CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA091 Landin, 13 de septiembre de 1906 - El Centro Universal, Cristo, El Yo

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
EL CENTRO UNIVERSAL, CRISTO, EL YO

 
Landin, 13 de septiembre de 1906


El yo es en el ser humano lo mismo que Cristo en el mundo. Es el punto de inflexión en toda la evolución de la humanidad. Todo lo que precedió a Cristo en la evolución de la humanidad fue una preparación para la aparición de Cristo; todo lo que siguió a la aparición de Cristo procedía de ella. Cristo es el centro del mundo. Es la palabra que se encuentra en medio de toda la evolución. Como rayos, toda la evolución de la humanidad fluye hacia él, hacia su encarnación.

Toda la vida del mundo había pasado por un proceso descendente hasta llegar a lo físico. Finalmente, apareció en lo físico. Cuando Cristo descendió a la personalidad de Jesús de Nazaret y entró en él, lo divino se había unido completamente con su propia creación . Este Cristo era una expresión de toda la vida del mundo en un cuerpo físico, en el envoltorio de la personalidad de Jesús, que vivió en Palestina. Allí se concentró toda la vida del mundo como en un centro. Allí residió durante tres años terrenales el Yo del mundo. Allí tomó conciencia el Yo del mundo de toda su tarea para con el mundo, que antes había partido de él. Si al principio el Logos había creado el mundo a partir de sí mismo mediante la palabra creadora, y si él mismo había sostenido en sus brazos este mundo que había brotado de él y lo había impregnado con su propia vida, ahora asumía el gran sacrificio de no seguir viviendo solo como creador y sustentador de este mundo ni de seguir reinando sobre él, sino que se trasladaba con su vida al centro de este mundo. Había creado el mundo como un caparazón, como el templo en el que quería morar. Así, la palabra se unió a todo lo que había sido pensado a través de ella. La palabra se hizo carne. Por eso pudo unirse al caparazón humano que caminaba por Palestina como Jesús de Nazaret. Nunca antes el yo se había encarnado tan completamente en el ser humano. La encarnación de Cristo fue la materialización del mundo. Durante millones de años se preparó este momento, y durante millones de años seguirá actuando para llevar el tiempo a su culminación. Desde este momento, el centro de toda nuestra evolución, irradia todo el desarrollo posterior, como antes todo el desarrollo convergía allí. Solo podemos desarrollarnos arraigándonos en la Palabra, en la vida de Cristo, que desde la encarnación de Cristo constituye el corazón del mundo. Toda la vida había convergido en este corazón del mundo, y ahora fluye y pulsa a través de todo lo que existe. Lo que se ha formado allí, en la encarnación de la vida divina, es la expresión del mayor amor de la Deidad hacia nosotros. Ella no solo quería tener a su alrededor seres dependientes, que habían surgido de su poder y eran guiados por su poder; quería ver a su alrededor seres libres, a los que comunicara tanto de sí misma que pudieran llegar a ser semejantes a la Deidad.  Quería compartir con ellos su propia felicidad, su propia fuerza, su propia sabiduría. Por eso, la divinidad se sacrificó y se trasladó al centro del mundo, formando así el corazón del mundo para, desde allí, impregnar todo lo creado con su propia esencia interior. Después de tres años de actividad, Cristo Jesús se sacrificó en la cruz. Así, la vida del mundo preparó su propio descenso a la humanidad durante tres años cósmicos, los tres primeros años planetarios; luego se unió completamente con el mundo en el centro de la Tierra, donde esta alcanzó su mayor densificación. Y ahora permaneció oculta a la humanidad en general. Solo unos pocos, un pequeño grupo, pudieron reconocer la vida del mundo en Cristo Jesús. Así, la vida del mundo descansó en el mundo. Resonaba incesantemente como la Palabra e infundía su vida al mundo; fluía hacia cada ser humano y le daba la fuerza para sentirse como yo, para encontrar un centro en sí mismo, para vivir en su yo. Pero los hombres no reconocieron la conexión con la vida del mundo, con Cristo. Hasta el tercer día, Cristo siguió siendo para el mundo el Cristo muerto, que había fallecido en la cruz y había sido enterrado. Al igual que entonces sus discípulos creyeron que realmente se había ido, que estaba muerto, los hombres tampoco pudieron percibir conscientemente su vida durante un tiempo. Tenía que resucitar para que los hombres pudieran reconocerlo de nuevo. Al tercer día, Cristo resucitó en Palestina. La certeza de que estaba vivo fue devuelta al pequeño grupo que había creído en él. Entonces, esta certeza fluyó hacia ellos. Y se convirtieron en portadores de esta certeza. A partir de ellos, esta certeza se transmitiría algún día a todas las personas. «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo», les dijo Cristo. Habían descubierto que él estaba vivo y que la muerte física no podía destruir su vida. Quien era capaz de superar la muerte física, también podía dar vida a todo lo demás. Se dieron cuenta de que él era la vida del mundo. Solo a través de él se podía ascender a la divinidad. Él encarnaba la divinidad ante sus ojos. La divinidad estaba realmente presente en el mundo. Él era la verdad misma, la verdad divina; era la vida misma, la vida divina; y, por lo tanto, también era el mediador, el camino que podía llevar a los seres humanos a la meta. Él era el camino, la verdad y la vida para toda la humanidad. Solo a partir de él podía la humanidad seguir desarrollándose hacia la perfección.

Así como toda la humanidad había encontrado en Cristo su centro, el Yo del mundo, alrededor del cual debía agruparse toda la vida del mundo, también los seres humanos encontraron en sí mismos el Yo como punto central, alrededor del cual debía agruparse su propio ser. Solo con la aparición de Cristo se hizo plenamente posible para el ser humano la conciencia del Yo. Él era, en efecto, el Yo encarnado del mundo. Él les había dicho a los seres humanos que estaba estrechamente unido a ellos, que su vida fluía a través de ellos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos». Así de estrecha es la conexión entre la esencia de nuestro ser y el Cristo del mundo. Les dio pan y vino y dijo: «Esto es mi carne; esto es mi sangre. Con todo lo que absorbéis del mundo, absorbéis mi vida». Todo lo que nos rodea, todo lo que vive, crece, florece y se desarrolla, es parte de la vida de Cristo que habita en todo lo creado. Con todo lo que absorbemos del entorno, la vida de Cristo fluye en nosotros.  La humanidad debería ser cada vez más consciente de ello. Cuando esta conciencia de unidad con Cristo se haya instalado por completo en la humanidad, entonces Cristo habrá resucitado para todo el mundo; entonces habrá impregnado el mundo con su vida de tal manera que todo lo que vive será su templo, en el que podrá expresar libremente su propia vida. Por primera vez lo expresó plenamente en la aparición de Cristo Jesús. Luego se expresó en todas las personas que se unieron completamente a él, en aquellos que se habían armonizado tanto con la vida del mundo que se convirtieron en parte de ella, de modo que la Palabra del mundo habló al mundo a través de ellos. Son ellos los que actúan en el mundo a partir de la Palabra del mundo, los que encarnan la Palabra y, por lo tanto, pueden llevarla a los seres humanos.

Antes de Cristo hubo grandes líderes y maestros de la humanidad que enseñaron y guiaron a la humanidad. Desde la aparición de Cristo, algo diferente se ha instalado en la humanidad. Los líderes de la humanidad ahora no solo enseñan a la humanidad, sino que comparten su vida con las personas. Ejercen una influencia mágica sobre aquellos a quienes enseñan. Guiando a la humanidad hacia la libertad, deben compartir su propia vida con ella, para que cada yo pueda desarrollarse hacia la libertad y la independencia, hacia la semejanza con Dios.

Hay grandes líderes en la humanidad que no enseñan externamente, pero que dan a las personas los impulsos que les transmiten su propia fuerza, su vida, una parte de la vida de Cristo, del Yo universal. La humanidad debe aprender por sí misma a comprender lo divino y a vivir en lo divino, a través de su propio conocimiento, no a través de la coacción y la dependencia. Antes de la aparición de Cristo, la humanidad no era capaz de hacerlo. Antes le faltaba la fuerza para ello. Cristo fue el impulso mundial para el desarrollo de la libertad de la humanidad.

Cuanto más se unen las personas con la fuerza de la vida crística, más se convierten en seres libres, más se asemejan a Dios. Allí, en el centro del mundo, las personas deben obtener todos los impulsos vitales. El yo en el ser humano es la clave de este centro del mundo. Es la chispa que lo conecta con el fuego central del mundo. Es la fuente de la que debe beber; se renueva eternamente a través del yo del mundo, la vida del mundo misma. Es la estrecha puerta por la que el ser humano debe pasar para llegar al mundo espiritual. Todas las fuerzas humanas deben fluir hacia el yo, como hacia un punto, y solo a través de este punto, a través de la estrecha puerta del yo, pueden volver a salir, del mismo modo que la vida del mundo, al fluir hacia la aparición de Cristo Jesús, pudo volver a salir al mundo y comunicarse con él.

El yo solo se desarrolla plenamente mediante la confluencia de todas las fuerzas del ser humano, mediante la concentración de todo su ser en un punto. Solo así el yo alcanza su verdadero devenir. Así se lleva a cabo el devenir del yo del ser humano. Todo lo que la divinidad ha hecho de él, todas sus fuerzas, las hace confluir en una gran fuerza; así surge en él algo nuevo, algo especial, un núcleo esencial; entonces el yo del mundo, la vida del mundo, se localiza en él, del mismo modo que la vida de la planta se localiza en la semilla.

Al principio solo está presente en forma de germen, pero este germen contiene todas las posibilidades de desarrollo, ya que constituye un extracto de las fuerzas del mundo. Cuando el ser humano toma plena conciencia de esta verdad, de que él es la envoltura de una chispa divina, de una semilla divina, entonces Cristo ha nacido en él, entonces él es un guardián consciente del tesoro divino en su propio corazón, de la vida del mundo, que se ha sumergido en él.

A partir de ese momento, obtendrá todos sus impulsos de la certeza de que vive a través de la vida del mundo y para la configuración de la vida del mundo en su propio interior. Su desarrollo posterior es entonces una purificación de todo su ser, un ennoblecimiento, una espiritualización de todas sus fuerzas, porque él es un templo de Dios y quiere trabajar para hacer que este templo de Dios sea cada vez más glorioso. Ahora vive en la felicidad de la conciencia de que la vida del mundo descansa en él, en su yo, y que crece y aumenta en él y que algún día lo llenará por completo. Entonces derrama esta vida del mundo en cada pensamiento, cada deseo, cada palabra, en todo su ser; la comparte con otros seres. Ayuda a superar la muerte; se ha convertido en el redentor, el libertador del mundo. Porque lo que vive en él, no quiere guardárselo para sí mismo. Eso sería un estancamiento de la vida; significaría la muerte. Solo al transmitir la vida es posible que la vida del mundo se regenere en él. Cuanto más entrega al entorno, más fuerte se vuelve en él la fuente inagotable de la vida del mundo. Así es como el ser humano da forma en su interior a la aparición de Cristo; así es como toda la humanidad expresará algún día a Cristo, la Palabra, y cada ser humano será entonces una nota en esta Palabra del mundo. Y cuando toda la humanidad se haya convertido así en una expresión de Cristo, se producirá la transición a una nueva etapa de desarrollo del mundo. Entonces se habrá desarrollado todo lo que había en el mundo en forma de fuerzas, y estas fuerzas vitales podrán volver a integrarse en el centro del mundo, donde juntas formarán el plan para un nuevo cosmos que, en una nueva etapa evolutiva, emanará del centro, al igual que nuestra evolución actual ha emanado del centro del mundo. Con la culminación de nuestra evolución terrenal solo se completa una exhalación de la divinidad. Todo volverá a ser absorbido por el centro de la divinidad para renacer con la siguiente exhalación. Pero nada de lo que se ha creado se pierde. Todo lo que existe permanece en la conciencia de la divinidad. Desde la conciencia de la divinidad vuelve a la vida, y la vida de la divinidad lo reconfigura todo para expresar la conciencia de la divinidad en esta configuración.

 Así construye el gran arquitecto del mundo su templo mundial según el plan del mundo que yace en su interior; y lo configura cada vez más y más perfectamente. Debemos convertirnos en colaboradores del arquitecto del mundo en el templo del mundo. Así, también nosotros debemos reunir en nuestro yo todas las experiencias que hacemos en el mundo, localizarlas allí y luego transformarlas y utilizarlas para embellecer nuestro propio ser en relación con el desarrollo del cosmos.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA091 Landin, 12 de septiembre de 1906 - El significado de Cristo-Jesús

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
EL SIGNIFICADO DE CRISTO - JESUS

 
Landin, 12 de septiembre de 1906



Solo después de que la vida universal descendiera hasta el punto más profundo, hasta la existencia física, hasta cada ser humano encarnado físicamente, solo entonces pudo la humanidad evolucionar. Históricamente, este descenso de la vida universal se materializó en la aparición de Cristo en una personalidad. Así, la vida universal se presentó ante los ojos de los seres humanos de forma personal. Dios mismo había descendido a los seres humanos y les mostraba en una existencia física, la vida divina.

Antes de que la humanidad se sumergiera por completo en la vida material, también era necesario que, espiritualmente, apareciera en la Tierra una encarnación personal de la vida divina. Si la humanidad hubiera atravesado el materialismo sin que la vida universal se encarnara en la personalidad de Cristo Jesús, habría perdido por completo la conciencia de su origen divino, su divinidad se habría hundido y sumergido para siempre en la vida sensorial. Sin embargo, quedó grabado de forma indeleble en la conciencia de la humanidad que Cristo había vivido, que un ser divino había permanecido entre los hombres y había dado la prueba visible de que hay una vida divina en el mundo y en el hombre. Ni siquiera las mayores dudas por las que tuvieron que pasar los individuos pudieron destruir el recuerdo de que el Hijo de Dios había caminado entre los hombres. Esa fue la luz que iluminó a los hombres, esa fue la palabra de Dios que llegó a los oídos de los hombres. Eso no podía olvidarse para siempre.

Pero durante un tiempo tuvo que desvanecerse el recuerdo de ello. Había que arrebatarle al ser humano también el último apoyo exterior. Tenía que valerse por sí mismo. La vida universal se ocultó durante un tiempo a la vista de los seres humanos. El ser humano no solo tuvo que conocer la muerte al final de cada vida a través de muchas encarnaciones, sino que también tuvo que aprender a comprender lo que la muerte significa para todo el universo. Durante un tiempo no vivió la vida real. Su inmersión en lo material fue una muerte continua.

Pero con el descenso del Hijo de Dios se había sembrado en la humanidad una semilla de nueva vida, y tras pasar por la muerte del materialismo, esta semilla pudo volver a brotar. Durante un tiempo, la humanidad tuvo que olvidar el poder que se había encarnado en Cristo Jesús, pero luego debía tomar plena conciencia de él. La vida universal solo se había ocultado a los ojos de los seres humanos para resurgir ante ellos cuando estos hubieran alcanzado la independencia.

Estuvo con nosotros todos los días, solo que no lo vimos; pero resurgirá y estará con nosotros hasta el fin del mundo. La aparición de la vida crística en una personalidad llevó a los seres humanos a apreciar correctamente la vida personal en la existencia física. Para que esta apreciación de la personalidad pudiera tener lugar, lo más elevado tenía que vivir una vez entre los seres humanos en una personalidad. A través de Cristo Jesús, los seres humanos tuvieron que aprender que el cuerpo físico es un templo de la divinidad. Esto se grabó tan profundamente en la humanidad que la conciencia del valor de la personalidad acabó conduciendo a una sobrevaloración de lo físico y al olvido de los mundos superiores. El ser humano solo veneraba los átomos físicos, pero ya no veía la vida universal que los animaba. Surgieron grandes personalidades, pero ya no reconocían la vida superior.

El sol estaba oculto tras las nubes y, sin luz espiritual, la humanidad tuvo que seguir su camino durante un tiempo. Estaba abandonada por Dios y totalmente sola. Ya no encontraba ayuda en el exterior y ahora solo buscaba la fuerza para vivir en sí misma. Los seres humanos tenían que volverse independientes para darse cuenta de que la divinidad que actúa en el mundo exterior, que se había ocultado de sus miradas durante un tiempo, también actúa en cada uno de ellos.

Toda la humanidad debe pasar por esta transición, que va de la fe en el Dios externo al reconocimiento del Dios interno, y poco a poco todos volverán a pasar de la oscuridad de la duda y la ignorancia de Dios, al claro reconocimiento de lo divino en su propio pecho. Y este divino interno los llevará de vuelta por el mismo camino, a través de lo físico, al reconocimiento de lo espiritual. Lo físico es lo que lleva al ser humano hacia abajo, pero también lo que lo lleva hacia arriba. A través de la personalidad física se abre el camino hacia lo eterno. Así como el ser humano entra en el cuerpo desde el exterior, esto es un proceso de oscurecimiento, un alejamiento del espíritu, un descenso a la densidad de la materia física, un oscurecimiento, similar a cuando se entra en una habitación oscura desde la brillante luz del sol. Pero en la oscuridad de este cuerpo físico, el ser humano encontró el mayor tesoro, un tesoro que debía desenterrar; se encontró a sí mismo; allí se había instalado su yo, la semilla de Dios, que dormía bajo la envoltura del cuerpo físico. Su conciencia debía conectarse con este yo. Entonces, con este yo y en este yo, pudo volver a mirar a través de la envoltura física hacia el entorno. A través del cuerpo físico, ahora podía mirar hacia afuera. Y entonces aprendió que, visto desde dentro, el cuerpo físico no es lo mismo que visto desde fuera. Primero aprendió el verdadero valor de la densificación física. Esta le dio a su yo una envoltura en la que podía manifestarse, pero al mismo tiempo se convirtió en el medio por el cual el yo podía entrar en conexión consciente con los mundos físicos y superiores. Y precisamente el cuerpo físico, que durante su descenso oscurecía el mundo espiritual, se iluminó y se volvió luminoso, convirtiéndose en el punto de paso para la luz y la vida superior. Así, por un lado, el cuerpo físico se convirtió en un envoltorio para el yo, que lo aislaba del entorno; al igual que el cuerpo de Jesús de Nazaret se convirtió en un envoltorio para la vida universal, en el que pudo habitar durante un tiempo; pero, por otro lado, el cuerpo físico se convirtió en el umbral hacia la existencia superior, el órgano para reconocer el espíritu universal en el mundo de las formas que nos rodea y para recibir la luz del espíritu de Dios. Tenía que convertirse en un templo en el que el yo divino habitara conscientemente.

Cristo tuvo que morir porque el yo entró en la oscuridad al incorporarse al cuerpo físico. Esto significó una crucifixión. Y en el cuerpo físico, el yo permaneció inicialmente como encarcelado, como enterrado; durante dos días y medio, hasta el tercer día, el cuerpo de Jesús, la personalidad, estuvo sin vida. Así, el significado de la vida de Cristo permaneció oculto tras la apariencia personal de Jesús de Nazaret para toda la humanidad durante dos mil años. Solo en el tercer milenio, correspondiente al tercer día después de la muerte de Cristo, la humanidad reconocerá el pleno significado del cristianismo. Entonces Cristo resucitará en la humanidad y los individuos participarán conscientemente de la vida de Cristo. Toda la humanidad juntos formarán entonces un templo en el que morará Cristo.

Así, la existencia física se presenta, por un lado, como una barrera que nos separa de lo espiritual, pero, por otro lado, también como un puente hacia lo espiritual. El yo, la semilla de Dios, se sumergió en la existencia física. Esto lo demostró la aparición de Cristo Jesús a la humanidad. Pero esta existencia física conduce a lo espiritual. Al igual que una semilla se planta en la tierra, el yo se sumergió en la existencia física. Al igual que la semilla brota en primavera, el yo también debe brotar de lo físico, debe iluminar la envoltura física desde dentro. Entonces se repite en cada ser humano lo que Cristo siempre ha significado en el mundo, el brotar de todo lo vivo de la materia física, y lo que él una vez vivió en un ser humano, el surgir de la vida divina de una personalidad.  Cuando el yo alcanza la madurez en el envoltorio físico, puede nacer en el entorno y enriquecerlo con una nueva fuerza divina, del mismo modo que cada nacimiento físico enriquece el entorno con una nueva forma física. El nacimiento de Cristo representa la toma de conciencia del yo en el ser humano físico; la muerte y el entierro son la absorción del yo en lo físico; la resurrección significa la salida consciente de lo físico. Cuando Cristo nació en el mundo, el yo en el ser humano comenzó a desarrollar su autoconciencia. Luego, durante un tiempo, se confundió con la personalidad, para finalmente, cuando alcanzó la madurez, traspasar el umbral de la personalidad y unirse a la vida del mundo y resucitar como algo nuevo, más grande y espiritual.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA181 Berlín, 30 de julio de 1918 - Tres épocas del cuarto período postatlante: 747-27 a. C.: pérdida de la conexión de los seres humanos con el cosmos; percepción de la totalidad humana en la cultura griega. 27 a. C. - 693 d. C.: la Iglesia impide la comprensión del misterio del Gólgota, el ser humano es remitido al mundo exterior. 693-1413:

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RUDOLF STEINER

TRES ÉPOCAS DEL 4º PERÍODO POST ATLANTE:

DEL 747 - 27 a.C. PÉRDIDA DE LA CONEXIÓN CON EL COSMOS

PERCEPCIÓN DE LA TOTALIDAD HUMANA EN LA CULTURA GRIEGA 27 a.C. - 692 d.C.

LA IGLESIA IMPIDE LA COMPRENSIÓN DEL MISTEIO DEL GÓLGOTA 693 - 1413 d.C.


Berlín, 30 de julio de 1918

Hoy voy a esbozar algunas cosas más a partir del contexto que ya hemos intentado comprender en el transcurso de las últimas reflexiones. Comprender el presente, con sus diversas corrientes espirituales y materiales, es extremadamente difícil, y no se debe creer que se puede comprender este presente confuso sin la voluntad de reconocer lo que, en el fondo, se ha estado preparando durante mucho, mucho tiempo en el seno de la historia. Hoy queremos mirar atrás, en la medida en que nos lo permite nuestra ciencia espiritual, al llamado cuarto período postatlante.

Como ustedes saben, debemos situar el inicio de este periodo aproximadamente en el año 747 antes del misterio del Gólgota, y para nosotros concluye con el comienzo del siglo XV, más o menos en el año 1413. Así pues, contemplamos este período, —las cifras deben tomarse, por supuesto, como lo que son en relación con estas cosas—, porque en él vemos ciertas fuerzas relacionadas entre sí que se diferencian de manera esencial de todas las fuerzas que predominan en los períodos anterior y posterior. Este período, que llamamos el desarrollo del alma intelectual o racional en la naturaleza humana, puede dividirse a su vez en tres épocas más pequeñas: un período que podemos delimitar aproximadamente de tal manera que comience alrededor del año 747 antes de Cristo, —que es también la verdadera fecha de fundación de Roma—, y termine aproximadamente en el año 27 antes del misterio del Gólgota. El segundo período más pequeño se extendería desde ese año 27 hasta aproximadamente el final del siglo VII, hasta el año 693 después de la fundación del cristianismo; y el último, el tercer período más pequeño dentro de este más grande, abarca el tiempo desde 693 hasta aproximadamente 1413. Desde entonces, desde aproximadamente 1413, nos encontramos en la época que proporciona a nuestro desarrollo espiritual las fuerzas espirituales que, en cierta medida, ya conocemos por su naturaleza. Así como se puede delimitar claramente el cuarto período postatlante en relación con el desarrollo del alma de la humanidad de los tres anteriores, el proto-indio, el proto-persa y el egipcio-caldeo, y como se puede delimitar claramente de lo que ya ha seguido y aún está por venir, también se pueden destacar momentos característicos dentro de este período para el desarrollo de la humanidad cultural, en la medida en que se tienen en cuenta en el proceso de desarrollo de la humanidad dentro de estos períodos más pequeños indicados.

Para el período comprendido entre el 747 y el 27 antes del misterio del Gólgota, se tienen en cuenta, por supuesto, preferentemente aquellos pueblos que viven alrededor del Mediterráneo. En estos pueblos vemos cómo se forma una constitución anímica muy determinada. La historia dice poco sobre esta constitución anímica, porque en este caso la historia no quiere adquirir las ideas, los conceptos, para abordar lo que realmente es característico en ella. Si se quiere describir este período que acabo de delimitar, se puede decir lo siguiente: durante este tiempo, las almas humanas se desarrollan, por razones internas del desarrollo de la humanidad, de tal manera que, en cierto sentido como almas, se separan de la conexión con el mundo espiritual universal. Si nos remontamos a la civilización egipcia y caldea, que es el período del alma sensible, encontramos allí un marcado sentimiento de pertenencia de estas almas humanas al cosmos. El alma sensible en la naturaleza humana sentía entonces que el ser humano era un miembro de todo el cosmos.  No se puede comprender la característica de lo que conocemos como desarrollo egipcio, caldeo o babilónico si no se tiene en cuenta que, en aquella época, el ser humano, en cierto modo, con la sensación, con los sentidos, captaba algo de la observación del mundo que expresaba en él ese sentimiento de pertenencia al cosmos espiritual. Así como nuestros dedos de la mano se sienten, por así decirlo, como una parte de nosotros mismos, el ser humano egipcio y caldeo se sentía todavía como un miembro del cosmos espiritual. En relación con este sentimiento cósmico, en el siglo VIII antes de nuestra era se produjo una crisis, una verdadera catástrofe para la humanidad. Las almas humanas habían debido su anterior sentimiento de pertenencia al cosmos a su antigua clarividencia atávica, más onírica. En aquellos tiempos antiguos, los seres humanos no percibían las cosas como las percibimos hoy. Percibían, —lo que la ciencia profana, pero ignorante en este sentido, denomina «animismo»—, al mismo tiempo que lo espiritual, lo divino, a través de sus sentidos. De este modo, se sentían conectados con el espíritu del cosmos. 

Esta conexión se desvaneció. Por un lado, este desvanecimiento tuvo como consecuencia muchos fenómenos de decadencia, pero por otro lado también dio lugar a toda la maravillosa cultura griega. Porque esta cultura griega, basada principalmente en lo que el ser humano experimenta como ser humano, como ser humano aislado en el universo, se debe al hecho de que el ser humano ya no se sentía como un miembro del cosmos, sino como una totalidad humana, como algo completo en sí mismo como ser humano. En cierto modo, se había desprendido del cosmos y había comenzado una «vida total en sí mismo». Si la vida espiritual griega se hubiera visto invadida por la misma disposición anímica que había permanecido desde la antigüedad, por ejemplo en el hinduismo, y que aún tenía cierta conexión con lo cósmico, no se podría imaginar que bajo este sentimiento de pertenencia al cosmos hubiera podido surgir la hermosa cultura griega. Todo lo que en la cultura griega se manifestó como esplendor y gloria, todo lo que se desarrolló de manera menos agradable, en otros ámbitos todo ello se desarrolló en el período comprendido entre los siglos VIII y I antes de Cristo. La humanidad se replegó en lo anímico, en lo meramente humano. En esta época se produjo entonces el movimiento de la humanidad hacia el misterio del Gólgota. No olvidemos que el misterio del Gólgota siempre tendrá algo que, en cierto modo, no puede ser comprendido del todo por el entendimiento humano, ni siquiera por el entendimiento suprasensible humano. Siempre quedará un resto sin resolver. Lo que se consumó con la entrada de Cristo en la evolución terrenal no puede, como he explicado en diversas consideraciones anteriores, disolverse completamente en conceptos humanos, ni siquiera en sentimientos y sensaciones humanos. Pero esto está relacionado con el hecho de que este misterio del Gólgota tenía que desarrollarse, en cierto modo, de tal manera que la humanidad civilizada estuviera preparada durante este acontecimiento para no vivir este misterio del Gólgota tan plenamente, sino para dejarlo pasar junto a su propia experiencia humana. Piensen que esto, dejarlo pasar junto a la experiencia humana propiamente dicha, se manifiesta históricamente de forma bastante clara. ¿Cuánto ha tenido en cuenta realmente la humanidad civilizada del Mediterráneo lo que ocurrió con Cristo Jesús en la lejana provincia judía de Palestina? ¡Qué poco ha influido esto en la conciencia de la humanidad civilizada, incluso para Tácito, que escribió un siglo después del misterio del Gólgota!

Por un lado tenemos la corriente de la humanidad cultural y, por otro, aquella corriente en la que se desarrolla el misterio del Gólgota. Ambas se desarrollan, en cierto modo, una junto a la otra. Esto solo pudo suceder porque, mientras se desarrollaba el acontecimiento divino, el ser humano, el ser humano cultural, se había separado de lo divino y vivía una vida que no tenía relación directa con lo espiritual. Así, en la Tierra se produjo un acontecimiento espiritual que, en realidad, acompaña a la cultura humana. Una relación así, de coexistencia entre la cultura exterior y un acontecimiento misterioso, es totalmente impensable en todos los períodos culturales anteriores de la humanidad. Nunca antes había ocurrido algo así, porque la cultura humana se sabía relacionada con lo que ocurre en el plano divino-espiritual. Es muy característico y muy significativo que la cultura profana, que discurría en paralelo al misterio del Gólgota, estuviera alejada de este acontecimiento, que el ser humano se hubiera separado.

Y en el segundo período, que comienza aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota y concluye 693 años después, toda la cultura centroeuropea se dedica en realidad a impedir que la cultura profana se acerque a la comprensión del misterio del Gólgota. Lo que digo puede parecer muy extraño si se tiene en cuenta que el cristianismo se instaló en esta cultura profana europea, que se extendió por toda la cultura centroeuropea. Pero la expansión se produjo en el sentido que ya he caracterizado recientemente. El misterio del Gólgota estaba solo. Ciertamente, de manera dogmática externa, se incorporó a la cultura profana todo tipo de cosas, lo que se expresa así: Cristo estaba allí, tuvo apóstoles, consiguió esto o aquello para la humanidad, dijo esto o aquello sobre la relación del ser humano con lo divino. Esto se incorporó en gran medida a la cultura profana en forma de frases externas, pero junto a esta incorporación externa, prevalecía otra cosa: que en realidad toda la humanidad que acogió el cristianismo precisamente en esos siglos se mantuvo alejada de la comprensión interna del misterio del Gólgota. Con la ayuda de la gnosis, con la ayuda de cierta preparación a través de los tesoros de sabiduría transmitidos por el antiguo paganismo, se podría haber abordado precisamente esto: ¿qué sucedió realmente con el misterio del Gólgota? Pero no se hizo. En realidad, se declaró herejía todo lo que podría haber llevado a la comprensión del misterio del Gólgota, y se intentó verter en fórmulas más o menos triviales lo que nunca puede verterse en fórmulas triviales, lo que, en relación con el misterio del Gólgota, solo puede comprenderse con los contenidos más elevados de la búsqueda de la sabiduría.

Por tanto, las instituciones que se crearon en los primeros siglos del desarrollo cristiano no tenían como objetivo conectar con el misterio del Gólgota, sino hacer vivir en el alma humana algo que en realidad estaba muy lejos del verdadero sentimiento interior de comprensión y pertenencia al misterio del Gólgota. La Iglesia era más bien una institución para no comprender el misterio del Gólgota que para comprenderlo. Quien siga lo que los distintos concilios, lo que en general las maquinaciones eclesiásticas se esforzaron por lograr en aquellos tiempos, encontrará que todo lo que se pretendía era introducir ciertas ideas dogmáticas en la vida humana, pero pensar sobre las cosas relacionadas con el misterio del Gólgota de tal manera que estas se desarrollaran independientemente de la vida anímica humana. Todo tiende hacia un punto determinado, hacia ese punto que, si se caracteriza de forma radical, podría describirse de la siguiente manera.  Se puede decir que los seres humanos buscaban establecerse aquí en la Tierra con ciertas ideas sobre el misterio del Gólgota y sus efectos. Pero lo más importante para ellos no era lo que podían saber, lo que absorbían en su alma, sino que lo más importante para ellos era poder tener la premisa: independientemente de lo que los seres humanos podamos comprender, el misterio del Gólgota se ha cumplido por sí mismo, ¡y Cristo ya se encarga de que seamos salvos!, — Y la tendencia era la de relegar cada vez más la realidad de los acontecimientos espirituales a un más allá del alma, no pensar en los acontecimientos espirituales y sagrados propiamente dichos, —si se me permite utilizar esta expresión—, en relación con lo que ocurre en el pecho humano, sino separar ambos en la medida de lo posible. En esta tendencia había un objetivo, por supuesto no expresado, pero que actuaba de forma inconsciente, un objetivo que luego se manifestó con toda claridad en el octavo concilio de Constantinopla en el año 869. El objetivo era impedir que el espíritu humano se ocupara de forma individual y personal de lo espiritual, que ahora se quería limitar al misterio del Gólgota, es decir, impedir la inclinación individual y sentimental hacia la comprensión del misterio del Gólgota. Debía permanecer incomprendido. De este modo, la Iglesia pudo desarrollarse poco a poco para tener entre sus filas a personas que solo tenían una comprensión profana, que cada vez más llegaban a la creencia de que no se puede pensar en absoluto en lo suprasensible, porque lo suprasensible escapa a las fuerzas del alma humana. El pensamiento humano debe limitarse únicamente a lo que vive aquí, en el mundo físico. Las almas humanas no deben desarrollar fuerzas que puedan ser adecuadas para sí mismas, para buscar la comprensión del misterio del Gólgota. En ciertas resoluciones del octavo concilio de Constantinopla se expresa claramente que los seres humanos de Europa no deben reflexionar, —porque las fuerzas del alma humana no alcanzan ese ámbito—, sobre el ámbito en el que transcurrió la vida a la que pertenece el misterio del Gólgota.

Así, precisamente en este período intermedio de la cuarta etapa postatlante, desde aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota hasta 693 años después del mismo, se produjo para la humanidad lo siguiente: se podría decir que esta humanidad estaba destinada a creer que todo el conocimiento humano, todo el sentimiento humano, solo se calculaba para el más allá sensible; lo que no es perceptible por los sentidos, lo suprasensible o, como se quiera llamarlo, lo más allá, debía ser sustraído al sentimiento y al conocimiento humanos, al sentimiento cognoscitivo inmediato. En realidad, solo se puede comprender toda la historia de esos siglos si se tiene en cuenta lo que acabamos de caracterizar. Todas las medidas de la Iglesia católica en aquellos siglos tenían como objetivo llevar al ser humano a creer que su conocimiento espiritual solo se aplica a este mundo; en lo que respecta a lo suprasensible, debe dejar que se le acerque de una manera que no tiene nada que ver con su comprensión, con su propio conocimiento. Esto provocó que, tras el final de este periodo, es decir, en los siglos VIII y IX, se produjera una especie de oscurecimiento de la humanidad europea en lo que respecta a la relación del alma humana con lo suprasensible. Y fenómenos como los que he descrito, entre los que destaca el de Bernardo de Claraval, se explican precisamente por el hecho de que, en cierto modo, permanecen más allá de todo lo físico y sensorial y entregan el alma por completo a aquello a lo que el entendimiento humano natural no puede llegar. Este entusiasmo por lo que está más allá de toda comprensión humana debe añadirse a la disposición anímica general de Bernardo de Claraval, tal y como se entiende. Precisamente en esta personalidad se pueden encontrar algunos rasgos que parecen grandes y poderosos, porque todo lo que puede tener un rasgo más o menos distorsionado también puede tener un rasgo bello, grande y glorioso. Pero en Bernardo se pueden encontrar rasgos que indican claramente en el carácter de su alma que él es fruto de esa disposición anímica que se desarrolló de la manera descrita en los siglos indicados dentro de la cultura occidental. Se podrían citar, además de Bernardo de Claraval, muchas otras figuras, él es solo un ejemplo típico, por ejemplo, cuando habla a sus seguidores, cuyo círculo era muy amplio, de todo lo que la cruzada de la humanidad que él tenía en mente debería aportar. Luego vino el fracaso de todo el asunto. ¿Y cómo habla este hombre piadoso precisamente sobre este fracaso? Más o menos así: si todo, todo sale mal, que el juicio sobre el mal resultado recaiga sobre mí, pero no sobre lo divino, porque eso siempre tiene que tener razón. Incluso allí donde el ser humano podía saber que estaba relacionado con lo que él considera la fuerza divina y espiritual detrás de las apariencias, —lo separa de los demás—, dice: que el pecado recaiga sobre mí; lo correcto es algo que transcurre por sí solo, que, en cierto modo, fluye más allá de la corriente en la que está atrapada el alma humana.

De este modo, con el inicio de este tercer período del cuarto ciclo cultural postatlante, algo parecido a un eclipse se cernió sobre la humanidad. Esto se expresa mejor al observar cómo la humanidad, en sus conceptos, ya no era capaz de reconocer ninguna conexión con las corrientes e impulsos espirituales reales. Basta con conocer la filosofía de los siglos entre el VIII y el XV, que en todas partes tiende a demostrar que con las ideas y conceptos humanos no se debe intentar en ningún caso comprender lo que ocurre en la realidad espiritual, como se había expresado acertadamente en una fórmula , debe dejarse a la revelación, como debe dejarse al magisterio de la Iglesia.

Así se había desarrollado el poder de la Iglesia. Este poder de la Iglesia no surgió únicamente a partir de impulsos teológicos, sino que se desarrolló porque se instó a las personas a limitar sus propias facultades cognitivas, las fuerzas de su alma, únicamente a la vida física y sensorial, y a no pensar en el conocimiento de lo suprasensible. De ahí se desarrolló el concepto de fe posterior, que aún no existía en los primeros siglos, sino que solo se remonta a ellos. Este concepto de fe dice: en lo que se refiere a lo espiritual-divino solo se puede tener fe, no conocimiento. Esta separación entre la verdad de la fe y la verdad del conocimiento se formó realmente a partir de ciertos antecedentes históricos que son significativos y que hay que buscar en cosas como las que hemos mencionado. 

Desde el siglo XV, aproximadamente desde el año 1413, vivimos en un periodo, —el tercer milenio lo confirmará—, en el que nos enfrentamos, en parte, a la herencia de todo lo que ha sucedido bajo las influencias que he descrito aquí. Por un lado, nos enfrentamos a las herencias de aquella época y, por otro, seguimos enfrentándonos a algo que se está formando como algo completamente nuevo en este quinto período postatlante. Si echamos una mirada retrospectiva a ese cuarto período, nos encontramos con una especie de separación del alma humana de lo espiritual-divino, con una relegación a los procesos meramente externos, físicos y sensoriales. Esto también era nuevo en aquel cuarto período. Ya he indicado anteriormente que no existía en la era egipcio-caldea. En nuestra era también nos enfrentamos a algo similarmente nuevo, y la tarea de la humanidad, —la humanidad ha entrado gradualmente en una época en la que la conciencia debe desempeñar un papel cada vez más importante—, la tarea de la humanidad sería comprender todo esto, comprender lo que, por un lado, es herencia de la época pasada que acabamos de caracterizar y, por otro lado, lo que surge como nuevo de nuestra época. Echemos primero un vistazo a la herencia.

Hemos visto que esta herencia consiste en que el ser humano se siente, en cierto modo, obligado a desarrollar su alma al margen de lo suprasensible. Y la herencia de esto es otra cosa, que comprenderán cada vez mejor a medida que vayan examinando los acontecimientos históricos con mayor y mayor precisión. Precisamente al examinarlo con precisión, el asunto no se somete a ninguna duda, sino que se coloca en la veracidad. Verán cómo lo que se desarrolló en aquel entonces, es decir, el deseo de mantener la fuerza del alma humana en lo sensorial, separándola de lo suprasensible, se convirtió en el quinto período cultural postatlántico, a partir del siglo XV, en un rechazo total de lo suprasensible.  En aquella época se quería, en cierto modo, mantener lo supranatural alejado del ser humano, y esto es precisamente lo que caracteriza al octavo concilio de Constantinopla del año 869. A partir de este alejamiento, que la Iglesia se propuso como tarea, se desarrolló el rechazo de lo supranatural. Se desarrolló la creencia de que lo supranatural era solo una invención del ser humano, que no tenía ninguna realidad. Si se quiere comprender realmente, desde un punto de vista histórico-psicológico, el origen del materialismo moderno, hay que buscarlo en la Iglesia. Por supuesto, la Iglesia no es más que la expresión externa de fuerzas más profundas que actúan en el desarrollo de la humanidad, pero se adquiere un conocimiento de este desarrollo humano cuando se observa más de cerca cómo realmente surge uno de otro. El ortodoxo del cuarto período postatlante decía: la capacidad de conocimiento humano solo está destinada a comprender las relaciones sensoriales; lo suprasensorial debe dejarse a la revelación, no se debe interferir en ello, porque todo lo que se interfiera es herejía y solo puede conducir a un engaño. El marxista moderno, el socialdemócrata moderno, que es el hijo legítimo de esta concepción, que no es más que la consecuencia del catolicismo de siglos anteriores, dice: toda ciencia digna de ese nombre solo puede ocuparse de acontecimientos sensoriales y físicos; no existe la ciencia del espíritu, porque no existe el espíritu; la ciencia del espíritu es, como mucho, ciencia social, ciencia de la convivencia humana. — Por supuesto, esta tendencia que acabamos de caracterizar se ha manifestado en los más diversos ámbitos de los países cultos, pero solo como un matiz.

Así pues, a partir del siglo IX, en los países centrales y occidentales de Europa se hizo necesario tener en cuenta que la vida espiritual del ser humano participa de alguna manera en ello, creyendo en lo suprasensible y sin saber nada de ello salvo por revelación, pero creyendo en lo suprasensible. Las características raciales y étnicas de Europa Central eran tales que había que tenerlas en cuenta, que no se podían dejar simplemente como estaban. Decirle a la gente: «Vuestras fuerzas humanas deben limitarse a comer y beber, y lo demás que ocurre en el mundo, lo demás vive por encima de vosotros», no se podía hacer así en Europa occidental; pero se hizo en Europa oriental, y ese es el sentido de la división de la Iglesia entre Europa oriental y occidental. En Europa oriental, el ser humano estaba realmente limitado al mundo sensorial, allí debían desarrollarse sus fuerzas. Y dentro de las alturas de los misterios, completamente ajeno a lo sensual, debía desarrollarse lo que luego condujo a la religión ortodoxa. Allí se separaba realmente de forma estricta lo que el ser humano sacaba de su humanidad y lo que era el mundo espiritual real, que flotaba y vivía única y exclusivamente en el culto que se cernía sobre el ser humano.

¿Qué tenía que desarrollarse allí? Tenía que desarrollarse, de nuevo en diferentes matices, la visión, la sensación: solo lo sensual-físico tiene realmente significado, realidad. Se podría decir: las fuerzas que no se ejercitan, sino que se tratan de tal manera que el ser humano se comporta con ellas de tal forma que las bloquea en su interior, esas fuerzas tampoco se desarrollan, se atrofian. Así pues, si durante siglos se había impedido al ser humano captar lo suprasensible en su espíritu, sus fuerzas se fueron volviendo cada vez más inútiles para captar lo suprasensible, y este desapareció por completo. Y esta desaparición completa la encontramos en las cosmovisiones socialistas modernas, cuya desgracia no radica en su socialismo, sino en que rechazan por completo lo espiritual-sobrenatural y, por lo tanto, deben limitarse a la mera estructura social de lo animal en el ser humano. Esta mera estructura social de lo animal en el ser humano ha sido preparada mediante la paralización de las fuerzas sobrenaturales del ser humano. Se ha producido porque los seres humanos se ven obligados a decirse: no queremos conectar nuestro alma, que conoce y experimenta, con lo que vive la corriente de su vida, de modo que nuestra felicidad sea provocada por ello y en lo que está enmarcado el misterio del Gólgota.

¿A qué se debe esto? Se debe a que, precisamente en este cuarto período postatlante, las fuerzas luciféricas actuaron con especial intensidad. Separaron al ser humano del cosmos, pues estas fuerzas siempre tratan de aislar egoístamente al ser humano, de desligarlo de todo el cosmos espiritual, incluso de su conocimiento de la conexión con el cosmos físico. Por eso no existían las ciencias naturales cuando este desprendimiento estaba en su máximo apogeo. Eso es lo luciférico. Por eso hay que decir: lo que actuaba entonces en la separación entre el conocimiento sensorial y la dogmática supra-sensorial es de naturaleza luciférica. Lo luciférico se opone a lo ahrimánico. Estos son los dos adversarios del alma humana. Este atrofiamiento de las fuerzas suprasensibles del ser humano, —que luego condujo a la forma puramente animal del socialismo, que ahora debe abatirse sobre la humanidad de forma devastadora y destructiva—, se debe a las fuerzas luciféricas. Lo nuevo que se está desarrollando en nuestra época es de otra naturaleza; es más bien de naturaleza ahrimánica. Lo luciférico quiere aislar al ser humano, separarlo de lo espiritual-supersensible, quiere que experimente en sí mismo la ilusión de una totalidad. Lo ahrimánico, por el contrario, infunde miedo al ser humano ante lo espiritual, no le permite acercarse a lo espiritual, le da la ilusión de que lo espiritual no puede ser alcanzado por el ser humano. Si la separación luciférica del ser humano de lo suprasensible debe ser más de tipo educativo, cultural, la separación ahrimánica de lo suprasensible, que se basa en el miedo a lo espiritual, es más natural y se manifiesta especialmente en la era desde el siglo XV. Y así como el aislamiento luciférico de lo espiritual pudo expresarse especialmente en la vida bajo el manto del cristianismo ortodoxo de Oriente, el miedo ahrimánico, la reticencia ante lo espiritual, se manifestó especialmente en el elemento de la cultura occidental y, en particular, en el elemento de la cultura norteamericana. 

Es posible que estas verdades resulten incómodas hoy en día, pero son verdades, y no avanzaremos si nos limitamos a hablar en términos generales, —por muy místicos o teosóficos que sean—, de la conexión del ser humano con lo divino, o como quiera que se denomine esta cuestión. Solo avanzaremos si reconocemos la realidad tal y como es. Solo así podremos volver a encontrar el orden en nuestro caos, reconociendo las características propias de las diferentes corrientes que conviven entre sí. Porque, por su parte, las diferentes corrientes se desarrollan a partir de sus premisas, a nivel local, y luego se extienden, y en el embrollo moderno que se denomina cultura, todo se mezcla. Lo que ahora me gustaría llamar «americanismo», lo americano como concepto colectivo, no en relación con los estadounidenses individuales, es el miedo a lo espiritual, es el anhelo de vivir solo en el plano físico-sensorial, como mucho con lo que entra en este plano físico-sensorial desde abajo en forma de espiritualidad burda, espiritismo y similares, que no es realmente espiritual. El miedo a lo espiritual es lo que caracteriza al americanismo. Pero el americanismo no solo vive en América, —allí vive por completo en el polo social, voluntarioso, no humano—, sino que vive sobre todo en toda la ciencia. En efecto, desde el siglo XV, esta ciencia ha desarrollado cada vez más lo que podríamos llamar «miedo a lo espiritual». Solo se denomina ciencia objetiva aquello que, en la medida de lo posible, no se ocupa de conceptos vivos generados en el interior del alma. Lo que de alguna manera es una idea, un concepto generado en el interior del alma, no debe interferir en la observación de la naturaleza. Solo lo muerto de la observación de la naturaleza, y no lo vivo espiritualizado, puede entrar en la ciencia. Si se introduce el concepto en la observación de la naturaleza, por ejemplo, a la manera de Hegel, que es una forma típicamente centroeuropea, pero también a la manera de Schelling o de Goethe, se cree inmediatamente que se entra en terreno inseguro, porque no se confía en poder experimentar algo objetivamente real en la comprensión espiritual, en la experiencia espiritual. Se cree que solo puede existir la arbitrariedad, que se entra inmediatamente en lo no objetivo cuando se introduce algo subjetivo en las experiencias. Eso es arimánico. La ciencia es universalista-americana en la medida en que tiene como principio expulsar todo lo subjetivo de la observación de la naturaleza. Esto es lo que se ha desarrollado elementalmente a partir de este anterior aislamiento de lo espiritual en el cuarto período postatlante.

Así hemos añadido a esa herencia lo nuevo, lo nuevo que, junto a lo que debe desarrollarse de forma fructífera, pero que debe desarrollarse conscientemente, se impone cada vez más como algo destructivo en el futuro. Esta novedad es esencialmente de naturaleza arimánica, es miedo a lo espiritual y tiene un efecto destructivo, un efecto disolvente sobre toda la cultura humana, que sin embargo debe basarse precisamente en lo espiritual. 

En el cambio del cuarto al quinto período postatlante, especialmente en el quinto, surgieron cada vez más los impulsos que acabo de caracterizar. Con el descubrimiento de América y el traslado de la esencia europea a América, se desarrolló allí el temor a la vida espiritual. Pero, por otro lado, surgió, diría yo, una tensión en las almas humanas, pues las fuerzas de los pueblos de Europa no eran tales que no sintieran algo de la conexión con lo espiritual del cosmos. Se produjo una tensión, por así decirlo, en el cambio entre el cuarto y el quinto período cultural post-atlante, en los siglos en los que se desarrolló lo que se denomina historia moderna. Entonces surgió esta tensión de lo espiritual reprimido en el pecho humano. Había que contrarrestarla, en parte comprendiendo bien lo que existía como antiguo patrimonio, y en parte contemplando de manera muy adecuada lo ahrimánico que se avecinaba.  Entonces surgió aquella corriente espiritual que tiene una influencia mucho mayor de lo que la mayoría de las personas piensan, —ya lo señalé la última vez desde otro punto de vista—, aquella corriente espiritual que se esfuerza por perpetuar, por continuar, esa retención del alma humana alejada de lo suprasensible. En otras palabras, surgió el jesuitismo. Su principio interno consiste en hacer todo lo posible en el desarrollo de la humanidad para mantener al ser humano alejado de la conexión con lo suprasensible, de la conexión real con lo suprasensible. Por supuesto, esta separación se logrará aún más si, precisamente desde el lado jesuita, se presenta lo suprasensible de manera estrictamente dogmática como algo que el conocimiento humano no puede alcanzar. Pero, por otro lado, el proceder jesuita cuenta muy bien con ello y no quiere otra afinidad interna que la que existe entre la ciencia moderna y el americanismo, entre la ciencia moderna y el jesuitismo. En esto radica la grandeza del jesuitismo: impulsar profundamente la ciencia física. Los jesuitas son grandes mentes en el campo de la ciencia física y sensorial, pues el jesuitismo cuenta con esta inclinación elemental de la naturaleza humana, —que debe ser superada dirigiendo la naturaleza humana hacia el mundo espiritual—: el temor a lo espiritual. Y cuenta con que este miedo se puede socializar diciéndole al ser humano, en cierto modo: «No puedes ni debes acercarte a lo espiritual; nosotros administramos lo espiritual, nosotros te lo acercamos de la manera correcta».

Estas dos corrientes, —el americanismo y el jesuitismo—, interactúan entre sí en cierto modo; pero no hay que tomárselo a la ligera, sino que hay que buscar en todo ello los impulsos más profundos que actúan en el desarrollo de la humanidad. Quien busque las fuerzas que han provocado la catástrofe actual, encontrará una curiosa colaboración entre el americanismo, en el sentido aquí entendido, y el jesuitismo. Si se observa todo esto en su conjunto, se ve cómo, por un lado, la herencia de épocas anteriores actúa en nuestra vida cultural y, por otro, cómo se añade lo nuevo. Al denominar esto como lo Luciférico por un lado y lo Ahrimánico por otro, se designa precisamente lo contrario de lo que debe infundirse en el desarrollo de la humanidad como verdadera vida espiritual para su salvación. Quien se acerque con profunda empatía a una figura como Bernardo de Claraval, que en cierto modo se inclina hacia un lado, cuenta con lo siguiente: el conocimiento humano solo se dirige hacia lo físico-sensorial, por lo que orientamos el alma hacia lo espiritual-divino con fervor, en una experiencia elemental. De este modo, algo entusiasta entra en esta naturaleza. Se podría decir: lo que vive por un lado, lo espiritual en las almas humanas, vive por otro lado también en nuestro tiempo, pero por el lado oscuro, por el lado tenebroso. El siglo XII tuvo a su Bernardo de Claraval, y nuestro siglo tiene figuras como Lenin y Trotski. Así como allí actuaba la inclinación hacia lo suprasensible, en estas figuras vive el odio hacia lo suprasensible, aunque se exprese con otras palabras, con otros contenidos. Esa es la oscura cara opuesta de aquellos tiempos: allí, la infusión del alma humana en lo divino; aquí, la infusión del ser humano en lo animal, que es lo único que debe mantener una estructura social.

Sin embargo, estas cosas solo se entienden si se tiene muy claro algo que, sin embargo, está bastante lejos de la comprensión del presente. Nuestro presente cree en las teorías, porque cree en el contenido de lo que son las ideas y los programas. He hablado de ello en numerosas ocasiones. Pero lo importante nunca es el contenido de las teorías y los programas, sino su eficacia. El marxista moderno habría hablado antes de esta guerra mundial, a finales del siglo XIX y principios del XX, de forma natural: así enseñan Marx, así enseñan Engels, así enseña Lassalle; eso es todo lo que hay que aspirar. Porque sabe que hay que aspirar a ello por el bien de la humanidad, etcétera. Se tomaba el contenido de los programas y las ideas. Pero en realidad eso nunca importa, porque las ideas nunca se llevan a cabo en la vida según su contenido, sino por fuerzas que están en ellas, independientemente de su contenido. Y solo conoce la realidad quien sabe que las ideas a menudo tienen tan poco que ver con la realidad que surgen al margen de lo que las ideas tienen como contenido.  Se puede diseñar un programa muy bonito, se puede fundamentar muy bien científicamente, y luego se puede arder en pasión por él, como hicieron los marxistas con el suyo. Pero eso no es lo importante; en una época tan poco espiritual como la nuestra, eso es jugar con fuego. La gente cree entonces que está trabajando por el contenido de las ideas. Pero quien sabe cómo funciona la vida, también sabe que los efectos son muy diferentes. Las ideas se convierten incluso en monstruosidades en la vida cultural si no son aceptadas por la comprensión espiritual. Pero las ideas del marxismo no pueden ser aceptadas por la comprensión espiritual, ya que quieren expulsar el espíritu. Por muy bonitas que sean, tienen que convertirse en monstruosidades. Solo si se deja de lado la idea y por la mañana no se pregunta: «¿Por qué ha amanecido por lo que ha sucedido en la Tierra?», sino que se dice: «Ha amanecido porque brilla el sol», es decir, si se sale de la Tierra, se puede explicar por qué ha amanecido. Por eso, para poder explicarse lo que ocurre hoy, hay que ir desde lo que ocurre en el presente inmediato hasta lo que ocurrió en un pasado lejano. No se puede entender el bolchevismo si no se sabe cómo surgió como consecuencia del octavo concilio ecuménico del año 869. No lo entenderán si no lo comprenden como un producto del atrofiamiento de las fuerzas espirituales para el mundo suprasensible. Esa es la conexión interna que hay que tener si realmente se quiere comprender lo que ocurre en el mundo exterior para poder enfrentarse a ello. Para quien comprende las conexiones de la historia, lo más terrible es ver movimientos que pretenden reformar el mundo y que solo tienen en cuenta el contenido de las ideas, sin tener en cuenta la eficacia de las ideas, independientemente de que su contenido sea bello o feo. Nace un niño. Es un niño hermoso. La madre puede estar encantada con él. Las madres a veces incluso se sienten encantadas cuando los niños no son hermosos. Se convierte en un inútil, en un malhechor, tal vez en un criminal. ¿No es cierto, entonces, que el niño era hermoso? ¿No se tiene derecho a llamarlo hermoso? ¿Contrasta esta belleza con el hecho de que en la vida suceden cosas que uno no había imaginado? En ciertos círculos de personas viven ideas que admiraban y con las que querían reformar el mundo. ¡Estas ideas se convirtieron en monstruosidades! Porque las ideas son en sí mismas algo muerto; primero deben cobrar vida al incorporarse a la vida espiritual viva.

Quien lea los escritos socialistas modernos, si hace caso omiso de ciertas diferencias, encontrará una gran similitud entre ellos y, —aunque se exprese de otra manera y se hable de otros ámbitos—, entre los escritos de aquellos que escriben desde el principio eclesiástico del catolicismo. Por ejemplo, recientemente les he leído un extracto de un folleto. Tomen las formas de pensamiento de este folleto, el tipo de pensamiento; comparen lo que allí se expresa con las tendencias culturales o inculturales furiosas que se inclinan gradualmente hacia el bolchevismo; compárenlo con lo que es el comienzo, digamos, de un escrito de Kautsky o de un escrito de Lenin: encontrarán los mismos pensamientos. Uno es un producto del desarrollo del otro. En ningún otro lugar uno se siente más «católico» que cuando lee ciertos escritos socialistas dogmáticos. Solo que lo que en el catolicismo está prohibido, es decir, filosofar sobre ciertas cosas, se ha convertido en una pasión, en un principio: explicar toda la ciencia únicamente desde la burguesía y todo el desarrollo intelectual únicamente desde la lucha de clases. Este principio es efecto del principio católico. El bolchevismo, tal y como ha surgido, tal vez tenga una existencia breve; pero la humanidad tendrá que lidiar durante mucho tiempo con lo que hay detrás de él, y para quien conoce los contextos, no es de extrañar que el bolchevismo haya mostrado sus primeros amaneceres en el lugar donde este pensamiento humano, tal y como se desarrolla de forma animal, ha vivido bajo el manto del ministro de culto de la religión ortodoxa, de modo que una corriente estaba completamente separada de la otra.

 Hay que comprender todas estas cosas para tomar conciencia de la necesidad de acercarse a la vida espiritual de la manera correcta. Hoy en día, no tiene sentido hablar de forma mística. Hoy en día es necesario utilizar el conocimiento espiritual para mirar dentro de la realidad y descubrir las conexiones que existen, porque solo a partir del conocimiento de las conexiones puede surgir una intervención correcta en los acontecimientos mundiales, y no a partir de las herencias, ni del miedo, ni de lo nuevo elemental que he descrito, que solo puede conducir al caos. En el socialismo de naturaleza animal se puede ver una manifestación de lo que se formó en el cuarto período postatlante. Hay algo luciférico en ello: el pecado original luciférico está ahí. Pero lo que está sucediendo ahora es como el castigo por ese pecado original, es el castigo en el sentido de que aquellas capacidades que se ordenó no aplicar a lo suprasensible se han vuelto realmente incapaces de aplicarse a lo suprasensible y sienten odio y repugnancia por lo suprasensible. Ya no se trata solo de odio y pecado original, sino del castigo por alejarse de lo suprasensible. Esto se aplica a muchas cosas que están sucediendo ahora.

En diferentes matices, dije, se vive lo que atraviesa como impulsos el desarrollo de la humanidad. Solo comprendiendo estos matices se puede entender hoy lo que está sucediendo. 

Los pueblos de la península italiana y española se han visto afectados por la expansión del cristianismo, al igual que los pueblos de la actual Francia y los pueblos de las actuales islas británicas. Ya sabemos algo de lo que se extendió allí. Sabemos que en la península española y en la italiana se conservó principalmente el alma sensible, en las regiones francesas el alma racional o emocional, en las regiones británicas el alma consciente, aquí, en Europa Central, el yo, y en Europa del Este se puede considerar de manera similar una cultura del yo espiritual, que, sin embargo, solo podrá surtir efecto en el futuro y que ahora solo tiene gérmenes completamente ocultos. ¡Ojalá se pudiera contemplar alguna vez esta Europa occidental para comprenderla tal y como la ciencia espiritual puede descifrarla! Los caracteres, por ejemplo, de la zona italiana —no como caracteres de personas individuales, que naturalmente superan en todas partes lo popular—, estos caracteres se desarrollan de manera diferente a los de la humanidad francesa o británica.  La humanidad británica es tal que lo popular tiene su conexión con el alma consciente. Desde ciertos puntos de vista, ya lo he descrito hace tiempo. Sin embargo, al vivir en el alma consciente, el ser humano es empujado directamente al plano físico, no tan fuertemente en las islas británicas como en América, pero aún así es empujado al plano físico. La consecuencia es que el ser humano, al que el desarrollo eclesiástico había separado primero de lo suprasensible, ahora vuelve a reunirse con lo cósmico. Pero solo se reúne con lo cósmico exterior cuando se trata del alma consciente. La consecuencia de ello es que, en realidad, el ser humano británico, como británico, solo crece junto con el cosmos a través de principios económicos. El pensamiento británico es esencialmente económico, el pensamiento en categorías económicas. Quien reconoce la conexión interna del alma consciente con el mundo físico, lo entiende como una necesidad; también comprende como una necesidad que el carácter del pueblo francés, —no el del francés individual—, que se acerca al alma racional o emocional, desarrolle preferentemente el pensar político, el sentir político, y que los italianos y los españoles desarrollen de manera similar lo animal, porque allí el alma sensible es directamente afectada por el pueblo. Solo puedo esbozar esto, pero expresa lo que vive en los propios caracteres de los pueblos.

Si observamos la esencia alemana, inmersa en una evolución tan trágica, vemos que el elemento del pueblo se apodera del yo. Toda la historia alemana se aclara cuando se contempla este hecho, que se revela desde el mundo suprasensible. Este yo del ser humano es lo que menos se ha desarrollado exteriormente en la actualidad, lo que ha permanecido más espiritual. Por eso, al estar conectado con el mundo espiritual a través del yo, el alemán está vinculado a él de la forma más espiritual. No puede conectarse con el cosmos de manera económica, política y animal por su propia naturaleza. Solo puede conectarse con lo cósmico tal y como se revela en la vida espiritual, en la vida anímica de las individualidades, —el yo siempre vive en las individualidades—, y luego se derrama sobre el pueblo.  La evolución alemana se expresa de manera más característica en lo que se manifiesta como sustancialidad en el goetheanismo, el herderianismo y el lessingianismo, algo que se sitúa un nivel por encima de lo físico-sensorial. De ahí también una cierta extrañeza hacia lo físico-sensorial, una sensación de que lo sustancial no encaja del todo cuando se trata únicamente de lo físico-sensorial, y de ahí que en las últimas décadas se haya derramado tanto americanismo y, por otro lado, tanto de lo que no quiero describir con más detalle, sobre Alemania, alejándola de la influencia original del pueblo.

De una manera aún más elevada, el este de Europa estará relacionado con lo espiritual como pueblo y desarrollará una cultura aún más elevada en relación con lo espiritual, una reacción contraria a lo que se está formando ahora mismo por las razones indicadas. Pero eso es cosa del futuro, aún no existe hoy en día, todavía está encerrado en lo animal, del que primero tiene que desarrollarse.

Al igual que en la herencia legítima de lo antiguo, los países occidentales de Europa están vinculados al cuarto período postatlante. Algo más nuevo, pero opuesto al americanismo, ya se encuentra en la esencia alemana: una cierta relación con el mundo espiritual, que se busca dentro de lo espiritual mismo. El alemán, cuando sigue su naturaleza más auténtica, no teme lo espiritual, sino que siente esa inclinación hacia lo espiritual que encontramos, por ejemplo, en el goetheanismo, aunque en un nivel superior.

Cuando se dicen cosas así, hay que expresarlas de forma radical. Pero ustedes saben que no es por chovinismo, sino por el conocimiento adquirido, por lo que se mencionan aquí estas cosas. Realmente no se dice para complacer a nadie hoy. La última vez vieron que yo también entiendo lo que es no hablar para complacer. Pero hay que decir una cosa: dentro de lo que en Europa Central se olvida a menudo, pero que es sin embargo la esencia alemana, existe una relación entre el espíritu humano y el mundo suprasensible que debe desarrollarse y que es totalmente opuesta a todo lo demás que se muestra hoy en día en la Tierra. Oh, si reconociéramos esto, si las últimas décadas no hubieran traído, lamentablemente, el americanismo y el rusismo en este ámbito, la actividad científica en Europa Central se habría desarrollado de otra manera. Ustedes saben, por mis otras exposiciones, en qué ciencia espiritual podría haberse convertido el goetheanismo. Pero el goetheanismo siguió siendo una corriente del más allá. ¿Ha sido realmente comprendido? Hasta ahora no. Pero él es la verdadera esencia alemana en todo lo que le subyace. Esta esencia, como pueden ver en la descripción de hoy, es ajena a los demás. Los demás están muy, muy mezclados con las herencias y con lo nuevo. Solo en esta Europa Central se ha desarrollado algo que, en mayor o menor medida, se ha separado de las herencias y de lo nuevo.

El goetheanismo permanece ajeno a la ciencia materialista, —por supuesto, se elogia a Goethe, pero, como he dicho, se nombra presidente de la Sociedad Goethe al antiguo ministro de Finanzas Kreuzwendedich—, lo cual se puede ver en muchas cosas. Precisamente lo que existe en este elemento interno propio de la germanidad se percibirá en otros ámbitos como una acusación constante, pues la mejor manera de defenderse de aquello que por su naturaleza no se puede reconocer es difamarlo. Hay que mirarlo sin reservas. Lo que existe como una acusación viva, lo mejor es presentarlo como una criminalidad.De este modo, uno se salva subjetivamente del hecho de que existe como una acusación. Con ello se toca un hecho psicológico importante. La difamación seguirá y seguirá, pero tendrá sus razones en que resulta incómodo que exista esta extraña posición del yo frente a lo espiritual. Pero es necesario ver con claridad en estos ámbitos, no huir de la claridad, como se hace. Si no tuviéramos tanto filisteísmo, tanto americanismo en nosotros, comprenderíamos que se trata de dos polos opuestos: el goetheanismo alemán y el americanismo, y sabríamos entonces que solo podemos comportarnos de manera adecuada con respecto a las corrientes actuales si las observamos sin prejuicios. En realidad, deberíamos deshacernos de cualquier tipo de chovinismo y centrarnos únicamente en lo objetivo.

Pero precisamente entonces dejaríamos de idealizar el americanismo, al que nos hemos entregado suficientemente, y precisamente porque el miedo a lo espiritual es el elemento característico del americanismo, comprenderíamos que, en los catastróficos acontecimientos actuales, el elemento americano actuará cada vez más como el mal radical real. Son los miopes los que dicen otra cosa sobre las cosas, porque no juzgan a partir de los contextos. Todo lo que se deriva de la situación política de los franceses, todo lo que se deriva de la rigidez puramente económica que es natural en los británicos, todo lo que se deriva del furor animal, ese «egoísmo sagrado», del pueblo italiano, es, en vista de los grandes acontecimientos que están teniendo lugar, una nimiedad en comparación con el elemento verdaderamente maligno que surge del americanismo. Porque hay tres corrientes que, por su afinidad interna, tienen un efecto destructivo para el desarrollo de la humanidad. Al haber asimilado «de diversas maneras las herencias y lo nuevo», como he intentado esbozar hoy, se han convertido en destructivos. Este elemento destructivo se encuentra principalmente en tres corrientes: en primer lugar, en todo lo que se denomina americanismo, ya que tiende cada vez más a fomentar el miedo al espíritu, a convertir el mundo en una mera oportunidad para poder vivir físicamente en él. Es muy diferente cuando la britanicidad quiere convertir el mundo en una especie de casa comercial. El americanismo quiere convertirlo en una vivienda física equipada con todas las comodidades posibles, en la que se pueda vivir cómodamente y con riqueza. Y poder vivir cómodamente y con riqueza en el mundo es el elemento político del americanismo. Quien no se da cuenta de esto, no ve las cosas, sino que quiere adormecerse a sí mismo. Sin embargo, bajo la influencia de esta corriente, la conexión del ser humano con el mundo espiritual debe morir. En estas fuerzas americanas radica lo que esencialmente llevará a la Tierra a su fin, lo destructivo que finalmente causará la muerte de la Tierra, porque se pretende alejar al espíritu de ella. Lo segundo destructivo no es solo el catolicismo, sino todo el jesuitismo, ya que este está esencialmente relacionado con el americanismo. Si el americanismo es el cultivo de la corriente estadounidense, que quiere inculcar el miedo al espíritu, el jesuitismo busca despertar la fe: no tocar el espíritu, al que no podemos acercarnos, y dejar que los bienes espirituales sean administrados por aquellos que han sido llamados a ello por el magisterio de la Iglesia católica. Y esta corriente quiere atrofiar las fuerzas de la naturaleza humana que tienden hacia lo sobrenatural. Y lo tercero es lo que hoy se manifiesta de forma tan terrible en algunos síntomas en Oriente, pero que tiene su origen en el socialismo que socializa puramente lo animal; es lo que, —sin pretender dogmatizar con esta palabra—, se denomina bolchevismo, algo que la humanidad no superará fácilmente.

Estos son los tres elementos destructivos del desarrollo humano moderno. Solo desde el terreno de las ciencias espirituales es posible enfrentarse a ellos con conocimiento, para poder afrontar de manera adecuada los acontecimientos del presente. Hoy, dentro de ocho días, me gustaría hablar sobre ello.

Traducido por J.Luelmo nov, 2025