CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA069e Köln, 2 de enero de 1913 - Verdades de la Investigación Espiritual

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

Verdades de la Investigación Espiritual

Köln, 2 de enero de 1913

¡Estimados asistentes! Dado que he tenido el honor de hablar en esta ciudad en repetidas ocasiones sobre temas relacionados con la investigación espiritual, no resultará inapropiado abordar por una vez la importante cuestión sobre la procedencia de las verdades de dicha investigación y dónde residen las fuentes del error. Esto debe reconocerse como algo importante, precisamente en lo que respecta a las investigaciones suprasensoriales, ya que la orientación sobre verdades y errores en cualquier ámbito de la vida humana reviste una importancia indiscutible, y dado que, como es fácil de comprender, en un ámbito en el que uno se adentra tanto en regiones inciertas y propensas al error, esa orientación reviste una necesidad muy especial. La investigación esotérica nos conduce, en efecto, a aquellos ámbitos de los que surgen las cuestiones y los enigmas más importantes de la vida, en un primer momento menos aquellas cuestiones y enigmas de la vida que se derivan de los distintos ámbitos de la ciencia —estas, en la medida en que se trate de ciencia en el sentido habitual de la palabra, quedan mucho más al margen que las cuestiones y enigmas de la investigación espiritual, que, por así decirlo, se nos presentan a cada paso que damos en la vida—. En cierto modo, estos enigmas y estas preguntas de la vida pueden acecharnos en cada instante de nuestra existencia. Si echamos un vistazo a lo que la investigación espiritual —aunque desde una amplia perspectiva— puede aportar a la vida, esto se resume, en primer lugar, en dos importantes cuestiones vitales. Una de ellas se resume en la significativa expresión «destino del ser humano», y la otra se resume en aquella palabra tan estrechamente ligada a todos los anhelos —a todos los anhelos, a todas las dudas, a todas las esperanzas del ser humano—: la palabra «inmortalidad». No es que la investigación espiritual se limite a dar respuesta a las dos preguntas o enigmas mencionados, pero el amplio campo de esta investigación interesa a amplios círculos, sobre todo porque sus resultados convergen en una respuesta adecuada a estas preguntas.

¡El destino humano! ¡Cuántas preguntas, cuántos enigmas encierran estas palabras! He aquí a un ser humano que viene al mundo. Por el entorno poco solícito que le rodea, podemos predecir que la penuria y la miseria acompañarán su existencia. Y cuando le vemos crecer con escasas capacidades intelectuales y cualidades espirituales, podemos decir que quizá se convierta en un miembro poco útil de la sociedad humana y que, en muchos aspectos, tal vez sea una carga para sí mismo y un tormento para su alma. Por otro lado, vemos a un ser humano llegar a la vida de tal manera que, desde el primer momento, está rodeado de manos que le cuidan. Quizá veamos brotar en él desde muy temprano ciertos dones y capacidades muy especiales, y podamos predecir que tal vez pase su vida en una existencia feliz, que pueda convertirse en un miembro útil de la sociedad humana, que tal vez pueda vivir su vida con entusiasmo y dicha interior, y todo ello nos lleva a plantearnos la pregunta del «por qué», a la que la ciencia exterior tan poco puede responder.

La otra cuestión es la de la inmortalidad. Sin embargo, desde la perspectiva de la vida, se nos presenta en un primer momento de forma egoísta: el ser humano anhela la perpetuación de su existencia tras esta vida a partir de sus esperanzas, sus anhelos y de una vida satisfecha o insatisfecha. A menudo, esta cuestión se plantea a partir de deseos egoístas; pero no tiene por qué ser así. Puede plantearse ante nosotros de forma tan objetiva y científica como cualquier otra cuestión científica. Lo vemos especialmente cuando pensamos en cómo, a lo largo del siglo XIX, cada vez más personas tuvieron que romper con las antiguas tradiciones y creencias, personas que no solo ponían en duda la continuidad de la actividad humana tras la muerte, sino que incluso creían tener la certeza de que, con la muerte, la conciencia del ser humano se apaga para siempre y la vida del alma, por así decirlo, se extingue en ella. Estas personas solían ser seres de gran aspiración espiritual; se decían a sí mismas: «No pretendo una vida egoísta tras la muerte; puedo resignarme a la idea de que lo que he logrado se transmita, tras mi muerte, a la humanidad en general». Su aspiración, cuando la puerta de la muerte se cerraba ante ellos, era la entrega desinteresada de lo que habían logrado y de la felicidad vivida.

Precisamente frente a esa visión del mundo, es cuando se nos plantea, de una manera verdaderamente científica, la cuestión de la inmortalidad, pues podemos decir lo siguiente: ¿Es compatible todo esto con lo que por lo demás conocemos como ley de la existencia, es decir, que el ser humano se acerque realmente a su fin en su labor y sus esfuerzos cuando se cierran las puertas de la muerte? Quizá por razones éticas uno podría mostrarse de acuerdo con tal entrega, pero desde el punto de vista de las leyes que rigen la economía del universo, la cosa es diferente. Basta con tener un poco de sensibilidad hacia lo que las almas humanas crean en el mundo para decirnos: a lo largo de la vida humana se crean hechos esencialmente sustanciales precisamente a través de las propias fuerzas de las almas, hechos que, dado que las almas son individuales, adquieren un carácter individual. Esas creaciones individuales, tal y como surgen del alma humana, no podemos verlas integradas sin más en la corriente evolutiva general de la humanidad, sin tener que admitir que la economía del universo presenta una ruptura, pues debemos sentir lo siguiente: lo mejor, lo más noble, lo más importante que nuestra alma puede forjar es individual, es algo que solo una alma puede auto forjarse. Podemos entregar muchas cosas a la comunidad, pero lo mejor de nosotros desaparecería por completo del mundo si el ser humano dejara de existir, si se cerrara la puerta de la muerte. Sin tener en cuenta nuestros deseos, nuestras esperanzas y anhelos, se nos presenta la necesidad de reflexionar sobre lo imperecedero de la naturaleza humana frente a todo lo perecedero.

Así se plantea la pregunta ante nuestra alma, pero para responderla se necesita una ciencia que vaya más allá de lo sensible, más allá de la naturaleza externa y física. Porque nada puede darnos una respuesta sobre por qué se nos presentan unos u otros hechos cuando entramos en la vida. Ni la física ni las ciencias naturales nos dan respuesta a la pregunta sobre el destino. A estas les debe resultar indiferente, al observar sus hechos, cómo se acercan estos hechos a los corazones y las almas de las personas. El «por qué» no puede entrar en el ámbito de la ciencia exterior, ni mucho menos la cuestión de la inmortalidad, ya que la ciencia depende de conceptos racionales ligados al instrumento del cerebro. Lo que puede observar se extingue con la muerte, desaparece con la muerte; si no puede adentrarse en el [espacio en blanco en la transcripción], no tenemos ninguna esperanza de que la ciencia responda a la cuestión de la inmortalidad.

Sin embargo, la forma en que actualmente se intenta encontrar respuesta a tales cuestiones, mediante la ciencia espiritual, no goza precisamente en el presente, de una popularidad generalizada. Un prejuicio tras otro se interpone en el camino de la actividad investigadora en el ámbito de lo espiritual; y tal vez de las propias conferencias se desprendan las razones por las que en los círculos más amplios de la actualidad se genera tanta resistencia —se podría decir que no solo resistencia teórica, sino incluso hostilidad— contra lo que se presenta de manera científica como investigación espiritual, con el fin de resolver los enigmas de la vida aquí descritos y descubrir muchas otras cosas relacionadas con ellos.

Hoy hablaremos de cómo llega el ser humano a ser capaz de vislumbrar verdaderamente los mundos de los que surge la respuesta a tales preguntas. Con las facultades habituales con las que percibimos el mundo exterior no es posible adentrarse en ese mundo; y si el ser humano no fuera capaz de desarrollar otras facultades distintas de las facultades cognitivas habituales, no tendría ninguna posibilidad de penetrar en esos mundos. Todas las preguntas se reducen a una sola: ¿Existe para el ser humano la posibilidad de desarrollar otras facultades cognitivas distintas de aquellas de las que se sirve la ciencia externa, que por lo demás se limitan a la observación de los sentidos y del intelecto vinculado al cerebro? Si el ser humano fuera únicamente un ser sensorial, sería imposible que existieran tales facultades. Solo puede llegar a aceptar la existencia de tales facultades quien admita que al cuerpo sensorial del ser humano, —aquello que se puede ver con los ojos y tocar con las manos—, se le agrega otra entidad que lo impregna, una entidad suprasensorial; o sea, admitir que la entidad sensorial del ser humano, (la corporalidad física), está impregnada por una entidad suprasensorial. Y, en el fondo, una simple reflexión cotidiana, —esa reflexión que tan pocas veces se lleva a cabo porque el ser humano no considera que lo que vive a diario merezca ser objeto de una observación especial—, ya ofrece una certeza lógica de que así es.

Sin embargo, el enigma de la muerte sigue siendo interesante para el ser humano porque se le presenta de forma inesperada, repentina y aterradora; en cambio, aquello que ocurre a diario de la misma manera, el estado de transición entre estar despierto y estar dormido, recibe menos atención; en ese caso, nada se le presenta al ser humano que despierte en él la incertidumbre, ya que, en ese estado de transición, para él ocurre siempre lo mismo. Pero para quien quiera someterse a una observación más profunda de la vida, precisamente ese estado de transición entre dormir y estar despierto, adquiere una importancia especial. Podemos decir: ¿no sería ya lógicamente absurdo pensar que todo lo que ocurre en el alma, —las pasiones, los instintos y los deseos, los anhelos y las esperanzas, las representaciones e ideas desde la mañana hasta la noche—, que todo eso se hunde en la nada al quedarse dormido y se recrea de nuevo de la nada al despertar? Eso sería absurdo; pues ninguna observación sensorial externa, ningún entendimiento vinculado al cerebro, encontrará jamás en el cuerpo humano dormido aquello que se agita en el alma durante el estado despierto.

Así pues, al menos en un primer momento, se puede plantear la hipótesis de que existe un componente espiritual en la naturaleza humana que, mientras dormimos, abandona el cuerpo y, al despertar, vuelve a penetrar en él; cuando la corporeidad humana es abandonada por lo anímico, esta verdadera esencia interior se adentra en los mundos espirituales mientras dormimos. Cuando despertamos, lo espiritual regresa del mundo espiritual a la corporeidad. Esto no puede observarse con la razón, pero se deduce si se piensa de forma lógica. Ahora bien, es evidente que tal suposición solo puede ser válida, solo puede resultar convincente, si se logra comprender aquello invisible que sale del cuerpo humano cuando dormimos, si se puede demostrar su realidad objetiva. El modo en que esto ocurre, es lo que vamos a analizar ahora.

Observemos al ser humano tal y como se nos presenta cuando duerme. En ese estado nos vemos incapaces de mover nuestros miembros externos. Todos los sentidos se apagan, la corporeidad se ve invadida por una pesadez y se le retiran las fuerzas que posee en estado de vigilia. Al quedarnos dormidos, vemos, por así decirlo, cómo nuestro cuerpo se nos escapa. Pero también percibimos que, con esta pérdida de la corporeidad, la conciencia se apaga, que poco a poco se va sumiendo en el crepúsculo y, posteriormente, queda envuelta en una oscuridad y una penumbra absolutas. Pero si ese elemento espiritual-anímico que impregna lo físico durante el día, efectivamen­te existe, entonces debemos decir que este elemento  es incapaz de desarrollar fuerzas internas mientras dormimos, ni siquiera aquellas que le permitan tener un conocimiento interno de sí mismo. Es tan débil en la vida humana normal que no puede tomar conciencia de sí mismo si no cuenta con el instrumento de lo físico. Si tal aspecto espiritual-anímico existe, si está presente en lo real, de tal manera que siente que el cuerpo se le escapa, entonces debemos decir: Esto es de tal naturaleza que necesita el instrumento del [cuerpo] para desarrollar la conciencia, para generar fuerzas. Y cuando se deja a su suerte, no es lo suficientemente fuerte como para desarrollar una vida interior; solo puede hacerlo cuando se enfrenta a la resistencia de la corporeidad.

Pero esto no significa que se haya aportado una prueba de su existencia. Dicha prueba solo se aportará cuando el ser humano sea capaz de fortalecer ese mundo interior —que, por lo demás, se sirve de lo físico— hasta tal punto que pueda desarrollar una vida interior y una conciencia incluso sin lo físico. Incluso para demostrar la existencia de lo espiritual-anímico, todo depende de que el ser humano pueda llegar a desarrollar una vida espiritual sin la ayuda de esa corporeidad exterior, de las percepciones sensoriales. ¿Qué se daría con una vida espiritual de este tipo? Se daría entonces algo similar al estado dormido y, sin embargo, diferente de él. Cuando nos dormimos, sentimos cómo cesa la vida interior, cómo se desvanece la conciencia. Se desvanece porque las impresiones sensoriales externas callan. Tendríamos que poder provocar este momento de forma artificial mediante la voluntad, es decir, poder silenciar las impresiones sensoriales externas y, sin embargo, provocar un estado que no sea inconsciencia, sino conciencia. Así, este estado es o sería similar al dormir, en el sentido de que ordenamos a todos los sentidos externos y al cerebro que se detengan y, sin embargo, no se produce la pérdida de conciencia. El investigador espiritual debe provocar este estado en sí mismo.

Lo comprenderemos mejor si lo comparamos con otro estado que es similar y, sin embargo, a la vez completamente diferente. Cuando el ser humano es capaz de desarrollar fuerzas anímico-espirituales más allá de su cuerpo, de percibir en un mundo espiritual, entonces se adentra en un mundo que se encuentra más allá del intelecto vinculado al cerebro, más allá de los sentidos; entonces un mundo suprasensorial se dirige a su esencia, del mismo modo que los sentidos se dirigen a ella cuando se sirve de ellos. De este modo, el ser humano se convertiría en un investigador de lo espiritual; y si se pudiera experimentar un mundo así, eso supondría una incursión del ser humano en el mundo espiritual, lo que constituiría una prueba de que todo lo visible exteriormente tiene un fundamento espiritual. Pero si esto es así, lo espiritual debe estar siempre presente; por lo tanto, el mundo visible que nos rodea debe tener un fundamento espiritual. La cuestión es simplemente que no se manifiesta porque no podemos percibirlo. Nos ocurre con el mundo espiritual invisible lo mismo que al ciego con los colores.

Ahora bien, hay un estado que la ciencia espiritual no tiene en cuenta, que no aplica, pero que en la actualidad puede servirnos para comprender el estado propiamente dicho de la ciencia espiritual; se trata del estado que se suele denominar con la expresión «mediumismo». Les ruego que no me malinterpreten; el ser humano como médium no es precisamente [lo que] el investigador de lo espiritual desea alcanzar. ¿Cómo se convierte la naturaleza humana en médium? La experiencia mediúmnica se produce, en efecto, cuando las manifestaciones habituales del alma, —la vida de la voluntad, la vida de los sentimientos—, son reprimidas por determinados procesos, de modo que el ser humano queda sumido en una especie de estado parecido al dormir. Sin embargo, en determinadas circunstancias, la naturaleza humana puede verse impulsada, sin ser consciente de ello y sin seguir los procesos con la conciencia, a realizar manifestaciones, incluso a hablar y escribir. Por lo tanto, pueden producirse manifestaciones espirituales que solo pueden atribuirse a un ser cuya inteligencia ha descendido. Tampoco debe recomendarse lo que se denomina el desarrollo de cualidades mediúmnicas. Estas, de hecho, están presentes en algunas personalidades incluso sin una formación específica.

Analicémoslo de nuevo: ¿qué le ocurre, pues, a una persona que, de esta manera, actúa como médium para las manifestaciones espirituales? Su propia vida anímica queda atenuada, completamente extinguida; es decir, [su] vida anímica consciente; no tiene conocimiento alguno de sus revelaciones. Encontramos ahí algo que, de otro modo, solo puede provenir del alma consciente. Podemos decir que lo vemos ahí, como lo que es la expresión cotidiana, como algo que, por así decirlo, se extiende como un velo sobre la actividad subconsciente del alma, que a su vez está vinculada a la corporalidad y se manifiesta cuando se reprime la actividad consciente del alma. Así, en lo más profundo de la naturaleza humana descansa la actividad del alma; podemos sacarla a la luz si hacemos que la actividad consciente del alma se vuelva totalmente pasiva.

Ese no es el camino de la ciencia espiritual; sin embargo, nos muestra no solo que allí donde hay conciencia hay actividad del alma, sino también que lo espiritual-anímico está presente en la naturaleza humana y se manifiesta cuando reprimimos la conciencia. Este proceso, que da lugar al médium, es exactamente lo contrario de lo que para el investigador espiritual debe ocurrir. Mientras que en el caso del médium se atenúa la actividad del alma y la conciencia, en el investigador espiritual debe reforzarse precisamente esa conciencia que intensifica la actividad interior, y esto se logra mediante la provocación de intensos procesos anímicos, procesos que habitualmente se denominan con la palabra «concentración del pensamiento», «meditación» o también «contemplación». Estos procesos, que queremos explicar con más detalle, se desarrollan en una vida espiritual interiormente activa y, finalmente, provocan ciertos estados en el alma que representan tres etapas, tres etapas a través de las cuales se asciende hasta la plena entrada en los mundos espirituales.

Les ruego que no se escandalicen por las palabras. Las palabras que aquí se utilizan no se emplean en el sentido que tienen en la vida cotidiana, donde no suelen ser bien recibidas. Por lo tanto, no deben entenderse de otra manera que no sea la que explicaré a continuación.

Podemos denominar estos tres niveles: imaginación, inspiración e intuición. Las tres etapas se alcanzan mediante una elevación de la vida anímica, a través de un fortalecimiento interior. Cuando el ser humano convive con la naturaleza y con otras personas en la vida cotidiana, recibe sus impresiones a través de los sentidos y las procesa con el intelecto. Entonces, el ser humano se preocupa sobre todo de que lo que imagina, percibe y siente se corresponda con las cosas externas; se forma ideas a las que puede atribuir el sello de la verdad por su coincidencia con el mundo exterior. Sin embargo, mientras permanezca en este estado, no puede desarrollarse una vida interior y anímica. Debe producirse una cierta concentración, meditación, es decir, recogimiento y profundización.

Para no quedarnos en lo abstracto, conviene describir de la forma más concisa y precisa posible cómo se logra esa excitación interior de las facultades espirituales superiores. [Me remito a] [mi obra] «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?». Lo que se describe en este libro se esbozará aquí. El pensamiento concentrado se desarrolla de tal manera que, en primer lugar, se intenta liberarse de todas las impresiones sensoriales externas, de modo que se desarrollan fuerzas poderosas para proteger los ojos de los colores y la luz. Todas las impresiones sensoriales deben reprimirse, de modo que uno se vuelva completamente indiferente y desinteresado por el mundo exterior. A continuación, mediante un entrenamiento especial de la voluntad, se silencia todo aquello que se ha acumulado a lo largo de la vida en forma de recuerdos. Se intenta liberarse de todas las preocupaciones y el sufrimiento; en una palabra, se intenta estar en uno mismo. El ejercicio de la voluntad necesario para alcanzar tal estado también lo encontrará en mi libro «¿Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores?».

Es posible fortalecer la voluntad hasta tal punto que la actividad sensorial externa y también la razón se acallen. Del mismo modo que en la vida cotidiana se puede aprender a desviar la atención de los objetos, también se pueden suprimir voluntariamente todas las impresiones externas mediante el fortalecimiento de las fuerzas de la voluntad. De este modo, se ha provocado, por un lado, un momento similar al de quedarse dormido; pero no debe llegar a producirse una pérdida de conciencia. Esto se consigue incorporando, mediante la fuerza del alma, en la propia [alma] las imágenes que uno mismo se ha preparado. Las mejores son aquellas imágenes que no se corresponden con ningún proceso externo ni con ninguna cosa externa.

A continuación presentaremos ante nuestras almas una idea especial de este tipo, una idea que es una entre las muchas miles que el investigador espiritual se aplica a sí mismo, pero que puede ilustrar el principio fundamental: que el ser humano imagine que tiene ante sí dos vasos, uno lleno de agua y el otro vacío. Imaginemos que vierte un poco de agua del vaso lleno al vacío; sin embargo, con ello el vaso lleno no se iría vaciando cada vez más, sino que se iría llenando cada vez más, y cuanto más vertamos, más lleno estará. Es una idea absurda, pero puede ser una imagen simbólica de algo que se nos presenta de forma enigmática en la vida. A lo que aquí nos referimos es a lo que llamamos amor. El alma amorosa, que se entrega con cariño al necesitado, que, por así decirlo, da de sí misma lo que hay en su interior, ¿se vacía por ello? No, lo que se da por amor nos hace cada vez más plenos y más ricos. Esa es la cualidad del amor: que entregamos nuestro propio ser y, sin embargo, nos hacemos cada vez más ricos.

Si imaginamos esta cualidad del amor mediante el símbolo de los vasos de agua que acabamos de describir, habremos hecho algo similar a lo que se hace en geometría. Consideremos una medalla; podemos dejarla a un lado y, aun así, imaginarnos después una forma circular. Así pues, uno puede desconocer por completo el contenido sustancial de una cosa, pero puede captar con la mirada la naturaleza circular y representarla, prescindiendo por completo de lo que tiene ante sí. En el círculo se nos aclara todo lo que se refiere a la naturaleza circular. Simbólicamente, se ha extraído algo que forma parte de esa cosa. Así es como se conciben las cosas en geometría, y esto también se hace en la investigación espiritual en un sentido más elevado.

Se extrae de un proceso, como es el amor, algo tan misterioso e insondable que ningún ser humano puede agotarlo; se extrae la cualidad de enriquecerse cada vez más y se orienta el alma hacia el símbolo. También se pueden crear otros símbolos. Estos símbolos son más adecuados para la vida meditativa que las imágenes tomadas del mundo exterior; en ellas, el alma sigue ligada al mundo exterior: pero si elegimos símbolos que no tengan nada que ver con el mundo exterior, entonces podremos vivir en nuestro interior, alejados de todo lo exterior. Vivimos allí cuando dirigimos todas nuestras fuerzas anímicas durante un tiempo hacia ese único símbolo. También podemos utilizar otros símbolos para ese trabajo interior, y el investigador del espíritu debe realizar ese ejercicio mil veces. La sabiduría en sí misma no es luminosa, pero podemos imaginárnosla bajo la imagen de un sol resplandeciente y entregarnos a ese símbolo, que expresa la idea del calor interior. Al hacerlo, podemos experimentar algo que también sentimos al imaginar interiormente la sabiduría. También podemos imaginar el amor como el calor que se extiende por el mundo.

Se podrían citar muchísimos ejemplos de este tipo de símbolos. Ahora bien, alguien podría decir fácilmente: «¡Así que el investigador de lo espiritual quiere entregarse a representaciones que no son reales!». Pero tampoco están ahí para representar algo externo; no es esa su intención, sino que pretenden despertar la vida del alma en nuestro interior. Mientras que en la vida cotidiana, o cuando estamos ocupados con cuestiones científicas, nuestra alma puede contener elementos que no somos capaces de abarcar, y nuestra vida anímica se dispersa en muchas cosas, en la meditación reunimos todas las fuerzas de nuestra alma y las centramos en esa única idea; de este modo, se vuelve especialmente fuerte cuando nos esforzamos por aferrarnos a ella y no dejar que nada más entre en nuestra alma durante un tiempo prolongado.

Para llevar a cabo realmente esta tarea, se requieren medidas internas exhaustivas, que también encontrarán en mi libro «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?». Son especialmente eficaces los sentimientos morales, los impulsos de la voluntad, que el alma visualiza simbólicamente y a los que se entrega con el mismo amor y el mismo entusiasmo que, de otro modo, despiertan en nosotros aquellas cosas que nos estimulan desde el exterior y nos causan impresión. Toda formación para la verdadera investigación espiritual se basa, de este modo, en un fortalecimiento de la vida interior, [en una] concentración de todo lo anímico en una única idea; de vez en cuando se trabaja en esa idea. Eso es meditación. Y esta meditación se eleva a contemplación cuando llegamos a la situación de poder permanecer durante un tiempo prolongado, llenos de vida, en ese contenido anímico interior, por así decirlo, tal y como normalmente nos encontramos en un espacio acogedor con nuestro cuerpo. Cuando llegamos a situarnos de forma igualmente consciente en un estado anímico así, provocado voluntariamente, entonces vivimos en contemplación interior. De este modo, aquello que en la naturaleza humana no depende del instrumento de la corporeidad se activa interiormente.

Con ello se aporta la prueba real de que existe tal aspecto espiritual interior, y así nos acercamos a la demostración de que lo que se retira cuando dormimos es algo real, que en la vida cotidiana es demasiado débil, pero que cuando lo llevamos a la actividad interior mediante ejercicios como los descritos, se muestra vivo en nuestro interior.

Cuando el ser humano ha practicado esto durante un tiempo, llega un momento en el que, incluso sin evocar artificialmente esas imágenes, sin conjurarlas de forma artificial, encuentra su vida interior tan preparada que, por así decirlo, genera esas imágenes desde lo más profundo de su ser. Ese es el momento crucial, es como un renacimiento de la vida del alma, cuando, sin que lo provoquemos artificialmente, vemos surgir desde lo más profundo de nuestra alma una imagen tras otra, que se yerguen ante nosotros como un segundo mundo, un mundo fuera del mundo.

Pero ahora comienza lo importante, para que el ser humano sea guiado hacia las verdades y no hacia los errores de la investigación espiritual. Surge un mundo de imágenes desde lo más profundo del alma, un mundo de imágenes que quien no esté familiarizado con estas cosas, pero sí con la visión actual de tales circunstancias, interpretará como visiones, semihalucinaciones o delirios. La visión del mundo actual cree que, en tales asuntos que trascienden la vida cotidiana, solo es capaz de percibir lo patológico. Sin embargo, el camino hacia la verdad de la investigación espiritual consiste precisamente en que esta solo puede surgir de una vida anímica entrenada, capaz de distinguir entre delirios y realidades, incluso en el ámbito anímico. Por eso, toda formación auténtica en investigación espiritual debe conducir a que, en el momento en que se produzca lo descrito, la persona que desee convertirse en investigador espiritual pueda tomar una firme resolución interior, una resolución que precisamente no estará presente cuando el estado se manifieste de forma patológica.

Esto se puede observar simplemente fijándose en la vida cotidiana. Muchos de vosotros ya habréis notado cómo las personas con una vida anímica patológica, cuando tienen delirios, están mucho más convencidas de la verdad, de la realidad de sus propias ideas, que de la realidad del mundo exterior. A menudo es fácil hacer que alguien renuncie a una convicción; pero en el caso de alguien cuya vida anímica es patológica, sería un esfuerzo inútil. ¿Qué ocurre entonces? Entonces ocurre algo: aquello que el ser humano ha creado ante sí mismo gracias a la fuerza de su propia vida anímica, lo ama movido por un sentimiento enérgico; en su imaginación también incluye el anhelo de que eso sea realidad, y así se  auto construye un mundo que, sin embargo, solo ha sido creado por él. En cuanto el ser humano acepta ese mundo como verdad, ya no puede ser investigador espiritual. Se necesita una resolución de voluntad tan firme cuando, mediante el entrenamiento en la meditación, surgen las imágenes que llamamos «imaginaciones»; se necesita una resolución firme que se oponga precisamente a las ideas erróneas, que se diga a sí misma: todo aquello que sientes que surge en tu interior como un mundo de imágenes, incluso sin tu intervención, no es más que un reflejo de tu propia vida anímica. Lo que tienes en tu interior lo has sacado a la luz mediante tu esfuerzo, y eso se presenta ante ti. No son más que sombras de tu propio ser. - Y no solo forma parte del investigador espiritual la capacidad de llegar hasta el punto de que surja la imaginación; más importante aún es el firme entrenamiento de la voluntad frente a este mundo, incluso frente a las imágenes de una belleza cautivadora, para mantener siempre la convicción de que no son más que sombras de nuestro propio yo.

Este error lo cometen una y otra vez aquellos que no han recibido una formación adecuada y que, por cualquier motivo, llegan a tener una cierta visión interior de imágenes: consideran que este mundo es real porque puede ser hermoso, porque el ser humano se siente feliz en él. El investigador espiritual debe ser capaz de renunciar a este tipo de concepción. Lo que debe formarse a lo largo de la formación es la firme determinación, y cuando esta determinación se convierte a su vez en una especie de meditación, cuando se auto sumerja una y otra vez en ella y dedica todas las fuerzas del alma a considerar todo esto como imágenes sombrías, entonces esta determinación se refuerza y se adquiere la capacidad de borrar de nuevo el mundo imaginativo; se puede volver a borrarlo mediante una fuerza interior; entonces se ha alcanzado una etapa importante en el camino del investigador espiritual.

Lo que se puede lograr con ello es lo siguiente: se podría decir que es comparable a lo que en la vida cotidiana llamamos «olvidar nuestros pensamientos». Ustedes saben que todo lo que han vivido permanece en su conciencia. ¿Cómo podría vivir el ser humano si todas sus experiencias, tanto el dolor como la alegría, estuvieran siempre presentes en su memoria? Pero saben que lo que hace tiempo que se ha olvidado puede resurgir de vez en cuando en el alma. Al igual que una imagen de la vida cotidiana que se hunde en el olvido, toda la imaginación debe ser empujada hacia el olvido, hacia el inconsciente, mediante la firme resolución de la voluntad de la que hemos hablado. Esto requiere un fuerte auto  dominio del ser humano, pues el ser humano está íntimamente ligado a lo que ha creado con su propia fuerza. Habrá logrado una gran victoria sobre sí mismo si es capaz de borrar todo aquello que ha creado en la primera etapa del conocimiento espiritual.

Solo entonces viviremos en nuestro verdadero yo; solo entonces habremos desarrollado en nuestro interior fuerzas más poderosas que antes. Si no somos capaces de ello, sabremos que aún somos demasiado débiles para adentrarnos realmente en los mundos espirituales. Experimentar verdades en el mundo espiritual solo es posible si las experiencias se provocan mediante una formación en ciencias espirituales. Cuando lo hayamos logrado, esas imágenes volverán a surgir de una manera completamente diferente, —al igual que resurgen las ideas olvidadas, pero tal y como eran—; así resurgen las imágenes transformadas. Antes eran imágenes, como imágenes visionarias o fantasiosas; después surgen de tal manera que sabemos que ahora nos enfrentamos a un mundo real, a un mundo suprasensible. Antes eran imágenes, ahora son procesos que son reales, como lo son los procesos del mundo sensorial.

Ahora bien, alguien podría decir que, precisamente ahora, podríamos abandonarnos aún más a la autosugestión. ¿Qué nos garantiza que las cosas sean reales si hemos llegado a tener tanto auto dominio? —Sí, la forma en que experimentamos las cosas; nada más puede darnos esa garantía, pero es precisamente esa misma forma la que nos proporciona la prueba de la realidad de la vida exterior y sensorial. ¡No hay más pruebas! La mejor forma de comprenderlo es señalar el error principal de Schopenhauer. —Se puede reconocer plenamente a un pensador como Schopenhauer, incluso señalando su error principal. —Cuando afirma que el mundo que nos rodea solo existe en nuestra imaginación, comete este error, pues en el mundo se puede distinguir, —pero solo quien distingue la vida—, si algo es imaginación o realidad. Imaginemos, por ejemplo, un hierro al rojo vivo. No nos quemaremos con él. Pero si percibimos el hierro al rojo vivo real y lo tocamos, entonces sí que nos quemaremos. Nada nos demuestra la realidad como la experiencia. La experiencia plena, solo ella, es la prueba de la realidad. Se ha dicho en alguna ocasión: ¿por qué lo que se presenta ante el alma no ha de ser una sugestión, si el ser humano se deja llevar tan fácilmente por las sugestiones? Uno puede imaginarse que está bebiendo limonada; ahí no hay realidad, pero el ser humano disfruta del sabor de la limonada como si fuera real. - Se puede admitir eso, pero no se trata de una experiencia parcial, sino de una experiencia plena. Uno puede experimentar el sabor en su imaginación, ¡pero eso no le quita la sed! La experiencia plena, el hecho de saciar la sed, es lo que establece la realidad, no la imaginación.

Del mismo modo que el ser humano solo puede obtener pruebas de la realidad en el mundo sensorial exterior a través de la experiencia, también solo mediante un riguroso entrenamiento en las ciencias espirituales adquiere la capacidad de distinguir entre la realidad y la ilusión en el mundo espiritual. De la manera descrita, el investigador espiritual alcanza un nivel en el que se encuentra frente a un nuevo tipo de entidades, de hechos que se encuentran más allá del mundo sensorial. Mediante el fortalecimiento de la vida anímica, se crean en su propia vida anímica unos verdaderos ojos espirituales, para que el ser humano pueda descubrir un nuevo mundo.

También en lo que respecta a su propia vida, el ser humano solo puede llegar a la realidad a través de ese tipo de imaginación. Cuando el ser humano se crea, en un primer momento, ese tipo de imágenes, —tal y como se han descrito—, en relación con su propia vida; cuando se imagina simbólicamente esto o aquello que ha vivido; cuando se sumerge meditativamente en su propia vida hasta el momento, entonces esa vida puede presentarse ante su alma en forma de imágenes. Si luego es capaz de dominar esas imágenes, si precisamente al evocar su vida ante su alma puede borrarla, habrá obtenido la victoria sobre sí mismo. Del mismo modo que [ahora] ve aparecer exteriormente algo que es real, pero ha borrado todo lo relacionado con su vida actual, —si sigue este proceso, llega a algo que le pertenece, pero que no forma parte de su vida presente. Así es como asciende de hecho a lo que llamamos su vida terrenal anterior, y llega al conocimiento de sus vidas terrenales anteriores. Porque la ciencia espiritual nos conduce a ello: nos lleva a nuestras vidas terrenales anteriores y, de este modo, nos proporciona la prueba de que toda nuestra vida transcurre en vidas terrenales repetidas y, durante los intervalos entre un vida y otra, vivimos en lo puramente espiritual. Esta idea puede resultar poco atractiva para la conciencia espiritual, pero es algo que [en el futuro] se abrirá paso en nuestra cultura.

Pero entonces la cuestión del destino se resuelve de una manera muy curiosa, ya que sabemos que no es la primera vez que vivimos esta vida y que aún nos quedan muchas vidas terrenales por delante. En aquel entonces, [en vidas terrestres anteriores], nos preparamos a nosotros mismos para lo que ahora determina nuestro destino. Y la cuestión de la inmortalidad adquiere su verdadero sentido cuando contemplamos la puerta de la muerte de tal manera que la atravesamos, para vivir luego en un mundo puramente espiritual, con el fin de volver a entrar, con todo lo que hemos adquirido, en una nueva vida terrenal que nos reporta los frutos de las vidas anteriores. Entonces no hablamos en términos generales de una inmortalidad que se compone pieza a pieza. De la certeza de que vemos nuestra propia vida obtenemos ciertas capacidades que nos enseñan a comprender que deben seguir otras vidas, una tras otra. Así nos conduce a la verdad la auténtica investigación espiritual basada en la ciencia espiritual, pero hay que seguir el camino correcto en el sentido indicado.

Todo este conocimiento nos conduce luego a aquel nivel en el que no solo contemplamos lo que surgió en imágenes, sino que también adquirimos la capacidad de experimentar, por así decirlo, de forma no figurativa: la inspiración. A través de ella penetramos en el sentido de las cosas y los seres, y mediante la intuición, el nivel inmediatamente superior de la vida interior, nos hacemos uno con las cosas y experimentamos lo que yace en ellas mismas como algo espiritualmente invisible.

Ante una discusión de este tipo, se puede responder: Sí, si el investigador espiritual logra adentrarse en un mundo espiritual, si desde ese mundo espiritual puede decirse a sí mismo cómo resolver el enigma del destino, si puede decirse: «Sí, en ti vive algo imperecedero», eso solo es válido para el investigador espiritual. —No es así. La verdad sobre esta naturaleza de la investigación espiritual también debe quedar clara si se quiere que se convierta en un factor de nuestra cultura.

¿Qué gana el investigador espiritual cuando accede a los mundos superiores? Llega a reconocer el núcleo de su ser anímico, hasta el punto de poder decirse a sí mismo: «Aunque el cabello se vuelva canoso y el cuerpo se marchite poco a poco, en mi interior late un núcleo anímico que siento cada vez más fuerte, que adquiere fuerzas a lo largo de la vida, que vive luego en una vida intermedia [entre la muerte y un nuevo nacimiento] para resurgir de nuevo en una nueva vida terrenal». Se podría decir: «Esta certeza solo puede experimentarla el investigador espiritual; ¿qué ganan entonces las demás personas, que solo pueden valerse de su razón?». Si queremos comprender esto, debemos tener claro que todo lo que aporta el investigador espiritual no es más que la experiencia del mundo espiritual. Pero en él surge inmediatamente un impulso y una necesidad: la de trasladar todo lo que se experimenta en el mundo espiritual a las representaciones del mundo terrenal. El verdadero investigador espiritual no queda satisfecho con su viaje a los mundos espirituales hasta que puede revestir de formas lógicas lo que sabe de ellos, —revestirlo de tal manera que su experiencia resulte comprensible para todas las personas—. Y el investigador espiritual no tiene certeza sobre la inmortalidad ni sobre el destino hasta que puede plasmar su experiencia en ideas y conceptos generales.

¿Cómo se relaciona entonces con sus ideas? Se relaciona de la misma manera que un pintor que aprende a pintar, que aprende a manejar los colores, que aprende todo lo que forma parte del arte de la pintura, se relaciona con la imagen que plasma en el lienzo. Lo que el pintor aprende es, en un primer momento, asunto suyo. Pero luego la imagen está ante nosotros. Pueden haber dos personas frente a esa imagen. Una puede tener la predisposición a espiritualizarlo todo; entonces comprenderá los misterios que el ser humano ha depositado en la imagen. El otro solo contemplaría en la imagen las combinaciones de colores. Del mismo modo que el pintor se relaciona con la imagen y no queda satisfecho hasta que su destreza se plasma en ella, así se relaciona el investigador espiritual con su experiencia cuando la ha transmitido de manera comprensible a otras personas. Este cuadro, si lo ha pintado un verdadero investigador espiritual, es tal que cualquier espectador comprensivo que se sitúe ante él pueda entenderlo; las explicaciones solo estorbarían, pues el cuadro debe captarse interiormente. Si el ser humano tiene suficiente imparcialidad y libre juicio, puede aceptarlo como una imagen mental que capta y en la que puede sumergirse; entonces tendrá todo lo que el investigador espiritual ha podido desentrañar del mundo espiritual. Hay que tener claro que en lo que el investigador espiritual plasma en su imagen no hay nada que no pueda ser comprendido con la razón, con los medios del pensar sano.

Todo lo que necesitamos para la fuerza vital, todo lo que necesitamos en absoluto, no nos llega a través de las investigaciones científicas, sino a través de la ciencia espiritual: a través de lo que asimilamos cuando el investigador espiritual plasma sus percepciones en ideas. Lo peculiar es que el investigador espiritual no obtiene lo que necesita para su vida [a través de su investigación], sino [a través de] lo que puede compartir con la gente común: solo cuando el investigador espiritual ha logrado que otras personas comprendan lo que ha percibido, alcanza la seguridad en la vida, una orientación respecto al destino y la satisfacción. A través de la investigación espiritual se obtienen visiones sobre el conjunto de los mundos; pero, por muy valiosas que puedan ser las investigaciones, no significan nada para el investigador espiritual si no es capaz de expresarlas de forma comprensible. Y nada puede ser más útil para el investigador espiritual que aquello que pueda poner al servicio de quien no es investigador espiritual. Debe de haber investigadores de lo espiritual; y en mi libro «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?» verán que todo ser humano puede llegar hasta cierto nivel de esos conocimientos. Para adquirir lo que el alma necesita para la seguridad de la vida, para el entusiasmo por el trabajo, para el arraigo seguro en lo imperecedero; lo que el alma necesita para que el ser humano pueda afrontar con tranquilidad la vejez: todo ello puede conocerse a través de los resultados de la investigación espiritual, y en ello el investigador espiritual no alcanza nada más que los demás; y solo entonces el investigador espiritual habrá sacado partido de sus ideas, cuando las haya presentado en las formas propias de un entendimiento humano sano.

Esta es la verdad sobre la investigación espiritual; esta es la verdad sobre la relación de la investigación espiritual con la vida, y hay que dejar claro que, desde esta investigación espiritual, solo tiene valor aquello que pueda integrarse así en la vida. El investigador espiritual que es capaz de vivir en el mundo espiritual puede ver muchas cosas; sin embargo, lo que allí contempla solo tiene valor si es capaz de evaluarlo. Es posible que algunas personas alcancen visiones mediante ejercicios, aunque no hayan pasado por todo lo que hoy se ha definido como el verdadero camino; pueden llegar a ver muchas cosas —qué valor, qué significado tiene lo que ven—; pero puede que, a nivel personal, desconozcan por completo si eso tiene algún valor de verdad. Lo que se ve, primero hay que poder juzgarlo; primero hay que poder valorar su significado para la vida. Pero, ¿de dónde se obtiene esta capacidad? De nada más que de la capacidad de juicio y la moralidad que ya se hayan adquirido en la vida cotidiana, antes de adentrarse en el mundo espiritual. Quien posea un sentido moral entrará con él en el mundo espiritual y podrá juzgar las cosas correctamente. Quien sea necio o inmoral, solo podrá juzgar erróneamente lo que contemple. Por eso, el valor de una persona no aumenta por el mero hecho de que, por cualquier medio, llegue a ser capaz de contemplar lo suprasensible. También el investigador espiritual solo tiene valor por aquello que da valor al ser humano: el juicio sano y la fuerza moral. Pero lo que provocan el juicio malsano y la inmoralidad cuando el investigador espiritual entra con ellos en los mundos espirituales, eso lo veremos mañana, cuando hablemos de los errores de la ciencia espiritual.

Podría plantearse la siguiente pregunta: «Sí, ¿cuáles son entonces las verdades de la investigación espiritual?». Del mismo modo que no se pueden enumerar en una hora las verdades de otra ciencia, tampoco se pueden enumerar en una hora las verdades de la ciencia espiritual. Se debería mostrar cómo llega el ser humano a la verdad en la investigación espiritual y no al error, cómo, mediante el desarrollo de las fuerzas latentes en su interior, —los ojos y los oídos espirituales, por decirlo con palabras de Goethe—, se prepara para contemplar un mundo espiritual. Ahora bien, no se puede decir: «Esto es una regla como verdad, aquello es una regla como error»; solo se puede decir que el alma del ser humano madurará en este camino para ver verdades y no errores. Hoy se hablará de este camino. Mañana se aclararán las fuentes del error. La conferencia de hoy y la de mañana forman un todo. La conferencia de hoy debería mostrar cómo el alma humana puede fortalecerse espiritualmente para percibir el mundo espiritual, del mismo modo que sus ojos y su entendimiento perciben el mundo sensorial. De este modo, lo percibe todo. Que ha surgido del mundo sensorial exterior y, al mismo tiempo, [se encuentra] en el ser espiritual, nos lo dice un dicho de Goethe:

Si el ojo no fuera como el sol,

¿cómo podríamos contemplar la luz?

Si en nosotros no viviera el poder propio de Dios,

¿cómo podría lo divino deleitarnos?

Es cierto que el ojo debe estar en nuestro propio interior, con toda su fuerza, para que podamos contemplar la luz; el ojo debe ser como el sol. Y la vida del ser humano debe ser la actividad interior de Dios, para que pueda percibir a Dios.

Pero una afirmación de este tipo, en el sentido de Goethe, no debe entenderse tal y como la diría, por ejemplo, [Schopenhauer]: «El mundo es una representación». Estaríamos muy lejos del sentido de la afirmación de Goethe si creyéramos que debemos crear todo el mundo exterior únicamente como una imitación del mundo interior, tal y como sostienen algunos filósofos. Hay que decirlo, tal y como dice Goethe: el ser humano no tendría ojos si la luz del sol no atravesara el espacio. Y tan cierto como que solo percibimos la luz a través del ojo, igualmente cierto es que solo tenemos ojos gracias a que la luz inunda el espacio, pues fue la luz la que hizo surgir el ojo. Los seres que tenían ojos, pero que vivieron en cuevas durante muchas generaciones, pierden el órgano de la vista; los ojos se atrofian. El ojo es una creación de la luz. Así pues, el hecho de que tengamos órganos para la luz, gracias a los cuales podemos percibirla, es al mismo tiempo una prueba de la existencia de la luz. El hecho de que el ser humano pueda experimentar lo espiritual en su interior, de que pueda activar en sí mismo lo suprasensible, es una prueba de que lo suprasensible no solo está en él y de que no lo sueña, sino de que lo espiritual, que impregna todo el espacio y el tiempo, es lo que ha dado origen a lo espiritual en nosotros, al igual que la luz ha dado origen al ojo.

Así, podemos complementar la hermosa frase de Goethe —que nos remite a nuestra luz interior y a nuestro carácter solar, a lo divino que hay en nuestro interior— con otra que, partiendo de la espiritualidad interior del ser humano [espacio en blanco en la transcripción], se refiera a la realidad exterior de lo espiritual. Podemos resumir el resultado de nuestra reflexión en una convicción sobre la realidad de ese mundo espiritual en el que descansamos, del mismo modo que, como seres sensoriales, descansamos en el mundo material; podemos resumirlo yendo a la par de la frase de Goethe con otra frase:

Si el mundo no estuviera iluminado por el sol,
¿cómo podrían los ojos descubrir la esencia de las cosas?
Si la existencia no fuera una revelación de Dios,
¿cómo podrían los seres humanos alcanzar la plenitud espiritual?

Traducido por J.Luelmo

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