucedido en realidad.

En el fondo, no ha sucedido nada más que el poder de la abstracción, el espíritu de irrealidad, la preocupación por conceptos e ideas completamente ajenos a cualquier realidad, que tienen aún menos en sí que el poder de esa lógica que se relaciona con el muerto en la tumba; pues con los conceptos de Einstein ya ni siquiera se puede comprender el cadáver, sino sólo un extracto del cadáver. Pero en el fondo no existe ningún correctivo contra lo que hoy se extiende entre la humanidad. Este correctivo sólo está presente en la ciencia espiritual antroposófica, que a su vez trata de encontrar el camino hacia conceptos que correspondan a la realidad. Y estos conceptos realistas nos conducen a su vez a los mundos, por ejemplo, que todavía aparecen espacialmente como los mundos cósmicos. Ahí tenemos el mundo ante nosotros como una gran cosa viva, tal como Goethe hablaba de este mundo desde una poderosa intuición en el himno en prosa «Naturaleza». Pero luego, ascendiendo desde este mundo, llegamos al alma del mundo, al ritmo del mundo, a lo que en el fondo se llamaba antaño la armonía de las esferas. Se llega a los ritmos del mundo cuando uno lo desarrolla, cuando uno lo plasma en imaginaciones, en ritmos, donde uno tiene lo que intenté representar en mi «Ciencia Oculta en Esquema», donde se representa el ritmo del mundo y fuera del ritmo del mundo la conformación del tiempo de Saturno, Sol, Luna y Tierra y el futuro tiempo de Júpiter, tiempo de Venus, tiempo de Vulcano. Estas cosas son el moldeado de los acontecimientos mundiales a partir del ritmo del mundo. Pero, ¡mira cómo se habla de estos ritmos mundiales sucesivos y en desarrollo! En primer lugar, el hombre pertenece a estos ritmos del mundo. El ser humano no surge de una especie de vórtice, de un vórtice mineral o animal, sino que el ser humano surge de la totalidad espiritualizada del mundo, y en la medida en que encontramos el mundo, encontramos también al ser humano.

Pero encontrarán algo más; cuando lleguen al mundo en el que se habla de ritmos, no podrán evitar, al hablar de este mundo, hablar al mismo tiempo de entidades divino-espirituales. ¿Creen que tiene sentido hablar de Ángeles, Arcángeles, Arcai en el mundo del que nos habla un libro de física o química moderna? Por supuesto que estaría muy fuera de lugar hablar de los compuestos especiales del carbono, de los compuestos de éter de carbono en química, del alcohol, ¡y así sucesivamente! Si hicieran una lista de todas estas fórmulas con su carbono, oxígeno, hidrógeno y demás y luego dijeran: Esto es de los ángeles, esto es de los arcángeles -, por supuesto que no funcionaría. Pero cuando se llega a esa región en la que uno se ve obligado a dejar que el devenir de la tierra emerja del devenir de Saturno, el Sol, la Luna, cuando uno ve esta trama que vive en el mundo, en los ritmos del mundo, que interviene en el alma humana a través del ritmo humano interior, que uno puede seguir anímicamente en el verso, cuando uno puede al mismo tiempo señalar cómo se construye el verso en relación con el ritmo de la sangre y el ritmo de la respiración; cuando se llega a estas regiones, donde se describe a Saturno, el sol, la luna, etc., entonces uno se ve obligado a hablar de entidades de las jerarquías espirituales. Se entra en un mundo en el que hay verdaderos seres espirituales, no simplemente en un mundo en el que se supone que vive ese vago panteísmo, al que algunos que no quieren ser materialistas se levantan todavía hoy y dicen: El mundo está espiritualizado.

Bueno, el mundo está espiritualizado, lo espiritual está por todas partes - es un poco como si alguien dijera: Un león; dices que tiene una laringe con la que ruge, y un esófago y tráquea y pulmones y estómago, -eso no es asunto mío, no quiero hablar de ello, simplemente está completamente «plagado de agujeros». La postura filosófica de los panteístas, que piensan que lo espiritual nebuloso está esparcido por todas partes, es más o menos lo mismo que si alguien dijera que está completamente plagado de agujeros.

Pero si realmente se quiere hablar de lo espiritual, hay que hablar de entidades espirituales concretas. Entonces hay que saber cómo, en cuanto se asciende del elemento agua al elemento aire, se encuentran las entidades espirituales que se describen en las jerarquías. Tan pronto como se entra en el elemento fuego, se llega a la más alta jerarquía: tronos, querubines, serafines, y sólo entonces a la organización espiritual real del mundo, en la que, sin embargo, el ser humano ya no puede distinguir las cosas individuales. Pero antes de entrar en lo que los panteístas superficiales querrían llamar el nebuloso Todo-Uno, se pasa por el mundo en el que viven las entidades espirituales concretas individuales. Y en estas entidades espirituales concretas se reconoce ahora lo que también vive en la naturaleza que nos rodea. Pues llegamos a los fundamentos de la naturaleza que nos rodea. El hombre no puede estar dentro de la naturaleza que nos rodea y que observamos con nuestra química y física. El hombre sólo puede estar dentro de una naturaleza que también contiene los elementos agua, aire y fuego.

Tan pronto como entramos en el elemento aéreo, tenemos los seres que describimos como Ángeles, Arcángeles etcétera. Ahí entramos en la esencia concreta del mundo espiritual. Ahí también entramos en un mundo que podemos comprender tanto moral como físicamente. Simplemente no lo vemos, porque hoy nublamos nuestra visión, que partiendo del mismo mundo del que, por ejemplo, suena el verso real, también suena la moralidad real. En el mundo en el que están los setenta y seis elementos, no está ciertamente el origen de la moralidad; pero tampoco está contenido en él lo que anima al hombre; incluso en el mundo que es cósmico-espacial, en el mundo que está dominado por el elemento agua, no está todavía el mundo moral. Pero en el momento en que entramos en el elemento rítmico, entramos también en el mundo de lo moral. Y el hombre del presente se enfrenta a la tarea de reconocer el mundo moral como real, de reconocer que la misma materia o sustancia de la que está formado su cuerpo astral está contenida en las ideas morales. La misma sustancia de la que está formado nuestro yo, está contenida en las ideas religiosas y en el ideal religioso.

Debemos encontrar de nuevo el puente entre la observación de la naturaleza y la observación del mundo espiritual, pero no sólo del mundo espiritual generalmente borroso, sino del mundo espiritual del que proceden nuestras intuiciones morales. Ya quise señalar esta interacción entre el mundo de las percepciones y el mundo de las intuiciones en mi «Filosofía de la libertad», 1893. Quise mostrar cómo las intuiciones morales concretas se toman de un mundo que está más allá del mundo de las percepciones y se insertan en él.

Al fin y al cabo, ésta es la gran tarea del presente, no detenerse en el mundo que en realidad sólo es aplicable al hombre cuando yace en la tumba, sino ascender al mundo que nos muestra al hombre cuando vive el alma en el ritmo de lo físico. Pero es precisamente en el ritmo de lo físico donde se aprende a comprender el ritmo de lo físico en su esencia. Así se aprende a comprender el ritmo del mundo, y no se puede comprender el ritmo del mundo sin comprender las fuentes, los orígenes del mundo moral. Sólo entonces puede uno llegar a decirse a sí mismo: Sí, actualmente tengo una ciencia natural, es aplicable al hombre como cadáver. Por supuesto, debe entonces provenir del cadáver del mundo en primer lugar, ser tomado de aquello del mundo que está pereciendo. Debe relacionarse con aquello de la tierra que un día se convertirá en el cadáver terrenal. Pero en aquello que captamos en lo rítmico, en aquello que vertemos, por ejemplo, en versos, en imágenes, en cosas espirituales en general, para que viva como vive en los ritmos, y en aquello que captamos intuitivamente en nuestros ideales morales, en esto creamos algo que sobrevive a la muerte terrenal, igual que el alma humana individual sobrevive a la muerte humana. La tierra perecerá según las leyes de la naturaleza que hoy reconocemos; según estas leyes la tierra perecerá. Y según las leyes que reconocemos al acercarnos al mundo espiritual, y según las leyes que reconocemos cuando captamos intuiciones morales, cuando captamos intuiciones verdaderamente religiosas, según estas leyes se forma el alma, se forman las almas humanas, que dejarán la tierra, cuando caiga muerta, para una nueva existencia futura.

Y así es como hoy tenemos una ciencia oficialmente reconocida: enseña lo que está muerto, enseña aquello según lo cual la tierra perecerá un día en la gran tumba mundial. Y necesitamos una ciencia espiritual que se esfuerce seriamente por estar a la altura de las palabras de Cristo Jesús: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.» Necesitamos una ciencia espiritual que busque el contenido real, verdadero, de estas palabras de Cristo, pues estas palabras tratan del ritmo, tratan de la moral, tratan de lo divino, tratan de aquello que pasará a nuevos estadios de existencia cuando la tierra y el cosmos se desmoronen y se conviertan en cadáveres. Y debemos darnos cuenta de que tenemos que abandonar una ciencia que sólo habla de la muerte y pasar a una ciencia que se eleva a lo vivo y, a través de lo vivo, al alma y a lo espiritual.

Hasta el año 333, más o menos hasta la primera mitad del siglo IV d.C., seguía existiendo en realidad una ciencia de los misterios; no fue hasta el siglo VI cuando se expulsó por completo a los últimos sabios griegos. Pero, ¿Qué pretendía realmente esta ciencia de los misterios? Esta ciencia pretendía ayudar a la gente a superar el gran peligro de la vida física. Y en esa época todavía era relativamente fácil superar el gran peligro de la vida física porque la gente todavía tenía algo del poder unificador, de las almas grupales. Aquella conciencia de almas grupales fue todavía muy fuerte hasta el siglo IV de nuestra era. Sólo desde que se produjo la migración de los pueblos y se rompió la pertenencia como alma grupal debido al elemento especial que emanaba de los pueblos germánicos la situación cambió. Pero estos misterios sólo atraían a individuos que los consideraban especialmente selectos y los desarrollaban en los misterios hasta un grado especial de educación espiritual. Pero de este modo no sólo hacían algo por estos iniciados particulares, sino que, como prevalecía el espíritu de grupo, todo se hacía también por el resto del entorno en el que trabajaba el maestro u otro iniciado. Especialmente si nos remontamos a los antiguos tiempos egipcios, había unos pocos iniciados, pero también eran los líderes intelectuales en todos los ámbitos, los líderes de todo el pueblo egipcio, y como había espiritualidad de grupo, su poder se transmitía a las demás personas que no estaban iniciadas. Así que en aquella época sólo era necesario iniciar a los individuos.

¿Qué se pretendía realmente con esta iniciación? Nada menos que ayudar a las personas a superar el peligro de volverse anímicamente mortales. En Egipto, la gente tenía un concepto de la inmortalidad diferente al de hoy. Hoy en día, la inmortalidad se concibe como algo que te pertenece y que no puedes perder. En los misterios de Samotracia, por ejemplo, se enseñaba que hay cuatro kabirs; tres de ellos siempre matan al cuarto. Pero en realidad se creía que el hombre tiene un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral y un yo. El cuerpo físico está inicialmente condenado a la muerte como un cadáver físico. El cuerpo etérico se destruye en lo cósmico, el cuerpo astral también se disuelve en cierto modo, como he descrito en mi «Teosofía», Si el yo no salva su autoconciencia mediante la participación en lo espiritual, entonces los tres también matan al yo y lo arrastran a la mortalidad. En los Misterios se buscaba salvar la inmortalidad del hombre. Nadie se imaginaba que se pudiera adquirir la inmortalidad a través de la oración; ni que se pudiera uno limitar a relacionarse pasivamente con la inmortalidad y cosas por el estilo, sino que se imaginaba que los iniciados, a través de la transformación especial de su ser anímico, a través de su resurrección, a través del despertar de su yo, superaban el peligro de no captarse a sí mismos en espíritu y por ello verse obligados a seguir el camino de su cuerpo mortal. Y como los iniciados individuales tenían este poder de poder pensar más allá del cuerpo mortal, también podían comunicarlo a otras personas porque el espíritu del alma grupal estaba allí. Hoy en día ya no existe la espiritualidad de grupo. Desde el primer tercio del siglo XV está cada vez más preparada; hoy estamos llamados a desarrollar la libertad como seres humanos individuales. Hoy estamos básicamente en el punto en el que nos enfrentamos al peligro opuesto.

Mientras que hasta el siglo IV d.C. las personas corrían el peligro de no ser capaces de captarse a sí mismas en el elemento espiritual, de modo que había que llevarlas a despertar en este elemento espiritual, hoy el hombre es en realidad todo un pensador mediante la formación especial de su cuerpo físico, mediante la formación especial de la materia, y vive terriblemente fuerte en el pensamiento. Aquellas personas que creen que viven en la realidad viven aún más en el pensamiento. Las personas de hoy son terribles pensadores abstractos y caen inmediatamente en cualquier cosa abstracta porque tienen una afinidad interna con lo abstracto. Pero estas cosas abstractas, estos pensamientos que se urden allí, no sólo se malinterpretan cuando se dice que dependen del cerebro; realmente dependen del cerebro, porque el cerebro imita los procesos que el ser humano hace en el mundo espiritual antes de nacer o antes de la concepción. 

El cerebro es el imitador de lo que hacía mi alma antes de descender. En la medida en que este pensamiento, es mero pensamiento cerebral, que hoy se desarrolla con una perfección especial, el materialismo tiene razón. Hay que subrayarlo una y otra vez: El materialismo tiene razón con respecto al pensamiento actual, pues es una mera imitación del pensamiento verdadero y vivo. Y, por lo tanto, el hombre debe llegar a captar la libertad en el pensar y así salvarse a sí mismo, es decir, debe llegar no sólo a dejar que su cerebro piense, sino a captar su pensar de tal manera que se dé cuenta: él es un ser libre. Por eso he concedido gran importancia al pensar puro, al pensar libre, que al mismo tiempo se capta a sí mismo como voluntad, de modo que uno piensa, pero realmente quiere, de modo que querer y pensar son una sola cosa sustancial, que se capta a sí misma en la libertad pura, como he descrito en mi «Filosofía de la libertad». Debe mostrar al hombre: Sólo eres libre si captas eso en ti, tu inmortal, mediante lo cual puedes salvarte, mediante lo cual puedes salvarte más allá de la muerte de los cuatro kabirs.

Sin embargo, estamos pisando un terreno que, yo diría, consiste en hielo delgado, que al hombre moderno no le gusta pisar, porque preferiría que su inmortalidad le fuera garantizada de algún modo por algún poder mundano externo, que no tuviera que hacer nada para despertar en sí mismo aquello que de otro modo podría dormirse, aquello que de otro modo podría participar en la muerte mediante el paso del cuerpo humano por la muerte. Y al hacer que el pensar de la humanidad moderna se asemeje cada vez más al curso físico de los procesos cerebrales, la humanidad moderna no sólo corre el peligro de no comprender ya nada acerca de la inmortalidad, sino que la humanidad moderna corre el peligro de perder la inmortalidad. Ese es el mayor ideal de Ahrimán, destruir al hombre en su individualidad, no permitirle ya ser un individuo, sino incorporar a las fuerzas terrestres los poderes que tiene, el poder del pensar, de modo que cuando la tierra sea un día un gran cadáver, este cadáver esté entretejido con todas las fuerzas que el hombre incorpora a la tierra a través de su lógica. De modo que se tendría una gran araña terrestre en la que los setenta y tantos elementos vivirían completamente pulverizados; pero dentro de ella, como gigantescas arañas entrelazadas, estaría entretejido el pensar humano, según el modelo del mero pensar abstracto. 

Este es el ideal que Ahrimán quiere alcanzar: destruir la individualidad del hombre para remodelar la tierra partiendo del poder del pensar humano y convertirla en una telaraña de gigantescas arañas-pensamientos, pero arañas de verdad. Este es el objetivo ahrimánico, que debe ser evitado por el hecho de que el hombre es ahora realmente captado por el lenguaje espiritual: «No yo, sino el Cristo en mí», en que el verdadero yo se hace vivo en él, el yo inmortal, que puede comprender las palabras: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». No puede pasar esa sabiduría que es realidad, que contiene en sí esa realidad por la que, si la tierra es un cadáver, todo el ser del hombre se reproduce en una nueva existencia. La Nueva Jerusalén del Apocalipsis habla de tal existencia. Pero estas cosas deben a su vez ser comprendidas. El mayor obstáculo para tal comprensión es, por supuesto, todo el einstenismo y cosas por el estilo, todo lo que recorre hoy el mundo como la gran y terrible adicción a la abstracción, que es totalmente adecuada para seguir desarrollando las fuerzas de la decadencia; mientras que lo único que puede ser para la salvación de la humanidad es utilizar las fuerzas de la ascensión, las verdaderas fuerzas del cuerpo, del alma y del espíritu. Esto es lo que quería decirles hoy.

Traducido por J.Luelmo may,2025

GA206 Dornach, 19 de agosto de 1921 - El cambio en la concepción de la historia a partir del ejemplo de la visión del mundo de Goethe.

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RUDOLF STEINER
DEVENIR HUMANO, ALMA DEL MUNDO Y ESPÍRITU DEL MUNDO (II)

El cambio en la concepción de la historia a partir del ejemplo de la visión del mundo de Goethe.-

Dornach, 19 de agosto de 1921

vigésimo tercera conferencia

Para el conocimiento del hombre y del mundo, es más fácil comprender los puntos de vista que deben desarrollarse dentro de la Ciencia Espiritual Antroposófica, si se profundiza en el cambio histórico de la percepción humana. Cualquiera que escuche hoy que, para saber realmente algo acerca de la naturaleza del hombre, debe aparecer en el propio hombre una manera completamente diferente de ver las cosas, al principio se sorprenderá y por el primer momento rechazará cualquier otro conocimiento de este tipo por sorpresa. El hombre tiene, por así decirlo, la sensación de que una cosa debe al menos permanecer inmutable: es decir, la forma en que uno se comporta en la mente en la concepción de las cosas. Esto lo podemos ver especialmente en la opinión de ciertos profesores de historia e historiadores de la actualidad. Estos historiadores dicen, sin más preámbulos, que el hombre debe haber estado esencialmente en su estado de ánimo durante el tiempo histórico como lo está hoy, porque si no lo hubiera sido en su constitución anímica, realmente no podría haber historia, piensan estas gentes. Porque si uno quiere desarrollar la historia, debe partir del estado mental presente. Si, como espectador de la historia, uno tiene que mirar hacia atrás a personas que son muy diferentes en sus almas, no puede entenderlas. Uno no entendería cómo hablaban, qué hacían, y por lo tanto no sería capaz de remontarse con el pensamiento histórico a la época de tales personas con una disposición anímica diferente. Por lo tanto, la gente piensa que, para que haya una concepción de la historia, las personas siempre deben haber sido esencialmente las mismas que son ahora con su disposición anímica.

Pero ahora será fácil comprender que tal concepción es precisamente una concepción para uso humano conveniente. Porque si los seres humanos han cambiado su disposición anímica en el curso de la evolución histórica, entonces también debemos comprender nuestros conceptos. Y debemos hacer un esfuerzo por comprender otras épocas anteriores de la historia de manera diferente a lo que estamos acostumbrados a entender las cosas del mundo de hoy. 

Hay un ejemplo muy significativo de un hombre que se vio obligado a producir tal cambio en toda el alma humana debido a una cierta imposibilidad espiritual interna de encontrar su camino en el alma de sus contemporáneos sin más preámbulos. Y este ejemplo significativo, -en realidad estoy citando el asunto hoy sólo como ejemplo-, es Goethe.

De joven, Goethe tuvo que adaptarse a la forma en que la gente veía las cosas del mundo y los asuntos de las personas que los rodeaban en su época. Se puede decir que realmente no se sentía completamente cómodo con esta disposición anímica. Hay algo tormentoso en el joven Goethe. Pero esta tempestad es de un tipo especial. Basta con echar un vistazo a sus poemas juveniles para descubrir que en Goethe existe, por un lado, una especie de oposición interna a lo que sus contemporáneos piensan realmente sobre el mundo y la vida.

Pero al mismo tiempo hay algo más en él. Es algo así como una apelación a lo que vive en la naturaleza, que dice más, dice algo más imperecedero, de lo que las opiniones de las personas que desarrollan tales opiniones a su alrededor pueden decirle. Goethe apela a las revelaciones de la naturaleza en contraste con las revelaciones de los hombres. Y esto realmente desprende la disposición anímica de Goethe durante todo el tiempo, incluso cuando crece como un niño, mientras estudia en Leipzig, en Estrasburgo, luego retoza en Frankfurt, y también durante el primer período de su estadía en Weimar.

Basta verlo de niño para ver cómo está rodeado de las convicciones religiosas de sus camaradas humanos. Pero él mismo nos cuenta, he subrayado a menudo esta bella imagen de la vida de Goethe, cómo siendo un niño de siete años se erige un altar cogiendo un atril, colocando sobre él minerales de la colección de rocas de su padre, cómo coloca encima un incensario, capta los rayos del sol a través de un vidrio y a través de el enciende el incensario para, -como dice más tarde, por supuesto no habría hablado así siendo un niño de siete años-, ofrecer un sacrificio al gran dios de la naturaleza.

Vemos que crece a partir de lo que el entorno de su tiempo puede decirle, y crece en la naturaleza, en la que primero busca su refugio. Miren alrededor de las obras juveniles de Goethe, precisamente este es   el estado anímico que vive en él. Entonces se apodera de él un gran anhelo, el anhelo de Italia. Y, curiosamente, vemos cómo cambia todo el estado anímico de Goethe. En realidad, Goethe sólo es comprendido por aquellos que captan este tremendo cambio en el ojo del alma, que se produce con Goethe cuando entra en Italia. Basta con tomar una afirmación como la que se encuentra en sus cartas a sus amigos de Weimar al contemplar las obras de arte que ve allí y que evocan el arte griego ante su alma. Luego dice: "Sospecho que los griegos, en la creación de sus obras de arte, procedían de acuerdo con las mismas leyes según las cuales opera la propia naturaleza, y de las que yo estoy tras la pista". Por un lado, Goethe está satisfecho con su entorno, y está satisfecho porque se ha incorporado a él, es decir, al entorno del arte, puntos de vista más cercanos a la naturaleza que los que pudo percibir a su alrededor en su juventud. Y vemos cómo, en el curso del viaje a Italia, a raíz de este estado del alma, surge la idea de la metamorfosis, el modo en que Goethe comienza a mirar la transformación de la hoja en pétalo de tal manera que la idea de la metamorfosis, la idea de la transformación en toda la naturaleza, se le ocurre.

Sólo ahora Goethe se siente realmente a gusto con su alma en el mundo. Y si se toma todo lo que Goethe produjo como poeta y científico desde entonces, si se mira, no se puede evitar decirse: Goethe vive ahora en ideas y conceptos que no son tan fácilmente comprensibles para sus contemporáneos, especialmente no tan fácilmente comprensibles para el hombre moderno. Quien se acerca a Goethe con el bagaje adquirido de todo el aprendizaje moderno, desde las escuelas primarias hasta las más altas instituciones educativas, quien se acerca a Goethe con lo que se han convertido en hábitos de pensamiento, hábitos de sentimiento, en realidad no entiende a Goethe. Para comprender lo que Goethe quiere decir en realidad cuando reescribe en Italia la «Ifigenia», que inicialmente escribió desde el talante del norte germánico, en la métrica del pueblo griego, primero hay que transformarse interiormente en cierto modo. Sólo se comprende toda la actitud de Goethe ante su «Fausto» después de esta propia remodelación del alma.

Goethe odiaba básicamente lo que había escrito en su «Fausto» hasta su viaje a Italia. Nunca habría podido escribir versos después del viaje a Italia como aquél en el que Fausto se aparta de las fuerzas celestiales ascendentes y descendentes que se entregan mutuamente los cubos de oro, en el que Fausto se aparta del macrocosmos y dice: «Tú, espíritu de la tierra, estás más cerca de mí». Eso es la juventud de Goethe. Goethe no habría escrito esto después de 1790. Después de eso, cuando Goethe retomó su «Fausto» a finales de los años noventa, este espíritu de la tierra ya no estaba más cerca de él; en el prólogo en el cielo describe el macrocosmos. Allí se dirige precisamente a aquello de lo que Fausto se había alejado para el Goethe juvenil. Allí, sin embargo, describe en un lenguaje apropiado cómo las fuerzas celestiales ascienden y descienden y se pasan los cubos de oro unos a otros. En cierto sentido, Goethe no dijo para sus adentros: «Tú, espíritu de la tierra, estás más cerca de mí», sino que dijo: «Sólo comprendo al hombre cuando no me limito a mirar al espíritu de la tierra, sino cuando me elevo por encima de lo terrenal hacia lo celestial». - Y así podíamos ver a través de muchas cosas. Por ejemplo, podríamos mirar este tratado maravillosamente escrito en 1790, «Un intento de explicar la metamorfosis de las plantas», y tendríamos que admitir que Goethe nunca podría haber escrito este lenguaje, que habla de las cosas mismas, es decir, del crecimiento y el devenir de las plantas, antes de su viaje por Italia. Y esto nos lleva significativamente a una conexión entre el alma de Goethe y toda la evolución de la humanidad. Goethe se sentía ajeno a lo que pensaba su tiempo en el momento en que se vio obligado a digerir interiormente la verdadera cultura, la educación científica de su tiempo. Se esforzó por una manera diferente de pensar, por una manera diferente de colocarse en el mundo, y encontró esta otra manera cuando pensó que había hecho vivir en sí mismo el camino de los griegos, la actitud de los griegos hacia la naturaleza y hacia el mundo, hacia el hombre.

El físico moderno rechaza a Goethe porque vive en lo que para Goethe en su juventud era extraño. Y el rechazo es, en última instancia, más honesto que la aprobación pegada. Lo que los hombres han conquistado desde mediados del siglo XV a la vista del mundo es algo en lo que Goethe no pudo encontrarse del todo, nunca pudo encontrar su camino. En su juventud se opuso a ella, y después de su viaje a Italia la aceptó, porque había ganado algo más para sí mismo con su acercamiento al Helenismo.

¿Qué era lo que vivía en la visión del mundo, en la concepción de la vida, desde mediados del siglo XV? ¿Qué es el galileísmo? El galileísmo, si uno lo estudia, es algo que el mundo quiere hacer comprensible para sí mismo a través de la medida, el número y el peso, en la contemplación, en la observación de las cosas externas. Goethe nunca estuvo interesado en construir una visión del mundo cuya base esté en la medida, el número y el peso.

Pero el asunto solo se ve desde un lado. Hay una cierta ambivalencia con lo que surge en el hombre cuando mira el mundo por medida, número y peso, y es el concepto abstracto, es decir, el mero intelectualismo. Lo vemos exactamente: en la misma medida en que se han aplicado la medida, el número y el peso a la consideración de la naturaleza exterior desde el primer tercio o mediados del siglo XV, en la misma medida el intelectualismo, la tendencia al pensamiento abstracto, hacia aquel pensamiento que prefiere servirse del intelecto, se desarrolla interiormente en la vida humana para la disposición del alma. Así como hoy desarrollamos conceptos con nuestra gran predilección por las matemáticas, por la geometría, para la mecánica, nosotros como humanos básicamente solo hemos estado haciendo esto desde el siglo XV. Goethe no se sentía a gusto en este mundo, por un lado de la medida, del número, del peso, y por el otro del intelectualismo.

El mundo hacia el que él se dirigía sabía poco sobre medidas, números y pesos. Cualquiera que estudie el pitagorismo será fácilmente seducido a creer que todo en el mundo es considerado como nosotros lo miramos, en medida, número y peso. Pero la diferencia característica en el modo en que la medida, el número y el peso se usan figurativamente es precisamente en el pitagorismo, y en cómo se usan universalmente, el modo en que se siente el tomar conciencia de una manera completamente humana, aún no separada del hombre, lo que vive en medida, número y peso, ya puede indicarnos que el pitagorismo no trabajó de esta manera con medida, número y peso. cómo más tarde, desde mediados del siglo XV, se ha trabajado con cómo el galileanismo trabaja con la medida, el número y el peso. Y quien, por ejemplo, se sumerja en un espíritu del siglo IX, -lo he caracterizado recientemente aquí en algunas conferencias-, que profundice en Johannes Scotus Erigena, que lea en Escoto, encontrará: así como estamos acostumbrados hoy a construir una estructura mundial para nosotros mismos a partir de fundamentos químicos y físicos y a construir hipotéticamente el principio y el fin del mundo a partir de eso, lo que hemos aprendido en medir, contar y pesar, así no es con Escoto Erígena. En Escoto Erígena el hombre no aísla el mundo exterior tan lejos de sí mismo, ni se aísla a sí mismo del mundo exterior. Vive más en consonancia con el mundo exterior, todavía no lucha por la objetividad como se lucha por la objetividad hoy en día. Y así podemos ver cómo lo que se ha desarrollado en Grecia en todos los siglos transcurridos desde el período pitagórico, -y es precisamente con un espíritu como el de Escoto Erígena que podemos verlo-, se ha vivido luego en siglos posteriores. En esta época el alma humana vivía con ideas muy diferentes. Goethe se esforzó de nuevo hacia estas ideas desde las diversas profundidades de su vida interior.

Pero ahora tenemos una idea de lo que realmente está a la mano, solo cuando contemplamos otro hecho histórico que ha recibido poca atención hoy. Por un lado, ya he presentado este hecho histórico en mi libro Los enigmas de la filosofía; Hoy me gustaría presentarlo desde un lado diferente.

Nosotros, los hombres modernos, debemos distinguir exactamente entre el concepto y la palabra. Sólo conduciría al desastre en la prudencia humana si no distinguiéramos exactamente entre lo que vive interiormente en la mente abstracta y lo que vive en la palabra. La mente abstracta también es universal, generalmente humana. La palabra vive en las lenguas vernáculas individuales. Ya podemos distinguir entre lo que vive en el concepto, en la idea y en la palabra.

Si queremos comprender correctamente lo que tenemos ante nosotros de los griegos en términos puramente históricos, no podemos arreglárnoslas atribuyendo a los griegos esta misma diferencia tal como la desarrollamos en la distinción entre concepto y palabra. Los griegos no distinguían entre concepto, idea y palabra, al menos no con la misma fuerza. Cuando hablaban, lo que vive en la idea vivía para ellos en las alas de la palabra. Pensaban que estaban poniendo el concepto en la palabra. Cuando pensaban, no lo hacían de una manera abstracta e intelectualista como lo hacemos nosotros. Algo así como el sonido inaudible, pero no obstante sonoro, pasaba por su alma. Sonaba inaudible en ellos. La palabra vivida, no el concepto abstracto. En la época en que se habría considerado antinatural educar mentalmente a cierta parte de la juventud de la misma manera que educamos a nuestra juventud, podría ser diferente. Es extraordinariamente característico de nuestra cultura y civilización, aunque no lo notemos por lo general, que una gran parte de nuestra juventud, desde los diez hasta los dieciocho años, se ocupe de acostumbrarse al latín, al griego, a lenguas obsoletas. Imagínense que un griego hubiera sido educado en su juventud de tal manera que, por decir algo, se hubiera acostumbrado al egipcio y al caldeo de esta manera. Impensable, ¿no?, ¡bastante impensable! El griego vivía en su lengua no sólo con su pensamiento, sino que la lengua era pensamiento para él. El pensamiento se encarnaba en el propio lenguaje. Esto puede llamarse una limitación de la naturaleza griega, pero es sólo un hecho. Y una comprensión correcta de lo que tenemos ante nosotros de los griegos sólo puede ser la que nos haga presente esta estrecha conexión del concepto, de la idea, con la Palabra, y que nos muestre que la Palabra vivía como un sonido interior, inaudible, en el alma del griego.

Sí, con tal disposición anímica uno no puede seguir el mundo exterior a la manera galileana, tal como lo consideramos en medida, número y peso. La medida, el número y el peso se te caen de la cabeza, por así decirlo. Me gustaría decir que es sólo externamente sintomático que lo que hoy traemos a cada niño como material físico se sentía realmente como un milagro en el mundo griego. Muchos de los experimentos que llevamos a cabo hoy en día, que nos explicamos a nosotros mismos en términos de medida, número y peso, eran considerados mágicos. Se puede leer sobre ello en cualquier historia de la física. Lo que hoy llamamos naturaleza inorgánica no fue tratado por los griegos de la misma manera que lo hacemos nosotros. No tuvo la oportunidad de entrar en ella de esta manera a partir de su disposición anímica, y eso por la razón de que no avanzó hacia conceptos abstractos de la manera en que lo hacemos en la época de Galileo.

Si se vive en la palabra como el griego, entonces no se puede calcular los resultados de los experimentos como lo hacemos hoy, sino que se observan las transformaciones en la naturaleza. Uno observa lo que no ocurre en el mundo mineral, sino más bien en el mundo vegetal. Así como hay una especie de afinidad entre el concepto abstracto y la aprehensión del mundo mineral, también hay una afinidad entre la actitud griega hacia la palabra y la aprehensión del crecimiento, la vida y la transformación en los vivos. Si pensamos hoy en el principio y el fin de la tierra a partir de nuestro concepto mineral y formamos hipótesis, entonces estas hipótesis son un reflejo de lo que hemos medido, contado y pesado. Y formamos una teoría de Kant-Laplace, o formamos la idea de la muerte por calor de la tierra, de la entropía y su máximo. Todas estas son abstracciones que arrancamos de lo que hemos medido, contado, pesado. Por otro lado, fíjense en las cosmogonías de los griegos. Ellos sentían en estas cosmogonías que sus ideas se nutren de la forma en que la vegetación emerge en primavera, de cómo muere en otoño, de cómo se desarrolla, de cómo desaparece. Así como construimos un sistema mundial para nosotros mismos a partir de nuestros conceptos materiales y observaciones materiales, así los griegos construyeron un sistema mundial para sí mismos a partir de la observación de lo que se revela en la vegetación. Para ellos, los seres vivos eran de los que brotaban sus mitos y sus cosmogonías.

El hombre arrogante de hoy en día, que ha sido educado en la ciencia, dirá: Bueno, eso fue simplemente infantil, lo hemos superado felizmente. ¡Hemos llegado hasta aquí! - Y considerará lo que se puede ganar midiendo, contando y pesando como algo absoluto. Cualquiera que no sea estrecho de mente de esta manera se dirá a sí mismo: A partir de la visión griega del mundo, que formó una imagen del mundo a partir de los vivos, se ha desarrollado nuestra especie, que nos ha traído el intelectualismo, que también es un medio de educación para la humanidad. Pero a partir de esta visión nuestra, que vive de medir, pesar y contar, tendrá que desarrollarse otra.

Es curioso que cuando Schiller hubo superado su antigua aversión a Goethe y se acercó a él, le escribió una carta característica. Lo he citado muchas veces, esta carta. Le escribió: "Si hubieras nacido griego, o incluso italiano, el mundo que realmente estás buscando se habría extendido a tu alrededor desde tu primera juventud. - No cito textualmente, sino en espíritu. Schiller sintió cómo el alma de Goethe atendía a los griegos. Pues bien, en Goethe se puede estudiar cómo un espíritu se transformó al establecerse en el helenismo. Hoy en día estamos mucho más interesados en esta forma completamente diferente de acercarse al mundo del helenismo que en el tiempo desde el siglo XV. Así se puede decir: Nuestro tiempo, que vive en el intelecto y aprende más sobre el mundo a través del intelecto, en la medida en que este mundo que se puede medir, contar y pesar, fue precedido por otro, que vivía menos en el intelecto que en esa vida viva del alma que todavía tenía la palabra interiormente, que escuchaba el sonido internamente como un sonido sin sonido, que, tal como recibimos un concepto hoy, vivía el sonido internamente. Y esta vez, a través de esta naturaleza viva del contenido del alma, reconoció exteriormente preferentemente a los vivos. Pero se puede ir más atrás; Entonces, sin embargo, hay que recurrir a la ciencia espiritual, y entonces ya no se puede volver atrás de la mano de la historia habitual. Ciertamente, se puede permanecer dentro de una historia concebida en términos de intelecto y psicología si se quiere comprender la diferencia radical entre la disposición anímica griega y la nuestra; pero si se quiere ir más atrás, tal vez más allá del siglo VIII a.C., y quiere visualizar cuál era la disposición anímica de los hombres de entonces, entonces la historia externa no puede decirnos nada más. Entonces solo tenemos documentos escasos en el exterior, y los documentos que tenemos no se aprecian de la manera correcta. De hecho, ya tenemos ciertos documentos en el exterior, y bien vistos, incluso la Ilíada y la Odisea son tales documentos, pero no se suelen mirar desde este punto de vista. Si uno se remonta aún más atrás, entonces se llega a la conclusión de que una visión adquiere significado para uno, que han tenido varias personas, que han sido particularmente poderosas pastores como en una premonición significativa, pero de ninguna manera llevada a cabo científicamente. Es la opinión de que el tiempo en el que la humanidad civilizada vivió en el mundo fue precedido por otro en el que vivió a imagen y semejanza. Pero, ¿cómo se vive con el lenguaje, por ejemplo, y con la vida interior del alma que se revela en el lenguaje, en la imagen? Entonces se vive en el cuadro cuando ya no se preocupa tanto por el contenido del sonido, por aquello con lo que el sonido está, por así decirlo, teñido, sino cuando se trata del ritmo del sonido, cuando se trata de lo que me gustaría llamar la formación del sonido, de lo que hoy sentimos realmente como un elemento independiente en relación con el lenguaje, sobre el carácter poético del Idioma. Hoy en día, el poeta debe primero moldear artísticamente el lenguaje para que el arte sea creado. Pero miremos hacia atrás, a una época en la que era elementalmente natural para la naturaleza humana hacer que el lenguaje fuera poético, cuando el lenguaje y el desarrollo de la teoría aún no estaban tan separados como lo estaban más tarde, cuando la gente todavía veía algo en dejar que una sílaba corta siguiera a una sílaba larga, dos sílabas cortas a una larga, cuando veían algo en ella. Es decir, filas de sílabas cortas una tras otra. En esta formación del lenguaje se les reveló algo de los secretos del mundo, que no se revela si tomamos el matiz, el contenido del sonido.

Los individuos de hoy sienten cómo el lenguaje ha procedido de tal estado, y uno debería mirar cómo tales personas han sentido algo de la abundancia de lo que se está acercando confusamente al hombre hoy desde nuestra cientificidad, como ahora estoy tratando de ilustrar en la ciencia espiritual. ẞenedetto Croce ha señalado de un modo extraordinariamente amable este antiguo elemento poético y artístico del lenguaje, que se desarrolló en el hombre en un tiempo prehistórico, o al menos en un tiempo prehistórico aproximado, antes de que el lenguaje adquiriera su carácter de prosa. De modo que tenemos, por así decirlo, tres épocas ante nuestras almas: la época que comienza alrededor del siglo XV, que me gustaría llamar galileísmo, que vive intelectualmente hacia adentro, mira hacia afuera al mundo según la medida, el número y el peso. Y una época anterior que Goethe anhelaba, por la que organizó toda su vida postitaliana interiormente en el alma, en la que el hombre vivía en la unidad inseparable de la palabra y el concepto, en la que no desarrolló un intelectualismo, sino una vida interior animada, y en la que observó exteriormente lo que está vivo, lo que se transforma, lo que vive en metamorfosis. Y ahora miramos hacia atrás, a una tercera época en la que el estado mental humano vivía en algo supralingüístico, en algo que moldeaba pictóricamente los sonidos. Pero lo que todavía vive detrás del sonido con el alma como por un instinto animado, percibe también algo más en el exterior. Cómo he dicho que la historia no nos lo señala en absoluto; El historiador sólo puede adivinar eso. La ciencia espiritual antroposófica ciertamente puede ver a través de esto. Es el elemento imaginativo del lenguaje, el imaginativo instintivo, que precede a la experiencia de las palabras. Y a través de esta experiencia imaginativa, se experimenta algo aún más elevado en la naturaleza externa de lo que se puede experimentar a través de la palabra o del concepto.

Sabemos que aún hoy, cuando la civilización oriental está en plena decadencia, sus manifestaciones decadentes nos señalan condiciones anteriores, condiciones que todavía estaban en plena vida, si estudiamos los Vedas o la filosofía Vedanta, por ejemplo, pero esto a su vez apunta a tiempos prehistóricos aún más antiguos. Ha quedado algo que, podría decirse, impregna toda esta condición anímica oriental como un elemento etérico, algo que está completamente alejado de la condición anímica occidental, que si lo expresamos con palabras, ya no es el mismo. Ha quedado algo que sólo puede expresarse muy escasamente con nuestra palabra lástima, por muy profundamente que Schopenhauer la haya sentido. Esta compasión, este amor en todos los seres, tal como existe todavía hoy en Oriente, apunta a tiempos más antiguos, cuando era aún más intenso, cuando expresaba en el alma un auto-vivir del alma en lo que siente. Está muy justificado decirse a sí mismo que la compasión oriental expresa un fenómeno primordial del pasado de la vida del alma, que se manifiesta en la experiencia interior de lo que siente, de lo que vive interiormente, de lo que no sólo vive como la planta en transformación, de lo que no sólo surge y pasa, de lo que experimenta el nacer y el desaparecer en el sentimiento interior. 

En realidad, esta coexperiencia de la sensación objetivamente viva del otro sólo es posible si uno se eleva más allá del concepto y más allá del sonido o contenido de las palabras hacia aquello que vive en la formación imaginativa del lenguaje. Se vive según la vida externa de la planta cuando la palabra está tan viva para uno como lo estaba para el griego. Se vive según la otra percepción, se vive según lo que reside no sólo en el vivir, sino en el percibir, si se tiene una receptividad interior no sólo para el lenguaje, sino para la formación artística del lenguaje.

Por eso es tan grande cuando este fenómeno primordial de la vida del alma es señalado en la poesía mítica, cuando se nos dice, por ejemplo, por Siegfried que hubo un momento para él en que comprendió la voz de los pájaros, que no llegan a la palabra humana, sino que sólo la llevan a la formación de conexiones sonoras. Pero lo que salpica a la superficie como una fuente de vida interior en el canto de los pájaros, la voz de los pájaros, vive en todos los seres vivos. Pero esto es precisamente lo que no podemos revivir en todos los seres vivos si sólo escuchamos la Palabra, que aprisiona a los vivos en su alma interior. Porque cuando escuchamos la palabra, escuchamos lo que la cabeza del otro está experimentando. Pero si captamos interiormente lo que vive de sílaba en sílaba, de palabra en palabra, de frase en frase en la formación imaginativa del lenguaje, entonces no sólo captamos lo que vive en la cabeza, sino lo que vive especialmente en el alma de la otra persona. Cuando escuchamos lo que el hombre nos habla con palabras, oímos lo capaz que es; Pero si podemos escuchar el sonido de sus palabras, su ritmo de palabras, su forma de palabra, entonces oímos a la persona entera. Y así como oímos al ser humano entero, así también cuando nos elevamos a la comprensión de la formación sonora sin concepto, sin palabras, que no se oye en sí misma, que se experimenta internamente, llegamos a la comprensión de lo que la sensación experimenta objetivamente internamente. Y cuando volvemos a encontrar nuestro camino en una condición anímica completamente diferente, donde el hablar de los sonidos era incidental, pero donde el alma vivía en el ritmo, en el tiempo, en el tema melodioso, donde esto era un elemento vivo en la experiencia del alma, volvemos a una época del tiempo que se encuentra más allá de la antigüedad griega; Aquí volvemos a la época en que los hombres se elevaron de las garras de la mera metamorfosis en los vivos a las garras de lo que vive en la animalidad, de lo que vive en el mundo sensible, a la contemplación directa de lo que vive en el mundo sensible.

Si miramos a la humanidad civilizada, es decir, a la humanidad, que es considerada para el tiempo de la misma manera que los pueblos civilizados son considerados para el presente, si miramos a esta humanidad desde el siglo VIII a.C. hasta aproximadamente el comienzo del milenio precristiano, entonces ya tenemos en el fondo de las almas de estos pueblos tal disposición del alma que reside en la naturaleza pictórica del alma, tal tendencia a concebir todo como algo sensible.

Nuestra limitada ciencia habla del hecho de que en tiempos anteriores uno personificaba. A un intelectual tremendo en el alma se le atribuye lo que realmente sucedió, y luego uno lo compara con algo así como: Bueno, el niño, cuando tropieza con una esquina, también golpea la esquina, porque personifica la mesa como una cosa viva. - Nunca ha mirado en el alma de un niño que cree que el niño personifica la mesa, tal vez la representa como algo vivo que golpea. El niño mira la mesa de la misma manera que nosotros, sólo que todavía no separa lo que es la mesa de lo que está vivo. Y esos pueblos antiguos no personificaron, sino que realmente experimentaron, al experimentar la formación del lenguaje, no solo a los vivos, sino a los sintientes.

Sólo cuando aclaramos de esta manera. Es cómo se han desarrollado las almas de los hombres que decimos, -pongámoslo primero ante nosotros-, desde el tercer milenio a.C. hasta nuestros días, desde la época de la evolución supralingüística a través del desarrollo lingüístico hasta la era intelectualista, desde la época de la experiencia de la sensación objetiva a través de la experiencia del crecimiento y el devenir objetivos hasta el sentimiento de eso: Lo que vive en medida, peso y número, sólo cuando nos demos cuenta de esto podremos decirnos más fácilmente que hoy, cuando la conciencia se apodera de todo, es necesario penetrar en la esencia de las cosas, y también vivir conscientemente en una nueva forma de mirar las cosas que nos rodean. Cualquiera que crea que la disposición del alma humana nunca ha cambiado, sino que siempre ha permanecido igual en los tiempos que se consideran, piensa que esta disposición del alma humana es algo absoluto, y que el hombre se pierde por completo si cambia esta disposición de la mente en otra. Pero cualquiera que vea cómo en el curso natural de la evolución humana se encuentra el hecho de que la disposición del alma sufra transformaciones, podrá llegar más fácilmente a la comprensión de la necesidad de que primero nos transformemos en nuestra disposición del alma para penetrar en la esencia de las cosas, en la esencia del hombre, en la esencia de la relación entre el hombre y el mundo, de una manera apropiada a nuestro tiempo presente.

Traducido por J.Luelmo may,2025