CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA181 Berlín, 30 de julio de 1918 - Tres épocas del cuarto período postatlante: 747-27 a. C.: pérdida de la conexión de los seres humanos con el cosmos; percepción de la totalidad humana en la cultura griega. 27 a. C. - 693 d. C.: la Iglesia impide la comprensión del misterio del Gólgota, el ser humano es remitido al mundo exterior. 693-1413:

     Indice


RUDOLF STEINER

TRES ÉPOCAS DEL 4º PERÍODO POST ATLANTE:

DEL 747 - 27 a.C. PÉRDIDA DE LA CONEXIÓN CON EL COSMOS

PERCEPCIÓN DE LA TOTALIDAD HUMANA EN LA CULTURA GRIEGA 27 a.C. - 692 d.C.

LA IGLESIA IMPIDE LA COMPRENSIÓN DEL MISTEIO DEL GÓLGOTA 693 - 1413 d.C.


Berlín, 30 de julio de 1918

Hoy voy a esbozar algunas cosas más a partir del contexto que ya hemos intentado comprender en el transcurso de las últimas reflexiones. Comprender el presente, con sus diversas corrientes espirituales y materiales, es extremadamente difícil, y no se debe creer que se puede comprender este presente confuso sin la voluntad de reconocer lo que, en el fondo, se ha estado preparando durante mucho, mucho tiempo en el seno de la historia. Hoy queremos mirar atrás, en la medida en que nos lo permite nuestra ciencia espiritual, al llamado cuarto período postatlante.

Como ustedes saben, debemos situar el inicio de este periodo aproximadamente en el año 747 antes del misterio del Gólgota, y para nosotros concluye con el comienzo del siglo XV, más o menos en el año 1413. Así pues, contemplamos este período, —las cifras deben tomarse, por supuesto, como lo que son en relación con estas cosas—, porque en él vemos ciertas fuerzas relacionadas entre sí que se diferencian de manera esencial de todas las fuerzas que predominan en los períodos anterior y posterior. Este período, que llamamos el desarrollo del alma intelectual o racional en la naturaleza humana, puede dividirse a su vez en tres épocas más pequeñas: un período que podemos delimitar aproximadamente de tal manera que comience alrededor del año 747 antes de Cristo, —que es también la verdadera fecha de fundación de Roma—, y termine aproximadamente en el año 27 antes del misterio del Gólgota. El segundo período más pequeño se extendería desde ese año 27 hasta aproximadamente el final del siglo VII, hasta el año 693 después de la fundación del cristianismo; y el último, el tercer período más pequeño dentro de este más grande, abarca el tiempo desde 693 hasta aproximadamente 1413. Desde entonces, desde aproximadamente 1413, nos encontramos en la época que proporciona a nuestro desarrollo espiritual las fuerzas espirituales que, en cierta medida, ya conocemos por su naturaleza. Así como se puede delimitar claramente el cuarto período postatlante en relación con el desarrollo del alma de la humanidad de los tres anteriores, el proto-indio, el proto-persa y el egipcio-caldeo, y como se puede delimitar claramente de lo que ya ha seguido y aún está por venir, también se pueden destacar momentos característicos dentro de este período para el desarrollo de la humanidad cultural, en la medida en que se tienen en cuenta en el proceso de desarrollo de la humanidad dentro de estos períodos más pequeños indicados.

Para el período comprendido entre el 747 y el 27 antes del misterio del Gólgota, se tienen en cuenta, por supuesto, preferentemente aquellos pueblos que viven alrededor del Mediterráneo. En estos pueblos vemos cómo se forma una constitución anímica muy determinada. La historia dice poco sobre esta constitución anímica, porque en este caso la historia no quiere adquirir las ideas, los conceptos, para abordar lo que realmente es característico en ella. Si se quiere describir este período que acabo de delimitar, se puede decir lo siguiente: durante este tiempo, las almas humanas se desarrollan, por razones internas del desarrollo de la humanidad, de tal manera que, en cierto sentido como almas, se separan de la conexión con el mundo espiritual universal. Si nos remontamos a la civilización egipcia y caldea, que es el período del alma sensible, encontramos allí un marcado sentimiento de pertenencia de estas almas humanas al cosmos. El alma sensible en la naturaleza humana sentía entonces que el ser humano era un miembro de todo el cosmos.  No se puede comprender la característica de lo que conocemos como desarrollo egipcio, caldeo o babilónico si no se tiene en cuenta que, en aquella época, el ser humano, en cierto modo, con la sensación, con los sentidos, captaba algo de la observación del mundo que expresaba en él ese sentimiento de pertenencia al cosmos espiritual. Así como nuestros dedos de la mano se sienten, por así decirlo, como una parte de nosotros mismos, el ser humano egipcio y caldeo se sentía todavía como un miembro del cosmos espiritual. En relación con este sentimiento cósmico, en el siglo VIII antes de nuestra era se produjo una crisis, una verdadera catástrofe para la humanidad. Las almas humanas habían debido su anterior sentimiento de pertenencia al cosmos a su antigua clarividencia atávica, más onírica. En aquellos tiempos antiguos, los seres humanos no percibían las cosas como las percibimos hoy. Percibían, —lo que la ciencia profana, pero ignorante en este sentido, denomina «animismo»—, al mismo tiempo que lo espiritual, lo divino, a través de sus sentidos. De este modo, se sentían conectados con el espíritu del cosmos. 

Esta conexión se desvaneció. Por un lado, este desvanecimiento tuvo como consecuencia muchos fenómenos de decadencia, pero por otro lado también dio lugar a toda la maravillosa cultura griega. Porque esta cultura griega, basada principalmente en lo que el ser humano experimenta como ser humano, como ser humano aislado en el universo, se debe al hecho de que el ser humano ya no se sentía como un miembro del cosmos, sino como una totalidad humana, como algo completo en sí mismo como ser humano. En cierto modo, se había desprendido del cosmos y había comenzado una «vida total en sí mismo». Si la vida espiritual griega se hubiera visto invadida por la misma disposición anímica que había permanecido desde la antigüedad, por ejemplo en el hinduismo, y que aún tenía cierta conexión con lo cósmico, no se podría imaginar que bajo este sentimiento de pertenencia al cosmos hubiera podido surgir la hermosa cultura griega. Todo lo que en la cultura griega se manifestó como esplendor y gloria, todo lo que se desarrolló de manera menos agradable, en otros ámbitos todo ello se desarrolló en el período comprendido entre los siglos VIII y I antes de Cristo. La humanidad se replegó en lo anímico, en lo meramente humano. En esta época se produjo entonces el movimiento de la humanidad hacia el misterio del Gólgota. No olvidemos que el misterio del Gólgota siempre tendrá algo que, en cierto modo, no puede ser comprendido del todo por el entendimiento humano, ni siquiera por el entendimiento suprasensible humano. Siempre quedará un resto sin resolver. Lo que se consumó con la entrada de Cristo en la evolución terrenal no puede, como he explicado en diversas consideraciones anteriores, disolverse completamente en conceptos humanos, ni siquiera en sentimientos y sensaciones humanos. Pero esto está relacionado con el hecho de que este misterio del Gólgota tenía que desarrollarse, en cierto modo, de tal manera que la humanidad civilizada estuviera preparada durante este acontecimiento para no vivir este misterio del Gólgota tan plenamente, sino para dejarlo pasar junto a su propia experiencia humana. Piensen que esto, dejarlo pasar junto a la experiencia humana propiamente dicha, se manifiesta históricamente de forma bastante clara. ¿Cuánto ha tenido en cuenta realmente la humanidad civilizada del Mediterráneo lo que ocurrió con Cristo Jesús en la lejana provincia judía de Palestina? ¡Qué poco ha influido esto en la conciencia de la humanidad civilizada, incluso para Tácito, que escribió un siglo después del misterio del Gólgota!

Por un lado tenemos la corriente de la humanidad cultural y, por otro, aquella corriente en la que se desarrolla el misterio del Gólgota. Ambas se desarrollan, en cierto modo, una junto a la otra. Esto solo pudo suceder porque, mientras se desarrollaba el acontecimiento divino, el ser humano, el ser humano cultural, se había separado de lo divino y vivía una vida que no tenía relación directa con lo espiritual. Así, en la Tierra se produjo un acontecimiento espiritual que, en realidad, acompaña a la cultura humana. Una relación así, de coexistencia entre la cultura exterior y un acontecimiento misterioso, es totalmente impensable en todos los períodos culturales anteriores de la humanidad. Nunca antes había ocurrido algo así, porque la cultura humana se sabía relacionada con lo que ocurre en el plano divino-espiritual. Es muy característico y muy significativo que la cultura profana, que discurría en paralelo al misterio del Gólgota, estuviera alejada de este acontecimiento, que el ser humano se hubiera separado.

Y en el segundo período, que comienza aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota y concluye 693 años después, toda la cultura centroeuropea se dedica en realidad a impedir que la cultura profana se acerque a la comprensión del misterio del Gólgota. Lo que digo puede parecer muy extraño si se tiene en cuenta que el cristianismo se instaló en esta cultura profana europea, que se extendió por toda la cultura centroeuropea. Pero la expansión se produjo en el sentido que ya he caracterizado recientemente. El misterio del Gólgota estaba solo. Ciertamente, de manera dogmática externa, se incorporó a la cultura profana todo tipo de cosas, lo que se expresa así: Cristo estaba allí, tuvo apóstoles, consiguió esto o aquello para la humanidad, dijo esto o aquello sobre la relación del ser humano con lo divino. Esto se incorporó en gran medida a la cultura profana en forma de frases externas, pero junto a esta incorporación externa, prevalecía otra cosa: que en realidad toda la humanidad que acogió el cristianismo precisamente en esos siglos se mantuvo alejada de la comprensión interna del misterio del Gólgota. Con la ayuda de la gnosis, con la ayuda de cierta preparación a través de los tesoros de sabiduría transmitidos por el antiguo paganismo, se podría haber abordado precisamente esto: ¿qué sucedió realmente con el misterio del Gólgota? Pero no se hizo. En realidad, se declaró herejía todo lo que podría haber llevado a la comprensión del misterio del Gólgota, y se intentó verter en fórmulas más o menos triviales lo que nunca puede verterse en fórmulas triviales, lo que, en relación con el misterio del Gólgota, solo puede comprenderse con los contenidos más elevados de la búsqueda de la sabiduría.

Por tanto, las instituciones que se crearon en los primeros siglos del desarrollo cristiano no tenían como objetivo conectar con el misterio del Gólgota, sino hacer vivir en el alma humana algo que en realidad estaba muy lejos del verdadero sentimiento interior de comprensión y pertenencia al misterio del Gólgota. La Iglesia era más bien una institución para no comprender el misterio del Gólgota que para comprenderlo. Quien siga lo que los distintos concilios, lo que en general las maquinaciones eclesiásticas se esforzaron por lograr en aquellos tiempos, encontrará que todo lo que se pretendía era introducir ciertas ideas dogmáticas en la vida humana, pero pensar sobre las cosas relacionadas con el misterio del Gólgota de tal manera que estas se desarrollaran independientemente de la vida anímica humana. Todo tiende hacia un punto determinado, hacia ese punto que, si se caracteriza de forma radical, podría describirse de la siguiente manera.  Se puede decir que los seres humanos buscaban establecerse aquí en la Tierra con ciertas ideas sobre el misterio del Gólgota y sus efectos. Pero lo más importante para ellos no era lo que podían saber, lo que absorbían en su alma, sino que lo más importante para ellos era poder tener la premisa: independientemente de lo que los seres humanos podamos comprender, el misterio del Gólgota se ha cumplido por sí mismo, ¡y Cristo ya se encarga de que seamos salvos!, — Y la tendencia era la de relegar cada vez más la realidad de los acontecimientos espirituales a un más allá del alma, no pensar en los acontecimientos espirituales y sagrados propiamente dichos, —si se me permite utilizar esta expresión—, en relación con lo que ocurre en el pecho humano, sino separar ambos en la medida de lo posible. En esta tendencia había un objetivo, por supuesto no expresado, pero que actuaba de forma inconsciente, un objetivo que luego se manifestó con toda claridad en el octavo concilio de Constantinopla en el año 869. El objetivo era impedir que el espíritu humano se ocupara de forma individual y personal de lo espiritual, que ahora se quería limitar al misterio del Gólgota, es decir, impedir la inclinación individual y sentimental hacia la comprensión del misterio del Gólgota. Debía permanecer incomprendido. De este modo, la Iglesia pudo desarrollarse poco a poco para tener entre sus filas a personas que solo tenían una comprensión profana, que cada vez más llegaban a la creencia de que no se puede pensar en absoluto en lo suprasensible, porque lo suprasensible escapa a las fuerzas del alma humana. El pensamiento humano debe limitarse únicamente a lo que vive aquí, en el mundo físico. Las almas humanas no deben desarrollar fuerzas que puedan ser adecuadas para sí mismas, para buscar la comprensión del misterio del Gólgota. En ciertas resoluciones del octavo concilio de Constantinopla se expresa claramente que los seres humanos de Europa no deben reflexionar, —porque las fuerzas del alma humana no alcanzan ese ámbito—, sobre el ámbito en el que transcurrió la vida a la que pertenece el misterio del Gólgota.

Así, precisamente en este período intermedio de la cuarta etapa postatlante, desde aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota hasta 693 años después del mismo, se produjo para la humanidad lo siguiente: se podría decir que esta humanidad estaba destinada a creer que todo el conocimiento humano, todo el sentimiento humano, solo se calculaba para el más allá sensible; lo que no es perceptible por los sentidos, lo suprasensible o, como se quiera llamarlo, lo más allá, debía ser sustraído al sentimiento y al conocimiento humanos, al sentimiento cognoscitivo inmediato. En realidad, solo se puede comprender toda la historia de esos siglos si se tiene en cuenta lo que acabamos de caracterizar. Todas las medidas de la Iglesia católica en aquellos siglos tenían como objetivo llevar al ser humano a creer que su conocimiento espiritual solo se aplica a este mundo; en lo que respecta a lo suprasensible, debe dejar que se le acerque de una manera que no tiene nada que ver con su comprensión, con su propio conocimiento. Esto provocó que, tras el final de este periodo, es decir, en los siglos VIII y IX, se produjera una especie de oscurecimiento de la humanidad europea en lo que respecta a la relación del alma humana con lo suprasensible. Y fenómenos como los que he descrito, entre los que destaca el de Bernardo de Claraval, se explican precisamente por el hecho de que, en cierto modo, permanecen más allá de todo lo físico y sensorial y entregan el alma por completo a aquello a lo que el entendimiento humano natural no puede llegar. Este entusiasmo por lo que está más allá de toda comprensión humana debe añadirse a la disposición anímica general de Bernardo de Claraval, tal y como se entiende. Precisamente en esta personalidad se pueden encontrar algunos rasgos que parecen grandes y poderosos, porque todo lo que puede tener un rasgo más o menos distorsionado también puede tener un rasgo bello, grande y glorioso. Pero en Bernardo se pueden encontrar rasgos que indican claramente en el carácter de su alma que él es fruto de esa disposición anímica que se desarrolló de la manera descrita en los siglos indicados dentro de la cultura occidental. Se podrían citar, además de Bernardo de Claraval, muchas otras figuras, él es solo un ejemplo típico, por ejemplo, cuando habla a sus seguidores, cuyo círculo era muy amplio, de todo lo que la cruzada de la humanidad que él tenía en mente debería aportar. Luego vino el fracaso de todo el asunto. ¿Y cómo habla este hombre piadoso precisamente sobre este fracaso? Más o menos así: si todo, todo sale mal, que el juicio sobre el mal resultado recaiga sobre mí, pero no sobre lo divino, porque eso siempre tiene que tener razón. Incluso allí donde el ser humano podía saber que estaba relacionado con lo que él considera la fuerza divina y espiritual detrás de las apariencias, —lo separa de los demás—, dice: que el pecado recaiga sobre mí; lo correcto es algo que transcurre por sí solo, que, en cierto modo, fluye más allá de la corriente en la que está atrapada el alma humana.

De este modo, con el inicio de este tercer período del cuarto ciclo cultural postatlante, algo parecido a un eclipse se cernió sobre la humanidad. Esto se expresa mejor al observar cómo la humanidad, en sus conceptos, ya no era capaz de reconocer ninguna conexión con las corrientes e impulsos espirituales reales. Basta con conocer la filosofía de los siglos entre el VIII y el XV, que en todas partes tiende a demostrar que con las ideas y conceptos humanos no se debe intentar en ningún caso comprender lo que ocurre en la realidad espiritual, como se había expresado acertadamente en una fórmula , debe dejarse a la revelación, como debe dejarse al magisterio de la Iglesia.

Así se había desarrollado el poder de la Iglesia. Este poder de la Iglesia no surgió únicamente a partir de impulsos teológicos, sino que se desarrolló porque se instó a las personas a limitar sus propias facultades cognitivas, las fuerzas de su alma, únicamente a la vida física y sensorial, y a no pensar en el conocimiento de lo suprasensible. De ahí se desarrolló el concepto de fe posterior, que aún no existía en los primeros siglos, sino que solo se remonta a ellos. Este concepto de fe dice: en lo que se refiere a lo espiritual-divino solo se puede tener fe, no conocimiento. Esta separación entre la verdad de la fe y la verdad del conocimiento se formó realmente a partir de ciertos antecedentes históricos que son significativos y que hay que buscar en cosas como las que hemos mencionado. 

Desde el siglo XV, aproximadamente desde el año 1413, vivimos en un periodo, —el tercer milenio lo confirmará—, en el que nos enfrentamos, en parte, a la herencia de todo lo que ha sucedido bajo las influencias que he descrito aquí. Por un lado, nos enfrentamos a las herencias de aquella época y, por otro, seguimos enfrentándonos a algo que se está formando como algo completamente nuevo en este quinto período postatlante. Si echamos una mirada retrospectiva a ese cuarto período, nos encontramos con una especie de separación del alma humana de lo espiritual-divino, con una relegación a los procesos meramente externos, físicos y sensoriales. Esto también era nuevo en aquel cuarto período. Ya he indicado anteriormente que no existía en la era egipcio-caldea. En nuestra era también nos enfrentamos a algo similarmente nuevo, y la tarea de la humanidad, —la humanidad ha entrado gradualmente en una época en la que la conciencia debe desempeñar un papel cada vez más importante—, la tarea de la humanidad sería comprender todo esto, comprender lo que, por un lado, es herencia de la época pasada que acabamos de caracterizar y, por otro lado, lo que surge como nuevo de nuestra época. Echemos primero un vistazo a la herencia.

Hemos visto que esta herencia consiste en que el ser humano se siente, en cierto modo, obligado a desarrollar su alma al margen de lo suprasensible. Y la herencia de esto es otra cosa, que comprenderán cada vez mejor a medida que vayan examinando los acontecimientos históricos con mayor y mayor precisión. Precisamente al examinarlo con precisión, el asunto no se somete a ninguna duda, sino que se coloca en la veracidad. Verán cómo lo que se desarrolló en aquel entonces, es decir, el deseo de mantener la fuerza del alma humana en lo sensorial, separándola de lo suprasensible, se convirtió en el quinto período cultural postatlántico, a partir del siglo XV, en un rechazo total de lo suprasensible.  En aquella época se quería, en cierto modo, mantener lo supranatural alejado del ser humano, y esto es precisamente lo que caracteriza al octavo concilio de Constantinopla del año 869. A partir de este alejamiento, que la Iglesia se propuso como tarea, se desarrolló el rechazo de lo supranatural. Se desarrolló la creencia de que lo supranatural era solo una invención del ser humano, que no tenía ninguna realidad. Si se quiere comprender realmente, desde un punto de vista histórico-psicológico, el origen del materialismo moderno, hay que buscarlo en la Iglesia. Por supuesto, la Iglesia no es más que la expresión externa de fuerzas más profundas que actúan en el desarrollo de la humanidad, pero se adquiere un conocimiento de este desarrollo humano cuando se observa más de cerca cómo realmente surge uno de otro. El ortodoxo del cuarto período postatlante decía: la capacidad de conocimiento humano solo está destinada a comprender las relaciones sensoriales; lo suprasensorial debe dejarse a la revelación, no se debe interferir en ello, porque todo lo que se interfiera es herejía y solo puede conducir a un engaño. El marxista moderno, el socialdemócrata moderno, que es el hijo legítimo de esta concepción, que no es más que la consecuencia del catolicismo de siglos anteriores, dice: toda ciencia digna de ese nombre solo puede ocuparse de acontecimientos sensoriales y físicos; no existe la ciencia del espíritu, porque no existe el espíritu; la ciencia del espíritu es, como mucho, ciencia social, ciencia de la convivencia humana. — Por supuesto, esta tendencia que acabamos de caracterizar se ha manifestado en los más diversos ámbitos de los países cultos, pero solo como un matiz.

Así pues, a partir del siglo IX, en los países centrales y occidentales de Europa se hizo necesario tener en cuenta que la vida espiritual del ser humano participa de alguna manera en ello, creyendo en lo suprasensible y sin saber nada de ello salvo por revelación, pero creyendo en lo suprasensible. Las características raciales y étnicas de Europa Central eran tales que había que tenerlas en cuenta, que no se podían dejar simplemente como estaban. Decirle a la gente: «Vuestras fuerzas humanas deben limitarse a comer y beber, y lo demás que ocurre en el mundo, lo demás vive por encima de vosotros», no se podía hacer así en Europa occidental; pero se hizo en Europa oriental, y ese es el sentido de la división de la Iglesia entre Europa oriental y occidental. En Europa oriental, el ser humano estaba realmente limitado al mundo sensorial, allí debían desarrollarse sus fuerzas. Y dentro de las alturas de los misterios, completamente ajeno a lo sensual, debía desarrollarse lo que luego condujo a la religión ortodoxa. Allí se separaba realmente de forma estricta lo que el ser humano sacaba de su humanidad y lo que era el mundo espiritual real, que flotaba y vivía única y exclusivamente en el culto que se cernía sobre el ser humano.

¿Qué tenía que desarrollarse allí? Tenía que desarrollarse, de nuevo en diferentes matices, la visión, la sensación: solo lo sensual-físico tiene realmente significado, realidad. Se podría decir: las fuerzas que no se ejercitan, sino que se tratan de tal manera que el ser humano se comporta con ellas de tal forma que las bloquea en su interior, esas fuerzas tampoco se desarrollan, se atrofian. Así pues, si durante siglos se había impedido al ser humano captar lo suprasensible en su espíritu, sus fuerzas se fueron volviendo cada vez más inútiles para captar lo suprasensible, y este desapareció por completo. Y esta desaparición completa la encontramos en las cosmovisiones socialistas modernas, cuya desgracia no radica en su socialismo, sino en que rechazan por completo lo espiritual-sobrenatural y, por lo tanto, deben limitarse a la mera estructura social de lo animal en el ser humano. Esta mera estructura social de lo animal en el ser humano ha sido preparada mediante la paralización de las fuerzas sobrenaturales del ser humano. Se ha producido porque los seres humanos se ven obligados a decirse: no queremos conectar nuestro alma, que conoce y experimenta, con lo que vive la corriente de su vida, de modo que nuestra felicidad sea provocada por ello y en lo que está enmarcado el misterio del Gólgota.

¿A qué se debe esto? Se debe a que, precisamente en este cuarto período postatlante, las fuerzas luciféricas actuaron con especial intensidad. Separaron al ser humano del cosmos, pues estas fuerzas siempre tratan de aislar egoístamente al ser humano, de desligarlo de todo el cosmos espiritual, incluso de su conocimiento de la conexión con el cosmos físico. Por eso no existían las ciencias naturales cuando este desprendimiento estaba en su máximo apogeo. Eso es lo luciférico. Por eso hay que decir: lo que actuaba entonces en la separación entre el conocimiento sensorial y la dogmática supra-sensorial es de naturaleza luciférica. Lo luciférico se opone a lo ahrimánico. Estos son los dos adversarios del alma humana. Este atrofiamiento de las fuerzas suprasensibles del ser humano, —que luego condujo a la forma puramente animal del socialismo, que ahora debe abatirse sobre la humanidad de forma devastadora y destructiva—, se debe a las fuerzas luciféricas. Lo nuevo que se está desarrollando en nuestra época es de otra naturaleza; es más bien de naturaleza ahrimánica. Lo luciférico quiere aislar al ser humano, separarlo de lo espiritual-supersensible, quiere que experimente en sí mismo la ilusión de una totalidad. Lo ahrimánico, por el contrario, infunde miedo al ser humano ante lo espiritual, no le permite acercarse a lo espiritual, le da la ilusión de que lo espiritual no puede ser alcanzado por el ser humano. Si la separación luciférica del ser humano de lo suprasensible debe ser más de tipo educativo, cultural, la separación ahrimánica de lo suprasensible, que se basa en el miedo a lo espiritual, es más natural y se manifiesta especialmente en la era desde el siglo XV. Y así como el aislamiento luciférico de lo espiritual pudo expresarse especialmente en la vida bajo el manto del cristianismo ortodoxo de Oriente, el miedo ahrimánico, la reticencia ante lo espiritual, se manifestó especialmente en el elemento de la cultura occidental y, en particular, en el elemento de la cultura norteamericana. 

Es posible que estas verdades resulten incómodas hoy en día, pero son verdades, y no avanzaremos si nos limitamos a hablar en términos generales, —por muy místicos o teosóficos que sean—, de la conexión del ser humano con lo divino, o como quiera que se denomine esta cuestión. Solo avanzaremos si reconocemos la realidad tal y como es. Solo así podremos volver a encontrar el orden en nuestro caos, reconociendo las características propias de las diferentes corrientes que conviven entre sí. Porque, por su parte, las diferentes corrientes se desarrollan a partir de sus premisas, a nivel local, y luego se extienden, y en el embrollo moderno que se denomina cultura, todo se mezcla. Lo que ahora me gustaría llamar «americanismo», lo americano como concepto colectivo, no en relación con los estadounidenses individuales, es el miedo a lo espiritual, es el anhelo de vivir solo en el plano físico-sensorial, como mucho con lo que entra en este plano físico-sensorial desde abajo en forma de espiritualidad burda, espiritismo y similares, que no es realmente espiritual. El miedo a lo espiritual es lo que caracteriza al americanismo. Pero el americanismo no solo vive en América, —allí vive por completo en el polo social, voluntarioso, no humano—, sino que vive sobre todo en toda la ciencia. En efecto, desde el siglo XV, esta ciencia ha desarrollado cada vez más lo que podríamos llamar «miedo a lo espiritual». Solo se denomina ciencia objetiva aquello que, en la medida de lo posible, no se ocupa de conceptos vivos generados en el interior del alma. Lo que de alguna manera es una idea, un concepto generado en el interior del alma, no debe interferir en la observación de la naturaleza. Solo lo muerto de la observación de la naturaleza, y no lo vivo espiritualizado, puede entrar en la ciencia. Si se introduce el concepto en la observación de la naturaleza, por ejemplo, a la manera de Hegel, que es una forma típicamente centroeuropea, pero también a la manera de Schelling o de Goethe, se cree inmediatamente que se entra en terreno inseguro, porque no se confía en poder experimentar algo objetivamente real en la comprensión espiritual, en la experiencia espiritual. Se cree que solo puede existir la arbitrariedad, que se entra inmediatamente en lo no objetivo cuando se introduce algo subjetivo en las experiencias. Eso es arimánico. La ciencia es universalista-americana en la medida en que tiene como principio expulsar todo lo subjetivo de la observación de la naturaleza. Esto es lo que se ha desarrollado elementalmente a partir de este anterior aislamiento de lo espiritual en el cuarto período postatlante.

Así hemos añadido a esa herencia lo nuevo, lo nuevo que, junto a lo que debe desarrollarse de forma fructífera, pero que debe desarrollarse conscientemente, se impone cada vez más como algo destructivo en el futuro. Esta novedad es esencialmente de naturaleza arimánica, es miedo a lo espiritual y tiene un efecto destructivo, un efecto disolvente sobre toda la cultura humana, que sin embargo debe basarse precisamente en lo espiritual. 

En el cambio del cuarto al quinto período postatlante, especialmente en el quinto, surgieron cada vez más los impulsos que acabo de caracterizar. Con el descubrimiento de América y el traslado de la esencia europea a América, se desarrolló allí el temor a la vida espiritual. Pero, por otro lado, surgió, diría yo, una tensión en las almas humanas, pues las fuerzas de los pueblos de Europa no eran tales que no sintieran algo de la conexión con lo espiritual del cosmos. Se produjo una tensión, por así decirlo, en el cambio entre el cuarto y el quinto período cultural post-atlante, en los siglos en los que se desarrolló lo que se denomina historia moderna. Entonces surgió esta tensión de lo espiritual reprimido en el pecho humano. Había que contrarrestarla, en parte comprendiendo bien lo que existía como antiguo patrimonio, y en parte contemplando de manera muy adecuada lo ahrimánico que se avecinaba.  Entonces surgió aquella corriente espiritual que tiene una influencia mucho mayor de lo que la mayoría de las personas piensan, —ya lo señalé la última vez desde otro punto de vista—, aquella corriente espiritual que se esfuerza por perpetuar, por continuar, esa retención del alma humana alejada de lo suprasensible. En otras palabras, surgió el jesuitismo. Su principio interno consiste en hacer todo lo posible en el desarrollo de la humanidad para mantener al ser humano alejado de la conexión con lo suprasensible, de la conexión real con lo suprasensible. Por supuesto, esta separación se logrará aún más si, precisamente desde el lado jesuita, se presenta lo suprasensible de manera estrictamente dogmática como algo que el conocimiento humano no puede alcanzar. Pero, por otro lado, el proceder jesuita cuenta muy bien con ello y no quiere otra afinidad interna que la que existe entre la ciencia moderna y el americanismo, entre la ciencia moderna y el jesuitismo. En esto radica la grandeza del jesuitismo: impulsar profundamente la ciencia física. Los jesuitas son grandes mentes en el campo de la ciencia física y sensorial, pues el jesuitismo cuenta con esta inclinación elemental de la naturaleza humana, —que debe ser superada dirigiendo la naturaleza humana hacia el mundo espiritual—: el temor a lo espiritual. Y cuenta con que este miedo se puede socializar diciéndole al ser humano, en cierto modo: «No puedes ni debes acercarte a lo espiritual; nosotros administramos lo espiritual, nosotros te lo acercamos de la manera correcta».

Estas dos corrientes, —el americanismo y el jesuitismo—, interactúan entre sí en cierto modo; pero no hay que tomárselo a la ligera, sino que hay que buscar en todo ello los impulsos más profundos que actúan en el desarrollo de la humanidad. Quien busque las fuerzas que han provocado la catástrofe actual, encontrará una curiosa colaboración entre el americanismo, en el sentido aquí entendido, y el jesuitismo. Si se observa todo esto en su conjunto, se ve cómo, por un lado, la herencia de épocas anteriores actúa en nuestra vida cultural y, por otro, cómo se añade lo nuevo. Al denominar esto como lo Luciférico por un lado y lo Ahrimánico por otro, se designa precisamente lo contrario de lo que debe infundirse en el desarrollo de la humanidad como verdadera vida espiritual para su salvación. Quien se acerque con profunda empatía a una figura como Bernardo de Claraval, que en cierto modo se inclina hacia un lado, cuenta con lo siguiente: el conocimiento humano solo se dirige hacia lo físico-sensorial, por lo que orientamos el alma hacia lo espiritual-divino con fervor, en una experiencia elemental. De este modo, algo entusiasta entra en esta naturaleza. Se podría decir: lo que vive por un lado, lo espiritual en las almas humanas, vive por otro lado también en nuestro tiempo, pero por el lado oscuro, por el lado tenebroso. El siglo XII tuvo a su Bernardo de Claraval, y nuestro siglo tiene figuras como Lenin y Trotski. Así como allí actuaba la inclinación hacia lo suprasensible, en estas figuras vive el odio hacia lo suprasensible, aunque se exprese con otras palabras, con otros contenidos. Esa es la oscura cara opuesta de aquellos tiempos: allí, la infusión del alma humana en lo divino; aquí, la infusión del ser humano en lo animal, que es lo único que debe mantener una estructura social.

Sin embargo, estas cosas solo se entienden si se tiene muy claro algo que, sin embargo, está bastante lejos de la comprensión del presente. Nuestro presente cree en las teorías, porque cree en el contenido de lo que son las ideas y los programas. He hablado de ello en numerosas ocasiones. Pero lo importante nunca es el contenido de las teorías y los programas, sino su eficacia. El marxista moderno habría hablado antes de esta guerra mundial, a finales del siglo XIX y principios del XX, de forma natural: así enseñan Marx, así enseñan Engels, así enseña Lassalle; eso es todo lo que hay que aspirar. Porque sabe que hay que aspirar a ello por el bien de la humanidad, etcétera. Se tomaba el contenido de los programas y las ideas. Pero en realidad eso nunca importa, porque las ideas nunca se llevan a cabo en la vida según su contenido, sino por fuerzas que están en ellas, independientemente de su contenido. Y solo conoce la realidad quien sabe que las ideas a menudo tienen tan poco que ver con la realidad que surgen al margen de lo que las ideas tienen como contenido.  Se puede diseñar un programa muy bonito, se puede fundamentar muy bien científicamente, y luego se puede arder en pasión por él, como hicieron los marxistas con el suyo. Pero eso no es lo importante; en una época tan poco espiritual como la nuestra, eso es jugar con fuego. La gente cree entonces que está trabajando por el contenido de las ideas. Pero quien sabe cómo funciona la vida, también sabe que los efectos son muy diferentes. Las ideas se convierten incluso en monstruosidades en la vida cultural si no son aceptadas por la comprensión espiritual. Pero las ideas del marxismo no pueden ser aceptadas por la comprensión espiritual, ya que quieren expulsar el espíritu. Por muy bonitas que sean, tienen que convertirse en monstruosidades. Solo si se deja de lado la idea y por la mañana no se pregunta: «¿Por qué ha amanecido por lo que ha sucedido en la Tierra?», sino que se dice: «Ha amanecido porque brilla el sol», es decir, si se sale de la Tierra, se puede explicar por qué ha amanecido. Por eso, para poder explicarse lo que ocurre hoy, hay que ir desde lo que ocurre en el presente inmediato hasta lo que ocurrió en un pasado lejano. No se puede entender el bolchevismo si no se sabe cómo surgió como consecuencia del octavo concilio ecuménico del año 869. No lo entenderán si no lo comprenden como un producto del atrofiamiento de las fuerzas espirituales para el mundo suprasensible. Esa es la conexión interna que hay que tener si realmente se quiere comprender lo que ocurre en el mundo exterior para poder enfrentarse a ello. Para quien comprende las conexiones de la historia, lo más terrible es ver movimientos que pretenden reformar el mundo y que solo tienen en cuenta el contenido de las ideas, sin tener en cuenta la eficacia de las ideas, independientemente de que su contenido sea bello o feo. Nace un niño. Es un niño hermoso. La madre puede estar encantada con él. Las madres a veces incluso se sienten encantadas cuando los niños no son hermosos. Se convierte en un inútil, en un malhechor, tal vez en un criminal. ¿No es cierto, entonces, que el niño era hermoso? ¿No se tiene derecho a llamarlo hermoso? ¿Contrasta esta belleza con el hecho de que en la vida suceden cosas que uno no había imaginado? En ciertos círculos de personas viven ideas que admiraban y con las que querían reformar el mundo. ¡Estas ideas se convirtieron en monstruosidades! Porque las ideas son en sí mismas algo muerto; primero deben cobrar vida al incorporarse a la vida espiritual viva.

Quien lea los escritos socialistas modernos, si hace caso omiso de ciertas diferencias, encontrará una gran similitud entre ellos y, —aunque se exprese de otra manera y se hable de otros ámbitos—, entre los escritos de aquellos que escriben desde el principio eclesiástico del catolicismo. Por ejemplo, recientemente les he leído un extracto de un folleto. Tomen las formas de pensamiento de este folleto, el tipo de pensamiento; comparen lo que allí se expresa con las tendencias culturales o inculturales furiosas que se inclinan gradualmente hacia el bolchevismo; compárenlo con lo que es el comienzo, digamos, de un escrito de Kautsky o de un escrito de Lenin: encontrarán los mismos pensamientos. Uno es un producto del desarrollo del otro. En ningún otro lugar uno se siente más «católico» que cuando lee ciertos escritos socialistas dogmáticos. Solo que lo que en el catolicismo está prohibido, es decir, filosofar sobre ciertas cosas, se ha convertido en una pasión, en un principio: explicar toda la ciencia únicamente desde la burguesía y todo el desarrollo intelectual únicamente desde la lucha de clases. Este principio es efecto del principio católico. El bolchevismo, tal y como ha surgido, tal vez tenga una existencia breve; pero la humanidad tendrá que lidiar durante mucho tiempo con lo que hay detrás de él, y para quien conoce los contextos, no es de extrañar que el bolchevismo haya mostrado sus primeros amaneceres en el lugar donde este pensamiento humano, tal y como se desarrolla de forma animal, ha vivido bajo el manto del ministro de culto de la religión ortodoxa, de modo que una corriente estaba completamente separada de la otra.

 Hay que comprender todas estas cosas para tomar conciencia de la necesidad de acercarse a la vida espiritual de la manera correcta. Hoy en día, no tiene sentido hablar de forma mística. Hoy en día es necesario utilizar el conocimiento espiritual para mirar dentro de la realidad y descubrir las conexiones que existen, porque solo a partir del conocimiento de las conexiones puede surgir una intervención correcta en los acontecimientos mundiales, y no a partir de las herencias, ni del miedo, ni de lo nuevo elemental que he descrito, que solo puede conducir al caos. En el socialismo de naturaleza animal se puede ver una manifestación de lo que se formó en el cuarto período postatlante. Hay algo luciférico en ello: el pecado original luciférico está ahí. Pero lo que está sucediendo ahora es como el castigo por ese pecado original, es el castigo en el sentido de que aquellas capacidades que se ordenó no aplicar a lo suprasensible se han vuelto realmente incapaces de aplicarse a lo suprasensible y sienten odio y repugnancia por lo suprasensible. Ya no se trata solo de odio y pecado original, sino del castigo por alejarse de lo suprasensible. Esto se aplica a muchas cosas que están sucediendo ahora.

En diferentes matices, dije, se vive lo que atraviesa como impulsos el desarrollo de la humanidad. Solo comprendiendo estos matices se puede entender hoy lo que está sucediendo. 

Los pueblos de la península italiana y española se han visto afectados por la expansión del cristianismo, al igual que los pueblos de la actual Francia y los pueblos de las actuales islas británicas. Ya sabemos algo de lo que se extendió allí. Sabemos que en la península española y en la italiana se conservó principalmente el alma sensible, en las regiones francesas el alma racional o emocional, en las regiones británicas el alma consciente, aquí, en Europa Central, el yo, y en Europa del Este se puede considerar de manera similar una cultura del yo espiritual, que, sin embargo, solo podrá surtir efecto en el futuro y que ahora solo tiene gérmenes completamente ocultos. ¡Ojalá se pudiera contemplar alguna vez esta Europa occidental para comprenderla tal y como la ciencia espiritual puede descifrarla! Los caracteres, por ejemplo, de la zona italiana —no como caracteres de personas individuales, que naturalmente superan en todas partes lo popular—, estos caracteres se desarrollan de manera diferente a los de la humanidad francesa o británica.  La humanidad británica es tal que lo popular tiene su conexión con el alma consciente. Desde ciertos puntos de vista, ya lo he descrito hace tiempo. Sin embargo, al vivir en el alma consciente, el ser humano es empujado directamente al plano físico, no tan fuertemente en las islas británicas como en América, pero aún así es empujado al plano físico. La consecuencia es que el ser humano, al que el desarrollo eclesiástico había separado primero de lo suprasensible, ahora vuelve a reunirse con lo cósmico. Pero solo se reúne con lo cósmico exterior cuando se trata del alma consciente. La consecuencia de ello es que, en realidad, el ser humano británico, como británico, solo crece junto con el cosmos a través de principios económicos. El pensamiento británico es esencialmente económico, el pensamiento en categorías económicas. Quien reconoce la conexión interna del alma consciente con el mundo físico, lo entiende como una necesidad; también comprende como una necesidad que el carácter del pueblo francés, —no el del francés individual—, que se acerca al alma racional o emocional, desarrolle preferentemente el pensar político, el sentir político, y que los italianos y los españoles desarrollen de manera similar lo animal, porque allí el alma sensible es directamente afectada por el pueblo. Solo puedo esbozar esto, pero expresa lo que vive en los propios caracteres de los pueblos.

Si observamos la esencia alemana, inmersa en una evolución tan trágica, vemos que el elemento del pueblo se apodera del yo. Toda la historia alemana se aclara cuando se contempla este hecho, que se revela desde el mundo suprasensible. Este yo del ser humano es lo que menos se ha desarrollado exteriormente en la actualidad, lo que ha permanecido más espiritual. Por eso, al estar conectado con el mundo espiritual a través del yo, el alemán está vinculado a él de la forma más espiritual. No puede conectarse con el cosmos de manera económica, política y animal por su propia naturaleza. Solo puede conectarse con lo cósmico tal y como se revela en la vida espiritual, en la vida anímica de las individualidades, —el yo siempre vive en las individualidades—, y luego se derrama sobre el pueblo.  La evolución alemana se expresa de manera más característica en lo que se manifiesta como sustancialidad en el goetheanismo, el herderianismo y el lessingianismo, algo que se sitúa un nivel por encima de lo físico-sensorial. De ahí también una cierta extrañeza hacia lo físico-sensorial, una sensación de que lo sustancial no encaja del todo cuando se trata únicamente de lo físico-sensorial, y de ahí que en las últimas décadas se haya derramado tanto americanismo y, por otro lado, tanto de lo que no quiero describir con más detalle, sobre Alemania, alejándola de la influencia original del pueblo.

De una manera aún más elevada, el este de Europa estará relacionado con lo espiritual como pueblo y desarrollará una cultura aún más elevada en relación con lo espiritual, una reacción contraria a lo que se está formando ahora mismo por las razones indicadas. Pero eso es cosa del futuro, aún no existe hoy en día, todavía está encerrado en lo animal, del que primero tiene que desarrollarse.

Al igual que en la herencia legítima de lo antiguo, los países occidentales de Europa están vinculados al cuarto período postatlante. Algo más nuevo, pero opuesto al americanismo, ya se encuentra en la esencia alemana: una cierta relación con el mundo espiritual, que se busca dentro de lo espiritual mismo. El alemán, cuando sigue su naturaleza más auténtica, no teme lo espiritual, sino que siente esa inclinación hacia lo espiritual que encontramos, por ejemplo, en el goetheanismo, aunque en un nivel superior.

Cuando se dicen cosas así, hay que expresarlas de forma radical. Pero ustedes saben que no es por chovinismo, sino por el conocimiento adquirido, por lo que se mencionan aquí estas cosas. Realmente no se dice para complacer a nadie hoy. La última vez vieron que yo también entiendo lo que es no hablar para complacer. Pero hay que decir una cosa: dentro de lo que en Europa Central se olvida a menudo, pero que es sin embargo la esencia alemana, existe una relación entre el espíritu humano y el mundo suprasensible que debe desarrollarse y que es totalmente opuesta a todo lo demás que se muestra hoy en día en la Tierra. Oh, si reconociéramos esto, si las últimas décadas no hubieran traído, lamentablemente, el americanismo y el rusismo en este ámbito, la actividad científica en Europa Central se habría desarrollado de otra manera. Ustedes saben, por mis otras exposiciones, en qué ciencia espiritual podría haberse convertido el goetheanismo. Pero el goetheanismo siguió siendo una corriente del más allá. ¿Ha sido realmente comprendido? Hasta ahora no. Pero él es la verdadera esencia alemana en todo lo que le subyace. Esta esencia, como pueden ver en la descripción de hoy, es ajena a los demás. Los demás están muy, muy mezclados con las herencias y con lo nuevo. Solo en esta Europa Central se ha desarrollado algo que, en mayor o menor medida, se ha separado de las herencias y de lo nuevo.

El goetheanismo permanece ajeno a la ciencia materialista, —por supuesto, se elogia a Goethe, pero, como he dicho, se nombra presidente de la Sociedad Goethe al antiguo ministro de Finanzas Kreuzwendedich—, lo cual se puede ver en muchas cosas. Precisamente lo que existe en este elemento interno propio de la germanidad se percibirá en otros ámbitos como una acusación constante, pues la mejor manera de defenderse de aquello que por su naturaleza no se puede reconocer es difamarlo. Hay que mirarlo sin reservas. Lo que existe como una acusación viva, lo mejor es presentarlo como una criminalidad.De este modo, uno se salva subjetivamente del hecho de que existe como una acusación. Con ello se toca un hecho psicológico importante. La difamación seguirá y seguirá, pero tendrá sus razones en que resulta incómodo que exista esta extraña posición del yo frente a lo espiritual. Pero es necesario ver con claridad en estos ámbitos, no huir de la claridad, como se hace. Si no tuviéramos tanto filisteísmo, tanto americanismo en nosotros, comprenderíamos que se trata de dos polos opuestos: el goetheanismo alemán y el americanismo, y sabríamos entonces que solo podemos comportarnos de manera adecuada con respecto a las corrientes actuales si las observamos sin prejuicios. En realidad, deberíamos deshacernos de cualquier tipo de chovinismo y centrarnos únicamente en lo objetivo.

Pero precisamente entonces dejaríamos de idealizar el americanismo, al que nos hemos entregado suficientemente, y precisamente porque el miedo a lo espiritual es el elemento característico del americanismo, comprenderíamos que, en los catastróficos acontecimientos actuales, el elemento americano actuará cada vez más como el mal radical real. Son los miopes los que dicen otra cosa sobre las cosas, porque no juzgan a partir de los contextos. Todo lo que se deriva de la situación política de los franceses, todo lo que se deriva de la rigidez puramente económica que es natural en los británicos, todo lo que se deriva del furor animal, ese «egoísmo sagrado», del pueblo italiano, es, en vista de los grandes acontecimientos que están teniendo lugar, una nimiedad en comparación con el elemento verdaderamente maligno que surge del americanismo. Porque hay tres corrientes que, por su afinidad interna, tienen un efecto destructivo para el desarrollo de la humanidad. Al haber asimilado «de diversas maneras las herencias y lo nuevo», como he intentado esbozar hoy, se han convertido en destructivos. Este elemento destructivo se encuentra principalmente en tres corrientes: en primer lugar, en todo lo que se denomina americanismo, ya que tiende cada vez más a fomentar el miedo al espíritu, a convertir el mundo en una mera oportunidad para poder vivir físicamente en él. Es muy diferente cuando la britanicidad quiere convertir el mundo en una especie de casa comercial. El americanismo quiere convertirlo en una vivienda física equipada con todas las comodidades posibles, en la que se pueda vivir cómodamente y con riqueza. Y poder vivir cómodamente y con riqueza en el mundo es el elemento político del americanismo. Quien no se da cuenta de esto, no ve las cosas, sino que quiere adormecerse a sí mismo. Sin embargo, bajo la influencia de esta corriente, la conexión del ser humano con el mundo espiritual debe morir. En estas fuerzas americanas radica lo que esencialmente llevará a la Tierra a su fin, lo destructivo que finalmente causará la muerte de la Tierra, porque se pretende alejar al espíritu de ella. Lo segundo destructivo no es solo el catolicismo, sino todo el jesuitismo, ya que este está esencialmente relacionado con el americanismo. Si el americanismo es el cultivo de la corriente estadounidense, que quiere inculcar el miedo al espíritu, el jesuitismo busca despertar la fe: no tocar el espíritu, al que no podemos acercarnos, y dejar que los bienes espirituales sean administrados por aquellos que han sido llamados a ello por el magisterio de la Iglesia católica. Y esta corriente quiere atrofiar las fuerzas de la naturaleza humana que tienden hacia lo sobrenatural. Y lo tercero es lo que hoy se manifiesta de forma tan terrible en algunos síntomas en Oriente, pero que tiene su origen en el socialismo que socializa puramente lo animal; es lo que, —sin pretender dogmatizar con esta palabra—, se denomina bolchevismo, algo que la humanidad no superará fácilmente.

Estos son los tres elementos destructivos del desarrollo humano moderno. Solo desde el terreno de las ciencias espirituales es posible enfrentarse a ellos con conocimiento, para poder afrontar de manera adecuada los acontecimientos del presente. Hoy, dentro de ocho días, me gustaría hablar sobre ello.

Traducido por J.Luelmo nov, 2025

GA181 Berlín, 30 de marzo de 1918 - La Tierra como ser vivo animado. Las diferentes fuerzas en las distintas regiones de la Tierra.

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RUDOLF STEINER

LA TIERRA COMO SER VIVO ANIMADO

LAS DISTINTAS FUERZAS EN LAS DIFERENTES REGIONES DE LA TIERRA


Berlín, 30 de marzo de 1918

Quien haya comprendido correctamente lo que se ha expuesto en las últimas conferencias sobre la forma en que el alma humana puede determinar, en cierto modo, su relación con los mundos suprasensibles, cómo puede trabajar por sí misma en esta relación, no tiene por qué asustarse de que, por otro lado, también sea simplemente cierto que el ser humano como tal depende en cierta medida de todo el universo, de todo el entorno. La vida humana oscila entre estas dos cosas: entre la libre creación de una relación con el mundo suprasensible y la dependencia del entorno, de todo el universo, y esto se debe principalmente a que el ser humano está ligado a un cuerpo físico determinado entre el nacimiento y la muerte. En estos días queremos discutir una parte de esta dependencia del universo en un contexto especial, en un contexto que puede ser cercano al alma humana en la época actual.

De algunas de las cosas que han aprendido de la ciencia espiritual, habrán comprendido sobre todo que toda nuestra Tierra, que habitamos como humanidad en su conjunto, es una especie de gran ser vivo, dentro del cual nosotros mismos estamos como miembros de ese gran ser vivo; y en diversas conferencias he hablado de los distintos fenómenos vitales de este gran ser vivo que es nuestra Tierra. La vida de la Tierra se expresa de las formas más diversas. Entre otras cosas, también se expresa a través de ciertas relaciones que existen entre las distintas regiones de la Tierra y los seres humanos que la habitan. Si bien es cierto, —y se trata de una verdad muy superficial—, que, por un lado, la raza humana es una unidad, también es cierto que las distintas partes de la raza humana, distribuidas por las diferentes regiones de la Tierra, se diferencian según estas regiones, dependen de ellas, no solo en función de las muchas fuerzas que investigan las ciencias naturales y la geografía, sino también en función de muchas fuerzas más misteriosas de las distintas regiones de la superficie terrestre. Existen ciertas relaciones internas del ser humano con la tierra que habita, con la parte del mundo en la que ha nacido, que no se basan únicamente en la superficialidad de las ciencias naturales. Esto se puede observar mejor en el hecho de que tales relaciones se establecen a lo largo de períodos históricos no cortos, sino más bien largos. Esto se puede observar en el cambio que experimentan los europeos que emigran a América y se establecen allí, aunque, por supuesto, el tiempo de colonización de América por parte de los europeos es aún tan breve que lo que aquí se tiene en cuenta solo se insinúa por el momento, pero se insinúa de forma clara y contundente. La configuración externa del ser humano europeo cambia, —como ya se ha dicho, hasta ahora solo de forma insinuada—, cuando habita en América, no de forma inmediata, sino a lo largo de sucesivas generaciones. En la formación de los brazos y las manos, por ejemplo, pero también en la formación del rostro, los europeos, —pero no se lo imaginen de forma brusca, sino solo en insinuaciones—, se parecen a los antiguos indios, adoptando gradualmente las peculiaridades personales de los antiguos indios.

Estas cosas son, en términos generales, lo que nos indica ciertas conexiones entre el gran organismo de la Tierra y los miembros individuales de este organismo, es decir, las partes individuales de la población mundial. Sabemos que el ser humano, tal y como vive en la Tierra, está relacionado con seres suprasensibles, con los seres de las jerarquías superiores. Sabemos que lo que se denomina alma del pueblo no es esa abstracción sin esencia de la que hablan hoy en día las personas de mentalidad materialista, sino que el alma del pueblo es un tipo de ser arcangélico. Basta con leer el ciclo sobre las almas de los pueblos impartido en Kristiania para descubrir que un alma de pueblo es un ser concreto y real en el que el ser humano está, en cierto modo, inmerso con su vida. En general, el ser humano está en constante conexión con seres superiores y más profundos de las jerarquías superiores a través de su esencia. Hoy y en estos días queremos considerar esta conexión desde un cierto punto de vista, ya que estas cosas solo se pueden discutir desde determinados puntos de vista.

Para comprender correctamente una reflexión como la de hoy, hay que tener claro que, para el observador del mundo desde el punto de vista de las ciencias espirituales, en realidad no existe lo que el sentido materialista denomina materia o sustancia; ante una observación realmente profunda, esto también se disuelve en el espíritu. A menudo he utilizado una comparación para aclarar cómo son estas cosas. Tomemos el agua. Puede congelarse, entonces se convierte en hielo y tiene un aspecto completamente diferente. El hielo es hielo, el agua es agua; pero el hielo también es agua, solo que en otra forma. Lo mismo ocurre con lo que llamamos materia: es espíritu en otra forma, espíritu que ha pasado a otra forma, como el agua al hielo. Por eso, cuando hablamos desde el punto de vista de las ciencias espirituales, nos referimos a lo espiritual, incluso cuando hablamos de procesos materiales. El espíritu actúa en todas partes. El hecho de que el espíritu actuante también se exprese en procesos materiales es precisamente una manifestación especial del espíritu. Pero el espíritu actúa en todas partes. Así que, incluso cuando nos fijamos en fenómenos más materiales, en realidad estamos hablando de los modos de actuar del espíritu, tal y como se manifiestan en un determinado ámbito como procesos externos, más o menos materiales.

En el ser humano tienen lugar continuamente procesos materiales que en realidad son procesos espirituales. El ser humano come. De este modo, absorbe las sustancias del mundo exterior en su propio organismo. Las sustancias sólidas, que se licuan, son absorbidas por el organismo humano y sufren una transformación. El organismo humano está compuesto por todo tipo de sustancias que absorbe del exterior; pero no solo las absorbe, sino que, al hacerlo, estas sustancias también experimentan un proceso determinado. El calor propio está condicionado por el calor absorbido y por los procesos que experimentan las sustancias absorbidas en nuestro organismo. Respiramos. Al respirar, absorbemos oxígeno; pero no solo absorbemos oxígeno, sino que, al estar conectados en nuestro proceso respiratorio con lo que ocurre en el mundo exterior, en el espacio aéreo, también estamos dentro del ritmo del mundo exterior. Nuestro propio ritmo está dentro del ritmo de todo el universo.  Una vez incluso demostré esta relación con cifras. Así, también estamos en cierta relación con el entorno a través de los procesos rítmicos que experimentamos en nuestro propio organismo. A través de estos procesos, a través de estos acontecimientos, que se producen porque los procesos naturales externos actúan en nosotros y continúan actuando en nosotros, se produce de hecho la transmisión de aquellos efectos que, por ejemplo, también ejerce el espíritu del pueblo sobre el individuo. No solo respiramos oxígeno, sino que en la respiración de oxígeno vive lo espiritual, y en la respiración de oxígeno puede vivir el espíritu del pueblo. No solo comemos, sino que las sustancias también se procesan en nosotros. Pero este proceso material es al mismo tiempo un proceso espiritual, y al ingerir las sustancias y procesarlas en nosotros, el espíritu del pueblo puede vivir en este proceso. La vida del espíritu del pueblo con nosotros no es algo meramente abstracto, sino que se manifiesta en lo que hacemos cada día y en lo que realiza nuestro organismo. Los procesos materiales son al mismo tiempo expresión de modos de actuación espirituales. El espíritu del pueblo debe tomar este desvío, entrando en nosotros a través de la respiración, la alimentación, etc.

Los distintos espíritus de los pueblos, que hemos presentado de forma diferenciada según otros puntos de vista en el ciclo de conferencias sobre «La misión de las almas de los distintos pueblos en relación con la mitología germánica-nórdica», influyen de diversas maneras en el ser humano en relación con lo que acabo de indicar, y esto caracteriza los distintos caracteres de los pueblos de la Tierra. Los caracteres individuales de los pueblos dependen de los espíritus de los pueblos. Pero si seguimos desde el punto de vista de la ciencia espiritual los rodeos por los que actúan los espíritus de los pueblos individuales, se pone de manifiesto, por ejemplo, lo siguiente.

El ser humano respira. De este modo, está en constante contacto con el aire que le rodea. Lo inhala y lo exhala. Y si, en un caso concreto, el espíritu del pueblo, debido a la configuración de la tierra y a circunstancias de diversa índole, elige precisamente el desvío de la respiración y, con ello, provoca a través de la respiración la configuración especial, la caracterización del pueblo en cuestión, se puede decir lo siguiente: 

ESPÍRITU DEL PUEBLO ITALIANO

El espíritu del pueblo actúa a través del aire sobre el pueblo en cuestión. Esto es especialmente cierto en el caso de los pueblos que han habitado la península italiana. En la península italiana, el aire es el mediador de los efectos del espíritu del pueblo sobre las personas. Se puede decir que el aire de Italia es el medio, el médium, a través del cual el espíritu del pueblo imprime sus efectos en las personas que habitan la península italiana, para darles la configuración especial que los convierte en el pueblo italiano, que fue el antiguo pueblo romano, etc. Así pues, siguiendo los caminos de la ciencia espiritual, se pueden investigar precisamente aquellos efectos que parecen materiales en sus fundamentos espirituales.

ESPÍRITU DEL PUEBLO FRANCES

Ahora cabe plantearse la siguiente pregunta: ¿qué ocurre con otros espíritus del pueblo? Si miramos hacia otras regiones del mundo, ¿qué medios eligen los espíritus del pueblo para expresar allí la configuración particular de cada pueblo? En los pueblos que han habitado o habitan hoy la Francia actual, el espíritu del pueblo actúa de forma indirecta a través del elemento líquido, a través de todo lo que no solo entra en nuestro cuerpo como líquido, sino que también actúa en él como líquido. Así, a través de la naturaleza de lo que, como líquido, condiciona el organismo y actúa sobre él, el espíritu del pueblo vibra y teje, determinando así el carácter del pueblo en cuestión. Este es el caso de los pueblos que han habitado o habitan hoy en día la Francia actual.

Sin embargo, no se comprende completamente el asunto si solo se considera esta relación del ser humano con su entorno desde un único punto de vista. Si solo se tuviera en cuenta esto, se obtendría una visión muy parcial. Deben recordar lo que ya he dicho en varias ocasiones: el ser humano es un ser dual; la cabeza y el resto del organismo actúan por separado. En realidad, el efecto del que he hablado ahora en relación con los pueblos italiano y francés solo se produce en el resto del organismo, fuera de la cabeza, y desde la cabeza se produce otro efecto. Y solo mediante la combinación del efecto que emana de la cabeza y el que proviene del resto del organismo se produce de manera completa lo que luego se manifiesta en el carácter del pueblo. El efecto que emana de la cabeza queda, por así decirlo, neutralizado por el efecto que emana del resto del organismo.  Por lo tanto, se podría decir que lo que los habitantes de Italia respiran a través del aire, lo que es determinante para el resto del organismo, fuera de la cabeza, en la respiración, interactúa con la configuración del sistema nervioso de la cabeza, tal y como está diferenciado mentalmente, es decir, en la medida en que el ser humano es un ser nervioso de la cabeza. En Francia es diferente. Lo que vive en el organismo como ritmo es un ritmo especial para todo el organismo y otro especial para la cabeza; la cabeza tiene su propio ritmo. Mientras que en Italia es la actividad nerviosa de la cabeza la que interactúa con lo que el aire provoca en el ser humano, en Francia es el ritmo, el movimiento rítmico de la cabeza, la vibración del ritmo en la cabeza con lo que provoca el líquido en el organismo. Así, a través de la interacción especial del individuo en la cabeza con lo que el espíritu del pueblo provoca desde el entorno, se construye el carácter del pueblo.

De ello se desprende lo siguiente: se puede estudiar lo que se extiende de forma articulada sobre el organismo de la Tierra si se está dispuesto a observar estas cosas desde el punto de vista de las ciencias espirituales. Porque, de hecho, la humanidad no comprenderá la peculiar configuración de la Tierra si no se tienen en cuenta este tipo de cosas.

ESPÍRITU DEL PUEBLO BRITÁNICO

Seguimos preguntándonos por los caracteres nacionales individuales, nos preguntamos por el carácter nacional británico. Así como el espíritu nacional del ser italiano se manifiesta a través del aire, y el del ser francés a través del agua, el espíritu nacional del ser británico se manifiesta a través de todo lo terrenal, principalmente a través de la sal y sus compuestos en el organismo. Lo sólido es lo principal. Mientras que el elemento líquido actúa en el carácter nacional francés, en el carácter británico tenemos el elemento salino, que se solidifica a través de todo lo que entra en el organismo a través del aire y la alimentación. Esto da lugar a la peculiar configuración del carácter nacional británico. Pero también aquí hay algo que, desde la cabeza, neutraliza lo que viene del entorno. Al igual que el ritmo en el resto del organismo y en la cabeza, también lo están la digestión y el metabolismo en el resto del organismo y en la cabeza. A medida que el organismo de la cabeza lleva a cabo su metabolismo, la forma en que se produce este intercambio de sustancias, junto con el elemento salino en el organismo, da lugar al carácter nacional británico. Así pues, lo terrenal en relación con el metabolismo de la cabeza conforma el carácter del pueblo británico. Y se puede decir que, al actuar el alma del pueblo a través del elemento salino, la peculiaridad del metabolismo de la cabeza le responde desde la cabeza.

Podrán estudiar todos los rasgos individuales del carácter de un pueblo si observan estas metamorfosis especiales en el funcionamiento del alma del pueblo.

ESPÍRITU DEL PUEBLO AMERICANO

Seguimos preguntando sobre Occidente. En el caso de los estadounidenses, la situación es diferente, ya que hay un elemento subterráneo que influye. Mientras que en el carácter británico nos encontramos con lo terrenal, con lo salado, en el carácter nacional americano actúa un elemento subterráneo, algo que vibra bajo tierra. Esto tiene una influencia excelente en el organismo. Especialmente a través de las corrientes magnéticas y eléctricas subterráneas, el espíritu nacional se manifiesta en el carácter nacional del pueblo americano. Y desde la cabeza fluye algo que neutraliza la influencia de las corrientes magnéticas y eléctricas subterráneas: lo que realmente es la voluntad humana. Esa es la peculiaridad del carácter del pueblo norteamericano. Mientras que del carácter del pueblo británico debemos decir que depende esencialmente del elemento terrenal, en la medida en que el ser humano lo absorbe en su organismo y este entra en interrelación con el metabolismo de la cabeza, la voluntad, en la medida en que se manifiesta en el pueblo, actúa en los estadounidenses junto con algo que surge de lo subterráneo, y esto caracteriza el carácter del pueblo estadounidense. Esto también está relacionado con lo que incluso he expuesto en una conferencia pública. El ser humano solo puede relacionarse con el elemento sobre la tierra y hasta la tierra con toda su personalidad libre. Si está influenciado por el alma del pueblo subterránea, entonces no desarrolla su alma del pueblo en libertad, sino que está, por así decirlo, poseído por el alma del pueblo. Y en una conferencia pública he mostrado cómo el estadounidense puede decir lo mismo que dice el centroeuropeo Flerman Grimm, y sin embargo no es lo mismo. Mientras que en Herman Grimm se nota cómo todo está conquistado humanamente, en Woodrow Wilson se nota que está humanamente poseído por ello.

De ello se desprende una cosa: es importante, porque nuestra época actual también necesita tenerlo en cuenta. Si hoy dos o tres personas dicen lo mismo, se considera puramente en términos de contenido, se considera de forma abstracta. Pero dos personas pueden decir exactamente lo mismo en cuanto al contenido, la frase puede ser idéntica en una y en otra. Una puede tener cosas que ha luchado y conquistado en su alma, y la otra puede tenerlas porque las ha aceptado por obsesión. A menudo, lo esencial no es el contenido, sino el grado en que lo que dice la persona en cuestión es fruto del trabajo propio del alma o si tal vez lo ha obtenido por obsesión. Eso es importante. Hoy en día solo se tiene sentido para lo abstracto. Se puede ver en Herman Grimm que solo decía lo que había dado vueltas en su alma diez veces, y se pueden tomar frases de las cosas de Wilson y escribir «Herman Grimm» encima y viceversa, pero eso no importa. Herman Grimm tiene algo elaborado, Woodrow Wilson tiene algo poseído, algo que le llega de entidades subterráneas. Estas cosas se pueden reconocer, no hay que abordarlas con emociones y pasiones, sino que se pueden reconocer de forma totalmente objetiva.

ESPÍRITU DEL PUEBLO RUSO - ESLAVO

Seguimos preguntándonos, rodeando primero, digamos, Alemania y mirando hacia el este. Si observamos la esencia oriental, que solo poco a poco se eleva del caos y brilla en su forma original, nos encontramos con algo peculiar. Así como el espíritu del pueblo italiano actúa a través del aire, el del pueblo francés a través del agua, el del inglés a través de la tierra y el del americano a través de un elemento subterráneo, el espíritu del pueblo ruso, el elemento eslavo, actúa a través de la luz. De hecho, el espíritu del pueblo, que es lo que importa en Oriente, actúa en la luz vibrante. Y cuando lo que crecerá en Oriente hacia el futuro se haya liberado de sus envolturas embrionarias, se verá que el modo de actuar del espíritu del pueblo en el este de Europa es muy diferente al modo de actuar del espíritu del pueblo en Occidente. Porque, aunque debo decir que el espíritu del pueblo actúa a través de la luz, lo curioso es que no actúa directamente a través de la luz vibrante, sino que actúa cuando la luz primero se hunde en el suelo y luego rebota desde el suelo. Y es esta luz que rebota desde el suelo la que el espíritu del pueblo utiliza para actuar sobre los rusos. Pero esto no actúa sobre el organismo, sino precisamente sobre la cabeza, sobre la mentalidad, sobre el modo de formación de las ideas, los sentimientos, etc. Aquí, pues, el modo de actuar del espíritu del pueblo es precisamente contrario al de América, donde actúa desde el resto del organismo y le rebota algo desde la cabeza. En Oriente actúa a través de la luz. La luz que fluye desde el suelo es el medio del espíritu del pueblo, y actúa preferentemente sobre la cabeza. Y lo que ahora repercute proviene del resto del organismo, especialmente del organismo cardíaco. Lo que regresa ahora golpea inversamente hacia la cabeza y cambia el efecto que emana de allí. Hoy en día todavía se encuentra en el caos, todavía en envolturas embrionarias. Es el ritmo respiratorio el que golpea la cabeza y neutraliza lo que viene del espíritu del pueblo a través de la luz. Lo que sale así en el próximo Oriente sigue estando presente en mayor medida si nos dirigimos más hacia el este. 

ESPÍRITU DEL PUEBLO ORIENTAL - ASIÁTICO

Lo que es peculiar del Oriente asiático es que el espíritu del pueblo sigue actuando en parte a través de la luz que es absorbida por el suelo y reflejada de vuelta, y que actúa sobre la cabeza. O el espíritu del pueblo también actúa a través de lo que ya no es luz, pero que no es visible en absoluto: la armonía de las esferas, que también lo vibra todo y que para una humanidad espiritual del Oriente asiático equivale a un efecto del espíritu del pueblo, ya que el espíritu del pueblo actúa directamente a través de la armonía de las esferas, que, sin embargo, es reflejada por la Tierra y actúa sobre la cabeza. Y esto contrarresta el ritmo respiratorio. Y ahí reside el secreto, que consiste en que los buscadores espirituales de Oriente siempre han buscado conectar con el espíritu mediante un entrenamiento especial de la respiración. Si estudian yoga, verán que exige entrenar la respiración de una manera especial. Esto se basa en que el individuo, como miembro de toda la humanidad, no como individuo, busca encontrar la espiritualidad a través del espíritu del pueblo; la busca de la manera en que realmente está fundamentada dentro del carácter de su pueblo. Cuanto más nos adentramos en Oriente, más encontramos esto. Por supuesto, se podrían observar más o menos refinamientos de estos efectos del carácter del pueblo, pero también degeneraciones de estos efectos, como a veces se manifiesta en la aberración. Algunos pueblos y razas enteras comparten en gran medida estas desviaciones, por ejemplo, cuando se producen desarmonías cuando el efecto principal coincide con el efecto del resto del organismo, etc. Pero quizá no sea muy aconsejable entrar hoy en detalle sobre las desarmonías individuales, ya que hoy en día, por unas u otras razones, hay que amar a otros pueblos desde la perspectiva de un pueblo. Así lo exigen las circunstancias; algunas cosas podrían entenderse con el corazón en lugar de con la razón, y entonces tal vez no se comprenderían. Cuando lleguen otros tiempos, tal vez se pueda hablar también de los pueblos orientales y de problemas similares.

ESPÍRITUS DE LOS PUEBLOS  DE EUROPA CENTRAL

Ahora cabe plantearse la siguiente pregunta: ¿qué ocurre con los pueblos centroeuropeos? Nos referimos más bien a condiciones geográficas, por lo que no tenemos en cuenta a Europa Central en un contexto sociopolítico. Tampoco he respondido a las preguntas desde el punto de vista racial, sino, como pueden ver, desde el punto de vista espiritual y geográfico. Por lo tanto, podemos hablar de una Europa Central a la que no pertenecen Francia e Italia. 

La peculiaridad del espíritu del pueblo que actúa en Europa Central es que, como he expuesto para otras regiones, actúa a través del aire, el agua, la sal, etc., pero de manera inmediata a través del calor. El espíritu del pueblo en Europa Central elige el desvío, el medio del calor. Y esto no está determinado de forma totalmente inmediata, sino que puede individualizarse. Puede haber personas en Europa Central en las que este efecto del espíritu del pueblo sea diferente, unas veces en el resto del organismo y otras en la cabeza; también dependiendo de si el aire exterior calienta directamente o si se calienta a través de los alimentos o la respiración. Todo ello es medio para el espíritu del pueblo. Y lo que contrarresta esta eficacia es, de nuevo, el calor, de modo que en Europa Central el calor, en la medida en que tiene efectos externos, es medio para el espíritu del pueblo.  Y lo que le responde es nuevamente el calor propio, generado desde dentro. Por eso se puede decir: lo que actúa en el organismo como calor a través del espíritu del pueblo, recibe como respuesta el calor propio de la cabeza. Cuando el calor del espíritu del pueblo actúa a través de la cabeza, el calor del resto del organismo fluye hacia ella. El calor actúa sobre el calor, y lo hace de tal manera que depende principalmente de la mayor o menor vivacidad de la actividad sensorial, es decir, de la capacidad de percepción. Una persona de espíritu más activo, que mira con amor las cosas que la rodean, desarrolla un mayor calor propio. Una persona que es fugaz, superficial, que no siente mucho, que pasa por alto todo, desarrolla menos calor propio. Esta convivencia con el entorno, en la que el ser humano tiene un corazón o un ojo abierto para el entorno, es lo que contrarresta el calor que actúa a través del espíritu del pueblo, de modo que el calor choca con el calor. Esta es la peculiaridad del modo de actuar del espíritu del pueblo en Europa Central, y en ello se basa gran parte de la esencia del carácter nacional, porque el calor está íntimamente relacionado con el calor. Los demás modos de actuar no están tan relacionados: la voluntad no está relacionada con la electricidad de la misma manera, lo salado no está tan relacionado con el elemento digestivo de la cabeza, y tampoco lo están los demás efectos mencionados. Pero el calor determina el carácter centroeuropeo, que también se manifiesta en la capacidad de integrarse más o menos en todo. No queremos hablar de juicios de valor, sino solo caracterizar, por lo que cada uno puede interpretarlo como quiera: como virtud o como vicio. Calor con calor: eso hace flexible, plástico, capaz de integrarse en todo, incluso en caracteres de pueblos extranjeros. Oh, si seguimos la historia, vemos cómo las distintas tribus alemanas se integraron en pueblos extranjeros, aceptaron elementos extranjeros. Todo ello confirmará lo que se ha dicho hasta ahora.

En lo que hoy se ha expuesto se manifiesta también de manera eminente la gran oposición entre el Oriente asiático y el Occidente americano. Se podría decir que la luz, e incluso lo que está por encima de la luz en lo etéreo, es lo que utiliza el alma de los pueblos orientales para acercarse al ser humano, aunque sea reflejada desde la Tierra. En Occidente es el elemento subterráneo, lo que está bajo la tierra. Esto puede llevarnos profundamente a la vida orgánica y anímica de todo el organismo terrestre en su convivencia con la humanidad. No es en absoluto nuestra intención ofender a ninguna parte de la población terrestre ni halagar a otra. Pero es cierto que, por un lado, las inundaciones orientadas hacia lo espiritual en Oriente, que se desarrollan hacia abajo con pesadez, atando al ser humano a la tierra, son más propias del oeste. Dejo a cada uno que juzgue por sí mismo si esto concuerda más o menos con el carácter del pueblo americano. Una marea ascendente, diría yo, en Oriente; un reflujo, una influencia hacia la tierra en Occidente. Así es la vida.

Por supuesto, no de golpe, sino a lo largo de la vida, a lo largo de generaciones, el ser humano se asemeja a las condiciones terrestres, se adapta. Así pues, cuando un europeo llega a Oriente, tiene hijos allí y estos tienen a su vez hijos, las circunstancias imperantes exigen que se den estas condiciones. Esto tiene un efecto en el ser humano. Es así: al igual que en nuestro organismo físico nunca nos crecerá una nariz en el hombro, sino siempre un brazo, en América nunca habrá buenos yoguis. Se puede trasplantar, pero también se pueden cultivar todo tipo de plantas en invernaderos, pero eso no es lo importante, sino lo que significa el desarrollo en sí mismo en su contexto natural. Todo esto está expresado, está determinado. La biología científica no explica en absoluto lo que son las condiciones terrestres. Para ello hay que entrar, por ejemplo, en los diferentes modos de actuar de las almas de los pueblos, como hemos discutido hoy, en cómo lo no manifiesto se expresa en lo manifiesto.

El ser humano está, por tanto, inmerso en los procesos relacionados con la Tierra. Si ustedes lo contemplan, diría que, por un lado, les resultará bastante opresivo para el alma ver hasta qué punto el ser humano depende en realidad de fuerzas que están relacionadas, tal y como se ha descrito, con el lugar de la Tierra en el que el karma lo ha situado en alguna encarnación. Por supuesto, el hecho de que se encuentre allí está relacionado con su karma. Sin embargo, las circunstancias descritas pueden resultar algo deprimentes, y esa depresión se acentúa aún más si no tenemos una visión global de todas las circunstancias. Si nos remontamos a épocas más antiguas de la evolución de la Tierra, descubriremos que cuanto más nos remontamos, mayor es la dependencia de la que he hablado y más se diferencia la humanidad en la superficie de la Tierra a partir de tales impulsos. Sin embargo, la evolución de la Tierra ya lleva en sí la posibilidad de que los seres humanos superen poco a poco esta dependencia, aunque no en la configuración exterior, sí en su vida interior.

¿Qué tendría que suceder, preguntémonos, qué sería concebible que sucediera para que esta dependencia del pedazo de tierra se mitigara de alguna manera, para que el ser humano se elevara de alguna forma desde esta necesidad aquí caracterizada hacia una cierta libertad?

Para ello, tendría que haber ocurrido algo durante la evolución de la humanidad en la Tierra que contradijera directamente esta dependencia del ser humano de ese pedazo de tierra. Hemos discutido todos los impulsos que hacen que el ser humano parezca dependiente de su pedazo de tierra. He dicho: también tendría que haber ocurrido algo que contradijera esa dependencia, algo que se enfrentara a estas circunstancias. Es comprensible: aquello que viviría en la Tierra, que es diferente a todo lo que actúa a través de esta dependencia, tendría un efecto equilibrador y neutralizador sobre estas circunstancias. ¿Qué puede ser eso?

Al comienzo de nuestra era tuvo lugar el misterio del Gólgota. A lo largo de los años hemos destacado muchas de sus peculiaridades. Pero basta con tener presente una característica muy evidente, muy general y ampliamente conocida del misterio del Gólgota para darse cuenta de que, incluso a través de algo tan superficial, este misterio del Gólgota se presenta como algo especial y único en la vida terrenal. Cristo Jesús vivió entre un pueblo que tiene un carácter marcadamente nacional, que hace todo lo que hace desde un carácter marcadamente nacional. Pero lo que le sucede a Cristo Jesús, lo que se lleva a cabo desde el carácter nacional: el misterio del Gólgota, la muerte en el Gólgota, está en completa contradicción con este carácter nacional. Porque el pueblo en el que se desarrolla el misterio del Gólgota no lo incluye en su confesión, ni se confiesa a Cristo Jesús personalmente, individualmente, sino que lo mata, gritando: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Se produce algo que no puede estar destinado a un determinado pueblo; se produce algo que solo tiene sentido si se concibe en contradicción con lo que puede derivarse del carácter nacional, lo que el pueblo rechaza por sí mismo, anula y destruye desde su interior. Ese es el secreto del misterio del Gólgota. Por eso no tiene carácter nacional, no surge del carácter nacional, sino que contradice todo lo que antes hemos descrito como dependencia del ser humano del carácter nacional. Es un acontecimiento y una entidad en la Tierra que no tienen nada que ver con el carácter nacional, porque solo lo que allí se destruye, —la muerte—, tiene algo que ver con ese carácter nacional. Porque este acontecimiento no tiene que ver ni con el carácter del pueblo judío, ni con el carácter del pueblo romano que actuaba en la misma zona; pues los judíos claman: «¡Crucifícalo!», y los romanos no encuentran culpa alguna en él, es decir, «no saben qué hacer con lo que está sucediendo».  Todo ello se desmarca de lo que puede suceder debido al carácter del pueblo. De este modo, el misterio del Gólgota se convierte en un acontecimiento que, si se estudia detenidamente, no se puede comparar con ningún otro. Por supuesto, también ha habido mártires en otros lugares, pero no surgieron por las razones que se aplican al misterio del Gólgota. Cuanto más estudien el misterio del Gólgota, más descubrirán que ocurrió precisamente porque no tiene nada que ver con el carácter de un solo pueblo, sino porque está relacionado con toda la humanidad. Por lo tanto, se puede decir realmente: por un lado, tenemos ese principio en la evolución de la humanidad que se extiende sobre ella de tal manera que tiene un efecto diferenciador. Entonces, de lo diferenciado surge algo que no pertenece a lo diferenciado, sino que tiene su peculiaridad precisamente en el hecho de ser independiente del carácter de un pueblo; ese es el otro lado.

En todos los aspectos, se reconocerá cada vez más que lo esencial del misterio del Gólgota es que, para comprenderlo, se requiere una comprensión individual. A medida que se vaya comprendiendo cada vez más, se dirá poco a poco: Las condiciones terrenales, las condiciones humanas, se pueden comprender de tal o cual manera; pero el misterio del Gólgota es único, debe entenderse como algo particular, no se puede tomar nada más para comprenderlo. Busquen en cualquier ámbito: hoy hemos seguido en el ámbito del alma de los pueblos lo que actúa en la humanidad. Podemos explicar todas las cosas a partir del alma del pueblo, desde el comienzo de la humanidad en la Tierra hasta hoy, excepto el misterio del Gólgota y lo que está relacionado con él. Así podríamos encontrar todos los campos posibles de los que podríamos decir: por un lado está todo lo demás y, por otro, está el misterio del Gólgota y sus efectos.  Ya lo he subrayado en varias ocasiones: los teólogos eruditos deben admitir hoy en día que no se puede encontrar ninguna prueba histórica del misterio del Gólgota para poder incluirlo en la historia. En la historia no se incluyen acontecimientos para los cuales no puedan encontrarse pruebas históricas, ¡solo el misterio del Gólgota y lo relacionado con él! Porque se trata de algo singular, sobrenatural; no debe haber pruebas históricas de ello. El misterio del Gólgota no debe ser aceptado por nadie que solo exija pruebas históricas materiales. Solo tiene el efecto adecuado en aquellas personas que se elevan por encima de sí mismas para aceptar como histórico algo de lo que no hay pruebas. La evolución continuará de tal manera que las pruebas externas del misterio del Gólgota serán arrastradas, desaparecerán; la crítica las barrerá. Pero la comprensión espiritual de la evolución de la humanidad situará este misterio del Gólgota como el eje de todos los acontecimientos terrenales. Debe ser comprendido espiritualmente, clasificado espiritualmente en el proceso histórico de la humanidad. Ese es precisamente su secreto. Los seres humanos se esforzarán cada vez más por no buscar pruebas históricas, sino por comprender que aquí es necesario un entendimiento suprasensible, una comprensión suprasensible de un acontecimiento que tiene lugar en la Tierra física, para que el ser humano pueda comprender en el sentido pleno de la palabra su relación con el desarrollo histórico terrenal de la humanidad. Hablaremos más sobre esto la próxima vez.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA181 Berlín, 12 de marzo de 1918 - Sobre la conexión del hombre con el mundo espiritual. El destino y el subconsciente

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RUDOLF STEINER

EL DESTINO Y EL SUBCONSCIENTE

LA CONEXIÓN DEL HOMBRE CON EL MUNDO ESPIRITUAL


Berlín, 12 de marzo de 1918

Hemos intentado, precisamente en relación con las almas humanas que ya han atravesado la puerta de la muerte, investigar las relaciones que existen entre el mundo en el que el ser humano vive entre el nacimiento y la muerte, y el mundo en el que vive entre la muerte y un nuevo nacimiento. Queremos intentar considerar estas relaciones desde los más diversos puntos de vista.

Con el paso del tiempo, cuando la humanidad, como no tendrá más remedio para cumplir la tarea que le incumbe en los próximos tiempos, se acerque al mundo espiritual con conciencia, se convencerá de que un conocimiento verdadero y exhaustivo del mundo y de su relación con los seres humanos, va muy muy por encima de lo que puede investigarse mediante la ciencia física y sensorial y el intelecto al que está vinculada esta ciencia. El ser humano solo conoce, en cierto modo, una parte muy pequeña del mundo real, —me refiero al mundo eficaz, en el que él mismo participa de forma eficaz—, si se limita a lo que es perceptible por los sentidos y puede ser determinado por la razón ligada a los sentidos. A lo largo de las conferencias he señalado cómo el ser humano puede, en cierto modo, refinar su observación, cómo puede ampliarla a diversas cosas que están presentes en la vida, pero que en realidad no se tienen en cuenta en la vida porque solo se presta atención a lo que ocurre durante la vida despierta del ser humano, desde la mañana hasta la noche, y no se tiene en cuenta lo que podría ocurrir, lo que en cierto sentido se impide que nos ocurra.  Para darles una idea preliminar de estas cosas, que al principio hay que sentir más que pensar, he señalado que basta con pensar, por ejemplo, en cómo alguien que viene de visita puede impedirnos salir a una hora determinada del día. Quizás usted se haya propuesto salir a las once de la mañana, pero no puede hacerlo hasta media hora más tarde. Imaginemos ahora cómo, en determinadas circunstancias, el día habría transcurrido de forma muy diferente si hubiéramos salido a la hora prevista, cómo en esa media hora que hemos perdido, nos podría haber ocurrido cualquier otra cosa que ahora se nos ha escapado y no nos ha ocurrido en absoluto. Si pensamos en cuántos acontecimientos de este tipo y similares afectan a las personas a lo largo del día, nos haremos una idea de todo lo que podría haber sucedido. Podremos comparar emocionalmente esta idea de todo lo que podría haber sucedido con lo que realmente ocurrió desde la mañana hasta la noche, según la relación de causa y efecto.

Será bueno hacerse una idea realmente clara de estas cosas, compararlas con cosas similares en la naturaleza exterior; porque en la naturaleza ocurren, en cierto modo, cosas que deben juzgarse de manera similar. He señalado a menudo que hay que prestar atención, por ejemplo, a cómo en la naturaleza se pierden continuamente grandes cantidades de fuerzas seminales. Piensen solo en cuántas de las grandes cantidades de huevas de arenque se convierten en arenques reales a lo largo de un año, y cuántas se pierden. Extiendan esta idea a toda la vida. Intenten imaginar cuántos gérmenes con predisposición a la vida no llegan a desarrollarse en el curso del mundo, cuántos se quedan estancados en el curso del mundo, cuántos no pueden desarrollarse, cuántos no están presentes en la vida plenamente desarrollada, floreciente y brotante. Pero no hay que creer que esto no forme parte de la realidad. Forma parte de la realidad tanto como aquello que llega a su plena realización, solo que no llega hasta cierto punto, sino que toma otro curso, al igual que nuestros propios procesos vitales toman otro curso cuando, como he indicado, algo nos detiene; unos son procesos vitales, otros son procesos naturales que se ven obstaculizados y que, al verse obstaculizados, continúan de otra manera. Este tipo de cosas se pueden ampliar mucho más.

Ahora bien, cabe preguntarse si no hay otro ejemplo muy similar a estos dos que, de manera interrogativa y enigmática, incide profundamente en la vida humana. Sabemos que la esperanza de vida normal de un ser humano es de setenta a noventa años. Pero también sabemos que la gran mayoría de las personas mueren mucho antes, y de ello deducimos que no se alcanza la plenitud de la vida. Al igual que en la naturaleza los gérmenes de las semillas se detienen en una determinada fase y no llegan a madurar por completo, tampoco los procesos vitales del ser humano alcanzan su plena madurez. Y, de nuevo, vemos también cómo nuestras acciones cotidianas no llegan a su plena madurez, por las razones que acabamos de mencionar. Todo esto puede hacernos conscientes de que, en cierto modo, entre las líneas de la vida hay mucho que no se tiene en cuenta, que, en lugar de pasar a los reinos donde puede percibirse sensorialmente, se queda estancado en los ámbitos espirituales.

Si no se considera esto como una simple fantasía, sino que realmente lo reflexionamos de manera provechosa, encontraremos la transición, si no a una prueba totalmente válida, al menos a una idea de algo muy significativo. Cuando actuamos como seres humanos en la vida cotidiana, procedemos de tal manera que reflexionamos sobre nuestras acciones, nuestros actos, nuestros impulsos volitivos. Reflexionamos sobre lo que debemos hacer y luego llevamos a cabo lo que hemos reflexionado. Pero la vida no solo transcurre de esta manera, en la que nos proponemos acciones y luego las llevamos a cabo, sino que transcurre de tal manera que en la vida se interpone algo que muy a menudo nos parece solo una suma de casualidades, que nos parece irregular, precisamente como una conexión fortuita, y que denominamos con la palabra «nuestro destino».  Para las personas con una mentalidad materialista, el destino es precisamente lo que se compone de los acontecimientos que, según ellos, les suceden día a día. Sin duda, muchas personas intuyen que en este destino hay un cierto plan. Pero, por lo general, no se llega a comprender realmente lo que está sucediendo, porque no se presta atención a lo que ahora quiero decir, aunque sea algo muy significativo en la vida. En la actualidad, la llamada psicología analítica, el psicoanálisis, aborda muchas de las cuestiones que hoy en día se plantean a la humanidad. Los representantes de esta psicología analítica abordan las cosas con medios de conocimiento insuficientes. A menudo he llamado la atención de nuestros amigos sobre un ejemplo paradójico que los psicoanalistas utilizan continuamente, porque en los inicios del psicoanálisis hizo que las personas se dieran cuenta de que en la vida existen todo tipo de aspectos espirituales que las personas comunes no pueden comprender. Volvamos a recordar este ejemplo paradójico, aunque algunos de ustedes ya lo conozcan.

Una señora es invitada a una velada y asiste a ella, que se celebra porque la dueña de la casa donde tiene lugar la reunión se marcha esa noche. Va a ir a un balneario porque está enferma. La velada transcurre de manera impecable. La señora de la casa ya ha partido hacia su balneario y los invitados se marchan, por así decirlo, al mismo tiempo que ella. Un grupo de estos invitados se encuentra en la calle. Y mientras siguen caminando, aparece una calesa doblando la esquina. Digo expresamente: una calesa, no un coche. Esta calesa recorre la calle a toda velocidad. Una de las damas se separa del resto del grupo. Mientras que las demás personas que la acompañan se apartan del carruaje, a ella se le ocurre la peculiar idea de correr delante de los caballos del carruaje; sigue corriendo por la calle delante de los caballos, con los caballos detrás y ella delante, hasta que se le ocurre que tiene que hacer algo para salvarse de esta situación. Entonces corriendo delante de los caballos de la calesa, llega a un puente que cruza un río y piensa: si se lanza al agua ahora, estará a salvo de los caballos. Pero las demás personas del grupo que iban con ella, como se puede imaginar, la han seguido y finalmente la alcanzan. Y las circunstancias lo determinan: La llevan de vuelta a la casa que acaba de abandonar y la acogen allí. Bien, la señora de la casa se ha ido; la acogen allí y ahora puede continuar la relación con el dueño de la casa que se inició durante una estancia conjunta con él.

El psicoanalista busca ahora las regiones ocultas del alma. Descubre que esta señora, cuando era niña, tuvo alguna experiencia con caballos, que estas experiencias ahora afloran desde el inconsciente, etcétera. Pero quien conoce la vida del alma humana no puede entrar en todas estas tonterías de la psicoanálisis; porque si bien existen esas regiones ocultas del alma y cosas por el estilo, —lo cual no se niega en absoluto—, no son más que los precursores de lo que realmente importa, y no lo que realmente importa. Lo que realmente importa es que el ser humano, —es decir, también esta señora de la que estamos hablando—, tiene una conciencia subconsciente que, en determinadas circunstancias, es mucho más inteligente y sofisticada que la conciencia superior. En la conciencia superior, esa señora se comportó de manera bastante torpe, como pensarán la mayoría de ustedes, pero en el subconsciente pensaba algo mucho más inteligente que lo que pensaba la conciencia superior. En el subconsciente, algo pensaba: «Esta noche se ha ido la señora de la casa, tengo que encontrar la manera de estar con el hombre, tengo que hacer algo, tengo que aprovechar la próxima oportunidad». El subconsciente es incluso algo profético, presiente lo que sucederá si se corre delante de los caballos. Todo esto puede ser organizado por el subconsciente de la manera más sofisticada. La conciencia superior no es tan inteligente; pero el subconsciente tiene esta inteligencia, que se ve especialmente aumentada por el hecho de que se añade un cierto don profético. Menciono este ejemplo porque es solo un caso particular de algo que existe de manera general. Cada persona lleva dentro de sí algo que es mucho más amplio y también mucho más intenso en las más diversas direcciones que su conciencia habitual. Sí, si el ser humano supiera todo lo que realmente sabe en su subconsciente, sería terriblemente inteligente y astuto, y sería capaz de idear cosas increíbles.

Ahora se puede plantear la pregunta: ¿Eso que vive en el subconsciente del ser humano está realmente inactivo? Para quien sabe observar el mundo espiritualmente, no está del todo inactivo. Al contrario, está continuamente activo, realmente continuamente activo. Lo que en esta señora, —y en casos similares solo se manifiesta de forma anómala bajo la influencia de acontecimientos, deseos e inclinaciones muy especiales—, pero lo que en esta señora se ha manifestado de forma especial, está siempre presente en el ser humano en un ámbito determinado y le acompaña durante toda su vida consciente. ¿Por qué es así? El hecho de que en esta señora, —en otras circunstancias también podría ser un señor—, haya salido a la luz de esta manera se debe únicamente a que esta ciencia subconsciente que el ser humano tiene de la vida a veces se sale de los límites. En la conciencia ordinaria también ocurre que, en algún momento, se hace algo especial que en realidad se sale de los hábitos habituales de la vida, que es un caso excepcional en la vida. Lo mismo ocurre con este subconsciente. Pero aquí, en este caso, solo ha salido a la luz algo especial que siempre está activo en el ser humano, ¿pero cómo de activo?

Lo que llamamos destino es realmente algo muy complejo. Nuestro destino parece acercarse a nosotros de tal manera que sus acontecimientos nos suceden. Tomemos un caso flagrante del destino, un caso que algunas personas conocen. Supongamos que alguien conoce a otra persona que luego se convierte en su amigo, su mujer, su marido o algo similar. La conciencia superior habitual interpreta esto como algo que nos ha sucedido, que nosotros no hemos hecho nada para que esa persona entrara en nuestra esfera vital. Pero eso no es cierto. La verdad es otra muy distinta.

Con la fuerza que reside en el subconsciente y que acabo de mencionar, desde el momento en que venimos al mundo, y más concretamente aún, desde el momento en que empezamos a decir «yo», trazamos nuestro camino en la vida de tal manera que, en un momento determinado, se cruza con el camino de otra persona. Las personas no prestan atención a las cosas extrañas que sucederían si se siguiera un determinado camino en la vida: por ejemplo, el de una persona que se compromete en un momento determinado. Si se rastreara su vida tal y como se ha desarrollado a lo largo de la infancia y la juventud, de un lugar a otro, hasta que la persona ha llegado a comprometerse con otra, se descubrirían muchas cosas significativas en su desarrollo. Se descubriría que la persona en cuestión no ha llegado allí sin más, que no es algo que le ha sucedido sin más, sino que se ha movido de forma muy significativa hasta el lugar donde ha encontrado a la otra persona.  Toda la vida está impregnada de esa búsqueda, todo el destino es una búsqueda de ese tipo. Sin embargo, debemos imaginar que esa búsqueda no se desarrolla como la acción bajo el razonamiento habitual. Esta última se desarrolla en línea recta; la acción en el subconsciente se desarrolla de forma intensa y personal. Pero entonces es algo que se desarrolla de forma significativa en el subconsciente del ser humano. Ni siquiera es correcto hablar del inconsciente, se debería decir supra-consciente o subconsciente, porque solo es inconsciente para la conciencia habitual. En el caso de aquella señora que ha tramado tan ingeniosamente volver a la casa del hombre en cuestión, el subconsciente es mucho más consciente de sí mismo que la propia señora en su supra-consciente. Y lo mismo ocurre con lo que nos guía en la vida, de modo que nuestro destino es un determinado entramado que nos guía, y eso es muy, muy consciente. No hay nada que objetar al hecho de que el ser humano a menudo esté tan en desacuerdo con su destino. Si él pudiera abarcar todos los factores, descubriría que podría estar de acuerdo. Precisamente porque la conciencia superior no es tan inteligente como el subconsciente, juzga erróneamente los hechos de este último y se dice a sí misma: «Me ha sucedido algo desagradable», mientras que, tras una profunda reflexión, el ser humano ha buscado en realidad lo que la conciencia superior considera desagradable. El conocimiento de las conexiones más profundas llevaría a comprender que «alguien más sabio» busca las cosas que luego se convierten en destino. ¿En qué se basa todo esto?

Esto se basa en que, cuando se habla de cosas para las que el lenguaje común no tiene palabras adecuadas, solo se puede hablar por comparaciones, pero las comparaciones se refieren a realidades. Se basa en que nuestra conciencia intelectual común, de la que algunas personas se enorgullecen mucho, es, por así decirlo, un colador. Es una comparación, pero una comparación válida que apunta a una realidad. Nuestra conciencia intelectual es un colador. Cuando se vierte agua en un colador, esta se filtra y no llena el colador. Estas cosas que se piensan y se reflexionan y que luego se expresan en los hilos del destino, pasan por nuestra conciencia intelectual como por un colador. Esa es la razón por la que no sabemos nada de ellas en la conciencia superior. La conciencia intelectual las deja pasar como a través de un colador, pero el ser humano en el subconsciente no las deja pasar. Solo porque pasan por la conciencia superior como a través de un colador, él no sabe nada de ellas; pero sin embargo, son retenidas en el ser humano.

Cuando realmente se practique la ciencia natural de manera razonable, los seres humanos se preguntarán: ¿cómo se manifiestan estas cosas en los animales y cómo lo hacen en los humanos? En los animales, estas experiencias los atraviesan por completo, ya que todo el animal es como un colador. En los seres humanos, aunque no se detienen en la cabeza, sí lo hacen en todo el ser humano. Solo porque en la vida cotidiana solo piensa la cabeza y no todo el ser humano, este no las piensa en circunstancias normales. Solo cuando, por ejemplo, se produce la histeria, que consiste en que la otra parte del ser humano también comienza a pensar, —lo que puede ocurrir en circunstancias patológicas, pero que en general no debería ocurrir—, se dan casos excepcionales en los que se piensa en lo que de otro modo sería el destino y en los que el ser humano, por así decirlo, «crea el destino» , como aquella señora que «hizo» el destino. Así pues, el ser humano detiene el proceso y se produce algo muy curioso. ¿Por qué el proceso atraviesa todo el animal y por qué se detiene en el ser humano?

Esto se debe a que los animales no tienen manos, es decir, sus extremidades están siempre conectadas con la tierra, ya sean patas o alas, lo que hace que el proceso sea algo diferente. Pero el hecho de que el ser humano haya transformado las extremidades que en los animales son patas, hace que sus brazos y manos estén tan integrados en su organismo que retiene sus pensamientos en su destino. Solo que no se puede pensar con las manos, solo se puede retener el destino con ellas; por eso el ser humano pasa por alto su destino. Las manos son órganos del pensar, al igual que lo es la parte etérica de la cabeza. La parte etérica de la cabeza hace algo muy similar al pensar con lo que el ser humano hace en la vida con sus manos: con las manos, el ser humano detiene en sí mismo la corriente de la acción que atraviesa su destino. En el ser humano está dispuesto de tal manera que solo se expresan las actividades mentales más burdas de las manos y los brazos. Todo el mundo sabe que tiene un sentido especial en las manos, sobre todo en las yemas de los dedos, pero este sentido es lo más burdo en este sentido. Porque aquí se trata de algo muy sutil: es un pensar muy débil, apenas perceptible, lo que los seres humanos desarrollan y pueden expresar en la actividad artística; pero las manos están tan integradas en el organismo humano que son el órgano del pensar para el destino. En el ciclo evolutivo actual, el ser humano aún no aprende a pensar con las manos. Si lo aprendiera, conocería los secretos de las manos, lo que al mismo tiempo sería una introducción al conocimiento de las leyes fundamentales de la relación con el destino.

 Esto parece muy extraño, pero es así. Aquí tenemos uno de los puntos en los que la ciencia espiritual dice, por un lado: en las manos que desarrollan un pensamiento subconsciente se piensa el destino. La ciencia natural aún no presta atención a esto. Si se limita a observar la organización humana de forma muy general, es lógico que llegue a la conclusión de que el ser humano es un animal más perfecto. Y lo es. Pero precisamente en lo que no se tiene en cuenta radica la diferencia esencial entre el ser humano y el animal. Piénsenlo: ¿cómo es la cabeza de un animal? En los animales, la cabeza descansa directamente sobre la tierra. En el ser humano, la cabeza descansa de tal manera que lo que en el animal soporta la tierra, lo soporta el propio ser humano; la línea del centro de gravedad de la cabeza, antes de tocar la tierra, cae dentro del organismo humano, por decirlo de manera burda: atraviesa el diafragma. El ser humano se relaciona consigo mismo como el animal con la tierra. Si tomamos la línea de gravedad de la cabeza del animal, esta cae directamente sobre la tierra, sin atravesar el diafragma ni el organismo. Lo esencial del ser humano reside en la orientación del organismo hacia el cosmos en su conjunto, y esta orientación está relacionada con el hecho de que sus brazos y manos están organizados de forma diferente a las extremidades correspondientes del animal. La ciencia natural trabajará en el futuro desde un lado; algún día se preguntará: ¿cómo se relaciona realmente el ser humano con lo dinámico, con las relaciones de fuerza con el universo, a fin de que el ser humano no sea un cuadrúpedo, sino un bípedo? ¡Esto le viene dado desde el cosmos! Y él trabaja en contra de ello, organizándose desde el cosmos de tal manera que la línea del centro de gravedad de su cabeza cae dentro de él mismo y se convierte en su propia tierra. Al desorganizarse sus manos y brazos de una manera especial, se opone a ello, de modo que las manos pueden volver a tomar las riendas del destino, al igual que la organización de la cabeza humana también está relacionada con su posición erguida. El ser humano tiene un cerebro más perfecto porque la línea del centro de gravedad de la cabeza pasa a través de él y no cae directamente sobre la Tierra. En el universo hay fuerzas por todas partes, y cuando algo tiene una orientación diferente, la masa se distribuye de otra manera. Esto se admite en el caso de la naturaleza inorgánica, pero en el caso del ser humano aún no se tiene en cuenta hoy en día. Por eso no se llega a comprender cómo lo material contrarresta lo espiritual en el ser humano, cómo lo material impregna lo espiritual en todas partes.

Esa es una cara de la moneda. Podemos decir: dejamos que el ser humano contemple cómo descansa sobre su propio diafragma, y nos situamos allí, cuando pensamos con el subconsciente hasta el diafragma, en el sentido del destino, como normalmente solo nos situamos en el sentido de las acciones meditadas. Pero ahora el ser humano está presente en la vida de otra manera, porque hemos visto que, si no solo consideramos su cabeza de forma unilateral, sino todo su organismo, determina su destino de forma reflexiva, pero subconsciente, y conoce su destino.

Pero en la vida del ser humano existe muchas más cosas. Llevamos a cabo acciones. Estas acciones nos provocan una cierta satisfacción o insatisfacción en la vida. Piénsenlo: si han hecho ustedes un favor a alguien, eso les ha proporcionado satisfacción. una satisfacción; o han tenido que hacer algo que es una defensa contra algo, y eso está relacionado con la insatisfacción, y así sucesivamente. Así pues, hay diferentes cosas que el ser humano realiza en la vida cuando actúa. Sí, no solo realizamos nuestras acciones y sentimos la satisfacción o insatisfacción consciente que nos producen. Esto lo podemos ver muy bien cuando, desde el punto de vista de la ciencia espiritual, examinamos las acciones que intervienen menos en la vida. Una acción es ya una acción, aunque no tenga necesariamente un significado moral, como por ejemplo cuando cortamos leña. Es una acción lo que hacemos mientras cortamos leña; nos causa fatiga. Las personas tienen todo tipo de ideas sobre el cansancio. Ustedes saben por la última conferencia pública, que las personas imaginan que el cansancio les obliga a dormirse, que la causa del sueño es el cansancio. Todo el mundo sabe que el cansancio aparece como un efecto secundario de actividades tales como, por ejemplo, cortar leña. Pero si se examina desde el punto de vista de las ciencias espirituales, este cansancio tiene un significado muy profundo. El cansancio no es en realidad lo que nos parece. Lo experimentamos como lo que llamamos cansancio, pero es algo completamente diferente. Es fácil imaginar que el cansancio que se manifiesta en tales actividades, —las actividades más relacionadas con la vida moral o intelectual son más sutiles en este sentido, no siempre se manifiestan tan claramente como cuando observamos actividades más elementales, como cortar leña—, que este cansancio es un proceso ambivalente. En primer lugar, debemos aplicar las fuerzas vitales que brotan y germinan y que están relacionadas con nuestro crecimiento, pero luego agotamos estas fuerzas y se produce un proceso de degradación en nuestro organismo. Este proceso de degradación se experimenta como fatiga. Pero esta fatiga es en realidad un entumecimiento cuyo significado más profundo experimentamos en realidad como algo muy diferente a una consecuencia, en este caso, de cortar leña. La fatiga es solo un entumecimiento para la vida cotidiana. ¿Qué se experimenta en realidad?

Por supuesto, esto solo se puede afirmar a partir de la investigación real en ciencias espirituales. Cuando estamos cansados después de cortar leña, en aquellos lugares que conocemos como partes del organismo espiritual del ser humano, y que también se denominan flores de loto, —encontrará más detalles al respecto en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?»—, se produce una verdadera irradiación en una de las flores de loto. Se ha producido un logro, pero el ser humano no es consciente de ello. No es consciente de este logro espiritual. Lo que percibe es lo que lo adormece, para que no perciba en sí mismo lo que es un logro espiritual. Porque lo que realmente irradia es algo espiritual. Y se comprende aún mejor si, para contemplar la espiritualidad de estas irradiaciones, consideramos, por ejemplo, una acción expuesta a un juicio moral. Supongamos que no solo hemos cortado leña, sino que hemos hecho algo que está sujeto a un juicio moral. Es cierto que este tipo de evaluación moral solo se suele considerar en el ámbito estrictamente limitado de la vida. Sin embargo, tiene otro significado. Todo lo que hace el ser humano tiene un valor en el proceso evolutivo de la humanidad. Incluso cada acción individual tiene un valor en el proceso evolutivo de la humanidad. El ser humano, en su conciencia habitual, no capta esta valoración del valor de una acción en este proceso evolutivo, del mismo modo que no capta con su mente las acciones del destino. Pero no deja que esta valoración pase por su ser como por un tamiz, sino que la irradia al exterior a través de las flores de loto. El ser humano evalúa y valora continuamente, de forma subconsciente, cada una de sus acciones. Puede ser un ser angelical y hacer el bien a todos los seres humanos: en su subconsciente, juzga el valor de tales acciones para el desarrollo global de la humanidad, y lo hace de forma muy objetiva, lo que a veces resulta muy diferente de lo que se creería en la conciencia superior. O puede que usted sea un ladrón, —con lo cual, por supuesto, no quiero decir nada ahora—, pero al cometer el robo, lo valora de manera totalmente objetiva según su valor en el proceso de desarrollo global de la humanidad. Y eso es lo que usted irradia inevitablemente a través de las flores de loto. Así como nuestros juicios sobre el destino, que pasan por la cabeza como por un tamiz, son detenidos por nuestros brazos y manos, con la ayuda de nuestra organización astral de flores de loto se guían nuestros juicios sobre nuestras acciones, y también sobre los actos mentales; estos se irradian como un resplandor a través de nuestra organización de flores de loto, salen de nosotros. Y este resplandor llega muy lejos. Se traslada al tiempo, no permanece en el espacio. Por eso es tan difícil imaginar las flores de loto, porque se mueven continuamente y pasan continuamente al tiempo. Ahí es donde el espacio se convierte realmente en tiempo. El ser humano proyecta una luz delante de sí mismo, pero de tal manera que esta luz se funde con el tiempo, se convierte en una luz perpetua que trasciende la muerte. A lo largo de toda la vida, alguien juzga en nuestro subconsciente. Al igual que alguien en nuestro interior piensa nuestro destino, alguien juzga todas nuestras acciones, y nosotros irradiamos este juicio como una luz.

Por supuesto, esto es porque se trata de una acción imaginativa, expresada de forma pictórica, pero esta expresión pictórica corresponde a una realidad. La vida es como cuando un foco ilumina un amplio espacio. Solo hay que imaginarlo no en el espacio, sino en el tiempo. Por ejemplo, hoy, como persona de cuarenta años, ha hecho algo; su vida continúa, pasa por sus cincuenta, sesenta años, luego por la muerte y continúa en la existencia que pasa entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y al atravesar esta existencia, se va integrando paso a paso en lo que ha irradiado continuamente en esa existencia a través de sus flores de loto durante su vida terrenal. Encuentra todo lo que ha irradiado hacia el futuro. Para expresarlo de forma gráfica, es como si encendieran un foco que iluminara a gran distancia y luego siguieran la luz y se dijeran: «Eso se irradia desde allí, lo encontraré todo de nuevo». Solo que son los juicios sobre sus actos los que le afectan así en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. En este sentido, el ser humano no es un colador o, si lo prefieren, un tamiz: él deja pasar lo que él mismo genera inconscientemente.

Una vez más, existe en el ser humano algo que es un crítico constante, —si no queremos utilizar la palabra en un sentido pedante y filisteo—, de sus propias acciones y que él mismo proyecta hacia su propio futuro. Aquí también se puede recurrir, si se quiere, a la ciencia natural. Debido a que el ser humano está erguido y, por lo tanto, descansa en su aparato de conciencia habitual como en su propia tierra, lo que emana de su caminar por la tierra, en el sentido más amplio de la palabra, se detiene en los lugares de las flores de loto. Allí se detiene, se rompe en ángulo recto y se envía a la vida. 

Así pues, vemos que, de una manera compleja pero perfectamente comprensible, lo que normalmente se resume con el término general «inconsciente» se introduce en la vida humana. Precisamente por el hecho de que el ser humano, por un lado, se cierra hacia abajo con su diafragma, está vinculado con su subconsciente al contexto de su destino.

En los animales, esta irradiación a través de las flores de loto no es posible. ¿Por qué? Esto tiene que ver, una vez más, con la orientación del animal en el universo. Al tener la columna vertebral en posición vertical, en ángulo recto con respecto a la de los animales, el ser humano desarrolla sobre todo aquello que los animales no pueden desarrollar, ya que su columna vertebral es horizontal y no vertical. Por lo tanto, el animal no puede tener un «crítico» a su lado ni enviar al futuro juicios sobre las acciones de la vida animal. Se obtendrá mucho si la ciencia natural se decide a no limitarse solo en el juicio trivial de comparar las estructuras y formas de las extremidades de los animales con las de los seres humanos, o comparar la cabeza de los animales con la de los seres humanos. El ser humano tiene un cerebro perfeccionado, pero, por lo demás, la cabeza humana no es tan diferente de la cabeza de un animal, y por eso la teoría materialista pudo fácilmente incluir al ser humano en la cadena animal. Pero lo que diferencia al ser humano del animal es su orientación en el universo. Si se estudia esto, se llegará a una conclusión científica completamente diferente. La ciencia espiritual también marcará el rumbo, al igual que lo hace en otros ámbitos, al señalar determinados procesos de la vida que solo pueden comprenderse cuando se obtiene la orientación correspondiente a través de la ciencia espiritual. 

Vemos, pues, que el ser humano está organizado de tal manera que hay en él algo que, por un lado, se puede decir que es más inteligente que él, —a veces también más refinado—, en lo que respecta a la valoración del destino y, por otro lado, hay en él algo que es un crítico más objetivo que él mismo en su vida consciente. Así pues, en el ser humano ya existe, en cierto modo y de forma compleja, lo que se puede llamar otro ser humano, y esto también se manifiesta en la vida. Por regla general, el ser humano no observa sus acciones. El crítico que hay en él permanece en el subconsciente y solo se hace consciente entre la muerte y el nuevo nacimiento, cuando se alcanza paso a paso esa apariencia de la que he hablado. Sin embargo, con una observación razonable y profunda de la vida, se puede llegar a la conclusión de que este crítico se comporta de manera diferente en cada persona.

Comparen entre sí dos tipos de personas que se pueden encontrar en la vida. A uno de ellos se le suele llamar «Hansdampf in allen Gassen» (hombre orquesta). Hay personas que están en todas partes, nunca tienen tiempo, tienen que estar continuamente en movimiento, tienen que meter las manos, —o, como se suele decir, la nariz—, en todo, tienen que participar en todo, etc. La gente no le da más vueltas, lo considera un mero hábito de vida basado en todo tipo de cosas subconscientes. Pero la cuestión es que el crítico ocupa una posición especial en esta encarnación, en la que el ser humano es un «Hansdampf in allen Gassen». Estos críticos también tienen su propia individualidad. Las personas lo descubren después de la muerte. En el caso de un todoterreno como este, es muy bueno poder hablar de estas cosas con humor, porque al no dejar que el humor se marchite por completo al entrar en la ciencia espiritual, se supera ese estado de ánimo que tanto perjudica a la ciencia espiritual. porque este estado de ánimo es algo que perjudica mucho a las ciencias espirituales; con tal tipo de persona inquieta, este crítico es como una especie de actor que desea ser visto, no solo por las personas, eso es solo su imaginación, sino por todo tipo de seres espirituales, y que disfruta de poder ver todo lo que pulula en el mundo espiritual cuando va de un lado a otro. Este tipo de persona inquieta es, en el mundo espiritual, alguien que siempre anda de un lado a otro y quiere ser visto, y de este deseo de ser visto, que se convierte en un impulso inconsciente, surge el carácter de «persona inquieta en todos los ámbitos». Tomemos el carácter opuesto. Se trata de la persona que cumple con lo que la vida le impone, con lo que la vida le impulsa a hacer, con lo que le exige. No se le ve en todas partes, sino que actúa también allí donde no se le ve, donde lo exige la vida, etc. En este sentido, el crítico también ocupa una posición especial. Estas cosas se pueden comprender si se consideran desde el punto de vista de las ciencias espirituales. El crítico ocupa una posición especial que proviene de la creencia inconsciente de que todo lo que se hace, aunque no sea visto por los espíritus que pululan a nuestro alrededor, —como le gustaría al Hansdampf—, no es en vano, que ninguna fuerza en el mundo es en vano, sino que tiene su significado en el mundo. Esta hermosa creencia: todo lo que haces, aunque solo se manifieste dentro de milenios, tendrá de alguna manera su significado en la vida global del mundo; esta conciencia es la base del antitipo del Hansdampf, una cierta tranquilidad en el mundo, una seguridad que proviene de la creencia que acabamos de caracterizar. Vemos cómo se ilumina la vida cuando se tiene en cuenta que el ser humano no solo tiene relaciones en la vida que son visibles externamente en el mundo sensorial, sino que tiene relaciones en la vida que realmente se basan en su relación con el mundo espiritual. He hecho estas explicaciones hoy principalmente porque así les he mostrado dos elementos de la esencia humana: el elemento que está tan relacionado con la organización física del ser humano entre el nacimiento y la muerte, que la organización física apunta a un subconsciente, al mostrar que los brazos y las manos son órganos de pensamiento, aunque de una manera extraña, que dan un sustento especial a aquello para lo que la cabeza es un tamiz. El ser humano es, en este sentido, un recipiente curioso: su cabeza es un tamiz para el destino; pero cuando los pensamientos que crea el destino se han coagulado, son retenidos por los brazos y las manos. El otro elemento en el ser humano es lo que irradia a través de las flores de loto y se adentra en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. De la relación que se establece entre estas dos corrientes del ser humano depende algo muy significativo. Porque si observamos al ser humano en su totalidad, imaginándonos realmente el plano del diafragma, lo vemos también allí como un ser dual: algo entra en él, se detiene allí, se detiene por la fuerza de los brazos y las manos, pero desciende hasta el plano del diafragma. Es algo que se detiene porque el ser humano es un ser vertical, no horizontal como los animales. De hecho, por extraño que parezca, pero el mundo está lleno de misterios, las patas del animal se relacionan con él de una manera diferente a como lo hacen los brazos con el ser humano. Esto tiene que ver con la Tierra. Porque las radiaciones se ven realmente atravesando la Tierra y penetrando en el ser humano, pero dirigidas por las flores de loto y irradiando hacia el futuro. Hay dos corrientes que muestran al ser humano como un ser contradictorio. En la vida cotidiana, estas dos corrientes están completamente separadas entre sí, y en ello se basa la vida. Si las dos corrientes se unieran en la vida, esta no sería tal y como es en realidad. Si confluyeran, el ser humano no podría desarrollar la conciencia del yo, ya que esta se basa en que las dos corrientes se mantengan separadas en la vida. Sin embargo, solo se mantienen separadas en parte; en cierto sentido, confluyen. De hecho, lo que irradia el ser humano para influir en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento puede, si el ser humano lo consigue, unirse fuera del ser humano con aquellas otras influencias que son detenidas por los brazos antes de pasar por el tamiz. Las dos corrientes que normalmente atraviesan su cuerpo, pero que no se unen, pueden hacerlo si el ser humano las detiene. Esta unión ofrece la posibilidad de que el ser humano se encuentre con los difuntos, con aquellos que han atravesado la puerta de la muerte.

Con la caracterización de estas dos corrientes, he creado hoy una introducción a lo que discutiremos en la próxima conferencia sobre las relaciones que el ser humano puede tener desde aquí con estos difuntos, para considerar estas relaciones desde otro punto de vista.

Traducido por J.Luelmo nov.2025