CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA191 Dornach 23 de octubre de 1919 - La vida resulta incomprensible sin una extensión de la conciencia hacia lo prenatal y posterior a la muerte.

 


 RUDOLF STEINER

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La vida resulta incomprensible sin una extensión de la conciencia hacia lo prenatal y posterior a la muerte.

Conferencia 10
Dornach 23 de octubre de 1919

Hemos hablado de diversas maneras sobre las relaciones entre la cosmovisión de las ciencias espirituales y la concepción social de la vida. Hablamos de estas cosas porque hoy en día es necesario que se comprenda desde diferentes perspectivas que una recuperación profunda de nuestra vida y un desarrollo verdaderamente provechoso hacia el futuro solo son posibles si las concepciones e ideas espirituales se incorporan a la forma de pensar y a las ideas de las personas.

Además de lo que dije recientemente con respecto a la retrospectiva de la vida, hay algo más que se aplica a esta retrospectiva. Les he señalado que, cuando el ser humano mira retrospectivamente en su vida, debería ser consciente de que, con la conciencia ordinaria, solo percibe de forma discontinua los eslabones de su vida y que entre estos eslabones discontinuos que el ser humano recuerda, se encuentran los estados dormidos, que en realidad quedan fuera, por lo que el ser humano se entrega a cierto equívoco en relación con su retrospectiva. Él cree que la vida es continua, pero no lo es. Esta vida es de tal manera que solo nos muestra episodios inconexos. Pero desde los fundamentos de la ciencia espiritual, hay que tener claro que lo que no se percibe en la retrospectiva de la vida es, sin embargo, una experiencia, una experiencia tan real como la que se incorpora a la conciencia ordinaria.

Ahora bien, las experiencias que el alma humana atraviesa entre el momento de dormirse y el de despertarse no son fáciles de describir, porque si el ser humano quiere hacerse una idea de las experiencias que tienen lugar, entre el momento de dormirse y el de despertarse, tiene que liberarse de muchas cosas que forman parte de su concepto habitual de la conciencia.

Vivimos para la vida habitual en el espacio y el tiempo. Cuando dormimos profundamente, —desde el punto de vista de la conciencia habitual, hablando ahora—, no vivimos ni en el tiempo habitual ni en el espacio habitual. Cuando recordamos lo que nos sucede en el tiempo entre el momento de dormirnos y el de despertarnos, el recuerdo es en sí mismo una especie de sombra o, como se dice, una proyección de lo vivido mientras dormimos en el espacio y el tiempo de la vida diurna despierta.

Sin embargo, si uno desea examinar estas circunstancias más detenidamente, también debe tener en cuenta que el estado dormido no es simplemente el reposo frente al estado despierto. Precisamente en esta relación se da uno de los casos en los que los seres humanos juzgan más a partir de opiniones preconcebidas que a partir de la visión real. Si se considera que la vida despierta habitual es el estado normal del ser humano, cabe preguntarse: ¿cuándo se produce el descanso? En realidad, el descanso solo se da en dos momentos: al quedarse dormido y al despertarse. Quedarse dormido y despertarse son, en cierto modo, el cero frente al estado diurno despierto. Pero el estado dormido no es el cero, el estado dormido es lo contrario. Aquí se debe recurrir a la popular comparación de la aritmética. Por ejemplo, alguien puede tener cualquier cantidad de dinero, digamos cincuenta francos; entonces tiene algo. ¿Cuándo no tiene nada? Pues cuando no tiene nada. Pero si tiene cincuenta francos de deuda, entonces tiene menos que nada, entonces tiene lo negativo. Así es la nada, en relación con la vigilia: el dormirse y el despertarse; el estado dormido en sí mismo es, en relación con el estado habitual de vigilia, lo negativo. Porque mientras dormimos tienen lugar procesos opuestos a la vigilia, procesos de naturaleza completamente diferente, procesos que, sobre todo, en su realidad no están sujetos a las leyes del espacio y el tiempo como los procesos de la vida diurna despierta.

Pero hay algo, como ya pudieron intuir en la última conferencia, que en este estado dormido se encuentra realmente en su elemento, y ese algo es nuestro verdadero yo. El yo vive, sin duda, en nuestra voluntad, pero, como sabemos, allí también duerme. El yo real no entra en nuestra vida de pensamiento habitual. No seríamos conscientes del yo real si no lo percibimos como una especie de negativo. Y cuando miramos atrás a nuestras experiencias, no nos decimos: «Hemos vivido días y noches», sino que solo miramos atrás a los días. Y en lugar de decirnos: «Miramos atrás a las noches», decimos: «Yo», nos sentimos, nos percibimos como yo.

Poco a poco las personas deben ir asimilando estas verdades, de lo contrario se verán abrumadas por la visión del mundo puramente científica, que también ha invadido el resto de la vida y la visión de la vida de la mayoría de las personas modernas. Uno solo se puede llegar a conocer plenamente como ser humano, si en cada momento de la vida uno se dice a sí mismo: No solo eres un ser humano de carne y hueso con una conciencia, tal y como la conocen la mayoría de las personas que viven actualmente, sino que eres un ser humano que solo ha salido de su cuerpo desde que se duerme hasta que se despierta. Sin embargo, entonces vives en condiciones muy diferentes a las de la vida cotidiana, y solo entonces, entre el momento de dormirse y el de despertarse, tu yo se encuentra en su elemento natural; allí puede desarrollarse, allí es lo que puede reclamar: ser sustancial. Durante la vigilia diurna, nuestro yo solo está presente en la voluntad. En el pensamiento, en la imaginación e incluso en gran parte de los sentimientos y las sensaciones solo hay imágenes del yo.

Por eso es un gran error cuando algunas corrientes filosóficas afirman que lo que el ser humano denomina su yo es una realidad. Solo si el ser humano despertara a una conciencia superior mientras duerme, tomaría conciencia de su verdadero yo. O si comprendiera en qué consiste el proceso de la voluntad, entonces experimentaría su verdadero yo en dicho proceso volitivo.

Sin embargo, estas cosas deben pasar a formar parte de los sentimientos y las emociones de las personas si quieren desempeñar el papel adecuado en la vida. En cierto modo, el ser humano debe poder decirse a sí mismo: «Eres un ser que, con su concepto habitual del mundo, solo percibe su mitad; estás continuamente inmerso con la otra mitad de este ser en experiencias suprasensibles que no puedes percibir con tu conciencia habitual». El ser humano solo podrá adquirir de forma adecuada un cierto respeto por los principios creativos que hay detrás del ser humano si es capaz de conectar con lo suprasensible de esta manera. Por eso, en una época materialista como la nuestra, no solo desaparecerá la visión de lo sobrenatural, sino que también desaparecerá el respeto por los principios creativos del mundo. El respeto desaparecerá por completo de los corazones de las personas. ¡En la actualidad hay poco respeto, pocos sentimientos que realmente puedan elevar el espíritu hacia lo sobrenatural! Y muchos de los sentimientos que se intenta salvar no son más que un cierto sentimentalismo, y el sentimentalismo es al mismo tiempo falso, el sentimentalismo nunca es del todo verdadero.

Cuando uno asimila estas cosas en su conciencia, tanto a nivel intelectual como emocional, —y debo volver a mencionarlo en esta ocasión—, entonces se hace evidente ante la mirada del alma que la vida humana y la vida del mundo tienen algo del carácter de un gran misterio. Y sin esta visión de que la vida y el orden del mundo son un misterio, no se puede concebir un verdadero progreso en el desarrollo de la humanidad. Épocas como la nuestra, en las que ya nadie quiere creer que la vida encierra misterios, no pueden ser más que episodios. Pueden servir para que los seres humanos se alejen por un tiempo de sus raíces originales y, precisamente a través de la reacción contra este alejamiento, avancen aún más hacia una verdadera comprensión del misterio de la vida. Pero este misterio de la vida no puede revelarse al ser humano ni desde el sentimentalismo ni desde la abstracción. Solo puede revelarse cuando el ser humano está dispuesto a abordar concretamente los hechos del mundo suprasensible. Y algo parecido al comienzo de tal aceptación de los hechos suprasensibles será cuando realmente se pueda desarrollar una especie de sentimiento sagrado hacia el entrar en el estado dormido y se pueda desarrollar un sentimiento sagrado con respecto a la mirada retrospectiva hacia este estado dormido, en el que, sin hablar en sentido figurado, se puede caracterizar como: estar en las moradas de los dioses.

Al fin y al cabo, solo hay que ser consciente de lo lejos que está de esta idea, el concepto actual de la vida de lo irreflexiva que es la humanidad actual al contemplar esta otra cara de la vida. Pero, ¿cómo se puede comprender lo que hay más allá del nacimiento y la muerte si no se comprende lo que hay más allá del dormir y el despertar? Más allá del nacimiento y la muerte se encuentra en el ser humano lo que también está presente entre el nacimiento y la muerte, solo que entre el nacimiento y la muerte está oculto tras el envoltorio físico. Pero si hubiera menos religiosidad egoísta y más religiosidad altruista, —ya he hablado de ello—, se vería en lo que el ser humano vive desde el nacimiento la continuación de la vida prenatal o anterior a la concepción en el mundo espiritual.  Sin embargo entonces, los fenómenos de la vida humana nos parecerían milagrosos, y sentiríamos la necesidad constante de descifrarlos. Tendríamos el anhelo de ver, a través del desarrollo humano, la revelación de lo que se forma, encarnado desde los mundos suprasensibles en el mundo sensorial. Y, en el fondo, hoy en día ya es así, que solo podemos comprender la vida después de la muerte de la manera correcta si miramos hacia la vida prenatal.

Como ven, existen secretos de la vida. En nuestra época, debido a las exigencias evolutivas de la humanidad, deben revelarse una serie de secretos de la vida. El ser humano no puede alcanzar la conciencia de su ser humano completo si no amplía la visión de sí mismo a la vida prenatal y post mortem. Porque si no dejamos que lo prenatal y lo post mortem se revelen en esta existencia física, solo conoceremos una parte de nuestro ser. Hoy en día sigue siendo extremadamente difícil hablar de estas cosas ante personas que no hayan recibido una formación previa en antroposofía, ya que o bien existe un interés supremo en no permitir que la verdad sobre estas cosas llegue a los seres humanos, o bien no existe una comprensión adecuada. Solo tienen que mirar a su alrededor y verán que las cosmovisiones habituales hoy en día se preocupan muy poco por la vida prenatal. Se preocupan por lo que hay después de la muerte por egoísmo, porque exigen no perecer con su cuerpo físico. Y las confesiones religiosas cuentan con este egoísmo, ya que, en el fondo, solo hablan de la vida después de la muerte, no de la vida prenatal.

Pero la cuestión no es eso solo, sino que hoy en día sigue siendo difícil hablar de estas cosas porque es un dogma de la Iglesia católica no creer en la vida prenatal, un dogma que también han adoptado otras confesiones cristianas. De modo que casi todas las confesiones cristianas actuales consideran una herejía hablar de la vida prenatal. Sin embargo, negarse dogmáticamente a considerar la vida prenatal es algo que afecta profundamente al desarrollo espiritual de la humanidad. Es realmente difícil imaginar, —y no me refiero siempre a cosas conscientes, sino más bien a aspectos inconscientes del desarrollo de la humanidad—, que haya algo que pueda engañar más al ser humano sobre su verdadera esencia que privarle de ideas sobre la vida prenatal. Porque toda la visión de la vida sobre el ser humano se ve falseada al hacer creer al ser humano que, por el mero hecho de haber sido engendrado por un padre y una madre, el ser humano ha sido puesto en la Tierra. La Iglesia se ha dotado así de un medio de poder enorme al privar al ser humano de la comprensión de la vida prenatal. Por eso, la Iglesia como tal luchará de la manera más terrible contra todas aquellas doctrinas que se refieren a la vida prenatal. La Iglesia no lo tolerará. No hay que hacerse ilusiones al respecto, pero tampoco hay que hacerse ilusiones sobre el hecho de que la vida simplemente no se puede comprender si no se tiene en cuenta la vida prenatal.

Pero hay algo que debe tenerse muy en cuenta. Piénsenlo: a las confesiones religiosas les interesaba ocultar a las personas información importante sobre sí mismas. Las confesiones religiosas se han propuesto como misión ocultar a los seres humanos las verdades más importantes sobre sí mismos. Estas confesiones religiosas han encontrado así el medio de envolver a los seres humanos en la torpeza, en la ilusión. Y hoy en día es necesario no dejarse engañar en este punto, no querer transigir por compasión con todo tipo de opiniones confesionales. No se puede transigir en esto. Y hay que tener en cuenta que no sirve de nada afirmar en ningún sitio: «La antroposofía se ocupa del Cristo, no es atea, tampoco es panteísta, etc.». Eso nunca les ayudará, porque a las confesiones eclesiásticas no les molesta que no se ocupen de Cristo, eso no les importa mucho, sino que precisamente les molesta que se ocupen de Cristo. Porque les interesa tener el monopolio de hablar sobre Cristo. En estas cosas no se puede ser indulgente consigo mismo, porque de lo contrario siempre se estará tentado de envolver las cosas más importantes de la vida en penumbra, niebla e ilusión. La humanidad tiene actualmente la necesidad de acercarse a los conocimientos espirituales. Pero lo que más se opone a los conocimientos espirituales son las confesiones dogmáticas de la Iglesia, en particular aquellas confesiones dogmáticas que se han ido desarrollando gradualmente en Occidente. La Iglesia como tal no puede ser realmente hostil a los conocimientos de las ciencias espirituales; eso es totalmente imposible, porque la Iglesia como tal solo debería ocuparse de los sentimientos del ser humano, de las ceremonias, del culto, pero no de la vida intelectual. El oriental culto no comprende en absoluto las confesiones religiosas occidentales, porque el oriental culto sabe muy bien que está vinculado al culto externo; le corresponde entregarse a las ceremonias a las que se entrega en su confesión. Puede pensar lo que quiera. En las confesiones orientales todavía se sabe algo de libertad de pensamiento. Los europeos han perdido por completo esta libertad de pensamiento. Han sido educados en la esclavitud del pensamiento, especialmente desde los siglos VIII o IX d. C. Por eso a las personas de la cultura occidental les resulta tan difícil comprender lo que he mencionado recientemente: que es fácil demostrar cualquier opinión. Se puede demostrar una opinión y se puede demostrar lo contrario. Porque el hecho de que se pueda demostrar algo no es prueba de la veracidad de lo que se afirma. Para llegar a la verdad, hay que adentrarse en capas mucho más profundas de la experiencia que aquellas en las que se encuentran nuestras pruebas habituales. Pero ciertas confesiones religiosas no han querido sacar a la superficie esa experiencia; por eso han separado al ser humano de verdades como esta: ¡Ahí estás, oh ser humano! A medida que tu organismo se desarrolla desde la infancia, se desarrolla gradualmente en ti lo que has vivido en la vida prenatal.

¿Y qué es lo que se desarrolla principalmente a partir de la vida prenatal en la vida humana individual entre el nacimiento y la muerte? 

Ahora bien, distinguimos en el ser humano entre una vida individual y una vida social. Sin diferenciar estos dos polos de la experiencia humana, no es posible llegar a una concepción del ser humano: la vida individual, es decir, lo que en cierto modo consideramos nuestra experiencia más personal y privada cada día, cada hora; la vida social, aquella que no podríamos tener si no entrásemos continuamente en intercambio de ideas y en otras relaciones con otras personas. Lo individual y lo social influyen en la vida humana. Todo lo que es individual en nosotros es, en el fondo, la repercusión de la vida prenatal. Todo lo que desarrollamos en la vida social es la semilla de la vida post mortem. Recientemente hemos visto incluso que es la semilla del karma. Por lo tanto, podemos decir que en el ser humano hay lo individual y lo social. Lo individual es la repercusión de lo prenatal. Lo social es la semilla de lo postmortem.


La primera parte de esta verdad, que lo individual es, en cierto modo, la repercusión de la vida prenatal, se puede observar especialmente cuando se estudia a personas con talentos especiales. Digamos, porque en estos casos es bueno fijarse en lo radical, que se estudia a los genios humanos. ¿De dónde proviene la fuerza genial, el genio? El genio lo trae el ser humano consigo al nacer. Siempre es el resultado de la vida prenatal. Y como es comprensible que la vida prenatal se manifieste especialmente en la infancia, —más tarde, el ser humano se adapta a la vida entre el nacimiento y la muerte, pero en la infancia sale a la luz todo lo que el ser humano ha experimentado antes de nacer—, por eso en el genio se manifiesta lo infantil durante toda la vida.  Precisamente la característica del genio es conservar la infantilidad a lo largo de toda la vida. E incluso es propio del genio conservar la juventud y la infantilidad hasta los últimos días, porque todo genio está relacionado con la vida prenatal. Pero no solo el genio, sino todos los talentos, todo aquello que hace que un ser humano sea un individuo, está relacionado con la vida prenatal. Por lo tanto, cuando se le dice al ser humano que no existe la vida prenatal, que no existe la preexistencia, ¿qué se está haciendo implícitamente? Se está difundiendo la doctrina de que no hay razón para los talentos individuales especiales. Ustedes saben que las confesiones religiosas auténticas, cuando son completamente sinceras y honestas, profesan que no hay razones para los talentos personales. No se trata de negar los talentos personales en sí mismos, sino que, al negar sus razones, se pueden considerar bastante insignificantes.

Esto está relacionado con el hecho de que, a partir de las confesiones religiosas que han prevalecido durante siglos, ha surgido una educación de la humanidad europea que, en última instancia, ha conducido a la igualación del ser humano moderno. ¿Qué son hoy en día, en el fondo, los talentos individuales de las personas? ¿Y cuáles serían los talentos individuales si se aplicara la doctrina socialista habitual? En estas cuestiones, es menos importante fijarse en el nombre externo de una cosa que en sus conexiones internas. Quien, por un lado, es un católico dogmático y, por otro, odia las doctrinas socialdemócratas, se encuentra en una inconsistencia muy curiosa. Se encuentra en la misma inconsistencia que alguien que dice: «En 1875 conocí a un niño pequeño al que quiero mucho, y todavía hoy quiero mucho a ese niño pequeño».  Pero ahora le dicen: «Pero mira, el niño pequeño de 1875 se ha convertido en el tipo que ahora tienes delante como socialdemócrata». «Sí», responde entonces, «al niño pequeño de 1875 lo sigo queriendo hoy como entonces, pero al que se ha convertido en él no me gusta, lo odio». —¡Pero la socialdemocracia se ha convertido en catolicismo! El catolicismo es solo el niño pequeño que ha crecido hasta convertirse en socialdemocracia. Ni esta última quiere admitirlo, ni el primero quiere reconocerlo, pero solo porque las personas no quieren ver vitalidad en lo social exterior, sino que en realidad solo quieren ver algo como de papel maché. Cuando se hace algo de papel maché, permanece rígido y conserva su forma mientras se mantiene; pero lo que hay dentro de la vida social crece y vive, y también se puede conservar. Pero hay que distinguir entre «engaño y realidad». Verán, se distingue entre engaño y realidad cuando se plantean, por ejemplo, la siguiente idea. Siglo VIII: catolicismo; siglo XX: ¡el catolicismo real del siglo VIII se ha convertido en socialdemocracia! Y lo que existe además como catolicismo no es el catolicismo real del siglo VIII, sino su imitación, es decir, el catolicismo falsificado; porque el catolicismo real se ha convertido entretanto en socialdemocracia.

Esto no se reconoce en general porque las personas no quieren molestarse en ver la realidad, sino porque anteponen ilusiones y engaños a la realidad. Y eso les resulta muy fácil, ya que simplemente le dan el mismo nombre a algo que hace tiempo que dejó de ser lo que era. Pero si hoy en día se le da a lo que se representa desde Roma en Europa, —tengo que describirlo—, el mismo nombre de catolicismo que a lo que se representaba desde Roma en el siglo VIII, es como si dijera de un anciano de sesenta años: ¡Es el niño de ocho años! — Hubo una vez un niño de ocho años, pero hoy ya no es un niño de ocho años.

Quiero llamar su atención sobre algo que es necesario tener en cuenta, porque la vida social también debe considerarse como algo vivo y no como algo inerte, muerto. Y hasta que no se comprenda esto, la humanidad actual no ascenderá a una comprensión de la vida social verdadera. La vida social tiene sus raíces en esferas que hoy en día ya no podemos expresar con nuestros nombres exteriorizados en ningún idioma, quizá solo en los idiomas orientales, en menor medida en los idiomas europeos y en menor medida aún en el inglés o el americano, que están muy alejados de la realidad. Por lo tanto, nuestros idiomas son obstáculos para la comprensión de lo social.  Por lo tanto, la humanidad solo avanzará en la comprensión de lo social si se emancipa de la mera comprensión del lenguaje. Pero hoy en día se aborrece mucho todo lo que va más allá de la mera comprensión del lenguaje. Y lo que se encuentra con mayor frecuencia hoy en día es que, cuando se quiere explicar algo, se antepone primero una explicación verbal. Pero es indiferente cómo se denomine una cosa, qué palabra se utilice para ello; se trata, ante todo, de llevar al ser humano a la cosa y no a la palabra. Por lo tanto, si queremos avanzar hacia el entendimiento social, debemos superar ante todo el encadenamiento a los idiomas. Pero el encadenamiento a los idiomas solo se supera cuando se superan los mayores prejuicios de nuestro tiempo. En los terribles años que hemos vivido, resonaba por todo el mundo: ¡Libertad para las naciones individuales! Y hoy en día, incluso las naciones más pequeñas quieren crear sus propias estructuras sociales. Una pasión, un paroxismo nacionalista se ha apoderado de la humanidad, y es tan perjudicial para la vida social de la Tierra como el materialismo lo es para la vida intelectual. Y así como el ser humano debe liberarse del materialismo para alcanzar la libertad y la espiritualidad, la humanidad debe liberarse de todo nacionalismo, sea cual sea la forma en que se presente, para alcanzar la humanidad universal. Sin ello, no es posible avanzar.

Sin embargo, en las lenguas no encontraremos la posibilidad de salir completamente del nacionalismo si estas lenguas no se apoyan en formas de expresión más profundas para lo espiritual. Verán, me gustaría concluir estas reflexiones más o menos con una imagen. Si ustedes reflexionan sobre esta imagen que voy a utilizar, podrán llegar a algunas conclusiones que pueden ser importantes para comprender la época actual. Observen hoy cualquier documento escrito. Esos pequeños demonios que aparecen en el papel blanco, a esos pequeños demonios se les llama letras, y se colocan unas junto a otras. Tienen formas grotescas y, al colocarlas unas junto a otras, significan los sonidos de nuestras lenguas. Esto se remonta a otras formas de escritura más expresivas.  Y si retrocedemos mucho en el tiempo, llegamos a las formas escritas, digamos, como las que tenían los egipcios, o como era el sánscrito original, que se desarrolló más o menos en sus formas a partir del carácter serpentino. Los signos sánscritos son formas serpentinas transformadas con todo tipo de adornos. Las formas escritas egipcias eran todavía formas escritas pintadas, dibujadas, eran todavía imágenes, eran en sus tiempos más antiguos incluso la imaginación de lo que se representaba. La escritura provenía directamente de lo espiritual. Luego, la escritura se volvió cada vez más abstracta, hasta convertirse en lo que ya era más o menos bastante malo: nuestra escritura habitual, que solo se relaciona con lo que representa mediante el aprendizaje de sus formas.

Luego vino algo aún más terrible, la taquigrafía, que ahora es la muerte total de todo el sistema que se había desarrollado a partir de la antigua escritura pictográfica. Este desarrollo descendente debe dar paso a un nuevo ascenso; debemos volver a un desarrollo que nos saque de todo aquello en lo que nos ha sumido la escritura. Y con ello se intentó dar un nuevo comienzo. Aquí, en esta colina de Dornach, se encuentra. Por mucho que le falte al edificio de Dornach, por mucho que sea imperfecto, en sus formas es algo que expresa, en su forma actual, la esencia suprasensible a la que el ser humano debe aspirar hoy en día. Es, diría yo, también un jeroglífico del mundo. Si estudian realmente sus formas individuales, podrán leer en ellas mucho más de lo que pueden captar a través de las descripciones de lo espiritual, al menos esa es la intención. La intención es realizar en él una escritura mundial. La escritura surgió del arte, y debe volver al arte. Debe ir más allá del simbolismo, dejar que lo espiritual viva directamente en ella, volviéndose de nuevo un jeroglífico de una nueva manera.

Lo que se encuentra aquí, en esta colina, solo se comprenderá correctamente si nos decimos a nosotros mismos: en la actualidad existen diversas exigencias de la humanidad que deben tener una respuesta. En el fondo, las palabras del lenguaje actual no son suficientes para dar una respuesta. Se ha intentado dar esa respuesta con las formas de esta construcción. Hay muchas cosas imperfectas en él, pero se ha intentado dar una respuesta de este tipo mediante esta construcción. Y si se mira desde este punto de vista, se verá de la manera correcta.

Esto es lo que quería añadir hoy a las consideraciones anteriores.

Traducido por J.Luelmo oct, 2025

GA034 enero-abril de 1904 - El aura humana

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 EL AURA HUMANA

Revista Lucifer - Gnosis 1904

RUDOLF STEINER


enero-abril de 1904

Una cita de Goethe que explica de manera sutil la relación del ser humano con el mundo es la siguiente: «En realidad, intentamos en vano expresar la esencia de una cosa. Nos damos cuenta de los efectos, y una historia completa de estos efectos abarcaría, en el mejor de los casos, la esencia de esa cosa. En vano nos esforzamos por describir el carácter de una persona; en cambio si reunimos sus acciones, sus hechos, se nos presentará una imagen de su carácter. Los colores son actos de la luz, actos y sufrimientos... Los colores y la luz están en la relación más precisa entre sí, pero debemos pensar en ambos como pertenecientes a la naturaleza en su conjunto: porque es ella en su totalidad la que quiere revelarse especialmente al sentido de la vista. Del mismo modo, toda la naturaleza se revela a otro sentido... «Así habla la naturaleza hacia abajo, a otros sentidos, a sentidos conocidos, incomprendidos y desconocidos; así habla consigo misma y con nosotros a través de mil fenómenos. Para quien está atento, ella no está muerta ni muda en ninguna parte».

Para apreciar plenamente el significado de esta afirmación, basta con pensar en lo diferente que debe ser el mundo para los seres vivos más inferiores, que solo tienen una especie de sentido del tacto o sensibilidad que recorre toda la superficie de su cuerpo, en comparación con los seres humanos. En cualquier caso, la luz, el color y el sonido no pueden existir para ellos en el mismo sentido en que existen para los seres dotados de ojos y oídos. Las vibraciones del aire que provoca un disparo de escopeta pueden tener un efecto sobre ellos cuando les alcanza. Para que estas vibraciones del aire se perciban como un estruendo, se necesita un oído. Y para que ciertos procesos que se manifiestan en la sutil materia llamada éter se revelen como luz y color, se necesita un ojo. En este sentido, se aplica la frase del filósofo Lotze: «Sin un ojo que perciba la luz y sin un oído que perciba el sonido, el mundo entero sería oscuro y mudo. No habría en él tanta luz o sonido como no habría dolor de muelas sin un nervio dental que percibiera el dolor».

El poeta Robert Hamerling dice en su libro filosófico («Atomistik des Willens» 'Atomismo de la voluntad') sobre esta idea: «Si esto no te resulta evidente, querido lector, y tu mente se rebela ante este hecho como un caballo asustadizo, no sigas leyendo ni una sola línea más; deja este y todos los demás libros que tratan de temas filosóficos sin leer, pues careces de la capacidad necesaria para comprender un hecho con imparcialidad y retenerlo en tu mente».

Sin embargo, este hecho conlleva necesariamente una conclusión. Goethe lo expresa muy bien: «El ojo debe su existencia a la luz. Partiendo de órganos auxiliares animales indiferenciados, la luz crea un órgano que no tiene parangón; y así se forma el ojo en la luz para la luz, de modo que la luz interior se enfrenta a la luz exterior». Esto no significa otra cosa que: los procesos externos que el ser humano percibe a través del ojo como luz estarían ahí incluso sin el ojo; pero a partir de ellos el ojo crea la sensación de luz. Por lo tanto, el ser humano nunca debe decir que solo existe lo que percibe, sino que debe reconocer que, de todo lo que existe, solo puede percibir aquello para lo cual él dispone de órganos. Y con cada nuevo órgano, el mundo debe revelar nuevas facetas de su esencia. El naturalista Tyndall lo expresa acertadamente: «El efecto de la luz parece ser en el reino animal solo un cambio de naturaleza química, como el que se produce en las hojas de las plantas. Poco a poco, este efecto se localiza en células pigmentarias individuales, que son más sensibles a la luz que el tejido circundante. El ojo comienza. Al principio es capaz de revelar las diferencias de luz y sombra que producen los cuerpos muy cercanos. Dado que la interrupción de la luz casi siempre va seguida del contacto con el cuerpo opaco cercano, hay que concluir que la visión es una especie de sensación anticipada. La adaptación continúa (en los animales superiores). Se forma una pequeña inflamación de la piel por encima de las células pigmentarias; comienza a formarse una lente y, a través de infinitas adaptaciones, el sentido de la vista alcanza una agudeza que finalmente llega a la perfección del ojo del halcón o del águila. Lo mismo ocurre con los demás sentidos».

Lo que realmente se revela a un ser a través de la sensación depende, por tanto, de los órganos que se han desarrollado en él. Por lo tanto, el ser humano nunca debe decir: solo es real lo que puede percibir. Podría haber muchas cosas reales que no puede percibir porque carece de los órganos necesarios para ello. Y un ser humano que solo declarara real lo que se puede percibir sensorialmente de forma habitual se asemejaría a un animal inferior que declarara irreal los colores y los sonidos, ya que no puede percibirlos.

Ahora bien, todo ser humano conoce un mundo real que no puede percibir con los sentidos comunes. Se trata de su propio mundo interior. Sus sentimientos, instintos, pasiones y pensamientos son reales. Viven en él. Pero ningún oído puede oírlos; ningún ojo puede verlos. Para los demás son «oscuros y mudos», como dice la cita anterior de Lotze: «sin un ojo que perciba la luz y sin un oído que perciba el sonido, el mundo entero sería oscuro y mudo». Y este mundo deja de ser «oscuro y mudo» tan pronto como hay ojos y oídos que lo perciben. Solo un ser así puede saber que de este mundo «mudo y oscuro» surge el de los colores y los sonidos, que el ojo y el oído experimentan este último mundo. Solo la experiencia directa puede decidirlo.

Entonces, quien no es capaz de percibir el mundo interior real del ser humano como una sensación, ¿Puede afirmar que es imposible percibirlo? Quien reconozca el alcance de los hechos expuestos hará más que eso. Tendrá que decirse a sí mismo: solo quienes tienen esa percepción pueden decidir si es posible, pero no quienes no la tienen. Porque el ser dotado de vista, y no el ser sin ojos, puede dar cuenta de la realidad del mundo de los colores. Esta idea debe ir seguida de la siguiente, en la que Hamerling resume brillantemente lo que tiene que decir al respecto: «Nuestro mundo sensorial es el mundo de los efectos. Lo que actúa en cada ser produce en los demás la idea, del mismo modo que al tocar las cuerdas se produce el sonido. Cada ser es arpista en cuerdas ajenas y, al mismo tiempo, arpa para dedos ajenos».

Así como la naturaleza exterior transforma los «órganos auxiliares animales indiferenciados », —en el sentido de Goethe—, transformándose en el ojo, así el ser humano es capaz de desarrollar en sí mismo los órganos a través de los cuales los sentimientos, los impulsos, los instintos, las pasiones, los pensamientos, etc., se convierten en un mundo sensorial, en un mundo de efectos, del mismo modo que las vibraciones del aire se convierten en percepción del sonido a través del oído, y las vibraciones del éter se convierten en percepción del color a través del ojo. En una próxima publicación de esta revista se hablará de los caminos que debe seguir el alma para desarrollar estos sentidos. Aquí se dirá algo sobre las percepciones de estos «sentidos espirituales» en sí mismos. 

Es evidente que para el ojo exterior, solo es visible una parte del ser humano. Es la parte que se denomina cuerpo físico. Este cuerpo físico está compuesto por los mismos elementos que componen los objetos externos de la naturaleza. Y en él actúan las mismas fuerzas físicas y químicas que actúan en los minerales. Ahora bien, cualquier persona pensante admitirá que la vida anímica nunca puede explicarse a partir de estas sustancias y sus procesos. El naturalista Du Bois-Reymond se expresa así al respecto: 

«A primera vista, parece que el conocimiento de los procesos materiales que tienen lugar en el cerebro nos permite comprender ciertos procesos y aptitudes espirituales. Entre ellos incluyo la memoria, la afluencia y combinación de ideas, las consecuencias del ejercicio, los talentos específicos y otras cosas por el estilo. La más mínima reflexión nos enseña que esto es un engaño. Solo se nos enseñaría sobre ciertas condiciones internas de la vida mental, que son más o menos equivalentes a las externas establecidas por las impresiones sensoriales, pero no sobre el origen de la vida mental a través de estas condiciones. ¿Qué conexión concebible existe entre, por un lado, ciertos movimientos de ciertos átomos en mi cerebro y, por otro, los hechos originales, indefinibles e innegables para mí: siento dolor, siento placer, saboreo lo dulce, huelo el aroma de las rosas, oigo el sonido del órgano, veo el rojo, y la certeza igualmente inmediata que se deriva de ello: ¿por lo tanto, existo? Es absolutamente incomprensible, y lo será para siempre, que a un número de átomos de carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno, etc. no les sea indiferente cómo se encuentran y se mueven, cómo se encontraban y se movían, cómo se encontrarán y se moverán». 

Sin duda, Du Bois-Reymond se equivoca en lo que deduce de ello, pero no en el hecho en sí. (Compárese con mi libro Welt-und Lebensanschauungen im neunzehnten Jahrhundert [Cosmovisiones y concepciones de la vida en el siglo XIX], Berlín, Siegfr. Cronbach, segundo volumen, página 78 y siguientes). Es necesario aclarar qué hechos subyacen a tal afirmación. El naturalista utiliza los sentidos externos para investigar. Es cierto que refuerza su poder mediante instrumentos, que combina con la razón los hechos que estos le proporcionan y que determina sus proporciones mediante cálculos, pero la base de todo lo que constata es la observación externa y sensorial. Ahora bien, esta puede determinar procesos en el mundo material; o, cuando estos son demasiado pequeños para ser percibidos directamente, puede complementarse con hipótesis: pero nunca puede percibir lo psíquico o lo espiritual. Du Bois-Reymond no dice otra cosa que, allí donde el proceso material pasa a ser psíquico, cesa la observación sensorial externa. La forma en que se encuentran y se mueven los átomos de carbono, oxígeno, etc., puede representarse de esta manera, porque es similar a los procesos materiales perceptibles. Pero «Sentir dolor, sentir placer, etc.» ya no puede captarse con los sentidos externos. Debe producirse una mayor capacidad de percepción, al igual que debe añadirse la mayor capacidad de percepción del ojo, si se quiere complementar el mundo de las sensaciones táctiles del animal inferior con el mundo de los colores. Y para tal mayor capacidad de percepción se produce igualmente una transición entre los procesos físicos y los «hechos innegables: «Siento dolor, siento placer, huelo el aroma de las rosas, etc.», como entre el movimiento de una bola de marfil que rueda y el estado de la otra, que pasa de la quietud al movimiento como consecuencia del impacto de la primera. Para esta capacidad de percepción superior, el cuerpo físico humano no es más que la parte central de un cuerpo mayor, en el que el primero está envuelto como en una nube. Y así como el ojo físico percibe las vibraciones etéreas que emite el cuerpo físico como los colores de este cuerpo, el ojo espiritual percibe, a través de la mediación correspondiente, los sentimientos, los instintos, las pasiones y las ideas, que son «hechos innegables» al igual que los movimientos del carbono, el hidrógeno, etc. en el cerebro.

Mediante un proceso de transformación especial, que se describirá más adelante, el mundo interior de las causas del ser humano se presenta al «ojo espiritual» como un mundo de efectos en colores, del mismo modo que los procesos físicos del cuerpo se presentan al ojo exterior como efectos de colores. Los efectos cromáticos perceptibles por el «ojo espiritual», que irradian alrededor del ser humano físico y lo envuelven como una nube (aproximadamente con forma de huevo), se denominan aura humana. Debe considerarse parte de la esencia humana al igual que el cuerpo físico. El tamaño de esta aura varía de una persona a otra. Sin embargo, se puede imaginar, en promedio, que el ser humano completo es dos veces más largo y cuatro veces más ancho que el físico.

En esta aura fluyen los tonos de color más diversos. Y este fluir es una imagen fiel de la vida interior del ser humano. Tan cambiantes como esta son las tonalidades de color individuales. Sin embargo, ciertas características permanentes, como los talentos, los hábitos y los rasgos de carácter, se expresan en tonos de color básicos estables.

El aura varía mucho según los diferentes temperamentos y disposiciones mentales de las personas; también varía según los grados de desarrollo espiritual. Una persona que se entrega por completo a sus instintos animales tiene un aura completamente diferente a la de alguien que vive mucho en sus pensamientos. El aura de una persona de naturaleza religiosa difiere esencialmente de la de alguien que se sumerge en las experiencias triviales del día a día. A esto se suma que todos los cambios de humor, todas las inclinaciones, alegrías y penas encuentran su expresión en el aura.

Para comprender el significado de los tonos de color, es necesario comparar las auras de los diferentes tipos de personas. Tomemos primero a las personas que tienen afectos muy pronunciados. Se pueden dividir en dos tipos diferentes. Aquellos que se dejan llevar por estos afectos principalmente por su naturaleza animal, y aquellos en los que estos afectos adoptan una forma más refinada, en la que, por así decirlo, se ven fuertemente influenciados por la reflexión. En el primer tipo de personas, el aura está inundada principalmente por corrientes de colores marrones y marrón rojizos de todos los matices en determinados puntos. En las personas con afectos más refinados, en los mismos puntos aparecen tonos de rojo y verde más claros. Se puede observar que, a medida que aumenta la inteligencia, los tonos verdes se vuelven cada vez más frecuentes. Las personas muy inteligentes, pero que se dedican por completo a la satisfacción de sus instintos animales, tienen mucho verde en su aura. Sin embargo, este verde siempre tendrá un toque más o menos intenso de marrón o marrón rojizo. Las personas poco inteligentes muestran una gran parte del aura inundada por corrientes marrón rojizas o incluso rojo sangre oscuro.

El aura de las personas tranquilas, reflexivas y meditativas es muy diferente a la de las personas impulsivas. Los tonos marrones y rojizos pasan a un segundo plano y destacan diferentes matices de verde. En las personas pensativas, el aura muestra un agradable tono verde básico. Así es como se ven aquellas personas de las que se puede decir que saben adaptarse a cualquier situación de la vida.

Los tonos azules aparecen en las naturalezas devotas. (Quiero señalar expresamente que estoy dispuesto a que otros investigadores me corrijan. Las observaciones en este campo son, por supuesto, inciertas. Y esta incertidumbre no se puede comparar con la que ya es posible en el campo físico, aunque esta última —como saben los investigadores— también es muy grande. Para comparar mis datos, me remito al escrito de C. W. Leadbeater: «Man visible and invisible», publicado en 1902 en Londres por Theosophical Publishing Society). Cuanto más se pone el ser humano al servicio de una causa, más significativos se vuelven los matices azules. En este sentido, también se encuentran dos tipos de personas muy diferentes. Hay naturalezas de escasa capacidad intelectual, almas pasivas que, en cierto modo, no tienen nada que aportar a la corriente de los acontecimientos mundiales salvo su «buen carácter». Su aura brilla con un hermoso color azul. Así se manifiesta también la de muchas naturalezas devotas y religiosas. Las almas compasivas y aquellas que disfrutan viviendo una existencia llena de buenas obras tienen un aura similar. Si además estas personas son inteligentes, las corrientes verdes y azules se alternan, o el azul adquiere un matiz verdoso. A diferencia de las almas pasivas, las almas activas se caracterizan por un azul impregnado de tonos claros desde su interior. Las naturalezas inventivas, aquellas que tienen pensamientos fructíferos, irradian tonos claros desde un punto interior. En general, todo lo que indica actividad mental tiene más bien la forma de rayos que se expanden desde el interior, mientras que todo lo que proviene de la vida animal tiene la forma de nubes irregulares que inundan el aura.

Dependiendo de si las ideas que surgen de un alma activa se ponen al servicio de los propios instintos animales o de intereses más ideales y objetivos, las correspondientes estructuras cromáticas muestran diferentes matices. La mente inventiva, que utiliza todos sus pensamientos para satisfacer sus pasiones sensuales, muestra matices azul oscuro y rojo; por el contrario, aquella que pone sus fructíferos pensamientos desinteresadamente al servicio de un interés objetivo, muestra tonos rojo claro y azul. Una vida espiritual, unida a una noble dedicación y capacidad de sacrificio, se refleja en colores rosa o violeta claro.

No solo la constitución básica del alma, sino también los afectos pasajeros, los estados de ánimo y otras experiencias internas muestran sus ondas de color en el aura. Una ira repentina y violenta genera ondas rojas; el orgullo herido, que se manifiesta en un arrebato repentino, puede verse en forma de nubes de color verde oscuro. Pero los fenómenos cromáticos no solo aparecen en formaciones nubosas irregulares, sino también en figuras definidas, limitadas y de forma regular. Por ejemplo, un ataque de miedo se manifiesta en el aura con rayas onduladas de color azul con un brillo rojizo que la atraviesan de arriba abajo. En una persona que espera con tensión un determinado acontecimiento, se pueden ver rayas rojas y azules continuas que atraviesan el aura de dentro hacia fuera en forma de radios.

Para tener una percepción mental precisa, hay que prestar atención a cada sensación que el ser humano recibe del exterior. Las personas que se excitan mucho con cada impresión externa muestran un destello continuo de pequeños puntos y manchas rojizas en el aura. En las personas que no tienen una percepción viva, estas manchas tienen un color amarillo anaranjado o incluso un bonito color amarillo. Las personas denominadas «distraídas» muestran manchas azuladas de forma más o menos variable.

A continuación se mostrará en qué medida el aura aquí descrita es un fenómeno muy complejo. También se demostrará cómo es la expresión de la totalidad del ser humano. Las explicaciones aquí proporcionadas deben considerarse únicamente como una introducción.

En lo anterior se ha descrito a grandes rasgos la nube áurica en la que se encuentra el cuerpo físico del ser humano. Para una «visión espiritual» más desarrollada, se pueden distinguir tres tipos de fenómenos cromáticos dentro de esta «aura» que envuelve e irradia al ser humano. En primer lugar, están los colores que tienen un carácter más o menos opaco y apagado. Sin embargo, si comparamos estos colores con los que ve nuestro ojo físico, nos parecen vivos y transparentes. Pero dentro del mundo suprasensible, hacen que el espacio que llenan sea comparativamente opaco; lo llenan como una neblina. — Un segundo tipo de colores son aquellos que son, por así decirlo, pura luz. Iluminan el espacio que llenan. Este se convierte por sí mismo en un espacio luminoso. Muy diferente de estos dos es el tercer tipo de apariciones cromáticas. Estas tienen un carácter radiante, centelleante y brillante. No solo iluminan el espacio que ocupan, sino que lo atraviesan y lo irradian. Hay algo activo, algo móvil en sí mismo en estos colores. Los otros tienen algo de reposo, de inmovilidad. Estos, en cambio, se generan continuamente a partir de sí mismos. Los dos primeros tipos de colores llenan el espacio como con un líquido fino que permanece en calma en él; el tercero lo llena de una vida siempre creciente, de una actividad que nunca reposa.

Estos tres tipos de colores no se encuentran simplemente uno al lado del otro en el aura humana; no se encuentran exclusivamente en partes separadas del espacio; sino que se entremezclan parcialmente. En un lugar del aura se pueden ver los tres tipos entremezclados, del mismo modo que se puede ver y oír al mismo tiempo un cuerpo físico, por ejemplo, una campana. Esto convierte al aura en un fenómeno extraordinariamente complejo. Porque, por así decirlo, se trata de tres auras entrelazadas que se interpenetran. (No se tienen en cuenta aquí las auras de mayor valor). Pero se puede aclarar esto si se centra la atención alternativamente en una de estas tres auras. En el mundo suprasensorial se hace algo similar a lo que se hace en el mundo sensorial, por ejemplo, cerrar los ojos para entregarse por completo a la impresión de una pieza musical. El «vidente» tiene, en cierto modo, tres órganos para los tres tipos de colores. Y para observar uno sin que los otros le molesten, puede abrir uno u otro tipo de órganos a las impresiones y cerrar los demás. En un «vidente» puede estar desarrollado inicialmente solo el tipo de órganos correspondiente al primer tipo de colores. Este solo puede ver un aura; las otras dos le resultan invisibles. Del mismo modo, alguien puede ser sensible a los dos primeros tipos, pero no al tercero. El nivel superior del «don de la visión» consiste entonces en que una persona puede observar las tres auras y, con fines de estudio, dirigir su atención alternativamente a una u otra.

Esta triple aura es la expresión visible, más allá de los sentidos, de la esencia del ser humano. Porque esta esencia se compone de tres elementos: cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo es lo efímero del ser humano; lo que nace y muere. El espíritu es lo imperecedero. Tras la muerte del cuerpo, atraviesa diferentes experiencias y estados en ámbitos inaccesibles a los sentidos externos, para volver a encarnarse en un nuevo cuerpo tras un periodo más o menos largo. (En el ensayo «Cómo actúa el karma» se puede encontrar información más detallada sobre los estados entre la muerte y una nueva encarnación). El vínculo entre el cuerpo perecedero y el espíritu imperecedero es el alma. Hay que imaginarse que las impresiones del mundo exterior sensorial son primero captadas por el alma y luego transmitidas al espíritu. El oído, como órgano físico, recibe, por ejemplo, una impresión a través de una vibración del aire. El alma transforma esta vibración del aire en la sensación del sonido. Solo así el ser humano experimenta en su interior, —como sensación—, lo que de otro modo sería un proceso mudo en el aire exterior. Y en el interior del ser humano, el espíritu vuelve a percibir la sensación. De este modo, a través del alma, obtiene información sobre el mundo exterior sensorial y terrenal. En el ser humano, el espíritu no puede comunicarse directamente con el mundo exterior sensorial, sino que el alma es su mensajera. A través del alma, el espíritu inmortal del ser humano entra en contacto con el mundo terrenal. (Quien busque información más detallada sobre las relaciones entre el espíritu, el alma y el cuerpo, la encontrará en mi próxima publicación «Teosofía»). El alma es, por tanto, la verdadera portadora de lo que el ser humano experimenta en su interior entre el nacimiento y la muerte. El espíritu conserva estas experiencias y las traslada de una encarnación a otra.

El alma humana recibe influencias desde dos lados. El cuerpo actúa sobre ella para transmitirle las impresiones sensoriales y corporales. El espíritu la influye desde el otro lado para grabar en ella las leyes eternas que le son propias. El alma está relacionada, por un lado, con el cuerpo y, por otro, con el espíritu. Por lo tanto, en el ser humano vivo se puede distinguir una triple vida interior. La primera abarca todo lo que fluye continuamente desde el cuerpo hacia el alma; la segunda son los procesos que tienen lugar en la propia alma. La tercera son las influencias que el alma recibe del espíritu. Un ejemplo sencillo puede aclarar cómo se diferencian estas tres formas de vida interior humana. Supongamos que una persona lleva mucho tiempo sin comer. Esto provoca ciertos procesos en el cuerpo que no son beneficiosos para su vida física. Esto afecta al alma en forma de sensación de hambre.

Esta sensación es un proceso del alma, pero su causa se encuentra en el cuerpo. Supongamos además que una persona pasa junto a alguien que está pasando necesidades y le ayuda. La motivación para ello reside en el reconocimiento por parte del espíritu de que el ser humano debe ayudar a los demás. El alma lleva a cabo la acción; el espíritu da la orden. El alma siente compasión. Esta compasión es, de nuevo, un proceso del alma. La causa reside en el espíritu. Entre estos dos tipos de experiencias del alma hay una tercera. Es aquella en la que, en cierto modo, ni el cuerpo ni el espíritu participan directamente. En primer lugar, el ser humano se ve impulsado una y otra vez a ingerir alimentos por el estímulo inmediato del hambre. Pero cuando empieza a reflexionar sobre la relación entre el hambre y su estilo de vida, regula este último mediante el pensamiento. En cierto modo, utiliza el pensamiento para satisfacer las necesidades de su sensualidad. De este modo, hace que su vida anímica sea independiente de los estímulos inmediatos de la corporalidad sensual. Cuanto menos desarrollado está el ser humano, más se entregará a los estímulos sensuales. Con un mayor desarrollo, pone cada vez más su vida interior al servicio del pensamiento, pero de este modo también se vuelve cada vez más receptivo a las influencias de lo espiritual. Un ser humano poco desarrollado, que debe entregarse a todos los estímulos de su cuerpo, será insensible a las leyes eternas de lo verdadero y lo bueno, que provienen del espíritu. Se sumergirá por completo en lo que su cuerpo le exige. Cuanto más independiente se haga el ser humano de estas influencias, más brillará en él lo que es imperecedero, lo que es eternamente verdadero y eternamente bueno. Y finalmente reconocerá que está aquí para poner sus fuerzas, sus capacidades, todas sus acciones al servicio de lo eterno. De este modo obtenemos una vida interior del ser humano dividida en tres niveles. 

  1. La primera es la que depende de las causas físicas; 
  2. la segunda es la parte de la vida del alma que, hasta cierto punto, se ha independizado de cualquier estímulo externo mediante la reflexión, pero que aún se absorbe en la satisfacción de la vida exterior; 
  3. la tercera parte es, finalmente, la que pone la propia vida al servicio de lo eterno. En el ser humano poco desarrollado predomina la primera parte; en el más desarrollado destaca la tercera. El ser humano medio se encuentra en un término medio entre ambas.

Estas tres partes de la vida interior humana se expresan de forma suprasensible y visible en el aura triple. Aquel grado en cual el alma depende del cuerpo y se deja influir por sus procesos se refleja en las manifestaciones cromáticas opacas y turbias. Una persona que vive completamente su naturaleza física tiene esta parte del aura especialmente desarrollada. Todo lo que, a través de la educación, la reflexión, en definitiva, la cultura externa, se ha independizado de las influencias inmediatas del cuerpo, se expresa en los colores que iluminan el espacio con una claridad transparente. Y toda la verdadera espiritualidad del ser humano, la entrega desinteresada a lo verdadero y lo bueno, en otras palabras, los tesoros que el ser humano acumula para la eternidad, se manifiestan en los colores brillantes y resplandecientes del aura.

  1. El primer aura es un reflejo de la influencia que el cuerpo ejerce sobre el alma del ser humano; 
  2. el segundo caracteriza la vida propia del alma, que se ha elevado por encima de los estímulos sensoriales inmediatos, pero que aún no se ha dedicado al servicio de lo eterno; 
  3. el tercero refleja el dominio que el espíritu eterno ha ganado sobre el ser humano mortal.

Para el «vidente», el grado de desarrollo de una persona se evalúa a partir de la naturaleza de su aura. Si se encuentra con una persona poco desarrollada, que se entrega por completo a sus instintos sensuales, deseos y estímulos externos momentáneos, ve el primer aura en los tonos de color más llamativos; el segundo, por el contrario, está poco desarrollado. En ella solo se ven escasas formaciones de color, mientras que la tercera apenas se insinúa. Aquí y allá solo se ve una chispa de color brillante, lo que indica que también en esta persona ya vive lo eterno como predisposición, pero que aún necesitará un largo camino de desarrollo, a través de muchas encarnaciones, hasta que adquiera una influencia destacada en la vida exterior de este portador. Cuanto más se despoja el ser humano de su naturaleza instintiva, más imperceptible se vuelve la primera parte del aura. La segunda parte se agranda cada vez más y llena cada vez más completamente con su fuerza luminosa el cuerpo de colores en el que vive el ser humano físico. Y los «siervos del Eterno» muestran la milagrosa tercera aura, aquella parte que da testimonio de hasta qué punto el ser humano se ha convertido en ciudadano del mundo espiritual. Porque lo divino mismo irradia a través de esta parte del aura humana en el mundo terrenal. Las personas en las que se ha desarrollado esta aura son las llamas a través de las cuales la divinidad ilumina este mundo. Han aprendido a vivir no para sí mismas, sino para lo eternamente verdadero y bueno; han logrado, a pesar de su estrecho yo, sacrificarse en el altar de la gran obra del mundo.

Así, en el aura se manifiesta lo que el ser humano ha hecho de sí mismo a lo largo de sus encarnaciones.

Las tres partes del aura contienen colores de los más diversos matices. Sin embargo, el carácter de estos matices cambia con el grado de desarrollo del ser humano. En la primera parte del aura del ser humano instintivo y sin desarrollar se pueden ver todos los matices, desde el rojo hasta el azul. En él, estos matices tienen un carácter turbio y sucio. Los matices rojos llamativos indican los deseos sensuales, los placeres carnales, la adicción a los placeres del paladar y del estómago. Los matices verdes parecen encontrarse principalmente en aquellas naturalezas inferiores que tienden a la torpeza, a la indiferencia, que se entregan con avidez a todos los placeres, pero que rehúyen los esfuerzos que les llevan a ellos. No es agradable ver a los vagabundos perezosos de nuestras grandes ciudades holgazaneando en sus nubes de color verde sucio. Sin embargo, ciertas profesiones modernas fomentan precisamente este tipo de auras. — Una autoestima personal que se basa completamente en inclinaciones bajas, es decir, que representa el nivel más bajo del egoísmo, se manifiesta en tonos amarillos sucios y marrones. Ahora bien, está claro que la vida instintiva animal también puede adquirir un carácter agradable. Existe una capacidad de sacrificio puramente natural que ya se encuentra en alto grado en el reino animal. En el amor maternal natural, esta formación de un instinto animal encuentra su más bella culminación. Estos instintos naturales desinteresados se expresan en la primera aura en tonos que van del rojo claro al rosa. La cobardía, el miedo a los estímulos sensoriales se manifiestan en el aura con colores marrón azulado o gris azulado.

La segunda aura muestra a su vez los más diversos matices de color. Las formas marrones y anaranjadas indican un fuerte sentido del yo, orgullo y ambición. El amarillo claro refleja un pensar lúcido e inteligencia; el verde es la expresión de la comprensión de la vida y del mundo. Los niños que aprenden con facilidad tienen mucho verde en esta parte de su aura. El amarillo verdoso en la segunda aura parece revelar una buena memoria. El rosa rojizo indica un ser benevolente y cariñoso; el azul es aquí el signo de la piedad. Cuanto más se acerca la piedad al fervor religioso, más se transforma el azul en violeta. El idealismo y la seriedad de la vida en su concepción más elevada se ven como azul índigo.

Los colores básicos del tercer aura son el amarillo, el verde y el azul. El amarillo aparece aquí cuando el pensamiento está lleno de ideas elevadas y amplias que captan lo individual desde la totalidad del orden divino del mundo. Este amarillo tiene entonces, cuando el pensamiento es intuitivo y se le atribuye una pureza perfecta de la imaginación sensual, un brillo dorado. El verde indica el amor a todos los seres; el azul es el signo de la capacidad de sacrificio desinteresado por todos los seres. Si esta capacidad de sacrificio se intensifica hasta convertirse en una fuerte voluntad que se pone al servicio del mundo, el azul se aclara hasta convertirse en violeta claro. Si en un ser humano más desarrollado aún persisten el orgullo y la ambición, como últimos restos del egoísmo personal, junto a los matices amarillos aparecen otros que tienden hacia el naranja. — Sin embargo, hay que señalar que en esta parte del aura los colores son muy diferentes de los matices que el ser humano está acostumbrado a ver en el mundo sensorial. Aquí, el «vidente» se encuentra con una belleza y una majestuosidad que no se pueden comparar con nada del mundo ordinario.

A continuación se mostrará cómo se expresan los diferentes componentes básicos de la esencia del ser humano a través de los auras aquí descritos.

Se puede comprender el aura del ser humano si se observa su esencia. Como cuerpo físico, el ser humano está compuesto por las sustancias que también se encuentran en el mundo mineral. Y en él actúan las fuerzas que también actúan en este mundo. El oxígeno que el ser humano adquiere a través del proceso de respiración es el mismo que se encuentra en el aire, en los componentes líquidos y sólidos de la Tierra. Y lo mismo ocurre con las sustancias que el ser humano ingiere en sus alimentos. Se pueden estudiar estas sustancias y sus fuerzas en el ser humano, al igual que se estudian en otros cuerpos naturales. Si se observa al ser humano de esta manera, se le reconoce como un eslabón del mundo mineral. Además, se puede observar al ser humano en la medida en que es un ser vivo. Muestra cómo las sustancias y fuerzas del mundo mineral se combinan para formar un organismo que se estructura en miembros, que crece y se reproduce, y cuyas partes interactúan para realizar una actividad común. El ser humano comparte este tipo de existencia con todo lo que vive. Quien se entrega a esta reflexión se enfrenta a la pregunta: ¿qué es lo que da vida a un ser? Una cierta corriente de la ciencia natural moderna da una respuesta fácil a esta pregunta. Simplemente dice: la acción de las sustancias y fuerzas minerales en el organismo vivo es exactamente del mismo tipo que en la naturaleza inorgánica, solo que mucho más compleja. Según esta corriente, se comprende un organismo cuando se comprenden los complejos procesos físicos y químicos que tienen lugar en su interior. Esta visión niega que existan causas especiales que transformen en procesos vitales las sustancias y fuerzas minerales del organismo. En el siglo XIX se desarrolló una intensa lucha contra los defensores de una fuerza vital especial. Un pensamiento claro debería haber evitado esta lucha. Porque, del mismo modo que nadie debería negar que se entiende un reloj cuando se comprende el mecanismo de sus piezas, tampoco un representante de la fuerza vital con un pensamiento claro podría oponerse a la afirmación de que se entiende científicamente el organismo en este sentido cuando se conoce la eficacia de sus sustancias y fuerzas. Pero, ¿puede alguien negar por ello que el reloj, mecánicamente comprensible, no podría existir sin el relojero? Quien realmente pueda distinguir entre la comprensibilidad de un organismo como hecho físico y las condiciones de su origen, no puede tener dudas de que la comprensibilidad anterior no afecta en absoluto a la existencia de causas especiales de la vida, del mismo modo que la comprensibilidad mecánica del reloj no afecta a la existencia del relojero. Y así como el mecánico que quiere hacer comprensible el reloj no necesita describir al relojero, el investigador puramente físico tampoco necesita tener en cuenta las causas especiales de la vida. Sin embargo, quien profundiza más en la esencia de los fenómenos comprende que, para que se produzca el organismo físico, no bastan las entidades que lo hacen físicamente comprensible. Por eso, los entendidos hablan de causas especiales de la vida. La vida es algo que se añade al efecto físico en el organismo y que se sustrae a los ojos sensoriales y al entendimiento, que solo se atiene a los hechos sensoriales. La vida es objeto de una percepción especial, al igual que el relojero es objeto de una percepción especial. Hay que observar el organismo con los «ojos del espíritu», entonces se revelan las causas especiales de la vida, que se escapan a la observación sensorial. Por eso, quienes observan con los «ojos del espíritu» han denominado «prana» (fuerza de la vida) al constructor natural de los organismos. Para ellos, la «fuerza vital» no puede ser objeto de controversia, ya que para ellos es una percepción. Y todo lo que se esgrime contra estos defensores de una fuerza vital no es más que una lucha contra molinos de viento. Solo se esgrime mientras se malinterpreta lo que quieren decir. En su sentido, aquí se debe atribuir al ser humano, en la medida en que es un organismo, el prana o la fuerza vital, como el segundo eslabón de su esencia junto al cuerpo físico-mineral.

En la sensación se ha dado algo que va más allá de la mera vida. A través de la vida, un ser construye su organismo. A través de la sensación, se le abre el mundo exterior. Es diferente cuando digo: vivo, y diferente cuando digo: siento el mundo de colores que me rodea. Para convertirse en un ser sensible, el organismo debe dotar a sus órganos de propiedades que vayan más allá de su capacidad para mantenerlo con vida y propagar la vida a través de él. Lo que convierte al organismo vivo en un organismo sensible es lo que el investigador que ve con «los ojos del espíritu» denomina el cuerpo sensitivo o, como se ha convertido en habitual entre los teósofos, el cuerpo astral. Este nombre «astral», que significa «brillante como las estrellas», proviene del hecho de que la imagen suprasensiblemente visible del mismo aparece en el aura, cuya luminosidad se ha comparado con la de las estrellas. Aquí, esta parte del ser humano se denominará cuerpo sensitivo, como tercer miembro de la entidad humana. Dentro de este cuerpo sensitivo aparece ahora la vida propia de un ser humano. Se expresa en placer y disgusto, alegría y dolor, en inclinaciones y aversiones, etc. Con cierta razón, se denomina «vida interior de un ser» a todo lo que forma parte de él. El cielo estrellado está fuera, en el espacio, y mi organismo vivo pertenece al mismo espacio. Este organismo se abre al cielo estrellado a través de sus órganos sensoriales. La alegría y el sentimiento de admiración por el cielo estrellado los experimento en mi interior. Las llevo dentro de mí cuando el cielo estrellado hace tiempo que ha desaparecido de mi ojo sensible. Lo que yo antepongo al mundo exterior como yo mismo, lo que lleva una vida propia, es el alma. Y en la medida en que esta alma se adueña de las sensaciones, en la medida en que se adueña de los procesos que le son dados desde el exterior y los transforma en vida propia, se le puede llamar alma sensible. Esta alma sensible llena, por así decirlo, el cuerpo sensible; todo lo que este recibe del exterior, ella lo transforma en una experiencia interior. Así forma un todo con el cuerpo sensible. Por lo tanto, junto con este, se denomina cuerpo astral en los escritos teosóficos. Sin embargo, un conocimiento profundo deberá distinguir entre ambos. En el aura también se deben diferenciar ambos, ya que cada tono de color del cuerpo astral está sujeto a dos influencias. Una dependerá de cómo estén configurados los órganos del ser humano, la otra de cómo responda su alma, según su naturaleza interior, a las impresiones externas. Una persona puede tener buen o mal ojo. De ello depende la imagen que recibe de un objeto externo; puede tener una predisposición espiritual más fina o más burda, lo que determina el sentimiento que experimenta en su interior a través de esta imagen.

El ser humano no se detiene en las impresiones que recibe del exterior y en los sentimientos que experimenta a través de ellas. Las conecta entre sí. De este modo, en su alma se forman imágenes completas de lo que percibe. El ser humano ve caer una piedra; después ve que en el lugar donde ha caído la piedra se ha formado un hueco en la tierra. Conecta ambas impresiones. Dice: la piedra ha excavado la tierra. En esta conexión de ambas expresiones, se expresa el pensar. Dentro del alma sensible, cobra vida el alma racional. Solo a través de ella surge, a partir de lo que el alma experimenta por influencias externas, una imagen del mundo exterior regulada por ella misma. El alma lleva a cabo continuamente esta regulación de sus impresiones externas. Y lo que así genera es una descripción, determinada por su naturaleza, de lo que percibe. Que está determinada por su naturaleza se deduce cuando se compara dicha descripción con lo que se describe. Dos personas pueden tener ante sí el mismo objeto; sus descripciones son diferentes según la constitución interna de sus almas. Pues ellas combinan sus impresiones de manera diferente.

Sin embargo, el pensamiento descriptivo lleva al ser humano más allá de su mera vida personal. Adquiere algo que trasciende su alma. Para él es una convicción natural que sus descripciones de las cosas guardan relación con estas mismas. Se orienta en el mundo pensando sobre él. De este modo, experimenta una cierta concordancia entre su vida personal y el orden de los hechos del mundo. El alma racional crea así armonía entre el alma y el mundo. El ser humano busca la verdad en su alma; y a través de esta verdad no solo se expresa el alma, sino también las cosas del mundo. Lo que se reconoce como verdad a través del pensamiento tiene un significado independiente, no solo para el alma humana. Con mi deleite por el cielo estrellado, vivo solo en mí mismo; los pensamientos que me formo sobre las órbitas de los cuerpos celestes tienen el mismo significado para el pensamiento de cualquier otra persona que para el mío. No tendría sentido hablar de mi deleite si yo no existiera; pero no es igualmente absurdo hablar de mis pensamientos sin relación conmigo mismo. Porque la verdad que pienso hoy también era cierta ayer y seguirá siendo cierta mañana, aunque solo me ocupe de ella hoy. Si un conocimiento me produce alegría, esta alegría solo tiene importancia mientras la experimento; la verdad de este conocimiento tiene su importancia independientemente de esta alegría. En conexión con la verdad, el alma capta algo que lleva su valor en sí mismo. Y este valor no desaparece con la propia experiencia del alma; tampoco ha surgido con ella. Hay una diferencia esencial entre las descripciones en las que el alma racional se limita a dejarse llevar por sus combinaciones y los pensamientos en los que se somete a las leyes de la verdad. Un pensamiento que adquiere un significado que trasciende la vida interior al estar impregnado de estas leyes de la verdad solo puede considerarse conocimiento. Cuando la verdad ilumina el alma racional, esta se convierte en alma consciente. Al igual que en el cuerpo se distinguen tres miembros: el cuerpo físico, la vida y el cuerpo sensorial, en el alma se distinguen el alma sensible, el alma racional y el alma consciente.

A partir de estos tres miembros del alma se puede comprender ahora el aura tripartita. Porque a través de estos tres miembros se entiende que la vida interior del ser humano sufre influencias desde dos lados. Como alma sensible, esta vida interior depende del cuerpo sensible. La interacción del alma sensible con el cuerpo sensible se expresa en la primera de las tres auras descritas. El alma racional combinatoria, que vive en sí misma y se somete por completo a su naturaleza en sus experiencias, se expresa en la segunda aura; y el alma consciente recibe su expresión suprasensible y visible en la tercera aura, la más brillante.

Para comprender plenamente la naturaleza de estas auras, es necesario recordar un hecho que, interpretado correctamente, abre la puerta a la comprensión del ser humano. A lo largo del desarrollo infantil, llega un momento en la vida del ser humano en el que se siente por primera vez como un ser independiente frente al resto del mundo. Para las personas sensibles, este es un acontecimiento significativo. El poeta Jean Paul cuenta en su autobiografía: «Nunca olvidaré la aparición en mi interior, que aún no he contado a nadie, en la que me encontraba en el momento del nacimiento de mi conciencia de mí mismo, cuyo lugar y momento puedo precisar. Una mañana, siendo aún un niño muy pequeño, estaba debajo de la puerta de casa y miraba hacia la leñera, a la izquierda, cuando de repente la imagen interior «yo soy un yo» me golpeó como un rayo del cielo y desde entonces permaneció brillante: allí mi yo se había visto a sí mismo por primera vez y para siempre. Aquí es difícil imaginar engaños de la memoria, ya que ningún relato ajeno puede mezclarse con un acontecimiento ocurrido únicamente en el santuario más recóndito del ser humano, cuya novedad ha conferido permanencia a circunstancias tan cotidianas. — En su autoconciencia, el ser humano ha dado lo que lo convierte en un ser independiente. Por lo tanto, la autoconciencia debe arrojar luz sobre todo su ser. Partiendo de ella, solo entonces se podrá comprender plenamente el significado del cuerpo y el alma. Más sobre esto al final de este artículo.

Hay algo sagrado en el ser humano que se denomina «autoconciencia». Quien lo comprende, entiende que esta palabra expresa en realidad el sentido de la existencia humana. La autoconciencia es la capacidad de reconocerse a uno mismo como un «yo». El siguiente hecho parece sencillo, pero encierra un significado infinito: «Yo» es la única palabra que cada uno puede decir solo a sí mismo. Nadie más puede decírselo al ser humano; y él no puede decírselo a nadie más. Cualquier otra palabra puede ser utilizada por otra persona con el mismo significado que yo. Lo que hace que el ser humano sea independiente, separado de todo lo demás, lo que le permite estar solo consigo mismo, es lo que él llama su «yo». — Este hecho se corresponde con un fenómeno muy concreto en el aura: ningún sanador puede ver nada en el punto del aura que corresponde al «yo». La conciencia del yo se representa en ella mediante un óvalo oscuro, completamente negro. Si se pudiera observar este óvalo por sí solo, parecería completamente negro. Pero eso no es posible, ya que se ve a través de lo que en los dos ensayos anteriores se ha denominado primera y segunda aura. Por eso parece azul. El «yo» de una persona sin desarrollar aparece como un pequeño óvalo azul. A medida que la persona se desarrolla, se hace cada vez más grande; y en una persona media actual tiene aproximadamente el tamaño del resto del aura. Dentro de este óvalo azul surge ahora una radiación especial. Todas las demás partes del aura solo reflejan de cierta manera lo que llega al ser humano desde el exterior. Sin embargo, la radiación mencionada es la expresión de lo que el ser humano hace de sí mismo. La primera aura expresa lo que actúa en el ser humano desde lo animal; la segunda, lo que experimenta en sí mismo a través de las impresiones del mundo sensorial; la tercera es una expresión del conocimiento que adquiere de este mundo sensorial. Pero lo que comienza a brillar dentro de la oscura aura del yo es lo que el ser humano adquiere a través de su trabajo sobre sí mismo. El mundo sensorial no puede proporcionarle la fuerza para ello. Por lo tanto, esta debe fluirle desde otro lugar. Le fluye desde el espíritu. Todo lo que fluye del espíritu hacia el yo humano resplandece en el aura marcada. Y, a diferencia de las apariencias efímeras del mundo sensorial, el espíritu es eterno, imperecedero. Lo que se manifiesta en las otras auras es también efímero en el ser humano, lo que resplandece en el aura del yo es la expresión de su espíritu eterno. Es lo permanente en él lo que reaparece en cada encarnación sucesiva. Hemos reconocido el alma consciente como la tercera parte del alma. Y dentro del alma consciente despierta el «yo». En el «yo» despierta de nuevo el espíritu eterno del ser humano. Al igual que el cuerpo y el alma, el espíritu también es tripartito. La parte más elevada es el verdadero ser espiritual (llamado «Atma» en la literatura teosófica). Así como el cuerpo físico está construido a partir de las materias y fuerzas del mundo físico exterior, el ser espiritual lo está a partir de las del mundo espiritual general. Es parte de este, al igual que el cuerpo físico lo es del mundo físico. Y así como el cuerpo físico se convierte en un ser vivo gracias a la fuerza vital física, el hombre espiritual se convierte en espíritu vital (denominado «Budhi» en la literatura teosófica) gracias a la fuerza vital espiritual. —Y así como el cuerpo físico obtiene conocimiento del mundo sensorial a través de la percepción sensorial, el ser humano espiritual obtiene conocimiento del mundo espiritual a través de la percepción espiritual, llamada intuición. Por lo tanto, al cuerpo sensorial del mundo físico le corresponde un espíritu sensorial especial en este ámbito superior. Así como la vida propia inferior comienza con la sensación, la superior comienza con la intuición. Por lo tanto, esta vida espiritual propia se denomina «yo espiritual» (en la literatura teosófica se denomina «manas superior»).

Por lo tanto, el ser humano se compone de las siguientes partes: 

  1.  La corporeidad, que consiste en el cuerpo físico, el cuerpo vital (la fuerza vital) y el cuerpo sensorial.
  2.   El alma, compuesta por el alma sensible, el alma racional y el alma consciente, en la que despierta el «yo»; 
  3.  El espíritu, compuesto por el yo espiritual, el espíritu vital y el hombre espíritu. 

— El alma sensible llena el cuerpo sensible y se fusiona con él para formar un todo. Esto queda claro si se imagina lo siguiente: el hecho de que una impresión del mundo exterior provoque el color «rojo» se basa en una actividad del cuerpo sensible. Que el alma vivencie este «rojo» en sí misma se basa en que el alma sensible está directamente vinculada al cuerpo sensible y hace suyo inmediatamente el efecto recibido del exterior.  Del mismo modo, el alma consciente y el yo espiritual se fusionan en un todo a través de la actividad propia del «yo». (Quien desee informarse con más detalle sobre todo esto, encontrará información en mi obra «Teosofía», que acaba de publicarse). Por lo tanto, se divide con razón la esencia del ser humano en las siguientes siete partes (añadimos entre paréntesis los términos habituales en la literatura teosófica): 

  1.  el cuerpo físico (Sthula sharira), 
  2.  el cuerpo vital (Linga sharira), 
  3.  el cuerpo sensble (cuerpo astral, Kama rupa), conectado con el alma sensible, 
  4.  el alma racional (manas inferior, kama manas), 
  5.  el alma consciente, llena de espíritu y generadora del «yo» (manas superior), 
  6.  el espíritu vital (cuerpo espiritual, budhi), 
  7.  el hombre espíritu (atma).

De lo descrito anteriormente se desprende que el aura espiritual radiante solo se insinúa muy débilmente en el ser humano sin desarrollar y se desarrolla cada vez más a medida que el ser humano se perfecciona. Así como las tres auras descritas corresponden a los portadores del «yo», el aura del yo se convierte en portadora del espíritu eterno. A través del «yo», el ser humano se convierte en un ser independiente y separado. Este desarrolla en sí mismo el contenido espiritual y se llena de él. Pero esto significa que el «yo» se entrega al espíritu eterno universal. Los niveles que alcanza el «yo» en esta entrega al espíritu universal se expresan a través de los matices de color del aura espiritual superior. Estos matices, en su resplandor radiante, no se pueden comparar con los colores físicos. No es posible describirlos aquí.

Para completar la información, cabe mencionar una parte del aura que aún no se ha tratado. Se trata de la parte que corresponde al cuerpo vital. Ocupa aproximadamente el mismo espacio que el cuerpo físico. El clarividente solo puede observarla si tiene la capacidad de abstraerse por completo del cuerpo físico (sugirirse). Entonces, el cuerpo vital (Linga sharira) aparece como una imagen doble completa del cuerpo físico, en un color que recuerda al de las flores de albaricoque. En este cuerpo vital se observa un flujo y reflujo continuo. La fuerza vital contenida en el universo fluye hacia dentro, se consume a través del proceso vital y vuelve a fluir hacia fuera.

Con esto se agotan las indicaciones que pueden darse aquí provisionalmente sobre el aura humana. Si alguien se siente ofendido porque algunas de las cosas que se han dicho aquí no parecen coincidir con lo que se expresa en la literatura teosófica, le pido que observe con más atención. Detrás de la aparente diferencia encontrará una armonía más profunda. Sin embargo, es mejor que cada uno describa exactamente lo que tiene que decir. En este campo solo se puede alcanzar la salvación si se sopesan las afirmaciones de los distintos observadores y se complementan entre sí. No avanzaremos nada repitiendo como loros los dogmas teosóficos. Sin embargo, cada uno debe ser consciente de su gran responsabilidad con respecto a sus afirmaciones. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, a estas alturas de la observación, los errores en los detalles son muy posibles; de hecho, son mucho más probables aquí que en las observaciones científicas del mundo sensible. Por lo tanto, el autor de estas líneas pide la debida indulgencia a todos aquellos que tengan algo que decir en este campo.


Traducido por J.Luelmo oct, 2025

 

GA068d Karlsruhe, 19 de enero de 1909 - El misterio de los temperamentos humanos

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El misterio de los temperamentos ✻↓ humanos

 LA NATURALEZA HUMANA A LA LUZ DE LA CIENCIA ESPIRITUAL

Rudolf Steiner

 Karlsruhe, 19 de enero de 1909


Una y otra vez se ha repetido desde todos los ámbitos de la vida intelectual humana, una y otra vez, que el mayor misterio del ser humano es el propio ser humano. Las investigaciones científicas y de otro tipo han percibido una y otra vez la gravedad de esta afirmación. En relación con la vida, se puede decir que esta afirmación se puede profundizar aún más, en el sentido de que no solo el ser humano en general, lo que denominamos naturaleza humana, nos plantea el gran enigma de la existencia, sino que, en el fondo, cada ser humano con el que nos encontramos, -si tenemos una mirada libre e imparcial-, nos plantea un enigma especial debido a su naturaleza y esencia particulares.

Si echamos un vistazo a la vida humana, tendremos que prestar especial atención precisamente a este enigma individual que es el «ser humano», pues toda nuestra vida social, nuestro comportamiento de persona a persona, debe depender más de que seamos capaces de acercarnos, en cada caso concreto, no solo con la razón, sino con nuestros sentimientos y nuestras sensaciones, al enigma individual que es el «ser humano», al que nos enfrentamos tan a menudo cada día y con el que tratamos tan a menudo. La ciencia secreta, o como se la suele llamar en los tiempos modernos, la teosofía, tendrá una tarea especial precisamente en relación con este enigma individual que es el «ser humano». Ésta no solo debe informarnos sobre lo que es el ser humano en general, sino que debe ser un conocimiento que influya en nuestra vida cotidiana inmediata, en todas nuestras sensaciones y sentimientos. Dado que nuestros sentimientos y sensaciones se desarrollan de la manera más hermosa en nuestro comportamiento hacia nuestros semejantes, el fruto de la ciencia espiritual, el conocimiento científico-espiritual, se manifestará de la manera más hermosa en la visión que, a través de este conocimiento, obtenemos de nuestros semejantes.

Cuando nos encontramos con otras personas en la vida, debemos tener siempre presente, en el sentido de esta ciencia espiritual o teosofía, que lo que podemos percibir externamente de los seres humanos es solo una parte, solo un miembro de la esencia humana. Una visión material externa del ser humano considera, por supuesto, que lo que nos pueden aportar esta percepción externa y el entendimiento vinculado a ella, constituye la totalidad del ser humano. Sin embargo, la ciencia espiritual nos muestra que la esencia del ser humano es algo muy, muy complejo. Y a menudo, cuando nos adentramos más profundamente en esta complejidad de la naturaleza humana, podemos ver al individuo bajo la luz adecuada.

Las ciencias espirituales deben mostrarnos cuál es la esencia más profunda del ser humano, de la cual lo que vemos con los ojos y tocamos con las manos no es más que la expresión exterior, la envoltura exterior. Y podemos esperar que, si somos capaces de comprender la interioridad espiritual, también aprenderemos a comprender lo exterior.

Según la ciencia espiritual, el ser humano se articula en dos corrientes vitales. Una corriente es la que nos lleva desde el individuo hasta sus padres, antepasados y otros ancestros. Aquello que fluye desde los antepasados del ser humano hasta el individuo, se denomina en la vida y en la ciencia «rasgos y características hereditarios». Esa es la línea de la herencia y cuando conocemos, por así decirlo, su linaje ancestral pueden explicar muchas, muchas cosas en el ser humano. Cuán profunda es la verdad de las palabras pronunciadas por Goethe, -profundo conocedor del alma-, en relación con su propia personalidad:

«De mi padre heredé la estatura,
la seriedad en la vida,
de mi madre, el carácter alegre
y la pasión por contar historias».

 Todo lo que encontramos como herencia de los antepasados a los descendientes nos explica, en cierta medida, al ser humano individual, pero solo en cierta medida. Sin embargo, la visión materialista actual quiere buscar todo lo posible en el ser humano en la línea de la herencia, quiere derivar incluso la esencia espiritual del ser humano, (las cualidades espirituales del ser humano), de la herencia y no se cansa de explicar que incluso las cualidades geniales de una persona se pueden explicar si encontramos las huellas, los indicios de tales cualidades en tal o cual antepasado. Se pretende, por así decirlo, calcular la personalidad humana a partir de lo que se encuentra disperso en los antepasados. Sin embargo, quien profundiza más en la naturaleza humana se dará cuenta de que, además de estos rasgos heredados, en cada persona encontramos algo que no podemos describir de otra manera que diciendo: «Es lo más propio del ser humano», y que, tras un examen minucioso, no podemos decir que provenga de tal o cual antepasado. Aquí entra en juego la ciencia espiritual y nos dice lo que tiene que decir al respecto. 

Hoy solo podemos esbozar de forma somera de qué se trata, apenas esbozar los resultados de la ciencia espiritual. La ciencia espiritual nos dice ahora: «Es cierto que el ser humano está inmerso en la corriente que podemos llamar la corriente de la herencia, de los rasgos heredados; pero en el ser humano existe algo más, el núcleo espiritual más íntimo del ser humano. Este no proviene de los antepasados directos del ser humano, los padres, ni tampoco de los antepasados; proviene de ámbitos completamente diferentes. Lo que vemos en el ser humano cuando penetramos en lo más profundo de su alma solo podemos explicarlo si conocemos una gran ley espiritual global, que, sin embargo, no es más que la consecuencia de muchas leyes naturales. Se trata de la ley, hoy en día muy denostada, de la llamada reencarnación, la ley de las vidas terrenales repetidas.

Con esta ley, el mundo se volverá extraño. Le pasará lo mismo que con otra ley. Hasta bien entrado el siglo XVII, tanto los eruditos como los ignorantes no tenían ninguna duda de que a partir de objetos inanimados comunes y corrientes podían desarrollarse no solo animales inferiores, sino incluso lombrices de tierra e incluso peces a partir del lodo común de los ríos. El primero en defender enérgicamente que lo vivo solo puede surgir de lo vivo fue el gran naturalista italiano Redi (1627-1697), que en aquella época escapó por poco del destino de Giordano Bruno. Demostró que lo vivo solo puede provenir de lo vivo. Es una ley que solo es el precursor de otra ley: que lo espiritual y lo anímico provienen de lo espiritual y lo anímico.

Solo debemos considerar el núcleo espiritual y anímico más íntimo del ser humano, como aquello que desciende del mundo espiritual y se une con lo que el padre y la madre pueden proporcionar al ser humano. Por lo tanto, lo que vemos en el ser humano físico en cuanto a forma y apariencia, etc., es decir, las formas externas, debemos atribuirlo a los antepasados, al padre y a la madre; pero quizá muy, muy atrás, más allá de todas las herencias, tengamos que buscar el núcleo espiritual del ser humano, que existía hace milenios y que a lo largo de los milenios ha vuelto a la existencia una y otra vez, ha vivido una y otra vez y ahora, en la existencia actual, se ha unido de nuevo con lo que el padre y la madre pueden proporcionar.

Por lo tanto, si queremos explicar plenamente lo que ahora se nos presenta en él como alma y espíritu, debemos remontarnos al espíritu del ser humano y a sus encarnaciones anteriores. Debemos remontarnos a sus encarnaciones anteriores, a lo que adquirió en aquel entonces. Debemos considerar lo que trajo consigo desde allí, la forma en que vivió en aquel entonces, como las causas de lo que el ser humano posee hoy en la nueva vida como predisposiciones, disposiciones y capacidades para esto o aquello.

Por supuesto, hoy en día esto se considera una lógica insignificante, y siempre se oirá a los materialistas objetar: basta con mirar a los antepasados para descubrir que tal o cual rasgo, tal o cual peculiaridad, se encuentra en tal o cual antepasado, que todos podemos explicar los rasgos y características individuales si nos remontamos a los antepasados. Sí, se afirma abiertamente que la genialidad se encuentra al final de una línea hereditaria, y eso debe ser una prueba de que la genialidad se hereda. Se parte del punto de vista de que una persona tiene una determinada característica, —es un genio—; entonces se busca en el pasado, entre sus antepasados y antepasados lejanos, y se encuentra en algún antepasado indicios de la misma característica, con lo cual se concluye que la genialidad se hereda. Para quien piensa de forma lineal y lógica, esto podría demostrar como mucho lo contrario.  Que encontramos las características del genio en nuestros antepasados, ¿Demuestra esto algo? Esto no prueba más que el hecho de que, cuando una persona cae al agua, sale mojada. Es bastante obvio que lo que se ha transmitido por vía hereditaria, y que finalmente ha sido transmitido por el padre y la madre al ser humano que ha descendido del mundo espiritual, lleva las cualidades de los antepasados.

El ser humano se viste con las ropas que le han proporcionado sus antepasados. Se podría demostrar que se encuentra al principio y no al final de una línea hereditaria, que tiene hijos y nietos a los que se transmiten sus cualidades geniales; pero ese no es el caso. - Es una lógica simplista la que pretende atribuir a la línea ancestral, las cualidades intelectuales del ser humano. Las cualidades intelectuales debemos atribuirlas, a lo que el ser humano ha traído consigo de sus encarnaciones anteriores .

Si observamos ahora la corriente que fluye en la vida humana, aquello que vive en la línea hereditaria, encontramos que el ser humano es absorbido por una corriente de existencia que le confiere ciertas características: vemos al ser humano ante nosotros con las características de su familia, su pueblo, su raza. Los diferentes hijos de una pareja de padres tienen características de este tipo. Cuando pensamos en la verdadera esencia individual del ser humano, debemos decirnos: al nacer en la familia, el pueblo, la raza, se forma el núcleo espiritual y anímico del ser; este se envuelve en lo que le han transmitido sus antepasados, pero también aporta características puramente individuales. Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿cómo se establece la armonía entre el núcleo del ser humano, que tal vez hace siglos adquirió tal o cual característica, y que ahora debe envolverse en una capa exterior que lleva las características de la familia, el pueblo, etc.? ¿Puede existir la armonía? ¿No es algo eminentemente individual lo que se trae consigo y no contradice esto lo heredado?

Entre ambos, entre lo que traemos de nuestra vida anterior y lo que nos marcan la familia, los antepasados y la raza, existe una mediación, algo que al mismo tiempo tiene características más generales, pero que sin embargo es capaz de individualizarse. Lo que se interpone entre la línea hereditaria y la línea vital que representa nuestra individualidad se expresa en la palabra «temperamento».

En lo que nos encontramos en el temperamento del ser humano, tenemos algo que, en cierta medida, se asemeja a una fisonomía de su individualidad más íntima. Así entendemos cómo la individualidad se ve influenciada por las características del temperamento, rasgos que se transmiten de generación en generación. El temperamento se encuentra en medio de eso y de lo que traemos con nosotros individualmente.

Sin embargo, ahora comprendemos en detalle cómo funciona esto, si visualizamos toda la naturaleza humana desde el punto de vista de la ciencia espiritual. Para la ciencia espiritual, lo que los sentidos externos pueden percibir en el ser humano, y que el modo de pensar materialista solo quiere reconocer, no es más que un único miembro de la esencia humana: el cuerpo físico. Las leyes físicas, lo que el ser humano tiene en común con toda la naturaleza exterior que lo rodea, la suma de las leyes químicas y físicas, es lo que en la ciencia espiritual denominamos cuerpo físico. Pero por encima de él reconocemos miembros superiores y suprasensibles de la naturaleza humana, que son tan reales y esenciales como el cuerpo físico exterior.  El siguiente eslabón de la naturaleza humana. En la ciencia espiritual se le denomina «cuerpo etérico» o «cuerpo vital». También podemos llamarlo «cuerpo glandular», ya que no es visible para nuestros ojos externos, al igual que los colores tampoco lo son para los ciegos de nacimiento. Pero está presente, realmente perceptible para lo que Goethe denomina los ojos del espíritu, y es incluso más real que el cuerpo físico externo, ya que es el constructor, el formador del cuerpo físico externo.

Este cuerpo etérico o vital lucha constantemente contra la descomposición del cuerpo físico durante todo el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Cualquier producto mineral natural, por ejemplo un cristal, está compuesto de tal manera que se mantiene a sí mismo continuamente, gracias a las fuerzas de su propia sustancia. Este no es el caso del cuerpo físico de un ser vivo; las fuerzas físicas actúan de tal manera que destruyen la forma de la vida, como podemos observar después de la muerte, cuando las fuerzas físicas destruyen la forma de la vida. Para que esto no se produzca durante la vida, para que el cuerpo físico no siga las fuerzas y leyes físicas y químicas, el cuerpo etérico lucha constantemente. - Como tercer eslabón de la esencia humana, reconocemos al portador de todo lo que es placer y dolor, alegría y sufrimiento, lo que es impulso, deseo y pasión, e incluso todas las ideas de lo que denominamos ideales morales, etc. A esto lo llamamos cuerpo astral. No se escandalicen por esta expresión. Este cuerpo también podría llamarse cuerpo nervioso. La ciencia espiritual ve en él algo real. Precisamente este cuerpo de impulsos y deseos no es para ella un efecto del cuerpo físico; sabe que este cuerpo espiritual y anímico ha construido el cuerpo físico.

 Así, ya tenemos tres miembros de la entidad humana, y como cuarto miembro reconocemos aquello por lo que el ser humano es la corona de la creación en nuestra Tierra. El ser humano comparte el cuerpo físico con todo el entorno visible, el cuerpo etérico con las plantas y los animales, y el cuerpo astral con los animales. Pero el cuarto miembro es exclusivo del ser humano, por lo que se eleva por encima de las demás criaturas visibles. Denominamos a este cuarto miembro el «portador del yo», es decir, aquello en la naturaleza humana que permite al ser humano decir «yo» y alcanzar la independencia. Hoy solo podemos referirnos brevemente a estos cuatro miembros, ya que no es posible profundizar en ellos ahora.

Lo que solo vemos físicamente y lo que puede reconocer la mente, que está ligada a los sentidos físicos, es solo una expresión de estos cuatro miembros de la esencia humana. Por eso, la expresión del «yo», del verdadero portador del yo, es la sangre en su circulación. Este «líquido tan especial» es la expresión del «yo». La expresión física y sensorial del cuerpo astral es, por ejemplo, entre otras cosas, el sistema nervioso en los seres humanos. La expresión del cuerpo etérico, o parte de ella, es el sistema glandular, y el cuerpo físico se expresa a través de los órganos sensoriales.

Y estos cuatro miembros de la naturaleza humana: el yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico, interactúan entre sí de las formas más diversas. Uno de ellos siempre influye en los demás. Dependiendo de cuál de estos miembros se destaque, el ser humano se nos presenta con uno u otro temperamento. El color peculiar de la naturaleza humana, lo que llamamos el color real del temperamento, depende de si predominan las fuerzas, los diferentes medios de poder de uno u otro, si tienen más peso que los demás.

La esencia eterna del ser humano, aquello que pasa de una encarnación a otra, se manifiesta en cada nueva encarnación de tal manera que provoca una cierta interacción entre los cuatro miembros de la naturaleza humana: «yo, cuerpo etérico, cuerpo astral y cuerpo físico», y de la interacción entre estos cuatro miembros surge el matiz del ser humano que denominamos temperamento. Ustedes saben que se distinguen cuatro temperamentos principales, los cuales se mezclan de las formas más diversas en cada persona, de modo que ahora podemos hablar de que tal o cual temperamento predomina en tales o cuales rasgos de una persona. Se distingue entre el temperamento colérico, el sanguíneo, el flemático y el melancólico. Estos cuatro temperamentos surgen de la interacción de las cuatro partes de la naturaleza humana de las formas más diversas.  Cuando el «yo» es predominante, cuando el «yo» actúa con especial fuerza y domina los demás miembros de la naturaleza humana, surge el temperamento colérico. Cuando las fuerzas del cuerpo astral actúan de manera especialmente predominante, surge el temperamento sanguíneo. Cuando el cuerpo etérico o vital impone su naturaleza al ser humano, surge el temperamento flemático, y cuando el cuerpo físico con sus leyes es especialmente predominante en la naturaleza humana, surge el temperamento melancólico.

Si sabemos que la sangre en su circulación es la expresión del yo real, diremos que el temperamento colérico, debido a que aquí predomina el yo, se expresa a través del efecto predominante de la sangre, que se manifiesta especialmente a través de la sangre ardiente y vehemente. En el temperamento sanguíneo predomina el cuerpo astral; por lo tanto, encontramos aquí que, en consecuencia, la actividad del sistema nervioso, este instrumento para las sensaciones que suben y bajan, tiene un efecto especialmente fuerte y domina los demás sistemas. Sin embargo, esta actividad está limitada en cierto sentido por el sistema sanguíneo.

Entre el sistema nervioso y el sistema sanguíneo actúa el cuerpo astral, de tal manera que se puede palpar con las manos lo estrecha que es esta conexión.

Si el sistema nervioso actuara por sí solo, siendo especialmente predominante como expresión del cuerpo astral, entonces el ser humano tendría unas ideas y una imaginación cambiantes; se entregaría a todo tipo de imágenes e ideas, a todo tipo de sentimientos y sensaciones que fluctúan. -

 La sangre que fluye en el ser humano es, por así decirlo, lo que refrena lo que se expresa en el sistema nervioso, es lo que modera la vida emocional y sensorial, con sus altibajos.

Y aunque uno no se adentre en cuestiones psicológicas más sutiles, puede deducir del simple hecho de que cuando alguien tiene anemia, es decir, falta de glóbulos rojos, es propenso a tener todo tipo de ideas fantasiosas e incluso alucinaciones, puede deducir de este simple hecho que la sangre es la que controla el sistema nervioso.

Entre el yo y el cuerpo astral, o fisiológicamente hablando, entre el sistema sanguíneo y el sistema nervioso, debe existir un equilibrio para que el ser humano no se convierta en esclavo de su sistema nervioso, es decir, de su vida emocional y sensitiva, que fluctúa constantemente. Si ahora predomina el cuerpo astral y sus expresiones del sistema nervioso, si la sangre frena, pero no puede conducir completamente a un equilibrio absoluto, entonces surge esa peculiaridad en la que el ser humano se interesa por un objeto, pero pronto lo abandona y pasa rápidamente a otro. En este rápido entusiasmo y rápido paso a otro objeto se ve la expresión del astral predominante: el temperamento sanguíneo.

Supongamos que el impulsor, el yo, que se expresa a través del sistema sanguíneo, ejerce un dominio especial. Si somos capaces de profundizar en la relación que existe entre el yo y los demás miembros del ser humano, supongamos que ejerzo un poder especial sobre la vida sensorial y representativa, el sistema nervioso, supongamos que todo en un ser humano proviene de su yo, que todo lo que siente lo siente con intensidad porque su yo es fuerte, a eso lo llamamos temperamento colérico. Supongamos que el cuerpo etérico o vital es el que es especialmente fuerte, entonces este predominio se expresa de otra manera. El cuerpo etérico es un cuerpo que lleva una especie de vida interior, mientras que el cuerpo astral se expresa en el interés por el exterior, y el yo es el portador de nuestra acción y se manifiesta completamente en el exterior.  Así pues, cuando el cuerpo etérico, que se manifiesta como cuerpo vital, y las funciones individuales se mantienen en equilibrio, lo que se expresa en un bienestar general, cuando esta vida interior contenida, esta vida que provoca preferentemente el bienestar interior, cuando esto predomina, entonces puede ocurrir que el ser humano viva preferentemente en este bienestar interior, que se sienta tan bien cuando todo está en orden en su organismo y se sienta poco impulsado a dirigir su interior hacia el exterior, que se sienta poco inclinado a desarrollar una fuerte plenitud: ese es el temperamento flemático.

Y cuando el principio físico, el principio del cuerpo físico, se vuelve predominante, se convierte en una especie de obstáculo para el desarrollo del ser humano. El cuerpo físico es el eslabón más denso del ser humano. El ser humano debe ser dueño de su cuerpo físico, al igual que uno debe ser dueño de una máquina si quiere utilizarla.

Si este principio predomina especialmente, si se impone con sus exigencias, entonces puede surgir el temperamento melancólico. El ser humano no es capaz de utilizar plenamente su instrumento, de modo que los otros principios se ven inhibidos, lo que provoca una falta de armonía entre el cuerpo físico y los demás miembros. Cuando esto ocurre, uno se ve fácilmente afectado por la vida de forma dolorosa y sufrida; la pena se impone con mucha facilidad. Así, el temperamento melancólico proviene de un predominio de lo físico.

Así, gracias a la naturaleza humana de cuatro miembros, aprendemos a comprender precisamente este enigma del alma que son los temperamentos. Y, en verdad, desde tiempos antiguos se ha transmitido el conocimiento de los cuatro temperamentos, a partir de un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Si comprendemos así la naturaleza humana y sabemos que lo exterior es solo la expresión de lo espiritual, entonces aprenderemos a comprender al ser humano en su contexto, más allá de las apariencias, a comprenderlo en su totalidad, y aprenderemos a reconocer lo que debemos hacer con respecto a nosotros mismos y a los niños en relación con el temperamento. Tanto para la sabiduría de la vida como para la pedagogía, es indispensable un conocimiento verdaderamente vivo de la naturaleza de los temperamentos, y ambos ganarían infinitamente con ello.

Veamos ahora cómo se expresa el temperamento en el aspecto exterior del ser humano. Observen al sanguíneo. Observen la mirada tan peculiar que ya se aprecia en el niño sanguíneo, que se aferra rápidamente a algo, pero que también se aleja con la misma rapidez; es una mirada alegre; una alegría y felicidad internas brillan en la mirada, en la que se expresa lo que proviene de lo más profundo de la naturaleza humana, del cuerpo astral móvil. Sí, podríamos reconocer toda la fisonomía exterior, la forma permanente, así como la gestualidad, como la expresión del cuerpo astral móvil, fugaz y fluido. El cuerpo astral tiene la tendencia a formar, a moldear. Lo interior se manifiesta en el exterior; por eso, el ser sanguíneo es esbelto y ágil. En el paso saltarín y danzante del niño sanguíneo se ve la expresión del cuerpo astral móvil. Excepto por el color de los ojos, podríamos determinar la expresión del ser humano sanguíneo; tiene unos ojos azules vivos. Estos ojos azules están íntimamente relacionados con la luz interior del ser humano, que es una luz invisible, con la luz del cuerpo astral.

En el temperamento colérico, en el aspecto físico, en todo lo que nos encontramos exteriormente, se puede reconocer de forma aún más tangible la expresión de lo que actúa interiormente, la verdadera naturaleza profunda e interior del ser humano, el «yo» cerrado. Johan Gottlieb Fichte, por ejemplo, era un colérico declarado. Fichte era como si estuviera reprimido en su crecimiento; esto es especialmente característico de los coléricos. No predomina el cuerpo astral con su capacidad de formación, sino el yo, el que frena, el que limita, el que domina las fuerzas formativas; el crecimiento se frena y se retiene. Por eso, por regla general, vemos cómo el yo, en estos seres humanos fuertes y eminentes, frena la libre fuerza formativa del astral: una figura nada robusta. Así vemos también en otro tipo de colérico, Napoleón, el «pequeño general», el crecimiento retenido, el «yo» que frena. Y por regla general vemos también en el colérico cómo esta luz interior fuertemente encendida, que vuelve hacia dentro todo lo luminoso, se expresa a veces en ojos negros como el carbón. Y también en el paso vemos la expresión de la gran fuerza del yo:  ya en el niño colérico vemos el paso firme, cómo no solo pone el pie cuando pisa el suelo, sino que pisa con tanta firmeza como si quisiera dar un paso más, atravesando el suelo.

Y, a su vez, vemos cómo el temperamento flemático también se expresa en la forma exterior. En este caso predomina la actividad del cuerpo etérico o vital, que se expresa en el sistema glandular y, en el plano anímico, en la comodidad, en el equilibrio interior. Cuando en el interior de una persona así no solo todo está en orden, sino que, más allá de lo normal, estas fuerzas internas de la comodidad están especialmente activas, entonces sus productos se integran en el cuerpo humano; la persona se vuelve corpulenta, se ensancha. Tenemos ante nosotros la expresión física del predominio de las fuerzas imaginativas internas del cuerpo etérico o vital. ¿Y quién no reconocería también en esta falta de interacción entre el interior y el exterior la causa del paso a menudo vacilante y arrastrado del flemático, cuyos pasos a menudo no parecen encajar con el suelo? Hasta en la peculiar mirada apagada (sin color), mientras que la mirada del colérico es ardiente y brillante, se reconoce la expresión de la comodidad del cuerpo etérico dirigida solo hacia el interior: el flemático. El melancólico es aquel que no puede dominar completamente el instrumento físico; al que el instrumento físico le ofrece resistencia; que no sabe manejar este instrumento. Lo vemos en su peculiar forma de andar: es mesurada, pero en cierto modo lenta. En el melancólico, la cabeza inclinada hacia delante nos muestra que las fuerzas internas que levantan la cabeza no pueden desarrollarse libremente. También lo vemos en su peculiar mirada, en cómo le cuesta trabajo el instrumento físico.

 Ahora que sabemos todo esto, aprendemos también a manejarlo. En concreto, debe resultar interesante para las personas saber cómo pueden manejar los temperamentos ya en la pedagogía infantil. El niño sanguíneo es aquel que aprende rápido, pero también olvida rápido, al que le cuesta mantener su interés en algo, que pierde rápidamente el interés por un objeto y pasa a otro. Ante un niño así, quien piense de forma materialista vendrá enseguida con una receta y dirá: si tienes que criar a un niño sanguíneo, debes ponerlo en interacción con otros niños. Pero una persona que piensa de manera realista en el sentido correcto dirá: si intentáis influir en el niño sanguíneo en aquellas facultades que no posee, no lograréis nada con él. Por mucho que os esforcéis en desarrollar los otros miembros de la naturaleza humana, estos no son predominantes en él. Por lo tanto, no nos basamos en lo que el niño no tiene, sino en lo que tiene. Nos basamos precisamente en esa naturaleza sanguínea, en la movilidad del cuerpo astral, y no intentamos inculcarle lo que pertenece a otro miembro de la naturaleza humana.

En primer lugar, el profesional experimentado se da cuenta de que existe un interés real por todo niño sanguíneo. Por lo general, es fácil despertar su interés por tal o cual objeto, pero lo perderá rápidamente. Sin embargo, hay un interés que puede ser duradero para el niño sanguíneo; solo hay que encontrarlo. Así lo demuestra la práctica. Por lo general, no mostrará más que un interés pasajero y variable por las cosas, los objetos y los acontecimientos, pero, como demostrará la experiencia, sentirá un interés duradero y constante por una personalidad que le resulte especialmente adecuada. Solo hay que buscarlo de la manera adecuada. Por lo tanto, en la educación de este niño es importante prestar especial atención a que pueda desarrollar y cultivar el apego por alguna personalidad. Toda la educación del niño sanguíneo debe pasar por el desvío del apego a una personalidad. Por lo tanto, los padres y educadores deben tener en cuenta que no se puede inculcar al niño sanguíneo un interés duradero por las cosas, etc., sino que deben velar por que este interés se gane por el desvío del apego a una personalidad. Se puede basar la educación en la naturaleza sanguínea del niño. La naturaleza sanguínea se manifiesta en que no puede encontrar ningún interés duradero, por lo que hay que ocupar al niño sanguíneo con objetos que, en determinados momentos, le susciten un interés pasajero, en los que se le permita ser sanguíneo, por así decirlo, y que no merecen que se mantenga el interés. Por lo tanto, es importante seleccionar para un niño sanguíneo aquellas actividades en las que se le permita ser sanguíneo.

Si se apela a lo que existe y no a lo que no existe, se verá, —la práctica lo demostrará—, que, de hecho, cuando la fuerza sanguínea se vuelve unilateral, se consolida en los objetos importantes. Esto se logra como por un camino indirecto. Es bueno que el temperamento se desarrolle de manera adecuada en el niño, pero a menudo el adulto también tiene que tomar las riendas de su propia educación más adelante en la vida. Mientras los temperamentos se mantengan dentro de los límites normales, representan lo que hace que la vida sea bella, variada y grandiosa; qué aburrida sería la vida si todas las personas fueran iguales en cuanto a temperamento. Pero para compensar la parcialidad del temperamento, el ser humano a menudo debe tomar las riendas de su propia educación incluso en edades avanzadas. No hay que inculcarse un interés permanente por cualquier cosa, sino que hay que decirse a uno mismo: Soy sanguíneo; ahora busco objetos en la vida que pueda dejar atrás rápidamente con mi interés, donde sea correcto que no me aferre a ellos, y me ocupo precisamente de aquello en lo que puedo perder el interés con toda razón al momento siguiente.

Cuando se educa a un niño colérico, hay que procurar que, ante todo, desarrolle y conserve sus grandes fuerzas interiores. Es necesario que el niño se familiarice con lo que puede suponerle dificultades en la vida exterior. No se debe castigar al niño por su temperamento colérico, es decir, educarlo para que lo pierda, sino que hay que presentarle precisamente aquellas cosas en las que debe emplear su fuerza, en las que está justificado que dé rienda suelta a su temperamento colérico. El niño colérico debe aprender a luchar con el mundo objetivo por una necesidad interior. Por lo tanto, se intentará organizar el entorno de tal manera que este temperamento colérico pueda expresarse al tener que superar obstáculos, y será especialmente bueno si puede superar estos obstáculos en pequeñas cosas, en trivialidades, si se deja que el niño haga algo en lo que tenga que emplear una gran fuerza, en lo que el temperamento colérico se exprese especialmente, pero en realidad triunfen los hechos y la fuerza empleada se disperse en nada. De este modo, aprende a respetar la fuerza de los hechos que se oponen a lo que se manifiesta en el temperamento colérico.

Una vez más, también aquí hay un camino alternativo para educar el temperamento colérico. Para ello es necesario, sobre todo, despertar el respeto, el sentimiento de admiración, enfrentándonos al niño de tal manera que realmente le infundamos ese respeto, mostrándole que podemos superar las dificultades que él aún no es capaz de superar. El respeto, la admiración, especialmente por lo que el educador es capaz de lograr, por lo que es capaz de superar frente a las dificultades de los objetos, ese es el medio adecuado; el respeto por lo que el educador es capaz de hacer, ese es el camino por el que se puede llegar especialmente al niño colérico en la educación.

¿Cómo debemos educar a un niño melancólico? En este caso es muy importante no pensar que se le puede convencer de que deje de lado su tristeza y su dolor, o que se le puede deseducar, porque tiene una predisposición a estar encerrado en sí mismo, ya que su instrumento físico le ofrece obstáculos. Debemos basarnos especialmente en lo que hay; debemos cuidar lo que hay. Si queremos enfrentarnos a este niño como educadores, también aquí debemos encontrar el punto en el que debemos partir. Aquí también hay algo importante: debemos mostrar al niño melancólico, ante todo, cómo puede sufrir el ser humano en general. No hay que pensar que hay que entretener al niño, que hay que intentar animarlo. Si lo llevan a un lugar donde puede encontrar placer, se encerrará cada vez más en sí mismo. Por el contrario, si al lado del niño melancólico hay una persona que, en contraposición a las inclinaciones melancólicas del niño, basadas únicamente en su interior, sabe hablar de manera justificada sobre el dolor y el sufrimiento que le ha causado el mundo exterior, entonces el niño melancólico se recupera gracias a esta experiencia compartida, a esta empatía por el dolor justificado.  Una persona que, al narrar una historia, es capaz de transmitir en sus sentimientos y emociones que ha sido puesta a prueba por el destino, es un bálsamo para un niño melancólico. Tampoco debemos descuidar sus aptitudes en lo que preparamos, por así decirlo, en torno al niño. Por eso, por extraño que pueda parecer, también es útil que le pongamos obstáculos e impedimentos reales, para que pueda experimentar un dolor y un sufrimiento justificados por determinadas cosas. La mejor educación para un niño así es desviar su atención del sentimiento interno de dolor y pena hacia lo que ya está presente como aptitud y puede despertarse en el exterior. El niño debe aprender a levantarse, a sufrir por los obstáculos y barreras externos; entonces, el niño, el alma del niño, poco a poco tomará otros caminos.

Esto también nos puede servir para la autoeducación. Siempre debemos dejar que las aptitudes y fuerzas que hay en nosotros se expresen libremente, sin reprimirlas artificialmente. Si, por ejemplo, el temperamento colérico se manifiesta en nosotros con tanta fuerza que se convierte en un obstáculo, debemos dejar que esta fuerza que hay en nosotros se exprese buscando en la vida aquellas cosas en las que, en cierta medida, podamos romper nuestra fuerza, que la reduzcan a la nada, es decir, aquellas cosas que son insignificantes, que no tienen importancia. Si, por el contrario, somos melancólicos, hacemos bien en buscar los dolores y sufrimientos externos justificados de la vida, para tener la oportunidad de dar rienda suelta a nuestra melancolía en el mundo exterior, y así sentirnos mejor.

Pasemos ahora al temperamento flemático; aquí también sería totalmente erróneo, sería un gran error, querer sacudir a una persona que se siente cómoda consigo misma, si creemos que podemos inculcarle directamente algún tipo de interés, educarla. Debemos tener en cuenta lo que tiene. Hay algo a lo que el flemático se aferrará en todo momento, a saber, el niño; si solo mediante una educación sensata creamos a su alrededor lo que necesita, podremos lograr mucho. Para el flemático es necesario que tenga mucho contacto con otros niños. No se interesará fácilmente por objetos o acontecimientos. Solo es posible despertar su interés a través de ese peculiar efecto sugestivo, a través de los intereses de los demás. Despertar su propio interés a través de la experiencia indirecta del interés de los demás es válido para la educación del flemático, al igual que la empatía y la experiencia compartida del destino humano en los demás es válida para el melancólico. Una vez más: despertar su interés a través del interés de los demás es el método educativo adecuado para el flemático. De este modo, se pueden lograr cosas maravillosas con los niños pequeños, pero también se puede abordar su autoeducación en edades más avanzadas cuando se observa que la flema tiende a manifestarse de forma unilateral. Intentando observar a las personas y sus intereses. Pero hay algo más que se puede hacer, siempre y cuando se sea capaz de aplicar el entendimiento y la razón: buscar objetos y acontecimientos que sean sumamente indiferentes, ante los que esté justificado ser flemático. Una vez más, hemos visto cómo, en el método educativo basado en las ciencias espirituales, nos basamos en lo que se tiene y no en lo que no se tiene.

Así vemos que, precisamente cuando hablamos de los aspectos íntimos de la vida, es en estos aspectos íntimos de la vida donde la ciencia espiritual muestra su lado práctico, su lado eminentemente práctico. Se podría alcanzar un arte de vivir infinito mediante la adquisición de estos conocimientos realistas de la ciencia espiritual.

Cuando se trata de afrontar la vida, debemos escuchar sus secretos, y estos se encuentran más allá de lo sensual. Solo la verdadera ciencia espiritual es capaz de explicar algo como los secretos de los temperamentos humanos y de profundizar en ellos de tal manera que podamos manejar esta ciencia espiritual para que sirva al bien y a la verdadera bendición de la vida, tanto de la vida joven como de la vida más avanzada.

Si el ser humano es el mayor misterio de la vida y esperamos que este misterio se nos revele, debemos recurrir a la ciencia espiritual, la única que puede resolverlo. No solo el ser humano en general es un misterio para nosotros, sino cada persona con la que nos encontramos en la vida, cada nueva individualidad nos plantea un nuevo misterio que, sin embargo, no podemos desentrañar reflexionando sobre él con razonamientos intelectuales.

 ¿Cómo resolvemos el enigma que nos plantea cada persona? Lo resolvemos cuando nos enfrentamos a ella de tal manera que se crea armonía entre nosotros y ella. En nuestra empatía, en nuestro amor, en la forma en que nos relacionamos con cada persona, en nuestro comportamiento, debemos aprender el arte de vivir a través de la ciencia espiritual. Si dejáramos fluir los sentimientos y las sensaciones, la vida y el amor, la vida humana sería una hermosa expresión de los frutos de esta ciencia espiritual. En cada relación, conocemos al ser humano individual cuando lo reconocemos desde el punto de vista espiritual. Así, aprendemos a reconocer al niño, aprendemos a respetar y apreciar poco a poco lo peculiar, lo misterioso de la individualidad en el niño, y también aprendemos cómo debemos tratar a este individuo, y además aprendemos cómo debemos enfrentarnos al ser humano en la vida. Por eso, la ciencia espiritual resulta tan provechosa en la vida, porque no solo nos da instrucciones generales y teóricas, sino que nos guía en nuestro comportamiento hacia los demás para resolver los enigmas que hay que resolver: amar al ser humano como debemos amarlo, cuando no solo lo comprendemos racionalmente, sino que dejamos que actúe sobre nosotros, que nuestros sentimientos y nuestro amor se vean inspirados por nuestros conocimientos espirituales.

Son conocimientos que pueden influir en todas las fibras del ser humano, que pueden dominar cada una de las acciones de la vida. Así, como se ha podido observar especialmente en esta reflexión sobre las peculiaridades íntimas del ser humano, los temperamentos, la ciencia espiritual se convierte en un verdadero arte de vivir. Así se despierta lo más bello entre los seres humanos cuando miramos al rostro del otro y no solo tratamos de descifrar el enigma, sino que sabemos amar: dejar que el amor fluya de una individualidad a otra. La ciencia espiritual no necesita pruebas teóricas; sus pruebas las aporta la vida. La ciencia espiritual sabe que se puede argumentar «a favor» y «en contra» de todo. Las verdaderas pruebas son las que aporta la vida, y la vida solo puede mostrar a cada paso la verdad de lo que pensamos, (cuando contemplamos a los seres humanos desde el conocimiento de la ciencia espiritual), porque este consiste en un conocimiento armónico, impregnado de vida, que penetra hasta los secretos más profundos de la vida.

Traducido por J.Luelmo oct, 2025

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