CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA315 Dornach, 17 de abril de 1921 - El aspecto fisiológico de la euritmia, orientado en un primer momento hacia lo espiritual

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Euritmia curativa
RUDOLF STEINER

 El aspecto fisiológico de la euritmia, orientado en un primer momento hacia lo espiritual

Dornach, 17 de abril de 1921


6ª conferencia, 

Queridos amigos, —puesto que habría infinidad de cosas que decir sobre las relaciones entre la higiene terapéutica y la euritmia—, hoy vamos a considerar, digamos, lo fisiológico orientado en primer lugar hacia lo espiritual, que se nos revela cuando nos fijamos en el ejercicio eurítmico. Por supuesto en la euritmia artística en este sentido, lo que se puede observar se nos presenta con mayor intensidad cuando pasamos de la euritmia artística a lo que hemos conocido estos días como una especie de euritmia intensificada. Pero, desde un punto de vista puramente artístico, lo esencial de lo que se trata ya puede observarse en la ejecución de una euritmia, y entonces, en cierto modo, puede buscarse la fisiología que lo explica. Ahora bien, para hacerlo, vamos a exponer lo siguiente.

Quizá la señora Baumann tenga la amabilidad de recitar, alternando vocales y consonantes, el poema que usted (la doctora Steiner) tal vez recite: «Sobre todas las cimas reina la paz».

Ahora aclaremos qué es lo que realmente está sucediendo; pero hagámoslo con toda precisión. ¿Qué está sucediendo? Se está recitando un poema. Así pues, quien ejercita la euritmia, —que es quien nos interesa fisiológicamente en este momento—, cuando ejercita la euritmia está escuchando, está prestando atención. Eso es lo primero que hay que tener en cuenta: está escuchando. Es decir, no habla él mismo, sino que escucha. Eso es lo esencial. Y escucha algo que, en esencia, es la palabra llena de sentido, el contexto de palabras lleno de sentido. Es decir, escucha algo en lo que vive la actividad del pensar y la actividad del imaginar. Así pues, lo que percibe externamente es la actividad del imaginar, revestida del contexto de los sonidos. ¿Acaso no es eso lo que el ser humano hace a menudo en su vida cotidiana despierta? ¿Qué ocurre realmente cuando el ser humano hace esto en su vida cotidiana despierta? Si ustedes reflexionan sobre el proceso desde un punto de vista psicológico-fisiológico, se darán cuenta fácilmente de que, al escuchar, se produce un ligero y parcial adormecimiento. Mi yo y mi cuerpo astral se deslizan hacia aquello que absorben; se sumergen en aquello que absorben. Así pues, el ser humano, en cierto modo, sale silenciosamente de sí mismo al escuchar. Al escuchar, cae en un estado que se asemeja al dormir y, a la vez, no se asemeja a él. Se asemeja al dormir en que su yo y su cuerpo astral salen silenciosamente de él. No se asemeja al dormir porque ese «yo» y ese cuerpo astral siguen siendo receptivos, siguen percibiendo y siguen siendo conscientes. Por lo tanto, lo que allí tiene lugar es extraordinariamente similar al acto de imaginar. Es un imaginar suave y consciente, un imaginar consciente que aún está muy profundamente reprimido en el subconsciente. Ese es el proceso.

Pues bien, ante cada proceso de este tipo se produce una reacción del propio ser humano; esta reacción del propio ser humano también ha de ser tenida en cuenta. Así pues, observemos ahora lo que ocurre en una persona que no está recitando. ¿Qué hace esa persona cuando escucha? Pone en movimiento su cuerpo etérico. El cuerpo etérico reacciona. De hecho, el cuerpo etérico adopta esos mismos movimientos que realiza, pero de forma mucho más débil cuando el ser humano duerme y deja su cuerpo etérico dentro del cuerpo físico. Cuando el ser humano duerme y deja atrás su cuerpo etérico y su cuerpo físico, este cuerpo etérico es, en esencia, mucho más activo que cuando el ser humano está despierto. Ahora bien, durante este dormir aturdido que tiene lugar al escuchar, los movimientos del cuerpo etérico se activan con mayor intensidad. Se pueden observar estos movimientos del cuerpo etérico. Así pues, en la persona que escucha tenemos a alguien que muestra de forma intensificada aquellos movimientos que, de otro modo, el ser humano muestra atenuados cuando duerme. Así pues, en una persona que está escuchando, también se pueden estudiar los movimientos etéricos del ser humano durante ese dormir  y ello precisamente porque se nos muestran de forma directa. No es necesario estudiar al ser humano mientras duerme; se pueden estudiar los movimientos etéricos del ser humano cuando está escuchando, y precisamente allí se observan los movimientos etéricos del cuerpo etérico, que son más intensos que durante el dormir. Estos movimientos se estudian y luego se hacen que el cuerpo físico los ejecute; es decir, se deja que el cuerpo físico se sumerja en todos los movimientos etéricos que se han estudiado de la manera que acabamos de indicar. De modo que, en la euritmia, se lleva a cabo lo que el ser humano realiza continuamente con su cuerpo etérico en el acto de escuchar. Ya ven lo que ocurre en realidad.

Pues bien, una vez que se ha observado lo que realmente ocurre allí, también se comprenderá cuál es el efecto. El efecto es que se introduce en la conciencia, —precisamente a través del movimiento físico—, aquello que, por otra parte transcurre de forma inconsciente. De este modo, se estimulan, de nuevo a través del cuerpo físico, el cuerpo astral y el «yo», y se consigue que se fortalezcan. Pero, ¿qué ocurre con ello? Cuando el cuerpo astral y el «yo» se fortalecen de esta manera, su actividad se asemeja a la que actúa, en el contexto natural, en el niño y en el ser humano que aún está creciendo. Así pues, se sirve de las fuerzas de crecimiento del ser humano. Se trabaja directamente sobre las fuerzas de crecimiento del ser humano. Si el ser humano es aún un niño y corre el riesgo de quedarse rezagado en su crecimiento, se estimula así su crecimiento. Si el ser humano ya no es un niño, si las fuerzas de crecimiento ya han disminuido o si se encuentra incluso en la segunda mitad de su vida, entonces se recurre a las fuerzas de la juventud, a las fuerzas rejuvenecedoras que hay en él, las cuales, sin embargo, dado que el organismo humano ya ha alcanzado su pleno desarrollo, no pueden contribuir a su crecimiento. Podemos favorecer el crecimiento de un niño si le hacemos practicar euritmia, [o] mitigar su crecimiento anómalo. En una persona adulta, el organismo interno opone una resistencia demasiado grande como para que podamos hacer que siga creciendo. Sin embargo, le aportamos estas fuerzas de crecimiento. La consecuencia es que chocan contra la resistencia del organismo y, al hacerlo, se metamorfosean; es decir, en este estado metamorfoseado estimulan la fuerza plástica de los órganos internos. Actúan estimulando la fuerza plástica de los órganos internos, y estos aprenden así a respirar mejor y a digerir mejor. Así pues, se estimulan en relación con toda la actividad necesaria del organismo humano. Cuando se practica la euritmia artística, naturalmente no debe considerarse al mismo tiempo como euritmia terapéutica, aunque, en el momento en que la persona comienza a presentar alguna anomalía, también tendrá un efecto curativo. Pero ya hemos analizado los ejemplos en los que, al potenciar la euritmia habitual, hemos visto cómo, naturalmente, también debe potenciarse aquello que surge como reacción, y ahora podemos hacernos una idea de cómo actúa esta euritmia en la estructura del organismo.

Se puede comprender que la práctica habitual de la euritmia estimule, en primer lugar, la plasticidad de los órganos, la fuerza plástica de los órganos; que el ser humano se convierta en un mejor respirador en su interior; que, en lo que respecta a la digestión interna, se convierta, —si se me permite expresarlo así—, en un ser humano mejor. Se convierte en una persona capaz de integrar mejor todo su organismo en su voluntad. Se convierte en una persona más hábil interiormente. Y, en realidad, todo el arte consiste en hacer que el ser interior sea ágil, plástico y hábil. Esto ya se puede apreciar, por ejemplo, cuando se trabaja en escultura. En realidad, no se puede trabajar en escultura de forma adecuada si no se es capaz de trasladarse, en la propia experiencia interior, digamos, a la figura que se está esculpiendo; si no se pueden dar vida en uno mismo a esas fuerzas que conforman esa figura y que desean expresarse en ella. Pero si además se considera el propio organismo humano como una herramienta y se hace lo correspondiente en el interior, entonces lo que ocurre en el arte exterior se da en un grado aún mayor, pues entonces no se puede hacer otra cosa que provocar en el interior lo que corresponde al movimiento exterior.

Ahora, si es tan amable, queremos que repita el poema, pero de tal manera que realice la euritmia únicamente a nivel vocálico, es decir, acentuando solo las vocales. (La Dra. Steiner recita, la señorita Wolfram lleva a cabo la euritmia.)

Aquí se concreta lo que acabo de decir sobre la fisiología de la euritmia. Así pues, cuando se realiza la euritmia de forma puramente vocálica, no hemos expresado en el sentido pleno aquello que acabo de caracterizar. Lo que acabo de caracterizar es válido en el caso de que se hable y, al mismo tiempo, se realicen movimientos alternativos de consonantización y vocalización. Para lo que acabamos de realizar, lo que he dicho no es del todo correcto, sino que debemos concretarlo nosotros mismos. 

Porque aquí se realizan movimientos muy concretos y diferenciados, que resultan ser, precisamente, aquellos movimientos del cuerpo etérico que se refieren preferentemente a todo aquello que se encuentra en el propio sistema rítmico. Así pues, nos centramos en aquel sistema que, como sistema etérico, interviene especialmente al hablar. Centrémonos en él. Cuando el ser humano escucha las vocales, —por supuesto, este aspecto tan específico solo se da en la euritmia, pero precisamente por eso debe destacarse, ya que resulta especialmente importante para la terapia—; cuando el ser humano escucha las vocales, es decir, si solo se le recitara una sucesión de vocales, o si simplemente se le hiciera realizar esos movimientos —, entonces, en cierto modo, escucha de forma eurítmica esos movimientos, que son formas de expresión de la vocalización—, entonces, por lo general, en la persona que escucha la vocalización se activan, de la manera descrita anteriormente, aquellos movimientos del cuerpo etérico que corresponden al sistema rítmico. Y ahora se hace que la persona que practica la euritmia realice a su vez esos movimientos, mediante los cuales se sumerge con su cuerpo físico en ellos, movimientos que, de otro modo, se producen a través del cuerpo etérico al escuchar los sonidos vocálicos. Esa es, pues, la especialización de la cuestión. De este modo, sin embargo, se estimulan especialmente los órganos relacionados con la respiración y la digestión interna, que son los órganos del sistema rítmico. Se fortalecen aquellos en los que se dirige el estímulo a las fuerzas de crecimiento, en el caso del niño que aún está creciendo, o en el caso del adulto, a las fuerzas plásticas, que encuentran su resistencia precisamente en el organismo.

Esto les introduce en la fisiología propia de la euritmia vocal. Por lo tanto, si aplican ustedes con fines terapéuticos aquello que proviene de la vocalización en la euritmia, ésta actuará de manera muy especial sobre los órganos rítmicos, (respiración, digestión, etc).

Ahora me gustaría pedirle a la señora Baumann, que interprete de nuevo el mismo poema utilizando solo consonantes. Con solo verlo, notarán inmediatamente la diferencia radical que existe entre la interpretación con consonantes y la vocalización. Esta diferencia es, sin duda, radical. Y si queremos estudiar lo que acabamos de ver, debemos tener claro cómo se da la situación en la escucha habitual, es decir, cuando solo escuchamos consonantes. Aunque esto no suele ser el caso entre las personas cultas, en las tribus menos civilizadas sí ocurre que tienen que escuchar muchas consonantes. Y es que, en las tribus menos civilizadas, la lengua tiene [un] conjunto de consonantes mucho más rico y existe una transición marcada de una consonante a otra, sin que la vocal intermedia la interrumpa. Esto se puede observar incluso aquí, en Europa. Fíjense en las palabras escritas en checo y verán cómo hay combinaciones de consonantes. Ahora bien, por supuesto, cuando se pronuncian, la vocal ya resuena en esas combinaciones de consonantes, pero solo las impregna como una corriente continua, apenas matizada. Y si escuchan el checo, no podrán evitar decirse: esta percepción de lo consonántico es muy diferente a la que se tiene al escuchar una lengua que se caracteriza por una vocalización extraordinariamente marcada.

Así pues, se trata de un proceso completamente diferente, y la mejor forma de caracterizarlo es la siguiente: este proceso, que es un proceso de escucha habitual, consiste en una fuerte evocación de aquellos movimientos del cuerpo etérico que, en otras circunstancias, se llevarían a cabo durante los movimientos físicos. Estos se ven refrenados. De modo que, al escuchar las consonantes, el ser humano vive en una cierta tensión. En realidad, de forma inconsciente, al escuchar las consonantes, querría imitar o reproducir físicamente esos movimientos de forma externa, pero se contiene. Esa tensión está presente. Se trata, en esencia, de un estado de calma, pero un estado de calma provocado artificialmente, generado por la propia fuerza del yo, frente a los movimientos que, en realidad, quieren llevarse a cabo. Es, por tanto, una «voluntad» fortalecida en sí misma que sale a la luz al escuchar las consonantes. Por eso también descubrirán que escuchar las consonantes fortalece extraordinariamente el interior y da fuerza. Y, si se tiene buen ojo para ello, ya se puede estudiar cómo se manifiestan en su interior pueblos como, por ejemplo, el pueblo checo, cómo se manifiesta allí el ser humano en su interior, con esas fuerzas de tensión, con esas fuerzas agresivas, si se sabe que eso se ha formado a partir de la consonancia del lenguaje, esa continua contención de aquello que, en realidad, quiere convertirse en movimiento físico.

Ahora bien, se trata de nuevo de una salida del ser humano, de un pasar al estado dormido, y esta salida del ser humano, este pasar al estado dormido, es extraordinariamente interesante. Fíjense, observen por un momento de forma esquemática al ser humano compuesto de: cabeza, sistema rítmico, extremidades y sistema metabólico.

El sistema metabólico de las extremidades es el que se implica preferentemente en la escucha de las consonantes. El ser humano quiere mover sus extremidades, quiere pasar al movimiento, solo que el movimiento se encuentra en tensión. En cierto modo, entra en un dormir que, en realidad, no se lleva a cabo, ya que tanto el «yo» como el cuerpo astral permanecen, al igual que en el dormir habitual, dentro del organismo. Ahora se busca incluso inducir una especie de adormecimiento artificial para el sistema metabólico de las extremidades en este caso. Pero entonces se nota una fuerte reacción, esa fuerte reacción que se produce cuando, por así decirlo, uno se duerme con su ser metabólico de las extremidades. Esta reacción consiste en que uno sueña. Pero, por otra parte, la conciencia no está preparada para soñar. En cierto modo, surgen en el ser humano unos sueños que lo rodean (naranja).

Esto influye en la astralidad exterior y en el éter exterior. Las personas que prestan atención a lo consonántico provocan en su entorno un refuerzo del aura, y este refuerzo del aura se manifiesta a su vez de forma polar, de modo que aquello que permanece en el subconsciente rodea el organismo cerebral (violeta) como contenido polar, como factor de voluntad y sentimiento, y se introduce en él.

Por lo tanto, en aquellas personas que están acostumbradas a la consonancia, se puede observar un refuerzo de su obstinación, un refuerzo de su voluntad propia. Son sueños transformados en voluntad los que recorren el organismo cerebral, sueños transformados en voluntad.

¿Qué son, en realidad, desde un punto de vista fisiológico, los «sueños transformados en voluntad»? Si se considera el cuerpo etérico-físico—que en esencia es aquello que ahora actúa de forma plástica en la organización de la cabeza—. Así pues, lo que predomina es la acción plástica sobre el organismo cefálico, y de este modo se podrá estimular aquella parte de organismo cefálico que, en cierto sentido, se ha quedado rezagada respecto a sí misma. Si, por tanto, se trata de una persona con una sensibilidad débil, si se trata de alguien en quien, por lo demás, se puede constatar, —físicamente—, que su organismo cefálico no está en orden, que practique euritmia consonántica, con lo que se interviene en aquella fuerza que, de otro modo, actúa como una voluntad onírica en el resto del organismo metabólico de las extremidades, estimulándolo y manteniéndolo activo. Se consigue que la mente de la persona con discapacidad intelectual y de quien, por lo demás, presenta un retraso en el organismo cefálico, se vuelva más activa. De modo que se puede utilizar este tipo de euritmia para provocar fuerzas curativas en relación con el organismo cefálico. En particular, si se lleva a cabo de forma intensificada lo que hemos oído estos últimos días como «reforzo», como metamorfosis intensificada de las consonantes en la euritmia.

Cuando se quiere abordar la fisiología de la euritmia, es natural que haya que fijarse en el ser humano en movimiento, activo; es decir, que, en cierto sentido, haya que dedicarse realmente a la fisiología. Porque con la fisiología convencional no se practica realmente fisiología, sino que, en el fondo, incluso cuando se realizan los experimentos con seres vivos, se parte de lo mecánico, o bien se parte totalmente del cadáver y luego se extraen conclusiones sobre lo que es realmente fisiológico. Así pues, se tiene algo que se ha deducido. Lo que se ha deducido de otro modo hay que deducirlo de la actividad del ser humano si se quiere aplicarlo a la fisiología de estos procesos, y se podrá ver que de tal estudio puede surgir, a su vez, una revitalización de toda la fisiología. Porque piensen solo en lo siguiente: ¿Qué es, en realidad, la actividad digestiva, considerada ahora en el ser humano vivo? Es una actividad metabólica que tiende hacia lo rítmico y se desarrolla según ese ritmo. La actividad digestiva es un metabolismo que, en cierto modo, es captado por el ritmo de los órganos circulatorios. De hecho, se desarrolla continuamente un proceso que es una combinación de la actividad metabólica en el líquido tisular. Y lo que tiene lugar como actividad metabólica en el líquido tisular, al «impulsarlo» el ritmo, queda arrastrado y llevado por ese mismo ritmo de los órganos circulatorios, y la actividad más caótica, el caos que tiene lugar en las regiones del líquido tisular, se traslada al ritmo del sistema circulatorio. Y en algo así, donde el caos del líquido tisular se traslada a la actividad rítmica y regular del sistema circulatorio, es donde se manifiesta físicamente lo que constituye la actividad volitiva humana. La actividad volitiva, —que, a su vez, hay que distinguir ahora claramente de la acción exterior, aunque se derrame en esta acción exterior—, consiste en que tiene lugar una transición continua entre la actividad caótica del líquido tisular y la actividad rítmica y regular, así como armonizadora, del sistema circulatorio. Sin embargo, al producirse esto, el mundo interior del ser humano, —lo que se encuentra bajo la piel—, se armoniza con su ser exterior. El ser humano se integra, en cierto modo, en el ser del mundo exterior al separar su «ser propio» de él. Por lo tanto, al actuar eurítmicamente sobre esta actividad, tal y como hemos visto al trabajar con las consonantes, lo que hacemos es contrarrestar, de hecho, la tendencia del ser humano a volverse obstinado, a volverse egoísta, pero también, en un sentido orgánico, a volverse egoísta. Porque, ¿qué significa realmente que el ser humano se vuelva egoísta? —Verán, que el ser humano se vuelva egoísta significa, expresado en términos orgánicos: que los órganos pierdan su fuerza plástica y aumenten su fuerza de cristalización rígida. En cierto modo, ya no quieren ser plásticos, sino que quieren acercarse al estado de cristalización. A esto se contrarresta mediante la euritmia consonántica.

De este modo, se puede ver realmente en profundidad la organización humana. Los egoístas son, en realidad, siempre personas cuyo estómago, hígado y pulmones amenazan con adoptar una forma cónica. Quieren convertirse en cuñas, quieren pasar a lo cristalino, mientras que en las personas que son patológicamente altruistas, esos órganos se expanden. No tienen fuerza de cristalización, tienen fuerza plástica, se redondean. Eso también es, en realidad, un estado patológico. Siempre hay que tener en cuenta la oscilación del péndulo hacia un lado y hacia el otro.

Ahora fíjense en la actividad propiamente dicha, también espiritual, de la siguiente manera: cuando el ser humano piensa y, a partir del pensar, siente todo aquello que en la vida cotidiana se denomina actividad, y que [como] espiritual —pues, al fin y al cabo, la lleva a cabo la organización cerebral más física—, y precisamente por eso es la actividad espiritual sublimadora: lo individualizador, por un lado, y lo sentido de forma abstracta, por otro—; cuando el ser humano lleva a cabo esta actividad espiritual, ¿Qué ocurre entonces? Verán, entonces extrae de su organismo aquella fuerza que le permite proyectarse como parte del mundo exterior. También extrae de su organismo aquella fuerza que le induce de forma patológica a derramarse. Se convierte, por así decirlo, en un cristalizador cuando está en actividad espiritual. Ciertos pueblos, en particular, —creo—, los situados más al norte, han adquirido una fuerte conciencia instintiva respecto a estas cosas. Y aunque hoy por hoy aún no tienen tendencia a adaptar la euritmia a esa conciencia instintiva, recurren a lo que es más bien fisiológico desde el punto de vista externo, como la gimnasia sueca y demás, pero sí aprovechan la peculiar interacción que existe entre la actividad que los niños deben realizar cuando tienen que trabajar de forma científica en la escuela, —es decir, pensar y demás—, y la que estimula el movimiento, alternando ambas. También exigen que todo profesor sea, en realidad, un profesor de educación física; y, a su vez, exigen al profesor de educación física que esté al mismo nivel intelectual que el niño. Estas cuestiones deben tenerse muy en cuenta en una civilización avanzada y, si quisiera hacer un comentario que pudiera parecer mordaz, pero que en absoluto pretende serlo, y que solo tiene fines esclarecedores, podría decir: Para tener en cuenta estas cosas de forma instintiva, se necesita tiempo. —Esto debe llevarse a cabo, pues, entre pueblos que, por lo demás, participan menos en el proceso de civilización, que viven más para sí mismos, llevan una vida aislada, y que, por tanto, pueden desarrollar instintivamente, poco a poco, aquello que se refiere a ese ritmo de actividad intelectual y física; como, por ejemplo, los suecos y los noruegos, que llevan una especie de existencia aislada, y que, de hecho, pueden poner en práctica instintivamente esas ideas de manera especialmente buena. Otros pueblos, que dependen en mayor medida de llevar a cabo estas cosas de forma consciente, —pues, de lo contrario, se verían más inmersos en el proceso mundial general—, esos pueblos que, por ejemplo, se ven obligados a ocuparse, —como ha sido el caso últimamente—, de la guerra y demás, deben prestar aún más atención a estas cuestiones de forma consciente. Y aquellos que, en realidad, al encontrarse en medio del movimiento del mundo y tener que ponerse en el lugar de estas cosas, porque, en cierto modo, el mundo gira en torno a ellas, ya verán lo que dejan tras de sí si no se dedican conscientemente a estas cuestiones, a medida que se van volviendo decadentes poco a poco. Esto es algo que, en particular, Suiza debería tener muy presente.

Así pues, estas cuestiones también se relacionan, sin duda, con la consideración de la situación mundial en general, pues, al fin y al cabo, ¿no es cierto, queridos amigos?, la situación mundial en general surge de la acción de los seres humanos, y aún hoy en día surge mucho más de la acción inconsciente de los seres humanos que de la consciente. Pero tenemos la tarea de ir trasladando gradualmente la acción inconsciente de los seres humanos al ámbito de lo consciente.

Ahora bien, ¿cómo actúa esta actividad mental en el ser humano? Actúa despertando las fuerzas de cristalización. Por eso, en las personas con un «yo» débil, contribuye a reforzar el ego, haciéndolas más egoístas. Pero es necesario que estimulemos las fuerzas del egoísmo en aquellas personas que sufren un desgaste orgánico debido a su falta de egoísmo; estas fuerzas del egoísmo no son para el alma, sino para el organismo. También podemos estimularlas mediante medios externos, y será natural, por supuesto, que aconsejemos a esas personas, que se desvanecen orgánicamente, que consuman sustancias azucaradas. Pero a veces sienten precisamente cierta antipatía hacia ellas, lo que no hace sino poner de manifiesto aún más ese hecho.

Pero bueno, eso es precisamente lo que nos interesa mucho menos en este momento. Lo que nos interesa ahora, en este momento, es que, a través de la euritmia vocal, se llega a actuar de manera muy especial en esa dirección, y que, en cierta medida, mediante la euritmia vocal se puede llevar al ser humano hacia sí mismo, de forma orgánica.  Se pueden despertar aquellas fuerzas que le llevan de forma orgánica hacia sí mismo. Y eso puede resultar extraordinariamente necesario para ciertas personas, incluso, por ejemplo, para aquellas que están adormecidas. Pero también se verá que la alternancia entre ambas, la vocalización y la consonantización, tiene un efecto beneficioso, ya que se crea un ritmo vivo en la persona, tal y como debe ser entre la entrega al mundo y el recogimiento en uno mismo. 

Eso es precisamente lo que se provoca mediante la alternancia entre la euritmia consonántica y la vocal. Por supuesto, resulta especialmente necesario, cuando se quiere aplicar la euritmia con fines terapéuticos, que uno se apropie de esta —me atrevería a decir— comprensión fisiológico-psicológica de lo que realmente ocurre, de modo que sepa con certeza: Una persona que practica la euritmia consonántica tiende a generar a su alrededor una especie de aura que, a su vez, repercute sobre ella y la saca de la fusión insustancial con el mundo. En el caso de la persona a la que se le hace practicar la euritmia vocal, lo que ocurre es que, en cierto sentido, su propio aura se contrae —algo que, por otra parte, siempre ocurre también durante la actividad intelectual—, de modo que su propia aura se contrae, se condensa en su interior y, de este modo, se estimulan los órganos internos para que la persona vuelva a sí misma.

Desde el punto de vista pedagógico-didáctico, lo cierto es que, gracias a la alternancia entre las clases, —que se suelen programar por la mañana—, en las que se requiere un mayor esfuerzo intelectual, y aquellas en las que se trabaja más en movimiento, es decir, en las que también se practica mucho la euritmia, se provoca en el niño en crecimiento una actividad rítmica que tiene un efecto extraordinariamente beneficioso, ya que todos los daños que inevitablemente surgen de un esfuerzo intelectual excesivo quedan compensados, a su vez, por la práctica de la euritmia. Y por eso, la euritmia se integra en la enseñanza global de una manera extraordinariamente beneficiosa.

Lo que tengo que decir ahora específicamente a los médicos sobre la euritmia lo incluiré más adelante en las comunicaciones dirigidas a ellos. Con esto daremos por concluidas las reflexiones propiamente dichas sobre la euritmia y mañana tendremos dos sesiones consecutivas destinadas exclusivamente a los médicos, en las que los euritmistas no estarán presentes, concretamente a las ocho y media y, tras una pausa, a las nueve menos cuarto.

Palabras de agradecimiento del Dr. med. Friedrich Husemann

Hoy nos encontramos al final de este curso y, sin duda, todos sentimos la necesidad de echar la vista atrás una vez más. Creo que hemos percibido que precisamente este curso ha supuesto una especie de punto álgido de lo que hasta ahora hemos podido recibir del Dr. Steiner como inspiración para la medicina. El hecho de que haya sido posible impartir aquí un curso dirigido a médicos y artistas me parece, en cierta medida, un símbolo de lo que realmente pretendemos con nuestros esfuerzos antroposóficos en el ámbito de la medicina. Que esta síntesis haya podido llevarse a cabo es quizás también un cumplimiento de lo que Goethe expresó una vez de manera figurada en su «Wilhelm Meister»: que, en realidad, no se debería dejar que los estudiantes de medicina se dediquen tanto a la anatomía, sino más bien a la síntesis. Habría que enseñarles a recomponer el cuerpo humano a partir de los distintos músculos, huesos y órganos, y de ese sentimiento de recomposición surgiría también el sentido sano de la curación.

Creo que precisamente este curso nos plantea cómo se puede volver a despertar en nosotros esa capacidad de pensar y sentir de forma sintética, y que precisamente un curso como este, que muestra cómo la palabra, cómo lo espiritual se traslada al movimiento, al cuerpo, debería animarnos directamente a la acción y no a hablar. De hecho, eso es precisamente lo que subyace en toda la tendencia de lo que aquí se nos ofrece.

Y ahí radica, por otra parte, una pequeña dificultad. Porque precisamente cuando uno se siente impulsado a actuar, puede llegar a hacer demasiado, y resulta tan fácil que todas las sugerencias que aquí se ofrecen se apliquen en gran medida y en todos los ámbitos. Y ahí es donde nuestra asociación ha pedido precisamente que nos tomemos muy en serio, una vez más, lo que el Dr. Steiner ha subrayado repetidamente: que estas sugerencias terapéuticas se consideren, precisamente, como terapéuticas, es decir, como algo que debe aplicarse bajo el control o con la colaboración de un médico, y que no se apliquen a ciegas, pues, como es lógico, eso puede conducir a graves fracasos si ocurre, y, por otra parte, también debemos tener en cuenta que todo lo que llegue al público de forma diletante puede repercutir de manera muy perjudicial sobre nosotros y sobre nuestro movimiento.

Por eso queríamos pedirles que se tomaran muy en serio estas advertencias que el Dr. Steiner nos acaba de dirigir precisamente a nosotros en este sentido. Lo que aquí se nos ha transmitido debe ser asimilado por nosotros. Pero esto solo puede suceder de manera fructífera si colaboramos tal y como lo hemos hecho aquí y ahora. Por eso, quisiera concluir expresando nuestro agradecimiento al Dr. Steiner precisamente por ello: por el hecho de que realmente sigamos asimilando lo aprendido, pero también por el hecho de que no solo nos impliquemos activamente en nuestro movimiento, sino que lo hagamos con comprensión.

Traducido por J.Luelmo


GA101 Köln, 26 de diciembre de 1907 - La posición del ser humano en relación con su entorno

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RUDOLF STEINER

 - La posición del ser humano en relación con su entorno  -

XII conferencia
Köln, 26 de diciembre de 1907

En estas conferencias se abordarán algunos de los signos y símbolos ocultos, de tal manera que el sentido y el significado de dichos símbolos y signos no solo lleguen a la razón, sino también a los sentimientos y al corazón.

Todos ustedes saben que en el ocultismo y en la teosofía se utilizan los más diversos símbolos y signos, y también saben que a veces se dedica mucha perspicacia y especulación a interpretar dichos signos y símbolos. Estas conferencias nos mostrarán ahora que gran parte de ese ingenio y de esa especulación están mal aplicados, y que, en general, la especulación y el ingenio no son en absoluto las capacidades mediante las cuales se llega al verdadero significado de los signos y símbolos ocultistas. Para el ocultista, los signos y símbolos no son en absoluto solo aquellos que se citan como tales en los manuales y escritos habituales, sino que encontramos signos y símbolos ocultos con mayor frecuencia precisamente allí donde, por lo general, quizá menos los sospechamos: en los mitos y relatos arraigados en el pueblo se esconden profundas verdades ocultas. El error que se comete habitualmente al interpretar tales mitos y leyendas es, sencillamente, que también en este ámbito se recurre a un exceso de perspicacia y de especulación; casi se podría decir que se busca un sentido profundo de una manera demasiado intelectual, demasiado racional. Ahora bien, una serie de cuatro conferencias no puede agotar este tema, sino solo abordarlo de forma aforística. No obstante, lo que tratemos debe exponerse de tal manera que podamos formarnos una idea de la relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores, concretamente lo que se denomina el mundo astral y el mundo devachánico o espiritual.

Como saben, también en el lenguaje común se recurre con mucha frecuencia a ciertas parábolas figurativas cuando se quiere aludir a algo superior. Por ejemplo, cuando se quiere utilizar una imagen para referirse al conocimiento o a la comprensión, se dice «luz» o también «luz del conocimiento». Detrás de estas sencillas expresiones de nuestro lenguaje se esconde a veces algo extraordinariamente profundo. Quienes utilizan tales expresiones a menudo no son conscientes en absoluto de su origen y, por lo tanto, no tienen ni idea de cómo, por ejemplo, la imagen de la luz se relaciona con el conocimiento o la perspicacia. La consideran una imagen, del mismo modo que hoy en día los poetas utilizan imágenes. Cometeríamos un grave error si, en el ocultismo, solo pensáramos en ese significado figurativo. Las cosas son mucho, mucho más profundas. Lo que en el lenguaje actual se denomina «simbólico», «figurativo» o, tal vez, «alegoría», suele ser engañoso. Es fácil pensar que un signo se ha elegido de forma arbitraria para representar algo. En el ocultismo, un signo nunca se elige de forma arbitraria. Cuando en el ocultismo se utiliza un símbolo para representar algo, siempre existe una relación más profunda.

Sin embargo, no podremos comprender realmente esta relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores si no profundizamos un poco en cómo debe situarse el ser humano frente a su entorno desde el punto de vista del ocultismo. Cuando el ocultismo —o esa parte elemental del ocultismo que hoy se proclama como teosofía— llegue a cumplir su misión en el mundo en un sentido más profundo —pues, de hecho, apenas se ha dado el primer paso—, cuando llegue el momento en que las distintas ramas de nuestra vida y nuestra cultura estén impregnadas de las verdades y los impulsos del ocultismo, entonces toda la vida emocional y sensorial del ser humano, toda su relación con el entorno, cambiará de manera esencial. Si queremos describir cómo se relaciona el ser humano actual con el entorno, debemos decir: desde hace varios siglos, el ser humano ha ido desarrollando cada vez más una relación con el entorno que es muy abstracta, muy intelectual y materialista. El ser humano que hoy recorre los campos, ya sea en primavera, en verano o en otoño, ve por lo general lo que se presenta a sus ojos, lo que los sentidos pueden captar, lo que la razón puede combinar a partir de las percepciones sensoriales. Si el ser humano tiene inclinaciones estéticas, si posee una sensibilidad poética, impregna las percepciones con sensaciones y sentimientos; ante un fenómeno natural siente tristeza y dolor, y ante otro, exaltación, alegría y placer.

Pero en el hombre actual, incluso allí donde la percepción sensorial, árida y sobria, da paso a la sensibilidad poética y artística, eso no es más que un comienzo de lo que el ocultismo debe ofrecer, no a la razón, ni al entendimiento, ni a las mentes, sino a las almas y a los corazones. La teosofía solo se convertirá en un factor significativo en la vida cuando no se limite a ofrecernos una síntesis intelectual de todo tipo de acontecimientos de los planos físico, astral y devachánico, sino cuando se integre en nuestras almas de tal manera que estas aprendan a percibir, sentir y querer de otra forma. Debemos tener muy claro, en particular, que, gracias a la teosofía y al ocultismo, se irá produciendo cada vez más aquello que ya destacamos en nuestra conferencia festiva de ayer: La humanidad aprenderá a ver, en lo que se manifiesta en el mundo exterior tal y como se presenta a los sentidos —la fisonomía, los gestos, la mímica—, aquello que revela lo anímico y lo espiritual que se esconde tras las cosas. Aprenderemos también a ver, en lo que ocurre allá fuera, en el entorno de la Tierra, en los movimientos de los astros, una expresión de lo espiritual y lo anímico, del mismo modo que, por ejemplo, vemos en los movimientos de las manos o en la mirada de una persona la expresión de algo anímico. Y así aprenderemos, por ejemplo, a ver en el aire que se aclara una manifestación externa de los procesos internos de las entidades espirituales que realmente impregnan el aire, el agua y la Tierra.

Intentemos imaginar cómo se nos presenta la naturaleza que nos rodea cuando nos elevamos a una comprensión de lo anímico y lo espiritual que vive a nuestro alrededor. Una vez que nos adentramos en esta perspectiva ideal, debemos preguntarnos: ¿qué ocurre con las almas de los seres que viven a nuestro alrededor en el plano físico, las almas de los animales, las plantas y los minerales? ¿Qué hay en estos tres reinos de la naturaleza, aparte de lo que se nos presenta físicamente a través de nuestros sentidos? Si observamos el reino animal, este se diferencia de manera muy significativa, en lo anímico y espiritual, del ser humano. Lo que en cada ser humano está encerrado dentro de los límites de su piel, no lo tenemos de la misma manera en cada animal. Cada animal se puede comparar más bien con un miembro concreto del ser humano. Podemos comparar a todos los animales de forma formalmente idéntica —por ejemplo, todos los leones, todos los tigres, todos los lucios, todas las moscas, etcétera, todo lo que tiene la misma forma en el reino animal— con un miembro del ser humano, por ejemplo, con los dedos de la mano. Si tomamos los diez dedos del ser humano, no nos sentiremos tentados a atribuir a cada uno de los diez dedos un alma dotada de un «yo». Sabemos que los diez dedos pertenecen a un solo ser humano. A cada persona le atribuimos un alma del «yo». Del mismo modo que atribuimos un alma del «yo» a cada persona, atribuimos un alma del «yo» a toda una especie animal; da igual si la llaman alma de grupo o alma de especie. Lo que importa es que comprendamos las cosas como algo que fluye y fluctúa entre sí. Así, en el caso de un grupo de animales de la misma forma, debemos suponer que en su base se encuentra lo mismo que en el ser humano individual: el alma del yo. Sin embargo, no debemos buscar esta alma de los grupos de animales donde buscamos el alma del yo del ser humano. El lugar donde se encuentra esta alma del «yo» del ser humano entre el nacimiento y la muerte es el plano físico. Esto no significa que, por su naturaleza y esencia, esta alma del «yo» pertenezca únicamente al plano físico, pero el alma del «yo» del ser humano vive en el plano físico. No ocurre lo mismo con los «yos» grupales de los animales. En el caso de estos «yos» grupales de los animales, a los que pertenecen los animales individuales de la misma especie, no importa el lugar en el que se encuentren los animales individuales: da igual que un león esté en África y otro aquí, en un zoológico. Todos y cada uno de los animales pertenecen al mismo «yo» grupal, y ese «yo» grupal se encuentra en el plano astral. Por lo tanto, si queremos encontrar el «yo» de un grupo de animales de la misma especie, debemos acudir al plano astral mediante la clarividencia; y en el plano astral, el «yo» grupal de los animales en cuestión es una personalidad tan completa como la del ser humano aquí, en el plano físico. Si una persona extiende sus diez dedos y usted levanta aquí una pared, y la persona pasa sus diez dedos a través de diez agujeros en la pared, alguien que se encuentre fuera de la pared solo verá los diez dedos; si quiere buscar el «yo» de esos diez dedos, tendrá que ir detrás de la pared. Así debe imaginarse que, en cada león individual, debemos ver un miembro del «yo» grupal de todos los leones. Si se adentra en el plano astral, encontrará allí una individualidad o personalidad del género de los leones, común a todos ellos, del mismo modo que detrás de la pared encuentra la individualidad de los diez dedos de la persona. Lo mismo se aplica a las demás especies animales de forma similar. Y si «pasea» por el plano astral, encontrará este plano poblado por estos «yos» grupales de los animales, con los que se encontrará allí de la misma manera que aquí, en el plano físico, se encuentra con los seres humanos individuales, solo que estos «yos» grupales se extienden, según el plano físico, a los seres animales individuales separados, del mismo modo que usted extiende a través de la pared los diez dedos individuales.

Sin embargo, existe una enorme diferencia entre la esencia, la naturaleza intrínseca de los «yos» grupales de los animales, y lo que constituye la naturaleza intrínseca del ser humano individual. Esta diferencia les parecerá muy paradójica, pero existe. Y es que se da un hecho peculiar: si se compara la inteligencia y la sabiduría de los «yos» grupales de los animales en el plano astral con la inteligencia y la sabiduría de los seres humanos aquí, en el plano físico, se comprobará que los «yos» grupales de los animales son considerablemente más inteligentes. Todo lo que tienen que hacer lo realizan con la mayor naturalidad. El ser humano, en el transcurso de su evolución, debe primero llevar a su yo a alcanzar esa sabiduría que los «yos» grupales de los animales ya poseen en el plano astral. Sin embargo, a estos «yos» grupales de los animales les falta algo que el ser humano debe desarrollar aquí, en el plano físico, a lo largo de toda la evolución terrestre. Este elemento específico no se encuentra en absoluto en los «yos» grupales de los animales. Se trata del elemento del amor, todo lo que es amor: desde la forma más sencilla del amor de sangre entre los seres emparentados, hasta el amor ideal más elevado de una hermandad humana universal. Este elemento es precisamente el que la humanidad desarrolla a lo largo de la evolución terrestre. Los «yos» grupales animales también tienen sentimientos, sensaciones e impulsos de voluntad. Desarrollar el amor es precisamente la misión del ser humano aquí en la Tierra; eso es lo que les falta a los animales. El elemento fundamental del «yo» grupal de los animales es la sabiduría, del mismo modo que el elemento fundamental del «yo» humano es el amor.

Si ahora queremos comprender cómo debemos percibir, dentro de la naturaleza que nos rodea, las manifestaciones de estos «yos» grupales animales, solo tenemos que recordar que todo lo que nos rodea son manifestaciones de acontecimientos espirituales y de entidades espirituales. Quien no esté dotado de capacidades clarividentes no puede, por supuesto, dar ningún «paseo» por el plano astral, en el que se encontrara allí con la población de «yos» grupales animales, del mismo modo que aquí, en el planeta Tierra, se encuentra con los «yos» humanos físicos. Pero incluso quien no es clarividente puede percibir aquí, en el plano físico, los efectos y las acciones de lo que hacen los «yos» grupales. Puede percibir cómo, cada año, al acercarse el otoño, las aves vuelan en dirección noreste-suroeste hacia las regiones más cálidas, y cómo, a su vez, regresan siguiendo rutas muy concretas cuando se acerca el verano. Si se comparan las trayectorias individuales en función de su altura y dirección para cada especie de ave, uno empieza a intuir que en todo ello hay sabiduría, una profunda sabiduría. ¿Quién dirige todo esto? Lo dirigen los «yos» grupales de los animales. Todo lo que realizan las distintas especies animales aquí, en nuestro planeta, es un efecto, es una acción del «yo» grupal animal. Y si observan estas acciones del «yo» grupal animal, descubrirán, en esencia, que estos «yos» grupales animales abarcan la circunferencia de la Tierra, que se despliegan como fuerzas a lo largo de ella. La Tierra está rodeada de fuerzas de lo más variado, de fuerzas que recorren la Tierra siguiendo los más diversos trazados, en líneas rectas, curvas y serpenteantes. El ser humano solo puede percibir estas fuerzas aquí a través de sus efectos, de sus manifestaciones. Cuando capta estas manifestaciones, puede intuir lo que, mediante la capacidad clarividente, le acerca a los «yos» grupales de los animales. Así podemos aprender a adentrarnos en la sabiduría que se manifiesta en nuestro reino animal. Lo que hacen los géneros y las especies nos revela algo de las acciones de los «yos» grupales de los animales.

La situación es diferente en el caso del mundo vegetal. También en el mundo vegetal se le presenta al observador ocultista una serie de «yos», pero el número de «yos» existentes en el mundo vegetal es mucho menor que en el mundo animal; su número es más limitado. A su vez, hay grupos enteros de plantas que pertenecen a un «yo» común, y estos se encuentran, cuando los buscamos, en un mundo aún más elevado. Mientras que los «yoes» grupales de los animales se encuentran en el plano astral y se manifiestan en la astralidad que envuelve y rodea nuestro círculo terrestre, los «yoes» grupales de las plantas se encuentran en las partes inferiores del plano del Devachán, en lo que, según la teosofía, solemos denominar las partes de Rupá del plano del Devachán. Allí viven como personalidades independientes; al igual que aquí los seres humanos, allí se mueven los «yos» grupales de las plantas. Junto a otros seres que ni siquiera tienen un cuerpo físico, los «yos» de las plantas se encuentran allí y conforman la población del plano inferior del Devachán.

¿Cómo puede el ser humano adentrarse en la percepción de los «yos» colectivos vegetales? La percepción en sí misma está, en última instancia, ligada al desarrollo de las capacidades clarividentes. Pero este desarrollo avanza desde los niveles inferiores hacia arriba, cada vez más y más alto. Lo primero que hay que desarrollar para poder ascender siquiera a estas capacidades es el sentimiento y la sensibilidad hacia el tema. Las verdaderas capacidades clarividentes se basan siempre, en primer lugar, en el desarrollo de sentimientos y sensaciones, pero no de los sentimientos triviales y egoístas, no; sino de sentimientos más profundos y abnegados. Eso es algo completamente distinto.

Al observar la planta, hay que prestar atención, sobre todo, a que la planta desarrolle sus raíces en el suelo, a que su tallo crezca hacia arriba, a que despliegue las hojas hacia arriba y a que estas se transformen gradualmente en sépalos y en corola, en la que luego se forma el fruto. Es importante que no podamos comparar la planta con el ser humano de esta manera. No se debe comparar al ser humano con la planta de tal manera que equiparemos la cabeza del ser humano con la corola de la planta y sus pies con la raíz. Eso es totalmente erróneo. En las escuelas ocultistas siempre se ha señalado y se ha dicho: «Debéis comparar la planta y el ser humano». Pero debéis compararlos de tal manera que equiparéis la cabeza del ser humano con la raíz de la planta. - Así como la planta orienta su raíz hacia el centro de la Tierra, el ser humano orienta su cabeza hacia el espacio cósmico; y así como la planta orienta castamente su flor y sus órganos reproductores hacia el sol, el ser humano orienta pudorosamente sus órganos reproductores precisamente hacia donde la planta orienta su raíz, hacia abajo. Por eso se dice en el ocultismo: «El ser humano es la planta invertida». - La planta parece un ser humano puesto boca abajo; el animal se sitúa en un punto intermedio.

En lo que normalmente se denomina «planta» solo están presentes el cuerpo físico y el cuerpo etérico de la planta. Pero la planta también tiene su cuerpo astral y su yo. ¿Dónde se encuentra, pues, el cuerpo astral y dónde el yo de la planta? Podemos preguntarnos por su ubicación, pues se trata solo de una definición general del asunto cuando se dice que el yo grupal de las plantas se encuentra en el plano inferior del Devachan. Podemos indicar con total precisión dónde se encuentra el cuerpo astral de las plantas y dónde está su Yo. El cuerpo astral de las plantas —y, concretamente, el cuerpo astral de todas las plantas que existen en nuestro planeta— es el mismo que el cuerpo astral de la propia Tierra, de modo que la planta está inmersa en el cuerpo astral de la Tierra. En cuanto a su ubicación, los Yos de las plantas se encuentran en el centro de la Tierra. Desde el punto de vista oculto, podemos concebir la Tierra como un gran organismo, como un ser vivo que tiene su cuerpo astral; y las plantas individuales que hay en nuestra Tierra son sus miembros. Estas solo han desarrollado, de forma individual y por separado, el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En cada planta, en cada lirio, en cada tulipán y así sucesivamente, no hay conciencia; la Tierra tiene su propia conciencia, su cuerpo astral y su «yo». Pero no solo hay «yos» vegetales; además, también hay otras entidades espirituales. No debe plantearse la cuestión de si todas caben. Están entrelazadas y allí conviven muy bien. Por lo tanto, si se observa una planta individual, solo se le pueden atribuir las características de un cuerpo físico y de un cuerpo vital, pero no una conciencia como ser individual. Sin embargo, las plantas tienen conciencia, y esta está vinculada a la conciencia de la Tierra; forma parte de la conciencia de la Tierra. Así como nosotros, los seres humanos, tenemos una conciencia que abarca lo alegre y lo triste, y ambas se interpenetran mutuamente, así también los cuerpos astrales individuales de las plantas interpenetran el cuerpo astral de la Tierra, y los «yo» de las plantas interpenetran el centro de la Tierra. La planta viva ocupa en el organismo de nuestra Tierra la misma posición que la leche en el organismo animal. Hay fuerzas astrales similares que subyacen tanto cuando la planta brota de la tierra, reverdece y florece, como cuando la vaca da leche. Si arranca una planta con la flor, eso no supone una sensación desagradable para la Tierra. La Tierra tiene su cuerpo astral y en él tiene sus sensaciones, y cuando arranca una planta, siente lo mismo que siente la vaca cuando el ternero succiona la leche: experimenta una especie de bienestar. Si retira lo que ha crecido del suelo, la Tierra ya no tiene esa planta concreta —y, por tanto, ese bienestar—. En cambio, si arranca la planta de raíz, para la tierra es como si le arrancara la carne a un animal: siente una especie de dolor.

Si nos adentramos en ello, pero no solo en términos abstractos de «yo» colectivo, sino de tal manera que transformemos esos conceptos abstractos y vacíos en sentimientos y sensaciones, entonces aprenderemos a convivir con los procesos de la naturaleza; nuestra observación de la naturaleza se convertirá en una sensación viva. Cuando luego, en otoño, paseamos por los campos y vemos al hombre con la guadaña segando el cereal, intuiamos que, en la misma medida en que la guadaña recorre las briznas y las corta, algo así como vientos espirituales soplan sobre el campo, infundiendo una sensación de bienestar. Así es. Lo que el clarividente ve en el cuerpo astral de la Tierra es el fundamento espiritual de lo que acabamos de describir. Para quien penetra en estas cosas, la siega del cereal no es un proceso indiferente. Del mismo modo que en una persona, ante una u otra experiencia, se siente y se ve que surgen formaciones astrales de un tipo muy concreto, así también se ven en otoño, barriendo los campos, estas expresiones astrales del bienestar de la Tierra. Es diferente cuando el arado traza surcos en la tierra y remueve las raíces de las plantas. Arar la tierra con el arado le causa dolor; vemos cómo brotan de ella signos de dolor. Frente a lo que se acaba de decir, se podría objetar muy fácilmente que, en determinadas circunstancias, sería mejor arrancar las plantas de raíz y trasplantarlas, en lugar de recorrer un prado y arrancar sin motivo todas las flores posibles. Una objeción así puede ser totalmente válida desde un punto de vista moral, pero aquí se trata de un punto de vista completamente diferente. Es posible que, en determinadas circunstancias, para una persona que empieza a tener canas, sea mejor arrancarse las primeras canas si lo considera adecuado por razones estéticas, pero eso no le deja de doler. Son puntos de vista totalmente distintos cuando decimos: «Arrancar las flores beneficia a la tierra», y cuando decimos: «Desenterrar la planta de raíz le hace daño a la tierra». [Laguna en las notas.] La vida, en general, llega al mundo a través del dolor. El niño que nace causa dolor a la madre que da a luz. Este es un ejemplo de cómo debemos aprender no solo a reconocer el entorno, sino también a empatizar con la naturaleza. Esto se extiende hasta el reino mineral. Los minerales también tienen su «yo», solo que el «yo» de los minerales se encuentra a un nivel aún más elevado; está situado en las partes superiores del plano del Devachán, que la literatura teosófica suele denominar «Arupa-Devachán». Estos «yos» grupales de los minerales son seres parcialmente autónomos, al igual que lo son los «yos» humanos en el plano físico, los «yos» grupales de las plantas en el plano inferior del Devachán y los «yos» grupales de los animales en el plano astral. En el plano físico, los minerales solo tienen un cuerpo físico, pero también cuentan con un cuerpo astral y un cuerpo etérico. El vidente percibe las conexiones vivas; sabe que, cuando sale a una cantera y ve allí a los trabajadores extrayendo piedras, allí se percibe algo similar a lo que se siente al intervenir en la carne de un organismo. Y mientras los trabajadores están allí trabajando, fluyen corrientes astrales a través del reino mineral. Lo que pertenece al mineral como cuerpo astral se encuentra en las partes inferiores del plano del Devachán, y el «yo» de los minerales se encuentra en las partes superiores del plano del Devachán. El «yo» grupal de las piedras siente dolor y placer. Cuando se rompen piedras, el «yo» grupal mineral siente placer, satisfacción. A primera vista, esto parece paradójico, y sin embargo es así. Quien solo piense en analogías podría creer que, al romper una piedra, a esta le duele tanto como si se le hiciera daño a un ser vivo. Pero cuanto más rompa la piedra, mayor será la sensación de bienestar del yo mineral. Ahora pueden preguntarse: ¿cuándo siente dolor el yo mineral? Puede percibirse el dolor del yo mineral con el siguiente ejemplo. Tomen un vaso de agua en el que se haya disuelto sal de cocina. A continuación enfríen el agua del vaso hasta que la sal se precipite en forma de cristales sólidos, de modo que la sustancia mineral vuelva a solidificarse. En este proceso de precipitación de la sustancia sólida surge el dolor. Del mismo modo, surgiría dolor si volviera a unir todos los trozos en los que ha partido una piedra para formar una piedra entera. En el «yo» grupal de los minerales surge siempre una sensación de placer cuando el mineral se disuelve, y una sensación de dolor cuando se solidifica. Se produce una sensación de bienestar al disolver sal en agua caliente, y una sensación de dolor cuando, al enfriar el agua, se produce la cristalización de la sal.

Si nos lo imaginamos en un contexto más amplio, en un contexto cósmico, podremos descubrir cómo la formación de nuestra Tierra y la de nuestros minerales están relacionadas con un proceso de este tipo. Si remontamos la formación de nuestra Tierra muy atrás en el tiempo, nos encontramos con temperaturas cada vez más elevadas, con un calor cada vez mayor en nuestro planeta; y en la época lemúrica nos encontramos con un estado de la Tierra en el que las rocas estaban disueltas, en el que incluso los minerales que ahora se han cristalizado de forma totalmente sólida fluían, como hoy en día fluye el hierro en las fundiciones cuando se funde. Todos nuestros minerales han pasado por un proceso como el que tienen ante ustedes a pequeña escala, cuando, al enfriarse el agua en un vaso, la sal disuelta se deposita. Así es como todo en la Tierra se fue solidificando y compactando. Esta solidificación se produjo de tal manera que mediante dicha contracción, gradualmente se fueron incrustando en la Tierra líquida cristales sólidos. Solo gracias a esta solidificación pudo la Tierra convertirse en el lugar donde habita la humanidad física actual.

Sin embargo, este endurecimiento debe entenderse en el sentido de que alcanzó su punto álgido en un momento determinado. En cierta medida, ese punto álgido ya se ha superado; hoy en día ya se observa, en parte, un proceso de desintegración. Cuando la Tierra haya alcanzado su meta, cuando los seres humanos se hayan purificado y espiritualizado hasta tal punto que ya no puedan extraer nada más de la Tierra, entonces la propia Tierra también se espiritualizará a su vez. Entonces, todos sus incrustaciones minerales se habrán vuelto finas y etéreas, de modo que la Tierra pueda pasar a un estado astral, el mismo que tenía antes de volverse física. El proceso de disolución física es un estado de transición hacia ello.

Si observamos la Tierra, en el momento en que se preparaba para convertirse en el escenario firme, el sustrato sólido sobre el que caminamos en nuestra etapa actual de desarrollo, vemos que se trata de un proceso continuo de sufrimiento de la Tierra. A medida que se va volviendo cada vez más sólida, sufre y «gime de dolor». Nuestra existencia se ha ido forjando por medio de su dolor. Y encontramos una intensificación de este dolor hasta la primera parte de la denominada era atlante. A partir del momento en que el ser humano logra gradualmente su propia purificación, la Tierra también alcanza a su vez, la liberación del dolor y el sufrimiento. Este proceso aún no ha avanzado mucho. La mayor parte del suelo firme que se encuentra bajo nuestros pies sigue sufriendo hoy en día, y cuando dirigimos hacia él nuestra mirada clarividente, lo sólido se nos revela como un suspiro del ser terrestre. Quien estudie estos hechos desde la perspectiva de lo oculto y luego los encuentre reflejados en las grandes escrituras religiosas, comprenderá desde qué profundidades del mundo espiritual se escribieron dichos textos. Así nos invade cada vez más un sentimiento de veneración hacia estos documentos religiosos. Gracias a nuestra experiencia, al observar los hechos del mundo exterior, podemos reconocer empíricamente cuáles son los fundamentos reales que subyacen a la afirmación de Pablo: «Toda la naturaleza gime con dolores, esperando la adopción como hijos». Traten ustedes de interpretar esta frase de Pablo: todo proceso de formación en la Tierra es un devenir entre dolores, una contracción hacia lo firme entre dolores, para que después pueda llevarse a cabo, en sus seres, la «adopción como hijos», la espiritualización.

En lo que se denomina «formación esotérica auténtica», debemos partir de aquellas imágenes de nuestro entorno que, al contemplarlas, despiertan sentimientos en nuestro interior. En primer lugar, se empieza por transmitir al alumno que desea seguir una formación aquellas ideas y conceptos que le capaciten para no limitarse a contemplar lo que ocurre en la naturaleza como un mero proceso externo, sino para sentirlo con toda su alma como una experiencia interior: cómo se forma nuestra Tierra, cómo se consolida, cómo actúa el dolor. Esta imagen del dolor representa un hecho espiritual real. En el verdadero ocultismo, las imágenes no son inventadas, sino que se deducen de hechos espirituales reales. Ni la filosofía, ni la especulación, ni siquiera la mayor perspicacia pueden desentrañar una imagen así; solo el conocimiento de los hechos de los mundos superiores conduce a su comprensión. En el ocultismo, todas las imágenes son expresión de hechos espirituales.

Hoy solo quería señalarles cómo aquello que asimilamos en la teosofía elemental como ideas, conceptos e imaginaciones nos conduce gradualmente a las experiencias; y cada imagen en el ocultismo se extrae únicamente de las experiencias. Si toman ustedes, por ejemplo, la conocida imagen de la esvástica, podrán encontrar en los distintos escritos las interpretaciones más perspicaces sobre esta imagen. ¿Cómo llegó originalmente al ocultismo? Esta imagen no es más que el reflejo de lo que llamamos órganos sensoriales astrales. Mediante un determinado procedimiento, mediante el entrenamiento, el ser humano puede desarrollar órganos sensoriales astrales. Estas dos líneas (se dibujan) son, en realidad, movimientos en el cuerpo astral, que el clarividente percibe como ruedas de fuego o como flores. Se denominan flores de loto.

Para estas ruedas o flores de loto, —de las cuales, por ejemplo, la de dos pétalos se encuentra en la zona de los ojos y la de dieciséis pétalos, en la zona de la laringe—, para estos órganos sensoriales astrales, que se manifiestan como fenómenos luminosos en el mundo astral, el símbolo, la imagen, es la esvástica. O tomemos otro símbolo, el llamado pentagrama. No es mediante la especulación ni mediante la filosofía como se puede descubrir el significado original del pentagrama. El pentagrama es una realidad; es una imagen que representa la acción de corrientes, de corrientes de fuerzas, que se encuentran en el cuerpo etérico del ser humano. En el ser humano discurre una cierta corriente de fuerza que asciende desde el pie izquierdo hasta un punto determinado de la cabeza, desde allí al pie derecho, de ahí a la mano izquierda, de ahí a través del cuerpo, pasando por el corazón hasta la mano derecha, y desde allí de vuelta al pie izquierdo, de modo que se puede trazar en el ser humano —en su cabeza, sus brazos, manos, piernas y pies— el pentagrama.

Deben imaginárselo como una acción de fuerzas, no simplemente como una figura geométrica. En el cuerpo etérico del ser humano se encuentra el pentagrama. Las acciones de las fuerzas siguen exactamente estas líneas del pentagrama. Las líneas pueden adoptar las más variadas deformaciones, pero siempre permanecen trazadas en el cuerpo humano como un pentagrama. El pentagrama es una realidad etérica, no un símbolo, sino un hecho.

Así, cada símbolo en el ocultismo es una imagen de un hecho del mundo espiritual. Solo entonces se comprende su significado, cuando se puede hacer referencia al mundo en el que ese hecho tiene su origen. Por eso, ni siquiera la mayor perspicacia puede conducir a la interpretación de los signos ocultos. Solo a partir de la experiencia [de los mundos espirituales] se puede descubrir el significado de los signos y símbolos ocultos, y solo al comprender su significado puede el ser humano empezar a... Por eso no es en absoluto inútil que se le comunique y se le cuente algo que, en un primer momento, se haya descubierto gracias a la capacidad clarividente. Y, a partir del hecho investigado, el ser humano puede, a su vez, ser conducido de vuelta a las causas de ese mismo hecho.

Lo mismo ocurre con los signos y símbolos que con las antiguas leyendas y mitos. Es una teoría teórica de los eruditos que sostiene que las leyendas y los mitos fueron inventados por la poesía popular. El pueblo no compone poesía. Todas las leyendas y mitos son vestigios de una época en la que el ser humano aún poseía, hasta cierto punto, dotes clarividentes. Lo que se nos cuenta en las leyendas y mitos europeos son registros de hechos que los seres humanos contemplaron en el pasado. Todo lo que aparece en estas leyendas, cuentos y mitos fue percibido originalmente de forma clarividente y constituye el relato posterior de experiencias clarividentes originales. Eso es, en definitiva, la mitología: el relato posterior de experiencias clarividentes.

Aún hoy podemos seguir en el plano astral todos los acontecimientos que se narran en la mitología. Las hazañas de Wotan u Odín son hechos reales. Debemos buscar la realidad más allá de los signos ocultos, los símbolos y las visiones. Y cuanto menos nos dejemos llevar por la tentación de interpretar estos signos a partir de especulaciones, mejor.

Así pues, este ciclo de conferencias nos introducirá en el sentido factual del ocultismo. Ningún signo es inventado ni imaginado, sino que es la representación o reproducción de un acontecimiento real en el mundo espiritual. Y todos los relatos que encontramos en las mitologías son una reproducción de lo que los seres humanos vieron cuando una gran parte de la humanidad aún poseía dotes clarividentes.

Traducido por J.Luelmo

GA313 Dornach, 18 de abril de 1921 - la euritmia terapéutica

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

 la euritmia terapéutica


Dornach, 18 de abril de 1921

En relación con la euritmia, hoy tengo que decirles que según sea el caso, tendrán que analizarlo detenidamente con los conocimientos que tengan en el ámbito fisiológico y en otros ámbitos. En cuanto a cómo haya que hacerlo, eso les resultará, como si dijéramos, de forma natural. Pero precisamente cuando observamos un proceso espiritual-físico como el que tiene lugar al practicar la euritmia, no podemos sino señalar también las relaciones espirituales-físicas más profundas. Y en este sentido, me gustaría llamar su atención sobre lo siguiente.

En primer lugar, debemos fijarnos en ese proceso del mundo extrahumano que, por lo general, solo se analiza en cuanto a sus detalles y no en cuanto a lo que realmente actúa en su interior. Piensen que, por ejemplo, la formación de la Tierra en realidad se debe, a que actúa una tendencia formadora procedente de la esfera planetaria y que, desde lo que aún se encuentra fuera de dicha esfera, se produce además una formación hacia el interior de la Tierra: fuerzas cósmicas continuas y radiantes, que se expresan en las distintas entidades de fuerza y que irradian hacia la Tierra.

En este contexto, podemos entender estas fuerzas cósmicas, —aunque puedan incluir a su vez todo lo que he dicho anteriormente sobre las irradiaciones—, de tal manera que digamos, actúan hacia el centro y en realidad, forman desde el exterior aquello que hay sobre la Tierra y en el interior de ella. En primer lugar, es cierto que, por ejemplo, toda la metalidad de la Tierra, todos los metales, no se forman esencialmente a partir de fuerzas procedentes del interior de la Tierra, sino que realmente son introducidos en ella desde el cosmos. Ahora bien, a estas fuerzas que actúan a través del éter, —no desde los planetas, pues en ese caso volverían a actuar de forma central; los planetas están precisamente ahí para modificarlas, es la esfera planetaria la que lo hace—, a estas fuerzas podemos llamarlas fuerzas formativas, las fuerzas formativas que actúan desde el exterior. Precisamente en este contexto les pido que comprendan este concepto: las fuerzas formadoras. A ellas se oponen aquellas fuerzas que, en el ser humano y en la Tierra, reciben y consolidan estas fuerzas formadoras, reuniéndolas, por así decirlo, en torno a un centro, de modo que pueda surgir precisamente la Tierra. Así pues, a estas fuerzas que consolidan podemos llamarlas las fuerzas de la consolidación (véase las láminas 1 y 5).

lámina 1
En el ser humano existen fuerzas que conforman plásticamente los órganos, mientras que las otras fuerzas, las fuerzas formativas, son las que, en mayor medida, empujan los órganos desde el mundo espiritual-etérico hacia el mundo físico. Se trata de un proceso que, de hecho, en la oposición entre las fuerzas de empuje del magnesio y las fuerzas del flúor, que redondean, se puede, por así decirlo, palpar con las propias manos. Pero, de nuevo, se trata de un proceso que se manifiesta en todas partes: en los dientes se produce de abajo hacia arriba y redondeándose en la parte superior, pero también se produce de delante hacia atrás, de atrás hacia delante, de arriba hacia abajo, redondeándose hacia abajo. Y pueden hacerse una idea de este proceso, por ejemplo, —diría yo—, de forma muy tangible, si se imaginan que, con la tendencia a empujar hacia delante un objeto esférico, de fuera hacia dentro, se forma algo, y que a ello se opone un proceso de formación de una esfera (véase lámina 2, en rojo), de abajo hacia arriba.

lámina 2
Y entre estos dos procesos se encuentra ahora aquello que actúa como mediador, es decir, los procesos de separación, a su vez la absorción de lo separado de los demás y así sucesivamente, aquello que, en el sentido más amplio, se puede denominar procesos de separación; pues, al fin y al cabo, la absorción se basa también en una separación hacia el interior, que a su vez es reabsorbida. Así pues, entre ambos se encuentra, una vez más, aquello que mejor se puede denominar procesos de segregación.
Este proceso de segregación se puede apreciar claramente si se imagina que, por un lado, está aquello que quiere separar continuamente el carbono (en la lámina 3, en naranja) y, por otro, aquello que lo absorbe de nuevo en la formación de ácido carbónico (en oscuro) a través de la respiración, volviendo al principio.

lámina 3
Entonces, ahí abajo continúa ese proceso de selección. Y si se adentra aún más en el proceso metabólico de las extremidades, entonces se encuentra realmente con un proceso de fijación. Pero este proceso de fijación también se da en la otra dirección. Se puede observar esto, donde, por así decirlo, se puede palpar con las manos: cuando se observa el ojo, se forma desde el exterior, —como ya nos muestra la embriología—, pero se fija desde el interior. La formación se interioriza. La formación del ojo se basa en eso precisamente. Se interioriza (véase lámina 4, en naranja), de modo que este proceso de afirmación, al avanzar hacia lo espiritual-anímico en el ser humano, —es decir, hacia los órganos de lo espiritual-anímico, hacia los órganos de los sentidos—, debe espiritualizarse, debe realmente animarse y espiritualizarse en la percepción.

lamina 4
Este es, en cierto sentido, el proceso descendente que conduce a la formación de los órganos (véase lámina 1 y el esquema de lámina 5). A continuación, en el extremo inferior, encontramos el proceso de percepción, la percepción objetiva (véase allí mismo). Si esto se sigue desarrollando, la percepción se orienta hacia la fijación, y cuando se vuelve consciente de la fijación, se convierte en imaginación. Cuando la imaginación se desarrolla aún más y se vuelve consciente en relación con el proceso de selección, se convierte en inspiración. Y cuando la inspiración evoluciona hacia el proceso educativo y choca conscientemente con él, es decir, cuando trasciende la educación, se convierte en intuición. Se puede trazar esta secuencia de etapas de la vida anímica desde la percepción objetiva hasta la imaginación, la inspiración y la intuición.

lámina 5
Pero este proceso que se desarrolla en lo anímico tiene como base el proceso de devenir. No es más que, como también pueden ver aquí, la inversión del proceso de devenir. Uno se enfrenta a lo ya formado y vuelve a ascender hacia el devenir en sentido inverso. La formación discurre en sentido descendente. Se asciende en sentido inverso, se avanza hacia el devenir, de modo que lo que se forma como fuerzas de percepción y de conocimiento en la imaginación, la inspiración y la intuición tiene siempre su contrapartida en las fuerzas creativas, que se expresan en las fuerzas formativas, en los procesos de selección y en los procesos de consolidación.

De ello se desprende que, en el organismo humano, aquello que actúa en sentido inverso en el proceso de creación, de génesis, es en lo que uno se adentra cuando se eleva en el acto de conocer. Verán que, en realidad, lo que alcanzamos en la imaginación son las mismas fuerzas que, sin que seamos conscientes de ello, se manifiestan en los fenómenos de crecimiento, en los fenómenos plásticos del crecimiento. Cuando ascendemos hacia la inspiración, nos acercamos a las fuerzas que, procedentes del exterior, inspiran al ser humano al respirar, que le dan forma al respirar, y que se configuran allí en las fuerzas plásticas, como si, en cierto modo, las trabajaran. Y cuando ascendemos a la intuición, en realidad ascendemos hacia el agente que, en nuestras formas plásticas, se introduce desde el mundo exterior como la esencia sustancial.

Como ven, nos referimos al ser humano, que se forma a partir del cosmos, y si ahora aplicamos los conocimientos que hemos adquirido de alguna manera a través de la anatomía o la fisiología, y los analizamos a la luz de lo que se nos ha dado, entonces empezamos a comprender los órganos y sus funciones. Se trata, pues, de una clave para comprender los órganos y sus funciones, de modo que, en lo que siempre actúa de forma plástica en el ser humano, —lo que, en términos normales, me gustaría decir «plasticado», por un lado, —recurran ahora a la conferencia de ayer—, por otro lado, vive en los movimientos consonantes, que, como dije ayer, provocan precisamente fuerzas imaginativas inconscientes, es decir, una especie de flujo a través del organismo. Así pues, se perciben allí cómo la euritmia consonante se apodera de las fuerzas formativas deficientes en el ser humano, de las fuerzas plásticas deficientes, y las transforma en la plástica adecuada.

Tomemos, pues, a un niño y observemos que presenta una plástica deficiente, que la plástica se desarrolla de forma excesiva. ¿Qué significa que la plástica se desarrolla de forma excesiva? Significa que la plástica actúa de forma centrífuga, hace que la cabeza crezca al actuar de forma centrífuga y, como se vuelve demasiado grande, no le permite impregnarse de la manera adecuada con las fuerzas imaginativas. Hay que aportárselas. Por lo tanto, hay que hacer que el niño practique la euritmia de forma consonántica.

Se plantea aquí una pregunta sobre «un niño de dos años, por lo demás aparentemente sano, con la cabeza grande, pero que, sin embargo, no padece hidrocefalia».

De hecho, en la euritmia consonántica, aplicada correctamente, se encuentra el antídoto para hacer frente a ello. Aquí llegamos precisamente al punto en el que una observación minuciosa de lo morfológico, de lo morfológico más profundo, apunta precisamente al tratamiento mediante la euritmia.

O bien: «Un niño de doce años y tres cuartos, cuyo crecimiento en altura presenta un retraso notable, sin hallazgos orgánicos, aunque portador de oocistos, inteligente, pero que se cansa mentalmente con facilidad». - Un complejo de síntomas extraordinariamente interesante, todo lo cual apunta a que no hay suficientes fuerzas imaginativas, a que las fuerzas orgánicas plásticas proliferan porque no hay suficientes fuerzas plásticas internas, fuerzas plásticas anímicas. Y son precisamente estas fuerzas plásticas anímicas las que destruyen a los parásitos. No es de extrañar, pues, que, al ser insuficientes, la persona sea portadora de lombrices. Por lo tanto, que se le aplique euritmia consonántica y se le habrá administrado el antídoto.

Estas relaciones le indican directamente dónde debe intervenir con la euritmia. Porque si estos fenómenos se manifiestan de forma, diría yo, encubierta, la euritmia puede tener un efecto extraordinariamente beneficioso incluso en esos casos encubiertos, sobre todo si además se aborda el asunto desde un punto de vista terapéutico material.

Así, por ejemplo, se me ha planteado una cuestión interesante. Es natural que tenga que responder a esta cuestión en principio. Si surgieran complicaciones de algún tipo, estas podrían tenerse especialmente en cuenta en el caso concreto; pero aunque haya que combinar algo más con el asunto, este queda perfectamente definido, desde un punto de vista, por lo que allí se puede caracterizar:

«Tengo un paciente de cinco años que perdió mucha sangre a causa de una herida de bala durante los disturbios; hace dos años comenzó a presentar una deformación en las articulaciones. Son cosas que más adelante provocan palidez y afecciones similares en los adultos. ¿Cómo se podría abordar esto desde el punto de vista terapéutico?»

Se trata de una deformación articular. Es una manifestación externa de las fuerzas plásticas que ya no pueden permanecer en el interior, que, por tanto, irradian hacia fuera, de modo que abandonan al ser humano en lugar de actuar en su interior. Estas se refieren, en el sentido más estricto, precisamente mediante la aplicación de la euritmia consonántica. Porque, al fin y al cabo, en la euritmia consonántica se evocan precisamente las imaginaciones eficaces, las objetivamente eficaces, que compensan las deformaciones. En el futuro, —como ya se ha señalado acertadamente en la pregunta—, los seres humanos tenderán, en general, a sufrir deformaciones de las más diversas formas, porque ya no podrán formar la figura normalizadora con las fuerzas que actúan de manera involuntaria. El ser humano se vuelve libre; incluso se irá volviendo libre poco a poco en lo que respecta a la formación de su propia forma, pero entonces deberá saber qué hacer con esa libertad. Por lo tanto, deberá pasar a generar imaginaciones que contrarresten siempre las deformaciones.

Ahora bien, por otro lado, verá, aquí nos enfrentamos a una imaginación objetiva deficiente; también podríamos estar ante una inspiración objetiva deficiente, lo que se manifiesta entonces, —si se me permite decirlo así—, en una deformación del sistema rítmico. Esta deformación del sistema rítmico se manifiesta, sobre todo, en que la inspiración objetiva, que se dirige hacia el interior, no se adapta de la manera correcta al ritmo de circulación. Y ahí se ejerce un efecto normalizador cuando se aplica la euritmia vocalizante. Esta euritmia vocalizante actúa igualmente sobre las irregularidades internas que no van acompañadas de cambios morfológicos, del mismo modo que la euritmia consonante actúa sobre las deformaciones o sobre las tendencias a la deformación.

Antes dije que, efectivamente, puede ser necesario apoyar algo así cuando se manifiesta de forma especialmente radical, como en el caso de la deformación de las articulaciones que acabamos de comentar. En esos casos, es necesario intervenir terapéuticamente para facilitar el proceso de euritmia consonántica, que actúa estimulando, a través de esta imaginación, la respiración interna de los órganos que se extienden desde el exterior hacia el interior, situados más allá de las paredes intestinales: pulmones, riñones, hígado, etc. De hecho, cuando se practica la euritmia consonántica, la parte posterior de la cabeza, los pulmones, el hígado y los riñones comienzan a brillar y a destellar, lo cual es, en realidad, una muestra de la reacción, —la reacción espiritual y anímica—, ante lo que se realiza exteriormente en la euritmia consonántica. El ser humano en su totalidad se convierte en un ser luminoso en estos órganos, y a los movimientos que se realizan desde el exterior siempre se contraponen movimientos luminosos en el interior; y, en particular, en ciertos movimientos de consonantización, surge, —me atrevería a decir—, una reproducción luminosa completa del proceso de excreción del riñón. De cierto modo, se obtiene una imagen de todo el proceso de excreción del riñón en este proceso luminoso que se produce mediante la euritmia consonántica. Y eso se refleja luego en las imaginaciones inconscientes, y todo el proceso en el que esta parte comienza a brillar de esa manera es, precisamente, el mismo proceso que he descrito específicamente como el que tiene lugar bajo la influencia del cuprum; es el mismo proceso. Y aquí es también donde se puede señalar al médico que, de hecho, hay personas que padecen ciertas formas de enfermedad. Ayer mismo me volvieron a presentar, —diría yo, a mi pesar—, estas formas de enfermedad, al traerme, en cualquier caso desde cierto ámbito, unos dibujos extraordinariamente admirados, dibujos pintados, sobre los que se me preguntó si eran de carácter especialmente ocultista. Por supuesto que son ocultistas en cierto sentido, pero resulta extraordinariamente difícil hablar con la gente sobre estas cosas, pues tales fenómenos son un resplandor renal fijado objetivamente, son un proceso de micción fijado objetivamente. En este proceso de micción, cuando se convierte de forma anómala en un proceso de resplandor en ciertas personas con una predisposición patológica, es decir, cuando se produce una cierta obstrucción de la secreción urinaria, —una pura enfermedad del metabolismo—, los riñones comienzan a resplandecer, y cuando se produce esta clarividencia especial, dirigida hacia el interior, las personas empiezan a dibujar frenéticamente. El resultado es siempre bello, siempre bello en un sentido formal y externo. Los colores aplicados siempre quedan bonitos. Por supuesto, la gente no se conforma cuando se le dice: «Sí, has pintado algo muy bonito, pero en realidad se trata de tu secreción urinaria retenida». - Puedo asegurarles que la secreción urinaria acumulada y los deseos sexuales reprimidos, que, en cierto modo, también desembocan en irregularidades del metabolismo, son presentados por personas de naturaleza especialmente mística como dibujos y pinturas profundamente místicos, y que en gran parte de lo que ocurre en el mundo de esta índole hay que ver síntomas de anomalías patológicas de los seres humanos que aún resultan soportables,

Como ven, la ciencia espiritual de orientación antroposófica no es mística en el sentido en que mucha gente la entiende, pues no se hace ilusiones sobre cosas como las que acabamos de caracterizar. Al contrario, investiga precisamente esas cosas. Pero la gente me lo echa en cara. Ya me lo tienen en cuenta por haber llegado tan lejos en las conferencias públicas como para insinuar que, por ejemplo —aunque las cosas no se plasmaran de forma gráfica, sino que se expresaran poéticamente—, la bella poesía de Mechthild de Magdeburgo o de Santa Teresa son reflejos, es decir, reflejos inspirados de lo que son procesos que surgen de la sexualidad reprimida. Por supuesto, a la gente no le resulta agradable que se les describa a una Mechthild de Magdeburgo o a una Santa Teresa: sí, se trata precisamente de personalidades con una fuerte sexualidad, que, sin embargo, precisamente porque se les hizo demasiado intensa, la reprimieron; esto da lugar a ciertos procesos metabólicos y circulatorios, que provocan reacciones que se manifiestan de tal manera que quedan plasmadas en obras poéticas de gran belleza. Sí, este fenómeno, considerado en un sentido más elevado, nos adentra de forma extraordinariamente profunda en los misterios de la existencia. Pero hay que ser capaz de elevarse hasta alcanzar esa perspectiva. Y por eso hay que intuir al menos algo de esos procesos peculiares que se manifiestan como procesos internos cuando se realiza la euritmia de forma externa. Y, sobre todo, cuando se realiza la euritmia de aquello que ahora se esconde interiormente en la poesía, tal y como les mostré ayer, cuando se lee en voz alta un hermoso poema, y a continuación se euritmiza de manera adecuada, tal y como vimos ayer, consonantizando o vocalizando, entonces eso se entrecruza con lo otro, y a lo que se ejecuta externamente en movimientos se suma, también en quien euritmiza, un habla interior y silenciosa. Y si el proceso no se exagera en poemas sensibleros, sino que simplemente discurre de tal manera que es el acompañamiento, el proceso eurítmico que acompaña a los bellos poemas, entonces lo que ocurre en el ser humano no es precisamente ese registro de lo místico, sino que es un proceso que, sin duda, sanifica al ser humano, de modo que se puede decir: Si se practica la euritmia de tal manera que siempre se llame la atención del paciente para que escuche con atención y tome plena conciencia del sonido que oye y del contexto de la frase que oye, —en función de lo cual realiza la euritmia—, entonces se le permitirá ascender directamente hacia las fuerzas formativas externas, hacia las fuerzas de intuición objetiva. Y se hará bien, si se quiere actuar sobre todo aquello que se encuentra en el ser humano como vestigio de lo que ya no ha tenido lugar entre el nacimiento y la muerte, sino que el materialismo denomina «herencia», aunque gran parte de ello proviene precisamente de la vida espiritual y anímica preexistente; es decir, si se quiere actuar sobre lo que se puede denominar defectos congénitos, defectos y demás, entonces se hará bien, sobre todo en la edad juvenil, actuar una y otra vez a través de la euritmia, de tal manera que se inste repetidamente al practicante de la euritmia a que se aclare por completo aquello que oye en lo exterior. De este modo se disipan también todas aquellas tendencias que quieren fijar interiormente lo que, por ejemplo, surge en algo así como el dibujo místico o la poesía mística. Es precisamente lo que se vincula al hermoso poema exterior. Se trata del proceso inverso. Un verdadero místico sabe que aquello que el ser humano refleja como algo anormal en lo bello tiene siempre un lado preocupante. Por el contrario, cuando lo que es bello en el mundo exterior se experimenta interiormente, no se puede decir que se nos presente como una forma especialmente magnífica y bella; al contrario, se esquematiza, se vuelve abstracto por ello, pero abstracto como un dibujo, del mismo modo que un dibujo es abstracto. Pero eso es precisamente lo saludable, eso es lo deseable. Y ¿no es cierto que este hermoso proceso histórico no habría surgido? Pero si, por ejemplo, se hubiera incitado a Mechthild de Magdeburgo a hacer euritmia a partir de buenos poemas, se habría visto a salvo de todo su destino místico. Por supuesto, cuando se llega a este punto, se puede decir: Se llega a un punto en el que, en cierto sentido, el bien y el mal dejan de existir. Se entra en la esfera amoral de Nietzsche, en el más allá del bien y del mal, y, por supuesto, no se puede ser tan filisteo como para decir que todas las Mechthild de Magdeburgo deberían ser erradicadas de raíz. Pero, por otro lado, puede estar seguro de que, desde los mundos suprasensoriales, se velará por que, aunque el ser humano no deje que eso se desborde, se mantengan, de todos modos, los vínculos correspondientes con el mundo suprasensorial.

Ahora me gustaría abordar algunas cuestiones que quizá puedan arrojar algo más de luz, a pesar de que nuestra época ya esté muy avanzada. En primer lugar, me gustaría referirme concretamente a la siguiente cuestión:

«¿No podrían complementarse los ejercicios terapéuticos de euritmia con ejercicios de respiración racionales? No hace falta que sea precisamente hatha-yoga».

Bueno, al respecto tengo que señalar lo siguiente: los ejercicios de respiración racionales que complementan los ejercicios de euritmia, en nuestra época, dada la dirección que ha tomado la naturaleza humana y que sigue avanzando cada vez más en esa línea, solo deben abordarse de la siguiente manera. Se observará, en efecto, que bajo la influencia, sobre todo, de la euritmia vocalizada, surge de forma espontánea una tendencia a modificar el ritmo respiratorio. Eso es lo que se observará. Y ahora nos encontramos ante la dificultad de que aquí no hay que generalizar, ni decir nada en términos generales, sino que primero hay que observar lo que hay que hacer. En cada caso concreto, hay que observar la respiración de una persona a la que, según el resto de los hallazgos, se quiere ayudar de forma curativa mediante la euritmia vocal, y luego hay que hacerle saber que ahora debe continuar conscientemente con esa tendencia. Porque ya no somos personas como lo eran los antiguos orientales, que podían recorrer el camino inverso e influir de nuevo en el ser humano en su totalidad mediante una respiración prescrita. Esto es algo que, en cualquier circunstancia, si se prescribe de una u otra forma, provoca conmociones internas y que, en realidad, debería evitarse. Debemos aprender precisamente a observar lo que nos enseña la euritmia, en concreto la euritmia vocal, sobre su propia influencia en el proceso respiratorio. Y entonces podremos continuar de forma consciente aquello que se manifiesta eurítmicamente en cada caso concreto. Porque allí se puede ver claramente que este proceso, este proceso respiratorio, continúa de una manera determinada, es decir, de forma diferente para cada persona.

Bueno, estos, queridos amigos, son más o menos los temas que aún se pueden abordar. No hay tiempo suficiente para entrar en detalle en algunas cuestiones que, sin duda, aún quedan pendientes. Para terminar, solo quiero decirles con unas pocas palabras, queridos amigos, que deben prepararse para que sus colegas médicos de todo el mundo les planteen una lucha no menos intensa en cuanto se den cuenta claramente de que algo de nuestra naturaleza está ganando terreno, y que ya necesitan la fuerza de convicción capaz de contrarrestar lo que se les opondrá. Por supuesto, lo que se nos oponga nunca debe llevarnos a dejar de actuar, pero tampoco debemos hacernos ilusiones sobre todas aquellas fuerzas que consideramos antagónicas.

También al final de este curso quiero reiterar que me atengo plenamente a este principio en todos los ámbitos: para hacer posible el movimiento que ahora se va a poner en marcha en el ámbito médico, yo mismo no intervendré directamente en los procesos de curación de los pacientes, sino que me limitaré a hablar con ellos, debatir y aconsejando a los propios médicos, de modo que ustedes siempre puedan estar en condiciones de rechazar cualquier intento que pudiera sugerir que yo mismo quisiera intervenir de alguna manera en el tratamiento de forma injustificada. Esto es lo que ya dije al final del último curso. La verdad es que, desde el punto de vista antroposófico, —y esto no se puede ocultar—, se nos pone las cosas extraordinariamente difíciles, porque, naturalmente, la gente nos plantea todo tipo de exigencias en este sentido. De hecho, también ocurre que entre los antroposofos existe la tendencia, no a superar el egoísmo, sino a volverse a veces incluso más egoístas que la gente normal, y entonces, en determinados casos, realmente les da igual la más absoluta indiferencia, lo que sea el bienestar del movimiento, que el bienestar del movimiento se basa en que no se debe llevar a cabo, en cada caso concreto, lo que el mundo exterior denomina precisamente «charlatanería», sino que debe tener lugar el proceso de sanación de toda la medicina, y que este no debe verse perturbado por aquello que el individuo, tal vez a veces, plantea como exigencias a partir de sus aspiraciones personales. Resulta muy difícil, pero hay que llevarlo a cabo en esta dirección, pues solo así podremos salir adelante precisamente en este ámbito si somos capaces de rebatir ante el mundo exterior lo que, por lo demás, también ocurre en nuestro movimiento antroposófico, siempre que se lleve a cabo con comprensión y no sea tergiversado por los que no lo comprenden, tenemos que ser capaces, simplemente por el hecho de saber lo que ocurre en el movimiento antroposófico, de decir: «Lo que allí se dice es sin duda alguna una mentira, es sin duda alguna una invención». - En ciertos casos, simplemente tenemos que poder decirlo siempre. Pero podemos decirlo si estamos interiormente, por así decirlo, iniciados en todo aquello que consiste en los asuntos a los que he llamado la atención aquí, es decir, que yo no intervengo directamente en los procesos de curación, sino que, para curar al paciente, están precisamente aquellos que ejercen como médicos dentro de nuestro movimiento antroposófico.

Al haber tenido que decir esto, no quiero añadir nada más que esto: que precisamente en vosotros estas ideas, —que, debido a la brevedad del tiempo, a menudo solo han podido quedar en insinuaciones en este curso—, puedan seguir madurando, y que surtan efecto de la manera adecuada para el bien de la humanidad. Esperamos tener la oportunidad de continuar de alguna manera lo que ya hemos iniciado en dos ocasiones, y al menos nos esforzaremos por llevarlo adelante de alguna forma. Con este deseo concluyo estas reflexiones, queridos amigos, y espero que, en todos estos aspectos, nuestras acciones estén a la altura de nuestros deseos. Ha sido una gran satisfacción veros aquí. Será una satisfacción recordar los días que habéis querido pasar aquí precisamente para enriquecer la ciencia médica, y los pensamientos que nos unen os acompañarán, queridos amigos, en los caminos que recorreréis para llevar a la práctica aquello que aquí hemos intentado, en primer lugar, suscitar en nuestros pensamientos.

Traducido por J.Luelmo




meditación de la piedra de fundación