RUDOLF STEINER
Volvamos a imaginar, frente a nuestra alma, el significado que tuvo que esas verdades y conocimientos, que estaban encerrados en los misterios de Hibernia, en cierto sentido se hayan embotado, es decir, que no hayan tenido más efecto en su camino del oeste a Europa Central - hacia el este, y que en lugar de lo espiritual, incluso en cuestiones religiosas, haya surgido la percepción sensorial externa, al menos la tradición, la transmisión de esa percepción sensorial. Queremos volver a colocar frente a nuestra
Así que para los iniciadores y sus alumnos en Hibernia surgió la necesidad de experimentar un evento realmente sensible solo de manera anímica, de manera espiritual. Y no era necesario para aquellas actitudes y orientaciones de conocimiento, que eran habituales en Hibernia, tener más que lo espiritual en el mundo físico.
Pero esto muestra claramente que en Hibernia en general se observaba sobre todo lo espiritual, lo anímico. Sin embargo, en todas las corrientes ocultas posibles de la vida espiritual, lo que se había inaugurado en Hibernia se trasplantó a través de las islas británicas, Bretaña, la actual Holanda y Bélgica hacia Europa Central, y también a través de la actual Alsacia hacia Europa Central. Y aunque no en la civilización general, en los primeros siglos del desarrollo cristiano encontramos por todas esas regiones mencionadas anteriormente, aquí y allá, personas individuales capaces de entender lo que venía de los misterios de Hibernia. Pero, como dije, eso no llegó a ser una civilización común. Y uno tiene que acercarse a estas cosas con un deseo íntimo de conocimiento para, en los primeros siglos cristianos, aún encontrar muchas personalidades, mientras que en los siglos posteriores, especialmente desde el octavo y noveno hasta el quince y dieciséis, cada vez es más escaso encontrar a estas personas, personas que, aunque solo con un pequeño número de discípulos a su alrededor, lograron transmitir en silencio, al margen del gran mundo y de su civilización, lo que se había iniciado en el occidente europeo en la isla de Irlanda.
En general, se difundió en Europa aquello para lo cual no se necesitaba una contemplación espiritual inmediata, a lo que se podía aferrar simplemente la tradición histórica, que contaba de manera simple lo que había sucedido como acontecimientos físicos en Palestina al comienzo de los tiempos. Y justamente de esta corriente surge aquello que se fue formando más y más de tal manera que se aceptaba únicamente lo que ocurría en la vida física. Cada vez menos se intuía realmente el colosal contraste que existe en tener aquello que, como el misterio de Gólgota, solo puede comprenderse a través de la vida espiritual más profunda, solamente tenerlo en cuenta en una forma externa, que se conecta con lo sensible. Pero, aun así, se convirtió en el camino necesario del desarrollo cultural en Europa.
Básicamente, todo esto ya se había estado preparando desde hacía mucho tiempo, y solo pudo suceder porque del antiguo ser de los misterios, incluso tal como era en Grecia, se había olvidado mucho, mucho. Porque estos misterios de Grecia, en realidad se dividían en dos tipos: unos, que se ocupaban principalmente de dirigir la mente del ser humano hacia los mundos espirituales, hacia la verdadera dirección de los mundos y la orientación de los mundos en el espíritu; y los que se ocupaban de los secretos de la naturaleza, de las fuerzas y entidades que operan en la naturaleza, es decir, las fuerzas y seres que existen en los poderes terrenales. Los que iban a iniciarse pasaban por ambos tipos de misterios. Y luego se decía de ellos que habían absorbido tanto los secretos del padre, los misterios de Zeus, como los secretos de la madre, los misterios de Deméter. Y si miramos hacia esos tiempos, encontramos allí, además de una visión espiritual que alcanzaba las regiones más altas, aunque ya con cierta abstracción, una visión de la naturaleza que iba hacia las profundidades y, sobre todo, lo que es especialmente importante, la conexión de ambas.
Esta conexión de ambos, eso que hoy se presta poca atención, que el ser humano lleva ciertos elementos externos de la naturaleza dentro de sí, y no lleva otros elementos de la naturaleza dentro de sí, eso era justamente considerado en los misterios cthónicos de Grecia en el sentido más profundo. Ya saben, el ser humano lleva organizado dentro de sí el hierro. También lleva otros metales dentro de sí; lleva calcio, sodio, magnesio, y así sucesivamente, ciertos metales dentro de sí. Pero hay ciertos metales que no lleva dentro de sí, si uno solo se fija en encontrarlos analizando al ser humano con los métodos científicos habituales en relación con su composición material. Por ejemplo, desde el punto de vista de este examen externo, el ser humano no lleva plomo, ni cobre, ni mercurio, ni estaño, ni plata, ni oro dentro de sí.
Ese era el gran misterio de quienes iban a ser iniciados en los misterios griegos, que culminaba en la pregunta: ¿Cómo es que el hombre, por ejemplo, lleva hierro dentro de sí, lleva calcio, lleva sodio dentro de sí, lleva otras sustancias que también se encuentran en la naturaleza exterior, pero que, por ejemplo, no lleva plomo ni estaño? Se estaba profundamente convencido de que el hombre era un pequeño mundo, un microcosmos. Y, sin embargo, parecía como si el hombre no llevara dentro de sí estos metales: plomo, estaño, mercurio, plata, oro.
Para los iniciados mayores en Grecia, realmente se puede decir que pensaban: parece que es así. Porque, de hecho, estaban profundamente convencidos de que el ser humano es un verdadero microcosmos, es decir, que lleva dentro de sí todo lo que se manifiesta en el mundo.
Veamos un poco la mente de alguien que está siendo iniciado en Grecia. Por ejemplo, se le enseñaba, —tengo que resumir algo que se extendió durante mucho tiempo de enseñanza en unas pocas frases, pero seguro que me entenderán—, así que le decían: Mira, exactamente como hoy la Tierra contiene hierro en todas partes, y el hierro también está en el ser humano, así hubo un tiempo, cuando la Tierra aún no era Tierra, sino que estaba en un estado planetario anterior, en que esta Tierra, que aún era Luna o incluso Sol, contenía en sí misma también plomo, estaño y demás, y todos los seres que participaban en esta forma anterior de la Tierra también participaban en estos metales y sus fuerzas, así como el ser humano de hoy participa de la fuerza del hierro. Pero en aquellas transformaciones por las que pasó la forma más antigua de la Tierra, solo el hierro quedó como algo que aún existe con tal fuerza y densidad que el ser humano puede penetrarlo. Los otros metales mencionados, aunque están contenidos en la Tierra, ya no están en ella de tal manera que el ser humano los pudiera penetrar directamente. Pero están presentes en una enorme finura en todo el espacio universal que concierne al ser humano.
Cuando miro un trocito de plomo, es el conocido metal gris-blanco. Tiene una densidad determinada. Se puede tocar. Pero ese mismo plomo, que se encuentra en los minerales de plomo de la Tierra, está presente en todo el espacio cósmico al que pertenece el ser humano en una dilución infinitamente fina y tiene allí su significado. En el espacio cósmico significa que emite sus fuerzas en todas partes, incluso donde aparentemente no hay plomo, y el ser humano aún entra en contacto con estas fuerzas del plomo, pero ahora no a través de su cuerpo físico, sino solo a través de su cuerpo etérico. Porque fuera de los tipos de minerales de plomo de la Tierra, el plomo está presente precisamente en tal dilución que solo puede actuar sobre el cuerpo etérico del ser humano. Pero incluso sobre él actúa en este estado, extendido por todo el espacio cósmico en una dilución infinita.
Y entonces el alumno de los misterios ctónicos griegos aprendía que, así como la Tierra, que en realidad es infinitamente rica en hierro, es un planeta del que un habitante de otro planeta podría decir que es rico en hierro, —solo Marte sería su pariente en esa riqueza de hierro—, del mismo modo, como la Tierra es rica en hierro, Saturno es rico en plomo. Lo que para la Tierra es el hierro, para Saturno es el plomo. Y hay que suponer —así lo aprendía el discípulo de los misterios ctónicos en Grecia— que, hace mucho tiempo, cuando se produjo aquella separación de Saturno de la forma planetaria general que la Tierra tuvo en su día, tal y como se describe en mi obra «Ciencia Oculta», esa distribución particular en relación con el plomo también tuvo lugar en aquel momento, cuando Saturno se separó de esa forma general. Saturno, por así decirlo, se llevó el plomo consigo y lo mantiene mediante su propia fuerza vital planetaria y su propio calor planetario en un estado tal que puede impregnar todo el sistema planetario, al que también pertenece nuestra Tierra, con estas fuerzas de plomo finamente distribuidas.
Así que uno debe imaginarse lo siguiente: La Tierra, en las vastedades de Saturno, que sin embargo llena todo el sistema planetario con el plomo fino, con la sustancia fina de plomo. Esta sustancia fina de plomo actúa sobre el ser humano. Y aún de esto podemos encontrar rastros, de que aquel que se iniciaba en Grecia recibía noticia de ello, de que este discípulo aprendía a comprender cómo actúa este plomo. Él sabía: Nuestros sentidos, especialmente el sentido de la vista, ocuparían completamente al ser humano, impidiéndole llegar a ser autónomo. El ser humano solo vería, no podría reflexionar sobre lo que ve, no podría alejarse de lo que ha visto y decir: Yo veo. Se vería completamente abrumado por la visión, si no existiera este efecto del plomo. Este efecto del plomo es lo que hace que el ser humano sea autónomo en sí mismo, que lo enfrenta como Yo ante la receptividad hacia el mundo exterior que vive en él. Y son estas fuerzas del plomo las que primero entran en el cuerpo etérico del ser humano, y luego, desde el cuerpo etérico, impregnan de cierta manera el cuerpo físico del ser humano. Debido a esto, el ser humano obtiene la capacidad de la memoria, de recordar.
Y siempre fue un gran momento cuando un alumno, como el alumno griego de los misterios ctónicos, después de haber aprendido a entender tales cosas, era llevado a lo siguiente. Se le mostraba la sustancia del plomo con la mayor solemnidad posible. Luego su mente era elevada hacia Saturno. Después se le mostraba la relación de Saturno con el plomo terrestre. Entonces se le decía: Así como ves este plomo, así lo contiene la Tierra. Pero la Tierra en su estado actual no es capaz de darle al plomo directamente una forma que pueda actuar en el ser humano. Pero Saturno, con su estado de calor completamente diferente, con sus fuerzas vitales internas, dispersa el plomo en el espacio planetario, y así te conviertes en un ser humano independiente, en un ser humano que puede recordar. Recuerda que eres humano solo porque hoy todavía sabes lo que supiste hace diez, hace veinte años. Piensa solo en cómo tu humanidad sufre si no llevas dentro lo que llevaste hace diez, veinte años. Tu fuerza del yo se fragmentaría si la fuerza de la memoria no estuviera completamente presente. Esto se lo debes a lo que irradia hacia ti desde el lejano Saturno. Es la fuerza que en el plomo de la Tierra ha llegado a reposo y en este estado de reposo ya no puede actuar sobre el ser humano. Así, el plomo de Saturno hace que en ti los pensamientos se fijen, que después de cierto tiempo vuelvan a surgir desde las profundidades del alma, que puedas vivir con el mundo exterior de forma continua, no solo temporalmente. Se lo debes a la fuerza Plomo-Saturno, que no solo ves hoy los objetos a tu alrededor y los olvidas mañana, sino que puedes conservarlos, puedes hacer que lo que experimentaste años atrás vuelva a ser activo en tu alma; puedes organizar tu vida interior de acuerdo a lo que experimentaste en tu entorno durante tu vida terrenal.
Al principio, eso causaba una impresión tremenda en el estudiante, porque se le había presentado algo de manera muy solemne, pero con una solemnidad seria y no sentimental. Pero luego también aprendía a entender: Sí, si solamente pudiera actuar esta fuerza de plomo-Saturno, si solo esta fuerza de plomo-Saturno le diera al hombre la capacidad del yo, la capacidad de recordar, entonces el hombre se alejaría completamente del cosmos. Si solo existiera esta fuerza de Saturno, el hombre podría captar con su memoria lo que ha visto con sus ojos físicos y conservarlo para la vida terrenal, pero al mismo tiempo se alejaría del cosmos. Sería, por así decirlo, un ermitaño en la existencia terrenal, inspirado por Saturno para la capacidad de recordar.
Allí el estudiante aprendía a reconocer que a esta fuerza de Saturno debe oponerse otra fuerza: la fuerza de la Luna. Supongamos que los dos estuvieran situados de tal manera que la fuerza de Saturno y la fuerza lunar vinieran de lados opuestos, pero fluyendo una en la otra, hacia la Tierra, es decir, hacia el ser humano. Lo que Saturno le quita al ser humano, la Luna se lo da; lo que Saturno le da al ser humano, la Luna se lo quita. Y así como la Tierra tiene en el hierro una fuerza que el ser humano puede procesar internamente en sí mismo, fuerza que Saturno tiene en el plomo y que la Luna tiene esa misma fuerza en la plata.
También la plata, tal como está en la tierra, ya ha alcanzado un estado por el cual no puede entrar en el ser humano. Pero toda la esfera que ocupa la Luna está, de hecho, atravesada por plata finamente distribuida. La Luna actúa, especialmente cuando su luz viene desde la dirección del Leo, de manera que el ser humano, gracias a esta fuerza de plata de la Luna, tiene el efecto opuesto de la fuerza del plomo de Saturno, de modo que no se desapega del macrocosmos, aunque sea inspirado graciosamente desde el universo con la fuerza de la memoria.
Y entonces era un momento especialmente solemne cuando el estudiante griego era guiado, cuando Saturno y la Luna se situaban frente a frente de esta manera y podían verse, y entonces, en la solemnidad de la noche, se le hacía claro al estudiante: Mira hacia Saturno rodeado de anillos. A él le debes lo que eres como ser humano completo en ti mismo. Y mira hacia el otro lado, hacia la Luna que brilla con luz plateada. A ella le debes poder soportar la fuerza de Saturno sin desprenderte del cosmos.
Verán, de esta manera, —en estrecha conexión con la relación del ser humano con el cosmos—, se practicaba en Grecia lo que más tarde, en caricatura, se llamaría astrología. Entonces era una verdadera sabiduría, porque no se veía la estrella solo como un punto o mancha de luz en el cielo, sino que en la estrella se veía la esencia espiritualmente viva y la existencia humana en la Tierra en conexión con esa esencia espiritualmente viva. Se tenía una ciencia de la naturaleza que llegaba hasta lo celestial, que se extendía hasta los confines del universo. Y luego, cuando el discípulo había recibido esos destellos de luz, esas vistas luminosas, cuando eso se había grabado profundamente en su alma, entonces se le llevaba, por ejemplo, en los verdaderos misterios de Eleusis, como era habitual, —ustedes lo han visto en mis descripciones de otros misterios, incluidos los misterios irlandeses—, frente a dos estatuas. Y una de esas estatuas representaba una divinidad paternal, aquella divinidad paternal rodeada de los signos planetarios y solares; aquella estatua paternal que, por ejemplo, le mostraba al radiante Saturno, pero tan radiante que el discípulo recordaba: Sí, esa es la radiación de plomo del cosmos; así como recordaba con la Luna: Sí, esa es la radiación plateada de la Luna, y lo mismo con cada planeta. De modo que en la estatua que representaba lo paternal aparecía lo que llegaba como secretos desde el entorno planetario de la Tierra, lo que estaba relacionado con los distintos metales de la Tierra, que sin embargo, dentro de la Tierra, ya se habían vuelto inútiles para el interior humano.
Mira, así se le decía al alumno, ahí está el padre del mundo frente a ti. El padre del mundo lleva en Saturno el plomo, en Júpiter el estaño, en Marte el hierro relacionado con los seres de la Tierra -pero en un estado completamente diferente-, en el Sol el dorado radiante, en Venus el cobre brillante y fluyente, en Mercurio el mercurio radiante, en la Luna la plata resplandeciente. Tú llevas dentro de ti solo aquello de lo metálico que has podido apropiarte de los estados planetarios que la Tierra tuvo en otro tiempo. Del estado actual solo puedes apropiarte del hierro. Pero como ser humano en la Tierra no eres un todo. Lo que el padre, que está frente a ti, te muestra en los metales, que hoy no pueden existir en ti mismo de manera terrestre y que hoy debes tomar del cosmos, en el padre tienes tu otra parte, si te consideras un humano que ha pasado por las transformaciones planetarias de la Tierra. Entonces eres verdaderamente un ser completo. Aquí en la Tierra estás como una parte del humano. La otra parte la lleva el padre sobre su cabeza y en su brazo frente a ti. Lo que está aquí frente a ti, junto con lo que él lleva, eso eres tú verdaderamente. Estás en la Tierra. Pero esta Tierra no siempre fue como es hoy. Si siempre hubiera sido así, no podrías estar en ella como humano. Porque ella lleva dentro de sí, aunque en un estado muerto, también el plomo de Saturno, el estaño de Júpiter, el hierro de Marte, —en otro estado, claro—, el oro del Sol, la plata de la Luna, el cobre de Venus, el mercurio de Mercurio; lo lleva dentro de sí. Pero así como lo lleva dentro, esos metales son solo recuerdos de la manera en que alguna vez la plata, durante la existencia lunar, vivió en la Tierra, el oro durante la existencia solar, el plomo durante la existencia de Saturno. Y lo que hoy te aparece en las densas masas metálicas de plomo, estaño, hierro, oro, cobre, mercurio, plata, —excepto el hierro que realmente conoces, que no es el hierro subterráneo, porque ese es marino—, lo que hoy te aparece en estos metales compactos y densos, se derramó una vez desde el cosmos hacia la Tierra en un estado completamente diferente. Estos metales, tal como los conoces hoy en la Tierra, son los cadáveres de antiguos seres metálicos. El plomo es el cadáver de aquel ser metálico que durante la época de Saturno y más tarde, nuevamente en otro grado durante la época lunar, intervino en la Tierra en su antigua forma. El estaño intervino junto con el oro durante el tiempo del sol de la Tierra en un estado totalmente diferente; si lo miras con la mente, entonces esta estatua en lo que te transmite de lo actual se vuelve para ti una estatua verdaderamente paternal. Y en la mente, como en una visión real, la estatua de los verdaderos misterios en Eleusis cobraba vida y entregaba a la figura femenina que estaba al lado aquello que en ese tiempo eran los metales. Y la figura femenina aceptaba esta antigua forma de los metales en la visión del alumno y la rodeaba con aquello que la Tierra podía dar de sí misma cuando se volvió Tierra.
Así veía el alumno este maravilloso proceso, este maravilloso acontecimiento: de repente resplandecía, como ahora simbólicamente de nuevo, desde la mano de la estatua paterna, resplandecía la masa metálica, y aquello que era tierra, digamos por ejemplo con su cal u otras rocas, se encontraba con lo que resplandecía, y rodeaba lo que fluía metálicamente con sustancia terrestre, así como la mano cariñosamente extendida de la estatua materna recibía aquello que la estatua paterna le otorgaba a la estatua materna en forma de fuerza metálica. Era una impresión grande, poderosa, porque en ello se veía la interacción de lo cósmico con lo terrestre a lo largo de las eras. Y se aprendía a sentir correctamente aquello que la tierra ofrecía.
Echa un vistazo a algunas cosas que son metálicas en la tierra. Las han cristalizado. Las han rodeado con una especie de corteza, con lo que viene de la tierra. Lo metálico viene del cosmos; lo que viene de la tierra como que acoge con cariño lo que viene del cosmos. Lo ves por todas partes afuera, donde caminas por los yacimientos de metales y te ocupas de los metales. Y lo que se enfrentaba al metal, se llamaba la madre. Y las sustancias terrestres más importantes, que se oponían a lo celestial-metálico para recibirlo, se llamaban las madres.
Ese también es un aspecto para aquellas «madres» a quienes Fausto desciende. Al mismo tiempo desciende a tiempos preterrenales de la Tierra, para ver cómo la madre Tierra acoge en sí lo que, desde el cosmos, se le ha dado de manera paternal.
Por todo esto, en el discípulo de los misterios eleusinos se despertaba internamente una empatía con el cosmos, un conocimiento interior del corazón sobre lo que en realidad son los productos y procesos naturales en la Tierra.
Mis queridos amigos, cuando el hombre de hoy observa estos procesos naturales, observa estos productos de la naturaleza, todo está muerto, todo es un cadáver. Y cuando manipulamos la física o la química, ¿qué hacemos sino lo mismo que hace finalmente el anatomista cuando en la sala de autopsias corta el cadáver, donde él tiene lo muerto de aquello cuya función es la vida? Así, con nuestra química, con nuestra física, cortamos en la naturaleza viva. Pero al estudiante griego se le daba una ciencia natural diferente: la ciencia natural de lo viviente, que le permitía mirar el plomo de hoy como el cadáver del plomo. Hay que retroceder a los tiempos en que el plomo estuvo vivo. Allí se le hacía clara la misteriosa relación del hombre con el universo, la misteriosa relación del hombre con lo que lo rodea en lo terrenal.
Y entonces, cuando el alumno había pasado por algo así, cuando esto se había profundizado en su alma frente a la estatua paterna y materna, que representaba en su alma las dos fuerzas opuestas, las fuerzas del cosmos, las fuerzas de lo terrenal, entonces, por así decirlo, era llevado al lugar más sagrado, incluso en Grecia. Allí tenía ante sí la imagen: la figura femenina, amamantando al niño en su pecho. Luego era introducido en la comprensión de las palabras: Y este es el dios Jakchos, que algún día vendrá. Así, el alumno griego aprendía de antemano a entender el misterio de Cristo.
De nuevo, de manera espiritual, Cristo también había sido presentado ante los que iban a ser iniciados en Eleusis. Pero en aquel tiempo, la gente solo podía conocer a este Cristo primero como el Futuro, como aquel que todavía era niño, Niño del mundo, que debía crecer finalmente en el cosmos. A los iniciados se les llamaba telestes: aquellos que debían mirar hacia el final, hacia la meta del desarrollo de la Tierra.
Y entonces se produjo un gran cambio. Llegó un cambio que, con toda claridad, también se expresa históricamente en la transición de Platón a Aristóteles.
Verán, es algo peculiar, mis queridos amigos. Cuando llegó el siglo cuarto en el desarrollo de la cultura griega, se produjo el primer giro hacia lo abstracto. Y ocurrió de tal manera que entre Platón y Aristóteles, cuando Platón ya estaba en la vejez, cuando Platón realmente estaba en el final de su trayectoria, tuvo lugar la siguiente escena entre Platón y Aristóteles. Platón dijo, -tengo que poner en palabras lo que, naturalmente, ocurrió de una manera mucho más complicada-, aproximadamente lo siguiente a Aristóteles:
Algunas cosas no te parecieron del todo claras, como te las he presentado a ti y a los demás alumnos. Pero lo que les he presentado a ti y a los otros alumnos es, al fin y al cabo, el extracto de la antigua sabiduría de los misterios sagrados. Sin embargo, los seres humanos, a medida que se desarrollen, adoptarán una forma, una figura, una organización interna que, poco a poco, los llevará a algo más elevado que lo que tenemos actualmente en los seres humanos, aunque esto hace imposible que el hombre reciba aquello que la ciencia natural, del modo en que yo lo he descrito hoy, era entre los griegos. - Esto lo dejó claro Platón a Aristóteles. - Y por eso quiero retirarme por un tiempo, dijo Platón, y dejarte a ti mismo. Intenta, en el mundo de los pensamientos para el que estás especialmente dotado, y que debería ser el mundo de los pensamientos de la humanidad durante muchos siglos, intenta formar con tus pensamientos lo que has recibido aquí en mi escuela.
Aristóteles y Platón permanecieron separados, y con ello Platón cumplió una elevada misión intelectual precisamente a través de Aristóteles.
Vean, mis queridos amigos, debo describirles la escena tal y como se la acabo de contar. Pero si miran en los libros de historia, también encontrarán esta escena descrita, y ahora se la voy a contar tal y como aparece en los libros de historia de los que la gente aprende. Allí se describe así: Aristóteles fue siempre un estudiante algo rebelde de Platón, tanto que Platón habría dicho una vez que Aristóteles era un alumno talentoso, pero que era como un caballo que ha sido domado por alguien y luego le pega con la pezuña a su maestro. Y lo que ocurrió entre Aristóteles y Platón hizo que Platón se alejara cada vez más de Aristóteles, se enojara y dejara de ir a la Academia a enseñar. Eso está en los libros de historia.
Una cosa está en los libros de historia; la otra, lo que les he contado, es la verdad y lleva en sí el impulso para algo muy importante. Porque vean, había dos tipos de escritos de Aristóteles. Unos contenían una ciencia natural significativa, esa ciencia natural que era la ciencia natural de Eleusis, y que llegó a Aristóteles a través de Platón; y el otro tipo de escritos contiene los pensamientos, los pensamientos abstractos, que eran encargos de Platón, sí, encargos de lo que Platón a su vez tenía como tarea de los misterios eleusinos, que Aristóteles debía presentar.
Y también tomó un camino doble lo que Aristóteles realmente tenía para ofrecer. Una fueron los llamados escritos lógicos, esos textos lógicos que extrajeron los pensamientos más sólidos de la antigua sabiduría eleusina. Aristóteles entregó estos escritos, con poca ciencia natural, a su alumno Teofrasto. Y a través de Teofrasto y por otros caminos, llegaron hasta Grecia y Roma, y formaron durante la Edad Media la sabiduría docente para aquellos que trabajaban en la civilización, para los maestros de las cosmovisiones en Europa Central.
Y lo que surgió de la manera en que se lo conté la última vez, lo que surgió porque se tuvo que rechazar la sabiduría de los misterios de Hibernia y solo se podía vincular con aquello que nuevamente era tradición de lo que se desarrollaba sensorialmente al inicio de la cronología, eso se combinó con lo que fue separado de la sabiduría de Platón aún presente en Aristóteles, o la sabiduría de los misterios eleusinos. Pero para lo que era realmente científico en naturaleza, que aún llevaba en sí el espíritu de los misterios ctónicos, que luego solo fluyeron hacia los eleusinos, que era una ciencia de la naturaleza que se extendía hacia el cielo, que exploraba las vastedades del cosmos para explicar lo terrenal, para esa ciencia de la naturaleza en Grecia el tiempo se había acabado. Y todo lo que se debía salvar de esta ciencia de la naturaleza solo se podía salvar de tal manera: que Aristóteles se convirtió en el maestro de Alejandro, quien llevó sus expediciones hacia Asia, e introdujo todo lo posible de la ciencia natural aristotélica en Oriente, que luego pasó a las escuelas judías, árabes, de ahí a África y finalmente a España, y que de manera filtrada influyó en parte en lo que se vivía en Europa Central, como les mostré, surgido de los misterios de hybernia en individuos solitarios. Teofrasto le dio a los teólogos de la Edad Media su Aristóteles. Alejandro Magno llevó al otro Aristóteles hacia Asia: esa sabiduría eleusina, que después llegó a España a través de África de manera muy atenuada y que resplandece en la Edad Media, a pesar de la civilización general, incluso fue cuidada en algunos monasterios, por ejemplo por aquel, quisiera decir, que llegó a la posteridad en forma mítica, Basilio Valentín. Eso vive por dentro, eso vive, quisiera decir, bajo la superficie, mientras que en la superficie vive justamente esa cultura de la que ya les hablé la última vez. Porque en todo lo que era la civilización general, no vive lo que aún se podía enseñar en tiempos de Aristóteles: Cristo realmente debe ser reconocido.
La tercera imagen, la figura femenina que lleva al niño en el pecho, el niño Jaccho, también debe ser comprendida. Pero lo que debe aportar la comprensión de esta tercera figura aún tiene que venir en el desarrollo de la humanidad; así, muchas veces, sin poder escribirlo, a través de relaciones, como las que les acabo de mostrar, Aristóteles se lo había dicho a su alumno, Alejandro Magno.
Y así vemos cómo en el seno de los tiempos se encuentra la invitación a comprender, en su realidad original, lo que luego fue tan bellamente representado por los pintores cristianos: la madre con el niño en el pecho, lo cual, sin embargo, no se ha comprendido completamente, ni en la Madonna de Rafael ni en el ícono oriental, y aún espera ser entendido.
Algunas de las cosas necesarias para lograr tal comprensión se tratarán en el curso del próximo tiempo aquí en estas conferencias. Mañana dibujaré el camino que ha llevado algunos profundos misterios ocultos sobre Arabia a Europa, para así fijar ante sus almas cierta manifestación histórica. Y en las conferencias, que deben mostrar la base oculta del devenir histórico de la humanidad, y que se darán en Navidad ante los delegados, también tendré que exponer en el momento correspondiente todo el significado de las campañas de Alejandro en relación con el aristotelismo.
Traducido por J.Luelmo

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