CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

GA232 Dornach, 21 de diciembre de 1923. Los misterios de los Cabirios de Samotracia

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 RUDOLF STEINER

LOS CENTROS DE LOS MISTERIOS

Los misterios de los Cabirios de Samotracia

Dornach, 21 de diciembre de 1923

A lo largo de las últimas semanas, he hablado aquí sobre las diversas formas de los misterios. En particular, hemos intentado comprender aquellos misterios que, en cierto sentido, como los últimos grandes misterios, vinculaban directamente el interior del ser humano con la existencia natural, con el espíritu de la existencia natural. Se trataba de los misterios de Hybernia. Y hemos visto cómo, a través de miradas hacia el propio ser humano, —miradas que, sin embargo, eran de naturaleza absolutamente íntima y espiritual, e incluso de carácter individual y personal—, los misterios griegos penetraban en el interior del ser humano. Se puede decir que, al igual que en la naturaleza exterior las más diversas regiones de la Tierra albergan tal o cual vegetación, así también se manifiestan, en los más diversos ámbitos de la Tierra, las más variadas influencias del mundo espiritual sobre los seres humanos, a lo largo de la evolución de la humanidad.

Si nos trasladáramos a Oriente, —lo cual, desde un punto de vista histórico, está previsto que ocurra en los próximos días—, encontraríamos muchas otras manifestaciones de lo místico. Pero hoy, —puesto que aún no están presentes todos los asistentes—, me interesa más retomar lo que ya se ha analizado que comenzar algo nuevo.

Se puede decir que, al mirar retrospectivamente la evolución de la humanidad, se nos presenta ante la conciencia imaginativa con toda claridad, una evolución tripartita. Digo «se presenta con toda claridad ante la conciencia imaginativa» porque, si se amplían hacia atrás las épocas de las que voy a hablar ahora, hacia tiempos más antiguos, se obtiene naturalmente un número mayor que el tres, y lo mismo ocurre si se avanza más hacia el futuro. Pero hoy queremos contemplar, desde un determinado punto de vista, estas etapas intermedias del desarrollo de la humanidad, que no se presentan solo a través de la inspiración, sino que ya se manifiestan con toda claridad ante la imaginación.

Hasta bien entrado el periodo egipcio, la realidad para la humanidad era tal que, desde el punto de vista de la conciencia de la época, tanto de los pueblos afro-europeos como de los asiáticos, no existía en absoluto aquello que hoy llamamos «materias». Ni siquiera existían para la conciencia humana los materiales externos más burdos, y mucho menos aquellas abstracciones que hoy denominamos carbono, agua, azufre, etc. Esas cosas no existían, sino que todo lo que se extendía en la naturaleza era considerado directamente como el cuerpo de las entidades divinas y espirituales que se revelan a través de toda la naturaleza. Hoy en día vamos a la montaña, pisamos la piedra, quizá incluso la levantamos, y vemos en ella una sustancia indiferente. No se nos ocurre nada parecido a lo que se les ocurría a los antiguos egipcios o a los antiguos orientales.

¿No es cierto que hoy en día, cuando nos encontramos frente a una persona y, por ejemplo, le tocamos los dedos, no consideramos lo que tocamos en el dedo de esa persona como algo indiferente? Lo consideramos como algo que forma parte de todo su organismo humano. Y, al observar, por ejemplo, lúltimo falange del dedo índice de una persona, no podemos evitar decirnos: esto es parte de un organismo completo.

Así era para los antiguos egipcios, así era para los antiguos orientales en su conciencia. Cuando pisaban una piedra o la levantaban, para ellos no era una piedra indiferente como lo es para nosotros hoy en día; para ellos no era en absoluto una sustancia terrenal común y corriente, sino que era parte del cuerpo divino, tal y como les aparecía la Tierra. Y del mismo modo que hoy nos comportamos en nuestra conciencia con respecto a la piel del ser humano, así se comportaban los antiguos con respecto a la superficie exterior de la Tierra. Cuando hoy nos acercamos a una persona y, por circunstancias especiales, tomamos conciencia de que nos recuerda a otra persona que ya conocemos, que quizá ahora no esté presente, y si las circunstancias indican que esa persona con la que nos encontramos es la hermana o el hermano de esa otra persona, entonces nos viene inmediatamente a la mente: que entre ambas personas existe una relación de carne y sangre, que, en cierto modo, están unidas físicamente. Y cuando el antiguo griego o el antiguo oriental alzaba la vista hacia Marte, Júpiter o Saturno, y luego miraba la Tierra, veía en ella, en primer lugar, el cuerpo divino del dios de la Tierra, pero al mismo tiempo veía en ella a la hermana o al hermano, —en definitiva, el vínculo fraternal—, con los planetas que giraban alrededor de la Tierra: Júpiter, Marte y Saturno.

Y así, en la percepción de todo el cosmos y en la percepción de la Tierra como parte de ese cosmos, existía entre los antiguos algo claramente espiritual y anímico. Y solo tienen que imaginar, en lo más profundo de su interior, cómo eso significaba para el alma algo completamente distinto de lo que el ser humano siente hoy en día. ¡Significa mucho ver en la Tierra el cuerpo divino, ver en ella el miembro fraternal frente a todos los demás planetas del sistema solar! Porque los antiguos concebían todo el universo como lleno de dioses. Y para ellos, no solo toda la Tierra estaba llena de dioses, sino que, además de los grandes cuerpos planetarios, cada uno de los miembros de estas entidades planetarias estaba lleno de dioses. En la piedra y el árbol, en el río y la roca, en las nubes y el rayo se manifestaban entidades espirituales y divinas de algún tipo. Esta conciencia se despertó en amplios círculos de la población de toda la Tierra, y se profundizó en las múltiples formas de misterios que se encontraban aquí y allá en la Tierra.

Y si retrocedemos en la historia de Grecia hasta aquella época en la que la grandeza política exterior de Grecia se hundió en una especie de caos popular y surgió la esencia macedonia, entonces descubrimos cómo, de hecho, en aquella época se introdujo en el saber humano, en el conocimiento humano, aquello que la última vez conocimos aquí en forma de aristotelismo, aquello que conocimos como lo que, en el plano espiritual, Alejandro Magno se había propuesto como su misión para con su pueblo. Si, por un lado, nos fijamos en ese punto culminante de la cultura griega y, por otro, en la caída de la cultura griega y en la esencia macedonia, en el fondo de la conciencia precisamente de los espíritus más profundos, frente a lo que ofrece la historia exterior, —que, en realidad, es una leyenda histórica—, vemos un impulso que surgió de aquellos misterios a los que Aristóteles estaba muy cercano, aunque exteriormente nunca hablara de ellos. Fueron precisamente esos misterios los que, en el sentido más profundo y con plena vitalidad, despertaron en sus oyentes la conciencia de que el mundo entero es una teogonía, un proceso de conversión en dioses, y de que se ve el mundo de una manera totalmente ilusoria cuando se cree que en él surge algo distinto de los dioses. Son los dioses quienes representan las esencias del mundo; son los dioses quienes viven experiencias en este mundo; son los dioses quienes realizan acciones. Y lo que se ve como nubes, lo que se oye como truenos, lo que se percibe como relámpagos, lo que se percibe en la Tierra como ríos y montañas, lo que se percibe en la Tierra en los reinos minerales, son las manifestaciones, las expresiones del devenir de los destinos de los dioses que se ocultan tras ellos. Y también aquello que se manifiesta exteriormente en las nubes, en los relámpagos y los truenos, en los árboles y los bosques, en los ríos y las montañas, no es otra cosa que la revelación de la existencia divina, que está en todas partes, del mismo modo que la piel del ser humano revela lo que hay de anímico en su interior. Y si los dioses están en todas partes, entonces hay que distinguir, —así se enseñaba a los alumnos de los misterios en el norte de Grecia—, entre los dioses menores, que se encuentran en los seres y procesos naturales individuales, y los dioses mayores, que se manifiestan como la esencia del Sol, de Marte, de Mercurio y de un cuarto que no puede hacerse visible exteriormente mediante una imagen o una representación. Esos eran los grandes dioses, los grandes dioses planetarios, aquellos grandes dioses planetarios a los que se trataba de tal manera que la mirada del ser humano se dirigiera hacia el espacio cósmico, para que su ojo, pero también todo su corazón, contemplara aquello que vive en el Sol, Marte y Mercurio, pero que no solo vive ahí fuera, en ese pequeño círculo del espacio cósmico, sino que vive en todo el espacio cósmico y, sobre todo, se acerca al ser humano.

Y después de que se hubiera despertado en un primer momento, —digamos—, un impulso majestuoso en el discípulo de los misterios del norte de Grecia al dirigir su mirada hacia los propios círculos planetarios, esa mirada se profundizó humanamente hasta tal punto que, en cierto modo, el ojo fue cautivado por el corazón para ver con el alma. Entonces el discípulo comprendía por qué se habían colocado ante él, sobre el altar, tres jarras de forma simbólica.

En una ocasión utilizamos una réplica de estas jarras aquí, en una representación eurítmica de «Fausto», y tal y como tenían aspecto entonces estas jarras, así eran en los misterios de Samotracia, en los del norte de Grecia. Pero lo esencial era que, con estas jarras en toda su configuración simbólica, se había llevado a cabo un acto de consagración, un acto de ofrenda. Se introducía una especie de incienso en estas jarras, se encendía, el humo salía a borbotones y el padre oficiante pronunciaba con fuerza mantrica tres palabras, —de las que hablaremos mañana—, en el humo que se elevaba de estas jarras, y aparecían las figuras de los tres cabiros. Aparecían porque el aliento humano, la exhalación a través de la palabra mántrica, se configuraba y transmitía su forma al vapor ascendente de la sustancia que se había incorporado a las jarras simbólicas. Y cuando el discípulo aprendía de este modo a leer en sus propias respiraciones,  cuando aprendía a leer lo que estas respiraciones escribían en el humo, aprendía al mismo tiempo a leer lo que los misteriosos planetas le transmitían desde el vasto universo. Pues ahora sabía que, tal y como uno de los Kabires había sido configurado por la palabra mántrica y su poder, así era en realidad Mercurio; tal y como había sido configurado el segundo Kabir, así era en realidad Marte; tal y como había sido configurado el tercer Kabir, así era en realidad Apolo, el Sol.

Y si se analizan esas representaciones,  que por desgracia,—perdónenme por expresarme de forma tan radical—, suelen verse en las galerías de escultura griega tardía, y que se venera tanto porque no se tiene ni idea de cuál es su origen, si uno observa esas representaciones de estilo de revista de un Apolo, un Marte o un Mercurio, pero las observa con esa mirada goethiana, con la mirada que Goethe aplicó en su viaje por Italia, para intuir, a través de esas representaciones de estilo de revista, qué significaba en realidad el arte griego en aquellas creaciones que se han perdido junto con tantas otras cosas que, en los primeros siglos tras la fundación del cristianismo, fueron arrastradas a la terrible devastación que se produjo en aquella época, —cuando, en cierto modo, se mira más allá de estas figuras escultóricas de la Grecia tardía, que, me gustaría decir, por un lado con razón, porque fueron pioneras, y por otro lado con razón, porque son, precisamente, herencias de épocas anteriores, se consideran grandiosas cuando se echa la vista atrás hacia aquello de lo que surgieron, entonces se ve cómo se reproducían las revelaciones sacrificiales en la época griega más antigua, que en tiempos anteriores se manifestaban de una manera mucho más majestuosa y grandiosa que más tarde en Samotracia, en los misterios de los Cábiros. Se echa la vista atrás hacia aquellos tiempos en los que se pronunciaba la frase mántrica entre el humo de los sacrificios y aparecían las verdaderas figuras de Apolo, Marte y Mercurio.

Aquellos eran los tiempos en los que el ser humano no decía in abstracto: «En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios»; aquellos eran los tiempos en los que el ser humano podía decir algo muy diferente, en los que el ser humano podía decir: En mí se configura la exhalación, y al configurarse de manera regular, la exhalación se revela como una imagen residual de la creación cósmica, pues me crea, a partir del humo del sacrificio, figuras que para mí son los caracteres vivos que me revelan lo que los mundos planetarios quieren decirme.

Y cuando el discípulo de los misterios de los Cabiros en Samotracia se acercaba a las puertas de esos lugares de iniciación, gracias a su formación tenía la sensación de: «Sí, ahora entro en aquello que engloba los actos mágicos del padre sacrificador». Porque «padre» era como se llamaba a los iniciadores que celebraban estos misterios. ¿Y qué revelaba al discípulo el poder mágico de estos Padres celebrantes? A través de lo que los dioses han depositado en los seres humanos, a través del poder del lenguaje, el mago sacerdotal y sabio inscribía en el humo del sacrificio aquellas inscripciones que expresaban los secretos del universo.

Por eso, cuando el discípulo se acercaba a la puerta, decía en su corazón: «Entro en aquello que me envuelve un espíritu poderoso, en aquello que me envuelve a los grandes dioses, esos grandes dioses que, en la Tierra, a través de los ritos de sacrificio de los hombres, revelan los secretos del universo».

Era una lengua la que allí se hablaba y una escritura la que allí se escribía, que verdaderamente no solo reclamaban la mente del ser humano, sino al ser humano en su totalidad. Y en los misterios de Samotracia aún quedaba algo de un conocimiento que hoy en día se ha desvanecido por completo. Hoy en día, el ser humano es sin duda capaz de hablar con veracidad de cómo se siente al tacto un cristal de cuarzo, cómo se siente, por mi parte, un trozo de hierro, cómo se siente un trozo de antimonio, cómo se siente un cabello, cómo se siente la piel humana, cómo se siente el pelaje de un animal, cómo se sienten la seda y el terciopelo; el ser humano de hoy es capaz de hacerse una idea de ello a través de su sentido del tacto. En los misterios de Samotracia aún existía algo que permitía al ser humano decir con veracidad cómo se perciben los dioses. Porque el sentido del tacto aún era capaz de lo que en tiempos antiguos era plenamente capaz: percibir lo espiritual, palpar a los dioses. Y el milagro en sí es, en realidad, el siguiente: sí, hay que remontarse a tiempos más antiguos si se quiere afirmar, sin más, que las personas podían decir con toda sinceridad: «Sé, a través de las yemas de mis dedos, cómo se palpan los dioses». Pero en los misterios de Samotracia existía otro arte de palpar a los dioses; consistía en lo siguiente.

Al pronunciar el mago sacerdotal las palabras en medio del humo del sacrificio, es decir, al hacer resonar la palabra en la exhalación y al hablar, en el aliento que salía de sus labios sentía lo mismo que siente el ser humano cuando extiende la mano para palpar. Y así como se sabe que con la yema del dedo se palpa siempre de manera diferente, se recorre la tela al sentir el terciopelo, al sentir la seda, al sentir el pelaje de un gato, al sentir la piel humana, así percibía el mago sacerdotal de Samotracia con el aire exhalado, y percibió el aliento que dejaba salir hacia el humo del sacrificio como una extensión de algo que brotaba de su propio interior: percibìa el aliento como un órgano táctil que se dirigía hacia el humo. Sentía el humo. Y en el humo sentía a los grandes dioses que se le acercaban, los Kabires; sentía en la forma en que el humo tomaba forma y en cómo las figuras que allí se formaban se acercaban desde el exterior al aliento, de modo que el aliento percibía: ahí hay redondez, ahí hay angulosidad, ahí hay algo que se me opone. Toda la figura divina del Kabir se palpaba con el aliento plasmado en la palabra. Con el lenguaje que brotaba del corazón, el sabio de Samotracia palpaba a los Kabires, —es decir, a los grandes dioses—, que descendían hacia él a través del humo del sacrificio. Y había una interacción viva entre el Logos en el ser humano y el Logos allá afuera, en la inmensidad del universo.

Y a medida que el padre iniciador conducía al discípulo ante el altar del sacrificio y le enseñaba poco a poco cómo sentir a través del lenguaje, y a medida que el discípulo avanzaba cada vez más y se sumergía en ese sentir a través del lenguaje, finalmente llegaba a aquella etapa de experiencia interior en la que, en un primer momento, tenía una clara conciencia de cómo se configura Mercurio, Hermes, cómo es Apolo, cómo es Ares, cómo es Marte. Era como si toda la conciencia del ser humano se hubiera elevado fuera de su cuerpo, como si aquello que el discípulo antes conocía como el contenido de su mente se encontrara ahora por encima de su cabeza, como si el corazón se hubiera situado en un nuevo lugar, al haber ascendido desde el pecho hasta la cabeza. Y entonces surgía en aquel hombre, que realmente había traspasado sus propios límites, aquello que se había ido configurando interiormente en la frase: «Así te quieren los Cabiros, los grandes dioses». A partir de entonces, el alumno sabía cómo vivía en él Mercurio en sus miembros, el Sol en su corazón y Marte en su lenguaje.

Verán, en la antigüedad no se mostraban a los alumnos únicamente procesos y entidades naturales del mundo exterior. Lo que se les mostraba no era ni algo exclusivamente naturalista, ni algo exclusivamente moral, sino algo en lo que la moral y la naturaleza se fundían en uno. Y ese era precisamente el secreto del mundo de Samotracia: que al alumno se le transmitía la conciencia de que la naturaleza es espíritu, y el espíritu es naturaleza.

De aquellos tiempos, que encontraron su último eco en los ritos de Kabir de Samotracia, proviene esa visión que une las sustancias terrenales con todo el cielo. En la antigüedad, al ver aquel mineral de color rojizo-marrón con brillo cobrizo, al ver nuestro cobre actual, simplemente no se podía decir, como se dice hoy: «Esto es cobre, es un componente de la Tierra», pues eso no se podía concebir. Para los antiguos, eso no era un componente de la Tierra, sino la obra de Venus en la Tierra, que se manifestaba por doquier como cobre. La Tierra solo ha creado rocas como la arenisca y la caliza para acoger en su seno lo que el cielo ha plantado en ella. Y del mismo modo que hoy no podemos decir, si tenemos aquí (se dibuja) el suelo y sembramos una semilla en él: «Esta semilla ha brotado del suelo», tampoco se podía decir, si se tuviera aquí la superficie terrestre y un mineral de cobre en su interior, en aquella época: «Este mineral de cobre es un componente de la Tierra». Lo que había que decir es: la Tierra aquí, con su arenisca u otras rocas, es el suelo, y lo que hay en su interior de naturaleza metálica lo ha plantado algún planeta en la Tierra. Esa es la semilla, plantada en la Tierra por un planeta. Todo lo que había así en la Tierra se consideraba vertido en ella desde el cielo.

Si hoy en día se conoce la Tierra y se estudian las sustancias que la componen, entonces se describe todo de tal manera, —fíjese en cualquier libro de mineralogía o geología—, que se describe la Tierra. En la ciencia antigua no se describía así. Entonces la mirada se extendía sobre la Tierra; pero al ver las sustancias, había que levantar la vista hacia el cielo, y en el cielo se veía la esencia de las sustancias. Aparentemente, el cobre, el estaño y el plomo solo yacen en la Tierra. Pero son las semillas que durante la antigua etapa Solar y Lunar, fueron plantadas en la existencia terrenal desde el cielo.

Así era también la doctrina de los Cabiros en los misterios de Samotracia. Al fin y al cabo, eso fue precisamente lo que influyó, al menos como atmósfera de conocimiento, en Aristóteles y Alejandro Magno. Y entonces se sentaron las bases para algo completamente diferente.

La humanidad no descendió inmediatamente del cielo a la Tierra con su conocimiento, sino que, en la antigüedad, pasó primero por una etapa intermedia. Y aún en los ecos de aquellos tiempos antiguos, los misterios de Samotracia, cuando se quería describir los metales de la Tierra o incluso otras sustancias terrestres, como el azufre o el fósforo, en realidad se describía el cielo, del mismo modo que se describe una planta cuando se quiere conocer la esencia de la semilla. Pero si no se conoce la planta, cuando se tiene ante sí una semilla, no se puede reconocer la esencia de esa semilla. ¿De qué le sirve una semilla con ese aspecto si no sabe cómo es el anís? Los antiguos habrían dicho. ¿Qué habría que hacer con el cobre que se encuentra en la tierra, si no supiera cómo es Venus, espiritual, anímica y corporalmente, allá arriba en el cielo?

Y la astronomía se fue convirtiendo poco a poco, por así decirlo, en una ciencia de los movimientos celestes, en una ciencia de la atmósfera, de tal manera que, al observar lo terrenal, ya no se describía lo que eran las estrellas en su esencia, sino que, al ver un ser terrenal, uno se decía: En su interior vive, en primer lugar, lo que vemos en la tierra sólida; pero también vive allí lo que vemos en el líquido, que tiende a adoptar la forma de una gota; y vive allí lo que quiere expandirse en todas direcciones, lo que tiene forma de aire, lo que, por ejemplo, vive en el organismo humano en la respiración y el lenguaje. Y luego vive en su interior lo fúgido, que disuelve el ser individual en sí mismo, de modo que de los componentes fragmentados y disueltos pueda surgir algo nuevo. Así viven los elementos en cada forma terrenal.

Y antiguamente, en los antiguos misterios, al fijarse en lo salino, —que, aunque también es cósmico, se ha configurado en lo terrenal—, sustancia salina que ellos veían en lo que la Madre Tierra aportaba a la metalicidad, contemplaban lo mercurial en todo aquello que, procedente del universo, estaba destinado a convertirse en metal.

¡Ay, qué enorme infantilismo el de la gente de hoy cuando empieza a dar descripciones de lo que en la Edad Media se imaginaba que era Mercurio! Siempre está ahí, en el fondo, la idea de que, incluso en la Edad Media, con «Mercurio» se pudiera referir a algo parecido al mercurio o, en general, a cualquier metal concreto. En realidad no es así. El mercurio es cualquier metal, en la medida en que dicho metal se encuentre bajo la influencia de todo el cosmos. Porque, ¿cómo se comportaría el cobre si el cosmos actuara únicamente en su periferia, como lo hace con cualquier metal? El cobre se volvería líquido, como el mercurio. ¿Cómo se comportaría el plomo si solo actuara el cosmos? El plomo se volvería líquido, como el mercurio. ¿Cómo se comportaría el estaño si solo actuara el cosmos? El estaño se volvería líquido. Cualquier metal, si solo actuara el cosmos, se convertiría en mercurio. Todos los metales son mercurio, en la medida en que el cosmos actúa sobre ellos. Y entonces el mercurio real de hoy en día, que todavía adopta forma de gotas en la Tierra ¿qué es?

Bueno, verán: los demás metales, digamos el plomo, el cobre, el estaño, el hierro, han superado la forma de gota. Cuando toda la Tierra aún se encontraba bajo la influencia del cosmos esférico, todos los metales eran mercurio. Han superado la forma mercurial y hoy se cristalizan en otras formas. Solo el mercurio propiamente dicho, en el sentido actual del término, se ha quedado estancado en esa etapa.

¿Cómo habrían descrito los antiguos, —y cómo describen aún los alquimistas medievales—, el mercurio actual? Ellos decían lo siguiente: el cobre, el estaño, el hierro y el plomo son los metales buenos, los que han avanzado con la Providencia; el mercurio es el Lucifer entre los metales, pues se ha quedado estancado en una etapa anterior de su formación. Y así sucedía en la antigüedad: al hablar de esta manera de lo terrenal, en realidad se hablaba de lo celestial.

A partir de ahí se pasó a hablar de lo que se encuentra entre el círculo exterior y la Tierra. Entre el círculo y la Tierra se encuentra, justo abajo, la propia Tierra, luego el elemento acuoso, el elemento aéreo y el elemento ígneo. Y así, los antiguos veían todo lo que había en la Tierra desde la perspectiva del cielo; del mismo modo, una época intermedia, que no terminó hasta el primer tercio del siglo XIV, veía todo desde la perspectiva del círculo, de lo atmosférico. Y entonces, en los siglos XIV y XV, se produjo el gran cambio. El ser humano descendió con su visión por completo a la Tierra. Entonces, también en su conciencia, los elementos agua, aire y fuego se fragmentaron; se fragmentaron en azufre, carbono e hidrógeno. El ser humano lo vio todo desde el punto de vista terrenal.

Y así comienza entonces la época a la que ya me había referido cuando hablé de los misterios hibernios: comienza la época en la que el ser humano abarca la Tierra con su conocimiento, y el cielo se convierte para él en matemáticas. Calcula el tamaño de las estrellas, su movimiento, su distancia, etcétera. El cielo se convierte para él en abstracción.

Pero no fue solo el cielo lo que se convirtió en abstracción. Porque la imagen del cielo en el ser humano vivo es su cabeza. Y lo que el ser humano puede percibir del cielo vive en su cabeza. Y como el ser humano solo llegó a conocer del cielo las matemáticas, es decir, lo lógico y lo abstracto, a partir de entonces solo vivió en su cabeza lo lógico-abstracto, lo ideico-conceptual. Y así, a partir de entonces, el ser humano ya no tuvo posibilidad alguna de introducir lo anímico-espiritual en lo ideico-conceptual. Y allí donde se buscaba el espíritu, comenzó aquella gran lucha entre lo que el ser humano podía alcanzar con los contenidos ideicos de su mente, los contenidos de su cerebro, y lo que los dioses querían revelarle desde el cielo. Esta lucha se libró con mayor intensidad, de forma gigantesca, en las verdaderas manifestaciones de lo que se conoce como los misterios rosacruces de la Edad Media. Allí se percibía, como preparación para el conocimiento verdadero, la impotencia del ser humano moderno. Porque ya era algo que podía percibirse como algo imponente, precisamente en los círculos de la verdadera iniciación rosacruz. Lo imponente consistía en que al discípulo no se le hacía claro de forma abstracta, sino de manera viva e interior: «Tú, como ser humano moderno, solo puedes adentrarte en el mundo de los conceptos. Pero con ello pierdes la esencia viva de tu propia humanidad».

Y el discípulo, al sentir que aquello que le ofrecía precisamente la época moderna, no podía conducirlo a lo que constituye su verdadera esencia, entonces era cuando el discípulo sentía: «O bien debes desesperar del conocimiento, o bien debes pasar por una especie de mortificación del orgullo de la abstracción». Y ya entonces el discípulo rosacruz, el verdadero discípulo rosacruz, sentía algo parecido a como si el maestro le hubiera dado un capón para indicarle que, lo abstracto de la mentalidad moderna no es adecuado para entrar en los mundos espirituales, y que el discípulo debía renunciar a la mera abstracción para poder acceder al mundo espiritual.

En realidad, ese fue un momento crucial en la preparación de lo que se podría llamar la iniciación rosacruz.

Traducido por J,.Luelmo

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