CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

Mostrando entradas con la etiqueta misterios Eleusinos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta misterios Eleusinos. Mostrar todas las entradas

GA232 Dornach, 14 de diciembre de 1923 Los misterios ctónicos y eleusinos. La transición de Platón a Aristóteles

   ver ciclo

 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los misterios ctónicos y eleusinos. La transición de Platón a Aristóteles

Dornach, 14 de diciembre de 1923

Volvamos a imaginar, frente a nuestra alma, el significado que tuvo que esas verdades y conocimientos, que estaban encerrados en los misterios de Hibernia, en cierto sentido se hayan embotado, es decir, que no hayan tenido más efecto en su camino del oeste a Europa Central - hacia el este, y que en lugar de lo espiritual, incluso en cuestiones religiosas, haya surgido la percepción sensorial externa, al menos la tradición, la transmisión de esa percepción sensorial. Queremos volver a colocar frente a nuestra alma, la imagen que se nos presentó al final de la última exposición. Hemos señalado la esencia de Cristo en los misterios de Hibernia; también la hemos señalado en la época en la que se desarrolló este misterio de Gólgota. Allí fueron los iniciadores y sus discípulos en Hibernia quienes, sin que en su medio se hubiera realizado sensorialmente este misterio de Gólgota ni pudieran recibir ninguna noticia sobre él, al mismo tiempo realizaron este misterio como una festividad universal, porque comprendían claramente a través de su visión que este misterio de Gólgota se desarrolla externamente de manera simultánea.

Así que para los iniciadores y sus alumnos en Hibernia surgió la necesidad de experimentar un evento realmente sensible solo de manera anímica, de manera espiritual. Y no era necesario para aquellas actitudes y orientaciones de conocimiento, que eran habituales en Hibernia, tener más que lo espiritual en el mundo físico.
Pero esto muestra claramente que en Hibernia en general se observaba sobre todo lo espiritual, lo anímico. Sin embargo, en todas las corrientes ocultas posibles de la vida espiritual, lo que se había inaugurado en Hibernia se trasplantó a través de las islas británicas, Bretaña, la actual Holanda y Bélgica hacia Europa Central, y también a través de la actual Alsacia hacia Europa Central. Y aunque no en la civilización general, en los primeros siglos del desarrollo cristiano encontramos por todas esas regiones mencionadas anteriormente, aquí y allá, personas individuales capaces de entender lo que venía de los misterios de Hibernia. Pero, como dije, eso no llegó a ser una civilización común. Y uno tiene que acercarse a estas cosas con un deseo íntimo de conocimiento para, en los primeros siglos cristianos, aún encontrar muchas personalidades, mientras que en los siglos posteriores, especialmente desde el octavo y noveno hasta el quince y dieciséis, cada vez es más escaso encontrar a estas personas, personas que, aunque solo con un pequeño número de discípulos a su alrededor, lograron transmitir en silencio, al margen del gran mundo y de su civilización, lo que se había iniciado en el occidente europeo en la isla de Irlanda.

En general, se difundió en Europa aquello para lo cual no se necesitaba una contemplación espiritual inmediata, a lo que se podía aferrar simplemente la tradición histórica, que contaba de manera simple lo que había sucedido como acontecimientos físicos en Palestina al comienzo de los tiempos. Y justamente de esta corriente surge aquello que se fue formando más y más de tal manera que se aceptaba únicamente lo que ocurría en la vida física. Cada vez menos se intuía realmente el colosal contraste que existe en tener aquello que, como el misterio de Gólgota, solo puede comprenderse a través de la vida espiritual más profunda, solamente tenerlo en cuenta en una forma externa, que se conecta con lo sensible. Pero, aun así, se convirtió en el camino necesario del desarrollo cultural en Europa.

Básicamente, todo esto ya se había estado preparando desde hacía mucho tiempo, y solo pudo suceder porque del antiguo ser de los misterios, incluso tal como era en Grecia, se había olvidado mucho, mucho. Porque estos misterios de Grecia, en realidad se dividían en dos tipos: unos, que se ocupaban principalmente de dirigir la mente del ser humano hacia los mundos espirituales, hacia la verdadera dirección de los mundos y la orientación de los mundos en el espíritu; y los que se ocupaban de los secretos de la naturaleza, de las fuerzas y entidades que operan en la naturaleza, es decir, las fuerzas y seres que existen en los poderes terrenales. Los que iban a iniciarse pasaban por ambos tipos de misterios. Y luego se decía de ellos que habían absorbido tanto los secretos del padre, los misterios de Zeus, como los secretos de la madre, los misterios de Deméter. Y si miramos hacia esos tiempos, encontramos allí, además de una visión espiritual que alcanzaba las regiones más altas, aunque ya con cierta abstracción, una visión de la naturaleza que iba hacia las profundidades y, sobre todo, lo que es especialmente importante, la conexión de ambas.

Esta conexión de ambos, eso que hoy se presta poca atención, que el ser humano lleva ciertos elementos externos de la naturaleza dentro de sí, y no lleva otros elementos de la naturaleza dentro de sí, eso era justamente considerado en los misterios cthónicos de Grecia en el sentido más profundo. Ya saben, el ser humano lleva organizado dentro de sí el hierro. También lleva otros metales dentro de sí; lleva calcio, sodio, magnesio, y así sucesivamente, ciertos metales dentro de sí. Pero hay ciertos metales que no lleva dentro de sí, si uno solo se fija en encontrarlos analizando al ser humano con los métodos científicos habituales en relación con su composición material. Por ejemplo, desde el punto de vista de este examen externo, el ser humano no lleva plomo, ni cobre, ni mercurio, ni estaño, ni plata, ni oro dentro de sí.

Ese era el gran misterio de quienes iban a ser iniciados en los misterios griegos, que culminaba en la pregunta: ¿Cómo es que el hombre, por ejemplo, lleva hierro dentro de sí, lleva calcio, lleva sodio dentro de sí, lleva otras sustancias que también se encuentran en la naturaleza exterior, pero que, por ejemplo, no lleva plomo ni estaño? Se estaba profundamente convencido de que el hombre era un pequeño mundo, un microcosmos. Y, sin embargo, parecía como si el hombre no llevara dentro de sí estos metales: plomo, estaño, mercurio, plata, oro.

Para los iniciados mayores en Grecia, realmente se puede decir que pensaban: parece que es así. Porque, de hecho, estaban profundamente convencidos de que el ser humano es un verdadero microcosmos, es decir, que lleva dentro de sí todo lo que se manifiesta en el mundo.

Veamos un poco la mente de alguien que está siendo iniciado en Grecia. Por ejemplo, se le enseñaba, —tengo que resumir algo que se extendió durante mucho tiempo de enseñanza en unas pocas frases, pero seguro que me entenderán—, así que le decían: Mira, exactamente como hoy la Tierra contiene hierro en todas partes, y el hierro también está en el ser humano, así hubo un tiempo, cuando la Tierra aún no era Tierra, sino que estaba en un estado planetario anterior, en que esta Tierra, que aún era Luna o incluso Sol, contenía en sí misma también plomo, estaño y demás, y todos los seres que participaban en esta forma anterior de la Tierra también participaban en estos metales y sus fuerzas, así como el ser humano de hoy participa de la fuerza del hierro. Pero en aquellas transformaciones por las que pasó la forma más antigua de la Tierra, solo el hierro quedó como algo que aún existe con tal fuerza y densidad que el ser humano puede penetrarlo. Los otros metales mencionados, aunque están contenidos en la Tierra, ya no están en ella de tal manera que el ser humano los pudiera penetrar directamente. Pero están presentes en una enorme finura en todo el espacio universal que concierne al ser humano.

Cuando miro un trocito de plomo, es el conocido metal gris-blanco. Tiene una densidad determinada. Se puede tocar. Pero ese mismo plomo, que se encuentra en los minerales de plomo de la Tierra, está presente en todo el espacio cósmico al que pertenece el ser humano en una dilución infinitamente fina y tiene allí su significado. En el espacio cósmico significa que emite sus fuerzas en todas partes, incluso donde aparentemente no hay plomo, y el ser humano aún entra en contacto con estas fuerzas del plomo, pero ahora no a través de su cuerpo físico, sino solo a través de su cuerpo etérico. Porque fuera de los tipos de minerales de plomo de la Tierra, el plomo está presente precisamente en tal dilución que solo puede actuar sobre el cuerpo etérico del ser humano. Pero incluso sobre él actúa en este estado, extendido por todo el espacio cósmico en una dilución infinita.

Y entonces el alumno de los misterios ctónicos griegos aprendía que, así como la Tierra, que en realidad es infinitamente rica en hierro, es un planeta del que un habitante de otro planeta podría decir que es rico en hierro, —solo Marte sería su pariente en esa riqueza de hierro—, del mismo modo, como la Tierra es rica en hierro, Saturno es rico en plomo. Lo que para la Tierra es el hierro, para Saturno es el plomo. Y hay que suponer —así lo aprendía el discípulo de los misterios ctónicos en Grecia— que, hace mucho tiempo, cuando se produjo aquella separación de Saturno de la forma planetaria general que la Tierra tuvo en su día, tal y como se describe en mi obra «Ciencia Oculta», esa distribución particular en relación con el plomo también tuvo lugar en aquel momento, cuando Saturno se separó de esa forma general. Saturno, por así decirlo, se llevó el plomo consigo y lo mantiene mediante su propia fuerza vital planetaria y su propio calor planetario en un estado tal que puede impregnar todo el sistema planetario, al que también pertenece nuestra Tierra, con estas fuerzas de plomo finamente distribuidas.

Así que uno debe imaginarse lo siguiente: La Tierra, en las vastedades de Saturno, que sin embargo llena todo el sistema planetario con el plomo fino, con la sustancia fina de plomo. Esta sustancia fina de plomo actúa sobre el ser humano. Y aún de esto podemos encontrar rastros, de que aquel que se iniciaba en Grecia recibía noticia de ello, de que este discípulo aprendía a comprender cómo actúa este plomo. Él sabía: Nuestros sentidos, especialmente el sentido de la vista, ocuparían completamente al ser humano, impidiéndole llegar a ser autónomo. El ser humano solo vería, no podría reflexionar sobre lo que ve, no podría alejarse de lo que ha visto y decir: Yo veo. Se vería completamente abrumado por la visión, si no existiera este efecto del plomo. Este efecto del plomo es lo que hace que el ser humano sea autónomo en sí mismo, que lo enfrenta como Yo ante la receptividad hacia el mundo exterior que vive en él. Y son estas fuerzas del plomo las que primero entran en el cuerpo etérico del ser humano, y luego, desde el cuerpo etérico, impregnan de cierta manera el cuerpo físico del ser humano. Debido a esto, el ser humano obtiene la capacidad de la memoria, de recordar.

Y siempre fue un gran momento cuando un alumno, como el alumno griego de los misterios ctónicos, después de haber aprendido a entender tales cosas, era llevado a lo siguiente. Se le mostraba la sustancia del plomo con la mayor solemnidad posible. Luego su mente era elevada hacia Saturno. Después se le mostraba la relación de Saturno con el plomo terrestre. Entonces se le decía: Así como ves este plomo, así lo contiene la Tierra. Pero la Tierra en su estado actual no es capaz de darle al plomo directamente una forma que pueda actuar en el ser humano. Pero Saturno, con su estado de calor completamente diferente, con sus fuerzas vitales internas, dispersa el plomo en el espacio planetario, y así te conviertes en un ser humano independiente, en un ser humano que puede recordar. Recuerda que eres humano solo porque hoy todavía sabes lo que supiste hace diez, hace veinte años. Piensa solo en cómo tu humanidad sufre si no llevas dentro lo que llevaste hace diez, veinte años. Tu fuerza del yo se fragmentaría si la fuerza de la memoria no estuviera completamente presente. Esto se lo debes a lo que irradia hacia ti desde el lejano Saturno. Es la fuerza que en el plomo de la Tierra ha llegado a reposo y en este estado de reposo ya no puede actuar sobre el ser humano. Así, el plomo de Saturno hace que en ti los pensamientos se fijen, que después de cierto tiempo vuelvan a surgir desde las profundidades del alma, que puedas vivir con el mundo exterior de forma continua, no solo temporalmente. Se lo debes a la fuerza Plomo-Saturno, que no solo ves hoy los objetos a tu alrededor y los olvidas mañana, sino que puedes conservarlos, puedes hacer que lo que experimentaste años atrás vuelva a ser activo en tu alma; puedes organizar tu vida interior de acuerdo a lo que experimentaste en tu entorno durante tu vida terrenal.

Al principio, eso causaba una impresión tremenda en el estudiante, porque se le había presentado algo de manera muy solemne, pero con una solemnidad seria y no sentimental. Pero luego también aprendía a entender: Sí, si solamente pudiera actuar esta fuerza de plomo-Saturno, si solo esta fuerza de plomo-Saturno le diera al hombre la capacidad del yo, la capacidad de recordar, entonces el hombre se alejaría completamente del cosmos. Si solo existiera esta fuerza de Saturno, el hombre podría captar con su memoria lo que ha visto con sus ojos físicos y conservarlo para la vida terrenal, pero al mismo tiempo se alejaría del cosmos. Sería, por así decirlo, un ermitaño en la existencia terrenal, inspirado por Saturno para la capacidad de recordar.

Allí el estudiante aprendía a reconocer que a esta fuerza de Saturno debe oponerse otra fuerza: la fuerza de la Luna. Supongamos que los dos estuvieran situados de tal manera que la fuerza de Saturno y la fuerza lunar vinieran de lados opuestos, pero fluyendo una en la otra, hacia la Tierra, es decir, hacia el ser humano. Lo que Saturno le quita al ser humano, la Luna se lo da; lo que Saturno le da al ser humano, la Luna se lo quita. Y así como la Tierra tiene en el hierro una fuerza que el ser humano puede procesar internamente en sí mismo, fuerza que Saturno tiene en el plomo y que la Luna tiene esa misma fuerza en la plata.

También la plata, tal como está en la tierra, ya ha alcanzado un estado por el cual no puede entrar en el ser humano. Pero toda la esfera que ocupa la Luna está, de hecho, atravesada por plata finamente distribuida. La Luna actúa, especialmente cuando su luz viene desde la dirección del Leo, de manera que el ser humano, gracias a esta fuerza de plata de la Luna, tiene el efecto opuesto de la fuerza del plomo de Saturno, de modo que no se desapega del macrocosmos, aunque sea inspirado graciosamente desde el universo con la fuerza de la memoria.



Y entonces era un momento especialmente solemne cuando el estudiante griego era guiado, cuando Saturno y la Luna se situaban frente a frente de esta manera y podían verse, y entonces, en la solemnidad de la noche, se le hacía claro al estudiante: Mira hacia Saturno rodeado de anillos. A él le debes lo que eres como ser humano completo en ti mismo. Y mira hacia el otro lado, hacia la Luna que brilla con luz plateada. A ella le debes poder soportar la fuerza de Saturno sin desprenderte del cosmos.

Verán, de esta manera, —en estrecha conexión con la relación del ser humano con el cosmos—, se practicaba en Grecia lo que más tarde, en caricatura, se llamaría astrología. Entonces era una verdadera sabiduría, porque no se veía la estrella solo como un punto o mancha de luz en el cielo, sino que en la estrella se veía la esencia espiritualmente viva y la existencia humana en la Tierra en conexión con esa esencia espiritualmente viva. Se tenía una ciencia de la naturaleza que llegaba hasta lo celestial, que se extendía hasta los confines del universo. Y luego, cuando el discípulo había recibido esos destellos de luz, esas vistas luminosas, cuando eso se había grabado profundamente en su alma, entonces se le llevaba, por ejemplo, en los verdaderos misterios de Eleusis, como era habitual, —ustedes lo han visto en mis descripciones de otros misterios, incluidos los misterios irlandeses—, frente a dos estatuas. Y una de esas estatuas representaba una divinidad paternal, aquella divinidad paternal rodeada de los signos planetarios y solares; aquella estatua paternal que, por ejemplo, le mostraba al radiante Saturno, pero tan radiante que el discípulo recordaba: Sí, esa es la radiación de plomo del cosmos; así como recordaba con la Luna: Sí, esa es la radiación plateada de la Luna, y lo mismo con cada planeta. De modo que en la estatua que representaba lo paternal aparecía lo que llegaba como secretos desde el entorno planetario de la Tierra, lo que estaba relacionado con los distintos metales de la Tierra, que sin embargo, dentro de la Tierra, ya se habían vuelto inútiles para el interior humano.

Mira, así se le decía al alumno, ahí está el padre del mundo frente a ti. El padre del mundo lleva en Saturno el plomo, en Júpiter el estaño, en Marte el hierro relacionado con los seres de la Tierra -pero en un estado completamente diferente-, en el Sol el dorado radiante, en Venus el cobre brillante y fluyente, en Mercurio el mercurio radiante, en la Luna la plata resplandeciente. Tú llevas dentro de ti solo aquello de lo metálico que has podido apropiarte de los estados planetarios que la Tierra tuvo en otro tiempo. Del estado actual solo puedes apropiarte del hierro. Pero como ser humano en la Tierra no eres un todo. Lo que el padre, que está frente a ti, te muestra en los metales, que hoy no pueden existir en ti mismo de manera terrestre y que hoy debes tomar del cosmos, en el padre tienes tu otra parte, si te consideras un humano que ha pasado por las transformaciones planetarias de la Tierra. Entonces eres verdaderamente un ser completo. Aquí en la Tierra estás como una parte del humano. La otra parte la lleva el padre sobre su cabeza y en su brazo frente a ti. Lo que está aquí frente a ti, junto con lo que él lleva, eso eres tú verdaderamente. Estás en la Tierra. Pero esta Tierra no siempre fue como es hoy. Si siempre hubiera sido así, no podrías estar en ella como humano. Porque ella lleva dentro de sí, aunque en un estado muerto, también el plomo de Saturno, el estaño de Júpiter, el hierro de Marte, —en otro estado, claro—, el oro del Sol, la plata de la Luna, el cobre de Venus, el mercurio de Mercurio; lo lleva dentro de sí. Pero así como lo lleva dentro, esos metales son solo recuerdos de la manera en que alguna vez la plata, durante la existencia lunar, vivió en la Tierra, el oro durante la existencia solar, el plomo durante la existencia de Saturno. Y lo que hoy te aparece en las densas masas metálicas de plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio, plata, —excepto el hierro que realmente conoces, que no es el hierro subterráneo, porque ese es marino—, lo que hoy te aparece en estos metales compactos y densos, se derramó una vez desde el cosmos hacia la Tierra en un estado completamente diferente. Estos metales, tal como los conoces hoy en la Tierra, son los cadáveres de antiguos seres metálicos. El plomo es el cadáver de aquel ser metálico que durante la época de Saturno y más tarde, nuevamente en otro grado durante la época lunar, intervino en la Tierra en su antigua forma. El estaño intervino junto con el oro durante el tiempo del sol de la Tierra en un estado totalmente diferente; si lo miras con la mente, entonces esta estatua en lo que te transmite de lo actual se vuelve para ti una estatua verdaderamente paternal. Y en la mente, como en una visión real, la estatua de los verdaderos misterios en Eleusis cobraba vida y entregaba a la figura femenina que estaba al lado aquello que en ese tiempo eran los metales. Y la figura femenina aceptaba esta antigua forma de los metales en la visión del alumno y la rodeaba con aquello que la Tierra podía dar de sí misma cuando se volvió Tierra.

Así veía el alumno este maravilloso proceso, este maravilloso acontecimiento: de repente resplandecía, como ahora simbólicamente de nuevo, desde la mano de la estatua paterna, resplandecía la masa metálica, y aquello que era tierra, digamos por ejemplo con su cal u otras rocas, se encontraba con lo que resplandecía, y rodeaba lo que fluía metálicamente con sustancia terrestre, así como la mano cariñosamente extendida de la estatua materna recibía aquello que la estatua paterna le otorgaba a la estatua materna en forma de fuerza metálica. Era una impresión grande, poderosa, porque en ello se veía la interacción de lo cósmico con lo terrestre a lo largo de las eras. Y se aprendía a sentir correctamente aquello que la tierra ofrecía.

Echa un vistazo a algunas cosas que son metálicas en la tierra. Las han cristalizado. Las han rodeado con una especie de corteza, con lo que viene de la tierra. Lo metálico viene del cosmos; lo que viene de la tierra como que acoge con cariño lo que viene del cosmos. Lo ves por todas partes afuera, donde caminas por los yacimientos de metales y te ocupas de los metales. Y lo que se enfrentaba al metal, se llamaba la madre. Y las sustancias terrestres más importantes, que se oponían a lo celestial-metálico para recibirlo, se llamaban las madres.


Ese también es un aspecto para aquellas «madres» a quienes Fausto desciende. Al mismo tiempo desciende a tiempos preterrenales de la Tierra, para ver cómo la madre Tierra acoge en sí lo que, desde el cosmos, se le ha dado de manera paternal.

Por todo esto, en el discípulo de los misterios eleusinos se despertaba internamente una empatía con el cosmos, un conocimiento interior del corazón sobre lo que en realidad son los productos y procesos naturales en la Tierra.

Mis queridos amigos, cuando el hombre de hoy observa estos procesos naturales, observa estos productos de la naturaleza, todo está muerto, todo es un cadáver. Y cuando manipulamos la física o la química, ¿qué hacemos sino lo mismo que hace finalmente el anatomista cuando en la sala de autopsias corta el cadáver, donde él tiene lo muerto de aquello cuya función es la vida? Así, con nuestra química, con nuestra física, cortamos en la naturaleza viva. Pero al estudiante griego se le daba una ciencia natural diferente: la ciencia natural de lo viviente, que le permitía mirar el plomo de hoy como el cadáver del plomo. Hay que retroceder a los tiempos en que el plomo estuvo vivo. Allí se le hacía clara la misteriosa relación del hombre con el universo, la misteriosa relación del hombre con lo que lo rodea en lo terrenal.

Y entonces, cuando el alumno había pasado por algo así, cuando esto se había profundizado en su alma frente a la estatua paterna y materna, que representaba en su alma las dos fuerzas opuestas, las fuerzas del cosmos, las fuerzas de lo terrenal, entonces, por así decirlo, era llevado al lugar más sagrado, incluso en Grecia. Allí tenía ante sí la imagen: la figura femenina, amamantando al niño en su pecho. Luego era introducido en la comprensión de las palabras: Y este es el dios Jakchos, que algún día vendrá. Así, el alumno griego aprendía de antemano a entender el misterio de Cristo.

De nuevo, de manera espiritual, Cristo también había sido presentado ante los que iban a ser iniciados en Eleusis. Pero en aquel tiempo, la gente solo podía conocer a este Cristo primero como el Futuro, como aquel que todavía era niño, Niño del mundo, que debía crecer finalmente en el cosmos. A los iniciados se les llamaba telestes: aquellos que debían mirar hacia el final, hacia la meta del desarrollo de la Tierra.

Y entonces se produjo un gran cambio. Llegó un cambio que, con toda claridad, también se expresa históricamente en la transición de Platón a Aristóteles.

Verán, es algo peculiar, mis queridos amigos. Cuando llegó el siglo cuarto en el desarrollo de la cultura griega, se produjo el primer giro hacia lo abstracto. Y ocurrió de tal manera que entre Platón y Aristóteles, cuando Platón ya estaba en la vejez, cuando Platón realmente estaba en el final de su trayectoria, tuvo lugar la siguiente escena entre Platón y Aristóteles. Platón dijo, -tengo que poner en palabras lo que, naturalmente, ocurrió de una manera mucho más complicada-, aproximadamente lo siguiente a Aristóteles:

Algunas cosas no te parecieron del todo claras, como te las he presentado a ti y a los demás alumnos. Pero lo que les he presentado a ti y a los otros alumnos es, al fin y al cabo, el extracto de la antigua sabiduría de los misterios sagrados. Sin embargo, los seres humanos, a medida que se desarrollen, adoptarán una forma, una figura, una organización interna que, poco a poco, los llevará a algo más elevado que lo que tenemos actualmente en los seres humanos, aunque esto hace imposible que el hombre reciba aquello que la ciencia natural, del modo en que yo lo he descrito hoy, era entre los griegos. - Esto lo dejó claro Platón a Aristóteles. - Y por eso quiero retirarme por un tiempo, dijo Platón, y dejarte a ti mismo. Intenta, en el mundo de los pensamientos para el que estás especialmente dotado, y que debería ser el mundo de los pensamientos de la humanidad durante muchos siglos, intenta formar con tus pensamientos lo que has recibido aquí en mi escuela.

Aristóteles y Platón permanecieron separados, y con ello Platón cumplió una elevada misión intelectual precisamente a través de Aristóteles.

Vean, mis queridos amigos, debo describirles la escena tal y como se la acabo de contar. Pero si miran en los libros de historia, también encontrarán esta escena descrita, y ahora se la voy a contar tal y como aparece en los libros de historia de los que la gente aprende. Allí se describe así: Aristóteles fue siempre un estudiante algo rebelde de Platón, tanto que Platón habría dicho una vez que Aristóteles era un alumno talentoso, pero que era como un caballo que ha sido domado por alguien y luego le pega con la pezuña a su maestro. Y lo que ocurrió entre Aristóteles y Platón hizo que Platón se alejara cada vez más de Aristóteles, se enojara y dejara de ir a la Academia a enseñar. Eso está en los libros de historia.

Una cosa está en los libros de historia; la otra, lo que les he contado, es la verdad y lleva en sí el impulso para algo muy importante. Porque vean, había dos tipos de escritos de Aristóteles. Unos contenían una ciencia natural significativa, esa ciencia natural que era la ciencia natural de Eleusis, y que llegó a Aristóteles a través de Platón; y el otro tipo de escritos contiene los pensamientos, los pensamientos abstractos, que eran encargos de Platón, sí, encargos de lo que Platón a su vez tenía como tarea de los misterios eleusinos, que Aristóteles debía presentar.

Y también tomó un camino doble lo que Aristóteles realmente tenía para ofrecer. Una fueron los llamados escritos lógicos, esos textos lógicos que extrajeron los pensamientos más sólidos de la antigua sabiduría eleusina. Aristóteles entregó estos escritos, con poca ciencia natural, a su alumno Teofrasto. Y a través de Teofrasto y por otros caminos, llegaron hasta Grecia y Roma, y formaron durante la Edad Media la sabiduría docente para aquellos que trabajaban en la civilización, para los maestros de las cosmovisiones en Europa Central.

Y lo que surgió de la manera en que se lo conté la última vez, lo que surgió porque se tuvo que rechazar la sabiduría de los misterios de Hibernia y solo se podía vincular con aquello que nuevamente era tradición de lo que se desarrollaba sensorialmente al inicio de la cronología, eso se combinó con lo que fue separado de la sabiduría de Platón aún presente en Aristóteles, o la sabiduría de los misterios eleusinos. Pero para lo que era realmente científico en naturaleza, que aún llevaba en sí el espíritu de los misterios ctónicos, que luego solo fluyeron hacia los eleusinos, que era una ciencia de la naturaleza que se extendía hacia el cielo, que exploraba las vastedades del cosmos para explicar lo terrenal, para esa ciencia de la naturaleza en Grecia el tiempo se había acabado. Y todo lo que se debía salvar de esta ciencia de la naturaleza solo se podía salvar de tal manera: que Aristóteles se convirtió en el maestro de Alejandro, quien llevó sus expediciones hacia Asia, e introdujo todo lo posible de la ciencia natural aristotélica en Oriente, que luego pasó a las escuelas judías, árabes, de ahí a África y finalmente a España, y que de manera filtrada influyó en parte en lo que se vivía en Europa Central, como les mostré, surgido de los misterios de hybernia en individuos solitarios. Teofrasto le dio a los teólogos de la Edad Media su Aristóteles. Alejandro Magno llevó al otro Aristóteles hacia Asia: esa sabiduría eleusina, que después llegó a España a través de África de manera muy atenuada y que resplandece en la Edad Media, a pesar de la civilización general, incluso fue cuidada en algunos monasterios, por ejemplo por aquel, quisiera decir, que llegó a la posteridad en forma mítica, Basilio Valentín. Eso vive por dentro, eso vive, quisiera decir, bajo la superficie, mientras que en la superficie vive justamente esa cultura de la que ya les hablé la última vez. Porque en todo lo que era la civilización general, no vive lo que aún se podía enseñar en tiempos de Aristóteles: Cristo realmente debe ser reconocido.

La tercera imagen, la figura femenina que lleva al niño en el pecho, el niño Jaccho, también debe ser comprendida. Pero lo que debe aportar la comprensión de esta tercera figura aún tiene que venir en el desarrollo de la humanidad; así, muchas veces, sin poder escribirlo, a través de relaciones, como las que les acabo de mostrar, Aristóteles se lo había dicho a su alumno, Alejandro Magno.

Y así vemos cómo en el seno de los tiempos se encuentra la invitación a comprender, en su realidad original, lo que luego fue tan bellamente representado por los pintores cristianos: la madre con el niño en el pecho, lo cual, sin embargo, no se ha comprendido completamente, ni en la Madonna de Rafael ni en el ícono oriental, y aún espera ser entendido.

Algunas de las cosas necesarias para lograr tal comprensión se tratarán en el curso del próximo tiempo aquí en estas conferencias. Mañana dibujaré el camino que ha llevado algunos profundos misterios ocultos sobre Arabia a Europa, para así fijar ante sus almas cierta manifestación histórica. Y en las conferencias, que deben mostrar la base oculta del devenir histórico de la humanidad, y que se darán en Navidad ante los delegados, también tendré que exponer en el momento correspondiente todo el significado de las campañas de Alejandro en relación con el aristotelismo.

Traducido por J.Luelmo

GA233 Dornach, 29 de diciembre de 1923 Entre la revelación de Asia y la historia actual del aristotelismo

      Índice

RUDOLF STEINER

 HISTORIA DEL MUNDO A LA LUZ DE LA ANTROPOSOFÍA

Dornach, 29 de diciembre de 1923

VI conferencia

El período de tres a cuatro siglos antes del Misterio del Gólgota, y de tres a cuatro siglos después, suma un período de seis a ocho siglos, este período es particularmente importante para la comprensión de la historia de Occidente en relación con Oriente. La esencia de los acontecimientos de los cuales he hablado en los últimos días, y que culminaron en la aparición del aristotelismo y en las campañas de Alejandro de Macedonia llevadas a cabo en Asia, la esencia de estos acontecimientos es que forman una especie de conclusión para esa civilización de Oriente que todavía estaba completamente inmersa en los impulsos de los Misterios.

La conclusión final, por así decirlo, de estos impulsos mistéricos aún genuinos y puros de Oriente fue el sacrílego incendio de Éfeso. Y a continuación tenemos que ocuparnos de lo que queda para Europa, para Grecia, por así decirlo, de la tradición mistérica, de imágenes en la sombra, diría yo, de la antigua civilización infundida por Dios. Y cuatro siglos después del Misterio del Gólgota podemos ver, por así decirlo, a través de otro acontecimiento, lo que aún quedaba de las ruinas del sistema de los misterios. Lo podemos ver en Juliano Apóstata. Juliano Apóstata, el emperador romano, es iniciado en el siglo IV, en aquello que podía ser iniciado, dadas las circunstancias, por uno de los últimos hierofantes de los Misterios Eleusinos. Esto significa que Juliano Apóstata aprendió tanto de lo que eran los antiguos misterios de los dioses de Oriente, tanto como era todavía posible aprender en los misterios eleusinos en el siglo IV d.C.

Esto nos señala un punto, el punto de partida de cierta época, el incendio de Éfeso. El día del incendio de Éfeso es el cumpleaños de Alejandro Magno, 356 a.C. La muerte violenta de Juliano el Apóstata, 363 d.C. allá en Asia nos sitúa al final de esta época, el aniversario de su muerte. Se podría decir: en medio de esta época, - 356 a.C. y 363 d.C.- se encuentra el Misterio del Gólgota. Y ahora veamos cómo este período, que acabo de limitar, se destaca realmente en toda la historia del desarrollo humano. Ahora tenemos ante nosotros el curioso hecho de que si queremos mirar hacia atrás, más allá de este período, en el desarrollo de la humanidad, debemos hacer algo que, desde nuestro punto de vista, es muy similar a otro. Pero a menudo no unimos ambas cosas.

Recuerden cómo me vi obligado a describir en mi escrito "Teosofía" los mundos que para nosotros entran en consideración, que son: el mundo físico, lindando con él un mundo transitorio, el mundo anímico, y luego aquel otro mundo en el cual sólo puede entrar la parte más elevada del hombre, el país de los espíritus. Y si se prescinde de las peculiaridades particulares de este país de los espíritus, que el hombre experimenta actualmente entre la muerte y un nuevo nacimiento, entonces tiene lugar algo que, -de un modo muy parecido a como tenemos que reorientar nuestra constitución anímica para comprender este país de los espíritus-, tenemos que reorientar nuestra constitución anímica para comprender lo que se encuentra más allá de este punto del tiempo. El trasfondo del incendio de Éfeso no puede entenderse con los conceptos e ideas aplicables al mundo actual. Aquí hay que desarrollar otras ideas y conceptos que permitan mirar a la gente que todavía sabía que, al igual que el hombre en el proceso de respiración está conectado con el aire exterior, así también ellos a través de su alma está continuamente conectado con los dioses.

Y ahora, veamos este mundo, que es en cierto sentido un Devacán terrenal, una tierra espiritual terrenal, pues el mundo físico no sirve para este mundo. Luego tenemos ese período intermedio desde mi punto de vista, 356 antes de Cristo hasta el 363 después de Cristo. ¿Y qué hay más allá? Más allá, hacia Asia, más allá hacia Europa, se encuentra el mundo del que la raza humana actual está a punto de emerger, al igual que la raza humana antigua emergió del mundo oriental a través del griego hacia el Imperio Romano (véase el dibujo panel 1). 

panel 1
Porque lo que se desarrolló como civilización a lo largo de los siglos desde la Edad Media hasta nuestros días, es una civilización que se ha formado y desplegado, al margen del interior real del ser de los misterios, que se ha desarrollado sobre la base de lo que el hombre puede formar con sus conceptos e ideas. En Grecia ya se había preparado desde Heródoto, que describió los hechos de la historia de un modo externo y ya no se acercó a lo espiritual, o al menos sólo muy someramente. Después esto se desarrolla cada vez más. Pero en Grecia aún queda algo del aliento de esas imágenes sombras que deberían recordarnos la vida espiritual. En Roma, en cambio, comienza esa época con la que la humanidad del presente está todavía emparentada, esa edad que tiene una constitución anímica de un modo completamente distinto incluso a la de Grecia. Sólo una personalidad como Juliano el Apóstata siente algo así como una invencible añoranza del viejo mundo, y se deja iniciar en los misterios eleusinos con cierta honestidad. Pero lo que consigue allí ya no tiene ningún poder cognitivo. Y, sobre todo, procede de un mundo que ya no puede captar plenamente las tradiciones de los misterios de Oriente con el interior del alma.

La humanidad actual nunca habría llegado a existir si a Asia no le hubieran seguido Grecia y Roma. La humanidad de hoy es aquella que se asienta sobre la personalidad, sobre la personalidad individual del individuo. La personalidad oriental, la humanidad oriental no se asentaba sobre la personalidad individual del individuo. El individuo se sentía miembro del proceso divino en curso. Los dioses tenían sus planes con respecto a la evolución de la tierra, los dioses querían esto o aquello; por lo tanto esto era lo que ocurría aquí abajo en la tierra. Los dioses inspiraban la voluntad del hombre. Todo lo que hicieron las poderosas personalidades que les he señalado en Oriente, estaba inspirado por los dioses. Los dioses lo querían, y el pueblo lo hacía. Y los Misterios eran utilizados en los tiempos antiguos precisamente para llevar esta voluntad de los dioses y las acciones de los hombres a los cauces correctos.

Sólo en Éfeso cambiaron las cosas. Allí, como ya les dije, los discípulos de los misterios dependían de su propia madurez, no tanto ya del curso de las estaciones. Fue allí donde apareció el primer vestigio de personalidad. Aristóteles y Alejandro Magno también habían recibido el impulso de la personalidad en encarnaciones anteriores. Pero ahora llegaba el tiempo, que tiene allí su aurora, en que Juliano Apóstata recibe el último anhelo de ser un hombre del ser de los misterios de Oriente. Ahora llega el tiempo en que el alma humana se vuelve muy diferente de lo que era incluso en Grecia.

Imagínense una vez más a un hombre que ha recibido algún entrenamiento en los Misterios Efesios. Su constitución anímica no se deriva de estos Misterios: la debe al simple hecho de que vive en esa época. Cuando hoy un hombre rememora, cuando, como decimos, piensa en sí mismo, ¿Qué puede recordar? Puede recordar algo que él mismo experimentó en persona durante su vida actual, tal vez algo que experimentó hace 20 o 30 años. Este recuerdo interior en el pensamiento no se remonta, por supuesto, más allá de su propia vida personal. Por contra el hombre que pertenecía, por ejemplo, a la civilización efesia era diferente. Si había recibido, aunque fuera en un grado mínimo, la formación que se podía tener en Éfeso, entonces le sucedía que cuando se ponía a recordar, surgían en su alma, en lugar de los recuerdos que se limitan a la vida personal, acontecimientos de la existencia preterrenal, acontecimientos que precedieron al período terrestre de la evolución. Él contemplaba la evolución de la Luna, la evolución del Sol, contemplándolos en los diversos reinos de la Naturaleza. Podía también mirar en su interior y ver la unión del hombre con el Todo Cósmico; veía cómo el hombre depende del Cosmos y está ligado a él. Y todo esto que vivía en su alma era memoria verdadera, "propia", era la memoria cósmica del hombre.

Así que podemos decir que tenemos una época, la época en la que los misterios del mundo podían ser experimentados en Éfeso. Existía un recuerdo del alma humana de los tiempos prehistóricos en el cosmos. Este recuerdo iba precedido de una verdadera vida interior en el pasado. Lo que quedaba de ella era simplemente mirar al pasado. En la época de la que nos habla la Epopeya de Gilgamesh, no podemos decir que el alma humana recuerde el pasado en el cosmos; debemos decir que experimenta el pasado en el presente. - A continuación viene el período que va de Alejandro a Juliano Apóstata. Dejémoslo de lado por el momento. Y luego llegamos a la época de la que surgió la civilización occidental de la Edad Media y los tiempos modernos. Ya no había memoria del alma humana del pasado en el cosmos, ya no había experiencia del pasado en el presente, sino sólo tradición.

Primero: Experimentar el pasado en el presente.
Segundo: Recuerdo del pasado del alma humana en el cosmos.
Tercero: tradición.

Se hizo posible escribir los sucesos. Surgió la Historia. Esta historia comienza con la época romana. ¡¡Imagínense la enorme diferencia!! Piensen en la época que vivieron los alumnos mayores de Éfeso. 

Ellos no necesitaban libros de historia. Escribir lo sucedido les hubiera parecido ridículo. Pues había que pensar, bastaba pensar con suficiente profundidad, entonces lo sucedido surgía de las profundidades de la conciencia. Y no había ningún médico moderno que presentara esto como psicoanálisis, sino que era precisamente el deleite del alma humana hacer surgir de este modo de una memoria viva lo que una vez estuvo allí.

Entonces llegó el tiempo en que la humanidad como tal había olvidado y tuvo que hacer un registro improvisado de lo que había sucedido. Pero al mismo tiempo que la humanidad tenía que dejar que se atrofiara lo que antes era el poder cósmico de la memoria en el alma humana, al tiempo que la humanidad tenía que empezar torpemente a escribir los acontecimientos mundiales, a escribir la historia, etc., entretanto se desarrolló en el ser humano la memoria personal, el recuerdo personal. Cada época tiene su misión especial, su tarea especial. He aquí la otra cara de lo que ya he explicado en las primeras conferencias, el surgimiento de la memoria temporal. Esta memoria en el tiempo, o memoria temporal, tuvo, por así decirlo, su cuna en Grecia, se acrecentó a través de la cultura romana en la Edad Media y en los tiempos modernos. En tiempos de Juliano el Apóstata ya estaba sembrada la semilla de la civilización basada en la personalidad, como atestigua el hecho de que a Juliano el Apóstata no le sirviera de nada dejarse iniciar en los Misterios de Eleusinos.

Así pues, ahora llega la época en que el hombre occidental, desde los siglos III y IV d.C. hasta nuestros días, vive durante su vida terrenal completamente fuera del mundo espiritual, la época en que vive en meros conceptos e ideas, en abstracciones. En Roma incluso los dioses se convierten en abstracciones. Llega un momento en que la humanidad ya no sabe nada de la convivencia con el mundo espiritual. La tierra ya no es Asia, la región más baja de los cielos, la tierra es un mundo propio, y los cielos están distantes, oscurecidos en la visión humana. De modo que se puede decir: El hombre desarrolla su personalidad bajo la influencia de lo que llegó a Occidente como cultura romana.

Del mismo modo que el mundo espiritual, la tierra de los espíritus, que está arriba, limita abajo con un mundo de almas, así también, con el tiempo, este mundo espiritual oriental limita con lo que es la civilización de Occidente: una especie de mundo de almas. Y este mundo de almas se manifiesta realmente hasta nuestros días. Pero la mayor parte de la humanidad actual aún no se da cuenta de que en realidad se está produciendo un poderoso cambio. Algunos de mis amigos que me escuchan a menudo sabrán que no me gusta decir que una época es una época de transición, porque toda época es una época de transición, es decir, que va de lo anterior a lo posterior. Sólo depende desde dónde y hacia donde se produzca la transición. Pero precisamente lo que les he dicho indica que esta transición es como venir de la tierra de los espíritus al mundo de las almas y sólo de allí al mundo físico. ¡Oh, todavía había ciertos ecos espirituales en la civilización que se ha desarrollado hasta ahora! Incluso en el materialismo se delataban ciertos ecos espirituales. El materialismo real en todos los ámbitos sólo existe desde mediados del siglo XIX, y todavía es comprendido en todo su significado por muy poca gente. Pero está ahí con una fuerza enorme, y hoy es una época de transición hacia un tercer mundo que es realmente tan diferente del anterior como este anterior romano es diferente del oriental.

Ahora, quiero decir que entre Alejandro y Juliano se quedó fuera, por así decirlo, un período de tiempo, y el Misterio del Gólgota cae en medio de este período. Este Misterio del Gólgota ya no es recibido por la humanidad como lo era en la época en que la gente comprendía los misterios, de lo contrario habrían tenido ideas muy diferentes sobre el Cristo que vivía en el hombre Jesús de Nazaret. Sino que sólo unas pocas personas que fueron iniciadas en los misterios, - contemporáneos del Misterio del Gólgota-, todavía tenían tales ideas. La inmensa mayoría de la humanidad occidental no tenía concepciones para comprender espiritualmente el Misterio del Gólgota. Por lo tanto, la primera forma en que el Misterio del Gólgota prendió en la tierra fue a través de la tradición externa, de la tradición exterior. Sólo en los círculos de iniciados de los primeros siglos fue posible comprender espiritualmente lo que había sucedido con el Misterio del Gólgota.

Pero había algo más, de lo que ya les he hablado a algunos de ustedes en conferencias anteriores. En Hybernia, en Irlanda, estaban los ecos de la antigua sabiduría atlante. En los Misterios de Hybernia, que anteayer les expuse, las dos sugerentes figuras ofrecían al discípulo la posibilidad de ver el mundo tan claramente como lo veían los antiguos atlantes. Y estos misterios de Hybernia eran estrictamente autónomos, envueltos en una atmósfera de inmensa seriedad. Ellos estaban allí en los siglos anteriores al Misterio del Gólgota, y continuaban estando allí en la época del Misterio del Gólgota. El Misterio del Gólgota tuvo lugar allá en Asia, en Jerusalén tuvo lugar lo que luego se comunica históricamente en los Evangelios. Pero aunque ninguna boca humana hubiera emitido un mensaje, sin que estuviera presente ninguna otra conexión, en los Misterios de Hybernia se sabía clarividentemente, en el momento en que el Misterio del Gólgota tenía lugar trágicamente, que el verdadero Misterio del Gólgota estaba teniendo lugar en Palestina. En los centros mistéricos de Hybernia, tuvo lugar simultáneamente la imagen simbólica. Allí el misterio del Gólgota no se aprendió por tradición, se aprendió de forma espiritual. Y mientras en Palestina el más grande, el más majestuoso acontecimiento tenía lugar en la realidad física externa, aquellos actos rituales habían tenido lugar en los Misterios de Hybernia a través de los cuales una imagen viva del Misterio del Gólgota estaba allí en la luz astral.

Ven que las cosas están interrelacionadas, que existe realmente, digamos como una especie de valle del mundo en el que desaparece la antigua relación con los dioses.

En Oriente, esta antigua concepción de los dioses se corrompió tras el incendio de Éfeso. En Hibernia está presente, continúa presente, hasta que desaparece también allí, pero sólo en la era postcristiana. Y todo lo que irradia del Misterio del Gólgota se desarrolla a través de la tradición, de la tradición oral. En Occidente se desarrolló una civilización que sólo se basaba en la tradición oral o, más tarde, en un estudio externo de la naturaleza, en un estudio puramente sensorial de la naturaleza, que en el campo de la naturaleza corresponde a la mera tradición, a la tradición escrita u oral en el campo de la historia.

panel 2

Para que se pueda decir: He aquí la civilización de la personalidad. Lo espiritual, el Misterio del Gólgota todavía se transmite históricamente, ya no es visto (ver dibujo panel 2). Imagínense esto vívidamente, imagínense cómo, en la época posterior a Juliano Apostata, se extendió una cultura que excluía lo espiritual. Sólo a finales del siglo XIX, a partir de finales de los años setenta, llegó una nueva llamada a la humanidad desde las alturas espirituales, por así decirlo. Este fue el comienzo de la era que a menudo he caracterizado como la Era de Micael. Hoy quiero caracterizarla desde el punto de vista que yo digo: Ha llegado esa época en la que el hombre, si quiere permanecer con el viejo materialismo, -y una gran parte de la humanidad quiere permanecer inicialmente con él-, se adentrará entonces en terribles abismos. El hombre, si quiere permanecer en el viejo materialismo, descenderá necesariamente a lo infrahumano, no podrá mantenerse en el nivel humano. Pero para mantenerse en el nivel humano, el hombre debe abrir sus sentidos. Desde finales del siglo XIX es absolutamente necesario que el hombre abra sus sentidos a las revelaciones espirituales que están disponibles desde entonces.

Hubo ciertos poderes espirituales en acción que, yo diría, sólo encontraron su expresión externa en la personalidad de Eróstrato. Eróstrato fue, por así decirlo, la última espada que esgrimían ciertos poderes espirituales de Asia. Y cuando Eróstrato arrojó la antorcha incendiaria en el templo de Éfeso, detrás de él, sosteniéndolo por así decirlo sólo como la espada o como la continuación de la antorcha incendiaria, había entidades demoníacas que básicamente tenían la intención de no dejar pasar nada espiritual a esta civilización europea.

Aristóteles y Alejandro Magno se oponen a esto. ¿Qué ocurrió en realidad? A través de las campañas de Alejandro, el conocimiento natural de Aristóteles fue llevado a Asia, y un profundo conocimiento de la naturaleza se extendió por todas partes. Alejandro había fundado academias por todas partes, no sólo en Alejandría, en Egipto, sino en toda Asia, en las que estableció la sabiduría antigua, de modo que esta sabiduría antigua estuvo allí y fue cultivada durante mucho tiempo. Los sabios griegos siempre pudieron venir y encontrar refugio allí. El conocimiento natural fue llevado a Asia por Alejandro.

Europa inicialmente no podía tolerar este conocimiento más profundo de la naturaleza con la debida honestidad. Sólo quería conocimiento externo, cultura externa, civilización externa. <Por lo tanto, su alumno Teofrasto tomó lo que había en el Aristotelismo y lo entregó a Occidente. Pero todavía había una cantidad extraordinaria en él. Los escritos más lógicos de Aristóteles fueron entregados a Occidente. Pero esa es la peculiaridad de Aristóteles, que se lee de forma diferente a otros escritores, incluso donde es abstracto y lógico. No tienen ustedes mas que averiguar la diferencia entre leer a Platón y leer a Aristóteles con una experiencia interior, espiritual, basada en la meditación. Cuando un hombre moderno lee a Platón con un verdadero y correcto sentimiento espiritual y sobre la base de una cierta meditación, entonces después de algún tiempo siente como si su cabeza estuviera algo más elevada que su cabeza física, como si hubiera salido un poco de su organismo físico. Este es definitivamente el caso de aquellos que no se limitan a leer a Platón muy toscamente.

Con Aristóteles es diferente. Con Aristóteles nunca tendrán la sensación de que se salen del cuerpo al leerlo. Sino que si se lee a Aristóteles sobre la base de una cierta preparación meditativa, entonces se tendrá la sensación de que él está trabajando precisamente en el ser humano físico. El ser humano físico progresa precisamente a través de Aristóteles. Está trabajando. No es una lógica que uno meramente contempla, sino que es una lógica que trabaja interiormente. Aristóteles es aún más elevado que todos los pedantes que vinieron después de él e hicieron lógica de Aristóteles. Las obras lógicas de Aristóteles sólo se entienden correctamente en cierto sentido si se entienden como libros de meditación. Así que contienen algo singular. Piénsenlo: si los escritos científicos de Aristóteles hubieran pasado simplemente de Macedonia a Occidente, a Europa central y meridional, se habrían recibido de una forma que habría sido desastrosa. Ciertamente, la gente habría absorbido algo de ello, pero habría sido desastroso. Porque lo que Aristóteles, por ejemplo, tuvo que transmitir a Alejandro en ciencias naturales, -he dado una muestra de ello-, tuvo que ser captado por almas que aún permanecían tocadas por la esencia del tiempo de Éfeso, el tiempo anterior a la quema de Éfeso. Estos sólo podían encontrarse allá en Asia o en el África egipcia. De modo que el conocimiento y la comprensión de la esencia de la naturaleza habían pasado a Asia a través de las incursiones de Alejandro (se dibujó anteriormente en la imagen del panel 2 naranja a la derecha), y en una forma debilitada llegó más tarde a Europa a través de todas las migraciones posibles vía España, pero en un estado muy tamizado, debilitado (amarillo de derecha a izquierda). Pero lo que llegó directamente fueron los escritos lógicos de Aristóteles, el pensamiento de Aristóteles. Y eso perduró, perduró en la escolástica medieval.

Sí, y ahora tenemos estas dos corrientes. Siempre tenemos en el fondo de las visiones centroeuropeas aquello que, me gustaría decir, sigue propagándose desagradablemente en amplios círculos de personas incluso algo primitivas. Sólo hay que ver cómo la semilla que Alejandro llevó una vez a Asia, que llegó a Europa por todo tipo de rutas, primero a través de Arabia y demás, pero luego también por tierra a través de los cruzados, vive en todas partes, pero desagradablemente, en lugares ocultos. Aquí vienen personas como Jakob Böhme, como Paracelso, como muchos otros, que retoman lo que ha llegado a los amplios círculos primitivos de Europa por tales desvíos. Hemos transmitido aquí una sabiduría popular, mucho más de lo que suele creerse. Vive. Y a veces fluye en tales depositarios como Valentin Weigel, Paracelsus, Jakob Böhme, como muchos otros cuyos nombres se mencionan mucho menos; brilla abundantemente sobre lo que fue o es el alejandrismo, que llegó tarde a Europa, en Basilius Valentinus y así sucesivamente. En los monasterios vivía una verdadera sabiduría alquímica, que no sólo iluminaba sobre algunas transformaciones de las sustancias, sino que iluminaba sobre las peculiaridades más íntimas de las propias transformaciones humanas en el universo. Y los eruditos reconocidos se ocupan de un Aristóteles ciertamente distorsionado, tamizado, logologizado; pero este Aristóteles, con el que la escolástica y la ciencia posterior se ocupan como filosofía, este Aristóteles se convierte sin embargo en una bendición para Occidente. Porque fue sólo en el siglo XIX, cuando la gente ya no entendía nada de Aristóteles, cuando la gente sólo estudiaba a Aristóteles como si debieran leerlo, como si no debieran practicarlo, como si no fuera un libro de meditación. Sólo en el siglo XIX la gente ya no tiene nada de Aristóteles, porque ya no trabaja ni vive en ellos, sino porque se limitan a estudiarlo, porque no es un libro de ejercicios, sino un objeto de estudio. Hasta el siglo XIX era un libro de ejercicios. Pero ya ven, en el siglo XIX, lo que antes era práctica, lo que antes era habilidad, se transforma en conocimiento abstracto.

En Grecia,-tomemos esta otra línea, por medio de la cual también se caracteriza el asunto-, allá se tiene confianza en que lo que el ser humano tiene como capacidad de entendimiento, surge a partir del conjunto del ser humano. El maestro es el gimnasta. A partir de todo el ser humano en su movimiento físico, en el que actúan los dioses, surge lo que luego, por así decirlo, emerge y se convierte en discernimiento humano. El gimnasta es el maestro. En Roma, el gimnasta es sustituido más tarde por el retórico. Esto ya está algo abstraído de todo el ser humano, pero al menos sigue habiendo algo ahí que está conectado con una actividad humana en una parte del organismo. ¡Qué se mueve cuando hablamos! ¡Cómo vive el habla en nuestro corazón, en nuestros pulmones, en nuestro diafragma y más abajo! Ésta ya no vive tan intensamente en toda la persona como la que practicaba el gimnasta, pero sigue viviendo en una gran parte de la persona. Y los pensamientos son entonces sólo un extracto de lo que vive en el habla. El retórico ocupa el lugar del gimnasta. El gimnasta se ocupa de todo el ser humano. El retórico solo ha de tratar con aquello que hasta cierto punto ya excluye los miembros y así partiendo de una parte del hombre envía a la cabeza lo que es discernimiento. Y el tercer estadio, que sólo surge en los tiempos modernos, es el docto, que no entrena más que la cabeza, que sólo se ocupa de los pensamientos. En el siglo XIX todavía se nombraban profesores de elocuencia en las distintas universidades, pero ya no podían ejercer esta cátedra porque ya no se acostumbraba a inferir nada a la palabra, porque todo se limitaba a pensar. Los retóricos se extinguieron. Los que sólo representaban lo más insignificante de la humanidad, los doctos que sólo representaban la cabeza, se convirtieron en los líderes de la educación.

Y así era realmente cuando vivía el verdadero Aristóteles, ejercicio, ascetismo, ejercicios espirituales, lo que se derivaba de Aristóteles. Y estas dos corrientes incluso permanecieron. Cualquiera que no sea muy joven y que haya participado conscientemente en lo que tuvo lugar desde mediados hasta las últimas décadas del siglo XIX ya sabe, si ha viajado un poco del modo en que Paracelso, por ejemplo, viajó entre la gente del campo, que los últimos restos del saber popular medieval, del que Jakob Böhme, del que Paracelso se nutrió, estuvieron ahí hasta los años setenta y ochenta del siglo XIX. Y finalmente, esto también es cierto: Especialmente dentro de ciertas órdenes y en la vida de ciertos reducidos círculos, se conservó hasta las últimas décadas del siglo XIX un cierto aristotelismo de la práctica, de la práctica interior del alma. Y es justo decir que, por un lado, todavía se podían conocer los últimos brotes de lo que había sido llevado a Asia por Alejandro desde el aristotelismo, y por otro lado, lo que había llegado a través del Cercano Oriente, África y España y fue revivido en gente como Basilio Valentín y más tarde como sabiduría popular, de la que también se nutrieron Jacob Boehme, Paracelso y muchos otros. También regresó de una manera diferente a través de los cruzados. Pero estaba ahí en las amplias masas del pueblo, y todavía se podía encontrar. En las últimas décadas del siglo XIX todavía se podía decir: Gracias a Dios que los últimos brotes de lo que había sido llevado a Asia como ciencia natural antigua por las campañas de Alejandro seguían vivos, aunque apenas reconocibles, aunque corrompidos. De aquello que aún vivía en el sueño popular primitivo de una manera muy extraña, sobre la antigua alquimia, de los antiguos conocimientos y las conexiones entre las sustancias naturales y las fuerzas naturales, no eran mas que los últimos ecos. Hoy se han extinguido, hoy ya no están ahí, ya no se pueden encontrar, ya no se puede reconocer nada en ellos.

También había formación espiritual aristotélica entre ciertos individuos que uno podía llegar a conocer. Hoy en día ya no existe. Se conservaba lo que luego fue llevado a Oriente (continuación del panel 2; rojo de derecha a izquierda), y lo que fue llevado a Occidente por el alumno de Aristóteles, Teofrasto (azul del centro a la izquierda). Pero lo que había sido llevado a Oriente había vuelto de nuevo. Y se puede decir: En los años setenta y ochenta del siglo XIX se pudo enlazar con un conocimiento espiritual nuevo y directo a lo que en los últimos brotes se enlazó con los acontecimientos que les he descrito. 

panel 3
Esta es una conexión maravillosa, pues a partir de ello se ve que las influencias de Alejandro y el aristotelismo estaban allí para mantener el vínculo con lo espiritual antiguo, para que repercutieran en lo que se habría de convertir en la cultura material, para que tuvieran repercusiones que sólo durarían hasta que llegaran nuevas revelaciones espirituales.

A menudo les he dicho en diversos lugares que esta nueva vida espiritual apenas comenzaba a surgir a finales de los años setenta del siglo XIX en los primeros indicios y luego cada vez más con el fin del siglo. Hoy tenemos la tarea de captar toda la corriente de la vida espiritual que, me gustaría decir, viene a nosotros desde las alturas. Y por eso hoy estamos en medio de una verdadera transición en el despliegue espiritual de la humanidad. Y si no nos damos cuenta de estas extrañas conexiones y de estos vínculos con el pasado, entonces en realidad estamos dormidos ante los acontecimientos más importantes que están teniendo lugar a nuestro alrededor en la vida espiritual. Y ¡Cuánto dormimos realmente ante los acontecimientos más esenciales de hoy! La antroposofía debería estar ahí para despertar a la gente.

Y creo que para todos los que ahora están reunidos aquí en esta conferencia de Navidad, hay un impulso para un posible despertar. Verán, estamos en vísperas del día y tendremos que encontrar nuestro camino a través de esta conferencia hacia el aniversario de este triste acontecimiento; estamos en vísperas del día en que estallaron las terribles llamaradas de fuego que consumieron el Goetheanum. Y que el mundo piense lo que quiera sobre este incendio del Goetheanum, en el desarrollo del movimiento antroposófico este incendio significa algo monstruoso. Pero uno no lo juzga en toda su profundidad si no mira por un lado cómo estas llamas físicas de fuego se encendieron en aquel momento, cuando de un modo extraño, -hablaré de ello en los próximos días-, de los tubos del órgano, de otras cosas metálicas, las cosas metálicas abrasadoras ardieron en las llamas, de modo que surgieron estas extrañas coloraciones de las llamas. Entonces el recuerdo tuvo que ser llevado al año pasado. Pero en este recuerdo debe vivir el hecho de que lo físico es maya, que tenemos que buscar la verdad de las llamas de fuego en el fuego espiritual, que ahora tenemos que encender en nuestros corazones, en nuestras almas. El Goetheanum espiritualmente efectivo debe surgir del Goetheanum físicamente incendiado.

No creo, queridos amigos, que esto pueda suceder en el sentido pleno e histórico mundial a menos que podamos, por un lado, contemplar las llamas que se elevan en terribles lenguas de fuego desde el Goetheanum que hemos llegado a amar tanto, y al mismo tiempo contemplar en el fondo ese otro incendio traicionero de Éfeso, cuando Herostrato, guiado por poderes demoníacos, arrojó la tea llameante al Templo. Si reunimos estos dos eventos, colocando uno en el fondo y otro en el primer plano de nuestro pensamiento, tendremos entonces una imagen que tal vez tenga el poder de escribir con suficiente profundidad en nuestros corazones lo que hemos perdido y lo que debemos esforzarnos al máximo por reconstruir.

Traducido por J.Luelmo ago,2024