CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA313 Dornach, 13 de abril de 1921 Proceso rítmico de equilibrio entre la acción de las fuerzas curativas y las patógenas.

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Proceso rítmico de equilibrio entre la acción de las fuerzas curativas y las patógenas.


Dornach, 13 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

El ámbito propiamente dicho del estudio de las enfermedades, debería ser aquel en el que se manifiesta con mayor claridad la influencia errónea del llamado cuerpo astral. Estas enfermedades —me refiero a aquellas en las que más se manifiestan estas influencias del cuerpo astral— son las que hay que observar dentro del espacio delimitado por la caja torácica. Al mismo tiempo, este ámbito es el más importante para el estudio de las enfermedades, pero también el más difícil para la curación, o mejor dicho, para la comprensión de la curación. Es la única parte del ser humano que ha dado lugar en mayor medida, a que se hayan producido en el arte médico de los últimos tiempos, aquellas deficiencias que el Dr. Scheidegger destacó especialmente en la conferencia que tuvo la amabilidad de impartir, ante los médicos asistentes durante el primer ciclo de conferencias. En aquella ocasión se destacó hasta qué punto los avances médicos recientes han llevado a adentrarse en lo patológico y a caer en un cierto nihilismo en lo terapéutico. Y precisamente las importantes reflexiones que se hicieron entonces pudieron señalar la necesidad de prestar una atención muy especial a lo que hoy vamos a destacar.

Las enfermedades de la región torácica y circulatoria del ser humano son, en cierta medida, muy diferentes tanto de las afecciones de los órganos de la cabeza y del sistema nervioso-sensorial del ser humano, como de las propias enfermedades metabólicas, aunque, a su vez, estén íntimamente relacionadas con ambas. Y la cuestión es que la organización de la cabeza, en realidad debe tratarse de manera especial, precisamente porque, como hemos visto, es permeable a lo etérico, lo astral y el yo. Los órganos torácicos ya no son permeables a lo etérico, sino solo a lo astral y al yo. En los órganos torácicos, el cuerpo físico y el cuerpo etérico colaboran íntimamente. Y esta colaboración constituye una unidad. Ya no se trata de una suma de procesos propiamente físicos en el organismo torácico humano, sino de una interacción entre lo etérico y lo físico. Lo que allí tiene lugar y que reviste especial importancia para el tórax es, en el fondo, un proceso de «conversión en planta». Solo que este proceso de «conversión en planta» está muy oculto, muy modificado por todo lo demás que está relacionado con él, en el organismo humano. Pero para los órganos torácicos, lo que es relevante es un proceso vegetal que luego se encuentra y entra en interacción con todo lo que proviene del plano astral y del yo del ser humano; esto debe tenerse especialmente en cuenta.

Ayer dije que el verdadero origen de lo que provoca la enfermedad en el ser humano es lo astral, de modo que, en la región torácica humana existe una tendencia constante a que ejerza su efecto, aquello que realmente provoca la enfermedad, ya que lo que la provoca debe estar en constante interacción con lo que restaura la salud en el órgano torácico humano. En cierto modo, en esta región solo puede darse el estado humano normal, si se produce un vaivén constante: de tal forma que las fuertes fuerzas de la persona sana paralicen las fuerzas patógenas siempre presentes y viceversa, la salud desbordante, —que de otro modo conduciría a un crecimiento descontrolado—, en lo etérico se contrapone continuamente lo limitador de lo astral, que, cuando excede su medida, cuando se apodera demasiado del cuerpo, conduce precisamente a lo patógeno. Este hecho, en relación con los órganos torácicos humanos, es por tanto especialmente importante, ya que en realidad es el resultado de un ritmo. Y este resultado del ritmo se ve influido, por un lado, por todo lo que ocurre en la cabeza y, por otro, por todo lo que ocurre en el metabolismo. Por lo tanto, en realidad, hemos situado la causa del equilibrio de este ritmo necesario fuera del pecho, y podemos afirmar que, en el fondo, en los órganos torácicos humanos solo hay principalmente efectos; en realidad las causas, que deberían subsanarse, no se encuentran en los propios órganos torácicos. Por eso, en la época en que la capacidad cognitiva humana se alejó por completo de la percepción intuitiva de las cosas —lo que más se destacaba y también de forma más brillante en la escuela médica de Viena, a la que se ha calificado de nihilista y que, en realidad, quería decir que había que limitarse únicamente a la patología, sin poder llegar a la terapia, esta corriente de la medicina moderna condujo, sobre todo, a eliminar poco a poco la terapia, al no saber qué hacer con ella. Vemos que, por otra parte, ha puesto de manifiesto sus logros geniales en el diagnóstico de los pulmones. Precisamente en aquel tiempo, se produjeron los avances significativos en el ámbito del diagnóstico de los órganos pulmonares, donde se puede proceder principalmente a partir del conocimiento, pero donde menos se dispone de este tipo de conocimiento, ya que hay que tener en cuenta también el resto del cuerpo humano. Por eso, en realidad, con el mero conocimiento de lo que ocurre en el organismo respiratorio y circulatorio humano, no se hace gran cosa —a menos que se añada algo más—. Por supuesto, no pretendo afirmar que con ello se haya hecho absolutamente poco, pero el conocimiento que se obtiene —por ejemplo, mediante el estetoscopio, etc.— solo resulta realmente significativo si se tiene en cuenta al ser humano en su totalidad y se puede abordar, en el sentido más literal, desde una perspectiva completamente diferente: se puede abordar lo que se obtiene mediante dicho diagnóstico. De lo contrario, los resultados de un diagnóstico de este tipo no son, en el fondo, más que datos científicos interesantes. Por supuesto, si se quiere debatir estas cuestiones desde una perspectiva temporal, hay que expresarse de forma algo radical, pero detrás de estos radicalismos se esconde precisamente lo que hay de verdadero en las cosas.

Estas enfermedades, que afectan precisamente el tórax humano, se han vuelto especialmente características en los últimos tiempos debido a que se ha intentado, en cierto modo, desviar la atención de la cuestión en sí misma y centrarla en un concepto místico, un concepto que, aunque no tiene por qué seguir siendo místico, resulta sin duda un concepto místico para el materialismo moderno. Precisamente en relación con este tipo de enfermedades se habla mucho de «enfermedades populares». Sí, estas «enfermedades populares» son, por supuesto, un concepto que funciona como un saco en el que se mete aquello que no se quiere reconocer y que, en cierta medida, se sustrae de hecho al arte médico tal y como es hoy en día. Solo quiero llamar la atención sobre el hecho, al fin y al cabo interesante, de que al médico y profesor vienés Moriz Benedikt se le ocurrió una vez —aunque para él resultara algo extraño— la idea de presentarse como candidato al Consejo Imperial, [y] lo justificó diciendo que precisamente su visión médica le obligaba a dar ese paso, pues acudían a él tantos pacientes a los que, en realidad, nunca podría recetarles lo que debería recetarles, es decir, mejor ropa, mejor vivienda, mejores condiciones de ventilación, etcétera. Pero todo eso solo podría lograrse mediante la acción social. Por eso, como médico, debe implicarse en la acción social. Así pues, observan un desplazamiento real de aquello de lo que realmente se trata. Ahora bien, detrás de todas estas cosas se encuentra precisamente aquello que hay que tener especialmente en cuenta en este miembro de la esencia humana. Porque aquello que se manifiesta como proceso patológico en el organismo torácico humano —y que, en última instancia, se deriva de una interacción irregular entre los planos astral y etérico— debe considerarse también en ese contexto. En ese caso, ya no se puede prescindir de un conocimiento que se atreva a adentrarse un poco en lo suprasensible. Y ahí es donde hay que decir lo siguiente.

El proceso de la respiración, que tiene lugar entre el mundo exterior y el mundo interior, es un proceso que, en realidad, no puede entenderse en absoluto si no se recurre a la comprensión de lo astral. La interacción especial que se produce allí entre el oxígeno y el carbono, es sin duda, una interacción continua entre lo astral y lo etérico. Ahora bien, les ruego que tengan en cuenta que el ser humano suele pasar un tercio de su vida con una gran parte de su cuerpo astral fuera del cuerpo etérico, concretamente cuando duerme. Y ahí es donde se aprecia la importante influencia del astral en las condiciones de salud del ser humano; pues es evidente que, incluso cuando duerme, el astral sigue actuando en el ser humano. Pero entonces no actúa desde la cabeza, sino que actúa en el ser humano partiendo del resto del organismo. Así pues, cuando el ser humano duerme, lo astral despliega una actividad que debe permanecer en su lugar, aunque lo astral que ha pasado por la cabeza se encuentre fuera del ser humano mientras duerme.

Como pueden ver, el simple hecho de reconocer la interacción entre lo etérico y lo astral en las condiciones de salud y enfermedad del tórax humano, nos lleva a otro ritmo que se da en el ser humano. Y ese ritmo es el del dormir y estar despierto. Ahora bien, el dormir propiamente dicho —que, como veremos, está estrechamente relacionado con el proceso metabólico— tiene menos importancia para los órganos del pecho que para otra cosa. Y ese «otra cosa» es precisamente aquello que, a su vez, resulta extraordinariamente difícil de observar. Quizá recuerden, si ya estuvieron presentes en aquella ocasión, qué interesantes complejos de síntomas surgieron al utilizar las sustancias con las que se llevaron a cabo aquí los experimentos la última vez. Porque el Dr. Scheidegger lo demostró en la pizarra. Pero también recordarán que estos complejos de síntomas constan de muchos, muchos detalles, y que ya se requiere cierta habilidad para agrupar y mantener unidos los síntomas individuales de manera adecuada. Por ejemplo, surge inmediatamente una dificultad cuando hay que abordar lo siguiente con un conjunto de síntomas. Para evaluar correctamente un cuadro clínico, es necesario, por ejemplo, tener en cuenta los síntomas que se manifiestan en el ser humano superior. Si ahora se introduce en ese conjunto un síntoma que, aunque se manifiesta espacialmente en la parte superior del ser humano, no es en esencia más que un síntoma del metabolismo que ha ascendido hasta allí, se comete inmediatamente un error en la valoración del complejo de síntomas y, por consiguiente, se incurre en un error a la hora de evaluar el cuadro clínico en su conjunto. Por lo tanto, no hay que perder de vista lo difícil que resulta, en realidad, relacionar de manera correcta los detalles de un complejo de síntomas.

Por un lado, es sin duda cierto que uno puede adquirir poco a poco la capacidad de considerar de forma adecuada los detalles de un complejo de síntomas en su conjunto. Pero, por otro lado, ocurre que la naturaleza nos ayuda, pero al mismo tiempo hace que la ayuda que nos brinda en este ámbito resulte extraordinariamente difícil de aprovechar. Y es que la propia naturaleza agrupa todos esos complejos de síntomas; diría que hace lo mismo que hacemos nosotros en una fórmula cuando resumimos los detalles de un complejo de síntomas; hace lo mismo, pero nos dificulta enormemente la observación de lo que está haciendo. Es decir, agrupa los actos individuales de un complejo de síntomas en el proceso de conciliar el dormir y despertarse, en la forma de conciliar el dormir y despertarse. De hecho, es precisamente lo que ocurre cuando el ser humano se duerme y se despierta, una —si se me permite utilizar esta expresión paradójica— síntesis extraordinariamente ingeniosa de todo aquello que entra en consideración en cualquier sentido. Pero, naturalmente, el médico rara vez está en condiciones de orientarse de otra manera que no sea, como mucho, a través de la información que le proporcionan los pacientes, la cual, a su vez, en la mayoría de los casos —y precisamente en los más difíciles— será imprecisa; es el menos capacitado para observar adecuadamente al paciente al dormirse y al despertarse, y lo que le cuenta el paciente, aunque según la percepción del propio paciente se corresponda con la realidad, es precisamente lo menos determinante. Cuando el dormir y el despertar se ven alterados, es natural que el paciente cuente cosas sobre ellos que, aunque estén bien arraigadas en su conciencia, resultan, a su vez, confusas a la hora de evaluar la situación sobre una base sólida. Una vez más, hay que ver más allá de lo que el paciente cuenta. Y que esto es así lo van a comprender mejor, si tratan ustedes de acercarse poco a poco a este hecho mediante su reflexión. Sobre todo, la experiencia les revelará la curiosa relación entre el cuerpo etérico y el cuerpo astral cuando observen que en el ser humano, siguen actuando la preocupación, las aflicciones y demás. No deben limitarse a observar las preocupaciones y angustias que se han producido en el último día o en la última semana —que, al fin y al cabo, son lo menos importante—, sino aquellas que se remontan a más atrás. Porque siempre debe transcurrir un cierto período desde el momento en que las preocupaciones y angustias afectan a una persona hasta el momento en que, por así decirlo, se han convertido en algo orgánico, en el que han pasado a formar parte del funcionamiento del organismo. Las preocupaciones y angustias, cuando alcanzan un cierto grado, siempre se manifiestan más adelante como anomalías en el funcionamiento orgánico, y precisamente en el funcionamiento orgánico rítmico. Llegan hasta la desregulación del organismo rítmico, y solo entonces pueden seguir actuando sobre el organismo metabólico, y así sucesivamente. Debemos considerar esto como un hecho fundamental. Pero, sobre todo, por muy improbable que le parezca a la concepción materialista, lo cierto es que el pensar apresuradamente —un pensar que no se pregunta por las razones por las que piensa, un pensar apresurado en el que un pensamiento salta por encima del otro (un mal fundamental del pensar humano en nuestra época)—, ese pensar en el que un pensamiento pisa los talones al otro, es algo que, sin duda, una vez transcurrido un tiempo, sigue surtiendo efecto en el organismo humano, y concretamente en el organismo rítmico. Esto reviste ahora una importancia muy especial desde un punto de vista. Si se quieren comprender las anomalías del organismo rítmico humano, no se deben pasar por alto los procesos psíquicos, en concreto lo que ocurre precisamente en sus órganos torácicos. No obstante, también podemos incluir en este organismo aquello que, en cierto sentido, pertenece a la periferia de este organismo rítmico: el ritmo de la alimentación y el ritmo de la evacuación. Porque precisamente al incluir el ritmo de la alimentación y el ritmo de la evacuación es cuando se completa el sistema rítmico en su totalidad.

Ahora bien, por otro lado, hay algo que reviste una importancia especial. El otro polo del ser humano, el sistema de intercambio de sustancias, también influye a su vez en el sistema rítmico, y lo hace de tal manera que quizá comprendamos mejor cómo lo hace si tenemos en cuenta lo siguiente: el hambre y la sed son, en primer lugar, cosas que se manifiestan con gran claridad en el cuerpo astral humano. Porque, tal y como el ser humano común experimenta el hambre y la sed, las percibe, naturalmente, como un fenómeno astral. Lo que se experimenta con la conciencia, como hambre y sed, se vive en primer lugar a nivel astral. Hay que tenerlo muy claro. Porque de aquello que no se experimenta a nivel astral, el hombre común no sabe absolutamente nada; lo que solo se experimenta a nivel etérico se encuentra tan profundamente en el subconsciente que no tiene ni idea de ello. Así pues, en la vida cotidiana, el hambre y la sed son, si se nos permite utilizar esta expresión, experiencias astrales. Pero dejan de ser experiencias astrales cuando pasan a formar parte de la vida que se desarrolla durante el período que pasamos dormidos; entonces dejan de ser experiencias astrales comunes; pero no por ello están menos relacionadas con el cuerpo astral, que también actúa mientras dormimos, de abajo hacia arriba. Y lo que emana de ese lado —es decir, el hambre y la sed que actúan en el ser humano— actúa, cuando es duradero, sobre el sistema rítmico, haciéndolo irregular y provocándole enfermedad. Por supuesto, esto no se refiere al hambre y la sed que hemos padecido ese mismo día y con las que nos vamos a dormir. Sería un error pensar que lo malo es acostarse de vez en cuando con hambre o que, incluso se acueste con hambre durante un tiempo prolongado; eso no es lo peor. Lo grave es, en cambio, cuando el estado de hambre y sed se convierte en algo habitual, y sobre todo cuando se debe a que el sistema metabólico no funciona correctamente y, por ello, el resto del organismo no recibe la nutrición adecuada. Así pues, las secuelas del hambre y la sed, en este sentido, son precisamente lo que subyace a las alteraciones del sistema respiratorio y circulatorio.

Pero bien, si dejamos de lado estos efectos sobre los órganos torácicos humanos, lo que nos queda, en tercer lugar, es en realidad únicamente aquello que provoca el mundo exterior, pues, precisamente a través de la respiración, el ser humano está vinculado al mundo exterior, y en él se producen las influencias de este. Así pues, nos encontramos ante el curioso hecho de que lo que está encerrado en la caja torácica humana también lo está, en parte, en la cavidad abdominal, ya que el ritmo se prolonga hasta allí; el hecho extraordinariamente significativo de que, en realidad, dentro de este espacio se desarrollan todo tipo de efectos: efectos del ser humano superior, efectos del ser humano inferior, efectos del mundo exterior, de modo que, de hecho, un conocimiento más preciso de este tracto del ser humano nos lleva a afirmar que, en realidad, los efectos tienen lugar allí dentro, y que no podemos eliminar las causas desde dentro; debemos buscar las causas en otra parte para poder subsanarlas de manera adecuada. Pues bien, por eso resulta tan evidente que, si bien este ámbito del ser humano es el dominio desde el que hay que estudiar la enfermedad en general, una vez que uno se ha inspirado para el estudio partiendo de este dominio, las investigaciones deben continuar precisamente hacia los demás ámbitos. Hay que partir de este dominio para, a partir de ahí, adentrarse en los demás ámbitos.

Ahora bien, lo más llamativo y lo más significativo es precisamente ese ámbito de causas primigenias que, en realidad, se encuentra fuera del ser humano; dado que la interacción entre el oxígeno y el carbono tiene lugar allí, lo que ejerce una influencia esencialmente astral se encuentra, en el fondo, fuera de este sector del ser humano. Y se trata precisamente de que busquemos ahora las correspondientes relaciones de este sector con el mundo exterior. Y aquí es donde la investigación en ciencias espirituales pone de manifiesto lo siguiente: la Tierra también mantiene una relación recíproca entre lo que ocurre por debajo de su superficie —si bien hay que considerar sin duda alguna los efectos del agua como parte de lo terrestre— y [lo] que ocurre por encima de ella. En el fondo, entre la Tierra y su entorno tiene lugar un proceso que la ciencia convencional aún no ha logrado comprender del todo. Y este proceso presenta aspectos extraordinariamente interesantes. Se puede estudiar especialmente comparando aquellas áreas de la existencia terrenal en las que este proceso entre lo extraterrenal y lo terrenal es bastante íntimo, donde mucho de lo extraterrenal penetra en el interior de la Tierra.

Así ocurre en el mundo tropical. Las condiciones tan especiales del mundo tropical se basan, en realidad, en una íntima interacción entre lo extraterrenal —el aire, la luz y el calor extraterreno— y lo que hay en el interior de la propia Tierra. Y, además, no es casualidad que haya que buscar en la zona tropical un cierto polo, por así decirlo, de las fuerzas magnético-eléctricas de la Tierra.

Si se me permite expresarlo en términos comparativos, diría lo siguiente: en la zona tropical, la Tierra absorbe en mayor medida lo extraterrenal y, a partir de ese material extraterreno absorbido, desarrolla aquello que luego hace brotar en forma de vegetación. Allí donde la Tierra es polar, absorbe poco de lo extraterrenal; allí se resiste a lo extraterrenal; allí, por así decirlo, rechaza lo extraterrenal en gran medida. Así pues, si se me permite expresarlo de este modo, en los trópicos la Tierra brilla menos vista desde el exterior, irradia menos; allí es donde más se absorbe. En los polos, la Tierra brilla más, allí es donde más se rechaza lo extraterreno, allí es donde más brilla, allí es donde desarrolla mayor resplandor.

Este es un hecho de extraordinaria importancia. Y es que, al tener en cuenta algo así, llegamos a la conclusión de que, en primer lugar, en las zonas tropicales actúa con extraordinaria intensidad una cierta intimidad entre lo etérico-terrenal y lo astral extraterrenal, mientras que lo astral es, en cierto modo, repelido hacia los polos. Pero esta perspectiva puede resultar extraordinariamente fructífera, pues, al profundizar en esta relación, se pone de manifiesto lo siguiente. Tomemos, por ejemplo, el caso de que situemos a un enfermo en unas condiciones en las que la luz actúe de forma excesiva, en las que el aire esté intensamente iluminado, es decir, en las que esté rodeado de luz. Entonces podemos decir, en cierto modo: Lo trasladamos a una región en la que, en el fondo, rechazamos lo terrenal —es decir, lo que actúa sobre él— y lo exponemos a la influencia de lo extraterrenal. Porque en esa intensa luz solar se encuentra, en realidad, aquello que la Tierra ya no consume, sino que es rechazado por ella. Y el enfermo entra entonces en la región de esta acción extraterrena. Así pues, si simplemente colocamos a un enfermo en un ambiente iluminado por el sol, actuamos sobre su organismo rítmico. Actuamos sobre su organismo rítmico de manera notable. Y lo hacemos de tal forma que un metabolismo irregular es combatido directamente desde el ritmo, al regularse este por sí mismo gracias a la exposición a la luz.

Este es el contexto que nos lleva a comprender en qué se basan realmente las curas solares y lumínicas. Y si observamos que alguien se muestra especialmente vulnerable frente a los parásitos, entonces una cura de este tipo será especialmente recomendable. Por lo tanto, no es necesario ser partidario de la teoría de los gérmenes, sino que basta con tener claro que la presencia de parásitos pone de manifiesto que la persona en cuestión tiene causas más profundas que permiten que los gérmenes se acumulen y permanezcan en su organismo. En realidad, nunca son los verdaderos agentes patógenos, sino que siempre son solo indicadores de que el paciente alberga en su interior los «agentes» patógenos. Por eso, la investigación sobre los gérmenes es importante, pero solo como base para el conocimiento. Las causas orgánicas propiamente dichas residen en el propio ser humano. Y a estas causas orgánicas, que residen en el propio ser humano, se les contrarresta mediante aquello que fluye hacia la Tierra desde el cosmos extraterrenal y la rodea, pero que ya no es absorbido por completo por la Tierra. Se trata de un exceso: un sol superior, una luz superior, etcétera. Así pues, allí donde la Tierra no solo brota y crece, sino donde comienza a brillar, donde, por tanto, también contiene una luz que va más allá de lo necesario para el brote y el crecimiento, allí encontramos aquello que actúa de manera especialmente favorable en este sentido.

Otro factor que resulta especialmente favorable en este sentido es el siguiente: si nos encontramos con un paciente especialmente expuesto a influencias parasitarias debido a un organismo circulatorio irregular, es recomendable en cualquier caso, —teniendo en cuenta, por supuesto, todas las demás circunstancias; estas nos aparecerán de forma muy variada en las siguientes consideraciones—, lo situemos en unas condiciones de vida que se encuentren a mayor altitud que aquellas a las que está acostumbrado, es decir, simplemente a mayor altitud sobre el nivel del mar, es decir, que le prescribamos, por así decirlo, una cura de altura. Y el efecto beneficioso de las curas de altura, —que, por supuesto, en otros casos también resultan perjudiciales; todo lo que es útil también puede ser perjudicial, como ya comentamos ayer—, hay que buscarlo también en este sentido. Pero ahora hay que tener en cuenta algo más. No debemos olvidar lo que tenemos ante nosotros en ciertos fenómenos que, en realidad, —ya lo he señalado—, son provocados artificialmente por nosotros, o que, cuando se desatan sobre el ser humano, deben ser evaluados primero por nosotros. Cuando hablo de fenómenos provocados artificialmente, en este ámbito me refiero a aquellos en los que no nos limitamos a disfrutar de los frutos de la naturaleza tal y como se encuentran en el exterior, sino que los cocinamos o, incluso, los preparamos para su introducción en el organismo humano de tal manera que, en primer lugar, los quemamos y, a continuación, utilizamos las cenizas o algo similar. De este modo, sometemos lo terrenal a un proceso que, en realidad, adquiere efectos extraterrenos. El cocer y el quemar ya extraen de lo terrenal aquello que se cuece o se quema. Así pues, al suministrar al ser humano alimentos cocidos o quemados, ejercemos sobre él, de manera similar, un efecto interno, tal y como lo hacemos a través de la luz solar intensificada o del clima de altura. También debemos dirigir nuestra mirada hacia aquellos casos en los que, por un lado, podemos afirmar que se trata de una persona que, en primer lugar, debe modificar su dieta según ciertas pautas y, en segundo lugar, a la que debemos administrarle algún tipo de remedio. Se observa un sistema rítmico irregular. En cualquier caso, tendremos que prestar atención a si le damos algo que se haya producido mediante la combustión, especialmente de materia vegetal; pues en toda combustión de materia vegetal superamos el proceso vegetal habitual. Lo prolongamos mediante un proceso ajeno a la naturaleza, a saber, la combustión.

Pero además, reviste especial importancia lo siguiente: un proceso en la Tierra —o un conjunto de procesos en la Tierra— que está íntimamente relacionado con lo que hay que denominar «terrenal» y «extraterrenal»; eso es precisamente lo que tiene lugar entre los componentes de la electricidad y el magnetismo. La electricidad y el magnetismo constituyen un ámbito que, en lo que respecta al ser humano sano y enfermo, realmente debería estudiarse más a fondo, pero en donde también es muy fácil equivocarse, porque la cuestión es la siguiente: Si se imaginan esquemáticamente la superficie terrestre (véase el dibujo), aquí el interior, aquí el exterior, entonces lo que constituye la electricidad y el magnetismo tiene una relación íntima con lo terrenal como tal. Ya saben que la electricidad se transmite por sí misma de un cable a otro, de un telégrafo Morse a otro; siempre se trata de una conexión por cable, el circuito se cierra bajo tierra; estamos ante aquel campo eléctrico que la Tierra ya ha hecho suyo. Podemos decir: en el fondo, lo que se esconde tras la electricidad y el magnetismo es extraterreno e intraterreno (amarillo); pero lo que ocurre es que la Tierra ahora se apropia de lo eléctrico y contiene en su interior efectos eléctricos que, en realidad, son extraterrenos (amarillo), mientras que los efectos eléctricos y también los magnéticos, sin que la Tierra se haya apropiado de ellos, pueden retenerse en el entorno de la Tierra (rojo). Se trata de todos aquellos efectos eléctricos y magnéticos que precisamente tenemos en nuestros campos eléctricos y magnéticos.

Cuando magnetizamos el hierro, lo que en realidad significa con respecto a la Tierra es que convertimos al imán en un pequeño ladrón. Le conferimos la capacidad de robarle a la Tierra, antes de que ella pueda absorberlo, aquello que la Tierra realmente desea absorber del universo, y de quedárselo para sí mismo. Convertimos al imán en un pequeño ladrón. Este se apropia de lo que la Tierra desearía tener, pero posee en su interior la fuerza para quedárselo para sí mismo. Todo el entorno de campos eléctricos y magnéticos que tenemos en la Tierra es, en realidad, algo que le hemos robado a la Tierra para uso humano, con lo que incitamos a la propia naturaleza a robar, al mantener lo extraterrenal allá arriba. Y así, tenemos ante nosotros algo eminentemente extraterreno que incluso retenemos de forma astuta por encima de la Tierra, a pesar de que la Tierra, con todas las fuerzas de que dispone, desea incorporarlo a su interior para que actúe desde dentro. Pero no permitimos que actúe desde dentro, lo retenemos. Y por eso debemos buscar, en los campos eléctricos y magnéticos, combatientes muy especiales contra los procesos humanos arrítmicos, y, en realidad, debería desarrollarse una terapia que se centrara especialmente en ello; por ejemplo, cuando se produce una arritmia grave o cualquier otra alteración grave —o incluso una leve, en cuyo caso sería aún mejor— en el sistema rítmico humano, simplemente mantener, a una distancia mayor o menor —que habría que probar—, un imán potente, no para aplicarlo directamente, sino para mantenerlo cerca del organismo humano. Como ya he dicho, la distancia debe determinarse mediante ensayo y error. También me gustaría explicarles cuál es la mejor manera de aprovechar aquí los resultados científicos obtenidos hasta ahora, no tanto para comunicarles un dato —diría yo— interesante, ya que aún no está del todo consolidado para la ciencia convencional, sino para llamar su atención sobre algo que, a su vez, permite dominar un conjunto de ideas completamente diferente.

Precisamente el profesor Benedikt, mencionado anteriormente, ha llevado a cabo investigaciones muy interesantes en el cuarto oscuro sobre las radiaciones auricas humanas más sutiles, que aún no tienen nada que ver —al menos directamente—, aunque sí indirectamente, con lo que he descrito, por ejemplo, en «Teosofía». Se trata de radiaciones superiores que solo pueden percibirse en lo suprasensible. Pero entre estas radiaciones superiores y aquellas manifestaciones más burdas que el ojo percibe en el ser humano, existe un ámbito que puede percibirse en la cámara oscura, y el profesor Benedikt ha descrito de forma interesante lo que ha trabajado en la cámara oscura. En concreto, ha utilizado a personas que eran receptivas a los fenómenos de la varilla de zahorí. Así pues, a aquellas personas en las que la varilla de zahorí daba reacciones especiales, Moriz Benedikt las utilizó para examinar sus emanaciones áuricas en la cámara oscura. Se observó lo siguiente en relación con estas emanaciones áuricas. Moriz Benedikt describe resultados especialmente interesantes, ya que estas radiaciones áuricas en las personas que reaccionan a la varilla de zahorí son muy diferentes a las de otras personas; concretamente, la asimetría aumenta considerablemente: la radiación de la persona de la izquierda es diferente a la de la persona de la derecha. La radiación que emana de la cabeza también es completamente diferente. Así pues, lo cierto es que, aunque todavía se reciba con mucho escepticismo, ya se ha dado hoy el primer paso para percibir la radiación del ser humano también en manifestaciones físicas. Pero hay que tener siempre claro que se trata únicamente de las radiaciones más elementales relacionadas con la organización física. Con ello aún no se ha entrado en el ámbito de lo suprasensible, como querrían afirmar algunos que desean tomarse atajos con lo suprasensible. Pero, por otro lado, ahí hay un punto de partida para alcanzar un resultado terapéutico. Se trata, en efecto, de investigar qué ocurre cuando, en una persona —digamos, con una tuberculosis incipiente—, se le coloca un imán potente en la espalda, es decir, se deja que la persona sea atravesada por un campo magnético, que puede potenciarse aún más moviendo el imán —manteniéndolo en posición transversal— de arriba abajo y de abajo arriba, de modo que, por así decirlo, todo el organismo torácico sea atravesado poco a poco por el campo magnético. Ahora bien, al aplicar este campo magnético no es necesario utilizar al mismo tiempo un campo de luz; eso solo podría interferir. Por lo tanto, se puede colocar perfectamente a un paciente de este tipo en la cámara oscura y, de hecho, allí se pueden observar rápidamente las radiaciones que emanan de los dedos, las cuales se harán evidentes con toda claridad. Una vez hecho esto —es decir, tras colocar al paciente en la cámara oscura, aplicar un imán potente en su espalda y observar que existen finas radiaciones que emanan de las yemas de los dedos y se proyectan hacia fuera en forma de cono, con la punta orientada hacia fuera—, se habrá adquirido la certeza de que realmente se ha irradiado al paciente a través del campo magnético. De este modo, se comprobará que, precisamente a través del campo magnético, se pueden lograr resultados muy diversos y extraordinariamente beneficiosos en la lucha, por ejemplo, contra los síntomas de la tuberculosis pulmonar.

Sin embargo, estas son cosas que, al mismo tiempo, nos muestran hasta qué punto hay que tomarse en serio aquí la afirmación de que, en realidad, solo ejercemos efectos en el interior del ser humano; es decir, que, si queremos curar, también debemos recurrir al entorno, que debemos aplicar algo que pertenezca al mundo exterior del ser humano: la luz, lo que se deriva de las influencias climáticas cuando llevamos al ser humano a un lugar más elevado, y todo aquello que podemos considerar como el campo magnético. Lo mismo ocurre con el campo eléctrico; solo que hay que tener en cuenta la forma de aplicar el campo eléctrico. Es totalmente cierto que, cuando se hace pasar electricidad a través del ser humano colocando directamente los polos sobre el organismo, la situación es muy diferente a cuando, por ejemplo, se genera un campo eléctrico como tal y se sitúa al ser humano dentro de ese campo eléctrico, sin que la línea de conexión entre un polo y otro pase directamente a través de él. En este sentido, habrá que realizar experimentos que revisten una importancia extraordinaria. En determinadas circunstancias, también se pueden lograr efectos beneficiosos si se hace que la línea de conexión entre los polos atraviese al ser humano. Pero entonces solo surte efecto aquello que pasa del sistema metabólico al sistema rítmico. No se ve afectado nada más que el sistema metabólico cuando hago pasar a través del propio ser humano las corrientes eléctricas que van de un polo a otro, cuando incluyo al ser humano, por así decirlo, en la línea final del efecto eléctrico. Si, por el contrario, lo sitúo en el campo eléctrico, podré observar que, en cierto modo, esas radiaciones propias de la cámara oscura están presentes en él en todos aquellos puntos donde hay extremidades puntiagudas: en los dedos de los pies, en los dedos de las manos, etcétera, y observaré que entonces puedo intervenir de forma curativa incluso en aquellos pacientes que tienen una digestión perfectamente regular y demás, y que, sin embargo, presentan los denominados síntomas de tuberculosis; es decir, en ellos será así en la gran mayoría de los casos, en enfermedades que se manifiestan especialmente en este ámbito.

Así pues, hoy nos hemos centrado en primer lugar en la referencia al entorno. También he señalado que la naturaleza resume, en el momento de conciliar el sueño y al despertar, aquello que se desglosa como un complejo de síntomas, y mañana partiré de este punto para, en primer lugar, ver qué importancia diagnóstica tiene el momento de conciliar el sueño y al despertar, pero también para estudiar, cómo podemos observar lo que la naturaleza nos quiere indicar a través del despertar y el sueño y, a pesar de ello, si conocemos el principio, cómo podremos aplicarlo para regular la observación de nuestros complejos de síntomas, y que ahí reside, concretamente, algo que también ofrece una indicación importante sobre el tratamiento diferente que habrá que dispensar a las enfermedades crónicas y a las agudas.

Traducido por J.Luelmo

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